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X La esfera (3) Sólo se escuchaba el ruido de las olas rebotando en el acantilado. La esfera comenzó a descender. Las criaturas abisales aguardaban con el instinto criminal de quien vive eternamente en las tinieblas. Los tripulantes, captados por el fascinante imperio de coral, no percibieron los cuerpos rotos de cachalotes y los tentáculos despedazados a la deriva. Contemplaban la jungla multicolor y sus millones de peces (eran suyos, del coral, prisioneros espantados, bastaba ver sus ojos licuados de terror). No distinguieron en el lado opuesto las espasmódicas luces que surgían y se apagaban a lo largo del paño abisal. En la noche definitiva, los espectros estudiaban a su presa. Centenares de esclavos giraban la rueda transpirando más que en las galeras. La soga tensa parecía una interminable serpiente marina. La esfera continuaba descendiendo. El público se marchó aburrido y no quedaron en el lugar más que los esclavos y un par de capataces. El Rey volvió al Castillo y soñó escenas que lo inquietaron. Tan ajenas y patentes fueron que despertó sobresaltado y partió vestido con sandalias y una túnica de raso blanco hacia la costa, en mitad de la noche. El olor a brea quemada y la luz las antorchas lo calmaron. La cuadrilla trabajaba dándose ánimos con alcohol y canciones. Se detuvo sobre una roca coralina. Lejanos relámpagos definían el horizonte como la radiografía de un cerebro alterado. La esfera transitaba ya el enigma, en lugar de relámpagos tal vez la iluminara la extraña mirada de un monstruo anterior a nuestro Dios. Los árabes no envenenaron su razonamiento esta vez. Se dejó arrastrar por el aroma salado y el sonido envolvente de las olas que cincelaban la costa. Cargó los pulmones y cruzó las piernas percibiendo el ondular de su cabello; lo tomó entre sus dedos, lo notó áspero. Se palpó como ser que el tiempo deterioraba.


Moriría algún día. Cuando era chico lo había pensado en forma distinta. Ahora midió su condición humana sintiendo que Dios era injusto al haberle otorgado poder sin concederle un destino original: como un esclavo, como un sapo en el jardín, moriría. ¿Qué valdrían monumentos y menciones heroicas si su presente se esfumaría por ley natural? El último suspiro, más allá de la fama que ganaría su agonía, sería como el de un esclavo cualquiera. Miró los cuerpos a la luz de las velas, una fila de brazos y espaldas rojizas al claroscuro de las teas. Igual que él avanzaban hacia la muerte integrados a un mecanismo de relojería. El último trayecto del descenso reveló un coral enteramente neutro y desolado; gusanos largos y pastosos languidecían como algas. Desviaron la vista para evitar la depresión que proyectaba el paisaje. Del otro lado encontraron un lienzo diferente. Chispas de colores metalizados agujereaban la noche total. Los seres del abismo nunca habían visto algo parecido. No era una forma inerte y descompuesta la que caía, como los restos y desperdicios que durante millones de años se acostumbraron a recibir. La esfera emitía luz, como ellos. ¿Una divinidad rival de su Dios implacable? ¿Sabría del invicto Dios del bentos? Sobre la regular superficie última reposaban sombras de embarcaciones derrotadas. La conciencia de los dos hombres, de por sí frágil (Fabritius era un mediocre bipolar e Ismael un consumado estúpido), procesó el hecho en sí: estaban a punto de conocer una fosa de 15 kilómetros bajo el mar, sostenidos por un experimento incierto y rodeados de absoluto misterio. La emoción de la empresa no les impidió razonar sobre el peligro. Ismael comenzó a llorar, dio golpes en las paredes, pidió regresar. Fabritius trató de calmarlo con teorías científicas


disparatadas, le habló de la gloria esperando en la superficie, del recibimiento (del sexo, dada la simplicidad amébica del cerebro de su acompañante: “Las minas que te vas a poder coger. Vas a tener que darles turno. Las mujeres siempre se suben a la garcha de la fama y la gloria”). Logró calmarlo pero su habla era muy distinta a la que Fabritius hubiera querido. Él mismo percibió una extraña sensación de expansión interna. A través de un orificio del tamaño de la cría de una pulga, se filtraban burbujas. Como un globo desinflándose muy de apoco, la conciencia los abandonaba y los hacía hablar en tonos graves, estirados. La muerte se apiadaba de los pobres infelices reventándoles cualquier pizca de autopercepción. Eran autistas flotando en una bola de metal que descendía y que de pronto se detuvo con un golpe mudo, fuerte pero delicado, con la gracia y lentitud que distingue todo lo que sucede en el imperio abisal. Al mismo tiempo Macedo El Divino comentaba en la cena: “Ocupados inventando enemigos, nuestro mundo se ha ido también a pique. Nos deslizamos irremediablemente hacia el bentos, el suelo se mueve en dirección al acantilado, ¿lo siente? Será una caída definitiva. Nacimos y vivimos para ganarnos el infierno. Eternamente, el infierno”.

CONTINUARÁ...


La última buena película del 2017. Nada mejor para terminar un año que una inolvidable comedia dramática con James Franco, que en este caso interpreta al director de una película, The Room (2003). Un tipo con acento extraño, arranques grotescos y, por momentos, mucha ternura. Aunque podríamos describir más conductas de Tommy (James Franco), nos enfocamos en una historia con cierta onda a lo Mulholland Drive (David Lynch, 2001)…pero más clara.


Greg (Dave Franco) conoce a Tommy y con aspiraciones actorales van juntos a Hollywood. Allí se encontrarán con la realidad de la industria y los requerimientos para el éxito. En este camino deciden hacer un film… La película ha cosechado ya varios premios, incluso el de mejor actor de comedia en los Globos de Oro. James franco, y no menos su hermano, tienen un gran lugar en el camino de la sensibilidad. Junto a ellos, Seth Rogen y Alison Brie (Trudy Campel en Madmen, ¿Do you remember?). The Disaster Artist merecería tener un lugar para el Oscar, no solo por la actuación de James Franco, sino porque es una buena historia sobre la amistad. 10 palitos­ Dice Tirri!!! Marcelo Meza


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