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Pintando la aldea: de La Plata al resto del mundo - Una crónica sobre Walter Silva

13 JOROPO ACADÉMICO

CAPÍTULO 6

EL HOMENAJEADO

5 1 T O R N E O I N T E R N A C I O N A L D E L J O R O P O “MIGUEL ÁNGEL MARTÍN”

Pintando la aldea: de La Plata al resto del mundo

“El joropo es una forma de gritarle al mundo que existimos como sociedad, significa el orgullo de nosotros los llaneros y significa poder cantar libremente”

El reconocimiento de la obra de Walter Silva no viene solo de parte de sus seguidores. Grandes cantautores —entre estos Reynaldo Armas— resaltan la importancia de su música para la identidad llanera, para la tradición y para la transmisión de los saberes del joropo y la cultura propia de hombres y mujeres de la llanura. El 30 de abril de 2019, el reconocimiento fue patente en el Movistar Arena de Bogotá, en una rueda de prensa encabezada por la gobernadora del departamento del Meta —Marcela Amaya— y los medios de comunicación nacionales, previa al lanzamiento del 51 Torneo Internacional del Joropo “Miguel Ángel Martín”, porque en 2019 el artista homenajeado en el más grande evento del joropo en Colombia y Venezuela es Walter Silva. Al lado de él están además grandes maestros como Carlos Quintero, Aries Vigoth, Jhon Onofre, Palo Cruza’o, Cholo Valderrama y Reynaldo Armas, que le rinden homenaje.

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El gobierno del Meta ha decidido homenajear a Walter Silva en la versión 51 del Torneo Internacional de Joropo “Miguel Ángel Martín” por su preeminencia en el mundo de la música llanera, por los aportes al joropo gracias a su creatividad musical y poética, pero también por los muchos significados del mundo de este cantautor nacido en Pore (Casanare), significados que cobran mayor relevancia en este 2019, año en el que se conmemoran los doscientos años de la gesta libertadora, en la cual este pueblo y sus habitantes fueron protagonistas. No en vano se ha desarrollado un Plan Especial de Manejo y Protección de su centro histórico, por ser considerado de interés nacional para la historia y la memoria de lo que ha sido el proceso de construcción de Colombia como Estado nación. A propósito del valor histórico de Pore, dice Walter: “Mi municipio, mi pueblo, es un libro de historia que ha sido abandonado y sus páginas están empolvadas. Nosotros los poreños hemos hecho muy poco por mejorarlo y preservarlo para las generaciones que vienen. Nos sobra historia y nos falta esfuerzo por valorarla y difundirla. Todos los poreños tenemos una gran deuda con nuestro gentilicio. Lo del bicentenario ha sido un soplo de vida para nuestro pueblo, que ojalá contribuya en mucho a un cambio de mentalidad hacia la historia grande que tenemos”.

De otro lado, fue a Walter Silva a quien encomendaron la ardua y difícil tarea de componer el tema oficial para la versión 50 del Torneo Internacional del Joropo “Miguel Ángel Martín”. Y no defraudó, al contrario: convenció y enamoró presentando su canción “El cantador de mi tierra” —hoy convertida en himno según la Ordenanza 1022 de 2019—, en la que hace un entrañable homenaje a Miguel Ángel Martín, creador del Torneo Internacional del Joropo.

Walter afirma que el torneo “hace rato dejó de ser una fiesta para convertirse en un espacio institucional de una gran trascendencia y envergadura. No se trata solo de un parrando o de una celebración, cuando se involucran espacios académicos, memorias escritas y audiovisuales, conversatorios, encuentros gastronómicos y un sinfín de eventos de todo tipo. Eso es otra cosa, mucho más organizada, más importante desde todo punto de vista”.

Ser homenajeado en este evento, afirma Walter, es una gran responsabilidad, si se piensa que en este mundo se hacen méritos para poder merecer lo que logra, entonces se pregunta: “¿Qué habré hecho para alcanzar estos logros?”. Y, además, no deja de sentirse algo mayor porque, dice, “los homenajes se los hacen siempre es a los viejitos”, y reímos todos con su buen humor.

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Éxito musical y orgullo campesino

¿Dónde radica el éxito de Walter Silva? Es una pregunta importante para entender su música y para comprender también el mismo joropo. Hay distintas respuestas. Sus composiciones hablan de otra cara del llano, la del llanero veguero al que poco se le ha cantado. Trata temas que lo acercan a la gente porque han sido creados narrando una ruralidad propia, tejiendo la poesía, elaborando analogías entre figuras y prácticas cotidianas, que en sus canciones se hallan a puñados; una de estas analogías es la que elabora entre la marca en la oreja del ganado indicando pertenencia ―balazo y punta e’ lanza― y la manera como lo flecha el amor de una muchacha. Están también los recuerdos de los bailes, los caminos que atraviesan la vereda e innumerables referencias llaneras vueltas verso. Son formas de narrar que identifican otras llaneridades o modos de ser en el campo, como la boyacense. Así su música poco a poco se ha hecho conocer y se va abriendo camino a paso lento pero firme, como el de los buenos caballos en las grandes travesías con ganado, por la dura trocha de la música. No es difícil suponer que el fenómeno musical de Walter Silva apenas comienza.

También su poética bebe de la oralidad, del habla cotidiana, de los dichos, de los refranes, del relato veredal, del cuento de camino. El llano no son solo dueños de hato: la mayoría de los llaneros viven en las veredas y realizan trabajos de mano, siembran conucos, pescan, crían marranos y gallinas, y ordeñan vacas que tienen en la cuadra… Esos llaneros son seguramente la mayoría. Ese llanero dibujado por la música de “El Carrao de Palmarito”, Francisco Montoya y Ángel Custodio Loyola representa un ideal de llanero recio, braga’o, peón de sabana, cabrestero, diestro en leco, caballo y soga. A ese llanero se le ha cantado bastante, pero Walter le canta también a ese otro llanero, el veguerito, en ese tiempo que sucede entre trabajo y trabajo de llano. Walter es sencillo y de palabra franca, y claro en sus apreciaciones cuando se le pregunta por este ideal de llanero trabajador de llano: “Hay dos formas de que un campesino nacido en los llanos se incline a ser llanero de sabana, de ganado y de caballos: una, haber tenido estos animales, o dos, que en su necesidad haya tenido que irse a trabajar como peón de sabana. Yo no tuve ni la una ni la otra. Fui más bien llanero de vega, pero yo no fui un trabajador de llano”, comenta.

Es entonces una música que recrea un contexto campesino de esa mayoría. Contexto que tiende a desaparecer por muchas causas, pero que la música de Walter Silva revive porque viaja en sus versos, en sus golpes también tradicionales y en las melodías de un joropo con tinte local que, desde que se escucha, se le adivina su pasado de diapasones, guitarras, bandolones y guitarros en los parrandos de un ayer

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no muy lejano en La Plata, en el Guachiría o en la rica costa del Pauto. No ha grabado con bandola, pero sí ha tenido una fuerte influencia de los golpes de la bandola casanareña y los ha pasado al lenguaje del arpa, en canciones como “A que te dejas querer”, “Apareció mi muchacha”, “Pua’y pa’ fuera” o “¡Pija pariente!”. Son golpes de la bandola sabanera, de tradición popular, reminiscencias de sonoridades de un joropo anterior al advenimiento del arpa, tocado por manos de conuqueros y de peones de sabana, después de las jornadas de trabajo.

¡“Pinta tu aldea y pintarás el mundo”, serás universal!

Ya la frase la dijo Tolstoi, pero en la música de Walter se hace, una vez más, evidente y cobra toda su fuerza. Además adquiere una potencia sin precedentes que se aprecia en cualquiera de sus conciertos. Por esto es importante adentrarse en su mundo para entender la coherencia de su música con su vida y la relación íntima y poética que guarda con su raíz. Le acerca al gran público el mundo de un niño o de un joven campesino en una vereda del llano y logra la empatía estética en un melómano rural o urbano de cualquier parte del país.

La Plata es un caserío en la costa de La Curama, sobre la vía que une a San José de Pore con la Trinidad del Pauto. Walter Silva es un veintiochomarcero, de 1973, que nació en esta vereda, lugar que le ha inspirado no poca poesía y le ha hecho cultivar su talento y gusto por la escritura. Su infancia transcurrió alrededor de La Curama, porque de allí salía el agua con que pasaban los veranos de La Plata, pero Walter se considera pauteño y comenta con tristeza cómo hoy día las arroceras secaron el río Pauto. La vereda ha sido una comunidad unida alrededor de la escuela que floreció de la mano de doña Carmen Luisa, tamareña, madre de Walter y, como maestra, madre también de cientos de niños. Al llegar acá, todo en derredor es testigo fiel de su infancia. Personas de todas las edades lo saludan con una sonrisa y los niños le dicen “Maestro, maestro”, y lo quieren abrazar. Y lo abrazan. Porque él se deja querer.

Para Walter lo fundamental y el principal valor que debe tener la música llanera es su naturaleza; por eso, poco se le escucha cantar que amansó un potro o que recogió ganado, que trabajó llano, porque no tuvo ni ganado ni caballos. A él le gusta escribir para contar historias y esa originalidad, esa sinceridad de sus letras ha hecho que la gente se sienta identificada, que su música sea tan querida por la mayoría y tan cercana a quienes lo siguen y admiran. Le han llamado la atención algunas

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veces por la forma como expresa las vivencias en sus letras, pero la verdad es que para él las cosas deben ser contadas de la manera como suceden, no cambiando los hechos o la manera como se deben decir de acuerdo a un modelo social imperante. Más allá del éxito musical, del indudable talento, del amor y del arraigo por su tierra, por ese “revolcaderito e’ burro” —como dice en alguna de sus canciones—, más allá de todo eso está un ser humano que es querido por su comunidad.

Con la música de decenas de arrendajos anidados en el matapalo que preside la escuela desde hace más de 40 años, y que es uno de los primeros recuerdos que guarda de su infancia, Walter Silva nos cuenta detalles de su vida, del viejo Víctor Ramón Silva y de la profesora Carmen Luisa Gutiérrez, sus padres. Ella, fundadora de escuelas; su poderosa e imborrable huella quedó plasmada en la comunidad platense y, por supuesto, en su vida. Hoy día la escuela es un colegio y prepara a los jóvenes en los conocimientos del campo y las labores agrícolas. Esto no deja de enorgullecer a Walter, puesto que su madre es su motor más poderoso. Su padre le enseñó que en el respeto a los mayores se funda la ética familiar, le inculcó la certeza de que hay un momento en la vida para cada cosa y aprendió de él a cuidar el lenguaje. La herencia de la sabiduría familiar y popular es algo que atesora, junto con lo que ha heredado de la lengua de los viejos llaneros ―que conoce muchos―, sus experiencias, sus creencias, la llaneridad de los patriarcas y las matronas llaneras. Todo esto lo atrae y lo aprende, porque es la materia prima con la que dibuja su llano, ese que cantamos y bailamos en sus conciertos. Nuestro llano.

En ese caserío —La Plata— floreció también el amor: “amor del alma, boquita del primer beso, ojitos del primer gusto, nunca te olvides de mí…” se oye en la canción “La de los mangos”, cuya protagonista seguro está en algún lugar, muy cerca. “Hoy día ya es una señora y siempre la molesto yo”, dice Walter sonriendo. Pasar por los lugares que se quedaron en la memoria es recorrer olores y sabores. Y el sabor de los mangos de estos árboles es único, los mangos de las otras veredas no saben igual, nos convence Walter con la habilidad de su palabra. El olor de la tienda de “El chino de los mandados” solo le pertenece a esa tienda, solo ese lugar huele de esa forma. Los pequeños detalles que provocan grandes emociones, importantes obras en la mente y el corazón de los artistas.

La nostalgia es también un elemento fundamental de la creatividad de Walter, que ahora camina por las callejuelas de La Plata como en otro tiempo. Este lugar es un palimpsesto en el que se superponen relatos, emociones e infinidad de experiencias que solo él puede descifrar interpretando las enmendaduras y borrones que dejan las vivencias más recientes. Ya una vez lo dijo Pedro Juan Gutiérrez: “Es imposible desprenderme de las nostalgias porque es imposible desprenderse de la

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memoria. Es imposible desprenderse de lo que se ha amado”. Y es así. Es evidente que Walter canta a los lugares, a los objetos y a la gente que ha amado, a los olores, a las imágenes y a los sabores que lo llevan a todo lo querido. “Definitivamente no pude desprenderme de mi pueblo, a pesar de lo duro que me dio en mis inicios”, cuenta. Y la potencia de su música quizás radique ahí, en esa capacidad de identificarse profundamente con su comunidad.

Para Walter Silva, lo bonito de las canciones es poder narrar las vivencias de las comunidades, vivencias que son comunes casi en todos los lugares, sin importar si es en el llano o en otros departamentos, como los bailes que se armaban en La Plata para recoger fondos para mejoras en la escuela, o los bazares, los primeros días de clase, los amores y los desamores. Recordando esta escuela fue que escribí “Un baile de antes”, dice Walter sentado en las gradas de la cancha. “Para entrar a la caseta en la tarde, los hombres voluntariosos aceptaban el desarme, en una banca las hembras, paraos al frente los machos y cuando arrancaba el son, era el primero que agarre”. ¿Qué baile de vereda no era así en cualquier lugar del llano?

Así empezaban los bailes que se hacían en su escuela, en las épocas de su infancia, y así lo canta Walter años después. Su madre recogía los revólveres a la entrada y los guardaba en un cajón… Pero esto no significaba que fuera una sociedad violenta, el revólver hacía parte de su cultura; por el contrario, eran tiempos muy sanos, de paz. Al otro día después del baile los hombres recogían sus armas y volvían a su casa. Era también el respeto que había por los maestros. A partir de estas vivencias empezó a gestarse lentamente la idea de escribir “El chino de los mandados”.

¿De dónde viene la música?

“Yo me remonto a esa época [la de su infancia] y veo dos salones, porque solo eran dos saloncitos, y está mi mamá, papalmente digámoslo así, enseñándoles a cantar a los niños música colombiana, ‘Pueblito viejo’, ‘Los guaduales’ y todas esas canciones que uno aprendió en la escuela. Mi mamá era una directora de orquesta de niños campesinos”, dice Walter, mirando hacia esos dos salones. La música vino con toda seguridad de allí. Hoy día, después de su muerte ella ha sido su mayor inspiración, mucho más que en vida. Porque la vida absorbe y no deja ver lo fundamental: ese tiempo compartido con los seres más queridos, los conciertos a donde no la llevó como invitada especial, siendo ella su más fiel fan, y todos los momentos entre los que transcurre la vida mientras uno se ocupa de planear la vida misma. Pero la música también vino de su abuelo y sus tíos maternos, músicos empíricos,

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sabaneros, que tocaron y amenizaron muchas fiestas y bailes de vereda, con sus guitarras, en todo ese inmenso llano casanareño.

Ha habido más músicos por el lado materno, casi todos guitarreros. Música casanareña de diapasones, definitivamente. Pero con toda seguridad el talento y el amor por la música vino de su madre, y por eso a ella le escribió “El chino de los mandados”, su más grande éxito, indudablemente. A ella le regala y devuelve, en agradecimiento, su más grande talento manteniendo viva su memoria a través de su música. De los recuerdos más bellos a propósito de sus inicios en la música, Walter cuenta cuando trabajó como ayudante para la construcción de las calles empedradas del pueblo que hoy recorremos. En esa época, “a Pore llegó un almacén grande y dentro de las cosas que vendían había un cuatro. Mi madre pagó casi todo y yo ayudé a pagar algo. Pero ese fue el primer instrumento musical que tuve en mi vida, un cuatro que sacamos fiado y así mismo lo cuento también en una canción”.

Pero además en aquella época ser músico despertaba un gran respeto. Era también algo escaso y la gente tenía ese misticismo especial hacia su figura, a su presencia: “Cuando llegaban los músicos, echaban pólvora al aire, les daban pa’ que almorzaran del mejor chuzo de carne”, dice en una canción. Ese era un privilegio casi exclusivo de los músicos de vereda. Muchas veces, incluso, era el músico el único que lograba conquistar la reina. Era la época en que hacía sus primeras travesías a pie, durante horas por el camino a Pore, seguramente con una cauchera, jugando sus juegos de niño. Muy dentro ya se cruzaba por su mente ser un cantante y componer sus canciones.

Otras grandes influencias y motivaciones son las grabaciones. La primera grabadora la tuvo en 1979. Se compraba un cassette y, al comprarlo, se elegían las canciones que le ponían a la cinta. Eso al parecer fue lo que hizo doña Carmen Luisa al llevarle ese inolvidable regalo: su primer cassette. Esa cinta venía con “Laguna vieja” de Reynaldo Armas, “El venado del espinero” de Tirso Delgado, “Cantor, poeta y pintor” de Reynaldo Armas, el primer “Quitaresuellos” de “Cholo” Valderrama y alguna canción de Juan Farfán. En esa región de La Plata se escuchaba religiosamente a Juan Farfán, Tirso Delgado y Alfonso Niño. Y Walter no fue la excepción, pues se formó escuchando a estos músicos, tanto, que él recuerda bailes completos escuchando a lo largo de la noche solo a Juan Farfán o Alfonso Niño. Por esto, la primera canción que cantó fue “Adiós, adiós” de Alfonso Niño, a los seis años, y la cantó acompañado de guitarras en un parrando.

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Es mejor ir paso a paso que a las carreras

Después de aprender a tocar cuatro y de avanzar lentamente en el camino de la música, ubicó un programa radial en Yopal llamado Estrellas Llaneras, dirigido por José Suárez, un locutor maniceño. Cada domingo Walter insistía para cantar en ese programa en el cual nunca pudo llegar a ganar o a figurar. Pero esa porfía por llegar arriba lo enamoró aun más de la música. Nunca le interesó mucho ganar en los festivales. Participó en el Cimarrón de Oro y fue finalista. Estuvo dos veces en el Torneo Internacional del Joropo participando como compositor: primero defendido por Jhon Onofre y después, por Lorgio Rodríguez, con quien logró el segundo lugar con su canción “Fundo e’ río”, en 2005. La única vez que ha ganado fue en el desaparecido Festival de la Sabana, en Villanueva (Casanare), con la primera canción que compuso, “Romance del coleador”. Nunca se ha considerado un gran contendor en un concurso y desde una malograda participación en un “Festival del Cacho” en Cumaral, no ha querido, aunque tampoco lo ha necesitado, volver a concursar en un festival de música llanera.

La generación a la que pertenece Walter es difícil, porque coincidió con un momento en que muchos jóvenes se dedicaron a cantar y tuvieron la iniciativa de competir; sin embargo, él no le ha parado muchas bolas a eso. Es una generación muy diferente a la generación de Tirso Delgado, Alfonso Niño, Dúmar Aljure, el “Guajibo” Curvelo o Juan Farfán, artistas que le han cantado al llano haciendo un trabajo bonito para dar a conocer su cultura. Pero hoy día todo es más competitivo y las controversias no se han hecho esperar. “Al ruido de la ignorancia el silencio de la respuesta”, apunta Walter, y afirma que no caza peleas o discusiones con otros cantantes o colegas del nuevo mundo del joropo. No le interesa, su propósito está muy por encima de estas intrigas, y eso es a todas luces evidente.

Su carrera se ha fortalecido de modo paulatino. La primera canción que dio a conocer fue “A que te dejas querer”, seguida por otra canción que siempre lo ha mantenido vigente y que es parte de su repertorio obligado: “Ríos de trago”. De manera lenta, pero siempre ascendente, después de estas canciones grabó “Ya no le camino más”, quizás uno de los temas que más lo ha encumbrado en el éxito. “El chino de los mandados” y “No me recoja el envase” son los más recientes éxitos, pero acompañados de otras canciones, como “Ese caballo es robado”, “La clave para olvidar” y últimamente “Tres lágrimas”. Pero lo cierto es que estar en un concierto de Walter es sentir cómo el público corea todas sus canciones, todos se las saben, y esto ocurre hoy con muy pocos cantautores llaneros.

Ha grabado con la mayoría de los grandes músicos de la escena llanera: por ejemplo, con William Barragán Salcedo, un muchacho casanareño muy joven con quien

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terminó grabando el arpa de “A que te dejas querer”, “Ríos de trago”, “El chino de los mandados” y “Ya no le camino más”. Asimismo ha grabado con grandes del arpa como Mario Tineo, Abdul Farfán, Solaín Rosillo, Darío Robayo, José Archila, Gustavo Sánchez y muchos otros, para los cuales Walter solo tiene agradecimientos. Y entre los cuatristas guarda especial aprecio por el venezolano Ramón Mota y, entre los colombianos, por César Barragán y Libardo Rey, que lo acompaña en sus conciertos; en las maracas, por Diego Hernández, Fernando Torres y Guadalupe Barragán, y en el bajo, por Rubén Darío Rondón, que fue el primer bajista con quien grabó y cuyo trabajo admira enormemente.

Por otro lado, en el contrapunteo prefiere el golpe de cunavichero, y el pasaje lo prefiere para cantarle al amor. Dentro de las canciones que no son de su autoría le gusta mucho cantar “La novia del hombre pobre” de Carlos Hernández “Bolo”. Es interesante que en su última producción discográfica titulada Asuntos llaneros tuvo un acercamiento al joropo mirandino de Venezuela a través de uno de los grandes arpistas de esta música, Yustardi Laza, a quien conoció en Bogotá en un encuentro de arpistas latinoamericanos y allí logró convencerlo de grabar “El joropito”, con una tímbrica de requinto pero en el arpa. Una sonoridad y un estilo muy especial que ha sido un gran acierto en la escena venezolana.

“Si yo hubiera nacido en la zona andina, sería cantante de bambucos, pasillos y torbellinos, porque amo la música andina” asegura, porque su amor por la música no se queda solo en la llanera. Ama la música y cultiva sus conocimientos porque le gusta aprender, siempre respetando el joropo tradicional. Además, siente el llano como algo inabarcable, infinito. Su sincera humildad con su cultura, su música y su territorio no la calla. Y remata Walter: “Los llaneros no alcanzamos a dimensionar lo que somos como mundo, como extensión, no lo alcanzamos a dimensionar. Por eso es que al ‘Renco’ Macualo se le ocurrió decir: ‘Mucho llano pa’ un llanero’”.

“El chino de los mandados”

El chino de los mandados salía corriendo por un camino de tierra, muchas veces sin camisa, a veces con un palito en la mano, pasaba por el lado del palo e’ mango donde unos años más tarde los recogería para “La de los mangos” —“amor del alma, cariñito de la infancia, sombrita del palo e’ mango donde yo te conocí”—. Luego cruzaba la cañada donde vivía la vecina, la del “pocillito e’ manteca”, la del trabajo de vecinos a mano vuelta. Más allá, a cien metros, aún está la tienda de la vereda, la tienda de doña Joaquina, la única tienda de entonces, donde Walter niño

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se perdía, se demoraba en sus fantasías, y su madre le reclamaba “que cogiera fundamento”. Esos lugares, esos paisajes emocionales y esos amores que con tanto acierto dibuja en sus canciones.

Walter nos llevó a recorrer el camino que hacía de niño yendo desde donde era su casa hasta la única tienda que existía 40 años antes, y que aún hoy existe. De su casa casi no queda nada, fue transformada en su totalidad por los nuevos dueños. Pero están los caminos y los sitios. Cruzamos la cañada, que atraviesa el camino; pasamos junto a la casa de los vecinos justo antes de entrar a la tienda. Saludamos a la dueña, que lo saluda a su vez, tal vez de la misma manera que lo hacía en aquel entonces. “Aquí, en esta tienda, se conseguía desde un anzuelo para sacar chúvanos hasta un bulto de alambre, y le teníamos mucho afecto porque siempre nos hacían el favor de fiarnos, hasta que se subía mucho la cuenta y entonces tocaba parar el fiado… Aquí, en este recorrido que hicimos desde la casa donde yo nací hasta llegar a esta tienda, nace la canción ‘El chino de los mandados’”, nos cuenta.

“Siempre quise hacer una canción en homenaje a mi mamá, y un día amanecí con el bichito encendido y empecé a cantar ‘vaya a la tienda o vaya a donde la vecina que nos haga el favor de prestarnos algo que al final del mes le pagamos’, ahí nació la canción”, dice Walter con desenfado. Es una canción que indudablemente retrata su infancia. Ya lo contó Reynaldo Armas una vez haciendo alusión y resaltando esta canción como el himno de los niños campesinos llaneros de Colombia. Así, Walter rinde homenaje a su cultura, a su territorio, a la gente que lo acompañó en sus primeros años y de manera única y especial a la gran Carmen Luisa, su mamá, ¡la mejor maestra!, que representa a miles de madres colombianas que en el campo, día a día, luchan por sacar adelante a sus hijos ante las dificultades.

“‘Gracias, madrecita buena, nunca me acosté sin cena, tú decías que en tripa llena vive el corazón contento’, ese el homenaje más grande que yo he podido hacer a mi madre buena, contarle a la gente que gracias a ella nunca me acosté si cena. Siempre he querido que esa canción venga con una sonrisa a flor de labios, como un recuerdo alegre de mi mamá, porque es lo más hermoso que yo puedo hacer por las madres campesinas. Es una canción sagrada para mí y soy muy celoso de esta canción. Mientras pueda, no permito que la usen mal. Este es entonces un escenario vivo de lo que es una canción viva: una tienda, una vecina, la casa donde nacimos. Aquí estamos. Cuando quieran venir por acá, lleguen a Pore y seguro que yo los acompaño hasta acá, a tomarnos un café”, concluye.