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ISBN: 978-84-86615-98-7

9 788486 615987

EDIT001569/DHARMA/PUB0015580


1 ¿Cuál es el camino?


El Darma echo está lo que debía hacerse”. Esta frase, que encontramos con frecuencia en los textos budistas, siempre me inspira. Aparece en muchos “cantos de Iluminación”, palabras exclamadas por mujeres y hombres en el momento de su liberación. Esas palabras me dan alegría porque nos recuerdan que es realmente posible seguir el camino de la libertad hasta el final. Cuando entonemos ese canto: “Hecho está lo que debía hacerse”, será un momento maravilloso. Pero pueden asaltarnos preguntas como: “¿Es posible el despertar? Lo que para el Buda fue posible, ¿lo es también para mí? ¿De verdad puedo conseguirlo?”. Podemos si conocemos el camino. Si practicamos el darma es justamente para conocer ese camino, para poder ser libres. Ese es el objetivo principal de todos los esfuerzos que hacemos, porque es de la libertad de donde provienen los sentimientos de tener buenas relaciones, de la compasión, de la bondad amorosa y de la paz. La palabra sánscrita darma –damma en lengua pali– es un término que, como un inmenso paraguas, abarca muchos significados diferentes. Entre ellos, se encuentra la verdad, referida a cómo son las cosas. También significa los elementos específicos de la experiencia y las leyes naturales que la gobiernan. Darma alude además a las enseñanzas del Buda y a los caminos de la práctica que llevan al despertar. Por tanto, el darma lo incluye todo. Todo es darma; todo sigue sus propias leyes naturales. El Buda vio con claridad que diferentes estados mentales y diferentes formas de actuar tienen consecuencias diferentes. También observó que los estados mentales negativos tienen unos efectos determinados y que los estados mentales positivos tienen a su vez sus propios resultados. Empezando a entender cómo son las cosas de verdad, vamos viendo, por nosotros mismos, lo que nos causa sufrimiento en nuestras vidas y también lo que nos proporciona felicidad y libertad.

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En un auténtico proyecto espiritual no hay compulsión. El Buda trazó un mapa completo de la realidad. Y si entendemos bien ese mapa, podemos elegir libremente la dirección que queremos tomar. Es muy sencillo. Si queremos ser felices y comprendemos cuáles son las causas de la felicidad, cultivamos esas causas y con ellas llega la felicidad. Podemos hacer esa elección porque el darma es la realidad de la ley natural, de cómo funcionan las cosas. Si nuestras vidas estuvieran gobernadas por el azar, sin que operasen leyes físicas o morales, no podríamos influir en absoluto en la dirección de nuestras vidas; estaríamos sencillamente sometidos a los vientos del caos. Aunque al comienzo nuestra mente nos parezca un torbellino de actividad, el camino excepcional de la práctica del darma nos ayuda a empezar a aclarar las cosas. Conseguimos una cierta estabilidad y concentración mentales, y nos damos cuenta de qué elementos de la mente nos llevan a una mayor paz y cuáles a un mayor sufrimiento. Todo ello –tanto el sufrimiento como la felicidad– ocurre siguiendo ciertas leyes. La libertad está en la sabiduría de elegir. Al emprender el camino de ser conscientes, nos apercibimos de que el propósito más profundo que todos tenemos es el de perfeccionar las cualidades de nuestro corazón y de nuestra mente. El camino espiritual transforma nuestra consciencia, purificándola de la codicia, el odio, la ignorancia, el temor, la envidia o los celos; de esas fuerzas que nos causan sufrimiento tanto a nosotros mismos como al mundo. Todos compartimos ese propósito fundamental de libertad. Es un potencial universal de la propia mente. En mis primeros años de práctica en India, estudié con Munindra-ji, uno de mis maestros, en Bodh Gaya, el lugar donde tuvo lugar el despertar del Buda. Bodh Gaya es un pequeño pueblo con muchos templos preciosos, por donde solía caminar con Munindra-ji, que a menudo me señalaba a gente sencilla del lugar que habían sido sus estudiantes. Muchos de ellos habían logrado ciertos niveles de Iluminación. Ver a esas personas me animaba porque, a juzgar por su apariencia externa, uno nunca se imaginaría sus logros espirituales. Parecían gentes sencillas de pueblo, metidas en sus asuntos. Pude apreciar por primera vez esa verdad, mencionada con frecuencia, de que la realización de las personas no depende de su origen social o


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educativo. Todo el mundo comparte cosas universalmente básicas, como estar vivo o tener una mente y un corazón. Nuestra tarea consiste en despertar y purificar ese corazón-mente para beneficio de todos. Entender esa tarea, ese camino, nos proporciona un contexto en el que podemos incluir y medir cada una de nuestras acciones. La acción que estamos a punto de realizar –cualquier acción– ¿nos ayuda a despertar o nos obstaculiza? Podemos practicar la purificación de nuestra mente en todas las situaciones que nos presente la vida. Si conocemos y conectamos con el camino de la libertad, y nos comprometemos con él pase lo que pase, entonces, sin duda alguna, llegará el día en que pronunciaremos nuestro propio canto de Iluminación: “Hecho está lo que debía hacerse”.

El miedo a la Iluminación Los meditadores dicen a veces que el miedo a la liberación les frena en su práctica; al adentrarse en un terreno inexplorado, el miedo a lo desconocido se convierte en un obstáculo para abandonarse. Pero en realidad, eso no es el miedo a la Iluminación. Se trata más bien de un miedo a ideas sobre la Iluminación. Todos tenemos nuestras nociones de la libertad, como por ejemplo disolverse en un gran estallido de luz o en un gran relámpago cósmico. La mente puede inventar muchas imágenes de la experiencia de liberación. A veces, nuestro ego crea imágenes de su propia muerte que nos asustan. Liberación quiere decir soltarse del sufrimiento. ¿Te da miedo la perspectiva de librarte de la codicia? ¿Temes librarte del enfado o del engaño? Seguramente no. Liberación quiere decir librarnos a nosotros mismos de esas cualidades de nuestra mente que nos atormentan y nos limitan. Por tanto, la libertad no es algo mágico ni misterioso. No nos hace sobrenaturales. Iluminación significa purificar nuestra mente y soltarnos de las cosas que llevan tanto sufrimiento a nuestras vidas. Es algo práctico y realista. Imagínate que has agarrado un carbón ardiendo: no tendrás miedo de soltarlo. De hecho, tan pronto te percatas de que lo has cogido, seguro que lo sueltas inmediatamente. Pero con frecuencia no nos damos cuenta de que nos agarramos al sufrimiento. Parece


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como si él se agarrara a nosotros. Así pues, nuestra práctica consistirá en ser conscientes de cómo aparece el sufrimiento en nuestra mente, cómo nos identificamos con él, y en aprender a soltarlo. Aprendemos por medio de una observación simple y directa, observando ese proceso una y otra vez hasta entenderlo. El Buda, al exponer su enseñanza de la forma más concisa, dijo que había enseñado una cosa y nada más que una: el sufrimiento y el fin del sufrimiento. Entender esa realidad nuestra libera la mente y abre mucho más las posibilidades para una acción compasiva en el mundo.

Inteligencia y progreso El despertar es para todos. Creo que es una suerte que el progreso en el camino no dependa de nuestro nivel de inteligencia. Llegar a este convencimiento fue un buen comienzo en mis años de formación como maestro. Cuando me estaba formando en India con mi maestro Munindraji, tuve ocasión de estar presente en muchas de sus entrevistas con yoguis, y de observar cómo enseñaba. Después de algunas entrevistas, solía describir los temas de meditación apropiados para diferentes tipos de personas. Una vez dijo: “Ah sí, este es apropiado para gente inteligente, y este otro para gente estúpida”. Sentí una fuerte e inmediata reacción ante esa distinción categórica. Por algún condicionamiento de mi clase media occidental me ofendió que pudiese considerar a alguien estúpido. Pero saber que en la práctica espiritual no hay preferencias en lo que se refiere a la inteligencia fue algo liberador. Hay personas inteligentes y otras que no lo son. Según la enseñanza, si eres inteligente tienes que hacer una cosa y si eres torpe haces otra. El Camino de Purificación –El Visudimaga–, que es un compendio de muchas de las enseñanzas del Buda, describe diferentes temas de meditación indicando para quién son más apropiados. Con los años he podido apreciar tanto los valores obvios de la inteligencia como también algunos de sus tremendos peligros. Todos conocemos a personas que se identifican fuertemente con su inteligencia y se apegan a ella. Eso puede convertirse en una gran


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trampa del ego, tan dañina para nosotros como para los demás. La inteligencia puede ser también una gran bendición, proporcionándonos una claridad inestimable. Pero, en mi caso, era importante aprender que hay muchas otras cualidades de la mente que reflejan, mucho mejor que la inteligencia, la nobleza y belleza del carácter. La generosidad, el amor, la compasión o la devoción no dependen de un alto coeficiente intelectual. Una de mis historias preferidas de los tiempos del Buda habla de uno de sus discípulos que era muy torpe. Su hermano, también discípulo, era un arjat totalmente iluminado, además de ser muy inteligente. El hermano torpe se había sentido inspirado por las enseñanzas y fue ordenado monje. Tenía el mejor de los corazones, pero era muy corto de mente. Como era tan corto, su hermano le dio como práctica la memorización de un verso de las enseñanzas del Buda de sólo cuatro líneas. El necio se esforzó y se esforzó hasta aprenderse una línea. Pero, cuando intentaba aprender la segunda, se le olvidaba la primera. Su mente no podía retener más que una línea. Siguió y siguió bregando, pero sencillamente adolecía de la inteligencia necesaria para conseguirlo. Su hermano arjat desistió finalmente y le dijo: “Es imposible. Será mejor que dejes de ser monje”. El pobre se quedó totalmente abatido. Estaba muy triste porque en su corazón sentía una verdadera devoción por el darma. Cuando el necio iba de regreso a su pueblo, sintiéndose muy deprimido, el Buda, que sabía lo que había pasado, se puso a caminar a su lado. Acarició la cabeza del pobre necio y le consoló dándole una práctica exactamente adecuada a su situación. “Aquí tienes un buen tema de meditación para ti. Toma este pañuelo blanco y ponte a frotarlo a pleno sol”. Esa era toda la meditación. El necio tomó el pañuelo y se puso a frotarlo al sol. Poco a poco el pañuelo se fue ensuciando con el sudor de sus manos. En ese momento se despertaron en él memorias de vidas previas de práctica, cuando había visto cómo salían impurezas de su cuerpo. Mientras observaba el pañuelo sucio, se despertó en él un profundo desapasionamiento y su mente se abrió. Se iluminó totalmente. Se cuenta que, al iluminarse, le vinieron la inteligencia y todos los poderes psíquicos tradicionales, además de una profunda comprensión del darma. La historia termina relatando algunas travesuras psíquicas


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que el antiguo necio le gastó, con buen humor, a su sorprendido hermano. Siento un gran afecto por ese necio.

Un sabor ¿La Iluminación es gradual o es repentina? En torno a esta cuestión han surgido escuelas enteras de budismo. Pero a mí siempre me ha parecido que la liberación es a la vez gradual y repentina, que una no excluye a la otra. La Iluminación es siempre repentina. Esa es la gracia; sucede cuando se dan las condiciones apropiadas. Pero el camino que conduce a ese momento es gradual. Con la práctica creamos el campo de cultivo y preparamos la tierra, para que a su tiempo la mente se abra de forma repentina y espontánea. Entonces, y tras el despertar súbito, podrá producirse de nuevo un cultivo y maduración gradual de la mente iluminada. El Buda dijo con rotundidad que la mente en su estado natural es pura, pero que se encuentra oscurecida por impurezas. En una de sus disertaciones dijo: “La mente es radiante, resplandeciente, brillante; pero está manchada por las impurezas que la visitan. La mente es radiante, resplandeciente, brillante; y cuando son erradicadas las impurezas que la visitan, queda liberada”. Las técnicas pueden variar, pero las enseñanzas esenciales del Buda –sobre la naturaleza del sufrimiento y la realización de la libertad– las encontramos en todas las tradiciones budistas. En todos los lugares en los que ha florecido el darma, como India, Birmania, Tailandia, Tíbet, China, Japón, Corea, Sri Lanka, Camboya, Vietnam y otros, se han desarrollado innumerables formas de práctica. Hace ya mucho tiempo, Munindra-ji me dijo que, sólo en Birmania, conocía más de cincuenta técnicas de meditación del conocimiento intuitivo –vipásana–. No te aferres a la idea de que sólo hay una técnica o una forma correcta de practicar el darma. La libertad y la compasión son los puntos de referencia para toda práctica, todo lo demás son medios hábiles. En el camino se dan muchas experiencias diferentes. Tan pronto nos aferramos a cualquier cosa, pensando ya lo tengo, nos


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apartamos de la gran joya de la vacuidad, y además creamos otra idea sectaria. Uno de mis maestros expresó en palabras lo que creo que es verdad para todas las tradiciones, las prácticas, las técnicas y las ideas. Dijo: “Si una práctica no enfría el fuego de la codicia, de la aversión y la ignorancia, no sirve para nada”. Ese será el límite para todo lo que hagamos. Lo verdaderamente maravilloso del darma en occidente es la oportunidad que tienen los practicantes de todas las tradiciones de encontrarse y aprender unos de otros. Todas y cada una de las grandes tradiciones –teravada, mahayana y el vajrayana del budismo tibetano– tienen mucho que ofrecer. Como dijo el Buda: “El darma tiene un solo sabor, el sabor de la libertad”. Y para todas, la clave está en la práctica. Se cuenta una bonita historia de Milarepa, el gran yogui tibetano. Parece que hacia el final de su vida, Milarepa llevó a su principal discípulo a un lugar remoto en la montaña para transmitirle sus enseñanzas más secretas. Allí, el discípulo le pidió la transmisión con gran reverencia y devoción. Entonces Milarepa se inclinó y, mostrándole el trasero, le enseñó los callos, duros como el cuero, que se le habían formado debido a los años que había pasado sentado. Cada uno de nosotros, individualmente, experimentaremos los periodos de desarrollo de nuestra práctica de forma diferente. A veces tendremos mucha energía para hacer retiros de meditación intensivos y en silencio, que contribuirán a estabilizar una gran consciencia y abrirán nuevos niveles de conocimiento intuitivo. Con todo, en otros momentos podemos sentir que perdemos la energía que nos impulsa a practicar intensamente. Ese ciclo de decadencia puede darse pasados algunos años o meses, o incluso al empezar, después de unos pocos días de práctica intensiva. El momento en que vaya a suceder dependerá del nivel de desarrollo de la persona y de su situación particular en la vida. Conocí a un meditador que había practicado varios meses en Asia. Su práctica había alcanzado un cierto grado de madurez, pero por alguna razón no conseguía hacer nuevos progresos. Cuando nuestro maestro le preguntó cuál era la situación en su casa, él comentó que sentía un deseo compulsivo de volver a ver a su familia. Nuestro maestro le aconsejó que fuera a visitarles. Después de


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ver a su familia su mente se libró de ese obstáculo y, cuando volvió a la práctica, pudo completar la formación particular que estaba llevando a cabo. Cuida de no aferrarte a un modelo fijo de cómo debería desarrollarse tu práctica. A veces puedes sentirte atraído por investigar tu mente en una situación de retiro solitario. Pero en otras puedes no sentir esa necesidad de soledad. No tienes más que seguir tu ritmo de forma simple y natural. Si la principal aspiración en la vida es la liberación, los periodos de práctica intensiva de meditación te serán de un valor inestimable. Proporcionan una energía, una fuerza y un conocimiento intuitivo tremendos. Pero también hay periodos en los que se vive activamente en el mundo, desarrollando la generosidad, la moralidad, la honestidad y la compasión, cualidades que se expresan con más facilidad en la vida cotidiana que en el retiro. Y a su vez, esas grandes cualidades de la mente refuerzan nuestra meditación intensiva.

Las cuatro verdades nobles Con la difusión de las enseñanzas del Buda por Asia y el mundo aparecieron muchas escuelas que interpretaban, cada una con su propio acento, la metafísica y los medios hábiles. Aunque las diferentes tradiciones pueden no estar de acuerdo en determinados puntos del darma, existe una exposición de las enseñanzas que se mantiene como la joya central común a todas ellas: Las cuatro verdades nobles. El Buda describió la primera verdad noble como la verdad del sufrimiento. El término pali duka tiene muchos significados, entre los que se incluyen sufrimiento, inseguridad e insatisfacción. El Buda, ajeno al temor o a la lástima por sí mismo, despertó a la realidad del sufrimiento de la vida. Reconoció los problemas del sufrimiento con toda claridad: el dolor del nacimiento, de la vejez, de la muerte, de la enfermedad, del dolor, de la pena, de la desesperación, de estar con los que no queremos, de separarnos de los que queremos o de no conseguir lo que deseamos. Todo eso es duka. Al investigar en niveles cada vez más profundos y sutiles la naturaleza de los fenómenos condicionados, empezamos a descubrir su naturaleza intrínsecamente insatisfactoria.


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Todos sabemos que las sensaciones dolorosas de nuestro cuerpo o de nuestra mente son sufrimiento. Pero también podemos entender esa verdad de duka al hacernos conscientes de lo momentáneo de toda experiencia. Ninguna experiencia, por maravillosa que sea, puede proporcionarnos una satisfacción profunda y duradera, precisamente porque está siempre cambiando. El fluir continuo de los fenómenos me recuerda al agua que cae por el borde de una gran catarata. El agua está siempre cayendo, sin parar, sin interrupción. Es la naturaleza de toda experiencia. Además, el Buda describió muy gráficamente un tercer tipo de sufrimiento en el Sermón del Fuego: “El ojo quema, el oído quema..., el cuerpo..., la mente..., ¿qué quema? Quema el fuego del deseo, el fuego de la aversión, el fuego de la ignorancia”. Nos cuesta abrirnos a la verdad del sufrimiento porque estamos condicionados a buscar refugio de una manera convencional. Nos refugiamos y buscamos la felicidad en las cosas placenteras, en cosas que son, en sí mismas, transitorias. Con frecuencia no hacemos el esfuerzo necesario para parar, abrirnos y ser sensibles a lo que está pasando realmente. La maravillosa paradoja de la verdad del sufrimiento es que cuanto más nos abrimos a él y más lo comprendemos, más clara y libre se vuelve nuestra mente. Si dejamos de evitar o negar lo que es una realidad, nuestra mente se hace más espaciosa, más abierta y más feliz. Así sufrimos menos el impulso de los deseos compulsivos y las adicciones, porque vemos claramente la naturaleza de las cosas, tal como son. Pero conocer y comprender el sufrimiento de nuestras vidas no es suficiente. La segunda verdad noble nos descubre sus causas. ¿Cuáles son las causas del sufrimiento? Son las emociones aflictivas –kilesa en pali–, tormentos de la mente, como la codicia, la envidia, el odio, la ira, o el miedo. Esos estados, entre otros, nos atormentan y nos hacen sufrir. Las emociones aflictivas se manifiestan en diferentes grados. A veces son tan fuertes que pueden llevar a lo que un monje budista de Birmania traducía como una conducta terrible, como matar, robar o el adulterio, y nos causan un gran daño a nosotros mismos y a los demás. La fuerza de esas aflicciones se hace obvia si observamos lo que sucede en todo el mundo: asesinatos, violaciones, tor-


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turas, hambrunas, odios entre naciones, etcétera. Todo ese sufrimiento tiene sus raíces en las mentes de las personas, en nuestra propia mente. Podemos evitar ese grado de sufrimiento si nos comprometemos con preceptos morales, con una conducta que no cause daño. El Buda enseñó un adiestramiento de cinco preceptos como una buena protección para esa clase de actos dañinos: no matar, no robar, no tener una conducta sexual incorrecta, no mentir y no tomar sustancias que embriaguen o nublen la mente. Imagina qué diferente sería el mundo si todos siguiéramos al menos uno de esos preceptos: no matar a otros seres humanos. Un grado medio de estas emociones aflictivas sería el de aquellos estados mentales nocivos que llevan a acciones de palabra u obra que podríamos decir que tienen un impacto menor. Y el grado más sutil de kilesas son las denominadas impurezas latentes, o tendencias aflictivas latentes. Estas últimas no están presentes en cada momento, pero tienen el potencial para surgir cuando se dan las circunstancias apropiadas. Podemos ver esas tendencias en funcionamiento cuando las personas caen en situaciones de gran estrés y realizan acciones que normalmente ni se les pasarían por la cabeza. El Buda hizo mucho hincapié en la necesidad de erradicar una contaminación en particular para quedar libres de las causas del sufrimiento. Esa emoción aflictiva, considerada la más peligrosa, es la fuerte creencia en la idea de un yo permanente. Mientras la mente esté afligida por esa idea errónea, por esa percepción incorrecta de las cosas, nos llevará a realizar muchos otros tipos de acciones nocivas. Al tener una noción errónea del yo tendremos que defenderlo y satisfacerlo; de ahí que muchas de nuestras acciones empiecen en torno a esa idea equivocada. El escritor Wei Wu Wei describió sucintamente el efecto ilusorio de esa emoción aflictiva básica: “Es como un perro que le ladra a un árbol que no existe”. La meditación purifica la mente de esa emoción aflictiva tan profundamente arraigada, que ha causado tanto sufrimiento en nuestras vidas y que es una percepción básica equivocada de nuestra existencia. Por medio de la atención consciente conseguimos una sensación, un sabor, de lo que significa la ausencia del yo. La entendemos, no teórica o conceptualmente, sino como la libertad que experimentamos en ese momento.


ISBN: 978-84-86615-98-7

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