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M e rc e d es Echevarrieta de Rabini

Colaboraci贸n: I s a b e l V. K r i s c h

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Título Luna, Luna, Luna... (...dame salud y fortuna) Autora Mercedes Echevarrieta de Rabini Colaboración Isabel V. Krisch www.isabelkrisch.com.ar isabelkrisch@fibertel.com.ar Arte, Diseño y Diagramación Carla Escalante www.carlaescalante.com.ar info@carlaescalante.com.ar Impresión y Encuadernación Artes Gráficas Buschi S.A.

Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción parcial o total de este libro ni de sus imágenes ni su incorporación a ningún sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o cualquier medio, sea éste mecánico, electrónico, por fotocopia, grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del titular del copyright.

Depósito de ley Copyright 2009 © Mercedes Echevarrieta de Rabini ISBN

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Dedico este libro a mi madre, Enriqueta Pace. A mis adoradas hijas: Mechita, Adriana y Mónica, a mis nietos y bisnietos; y, en especial, a Antonio, el compañero de toda mi vida, sin él, nada habría sido posible.


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UANDO ERA CHIQUITA, EN LAS NOCHES DE

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LUNA CRECIENTE, mi madre nos llevaba al jardín, a mi hermano y a mí, y nos tomaba de las manos para juntarlas en su pecho, mientras elevaba la miraba al cielo y decía: “Luna, Luna, Luna, danos salud, amor y fortuna”. Entonces, el entorno nos cubría con el aroma que la planta de lima se atrevía a desprender. Había que repetir la frase tres veces para que el poder del satélite nos bendijera con el don de nuestro requerimiento. Esa costumbre, sencilla, candorosa tal vez, se quedó en nosotros como la sensación de que ella nos protegía y nos protegería siempre en la medida que la invocáramos. He realizado este reclamo en muchas oportunidades. Por años, cada vez que miraba a la Luna en esta fase, recordaba aquellos momentos de integridad con mi madre y reiteraba la plegaria para mis hijas a medida que fueron naciendo. Hoy, esta oración pequeñita, simple e inocente, se extiende en mi corazón hacia mis nietos y bisnietos porque a mí la Luna o la Providencia me lo han dado todo. He leído que el símbolo de la Luna es muy amplio. Desde considerar su influencia en la madurez de las plantas o el crecimiento de los animales; desde la relación que tiene el astro con las mareas o con el ciclo fisiológico de la mujer. Lo cierto es que todas las culturas han dado carácter femenino 9


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a la Luna y masculino al Sol. Se admite hoy que los ritmos lunares se utilizaron antes que los solares para dar la medida del tiempo. Que hay una conexión del astro con la creación y la recreación del Universo. La Luna se relaciona también con el huevo del mundo, con la matriz, con la esencia, con el origen. Yo conecto a la Luna con la madre. Con la mía, obviamente, que nos hacía elevarla a un plano divino, puro y trascendente. Entonces cuando la miro, y ya han sido tantas lunas, me permito la asociación de su luz con la que me trasmitió mamá toda su vida. Y me da alegría, nostalgia y paz. Cuando pensé en contar mis memorias en este modesto libro, después de que Antonio escribiera el suyo, supuse que sería justo y agradable para mis hijas, que la recordara en cada página. Y, además, que quedara esta narración como un legado de versión diferente de la que su padre relató, porque si bien hemos vivido más de sesenta y cinco años juntos y compartimos casi todo, hemos sido y somos personas distintas. Las familias de donde venimos, los estudios, la instrucción, las formas de ver la vida y las prioridades han contribuido a que, si bien con los mismos valores esenciales, haya dos ópticas de nuestra realidad. “Todo es según el cristal con que se mira”, dice el dicho. Y el resultado ha sido, estoy segura, un maravilloso complemento. A la hora de dedicar este volumen, lo hice a mi madre, en primer lugar, como un homenaje a lo que ella me enseñó y, sobre todo, a lo que hizo por mí y por mi hermano. A su sacrificio y dedicación. Y, por supuesto, a mis hijas, nietos y bisnietos, que son los que constituyen mi amada descendencia. Para finalizar, espero que se entienda que yo he querido resaltar su figura, como un modelo determinante en mi vida. Que lo que yo realicé fue pequeño al lado de su esfuerzo y optimismo, y que todo lo que logró lo hizo sola. Yo fui más afortunada, siempre tuve a Antonio a mi lado. Mecha 10


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1 —Mi historia es tan simple, tan simple, que ni yo misma la conozco. —Todos tenemos una historia, Mecha, que es el conjunto de las cosas que vivimos, sumado a aquello que recibimos de niños; incluso, el entramado de la vida de los que fueron nuestros padres y abuelos, sus éxitos, lo que no llegaron a lograr, y las situaciones y lugares donde desenvolvieron sus propios caminos. Y, desde luego, lo que nosotros mismos transitamos. Nuestra formación, las personas con las que nos relacionamos, la profesión, el trabajo y, finalmente, la familia que surgió de nosotros. En este momento, sólo se trata de recordar. —Exactamente, es por ellos que lo intento, sobre todo, porque mis hijas me piden con insistencia que escriba mis memorias. Dicen que hay muchas cosas de mi pasado que no conocen y que quieren saber. Y yo les digo que lo mío fue siempre poco importante. —Creo que si es importante o no, lo deben juzgar los que la siguen. Si me permite, creo que sí es importante, ya que usted es el puntal de un engranaje muy rico de hijos, nietos y bisnietos. Y además, en lo personal, le he conocido gran cantidad de amigos. Nadie que no es un referente tiene tantos. —Dios nos ha dado esa bendición. —Uno ayuda a Dios con las actitudes de su vida, con sus conductas, con el sostenimiento de los valores, con el “hacer” y con el “corazón” que le agrega a las cosas. —Bueno, eso es cierto, siempre traté de poner en lo que he hecho, mi dedicación y desinterés. Mi alegría ha sido darle a la familia todo lo que pude. Y lo hice absolutamente con entrega y mucho, mucho amor. —Por ese amor es que ellos ahora le piden que desarrolle su historia y les deje este documento. —Mi hija mayor, Mechita, es la más entusiasmada, puesto que fijándose en Internet descubrió a los Echevarrieta de Mendoza. Como mi 13


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padre era mendocino, comenzamos a indagar los orígenes del apellido y encontramos algunas respuestas. Se conectó, por esta vía, con un señor que se dedicaba a la investigación y a la búsqueda de datos para el armado de árboles genealógicos, el Dr. Marcelo Vieira. Y así, luego de e-mails de ida y de vuelta, decidimos un viaje a la provincia misma, para iniciar un camino en el tiempo hacia atrás. Adriana y Mónica nos acompañaron, y allá fuimos las cuatro con muchas expectativas. En la capital mendocina, paramos en el Hotel Park Hyatt. Una vez instadas, nos fuimos a Godoy Cruz. Esta ciudad de unos 200 km2 y con más de 200.000 habitantes es una de las más importantes de la provincia y corresponde al conjunto urbano “Gran Mendoza”. Allí nació mi abuelo. De esto tengo datos fehacientes, porque su partida de nacimiento fue conservada por mi madre como uno de los pocos tesoros que heredó de mi papá. Habíamos concertado una entrevista con el mencionado investigador para esa tarde y, como teníamos tiempo, el paseo a Godoy Cruz fue atinado. Queríamos conocer la iglesia, pero cuando llegamos estaba cerrada. Mientras esperábamos la hora en que abriera, nos decidimos por un breve almuerzo. Y, más tarde, la visitamos entusiasmadas porque alguien nos había dicho que “los Echevarrieta” fueron los que donaron las tierras y el templo. —Pero, ¡qué orgullo, Mecha! —Sí, un orgullo enorme. De todos modos, aquélla, la iglesia original que no conocí, fue reconstruida por haber sido afectada en su totalidad por un terremoto. Ésta, la nueva, es preciosa, muy sobria. El predio, o sea, las tierras son el legado de mis ancestros, probablemente ellos hayan sido mis tatarabuelos. Estábamos tan maravillosamente asombradas de esta noticia que nos retrasamos en la vuelta al hotel. En la conserjería había una nota para nosotras: “ Yo acudí a la cita, pero parece que hubo un desencuentro”. ¡Qué papelón!, pensé y llamé por teléfono de inmediato al abogado. Luego de las disculpas del caso, convinimos un nuevo horario. Vieira, muy amable, se puso a nuestra disposición para realizarnos el trámite. Al tener en nuestro poder documentos legítimos como las partidas de 14


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nacimiento de mis abuelos, el procedimiento se mostraba allanado. El hombre hizo fotocopias de estas partidas y nos citó a una cena esa misma noche en el hotel. Era un gran salón y había un grupo de personas que nuestro gestor nos presentó: —“Me tomé el atrevimiento de invitar a mi socio y amigo, Raúl Ortiz, cuya señora, Claudia, es una Echevarrieta”, comentó. Su nombre completo es Claudia Auriol Echevarrieta de Ortiz. Fue Sra. Claudia Auriol Echevarrieta de Ortiz. para mí una gran emoción, y comencé a sentir una conexión invisible que me unía a ella. Tuve la sensación de que el misterio en el pasado de mi padre estaba empezando a desentrañarse. Durante la cena conversamos animosamente y mis hijas comenzaron a ver en esta mujer joven, agradable y muy simpática, el parecido con una de las nietas de mi hermano Javier. Para continuar con esta extrañeza que vivíamos nosotras, y que era extensiva también por el lado de los mendocinos, es que nos cursaron una invitación para una nueva cena, al otro día, en su casa de Chacras de Coria. Resultó ser un lugar muy bonito y el hogar de Claudia y su marido, sumamente acogedor. Estaba poblada de fotos antiguas. Cuando observamos la de Clementina Echevarrieta, bisabuela de Claudia, las chicas la compararon rápidamente con mi rostro, para descubrir lo idéntico de los rasgos. Los ojos, las cejas, la nariz, la boca, ¡todo! Fue muy impresionante y emotivo a la vez. Insólito, diría. La muerte temprana de mi padre, que se había afincado en Buenos Aires, hizo que mamá, al quedar viuda, se volcara a su propia madre y hermanos y perdiera contacto con la familia política que, por otra parte, 15


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Foto que compara a Mecha con Clementina Echevarrieta. 16

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Clementina Echevarrieta de Auriol, bisabuela de Claudia. 17

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Con la familia Auriol de Mendoza. Último derecha: Dr. Marcelo Vieira.

no conocía. Papá tenía dos hermanas, pero de ellas nunca supimos nada. Hay que considerar que mi padre era veinte años mayor que mi mamá y aquellas tías eran aún más grandes que él. Esta razón y la distancia deben de haber sido el motivo de la inexistencia de aquella relación. Mamá sólo conoció a su suegro, José Cleofé Zacarías, cuando él, muy viejito, estuvo de paso en la Capital, para embarcarse hacia España, de donde ya no volvió. Él mismo lo había anunciado: quería morir en su tierra. —¿Y usted sigue en contacto con esta gente de Mendoza, Mecha? —Sí, por supuesto. El doctor Ortiz, quien continúa con la búsqueda de los datos, me dice en una carta que me mandará más testimonios de lo que vaya recavando en los numerosos cuadernos y documentos de la familia Echevarrieta. Todo esto me va a venir muy bien para conocer el devenir histórico de mis antepasados. Me confirmó que provienen de 18


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Ondarroa, señorío de Vizcaya, norte de España. Todo esto, especificado en el acta de matrimonio de Clementina Echevarrieta de Auriol, la señora del retrato a la que me parezco llamativamente, y que fuera hermana de mi abuelo José Cleofé. O sea, mi tía abuela. Me acuerdo de que mi madre relataba que por el lado de su suegra, según le había comentado mi papá, había un Luna y una Estrella. De alguna manera, quizás por este tipo de apellidos de reminiscencias naturales, creímos mucho tiempo, que la línea materna de mi padre sería criolla. Sin embargo, Francisco Guerrero Luna, casado con Agustina Estrella, padres de Juliana, a su vez madre de papá, tenían ancestros nobles. Alguno de ellos, árido sería enumerarlos, había pertenecido a la Casa de los Marqueses de Mía. Aquí me detengo porque la lista de los nombres relacionados con el marquesado sólo me demuestra a mí, el españolismo de mis orígenes. Lo de la “sangre azul”, en realidad, no me interesa.

Escudo de Ondarroa, Vizcaya.

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NTRE LOS PAPELES VIEJOS, GUARDADOS TODAVÍA EN EL PRIMER cajón de una cómoda perteneciente a mi madre, encontré una vieja poesía que leí, sorprendida al principio y, tan nublada al final, que casi se me borraron los rasgos de la pluma, que con trazo impecable decían:

Te vi en una noche serena noche feliz para mí porque esa noche sentí palpitar mi corazón y por eso es que después he seguido tu sendero y es tanto lo que te quiero que es delirio y es pasión José Darío Echevarrieta, mi padre, firmaba estas rimas perfectas. De la primera impresión de su lectura, después de que me permití las lágrimas, observé la letra que en equilibrio ordenado y correcto muestra, sin dudas, un universo profundo y sentimental. La profesión de maestra, aunque poco ejercida, es cierto; pero, no por ello no internalizada; me hace recordar la puntillosidad que tenía la educación en la época en que mi padre se formó, allá por 1880. La caligrafía 29


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inglesa y la suave inclinación hacia la derecha, eran casi una obligada búsqueda de la perfección. Hoy no es tan estricto el método de enseñanza para la escritura; de hecho, no existe más la Caligrafía como materia obligatoria. Un error enorme, según mi criterio, ya que la buena letra constituye la primitiva forma de comunicarse. ¿O no son imposibles de leer, en la actualidad, por ejemplo, las recetas médicas extendidas por profesionales de nota que, por apuro, redactan displicentes las prescripciones y no aclaran a sus pacientes el nombre del remedio que los curará? Los rasgos de mi padre en aquel papel amarillo acunan una personalidad recta, prolija y en extremo cuidadosa, exactamente como me dijo mi madre que fue su vida. Como, además, se entiende fue el ejercicio de su profesión de militar. Prácticamente no lo conocí, ya que falleció cuando yo aún no tenía cuatro años y mi hermano Javier era un niño de, apenas, tres. En el mismo cajón del mobiliario, aparecieron otros papeles envejecidos que sobrevivieron a la mudanza de Buenos Aires a San Martín y a la torpeza de los hombres que transportaron los enseres de mi madre. Luego de caerse en la calle, desparramarse, volar por el viento y mojarse en un charco, se secaron sobre el mueble, perdieron el color, como se va decolorando la historia con las huellas de los años. Enriqueta de mi sueño dueña de mi pensamiento que alientas el sentimiento de mi pobre inspiración Yo te dedico estos versos perfumados con las flores nacidos de los amores de este amante corazón Es maravilloso pensar lo que un hombre sensible, puede decir enamorado. Si ese hombre es nuestro padre, la sensación de orgullo es enorme. 30


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Ni qué decir, el saber que la madre de una, esa señora que sí conocimos y a quien, a Dios gracias, tuvimos al lado tantos años, fue la inspiradora de aquel cariño. Tal vez era la época, finales del siglo XIX o principios del XX, llena de romanticismo, de formalidades, de costumbres extremadamente serias y escrupulosas. Pero, a más de una mujer de hoy, le gustaría la llegada de un poeta a su puerta. Lo cierto es que entre los papeles de la vieja cómoda de roble aparecieron algunos documentos de la línea ascendente de mi papá. “El que suscribe, certifica que en el libro de Bautismo de la Parroquia de San Vicente, en Godoy Cruz, Nº7, folio 700, se encuentra la partida siguiente: En esta Parroquia de San Vicente, Mendoza, el 25 del mes de febrero de 1837, bauticé, puse óleos y crisma a Juliana del Sagrado Corazón de Jesús, de ocho días, española, hija legítima de Francisco Guerrero Luna y de Agustina Estrella. Firma: Fray Antonio Gallardo, cura interino. Mendoza, 25 de julio de 1916.” Esta Fe de Bautismo fue solicitada por mi padre, quién sabe para qué trámite o formalidad. Lo cierto es que entre los pliegos de la cajonera se mantuvieron por casi cien años. Y, gracias a este celo por preservarlos, hoy mis hijos, nietos y, más adelante, mis bisnietos, cuando sean mayores, conservarán parte de la historia de sus antepasados. Cambian las costumbres. En esta primera aproximación a la memoria, encuentro a José, Juliana, Francisco, Agustina, Ramón, Encarnación y, por el otro lado, a Carlos, Teresa, Domenico, Enriqueta, Paolo o Giusseppa. Ahora, la parte menuda de la familia acusa otros nombres: Ian, Chiara, Gioia, Phoebe, Dominique, Cloé, Tazio, Isabella, Juan, Zoé, Renata y Charlotte. Los apelativos han cambiado. Antes, eran puestos en homenaje a padres o abuelos, respetando el Santoral o por alguna personalidad célebre; en la actualidad, quién sabe. Lo cierto es que él nos identifica. Juliana era, entonces, mi abuela, la madre de mi padre. No conservo foto ni dato alguno de ella. Pero alguien me habló alguna vez de la personalidad de las “Julianas”. Servicial, agradable y algo coqueta. Nacida para amar y repartir paz y armonía. Ordenada y metódica, especialmente, 32


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en lo que se refiere al hogar y al entorno familiar, donde se realiza, desarrolla y es feliz. Dibujé en mi corazón, de este modo, la forma de ser de mi abuela. Y quiero creer que era así. 33


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Al seguir revisando los papeles, encontré: “El Presbítero Don Nazario Fernández bautizó, puso óleos y crisma, en esta Parroquia, a José Cleofé Zacarías, de quince días, noble, hijo legítimo de Ramón Echevarrieta y Encarnación Fretes. Firma: José Agustín Carreras, Mendoza, 19 del mes de julio de 1914.” Copia que también mi papá solicitó a la provincia, donde sus padres vivieron y desarrollaron la vida. Me detengo, otra vez, en el detalle acerca de la “nobleza” de mi abuelo. Supe que, alguno de sus parientes por línea materna fue marqués, según los últimos datos que conocí. En la Edad Media, éste era un gobernador o “señor” de una marca o territorio fronterizo. Hoy, sería sólo un político. Y amándote viviré porque para eso nací y tú Queta si eres buena y quieres felicidad júrame fidelidad que yo te la juro a ti Otro poema que emociona. Me alegro de que el agua no haya deteriorado todo. Detrás de las rimas, están reflejados los sentimientos. Y en estas glosas está mi padre. Me basta con sus poesías, con su letra, con aquello que me trasmitió mamá de él, para sentirme orgullosa. Y no me interesa mucho si su pasado fue noble o no. Conozco la nobleza del corazón de los seres generosos y de gran calidad moral. Así conservo yo la imagen de mi padre. No necesito otra cosa. “Pregunta a tus antepasados y ellos te mostrarán el camino” dice un proverbio. Yo agrego que descubrir, recordar, traer el derrotero de los nuestros a la actualidad, los engrandece y les da presencia. Los mantiene vivos en cada uno de nosotros. Somos quienes somos gracias a esta cadena interminable de eslabones. Trataré de rescatar de la memoria, modestamente, pequeños recuerdos de lo que ellos me han dejado. 34


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Fe de Bautismo. 35


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A FAMILIA ES UN TESORO MARAVILLOSO.

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SI TENEMOS SUERTE Y nacemos en un núcleo sólido, aunque los miembros de la misma sean escasos, nos queda el lazo de afecto que recibimos, apretado tan fuerte en el alma, que lo más probable es que el tronco que formamos luego, cuando nos independizamos de la primera cepa, tenga un contenido y una fortaleza semejante. Nada es gratuito. El mayor de los premios sigue siendo el amor. Y a la distancia, puedo memorar ese sentimiento que me fue dado. Porque aunque tenga poco sobre mi padre en la memoria, he recibido de él sólo buenos recuerdos y conceptos elevados acerca de su persona. De parte de mi madre y de todos aquellos que lo conocieron. Mamá se encargó de realzarlos y se lo reconozco profundamente. Como le agradezco su lucha para cuidar de mi hermano y de mí, y educarnos como lo hizo, habiéndose quedado sola. Sobre todo, en una época con tantas trabas para una mujer sin hombre. Enriqueta Justa Rufina Eletera Pace, mi madre, fue hija de Carlos Pace y de Teresa Caputo. Nació el 28 de febrero de 1889, y sus padres, ambos italianos, tenían al gestarla, treinta y ocho años, él; y treinta y dos, ella. Estaban domiciliados en la calle Viamonte 2314, de esta Capital. Tal vez, habrán buscado, a propósito, vivir en esa calle del centro, porque 37


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estaba cerca y derivaba, sólo doce cuadras más abajo, hacia el mayor Coliseo de Buenos Aires: el Teatro Colón. Estoy suponiendo, tejiendo ideas. Ninguna prueba tengo de cómo habrán sido los pensamientos, las circunstancias de vida de esta gente de la que llevo su sangre y, por falta de datos, parece tan lejana. Sé que a mi abuelo le gustaba mucho la ópera. Es por eso que intuyo y juego a imaginar cómo vivirían. Sé también que tenía una gran voz, virtud que algunos de sus hijos heredaron. Y la historia familiar cuenta que, una noche de gala, aquella vez en el Teatro de la Ópera, don Pace fue a ver una función de “La Fuerza del Destino”, de Giusseppe Verdi. Abuela Teresa estaba transitando el último tramo de su séptimo embarazo, e incómoda por tal situación, no pudo acompañarlo. Abuelo Carlos, bien napolitano, decidió ir solo entonces. Al volver, los chicos ya habían cenado y dormían. Mi abuela lo esperaba despierta con la comida preparada. Sin dudas, para que le contara la función que él había presenciado. Mientras comía, le narraba la trama de la famosa ópera. No se sabe si terminó el relato, porque cayó muerto sobre la mesa. Fue un infarto, en apariencias, y parece que el título de la obra hubiera sido una sentencia. Joven aún, dejó a mi abuela con hijos pequeños y todavía una en el vientre: mi madre. Enriqueta nació huérfana de padre, pero con varios hermanos mayores para cuidarla. En el Acta de Bautismo se cuenta que fueron los padrinos José Pace, hermano de Carlos, y Antonia Sancey. No hay datos precisos de ellos, pues poca mención de sus nombres hubo en mi familia. Sólo uno fue el verdadero progenitor de Queta, como pasó a llamarse en la familia: Domingo, el hermano mayor. Los otros: Rómulo, Remo, Calixto y José, o fallecieron chicos o se quedaron en Italia. Sólo Carlos y el nombrado Domingo, son los tíos que recuerdo y que me acompañaron durante mucho tiempo. Abuela Teresa fue a Europa con sus hijos, a buscar la herencia de su marido. Mamá tenía entonces, un año apenas. La familia política insistió para que se quedara, pero ella no quiso. Eligió la Argentina nuevamente. 38


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Abuela Teresa Caputo.

Tal vez, acá estaría más cerca de sus recuerdos. La abuela decía que en esta tierra se sentía feliz. Y el lapso en el que permanecieron en Italia hasta finalizar los trámites, extrañó profundamente el clima de Buenos Aires. A pesar de esto, era una gran defensora 39


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de su San Giovanni a Piro. Tanto es así, que en derredor de las mesas familiares, comúnmente decía: —Io sonno napolitana, con tutto honore— y agregaba que la bandera italiana era una, para contrarrestar las chanzas de sus hijos que jugaban a hacerla enojar cuando le recordaban que ella había elegido la Argentina pudiendo haber vivido en Italia. En la única foto que se conserva de ella, sentada en una silla alta, se la ve joven, con la mirada un poco triste, perdida en ese espacio vacío que le dejó su hombre. También falleció tempranamente. Yo tenía apenas un año. Cuando Enriqueta estuvo en edad escolar, la anotaron en el Colegio Nuestra Señora del Carmen, una institución que quedaba en la calle Callao, cerca del Ministerio de Educación. Era un colegio pupilo, pago, fantástico, donde mamá hizo toda la escolaridad primaria. Allí conoció a Saturnino y Carlota Unzué, matrimonio patrocinante de dicho colegio. Como también a otros personajes destacados de la época. Abuela Teresa y tío Domingo querían para Enriqueta la mejor formación, por eso trataron por todos los medios de conseguir ese beneficio para ella. Privilegio poco común. Domingo se erigió en custodio de la familia y, aunque muy joven todavía, se había convertido en adulto. Trabajó empeñosamente y tuvo éxito en sus negocios. Tío Carlos se había formado como mecánico de automóviles. Se empleó muchísimos años en la empresa “AGARCROSS”, tan grande e importante como la FORD, y la única que había en su especialidad en Buenos Aires. Emporio que también importaba lavarropas y otros artículos para el hogar. Estaba preparado para eso el tío Carlos. Se casó, formó su familia, tuvo ocho hijos y trabajó por un sueldo para mantenerlos. Nunca se animó a dejar la empresa, aunque su hermano lo estimulara a ello. Muchas veces, se le oyó decir a tío Domingo: —¡Qué lástima que Enriqueta no nació hombre! Porque mi madre tenía carácter y coraje como para acompañarlo en sus negocios. No así tío Carlos que no se animó a jugarse, a dejar la compañía y ponerse codo a codo con su hermano. Él argumentaba que con 40


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un sueldo fijo tenía la comida asegurada para ese hogar tan numeroso. Las religiosas del Colegio del Carmen enseñaban a las niñas a tejer, a bordar, a coser, a cocinar, a tener buenos modales, a la par que se las instruía. Detalles correspondientes a lo que debía saber una niña preparada y de buena familia, en esa época. La decisión del colegio fue tan acertada que le permitió a mi madre conocer los más altos niveles sociales de Buenos Aires. Los Unzué, Saturnino y Misia Carlotita, como le decían, iban a diario a la institución que salvaguardaban. Se encariñaron con mamá, que se caracterizaba por su obediencia y correcta educación, a la vez que era despierta e inteligente. Tanto pusieron sus ojos en ella que, al no tener hijos propios, la pidieron en adopción. Hablaron con abuela Teresa, pero ella se negó absolutamente. Rehusarse a que la registraran como su hija no era lo mismo que desdeñar el cariño y la protección que le brindaban. Debido a esto, los Unzué le cursaron constantes invitaciones para llevarla a pasear y para compartir con ellos cenas y recepciones. A esto la abuela no se negó. Y así, mamá tuvo la oportunidad de conocer celebridades de esos tiempos y rozar lo más alto de la sociedad patricia, que eran la clase de amistades que frecuentaba aquel matrimonio. En una de aquellas cenas mamá conoció el helado, que fue el postre que le sirvieron en una copa de cristal con forma de flor. Como era la primera vez que probaba algo así, dudó, y recordaba al contármelo, divertida, que lo sopló al tenerlo delante. A lo que Don Saturnino le dijo: —¡Quetita!, no tengas miedo, comélo tranquila, es un postre helado. Es muy, muy rico. Te va a gustar. Muchas fueron las historias que quedaron en el anecdotario de mi mamá. Conoció, por ejemplo, a una señora importante, cuyo marido fue Presidente. Me relataba que aquélla tenía un aro lleno de llaves. Yo lo imaginaba, mientras lo describía, colgado de la cintura de una dama muy seria, de rostro blanco y severo, vestida con faldas largas y negras, como en las películas de época. Mamá era jovencita; niña, en verdad. Como era educada y la preferida 41


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de los Unzué (esto lo supongo yo), podía entrar en cualquier habitación libremente, sin que nadie le dijera nada. La casa de estos señores era un palacio. Y mi madre vio a la dueña de casa, en una oportunidad, abrir las alacenas con alguna de aquellas llaves misteriosas, sacar un frasco que contenía azúcar y contar las cucharadas mientras las volcaba en una azucarera de fina porcelana. —¿Va a hacer algún postre o algún dulce?—le preguntó mi mamá, sorprendida o curiosa. —No, no—le contestó—Son las cucharadas para el café con leche que tiene que tomar el personal. A mamá le quedó grabado el gesto. Y, más grande, reflexionaba durante su narración acerca de una persona que con ese nivel social, que vivía donde estaba viviendo, con la fortuna que ostentaba, siendo la anfitriona de frecuentes cenas fastuosas y en medio de tanto lujo, cómo podía ser tan poco generosa. Y agregaba que había visto la cucha del perro forrada de seda. Estos detalles a mamá le provocaban, siendo aún tan jovencita, un malestar enorme. Claro que no todos eran así, desde luego. Estaba la señora del Dr. Durán, que era una excelente persona. El mismo médico que dejó su apellido en el importante Hospital de la calle Díaz Vélez. Mencionaba a los Frers, constructores de barcos. Y a los mismos Unzué, que la presentaban como su hijita, con mucho cariño. Recuerdo que mamá decía que Misia Carlotita era una delicia de mujer. Y que hasta la llevaron a la inauguración del Asilo que se encuentra en la entrada de la ciudad de Mar del Plata, abandonado por muchos años; y hoy, en vías de refacción. Más adelante, Saturnino y su señora adoptaron a una niña huérfana de madre y padre del Colegio del Carmen, compañera de mi mamá. La educaron y la llevaron a recorrer el mundo. Mamá y ella se escribieron un tiempo. Cartas que, lamentablemente, se han extraviado. En una ocasión, leyendo una revista de actualidad, encontró una nota cuya protagonista era su antigua amiga, casada con un Duque francés. El comentario que siguió fue de alegría al ver la suerte que le había deparado el destino a 42


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aquella chica que había sido su condiscípula. Otra de las cosas que mamá contaba era una historia vivida por abuela Teresa y que se relaciona con otro apellido ilustre de nuestro país que, de alguna manera, rozó nuestra familia. Resulta que abuela Teresa era una mujer muy católica, practicante y que dedicaba mucho de su tiempo a realizar novenas y a formar parte de congregaciones dedicadas a la Sagrada Familia, a Santa Teresita o a la Virgen María. En uno de esos eventos conoció a una monjita laica, que vestía el hábito, pero no había hecho los votos todavía. Era Tulia Lezica Nogués Alvear, la prima-hermana del Presidente Marcelo T. Simpatizaron y frecuentaron la charla hasta que la religiosa le preguntó dónde vivía. Al enterarse del domicilio, le dijo: —¡Ah!, pero entonces usted vive al lado de la casa de Enrique Frers, el constructor de barcos. —Sí, claro, yo conozco a esa familia. Casualmente, los fondos de mi casa y la de él, confluyen. Somos vecinos. Y le relató cómo los hijos de don Enrique, que se había quedado viudo, cuando volvían, los fines de semana, del colegio donde estaban pupilos, saltaban a su casa por la pared medianera, y ella les preparaba cosas ricas para convidarlos. Tulia vio en ella a una señora capaz de guardar su secreto y se lo confesó. Enrique Frers había sido su amor platónico y, cuando él se casó con otra, ella decidió hacerse monja. En medio de tanta revelación, le pidió a mi abuela si le alquilaba una habitación en su hogar, para estar cerca de la familia, para controlar al mayordomo y a las mucamas, aunque sólo fuera desde el anonimato. En fin, para poder ver a los chicos sin que el padre lo notara. La casa de abuela Teresa era de esas antiguas, con una puerta cancel, un pasillo pequeño, después otra puerta y la sala con balcón a la calle. Yo imagino el recinto como el lugar donde estaba el piano que tocaban las señoritas y la música escuchándose desde la vereda. En esa casa no había piano, sin embargo, y no supe nunca con exactitud, dónde estaba empla43


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zada, pero era un barrio privilegiado de la Capital, en Palermo. Con seguridad, cerca de donde vivieron mis padres con nosotros pequeñitos. —¿Para qué usa la sala, Teresa?—le preguntó Tulia. —No, nadie la usa mucho, sólo alguna que otra vez vienen visitas— respondió mi abuela. —Pero si usted está siempre en la Iglesia, ¿qué visitas recibe? Lo cierto es que Teresa le alquiló la sala a Tulia, para que ella viviera cerca de los Frers. Hasta allí eran, por entonces, los romances de las niñas que morían de amor. De aquéllas que, mimetizadas con una época donde la mujer que era digna, después de una desilusión amorosa, debía sacrificarse hasta el cercenamiento y la entrega total a Dios y a los otros, sin importar que adentro de ella misma latiera aún la llama de una pasión oculta. Tulia no fue una mujer agraciada. Tenía una nariz prominente y un perfil que se asemejaba al de su primo, según muestran los retratos de la época. Aunque esto no es impedimento para relacionarse afectivamente, ya que la belleza, como tantos otros valores relativos, se ve en el interior de cada ser. Pero hubo un ingrediente más en Tulia: era cleptómana. Contaba mi madre por los decires de la suya, que la señora que, obviamente, no tenía necesidades económicas, iba a las grandes tiendas, en aquel entonces, Harrod’s y San Miguel, esta última más fina; y, si veía algo que le gustaba, lo ponía en su cartera y se lo llevaba. En todos lados la conocían. Los empleados la observaban y después tocaban el timbre para buscar aquello que la “Niña Tulia” había alzado. Y la abuela les devolvía la cinta, el pedazo de tela o lo que hubiera traído sin pagar. Parece que ese “vicio” se aceptaba en aquel tiempo. Tulia se enfermó en casa de la abuela Teresa. Falleció y fue velada en la sala de la casona de la familia. Velorio al que concurrió la alta sociedad de Buenos Aires, incluido el Presidente de la Nación y su señora, Regina Pacini, la soprano. La anécdota más contada es que el propio Presidente Marcelo Torcuato de Alvear abrazó a mi abuela y a mi tío Domingo y les dijo: —“Cualquier cosa que necesiten, las puertas de la Presidencia estarán abiertas para ustedes”. 44


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Pero nunca se los molestó por ninguna razón. Esos eran los valores que tenían antes las personas de buena cepa. Y ésa fue la triste historia de Tulia Lezica, prima-hermana del Presidente Alvear, quien gobernara el país entre 1922 y 1928. Tanto la historia de mi abuela como la de mamá, tienen episodios relacionados con gente muy bien. De buena posición social y de clase. Esto es, probablemente, lo que haya hecho que mi madre me acostumbrara a gustar de las cosas finas. Sin ser gente de dinero, quiero aclarar. El concepto va más allá de lo económico, tiene más que ver con el buen gusto. Recuerdo que cuando éramos chicos a mi hermano y a mí nos inculcaba que disfrutáramos de las cosas lindas. —Si pueden tomar el té en una taza buena, ¿por qué no lo van a hacer?—nos decía. Y nos acostumbró a servir la mesa, siempre con humildad, pero lo mejor que podía. Un platito para el pan, los vasos y los cubiertos donde corresponden, una servilleta doblada convenientemente. Una copa de champán llena de rojos granos de la granada del jardín, que ella misma había plantado, para agasajarnos. —Vivir bien, enseña—agregaba. Yo todavía conservo los “apoya-cubiertos” que mamá usaba en la mesa de todos los días. Y ni siquiera eran de plata, sólo de metal blanco. Esa mujer, criada en una época donde existían otros valores, donde había más respeto por las personas y por la figura de prójimo, fue la que enamoró a mi padre. Parece que estaba por terminar su colegio, es decir, era todavía una adolescente, casi una niña cuando lo conoció. Papá tenía veinte años más y se prendó de ella. En este momento de la historia de la vida de mi madre se produce un bache, ya que nunca me relató el nacimiento del romance entre ambos. Era prudente y reservada para esta clase de comentarios. O, quizás, pudorosa. 45


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Me pregunto si sería la época en que él le empezó a escribir aquellas poesías. No lo sé, tal vez. Pero, lo cierto es que, cuando se conocieron, él era un militar con grado de Capitán. Un hombre. Imagino también, a tío Domingo, “hermano–padre”, mirando de reojo esta relación.

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ÍO DOMINGO TUVO UN SOLO HIJO: ISMAEL. OTRA DIFERENCIA

con su hermano. Un tío, arriesgado y luchador; y el otro, si bien del mismo modo trabajador, familiero y dedicado, más conservador en el actuar. Los hijos de tío Carlos: Carlitos, Alfredo, Aníbal, Oscar, Alberto, Elena, Ema y María Isabel, a quien todos llamamos Pochola, determinaron que ésta fuera una familia extremadamente numerosa. Primos todos mayores que yo. Con ellos me traté hasta que se casó mi hija Mercedes. Ocurre que cuando por el año 1966, Antonio y yo ofrecimos a nuestra hija la alternativa de la fiesta de casamiento o un viaje a Italia como regalo de bodas, ni lerda ni perezosa, ella respondió: —El viaje a Italia. Por lo tanto, la fiesta, si bien no la dejamos de hacer, la restringimos bastante e invitamos a poca gente, solamente a los más cercanos. De esta parte de la familia, a Elena, Pochola y Alberto, que vivían en Buenos Aires. Los demás tenían domicilio muy lejos y obligarlos a venir desde Hurlingham, por ejemplo, a San Martín, cuando ninguno tenía auto y hace más de cuarenta años no había tantos medios de transporte como hay ahora, nos hizo suponer que los liberábamos de aquel compromiso, de los regalos y de la ropa. Todos trabajaban y si bien tenían su profesión, 47


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Ema, Elena y María Isabel (“Pochola”).

económicamente les habría representado, a nuestro entender, una erogación más que extra. Además, cada uno, a su vez, tenía dos o tres hijos. Pensando en lo que creímos mejor para ellos, cometimos, según vimos después, un grave error. Y se ofendieron. Mi prima Elena, la mayor de las mujeres, se enojó e influyó para que los hermanos, que habían sido invitados, no vinieran. Y los demás hicieron causa común. A partir de allí nos separamos. Fue una pena, porque se tergiversó mi intención; y aunque éramos unidos, ya que yo pasé muchos días de mi niñez junto a ellos, nos distanciamos. Tiempo más adelante, retomamos la amistad con Pochola y Alberto, los que se acercaban más a mi edad, pero nunca fue igual que cuando éramos chicos. He reconocido muchas veces mi desatino y espero que ahora, después de tantos años, tal vez a través de este testimonio que ojalá llegue a sus 48


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manos, se enteren de que me he arrepentido, y que me siento en falta por haber procedido así. De todos modos, siempre los recuerdo con aquel mismo afecto que nos tuvimos. Carlitos fue mecánico y trabajó en la misma empresa que su padre. Alfredo, periodista. Cuando murió le hicieron una nota-homenaje muy sentida en el diario La Prensa. Aníbal, que falleció joven, fue comerciante y regenteó el Salón Comedor del Regimiento de Patricios de Buenos Aires y, después, por varios años, el Bar-Restaurante que se encuentra en Pacífico, al terminar la Avenida del Libertador. Oscar, un muy buen vendedor, trabajó en la fábrica con Antonio. Alberto, el buscavidas, con una cajita de madera lustraba botas y conseguía sus pesitos, lo que le permitía ser independiente y usar esas ganancias para comprarse golosinas o algunas cositas que le pidieran en el colegio. Este ejemplo da la pauta de lo difícil que sería para mi tío sostener a esa familia con tantas bocas. Eso hizo que, de alguna manera, casi todos se las ingeniaran para salir adelante desde muy chicos. Y, aún así, aunque no hubo profesionales, los ocho terminaron su colegio secundario. De las mujeres, Elena aprendió costura, fue sombrerera y trabajó en una casa del ramo muy importante sobre la Avenida Santa Fe, en la Capital. Ema, pedicura. Pochola estudió música y toca muy bien el piano. También se preparó como secretaria y en este “metier” conoció a su marido, Horacio Guiñazú. De la generación que les sucede, Carlitos Pace hijo, estudió canto lírico, tiene una voz preciosa y registro de tenor. Fue contratado por Kive Staiff, el Director del Teatro San Martín, y tuvo la oportunidad de ir a trabajar a Brasil. Allí hizo una gran carrera. Me enteré por los diarios, incluso, que cantó la Misa Criolla frente al Papa. Se casó y trabajaba (esto es lo último que supe de él) en la Ópera de San Pablo. Por otro lado, una de las hijas de mi primo, también con inclinación hacia el canto lírico, consiguió una beca para perfeccionarse en Italia. En una oportunidad, vino a casa a pedirme las partidas de nacimiento de mis abuelos, que eran, obviamente, también abuelos de su padre, porque 49


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necesitaba adherir a la nacionalidad italiana para responder a dicha beca. Era un detalle imprescindible en el contrato. Es así como, en uno de nuestros viajes fuimos con Antonio a San Giovanni a Piro y al Registro Civil de dicho pueblo, para averiguarle los antecedentes familiares. Nos atendieron muy bien en ese organismo y conectamos a la hija de mi primo con esta gente. Supe que, más adelante, logró ir a cantar a Italia. El reparar en estas condiciones para el canto de nuestros familiares siempre me ha dado a pensar esto de la transmisión de los genes. Y éste, en particular, proviene de mi abuelo, Carlos Pace, que tanto gustaba de la música como ya conté y, en especial, de la ópera. Siento que yo misma he recibido ese legado. Es quizás, una de las cuentas pendientes de mi vida. Tenía en el Colegio Huérfanos de Militares, donde estudié, una profesora de música exquisita: Sara César. Mezzo-soprano del Colón, llegaba muy cómoda al registro de soprano, como lo hizo en “El Barbero de Sevilla”, de Gioacchino Rossini o en “Siripo”, del compositor Felipe Boero sobre la tragedia homónima de Manuel de Lavardén. César también cantaba en Radio Libertad. Y había intervenido en la inauguración de la primera transmisión de radio, que se realizó el 27 de agosto de 1920, cuando un grupo de amigos bautizados como los “locos de la azotea”, lograron difundir la ópera Parsifal, mediante un trasmisor instalado en la terraza del viejo Teatro Coliseo. Su onda fue captada en costosos aparatos “a galena”, por tan sólo medio centenar de oyentes. Aquel grupo, integrado por el médico Enrique Telémaco Susini y sus colaboradores, Miguel Mujica, César Guerricos y Luis Carranza, comenzó con la historia de la radiofonía en la Argentina. Con este anuncio se abrió aquel acontecimiento que hasta hoy se recuerda: “Señoras y seLa soprano Sara César. 50


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ñores, la Sociedad de Radio Argentina les presenta hoy el Festival Sacro de Ricardo Wagner, con la actuación del tenor Maestri, la soprano argentina, Sara César, y el barítono Rosi Morelli”. Yo formaba parte del coro del Colegio. Esta docente notó que a mí me gustaba esta manera de manifestar el arte, y que era afinada. Entonces, mandó a llamar a mi madre y le sugirió que me hiciera tomar clases porque ella estaba segura de que tenía las condiciones suficientes para el canto. Sólo debía disciplinar la voz. Mamá, que era amante del canto lírico, admiraba a Claudia Musio y, sobre todo, a Lilí Pons. Recuerdo un día en que me llevó a escucharla y la esperamos a la salida del teatro para entregarle un ramo de violetas que le había comprado. A partir del consejo de la profesora, mamá me llevó a las funciones del Colón con mayor regularidad. Y, haciendo un esfuerzo económico, más de una vez compró platea y pudimos ubicarnos muy bien para regocijarnos con la voz de Sara César. La pude ver interpretando a Amneris en “Aída”, en 1937; y, más tarde, en el papel de Azucena en “Il Trovatore”, en 1941. Ambas obras de Verdi. Creo que con “Aída” fue la primera vez que asistí al gran Coliseo y, a partir de allí, quedé muy impresionada. Mamá arregló con Sara que me dio clases personales de canto en el mismo colegio. Y cuando me recibí, seguí tomando lecciones en su casa particular, aproximadamente, unos tres años. Creo que ella me había tomado cariño. Y fue la que propició que me presentara delante del famoso director de orquesta Arturo Toscanini, por ese tiempo en Buenos Aires. Me aprobaron, me tomaron para que ingresara a la Escuela de Canto del Colón, pero allí surgió una de mis más grandes desilusiones. Mamá le habló a su primo Ismael, aquel hijo único del tío Domingo que, por entonces, ya había fallecido. —¡No, Enriqueta! ¿Cómo que Mechita va a ser una artista? ¡De ninguna manera! ¡Absolutamente! Mamá estaba con mi hermano y conmigo para criar. Y siempre se apoyó en los varones de la familia; tío Domingo, primero; tío Coronel, 51


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más adelante; e Ismael, después. Fue un condicionamiento de la época. Durísima para una mujer sola, como ya dije y como es sabido. Y, aunque mamá tenía sueños y aspiraciones, ideas y emprendimientos para salir adelante, hubo muchas cosas que no pudo lograr, simplemente por el hecho de ser mujer. Fue coartada en sus ambiciones de crecer y expandirse. No había lugar en la sociedad masculina de las primeras décadas del siglo pasado para una mujer viuda, aunque tuviera agallas. Había que cuidarla, aunque eso implicara que no se desarrolle. Aunque protegerla fuera, por entonces, acallar sus inclinaciones y gustos personales. Y no hablo de los míos, sino de los de mi madre. ¡Quién iba a hablar de “frustración femenina” entonces! Todo se hacía en función “del qué dirán”. Era mucho más importante cuidar las formas, evitar estar en la boca de los demás, que lograr desarrollar los talentos, por el temor de que cayeran ante los ojos extraños como “licenciosos”. Un ejemplo típico fue el que protagonizó en el Colón, luego de haber perdido a su marido. A las mujeres viudas, “no se les permitía exhibirse en público solas”. Por lo tanto, en una oportunidad en que fue a dicho teatro, únicamente le permitieron ver la obra detrás de una ventana de madera enrejada en el sector que había para estos casos, debajo de los palcos. Así eran las cosas. Ahora que me lo planteo, habiendo pasado tantos años, viéndolo con la óptica de hoy, reparo en la injusticia de esos tiempos. Después de haber cantado frente al maestro Arturo Toscanini, el área de la Bohème: “Sí, mi chiamano Mimí”, de Puccini; “Tosca”, de Puccini también y alguna otra, que creo recordar. Más allá de la emoción que sentí cuando el pianista se levantó del taburete y me corrigió la “S”, porque mi italiano era aprendido por fonética y ellos lo pronuncian diferente, con un sonido palatal más fuerte. Después de haber escuchado la voz del Maestro Toscanini con la expresión: “¡Qué bella voce!”, refiriéndose a la mía. Después de ese enorme placer, tuve que abandonar mis ilusiones de ser cantante. Hoy tengo nódulos. Algún profesional me sugirió operarlos, pero 52


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¿para qué?, no tuvo sentido antes; mucho menos, ahora. De todos modos, pude cantar el “Ave María” en el casamiento de mi hermano y mi cuñada, “a capella”, y creo que en algún lugar debe andar la grabación. Seguramente, mis hijas la conservan.

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Domingo Pace. 54

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PACE SE CONVIRTIÓ EN UN HOMBRE DE NEGOCIOS. Tal vez la situación familiar lo obligó a hacer frente a la adversidad para mantener el hogar, pero debe de haber tenido las condiciones, porque sus emprendimientos fueron exitosos y prósperos. El gobierno le alquiló un predio, en la intersección de la Diagonal Norte y la Avenida Corrientes de la Capital Federal, donde hoy se encuentra el obelisco, para que funcionara un Parque de Diversiones que se llamó Euskara y que, tiempo más adelante, se hiciera famoso como el Luna Park. Pace fue contratado en 1910, para ir a la provincia de Tucumán, a los acontecimientos celebratorios del Centenario de la República. Allí lo acompañó el tío Carlos, quien, a pesar del éxito de la gestión, no se quedó en la empresa y prefirió seguir trabajando en la ya nombrada AGARCROSS. Privilegió la seguridad a la incertidumbre de ser independiente, aunque las posibilidades fueran más que auspiciosas. “El que no arriesga, no gana”, dicen. Y el tío Carlos no arriesgó. A tío Domingo le fue bien en cambio y comenzó a crecer en sus finanzas. Por entonces, mi familia y yo vivíamos en una zona acomodada de Buenos Aires, en la calle Oro casi intersección con Libertador, del barrio de Palermo, enfrente a los Rosedales, allí mismo donde nací. OMINGO

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Al fallecer papá, en 1924, a los cincuenta y cuatro años, y quedarse mamá sola con nosotros, tío Domingo se hizo cargo de esta familia de la mejor manera que pudo. Él había comprado unos terrenos en la localidad de Tropezón que, en ese tiempo, empezaba a lotearse. No había nada, eso era un desierto, sólo una estación del tranvía Lacroze que paraba allí y seguía hasta Campo de Mayo. En esa manzana, hizo construir un chalet para su hermana y sus sobrinos. Enfrente del mismo había una sola casita muy sencilla y linda, donde vivía la familia Peralta, con algunos de cuyos hijos recuerdo haber jugado en un par de ocasiones. Después, había un almacén y una fábrica de fuegos artificiales. Mirábamos a la distancia y veíamos campo y, casi en el horizonte, “la casa del molino”, porque ésa era la característica que tenía: un molino de viento para la extracción del agua. Cuando nos fuimos a vivir allí, mamá tenía un jardinero y una mucama: Mista. Tío Domingo había traído de Italia a un matrimonio para trabajar con él. El hombre era sereno en el Luna Park; y ella, la cocinera de mi casa. Mamá contaba una anécdota que se relaciona con aquella soledad y los peligros que a veces acuciaban. Si bien no era una mujer temerosa, y tampoco había tantos casos de asaltos como se escuchan en estos tiempos, en una oportunidad quisieron entrar ladrones a la casa. Casualmente, por esos días había estado el tío Domingo y, para asegurar la entrada que consistía en una pesada puerta de madera, había dejado una barra de hierro para que mamá la cruzara en la misma por las noches. Nosotros ya nos habíamos acostado y dormíamos en los cuartos de abajo. Arriba había otros dormitorios, y en el que daba justo sobre el de mi madre, dormía Mista. “Temístocles”, era su verdadero nombre. Esa noche (no era muy común), se había quedado a dormir el marido de Mista. Luego de la cena, la mujer lavó los utensilios y apoyó una tabla de madera sobre la ventana. Al rato, mamá escuchó dos tiros que dieron en dicha tabla. El intento había sido abrir la puerta; pero los bandidos, que forcejearon, se encontraron con la tranca. Y, mientras golpeaba el 56


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Chalet que mand贸 a construir Domingo Pace en la localidad de Tropez贸n para su hermana y sobrinos.

Enriqueta, Javier y Mecha.


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techo con un palo largo para despertar a Mista, mamá respondía con otras dos balas de un revólver que Tío Domingo, temiendo que algo así pudiera suceder, le había dejado. Luego, subió a la terraza y, desde allí, vio a dos hombres que llevaban a un tercero herido. Uno de ellos se dio vuelta y, viéndola asomada en el borde del piso alto, le hizo un gesto de amenaza y masculló algo que mi madre entendió como una fuerte intimidación. Pasaron muchas jornadas hasta que en casa volviera a reinar la paz. Afortunadamente, ésa fue la única vez que atravesamos por un momento de peligro. La casa era hermosa; los cuartos, enormes; y los techos, altos. Aunque yo era muy pequeña (sin dudas, este detalle y la distancia en el tiempo, seguramente magnifican mis recuerdos), tengo impresiones de la maravilla del lugar, del verde y del espacio donde jugábamos Javier y yo. Estaba muy bien construida, con un comedor tapizado en raso, color bordó. Se usaba mucho en esa época el entelado de las paredes, lo que le daba categoría y distinción. Tengo la imagen del dibujo de las telas en mi retina. Pero en 1926, dos años exactos después de la desaparición de mi padre, muere también, sorpresivamente, tío Domingo. Creo que fue pancreatitis. Él se quejaba de dolor de estómago, estaba internado y lo fuimos a ver con mamá. Fue la primera vez que vi que a alguien le ponían una inyección. Y volvió a faltar la figura masculina que oficiara de guía para Enriqueta Pace. Sucedió a mi tío, su hijo Ismael, quien continuó con el negocio del Luna. Tomó el guante del éxito y lo incrementó. Se asoció con un boxeador amateur: José “Pepe” Lecture. Y, como el edificio del “Palacio de los Deportes”, así se lo había empezado a llamar, estaba en el centro neurálgico del progreso, el predio donde se ubicaba les fue expropiado. La causa fue el crecimiento de la ciudad que motivó el ensanche de las avenidas 9 de Julio y Corrientes, y la construcción del Obelisco. Por esta razón, el gobierno de la Nación les dio unos terrenos perte58


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Domingo Pace en el Parque de Diversiones “Euskara”, que más tarde se transformaría en el Luna Park.

necientes al ferrocarril, más cerca de la ribera del Río de la Plata. Juntos entonces, Pepe e Ismael, se instalaron en ellos. Para eso, y para levantar el nuevo edificio, mi primo empeñó todos los bienes materiales de su madre, hasta las alhajas, mientras que su socio hizo lo propio con lo último que tenía ahorrado para cristalizar el emprendimiento. Finalmente, en febrero de 1932 se concretó. Se organizaron bailes de carnaval para recaudar fondos y solventar los primeros gastos de la obra. Bailes en los que iba con su orquesta, Francisco Canaro. Y el 5 de marzo del mismo año, se presentó en sociedad el Luna Park, en la manzana comprendida entre las calles Bouchard, Madero, Lavalle y la Avenida Corrientes; con una pelea al aire libre, la de los peso-medianos: Amilcar Cafferata y Jack Canavessi. Hoy, el Luna Park es un edificio fabuloso que recuerda el nombre de 59


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otro de los personajes que lo sostuvieron y le dieron brillo: Tito Lecture, sobrino de Pepe, quien continuó con su administración más allá de la muerte de Ismael, bastantes años más adelante, incluso comprándole la parte a Sofía, la viuda de mi primo y a su hija. En el año 2007 fue declarado Monumento Histórico Nacional, en el 75º aniversario de su fundación, según el decreto 1234/07 de la Secretaría de Cultura de la Nación y es considerado, junto con el Juan Carlos “Tito” Lecture. Madison Square Garden neoyorkino y el Palais des Sports de París, uno de los edificios más representativos de su época. Todo esto lo he leído en los diarios y me ha dado un gran orgullo que parte de mi familia haya sido su fundadora. Pero en 1932 el Luna Park no tenía techo. E Ismael Pace, único heredero de tío Domingo, vino a mamá y le dijo que debía vender la casa y la manzana de Tropezón donde nosotros vivíamos, porque justamente necesitaba de ese dinero para su terminación. Claro, mamá jamás supuso que su hermano iba a fallecer tan tempranamente, y nunca dudó de la intención de obsequio que tenía esa vivienda, pero no podía probarlo. Ismael era el único heredero y Enriqueta no contaba con ningún papel firmado por su hermano que dijera lo contrario. Por eso, años más tarde, mamá insistió siempre, y nos convenció de ello debido a su experiencia, que todos los tratos y contratos, aún dentro de la familia, deben hacerse por escrito. Ismael le ofreció a Enriqueta una casita enfrente de aquélla, mucho más pequeña y modesta, a modo de compensación, la que mamá no aceptó. No tenía la calidad de la primera, ni sus dimensiones y se sintió 60


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muy mortificada por la forma en que su primo decidió sacarla del lugar que su hermano le había legado. La contraoferta de mamá fue pedirle a Ismael que se la vendiera en mensualidades. —No puedo vendértela, Enriqueta. Necesito el dinero para techar el Luna. Obviamente, sobrevino un período de frialdad y distanciamiento familiar que duró varios años. Mamá iba siguiendo la evolución legal de la casona. No se vendía. Tampoco se pudo alquilar. Supimos que un tiempo sirvió para alojar a boxeadores que venían del interior. Después, le perdimos el rastro. De esta manera, sin lugar donde vivir, se vio obligada a recurrir a un primo hermano de mi padre, el Coronel Manuel J. Guerrero, con quien papá era además, muy amigo. Casi hermanos verdaderos. El tío “Coronel”, como le decíamos, porque siempre escuchábamos en los lugares donde se lo mencionaba: “Coronel de aquí”, “Coronel de allá”; por lo tanto nosotros, mi hermano y yo, muy chicos todavía, por mucho tiempo creímos que ése era su nombre y para nosotros era “tío Coronel”. Este hombre, que llegó a ser Comisario del Senado y que era CoCoronel Manuel J. Guerrero. ronel del Ejército, fue el encargado de repatriar los restos del General San Martín y el responsable de que descansen en la Catedral de Buenos Aires. El vínculo con nosotros fue bastante fluido para la época, incluso luego de fallecido papá, lo que le produjo un irreparable dolor. Prueba de ello son las cartas que nos enviaba junto a un tónico llamado “La Poción Top”, que parece era un compendio vitamínico de grandes efectos, de moda por ese tiempo. Su intención era fortalecernos y cuidar nuestro crecimiento. 61


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Cartas del Coronel Manuel J. Guerrero.

Una de ellas dice: “Querida Mechita: Recibí tu cariñosa carta, y me alegré de que estén todos bien y que el tónico que les mandé les haya dado buen resultado. Supongo que habrán concluido entre los dos el frasco que recibieran, así que pronto les voy a mandar otro, para que durante las vacaciones críen fuerzas para cuando vuelvan al colegio. Con mis mayores deseos de que tengan un Feliz Año Nuevo, les envía a todos un cariñoso beso, el tío Manuel. Diciembre de 1930”. Y a mamá, siempre con puntillosa caligrafía, encabezaba así: “Enriqueta P. de Echevarrieta. Estimada prima: a causa de haber estado enfermo y, aún no bien del todo, pero sí bastante mejor, no he podido hacer nada del asunto de la solicitud, pues no he salido de casa. Espero, en unos días más, restablecerme para ir al Congreso a sacar las copias del expediente y hacer la nueva solicitud. 62


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Los chicos, ¿cómo están? Saludos y muchos cariños. M. Guerrero”. Solicitud y expediente que, intuyo, tenía que ver con el pedido del grado inmediato superior del arma, ya que papá falleció como Capitán, y el próximo que le hubiera correspondido era el de Mayor. Un ascenso “post-mortem” significaba una recomposición en su pensión de viuda, lo que mamá no dejó de reclamar, como reclamaba siempre por las causas que consideraba justas. Corrían tiempos aciagos en 1930, el país estaba en crisis; y el gobierno de Hipólito Irigoyen, débil. Las fuerzas armadas al mando del General Uriburu terminaron destituyéndolo. En estas circunstancias, los expedientes del Congreso quedaron archivados por muchos años, sin que nadie les diera curso. Y cuando mamá volvió a reclamar, tiempo más adelante, le dijeron que había presentado mal su documentación. Esto le representó una demora de veinte años hasta que pudo ganarle al estado. El triunfo fue agónico hasta, finalmente, lograr el aumento que le correspondía. Mamá había visto un terreno que se vendía a unas tres o cuatro cuadras de la casa grande de Tropezón. Una amiga, Enriqueta Boeden de Araya, señora de fortuna, incentivó a mamá a que lo comprara. La amistad había comenzado con los maridos, ya que su esposo era Presidente de uno de los Comités Radicales; y papá lo era de otro, el de Balvanera. La frecuencia en el trato y el afecto fue creciendo, hasta ser su hija, mi madrina de bautismo. —Comprálo Queta, que si llegaras a necesitarlo, yo te ayudo—le dijo desinteresadamente, la señora de Araya. Aclaro en este punto que mi padre era radical de alma. Radical de Irigoyen y de Alem. Hasta conservo el discurso que diera en una oportunidad que debía de ser trascendente, puesto que salió su foto en el diario, e íntegro el texto de la disertación, que habla de la escasez de viviendas y de la pobreza en general. Con esta posibilidad de comprar el terreno, la seguridad de su pensión, sin que ésta fuera opulenta, con el aval de la señora de Araya y, principalmente, de tío Coronel, mamá le dijo a Ismael: 63


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Discurso Radical publicado en el diario de la época, en el que aparece José Darío Echevarrieta. 64


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Enriqueta en el nuevo predio.

—No, Ismael. Yo me voy de acá, pero me iré a algo mío. A esa casa que me ofrecés, no voy. El terreno que vio era también un espacio grande, casi una manzana. Había una vivienda vieja y comenzó a arreglarla. Pero la Providencia, otra vez, se hizo presente cuando una tormenta torrencial inundó el predio. Era un sitio bajo y, a pesar de la zanja que hizo cavar en todo el perímetro del terreno, no hubo forma de que eso drenara. Y todavía en Tropezón, recuerdo lo que mamá contó, repitiendo las palabras que le dijo a su primo: —No te preocupes, Ismael, a mí Dios siempre me ha ayudado y Dios me seguirá ayudando. Enriqueta de Araya la socorrió como había prometido, y le pagó lo que ella había dado de adelanto, quedándose con el lote que, más adelante y sin apuro, vendió. De este modo mamá compró, cerca de allí, a una cuadra aproximada65


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mente, una casa que se vendía y que pertenecía a los Gaciebayle, familia de prosapia como los Bullrich o los Martínez de Hoz. Estancieros riquísimos. La adquirió en ciento treinta mensualidades. Y, recuerdo muy bien que ella, puntual, puntillosa, iba a pagar su cuota de sesenta pesos todos los meses. Alguna vez la acompañé. Todavía conservo, en algún cajón de mi casa de San Martín, la libreta de los pagos que Gaciebayle sellaba y le devolvía como comprobante. Cuando volvía de cobrar su pensión, separaba lo que correspondía a sus obligaciones. Era muy estricta en esto, porque “las deudas había que pagarlas”. Antes, se ponía la “bandera de remate” a los morosos, y eso representaba una vergüenza difícil de remontar. Otros eran los valores. Para mi madre, entonces, eran sagrados: sus impuestos y la deuda de su casa. Por estas circunstancias, mamá, mi hermano y yo, pasamos a vivir por primera vez en una casa propia. Quiero destacar en estas líneas, el mérito del sacrificio y la visión que tuvo para consolidarse. Mientras tanto, Ismael, cuatro años más joven que mamá, siguió con el negocio del Luna Park, el legado de su padre. Y si bien hubo un quiebre en el trato entre primos, aquél se fue limando y, tiempo después, retomaron el vínculo. Tío Domingo se había casado con una preciosa alemana, muy fina y distinguidísima señora: Isabel Von Elm. Luego de Ismael, tía Isabel no pudo tener más hijos. Mi primo trabajó con su padre cuando el negocio todavía era el Parque de Diversiones y allí, con diecinueve años, se enamoró de una chica que había sido contratada, Sofía. Una mujer muy jovencita y de cuerpo voluptuoso que lo encegueció. Mis tíos se opusieron de entrada a esta relación. Quizás porque creían que Ismael era muy chico para sostener un vínculo serio. Nunca lo supe. De seguro, porque mi primo se rebeló ante los padres y, erradamente según creo, rompió los libros y dejó los estudios en una típica reacción adolescente. Lo cierto es que los chicos se casaron, sin consentimiento. Con ese panorama y como es de suponer, Sofía no fue bien querida por tía Isabel al principio. Ésta, aún luego de fallecido tío Domingo, y enojada todavía 66


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Isabel Von Elm, Ismael y Domingo Pace. 67

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con su hijo, no quiso recibir a su nuera en la casa. Más adelante, recompusieron la relación, como suele pasar en las familias. Enriqueta, en aquellos tiempos de discordia, protegió a los enamorados. Ismael y Sofía tuvieron también una sola hija, Isabelita. Y, a pesar de lo que los mayores sospecharan, continuaron juntos toda la vida. E Ismael, hombre de muy buen porte, rubio, de ojos celestes, serio y siempre impecable, fue muy fiel a su mujer. De alguna manera lo demostró porque siempre fue respetuoso de su casa; jamás quiso faltar a dormir, por ejemplo, cuando tuvo oportunidades para hacerlo, por los numerosos eventos deportivos a los que debía concurrir representando al Luna. A uno de ellos, homenaje que le hacían a Pascualito Pérez en Ameghino, provincia de Buenos Aires, fue con su Cadillac y, al volver solo y a altas horas de la noche, encontró un camión sin luces, estacionado en la ruta mal señalizada. Se incrustó en él y el volante del auto en el corazón, por lo que falleció de inmediato. Era joven, no había cumplido aún los sesenta. Para tía Isabel, este golpe fue tremendo como es de suponer, ya que agregado a este dolor imposible de superar, se sumó un allanamiento en la casa, luego de la caída de Perón. Acusaban a Ismael de colaborador, puesto que muchos actos peronistas se habían realizado en el Luna Park. Este hecho fue visto como una debilidad por mi hermano Javier. No le gustaba mucho que Ismael se codeara con esa clase de poder. Javier había aceptado la primera presidencia de Perón, pero tuvo una actitud crítica después de la segunda. Recuerdo que Ismael se defendía diciendo que si no ponía a disposición el predio, se lo expropiarían, y ésa era su fuente de ingresos. En alguna oportunidad, oí que mi hermano le expresaba a Ismael el siguiente pedido: —No digas nunca que tenés un primo militar. Lo cierto es que falleció trágica y tempranamente, cuando Isabelita tenía apenas quince años. Educada en el Colegio Saint Catherine, cuidada siempre con verdadero esmero, la hija de mi primo no tuvo suerte en su vida afectiva. Fracasó en un primer matrimonio, del que le quedó 68


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un hijo. Del segundo intento, también fallido, dos hijas. Entre un divorcio y otro fue perdiendo las acciones del Luna Park, a favor de los Lecture. Sofía habría querido casarla con el famoso Tito, que era hijo de un hermano de Pepe, quien heredó el negocio, dado que Pepe y su mujer, Ernestina, no tuvieron descendientes. Pero esa relación nunca se dio. Lástima, él era un gran muchacho, muy trabajador y familiero. Una bellísima persona. Ella, a su vez, una mujer inteligente. Habrían hecho una buena pareja y una Isabelita Pace y Mecha. mejor sociedad. A los efectos del negocio, todo habría cerrado. Pero no fue. Obviamente, esto visto desde afuera. Isabel se fue a vivir a Capilla del Señor, en la provincia de Buenos Aires. Es una mujer capaz y muy emprendedora. Tiene allí una casa de antigüedades y sus hijos están cerca de ella. Hace unos años que hemos retomado el contacto, lo que me hace muy feliz. Nos queremos de verdad y ella, que es memoriosa, recuerda muchas cosas de aquellos tiempos. Después de todo, tenemos la misma sangre y hemos hallado un gran placer en encontrarnos para alimentar el recuerdo y las anécdotas de la familia que vuelven con alegría y con un maravilloso tono de nostalgia.

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E AQUELLA MANERA SACRIFICADA Y DIFÍCIL, MAMÁ COMPRÓ

esa propiedad de la calle Mitre 1278 para nosotros. La casa y el lote de al lado. Al principio, era una vivienda precaria que fue arreglando y mejorando progresivamente. Tengo un recuerdo débil de esa época porque yo era muy pequeña; sin embargo, la memoria me acerca a una puerta de calle doble, de madera, con cristales alargados y manijas de bronce. Ésta daba a un pasillo largo o hall central, que terminaba en dos o tres escalones. Luego, un patio grande con los cuartos hacia un costado, y hacia el otro, el jardín donde estaba la bomba para el agua. Al fondo, el terreno, enorme también, que mamá llenó de prolijos canteros poblados de flores. Con el tiempo, la casa fue cambiando mucho. En el frente había un gran salón que abarcaba el predio completo, con dos ventanas que daban a la calle, habitación que, al principio, fue el comedor. Le seguía una pieza espaciosa que era nuestro dormitorio, un baño, un lavadero y la cocina. Cuando pudo cobrar el dinero de su pensión, hizo construir otro cuarto con una gran estufa que tenía frente de mármol y que pasó a ser una segunda sala. Luego una despensa y otro cuarto, más pequeño, donde dormía Mista. Cuando el tío José Alessio vino a vivir con nosotros, lo primero que hizo mi madre fue ampliar, desde la cocina hacia el jardín, con un 71


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cuarto y un baño más, sector de la casa que fuera independiente para él. Pobló con árboles de todo tipo. Una planta de lima que nos recibía con el hermoso perfume de sus azahares, por ejemplo. Nunca pude olvidar el aroma y el sabor de la lima. Llenó el terreno de atrás con distintos frutales: una granada, un duraznero, un peral y, al fondo de todo, tres higueras, de cuyos frutos preparaba un dulce exquisito para llevar al Colegio de Huérfanos, en dos frascos grandes, uno para el departamento de Enriqueta al lado de la planta de lima, en el jardín niñas y, el otro, para el de los trasero de su casa. varones. Sobre la medianera, había levantado una piecita pequeña en la que guardaba el alimento para las gallinas y los animalitos. Pegado a ésta, un nogal, que creció fuerte y robusto y se pobló de hijos peludos y verdes; así eran, según recuerdo, sus frutos. Nosotros comíamos las nueces con alegría, porque las sentíamos de nuestra cosecha. Atendió con dedicación el jardín y cubrió el sendero del costado con mosaicos, a modo de camino. Todo muy minucioso como muestra de su esmero. En ese lote adyacente, hizo construir una canchita para que jugáramos a la paleta o a la pelota cuando salíamos del colegio; supongo para que estuviéramos lo menos posible en la calle. Y allí, Mista, muchas veces 72


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Mecha pequeña.

nos servía el té de la tarde con masitas caseras o panqueques tibiecitos y jugo de naranja. Recuerdo que en el patio de baldosas irregulares, mi hermano y yo tirábamos agua en verano, para hacer como que nadábamos y, de esa manera, nos divertíamos un rato y gastábamos energías. Mamá nos batía un huevito con azúcar y un poquito de vino marsala, para que recuperáramos fuerzas, ya que ella decía que ese ejercicio nos las hacía perder. 73


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Un poco más adelante, cuando se instaló una fábrica textil enfrente, se le ocurrió levantar en aquel terreno de al lado un local, que alquiló para expendio de alimentos y restaurante, visionariamente, considerando las necesidades de los empleados de dicha industria. En este menester y, para ahorrarse un peón, preparaba ella misma la mezcla de cal, cemento y arena, y se la llevaba al capataz que había contratado. Esto fue así, tal cual, aunque ella fuera una mujer muy fina y estuviera acostumbrada a estar en lindos ambientes, como ya relaté. Siempre había tenido mucama y cocinera y había sido muy cuidada, pero el pesar del quiebre aquél, donde perdió la casona enorme de Tropezón, pudo sobrellevarlo y no se le cayeron los anillos cuando tuvo que realizar tareas más propias de los hombres. Venció las dificultades y pudo erguirse de inmediato. El objetivo era claro y con su carácter fuerte logró lo que quería, no recurriendo nunca a las dádivas que otras mujeres en su condición habrían aceptado. La vida se iba desenvolviendo con normalidad y las dificultades, infinitas seguramente, eran filtradas para que nosotros no nos enteráramos, lo que hizo que tuviéramos una infancia muy feliz. Años más tarde, y por casualidad, fui a una carnicería de la zona. —Perdón, señora, ¿no es usted la hija de la señora Echevarrieta?— me preguntó el dueño. Y ante mi afirmación: —¡Ah!, si supiera usted lo que era su madre… Los conceptos halagadores los escuché con la mirada nublada. —“…Generosa, simpática, solidaria…”— No supe qué contestar. Aunque también era confiada, tal vez, porque por principio toda persona era buena para ella, mientras no le demostraran lo contrario. Y aún así, siempre había un lugar para la condescendencia. Nunca notó, por ejemplo, que era el jardinero el que le robaba las herramientas; según me dijo, justamente, el comerciante. Para ayudarse con los recursos, que eran escasos, fue que instaló aquel gallinero en el fondo de casa y colocó un cartel en la puerta que decía: “Se 74


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Enriqueta alimentando a sus gallinas.

venden pollos y huevos”. Era un espacio techado, ordenado y que siempre mantenía limpio, para cuidar a los animales. Mamá decía que por la calle Mitre transitaban los coches de las familias que llevaban jóvenes cadetes, hacia y del Colegio Militar, cerca de El Palomar, y que quizás a las familias de estos muchachos les convendría comprar huevos y pollos fresquitos. No descansaba pensando qué podía hacer para mejorar los ingresos. Había tenido aspiraciones de estudiar el oficio de partera en el primer tiempo de su viudez, ambición vetada de plano por su hermano Domingo, porque las señoras de su casa no debían ejercer esa profesión, que no tenía horarios ni días fijos y que las podía llevar a lugares inconvenientes. Ése fue otro impedimento que sólo logró activar su imaginación. Por eso, en los momentos en que la pensión le fue escasa, ya que nosotros 75


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nos pusimos grandes y empezamos a tener más necesidades, comenzó a cocinar empanadas que vendía convenientemente. Hizo construir dos hornitos portátiles, de chapa galvanizada con espacio para las bandejas donde colocaba dichas empanadas. Había soldado los hornos a la parte de atrás de las bicicletas de dos muchachos que fueron sus repartidores. Los empleados llevaban la mercadería, que se conservaba calentita, a la salida de las canchas, siendo así Enriqueta Pace. una precursora del “delivery”. El emprendimiento se llamó “Los dos pibes” y nosotros, que éramos esos pibes, la ayudábamos doblando las servilletitas de papel. Pero quiero volver sobre los sueños de mi madre, sobre sus anhelos de progresar, y al proyecto de estudio para mejorar su situación y la de sus hijos. A veces pienso que Enriqueta, esa mujer de estatura mediana, de contextura gruesa, “pechugona”, como solían ser las mujeres de antes, con esa moda que ahora vemos en las revistas viejas, todas con su falda recta marcándole el busto prominente y resaltándole la cola, de cintura chiquita y caderas anchas; a veces pienso, decía, que mamá fue una mujer adelantada a su época. Ella había terminado su escolaridad primaria en el Colegio Nuestra Señora del Carmen. Pero esa institución no estaba incorporada al Consejo Nacional de Educación, por lo tanto, el certificado de estudios que expedía no tenía validez oficial. Pensó en seguir la carrera de Partera Obstétrica, y fue a hacer las averiguaciones del caso, convencida de que ésa podía ser una salida interesante, ya que le gustaban mucho los chicos 76


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y tenía carácter como para encarar un parto y mucho más. Pero he aquí, la nueva dificultad. Buscó todos sus papeles y, como le dijeron que necesitaría un comprobante de una escuela del Estado, se anotó en el Colegio Nº1 de San Martín, para rendir nuevamente su sexto grado. Al principio iba a clase todos los días. La maestra observó el entusiasmo que ponía por revalidar su primaria. Viéndola tan bien dispuesta, pero entre niños menores, se ofreció para darle clases en casa una vez por semana, por lo general, los sábados. Le tomaba las lecciones, la conducía y le explicaba si era necesario. Y, así, obtuvo mamá el dichoso certificado. Luego, fue a la Facultad donde daban los cursos superiores, se inscribió y entonces, apareció la figura del hermano que la censuró y le dijo: —¡Vos estás loca! Eso sí que no lo vas a hacer. Una partera tiene que atender un parto a cualquier hora de la noche y si te llaman tenés que ir a cualquier lugar. Tenés dos hijos. Tenés que cuidarlos a ellos. ¿Sabés con lo que te podés encontrar? ¿Y a qué casa vas a tener que ir? Así le cortaron las alas a esta mujer de impulsos. Como dije antes, a una mujer nacida fuera de época. Entonces, pensó: —Yo tengo que hacer algo. Y vio que se alquilaba en la Avenida de Mayo una casa, en una esquina que estimo debió de ser la calle San José, a una cuadra del Congreso. Era una vivienda linda, antigua, espaciosa. Atrás, tenía un salón grande como un living, un living-comedor, otra habitación y un baño. Se le ocurrió alquilar y, a su vez, subalquilar a una empresa que recién empezaba: la Academia Pitman. Enseñaban a escribir a máquina, taquigrafía, dactilografía e inglés. Y, de esta manera, comenzó a sacar una ganancia por el alquiler. Una y otra vez, ella escuchaba los comentarios de su hermano, ronroneándole en el recuerdo: —¡Qué lástima que no naciste varón! Porque habrías sido mi mano derecha. 77


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Pero no hubo nada que hacer, no se podía con la época ni con las viejas costumbres. Tío Domingo, a quien muchos llamaban “El Tuerto”, porque tenía un ojo de vidrio, ya que una cañita voladora lo había lastimado irreparablemente y se lo habían tenido que extirpar; era, sin embargo, un hombre muy buen mozo. Tenía un surco en el mentón que le daba una gran personalidad. El inconveniente que le produjo el tema de la disminución de la vista, que para otros habría significado un grave problema, a él no lo amedrentó. Como ya conté, su mayor talento era la capacidad para los negocios. Un hombre sumamente despierto. Lástima, digo yo, que no pudo vencer el concepto machista de que la mujer no podía, de que la mujer era un ser débil, que sólo tenía que estar en su casa. Y si tenía hijos pequeños, mucho más. Si mi tío hubiera sido tan moderno como ella, le habría allanado el camino a mi madre. A él, su condición de varón le dio ventajas. Este emprendimiento del sub-alquiler no prosperó. Vivimos en esa casa un breve lapso, porque la Academia Pitman hizo la oferta de comprar el departamento, directamente a los dueños. La operación se concretó y nos tuvimos que ir de allí. Por otro lado, mamá se caracterizaba por ser extremadamente hacendosa. Trataba de aprovechar cada cosa al máximo y con su costura y zurcidos recuperaba la ropa o reciclaba lo viejo hasta darle una nueva función. Con los forros de satén de los tapados viejos hacía bolsitas con cierre relámpago para guardar las medias de seda y evitar que se enganchen o se junten con las otras, de diario. En su cartera llevaba de todo, desde aspirinas (¿se llamarían Geniol en ese tiempo?), hilo y aguja o alfileres de gancho, para las emergencias, y pastillitas de menta “Valda”, o de eucaliptus para la tos, que era capaz de ofrecer a algún pasajero si lo escuchaba con este síntoma, mientras viajaba en el colectivo. En una ocasión, vio a un señor que tenía la parte de atrás del saco descosido y, como estaba bien trajeado y se presentaba elegante, pensó que probablemente iría a una reunión de importancia. Sacó de su cartera el neceser y le zurció la prenda a mano ligera. El hombre no sabía cómo 78


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agradecerle. A otro, que le colgaba la tarjeta de la tintorería, le avisó y le cortó la etiqueta con su tijerita. Esto la muestra atenta al entorno, a la sociedad y destaca su sentido solidario. Y, mientras relataba estas experiencias de “ciudadana fraterna”, se reía con una risa sonora y graciosa. Otra anécdota la muestra en cuerpo y alma. Un día, un muchachito con edad indefinible tocó a la puerta para pedirle algo de comer. Lo vio abandonado y lo empezó a indagar. —No tengo donde dormir. No he comido no sé hace cuánto—le dijo. Entonces lo llevó adentro, lo hizo bañar y le dio de comer. Luego, con Sarita, una mucama que la ayudó muchísimos años, limpió el cuarto que había agregado al del gallinero, aquél donde guardaba las bolsas de maíz Triguillo, pisado y molido, que era el alimento para las gallinas; le compró un camastro, y le dio albergue. Pensó, y se lo dijo, que sería momentáneo hasta que viera qué podía hacer por él. Notó algo raro, sin embargo, en el muchacho. Entonces, decidió que el primer paso era hacerlo ver por un médico. Tuvo temor de alguna enfermedad extraña y, que al volver nosotros del colegio el viernes por la tarde, tuviéramos algún inconveniente. Hizo la consulta al Dr. De Tata, médico familiar de Caseros, bellísima persona y amigo de mamá (una calle en Caseros lleva su nombre). —¡Ah, no!, señora, este chico es esquizofrénico. Necesita internación y profesionales que sepan tratarlo. Mamá no sabía muy bien qué era eso de “esquizofrénico”, pero tuvo miedo e, inmediatamente, el mismo Dr. De Tata le dio una orden para la internación y lo derivaron al Hospital Neuropsiquiátrico Borda. Mamá lo fue a ver un par de veces, pero esto le provocaba sufrimiento. Se quedaba con tanta angustia que, finalmente, desistió de seguir visitándolo. Tuvo miedo por nosotros, desde luego. Y esta mujer suficiente y firme, fuerte y decidida, pensó que su principal función era la de ser madre y, que lo mejor para dejarnos como legado, era la educación. 80


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—Estudien, estudien si quieren llegar a ser alguien en la vida— nos decía siempre. Cuando llegó la época en que debió encarar nuestra formación recurrió al primo de papá, Coronel Manuel J. Guerrero. Debo agradecer en el recuerdo al tío Manuel. Yo tendría siete años y mi hermano Javier, seis; edades para empezar la escolaridad obligatoria. La única institución más o menos posible era el Colegio Nº1 de San Martín. Pero, para concurrir allí, debíamos viajar en colectivo y éramos, para eso, muy pequeños. Mamá tenía en la mira uno pago, muy paquete, de la calle Callao: Colegio Niño Jesús. Cuando fue a preguntar el arancel, yo la acompañé. Me acuerdo de que era una casa enorme y blanca, de estilo francés, y la veo a mi madre hablando con una señora peinada con rodete y con la cara muy pálida. Le pidieron un disparate, y mamá sufrió una gran desilusión. Se preocupó mucho, porque no quería transigir con la educación de sus hijos. Entonces, tío Manuel dijo: —Dejáme pensar, Enriqueta, dejáme pensar, que ya lo vamos a solucionar. A los pocos días, vino con la salida: el Instituto de Huérfanos de Militares, que era religioso y pupilo, subvencionado por el Ejército. —Ahí van a ir mis sobrinos—exclamó. Nos consiguió la vacante e ingresamos; Javier, en el departamento de varones; y yo, por supuesto, en el de mujeres. Este colegio existe todavía, se llama “Dámaso Centeno” y queda en la Avenida Rivadavia al 5500, esquina Cachimayo. Estuve, entonces, pupila en dicha institución desde el 1º grado inferior hasta el 4º año del Normal. Contrariamente a lo que la mayoría piensa, nunca viví la situación del pupilaje como una esclavitud. Había monjitas que nos cuidaban y no recuerdo más que cosas bondadosas de parte de ellas. Además, mi pobre madre, pidió emplearse durante nuestros primeros años, como ecónoma en el colegio. Era la que controlaba las compras, la cocina y la dieta de los niños. De esta manera, se sentía tranquila con su conciencia y cerca de nosotros. Después de unos años, cuando conoció a todos allí adentro, cuando 81


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supo con quienes estaban sus hijos y, además, por motivos de salud, se retiró. ¡Cómo lloraron las monjitas! Se había hecho querer y fue muy extrañada. Éste es un pantallazo de la semblanza de mi madre. Y del hogar que ella edificó para Javier y para mí. Se fueron muchos seres queridos, pero ella cubrió todos los baches. Incluso, aunque sentí la ausencia de mi padre en el corazón, mamá lo hizo menos doloroso. A papá lo tuve poco, lo añoré en los hechos más trascendentes de mi vida, hice de su historia una maravillosa fantasía, porque así es cómo quedan en nuestro corazón los que parten demasiado pronto. No he guardado más que una o dos imágenes conscientes de su presencia. En una oportunidad, por ejemplo, al bajar del auto, con mis apenas cuatro añitos, yo crucé por delante del vehículo, y él me retó: —No, Mechita, nunca cruces por delante del auto que acabás de bajar. Sos muy chiquita y puede ocurrir que el que maneja no te vea, y te puede hacer mucho daño. Recuerdo como si fuera hoy cómo estaba vestida ese día. Hasta ese punto se retrotrae mi sentimiento. Abrigadita con mi tapado de “Petitgris”, que era una piel muy suave que yo solía acariciar, zapatitos “Guillermina” y medias zoquetes. Pero no hay nada más hondo que la sensación de la pérdida de la madre. Nada más doloroso e irreparable. A pesar de haberla tenido hasta grande. De haberla disfrutado, de conservar todavía sus consejos frescos y su palabra, hasta su tono de voz. Cuando se pierde la madre se es verdaderamente huérfano, tenga uno la edad que tuviera. Y por eso, en estas páginas, quiero rendirle homenaje.

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Arriba: fachada actual del Instituto Dámaso Centeno, antes Instituto de Huérfanos de Militares. Medio: Foto del alumnado publicado en el libro de la Institución.

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AMÁ SE ENFERMÓ DE ICTERICIA.

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SE LE HABÍA TAPADO la vesícula biliar y esto entorpecía su normal funcionamiento. Había adquirido el típico color amarillo, más notorio en la parte blanca de los ojos. Corría el año 1930. Estuvo internada varios meses y, finalmente, fue operada. Le sacaron unas “piedritas” que guardó en un frasco para olvidárselos, luego, en el asiento de un taxi. Este malestar, que se había hecho crónico, fue el motivo primordial de su internación y de su renuncia al cargo de ecónoma que tenía en el Instituto de Huérfanos de Militares. Con su ausencia, el colegio sufrió una gran pérdida, porque mamá era muy puntillosa y exigente en la elección, la limpieza y la calidad de los productos que personalmente iba a adquirir al Mercado de Abasto y que consumíamos los alumnos internados. Lo habría hecho con todos, porque ésta era su idiosincrasia, pero mucho más porque entre aquéllos estaban sus hijos. Y eso, a las monjitas les venía de perlas. La población del Instituto era abundante. Más de cien alumnos, porque además de los hijos de huérfanos de militares propiamente dichos, recibía gente de afuera; sobre todo de las provincias, dado que era la escuela de mayor categoría y nombre para niños pupilos. Por ejemplo, fue alumna una sobrina de Pedro Luro, el fundador de Mar del Plata. 85


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Ese prestigio se manifestaba en los beneficios que teníamos como alumnos de dicha institución. Por eso, tuve la oportunidad de conocer gente de los mejores lugares, de ir a las reuniones o a las funciones más encumbradas. Íbamos siempre representando al Colegio. Así, en una oportunidad vino al país, Getulio Vargas, en su función de Presidente del Brasil. Y nosotros estuvimos allí para hacerle el cuadro de honor, un grupo de varones y otro de niñas, en un lugar casi de élite. Cuando se celebró el Congreso Eucarístico Internacional en Buenos Aires en el año 1934, vino Monseñor Eugenio María Giovanni Pachelli, quien fuera, más tarde, elegido Papa entre los años 1939 a 1958, con el nombre de PÍO XII. La ceremonia central de la misa se realizó en la intersección de las Avenidas Sarmiento y Libertador, en derredor de esa obra maravillosa de mármol y bronce construida por el escultor Agustín Querol y Subirats, que es el “Monumento a los Españoles”. Nosotros tuvimos el privilegio de estar en la primera fila. En una fotografía que conservo, me veo con mis coetáneas en algún evento festivo, luciendo como todas, un trajecito oscuro (recuerdo que era el uniforme azul de salida) de pollera plisada con detalles en blanco en el cuello y la solapa, lo que nos daba un aspecto pulcro y elegante. Impecable. Un sombrero “riflero” acompañaba el atuendo y era el toque de señorío y prolijidad. Reviso el acontecimiento de la foto y me remonto a ese día. Íbamos, en nombre del Colegio, a un sepelio de alguien importante en la Recoleta a rendir nuestros respetos. La institución brindaba su representación y nosotros, los alumnos, hacíamos el cortejo. Era habitual el gesto. Esa mañana, estábamos paradas las niñas de punta en blanco, en doble fila, mientras llevaban el ataúd de quién sabe quién a su descanso final, cuando una traviesa paloma descargó sus heces blanquecinas sobre mi sombrero. Más de una chica no pudo sostener la risa que, como es lógico, se contagia en estos casos. Por reírnos en ese lugar, fuimos amonestadas. El Colegio también nos dio la posibilidad de ver importantes obras de teatro y grandes conciertos. Pude escuchar al gran pianista Arturo Ru86


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binstein. Tuve la oportunidad de ver grandes representaciones en el Cervantes. Tiempo más tarde, en éste, el Colegio tuvo un palco. Fuimos al Teatro Colón y al Cómico; hoy, Lola Membrives. Y veíamos obras clásicas, que después leíamos con unción, como “Doña Rosita, la Srita. Yolanda Bianchi, Directora. soltera” o “Bodas de Sangre”, de Federico García Lorca. Y, del mismo modo, nos contaban la historia de dichos teatros, que son patrimonio de nuestra cultura. Así supe que la actriz María Guerrero y su esposo Fernando Díaz de Mendoza, ambos españoles, empeñaron su voluntad y su fortuna personal para la construcción del Cervantes que, por estos días, están restaurando. Como Directora teníamos a la señorita Yolanda Bianchi. La Regente 87


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era la señorita Lugones. Recuerdo que el General Lugones, su tío, venía a visitar el colegio, todos los jueves. Se presentaba en el salón comedor a la hora del té. Nos saludaba. Debíamos ponernos de pie y, luego del saludo, sentarnos. Recorría las mesas y, después de que nos servían el chocolate o el té con leche, él nos decía: —Bueno, señoritas, ahora tienen permiso para mojar la medialuna en la tasa. Es el día de hoy, que cuando veo las medialunas, me acuerdo de ese momento. En el Instituto de Huérfanos tuvimos los mejores profesores. En el área de Matemáticas a Celina Repetto, cuatro años seguidos. Ella es la autora de los libros más vendidos de esta disciplina que se sostuvieron por años en las escuelas secundarias. En Geografía, a la Srta. Gutiérrez, una eminencia. Nos hacía delinear el contorno de los mapas, de memoria. Teníamos que dibujar Italia, España y otros países, exactamente, y poner las ciudades capitales con sus nombres correctos. De este tenor eran sus clases. Era también profesora en el Lenguas Vivas. Nos daba clases de francés la señorita Bergerét, que hablaba con una pronunciación distinguidísima, exquisita. La Sra. de Malamud, cuyo hermano era una eminencia como abogado, era nuestra profesora de Literatura. La recuerdo chiquita, regordeta, fina, siempre bien vestida, con un trajecito oscuro que le marcaba el talle y un cuello de piel. La Srta. San Martín, profesora de bordado, era la tataranieta de nuestro máximo prócer. Y la ya nombrada Sara César, cantante del Colón, en las clases de Música. En Historia, la señorita Vizcaya. Muy estricta. A ella le debo el único aplazo que recibí en todos mis estudios. Estaba en segundo año y era el primer día de clases. En el curso anterior yo había salido mejor alumna. La señorita Vizcaya entró al aula y, supongo que por el dato anterior, preguntó quién era la señorita Echevarrieta. Me levanté, me presenté, y ella me hizo pasar al pizarrón. Me dijo que escribiera todas las edades de la tierra. Lo hice correctamente y cuando terminé, me preguntó de dónde 88


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Plantel de monjitas del Instituto de Huérfanos.

había estudiado. Parece que no le gustó mi respuesta, ya que ella pretendía que se estudiara con el libro de Historia de Malet, y no con el de Sarthou. Me hizo sentar y me plantó un tres. Para modificar esa nota, le pedí todas las clases la posibilidad de levantarla y le escribía una síntesis de la lección, cada día. Le gané por cansancio. Subí la nota y me eximió muy bien. Como eran cursos chicos, de quince o dieciséis alumnas, la instrucción era prácticamente personalizada. Nos conocían por el nombre y el apellido, y no se les escapaba nada. Luego estaban las monjitas, que habían venido especialmente para regentear el Colegio desde la Iglesia de la Sagrada Familia, de Barcelona; ésa construida por el arquitecto Gaudí, hoy considerada Patrimonio de la Humanidad. Fueron contratadas para cuidarnos. 89


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En la parte interna, había hermanas a las que llamábamos “madres”. Para nuestra óptica, mujeres ya mayores. Recuerdo, sin embargo, a una joven, la madre María, novicia aún, alrededor de quien se produjo un episodio infrecuente para la época, más bien de película. Nos llevaron a un grupo de chicas a la Recoleta. Éramos cinco o seis de cada curso. No podría precisar a quien se realizaba un homenaje, o si era un simple paseo de recreación. Tuve, afortunadamente como ya dije, la suerte de participar de muchos de estos eventos. Me elegían con frecuencia. Debe ser porque me gustaba estudiar. Para mí era un privilegio. Es más, me divertía. De la Recoleta fuimos a tomar el té. Parece que María conoció, en ese paseo, a un muchacho que se le acercó a dialogar y, dijeron las malas lenguas, que el hombre la enamoró. Entre los corrillos se habló después de muchas cosas: de un amor a primera vista, de que se conocían de otro lado y de que él la había venido a buscar. Lo cierto es que la hermanita se escapó. El revuelo fue tremendo. A la mañana siguiente, al levantarnos, el ambiente se había convertido en un avispero. No supimos más, ya que al alumnado no se le informaba de esas cosas. Eran temas que se ocultaban. No se permitió nunca más la mención del nombre de María y para nosotros quedó como una incógnita. La formación era óptima, a pesar de que la reconozco estricta. De todas maneras, la agradezco. Yo quería mucho a las monjitas, y recuerdo de ellas el respeto que nos tenían. En cuanto al adiestramiento religioso, por supuesto, teníamos misa todos los días, pero el colegio cobijaba a niñas de otras religiones, a quienes no se les obligaba a concurrir al templo. Podían quedarse en la parte posterior de la Iglesia y no entrar, o podían ingresar y escuchar respetuosamente, si así lo deseaban. Me acuerdo de algunas de las chicas que eran de origen judío: Cohen, Zimermann y Kolker, esta última de los Kolker de Carlos Casares, quienes vendían herramientas de campo; en fin, todas ellas muy buenas compañeras y tratadas con igualdad. Nunca vi ni supe de ningún acto de discriminación hacia sus personas. 90


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Hasta Monseñor Caggiano, obispo de Buenos Aires, venía a dar la misa en el Huérfano. Tengo presentes, con mucha simpatía y cariño, a casi todas mis condiscípulas. A Adina Mera, por ejemplo, que llegó a ser la primera mujer ingeniera que tuvo el país. Rubiecita, delgada, una preciosa chica. Hace poco tiempo, me enteré de que instituyeron el “Premio Adina Mera”, en la Facultad de Ingeniería. Con él, le hicieron un merecido homenaje. Era una luz en Matemática, en Física y en Química. Todas la admirábamos y, cuando en el último año, nos contó que iba a anotarse en la Facultad de Ingeniería, le dijimos: —¡¿Cómo te animás?! Porque a la Facultad iban sólo los hombres en esa época. Eran pocas las mujeres que se atrevían. 91


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Otra fue Etelvina Barreto, Diputada por el Partido Justicialista de Formosa, en la época de Perón. Recuerdo, también, a Irma Aguiar, fallecida ya, cuya hija se casó en Salta con un general, y que pertenecía a una familia de la Alta Sociedad de esa provincia. Una más, Elsa Pujol, fallecida también. La hija del General Edelmiro Farrel, que fue delegado diplomático en Europa un tiempo y, al volver, puso a su hija en este Colegio. Muchos años más tarde, la vi en televisión, seguramente, en algún recordatorio hacia su padre. Conservo el cuaderno de mis quince años, que me regalara mi madrina, donde todas las compañeras firmaron y estamparon sus dedicatorias. Es un tesoro inolvidable. Además de algunas fotos que, de cuando en cuando, al mirarlas, me despiertan una sonrisa. Hace pocas semanas encontré dicho cuaderno. Fue una gran emoción reconocer en él un apéndice, testimonio de un encuentro posterior, al cumplirse los veinticinco años de egresadas. Lo fui repasando, firma tras firma, mensaje tras mensaje, mezclando los tiempos de antes y de después. Dedicatorias emotivas todas ellas, producto de aquella reunión maravillosa. Leí lo que decía Lola Férnandez: “Con todo mi cariño a mi gran compañera…”, quien mezclaba su rúbrica con la de María Simonetti, Ana Vizcaya, Haydeé Bergerét, la profesora Malamud y hasta el mensaje de la Srta. Bianchi: “Mercedes, la educación es el arte de perfeccionar a los niños y formar a los hombres”. Tuve el privilegio de que la directora se expresase con mucho cariño hacia mi persona. Y todas lo leímos en aquellas “Bodas de Plata”. Gertrudis Erve escribió un párrafo en alemán, que no pude entender. Recuerdo que le dije entonces: “Ché, Gertrude, no me habrás puesto alguna macana, ¿no?”. Nos reíamos mucho con el misterio que nos provocaba ignorar su idioma familiar. Dos dedicatorias de quienes no eran pupilas, sino externas: Lidia Pella, una chica que vivía en la calle Cachimayo, y Julia Pizarro. Encontré también una que me llenó de lágrimas: “ Yo creo que el corazón se ha hecho para sentir y amar. ¿Cómo sustraerse el mío a sentir cariño por 92


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aquellas personas con las que estuve hermanada durante cuatro años? Y entre ellas estás tú, Mecha. (…) Nunca perdí la imagen, que perdura en mi mente, de aquellos luminosos ojos verdes y la melodía de tu voz que tantas veces cantó a María. Ese eco seguirá en mis oídos por siempre.” María Vico firmaba esas dulces palabras. Una chica, también de Carlos Casares, que al recibirse se trasladó al norte y, tiempo después, me enteré de que se había suicidado. Es un recuerdo que me perturbó mucho, ya que éramos las dos “rivales” en el estudio. Rivales, pero sin competencia. María era una excelente alumna y, a veces, salía primer promedio ella; otras, ese puesto me lo daban a mí. Y así estábamos ambas en el cuadro de honor del colegio. Su muerte fue un golpe incomprensible. Otras que estamparon sus letras prolijas de maestras de las de antes en mi glorioso cuaderno (no quiero dejar de nombrar a ninguna): Celina Davison, Eleonor Aguirre, María Felisa Boston, María Minichiello, Paulina Falco, Fanny Fragulia de Asper, Beatriz Genta de Veder, Elena Zunino, Etelvina Barreto e Irene Guimaraes quienes eternizaron los: “A mi inolvidable compañera”, “Con todo mi cariño”, “Con el mismo afecto de siempre”. Sentimientos que llevo grabados en mi corazón. Entre las hojas del cuaderno tan preciado, las alas secas de una mariposa y una frase que cierra, aunque no sé quien la puso, y con la que me quedé para siempre: “Sólo pensando en cosas grandes se prepara el alma para enfrentarlas”. Alguien me dijo alguna vez que la mariposa es el símbolo del renacer. Y renazco cuando me zambullo en estos recuerdos. También, que para los chinos, es alegoría de felicidad conyugal. Por eso, doy gracias a Dios. Estuve once años en la Institución de Huérfanos de Militares. Desde primer grado inferior (así se graduaban los cursos en mi época), hasta el cuarto año del Magisterio, como conté anteriormente. Esta carrera tenía, por entonces, cuatro años de ese nivel. Y nuestro título era el de Maestras Normales. Lo único que evoco con cierta nostalgia, es cuando mamá dejó su trabajo allí. Las alumnas teníamos los dormitorios arriba y en la planta alta 93


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había una terraza muy grande que daba a un patio interior. Entonces yo, a los doce o trece años, miraba la pared de dicho patio y la extrañaba. Tal vez, haya sido por ese tiempo adolescente, en el que todo nos parece triste. Me acuerdo que fantaseaba con la idea de salir de allí. Esa pared tan alta me daba cierto miedo; tal vez, sea por eso que hasta hoy soy un poco claustrofóbica. Para ser justa, debo relatar cuáles fueron las exigencias de aquella disciplina en extremo rigurosa. Un ejemplo fue que, para la época de la Guerra Civil Española, comenzó a circular en Buenos Aires una versión acerca de la tendencia comunista de Federico García Lorca, poeta con cuya presencia habíamos gozado en el país no muchos años atrás, y del que disfrutábamos leyéndolo con avidez. Las hermanas no eran partidarias de esta tendencia, por supuesto. Entonces, luego de asesinado el artista y de las noticias acerca de la Revolución en su tierra; y, supongo, temerosas de que las hicieran volver, me llamaron un día a la Dirección. 98


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Pasado el receso de la siesta, estábamos en la sala de estudios, sentadas correctamente en nuestros pupitres, ocupadas en las tareas encomendadas por las profesoras, cuando la hermana Antonina, grandota y robusta, me dijo: —Venga, Echevarrieta, usted es vasca. Me sorprendió el tono y la pregunta, ya que a pesar de mis casi quince años, yo no era conciente de los datos acerca de mis orígenes españoles. Si ni había conocido a mi padre casi, mucho menos entonces, podía recordar algún dato genealógico de su familia, con la que mamá nunca tuvo relación. —Usted debe tener parientes en España, ¿a qué partido pertenecen? —Yo no sé, Hermana, no tengo ni idea de qué partido son, porque no conozco a ningún pariente en España—recuerdo que respondí. Todo cerró en buenos términos, nunca noté ninguna animadversión hacia mi persona; pero supe, más adelante, que hubo un Echevarrieta con un segundo apellido, que apoyaba al autor de “Romance de Luna, Luna”, “La Casada Infiel”, “Muerte de Antoñito, el Camborio”, y tantas otras poesías maravillosas, que son clásicas dentro de la Literatura española, y que ninguna ideología debería perjudicar. La obra de Federico García Lorca o la de cualquier otro artista de su trascendencia están más allá de una concepción política o de una condición sexual diferente. La disciplina era una de las características de la formación que nos daban. Así como nos controlaban en el estudio mirándonos desde un pupitre alto, nos observaban a la hora del sueño o en el baño para la higiene personal. Las camas, en el amplio salón, dispuestas una al lado de la otra, debían estar prolijamente tendidas con sus colchas blancas y éramos nosotras mismas, desde luego, las que las armábamos al levantarnos tempranito en la mañana. Los dormitorios estaban divididos en, uno para las niñas menores, todas juntas; y, desde los doce en adelante, en otra habitación. Éstas eran hermosas, con mucho espacio y limpias. Las del primer piso, conectadas a un gran patio con terraza, daban a la calle Rivadavia, justo donde se encontraba la terminación del subterráneo, en Primera Junta. Se escuchaba perfectamente cuando éste cambiaba de mano de ida o de vuelta. 99


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Una hermana tenía la tarea de controlar que nos acostáramos y que se apagara la luz, luego de lo cual se ponía una música suave, para que nos relajáramos unos breves minutos. Ella se paseaba por los pasillos en penumbras, rezando el rosario despacio como para no perturbar y, luego, se acostaba allí mismo, en una cama dispuesta en el medio de todas nosotras, sólo diferenciada por un cortinado de tela blanca, inmaculada, perfectamente planchada, de seguro para resguardar su intimidad. A la mañana siguiente, nos despertaban temprano y nos higienizábamos, para luego concurrir a la misa. La que quería comulgar, comulgaba; y luego, íbamos a desayunar e, inmediatamente, nos dirigíamos a las clases. Cuando los días eran muy fríos, durante la tarde nos permitían estudiar en el dormitorio y meternos en la cama para estar más calentitas. Resultaba muy difícil caldear esos cuartos gigantescos, con los techos tan altos. Y fríos, “¡fríos eran los de antes!”; esto es bien cierto, ya que lo que entonces no había era tantas maneras de combatirlo como hoy. Cuando no teníamos mucho que estudiar o ya habíamos terminado, para entretenernos hacíamos algunos “pasos de comedia” entre nosotras. Como a mí me gustaba prepararlos y también representarlos, es que me bautizaron “la payasito”. Muy cariñosamente, claro. También nos era posible escuchar algo de música en la radio. Eran muy comunes los tangos; en ese caso, si llegaban a ser cantados, nos pedían que apagáramos el aparato, ya que la letra en ese rubro era considerada un tanto vulgar y, muchas veces, inconveniente para nuestros oídos. Fue, justamente, en un programa de radio que me enteré de la muerte de Carlos Gardel. Ese extraordinario cantante que tanto nos representó en el mundo y se convirtió en un mito nacional. La emisora pronunció la triste noticia de la caída del avión que lo transportaba junto a sus guitarristas y compañeros, en el aeropuerto de Medellín, Colombia. Muchos años más tarde, en la oportunidad en que acompañé a Antonio en un viaje de negocios, tuvimos que parar en Medellín, entre otras ciudades. Allí conocimos a un señor muy amable que, como gran anfi100


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trión, nos llevó a recorrer algunos lugares para el turismo y así lo hizo con el Club Social de Medellín. Al entrar, supongo que por sabernos argentinos, hicieron sonar la música y la voz del “Zorzal criollo”. —¡Ah!, pensar que acá murió Carlitos Gardel, en un accidente de aviación—comenté. —No, señora, a Carlos Gardel lo mataron—me contestó. Y me dio una brillante explicación del episodio, según ellos real, donde el cantante argentino, muy mujeriego por cierto (esto era sabido), había osado tener un idilio con la mujer del piloto de la nave. Al haberse enterado éste, subió armado al aparato y desenrajó las balas que llevaron a la muerte al cantor, a Razzano y a Barbieri, sus acompañantes. Como Gardel estaba en la plenitud de su carrera, era una situación de extrema importancia ocultar el hecho que habría provocado un problema internacional muy grave. De seguro, un choque de consecuencias impensadas para las relaciones bilaterales. Es así como todo se pergeñó, para hacer pasar esto de manera tal que pareciera un accidente, un choque de aviones en la pista de la ciudad de Medellín. Años después oí en la televisión argentina que un periodista de investigación estaba detrás de esta misma teoría. Hablaba de una explosión provocada y daba argumentos creíbles y demostrables, pero nunca más escuché otro comentario acerca del tema. Las hermanas del Huérfano controlaban nuestros baños. Las duchas estaban construidas en hilera, creo recordar que eran seis. No era un hábito diario, sin embargo, aunque sí regular: dos veces por semana. Cada ducha tenía una puerta vaivén corta y, si bien había intimidad, ya que la monja no nos veía, se podían avistar perfectamente nuestros pies. Me acuerdo de que un gran espejo decoraba la pared opuesta a la zona de los boxes. Cuando era muy chica, a mí me daba miedo ir allí de noche. Quién sabe qué cosas me imaginaba. Divisaba figuras o, tal vez, presentía que era el espejo el que me miraba. Lo cierto es que me daba impresión y trataba de no reparar en él, porque era oscuro y temía descubrir algo feo. Pasaba rápido, con la cabeza gacha, y el corazón latiéndome fuerte. 101


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Sólo había una pequeña lucecita para marcar nuestros pasos y debajo del cristal una gran banqueta de madera pintada de blanco. Mientras nos bañábamos, la monja se sentaba ahí y rezaba el rosario en voz baja. Las chicas vestíamos, para ese momento, un camisón de lino muy fino, con escote cuadrado, breteles anchos, y un largo más allá de la rodilla, que no debíamos sacarnos ni aún debajo de la ducha. ¡Eso sí que era incómodo! Nos lo colocábamos en un salón contiguo, donde dejábamos la ropa correctamente doblada. Habitación a la cual pasábamos de a una por vez. Higienizarse de esta manera era difícil. Había que pasarse el jabón por debajo de la prenda que, como se mojaba, se pegaba al cuerpo. De alguna manera nos la ingeniábamos, y yo trataba de escurrirlo lo más posible. Me envolvía en la toalla y así salía para el cambio de ropa en la sala de al lado. Traspasaba la puerta vaivén y saltaba la canaleta que bordeaba las duchas, donde se escurría el agua del baño. 102


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Tirábamos los camisolines en un cesto, bien estrujados, para que los llevaran al lavadero, dentro del mismo colegio. Nos peinábamos y después de que la Hermanita nos revisaba para ver si estábamos en condiciones, podíamos retirarnos. La pulcritud de la institución era insuperable. Los pisos siempre estaban encerados, tanto que muchas veces nos resbalábamos si andábamos muy rápido. Hasta las tizas que usaban las profesoras eran enceradas para no ensuciarse las manos. Estas pinceladas que relato aquí, nacen de los recuerdos que, recurrentes, van y vienen. En los tiempos de hoy, la disciplina es mucho más flexible, imagino que, incluso también, en los colegios pupilos. De todos modos, los jóvenes que lean esto creerán que aquellos tiempos para mí fueron terribles. Me siento en la obligación de decir que no fue así. Si bien las pautas eran severas, lo que se obtenía de ellas eran buenos resultados. Los niños salían educados, formados, con correctos modales y elevados principios. Muchos de estos conceptos se han perdido hoy. A las familias se les hace complicado educar a los hijos con tanta invasión externa y perniciosa. Sólo basta con ver la televisión y los hechos de violencia, incluso dentro de los hogares, que se publicitan todos los días. Eso denota que lo que faltó es, justamente, la disciplina, el ejercicio de la responsabilidad y el esfuerzo para conseguir lo que se desea. Es decir, el rigor bien entendido no es malo, es formador. Y su falta o su falla, deja secuelas. Sé que soy repetitiva si digo que fui y sigo siendo una agradecida a mi madre y a mi tío Manuel, por el tino en ubicarnos a mi hermano y a mí en el Colegio de los Huérfanos, ante las circunstancias que nos planteó la vida. Pero lo pienso una y otra vez en medio de este movilizador recordatorio, y no me canso de reiterarlo. Siempre pensando en nosotros, mamá nos dejaba algún dinero para nuestras golosinas semanales. Dentro del colegio había posibilidad de comprarlas. Creo que algo así como $0,50 centavos a cada uno. En tiempos en que con $0,05 uno compraba dos merengadas, el colectivo costaba $0,10 desde José María Moreno y Rivadavia hasta San Martín. Entonces, 103


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Javier entre los alumnos pupilos de la Institución.

yo le preguntaba a la Hermana que atendía el quiosco: —Madre Amparo, ¿Javier compró algo hoy? —No, no—me decía— tu hermano no compra golosinas. Compra el diario. Y así era Javier. Él lo compraba para estar al día con las noticias. Para instruirse. Mi hermano era muy capaz. Desde chico fue muy estudioso y dedicado. Entonces, yo le mandaba $0,20 con Amparo, para que se comprara algo. De cualquier modo, siempre trataba de guardar la monedita para el colectivo; porque en mi fantasía, pensaba que si se incendiaba el colegio, con ese dinero, podríamos escaparnos, Javier y yo. El viernes a la tarde ya podíamos ir a casa, con mamá. Teníamos clases sólo por las mañanas. Y después de las cuatro, salíamos. Claro, dependía de las notas que tuviéramos. Nos entregaban el boletín con las calificaciones semanales de cada materia y, si había una inferior a cuatro, se nos prohibía la salida. Nosotros salíamos siempre. Salvo una vez que yo quedé en “penitencia”. Pasó lo siguiente: una compañera tuvo que dar una clase 104


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sobre el tabaco. Era de las externas, que también las había. O sea, que ella iba a dormir a su casa todos los días. Entonces, para dar la clase trajo, a modo de ejemplo, un paquete de cigarrillos Camel, rubio, cortito, y sin filtro. Repartió uno a cada compañera. Estábamos en 3º año, recuerdo. Concluida la clase nos fuimos a la terraza y prendimos uno, al aire libre. Pero una monja nos “pescó” y, por este motivo, nos sancionaron. Me tuve que quedar todo el fin de semana en el colegio. Nos llamó la Señorita Yolanda Bianchi, nos hizo entrar a la Dirección, y a mí, en especial, me dijo: —Srta. Echevarrieta, ¡¿No le da vergüenza?! Futura maestra, hija de un militar, ¡¡haber fumado!! Ese viernes, mi hermano, me iba a venir a buscar. Porque en segundo año él se había pasado al Colegio Militar para seguir la carrera que abrazó nuestro padre. Vino con un compañero, al que le había contado lo buena alumna que era su hermana y, justo ese viernes, esa “hermana tan buena” estaba en penitencia por fumar. De todas maneras la sanción que, originalmente fue por un mes, se redujo a esa única semana, dados mis buenos antecedentes. Ya conté cómo ayudó el tío Manuel Guerrero a mamá, a conseguir la inscripción en el Colegio. Cuando mi madre se presentó a la entrevista de admisión con la Directora, le planteó la situación de su viudez y su preocupación por el sostenimiento de los hijos; pero, sobre todo, por su formación. A lo que la docente, contestó en primera instancia: —¡Ah, no, no! Si son dos, no. Sólo le puedo ofrecer un lugar para la niña. Debió de haber visto la consternación en el rostro de mi madre. Y quedó más sorprendida aún con su respuesta: —Señora, siendo así, es preferible que usted tome a mi hijo, porque los varones son, en este mundo, quienes deben estar más preparados. Son ellos los que tienen que sostener el hogar. La Srta. Yolanda Bianchi, mujer de carácter, muy seria y de rostro inflexible, bien ataviada en un cuerpo robusto y con un pecho abundante, arquetipo de la época, le dijo, luego de reflexionar un rato: 105


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—Mi estimada señora, los vamos a tomar a los dos. Y ahí fue como, mi hermano y yo pudimos ingresar a la misma preparación. Él, en el Departamento de Varones; y yo, en el de las Niñas, desde luego. Cuando egresé del Colegio de Huérfanos de Militares, lo hice habiendo aprobado las materias, más las prácticas docentes con los alumnos. Ejercicios éstos que di en el Colegio Normal Nº4, de la calle José María Moreno y Rivadavia, puesto que ésta era la institución que otorgaba el título oficial y que articulaba con el primero. Nos daban un cuaderno donde anotábamos los temas que íbamos a desarrollar. Era una planificación bastante ordenada, con los objetivos del aprendizaje, paso a paso. Introducción, motivación, desarrollo, y cada ítem con su evaluación final. Una maestra de grado, más experimentada, nos escuchaba la clase y calificaba nuestro trabajo. Todavía conservo alguno de esos cuadernos. Y, para aprobar, debíamos dar una clase “modelo”, cuya nota final nos hacía acreedoras del título. Me acuerdo el asunto que tuve que preparar para dicha clase: “La Constitución”. Y, para esto, fui al Congreso a buscar datos y material alusivo. Fui muy buena alumna. Me dieron un premio de 150$ por “Mejor alumna” y “Mejor Compañera”, que otorgaba entonces el Ministerio de Educación. También se lo dieron a Javier que fue, del mismo modo, un excelente estudiante. Y, como para el acto académico de ese año, ya había ingresado al Colegio Militar, fue mamá la que subió a recibir, en su nombre, el galardón. No es difícil para mí, imaginar su orgullo. Y puedo recordar aún aquellos aplausos, mientras el maestro de ceremonias expresaba: —Por estar en estos momentos en maniobras, con el Colegio Militar de la Nación en El Palomar, el alumno Javier Echevarrieta no ha podido hacerse presente; por lo tanto, es su señora madre quien recibe la distinción. De allí, me inscribí en la Facultad de Medicina, en la carrera de Visitadora de Higiene. Aunque en mi interioridad haya quedado la Literatura y el Lenguas Vivas como cuenta pendiente. Pero ésa es otra historia.

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Javier JesĂşs JosĂŠ Echevarrieta.

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UÉ VERGÜENZA PASÉ ESE DÍA. JAVIER, FUTURO OFICIAL DEL

Ejército, yendo con un compañero a buscar a su hermana (la “elegida para el grupo selecto de las salidas escolares”), aquel viernes a la tarde, en el inicio del tan esperado fin de semana. Y ella, allí, suspendida, en penitencia, nada menos que por haber fumado. Supongo que para él también debe de haber sido un bochorno. Quizás, aunque sólo fuera, una sorpresa o una turbación. Un motivo para preocuparlo porque era extraño en mí este tipo de actitudes. En fin, todos fuimos adolescentes alguna vez. Años más tarde, nos reímos mucho compartiendo el recuerdo de este episodio sin más trascendencia que ésta. Comparando aquel hecho con las cosas que hoy hacen algunos jovencitos, un acontecimiento por demás inocente. Y, para ser franca, visto desde ahora, con un castigo exagerado. Aclaro que ni aquel desliz ni ningún otro motivo crearon en mí el hábito de fumar. Javier fue un gran hermano. Un gran hijo, y un ser especial. Muy inteligente. De enorme ternura y poseedor de una faceta en extremo cariñosa. Le habían puesto José por mi papá o, tal vez, extensivo al abuelo José Cleofé, que parece tenía como tercero el nombre Zacarías. Es extraño, pero este apelativo no consta en la partida de nacimiento; aunque sí, en un viejo reloj antiguo de su propiedad, que portaba sus iniciales, con 109


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una “zeta” grabada en él, que se ve claramente. Javier era el nombre elegido por mamá y Jesús debe de haber sido por el de mi abuela Juliana, quien completaba éste con “del Sagrado Corazón de Jesús”; o para protegerlo, porque “bendito es el que lleva el nombre del señor”, dicen. Lo cierto es que era reconocido por las tres “J”. Todos los militares que fueron de su camada lo recuerdan. Yo sólo volví a probar un cigarrillo el día en que Javier murió. Vino Cacho, el primo-hermano de AntoReloj antiguo con la “zeta” grabada perteneciente al abuelo José Cleofé. nio, hijo de tío Julio, muy querido por nosotros, muy buen amigo y compañero, quien quería mucho a mi mamá, pero más quería a mi hermano. Me sentía muy cómoda con él porque era un gran lector y conversábamos con frecuencia acerca de libros. Intercambiábamos los clásicos o aquéllos de renombre. Ésos que no hay que dejar de leer y que, luego, nos daba motivo para la próxima charla. Compartimos viajes y reuniones muy graciosas dado que tenía un carácter jovial. Yo le decía: —Cacho, casáte. Tenés que casarte—en tono de chanza. Pero no encontraba “la horma de sus zapatos”, decía. Se casó grande, y no tuvo hijos. Cacho me convidó, entonces, aquel cigarrillo que repetí, así “sin ton ni son”, largando el humo sin tragarlo, para descargar en ese pedacito de algo que se quemaba, la inmensa tristeza que me dejó la temprana partida de mi hermano. Javier fue un buen compañero. Un amigo. Nos llevábamos muy bien. Nunca tuvimos un sí o un no, ni cuando éramos chicos. Algunas veces, 110


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hacía alguna travesura y mamá lo retaba. En esos veranos, cuando las vacaciones nos permitían quedarnos largos días en casa para disfrutar del aire y del sol y de las tres higueras que mamá cuidaba todo el año. Maravillosos momentos compartidos. Ni bien se daba cuenta de que había “metido la pata”, corría hacia alguno de dichos árboles y se subía. Entonces, mi madre le pedía que se sacara el Elsita de Araya. cinturón, para darle en la cola. Él obedecía, y yo me interponía entre ambos para que no le pegara. A veces recibía yo, en su lugar, por entrometida. Pero jamás fue malo, ni siquiera demasiado travieso, sólo hacía las cosas normales que hacen los chicos a su edad. La única vez que se enojó mucho con él, fue por una mentira. Venial, por supuesto, pero mentira al fin. Un domingo estaba invitada a almorzar en casa, Elsita de Araya, y mamá debía amasar los ravioles que le había prometido, motivo por el cual no podía concurrir a la misa de once en la Plaza San Martín, como lo hacíamos habitualmente. Es así que nos mandó a que fuéramos nosotros. Tomamos el colectivo Nº 3 y nos bajamos frente a la parroquia. Javier se aburría bastante en las misas, así que me dijo que me adelantara yo, que él iría más tarde, y se quedó jugando en la calesita. A la vuelta, cuando llegamos a casa, mamá le preguntó, directamente a mi hermano: —¿Cómo estuvo la misa, Javier? —Bien, como siempre— fue su respuesta. Entonces, mamá lo reprendió con severidad; porque ella, preocupada 111


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Javier y Enriqueta en el fondo de casa.

porque nos íbamos solos en colectivo, nos siguió en el próximo y así anduvo sobre nuestros pasos con el objetivo de cuidarnos y, probablemente, para ver cómo actuábamos solitos. Y vio que yo, obediente, había entrado al templo y que mi hermano no le había hecho caso. Tuvo con Javier una larga charla explicativa acerca de lo inconveniente que era mentir. Lo cierto es que tuvimos una infancia compartida y muy linda. A los quince o dieciséis años, mi hermano me acompañaba al Colón. A él no le gustaba la ópera, aunque tenía una voz preciosa, pero igual me seguía. Y no era sólo porque mamá se lo pidiera. Lo hacía de buena gana y, aunque oficiaba de mi custodio, disfrutaba de las funciones y, de paso, se cultivaba. Los domingos eran días de misa y también de cine, después de almorzar. Tomábamos el colectivo hasta Chacarita y, de Chacarita con el subterráneo, llegábamos a la calle Corrientes; para ver una o, la mayoría de las veces, dos películas, en el Ópera o en el Rex. En esa época, se llamaba “Matinée”, a la función de las 14 ó 14, 30 hs., y la “Vermouth”, la de las 17 ó 17, 30 hs. Nos cruzábamos de un cine al otro y veíamos todas las películas que se ofrecían. Recuerdo una que me encantó: “El séptimo cielo”. Una película del género melodramático, así se lo llamaba entonces, 112


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del año 1927. Frank Borzage era su Director y, los actores principales, Janet Gaynor y Charles Farell, a quienes hoy ya nadie recuerda. Al año siguiente, obtuvo 3 Oscars de la Academia. Así pasábamos las tardes, con mamá también, claro, para luego cenar juntos los tres en “Las Cuartetas”, por ejemplo, donde hacían pizzas muy ricas y un postre que se llamaba “sopa inglesa”. Luego, nos íbamos al colegio para encarar la nueva semana. También nos gustaba mucho el teatro. Y, por entonces, había un dramaturgo, que además fue narrador, poeta y director del género, que se inició en el grupo de Boedo, contemporáneo de las vanguardias y el ultraísmo: Leónidas Barletta. Barletta se caracterizó por su defensa del realismo social y las ideas de izquierda. En 1930 inauguró el Teatro del Pueblo, en la calle Corrientes, uno de los primeros dentro del movimiento del teatro independiente en la Argentina. Allí fuimos con Javier, porque hacían teatro-debate. Era muy interesante. En una oportunidad, recuerdo, se había presentado “Edipo Rey”, la Trilogía griega. Estábamos en un palco. Y me veo a mí misma, y me viene la sensación de entonces, de tratar de intervenir en una propuesta que sacaron al tapete. ¿Cuál era el enigma de la Esfinge? Porque en la Tragedia griega de Sófocles, este personaje, Edipo, llega a Tebas, luego de tropezar en su camino con un forastero y darle muerte. Era Layo, su padre, pero él no lo sabía. Y aquel acontecimiento respondía al Oráculo, el inicio de la tragedia planteada por el autor. A las puertas de la ciudad lo detiene la Esfinge. Debe resolver un enigma que ella le propone y, así, liberar a Tebas. Éste es el hito en donde se detenía la función, para que los asistentes pudieran intervenir e involucrar su opinión sobre el tema. —¿Cuál es el animal que cuando nace, se arrastra; luego, camina en dos patas; y, más tarde, al final de su vida, en tres? Nos proponían la dilucidación de este misterio. A mí me había parecido muy interesante; aunque, tal vez, lo más emocionante fuera participar de este nuevo modo en el comentario de las obras. 113


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Mecha y Javier.

Recuerdo que mamá había dudado de nuestra ida al teatro. Leónidas Barletta era tildado de comunista. Pero, ahí Javier estuvo lúcido, ¡tan joven!, y le dijo a mamá: —No, justamente, quiero ir para ver de qué se trata y tener mi propia opinión. Yo quiero interiorizarme. 114


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Y eso hicimos. Él quería abrir su mente. Por eso se gastaba los centavos que nos daba mamá para el colegio en el periódico, en lugar de comprar golosinas o galletitas. Y leía “El Mundo” en los recreos, en un rinconcito, sentado en el suelo. —Mire, ahí está su hermano—me decía la Madre Amparo y me abría “el torno” que era una ventanita chica que comunicaba los dos patios, el de varones y el de mujeres. Y yo lo veía, tirado contra la pared, seria y concentradamente leyendo. Pero, diferente a lo que pareciera, era alegre, de hacer chistes. Gracioso. Y además, muy espiritual. Una de sus características era su ductilidad para la escritura. Yo uno esto con la veta lírica de mi padre manifestada en las poesías de amor hacia mamá. Como papá, Javier incursionó en la poesía, pero también lo hizo en la narrativa, sobre todo escribiendo magníficos discursos en su carrera militar. Además, he tenido la oportunidad de leer algunas de sus reflexiones de carácter filosóficas: “¿Qué es el espíritu? Es, a mi entender, una definición del hombre. Es el título que ha encontrado a una serie de manifestaciones de su proceder y de su sentir. Frente a los hechos de la vida diaria, se ha visto en la necesidad de darle una razón, un nombre. Y es espíritu aquello que nos hace reír, llorar, gozar o sufrir, amar u odiar. ¿Se separa el espíritu de la materia? Yo creo que no. Si ello fuera así, no podría un elemento externo como, por ejemplo, el alcohol, modificar las conductas de un hombre sin su estímulo. Así, hombres mansos pueden transformarse en fieras, hombres que en condiciones normales son inofensivos pueden llegar a matar, el callado o triste pasa a ser alegre o exultante (...) (…) Las manifestaciones espirituales de un mismo hombre dependen también de su estado de salud. (…) El origen, el lugar, el medio tienen marcada influencia en lo que llamamos manifestaciones del espíritu. Una persona alienada, loca, con patologías psíquicas, con notables rasgos de “anormalidad” goza distinto, sufre de diferente manera. ¿Qué diríamos de su espíritu? Resulta, entonces, evidente que espíritu y materia se presentan perfectamente vinculados. Para mí, una está en el otro y no puede vivir sin él”. 115


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Independientemente de si estamos de acuerdo o no en toda esta cavilación, la he transcripto porque pienso que aquel que es capaz de desarrollar una idea de manera lineal, aunque sea en borrador, dándole forma de breve texto con esta cohesión y coherencia; aquel que se toma el trabajo siquiera de pensar en algo trascendente es quien tiene, precisamente, un “espíritu” especial. No había en la hoja ni fecha ni indicación que advirtiera el momento de la vida en que lo plasmó, pero la letra sugiere juventud. Y a mí me emociona saberlo tan pensante y tan profundo. A pesar de esto, desarrolló su vocación de militar que le surgió cuando estaba en el Colegio de los Huérfanos. Allí preparaban a los varones para ingresar a las fuerzas, pero no todos lo acataban. Él, sí. Una vez aprobado su 2º Año pasó, directamente, al Liceo Militar “General San Martín”. Ése fue el último año que cursó allí, ya que al año siguiente pasó a estar en El Palomar, donde actualmente está el Colegio Militar de la Nación. La carrera duró otros cuatro o cinco años más, no recuerdo, y se recibió de Subteniente en Infantería. Su primer destino fue el Regimiento Nº11 de Infantería de Rosario. Por ese tiempo me casé. Y, más tarde, lo destinaron a Buenos Aires. No estuvo nada más que un año frente a la tropa y, después, se preparó e ingresó en la Escuela Superior de Guerra, he hizo allí una carrera técnica para recibirse de Ingeniero Militar en la parte de Cartografía. Llegó a ser Director del Instituto Geográfico Militar, que queda en la calle Cabildo al 300. Más adelante, se le dio por investigar los astros y creó acá, en Buenos Aires, el “Instituto del Sol Quieto”. Una organización internacional científica que se dedicaba a estudiar los movimientos del Sol y sus incidencias sobre las mareas y el clima de la Tierra. Hasta fabricó un aparato para hacer mediciones solares. Estoy hablando de fines de la década del cincuenta. Fue contratado para dar conferencias por algunos países de Europa, como Alemania. Recuerdo que estuvo en Bremen una semana. A Suiza y Francia también concurrió como invitado, y fue acompañado por su fa116


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milia. En el país, llegó a ser el Secretario de dicha organización. Sus excelentes conocimientos técnicos y una gran vocación profesional le permitieron encarar proyectos multidisciplinarios de tecnología muy avanzada para la época, como el “Gravímetro Portátil”, para el Instituto Geográfico Militar. Este instrumento se utilizaba para efectuar mediciones de la gravedad terrestre, en distintos lugares del país. Luego de retirado de la actividad, continuó con su interés por la tecnología en la fabricación, por ejemplo, de un cepillo eléctrico para la limpieza dental, Cepillo eléctrico para la limpieza denque fue el primero elaborado en el país y tal en cuya fabricación Javier participó. que se comercializó con la marca: VIBRODENT. Corría el año 1968. También participó en el desarrollo y la fabricación de un equipo de mano eléctrico con motor de alta velocidad para pequeñas herramientas, muy utilizado en odontología, micromecánica y en muchas otras actividades, reconocido en el mercado argentino con la marca ENERGO. Realizó algunos de estos emprendimientos junto a Carlitos Sommer, esposo de Elena Rabini, mi cuñada, con quien eran muy buenos amigos, además de prestarse mutua colaboración técnica. Carlitos siguió trabajando en este rubro y, más adelante, fue el inventor de una máquina para la fabricación de resortes para colchones. Él llama a su iniciativa: “Diseño y construcción de máquinas especiales”. Por otro lado, movilizada Meri, con mi proyecto de recordar a Javier en estas páginas, me alcanzó una de sus más lindas narraciones que fue “Rumbo al Sur”, dedicado a un viaje que hizo al Estrecho de Drake, al Sur de la Patagonia y a la Antártica Argentina, en el barco “Bahía Agui117


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rre”. El objeto del viaje era realizar estudios cartográficos. En este texto expresó, con minuciosidad, el trayecto, los sentimientos de los tripulantes de las naves, y describió el paisaje. Fue publicado en la revista del Ejército “Proa al Sur”. Extracté lo siguiente: “Todos los años, más o menos en la misma época, una porción de nuestro dilatado territorio cobra una inusitada como desconocida agitación. A partir del Cabo de Hornos, (…) se desprenden naves argentinas en procura de los hielos eternos (...) (…) dichos buques deben atravesar el Pasaje de Drake, que como un foso de las antiguas fortalezas, pretende, con sus terribles tempestades y encrespado mar, custodiar la zona del silencio y de la paz. (…) luego de más de una jornada de navegación, se toma el primer contacto con los elementos más representativos de la zona: los témpanos. (…) Los hay tabulares (…); de formas elevadas y de gran envergadura, como veleros petrificados en impecable mármol (…) En su mayoría de un blanco impresionante en su parte superior y de tonalidades azules en sus bases, como si se hubieran robado algo del cielo (…) La fantasmal escolta contagia con su mutismo, y el hombre que la observa, rinde con su silencio el homenaje de su admiración a la Naturaleza. (…) Unos y otros sienten la nerviosidad y agitación del encuentro con lo desconocido e inimaginado. La inquietud por llegar toma cuerpo y parece dar nuevos bríos al buque. (…) (…) en pleno Continente Antártico, a despecho del viento, la nieve y el intenso frío, abrazado estrechamente por el hielo y en terrible y muda soledad, vive un grupo de hombres. (…) En cada lugar es necesario sobreponerse a la aridez e inhospitalidad del ambiente. (…)Los cerros abruptos, desgastados por la erosión fluvial y eólica, con sus penachos libres de nieve, (…) los enormes glaciares agrietados en permanente caída al mar, (…) las enripiadas y escasas playas, los cerros volcánicos, las superpobladas y alborotadas pingüineras, el mar salpicado de hielo robado a las orillas, (…) las focas, los elefantes marinos, en burgués descanso sobre los hielos o nadando en soberbio alarde de pericia marina (…) 118


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He tratado de transcribir los párrafos más destacados del texto, para resaltar con qué poesía expresaba sus conocimientos. Y lo notable de un hombre que, además de las condiciones que tenía para la carrera que abrazó, fue también un delicado y exquisito observador de la naturaleza, del mismo modo que un buen escritor. Con mamá, particularmente, era muy cariñoso. Un día salió a pasear con ella, la abrazó y le dijo: —Creéme, mamá, me vas a ver “Mayor”. Se refería al grado de “Mayor” en el Ejército. Y selló así su promesa de que iba a ascender, respondiendo a: —¡Ay, Javier!, qué pena que no te voy a poder ver, más adelante, cuando asciendas en tu carrera (en ese momento, él era Teniente Primero). Porque mamá estuvo muy enferma. Largo tiempo delicada, con esa operación de la vesícula biliar, que le hicieron en el Hospital Rivadavia, en la Sala 20. Nunca lo olvidé. Allí íbamos con Javier a visitarla. En esos momentos, tristes y preocupantes, quien cuidó de mí fue mi madrina, Elsita Araya. De mi hermano, el tío José. Es decir, que estuvimos separados durante ese tiempo. Fueron casi siete meses de recuperación lenta y, cuando estuvo repuesta, rezaba siempre para llegar a vernos con nuestras familias formadas. Los grados que le faltaban a Javier eran Teniente Coronel, General de Brigada, General de División y Teniente General, éste último, como el grado máximo en la escala del Ejército. Entonces, un día, ya con el grado de Mayor, se acordó de aquello que le había prometido a su “viejita”, y la llevó de paseo al mismo lugar de la primera vez, José María Moreno y Rivadavia, en Caballito, y le dijo: —Esperáte que me vas a ver de “General”. Pasaron los años y llegó a Coronel. Pero, lo frenaron ahí porque, en ese entonces, los grados eran muy políticos y no estuvo en la línea para los ascensos, ya que él no era un político, ni se involucró nunca partidariamente. Prueba de ello fue aquel: “Olvidáte de que tenés un primo militar”, como le dijo a Ismael, hecho que ya comenté. No quería que ningún vín119


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culo de ese tipo pudiera perjudicar su carrera en el futuro. Era enemigo de eso, y muy cuidadoso de los pasos que daba. En otra oportunidad, de alguna manera, fue testigo de algo que se pareció a la gestación de un golpe de estado. Estaba prestando servicios en el Regimiento Nº 3 de Infantería, cuando lo llamaron para reforzar la vigilancia durante una cena en el Regimiento Nº 1 de Patricios, que se encontraba en Palermo. Fue una reunión de generales, donde también había civiles. Los corrillos decían que se quería poner como presidente, en oposición a Perón, a Patrón Costa, miembro de una familia que era dueña del Ingenio San Martín de El Tabacal, y que tenía fortuna y poder. Fue un conato de Revolución, sin éxito. Lo cierto es que, para negarle el ascenso a mi hermano, le pusieron como argumento que su especialidad era la Ingeniería Militar, que había tenido poca experiencia con la tropa. Y que su Currículum Vítae era mayor en el área científica. Entonces, en su lugar, ascendió uno de sus compañeros: Amorortu. Poco tiempo después, lo invitaron desde el gobierno paraguayo de Stroessner, a dar clases en la Escuela Superior de Guerra del Paraguay. Aceptó y estuvo dos años allá. Se fue, por supuesto, con toda su familia. Durante ese lapso, invitó a mamá para que fuera a visitarlo. Encantada, ella fue en barco y, aunque llegó muy cansada, estaba feliz de ver a su hijo. La esperaba un asistente que la transportó a la casa que le había sido asignada a mi hermano: —Acompáñeme señora, el General la espera— le dijo. Mamá pensó: —Éste está equivocado. Mi hijo no es General, es Coronel, pero no comentó nada. Al llegar, mamá le preguntó a Javier: —Decíme “Negro” (o le habrá dicho “Machito”, porque de sobrenombre también le decíamos así, y esto era porque cuando nació, la partera anunció con alegría: —¡Ah!, ¡es un “machito”! Y de ahí, le quedó ese mote), me parece que se están equivocando, ¿cómo que “General”? —Bueno, viejita, tu hijo acá, en Paraguay, tiene el grado de “General Ho120


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Enriqueta, Javier, Mery y Javiercito, en Paraguay.

noris Causa”, ¿qué te parece? ¡Viste, viste, que me ibas a ver como “General”! Meri guarda, con celo, resoluciones del Ministerio de Defensa Nacional de la hermana República y los recortes de tres periódicos paraguayos, que también me acercó: “El País”, “Patria” y “La Tribuna”, donde se destaca confraternalmente, el momento en el que el Ministro impone la Medalla del Instituto Geográfico Militar al General de Brigada (Honoris Causa), Javier J. Echevarrieta. En la primera carta con el membrete del alto organismo mencionado, se le notifica: “Tengo el agrado de comunicarle que el Consejo de la Orden del Mérito Militar ha resuelto condecorarlo en el grado de Comendador de la misma, el jueves 1º de febrero, a las 10: 30hs., en el Salón de los Próceres de este Ministerio, acto al que me complazco en invitarlo en compañía de su distinguidísima esposa. Al felicitarlo por la distinción de que ha sido objeto, le saludo con mi mayor consideración”. 121


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Y firma: Asdrúbal Pane C. Tcnel. Int. Rva, Secretario del Consejo. La Resolución Ministerial Nº 79, con fecha del 17 de febrero de 1962, dice que el Ministerio de Defensa Nacional resuelve conferir la “Medalla del Servicio Geográfico”, al Gral (H.C.) Javier Jesús Echevarrieta, Miembro de la Misión Técnica Argentina, en la rama del Servicio Geográfico, por sus relevantes servicios prestados en el Instituto Geográfico Militar. La firma es del propio Ministro Marcial Samaniego. Y en otra, aquí con encabezamiento del mismo organismo geográfico, se le informa que se le impondrá dicha medalla el día 17 de febrero, y el General de Brigada Rubén Ortiz P., acota: “Me place poner en su conocimiento que Ud. será la primera persona que será honrado con la Medalla del “Servicio Geográfico (…)”. Lo más interesante es leer cómo y con cuánto énfasis, en aquellos medios públicos, se expresa que la misma es entregada en reconocimiento a su valiosa tarea y como exteriorización del afecto, que supo granjearse por sus dotes de militar, caballero y amigo. No cejan los halagos a su extraordinaria capacidad técnica, su amplio espíritu de colaboración y sus excelentes cualidades de soldado. Y reproducen con puntillosidad el discurso que en agradecimiento a este honor expresa mi hermano. Aquí él, con su rico y atinado vocabulario hace mención a que ese honor que la República del Paraguay le confiere, excede en mucho sus méritos, y que sólo intentó ser un símbolo de la amistad que une los dos pueblos. Destaca la colaboración de ambas naciones para el progreso cartográfico, y se despide con dolor por la cesación de sus funciones: “En efecto, señores, habrá despedida pues se impone el alejamiento, pero de ninguna manera habrá olvido y estén seguros de que allá, a la distancia, vuestras inquietudes y desvelos, vuestras alegrías y tristezas, hallarán eco permanente en el espíritu de un argentino conquistado definitivamente por ustedes, a través de vuestras virtudes individuales y colectivas, hecha pueblo”. Últimas palabras, largamente aplaudidas, según cuenta mi cuñada que lo acompañó, por supuesto, en este momento tan emotivo. 122


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Siempre recordaron ambos, que el lapso que vivieron en el país de la tierra colorada fue maravilloso, que los pobló de amigos y le dio a Javier un excelente prestigio en su carrera, enfáticamente inclinada hacia lo técnico y lo científico, eso es verdad. Cuando mamá accedió a los diarios paraguayos y leyó los conceptos vertidos por tan altas autoridades hacia su hijo, se motivó para escribirle unas líneas de emocionado regocijo: “Acabo de leer en una noche de soledad, que bien hace para encontrarse con las cosas de uno, una carta con el pensamiento de mi hijo, que también en otra noche de soledad se sintió inclinado a transmitir lo que le dictó su corazón. Ese sentimiento me llega. Y hace impacto en mí. Es regalo, premio, estímulo, abrazo tierno, aliento suave. Caricia. Gracias hijo, por tus palabras”. Hasta el día de hoy, la gente que se acuerda de Javier, recuerda lo buena persona que era. De esos que no se avergüenzan de decir que si veía una puesta de sol hermosa se emocionaba. Ante un cuadro o ante una música armoniosa, a él se le llenaban los ojos de lágrimas. A pesar de ser militar. No tomaba un café si no era en una taza de porcelana. Ni el vino, si no era en una copa de cristal. A pesar de ser militar. Y de estar acostumbrado a la trinchera. Allí donde aprendió a tomar mate o a dormir debajo de las estrellas. Fue un muchacho de una sensibilidad única. Cuando falleció, mi cuñada recibió una carta de un conscripto dándole el pésame. En ella le expresaba, conmovido, que en el mismo tiempo de su ingreso en el ejército había perdido a su padre, y que había encontrado en su superior, el Teniente Echevarrieta, una figura paterna. Que le guardaría por siempre el mayor de los recuerdos. Es una carta que hace llorar. Y que la familia conserva. Como también tengo en la caja más preciada de los tesoros, varias fotografías de Javier con sus camaradas de armas. Están los amigos y compañeros de camada, en 1937, algunos de cuyos nombres recuerdo: Aurelio Luchetti, Juan Pereyra, Luis Gasoli, Jorge Rangugni, Horacio Balmaceda Moreno, Roberto Bagnatti, Luis Cativa Tolosa, este último fue Gobernador de Córdoba, y Rosendo Fraga, el padre del actual comentarista político, para 123


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nombrar alguno de los más conocidos. Otro de ellos fue Álvaro Alzogaray. Todos firman el saludo de colegas y muchos de ellos manifiestan un marcado y emotivo afecto. Cuando yo conocí a Antonio y empezamos a “noviar”, muy observados por mi madre, desde luego, como ocurría en esa época, Javier tenía una noviecita de familia alemana, muy bonita. Otra de sus características era que era muy buen mozo, bastante “picaflor”, además de tener un estado atlético privilegiado. Tanto es así, que estuvo en una escuadra que hacía ejercicios sobre barras paralelas. Hasta fue con su equipo a Brasil, para una demostración gimnástica ante Getulio Vargas, el Presidente del vecino país, por entonces. Recortes de diarios, dan fe de lo que digo. A mamá no le gustaba aquella chica, ya que según decía, tenía un espíritu demasiado liberal. Y un militar que se precie necesita de una señora seria a su lado, compañera y amante esposa, con el altruista objetivo de formar una familia y compartir la vida con el hombre. Cuando en la primera cena formal de las familias Echevarrieta y Rabini, mamá conoció a Meri, pensó que podría ser ella, esa buena compañera que necesitaba mi hermano. Y vio la chica decente y de hogar, esperanza de las madres. Parece que hizo fuerza, desde su corazón, para que ambos se flecharan. Y se dio. Al poco tiempo, Javier estaba solo y observando atentamente a Meri, que era una muchachita de diecinueve o veinte años. Comenzó a frecuentar la fábrica de Antonio, con cualquier excusa, para ver en realidad más seguido a su hermanita menor que, a la sazón, aunque recibida de maestra, trabajaba en la administración de la fábrica, con sus hermanos, Antonio y Ricardo. Tío Julio, socio desde siempre de los muchachos, comenzó a preguntarse qué hacía por ahí tan seguido ese “militarcito”. A tío Julio no le gustaban mucho los militares. Hasta que conoció a Javier, su vida y sus motivos, y se encariñó muchísimo con él. Lo adoró. Un primer paseo al Parque Retiro, mamá, Antonio, Meri, Javier y yo fue propiciado por mi madre. Y dio sus frutos. Comenzaron a conocerse 124


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Meri, Mecha, Antonio y Javier en su primer paseo juntos.

y dos años después de nuestro enlace, ellos también se casaron. Javier y Meri tuvieron dos hijos: Javier, médico neurocirujano, y Viviana, Profesora Superior de Inglés. Ambos sobrinos formaron sus familias. Javier, con Nilda Molouni, también médica, pero con la especialidad de obstetra, y aunque el matrimonio hace unos años se disolvió, tienen tres hijos: Javier Jesús José, como su abuelo, Santiago y Rocío. Viviana, con Jorge Erhart, son padres de cuatro: Carolina, Maximiliano, Esteban y Estefanie. Javier Echevarrieta, mi hermano, tenía cuarenta y nueve años cuando falleció. Tuvo un infarto. Tal vez el motivo haya sido un pequeño percance que ocurrió en un viaje de regreso desde el campo que, por entonces, Antonio y Ricardo tenían en La Pampa. Había llovido y la ruta estaba llena de agua. Se había empantanado el camino. A ese accidente, los diarios le llamaban “aquaplane”. Volvía para festejar el cumpleaños de su adorado hijo Javier. El auto hizo un movimiento lateral, y se fue a la banquina. Pa125


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rece que se descontroló y Javier no pudo direccionar el volante. Hasta ahí un pequeño susto, nada más. Meri era su copiloto, como siempre. Vio como él bajó del coche, hasta le habló a un hombre, seguramente un lugareño, a quien pidió una mano para conseguir un tractor que lo remolcase y salir de allí. Luego, pediría un auxilio que lo trasladara a casa. Hasta les hizo señas a otros autos que venían detrás, para indicarles las dificultades que presentaba la calzada. Había un bache, como una hondonada, algo así, donde se había acumulado el agua traicionera. El camino que nos comunicaba a La Pampa no era ruta todavía; y estaba, evidentemente, en muy malas condiciones. Regresó al auto, se sentó al volante y, así como así, cerró los ojos para siempre. Pocas horas después, Cacho y Tito auxiliaron a Meri. La contuvieron en el triste momento. Y fueron ellos los que tomaron la decisión de continuar hasta Buenos Aires con mi hermano recostado en el asiento de atrás, como si estuviera dormido. Les recomendaron que no hicieran la denuncia del hecho en el pueblo más cercano, pues eso implicaría una intervención policial. Retendrían el cuerpo y todo sería más dramático aún. Ya nada se podía hacer por Javier. Era necesario llegar a casa cuanto antes. Y así volvieron a San Martín en esa conmovedora y dramática caravana de dos autos que constituyeron un primer cortejo. Quiero aquí, en estas páginas, destacar la fortaleza de mi cuñada. Su hidalguía y entereza. Y claro, la voluntad y el coraje para enfrentar la vida a partir de este momento con sus hijos, pero sola. Vaya toda mi admiración hacia ella. Sólo sé, que desde ese día, cada vez que he recorrido el camino otra vez, al llegar a aquella localidad nefasta de la que no retuve jamás el nombre, o por algún punto cercano a dicha geografía, me quedo dormida. Me sobreviene un sopor extraño que quizá me protege. Nunca pude ver con mis ojos el lugar donde ocurrió su partida. Uno de sus poemas reza por título: “Adiós” y, de seguro, tenía otro fin. Era otra la despedida. Pero rescato una sola de sus estrofas:

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“Que al decirte finalmente el adiós que nos espera sepas quiero ser por siempre el recuerdo que más quieras” Fue el 16 de octubre de 1970. El mismo día del cumpleaños de Mechita. Dos días antes del de Javiercito, mi sobrino. Estaba en la plenitud de su vida. Dejó, como los que se van sin prepararse ni preparar a nadie, un cúmulo enorme de cosas inconclusas. Los que lo siguen, sus hijos y nietos y hoy, dos bisnietos, cubren sus espacios. A estas alturas, sé que el tiempo siempre cura las heridas. Pero cuando lo recuerdo y lo nombro, no puedo evitar el suspiro. Acaso, el ahogo.

Antonio y Javier en Mar del Plata. 127


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SÍ COMO MI MADRE, TAL VEZ LO HAYA HEREDADO DE ELLA,

siempre me incliné por el estudio. Mamá me estimulaba mucho. Me incentivaba. Estoy arrepentida de no haber seguido más. Mi gusto, al terminar la formación media, hubiera sido seguir Letras, puesto que fui una gran lectora. Me encantaba descubrir en los libros las historias que se entretejían; y me sentía partícipe de las mismas, imaginando casi visualmente, los ambientes o las caras de los personajes y de los protagonistas. Después de recibida, fui a hacer las averiguaciones correspondientes al Instituto de Lenguas Vivas, que está en la calle Córdoba. Me aceptaron puesto que mi promedio del Magisterio era superior a ocho. Pero, como Elena Zunino, compañera de toda la escolaridad y muy amiga de entonces, no había alcanzado la nota imprescindible para ingresar, seguí con ella “Visitadora de Higiene Escolar”, en la Facultad de Medicina. Una carrera corta, que se había creado hacía apenas un año y que estaba relacionada, directamente, con la docencia. Tenía como objetivo, entre otras cosas, incrementar el puntaje. O sea que, por este lado, no habría dudas de que el trabajo tendría un camino seguro. En aquel entonces, había pocas posibilidades para una mujer que quisiera estudiar. Eran escasas las médicas o las abogadas. Pero, sobre todo eran audaces, ya que las Universidades se habían hecho para los hombres. 129


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Pero, si acaso alguna llegaba a recibirse, después venía el otro gran desafío de insertarse en un mundo laboral masculino, lo que se convertía en algo todavía mucho peor. Diría, casi imposible. Un constante peregrinar de frustración en frustración. Ser madre, ama de casa y, en el mejor de los casos, maestras era el destino de una mujer en la sociedad de entonces. O, en su defecto, tener un padre progresista y de la misma profesión, que avalara las inquietudes de la hija. Resigné aquello que me gustaba por el temor de hacerlo sola. Hoy lo pienso de esta manera y siento, repito, que me arrepentí toda la vida. Me reprocho la inconstancia o mi falta de convencimiento para emprender mi vocación. Lo único firme en mi vida fue el amor hacia Antonio y hacia mis hijas. Eso sí, en ese doctorado hacia la familia nunca dudé. La carrera de Visitadora fue una disciplina auxiliar, creada, según recuerdo, por el Dr. Swint. Duraba tres años. Conocí en este período, y tuve como compañera a la hermana del Doctor Matera quien fuera, luego, el famoso neurocirujano. Era una especie de Primeros Auxilios o Enfermería, si bien la carrera de Enfermería Universitaria, como se la conoce hoy, se instituyó mucho después. Se dictó un corto tiempo porque no tuvo mucha utilidad, para ser honestos. Pero allí, en la Universidad de Buenos Aires, la Facultad de Medicina proponía para los docentes de mi época, dos ofertas: “Visitadora de Higiene Escolar” o “Taxidermia”. ¡Quién iba a elegir esta última! Y, como se infiere de esto que relato, aquella mujer que quisiera continuar con su formación más allá de la escuela secundaria, tenía su lugar más oportuno en algo relacionado con el Magisterio. Estudiábamos Anatomía, Fisiología, Higiene Escolar, entre otras materias. Aprendimos cómo tenían que ser las aulas, su ventilación, la disposición de los bancos, etc. Estos conceptos hoy suenan casi ridículos. También nos pusimos “duchas” para transmitir a las madres jóvenes e inexpertas, todo lo referente a la lactancia. Había talleres donde las que daban de mamar se reunían y donaban su leche, la que succionaban con un aparato para dispensar a niños cuyas madres no podían amamantar o 130


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eran huérfanos. Esto se realizaba en óptimas condiciones de asepsia. Nosotras, como alumnas, lo teníamos como tema de estudio y debíamos tomar nota y llevar una pequeña historia clínica de cada madre. Otra de las obligaciones era hacer prácticas en el Hospital Alvear. Íbamos a la Sala Nº 20, donde se ubicaba a las personas mayores. Debíamos preparar también estos registros, es decir, llevar un inventario con su evolución. Luego, se lo presentábamos al Dr. Bruno, el Jefe de Sala. Poníamos inyecciones, tomábamos la presión, en fin, todo era bastante elemental, porque en definitiva, el objetivo final era que estuviéramos más preparadas para atender a los alumnos. Para alguna de aquellas materias de la currícula tuve que presentar un trabajo de investigación acerca de un tema de características sociales relacionadas con la Salud. Algo parecido a una estadística. Enfrente de mi casa se había instalado, al lado de la fábrica de pastas, otra, textil: la “Textil Lanera Argentina”. Era enorme y tenía muchos empleados. Se me ocurrió, entonces, pedir al Director de esta fábrica que me permitiera observar el libro de ausencias para investigar cuáles eran los motivos más frecuentes en las inasistencias de las empleadas mujeres. El Sr. Peña, un caballero muy atento, me recibió con gentileza, y me proveyó del material que le solicité. A los pocos días, estaba visitando en su domicilio a una operaria que faltaba asiduamente, y propicié los estudios y los análisis que detectaron en ella un principio de tuberculosis. Resultó un trabajo atinado y, sobre todo útil, ya que la señora en cuestión tuvo su tratamiento a partir de él. Me fue muy bien en el informe y en la materia. De todas maneras, me quedé con las ganas de la Literatura. Recuerdo que cuando me anoté en el Lenguas Vivas, la directora, Señorita Risolía, que era hermana de un jurista muy destacado, me dio una lista de libros para el verano. ¡Y los compré! Y los leí, por supuesto. “Demián”, “El Lobo estepario”, de Herman Hesse; el “Fausto”, de Goethe; “Don Quijote de la Mancha”, de Cervantes; “La Divina Comedia”, de Dante Alighieri, “La Historia de San Michele”, de Axel Munthe; “La incógnita del hombre”, de Alexis Carrol; “Contrapunto”, de Aldous Huxley y muchas otras obras 131


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más, la mayoría clásicas, base de la formación. Interesantísimas. Yo estudiaba y leía cuánto podía. Siempre me acompañaba un libro. Tanto es así, que mi madre los escondía cuando estaba en la Facultad, para que no leyera de noche. El mundo de la lectura me ha seguido y lo he tratado de continuar; pero, sin método es mucho más difícil. Ésas son cosas que una va dejando en “el tintero”, como el piano y tantas otras vocaciones. Recordando el piano, mamá me había comprado, con gran sacrificio y, en mensualidades, uno precioso en la Antigua Casa Nuñez. Estudié unos años; pero cuando me casé y comencé con mi vida de ama de casa y madre, allí quedó el pobre instrumento ocupando un lugar bonito en la sala de la casa de la calle Lincoln. De mis tres hijas, fue Mechita la que tuvo mayor inclinación por la música y estudió un tiempo largo, hasta el 3º ó 4º año, en el Conservatorio Williams, establecimiento de mucho prestigio por esa época, que editaba sus propios libros. Su Directora, la Sra. de Acad era la profesora de Mechita. Una persona muy fina y distinguida. Mi hija llegó a tocar muy bien e, incluso, ganó un premio por su intervención en un concurso. Pero, como suele ocurrir en estos casos; la Facultad, primero, y el matrimonio después, le quitaron el tiempo de la práctica y abandonó el estudio de la música. Muchos años más adelante, doné este instrumento a la Parroquia de San Martín, porque un día en la misa observé que un coro de niños cantaba “a capella” y pensé que yo tenía en casa ese piano sin usar. Allí sería útil. Y si contrataban a alguien para enseñarles a los chicos, encima se le daría trabajo a una profesora. Así, el piano se fue de casa. Otra de las actividades de la que tuve oportunidad de formar parte fue en el coro “Lagun Onak”. Éste estaba formado por personas de origen vasco. A mí me aceptaron por Sara César y por llamarme “Echevarrieta”. A raíz de mi participación pude ir con el grupo coral, a Mar del Plata, cuando Monseñor de Andrea inauguró la Casa de la Empleada. Me estoy remontando, si mal no recuerdo, entre los años ’39 ó ’40. Era soltera todavía. La obra de este sacerdote fue extraordinaria. Durante su gestión, 132


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Coro “Lagun Onak”


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Eva Perón continuó con este emprendimiento. Yo tenía registro de soprano. Canté el “Ave María” en Nuestra Señora de la Merced, la hermosa Basílica de Buenos Aires. Era la encargada de los “solos”, ya que podía llegar al “DO sobreagudo”, lo que es sumamente difícil. Fue la mejor época de mis cuerdas vocales. Interpreté también “Stabat Mater”, de Rossini. Una obra exquisita. La anécdota fue que cuando “Maminna”, la mamá de Antonio, se enteró de que yo cantaba en un coro, le pidió a Meri que me acompañara. Supongo que querría averiguar qué clase de “artista” era la prometida de su hijo. Tal vez, tenía el recuerdo de las bailarinas aquéllas del Perú, que habían obnubilado a un Antonio de quince años. Para defender su posición debo decir, que ser artista en el rubro que fuera, en aquellas épocas, era muy mal visto. Me quedó el placer de que, en aquella inauguración de Mar del Plata, cuando salimos del acto, una vez terminada la misa, Monseñor de Andrea, un viejito lindo, entrado en canas, muy gente y muy fino, quiso sacarse una foto conmigo en la plaza, y me dijo: —“Vox Populi, Vox Dei” (“Voz del pueblo, voz de Dios”). Y me emocionó hasta las lágrimas; porque, en verdad, pienso que saber cantar es un don que nos es dado. Es algo mágico. Un legado precioso. No hay mucho mérito personal, salvo el estudio y la dedicación que le pongamos o no al cuidado del “aparato fonador”, nuestro instrumento; es decir, las cuerdas vocales. Mientras realizaba los estudios superiores, ejercí el Magisterio en un par de colegios de mi zona. Fue, sin embargo, un lapso muy corto. Yo me había presentado en el Consejo de Educación de San Martín donde me anoté para trabajar en el Distrito, como se estilaba entonces, y me llamaron. Recuerdo que tales eran mis ansias por trabajar, que pedí hablar directamente con el Sr. Rotondaro, Presidente del Consejo; y le expliqué, con énfasis, mi interés en empezar, aunque sólo fuera con una suplencia y que hasta trabajaría sin sueldo, es decir, “ad honorem”. Le mostré, incluso, mi libreta universitaria para que notara que me estaba formando 134


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en un nivel superior para tener más conocimientos y más puntaje. Habrán sido dos o tres años. Sin embargo, el breve período fue agradable y para empezar, tuve una pequeña estadía en la Escuela Nº 20 de San Martín, del Km 9, muy humilde, que quedaba a unas diez cuadras de mi casa. Aunque del que guardo el mejor recuerdo es del Colegio Nº 43, de Ciudadela, donde estuve un año; y, del mismo modo, de la señora de Aguirre, su Directora. Yo era muy jovencita, tenía dieciocho años apenas, y en el curso que me tocó había alumnos repetidores, bastante grandecitos y, por cierto, muy revoltosos. Cuando entré me di cuenta del ambiente que iba a tener que manejar y opté por encomendarles tareas de responsabilidad ni bien detecté quienes eran los más inquietos. Uno debía borrar el pizarrón; otro, traer las tizas; uno más debía buscar el libro del aula; alguno sería el encargado de formar la fila correctamente; y así, fueron tomando roles, sintiéndose útiles y se adaptaron a los códigos que les impuse. Como premio por el buen comportamiento, les daba los diez minutos finales de la clase, antes de irse a sus casas, para pasar al frente a recitar una poesía, a cantar una canción o a tocar algún instrumento, aquel que supiese y le gustara. Es decir, les permitía que se relajasen, y cada uno tenía un lugarcito para lucirse, si así lo quería. Esto fue creando un vínculo muy ameno y pude llevar adelante mis clases con éxito. Los chicos siempre traían flores, y en mi mesa de trabajo lucían frescos los pimpollos cada mañana, los que después me llevaba a mi casa. Recuerdo que una vez le pregunté a uno de mis obsequiadores, de dónde había sacado esas rosas tan bonitas. —Las arranqué del jardín de la esquina, señorita—me dijo. Me llevó un rato de la clase explicar que esas cosas no se hacen, aunque el objetivo final sea bueno, como es el de hacer un presente a alguien que se aprecia. La señora de Aguirre tuvo la deferencia de hacerme un regalo de su propio peculio, una pulsera muy bonita, que conservé por muchos años. 135


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Fue en agradecimiento por haber encarrilado a esos chicos rebeldes. Cuando me casé, aunque ya había dejado este puesto, los alumnos se enteraron. Vinieron esa noche a mi puerta, para verme salir vestida de novia hacia la iglesia. Fue una emoción muy grande y un gesto poco frecuente. Me acompañaron hasta “Jesús Amoroso”, la vieja Iglesia de San Martín, que era una reliquia. Una hermosísima construcción de alrededor de 1890, de tipo colonial como vista exterior, que tenía adentro toda la cúpula decorada por artistas locales. El altar mayor estaba pintado en dorado, un trabajo al estilo cuzqueño, más estilizado, pero de una gran belleza. En los costados de la nave central lucían altares en homenaje a varios santos: el de San Antonio, San José, la Crucifixión, en fin, eran todos enormes, en proporción al tamaño del precioso templo. Más allá del Altar Mayor, los confesionarios y detrás aún, en la parte superior, un lugar exclusivo para el coro. Allí canté yo el Ave María, donde también estaba el órgano. El ocho de diciembre se hacía la Procesión. Las niñas, todas vestidas prolijas y muy bonitas, iban a tirar flores con sus canastas después de dar algunas vueltas por la Plaza, para terminar en el altar de la Virgen, a quien cubrían con azucenas. Se empezó a resquebrajar y un arquitecto aconsejó (mal consejo, según mi opinión) tirarla abajo. Y, a pesar de que la Municipalidad ofreció repararla al párroco que estaba en ese momento, la demolieron para construir otra, sobre la base de un proyecto faraónico, que jamás pudo completarse. Fue una pena. Una tristeza irreparable. En Europa, las obras de arte se conservan cien, doscientos, trescientos años. Se mantienen, se reparan. Aquí no se quiso o no se supo, o hubo negligencia, lamentablemente. Hoy, con ese proyecto detenido, imagino que por inoperante, se da misa en un galpón en la plaza de San Martín. Lo puso en marcha el Padre Roberto, un amor de sacerdote. Pero aquella maravilla no se conservó, ni las estatuas, ni las reliquias, ni el basamento. Todo se perdió para siempre. Lo cierto es que allí me casé, en 1943, y mis queridos alumnitos me acompañaron hasta dicho templo. ¡Un acto de amor inolvidable! Otra de las cosas que hice con gran entrega mientras fui maestra en 136


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ejercicio, sin que se me pidiera mucho, en realidad, fue promover un festival, con el objeto de arreglar el patio del colegio, ya que el Ministerio de Educación les mandaba poca ayuda. Antes de llegar a Caseros, se encontraba el Teatro Luchetti, un precioso edificio. Ahí fuimos a presentar nuestro proyecto y el desinteresado motivo. Los dueños, entonces, colaboraron cobrándonos un alquiler muy económico y pudimos hacer frente a la fiestita con los chicos. Por entonces, no era algo tan común como es ahora. Se preparó un coro para lo cual elegimos los que tenían las mejores voces. Había un regente que tocaba el piano que nos prestaron, aunque el Himno Nacional se cantó “a capella”. Después, recuerdo, siguió la canción “Aurora”, de Panizza. Y, más tarde, una vidalita, cantada íntegramente por los alumnos de quinto y sexto grado. También hubo un tango, muy celebrado por los padres. Hasta a mí me hicieron cantar, ¡qué sinvergüenzas! Creo que fue una romanza. Si bien nunca me gustó mucho sobresalir, lo hacía por los chicos. Para que intervinieran todos, el número final fue “el Pericón” y, finalmente, cuatro de los más grandes bailaron “El Cielito”. El acto fue un suceso. Habíamos hecho una entrada, que a los padres les costaba 0,20 ó 0,30 centavos, no recuerdo la cifra. Fue muy concurrido, y resultó sorprendentemente exitoso. Con lo obtenido, sumado a una ayuda del corralón de materiales, se pudo construir el patio para que en los recreos los alumnos tuvieran su lugar de esparcimiento. La portera del colegio le pidió a su marido, que era albañil, que nos diera una mano, lo que el hombre, voluntarioso, hacía los fines de semana y en sus ratos libres. Un tiempo más adelante, esta señora se enteró de que yo me había casado con Antonio y vino a pedirnos trabajo para su marido en la fábrica. Eran buena gente. Al año siguiente, se repitió la experiencia y, con una suerte parecida, se techó el espacio anterior, para que los chicos no se mojaran si llovía. Mamá se acercó a su primo Ismael, quien era el que más relaciones sociales de la familia tenía, para pedirle si, empleando justamente sus con137


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tactos, podía conseguirme el nombramiento de maestra. —Bueno, yo me ocupo—le contestó Ismael. La cuestión es que un día me llegó un sobre, no me voy a olvidar (por algún lugar debe de estar guardado todavía), con un nombramiento como auxiliar en la Caja de Jubilaciones, Ley 11.110. El organismo se ocupaba de los retiros de los empleados de teléfono, gas, ferrocarriles; es decir, de los trabajadores de aquellas empresas privadas alcanzadas por la “estatización” que, tiempo más adelante, logró imponer el general Perón. Estaba emplazado en la calle Sarmiento, a una o dos cuadras de Callao. El presidente del mismo era el Dr. Pico Estrada. La oficina era un gran salón y trabajábamos un ingeniero, un ayudante de mi edad, aproximadamente, apellidado Von Gelderen, una doctora en medicina y yo. Los hermanos de ésta última habían inaugurado un negocio muy fino, llamado “Ou Meuble de France”, donde compré los muebles para mi casamiento. El lugar de trabajo era espacioso, casi de élite y Pico Estrada, quien me tomó el ingreso, me ubicó allí después de que le conté de mi formación y los estudios que cursaba de Visitadora de Higiene. Yo había entrado con mucho miedo, con mucha expectativa, pero fui bien recibida y me sentí muy respetada, a pesar del comentario que hizo el Dr. Saadi, de una familia catamarqueña (probablemente, pariente de los actuales políticos), quien también se desempeñaba allí: —“Señorita Echevarrieta, ¡qué suerte que tiene usted! ¡Yo hace veinte años que trabajo acá y nunca me dieron horas extras y a usted, que recién entra, ya se las dieron! Ingresé en esta Caja con el nombramiento. E, Ismael me dijo: —“Mirá, Mechita, vas a tener seis horas de trabajo, más sueldo del que te puede dar el título de maestra. Tenés treinta días para faltar por causas particulares, y un mes de vacaciones. Ya no vas a tener que estar corrigiendo cuadernos y cuadernos. Estás en un lugar de privilegio”. Y así fue. Si bien a mí no me molestaba para nada corregir, ni tampoco me afectaba el contacto con los alumnos. Es más, me gustaba. Pero, es cierto que la propuesta era ventajosa, sobre todo, desde el punto de vista económico. 138


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Yo era muy trabajadora. Siempre cumplía. Casi ni levantaba los ojos de los papeles. Era muy eficiente y tomaba la labor como una cosa muy seria. Las dichosas “horas extras” eran tareas de la tarde, que se ocuparon con la organización del retiro de los periodistas y la investigación de sus antecedentes, hasta que se creó La Caja de Periodistas. Recuerdo el nombre de mi jefe de sección, el Dr. Iglesias, un encanto de hombre, quien se casó ese mismo año en el que ingresé. El segundo, el Sr. Ruiz, también fue muy buen compañero. Poco tiempo después, Iglesias tuvo su primer hijito y desde la oficina fuimos a su casa; yo le llevé un presente y conocí a su esposa, una señora encantadora. También me viene a la memoria el lugar de enfrente del edificio, una casa particular, adonde íbamos a almorzar con los de mi grupo porque nos cobraban poco y preparaban una comida casera. Ese puesto, que más tarde me enteré que Ismael lo consiguió por su conocimiento con un diputado radical llamado Sanserni Jiménez, de mucho prestigio en la época, fue muy conveniente para mí. Las horas extras que cumplía, y por las que tanto protestaba Saadi que se me permitían a mí, convirtieron a mi sueldo en un ingreso muy bueno. Y, claro, yo trabajaba siempre, pero Saadi y algunos otros paseaban, iban mucho al baño, conversaban más de la cuenta o usaban su tiempo recreativo extendiéndolo en demasía. Esto ocurrió en mi vida para el año 1941. Yo me casé en el ’43, en esos tiempos del país en los que se estaba gestando la Revolución que llevaría a Perón (Coronel, por esos días) al poder. Después de ello, nunca más trabajé fuera de casa. Obviamente, nadie evalúa jamás lo que la mujer trajina adentro de su hogar. Mamá decía: “El trabajo de la casa, embrutece, hija”. Y es verdad. Todos los acontecimientos de nuestra vida van siendo seleccionados por la memoria, en la medida que indagamos en ella. En cuanto traemos uno a la conciencia y privilegiamos su recuerdo, éste se aparece como realzado entre los otros. Mientras tanto, algunas veces la Historia del país; otras, la del mundo, son el paisaje que los contiene. La geografía que les da marco y les permite estar vivos en nuestro pensamiento. 139


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ESDE QUE ME DECIDÍ A ACTIVAR LA MEMORIA PARA COMPILARLA

en estas páginas, comencé a buscar papeles viejos y objetos acumulados durante muchos años. Algunos de ellos pertenecen a mi madre y los he conservado porque los guardaba con mucho celo y forman parte de su historia de vida, en la que hoy me detengo y me esfuerzo por rescatar. Sumé a aquellos vestigios los propios y miré detenidamente las fotos de la familia. Observar los rasgos de mis seres queridos, sus gestos y su evolución, como los cambios de sus cuerpos, de sus cabellos, hasta de sus actitudes, me permiten la evocación de mi propio crecimiento. Yo pertenezco a esa tradición familiar, aunque el paso del tiempo y las circunstancias nos alejen y nos cambien tanto. El sepia del color de las fotografías no traba mis recuerdos, sino todo lo contrario, los aviva y estimula. Encontré, por ejemplo, una libreta de casamiento que pertenecía a mi abuela Teresa. Y al leer que su estado civil era viuda, comprendí que ese abuelo de mi infancia no era el padre de mi mamá. Mi verdadero abuelo fue Carlos Pace, aquel amante de la ópera, fallecido cuando mi madre, aún no había nacido. Esto ya fue contado. Y el abuelo José era José Fernández, de nacionalidad española, segundo marido de la abuela Teresa, con quien contrajo enlace en 1894. 141


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Si bien el estado civil de José delata una soltería oficial, parece que tenía hijos que vivían en Cañuelas, provincia de Buenos Aires. Ya conté que abuela Teresa falleció cuando yo tenía un año; fue entonces cuando mamá, generosa como siempre, cuando este hombre se quedó solito y sin la cercanía de sus hijos propios, lo trajo a vivir a casa. Le había organizado un cuarto en un rincón del comedor, disimulado detrás de un mueble, espacio que se convirtió en su dormitorio. Pocos eran nuestros encuentros, ya que Javier y yo estábamos en el colegio durante la semana. El período de las vacaciones era el tiempo más prolongado que compartíamos. Y como todos los chicos, sentíamos tácita la presencia del abuelo, sin reparar demasiado en su persona. Sin hacer preguntas de ningún tipo y no dudando nunca acerca de su familiaridad. Una noche, precisamente en un intervalo, creo recordar que en esa ocasión era el receso escolar de julio, desde mi cuarto que quedaba contiguo al de él, sentí una tos muy fuerte. —Mamá, mamá—le grité—el abuelo tose. Rápidamente se acercó a su cama y observó que estaba vomitando sangre. Luego se supo que se le había roto la aorta, motivo de su fallecimiento, que ocurrió allí mismo, en nuestra casa. Fue enterrado en San Martín y llevado a pulso desde Mitre 1278 hasta el cementerio, por nosotros y algunos de nuestros vecinos que siempre nos brindaron su afecto y su apoyo; fueron quienes nos acompañaron en diversos momentos de nuestra vida. Mamá me sacó de la habitación, desesperada y con mucha angustia, tratando de protegerme de lo doloroso, de las escenas de miedo o de temor, como lo había hecho siempre, como lo continuó haciendo mientras vivió, conmigo y con Javier, protegiéndonos, como en una cápsula, para evitarnos cualquier cercanía al sufrimiento. Ya había sido suficiente para ella que creciéramos sin padre. Pienso en lo tonta que era yo a los diez años, por no haberme dado cuenta de la relación de parentesco que teníamos con dicho abuelo. Ni siquiera supuse algo distinto a lo que mamá decía. Qué inocentes éramos 142


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los niños en ese entonces. Qué cuidados, tal vez, del mundo de los mayores, que no comprendíamos y del que no nos participaban. Tanto es así, que es ahora, pasado el tiempo, en que lo descubro, y el primer momento en el que me lo planteo, cuando ha pasado ya tanta vida. Me explica esto aquellos datos que encontraba en las cartas de tío Coronel, cuando mandaba saludos “para el señor”, personaje que provocaba mi intriga. También me clarifica el acontecimiento de un viaje que hicimos con mamá al pueblo de Cañuelas después de la muerte del abuelo, para visitar a los descendientes de aquél. José había dejado unos terrenos, cuyos papeles (escrituras, supongo), mamá fue a entregar a los hijos, que no habían tenido demasiado contacto con su padre, según deduzco. Sí, como en una foto, me veo de la mano de mamá, con un vestidito bien planchado, y la recuerdo conversando con una gente rara, desconocida, en un pueblito a donde fuimos y de donde volvimos viajando en tren. Sigo mirando fotos. Cada una de ellas conserva algo de mi pasado, aunque a la distancia parezca ajeno. Y me vienen remembranzas del barrio, ya instalados en la casa de la calle Mitre, y de los espacios cuidados por mi madre, como el jardín del fondo y las gallinas, o los pavos o el terreno de al lado, donde levantó aquel local porque necesitaba que el predio fuera productivo y entonces lo alquiló y obtuvo una renta por largos años, como ya conté. Enfrente vivían los Fessa, que tenían la fábrica de pastas llamada “El Rumor”. Si bien no fuimos muy amigas con Elsita, la hija de los Fessa, nos frecuentamos un tiempo. A ella también le gustaba mucho el canto y, como yo, tomó clases con la profesora Sara César. Me acompañó en el cortejo cuando me casé y su hermano fue muy amigo de Javier. Hacia la esquina de la cuadra, tuvimos unos vecinos con dos hijas, las que fueron mis compañeras de juegos. Era la moda de las figuritas para las niñas, que se compraban por centavos en los quioscos. Las poníamos en un cuaderno entre las hojas; una de “cara”, mostrando el dibujo; y la otra, de “seca”, es decir, dada vuelta. Girábamos el cuaderno o bien el 143


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libro, una y otra vez, y la gracia consistía en adivinar cómo habían quedado las figuritas. La que acertaba era la ganadora. A mí me daba mucha rabia perder y me hacía tanta mala sangre, que volvía a casa llorando. Mamá se condolía de mí y me decía: —¡Para qué te hacés tanto problema, si podés ir a comprar otras figuritas al quiosco! Pero, aunque me diera las monedas para hacerlo, yo añoraba aquellas que había perdido. Hasta que un día, en un paquete, apareció una estampa de un angelito. Parecía un bebé dormido con la cabeza inclinada. He visto, los últimos tiempos, en el “logo” de unos camisones para niñas, es decir, en una propaganda, una imagen igualita, lo que me trajo aquélla a la memoria. Me enamoré de la figurita del angelito y en los sucesivos juegos, contrariamente a arriesgarla, la ponía para proteger a las otras. Y yo decía que era el ángel el que me ayudaba a ganar. Hasta que pasó la moda, o hasta que crecí y pasé hacia otros divertimentos. Cuando pienso en cómo nos educó mi madre a Javier y a mí (sobre todo después de haber sido yo misma madre), no dejo de admirarla. Preocupada de que aprendiéramos las buenas costumbres en cada lección. Así mismo como ella había sido formada. Cuando estábamos en casa, los fines de semana o los períodos de vacaciones, se encargaba de que nos entretuviéramos aún en el descanso y de que aprendiéramos las cosas útiles que se referían a la vida cotidiana. Así, por ejemplo, cuando estaba lluvioso nos repartía las tareas: —Mechita va a hacer las camas y Javier va a pasar el trapo a los muebles. Y si me hermano protestaba, se ponía a cantar, y nosotros nos plegábamos tentándonos de risa y así todo era más fácil. Al día siguiente, las labores se repartían a la inversa y los dos aprendíamos a hacer de todo. Siempre se reía. Mamá se reía con los ojos. Claros, celestes, bonitos y vivarachos. Eran los ojos de los Pace. Oriundos del norte de Italia. Las fotos aquéllas me permitieron compararlos. Su prototipo de “matrona”, regordeta y rosadita, contenía a la señora franca, de gran carácter y vo144


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luntad de progreso, que nos hizo siempre la vida feliz. A Javier, le decía: —¿Qué te parece, Machito, si vos llegás a una casa y tocás la puerta y te abre una mucama y te dice: “Adelante, señor, ya lo atienden”, y te hace esperar en la sala? Esto es muy diferente a que te hagan pasar por la puerta de la cocina, ¿no? Y mucho tiempo más adelante, ayudó a Javier a comprarse su casa de Villa Ballester, porque pensaba: “Mi hijo va a recibir a personalidades importantes, entonces tiene que tener una casa acorde a eso”. Esto lo había “mamado” en la casa de su madre y con su hermano Domingo, quienes vivieron muy bien y pertenecieron a una clase media acomodada, no tanto como la gente a la que conoció en su colegio y en el vínculo aquél con los Unzué, pero siempre atendida como una niña. Pocas veces la vi triste o con sus brillantes ojos ensombrecidos. Mamá amaba a los animales y, aunque parezca raro, tuvo una garza en nuestra casa, cuando yo era jovencita. Le había despuntado las alas para que no se volara y la cuidaba con mucha atención. Le construyó un fuentón rectangular, de material, y lo mantenía siempre lleno de agua limpia. Le cortaba carne en trozos pequeñitos y alargados como si fueran pequeñas lombrices. ¡Hasta ese trabajo se tomaba! Y la garza se paseaba por el jardín sobria, elegante, luciendo sus plumas blancas. Eran unas plumas preciosas que se usaban en los sombreros de las damas, porque era una época en la que las mujeres elegantes usaban sombrero. Se llamaban “aigrettes” y eran muy cotizados. Un buen día la garza se voló y un vecino desubicado (más bien, un poco loco) le tiró un tiro y la mató. Mamá quedó consternada. El hombre adujo que se asustó y que le disparó sin querer. Pero lo cierto es que la mató y éste fue el por qué de los ojos celestes tristes, tan tristes, que no los olvido. Mamá hizo embalsamar a la garza, así como hizo embalsamar a mi perrito Pompón, el que yo más quería, uno de esos chiquitos, peluditos, de los que no podría precisar la raza. Pompón era un perrito inocente, que nunca salía a la calle y que se escapó un día, sin saber de los peligros del mundo 145


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Mecha con el perrito Pompón y su muñeco negro de porcelana.

exterior. Se cruzó delante de un colectivo de la línea Nº 3. El colectivero no paró, a pesar de que yo estaba ahí haciéndole señas desesperadas, viendo a mi mascota cruzar distraído, sin poder hacer nada. Después de esto, nunca más volví a tomar un solo colectivo de esa compañía. Me lo había regalado mi tío José cuando cumplí quince años y yo lo recibí cachorro, dentro de una copa de champán. El proceso de embalsamamiento se hizo con un taxidermista experto de la casa Paul. Los dos fueron estatizados y pasados a la inmortalidad en su mejor momento y pudimos conservarlos, así naturales, como quedaron cuando murieron. ¡Pobrecitos! Nos acompañaron un largo tiempo. Luego, mamá los regaló a una armería. La taxidermia era un arte común en aquella época. Recuerdo esto de mi madre, tratando de sostener mi mascota, el afecto de niña; nuevamente la menor aproximación posible al dolor. En otro momento, también fue capaz de ir a comprarme, por segunda vez, mi muñeco negro. Mi favorito. Yo tenía un muñeco de porcelana de aquel color. Poco frecuente. El primero que tuve y que fuera mi compañero 146


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permanente, mi amigo. Como así también, la muñeca “Marilú”, que le costó $36 pesos a mamá, lo que para entonces era mucho dinero. Pero nada se comparaba con aquel muñequito negro. En una oportunidad, un primo mío, Héctor, jugando con Javier, lo pateó en el piso, donde yo lo había dejado, en la puerta del baño mientras me peinaba. Y la porcelana no resiste las patadas. El “negrito” se hizo astillas. Fue tan grande la angustia que tuve, que mi madre, conmovida, se llegó a Harrod’s, adonde lo había comprado por primera vez y lo volvió a adquirir. Este segundo se me perdió o me lo robaron, pero en algún lugar, está su foto. Otro juguete, que recuerdo me regalaron para Reyes, fue un jueguito de té de porcelana inglesa, todo en miniatura, con la característica decoración de las florcitas rosadas. En la casa de Mar del Plata, en una vitrina, todavía lo conservo como un adorno muy bonito. Es una reliquia. Así, como de pasada, mencioné a mi primo Héctor. Personaje ambiguo en la familia. Por muchos, relegado. Fue el hijo natural de tío Domingo. Nacido fuera de su matrimonio con tía Isabel, quien después de Ismael, no pudo tener más hijos. Parece que el “buen mozo” y “picaflor” de tío Domingo tuvo un “affaire” con una señora muy bonita y muy elegante, que mamá llegó a conocer. Aunque su hermano nunca le dio el apellido, mi madre se hizo cargo del parentesco. Trataba a la madre del niño; poco, pero la consideraba. Y no por esto dejaba de seguir queriendo y respetando a su cuñada legítima. Traía a Héctor a casa para que estuviera con Javier. Se aproximaban en edad y fueron compañeros de juegos. Mamá tenía un espíritu moderno; más que moderno, humano, para tratar estos temas. El hecho, una vez consumado, no se debía eludir. Héctor era una criatura inocente. Bastante iba a sufrir por no ser reconocido oficialmente como un Pace. Yo sé que así pensaba y sentía mi madre. Y, aunque Domingo los ayudara monetariamente, fue mamá la única que tuvo cercanía con esta rama “vergonzante” de la familia. Eran tiempos de hipocresía y Enriqueta no admitía esta actitud. 147


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Es lógico pensar que la tía Isabel se ofendiera mucho con mamá y, creo, nunca le perdonó su apoyo a aquella mujer y a aquel hijo ilegítimo de su marido, del cual siempre tuvo conocimiento. Claro que, visto hoy y poniéndome en su piel, debe de haber sufrido mucho la pobre. No era una situación agradable para ella. Con respecto a esta señora, de la que me reservaré su nombre, era una buena mujer, fina, amorosa y muy trabajadora. Con el tiempo, se casó con un señor llamado Méndez, quien le dio el apellido a Héctor y con quien tuvo también una hija de la que yo salí madrina. En esos avatares de la vida, supimos que Méndez trabajaba con un socio que lo estafó y con quien sostuvo una dura pelea que terminó con un tiro. El socio, muerto; y Méndez, preso. Entonces, la madre de mi primo quedó sola con sus hijos. Como no podía ser de otra manera, mamá la recibió en casa hasta que se probó que todo había sido en defensa propia y su marido salió de la cárcel con libertad condicional. Pasó el tiempo y no los vimos más. Ismael conoció a su medio hermano y lo recibió varias veces en el Luna, pero no fue más que una relación formal, nunca de afecto fraterno. Pero así era mamá. La misma que recibió al segundo marido de mi abuela, lo contuvo y lo cuidó hasta su muerte. La misma que aceptó a Héctor, el sobrino ilegal, ganándose el rencor de su cuñada. O a ese chico esquizofrénico que un día tocó a su puerta y le pidió algo para comer. Así mamá cobijó a su primo-hermano, que también se llamaba José. Este tío, de apellido Alessio, era hijo de una hermana de mi abuela Teresa, cuyo nombre era Miracca, según rezan los documentos de identidad que encontré entre aquellos viejos papeles. Había venido de Italia, tal vez, traído por Domingo cuando importó de la península a Temístocles y a Giusseppe, para que trabajaran en el Luna Park. José era soltero, había estado en la guerra, y quién sabe qué dificultades habría atravesado para que el hermano mayor de mamá propiciara su venida a América. Esta rama de la familia era de Mezzana Bigli, provincia de Alessandria. Se ve que al casarse con Alessio, mi tía abuela, a quien no 148


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José Alessio, primo-hermano de Enriqueta.

conocí, emigró a esta parte del norte de Italia. Los Caputo eran de Nápoles. José tuvo una casa cerca de donde mamá adquirió la suya, en la calle Mitre. Creo que debe de haber colaborado él en la decisión de su compra definitiva; o, por lo menos, con el consejo. El tío trabajó de carnicero y, en este oficio, se accidentó desgraciadamente cortándose con la sierra cuatro dedos de la mano derecha. Fue cuando Enriqueta le habló a su hermano Carlos, para que acogiera él al 149


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primo en común. Ella, una mujer viuda, con dos hijos pequeños, temía sufrir las consecuencias de la sociedad y ser malinterpretada. Lo que, por entonces, era común: las habladurías y “el qué dirán”. —Es más propio que lo cobijes vos, Carlos. Es tan primo tuyo como mío. Y yo soy una mujer sola. Sabés cómo es esto. Imagináte lo que van a decir—le dijo a su hermano, el padre numeroso. Pero Carlos le contestó que no. Que él no podía hacerse cargo de semejante responsabilidad. Que eran demasiadas bocas. Que no podía. Que no. Domingo, para esta fecha, ya había muerto. Y mamá se ofendió con Carlos que lavó sus manos en el agua de la indiferencia. A pesar de esto, y sobrellevando lo que se pudiera decir de ella, ayudó a José. Le cuidó las heridas, primero; y, hasta colaboró con él en la carnicería el tiempo que fue necesario. A veces, cuando tomaba el costillar y lo pasaba por la dichosa sierra, las clientas le decían: —¡¡Ay, señora, por favor, tenga cuidado!! Después le hizo poner verdulería y lo auxilió también para atender esta parte del negocio, hasta que José pudo abastecerse por sí mismo. Mamá tenía experiencia en el rubro, puesto que ya había dirigido las compras en el Colegio de los Huérfanos. En la época en que se puso a hacer empanadas, era tío José quien le proveía de la carne. Era él también el que le separaba la mejor “grasa de pella”; ésa, blanquita, que los carniceros sacan de la parte superior del peceto. Es la más fina y de mejor calidad que el aceite, pues cubre las zonas más magras de la vaca. Y él la guardaba para que mamá friera esas empanadas que quedaban tan exquisitas. Vivió muchos años con nosotros. Nunca se casó. Era bueno, calladito, tranquilo, apacible y sonriente. Muy respetuoso. Siempre se hizo querer. Ya casada yo con Antonio, él frecuentaba mucho mi casa. Adoraba a mis hijas, y jugaba con ellas. Les traía moneditas para que se compraran caramelos. Siempre se contactó con su familia italiana, pero nunca volvió a su tierra y ninguno de sus hermanos ni de sus sobrinos lo volvió a ver. Nos150


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otros fuimos su única y última familia. Murió de cáncer de hígado, en San Martín. Su velatorio fue allí mismo, en mi casa, y está enterrado en la bóveda de la familia. El Dr. De Tata, nuestro médico de cabecera, lo atendió hasta el final de su vida. Estas apostillas suman explicaciones al texto que he venido relatando. Son referencias adicionales a los hechos centrales de la vida de mi madre y de la mía. Sé que me quedan en el tintero tantas otras. A esta edad que atravieso, y con el objetivo principal del recuerdo, se me aglomeran los mismos y, a veces, algunos se me escapan. Son mis padres, mis tíos, primos y mi querido hermano, los que están en lo más profundo de mi corazón. Nunca olvidé a nadie. Pero, sin dudas es mi madre, la que evoco permanentemente. A quien le debo tanto. A quien tanto extraño.

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SÍ COMO MAMÁ CONTABA ALGUNAS DE LAS ALTERNATIVAS

en las que se había desarrollado su niñez, se mantenía discreta en otras, como en la verdadera historia de cómo conoció a mi padre. El que creo fue el único amor de su vida. No soy ingenua, sé que la distancia y las ausencias magnifican el sentimiento hacia los que han partido. Ya fue dicho y es así siempre, sin dudas. Y, como la mayoría de las cosas que ellos vivieron, son tan difusas para mí, supongo que he nutrido de una inconsciente imaginación aquellos datos desconocidos, a los que jamás pude ni podré ya acceder. Pero debo decir, que he leído una frase que me ha servido para conformarme y, tal vez, para explicar esos “huecos” que se pierden en los recovecos de la mente: “La vida no es lo que uno ha vivido, sino lo que uno recuerda”. Y es ésa la realidad más simple, porque la vida, justamente, está construida de pequeños o grandes momentos y es tan rápido su discurrir, que lo único que tenemos es este cúmulo de presente que somos hoy. Cada acontecimiento está teñido de los sentimientos del instante, de los deseos, de las fantasías, amores o desamores. La cabeza y el corazón pierden cosas del pasado, y también las enriquecen. La mente pierde, a veces, lo que nos provocó dolor, y así nos defiende. Tal vez, mamá no contaba más de su corta vida matrimonial 153


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porque ella misma se protegía evitando el sufrimiento que le había provocado su temprana pérdida. Lo que sé de la historia de amor de mis padres es que se conocieron cuando ella era muy pequeña. Estaba en el colegio, vestía uniforme, no podía tener más de once o doce años. Trece, tal vez. Una niña. Parece que él pasaba por la puerta del establecimiento donde mamá estudiaba, el Colegio “Nuestra Señora del Carmen”. Las pruebas del deslumbramiento de un hombre bastante mayor hacia esa jovencita están en las poesías que incluí en la primera parte de este relato y en su devoción, que he tratado de trasmitir, porque es ésta la sensación que he percibido durante toda mi vida. Ésta debe de haber sido, lo que llamaríamos hoy, una primera aproximación. El padre espiritual de mi madre, tío Domingo, seguramente la celaba me imagino, si algún candidato llegaba a aproximarse. Éste fue el caso de Evaristo Carriego; tiempo después, afamado poeta. Parece que Carriego hacia las conocidas “pasaditas” por delante de la casa de mi abuela. Como parte de una estrategia para acceder a la niña, un poco más adelante, comenzó saludar a Teresa. Pero cuando pidió permiso para ver a mi madre, ahí reaccionaron abuela y tío Domingo y cortaron dicho avance. ¡Un poeta! En las primeras décadas del siglo XX, era mal visto que una niña que se preciara de tal, tuviera como pretendiente a un bohemio. No podían permitir semejante candidato para Enriqueta. Un bohemio era alguien de vida irregular y desordenada, y este término se aplicaba, en particular, a los artistas. Este hombre cantó las pasiones y las tragedias de los humildes, como también los hechos cotidianos del porteño barrio de Palermo con versos sencillos que llegaron a diarios y revistas, como a los círculos intelectuales de la época. Editó en vida un sólo libro llamado “Misas Herejes”, cuyo contenido se conocía porque había circulado previamente en los medios. Y dos más, póstumos, que recogieron sus trabajos y fueron editados por sus amigos: “La canción del barrio”, de poemas, y “Flor de arrabal”, de 154


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cuentos. Murió muy joven, tísico, no habiendo cumplido aún los 30 años. Fue una existencia fugaz que bautizó de “canillitas” a los vendedores de diarios y, del mismo modo, efímero, fue también su paso por la casa de mi abuela Teresa para cortejar a mi mamá. Después apareció en el horizonte este hombre que para ella era un tanto mayor; pero, por cierto, mucho más serio y seguro: mi padre. Era común en esos tiempos que los hombres maduros se fijasen en niñas jóvenes con intención de formar una familia. De seguro, el acercamiento a mi madre debió cumplir los pasos de rigor. Primero, el permiso atinado a los padres, en este caso a mi abuela y a Domingo; luego, alguna visita a la casa, sin dudas siempre con alguien delante. En ese tiempo, los responsables de la niña casadera pedían referencias del patrimonio al caballero y eran de destacar las apariencias, que en el caso de papá, fueron por demás óptimas. Ni qué decir del prestigio que tenían los hombres de armas. José Darío Echevarrieta había elegido la carrera de marino primero; pero cuando llegó a alférez, parece que fue necesario en el país crear un grupo de oficiales de infantería; entonces, el ejército transfirió a aquellos jóvenes con el rango más bajo del oficialado, a su fuerza. Entre ellos, fue traspasado papá. Asimilado al Ejército, le dieron el grado de Subteniente, y comenzó a escalar de jerarquía hasta llegar al escalafón máximo de Mayor. Finalmente, los tutores de Enriqueta, aceptaron esta relación y se casaron bastante rápido. Mamá, muy jovencita; y papá, un hombre hecho y derecho. Nada más sé de su vida de relación y es aquí donde hago hincapié en la discreción de mi madre. Sólo una vez, muy grande ya, me confesó lo celoso que había sido su marido. Y me relató un episodio que lo demostraba. Estando embarazada de Javier, el médico le había recomendado caminar. Entonces, luego de cenar, ambos tomaron la costumbre de salir a dar una vuelta por el Rosedal de Palermo, muy cerca de la casa donde vivíamos, en la calle Oro y la actual Avenida del Libertador. 155


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Ese espacio era maravilloso, lleno de plantas y árboles que, avanzada la noche, poblaba el lugar de oxígeno puro, lo que era muy conveniente para cualquier paseo. No había ni remotamente el humo contaminante de los autos que hoy perturba. Es más, no había casi autos. Detrás de ellos, salía siempre un señor munido de su sombrero, bastón y arreglado atuendo, como se estilaba, y marchaba por el mismo recorrido que hacían mis padres. Papá comenzó a impacientarse, hasta que un día lo encaró: —Dígame, señor, ¿está usted siguiendo a mi señora? Mamá quiso que la tragara la tierra. El hombre, sorprendido, le contestó: —Pero, dígame, mi Coronel, ¿cómo puede usted creer que yo voy a seguir a una señora embarazada que camina al lado de su esposo? Y siguió explicando: —Lo que pasa es que estoy enfermo del estómago. Tengo digestiones lentas. Mi médico me recomendó una caminata antes de dormir. Que salga a la misma hora que lo hacen ustedes, es pura coincidencia. Disculpas van, disculpas vienen, parece que después de este episodio se hicieron amigos. Mamá contaba esto con simpatía. Le sonreía la mirada. Y, como siempre que hablaba de él, se le nublaban los ojos, aún detrás de la sonrisa. Por eso, tal vez, lo hacía poco. Fue muy corto el tiempo de casados, ya que papá se enfermó de un cólico renal, una nefritis, para más precisión, y lo internaron en el Hospital Militar. A las pocas semanas, falleció. Conservo la única foto que tengo con él, en dicho hospital. La tomó la amiga de mamá, Enriqueta de Araya, que llevó ex profeso la cámara, para que nos quedara su recuerdo. Debían ser de las pocas familias, los Araya, que tenían cámara de fotos propia, ya que eso no era muy común en la época y sólo aquellas personas que tenían mucho dinero podían adquirirla. Mi padre se vistió de traje, sobretodo y sombrero oscuro, y allí en un banco de los jardines del nosocomio, está retratado con nosotros dos. Hay otra, en la que papá no figura, donde estoy llorando porque Javier, 156


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Última fotografía familiar en los jardines del Hospital Militar.

mi hermanito, me había roto un globo que yo tenía y con el que, parece, estaba jugando. Corría el año 1924 y, en las fotos sepia, están mis tres añitos y medio. No tuve nunca, claro, mucha conciencia de todo esto; pero sí recuerdo que esa noche, en el hospital, se reunieron muchas personas. Señoras que lloraban, gente con caras dolorosas y mi mamá, desesperada. Ante este panorama, salí de aquel salón oscuro y, con esta evocación, siento aún la angustia que sentí entonces. La que me llevó a buscar a mi papá. ¿Por qué mamá y todos ellos lloraban? ¿Qué estaba ocurriendo allí ese día? Yo quería verlo y estar con él. Entré en la habitación donde lo habían ubicado en la cama y me tiré encima de su cuerpo. Tenía un pañuelo que le sostenía la boca cerrada. Todo lo que sigue lo bloqueé. No recuerdo más. Alguien me sacó del cuarto mientras era yo en ese instante la que lloraba. Es una escena que 158


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se me repite cuando lo pienso, pero no con tristeza. Creo que el tiempo dulcificó la huella. Como la impresión que conservo grabada de aquellos ramitos de retama que me traía el asistente como envío de mi padre cuando, obediente, pasaba por casa con algún mensaje. Los cortaría en los rosedales de los que estaba llena mi cuadra. Y papá, todo un militar, al volver de su trabajo, que podía ser el cargo de Director de la vieja Penitenciaría de la calle Las Heras (allí fue nombrado por Irigoyen, para organizar a los guardiacárceles) o de su tarea como instructor de tiro al blanco en el colegio Lasalle; se quitaba la gorra de oficial del ejército y, dentro de ella, ponía siempre un ramito de violetas, para entregárselo a mamá. Puedo imaginarme la sorpresa que se llevaría ella. Esta mención escasa y difusa de su breve amor le quitó el sentido dramático a la ausencia. Mamá revistió los espacios incompletos. Me enseñó a encarar la vida con alegría, con positivismo. Y sonrió. Siempre sonrió.

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2 —Quisiera preguntarle si tuvo algún novio o cortejante antes de conocer a su marido. —Alguna que otra simpatía sí, pero nada más. Esas cosas de inocencia que tenían las chicas adolescentes o las jovencitas de aquella época. Pero no lo pongamos, no tiene importancia. A Antonio puede ponerlo celoso. —Pero, Mecha, ¡póngalo celoso, ahora!, ¡después de casi sesenta y cinco años de casados! —¡Ah, sí, sí, hay que convivir con sus celos después! Antes se llamaban “festejantes” o “pretendientes” y eran amores platónicos. Pero, la verdad, es que a mí ninguno me llegó al corazón. —Eso que a usted no le llegó interiormente fue el amor. Esa palabra tan bastardeada hoy. Cualquiera dice: “Te amo”, pero el Amor no es decirlo con facilidad. Se demuestra en actos. Definitivamente, ése es el verdadero Amor. —Claro, porque el amor se va asentando, se va moldeando en la convivencia, con la suma de los hechos que se comparten, con tanto tiempo de estar juntos en la construcción de la familia y siempre luchando ambos hacia los mismos objetivos. —¿Pero no hubo alguien que la atrajera antes de conocer a Antonio? —Bueno, recuerdo un episodio que me movilizó, sí. Yo salía del Colegio del Huérfano, tomaba el colectivo Nº 48 en la esquina de José María Moreno y Rivadavia, para ir a San Martín. Estaba por recibirme de maestra y daba las prácticas en el Normal Nº 4. Por eso, ése era mi recorrido cotidiano. Así que un día, estábamos en la parada con mis amigas, cuando pasó un auto con un grupo de muchachos. Nos saludaron: “¡Chau, chicas!”, y algunas otras cosas que no escuchamos y, mucho menos íbamos a contestar, porque eso no se usaba en aquella época. No había que “darle corte 163


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a nadie”, tal actitud no habría sido seria. La consigna era no demostrar nada. Es decir, la mujer debía tener una actitud indiferente. Era el hombre el que tenía que insistir e insistir. La cuestión es que me subí al transporte y me senté en el primer asiento porque, además de que me gustaba sentarme sola, siempre tuve sensación de claustrofobia. Escuché, entonces, que el colectivero le decía a su acompañante: “Me parece que nos está siguiendo un auto”. Al mirar por la ventanilla, vi que era el coche de estos muchachos, pero no dije ni hice nada más que observar. Llegué a mi casa, me bajé y, por supuesto, me olvidé del automóvil. A los pocos días, me llama por teléfono uno de aquéllos. Fue para mí una sorpresa el que hubiera conseguido mi número y, más aún, mi nombre. Entonces, me explicó. Había seguido al colectivo y al ver que yo entraba en Mitre 1278 paró y, con la excusa de hacer una llamada, entró en el local de mamá; que, por entonces, estaba alquilado. Indagó al inquilino, el señor Cámpora, quien lo arrendó por varios años. El joven le preguntó si sabía dónde se podía conseguir un teléfono, a lo que el comerciante le contestó que la única que tenía una línea en la cuadra era la señora de Echevarrieta. Con este dato, el muchacho solicitó una guía de San Martín (eran muy pocos los que tenían teléfono) y, con el apellido y la calle, consiguió rápidamente el número que lo acercaría a la muchacha que había bajado aquella vez del colectivo. Y el muy caradura me llamó. Conversamos mucho, nos hicimos amigos. Resultó ser una persona seria, estudiante avanzado del 4º año de Medicina. Era lo que las madres de entonces dirían: “un buen partido”. Un día nos invitó a mamá y a mí, a pasar un rato de la tarde del domingo en el Club Universitario de San Martín (no era el mismo al que concurría Antonio, ya que éste era el Club Social). “Señora, yo quiero que usted conozca a mi familia”, le dijo a mi madre. Y ahí fuimos. El Club Universitario era un club “paquete”, adonde concurrían personas de prestigio, médicos, abogados y gente de mucho nivel. Estuvimos bailando y pasamos una jornada muy agradable. Yo me había divertido, y la mamá y las hermanas de Ezzio Finucci, así se llamaba el joven, me habían pa164


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recido simpáticas. Pero cuando llegamos a casa, mi madre se mostró muy ofendida porque ¡cómo se había permitido este muchacho invitarnos a un club! No le pareció apropiado y no me permitió hablar más con él. Mucho tiempo después, casada yo con Antonio; y él, con su señora, nos volvimos a encontrar en el Rotary y fuimos amigos. E, incluso, Antonio lo consultó como médico. Fue un profesional renombrado en San Martín. Pero, no era para mí. Esas cosas están escritas. —¡Qué historia tan linda, Mecha! Pero seguramente no fue la única… —Después hubo un muchachito muy bueno. Era militar. —¿Compañero de su hermano? —No. Era artillero. Lo conocí el día en que las chicas del colegio hicieron una fiesta para el Día de la Primavera. Invitaron a un grupo de chicas y chicos y, entre ellos, estaba este muchacho. Era agradable. Guardo un muy buen recuerdo de él. Pero no me llegó. No era para mí, tampoco. Jamás lo imaginé como para mí. Llegó a un puesto importantísimo en la fuerza, creo que alcanzó el grado de General. También fue embajador en Paraguay. Muy preparado. Pero, en definitiva, no me atraía. Yo lo rechacé antes de que pasara nada en absoluto. Teníamos solamente la simpatía de conversar. Era mendocino. Recuerdo que alguna vez me mandó una carta, pero mi madre la rompió. No tenía nada de malo, sólo era un amigo interesado, a quien nunca permití más que eso: la amistad. Tengo la idea de que era una carta linda. También me regaló un libro que dedicó: “A la buena e inolvidable amiga Mecha”. Como lo estaba leyendo, lo llevé un día a la casa de Ismael. Mi primo tomó el libro, y al ver la dedicatoria, dijo: —¡Che!, ¿quién es el que te dedica este libro? —Un amigo—le contesté yo. —Sí, pero acá dice: “Inolvidable”—acotó. —Sí. Bueno, tal vez así sea yo, ¿no te parece? Solamente es un amigo. Y lo era. Tanto es así, que cuando se comprometió, vino a mi casa y nos lo contó a mi madre y a mí. Yo ya estaba de novia con Antonio. —¿Y usted que pensó? ¿Le dijo algo? 165


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—No, en absoluto. Aunque lo esté recordando hoy como un halago (a una mujer siempre le gusta ser halagada). En verdad, también me acuerdo de lo que no me gustó de él. No me gustó que cuando lo conocí en aquella fiesta, me dijo una mentira. Se presentó ante mí diciéndome que se llamaba Enrique. —¿Y no se llamaba así? —¡No! Después me enteré de que se llamaba Heliodoro. ¡Pobre! Por eso no me gustó, porque una persona que se avergüenza de algo tan importante como su propio nombre, no es de confiar. —En cierta manera, le doy la razón. Pero, lo percibo como una actitud adolescente. Aunque también ¡ponerle Heliodoro! ¡Pobre muchacho! Para un joven debe de haber sido terrible. —No me gustó ese detalle. Luego, supe que tuvo un destino en Corrientes. Allí conoció a la chica con la que se casó. —Y después, ¿no supo nada más de él? —Intentó seguirme todavía un tiempo más. Estaba en el Regimiento de Ciudadela y, para verme, aún sabiendo que yo estaba de novia con Antonio, vino a caballo desde esa ciudad a San Martín. Justo hasta la puerta de mi casa. Pero yo no salí. Mi mamá le dijo que no estaba y creo que le pidió que no volviera más. Ahí terminó el episodio. Eso fue todo; es decir, nada. —Mecha, eso fue muy romántico. —Sí, pero insignificante. Más adelante, hubo otro muchacho. Militar también. Pero éste no me gustaba porque era muy peronista. Muy amigo de Perón, quien lo nombró Director de Casinos en Mar del Plata. Hizo carrera allí. —¿Y dónde lo conoció? ¿Venía de parte de Ismael? —No. Era del Colegio Militar. Recuerdo que cada vez que Javier volvía a Rosario, él lo iba a despedir a la estación. ¡Qué gracioso! Las “macanas” que hacen los muchachos… —Bueno, pero ésa era la manera que tenían los chicos de acercarse a las señoritas y relacionarse con ellas. 166


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—Sí, así es. Pero yo no le “llevaba el apunte”, como decíamos antes. En una oportunidad, apareció en un concierto que daba Sara César. Yo iba, por supuesto. De seguro, lo había averiguado de alguna manera. No me di cuenta al principio, es decir, me sorprendió. Así que cuando lo vi, me dije: —Y éste, ¡¿cómo apareció acá?! Me daba vergüenza. No me gustaba. Cuando me enteré de que lo había invitado Elena Zunino, me enojé un poco con ella. —Elenita, ¿qué hiciste? ¡¿Por qué lo invitaste?! —Me lo pidió encarecidamente cuando supo que estudiabas canto. Me decía: “Invíteme, ¡por favor!” Y no supe cómo decirle que no, Mecha, ¡perdonáme! Así que como yo también tenía que cantar, me puse nerviosa; más que nerviosa, rabiosa. Se llamaba Pablo, Amarante de apellido, como el señor que preparó mi fiesta de cumpleaños de ochenta, pero éste no tenía nada que ver. Supe que se casó con la hija del dueño de la famosa perfumería “La Franco Inglesa”. —Mire usted, dos militares; y, a pesar de la proximidad y el respeto que tiene por estas instituciones, hija y hermana de militar, se casó con un civil. —Así es. Mi hermano decía que yo era la mujer ideal para un militar. Pero ninguno era para mí. El hombre de mi vida fue y es Antonio. —Me quedó el nombre Heliodoro, sin embargo. —No estaba en mi destino. Lo rechacé de inmediato ante aquella mentira. Y ¿cómo me enteré? Un día, hablando con Luisito Gassoli, compañero de arma de Javier, muy amigo, el que cantaba muy lindo y era un tenor extraordinario, quien frecuentaba nuestra casa, sobre todo, los fines de semana que mi hermano bajaba a Buenos Aires. En una conversación con él, le dije que había conocido a Enrique Sánchez La Hoz. —¿Enrique Sánchez La Hoz?—me dijo—. No, no se llama así, se llama Heliodoro. —Pero, ¡qué estúpido!—pensé—, ¿cómo puede presentarse y decirme un nombre distinto? ¡Qué caradura! 167


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Nunca se lo dije, pero no me gustó el detalle, que no me pareció menor. Y cuando vino a contarme lo de su compromiso, yo estaba en el Club San Martín, con Antonio. Recuerdo que llamé a mamá para decirle que habíamos llegado, y ahí me dijo que Sánchez La Hoz acababa de avisar telefónicamente que iba a venir a casa a visitarnos. Entonces, volvimos. Cuando lo vi, le presenté a mi novio, y fue en esa ocasión cuando hizo el anuncio: —Vengo a comunicarles que me he comprometido con una chica de Corrientes—. La muchacha en cuestión se llamaba igual que yo de segundo nombre: Ema Mercedes. —Bueno, que sea usted muy feliz—le dije. Y ahí terminó la amistad. No lo volví a ver. —¿Eso fue todo, entonces? —Eso fue todo. No hubo nadie más en mi vida. Después, me casé con Antonio y esto ocurrió hace ya casi sesenta y seis años.

CD

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E HABLADO MUCHO DE MAMÁ. MI REFERENTE. MI GORDA

querida. Así la he llamado siempre. Y la mantengo en mí así, cotidiana, por todo lo que me dejó. Su fortaleza y su tesón. Su sentido solidario. Ella me enseñó los valores esenciales de la vida. Y revivir los momentos principales de mi historia no es posible sin nombrarla a cada rato, pues estuvo continuamente a mi lado. Porque aquéllos fueron los principios que incorporé, es en la familia donde he ocupado la mayor parte de mi tiempo. Mis hijas me piden, una y otra vez, que no deje este proyecto de narrar los hechos jugosos del pasado, que no fueron pocos. De esta manera, se van enterando, incluso, de anécdotas que desconocen, simplemente, porque me van surgiendo cosas muy lejanas que yo misma me sorprendo en recordar, como suele ocurrir cuando los intereses se encuentran en otro lado y una está tan dispersa. Contar cómo lo conocí a Antonio es repetir lo que él mismo ya narró en su libro. Este trabajo fue un relato prolijo, verídico y muy minucioso. Pero, cada persona cuenta distinto, cada uno tiene ópticas diferentes y en esa variedad está la gracia. Es por eso que, trataré de refrescar nuestro encuentro con mi versión personal. La primera vez que nos vimos fue en la Plaza San Martín, donde paseábamos, para hacer tiempo mientras nos venían a buscar, mi amiga y 171


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compañera de la facultad, Elena Barqueda y yo. Él, como los muchachos de entonces, vestido con traje, emperifollado y peinado a la gomina, se reunía con sus amigos en la vereda para ver pasar a las chicas, mientras éstas daban “la famosa vuelta al perro”. Así fue como nos cruzamos. “Con esta morochita me voy a casar”, dijo mientras me “relojeaba” de arriba abajo. Yo, que iba con mi vestido floreado y mi saquito blanco de hilo, en cambio, exclamé a modo de defensa: “¡Qué se creerá ése!”. Para ser franca, esta mención de cómo lo dije, no es mía, sino de él. Y en más de sesenta años lo hemos repetido tanto, y Antonio ha dicho tantas veces que ésas fueron mis palabras, que ya las he creído y las he tomado como propias, sin dudar más. A estas alturas, para qué desmentir la anécdota, que al final resulta muy divertida. Pasó mucho tiempo hasta que se produjo aquel viaje en colectivo, donde por segunda vez tropezamos, a la salida del colegio en el que trabajaba. De lo que estoy segura es que me hice la interesante. Más por tímida que por creída, eso sí. Una no estaba preparada para esta clase de encuentros. Llevaba yo una pila de cuadernos de los alumnos para corregir el fin de semana. Era algo habitual. Eso hacíamos las maestras que teníamos vocación. Entonces, llevaba puesto un vestidito de lino entallado con cuello sastre, muy fresco, que lucía un bordado con mis iniciales en un bolsillito plaqué. Las famosas ME que tan perspicazmente observaron los ojos pícaros de Antonio. (Recuerdo que él menciona a los míos como traviesos. Yo digo que esta característica era la de los suyos). Pero ese encuentro fue fugaz. Inesperado. Huidizo y efímero. Luego vino la fiesta de disfraces en mi casa, con el permiso de mamá. Me acuerdo que mis amigas me decían: —¡Cómo puede ser Mecha que no tengas un novio, un amor! —Bueno—les decía yo—no encontré a la persona todavía. Entonces, para un carnaval (antes se festejaba mucho esta fiesta), algunas de aquellas amigas con las que me trataba frecuentemente, las “chicas de Rivas Diez”, que vivían en la Avenida Santa Fe, me propusieron organizar el baile. 172


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Mi relación con ellas venía por el lado de Elsita Araya, mi madrina. Eran las hermanas del doctor Benjamín Rivas Diez, que se había casado con la hermana de Elsa. De ahí venía la amistad. Tomábamos el té juntas a menudo. Y, en una oportunidad, en que habían venido a casa a hacernos una visita, junto con el doctor Rivas Diez y Olga, su señora, trajeron a un amigo para que yo lo conociera. Se trataba de un médico joven, de quien no recuerdo el nombre. Sin dudas, las chicas, incluso el doctor Benjamín, querían “hacerme gancho” con el profesional. Pero a mí no se me movía ni un pelo. Recuerdo que Olguita me llevó a la cocina y me dijo: —¡Pero, Mecha, conversá un poco! Y una, que se ponía tensa en estas situaciones tan forzadas, hablaba menos de lo habitual todavía. —Pero, déjenlo tranquilo, pobre hombre, que debe estar ocupado con sus pacientes—contestaba yo. Y es que, en verdad, me ponían muy nerviosa estas presentaciones obligadas. Mientras que, en el interior de la sala se pergeñaban estos acercamientos; afuera, el médico en cuestión miraba las plantas que mi madre tenía en el fondo. A raíz de esta insistencia, y como conocían la casa, que era amplia y tenía lugar para una fiesta, me lo pidieron más como un ruego, que como una simple sugerencia. —Mecha, por favor, hagamos un “asalto” en tu casa para el sábado de carnaval. Invitemos chicos y chicas nuevos, para armar un grupo. Tu hermano es militar, él puede conseguirnos muchachos, ¿qué te parece? —Bueno, está bien, pero le tenemos que pedir permiso a mi mamá. Mamá accedió rápidamente, una vez confirmado a quienes se iba a cursar la invitación. Javier, desde luego, traería a sus colegas y a algún amigo, y también le diríamos a nuestro vecino Urdinola. Al lado de casa vivía esta familia, los Urdinola, de quienes recuerdo a un tío, porque siempre nos pedía el teléfono. Primero, el único aparato del barrio lo tenían los Fessa, dueños de la 173


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fábrica de pastas. (Elsita Fessa estuvo muy enamorada de Javier). Cuando teníamos un apuro, si necesitábamos un médico o cualquier otra emergencia, había que ir a la fábrica y pedir prestada la línea. Entonces, mi madre, debido a su enfermedad de la vesícula; después, fue el abuelo y, más tarde, el tío José; para no tener que salir sola yo o sola ella de noche, para poder hacer una llamada cuando lo necesitáramos, pidió que nos pusieran un aparato a nosotros. Fue un trámite que tardó unos meses, pero lo conseguimos. Y pasamos a ser de los pocos que contábamos con línea propia en el barrio. De ahí que aquel tío de Urdinola siempre nos pidiera permiso para hablar. Mamá lo hacía pasar al comedor y nosotras nos retirábamos; a veces, yo me quedaba escuchando lo que decía. Pero no por indiscreta, sino porque me fascinaba con su forma educada y cómo usaba correctamente las palabras. No sé si era un político o un abogado, o ambas cosas; pero, lo cierto, es que hablaba con propiedad, con un sentido atinado que lograba maravillarme. Pensaba: —¡Qué preparado es este señor! ¡Qué “monada”! ¡Qué bien se expresa! Urdinola fue quien trajo los muchachos nuevos que necesitábamos para bailar. Y fue el que trajo a Antonio, que era socio del Club San Martín como él y del que se había hecho amigo. La fiesta se organizó con disfraces. Entonces pensé en alquilar uno, total sería para una noche sola. Pero mamá me dijo: —¡Qué te vas a poner un traje de otro! ¡Vaya a saber quién lo usó! No, Mecha, compráte uno. Mamá era así. Fui a Harrod’s, que era la tienda del momento. Lo que no se encontraba en Harrod’s, no se encontraba en ninguna parte. Nunca me voy a olvidar de esa casa tan clásica, de sus ascensores, todos de madera, con una “boisserie” hermosa. Entré y, a pesar de que había muchos modelos distintos, algunos estaban colgados en perchas; otros, expuestos en maniquíes, yo elegí el que más me gustó y que creí sencillo. Algo parecido a una aldeana. Tenía una blusita y una pollera con una cofia. Ya en la fiesta, me enteré de qué se trataba, era de “marquigiana”, es decir, la ves174


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timenta típica de la región donde había nacido Antonio. Justamente, fue él quien me lo hizo notar. Siempre, al contarlo, me sorprendo por la casualidad en aquella elección. O tal vez no fue casualidad, sino el Destino. O, quizás, la Divina Providencia. Así como aquellos otros muchachos, “candidatos” de mi adolescencia, no eran para mí, Antonio estaba “marcado” en mi historia personal. La cuestión es que sin saber lo que esta elección me iba a traer, compré ese disfraz por cincuenta pesos. Era muy bonito, de buena confección, realizado con una linda tela y de calidad. Me vestí, me peiné, me arreglé entusiasmada. Tenía el pelo largo en esa época. Me sentía ansiosa por la fiesta. Es lógico, esto ocurre cuando uno recibe gente en su casa. Nunca me habría imaginado lo mágico que me iba a pasar. Jamás ni siquiera presentí que aquella noche cambiaría mi vida para siempre. Cuando comenzaron a llegar los invitados, mi mamá se puso en la puerta para ver entrar a todos como buena ama de casa y anfitriona por demás eficiente. A cada uno le preguntaba de parte de quien venía, para estar bien segura del que entraba, aunque ese tiempo no era tan preocupante como ahora. De alguna manera, a eso se le llamaba entonces, “derecho de admisión”. Con ese grupo de muchachos vino Antonio. Yo notaba que entre ellos, uno me miraba mucho. Me preguntaba si me miraría por el vestido. Entonces, reparé en él. Estaba solo, ahí parado, apoyado en una pared. Como dueña de casa me acerqué para preguntarle porqué no bailaba. Cuando recordamos este momento, cientos de veces en todos estos años, él insiste en que yo lo fui a buscar. Lo dejo que piense eso si es que su ego lo necesita, pero la verdad es que lo hice por gentileza y por educación. Pero al poco rato, ya comencé a sentir un extraño “rapport” por él. Sentimiento que fue recíproco. —Y usted, ¿por qué no se une al grupo?—le pregunté, un minuto antes de que un trencito de gente al compás de la música pasara cerca, y entonces lo tomé de la mano y lo llevé a bailar. 175


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Estaba disfrazado de “cocoliche”. Así se decía, esa ropa que usaban los inmigrantes, con un sombrero “riflero”, un pantalón de paisanito y un pañuelo anudado al cuello. ¡Era un plato! Y comenzamos a conversar. Qué que era lo que yo hacía. Que el magisterio. Que me gustaba mucho, pero no lo ejercía ya. Que la Caja de Jubilaciones. Javier y los amigos habían preparado el fuego para un asado en la parrilla del fondo de casa. Ahí, lindando con el gallinero. Pero a Antonio no le gustó nunca demasiado el asado, y no se entusiasmó ni con el humo que conlleva el olorcito típico de la carne, ni con un suculento y tentador choripán. —Bueno, vamos adentro—le dije—. En la cocina mamá siempre tiene algunos sandwichitos. Seguramente quedaron algunos. Y entramos. La cocina era grande. Tenía una ventana amplia que daba al jardín y, adelante de la misma, había una mesada de mármol ocupada con la comida. Ya no me acuerdo qué comió, pero sí que charlamos largo rato. Tardé en darme cuenta de que ese muchacho de ojos pícaros era el mismo de la Plaza San Martín y el propio del colectivo. Tardé en darme cuenta de todo, pero no de esa cierta aproximación que, rápidamente, nos unió. Ese “feeling” que llama hoy la juventud. Esa primera atracción. Hablamos de cosas intrascendentes. El momento fue absolutamente inocente y discreto. En esa época, nadie serio salteaba las etapas lógicas para conocer al otro. Pero los dos, tiempo después, convinimos que aquella noche, nos habíamos sentido muy atraídos. Como estábamos de espaldas a la puerta de la cocina, no vimos cuando entró Javier, convertido en un buenmozísimo árabe, moreno, quemado, con grandes ojos verdes. Su aspecto lo ayudaba. Lo primero que el moro nos dijo fue (exactamente, como recordó Antonio en su libro, ratifico aquellas expresiones): —Y éste, ¡¿quién es?! Y éste, ¡¿quién es?! Me quedé cortada, y en principio, no supe qué contestar. Todo lo demás es historia conocida. Seguimos conversando, debajo de la higuera. Así fue como se enteró de que yo trabajaba en La Caja de Jubilaciones Ley 11.110, que quedaba en la calle Cangallo y yo me enteré 176


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de que él estaba “empleado” (eso fue lo que me dijo), en una fábrica de botones de nácar en Caseros. El fuego del asado ya se había apagado. Mamá y Sara levantaban los platos, limpiaban las migas y las servilletitas de papel hechas bollitos, y servían la bebida al que lo necesitara. Irma Aguiar, Elsita Zunino, Elena Barqueda, y las hermanas Rivas Diez bailaban algún que otro fox-trot en la sala, donde los muebles habían sido prolijamente corridos.

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Al volver de C贸rdoba, Mar del Plata. Luna de Miel, 1943.

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3 —Me sorprendió la historia del inicio del noviazgo cuando escribimos el libro de Antonio y me sigue sorprendiendo ahora. Esto es exactamente lo mágico que tienen algunos episodios de la vida. —Y sí, en verdad, fue mágico. A los chicos de hoy (mis nietos, por ejemplo) les llama la atención que de ahí, de este hecho sencillo y misterioso, nació nuestro vínculo, nuestra relación. Pero lo más sorprendente, tal vez, sea la duración de nuestro matrimonio. —Convengamos que no es cosa común. Que son muy pocos los que sobreviven a las dificultades de tantos años que, sin exclusión e inevitablemente, todas las parejas atraviesan. —Nuestra convivencia es ya una larga historia. En estos tiempos, las parejas son más inestables y se tienen menos paciencia. La falta de tolerancia y de respeto disuelve los vínculos más rápidamente. Pero quiero aclarar que en aquella fiesta de carnaval, no se concretó nada entre los dos. Sólo una simpatía, una aproximación, un sentir que ese otro con quien había charlado animosamente tenía una conversación agradable, una forma de expresarse que encajaba con la mía, y de lo que estoy segura es que él sintió lo mismo por mí. Fue una empatía, una coincidencia en los ánimos y allí comenzó a girar una rueda que, más tarde, nos unió. La rueda de los sentimientos que se disparó entonces, en aquel preciso instante, que fue un verdadero “aprouch” al poco tiempo, y que dura todavía. Antonio retuvo perfectamente la dirección de la Caja de Jubilaciones donde yo trabajaba. A los pocos días de la fiesta, me sorprendió buscándome a la salida. Ése fue nuestro comienzo. Él no me había dicho la verdad acerca de su condición en la fábrica. 179


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Me dijo que era un empleado cuando, en realidad, era uno de los dueños. Al blanquearlo, más adelante, se disculpó diciéndome que él había querido encontrar a una mujer que lo quisiera por sí mismo, no por lo que tuviera o por lo que, en realidad, empezaba a lograr. Lo comprendí. Y, como para ese momento de nuestra relación, yo ya estaba muy enamorada, nunca reparé en que ello había sido una pequeña mentira inicial. Aquel día, en la esquina de Cangallo y Callao, lo vi de inmediato, paradito y esperando. En principio, me hice la distraída. Creo que en el fondo, había imaginado que algo así me iba a pasar. La ilusión de que lo fantástico nos ocurrirá, siempre se desliza por la cabeza de las mujeres a esa edad. Me puse nerviosa y comencé a mirar las vidrieras hasta llegar a la ochava, poco más de cincuenta metros. No recuerdo qué miré, ya que en esa cuadra no había ningún negocio interesante. Hasta que, no hubo más remedio y tropecé con él: —¡Hola!, ¿qué hace usted por acá? —¿Cómo está, Mecha? Pasaba por aquí cerca y me acordé de que usted me comentó que trabajaba en esta cuadra y se me ocurrió venir a ver si la encontraba… Y así seguimos conversando de banalidades, cuando en el fondo ambos sabíamos que él había venido a propósito porque buscaba aquel encuentro y, a pesar de mis nervios, a mí me gustó. Me sentí muy halagada. Me acompañó a tomar el subte hasta Chacarita y, de allí, el colectivo hasta San Martín. Bajamos en la plaza y caminamos por Mitre hasta llegar a mi casa. Mamá estaba esperándome en la puerta. Me preguntó quién era él y yo le expliqué que había estado en la fiesta, que era amigo de Urdinola. A los dos días se repitió el encuentro con Antonio en la puerta de la Caja y su acompañamiento a mi casa. A mamá ya no le gustó esta repetición, y lo encaró diciéndole muy segura: —Mire joven, si usted está interesado en mi hija, tiene que pasar adentro de mi casa. Si no, le pediría que esta situación no se repita. 180


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A lo que Antonio contestó que sí que estaba interesado y dio el primer paso comprometido. Entró. Pero todavía esto no fue el “noviazgo” formal, aunque comenzamos a salir un poco más frecuentemente con la mirada atenta de mi madre. Era una situación de amistad consentida. Un poco más que amistad. Pero pasaron aproximados dos meses hasta que un día en que habíamos ido a misa a la parroquia de Lourdes, a la vuelta, caminando, Antonio me tomó del brazo y ¡¡plaff!! me plantó un beso en la mejilla. Yo era tan tonta, tan tonta, que me puse a llorar. ¡Era tan tímida! Tan “pajarona”, como se decía entonces. —Todo lo que usted menciona es de una inocencia, de una ternura que ojalá algunos de los jóvenes de hoy pudieran vivir. Todo era más sano antes, me parece. —No estoy tan segura de que todos fueran tan inocentes, pero yo sí, yo lo era. Y, en realidad, era maravilloso ir descubriendo e ir aprendiendo todo lo que la vida exige, de a poco, con paso mesurado. Es quizás eso lo que permitió la duración de nuestros casi sesenta y seis años juntos. —Y la tolerancia, me imagino. —Y la tolerancia, desde luego. La larga e infinita paciencia. —¿Y eran de charlar mucho ustedes, cuando estaban juntos? —Sí, por supuesto. Él me contaba de la fábrica. Hacíamos proyectos, teníamos ideas y valores en común. Éramos familieros, ése era nuestro proyecto permanente. Siempre tuvimos los mismos objetivos. El tema de la música que a mí me interesaba; más aún, me apasionaba tanto, Antonio no lo entendía mucho. Él nunca fue músico. No era proclive a acompañarme, pero alguna vez lo hizo, como una en la que canté un solo con el Coro Lagun Onac en la Iglesia Nuestra Señora de la Merced. Me sentí observada por la mamá de Antonio en este punto. En aquel tiempo pensé: “Viene a ver qué clase de mujer soy”. Las personas de antes eran muy rigurosas. ¡Cuánto prejuicio había! Pero, al fin de cuentas, todo salió bien. —Ya lo creo que salió bien. —Ahora me acuerdo de algo que se relaciona con la preparación del matrimonio. Una historia bonita para recordar. Ya conté que en la Caja 181


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de Jubilaciones tenía una compañera que era médica (lamento haber olvidado su nombre), cuyos hermanos tenían un negocio “Ou Meuble de France”, en la calle Santa Fe, donde compramos los muebles para nuestra casa. Eran de gran calidad, finos, construidos en roble de Eslavonia. Son los que aún conservamos en San Martín. El detalle interesante es que, en su inauguración, dicho negocio fue bendecido por Monseñor Cagliano, cardenal de Buenos Aires, por entonces. Los retiramos inmediatamente y estuvieron casi un año guardados en casa de mamá, porque no nos casábamos todavía y no quisimos guardarlos en depósito como nos lo propusieron, porque yo quería ésos, exactamente ésos, que estaban consagrados. No quería que me los cambiaran. —Entiendo, así que usted piensa que de esta manera, fue su matrimonio el bendecido. —Así mismo. Me interpretaste. Fue nuestro mismísimo matrimonio el que empezó con esta buena señal.

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Mar del Plata, a単o 1943.

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UANDO NOS CASAMOS , ALQUILAMOS UNA CASA CON UN

pequeño jardín, en la calle Tucumán 15 de San Martín, a media cuadra de la Plaza. Pertenecía al General Insaurraga, quien la había hecho construir, pero la estrenamos nosotros. Pagábamos un alquiler de $70, si mal no recuerdo. Y, para entonces, yo ya no trabajaba en la Caja de Jubilaciones. Así lo habíamos convenido con Antonio. Eran las épocas en que la mujer debía asumir el rol de esposa, ama de casa y madre posteriormente, y en ese orden riguroso. La de la calle Tucumán era una linda casita. Tenía una pequeña entrada, comedor, living o sala, un dormitorio, baño y cocina. Atrás, había un pequeño fondo con un cobertizo, porque a Antonio se le había ocurrido que siguiéramos criando gallinas, como lo hacía mi madre, para tener siempre los huevos fresquitos y porque, además, ésa era una costumbre bien italiana que él quería conservar. Allí vivimos casi tres años y a los once meses de nuestra boda llegó Mechita. El 18 de octubre de 1944. Nació en el Sanatorio San Martín y fui atendida por el Dr. Bonifasini, quien me recibió en el último tramo del embarazo. Primeramente, me había hecho atender por una doctora 185


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Mechita bebé.

de la misma institución, quien en una consulta, estando yo de casi siete meses, me dijo: —Este bebé no se ha dado vuelta todavía, vamos a tener que hacer una maniobra para ponerlo en posición de parto. Mamá, que me había acompañado, tenía ese “olfato” o esa experiencia de vida para reconocer y aceptar o no a las personas. No le cayó bien la expresión de la profesional y le contestó: —Bueno, vamos a ver qué hacemos, doctora. Pero, al salir, me dijo muy seriamente: —No, vos no vas a dejar que te manoseen. Si el chico se tiene que dar vuelta, se va a dar vuelta solo. Así es que cambié de médico. Luego supe que es, justamente, entre los meses séptimo y octavo cuando los bebés se ponen “de cabeza” tomando posición de salida en el canal de parto. Y, si esto no ocurre, es probable que el nacimiento se produzca por cesárea. Claro, entonces no había las cosas que hay ahora: monitoreo, ecografías, etc. No podía saberse el sexo hasta el momento mismo en que se daba a luz. Hoy, se pue186


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den programar las cesáreas, se conoce si el bebé viene con problemas congénitos y, en caso de que eso ocurriera, ¡hasta se realizan operaciones intrauterinas! Los riesgos de problemas en el parto son mínimos, como así también, son ínfimos los sufrimientos fetales y los de la madre. El Dr. Bonifasini era uno de los más conocidos médicos parteros de San Martín. Creo recordar que hasta fue Intendente del Partido, pero a mí tampoco me conformó su atención. Adentro del quirófano, mientras avanzaba la frecuencia de las contracciones, él se puso a mirar para afuera, por la ventana, desatendiéndome; por lo menos, eso creí entonces. Si hubiera estado cerca, desde el punto de vista de lo emocional, me habría dado más tranquilidad. Yo estaba en trabajo de parto y fue la partera, su auxiliar, la que estuvo a mi lado. La expulsión, finalmente, muy larga y dolorosa, fue mal dirigida, porque la fuerza debe hacerse con el estómago, tomando aire, y enviando la potencia hacia la zona pelviana. Mi inexperiencia, mi timidez, mi vergüenza —supongo yo—, hacía que no efectuara bien el proceso del pujo y, lógicamente, esto dificultaba el nacimiento del bebé. Toda la fuerza quedaba arriba, en la cara y en el cuello. Quiero aclarar, que no había cursos de “Parto sin dolor o temor”, como años más tarde, realizaron mis hijas, ni tampoco nadie que se tomara el trabajo de enseñarnos a las parturientas, sobre todo si éstas éramos primerizas. Mucho menos existía la, hoy famosa, anestesia Peridural. Gracias a Dios, después de muchas sufrientes horas, Mechita nació bien, con la cabeza un tanto alargada por el esfuerzo que realizó para salir y el tironeo del médico, lo que se fue acomodando los días subsiguientes y, afortunadamente, no tuvo consecuencias. Yo, en cambio, me había hinchado toda, me había quedado casi bizca, parecía un monstruo. Cómo me habría deformado, que vino a visitarme Elsita Araya de Gey, mi madrina y, cuando entró en la sala donde le indicaron que estaba, al no reconocerme, dijo: —¡Ay, discúlpeme, señora! Y fui yo la que la llamé: —¡Elsita, Elsita, soy yo! 187


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Elsita Araya de Gey.

Después me fui deshinchando, me fui recuperando, progresivamente bajé de peso, y volví a ser persona. Con mis otras hijas, siempre me rellené mucho, aumenté desmedidamente, me sentía inflada, deformada; tal es así, que un médico llegó a decirme que yo era alérgica a los embarazos. Con Adriana todo fue muy lindo, natural. Dos años después, se produjo su llegada al mundo, mucho más rápida y menos traumática. Ya tenía más experiencia, desde luego y, a estas alturas, me había dado cuenta de que la vergüenza no me beneficiaba para nada. “El miedo no es zonzo”, dicen. 188


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Adriana.

Con el advenimiento de esta segunda beba, la existencia de mis hijas en nuestro hogar iba conformando un perfil de familia que veíamos maravilloso y disfrutábamos con enorme alegría. Aunque supongo que Antonio habría querido un varón en esta oportunidad. Después de ella, tuve dos pérdidas. Ésta fue una situación nueva. Jamás había pensado que eso podía pasarme a mí. Es así como funcionan las cosas, una sabe que a otro le suceden acontecimientos tristes, pero no está preparada para el dolor propio que siempre nos sorprende. Como toda situación inesperada, en especial si es dolorosa, nos hace replantearnos la vida y valorar más aquello que tenemos. El primero de los quebrantos fue en una oportunidad en que íbamos los cuatro a Pilar. Antonio cuenta en su libro que había comprado unos terrenos en ese distrito, donde construyó una sucursal de la fábrica. Como era sábado, decidí acompañarlo. Hacia allí nos dirigimos en el camión grande de la empresa, cargado de mercadería. Se la llevaba a Primo Vendrone, el marido de su prima-hermana Anita Magiorini, una de las hijas del tío Mario, que trabajaba con él. 189


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Íbamos Antonio, las chicas y yo, en la parte de adelante del camión. Tenía un embarazo de aproximadamente tres meses, y me sentía desde unos días atrás con dolores de vientre. La Dra. Gabutti, quien me atendía en ese momento, me había recomendado reposo. Al comentarle que ese dolor era nuevo para mí, recuerdo que me dijo: —Bueno, señora, no todos los embarazos vienen igual. Decidí ir a Pilar de todos modos, porque no quería privar a las chicas de ese paseo. Como nunca me había pasado nada, actué sin pensar que aquel dolorcito pudiera tener ese final. Fue una inconciencia, pero así se dan las cosas. Al bajar del camión, noté que estaba mojada. Fue una hemorragia bastante grande, que hizo que Antonio llamara rápidamente a su prima y me llevaran a un médico de manera inmediata. De allí a un centro asistencial donde me atendieron; pero no se pudo hacer nada, hubo que realizar un raspaje. Fue muy feo. Son esas cosas que las mujeres no olvidamos nunca, aunque hayamos tenido en el “racconto” de la vida, más éxitos que fracasos y más alegrías que dolores, para ser justa. Cada embarazo es para una mujer, un hijo; así que fue inevitable la frustración y la pena. Tiempo después, estábamos instalados en Mar del Plata, en una de nuestras primeras vacaciones en familia. Nos hospedamos en el Hotel “Don José”, no recuerdo si era éste el verdadero nombre; pero así le decíamos en homenaje a su dueño, quien lo atendía personalmente. Estaba ubicado sobre la Avenida Colón. Hasta hace muy poco aún se conservaba aquel chalet, encerrado entre altos edificios, que la modernidad y el reclamo turístico fueron imponiendo. Aquel acontecimiento se produjo en vísperas de Reyes. Salí a comprarle un regalo a Mechita y a Adriana, y caminé mucho. Me cansé y me empezó a doler la cintura a la altura del nervio ciático. Al llegar al Hotel, noté otra vez que algo raro pasaba. Pérdidas. Me dieron once inyecciones para retener el embarazo. Al final, me trajeron a Buenos Aires y me intervino el Dr. Torres. Otra nueva desilusión, otra nueva tristeza. Fueron momentos muy duros. Los médicos decían: “Algunos vienen; otros, no”. Y uno termi190


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Mónica.

naba resignándose, porque ¿qué iba a hacer?, ¿qué remedio tenía? La medicina no nos explicaba, porque tampoco sabía. Hoy, se analiza el cuerpo amarillo, la prolactina, se hacen ecografías intrauterinas y no sé cuántas cosas más; pero ahora cuando a las mujeres les pasan estas cosas, se les explica. Y claro, la pena es la misma, pero una sabe qué le ocurrió y se siente más contenida. El embarazo de Mónica fue bueno. Cinco años más tarde. Sin embargo, el parto se produjo anticipadamente. Yo andaba, también, con dolores. Atribuí estas molestias a que el trabajo de la casa con dos criaturas hace más complicada la actividad diaria. No tenía mucho tiempo para reposar y, en realidad, no lo necesitaba demasiado al principio, pero la panza abultada y la insinuación de las contracciones fue la característica del tramo final y, entonces, ya no podía con todo. Antonio me tuvo que llevar al Sanatorio por estos síntomas, cuando entré en el octavo mes. Me revisaron y me mandaron a casa porque todavía no aparecía la dilatación que insinuaba el nacimiento. A los pocos días, se repitió la amenaza y volvimos al Sanatorio, de donde nos mandaron de vuelta a casa, una vez más. Y así estaba transitando esos días complicados, cuando una noche de 191


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tormenta, me levanté para ver si las ventanas de los cuartos de las chicas estaban bien cerradas. La casa de la calle Lincoln, donde vivíamos por esos tiempos, era antigua y espaciosa. Muy amplia y con los techos altísimos. Los pisos resonaban en la noche, mientras afuera soplaba un fuerte viento y los truenos se sucedían a los relámpagos que iluminaban las habitaciones. Cuando entré al dormitorio de Adriana, lo primero que vi, bajando por la cortina, era cómo se desplazaba una araña que me pareció enorme. Acá me detengo porque es necesario que cuente que les tengo terror a las arañas. Jamás piso una arañita por más pequeña que sea y varios episodios de mi vida lo demuestran. Todos en mi familia lo saben. Y esto, tal vez, tuvo su origen en algo que me pasó en la infancia. Mamá me contó que cuando estábamos en la casa de Tropezón todavía, en otra noche tormentosa, se levantó (del mismo modo que yo lo hice con mis hijas y, seguro, como lo hacen todas las madres) y vio sobre mi cama una araña, de ésas, peludas y patonas, que caminaba sobre mi cobertor, mientras yo descansaba tranquila. Nunca me habría enterado si ella misma no me lo hubiera contado más adelante. La cubrió con un trapo y se deshizo de aquel bicho rápidamente. Era bastante lógico en Tropezón, ya que el lugar era prácticamente campo y había muchas plantas. Debe haberme quedado grabada como una impresión en el inconsciente, lo que provocó mis fobias. Nunca las pude ver. La cuestión es que aquella noche, me asusté mucho y grité para que Antonio viniera a matar al arácnido. Cuando pasó todo y volví a la habitación, le dije a mi marido: —¡Ay, Antonio! ¿qué es esta agua que hay acá? Pero no era una gotera como sugirió él, medio dormido. Sino que había roto la bolsa. A lo mejor, fue el susto que me impactó, nunca lo supe, pero lo cierto es que se me adelantó el parto. Cuando el médico me revisó, ya en el Sanatorio, y vio que la bebé no estaba encajada todavía, me adelantó que, probablemente, tendría que usar un poquito de fórceps. Del segundo sobresalto que me di, saqué las fuerzas para pujar y ahí nació 192


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mi muñequita Mónica, que era una nena chiquita de 2,700 grs., rubia y con unos hermosos ojos azules. Fue la más pequeña de las tres, porque sus hermanas pesaron alrededor de 3,500grs., cada una. Puedo contar, para completar las anécdotas de las arañas, que en la casa grande de San Martín, yo sacaba la máquina de coser a la galería. A veces, me pasaba la tarde cosiendo. En una oportunidad, estaba trabajando sobre una cortina, y comenzó a subir por la pared de la galería, una de ellas, grandota e indiferente. Me ignoraba, sin duda. Pero, yo no podía hacer nada más mientras el insecto estuviera allí. Estaba paralizada. Lo único que atiné es a llamar a mi vecino, para que viniera a matarla. Era un hombre joven, que por suerte estaba en casa. Le dije: —¡¡Por favor, vení a socorrerme, que hay una araña!! Se rieron de mí durante mucho tiempo mis vecinos y mi familia, ya lo sé. Pero es un síntoma que me supera. En un libro sobre simbología leí que las arañas representan, como “eternas tejedoras de su tela”, el trabajo permanente. Parece que esta alegoría penetra profundamente en el inconsciente colectivo para significar “aquel sacrificio continuo” mediante el cual el hombre se transforma, sin cesar, durante su existencia. Y sin compararme a ella, puedo decir que en la vida, uno se transforma sin parar; y que se aprende a vivir, viviendo; a ser madre, teniendo hijos; a construir un hogar (como una tela), construyendo.

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ACE POCOS DÍAS ESTUVO ISABELITA, Y CON ELLA RECORDA-

mos lo que vivimos de chicas, en la casa de mamá: —¡Ay, Mecha!, ¿te acordás del fondo y de las plantas, de la planta de lima, de los azahares, que siempre daban ese perfume tan lindo, te acordás?—exclamaba con nostalgia. ¡Mi querida prima, tan fina y amorosa! Me emociona, porque yo también siento aún el aroma de los azahares y éste es el más rico de todos: el de la planta de lima. Me sensibiliza, porque siempre que nos vemos le gusta rememorar la infancia. Ella evoca todo mucho mejor que yo, tendría que preguntarle algunos datos que se me escapan. La verdad es que era chica cuando venía a pasar la tarde en casa. Para ella era un paseo divertido, y a nosotros nos resultaba graciosa y simpática. Hasta aprendió a treparse a las higueras del fondo con mi hermano. Se acordaba de que mamá había plantado un nogal chiquito, que con los años se hizo enorme y del que sacábamos los frutos. Isabelita remarca siempre el “dedo verde” de mi madre durante la charla. Y se explaya en los detalles de la granada, la mandarina y los otros árboles frutales. Habíamos perdido el contacto. Tiene un hijo varón, Ismael García Benítez, de su primer matrimonio; breve y olvidable —dice. Y Amparito y Rosario, las dos hijas del segundo. Luego de su nueva separación, se 195


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fue a vivir a Capilla del Señor, y allí nos dejamos de ver. Cuando retomamos el vínculo (la distancia nunca fue por desamor entre nosotras), lo hicimos con ganas de traer las historias antiguas compartidas al presente. Y eso hicimos, con mucha charla agradable de por medio. Mi primer hogar de casada, como el que recuerda Isabel, tenía también un buen espacio verde, pero fue chica al lado de la casa de la calle Lincoln. Cuando nos mudamos, pensamos en aquellas plantas, y en que aquel predio importante que era, tres lotes exactamente, cobijaría la posibilidad de que las hijas nacidas y, tal vez, los que vendrían, tuvieran una infancia sana y en contacto con la naturaleza. La propiedad fue comprada, en principio, entre Ricardo y Antonio, como una forma de inversión. Y eran ambos los dueños del terreno y de la casa que se encontraba edificada casi en el centro del mismo. Ricardo se casó con Marta un par de años después que nosotros. Pero a la hora de decidirse a edificar en esos terrenos, él prefirió elegir otro y construir una casa independiente, mientras alquilaba un departamento por un tiempo. Antonio pudo, poco a poco, ir pagándole al hermano su parte para quedarse con la tierra, con el proyecto de construir algo nuevo; cosa que hizo, aunque varios años después. Parece que había sido el casco de una estancia. Tenía una entrada amplia y un patio adelante, con un alero. Pero, para llegar a ella había un trecho extenso de parque como de veinticinco metros, desde la calle. Dos pinos resultaban los centinelas de la puerta y, en verdad, molestaban bastante con la bendita pinocha que tapaba los desagües como ninguna otra, y pegoteaba todo con su resina. A los costados, los rosales. Fue al lado de uno de ellos, que un día, Mónica me preguntó: —¿Adónde nací yo, mamá? A lo que contesté (como hacíamos las mamás de entonces): —Acá, en este rosal. Ella cuenta que hasta bien grande, iba a mirar su rosal. La movería la intriga, sin duda. Muchas de esas historias de fantasía, que hoy se han perdido, para 196


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Mechita y Adriana jugando en el jardín de la casa de la calle Lincoln.

cambiar la inocencia de los chicos por esta “bárbara verdad” que hoy los atosiga, fueron por años las respuestas que daban las madres a las criaturas cuando preguntaban sobre su origen. Así, las cigüeñas, los repollos y los “rosales” abundaban. Y las panzas de las mamás se tapaban, se ocultaban, se disimulaban. Se escondían, como si fuera algo antinatural. En esa casa vieja de San Martín nació Mónica. La construcción era sólida. Se entraba por una sala; luego, a un comedor grande, al que seguían varias habitaciones de dimensiones generosas. Sumaban cinco en total. Con una cocina enorme, comedor de diario y baño. Cerca de esta parte, un par de cuartos más chicos, que usábamos para guardar las herramientas del jardín, uno; y el otro, para los juguetes de mis hijas. 197


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Todavía recuerdo el crujir de los pisos de madera que cubrían varios sótanos comunicados entre sí. Ese piso inferior, misterioso, despertaba la curiosidad de mis hijas y mis sobrinos. En ese ambiente, las chicas se criaron sanas y libres. Eran épocas de inventar juegos cercanos a la naturaleza, ya que no había tantos chiches como hoy tienen mis bisnietos. Nunca se llevaron mal, de ninguna manera. Fueron hermanas amorosas; pero, las mayores hacían rabiar a Mónica porque la tenían de “mandadera”, eso sí. —Mónica, andá al quiosco. Mónica, traéme tal cosa. Mónica llevále esto a mamá. Y ésta, mientras lloraba, decía: —¡¡Mis hermanas me maltratatan!!—con la cara llena de pucheros y sus dos trencitas rubias. Parecía una polaquita y las otras, más grandes, se daban el lugar de señoritas finas y había que respetar su mayorazgo. Mechita fue siempre la más seria, muy puntillosa con su ropa y muy pulcra. No se le pasaba ningún detalle; tampoco se le escapa ahora. Las otras dos son un poco menos observadoras. Cuando viene Mechita me fijo si no tengo una mancha en la blusa o en el suéter; porque si la hubiera, ella la ve y me lo hace notar. Es muy cuidadosa. Las anécdotas van viniendo cuando uno las invoca. Por ejemplo, recuerdo a Adrianita, amiga de Mónica. Su gran compañera de travesuras. Ponían en práctica ideas originales, como vender revistas viejas que exponían en la vereda para que los vecinos las vieran, mientras ellas se colocaban detrás de la ligustrina del cerco hasta que pasara un candidato. O, a veces, hacían jugo de naranja, buscaban vasitos de plástico y los ofrecían a los peatones. ¡Qué sinvergüenzas! Pero hay algo que siempre cuento de mis hijas y me enorgullece. Los vecinos se acuerdan de que eran traviesas y simpáticas; pero, un día, una señora me tocó el timbre para decirme: —Mecha, ¡qué bien educadas que están estas chicas! 198


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Adrianita (Avi) y M贸nica.

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Lo diría porque nosotros les habíamos enseñado el “por favor” y el “muchas gracias”. Lo que sí, eran pícaras y compradoras. Y debo decir que Antonio y, sobre todo yo, intentábamos usar nuestra imaginación para que, a través del juego, aprendieran. Uno de esos aprendizajes fue el contacto directo con las plantas. A mí me veían, y a veces me ayudaban, a cortar el pasto o arreglar las flores de los canteritos. En esos años, como no había cortadora eléctrica, teníamos que hacer esa labor a mano. ¡Ése sí que era un trabajo! Tiempo más adelante, Antonio se las ingenió para conseguirme una máquina y así fue un poco más fácil. Compartir el crecimiento con los animales, fue algo que también siempre fomentamos. Y todo lo que eso significa, como la responsabilidad de darles de comer y cuidarlos. Un día, viniendo de Mar del Plata, vimos a un señor con ovejas y vacas al costado de la ruta: —¿Y si les compramos una ovejita?— le sugerí a mi marido. La ruta Nº 2 de hace cincuenta años era angosta y peligrosa. Y así y todo, paramos para bajar y le preguntamos si nos vendía una cordera chiquita. Llegaron a un arreglo, Antonio le pagó y nos la trajimos. Era como un perrito bebé. —Antonio, hay que darle de tomar algo a este animalito—se me ocurrió. Entonces, volvimos a parar y al no encontrar quien nos vendiera una mamadera de niños, compramos un chupete largo y leche, y las chicas le fueron dando el alimento para tenerla tranquila. La bautizaron Perla. Y, en casa, llegó a ser su juguete favorito. La bañaban, le ponían moños. Aunque nos dio bastante trabajo porque se comía todo el pasto, vivió muchos años, se hizo oveja, y ya no supimos qué hacer con ella. Un verano en el que nos fuimos de vacaciones a Mar del Plata, quedaron al cuidado de nuestra casa una de mis primas, hija de tío Carlos, y su marido. Entonces, éste y Ricardo, con nuestra anuencia, por supuesto, carnearon a la oveja e hicieron un rico asado. Mientras los hombres resolvían este trabajo, mi cuñada preparaba la mesa, sin oír ni mirar, porque 200


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La ovejita “Perla”.

le daba pena. A la vuelta, aquella comida tan especial fue tema de conversación en familia. Pero, a las chicas les dijimos que Perla se había perdido. Y no recuerdo ningún remordimiento. En otra oportunidad, trajimos un chanchito. Ambos animales resultaron muy limpios. Mamá había criado pavos, en realidad, huevos de pavo, que hizo empollar por una gallina. ¡Eran hermosos! Vivían afuera, pero cuando llovía o la noche era tormentosa, mi mamá, que se había venido a vivir con nosotros por entonces, se levantaba y los entraba para que no se mojaran. Decía: —Si querés tener un animal, tenés que cuidarlo. Si no, no lo tengas. Y predicaba con el ejemplo. Un día estaba yo cocinando un postre, mientras charlaba animosamente con mi prima Isabel, que había venido a visitarnos, cuando escuchamos gruñir al chancho. Salimos corriendo a ver qué pasaba y lo encontramos atado. Mis hijas lo querían castigar, porque lo descubrieron con uno de los pavitos de mi madre en la boca. Ya estaba bien liado, le 201


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habían puesto ramitas alrededor y esas ramitas echaban humo. Aparentemente, lo iban a cocinar para vengar al pobre pavo. Ellas no sabían que los cerdos son herbívoros. Los pavitos llegaron a ser unos diez o doce. A medida que se fueron haciendo grandes, les empezamos a dar nueces (así se macera su carne y éstas le dan un gusto especial). Algunos dicen que se purgan, porque con el alimento de esos últimos días, la carne del animal se hace más tierna y sabrosa. De eso, se encargaba mamá. Les abría el buche y les daba nueces enteras, otras peladas. Y, también, les daba cognac. Bastante cognac, porque decía que había que emborrachar al pavo, así no se enteraba de que éramos nosotros los que lo íbamos a matar. Eso lo decía para entretener a las chicas. Entre la variedad de animales que tuvimos también hubo un chajá, regalo del tío Julio. Dejaba sus heces por todas partes; pero, en especial, ¡en mis rosales! Otra historia fue cuando se le dio a Antonio por capar pollos. Les cortaba los huevitos, para que se pongan enormes, con crestas y plumas hermosísimas. Antonio realizaba esto sobre toallitas blancas, todo prolijo, muy aséptico, con alcohol. Se ponían bellísimos, con un color azul metálico, tornasolado y una cresta muy roja. “Doble-pechuga”, porque las energías se iban en musculatura. Muchos se morían también y, entonces, los comíamos. La casa era grande, como el corazón, y recibíamos a mucha gente, entre otros a algún cliente de Antonio, con quien había relación de compromiso. Una vez, vino a casa uno de ellos con su familia. Tenían una hija de la edad de las nuestras, bastante traviesa y malcriada. ¡Pobrecita! Era rara. Lo cierto es que estábamos en el jardín con los padres y vino Mónica corriendo a avisarnos que la nena estaba intentando ahogar a los pollitos. Resulta que los teníamos recién nacidos, amarillitos, preciosos. Y, en el jardín, debajo de una canaleta, yo dejaba una tinaja bastante grande, donde recogía el agua de lluvia; primero, para que no se inunde el jardín, y luego, para lavarles la cabeza a las chicas, pues el agua de lluvia en el en202


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juague final le da al cabello, un brillo muy especial. Salimos corriendo los mayores y vimos a los pollitos metidos en la tinaja, todos mojaditos y estrujados. Los tuve que sacar de allí, secarlos uno por uno, calentar el horno y ponerlos cerca para que las plumas puedan ir despegando el agua. Poco a poco, fueron reanimándose. No era normal esa nena. No vinieron más a nuestra casa, pero no por enemistarnos, sino por prudencia. Sin embargo, otra vez, los encontramos en Mar del Plata, en un hotel, antes de la época en que veraneábamos en San Patricio. En la mayoría de los hoteles se estilaba tener un lugar en la parte posterior, donde los pasajeros colgaban sus ropas, generalmente, mallas o prendas interiores, y nadie las tocaba. Esta niña, en esa vacación, se dedicó a cambiarla de lugar, a esconderla o a hacerla desaparecer. Por cierto, le encantaba molestar a los huéspedes. En fin, le encantaba molestar a todo el mundo. Otra odisea tremenda fue con una mucama llamada Josefina. Era buena, pero un poco “feucha”, la pobre. Y estuvo en casa en una época en que las chicas estaban terribles. La hacían rabiar permanentemente. Empezaban a correr y hacían que ella corriera por toda la casa. Ésa era la gran diversión, daban vueltas por la cocina, por los cuartos y se metían en el baño, cuya puerta tenía vidrio. Esta vez que relato, Josefina se apuró por cerrar la puerta y, con el golpe, el vidrio se rompió. Cayó sobre ella y le cortó el brazo. Empezó a salirle mucha sangre. Le hice un torniquete y cuando se la pude frenar, corrí a buscar al médico que vivía enfrente de casa. Cuando la vio me advirtió que había que coser y que esto no podía esperar. Pero no teníamos anestesia. —Doctor, busquemos anestesia. ¿Cómo hacemos, sino, para que no sufra? —No se preocupe, que estas mujeres son duras—me contestó. —¡No, Doctor, me voy ya mismo a la farmacia! —No hay tiempo, Señora de Rabini. Hay que hacerlo rápido. ¿Tiene cognac? Y traje el cognac. Y el doctor le empezó a dar de beber para que se adormeciera. La emborrachó, por supuesto, y cuando al otro día (porque 203


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se durmió profundamente), le preguntamos si le había dolido, nos contestó que no, que no había sentido nada. —¡Qué rico su cognac!—acotó. ¡Josefina! Era una mujer conciente de su fealdad, tanto es así que contaba una historia, que nunca la imaginamos cierta, aunque la escuchábamos con atención. Al irse de su casa, tenía que atravesar un parque que era muy, pero muy oscuro. Sintió que la iba siguiendo un hombre. Entonces, apuró el paso y al llegar debajo de un farol, paró, se dio vuelta, y lo espetó de frente con un “¡¡BUUU!!” y, el hombre, que se dio un susto tremendo, huyó sin hacerle ningún daño. Le doy el beneficio de la duda, tal vez haya sido una manera de humor. Tampoco era para tanto. Aunque el labio leporino que tenía le daba una expresión antiestética. En otra oportunidad, estaba sin ayuda limpiando la vereda de la casa, cuando aparece en la puerta un matrimonio que se ofreció como para trabajar. Él para el jardín, para las plantas y para todo lo de afuera; y ella, para la cocina y los quehaceres domésticos. Me parecieron dos viejitos amorosos. Eran rusos, según dijeron. La señora vestía con atuendo y pañuelo negros, a la usanza de la mujer europea antigua, permanentemente de luto. El hombre parecía algo mayor que ella y era bastante callado. Cuando me pidieron el trabajo adujeron que, sobre todo, necesitaban de un lugar para vivir, ya que no tenían dónde. Me parecieron sinceros, aunque no tenían referencias, y tampoco se las pedí. Fui demasiado desaprensiva y crédula. Se podía en aquella época. Les acondicioné el cuarto de las herramientas del jardín, para que tuvieran un espacio para ellos. Cuando Antonio los vio, me puso una cara rara y no le pareció muy buena idea. Sin embargo, terminó aceptando ante mi argumento: —Antonito, yo estoy muy cansada con las chicas, la casa es muy grande y no tengo empleada. No doy más. Probemos, por favor. Ella era amorosa, callada, cariñosa y con todo el aspecto de una per204


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sona muy sufrida. El hombre era medio rezongón. Yo empecé a notar que se iba de noche y sospeché que había algo raro en su conducta. Algo que no me cerraba. Un día vino el hijo. Lo hice pasar. Observó dónde estaban los padres, cómo estaban atendidos, que se les daba un sueldo correspondiente. Me contó que todos habían venido de Rusia, escapando. Y él no tenía un lugar cómodo para vivir con ellos. Me agradeció con respeto por haberles dado el trabajo. Hasta que una noche, empecé a escuchar que discutían. Obviamente, lo hacían medio en su idioma, medio en castellano. Entendí poco lo que decían. Y noté que el hombre le había pegado a su mujer y que estaba borracho. Aquellas salidas nocturnas eran para ir a tomar vino o, incluso, para comprarlo y beber en casa. Ya no me gustó esta actitud y empecé a rumiar la posibilidad de que se pusiera agresivo con cualquier persona de la casa, y mucho más grande fue mi temor cuando pensé que podía hacerles algo a mis hijas. Tuve miedo. En aquella conversación, había escuchado lo siguiente: —Una noche de éstas, me voy a levantar, voy a agarrar el veneno para las hormigas y los voy a envenenar a todos. La preocupación se transformó en terror y los reuní para decirles que ya no podía tenerlos, que iba a llamar a su hijo. Y lo llamé. Me acuerdo de la cara de ella, se puso a llorar. Cuando se presentó el hijo, le expliqué: —Yo pienso, señor, que no lo va a hacer, pero no puedo vivir con esta angustia constante, así que le pido que se los lleve. El hombre comprendió perfectamente: —Bueno, yo la entiendo, señora, no se preocupe más. Voy a ver dónde los ubico; pero, para su tranquilidad me voy a llevar a mi papá ahora mismo. Y eso fue lo que hizo. Esto pasó hace como cincuenta años, tiempos en los uno podía confiar más en la gente. Mi hija Mechita tendría cinco años, Adriana, tres. Mónica, para este episodio, no había nacido aún.

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A FORMACIÓN DE LA FAMILIA FUE, DESDE EL PRINCIPIO, EL “LEIV

motive” de mi vida y también el de Antonio. Éste fue el objetivo y es lo más importante que nos propusimos en común. A partir de allí, todo lo vivido se fue dando como por añadidura. Fuimos construyendo un mundo compartido, sin darnos cuenta, de manera natural. Y fuimos creciendo, madurando juntos. Solos, en los inicios; y con las hijas, después. La casa de cuando yo era niña, aunque la recuerdo alegre, tenía pocos miembros: mi mamá, mi hermano y yo. Éramos un haz sólido, sin embargo. Antonio tuvo más hermanos, y tíos y tías y muchos primos que llenaron los espacios y los afectos. Yo también los tuve, quiero dejarlo en claro, pero los vínculos sanguíneos desaparecieron pronto. Y, aunque recuerdo a mis primos y tíos, fueron los amigos los que, en definitiva, llenaron los rincones de nuestras vidas. Aquellos compañeros de ruta que elegimos para transitar los diferentes tramos de la existencia. A medida que fueron naciendo nuestras hijas, el amor creció y el entorno fue haciéndose más amplio. La dedicación hacia ellas fue consagración y entrega. Y me hizo muy feliz dedicarles mi vida y mi tiempo, porque abocarse a los hijos es educarlos y la intención fue lograrlo de la manera más próxima a cómo nos educaron a nosotros nuestros mayores; y mejorarlo, si fuera posible. 207


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Elegimos el Colegio de la Misericordia para que estudien. La primera intención fue anotarlas en el Saint Catherine, de Belgrano, pero la distancia fue el impedimento. Tenían que tomar un tren y caminar primero varias cuadras hasta la estación San Martín, y luego otras tantas hacia el propio colegio. Nos acobardamos, puesto que eran chiquitas para tanto viaje. No eran habituales los micros escolares como lo son hoy, y yo no sabía manejar. El Colegio de la Misericordia nos quedaba cerca y tenía buen nombre y reputación. Las tres fueron buenas estudiantes y muy responsables. Mechita hizo su primer grado inferior con una maestra particular, excelente docente y vecina de nuestra casa. A mí me daba pena levantarla temprano. ¡La veía tan chiquita! Y todavía a esa edad la escuela no era obligatoria. Además de la formación regular, estudió piano como aprendizaje extraprogramático, ya que pensamos que todo lo que se les da aparte del colegio es una herramienta para la vida. Y cuando los hijos tienen condiciones y responden, se puede desarrollar en ellos alguna disciplina paralela. A veces, ésta resulta la verdadera vocación. Otras, un buen complemento. Mechita, entonces, estudió el instrumento en el Conservatorio Williams, donde enseñaba la profesora Julia Naim de Acad, como ya conté en “Los estudios superiores”, primera parte de esta narración. El piano que me había comprado mamá era un Richmüller, de origen alemán, semiusado, muy lindo y estaba en casa, sin que nadie lo tocara. Le insinuamos a mi hija que estudiara y aceptó. Tocaba lindo, hasta participó en algunos conciertos de cierre de fin de año. Y ya dije, también, que en un concurso donde tomó parte le dieron un premio. Finalmente abandonó. Se recibió de maestra y trabajó un tiempo con niños de un jardín de infantes en un colegio de Ciudadela. En paralelo, cursó la Facultad de Ciencias Exactas, para seguir Química. Hizo primero y segundo año de esta carrera que, del mismo modo, abandonó para casarse y formar su familia. Adriana estudió inglés, a ella le gustaba mucho el idioma y tenía facilidad. Cuando terminó el secundario, le ofrecieron trabajo en la Aca208


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demia Berlitz. Allí estuvo enseñando algo más de un año. Cuando se iba a casar y fue a renunciar, el Director de la Institución le pidió encarecidamente que siguiera, que no dejara. Le ponderó su buen modo y su educación. Pero Adriana no continuó. Estudió Psicopedagogía en la Universidad del Salvador hasta segundo año. Iba con su prima Martita Rabini. En ese tiempo, conoció a Victorio, quien tenía auto y las iba a buscar a la Facultad para traerlas a casa. Esto no gustó mucho a mamá, ni tampoco a Ricardo; así que, como la situación política del país era compleja y Adriana rápidamente pensó en casarse, del mismo modo que Mechita, abandonó la carrera. Una lástima. Mónica fue más consecuente en este punto o, tal vez, tuvo una vocación más fuerte. Cuando conoció a Marucho estaba muy adelantada en su carrera, así que la pudo finalizar. Fue a recibir el título embarazada de Guido. El tiempo en que ella estudió, la década del ’70, con la subversión como escenario de fondo permanente, fue una época muy mala en el país, de mucha violencia. Las facultades eran lugares neurálgicos donde se congregaban los ideales, o donde los oportunistas buscaban adeptos. El estudiantado pensante se había transformado en lo que había que perseguir. Lo cierto es que volaban las balas muchas veces. Nosotros sabíamos que iba, pero recién cuando volvía nos tranquilizábamos. Obviamente, no podíamos coartarle la aptitud y, en verdad, nos gustaba mucho que tuviera la decisión del estudio, pero eran tiempos terribles. Se pedía al gobierno que hiciera algo. Nadie se acuerda de las muertes de un lado y del otro. Del lado de los civiles y del lado de los militares. Un horror. Recuerdo la hija de un comisario que invitó a dormir a una compañera de estudios, y ésta le puso una bomba debajo de la cama. Volaron por los aires. ¡Si hasta en el edificio del Departamento de Policía estalló otro artefacto explosivo! Decidimos que le compraríamos un auto para que volviera más segura de la Facultad, que estaba en la Ciudad Universitaria. Una vez, los alumnos tuvieron que salir corriendo de las aulas porque les tiraban Gamexane por las ventanas. Otra, una compañera que venía a estudiar muchas veces con Mónica, llamó a las once de la noche a nues209


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tra casa, para ver si la podíamos ir a rescatar de la Facultad porque ésta estaba tomada y no le permitían salir. No había querido preocupar a su madre que sufría del corazón y no se había podido comunicar con otros familiares. Allí fueron Antonio con mi hija y Marucho a buscar a la pobre chica, que estaba muerta de miedo. Otro episodio de este nefasto momento político de la Argentina fue cuando un primo de Antonio, Mario Tacalitti, que había venido de visita a nuestro país, paseando por Olivos, cerca de la Residencia Presidencial, fue testigo de una redada entre policías y ladrones, con tiros y todo. Tanto es así, que uno de ellos le pasó muy cerca, rozándole el hombro. Sintió el silbido del disparo: “Shiuuuuu”. Se asustó tanto, que adelantó su viaje de regreso. Afortunadamente, a mis tres hijas las acompañó la salud. Alguna que otra “nana” de chiquitas, pero cosas sin importancia. Salvo Moniquita que, en la Facultad, precisamente, contrajo mononucleosis. Le tomó muy fuerte. Al principio, no se lo habían detectado hasta que le ordenaron análisis de sangre y apareció la enfermedad. La atendió el Dr. Finucchi. Parece que hubiera sido por contagio en una prueba de laboratorio, ya que un compañero había tenido la misma patología unos meses antes. Después de esto, se le complicó con una hepatitis mononucleósica, lo que alargó la convalecencia por alrededor de cuatro o cinco meses. Había quedado muy débil y le costaba levantarse. Así, perdió medio año de sus estudios, aunque con esfuerzo lo pudo recuperar. Aquí quiero y debo tener una mención especial, un reconocimiento para Adriana Sastre, “Avi”, su amiga de siempre, quien venía todas las tardes a estar con Mónica, a acompañarla. Yo tenía mucho miedo de que se contagiara, pero consultamos al médico y nos tranquilizó. —Adrianita, mi tesoro, ¡no quiero que te contagies, querida!—le decía. —No me importa, yo vengo a ver a mi amiga. Vengo a acompañarla— contestaba ella. Y no se contagió. Y continuaron la amistad. Tanto es así, que mi hija es madrina de uno de sus hijos que, a estas alturas, ya es abogado. Creo que en cuestión de salud, es lo más grave que hubo. 210


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Después, las anginas, los orzuelos, los raspones y los llantos. De eso hubo mucho, pero todo pasajero, gracias a Dios. Una vez, Adriana, andando en monopatín en el patio de adelante de la casa, se cayó y se lastimó los codos. Y Mónica se cortó el mentón, al resbalarse y caerse en el piso cuando se tropezó con algún chiche desparramado. Las atendió el doctor Abel. Recuerdo que tomé un taxi y, aunque llegué rápido, el médico me retó: —¿Qué estaba haciendo usted? ¡¡No ve que es una madre descuidada!! Me dijo de todo un poco. Como era de tarde y estaba jugando a la canasta con mis cuñadas, me sentí muy mortificada y tuve la famosa sensación de “culpa”. Hoy, visto a la distancia, es muy común que ocurra. Así son los chicos. Pero cuando era una madre joven creía que todo lo que les pasara a ellas era mi absoluta y total responsabilidad. No siempre es así. No somos dioses. Y pasa mucho tiempo hasta que aprendemos a tomar distancia. El Dr. Abel adoraba a mis hijas y, en aquella oportunidad, a Mónica le tuvo que dar dos puntitos. El mentón es un lugar proclive a sangrar. Es un borde con poca carne, filoso. Mi hija menor diría, muchos años después, al respecto de sus tres hijos varones: —¡¡Las veces que los llevé a mis “facinerosos” a que los cosieran!! Los chicos siempre fueron muy movedizos y tuvieron juegos más brutos. Las mías, no. Ellas, en este sentido, no me dieron trabajo. Sobre todo Mechita, que fue tan tranquila y dulce, aunque padeció siempre de “unas buenas anginas”. Con respecto a estos resfríos a repetición, muy chiquita aún, un día al despertarse noto que tenía dificultad para respirar. Era domingo y el ronquidito que escuché en su pecho no me gustó nada. Me asusté y llamé al doctor. Un médico del barrio que la atendía por primera vez. —Mire, señora, me parece que esto es una cosa seria. Le pido que la lleve el lunes a mi consultorio, porque le vamos a tener que poner una inyección cada tres días, ya que esto es un ataque de asma— diagnosticó. Teníamos que ir a almorzar a lo de mi mamá. Entonces, asustada, le pregunté: —¿Qué hago, doctor, puedo sacarla? 211


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—Sí, sí, abríguela bien—respondió. Como toda madre primeriza y, por lógica, inexperta, la envolví para que no tomara frío. —¿Qué pasa, Mecha?— me preguntó el tío José cuando llegamos— ¿Por qué estás tan preocupada? Al contarle rápidamente, y mirando a la nena a quien él adoraba: —¡Ese médico estaba borracho!—exclamó—¡Qué va a tener un ataque de asma esta criatura! Entonces, mamá intervino: —No. Vos la llevás a otro médico mañana mismo. Así hice. La llevé al doctor Abel. Y ahí comenzó nuestra relación con este hombre encantador y humano, que siempre me tranquilizó acerca de cualquier dificultad que tuvieran mis hijas. Ese lunes la revisó minuciosamente, mientras me decía: —¡Qué barbaridad! Decir que un bebé tan chiquito tiene asma es ponerle una lápida a la criatura. Recuerdo también el nombre del primero: doctor Salinas. Por lo menos, un apresurado para diagnosticar. Y con muy poco tacto para tratar a una madre joven con su primer bebé. El Doctor Abel se convirtió en nuestro pediatra de consulta y en amigo. Aquello había sido sólo el inicio de un resfrío, cuadro que fue derivando, día a día, en mocos y que luego pasó. —Nunca hay que quedarse con una sola opinión— decía mamá. Y tenía razón. —Los médicos son hombres y pueden equivocarse. Mónica fue muy difícil para comer. Dejó de tomar el pecho a los tres meses y por temor a que se desnutriera, me levantaba a la noche para hacerle una sopita que sorbía a tragos. También sufrió de amigdalitis y levantaba fiebres enormes. Había que bañarla para que le bajara, después de los 39ºC. Las otitis le causaron dolores muy agudos, ¡pobrecita! Así que, en una oportunidad, hubo que punzarla para que supurara el oído medio. Después de eso, ella, tan menudita, tan pizpireta, comenzó a tener fobia de que le sacáramos una foto. Nunca supimos con qué se asustó 212


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Antonio y Mechita jugando.

tanto, qué le pudo haber ocasionado una impresión tan fuerte. Por mucho tiempo, sólo la retratábamos si no se daba cuenta. Suponemos que tuvo que ver aquella bendita punción de su oído. Gracias a Dios y al Dr. Abel, la salud de las tres fue muy buena. Las llevaba seguido para controlarles las vacunas, los dientes, la columna, y esas cosas. Yo, a pesar de los retos, le tenía mucho respeto. Me encantaba charlar con él. Era un hombre apasionado por la música y el arte. Igual 213


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que yo. Le pedía el último turno, para que no nos apuraran si había otro paciente esperando. Y mientras, las chicas se aburrían bastante y decían, muchas veces, el consabido: —Mamá, ¿cuándo nos vamos? Durante la época de la poliomielitis, en el año ’55, nos trasladamos a Mar del Plata con todas las criaturas de la familia. Habíamos viajado a los EEUU y en el barco en el que volvíamos venía el médico de Perón, quien lo había enviado a ese país a perfeccionarse en todo lo concerniente a aquella enfermedad. Este médico fue Harislao de Olmos, sobrino de la Marquesa Pontificia Harislao de Olmos, señora muy bien, de la “High Society” argentina. Cuando vino el Cardenal Pacelli, ella lo cobijó y hospedó en su casa. Luego, le dieron ese título honorífico. Su sobrino, entonces, que había sufrido de poliomielitis muchos años antes, y había quedado con una minusvalía en una pierna, llegó a ser ese privilegiado doctor. Simpático, moreno, criollón, muy dado a conversar, se especializó en esta enfermedad tan cruel, a la que conocía desde adentro. Nos relacionamos con él y con su señora en el barco, jugábamos a la canasta y la pasamos muy bien. Recuerdo que al atravesar la costa de Brasil, nos enteramos de que se estaba produciendo en Buenos Aires la Revolución Libertadora. Era setiembre del ’55, y el derrocamiento del general Perón. Recuerdo también, que subíamos a la cubierta superior del barco con una radio Motorolla que tenía una pasajera muy bonita. Le poníamos un cable a la baranda para escuchar cómo el general Lonardi, desde Córdoba, se comunicaba con la población anunciando que “el Dictador” había sido depuesto. —¡No habrá ni vencedores ni vencidos!—expresaba entonces. En aquel barco, que pertenecía a la Flota Mercante Argentina, creada por el propio Perón, oficialista por cierto, había un gran hall donde se exponían todos los objetos de la Fundación Eva Perón, con fotos y datos de la obra de hospitales y escuelas que ella había impulsado. Como sentíamos ruidos, fuimos a ver, y estaban sacando todo este material antes de desembarcar. Al pasar por Uruguay, vimos atracada “La Cañonera” con el General 214


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Mechita y Antonio en Mar del Plata, 1947.

Perón en persona, preso. Muchos de nosotros quisimos tomar fotografías, pero no se nos permitió. Parece que el acontecimiento estaba pergeñándose ya desde antes, porque la embajada argentina en pleno volvía a Buenos Aires desde Washington en ese mismo barco: la Motonave “Río Tunuyán”. Hasta ese momento, lo llamaban “Evita” y, al llegar a Montevideo, lo detuvieron hasta que le 215


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Motonave “Evita”, en el bautismo del cruce del Ecuador, viniendo de E.E.U.U., en el año 1955.

cambiaron el nombre. Entre los pasajeros que volvían estaba el Sr. Espejo, que había sido Secretario General de Trabajo y amigo de Ismael. Desde el barco nos fuimos a Mar del Plata. Entonces, las chicas estaban cursando los primeros grados de la escuela primaria y nos quedamos allí hasta marzo o abril. Fueron tiempos de mucho temor en todo sentido; pero, en especial, con referencia a la insipiente epidemia de aquella enfermedad de la que se tenían noticias que hacía estragos. Los colegios fueron cerrados (ningún otro lugar de mayor riesgo para los contagios), los árboles y las aceras se pintaban con cal. Se limpiaban las calles con desinfectante. Se implementó un procedimiento minucioso e intenso para combatirla. La hija del Dr. Campitelli, amiga de las chicas, se enfermó. Aunque lo superó, quedó con defectos en las piernas. Esa medida precautoria duró varios meses, pero nos alentaba que es216


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tando alejados, corríamos menos riesgos. Sobre todo, eran las criaturas las que más aisladas debían estar del foco infeccioso. A la distancia, se ve como “suerte”, simplemente, no haberse enfermado. Pero tomamos muchas precauciones. No se concurría a lugares cerrados, casi no se salía; y los hombres, cuando iban de Buenos Aires a ver a la familia, porque ellos tuvieron que seguir trabajando, por lógica, no entraban a la casa de San Patricio de manera directa, se sacaban la ropa afuera, nosotras les teníamos preparada una muda nueva y limpia. Tal vez, esta experiencia haya sido uno de los motivos para que Antonio se presentara en el Rotariado y trabajáramos juntos en un camino solidario. A mi marido lo presentó el Dr. Ángel Costantino. Mechita era amiga de su hija Mariela. Es regla en el Rotary que cada persona nueva que ingresa a la organización sea presentada por un socio antiguo. Fueron muchos años de labor. Antonio llegó a ser presidente y, en ese período yo (como presidenta de “las señoras de rotarios”) organicé, entre otras cosas, una kermesse en el club San Martín que nos prestó las instalaciones. Se ponían a la venta objetos nuevos y usados, donados para recaudar fondos en nombre de la organización y, siempre, para la campaña contra la poliomielitis. Luego, el Rotary Internacional realizó otra gran campaña para combatir este flagelo y se logró. Tiempo después, vino la vacuna, la famosa Sabin oral, que se daba a cada niño con un terroncito de azúcar y que fue de alcance nacional. Uno de los mayores avances sanitarios que se debe, justamente a Rotary, institución maravillosa que ocupó esfuerzo, energía y tantas satisfacciones dentro de nuestras vidas.

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Antonio, de caza.

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4 —Hay algunas imágenes que me vienen a la memoria y que no podría ubicarlas demasiado puntualmente en el tiempo. Son pantallazos recurrentes que relaciono con la emoción, la alegría o la impresión que me causaron en su momento. —¿Por ejemplo? —Por ejemplo, Adriana me hizo acordar el otro día, cuando Antonio capó a uno de aquellos pollos de nuestro gallinero, como ya mencioné que hacía. Él había visto a alguno de sus parientes italianos en esta actividad. Y aunque a mí me impactaba, lo ayudaba sosteniendo al animal. Mirando para otro lado, claro. Los instrumentos que usaba para la castración (todavía los recuerdo) eran un cuchillo pequeñito pero muy filoso, semejante a un bisturí, alguna pinza muy simple y aguja e hilo para darles un punto que cerrara la herida. Algunos se morían y, entonces, practicaba con otro. Los que sobrevivían se ponían enormes y bonitos, pero el inconveniente era que se tornaban agresivos. Tanto era así, que se lanzaban sobre el primero que entraba al corral. Un peligro. Y yo, todos los días, iba a buscar los huevitos frescos. Entonces, a uno de ellos, cuando se puso incontrolable, lo tuvimos que sacrificar. —Pero ¡qué valiente lo suyo, Mecha! —No te vas a creer, me daba un sudor frío, ¡pobre animal! —¿Y qué hacían con el gallo que no superaba el experimento? ¿Lo comían? —Algunas veces, sí. Otras, lo enterrábamos. —¿Dónde lo enterraban? —En la casa de San Martín había muchos árboles. Debajo de algunos de ellos solíamos poner a los animalitos que se morían, porque siempre tuvimos muchos animales y el ciclo de ellos, la mayoría de las veces, es 219


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muy corto. Antonio se dedicó a cazar durante un tiempo largo, entonces hubo varios perros entre nosotros, los que criábamos con amor. Diana, por ejemplo, una perrita Pointer, finísima, que vivió muchos años. Mamá fue quien se la regaló a Antonio. La había encontrado suelta, en la calle Mitre, en San Martín, sin collar. Ella conocía de perros buenos, ya que mi padre también había sido cazador y la llevaba con él a esas contingencias, generalmente a unas estancias de amigos en la provincia de Buenos Aires. Iban en una “volanta”, coche de la época, tirado por caballos. Papá era aficionado; sin embargo, en una oportunidad, uno de sus perros ganó un premio en la Exposición Rural, por su apostura. Diana está enterrada debajo del limonero. Lo que hacíamos era participar a las chicas de estas ceremonias. Y así, ellas lo vieron siempre como algo natural. —¿Cómo murió la perrita? —Diana fue la mascota que más quise. Ella y mi perrito Pompón. Era una maravilla, un animal increíble. Traía las perdices que cazaba Antonio en la boca, y ni siquiera las mojaba. Salí una mañana temprano y ella estaba en su cucha, una casillita de madera pintada y prolija. Vi que movía la cola como para saludarme; pero, al mismo tiempo, tiraba la cabeza para abajo. Me di cuenta de que estaba enferma y me acerqué a acariciarle el pelaje beige. Se tiró con la panza arriba, instintivamente. Pero al empezar a tocarla me demostró que algo le dolía. Corrí a llamar al veterinario y cuando vino ya estaba mal. Parece que había comido un hueso y éste le perforó el intestino o algo semejante, porque se fue quedando despacito, despacito. Era algo interno, sin duda por algo que ingirió. Por lo menos, así fue lo que dijo el veterinario. La sentí como si fuera un miembro de la familia. Lo era. Nunca molestó, nunca ensució adentro, era una gran compañera. Una perra para recordar. —¿Qué edad tendría aproximadamente? —Tal vez unos diez o doce años. Ya estaba viejita. Antonio ya no la llevaba a cazar los últimos tiempos. Después de Diana, trajo otro perro que 220


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se lo regaló un carpintero, esposo de la portera del colegio del Kilómetro 9, donde yo trabajé como maestra. Un señor muy simpático que salía a cazar con él. Pero éste, un macho, era un bandido que se me escapaba. Y yo tenía que salir corriendo a buscarlo con Eusebia, la muchacha que trabajaba en casa por entonces. Una vez, lo corrimos como cinco o seis cuadras hasta la estación de San Martín. ¡Ay, las cosas que he tenido que hacer! Éste fue un animalito que no quise nada. Me daba mucho trabajo. —¿Qué recuerda de aquella época de cazador de su marido? —Bastante. Cada vez que salía traía piezas como perdices, liebres o codornices, y había que prepararlas. Me acuerdo de una oportunidad en que yo estaba embarazada y tuve que pelar más de cuarenta. Las ponía en agua hirviendo para que aflojen las plumas. Hacía esto entre arcada y arcada, porque me daba mucho asco. Siempre me preocupé por aprovechar lo mejor que podía los productos de la caza. Para darle el gusto. A los hombres les da placer sentir que eso que comen o lo que convidan, lo consiguieron ellos. Es un concepto que debe remitirlos a la época del hombre primitivo, donde vivían de la caza y de la pesca, de manera natural. No sé si esto es así, pero algo psicológico muy interno debe de existir. Esa capacidad masculina que crece si demuestran su habilidad y su fuerza. Entonces, eran horas preparando el escabeche. Aderezando e inventando también otros platos para ser original. Muchas veces, Antonio invitaba a comer a casa a gente de la fábrica o a personas que debía agasajar y era yo la que preparaba el menú, desde luego. En algunas ocasiones, tuve que improvisar, porque a dicha gente la traía sin avisar. Porque se daba, porque surgía de improviso y aunque alguna de aquellas veces no me avisaba con anterioridad, yo sacaba de la “galera”, como se dice vulgarmente, la receta oportuna. Iba a la cocina y empezaba a inventar. Creo que nunca lo hice quedar mal. Esto se lo debo a mi mamá, ya que ella decía siempre que: “La buena cocinera no es la que tiene de todo, sino la que tiene poco y con eso hace mucho”. —Pero, ¿me imagino que a usted le gustaría cocinar? —Sí, me gustaba, claro, pero cuando una lo tiene que hacer todos los 221


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días y con exigencias de sabores, y con variantes en lo posible, se termina cansando. De todos modos, cuando se es joven, se tiene la energía para ello. Los jueves y los domingos amasaba pastas (fideos, ñoquis u otras, como ravioles o capelletis) sobre una tabla de madera, que fue la misma que recibió los tiros de aquellos forajidos de la casa de mi madre en Tropezón. Era un tablón que las chicas recuerdan enorme. Después de cortar los fideos, los dejaba colgando de la madera para que se secaran. Mis hijas, a veces, me ayudaban a cortarlos. Otra cosa eran los postres. Me ocupaba de que no faltara nunca un flan, un budín de pan, arroz con leche o panqueques. Trataba de alternar lo dulce con frutas de estación y las ensaladas o las compotas les resultaban sabrosas. En fin, eran otros tiempos. Hoy todo se ha simplificado mucho. —¿No tenía una chica que la ayudara? —Tenía, pero no de tiempo completo. Y de la comida me encargué siempre yo. De todos modos, hubo largas temporadas en que no era fácil conseguir empleadas. Y la casa de San Martín era enorme. Los pisos se enceraban a mano, al mejor estilo Cenicienta. Rasqueteábamos los que eran de parquet cada tanto, con una viruta gruesa para levantar la cera y lo hacíamos con el pie hasta dejarlos casi blancos. Luego, se barría y se pasaba un trapo hasta sacar el último polvillo. Y nuevamente la cera. Para lustrar, usábamos una pesa de forma cuadrada, muy pesada, con una felpa debajo, y había que hacer mucha fuerza para que quede brillante. Nadie tenía máquinas de lustrar en esa época. Y recuerdo que yo observaba el pasillo largo desde abajo, para corroborar el efecto del brillo. A mí me gustaba tener la casa impecable. Otra de las cosas que me preocupaban eran las ventanas. Como los techos eran tan altos, las puertas y aquéllas tenían un tamaño acorde. Los vidrios, repartidos. Entonces, les puse cortinas. Fui a Los Gobelinos, una casa muy antigua de la calle Florida, especialista en telas de tapicería y compré varios metros de un satén pesado color cremita con un detalle bordado, delicadísimo. La llamaban “gobelino”, justamente. Las mandé a hacer y vinieron a colocarlas. Esto le dio un toque más distinguido a la casa. 222


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Una cosa más fue cubrir las paredes, tan blancas. Eran enormes. Y como no teníamos tanto como para comprar cuadros, se me ocurrió pintar a mí. Siempre me gustó pintar. Entonces tomé unos lápices y unos pasteles de colores y comencé con el cuarto de las chicas. Les dibujé Los Tres Reyes Magos, copiando el motivo de unas estampas. Lo hice para que tuvieran algo de vida, de color, de sensación de hogar. Mucha gente usaba este término cuando entraba en mi casa: —¡Ay, Mecha, qué sensación de hogar! Alguien me dijo que en mi cocina había siempre olor a torta. Y a mí eso me emocionaba, porque era lo que yo quería. Claro que no fue fácil. Nadie se imagina el pulmón que yo dejaba detrás de todo eso. —Nadie se recibe de ama de casa ¿no? Y nadie nos da el título. Es más, no creo que haya mucha gente que reconozca éste como un trabajo arduo. Generalmente se minimiza. —No, nadie cree que éste es un trabajo. Para la mayoría de las personas es natural. La mujer en la casa, cocinando, lavando, planchando, teniendo todo listo para el marido y los hijos. La mujer fue siempre y sigue siendo todavía un pivote central, el eje del hogar. Ahora con muchas más tareas simplificadas, eso sí. Además, el sacrificio venía también por otros lados. Mientras hablaba, me vino el recuerdo de los mosquitos. En San Martín proliferaban, ya que teníamos muchas plantas. Antonio era y es muy sensible a éstos y a su picadura. Yo los combatía permanentemente, y para ello puse en la cama un tul (“mosquitero”) que nos cubriera para evitar que nos piquen, por lo menos, durante la noche. Algunas de ellas, sin embargo, entraron los insectos en las capas de esa tela y el zumbido lo molestaba: —¡Mecha, Mecha!, hay un mosquito—me decía, mientras me despertaba. Y Mecha iba y mataba el mosquito para que el señor se durmiera. —Y ¿cuál era el esparcimiento, Mecha? —¡Ah!, pues salíamos muy poco. En una época, todavía las nenas eran chiquitas, decidimos tomar la rutina de ir al cine, aunque sea una vez por 223


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semana, los miércoles a la noche. Cenábamos temprano e íbamos a la sala que quedaba a dos cuadras de casa. Salir con Antonio era algo que me gustaba mucho, la pasaba bien y nos reíamos. Teníamos pocas oportunidades para estar juntos, ya que el trabajo fue prioritario para él. Pero dejar a las chicas, aunque nunca las dejáramos solas, me creaba una culpa enorme. Sobre todo, porque ni bien traspasábamos el umbral, empezaban a gritar: —¡¡Mamá!! ¡¡Mamá!!— pegadas al vidrio de la ventana. Y yo atinaba a volver. El camino a la puerta de entrada quedaba lejos, como unos veinte metros o más, hasta llegar a la calle. Me daba vuelta quince veces, mientras Antonio me tomaba del brazo y me empujaba hacia afuera: —¡Vamos, vamos!—me decía. Cuando llegábamos al cine, apenas unos diez o quince minutos después, mientras él sacaba las entradas, yo pedía el teléfono y llamaba a casa. Me atendía la empleada: —¿Y las chicas, Fulanita? O, mamá, porque a veces se quedaba ella con sus nietas. —¡Señora!, se quedaron dormidas sin chistar, ni bien ustedes se fueron. Era así siempre. Un sacrificio total. No podía verlas prendidas a la ventana, llorando. Y la que más berreaba era Mónica. —Yo creo que ahora lo recuerda con alegría, ¿no? —Sí, pero fue duro. ¡Es que tenía tanta voluntad, tanta fuerza! Recuerdo cuando venían a jugar al póker a casa. Tío Julio y, a veces, mi mamá. A ella le gustaba. Estuve siempre dispuesta a atenderlos. Los veía cómo se divertían. Y yo también me divertía con ellos, salvo alguna vez de un episodio triste que recuerdo. Estaba con el embarazo adelantado de Mónica y tenía muchas náuseas. Abría los cajones y el olor a la madera me revolvía el estómago. Una botella de perfume que antes me encantaba, con la gestación me daba asco. Pero lo peor era el humo del cigarrillo, era muy feo. Un pariente de Antonio, Guerino, que había venido de Italia por unos días y estaba presente en la casa y en la mesa de juego 224


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de ese domingo, fumaba mucho, y yo no podía aguantar ese olor tan fuerte. Tuve que pedirle si lo podía apagar un ratito, porque me hacía mucho mal. Entonces, a Antonio no le gustó nada ese pedido y me retó delante de todos. Me mortificó. Para mí fue algo doloroso, tanto que me quedé sin voz. Por suerte, a pesar de episodios de este tipo, existieron otros mejores. Yo me he olvidado o si no los olvidé, por lo menos, no guardo rencor. Cuando tuvimos televisión (fuimos de los primeros), los domingos al mediodía, venía todo el mundo a ver los partidos a casa, porque nosotros no teníamos ningún problema en dejar que los chicos tiraran los almohadones de los sillones al suelo y jugaran, se revolcaran en los sofás, como ahora hacen mis bisnietos, que son los más chiquitos de la familia. Exactamente, como lo hacen ellos. Nuestra casa era un lugar de encuentro. Convocadora. Y eso me hacía muy feliz, aunque me llevara mucho trabajo. Esto que cuento, para mí, era parte de lo que mamá llamaba “la magnificencia de Dios” —¿Cómo es eso de la magnificencia? —Mamá usaba esta palabra para señalar, para distinguir a aquello que es grande, formidable. Y como nuestra familia, desde el origen había sido pequeña, haber logrado una, tan agradecida como la mía, era algo magnífico. Yo lo usé para aplicarlo a esto de los valores que construimos con tanto esfuerzo. Pero ella, como ya conté y recuerdo siempre, comenzó a inculcarnos el concepto cuando éramos pequeñitos y nos llevaba al jardín de casa, a la noche, sobre todo en las de Luna en cuarto creciente y nos tomaba de las manos y nos hacía decir, mirándola: “Luna, Luna, Luna, danos salud, amor y fortuna”. Debíamos repetirlo tres veces y ese “magnífico” panorama nos dejaba alegría en el corazón. Nos motivaría, además, para que tengamos pensamientos buenos. Esto me marcó durante toda la vida. —Su mamá se adelantó a los ejercicios de “control mental”. —Efectivamente. Lo hacía de manera natural. Las técnicas “new age” ni se imaginaban en esa época. Nos decía que había que tener propósitos 225


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buenos, intenciones buenas, porque éstas generarían acciones positivas. No había que quejarse por cosas tontas, porque podía pasar el ángel y decir “amén” y, entonces, si teníamos ideas negativas se cumplirían. Por eso, era conveniente hacer el esfuerzo por crear pensamientos con contenidos positivos. Era un ejercicio simple, pero de una gran profundidad. —Me encantó la palabra “magnificencia”. Tiene esplendor, grandeza. Habla de desprendimiento, altruismo, también filantropía. Y creo que se aproxima bastante a todos estos recuerdos que usted se encargó de trasmitir hasta aquí. —¿Te parece? —Sí. La voy a adoptar. Le agradezco que en este diálogo me la haya obsequiado.

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Enriqueta y Mercedes.

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24 de diciembre como una fecha máxima, ya que la instituyó como el día del nacimiento de Jesucristo. Todos los bautizados y educados en este dogma creemos en el símbolo y, además, hemos adquirido también el espíritu navideño y lo hemos arraigado. La figura del hijo de Dios hecho hombre, su imagen, su palabra y el mensaje que nos ha dejado, se reaviva enormemente en los días de fin de año. Y el recogimiento en la fe se une a la alegría del ciclo cumplido, del replanteo de un año laboral, familiar y personal, para mezclarse con la expectativa de las vacaciones de verano y con los proyectos que se aspiran a realizar en el período que sigue. Todo ese movimiento nos sensibiliza. Estamos atentos a la preparación de la comida, de los adornos y ornamentos alusivos, a los llamados de los amigos, a los saludos de aquéllos a quienes no veremos o con quienes no compartiremos la fecha. Se estila que la cena del 24 sea, tradicionalmente, acompañada por los seres queridos del entorno más íntimo: hijos, padres, hermanos. Pero, muchas veces, se incorporan los amigos cercanos, que participan de nuestras actividades cotidianas en el correr del año. Es así como, las navidades se completan de aires diferentes y, también, (por lo menos, ésa es la intención de casi todo el mundo) los encuentros se transforman en una fiesta. A RELIGIÓN CATÓLICA NOS HA PROVEÍDO DEL CONCEPTO DEL

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He pasado muchas navidades. Recuerdo la mayoría de ellas con lujo de detalles. Pero hay una que quiero traer desde lo más lejano de mi memoria. Se trata de un 24 de diciembre en casa de mi madre, cuando todavía éramos, mi hermano y yo, adolescentes. Javier ya estaba en el Regimiento Nº 11 de Infantería de Rosario. Sin estar del todo segura, me arriesgaría a decir que fue la Navidad de 1937 o, tal vez, la de 1938. La familia era, como ya conté, mamá, Javier y yo, solamente. En algunas ocasiones, tío José compartía con nosotros la cena. Ese año, mi hermano había bajado del sur de Santa Fe, un par de días antes de la celebración, para unir las festividades con un breve descanso vacacional. Mi mamá, que era una buena cocinera, se esmeraba, especialmente, en estas circunstancias. Estaba preparando un pavo que ella misma había criado, muerto y eviscerado. A media mañana, había ido a comprar lo último que necesitaba para la guarnición, y al entrar nos dijo: —¿Vieron ustedes a esos dos señores que están en la puerta de la fábrica? Justamente, era ése el lapso de la construcción de la Textil Lanera, y los señores de los que hablaba eran los serenos. Tarea aburrida si las hay y, sobre todo, solitaria. —Me parece que son los custodios. Yo creo que esta gente se va a quedar allí toda la noche de Nochebuena. ¿Les parecería mal si los invito a cenar con nosotros? Los susodichos eran dos peones contratados como guardianes. Eran polacos y, efectivamente, estarían solos esa noche. Pero la Enriqueta en su jardín. 230


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imaginación y el buen corazón de mamá les cambiaron la realidad. —Mamá, por favor, si te parece a vos que son dos personas que están trabajando y son gente seria; a mí también me parece bien. Javier opinó lo mismo: —Decidílo vos, mamá. Y fue él quien cruzó la calle para cursarles la invitación. Esa noche, compartieron nuestra mesa y nuestro pavo dos obreros desconocidos. Eran inmigrantes católicos venidos de Polonia hacía un corto tiempo y su castellano era rudimentario todavía. Se presentaron pulcros, muy limpios y prolijos. Respetuosos en extremo. Se mostraron agradecidos en todo momento e hicieron honor a la bendición de la mesa y a la comida que les ofrecimos. Pero en el momento del brindis, para nuestra sorpresa, se pusieron a cantar villancicos navideños en su lengua natal. ¡Fue la Navidad más hermosa que pasé en mi vida! No pude jamás olvidarla. Lo cuento y se me vuelve a atragantar la emoción. Aquel gesto fue una devolución hermosa a la caridad de mi madre. Pienso ahora en estas alegrías tan simples que a veces se nos presentan. Sin esperar ninguna retribución, ésta estuvo, sin duda, en la unción con que entonaron las dulces baladas. Mi hija Mónica conserva el juego de comedor de roble oscuro de mamá. Cada vez que entro a su casa y lo veo, recuerdo adonde estuvieron sentados aquellos obreros y también me sonrío levemente recordando su dulce voz agradecida, que sólo nos costó un plato de comida. Vinieron muchas Nochebuenas más, pero ésta no la olvido. En otra oportunidad, ya casados, Antonio y yo invitamos a Ismael, que vino encantado, porque era muy familiero. Mi primo nos pidió si podía traer, a su vez, a un amigo, a lo que por supuesto accedimos. El amigo en cuestión era, nada menos, que Francisco Canaro. El compositor y director de orquesta vino con su esposa Marta. Y también nos acompañaron a la cena un empresario teatral conocido y su mujer, de quienes he olvidado el nombre. En la sobremesa, me pidieron que cantara y, como era un tiempo en el que todavía tenía voz, lo hice con mucho gusto. El 231


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amigo de Ismael me propuso presentarme a una prueba para cantar en el teatro a lo que, como es de imaginar, me negué. Todo quedó allí. La cena resultó muy agradable. Y los invitados, por demás interesantes. Habíamos tenido un inconveniente a su llegada: se me había apagado la cocina a kerosene que teníamos entonces. Cuando fuimos a vivir a esa casa, había una con hornallas a carbón; luego, pudimos comprar una eléctrica, pero llegaron tiempos de escasez de electricidad y hubo que recurrir al kerosene. Entonces, al apagarse en aquella ocasión, tuvimos que bombear durante unos minutos hasta que el fluido se activara de nuevo. Esto demoró la comida, lógicamente. Pero luego, cuando todo se arregló, el menú supo apropiado y sabroso, según alabaron los comensales. Canaro y su señora eran uruguayos y, las malas lenguas decían en esa época, que “Pirincho”, como se lo llamaba, compraba las partituras escritas por un desconocido que vivía “cruzando el charco”. Nada de esto pudo ser comprobado. Aquel apodo —nos contó—, se debía a su alumbramiento mismo. La partera, al tomarlo entre sus manos exclamó al verle tanto pelo: —¡Parece un pirincho!, aludiendo a un pájaro encrestado, común en el Río de la Plata. Su familia, muy pobre, se trasladó a Buenos Aires para vivir en casas de inquilinato, los típicos conventillos de principios de siglo XX, y trabajó desde muy niño como canillita o pintor de brocha gorda. Tocaba el violín, aunque su primer contacto con un instrumento fue con la guitarra de un vecino. No realizó estudios metódicos, pero tuvo un especial instinto y talento para la música lo que lo colocó en el éxito y la fortuna. Desde 1918 luchó por los derechos autorales, no reconocidos en esos tiempos, hasta culminar en la creación de la actual SADAIC (Sociedad Argentina de Autores y Compositores de música), que se fundó en 1935 en un edificio erigido en terrenos adquiridos por Canaro. Él era pelado, medio gordito, no tan alto, pero agradable. Su señora, “la francesa”, era pelirroja y muy simpática. En otra oportunidad, a un cumpleaños de una de mis hijas, vinieron ella y Sofía, y nos pusimos a jugar a las cartas. 232


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Pasamos una muy buena Navidad aquella vez. En el jardín teníamos un pino que yo había decorado con borlitas, moños y adornos para la ocasión. Después de cenar, llevamos las sillas afuera y celebramos allí, con champagne y charla, la noche fresca del 24. Entonces, vino Mechita, que debía de tener apenas cuatro años, dado que Adriana estaba en su cuna y Mónica todavía no se anunciaba, y recitó un versito que yo le había enseñado y que decía: Arbolito de Navidad con los brazos extendidos y ademán generoso arbolito entre todos eres tú el más hermoso… Y seguía, pero no me acuerdo más… Lo había sacado de un libro que se llamaba “El Tesoro de la Juventud”, que en algún lugar de la casa de San Martín, debo de tenerlo guardado todavía. La veo con su vestidito blanco almidonado, muy prolija. Era una preocupación permanente para mí, la pulcritud y el don de los buenos modales de mis hijas. Gestos y costumbres que se enseñaron desde que nacieron y que continúan hasta hoy, afortunadamente. Mucho más acá, cada Navidad ha sido un culto para mi familia. Una necesidad del encuentro y del compartir momentos en común. Con cada una de mis hijas nos preocupábamos de la comida encargándonos del primero y segundo plato, del postre y de las confituras típicas, así como de la bebida. Hemos tenido épocas en las que elaborábamos las comidas caseras y otras en las que las mandábamos a hacer. Hemos variado desde la cena típica del pavo relleno al buffet froid. Cada familia contribuye siempre con un plato salado o variedad de dulces. Se hizo habitual la especialidad característica de cada ama de casa, una más exquisita que la otra. Todas nos esmerábamos; pero no en el afán de competir, sino el de colaborar y participar con algo hecho con mucha dedicación y cariño. 233


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Luego, los platos se colocaban en una gran mesa alargada, cubierta con un mantel de color rojo, blanco y verde, alusivo a la fecha. Y, por lo general, como siempre fuimos muchos, se ponían mesitas en el jardín y cada uno se servía lo que gustara y lo llevaba a su mesa. Otra característica era la preparación del encuentro como una fiesta para los más chicos. En una oportunidad, en el terreno de al lado de casa, que estaba vacío, había crecido el pasto y estaba largo y seco. Una mañana, al levantarme lo vi y llamé a Enrique González, el marido de nuestra querida Norma, que era y es hoy todavía, quien se ocupa de la quinta y del jardín, y de muchas otras cosas. Le pedí que lo cortara con la idea de hacer un pesebre. Estos pastos secos nos servirían de techo. Enrique, siempre activo y capaz, buscó unos tirantes y construyó el pesebre. Después, elaboró un armazón y lo cubrió con el pasto seco. Por otro lado, se me ocurrió hacer trajes para disfrazar a los más chiquitos. El yerno de la familia Costa, vecinos nuestros, trabajaba en una fábrica de telas. Quedó en conseguirme retazos a un costo bajo. Así elegí algunas sedas de colores suaves y también unos rayones, con los que confeccioné las túnicas para la Virgen María, San José, Santa Ana, y alguna pastorcita, aldeanas y aldeanos. Un día en casa de mi hija Mony, había escuchado una canción en la voz de Mercedes Sosa que hablaba de la llegada de un niño. Me pareció muy oportuno y como ya estaba repartiendo en mi mente los personajes, le sugerí a Romina Cipriani, mi nieta, que tiene una hermosísima voz, que fuera la Virgen María. Mariano Socin tomó el papel de San José. El niño Jesús sería Octavio, que tenía pocos meses. Aunque también estaba Esteban Erhardt, que era un bebé más chico. Así que en esa Navidad hubo una entrada triunfal de la Virgen cantando la canción del anuncio del niño, acompañada de pastorcitas, pastores y ángeles, que iban saliendo de entre las plantas del jardín con sus vestidos acordes y hasta les habíamos conseguido sandalias apropiadas. A las doce, se colocó a Octavio en el pesebre. Y después, el niño se cambió por Esteban, para que ambos fueran Jesús por un ratito. Fue un 234


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Antonio disfrazado de Papá Noel, bajando de la terraza.

momento encantador, y alegre. Participaron los chicos de la familia, y los grandes también. Hubo canciones, flores y regalitos para todos. Luego de la personificación y de los cánticos de “Noche de Paz, Noche de Amor”, entonados por Marina y Mercedes, que venían acompañando, comenzó a oírse un sonido desde la terraza. Era Antonio vestido como Papá Noel, agitando una enorme campana de bronce que le habían obsequiado los amigos rotarios, para el campo que teníamos en Rancul. Algunos de los chicos más pícaros lo descubrieron por el reloj o por las 235


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Con los nietos, la familia y los chicos del barrio.

manos. Y hubo que perfeccionar el vestuario los años subsiguientes para los más ingenuos y pequeñitos. Este Papá Noel descendía por la escalera con una bolsa verde enorme en la espalda, llena de obsequios para todos los chicos. Las fotos son testimonio de las caritas de algunos de ellos, los más pequeños, que quedaban atónitos con tantas sorpresas. Hasta los vecinitos venían a verlo. Otras Navidades fueron también de gran despliegue artístico. Mony, Vivi, Marucho y Jorge, de alguna manera u otra, participaban y; sobre todo, creaban. En un sketch de su “cosecha”, mi hija se lució como una estrella de cine entrevistada por su prima Vivi, que es muy simpática y ocurrente y cuestionaba a los comensales después de haber cenado una opípara comida. Viviana tiene una gran habilidad para escribir y versificar. Será porque es la hija de mi hermano. 236


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Los nietos disfrazados de arbolito de Navidad viviente. 237

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También hicieron una imitación de Chirola y Chirolita, del mismo modo, con libreto de su autoría. Recuerdo que en esa misma fiesta se disfrazaron de arbolito de Navidad viviente, cada uno de mis nietos vestidos como adornitos, para lo que usaron escaleras que los subían a las ramas a las que llegaban cargando velas encendidas. ¡Casi provocan un incendio! En otra más cercana, la del año 2001, dada la extrema depresión que se vivía en el país, con corralitos, caídas de gobierno, y presidentes que se sucedían con días de diferencia, las chicas decidieron que había que levantar el ánimo porque las criaturas de la familia no merecían atravesar por esta situación. La fecha y el encuentro ameritaban que hiciéramos el esfuerzo de estar bien. Y así fue. Para que lo incorpore al libro, Mónica me acercó la letra de la canción que inventaron para aquella ocasión, con la música de “La gallina Turuleca”, de los famosos payasos españoles Gaby, Fofó y Miliqui, con cuyo ritmo de fondo entregaron los regalitos a los más pequeños de la familia en esa oportunidad. Aquí lo agrego para que se vea el tono que usaron: “¡Uy! Hoy es el cumpleaños del Niñito Jesús y Papá Noel tiene que entregar todos los regalos. ¿Habrá hecho la lista? Por las dudas, le voy a mandar por adelantado a los tres Reyes Magos acompañados por unas seductoras pastorcitas. Ojalá puedan ayudarlo porque fue un año muy complicado.” Aclaro que los Tres Reyes eran mis yernos: Alfredo, Victorio y Marucho. Las “seductoras pastorcitas”, mis hijas. Y la canción: “Un poquito adelantados llegan los tres Reyes Magos. Aquí están Melchor, Gaspar y Baltasar, y están bien acompañados por tres lindas pastorcitas que esta noche junto a ellos van a estar. Y aunque hoy Papá Noel sus regalos va a traer, 238


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una lista le hicimos para él, para todos los más chicos que no dejan de soñar que en cada Nochebuena un regalo ha de llegar. A Ian le regalaría, especialmente, algún jueguito de Nintendo porque se pasa el día en un sillón jugando todo el tiempo Gioia que es toda una Barbie se merece un bailarín para bailar. Y a Chiara le daría un disfraz de Sirenita porque bien sabe nadar. Y a Melina un hermanito porque sería más lindo que con él pueda jugar. Y los regalitos de Papá Noel se hicieron esperar un poquito, pero se entregaron bajo estas nuevas estrofas: Lo mejor para Matías es traerle una Ferrari porque su pasión realmente son los autos. Y a Luca un gran circo porque adentro de este chico tiene un payasín que lleva a todos lados. Y a Sol un torbellino porque ella destruye paso a paso lo que encuentra en su camino. A Stephie y a Rocío un buen príncipe a las dos porque son princesitas y merecen lo mejor. A Sofía un gran espejo para que mire que hermosos ojos tiene. Los más grandes no se apuren, también habrá un regalito para ustedes. El suspenso se termina, Papá Noel vendrá enseguida con regalos, pero lo más importante y esto no te lo da nadie ni te lo podés comprar: es que pueda estar unida toda junta la familia para poder festejar. Ésta es la mejor manera de pasar la Nochebuena y también la Navidad. Ése era el tono. Es importante agregarlo porque quiero conservar y trasmitir el espíritu que se vivió en aquélla y siempre se repitió. Cada una de las Navidades en familia fue hermosa, porque además de ser un maravilloso encuentro, fue un despliegue de creatividad y entrega. 239


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Inolvidables. Lo hicimos para todos, pero sobre todo para los más chiquitos. Sabemos que son experiencias que no olvidarán nunca. Toda la parafernalia de las fiestas se fue modificando con el tiempo. Ahora están los bisnietos, y yo voy cediendo la posta en la parte que me toca. Muchos de ellos son tan chiquitos que todavía no han gozado de los ritos que dan solemnidad y se ostentan en estas festividades. Pero ya vendrán también las sorpresas para ellos. Nuestra casa fue el centro neurálgico de los encuentros de fin de año durante décadas. Cuando nos mudamos a La Lomada esto se modificó. Un año se hace en casa de Adriana y Victorio; otro, en lo de Mechita y Alfredo; y otros, en lo de Mónica y Marucho. De todos modos, como la familia es tan numerosa, nos hemos tenido que dividir porque crece y crece. La gente es, básica y afortunadamente, la misma; pero fueron creciendo las ramas y se sumaron hijos, yernos, nietos y bisnietos. Desde nuestro primer año de casados, nos unimos con la madre y los hermanos de Antonio y sus respectivas familias. Algunos de los mayores, como “Mammina”, tío Julio y tía María, mi madre, o como Javier, fueron partiendo. Otros se dividieron hacia las familias políticas, algunas veces. Hubo una mutación lógica; pero debo decir, que siempre nos hemos beneficiado ya que, a Dios gracias, son más los que se suman que los que se van. Y, afortunadamente, en estas fechas en especial, todos se recuerdan.

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Antonio con sus nietos.

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Mariano Rabini, Dosolina (“Maminna�) con Elenita en su vientre, Antonio, Ricardo y Meri.


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UANDO UNA SE CASA, COMIENZA UNA FAMILIA. PERO AL MISMO

tiempo, ingresa a una más grande, al entorno de sangre de origen del hombre que elegimos. Y, obviamente, ellos se incorporan al nuestro. Algunos ven en dicha incorporación, dificultades, inconvenientes o controversias. He sido afortunada, no es mi caso. Claro que una trabaja para la armonía, la concordancia con los otros que comparten el afecto; pero he sido, hemos sido ambos, Antonio y yo, repito, afortunados. Primero que nadie estaba “Maminna”, mi suegra. La madre de Antonio, que fue una mujer sufrida. Como eran las de antes, sobre todo la italiana, de pocas palabras, más bien resignada. Quiero aclarar que conociendo a las mujeres actuales en la península; por ejemplo, a algunas hijas de los primos y primas de Antonio, puedo decir que la mujer ha cambiado mucho. Y me alegra de que sea así. Maminna era de carácter tranquilo, sí, pero de carácter. Muy de su casa, de no salir. No le conocí ninguna inquietud que no fuera la familia y los hijos. Cocinaba muy bien, tanto es así que a Antonio le parece que nunca ha comido otros tallarines más ricos que los que hacía su mamá. Y eso está muy bien. Lo he aprendido a entender. Pero como yo, al principio, no sabía cocinar, me molestaba bastante la comparación, porque me sentía inferior y sufría mucho. 243


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De izquierda a derecha: suegra de Elena, Maminna, Ricardo, Meri y Elena.

Ya de grande, mi suegra pasaba largas horas con su tejido de dos agujas, distinto a como tejía mi mamá, a quien le gustaba más el crochet. Yo fui la que le puse de nombre “Maminna”. No sentí llamarla mamá, porque yo tenía una mamá. Decirle “señora” me parecía muy seco, poco cariñoso y “Dosolina” era muy largo y, del mismo modo, demasiado serio. Entonces, me surgió “Maminna” y le quedó así para siempre. Todo el mundo la llamaba con ese apelativo. Cuando preguntaban por ella, me decían: — Y, “Maminna”, ¿cómo está? En una oportunidad, había comprado la tela para unas cortinas nuevas y Maminna, gentilmente, se ofreció para coserlas. Tuvimos una buena relación, no puedo quejarme. Luego estaban mis cuñados. Los hermanos de Antonio, por orden decreciente: Ricardo, Meri y Elenita. Con ellos, he tenido un buen trato siempre. De mucho afecto. Por lógica hay más afinidad con unos que con 244


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Maminna y Antonio en Mar del Plata, 1948.

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Elenita.

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Mechita y Meri.

otros en una familia; pero, en líneas generales, los vínculos han sido muy, muy armoniosos. Y, sobre todo, de mucha camaradería. Elena era jovencita cuando nos casamos, estudiaba aún y no tenía compromisos. Venía con frecuencia a casa a ver a Mechita recién nacida y pasábamos momentos muy lindos charlando. Siempre fuimos amigas. Antonio contaba con quince años cuando quedó huérfano de padre. Y lo sé muy bien, toda su vida sintió el compromiso hacia sus seres queridos sobre las espaldas. Lograr que su madre estuviera bien y que sus hermanos estudien fue la actitud paternalista y de sacrificio que lo caracterizó. Fue el referente de todos los demás. Antonio sintió que su papá le había cedido la “posta” y cumplió con lo encomendado a “rajatabla”. Y es así, cuando en el seno de una familia una pieza fundamental falta, se reacomodan los roles. Antonio cubrió el de progenitor. He pensado a lo 246


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Maminna y Elenita, en Italia.

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Ricardo Rabini.

largo de mi vida junto a él, que esto es lo que lo ha condicionado, el motivo fundamental de su carácter fuerte. Un padre marca línea sobre los demás miembros de la familia, y así lo hizo. Antonio y Ricardo tuvieron mucho en común, sin embargo. Ricardo, dos años menor, iba con él a todas partes. Lo siguió y lo acompañó en cada emprendimiento. Y esta unión y empatía entre ellos ha sido el éxito de la empresa. Hasta en las discusiones se entendían. Porque las tuvieron, desde luego. Pero, todo era laboral, al volver a casa eran familia. Hermanos. Siempre se complementaron muy bien. Un año después de que nosotros nos pusiéramos de novios, Ricardo conoció a una chica, del mismo barrio de San Martín: Marta. Y se casaron ellos también, al poco tiempo de nuestra boda. Con Marta, como con Meri y Elenita, nos hemos entendido mucho, porque desde lo básico 248


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Marta y Ricardo en el dĂ­a de su boda. 249

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Meri, Mecha, Marta y Elenita en Mar del Plata.

tenemos la misma formación (yo soy maestra y ellas bachilleres) y los mismos valores de familia. Cuando una habla de una instrucción semejante sabe muy bien por qué lo dice. Los pequeños rozamientos, lógicos y naturales, como en todas las familias (porque en la juventud uno a veces se equivoca), fueron subsanados por todo el afecto que siempre nos hemos tenido. Convivimos largas temporadas cuando veraneábamos en las playas de San Patricio, cuando todos éramos jóvenes y los chicos, pequeños. Mar del Plata fue, por muchos años, nuestro refugio de verano, y la pasábamos muy bien. Jugábamos a las cartas, íbamos al Casino, leíamos, cocinábamos. Era una época de gran esparcimiento, diversión y descanso. Con Marta y las chicas también hemos ido a Europa y compartimos varios viajes. Hemos estado juntas tanto tiempo, que a veces nos mimetizamos. Marta, por ejemplo, recuerda frases mías que yo olvido. Esto es 250


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Ricardo, Javier y Antonio.

algo llamativo. Y tenemos muchas cosas en común, ya que le gusta pintar sobre porcelana, como a mí. Al principio, fue alumna de Yolanda Brignon, una excelente pintora. Hizo su primer taller con ella, pero cuando vio que Adriana enseñaba, se puso a estudiar con mi hija. Ricardo tenía un carácter diferente al de su hermano, más dicharachero. Antonio tuvo siempre a la fábrica como prioridad uno. La prioridad de Ricardo era la familia. Yo admiré eso de mi cuñado, y lo aprecié mucho. Fue muy amigo de mi hermano. Grandes compañeros. Compraron una casa en Peralta Ramos, después de que San Patricio comenzó a dispersarse. Ellos continuaron compartiendo juntos los veraneos con sus familias, unos años más. Tenían el mismo gusto por jugar al bridge. Ricardo sintió mucho la muerte de Javier. Y él también se fue enfermando de un mal horrible hasta que falleció. Le tomó una E.L.A.: Esclerosis Lateral Atrofiante. La misma enfermedad que tuvo un actor 251


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Marta.

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norteamericano muy conocido y famoso de mi tiempo: David Niven. Se le fue paralizando el diafragma; de allí, a las vías aéreas superiores, hasta los pulmones. Cada vez tenía más dificultad para respirar. Su agonía fue larga. Duró más de un año. ¡Pobrecito! ¡Qué valiente! Nunca lo oí quejarse. No voy a olvidar el día en que lo llevaron a internarse por última vez. Vivíamos a dos cuadras; entonces, yo fui a acompañar a mi cuñada. Cuando llegué estaban saliendo para el sanatorio y logró pararse en la puerta de su casa, una casa preciosa que se había hecho con tanto entusiasmo y buen gusto, y miró desde la puerta de calle hacia adentro. Noté que observaba todo, las paredes, las ventanas, el jardín. Nunca más volvió. En medio de esta situación tan dramática, nosotros nos dábamos cuenta de que ésa era la despedida. Otro episodio que me llenó el alma de tristeza fue un día, próximo al desenlace, cuando fueron los nietos a saludarlo. Él estaba internado, en la cama, obviamente, y casi no podía hablar. Tomó a uno de los chicos, muy fuertemente, y se lo puso en el pecho. Todos lloramos. No sabíamos qué hacer para paliar su dolor. Recuerdo que le regalé un casete de Landrisina, porque era lo único que podía entretenerlo, escuchar algo gracioso; algo que, por unos minutos, lo hiciera sonreír. Pero no sé si algún día lo habrá escuchado. Era joven todavía cuando falleció, tendría alrededor de 67 ó 68 años, no recuerdo; pero no había cumplido aún los 70. Antonio lo tomó con gran entereza. Lo tuvo que hacer, además, porque Maminna estaba aún, con sus 84 años, aunque debilitada; y, en la familia, se cuidaron de decírselo. Fue una temporada muy difícil. Antonio lo tomó con entereza, digo y esto es verdad, pero nunca más pudo relatar a nadie, cómo había fallecido su hermano. Ricardo y Marta tuvieron tres hijos: Martita, Ricardo y Cristina. Todos ellos casados. Martita con Ernesto Socin, Ricardo con Violeta Gadou, y Cristina con Luis Casarín. Meri se casó con mi hermano Javier. Hicieron un matrimonio muy feliz, lástima que fue corto. Su vida en común habrá durado veintiún o 253


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Carlos Sommer y Elenita.

veintidós años, aproximadamente, tal vez un poco más. Tuvieron dos hijos, Javier y Viviana. Él casado con Nilda Molouni y mi sobrina con Jorge Erhardt. En el capítulo de Javier ya lo mencioné. Elenita se casó con Carlos Sommer, un magnífico muchacho, también muy amigo de mi hermano. Trabajaron juntos. Un hombre inteligente y excelente profesional. Tienen dos hijos: Andrea, cuyo marido es Gabriel Masenga. Y Marcelo, casado con Andrea Bernasconi. Ésta es la familia inmediata de mi marido. Las hermanas y hermano; 254


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cuñados y cuñada que tan cercanos a nuestro afecto se encontraron toda la vida. Después, los parientes por línea materna, tíos, tías y primos, con quienes compartió grandes momentos fraternos, fueron nombrados con lujo de detalles en el libro de Antonio. Pero, es evidente que hay uno al que no puede dejarse de nombrar, ya que su influencia, su resguardo inicial y su personalidad fueron de gran escuela para Antonio y Ricardo; pero, sobre todo, para mi marido. Y ése fue el tío Conrado. Él —recuerdo al que está leyendo este libro— era el dueño de una fábrica de botones y le dio trabajo a Antonio que, por entonces, contaba con diecisiete añitos. Y allí comenzó su historia laboral. Tío Conrado falleció hace muchísimo tiempo, sin embargo, sus descendientes todavía conservan el vínculo con nosotros y nosotros con ellos. He sentido siempre una línea de afecto sincera con este tío. Cuando yo lo conocí a Antonito, Conrado y su hermana Dosolina se hallaban distanciados. Entonces, mi tarea, desinteresada y sin demasiada estrategia, fue propiciar el acercamiento entre ambos. Intención repetida muchas veces que, por supuesto, tío Conrado notó agradecido. Nunca lo hice para que me lo agradeciera en verdad, sólo para que los enemistados revean su situación y consideren que no vale la pena estar enojado por temas sin importancia. Y, mucho menos, si esos temas son económicos. Hoy, entonces, el trato aunque no es muy frecuente, cuando se produce, es porque la “fuerza de los genes” vuelve a revivir. Así, hace pocos días, un nieto de tío Conrado, Leonardo Maggiorini, se ordenó sacerdote y nos cursó la invitación. Con mucho gusto, fuimos. Y yo, en plena ceremonia, emocionada, me acordaba de la historia vivida por ellos, de su intensidad y de su afecto incondicional. ¡Quién lo dudaría! Y también que este muchachito, precisamente, me trasmitió siempre su maravilloso carisma. El padre de Leonardo es hijo de Conrado. Su madre se llama Teresita y es un encanto de mujer. Son sumamente católicos, tuvieron nueve hijos. Leonardo es uno de los menores. Cuando este niño ten255


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dría unos cuatro o cinco años, vinieron a visitarnos a nuestra casa de San Martín. Eran un verdadero familión y todos muy educados. Teresita les había enseñado a actuar cuidándose uno al otro, a colaborar en el hogar, de tal modo que, la vida fuera más fácil para todos. Estaban acostumbrados a hacerse su cama, a doblar su ropa, levantar los platos y turnarse para lavarlos. Y todos los hijos hacían esto sin protestar. En aquella ocasión, al saludar a Leonardo noté que el roce con su piel me producía una sacudida extraña. —¿Qué tendrá este chico?—me pregunté. Unos años más tarde, lo encontré en el casamiento de una de sus hermanas Mecha y tío Conrado. y lo abracé. Sentí, nuevamente, la misma impresión. No era, no es un hombre común. Tiene algo especial que no es posible describir. Lo cierto es que cuando me contaron que se ordenaba sacerdote, comprendí que ese halo de energía que Leonardo irradia es eso, una especie de santidad. La ceremonia se realizó en la catedral de Moreno, provincia de Buenos Aires. Todos sus hermanos estaban allí reunidos, aún los que viven en Venezuela. Una de las mujeres radicada en los Estados Unidos, al enterarse de que su hermanito había entrado en el Seminario, le compró el “copón”, un cáliz maravilloso de plata, para que el futuro Padre Leonardo pueda concelebrar las muchas misas que le esperan en el cumplimiento de su misión. El 28 de marzo de 2008, estrenó las ropas atinadas para la ocasión que le regalaron sus hermanas: el alba, 256


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la casulla, el ámito y el cíngulo, éste último una especie de cinturón que se acomoda con cierta flojedad, en la cintura. Ojalá que tenga la serena sabiduría de despejar los problemas de los hombres que se le acerquen. Le deseé mucho éxito, que no dudo que tendrá. —¿Qué le compro, qué le regalo a este chico?—pensé. Cuando, en la ceremonia, me enteré de que lo habían asignado a una capillita en Moreno tuve la respuesta. Antonio y yo vamos colaborar para que edifique pronto, para que construya su púlpito, lo más rápido posible.

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Ricardo y Mechita.

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5 —Me quedé pensando, Mecha, por qué será que Antonio no pudo hablar nunca de lo que le pasó a su hermano Ricardo. —Así es, es raro. Bueno, no tanto en verdad. Lo ha tratado de borrar de su mente. Cuando tiene que recordarlo es tan doloroso para él, que se bloquea. Para ser franca, sin ser psicóloga ni siquiera haber rozado esa profesión, estoy segura de que esto es así. La psiquis tiene esas cosas, son herramientas de autodefensa. Si no me acuerdo de lo doloroso, no sufro. —Sí, tiene razón. Es un mecanismo que utilizan algunas personas desde el inconciente. No es algo premeditado. ¿Será que ocurre esto con la gente que tiene un carácter particular? —No sé en qué clases de personas se da. Pero no debe ser en individuos de poco carácter, sin embargo, ya que Antonio es de temperamento fuerte. —Claro para manejar semejante empresa… —No me refiero a la empresa, solamente. Él es un gran conductor. Aún hoy, con noventa y cuatro años, va a su fábrica todos los días y enfrenta a diario lo que sea. Nadie que no tuviera su fortaleza y esa pasión que ha sido para él el trabajo, podría haber llegado con tanta hidalguía a este lugar. Pero, debo decir a los efectos de ser franca, ya que éste es mi momento de sinceridad, que en la convivencia no ha sido todo “color de rosa”. Antonio tuvo siempre un carácter fuerte, fue muy exigente, incluso en casa. Y, muchas veces, he notado que descargaba en el hogar y, sobre todo conmigo, los problemas y conflictos que se producían en el trabajo y que ejercían sobre él presión, tensión y enojos. Yo lo acompañé en todo. No fue fácil. El amor es tan fuerte que he sabido tolerar. Lo que no quiere decir que olvide. Por ejemplo, si digo: “¡Qué lindo jueguito de té!”, él replica que no le gusta. Elegí unos silloncitos con esterilla para el living 259


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nuevo de nuestra casa de Pilar, los consideró feos y me los hizo cambiar. Y, aunque nuestras hijas opinaron también que no estaban acorde a los otros muebles, trajo otros, estilo “Reina Ana”, de color rojo y no dos, ¡ocho! —¡Ay!, Mecha, a mí me hace reír con estos comentarios que me parecen controversias de adolescentes. —Sí, claro, parecen. Pero hay que atravesarlos. Otro caso, te cuento. Fuimos a Bariloche porque Mónica tiene un “tiempo compartido”. Al salir de la habitación del hotel, Antonio tropezó y se cayó lastimándose en la pierna y en el codo. Se le infectó y no quiso ir al médico. No hubo caso. Me pareció un capricho. —No, eso es tal vez creer que a uno no le va a pasar nada, que es una raspadurita nada más. Un poco de omnipotencia que todos tenemos. —Sí, pero no somos omnipotentes. Y yo intento cuidarlo. —Mecha estoy acordándome del libro de Antonio. Exactamente de las páginas finales, en donde ustedes discuten por una camisa que usted le sugería y que él no quería usar para el día de sus Bodas de Diamante. ¿Se acuerda? Me parece que allí está el ejemplo de su vínculo. Se puede discutir y, luego, se recompone todo cuando lo que sigue es tan fuerte y tan importante que se olvida lo anterior. Y ustedes están llenos de acontecimientos maravillosos. —Estoy segura de que esto es así, pero insisto, ha sido difícil la convivencia. Como la vida de ama de casa “no reconocida”. —¡Ah! En eso coincido absolutamente, es una de las tareas más ingratas. —Sí, tarea malagradecida, digo yo siempre. Porque una limpia y tiene todo en orden, cosa que cuesta esfuerzo y tiempo enormes. Nadie dice nunca nada de ello. Pero cuando se ve una pelusita en el suelo, ahí sí, te lo dicen. Y ¡cómo se limpiaba antes! A mí me gustaba tener todo impecable, y no siempre tuve ayuda. Me daba placer que mi familia estuviera orgullosa de su casa, porque indirectamente lo estaban de mí. Así lo sentía entonces. Uno que me ponderaba era mi hermano: “Mecha, ¡qué ama de casa sos vos!”. —Da gusto que nos alaben. Aunque siempre sintamos que faltan cosas, ¿no es así? 260


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—Uno quiere que los que nos reconozcan sean los que conviven con uno, más que nada en el mundo. La familia, los afectos, porque es para ellos que lo hacemos. Es para que ellos también se luzcan. ¡Y ni hablar del tiempo y el empeño que en un hogar lleva la cocina! —¡Eso sí que lleva tiempo! Es verdad. Yo digo que es el “arte efímero”, porque una pasa horas cocinando y, en pocos minutos, los comensales dan cuenta de nuestra obra de arte. —Yo no quiero parecer quejosa. He tenido de todo y gracias a Antonio. Él nos ha provisto de las necesidades primarias y de las otras. Progresivamente hemos crecido mucho y nunca, jamás, nos faltó nada como familia. Y mucho menos como mujer y esposa. No debo protestar, es verdad. Pero en este barajar de los recuerdos y de los sentimientos, me surge ahora esto que no es más, supongo, que una vieja protesta muchas veces contenida en la juventud. Yo no mostraba tanto mi disgusto, toleraba. Así nos educaban a las mujeres antes. Mi mamá decía que había que tener cuidado con lo que se decía, porque las palabras lastiman a veces más que un cuchillo. Y creo que tenía razón. Además, esto de que no se puede “escupir al cielo, porque se te cae encima”, también me marcó; porque ¡cómo refunfuñar con lo que tenía! En fin, creo que algunas mujeres tenemos cosas que nos quedaron pendientes. Y ése debe de ser el punto que me hace parecer como insatisfecha. —¿Sabe qué pienso? Que usted no es un ama de casa convencional de su época. Usted ha sido una mujer preparada y cultivada, amante de la lectura y del crecimiento interior. La literatura, la pintura, la ópera, el arte en general son las herramientas que nos hacen crecer el espíritu. No hay vuelta atrás una vez que esto modifica nuestra interioridad. Por eso, si debemos desarrollarnos en el espacio y en la contingencia de la casa, esto nos ahoga. Creo, humildemente, que es lo que le pasó a usted, Mecha. —Te agradezco el concepto. Es probable que haya sido algo así. Siento mucha frustración cuando recuerdo mi carrera docente, a la que amaba y en la que me desempeñé tan breve tiempo. O mi carrera de canto lírico, nunca ejercida. Pero bueno, todo fue en función de la familia. 261


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—¡Y qué familia, Mecha! Siéntase orgullosa de ello. Nada habría sido igual sin usted y sin tanta entrega. —Y sin tanto amor, querida. Con una infinita paciencia. Siempre me levanto de cualquier depresión pensando en este amor construido con esta dedicación. Algunos métodos caseros también me levantan. Hace poco estuvieron nuestros amigos peruanos que me trajeron unas hierbas para energizarme. Me hizo bien, mucho bien. Me da ánimo para continuar y me cambia la energía. El jengibre también me produce ese efecto. Como es fuerte, lo corto en rodajitas y me levanta. Pero el orgullo, ése que mencionás, es el mejor de los estimulantes. El que me sostuvo y me sostiene aún. Mis hijas me dicen que he sido una “geisha”. Es probable. —A estas alturas, después de esta “descarga”, siente que si volviera a empezar, ¿cambiaría las cosas? —No, definitivamente, viendo los resultados obtenidos, no cambiaría casi nada. Dar de corazón, es el mejor de los servicios. Y yo he dado, con felicidad. —Y ha tenido muchas cosas gratificantes que la han distraído de lo cotidiano también. Los viajes, por ejemplo. —¡Ah, sí! ¡Los viajes, los viajes! Maravillosos todos. —¿Quiere contarme algunos?

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ANTONIO LO LLEVA arraigado en lo más profundo de su ser, desde los diez años, cuando realizó su primer viaje en barco y, deslizándose por una escotilla se sintió (sin siquiera presentir el peligro en el que se exponía) dueño del mar, dueño de aquella embarcación. Ésa fue su primera travesía desde el Viejo Continente hacia América, donde comenzó una historia personal. Siendo la mía más sencilla, tuve primero la posibilidad de conocer en los libros, los lugares del mundo que alimentaron mis fantasías. Y fue Europa, a través de su profusa literatura, la que se deslizó en mis sueños más recónditos. Tuve claro siempre que mi madre no podía darme el lujo de grandes viajes. No los ambicioné en esa época, para ser franca. Sólo tuve la ilusión, la quimera lejana que ocupan las esperanzas, las ansias, los afanes más hondos de conocer. Aún así, cuando cumplí quince años, mamá quiso darme la sorpresa y nos llevó a mi hermano y a mí, a conocer Punta del Este. Fuimos en barco hasta Pocitos y, de allí, a Carrasco. En un hotel del mimo nombre, nos hospedamos. Había un grupo de huéspedes con quienes se organizó una excursión que nosotros compartimos. Punta del Este estaba recién promocionándose. No había nada todavía. Paseamos por la costa sin explorar y nos llenamos de los mosquitos que se criaban entre los pastizales. Tengo una foto del guía a caballo, sacánIAJAR ES ALGO QUE SIEMPRE NOS GUSTÓ Y

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Viaje a Punta del Este.

dose la camisa y con ella espantando a los insectos. Pero, a pesar de esto, recuerdo que mi madre dijo: —Si tuviera unos pesitos compraría un terreno aquí. No lo compró y su pronóstico se cumplió infaliblemente. Una característica más: ser visionaria. A medida que la vida se fue conformando y los éxitos construyéndose sólidos, fuimos considerando el viaje en común, Antonio y yo. Ya se daban las condiciones para que proyectara la empresa, y él siempre lo quiso compartir conmigo. Eso fue muy bueno, ya que nos permitió conllevar, en simultáneo, experiencias sumamente ricas con la excusa del paseo, del descanso y la búsqueda de justificaciones económicas. Hoy puedo decir que hice muchos viajes. Algunos en barco y otros en avión. Vivencias maravillosas ambas y distintas. Y muchos y muy interesantes fueron los lugares que conocimos. Además, es muy importante recordar la compañía con quien llevábamos a cabo dichos viajes. Y es esa 266


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Cristóbal Rozas.

proximidad con la familia, en la mayoría de los casos, y sus anécdotas, el enriquecimiento que capitalizamos, además de los nuevos países, ciudades y gentes. Uno de ellos, de los primeros, lo realizamos solos. A Perú. Para Antonio fue un viaje muy especial, ya que él había pasado parte de su vida allí. Y en este lugar había dejado grandes amigos, como Cristóbal Rozas. Nos encontramos con Cristóbal en el hotel. Fue muy emotivo. Luego, nos invitó a su casa y allí conocimos a Marta, quien era su mujer en aquel tiempo. Una alemana fina y educada. Fui la primera persona que supo de su embarazo, porque al día siguiente, cuando nos reencontrarnos, ella volvía de ver a su médico con la confirmación y la buena nueva. También nos vimos con otros amigos y antiguos condiscípulos de Antonio, momentos estos de semejante emotividad. Todos fueron muy agradables y respetuosos conmigo. Con Cristóbal y Carla, su actual y bella esposa, todavía continuamos, a pesar de las distancias, una hermosa amistad. 267


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Antonio, Carla y Cristóbal en su casa de Perú.

En Lima recorrimos las iglesias, los museos y los monumentos, los interesantes paseos públicos y la novedosa, para mí, arquitectura cuzqueña. En 1971 preparamos un viaje a Europa y lo concretamos con Elenita y Carlos Sommer. Llevamos a Mónica con nosotros. Y recuerdo un simpático suceso como corolario de este periplo. Desde Holanda, punto inicial del viaje, llamamos por teléfono a París para reservar habitaciones en un hotel que nos había recomendado mi hermano Javier. Él lo había conocido previamente y se había hecho amigo del dueño, un español muy atento. Este hotel, al que van muchos argentinos, se encuentra en la Rue des Paradise. Ni bien recalamos en la Ciudad Luz, alquilamos un auto y 268


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nos desplazamos con él, los cinco. Al llegar al hotel en cuestión, y apersonarnos ante el responsable de la entrada, un portero a cargo, pues era cercana la medianoche, el hombre nos expresó: —¡Cómo!, ¿no saben lo que pasa en París? —¡¿Qué pasa en París?!—contestamos con asombro. —Ha venido una convención de varios países porque se organizó, sorpresivamente, una feria textil. Entonces, se ocuparon todas las plazas. —¡Sí, pero nosotros teníamos unas reservas!—agregamos. —No, es imposible, se tuvieron que ocupar. No hay reservas. No queda nada. —Pero, ¡no me diga esto! ¿Qué vamos a hacer ahora? Eran como las doce de la noche y empezamos a preguntarnos adónde ir. El encargado entonces, nos recomendó otro hospedaje que quedaba cerca. Podía ser que tuviera habitaciones, ya que era bastante más caro. Al llegar, corroboramos que era así. Tenían lugar, pero nos lo ofrecían hasta las siete de la mañana del día siguiente, momento en que los cuartos se iban a ocupar con miembros de la mentada convención. O sea, que nos cobrarían por escasas seis horas el importe completo. No fue muy difícil dilucidar lo que haríamos. Carlitos fue el primero que decidió que él no pagaría ese dinero para tener un rato en el que apenas podría bañarse. —Quedémonos a dormir en el auto. Mañana por la mañana vamos a la Dirección de Turismo y averiguamos qué hacer. Fue la decisión de todos. Y, si bien no dormimos mucho, más bien dormitamos, lo hicimos frente al Lido de París. Y observamos el amanecer sobre Les Champs Elyseés. Vimos cómo iba apareciendo la gente a sus ocupaciones cotidianas, el puesto de diarios, la florista, un hombre sobre una bicicleta silbando bajito. Escasos automóviles a poca velocidad. Y una panadería abriendo la cortina. Compramos las típicas “croissants”, nuestras más añoradas medialunas, y desayunamos alegres a pesar de la vigilia. En la Dirección de Turismo nos enviaron a la Rue des Coulanger, nombre —supimos después—, que había sido colocado en homenaje a un oficial del ejército de Napoleón. Aquí tomamos contacto con el Hotel 269


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Italia. Un hotelucho de tres estrellas, si las tenía. En comparación, era baratísimo. Antonio bajó a conversar con la dueña, que estaba sentada detrás de un mostrador de madera bastante vetusto. Tuvimos una extraña sensación, por demás desagradable, cuando al ingresar percibimos a través de nuestro olfato, un agrio olor a transpiración. Nos ofreció las únicas dos habitaciones con que dijo contar; una en la planta baja; y la otra, en el segundo piso. Pudimos ver la de abajo y parecía limpia. No era maravillosa, pero se veía discreta. Ropero viejo, aunque presentable. Acolchados sencillos, un tanto antiguos, pero aseados. La habitación de arriba no la pudimos ver. Nos dijo que recién a la tarde. Íbamos a quedarnos cuatro días en París. La mujer del olor axilar impregnado en el ambiente nos exigió el pago completo por adelantado. Tomamos las habitaciones, aún con la incógnita de la del piso superior. Pensamos que el tiempo en el que íbamos a permanecer en el hotel sería, prácticamente, sólo para dormir y cambiarnos. La intención era pasear y conocer. Antonio pagó todo. Luego nos enteramos de que estaba en París Farah Diva, quien fuera la tercera y última esposa del Sha de Irán, Mohamed Reza Palevhi. La historia de esta mujer fue muy comentada y tuvo una boda de cuento de hadas en 1959. Los matrimonios anteriores del monarca, con la princesa Fawzia de Egipto y con Soraya Esfandiari, no tuvieron frutos y fue Farah Diva, la única que le dio un heredero al trono de Irán. Ésta, para nosotros, extraña historia de amor, terminó en tragedia, ya que el “Sha de Persia”, como también se lo llamaba, sufrió un exilio forzado, con su posterior enfermedad y muerte hacia 1980. En el hotel, paraban sus custodios. Y, aunque nunca los vimos, tuvimos la oportunidad de recordar la historia de esta bella mujer que llenó muchos espacios periodísticos. Fuimos a pasear al Louvre, caminamos, almorzamos ligeramente en una hostería con mesitas sobre la vereda, el día de sol nos permitió subir a la Torre Eiffel, cenamos en un restaurant muy elegante, con un buen 270


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vino, unas típicas “coquilles”. Y, rendidos, volvimos al hotel. Nuestra habitación, a la cual subimos por la escalera, ya que no había ascensor, resultó ser una buhardilla. Al abrir la puerta, se me presentó el libreto de Henry Murger, una novela por entregas, “Escenas de la vida bohemia”, publicada en el periódico El Corsario a lo largo de cinco años (1845-1849) y que fuera después tomada por Puccini para “La Bohème”. Había en el cuartito dos camastros, una alfombra raída y unas ventanitas alargadas que son típicas de estos desvanes en París. —¡Ay, Antonito, estamos igual que en el primer acto de La Bohème! Me brotó la pasión por la ópera. Y, por supuesto, lo tomamos a risa. Yo más que Antonio, desde luego, pero después se conformó. No era tampoco momento de hacernos mala sangre. Era sí el tiempo de disfrutar como se pudiera. La cuestión es que hace treinta y pico de años, éramos muy jóvenes, teníamos mucha energía, salíamos sin parar, nos adaptábamos a cualquier lado. El último atisbo de “mufa” se le fue a Antonio cuando a la mañana siguiente pasó esto: —¡Yo no sé qué estamos haciendo acá! Me quiero ir. ¡Vayámonos a otro lado! Carlitos y Elena estaban relativamente conformes. Las camas eran limpias y el ambiente pasable. —Bueno, ustedes quédense, si quieren—acotó Antonio. Y dirigiéndose a la dueña: —Señora, si no nos da otra habitación, nosotros nos vamos. Pero cuando la dueña le negó el reintegro del dinero, diciéndole que no le interesaba, que el cuarto estaba pago, nos tuvimos que quedar. —Cerremos los ojos, Antonio, quedémonos, son pocos días. Y así lo hicimos. Era la primera vez que íbamos a París. Antonio quedó un poco marcado por este viaje y, en los sucesivos, tomó la precaución de elegir una mejor ubicación. Yo la pasé muy bien de todas maneras. Me encanta París. Es una de las ciudades más bonitas, sobrias y elegantes que conozco. Es fina, con una arquitectura maravillosa, impecable. 271


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Un día antes de partir, volvimos al hotel de la compañía Meliá, del español, quien se deshacía en disculpas y nos pedía que nos quedáramos, que nos haría un lugar. Y que recordaba mucho al Coronel Echevarrieta. Pero ya estábamos marchándonos de la ciudad hacia otro rumbo. El periplo siguió por el sur. Subíamos al auto y marchábamos todo el día, nos deteníamos para comer, para observar algún paisaje bonito, para sacar fotos. Y cuando nos cansábamos, buscábamos alojamiento, y allí pernoctábamos, para seguir camino al día siguiente. Me acuerdo de un pueblito donde recalamos, chiquito, sin demasiado brillo, pero pintoresco. Me llamó la atención lo parecido a un solar semejante donde se desarrollaba la serie de televisión “Combate”, muy exitosa en los años ’60. Parecía que dicha serie hubiera sido filmada allí. Tal vez, me guste hacer asociaciones, pero lo vinculé con una situación de fin de la guerra; aunque, en realidad, ésta ya había concluido hacía casi veinte años. El hotel, en aquella ocasión, ocupaba una esquina. Dejamos las valijas y decidí caminar un rato por los alrededores. Salí del albergue y pensé en desplazarme por unas cuadras en línea recta. Regresar sería fácil por una callecita paralela. Pero, al doblar por una de ellas como para regresar, me perdí. No me acordaba el nombre ni de la calle donde estaba el hotel, ni del hotel. Estuve dando vueltas un largo rato. Sólo recordaba que había escuchado ruido de autos. Me guié por mi memoria auditiva. Y cuando llegué habían pasado tres horas. Todos se habían asustado mucho. —¡¿Dónde te metiste?!—me decía Antonio. —Querido, ¡me perdí! Las casas me habían resultado una encrucijada. La calles, intrincadas. Lo único que se me venía a la memoria era que el hospedaje estaba emplazado en aquella esquina. Y el ruido. No había nadie. Yo no podía comunicarme en francés, de cualquier modo. Y menos, si no sabía la referencia. Otra anécdota de viaje. Sin esto, ¿qué contar? Francia es el Louvre, con su edificio que alberga el museo más visitado del mundo, cuyo origen es una fortaleza del siglo XII. Con colecciones 272


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Museo de Louvre, Francia.

artísticas maravillosas. Es imposible recorrerlo en un solo día. Lo que más me impresionó fue “La Victoria de Samotracia”, de Pithókritos de Rodhas, del año 190 a.C., una de las más bellas esculturas helenísticas, que no tiene brazos y, al subir una escalera está allí, en mármol, hermosa. No me impresionó tanto, sin embargo, “La Gioconda”, que me pareció un cuadrito pequeño. En el segundo viaje que hicimos, había sido protegida por un vidrio, ya que había sufrido varios intentos de robo. Y en cada uno, se reducía su contorno. Parece que los ladrones usaban un instrumento cortante para despegar el lienzo y esto disminuyó su tamaño. No le quito mérito a Leonardo Da Vinci, sin embargo. Francia es La Conciergerie, antigua cárcel donde iban los presos comunes. La Bastilla, parece, estaba reservada a crímenes más bien políticos. También es el grandioso edificio de los Inválidos, que se encuentra cerca de la Escuela Militar y el Campo de Marte. Es el centro iniciado 273


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Monumento a los Inválidos.

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Tumba donde reposan los restos de Napoleón.

por Luis XIV para atender a los veteranos de sus ejércitos. En el interior del mismo, se destaca el patio principal y la iglesia del Domo, con la notable cúpula. En este edificio se halla el Museo de las Armas y, sobre todo, la tumba donde reposan los restos de Napoleón, traídos desde la isla de Santa Elena, diecinueve años después de su fallecimiento. En otra oportunidad, repetimos el viaje con Mechita, Alfredo y mis nietos: María Pía, Alfredito Mariano y Paola. Fuimos con ellos al Palacio de Versalles, otro puntal de la cultura francesa. Allí se encuentran los muebles de Napoleón. En una de las galerías está su cama, pequeñita como él, que era bajo y menudo. Además, según cuenta la historia, debía dormir semi-sentado por sus problemas estomacales. Previo a esta visita habíamos llevado a los chicos a ver aquella famosa tumba del Gran Emperador en el nombrado Monumento a los Inválidos. Aquí, el patio cen274


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La Torre Eiffel.

tral imponente deja ver, allá a lo lejos, la mentada sepultura. En alguno de los libros explicativos de la vida del General se cuenta que la cripta está formada por varios ataúdes y, finalmente, el último, de mármol. Este detalle le da un volumen magnífico que nada tiene que ver con el cuerpo que contiene. Es colosal. 275


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Entonces, atravesando en Versalles las habitaciones de Napoleón, yo le iba explicando a mi nieto de, por entonces, ocho o nueve años, el lugar exacto donde el militar descansaba. —No puede ser nonna. Aquí no dormía Napoleón, ¡esta cama es muy chica! ¡Aquí no entraba!, ¿no viste lo que era la tumba?—me dijo convencido y con un lógico razonamiento. Y nos hizo reír. París es “La Torre Eiffel”, también. Una estructura diseñada por el ingeniero francés Gustave Eiffel, en ocasión de la Exposición Universal de 1889, realizada en esa capital. Se erigió en dos años, dos meses y cinco días, según dice en los catálogos. Cuentan también de la controversia con los artistas de la época, que la veían como un monstruo de hierro. Siempre pasa esto con lo que se quiere imponer como novedoso. Hoy, es un símbolo indiscutible de Francia y de su capital, en particular. Les Champs Elyseès, Montmartre y el Lido, el Molin Rouge y tantas otras cosas más. Inolvidables. Ellas también son París. En un paseo por el centro y en las escalinatas del Patio de Armas, fuimos observadores de un espectáculo de Luces y Sonido, donde explicaban a modo de pequeño tramo de historia narrada, justamente un momento de una batalla, cuando Napoleón venía con su tropa, con la caballería. La música y las luces mencionadas colaboraban con la imaginación. La dificultad del idioma no fue tanto, cuando en la voz de un actor renombrado en esa época, Jean Gabin, se escuchó Austerlitz; y así comprendimos que la referencia era hacia dicha batalla. Luego, escuchamos Santa Elena; y ahí, nos imaginábamos el paso de Napoleón a su tramo final, en la cárcel. Fue una exhibición y una noche hermosas. Lo escuchamos sentadas en las gradas del Patio de Armas. No podíamos irnos sin conocer el Lido que, como el Molin Rouge, es un cabaret, donde las hermosas bailarinas aparecían con los pechos al descubierto. Hicimos una cola para sacar las entradas. Todo se paga en el mundo del turismo. Una señora que hablaba en español se acercó para preguntarnos para qué era dicha fila. Yo noté su tono raro y, en principio, después de tantos días de escuchar el francés, me costaba ajustar el oído 276


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El Arco del Triunfo.

a qué parte del mundo correspondía dicha tonalidad. —¿De dónde es usted?—le pregunté. —De Córdoba, Argentina—me dijo. —¿De la ciudad?—insistí. —Sí, de la ciudad misma. —Nosotros tenemos unos amigos que viven en Córdoba Capital. Los apreciamos muchísimo, eran vecinos nuestros en San Martín. Yo no recordaba el nombre, pero le dije que era el encargado de las Tiendas Santa Rosa. —¡Ah!—me dice—yo soy la dueña de las Tiendas Santa Rosa. Y ese muchacho es Gustavo Sánchez. Soy la madrina de su hijo. Me alegré mucho, porque en San Martín, él y su mujer no habían tenido familia. El mundo es más chico que un pañuelo. París nos regaló el lujo de sus edificios, de su historia a cada paso. El Arco de Triunfo, que desde lejos no se ve tan grande y, sin embargo, es 277


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inmenso. Con su “Llama Votiva” siempre encendida. Las banderas de todos los países del mundo rodeando el descanso del creador del Código Civil de Francia, mi gran admirado. Un día, yo observaba extasiada el espectáculo de las cinco avenidas y de los jardines bien cuidados. —¡¡Vamos, Mecha!—me gritó Antonito. —“Vísteme despacio, que estoy apurada”—le contesté, recordando las palabras del Gran Corso. Para ir a la Costa Azul, desde la capital, tomamos un avión. Llegamos a Niza. Cuando bajamos del aparato nos estaban esperando con una rosa. Esos gestos tienen los franceses. Alquilamos un auto y nos dirigimos a la costa del Mediterráneo. Ni bien arribamos a la playa, Antonio me pidió que abriera la valija y que le consiguiera su traje de baño, pues se quería meter al agua tan azul. Le hicimos un lugar, tapando entre todos con toallones el espacio para que no lo vieran, y se puso la malla. —Mientras ustedes se cambian yo voy a probar el agua—nos dijo. Y allá lo vimos zambullirse y comenzamos a filmarlo desde lejos, con el zoom. Pero, de repente, salió del mar, haciendo gestos desesperados. —¡¡No, no, no se metan!! Y hacía una señal medio rara con las manos. —¿Qué habrá visto?—pensábamos mientras avanzábamos, ya cambiados, hacia la orilla. En el Mediterráneo, en la famosa Costa Azul, lo que mi marido había visto y con lo que se había encontrado compartiendo las azules olas, era con trozos de excrementos humanos que flotaban. Con una notable cara de asco y sensación de desasosiego, tomamos nuestras cosas y nos retiramos del lugar. Y pensamos que, si bien era temprano en la mañana, no había ninguna persona del lugar bañándose. Por algo sería. La historia que siguió fue encontrar rápidamente un lugar donde Antonio pudiera ducharse y sentirse desinfectado. Después, el derrotero nos llevó a Chamonix, cerca de la montaña. Paramos en un alojamiento de ensueño. Nos recibió un conserje con un 278


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frac. Y ni bien entramos vimos a parroquianos vestidos con ropa muy paqueta, las mujeres de largo y tomando champagne. ¡Qué nivel!, pensamos, y fuimos a ducharnos, a sacarnos el polvo del camino y nos pusimos también nuestras mejores galas, puesto que las habíamos llevado. ¡No íbamos a ser menos! La pasamos muy bien. Pero a la mañana siguiente, nos llamó la atención que nos cobraran el agua. Las habitaciones tenían toilette, pero para bañarse había que pedir una llave para la ducha donde un marcador indicaba los litros gastados. Y era bastante cara. Si bien no era el mismo lugar del país, esto fue explicándonos el porqué de ciertos aromas ácidos y desagradables: el costo del agua. Buen motivo para mezquinarla. Y aprendimos que así es en casi toda Europa. ¡Cuántas cosas nos permite, todavía hoy, nuestro país! Acá nos bañamos más de media hora y lo hacemos a diario. Otra hostería en donde nos alojamos era regenteada por un señor muy amable que nos atendió especialmente. La escalera de la casa crujía cuando uno la pisaba. Era una vivienda antigua de estilo alpino, con mucha madera y hogar a leños. En el descanso de dicha escalera, un arcón tallado antiguo, muy bonito. Me hizo acordar al mío, donde guardo la mantelería fina. Las lámparas, de hierro. En las camas, un acolchado de edredón, sábana de abajo y el edredón presentándose forrado con la sábana superior. Y un chocolatín sobre cada almohada. No hacía falta ningún abrigo más. Era suficiente. A la mañana siguiente de nuestro arribo, el dueño nos esperaba para desayunar con la mesa puesta, un mantelito impecable y masitas recién horneadas. Todo era cálido, como la madera, como el edredón, como el dueño. Obviamente, a estas alturas, los viajes se mezclan en mi memoria y hacen una gran “melange” de alegrías y vivencias. De iglesias, como el Sacre Couer. De visitas y paseos. De personajes extraños, como aquel señor que a la salida de un restaurante, pasó a mi lado, me miró y eructó en mi cara. Alfredo, mi yerno, lo tomó de las solapas y lo increpó: —¡¡Qué hace, señor!! —¡¡Pardon, pardon!! 279


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Mapa de la línea de subtes de París.

No creo que lo haya hecho intencionalmente, sólo de ordinario. O los viajes en subte debajo de la ciudad de París, recorrida por cuatro niveles de trenes. A todos lados se llega en ese submundo organizado, con cientos de combinaciones, perfectamente indicadas en las paredes de cada estación. No hay manera de equivocarse. 280


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De cualquier modo, después de varias paradas, quise salir a la superficie, y en la boca del subte encontré en un kiosco un diario argentino que compré. No sabíamos nada de Buenos Aires desde hacía varios días. Distraída, caminaba por Le Halle, el Mercado Viejo de París, algo parecido al Abasto de Buenos Aires, hoy reformado y muy, muy bonito. Quien sabe qué miraba. No vi la doble vereda y otro escalón, y pise mal y me caí cuán larga soy, en el medio de la calle, justo enfrente de la Ópera de París. Se me desparramó la cartera, el diario argentino y el dinero del cambio. Algunos caballeros me ayudaron a levantar, pero uno me habló en español. Dijo ser agregado de la embajada argentina en París, y me preguntó adonde había conseguido ese diario que él nunca recibía. —¿Me lo vende, señora?—dijo, mientras me ayudaba a incorporarme y detenía un taxi. Se lo di, y me quedé pensando, cómo cuidamos los argentinos estas cosas. A nuestros representantes. Subí al coche sin recordar la calle, sin acordarme siquiera el nombre del hotel y con el pie que me dolía. Comencé a usar el lenguaje maravilloso de las señas. Y nos entendimos. Otra experiencia hermosa entre los viajes fue España, la Madre Patria. España tiene lugares de ensueño, como la catedral de Toledo, por ejemplo. Un edificio del período gótico clásico con gran influencia francesa, adaptado al gusto español que, según recuerdo que nos contaron, se comenzó a construir en el siglo XIII sobre la Mezquita Mayor de esa ciudad. Es un amplio templo con una planta central de cinco naves. Tiene arcos típicos de la arquitectura musulmana, abovedados. Esto es algo original y que le da muy buen gusto. Se parece a las Catedrales de Nôtre Dame, Burgos o Lyon. Son de las más bellas del mundo. ¡Una maravilla! En Madrid, fuimos al Monumento a los Caídos, el que se llamaba antes de 1985 Obelisco o Monumento a los Héroes del Dos de Mayo. Aquí, está enterrado Francisco Franco. Se encuentra en la Plaza de la Lealtad, junto al Paseo del Prado. Para ir allí, habíamos contratado un ómnibus porque con las excursiones se ve mucho más y uno se instruye gracias a las acotaciones que hacen los guías. Terminado el paseo, al re281


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tornar, nos encontramos con un señor que se acercó a preguntarnos si éramos argentinos. Parece que esta condición es característica, se distingue en cualquier parte del mundo. —Sí—le respondimos. Y, acto seguido, nos dijo: —Pero, ¡Ud. es Rabini! En Buenos Aires, pocos meses antes, habíamos comprado unos muebles para la casa de Punta Mogotes y los habíamos hecho lustrar con una técnica nueva que consistía en el “lustre a poliéster”. El señor que nos saludara en el Monumento a los Héroes, en Madrid, España, era quien se dedicaba a dicha tarea, en Mar del Plata. Había quedado varado porque no escuchó que lo llamaban para tomar la excursión de regreso, y eso fue lo que hizo que nos encontráramos. Si no hubiera sido por aquel retraso, no lo habríamos visto. Fue una nueva casualidad. Así son las cosas. El mundo es un pañuelo, otra vez. En el último viaje que hicimos a Madrid, cuando nació mi bisnietito Ian, el primer hijo de Marcela (ellos estaban radicados allí en ese entonces, luego fueron trasladados a Nueva York), España estaba más linda. Más ordenada, más limpia, más fina. Y las mujeres, bien vestidas. Se notaba el progreso. Esto fue hace trece años, aproximadamente. Nos metimos en una tienda muy conocida, llamada “El Corte Inglés”, para ver si podíamos comprar algo lindo para regalar a los que se habían quedado en Buenos Aires. A mí siempre me gusta traerles un pequeño presente a todos. Yo llevaba una cadenita de oro, bastante gruesa. Y, en el momento en que iba a ingresar, pasó un muchacho corriendo y manoteó la cadena. No me la pudo quitar dado el grosor y, se ve, el buen cierre de la misma. Lo cierto es que me lastimó el cuello y, por mis gritos, todos se dieron cuenta. El ladronzuelo se fugó, pese a la persecución. A mí me atendieron con toda cortesía. Me hicieron pasar a la gerencia, me pusieron alcohol y me pidieron disculpas. Típico de los países civilizados. Después, observé que nadie llevaba nada de oro, ni nada que pudiera provocar al que delinque. Eran tiempos de esplendor, sí, pero difíciles. Situación que se 282


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La Puerta de Alcalá, Madrid.

trasladó en gran escala a nuestro país, en la actualidad. La diferencia, se me ocurre ahora acotar, debe de ser la pena que les dan a los condenados. No sé. Una siempre cree que en los otros países las cosas funcionan mejor. Madrid es La Cibeles, el Museo del Prado, La Calle de Alcalá, todos lugares soñados. Recuerdo que en la esquina de un paseo conocido, en un bar muy bonito y coqueto, aunque común, comí el “gazpacho” más rico de mi vida. Es una sopa de tomates que se sirve fría. Su origen es andaluz y lleva entre sus ingredientes un pimiento rojo, un pepino, cebolla, miga de pan, y se condimenta con aceite de oliva, vinagre, sal y pimienta. Resulta muy sustanciosa y refrescante. En general, la comida española es exquisita, potente. Se alimentan con muchas variedades de pescados, sobre todo, frutos del mar. Platitos con alcaparras, aceitunas, jamón, salamines, quesitos de los más variados. Son los típicos copetines al paso. También, las famosas “tapas” y la típica tortilla española. Me encanta su gastronomía. 283


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Otra de las cosas más bonitas que he disfrutado en los viajes es lo que tiene que ver con el arte. La pintura es una de mis debilidades. Volviendo a París, no me acuerdo en cuál de dichos viajes, pude ver las dos pirámides enfrente del Louvre, una más pequeña que la otra, de vidrio e iluminadas. Vi cuadros de Picasso en el Centro Pompidour, cuya arquitectura contrasta fuertemente con los edificios vecinos. En la época en que se construyó parecía un lugar muy raro y también ahora, por sus formas tubulares, elementos metálicos, colores fuertes y tecnología que lo hacen parecer un juguete mecano. En aquella ocasión, sobre una pared, ocupándola toda, estaba expuesto el Guernica. Majestuoso cuadro por su significado. Obra que denuncia el dolor de la Guerra Civil Española. En el muro opuesto, también del mismo autor, un caballo simple, cruzado con una línea roja. —¿Por qué le habrá puesto una línea roja?—se me ocurrió preguntarle al curador que nos daba las sesudas explicaciones. —Probablemente, si no hubiera tenido esa línea roja, habría sido sólo un caballo—me contestó. Me pareció una respuesta muy inteligente. Y, Picasso es Picasso. Nadie lo discute. Aunque el Pompidour no es el mejor Museo. En mi opinión, su concepto estético tan moderno le resta belleza. Enfrente del mismo, una Plaza seca, otra demostración de la bohemia extravagante. Y también un gran patio, donde los artistas van a demostrar sus habilidades y artesanías. El salón más bonito que recuerdo, que incluso me causó mejor impresión que el Louvre, fue el Musée D’Orsay, por la gran concentración de arte que tiene y por las maravillas de los Grandes Impresionistas. El hall de entrada de la estación de tren en la que se encuentra construido es como un Palacio de Bellas Artes, semejante a Retiro. Es un lugar magnífico que, antes de ser una estación fue, precisamente, un palacio y, después, un hotel. La transformación de dicho edificio en Museo es obra de arquitectos y data de 1979. Está distribuido en tres niveles. Me acuerdo de los techos muy altos, de las piezas de mobiliario belga, de los grandes adornos, las preciosas lámparas y las cristalerías. Esculturas, el restaurante del Museo (acondicionado en el antiguo comedor del hotel), el café de Hauteurs, la librería y el auditorio. 284


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Crucifixion (Corpus Hypercubicus), 1953–54. Óleo sobre tela. 195.6 x 124.5 cm. Salvador Dalí. Regalo de The Chester Dale Collection, 1955. The Metropolitan Museum of Art, New York.

Pinturas de Monet, Manet, Degas. Interesante es el “Ugolino” de Carpeaux, que no responde a los temas bíblicos o mitológicos, como hacían los pintores de su época, sino que éste se interesaba por la naturaleza, por ejemplo: un hombre cuyos cabellos están representados con ramas de árboles; y otro, con frutas. Una belleza. Pero, de todos los lugares donde pude apreciar el arte, no hubo ninguno que me produjera una impresión tan enorme como el Museo Metropolitan de Nueva York, donde está expuesto el cuadro de Dalí: “La Crucifixión”. Un Jesús, allá en lo alto, con la cabeza en un efecto de caída, 285


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y con el cuerpo entero y fuerte, sin embargo. Y ella, Gala, la mujer amada del autor, envuelta en ropajes largos y majestuosos, mirándolo, absorta. Yo no podía dejar de observarlo. Es otra maravilla. Ahora pienso, después de muchos viajes y de que la vida me ha permitido ver tanto (aunque, a veces, la memoria me falle), que los años desdibujan las cosas. La edad en la que una ha visto, ha conocido una obra o un edificio, tendrá, seguramente, mucho que ver con el gusto, con el deslumbramiento que dicha obra de arte provoca en nuestros sentidos. El Museo de Ciencias Naturales de Nueva York con aquellos salones, especies de boxes donde se reproducen espacios semejantes a lo típico de cada país, de cada geografía. Los lugares característicos, los sagrados, como las Grandes Catedrales, los Monasterios, los Hoteles, la gastronomía. Como es obvio, la gente misma en su común vivir que, cuando una está en un país extranjero como turista, observa con detenimiento. En fin, todo lo que la retina incorporó. Aquello que ha sensibilizado nuestros sentidos. Todo eso es nuestro capital, el impresionante aprendizaje que nos nutrió. Remedando a una frase del antes nombrado Dalí: “Toda mi pintura no es más que una parcela de mi cosmogonía”; yo digo, más modestamente, que todo lo que viajé y conocí, no es más que un sedimento del buen gusto que me ha quedado y me complazco en disfrutar con su recuerdo. Esto último es mi “mayor cosmogonía”.

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Mecha en Costa Rica. 287

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N SU LIBRO, ANTONIO CONTÓ QUE EN UN VIAJE A CAMERANO ÉL

sufrió un infarto, que debió ser internado en Ancona durante un mes, aproximadamente y, al volver a Buenos Aires, operado en el Bazterrica por el Dr. García Aramburu, con la técnica del by-pass. A mí me pasó algo parecido. Fue en noviembre de 1999. Viajamos con las chicas a los Estados Unidos con la intención de ir a ver a Florencia, la hija menor de Adriana que, por entonces, estaba radicada allí. Yo me sentía perfectamente bien. Salimos a pasear por Nueva York. —Mamá—me dijo Mónica—vos no visitaste nunca las Torres Gemelas. Vení, vení, vamos a subir—insistió. El World Trade Center era un complejo ubicado en la isla de Manhattan de Nueva York, donde se situaban las trágicamente recordadas Torres Gemelas, dos grandes edificaciones diseñadas por el arquitecto estadounidense de origen japonés, Minoru Yamasaki. Como Mechita y Adriana ya habían estado un par de veces, decidieron que no gastarían los ochenta dólares de la visita. Se quedarían buscando un lugar donde comprarme un tapado de paño que, según ellas, necesitaba urgentemente. Mónica y yo subimos. El último piso contaba con galerías y muchos negocios. Había una cabina donde se sacaban fotografías. Mónica quiso 289


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que entrara y, juntas, nos tomamos una. Todavía la conservo, pero allí no se me ve mala cara; aunque sí, tal vez, un poco cansada. Así me sentía, en verdad. Por lo que supe, la Torre Nº 1 alcanzaba los 417 metros y, la Torre Nº 2 tenía una altura de 415,5 metros. Con 110 plantas, era el edificio más alto hasta su destrucción. Desde la terraza, atinamos a otear sumamente lejana y pequeña, la Estatua de la Libertad. Para mí, una desilusión. Cuando bajamos, las chicas querían ir a almorzar. Yo no tenía apetito y cada vez me sentía más y más cansada. Eligieron un lugar paquetísimo, un restaurante con menú francés; pero no comí. De allí, recorrimos una tienda de la que no tengo memoria porque, a estas alturas, caminaba y caminaba, pero estaba completamente desconcentrada, sólo pensando en lo que me pesaba el cuerpo. No era ni Bloomingdales ni Macy’s, pero recuerdo un gran número de percheros con enorme cantidad de abrigos que no tuve voluntad de probarme. Allí, mis hijas se dieron cuenta de que esto no era un simple cansancio, y tomamos un taxi hasta el departamento en el que parábamos. Yo tenía en la cartera un Tinitron que me coloqué debajo de la lengua. Llamaron al 911. Vinieron rapidísimo. Inmediatamente, vi que entraban tres enfermeros con una camilla, me tomaron de las piernas y de los brazos, y me llevaron a un sanatorio. A estas alturas, había perdido la conciencia. Luego, supe que me sacaron de este primer nosocomio y me trasladaron a un Hospital enorme, donde me internaron de extrema urgencia y, a las pocas horas, estaba siendo intervenida quirúrgicamente. Me hicieron tres by-pass, y un axilo-femoral. Tengo un conducto desde la ingle. La técnica de los “puentes coronarios” de nuestro querido Dr. Favaloro dio resultado conmigo también. Y la posibilidad de un nuevo cumpleaños de nueve, este próximo noviembre, porque he empezado a contar mi edad desde este acontecimiento. Mis hijas se comunicaron con Buenos Aires, entonces Antonio le pidió a Marucho que lo acompañara y, como desde la fábrica salieron corriendo hasta Ezeiza, se embarcaron en el primer vuelo y llegaron a 290


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Nueva York momentos antes de que yo ingresara al quirófano. Tuve una atención maravillosa. Mi habitación era confortable. Un bañito químico que parecía una cómoda. La que limpiaba el piso era una joven italiana y, el enfermero, puertorriqueño. El anestesista, el Dr. Guiñazú, un argentino que ya volvía a Mendoza, su ciudad natal, porque había terminado una especialización en Nueva York. El Dr. David Rose fue quien me operó y le quedé profundamente agradecida. Siempre lo llamo para los fines de año y, a un mes de la intervención, le envié de regalo unos libros extraordinarios de la Argentina. Cuando lo llamé aquel primer año, su secretaria, mexicana, obviamente de habla hispana, fue la que me confirmó que el doctor los había recibido. Las Twin Towers, o Torres Gemelas, fueron destruidas el 11 de setiembre de 2001, en el mayor atentado terrorista de la historia. Yo no volví a ir. Adriana, sí. Dice que la presencia de la innúmera cantidad de almas que allí quedaron, se sienten. La presencia es tácita, implícita, callada, pero que pesa, se advierte, se palpa. Está en construcción aún el World Trade Center Memorial, que comenzó en marzo de 2006 y, dicen, terminará en 2009. La vida siempre continúa, siempre vuelve a empezar.

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Credencial otorgada por el St. Vincent´s Medical Center, Bridgeport, Connecticut.

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6 —¡Pero, mire Mecha que Ud. las ha pasado en su vida! ¡Cuántas cosas ha atravesado y cuántas dolorosas! —Sí, así es, pero mirá qué maravilla que es el cerebro del ser humano. Cómo uno, que ha transitado por estas situaciones “límite” puede, pasado el tiempo, olvidarse de todo. En aquella operación del corazón, forzosa, de suma peligrosidad porque verdaderamente pude haber muerto; sin embargo, yo no sentía nada. Llegué al extremo de tener colapsados los pies, es decir, no me pasaba la sangre, pudieron habérmelos cortado. Pienso que la mente es sabia, olvida lo que provoca dolor y lo bloquea. Ves, yo también, como Antonio con la muerte de su hermano. Es como una autoayuda, me parece. Algo extraño. Es el don de la defensa del inconciente. Ahora, haciendo memoria, lo que sí recuerdo es que estaba en una habitación bastante grande, en mi cama. Toda canalizada, con sondas, sí; pero, lo que viene a mi mente es el color blanco, muy blanco de las paredes. Un crucifijo en la parte superior de la puerta, en un lugar estratégico para que lo viera. Frente a mí, un pizarrón donde se anotaba la gente que me atendía a diario, en los distintos turnos. Me entretuve así. Y viendo pasar las horas en un reloj de pared, suficientemente grande para que no pasara inadvertido. Venían a darme la Comunión todas las mañanas antes del desayuno. Hasta la Extremaunción me otorgaron. Hoy se llama la “Unción de los Enfermos”, “mote” éste que asusta un poco menos. Y un día, vinieron dos señoras grandes que, para entretenerme, se disfrazaron con sendas narices rojas de payaso, así como lo hizo en una película, el actor Robin Williams. Pertenecen a una congregación religiosa, católica. Y hacen eso con todos los enfermos, desde luego. Van por las ha293


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bitaciones y hablan, dan un consejo o una palabra de aliento. No sé todo lo que me dijeron en detalle porque era en inglés, pero se adivinaba la buena intención, y eso es lo que cuenta. Me acuerdo que me preguntaron de dónde era. No sé siquiera si ellas comprendieron lo que les respondí. Pero fueron muy generosas. También recuerdo al joven enfermero, que era el que me levantaba de la cama para que caminara un poquito, después de varios días. Y, además, recuerdo las visitas de Antonio y de las chicas, que estuvieron todo el tiempo. Pasé un largo mes internada. Luego, Antonio alquiló un departamento, y nos fuimos allí a vivir unos días, hasta que me dieron el alta y pude viajar de nuevo a casa. Para ser franca, no fue ésta una experiencia traumática. Lo tomé con bastante resignación y lo superé. Mi madre siempre me decía: —Respirá hondo, Mechita. Cuando no se puede hacer otra cosa, hay que aguantar. Ya va a pasar. Y hay que tener Fe en Dios. Y todo siempre pasó. Y la fe ayuda mucho. —¿Y ésta fue su operación más grave, Mecha? —Sí, éste fue el momento de mayor riesgo en mi vida. Tal vez, también, porque esto me pasó estando afuera de mi casa, de mi país. Creo que esto le subió un tono al dramatismo. Claro que antes había sido lo del riñón que fue, del mismo modo, un momento muy duro. —¿Qué le pasó con el riñón, Mecha? —No. No vamos a narrar en este libro todas las operaciones que tuve. —¿Por qué no? Lo que mejor podemos contar es esto de haber pasado por momentos difíciles, por esos “desiertos” que todos, inevitablemente, atravesamos. Y si salimos airosos, como usted, que muestra una fortaleza y un ánimo de lucha enormes, algo que muchos jóvenes no tienen, con mucha más razón. —Bueno, en realidad, no es para tanto dicho ánimo. Por cierto, y a estas alturas, a veces decae. Pero lo intento nuevamente. Lo que sí sé es que el cariño de los míos, de esta familia linda que tengo, me da mucha energía. Siempre he pensado, volviendo al inconciente, que el amor que 294


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uno cosecha, por esa gracia infinita de Dios, es una fuerza maravillosa. Nos proporciona pujanza, solidez y mucha resistencia. Y, en definitiva, es el propósito principal para continuar. —Entonces, ¿qué fue lo del riñón? —Bueno, mucho antes del riñón fueron las amígdalas, cuando era chica. Amígdalas que no debieron ser operadas. Y no debieron ser operadas porque ahora ya no se extraen. Supongo que sólo lo hacen en casos muy extremos, pero antes de la cirugía se tratan con antibióticos y, como los hay muy fuertes, se curan, por lo general. En aquella época no había estas terapéuticas. Ni bien se producían las anginas y las pústulas a repetición se extirpaban, sin más ni más. Y las operaciones de amígdalas eran traumáticas. Recuerdo que a mí me sentaron en una silla, sobre la falda de una enfermera, que sostuvo mis brazos y, con sus piernas, rodeó las mías. Supongo que fue así para que yo no la pateara. Y esto sólo ya me produjo un miedo al borde del pánico. Sobre mi ropa me pusieron una bata blanca. En pocos minutos, y ante mi primera exclamación parecida a un grito, sentí que me introducían algo en el fondo de la boca. Un palo largo con un algodón embebido en un líquido color marrón. Otro grito. Éste sí, declarado y con toda el alma. Y una pinza en forma de dos cucharas pequeñas puestas una sobre otra, con un filo que brillaba, me llegó hasta lo más profundo de aquel portentoso alarido. Directo a la garganta. Una arcada y culminó todo. Luego vinieron las promesas de helado. Pero fue una linda mentira, porque era invierno y, en aquella época, nadie los fabricaba. Y una semana sin hablar. Tragando de a sorbitos pequeños y, como decía mamá, soportando. Creo que, a partir de allí, debió venir la máxima. —Bueno, ésa sí que fue una experiencia que dejó huella, pues sino no lo relataría con tanto detalle. —Es así, tal cual lo cuento y, después de casi ochenta años, lo recuerdo como si fuera hoy. No creo haber omitido ni un solo pormenor. Lo tengo bien vívido todavía. Después, me operaron de apéndice, y tampoco me tenían que operar. Aquí no puedo enumerar los pasos, ya que esta intervención fue con anes295


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tesia total. Y se equivocaron, porque los dolores no eran de apéndice, sino de ovarios. Estaba volviendo de la anestesia, y escuché a un médico decir: —¡¡Pero este apéndice estaba sano!! ¿Por qué la operamos? De eso me acuerdo. No sé en qué momento de la salida de la anestesia estaba, pero escuché claramente el comentario. Este trabajo fue en el Hospital Militar, y yo era una adolescente. Y después de ésta, sí, vino la famosa cirugía del riñón. —¿Recuerda qué edad tendría? No, pero ya era grande. Hará, algo así, como quince años. Recuerdo que tenía mucha presión. Por más que me medicaban y medicaban, la presión no me bajaba. Era presión alta. Y todos sabemos lo peligroso que es ésta. Los médicos pensaron que algo estaba pasando con mis riñones. O con alguno de ellos, por lo menos. Me hicieron una tomografía computada, con fotografías. Me inyectaron un líquido de contraste. Había que ver su funcionamiento. Uno de ellos se veía bien, el otro no aparecía. Entonces, me dijeron: —O bien Ud. nació sin un riñón o algo está pasando. Y, lógico, esta última opción fue la que se dio. El riñón derecho estaba colapsado. No funcionaba. Y el único síntoma era aquél. Entonces, como yo me había atendido con un médico de San Martín en una oportunidad y él me había hecho hacer una radiografía del área, a sugerencia de mis hijas, decidieron llamarlo para ver si tenía en mi historia clínica algún dato que ayudara a detectar este nuevo tiempo en mi salud. Lo llamaron. Las atendió muy groseramente. La verdad, es que era necesaria la celeridad. Pero el hombre era rotario y debía salir de inmediato a una reunión también urgente. No nos pudo atender con la premura que le solicitamos. Dijo que no podía, que se le hacía tarde. Después, cuando volvió, parece que buscó el dato y encontró lo que le habíamos pedido. Entonces, llamó, pasó el informe y se disculpó. Mi historia clínica decía bien clarito que yo tenía los dos riñones. Esto indicaba que en ese momento, el que no se veía, estaba oculto porque había alguna otra patología. Detectaron, entonces, la obstrucción de la ar296


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teria del riñón derecho. Y el resultado fue que se había “necrosado”, al no tener irrigación. Así es que me tuvieron que operar. Me lo sacaron. Tengo, por ende, uno solo, el izquierdo. Gracias a Dios, hasta ahora, funciona bien, ¡¡mi riñoncito querido!! Al poco tiempo, no puedo precisar fechas, ni lapsos entre un episodio y otro; la vesícula biliar empezó a molestarme. Parece que no andaba bien. No sé si esto tiene que ver con el alimento, pero lo cierto es que me hicieron una operación para extraérmela. Las piedritas y, en definitiva, todo el órgano, por “laparoscopía”. Fue bastante doloroso. Tuve muchos vómitos. Pasé una semana muy fea. Enseguida, no había pasado tanto tiempo, comencé con dolores de estómago. Dolores muy fuertes. No podía, en esta ocasión tampoco, ser la comida el factor desencadenante de este nuevo síntoma. La doctora que me atendió me decía que me pusiera hielo. Pero el proceso continuó y fue “in crecendo”. Convocamos a otro médico a casa. Me vino a ver y me recetó un calmante; pero, las molestias continuaron. Insistimos. Hasta que, finalmente, vino el doctor Marzoratti, especialista de los pulmones. Mis hijas querían que me viera, ya que yo estaba en la cama, y ellas temían que fuera una “congestión pulmonar”. Él médico me ordenó una nueva internación. Me negaba, en principio. Estaba cansada de tanta intervención. Llamaron a mi sobrino Javier. Él se comunicó con un cirujano especialista en aparato digestivo, el Dr. Cejas. Me llevaron al sanatorio. Entré ahí con vómitos, con diarrea. ¿Qué detectaron? Que se me había abierto el estómago. Tenía una hernia perforada. Me operaron una vez más. —¿En qué año fue eso? —Fue hace unos cuatro años, aproximadamente. Fue la última operación. ¡Espero, en verdad, que sea la última! Como verás éste es mi currículum, mi historial. Mi pasaporte al cielo, dicen. —Fue mejor hablar de los viajes, ¿no? —Eso, eso. Olvidemos estos sinsabores. Y hablemos de los otros viajes. 297


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—Así es, de los que hicieron en barco, por ejemplo. Porque éste que contó aquí, también es uno. Y muy valioso. Es un largo camino en el que se aprende mucho. En literatura se llama “Viaje del héroe”. Es el derrotero de un rey, Ulises, que sale al mundo (a la guerra, es decir, a la dificultad mayor); para, luego de muchas vicisitudes, lleno de experiencias, maduro y curtido, volver a su isla: Ítaca y a su reinado. —Yo ya no quiero salir de mi isla para ninguna odisea más. Me quedo aquí, con mi familia. Éste es mi reino. —Entonces, cuénteme de los cruceros…

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AMBIÉN HEMOS IDO A PASEAR EN CRUCEROS.

SURGIÓ LA posibilidad y fue una experiencia muy linda esto de tomar el barco como nuestro hogar y hacer paradas por el mundo, conociendo los puertos, degustando las variadas exquisiteces de los frutos de mar y percibir tanto horizonte y tanta inmensidad al atravesar los océanos. Ratifico lo maravilloso de esta práctica con la confirmación de la recurrencia, con los deseos de repetirlos ni bien bajábamos de las embarcaciones y, también, porque hemos llevado a toda la familia con nosotros, incluso nietos y bisnietos. Las primeras excursiones las hicimos por medio de una compañía noruega. Había salido una promoción en la que viajaban dos y pagaba uno. Nos llamó el organizador que nos atiende siempre, Saúl Miski, de la Empresa Cozulich, que queda en la calle Córdoba, con la novedad en cuestión. —¿Por qué no aprovechan esta oportunidad, Sra. de Rabini? Es muy conveniente. Tengo para ofrecerles una excursión que sale de Miami y recorre la mayoría de las islas del Caribe, en especial, las Antillas Mayores. Y lo hicimos. Fue el primero. La invitamos a Meri a venir con nosotros. Si bien era una ocasión y, por lo tanto, los pasajes resultaban más económicos, el trato fue de la misma manera para todos los pasajeros. Excelente. Sólo que teníamos un camarote con cuatro cuchetas. Al ingre299


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Uno de los viajes a Miami realizados con la familia.

sar a él, dos a la derecha (una arriba y otra abajo), y lo mismo se repetía a la izquierda. A estas alturas y, por efecto de viajes sucesivos a otras islas antillanas, no recuerdo exactamente adónde bajamos en aquel primer recorrido por ese ámbito de antiguos filibusteros, pero confirmo el color del Mar Caribe, azul, muy azul y transparente. Y sí puedo recordar que las conocimos a todas: Puerto Rico, Haití, República Dominicana, Las Islas del Caimán, Jamaica, Saint Martin, Martinica, las Antillas Holandesas: Aruba, Curaçao y Bonaire, etc. En otro viaje también, paramos en la isla Margarita, que pertenece a Venezuela. Nos invitaron Carla y Cristóbal, quienes tenían allí un “tiempo compartido”. Fuimos con Mónica y los chicos que se habían hecho amigos de Cristian, el hijo de ambos. En las playas de Cozumel, un paraíso de corazón mexicano y alma 300


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Isla Margarita,Venezuela. Año 1997.

caribeña, vimos cómo se unen la tradición, el sabor y la alegría. Este lugar es famoso por sus arrecifes de coral y por la gran cantidad de deportes acuáticos que allí se realizan: buceo, snorkel, kayac y hemos visto a numerosos pescadores que hacían de este placer también un competir. La vegetación es exuberante, como una selva virgen en casi todo su territorio y hay muchos animales, en especial, pequeños mamíferos y aves. Un tour con guía por la zona, que dura medio día hace que el turista se entere de esas características de la fauna y de la flora. La tortuga marina es mencionada, por ejemplo, dentro de lo que más recuerdo, como una forma de vida amenazada por la depredación. Su lugar preferido para el depósito de los millones de huevos que pone es, justamente, las costas de arenas blancas y finas, tan visitadas por los turistas que pisotean sus nidos. Sin embargo, entre tanto paisaje bello, hay mucha pobreza. Un ejemplo de esto fue cuando, desde el barco, bajamos un día, para disfrutar de 301


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un pic-nic en la playa con unas canastas apropiadas para el almuerzo, proveídas por el propio servicio del crucero. Fue tal la invasión de gente que se acercaba para pedirnos comida que, dejándoles el contenido de las mismas, nos volvimos al barco. No podíamos, ninguno de nosotros, disfrutar de vitualla alguna, mientras veíamos a aquella gente hambrienta a nuestro alrededor. El atardecer, de inigualable colorido, las aguas llenas de peces de colores, maravillosos, no alcanzaron para que olvide la impresión y la impotencia que me provocaron los pobres, pobrísimos lugareños. Como el recuerdo de un viaje trae el otro, relaciono éste con uno anterior que habíamos hecho con mi cuñada a Washington, en avión esta vez. Salimos de San Martín en aquella ocasión, con rumbo a Ezeiza, los tres, con tiempo suficiente para nuestro vuelo directo hacia Nueva York, primera escala. Al llegar al aeropuerto, Meri se dio cuenta de que al cambiar de cartera momentos antes de salir, se había olvidado el pasaporte. Tuvo que volver en remisse a buscarlo y, entonces, el tiempo ya no alcanzó. Así, Antonio y yo tomamos el vuelo comprometido y Meri esperó el próximo avión que salía a la mañana siguiente. Llegamos al Hotel Taff (creo recordar que se llamaba así), que estaba al lado de radio City, un alojamiento de primera categoría, que tiempo más adelante se vino abajo. Teníamos que hacer una excursión a Washington, que estaba reservada desde Buenos Aires. Como nuestra preocupación era Meri, dejamos en la conserjería sus datos completos y la probable hora de arribo, para que se le avisara hacia dónde habíamos ido, para que ella pudiera alcanzarnos en el transcurso del día. De paso a la capital, el tour nos llevó a Filadelfia, ciudad donde se reunieron los ciudadanos, el 8 de julio de 1776, para la primera lectura pública de la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos. Es decir, que allí nació, según dice la historia, esa gran nación. Aunque no es una ciudad turística, hay edificios modernos, muchos de cristal que son cada vez más altos. Y una de sus mayores atracciones es la Campana de la Libertad, muy vieja y pintoresca, símbolo de aquel 302


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La Campana de la Libertad en Filadelfia, EE.UU.

acontecimiento. Pesa 940 kilos y sonó por última vez en 1846 en homenaje al primer presidente del país, George Washington. Se encuentra en el parque frente al Salón de la Independencia. Cuando nosotros llegamos, había una disertación y nos quedamos escuchando un rato y, aunque no entendimos mucho, comprendimos su significado. La Campana lleva grabada la palabra “Liberty”. Los presidentes de otras naciones que visitan Filadelfia se toman una fotografía allí, supongo para que quede retratada su intencionalidad de gobernar con dicho valor. Al arribar a Washington, después de esa tarde de paseo, nos fuimos al hotel, cansados y con la preocupación de por dónde andaría Meri. A la 303


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mañana siguiente, mi cuñada, que había tomado un tren desde Nueva York, sin problemas, nos encontró en el hotel. Ese segundo día de nuestro viaje, fuimos a visitar a un primo de nuestro yerno Marucho, Frank Miele, que es viudo y vive en la capital con su hijo Andrew. Fue muy gentil y amoroso. Nos recibió muy bien. Almorzamos con él y varios de sus amigos. Uno de ellos era corresponsal para un diario de Washington y había otro que era agregado cultural en la Embajada Argentina. Frank es maestro de escuela, de colegio primario. Su casa es muy acogedora. Y él es un gran anfitrión. Luego, continuamos el recorrido por esa ciudad maravillosa. Aprendimos mucho en este paseo como que Washington compone el Distrito de Columbia (por eso, su abreviatura: D.C.) y que fue una ciudad planificada para ser capital permanente. Me impresionó, en especial, el Monumento a Thomas Jefferson, que se encuentra sobre el río Potomac, imponente; sobre todo, cuando se lo observa de tardecita todo iluminado, presentando sus escalones de mármol, la cúpula y el pórtico. Así también, la escultura de Lincoln, sentado en actitud pensativa, con una mano cerrada y la otra abierta, realizada en bronce y todo su entorno en mármol blanco. Una maravilla. La Casa Blanca, enorme, construida en la Villa Rotonda de Palladio, con extraordinarios jardines a su alrededor. Y el Capitolio. Me llamó la atención el respeto que la ciudadanía tiene hacia estos edificios públicos, ya que el código de edificación les impone que ninguno de ellos debe sobresalir en altura al de la Casa de Gobierno. Por este motivo, las viviendas en Washington son bajas. Es una ciudad preciosa. Todo esto pudimos ver en ese viaje. Pasamos también por la tumba del Presidente J. F. Kennedy, asesinado el 22 de noviembre de 1963, en el Cementerio de Arlington; muy sobria, en la tierra, junto a otros soldados, con una llama votiva perenne que lo recuerda como al hombre al que no dejaron que cambiara al mundo. Qué destino, el de estos grandes que marcan historia. Me provocó un profundo respeto. 304


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Mecha y Meri visitando Whashington.

De allí, fuimos al Museo de la Aeronáutica, donde está la réplica de la cápsula en la que viajaron al espacio por primera vez; como así también, otra que es la copia exacta de la Apolo XI. Desde Washington, fuimos a Canadá. Otra parte del viaje, por demás precioso. Estuvimos en Ottawa, en Québec, Ontario, tan pintoresco, con sus edificios con techos de cobre. Fuimos a una Iglesia lindísima, llamada del Espirítu Santo. Conocimos las Cataratas del Niágara, que son lindas 305


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Mecha y Meri frente a las Cataratas del Niágara, Canadá.

y están bien explotadas. Llevan al turista por unos túneles y le hacen ponerse unos impermeables amarillos para que, al asomarse por una gran balaustrada que funciona como un mirador, el caudal del agua de la cascada moje, pero no tanto, porque uno está protegido con dichos impermeables. Las cataratas del Niágara son hermosas, pero a mí me gustan más las nuestras: las del Iguazú. Lo que aventaja a las primeras es la infraestructura. En eso no podemos competir. Fue una linda excursión que terminó cuando subimos a cenar a un edificio altísimo parecido a una torre, con un comedor giratorio. Québec es francesa y allí comí los croissants más ricos de toda mi vida. Quisiera recordar más cosas, porque hubo tanto visto y fue tan disfru306


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Capitán Carlos Pedercini, Mecha y Antonio abordo del “Explorer of the Sea”.

tado. Museos, parques, jardines con cantidad de flores de variadísimos colores y los cielos diáfanos son características de Canadá. Mucho más adelante, continuaron los tours en barco, que se repitieron sumando siempre a nuestra gente. A veces, hijas y yernos; a veces, nietos; otras, hermanas y cuñados. Son las mejores compañías de viaje: la familia. Creo recordar estos cruceros, el “Explorer of the Seas”, en mayo de 2005; el “Freedom of the Seas”, en abril de 2007; el “Majesty of the Seas”, en junio de 2009; todos pertenecientes a la Royal Caribbean Internacional, excelente compañía. Siempre encontramos argentinos por el mundo, 307


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Marta y Mecha durante el crucero en el que Paola ganó el concurso de disfraces. Año 1988.

como el Capitán del Explorer, Carlos Pedercini, un agradable y buen mozo personaje con quien nos sacamos una foto. En uno de estos barcos, al que nos acompañó Paola, mi preciosa nieta, que tendría dieciocho o diecinueve años, se organizó una fiesta de disfraces. Nos daban a los pasajeros rollos de papel crepé de distintos colores, cintas y otros elementos para que pudiéramos “crear” un disfraz. Justamente, la originalidad era lo que se premiaba. Había personas que se habían llevado los disfraces desde los Estados Unidos. Así, comenzaban a aparecer esqueletos, rajás y jeques árabes, odaliscas, diablitos o ángeles. Artificios de todo tipo. Nosotras, Marta y yo, le habíamos ideado uno de hawaiana enteramente de papel. Con una falda fruncida con muchas flores de tonos llamativos que recortamos, moños de distintos tamaños y una corona florida también. Paola estaba quemadita y tenía (y tiene aún) un cuerpito espléndidamente juvenil. 308


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En el mismo crucero, compartiendo la mesa.

Cuando vieron a la chica así vestida de hawaiana, le pusieron una música polinésica suave, como el son de las palmeras con los vientos del Pacífico. Y ella comenzó a bailar al compás de esa melodía. Estuvo muy graciosa. Tan simpática que la aplaudieron mucho y ganó el primer premio. La hicieron subir al escenario y un oficial que hablaba español, el teniente del barco, le empezó a preguntar qué hacía y adónde estudiaba. Paola respondía sin timidez sus actividades y la carrera de maestra jardinera que ya casi estaba terminando. Por suerte, conservé las fotos de ese divertido viaje y de estos lindos detalles. Muchas de las fotografías las he puesto en hermosos portarretratos que adornan mi casa y la llenan de recuerdos de la historia de mi vida y la de mi familia. Los viajes más cercanos a mi tiempo de ahora, si bien los he disfrutado de la misma manera, me provocaron una emoción particular. Será porque anhelo la energía de antaño o la voluntad de caminar sin parar y conocer lugares y espacios nuevos. Será porque me canso más —digo—, o que ya 309


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Paola, disfrazada de hawaiana.

estamos “viejitos” para emprender semejantes paseos, aunque para ser franca, ni bien pienso en esto ya estoy imaginando uno nuevo. Esa emoción de la que hablo se me manifestó, por primera vez, hace unos diez o doce años, aproximadamente, cuando fui a España, adonde 310


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se encontraba Marcela y familia. Había nacido Ian y fue una oportunidad en la que viajaba sola. Mónica y Antonio me llevaron a Ezeiza. Todo iba bien, hasta que nos separamos porque tuve que hacer el “check-in”, es decir, la formalidad de llenar papeles y revisar los documentos. Nos despedimos y entré en el “free-shop”. Cuando comencé a mirar los productos que se ofrecían y me detuve ante la estantería de los perfumes, me di cuenta de que a mi alrededor no había nadie conocido. Ahí me puse a llorar. Me “sentí” sola. Sola delante de la empleada que me atendía, ante el mundo que se me aparecía como enigmático, ¿quién me diría ahora lo que tenía que hacer? A partir de allí, las decisiones serían mías. ¡Qué tema el de la dependencia con los otros! Me di cuenta de que toda la vida fui tan protegida y acompañada, rodeada y cuidada. Por eso mismo, bendigo y no cambio los viajes en familia. Para cerrar este capítulo de historias, de sucesos y narraciones de los paseos compartidos, que tan feliz me han hecho, traigo otra anécdota a mi memoria, no tan melancólica como la anterior. En un viaje a París, fuimos al Museo del Louvre, Marta y yo. Hace ya algunos años de esto. Habían hecho la reforma de las pirámides. Al ingresar por la puerta principal, vimos un cartel que decía: “Mayores de setenta años, no pagan la entrada”. Me acerqué a la ventanilla: —Sírvase mis documentos, señorita—le dije pensando que la edad no se me notaba tanto. —No, no hace falta, señora—me contestó. Ahí me di cuenta de que la edad sí se me estaba notando. Nos reímos un poco, pero nada más que un poco. ¡Hasta ese momento me había sentido tan joven! ¿O será que los franceses son demasiado generosos?

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UANDO LAS CHICAS ERAN CHICAS TODAVÍA Y NOSOTROS

jóvenes, el trabajo de Antonio en la fábrica le exigía mucho tiempo. Era demasiada responsabilidad la vida de los trescientos empleados que, como él mismo dijo en su libro: “eran trescientos dolores de cabeza”. Ricardo y Antonio fueron socios siempre. Capaces, visionarios, emprendedores. Muy sacrificados; pero la diferencia entre ellos y, esto es verdad, es que mi cuñado tenía a su familia como prioridad uno; y Antonio, la fábrica. Espero que esto no suene como reproche hacia él; a veces, lo escrito queda como algo taxativo, terminante y duro. No lo veo así hoy, aunque lo padecí en su momento. Es más bien para recordar que fue un trabajo mío tratar de lograr que Antonio viera que la vida pasaba también por el disfrute y no sólo por las obligaciones. Si no fuera así, nada tendría sentido. Claro que al principio fue una lucha permanente. Los primeros años de nuestro matrimonio fue el tiempo azaroso de la siembra y no había fines de semana ni vacaciones para nosotros. Surgió entonces y, como decisión de la mayoría de los socios (estaban tío Julio y, otros, minoritarios), que era necesario hacer un corte en la rutina laboral y tener unos días que fueran recreo al alienante discurrir del año. Eligieron la costa. Se subieron al camión de la fábrica y rumbearon 315


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Jornada de caza.

hacia Mar del Plata, la ciudad veraniega más importante del país. Sólo los hombres. No daba para ir a un hotel, ni para alquilar una casa, esas cosas no eran tan usuales todavía y menos con tanta gente. Además, el objetivo era ir a cazar y a pescar y a vivir en la naturaleza, bajo las estrellas, libres y oxigenados. Llevaban viandas desde Buenos Aires y, a lo sumo, era tío Julio el que se dedicaba a cocinarles los mejores asaditos o algunos guisos con los productos obtenidos “in situ”, llámese pescados, liebres o pichones de palomas. Quiero acotar que en estas excursiones las mujeres no entrábamos. Y que fueron varios años de vacaciones con exclusividad masculina. Nosotras nos resignábamos con tal de verlos contentos, hasta que empezamos a protestar. Recapacitaron los caballeros y decidieron que nos tenían que empezar a incluir. Entonces, comenzaron a buscar terrenos, más allá del faro, camino a Miramar, donde paraban en sus cortas y solteras temporadas de aventureros cazadores. 316


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La casa de San Patricio.

Compraron un lote de buenas dimensiones y fue San Patricio la playa elegida, porque era un lugar de escaso desarrollo poblacional y, por lo tanto, de mucha tranquilidad. En una temporada se construyó la casa básica que copiaron de una revista para la construcción llamada “Mi Casita”, la que se fue agrandando lo suficiente, de manera paulatina, como para albergarnos a todos. Siempre nos pusimos de acuerdo para ir en familia. En San Patricio fueron transcurriendo los años hasta que los chicos crecieron. Las vicisitudes de los veraneos las contó Antonio en su libro, con cientos de anécdotas divertidas. Pero cada vez se iban poniendo más grandes. Éramos muchos. Se llevaban muy bien, pero cada uno iba teniendo sus deseos individuales de salir, de pasear, de ir a la playa. Cada uno albergaba sus propias inquietudes. Muchos querían llevar a sus amigos más queridos y era imposible que la confluencia de tantas almas no conllevara algún roce. Tío Julio, por otro lado, había hecho al costado del chalet una hermosa 317


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Los chicos en San Patricio.

quinta, que él cuidaba de manera muy prolija. Como también cuidaba mucho sus herramientas. Los varones más grandes: Ricardito, el hijo de mi cuñado, y Javiercito, el hijo de mi hermano, eran buenos compinches. A los dos les gustaba meterse en la quinta y a tío Julio le molestaba sobremanera que le pisaran sus tomates, sus berenjenas, y toda la producción. Trabajaba mucho para eso y lo mezquinaba un poco, justificadamente. Parece que, en una oportunidad, hubo un altercado entre Ricardito y tío Julio. Y eso, a Ricardo padre no le gustó. Entonces, comenzó a pensar en cambiar los hábitos para las temporadas de verano, esto evitaría que las cosas se pusieran más espesas, y cada uno tendría derecho a hacer lo que quisiera. Juntos, con mi hermano Javier, pensaron en abrirse, en independizarse, y comenzaron a buscar vivienda. Encontraron una en Punta Mogotes, un lugar lindo, muy residencial; y como la propiedad constaba de dos casas, una adelante y otra atrás, con un gran jardín al costado, decidieron que sería una buena manera de seguir estando juntos; pero, al mismo tiempo, cada uno en su casa. 318


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Los cinco, en la puerta de la casa.

Lo original de esto fue que una de estas casas era un poco más modesta que la otra, y como para comprar se tuvieron que asociar, se comprometieron a vivir una temporada alternada cada uno en cada casa. Es decir, Javier, mi hermano, con Meri y sus dos hijos, en la de adelante el primer año; y Ricardo, con Marta y sus chicos, la temporada siguiente. Es decir, se turnaban. Eso se pergeñó así, para evitar inconvenientes, y fue una buena decisión durante un tiempo. En la actualidad, no sé muy bien por qué, Meri quedó con la parte de adelante; y Marta, con la de atrás. Las dos arreglaron las viviendas y ambas están muy, muy lindas. Entretanto, nosotros nos quedamos en San Patricio con tío Julio por varios años más, hasta que Antonio pensó que estábamos un poco lejos y que sería conveniente buscar algo individual y acercarnos a los más jóvenes. Encontramos un chalet en la calle Acevedo casi esquina Puán, en Punta Mogotes también. Es una casa bonita, con planta baja y primer piso, que da a la calle directamente. El único reparo es que no tiene jardín. La zona, hoy, se ha convertido en muy importante y populosa, porque 319


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está cerca de un centro comercial que crece. Hay un negocio de artículos para playa sobre la ruta, que tiene un Pato Donald gigante en la puerta y que caracteriza al barrio. Es un punto de referencia. Aquí estuvimos varios años y lo disfrutamos mucho. Claro que todo cambia y todo evoluciona. Al irse casando mis hijas se fueron independizando y, entonces, cada una tomó rumbos individuales. Mónica veraneó siempre con nosotros después de casada. Comenzaron a nacer mis nietos y fueron creciendo, hasta convertirse en adolescentes. Sus requerimientos y necesidades no coincidían con las nuestras, ellos querían invitar y compartir con sus amigos, y la casa se llenaba de chicos. Entonces, un día, mi hija pensó que no era posible que nosotros, que somos grandes, tengamos que convivir con la muchachada, con sus horarios, músicas y desarreglos. Que era lógico y justo que tuviéramos nuestro lugar privado para descansar. No era algo que nosotros sintiéramos como un peso en verdad pero, de todos modos, fue una buena decisión de Mónica que cada uno, otra vez, tuviera la intimidad de sus rincones y, al mismo tiempo, la cercanía de un pasillo o un pallier. Y sucedió así: comenzó a buscar vivienda para ellos en Mar del Plata. Entonces un día, Guido dijo: —¿Cómo vamos a dejar a los abuelos solos? Eso hizo pensar a Mónica que la búsqueda era un poco más compleja puesto que teníamos que estar cerca, como en San Martín si fuera posible. Es decir, uno al lado del otro. En medio de la tarea ciclópea de la decisión: “que tenemos que irnos al centro”, “que mejor en Playa Grande”, “que es más lindo el barrio Los Troncos”, se produce el famoso y traumático “corralito financiero” del año 2001, tiempo económico histórico, si lo hay. Se le prohibió a la gente sacar sus ahorros de los bancos. El dinero estaba cercado, las autoridades del Banco Central habían restringido las extracciones a cifras ínfimas y la gente comenzaba a enloquecer. Se produjeron corridas. La población ahorrista se aglutinaba en las puertas de las entidades bancarias exigiendo que les devolvieran su dinero. Cacerolazos reclamantes de la justicia hacían de la 320


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sociedad de esos días, un caos. Algo para no olvidar. El “corralito” encontró a Antonio con un importante capital ahorrado en dólares. No faltaron los políticos que dijeron: “el que depositó en dólares, cobrará en dólares”. Algunos lo creyeron, pero pocos días duró esa esperanza, porque todo se desmoronó otra vez y los economistas de turno se “des-sesaban” pensando en cómo resolver las corridas y los derrumbes financieros que llevaban a aquel descontrol social. Recuerdo algunos casos de personas; incluso, familias, que se atrincheraban en los bancos exigiendo el reintegro de sus capitales. Los empleados de dichas instituciones que, a la sazón, no eran los culpables, eran insultados y vituperados, sin piedad. El clima era de una locura y una enajenación incontrolables. Se instauró una ley de “transferencia bancaria”. Sólo se podía traspasar el capital de cuenta a cuenta y para la adquisición de bienes inmuebles. Esto nos hizo apurar la decisión de concretar la compra de algo en común. Mónica buscó una edificación en torres. Unos departamentos a estrenar, modernos, luminosos y con una vista extraordinaria al golf, en la zona del puerto de Mar del Plata. Después de haber recorrido muchas casas, y de haber visto también cosas muy feas, viejas y carísimas construcciones, este edificio resultó maravilloso. Para colmo encontramos dos departamentos contiguos, en el mismo piso, el quinto, comunicados casi con las puertas de las cocinas. Ideal para seguir estando juntas. El departamento es un piso que consta de dos dormitorios, dependencias de servicio, living-comedor, una biblioteca, un escritorio y, por supuesto, la cocina grande y el baño. Tiene una vista espectacular, ya que desde mi cuarto se ve, en una panorámica maravillosa, el enorme Mar Argentino. Están los acorazados que permanecen estacionados en el puerto y, desde la cocina, tengo la posibilidad del verde completo del campo de golf. Un lugar divino. Entonces, como se vendían otros, Antonio fue negociando, como él sabe hacer, hasta que decidió comprar un departamento a cada hija y el nuestro, cada uno con su cochera. De esta manera, nos fuimos de Punta 321


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Mogotes, aunque la casa no la vendimos todavía. La conservamos, porque nosotros en las casas que tenemos guardamos nuestros tesoros más valiosos: los recuerdos. Y Antonio no es de la idea de alquilar para que gente extraña se desplace entre ellos. Sin embargo, a pesar de haber vivido siempre en una casa con jardín y pasto y plantas, creo que los departamentos son mejores. Se pueden mantener limpios más tiempo, no hay tanta tierra y esto, a estas alturas de nuestras vidas, es una gran ventaja. Esta movida, obligada, nos resultó una gran inversión, finalmente. Y, Mar del Plata ha sido siempre la ciudad de nuestro descanso. La época del año que nos encuentra relajados, juntos y con el clima interno distendido. Es, en este lugar, el tiempo del paseo, de la visita a los teatros, a los espectáculos y al esparcimiento. Lo disfruto mucho y, si Antonio no me acompaña, vienen mis cuñadas o mis hijas o alguna de mis nietas, que en algún momento del verano, recalan en la costa. De la Playa “La Reserva”, que se encuentra inmediatamente pasando el faro, somos socios inversionistas, porque para pertenecer tuvimos que comprar una equis cantidad de acciones. La ventaja es cierta exclusividad, carpas adecuadas, lugar para estacionar bastante amplio, bajo enormes árboles coposos que dan mucha sombra, un hermoso restaurante, limpios baños; en fin, uno de los más lindos solarios de la Ciudad Feliz, como se la sigue llamando. Recuerdo que cuando era joven me encantaba meterme en el agua, aunque en Mar del Plata fue y sigue siendo tan fría. Ahora hace añares que no lo hago. Mis nietos sí, lo hacen; y ahí, en la playa, compartimos la carpa y los espacios donde pasamos el día. Los chicos se zambullen y manejan una moto de agua que les regaló su abuelo Antonio. Motonave que están pensando seriamente en vender dado el exorbitado precio que les cobran para sostenerla. Otra de las casas con “historia del por qué”, y en la que vivimos hace unos años, nuestra casa actual, se encuentra en La Lomada, de la localidad de Pilar. Éste es un enorme country, amplio, lleno de teros y otras aves. Como es relativamente nuevo, el verde de los árboles debe crecer 322


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aún mucho más, pero ya está todo plantado y sólo se trata de esperar. Vive ya, dispersa en él, casi toda la familia. Pienso que si mis hijas no hubieran tenido el ímpetu y la energía de cambio permanente, y el deseo y la inteligencia de invertir, nosotros seguiríamos en San Martín. Aunque de allí, tengo añoranzas. La primera que decidió mudarse de donde vivía fue Mechita, y se debió a varios robos de los que fueron víctimas. Todos los barrios son en la actualidad muy peligrosos, pero Villa Ballester tuvo una época de terror urbano. El primero de ellos fue traumático porque estaba Alfredo en casa. Comenzaba a desayunar, mientras que mi hija terminaba de prepararse, ya que había combinado con Cristina, mi sobrina, para ir a su clase de gimnasia. Mientras arreglaba los últimos detalles haciendo tiempo hasta que llegara la prima, Mechita pidió a la mucama que fuera a comprar algo rico para convidarle. La empleada salía hacia la panadería cuando la encañonaron dos tipos armados, atropelladamente, que la obligaron a entrar a la casa otra vez. Al ingresar, vieron y apuntaron a Alfredo y se lo llevaron al living. Hicieron lo mismo a Mechita, pero a ella la condujeron a la planta alta. De esta manera, los separaron, y los bandidos se quedaron con cada uno de ellos. Cuando llegó Cristina creyó que el “campana” que estaba en la puerta (el tercero de los cacos) era un proveedor. La captaron a ella también, la obligaron a darles la cartera y las llaves de su auto y la introdujeron a la vivienda. Se llevaron lo que quisieron y ahí quedó la cosa. Nervios, denuncias, pérdidas y secuelas emocionales. En una segunda oportunidad, teníamos un casamiento de unos íntimos amigos. Mechita y Alfredo se estaban preparando. Mi hija en el dormitorio, que junto con el vestidor quedaba en la parte alta y desde donde se podía observar la calle. Al sentir ruidos se asomó, justo en el preciso momento en que Alfredo había ido a buscar el coche. Fue testigo, entonces, del momento en que, con un arma en la cabeza, su marido fue obligado a subir al auto en la parte de atrás, y a tirarse en el piso. 323


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Obviamente, Mechita se desesperó y llamó a la policía. A él lo tuvieron dando vueltas un rato, como para marearlo. Mi yerno, en un acto de gran audacia e inconciencia, pudo salir del auto en movimiento, tirándose de manera espectacular. Y aunque se golpeó un poco, todo salió bien. Fue afortunado. Yo digo que cuando los precios que se pagan son los materiales, resultan muy baratos. Pero es claro que la vida es un hilo muy delgado. Y que todo es cuestión de destino. Se llevaron su auto; y, pese a la consternación, pasado el momento, mi hija y mi yerno decidieron que a ellos no los iban a vencer. Realizando un gran esfuerzo, fueron al casamiento. Pero el episodio final y definitivo, que los decidió a buscar un lugar más seguro, fue cuando unos ladrones entraron por los fondos de su casa. Allí vive mi prima Nilda, medianera mediante. Yo estaba, justo en ese momento, hablándole por teléfono para saludarla. —Hola, Nilda, ¿cómo estás, tanto tiempo? —¡Ay, Mecha!, más o menos, disculpáme, pero te llamo en un rato, porque está el barrio convulsionado. Han entrado unos tipos, parece que se escaparon, porque se llamó a la policía. Presentí algo feo y llamé inmediatamente a mi hija. —Mechita, me dice Nilda que por tu barrio han entrado ladrones, ¡tené cuidado, hija! —Sí, sí, mamá, estamos bien. Y me cortó la comunicación. Allí no me quedó duda alguna de que algo pasaba. Estábamos alertas, debido a las experiencias anteriores. Y preocupados. Además, el jardín de Mechita, en esa casa de Villa Ballester, era enorme. En el preciso instante en que estaba hablando conmigo, la mucama le gritaba: —¡¡Señora Mechita, han entrado en el jardín dos hombres!! —¡¡Encerráte en el baño de abajo!!— le respondió mi hija. Y ella misma se metió en su cuarto, cerró la puerta y se encerró con llave en el baño, llevándose el teléfono inalámbrico. Al rato, empezó a escuchar tiros. Era cierto que la policía los iba siguiendo. Los bandidos 324


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rompieron los cristales del living-comedor que daban al jardín y se metieron en la casa. Subieron a la planta alta y le dijeron a los gritos que les abriera la puerta del dormitorio. Mechita no les abrió. Comenzó un tiroteo escenográfico. Pero aún así, uno de los delincuentes escapó, mientras el otro fue detenido. En el ínterin, escuchando todo este tiroteo y viendo en qué casa era, un vecino fue a la fábrica, a avisarle a Alfredo. Ni bien lo vio, le dijo: —¡Ay, Alfredo!, venga porque en su casa ha habido un tiroteo! Así, a boca de jarro. Alfredo, lívido, fue a su casa sin saber lo que iba a encontrar. Este relato, contado así, de manera rápida, duró una eternidad para mi hija. Y no fue precisamente una película, sino un episodio real que los marcó definitivamente. Motivo por el cual se decidieron a buscar un estilo de vida más seguro; y después de andar, llegaron a La Lomada, porque cuando se casó mi nieta Florencia, su suegra, como obsequio de bodas, les regaló la casa en el country. Fueron entonces, Florencia y Michael, los primeros que llegaron a vivir a Pilar. Mechita y Alfredo dejaron su hermosa casa de Villa Ballester por la mayor seguridad que estos lugares proponen. La entrada casi directa al country, desde la Panamericana, muestra la comodidad de una vía rápida de acceso. Esto los convenció. Son muy estrictos con los permisos de ingreso a los visitantes, pidiéndoles documentos, revisando los baúles de los autos y los datos del vehículo. A Mechita y Alfredo le siguieron Adriana y Victorio. Luego, lo hicieron Mónica y Marucho. Fue mi hija menor la que logró persuadir a su padre. Insistió en que nosotros también nos mudáramos y, cuando vimos las dos casas juntas, contiguas, del mismo modo que en San Martín y en Mar del Plata, nos encantó la idea. Bueno, en realidad, fui yo la primera convencida. Hace cuatro años, aproximadamente, que vivimos acá. Tenemos un jardín hermoso. Hicimos plantar varios árboles frutales. Yo pedí uno de lima, como había en casa de mi madre. El aire es puro todo el día, no 325


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Mecha y Félix, en el jardín de la casa de San Martín.

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Zunilda, “Zuni”.

pasan cerca los colectivos, y los autos tienen que ir despacio. No hay ruidos ni humo. Hicimos construir una casita para las herramientas y una fuente preciosa. El quincho está vidriado y permite ver, justamente, el verde y las flores en brote, las calandrias que nos visitan y, por todos lados, entra el sol. Mónica, que en principio iba y venía de San Martín, se acaba de mudar por otro desgraciado episodio de robo reciente del que fue víctima en ese barrio. Ella quería sostener la vida semanal en la casa de la calle Lincoln, hasta que los chicos se recibieran, ya que San Martín está más cerca de la facultad que Pilar. Por lo menos, hasta que terminaran de cursar sus materias. Pero esto último le hizo cambiar de opinión. Seguramente, ahora les tendrá que comprar un departamento en Capital, o alquilarles algo, para facilitarles el viaje. Por lo menos, tendrá que replantear el ritmo de la familia. 326


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Varias de mis nietas se han mudado a La Lomada. La unión de la familia también se continúa de esta manera, afortunadamente. Todo esto es muy lindo, pero extraño mi casa. El hogar donde viví por más de sesenta años. Aquí en Pilar, tengo muchas cosas bonitas no puedo negarlo; pero, allá, quedó mi historia. Nuestra historia. Por ahora, no la vamos a vender. La casa, en realidad, no está sola, pues la cuida Félix, nuestro querido colaborador, como aquí nos acompaña y ayuda Zunilda, “Zuni”, a quien le tenemos tanto cariño. No temo que entren en San Martín. Los recuerdos, que es lo más valioso que contiene, no se los pueden llevar.

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OMO SI ME DISPUSIESE A PREPARAR UN PLATO ESPECIAL, TENGO

el impulso de poner en un bol llamado “chispazos de recuerdos”, un conjunto de ingredientes dispersos por mi cocina. Así, separo uno a uno los elementos y los mezclo despacito para que el resultado sea un producto delicioso. Esta metáfora loca me surge desde el interés de no querer olvidar nada de lo que me propongo dejar como legado en este libro. Pienso en los detalles suculentos de este apetitoso relato con el que deseo convidar a los míos y abro un cajón y veo una foto y me sumerjo en la historia de aquella época, tan rica, tan feliz. Entonces, como un aderezo sustancioso y nutritivo lo incorporo a estas páginas. Mi casamiento, por ejemplo, del que hablé poco o lo salteé, el 2 de diciembre de 1943, por civil; y el 4 del mismo mes, por Iglesia. Cuando llegué a la ceremonia religiosa, estaban los compañeros de mi hermano, elegantes oficiales con sus trajes de gala, quienes se pusieron en hilera a ambos lados del corredor principal, y me hicieron una calle para que yo pasara del brazo de mi hermano, que me llevó al altar. Tuve un cortejo alegre con Elenita, Marta y otras amigas solteras, como se estilaba entonces. Y recuerdo el nombre del sacerdote que nos casó y tomó el jura329


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mento, el padre Juan Duf, un encanto de hombre. La reunión fue en casa de mamá, en el jardín, donde se colocaron mesitas redondas, que nos facilitó el señor Cámpora, inquilino del negocio de al lado. Se distribuyeron debajo de las plantas, con coquetos manteles y, el señor Ochoa fue el encargado del servicio, preocupado toda la noche de que no faltara nada. Resultó una celebración inolvidable. Tuvimos regalos de todo tipo, como un juego de cubiertos, de parte de Ricardo Rabini; un juego de platos del bazar “Dos Mundos”, de parte de Nona Dosolina; la máquina Singer, infaltable en cada casa, nos la regaló el tío José; dos veladores preciosos, mi madrina Elsita Araya, los que conservo aún en la casa de Mar del Plata; juegos de té, de café, de copas de licor, y muchas cosas más. Mamá nos obsequió, la heladera Siam di Tella, ésa con manija a “bolita”, que duró hasta que se casó mi hija Mónica, y la cambiamos para modernizarnos, no porque no anduviese. Después del casamiento, la Luna de Miel, en La Falda, Córdoba. Un lugar de arroyos de aguas cristalinas y de montañas bajas con mucho verde. Un hotel muy bonito y familiar. Y un sonido, el de la campana que tocaba un muchacho que atendía a los viandantes, un chico de unos catorce o quince años. —¡La comida está lista. Pasen, por favor!— nos decía. Y las mesas servidas con manteles limpios, y pequeños y simples jarrones con flores frescas en el centro. La fascinación y las sonrisas en las fotografías borraron el pequeño inconveniente que provocó la enterocolitis que sufrí un par de días, por haber bebido aquella agua de la vertiente “El chorrito”, que como tantas otras, llevaba el líquido fresco del deshielo, en apariencias inocente. Los paseos a caballo sobre el faldeo de las Sierras Chicas del Valle de Punilla. O la visita al Complejo Recreativo de Las Siete Cascadas. O al Dique, a las Pampas, o a la capilla de Santa Bárbara. Todo fue maravilloso. Luego, volver a casa y empezar la vida. Y como todos los inicios, un conjunto de anécdotas pequeñas que, por entonces, parecían un mundo. Yo nunca había cocinado, por ejemplo, siempre lo hacían mamá o Mista. 330


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Luna de Miel en La Falda, Córdoba.

Entonces, ni bien llegamos de Córdoba, me encontré con mi primer problema. En la casa de la calle Tucumán 15 no teníamos teléfono; pero yo encontré uno, en la esquina, público. —Mamá, ¿qué preparo hoy?— le preguntaba. Mi madre me pasaba la receta y yo corría a comprar lo que me indicaba, para prepararle la comida a mi marido. Por suerte, no trabajaba, ya que cinco meses antes de la boda, Antonio me había pedido que renunciara a la Caja de Jubilaciones. Ésas eran otras épocas y otra entrega. Otra confianza. Por suerte, aprendí pronto lo que se refiere a las artes culinarias, y es que puse mucho empeño. Y en la casa de la calle Lincoln, tan espaciosa, llegué a tener lugar para el gallinero y la quinta. Cultivábamos tomates, por 331


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ejemplo, con los que hacía, siempre con ayuda de mamá, en primavera o verano, riquísimas conservas cuando estaban maduros. Los cortábamos al medio, los cubríamos con sal gruesa, los colocábamos en una zaranda hecha con alambre tejido y los poníamos al sol, para que se fueran secando. A la tarde, los entrábamos y, a la mañana siguiente, volvíamos a sacarlos, así hasta que se cumpliera el proceso de deshidratación. Cuando lográbamos el punto de “casi secos”, los volcábamos en una olla grande con pimienta, unos dientes de ajo, hojas de laurel, hasta que rompían el hervor y, entonces, revolvíamos y revolvíamos con una cuchara de madera hasta que se hacía una crema. Cuando se enfriaba, almacenábamos la preparación en frascos para usarla durante el año como el zumo que daba origen de tantas salsas que acompañaban tallarines, también hechos en casa, ñoquis de papa u otras deliciosas comidas a la usanza italiana. Dichos frascos, también, requerían ciertos cuidados como esterilizarlos con alcohol previamente a usarlos y un sellado minucioso para que el contenido no se deteriore. A Antonio le pareció oportuno, entonces, regalarme un libro de cocina y consiguió el tan famoso: “Libro de Doña Petrona C. de Gandulfo”. Muy comentado y, tal vez, el primero en su estilo, es todavía un referente para los que se inician. Esta mujer, santiagueña, nacida a finales del siglo XIX, promovió el arte culinario por todos los medios de comunicación: clases, libros, radio y televisión. Comenzó a principios de la década del ‘40 siendo contratada para promocionar el uso de las entonces “modernas” cocinas a gas. Y así, de la necesidad de utilizar y aprovechar mejor este tipo de cocinas, fue que desarrolló sus propias recetas. Recuerdo que el comienzo de su libro decía algo como esto: “El comedor debe ser confortable y con buena luz, ventilado en verano y abrigado en invierno, pues hay que tener en cuenta que en los hogares es el lugar de reunión de la familia…”. Pienso ahora cómo he practicado y estimulado esto para que mis hijas repitan estos principios. Da resultado. Doña Petrona fue pariente directa del músico, compositor, coreógrafo y escritor santiagueño Oscar Segundo Carrizo y hermana de Ramón Ca332


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Izquierda: Doña Petrona en su programa de televisión. Derecha: Tapa del libro de Doña Petrona C. de Gandulfo.

rrizo, quien fuera Ministro de Salud Pública de Perón y quien organizó los Policlínicos de Buenos Aires. Muy conocida y muy simpática señora. Aprender a cocinar fue imprescindible en mi matrimonio, ya que Antonio fue y sigue siendo un gran demandante de aromas y sabores. A poco más de un mes de casada, tuve mi primera falta. Así que, mientras aprendía a cocinar, a planchar y a lavar sin desteñir ninguna prenda, soportaba los muchísimos vómitos de los primeros meses. Le tenía asco a casi todo. Abría los roperos y no soportaba el olor a la madera (creo que esto ya lo conté). Anudar la bolsa de la basura o ponerme el cepillo de dientes en la boca a la mañana era todo un tema. Hasta mi perfume preferido me provocaba náuseas. Recuerdo que yo estaba de cinco o seis meses y Antonio había ido a cazar y trajo cantidad de perdices para pelar. Y las pelé entre arcada y arcada. Las eventré, les saqué bien las tripas y las limpié con agua hirviendo como se hace habitualmente. Había, incluso, que lavar las plumas porque las guardábamos para hacer almohadas con ellas. No había lavarropas, ni secarropas, ni nada parecido. Todo se hacía “a pulmón”. Y, en este caso, “a estómago”. En fin, luego, hacia el final del embarazo, venía el proceso de la hin333


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chazón, y de las deformidades. Porque, claro, yo me veía hecha un monstruo. Aunque todo se subsanó y se recompuso al nacer Mechita. Primera hija y primera nieta de todos lados. Amada y bien recibida, la colmaron de regalos, de ropitas y de todo lo que un bebé necesita. Y ahí vino el otro aprendizaje, el de ser madre. Poco a poco. Nadie nace sabiendo y no hay escuelas para esto. Se avanza viviendo y ésa es la verdadera vida. La puntillosidad de los cuidados eran extremos para atender al recién nacido, en aquella época. Planchábamos los pañales que eran de tela, del derecho y del revés. No había que dejarlos tendidos de noche si no se habían secado, porque el rocío de la madrugada podía perjudicar la piel de las criaturas. Arriba del pañal, el chiripá, que era hecho de un liencillo muy absorbente, llamado bombasí. ¡Lo que tardaba en secarse! Las manchas rebeldes de las deposiciones se sacaban con agua hirviendo. Nada de lavandina, pues era malsano también. Las otras ropitas se colgaban prolijamente en perchas pequeñas, acordes al tamaño de las prendas. Se bañaba a los niños con agua hervida que se dejaba entibiar, y antes de sumergirlos, probábamos con el codo para comprobar que tuviera la temperatura apropiada. Los chupetes y las tetinas de las mamaderas, del mismo modo, se desinfectaban meticulosamente. El catrecito del baño se lavaba muy bien luego de usarlo. Y así cada implemento que la criatura tocara. Ni hablar de algo que se cayera al piso. Corríamos a lavarlo antes de que se lo llevaran a la boca. Mamá era mi gran colaboradora. Muchos años más adelante, trajimos unos muebles que le pertenecían. En casa había espacio y, tal vez, mi madre se haya querido desprender de ellos. Un ropero de roble de Eslavonia con tres paneles de puertas y tres espejos de “media luna”, como se los llamaba entonces a aquellos perfectos, biselados. Tenía este mobiliario una “trampa” para guardar cosas en el fondo. Era un cajón escondido al que se le levantaba la tapa, muy bien disimulada. En una oportunidad, en la que entraron ladrones a casa de mis padres, el escondite de dicho mueble había demostrado su utilidad. Lo único 334


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que se salvó fue lo que estaba escondido allí: unas libras esterlinas y algunas joyas de mamá. En cambio, unas cadenas de oro italianas de la abuela Teresa desaparecieron. Papá volvía del regimiento y vio salir de su casa, a un hombre con un impermeable igualito al suyo, un modelo poco común. Al entrar, descubrió el robo. Hicieron la denuncia, pero nunca encontraron nada. Mamá me contó que en la comisaría les llevaron carpetas con fotos de hombres sospechosos para su reconocimiento, pero ella no pudo distinguir a ninguno. Esto es casi, casi, como ocurre hoy en día. Todo cambia y, al fin, nada cambia, parece. Sigo mezclando los ingredientes de este mejunje memorioso, tal vez desordenado, pero válido en esta hora de la nostalgia. Y me remonto a mucho más atrás en el tiempo, en ese tiempo de vida lejano que uno trata de rescatar, y vuelvo a mi época de estudiante y me parecía que todo ya había sido dicho. Sin embargo, hace poco una de mis hijas pensó en voz alta que había que festejar mi próximo cumpleaños, que debía ser una hermosa velada de octubre, una tarde divina. Inmediatamente, se me apareció aquel poema maravilloso de Alfonsina Storni: “Quisiera esta tarde divina de octubre/ pasear por la orilla lejana del mar/ que la arena de oro, y las aguas verdes/ y los cielos puros me vieran pasar…”, e inmediatamente también, recordé una excursión que hicimos desde el colegio con mis compañeras. Fue hacia fines de la carrera y a un paseo del Tigre, en el festejo del día de la primavera. Esperando subir a la lancha, caminábamos disfrutando de los alrededores de la orilla del río, cuando vimos a una mujer que nos pareció de mediana edad, recostada con sus brazos cruzados sobre una mesa. Al principio, la creímos dormida. Estaba sola y era una dama fina y elegante. Al acercarnos, silenciosas, para no molestarla, escuchamos su sollozo. Nos recogimos en la reserva, mientras en el entorno, sólo los pájaros se oían. Pasado un momento, levantó la cabeza y era ella, Alfonsina, la que quería “ser alta, soberbia, perfecta,/ como una romana para concordar/ con las grandes olas y las rocas muertas/ y las anchas playas que ciñen el mar”. No la molestamos y nos retiramos con discreción, 335


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Izquierda: Mecha con sus compañeras de colegio en una excursión por el Tigre. Derecha: Alfonsina Storni.

ya era tiempo de abordar la lancha de paseo. A los pocos días, escuchamos en la radio la noticia. La poeta y escritora, representante del post-modernismo, quien en 1912, ¡casi nada! tuvo un hijo de padre desconocido, apenas unos días después de mi cumpleaños, un 25 de octubre, decidió quitarse la vida hundiéndose en el mar, en la ciudad de Mar del Plata. Tenía una terrible enfermedad: cáncer de mama. La mastectomía que le aplicaron le dejó profundas huellas físicas y emocionales. No lo resistió, ella que lo había soportado todo. Alguien dijo que se tiró desde una escollera; otros, que se internó lentamente en el mar. Años más tarde, se erigió un monumento en su homenaje en la Ciudad Feliz. Recordar esta coincidencia, este privilegio de haberla visto unos pocos días antes de su partida, me hace “perder la mirada, distraídamente/ per336


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derla y, tal vez, nunca volverla a encontrar”. Pequeñas historias de mi vida. Siempre me persiguió la fantasía de creer que aquella jornada de primavera, no se quitó la vida porque unas niñas felices y bulliciosas estaban allí, llenando de ruidosa alegría los espacios del recreo. Sigo pensando en los ingredientes y elijo los más dulces de mi preparación, aquellos que le dieron sabor a esta vida larga y extraordinaria que he tenido: mis hijas. Fueron naciendo y trajeron alegría y júbilo a mi hogar y a mi alma. Mechita se parecía a mi hermano Javier, con el cabello más oscuro y la carita alargada. Quizás, fue el esfuerzo del parto. El empuje mío y el de ella, ¡pobrecita! Tan linda y tranquila. Tan dócil y de buen carácter. Hoy, su nieta Zoé, la hija de Paola, esa belleza de criatura, es su vivo retrato. Adrianita era tranquila en casa, pero en el colegio era un tanto terremoto. Estaba en un grupo de amigas que eran revoltosas. Una vez, fueron a la sacristía y se tomaron el vino de la misa. Una hermana las sorprendió y las empezó a correr por las escaleras. Días después, como yo estaba siempre en el colegio, porque colaboraba mucho, la monjita me atajó, y me dijo: —¡Ay, señora de Rabini!, ¡qué pícara es Adrianita! Yo, trataba de disimular, mientras pensaba: “¿qué habrá hecho esta hija mía?” —¡No me diga, hermana! ¡En casa se porta tan bien! —¿No sabe lo que hizo? Robó el vino de la capilla. —Pero, ¡qué barbaridad! Le prometo que la voy a reprender hoy mismo cuando llegue a casa. Le pido mil disculpas. No podía decirle que ya me había enterado. Que Adriana mismo nos lo había contado y que nos había hecho reír mucho en casa a todos con el comentario de lo rico que era el vino que tomaba el cura. De Mónica recuerdo con una sonrisa, que a ella le gustaba cantar. Y que formó parte del coro del colegio. No era muy afinada, es cierto. Y la hermana Cesarina se le acercaba, para indicarle con la mano que bajara el tono, porque era disonante. Yo, conociéndola, supongo que, algunas veces, lo haría a propósito para divertirse. 337


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A este revuelto de sabores de todo tipo le hace falta un poquitín de sal. Y voy otra vez atrás porque no hay cronología en esta memoria mía y voy y vengo y aquí estoy. Cuento, entonces, una pizca que concierne a una Navidad, la última de soltera. El 24 de diciembre se trabajaba medio día en la Caja de Jubilaciones. Después de las doce, nos dieron franco. Pero antes de salir, los empleados nos convidaron con una copita de sidra bien fresca, para brindar por la fecha. Fue una gentileza no muy frecuente, por lo tanto, y por el calor, acepté. Aproveché, luego, para ir al centro a comprar mis regalitos de Nochebuena. Al llegar a casa, acalorada, porque el verano estaba instalado entre nosotros, abrí la heladera, y encontré una cerveza bien fría. No había almorzado todavía y, para ser franca, no tenía hábito de beber alcohol, y menos a esa hora. Llegó la nochecita y la cena, y el vino se presentaba tentador. Para el brindis, Antonio, que había venido a comer con nosotros, abrió un champán que había traído y me sirvió una copa. Luego, me levanté de la mesa, y no recuerdo más. A la mañana siguiente, tenía los ojos hinchados, estaba ronca y no podía hablar. Parece que tuve una “borrachera” triste, me había dado por llorar y pasé toda la noche contándole a Antonio mi vida. Él, tal vez enternecido, se fue quedando, se fue quedando, sentado al lado de mi cama escuchándome cómo me despachaba a gusto. Los muchachos del barrio, que habían venido a hacerme una serenata como se usaba entonces, no me vieron en la ventana, agradeciendo como hubiera correspondido, ya que nunca pude levantarme de mi primera y única “curda”. Con la sal de esas lágrimas, la “pimienta” de Adrianita, el pimentón dulce de Mechita y la cúrcuma de Moni, tomo la cuchara de madera y nuevamente revuelvo, una vez y otra, los componentes de este “guisito”. Añado los gramos de amor necesarios para aumentar, engrosar; pero, sobre todo, fortalecer las remembranzas que son las huellas que veo cuando desando el camino. Y, como la conserva de los tomates, lo pongo todo en este libro. 338


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ONTÉ CÓMO LAS HIJAS FUERON CRECIENDO.

CÓMO SE FUE conformando la vida y la familia y cómo la casa estuvo siempre llena de amigos. Éramos muy cuidadosos de sus relaciones y, en general, conocíamos a la gente con la que se vinculaban, sobre todo en la adolescencia, porque sabíamos que ésa era la edad más difícil. Cuando empezó la época de las fiestitas, las madres estábamos bien alertas y dejábamos que las organicen y se ilusionen por ellas, pero siempre que se hicieran en las casas. Pertenecían a un grupo de compañeras de colegio, por lo tanto, sabíamos bien con quienes estaban. Por ese motivo, no fue complicado ponerse de acuerdo en que debíamos turnarnos y que los ágapes no serían todos los sábados. Recuerdo una de las primeras a la que invitaron varones. Eran chicos del barrio y algún hermano de las compañeras de Mechita con sus propios amigos. Como se acercaban en edad, Adriana estaba de “colada”. Se había convenido como hora inicial de la fiesta, las nueve de la noche. Las reuniones de los chicos se llamaban en ese tiempo “asaltos”, y la consigna era que las señoritas debían llevar la comida y los muchachos la bebida. Únicamente gaseosas, nunca alcohol. Y, obviamente, las madres o, por lo menos una de ellas, debían estar presentes. Por lógica, también involucrábamos a los señores padres, dueños de casa. Pero, ellos se quedaban 341


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en la cocina o se recogían en algún sillón, mientras refunfuñaban porque querían ver en la tele alguna película. Y digo refunfuñando porque habitualmente la música de moda tapaba el volumen del film en cuestión. En aquel primer baile, las jovencitas, engalanadas con vestidos que estrenaban para la ocasión, estuvieron como era la consigna, a las nueve en punto. Los saludos y los chistes, las risas y la música de fondo llenaban la casa de la compañera de Mechita, mientras se esperaba la llegada de los caballeros. Nueve y media: no aparecía ninguno. A las diez, las chicas comenzaron a comer algunos sandwichitos de miga, que bien acomodados en la mesa, empezaban a doblarse. A las diez y media, ya casi nadie tenía hambre y las caras se mostraban largas. Algunas, jugaban a preguntas y respuestas con la melodía de fondo. Otras, ensayaban los pasos del novedoso twist, desplazando las caderas hacia un lado y al otro, y los pies como pisando hormigas. A las once, las madres convinimos en que el asalto estaba a punto de terminarse. Cuando a las once y media llegaron los muchachos, estábamos ayudando a la dueña de casa a llevar los vasos a la cocina y juntando los platitos llenos de migas. Y tomábamos nuestras carteras. —¿A qué hora vienen ustedes, chicos?—dijo la madre—. La cita era a las nueve. —No, señora, lo que pasa es que teníamos un partido que terminó tarde y nos fuimos a bañar y a cambiar. Por eso nos demoramos. Y estaban lindos con traje y corbata; pero, se “levantó campamento” y cada mamá se llevó a sus hijas. Algunas protestaron y otras lloraron, pero se conformaron pronto, porque eso era lo convenido. Nadie se atrevía a discutir demasiado, porque sabían que era inútil. Los adolescentes estaban serios. —¡Ay, mamá!, ¿no podemos quedarnos un ratito más?—se le ocurrió decir a una. —No, éstas no son horas de empezar una fiesta—fue la única y tajante respuesta. Y ahí se terminó todo. Así eran las cosas antes. A los padres se les 342


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Mechita, Mecha, Mónica y Adriana.

hacía caso y punto. Igualito que ahora. En fin, los tiempos fueron cambiando. Y pasaron tantas cosas. Las chicas crecieron más y llegaron los novios. Mechita, que hizo punta en estas lides del amor, tenía (como ya lo contó Antonio) a Alfredo, prácticamente, en la familia. Sus padres, provenientes de Camerano, trabajaron en la fábrica desde que llegaron a la Argentina. Y Alfredo se crió con mis hijas y mis sobrinos. Venía con nosotros a Mar del Plata, porque lo queríamos mucho y era un chico tan bueno y amigo que nadie pensó en algo diferente a incorporarlo a nuestro entorno. Se enamoraron muy jovencitos y se casaron. Tienen tres hijos maravillosos: María Pía, Paola y Alfredito Mariano. Excelentes chicos. Paola nos dio a la hermosa Zoé. Lo de Adriana fue un poco después del casamiento de su hermana mayor. Victorio llevó a una amiga nuestra, en su auto a la ceremonia, porque aquélla no tenía nadie que la llevara; y, así, un poco comedido, entró a la reunión en casa. Después, hizo uso de algunos trucos para con343


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Alfredo y Mechita con sus hijos MarĂ­a PĂ­a, Alfredito Mariano y Paola. 344

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quistarla y lo hizo muy bien. Es un hombre astuto y siempre fue decidido y atrevido en sus emprendimientos. Se casaron al poco tiempo. Cuatro nietas tengo de parte de Adriana: Marcela, Romina, Florencia y Vanina. Y diez bisnietos de esta parte. Una nueva pequeñita, la cuarta hija de Florencia acaba de venir al mundo. Su nombre es Charlotte. Mónica tuvo un novio antes de Marucho. Hasta se comprometió en la parroquia del Santísimo Sacramento. Era un buen muchacho, pero no era para ella. Nos dábamos cuenta de esto porque conocíamos el temperamento de nuestra hija, que era muy amiga de Marta, la hermana del joven. La mamá era viuda de un militar. Parecía estudioso y bueno, pero en la relación era ella la que llevaba “la voz cantante”. De todas maneras, no intervinimos. El noviazgo avanzaba hacia las puertas del matrimonio. Sin embargo, algo le hizo darse cuenta, creo yo, de que no iba a funcionar. Justo entonces, apareció Marucho en el camino. Mi yerno era y es un muchacho elegante, arquitecto recibido, primo de una vecina de San Martín. Un “gentleman” que, con su característica de comprador y educado, le hizo cambiar de idea. Él la conquistó con su don de gentes y, después de insistir un breve tiempo, Mónica cortó su compromiso anterior y se casó con él. De esta hija tengo tres nietos varones: Octavio, Guido y Marco. Y acaba de nacer Renata, la hija de Octavio. Ahora todo está en orden, a Dios gracias. Porque cuando uno, en su rol de padre, observa a los hijos que se han ubicado en la vida y en una familia, y este núcleo que forman es sólido, no puede pedir nada más. Los hijos dan trabajo, pero son la mejor inversión y ningún esfuerzo es vano cuando es para ellos. Sobre todo, este pensamiento se afianza cuando el resultado es tan bueno. Y más, si uno percibe que los valores se han transmitido bien, cosa que notamos cuando vemos que estos se continúan aún en su descendencia. Yo siempre fui compañera de mis hijas y las entendí bastante. Fui siguiendo su crecimiento y mediando en algunas ocasiones, cuando Antonio, como padre exigente, les ponía límites exagerados. Como en una 345


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Antonio y Mecha junto a Marucho y M贸nica con sus hijos Octavio, Guido y Marco. 346


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oportunidad ocurrió con Mechita y Alfredo, de novios sólidos ya, a poco tiempo para contraer enlace. Nuestro yerno estaba siempre en casa. No faltaba mucho para la boda. Lo habíamos invitado a cenar temprano, porque queríamos ir al cine. Había una película, que habían publicitado como comedia familiar. Corría la década del ’60, y como uno de los protagonistas principales era Luis Sandrini, no dudamos en ir los cuatro a la principal sala del barrio donde proyectaban dicha filmación. El libro y el guión eran de Borrás, y la dirección de Daniel Tinayre, rezaba en el encabezamiento la pantalla. Empezaba la película cuando Sandrini y María Antinea, una actriz española, señora muy bonita, salían de su casa donde dejaban a sus hijos y a su suegra, para concurrir a un velatorio. El actor manejaba, con cara de pícaro, un Torino, el auto argentino más promocionado entonces. La pregunta del millón era la que iniciaba la comedia: ¿Qué pasó en La Cigarra? Yo estaba sentada al lado de Antonio y a mi derecha tenía a Mechita. Más allá, Alfredo, a su lado. Resultó que la cigarra era un hotel alojamiento, un tanto disimulado al principio de la película. Durante las primeras imágenes, estuvimos atentos a las parejas del elenco y a las vicisitudes del hilo narrativo, que llevaban a dichas parejas a aquel lugar encubierto. Era un disparate simpático y muy audaz para la época. Luis Sandrini y Antinea eran el matrimonio real que, escapándose del bochinche de su hogar, buscaban un espacio tranquilo para tener intimidad. Elsa Daniel y Guillermo Bredeston, una parejita de novios que ansiaban iniciarse sexualmente antes de casarse. Diana Ingro y Pepe Cibrián, la pareja tramposa y clandestina. Mirtha Legrand, una secretaria y su jefe, Angelito Magaña, un periodista en el límite de lo prohibido. Malvina Pastorino, una profesora, con Narciso Ibáñez Menta, un artista de variedades con habilidades de ventrílocuo. Divertidos y misteriosos. Teresa Blasco, la alumna con el “anciano” maestro de música, que encarnaba Enrique Serrano, a quien ella debía cuidar. Antonio se empezó a poner nervioso en la butaca del cine. Me lanzó un par de miradas de ceño fruncido mientras la historia avanzaba, con347


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Antonio y Mecha junto a Victorio y Adriana con tres de sus cuatro hijas: Romina, Florencia y Vanina.

tagiándome los nervios. A medida que todo se desenvolvía, y a pesar del clima de chiste y de elevado paso de comedia, yo notaba que mi marido se iba poniendo colorado y que ya no cabía en la silla. —Pero, ¿a dónde me trajiste, Mecha? ¿Qué clase de película pornográfica es ésta?—exclamó vehemente. Girar mi cara hacia mi derecha y ver la sonrisa en la cara de los chicos me daba la razón de que eso no era nada pornográfico. Es más, viendo cómo ha avanzado el mundo, “La Cigarra no es un Bicho” era la película más inocente que uno pueda imaginarse. Nunca una escena subida de tono. Ni un gesto libidinoso. Ni siquiera una palabra descolocada. Amelia Bence comenzó a gritar porque su acompañante, un marinero 348


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Mecha y Antonio junto a Alfredo, Mechita, Adriana, Victorio, Mónica y Marucho.

polaco, estaba tirado en la cama de la habitación que compartían, volando en fiebre. En la escena siguiente, la joven, con una falda tubo y en corpiño, salió de la habitación, desesperada, clamando por un médico. Aquella fue la escena más osada de la película. En ese preciso instante, Antonio, ya muy enojado, me dijo: —Vamos, Mecha, ¡¡esto es una vergüenza!! Y nos obligó a levantarnos a todos, a hija y a futuro yerno, quien aunque se resignó, quedó muy intrigado con el desenlace. A los otros actores, Beto Gianola, Julio de Gracia, Homero Cárpena, entre otros, apenas los pudimos ver en su desarrollo actoral. Jamás supimos qué le había pasado al marinero polaco. Nos quedamos con la intriga 349


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de qué enfermedad le aquejaba. No resolvimos el final de las historias individuales del maravilloso staff de actores con que contaba la película. Volvimos a casa caminando, como habíamos ido. Antonio marchaba adelante, enojadísimo. Yo detrás de él, sin saber qué acotar. Era muy incómodo. Y Alfredo y Mechita, del brazo, sin palabras. Todo lo que me dijo Antonio cuando llegamos a casa, epítetos y exabruptos descolocados, ya no los recuerdo. Lo que no olvido es la cara de consternación de Alfredo. Y la de frustración de mi hija. Sentí un poquito de vergüenza. ¡Éramos todos grandes! Horas después lo entendí. Yo siempre entendí el exceso de celo de Antonio. Y perdoné su descuido para guardar las formas. La sangre es más fuerte que él. Una amiga me contó que el mal era la peste bubónica, que hubo cuarentena en el hotel alojamiento, y que el barrio de los alrededores de “La Cigarra” se alborotó porque ambulancias y policías inundaron su tranquilidad. Todo el elenco de aquellos primeros actores argentinos se lució en ese filme, que tuvo mucho éxito y llegada masiva de público. Se transformó en una película de culto. Cuando se habla de las buenas comedias, todavía se la menciona. Años más tarde, en una sobremesa, cuando nuestro yerno ya era nuestro yerno, y la conversación giró alrededor de un insecto semejante que afectaba a la agricultura, Alfredo le reprochó a Antonio (con ironía, por supuesto), que el hemíptero de color oscuro y cuerpo abultado, de alas membranosas, cuyo macho frota sus alas para emitir un sonido característico; no era un bicho sino una obra de arte de la escena nacional, que él no le había permitido ver completa.

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7 —Cuando reviso los ítems que hemos venido hablando, observo que rondan algunos conceptos que nunca terminamos de concretar. Pero algunos de ellos son recurrentes y quedan en las grabaciones o en mi percepción de cómo es Ud. para con los demás. He sido testigo de su manera de atender el teléfono, por ejemplo, y de cómo cuando llama alguien de sus afectos, con cuánto cariño y cuánta preocupación por la salud del otro, el trabajo o la familia del otro, los atiende usted. —Bueno, del mismo modo que ellos son conmigo. —No, no creo que siempre sea así. O sí, tal vez, en retribución a su deferencia por el “sujeto” que es el conocido o el amigo, porque usted los ve como persona y se ocupa y se preocupa por lo que de veras les pasa. —Es que la amistad es para mí algo sagrado. Tengo un concepto altísimo de este valor. Un amigo es, para mí, un hijo más. Es quien nos acompaña, nos hace sentir bien o, tal vez, nos hace sufrir, pero ésa es la vida, “una de cal y otra de arena”. Ellos son quienes comparten con nosotros lo mejor y lo peor. Un amigo es un par, un igual. Cuando desaparece un amigo, en lo personal, siento en el corazón un golpe grande y aunque van pasando los años, aquel dolor no se apacigua; al contrario, se acentúa. Porque me queda la pena y el extrañarlos. Y esa bendita negación de lo que significa la finitud. Yo me quedo llena, completa, de sus respuestas, de sus risas, de sus opiniones, de las coincidencias que teníamos, que tenemos y que nos convirtieron en amigos; así que, no hay resignación que valga. La ausencia del amigo es dolorosa. Ya lo dijo el poeta y cantante, Alberto Cortés, y es exactamente así: “cuando un amigo se va, deja un espacio vacío, que no lo puede llenar la llegada de otro amigo”. Porque un nuevo vínculo, un afecto diferente, otro cariño en nuestras vidas está muy 353


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Meri, Mecha, Elenita y Martha.

bien, es reconfortante; pero, al anterior, a ése que partió, se lo extraña. —Y, además, es el ser que se elige como confidente. No así a la familia, a la que no elegimos, ¿no le parece? —Así es, a la familia la regala Dios. A los amigos, los escogemos, los preferimos, optamos por ellos, según nuestros sentimientos. Tienen que tener muchas cosas parecidas a nosotros. Debe haber con esa otra persona una empatía particular. Sobre todo, tienen que ser afines en gustos e intereses. Y esto no se da con todos los individuos. Por ejemplo, mis grandes amigas han sido mis cuñadas. Es decir, son más que mis parientes por línea política. Martha, Meri y Elenita conocen todo de mí, ellas han vivido a la par mía, y han compartido mis alegrías y mis sinsabores. Y viceversa. Yo también he tratado de estar siempre, para lo que me necesitaran. Y esto es muy lindo y gratificante. Gracias a Dios hemos tenido la necesidad permanente de estar juntas, de acompañarnos, de ser confidentes unas y otras y de salvar las diferencias si las hubiera, que de 354


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todos modos han sido mínimas en relación al afecto enorme que nos hemos dispensado. Y a la admiración, porque ésta fue la cualidad mutua que nos caracterizó toda la vida. A Marta la veo parecida a mí, tenemos gustos semejantes. La pintura sobre porcelana, por ejemplo, estudio que hemos compartido mucho tiempo. Ella tomó clases con Yolanda Brignon de Tolosa Kelly, profesora de pintura, como Adriana y yo. Cuando mi hija comenzó a Meri. enseñar ella, pasó a ser su alumna rápidamente. Superó el dolor de la enfermedad de su marido, ese calvario doloroso que tuvo que afrontar Ricardo en una edad aún temprana, y la posterior viudez, con mucho estoicismo. Y tiene un hijo: Ricardo y dos hijas: Cristina y Martita, todos ellos casados y a su vez con familia, quienes le han completado sus espacios de soledad y la llenan de afecto. A Meri la tengo en un plano elevado, ella perdió a su marido muy joven, mi querido hermano. Y quedó con dos hijos chicos aún para apuntalar, encarando su formación y la terminación de sus estudios. Cuando me refiero a ella, me acuerdo de mamá. Ha sido una gran luchadora también. Combatió de manera increíble aquella adversidad defendiéndose sola. De la casa que tenía con Javier, ha creado una residencia familiar, que sostuvo con empeño, dedicación y buen gusto. Así, en la “Residencia Echevarrieta” se hicieron fiestas importantes, encuentros, conferencias, desfiles de modas, cumpleaños de quince y demás eventos. Fueron artistas y políticos entre tantos de los que alquilaron sus servicios. Y todo lo organizaba ella, lo coordinaba, lo dirigía. Atendía, incluso, a SADAIC, organismo que controlaba la música que se pasaba. Y luego, mantenía todo impecable con la ayuda de una colaboradora quien la acompañaba siem355


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Elenita y Carlos Sommer.

pre, persona de mucha confianza. Recuerdo cuando solíamos salir con ella, Antonio y yo, la dejábamos en su casa a la vuelta y esperábamos hasta que entrara. Yo he pensado tantas veces cómo habrá hecho solita. La veía traspasar la puerta de su casa y cerrarla tras de sí para encontrar los muebles, las paredes, las cosas, en definitiva, como compañía. Se me estrujaba el corazón. Pero ella fue y es muy fuerte y serena. Tiene dos hijos maravillosos: Javier y Viviana, mis queridímos sobrinos. Elena es la dulzura personificada. Graciosa y bella por donde se la mire, fue una gran compañía para mí siempre y adoró a mis hijas, sus sobrinas. Nunca nos dejó de llamar y de preocuparse por nosotros, sobre todo en los últimos tiempos en los que estuvimos un poco escasos de salud. Elenita fue muy querida por mi mamá y a sus hijos y nietos les contó las mismas historias que escuchó de la boca de mi madre, a quien también admiraba. Elena y Carlitos Sommer tienen dos hijos: Andrea y Marcelo. Otros amigos están presentes en mi corazón. Algunos los veo con frecuencia y a otros no tanto, pero cuando aparecen me gratifican con su com356


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pañía y el tiempo no pasa para el afecto, aunque pase. Hace pocos días, fuimos a hacer una pequeña compra al shopping de Pilar y paramos en un café con Mechita, para relajarnos unos minutos. Yo había aprovechado para llevar a arreglar unas camisas de Antonio. Al salir, nos sentamos con mi hija en la cafetería y comenzamos a recordar a los Casalegio. La hija de esta Mecha y María Luisa Casalegio. familia entrañable fue compañera de Mechita desde el jardín de infantes. Entonces, de manera insólita, sorpresiva, aparece Graciela. Graciela Casalegio. Fue una casualidad de ésas que muchos dicen que no existe. Parece que uno “llama” a aquellos que quiere ver o recordar y como por “casualidad”, ellos aparecen. Transmisión de pensamiento. Premonición. Hacía más de un año que no teníamos contacto. Mechita vio, en el shopping, un negocio de arreglos de calzados, parecido al que ellos tienen, y dijo: —¡Qué pena que Graciela se perdió este local, tan bien ubicado! No pasaron cinco minutos, que se produjo el encuentro. Nos pusimos al día, contándonos cosas de familia, como si nunca hubiéramos dejado de vernos. Otro de los amigos de los que tengo que hablar es de Nené y Néstor Pucharelli, un matrimonio que conocimos con el grupo del Rotary. En una oportunidad, en una cena de las que se organizaban en esta entidad, entró al comedor una señora que despedía luz, una mujer bellísima, increíble. Hasta las mujeres nos dábamos vuelta para mirarla. Era Nené Pucharelli. Nos hicimos grandes compañeros y hemos ido con ellos a 357


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Uno de los viajes compartidos con Nené y Néstor Pucharelli.

Montevideo, pues nos invitaron a su casa, y vinieron con nosotros al campo cuando lo teníamos, en La Pampa. Él era de contar cuentos con muchísima gracia, chistoso y chispeante, uno tras otro, de acuerdo a las circunstancias, en una forma extraordinaria. Ella había sufrido poliomielitis en la infancia y aunque quedó mal de una pierna y nunca pudo caminar bien, sin embargo, era maravillosa. Su carácter era su luz. Hace algunos años, se cayó. Y luego de varios inconvenientes relacionados con aquel accidente, quedó postrada en una cama. ¿Sabés en que emplea el tiempo ahora? Borda con finos hilos de colores y en punto cruz, cuadros famosos. Tiene una habilidad extraordinaria. Y su trabajo es original y exquisito. Una manera de desarrollar el arte con resultados bellísimos. —¿Y sigue en cama? —Está postrada, sí, pero es una persona con una mente tan brillante, tan brillante, que lo que le falta de fuerza en las piernas, lo tiene en el cerebro. —Y ¿por qué usted dijo que tenía luz? 358


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Martha, Antonio, Algina y Bernardo.

—Porque cuando ingresó en ese lugar, todos la miramos y vimos en ella algo especial. Tal vez haya sido su fortaleza, su tesón y ese humor que mencioné. O todo junto. Pero nadie que la haya conocido puede decir de ella que no es hermosa, porque lo es. Eso es lo que yo llamo luz en la gente. Y son pocos los que la tienen así. Tengo esta percepción con algunas personas, pocas. Después, al minuto en que se sentó a la mesa, nadie recordó su problema. Cenamos y comenzamos a conversar. Es tan trabajadora, tan preparada, tan culta y, sobre todo, tan buena persona. —¿Recuerda algún otro amigo del Rotary? —Sí, claro, los recuerdo a todos. Los Constantino, que eran de San Martín. Es por el Doctor Constantino que Antonio entró en esta institución. Él era bioquímico, muy renombrado en la zona y muy querido en la familia. Mariela, la hija, fue íntima amiga de Mechita. Se criaron juntas y, entonces, debido a esta relación, conocimos a los padres y nos hicimos amigos. Fue una amistad de matrimonios. También están Beba Soria y 359


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Mecha y Antonio junto a sus amigos.

su esposo, ya fallecido, a quien le decíamos “Machito” Soria. Personas de un espíritu amplio, y del mismo modo, contadores de cuentos. Cuando íbamos a hacer excursiones con ellos y los Pucharelli (muchas veces, en micro) no sentíamos el viaje. Hemos ido a Catamarca, a San Juan, y podíamos pasar cinco o seis horas juntos, sin darnos cuenta de que estábamos viajando, porque eran entretenidos, agradables y tenían una memoria prodigiosa, realmente envidiable. No quiero olvidar ningún nombre. Me viene a la mente tanta gente maravillosa. ¡Qué buenos tiempos fueron esos! Alberto Montes de Oca y Norma. Grandes bailadores de tango, simpáticos también. A él le decían el “peticito Alberto”. Los Manubenz, Agustín y Liliana, a él le decíamos Bebe. Nora y Mario Bernabé, amigos del alma. Algina y Bernardo Bernardí. Lidia Bordes y su esposo. Bernardo y Raquel Krause, queridos amigos, y Guillermo y Alicia Krause, hijo y nuera de los anteriores. El arquitecto Juan Carlos Paoletta y Virginia. Beba y Coco Solichón. Oscar 360


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Raquel Krause.

Reunión de amigas. En el centro, mi querida Nené Pucharelli.

Beba Soria.

y Tite León. Clara Carrera. Inés Oppel, y Negrita Locarno, quien fue compañera mía en Lalcec. —¿La liga argentina contra el cáncer? —Sí, allí trabajé mucho también. Y entre las personas que conocí aquí no puedo dejar de nombrar a Delia Parodi, que fue Presidenta durante muchos años y realizó un trabajo ejemplificador. Fue quien organizaba conferencias en los colegios para hacer conocer la necesidad del control con el famoso Papanicolau. Y hacía lo indecible para lograr imponer los estudios para la prevención y la detección precoz de esta cruel enfermedad. Yo colaboré con ella. Por mi intermedio dio charlas en el Colegio de la Misericordia, por ejemplo. Allí llevaba a un facultativo especialista y les daba clases a las alumnas. También, se hizo lo propio en el Banco de nuestra ciudad. Y después del primer encuentro, el gerente, a quien le gustó mucho la iniciativa, nos pidió que repitiéramos la conferencia para todos los empleados, en el horario de la tarde, una vez que la institución 361


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cerraba. Fue muy ilustrativo. Rondaba siempre sobre la conveniencia de que las mujeres se controlaran anualmente y, por esto, el famoso estudio comenzó a realizarse gratuitamente en el dispensario de San Martín. Por intermedio de la Municipalidad, se consiguió una casita, con un alquiler muy bajo, que luego fue donada a la comisión. La vivienda se acondicionó para que atendiera a las señoras y a las operarias de las fábricas. La Doctora Gabutti estaba al frente de la parte técnica, propiamente dicha. Era una persona encantadora que trabajó mucho por la comunidad. También se organizó a un grupo de señoras, a quienes se las instruyó como enfermeras, se les dio un curso de perfeccionamiento para atender a los pacientes que concurrían a dicho consultorio en la casitadispensario. Era un trabajo arduo que dio sus frutos, pues se enseñó a prevenir el cáncer de útero y de mama. Se les palpaba convenientemente, se les enseñaba el autocontrol y si se detectaba algo raro, se las derivaba a lugares de mayor complejidad. También estuve en la Cooperadora de las “Damas de Beneficencia del Hospital Diego Thompson”, de San Martín, cuya Presidenta fue, durante muchos años, Lidia Pérez Andrade. Con ella también trabajó, incansablemente, Nora Montes de Oca, gran colaboradora. Lidia tenía dificultades para caminar; pero aún así, nos reunía a todas las comisiones en su casa, alrededor de la mesa y, desde allí, ordenaba la labor de cada una. Controlaba lo que se gastaba, hasta el último centavo. Organizó en el Hospital los ajuares para los recién nacidos de las madres indigentes, que iban a tener sus bebés en el nombrado nosocomio. En un armario colocaba todo lo que se compraba y las donaciones, y separaba las mudas con pañales, chiripás, batitas; en fin, la ropa esencial para que no les falte nada ni bien salgan al mundo. Hasta jaboncitos y un perfume. Y, también, algo que siempre se agregaba para la mamá de condición humilde. El Día de la Madre, por ejemplo, se iba cama por cama entregando en una coqueta canastita, el presente. También fue quien instauró un “bono contribución” para aquellos que iban a atenderse al Hospital. Antes de entrar, tenían que abonar el canon, que era ínfimo, pero con eso se hacían grandes cosas. 362


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Se organizó la sala de cirugía cardiorrespiratoria, por ejemplo. La Municipalidad de San Martín no daba ni un pesito extra para el Hospital. Una luchadora incansable, la señorita Pérez Andrade. De pelear y lidiar para conseguir donativos de otras entidades. Seguidora con el teléfono y con la palabra convincente. Batalladora del centavito para todos y cada uno de los que trabajan allí, quienes, por ahí, solicitaban sobresueldos para viáticos. Era capaz de beneficiar también a los empleados, siempre y cuando no comprobara que el pedido derivara hacia otros fines. —¿Cuántos años estuvo usted colaborando en este lugar? —Fueron muchos años. Yo acompañaba, en realidad, no era de hacer grandes cosas, si podía donar algo, lo hacía. Iba a atender o a ayudar, si me necesitaban, pero eran pavadas. —No lo creo, ¡cómo van a ser pavadas! —Es muy poca cosa al lado de lo que hacían estas mujeres completamente entregadas a la obra. Mi ayuda, más que nada era con mi trabajo, acompañándolas, poniendo mi voto, porque se necesitaba votar para algunas cosas, ya que, claro, se obtenía mucho dinero con esos centavitos que se juntaban. Hasta organizó con los chicos, un salón de computadoras, para llevar el control de todo. Les daba trabajo a varios jovencitos que estudiaban. Ésta era una arista más de su capacidad solidaria. —¿Alguna otra amiga que quiera recordar? —No quiero dejar de contar una costumbre que habíamos tomado con dos de mis amigas: Negrita Locarno y Raquel Krause. Como verdaderas colegialas, nos juntábamos en la esquina de la Plaza de San Martín, luego de juntar las moneditas para tomar el colectivo que nos llevaba a la Capital. Nos turnábamos para pagar el boleto. Nunca tuvimos la idea de ir al centro en otro medio de transporte, puesto que la experiencia debía ser completa. Yo era la que me encargaba de buscar qué había de interesante en Buenos Aires, siempre con entrada libre y gratuita. Así, fuimos a la Embajada de la India, o recorrimos muestras de pintura y, en alguna ocasión, al centro de conferencias de la calle Florida, en el auditorio de El Ateneo. Se bajaba por una escalera y en la parte inferior, re363


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cuerdo, había un gran escenario. Allí disfrutamos, más de una vez, de interesantes charlas sobre literatura o historia. Nos encantaban este tipo de salidas. Y siempre encontrábamos motivo para divertirnos como, por ejemplo, la tarde en la que un caballero sentado cerca de nosotras, se quedó dormido y empezó a roncar, no permitiéndonos oír la disertación. Entonces, decidimos salir de allí e ir a comentar el episodio a la confitería “La Ideal”, de la calle Suipacha, delante de un rico té con masas. Otras salidas culturales terminaban en el “Cooper Kettle” (La Jarra de Plata), también de Suipacha, o en el café Tortoni, de la Avenida de Mayo. En otra oportunidad, encontré en el diario La Nación un aviso de una charla sobre Egipto, también gratuita, que se daba en un departamento de un quinto piso en la calle Corrientes. A las chicas les gustó la idea y fuimos. Cuando llegamos, tocamos el timbre y nos recibió una señora con dificultades para caminar. Había un gran salón con unos pupitres sobre los cuales descansaban unas revistas con imágenes de las pirámides. Aún no había nadie y, al rato, comenzaron a caer unos señores y algunos muchachones que nos parecieron raros. El clima era extraño, lo que hizo que empezáramos a inquietarnos. Nos mirábamos entre nosotras preguntándonos qué pasaba. La mujer en cuestión dijo, entonces, que para la conferencia se iba a ayudar con unas fotos que hizo circular. Pero, acto seguido, nos ofreció un refrigerio y la charla se dilataba. Negrita se levantó, gentilmente, para ayudarla a servir, dada la dificultad que tenía para desplazarse; mientras los caballeros, que no hablaban, nos miraban como preguntándose quiénes serían esas señoras. Dada la situación tan tensa y, además, tan poco académica, nos levantamos y nos fuimos, saludando con educación. Eran tiempos de la subversión en nuestro país; así que, supusimos, después, que aquel episodio sería alguna “pantalla” para un encuentro de otro tono, que nada tenía que ver con lo cultural. De hecho, no hubo ninguna conferencia. Y nos pareció ver en la despedida, caras de alivio. Fue una experiencia inexplicable. —¿Y las amigas de la infancia, esas compañeras del colegio? —No las vi más, porque muchas eran del interior. Sólo aquella vez que 364


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nos encontramos en oportunidad de cumplir los veinticinco años de egresadas y, de ese momento emotivo, me quedó el cuaderno de las firmas. Una reliquia preciada. —¿Y en el barrio? Habiendo vivido tantos años en San Martín, debe de haber también allí gente amiga. —Desde luego, mis queridas y excelentes vecinas Mecha junto a Manola Gorraiz y Julia Corniatti. Julia Corniatti y Manola Gorraiz, mamá de Avi, la amiga de Mónica, quienes estuvieron siempre con nosotros, ante cualquier dificultad. —¿Alguien más que quiera recordar? —Sí, quisiera agregar también, entre las personas más lindas que he tenido el placer de conocer y tratar, si bien no se puede decir que fue mi “amiga”, sin embargo, fue de los seres más luminosos que he conocido: Susana Pichiello, “Pipi”, la hermana de Marucho. Pipi era un ángel, una mujer íntegra, que tuvo que soportar una minusvalía en su físico, ya que cuando era muy pequeñita sufrió del “Mal de Pott”, también llamada “tuberculosis osteoarticular”, que compromete la columna vertebral. Le provocó un trastorno en el crecimiento y sus padres hicieron lo indecible para su recuperación, incluso ir a vivir a los Estados Unidos durante varios años, para procurar allí, todos los tratamientos posibles. Con esta cruz, la hermana de mi yerno vivió sus escasos sesenta años. Se formó, estudió, recibiéndose de Traductora Pública de Inglés, y trabajó muchísimos años en el Congreso de la Nación, sorteando todos los problemas que le ocasionaba la imposibilidad de su columna. Pipi dio amor y más amor y calidez a sus seres queridos. Adoraba a sus sobrinos, los protegía y les daba 365


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todo lo que podía, trasgrediendo, incluso, lo que Tete, su mamá, bellísima persona también, pero mucho más estricta, les permitía a los traviesos de mis nietos. Tete, otra mujer inolvidable, de la que no puedo dejar de mencionar su buen gusto y delicadeza, su gran habilidad culinaria para el paladar árabe. Cocinaba de maravillas y siempre tenía exquisiMecha y Susana Pichiello, “Pipi”. teces para ofrecer. Era de las que decía, como si fuera una verdadera “idishe mame”: “calláte, sentáte, y comé”, según recuerda mi hija Mónica de su suegra. Pipi falleció hace alrededor de cinco años y entre las cosas valiosas que dejó, fue un libro de narraciones y poemas, no editado, en el que cuenta sus dolores, las angustias de toda una vida. “Cien camas y un jacarandá”, es su nombre y leerlo me ha provocado una gran emoción, como su recuerdo de ahora. —Con todo esto que me ha contado observo qué importante ha sido y es para Ud. este sentimiento, Mecha. Ya no me caben dudas. —Así es. Y quiero agregar algo más, porque hace pocos días recibí por vía e-mail un escrito sobre la amistad que me emocionó mucho y quiero reproducirlo aquí, porque tiene poesía y expresa lo que pienso muy bien. Dice así: Hay amigos. Amigos eternos, que son de piel y otros que son de hierro. Hay amigos del tiempo, de la escuela, del trabajo, de la facultad. Amigos que se aprenden, otros que se eligen y otros más que se adoptan. Hay amigos del alma, del corazón, de la sangre. 366


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Amigos de vidas pasadas, amigos para toda la vida. Amigos que son más que amigos. Hay amigos que son hermanos, otros que son padres; también hay amigos que son hijos. Amigos que están en las buenas, otros que están en las malas, amigos que están siempre. Hay amigos que se van, otros que se tocan, otros que se escriben. Amigos que vuelven y otros que se quedan. Algunos inmortales, amigos de la distancia. Hay amigos que se extrañan, que se lloran, que se piensan. Amigos que se desean, que se abrazan, que se miran. Amigos de noches, de siestas, de madrugadas. Amigos hombre, amigas mujeres, amigos perros. Amigos que deliran, otros que son poetas. Amigos nuevos, viejos, viejos amigos. Hay amigos sin edad. Hay amigos que no nos llaman, que tampoco llamamos. Amigos desde hace una hora, desde recién. Hay amigos que dejamos ir, otros que no pueden venir, amigos que están lejos, amigos del barrio. Hay amigos de la palabra, amigos incondicionales. Amigos invisibles, amigos sin lugar, amigos de la calle. Amigos míos, amigos tuyos, amigos nuestros. Amigos que están tristes, otros que están alegres, otros que simplemente no están. Pero, todos absolutamente todos los amigos tienen algo en común: ¡¡¡SON INDISPENSABLES!!! —¡Qué lindo, Mecha! ¡Qué lindo! ¿Puedo ser amiga suya?

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UESTROS ÚLTIMOS CUMPLEAÑOS HAN SIDO CELEBRADOS,

festejados, conmemorados con exagerado júbilo, a mi entender. Creo, más bien, estoy segura de que se aplaude la gran cantidad de años que contamos, tanto Antonio como yo. Todos han sido bonitos, pero ninguno como el de los ochenta. Este día, el 21 de octubre del año 2000, fue una muestra maravillosa de lo que mi familia considera oportuno ensalzar. Insisto, que fue excesiva en demasía. Pero, entre nosotros, la disfruté enormemente. Y recordar la fiesta o ver la filmación (gracias a Dios existen las filmaciones), aún me emociona. Los días previos, mis hijas comenzaron a sugerirme un ágape o algo original que diferenciara la ocasión, lo que yo dejé, por completo, a su criterio. Pero, como en la semana misma del cumpleaños, que ese año cayó justo en sábado, no me habían dado ninguna noticia, desconté que no se hacía nada en especial. El 21 a la mañana, vinieron a saludarme temprano, prepararon el desayuno y los cinco iniciamos el día juntos. Eso ya habría sido suficiente para mí. Pero entonces, me dijeron que esa noche me invitaban a cenar a un restaurante muy paquete y me pidieron que me arreglara, que fuera a la peluquería y que debía ponerme un vestido de largo, porque La Bourgogne, de Ayacucho 2027, al costado del Alvear Palace Hotel, en la Ca369


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pital, así lo requería. Menos mal que tenía un traje apropiado que, sugestivamente, las chicas me habían hecho hacer meses antes, sin explicarme muy bien para qué evento lo usaría. —Pero, ¿para qué tanto?—se me ocurrió comentar. Ellas insistieron en que La Bourgogne es, precisamente, el lugar al que acude a cenar la gente que va a las funciones del Colón. Y eso amerita vestir de manera impecable. Hasta cerca del mediodía me extrañaba que el teléfono no sonara. —¿Se habrán olvidado de mi cumpleaños?— me preguntaba yo. En verdad, no tenía ningún indicio de que las cosas se darían distinto a lo planificado en las horas de la mañana. Y, mi desconcierto era que Marta y Meri o Elenita no se acordaran, porque ellas siempre tenían presente mi fecha de cumpleaños. En la sobremesa, recibí el llamado de la hija de mi prima Pochola, de Ramos Mejía, a la que no veo a menudo. Estuvimos charlando un rato, intercambiando salutaciones y poniéndonos al día con algunos recuerdos cuando se interrumpió la comunicación. Corté el aparato y a los pocos minutos volvió a sonar. Era nuevamente mi prima segunda que se disculpó, diciéndome que se había producido un corte de luz, que parecía que era importante. Nos despedimos y así quedó la conversación. Luego de un rato de preparativos y alistamientos, llegó la noche y nos pasaron a buscar para la mentada cena. Efectivamente, la entrada al finísimo restaurante se produjo por la calle lateral al Hotel Alvear. Al ingresar, noté que todo estaba un poco oscuro e, inmediatamente, relacioné esto con aquel corte de luz que me habían mencionado a la tarde. —Mirá, parece que acá también hay corte de luz—comenté. Subimos con cierto cuidado por una escalera de mármol, enorme; y, justo en el descanso, se prendieron las luces y comenzó a sonar una hermosa música. Fue una sorpresa maravillosa ver a toda mi familia reunida aplaudiendo y vivando mi nombre. La primera que se acercó fue Isabelita, la hija de Ismael, mi prima querida, a quien hacía mucho que no veía. Me emocioné con ella, como con cada rostro que a partir de allí se me apro370


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Mecha emocionada, recibida por Isabelita en su fiesta sorpresa.

ximaba. Los yernos, nietos y nietas, los más pequeñitos, la familia política y los amigos más queridos ahí estaban. Todos se habían hecho presentes. Fue una sensación increíble, una alegría inesperada. Siempre es asombroso verlos a todos juntos, motivados por estos eventos que yo sé son sólo la excusa de conjugarse en una espléndida comunión familiar. El amor se siente fuerte. Y éste es el verdadero valor que nos mueve. Así lo siento cada vez que un suceso de éstos se origina. Sólo que en aquella ocasión, era yo a la que se homenajeaba. En ese primer momento de la presentación hubo una “bandejeada” con delicadezas del “buen gourmet” para pasar, luego, al salón comedor, donde comenzó la fiesta propiamente dicha. 371


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El salón tiene grandes dimensiones. Las mesas estaban bien distribuidas y daban cabida a aproximadamente diez personas cada una. Yo compartí la mía con Antonio, por supuesto, y mis cuñadas. Las chicas y sus maridos, en la de al lado. Todo fue perfectamente organizado como pasa en estos casos. Tanto es así, que hasta los centros de mesa estaban confeccionados con fresias frescas. Mis hijas saben que son las flores que más me gustan, más por el perfume que tienen que por otra cosa, pero hasta ese detalle consideraron, aunque ni siquiera fuera época de fresias. Mónica conserva el menú que nos sirvieron esa noche como parte de los recuerdos. No lo podría precisar exactamente, pero sólo sé que cada plato fue maravilloso y degustamos con amplitud una cocina exquisita. Entre plato y plato sobrevinieron las sorpresas. Una de ellas, impensada, fue la aparición detrás de las mesas de un tenor de voz extraordinaria, conocido de la madre de Michael, el marido de mi nieta Florencia. El cantor hizo su ingreso entonando magníficamente “Nessun Dorma”, el área de Turandot de Puccini, que me encanta y me conmueve hasta las lágrimas, cada vez que lo escucho. Una de las anécdotas que se suma a este acontecimiento fue que un par de meses más tarde, Guido se fue a Inglaterra para perfeccionar su inglés, e hizo escala en Frankfurt. En el aeropuerto se le acercó un señor que lo reconoció entre los pasajeros y le dijo: —Yo canté en el cumpleaños de tu abuela. Era el tenor de aquella noche. Una muestra más de lo pequeño que es el mundo. Y también de lo fuerte que debe de haber sido también para él ese cumpleaños del que participó siendo su animador. Cantó entre otras canciones, el “Brindis” de la Traviata, en el preciso momento en que se levantaban las copas. Después de esto y de unas palabras que dijo Antonio, se inició el baile con el vals y, luego, siguió la música popular que completó la diversión de la noche. Conservo este cumpleaños en la retina, en el corazón como en la filmación que realizó Amarante. La tecnología nos permite conservar los recuerdos, valores incalculables. Allí se ven mejor que en el momento propio del evento, porque éste estuvo nublado por la emoción, las alter372


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nativas de cada instante de la fiesta, la felicidad de todos, los buenos trajes, los amigos, la música, la alegría general e, incluso, la inolvidable presencia de muchos de los que ya han partido. Como corolario de todo, mis hijas habían contratado una noche en el Alvear para que nosotros descansáramos cuando tuviéramos ganas de irnos, cosa que se produjo poco después del vals. En la suite, al ingresar, me encontré con un canasto enorme con ochenta rosas rojas que habían comprado las chicas. Todo constituye un recuerdo imborrable. Pero uno de los momentos más representativos de la noche fue mérito de mis diez nietos. Yo los vi entrar a todos, en fila, con un papel en la mano y me dije: —¿Qué van a hacer ahora estos chicos? Mientras empezaba a sonar la música de una canción muy conocida por esos días, que se llama “Para no verte más”, del grupo de rock nacional “La Mosca”, que tiene como voz principal a un muchacho muy simpático que se llama Guillermo Novellis; y con esa base, los bandidos de mis nietos habían creado un texto original que se refería en su totalidad a mí y, desde el principio al fin, me dedicaban. Fue muy ingenioso. Gracioso y divertido. Después me enteré de que los chicos habían contratado un lugar donde se reunieron para ensayar la canción y que fueron guiados, a su vez, por un músico que les marcaba las pautas para que todo saliera bien. ¡Hasta Marcela vino con tiempo desde los Estados Unidos para participar en esta preparación! Y por esta razón y por la energía que le pusieron es que así salió. Maravillosamente. Además de todo lo que se han divertido ellos ensayando, por supuesto, hecho que también filmaron y que me hicieron ver días después, para mostrarme su alegría. Ellos saben que su felicidad es la mía. Es lo que trasmitieron. Y es exactamente lo que más me emociona. Transcribo el contenido de la canción para que los chicos sepan, mis queridos, lo bien que me han hecho en cada verso, lo bien que me hacen siendo hermanos y primos amados. Compañeros. Familia.

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Canción de los nietos a su Nona Mecha No hay nadie en este mundo que llegue a los ochenta y tenga tanta vida como nuestra Nona Mecha. Su felicidad se explica de algún modo es gracias a que tiene a su gran amor el Nono. Con él tuvo tres hijas que son sus tres tesoros que les dieron sus nietos y bisnietos más hermosos. Sin duda Nona Mecha podés estar tranquila lograste con tu amor la familia más unida.

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“Sos un ser realmente excepcional” (Marco) “Nona, sos pura sensibilidad” (Vanina) “No tenés que sufrir tanto, Nona, cuando tus nietos, por hacer deporte, se lastiman” (María Pía) “Por eso siempre dice: “El fútbol y el rugby, se los sacaría” (Guido) “Nona, ¿tanto lío por un par de fracturas?” (Paola) Si el médico la viera tendría que retarla porque ella hace lo que se le da la gana. 375


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No importa que ella tenga problemas de columna se sube entusiasmada a cualquier montaña rusa. Y aunque le prohibieron bebidas con alcohol la Nona en Tenerife sus chupitos se tomó. “A Nona, nada la detiene. No quedan dudas” (Florencia) “Sos la primera en correr cuando alguien te necesita” (Alfredito) “Cuando salió del hospital, nos regaló un superviaje a modo de festejo” (Marcela) “ Y poder estar toda la familia junta en el Caribe fue una experiencia que nunca olvidaremos” (Romina) Le encanta cocinar es de las mejores y su especialidad es la paella y los ravioles. Reúne a la familia con una hermosa cena todos esperamos sus grandiosas noches buenas. Conoce totalmente la terapia intensiva tanto que la Nona ya es socia vitalicia. 376

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Pasó duros momentos y supo superarlos y ahora es una reina de tan sólo ochenta años. “¡Esta fiesta es un canto a la vida!” (Tavi) “¡¡Feliz cumpleaños Nona!!” (Todos)

No puedo menos que decir: “Gracias chicos, gracias a todos”. Su Nona Mecha.

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IDO DISCULPAS POR ENTROMETERME ENTRE LAS PÁGINAS DE

su libro. Pero casi sin permiso, quiero deslizarme entre ellas porque no puedo dejar pasar esta oportunidad de expresar lo que la familia Rabini y, en especial, usted ha significado para mí. Llegué a esta casa allá por el año ’76, un abril o mayo, no recuerdo la fecha exacta. Había ido a trabajar con la señora Mechita, por horas, recomendada por unos primos. Recuerdo que para la inauguración de la casa nueva, en Villa Ballester, se hizo una fiesta muy grande y yo fui a ayudarla a servir y a atender a los invitados. Allí la conocí. Iba con la pierna derecha enyesada a la casa de su hija, porque se había caído en la peluquería, con tan mala suerte, que se desgarró los ligamentos. Me llamó mucho la atención que era una señora muy linda y que, a pesar del inconveniente, estaba alegre e irradiaba algo especial. La señora Adriana estaba embarazada de ocho meses. La fiesta resultó muy agradable. La gente (prácticamente toda la familia) que conocí en dicha ocasión me pareció simpatiquísima y, si bien me cansé, sentí que hubo algo de ese cansancio que fue compartido. A los dos días del evento, la señora Mechita me preguntó si yo querría ir a trabajar con su papá y su mamá que, justamente, por atravesar la dificultad del yeso, necesitaba la mano de una mujer joven en la casa todo el día. —Sí, pero yo tengo mi marido—le dije con timidez. 381


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—¡Eso se arregla, no te preocupes!— me contestó con énfasis. Y me llevó ella misma a su casa, en San Martín, para que conversáramos. Estaban los dos juntos cuando llegamos y vi, rápidamente, lo cariñosa y dulce que era usted. Me hizo sentir muy cómoda desde el primer momento. —Mamá, ¿no te gustaría que Norma venga a trabajar acá, a tu casa, con cama adentro?—recuerdo que le preguntó su hija. —Me encantaría—fue lo que usted respondió. Y lo hizo con una espontaneidad que le salió del corazón. Acto seguido, me guiñó un ojo ante la expresión que siguió, de don Antonio: —Yo no quiero extraños en mi casa. —No le hagas caso a este viejo loco, ¡yo lo voy a convencer! Entonces me conocieron. Y yo a ustedes. Por ese tiempo, mi marido y yo alquilábamos una piecita a una señora paraguaya, muy buena; adónde no puedo olvidarlo, con un camión de la fábrica, usted misma me fue a buscar. Cargamos nuestras pertenencias y nos mudamos a San Martín. A su hogar. Empezamos a convivir siempre con una excelente relación, y encontré en usted una persona comprensiva, paciente y con “buena onda”, como dicen los chicos hoy. Y aunque tuvimos algunas peleítas, como cada ser humano que convive, todas terminaron de la misma manera: abrazadas, llorando y pidiéndonos disculpas, mutuamente. La vida en su casa fue muy buena, porque siempre me hizo sentir de la familia. Siempre me sentí respetada y querida. Marucho arregló el departamentito del fondo con un cuarto más para nosotros, remozó el baño y lo azulejó de blanco. Del mismo modo, acondicionó el lavaderito y la cocina, que quedaron fantásticos y ésa fue mi casa y la de mi marido durante todo el tiempo que vivimos con ustedes. Recuerdo que me decía que yo tenía que tener descendencia. Que los hijos son la continuidad de uno y que ésa sería mi compañía para el futuro. Perdí mi primer embarazo y fue usted quien me acompañó a los 382


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En el centro, Jorge Erhardt y Viviana Echevarrieta con sus hijos: Nilda Moulouni y Javier EcheEsteban, Carolina, Stephanie y Maximiliano, junto a Meri. varrieta junto a Antonio.

médicos. Como una madre. Yo tenía fuertes dolores entonces, y como usted estaba en la comisión del Policlínico Eva Perón y la conocían mucho, ¡hasta el director de esa institución!, me llevó con urgencia. La coincidencia quiso que fuera el mismo día en que se comprometían para casarse su sobrino Javier y Nilda, quien trabajaba ya como médica en dicho Policlínico. No le importó llegar tarde o no ir a la fiesta. Estuvo conmigo todo el tiempo. E, incluso, se enojó mucho porque no me atendían, porque me habían dejado en una camilla largo rato, mientras yo estaba sufriendo. Hacía un día ya que había perdido ese bebé, supe después. Entonces, usted fue y se quejó directamente con las autoridades del nosocomio. Eso me dio miedo, porque creía que, por resentimiento, podrían hacerme quién sabe qué. Yo era muy tonta en esa época y jamás había ido a un ginecólogo antes de este episodio. Pasada la crisis y, luego del raspado, me atendió la señora Nilda, cuya especialidad es, precisamente, la ginecología. Para mí, ella es un ángel. Como no podía quedar embarazada, Nilda me puso en tratamiento. El 383


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útero pegado, matriz infantil, no sé qué fue, pero gracias a ella vino Marcelo a este mundo. Yo tenía treinta y cinco años. El día que mi hijito nació operaban a la señora Adriana de una histerectomía. Perder el útero a una mujer le resulta muy traumático y, desde luego, usted estuvo allí, a su lado. Como siempre, al “pie del cañón”, reza el dicho. Entre tanto, cuando yo salí de la sala de partos vi a dos personas: a José Enrique y a don Antonio. Fue una gran felicidad y me sentí acompañada de veras, otra vez. Usted conoció a Marcelito cuando todo pasó, y volvimos cada una a casa, para el proceso de la recuperación. Siempre me dijo que mi hijo era un “muñequito”. Gracias a Dios fue un niño tan bueno y tranquilo que, por sí mismo, se hizo querer. Yo siento que él ha recibido el amor que se respira en esta familia. Él los considera como si en verdad lo fueran. Y los quiere mucho a todos. Mi marido y yo hemos sentido que lo quisieron como a un nieto, y mi hijo se crió con los hijos de Mónica como si fuera uno más de ellos. Don Antonio asumió el padrinazgo y Marcelo lo adora. Cuando había que comprar salvavidas para los chicos porque estaban aprendiendo a nadar, se compraban cuatro y se les enseñaba a nadar a todos por igual. Hasta que un día vino Mónica y les obligó a sacárselos y los fue tirando uno por uno a la pileta. Yo sufría en el borde, pero aprendieron. Todos salieron nadando entre carcajadas nerviosas de chicos y padres. Hasta la perrita Pamela ladraba en la orilla, cuidándolos. Cuando don Antonio compró bicicletas para los nietos, compró cuatro y allá fueron todos en fila a aprender a andar. Y anduvieron. Y se divirtieron de lo lindo. Los juegos eran compartidos. Los espacios de la casa de San Martín fueron tan generosos, que los chicos se criaron sanos entre plantas y mascotas. Nunca salían a la calle, de casa al colegio, del colegio a casa y a las travesuras, que sí hacían y compartían también. Una vez hicieron una experiencia de “supervivencia”, decidieron quedarse “al aire libre” durante toda la noche y llevaron colchonetas y mantas y almohadas, para dormir afuera, a la intemperie. Encendieron un fueguito, llevaron patitas de pollo y salchichas, y con unos palitos, al mejor 384


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Marcelo, hijo de Norma, con Tavi (Octavio).

estilo “brochettes”, aunque ahumaron todo, comieron sin chistar, y se quedaron dormidos. Los grandes estuvimos de vigilia hasta la madrugada, cuidando que no tuvieran frío o que les picaran los mosquitos. Ya se levantaba José Enrique, ya usted, o yo. Ninguno descansó del todo aquella noche. En otra oportunidad, no recuerdo qué fiesta había en la familia, ni qué salida, se los vistió de punta en blanco, y mientras esperaban a los demás, subieron al entretecho, que era enorme y servía para guardar las cajas y cajas con los remanentes de botones de nácar de la fábrica. O, para que las chicas estudiaran cuando tenían exámenes. Allí habían quedado las latas con los restos de pintura que usó Félix para cambiarle la cara a la casa. Estos bandidos se pusieron a pintar el entretecho. No dejaron nada sin darle color. “¿Dónde están los chicos?, ¿dónde están los chicos?”, decíamos los adultos. Y allá estaban, llenos de pintura de pared 385


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Alfredo escondiendo el “tesoro”.

en los pantalones estrenados, arriba de los zapatos recién lustrados o en los puños de las camisas nuevas. ¡Hasta el pelo se habían pintado! Después, tirarles bombitas de agua a los vecinos desde atrás de la ligustrina, vender revistitas viejas, decirles cosas a las personas que pasaban por la calle, eran “inocentadas” de todos los días. Fueron tiempos de crecimiento, de felicidad, y Tavi, Marco y Guido son como mis hijos y Marcelo lo es, del mismo modo, para Mónica. Yo los cuidaba y ella los cuidaba igual. Los cuidábamos entre todos. Los chicos son hermanos de la vida. Y así pasaron más de quince años. Mi hijo participó con sus nietos en la organización de una “Búsqueda del Tesoro”, que hicieron en Peralta Ramos, porque también a Mar del Plata íbamos con ustedes. El señor Alfredo enterró una caja llena de medallitas y chucherías en la playa. Y dibujaron en un papel de color, el itinerario con formato de mapa que los más pequeñitos debían seguir para 386


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Los chicos felices, después de haber descubierto el tesoro oculto.

encontrar dicho tesoro. Toda la familia se puso en marcha para el juego. Y fue muy divertido. Hasta los hijos de Marcela participaron del divertimento en ese veraneo. Nosotros tuvimos la alegría de compartir con la familia también los momentos de esparcimiento. Pero surgió la posibilidad de comprarnos una vivienda propia. Se habían creado líneas de créditos y tuvimos la opción de entrar en uno de esos planes para viviendas con un largo plazo de pago, lo que podíamos asumir. Mi hermana recibió su ayuda y la de don Antonio para el adelanto. Nosotros esperamos a ahorrar un poco más. Y Dios quiso que lo lográramos. Compramos, entonces, nuestro departamento de Saénz Peña, el mismo en el que vivimos ahora. Una vez concretada la operación, llegó la hora de mudarnos. Me siento muy culpable de no haber preparado a los chicos. Todos sufrieron. 387


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Antonio y Mecha también participaron de la búsqueda.

Cometimos un gran error. No hace mucho me lo contó Marco. Se levantaron ese domingo y fueron atrás a buscar a Marcelo. Pero la casa estaba vacía. Habíamos sacado todo y nos habíamos ido muy temprano para aprovechar el día. José Enrique debía trabajar el lunes, y había mucho que hacer en el departamento nuevo. A las siete de la mañana, entonces, el camión de mudanzas estaba cargado y rumbeando para el nuevo destino. La desazón y las lágrimas de aquella jornada se repitieron y me hicieron lagrimear con esta última confesión de Marco. Y ni hablar de las de mi hijo. 388


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Ése fue un error, repito. Pero, las experiencias vividas en su familia, Mecha, han sido maravillosas. Llevo enormes recuerdos en mi corazón y estoy segura de que gran parte de ustedes está en mi hijo, porque él ha vivido parte del clima que se desarrolló en San Martín. Y se lo agradezco. Se los agradezco a todos. Cuando Marcelo se levanta siempre recuerda la taza naranja, de barro cocido, que le trajeron de Misiones, con la que tomaba el desayuno con usted, Sra. Mecha, ¿se acuerda?, que le preparaba una bandejita con la leche y las tostadas con manteca. El dulce siempre se lo puso usted. El dulce era el afecto, el amor que recibió en su casa. Y una cosa más quiero recordar acá, ya que tengo esta oportunidad de entrometerme entre las páginas de su libro. No voy a olvidar nunca la posibilidad que me dieron de viajar en ese crucero por el Caribe. No habría sido posible sin su ayuda, sin el hermoso obsequio que representó. Yo estaba en la casa de mi hermano, en Mar del Plata, y fueron a buscarme, pero como no me encontraba en ese momento, Mechita y Adriana me dejaron un papelito que decía: “Urgente, andá a casa”. Cuando volví y leí la nota, le confieso, Mecha, que me asusté. Y cuando llegué al departamento, me dijeron que tenían que decirme algo importante: “Tenemos que darte una noticia, Norma”. Y era ésa, que me invitaban a mí también al viaje por el Caribe. Lloré mucho de emoción, porque la convocatoria fue, originalmente, de don Antonio a Marcelo. Mi hijo, sorprendido por el regalo que le hacía su padrino, le contestó que a él le parecía que era yo la que merecía más ese magnífico paseo. Al enterarme de eso, le dije a mi hijo: —Pero, Marcelito, ¿cómo les decís eso? ¡qué vergüenza! Pero Ud. Mecha, todavía, tuvo la deferencia de expresar que tenía razón, que era lo que correspondía. No sé, no creo merecer nada. Nunca se me hubiera ocurrido. Fue una sorpresa increíble. Y fui, claro. Fuimos, Marcelo y yo, con ustedes, ¡cómo olvidar! Este viaje fue muy importante para mí. Pude conocer y disfrutar de su compañía. También pude ver, nuevamente, a mi hermano Tito, que 389


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Mecha, Norma y Antonio festejando.

está radicado en los Estados Unidos desde hace muchos años. Más de treinta. Sus hijos son nacidos allá. Un tiempo antes, se había quedado viudo, y aprovechando nuestra excursión, pidió que lo incorporaran al barco y se sumó al tour, para verme, pero también para verlos a ustedes, porque los quiere como nosotros. No pudo ser más perfecto. Fue un viaje excelente. ¡Si hasta mi hermano conoció a su nueva esposa en ese buque! A Disnea, una señora brasileña, rubia, hermosa, con una figura espléndida, que viajaba con su hija y una nieta, y que se unió, impactada, a nuestra mesa y a nuestras chanzas. Compartimos almuerzos y cenas y shows espléndidos. Y nos divertimos mucho. Mónica me prestó una ropa finísima, porque yo no tenía algo adecuado para la gala. Y también un collar de oro que se me cayó de un bolsillo y casi pierdo, al día siguiente, por los pasillos de los camarotes cuando se lo iba a devolver, pero que a Dios gracias, encontré. Este viaje, de alguna manera, me cambió la vida, ya que Guido logró 390


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que entrara en la cocina del chef ejecutivo. Le dijo que yo también era cocinera, y éste tuvo la buena disposición y la simpatía de mostrarme el lujo de su cocina de acero inoxidable, la puntillosidad de los detalles y la limpieza impecable. Me enseñó cómo se trabajaba en el barco para tantos pasajeros, me contó el secreto de algunas recetas y me regaló un libro enorme con sus exquisiteces, que aún conservo. Digo que me cambió la vida, porque a partir de allí, tomé la decisión de instruirme en las lides de la comida internacional, e hice el curso de chef, que por estos meses estoy concluyendo. Tal vez, algún día pueda vivir de esto. ¿Se da cuenta por qué digo que me cambió la vida aquel viaje del año 2007? ¿Se da cuenta por qué una vez y otra digo y diré que ustedes, que usted, en especial, me cambió la vida? ¡Cómo no estar agradecida! Perdóneme, entonces, que yo me haya entrometido en la letra de este libro de historias personales. Yo quiero que sepa que le reconozco lo que siempre hizo por mí. Que los quiero mucho a todos. Que son mi familia. Que la quiero mucho a usted. Como a una amiga entrañable. Como a una madre. Norma

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MIAMI. POCAS VECES SOLOS. Era una ciudad que a Antonio no le gustaba mucho. No sé muy bien porqué. Decía que la encontraba un poco fría, tal vez, demasiado prolija. Sin embargo, hacía un tiempo que analizando cómo hacerles a nuestras hijas un regalo especial, pensamos en Miami. El origen de este viaje de junio de 2009 para los cinco fue, yo lo llamaría hoy, un “adelanto de herencia”. Es decir, todo empezó con la decisión por parte de Antonio y mía también, claro, de regalarle a las chicas un departamento a cada una, en esa ciudad de su preferencia. Habiendo visto, en oportunidades anteriores, unas torres en etapa de construcción, espectaculares, del conocido Donald Trump, pensamos en ellas como opción. Los valores eran, hace unos años, exorbitantes. Pero, un tiempo más acá, y ante la depresión mundial de la economía y por el decaimiento de la moneda norteamericana, los precios de las propiedades bajaron considerablemente, y se transformaron en algo posible. Algo a lo que podíamos acceder. Entonces, mis hijas, para demostrarnos su alegría, lo felices que estaban por semejante obsequio, contrataron un crucero para compartirlo con nosotros. Decidieron regalarnos este viaje que se transformó en una experiencia maravillosa, ya que fuimos los cinco juntos. Y solos. TRAS VECES HABÍAMOS IDO A

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Salimos de Buenos Aires en vuelo sin escalas a Miami. De allí, directamente, nos embarcamos en un crucerito de la Royal Caribean, sin parar en otro lado. Es increíble la energía que nos dan los paseos de este tipo, ¡a veces uno se cansa tanto haciendo mucho menos en casa! Sin embargo, en ellos no notamos las horas transcurridas. De más está decir las comodidades del barco. Sin ser de los más grandes, nada le faltó, y la atención fue excelente. No obstante, como siempre ocurre en estos casos, alguna anécdota se debe producir. Nos habían asignado un camarote precioso. El camarero que nos atendía, un moreno buen mozo igualito a Harry Belafonte, simpatiquísimo, nos dijo que nuestro dormitorio era semejante al del capitán del barco. —Más lindo que el del capitán, señores, ya que el suyo tiene balcón— nos comentó. Era verdad, y con dicho balcón teníamos el mar ante nuestros ojos, y como estos barcos modernos se construyen con unos alerones especiales, prácticamente no se mueven. Por lo tanto, no provocan mareos de ningún tipo. Pero, cuando ingresamos al camarote aquél, sentimos un olor fuerte, desagradable. Algo parecido a algo descompuesto, como si fuera un hedor a basura. Pedimos, inmediatamente, el cambio. Pero no había un solo lugar disponible. De allí en más, la tripulación se deshizo en mil formas para aliviarnos la dificultad. Limpiaron el lugar con todos los productos posibles. Y lo atenuaron sensiblemente explicándonos que por encima de dicho camarote pasaba un caño de la cocina y, por allí, circulaba agua con los restos de la Coca Cola que, seguramente, había quedado estancada. A las disculpas del caso y con todos los gestos posibles para mejorar la situación, se agregaron las botellas de champagne, las fuentes de frutas frescas de estación, las frutillas acarameladas y los chocolates. No conformes con esto, nos cambiaron nuestro ticket de “Platino” por uno de “Diamante” del que gozaremos de aquí en más, y nos prometieron un importante descuento como gratificación para nuestro próximo viaje. Esto es algo a lo que los argentinos no estamos muy acostumbrados, 394


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Vista del departamento de Miami ubicado en las Torres Tramp.

pero es así como se debería tratar a los clientes, para que estos queden conformes. Para que quieran volver. Si aprendiéramos esto, cambiaríamos mucho, sin dudas, y aumentaría la calidad del turismo, transformándose en una verdadera fuente de ingresos. En el barco anduvimos cuatro días, parando en Barbados, en Nassau, capital de Bahamas, y en varias islas, hasta llegar por el norte hasta Far Key en la punta de la península, una ciudad preciosa, que no conocía y me encantó. Luego estuvimos unos días más en Miami, propiamente. Paseando en el auto que compró Victorio para que todos nos pudiéramos mover por la ciudad, sin problemas. Manejaron Mónica o Mechita, turnándose. Fuimos a los departamentos, tomamos fotografías desde todos los ángulos para los que aún no fueron a conocerlos. Y, como no están terminados, tuvimos que alojarnos en un hotel llamado Viceroy, donde un sobrino de Victorio, un Cipriani, trabaja. Por este contacto, conseguimos bellísimas habitaciones a un precio acomodado, y tuvimos el privilegio de recorrerlo en su totalidad en sus dieciséis pisos, amplios y lujosos, de lo que destaco la terraza, con una pileta de cien metros, construida con jardines, árboles y plantas. Lujosí395


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Desayunando en el hotel Ritz Carlson de Miami.

simo natatorio que termina en un extremo como si fuera una cascada que da al mar. Impresionante. Desde el edificio, también, se pueden observar las otras torres, construcciones con sus otras tantas lujosas terrazas que lucen, por ejemplo, hasta canchas de tenis. Es, como queda demostrado, una zona rica de Miami. Especial y única. Ahora, eso sí, no apta para quienes tienen vértigo. También recuerdo la zona del “Spa”, es decir, el lugar donde se puede hacer gimnasia, descansar y relajarse. Todo vidriado. ¡No tener treinta años menos!, me digo. ¡Cuántas cosas haría hoy con un poco menos de años y más energías! Los días de nuestro paseo fueron maravillosos. Las chicas se ocuparon en averiguar por los muebles para equipar los departamentos que, en pocas semanas más, estarán listos en su totalidad. Mónica ya alquiló el suyo por el lapso de un año, con opción a dos. Esto es una gran suerte, 396


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Un angelito para cada bisnieto.

ya que le ayudará a pagar las expensas más el resto del mantenimiento, y siempre tiene la propiedad como una muy buena inversión. Paseamos, hicimos algunas compras, obsequios para los bisnietos, sobre todo, que son los más regalados. Encontramos, al entrar en una farmacia Wall Mark, unos pequeños muñequitos, que cuando se les aprieta la pancita dicen una oración en inglés: Now I lay me down to sleep I pray the lord my soul to keep May angels watch me through The night and keep me in Their blessed sight

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Cuya traducción, más o menos, sería la siguiente: Ahora que estoy por dormir Le rezo al señor para que guarde mi alma Y pido a los ángeles que me cuiden esta noche Y no dejen de observarme Con sus santos ojos Tanto nos encantaron estos juguetes que recorrimos todos los Wall Mark de Miami, para que no quedara ninguno de los chiquilines de la familia sin su angelito. De color rosado, para las nenas; celestes, para los varones. Ahora, cada uno tiene su ángel de la guarda. Todo el periplo fue para nosotros encantador. El éxito de los negocios de Antonio, después del trabajo de toda una vida provocó este resultado. Nuestra felicidad de hoy y de siempre es la felicidad de mis hijas. Pero quiero dejar en este tramo del libro, aprovechando que el viaje a Miami constituyó un disparador de sensaciones nuevas y emociones fuertes; quiero resaltar, digo, la unión que tuvimos los cinco, mientras compartíamos estos días. Fueron desayunos, almuerzos, cenas permanentemente juntos. Juntos los padres con las tres hijas, como lo fue en otras épocas, en donde nosotros éramos jóvenes y ellas, chicas. Cuando nosotros, en nuestro rol de padres, les imponíamos, las encaminábamos, les marcábamos el rumbo. Fue un constante recordar los años de cuidarlas, de dedicarles la mayor de las atenciones, de un amor docente y germinal que dio sus frutos. Hoy, aquellos padres que fuimos, se convierten en estos hijos de sus hijas. En esto que somos, amigos y afectos entrañables. Y nos permitimos recibir el resultado de aquel amor incondicional, dogmático, categórico, contundente que les dimos; aquel amor absoluto que se da siempre desde que se engendra, sin ninguna limitación. Recibir entonces, éste, acrecentado, cálido, enorme, protector, que hoy nos dan nuestras amadas hijas. En dichos encuentros, en Miami, mesa de por medio, en esas charlas 398


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Mónica, Adriana, Mechita y Mecha en Miami.

amenas, naturales, sin otra intención que un diálogo distendido y glorioso, nos encontramos hombre y mujer, jóvenes, y ellas niñas. Así, respectivamente. Siendo los cinco, la génesis de lo que tenemos hoy, la familia que se ha formado, que ha derivado de cada una y de la que cada uno de estos cinco, somos referentes. Dios nos ha dado esta bendición a esta altura de nuestras vidas. Lo hizo posible el amor. Sólo el amor, que es el Diamante que nos otorgaron, que obtuvimos en este viaje y que brillará en los próximos. Que brillará para siempre.

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con sus tres hi Mecha y M贸nica

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jos, un primer d铆

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a de clases.


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e me ocurrió convocar a los seres más cercanos, a las hijas en especial, para que se expresen acerca de su mamá. Incorporar su palabra para que sea testimonio de lo que Mecha es para la familia. Esto que yo veo y aún presiento y que ella misma, por pudor o modestia, no quiere mencionar y que, en realidad, es mejor que lo digan los otros. Es una forma de elogiarla, de resumir lo que sienten en pocas palabras. De recordar también, si creen conveniente, algún episodio que les haya quedado muy marcado en el recuerdo y que ella por timidez o, simplemente, por olvido, o porque no lo consideró importante, no lo mencionó en el desarrollo de esta historia de vida. —Son muchas cosas, muchos acontecimientos que podría contar de mi mamá, que fue y es una mujer única. Un ejemplo de fidelidad y de constancia. De devoción a sus afectos y a su familia. Única por su capacidad de unión y de entrega. Mami es una colaboradora. Todo el mundo siempre recuerda eso. Era la que participaba activamente en nuestro colegio, ayudó mucho a las monjitas. Los actos de fin de año los organizaba ella, a lo grande, porque era la que preparaba las coreografías completas, la escenografía y hasta los vestuarios de dichos festivales. Quiero acotar que esto no lo tengo en mi memoria tanto por lo que viví como algo propio, ya que yo era muy chica, pero sí por lo que decían mis amigas, los vecinos, los conocidos que permanentemente lo recuer403


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dan como algo hermosísimo en todo el barrio y, sobre todo, en la comunidad de las Hermanas de la Misericordia, donde concurrimos mis hermanas y yo. Cuando mamá dejó de colaborar en este sentido, se terminó, nadie más lo hizo en el colegio. —¿Te acordás de alguno de ellos, en particular? —No, porque esto ocurría cuando Mechita y Adriana estaban, aproximadamente, en sexto o séptimo grado y yo en jardín. Pero, mi mamá era la creativa. En verdad, lo era en el colegio y en casa. Como, por ejemplo, pintar las paredes de nuestro cuarto cuando no tenían para comprar cuadros. Ella decoraba con muy buen gusto y, además, porque dibuja y pinta muy bien. Pero sí, tengo recuerdos vívidos de cuando juntaba a los chicos del barrio, y ensayaba con ellos. Nos ponía (a mí también) a cantar villancicos. Ella tocaba el piano y nos enseñaba, haciéndonos practicar mucho y aprovechando nuestras voces. A mí me decía: —Moniquita vos en esta parte no cantes!—porque yo me iba para cualquier lado. Nunca tuve mucho oído que digamos. Pero nos entusiasmaba, nos vestía como angelitos e íbamos a las esquinas del barrio y cantábamos. La gente se paraba a escuchar. ¡Qué épocas ésas! Juntábamos las moneditas, pues funcionaba eso de “a la gorra”, y las llevábamos a la iglesia. ¡Era hermoso! —¿Y en casa? ¿Qué dejó de contar— a tu criterio— en este libro? —Estoy segura de que no contó que ella fue la red que sostuvo, que sostiene todo. Que fue y es la estructura. Mamá hizo el hogar, fue el pilar de todo y de todos, la parte fuerte de la casa. Crió a sus hijas. Estuvo con mi padre, lo contuvo siempre, lo encaminó. Todo, todo lo que se tiene hoy, no la parte material, me refiero al afecto, a la presencia de cada miembro de esta familia en la vida del otro, es mérito de ella. Esto es lo que ella ha brindado y brinda. Ha sido una madre nutricia. Pero nutricia a nivel de amor, de consejos, de contención, de tiempo. Ha sido la propiciadora del sentido de la estética y, sobre todo, de la ética en nuestro hogar. Nos ha dado valores y nos ha dado su vida. A todos, a 404


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papá, a nosotras, ahora a sus nietos y se desvive por los bisnietos. Y lo ha hecho con toda su alma. Ella es la que ha logrado que seamos una familia de casi ochenta. Mamá es quien aglutina. —Ella contó en estas narraciones, los tiempos de la Navidad… —Sí, porque esas fiestas han sido el vivo ejemplo. Armaba las mesas, organizaba la comida, los souvenirs. Detalles que requerían un esfuerzo enorme, para lo que empezaba tres meses antes. Cada año sumaba un poquito más. Un año compraba todos los manteles, otro año las velas de colores, los adornos del árbol, otra vez las paneritas, los candelabros de Navidad. Ha llegado a comprar todas las sillas, y le decía a papá: —Es una lástima, Antonito, que las sillas sean todas desparejas. Entonces, las compraba todas blancas. ¡Y había que armar diez mesas! Éramos ochenta y pico y llegamos a ser más de noventa. Nadie que ella invitara, se negaba a participar de estas fiestas. Organizaba los pesebres humanos con la gente menuda de la familia y ella misma confeccionaba los trajes y los actos de fin de año. Era la que llamaba a todo el mundo. El “alma mater” de todo. El centro. El fuego iniciador. Es así que para este diciembre, como no se hace más desde hace varios años como lo hacía mamá, ya que la familia ha crecido tanto y es casi imposible nuclear a todos, es que dos de los nietos: Esteban y Marcos están ideando realizar una fiesta como la de esos tiempos. —Yo quiero remarcar lo que he escuchado, en el transcurso de estas maravillosas charlas que hemos tenido, hasta arribar al contenido de este libro. Mecha siempre minimizó lo que ella hizo en su vida. Desde el principio, hizo hincapié en que esta historia la iba a contar para poner contentas a sus hijas, y como legado a los nietos y bisnietos, pero que ella creía que su vida, en realidad, no era importante. Y subvaloró este trabajo como un “librito” pequeño. —¡Ella siempre fue así! Sin embargo, todo lo que se tiene, y digo todo, todo, con énfasis: la casa ésta, los viajes, lo que ha disfrutado mi padre, ha sido producto de ella, porque mi papá habría sido una persona que hubiera vivido de la “casa al trabajo y del trabajo a la casa” siempre. Pero mi mamá le hizo comprender que la sal de la vida es el 405


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disfrute de aquello que se logra con tanto esfuerzo. Trabajar sí, pero “¡dis-fru-tar!”, porque eso es lo que uno se lleva, las experiencias que se viven en todos los sentidos. Las muestras de afecto vuelven. La buena onda vuelve. Mi mamá le dio vida a mi papá. Y jamás le hizo gastar un peso de más. Jamás se tiró un peso encima. Ella siempre gasta para los demás. Por dónde voy, sea por San Martín o por cualquier lugar donde la conocen me preguntan por ella: —¿Cómo está tu mamá? También, desde luego, ¿cómo está tu papá? Son ambos referentes. Y esto a mí, a estas alturas de mi vida, me llena de orgullo. Por el lugar que vaya, siempre he recibido palabras de admiración y de elogio para mis padres. Mi mamá es de dar, siempre da, a todo el mundo y, entonces, la gente es agradecida. —Esto es lo que ocurre cuando uno comparte. El “dar” es una de las leyes fundamentales del éxito, dice Deepak Chopra, que es un médico indio, que maneja la medicina hacia la espiritualidad, la ayurveda, y hace un culto a la sabiduría de la energía positiva, aún para curar las enfermedades. Tu mamá, sin saber esto, lo ha aplicado en su vida. ¡Ha sido, en realidad, una filósofa! Yo digo, desde una postura más cristiana, tal vez, que “hacer el bien es buen negocio” porque, justamente, la energía de la bondad, de la solidaridad natural, del corazón, siempre vuelve. Y éste es el ejemplo. —Es exactamente así, ¡tal cual! Y que ella diga que su vida no es importante es parte de esa humildad. Porque todo lo ha dado desinteresadamente. Siendo un gusto para ella. Generosamente. Mirá si será importante que los chicos más jóvenes de la familia han pensado en repetirlo, en que esto no se pierda. ¡Si habrá prendido esa semilla!

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ué podés decir de tu mamá para que este libro cierre con algunos conceptos efectivos, imparciales; es decir, con las cosas de su vida que ella no ha dicho? —Mamá es una mujer que ha tenido una vida realmente hermosa. Siempre ha resuelto. No ha pasado sólo por situaciones suaves o deliciosas y de disfrute. Ha puesto el cuerpo, ha puesto su ánimo sosteniendo la vida de papá y la nuestra. Pero ha sido tan inteligente, tan inteligente, que ha dejado su vida al servicio de la familia; y nos ha dado a todos, crecimiento, en desmedro de su crecimiento personal. Ha logrado que germinara en cada uno de nosotros esa característica de respaldo, de defensa, de protección, empezando por y para papá. Ha sido su sostén. El ancla a tierra. Porque muchas veces, él se desbordaba. Por esa pasión italiana y cameranesa, que es un gen. Lo noto también en mi marido que tiene el mismo origen. En las situaciones más difíciles, ella fue la que nos puso el pie a tierra, la que con amor nos hizo recapacitar, perdonar, aceptar. Una mujer con una sabiduría, con unos conocimientos académicos y con una memoria increíble, que yo lamento desde el fondo de mi corazón no haber heredado. No heredé de ella el poder cantar, que me encanta. Yo no tengo entonación para nada, no tengo memoria. Me hubiera gustado tanto tener su sabiduría y el recuerdo de sus conocimientos. Claro que ella puso em409


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peño en tenerlos. Seguramente yo no fui tan constante. —Bueno, pero vos el empeño lo pusiste en otro lado. Vos aprendiste piano, inglés. Unos tienen un don; y otros, otro. —Sí, desde luego. Mamá me enseño, me enseñó tanto. Por ejemplo, en la relación con mi marido. Él es tan parecido a papá, a pesar de que cuando me casé traté de buscar a alguien diferente; pero es tan parecido, es un calco, por eso digo lo de los genes cameraneses. Ella fue la que me enseñó a tener paciencia, a saber sobrellevar las dificultades. Recuerdo que, ante algunas circunstancias problemáticas, yo le decía: “Pero mamá, reaccioná, tomá medidas”, con esa manera exacerbada que tiene una, cuando es joven, de rebelarse. Pero no. “No es tan así, lo mejor es dejarse llevar por el amor”, era su respuesta. Esto lo aprendí con el ejemplo. Ella es muy conciliadora. Antes que nada, es muy conciliadora. Y me di cuenta a través de los años, que el saber conciliar es mucho más importante que pelear o embanderarte en tu posición firme e intransigente; cuando si uno concilia, seguramente, logra más. Aunque uno se crea portador universal de la verdad. —Permitíme que te diga que desde que yo los conocí, desde que empecé el trabajo con tu papá, ella me ha enseñado mucho, con su bonhomía, su contención, su don de gente. Me da mucho placer frecuentarla y charlar de los progresos del libro. —Te agradezco lo que decís. Ella es así con todos y con cada uno. Ama tanto a la gente, en general. Les ve el lado bueno a todos. Así como ama la vida. Y en esta familia que es tan grande se ha transformado en ícono. —Desde afuera se ve que han conformado un grupo familiar sólido y en él, tu papá y tu mamá son la cabeza; pero observo que ustedes, las hijas, están ahí todo el tiempo, conteniendo, acompañando, brindándoles su compañía siempre. Esto es lo que se ve. —Eso es lo que corresponde; en realidad, pero es más, porque queremos estar con ellos. Con mamá hablo dos o tres veces por día o más. Algunos de esos días pienso, ante un nuevo llamado: “pero, ¿qué pasa?, si 410


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recién hablamos”. Y, entonces, mi marido me dice: “¿Cuántas veces le hablaste a Paola? Y él tiene razón, ¡soy igual que ella! Y pienso, para mí, al final, cuando recapacito, “qué bueno que soy así, porque me parezco a ella”. Aunque no creo que, cuando tenga su edad vaya a ser tan querida. Dos no se repiten, de eso estoy segura. —¿Y qué me podés contar de la relación de ellos, de tus padres? Ellos, que se pelean y se necesitan. —Es exactamente así. La relación de mis padres ha sido tan tormentosa toda la vida, pero sus reconciliaciones han sido tan lindas también. Han tenido la misma intensidad. Hace poco tiempo unos amigos de mi hija se casaron. Entonces, fueron a las reuniones prematrimoniales, y el cura lo primero que les preguntó fue: “¿Quién de ustedes todavía no ha tenido una pelea?”. Y agregó: “Porque les aclaro que si hubiera alguien que no ha tenido una pelea, yo no los caso”. Porque el matrimonio es una sucesión de peleas y reconciliaciones, y saber reconciliarse es lo más importante en la pareja. Mis padres, durante toda su vida, nos enseñaron a reconciliarnos. Se peleaban a muerte y, al día siguiente se habían apaciguado, se habían perdonado, se habían olvidado de todo. En realidad, la que más sufría era mi mamá, porque las mujeres tenemos otra sensibilidad. Mamá se angustiaba mucho y eso nos hacía mal a nosotros. Me acuerdo que una vez, mamá vino a mi casa, quejándose (yo era casada, ya tenía mis hijos), “porque papá me dijo esto y aquello”. A nosotros nos cargaba mucho con estas cosas. Nos daba pena, sufríamos. Entonces ese día yo le dije: “Mirá mamá, o hacés terapia o te separás, pero no me cuentes más tus problemas”. Después me arrepentí de haberselo dicho. Porque una es más joven y cuando nos ponemos en hijos, siempre somos egoístas. Pero, fijáte vos, que entendió tan bien esto que, por años y años, nunca más repitió lo de la separación o algo parecido. Cosa que jamás deseó en realidad, ya que esto, nunca fue un sentimiento anhelado, sino un exabrupto o un momento de rabia, de descontrol. En su fuero más íntimo está en contra de cualquier separación 411


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o divorcio. Aunque se haya “aggiornado” bastante en su vida, fue criada y educada en la tolerancia y el sacrificio. Con esto ratifico y demuestro lo que dije antes: que es muy inteligente y que no todo ha sido color de rosa en su vida. Lo que pasa es que mami tuvo una infancia con carencias afectivas. El colegio en donde estuvo pupila, aunque ella lo recuerde con cariño y esté agradecida de la instrucción que le dieron y de cómo la educaron, fue traumático. La distancia de su hogar y, sobre todo, la ausencia tan temprana de su papá, le han dejado huellas muy grandes. Mi tío Javier, por ejemplo, con la misma situación, no lo vivió así, seguramente porque la tenía a ella. Pero, para mamá esos fueron años muy dolorosos. Al mismo tiempo, este motivo es lo que ha hecho que pusiera su energía integral para edificar la familia con el compromiso de madre completa, abuela completa, esposa y amante, incondicional y completa. —Ella siempre habló maravillas del colegio. —Sí, pero en fondo de su corazón, eso de estar sola toda la semana, debe de haber sido muy triste. Pensar que con un poco de terapia, habría borrado el capítulo de tristeza y de soledad en su vida. Claro que hay que saber elegir al profesional. —Ya se ha dicho esto, del amor que tiene hacia el prójimo; y sobre todo, a sus seres queridos. Pero a mí me gustaría completar este concepto, preguntando si vos creés, como hija, que ha sido equitativa con las tres. Es decir, si siempre ha sido justa. —Lo ha sido, pero hoy yo digo que tampoco una tiene que ser tan equitativa. Todo es de acuerdo a las necesidades de los hijos. Es una virtud enorme saber cuáles son aquellas necesidades. Que los hijos, como todo ser humano, tienen reclamos diferentes, momentos de la vida en que podemos estar más desvalidos, más demandantes. Y sabiamente, mamá lo ha sabido hacer con sus hijas, y todo sin que nosotras nos diéramos cuenta. Así que, ha sido justa. —Yo lo sé. Más que lo sé, lo intuyo, pero sólo que me tengo que poner en “Abogado del Diablo”. ¿Pensás igual a esta edad, de lo que pensabas antes? 412


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—No, evidentemente que no: no es lo mismo. Con las distintas edades, se cambia. De acuerdo a lo que vas viviendo, vas mutando, y vas perdonando. Vas pensando de modo diferente. Vas creciendo. Y mi mamá acompañó cada momento de esos con la mejor de las equidades y de los acontecimientos ecuánimes. —Otra pregunta sería, ¿qué ha pasado, en líneas generales, con los amigos? Ella siempre menciona alguno. —Mis padres siempre han nucleado. Siempre han sido receptivos, de reunir y volver a reunir. De no olvidar los buenos momentos y potenciarlos, tal vez, reviviéndolos. Potenciando los vínculos. Y esto es así tal cual. A todos nos pasa, que en pos de ocupaciones y compromisos, nos vamos alejando de los miembros del grupo donde nos movemos. A mamá no le pasaba esto, todo lo contrario, ella siempre era la que los recordaba, tenía presente sus cumpleaños y los llamaba, los invitaba, organizaba reuniones para encontrarlos de nuevo y celebrar. Eso a todos les encantaba. Siempre fueron muy queridos. Y, por otro lado, nos ha querido involucrar a nosotras, las hijas. En ocasiones, íbamos; pero también queríamos darles aire, para que tuvieran sus propios amigos, independientemente de nosotras. Aunque este conocimiento recíproco ha hecho que los amigos vieran cómo nos movimos siempre en familia y viceversa, nosotros conocíamos su grupo de pertenencia. El Rotary fue un buen lugar donde encontraron pares, gente muy buena. Afines. Además, los yernos también fueron y algunos son, todavía, rotarios. —Para ir cerrando, ¿cómo es con los más pequeñitos de la familia? —Y es una encantadora abuela y bisabuela. Muy de regalar y regalar. Una enloquecida con Zoé, mi nietita de dos años. Y ahora, con Renata, la hija de Octavio. Tiene locura por esas criaturas. —¿Querés agregar algo más para tu mami? —Que le agradezco muchísimo. Le agradezco todo. La quiero muchísimo. Es a Dios a quien agradezco, también, por haberla tenido y cada día la quiero más. Ella me enseñó a atravesar los momentos más duros de la vida y a disfrutar los más hermosos. 413


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driana, yo quería incorporar, dentro de este libro, una palabra (individual y separada), un concepto de ustedes, las hijas, respecto de tu mamá. No de aquello que me acuerdo que me dijo, de cómo me llevaba al colegio, de lo que me daba de comer, sino de lo que significó, como pivote central de esta familia. —Bien. Yo creo, no creo, estoy segura, de que acá en esta familia, mamá fue la ternura, el amor, el estar con nosotros permanentemente. El saber que vos podías contar con ella. Esa cosa, no sólo personal hacia nosotros, sino hacia todo el mundo. Eso de dar tanto, tanto amor, permanente. Ella brindó y brinda a todo y a todos, el amor incondicional. La ternura. Lo represento así, como si los brazos fueran alas, debajo de las cuales pudieran entrar sus afectos. La paloma de la paz, ésa blanca que se representa siempre. Que te irradia una luz. Es la que ilumina, la que te muestra el camino. Que al mismo tiempo te empuja, te ayuda. Esto que digo ahora, es algo que me nace así, naturalmente, del corazón, sin pensarlo. —Es que así debe ser. —Levanto la vista así, y es verla a mamá, presente. Yo ahora me independicé un poquito más, pero antes era llamarla todos los días, desde la mañana temprano, y sólo para preguntarle: “¿Cómo estás, mami?, 415


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¿bien? Bueno, chau”. Ese diálogo. Pero estás ahí, y yo estoy acá, y de esta manera estamos conectadas. Esa presencia. —¿Es lo mismo con tus hermanas? —Yo creo que sí, cada una a su manera, lo podrán expresar distinto, pero más o menos, las tres hemos estado así, conectadas de una manera simbiótica con ella. —¿Y esta familia que ha sido tan receptiva de los amigos, de los parientes? —Eso es ella. Literalmente. Siempre. Ciento por ciento es mérito de ella. Todas las relaciones. También el de las hermanas, que tenemos un vínculo excelente, pero logró también mantenerla, con su palabra, con su equilibrio, no sólo el núcleo central, sino con toda la familia, en general. Lo logra ella. Ha logrado unirla, mantener la unidad. Nosotras con nuestras hermanas, sí. Yo quisiera mantenerle a mis hijas el mismo modelo. Quisiera poder trasmitirles que estas raíces nos pertenecen a todos y que vale la pena construir sobre ellas y cuidarlas y sostenerlas. —Yo vi el afecto que han sembrado, cuando hicieron las Bodas de Diamante, en el libro de salutaciones; las palabras, los deseos de felicidad y las frases de amor que les dejaron. Y allí se lee que los nietos, sobre todo, reconocen eso de las raíces sólidas que los abuelos sembraron. —Exactamente, y es así. Y es muy fuerte. Para mí es maravilloso. —Ahora esto que ustedes viven con sus padres, ¿ha sido siempre así? —Sí, ha sido siempre así. ¡Pero hubo cada lío, cada pelea! Que cuando una es jovencita no aguanta y cuando es adulta se da cuenta de lo normal que es. Y es raro esto, de que uno se transforma en “madre de sus padres”, por esto de que están grandes y de que los queremos tanto, que los queremos proteger y que estén cuidados y bien. Además, nos gusta estar con ellos. Es un placer estar con mi mamá. Mi hermana Mechi, que se fija tanto en los detalles, pocas veces llega a decirle nada, porque mamá está siempre impecable. Lo tomamos con naturalidad, pero hay que tener muchas ganas de estar siempre limpia, peinada, prolija. Es un ejercicio trabajoso. Hay que tener mucha voluntad de estar interiorizada de las noticias, de aprender a los ochenta y pico de años ¡computación! ¡Ella aprende al 416


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mismo tiempo que yo! Eso es un ejemplo. Y yo esto tengo que incorporarlo adentro, aprehenderlo para siempre. —¿Cómo ves este libro? ¿Se pone triste tu mamá? ¿Cuenta algo al respecto de él? —Cuenta poco. Pero la ha movilizado mucho. Yo estoy atenta, las tres estamos atentas. Pero no ha contado tanto de los pormenores. —Mejor. Así, cuando, esté y lo lean, será una sorpresa. —Ahora, después del libro de papá, yo me enfermé. Mal. Tuve mi primera diverticulitis. Fue tan fuerte que no lo pude expresar de otra manera. Leía el libro y no podía dejar de llorar. La psicóloga me preguntó: —¿Qué fue lo que te movilizó tanto? Después lo empecé a digerir. Pero, te digo que este libro le tengo un poco de miedo. —Es un contar muy diferente. Ella habla de los demás, de la nona Queta, de los tíos y los primos, de su hermano. Y de ustedes, las hijas. Y dice que el de ella es un librito chiquito. Que su vida es muy sencilla. —Siempre fue así. —Yo le digo que la historia es muy linda, muy rica y que no hay que disminuirse. —Siempre hizo eso. Tiene infinidad de anécdotas muy lindas. Siempre su personalidad ha sido: “No movamos, no hagamos olas”, “Yo estoy acá, acá chiquitita”. Y yo creo que detrás de todo lo que cuenta, está escondida ella. Hay que tratar de ver lo que ella cuenta. Y ella tapa lo que no quiere decir, lo que le duele o lo que perjudique a los otros. Y en realidad, el escribir un libro, es como un análisis freudiano, de empezar de abajo, de analizar y recordar todo. —Nos falta el final, todavía. Nos está costando un poco. —Nosotros estamos por hacer un viaje a fin de mes, las tres juntas con nuestros padres. Esta posibilidad de viajar, siempre trae ideas y expectativas nuevas. Rejuvenece, hace bien. Tal vez, ahí esté el final de este libro. Porque un viaje es una posibilidad de algo nuevo, desconocido aunque vayas a parar a un barco, o a una isla, ciudad, playa a la que ya fuiste. Viajar es iniciar un camino de aventuras. —Sí, gracias, Adriana. Este final es abierto y auspicioso. Me ayudaste mucho. Encontramos el final del libro. 417


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ueno, Don Antonio, la pregunta del millón es Mecha. —¿Mechita? —No, Mechita, no, ¡Mecha! Su esposa, su mujer, la que ha compartido con usted todos estos años. Yo quiero saber qué palabra, qué concepto, qué puede usted agregar a este libro sobre Mecha. Es necesario un pensamiento suyo. —Yo no leí ese libro. —Ya lo va a leer ahora que terminamos. Hay una parte atrás que se llama Voces y necesito, entonces, que usted diga algo sobre Mecha para que quede en esta sección. Este libro es distinto al suyo. Porque tiene que tener individualidad y para destacar la voz de ella. Se lo merece. ¿Qué sentimiento, usted le puede dejar en este libro a Mecha? —La verdad es que estoy contento de haber llegado al sitio al que llegué. Me siento muy feliz, aún a pesar de ciertas grandes “trifulcas” que, a veces, se producen en el matrimonio. Yo sé que éstas son trifulcas que a los pocos minutos que ocurren, desaparecen y, entonces, es como si no hubiera pasado nada. Como dice el dicho: “Después de un chubasco, queda más clara la tarde. Hoy voy a reñir contigo, sólo para hacer las pases”. La verdad que uno en alguna oportunidad escucha: “aquel es un hombre de suerte”. Yo sé, a estas alturas, y debo decir la verdad, que tuve suerte 419


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con mi señora. Tuve suerte, porque me encontré con una chica hermosa, linda, inteligente, culta, capaz. Resultó ser bella persona, buena esposa, excelente madre, recontra-excelente abuela. ¡Qué más te puedo decir! ¡Es algo extraordinario! Ni siquiera cuando estaba intentado conquistarla, podía yo imaginar que iba a ser así. Por eso, la verdad es que tuve suerte. En todos los sentidos, porque supo criar a una familia, con todas las de la ley. Hemos tenido tres hijas amorosas, ellas a su vez, nos dieron una cantidad de nietos impresionantes y éstos, a su vez, nos dieron bisnietos. Repito, ¡qué más se puede pedir de la vida! —¿Ha sido feliz con ella? —Somos felices, en realidad. Y muy felices. Estamos atravesando los últimos años de nuestra vida. Yo voy a cumplir 94 y, si no fuera porque tengo alguna dificultad para caminar, me siento como si tuviera veinte. Calculá que desde mis veintiocho estamos juntos. —¡Cuántos años!, ¿verdad? Y usted dice que ella es extraordinaria, ¿a pesar de que le obliga a ponerse la camisa que ella quiere? —Sí, ¡pero ésas son cosas secundarias! Lo hace porque es meticulosa al máximo. Ella controla todos mis actos, quiere saber qué hice durante todo el día. En este sentido, nunca está conforme de las explicaciones que le doy y me sigue pidiendo, pidiendo, pidiendo… hasta que al final le digo: “Ya te conté todo, qué más querés que te diga, ¡que te invente!”. Entonces se arma alguna podridita, pero sé que es porque yo pierdo la paciencia. Ella es incisiva, pero estoy seguro de que lo hace y, no es por otra cosa más, que por el cariño que me tiene. Y yo siento lo mismo por ella. La verdad es que estoy muy feliz y muy contento de haberme casado con ella. Tanto es verdad, que mi matrimonio ya está durando a ver ¿cuántos años? Ya vamos por los sesenta y seis. —¡Casi nada! ¡Dios los bendiga! —Así es, ¡son muchos, eh! Pero de lo que estoy seguro es que esta permanencia ha sido por ella. Es una excelente mujer, muy culta en todo sentido, muy dedicada. Le gustan mucho las obras de arte, le gusta la buena música; la clásica, en especial. En su juventud cantaba, 420


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tenía voz de soprano, ¡maravillosa, extraordinaria voz! Le ha gustado siempre leer, esa cultura se la trasmitió a nuestras hijas y a mí también. Yo tuve una formación diferente, si bien no fue mala, pero ella cultivó en nosotros el amor y el gusto por la cultura, por la información. ¡Qué más te puedo decir! —Me puede hablar de la paciencia… —¿De la de ella o de la mía? —De la paciencia de ambos, porque la verdad es que si no tienen paciencia ambos, no se puede convivir ¡sesenta y seis años juntos!, es casi toda la vida. —La verdad es que mucha paciencia no se tiene, no te vayas a creer. Ella tiene más que yo, sin dudas. Ahora, a medida que van pasando los años, todo cuesta mucho, no es “soplar y hacer botellas”. Pero no es por falta de cariño, ¡no, qué esperanza! Simplemente, creo, es una cuestión de edad. Todos los matrimonios (porque no es sólo el mío) tienen diferencias, pero son diferencias que se olvidan a los pocos minutos. A lo mejor, son enojos con la vida y uno se lo toma con quien más quiere… —Y ¿cómo se reconcilian? —Seguimos naturalmente, como si nada hubiera pasado. Porque hay mucho cariño, entonces: “…te quiero mucho, dame un beso…”. Esto siempre es el mejor remedio. Así cuando un minuto antes parece que se fuera a acabar el mundo, al segundo siguiente estamos bien otra vez. Y así ha sido toda la vida. ¿Qué más querés que te cuente? —Bueno, está muy bien. Ahora están por emprender un viaje, me han contado las chicas, ¿qué expectativas tienen? —Sí, parece que nos piensan llevar. Naturalmente, espero que sea bueno, lindo, agradable, y de recordar. Espero que todo salga bien y que mis piernas me respondan. Pero, del mismo modo, mi mayor anhelo es que al cambiar de panorama, podamos gozar el estar juntos. Ésta es la mayor expectativa de este viaje: estar los cinco juntos. Con mi señora y mis tres hijas. Va a ser una muy buena experiencia. —Les deseo que así sea, les deseo lo mejor. 421


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N ESTE APÉNDICE FINAL, QUIERO EXPRESAR EL AGRADECIMIENTO

a mis hijas, a mis nietos y bisnietos, por el sólo hecho de existir en mi vida, porque sin ellos todo habría sido insignificante. Es una gratitud emocionada y permanente. Los más pequeños, los que van repoblando la familia, llenan mis ilusiones de futuro. Son nuestra continuidad y ésta está representada en sus sonrisas, en los ojos que les brillan, en sus ideales de ingresar a un mundo posible. Porque todos son sanos y bellos. Porque tienen parte de lo que hemos querido trasmitir. Porque todos llevan el signo Rabini Echevarrieta, es decir, nuestra sangre. Porque están portando la antorcha que con esmero hemos mantenido encendida: la del culto a la familia. Entonces, para María Pía, Alfredito Mariano y Paola; para Marcela, Vanina, Romina y Florencia; y para Octavio, Guido y Marco. Y para los más pequeñitos: Ian, Gioia y Chiara; Isabella y Juan; Tazio; Phoebe, Dominique, Cloé y Charlotte; para Zoé y para Renata: guarden siempre todo mi amor. Su Nona Mecha

GIOIA

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IAN


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CHIARA

TA Z I O

ISABELLA

JUAN

DOMINIQUE

CHARLOT TE

PHOEBE

R E N A TA

ZOE

CHLOE

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RABINI SE REMONTA A febrero de 2003. Estaba yo sentada en un micro que me traía desde la ciudad de Mar del Plata, al lado de un señor con quien entablé una charla tan amena, que hizo aquel trayecto de poco más de cuatrocientos kilómetros, en verdad, rápido; y, sorpresivamente, interesante. El señor era Antonio Rabini. Lo recuerdo con detalle y, en particular, porque fue el comienzo de mi escritura narrativa. Si bien siempre escribí, y hacía algunos pocos años que había empezado a editar; hasta ese momento sólo abordaba la poesía como manera de expresión. ¿Cómo podría olvidar, entonces, que fue Don Antonio, quien confió en mí para desarrollar su historia de vida? Plasmado ese libro, después de más de dos años de trabajo, intensos y sumamente agradables y, gracias a su difusión, tuve la posibilidad de escribir otro, de alguien no relacionado a su familia. Hoy, hay algunas biografías que esperan la oportunidad y mi tiempo. Tal es el camino que se me ha abierto y que bendigo. Pero grande fue mi sorpresa y mi alegría cuando fui llamada para escribir la vida de Mecha. Mercedes Echevarrieta, que vivió al lado de Don Antonio y que construyó con él la maravillosa familia que poseen, tiene una vida con igual I HISTORIA CON LA FAMILIA

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intensidad, llena de experiencias ricas y profundas; y merecía, según mi criterio, un volumen propio, diferente, personal y detenido como éste. La voz de Mecha es una expresión femenina, delicada, de una intensa calidez. Queda demostrado en este libro la extraordinaria generosidad que significa ponerse, concientemente, detrás de alguien y desarrollar la vida. El que lea con detenimiento verá, que la generosidad de la que hablo es decidir ser el sostén de un hombre y, por ese desprendimiento, allanarle el camino, incluso claudicando de los dones propios, del tiempo propio. Mecha es una mujer de una inteligencia poco común, instruida y fina. Se puso a disposición de su familia, con total entrega, realizando el mayor esfuerzo para propiciar su felicidad, porque la dicha del entorno ha sido su propia dicha. Así fue puntal desinteresado y paciente. Fue el ojo atento, el límite y la firmeza. La creatividad y la dedicación. Y a pesar de que trabajó en su profesión de maestra poco tiempo, ejerció la docencia dentro del hogar y con cada uno de sus seres queridos. Los resultados están a la vista. Es, sin duda, la base del éxito. Se dirá que Mecha es parte de una educación, de una época donde la mujer se debía al hogar, y esto es cierto. Pero son pocas las que han sabido, con un “saber de sabio”, hilvanar cada elemento constructivo, cada valor, cada ingrediente necesario para la convivencia armónica y posible, dando lo mayor que se puede dar, desinteresadamente: el amor incondicional. Pudiéndose explayar de sus trabajos, de sus dones para el canto o para la pintura, de su creatividad o de sus logros solidarios, ella prefirió en este volumen contar largas historias de sus seres queridos, amigos y afectos, con detenimiento. Esto también es muestra de su espíritu desprendido. En el núcleo de sus afectos ha sido y es una mujer y una madre muy querida. Respetada. Digna. Y haber generado tanto reconocimiento es el indicio de algo muy fuerte. Soy testigo de ello en estos años y de los valores sólidos que posee y que quisiéramos dejarles a nuestros hijos. Una madre puede entender a otra madre, perfectamente, pero muy distinto es imitar su entrega. 428


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Conocer a Mecha, fue para mí, en particular, de un gran aprendizaje. Hace poco tiempo, muy poco, perdí a mi madre, último ser de mis lazos sanguíneos que me precedieron. A partir de allí siento (a pesar de mis años, que no son pocos) una verdadera orfandad. Por eso, quiero dedicar a Mecha mi gratitud y mi reconocimiento permanentes. Sumo a la imagen única e irrepetible de mi madre, que llevaré siempre en mi corazón, la suya como referente ético y como ejemplo de vida.

Con todo mi cariño Isabel Krisch

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Dedicatoria · 7 PRÓLOGO · 9 1 · 13 GENOGRAMA PARTE 1 · LOS

· 20

ORÍGENES

· 26

Las poesías de papá · 29 La familia de Enriqueta · 37 La fuerza de los genes · 47 El tío Domingo Pace · 55 La casa de la calle Mitre 1278 · 71 La época del Colegio · 85 Mi hermano Javier · 109 Los estudio superiores · 129 Apostillas de mamá · 141 Una difusa historia de amor · 153 PARTE 2 · LA

FORMACIÓN DE LA FAMILIA

2 · 163 El inicio del noviazgo · 171 3 · 179

· 161


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Nace la familia · 185 La casa de la calle Lincoln · 195 Las hijas · 207 4 · 219 Una emotiva Navidad · 229 La familia de Antonio · 243 5 · 259 Los viajes · 265 Viaje accidentado ·

289

6 · 293 Los viajes II · 299 PARTE 3 · LA

HISTORIA MÁS RECIENTE

Las casas · 315 Mixtura fina · 329 Qué clase de bicho es la cigarra? · 341 7 · 353 El cumpleaños de ochenta · 369 Estimada y querida Señora Mecha: · 381 Viaje a Miami · 393 Voces · 401 Mónica · 403 Mechita · 409 Adriana · 415 Antonio · 419 E P Í L O G O · 424 P O S F A C I O · 427

· 313


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ME

ESTE

LIBRO SE TERMINÓ DE IMPRIMIR

2009 BUENOS AIRES, ARGENTINA.

EN DICIEMBRE DEL AÑO EN

SE

IMPRIMIERON

500

EJEMPLARES

EN EDICIÓN ESPECIAL.

Libro Biográfico  

432 páginas - 15x21cm - papel ilustración mate - 4 colores