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La misteriosa mรกquina de los paisajes posibles


La misteriosa máquina de los paisajes posibles “(…) pues en este


“(…) pues en este lugar nadie nos turba ni embaraza, sin que un mínimo punto oculto reste verás del universo la gran traza, lo que hay del norte al sur, del este al oeste, y cuanto ciñe el mar y el aire abraza, ríos, montes, lagunas, mares, tierras, famosas por natura y por las guerras.” Alonso de Ercilla y Zúñiga, “La Araucana”, Canto XXVII, 1569-1589


Se reproduce en el presente documento, a manera explicativa, la traducción del manuscrito que fuera encontrado acompañando a la máquina (¿?) que aquí se expone. Se desconocen sin embargo las señas de su autor, sólo pudiéndose aclarar, que llegó a la ciudad de Montevideo en el verano austral de 2007, en una encomienda de correo expreso. Sus destinatarios no han conseguido explicar el por qué de este hecho, ni clarificar la identidad o ubicación del remitente1, sin embargo, quieren compartir la sensación de haber descubierto, de más está decir que de manera fortuita, estos objetos que, en cierta medida, podrán ser determinantes para el futuro de la disciplina, sino para el de la humanidad toda. Los puntos suspensivos entre corchetes sustituyen los tramos ilegibles del texto, que como verá el lector, no son de despreciar, tanto por su cantidad como por su distribución en la misiva, a pesar de lo cual, entendemos que esta continua siendo esclarecedora.

1:Acerca de su procedencia sólo se puede decir que la etiqueta del remitente se ha dañado (¿quizás intencionadamente?). Se estima que haya sido despachada en la ciudad de York, Inglaterra, aunque también podría ser Cork, Irlanda o hasta New York, Estados Unidos. El remitente sería un tal F.R. Norbut. Cualquier indicio acerca de su paradero o identidad será bienvenido. En nota final al manuscrito se plantea la hipótesis sobre la que se está trabajando.


“No habría debido enamorarme de Irina, eso es seguro. Entiéndaseme que lo digo menos por su belleza difícil y discreta, que por su costumbre insistente de oficiar de vagabunda. Sus piernas largas, su cuerpo menudo y sus ojos calmos, tenían ese aire propio de los pueblos acostumbrados a vivir en movimiento. Al poco tiempo de tratarla, descubrí con falso asombro, que era partidaria acérrima de la defensa de los destinos del planeta. Combinaba sus combates, con un no sé qué de profesión, que le permitía mantenerse activa y vigilante en los lugares más inhóspitos y alejados de la Tierra, y al tiempo, recibir cheques de salario y seguros de salud. Tenía, recién hoy lo reconozco, ese atractivo salvaje de las personas dadas a la fatalidad. Algo parecido a un magnetismo instantáneo, que utilizaba hábilmente con el mayor desparpajo y temeridad, y con el que, de más está decir, me conquistó de manera fulminante. […] Huelga relatar el detalle de cómo se enredaron los sucesos. Alcanzará contar que no fue largo el tiempo pasado hasta que me encontré deambulando en su compañía por los paisajes más potentes y extremos del continente. Servía de excusa en aquel tiempo algún programa, del cual obviamente no recuerdo el nombre, vinculado a la declaración y evaluación para Latinoamérica de los espacios naturales protegidos de


la Unesco. Vistamos así, en un lapso de dos años, lugares tan disímiles y fantásticos como, entre otros, los parques de Ischigualasto y Talampaya, la Península de Valdés y la Cueva de las Manos, y varias áreas protegidas, como las del Pantanal y del Cerrado. En estos ámbitos, inexplicables para mi, parecíamos entendernos de maravilla, más por su serenidad y paciencia hacia mis desintereses, que por mi habilidad para hacerle de consorte. Parecía preferir los lugares distantes, alejados de las grandes zonas de la cultura central para sentirse enteramente libre, para proyectar una calma exquisita que la transformaba, a mi vista, en profundamente hembra. El equilibrio de esta ecuación parecía demasiado frágil, sin embargo resistía una y otra vez las emergencias de la distancia y la nostalgia. O más precisamente, así sucedió hasta el que, posteriormente, fuera nuestro último destino razonable: el área protegida de la Amazonia Central. Sobrevino allí la fatalidad, que en cierto modo, yo siempre había estado aguardando. Y se abalanzó sobre nosotros de una manera casual, cotidiana, mediante un sutil encadenamiento de sucesos, como todos sabemos suelen ocurrir los gozos y las desgracias. Esta sucesión de hechos es la que motiva la decisión que hoy estoy tomando, y en virtud de la cual redacto este manuscrito. Todo sucedió aproximadamente como aquí lo relato, sépaseme disculpar la incapacidad de


plasmar en palabras la confusa complejidad de lo ocurrido. Nos encontrábamos hacía semanas explorando los límites del área de conservación, para evaluar supongo, alguna sutil modificación de su polígono. Siempre me intrigaba que justificara tanto desvelo la decisión sobre esas líneas imaginarias, esas fronteras difusas, que dejaban a uno u otro lado apenas algunos miles de árboles, papagayos, monos, insectos, en fin, todas esas criaturas que seguro se contaban por millones en la vastedad interminable del continente, y que no se enterarían nunca de la diferencia, ni notarían la protección emocionada y tonta de la humanidad. Para ello nos internábamos todos los días en la selva espesa, creo recordar que siempre contra mi voluntad, con la sola ayuda de algún baqueano, un lugareño parco, que si bien no puedo asegurar que fuera el mismo cada vez, era por lo menos un individuo de clonadas características. Caminaba yo algo distraído, derivando la mirada por las unánimes texturas verdes, cuando me llamo la atención un peculiar sector de la floresta. Dentro de la abrumadora tropicalidad de la vegetación baja, un área de base cuadrada, de casi dos metros de lado, destacaba por su particular ausencia de vida. La superficie era de una tierra oscura, despareja, que parecía haber sido removida recientemente y luego repuesta en su lugar, dibujando estrías con alguna


especie de herramienta. En el centro, solitaria, yacía una pequeña piedra, del tamaño de una bola de billar (es extraño, pero no puedo recordar hoy el destino final de esta pieza2). Al levantarla descubrí que estaba cubierta de grabados que representaban animales, ríos, bosques, que se iban entrelazando en una única espiral continua, que confundía sus límites y detalles. Noté también, que a medida que me alejaba de su soporte original, sosteniéndola en la mano abierta, su peso, originalmente casi nulo (hacía recordar los huevos de los caracoles marinos), comenzaba a crecer hasta hacerse difícil de soportar. No era su peso propio, gravitacional, sino una especie de atracción magnética hacia el lugar donde originalmente descansaba, o, se nos ocurrió pensar, hacia algo que reposaba debajo de la tierra, justo en aquel lugar. […] Nuestra demora, o la ausencia de nuestras pisadas a su espalda, alertó al guía, que había seguido abriendo sendero a machetazos hacia lo profundo de la selva. Al volver a nuestro 2: En una primera instancia de la investigación que hemos venido desarrollando, inferimos que el autor refería al objeto catalogado con el número 2874 de la Colección de Lítica del Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú. Sin embargo, datos descubiertos recientemente, nos inclinan a pensar que la pieza de referencia es una piedra, aún sin catalogar, que ha sido donada al Museo Británico a finales del 2006.


encuentro nos halló de rodillas, acercando y alejando la esfera a y desde su posición inicial. Recuerdo todavía hoy la mirada de pánico de aquel hombre. En ella comprendimos lo fantástico de nuestro hallazgo. Como explicar aquel terror salvaje, de animal acorralado, esa mezcla de odio y súplica, propia de la bestia que da su vida por perdida. Vinieron a mi memoria las veladas en la aldea, cargadas de relatos míticos, la serena ensoñación que provocaba en los nativos el desfile de los bondadosos espíritus de la selva como el Mapinguari, la aversión y el miedo callado que generaban los espíritus perversos, como el Bufeo Colorado y los demonios mayores de la floresta, como el Chullachaqui, el más variado y cambiante de los seres de la mitología amazónica. No podría asegurar que me intimidaran dichas historias, pero la honestidad de aquella cara, las elevaba a un lugar diferente, el de una verdad temible. Sólo balbuceo un par de frases, varias veces repetidas, en un dialecto para nosotros desconocido, pero la limpidez de sus gestos denotaba una desesperada exhortación a que abandonáramos la zona. Irina sonrió amablemente, con la ternura marcada en los labios, pero vi en sus ojos la ciega determinación de seguir adelante hasta las últimas consecuencias. Fueron vanas también mis sugerencias de dejar aquello tal como lo encontráramos. Sentí como


nunca que el destino se estaba escribiendo en mi presencia, sentí también la impotencia de no poder hacer nada por cambiarlo. Con metódica ceremonia apoyó su mochila en el suelo y comenzó a extraer de ella herramientas de trabajo: una pequeña pala, una serie de picos, una brújula, una brocha y varias piezas milimetradas. Yo miraba todo a dos pasos de distancia, hoy recuerdo aquella escena como si la viera desde lejos, desde las copas de los árboles […] Finalmente hallamos la máquina. Al sacarla de su entierro, dejando un hueco de tierra vegetal semi anegada por las lluvias, el aparato se encontraba extrañamente seco. La superficie tersa, parecía repeler las partículas de polvo, dando la impresión de un objeto recién salido de la línea de montaje de una fábrica. El aspecto de la pieza, de un negro profundo, aunque brillante, anunciaba una consistencia grácil, casi etérea. Contrariamente, era un elemento macizo, de un peso inusitado, difícil incluso de maniobrar con ambas manos. Esta impertinencia, acentuaba la sensación de inquietud que producía el enfrentarlo. Albergaba un misterio callado, que refería a temores profundos. Con cierto recelo, envolvimos el aparato en nuestras capas impermeables y lo introdujimos en la mochila de campaña para trasladarlo hacia


el pueblo. Varias veces me pareció sentir el objeto vibrar a mis espaldas, se me ocurrió que protestaba el alejamiento de la selva, pero descarté la idea, aferrándome a la racionalidad más innegable. Descubriríamos después, en el silencio de nuestra habitación, que la máquina generaba un extraño rumor, casi imperceptible, una música que parecía integrada de situaciones naturales, una densa amalgama de sonidos: azules de océanos lejanos y verdes de cubiertas vegetales, acentos cristalinos de cursos de agua corriendo entre las rocas, vientos silbando en las praderas, una sinfonía de vidas coloridas que volaban, reptaban y dormían en noches profundas y estrelladas. Un único susurro que era, a un mismo tiempo, todas esas cosas y muchas más […] Luego de dos días de profunda indecisión reunimos el valor necesario para intentar abrir el objeto. No parecía nada fácil, ya que poseía una combinación mecánica que se me antojó de caja secreta japonesa (las himitsu-bako que había descubierto en mi infancia en las ferias de objetos orientales). Estimé que contaba con pocos pasos y sería capaz de deducirlos. Durante varias semanas invertimos en ello la totalidad de nuestras horas libres. Habíamos descuidado toda obligación, era evidente que el asunto estaba empezando a obsesionarnos. Era también visible que ya no contábamos con la amistad de


los nativos, que habían comenzado a mirarnos con recelo. Posiblemente nuestro hallazgo se hubiera regado entre ellos a partir de las palabras atemorizadas del guía. […] Hasta que una noche sucedió. Tras girar una última pieza hacia la izquierda, el cerrojo cedió con un ruido opaco. Un profundo silencio, frío y extraño, fue lo primero que siguió a la apertura. Un apagado resplandor, como de película que termina, se diluyó en el aire, dejando lugar únicamente a una viscosidad opalina, como de fósforos y neón. A primera vista el interior me pareció desalentador. Un recinto flexible que encerraba un gel verdoso constituía la única superficie visible, aparte de la negra envolvente del aparato. Este, de aspecto cambiante, ocultaba dentro de sí una serie de piezas-ícono que se movían nadando en la emulsión. Por detrás se entreveía apenas el reflejo de mi rostro y algo que asemejaba una pequeña pantalla de computador. Transmitía una sensación extraña, como de elementos extrañados, piezas de tecnologías diversas combinadas de manera torpe, una mezcla rara entre máquina de vapor y recurso informático de última generación. […] Aunque retrospectivamente comprendo que debería haberlo hecho, no me resignaba al carácter dormido que


presentaba la máquina abierta, de manera que ideé una estratagema (recuérdese que el objeto es de una mecánica muy simple) que simulara el cierre de la máquina mediante una modificación del mecanismo, de manera de apreciarla en funcionamiento. Lo que sucedió después confirma mi astucia, aunque el carácter pírrico de la victoria me inhiba de otorgarle su verdadera trascendencia. ¿Puede llamarse victoria al desencadenamiento del evento que cambiaría mi vida para siempre? Intentaré relatar aquí lo sucedido, ya que dicha cuestión es la razón central de estas líneas. Entiéndase sin embargo, que se parte de una imposibilidad metódica, ya que se intentará expresar mediante una herramienta progresiva, como es la escritura un suceso cuya especificidad es la simultaneidad3. Sobran empero ejemplos, en el campo de la fe, al que desesperadamente evitaremos referirnos, en que se relaciona esta doble condición con la divinidad. 3: Son los párrafos siguientes los que hemos considerado centrales para nuestra investigación acerca de la máquina. En ellos el autor, por momentos, casi parafrasea pasajes del cuento “El Aleph” de Jorge Luis Borges. Originalmente, hemos entendido esto como una muestra del fraude que constituiría la historia relatada. Sin embargo, una lectura más detallada permite inferir otra hipótesis, que en adelante preferiremos. Según esta, el autor estaría refiriendo intencionadamente y de manera explícita al citado texto como forma de dar pistas sobre el carácter del artefacto, o incluso sobre su origen. El por qué de nuestra preferencia por esta hipótesis se detalla en la nota final al presente manuscrito.


Lentamente, la superficie traslúcida comenzó a brillar con mayor intensidad. Al comienzo fue una luminosidad neutra, de un lechoso color blancuzco. Este brillo genérico viró al color intenso, y comenzó a tomar formas, primero difusas y luego, de mayor precisión. Acerqué la vista, confundido por el reflejo de mi rostro tras la superficie gelatinosa. Un flashback me trasladó por un instante a mis viajes de juventud a Roma, me vi mirando el reflejo de mi cara en la superficie pulida bajo el óculo del Panteón de Agripa, donde, según dice la leyenda, se esconde el mundo, tras el bruñido antifaz metálico incrustado en la piedra. Entonces sucedió. Vi la inmensidad de los mares, vi los páramos surcados por el viento y las sombras largas en la mañana del desierto, vi en la selva profunda e interminable, el continuo ulular de una maraña colgante de raíces ocres, vi el temblar de una nube de langostas sobre una formación de juncos marinos en el Sahara Oriental, vi un salar infinito poblado de túmulos color añil, y más allá, una superficie tersa de figuras geométricas blancas, vi las manchas de óxido en el damero blanquinegro del patio de mi casa materna y la sombra salpicada de un naranjo, vi la sucesión de hondonadas de una cuchilla oriental (y eran los surcos alrededor de los ojos de una anciana mapuche), vi el azul incambiado de un cielo de Montevideo en primavera, vi la luz cegadora de los rayos del mediodía


en la profundidad de un cenote, vi un desfile de gotas de lluvia descolgándose de un ombú de la pampa, vi miles de almas entrecruzándose ágiles en una avenida iluminada por carteles de neón, vi el vibrar rítmico de un cardumen de peces en la profundidad del Atlántico Sur, vi los remolinos perfectos de la noche estrellada de un cuadro de Van Gogh, en una estancia apartada del Museo D`Orsay, vi el circular de la sangre, la mía y la de ella, irrigando millones de vasos (y era la vista lejana de una periferia de Lima), vi los trazados oscuros de las lágrimas de un camello en el desierto de Gobi, al sur de Mongolia, vi miles de paredes con musgo y rocas con líquenes, vi el continuo rotar de un campo de girasoles en Sierra de la Ventana, al norte de Bahía Blanca, vi la piel erizada de una mujer rubia, unos senos curvos, pequeños y delicados, vi el crepitar de la tierra bajo los millones de patas de todos los insectos del mundo, vi un bosque de piedra nacer de la tierra al suroeste de China, tras millones de años de cuidadosa erosión, vi el rojo intenso de un río iluminando un cauce abierto entre minas, en las cercanías de Huelva, vi el movimiento sinuoso de una manada de ñúes, intentando vadear un río en el Serengueti, y vi también el esperar silencioso de sus futuros verdugos, vi la niebla de la mañana y el vapor de la tarde en los muelles de Estambul, vi una ladera erizada de árboles en forma de sombrilla, en


los extremos meridionales del Sinaí, vi los dibujos de la sangre y la arena, recreándose sobre el lomo de un toro en la Plaza de Las Ventas de Madrid, y también el pelo hirsuto del matador bajo la montera, vi la superficie crespa del manglar azotado por la violencia salvaje de una tormenta tropical, vi la serena quietud del arrecife multiplicarse, reproduciendo moluscos y peces, vi el incesante crecer de una favela en Río de Janeiro, vi, en el interior de una vulva, el esperma caliente abriéndose paso entre los rosados pliegues de las mucosas, vi la descomposición de la carne en miles de reses muertas por la sequía, el diluvio siguiente y el crecimiento de las pasturas, vi ríos cambiar de cauce, mares volverse terrón reseco y resquebrajado, el látigo del rayo castigando el bosque, vi masas de gente arremolinándose frente a banderas, ejércitos marcando el paso en la gran Plaza de Tian´anmen. Vi todo esto a un tiempo, en tamaño real y sin escala a la vez, y comprendí que, en soluciones fractales, todas las formas de la naturaleza, todas las construcciones humanas son paisajes. Con dificultad alargue la mano, tanteando, todavía confuso, para bajar la oscura tapa. Con un leve susurro el mecanismo cambio de velocidad, aquietándose, hasta detenerse finalmente con un sordo sonido metálico. Cerré los ojos y


caminé de espaldas, lentamente, trastabillando, hasta alcanzar la puerta. Sentí (¿o recordé?) el peso frío del picaporte en mi mano. Ya n la calle, la inmensidad de la selva cercana me pareció extrañamente conocida. Las nubes parecían las mismas nubes, ya pasadas, como si estuviera viendo un cielo mil veces repetido. Me inundó un seco malestar, pero nada comparado al pánico que vi reflejado en los ojos de ella, poco después de que me tocara el hombro con sus dedos finos. […] En un acuerdo tácito entendimos que la única forma de escapar a esa condena era encontrar el paisaje que no hubiéramos experimentado aquella noche. Sólo nos podría liberar de ese castigo la confirmación de que se trataba de un engaño, una compilación metódica y exhaustiva hecha por un loco. Una trampa, sembrada en el medio de la selva para simular quien sabe qué cosa. Solamente restaba organizar un plan a seguir, encontrar por dónde empezar. Ella se apuró a decirme que ya lo había estructurado, que lo había visto claro desde el comienzo. […] Siguieron varios años de andar constante, en los cuales aprendimos a envidiar la alegría de quien va construyendo un nuevo paisaje con sus pasos, descifrando algo que le resulta


hasta entonces desconocido, creando y reconstruyendo mapas, que permanecían como espacios vacíos en su memoria. Entendimos, por oposición a nuestra práctica, a nuestra búsqueda desesperada, el placer del mirar distante del voyeur, la aterradora belleza del descubrimiento en el paseante romántico, el mirar maravillado del vagabundo4. Todos mis recuerdos de esa época me alcanzan hoy como reproducciones de la serie “La nueva pintura” de Elina Brotherus, como esas escenas mágicas de extensiones infinitas entre la niebla, con un color constante dominando la composición. A Irina también la evoco así, siempre de espaldas, siempre con el fondo de un paisaje interminable, monótono aunque fantástico, con una melancolía infinita expresada en su cabello rubio al viento, flameando al unísono con su largo abrigo oscuro. […] No puedo negar que el plan era metódico, y, a pesar de lo urgente de su confección, bien elaborado. Hoy debo asumir 4: N del T: Nótese el juego fonético perdido en la traducción, proveniente de la similitud en el idioma original entre las palabras wonders (maravillas) y wanderer (vagabundo). Para el lector atento este juego no puede, además, entenderse como una mera casualidad, sino como un adelanto de lo que se narrará en el siguiente párrafo, la exploración, aunque sin nombrarlas, de las nuevas “maravillas del mundo”. Estas están constituidas en su mayoría por espacios naturales, localizados en lugares externos, laterales a la cultura central de occidente.


que también era inútil. Comenzamos nuestra búsqueda por los paisajes más categóricos del planeta, que rápidamente se nos revelaron conocidos. Esto no nos extrañó, ya que fijábamos nuestras esperanzas en otros menores, casi anónimos para el mundo, que no hubieran estado al alcance de un supuesto creador de simulaciones. Visitamos así lugares perdidos, sólo citados en tradiciones locales, en historias populares, e incluso otros banales, olvidados a menudo por los propios pobladores nativos. Todo fue en vano, no conseguimos encontrar un sólo lugar que no hubiéramos experimentado aquella noche, todos nos resultaban simples repeticiones. […] No pasó mucho tiempo hasta que nos ganó la desesperanza. Era necesario un cambio de táctica para avanzar en la solución del enigma. Se nos ocurrió que, como en ciertas adivinanzas que traen implícita la respuesta, la solución al misterio debía estar en el objeto mismo. Decidimos entonces aventurarnos nuevamente a la observación de la máquina en funcionamiento. El resultado no fue para nada alentador, o por lo menos no lo fue a primera vista. Esta vez, sumados a los paisajes que habíamos presenciado originalmente y que reconocimos ya como doblemente conocidos, paisajes sin dudas impactantes pero reales, surgieron otros, mucho


más difíciles de clasificar. Desiertos nevados, cercanías asombrosas entre selvas tropicales y páramos infinitos, arenales y pantanos, cadenas de volcanes de lava negra, arenas movedizas fosforescentes, bosques de árboles petrificados fueron los ejemplos de paisajes fantásticos que se multiplicaron, ocupando el lugar de las anteriores maravillas, que en contraste se veían más humildes, menos impactantes. Esa fue, definitivamente, la última vez que abriríamos la máquina. […] Desde ese entonces no he cesado de reflexionar acerca de las lógicas intrínsecas de esta maquinaria. Finalmente, me he atrevido a arriesgar dos hipótesis, que me gustaría legar como líneas de trabajo a quienes reciban este documento. Nótese que comienzo a escribir en singular. He escapado con la máquina. Ella había intentado destruirla. La primera de estas hipótesis, entiendo que la más optimista, es que la máquina constituya un modelizador de paisajes posibles, donde las maravillas existentes (reales) sean los insumos de trabajo, y la creación de paisajes fantásticos simplemente una de sus habilidades, uno de sus ciclos. Esto explicaría en parte la aparición de estos nuevos paisajes de fuerte carácter imaginario, intercalados con los reales. La segunda hipótesis, irremediablemente pesimista, es que


este sea un artefacto que monitoree los paisajes remarcables del planeta, una especie de radar de rastreo y seguimiento de paisajes en peligro. Esto justificaría el carácter intimidatorio de los paisajes fantásticos descubiertos en la última exposición. ¿Serán estos lugares antiguas maravillas que están siendo arrasados por los cambios derivados de la actividad humana? ¿Serán proyecciones del futuro de los espacios naturales que conocemos? Hace meses que rastreo quien puede hacerse cargo de este asunto, debo reconocer que con relativo éxito solamente. Sí tengo la sinceridad necesaria para declararme incompetente en la tarea de seguir investigando el fin último de este artefacto. He optado por ceder este trabajo a alguien más entusiasta, que esté mejor preparado para el desafío. En lo concerniente a mi persona, sólo me resta esperar que el discurrir del tiempo actúe sobre la memoria, devolviéndome la tranquilidad de espíritu que una vez tuve.


P.S: Ayer se me ha ocurrido pensar que quizás exista una última hipótesis, ya no pesimista sino aterradora. Quizás la máquina no refleje paisajes existentes, espacios perdidos del planeta, sino que sea ella misma la que los está generando. Si esta última hipótesis fuera la correcta, he subestimado el poder de este artefacto. Y aún peor… ¿habré sido yo, al modificar el mecanismo, quién desencadenó las mutaciones en el funcionamiento que generan esos paisajes fantásticos? Solamente puedo esperar que el destinatario de este texto encuentre la forma de controlarlo…5


5: Nota final al manuscrito original: “Hacia 1867 el capitán Burton ejerció en el Brasil el cargo de cónsul británico; en julio de 1942 Pedro Henríquez Ureña descubrió en una biblioteca de Santos un manuscrito suyo que versaba sobre el espejo que atribuye el Oriente a Iskandar Zu al-Karnayn, o Alejandro Bicorne de Macedonia. En su cristal se reflejaba el universo entero. Burton menciona otros artificios congéneres - la séptuple copa de Kai Josrú, el espejo que Tárik Benzeyad encontró en una torre (1001 Noches, 272), el espejo que Luciano de Samosata pudo examinar en la Luna (Historia Verdadera, I, 26), la lanza especular que el primer libro del Satyricon de Capella atribuye a Júpiter, el espejo universal de Merlín, “redondo y hueco y semejante a un mundo de vidrio” (The Faerie Queene, III, 2, 19) - , y añade estas curiosas palabras: “Pero los anteriores(además del defecto de no existir) son meros instrumentos de óptica. Los fieles que concurren a la mezquita de Amr, en el Cairo, saben muy bien que el universo está en el interior de una de las columnas de piedra que rodean el patio central... Nadie, claro está, puede verlo, pero quienes acercan el oído a la superficie declaran percibir, al poco tiempo, su atareado rumor... la mezquita data del siglo VII; las columnas proceden de otros templos de religiones anteislámicas, pues como ha escrito Abenjaldún: En las repúblicas fundadas por nómadas, es indispensable el concurso de forasteros para todo lo que sea albañilería”. El texto que trascribimos es la posdata del mencionado cuento de Borges, que se ha convertido en nuestra primera pista. Han sido reveladoras las múltiples coincidencias que relacionan el manuscrito hallado con el texto transcripto, en cuanto a los tres temas aquí referidos:


A: Acerca del autor del manuscrito: Recordemos que el paquete fue remitido por F.R. Norbut, nombre que constituye un anagrama de Richard Francis Burton. Este fue, posiblemente, el explorador más destacado del siglo XIX, además de lingüista, escritor y representante de la Corona Británica. Como versa la posdata, fue cónsul en Brasil, para luego morir ejerciendo ese puesto en la ciudad de Trieste, Italia. En aquella ciudad tuvo descendencia, y se supone que su esposa quemó todos sus diarios, escritos y papeles secretos. El autor refiere en el manuscrito a sus “viajes de juventud a Roma”, lo que nos permite ubicarlo en las cercanías de esta ciudad. Se trabaja sobre la hipótesis de que este sea un descendiente directo del famoso explorador. B: Acerca de la ubicación de la máquina: El hallazgo en la Amazonia profunda explica de alguna manera el tópico del manuscrito hallado en Santos por Henríquez Ureña. Evidentemente, el capitán Burton tenía conocimiento del presente artefacto, y sus ansias de encontrarlo fueron las que lo llevaron a destinarse en el Brasil. Se trabaja en la búsqueda de otros manuscritos que relacionen ambos sucesos. C: Acerca del carácter de la máquina: Las dudas esbozadas por el autor acerca del carácter de simple instrumento de reflexión o verdadero “Aleph” son idénticas a las enunciadas por Burton en referencia a los demás artefactos, con la excepción del posible poder generador que se incluye en el nobel texto, y que, por supuesto, todavía no se puede ni asegurar, ni desmentir completamente.



La misteriosa maquina de los paisajes posible