Los catorce de Iñaki

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Crónica del extraordinario intento de rescate del himalayista Ochoa de Olza en el Annapurna

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DEPORTES


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Viento idiota, soplando a través de los botones de nuestras chaquetas, soplando a través de las cartas que escribimos. Viento idiota, soplando a través del polvo de nuestros estantes, somos idiotas nena, es un milagro que aún sepamos alimentarnos.

Capítulo 2 Siete perros negros. Un millón de rostros a mis pies y todo lo que veo son ojos oscuros. En mitad de la tormenta, parado a 7.600 metros de altitud, Iñaki Ochoa de Olza espera a Jorge Egocheaga. Sabe que sólo un milagro podría hacer que Jorge pase exactamente por donde él se encuentra ahora y así poder regresar juntos a las tiendas del campo 2 (6.600 metros). La niebla, el viento, el ruido, les impiden localizarse el uno al otro. Hace apenas cuatro horas, mientras esperaba la llegada de Jorge a la cima del Dhaulagiri (8.167 metros), Iñaki se ha tumbado. Dos años antes, en 2005, llegó a la antecima por un error de elección de ruta en el tramo final, pero debido al riesgo de aludes no pudo continuar por la peligrosa arista que enlaza con la cumbre verdadera. Una cumbre que pisan muchos menos de los que posteriormente aseguran haberlo hecho. Así son algunas cumbres. Difíciles de encontrar. El cadáver situado donde se tumba Iñaki sí que encontró el punto más alto. Iñaki se agacha con cuidado, como para no despertarle. Lleva ahí 12 años e Iñaki sólo pretende cumplir con una obligación: familiares de un escalador desaparecido hace mucho en el Dhaulagiri le han pedido que calcule por favor la estatura del cadáver para ver si podría tratarse de él. No es la prueba del ADN, pero a 8.172 metros supone lo más exacto que hay. No se trata del escalador desaparecido. ¿Eso es mala o buena suerte? Muchas preguntas sin respuesta. Después, Jorge, el escalador más potente que Iñaki ha conocido jamás, llega a la cima. No ha tenido el mejor día de su vida,

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algo no va del todo bien, pero, aún con todo, ahí está: desde 4.600 hasta 8.167 metros en tan sólo 24 horas. El Himalaya no es una cuestión de récords, pero cuanto más rápido asciendas más opciones tendrás de intentar varias veces una cumbre. Sin embargo, la tormenta les coge de lleno en el descenso, una de esas tormentas que no han podido detectar los meteorólogos. Como Iñaki y Jorge se encontraban bien, a pesar de llevar apenas 15 días en el campo base, tiraron hacia arriba. Ahora van a tener que pelear a muerte por regresar a la vida. —¡Jorge! ¡Jorge! Una voz clamando en un desierto de hielo y nieve. Jorge no está, no aparece. Iñaki no sabe nada de él desde que han decidido bajar cada uno por su cuenta. Confían tanto el uno en el otro que encordarse lo ven como un riesgo doble en caso de accidente. Bajar sin una cuerda que les una es una muestra del respeto y cariño infinito que se tienen. Jorge no aparece. Iñaki golpea la pared con los bastones. La última vez que lo ha visto siete perros negros danzaban a su alrededor. Jorge no tiene perro, ¿no? Sentado en una piedra, Iñaki contempla la mole del Annapurna vista desde su cara norte. Es la primera vez que se planta bajo sus faldas. Hace muchos años llegó hasta ella en viaje de novios con Cristina, pero ahora está aquí para escalarla. Cristina ya no comparte su vida con él, pero nunca ha dejado de ser su mejor amiga y uno de sus apoyos más importantes. Mucha gente no entiende a los himalayistas. Hace años que Iñaki dejó de preocuparse por las valoraciones de los que nunca han experimentado la urgencia de subir y bajar, y en el camino aprender, pero contar con personas alrededor que sí lo entiendan es vital. Iñaki y Jorge las tienen. Afortunadamente, ambos van a seguir teniéndolas.

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Unos días antes, el 26 de abril de 2007, un alud arrastró a Jorge alrededor de 800 metros Dhaulagiri abajo. Cuando se pudo mover, observó con asombro que estaba vivo y que, todavía más milagrosamente, no tenía nada roto. También pensó una cosa.


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—Iñaki estará preocupado. Este asturiano sencillo y tímido, que se gana la vida como médico tanto en Oviedo como por muchos países del mundo, curando de guerra a guerra a miles de niños, contemplando cómo mueren, haciendo y callando donde otros hablan y gritan, se ha saltado en unos segundos la ruta del campo 2. Aunque aún no se ha podido situar exactamente, localiza la figura de la montaña y se da cuenta de que está cerca del campo 1. Sabe que hasta mañana no podrá reencontrarse con Iñaki y celebrar que ambos viven. De momento, lo urgente es ponerse de nuevo en pie y alcanzar las tiendas del I. Eso hace. Un alud de 800 metros. Si no fuese Jorge Egocheaga no le iban a creer. —¡Iñaki! ¡Jorge está vivo! ¡Está vivo! Ignacio Barrio, pamplonés como Iñaki, sale de las tiendas del campo 1 cuando ve que Iñaki se acerca a ellas. Ignacio es la primera persona con la que se cruza que tiene la buena noticia. En el campo 2, Ricardo Valencia, navarro de Salinas de Ibargoiti, y Santiago Sagaste, aragonés de Ejea de los Caballeros, ultimaban su aclimatación y han consolado durante toda la noche al navarro. Es su 12º ochomil, pero Jorge no llegaba. Si Jorge no llegaba, nada tenía sentido. Sentado en una piedra del campo base del Annapurna el 13 de mayo de 2007, Iñaki observa el cielo y recuerda esa mañana de tres semanas antes, cuando se acurrucó en la nieve y lloró como un niño al escuchar que su hermano Jorge estaba vivo. Hoy todo está bien. El Annapurna sigue ahí delante, esperando. Tal vez esto tenga sentido. Gerlinde. Sonrisa. Grande. Gerlinde Kaltenbrunner, austríaca de 37 años, ascendió mano a mano con él hace cuatro temporadas hasta lo más alto del Nanga Parbat. Ella sigue en el Dhaulagiri, intentando junto con otros escaladores lograr lo que Iñaki y Jorge consiguieron hace apenas

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tres semanas. Sentado en una piedra del Annapurna, su próximo objetivo de esta primavera, el último, Iñaki mira la pantalla de su teléfono satélite, sonríe y abre el sms de Gerlinde. —Inaki, Ricardo and Santi are dead. Irrealidad. Incredulidad. Dolor. Profundo como ninguno. Para siempre. Nadie que no venga hasta aquí puede entenderlo. Quizá sea mejor así. Iñaki llama a Gerlinde. Ninguno puede consolar al otro, aunque Iñaki trata de hacerlo con su amiga. Imposible. Ricardo Valencia y Santiago Sagaste han muerto en el mismo punto en el que hace 15 días aplacaban el llanto de Iñaki Ochoa de Olza la noche en la que Jorge Egocheaga no llegaba a las tiendas del campo 2 del Dhaulagiri. Un enorme alud les ha sepultado, también a Gerlinde y a Javier Serrano, otro de los expedicionarios. Después de una hora luchando contra el peso de la nieve sobre la tienda, Gerlinde ha logrado librarse a punta de cuchillo. Ha ayudado a salir a Javier Serrano, pero no ha podido hacer nada por Ricardo y Santi, instalados en otra tienda. Dos grandes personas, dos excelentes montañeros, han dejado lo más preciado buscando sus propios sueños. Tal vez esto no tenga sentido. Cuando Horia Colibasanu, el dentista rumano con el que Iñaki ascendió al K2 en 2004 y al Manaslu en 2006 y que también ha subido al Dhaulagiri, se le acerca, el rostro de Iñaki bañado en lágrimas le desconcierta. —¿What’s goin’ on, Iñaki? —Ricardo y Santi han muerto.

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Tiene que reconocer que es impulsivo. No tanto hablando o escribiendo como sintiendo o escalando. Siempre había pensado y dicho que el Annapurna no le atraía en exceso y ahora que lo tiene justo delante le parece tan hermoso que nada de lo que sintió antes lleva a ninguna parte. Tiene un proyecto: intentar ascender las 14 cumbres más altas del planeta. Es consciente —y así lo repite cada vez que tiene ocasión— que habiendo ya más de 10 per-


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sonas que lo han conseguido no se trata de un hito en la historia del himalayismo, así que, cuando le preguntan, contesta: —Me importa un huevo la historia del himalayismo, bastante tengo con que el Himalaya forme parte de mi historia. Para lograr eso, tiene un plan. No escrito ni preparado. Intentar subir lo que le va restando o en express —24 horas de base a cima o poco más— o por rutas interesantes a su alcance, sin locuras. En 2005 fue en solitario al Shisha Pangma al final del invierno, pero un alud le dañó un hombro y abandonó. Se dio cuenta de una cosa: sin amigos, el Himalaya es demasiado hostil. Incluso para él. Al año siguiente abrió una nueva variante en solitario desde 7.400 metros a la ruta clásica de la cara norte del Shisha Pangma. Sin amigos, el Himalaya puede ser una maravilla. Los amigos te esperan en el base y al descender te das cuenta, otra vez, de cuánto los quieres. No hay una estrategia para el Annapurna. El objetivo de escalar las 14 cimas no le urge. Si se puede y además salen cosas bonitas, perfecto. Si no se puede, el monte no se mueve. Quiere, eso sí, acabar las 14 para llevar a cabo dos cosas más: subir al Everest sin oxígeno, puesto que en 2001 se vio obligado a hollarlo con oxígeno por su condición de guía comercial —aunque el sistema se averió durante buena parte de la subida— y además ganar mucho dinero. Pero no para él. Iñaki tiene una casa pequeña con hipoteca llena de libros y discos, un coche de segunda mano que se cae a trozos, una cuerda con la que ata a su perro Ulises para ir los dos a entrenar y un armario en la cocina con ingentes cantidades de Cola-Cao y magdalenas. Sus aspiraciones económicas son tener una casa pequeña con hipoteca llena de libros y discos, un coche de segunda mano que se caiga a trozos, una cuerda con la que atar a su perro Ulises para ir los dos a entrenar y un armario en la cocina con ingentes cantidades de Cola-Cao y unas magdalenas. También tiene un calendario gigante donde apunta todos sus entrenamientos y una televisión pequeña que no enciende. Pero quiere dinero.

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Pretende salir en bicicleta desde Pamplona, llegar en tres meses hasta el Everest, subirlo sin oxígeno, bajar y volver corriendo hasta Pamplona en seis meses. Hay ideas peores. Sobre todo si son malas. En el camino, involucrar a cuantas empresas y personas quieran colaborar para cumplir uno de sus sueños: devolver a las gentes del Himalaya una parte mínima de todo lo que le han dado desde que en 1990 puso los pies en Nepal. ¿Cómo? Recaudando dinero para construir un orfanato en Kathmandu, un hospital en Daramshala (India) y una escuela en algún lugar de Pakistán. Sin intermediarios, sin un solo céntimo perdido en el camino. Pero, de momento, es sólo un proyecto que sabe que hará realidad, porque haciéndolo público se ha comprometido a ello. También tiene que buscar editor para su libro, que acaba de terminar: Bajo los cielos de Asia. Ya habrá tiempo a la vuelta del Annapurna. Además, su amigo Jorge Nagore aún no le ha escrito el prólogo que le pidió: ¿a qué estará esperando? El Annapurna. ¡Vaya hermosura!

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—¿Pasabani, qué tenemos para cenar? La alegre voz del ecuatoriano Iván Vallejo interrumpe la charla de Iñaki y Edurne Pasaban. Navarro y guipuzcoana se conocen desde hace años y son excelentes amigos, aunque sigan caminos diferentes. Edurne escala de la mano del equipo de Televisión Española Al filo de lo imposible, en busca también de los 14 ochomiles y de ser la primera mujer en la historia que los consigue. Iñaki ya trabajó para Al filo en los años noventa. El cambio en la filosofía del programa no le convenció y tras unos años ejerciendo de guía de altura, cámara para National Geographic y un patrocinio puntual de la empresa de telefonía Retena, ahora puede decir que es un escalador “profesional”. Diario de Navarra y Lorpen, una empresa de calcetines de montaña de Etxalar (Navarra), son sus patrocinadores. —Éstos del Diario… Todos los años igual, hay que ir a avisarles de que la pasta no está metida. Te sientes un pedigüeño. ¡Joder! ¡Ni que fueran 100 millones!


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Desde 2003, la ayuda —como contraprestación Iñaki escribe un artículo semanal, como mínimo, y ofrece a Diario de Navarra en exclusiva todos los detalles de sus expediciones— siempre llega casi con Iñaki ya subido al avión, pero tampoco se queja, al menos sobrevive con ello. Tiene buenos amigos allá. Le molesta la sensación de pasar cada año por lo mismo, cuando todo está hablado de antemano. Con Lorpen no ocurre nada de esto. Además de regalarle todos los pares de calcetines de alta montaña que quiera para probarlos en altura, no hay retrasos. Gracias a eso puede adelantar los pagos de lo que supone montar cada año dos o tres expediciones al Himalaya o al Karakorum. Aunque Edurne tenga otros problemas, esto de preocuparse a última hora de los ingresos no lo conoce. Al menos últimamente. —¡Iván, gran cabrón! Ecuatoriano y navarro se abrazan como los dos grandes amigos que son. Un rubio rubio y un moreno moreno compitiendo por ver quién sonríe más horas al día. Son muchas temporadas de coincidir en Kathmandu y también en expediciones, como en 2004, cuando subieron juntos al Makalu. O en 2005, cuando se quedaron en la antecima del Dhaulagiri. Ahora Iván está en el equipo preparado por Al filo para ayudar a Edurne. Es un alpinista muy potente, que ha subido dos veces el Everest sin oxígeno, y al que también le faltan sólo dos ochomiles para cerrar los 14. El primer sudamericano en lograrlo. Iñaki le quiere mucho. También a Edurne. Los bichos raros se respetan. Y hasta se aprecian. —¡Horia, la cena! Horia, tímido y educado, divertido y sencillo, se acerca hasta la tienda comedor de Al filo. También está allí otro viejo conocido y excepcional escalador en roca y hielo, Ferrán Latorre, amigo de Iñaki casi desde hace 20 años. Ferrán ya ascendió al Annapurna en 1999 y esta vez quiere colaborar en el éxito de Edurne como entonces colaboró en el de Juan Oiarzabal, primer español en conseguir los 14. En la tienda, esperando que los platos rebosen, aguardan el colombiano Fernando González Rubio, el australiano Andrew Lock y un ruso sonriente y veterano, Sergey Bogomolov.

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Nancy Morin e Iñaki Ochoa de Olza, en el campo base.

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Don Bowie, Horia Colibasanu e Iñaki Ochoa de Olza, en el campo base.


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Horia Colibasanu aprovecha uno de los primeros dĂ­as buenos para ir ganando altitud.

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Iñaki, en la tienda del campo 1 (5.100 metros).

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Alexey Bolotov, Don Bowie, Iñaki y Horia Colibasanu descansan en el trayecto hacia el campo 2 (6.100 metros).


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Iñaki posa el 17 de mayo fuera de la tienda del campo 4 (7.400 metros), con las cimas Este, Central y Principal detrás.

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Horia Colibasanu y Alexey Bolotov avanzan por la increĂ­ble arista el 18 de mayo de 2008 camino del campo 5 (7.830 metros).


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IĂąaki avanza sobre la arista camino del campo 5 tras superar varios resaltes. A la izquierda se puede ver parte del abismo de la cara norte.


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