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PRESENTACIÓN Ya es casi un lugar común oír comentarios sobre cuan lejana la literatura brasileña está del Ecuador. Situación similar se observa siempre sobre la literatura ecuatoriana en el Brasil, casi ausente. En efecto, parecía que la literatura contemporánea de ambos países, aunque reconocida mundialmente, camina en paralelo, lo que significa que poco se conoce, se lee y se publica de los autores ecuatorianos en el Brasil y casi nada de los brasileños en el Ecuador. El idioma podría ser un impedimento y escusa, pero lógicamente no es argumento válido para justificar la escasez de oferta que observamos, considerando que nuestros mejores nombres están editados y traducidos en muchos países. Lo que parece faltar, entonces, es provocar encuentros y despertar intereses. Por esa razón, nace la Revista Literaria ViceVersa, iniciativa que pretende promocionar - a través de ediciones bilingües - , el mutuo (re)conocimiento de la literatura que se produce actualmente en los dos países. Sin intervención de terceros, en una relación directa, comparativa. Para ser amigos. De ser posible, amigos íntimos de hoy en adelante. Para el primer número de ViceVersa, el cuento fue el género elegido para que doce escritores, seis de cada país, presenten su universo literario particular. Son nombres de prestigio y oficio, premiados nacional e internacionalmente, formando un grupo representativo de la mejor literatura brasileña y ecuatoriana. Un grupo diverso en estilo y temática que ciertamente cautivará al lector. Así, tenemos la literatura regional del brasileño Antonio Torres, cuyo contrapunto puede estar en el igualmente brasileño Milton Hatoum, con un escenario literario que abraza la ciudad de Manaus y la amazonía brasileña. Sus historias son relatos de memorias, del pasado y de recuerdos como las del ecuatoriano Eliécer Cardenas y del brasileño Eric Nepomuceno. La temática urbana puede ser encontrada tanto en el texto del brasileño Mário Araújo como en el del ecuatoriano Adolfo Macías. Y la literatura fantástica, “extraña”, como así la nombra, está presente en los escritos de la ecuatoriana Solange Rodríguez, con cuatro brevísimos cuentos. El brasileño Luiz Ruffato, a su vez, expone su literatura original, casi un rescate gráfico de la oralidad para presentar el universo obrero brasileño. Las historias de personajes, de corte psicológico y entorno sensual, son relatadas por los ecuatorianos Leonardo Valencia, Vladimiro Rivas y Javier Vásconez, acompañadas por la crudeza narrativa del brasileño Sergio Sant’Anna. Un grupo respetable y representativo, cuya obra es capaz de transformar el pensamiento y enriquecer emocionalmente al lector. Agradezco a estos doce escritores invitados por su disposición y vivo interés de participar de este primer encuentro que, esperamos, se transforme también en diálogo, en cercanía. Al Instituto Brasileiro-Equatoriano de Cultura (IBEC) y a su director Remi Gorga, igualmente expreso mis agradecimientos por el apoyo recibido para la edición de este primer número de ViceVersa, con la perspectiva de seguir trabajando en conjunto en los siguientes números. Fernando Simas Magalhães, Embajador del Brasil en el Ecuador


APRESENTAÇÃO Já é praticamente um lugar comum ouvir comentários a respeito do quão distante a literatura brasileira está do Equador. A mesma situação se observa com relação à literatura equatoriana no Brasil, quase ausente. Com efeito, parece que a literatura contemporânea de ambos os países, apesar de reconhecida internacionalmente, caminha em paralelo, o que significa que pouco se conhece, se lê e se publica autores equatorianos no Brasil e autores brasileiros no Equador. A barreira do idioma poderia ser um impedimento e uma justificativa, mas obviamente não é argumento válido para explicar a escassez de oferta que observamos, considerando que nossos melhores nomes estão sendo editados e traduzidos em muitos países. O que parece faltar, portanto, é provocar encontros e despertar interesses. Por essa razão, nasce a Revista Literária ViceVersa, iniciativa que pretende promover, por meio de edições bilíngües, o mútuo (re)conhecimento da literatura que se produz atualmente nos dois países, sem intervenção de terceiros, em uma relação direta, confrontativa. Para tornarmo-nos amigos. Se possível, amigos íntimos de hoje em diante. Para o primeiro número da ViceVersa, escolhemos o gênero conto para que doze escritores, seis de cada país, apresentem-nos o seu universo literário particular. São nomes de grande prestígio, premiados nacional e internacionalmente, e formam um grupo representativo da melhor literatura brasileira e equatoriana. Um grupo diverso em estilo e temática que certamente cativará o leitor. Assim, temos a literatura regional do brasileiro Antônio Torres, cujo contraponto pode estar no também brasileiro Milton Hatoum, com um imaginário literário que abarca a cidade de Manaus e a Amazônia brasileira. Suas histórias são relatos de memórias, impregnadas de recordações como as do equatoriano Eliécer Cardenas e do brasileiro Eric Nepomuceno. A temática urbana pode ser encontrada tanto no texto do brasileiro Mário Araújo como no do equatoriano Adolfo Macías. A literatura fantástica, “estranha”, como ela mesma a denomina, está presente nos escritos da equatoriana Solange Rodríguez, com quatro brevíssimos contos. O brasileiro Luiz Ruffato, por sua vez, apresenta sua literatura original, quase um resgate gráfico da oralidade, para revelar o universo operário brasileiro. As histórias com personagens marcantes, de corte psicológico e atmosfera sensual são relatadas pelos equatorianos Leonardo Valencia, Vladimiro Rivas e Javier Vásconez, acompanhados pela crueza narrativa do brasileiro Sérgio Sant’Anna. Um conjunto respeitável e representativo, cuja obra é capaz de transformar o pensamento e enriquecer emocionalmente o leitor. Agradeço aos doze escritores convidados invitados por sua disposição e interesse em participar deste primeiro encontro que, esperamos, possa transformar-se em diálogo, em proximidade. Expresso, de igual maneira, meu profundo agradecimento ao Instituto Brasileiro-Equatoriano de Cultura (IBEC) e ao seu diretor, Remi Gorga, pelo apoio prestado para que fosse possível realizar este primeiro número da ViceVersa, com a perspectiva de seguir trabalhando conjuntamente nos próximos números.

Fernando Simas Magalhães, Embaixador do Brasil no Equador


Embajada del Brasil en el Ecuador Fernando Simas Magalhães, Embajador Organización: Catarina da Mota Brandão de Araújo, Agregada Cultural y de Prensa Eric Nepomuceno Sonia Oliveira de Paredes Agradecimientos: Javier Vásconez Remi Gorga, Director Ejecutivo del Instituto Brasileiro-Ecuatoriano de Cultura Ricardo Primo Portugal, Consejero Pedro da Silveira Montenegro, Jefe del Sector de Educación y Cooperación Técnica Maria Carolina Gomes de Azeredo Souza, Oficial de Cancillería Valeria Aguirre Crespo Arte: Juan Diego Esparza Impresión: Hominem Distribución gratuita, venta prohibida Noviembre, 2013


CONTENIDOS Presentación Apresentação ADOLFO MACÍAS La cometa y el árbol A pipa e a árvore ANTÔNIO TORRES Según Nego de Roseno Segundo Nego de Roseno ELIÉCER CÁRDENAS El nuevo domicilio A nova casa ERIC NEPOMUCENO Bangladesh, tal vez Bangladesh, talvez JAVIER VÁSCONEZ Café Concert Café Concert LEONARDO VALENCIA Intimidad Intimidade LUIZ RUFFATO Mirim Mirim MÁRIO ARAÚJO La hora extrema A hora extrema MILTON HATOUM Reflexión sobre un viaje sin fin Reflexão sobre uma viagem sem fim SÉRGIO SANT’ANNA El vuelo de madrugada O vôo da madrugada SOLANGE RODRÍGUEZ PAPPE Autodiagnóstico Autodiagnóstico VLADIMIRO RIVAS Visita íntima Visita íntima

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Adolfo Macías

LA COMETA Y EL ÁRBOL

El día de la cometa, Belén acudió como de costumbre a su consultorio, ubicado en un edificio de servicios médicos de la Avenida Eloy Alfaro. Compartía el arriendo de un local con una amiga especializada en problemas de aprendizaje. En la recepción, niños inquietos se agitaban con juguetes de plástico frente a los adultos, de aspecto más bien grave y taciturno, que esperaban su turno con ella. Después de lidiar con la contadora durante dos horas, Belén recibió a una mujer. Ana Julia Hinostroza había pasado por un largo período de depresión tras la pérdida de un hijo adolescente, víctima de un accidente de tránsito. Le resultaba difícil encontrar sentido a su vida. Aunque era bibliotecaria y trabajaba en un archivo importante de Historia, reseñando revistas y periódicos de inicios del siglo veinte dentro de un proyecto del Municipio, se sentía inútil. A veces le temblaba un brazo. Cuando sucedía esto, se reía con incredulidad: —Es tan estúpido —decía—, la mano se agita y tengo que ponerla en el regazo para que no lo noten, es tan… tan vergonzoso, Dios santo. —¿Has ido a examinarte donde un neurólogo? —le preguntó Belén. —Ya me hice todo tipo de exámenes. ¡No hay nada! —protestó Ana Julia, que vivía con su madre y no tenía ninguna relación sentimental desde hace siete años. Aquella mañana, Belén estaba intranquila. Se hallaba cerca del momento de la menstruación y esto la volvía triste e irritable. Se levantó y abrió la ventana. Ana Julia empezó a hablar del archivo y de sus compañeros de trabajo, de su dificultad para poner a raya a uno de ellos cuando le pedía que lo ayudara con su parte del trabajo, ya que él tenía que salir temprano. Como justificación, el tipo alegaba la necesidad de ayudar con las tareas a su hijo. Ana Julia era divorciada y no tenía cargas familiares. —¡Es tan miserable decirle que no, me siento pésimo, pero al mismo tiempo estoy harta de ser comprensiva con él, con todo el mundo! —exclamó 9


La cometa y el árbol

Ana Julia, con una sonrisa histérica, mientras Belén se acomodaba nuevamente en la silla. Semana tras semana, la psicóloga había llegado a conocer minuciosamente los tópicos y problemas de Ana Julia Hinostroza. A pesar de que habían explorado sus hábitos y patrones de conducta para cuestionarlos, la naturalidad con la que Ana Julia olvidaba esos avances y volvía a narrar los mismos problemas frustraba a Belén profundamente. —¿Dificultad para expresar tu rabia? — preguntó. —Sí. Es como si no pudiese sacar eso de dentro, como si me desmoronara al intentarlo — dijo Ana Julia, mientras alzaba el brazo del mango de la silla y lo bajaba. —¿Te diste cuenta de eso? —¿Qué? —Tu brazo, estaba temblando de nuevo. —Oh, no, no estaba fijándome —replicó Ana Julia, confundida. —No importa, continúa —dijo Belén—. ¿Y si le dijeras algo, qué le dirías a ese compañero de trabajo? ¿Recuerdas nuestra última sesión? —Sí, creo que anoté lo que dijiste en alguna parte —dijo Ana Julia, removiéndose en el asiento y abriendo su cartera, dónde buscó un papelito sin encontrarlo. Luego de esto suspiró y empezó a hablar de la manera en que perdía diferentes cosas en la casa y en el trabajo. Mencionó unas velas de cumpleaños y las llaves de la tapa de una cisterna de agua, también desaparecidas. —Estás evadiendo mi pregunta —dijo Belén, cansada de aquel relato inútil. —Perdona. Es que soy tan tonta —exclamó Ana Julia, meneando su cabeza con una sonrisa. —¿Tonta? ¿Quién te dijo eso? —Oh, nada. Es una cosa que me dijeron desde niña. En el colegio había una monja que nos decía tontas, cada vez que dábamos la lección. Señorita Hinostroza, USTED-ES-UNATONTA. Ana Julia empezó a llorar un poco y sacó un papel Kleenex de la cartera, para recoger las 10

lágrimas. Era la segunda vez que contaba la misma anécdota en lo que iba del mes. Belén tuvo la sensación de que la terapia daba vueltas en el mismo sitio. Súbitamente, se sintió cansada, apoyó la frente sobre la palma de su mano derecha y cerró los párpados. Mientras Ana Julia seguía hablando interminablemente de su educación religiosa, se dejó ir unos instantes, con el propósito de abrir los ojos de nuevo, en unos segundos. Cuando los abrió, la mujer estaba de pie, mirándola. Tenía la cartera bajo el brazo. Con un respingo, Belén reparó en que se había dormido frente a su paciente. —Lo siento —se justificó, atolondradamente—: No he podido descansar y… no sé, esto nunca me había sucedido. —Descuide. Me tengo que ir —replicó Ana Julia. Belén se sonrojó intensamente. —Te acompaño. —No hace falta. Yo la llamo —dijo la paciente con sequedad, tras lo cual se dio la vuelta y salió del consultorio con la cabeza erguida orgullosamente. Belén miró el reloj, desconcertada. No estaba segura, pero debía haberse dormido por cinco minutos o más. Era sumamente embarazoso. En una ocasión le habían hablado de un terapeuta que se dormía durante la consulta y era objeto de burla por parte de sus colegas. Ahora ella estaba en la misma situación: se distraía, se adormilaba y dejaba hablando sola a una paciente. Sus sienes latían, su cabeza le empezaba a doler con la presión. Automáticamente buscó el frasco de aspirinas en su cajón, tomó dos y las ingirió con un vaso de agua del contenedor. Luego salió del consultorio. —¡Qué bruta soy, qué bruta! —repitió, golpeando con su mano extendida la pared metálica del ascensor, rumbo al subsuelo donde parqueaba el auto. Tras arrancar la máquina y calentarla, salió del parqueadero del edificio rumbo al parque La Carolina. Dejó el auto en uno de los estacionamientos al aire libre. Poniéndose las gafas para el sol, avanzó hacia el sitio donde los vendedores


La cometa y el árbol

ambulantes ofrecían cometas y pagó por la más cara. Una señora gorda, con el mandil lleno de billetes, ocupaba un amplio puesto de venta con su marido, un hombrecillo pequeño y sonriente. La cometa más llamativa tenía la silueta de un ave azul con alas verdes. Estaba diseñada de tal forma que permanecía en vuelo sin que nadie la sostuviera, atada por el hilo a una estaca. Belén pagó diez dólares, aunque seguramente en otros lugares se vendiera a menor precio. Hacía tiempo que su hijo la trataba con distancia y se encogía cuando ella se acercaba para darle un beso. Tras su divorcio, las cosas habían ido de mal en peor con Fernandito. Lucía, dos años mayor, había adoptado, en cambio, el rol de hija obediente para ganarse el afecto de Belén. Fernandito debía estar enojado. Cada vez que lo veía con la boca abierta frente al televisor, Belén sentía encogerse su corazón. Elegir aquella cometa que volaba tan fácilmente podía ser una manera de compensarlo por el abandono en que lo había dejado. Metió la cometa en el asiento trasero del auto y se dirigió al Quicentro Shopping para su almuerzo cotidiano. Tras consumir un sánduche artesanal y una gaseosa en El Español, sintió la necesidad de tomar otra aspirina. Revolvió el bolso pero no la encontró. Miró las citas fijadas en su agenda y se sintió extenuada con anticipación. ¡Estaba tan cansada de sus clientes y de sus quejas habituales! La sensación de luchar contra corriente, empeñándose en un oficio de cuya inutilidad se convencía cada vez más, la hizo sentirse insegura de su eficiencia. Estaba atascada y no podía tomar unas vacaciones. Además, estaba endeudada con la tarjeta de crédito… ¡No es justo que Fernando se case de nuevo y viva con otra mujer en el Batán, mientras yo me bato con dos niños en un departamento de cuarenta y cinco metros cuadrados! ¡No es justo! —pensó, mientras se sentía espantosamente sola, espantosamente débil. —Qué desastre —se dijo en voz baja. Suspiró, sacó un cigarrillo, lo encendió y aplastó la cerilla en el piso. Caló una pitada. Tengo que ir a trabajar, pensó. Alrededor, en las mesas del patio, se charlaba y se comía animosamente. Era la única mu-

jer sola en aquel sitio. Sus ojos se humedecieron. Llevó discretamente el dedo índice hacia los párpados inferiores, para recoger las lágrimas acumuladas detrás de las gafas oscuras. Luego pagó la cuenta y se dirigió al auto. Esa tarde charló con sus clientes de manera informal, dejándose llevar por su curiosidad personal hacia los detalles, como si estuviese tomando el té en casa de una amiga. Miró el reloj en varias ocasiones y dio varios consejos sobre lo que ella haría en el lugar de su paciente. Trató de ignorar aquel comportamiento incompetente, apresuró las citas y logró salir una hora antes de tiempo. Con el deseo de demorar el regreso a casa, se dirigió hacia el Pobre Diablo. Allí se topó con Mireya Flores y dos amigos más, que tomaban cerveza y hablaban de cine. Belén pidió un tequila y se quedó en la mesa, mientras participaba distraídamente en la conversación. Luego de media hora pidió otro tequila y llamó a casa. Le dijo a su hija que se iba a quedar una hora más con unos amigos y se sintió más relajada. Pronto empezó a reírse y hablar en voz alta, como hacía cuando se le subían los tragos. Uno de los amigos de Mireya le hizo conversación aparte y se mostró sorprendido con sus anécdotas de madre soltera. Él también había pasado por eso, cuando su mujer se fue de casa dejándole a un hijo de tres años. Pidieron dos tragos más. El tipo se llamaba Walter y era buen mozo, con un toque de Al Pacino en la mirada. Cuando le hablaba, apoyaba su mano en el respaldar de la silla de Belén y la rozaba con las yemas. Una hora más tarde, tenían sexo en el interior de un Trooper. Con el asiento echado hacia atrás y las rodillas levantadas para recibirlo, Belén revolvía el cabello de Walter con sus manos. Como llevaba varios meses sin hacerlo, tuvo dos orgasmos antes de que el tipo se corriera. Se habían metido en una calle transversal de la Floresta, donde no pasaba ningún auto. Se preguntó si Walter llevaba mujeres a ese sitio y luego desechó ese pensamiento de su mente. No le importaba. Se arregló la ropa y miró la hora. Eran casi las once de la noche. 11


La cometa y el árbol

—Perdón, es tarde —dijo con aprehensión. Sin despedirse, abrió la puerta, caminó precipitadamente hacia su auto, encendió el motor, arrancó y se dirigió a casa, llena de un monstruoso sentimiento de culpa. En el camino, se pasó un rojo y aceleró más de la cuenta. Sentía el temor irracional de que algo malo le hubiese sucedido a Fernandito. Eran las once y media cuando llegó. Parqueó el auto y subió apresuradamente los escalones del bloque. Hizo girar la llave en la cerradura y empujó la puerta. El corazón de Belén casi estalló de tristeza. Hundidos en el sofá, sus hijos miraban el televisor. —¡Mira la cometa que conseguí! —exclamó la madre, con una sonrisa fatigada. Fernandito se levantó del sofá, corrió y recibió el obsequio con una mirada concentrada. —Debes dar gracias a mami —dijo la hermanita. —Gracias, mami. Ella le dio un beso y lo apretó contra su cuerpo, hasta casi sofocarlo. —¿Te pasa algo? —preguntó Lucía. —Nada. Todo está bien, todo está bien, amor —respondió Belén—. Ahora la mamá va a meterse en la tina porque está muy cansada. —¿Y puedo volar la cometa en el patio? —pregunto Fernandito. —Puedes volarla donde quieras, es tu cometa —dijo Belén. Se dirigió a la ducha, se quitó la ropa y se metió bajo el chorro de agua caliente. Allí estuvo largo tiempo, sintiendo el deseo de perderse en esa sensación acariciante. Con los ojos cerrados, dejaba que el agua se deslizara en breves ríos por su nuca y su espalda. Unos minutos más tarde, abrió los ojos. Sus pies tenían las puntas de los dedos enrojecidas. Sus senos colgaban sin gracia. Habían perdido la elasticidad y belleza de su juventud. Cuando cerró nuevamente los ojos, la sobresaltaron unos golpes en la puerta. —¡Mamá, mamá! —¿Qué pasa? 12

—Mi hermano está haciendo volar la cometa en el patio —se quejó Lucía. —¡Pero son las doce de la noche! —¡Ya se lo he dicho, pero dice que tú le diste permiso! —¡Dile que suba de inmediato, que mañana vamos al parque! —¡No puede, se le ha enredado la cometa en un árbol! Belén se sintió desalentada. Cerró la llave de agua, se secó, se puso un calentador, una toalla en el cabello y las zapatillas deportivas, luego descendió por las escaleras del condominio en dirección al patio. En medio de la noche silenciosa, junto a los tarros de basura del parqueadero, su hijo estaba sentado sobre el piso y miraba hacia un ciprés grande y añoso, que se elevaba hasta la altura del cuarto piso del bloque B. —Vamos a la cama, ya mañana veremos cómo la bajamos. ¿Dónde está? —Allí. Belén observó atentamente hasta descubrir la silueta oscura de la cometa en un lugar intrincado del árbol. Luego miró las raíces que rompían la vereda de cemento del parqueadero, donde el ciprés había crecido, probablemente, desde antes que se construyera el condominio. El gran árbol se agitaba como un gigante desgreñado, sucio y moribundo. Tomando aire, Belén miró la tapia junto a la vereda externa del condominio e introdujo el pie en un agujero que se abría entre los bloques erosionados por la lluvia. Se encaramó con dificultad en una rama y empezó a subir, pujando, rasmillándose las piernas y avanzando hacia la cometa en medio de su respiración agobiada. Tras varios minutos de esfuerzo, llegó a una rama gruesa y avanzó por ella. Aferrándose a otra rama, alcanzó la cometa con la punta de los dedos. A pesar del frío, estaba sudando. Recuperó el aliento. Luego miró hacia abajo y se dio cuenta de que había subido más de lo que imaginaba. Estaba en una posición de la cual no podía moverse para descender. Sintió miedo y se sujetó con firmeza a la rama, sin soltar la cometa. —¿Fernando?


La cometa y el árbol

Belén escuchó su voz temerosa y se asombró de que ese nombre (el nombre de su marido, en realidad) hubiera salido de sus labios. Sus hijos se acercaron y la miraron. —¿Vas a bajar? —preguntó Lucía. —Ya voy a bajar, amor, sólo voy a descansar un poco y bajo, ¿de acuerdo? Pueden ir a ver la televisión hasta mientras —dijo, para no preocuparlos. Lucía y Fernandito se alejaron caminando en dirección al departamento y Belén se quedó sola. La seguridad de que se iba a precipitar si

daba un paso en falso le hizo permanecer inmóvil. Pensó en su divorcio y en su trabajo, en sus deudas y en su incapacidad para lidiar con las cosas. Recordó a su paciente con el brazo tembloroso y a su madre con el cabello al viento, en el entierro de su abuela. La noche era fría. El árbol oscilaba y chirriaba con el viento, acrecentando su vértigo. ¡Sólo Dios sabía lo cansada que estaba de todo! Miró hacia el piso distante de cemento y cerró los ojos, deseando dormirse, dormirse y caer por siempre, sin pensamientos, como una cometa rota en la tempestad.

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Adolfo Macías Huerta (1960) Nacido en Guayaquil. Ganador del Premio Nacional Joaquín Gallegos Lara por su libro de cuentos El Examinador (año 1995), Adolfo Macías ingresa al género de la novela con Laberinto junto al mar (Editorial Planeta, 2001). Su segunda novela, El dios que ríe (Casa de la Cultura Ecuatoriana, 2007), muestra un ensamble de géneros diversos, hábilmente entrelazados en una trama que oscila entre la fantasía y la realidad, mostrando algunas de sus obsesiones: la presencia de personajes femeninos arrebatadores, el absurdo existencial, el desborde del erotismo y la ironía social. Posteriormente publica La vida oculta (El Conejo, 2009), novela con la cual prosigue una fusión formal entre la narrativa, la fotografía y el diseño gráfico. Con su cuarta novela, El grito del hada (Eskeletra, 2010), se hizo nuevamente acreedor al premio Joaquín Gallegos Lara al narrar las peripecias de un grupo de artistas en Quito, durante los años ochenta. Su segundo libro de cuentos, Cabeza de Turco, fue publicado en el año 2011 por Editorial El Antropófago. El cuento La cometa y el árbol es inédito y forma parte del libro de relatos titulado Amados terrícolas.

Nascido em Guayaquil. Vencedor do Prêmio Nacional Joaquín Gallegos Lara pelo livro de contos El Examinador (1995), Adolfo Macías estreia como romancista com Laberinto junto al mar (Editorial Planeta, 2001). Seu segundo romance, El dios que ríe (Casa de la Cultura Ecuatoriana, 2007), mostra uma fusão de diversos gêneros, habilmente entrelaçados em uma trama que oscila entre a fantasia e a realidade, revelando algumas de suas obsessões: a presença de personagens femininas arrebatadoras, o absurdo existencial, o erotismo exacerbado e a ironia social. Posteriormente, publica La vida oculta (El Conejo, 2009), romance no qual realiza uma fusão formal entre a narrativa, a fotografia e o desenho gráfico. Com seu quarto livro, El grito del hada (Eskeletra, 2010), recebe novamente o prêmio Joaquín Gallegos Lara ao narrar as peripécias de um grupo de artistas em Quito durante a década de 1980. Seu segundo livro de contos, Cabeza de Turco, foi publicado em 2011 pela editora El Antropófago. O conto La cometa y el árbol é inédito e faz parte do livro de relatos Amados terrícolas.


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Adolfo Macías

A PIPA E A ÁRVORE

Como de costume, no dia da pipa, Belém foi ao seu consultório localizado em um edifício de serviços médicos na Avenida Eloy Alfaro. Dividia o aluguel de uma sala com uma amiga especializada em problemas de aprendizagem. Na recepção, crianças inquietas se distraíam com brinquedos de plástico perto de adultos de aspecto grave e taciturno, que esperavam a hora de ser atendidos. Depois de lidar com a contadora por duas horas, Belém recebeu uma mulher. Ana Julia Hinostroza tinha passado por um longo período de depressão após a perda de um filho adolescente, vítima de um acidente de trânsito. Tinha dificuldades para dar sentido a sua vida. Mesmo sendo bibliotecária e trabalhando em um importante arquivo de História, resenhando revistas e jornais do início do século vinte dentro de um projeto da Prefeitura, sentia-se inútil. Às vezes, seu braço tremia. Quando isso acontecia, ria com incredulidade: — É tão estúpido – dizia - a mão se agita e tenho de colocá-la no colo para que ninguém note, é tão... tão vergonhoso, meu Deus. — Você já foi a um neurologista, perguntou Belém. — Já fiz todo tipo de exames. Não tenho nada!, protestou Ana Julia, que vivia com sua mãe e não mantinha nenhuma relação sentimental há sete anos. Naquela manhã, Belém estava indócil. Estava perto do seu período menstrual e isso a deixava triste e irritável. Levantou-se e abriu a janela. Ana Julia começou a falar do arquivo e de seus colegas de trabalho, de sua dificuldade para enquadrar um deles quando lhe pedia ajuda com sua parte do trabalho, já que ele tinha de sair mais cedo. Como justificativa, o sujeito alegava a necessidade de ajudar seu filho nas tarefas escolares. Ana Julia era divorciada e não tinha deveres familiares. — É tão horrível dizer que não, me sinto péssima, mas ao mesmo tempo estou farta de ser compreensiva com ele e com todo mundo!, exclamou Ana Julia, com um riso histérico, enquanto Belém se acomodava novamente na cadeira. 16


A pipa e a árvore

Semana após semana, a psicóloga tinha chegado a conhecer minuciosamente os assuntos e os problemas de Ana Julia Hinostroza. Apesar de que já terem explorado seus hábitos e padrões de comportamento com o fim de questioná-los, a naturalidade com que Ana Julia esquecia esses avanços e voltava a narrar os mesmos problemas deixava Belém profundamente frustrada. — Dificuldade para expressar sua raiva?, perguntou. — Sim. É como se não pudesse tirar isso de dentro, como se desmoronasse ao tentar, disse Ana Julia, enquanto levantava e abaixava o braço da cadeira. — Você se deu conta disso? — De quê? — Seu braço, estava tremendo de novo. — Oh, não, não estava olhando, respondeu Ana Julia, confusa. — Não importa, continue, disse Belém. E se você dissesse alguma coisa a esse colega de trabalho, que lhe diria? Lembra-se da nossa última sessão? — Sim, acho que anotei o que você me disse em algum lugar, disse Ana Julia, mexendose no assento e abrindo sua bolsa, onde procurou um papelzinho sem encontrá-lo. Depois disso, suspirou e começou a falar de como perdia diversas coisas em casa e no trabalho. Mencionou umas velas de aniversário e as chaves da tampa de uma cisterna de água, também desaparecidas. — Você está se desviando da minha pergunta, disse Belém, cansada daquele relato inútil. — Desculpa. É que eu sou tão boba, exclamou Ana Julia, meneando a cabeça com um sorriso. — Boba? Quem disse isso? — Oh, nada. É algo que me disseram desde menina. No colégio, tinha uma irmã que nos chamava de bobas cada vez que nos tomava a lição. Senhorita Hinostroza, VOCÊ-É-UMABOBA. Ana Julia começou a chorar um pouco e tirou um lenço de papel da bolsa para recolher as

lágrimas. Era a segunda vez que contava a mesma anedota naquele mês. Belém teve a sensação de que a terapia dava voltas no mesmo lugar. Subitamente, sentiu-se cansada, apoiou a testa sobre a palma de sua mão direita e cerrou as pálpebras. Enquanto Ana Julia continuava falando interminavelmente de sua educação religiosa, abandonou-se por poucos instantes com o propósito de abrir os olhos novamente em alguns segundos. Quando os abriu, a mulher estava de pé, olhando para ela. Tinha a bolsa debaixo do braço. Com um suspiro, Belém se deu conta de que tinha dormido na frente de sua paciente. — Sinto muito, justificou-se, desajeitadamente. Não pude descansar e... não sei, isso nunca tinha me acontecido. — Não se preocupe. Tenho que ir embora, replicou Ana Julia. Belém ficou ruborizada. — Eu acompanho você. — Não precisa. Eu te ligo, disse a paciente secamente, e depois deu a volta e saiu do consultório com a cabeça orgulhosamente erguida. Belém olhou o relógio, desconcertada. Não tinha certeza, mas devia ter dormido cinco minutos ou mais. Era extremamente vergonhoso. Uma vez, tinham falado de um terapeuta que dormia durante a consulta e era objeto de gozação por parte de seus colegas. Agora, ela estava na mesma situação: se distraía, cochilava e deixava a paciente falando sozinha. Suas têmporas latejavam, sua cabeça começava a doer com a pressão. Automaticamente, procurou o frasco de aspirinas na sua gaveta, tomou duas e as engoliu com um copo d’água do garrafão. Depois, saiu do consultório. — Que idiota que eu sou, que idiota, repetiu, batendo com a mão aberta na parede metálica do elevador, em direção ao subsolo onde estacionava o carro. Depois de ligar o carro e aquecer o motor, saiu do estacionamento do edifício em direção ao parque La Carolina. Deixou o carro em um dos estacionamentos ao ar livre. Colocou os óculos escuros, caminhou até o lugar onde os 17


A pipa e a árvore

ambulantes vendiam pipas e pagou pela mais cara. Uma mulher gorda, com um avental cheio de notas, ocupava uma ampla barraquinha com seu marido, um homenzinho pequeno e sorridente. A pipa mais chamativa tinha a silhueta de uma ave azul com asas verdes. Estava desenhada de tal maneira que permanecia voando sem que ninguém a sustentasse, presa pelo fio a uma estaca. Belém pagou dez dólares, apesar de que seguramente em outros lugares se vendesse a um preço menor. Fazia tempo que seu filho a tratava com distância e se encolhia quando ela se aproximava para dar-lhe um beijo. Após o divórcio, as coisas tinham ido de mal a pior com Fernandinho. Lucía, dois anos mais velha, tinha adotado, por outro lado, o papel de filha obediente para ganhar o afeto de Belém. Fernandinho devia estar aborrrecido. Cada vez que o via com a boca aberta de frente para a televisão, Belém sentia um aperto no coração. Escolher aquela pipa que voava tão facilmente podia ser una maneira de compensálo pelo abandono em que o tinha deixado. Pôs a pipa no assento traseiro do carro e se dirigiu ao Quicentro Shopping para seu almoço cotidiano. Depois de consumir um sanduíche artesanal e um refrigerante no El Español, sentiu a necessidade de tomar outra aspirina. Remexeu a bolsa, mas não a encontrou. Olhou as consultas marcadas na sua agenda e sentiu-se exausta por antecipação. Estava tão cansada dos seus pacientes e suas queixas habituais! A sensação de lutar contra a corrente, insistindo em uma profissão de cuja inutilidade se convencia cada vez mais, a fez sentir-se insegura de sua eficiência. Estava emperrada e não podia tiras férias. Além do mais, estava endividada no cartão de crédito!.. Não é justo que Fernando se case de novo e viva com outra mulher no bairro Batán, enquanto eu me viro com duas crianças em um apartamento de quarenta e cinco metros quadrados! Não é justo! — pensou, enquanto sentia-se espantosamente sozinha, espantosamente débil. — Que desastre, disse em voz baixa. 18

Suspirou, pegou um cigarro, acendeu-o e apagou o fósforo no chão. Deu uma tragada. Tenho que ir trabalhar, pensou. À sua volta, nas mesas do pátio central, se conversava e se comia animadamente. Era a única mulher sozinha naquele lugar. Seus olhos ficaram úmidos. Levou discretamente o dedo índice às pálpebras inferiores, para recolher as lágrimas acumuladas atrás dos óculos escuros. Em seguida, pagou a conta e dirigiu-se ao carro. Naquela tarde conversou informalmente com seus pacientes, deixando-se levar por sua curiosidade pessoal pelos detalhes, como se estivesse tomando chá na casa de uma amiga. Olhou o relógio em várias ocasiões e deu vários conselhos sobre o que ela faria no lugar do paciente. Tratou de ignorar aquele comportamento incompetente, apressou as consultas e conseguiu sair uma hora antes. No intuito de retardar a volta para casa, foi ao Pobre Diablo. Lá se encontrou com Mireya Flores e mais dois amigos, que tomavam cerveja e falavam de cinema. Belém pediu uma tequila e ficou na mesa enquanto participava distraídamente da conversa. Depois de meia hora, pediu outra tequila e ligou para casa. Disse a sua filha que ficaria mais uma hora com os amigos e sentiu-se mais relaxada. Logo começou a rir e falar em voz alta, como acontecia quando bebia demais. Um dos amigos de Mireya puxou conversa com ela e mostrou-se impressionado com suas histórias de mãe solteira. Ele também tinha passado por isso quando sua mulher saiu de casa deixando um filho de três anos. Pediram mais dois drinques. O sujeito se chamava Walter e era bonitão, com um quê de Al Pacino no olhar. Quando falava com ela, apoiava a mão no encosto da cadeira de Belém e roçava-a com a ponta dos dedos. Uma hora depois, estavam fazendo sexo dentro de um Trooper. Com o banco abaixado e os joelhos levantados para recebê-lo, Belém revolvia o cabelo de Walter com as mãos. Como já não fazia sexo há vários meses, teve dois orgasmos antes que o sujeito terminasse. Tinham se metido em uma rua transversal da Floresta, onde não passava nenhum carro. Ela se perguntou se


A pipa e a árvore

Walter levava outras mulheres para aquele lugar, mas logo descartou esse pensamento. Não lhe importava. Ajeitou a roupa e olhou a hora. Eram quase onze da noite. —Perdão, já é tarde, disse com preocupação. Sem se despedir, abriu a porta, caminhou afobadamente até o carro, ligou o motor e foi para casa, invadida por um monstruoso sentimento de culpa. No caminho, passou um sinal vermelho e acelerou mais do que devia. Sentia o temor irracional de que alguma coisa ruim pudesse ter acontecido a Fernandinho. Eram onze e meia da noite quando chegou. Estacionou o carro e subiu apressadamente os degraus do edifício. Girou a chave na fechadura e empurrou a porta. O coração de Belém quase estourou de tristeza. Afundados no sofá, seus filhos assistiam televisão. — Olhem a pipa que consegui!, exclamou a mãe com um sorriso cansado. Fernandinho levantou-se do sofá, correu e recebeu o presente com um olhar concentrado. — Você deve agradecer à mamãe, disse sua irmãzinha. — Obrigada, mãe. Ela lhe deu um beijo e o apertou contra o seu corpo, até quase sufocá-lo. —Aconteceu alguma coisa?, perguntou Lucía. — Nada. Está tudo bem, tudo bem, meu amor, respondeu Belém. Agora, a mamãe vai entrar na banheira porque está muito cansada. — E eu posso empinar a pipa no pátio?, perguntou Fernandinho. — Você pode empiná-la onde quiser, a pipa é sua, disse Belém. Foi ao banheiro, tirou a roupa e se meteu debaixo do jato de água quente. Permaneceu ali um longo tempo, sentindo o desejo de perder-se naquela sensação acariciante. Com os olhos fechados, deixava que a água escorresse em breves rios pela nuca e pelas costas. Minutos mais tarde, abriu os olhos. Seus pés tinham as pontas dos dedos avermelhadas. Seus seios pendiam, sem

graça. Tinham perdido a elasticidade e a beleza da sua juventude. Quando fechou novamente os olhos, os golpes na porta a sobressaltaram. — Mamãe, mamãe! — O que foi? — Meu irmão está empinando a pipa no pátio, reclamou Lucía. — Mas já são onze da noite! — Eu falei, mas ele diz que você deixou! — Diga a ele para subir imediatamente, que amanhã vamos ao parque! — Não dá, a pipa se enrolou numa árvore! Belém sentiu-se desalentada. Fechou a torneira, secou-se, vestiu um moletom, enrolou uma toalha no cabelo, calçou um tênis e desceu pelas escadas do condomínio em direção ao pátio. No meio da noite silenciosa, ao lado das caçambas de lixo do estacionamento, seu filho estava sentado no chão e olhava para um cipreste grande e antigo, que se elevava até a altura do quarto andar do bloco B. — Vamos dormir e amanhã tentamos recuperá-la. Onde está? — Ali. Belém observou atentamente até descobrir a silhueta escura da pipa em um lugar intrincado da árvore. Em seguida, olhou as raízes que rachavam a calçada de cimento do estacionamento onde o cipreste tinha crescido, provavelmente desde antes da construção do condomínio. A imensa árvore se agitava como um gigante desgrenhado, sujo e moribundo. Respirando profundamente, Belém olhou o muro ao lado da calçada externa do condomínio e colocou o pé em um buraco que se abria entre os blocos erosionados pela chuva. Trepou com dificuldade em um galho e começou a subir, ofegante, arranhando as pernas e avançando até a pipa com a respiração oprimida. Depois de vários minutos de esforço, alcançou um galho grosso e avançou por ele. Agarrando-se a outro galho, alcançou a pipa com a ponta dos dedos. Apesar do frio, estava suando. Recuperou o fôlego. Olhou para baixo e se deu conta de que tinha subido mais do que imaginava. 19


A pipa e a árvore

Estava em uma posição da qual podia mover-se para descer. Sentiu medo e se prendeu com firmeza ao galho, sem soltar a pipa. — Fernando? Belém escutou sua voz temerosa e se espantou de que esse nome (o nome de seu marido, na verdade) tivesse saído de seus lábios. Seus filhos se aproximaram e a observaram. —Vai descer? Perguntou Lucía. — Já vou descer, amor, vou só descansar um pouco e desço, está bem? Podem assistir televisão enquanto isso, disse, para não preocupá-los. Lucía e Fernandinho se afastaram camin-

hando em direção ao apartamento e Belém ficou sozinha. A certeza de que ia cair se desse um passo em falso fez com que permanecesse imóvel. Pensou no seu divórcio e no seu trabalho, nas suas dívidas e na sua incapacidade para lidar com as coisas. Lembrou-se de sua paciente com o braço trêmulo e de a sua mãe com o cabelo ao vento, no enterro de sua avó. A noite era fria. A árvore balançava e chiava com o vento, aumentando sua vertigem. Só Deus sabia como estava cansada de tudo! Olhou para o chão de cimento distante e fechou os olhos desejando dormir, dormir e cair para sempre, sem pensamentos, como uma pipa rasgada pela tempestade.

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Tradução: Sônia Oliveira de Paredes Revisão: Catarina da Mota Brandão de Araújo


Antônio Torres

SEGÚN NEGO DE ROSENO

Patroncito, dame algo de dinero. -¿Para qué quieres el dinero?– Preguntó el niño. -Para tomarme una copa. -¿No vas a trabajar? Papá te está esperando. -Voy a tomar una copa. -Tómate dos y así caerás redondo– dijo el niño, mientras ponía dos monedas en la mano del hombre y se marchaba. -Dios te bendiga, patroncito. Era martes y era el final de todo; todavía no había amanecido y el último ser vivo del mundo estaba completamente borracho. Ahora ya no había misa ni feria ni barraca ni bizcocho y la calle volvía a ser lo que siempre fue: una soledad única. El niño se dio cuenta de eso al despertar. Estaba solo. Igual que el cura, todos habían vuelto a sus casas de verdad, pequeñas haciendas y cabañas miserables de los alrededores, que, en total, daban más de sietes leguas. Hasta su tío Ascendino, el último de los beatos (el borracho no contaba), había abandonado su puesto y regresado a su carpintería. Ahora sólo le quedaba volver a la plantación. Los peor no era la soledad. Era el hambre. Y así, sonándole las tripas y frotándose los ojos para limpiarse las lagañas, el niño bajó hacia la tienda de Josias Cardoso. Iba a comprar lo que quisiera, porque con los tres billetes que le había dado el cura podía comprar muchas cosas. Pero iba despacio. En la plantación, su padre lo esperaba con una azada. Por suerte no sólo quedaron el niño, el borracho y el dueño de la tienda. También estaba Nego de Roseno y su cacharro aparcado delante de la puerta de la mercería. Ese cacharro no era simplemente un vehículo que transportaba la barriga negra y vacía de un campesino. Era el único orgullo motorizado de la región, y un justo premio para un hombre que se había pasado toda la vida cargan21


Según Nego de Roseno

do las mercancías a lomos de un burro. Al niño también le fascinaba el progreso de ese hombre, incluso le envidiaba esa libertad de poder circular para arriba y para abajo al volante de ese pequeño camión, que, aunque se averiara y se encallara en los caminos, siempre acababa llegando a algún destino. Y quizás era eso lo que estaba queriendo decir, en ese momento. En la mercería, inmóvil como si fuera una de las cajas que Nego de Roseno intentaba cambiar de posición, el niño admiraba la manera delicada en que él, un hombretón desgarbado, arreglaba los frascos de colonia en los estantes. Y entonces Nego de Roseno le preguntó. ¿Quieres algo? Sí. Aquella camiseta de allí, ¿cuánto cuesta? Costaba más que el dinero que llevaba, pero negó de Roseno se la dejó por el dinero que llevaba. - Tu padre es un buen cliente –dijo-. Voy a hacerte un descuento. Su padre. Ahora tendría que inventarse una buena mentira para decir en casa. ¿Por qué has tardado tanto? Porque… Quizá le dieran una paliza. Pero tenía dos panes en una mano y una camiseta nueva en la otra; y eso, de momento, era lo que importaba. Una camiseta blanca, sin mangas (diferente, moderna), lo primero que se compraba con su propio dinero. Tampoco había mandado anotar los panes en la cuenta de su padre, como hacía siempre. El problema era que la alegría que sentía no era mayor que el miedo. ¿Quién te ha mandado tardar tanto? Cuando llegó a la carpintería, su tío Ascendino todavía estaba rezando benditos. Era un viejo solitario que se pasaba el día rezando y maldiciendo a la UDN, un antro de comunistas. El tío Ascendino dejó de rezar, dejó la azuela, se ajustó los tirantes y le enseñó al niño un camión azul. -Lo he hecho para ti. ¿Te gusta el color azul? El niño le dio uno de los panes a su tío, y el tío Ascendino aprovechó para preparar café. Mientras esperaba, y ahora con una alegría redo22

blada gracias al regalo, se cambió la camiseta. -Sólo te queda un poco grande –dijo el tío Ascendino- . Pero no pasa nada. Cuando la laves, encogerá. Y estás creciendo. Olvidándose del tiempo, de la azada y de la posibilidad de que le dieran una azotaina, el niño estuvo un buen rato hablando con su tío, como si fuera un buen amigo. -En Esta tierra sólo hay alegría cuando hay misa, ¿no? -Es verdad –dijo su tío Ascendino-. Es una pena que sólo haya de vez en cuando. Necesitamos un cura que viva aquí y que celebre misa como mínimo todos los domingos. -Estoy de acuerdo –dijo el niño. -Y tú ¿cuándo entrarás al seminario? -No lo sé tío. - Cuando te veo ayudando al cura, tan apuesto, le pido a Dios que algún día pueda verte con sotana. Ibas a ser el orgullo del pueblo. Pero quizá no viva para verlo. En Junco, a una determinada hora no se oye ni el vuelo de una mosca. Entre las once de la mañana y las tres de la tarde, el sol tiembla y hasta las cigarras dejan de cantar. El niño iba andando por el camino, atento a los baches. Atento al ruido que hacían las ruedas de su camión, que iba empujando con una horquilla. El regalo de su tío también le sirvió de excusa por haber tardado tanto. Lo que no le perdonaron fue que se gastara el dinero en una camiseta que no valía nada. Burro. Burro más que burro. Su padre le ordenó. -Vuelve a la tienda y devuélvela. Trae el dinero de vuelta. Tenía que volver a la calle. No había más remedio. Por el camino, le pidió a Dios que le pusiera delante los tres billetes que el cura le había dado y que ahora estaban en manos de Nego de Roseno. Si eso ocurriera, se sacaría la camiseta y volvería a casa sin tener que enfrentarse al dueño de la mercería. Era humillante tener que deshacer un negocio que había hecho libre y espontáneamente. Pero si Dios no lo ayudaba, mucho menos lo haría Nego de Roseno. Le pidió ayuda a


Según Nego de Roseno

Dirce, con los ojos llorosos. Dirce ni se movió. Le pidió ayuda a Neguinho, que un día había caído a sus pies, en medio de la calle, durante un ataque de epilepsia. Neguinho tampoco dijo nada. ¿Qué clase de hombre era?, le preguntó Nego de Roseno. ¿Compraba algo y luego se arrepentía? Además, la camiseta estaba empapada de sudor. En casa, además de la azada, ahora le esperaba otro rapapolvo. Y ese incidente le quitaría el sueño durante mucho tiempo. Como el día en que Neguinho se tiró a la vieja presa y murió ahogado, para vengarse de una bofetada que le había dado su padre. En sus sueños, el niño veía a Neguinho sacudiéndose en el suelo y sacando espuma por la boca, con los ojos entronados y suplicantes, como si estuviera pidiéndole ayuda. Esta escena se repetía cada noche, por más que el niño rezara por el alma de Neguinho.

Sólo mucho después, cuando la camiseta ya estaba rota y no servía para nada, se olvidó de todo ese asunto. Una noche, su padre volvió un poco tarde y se quedó hablando con su madre. Le contó lo que había oído que decían unos hombres sobre su hijo. -Estábamos yo, Josias, el compadre Zeca y Nego de Roseno. – El niño aguzó el oído. Todavía no se habían olvidado de eso-. Y entonces Nego de Roseno dijo: “Da gusto oír hablar a ese chaval. Ese chico es todo un hombre”, dijo el viejo. Los demás, todos dijeron lo mismo. Ahora sí. Su padre estaba orgulloso. Su hijo era un hombre, según Nego de Roseno.

Traducción: José Luis Sánchez

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Antônio Torres (1940) Nació en Sátiro Dias, Bahía. Escritor y periodista, empezó en la literatura en 1972, con la novela Un perro aullándole a la luna. En 1976 se dio a conocer internacionalmente con Esa tierra, novela que ha sido traducida a más de veinte idiomas y que está publicada en Cuba por la Casa de las Américas. En 1987, recibió el premio a la mejor novela del año del Pen Club de Brasil por Balada de la infancia perdida y en 1997 el premio hors concours de Novela de la Unión Brasileña de Escritores por El perro y el lobo. En 1998, fue distinguido por el gobierno francés como “Chevalier des arts et des lettres”. En el 2000, recibió el premio Machado de Assis, de la Academia Brasileña de las Letras, por el conjunto de su obra. Con Mi querido caníbal, libro que publicó en 2001 la editorial española Poliedro, consiguió el premio Zaffari & Bourbon en la Jornada Nacional de Literatura de Passo Fundo. Su última novela es El noble secuestrador. En noviembre de 2013, fue elegido para ocupar la silla n. 23 de la Academia Brasileña de Letras.

Nascido em Sátiro Dias, Bahia. Jornalista e escritor. Com dezessete obras publicadas, estreou na literatura em 1972 com o romance Um Cão Uivando para a Lua. Em 1976, ficou conhecido internacionalmente com o romance Essa Terra, traduzido para mais de vinte idiomas e publicado em Cuba pela Casa das Américas. Em 1987, recebeu o prêmio de melhor romance do ano do Pen Club do Brasil por Balada da infância perdida e, em 1997, o prêmio hors concours da União Brasileira de Escritores por O Cachorro e o Lobo. Em 1998, foi condecorado com o título de “Chevalier des Arts et des Lettres” pelo governo da França. Em 2000, recebeu o Prêmio Machado de Assis da Academia Brasileira de Letras pelo conjunto de sua obra. Com Meu querido canibal, publicado em 2001 pela editora espanhola Poliedro, ganhou o prêmio Zaffari & Bourbon na Jornada Nacional de Literatura de Passo Fundo. Seu romance mais recente é O nobre Sequestrador. Em novembro de 2013 foi eleito para ocupar a cadeira n. 23 da Academia Brasileira de Letras.


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Antônio Torres

SEGUNDO NEGO DE ROSENO

– Patrãozinho, me dê uma prata? – Pra que você quer dinheiro, homem? – disse o menino. – Me dê uma prata para eu tomar uma. – Não vai trabalhar? Papai está te esperando. – Eu vou mas é tomar uma. – Tome duas e caia logo de vez – disse o menino, pondo as duas moedas na mão do homem e se retirando. – Deus te ajude, patrãozinho. Era terça-feira e era o fim de tudo – e o último ser vivo do mundo estava caindo de bêbado, nem bem o sol havia raiado. Agora não havia mais missa nem feira nem barraca nem pão-de-ló e a rua voltou a ser o que sempre foi: uma solidão única. O menino percebeu isso ao acordar. Estava sozinho. Como o padre, todos haviam retornado a suas casas de verdade, fazendolas e casebres miseráveis das redondezas que, se somadas, davam mai de nove léguas. Até tio Ascendino, o último dos beatos (o bêbado não contava), tinha abandonado o seu posto e retornado à sua marcenaria. Agora só lhe restava o caminho da roça. O pior não era a solidão. Era a fome. E assim, com as tripas roncando e esfregando os dedos nos olhos para limpar a remela, o menino foi descendo para a venda de Josias Cardoso. Ia comprar um pão de milho. Agora podia comprar o que quisesse, porque as três notas que o padre lhe dera compravam muitas coisas. Mas ia devagar. Lá na roça seu pai o aguardava com uma enxada. Felizmente não sobraram apenas o menino, o bêbado e o dono da venda. Também havia Nego de Roseno e sua fubica parada na porta do armarinho. A fubica era um pouco mais que o veículo que transportava uma pança negra cheia de níqueis dos roceiros. Era o único orgulho motorizado do Junco – e o prêmio justo para um homem que passara toda uma vida carregando mercado26


Segundo Nego de Roseno

rias no lombo de um burro. O menino também estava fascinado com o progresso desse homem e chegava mesmo a invejar-lhe a liberdade de poder rodar para cima e para baixo na boleia daquele caminhãozinho que, mesmo quebrando e atolando nas estradas, acabava sempre chegando a algum destino. E talvez fosse isso que ele estivesse querendo dizer, nesse momento. Imóvel dentro do armarinho, como se fosse mais um dos caixotes que Nego de Roseno tentava mudar de posição, o menino agora admirava a maneira delicada como ele, um homenzarrão desengonçado, arrumava os frascos de cheiro nas prateleiras. E foi que Nego de Roseno falou. Queria alguma coisa? Queria sim. Aquela camisa ali, quanto é? Custava mais do que o dinheiro que ele tinha, mas Nego de Roseno deixou pelo dinheiro que ele tinha. – Seu pai é um bom freguês – disse – Vou lhe fazer um desconto. Seu pai. Agora precisava inventar uma boa mentira para contar em casa. Por que você demorou tanto? Porque... Talvez levasse uma surra. Mas tinha dois pães numa mão e uma camisa na outra – e isso, por enquanto, era o que importava. Uma camiseta branca, de mangas cavadas (diferente, moderna), a primeira coisa na vida que comprava com o seu próprio dinheiro. Também não mandou pôr os pães na conta do pai, como das outras vezes. O problema é que sua alegria não estava sendo maior que o seu medo. Quem mandou demorar tanto? Quando chegou à marcenaria, tio Ascendino ainda cantava benditos. Era um velho muito só que vivia rezando e praguejando contra as maldades do mundo. Tio Ascendino parou de cantar, parou a enxó, ajeitou os suspensórios e mostrou um caminhão azul para o menino. – Fiz esse para você. Gosta da cor azul? O menino ofereceu um dos seus pães para o tio e tio Ascendino aproveitou para fazer um café. Enquanto esperava, e agora com uma alegria redobrada, por causa do presente, trocou de camisa.

– Só está é um pouco folgada – disse tio Ascendino – Mas não faz mal. Quando lavar, ela encolhe. E você está crescendo. Esquecido do tempo e da enxada e da possibilidade de uma surra, o menino conversou muito, como se fosse um bom companheiro para o tio. – Essa terra só se alegra quando tem missa, não é? – É a pura verdade – disse tio Ascendino – È uma pena só ter missa de tempos em tempos. Já estamos precisando de um padre que more aqui e que celebre missa pelo menos todos os domingos. – Também acho – disse o menino. – E você, quando vai para o seminário? – Não sei não, tio. – Quando vejo você ajudando o padre, tão bonito, fico pedindo a Deus para ver você um dia metido numa batina. Ia ser o maior orgulho deste lugar. Mas talvez eu não viva tanto para ver isso. Há uma certa hora no Junco que dá para se ouvir um carro de bois cantando do outro lado do universo. Entre 11 da manhã e 3 da tarde o sol treme e até as cigarras param de piar. O menino ia pela estrada atento aos buracos. Atento ao barulho das rodas de seu caminhãozinho, que ele empurrava com uma forquilha. O presente do tio também serviu de perdão para a sua demora. O que não lhe perdoaram foi o fato de ele ter dado o seu dinheiro numa camisa que não valia nada. Burro. Burro e besta. Seu pai ordenou: – Volte lá e devolva isso. Traga o dinheiro de volta. Tinha que voltar à rua. Não havia outro jeito. No caminho, pedia a Deus que lhe jogasse na frente as três notas que ganhara do padre e que agora se encontravam nas mãos de Nego de Roseno. Se isso acontecesse, ele poria a camisa fora e voltava para casa sem ter que enfrentar o dono do armarinho. Era uma humilhação ter que se desfazer de um negócio que fizera por sua livre vontade. Mas se Deus não o iria socorrer, muito 27


Segundo Nego de Roseno

menos Nego de Roseno. Pediu o apoio de Dirce, com os olhos molhados. Dirce não se moveu. Pediu o apoio de Neguinho, que um dia havia caído a seus pés, no meio da rua, durante um ataque de epilepsia. Neguinho também não disse nada. Que espécie de homem era ele?, perguntava Nego de Roseno. Comprava uma coisa e depois se arrependia? Além do mais, a camisa estava melada de suor. Em casa, além de enxada, agora aguardava uma nova bateria de ameaças e descomposturas. E esse incidente iria perturbar-lhe o sono durante largo tempo da sua vida. Como no dia que Neguinho se jogou no tanque velho e morreu afogado, para se vingar de um tapa que levara do pai. Em seus sonhos, o menino via Neguinho se debatendo e espumando no chão, com os olhos arregalados e suplicantes, como se estivesse lhe pedindo socorro. Essa cena iria se repetir noites a fio, por mais que menino pela alma de Neguinho.

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Só muito depois, quando a camisa já estava rasgada e não servia mais para nada, foi que ele deu o caso por encerrado. Uma noite seu pai voltou um pouco tarde da rua e ficou conversando com sua mãe. Estava contado a respeito do que ouvira uns homens dizer sobre o menino. – Estava eu, Josias, compadre Zeca e Nego de Roseno. O menino ficou de orelha em pé. Ainda não haviam se esquecido daquela coisa. – Aí Nego de Roseno disse: dá gosto ouvir aquele menino falar. Aquele menino é um homem – contava o velho – Os outros, todos, disseram a mesma coisa. Agora, sim. Seu pai estava orgulhoso. O filho dele era um homem, segundo Nego de Roseno.


Eliécer Cárdenas

EL NUEVO DOMICILIO

Y la infancia surge de mí como los Huesos de los mártires surgen de las losas. Antonio Lobo Antunes Como nunca tuvimos casa propia, nos mudamos de continuo de un sitio para otro. A veces era un pequeño y ruinoso departamento con dos habitaciones y en otras ocasiones un cuarto solo, amplio, de alto cielorraso, en alguna casa antigua y decrépita. Para nosotros era toda una aventura que comenzaba con el anuncio cariacontecido de papá: nos sacaban, exigían que desocupáramos la pieza, y de inmediato el pobre iniciaba la búsqueda frenética del nuevo domicilio. Solicitaba licencia en el trabajo y con su terno más presentable realizaba la indagación, a través de los avisos clasificados del periódico, que terminaban alejándolo demasiado del barrio que entonces habitábamos. Cuando papá venía con la esperada nueva de que ya teníamos un sitio a donde ir, era mamá la que organizaba la evacuación: sus órdenes y gritos nos ponían a los dos hijos mayores en un trance de inusual ajetreo. Dejábamos de asistir a la escuela en aquel señalado día, y vestidos con las prendas más viejas y asquerosas retirábamos de los catres los colchones, las esteras y frazadas para ir arrollándolos en compactos cilindros que apretábamos desde la mitad con un juego de sogas que siempre teníamos a la disposición. Retirar la infinidad de objetos que guardaban las alacenas, los baúles y armarios era para nosotros el tramo más emocionante y nostálgico de aquellos trajines, porque entre el desbarajuste siempre nos era posible encontrar una estampa de la primera comunión de papá, o el prendedor dorado que mamá había perdido aparentemente sin remedio. La causa para aquellos constantes cambios de domicilio era la dificultad que papá siempre tenía para que sus quincenas nos alcanzaran. La súbita enfermedad de alguno de nosotros – coqueluche, calambres estomacales, gripe rebelde - o los zapatos nuevos que uno o varios de sus hijos precisábamos para ir a la escuela, las provisiones para mantenernos, siempre restaban el dinero para pagar el arriendo. Papá era más bien tímido, pero sacaba de no sé qué fondo insospechado de su carácter la digna entereza de decirle al dueño de casa que no 29


El nuevo domicilio

tenía de momento para el pago del alquiler vencido. A veces los caseros se portaban humanos, y esperaban hasta dos o tres meses a que papá se igualara con el arriendo, pero en la mayoría de los casos notificaban que teníamos que desocupar de inmediato la pieza o los cuartos, porque no querían inquilinos tramposos. Y así comenzaba nuestra aventura por la mudanza. ¿La habitación que conseguiríamos tendría goteras en la techumbre? ‘ Habría o no un patiecito, una huerta arruinada, un jardín delantero? Pero en aquella ocasión mamá fue más enérgica que de costumbre. Como si estuviera cansada de tanto cambio de domicilio, arrancó de un tirón las cortinas plásticas floreadas que nos habían acompañado en tantas piezas. Estaban ya rotas y demasiado viejas, y con ellas hizo los primeros atados donde iban nuestras prendas más nuevas y pasables. Los hermanos mayores ayudamos a papá en el trabajo de atar las frazadas y los colchones envueltos en las esteras, y nos cansamos muchísimo en bajar por los escalones la mesita de comer, las sillas, las alacenas y el velador, magullándonos los brazos y lastimándonos las canillas con los golpes. Desarmados los catres, fuimos bajando las tablas, los parantes y las piezas laterales, como si lleváramos los instrumentos de alguna orquesta insólita. Al fin quedó solitaria en la habitación vacía la cómoda con su perpetuo espejo trizado, mientras mamá con mis hermanitas arreglaban las petacas. Mamá dijo entonces a mi padre que necesitaríamos la ayuda de algún vecino para bajar aquel mueble por las gradas. Que buscara pronto a quién quisiera ayudarnos, insistió. No quería que aún estuviéramos allí para cuando viniera el dueño de casa a cerciorarse de que nos habíamos marchado. Mi hermano mayor Rafael, que por ser el más crecido y fuerte era el que más ayudaba a papá en las constantes mudanzas, se dejó caer, rendido, sobre el piso de duelas. Se miró los pantalones escarmenados y echó una mirada a su derredor. Que siempre los cuartos vacíos parecían mucho más grandes, observó, y agregó que nunca entendería cómo podíamos meter tantos 30

cachivaches en piezas tan pequeñas. Mamá pidió a Sonia y Lucía, mis hermanas, que fueran a la tienda de la esquina por unas colas: todos estábamos cansadísimos y nos moríamos de sed. Al fin regresó papá acompañado por un vecino comedido, y entre los dos, con la ayuda lateral y más bien fastidiosa de Rafael, mamá y yo, bajamos peldaño a peldaño nuestro más vistoso mueble hasta dejarlo en el zaguán de aquella casa donde amontonaban nuestras pertenencias que eran pasto de la curiosidad del vecindario. Mamá ahuyentó de mal modo a las comadres más murmuradoras y curiosas: ¿Acaso no habían visto nunca unos peroles, una cocineta de querosene, unas petacas y unas sillas? Nos pusimos a reír mi hermano Rafael y yo al advertir las caras compungidas e hipócritas de las curiosas que se retiraron aprisa por el zaguán para atender a sus críos. Papá demoró bastante e traer la camioneta de alquiler para el transporte de nuestras pertenencias. Que el chofer era un conocido suyo y nos iba a cobrar bien barato, anunció ufano cuando abrió la portezuela de un viejísimo vehículo que se había estacionado en la calle. Era una oxidada chatarra que apenas podía mantenerse sobre ruedas y expelía un olor crudo a gasolina mientras su escape no cesaba de emitir una tóxica humareda azulada. Mamá, refunfuñando, tuvo que conformarse con el transporte e iniciamos el acarreo de las cosas hacia la desvencijada paila de la camioneta. Crujía y se bamboleaba por el peso del montón que formaban nuestras pertenencias, en cuya cima asomaban rotundas las patas de las sillas. Papá y mamá subieron junto a Lucía y Sonia a la cabina. Iban apretujados, en tanto Rafael y yo nos acomodamos atrás, entre los colchones y los muebles. Rafael llevaba dos revistas de alquiler bajo el cinturón, de Superman y el Pato Donald, y me dijo riendo que como nos marchábamos de aquel barrio nunca iba a devolver esas revistas al zapatero que solía alquilarlas. Yo preferí no hojearlas ese momento y me quedé mirando hacia atrás, la calle de aquel sector que iba despareciendo lentamente con la casa vetusta y grande donde


El nuevo domicilio

habíamos vivido en los últimos meses y su hilera de puertecitas deterioradas, sus ventanales de marcos arruinados. ¿Aquella era la nueva casa en la que íbamos a habitar? Rafael y yo nos quedamos mirando las caras. La camioneta se había detenido con un brusco estertor frente a un tapial de las afueras que circunscribía un perímetro arbolado y con malezas, al fondo de cuyo enrevesado follaje se veían los contornos de un techado medio hundido y grisáceo por la vejez. “Huu”, exclamó estusiasmado mi hermano mayor; “vamos a vivir en la casa de Trazan”. En cambio Lucía y Sonia no parecían tan contentas: siempre que empezaban a hacerse de amiguitas en un barrio, para los juegos del escondite o las zapatillas, tenían que marcharse de allí, casi en vergonzosas fugas. La huerta delantera la dividía un caminito irregular y fangoso. Al fondo, las casas donde íbamos a vivir parecía a punto de desplomarse: tenía unas zigzagueantes rajaduras en los muros deslucidos y unos pilares delanteros acribillados por la polilla. Una caterva de niños enclenques y muy sucios, junto a varias mujeres barrigonas de rasgos afilados por la necesidad salió para observarnos. Mamá disimulaba su frustración al imponer una energía desmedida en sus órdenes: que Rafael y yo fuéramos de inmediato a la camioneta estacionada para ayudarles a papá y el chofer que descargaban las cosas. Siempre es más trabajoso bajar los enseres que cargarlos, y entre los cuatro demoramos hartísimo en la tarea con los cachivaches. La cómoda fue una vez más el mueble más difícil de bajar. El conductor se sacudió las manos, cobró a papá por la carrera y se marchó dejándonos con el desconsuelo de las cosas amontonadas a la entrada de la nueva casa. Papá aprovechó la corta tregua de descanso para encender uno de sus cigarrillos “Dorado”tras liar el pitillo con parsimonia. ¿Quién iba a ayudarnos en el traslado de los enseres hasta el cuarto donde viviríamos en adelante? Mamá solicitó ayuda a las mujeres barrigonas y demacradas que seguían espiándole rodeadas por sus mugrosos muchachitos. Inútil, ni siquiera parecían escucharle, y de

todos modos, sacando energías de nuestros molidos brazos, emprendimos entre toda la familia nuestra ardua faena. En aquella circunscrita selva de la huerta, Sonia alcanzó a descubrir un gato hirsuto encaramado en una rama, y de inmediato le encajó un nombre apropiado: “Desconocido”. La inmensa cómoda volvió a darnos trabajo, la fuimos arrastrando con las sogas, puesto de cara al firmamento el lado del espejo a fin de que no se estropeara, aunque ya estaba trizado, y al fin tuvimos nuestras pertenencias dentro de la estrecha habitación donde nos acomodaríamos, provista de una alta y pequeñísima ventana que otorgaba a la estancia un lúgubre aire de calabozo. El piso de ladrillo parecía que no lo habían limpiado nunca por los grumos de barro, oscuros y costrosos que ostentaba. Mis hermanas luego hincaron una cautelosa exploración de la huerta y acabaron por ponerse a llorar. ¿Iríamos a vivir allí? Mamá procuró calmarlas diciéndoles a modo de consuelo que no pasaría mucho tiempo antes de que volviéramos a mudarnos hacia otro domicilio. “Cuando menos aquí pueden jugar en esa huerta”, observó papá que así disimulaba su malhumor por el nuevo alojamiento. Estábamos descansando, tendidos sobre los colchones abiertos sobre el sucio piso cuando de súbito mamá lanzó un alarido desgarrador. Desencajada, nos dijo que había perdido la carterita donde guardaba los cincuenta sucres que restaban de la quincena de papá, y que eran para pagar el alquiler del nuevo domicilio y para seguir viviendo hasta el mes entrante, si Dios quería. Papá se incorporó de un salto del colchón donde yacía, rendido por el esfuerzo, en mangas de camisa, y estuvo a punto de darle una cachetada a mi mamá: ¿cómo podía ser tan descuidada? ¿Qué íbamos a hacer si el casero había anunciado que asomaría por la tarde para cobrarse el arriendo? Debí perder la carterita en el departamento que dejamos-musitó mamá, vencida por irremediables lágrimas. -Si la olvidaste allí, yo voy al vuelo y traigo la carterita- se ofreció mi hermano mayor. Le ad31


El nuevo domicilio

miré, entonces. El era así, decidido, aunque solía decir las cosas sin pensar, de puro impulsivo. Papá resolvió que fuéramos Rafael y yo de vuelta a la casa que acabábamos de dejar, aunque se le notaba en la expresión que no tenía esperanza de que halláramos la famosa carterita donde mamá guardaba el dinero para el gasto. Confortados nuestros apetitos con unos panes y guineos que mamá previsiva había llevado consigo en el traslado, desandamos el camino que lo habíamos hecho de ida en la paila de la camioneta. El trayecto fue largo porque teníamos que atravesar de un extremo a otro la ciudad. Unos vecinos que estaban en la puerta del caserón ya nos miraron como a unos intrusos. Trepamos a la carrera los crujientes escalones. La habitación que habíamos dejado seguía abierta, tal como la dejamos, con unos cuantos cartones desperdigados en el piso, un par de calcetines deshilachados y en los muros aquellos cromos de historia nacional que Rafael y yo solíamos pegar con las pomadas para las fricciones de pecho cuando alguno de nosotros se resfriaba. No había rastro de la carterita de mamá, y eso que hurgamos por todos los rincones. Ya perdidas nuestras débiles esperanzas de encontrarla, emprendimos todo un minucioso registro del pasillo y las gradas, escalón por escalón, sin dejar ninguno de los polvorientos rincones donde la basura acumulada formaba montones de pelusita gris. Luego, revisamos el zaguán, baldosa por baldosa. Que la carterita debió caérsele a mamá en el ajetreo de la mudanza, y cualquier vecino pudo recogerla, concluyó con desaliento mi hermano Rafael. ¿Volveríamos con la horrible nueva de que no encontramos la carterita con el dinero? La perspectiva descorazonó a mi hermano que como era mayor a mí con tres años, comprendía mejor las fatales consecuencias que acarrearía la pérdida. Que aguardara, me dijo con la expresión alterada por alguna idea que se le vino de pronto y que le formó las primeras arruguitas que le vi en el entrecejo. “Pero tú tienes que ayudarme”. Sin entenderle, subí tras él por los escalones rechinantes de la vieja casona. Rafael asumió unos 32

movimientos cautos al enfilar por el lóbrego pasillo del segundo piso, y se detuvo ante la puerta del departamento de los Camacho, una pareja de viejos sin hijos, tenderos que tenían su negocio a dos cuadras de allí y era fama entre el vecindario su riqueza y avaricia, porque vivían en la casa de inquilinato igual que el resto, quejándose por la pobreza y haciendo cola para recoger el agua del grifo en el patio, y se peleaban, como los demás, por ocupar el único, pestilente excusado que en lugar de cadena disponía de un alambre. De súbito entendí lo que mi hermano mayor pretendía. Que no fuera tan loco, le dije, nos iban a trincar e iríamos directo al Reformatorio a donde enviaban a los chiquillos rateros y de malas costumbres, y entonces seríamos la vergüenza de papá y de mamá, que siempre nos advertían acerca de lo malo que es robar. “Tú cállate”, me conminó muy pálido Rafael, y me pidió que me pusiera a vigilar el pasillo por si asomaba alguien. Para aplacar mi escandalizada inquietud dijo que no iba a hacer aquello por ladrón sino porque no había otro remedio. Dios y la Virgen se lo perdonarían. Desde la esquina del corredor donde me aposté, junto a los escalones, temblándome las piernas por el susto, observé los movimientos de Rafael, que desprendía con cuidado los pernos de la cerradura y después de un momento, que en mi consternación parecía infinito, abrió la hoja y se coló al departamento de los tenderos, cerrando la puerta de inmediato. Poco a poco iba dominando mi temblor desde mi puesto de vigilancia, aunque no dejaba de pensar en Dios, que nos veía en todas partes, como lo aprendí del catecismo, y de lo feo que era tomar algo de otro, tal como mamá y papá nos insistían cada vez que Rafael y yo hurtábamos unos reales para alquilar revistas de aventuras y chistes o comprar alguna golosina. Espeluznado, advertí que una vecina asomaba desde el fondo del corredor y lo cruzaba. Por fortuna, ni se fijó siquiera en la cerradura rota de la habitación de los viejos Camacho, y al mirarme allí, parado en una esquina, preguntó distraída si no nos habíamos marchado todavía. Rafael demoraba demasiado, y yo ya no podía resistir más


El nuevo domicilio

con el corazón latiéndome deprisa y amenazando trepar a la garganta. Una vez que la vecina despareció escaleras abajo yo no aguanté más y corrí hasta el cuarto de los avaros. Me colé por la puerta, cerrándola de inmediato. Hallé a mi hermano Rafael inmóvil, extasiado ante la cama que había en la habitación. Sobre la colcha había un cofrecito de latón, vaciado, y al lado un montón de billetes arrugados, de todos los colores, y muchas monedas sueltas. Cuando se percató de que había ingresado al cuarto salió de su éxtasis y me recriminó por no vigilar el pasillo. Asustado, le tironeé de una manga de la escarmenada chompa que llevaba y le rogué que nos marcháramos de inmediato. Comprendí que Rafael estaba librando una feroz lucha consigo mismo para no recoger a puñados todo ese dinero y guardárselo en los bolsillos. Y yo también sentía aquel deseo horrible, y pensaba que si nos llevábamos toda esa plata alquilaríamos montones de revistas, o mejor nos las compraríamos, y al fin Rafael pagaría la entrada para la bicicleta de segunda con la que tanto soñaba, y por supuesto mamá tendría el dinero para pagar el alquiler y llegar al mes entrante sin dejarnos sin almuerzo o merienda. Veloz, Rafael recogió del montón dos billetes de veinte, y dos de cinco, y se los guardó en el bolsillo. El resto lo devolvió a la cajita metálica que la colocó sobre una repisa con flores de plástico dedicadas a un cuadro del corazón de

Jesús que había en la pared. Salimos como una exhalación. En el pasillo no había nadie, y Rafael todavía tuvo el cuidado de poner en su sitio la cerradura y los tornillos. En el nuevo domicilio, papá y mamá y mis hermanas nos esperaban con caras de velorio, y cuando Rafael, muy pálido, con las facciones excavadas, como se hubiera pasado mucho tiempo desde que nos fuimos para buscar la carterita, sacó de un bolsillo los billetes y los entregó a mamá; todos se pusieron muy contentos, a excepción de mamá que miró desconcertada esos billetes. Aquel no era su dinero, dijo, y empezó a sacudir con violencia a Rafael. Ella tenía en la carterita un solo billete de cincuenta, además, ¿dónde estaba la cartera? Mamá le zarandeaba exigiéndole explicaciones. -Algún ladrón del vecindario se encontró la carterita -explicó mi hermano mayor en un tono desenfadado y seguro-, pero en su lugar en el zaguán hallamos estos billetes. Mamá dejó de insistir y guardó los billetes tras envolverlos en un rollito, mientras no dejaba de mirarnos con suspicacia. Mi hermana Sonia en el intervalo de nuestra ausencia se había hecho amiga del gato “Desconocido” y papá, para eludir la averiguación de complicados pormenores, empezó a echar al animal unas migas de pan, mientras mi hermano Rafael decía que era hora de armar los catres y poner las cosas en orden en nuestro nuevo domicilio.

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Eliécer Cárdenas Espinoza (1950) Nacido en Cañar. Escritor, periodista. Autor de las novelas Polvo y Ceniza (Premio Nacional Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1978); Háblanos Bolívar, elegida como una de las novelas más representativas de la literatura latinoamericana por la Municipalidad de Lima; Una silla para Dios (Premio literario del Diario El Universo); Que te perdone el viento (Premio Bienal de Novela Ecuatoriana); Diario de un idólatra, finalista del Premio Rómulo Gallegos; Del Silencio profundo; Las humanas certezas; El Viaje de Padre Trinidad, El árbol de los quemados; El Pinar de Segismundo (Premio de Novela - Ministerio de Cultura); Rafles, manos de seda (literatura juvenil), y La extraña dama inglesa. También es autor de libros de no-ficción, como Relatos del día libre (Premio Joaquín Gallegos Lara, Municipio del Distrito Metropolitano de Quito); La incompleta hermosura e Siempre se mira al cielo. Para teatro, escribió las obras Morir en Vilcabamba (Premio de Teatro Aurelio Espinoza Pólit); El último amor de Neruda e Un balcón en cada pueblo. Publicó los libros infantiles Historias del Papayal, La ranita que le cantaba a la luna e El pequeño capitán y otros cuentos. Sus obras están traducidas para el inglés, español, alemán, francés, italiano y portugués. Actualmente, ejerce el periodismo y es Director de la Biblioteca Municipal “Daniel Córdova Toral” de la ciudad de Cuenca.

Nascido em Cañar. Escritor, jornalista. Autor dos romances Polvo y Ceniza (Premio Nacional Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1978); Háblanos Bolívar, eleito um dos romances mais representativos da literatura latino-americana pela Municipalidade de Lima; Una silla para Dios (Prêmio literário do Diário El Universo); Que te perdone el viento (Prêmio Bienal de Novela Ecuatoriana); Diario de un idólatra, finalista do Premio Rómulo Gallegos; Del Silencio profundo; Las humanas certezas; El Viaje de Padre Trinidad, El árbol de los quemados; El Pinar de Segismundo (Premio de Novela - Ministerio da Cultura); Rafles, manos de seda (literatura juvenil), e La extraña dama inglesa. Também é autor de livros de não-ficção, como Relatos del día libre (Premio Joaquín Gallegos Lara, Municipio do Distrito Metropolitano de Quito); La incompleta hermosura e Siempre se mira al cielo. Para teatro, escreveu as peças Morir en Vilcabamba (Premio de Teatro Aurelio Espinoza Pólit); El último amor de Neruda e Un balcón en cada pueblo. Publicou os livros infantis Historias del Papayal, La ranita que le cantaba a la luna e El pequeño capitán y otros cuentos. Suas obras foram traduzidas para o inglês, espanhol, alemão, francês, italiano e português. Atualmente, exerce o jornalismo e é Diretor da Biblioteca Municipal “Daniel Córdova Toral” da cidade de Cuenca.


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Eliécer Cárdenas

A NOVA CASA

E a infância surge em mim como os Ossos dos mártires surgem das lápides. Antonio Lobo Antunes Como nunca tivemos casa própria, sempre nos mudávamos de um lugar para outro. Às vezes, era um pequeno e arruinado apartamento de dois quartos; em outras ocasiões, apenas um quarto, amplo, de teto alto, em alguma casa antiga e decrépita. Para nós, era uma grande aventura que começava com o anúncio já conhecido de papai: despejavam-nos, exigiam que desocupássemos o imóvel e, imediatamente, o pobre homem começava a procura frenética por um novo domicílio. Pedia licença no trabalho e, com seu terno mais apresentável, ia verificar os anúncios de jornal, que terminavam afastando-o demasiadamente do bairro onde então vivíamos. Quando papai vinha com a esperada notícia de que já tínhamos para onde ir, era mamãe que organizava a evacuação: suas ordens e gritos produziam em nós, os dois filhos mais velhos, um transe de agitação fora do comum. Naquele dia, deixávamos de ir à escola e, vestidos com as roupas mais velhas e asquerosas, retirávamos das camas os colchões, as esteiras e os cobertores para enrolá-los em compactos cilindros que prendíamos no meio com um jogo de cordas que sempre tínhamos à mão. Retirar a infinidade de objetos guardados nas despensas, baús e armários era para nós a parte mais emocionante e nostálgica daquele vai-e-vem, porque no meio da confusão sempre era possível encontrar o santinho da primeira comunhão de papai ou o prendedor dourado que mamãe tinha perdido sem esperanças de reaver. A razão daquelas constantes mudanças de casa era a dificuldade que papai sempre tinha de ajustar seu contracheque às nossas necessidades. A súbita doença de algum de nós – coqueluche, dores de barriga, gripes – ou os sapatos novos que um ou vários de seus filhos precisávamos para ir à escola, os suprimentos para nos manter, tudo isso sempre reduzia o dinheiro para pagar o aluguel. Papai era, antes mais nada, tímido, mas tirava de não sei que parte desconhecida de seu caráter a devida coragem para dizer ao dono da casa que 36


A nova casa

não tinha, no momento, como pagar o aluguel vencido. Às vezes, os proprietários agiam humanamente e esperavam por dois ou três meses até que papai saldasse o aluguel, mas, na maioria dos casos, informavam que tínhamos de desocupar o cômodo ou os quartos imediatamente, porque não queriam inquilinos trapaceiros. E assim começava a nossa aventura pela mudança. A casa que conseguiríamos teria goteiras no teto? Haveria um quintalzinho, uma horta abandonada, um jardim na frente? Mas naquela ocasião mamãe foi mais enérgica que de costume. Como se já estivesse cansada de tantas mudanças, arrancou de um puxão as cortinas plásticas floridas que tinham nos acompanhado em tantos lugares. Já estavam rasgadas e velhas e, com elas, fez as primeiras trouxas com nossa roupa mais nova e passável. Nós, os irmãos mais velhos, ajudamos papai no trabalho de amarrar os cobertores e os colchões enrolados nas esteiras, e nos cansamos bastante carregando pela escada abaixo a mesinha de jantar, as cadeiras, os armários e o criadomudo, arranhando nossos braços e machucando as canelas com os golpes. Desarmadas as camas, descemos com as tábuas, os pés e as peças laterais, como se carregássemos os instrumentos de alguma orquestra insólita. Ao final, solitária no quarto vazio, ficou a cômoda, com seu eterno espelho trincado, enquanto mamãe arrumava as garrafas com minhas irmãzinhas. Mamãe disse então ao meu pai que precisaríamos da ajuda de algum vizinho para descer aquele móvel pela escada. Que buscasse rápido quem pudesse nos ajudar, insistiu. Não queria que ainda estivéssemos ali quando o proprietário viesse verificar se já tínhamos saído. Meu irmão mais velho, Rafael, que por ser o mais alto e forte era o que mais ajudava papai nas constantes mudanças, deixou-se cair, rendido, no chão de madeira. Olhou para suas calças gastas e passou os olhos ao redor. Os quartos vazios sempre pareciam mesmo maiores, observou, e acrescentou que nunca entenderia como podíamos enfiar tantas bugigangas em cômodos tão pequenos. Mamãe pediu a Sonia e Lucía, mi-

nhas irmãs, que fossem ao armazém da esquina comprar refrigerantes: estávamos muito cansados e morrendo de sede. Por fim, papai regressou acompanhado de um vizinho atencioso e, entre os dois, com a ajuda lateral e talvez incômoda de Rafael, mamãe e eu fomos conduzindo para baixo o nosso mais vistoso móvel, degrau por degrau, até deixá-lo no saguão daquela casa onde amontoávamos nossos pertences que alimentavam a curiosidade da vizinhança. Mamãe espantou com rispidez as fofoqueiras mais murmurantes e curiosas: Nunca tinham visto panelas, fogão a querosene, bugigangas, cadeiras? Meu irmão Rafael e eu começamos a rir ao ver as caras compungidas e hipócritas das curiosas que saíram depressa do saguão para ir cuidar de seus filhos. Papai demorou muito em trazer a caminhonete de aluguel que transportaria nossas coisas. O motorista era um conhecido seu e ia cobrar bem barato, anunciou orgulhoso ao abrir a portinhola de um velhíssimo carro que estava estacionado na rua. Era uma lata velha enferrujada que mal se sustentava sobre as rodas, expelindo um cheiro cru de gasolina enquanto o escapamento liberava incessantemente uma tóxica fumaça azulada. Mamãe, resmungando, teve de se conformar com o transporte, e começamos a descarregar as coisas na caçamba da decadente caminhonete. Rangia e balançava com o peso da montanha formada pelos nossos pertences, em cujo topo surgiam, rotundos, os pés das cadeiras. Papai e mamãe subiram com Lucía e Sonia na boleia. Iam apertados, enquanto Rafael e eu nos acomodamos atrás, entre os colchões e os móveis. Rafael tinha duas revistas alugadas debaixo do cinto, a do Super-Homem e a do Pato Donald, e me disse rindo que, já que estávamos nos mudando daquele bairro, nunca mais devolveria aquelas revistas ao sapateiro que as alugava. Preferi não folheá-las naquele momento e fiquei olhando para trás, vendo a rua daquele bairro que ia desaparecendo lentamente junto com a casa vetusta e grande onde tínhamos passado os últimos meses, sua fileira de portinhas deterioradas, suas janelas de batentes arruinados. 37


A nova casa

Era aquela a nova casa onde íamos morar? Rafael e eu ficamos olhando um para a cara do outro. A caminhonete tinha freado bruscamente em frente a um muro que delimitava uma área arborizada com um matagal ao fundo onde, em meio à tortuosa folhagem, via-se os contornos de um telhado meio afundado e acinzentado pelo tempo. “Huu”, exclamou entusiasmado meu irmão mas velho; “vamos viver na casa do Tarzan”. Lucía e Sonia, por outro lado, não pareciam tão contentes: sempre que começavam a fazer amiguinhas no bairro para as brincadeiras de esconde-esconde ou pega-pega acabavam tendo de ir embora em fugas praticamente vergonhosas. A horta dianteira estava dividida por um estreito caminho irregular e lamacento. Ao fundo, as casas onde íamos viver pareciam a ponto de desabar: havia ziguezagueantes rachaduras nas paredes desbotadas e os pilares da frente estavam esburacados pelas traças. Uma multidão de crianças raquíticas e muito sujas junto com várias mulheres barrigudas de traços moldados pela necessidade saiu para nos observar. Mamãe disfarçava sua frustração imprimindo um vigor desproporcional a suas ordens: que Rafael e eu fôssemos imediatamente à caminhonete estacionada para ajudar papai e o motorista a descarregar as coisas. Descarregar a mobília é sempre mais trabalhoso que carregá-la, e nós quatro nos alongamos muitíssimo na lida com as bugingangas. A cômoda foi, mais uma vez, o móvel mais difícil de descarregar. O motorista sacudiu as mãos, cobrou a corrida a papai e foi embora, deixandonos com o desconsolo das coisas amontoadas na entrada da nova casa. Papai aproveitou a curta trégua de descanso para acender um dos seus cigarros “Dorado” depois de enrolá-lo com parcimônia. Quem nos ajudaria a carregar as coisas até o quarto onde viveríamos dali em diante? Mamãe pediu ajuda às mulheres barrigudas e abatidas que continuavam espiando, rodeadas por seus imundos meninos. Inútil, nem sequer pareciam ouvila, e de qualquer maneira, extraindo energias de nossos braços moídos, dividimos entre todos da família a nossa árdua tarefa. 38

Naquela circunscrita selva da horta, Sonia conseguiu descobrir um gato peludo encolhido no alto de um galho e deu-lhe imediatamente um nome apropriado: “Desconhecido”. A imensa cômoda voltou a nos dar trabalho, fomos arrastando-a com as cordas, colocando o lado do espelho virado para o céu a fim de que ele não se danificasse, ainda que já estivesse trincado, e finalmente colocamos nossos pertences dentro do apertado quarto onde nos acomodaríamos, com uma alta e minúscula janela que conferia ao lugar um lúgubre aspecto de calabouço. A julgar pelos grumos de barro escuros e endurecidos que exibia, o chão de tijolo parecia nunca ter sido limpo. Em seguida, minhas irmãs se engajaram em uma cuidadosa exploração da horta e acabaram chorando. Íamos viver ali? Mamãe procurou acalmálas dizendo, como consolo, que não se passaria muito tempo até que nos mudássemos novamente. “No mínimo, vocês podem brincar aqui nessa horta”, observou papai dissimulando seu mau humor com o novo alojamento. Estávamos descansando deitados nos colchões abertos sobre o chão sujo quando, de repente, mamãe deu um grito lancinante. Desconcertada, disse que tinha perdido a carteira onde guardava os cinquenta sucres que sobravam do pagamento de papai, reservados para pagar o aluguel da nova casa e continuar vivendo até o mês seguinte, se Deus quisesse. De um pulo, papai levantou-se do colchão onde estava, abatido pelo esforço, em mangas de camisa, e esteve a ponto de dar uma bofetada na minha mãe: como podia ser tão descuidada? O que faríamos, se o proprietário já tinha dito que viria à tarde para cobrar o aluguel? -Devo ter perdido a carteira no apartamento de onde saímos - choramingou mamãe, vencida por lágrimas irremediáveis. -Se foi lá que esqueceu, vou correndo e trago a carteira – ofereceu-se meu irmão mais velho. Admirei-o por isso. Ele era assim, decidido, mesmo que tivesse o hábito de dizer as coisas sem pensar, por puro impulso.


A nova casa

Papai decidiu que fôssemos, Rafael e eu, de volta à casa que acabáramos de deixar, embora se pudesse ver em sua expressão que não tinha esperança de que encontrássemos a famosa carteira onde mamãe guardava o dinheiro para as despesas. Uma vez saciado o nosso apetite com os pães e bananas que mamãe, precavida, tinha levado na mudança, refizemos o caminho que tínhamos percorrido na caçamba da camionete. O trajeto foi longo porque tivemos de atravessar a cidade de um extremo ao outro. Alguns vizinhos que estavam na porta do casarão já nos olharam como intrusos. Subimos correndo os rangentes degraus. O quarto que havíamos abandonado continuava aberto, tal qual o deixamos, com algumas caixas de papelão desarmadas no chão, um par de meias desfiadas e, nas paredes, as figurinhas da história nacional que Rafael e eu costumávamos colar com pomadas para o peito quando algum de nós se resfriava. Procuramos por todos os cantos, mas não havia nem rastro da carteira de mamãe. Já perdidas nossas débeis esperanças de encontrá-la, empreendemos um minucioso exame do corredor e da escada, degrau por degrau, sem deixar de fora nenhum dos empoeirados cantos onde o lixo acumulado formava montes de mofo cinza. Depois, revistamos o saguão, azulejo por azulejo. A carteira da mamãe deve ter caído na correria da mudança e algum vizinho pode tê-la encontrado, concluiu com pesar meu irmão Rafael. Regressaríamos com a terrível notícia de que não encontramos a carteira com o dinheiro? Essa perspectiva desiludiu meu irmão que, três anos mais velho que eu, compreendia melhor as funestas consequências que a perda acarretaria. Que eu esperasse, disse com a expressão alterada por alguma ideia que lhe veio de repente e que formou as primeiras ruguinhas que vi entre suas sobrancelhas. “Mas você tem de me ajudar”. Sem entender, subi atrás dele fazendo estalar os degraus do velho casarão. Rafael fez movimentos cautelosos ao caminhar pelo lúgubre corredor do segundo andar e deteve-se em frente à porta do apartamento dos Camacho, um casal de velhos

sem filhos, comerciantes que tinham seu negócio a dois quarteirões dali, cuja riqueza e avareza era famosa na vizinhança porque viviam em uma casa alugada como os demais, queixando-se da pobreza e fazendo fila para recolher água da torneira do pátio, e brigando, como os outros, para ocupar o único e fedorento vaso sanitário que tinha um arame no lugar da corrente de descarga. Subitamente entendi o que o meu irmão pretendia. Que não fosse tão louco, lhe disse, vão nos pegar e nos mandar direto para o reformatório, que é para onde vão os meninos ladrões e malcriados, e então seríamos a vergonha de papai e mamãe, que sempre nos alertavam sobre o quanto é ruim roubar. “Cala a boca”, exigiu Rafael, muito pálido, e me pediu que vigiasse o corredor no caso de aparecer alguém. Para aplacar minha escandalizada inquietação, disse que não estava fazendo aquilo por ser ladrão, mas sim porque não tinha outro remédio. Deus e Nossa Senhora o perdoariam. Da esquina do corredor, onde me posicionei, ao lado da escada, com as pernas tremendo de susto, observei os movimentos de Rafael, que soltava com cuidado os parafusos da fechadura e, depois de um momento, que no meu aturdimento pareceu infinito, abriu a porta e entrou no apartamento dos comerciantes, fechando-a logo em seguida. Pouco a pouco, parado no meu posto de vigilância, ia controlando a tremedeira, ainda que não deixasse de pensar em Deus, que nos via em todos os lugares, como aprendi no catecismo, e no quanto era feio pegar algo de outra pessoa, como mamãe e papai repetiam cada vez que Rafael e eu roubávamos uns tostões para alugar revistas de aventuras e fofocas ou para comprar alguma guloseima. Aterrorizado, vi aproximar-se uma vizinha que cruzava o corredor. Por sorte, nem se deu conta da fechadura arrombada do apartamento dos velhinhos Camacho e, ao ver-me ali, plantado na esquina, perguntou distraída se ainda não tínhamos nos mudado. Rafael demorava muito e eu já não podia mais suportar o coração batendo acelerado e ameaçando subir pela garganta. Assim que a vizinha desapareceu 39


A nova casa

escada abaixo, eu não aguentei mais e corri até o quarto dos avarentos. Entrei sorrateiro pela porta e fechei-a no ato. Encontrei meu irmão Rafael imóvel, extasiado em frente à cama do quarto. Sobre a colcha, havia um cofrinho de lata, vazio, e ao lado uma pilha de notas amassadas, de todas as cores, e muitas moedas soltas. Quando ele se deu conta de que eu tinha entrado no quarto, saiu de seu êxtase e me recriminou por não vigiar o corredor. Assustado, puxei-o pela manga da jaqueta puída que vestia e implorei que saíssemos dali imediatamente. Entendi que Rafael estava travando uma luta feroz consigo mesmo para não pegar todo aquele dinheiro aos punhados e guardá-lo nos bolsos. Eu também sentia aquele desejo horrível e pensava que se pegássemos todo aquele dinheiro alugaríamos montões de revistas ou, melhor ainda, as compraríamos, e Rafael pagaria enfim a entrada da bicicleta de segunda mão com que tanto sonhava, e naturalmente mamãe teria o dinheiro para pagar o aluguel e chegar ao próximo mês sem ter de nos deixar sem almoço ou jantar. Rapidamente, Rafael recolheu do monte duas notas de vinte e duas de cinco e guardou-as no bolso. Devolveu o restante à caixinha metálica que pôs sobre uma prateleira onde havia flores de plástico dedicadas a uma imagem do Sagrado Coração de Jesus pendurada na parede. Saímos

dali como em um suspiro. No corredor, não havia ninguém, e Rafael ainda teve o cuidado de recolocar os parafusos na fechadura. Na nova casa, papai, mamãe e minhas irmãs nos esperavam com caras de velório, e quando Rafael, muito pálido, com as feições excavadas, como se houvesse se passado muito tempo desde que saímos para buscar a carteira, tirou do bolso as notas e entregou-as a mamãe: todos ficaram muito contentes, à exceção de mamãe que, intrigada, olhava para as notas. Aquele não era o seu dinheiro, disse, e começou a sacudir Rafael com violência. Ela tinha na carteira somente uma nota de cinquenta, além disso, onde estava a carteira? Mamãe chacoalhava-o exigindo explicações. -Algum ladrão da vizinhança encontrou a carteira – explicou meu irmão, em tom tranquilo e seguro – mas, em troca, encontramos essas notas no saguão. Mamãe parou de insistir e, depois de fazer um rolinho, guardou o dinheiro sem deixar de olhar-nos com desconfiança. Durante a nossa ausência, minha irmã Sonia fez amizade com o gato “Desconhecido” e papai, esquivando-se da averiguação dos complicados pormenores, começou a jogar migalhas de pão para o animal, enquanto meu irmão Rafael dizia que era hora de armar as camas e colocar as coisas em ordem na nossa nova casa.

Tradução: Sônia Oliveira de Paredes Revisão: Catarina da Mota Brandão de Araújo

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Eric Nepomuceno

BANGLADESH, TAL VEZ

esta historia es para Jorge Enrique Adoum

Treinta y siete años, y hoy es miércoles, veintiuno de octubre. Son las cuatro y cuarto de la tarde y la ventana muestra, atrás de una garúa triste, fina e impertinente, el cerro Santa Lucía, con su castillo erguido en medio de los árboles, el cerro como una isla pequeña e impávida en el medio de la ciudad. Miércoles, veintiuno de octubre, y debo esperar hasta las ocho de la noche. El código de la compañía aérea que me trajo es el 042. Está aquí, en el pasaje abierto encima de la mesita puesta enfrente de la ventana del hotel, la ventana que muestra la garúa fina y fría y el cerro santa Lucía: airline code= 042. Un viaje sin restricciones. También está aquí, en el mismo pasaje de la compañía aérea que me trajo de regreso treinta y siete años después: additional endorsementes/restrictions: Al lado, un espacio en blanco. Regreso treinta y siete años después, un viaje sin restricciones que va a durar tres días. El sábado por la mañana la misma compañía aérea 042 me llevará de aquí sin restricciones. Pero todavía es miércoles, veintiuno de octubre, son las cuatro y cuarto de la tarde y llueve sobre la ciudad. El cuarto del hotel es amplio y confortable, y mis cosas están completamente ordenadas. Con el tiempo me convertí en una especie de maniático por el orden. Cada cosa en su debido lugar, sin sorpresas, como si hubiese pasado la vida preparándome para llegar a este o a cualquier otro cuarto de hotel sabiendo como todo debería ser. Cuando me fui para no regresar, tenía 28 años, no era tan prolijo y no usaba barba. En realidad, ahora que pienso en eso me doy cuenta que me vestía mal y vivía todavía peor. En compensación, tenía 28 años. 41


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Me fui para no regresar, y cumplí la decisión hasta ahora. No sé por qué, en fin, acepté la idea de pasar tres días en esta ciudad donde ya no reconozco nada, donde no me reconozco, donde ya no se ve, aún en las tardes luminosas, la cordillera al final de las alamedas. Bien que me advertían las cartas de los pocos amigos que me quedaron, las cartas a lo largo de los años, cada vez más esporádicas, desvaneciéndose como la cordillera. Lo mismo me comunicó la voz en el teléfono el domingo por la noche, cuando hablé con ella por primera vez en treinta y siete años anunciando que finalmente volvería, que había aceptado sin saber por qué una invitación, y entonces regresaría por primera vez en treinta y siete años por apenas tres días, y marcamos furtivos, ansiosos, miedosos y derrotados como hace treinta y siete años el encuentro para hoy, a las ocho de la noche. Hoy no veré a nadie más, no encontraré a nadie más. Esa fue la primera condición para decir que si, vendría: el primer día sólo para mí, sin ver a nadie. Como si este viaje fuera lo que es: algo delicado, grave y suave. El aeropuerto es otro, nuevo, parecido a una casa de vidrio. La forma de hablar de las personas es otra, pero la entonación es la misma de siempre. Como si nada cambiase totalmente, nunca. El taxi que me trajo al hotel, lo fabrican en Brasil. El chofer gordo, medio indio, me explicó: – Llegaron muchos autos brasileños durante los últimos cinco años. Después, explicó también que aquél modelo ya no es más fabricado. – Una pena – dice él –. Es resistente y consume muy poco. Y no habló más. Prefiero así: pocas palabras. La ciudad. Aquí está la ciudad: sucia, entristecida, hermosa. En el centro hay nuevas calles reservadas a los peatones. Desde el taxi pude ver un núme42

ro inmenso de personas en esas calles. Era poco antes del mediodía del miércoles, y todavía no llovía. Las personas estaban sentadas, casi todas, en bancos a lo largo de esas calles vedadas a los automóviles. Melancólicas, obscuras, derrotadas. En el hotel, completé la ficha en la recepción, y tuve la tentación de escribir que mi edad era 28 años. Terminé escribiendo la edad correcta, y le pedí a la chica un cuarto frente al cerro Santa Lucía, y después pregunté si había algún restaurante cerca. La chica me indicó una fonda a dos cuadras de allí, y sorprendido recordé el lugar como un batallador que hubiese resistido a los treinta y siete años. La chica notó algún relámpago cruzando por mi mirada, e intentó corregirse. – Es un lugar muy simple, pero se come bien. Si usted prefiere un lugar de más categoría... Pero la interrumpí con una sonrisa y un agradecimiento apenas susurrado: “Conozco el lugar, está muy bien”. Después de guardar con meticulosidad y calma las ropas en el cuarto y observar la garúa fina comenzar, me puse un impermeable casi sin uso y fui a la fonda. Pedí una sopa de verduras, un congrio rosa al horno, media botella de vino blanco. Demoré el café mirando alrededor, y vi parejas jóvenes, y estudiantes, y hombres burocráticos, y viejos taciturnos y, en fin, en un descuido, me he visto en el espejo que estaba en el fondo del salón. Treinta y siete años antes, no había aquel espejo. Fue una especie de traición. Yo había estado allí varias veces. La sopa de verduras era poderosa como siempre. Pensé en caminar por la ciudad, recorrer antiguos pasos, pero no: recordé que había venido a la ciudad solamente para un reencuentro. Ningún otro tendría la menor importancia. De regreso al cuarto de hotel, anoté el programa de los días siguientes. Anotar: la fórmula mágica. La letra sobre el papel torna todo un compromiso.


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Y entonces anoté: jueves por la mañana, reunión en la asociación de abogados; almuerzo; conferencia en la Facultad de Derecho a las tres de la tarde. Después, cenar con dos de los sobrevivientes que formaban conmigo el viejo quinteto de treinta y siete años atrás. Viernes, viaje de los tres a la costa, almuerzo en la Hostería Santa Helena. Al aceptar la invitación, esta era la segunda y última condición: almuerzo en la Santa Helena. En realidad, yo nunca estuve allí, pero en las mentiras de la memoria el lugar se tornó sagrado. Estaríamos de regreso al comenzar la noche, y el sábado por la mañana yo partiría de una vez por todas otra vez, después de treinta y siete años y tres días. Miro el reloj, son casi las cuatro y media de la tarde, intento no pensar en nada más, acomodo la silla frente a la ventana, miro el cerro Santa Lucía, el viejo castillo, la garúa fina e inesperada. Ella había sido, era, fue, la mujer más bella del mundo, cuando yo era joven y sin destino y ella era una niña. Ella, siempre ella. Aquella figura recatada, los cabellos partidos al medio deslizándose lentos sobre los hombros, aquella figura esbelta, delicada. Tengo, tuve siempre, diez años más que ella. ¿Cuánto daño habrá producido el tiempo en mí, en ella? Miércoles, veintiuno de octubre, cuatro y media de la tarde, siempre la garúa fina, otra vez llueve sobre la ciudad con nombre de santo, pienso que no debo preocuparme demasiado, nada de grandes expectativas, pienso que no debo pensar, me acuesto sin zapatos en la cama, desde la cama puedo continuar viendo la ventana, el cielo cada vez más opaco, la garúa fina, le pido a la telefonista que me despierte a las seis y cuarto, dormir un poco, dormir. Un sueño sin sueños. Hace años no consigo soñar. Me gustaría saber alguna vez cómo es mi rostro cuando duermo. Antes, me gustaba ver el rostro de mi mujer mientras ella dormía. Sere-

no, tranquilo, de vez en cuando algo se movía en aquel rostro suave. Yo sentía que estaba, de alguna forma, violando su intimidad más profunda. Jamás se lo conté, a lo largo de todos los años que vivimos juntos, que a veces solía contemplar su sueño. ¿Cómo sería el mío? Cierta mañana pregunté: “¿Qué soñaste ayer?”. Ella dijo que no se acordaba. Había sido una noche de rostro tenso, mientras dormía. Y yo entendí, sin saber por qué, que estábamos acabados. Tres meses después me fui, sabiendo que era inevitable. Un sueño sin sueños. Recuerdo que hasta hace algunos años, armaba sueños como series de televisión. Retomaba el sueño de la noche anterior, le daba secuencia, cambiaba imágenes, las transformaba, cambiaba el enredo, y cuando el sueño tomaba algún mal camino, tornándose opresivo, hacía un esfuerzo enorme y corregía los desvíos amenazadores sin despertarme, porque sabía que si despertase estaría condenado a un insomnio de pavor. Eso, antes. Porque, de repente, los sueños desaparecieron para siempre. A veces, como hoy, como ahora, en ese atardecer de un día miércoles con cielo definitivamente opaco y garúa fina, en un cuarto de hotel en la ciudad con nombre de santo, el esfuerzo se realiza en dirección contraria: intento un sueño, llamo, pido, y nada. ¿Con qué me gustaría soñar? Niños, chicos jugando a la pelota; un final de tarde lluviosa, los charcos, barquitos de papel navegando; o yo mismo chiquito, mi padre y yo, los dos andando entre los árboles, mi padre explicando frutas y troncos, advirtiendo peligros ocultos. Soñar con cualquier cosa que pudiese fluir, que no precisase ningún esfuerzo para ser corregida. Pero no. El cielo opaco desapareció de la ventana, llegan apenas el brillo de la luz de la calle y la claridad amarilla de la iluminación del viejo castillo erguido en medio del cerro Santa Lucía, el cuarto en silencio y penumbra, anochece cada 43


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vez más temprano en esta y en todas las ciudades impiedosas del mundo, ciudades bellas, ciudades mías como esta, y entonces recuerdo claramente, como si fuera ahora, como si fuera mi vuelo llegando hoy por la mañana, recuerdo la última vez que vi a la chica, muy niña, la mujer que tendrá cincuenta y cinco años cuando la encuentre dentro de un par de horas, la mujer que era, fue, la chica más hermosa del mundo. Sabía cómo iba a ser, supe como fue después de mi partida. Ella cumplió el destino trazado. Esperó diez años, es verdad: fue su pequeña, mínima, íntima venganza. Y entonces se casó a los veintiocho años, la misma edad que tenía yo al partir, y cuatro años después tuvo un hijo, después otro, y finalmente una hija, en un riguroso lapso de dos años entre cada uno, la vida así, toda prevista, diseñada, acatada. El sonido del teléfono trinca esa memoria. Enciendo el velador, le agradezco a la telefonista, cuelgo, me levanto de la cama agradeciendo el brillo desagradable de esa luz que rompe el cuarto por dentro, tan necesaria, me lavo la cara, abro la pequeña heladera del cuarto, agarro hielo, saco de la valija oscura y elegante la botella de whisky que compré en el aeropuerto, son las seis y cuarto y ya anocheció, busco la poltrona enfrente de la ventana del cuarto de hotel, la garúa fina desapareció, bebo con calma, observando mi imagen difusa reflejada en el vidrio de la ventana todavía lavada por la lluvia que acabó. Santiago, el viejo pescador del libro, soñaba con leones en una playa perdida. ¿Cómo será soñar con leones en una vieja playa perdida? Soñar con viejos navíos. Pero ahora, no: alguna otra vez. Ahora son casi las siete de la noche, es hora de prepararme. Intento, desde el domingo en que la llamé por teléfono, no pensar en esta hora que llegó. No pensar, por ejemplo, que sólo falta una hora, y en cómo será. Pensar en otras cosas mientras pienso en la ropa que debo ponerme, a dónde ir con ella, 44

que seguramente elegirá el lugar, quien sabe el lugar de antes, pero ¿qué antes? ¿Existirá, ese antes? Miro por la ventana, ya no llueve. Abro la ventana, el frío no golpea. Miro por la ventana abierta: el cerro Santa Lucía, y percibo que estoy esperando algo que no ocurrió ni ocurrirá, y del cual de alguna forma me estoy despidiendo. Son las siete y diez, estoy sereno, estoy tranquilo, casi listo. Busco otra vez la poltrona enfrente de la ventana, me sirvo con cuidado y calma otra bebida, y decido. El pantalón gris oscuro, la camisa blanca con rayas oscuras, muy finas, la chaqueta azul marino, los zapatos negros. Son las siete y diez, tengo tiempo. Termino de a poco la bebida, pensando en lo que pensé recién: un conformado. Alguien que se entregó, se rindió, se rinde. Todo eso para que no me dolieran tanto los dolores de las cosas. Antes del baño, aparar la barba, el diseño exacto y medio inusitado, y el espejo me devuelve el rostro de todas las mañanas y de todas las noches. Después, vestir con cuidado la ropa elegida y confirmar, sin dejar que eso me irrite, que el hielo se derritió completamente y la bebida se aguó, y entonces reforzar levemente la dosis, tengo tiempo, son las siete y media, y con seguridad ella decidirá adonde iremos, no debo, ni necesito, preocuparme por eso, al final no conozco la ciudad que fue mía, quiero apenas un restaurante que sea cálido y cordial y donde podamos disfrazar todo nuestro incómodo, nuestro espantoso desconcierto. No existe la menor necesidad de preocuparme con eso. Doy vuelta a la poltrona: ya no quiero quedarme contemplando el cerro sumergido en la noche y en las luces amarillas que iluminan el viejo castillo. Y me deparo conmigo en el espejo de


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la cómoda del cuarto de hotel, yo, formal, la ropa exacta, así: un rostro afable, un cierto desamparo, ojos dóciles, trazos que nadie conseguiría definir pero que no son desagradables, los cabellos casi no existen más, me conformé también con esta ausencia ni bien ella comenzó, años atrás. Yo soy ese que está en el espejo, durante mucho tiempo, y cuando encontraba a alguien después de una larga ausencia me asustaba con los estragos del tiempo y en el fondo me tranquilizaba la idea de saber que conmigo había sido diferente, hasta que finalmente me conformé, y ahora que me veo, pienso: ¿cómo habrá sido con ella? Pero no quiero y no voy a pensar en eso. Faltan todavía veinte minutos, y soy como un viejo navío. Me gustaría haber soñado con viejos navíos. Hace años conversé con un amigo fotógrafo que recorría el mapa buscando la luz de los hombres, y él me contó. En la costa más distante del mundo, en Bangladesh, los navíos mueren en la playa. Los navíos que habían recorrido mares, mundos y vidas, buscaban aquel litoral para suicidarse. Se quedaban a lo largo, la proa apuntando hacia la arena triste, y entonces hacían sonar su silbato dilacerado, y giraban su motor hasta la última de sus infinitas fuerzas, y disparaban rumbo a la playa. Los navíos avanzaban a una velocidad alucinante y entraban tierra adentro, uno de cada vez, los demás esperando su hora de morir, y el que llegaba entraba tierra adentro, su casco de acero rasgando la arena buscando debajo de la playa la tierra, hasta parar encallado su último viaje. Uno por vez. Y entonces comenzaba la demolición. Como si aquella fuera la verdadera muerte, la que rondó el navío todo el tiempo. Y venían los hombres, mínimos, minúsculos frente a la grandeza de aquel animal gigantesco encallado en la arena, y agujereaban su casco para que las aguas de la

marea entrasen e invadiesen su interior y él nunca más regresase al mar. Los agujeros eran como los tiros de gracia en aquel suicida cansado, digno y generoso, pensé, mientras escuchaba la historia y miraba los ojos color de lágrima de aquel hombre, el amigo mío que buscaba por el mundo la luz en los ojos de los hombres. Y entonces los hombres quebraban el navío, cortaban el navío, las chapas de acero, transformaban el maderaje en astillas. Las hélices, que conducían al navío por los mares del mundo, son, eran hechas de bronce, y el bronce era, es, derretido para transformarse en joyas que adornan a las mujeres. El navío muerto y dilacerado en pedazos seguiría nuevas vidas. Yo escuchaba la voz que contaba esa historia, miraba los ojos que vieron esa historia. Mucho tiempo después, entendí: yo también navegué mares, crucé mundos, hasta llegar aquí, a este espejo donde no quiero, no puedo encallar. Pero no debo, no voy a pensar en eso ahora. Ahora, no: faltan quince, diez minutos, y la mujer más hermosa del mundo viene a rescatarme. Sí, diez: faltan diez minutos y no quiero pensar. Pero pienso: ¿seré así, seré yo esa figura correcta, rutinera? Abro la puerta del armario, el espejo de cuerpo entero me devuelve la imagen que, al fin y al cabo, es la mía. No quiero ser así. Me saco la chaqueta, intento un sweater color vino que compré en California hace exactamente diez años por sesenta dólares, y me sentí feliz cuando lo compré. No, no. Demasiado informal. No sirve. A menos, claro, que cambie también los pantalones, y prefiera mocasines marrones. Pero, no: en realidad, no. Tampoco sirve. Retomo los pantalones gris oscuro, los zapatos negros, intento el impermeable. Claro, ¿por qué no el impermeable?, es excelente y puede volver a llover. El impermeable. No, no: demasiado me45


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lancólico, y ahora faltan solamente diez minutos. Me pongo otra vez la chaqueta azul oscuro con botones de plata fosca, listo, definitivamente listo, pero no, el sweater no, me saco el sweater y ahora sí. Más tres cubitos de hielo en un vaso limpio y dos dedos de bebida y otra vez la poltrona hacia la ventana todavía abierta, y el cerro Santa Lucía, su castillo iluminado, entra una brisa fría pero suave y ahora es solo esperar sin ninguna ansiedad, ninguna gran expectativa, nada, nada. Bangladesh. Había, recuerdo, una explicación cristalina para que la última ceremonia de los viejos navíos fuera en Bangladesh. No recuerdo cuál era esa explicación, pero recuerdo, eso sí, que nunca terminó de convencerme. Yo sabía, supe siempre, lo sé todavía, que Bangladesh es la costa más distante del mundo. Nunca fui a Bangladesh. No quiero, no voy a encallar en ningún espejo. Pero, ¿cómo estará ella? ¿Cómo habrá atravesado los mares del tiempo? De cierta manera, también fui dilacerado en mil partes, y adorné mujeres y fui adornado, y me despedacé en nuevas vidas. ¿Qué puedo decirle? Treinta y siete años, y hoy es miércoles, veintiuno de octubre, ocho y cinco de la noche, un viaje sin restricciones. En aquella época, ella era puntual. Yo continúo siendo hasta hoy. Preso a los pequeños compromisos, las pequeñas reglas, siempre conformado, guardando las fuerzas cada vez más escasas para las batallas cada vez mayores y que nunca ocurrieron ni ocurrirán. Son las ocho y cuarto y, en fin, el teléfono. La voz, la misma voz. Anterior a cualquier otro sonido, a cualquier otro ruido. La misma voz. Ni bien escucho mi nombre, digo: – Ah, claro. Bajo enseguida. Son cuatro pisos. Hoteles bajos, siempre los mejores, siempre. Hoteles pequeños, cordiales, elegantes, discretos, casas que alguien desparramó y que yo cargo por el mundo. Cuatro pisos. Cuatro. 46

¿Sabré elegir el vino correcto en este país de vinos certeros? Los nuestros, los de treinta y siete años atrás, eran baratos, casi groseros. ¿Existirán todavía? Habrá nuevos, desconocidos. ¿Ella habrá engordado, entristecido como las personas que vi en las calles? ¿Será taciturna como los hombres que vi en el almuerzo? Aprendí mucho sobre Mozart y Haydn, y en Barcelona vi en fin un cuadro llamado La Masía y varias de las Constelaciones, y vi a todos los apóstoles en la iglesia de Toledo, pero ¿debo hablar sobre eso? ¿Debo hablar sobre los miedos y las maravillas de este mundo, de esta vida que se fue? Ella, siempre ella. Cuatro pisos, cuatro. Y listo: la puerta del elevador se abre y muestra el pequeño, discreto, elegante vestíbulo del hotel en la ciudad con nombre de santo. El vestíbulo es claro y allí, enfrente de la recepción, está ella. La de antes, la de siempre: ella. La memoria, las pequeñas traiciones: era más baja, un poco menos flaca. Pero la ropa, claro, la ropa, los colores únicos y mis pasos tienen que ser firmes, ella no puede notar el torbellino, pasos serenos pero firmes, la prisa disfrazada, y ella me ve, mira como si demorase un instante hasta reconocerme, y abre una sonrisa luminosa. Voy caminando lentamente, sonrío también, ella no debe, no puede, no va a percibir el torbellino enloquecido, el tiempo no tuvo tiempo de pasar por ella, el tiempo aplacado en sus cabellos, los mismos, un poco más claro, y por donde anduve si aquí es mi lugar, ¿mi última arena?, y siento que avanzo a una velocidad alucinante, mi último viaje, Bangladesh tal vez, y ella siempre igual, la misma, abre gentilmente los brazos y aquí estoy, llegué, entro en sus brazos y siento su cuerpo sin tiempo y sus formas sin peso y en su perfume de vida y de siempre, ella, ella, y entonces escucho su voz, la misma voz, treinta y siete años desapareci-


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dos, diluidos, y avanzo y escucho lo que ella dice: – Qué bien. Y dice también en la misma ráfaga de viento: – Disculpe el atraso. Y quiero reír, treinta y siete años, y continuamos en el mismo abrazo, y ella no ve mi rostro pero yo siento, yo sé, la marea en los ojos, la tan evitada marea, y sé también que nunca me conformé, y que la batalla tan esperada finalmente llegó.

Pero ella prosigue, en la misma ráfaga, mientras delicadamente se suelta de mi abrazo: – Mamá está ahí afuera, esperando en el auto. Y entonces entiendo. Ella prosigue: – Es un placer conocerlo – dice –. Mamá me habló mucho de usted. Cuando entrego las llaves en la recepción, veo en el espejo de la pared mi rostro. No es un rostro conformado: es un rostro cansado. Encallado, para siempre, en el tiempo.

Traducción: Eduardo Galeano

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Eric Nepomuceno (1948) Nació en São Paulo. Periodista, escritor y traductor. Se inició en el periodismo en 1965. Vivió en Argentina, España y México. Actualmente, es el corresponsal de Página 12. Ha sido el traductor al portugués de grandes escritores, como Gabriel García Márquez; Julio Cortázar; Eduardo Galeano; Juan Rulfo y Miguel de Unamuno. Ganó dos veces el Premio Jabuti, el más prestigioso de la literatura brasileña, en la categoría Traducción. Como escritor, publicó los libros Memorias de un septiembre en la plaza (1979), Cuarenta dólares y otras historias (1987), Hemingway en España (1991), Cosas del mundo (1994), La palabra nunca (1997) y Miércoles (1998). Muchos de sus cuentos fueran publicados en antologías y revistas literarias en el extranjero. Escribió guiones en coproducción con la televisión española y productoras de Holanda e Inglaterra; es el autor del texto final del documental Vinícius, de Miguel Faria Jr. Su obra más reciente – El masacre (2007) - es un reportaje sobre el conflicto entre la policía de la provincia de Pará y los miembros del Movimiento de los Sin Tierra, en Eldorado do Carajás.

Nasceu em São Paulo. Jornalista, escritor e tradutor. Iniciou no jornalismo em 1965. Viveu na Argentina, Espanha e México. Atualmente, é correspondente no Página 12. Fez versões para o português de obras de grandes escritores como Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Eduardo Galeano, Juan Rulfo e Miguel de Unamuno. Ganhou duas vezes o Prêmio Jabuti, o mais prestigioso da literatura brasileira, na categoria Tradução. Como escritor, publicou os livros Memórias de um setembro na praça (1979), Quarenta dólares e outras histórias (1987), Hemingway na Espanha (1991), Coisas do mundo (1994), A palavra nunca (1997) e Quarta-feira (1998). Vários de seus contos foram publicados em antologias e revistas literárias no exterior. Escreveu roteiros em coprodução com a TV espanhola e produtoras da Holanda e Inglaterra; é autor do texto final do documentário Vinícius, de Miguel Faria Jr. Sua obra mais recente – O Massacre (2007) - é uma reportagem sobre o conflito entre a polícia do Pará e integrantes do Movimento dos Sem- Terra, em Eldorado do Carajás.


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Para Jorge Enrique Adoum

Trinta e sete anos, e hoje é quarta-feira, 21 de outubro. São quatro e quinze da tarde e a janela mostra, atrás de uma chuvinha triste, fina e impertinente, o morro de Santa Lucia com seu velho castelo plantado no meio das árvores, o morro como uma ilha pequena e impávida no meio da cidade. Quarta-feira, 21 de outubro, e devo esperar até as oito da noite. O código da companhia aérea que me trouxe é 042. Está aqui, no bilhete aberto em cima da mesinha posta em frente da janela do hotel, a janela que mostra a chuvinha fina e fria e o morro de Santa Lucia: airline code: 042. Uma viagem sem restrições. Também está aqui, no mesmo bilhete da companhia aérea que me trouxe de volta trinta e sete anos depois: additional endorsements/restrictions. Ao lado, um espaço em branco. Chego de volta trinta e sete anos depois, uma viagem sem restrições e que vai durar três dias. Na manhã de sábado a mesma companhia aérea 042 me levará daqui sem restrições. Mas ainda é quarta-feira, 21 de outubro, são quatro e quinze da tarde e chove sobre a cidade. O quarto do hotel é amplo e confortável, e minhas coisas estão na mais absoluta ordem. Com o tempo, tornei-me uma espécie de maníaco da arrumação. Cada coisa em seu devido lugar, sem surpresas, como se eu tivesse passado a vida me preparando para chegar a este ou a qualquer outro quarto de hotel sabendo como tudo deveria ser. Quando fui embora para não voltar, tinha vinte e oito anos, não era tão ordeiro e não usava cavanhaque. Na verdade, agora que penso nisso percebo que eu me vestia mal e vivia pior ainda. Em compensação, tinha vinte e oito anos. Fui embora para não voltar, e cumpri a decisão até hoje. Não sei por que, en 50


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fim, aceitei a idéia de passar três dias nesta cidade onde não reconheço mais nada, onde não me reconheço, e onde já não se vê mais, mesmo nas tardes mais luminosas, a cordilheira no fim da alameda. Bem que me advertiram as cartas dos poucos amigos que restaram, as cartas ao longo dos anos, cada vez mais raras, desvanecendo-se como a cordilheira. A mesma coisa me foi dita pela voz no telefone na noite de domingo, quando falei com ela pela primeira vez em trinta e sete anos anunciando que enfim voltaria, que tinha aceito, sem saber por que, um convite, e então voltaria pela primeira vez em trinta e sete anos por apenas três dias, e marcamos, furtivos, ansiosos, medrosos e derrotados como há trina e sete anos, o encontro para hoje, oito da noite. Hoje, não verei mais ninguém, não encontrarei mais ninguém. Essa foi a primeira condição pra dizer que sim, viria: o primeiro dia só para mim, sem ver ninguém. Como se esta viagem fosse o que é: algo delicado, grave, suave. O aeroporto é outro, novo, parecido a uma casa de vidro. O falar das pessoas é outro, mas a entonação é a mesma de sempre. Como se nada mudasse totalmente, nunca. O táxi que me trouxe ao hotel é fabricado no Brasil. O motorista gordo, meio índio, explicou: “Chegaram muitos carros brasileiros nos últimos cinco anos”. Depois explicou também que aquele modelo não era mais fabricado. “Uma pena”, disse ele. “É resistente, consome muito pouco”. E não falou mais. Prefiro assim: pouca fala. A cidade. Aqui está a cidade: suja, entristecida, bela. Há no centro novas ruas reservadas apenas às pessoas. Do táxi, vi um número imenso de pessoas nessas ruas. Era pouco antes do meio-dia de quarta-feira, e ainda não chovia. As pessoas estavam sentadas, quase todas, em bancos ao longo dessas ruas vedadas aos automóveis. Melancólicas, escuras, derrotadas. No hotel, preenchi a ficha e tive a tentação de escrever que minha idade era vinte e oito anos. Acabei escrevendo a idade correta, e pedi à

moça um quarto de frente para o morro de Santa Lucia, e depois perguntei se havia algum restaurante por perto. A moça indicou uma fonda a dois quarteirões dali, e, surpreso, recordei o lugar como um batalhador que houvesse resistido aos trinta e sete anos. A moça notou algum relâmpago cruzando meu olhar, e tentou se corrigir. – É um lugar muito simples, mas come-se bem. Se o senhor preferir um lugar de mais categoria... Mas eu a interrompi com um sorriso e um agradecimento apenas sussurrado. “Conheço o lugar, é ótimo”, disse. Depois de guardar com toda meticulosidade e calma as roupas no quarto, depois de ver a chuvinha fina começar, vesti uma capa quase sem uso e fui até a fonda. Pedi uma sopa de legumes, um côngriorosa no forno, meia garrafa de vinho branco. Demorei o café olhando as mesas em volta, e vi casais jovens, vi estudantes, vi homens burocráticos, vi velhos taciturnos e, enfim, num descuido, me vi no espelho que ficava nos fundos do salão. Trinta e sete anos antes, não havia aquele espelho. Foi uma espécie de traição. Eu havia estado ali várias vezes. A sopa de legumes era poderosa como sempre. Pensei em caminhar pela cidade, percorrer passos antigos, mas não: lembrei que havia vindo à cidade apenas para um reencontro, todo o resto era dispensável. Não havia o que procurar, além daquele único reencontro. Nenhum outro teria a menor importância. De volta ao quarto o hotel, anotei o programa dos dias seguintes. Anotar, uma fórmula mágica. A letra no papel torna tudo um compromisso. E então, anotei: quinta-feira de manhã, reunião na associação dos advogados; almoço; conferência na Faculdade de Direito no meio da tarde. Depois, jantar com dois dos sobreviventes que formavam comigo o velho quinteto de trinta e sete anos atrás. Sexta-feira, viagem dos três até o litoral, almoço na Hosteria Santa Elena. Ao 51


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aceitar o convite, esta era a segunda e última condição: um almoço em Santa Elena. Na verdade, eu nunca estive lá, mas nas mentiras da memória o lugar tornou-se sagrado. Estaríamos de volta no começo da noite e, na manhã do sábado, iria embora de vez outra vez, depois de trinta e sete anos e três dias. Olho o relógio, são quase quatro e meia da tarde, tento não pensar em mais nada, acomodo a cadeira na frente da janela, olho o morro de Santa Lucia, o velho castelo, a chuvinha fina e inesperada. Ela tinha sido, era, foi, a mulher mais bela do mundo, quando eu era jovem e sem destino e ela era menina. Ela, sempre ela. Aquela figura cheia de recato, os cabelos partidos ao meio escorrendo lentos para os ombros, aquela figura esguia, delicada. tenho, tive sempre, dez anos a mais que ela. Quanto estrago terá feito o tempo em mim, nela? Quarta-feira, 21 de outubro, quatro e tanto da tarde, sempre a chuvinha fina, outra vez chove sobre a cidade com nome de santo, penso que não devo me preocupar demasiado, nada de grandes expectativas, penso que não devo pensar, me estendo sem sapatos na cama, da cama posso continuar vendo a janela, o céu cada vez mais opaco, a chuvinha fina, peço à telefonista que ligue para o meu quarto às seis e quinze, dormir um pouco, dormir. Um sono sem sonhos. Há anos não consigo sonhar. Gostaria de poder alguma vez saber como é meu rosto enquanto durmo. Antes, eu gostava de ver o rosto da minha mulher enquanto ela dormia. Sereno, sossegado, de vez em quando alguma coisa se movia naquele rosto suave. Eu sentia que estava, de alguma forma, violando sua intimidade mais profunda. Jamais contei a ela, ao longo de todos os anos que vivemos juntos, que às vezes costumava contemplar seu sono. Como seria o meu? Certa manhã perguntei: “O que você sonhou ontem?”. Ela disse que não se lembrava. Tinha sido uma noite de rosto tenso, enquanto ela dormia. E eu entendi, não sei por que, 52

que estávamos acabados. Três meses depois fui embora, sabendo que era inevitável. Um sono sem sonhos. Lembro que, até alguns anos atrás, armava sonhos como seriados de televisão. Retomava o sonho da noite anterior, dava seqüência, mudava imagens, transformava enredos, e quando o sonho tomava algum caminho ruim, tornando-se opressivo, eu fazia um esforço enorme e corrigia os desvios ameaçadores sem despertar, porque sabia que se despertasse estaria condenado a uma insônia de pavor. Isso, antes. Mas de repente, os sonhos desapareceram para sempre. Às vezes, como hoje, como agora, neste final de tarde de uma quarta-feira de céu definitivamente opaco e de chuva fina num quarto de hotel na cidade com nome de santo, o esforço é feito em direção contrária: tenho um sonho, chamo, peço, e nada. Com o que eu gostaria de sonhar? Crianças, meninos jogando bole; o fim de uma tarde de chuva, as poças, barquinhos de papel navegando; ou eu mesmo menino, meu pai e eu, os dois andando entre as árvores, meu pai explicando frutas e troncos, advertindo perigos ocultos. Sonhar com qualquer coisa que pudesse correr solta, que não precisasse de nenhum esforço para ser corrigida. Mas não. O céu opaco sumiu da janela, chegam apenas o brilho da luz da rua e o clarão amarelo da iluminação do velho castelo plantado no meio do morro de Santa Lucia, o quarto em silêncio e penumbra, anoitece cada vez mais cedo nesta e em todas as cidades impiedosas do mundo, cidades belas, cidades minhas, e então lembro claramente, como se fosse agora, como se fosse o vôo de hoje de manhã chegando, lembro a última vez que vi a moça, muito moça, a mulher que terá cinqüenta e cinco anos quando eu a encontrar daqui a um par de horas, a mulher que era, foi, a moça mais bela do mundo. Sabia como iria ser, soube como foi após a minha partida. Ela cumpriu o destino traçado. Esperou dez anos, é verdade: foi sua pequena, mínima, íntima vingança. E então casou aos vinte


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e oito anos, a mesma idade que eu tinha ao partir, e quatro anos depois teve um filho, depois outro, e finalmente uma filha, num rigoroso espaço de dois anos entre cada um, a vida assim, toda ela prevista, desenhada, acatada. O toque do telefone trinca essa memória. Acendo a luz da mesinha da cama agradecendo o brilho desagradável desta luz que rompe o quarto por dentro, tão necessária, lavo o rosto, abro a pequena geladeira do quarto, apanho gelo, apanho na mala escura elegante a garrafa de uísque comprada no aeroporto, são seis e quinze e anoiteceu de vez, busco a poltrona em frente da janela do quarto de hotel, a chuvinha fina desapareceu, bebo com calma, olhando minha imagem difusa, refletida no vidro da janela ainda lavada pela chuva que acabou. Santiago, o velho pescador do livro, sonhava com leões numa praia perdida. Como será sonhar com leões numa praia perdida? Sonhar com velhos navios. Mas não agora: alguma outra vez. Agora são quase sete da noite, hora de me preparar. Tento, desde o domingo em que telefonei para ela, não pensar nesta hora que chegou. Não pensar, por exemplo, em que só falta uma hora e em como será. Pensar em outras coisas enquanto penso na roupa que devo vestir, em onde ir com ela, que certamente escolherá o lugar, quem sabe algum lugar de antes, mas que antes? Existiria esse antes? Olho pela janela, já não chove. Abro a janela, o frio não agride. Olho pela janela aberta: o morro de Santa Lucia. E percebo que estou à espera de alguma coisa que não aconteceu nem acontecerá, e da qual, de alguma forma, estou me despedindo. São sete e dez, estou sereno, estou tranqüilo, quase pronto. Busco outra vez a poltrona em frente da janela aberta, sirvo com cuidado e calma outra bebida, e decido. A calça cinza-chumbo, a camisa branca com listras escuras, muito finas, o paletó azul-marinho, os sapatos pretos. São sete e dez, tenho tempo.

Termino aos poucos a bebida, pensando no que pensei ainda há pouco: um conformado. Um que se entregou, se rendeu, se rende. Tudo isso, para que não doessem tanto em mim as dores das coisas. Antes do banho a barba, o desenho exato dos limites do cavanhaque meio inusitado, e o espelho me devolve o rosto de todas as manhãs e de todas as noites. Depois, vestir com cuidado a roupa escolhida e confirmar, sem deixar que isso me irrite, que o gelo derreteu de vez e aguou a bebida, e então reforçar levemente a dose, tenho tempo, são sete e meia, e com certeza ela decidirá aonde iremos, não devo nem preciso me preocupar com isso, afinal não conheço a cidade que foi minha, quero apenas um restaurante que seja cálido e cordial e onde possamos disfarçar todo o nosso desconforto, nosso espantoso desconcerto. Não há realmente a menor necessidade de me preocupar com isso. Viro a poltrona: já não quero ficar contemplando o morro mergulhado na noite e nas luzes amarelas que iluminam o velho castelo. E dou comigo no espelho da cômoda do quarto do hotel, eu formal, a roupa exata, eu assim: um rosto afável, um certo desamparo, olhos dóceis, traços que ninguém conseguiria definir mas que não são desagradáveis, os cabelos que quase não existem mais, me conformei também com esta ausência mal ela começou, anos atrás, eu sou esse que está no espelho, durante muito tempo, e quando encontrava alguém depois de uma longa ausência me assustava com os estragos do tempo e no fundo me tranqüilizava a idéia de saber que comigo havia sido diferente, até que me conformei de vez, e agora que me vejo penso: como terá sido com ela? Mas não quero e não vou pensar nisso. Faltam ainda vinte minutos, e sou um velho navio. Gostaria de ter sonhado com velhos navios. Há muitos anos conversei com um amigo fotógrafo que percorria o mapa buscando a luz dos homens, e ele me contou. 53


Bangladesh, talvez

No litoral mais distante do mundo, em Bangladesh, os navios se matavam na praia. Os navios que haviam percorrido mares, mundos e vidas, buscavam aquele litoral para seu suicídio. Ficavam ao largo, a proa apontando a areia triste, e então soavam seu apito dilacerado, e giravam seu motor até a última de suas infinitas forças, e disparavam rumo à praia. E os navios avançavam numa velocidade alucinante e entravam terra adentro, um de cada vez, os demais esperando sua hora da morte, e o que vinha entrava terra adentro, seu casco de aço rasgando a areia, buscando embaixo da praia a terra, até parar encalhado a sua última viagem. Um de cada vez. E então começava a demolição. Como se aquela fosse a verdadeira morte, a que rondou o navio o tempo inteiro. E vinham os homens mínimos, minúsculos diante da grandeza daquele animal gigantesco encalhado na areia, e furavam seu casco para que as águas da maré entrassem e invadissem o seu interior e ele nunca mais voltasse ao mar. Os furos eram como os tiros de misericórdia naquele suicida cansado, digno e generoso, pensei enquanto ouvia a história e olhava os olhos cor de lágrima daquele homem que buscava mundo afora a luz dos homens. E então os homens quebravam o navio, cortavam as chapas de aço, transformavam o madeirame em lascas. As hélices que levavam o navio pelos mares do mundo, são, eram feitas de bronze, e o bronze era, é derretido para se transformar em jóias que enfeitam as mulheres. O navio morto era dilacerado em pedaços que seguiriam novas vidas. Eu ouvia a voz que contava essa história, olhava os olhos que viram essa história. Muito tempo depois, entendi: eu também singrei mares, cruzei mundos, até chegar aqui, a este espelho onde não quero, não posso encalhar. Mas não devo, não vou pensar nisso agora. Agora, não: faltam quinze, dez minutos, e a mulher mais bela do mundo vem me resgatar. Sim, dez: faltam dez minutos e não quero pensar. Mas penso: serei assim, serei eu esta figura correta, rotineira? 54

Abro a porta do armário, um espelho de corpo inteiro devolve a imagem que, afinal, é a minha. Não quero ser assim. Tiro o paletó, tento uma suéter cor de vinho que comprei na Califórnia há exatos dez anos por sessenta dólares e me senti feliz quando comprava. Não, não. Informal demais. Não serve. A menos, claro, que eu mude também as calças, e prefira mocassins marrons. Mas, não: na verdade, não. Não serve. Retomo as calças cinzachumbo, os sapatos pretos, tento a capa. Claro, por que não a capa? É excelente, e, afinal, pode voltar a chover. A capa. Não, não: melancólico demais, e agora faltam só dois minutos. Visto outra vez o paletó azul-marinho de botões de prata fosca, pronto, definitivamente pronto, mas não, a suéter não, tiro a suéter e agora sim. Mais três pedras de gelo num copo limpo e dois dedos de bebida e outra vez a poltrona virada para a janela ainda aberta, e o morro de Santa Lucia, seu castelo iluminado, e entra uma brisa fria mas suave e agora é só esperar sem nenhuma ansiedade, nenhuma expectativa em brasa, nada, nada. Bangladesh. Havia, recordo, uma explicação cristalina para que a cerimônia derradeira dos velhos navios fosse em Bangladesh. Mas não lembro qual era essa explicação, e lembro, isso sim, que ela nunca me convenceu de vez. Eu sabia, soube sempre, sei até hoje, que Bangladesh é o litoral mais distante do mundo. Nunca fui a Bangladesh. Não quero, não vou encalhar em espelho algum. Mas como estará ela? Como terá atravessado os mares do tempo? De certa forma, também fui dilacerado em mil partes, e adornei mulheres, e fui adornado, e me despedacei em novas vidas. O que dizer a ela? Trinta e sete anos, e hoje é quarta-feira, 21 de outubro, oito e cinco da noite, uma viagem sem restrições. Naquele tempo, ela era pontual. Eu continuo sendo até hoje. Eu, preso os pequenos compromissos, às pequenas regras, eu sempre conformado, guardando as forças cada vez mais minguadas para as


Bangladesh, talvez

batalhas cada vez maiores que nunca ocorreram. São oito e quinze e, enfim, o telefone. A voz, a mesma voz. Anterior a qualquer outro som, qualquer outro ruído. A mesma voz. Assim que ouço meu nome, digo: – Ah, claro. Estou descendo. São quatro andares. Hotéis baixos, sempre os melhores, sempre. Hotéis pequenos, cordiais, elegantes, discretos, casas que alguém espalhou e eu carrego pelo mundo. Quatro andares. Saberei escolher o vinho correto neste país de vinhos certeiros? Os nossos, os de trinta e sete anos atrás, eram baratos, quase grosseiros. Existirão ainda? Haverá novos, desconhecidos. Terá ela engordado, entristecido como as pessoas que vi nas ruas, será ela taciturna como os homens que vi no almoço? Aprendi muito de Mozart e Hydn, e em Barcelona vi enfim um quadro chamado La Masia e várias das Constelações, e vi todos os apóstolos na igreja de Toledo, mas devo falar nisso? Devo falar nos medos e maravilhas deste mundo, desta vida que foi? Ela, sempre ela. Quatro andares, quatro. E pronto: a porta do elevador abre e mostra o pequeno, discreto, elegante vestíbulo deste hotel na cidade com nome de santo. O vestíbulo é claro e ali, na frente do balcão da recepção, está ela. A de antes, a de sempre: ela. A memória, suas pequenas traições: era mais baixa, um pouco menos magra. Mas a roupa, claro, a roupa, as cores únicas e meus passos têm de ser firmes, serenos mas firmes, ela não pode perceber o turbilhão, a pressa, e ela me vê, olha

como se levasse um átimo até me reconhecer, e abre um sorriso luminoso, e vou caminhando devagar, sorrio também, ela não deve, não pode, não vai perceber o turbilhão alucinado, o tempo não teve tempo de passar por ela, o tempo aplacado em seus cabelos, os mesmos, um pouco mais claros, e por onde andei se aqui é o meu lugar, minha derradeira areia?, e sinto que avanço numa velocidade alucinante, minha última viagem, Bangladesh talvez, e ela sempre igual e a mesma, e abre gentilmente os braços e cheguei, entro em seus braços e sinto seu corpo sem tempo, entro em suas formas sem peso, em seu perfume de vida e de sempre, ela, ela, e então ouço sua voz, a mesma voz, trinta e sete desaparecidos, diluídos, e avanço e ouço o que ela diz: – Que bom. E diz também, na mesma rajada de vento: – Desculpe o atraso. E quero rir, e continuamos no mesmo abraço, e ela não vê meu rosto mas eu sinto, eu sei, a maré nos meus olhos, a tão evitada, a maré, e sei também que nunca me conformei, e que a batalha tão esperada enfim chegou. Mas ela prossegue, na mesma rajada, enquanto delicadamente se solta de meu abraço: – Mamãe está aí fora, esperando no carro. E então entendo. E então ela prossegue: – Muito prazer – diz. – Mamãe falou muito no senhor. Quando entrego as chaves na recepção, vejo no espelho da parede meu rosto. Não é um rosto conformado: é um rosto que cansou. Encalhado, para sempre, no tempo.

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Javier Vásconez

CAFÉ CONCERT A una cantante desprevenida, y a Eduardo Bronchalo Goitisolo: por su paciente amistad durante todos estos años. Café Concert era un lugar alternativo en la ciudad. Había sido inventado por un grupo de artistas sin relieve, dispuestos a remediar con sus borracheras una vida de fracaso y abulia. Todos vivían instalados en una cómoda tristeza, amparados en el pasillo de los días, en espera de algo mejor, y presintiendo que la vida estaba en otra parte. En aquel santuario además se originaban amores e ilusiones, pero rara vez culminaba la ficción ideal y creadora de un artista. A este café acudían poetas cuyos libros se apilaban en las estanterías de las farmacias, pintores entrampados en el humo de la hierba, y periodistas que mantenían con sus escritos el mito de una época rosada, inmemorial, porque el tiempo es un misterio, un ajedrez donde no existe el antes ni el después. También iban muchachas extravagantes, así como algunas madres solícitas que disponían de tiempo para reafirmar su fe en Oriente, el chamanismo y un Buda universal. Asistir a ese café era tan confortable como ser parte de un mundo establecido, sin fisuras, en el que todos se conocían hasta la saturación. Allí casi nunca iban extranjeros, pero si por equivocación entraba alguno era difícil que los habituales no lo notaran. Eso sí había cantantes de voz aterciopelada que pedían a gritos volver al vientre oscuro y fresco del partido o de la iglesia. Y había un ambiente de intriga y confesionario que otorgaba a los rostros, en las frías madrugadas, un aire de irrealidad. Era casi medianoche cuando la sombra de Félix Gutiérrez se proyectó sobre la puerta del café. De acuerdo con sus costumbres había salido a dar una vuelta por la ciudad. Iba pensativo mirando el cielo estrellado, sin nubes. Intuyó que la noche era enteramente suya. Calculó su desmesura, y se abandonó a la felicidad del verano que por fin había desplazado a las lluvias. Poco a poco las calles se quedaron desiertas hasta la quietud. Apenas cruzada la puerta se dio cuenta del error. El placer del verano, del paseo, murió en su garganta. El café estaba lleno de gente. Sentado detrás 56


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del escenario, mirando con disimulo, Félix pidió una Club. Advirtió que en su inmensa mayoría el público estaba compuesto por cuarentones decididos a emborracharse antes de medianoche. Gente experta en afrentas y viejos rencores que iba allí para herir con lengua viperina a sus vecinos. Años atrás, cuando soñar no era una tarea vergonzosa, había compartido con ellos comida china, botellas de Trópico, sueños hechos de retazos musicales, pero con los años había terminado por suprimirlos de su vida. Odiaba tener ataduras con el pasado, con esos tipos deshechos por el alcohol y la amargura limitante del fracaso que también podía ser el suyo. ¿Espíritu de salvación o cobardía? No lo sabía. Pero algo había cambiado en la ciudad. Para Félix lo fundamental era seguir adelante, con gesto dolorido y un poco cínico, pues había decidido prescindir, sin grosería, de los sueños ridículos de aquellos artistas de café. En todo caso lo que determinaba ese sentimiento de caída, de impotencia colectiva, era el hecho de haber alimentado con sus borracheras la veleidad de esos tipos o, tal vez, su propia mediocridad. De repente la vio junto a la pequeña barra del fondo, con la vista puesta en el público. Tardó un poco en distinguir los rasgos de su cara. Debía de tener unos treinta años. Usaba zapatos de tacón dorado y vestía un ceñido pantalón de terciopelo rojo. Gipsy se puso a cantar, echando hacia atrás la cabeza, con los labios pegados al micrófono, y cuando iniciaba una canción adelantaba su quijada prominente, sin gracia. Entonces se tornaba cruel y envejecía a pesar de llevar el pelo corto y brillante. Félix terminó la cerveza, prendió con descuido un cigarrillo. Ella siguió cantando con gesto engañoso, embadurnando de amor al público de la sala. El dueño, evitando la vergüenza de tener que mirarla, revolvía cabizbajo un trozo de hielo en un vaso. Antes de descender del escenario Gipsy hizo una leve señal con el brazo, retrocedió misteriosa hasta la penumbra, preparada ya para recibir los aplausos, pero por más que se había esforzado en dotar de ritmo a la canción, el tono de su voz había sido poco convincente.

El poeta calvo y de ojos lustrosos abandonó la compañía de un me­lenudo con lentes de aro cuyos ojos estaban tan muertos como los de un pez, y a quien le estuvo hablando en voz baja, para sentarse a la mesa con Félix. Entre tanto Gipsy había avanzado con lentitud hacia él, y exigiendo total atención, casi fervor, lo señaló con sus largos dedos a tiempo que su voz se elevaba indecisa, sentimental, sedienta de aplausos. Félix miró sin disgusto al poeta, creyendo adivinar en el gesto condescendiente de su mano una cierta condición de estatua y de poeta de almanaque. Fue cuando le dijo, tomándolo del brazo: — ¿Verdad que es hermosa? Félix cogió el vaso y apuró de un trago la cerveza. Luego empezó a mi­rarlo con atención, como marcando la distancia que había entre los dos, separados ahora por la edad y el humo del cigarrillo. En el grupo había un excelente saxofonista. Llevaba boina y tocaba con aire ensimismado, sin poner mucho énfasis, inclinado con devoción sobre su instrumento y completamente ajeno a las canciones de Gipsy, a los requiebros insinuantes de su voz. Por lealtad a la irresponsable trama de su vida, por un recurso tan gastado como inútil, Félix había decidido participar en la farsa, pues al fin y al cabo era parte de ella, de modo que esa noche y la siguiente, cuando Gipsy Rodas culminara su actuación, él comenzaría a aplaudir entusiasmado, mientras ella sonreía con expresión extraviada. Desde un rincón apartado del café Gipsy estaba disfrutando de los aplausos. Parecía haber alcanzado momentáneamente la gloria. — Ella es tan terciopelo negro — dijo el poeta con la cara vuelta hacia Félix, ofreciéndole una insólita caricatura de la tristeza —. Por fin tenemos una cantante propia. El dueño se acercó a la mesa, lamiéndose el bigote con la punta de la lengua, y declaró con despreocupación: — Tanto alboroto, pero si es boliviana. 57


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— ¿Boliviana? — preguntó Félix. Como un inesperado anuncio de televisión, Gipsy volvió a la mesa improvisando una sonrisa, tomó asiento junto al poeta que ahora fumaba en boquilla, pidió vino blanco y después de haber examinado con amor a quienes la inventaron, exagerando su leyenda, respondió: — Por eso quiero hacerme una fotografía junto al mar. Y en ese momento, con el cigarrillo a punto de apagar, Gutiérrez com­prendió que aquellas palabras estaban dirigidas a él. — ¿Han pensado en la imposibilidad de ver el mar? — dijo con voz impostada el poeta—. Deber ser algo terrible. — Gutiérrez, tienes que hacerle una foto —dijo una escultora, un tanto ofuscada por el trago pero sin malignidad. — El agua aquí nos viene con la lluvia —replicó Félix—. A menos que vayamos al Machángara... — ¿No fue allí donde apareció asesinada una adolescente? — Sí, en las piscinas del Sena — declaró Gutiérrez —. ¿Y eso qué tiene que ver? — Creo que hasta ganaste un concurso con esas fotos — dijo el poeta, apuntándolo con la boquilla. Félix apuró la copa pensativo. Gipsy se volvió hacia él, sin violencia, con ojos expectantes, y supo entonces que su suerte estaba echada, porque sin duda tendría que acatar aquel compromiso con ella y con la totalidad del mar, y por un instante creyó que el alba se había detenido en un extremo del café. Al cabo de unas horas se extrañó de haber llegado caminando hasta el estudio, donde bajo la luz aumentada de la alcoba aún parecía seguir latiendo el sueño de la mujer. *** Pasó un mes. El verano se había estancado dulcemente. Hubo amaneceres acompañados por la luz que venía de la plaza, también hubo frecuentes y animosas visitas al café. 58

Félix se concentraba en su trabajo, sobrellevando agradecido, casi con calma, los reveses de su oficio. En realidad ya no esperaba nada del verano. Iba cada mañana al trabajo, después de haberse bañado y perfumado las mejillas con colonia. Por un tiempo hizo tantas fotos que se olvidó de sí mismo, volvía una y otra vez sobre inútiles negativos, hasta que acabó por confundir esos rostros sin historia y se acostumbró al aire viciado y con olor a químico del estudio. Con destreza, y utilizando cualquier recurso, Félix modificaba la postura de aquellos clientes empeñados en representar un sueño tan precario como la foto que estaba a punto de hacerles, mientras afuera el sol mordía enfurecido el asfalto de calle. Durante esas veladas hizo toda clase de fotos: dulces novias disimulando su gordura tras los velos del vestido, burócratas habituados a cubrir con una carpeta los puños raídos de su camisa, militares envarados y niños tan asustados como sus abuelas. Pero ya no era la época en que hacía fotos de escaleras o de patios inundados por un exceso de luz irreverente, con la esperanza de hacer un inventario de la ciudad, exaltándola en cada foto y como para despertarla del sueño en que vivía. Eso había quedado atrás, cuando andaba con pelo largo y se hacía pasar por artista. Tampoco eran los tiempos difuntos y tal vez felices — porque era otra la ciudad, lejana ya — en que se había impuesto como tarea modificar sin artificio y con una buena dosis de improvisación el rostro de Eva. Amparado por el brillo de la lámpara había resuelto dar el nombre de Eva, la luna y la Ciudad a esa fotografía. Ahora sólo podía liberarse en la indignidad del trabajo, porque había dado a su vida un ritmo moderado, sin excesos, contentándose con hacer fotos vulgares y por compromiso. — Es posible que esté acabado, pero les aseguro que voy a traer el mar hasta aquí —comentó una noche de agosto en el café —. Y a su orilla, voy a fotografiar a Gipsy. El poeta, al escucharlo, meneó lastimosamente la cabeza.


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— Hace años hubiera festejado esa locura, pero a estas alturas resulta ridículo — dijo el poeta. Fue cuando empezó a buscar el mar. Lo buscó en sueños, sabiendo que no estaba muy lejos de encontrarlo. Desde la infancia había conservado el recuerdo inalterado de una playa, en la que hubiera podido organizar la realidad a su antojo hasta someter la figura de Gipsy a la indiscreción de su mirada. Lo siguió buscando porque cada vez creía estar más cerca de él. En esos días compró algunos libros de viajes, y sin darse cuenta aprendió muchas cosas sobre el mar. Aparte de eso, Félix vivía recluido y sin acatar horarios. Soñaba con el espíritu de los puertos donde hasta era probable que alcanzara sus deseos: ver a Gipsy Rodas con la cara vuelta hacia los muelles. Pero a su capacidad de viajero inmóvil que no era sino otra forma de soñar y seguir viajando, había que sumar la de empeñoso bebedor. Visitó sin hacer distinciones lugares tan apartados y diversos como Nueva York, Lisboa y Hamburgo. Con toda seguridad viajó a Dinamarca, después agregó Marsella y Liverpool a su ya largo recorrido. Estuvo en Buenos Aires, Valparaíso, y presenció un crimen en Veracruz. Es cierto que nadie le había preguntado por la fotografía de Gipsy. También es verdad que nadie le pidió explicaciones aunque todos presentían su impotencia para fotografiarla en esta ciudad junto al mar. Para Gutiérrez la vida se había vuelto lenta, indecisa, pero a veces se detenía en las páginas del diario. Una mañana localizó un artículo en la sección de Culturales. Al comienzo lo leyó sin interés, pero a medida que se aplicaba en la lectura algo le llamó la atención y fue cambiando de actitud. J. Vásconez, un hombre imposible y con pretensiones de convertirse en el nuevo cronista de la villa, había escrito en el diario esa mañana: «A estos altos puertos de la nada, los Andes, a la insondable cordillera jamás llegará el mar. No, nunca veremos entrar un barco en las dársenas del puerto a menos que empecemos a soñarlos...». Es posible que la idea hubiese venido por tierra,

pero poco importaba si vino por mar: porque para Gutiérrez todo ocurrió como un relámpago. Esa madrugada no pensó en nada, sólo en la mujer, era como una fotografía que ya hubiera sido tomada. La ciudad había acumulado tal cantidad de polvo durante el verano y el ambiente se hizo tan opresivo que hasta los arupos perdieron su brillo inicial. Félix reiteraba sus visitas al café, y se entregaba con furor a los rituales del viernes por la noche. Por un tiempo anduvo dando tumbos, descuidó el trabajo y se comportó como un poseído. En su mente había llegado a ver la escena con absoluta claridad. Félix deseaba inscribir a Gipsy en sus sueños. Hubiera deseado convertir su pequeña cabeza en una de esas imágenes invasoras, anónimas, demenciales que dan la vuelta al mundo en las páginas del o de Paris Match, y componer con exactitud y mediante el lente de una cámara un retrato hecho a plenitud: porque sólo así Gipsy Rodas terminaría por comunicarnos más de lo que creíamos saber de ella. Y no pasó mucho tiempo antes de que se diera cuenta del error que había cometido, al haber dudado de sí mismo, incluso de su capacidad para llevarla con su imaginación junto al mar. Apaciguado, como obedeciendo a una voz interior, Félix se trasladó hasta la Villaflora. El sol actuaba como un cristal suspendido del cielo segregando un resplandor difícil de soportar. Al adentrarse por el barrio le invadió la calma. Luego estuvo golpeando un rato la puerta, al tiempo que miraba por encima de la valla los bordes de una playa que conducía hacia las aguas muertas del río. El hombre abrió la puerta, lo examinó sin sorpresa desde la penumbra y sin decir palabra le hizo pasar. — Caramba, Gutiérrez — dijo Dottinga, mientras avanzaba por el corredor—. ¿A qué se debe el gusto? Era alto, encorvado, tenía rostro lampiño y bigotes que daban la impresión de ser pintados. Dottinga no había cambiado. Nació viejo y tal vez estaba muerto, porque no supo ni quiso 59


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enfrentarse con la vida. Fue como si Félix y el hombre ya se hubieran visto en el café, como si se conocieran de una vida anterior. No hubo sorpresas, sólo un poco de confusión. Entonces le preguntó, con miedo, si aún conservaba el cuadro. — ¿El que hice para el teatro? Por discreción no quiso seguir hablando. Extrajo un cigarrillo y lo encendió con aire contrariado. Se sentó pesadamente en un sillón. Tenía los brazos cruzados, estaba despeinado, sucio y con un gesto de agravio en la boca. — No creo que tenga ningún valor — dijo finalmente Dottinga, haciendo temblar el sillón —. Usted siempre fue un tipo extravagante. Le aprecio por eso, pero ese cuadro no vale nada. Tengo otros mejores. — Sólo déjeme ver ese cuadro — dijo Félix con determinación. Mientras avanzaba por el pasillo iba pensando en la próxima fotografía, en la mujer vestida de lila junto al mar. Dottinga, sin atreverse a contradecirle, lo llevó hasta un galpón situado junto a la tapia de la casa vecina. Al entrar, Félix hizo un rápido balance de los cuadros sin terminar apilados contra la pared. Impetuoso, agitado por altas y espumeantes olas, estimulado por una luz que provenía de la claraboya, como si hubiese emergido del fondo de la pared, el mar estaba ahí y ahora Félix podía contemplarlo, incluso llegar hasta el borde de las olas. Todas las expectativas aumentaron con la visión unánime del mar. Por un segundo se sintió aliviado. Algo jubiloso triunfaba dentro de él. — Es justo lo que andaba buscando — dijo. Después de haber explicado su plan, Félix pasó con delicadeza una mano por la superficie áspera del óleo. Dottinga aplaudió la ocurrencia. Se resistía a creer tan descabellada historia, pero fue a buscar una cerveza para celebrar. Mientras tanto, Félix Gutiérrez lo esperaba impasible frente al mar. Al día siguiente, esperanzado, Félix acudió sin demora al café. Pero Gipsy no estaba 60

allí. «Tiene algunos contratos», sentenció el dueño con familiaridad. Félix hizo un gesto con la mano, sin entrar en detalles. Así que esa noche ella no estaba allí para escuchar. Era más exigente y ávida de aplausos de lo que cabía suponer. O tal vez necesitaba juntar dinero. Por eso había salido de viaje y seguramente se hospedaba en una modesta pensión de Portoviejo. Félix Gutiérrez no volvió a hablar del asunto. Aceptó con discreción y en silencio a los asiduos del café, soportó con serenidad las impertinencias, y así recobró la disminuida visión del verano: conservaba las olas y la luna como un recuerdo exagerado para ella. Dos días después, el poeta le informó que Gipsy ya había vuelto. Félix se dirigió al hostal Los Álamos, en la calle Esmeraldas. Lo recibió en el vestíbulo y charlaron. Ahora ella solicitaba una ciega admiración de su parte, por los éxitos obtenidos en provincia. Temblando, Gipsy le contó que habían llegado numerosas tarjetas de felicitación, ramos de flores, mensajes enviados por hombres enamorados y anónimos. Pensó que ella exageraba un poco, pues tenía propensión a desvirtuar con la mirada lo que estaba diciendo. Fue cuando a Félix se le vino a la cabeza la idea de hacer de Gipsy una leyenda. Al fin y al cabo ella era de la misma sustancia con la que se hacen las ilusiones y las fotografías. Félix habló por fin de su proyecto. Gipsy midió sus palabras, sintiéndose confundida por lo que dijo. Temía haberse rendido demasiado pronto, sin resistir, a los intereses de ese hombre. Adivinó que no había ido para buscarla sino que iba tras su propia ficción. Pero Gipsy necesitaba creer en él. Pudo apreciar en sus ojos una dolencia, una suerte de lujuria: esa forma in­sana que tienen algunos hombres de encerrarse en una obsesión. — En el café tengo un sueldo seguro — dijo Gipsy, cambiando de tema. Acordaron la cita para el día siguiente. Esa noche, mientras preparaba la cámara, las películas y los reflectores, Félix tuvo una idea luminosa: Gipsy Rodas por fin iba a ser inventada. Dottinga había dejado la llave en la ranura de una


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ventana. Al entrar percibieron el olor a mugre y pintura. Félix la vio avanzar con torpeza hasta el borde fragmentado de la tarde donde la luz había empezado a dilatar su figura hecha de contrastes. Llevaba anillo en la oreja, y tenía el pelo escaso y en forma de púas. Con lenta premeditación había levantado el brazo, para que los senos abultaran debajo del vestido. Ahora se entregaba con expresión vacía a su mirada. Mientras ella iba y venía por el estudio, Félix no pudo dejar de recordar el comportamiento endurecido y resuelto de una maestra de escuela. De repente oyó un ladrido lejano y luego pasos en la calle. Oyó los tacones de Gipsy moviéndose por el embaldosado del estudio. Ignoraba el significado de lo que iba a hacer, pero sólo disponía de unas horas. Consideró necesario tranquilizarla. Félix trató de sonreír. Retiró algunas cosas, examinó de nuevo el cuadro, dispuso las luces y empezó a mirarla a través del lente de la cámara. — Escúchame bien — le pidió —. Quiero que te pongas delante de las olas. Voy a dejar abierta la puerta, para que entre un poco de luz. — Es mejor la penumbra — aconsejó Gipsy con delicadeza —. Así voy a salir caminando por un puerto al atardecer. — ¿Por un puerto? —preguntó Félix sin hacerle mucho caso. Félix se asomó a la única realidad visible. De no haber sido por el ruido producido por el obturador de la cámara, y por la visión simultánea de la mujer avanzando hacia las olas, el fondo estático del cuadro, se habría sentido, por unos

instantes, frente a la playa devastada de su infancia. Gipsy permaneció de pie, sin mojarse, hasta que se puso a mirar hacia el horizonte hecho de rocas, espuma y olas. A Félix le pareció que al fin se estaba cumpliendo un deseo: fue cuando ella empezó a cantar, un canto de sirena desvelando el secreto del que ambos habían participado, porque lo demás era asunto de la cámara y un pedazo de papel. Un día Gipsy abandonó el hostal Los Álamos y siguió de largo, sin despedirse. En el café se sintieron defraudados. Para ellos se trataba de una traición. Gipsy había partido en bus hacia la frontera. Alguien dijo que había conseguido un contrato en Piura. Félix podía imaginar, fumando en el estudio, las ciudades donde se detendría a cantar. Ciudades a las que él nunca llegaría. En su ausencia todos sintieron que la noche se inclinaba con furor hacia el alcohol. Hubo apuestas, divagaciones, habladurías. Se habló de un amor contrariado. Lo cierto es que el café, sin su voz, se volvió tan nocivo como el verano agonizante. Cuando Gipsy partió, sin decirle adiós, el poeta se hundió en un mutismo lacerante. Es seguro que para todos, para los que negaron la voluntad de sus deseos — escultores, ratas y pintores — y para los que iban al café, ella estaba muerta, proscrita, por haber abandonado la ciudad. Pero para Félix Gutiérrez, afortunado protagonista de esta historia, y para quienes acudían a diario al estudio, Gipsy Rodas proclamaba el triunfo de su sueño desde una fotografía colgada al pie de la escalera, donde ella aparece junto al mar aunque nunca hubiese estado allí.

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Javier Vásconez (1946) Escritor y editor. Nació en Quito. Estudió literatura en la Universidad de Navarra y posteriormente en París. En 1982, publicó Ciudad lejana. En 1983, ganó la Primera Mención en la revista Plural de México con Angelote, amor mío. Ha publicado El hombre de la mirada oblicua (1989); la novela El viajero de Praga (1996). En 1998, Un extraño en el puerto (antología de cuentos). La sombra del apostador (1999), finalista en el Premio Rómulo Gallegos; Invitados de honor (2004); la novela de espionaje El retorno de las moscas (2005), y la novela Jardín Capelo (2007). En 2009, se publicó en España la selección de cuentos Estación de lluvia y en 2010 una edición especial de El viajero de Praga con prólogo de Juan Villoro. Algunos de sus cuentos han sido traducidos al alemán, francés, inglés, hebreo, sueco, griego y búlgaro. En 2010, se publicó en España y Colombia la novela La piel del miedo. En 2012, la editorial El Antropófago editó una edición bilingüe español/ francés de El secreto y apareció la sexta edición de la novela La sombra del apostador. En el mismo año, la editorial Everest, de Turquía, publicó en turco la novela Jardín Capelo y se publicó en México, España y Ecuador la novela La otra muerte del doctor. En noviembre 2013, se publicará en México su novela La piel del miedo.

Escritor e editor. Nasceu em Quito. Estudou literatura na Universidade de Navarra e posteriormente em Paris. Em 1982, publicou Cidade distante. Em 1983, ganhou a Primeira Menção da revista Plural do México com Angelote, amor meu. Publicou O Homem do olhar oblíquo (1989); e o romance O Viajante de Praga (1996). Em 1998, Um estranho no porto (antologia de contos). A sombra do apostador (1999), finalista do Prêmio Rómulo Gallegos; Convidados de Honra (2004); o romance de espionagem O retorno de las moscas (2005), e a novela Jardim Capelo (2007). Em 2009, foi publicada na Espanha a seleção de contos Estação de Chuva e em 2010 uma edição especial de O Viajante de Praga com prefácio de Juan Villoro. Alguns de seus contos foram traduzidos para alemão, francês, inglês, hebraico, sueco, grego e búlgaro. Em 2010, foi publicado na Espanha e na Colômbia a novela A pele do medo. Em 2012, a editorial El Antropófago realizou uma edição bilíngue espanhol/ francês de O segredo e surgiu a sexta edição do romance A sombra do apostador. No mesmo ano, a editorial Everest, da Turquia, publicou em turco o romance Jardim Capelo e foi publicada no México, Espanha e Equador a novela A outra morte do doutor. Em novembro de 2013, será publicado no México o romance A pele do medo.


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Javier Vásconez

CAFÉ CONCERT

A uma cantora desprevenida e a Eduardo Bronchalo Goitisolo, por sua paciente amizade durante todos estes anos. O Café Concert era um lugar alternativo da cidade. Tinha sido criado por um grupo de artistas inexpressivos, dispostos a remediar com suas bebedeiras uma vida de fracasso e apatia. Viviam todos instalados em uma cômoda tristeza, apoiados na passagem dos dias, esperando por algo melhor e pressentindo que a vida estava em outra parte. Naquele santuário, também eram gerados amores e ilusões, que raramente desembocavam na ficção ideal e criadora de um artista. No café, reuniam-se poetas cujos livros empilhavam-se nas estantes das lojas, pintores desorientados em meio à fumaça da erva e também jornalistas que, com seus textos, mantinham vivo o mito de uma época cor-de-rosa, imemorial, porque o tempo é um mistério, um xadrez no qual não existe o antes nem o depois. Apareciam, ainda, moças extravagantes, bem como algumas irmãs solícitas que dispunham de tempo para reafirmar sua fé no Oriente, no xamanismo e em um Buda universal. Estar nesse café trazia o conforto de fazer parte de um mundo predeterminado, sem fissuras, no qual todos se conheciam até a saturação. Ali, os estrangeiros quase nunca iam, mas se algum equivocadamente entrasse, dificilmente não seria notado pelos frequentadores. Havia, isso sim, cantores de voz aveludada, que pediam, aos gritos, para voltar ao ventre escuro e fresco do partido ou da igreja. E havia um ambiente de intriga e confessionário que, nas madrugadas frias, dava aos rostos um certo ar de irrealidade. Era quase meia-noite quando a sombra de Félix Gutiérrez projetou-se sobre a porta do café. Tinha saído, como era de seu costume, para dar uma volta pela cidade. Ia pensativo, observando o céu estrelado, sem nuvens. Intuiu que a noite era inteiramente sua. Calculou seu descomedimento e entregou-se à felicidade do verão que, enfim, tinha afastado as chuvas. Pouco a pouco, as ruas foram ficando desertas, até silenciarem. Tão logo cruzou a porta, deu-se conta do erro. O prazer do verão, do passeio, morreu em sua garganta. O café estava lotado de gente. Sentado atrás 64


Café Concert

do palco, com olhar dissimulado, Félix pediu uma cerveja Club. Percebeu que a maioria do público compunha-se de quarentões decididos a embebedar-se antes da meia-noite. Gente especializada em ofensas e rancores antigos que ia até ali para ferir os vizinhos com sua língua viperina. Anos atrás, quando sonhar ainda não era vergonhoso, essa gente tinha compartilhado com eles comida chinesa, garrafas de Trópico, sonhos feitos de trechos de músicas, mas, com o tempo, acabou por eliminá-los de suas vidas. Tinha ódio desse vínculo com o passado, com esses tipos destroçados pelo álcool e pela amargura limitante do fracasso que também poderia o seu. Espírito de salvação ou covardia? Não sabia dizer. Mas algo tinha mudado na cidade. Para Félix, o fundamental era seguir em frente, com a expressão dolorida e um pouco cínica, já que tinha decidido prescindir, sem grosseria, dos sonhos ridículos daqueles artistas de café. De qualquer forma, o que determinava essa sensação de derrocada, de impotência coletiva, era o fato de ter alimentado, com suas bebedeiras, a veleidade daqueles tipos ou, quem sabe, sua própria mediocridade. De repente, ele a viu junto ao pequeno balcão do fundo, com os olhos postos no público. Demorou um pouco a distinguir os traços de seu rosto. Devia ter uns trinta anos. Usava sapatos dourados de salto alto e uma calça justa de veludo vermelho. Gipsy pôs-se a cantar jogando a cabeça para trás, com os lábios colados ao microfone e, sempre que começava uma canção, exibia sua queixada proeminente, deselegante. Parecia, então, cruel e envelhecida, apesar do cabelo curto e brilhante. Félix terminou a cerveja e acendeu distraidamente um cigarro. Ela continuou cantando com jeito afetado, lambuzando de amor o público da sala. O dono, evitando a vergonha de ter de olhá-la, revirava, cabisbaixo, um cubo de gelo dentro do copo. Antes de descer do palco, Gipsy fez um leve sinal com o braço, retrocedendo, misteriosa, em direção à penumbra, já preparada para receber os aplausos, mas, apesar de todo o esforço para dar ritmo à canção, seu tom de voz tinha sido pouco convincente.

O poeta calvo de olhos lustrosos abandonou a companhia de um cabeludo de óculos e olhos tão mortos quanto os de um peixe, com quem estava conversando em voz baixa, para sentar-se à mesa com Félix. Enquanto isso, Gipsy tinha avançado lentamente em sua direção e, exigindo total atenção, quase fervor, apontou para ele com seus longos dedos enquanto sua voz se elevava, indecisa e sentimental, sedenta de aplausos. Félix olhou para o poeta sem mágoa, acreditando adivinhar no gesto condescendente de sua mão uma certa condição de estátua e de poeta de almanaque. Foi quando disse, tomando-lhe do braço: - Bonita, não é mesmo? Félix pegou o copo e tomou a cerveja de um só gole. Depois, começou a olhá-lo com atenção, como que marcando a distância existente entre os dois, separados agora pela idade e pela fumaça do cigarro. Havia, no grupo, um excelente saxofonista. Usava boina e tocava com ar ensimesmado, sem grandes arroubos, inclinado com devoção sobre seu instrumento e completamente alheio às canções de Gipsy, aos requebros insinuantes de sua voz. Por lealdade ao irresponsável enredo de sua vida, valendo-se de um recurso tão gasto quanto inútil, Félix havia decidido participar da farsa, já que, afinal, era parte dela, de forma que naquela noite e também na seguinte, quando Gipsy Rodas terminasse a sua atuação, ele começaria a aplaudir com entusiasmo, ao que ela sorriria com expressão confusa. Em um canto afastado do café, Gipsy continuaria desfrutando dos aplausos. Parecia ter alcançado momentaneamente a glória. — Ela é puro veludo negro, disse o poeta olhando para Félix, oferecendo-lhe uma insólita caricatura da tristeza. Enfim, temos nossa própria cantora. O dono aproximou-se da mesa, lambendo o bigode com a ponta da língua, e declarou com naturalidade: — Todo esse alvoroço, e olha que é boliviana. 65


Café Concert

— Boliviana?, perguntou Félix. Como em um inesperado anúncio de televisão, Gipsy voltou à mesa improvisando um sorriso, sentou-se ao lado do poeta, que agora fumava com boquilha, pediu vinho branco e, depois de ter examinado com amor os que falavam dela, exagerando a própria lenda, respondeu: — É por isso que quero uma fotografia junto ao mar. E, nesse momento, com o cigarro a ponto de apagar-se, Gutiérrez compreendeu que aquelas palavras se dirigiam a ele. — Já pensaram na impossibilidade de ver o mar?, disse o poeta com voz impostada. Deve ser algo terrível. — Gutiérrez, você tem de tirar essa foto, disse uma escultora, já meio tonta por causa da bebida, mas sem maldade. — A água chega aqui com a chuva, replicou Félix. A não ser que visitemos o rio Machángara... — Não foi aí que apareceu uma adolescente assassinada? — Sim, nas piscinas do Sena, declarou Gutiérrez. E o que isso tem a ver? — Acho que você até ganhou um concurso com essas fotos, disse o poeta, apontandolhe a boquilha. Félix, pensativo, esvaziou o copo. Gipsy virou-se para ele, sem violência, com olhos desejosos, e ele soube então que sua sorte estava lançada, porque sem dúvida teria de acatar aquele compromisso com ela e com a totalidade do mar e, por um instante, chegou a crer que a luz do dia tinha ficado encurralada em algum canto do café. Ao cabo de algumas horas, surpreendeu-se de ter chegado caminhando até o estúdio, onde, sob a luz aumentada do quarto, ainda parecia seguir pulsando o sonho daquela mulher. *** Passou-se um mês. O verão tinha estancado docemente. Houve amanheceres acompanhados da luz que vinha da praça, e também frequentes e animadas visitas ao café. 66

Félix concentrava-se em seu trabalho, suportando agradecido, quase com calma, os reveses de seu ofício. Na verdade, já não esperava nada do verão. Ia todas as manhãs ao trabalho depois de ter tomado banho e perfumado as bochechas com colônia. Por algum tempo, fez tantas fotos que se esqueceu de si mesmo. Debruçava-se várias vezes sobre os mesmos negativos inúteis, até que acabou por confundir aqueles rostos sem história e acostumou-se ao ar viciado do estúdio, cheirando a químico. Com destreza, utilizando qualquer recurso que estivesse à mão, Félix modificava a postura daqueles clientes empenhados em representar um sonho tão precário quanto a foto para a qual estavam a ponto de posar, enquanto, lá fora, o sol mordia enfurecido o asfalto da rua. Ao longo dessas vigílias, fez todo o tipo de fotos: doces noivas disfarçando sua gordura atrás dos véus do vestido, burocratas habituados a cobrir com a pasta os punhos puídos de suas camisas, militares enrijecidos e crianças tão assustadas quanto suas avós. Mas já ia longe a época em que fazia fotos de escadas ou de pátios inundados pelo excesso de luz irreverente, com a esperança de fazer um inventário da cidade, exaltando-a a cada foto, como que para despertá-la do sono em que vivia. Isso tinha ficado para trás, quando andava com os cabelos compridos e se fazia passar por artista. Também já não eram mais os finados e talvez felizes tempos — porque a cidade agora era outra, muito distante daquela — em que se tinha imposto como tarefa modificar sem artifícios e com uma boa dose de improvisação o rosto de Eva. Amparado pelo brilho da lâmpada, tinha resolvido dar o nome de Eva, a lua e a Cidade àquela fotografia. Agora só lhe restava expressarse na indignidade de seu trabalho, porque tinha dado a sua vida um ritmo moderado, sem excessos, contentando-se em fazer fotos vulgares e por obrigação. — Pode ser que eu esteja acabado, mas garanto a vocês que vou trazer o mar até aqui,


Café Concert

disse uma certa noite de agosto no café. E, bem perto dele, vou fotografar a Gipsy. O poeta, ao ouvi-lo, meneou tristemente a cabeça. — Há alguns anos eu teria comemorado essa loucura, mas, a esta altura, soa ridículo, disse o poeta. Foi quando começou a buscar o mar. Procurou-o em sonhos, sabendo que não estava muito longe de encontrá-lo. Desde a infância, tinha guardado intacta a memória de uma praia, na qual poderia adequar a realidade a seus caprichos até submeter a figura de Gipsy à indiscrição do seu olhar. Continuou buscando-o porque acreditava estar cada vez mais perto dele. Nesses dias, comprou alguns livros de viagens e, sem se dar conta, aprendeu muitas coisas sobre o mar. Fora isso, Félix vivia recluso e sem submeter-se a horários. Sonhava com o espírito dos portos onde era até mesmo provável que alcançasse seu desejo: ver Gipsy Rodas com o rosto de frente para o cais. Mas à sua capacidade de viajante imóvel, que era simplesmente uma forma diferente de sonhar e continuar viajando, somava-se a de ser um ardoroso beberrão. Visitou indistintamente lugares tão apartados e diversos entre si como Nova York, Lisboa e Hamburgo. Com toda certeza viajou à Dinamarca, e depois agregou Marselha e Liverpool ao seu já longo itinerário. Esteve em Buenos Aires, Valparaíso, e presenciou um crime em Veracruz. A verdade é que ninguém lhe havia perguntado pela fotografia de Gipsy. Também é certo que ninguém lhe pediu explicações, ainda que todos pressentissem sua impotência para fotografá-la nessa tal cidade à beira-mar. Para Gutiérrez, a vida tinha se tornado lenta, indecisa, mas mesmo assim ele checava, vez por outra, as páginas dos jornais. Uma manhã, encontrou um artigo na seção de Cultura. De início, leu-o sem interesse, mas, à medida que ia se envolvendo com a leitura, algo chamou-lhe a atenção e sua atitude foi mudando. J. Vásconez, um homem intratável e com pretensões de transformar-se no novo cronista da

vila, tinha escrito no jornal aquela manhã: «Nestes altos portos do nada, os Andes, a insondável cordilheira jamais encontrará o mar. Não, nunca veremos os barcos entrando nas docas do porto, a menos que comecemos a sonhá-los...». É possível que a ideia tivesse chegado por terra, mas pouco importava se tivesse vindo por mar: porque para Gutiérrez tudo aconteceu como em um relâmpago. Naquela madrugada não pensou em nada, só na mulher, era como uma fotografia que já tivesse sido tirada. Durante o verão, a cidade tinha acumulado tamanha quantidade de pó, e o ambiente se tornado tão opressor, que até os arupos1 tinham perdido seu brilho inicial. Félix reiterava suas visitas ao café e entregava-se apaixonadamente aos rituais de sexta à noite. Por algum tempo, andou dando cabeçadas, descuidou-se do trabalho e agiu como se estivesse possuído. Em sua mente, chegou a ver a cena com absoluta clareza. Félix queria incorporar Gipsy aos seus sonhos. Queria poder transformar sua pequena cabeça numa dessas imagens invasoras, anônimas, insanas, que dão a volta ao mundo nas páginas do Herald ou do Paris Match, e compor com exatidão e por meio da lente de uma câmera um retrato que atingisse a plenitude: porque só assim Gipsy Rodas seria capaz de dizer mais do que acreditávamos saber sobre ela. Não demorou muito até que se desse conta do erro que tinha cometido ao duvidar de si mesmo, inclusive da capacidade de levá-la, com sua imaginação, para junto do mar. Apaziguado, como que obedecendo a uma voz interior, Félix seguiu para Villaflora. O sol atuava como um cristal suspenso no céu extravasando uma resplandescência difícil de suportar. Ao entrar no bairro, a calma o invadiu. Pouco depois, estava batendo à porta enquanto via por cima da cerca as margens de uma praia que ia dar nas águas mortas do rio. O homem abriu a porta. Da zona de penumbra onde se encontrava, examinou-o sem surpresa e, sem dizer uma palavra, fez com que entrasse. 67


Café Concert

— Caramba, Gutiérrez, disse Dottinga, enquanto seguia pelo corredor. A que se deve a honra? Era alto, encurvado, tinha o rosto liso e bigodes que davam a impressão de terem sido pintados. Dottinga não tinha mudado. Nascera velho e talvez estivesse morto, porque nunca soubera nem quisera enfrentar a vida. Foi como se Félix e aquele homem já tivessem se visto no café, como se se conhecessem de uma vida anterior. Não houve surpresas, apenas um pouco de confusão. Então perguntou-lhe, com medo, se ainda conservava o quadro. — O que fiz para o teatro? Por discrição, não quis continuar falando. Sacou um cigarro e o acendeu com ar contrariado. Sentou-se pesadamente em uma poltrona. Tinha os braços cruzados, estava despenteado, sujo e com uma expressão amuada na boca. — Não acho que tenha valor, disse finalmente Dottinga, fazendo tremer a poltrona. O senhor sempre foi um tipo extravagante. Admiro-o por isso, mas esse quadro não vale nada. Tenho outros melhores. — Vamos, me deixa ver esse quadro, disse Félix com determinação. Enquanto andava, ia pensando na próxima fotografia, na mulher vestida de lilás junto ao mar. Dottinga, sem se atrever a contradizê-lo, conduziu-o até um galpão que ficava junto ao muro da casa vizinha. Ao entrar, Félix fez um balanço rápido dos quadros não terminados que se empilhavam contra a parede. Impetuoso, agitado por ondas altas e espumantes, estimulado pela luz que vinha da claraboia, como se tivesse emergido do fundo da parede, o mar estava ali, e agora Félix podia contemplá-lo, até mesmo chegar perto das ondas. Todas as expectativas aumentaram com a visão unânime do mar. Por um segundo, sentiu-se aliviado. Algo jubiloso triunfava dentro dele. — É justamente o que eu estava procurando, disse. Após explicar seu plano, Félix passou delicadamente a mão sobre a superfície áspera do 68

óleo. Dottinga aplaudiu o acontecimento. Embora se recusasse a crer numa história tão descabida, foi buscar uma cerveja para celebrar. Nesse meio tempo, Félix Gutiérrez o esperava impassível em frente ao mar. No dia seguinte, esperançoso, Félix dirigiu-se ao café sem demora. Mas Gipsy não estava ali. «Ela tem alguns contratos», sentenciou o dono com familiaridade. Félix fez um gesto com a mão, sem entrar em detalhes. Queria dizer que naquela noite ela não estaria ali para ouvir. Era mais exigente e carente de aplausos do que se poderia supor. Ou talvez só precisasse juntar dinheiro. Por isso tinha saído de viagem e certamente estaria hospedada em alguma modesta pensão de Portoviejo. Félix Gutiérrez não voltou a falar do assunto. Aceitou discreta e silenciosamente a companhia dos frequentadores assíduos do café, suportou com serenidade as impertinências, e assim pôde recobrar a esmaecida imagem do verão: guardava as ondas e a lua como um exagerado presente para ela. Passados dois dias, o poeta informou-lhe que Gipsy estava de volta. Félix foi ao albergue Los Álamos, na rua Esmeraldas. Ela o recebeu no hall de entrada e eles conversaram. Agora, ela esperava da parte dele uma cega admiração por causa do sucesso alcançado no interior. Tremendo, Gipsy contou-lhe que tinha recebido inúmeros cartões de parabéns, buquês de flores, mensagens de homens apaixonados e anônimos. Imaginou que ela estivesse exagerando um pouco, já que tinha propensão a desvirtuar com seu ponto de vista aquilo que estava dizendo. Foi quando veio à cabeça de Félix a ideia de fazer de Gipsy uma lenda. Afinal, ela era feita da mesma substância da qual são feitas as ilusões e as fotografias. Por fim, Félix falou de seu projeto. Gipsy mediu suas palavras, sentindo-se confusa com o que ele disse. Temia ter-se rendido cedo demais, sem resistir, aos interesses daquele homem. Adivinhou que ele tinha ido até ali não à procura dela, mas de sua própria ficção. Mas Gipsy precisava crer nele. Pôde perceber nos seus olhos uma aflição, uma espécie de luxúria: essa forma insana


Café Concert

que algumas pessoas têm de fechar-se numa obsessão. — No café, tenho um salário garantido, disse Gipsy, mudando de assunto. Marcaram o encontro para o dia seguinte. À noite, enquanto preparava a câmera, os filmes e os refletores, Félix teve uma ideia luminosa: Gipsy Rodas seria, enfim, inventada. Dottinga tinha deixado a chave na fresta de uma janela. Ao entrar, sentiram o cheiro de mofo e tinta. Félix a viu avançar desajeitada até o limite fragmentado da tarde onde a luz tinha começado a dilatar sua figura feita de contrastes. Usava um anel na orelha e tinha o cabelo escasso e espetado. Com lenta premeditação, levantara o braço, para que os seios se avolumassem sob o vestido. Agora, entregavase com expressão vazia ao seu olhar. Enquanto ela cruzava o estúdio de um lado a outro, Félix não pôde evitar a lembrança do comportamento endurecido e resoluto de uma professora de escola. De repente, ouviu um latido longínquo e, em seguida, alguns passos na rua. Ouviu os saltos de Gipsy movendo-se pelo piso de lajota do estúdio. Ignorava o significado do que iria fazer, mas dispunha apenas de algumas horas. Considerou necessário tranquilizá-la. Félix tratou de sorrir. Retirou algumas coisas, examinou de novo o quadro, ajeitou as luzes e começou a olhá-la através da lente da câmera. — Presta bem atenção, pediu-lhe. Quero que você fique de frente para as ondas. Vou deixar a porta aberta para que entre um pouco de luz. — A penumbra é melhor, aconselhou Gipsy, com delicadeza. Assim eu saio caminhando por um porto ao entardecer. — Por um porto?, perguntou-lhe Félix, sem levá-la muito a sério. Félix fixou-se na única realidade visível.

A não ser pelo ruído produzido pelo obturador da câmera e pela visão simultânea da mulher andando em direção às ondas, o fundo estático do quadro, ele teria se sentido, por alguns instantes, em frente à praia devastada de sua infância. Gipsy permaneceu de pé, sem se molhar, até que virou seu olhar em direção ao horizonte feito de rochas, espuma e ondas. Félix sentiu que, enfim, o desejo se cumpria: foi quando ela começou a cantar, um canto de sereia, desvelando o segredo do qual ambos tinham participado, porque o resto era apenas uma câmera e um pedaço de papel. Um dia, Gipsy abandonou o albergue Los Álamos e foi embora sem se despedir. No café, todos se sentiram enganados. Para eles, tratavase de uma traição. Gipsy tinha partido de ônibus em direção à fronteira. Alguém disse que tinha conseguido um contrato em Piura. Félix podia imaginar, fumando no estúdio, as cidades onde ela pararia para cantar. Cidades às quais ele nunca chegaria. Na ausência dela, todos sentiram que a noite pendia decididamente para o álcool. Houve apostas, divagações, falatórios. Falou-se de um amor malsucedido. A verdade é que o café, sem sua voz, tornou-se tão nocivo quanto o verão agonizante. Quando Gipsy partiu, sem dizer-lhe adeus, o poeta afundou-se em um mutismo lacerante. É claro que, para todos, para os que negaram a vontade de seus desejos — escultores, marginais e pintores — e para aqueles que iam ao café, ela estava morta, proscrita por ter abandonado a cidade. Porém, para Félix Gutiérrez, afortunado protagonista desta história, e para os que frequentavam diariamente o estúdio, Gipsy Rodas proclamava o triunfo de seu sonho a partir de uma fotografia pendurada ao pé da escada, na qual ela aparece junto ao mar, ainda que nunca tenha estado ali.

Tradução: Catarina da Mota Brandão de Araújo 1 Árvore nativa dos andes equatorianos e peruanos, semelhante ao ipê, cujo florescimento marca a chegada do verão. (N.t.)

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La Cometa y el árbol

Leonardo Valencia

INTIMIDAD

Su nombre está escrito con iniciales en tinta roja: A. M. Braun. El sobre no tiene remitente. Lo abre. Es más grande de lo necesario. Sólo trae un disco en el que también consta su nombre sólo que ahora se han desplegado las iniciales —Ana María Braun— con um añadido debajo, Hotel Mossone, y un año impar, un número remoto que la agobia sólo por tener que calcular la década y su edad, la envidiable e inconsciente de entonces, y la de ahora. Vuelve a la palabra Mossone, al sonido seseante de la dos eses, parecidas a dos serpientes que huyen sobre la arena frotándose contra su memoria. Recuerda el patio central del hotel con grandes recipientes de barro, algarrobos y los arcos del corredor que desembocaban al mirador de la terraza que daba a la laguna del oasis. Hasta puede recordar la humedad de la arena evaporándose de prisa con la salida del sol. Todo eso lo ve, pero no puede olerlo. ¿A qué olía el desierto peruano?, se pregunta. Era un olor a redes y anzuelos carcomidos por el óxido y chorreando el agua salada del mar, a sacos de yute deshilachados, a la arena escurridiza en el fondo de los zapatos, cremas bronceadoras y sorbos de cerveza tibia. A eso olía no sólo el desierto sino aquel oasis que no era ningún simulacro, sino un oasis real em medio de las dunas, a unos cuantos kilómetros de los viñedos de Ocucaje y a cientos más de las líneas de Nazca. Todo eso volvió con la palabra Mossone. Pero en medio de tantos recuerdos, no puede recordar el nombre de quien había sido el otro protagonista de esos días. De él recuerda sus cabellos castaños, sus repentinos cambios de conversación, sus repliegues, y la aplicada serenidad con la que lentamente se acercaba a ella para tocarla. El nombre, sin embargo, no vuelve a su memoria y la deja en vilo. * Ana María Braun olvida nombres con frecuencia. Sabe retener detalles banales, como el gesto para encender un cigarrillo, la manera de sentarse y empezar una 70


Intimidad

conversación, los minúsculos e incontrolables preludios para despedirse, la manera de sonreir, así como el corte y el pliegue y la marca y el sastre de un vestido elegante y discreto. Todo eso lo recuerda para sí misma, porque si alguien se lo hubiera preguntado, no se habría sentido capaz de hacer uma descripción. Tampoco es que lo hubiera intentado.Volcada hacia los demás, le duele que se pierdan los nombres que les corresponden. De manera que verse em una foto o mencionar un año determinado la desespera si además le preguntaban con quién estaba. Ella pide que respeten aquello de lo que no puede hablar. Así tampoco se entromete en el pasado de los demás y disimula su limitada capacidad para retener nombres. * Se sienta junto al equipo de sonido, inserta el disco y empieza a escuchar. No hay nadie en su casa. Nunca hay nadie en la casa, se corrige. La casa está en la Costa Brava, en el balneario de Sant Feliu de Guíxols. Es la de Ignasi, su pareja actual. Aunque él casi nunca está allí, salvo los fines de semana. En esa casa Ana María Braun encuentra paz para trabajar y le parece un desperdício que esté vacía casi todo el año. No es su casa, pero se há vuelto suya con mínimos cambios, porque Ignasi es cuidadoso con los detalles y la decoración, especialmente en la sala, que tiene la mejor vista de la casa: desde allí se ve el camino de ronda que bordea el acantilado y las olas que lo golpean intermitentemente. Las ve, pero no las escucha. Ignasi hizo instalar un vidrio aislante porque no hay quien resista toda uma noche las olas contra el acantilado y el chillido de las gaviotas. Al principio los sonidos son confusos e imprevisibles, la grabación crepita por el micrófono torpe, de baja calidad, pero sobre todo parecen no corresponder al contexto del Hotel Mossone, como si los sonidos desarticulados fueran pobres y elementales frente a la precisión hiriente de la memoria de olores e imágenes, incluso de aquellos olores e imágenes dispersos e imprevistos, solitarios en su aislada aparición y por eso mismo imborrables. Ningún sonido encaja con

una escena: alguien ríe y alguien corresponde a su risa, un objeto choca con otro y alguien ronronea, luego viene un largo silencio, um nuevo gemido lo quiebra, una palabra indescifrable lo borda, luego otro silencio y después el repunte de uma voz chillona parece dar la clave de un rostro que assoma limpio entra tanta oscuridad. ¿Puede ser suya esa voz chillona y disforzada? Ignasi nunca llegó a entender el sentido que los peruanos le dan a un disfuerzo. Ella le ha explicado que es como un requiebro, un fingimiento engreído, una descompostura. La vocecita de mujer que aparece entre esas sombras de silencio está disforzada, y lo que es peor: es ella, no hay duda. Apenas tiene tiempo de reconocerse cuando escucha la evidencia de los primeros jadeos. Se sonríe, se sonroja. Esos sonidos guturales tan discretos y crecientes son gemidos. Poco a poco se abren paso y ganan fuerza. Ella deja de sonreír. Se molesta consigo misma porque no ha logrado reconocerse en esa mujer que se desata y gime. De él, en cambio, porque hay um hombre o la voz de un hombre acompañando la voz dela mujer, se escuchan claramente las exhalaciones, las naturales y las de alarde, y los toscos, entrecortados jadeos finales. En ese extremo lo reconoce. Es él. La memoria, atropellada por traerle de vuelta lo que ella le ha pedido, también trae lo no previsto, lo involuntario, un nombre más antiguo, este sí nítido, el de Carlos Ontaneda. Ella sabe por qué lo recuerda, sabe que también hubo otra grabación, en otro tiempo. Ahora, sin embargo, no es Ontaneda quien está a punto de asomar a la punta de su lengua, sino aquel otro hombre que se replegaba sutilmente y que, de la misma manera, la buscaba. Recuerda su manera de moverse, contorneando su cuerpo como un lagarto cauteloso. ¿Quien ha escrito y enviado aquel sobre es el mismo a quien escucha en la cinta? Todavía no termina de responderse y otro asunto la intriga: ¿por qué esa grabación? ¿Por qué llega en aquel momento? ¿Cómo ha dado con ella después de tanto tiempo? Y sobretodo, ¿para qué? Pero esas respuestas no llegan sino el 71


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apellido que siempre parecía escurrirse al pronunciarlo: Mavrudis. Luego, finalmente, sella el apellido aquel nombre árido y triturador: Pascal. Es él. * Pascal Mavrudis y ella recorrieron Perú durante um mes. Aunque ella vivía en Barcelona y él en Londres, se habían conocido en Angers. Se volvieron a encontrar a lo largo de un año en Toulouse, Saint-Jean de Luz, Pau, Ginebra, Basilea y Roma. El listado de ciudades continuó de acuerdo a los vuelos baratos y las coincidencias de reuniones de trabajo y días festivos. Casi siempre era ella la que iba a buscarlo. Tomaba um avión sin problemas. Los vuelos europeos le parecían cortos frente a los vuelos trasatlánticos a los que estaba acostumbrada desde niña. Mavrudis, en cambio, detestaba volar. La única excepción que hizo fue el viaje a Perú. Llevó una buena dosis de benzodiacepinas que ingirió apenas se sentó en el avión. Durmió bien durante el vuelo, bajo la mirada de Ana María Braun. * A pesar de que detestaba volar, a Mavrudis le gustaba viajar y ganar países. El único medio que le resolvía los problemas de traslado y que incluso disfrutaba era viajar en tren. Le gustaba levantarse a tomar un café, conversar con los otros viajeros y leer.Tomó muchos trenes con ella. Dormían en literas exclusivas para ellos. Dormían, comían, conversaban, leían y volvían a dormir. Cada vez que llegaban a uma estación desconocida, Mavrudis le decía que habían aumentado su colección de estaciones de tren. Era ellaquien tomaba nota del nombre de la estación en su cuaderno de apuntes. Allí también fue anotando lo que sabía de Pascal Mavrudis. Él había nacido en Londres. Su padre era de origen griego, pero no le había enseñado griego. Su madre era de Angers. Tampoco le había enseñado francés. Mavrudis hablaba en inglés y había aprendido griego por su cuenta. Los padres de Mavrudis nunca lo llevaron a pasar vacaciones a Francia o a Grecia. Parecía que odiaran sus respectivos países. A Mavrudis, en cambio, le fascinaba lo que tuviera que ver con 72

Francia y Grecia. Apenas pudo, fue a visitarlos. Rastreó a sus familiares, que lo recibieroncon cierta curiosidad. Como no pudo hablar con ellos con la intensidad de una lengua compartida, las relaciones nunca crecieron y terminaron por perderse. Mavrudis paseaba por las ciudades griegas y francesas como si se desplazara sobre una pista de hielo que le impidiera tocar el suelo de tierra. * Ana María Braun sabe varios idiomas y por eso mismo tiene la convicción de que en el mundo se habla demasiado. ¿Cómo era posible que el mundo no se hubiera puesto de acuerdo para reunir tantos idiomas en uno sólo? ¿Por qué tantos sinónimos? Sabía que no existía una respuesta, o que había tantas que las volvia innecesarias. Pese a su sensación de que hablaba demasiado, en realidad hablaba muy poco. Se lo dijeron a lo largo de los años. En una película que vio con una amiga la protagonista le reprochaba al actor principal que a pesar de saber tantos idiomas nunca decía nada. La amiga se removió en su silla y le dio un golpecito en el brazo, susurrándole en medio del cine a oscuras que así era ella: sabía muchos idiomas y nunca decía nada. Pero Ana María Braun tenía otra sensación: sabía tantas palabras que se quedaba paralizada por completo, amontonadas en la boca como piedras. * Ignasi es un hombre callado, mucho más callado que ella, más metódico y rutinario. Sus costumbres son inamovibles: cena con sus amigos dos días por semana, visita a sus padres cada jueves, el viernes toma una copa con los colegas de su empresa y fuma largos cigarros de diez gramos. El resto de días y los fines de semana se reúne con ella. Salen al cine, a restaurantes, a comprar ropa o a buscar decoraciones para las dos casas en las que viven alternativamente. Ella suele ser quien toma la iniciativa, y él la escucha obediente.Cuando no está de acuerdo, él sugiere con un gesto de la ceja o señala con un dedo la alternativa. Incluso reconoce el momento en que él se emociona: Ignasi levanta la mano, cierra el puño sobre la boca, carraspea y tose. Es una tos


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marcada de fumador, reseca, como golpes en carcasas de bronce, como trompetas abolladas que cortan el fuelle, como un entrechocar de tijeras al que sigue un montón de armatostes que se derrumban con un ruido lleno de metales. Para ella, sin embargo, escuchar esa toz es un alivio, porque es la señal de que él está satisfecho y puede pasar a otros asuntos. Aunque Ignasi habla poco, no le resulta apático a Ana María Braun. Ni mucho menos. Todo el autodominio de Ignasi desaparece cuando se acuestan: la manipula al límite de sus fuerzas y de su flexibilidad. Cuando han acabado, él tose. Ella nunca lo hubiera pensado así, pero es la forma de equilibrio que ha esperado durante años: un discreto toser de hombre en medio de un ambiente tranquilo y sin prisas. Esa tos parecía estar en la frontera entre la afasia y la palabra. Para ella Ignasi forma parte de otra historia, es la continuación de un relato luego de que se han cerrado otros relatos. Pero el relato no siempre es lo dicho, sino lo omitido. La grabación que hizo Mavrudis está devolviendo un amplio espacio de tiempo omitido en la vida de Ana María Braun. Con cada relato se abre y se cierra una puerta en el pasillo de las historias. El relato no es la puerta ni lo que oculta. El relato, piensa, es el trascurrir por el pasillo. * Ana María Braun tuvo muchos amigos en Lima, pero pocas amigas. Si se hacía muy tarde cuando iba a visitarlos, se quedaba a dormir en sus casas. Muy pocas veces se acostaba con ellos. Se acomodaba en un sofá o en la cama que le preparaban. Llevaba consigo una bolsa de tela en forma de sobre donde guardaba su pijama doblado y tan blanco como una carta por escribir. Una de las casas en las que se quedaba a dormir era la que Carlos Ontaneda tenía en Barranco. Había muchas razones. En parte lo hacía porque él la divertia y, a pesar de la diferencia de quince años que le llevaba Carlos Ontaneda, él la trataba como alguien de su misma edad. Siempre había sido extrovertido, y había dirigido un programa musical de una radio de Miraflores con

un gran éxito de público, sobre todo por el tono de su voz. No era una voz de locutor impostado, grave y con prisa, sino un tono de fondo amplio y sereno que parecía esconder una experiencia y un secreto que sólo él había vivido, por lo que siempre lo llamaban para comerciales de radio para asseguradoras, bancos o saludos institucionales. Pero eso era el pasado. Una de las verdaderas razones para que ella se quedara a dormir era una especie de compasión que a ella no le gustaba reconocer. Um verano, camino a la playa en su moto, a la altura de San Bartolo, Ontaneda esquivó un camión que salió de su carril sin poner direccional, giró muy fuerte el volante y la moto lo lanzó a la cuneta. Salvó la vida pero se despedazó la mandíbula y la boca quedó desfigurada por la cicatriz que se prolongaba desde la comissura derecha en una sonrisa fantasmal. Ontaneda apenas alcanzaba a balbucear unas vocales aunque su mirada era clavada y lúcida. Perdió el programa de radio y la popularidad se esfumó como si nunca hubiera existido porque nadie lo volvió a escuchar y no podían reconocerlo. Optó por no hablar, por callar hasta el último resto de su voz en una especie de afasia voluntaria, antes que emitir esos balbuceos de idiota. Lo único que no perdió fue la amistad de Ana María Braun. Ella seguía quedándose a dormir de vez en cuando en la casa de Ontaneda, incluso con más frecuencia durante los primeros meses de convalecencia. Seguía doblando su pijama con la misma diligencia y lo guardaba en la bolsa de tela con forma de sobre. Jugaban ajedrez, preparaban comidas, tomaban fotos, veían películas. A ella tampoco le gustaba mucho hablar. Durante algún tiempo pensó que debió haberse acostado con Ontaneda cuando él se lo había pedido sin palabras: una noche él colocó su mano en el cuello de Ana María Braun y la bajó suavemente por el hombro, el brazo y luego entró en la cintura y bajó por la cadera, donde presionó. Ella retiró la mano, le dijo que no y él no volvió a insistir. * 73


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La afasia la intriga. Que alguien perda repentinamente la capacidad de habla por uma impresión fuerte no debía sorprender a nadie. Em mayor o menor grado, piensa, medio mundo es afásico, y el otro medio mundo todavía no ha recibido la impresión fuerte que le quitará el habla. Incluso esa retirada del habla ocurría de manera suave: bastaba um deslumbramiento frente a un paisaje para que se volviera inestable el suelo de las palabras. Estar callado debería ser el estado natural de los seres civilizados. Delante de un libro, un cuadro o una pantalla, los labios deberían quedar sellados para no interrumpir esa recepción de textos, imágenes y luz. Piensa que debe utilizarse la voz sólo para cantar, y que todo lo dicho — diálogos, cartas, fórmulas o requisitórios — parece referirse a un mensaje inequívoco pero apenas son las variantes de contenido de un canto que no tiene más verdad que su melodía y su entonación. * Ana María Braun nació en Lima. Ninguno de sus padres había nacido allí. Ella vivió hasta los diecisiete años en Lima, con largas estadías de vacaciones entre Bruselas y Lausana. Hablaba muy bien francés. Cuando eligieron su nombre, la madre quiso que fuera uno que no tuviera mayores dificultades de traducción. En Lima la llamaban Ana María, en Bélgica y Suiza Anne Marie, y luego venían las adaptaciones al inglés, alemán, portugués e italiano. Era como si sus padres le hubieran dado un pasaporte abierto para moverse por esos países. Y así fue. Ella vivía entre esos países com pasaporte abierto. Estudió en Lausana y luego de unos años en Lima se trasladó a Barcelona. Pero no había vuelto a Lima. En realidad, odiaba su ciudad natal. Era una realidad áspera para su sensibilidad y le incomodaba vivir con la sensación de estar encerrada en un gueto del que no podía escapar ni romper los itinerarios. A ella le gusta improvisar, caminar sola por las calles, y hacer eso en Lima era someterse a un riesgo que la coartaba. Aunque se sentía bien entre sus amigos y su familia, estas limitaciones la sometían a un sentimiento contradictorio de atracción y rechazo. La versatilidad en los idio74

mas fue borrando las pistas fáciles que permitían reconocer su posible origen. Estar dividida entre varios idiomas y culturas se transformó para ella en una oportunidad, en una riqueza y una variedad que funcionaba como una suma en la que trataba de ganar. Y siempre ganaba. Cuando la conoció, Pascal Mavrudis creyó que ella era suiza. Ella creyó que él era italiano. Había perdido la Casa de la Voz Única. Se buscaron entre sus voces mutantes y se encontraron en los pasillos de una extraña casa verbal en la que cada puerta escondía um canto distinto, a veces atroz, a veces idílico, pero siempre con la misma entonación de los perdidos. * Mavrudis leía muchos libros de historia, memorias y autobiografías, como si el rastro real de otras vidas pudiera remarcar las suyas, difusas y no escritas. Ella leía mucho más que él. Era un alivio que a él le gustara leer. Sólo que los libros de ella trataban de periodismo e investigación criminal. En la época en que conoció a Mavrudis estaba interesada en ensayos sobre el suicidio. Aunque lo que ella más leía era novelas. Novelas con historias de suicidas, impulsada por uma curiosidad que no confesaba a nadie y que se debía al recuerdo de Ontaneda. Uno de los suicidios que más le sorprendía era el de un personaje que se disparaba en la sien en La montaña mágica, aunque la novela le resultaba insoportablemente lenta. También le seguía el rastro a películas con suicidas. Las que vió junto com Mavrudis fueron La pianista, El vientre del arquitecto y Las horas. Lo que anotó de estas películas es que no todos los suicidas se despiden, no al menos como lo había hecho Ontaneda. Nunca recomendó estas películas. Quizá por enfatizar el tema de sus lecturas, Mavrudis se volvió especialmente sensible a las historias de suicidio que encontraba en los libros. Um día, mientras leía, cerró el libro que tenía en las manos, la miró y le pidió que le recordara el nombre de la ciudad en la que había nacido. Ella respondió que en Lima. — ¿Por qué lo preguntas? —le dijo. — Es por algo que estoy leyendo —dijo


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Mavrudis. El autor de su libro contaba que había recibido la llamada de un amigo que le avisaba del suicidio, en la“lejana, desconocida Lima” del torero Valeriano Valera, un torero sevillano. Valeriano, decía el narrador, que siempre tenía buen humor y ganas de vivir, que tenía una vida de fama y confort en España, se había suicidado en la lejana, desconocida Lima, en un viejo hotel del centro de la ciudad. ¿Por qué aparecía de pronto la mención de su ciudad en aquel libro?, comentó Mavrudis. ¿Por qué se suicida un hombre en una ciudad lejana y desconocida? Ana María Braun pensó que la única respuesta posible era que no hay ciudad más horrible que Lima. Años atrás a ella también la habían llamado por teléfono para darle una noticia parecida y de la misma Lima. Aquel torero era la constatación de sus razones. Ella se había marchado para no terminar suicidándose allá y aquel torero se suicidó a su paso por Lima. La ecuación era perfecta. El silencio de la muerte era el gran apaciguador. Ella pensaba en eso cuando Mavrudis, sin saber bien por qué, y aun sabiendo que no le gustaban los aviones, le propuso visitar el Perú. * Pascal Mavrudis tenía una obsesión: le gustaba grabarse cuando tenía sexo. Él no intentó explicarle su obsesión. Y Ana María Braun no preguntó. Nunca lo vió preparar nada para grabarlo. Pensó que él le pediría permiso. Ella le habría dicho que no. Sin embargo, Mavrudis los había grabado. ¿Cuándo lo hizo? Había algo equívoco en Mavrudis. Quizá se debía a la insatisfacción de no saberse de ningún sitio en especial. No había resuelto ese problema como Ana María Braun. Para Mavrudis el tener raíces en tantos sítios era una resta, una pérdida, y no una suma de oportunidades como lo era para ella. Mavrudis se movía como lastrado, creyendo que siempre era posible descubrir una nueva identidad en pequeños indicios. Un día envidiaba a los judíos, a los armenios, a los polacos, a los rusos. Otro día admiraba a los japoneses, a

los tibetanos, a los chiítas o a las tribus del Sahara. Siempre evitaba entrar en el territorio de dudas de los australianos, canadienses, argentinos y sudafricanos. Mavrudis no sabía a qué asirse, y entonces se empezó a mirar el ombligo y olvidó cualquier forma de identidad. Lo único que poseía era los jadeos de las mujeres con las que tenía sexo. Si ellas no hablaban, era imposible reconocer si se trataba de francesas, mexicanas, chinas o africanas. Más allá de los preámbulos del sexo, una vez que caía la ropa a modo de máscaras, las palabras – del idioma que fueran- se volvían inútiles. Para él los gemidos entonaban uma canción neutra, siempre idéntica y ansiosa. Tenían uma brevísima curva de sentido que calmaba la inquietud de Mavrudis por el lugar de pertenencia. El gemido en el momento del orgasmo, pensaba, era la verdadeira identidad. * Luego de vivir en tantos sitios, Ana María Braun quiere asentarse. Quiere que este lugar en el que vive sea el definitivo. Y para lograrlo está dispuesta a lo que sea. Sabe que es peligroso apoyarse en planes demasiados firmes, pero esta vez quiere intentarlo y se siente con la fuerza para hacerlo. Que ahora haya irrumpido esa grabación de Mavrudis, que pertenece a una época que ella ha superado, no tiene por qué echar abajo sus planes. Si él viene a pedirle explicaciones ella se las dará. No siente que deba pedirle disculpas. Ha pedido disculpas demasiadas veces. * Aceptó ir a Perú y recorrerlo con Pascal Mavrudis. Habían pasado muchos años desde su última visita y pensaba que ya era inmune a todo aquello de lo que había huido. Sus visitas a Lima siempre la habían sofocado, sus hombres y mujeres la irritaban, y las posibilidades para hacer su trabajo eran limitadas, previstas como estaban las exigencias de tener una familia y dedicarse, más o menos, pero siempre, a los hijos. Una señal de que hizo bien en marcharse fue el suicidio de Carlos Ontaneda. Ocurrió un año después de su partida. Ella estaba sentada en una cafetería de Barcelona 75


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cuando la llamaron por teléfono a darle la noticia. Se sintió culpable. No supo explicarse por qué pero pensó que debió de haberse acostado con él, quizá sólo por el hecho de habérselo pedido sin haber utilizado ni una sola palabra. Luego ya no quiso pensar. No quería saber nada del pasado ni que nadie le preguntara al respecto. Desde ese momento decidió borrar sus recuerdos, sólo que el recuerdo no se borró, se fue diluyendo apenas, casi dejando de incomodarla aunque sin desaparecer. Así iba a ser, si no fuera porque cinco días después de conocer del suicidio le llegó una carta del mismo Ontaneda. Aunque no quiso reconocerlo, la propuesta de Mavrudis de ir a Lima era una oportunidad para saber lo que había pasado com Ontaneda. También para saber lo que podía haber pasado con ella si se hubiera quedado en Lima. * No fue sólo por la carta que supo más de lo que esperaba, mucho más de lo que le convenía saber. Ontaneda le había enviado unas fotos de ella dormida en su casa. Decenas de fotos en la que ella aparece profundamente dormida, plácida y segura, con el cabello revuelto y medio rostro contra la almohada y el ceño relajado. Ninguna palabra escrita para ella, sólo fechas detrás de las fotos. Comprendió que Ontaneda quería que nadie supiera de esas fotos y por eso se las regresaba. Era una buena manera de despedirse de ella. No le parecía buena, en cambio, la que supo que había dejado a sus padres. Grabó un video en el que, hablando con su balbuceo casi indescifrable, se despedía de sus amigos y de quienes le habían dado la espalda luego de su accidente. Luego introdujo la escopeta recortada en medio de su boca desfigurada, olfateó el frío crudo del metal y disparó. Lo que no le convino saber a Ana María Braun es que Ontaneda también se había despedido de ella en la grabación. Era una despedida cariñosa que los padres no quisieron dejar de mencionarle. Cuando se lo dijeron, se quedaron callados. Fue entonces que el padre le dijo, como dudando, que podía ver la grabación si quería. Únicamente debía detener la grabación en 76

el minuto 8:45, escuchar el saludo que Ontaneda le había dejado y entonces apagarlo antes del final. Ella aceptó. * El viaje por Perú fue un desastre luego de passar por Lima. Ana María Braun estaba irritada y Pascal Mavrudis no supo interpretar lo que le ocurría. Preguntó y no tuvo respuesta. Siguió preguntando más de lo necesario, respecto a la época en la que ella vivía en Lima, y Ana María Braun se sintió hostigada. Mavrudis tuvo que cargar con la situación y pensó que lo mejor sería salir de Lima y recorrer algunos lugares de Perú. Ella aceptó sin miramientos y propuso ir al sur. Recorrieron el valle del Chincha, Pisco, Paracas y cuando llegaron a Ica quiso ir a hospedarse en el Hotel Mossone junto al oasis de Huacchina. Solo tuvieron dos días de tregua en la calma del hotel sin turistas en esa época del año. Ella se levantaba muy temprano y se sentaba en la terraza del hotel para contemplar, más que las aguas turbias del oasis, las palmeras y algarrobos que rodeaban la laguna y las dunas que levantaban a lo alto la línea del horizonte. No parecia que estuviera en Perú, sino en algún rincón del Sahara que le despejaba la mente de sus recuerdos de Lima. Todo habría marchado bien de no ser por Mavrudis que volvió a insistir por lo que le había pasado. Finalmente ella le contó quién era Ontaneda, lo que había visto en el vídeo de despedida y lo que no debió ver y terminó viendo. —No me preguntes más — añadió. Al tercer día, llegó al Mossone un grupo de arquitectos catalanes que los abordaron en la cena en medio del restaurante vacío del hotel. Ella les dijo que vivía en Barcelona. Los arquitectos se sintieron cómodos y explicaron que estaban de paso para ir a sobrevolar en avioneta las líneas de la pampa de Nazca. Ignasi era uno de ellos, pero no habló en ese momento. Ana María Braun nunca había visto las líneas de Nazca y le pareció buena idea conocer esos misteriosos surcos y figuras que habían tarjado el desierto durante siglos y que sólo se podían ver desde lo alto. Quiso ir aún sabiendo que


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Mavrudis no tomaría la avioneta. Él no estaba dispuesto a volar, y no volaría. —Ve tú —dijo Mavrudis. Se hizo un silencio en el restaurante del Mossone que se alargó como si salieran brotes de perplejidad en ese mismo instante, pero apenas duró unos segundos. Lo rompió la tos llena de metales de Ignasi. Carcasas de bronces, trompetas, tijeras, pensó Ana María Braun, pero sólo dijo: —Hay que cuidarse de esa tos. Los brotes y el silencio, retráctiles, volvieron a sus escondrijos cuando Ignasi respondió: —Ho faig—dijo en catalán, y se tradujo de imediato —. Sí que lo hago. Y la cena continuó. * Han pasado muchos años, piensa ella. Debería estar olvidado. Pero el recuerdo de Ontaneda cambia su punto de vista sobre Mavrudis. Cree comprender el motivo por el que le ha enviado la grabación. Nadie más escucharía aquella grabación. Quiere suponer que Mavrudis escuchó esa grabación una última vez. Luego cogió un bolígrafo de tinta roja y escribió el nombre de la dueña de esa voz para resolver, finalmente, un capítulo de su vida. Quizá sí debería hablarle, pedirle disculpas o al menos intentar una reconciliación de amigos. Quizá debería explicarle lo que le había ocurrido cuando pasó el minuto prohibido del video de Ontaneda. Quizá ya es demasiado tarde. No quiere imaginar lo que puede haber ocurrido con Pascal Mavrudis luego de que escribiera su nombre con tinta roja, luego de que cerrara el sobre y lo dejara en la oficina de correos. Ella no quiere otro final como el de Carlos Ontaneda. Ana María Braun ruega que no este muerto, que no esté muerto, que no esté muerto... * Mavrudis no estaba muerto. Le ocurría algo peor: sentía que merecía morir. Ruptura tras ruptura, y con la obsesión de escuchar una y otra vez las grabaciones de sus orgasmos, los fingidos y los verdaderos y los que estuvieron a punto de serlo pero ya nunca lo serían, se le fueron borrando

los rostros de las mujeres. Conocía los matices de cada una de las expresiones, los ritmos, los arranques y los repliegues. Perdieron para él hasta la menor novedad. Eran lo opuesto a la novedad. Cuando comprobó esto, una idea nueva le vino a la mente aunque no quiso escucharla durante un tiempo. Quizá en un momento de debilidad la dejó hablar y cuando escuchó el mensaje turbio y premeditado que le revelaba la desplegó delante suyo como una alfombra larguísima y laboriosa, minuciosamente urdida, fría y paciente, que saldría fuera de su casa, se extendería a lo largo de la calle, atravesaría su barrio, saldría de Londres, cruzaría el canal de la Mancha y llegaría hasta donde vive Ana María Braun y abriría su puerta con la llave de la justicia y la redención. * Seis días después del primer sobre llega el segundo. Su nombre, otra vez, está escrito con iniciales en tinta roja. Piensa que Mavrudis sigue vivo porque el juego continúa con ese consuelo perverso que invade su mundo. Abre el sobre. Dentro ya no dice Mossone, no disse nada, sólo está el disco desnudo, sin nombre. Va hasta el equipo de sonido, coloca el disco y empieza a escuchar. Esta vez los sonidos son diferentes, la grabación es nítida y amortiguada por un micrófono dócil, de alta calidad, y los jadeos y gemidos llegan como manchas de niebla en un fondo de noche donde todavía ninguna figura se ve ni se define. También se escucha un rumor de olas que se superpone al de las olas reales que ella ve, silenciosas, detrás de las ventanas cerradas. Son las mismas, cree que son las mismas, van acompasadas. Sólo que esas palabras y esos gemidos de mujer no son los suyos ni son de su idioma, pero ya no tiene tempo de seguir comparando, o ya no importa, porque algo que no se nombra sale de su escondrijo cuando ella escucha y reconoce en la grabación el estrépito de carcasas de bronce, trompetas, tijeras y un montón de armatostes que se derrumban con un ruido lleno de metales.

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Leonardo Valencia (1969) Nacido en Guayaquil. Publicó el libro de cuentos progresivo “La luna nómada” (1995) por el que ha sido incluido en varias antologías internacionales. Se da a conocer como novelista con “El desterrado” (2000). Su segunda novela, “El libro flotante de Caytran Dölphin” (2006) desarrolla en paralelo un innovador experimento narrativo en internet, www.libroflotante.net, realizado en colaboración con el artista digital Eugenio Tisselli. Con el crítico Wilfrido Corral publicó la antología “Cuentistas hispanoamericanos de entresiglo” (McGraw Hill, 2005). Dirige el Laboratorio de Escritura en Barcelona. En 2008, publicó el libro de ensayos “El síndrome de Falcón”. Su novela más reciente es “Kazbek”. Fue seleccionado para el Hay Festival de Bogotá 39 como uno de los 39 autores más destacados de la actual literatura latinoamericana.

Nascido em Guayaquil. Publicou o livro de contos progressivos La luna nómada (1995), pelo qual foi incluído em várias antologias internacionais. É conhecido como romancista com El desterrado (2000). Seu segundo romance, El libro flotante de Caytran Dölphin (2006) desenvolve em paralelo uma experiência inovadora na internet, www.libroflotante.net, realizada em colaboração com o artista digital Eugenio Tisselli. Com o crítico Wilfrido Corral, publicou a antologia Cuentistas hispanoamericanos de entresiglo (McGraw Hill, 2005). Dirige o Laboratório da Escrita em Barcelona. Em 2008, publicou o livro de ensaios El síndrome de Falcón. Seu romance mais recente é Kazbek. Foi selecionado para o Hay Festival de Bogotá 39 como um dos 39 autores mais destacados da literatura latino-americana atual.


FotografĂ­a: Albarran Cabrera

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La Cometa y el árbol

Leonardo Valencia

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Seu nome está escrito com iniciais em tinta vermelha: A. M. Braun. O envelope não tem remetente. Abre-o. É maior do que o necessário. Traz somente um disco onde também consta seu nome que, agora, está por extenso — Ana María Braun — com uma informação abaixo, Hotel Mossone, e um ano ímpar, um número remoto que a aflige apenas por ter de calcular a década e sua idade, a invejável e inconsciente de então, e a de agora. Volta à palavra Mossone, ao som sibilante dos dois esses, que lembram serpentes que fogem pela areia esfregando sua memória. Relembra o pátio central do hotel com grandes recipientes de barro, alfarrobas e os arcos do corredor que desembocavam no mirante do terraço que dava para a lagoa do oásis. Pode até recordar a umidade da areia evaporando-se depressa com o nascer do sol. Tudo isso pode ver, mas não cheirar. A que cheirava o deserto peruano, pergunta-se. Era um cheiro de redes e anzóis carcomidos pela ferrugem e escorrendo água salgada do mar, de sacos de juta desfiados, de areia escorregadia no fundo dos sapatos, cremes bronzeadores e goles de cerveja morna. Esse era o cheiro não somente do deserto, mas daquele oásis que não era nenhum simulacro, e sim um oásis real no meio das dunas, a alguns quilômetros dos vinhedos de Ocucaje e a centenas mais das linhas de Nazca. Tudo isso veio com a palavra Mossone. Mas, no meio de tantas lembranças, não pode recordar o nome de quem tinha sido o outro protagonista daqueles dias. Dele, recorda seus cabelos castanhos, suas repentinas mudanças de assunto, seu recolhimento, e a aplicada serenidade com que lentamente aproximava-se dela para tocá-la. O nome, no entanto, não volta à sua memória e deixa-a inquieta. * Ana María Braun esquece os nomes com frequência. Sabe reter detalhes banais, como o gesto de acender um cigarro, a forma de sentar-se e começar uma conversa, os minúsculos e incontroláveis prelúdios para despedir-se, a ma80


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neira de rir, assim como o corte e a prega e a marca e a modista de um vestido elegante e discreto. Tudo isso relembra para si mesma porque, se alguém tivesse perguntado, não teria se sentido capaz de fazer uma descrição. É que tampouco teria tentado. Dedicada aos demais, lhe dói que se percam os nomes que lhes corresponde. De modo que ver-se em uma fotografia ou mencionar um ano determinado a desespera se, além do mais, lhe perguntam com quem estava. Ela pede que respeitem aquilo que não pode falar. Assim, tampouco se intromete no passado dos outros e dissimula sua limitada capacidade para reter nomes. * Senta-se ao lado do aparelho de som, coloca o disco e começa a escutar. Não há ninguém em casa. Nunca há ninguém em casa, corrige-se. A casa fica na Costa Brava, no balneário de Sant Feliu de Guíxols. É de Ignasi, seu companheiro atual. Ainda que ele quase nunca esteja ali, exceto nos fins de semana. Nesta casa Ana María Braun encontra paz para trabalhar e parece-lhe um desperdício que esteja vazia quase o ano todo. A casa não é sua, mas tornou-se sua com mudanças mínimas, porque Ignasi é cuidadoso com os detalhes e a decoração, especialmente na sala, que tem a melhor vista da casa: dali se vê a estrada costeira que margeia o penhasco e as ondas que o golpeiam intermitentemente. Ela as vê, mas não as escuta. Ignasi mandou instalar um vidro isolante porque não há quem aguente uma noite inteira as ondas batendo no penhasco e o barulho das gaivotas. No início, os sons são confusos e imprevisíveis, a gravação crepita pelo microfone torpe, de baixa qualidade, mas sobretudo parecem não corresponder ao contexto do Hotel Mossone, como se os sons desarticulados fossem pobres e simplórios frente à precisão ferina da memória de cheiros e imagens, inclusive aqueles cheiros e imagens dispersos e imprevistos, solitários na sua isolada aparição e, por isso mesmo, inapagáveis. Nenhum som combina com a cena: alguém ri e alguém corresponde ao seu sorriso, um objeto se choca com outro e alguém ronrona, depois vem

um longo silêncio, um novo gemido que o quebra, uma palavra indecifrável que o borda, depois outro silêncio e, depois, o ressurgimento de uma voz estridente parece oferecer a chave de um rosto que surge limpo em meio a tanta escuridão. Pode ser sua essa voz estridente e forçada? Ignasi nunca conseguiu entender o sentido que os peruanos dão ao atrevimento. Ela lhe explicou que é como um requebro, um fingimento arrogante, uma descompostura. A vozinha de mulher que aparece entre esas sombras de silêncio é atrevida e, o que é pior: é ela, não há dúvida. Reconhece-se assim que escuta a prova de suas primeiras respirações ofegantes. Sorri, ruboriza-se. Esses sons guturais tão discretos e crescentes são gemidos. Pouco a pouco, abrem espaço e ganham força. Ela deixa de sorrir. Sente-se incomodada consigo mesma porque não conseguiu reconhecer-se nessa mulher que se descontrola e geme. Dele, por outro lado, porque há um homem ou a voz de um homem acompanhando a voz da mulher, se escuta claramente as expirações, as naturais e as de alarde, e os toscos, entrecortados suspiros finais. Nesse extremo o reconhece. É ele. A memória, afobada para trazer-lhe de volta o que ela lhe pediu, traz também o imprevisto, o involuntário, um nome mais antigo, este sim nítido, o de Carlos Ontaneda. Ela sabe porque o recorda, sabe que também houve outra gravação, em outro tempo. Agora, no entanto, não é Ontaneda quem está a ponto de surgir na ponta de sua língua, mas sim aquele outro homem que se retirava sutilmente e que, da mesma maneira, procurava-a. Relembra sua maneira de mover-se, contornando seu corpo como um lagarto cauteloso. Quem escreveu e enviou aquele envelope é o mesmo que se ouve na fita? Antes mesmo que possa responder, outro assunto a intriga: por que essa gravação? Por que chega naquele momento? Como a encontrou depois de tanto tempo? E, sobretudo, para quê? Mas essas respostas não chegam, e sim o sobrenome que parecia sempre escorrer ao ser pronunciado: Mavrudis. Depois, finalmente, o sobrenome recebe o carimbo daquele nome árido e triturador: Pascal. É ele. 81


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* Pascal Mavrudis e ela percorreram o Peru durante um mês. Ainda que ela vivesse em Barcelona e ele em Londres, tinham se conhecido em Angers. Voltaram a encontrar-se ao longo de um ano em Toulouse, Saint-Jean de Luz, Pau, Genebra, Basiléia e Roma. A lista de cidades continuou conforme os voos baratos e as coincidências de reuniões de trabalho e feriados. Quase sempre era ela quem ia buscá-lo. Pegava um avião sem problemas. Os voos europeus lhe pareciam curtos em comparação com os voos transatlânticos a que estava acostumada desde menina. Mavrudis, por outro lado, detestava voar. A única exceção que fez foi a viagem ao Peru. Levou uma boa dose de benzodiacepinas que ingeriu assim que se sentou no avião. Dormiu bem durante o voo, sob o olhar de Ana María Braun. * Apesar de detestar voar, Mavrudis gostava de viajar e ganhar países. O único meio que resolvia seus problemas de deslocamento e que, inclusive, lhe dava prazer, era viajar de trem. Gostava de levantar-se para tomar café, conversar com outros passageiros e ler. Pegou muitos trens com ela. Dormiam em beliches exclusivos para eles. Dormiam, comiam, conversavam, liam e voltavam a dormir. Cada vez que chegavam a uma estação desconhecida, Mavrudis dizia-lhe que tinha aumentado sua coleção de estações de trem. Era ela quem anotava o nome da estação na sua caderneta. Ali também foi anotando o que sabia sobre Pascal Mavrudis. Ele tinha nascido em Londres. Seu pai era de origem grega, mas não tinha ensinado grego a ele. Sua mãe era de Angers. Também não tinha ensinado a ele o francês. Mavrudis falava em inglês e tinha aprendido grego por conta própria. Os pais de Mavrudis nunca o levaram para passar férias na França ou na Grécia. Parecia que odiavam seus respectivos países. Mavrudis, ao contrário, era fascinado por tudo o que tivesse a ver com a França ou a Grécia. Assim que pôde, foi visitá-las. Rastreou seus familiares que o receberam com certa curiosidade. Como não pôde falar com eles com a intensidade de uma língua compartilhada, as relações nunca 82

cresceram e acabaram perdendo-se. Mavrudis passeava pelas cidades gregas e francesas como se andasse sobre uma pista de gelo que lhe impedisse de tocar o solo da terra. * Ana María Braun conhece vários idiomas e por isso mesmo tem a convicção de que falase demais no mundo. Como era possível que o mundo não tivesse chegado a um acordo para reunir tantos idiomas em um só? Por que tantos sinônimos? Sabia que existia uma resposta, ou que havia tantas que se tornavam desnecessárias. Apesar de sua sensação de que falava demais, na verdade falava muito pouco. Disseram-lhe isso ao longo dos anos. Em um filme que assistiu com uma amiga, a protagonista criticava o ator principal que, apesar de saber tantos idiomas, nunca dizia nada. A amiga se remexeu na cadeira e deulhe um tapinha no braço, sussurrando no meio do cinema escuro que era ela assim: sabia muitos idiomas e nunca dizia nada. Mas Ana María Braun tinha outra sensação: sabia tantas palavras que ficava completamente paralisada, com elas amontoadas na boca como pedras. * Ignasi é um homem calado, muito mais calado que ela, mais metódico e rotineiro. Seus hábitos são inamovíveis: janta com seus amigos duas vezes por semana, visita seus pais às quintasfeiras, na sexta, toma um drinque com os colegas da sua empresa e fuma longos cigarros de dez gramas. O resto dos dias e fins de semana reúnese com ela. Vão ao cinema, a restaurantes, comprar roupa ou procurar peças de decoração para as duas casas em que vivem alternadamente. Costuma ser ela quem toma a iniciativa e ele a escuta, obediente. Quando não está de acordo, ele sugere a alternativa com um movimento de sobrancelha ou aponta com o dedo. Reconhece, inclusive, o momento em que ele se emociona: Ignasi levanta a mão, fecha o punho sobre a boca, pigarreia e tosse. É uma tosse marcada de fumante, seca, como golpes em carcaças de bronze, como trompetes amassados que cortam o fole, como um entrechocar de tesouras seguido de um monte de trambolhos que despencam com um barulho


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cheio de metais. Para ela, no entanto, ouvir essa tosse é um alívio, porque é o sinal de que ele está satisfeito e pode passar a outros assuntos. Ainda que Ignasi fale pouco, não parece lhe apático a Ana María Braun. Muito pelo contrário. Todo o autodomínio de Ignasi desaparece quando se deitam: ele a manipula até o limite de suas forças e de sua flexibilidade. Quando acabam, ele tosse. Ela nunca pensou que pudesse ser assim, mas é a forma de equilíbrio que esperava durante anos: uma discreta tosse de homem no meio de um ambiente tranquilo e sem pressa. Essa tosse parecia estar na fronteira entre a afasia e a palavra. Para ela, Ignasi forma parte de outra história, é a continuação de um relato depois que outros relatos se fecharam. Mas o relato nem sempre é o que foi dito, e sim o que foi omitido. A gravação feita por Mavrudis está devolvendo um amplo espaço de tempo omitido na vida de Ana María Braun. Com cada relato se abre e se fecha uma porta no corredor das histórias. O relato não é a porta nem o que ela oculta. O relato, pensa, é a passagem pelo corredor. * Ana María Braun teve muitos amigos em Lima, mas poucas amigas. Se ficava muito tarde quando ia visitá-los, dormia em suas casas. Muito poucas vezes dormia com eles. Acomodavase em um sofá ou na cama que lhe preparavam. Levava consigo uma bolsa de tecido em forma de envelope onde guardava seu pijama dobrado e tão branco como uma carta por escrever. Uma das casas em que ficava para dormir era a que Carlos Ontaneda tinha em Barranco. Havia muitas razões. Em parte o fazia porque ele a divertia e, apesar da diferença de quinze anos de idade entre ela e Carlos Ontaneda, ele a tratava como alguém da mesma idade. Sempre foi extrovertido e tinha conduzido um programa musical de uma rádio de Miraflores com grande sucesso de público, sobretudo por causa do seu tom voz. Não era uma voz impostada de locutor, grave e apressada, mas sim um tom de fundo amplo e sereno que parecia esconder uma experiência e um segredo que somente ele tinha vivido, razão pela qual sempre o chamavam para comerciais

de rádio de seguradoras, bancos ou mensagens institucionais. Mas isso era o passado. Uma das verdadeiras razões para que ela ficasse para dormir era uma espécie de compaixão que ela não gostava de reconhecer. Um verão, a caminho da praia em sua moto, na altura de San Bartolo, Ontaneda desviou de um caminhão que saiu de sua pista sem sinalizar, virou muito forte o volante e a moto o lançou ao acostamento. Salvou a vida, mas despedaçou a mandíbula, e a boca ficou desfigurada pela cicatriz que se prolongava a partir da comissura direita em um sorriso fantasmal. Ontaneda conseguia pronunciar apenas algumas vogais, embora seu olhar fosse penetrante e lúcido. Perdeu o programa de rádio e a popularidade se desvaneceu como se nunca houvesse existido porque ninguém voltou a escutá-lo e não podiam reconhecê-lo. Optou por não falar, por calar até o último resto de sua voz em uma espécie de afasia voluntária, em vez de balbuciar como um idiota. A única coisa que não perdeu foi a amizade de Ana María Braun. Ela continuava ficando para dormir de vez em quando na casa de Ontaneda, até com mais frequência durante os primeiros meses de convalescência. Continuava dobrando seu pijama com o mesmo cuidado e guardando-o na bolsa de tecido em forma de envelope. Jogavam xadrez, faziam comida, tiravam fotografias, viam filmes. Ela também não gostava muito de falar. Durante algum tempo pensou que deveria ter se deitado com Ontaneda quando ele lhe tinha pedido sem palavras: uma noite ele colocou sua mão no pescoço de Ana María Braun e a deslizou suavemente pelo ombro, pelo braço, pousou na cintura e deslizou pelo quadril, pressionando. Ela retirou a mão dizendo-lhe que não e ele não voltou a insistir. * A afasia a intriga. Que alguém perca repentinamente a capacidade de falar por uma forte impressão não devia surpreender a ninguém. Em maior ou menor grau, pensa, meio mundo é afásico, e a outra metade ainda não recebeu a forte impressão que lhe fará perder a fala. Essa perda da fala ocorria inclusive de maneira suave: bastava um deslumbramento em face de uma pai83


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sagem para que o chão das palavras se tornasse instável. Ficar calado deveria ser o estado natural dos seres civilizados. Diante de um livro, um quadro ou uma tela, os lábios deveriam permanecer selados para não interromper a recepção de textos, imagens e luz. Pensa que se deve utilizar a voz somente para cantar e que tudo o que se diz — diálogos, cartas, fórmulas ou requisitórios — parece referir-se a uma mensagem inequívoca, mas são apenas as variantes de conteúdo de um canto que não tem outra verdade que a de sua melodia e sua entonação. * Ana María Braun nasceu em Lima. Nenhum de seus pais tinha nascido ali. Ela viveu até os dezessete anos em Lima, com longas estadas de férias entre Bruxelas y Lausanne. Falava muito bem francês. Quando escolheram seu nome, a mãe quis que fosse um que não apresentasse grande dificuldade de tradução. Em Lima, chamavam-na Ana María, na Bélgica e Suíça, Anne Marie, e depois vinham as adaptações para o inglês, alemão, português e italiano. Era como se seus pais lhe tivessem dado um passaporte aberto para deslocar-se por estes países. E assim foi. Ela vivia entre esses países com passaporte aberto. Estudou em Lausanne, e depois de alguns anos em Lima se mudou para Barcelona. Mas não tinha regressado a Lima. Na verdade, odiava sua cidade natal. Era uma realidade áspera para sua sensibilidade e incomodava-lhe viver com a sensação de estar presa em um gueto do qual não podia escapar nem romper os itinerários. Ela gostava de improvisar, caminhar sozinha pelas ruas, e fazer isso em Lima era submeter-se a um risco que a coibia. Apesar de sentir-se bem com seus amigos e sua família, essas limitações submetiamna a um sentimento contraditório de atração e rejeição. A versatilidade nos idiomas foi apagando as pistas fáceis que permitiam reconhecer sua possível origem. Estar dividida entre vários idiomas e culturas se transformou para ela em uma oportunidade, uma riqueza e uma multiplicidade que funcionava como uma conta na qual ela tratava de ganhar. E sempre ganhava. Quando a conheceu, Pascal Mavrudis 84

acreditou que ela era suíça. Ela acreditou que ele era italiano. Tinha perdido a Casa da Voz Única. Procuraram-se entre suas vozes mutantes e encontraram-se nos corredores de uma estranha casa verbal na qual cada porta escondia um canto diferente, às vezes atroz, às vezes idílico, mas sempre com a mesma entonação dos perdidos. * Mavrudis lia muitos livros de história, memórias e autobiografias, como se o rastro real de outras vidas pudesse redefinir as suas, difusas e não escritas. Ela lia muito mais que ele. Era um alívio que ele gostasse de ler. Mas os livros dela tratavam de jornalismo e investigação criminal. Na época que conheceu Mavrudis estava interessada em ensaios sobre o suicídio. Apesar de que o que ela mais lia eram romances. Romances com histórias de suicidas, movida por uma curiosidade que não confessava a ninguém e que se devia à lembrança de Ontaneda. Um dos suicídios que mais a impressionava era o de um personagem que dava um tiro na testa em A Montanha Mágica, embora o romance lhe parecesse insuportavelmente lento. Acompanhava também os filmes com suicidas. Os que viu com Mavrudis foram A Pianista, A Barriga do Arquiteto e As Horas. O que observou nestes filmes é que nem todos os suicidas se despedem, pelo menos não como tinha feito Ontaneda. Nunca recomendou esses filmes. Talvez para enfatizar o assunto de suas leituras, Mavrudis se tornou especialmente sensível às histórias de suicídio que encontrava nos livros. Um dia, enquanto lia, fechou o livro que tinha nas mãos, olhou para ela e pediu-lhe que lembrasse o nome da cidade onde tinha nascido. Ela respondeu que em Lima. —Por que me pergunta?, disse-lhe. —É por causa de uma coisa que estou lendo, disse Mavrudis. O autor do livro contava que tinha recebido a ligação de um amigo que lhe avisava do suicídio, na “longínqua, desconhecida Lima”, do toureiro Valeriano Valera, um toureiro sevilhano. Valeriano, dizia o narrador, que sempre demonstrou bom-humor e vontade de viver, que tinha uma vida de fama e conforto na Espanha, tinha


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suicidado-se na longínqua, desconhecida Lima, em um velho hotel do centro da cidade. Por que aparecia de repente a menção da sua cidade naquele livro?, comentou Mavrudis. Por que um homem se suicida em uma cidade longínqua e desconhecida? Ana María Braun pensou que a única resposta possível era que não há cidade pior que Lima. Anos atrás, também tinham telefonado a ela para dar uma notícia parecida, e da mesma Lima. Aquele toureiro era a constatação de suas razões. Ela tinha ido embora para não acabar suicidando-se lá e aquele toureiro suicidou-se em sua passagem por Lima. A equação era perfeita. O silêncio da morte era o grande apaziguador. Ela pensava nisso quando Mavrudis, sem saber bem por que, e ainda sabendo que não gostava de aviões, lhe propôs visitar o Peru. * Pascal Mavrudis tinha uma obsessão: gostava de se gravar enquanto fazia sexo. Ele não tentou explicar-lhe sua obsessão. E Ana María Braun não perguntou. Nunca o viu preparar nada para gravar. Pensou que ele pediria sua autorização. Ela teria dito que não. No entanto, Mavrudis os tinha gravado. Quando fez isso? Havia algo equívoco em Mavrudis. Talvez devido à insatisfação de não sentir-se parte de nenhum lugar em especial. Não tinha resolvido esse problema como Ana María Braun. Para Mavrudis, ter raízes em tantos lugares era restritivo, uma perda e não uma soma de oportunidades como era para ela. Mavrudis movia-se como se estivesse lastreado, acreditando que sempre era possível descobrir uma nova identidade nos pequenos indícios. Um dia, invejava os judeus, os armênios, os polacos, os russos. Outro dia, admirava os japoneses, os tibetanos, os xiitas ou as tribos do Saara. Sempre evitava adentrar o território de dúvidas dos australianos, canadenses, argentinos e sul-africanos. Mavrudis não sabia a que apegar-se e então começou a olhar para o próprio umbigo e se esqueceu de qualquer forma de identidade. A única coisa que possuía era o arfar das mulheres com quem fazia sexo. Se não falavam, era impos-

sível reconhecer se eram de francesas, mexicanas, chinesas ou africanas. Para além dos preâmbulos do sexo, uma vez que caía a roupa à maneira de máscaras, as palavras – do idioma que fossem – tornavam-se inúteis. Para ele, os gemidos entoavam uma canção neutra, sempre idêntica e ansiosa. Tinham uma brevíssima curva de sentido que acalmava a ansiedade de Mavrudis pelo lugar de pertencimento. O gemido no momento do orgasmo, pensava, era a verdadeira identidade. * Depois de viver em tantos lugares, Ana María Braun quer fincar raízes. Quer que este lugar onde vive seja o definitivo. E para alcançar isso está disposta a tudo. Sabe que é perigoso apoiar-se em planos excessivamente firmes, mas desta vez quer tentar e sente-se com forças para isso. Só porque agora tenha aparecido essa gravação de Mavrudis, que pertence a uma época que ela já superou, não há porque abandonar seus planos. Se ele vier pedir explicações, ela as dará. Não sente que deva pedir-lhe desculpas. Já pediu desculpas demais. * Aceitou ir ao Peru e percorrê-lo com Pascal Mavrudis. Haviam passado muitos anos desde sua última visita e pensava que já era imune a tudo aquilo de que tinha fugido. Suas visitas a Lima sempre a tinham sufocado, seus homens e mulheres a irritavam, e as possibilidades para desempenhar seu trabalho eram limitadas, considerando as exigências de ter uma família e dedicarse, mais ou menos, mas sempre, aos filhos. Um sinal de que fez bem em sair de lá foi o suicídio de Carlos Ontaneda. Aconteceu um ano depois de sua partida. Ela estava sentada em uma cafeteria de Barcelona quando a chamaram por telefone pra dar-lhe a notícia. Sentiu-se culpada. Não soube explicar o porquê, mas pensou que deveria ter se deitado com ele, talvez apenas pelo fato de ele ter pedido sem utilizar uma palavra sequer. Depois já não quis pensar. Não queria saber nada do passado nem que ninguém lhe perguntasse a respeito. A partir desse momento, decidiu apagar suas lembranças, mas a lembrança não se apagou, foi simplesmente diluindo-se, quase deixando de 85


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incomodá-la, mesmo sem desaparecer. Assim seria, se cinco dias depois de saber do suicídio não tivesse chegado uma carta do próprio Ontaneda. Apesar de não ter querido reconhecer, a proposta de Mavrudis de ir a Lima era uma oportunidade para saber o que tinha acontecido com Ontaneda. Também de saber o que poderia ter acontecido com ela se tivesse ficado em Lima. * Não foi só pela carta que soube mais do esperava, muito mais do que lhe convinha saber. Ontaneda tinha lhe enviado algumas fotos dela dormindo em sua casa. Dezenas de fotos em que ela aparece profundamente adormecida, plácida e segura, com o cabelo revolto e meio rosto contra o travesseiro e o semblante relaxado. Nenhuma palavra escrita para ela, somente datas atrás das fotos. Compreendeu que Ontaneda não queria que ninguém soubesse dessas fotos e por isso as devolvia. Era uma boa maneira de despedir-se dela. Não lhe parecia boa, por outro lado, a que soube que tinha deixado para seus pais. Gravou um vídeo em que, falando com seu balbuciar quase indecifrável, despedia-se dos amigos e dos que lhe tinham dado as costas após o acidente. Depois, introduziu a escopeta recortada no meio de sua boca desfigurada, cheirou o frio cru do metal e disparou. O que a Ana María Braun não achou conveniente saber foi que Ontaneda também se despediu dela na gravação. Era uma despedida carinhosa que os pais fizeram questão de mencionar. Assim que contaram, ficaram calados. Foi então que o pai lhe disse, vacilante, que ela poderia ver a gravação, se quisesse. Devia apenas parar a gravação no minuto 8:45, escutar a mensagem que Ontaneda tinha lhe deixado e apagá-la antes do final. Ela aceitou. * A viagem pelo Peru foi um desastre depois de passar por Lima. Ana María Braun estava irritada e Pascal Mavrudis não soube interpretar o que acontecia. Perguntou e não obteve resposta. Continuou perguntando além do necessário sobre a época em que ela vivia em Lima e Ana María Braun se sentiu fustigada. Mavrudis teve de suportar a situação e achou que o melhor seria 86

sair de Lima e percorrer alguns lugares do Peru. Ela aceitou sem questionar e propôs que fossem ao sul. Percorreram o Vale de Chincha, Pisco, Paracas, e quando chegaram a Ica, quis hospedar-se no Hotel Mossone ao lado do oásis de Huacchina. Tiveram somente dois dias de trégua na calma do hotel sem turistas naquela época do ano. Ela acordava muito cedo e sentava-se no terraço do hotel para contemplar, mais que as águas turvas do oásis, as palmeiras e alfarrobas que rodeavam a lagoa e as dunas que elevavam a linha do horizonte. Não parecia que estavam no Peru, mas em algum lugar do Saara que limpava de sua mente as lembranças de Lima. Tudo teria corrido bem, não fosse por Mavrudis, que voltou a insistir em saber o que lhe tinha acontecido. Finalmente, ela contou quem era Ontaneda, o que tinha visto no vídeo de despedida e o que não deveria ter visto e acabou vendo. — Não me pergunte mais, acrescentou. No terceiro dia, chegou ao Mossone um grupo de arquitetos catalães que os abordou durante o jantar, no meio do restaurante vazio do hotel. Ela lhes disse que vivia em Barcelona. Os arquitetos sentiram-se à vontade e explicaram que estavam de passagem para ir sobrevoar em um teco-teco as linhas do pampa de Nazca. Ignasi era um deles, mas não disse nada naquele momento. Ana María Braun nunca tinha visto as linhas de Nazca e pareceu-lhe uma boa ideia conhecer esses misteriosos sulcos e figuras que marcavam o deserto há séculos e que só podiam ser vistos de muito alto. Quis ir mesmo sabendo que Mavrudis não subiria no teco-teco. Ele não estava disposto a voar, e não voaria. —Vá você, disse Mavrudis. Fez-se um silêncio no restaurante do Mossone que se alongou como se saíssem brotos de perplexidade naquele mesmo instante, mas que não durou mais que alguns segundos. Foi rompido pela tosse cheia de metais de Ignasi. Carcaças de bronze, trompetes, tesouras, pensou Ana María Braun, mas apenas disse: —Você precisa cuidar dessa tosse. Os brotos e o silêncio, retráteis, voltaram aos seus esconderijos quando Ignasi respondeu:


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—Ho faig, disse em catalão, e traduziu-se imediatamente. Sim, vou cuidar. E o jantar continuou. * Passaram-se muitos anos, ela pensa. Deveria estar esquecido. Mas a lembrança de Ontaneda muda seu ponto de vista sobre Mavrudis. Acredita compreender o motivo pelo qual ele enviou a gravação. Ninguém mais escutaria aquela gravação. Quer supor que Mavrudis escutou essa gravação uma última vez. Depois, pegou uma caneta de tinta vermelha e escreveu o nome da dona daquela voz para resolver, finalmente, um capítulo de sua vida. Talvez devesse conversar com ele, pedir-lhe desculpas ou pelo menos tentar uma reconciliação de amigos. Talvez devesse explicar a ele o que tinha acontecido quando passou o minuto proibido do vídeo de Ontaneda. Talvez já seja tarde demais. Não quer imaginar o que pode ter acontecido com Pascal Mavrudis, depois de escrever seu nome com tinta vermelha, depois de fechar o envelope e deixá-lo na loja dos correios. Ela não quer outro final como o de Carlos Ontaneda. Ana María Braun implora que não esteja morto, que não esteja morto, que não esteja morto... * Mavrudis não estava morto. Ocorria-lhe algo pior: sentia que merecia morrer. Ruptura atrás de ruptura, e com a obsessão de ouvir uma e outra vez as gravações de seus orgasmos, os fingidos e os verdadeiros e os que estiveram a ponto de sê-lo, mas nunca mais o seriam, foram apagando-se os rostos das mulheres. Conhecia os matizes de cada uma das expressões, os ritmos, os arranques e os recuos. Já não apresentavam qualquer novidade. Eram o oposto da novidade. Quando comprovou isso, uma nova ideia lhe veio à mente, apesar de não querer ouvi-la durante algum tempo. Quiçá em um momento de debilidade a deixou falar e quando escutou a mensagem obscura e premeditada que revelava, abriu-a na sua frente como um tapete compridíssimo e laborioso, minuciosamente urdido, frio e paciente, que sairia de sua casa, estender-se-ia pela rua afora, atravessaria seu bairro, sairia de Londres, cru-

zaria o Canal da Mancha, chegaria até onde vive Ana María Braun e abriria sua porta com a chave da justiça e da redenção. * Seis dias depois do primeiro envelope, chega o segundo. Seu nome, outra vez, está escrito com iniciais em tinta vermelha. Acha que Mavrudis permanece vivo porque o jogo continua com este consolo perverso que invade seu mundo. Abre o envelope. Dentro já não está escrito Mossone, não há nada, somente o disco nu, sem nome. Vai até o aparelho de som, coloca o disco e começa a escutar. Desta vez, os sons são diferentes, a gravação é nítida e amortecida por um microfone dócil, de alta qualidade e os arfares e gemidos chegam como manchas de névoa em um fundo de noite onde ainda não se vê nem se define nenhuma figura. Também se ouve um rumor de ondas que se superpõe ao das ondas reais que ela vê, silenciosas, atrás das janelas fechadas. São as mesmas, acredita que são as mesmas, estão sintonizadas. Mas essas palavras e esses gemidos de mulher não são os seus nem são do seu idioma, mas já não tem tempo de continuar comparando, ou já não importa, porque algo inominável sai do seu esconderijo quando ela escuta e reconhece na gravação o estrépito de carcaças de bronze, trompetes, tesouras e um bando de trambolhos que despencam com um ruído cheio de metais.

Tradução: Sônia Oliveira de Paredes Revisão: Catarina da Mota Brandão de Araújo

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La Cometa y el árbol

Luiz Ruffato

MIRIM

Que le preguntaran – y le preguntaban– al señor Valdomiro, en el baile del Centro de Recreación del Anciano, en las caminatas por el Jardín Inamar, en las habladeras rápidas y breves tipo vuelo del colibrí en el centro de Diadema, el momento más arco de triunfo de su vida, y él, radiante de felicidad, respondería decidido, con una amplia sonrisa rejuveneciéndole la pasa ya gris: el día que me retraté para la graduación de cuarto grado. Y los ojos remueven en el fondo de los fondos de sus cosas guardadas aquellos sobres envejecidos, carnets de los trabajos y de la Seguridad Social, recetas y certificados médicos, placas y resultados de análisis de orina y sangre, santicos y antiguos números de la revista Placar, la carta de la jubilación, la fotografía amarillenta. Está sentado, con los brazos recostados sobre la mesa; a la izquierda, la plaquita del Grupo Escolar Padre Lourenço Massachio; a la derecha, el globo terráqueo; al fondo, medio enrolladas, las banderas de Brasil y Minas Gerais. Por detrás, con lápiz, su letra menuda dibujó Profesora – Doña Sílvia de Azevedo Novaes Directora – Doña Inês Letícia de Assis Malta Rodeiro, 19 de diciembre de 1958 nombres y fecha que solo el tacto de sus recuerdos podía leer, de tan desaparecidos. El olor a tierra mojada animaba aquella mañana: Juventina, la mayor, lo agitaba para la escuela; Irineu, el más chiquito, en la escalerita; y Margarete atrás, con la bolsa, mientras Tigre, un sato juguetón, se les atravesaba entre los pies en un ir y venir de contentura. Entonces ya había muerto la madre, en el último parto, y se criaban con las módicas entradas que obtenía el padre en la máquina de arroz que funcionaba de marzo a mayo, pero que enmudecía el resto del año, lo que lo empujaba a otras labores como herraje de caballos, siega de pastos, 88


Mirim

trabajo con ganado, castración de sementales, desangre de puercos y terneros. A los hijos les correspondía una tarea a cada uno: almuerzo, comida y lavado de ropa, a la mayor; limpiar la casa y cuidar al más chiquito, a la del medio; atender el huerto y llevar el caldero de comida al padre, a Valdomiro, Mirim y a Mosquito Eléctrico, que corría por la ciudad vrrrrrrr… ¿Sabrá caminar ese niño?, comentaban cuando lo veían. ¡Solo correr! Vrrrrrr… Vivían en una casa que se estaba cayendo, de lodo reforzado con varas de bambú, techo de paja, piso de tierra apisonada mezclada con bosta de buey; las niñas amontonadas en un cuarto, y el padre y el niño en otro; el fogón de leña ahumaba platos y la cocina exhibía botellas esmaltadas; el Corazón de Jesús resguardaba la salita, desnuda de butacas. Todavía no era la Finca, pues esta comenzaba más allá de la hacienda del señor Maneco Linhares, pero tampoco la ciudad, sino terreno yermo cuyo vecino más próximo no oyó los gritos desatinados de la madre, una tarde sumergida en el antes. El señor Valdomiro destapa recuerdos mientras deambula por las estrechas calles de Diadema, adonde llegó con una maleta de cartón y una breve esperanza de juntar dinero y ayudar a los sueños de los hermanos de uma vida mejor, casa de ladrillo y placa, comida abundante, ropa dominguera y cabeza levantada. Las manos deterioradas tenían poco más de dieciocho años, baja del Servicio Militar, «reservista de tercera categoría», brazos torneados. Un milreis por día trabajando en el tabaco y el maíz de sitieros italianados. En aquella época el padre trabajaba en un pequeño aserrío, uno o dos troncos diarios, y Juventina, casada, esperaba su segundo niño. Margarete, con novio pedido, incitaba al muchacho a que se la llevara, con el ojo puesto en Rio de Janeiro, Quien va para allá no se arrepiente, decía conocedora. Irineu pescaba. Recorría leguas con la vara al hombro, buscando un arroyo, charco o cualquier escondrijo de pez, y se hizo íntimo de cascudos, lambaris, bagres, carás, piabas y traíras.

Tigre, viejo y mañoso, olía grutas y precipícios infranqueables, protegiendo al dueño. Y cazaba Irineu. De primero, las trampas enjaulaban coleiros y canarios, curiós y trinca-ferros, sabiás y garrinchas, azulejos y jooespenenés, mirlos y sanhaços; de después, se hundía en las tierras anegadas buscando ranas y piriás, se perdía en la selva tras el rastro de lagartos y tatús, y en los claros vigilaba a las saracuras, rolinhas, juritis y marrecos-d’água, todos pájaros de por allí, Este niño, Dios mío, rezongaba atormentado el padre. Así es, pero hubo más, el señor Valdomiro puso la ficha tres-cuatro en el dominó, Cuando llegué aquí, en mil novecientos sesenta y siete, con una mano adelante y otra atrás, casi sin camisa, el frío se me colaba, me roía los huesos, ¡qué cosa esa! En la calle me enteré de Conforja, «la mayor forja de América Latina», en el barrio Jardín Pitangueiras, y allí me presenté, en aquella inmensidad de fábrica, ¿Qué sabes hacer, muchacho? Nada, pero aprendo enseguida si usted quiere. ¿Minero? Sí, señor, minero. Ponte en aquella cola. Y ya se iba poniendo orgulloso, carnet de trabajo en el bolsillo del pantalón, el padre no lo creería, volvía a Rodeiro, la gente rodeándolo, ropa de gran ciudad, ¡¿Pero ese no es Mirim?! ¡Mira esse muchacho! Llevaba regalos para los hermanos, para los sobrinos, y por bobo que es, los ojos del padre se le llenaban de agua, ¡Es que me cayó una basura en el ojo, coño!, diría para cambiar de asunto, apartándose, con las manos, el líquido del rostro, ¡Ese es mi hijo! Y le pagaría aguardiente a unos, cerveza a otros, llenaría manos con caramelos, papá Noel para los niños pobres, les repartiría rositas de maíz a los monos que pululaban en los saguis que crecían en la Plaza de la Parroquia, el séquito tras sus pasos, Es Mirim… ¿Mirim de Tatão Ribeiro? ¡El mismo! Dios mío, Mirim de Tatão Ribeiro… quién lo iba a decir… Sí… se estableció en São Paulo… Quien lo ve así, rico, ni se lo imagina… ¿No es así? Arrodillado frente a la imagen de San Sebastián atravesada por flechas, rezaría arrepentido en la parroquia, con los 89


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pensamientos puestos en la madre que tan pronto se unió a los Elegidos, En nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo, cruz de aceite en la frente, lo llevan en la carreta a ver a los compañeros de trabajo en los sembrados, ¡Mira que yo también fui eso!: pájaro anum equilibrándose en la cerca de alambre de púas, jacu saltisaltando en el lecho arenoso, seriema limpiando el paisaje, cururu enterrado en el barro, ¡Qué mundo!, y pasa el límite de Rubens Justi, y el de los Chiesa, y el de Orlando Spinelli, y el de los Bicio, y el del señor Beppo Finetto, y el de los Micheletto, ¡La italianada! ¡Es Mirim, gente, es Mirim!, ¡Allí está!, ¡Eh, Mirim, apéate ahí y ven a tomarte un café con nosotros!, ¡Eh, Mirim, apéate ahí y ven a comer con nosotros! ¡Eh Mirim, apéate ahí y vamos a armar una pelea de gallos, de canarios, un fútbol de solteros contra casados, de esos de arranca portería y rompe canillas, Eh, Mirim, ¿te acuerdas de Gina? Echó cuerpo y más inteligente que el diablo, tiene la casa así de pretendientes, pero tú eres el preferido, mira que la conocemos desde que era un retaco así, Mosquito Eléctrico volando por Rodeiro, Vamos, Mirim, vamos a fiestar, ¡Este Mirim es piedra noventa!, ¡Es el Diablo!, ¡Vamos! Pero no volvió. La juventud, murmuró, moviendo las fichas del dominó, La juventud, suspiró, repartiéndolas entre los jugadores. Si compraba una postal del valle de Anhangabaú o de la carretera de Chá, el correo se le escondía. Si trataba de garabatear una carta, se iba el papel, o la pluma, o el sobre, o la noticia. Si se le ocurría el viaje, se le enredaba por algo. Un mes por dinero, otro, por coraje; una Navidad por nuevos amigos, otra, por la familia de la novia; un Año Nuevo, Santos, otro, de guardia; un Carnaval, Rio de Janeiro, otro, el trabajo; horas extras en un feriado largo, cansancio en otros; unas vacaciones, vendidas, otras, necesidad de un techo, fundir la placa, una novedad en asuntos de casa… Y así, ¡ffffuuv!, se evaporaron los años. Cuando vino a ver, el médico recorría 90

con el dedo índice la marca de su esqueleto impreso en la placa que miraba a contraluz, y dijo con gravedad, Escoliosis, señor Valdomiro, Va a tener que hacer reposo. En la ventana del cuarto número doce del hotel Coqueiral la tarde se impacienta. El sol todavía se estira, lánguido, por sobre las cumbres calvas del cerro, pero el crepúsculo ya exige las luces de los ruidosos camiones y carros que se entrecruzan en el paso elevado en forma de trébol de la autopista Ubá-Leopoldina. Valdomiro respira agitado, moho en el techo, el cuerpo castigado por el incómodo viaje, once horas embutido en un asiento de ómnibus, más cincuenta minutos de aburrimiento en un parador, nubes que conforman paisajes apenas adivinados. Puso la bolsa en la recepción (el muchachito surgió de atrás de una cortina de tejido estampado, limpiándose las manos en la bermuda, después de varios toques a la campanita) e impaciente puso el cuerpo adolorido en camino. Tropezó con hangares, carretas cargadas de muebles, Entonces prosperó aquel aserrío… En la Plaza de la Parroquia, los oitis, ahora sin sus inquietos huéspedes, estaban silenciosos. Carros estacionados en el parqueo, el bar de Pivatto en el piso. En la calle de la Roça, mangueras de colores extendidas sobre las aceras humedecen la polvareda. ¿Qué fue de la peste a meao y a bosta de caballo en las mañanas? ¿Y de la venduta? ¿Y de la tienda del Turco? ¿Y de la máquina de arroz? Rostros indiferentes. Y el Mosquito Eléctrico, ¿Sabrá caminar ese niño? ¡Vrrrrrrr! Subió despacio, jadeando, la ladera del caótico y desordenado cementerio, con hoyos diseminados por la rampa, tumbas de mármol y cruces adornadas clavadas en el suelo duro, sepulturas, catacumbas, nichos, sepulcros, todo menos la tumba de la madre. En la bajada, con el traje oscuro mojado por el sudor, se tropezó con el sepulturero que, lata de cal en mano, retocaba tumbas para el próximo Fieles Difuntos, lo auxilió en la búsqueda, pero sin éxito. Sucede, le dijo, Sucede mucho, tratando de consolarlo. Las piernas varicosas lo


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arrastraban. Confuso, escudriñó el bajío, estaba seguro, la curva, el bambuzal, el pozo, la mata de paina, pero nada, nada, nada, solo monte. Alguien tiene que acordarse… Tatão Ribeiro… Juventina… Margarete… Irineu… ¿Eh? Un negro, alto, fuerte, bonito, ¿no? Tatão Ribeiro… Máquina de Arroz… ¿eh? Que le preguntaran –y le preguntaban– al señor Valdomiro el momento más arco de triunfo

de su vida, y él, con la mano paralizada momentáneamente dentro del saquito de fichas del bingo, mirando las paredes amarillentas del Centro de Recreación del Anciano respondería decidido, el día que me retraté para la graduación de cuarto grado, con una amplia sonrisa rejuveneciéndole la pasa gris, única garantía de que un día existiera.

Traducción: Aurora Fibla Madrigal

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Luiz Ruffato (1961) Nacido en Cataguases, Minas Gerais. Autor de las novelas Eles eram muitos cavalos (2011, Premio Asociación Paulista de Críticos de Arte – APCA y Premio Machado de Assis), De mim já nem se lembra (2006), Estive em Lisboa e lembrei de você (2009) y del proyecto Inferno Provisorio, compuesto por cinco volúmenes, Mamma, son tanto felice (2005, Premio APCA), O mundo inimigo (2005, Premio APCA), Vista parcial da noite (2006, Premio Jabuti), O libro das impossibilidades (2008) y Domingo sem Deus (2011, Premio Casa de las Américas). Sus libros están publicados en Alemania, Francia, Italia, Portugal, Argentina, Colombia, México y Cuba.

Nascido em Cataguases, Minas Gerais. Autor dos romances Eles eram muitos cavalos (2001, Prêmio APCA e Prêmio Machado de Assis), De mim já nem se lembra (2006), Estive em Lisboa e lembrei de você (2009) e do projeto Inferno Provisório, composto por cinco volumes: Mamma, son tanto felice (2005, Prêmio APCA), O mundo inimigo (2005, Prêmio APCA), Vista parcial da noite (2006, Prêmio Jabuti), O livro das impossibilidades (2008) e Domingos sem Deus (2011, Prêmio Casa de las Américas). Seus livros estão publicados na Alemanha, França, Itália, Portugal, Argentina, Colômbia, México e Cuba.


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Perguntassem – e perguntavam – ao seu Valdomiro, no forró do Centro de Recreação do Idoso, nas caminhanças no Jardim Inamar, no palavrório bemte-vi no centro de Diadema, o momento mais arco-de-triunfo da sua vida, ele, estalando de felicidade, responderia, despachado, o dia que tirei retrato para a formatura da quarta série, amplo sorriso rejuvenescendo a carapinha grisalha. E os olhos remexeriam os fundos dos fundos dos seus guardados, estufados envelopes pardos, carteiras profissionais e do INPS, receitas e atestados médicos, chapas e resultados de exames de urina e sangue, santinhos e números antigos da revista Placar, a carta lavrando a aposentadoria, a amarelada fotografia: sentado, braços debruçados sobre a mesa, à esquerda uma plaquinha, Grupo Escolar Padre Lourenço Massachio, à direita o globo terrestre, ao fundo, semi-enroladas, as bandeiras do Brasil e de Minas Gerais. Nas costas, o lápis sua letra miúda desenhou Professora - Dona Sílvia de Azevedo Novaes Diretora - Dona Inês Letícia de Assis Malta Rodeiro, 19 de dezembro de 1958 nomes e data que só lia o tato de suas lembranças, tão sumidos. E o perfume terra-molhada atiçaria aquela manhã: Juventina, a mais velha, tocando ele para a escola, Irineu, o caçula, nas escadeiras, Margarete atrás com o embornal e o Tigre, um viralatinha besteiro, banzeando entre as pernas, num infatigável vir-e-ir de contentamento. Então, já havia morrido a mãe, no último parto, e criavam-se com os módicos ganhos do pai na máquina-de-arroz que esticava o correame entre março e maio, escasseando a algazarra pelo resto do ano, empurrando-o para os bicos de ferração de cavalos, bateção de pastos, tomação de conta de gado, castração de cachaço, sangração de porco e garrote. E aos filhos cabia a cada um 94


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uma tarefa: almoço, janta e lavagem das roupas, à mais velha; arrumar a casa e pajear o caçula, à do meio; cuidar da horta e levar o caldeirão-decomida para o pai, ao Valdomiro, Mirim, Mosquito Elétrico que zunia pela cidade vruuum!, Sabe andar esse menino não?, comentavam à sua visagem, Só corre!, vruuum! Moravam numa casa cainão-cai, barro socado em varas de bambu, sapé, chão de terra-batida encerada com bosta de boi, as meninas enfiadas num cômodo, o pai e o menino no outro, o fogão-de-lenha fumaçando pratos e canecas esmaltados na cozinha, o Coração de Jesus resguardando a salinha nua de cadeiras. Não era a Roça ainda, pois que esta começava para além da fazenda do seu Maneco Linhares, mas cidade também não, ermo cujo vizinho mais perto não o alcançaram os gritos desatinados da mãe, em uma tarde submersa no antes. Seu Valdomiro desembrulha recordações perambulando pelas estreitas ruas de Diadema, onde pousou, mala de papelão e breve esperança de ajuntar dinheiro e candear os sonhos dos irmãos a uma vida melhor, casa de tijolo-e-laje e comida farta, roupa domingueira e cabeça levantada. As mãos escalavradas possuíam pouco mais de dezoito anos, baixa no Serviço Militar, “reservista de terceira categoria”, braços torneados a mirréis por dia lavourando fumo e milho de sitiantes italianados. O pai, à altura, labutava no governo de uma serrariazinha, um-dois troncos por dia, e a Juventina, casada, esperava o segundo neném lá dela. A Margarete, namoro firme, estumava o rapaz a levar ela embora, olho-comprido no Rio de Janeiro, Quem seguiu, arrependeu não, afirmava, como conhecesse. O Irineu pescava. Percorria léguas, vara pendoada no ombro, faiscando um corgo, um brejo, uma loca. Pegou intimidade com cascudos, lambaris, bagres, carás, piabas, traíras. O Tigre, velho e manhoso, resfolegava coleado, grotas e perambeiras indevassadas, na guarda do dono. E caçava, o Irineu. De-primeiro, alçapões engaiolavam coleiros e canários, curiós e trinca-ferros, sabiás e garrinchas, azulões e joão-penenês, melros e sanhaços; de-depois, na vargem afundava-se à cata de rãs e piriás, nas

matas perdia-se no rastro de lagartos e tatus, nos roçados vigiava saracuras, rolinhas, juritis, marrecos-d’água, Esse menino, meu deus, resmungava o pai, atormentado. É sim, mas já foi mais, seu Valdomiro empurrou a pedra três-quatro do dominó para a rabeira, Quando cheguei aqui, mil novecentos e sessenta e sete, mão na frente, mão atrás, nem blusa direito, o frio abraçava a gente, roía os ossos, uma coisa! Sem conhecimento, boca à boca acercou à porta da Conforja, “a maior forjaria da América Latina”, Jardim Pitangueiras, aquela imensidão de fábrica, Sabe fazer o quê, rapaz? Nada não, mas aprendo logo, o senhor querendo. Mineiro? Mineiro, sim senhor. Entra naquela fila ali. E pouco mais aprumava o peito, carteira assinada no bolso da calça, o pai nem ia acreditar, voltava em Rodeiro, o povo arrodeando ele, roupa de cidade grande, Mas não é que é o Mirim?! Danado, esse menino! Levava presentes para os irmãos, para os sobrinhos, do jeito que é bobo os olhos do pai encheriam de água, É cisco, ô raio!, desconversaria, afastando-se, costas das mãos interceptando o pingo no rosto, Esse meu filho! E pagaria cachaça pra um, cerveja pra outro, encheria as mãos de balas, papai-noel para a criançada pé-no-chão, repartiria pipoca para os sagüis que enxameavam os oitis da Praça da Matriz, o séquito em suas pegadas, É o Mirim... Mirim do Tatão Ribeiro? O próprio! Meu deus, o Mirim do Tatão Ribeiro... quem diria... É... assentou em São Paulo... Quem vê ele assim, todo enricado, nem imagina... Pois não é? Genuflexo, frente à imagem flechada de São Sebastião, rezaria contrito na Igreja-Matriz, pensamento enlevado à mãe que tão cedo se juntou aos Eleitos, Em nome do Pai, do Filho e do Espírito Santo, óleo cruzado na testa, oferecem carona na charrete, rever a companheirama do eito, Ê!, que também já fui isso!: anum capengando equilibrista na cerca de arame-farpado, jacu pula-pulando no leito do caminho ensaibrado, seriema limpando a paisagem, cururu enterrado no barro, Ê mundão!, e passa a divisa do Nenê Justi, e a dos Chiesa, e a do Orlando Spinelli, e a dos Bicio, e a do seu Beppo Finetto, e a dos 95


Mirim

Micheletto, Ê italianada!, É o Mirim, gente, o Mirim!, Alá ele!, Ê, Mirim, apeia aí, vem tomar café com a gente!, Ê, Mirim, apeia aí, vem comer com a gente! Ê Mirim, apeia aí, vamos armar uma briga de galo, de canário, uma pelada, solteiros contra casados, ranca-toco e quebra-canela, Ê Mirim, alembra da Gina? Pegou corpo, inteligente como o diabo, logo-logo casa, assim ó, de pretendente, mas a preferência é procê, né, que a gente conhece desde um cotoquinho assim, Mosquito Elétrico voando pelo Rodeiro, Vamos lá, Mirim, vamos fazer uma farra, Esse Mirim é pedra-noventa!, É o Cão!, É o que há! Mas não voltou. A juventude, murmurou, embaralhando as pedras do dominó, A juventude, suspirou, dividindo-as aos parceiros. Se adquiria um cartãopostal do Vale do Anhangabaú ou do Viaduto do Chá, o Correio escondia-se no itinerário. Se tencionava rabiscar uma carta, ausentava-se o papel, ou a caneta, ou o envelope, ou a notícia. Se inventava uma viagem, enroscava-se em requerências. Um mês, dinheiro, outro, coragem; um Natal, novos amigos, outro, família da namorada; um Ano Novo, Santos, outro, plantão; um Carnaval, Rio de Janeiro, outro, o batente; hora-extra em um feriado prolongado, cansaço em outros; umas férias vendidas, outras, necessidade de levantar o barraco, bater a laje, uma novidadezinha para casa... E os anos, fu!, evaporaram. Quando viu, o médico, percorrendo a ponta do dedo indicador no mapa cinzento do seu esqueleto impresso na chapa contra-luz, disse, grave, Escoliose, seu Valdomiro, Vamos ter que encostá-lo. À janela do quarto número doze do Hotel Coqueiral a tarde se impacienta. O sol ainda se espicha lânguido no cocuruto calvo do morro, mas o lusco-fusco já exige faróis aos barulhos de caminhões e carros que entrecruzam-se no trevo da rodovia Ubá-Leopoldina. Valdomiro ressona, bolor no teto, o corpo castigado pela desconfortável viagem, onze horas entrevado numa poltrona de ônibus, mais cinqüenta minutos chacoalhando num parador, nuvens que conformam paisagens apenas adivinhadas. Desembarcou a bolsa na re96

cepção (o rapazinho só surgiu de detrás de uma cortina ramada de chita limpando as mãos na bermuda após várias vezes tocar a campainha) e impaciente pôs o corpo dolorido a caminho. Tropeçou em galpões, carretas carregadas de móveis, Então prosperou a serrariazinha... Na Praça da Matriz, nos oitis despejados de seus irrequietos hóspedes empoleirava o silêncio agora. Carros estacionados no quadrilátero, o bar do Pivatto no chão. Na Rua da Roça, borrachas coloridas estendidas por sobre as calçadas águam a poeira dos paralelepípedos. Quede o cheiro de mijo e bosta de cavalo que empesteava as manhãs? Quede a venda? A loja do Turco? A máquina-de-arroz? Rostos indiferentes. O Mosquito Elétrico vruuum!, Sabe andar esse menino não?, vruuum! Subiu devagar, arfando, o aclive do cemitério caótico, sem arruamento, covas esparramadas pela rampa, túmulos em mármore e cruzes enfeitadas cravadas no chão duro, sepulturas, catatumbas, carneiros, sepulcros, menos a campa da mãe. Na descida, suando o terno escuro, esbarrou no coveiro, lata de cal e broxa retocando jazigos para o Finados próximo, que ofereceu auxílio na busca, sem sucesso. Acontece, disse, Acontece muito, tentou consolá-lo. As pernas varizentas arrastaram-no. Confuso, esquadrinhou a vargem, tinha certeza, a curva, o bambuzal, o poço, a paineira... nada, nada, nada, só mato... Alguém há de lembrar... Tatão Ribeiro... Juventina... Margarete... Irineu... Heim? Um negro alto, forte, bonito, heim? Tatão Ribeiro... Máquina-de-arroz... Heim? Perguntassem – e perguntavam – ao seu Valdomiro, o momento mais arco-de-triunfo da sua vida, ele, a mão paralisada momentaneamente dentro do saquinho de pedras da víspora, mirando as paredes amarelas do Centro de Recreação do Idoso, responderia, despachado, o dia que tirei retrato para a formatura da quarta série, amplo sorriso rejuvenescendo a carapinha grisalha, única garantia de que existira um dia.


Mário Araújo

LA HORA EXTREMA

El niño está sentado en el sofá de la sala viendo la televisión, pero sabe que dentro de algunos instantes ya no estará más ahí. A las nueve y media, puntualmente, aunque esto para él sea una idea nebulosa, la madre viene y lo barre rumbo al dormitorio. Un beso en la cara, que duermas bien mi niño, y la oscuridad. Se queda inmóvil bajo la cobija escuchando los sonidos que escapan de la tele cruzando las fronteras de la sala. Cuando el aparato por fin guarda silencio, pega el oído en las tinieblas. En el cuarto de al lado, el bebé absorbe toda la atención; en el jardín, la lentitud inaudible de las babosas; en la calle, ningún carro. Y así, vigilando sin ver las cosas palpables, el niño termina por dormirse. Cuando despierte, el día ya estará en su apogeo, y esto es todo lo que conoce de los humores de la luz, del claroscuro del mundo. El espectáculo más impresionante a que tiene acceso es el crepúsculo, que sale a su encuentro diariamente en el descampado al lado de la casa. Es algo lento y triste, como una especie de naufragio multicolor, y hace recordar la imagen de un animalito comiéndose a otro. Las reflexiones sobre la naturaleza del crepúsculo son siempre interrumpidas por el llamado inapelable de la madre y por los aromas de la cena. Pero el sueño del niño, el mayor de todos, el más hondo deseo de su corazón es un día conocer la medianoche. Por ella siente una admiración velada, por ser la más famosa de todas las horas nocturnas y por ofrecerse sólo de vez en cuando a los ojos humanos —a los suyos, por ejemplo, jamás—. Imagina que es negrísima, el centro espeso y oscuro del cuerpo nocturno cuyo color se difumina hacia las extremidades. Se imagina que es una vereda fina entre dos abismos o el momento en que todas las criaturas suspenden la respiración para luego, enseguida, continuar como si nada hubiera ocurrido. Sueña tanto con la medianoche, y no es imposible que hasta haya pasado rozando la ventana allá afuera, sin que la percibiera, mientras él la sueña. 97


La hora extrema

Ahora, nuevamente en la cama, sábana olorosa, buena cobija. El bebé llora un poquito a través de la pared delgada, pero la madre y el padre están atentos. Está también una prima de la madre que pasa una temporada con la familia mientras encuentra empleo. Migajas de sonidos de la tele llegan hasta la cama, en forma de diálogos incomprensibles entreverados con la música. De repente, la vejiga llena, el pie en el piso. Abre la puerta despacito, sin encender la luz, y se desintegra en el corredor para reintegrarse tan sólo diez metros más adelante, ya dentro del baño. Al volver, aliviado, se arriesga desviándose del recorrido y espía un poco la sala: desierta, la tele sostiene ella sola el único diálogo de la casa. El padre, la madre y la prima deben de estarse preparando para dormir. Oye cerrarse la puerta del baño. Curiosidad, ganas de asaltar la cocina y robarse las horas del reloj que está sobre el trastero, pero prefiere evitar la maniobra arriesgada y salta al corredor. Abre y cierra la puerta en un segundo, sin despertar al cuarto que continuó durmiendo sin él, dejando atrás las habitaciones con la luz encendida, palpitantes. Esconde los deseos bajo la sábana y allí permanece resignado hasta que llega el sueño, que viene sin demora porque, a pesar de toda la inquietud, el niño no está habituado a las infinitas esperas de la noche, sus horas sueltas y sin referencia, a la manera de un animalillo invertebrado. Tal vez, al vagar perdido en esas horas blandas, comience a sentir la falta del día, con su esqueleto preciso, su arquitectura bien definida, y surja entonces una saudade de sí mismo. Durante la noche, los deseos escondidos bajo la sábana se transforman en un plan, la primera trama tejida con los hilos, hasta entonces sueltos, de su espíritu. Así, al romper el ayuno ante el tazón de plástico servido por la madre, el niño ya no es tan inocente. A medida que avanza el día, descansa secretamente entre uno y otro latido del corazón sobresaltado, guardando energías. Dormita dos segundos mientras la madre le enjabona la espalda; su ronquido es disimulado por el sonido de 98

los cubiertos; aprovecha los intervalos comerciales para ir adelantando los sueños que no tendrá tiempo de soñar más tarde. A las nueve y media, la madre presiona el interruptor, y las sombras que había en el cuarto corren a esconderse debajo de los muebles. La madre alisa la sábana y la cobija sobre su pecho y se va. La prima carraspea en la sala. ¿Por qué será que el volumen de la tele sube a la hora de los comerciales? Su propia tos, seca, hace que su vejiga se sacuda y la necesidad de hacer pipí lo lleva de nuevo al corredor. Todas las luces de la casa, encendidas; la sensación de que la vida transcurre a sus espaldas. A medianoche tendría que haber una gran celebración, con las personas abrazándose y hablando alto, y los relojes digitales parpadeando al marcar un insólito 0:00. De regreso del baño, aliviado, enfila hacia la cocina, donde una tetera hierve sola, y se roba el viejo despertador de manecillas ruidosas, que pisan cada segundo como si usaran tacones altos. Regresa al cuarto sin desordenar la oscuridad y acerca el despertador a la ventana para que la luz que llega desde las farolas y de una luna a la mitad lo ayude a acompañar el trabajo de las manecillas. Son las diez veintiocho. En un ojo, el avance de la manecilla grande, en el otro, la sorpresa del jardín revestido de sombras, como nunca antes lo había visto. Los rosales casi irreconocibles, confundidos con el muro. Éste, a su vez, mezclado con las paredes de las casas vecinas. Las casas, transfiguradas por la luz de las farolas. Y todo disuelto en el aire negro. Todos los contornos aprendidos de memoria a lo largo de una vida —¡nueve años!— se perdieron. El viento sacude todas las cosas, pero las sombras oscuras no caen, parecen pegadas a los objetos. El niño está boquiabierto, obligado a pasar el ojo de una rama a la otra hasta reaprender cada color y cada forma. De repente, se pega un susto similar a los pellizcones que da la madre: con la manga del pijama roza el reloj ¡y éste comienza a caer desde el umbral de la ventana! Pero el ruido del encuentro con el suelo coincide con la tos del niño. Una tos fea, como de perro detrás


La hora extrema

de una puerta cerrada. La madre lo auxilia ya en la cama con el jarabe de guaco, mano en la cabeza, alisa una vez más la cobija a la altura del pecho y se va. Aquella tos atraviesa la madrugada, salpica todas las horas. Eran las diez cuarenta y seis la última vez que vio el reloj que ahora reposa hecho trizas, junto con él, debajo de las cobijas. Al sentir que el peligro de la madre ya está lejos, lo lleva hasta la luz de la ventana para evaluarlo. La manecilla grande está inerte, mientras que la pequeña aún se debate, intentando inútilmente proseguir la escalada ya iniciada. El segundero pulsa, recorre el espacio de un minuto para enseguida regresar al punto de partida; está atorado. No se sabe cuánto tiempo pasó desde la caída, pero el niño toma prestado el material escolar que descansaba dentro de la mochila, por ser vacaciones, y en un cuaderno garabatea una cuidadosa multiplicación. Talento para la aritmética. Luchando contra los segundos que pasan ahora en absoluto silencio, y, bajo la pequeña luz de la ventana, concluye que tendrá que contar ¡casi hasta cinco mil! De nuevo bajo las cobijas con el viejo despertador. Ojos cerrados, 331, 332, 495, 517… Orgulloso: ¡soy más rápido que los segundos! Al poco rato, no obstante, la marcha veloz del tiempo que él mismo inventa comienza a tropezar, se pierde en el camino oscuro. En las tinieblas la realidad se extravía. Imagina su cuerpo más allá de las paredes del cuarto. Imagina dentro del cuarto las plantas del jardín. ¿Qué distancia había entre la cama y el armario? ¿Y si un ratón inmundo estuviera a punto de rozarlo en plena mejilla? Se voltea de lado, acomodando los brazos estirados y unidos entre las rodillas, como quien busca el abrigo de sí mismo. Comodidad en la almohada gorda, aroma de suavizante de telas en la cobija, el ronquido familiar de su padre. Y así va desarrollándose el mismo proceso de casi todas las noches, cuando los brazos se alejan del pecho y los dedos sin fuerza dejan escapar el hilo del avemaría. Un poco de miedo al infierno. Sin embargo, qué deliciosa oscuridad, qué apacibles tinieblas y

qué acariciador resulta el ronquido del motor de un carro en la calle, allá abajo. Despierta con la luz alta de la mañana, la cocina hace horas que está en pie, murmullo de la olla de presión, barullo de agua en el lavatrastes. Con los ojos heridos, contempla a través de las cortinas el jardín conocido, con los rosales bañados de sol y la ropa extendida en el asoleadero. Dentro de la mochila escolar —marchita, a la espera de los libros que aún serán comprados para el nuevo año lectivo— esconde el reloj destruido, pero, ¿cómo explicar su ausencia en la cocina? La madre ya debe de haberla percibido, pues todas las tareas de la mañana son autorizadas por el marcado de las manecillas. Para su sorpresa, sin embargo, la madre nada dice durante el desayuno, aunque sea evidente el espacio vacío sobre el trastero. El radio encendido provee la medición del tiempo necesaria para la organización de las tareas domésticas. La duda del niño, entonces, recae en restituir o no el reloj a su lugar de origen. Considera la cuestión durante algunos minutos, en silencio, mientras observa cómo la mezcla de leche y hojuelas de cereal desaparece del fondo del tazón de plástico. Decide al fin no decidirse por nada, levantándose de la silla en un ímpetu y precipitándose en busca del patio, con un ruido de motor de automóvil en los labios. El niño aprovecha el día para prepararse: quince minutos de sueño sobre la mesa de futbol de botón durante una pausa del partido;1 un minuto más acostado en el pasto después de sufrir la falta que le cometiera el adversario invisible en el juego de futbol simulado; un par de horas de meditación en el sótano de la casa, entre polvo y revistas viejas, donde encuentra refugio también de las eventuales investigaciones que la madre quiera hacer. Por la noche, al final de la segunda novela, percibiendo que se aproxima el momento de dejar la sala y confiando en que la madre está entretenida con el bebé, se dirige al padre y le pregunta la hora. Quiere ser consciente del camino por recorrer. Nueve veinticinco, dice el padre 99


La hora extrema

con voz alta y clara. La madre, en silencio, ¿será su cómplice? En ese preciso momento el bebé se queda en paz y la madre lo lleva al cuarto, arrullarlo en la cuna al lado de la cama de la pareja, donde dormirá cuanto le plazca, hasta que sienta hambre, sed, miedo o la incomodidad del pañal mojado. Despertará cuando le plazca, reflexiona el niño sobre el hermanito, y esto puede significar incluso a la medianoche, piensa él, sintiéndose relegado a un limbo exiguo, aplastado entre el mundo libre de los bebés y el universo permisivo de los adultos. El ruido en el piso de madera anuncia que la madre está en camino y él le pregunta de nuevo al padre: son las nueve treinta y tres. Se cepilló los dientes en cuenta regresiva, buenas noches a la prima, el beso de la madre ya en el cuarto, la cobija, pero el conteo no se interrumpe. Se queda solo en lo oscuro, procurando un equilibrio entre números y las palabras santas del rezo. Cumplida la obligación religiosa, la cuenta ya va por el 867, se acerca a la ventana, la línea del umbral queda a la altura de la nariz, dejando a la boca sumergida. Entonces, estira el cuerpo, haciendo un esfuerzo por entregar todos los sentidos y allí permanece, entre números cada vez más grandes, estratosféricos, y la visión deslumbrante de las formas del jardín, modificadas por la noche. El día se balancea todo el tiempo, el sol parpadea sin parar, entra y sale de escena, inquieto, voluble, y los colores se transforman cada instante. Sin embargo, nada se compara con la noche, con sus tonos inmóviles, o casi inmóviles, que sólo se alteran muy sutilmente, siendo justo esa variación de textura, en contrapunto con el pasar de los minutos, lo que el niño busca, con las manos puestas sobre el umbral de la ventana y sobre ellas, el mentón. Olfatea el aire atentamente buscando indicios de la medianoche que se avecina. ¿Será más negra, más blanca, más fría? Los redobles que anunciarán su llegada, ¿serán un gran estruendo o una pausa solemne? ¿O una sirena escuchada a lo lejos? Los animales y plantas del jardín ¿ha100

rán una amplia manifestación, una marcha por el asoleadero ahora desactivado y sin dueño, o sólo la observarán en silencio respetuoso? Existe también la posibilidad de un desfile de fantasmas, como dicen que acostumbra a suceder a medianoche, y en medio de ese pensamiento un escalofrío le besa la nuca. Fantasmas, embrujos, almas en pena, ¿de qué color serán? Unos dicen que de un blanco denso como la leche; otros, que son transparentes y, en ese caso, deberán adquirir el color de fondo, es decir, negro. ¿O son como los gases y el humo, de un color desvaído, y que tiende a hacerse cada vez más fino a medida que se dispersan por el aire? Es bueno estar preparado para que, en caso de que surjan almas, tal vez acompañe al cortejo el alma del perrito, sepultado en un rincón del jardín, al pie del muro. Hay tantas tareas con qué lidiar: el conteo, ahora desde una altura nunca antes osada; el escalofrío de miedo que se aferró a su nuca y allí se quedó; el martirio del cuerpo estirado; el hálito empañando el vidrio, pero, por encima de todo, el sueño que se insinúa por entre las rendijas de la concentración. De este modo, en el vértigo del número 3976, contra todos los pronósticos, se queda dormido. Se despierta sobresaltado. Soñó que la mañana entraba por la ventana y que él nada podía hacer para atajarla, y luego empezaron los murmullos venidos de las cosas que sucedían en la cocina, el agua, las ollas, el carraspeo de la madre, pero entonces se da cuenta de que la noche persiste. La cuestión es saber qué noche es ésta que desfila inmóvil frente a él. Una noche sin reloj es como andar a ciegas. De nada sirve ahora retomar el conteo. Está claro, por ahora, que el paisaje del otro lado del vidrio no presenta ningún cambio visible. Ramas y hojas arrulladas por el viento, puntos de luz amarilla en los postes, el ojo blanco semicerrado de la luna. No hay por qué creer que la medianoche haya pasado mientras dormitaba, pues no podría tolerar aquella posición incómoda durante tanto tiempo. Por lo tanto, se encuentra posiblemente en los alrededores de la medianoche, aten-


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to a la textura del cielo y a la composición del aire, que luego, luego comenzarán a transformarse hasta quedar irreconocibles. El tiempo pasa. El tiempo pasa, y sin embargo nada sucede. El día tiene su producción propia de humores y estados de espíritu, mientras que la noche es un monolito. El niño sale del cuarto, con cuidado para que la madera del piso no rezongue bajo sus pisadas, palpando los muebles, controlando el cosquilleo en la garganta. Un pie delante del otro, entra en la cocina y encuentra el radio, que enciende dejándolo en un volumen bajito. El radio es de un modelo antiguo, de los que no muestran las horas, sino que sólo las revelan con palabras, en los intervalos entre una y otra melodía. Por el momento no hay una canción sonando, sino un parloteo sin fin, un largo diálogo cuyo contenido no se logra discernir a ese volumen, y así tiene que esperar. Lo que se oye parece un juego de preguntas y respuestas. Después vienen las noticias de la noche. Cuando finalmente el radio da la hora son las once cuarenta y ocho. Inicia inmediatamente un nuevo conteo, como en las peleas de box y en los partidos de básquetbol. Esta vez, la pulsación de los números en la cabeza viene acompañada por los latidos del corazón afligido. Enfila hacia el cuarto despacio, obligado a tener cuidado, el ritmo de los pasos en desarmonía con el resto de sí. Alcanza la ventana y contempla la noche que sigue en blanco, haciéndolo dudar de lo que acaba de decir el radio y de lo que diría cualquier reloj. Entonces, hincado en una silla, se dispone a abrir

la ventana, impaciente, pero lentamente debido a su fuerza pequeña, haciendo que el vidrio se deslice con suavidad por la moldura hasta topar, mientras la noche comienza a encender el cuarto, con su viento fresco, sus aromas y sus luces de luciérnagas. Falta un minuto. Siente un escalofrío, que se explica ciertamente por su afecto innato por la naturaleza, por contener él mismo ramas, rocío, hojas y piedras. Ahora comienza a contar más lentamente, embriagado de los aromas del jardín, y sesenta morosos segundos después, comprende que la medianoche es la hora secreta en que babosas y jasmines se reúnen para exhalar. Los colores sombríos explotan, en una vibración imperceptible a las criaturas diurnas. El silencio de afuera se sobrepone al silencio de adentro, siendo aquél un silencio más fresco, perturbado por ruidos siempre imprevisibles, mientras que el silencio de adentro está estancado, oprimido entre los rugidos del padre y los suspiros del bebé —solamente la madre aprendió el arte de la sublimación aun estando inconsciente—. Invadido por el silencio, por el olor y la negrura de la noche, el cuarto del niño ya no le pertenece a la casa, fue anexado por el mundo. La medianoche es, en verdad, la hora de la noche extrema. Pero la medianoche sólo dura un segundo, o un minuto, y no hay que esperar a que se desenrolle la madeja de la madrugada. Entonces, con el rostro acariciado por el viento cordial del enigma descifrado, baja el vidrio de la ventana y devuelve el cuerpo a la inmovilidad, bajo las cobijas calientitas. En lo más íntimo sabe que la noche es también una estatua, inalterada de las ocho a las cinco. Duerme tranquilo.

Traducción: María Cristina Hernández Escobar

1 Se trata de una modalidad de futbol de mesa creada en 1930 en Brasil, en la que los jugadores son representados con botones o fichas, con los datos e insignias de jugadores reales, que son movidos con la ayuda de una paleta. [N. de la trad.]

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Mário Araújo (1963) Nacido en Curitiba y graduado en Educación Artística por la Universidad Federal de Paraná, trabajó como profesor de artes y redactor publicitario hasta ingresar como diplomatico en el Ministerio de las Relaciones Exteriores, en 1994. En el 2005, publicó el libro de cuentos A Hora Extrema por la editorial 7 Letras, el cual, en el año siguiente fue uno de los tres ganadores del Premio Jabuti, el más importante de la literatura brasileña, en la categoría Cuentos y Crónicas. En el 2008, publicó por la editorial Bertrand Brasil el libro de cuentos Restos. Viene publicando cuentos en diversas revistas y periódicos literarios. En el 2011, el cuento A Hora Extrema fue incluido en una antología de cuentos brasileños editada en España. Este año participará de antología a ser publicada en México.

Nascido em Curitiba e formado em Educação Artística pela Universidade Federal do Paraná, trabalhou como professor de artes e redator publicitário até ingressar como diplomata no Ministério das Relações Exteriores, em 1994. Em 2005, publicou o livro de contos A Hora Extrema pela editora 7 Letras, o qual, no ano seguinte, foi um dos três vencedores do Prêmio Jabuti na categoria “Contos e Crônicas”. Em 2008, publicou pela editora Bertrand Brasil o livro de contos Restos. Tem publicado contos em diversas revistas e jornais literários. Em 2011, o conto A Hora Extrema foi incluído em uma antologia de contos brasileiros lançada na Espanha. Neste ano, participará de antologia a ser publicada no México.


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Mário Araújo

A HORA EXTREMA

O menino está sentado no sofá da sala assistindo à televisão. Mas sabe que dentro de instantes não estará mais. Às nove e meia, pontualmente, ainda que isto para ele seja uma ideia nebulosa, a mãe vem varrê-lo dali para o quarto de dormir. Um beijo na face, durma bem meu filho, e a escuridão. Fica imóvel debaixo do cobertor escutando os sons que escapam da TV para além das fronteiras da sala. Quando essa enfim silencia, ele cola o ouvido na treva. No quarto ao lado, o bebê merece toda a atenção; no jardim, a lentidão inaudível das lesmas; na rua, nenhum carro. E assim, vigiando sem ver as coisas palpáveis, o menino acaba por adormecer. Quando acordar já será dia feito, e isto é tudo o que conhece dos humores da luz, do claro-escuro do mundo. O espetáculo mais impressionante a que tem acesso é o crepúsculo, que o encontra diariamente no campinho ao lado da casa. É algo lento e triste, como uma espécie de naufrágio multicolorido, e faz lembrar a imagem de um bicho comendo outro bicho. As reflexões sobre a natureza do crepúsculo são sempre abreviadas pelo chamado inapelável da mãe e pelos aromas do jantar. Mas o sonho do menino, o maior de todos, o desejo fundo do seu coração é um dia conhecer a meia-noite. Por ela sustenta uma admiração velada, por ser a mais famosa de todas as horas noturnas e por se oferecer somente de vez em quando aos olhos humanos – aos seus, por exemplo, jamais. Imagina que seja negríssima, o cerne betuminoso do corpo noturno cuja cor se esmaece em direção às extremidades. Imagina que seja uma vereda fina entre dois abismos. Ou o momento em que todas as criaturas suspendem a respiração para, logo em seguida, continuarem como se nada houvesse acontecido. Sonha tanto com a meia-noite, e não é impossível que ela já tenha passado roçando a janela lá fora, despercebida, enquanto sonhada por ele. Agora, novamente na cama, lençol cheiroso, cobertor bom. O bebê chora um pouquinho através da parede magra, mas a mãe e o pai estão atentos. Há 104


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também uma prima da mãe que passa uns tempos com a família até encontrar emprego. Migalhas de sons da TV chegam até a cama, na forma de diálogos indistintos entremeados de música. De repente, a bexiga cheia, o pé no chão. Abre a porta devagarinho, sem acender a luz, e desintegra-se no corredor para se reintegrar somente dez metros depois, já dentro do banheiro. Na volta, aliviado, arrisca um desvio de percurso e dá uma espiada na sala: deserta, a TV sustenta sozinha o único diálogo da casa. O pai, a mãe e a prima devem estar se preparando para dormir. Ouve fechar-se a porta do banheiro. Curiosidade, vontade de assaltar a cozinha e roubar as horas do relógio sobre o guarda-louça. Mas prefere evitar a manobra arriscada e salta para o corredor. Abre e fecha a porta num segundo, sem acordar o quarto que ficou dormindo sem ele, deixando para trás os cômodos acesos, palpitantes. Esconde os desejos debaixo do lençol e ali permanece resignado até a chegada do sono. Que vem sem demora porque, apesar de toda a inquietação, o menino não está habituado às infinitas esperas da noite, suas horas soltas e sem referência, à maneira de um bicho invertebrado. Talvez, ao vagar perdido nessas horas moles, venha a sentir falta do dia, com seu esqueleto preciso, sua arquitetura bem definida, e bata então uma saudade de si mesmo. Durante a noite, os desejos escondidos sob o lençol transformam-se num plano, a primeira trama tecida com os fios até então soltos do seu espírito. Assim, ao quebrar o jejum diante da tigela de plástico preparada e servida pela mãe, o menino já não é mais tão inocente. No correr do dia, descansa secretamente entre uma batida e outra do coração sobressaltado, guardando energias. Cochila dois segundos enquanto a mãe lhe ensaboa as costas; ressona coberto pelo som dos talheres; aproveita os intervalos comerciais para ir adiantando os sonhos que não terá tempo de sonhar mais tarde. Às nove e meia, a mãe pressiona o interruptor e as sombras que havia no quarto correm a se esconder debaixo dos móveis. A mãe aplaina o lençol

e o cobertor sobre seu peito e se retira. A prima pigarreia na sala. Por que será que o volume da TV fica mais alto na hora das propagandas? A tosse dele próprio, seca, faz sacudir a bexiga e a busca pelo alívio do xixi o leva novamente ao corredor. As luzes todas acesas da casa, a sensação da vida acontecendo às suas costas. À meia-noite deveria haver uma grande celebração, com as pessoas se abraçando e falando alto e os relógios digitais piscando um insólito 0:00. Na volta do banheiro, aliviado, avança o passo até a cozinha, onde uma chaleira ferve sozinha, e rouba o velho despertador de ponteiros barulhentos, que pisam cada segundo como de salto alto. Retorna ao quarto sem desarrumar o escuro e aproxima o despertador da janela para que a luz que entra de fora, dos postes de luz e de uma lua pela metade, ajude-o a acompanhar o trabalho dos ponteiros. São dez e vinte e oito. Num olho, a descida do ponteiro grande, no outro, a surpresa do jardim revestido de sombras, como nunca vira antes. As roseiras quase irreconhecíveis, confundidas com o muro. Este, por sua vez, misturado com as paredes das casas vizinhas. As casas, transfiguradas pelas lâmpadas dos postes. E tudo dissolvido no ar negro. Todos os contornos decorados ao longo de uma vida – nove anos! – estão perdidos. O vento sacode todas as coisas, mas as sombras escuras não caem, parecem pregadas nos objetos. O menino está boquiaberto, obrigado a pousar o olho de ramo em ramo até reaprender cada cor e cada forma. De repente, toma um susto como um beliscão, daqueles que a mãe dá: roça a manga do pijama no relógio e este começa a cair do parapeito! Mas o ruído do encontro com o chão coincide com a tosse do menino. Tosse feia, de cachorro atrás de porta fechada. A mãe o acode já na cama com o xarope de melagrião, mão na testa, aplaina mais uma vez o cobertor no peito e vai embora. Aquela tosse atravessa a madrugada, salpica todas as horas. Eram dez e quarenta e seis da última vez que viu o relógio, que agora repousa quebrado, 105


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junto com ele debaixo das cobertas. Ao sentir que o perigo da mãe já vai longe, leva-o até a luz da janela para uma avaliação. Lá está o ponteiro grande inerte, enquanto o pequeno ainda se debate, tentando inutilmente prosseguir a escalada apenas iniciada. O ponteirinho pulsa, avança no espaço de um minuto para em seguida retornar ao lugar de antes, atolado. Não é sabido quanto tempo passou desde a queda, mas o menino toma emprestado o material escolar que descansava de férias dentro da mochila e põe-se a rabiscar num caderno uma cuidadosa operação de multiplicar. Talento em aritmética. Lutando contra os segundos que passam agora em absoluto silêncio, e sob a luz pequena da janela, conclui que terá que contar quase até cinco mil! De novo sob as cobertas com o velho despertador. Olhos fechados. 331, 332, 495, 517... Orgulhoso: sou mais rápido que os segundos! Aos poucos, porém, a marcha veloz do tempo que ele mesmo inventa começa a tropeçar, perder-se no caminho escuro. Na treva a realidade se extravia. Imagina seu corpo para além das paredes do quarto. Imagina dentro do quarto as plantas do jardim. Qual era mesmo a distância entre a cama e o armário? E se um rato imundo estiver a ponto de lhe roçar a bochecha pura? Vira-se de lado, acomodando os dois braços alongados e unidos entre os joelhos, como quem busca o abrigo de si mesmo. Conforto no travesseiro gordo, cheiro de amaciante no cobertor, o ronco familiar do pai. E assim vai sucedendo o mesmo processo de quase todas as noites, quando os braços escorregam do peito e os dedos moles deixam escapar o fio da ave-maria. Um pouco de medo do inferno. Mas que escurinho bom, que treva aprazível, e que carícia faz o ronco do motor de um carro na rua de baixo. Desperta com a luz alta da manhã, a cozinha há horas acordada, murmúrio da panela de pressão, barulho de água na pia. Com os olhos feridos, contempla através das cortinas o jardim conhecido, com as roseiras banhadas de sol e a roupa esticada no quarador. Dentro da mochi106

la escolar, murcha à espera dos livros que ainda serão comprados para o novo ano letivo, esconde o relógio estragado. Mas como explicar a sua ausência na cozinha? A mãe já deve ter percebido, uma vez que todas as tarefas da manhã são autorizadas pela marcação dos ponteiros. Para sua surpresa, porém, a mãe nada fala durante o café da manhã, embora seja evidente o espaço vazio sobre o guarda-louça. O rádio ligado fornece a medição do tempo necessária para a organização das tarefas domésticas. A dúvida do menino então repousa sobre restituir ou não o relógio ao seu local de origem. Considera a questão por alguns minutos, em silêncio, enquanto assiste a mistura de leite e flocos de cereal desaparecer do fundo da tigela de plástico. Decide, enfim, por nada decidir, levantando-se da cadeira num ímpeto e precipitando-se em busca do quintal, com um ruído de motor de automóvel nos lábios. O menino aproveita o dia para se preparar: quinze minutos de sono sobre a mesa de futebol de botão durante o intervalo da partida; um minuto a mais deitado na grama após sofrer falta do adversário invisível no jogo de futebol simulado; um par de horas de meditação no sotão da casa, entre poeira e revistas velhas, onde encontra refúgio também de eventuais investigações que a mãe queira fazer. À noite, ao final da segunda novela, percebendo que se aproxima o momento de deixar a sala e confiando estar a mãe entretida com o bebê, dirige-se ao pai e pergunta as horas. Quer ter ciência do caminho a percorrer. Nove e vinte e cinco, diz o pai com voz alta e clara. A mãe em silêncio cúmplice? Nesse exato instante, o bebê se aquieta e a mãe o leva para o quarto, aninhá-lo no berço ao lado da cama do casal, onde dormirá o quanto bem entender, até que sinta fome, sede, susto ou o incômodo de fraldas molhadas. Acordará quando bem entender, reflete o menino sobre o pequeno irmão, e isto pode significar até mesmo a meia-noite, pensa ele, sentindo-se relegado a um limbo exíguo, imprensado entre o mundo livre dos bebês e o universo permissivo dos adultos.


A hora extrema

O estalo do chão de madeira anuncia que a mãe está a caminho e ele pede novamente ao pai: são nove e trinta e três. Escova os dentes em contagem regressiva, boa-noite para a prima, o beijo da mãe já no quarto, o cobertor, mas a contagem não se interrompe. Fica sozinho no escuro, equilibrando-se entre números e as palavras santas da reza. Cumprida a obrigação religiosa, e contando já 867, aproxima-se da janela, a linha do parapeito passando à altura do nariz, deixando a boca submersa. Estica o corpo então, num esforço para entregar todos os sentidos, e ali permanece, entre números cada vez mais graúdos, estratosféricos, e a visão deslumbrante das formas do jardim, modificadas pela noite. O dia se mexe o tempo todo, o sol pisca sem parar, entra e sai de cena, irrequieto, volúvel, e as cores se transformam a cada instante. Mas nada se compara à noite, com seus tons imóveis, ou quase imóveis, que só se alteram muito sutilmente, sendo justamente essa variação de textura, em contraponto com o passar dos minutos, que o menino está a buscar, com as duas mãos postas sobre o parapeito e sobre elas posto o queixo. Fareja o ar atentamente à procura de indícios da meia-noite que se avizinha. Será ela mais negra, mais branca, mais fria? Os batedores que anunciarão sua chegada serão um grande estrondo ou uma pausa solene? Ou uma sirene ouvida ao longe? Os animais e plantas do jardim farão uma ampla manifestação, uma passeata pelo quarador agora desativado e sem dono, ou apenas a observarão em silêncio respeitoso? Existe também a possibilidade de um desfile de fantasmas, como dizem que costuma acontecer à meia-noite, e a esse pensamento um arrepio beija-lhe a nuca. Fantasmas, assombrações, almas penadas, de que cor serão? Uns dizem que de um branco denso como o leite, outros que são transparentes e, nesse caso, deverão adquirir a cor de fundo, o que quer dizer, negra. Ou são como os gases e a fumaça, de uma cor rarefeita, e que tende a ficar ainda mais rala à medida que avançam no ar. É bom estar preparado para que, no caso de surgi-

rem almas, talvez acompanhe o cortejo a alma do cachorrinho, sepultado num canto do jardim, ao pé do muro. Há tantas tarefas com que lidar: a contagem, agora numa altura nunca antes ousada; o arrepio de medo que se agarrou à nuca e ali ficou; o martírio do corpo alongado; o hálito embaçando a vidraça; mas, acima de tudo, há o sono que se insinua por entre as frestas da concentração. Assim, na vertigem do número 3.976, contra todos os prognósticos, adormece. Acorda num sobressalto. Sonhou que a manhã entrava pela janela e que ele nada podia para estancá-la, e logo começaram os murmúrios vindos das coisas acontecendo na cozinha, a água, as panelas, o pigarro da mãe. Mas agora se dá conta de que a noite persiste. A questão é saber que noite é essa que desfila imóvel à sua frente. Noite sem relógio é como mato sem cachorro. De nada adianta retomar a contagem agora. Está claro, no entanto, que a paisagem do outro lado da vidraça não apresenta nenhuma mudança aparente. Galhos e folhas ninados pelo vento, pontos de luz amarela nos postes, o olho branco semicerrado da lua. Não há porque acreditar que a meia-noite tenha passado enquanto cochilava, pois não poderia tolerar aquela posição desconfortável por tanto tempo. Assim, encontra-se possivelmente nos arredores da meia-noite, atento à textura do céu e à composição do ar, que logo, logo começarão a se transformar até ficarem irreconhecíveis. O tempo passa. O tempo passa mais e nada acontece. O dia tem sua produção própria de humores e estados de espírito, enquanto a noite é um monolito. O menino deixa o quarto, tomando cuidado para a madeira do chão não rosnar sob suas pisadas, apalpando os móveis, controlando a cócega na garganta. Pé ante pé, entra na cozinha e encontra o rádio, que liga baixinho. O rádio é um modelo antigo, dos que não mostram as horas, mas apenas as revelam com palavras, nos intervalos entre uma música e outra. No momento não 107


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há música tocando, mas um palavrório sem fim, um longo diálogo cujo conteúdo não se consegue discernir naquele volume, e assim ele tem que esperar. O que se ouve parece um jogo de perguntas e respostas. Depois, entram as notícias da noite. Quando finalmente o rádio dá as horas, são onze e quarenta e oito. Inicia imediatamente uma nova contagem, como nas lutas de boxe e nas partidas de basquete. Desta vez, a pulsação dos números na cabeça é acompanhada pelas batidas do coração aflito. Envereda para o quarto devagar, obrigado a ter cuidado, o ritmo dos passos em desarmonia com o restante de si. Alcança a janela e contempla a noite que segue em branco, fazendo duvidar do que acaba de dizer o rádio e do que diria qualquer relógio. Então, de joelhos numa cadeira, põe-se a abrir a janela, impaciente, mas lentamente devido à sua força pequena, fazendo a vidraça escorregar macia nos caixilhos até que se trave, enquanto a noite começa a acender o quarto, com seu vento fresco, seus aromas e suas luzes de vaga-lumes. Falta um minuto. Sente um arrepio, que se explica certamente por sua afeição inata à natureza, por conter ele também

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ramos, orvalho, folhas e pedras. Começa a contar mais lento agora, bêbado dos cheiros do jardim, e sessenta morosos segundos depois, compreende que a meia-noite é a hora secreta em que lesmas e jasmins reúnem-se para exalar. As cores sombrias explodem, numa vibração não perceptível às criaturas diurnas. O silêncio de fora se sobrepõe ao silêncio de dentro, sendo aquele um silêncio mais fresco, molestado por ruídos sempre imprevisíveis, ao passo que o silêncio de dentro está estagnado, oprimido entre os rugidos do pai e os suspiros do bebê – somente a mãe aprendeu a arte da sublimação mesmo inconsciente. Invadido pelo silêncio, pelo olor e negror da noite, o quarto do menino não pertence mais à casa, foi anexado pelo mundo. A meia-noite é, na verdade, a hora da noite extrema. Mas a meia-noite só dura um segundo, ou um minuto, e não há que esperar pelo desenrolar do novelo da madrugada. Então, com o rosto acariciado pelo vento cordial do enigma decifrado, ele desce a vidraça e devolve o corpo à imobilidade sob as cobertas quentinhas. No seu mais íntimo, sabe que a noite é mesmo uma estátua, inalterada das oito às cinco. Dorme tranquilo.


Milton Hatoum

REFLEXIÓN SOBRE UN VIAJE SIN FIN

Para Benedito Nunes

Cuando vi a Félix Delatour por primera vez, en la puerta de una casa neoclásica en el centro de Manaos, no sabía que aquel encuentro sería un gran descubrimiento para mí: viaje inicial en torno a un texto cuya lectura hasta hoy me parece enigmática. Para comentar ese encuentro con Delatour, debo dar una vuelta por mi infancia en Manaos, y recordar la voz de Yasmine, la matriarca de la casa. Escuchaba cantar y rezar a Yasmine, no en árabe, su lengua materna, sino en francés, su lengua adoptada. De vez en cuando la voz de Yasmine era sofocada por otra más grave, más incisiva, la del almuecín: voz del musulmán de la familia que hablaba más alto, como si quisiera neutralizar la presencia del colonizador francés en plena Amazonía. Pero la voz de Yasmine, el sonido más que el significado, me parecía más conveniente: en las noches de insomnio de la infancia, palpitaba en mi memoria, y yo repetía mentalmente una palabra o un pedazo de frase, como un niño que, encantado con una oración o un canto, se entrega a un aprendizaje litúrgico, a un culto privado del que sólo nosotros dos participábamos. No era sólo la voz de Yasmine la que contrariaba al patriarca de la casa: ella (Yasmine) cultivaba extrañas amistades; extranjeros del Occidente que tenían una expresión snob de ciudadanos del mundo, gente que vivía al margen de la sociedad provinciana y frecuentaba los salones de fiesta de los transatlánticos que atracaban en el Manaos Harbour, y bebían y bailaban como si estuvieran en algún hotel particular cerca del puente de Alexandro III. Pero entre esos amigos extravagantes había uno o dos que ella mencionaba con frecuencia. Ayer conversé con el señor Verne. Es muy imaginativo, tiene los modales de un dandy y ha vivido en Dakar, Cayena y Macao, antes de desembarcar en Manaos, me decía Yasmine. El señor Verne hablaba varios idiomas y era un estudioso de las lenguas indígenas. En Manaos, se empeñaba en la ejecución de un curioso trabajo filantrópico que consistía en lo que él llamaba la anticatequesis: animar (discre109


Reflexión sobre un viaje sin fin

tamente) a los indios contra los padres y patrones y promover la cultura indígena. Para ello fundó cierta “Sociedad Montesquieu”, de duración efímera, cuya finalidad era “educar para liberar”. Yasmine comentaba también las proezas de Félix Delatour: un breton circunspecto, casi albino, y que sufre de una enfermedad rara: el gigantismo. No es fácil hablar con él, porque vive encerrado en un cuarto y no recibe ni un alma viva, me informó Yasmine. Los conocidos snobs de Yasmine nunca me interesaron; la verdad, eran seres invisibles, o mejor, era posible encontrarlos en los clubes ingleses de la ciudad o a bordo del Cyril y del Hildebrand. Pero esos dos, Delatour y el señor Verne, despertaron mi curiosidad. Una mañana de lluvia torrencial, una de esas mañanas de Manaos que parecen interminables, Yasmine me dijo: Ya que quieres estudiar francés, debes visitar a Monsieur Delatour mañana mismo, por la tarde. Después, con una sonrisa enigmática, agregó: Es el francés más excéntrico del Amazonas. Años más tarde descubrí que la palabra excéntrico era la más exacta para evocarlo. En el primer contacto estuvo lacónico. Fue en el atardecer de un día de julio de 1959; el adolescente tímido y delgado se dirige a una persona vieja y dice con voz trémula: Yasmine me dijo que usted enseña francés… Apenas pude ver un pedazo de su rostro en la puerta entreabierta. Me miró por un momento, luego una voz ronca dijo: Mañana por la mañana, antes de las siete. Al regresar en la mañana del día siguiente, noté que la puerta estaba abierta; poco pude observar en la sala sombría de la casa en que vivía. Aquella sala era un espacio misterioso que él siempre evitaba frecuentar. Desde el primer día, y así durante seis o siete meses, sólo conocí el piso superior de la casa: una sala con balcones, desde donde se podría contemplar un horizonte de aguas oscuras, interrumpido por un paisaje de palafitos. En la sala había sólo una mesa de made110

ra y dos sillas de mimbre. Cuatro libros abiertos y cuatro lápices rojos estaban dispuestos sobre la mesa. Un mapamundi pegado en la pared era la única imagen de un espacio que hoy resurge en mi memoria como una cámara de luz intensa. En los días y meses que siguieron, Delatour habló sobre la lengua francesa, y cuando le hacía una pregunta sobre un tema gramatical o sobre un ejercicio de la escuela, hacía una expresión de enfado y desviaba la conversación. Lo que le interesaba eran los viajes, los muchos viajes que había hecho durante su vida. Había dejado Bretaña muchos años antes para vivir en el otro lado de la Tierra. Su deseo era descubrir el Amazonas, partir, siempre en busca de lo desconocido. Como alguien que tiene sed de espacio o un botánico que se pasa la vida en el bosque investigando el polen y los tejidos vegetales, pensé. Un día le pregunté si conocía el dialecto bretón o una de las tantas lenguas indígenas del Amazonas. Vi ruborizarse su rostro blanco y un poco rechoncho (un rostro sin arrugas, con una barba rala y canosa, y los ojos azulados que al mirar a una persona durante una conversación parecían expresar una duda o pregunta), y súbitamente se levantó, fue hasta el balcón, y, de espaldas al río, dijo: Yasmine me confundió con Armand Verne. Él sí es un lingüista aplicado y tutor de los nativos. Verne piensa que puede promover la cultura indígena elaborando cartillas bilingües. Monsieur Verne comete un error: no se puede dominar totalmente un idioma extranjero porque no podemos ser totalmente Otro. Un pequeño desliz en el acento o en la entonación bastan para señalar una distancia entre los dos idiomas, y esa distancia es fundamental para que mantengamos el misterio de la lengua nativa, prosiguió Delatour, sin esconder en su habla un fuerte acento que reiteraba su afirmación. Mi timidez no me impidió hacerle otras preguntas: ¿Por qué había venido al Amazonas? ¿Por qué vivir en Manaos, esta ciudad aislada y tal vez perdida? Miró el mapamundi, señaló una región de Francia: Ahí reside una infancia, dijo. ¿Dónde?, pregunté.


Reflexión sobre un viaje sin sin

En el Finisterre, en un pueblucho aislado y tal vez perdido. Alguien, un viajero que anduvo por el Amazonas, me dio de regalo el mapa de esta región. Y los mapas, como sabes, fascinan a los niños, son dibujos misteriosos que los invitan a hacer viajes imaginarios. Los periplos de mi infancia, irreales como los sueños, comenzaron en los límites del cuarto cerrado, a la espera del sueño, no lejos del mar y de los acantilados abruptos de Bretaña. Durante algún tiempo no volvimos a tocar ese asunto. A veces, no hablábamos nada: en la sala blanca, iluminada por el sol de la mañana, escuchábamos el ruido de los barcos, monótono, insoportable. Mientras yo pensaba en alguna pregunta o duda, él leía un libro y hacía anotaciones con un lápiz rojo. Ni el rumor de un motor ni el calor matinal lo incomodaban. Tenía delante de mí a un lector que parecía dialogar con el texto, o sea un verdadero lector, y eso, para mí, era una novedad, un descubrimiento. Una de esas mañanas en que no conversábamos, alguien llamó a la puerta. Delatour bajó a ver quién era, y luego escuché la voz de una mujer. Me puse a hojear uno de los libros abiertos, pero antes tuve cuidado de memorizar la página que él estaba leyendo. La voz de la mujer en el interior de la casa despertó mi curiosidad, y cuando Delatour volvió a la sala, le dije que ya me iba. No es una visita convencional, dijo ¿Conoces a la india Leonila? Ella pasa por aquí una vez al mes. Pide permiso de entrar, observa los libros de la biblioteca, dormita un poco en la hamaca de mi cuarto y se va sin avisar. Anda descalza, siempre viste la misma ropa, puede ser confundida con un mendigo cualquiera. Pero es una mujer que conoce la historia de su tribu. Cierta ocasión, sin que se lo pidiera, comenzó a hablar sobre eso: la historia, la violencia, los mitos… Verne también aprendió mucho con ella, pero Verne insiste en querer hablar por ella. Alguna cosa había entre Félix Delatour y Armand Verne, pero no quise entrometerme. Yasmine no me contó nada al respecto, apenas dijo: Verne viaja en el espacio, Delatour en el tiempo.

La mañana de la visita de Leonila, él se dio cuenta de que yo estaba hojeando un libro, entonces se puso a leer en voz alta poemas de Verlaine. Luego me pedía que los recitara sin imitar su acento. No logro entender gran cosa, le dije con un poco de temor. Por lo pronto, eso es lo de menos, afirmó. Lo que importa, ahora, es encontrar otra voz de Verlaine o captar sólo el ritmo y la melodía de cada verso. Volvió el rostro hacia el balcón. Dijo: En una primera mirada la selva es una línea oscura, no se logra asimilar gran cosa. Pero en medio de la oscuridad hay un mundo en movimiento, millones de seres expuestos a la luz y a la sombra. Después Delatour citó como ejemplo el mapa de la Amazonía que lo había fascinado en la adolescencia. Para él, la selva era un mundo casi inverosímil, y por ello mismo fascinante. Llegó a construir una selva en miniatura, cruzada por una maraña de ríos, afluentes y brazos de afluentes cuyos nombres de origen indígena afirmaba pronunciar como un bárbaro. La imaginación se nutre de las cosas distantes en el espacio y en el tiempo, afirmó, como si hablara consigo mismo. Hizo ese comentario poco tiempo antes de partir de Manaos. Cuando supo que yo pretendía viajar al sur de Brasil, se entusiasmó y dijo ciertas cosas que nunca olvidé. El viaje, dijo Delatour, además de volver al ser humano más silencioso, aclara su mirada. La voz del auténtico viajero hace eco en el río silencioso del tiempo. Al oír esa sentencia de mi profesor, me di cuenta de que los grandes viajes que había mencionado no se referían a una vida llena de aventuras, como la del viajero seducido por un misterio insuperable, y sí de la aventura del conocimiento, como alguien que viaja para aprender, y aprende para recordar. Una semana antes de embarcarme rumbo a Río de Janeiro, me dio una plaqueta en cuya portada se lee Reflexion sur un voyage sans fin.¹ Comencé a escribir esa cosa en el Finisterre y la terminé aquí, en Manaos, dijo Delatour. 111


Reflexión sobre un viaje sin fin

Me lanzó una mirada lacónica y agregó: Casi veinte años para escribir eso, tres páginas por año, pocas frases por día. Ése fue mi gran viaje. La mañana en que me entregó la plaqueta, no logró esconder una expresión de desánimo, tal vez de fatiga. Dos semanas después, nos despedimos en el puerto de Manaos aún de madrugada, en presencia de Yasmine y de su hermano Hakim. Pregunté a Yasmine si Armand Verne realmente existía o si era una invención de la “Sociedad Montesquieu”. Verne es visible o sólo es una broma de Yasmine, pregunté. Te puedo adelantar que es un viajero incansable, el mejor, un andariego que colecciona leyendas y mitos del Amazonas, dijo Hakim. Poco después de escuchamos el sonido grave y breve de una sirena, y observamos a bordo el vaivén de los estibadores y marineros. La quila del Neptuno aún era una sombra más impresionante que las otras. Las grúas del muelle flotante estaban iluminadas, y, en la oscuridad todavía espesa, parecían sueltas en el espacio, como gigantescos tentáculos de luz. No había resplandor lunar, ni viento. Tal vez un leve soplo, húmedo, venía del final de la noche. Era una noche de adiós. Con una voz grave, señalando la plaqueta, mi profesor sentenció: Es el ritmo de la frase el que debe causar espanto. A bordo del Neptuno, y ya cerca de Recife, comencé a leer el escrito de Delatour. En aquella época me pareció un texto extraño, pero el lector de 1959, a bordo del Neptuno, no es el lector de 1981. Hoy, después de releerlo tantas veces, suena como un manifiesto poético sobre la alteridad. Ese Viaje sin fin evoca pasajes de la vida de un personaje que abandona un país europeo para vivir en una región ecuatorial. Con el paso del tiempo, ese personaje asimila algo del Otro, y percibe, con cierta aprehensión, que el estigma de su condición de extranjero ya es menos visible: algo en su gesto o en su voz se enturbió, perdió un poco del relieve original. En ese momento, los orígenes del extranjero sufren una conmoción. El viaje permite la convivencia con el Otro: cons112

ciente o no, intencionado o superficial, ese juicio casi siempre deforma el rostro ajeno, en el que se proyectan los horrores y las taras de quien observa. El viaje más fecundo, dice el personaje, es el que revela la cara disimulada y oscura del puerto de origen: es ese paisaje familiar el que abriga nuestra discordia con el mundo. El placer del viaje es efímero porque está permeado por un sentimiento de pérdida: la sensación de libertad en la tierra extraña es la revelación de algo que nos falta, algo que buscamos en el puerto del pasado. Tal vez por eso el personaje de Delatour viaja para descubrirse a sí mismo. Este descubrimiento, que es también búsqueda y extravío, no excluye la imagen que el narrador viajero construye del Otro: imagen huidiza o esfumada, pero de algunas maneras presente en la visión de quien navega en aguas extrañas. El viajero, en la convivencia con el Otro, pasa a privilegiar la mirada, pues es en el silencio de la mirada donde todo ocurre: el deseo de poseer y ser poseído, la entrega y el rechazo, el temor a perderse en el Otro. El silencio de la mirada fabrica una imagen que la memoria, a lo largo del tiempo, puede evocar, perder, reinventar. ¿De dónde parte el personaje-viajero de Delatour? De Cancale, en la Bretaña: “un puerto tan extraño que nadie o casi nadie es capaz de dejarlo”. En Cancale comienza la travesía del Atlántico, una travesía tempestuosa que termina en un puerto también extraño del hemisferio sur: un lugar sin nombre, aislado, habitado por personas que parecen resignadas al confinamiento y la clausura. En el pasaje más enigmático del texto de Delatour el narrador, al evocar ese puerto, acaba inventando un lenguaje. El ritmo de la frase se altera bruscamente y la voz del personaje se vuelve una confusión de neologismos e injurias al borde de la bestialidad: la voz del narrador-viajero recuerda la de un loco vociferando en varias lenguas*. Son sólo doce líneas que desentonan de ese manifiesto poético, como una breve fiesta de sonidos: un ruido en medio de una noche serena.


Reflexión sobre un viaje sin fin

Por ese fragmento, renuncié a la traducción de ese Viaje sin fin. Casi veinte años pasaron entre el primer encuentro con Delatour y mi regreso a Manaos. Lo busqué por toda la ciudad, en vano. Yasmine, con una voz débil que parecía un soplo, me dijo que en enero de 1978 se encaminó río arriba, hasta alcanzar Casiquiare, que une la cuenca del Orinoco a la del Amazonas. Ninguna pista sobre su destino obtuve en el consulado francés en Manaos. La casa en que vivía, en una de las alamedas que desembocan en el río Negro, se encontraba abandonada. Creo que en pocos meses será una casa en ruinas: las raíces de un hule destruyen la estatua de una Diana y amenazan una pared que algún día fue blanca. En la parte de abajo, niños inmundos y miserables aspiran cemento, y con pedazos de carbón trazan garabatos en el muro que rodea al patio. Un olor a podrido y a excremento exhala del interior de la casa. En el verde desteñido de la fachada leo una frase curiosa, escrita con cal: La naturaleza se ríe de la cultura.

Ahora ya amanece. Puedo ver a los niños amontonados, durmiendo en el piso del patio, solidarios y tristes en el suelo húmedo de la casa abandonada. Al divisar el balcón que da al este, puedo también imaginar a Delatour contemplando el horizonte acuático en el amanecer neblinoso, con alguien que se deja llevar por la lenta corriente de un río. Ahí, el tiempo fluye como la imagen de un sueño: fluye en lo poco que resta de la noche y en el instante de luz que anuncia la mañana. Antes de apartarme del piso, observo que uno de los niños que garabateaba en el muro del patio me mira con aprensión. Callado, inmóvil, con el pedazo de carbón en la mano derecha, parece surgir de ese crepúsculo de la madrugada. De soslayo, el niño me mira o finge mirar hacia mí. Esta mirada me paraliza y causa espanto. Y, a semejanza del texto de Delatour, parece afirmar algo así: somos algo esencialmente misterioso, como aquel mapa que nos fascinó en la infancia.

Traducción de Romeo Tello G. * En ese pasaje del texto de Delatour, la lingüista Odile Lescure, investigadora de la ORSTOM, encontró referencias dialectales usadas por indios y mestizos del Amazonas. En verdad, son “transcripciones” de palabras y expresiones de las lenguas nheengatu y baniwa habladas en los ríos Negro e Icana.

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Milton Hatoum (1952) Nació en Manaos. Estudió arquitectura en la Universidad de São Paulo y, años después, hizo un posgrado en literatura en París, donde vivió durante tres años. Fue profesor de literatura francesa en la Universidad del Amazonas y profesor visitante de la Universidad de Berkeley, en California. Ha publicado las novelas Relato de un cierto Oriente (1989); Dos Hermanos (2000); Cenizas del Norte (2005); Huérfanos del Eldorado (2008) y La Ciudad Aislada (2009). En conjunto con el filósofo y crítico literario Benedito Nunes, publicó Crónica de dos Ciudades, Belém y Manaos (2006). Ha publicado ensayos y artículos sobre literatura brasileña y latinoamericana en revistas y periódicos de Brasil, España, Francia e Itália. Algunos de sus cuentos fueran publicados en las revistas Europe, Nouvelle Revue Française (Francia), Grand Street (Nueva York) y Quimera (México). Participó en diversas antologías de cuentos brasileños publicadas en Alemania y en México, y en la Oxford Anthology of the Brazilian Short Story. Actualmente, es uno de los autores más reconocidos y premiados de la literatura brasileña. Su obra fue traducida a diez idiomas y publicada en catorce países.

Nasceu em Manaus. Estudou arquitetura na Universidade de São Paulo e, anos depois, fez pós-graduação em literatura em Paris, onde viveu por três anos. Foi professor de literatura francesa na Universidade do Amazonas e professor visitante da Universidade de Berkeley, na Califórnia. Publicou os romances Relato de um certo Oriente (1989); Dois Irmãos (2000); Cinzas do Norte (2005); Órfãos do Eldorado (2008) e A Cidade Ilhada (2009). Em parceria com o filósofo e crítico literário Benedito Nunes, publicou Crônica de duas Cidades, Belém e Manaus (2006). Tem publicado ensaios e artigos sobre literatura brasileira e latino-americana em revistas e jornais do Brasil, Espanha, França e Itália. Alguns de seus contos foram publicados nas revistas Europe, Nouvelle Revue Française (França), Grand Street (Nova York) e Quimera (México). Participou de diversas antologias de contos brasileiros publicadas na Alemanha e no México, e da Oxford Anthology of the Brazilian Short Story. Atualmente, é um dos autores mais reconhecidos e premiados da literatura brasileira. Sua obra foi traduzida para dez idiomas e publicada em quatorze países.


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Milton Hatoum

REFLEXÃO SOBRE UMA VIAGEM SEM FIM

Para Benedito Nunes

Quando vi Félix Delatour pela primeira vez, à porta de um pequeno sobrado neoclássico no centro de Manaus, não sabia que aquele encontro seria para mim uma grande descoberta: viagem inicial em torno de um texto cuja leitura me parece até hoje enigmática. Para comentar esse encontro com Delatour, devo dar uma volta pela minha infância em Manaus, e recordar a voz de Yasmine, a matriarca da casa. Eu escutava Yasmine cantar e rezar, não em árabe, sua língua materna, mas em francês, sua língua adotada. De vez em quando a voz de Yasmine era abafada por uma outra mais grave, mais incisiva, a do almuadem: voz do muçulmano da família que falava mais alto, como se quisesse neutralizar a presença do colonizador francês em plena Amazônia. Mas a voz de Yasmine, o som mais que o sentido, parecia-me mais convincente: nas noites de insônia da infância ela latejava na minha memória, e eu repetia mentalmente uma palavra ou um pedaço de frase, como um infante que, encantado com uma reza ou um canto, se entrega a uma aprendizagem litúrgica, a um culto privado de que só nós dois participávamos. Não era apenas a voz de Yasmine que contrariava o patriarca da casa: ela (Yasmine) cultivava amizades estranhas: estrangeiros do Ocidente que tinham uma expressão esnobe de cidadãos do mundo, gentes que viviam à margem da sociedade provinciana e frequentavam os salões de festa dos transatlânticos que atracavam no Manaos Harbour e bebiam e dançavam como se estivessem em algum hotel particular perto da ponte Alexandre III. Mas entre esses amigos esquisitos havia um ou dois que ela citava com frequência. Ontem conversei com o senhor Verne. Ele é muito imaginoso, tem o jeito de um dândi e já morou em Dakar, Caiena e Macau antes de aportar em Manaus, me dizia Yasmine. O senhor Verne falava vários idiomas e era um estudioso das línguas indígenas. Em Manaus, ele se empenhava na execução de um curioso trabalho filantrópico que consistia no que ele chamava de anti-catequese: insuflar (discretamente) 116


Reflexão sobre uma viagem sem fim

os índios contra os padres e patrões e promover a cultura indígena. Para tanto, ele fundou uma certa “Sociedade Montesquieu”, de duração efêmera, cuja finalidade era “educar para libertar”. Yasmine comentava também as proezas de Félix Delatour: Um bretão circunspecto, quase albino, e que sofre de uma enfermidade rara: o gigantismo. Não é fácil falar come ele, porque vive trocando numa sala e não recebe alma viva, informou Yasmine. Os conhecidos esnobes de Yasmine nunca me interessaram; na verdade, eram seres invisíveis, ou melhor, era possível encontrá-los nos clubes ingleses da cidade ou a bordo do Cyril e do Hildebrand. Mas esses dois, Delatour e o senhor Verne, me aguçaram a curiosidade. Numa manhã de chuva torrencial, uma dessas manhãs manauaras que parecem infindáveis, Yasmine me disse: Já que pretendes estudar francês, deves visitar o Monsieur Delatour amanhã mesmo, de tardinha. Depois, com um sorriso enigmático, completou: É o francês mais excêntrico do Amazonas. Anos mais tarde, descobri que a palavra excêntrico era a mais exata para evocá-lo. No primeiro contato ele foi lacônico. Aconteceu no entardecer de um dia de julho de 1959: O adolescente úmido e franzino dirige-se a uma pessoa idosa e diz com uma voz trêmula: Yasmine me disse que Monsieur Delatour leciona francês... Apenas pude ver um pedaço do seu rosto na porta entreaberta. Ele me olhou por um momento, depois uma voz rouca disse: Amanhã de manhã, antes das sete. Ao retornar na manhã do dia seguinte, notei que a porta estava aberta: pouca coisa pude observar na sala sombria do sobrado em que ele morava. Aquela sala era um espaço misterioso que ele sempre evitava frequentar. Desde o primeiro dia, e assim durante seis ou sete meses, só conheci o andar superior do sobrado: uma sala avarandada, de onde se podia contemplar um horizonte de águas escuras interrompido por uma paisagem de palafitas. Na sala havia apenas uma

mesa de madeira e duas cadeiras de vime. Quatro livros abertos e quatro lápis vermelhos estavam dispostos sobre a mesa. Um mapa-múndi fixado na parede era a única imagem de um espaço que hoje ressurge na minha memória como uma câmera de luz intensa. Nos dias e meses que se seguiram, Delatour falou sobre a língua francesa, e quando lhe fazia uma pergunta sobre um item gramatical ou um exercício da escola, ele fazia uma expressão de enfado e desviava a conversa. O que lhe interessava eram as viagens, as muitas viagens que fizera durante a vida. Ele deixara a Bretanha há muitos anos para morar no outro lado da Terra. Como alguém que tem sede de espaço ou um botânico que passa a vida na floresta pesquisando pólens e tecidos vegetais, pensei. Um dia perguntei se ele conhecia o dialeto bretão ou uma das línguas indígenas do Amazonas. Vi o seu rosto branco e um pouco rechonchudo ruborizar (um rosto sem rugas, com uma barba rala e esbranquiçada, e os olhos azulados que ao fitar uma pessoa durante uma conversa pareciam expressar uma dúvida ou indagação), e subitamente ele se levantou, foi até a varanda, e, de costas para o rio, disse: Yasmine me confundiu com Armand Verne. Ele, sim, é um linguista aplicado e tutor dos nativos. Verne pensa que pode promover a cultura indígena elaborando cartilhas bilíngues. Monsieur Verne comete um equívoco: não se pode dominar totalmente um idioma estrangeiro porque não podemos ser totalmente Outro. Um pequeno deslize no acento ou na entonação já assinala uma distância entre os dois idiomas, e essa distância é fundamental para mantermos o mistério da língua nativa, prosseguiu Delatour, sem esconder na fala um forte sotaque que reiterava a sua afirmação. Minha timidez não me impediu de lhe fazer outras perguntas. Porque tinha vindo ao Amazonas? Por que morar em Manaus, essa cidade ilhada e talvez perdida? Ele olhou para o mapa-múndi, apontou para uma região da França: Ali reside uma infância, disse.

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Reflexão sobre uma viagem sem fim

Ali, onde? Perguntei. No Finistere, num vilarejo ilhado e talvez perdido. Alguém, um viajante que andou pela Amazônia, me deu de presente o mapa desta região. E os mapas, como tu sabes, fascinam as crianças, são desenhos misteriosos que as convidam a fazer viagens imaginárias. Os périplos da minha infância, irreais como os sonhos, começaram nos limites do quarto fechado, á espera do sono, não longe do mar e das falésias abruptas da Bretanha. Por um certo tempo não tocamos nesse assunto. Ás vezes, nada falávamos: na sala branca, iluminada pelo sol da manhã, escutávamos o ruído dos bancos, monótono, insuportável. Enquanto eu pensava em alguma pergunta ou dúvida, ele lia um livro e fazia anotações com um lápis vermelho. Nem o rumor de um motor nem o calor matinal o incomodavam. Tinha diante de mim um leitor que parecia dialogar com o texto, ou seja, um verdadeiro leitor, e isso, para mim, era uma novidade, uma descoberta. Numa dessas manhãs em que não conversávamos, alguém bateu á porta. Delatour desceu para ver quem era, e depois escutei a voz de uma mulher. Passei a folhear um dos livros abertos, mas antes tive o cuidado de memorizar a página que ele estava lendo. A voz da mulher no interior da casa me deixou curioso, e quando Delatour voltou à sala, eu fiz menção de partir. Não é uma visita convencional, disse ele. Conheces a índia Leonila? Ela passa por aqui uma vez ao mês. Pede para entrar, observa os livros da biblioteca, cochila um pouco na rede do meu quarto e vai embora sem me avisar. Ela anda descalça, veste sempre a mesma roupa, pode ser confundida com um mendigo qualquer. Mas é uma mulher que conhece a história de sua tribo. Certa vez, sem que eu lhe pedisse, ela começou a falar sobre isso: a história, a violência, os mitos... Verne também aprendeu muito com ela, mas Verne insiste em querer falar por ela. Alguma coisa havia entre Félix Delatour e Armand Verne, mas não quis abelhudar. Yasmine 118

nada me contou a esse respeito, apenas disse: Verne viaja no espaço, Delatour no tempo. Na amanhã da visita de Leonila, ele notou que eu estava folheando um livro, e então passou a ler em voz alta poemas de Verlaine. Depois pedia para que eu os recitasse sem imitar seu sotaque. Não consigo entender muita coisa – disse-lhe com um pouco de apreensão. Por enquanto, isso é o de menos – afirmou. – O que importa, agora, é encontrar uma outra voz de Verlaine ou apenas captar o ritmo e a melodia de cada verso. – Virou o rosto para a varanda. Disse: Numa primeira mirada a floresta é uma linha escura, não se consegue assimilar muita coisa. Mas no meio da escuridão há um mundo em movimento, milhões de seres expostos à luz e à sombra. Depois Delatour citou como exemplo o mapa da Amazônia que o fascinara na adolescência. Para ele, a floresta era um mundo quase inverossímil, e por isso mesmo fascinante. Ele chegou a construir uma floresta em miniatura, estriada por uma teia de rios, afluentes e braços de afluentes cujos nomes de origem indígena ele afirmava pronunciar como um bárbaro. A imaginação se nutre de coisas distantes no espaço e no tempo – afirmou, como se falasse para si mesmo. Ele fez esse comentário pouco tempo antes de eu partir de Manaus. Quando soube que eu pretendia viajar para o sul do Brasil, ele ficou entusiasmado e falou certas coisas que eu nunca esqueci. A viagem – disse Delatour –, além de tornar o ser humano mais silencioso, depura o seu olhar. A voz do verdadeiro viajante ecoa no rio silencioso do tempo. Ao ouvir essa sentença do meu professor, percebi que as grandes viagens que ele mencionara não se referiam a uma vida rastreada de aventuras, como a do viajante seduzido por um mistério intransponível, e sim da aventura do conhecimento, como alguém que viaja para aprender, e aprende para lembrar.


Reflexão sobre uma viagem sem fim

Uma semana antes do meu embarque para o Rio de Janeiro, ele me deu uma plaquete em cuja capa se lê Reflexion sur un Voyage sans Fin. Comecei a escrever essa coisa do Finisterre e terminei aqui em Manaus – disse Delatour. Lançou um olhar irônico para mim e acrescentou: Quase vinte anos para escrever isso, três páginas por ano, poucas frases por dia. Essa foi a minha grande viagem. Na manhã em que me entregou a plaquete, ele não conseguiu esconder uma expressão de desânimo, talvez fadiga. Duas semanas depois, nos despedimos no porto de Manaus, ainda de madrugada, na presença de Yasmine e de seu irmão Hakim. Perguntei a Yasmine se Armand Verne realmente existia ou se ele era uma invenção da “Sociedade Montesquieu”. Verne é visível ou é apenas uma brincadeira de Yasmine, perguntei. Yasmine sorriu para Delatour, e tio Hakim prometeu que um dia me contaria essa história. Posso te adiantar que ele é um viajante incansável, ou melhor, um andarilho que coleciona lendas e mitos do Amazonas, disse Hakim. Pouco depois, escutamos o som grave e breve de uma sirene, e observamos a bordo o vaivém dos estivadores e marinheiros. A quilha do Neptuno ainda era uma sombra mais impressionante do que as outras. As gruas do cais flutuante estavam iluminadas, e, na escuridão ainda espessa, pareciam soltas no espaço, como gigantescos tentáculos de luz. Luar não havia, nem vento. Talvez um leve sopro, úmido, vindo do fim da noite. Era uma noite de adeus. Com a voz grave, apontando para a plaquete, meu professor sentenciou: É o ritmo da frase que deve causar espanto. A bordo do Neptuno, e já perto do Recife, comecei a ler o escrito de Delatour. Naquela época me pareceu um texto estranho, mas o leitor de 1959, a bordo do Neptuno, não é o leitor de 1981. Hoje, depois de o reler tantas vezes, soa como um manifesto poético sobre a alteridade. Essa Viagem sem Fim evoca passagens da vida de um personagem que abandona um país europeu para morar numa região equatorial. Com o

passar do tempo, esse personagem assimila algo do Outro, e percebe, com certa apreensão, que o estigma de sua condição de estrangeiro já é menos visível: algo no seu gesto ou na sua voz se turvou, perdeu um pouco do relevo original. Nesse momento, as origens do estrangeiro sofrem um abalo. A viagem permite a convivência com o outro olhar. Viajar, pergunta o personagem de Delatour, não é expor-se ao ritual do canibalismo? Todo viajante, mesmo o bem-intencionado ou que se pretende neutro, corre o risco de julgar o Outro: consciente ou não, intencional ou superficial, este julgamento quase sempre deforma o rosto alheio, onde se projetam os horrores e as taras de quem observa. A viagem mais fecunda, diz o personagem, é a que desvela a face dissimulada e obscura do porto de origem: é essa paisagem familiar que abriga a nossa discórdia com o mundo. O prazer da viagem é efêmero porque permeado por um sentimento de perda: a sensação de liberdade na terra estranha é a revelação de algo que nos falta, algo que procuramos no porto do passado. Talvez por isso o personagem de Delatour viaja para descobrir a si mesmo. Esta descoberta, que é também busca e extravio, não exclui a imagem que o narrador-viajante constrói do Outro: imagem fugidia ou esfumada, mas de alguma forma presente na visão de quem navega em águas estranhas. O viajante, no convívio com o outro, passa a privilegiar o olhar, pois é no silêncio do olhar que tudo acontece: o desejo de possuir e ser possuído, a entrega e a rejeição, o temor de se perder o no Outro. O silêncio do olhar fabrica uma imagem que a memória, ao longo do tempo, pode evocar, perder, reinventar. De onde parte o personagem – viajante de Delatour? De Cancale, na Bretanha: “um porto tão estranho que ninguém ou quase ninguém é capaz de deixá-lo”. Em Cancale começa a travessia do Atlântico, uma travessia tempestuosa que termina num porto também estranho do hemisfério sul: um lugar sem nome, ilhado, habitado

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Reflexão sobre uma viagem sem fim

por pessoas que parecem resignadas ao confinamento e à clausura. Na passagem mais enigmática do texto de Delatour o narrador, ao evocar esse porto, acaba inventando uma linguagem. O ritmo da frase se altera bruscamente e a voz do personagem tornase uma confusão de neologismos e injúrias que beiram a bestialidade: a voz do narrador-viajante lembra a de um louco vociferando em várias línguas*.São apenas doze linhas que destoam desse manifesto poético, como uma breve festa de sons: um ruído no meio de uma noite serena. Por causa desse trecho, renunciei à tradução dessa Viagem sem Fim. Quase vinte anos passaram entre o primeiro encontro do Delatour e o meu regresso a Manaus. Eu o procurei por toda a cidade, em vão. Yasmine, com uma voz fraca que parece um sopro, me diz que em janeiro de 1978 ele enveredou rio acima, até alcançar o Cassiquiare, que liga a bacia do Orenoco à do Amazonas. Nenhuma pista sobre seu destino obtive no consulado da França em Manaus. O sobrado em que ele morava, numa das alamedas que desembocam no rio Negro, encontra-se abandonado. Creio que em poucos meses será um sobrado em ruínas: raízes de apuizeiro destroem a estátua de uma Diana e ameaçam uma parede que um dia já foi branca. Na parte térrea, crianças imundas e miseráveis

cheiram cola, e com pedaços de carvão traçam garatujas na mureta que contorna o pátio. Um cheiro de podridão e excremento exala do interior da casa. No verde desbotado da fachada leio uma frase curiosa, escrita a cal: A natureza ri da cultura. Agora já amanhece: posso ver crianças amontoadas, dormindo no piso do pátio, solidárias e tristes no chão úmido da casa abandonada. Ao divisar a varanda que dá para o leste, posso também imaginar Delatour contemplando o horizonte aquático no amanhecer neblinoso, como alguém que se deixa levar pela lenta correnteza de um rio. Ali, o tempo flui como a imagem de um sonho: flui no pouco da noite que resta e no instante de luz que anuncia a manhã. Antes de me afastar do sobrado, percebo que uma das crianças que rabiscava na mureta do pátio me olha com apreensão. Calada, imóvel, com o pedaço de carvão na mão direita, ela parece surgir desse crepúsculo da madrugada. De soslaio, a criança me olha ou finge olhar para mim. Este olhar me paralisa e causa espanto. E, à semelhança do texto de Delatour, parece afirmar algo assim: somos alguma coisa essencialmente misteriosa, como aquele mapa que nos fascinou na infância.

(*) Nessa passagem do texto de Delatour, a linguista Odile Lescure, pesquisadora da ORSTOM, encontrou referências dialetais usadas por índios e caboclos do Amazonas. Na verdade, são “transcriações” de palavras e expressões das línguas nheengatu e baniwa faladas nos rios Negro e Içana.

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Sérgio Sant’Anna

EL VUELO DE MADRUGADA

Si hay algo digno de mención de todo lo que me ocurrió en mi vida, dura e insípida, fue estar entre los pasajeros de aquel vuelo extra, de Boa Vista a São Paulo. Antes de nada, debo explicar las circunstancias, quizá fortuitas -pero que luego me parecieron que formaban parte de una cadena de hechos necesariamente relacionados entre sí-, que me llevaron a estar entre sus pocos pasajeros, pues mi billete era para las nueve de la mañana del día siguiente. Estaba en la habitación del hotel, y, a pesar de haberme tomado dos pastillas de las muestras que llevaba conmigo, no conseguía dormir, debido al ruido infernal que venía de la discoteca de enfrente, y que atravesaba la ventana y la cortina cerradas, mezclándose con las vibraciones del viejo y polvoriento aparato de aire acondicionado. Las canciones, en cintas que se sucedían sin interrupción, eran de esas que se grababan especialmente para bailar en las discotecas malas, las mismas que se escuchaban en las peores emisoras de radio de cualquier lugar, y apenas se distinguían unas de otras. No es que yo tenga gustos musicales muy refinados –pues sería capaz de soportar algo que al menos tuviera melodía. Además de la pseudomúsica, había voces que parecían discutir, risas de una alegría desesperada, gritos que llegaban sordos, el ruido de coches y motos y, en un momento dado, la sirena de una ambulancia o de un coche de policía. Puedo imaginar, en mis devaneos nocturnos, escenas de un sufrimiento que, en general, prefiero no materializarlas en el papel –aunque posea ese misterios don que raramente utilizo-, pues me basta con sufrirlas. Pero adelanto que soy capaz de conjeturar las peores cosas, como si alguien estuviera a punto de ser acuchillado ahí, del otro lado de la calle, y, por alguna de esas compulsiones de la mente, o por lo menos de mi mente, yo me inmiscuyera en esa pelea, ya fuera como agresor, o como víctima. Como la imaginación puede aterrorizar más que la realidad al insomne, me levanté exasperado y abrí la cortina. Estaba en el pri121


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mer piso y unas luces de colores irritantes, de los letreros luminosos de aquel establecimiento –con el nombre ridículo de Dancing Nights-, entraban indirectamente en mi habitación, del Hotel Viajante, dando un contorno lúgubre a los muebles y realzando mi soledad absoluta. Lo que veía, abajo, en la puerta del Dancign, no era muy diferente de lo que se podía esperar en aquel lugar, en el fin del mundo: pueblerinos borrachos y descuidados, aunque supuestamente con dinero, que iban y venía, acompañados, en taxi, o en sus motos y coches, habiendo chirrear los neumáticos, mientras una patrulla de policía aparcaba a una distancia prudente, como si siempre hubiera ahí una expectativa de intervenir, pero según el código propio y corrupto de aquella zona de tráfico de drogas, contrabando y prostitución. Y mujeres, entrando y saliendo del establecimiento, o permaneciendo en las inmediaciones, meciéndose al ritmo que venía de dentro, o apoyadas en poster y automóviles. Mujeres que aparentaban ser mucho más jóvenes que las que se ven habitualmente en ese tipo de locales, con faldas cortísimas, blusas minúsculas y botines, cortes de pelo que iban desde lo más raro hasta las trenzas, todo conforme debía de copiar equivocadamente de las revistas y de la televisión. Muy pintarrajeadas y con poses seductoras bajo las luces rojas, violetas, amarillas, del letreo y de las bolas luminosas que se encendían y pagaban a la puerta de ese puticlub, y que concedían a las pieles de sus rostros y cuerpos un misterio teatral, una indefinición y, por qué no decirlo, una cierta poesía. Sé, por experiencia, que cuando nos acercamos a las prostitutas, y sobre todo cuando se desnudan, van perdiendo el encanto y el vicio, y acaban mostrando las marcas de la vida. Pero el hecho en sí de pagar y la posibilidad de estar con una completa desconocida pueden ejercer sobre algunos hombres una fascinación que a veces no consigo dominar. Pues, aunque enseguida me desengañe, en el exacto momento en que empiezan los gestos para desnudarse –con la gracia propia de todas las mujeres-, nace en mí una es122

peranza renovada, una excitación y expectativa que no se explican sólo por el deseo físico, sino también por un anhelo mucho mayor. Me vestí rápidamente y bajé hasta el vestíbulo. Como no era tan incauto como para dejarme llevar por una desconocida a cualquier habitación en un lugar como ese, pregunté al portero nocturno si estaba permitido entrar acompañado en el hotel, a lo que me contestó tan sólo con un roce casi imperceptible del dedo pulgar y el dedo índice de la mano derecha, lo que, sin duda, significaba que “sí”, siempre que llevara su parte. Le di un billete de diez, que se metió en el bolsillo sin hacer ningún comentario, y salí. Antes de que pudiera cruzar la calle para ir al Dancing Nights, escuché una llamada, casi un susurro, de una voz infantil: “Ven aquí”. Miré a mi izquierda y vi que en una zona sombría, a la entrada de un callejón –por eso estaba fuera de mi campo de visión la ventana-, había una chica, que habló de nuevo: “¡Aquí, estoy aquí!”. Cuando me acerqué a ella, verifiqué, perplejo, que dentro de un vestido rojo, de tirante y descotado, con una raja lateral en una de las piernas, parecía haber una niña, a pesar los labios pintados y la pose estudiada de mujer de la vida. Sí, una niña a quien hubieran permitido vestirse de mujer para una fiesta de cumpleaños. Me quedé parado, confuso y mudo, delante de ella, cuando la escuché decir: -¿Quieres venir conmigo? Son ochenta reales. Entonces surgió un hombre con andar insinuante de la penumbra del callejón y llegó rápidamente hasta nosotros. Bajó los tirantes del vestido de la niña y dijo, con una sonrisa al mismo tiempo servicial y desdeñosa: -Mire, todavía no tiene tetas. De hecho, ahí donde su piel era más blanca había poco más de pezones duros. Instintivamente, miré hacia el coche de policía. Ninguno de los dos policías de dentro mostraba el mayor interés por la negociación. Tengo que hablar un poco de aquel hombre. Al contrario de los tipos achaparrados y morenos de la región, era más blanco y alto, delgado, perfectamente afeitado. Llevaba pantalones


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blancos y una camisa azul, de seda, que debía de haberle costado cara, aunque no dejaba de ser de mal gusto. Los dos botones superiores abiertos permitían ver una cadena dorada, posiblemente de oro. Cuando sonrió, mostró unos dientes bien cuidados. Sentí que lo detestaba desde siempre, que poseía todo lo peor de la especie humana, particularmente en el sexo masculino, y que verlo muerto, o incluso matarlo, sería un placer. Quizá pueda añadir todavía más: que si el demonio efectivamente pudiese encarnarse en un ser humano, en una ciudad perdida en los confines más atrasados, escogería a un tipo meloso como aquel, a quien la niña contemplaba embelesada. Sin embargo, me escuchó decir sólo: - ¿Cómo puedo saber si ya es mujer, si casi no tiene tetas? - Enséñaselo – ordenó el hombre a la niña, pasando el brazo sobre sus hombros. Riendo, como si fuera una broma ensayada, abrió más el vestido, donde había un corte en la falda. Antes de girar la cabeza, no pude dejar de contemplarla, hipnotizado por mi propio espanto, pues la niña casi sin pelos, debía de ser impúber. ¿Debe un hombre ser valorado, incluso por sí mismo, sólo por sus actos, y no por sus pensamientos? Objetivamente, sí, sin duda, porque los pensamientos, además de escapar a cualquier control, no producen consecuencias. Y enseguida ya les daba la espalda para dar rápidamente los pasos que me separaban del hotel, pero no tan deprisa como para no oír las risas de aquel nombre y sus palabras: - Si cambia de idea, aquí estará. El portero me miró con curiosidad, pues volvía solo y ciertamente uvido, pero no me preguntó nada, sin duda por temor de perder el dinero que le había dado. Intuí que tenía un acuerdo con aquel macarra, u seguramente también con los policías. Subí a la habitación, me senté sobre la cama y entonces, sí pude comprender la verdadera expresión de mi espanto y fascinación, que me impulsaban a querer salir inmediatamente de

aquel lugar maldito. Pues, si no lo hacía, estaría luchando todo el tiempo contra el deseo de volver a la calle, traer a la niña, aunque fuera para verla dormir, inerte y delicada como muñeca, cubierta y protegida. ¿Pero quién podía asegurar que no desnuda, y quién sabe en mis brazos? Tomé el listín telefónico y llamé al aeropuerto, tan sólo para saber si estaba abierto y si podía pasar ahí el resto de la noche. Pregunté, también, sin ninguna esperanza, si había algún vuelo para São Paulo a esa hora. Contrariando todas mis expectativas, me informaron que había uno, sí, dentro de una hora y cuarenta minutos, y de la misma compañía de la que mi empresa había comprado el billete. -¿Puedo subir a ese avión con mi billete, aunque sea para mañana por la mañana? –pregunté. -Un momento –dijo mi interlocutor, y, durante un instante, sin entender sus palabras, lo escuché hablar con algún otro empleado de la compañía. Después volvió a hablar conmigo: -Es un vuelo especial, pero sí tiene mucha prosa, puede ir en ese avión. Al tomar un taxi, en la puerta del hotel, no pude evitar mirar hacia la esquina del callejón. No había nadie allí, y me poseyó una rabia intensa, que, ahora que escribo estas líneas se imponen a mí, puedo discriminar como una mezcla de indignación y resentimiento, La primera, porque imaginaba a alguno de los hombres brutos de aquella tierra, o quizá a aquel protector demoniaco, profanando el cuerpo de la niña; la segunda, porque sentía como si me la estuvieran robando. Es así mismo, que nadie se sorprenda, pues los sentimientos humanos siempre están divididos como mínimo en dos, y, si hay hombres dignos, son sólo seres que consiguen vedar sus compartimentos secretos. Y con cierto alivio, dejé atrás el Hotel Viajante, el Dancing Nights, con su música infame, el callejón, como si dejara allí una parte nefasta de mí mismo, para seguir por una carretera llena de baches hasta el aeropuerto, si es que aquello merecía ese nombre. No pasaba de un gran hangar y 123


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una pista de aterrizaje. A través de una cerca pude ver un avión enorme, que, en aquel lugar, parecía haber llegado de otro mundo. Al entrar al zaguán, noté que algunas personas –pasajeros, sin duda- estaban sentados en los bancos de espera. Había gente vestida de negro, con los ojos enrojecidos por algo más que sueño, y vi que algunos lloraban abiertamente. Todo aquello pareció muy extraño; pero, aun así, tampoco me impresionó demasiado y me dirigí al mostrado de la compañía aérea con la maleta en la mano. -¿Es usted uno de los parientes? –me preguntó el empleado. -¿Parientes? –respondí con espanto. -Sí, de los muertos. -¿Muertos? –respondí con mayor espanto. -Del avión que cayó hace cuatro días en la selva. ¿No le han avisado que este vuelo es especial? Está llevando los restos mortales de los pasajeros que vivían en São Paulo. Los parientes que han venido hasta para acompañarlos no tienen que pagar. La compañía se hace cargo de todo. Recordé haber leído en el periódico algo sobre el accidente en aquella región, pero son darle mucha importancia, pues no tenía ninguna relación con eso a no ser el hecho de que dos días después viajaría a aquella parte del país. -No, no soy uno de los parientes –dije, mostrando mi billete-. Me han dicho, por teléfono, que podía embarcar. -Sí, hay lugar de sobra –dijo, observando mis reacciones-. Y tiene la ventaja de que es un vuelo directo. No tiene que preocuparse, los féretros van en el compartimento de carga y lo que restó de los cuerpos fue embalsamado en la morque. No me preocupaba; de una manera o de otra, lo único que quería era salir de aquella ciudad calurosa y opresiva. Tomé mi tarjeta de embarque, tenía sueño y hambre, y miré alrededor buscando algo parecido a un bar abierto. No había, pero a mi lado se encontraba una mujer negra, muy vieja, con una cafetera en el hombro. 124

Se apoyaba en una muleta, y tenía la pierna izquierda amputada hasta bastante por encima de la rodilla. Le pedí un café y, mientras bebía aquel líquido fresco y sabroso, ella me miraba con los ojos abiertos de par en par. Debía haber escuchado la conversación del empleado de la compañía. -¿No le da miedo viajar con ellos? –preguntó, con voz débil, de anciana. Me fijé en que no tenía ningún diente en la boca. Sonreí, por primera vez en aquella noche. Daba la sensación de que la propia vida de aquella mujer, en su decrepitud, dependía de un hilo. -¿Con los muertos? –pregunté-. ¿Qué pueden hacer? Ni siquiera pueden morir de nuevo. Por eso, ese avión es de los más seguros que hay. -Nadie sabe qué viaja con ellos, hijo mío –susurró-. ¿Si yo todavía siento la pierna como si la tuviera…? –la vieja apuntó hacia su mutilación. Y para nuevo espanto en aquella noche, se santiguó, a media distancia entre su cara y la mía. De alguna manera aquello me afectó, le pagué más del precio del café y apoyé levemente la mano en su hombro, como gesto afectuoso de despedida. Me gustaba estar volando, porque, en tránsito, no me sentía propiamente en ningún lugar. Y si pudiera, no llegaría nunca, pues mi destino, tanto en la ida como en la vuelta, siempre me parecía penoso, casi intolerable. Antes dije que mi vida era dura e insípida, ahora lo explico. Como auditor de un laboratorio farmacéutico, debía visitar las sucursales de la empresa en varias ciudades, verificar el volumen de ventas y la contabilidad, comer con los fastidiosos y aduladores gerentes, echar la bronca a algunos y felicitar a otros, sin ningún entusiasmo. Y, de noche, aquellos hoteles, que podía permitirme por las modestas dietas que pagaba la empresa. En fin, todos los inconvenientes de llevar una vida errante y burocrática. Sin embargo, volver a São Paulo no era un consuelo, pues significaba volver a una vida monótona y, peor que eso, a la ciudad en que un día fui traicionado y abandonado por una mujer de quien no quiero hablar más de lo que ya


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he dicho. De todos modos, eso explica por qué acepté ese puesto de auditor. Pero aquel vuelo me estaba saliendo mejor que cualquier otro. Como los parientes de los muertos, que no eran muchos, habían reservado primera y ejecutiva, teníamos el resto del avión para mí y cuatro o cinco pasajeros. Y pude sentarme, solo y lejos de todos, en la ventana, en uno de los asientos del final, entregándome, sin que nadie me molestara, a mis pensamientos. Además, era de noche y podía contemplar los astros que me molestara la luz del sol y gracias a la oscuridad sin tierra a la vista que me recordara todos sus sinsabores. Me complacía que el avión fuera unos diminutos puntos luminosos y parpadeantes en el espacio y me llegaba a dividir en dos, para, imaginar, como su fuera un niño, que lo contemplaba desde el suelo, viéndome en su interior. Y también como adulto ya de mediana edad, me gustaba imaginarme suspendido sobre el planeta, un punto móvil en el propio sistema que podía presentir moviéndose velozmente, todo el sistema, para ser tragado, en alguna era, por el caos y el infinito intemporales. La idea de perderme en ellos, que aterroriza a algunos, para mí era embriagadora, y, aquella noche, la compañía furtiva de los muertos en el compartimiento de carga y su paz inexpugnable estimulaban esos pensamientos. Y, ya que me puse a escribir –quizá una de las mayores maldiciones entre todas, porque con las palabras nunca se alcanza verdaderamente la fusión que tanto deseamos-, me permitiré avanzar un poco más para decir que sí, muchas veces ya había pensado en buscar la muerte. Aunque una parte de mí, creo que más allá del mero instinto de supervivencia, prefería que se extinguieran por sí mismos. Y debo reconocer que, aunque sólo fuera por lo que sentí en ese vuelo, valió la pena contenerme, esperar; porque la escritura, al final, me sale más poética y menos contaminada por el terror y por la violencia que me hacen evitarle habitualmente. Volviendo al vuelo, me dispuse a interrumpir las reflexiones que tanto me absorbían para aceptar de la azafata la ban-

deja con la cena, pues tenía bastante hambre. La comida estaba deliciosa; había un buen filete, patatas asadas y verdura, quizá como una deferencia a los pasajeros invitados, los parientes de las víctimas, idea que me hizo sonreír, al pensar, sin ninguna pretensión filosófica, que la vida no pasaba de eso: carne devorando carne, o, con ayuda de los gusanos, carne comiéndose. Y que, a pesar de todos los productos químicos que les hubieran aplicado en la morque de Boa Vista, ya se había iniciado un proceso de descomposición en nuestros compañeros de viaje del compartimiento de carga, probablemente interrumpido por la baja temperatura de la altitud, pero que pronto retomaría su curso. Saboreamos un vino de razonable calidad y, quizá inspirado por sus efluvios, aquel proceso de deterioro de los cuerpos me venía al pensamiento como una forma refinada de creación, pues acabaría eliminando, a su término, todas las repugnancias del cuerpo, sus olores, sus excrementos y ansias sexuales, sus dolores físicos y aquellos otros que provienen de un punto imponderable que a veces llamamos mente, a veces espíritu, u que parece no abrigarse en materia alguna, no estar preso en anda, aunque sepamos, en principio, que no es así. Pero sí sabemos eso, es por la propia razón, y sí ésta falla… Bien, recuerden los lectores, si los tengo algún día, que ya les advertí, desde el principio, que tengo fiebre y agitación en mis pensamientos, por eso, generalmente, prefiero mantenerlos en secreto, cosa que, esta vez, incitado por lo que sigue, no haré. Era uno de esos momentos, en los vuelos de cierta duración, en que no ocurre nada, las bandejas del servicio de a bordo ya habían sido recogidas y los comisarios de vuelo se permitían descansar. Se acercaba el momento culminante de la madrugada, se presentía de algún modo la aurora, pero aún no había indicios de luz, como si el tiempo se hubiera parado. Entonces la vi, como surgida de la nada; pero, probablemente – pensé- del área reservada 125


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a los pasajeros de business, y que quedaba protegida por una cortina. Caminaba por el pasillo, hacia donde yo me encontraba. Supuse que iba al baño, o a la pequeña cocina del final del avión, pero, para mi sorpresa, y a pesar de las decenas de asientos vacíos, se sentó a mi lado, sin no siquiera pedirme permiso o dar explicaciones. Era visiblemente joven, aunque su vestido negro, sobriamente elegante, dificultaba un cálculo preciso de su edad. Y cuando apoyó la cabeza sobre mi pecho, con total naturalidad, no pude evitar acariciarle la cabeza, con la ternura que se tiene por una niña. Pero su vestido oscuro, la falta de maquillaje en el rostro y de carmín en los labios, los modales recatados, a pesar de su aparente audacia, en nada recordaban a la chica del callejón que había dejado atrás, muy lejos, y que ahora me venía a la cabeza como si se tratara de un espejismo. -¿Eres una de las parientes? -pregunté con cuidado, suponiendo que pudiera ser una huérfana del desastre, quien sabe si buscando consuelo y apoyo del hombre circunspecto y paternal que yo debía de parecerle. -No, ya estoy entre ellos –dijo, volviendo la cabeza hacia mí, con una leve sonrisa en la que intenté descifrar, sin conseguirlo, alguna señal de burla. - ¿Entre quiénes? –pregunté, recordando a la vieja del aeropuerto y admitiendo también lo inimaginable, lo que la razón negaba y me aceleraba el corazón, pero sin ningún terror. Al contrario, me sentía empujado a penetrar más en aquel oscuro territorio que, singularmente, me resultaba algo familiar. En él, me sentía bien. Me respondió abrazándome con fuerza, besándome furtivamente en los labios, con una voluptuosidad algo torturada y contenida, y después hundió su rostro en mi hombro, como si quisiera, con todos esos gestos, agarrarse, a través de mí, a alguna otra cosa, como la vida misma. Si no, ¿cómo explicar que una chica tan bonita –sí, porque en aquel momento su sensualidad irrumpía con fuerza- se sintiera atraída por un hombre como 126

yo, anticuado, lleno de arrugas, con unos ojos sin brillo que moraban hacia dentro, con ostensiva melancolía? Durante un instante, pensé que quizá fuera una aventurera o una profesional que buscaba relacionarse con hombres que imaginaba pudientes porque viajaban en avión. Idea estúpida, pues mi apariencia y mis ropas no mostraban nada de eso. Mi desconfianza se disipó por completo en el momento en que me di cuenta de que la amaba, nunca había amado tanto a nadie. No importaba que nunca la hubiera visto antes, pues aquel sentimiento me venía como algo que sólo podía brotar entre totales desconocidos. Entre extraños que, en silencio, descubren la parte más oculta del otro, que, sin embargo, se mantiene con los destellos de un diamante enterrado. De este modo, yo entendía que ella también pudiera amarme, porque atravesaba mi apariencia para ver aquel que podría ser, que deseaba ser, o que verdaderamente era. En este punto quizá deba puntualizar que nunca tuve, al menos externamente ninguna cualidad destacable. En aquel momento, sobresalía en ella la mujer madura, con su cuerpo y su belleza floreciendo, con su personalidad, por decirlo así, completa. Quizá por eso, yo, al contrario que ella, al apoyar la cabeza sobre su pecho para que también me acariciara, era como si retrocediera muchos años. Desabroché dos botones de su vestido y toqué levemente sus senos, cubiertos por su cabello largo, negro y liso, que había dejado de caer hacia adelante –como para ocultarlos- mientras ponía una mano dentro de mi camisa para acariciarme, aplacando no sé cuántas carencias que me oprimían y me hacían ser como había sido hasta ese instante. Por miedo a que nuestro contacto se deshiciera, a ofenderla con la obscenidad y el escándalo, no intenté más de lo que ya había entre nosotros, pues me parecía, claramente, que no debía pasar ese límite. Y así permanecimos, no sé durante cuánto tiempo, ya que en algún momento me quedé dormido en ese abrazo perfecto. * Cuando la azafata me despertó, pidiéndome que me pusiera el cinturón de seguridad y


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colocara de nuevo el asiento en posición vertical, el avión ya iniciaba el aterrizaje en São Paulo. Estaba solo de nuevo y me invadió, simultáneamente, un sentimiento de gran pérdida y de gran felicidad. Cuando regresaba en el tiempo a aquellos momentos que fueron los más felices y plenos de mi vida, el simple recuerdo de que habían ocurrido me llenaba de alegría y de expectación, pues, a la salida del avión o en el aeropuerto, quizá volviera a ver a mi compañera de viaje, que, probablemente, habría vuelto a ocupar su asiento entre los parientes de los difuntos. Con la claridad del día reforzando la realidad, no conseguía imaginar otra hipótesis. Por eso, el aterrizaje en esa ciudad que siempre había sido inhóspita para mí no fue tan penoso esta vez. Pero al bajar a la pista, me di cuenta de que entre aquellos pasajeros tristes que se dirigían a la puerta del desembarque en una zona especial del aeropuerto, no había nadie que me pareciera, ni de lejos, a mi amada nocturna. Vean que no he podido utilizar la palabra amante. Incluso pregunté al empleado de la compañía aérea que esperaba en la puerta si todavía tenía que bajar alguien más, a lo que respondió: “No, nadie”. Lo mismo ocurrió en una sala aislada para aquel desembarque, transformaba en una especie de velatorio, donde, exponiéndome a las escenas dolorosas del reencuentro entre los parientes que esperaban los cuerpos y los que acompañaban en el vuelo, intenté verla inútilmente. * Si alguien consigue leerme, un día, imaginaría la desolación que estaba sintiendo al dirigirme al taxi que me devolvería la aridez de mi vida cotidiana en São Paulo. Pero una parte de mí me consolaba y me advertí: “Es mejor así, pues si nos volviéramos a encontrar, yo y ella –la mujer, la joven, la chiquilla-, quizá se perdería todo. Pues no veo cómo podríamos mantener una relación aquí abajo: cómo ella conseguiría compartir su vida con un hombre como yo. Tal y como ocurrieron las cosas, al menos podré mantenerla en mi memoria.”

En este momento, el posible lector se estará preguntando y preguntándome: “¿Pero quién era ella: la inconcebible? ¿Una de las muertas del accidente que subió de la improvisada morgue del avión y vino a sentarse conmigo? ¿No dijo que ya estaba entre ‘ellos’?” No sé si ya dejé claro en este relato que, aunque tenga tendencia a algunos devaneos, miedos nocturnos y fantasías, no soy hombre de supersticiones ni misticismos. Como mucho, tengo las dudas de los agnósticos. Y, al contemplar la noche y los astros más lejanos, me atraían o me atraen la grandeza y los abismos de la astronomía y no los misticismos astrológicos, lo sobrenatural o el esoterismo. Pero no niego que, para verificar todas las posibilidades –y, eso después de otra experiencia que todavía me esperaba en esta historia-, fui a algunas redacciones de periódicos para consultar, en las noticias sobre aquel accidente aéreo, los datos, los fallecidos y, principalmente, las fotografías de las muertas que residían en São Paulo y que habían viajado en ese vuelo. Comprobé, incluso, las de otros Estados, pues se podían haber equivocado a la hora de embarcar los cadáveres. No había, en ambos casos, ninguna que se pareciera mínimamente a mi compañera de viaje, en cualquiera de las caras con que estuvo conmigo. Y si me permiten bromear un poco, aunque oportunamente, si estuviera muerta, no sería como consecuencia de aquel accidente. Confieso que eso me alegró, porque no me gustaría imaginármela despedazada antes de que el proceso de purificación se completara en su cuerpo. Pero, ¿qué puedo decir, entonces, a los más desconfiados, entre los cuales creo incluirme? ¿Qué tan sólo fue un sueño? Seguro que los que son dados a interpretar los sueños según los cánones señalarán que aquella joven mujer sólo fue a la manifestación de mi abandono, de mis deseos reprimidos en el Hotel Viajante y su pecaminosa periferia. Además, la peculiaridad de aquel vuelo, la proximidad de los cadáveres, seguramente se acabó insinuando en el sueño, quizá con alguna contribución de la vieja negra del aeropuerto. 127


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Es posible, pero por todo lo que ya experimenté en sueños, con respecto a la discontinuidad en el tiempo y en el espacio, las figuras, los escenarios y personajes intercambiables, lo que había vivido se parecía a un sueño sólo en la volubilidad de la apariencia con que mi compañera de viaje –de muchacha a mujer madura- se había presentado en sus sentidos. Despiertos o medio despiertos, quiero pensar. En realidad a la mañana siguiente ella parecía menos un sueño que la chicha del callejón. Y todo lo que me ocurrió tuvo la continuidad y materialidad de lo real, las sensaciones físicas que sentimos, como el beso que, aquí en estas líneas, estará para siempre grabado en mis labios, o el contacto con aquel cuerpo adorable. Y, mucho más que eso, las emociones vivas que sentí en aquel abrazo, su completitud y calor, que eran la antítesis de la muerte como la conocemos, por ejemplo, al tocar un cadáver. Ah, las palabras, tan insuficientes para describir las emociones más valiosas. Los que lean este relato, si recuerdan el éxtasis vivido con alguien –los que hayan tenido ese privilegio-, seguramente me comprenderán. Debo recordarles que sólo me dormí después de nuestra aproximación más íntima, sin pasar de los límites de la delicadeza y del decoro impuestos por todas las circunstancias. Entonces sí, abrazado por el sueño, abrazado por ella, mi querida viajera. ¿Estaríamos entonces ante un caso inexplicable en el que se sueña antes de quedarse dormido, al menos completamente? Una alucinación, diría los escépticos, teniendo en cuenta, además, que había mezclado las pastillas que me tomé en el hotel con el vino que me sirvieron a bordo. Sí, una alucinación rodo es posible, quizás en aquel estado inmediato entre la vigilia y el sueño. Pero, en mi caso, si así fue, tuvo una duración fuera de la experiencia más fuerte de todas las que he tenido en mi vida: un acontecimiento también exterior a mí mismo y, como ya dije, algo físico. Un fantasma –y de carne y hueso-, dirían algunos, riendo con escarnio, y, ante lo que viví 128

después, también yo reiré con ellos, aunque por motivos muy diferentes. Al subir al viejo y lento ascensor de mi edificio, en un barrio de baja clase media, el cansancio era superior a cualquier cosa, sólo deseaba dormir de verdad en mi cama. Como había llegado mucho más temprano de lo previsto, podría dormir algunas horas antes de comparecer en la sede de la empresa en que trabajaba, para prestar cuentas del viaje –en sus aspectos funcionales, evidentemente- y quizás empezar la redacción del informe correspondiente. Mi apartamento, de dos habitaciones y un comedor unidos por un pasillo, da al patio de luces de otros edificios apretujados, como sardinas en lata. Cuando me voy de viaje, dejo las ventanas y las cortinas cerradas, lo que hace que el ambiente sea todavía más sombrío de lo que ya es habitualmente. Y, al entrar, fue como si la noche volviera. Puede que fuera la oscuridad, o la nostalgia, lo que me hizo sentir otra presencia en aquel espacio: alguien allí conmigo, o, ¿quién sabe si sería mejor decir, en mí? Y, por lo que ya he narrado en estas páginas, no es extraño que alimentara, si no a la esperanza, al menos el deseo de reencontrar a mi compañera de viaje, de estar de nuevo con la aparición del vuelo. Como no veía nada aparte de los muebles y los objetos con sus contornos que me eran tan familiares, seguí por el pasillo, con el corazón acelerado de expectación, de puntillas, como si sólo así pudiera sorprender a aquella presencia que adivinaba tan cierta y huidiza. Al llegar a la puerta de mi habitación, la visión con que me topé en su interior, inmerso en la penumbra, sobrepasaba con creces lo que incluso una mente perturbada podría concebir, llenándome de asombro y, al principio, de un pavor que me colocaba al límite tenue entre la locura y la muerte. Sentado en mi cama, morándome con plácida sonrisa, en la que creí detectar algo de ironía, había un hombre –si puedo nombrar lo así- que, debido a lo inadmisible de la situación y a los trazos indefinidos, tardé en identificar como


El vuelo de madrugada

yo mismo. Como si fuera posible dividirme en dos: el que había viajado y el que se había quedado esperando tranquilamente en casa, o, quizás, en un espacio fuera del tiempo. Tardó en desaparecer los mismos instantes que tardé en reconocerlo, dejándome para siempre la duda de si se había creado mi tremendo cansancio y mi histeria, después de todo lo vivido en las últimas horas. Pero ese mínimo tiempo fue suficiente para que yo, siendo también el que estaba sentado en la cama, pudiera ver dos caras de mí mismo. En una de ellas, en la puerta, estaban las marcas de un cansancio mortal, de la melancolía y soledad exasperantes, como las vividas en el Hotel Viajante. Sin embargo, en la otra cara, me vi como he habría visto y sentido mi compañera de vuelo, atravesando mi máscara crispada para poder amarme como yo la amaba: como aquel que yo podría ser, o, quien sabe, como aquel que realmente era, vencidas las barreras más profundas. En mi cuarto mantengo una mesa, con su silla, en la que a veces me siento a esbozar mis prosaicos informes, que tienen la única virtud de alejarme de mí mismo y de mis pensamientos; en otras ocasiones, cuando me es realmente, y aun-

que casi siempre malditas, retiran de sí mismas su razón de ser. Entonces abro la ventana, dejando que penetren en el cuarto el aire puro y la claridad. Sin embargo, mientras escribo es y será siempre de noche. Una noche en la cual contemplo a las muchachas y las luces del Dancing; la chiquilla del callejón y su demonio; la vieja negra que surgió de las profundidades como una pitonisa; a mí mismo en momentos de exaltación de todos los sentidos, principalmente los más soterrados. En esa escritura hay en mi mano la levedad del “otro”, hay, sobretodo, un vuelo en la madrugada con su cargamento de muertos y la pasajera que estuvo conmigo. Exultante, la alumbro de nuevo, la materializo. Aquí siempre será mía. Una noche sobre la cual, me atrevo a decir, permanece en enigmática y siniestra poesía, que me renueva la esperanza de alcanzar, esta vez, escribiendo, la fusión tan deseada: ¡satisfacer el anhelo mayor! Y, en lugar de ser ésta una historia de espectros –a la que añado una carcajada, pues una repentina hilaridad me predispone a ello-, es una historia escrita por uno de ellos.

Traducción: José Luis Sánchez

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Sérgio Sant’Anna (1941) Nacido en Rio de Janeiro. Uno de los principales cuentistas brasileños de todos los tiempos, inició su carrera literaria en 1969 con el libro de cuentos El sobreviviente, que lo llevó a participar en el International Writing Program de la Universidad de Iowa. Ha ganado tres veces el prestigioso Premio Jabuti, con El concierto de João Gilberto en Rio de Janeiro (1982), Amazona (1986) y Un crime delicado (1997). El vuelo de madrugada (2003) es su último libro de cuentos, de gran contenido erótico, profundidad psicológica y especulación filosófica. También ha publicado Notas de Manfredo Rangel, repórter (1973), Simulacros (1977), Junk-Box, una tragicomedia en los tristes trópicos (1984), La tragedia brasileña (1987), La señorita Simpson (1989), Breve historia del espíritu (1991), El monstruo (1994) y Contos e novelas reunidos (1997).

Nascido no Rio de Janeiro. Um dos principais contistas brasileiros de todos os tempos, iniciou sua carreira literária em 1969 com o libro de contos O sobrevivente, que o levou a participar do International Writing Program da Universidade de Iowa. Ganhou três vezes o prestigioso Prêmio Jabuti, com O concerto de João Gilberto no Rio de Janeiro (1982), Amazona (1986) e Um crime delicado (1997). O voo da madrugada (2003) é seu último livro de contos, de grande conteúdo erótico, profundidade psicológica e especulação filosófica. Também publicou Notas de Manfredo Rangel, repórter (1973), Simulacros (1977), Junk-Box, uma tragicomédia nos tristes trópicos (1984), La tragédia brasileira (1987), La Senhorita Simpson (1989), Breve historia do espírito (1991), O Monstro (1994) e Contos e novelas reunidos (1997).


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La Cometa y el árbol

Sergio Sant´Anna

O VÔO DA MADRUGADA

Se alguma coisa digna de registro aconteceu em minha vida dura e insípida foi estar entre os passageiros daquele vôo extra, de Boa Vista para São Paulo. Antes de tudo, devo explicar as circunstâncias, talvez fortuitas - mas que depois me pareceram pertencer a uma cadeia de fatos necessariamente interligados -, que me levaram a estar entre os poucos passageiros, pois tinha bilhete marcado para as nove horas da manhã seguinte. Eu estava no quarto de hotel e, apesar de haver tomado dois comprimidos das amostras que carregava comigo, não conseguia dormir, por causa do som infernal que vinha da boate em frente, atravessando a janela e as cortinas fechadas, misturando-se às vibrações do velho e empoeirado condicionador de ar. As músicas, em fitas que se sucediam sem interrupção, eram dessas gravadas especialmente para se dançar em discotecas vagabundas, as mesmas tocadas nas piores rádios em toda parte, e mal se distinguiam umas das outras. Não que eu tenha maiores refinamentos musicais – pois não recebi nenhuma educação nesse sentido -, mas seria capaz de suportar alguma coisa que tivesse ao menos melodia. Além da pseudomúsica, havia vozes que pareciam discutir, risos de uma alegria desesperada, gritos que chegavam abafados, o barulho de carros e motos e, a certa altura, a sirena de uma ambulância ou carro de polícia. Posso imaginar, em meus devaneios noturnos, cenas de um sofrimento tão agudo que, em geral, prefiro não materializá-las em peças escritas – ainda que para isso possua esse misterioso dom que raramente utilizo -, pois já me basta experimentá-las. Mas adianto que sou capaz de conjeturar as piores coisas, como se alguém estivesse na iminência de ser esfaqueado ali do outro lado da rua e, por alguma dessas compulsões da mente, ou pelo menos da minha mente, eu fosse me imiscuir na luta, ora como agressor, ora como vítima. Como a imaginação pode ser muito mais aterrorizante do que a realidade para o insone, levantei-me exasperado e abri a cortina. Estava apenas no pri132


O vôo da madrugada

meiro andar e luzes em cores as mais berrantes, dos letreiros luminosos daquele estabelecimento – com o nome ridículo e Dancing Nigths -, incidiram indiretamente em meu quarto, no Hotel Viajante, dando um contorno lúgubre aos seus móveis e realçando a minha solidão absoluta. O que eu via, lá embaixo, à porta do Dancing, não era muito diferente do que se poderia esperar num lugar como aquele, no fim do mundo: provincianos bêbados e desmazelados, embora supostamente com dinheiro, chegando e partindo, já acompanhados, de taxi ou em suas motos e carros, cantando pneus, enquanto uma viatura da polícia estacionava a uma distância conveniente, como se ali houvesse sempre uma expectativa de intervir, mas segundo o código próprio e corrupto daquela zona de tráfico, contrabando e prostituição. E mulheres, entrando e saindo do estabelecimento, ou permanecendo nas suas imediações, embalando-se ao ritmo que vinha lá de dentro, ou encostadas em postes e automóveis. Mulheres que aparentavam muito mais jovens do que as que se veem habitualmente em locais suspeitos como aquele, com suas saias curtíssimas, suas blusinhas e botinhas, cortes de cabelo que iam do bizarro às trancinhas, tudo conforme deviam copiar equivocadamente de revistas e da tevê. Muita pintura e poses espertas sob as luzes vermelhas, roxas, verdes, amarelas, do letreiro e das bolas luminosas que se acendiam e se apagavam à porta do inferninho, concedendo às peles de seus rostos e corpos um mistério teatral, uma indefinição e, por que não dizer?, uma poesia. Sei, por farta experiência, que as prostitutas, ao chegarmos perto delas e sobretudo ao se despirem, vão perdendo o encanto e o viço, acabam por exibir as marcas da vida. Mas o pagamento, a possibilidade de estar com uma completa estranha, podem exercer sobre alguns homens um fascínio no qual às vezes recaio. Pois, ainda que logo em seguida vá desiludir-me, há em mim, no exato momento em que elas iniciam os gestos de despir-se – com a graça comum a todas as mulheres -, uma esperança renovada, uma excitação e expectativa que não se explicam unicamente

pelo desejo físico, mas também por um anseio muito maior! Vesti-me às pressas e desci até à portaria. Como não era incauto a ponto de deixar-me conduzir por uma desconhecida a algum quarto numa vizinhança como aquela, perguntei ao porteiro da noite se era permitido entrar acompanhado no hotel, ao que ele me respondeu apenas com um esfregar quase imperceptível do polegar no indicador da mão direita, o que, sem dúvida, significava “sim”, desde que ele levasse a sua parte. Dei-lhe dez reais, que ele pôs no bolso sem comentários, e saí. Antes que pudesse cruzar a rua para alcançar a Dancing Nights, ouvi o chamado, quase o sussurro, de uma voz infantil: “Vem cá, tio”. Olhei à minha esquerda e vi que numa zona de sombra, à entrada de um beco – e por isso fora do meu campo de visão à janela -, encontra-se uma garota que voltou a falar: “Aqui, tio”. Quando me aproximei dela verifiquei, estarrecido, que quem estava dentro de um vestido vermelho, de alças e decotado, com uma abertura lateral numa das pernas, pareia ser uma criança, apesar do batom que usava e da pose estudada de dama da noite. Sim, uma menina a quem houvessem permitido vestir-se de mulher para uma festa de aniversário. Parei, embaraçado e mudo, diante dela, quando a ouvi falar: - Quer vir comigo, tio? São oitenta reais. Foi então que um homem, surgindo com um andar gingado da penumbra do beco, chegou rapidamente até nós e, baixando pelas alças o vestido da garota, disse, com um sorriso ao mesmo tempo serviçal e desdenhoso: - Veja, ela mal tem peitinhos. De fato, ali onde sua pele era mais branca havia pouco mais do que dois botões intumescidos. Instintivamente, olhei para o carro da polícia. Nenhum dos dois guardas dentro dele manifestava interesse maior na negociação. Devo falar um pouco daquele homem. Ao contrário dos tipos atarracados e morenos comuns na região, era mais claro e alto, magro, 133


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com o rosto escanhoado. Usava uma calça branca e uma camisa azul, sedosa, que devia ter custado caro, sem deixar de ser de mau gosto. Dois botões superiores abertos permitiam ver uma corrente dourada, possivelmente de ouro. Quando sorriu, deu para perceber que seus dentes eram bem cuidados. Senti que o detestava desde sempre, que ele possuía tudo o que existe de mais odioso na espécie humana, mais particularmente no sexo masculino, e que vê-lo morto, ou até matá-lo, seria um prazer. Talvez possa dizer mais ainda: que se o demônio efetivamente pudesse manifestar-se no humano, numa cidade perdida nos confins mais atrasados, escolheria um tipo masculino como aquele, a quem a menina contemplava embevecida. No entanto, ouvi-me dizer, apenas: - Como posso saber se é mulher, se quase não tem peitinhos? - Mostra pra ele – o homem ordenou à garota, passando o braço em torno dos seus ombros. Rindo, como se fosse uma brincadeira ensaiada, ela abriu mais o vestido, onde havia um corte na saia. Antes de recuar o rosto, não pude deixar de contemplá-la, hipnotizado pelo meu próprio horror, pois a menina, quase sem pelos, devia ser impúbere. Deve um homem ser avaliado, inclusive por si próprio, apenas por seus atos, e não por seus pensamentos? Objetivamente sim, sem dúvida, porque os pensamentos, além de escaparem a toda vigilância, não produzem consequências. E logo eu já lhes dava as costas para vencer rapidamente os passos que me separavam do hotel, mas não tão depressa que não pudesse ouvir o riso daquele homem e suas palavras: - Se o senhor mudar de ideia, ela ainda estará aqui. O porteiro olhou-me com curiosidade, pois eu voltava sozinho e certamente lívido, mas não me perguntou coisa alguma, com certeza receoso de perder os seus reais. Intuí que ele estava mancomunado com aquele gigolô, o que devia acontecer com os policiais. 134

Subi ao quarto, sentei-me na cama e então, sim, pude compreender a verdadeira extensão de meu horror e fascínio, que me impeliam a querer partir imediatamente daquele lugar maldito. Pois, se não o fizesse, estaria lutando o tempo todo contra o desejo de voltar à rua, trazer a menina, nem que fosse para contemplá-la dormindo, inerte e delicada como uma boneca, coberta e protegida. Mas quem poderia dizer que não nua, quem sabe em meus braços? Peguei o catálogo telefônico e liguei para o aeroporto, apenas para saber se estaria aberto e se eu poderia passar lá o resto da noite. Perguntei, também, sem nenhuma esperança se havia algum vôo para São Paulo àquela hora. Contrariando todas as minhas expectativas, fui informado de que havia sim, dali a uma hora e quarenta minutos e da mesma empresa na qual minha firma comprara o bilhete. - Posso viajar nele com a minha passagem para amanhã cedo? – perguntei. - Um momento – meu interlocutor disse, e, por instantes, sem entender suas palavras, ouvi-lo do outro do fio a parlamentar com algum outro funcionário. Depois voltou a falar comigo: - É um vôo especial, mas se o senhor tiver urgência, pode pegá-lo. Ao tomar um taxi, à porta do hotel meu olhar foi inevitavelmente atraído para o beco. Não havia ninguém lá, e fui possuído por uma raiva intensa, que, agora que escrevo essas linhas que se impõem em mim, posso discriminar como uma mistura de indignação e ressentimento. A primeira, porque imaginava algum dos homens brutos daquela terra, ou talvez aquele protetor demoníaco, profanando o corpo da menina; o segundo, porque sentia como se a tivessem roubado de mim. É isso mesmo, que ninguém se espante, pois os sentimentos humanos são sempre partidos no mínimo em dois, e, se há homens dignos, são apenas seres que conseguem vedar seus compartimentos secretos. E foi com alívio que deixei para trás o Hotel Viajante, a Dancing Nights com sua música infame e o beco como se largasse ali uma parte


O vôo da madrugada

nefasta de mim mesmo, para seguir por uma estrada esburacada até o aeroporto, se é que aquilo merecia esse nome. Ele não passava de um grande galpão e uma pista de pouso. Através de uma cerca pude ver um enorme avião que, naquelas bandas, parecia ter aportado de outro mundo. Ao entrar no saguão, notei que algumas pessoas – passageiros com certeza – estavam sentadas nos bancos de espera. A viajante vestida de negro, com os olhos avermelhados por algo mais do que sono, e divisei quem chorasse abertamente. Achando aquilo tudo muito estranho, mas sem me impressionar tanto assim, dirigi-me ao balcão da companhia aérea de valise na mão. - O senhor é um dos parentes? – perguntou-me o funcionário. - Parentes? – espantei-me - Sim, dos mortos. - Mortos? - espantei-me mais ainda. - O avião que caiu a quatro dias na mata. Não lhe disseram que esse é um vôo especial? Está levando os restos mortais dos passageiros que moravam em São Paulo. Os parentes que vieram até aqui para acompanhá-los não precisam pagar. A companhia está custeando tudo. Lembrei-me de ter lido no jornal sobre um acidente naquela região, mas sem dar muita importância, pois nada me relacionava com ele a não ser o fato de que dois dias depois viajaria para aquela parte do país. - Não, não sou um dos parentes- falei, mostrando a passagem. – Me disseram, pelo telefone, que eu poderia embarcar. - Sim, há lugar de sobra – ele falou, observando minhas reações. - E tem a vantagem de ser um voo direto. O senhor não precisa se incomodar que os caixões vão no compartimento de carga e o que restou dos corpos foi embalsamado no necrotério. Eu não me incomodaria mesmo, de um jeito ou de outro; só queria ir embora daquela cidade calorenta e opressiva. Peguei meu cartão de embarque, estava agora sonolento e com fome, e olhei ao redor procurando alguma coisa parecida com uma lanchonete aberta. Não havia, mas logo

ao meu lado, se encontrava uma mulher negra, muito velha, com uma cafeteira presa ao ombro. Apoiava-se numa muleta e sua perna esquerda fora amputada até bem acima do joelho. Pedilhe um café e, enquanto bebia, reparando que era fresco e saboroso, ela me olhava com os olhos arregalados. Devia ter escutado minha conversa com o funcionário. - O senhor não tem medo de viajar com eles? – perguntou, com uma voz muito fraca de anciã. Reparei que não tinha nenhum dente na boca. Ri, pela primeira vez naquela noite. A mulher, em sua decrepitude, parecia pender ela mesma de um fio entre a vida e a morte. - Os mortos? - eu disse. – O que poderia fazer? Não podem nem morrer de novo.Por isso esse avião não cai de jeito nenhum. - Ninguém sabe o que viaja com eles, meu filho – ela sussurrou. – Pois se a minha perna eu ainda sinto ela aqui? – a velha apontou para a sua mutilação. E para novo espanto meu aquela noite, fez os sinais da bênção à meia distância entre o seu e o meu rosto. De alguma forma aquilo me tocou, paguei-lhe mais do que o preço do café e encostei de leve a mão no seu rosto, como um gesto afetuoso de despedida. Eu gostava de estar voando porque, em trânsito, não me achava propriamente em lugar algum. E se pudesse não chegava nunca, pois o meu destino, em qualquer das duas pontas dos percursos, me surgia sempre como penoso, quase intolerável. Disse, antes, que minha vida era dura e insípida, e agora o explico. Como auditor de um laboratório farmacêutico, devia visitar os escritórios da empresa em várias cidades, verificar o volume das vendas e a contabilidade, almoçar com gerentes fastidiosos e aduladores, repreender alguns e congratular outros, sem entusiasmo. E, de noite, aqueles hotéis, que as modestas diárias pagas pela firma permitiam. Enfim, todos os aborrecimentos de uma vida errante e burocrática. No entanto, voltar para São Paulo não era grande consolo, pois significava retornar a uma vida enfadonha e, pior do isso, na cidade em que 135


O vôo da madrugada

um dia fui traído e abandonado por uma mulher de quem não desejo falar mais do que revelei agora. De todo modo, isso esclarece porque aceitei aquele cargo de auditor. Mas aquele vôo estava me saindo melhor do que qualquer outro. Como aos parentes dos mortos que não eram muitos, haviam reservado a classe executiva e a primeira classe do avião, coube a mim e a mais quatro ou cinco passageiros o restante da aeronave. E pude instalar-me, sozinho e distante de todos, à janela, numa das poltronas da cauda do aparelho, entregandome, sem ser perturbado, às minhas meditações. Melhor ainda que era noite e, em vez de ferirme com a luz do sol, podia contemplar os astros no negrume sem terra à vista para lembrar-me de todas as suas agruras. Comprazia-me que o avião fosse diminutos pontos luminosos e piscantes no espaço e chegava a dividir-me em dois, para, na fantasia, igual a um menino, contemplá-lo do solo, imaginando-me em seu bojo. E também como adulto já na meia idade, gostava de saber-me suspenso sobre o planeta, um ponto móvel no próprio sistema que eu podia pressentir deslocando-se velozmente, o sistema inteiro, para ser engolido, em alguma era, pelo caos e o infinito intemporais. A ideia de perder-me nele, que a alguns aterroriza, para mim era inebriante, e, naquela noite, a companhia furtiva dos mortos no compartimento de carga, sua paz inexpugnável, estimulavam esses pensamentos. E, já que me dispus a escrever – talvez uma das maiores maldições entre todas, por nunca alcançarmos verdadeiramente, pelas palavras, a fusão que tanto almejamos -, me permitirei avançar um pouco mais para dizer que sim, muitas vezes já pensara em buscar a morte. Porém uma parte minha, creio que para além do mero instinto de sobrevivência, preferia que os acontecimentos seguissem seu curso aleatório e natural, até se extinguirem por si mesmos. E devo reconhecer que, nem que fosse apenas pelo que experimentei naquele vôo, valeu a pena conterme, esperar. Tanto é que a escrita, ao seu final, me 136

sai mais poética e menos contaminada pelo terror e pela violência que me fazem evitá-la habitualmente. Voltando ao vôo, dispus-me a interromper as reflexões que tanto absorviam para aceitar da comissária a bandeja com o jantar, pois sentia bastante fome. A refeição estava deliciosa, com um bom bife, batatas coradas e vegetais, talvez como uma deferência aos passageiros convidados, os parentes das vítimas, ideia que me sorrir, pensando ainda, sem nenhuma pretensão filosófica, que a vida não passava disso: carne devorando carne, ou, com a ajuda dos vermes, a carne consumindo a si mesma. E que, apenas de todos os produtos químicos que lhes tivessem aplicado no necrotério de Boa vista, um processo de decomposição já se iniciara em nossos companheiros de viagem lá embaixo, provavelmente interrompido pela temperatura gelada da altitude, mas que logo retomaria seu curso. Eu saboreava um vinho de razoável qualidade e, talvez inspirado por seus eflúvios, aquele processo de desagregação nos mortos me vinha ao pensamento como uma forma refinada de criação, pois eliminaria, ao seu termo, todas as repugnâncias do corpo, seus odores, seus excrementos e ânsias sexuais, suas dores físicas e aquelas outras que provêm de um ponto imponderável que às vezes chamamos de mente, às vezes de espírito e que parece não se abrigar em matéria alguma, não estar preso a nada, embora saibamos, em princípio, que assim não é. Mas se isso conhecemos, é pela própria razão, e se ela falta ... Bem, lembrem-se os leitores, se algum dia os tiver, que lhes adverti, desde o início de certa febre e agitação em meus pensamentos, motivo pelo qual, geralmente, prefiro-os secretos, coisa de que, desta vez, incitado pelo que se segue, abdicarei. * Era um daqueles momentos, nos vôos de certa duração em que nada acontece, as bandejas do serviço de bordo já foram recolhidas e os próprios comissários se permitem descansar.


O vôo da madrugada

Aproximava-se o apogeu da madrugada, pressentia-sede algum modo a aurora, mas não havia ainda indícios de luz, como se o tempo houvesse parado. Foi nesse intervalo que eu a vi, como se surgida de lugar nenhum, mas, provavelmente – pensei – da área reservada aos passageiros da classe executiva, que era protegida por uma cortina. Ela caminhava pelo corredor, na direção de onde eu me encontrava. Presumi que fosse ao toalete, ou à pequena copa no fundo do avião, mas, para grande surpresa minha e apesar das dezenas de poltronas vagas, veio sentar-se ao meu lado, sem me pedir licença ou dar explicações. Era visivelmente jovem, embora seu vestido preto, sobriamente elegante, dificultasse uma avaliação precisa de sua idade. E quando pousou a cabeça no meu peito, com total naturalidade, seu gesto me impôs que eu acariciasse seus cabelos, com a ternura que tem se tem por uma menina. Mas seu traje severo, a ausência de pintura no rosto e nos lábios, os modos recatados, apesar de sua aparente audácia, em nada a faziam semelhante à garota do beco que eu deixava para trás, muito longe, e que agora vinha à lembrança como se não passasse de uma miragem. - É um dos parentes? – perguntei com cuidado, supondo que pudesse ser uma órfã do desastre, quem sabe procurando consolo e apoio no homem circunspecto e paternal que eu devia lhe parecer. - Não, eu já estou com eles – ela disse, virando o roto para mim, com um meio-sorriso no qual tentei decifrar, sem conseguir, algum sinal de deboche. - Eles quem? – perguntei, lembrando-me da preta velha no aeroporto e admitindo também o inimaginável, o que a razão negava, fazendo meu coração bater, mas sem nenhum terror. Pelo contrário, sentia-me impelido a penetrar mais naquele obscuro território que, singularmente, tinha-se alguma coisa de familiar. Nele, eu me sentia bem. A única resposta dela foi abraçar-se fortemente ao meu coração, beijar-me fugitivamen-

te os lábios, com uma volúpia aflita e contida, e depois afundar o rosto em meu ombro, como se quisesse, com todos esses gestos, agarrar-se, através de mim, a alguma coisa outra como a vida mesma. Senão, como explicar que uma moça tão bonita – sim, porque naquele momento ela era uma moça com sua sensualidade irrompendo – se deixasse atrair por um homem como eu, à antiga, de rosto vincado, seu olhar sem brilho voltado para dentro, de ostensiva melancolia? Cheguei a duvidar, por um instante, senão seria uma aventureira ou profissional buscando ligar-se a homens que ela supunha abastados porque viajavam em aviões. Idéia tola, pois minha aparência e vestuário não indicavam mais do que alguém do que alguém remediado. Minha desconfiança se dissipou de todo no momento em que reconheci que a amava, jamais amara alguém tanto. Pouco importava que nunca a houvesse visto, pois aquele sentimento me vinha como algo que só podia brotar entre totais desconhecidos. Entre estranhos que, em silêncio, sintonizam um do outro o ser mais oculto e, entretanto, potencializado de faíscas como um diamante enterrado. Assim, eu entendia que também ela pudesse me amar, porque atravessava minha aparência para enxergar aquele que eu poderia ser, que eu desejava ser, ou aquele que verdadeiramente eu era. Nesse ponto talvez eu deva reforçar que nunca possuí, ou pelo menos externei, alguma qualidade mais marcante. Àquela altura sobressaía nela a mulher feita, com seu corpo e sua beleza desabrochados, sua personalidade, se assim posso dizer, completa. Talvez por causa disso eu, ao contrário, era como se retrocedesse muitos anos, deitando eu já a cabeça em seu peito para que ela acariciasse, por sua vez, os meus cabelos. Abri dois botões do seu vestido e tocava de leve os seus seios, encobertos pelos cabelos longos, negros e lisos que ela deixou cair para a gente – como para nos ocultar – enquanto ela punha uma das mãos dentro de minha camisa para afagar-me, aplacando não sei quantas que me oprimiam, faziam de mim quem eu fora até aquele instante. 137


O vôo da madrugada

Com receio de que o nosso contato se desfizesse, de ofendê-la com a obscenidade e o escândalo, não busquei mais do que aquilo que já acontecia entre nós e me surgia, claramente, como um limite que não devia ser ultrapassado. E assim permanecemos, não sei por quanto tempo, pois em algum momento adormeci naquele aconchego perfeito. * Quando a comissária me despertou, pedindo-me que apertasse o cinto e fizesse o assento da poltrona voltar à posição vertical, o avião já iniciava o procedimento de pouso em São Paulo. Estava novamente só e fui tomado, simultaneamente, por um sentimento de grande perda e grande felicidade. Se queria voltar no tempo àqueles momentos que haviam sido dos mais felizes e plenos em minha vida, a simples lembrança de que tinham acontecido me enchia de alegria e expectativa, pois, na saída do avião ou no aeroporto, talvez eu voltasse a ver minha companheira de viagem que, presumivelmente, teria retornado a seu lugar entre os parentes dos mortos. Com o dia claro a reforçar a realidade, eu não conseguia imaginar nenhuma outra hipótese. Por isso, a aterrissagem na para mim inóspita cidade não foi penosa desta vez. Mas ao descer à pista percebi que, no meio daqueles tristes passageiros dirigindo-se ao portão de desembarque numa ala especial do aeroporto, não havia ninguém que se parecesse, nem de longe, com a minha amada noturna. Vejam bem que não pude usar a palavra amante. Cheguei a perguntar ao funcionário da companhia aérea que aguardava no portão se faltava alguém para descer, e ele disse: “não, ninguém”. A mesma coisa numa sala isolada para aquele desembarque, transformada numa espécie de salão de velório, onde, expondome às cenas dolorosas do reencontro dos parentes que aguardavam os corpos com aqueles que os acompanhavam, tentei inutilmente avistá-la. * Se alguém chegar a me ler, um dia, imaginará a desolação que eu estava sentindo ao me encaminhar para o taxi que me devolveria à ari138

dez de meu cotidiano em São Paulo. Mas uma parte d mim me consolava e me advertia. “É melhor assim, pois se nos reencontrássemos, eu e ela – a mulher, a jovem, a mocinha -, talvez tudo se perdesse. Pois não vejo como relação poderia se estabelecer cá embaixo entre nós; como conseguiria ela partilhar sua vida com um homem como eu. Do modo como as coisas foram dispostas, poderei ao menos guardá-la na memória”. Aqui o possível leitor estará se perguntando e perguntando a mim: “Mas quem era ela: o inconcebível? Uma das mortas do acidente que subiu da morgue improvisada no avião e veio estar comigo? Pois não disse ela que estava entre ‘eles’?” Não sei se já deixei claro, nesse relato, que, embora dado a devaneios, terrores noturnos e fantasias, eu não era homem de crendices e misticismos. No máximo, as dúvidas dos agnósticos. E, ao contemplar a noite e os astros mais longínquos, me atraíam ou atraem a grandeza e os abismos da astronomia e não as mistificações astrológicas, do sobrenatural e do esoterismo. Mas não nego que, para verificar todas as possibilidades – e isso depois de uma outra experiência que ainda me aguardava nesta história -, fui a redações de jornais para consultar, nos noticiários sobre aquele acidente aéreo, os dados, os obituários e, principalmente, as fotografias das mortas residentes em São Paulo e que haviam sido trazidas no meu vôo. Conferi, mesmo, as de outros estados, pois poderia ter acontecido algum engano no embarque dos cadáveres. Não havia, em ambos os caso, nenhuma que correspondesse, com um mínimo de fidelidade, a minha companheira de viagem, em qualquer das faces com que se revestiu para mim. E se me permitem brincar um pouco, pois um feliz humor me inclina a isso, se morta ela tivesse, não seria em consequência daquele acidente. Confesso que isso me alegrou, pois não gostaria de sabê-la despedaçada antes que o processo de purificação se completasse em seu corpo.


O vôo da madrugada

Mas o que dizer, então, aos mais desconfiados, entre os quais me julgo com direito a incluir-me? Que não passou tudo de um sonho? E os que gostam de interpretar os sonhos segundo os cânones, apontarão que aquela jovem mulher não foi mais do que a manifestação do meu abandono: dos meus desejos recalcados no Hotel Viajante e sua pecaminosa periferia. Além disso, a peculiaridade daquele vôo, a vizinhança dos mortos, teria se insinuado no sonho, talvez com alguma contribuição da preta velha no aeroporto. É possível, mas por tudo o que eu já experimentara em sonhos, com sua descontinuidade ou simultaneidade de tempo e espaço, suas figuras, cenários e personagens intercambiáveis, o único aspecto em que minha experiência se assemelhava a um sonho fora a volubilidade da aparência com que minha companheira de viagem - da moça a mulher feita – se apresentara nos meus sentidos. Despertos ou semidespertos, quero crer. A verdade, na manhã seguinte ela estava mais distante de um sonho que a menina no beco. E tudo o que me sucedera tivera a continuidade e materialidade do real, as sensações físicas que nele experimentamos, como o beijo que, aqui nestas linhas, estará para sempre gravado em meus lábios, além do contato com aquele corpo adorável. E, muito mais do que isso, as emoções vivas que senti naquele aconchego, sua completitude e calor, que o tornavam a antítese da morte como a conhecemos, por exemplo, ao tocar um cadáver. Ah, as palavras, tão insuficientes para descrever as emoções mais caras. Que aqueles que lerem o meu relato se lembrem do êxtase vivido com alguém – os que tiverem tido esse privilégio - , e estarão perto de me compreender. Devo lembrar-lhes, ainda, que foi depois que a nossa aproximação mais íntima se deu, sem ultrapassar os limites da delicadeza e do decoro imposto por todas as circunstâncias que adormeci - aí sim, embalado pelo sono, embalado por ela mesa, minha querida viajante. Estaríamos, então,

diante de um caso inexplicável em que um sonho terá se dado antes do adormecer, pelo menos completo? Uma alucinação, dirão os céticos, levando em conta ainda mais, que eu misturara aos comprimidos tomados no hotel o vinho servido a bordo. Sim, uma alucinação, tudo é possível, talvez naquele estágio intermediário entre a vigília e o sono. Mas, no meu caso, se assim tiver sido, com uma duração especial e uma materialidade que fizeram dessa alucinação uma experiência mais marcante do que todas as outras em minha existência; um acontecimento também exterior a mim mesmo e, como já disse, uma coisa física. Um fantasma – e de carne e osso -, rirão os que escarnecedores, e, diante do que vivi em seguida, serei capaz de rir com eles, embora por motivos muito outros. * Ao subir pelo velho e vagaroso elevador do meu prédio num bairro e baixa classe média, se sobrepunha a todo o meu cansaço, um desejo de adormecer de verdade em minha cama. Como chegara muito cedo do que o previsto poderia dormir durante algumas horas para depois comparecer à sede da firma em que trabalhava a fim de prestar contas da viagem – em seus aspectos funcionais, evidentemente – e talvez iniciar a redação do respectivo relatório. Meu apartamento, de dois quartos e uma sala ligados por um corredor, dá para os fundos de outros edifícios, que se imprensam uns aos outros. Quando viajo, deixo as janelas e cortinas fechadas, tornando o ambiente ainda mais sombrio do que já é habitualmente. E, ao penetrar em seu interior, foi como se retornasse à noite. Talvez tenha sido essa obscuridade, ou a nostalgia, que me fez pressentir uma outra presença naquele espaço; alguém ali comigo, ou, quem sabe fosse melhor dizer em mim? E, pelo que já narrei nestas páginas, não é de admirar que eu alimentasse senão a esperança, pelo menos o desejo de reencontrar minha companheira de viagem, de rever a aparição do vôo. 139


O vôo da madrugada

Como eu nada enxergava na sala além dos móveis e objetos com seus contornos que me eram tão familiares, segui pelo corredor com o coração batendo de expectativa, pé ante pé, como se só assim pudesse surpreender aquela presença que eu adivinhava tão incerta e fugidia. Ao chegar à porta do meu quarto, a visão com que deparei, em seu interior imerso na penumbra, sobrepujava em muito o que mesmo uma mente conturbada poderia conceber, enchendo-me de assombro e, a princípio, de um pavor que me situava no limite tênue entre a loucura e a morte. Sentado em minha cama, a fitar-me com uma placidez sorridente, na qual julguei detectar uma ponta de ironia, estava um homem – se assim devo nomeá-lo – que, pela absoluta implausibilidade da situação e pela indefinição etária de seus traços, demorei alguns segundos - se é que podia medir o tempo – para identificar como sendo eu próprio. Como se fosse possível eu me repartir em dois: aquele que viajara e aquele que aguardara tranquilamente em casa, ou, talvez, num espaço fora do tempo. Não durou mais do aqueles instantes do reconhecimento para que a aparição se dissipasse deixando-me para sempre na dúvida se ela se manifestara independentemente de mim ou se fora eu a criá-la num momento agudo de fadiga e histeria, depois de tudo o que vivera nas últimas horas. Mas esse mínimo tempo fora suficiente para que eu, sendo o que ali estivera sentado à cama, pudesse ver duas faces de mim mesmo. Numa delas, às portas estavam marcados os vincos de um cansaço mortal: da melancolia e solidão exasperadas, como as vividas no Hotel Viajante. Na outra face, porém, vi-me como me teria visto e sentido

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a minha companheira de vôo, atravessando a minha máscara crispada para poder amar-me do jeito que eu a amava: como aquele que eu poderia ser, ou, quem sabe, como aquele que verdadeiramente eu era, vencidas as barreiras mais entranhadas. * Em meu quarto mantenho uma mesa, com sua cadeira própria, na qual às vezes me sento para rascunhar à mão os meus prosaicos relatórios, que possuem única virtude a de afastar-me de mim próprio e de meus pensamente; noutras raras vezes, quando me é absolutamente imperioso, para escrever coisas que, não sendo utilitárias, e ainda que quase sempre malditas, retiram sua razão de ser de si mesmas. Abro então a janela, deixando que penetre no quarto o ar puro e a claridade. No entanto, nesta minha escrita, é e será sempre noite. Uma noite na qual contemplo as moças e as luzes do Dancing; a menina do beco e seu demônio; a preta velha que me surgiu como uma pitonisa das profundezas; a mim mesmo em momentos de exaltação de todos os sentidos, principalmente os mais soterrados. Nesta escrita, em que sinto em minha mão a leveza do “outro”, há, sobretudo, um vôo na madrugada com seu carregamento de mortos e a passageira que veio estar comigo. Exultante, dou-lhe novamente à luz, materializo-a. Aqui ela será para sempre minha. Uma noite sobre a qual, ouso dizer, paira uma enigmática e soturna poesia, que me renova a esperança de alcançar, desta vez, na escrita, a fusão tão almejada; satisfazer o anseio maior! E, antes, de ser esta uma história de espectros – acrescento com uma gargalhada, pois uma hilaridade me predispõe a isso -, é uma história escrita por um deles.


Solange Rodríguez Pappe

AUTODIAGNÓSTICO

( Cuento tomado de La bondad de los extraños, inédito)

Tras la segunda operación me dieron la noticia de que no iba a volver a caminar. El desastre es una posibilidad que siempre alcanza para todos y una parte de mí se tranquilizó: Ya había cumplido mi cuota de desastres en esta vida, no podía pasarme nada terrible porque me había sucedido todo de golpe y estaba empezando a sobrevivirlo. “Así que esta es la parte que me toca del horror”, pensé. Mis hijas no morirían jóvenes, no iba a perder ninguna otra parte de mi cuerpo en un accidente, no habría larga agonía para mi padre que ya bastante anciano estaba y era posible que hubiera salvado a la ciudad entera de un calamidad natural, aunque desde que permanecía en el hospital llovía y varias casas de las que se asentaban informalmente en las orillas del río se habían desplomado sobre sus habitantes. El televisor se encendía a las seis de la mañana en el canal de noticias y las enfermeras empezaban con el aseo a los pacientes y las dosis de medicinas desde esa hora hasta que la puerta se habría a las ocho para las visitas. Jamás lo apagaban, sólo le quitaban el sonido al anochecer e inclusive en la madrugada dormíamos arrullados por la luz blanquecina de la pantalla. Recuerdo que en ese entonces estaba bastante bien a pesar de que sentía, bajo los vendajes, las rodillas como una bolsas rellena de agua y sabía que tenía pies porque lo veía, pero estaban insensibles. Lo difícil era lidiar con la tristeza de los demás. Cuando mi esposo se enteró de mi condición estuvo abrazado a mis piernas durante una hora, gimiendo; como me sentía comprometida a consolarlo, acaricié su cabeza hasta que se calmó. “Todo irá bien”, repetía delicadamente para que él me escuchara. Aún no había podido sacarme el esmalte de color marrón que me había colocado hacía un meses y las uñas había crecido dejando un trecho sin pintura. 141


Autodiagnóstico

Le pedí a mi esposo que comprara un frasco de cualquier color y lo retocara. Me miró desconcertado, haberle pedido que me las arrancara habría tenido más sentido para él. Esa tarde mientras yo intentaba dormir lo consultó con el médico “¿No será una manera de negarse a aceptar su estado?”. El fisiatra le respondió con una estadística. “Una universidad inglesa comprobó que tras la depresión que viene luego de enterarse de la invalidez, los discapacitados van estabilizándose en el mismo temperamento que han demostrado a lo largo de la vida”. “¿Su esposa es una mujer optimista?” preguntó. Él se quedó pensando, no supo que contestarle. Luego del segundo mes empecé a perder la noción del tiempo, los días se iban rápido entre los cambios de sábanas, los baños de esponja con agua fría, las visitas de antiguas amigas que venían a verme más por saber cómo me las arreglaba que por ser solidarias y el noticiero, que anunciaba que ese abril iba a estar feroz porque en la costa se habían desbordado ya dos ríos y en las carreteras ningún letrero de precaución detenía los accidentes. El mundo seguía siendo un lugar igual de horrible, a veces creía que mejor estaba en el hospital que fuera, con toda esa gente lastimada. Luego de estrellarme contra el pavimento, el horror continuaba desplazándose por la tierra. A veces moría alguien en mi misma sala. Si empezaba a agonizar las enfermeras lo apartaban del resto; si fallecía en silencio lo dejaban tranquilo y lo ignoraban todo lo que podía hasta que llegaran los familiares o alguien de la morgue. Una vez, me desperté y estaba del lado de los muertos, me había quedado tan quieta, tan quieta que algún estudiante de medicina de esos que abundan en los hospitales públicos y meten mano en todo, dio por sentado que ya estaba muerta y me había colocado en el lado más lejano del salón entre los otros cadáveres de verdad; entonces intenté llamar la atención gritando pero no me escuchaban porque habían colocado alto el volumen del televisor para oír las noticias deportivas. 142

Me sacudí y supe con horror que podía mover las piernas un poco, inclusive la que estaba más lastimada. Era como sacudirlas debajo del agua, con los miembros aguantados por un peso adicional. Me asusté tanto que fue casi como si me muriera en serio. Desde ese nuevo ángulo vi la sala tan triste… Los otros pacientes, mis compañeros, miraban el techo con expresión abandonada, jugaban solitario o leían diarios viejos que se prestaban entre ellos, se los veía patéticos. Pensé, estando del lado de los difuntos, que La muerte era una voluntad: así como hay gente que dice que hay que echarle ganas a la vida. —Eso repetían mucho los familiares de un cuadripléjico apostado frente a mí en la sala común—, yo entendía que también se podía echarle ganas a la muerte y entonces me tumbé quedando de muerta perfecta salvo que seguía respirando. A rato apareció una enfermera que empezó a cambiar mi bata de flores por una un poco más sobria cuando me soltó de golpe y empezó a dar de gritos; se había dado cuenta que estaba viva pero yo, empecinada en mi nuevo estado, no habría los ojos. En mi torno se reunieron, al poco rato, un grupo numeroso de doctores, practicantes y enfermeras: “ Cual es el diagnóstico”, preguntó uno de ellos.“ Muerte por embolia” —contestó la mujer que se había dado cuenta que estaba viva—. “Es bastante usual en aquellas personas que se mueven poco”. “¿Y por qué no reacciona?”, preguntó otro. “Practica” dijo alguien más y todos soltaron risas nerviosas. “A veces la muerte es una voluntad” sentenció una voz femenina. Entonces yo abrí los ojos deslumbrada porque creía exactamente lo mismo que ella había dicho, pero entre sus caras de susto no pude distinguir de quien se trataba. Esa tarde, intentando inyectarme ánimos para que continuara de este lado, supongo, cambiaron los noticieros por programas concurso pero estábamos tan acostumbrados a que el televisor fuera un habitante más, que a nadie le prestó mucha atención. De madrugada hice el intento de flexionar las piernas por primera vez y tuve


Autodiagnóstico

éxito: las estiré y volví a recogerlas docenas de veces pensando cómo iba a dar la noticia al médico y a mi familia. Ya sabe uno lo malgeniada que se pone la gente cuando se ha hecho una idea de la vida y se la cambian. “¿Por qué no les dices que puedes moverte?” me preguntó el cuadripléjico, quien me contemplaba con los ojos luminosos. “¿Y tú por qué no les dices que puedes hablar?”. “No sé”, me replico —tenía una voz bella: clara y poderosa que se apreciaba mejor en la oscuridad —. “Nunca se han tomado demasiadas molestias conmigo y ahora verlos atareados y furibundos es divertido, ¿qué te pasó esta mañana?, metiste miedo a todos. Creo que te van a mandar del lado de los enfermos mentales”. “Le echaba ganas a la muerte —le contesté—, “lo contrario de lo que dice ese pariente tuyo que todo el tiempo recomienda echarle ganas a la vida”. “Ese es mi hermano mayor que una vez tomó un curso de motivación con el pensamiento ganador de Dale Carnegie”. “¿Fue ese el que se voló la cabeza cuando supo que tenía cáncer?”. “Sí, pero mi hermano no puede enterarse de eso, le rompería el corazón”. Hubo un silencio largo tanto que pensé que se había dormido “¿Y cómo es echarle ganas a la muerte?”. “No sé, es como cerrar los ojos y flotar en el agua ¿Has flotado en el agua?”. “Una vez, pero el agua te lleva donde quiere y me pareció peligroso”, me dijo y volvió a hacer un silencio tan largo que otra vez me quedé dormida. Me desperté con el rostro de mi esposo mirándome severamente. “Por lo que hiciste ayer me han recomendado que te lleve a casa pero he logrado que te quedes en el hospital un poco más” Estaba furioso, ni parecía el hombre que había llorado agarrado a mi cintura hacía unas semanas “Las cosas van a cambiar mucho porque aún no he hablado con las niñas y habrá que contratar alguien para que se encargue de los asuntos que antes tú hacías. Todos estas cosas toman tiempo y ya sabes tú como a mí me escasea el tiempo “. “ Que raro” — Le repliqué con frialdad— “yo estaba segurísima que ya habías encontrado a alguien que se estaba encargando de mis asuntos íntimos desde hace rato.”

Enrojeció y bajó la vista. Íbamos a empezar a discutir como de costumbre cuando uno de los pasantes que hacía ronda anunció que el cuadripléjico con el que había charlado anoche estaba muerto. Parecía que era el mismo médico que había anunciado mi defunción un día antes así que nadie le hizo caso. Anotó la causa del fallecimiento, que presumía era embolia, y se lo llevó en una camilla con los otros cadáveres que esperaban al fondo de la sala común. “Sólo le está echando ganas a la muerte“, dije en voz baja pero mi esposo logró escucharme “¡Sigues insistiendo con esa tontería!” gruñó apretando los dientes “Van a terminar poniéndote del lado de los locos y yo no voy a poder impedirlo”. “No te tomes tantas molestias” —repliqué bajando la voz— “Creo que puedo caminar, bueno, no aún, pero puedo mover las piernas”. Lo intenté, pero por alguna razón frente a él mis piernas volvieron a sentirse como pedazos de carne enfundados en plástico. Mi esposo me miró largamente con una expresión de horror y desconcierto. “Haré los trámites para que te muevan de sala. Contigo nunca se ha podido cuando se te mete una cosa en la cabeza” me dijo y se marchó con el pecho hundido. Al rato aparecieron los familiares del cuadripléjico de la bella voz y empezaron a llorar, sobretodo el hermano que le había aconsejado que le pusiera ganas a la vida. Me rompía el corazón verlo lamentarse tanto, estuve a punto de decirle que no estaba muerto, solo practicaba, pero temía dañarle los planes a mi compañero de sala. Esa noche anunciaron en las noticias de medianoche más accidentes de tránsito en las carreteras e incluso pusieron imágenes de cadáveres de verdad, amarillentos y desencajados, muy diferentes al cuadripléjico y a mí. Ya en la madrugada me senté con cuidado sobre la cama y baje las piernas hasta sentir en la planta de mis pies las baldosas heladas y sucias. Mis pies reconocían las formas con cierta memoria lejana, como de otro tiempo. Estaban aterrorizados. Pese a tener el miedo en los pies, me incorporé y con ayuda del borde de la cama, avancé un par de pasos in143


Autodiagnóstico

seguros, cuando la voz luminosa y cálida del cuadripléjico me llamó desde el fondo de la sala. “¿A dónde vas?”. En cámara lenta me aproximé hasta él valiéndome de los bordes de las camas de los otros pacientes, sintiendo como mis pies se deslumbraban con la experiencia. “No sé” —dije con honestidad— “afuera me parece terrible, ¿escuchaste lo del accidente de tránsito en las vías de entrada a la ciudad?”. “Sí, algo escuché pero si te quedas van a enviarte al pabellón de los locos para que no sigas convenciendo a los enfermos de que le echen ganas a la muerte”. “Es verdad” — contesté con pena— “pero yo no puedo, nunca he sido tan disciplinada, me sale mejor echarle ganas a la vida”. “A mí me ha salido muy bien todo este día y mañana me va a salir mejor”. “¿No te ha conmovido escuchar llorar a tu hermano esta tarde, a mi me ha dado mucha lástima”. “Es un imbécil obsesionado con el positivismo, merece que le digan que Dale Carnegie se pegó un tiro”, replicó molestísimo y se quedó callado; él, en cambio, era un fanático de los silencios, con razón le salía tan bien la muerte, yo a mi pesar, no podía dejar de hablar. “Bueno”, le dije “creo que iré a casa a ver a mis niñas o quizá no, quizá me quede en otro lugar, mis pies están como asustados, no sé a dónde me quieran llevar”. Iba a darle un beso de despedida pero él había vuelto a sus prácticas de muerte. Atravesé con lentitud el pabellón tenuemente iluminado y cuando sentí que mis pies querían llevarme de vuelta a la cama luché con todas mis fuerzas para no dejarme conducir hasta allá, era como dar patadas en el agua, resultaba agotador y requería de todo el cuerpo. Al final gané yo y puede seguir, mucho más tranquila, hasta la puerta donde la enfermera de guardia dormía. Antes de salir de la sala, apagué el televisor.

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UNA CHICA COMO TÚ, EN UN LUGAR COMO ESTE (Cuento tomado de La bondad de los extraños, Inédito) “Desventurados los que divisaron a una muchacha en el Metro y se enamoraron de golpe y la siguieron enloquecidos y la perdieron para siempre entre la multitud Porque ellos serán condenados a vagar sin rumbo por las estaciones…” Estación del metro Oscar Hanh La inquietud vino desde el sector delantero de la fila y se extendió hasta donde me encontraba. Cientos de zumbidos, aleteos, chasquidos y vibraciones se dirigieron hacia mí frustrando mi propósito de pasar inadvertido bajo el disfraz vegetal que estaba usando. El problema de ser humano y también agente viajero es la mala popularidad de nuestra raza y deber usar trajes falsos para tomar cruceros. Desde la gran peste no éramos precisamente la especie más querida de la Vía Láctea. El polimorfo que estaba delante de mí en la hilera se giró y me miró con sus ojos amarillos rezumando asco: “Humano”, dijo con un chasquido viscoso de sus valvas y cambio de forma hasta volverse una muralla de escamas. Yo me ruboricé y por ese cambio químico obviamente liberé olor. Nada podían hacer ni el tinte verdoso ni la corteza tan cuidadosamente adherida centímetro a centímetro sobre mi pie,l para cubrir ni mis respuestas hormonales ni mi risa nerviosa. Las carcajadas humanas alcanzan de 60 a 65 decibeles, pero en una de las primeras reuniones del ORBICOP tras discutirlo (había muchas leyes absurdas que poner para frenar a las especias con más sobrepoblación de esta galaxia) decidió que en lugares públicos los sonidos humanos no


Una chica como tú, en un lugar como este

podrían pasar de 50 decibeles, por consideración a quienes no tenían tímpanos si no membranas hipersensibles. Una conversación promedio, si es acalorada, puede llegar hasta 70 decibeles. Otra de las reglas tenía que ver con el olor; aunque la gran mayoría de nuestra raza no había estado enferma, nos obligaban a tomar tres duchas desinfectantes por día; pero estar en la situación en la que yo me encontraba: a punto de tomar un arca rumbo a la Galaxia Enana del Sextante, a punto de emprender un viaje largo con miles de extraterrestres, era para ponerse a dar de gritos y sudar a chorros. “El silencio te permite escuchar la música estelar” decía el ORBICOP a manera de consuelo. Pero nosotros no poseemos ni la telepatía ni la epidermis sensible de los proteicos, los energéticos o los polimórficos. Para nosotros las estrellas son millones de lucecitas silenciosas colgadas del cosmos, interesadas en adquirir el único bien humano que no pudo ser erradicado por el ascético sistema ORBICOP: las bacterias. Los humanos tenemos millones de bacterias en nuestro organismo, somos un campo fértil de vida y no hablo de los elementos patógenos, hablo de recursos tan cotidianos como la saliva o la producción de otras membranas y sistemas que cualquier organismo sano secreta abundantemente sin saber del tesoro que lleva dentro y de cuánto puede costar en el mercado negro. Las bacterias humanas, además de servir para generar fermentos y otras enzimas, para ciertos paladares monstruosos pueden resultar exquisitas. Han sido también un elemento esencial para crear armas biológicas en la guerra entre planetas. Esa sí, la guerra, no fue solamente una invención nuestra. En toda forma de vida existe también el germen del enfrentamiento. El virus más poderoso atacará al más débil, así está escrito, no nos sucedió solo a nosotros, sigue pasando secretamente, sólo que algunos humanos a cambio de ciertos beneficios hemos deicidio proporcionar la materia prima. Visto desde ese ángulo hemos resultado ser, de veras, una raza perniciosa, devastadora y prolífica. Que el ORBICOP nos hayan quitado el

planeta Tierra para sanarlo después de la peste, como quien hecha de su casa a los malos inquilinos, ya fue insultante, pero el decreto de separar hombres de mujeres y colocarlos en colonias productivas hasta “recuperar la mente” de las secuelas de la enfermedad y la muerte nos recordó a todos lo que hacen los vencedores de la batalla final con los vencidos: hacen lo que les da la gana. Únicamente los limpios pueden salir y rehacer su vida. Conseguir una hembra sana, sembrar en tierra artificial, hacer colas más largas que esta para llenar una solicitud de fertilidad y esperar que la aprueben antes de cumplir 90 años dándose las duchas inmunológicas cada día para asegurarse de que sigue limpio, pero vamos, ¡somos humanos!, ¿quién puede estar del todo limpio? Otros, nos hemos saltado ese paso y traficamos con lo que tenemos. “La vida se abre camino”. Conseguimos a cambio de algo tan simple como tubos de lágrimas, piezas gratis en los hoteles y por unos centímetros de cabello, acceso a hembras artificiales, “damas de viaje”, que se reservan justamente para huéspedes que siempre hacen largas travesías, como yo ¡Quién diría lo atractivas que resultaron las formas de las muchachas humanas a los ojos de otras especies de la galaxia! Tienen gran demanda, entonces, para separar una la noche entera toca dar algo más, recortes de uñas, algunas pestañas... Hay madrugadas en las que me despierto y miro a través de la bóveda trasparente que tienen los hoteles en su último piso — casi siempre pido esas habitaciones, soy un romántico — e imagino que la mujer que está a mi lado no es una mezcla de pelo sintético, vinilo, silicona y líquido temperado, si no una real, de esas que se niegan a lo que le pides e incluso te pueden devolver un golpe si te pones violento. Una hembra de verdad. Pero son anhelos normales e imperfectos, honestamente no quiero la tierra ni el hijo. O al menos eso creo, le sirvo más al ORBICOP de este modo, a alguien tiene que perseguir. Entonces la vi. Avanzaba lenta y apretadamente, con el resto del ganado espacial en la fila que salía del arca. Para haber realizado un viaje de 36 meses lucía serena, ni rastros de la alte145


Una chica como tú, en un lugar como este

ración ocular que dicen que se sufre por permanecer dentro de la penumbra de las cápsulas. Al igual que yo había intentado camuflar su naturaleza humana con otro de los disfraces más usuales, el mineral. Pretendía ocultarse tras el cuarzo y la bakelita de los mutantes de tierra con idénticos resultados a los míos: un fracaso estrepitoso que era sancionado con abucheos y gruñidos de sus compañeros de fila. El pleyadiando que se encontraba a sus espaldas sufría de arcadas porque el sudor humano, ácido y salino, resultaba insoportable para sus apéndices olfativos. Y allí estábamos, dos repudiados sociales que se encuentran en el medio de una estación de paso perdida en una estrella de nombre impronunciable para nuestras cuerdas vocales ¿Quién era ella? ¿Por qué se ocultaba? ¿Alguna vez fue de los “limpios”? ¿Ya había sido adquirida? O quizá era de las otras, de las que tienen suficientes recursos para poder adquirir y entonces son ellas las que van a las colonias a elegir especímenes masculinos que puedan fecundarlas, a todos nos hicieron poner en hilera alguna vez, “a este sí, a este no”. Y era una bella hembra. Sana, de ojos y músculos firmes. Lo supe porque un hombre sabe esas cosas aunque la mujer estuviera oculta detrás de una cortina de acero o tras kilos de material rocoso, como esta. Utilice los viejos métodos: le clavé la mirada, intenté un silbido…todo inútil. Era como si yo no existiera, quizá mi disfraz no lograba engañar a ninguno de los pobladores de la fauna espacial, pero sí a las humanas. Y a medida que se acercaba la captaba en el aire: la densidad de su cabello, el movimiento de la saliva al pasar por su garganta y no únicamente eso sino otras funciones mucho más íntimas como el ritmo nervioso de su sangre al salir de su corazón y extenderse por todo su cuerpo caliente. Y bueno, por algo perdimos todas las batallas. Nunca hubo posibilidades reales de ganarlas pero en los campamentos nos repiten que las perdimos porque nuestra especie primero actúa y después, piensa. Pasión, la peor cualidad humana según el ORBICOP. En un inicio se armaron de146

bates — liderado por los románticos, sobretodo. Yo me defino enfáticamente como uno aunque la agrupación ya se haya disuelto hace mucho— acerca de las consecuencias positivas del arrebato, el arte, el sexo, el buen azar, pero los cultivadores de la prudencia eran muchos y más eran aún los temerosos. “Por algo perdimos las batallas” me dije cuando ya la había tomado del brazo. Mi rama atrapó a su cintura fría el momento en que pasó junto a mí y le hablé. Primero en italiano, el que dicen es el lenguaje del amor. Después en mandarín, en español, en ruso y en el dialecto universal del ORBICOP. En cuanta lengua sabía y se me ocurrió soltar saludos y frases sacadas de diálogos de película. Ella permaneció cabizbaja pero con los ojos vivísimos, atenta a los movimientos de la fila que ya congelaba sus pasos, que ya lanzaba voces guturales, ulullares y alaridos porque dos humanos se habían tocado y sus bacterias, sus peligrosas bacterias empezaban a reproducirse de manera parasexual, conjugándose y bipartiéndose hasta posiblemente infectar la estrella y esa parte de la galaxia. Entonces, cuando ambas filas del arca, —la suya y la mía — rompieron en estampida pisoteando, aleteando y dando saltos para ponerse a salvo de nuestro nefasto encuentro, y ni la voz neutra de uno de los vigilas del ORBICOP que intentaba poner en orden desde los parlantes pudo tranquilizar el pavor general de que de nuestro contacto nacieran millones de bebés humanos. Ella alzó su rostro de piedra y, por la forma alargada que tomaron sus ojos tras la falsa máscara de cal, me sonrió. Antes que vinieran guardas estelares y médicos a someternos a un coctel intensivo de vacunas y enjuagues de alcohol que retrasarían nuestros vuelos y planes por quizás un par de años; juro que esa extraña soltó una risa suave y sonó como la mejor música que podía haber escuchado en la vida, mucho mejor que la “sinfonía estelar” a la que el ORBICOP

aconsejaba estar atento, muchísimo, muchísimo mejor.


No solo los dinosaurios duermen Norma mira las estrella

NO SOLO LOS DINOSAURIOS DUERMEN ( Cuento tomado de Balas perdidas, 2010) La salamandra y yo intercambiamos miradas antes de hacer peligrosas piruetas en el aire porque sus ojos oscuros y temblorosos me indicarán el momento exacto en el que vamos a hacer el salto: es un movimiento complicado que exige un total esfuerzo de mi cuerpo porque no solo debo elevarme lo suficiente para hacer el mortal, sino que también debemos estar perfectamente sincronizadas. Lo divertido de esa actividad es que, a pesar de que ella parece estar hecha solo de cartílago amarillo, podamos hacer los brincos de manera simultánea aunque yo sea diez veces más pesada. Una y otra vez, muy contentas, saltamos con elegancia de trapecistas sobre el fuego, dejando que las llamas nos laman el estómago. Mientras lo hacemos, yo admiro de reojo el brillo de las canas plateadas de su lomo y la madeja de intestinos azules translucirse por su piel arrugada porque es más vieja que yo y lleva mucho más años dando brincos. Luego caemos la una en brazos de la otra y yo siento el impacto frío y viscoso de su pesito sobre mi hombro que golpea con toda la energía de sus miembros cortos. La salamandra me abraza y yo junto mi rostro al suyo mientras chasqueamos la lengua alto, muy alto en un canto unísono de celebración que ningún público aplaude pero que nosotras sabemos, es perfecto y magnífico. Somos las únicas habitantes de un mundo brusco y continuó donde hacemos cabriolas cada vez más y más perfectas. Luego retornamos a nuestras posiciones y volvemos a empezar. Entonces yo le digo con la mirada, el único modo que hayamos de entendernos realmente, que soy inmensamente feliz, que ojalá ella jamás, jamás jamás, despierte.

NORMA MIRA LAS ESTRELLAS (Cuento tomado de El Lugar de las apariciones, 2007) Norma Jean se siente abandonada. Por hacer algo, acepta las invitaciones de los chicos bronceados que la llevan a dar un largo paseo en automóvil. Ella quiere escuchar los cuentos que no oyó en su infancia; los muchachos empiezan bien, pero después necesitan agitarse sobre ella: una, dos, tres veces. Se turnan aplastándola contra el pasto mientras Norma cuenta las estrellas para entretenerse. Después la llevan a casa y ella les da las gracias con un beso en la mejilla. A los adultos los llama ‘papito’ y siempre olvida el nombre de los más jóvenes. Norma Jean se siente excluida; pasan por su vida un esposo y un hijo. Está harta de contemplar paredes decoradas y de escuchar cómo la guerra lo ensucia todo. Entonces una noche de bares, inventa a la mujer feliz que quiere ser. Le pone algodón en la cabeza y un cascabel en el alma. Se transforma en una muñeca de sí misma y por fin tiene alguien con quien jugar. Norma Jean se siente desolada y por eso imagina a Marilyn Monroe caminando desnuda por una catedral repleta de fieles. A diferencia de las estrellas de su adolescencia, ella es un astro que no posee una órbita constante, que no retiene a ningún cuerpo. Por hacer algo interesante visita a un cartomántico, usa Chanel No5. y dice sensualmente “comunismo”. También les pregunta mucho a sus amantes si la quieren. Ellos se agitan: una, dos, tres veces. Ella cierra los ojos. Norma Jean se siente vacía y los Kennedy le han prometido que será Primera Dama y la amará todo un pueblo, pero aquella noche ninguno de los dos contestó el teléfono. Por eso tragó las pastillas, todas y cada una de las píldoras negras que tenía el frasco. Marilyn Monroe está muerta pero no ha dejado de sentirse desamparada. Hay soledades que son para siempre.

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Solange Rodríguez Pappe (1976) Nacida en Guayaquil. Escritora especializada en el género de lo extraño; ganadora del premio nacional Joaquín Gallegos Lara al mejor libro de cuentos del año 2010 con Balas perdidas. Ha publicado cinco libros de cuentos: Tinta Sangre (2000), Dracofilia (2005), El lugar de las apariciones (2007), Balas perdidas (2010) y Caja de magia (2012). Consta en compendios de narrativa hispanoamericana como las realizadas por Raúl Brasca — Cielo de Relámpagos ( 2009)— y Salvador Luis — Asamblea Portátil (2010) y La Condición Pornográfica (2011); a más de integrar todas las selecciones de autores contemporáneos que se han realizado en Ecuador desde 1990. Ha representado al Ecuador en las ferias del libro de La Habana, México, Bogotá, Lima, Santiago, Buenos Aires y La Paz. Actualmente cursa una maestría en letras y explora los imaginarios apocalípticos para la escritura de su tesis. Alista un nuevo libro de cuentos para el 2014: La bondad de los extraños.

Joaquín Gallegos Lara de melhor livro de contos de 2010 com Balas Perdidas. Publicou cinco livros de contos, Tinta Sangre (2000), Dracofilia (2005), El lugar de las apariciones (2007), Balas perdidas (2010) e Caja de magia (2012) . Consta em compêndios de narrativa hispano-americana como as realizadas por Raúl Brasca —Cielo de Relámpagos (2009)— e Salvador Luis — Asamblea Portátil (2010) e La condición pornográfica (2011); além de integrar todas as seleções de autores contemporâneos feitas no Equador desde 1990. Representou o Equador nas feiras do livro da Havana, México, Bogotá, Lima, Santiago, Buenos Aires e La Paz. Atualmente, cursa mestrado em letras e explora os imaginários apocalípticos para escrever sua tese e prepara um novo livro de contos, La bondad de los extraños, que será publicado em 2014.


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La Cometa y el árbol

Solange Rodríguez Pappe

AUTODIAGNÓSTICO

(extraído de A Bondade dos Desconhecidos, inédito)

Depois da segunda operação me deram a notícia de que não ia voltar a andar. O desastre é uma possibilidade que sempre alcança a todos e uma parte de mim se tranquilizou: Já tinha cumprido minha cota de desastres nesta vida, não podia me acontecer nada terrível porque já tinha acontecido tudo de uma vez e estava começando a sobreviver. “Então é esta a parte que me cabe do horror”, pensei. Minhas filhas não morreriam jovens, não ia perder nenhuma outra parte do meu corpo em um acidente, não haveria uma longa agonia para meu pai que estava muito velho, e era possível que tivesse salvado a cidade inteira de um desastre natural, ainda que chovesse desde que entrei no hospital e que várias das casas que se assentavam informalmente na beira do rio tenham desabado sobre seus habitantes. A televisão era ligada às seis da manhã no canal de notícias e as enfermeiras começavam com o asseio dos pacientes e as doses de medicamentos a partir dessa hora até que se abrisse a porta às oito da manhã para as visitas. Jamais a desligavam, apenas tiravam o som ao anoitecer e durante a madrugada dormíamos embalados pela luz esbranquiçada da tela. Lembro-me que naquela época eu estava bastante bem apesar de sentir, sob as bandagens, os joelhos como bolsas cheias de água e saber que tinha pés, porque os via, mas estavam insensíveis. O difícil era lidar com a tristeza dos outros. Quando meu marido soube das minhas condições, manteve-se abraçado às minhas pernas durante uma hora, gemendo; como me sentia no dever de consolá-lo, acariciei-lhe a cabeça até se acalmar. “Tudo ficará bem”, repetia delicadamente para que ele me escutasse. Ainda não tinha podido tirar o esmalte marrom que colocara há alguns meses e as unhas tinham crescido deixando um pedaço sem pintura. 150


Autodiagnóstico

Pedi ao meu marido que comprasse um vidrinho de qualquer cor e retocasse minhas unhas. Olhou-me desconcertado, se tivesse pedido que as arrancasse teria feito mais sentido para ele. Naquela tarde, enquanto eu tentava dormir, perguntou ao médico: “Não será uma forma de se negar a aceitar seu estado?”. O fisioterapeuta lhe respondeu com uma estatística. “Uma universidade inglesa comprovou que depois da depressão que surge ao descobrir a invalidez, os deficientes vão se estabilizando no mesmo temperamento que demostraram ao longo da vida”. “Sua esposa é uma mulher otimista?” perguntou. Ele ficou pensando, e não soube o que responder. Depois do segundo mês, comecei a perder a noção do tempo, os dias passavam rápido entre as trocas de lençóis, os banhos de esponja com água fria, as visitas de antigas amigas que vinham mais para saber como eu me virava do que para ser solidárias e o noticiário que anunciava que aquele abril ia ser cruel porque, no litoral, dois rios já tinham transbordado e nas estradas nenhuma placa de precaução diminuía os acidentes. O mundo seguia sendo um lugar igualmente horroroso, às vezes, acreditava estar melhor no hospital do que fora, com toda essa gente machucada. Depois de me arrebentar contra o asfalto, o horror continuava movimentando-se pela terra. Às vezes, alguém morria no meu quarto. Se um paciente começava a agonizar, as enfermeiras separavamno do resto; se falecia em silêncio, deixavam-no quieto e o ignoravam o máximo que podiam até que chegassem os familiares ou alguém do necrotério. Uma vez, acordei e estava ao lado dos mortos, tinha ficado tão quieta, mas tão quieta, que algum estudante de medicina, desses que enchem os hospitais públicos e metem a mão em tudo, teve certeza de que eu já estava morta e me colocou no fundo da sala entre os outros cadáveres de verdade; então eu tentei chamar a atenção gritando, mas não me escutavam porque tinham aumentado o volume da televisão para ouvir as notícias esportivas.

Sacudi-me e soube, horrorizada, que poderia mexer um pouco as pernas, inclusive a que estava mais machucada. Era como sacudi-las debaixo d’água, com os membros apoiados por um peso adicional. Assustei-me tanto que foi quase como se morresse de verdade. A partir desse novo ângulo, vi a sala tão triste... Os outros pacientes, meus companheiros, olhavam para o teto com expressão abandonada, jogavam paciência ou liam jornais velhos que trocavam entre si, pareciam-me patéticos. Estando ao lado dos defuntos, pensei que a morte era uma vontade: assim como tem gente que diz que é preciso empenhar-se em viver. — Os familiares de um tetraplégico que colocaram na minha frente na sala comunal repetiam muito isso —, eu entendia que também era possível empenhar-se em morrer e então me deitei como uma perfeita morta, exceto por seguir respirando. Pouco depois, apareceu uma enfermeira que começou a trocar minha camisola de flores por uma um pouco mais sóbria quando de repente me soltou e começou a gritar; havia se dado conta de que eu estava viva, porém eu, fiel à minha nova condição, não abria os olhos. Pouco depois, reuniu-se ao meu redor um grupo numeroso de médicos, estagiários e enfermeiras: “Qual é o diagnóstico”, perguntou um deles. “Morte por embolia” — respondeu a mulher que havia se dado conta de que eu estava viva —. “É bastante comum em pessoas que se movimentam pouco”. “E por que não reage?”, perguntou outro. “Prática” disse alguém mais e todos riram nervosos. “Às vezes a morte é uma vontade” sentenciou uma voz feminina. Então, eu abri os olhos, deslumbrada porque acreditava exatamente naquilo que ela tinha dito, mas entre suas caras de susto não pude distinguir de quem se tratava. Essa tarde, tentando injetar-me ânimo para que continuasse deste lado, suponho, trocaram os noticiários por programas de auditório, mas estávamos tão acostumados que a televisão fosse um habitante a mais, que ninguém prestou muita atenção. De madrugada, tentei flexionar as 151


Autodiagnóstico

pernas pela primeira vez e tive êxito: estiquei-as e voltei a dobrá-las dezenas de vezes pensando em como ia dar a boa notícia ao médico e à minha família. Sabemos o quão irritadas as pessoas ficam quando já se acostumaram com uma ideia da vida e ela muda. “Por que não diz a eles que você pode se mover?” perguntou-me o tetraplégico, que me contemplava com olhos luminosos. “E você, por que não lhes diz que pode falar?”. “Não sei”, respondeu-me — tinha uma bela voz: clara e poderosa que se apreciava melhor na escuridão —. “Nunca se preocuparam muito comigo e vê-los, agora, atarefados e furibundos, é divertido. O que aconteceu com você esta manhã? Assustou a todos. Acho que vão te mandar para o lado dos doentes mentais”. “Eu me empenhava em morrer” — respondi —, “o contrário do que diz esse seu parente que o tempo todo recomenda empenhar-se em viver”. “Esse é o meu irmão mais velho que uma vez fez um curso motivacional sobre o pensamento vencedor de Dale Carnegie”. “Foi aquele que estourou os miolos quando soube que tinha câncer?”. “Sim, mas meu irmão não pode saber disso porque lhe partiria o coração”. Houve um silêncio tão longo que pensei que ele tinha dormido. “E como é empenhar-se em morrer?”. “Não sei, é como fechar os olhos e flutuar na água. Você já flutuou na água?”. “Uma vez, mas a água leva para onde quer e achei perigoso”, disse-me e voltou a fazer um silêncio tão longo que outra vez adormeci. Acordei com o rosto do meu marido me olhando severamente. “Pelo que você fez ontem, recomendaram que eu a leve para casa, mas consegui que fique no hospital um pouco mais”. Estava furioso, nem parecia o homem que tinha chorado agarrado à minha cintura há poucas semanas “As coisas vão mudar muito porque ainda não conversei com as meninas e será necessário contratar alguém que se encarregue dos assuntos que antes eram seus. Todas essas coisas tomam tempo e você já sabe que tenho pouco tempo“. “Que estranho” — respondi com frieza — “eu estava certa de que você já tinha encontrado al152

guém para encarregar-se dos meus assuntos íntimos há algum tempo”. Enrubesceu e baixou os olhos. Íamos começar a discutir como de costume quando um dos estagiários que fazia a ronda anunciou que o tetraplégico com quem eu tinha conversado à noite estava morto. Parecia que era o mesmo médico que tinha anunciado meu falecimento um dia antes, portanto ninguém lhe deu ouvidos. Anotou a causa do falecimento, que presumia ser embolia, e o levou em uma maca para junto dos outros cadáveres que esperavam no fundo da sala comum. “Ele só está se empenhando em morrer“, disse em voz baixa, mas meu marido me escutou. “Você continua insistindo nessa bobagem!”, resmungou apertando os dentes. “Vão terminar te colocando do lado dos loucos e eu não vou poder impedir”. “Não se preocupe tanto” — respondi abaixando a voz— “Acho que posso andar, bom, não ainda, mas posso mexer as pernas”. Tentei movê-las, mas por alguma razão, perto dele minhas pernas voltaram a sentir-se como pedaços de carne dentro de um saco plástico. Meu marido me olhou longamente com uma cara de horror e desconcerto. “Farei os trâmites para que você mude de quarto. Quando você põe alguma coisa na cabeça, é impossível controlar”, disse, e saiu com o peito apertado. Pouco depois apareceram os familiares do tetraplégico da bela voz e começaram a chorar, sobretudo o irmão que lhe havia aconselhado que se empenhasse em viver. Partia-me o coração vê-lo lamentar-se tanto, e estive a ponto de dizer-lhe que não estava morto, somente praticava, mas não queria estragar os planos do meu companheiro de quarto. Nessa noite, anunciaram no noticiário da meia-noite mais acidentes de trânsito nas estradas e, inclusive, exibiram imagens de cadáveres de verdade, amarelados e deformados, muito diferentes do tetraplégico e de mim. Já de madrugada, sentei- me com cuidado sobre a cama e desci as pernas até sentir na planta dos pés os azulejos gelados e sujos. Meus pés reconheciam as formas com certa memória distante, como que de outra época. Estavam aterrorizados. Apesar de


Uma garota como você, em um lugar como este

ter medo nos pés, endireitei-me e, com a ajuda da beirada da cama, dei dois passos inseguros, quando a voz luminosa e cálida do tetraplégico me chamou do fundo da sala. “Aonde você vai?”. Em câmera lenta, aproximei-me dele, utilizando as beiradas das camas de outros pacientes, sentindo como meus pés se deslumbravam com a experiência. “Não sei” — disse com honestidade— “lá fora me parece terrível. Você soube do acidente de trânsito na entrada da cidade”? “Sim, escutei algo, mas se você ficar aqui, vão te levar para o pavilhão dos loucos para que não continue convencendo os doentes a se empenhar em morrer”. “É verdade” — respondi com pesar— “mas eu não posso, nunca fui muito disciplinada, sou melhor me empenhando em viver”. “Para mim, este dia foi muito bom e amanhã será ainda melhor”. “Não se comoveu ouvindo seu irmão hoje à tarde?, Eu fiquei com muita pena dele”. “É um imbecil obcecado com o positivismo, merece que lhe digam que Dale Carnegie se deu um tiro”, respondeu irritadíssimo e ficou calado; ele era fã dos silêncios, com razão representava tão bem a morte, eu, para meu pesar, não conseguia parar de falar. “Bom”, disse-lhe, “acho que irei para casa ver minhas meninas ou talvez não, talvez fique em outro lugar, meus pés estão como que assustados, não sei para onde querem me levar”. Ia lhe dar um beijo de despedida, mas ele já tinha voltado às suas práticas de morte. Atravessei devagar o pavilhão suavemente iluminado e, quando senti que meus pés queriam me levar de volta para a cama, lutei com todas as forças para não me deixar levar para lá, era como dar chutes na água, era cansativo e requeria esforço de todo o corpo. No final, eu venci e pude seguir, muito mais calma, até a porta onde a enfermeira noturna dormia. Antes de sair da sala, desliguei a televisão.

UMA GAROTA COMO VOCÊ, EM UM LUGAR COMO ESTE .

(extraído de A Bondade dos Desconhecidos, inédito) “Infelizes são os que viram uma menina no Metrô e se apaixonaram imediatamente e a seguiram enlouquecidos e a perderam para sempre entre a multidão porque eles serão condenados a vagar sem rumo pelas estações…”. Estação do Metrô Oscar Hanh A agitação veio do setor dianteiro da fila e estendeu-se até onde eu me encontrava. Centenas de zumbidos, bater de asas, estalidos e vibrações dirigiram-se a mim frustrando meu propósito de passar despercebido sob a fantasia vegetal que usava. O problema de ser humano e também agente de viagens é a má fama de nossa raça e ter de usar trajes falsos para embarcar em cruzeiros. Desde a grande peste não éramos precisamente a espécie mais querida da Via Láctea. O polimorfo que estava na minha frente na fila se virou e me olhou com seus olhos amarelos exalando asco: “Humano”, disse com um estalido viscoso de suas válvulas e mudou de forma até se tornar uma muralha de escamas. Eu fiquei ruborizado e, obviamente, por essa mudança química, liberei um odor. Não podiam fazer nada, nem o tom esverdeado, nem a casca tão cuidadosamente colada, centímetro por centímetro, sobre minha pele para cobrir, nem minhas respostas hormonais, nem meu riso nervoso. As gargalhadas humanas alcançam de 60 a 65 decibéis, mas em uma das primeiras reuniões do ORBICOP, após discussão (tinham de criar muitas leis absurdas para frear as espécies com mais superlotação desta galáxia), decidiu-se que, 153


Uma garota como você, em um lugar como este

em lugares públicos, os sons humanos não poderiam passar de 50 decibéis, em consideração aos que não tinham tímpanos e sim membranas hipersensíveis. Uma conversa animada pode chegar, em média, a até 70 decibéis. Outra das regras tinha a ver com o odor; ainda que a grande maioria da nossa raça não tenha ficado doente, nos obrigavam a tomar três banhos desinfetantes por dia; mas estar na situação em que eu me encontrava: a ponto de tomar uma arca rumo à Galáxia Anã do Sextante, a ponto de empreender uma longa viagem com milhares de extraterrestres, era de se começar a gritar e suar em bicas. “O silêncio lhe permite escutar a música estelar” dizia o ORBICOP em forma de consolo. Mas nós não possuímos nem a telepatia nem a epiderme sensível dos proteicos, dos energéticos ou dos polimórficos. Para nós, as estrelas são milhões de luzinhas silenciosas dependuradas no cosmos, interessadas em adquirir o único bem humano que não pode ser erradicado pelo ascético sistema ORBICOP: as bactérias. Nós humanos temos milhões de bactérias em nosso organismo, somos um campo fértil de vida e não estou falando dos elementos patogênicos, estou falando de recursos tão cotidianos como a saliva ou a produção de outras membranas e sistemas que qualquer organismo saudável expele abundantemente sem saber o tesouro que carrega dentro de si e do quanto isso pode custar no mercado negro. As bactérias humanas, além de servir para produzir fermentos e outras enzimas, podem ser iguarias para certos paladares monstruosos. Também têm sido um elemento essencial para a criação de armas biológicas na guerra interplanetária. A guerra, essa sim, não foi somente uma invenção nossa. Em toda forma de vida existe, também, o germe do enfrentamento. O vírus mais poderoso atacará o mais fraco, assim está escrito, não aconteceu somente conosco, continua ocorrendo secretamente, acontece que alguns de nós humanos, em troca de certos benefícios, decidimos fornecer a matéria-prima. Olhando por esse lado, provamos ser, realmente, uma raça per154

niciosa, devastadora e prolífica. Já foi insultante que o ORBICOP nos tenha tomado o planeta Terra para curá-lo depois da peste, como quem expulsa de sua casa os maus inquilinos, mas o decreto de separar homens de mulheres e colocá-los em colônias produtivas até “recuperar a mente” das sequelas da doença e da morte nos lembrou a todos o que fazem os vencedores da batalha final contra os vencidos: fazem o que bem entendem. Somente os limpos podem sair e refazer sua vida. Conseguir uma fêmea saudável, cultivar em terra artificial, fazer filas mais longas do que esta para preencher um pedido de fertilidade e esperar que a aprovem antes de completar 90 anos, tomando duchas imunológicas diariamente para assegurar-se de que continua limpo... mas, espera aí, somos humanos!, quem poderia estar totalmente limpo? Outros, pulamos esse passo e traficamos o que temos. “A vida abre seu próprio caminho”. Conseguimos, em troca de algo tão simples como tubos de lágrimas, quartos grátis nos hotéis e, por alguns centímetros de cabelo, acesso a fêmeas artificiais, “damas de viagem”, que são reservadas justamente para os hóspedes que sempre fazem longas travessias, como eu. Quem poderia dizer o quão atrativas seriam as formas das garotas humanas aos olhos de outras espécies da galáxia! Elas são muito requisitadas, então, para conseguir uma por toda a noite, é necessário dar algo mais, lascas de unhas, alguns cílios... Tem madrugadas em que acordo e olho através da abóbada transparente que os hotéis têm no último andar — quase sempre peço esses quartos, sou um romântico — e imagino que a mulher que está ao meu lado não é uma mistura de cabelo sintético, vinil, silicone e líquido temperado, mas sim uma real, dessas que se negam a fazer o que lhe pedem e, inclusive, podem te dar um tapa se você se tornar violento. Uma fêmea de verdade. Mas são desejos normais e imperfeitos, honestamente, não quero a terra nem o filho. Ou pelo menos nisso acredito, sirvo melhor ao ORBICOP deste modo, alguém tem de ficar na retaguarda.


Uma garota como você, em um lugar como este

Então a vi. Avançava lenta e espremida, com o restante do gado espacial na fila que saía da arca. Parecia serena para alguém que fez uma viagem de 36 meses, não havia nem rastro da alteração ocular que dizem que se sofre por permanecer dentro da penumbra das cápsulas. Como eu, ela tinha tentado camuflar sua natureza humana com outra das fantasias mais comuns, a de mineral. Tentou se esconder detrás do quartzo e da baquelita dos mutantes de terra com resultados idênticos aos meus: um fracasso estrondoso que era confirmado com as vaias e grunhidos dos seus companheiros de fila. O pleiadiano que se encontrava atrás dela sofria de enjoos porque o suor humano, ácido e salino, era insuportável para os seus apêndices olfativos. E ali estávamos, dois marginais que se encontram no meio de uma estação de passagem perdida numa estrela de nome impronunciável para nossas cordas vocais. Quem era ela? Por que se escondia? Alguma vez foi uma dos “limpos”? Já teria sido comprada? Ou talvez fosse dessas outras, das que têm recursos suficientes para poder comprar, e aí são elas que vão às colônias escolher espécimes masculinos que possam fecundá-las. Já nos enfileiraram a todos uma vez, “este sim, este não”. E era uma bela fêmea. Saudável, de olhos e músculos firmes. Soube disso porque um homem sabe essas coisas ainda que a mulher esteja escondida atrás de uma cortina de aço ou atrás de quilos de material rochoso, como esta. Utilizei os velhos métodos: cravei-lhe o olhar, tentei um assovio... tudo inútil. Era como se eu não existisse, talvez meu disfarce não conseguisse enganar nenhum dos habitantes da fauna espacial, apenas as humanas. E, à medida que se aproximava, eu a captava no ar: a densidade do seu cabelo, o movimento da saliva ao passar por sua garganta, e não somente isso, mas também outras funções muito mais íntimas como o ritmo nervoso do seu sangue ao sair do seu coração e espalhar-se por todo seu corpo quente. Quer dizer, por alguma razão perdemos todas as batalhas. Nunca houve possibilidades reais de ganhá-las, mas nos acampamentos nos repetem que as perdemos porque nossa espécie

primeiro age e depois pensa. Paixão, a pior qualidade humana segundo o ORBICOP. No início, organizaram-se debates — liderados pelos românticos, principalmente. Eu me defino, enfaticamente, como um deles, ainda que o grupo tenha se dissolvido há muito tempo — sobre as consequências positivas do arrebato, da arte, do sexo, do acaso, mas os partidários da prudência eram muitos e, muitos mais ainda, os temerosos. “Por algum motivo perdemos as batalhas”, me disse quando já tinha segurado o seu braço. Meu galho agarrou sua cintura fria no momento em que passou junto a mim e eu lhe falei. Primeiro em italiano, que dizem ser a linguagem do amor. Depois em mandarim, em espanhol, em russo e no dialeto universal do ORBICOP. Enfim, em todas as línguas que sabia e me ocorreu, ainda, disparar saudações e frases tiradas de diálogos de filmes. Ela permaneceu cabisbaixa, mas com os olhos vivíssimos, atenta aos movimentos da fila que já congelava seus passos, que já emitia vozes guturais, uivos e alaridos porque dois humanos haviam se tocado e suas bactérias, suas perigosas bactérias, começavam a se reproduzir de maneira parassexual, conjugando-se e bipartindo-se até possivelmente infectar a estrela e essa parte da galáxia. Então, quando ambas as filas da arca, — a sua e a minha — correram em debandada pisoteando, batendo asas e dando saltos para escaparem de nosso nefasto encontro, nem a voz neutra de um dos vigias do ORBICOP que tentava pôr ordem pelos alto-falantes pôde aplacar o pavor geral de que do nosso contato nascessem milhões de bebês humanos. Ela levantou seu rosto de pedra e, com os olhos arregalados atrás da falsa máscara de cal, me sorriu. E antes que viessem guardas estelares e médicos para nos submeter a um coquetel intensivo de vacinas e enxagues de álcool que atrasariam nossos voos e planos por, provavelmente, uns dois anos; juro que essa desconhecida soltou uma risada suave e soou como a melhor música que podia ter escutado na vida, muito melhor que a “sinfonia estelar” a que o ORBICOP aconselhava estar atento, muitíssimo, muitíssimo melhor. 155


Não somente os dinosauros dormem Norma olha as estrelas

NÃO SOMENTE OS DINOSAUROS DORMEM (Conto extraído de Balas perdidas, 2010) A salamandra e eu trocamos olhares antes de fazer perigosas piruetas no ar porque seus olhos escuros e trêmulos me indicarão o momento exato em que vamos dar o salto: é um movimento complicado que exige total esforço do meu corpo porque não apenas devo elevar-me o suficiente para dar o salto mortal, como também devemos estar perfeitamente sincronizadas. O divertido dessa atividade é que, apesar de ela parecer ser feita somente de cartilagem amarela, podemos fazer os saltos de maneira simultânea mesmo que eu seja dez vezes mais pesada. Uma e outra vez, muito contentes, saltamos com elegância de trapezistas sobre o fogo, deixando que as chamas nos lambessem a barriga. Enquanto o fazemos, eu admiro de soslaio o brilho prateado do seu dorso e o emaranhado de intestinos azuis que transparece através de sua pele enrugada, porque é mais velha do que eu e tem saltado há muito mais anos. Logo caímos uma nos braços da outra e eu sinto o impacto frio e viscoso do seu pezinho sobre meu ombro, que golpeia com toda a energia de seus membros curtos. A salamandra me abraça e eu colo meu rosto ao seu enquanto estalamos a língua alto, muito alto, em um canto uníssono de celebração que nenhum público aplaude, mas que nós sabemos ser perfeito e magnífico. Somos as únicas habitantes de um mundo brusco e contínuo onde fazemos piruetas cada vez mais e mais perfeitas. Em seguida, retornamos às nossas posições e começamos novamente. Então, eu lhe digo com o olhar, a única maneira que encontramos de nos entendermos realmente, que sou imensamente feliz, que tomara que ela jamais, jamais, jamais, desperte. 156

NORMA OLHA AS ESTRELAS (Conto extraído de O Lugar das aparições, 2007) Norma Jean sente-se abandonada. Para ter o que fazer, aceita os convites dos garotos bronzeados que a levam para dar um longo passeio de carro. Ela quer escutar os contos que não ouviu na sua infância; os rapazes começam bem, mas depois precisam agitar-se sobre ela: uma, duas, três vezes. Revezam-se em esmagá-la contra a relva enquanto Norma conta as estrelas para se distrair. Depois a levam para casa e ela lhes agradece com um beijo no rosto. Chama os adultos de ‘paizinho’ e sempre se esquece do nome dos mais jovens. Norma Jean se sente excluída; passam por sua vida um esposo e um filho. Está farta de contemplar paredes decoradas e de escutar como a guerra suja tudo. Então, numa noite pelos bares, inventa a mulher feliz que quer ser. Coloca algodão na cabeça e um chocalho na alma. Transforma-se numa boneca de si mesma e por fim tem alguém com quem brincar. Norma Jean se sente desolada e por isso imagina Marilyn Monroe caminhando nua por uma catedral repleta de fiéis. Diferentemente das estrelas de sua adolescência, ela é uma astro sem órbita constante, que não aprisiona nenhum corpo. Para fazer algo interessante, visita uma cartomante, usa Chanel No 5 e diz “comunismo” de forma sensual. Também pergunta muito aos seus amantes se gostam dela. Eles se agitam: uma, duas, três vezes. Ela fecha os olhos. Norma Jean se sente vazia e os Kennedy lhe prometeram que será Primeira Dama e todo um povo a amará, mas naquela noite nenhum dos dois atendeu o telefone. Por isso engoliu os comprimidos todos e cada uma das pílulas negras contidas no frasco. Marilyn Monroe está morta, mas não deixou de se sentir desamparada. Existem solidões que são para sempre. Tradução: Sônia Oliveira de Paredes Revisão: Maria Carolina Gomes de Azeredo Souza


Vladimiro Rivas

VISITA ÍNTIMA

Para Blanca Casariego

Porque le gustaban los trapos se había conseguido esta chamba en Aca Joe de la Zona Rosa. Trapos, luces, colores y gente de todas partes, sobre todo turistas. Ver gente nueva y distinta le compensaba de la tarea monótona de doblar y desdoblar pantalones, playeras y suéteres que los clientes no siempre compraban. Todo muy acá. Le encantaba conocerlos, atenderlos, tratarlos, aunque no compraran. Y si compraban, mejor, se ganaba un porcentaje. Y porque le gustaba la gente, en ese sábado de multitudes, abordada por una pareja que buscaba pants -aquí tienen estos modelos, y estos colores-, su mirada tropezó con el rostro de esa mujer que acababa de entrar, y en ese rostro se detuvo, en esa mujer a la que parecía haber conocido desde siempre. ¿Les gustan estos pants rojos?, pero ella, distraída ya, tenía su mirada atrapada en el rostro de esa mujer un poco perdida en la tienda y en sí misma. - Un momento, por favor -dijo a sus clientes, y pidió a su compañera que atendiera a la pareja y le dejara a cambio esa mujer. - ¿En qué la ayudo, señora? Todo le había atraído en ella: la dulzura de su rostro maternal y sufriente, la caricia de su mirada, esa expresión tan llena a la vez de valentía y desamparo. Una Dolorosa embellecida por un sufrimiento indecible. - Dígame qué se le ofrece. - Calentadores para hombre, por favor. Talla grande, no extra grande-. Su voz acariciaba y persuadía. - ¿Calentadores? -dijo Mónica, con una sonrisa nerviosa y equívoca. - Sí, calentadores. - ¿Qué son calentadores? - Disculpe, ¿cómo se llama esto aquí? - Sudaderas, eso, es que vengo de Ecuador y allá se llaman calentadores y me llamo Esther, Esther Villacrés. 157


Visita íntima

- Soy Mónica- y le mostró sudaderas rojas. - No, quiero grises, por favorcito. - Un color muy triste, ¿no?, ¿por qué no azules? - No, grises. - También podrían ser amarillas. - No, grises, insistió. - Perdone la curiosidad, ¿por qué grises, señora? - Es el color del uniforme para mi hijo, que está en la cárcel- le dijo, rota la voz-. Le pusieron en Quito cocaína en la maleta y he venido a defenderlo, a liberarlo. Hecha la compra, le pidió a la señora Esther que le aceptara un café en el restaurante de enfrente. - ¿Me puede esperar veinte minutos? - Sí, claro –dijo-. Mientras tanto, miro la tienda y pago. - Lo detuvieron en el aeropuerto, recién llegado a México -sorbió el café americano con el aire de la costumbre y del buen degustador-. Mi hijo es inocente, te aseguro. Lo sé, Mónica, lo he sabido siempre porque yo lo crié, yo lo eduqué. Un mal amigo, estoy segura, le puso esa droga en la maleta, que es poca pero suficiente para que lo acusen. ¿Te imaginas, Mónica, a mi Luisito atentando contra la salud de la gente? Ese no es mi hijo, Mónica. Es inocente y hay que demostrarlo. Ha vivido siempre conmigo, lo conozco, es incapaz de semejante cosa, ahora y siempre. Javier, un buen amigo de allá, me ha dado alojamiento aquí, querida, si no, habría sido imposible quedarme, con lo caros que son los hoteles y largos los procesos. - ¿En qué la ayudo, Esther?, ¿cuándo visitará a su hijo? - Voy mañana al reclusorio, hijita, es domingo, hay visita familiar y voy a dejarle su uniforme. - Si gusta, la acompaño ¿quiere? Mañana es mi día libre. - Me haces feliz, hijita -le dice- sin comprender del todo el arrebato de esa niña desco158

nocida que se fijó en esta desconocida y extrañamente se cobijó en su manto. - Mi padre es ferrocarrilero jubilado y mi madre murió a mis cuatro y sólo tengo un recuerdo muy lejano de ella. ¿Te digo algo? Cuando te vi entrar en la tienda sentí que eras mi madre que llegaba a buscarme, por eso me acerqué a ti. ¿No te importa que te diga mamá? -aunque le pareció una ligereza hacerle esta pregunta tan prematuramente-. Y mira lo que son las cosas, aquí vamos juntas a ver a tu hijo en la cárcel. Eres increíble, en este monstruo de ciudad ya te sabes el camino para llegar al reclusorio. Este pesero nos deja en frente, mamá. Y mira que ya estamos. Antesalas de antesalas. Todo en la entrada es cavernoso. Exhaustiva y humillante la revisión. Todo cuerpo es sospechoso de portar ilícitos, armas o droga. Una misma se siente ilícita, de antemano culpable. Exhibición repetida de pasaporte y credenciales y de firmas y constatación de firmas. Declarar nombres y parentescos: la madre, una amiga. Mónica percibe en Esther una incredulidad dolorosa, como si no acabara de convencerse de lo que está ocurriendo. Y se lo dice. Es irreal, la madre nunca ha pisado una cárcel y ahora en este reclusorio está su hijo, entre rateros, narcos y asesinos. Mónica también se sabe irreal. De pronto se pregunta qué hace allí, en esa mesa, esperando que traigan al hijo desconocido de una madre súbitamente inventada. Mira a su alrededor, muchos rostros ávidos como el suyo esperan en las mesas a que lleguen sus presos. Al verlo entrar en la sala, ya supo que era él. Llegó con el cansancio de varias noches sin dormir y con ojos sólo para su madre. Ellos se abrazaron estrechamente; él le pidió el uniforme gris, se regresó para cambiarse y entregarle su ropa personal. Volvió enseguida con su hato, algo más dispuesto a conversar y conocer a la extraña. - Luis, es Mónica; Mónica, Luis-. Y, enseguida, la relación de cómo y dónde se conocieron. Nadie, discretamente, mencionó la orfandad de madre de Mónica; y Luis, conmovido pero extraña y quizá comprensiblemente distante, agradeció a la chica su compañía. Mónica se inhibió


Visita íntima

de llamarla “mamá” y toda la conversación entre madre e hijo giró en torno de la estrategia de defensa. - No basta el abogado de oficio -dijo Luis-. Necesitamos a alguien más comprometido. Que Javier, tan bien relacionado, me consiga uno. No va a negarse, ¿no? Mónica sólo escuchaba y le llamaban la atención el temple y claridad de ideas de Luis. Una extraña fortaleza que parecía llegarle de la madre. No hablaba, casi, de lo que pasó, sino del futuro, de cómo salir de ahí, como en las tan gustadas películas de reos que se la pasan planeando la evasión. Emocionante todo esto. Y ella se sentía involucrada en esta película porque estaba siendo filmada por sus propios ojos, por su imaginación. Pero no dijo nada, porque él tampoco le había dicho nada. Por ahora, todo iba entre él y su madre, sobre personajes que no conocía y fragmentos de esas dos vidas ajenas, a las que iba lentamente, secretamente incorporando a la suya propia. Nerviosa y asustada, escrutaba los rostros patibularios de algunos presos y los de otros que no entendía cómo podían estar ahí: eran rostros casi tiernos y probablemente de asesinos. Estudiaba los de los familiares y su comportamiento. Leía sus posibles parentescos. También esos rostros ingresaban al río de su conciencia. Al final, sin un beso siquiera, se despidieron con cortesía. El domingo siguiente, Esther llevó a su hijo las noticias que Javier debía transmitirle acerca del recién contratado defensor: nombre, honorarios, día y hora de la primera cita. Luis estaba mucho más comunicativo. Saludó de beso a Mónica y por fin la miró. Le refirió anécdotas de la prisión: el joven que asaltó la taquilla de un cine con una pistola de agua (deberían darle un premio, rió Mónica), las burlas de los internos a la cobija floreada que le trajeron a uno de ellos (“una flor más y es ridículo”). Esther estaba atenta a las miradas que ellos se cruzaban. Sabía que esa chica generosa y cordial, de abundante cabellera negra y cuerpo bien formado y cuidado, de cara pequeña y sensualidad algo vulgar, ya no le era indiferente a su hijo. En la conversación acer-

ca del abogado y de los pendientes con Quito, Luis ya incluía a Mónica, no sólo con la mirada sino con asertos que reclamban su confirmación. Esther y Mónica se veían a menudo entre semana a la salida de Aca Joe. Bebían café y conversaban sobre sus vidas. El padre de Luis había abandonado a sus dos hijos y a la madre. No habían vuelto a saber de él. Su hija luchaba con cuerpo y alma desde allá para liberar a su hermano. El ferrocarrilero jubilado dedicaba sus largas horas de ocio a ver la tele. Casi siempre, al volver del trabajo, Mónica lo encontraba dormido frente a la telenovela. Se sabía rebasado por sus dos hijas, Mónica y su hermana, un año mayor. Aunque eran bien portadas, ignoraba, por ser varón y viudo, cómo tratarlas, cómo educarlas. Había delegado parte de su educación a su hermana, que no había necesitado hacer mucho para que las dos muchachas crecieran con respeto a las normas elementales de convivencia familiar. Nunca habían dado motivo de queja, en parte, porque la tía era una guía excelente; en parte, porque las dos supieron ocultar a su padre y a su tía todo aquello que pudiera suscitar su disgusto. Esther insistió en que su hijo era incapaz de cometer un delito como el que le imputaban. Es un muchacho sano, deportista, practicante, desde la primaria, del basquetbol. Ella no conocía a todos sus amigos ni tenía por qué conocerlos, pero confiaba en su integridad moral. - ¿Y si efectivamente cometió un desliz, una aventura inconveniente? -arriesgó Mónica. - No importa, sigue siendo mi hijo, y mi obligación es ayudarlo a salir, pero también hacerle menos solitaria y dolorosa su estancia en ese lugar. Tiene un gran atractivo para las mujeres. - ¿Qué quieres decir? -dijo Mónica. - Eso, que velaré porque no se sienta solo ni sufra los tormentos de un lugar como ése. Hablaré con quien sea, con los abogados, con los jueces, con el presidente, de ser posible. No tengo dinero ni sangre para sobornar a nadie pero sí una lengua para hablar. Hablaron entonces de la lejana Quito y de muchas cosas más y Mónica cayó cautivada por el 159


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sentido del humor de Esther, a veces sutil, a veces audaz y desparpajado, pero siempre agudo. Comparaban ecuatorianismos con mexicanismos y reían: “Calentadores, mira que calentadores para hombres”. Salían a pasear. La chica le mostraba lo que podía de la ciudad de México. El trato de “mamá” a Esther era cada vez más natural y espontáneo; incluso se había inventado un diminutivo, no “mamá Esther” ni “mamá Esthercita” sino “mamá Tishi”, con una “sh” no sorda sino sonora y contínua que merecería la escritura “zh”, es decir, “mamá Tizhi”. De manera que el domingo, el trato de “mamá” delante de Luis fue inevitable y él no pudo reprimir un gesto de sorpresa, aunque no de disgusto. Al contrario, le agradaba que su madre no estuviera sola en esta ciudad monstruosa y que, de manera tan inesperada, se hubiera ganado una amiga tan cercana y dispuesta a acompañarla y complacerla. Mónica llevaba puesta un vestido rojo escotado que a la vez revelaba y ocultaba un busto generoso y subrayaba las líneas armoniosas de su cuerpo. Había llamado la atención también de los demás presos y sus visitas. Luis se mostraba ambivalente, a la vez complacido y disgustado. Y Mónica se había dado cuenta de ello. La plática giró en torno del abogado que ya se había reunido con él y le había planteado su estrategia de defensa. Todos concluyeron que se trataba, en principio, de un abogado muy hábil. Caro, pero hábil. - Ya veremos de dónde sacamos el dinero para pagarle -dijo Esther-, pero lo tendremos, confíen en mí. Puedo pagar el adelanto que nos ha pedido. Ya después veremos. Y surgió el tema de las actividades internas de Luis: esa semana ha visto una violenta disputa entre internos y un asesinato. Era vital acumular todos los puntos posibles por buena conducta. Se había iniciado ya como entrenador de basquetbol, ganándose con ello el respeto de los internos. La despedida de Luis fue muy cálida. Y también la respuesta de Mónica. La madre sonreía, complacida. 160

- Hijita -le dijo Esther en el café-, Javier me ha invitado el próximo domingo a un paseo campestre con sus amigos. Ha sido muy bueno conmigo, no quisiera despreciarle y creo que ya merezco un día de descanso. ¿No te importaría ir sola esta vez? - Pero Luis puede sentirse decepcionado, molesto o enojado. - No, sólo ve y acompáñalo –insistió Esther, dueña de la situación. Ese domingo, el quinto de Luis en prisión, el cuarto de Mónica como visitante, se saludaron con un casi accidental y rápido beso en la boca. A la sorpresa inicial de Luis por la ausencia de su madre, siguió la explicación y una plática larga y desigual acerca de los dos. Se informaron de sus vidas; ella sabía mucho más de él que él de ella. Era una perfecta desconocida. - Quiero conocerte más -le dijo- y tenemos poco tiempo. Disfrutaban de saberse solos y poder hablar libremente. Ella acariciaba con su mirada el rostro todavía cansado del hombre que tenía enfrente. Verlo en esa situación despertó en ella todo ese sentimiento de generosidad escondida que sólo pedía a gritos una oportunidad. No era justo que un joven así debiera pasarse meses o años en la cárcel. Si su madre estaba haciendo lo indecible para salvarlo, sabía que también ella podía hacer algo por él, algo más que acompañar a la madre común. Y de eso le hablaba, de cómo esa mujer extraña y extranjera pasó a convertirse en su madre, la madre que había perdido. - No me agradezcas de nada -le dijo-, ella está haciendo por mí algo que nadie, ni ella misma, puede calibrar y que sólo yo sé. Entonces la mano de él se posó en la suya sobre la mesa y la acarició. Se levantó y pasó a sentarse en el banco junto a ella y la besó con intensidad creciente. Sin embargo, algo turbados, sin saber bien lo que les pasaba, derivaron la conversación, una vez más, a las penurias y la indescriptible violencia de adentro y las anécdotas divertidas o crueles de los reclusos. Y reían


Visita íntima

copiosamente. Al despedirse, se miraron como deseando decirse algo que todavía no sabían. La opinión del abogado pudo haber abatido cualquier ánimo sin la fortaleza de Esther: el proceso iba a durar al menos un año hasta que se dictara la sentencia, y apenas estaba Luis sujeto a la averiguación previa. Esther ha tomado secretamente una determinación y, en el café de siempre, le preguntó a Mónica si alguna vez se había enamorado con locura. Y ella: - Mis amores más fuertes han sido a distancia, por gente lejana, inalcanzable. Lo demás fueron, ya sabes, amoríos de mano sudada y cachondeos en el cine. Todo eso que forma parte del tedio de cada día. Los besos en la esquina y en las sombras para que ni papá ni mi tía se enteren. Y no es que hiciera algo indebido, sino que prefiero que mi vida íntima sea sólo mía. Y Mónica, a continuación, dio cuenta pormenorizada de su último encuentro con Luis a una madre encantada por el feliz resultado de su plan. - Me parece, hija, y perdona la intromisión, que si quieren saber lo que ocurre entre ustedes deben buscar una intimidad mayor que la que tienen en el comedor. En otras palabras, si mi hijo llegara a pedírtelo, ¿accederías a hacerle los martes la visita íntima? El domingo, Mónica entregó a Luis un sobre con algo de dinero y una larga carta de la madre, en la que se disculpaba una vez más de no ir por sentirse indispuesta. Además de informarle de las novedades de Quito relativas a su negocio de exportación de flores, de la abnegada actividad de la hija en favor del hermano, de los parientes y amigos que se habían ofrecido a cooperar económicamente con su causa y otros detalles familiares, le confirmaba la sentencia del abogado acerca de la duración del proceso. ¡Un año al menos!, exclamaba la carta, ¡un año! ¿Podrás, le preguntaba, soportar sin mujer todo ese tiempo, tú, que has vivido acostumbrado a su compañía? Mónica te quiere, hijo, acéptala como visita íntima. Eran las últimas palabras de la carta. Mónica adivinó lo que decía la epístola y miraba

a Luis con una interrogación en la que subyacía la entrega. Detrás de la reserva había una sonrisa triunfal. Entonces ocurrieron los besos y las caricias, desenfadados, intensos. No podían más. - Quiero estar a solas contigo -le dijo Luis-. De inmediato, decidieron firmar, ante las autoridades carcelarias, el compromiso de la visita íntima de los martes. A pedido de Luis, Mónica se presentó el martes con el vestido rojo escotado, sensual, de aquel domingo. Traía también, en una canasta de paseo campestre, un par de sábanas y una toalla, esa carga prosaica de la que hubiera querido prescindir. Todo esto y su propio cuerpo eran escrupulosamente revisados a la entrada, hasta grados ofensivos, por mujeres policías, unas machorras. La condujeron a lo largo de un corredor oscuro hasta una celda donde, inexplicablemente, Luis no estaba todavía. Una claraboya dejaba pasar abundante luz del sol. Sin embargo, había un foco encendido en la mitad de la pieza. Sólo un camastro y una silla, pero todo aseado y con olor a pino. Las paredes eran de hormigón, duras y lisas, de una solidez repelente. Las tocó con fuerza y sus nudillos se lastimaron. Debería haber un adorno, un cuadro, un florero, algo, pero no había más que un par de clavos para colgar ropa. Se sentó en el duro colchón. Habían intentado en vano limpiar de él las manchas de las visitas anteriores. Las sábanas que traía eran muy grandes para la cama, extendió una de ellas doblada por la mitad, y aun así le quedaba un poco grande. No oía nada afuera. Empezó a impacientarse y asustarse. Trató de abrir la puerta pero la habían encerrado bajo llave. Apenas se había sentado en la cama, cuando la puerta se abrió, y dejaron pasar a Luis, que llegó con una cobija. - Lo hicieron al revés –dijo-. Normalmente el interno llega primero y espera a su pareja. Pagué de mi bolsillo para que dejaran el cuarto limpio, con olor a pino-. La puerta se cerró y se quedaron solos, en aquella soledad de la celda. La reserva de Mónica era lo suficientemente fuerte para ocultar a sus amigas de Aca Joe el motivo de la dicha que la embargaba. Quería 161


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gritarla, divulgarla en un beso universal, aun en los autobuses que tomaba hacia o desde el reclusorio. Pero contaba con Esther, a quien podía manifestar a gusto sus efusiones. Estaba viviendo un amor como no había soñado jamás, con cuotas tales de sacrificio, de entrega, de emoción, que la hacían tener envidia de sí misma. No solamente amaba, sino que amaba de una manera insólita, audaz, aventurera. Ese sumirse cada martes en los siniestros corredores del reclusorio para encontrar al final la luz del amor sólo la hacían ansiar la llegada del martes siguiente, en que redescubría con Luis eso que nunca había conocido: una forma de la libertad. Era un huésped ocasional de una isla desierta, donde cada cuerpo se apropiaba sin ninguna inhibición del cuerpo del otro. Iba creando con él un círculo mágico más poderoso que el que había construido con Esther. En la desnudez del cuarto, Luis se interesaba siempre en cómo llegaba vestida su amiga. Ella lo complacía, no sólo echando mano de todo su ajuar, sino adquiriendo vestidos nuevos –en lo que Esther ocasionalmente colaboraba- o tomándolos prestados de su hermana, a quien, por cierto, también tuvo que revelar el motivo de sus emociones. La prenda favorita de Luis era una blusa que dejaba a Mónica sus bellos hombros desnudos. Inventaban las situaciones amorosas más insólitas, reproducían las escenas más imaginativas. Cada centímetro cuadrado se convertía en un territorio amoroso inédito. Aquel rayo de sol que se filtraba de lo alto del muro a la celda era la luz de una escenografía teatral -en cuyo centro la pareja representaba el amor ante un público imaginario-, o bien el relámpago de una cámara indiscreta, audaz y pornográfica. Imitaban a otros amantes, sirviéndose, por ejemplo, de la blusa favorita de Luis, para interpretar los amoríos de una gitana -como Carmen o la del Amor Brujo- de cuyas orejas pendían danzarines aros plateados. Simulaban el encierro del domador con la fiera y se intercambiaban los roles. Fingían ser dos bestias salvajes que primero se odiaban a zarpazos y dentelladas y luego se amaban con el delicado roce de los dedos. Jugaban a la prostituta y su cliente. 162

Quiero ser tu puta, pedía, y demostraba siempre un gran talento para el erotismo. Y ser la puta de su amado le concedía a su vida una dimensión que sólo en esas circunstancias podía adquirir. Disponían cada martes de un tiempo contado, de modo que era inútil querer prolongar cada nuevo encuentro. Por esta razón, casi todos los juegos se interrumpían para ser continuados la semana siguiente. Pero al llegar a ella, las condiciones y las circunstancias habían cambiado y había que recomenzarlo todo, partir de cero. Con el paso del tiempo, Luis se volvía impermeable a las enormes expectativas que el amor suele despertar: mientras ella sólo ansiaba volver cada martes y domingo al reclusorio, él, comprensiblemente, sólo deseaba salir de él, y estaba siempre pendiente de las noticias que tanto el abogado como su madre podían traerle. A la alegría que ella experimentaba de verlo, él no podía sino oponer la creciente tristeza de saber que esos encuentros estaban estrechamente ligados a su penosa condición. Un año o más era demasiado tiempo para unos pocos metros cuadrados. A Luis le devoraba la impaciencia. Sólo ansiaba salir de ahí, y quizá el tiempo iba mermando su imaginación amorosa. Habría querido ver al abogado todos los días, pero su presencia dependía de que hubiera novedades que comunicarle, cosa que sólo ocurría una vez cada dos meses o más. Vivía una contradicción aguda: aunque con Mónica hacía el amor con locura, ella se iba convirtiendo en el símbolo que le hacía deseable el encierro, y eso no podía ser. Si el amor es lo que queda después del orgasmo, lo que a Luis le quedaba era el regreso a una realidad atroz. Desnudos, exhaustos, hermosos y tristes, ella a la cabecera, él a los pies de la cama, se miraban, preguntándose: ¿y ahora qué? Y se quedaban callados, mirando en el otro su propio desamparo. Más de una vez Mónica intentó alegrar las indóciles paredes de la celda con algún adorno; a menudo llevaba flores, gestos que sorprendían mucho a Luis: ¿Quieres hacer de esta celda una casa de campo? Sabía que era una forma de la desesperación. Hablaban, también, y mucho, de los dos, de su historia, de la cárcel, de


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sus amigos, de cosas baladíes y de asuntos trascendentes, de todo, menos de un futuro común. Inútil pretender que lo hubiera donde faltaban en su pasado y aun en su presente algo que compartir, salvo sus cuerpos que piadosamente se entregaban entre esos muros. La transparencia de la visión desinteresada de Mónica tropezaba, no sólo con un hombre acosado por las rejas de la cárcel y por otros presos, sino por secretos y fantasmas, de los cuales ella ya no podía hacerse cargo. Él hubiera querido que el tiempo volara para salir libre; ella, que se detuviera con su amado entre sus brazos. Pero el tiempo pasaba, implacable. Pasaron la exhibición y desahogo de pruebas y demás momentos del proceso. Esther visitó no pocas veces al juez y, con discreción a la vez que eficacia, intercedió ante él por su hijo. Tenía su lenguaje una autenticidad y un poder de persuasión tales que lo volvían irresistible. La defensa del abogado había sido también inteligente. La sentencia fue absolutoria y Luis, finalmente, liberado. Habían transcurrido doce meses y ocho días desde el día en que fue apresado y diez meses de visita íntima. Luis permaneció libre en México tres días antes de partir de regreso a Quito. No pensaba en otra cosa que en incorporarse a su trabajo, volver a levantar su empresa de exportación de flores encargada a un socio. Cuando Mónica se enteró de que lo habían absuelto, una genuina alegría la invadió, a la vez que una apretada angustia: y ahora ¿qué? Luis permitió –por cortesía, nada

más- que Mónica lo acompañara sólo un día de los tres, el primero. Ella ya pertenecía a su pasado, porque su recuerdo estaba inextricablemente unido a una prisión indeseable. Mónica se despidió de Esther con llanto en la cara y el corazón, y las dos prometieron escribirse. En esa despedida, negó a la madre el título que le había inventado y sólo la llamó por su nombre, aunque cariñosamente. Ahora veía todo más claro: había sido utilizada –y le dio a esta palabra toda la connotación comercial que podía poseer-. Sin embargo, no se lamentaba ni se arrepentía: aquí afuera no le había ocurrido nada: los días habían transcurrido grises y monótonos; allá adentro, en cambio, el amor había conformado un extraño intermedio en su vida, eso que duró lo que había durado la prisión de su amante. Había encontrado la libertad en la prisión. Había ardido hasta consumirse entre esas cuatro paredes. Ese humilde rayo de sol que se filtraba a través de la celda había sido inmensamente más precioso que todo el resplandor dorado que ahora bañaba la ciudad. El círculo mágico que había construido con Luis había sido roto, profanado por la voz de un juez. Tuvo desde entonces la certeza de que cualquier situación amorosa tendría a esta historia como referente; todo episodio futuro se derivaría de éste, pero disminuido, porque había alcanzado una suerte de Finisterre, un punto extremo, desde donde, quizá, ya sólo se podía retroceder. Y pensando en ello, dobló con tristeza el último pantalón del día y lo acomodó lentamente sobre el estante.

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Vladimiro Rivas Iturralde (1944) Nacido en Latacunga. Reside en México desde 1973 y posee la nacionalidad mexicana. Ha publicado cinco libros de relatos (El demiurgo, 1967; Historia del cuento desconocido, 1974; Los bienes, 1981; Vivir del cuento, 1993; Visita íntima (2011); dos novelas cortas (El legado del tigre, 1977; La caída y la noche, 2000) y cuatro libros de ensayos (Desciframientos y complicidades, 1991; Mundo tatuado, 2003; César Dávila Andrade: el poema, la pira del sacrificio, 2008, Repertorio literario, 2013). Sus cuentos han sido traducidos al inglés, francés, alemán, italiano y búlgaro, y constan en todas las antologías del cuento ecuatoriano y varias del latinoamericano. Ha publicado y difundido en México obras de autores ecuatorianos. Es profesor fundador de la UAM- Azcapotzalco, premio a la Docencia 2000 y Maestro en Letras Iberoamericanas por la UNAM. Melómano, es cantante de coros, pianista aficionado y difusor y crítico de ópera.

Nascido em Latacunga. Vive no México desde 1973 e tem nacionalidade mexicana. Publicou cinco livros de relatos (O demiurgo, 1967; História do conto desconhecido, 1974; Os bens, 1981; Viver do conto, 1993; Visita íntima (2011); duas novelas curtas (O legado do tigre 1977; A queda e a noite, 2000) e quatro livros de ensaios (Deciframentos y cumplicidades, 1991; Mundo tatuado, 2003; César Dávila Andrade: o poema, a pira do sacrifício, 2008, Repertorio literário, 2013). Seus contos já foram traduzidos para o inglês, francês, alemão, italiano e búlgaro, e constam em todas as antologias de contos equatorianos e várias de contos latino-americanos. Tem publicado e difundido no México obras de autores equatorianos. É professor fundador da UAM- Azcapotzalco, prêmio de Docência 2000 e Mestre em Letras Iberoamericanas pela UNAM. Melômano, canta em corais, é pianista aficionado e difusor e crítico de ópera.


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Vladimiro Rivas

VISITA ÍNTIMA

Para Blanca Casariego

Por gostar de roupas, acabou conseguindo um trabalho na Aca Joe da Zona Rosa. Roupas, luzes, cores e gente de todas as partes, sobretudo turistas. Ver gente nova e diferente compensava a tarefa monótona de dobrar e desdobrar calças, camisetas e suéteres que os clientes nem sempre compravam. Mas estava tudo bem. Ela gostava de conhecê-los, atendê-los, serví-los, mesmo se não comprassem. E, se comprassem, ótimo, ela ganhava uma comissão. Por gostar de gente, naquele sábado de multidões, abordada por um casal que procurava pants – vejam aqui, temos esses modelos e essas cores – o seu olhar esbarrou no rosto da mulher que acabava de entrar, e nesse rosto se deteve, nessa mulher que parecia conhecer desde sempre. Gostaram desses pants vermelhos?, mas ela, já distraída, tinha o olhar preso no rosto daquela mulher meio perdida na loja e dentro dela mesma. - Um momento, por favor – disse a seus clientes, e pediu à colega que atendesse o casal para que ela pudesse dedicar-se àquela mulher. - Em que posso ajudá-la, senhora? Tudo nela era atrativo: a doçura de seu rosto maternal e sofrido, a carícia do seu olhar, aquela expressão que misturava grandes doses de valentia e desamparo. Uma Nossa Senhora das Dores embelezada por um sofrimento inexprimível. - Vamos ver se encontramos o que a senhora está buscando. - Casacos de flanela para homem, por favor. Tamanho grande, não extragrande. Sua voz acariciava e persuadia. - Casacos de flanela?, disse Mônica, com um sorriso nervoso e confuso. - Sim, casacos de flanela. - O que é isso? - Perdão, como é o nome disso aqui? - Abrigos, abrigos de moletom, isso, é que eu sou do Equador e lá nós dizemos casacos de flanela, e eu me chamo Esther, Esther Villacrés. 166


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- Eu sou Mônica- e mostrou a ela os abrigos vermelhos. - Não, quero cinza, por gentileza. - Uma cor muito triste, não?, por que não azul? - Não, cinza. - Também podemos ver em amarelo. - Não, cinza, insistiu. - Desculpe a curiosidade, mas por que cinza, senhora? - É a cor do uniforme do meu filho, que está na cadeia- ela disse, com a voz quebrada. Em Quito, colocaram cocaína na mala dele e eu vim para defendê-lo, libertá-lo. Terminada a compra, ofereceu à senhora Esther um café no restaurante em frente. - Pode me esperar vinte minutos? - Sim, claro – ela disse. Enquanto isso, fico de olho a loja e pago. - Ele foi preso no aeroporto, assim que chegou ao México – bebeu o café americano com o ar e o costume do bom degustador. Meu filho é inocente, eu garanto. Eu sei, Mônica, eu sempre soube, porque eu o criei, eu o eduquei. Foi alguma má companhia, tenho certeza, que colocou essa droga na mala dele, que é pouca mas suficiente para que o acusem. Você imagina, Mônica, o meu Luisinho atentando contra a saúde das pessoas? Esse não é o meu filho, Mônica. Ele é inocente e tem de provar. Viveu sempre comigo, eu o conheço, é incapaz de uma coisa dessas, agora e sempre. Javier, um bom amigo lá do Equador, me arranjou um lugar onde ficar, querida, senão, teria sido impossível ficar aqui, com esses hotéis caros e esses processos tão longos. - Como posso te ajudar, Esther?, quando vai visitar seu filho? - Vou amanhã ao presídio, filhinha, é domingo, tem visita familiar e eu vou entregar a ele o uniforme. - Eu posso te acompanhar, você quer? Amanhã é meu dia de folga. - Seria um prazer, filhinha – ela lhe disse – ignorando completamente o arrebatamento daquela menina desconhecida que se prendeu a

outra desconhecida e inusitadamente abrigou-se sob o seu manto. - Meu pai é ferroviário aposentado, minha mãe morreu quando eu tinha quatro anos e tenho apenas uma vaga memória dela. Quer saber de uma coisa? Quando te vi entrar na loja, senti que você era a minha mãe vindo me procurar, por isso me aproximei de você. Você se importa se eu te chamar de mãezinha? – apesar do que lhe pareceu uma leviandade ter feito essa pergunta tão prematuramente. E, veja como são as coisas, aqui vamos nós juntas visitar o seu filho na prisão. Você é mesmo incrível, nesse monstro de cidade já sabe o caminho até o presídio. Esse ônibus vai nos deixar bem em frente, mãezinha. Olha só, já chegamos. Antessalas de antessalas. Tudo na entrada é cavernoso. A revista é exaustiva e humilhante. Todo corpo é suspeito de portar ilícitos, armas ou droga. A gente mesma se sente ilícita, previamente culpada. Exibição repetida de passaporte e credenciais e de assinaturas e reconhecimento de firmas. Declarar nomes e parentescos: a mãe, uma amiga. Mônica percebe em Esther uma incredulidade dolorosa, como se não conseguisse se convencer do que está acontecendo. E ela confessa. Parece absurdo, a mãe que jamais tinha pisado em uma cadeia e agora visita seu filho naquele presídio, entre ladrões, traficantes e assassinos. Mônica também se sente absurda. De repente, pergunta a si mesma o que está fazendo ali, naquela mesa, esperando que tragam o filho desconhecido de uma mãe subitamente inventada. Olha à sua volta, muitos rostos ávidos como o seu esperam nas mesas a chegada de seus presos. Ao vê-lo entrar na sala, soube imediatamente que era ele. Chegou com o cansaço de várias noites sem dormir e com olhos apenas para sua mãe. Eles se deram um abraço apertado; ele pediu a ela o uniforme cinza, voltou para se trocar e entregar suas próprias peças de roupa. Regressou em seguida com seu novo traje, um pouco mais disposto a conversar e conhecer a estranha. - Luís, essa é a Mônica; Mônica, Luís. E, logo depois, o relato de como e onde se conhe167


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ceram. Por discrição, ninguém mencionou a orfandade materna de Mônica; e Luís, comovido embora estranha e talvez compreensivelmente distante, agradeceu à moça pela sua companhia. Mônica se absteve de chamá-la de “mãezinha” e toda a conversa entre mãe e filho girou em torno da estratégia de defesa. - Não basta o defensor público, disse Luís. Precisamos de alguém mais comprometido. O Javier, que é tão bem relacionado, pode conseguir. Ele não vai negar, não é? Mônica apenas escutava e se impressionava com a força e a clareza das ideias de Luís. Uma estranha fortaleza que parecia vir-lhe da mãe. Praticamente não falava do que passou, mas sim do futuro, de como sair dali, como nos famosos filmes de tribunal em que os personagens passam todo o tempo planejando a saída. Tudo muito emocionante. E ela se sentia envolvida naquele filme porque estava sendo filmada por seus próprios olhos, pela sua imaginação. Mas não disse nada, porque ele também não lhe havia dito nada. Até então, tudo era sobre ele e sua mãe, sobre personagens que não conhecia e sobre os fragmentos daquelas vidas duas vidas alheias, às quais ela ia, lentamente e em segredo, misturando a sua própria. Nervosa e assustada, examinava os rostos patibulares de alguns presos e os de outros que não entendia como podiam estar ali: eram rostos quase ternos e provavelmente de assassinos. Estudava os dos familiares e seu comportamento. Lia seus possíveis parentescos. Também aqueles rostos entravam no rio da sua consciência. No final, sem um beijo sequer, despediram-se de forma cortês. No domingo seguinte, Esther levou ao filho as notícias que Javier lhe transmitira sobre o defensor recém-contratado: nome, honorários, dia e hora da primeira consulta. Luís estava muito mais comunicativo. Cumprimentou Mônica com um beijo e finalmente a olhou. Contou a ela anedotas da prisão: o jovem que assaltou a bilheteria de um cinema com uma pistola de água (deviam lhe dar um prêmio, riu Mônica), as gozações dos internos com o cobertor florido que um deles re168

cebeu (“mais uma flor já é ridículo”). Esther estava atenta aos olhares que eles trocavam. Sabia que aquela moça generosa e cordial, de abundante cabeleira escura e corpo bem feito e cuidado, de rosto pequeno e sensualidade algo vulgar, já não era indiferente ao seu filho. Na conversa sobre o advogado e as pendências com Quito, Luís já incluía Mônica, não apenas com o olhar mas também com afirmações que reclamavam a sua confirmação. Esther e Mônica viam-se com frequência durante a semana na saída da Aca Joe. Bebiam café e conversavam sobre suas vidas. O pai de Luís tinha abandonado os dois filhos e a mãe. Nunca mais tinham ouvido falar dele. Sua filha lutava de corpo e alma lá de longe para libertar o irmão. O ferroviário aposentado dedicava suas longas horas de ócio a assistir televisão. Quase sempre, ao voltar do trabalho, Mônica encontrava-o dormindo em frente à novela. Sentia que tinha ficado aquém das duas filhas, Mônica e sua irmã, um ano mais velha. Apesar de serem bem comportadas, não sabia, por ser homem e viúvo, como tratá-las, como educá-las. Tinha delegado parte de sua educação a sua irmã, que não precisou se esforçar muito para que as duas meninas crescessem respeitando as normas elementares do convívio familiar. Nunca deram motivo para queixa, em parte, porque a tia era uma excelente guia; em parte, porque as duas souberam ocultar do pai e da tia tudo o que pudesse suscitar algum desgosto. Esther insistiu que o filho era incapaz de cometer um delito como aquele que lhe imputavam. É um garoto saudável, esportista, que joga basquete desde o primário. Ela não conhecia todos os seus amigos e nem tinha por que conhecer, mas confiava na sua integridade moral. - E se ele cometeu de fato um deslize, uma aventura infeliz?, arriscou Mônica. - Não importa, continua sendo meu fi lho, e a minha obrigação é ajudá-lo a sair, e também tornar menos solitária e dolorosa a sua permanência nesse lugar. As mulheres o acham muito atraente.


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- O que você quer dizer?, perguntou Mônica. - Isso, que cuidarei para que ele não se sinta só e nem sofra os tormentos de um lugar como esse. Falarei com quer for necessário, com os advogados, com os juízes, com o presidente, se for possível. Não tenho dinheiro e nem coragem para subornar ninguém, mas tenho uma língua para falar. Falaram então da distante Quito e de muitas outras coisas e Mônica se encantou com o senso de humor de Esther, às vezes sutil, às vezes solto e atrevido, mas sempre agudo. Comparavam equatorianismos com mexicanismos e riam: “Flanelas, olha lá as flanelas para homens”. Saíam para passear. A moça mostrava a ela tudo o que podia da Cidade do México. O tratamento de “mãezinha” era cada vez mais natural e espontâneo; tinha, inclusive, inventado um diminutivo, não “mãezinha Esther” ou “mamãe Estherzinha”, mas sim “mamãe Tishi”, com um “sh” que não era mudo, mas sonoro e contínuo, que mereceria a grafia “zh”, ou seja, “mamãe Tizhi”. De forma que, no domingo, o tratamento de “mamãe” na frente de Luís foi inevitável e ele não pôde reprimir uma expressão de surpresa, ainda que não de desgosto. Ao contrário, lhe agradava que a mãe não estivesse sozinha naquela cidade monstruosa e que, de maneira tão inesperada, tivesse ganhado uma amiga tão próxima e disposta a acompanhá-la e agradá-la. Mônica usava um vestido vermelho decotado que ocultava e ao mesmo tempo revelava um busto generoso, marcando as linhas harmoniosas do seu corpo. Tinha chamado também a atenção dos outros presos e seus visitantes. Luís se mostrava dividido, ao mesmo tempo satisfeito e incomodado. E Mônica tinha se dado conta disso. O papo girou em torno do advogado com quem ele já tinha se reunido e que já lhe havia explicado sua estratégia de defesa. Todos concluíram que se tratava, em princípio, de um advogado muito hábil. Caro, mas hábil. - A gente tem de pensar numa forma de conseguir esse dinheiro - disse Esther -, e nós va-

mos conseguir, eu garanto. Posso pagar o adiantamento que ele pediu. Depois a gente vê o que faz. E surgiu o assunto das atividades internas de Luís: durante a semana viu uma briga violenta entre os presos e um assassinato. Era vital acumular todos os pontos possíveis por bom comportamento. Já tinha começado as atividades como treinador de basquete e, com isso, angariado o respeito dos detentos. A despedida de Luís foi muito afetuosa. E também a resposta de Mônica. A mãe sorria, satisfeita. - Filhinha, disse-lhe Esther no café, Javier me convidou para um passeio no campo com seus amigos no próximo domingo. Ele tem sido muito bom comigo e não queria fazer desfeita, e acho que já mereço um dia de descanso. Você se importa de ir sozinha dessa vez? - Mas o Luís pode ficar decepcionado, incomodado ou até irritado. - Não, apenas vá lá e lhe faça companhia –insistiu Esther, dona da situação. Naquele domingo, o quinto de Luís na prisão, o quarto de Mônica como visitante, cumprimentaram-se com um quase acidental e rápido beijo na boca. Passada a surpresa inicial de Luís com a ausência da mãe, seguiu-se a explicação e uma conversa longa e desigual sobre os dois. Informaram-se sobre suas vidas; ela sabia muito mais sobre ele do que ele sobre ela. Era uma absoluta desconhecida. - Quero te conhecer melhor, ele lhe disse, e temos pouco tempo. Desfrutavam da solidão e de poder falar livremente. Ela acariciava com o olhar o rosto ainda cansado do homem à sua frente. Vê-lo nessa situação despertou nela um sentimento escondido de generosidade que gritava por uma chance de aparecer. Não era justo que um jovem como aquele passasse meses ou anos na cadeia. Se a mãe estava fazendo o inimaginável para salvá-lo, ela sabia que também podia fazer algo por ele, algo além de acompanhar a mãe comum. E era disso que lhe falava, de como essa mulher estranha e estrangeira se transformou em sua mãe, a mãe que tinha perdido. 169


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- Não me agradeça por nada –disse-lhe-, o que ela está fazendo por mim, ninguém, nem ela mesma, é capaz de medir, só eu é que sei. Então, sobre a mesa, a mão dele pousou na sua e a acariciou. Levantou-se para ir se sentar no banco, ao lado dela, e beijou-a com crescente intensidade. Mesmo assim, um pouco desnorteados, sem saber o que lhes acontecia, desviaram a conversa, mais uma vez, para as penúrias e a indescritível violência do lado de dentro e as anedotas divertidas ou cruéis dos detentos. E riam copiosamente. Ao se despedir, olharam-se como se desejassem dizer um ao outro algo que ainda não sabiam. A opinião do advogado poderia ter abatido alguém sem a força de Esther: o processo duraria ao menos um ano até que a sentença fosse proferida, e o caso de Luís estava ainda na fase de averiguação prévia. Esther adotou em segredo uma determinação e, no café de sempre, perguntou a Mônica se já tinha alguma vez se apaixonado perdidamente. E ela: - Meus amores mais profundos foram de longe, por gente distante, inalcançável. Os outros foram namoricos de mãos dadas e agarros no cinema. O bom e velho tédio nosso de cada dia. Os beijos no beco escuro para que meu pai e minha tia não soubessem. Não é que eu fizesse nada de errado, mas prefiro que minha vida íntima seja só minha. Em seguida, Mônica contou em pormenores seu último encontro com Luís a uma mãe encantada com o bom resultado de seu plano. - Eu acho, filha, perdão pela intromissão, que se querem mesmo saber o que existe entre vocês devem buscar uma intimidade maior do que a que têm no restaurante. Em outras palavras, se meu filho te pedisse, você concordaria em fazer a visita íntima às terças? No domingo, Mônica entregou a Luís um envelope com algum dinheiro e uma longa carta da mãe, na qual ela pedia novamente desculpas pela ausência em razão de uma indisposição. Além de informá-lo das novidades de Quito sobre o seu negócio de exportação de flores, a abnegada atividade da filha em prol do irmão, 170

os parentres e amigos que tinham oferecido ajuda econômica para a sua causa e outros detalhes familiares, confirmava o parecer do advogado a respeito da duração do processo. Pelo menos um ano!, exclamava a carta, um ano! Será que você consegue, perguntava-lhe, passar tanto tempo sem mulher, você, que sempre teve companhia? A Mônica gosta de você, filho, aceite-a como visita íntima. Eram as últimas palavras da carta. Mônica adivinhou o que a epístola dizia e olhava para Luís com uma interrogação na qual estava implícita a entrega. Por trás daquela reserva, havia um sorriso triunfal. Então vieram os beijos e as carícias, desenfreados, intensos. Não aguentavam mais. - Quero ficar sozinho com você, lhe disse Luís. De imediato, resolveram assumir, perante as autoridades carcerárias, o compromisso da visita íntima às terças-feiras. A pedido de Luís, Mônica veio na terça com o vestido vermelho decotado, sensual, o mesmo daquele domingo. Trazia também, numa cesta de piquenique, lençóis e uma toalha, essa carga prosaica da qual gostaria de poder prescindir. Tudo isso e também o seu próprio corpo eram escrupulosamente revistados na entrada, até de forma ofensiva, por policiais mulheres, umas machonas. Conduziram-na por um corredor escuro até uma cela onde, inexplicavelmente, Luís ainda não estava. A claraboia deixava passar uma abundante luz solar. Apesar disso, havia uma luz acesa no meio do cômodo. Apenas um leito e uma cadeira, mas tudo limpo e cheirando a eucalipto. As paredes eram de concreto, duras e lisas, de uma solidez repelente. Apoiou-se nelas com força e machucou as articulações dos dedos. Deveria haver um enfeite, um quadro, um vaso, qualquer coisa, mas havia simplesmente um par de pregos para pendurar a roupa. Sentou-se no colchão duro. Haviam tentado inutilmente limpar as manchas das visitas anteriores. Os lençóis que tinha trazido eram muito grandes para a cama, estendeu um deles dobrado na metade, e ainda assim continuava grande. Não vinha nenhum som


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do lado de fora. Começou a ficar impaciente e assustada. Tentou abrir a porta, mas estava fechada à chave. Tinha acabado de se sentar na cama quando a porta se abriu e trouxeram Luís, que chegou com um cobertor. - Eles fizeram ao contrário, disse. Normalmente, o interno chega primeiro e espera a sua companheira. Paguei do meu bolso para que deixassem o quarto limpo, com cheiro de eucalipto. A porta se fechou e os dois ficaram a sós no vazio da cela. A discrição de Mónica era suficientemente forte para esconder das amigas da Aca Joe o motivo da felicidade que a inundava. Queria gritá-la, divulgá-la em um beijo universal, até mesmo nos ônibus que tomava para ir ou voltar do presídio. Mas contava com Esther, a quem podia manifestar livremente suas efusões. Estava vivendo um amor como jamais tinha sonhado, com tais doses de sacrifício, entrega e emoção, que a faziam sentir inveja de si mesma. Não amava, pura e simplesmente, mas sim de uma maneira insólita, audaz, aventureira. Esse desaparecer a cada terçafeira nos sinistros corredores do presídio para encontrar, no final, a luz do amor, só fazia com que ela ansiasse pela chegada da próxima terça, quando redescobriria com Luís aquilo que conhecera: uma forma de liberdade. Era a hóspede ocasional de uma ilha deserta, onde cada corpo apropriava-se sem nenhuma inibição do corpo do outro. Estava criando com ele um círculo mágico mais poderoso que o que tinha construído com Esther. Na nudez do quarto, Luís sempre se interessava pelas roupas que sua amiga vestia. Ela agradava-o, não apenas lançando mão de toda a sua coleção, mas também adquirindo vestidos novos – no que Esther eventualmente colaborava – ou tomando-os emprestados de sua irmã, a quem, naturalmente, também teve de revelar o motivo de suas emoções. A peça favorita de Luís era uma blusa que deixava nus os belos ombros de Mônica. Inventavam as situações amorosas mais insólitas, engajavam-se nas encenações mais criativas. Cada centímetro quadrado se transformava em um território amoroso inexplorado. Aquele

raio de sol do alto da parede que adentrava a cela era a luz de um cenário teatral - em cujo centro o casal representava o amor perante um público imaginário-, ou talvez o clarão de uma câmera indiscreta, audaz e pornográfica. Imitavam outros amantes, servindo-se, por exemplo, da blusa favorita de Luís para interpretar os amores de uma cigana - como Carmen, ou a do Amor Bruxo - de cujas orelhas pendiam dançantes argolas prateadas. Simulavam a jaula do domador com a fera e trocavam de papeis. Fingiam ser duas bestas selvagens que primeiro se agrediam a unhadas e dentadas e depois se amavam com um delicado roçar de dedos. Brincavam de prostituta e cliente. Quero ser sua puta, pedia, demonstrando sempre um grande talento para o erotismo. E ser a puta do seu amado dava à sua vida uma dimensão que só poderia adquirir naquelas circunstâncias. O tempo das terças-feiras era contado, de modo que era inútil querer prolongar cada novo encontro. Por causa disso, quase todas as brincadeiras eram interrompidas para continuar na semana seguinte. Mas, quando ela chegava, as condições e as circunstâncias haviam mudado e era preciso recomeçar tudo do zero. Com o passar do tempo, Luís tornava-se imune às enormes expectativas que o amor costuma despertar: enquanto ela ansiava apenas por voltar ao presídio às terças e domingos, ele, compreensivelmente, desejava apenas sair dele, sempre aguardando as notícias que o advogado ou sua mãe podiam lhe trazer. À alegria que ela sentia em vê-lo, ele podia contrapor apenas a crescente tristeza de saber que esses encontros estavam estreitamente ligados à sua penosa condição. Um ano era tempo demais para uns poucos metros quadrados. Luís era devorado pela impaciência. Desejava apenas sair dali, e talvez o tempo já estivesse enfraquecendo sua imaginação amorosa. Gostaria de ver o advogado todos os dias, mas a sua presença dependia da existência de novidades a serem comunicadas, o que só acontecia a cada dois meses ou mais. Vivia uma aguda contradição: ainda que amasse Mônica com loucura, ela ia, pouco a pouco, transformando o cárcere em algo 171


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bom aos olhos dele, e isso não podia acontecer. Se o amor é aquilo que fica depois do orgasmo, o que restava para Luís era o regresso a uma realidade atroz. Nus, exaustos, belos e tristes, ela na cabeceira, ele aos pés da cama, olhavam-se, perguntando: e agora? E ficavam calados, observando um no outro o seu próprio desamparo. Mais de uma vez, Mônica tentou alegrar as indóceis paredes da cela com algum adorno; frequentemente levava flores, gestos que muito surpreendiam a Luís: Você quer transformar essa cela em uma casa de campo? Sabia que era uma forma de desespero. Falavam, também, e muito, dos dois, de sua história, da prisão, de seus amigos, de coisas banais e de assuntos transcendentes, de tudo, menos de um futuro comum. Inútil fingir que ele existia se não havia nada do passado e nem do presente que pudessem compartilhar, a não ser seus corpos, que devotadamente se entregavam dentro daqueles muros. A transparência da visão desinteressada de Mônica esbarrava não somente no homem acuado pelas grades da cadeia e por outros presos, mas também em segredos e fantasmas com os quais ela não poderia lidar. Ele gostaria que o tempo voasse até que conseguisse a liberdade; ela, que ele parasse, com o homem amado entre seus braços. Mas o tempo passava, implacável. Passou o estágio da avaliação das provas e vieram as demais fases do processo. Esther visitou o juiz diversas vezes e, com discrição e eficácia, intercedeu junto a ele por seu filho. A sua linguagem tinha uma autenticidade e um poder de persuasão tais que a tornavam irresistível. A defesa do advogado também tinha sido inteligente. A sentença foi de absolvição e Luís foi, finalmente, liberado. Transcorreram doze meses e oito dias desde o dia em que foi preso e dez meses de visita íntima.

Luís permaneceu livre no México por três dias antes regressar a Quito. Não pensava outra coisa que não fosse retornar ao trabalho, reerguer a empresa de exportação de flores que estava a cargo do seu sócio. Quando Mônica soube que o tinham absolvido, uma alegria genuína a invadiu, ao mesmo tempo que uma profunda angústia: e agora? Luís permitiu – apenas por cortesia- que Mônica o acompanhasse em um dos três dias, o primeiro. Ela já pertencia ao seu passado, porque sua memória estava inextrincavelmente vinculada a uma indesejável prisão. Mônica despediu-se de Esther com o pranto no rosto e no coração, e as duas prometeram se escrever. Nessa despedida, negou à mãe o título que tinha inventado para ela e chamou-a apenas pelo seu nome, ainda que carinhosamente. Agora via tudo com clareza: tinha sido usada – e deu a esta palavra toda a conotação comercial que ela poderia ter. Ainda assim, não se lamentava nem se arrependia: aqui fora não lhe teria acontecido nada: os dias teriam passado todos cinzas e monótonos; lá dentro, ao contrário, o amor tinha dado forma a um estranho intervalo em sua vida, que teve a mesma duração da prisão de seu amante. Tinha encontrado a liberdade na prisão. Tinha ardido até consumir-se entre aquelas quatro paredes. Aquele humilde raio de sol filtrado através da cela tinha sido imensamente mais valioso que todo o resplendor dourado que agora banhava a cidade. O círculo mágico que tinha construído com Luís havia se quebrado, profanado pela voz de um juiz. Teve, a partir de então, a certeza de que qualquer situação amorosa teria aquela história como referente; todo episódio futuro seria uma derivação daquele, mas diminuído, porque tinha alcançado uma espécie de Finisterre, um ponto extremo, a partir do qual, quiçá, só seria possível retroceder. E, pensando nisso, dobrou com tristeza a última calça do dia e a acomodou lentamente sobre a estante.

Tradução: Catarina da Mota Brandão de Araújo

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