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Y sí, dieron la última de la monada... Todo esto empezó en los 60´ con una saga más interesante y divertida, Rod Serling creador de la Dimensión desconocida, estaba metido en el guion, pero como esto implicaba grandes costos se le cambio un poco la onda y se la puso "mona". Fue un éxito en 1968 que tuvo sus réplicas (un par más), un intento de serie y hasta un dibujo animado. Hace unos años Tim Burton, se acercó al estilo SCI­FI con Tim Roth como el mono villano y Mark Wahlberg como el protagonista humano perdido en el espacio, cuando (la vi... le dimos con Tirry un par de huesitos + en su momento, pero a la distancia me parece una pavada), salvo las miradas de Tim Roth y la presencia de Charlton Heston como mono padre (un homenaje al primer protagonista) el


resto totalmente olvidable. Por otro lado, si saltamos a la última de "los monos", que es una guerra, no podemos hacer esos huecos

de sentimentalismos y romances, para cubrir los tiempos de la película, hoy necesitamos violencia! En fin, James Franco y un virus como una gripe, se trompeo con la humanidad y volvió más inteligente a los monos y los humanos se fueron muriendo. En la segunda, la idea proteccionista (what?) cambiaban la textura del bosque y de nuevo la estructura clásica (un plomazo). Esta última guerra no pincha ni muerde , no vale una entrada al cine por mas plano secuencia, o grito de Andy Serkis haciendo de Cesar (ahora villano de Avengersy de la futura de Black Phanter), un desperdicio como ponerlo a Woody Harrelson. Si hay guerra, hay guerra... nada más, ningún sentimiento que ahogue la película, muy lejos esta del guion de Serling y de su anterior versión donde (debido a la época) los monos hablaban pavadas en la OEA. ­le falta contenido...­dice tirri Si tirri…digo. Mejor nos vamos al parque. 3 palitos dulces Tirri y Marcelo Meza


VII "¡Oh Señor, por qué me has abandonado!" La promiscuidad de los árabes, cogedores como nadie cuantitativa y cualitativamente, obsesionaba al Rey y por proyección, a cada habitante del Reino. Del Turco Alejandro se contaba que podía echarse cuatro polvos sin sacarla y de costado mientras comía el postre, que se despertaba amacanado en mitad de la noche y ni garchando a sus siete sirvientas se calmaba; dormía haciendo carpa. En el Reino se prohibieron alusiones a la prodigiosa sexualidad del enemigo, cualquier comentario implicaba la amputación del miembro viril en los varones. A las mujeres directamente se las exterminaba en la hoguera. Apenas se contuvo el Rey cuando Estud, emisario de Alejandro, se despidió de una negociación: “Mi señor Alejandro le envía, a pesar de su enemistad, cordiales saludos. Me ha ordenado obsequiarle este almohadón persa, que es idéntico al que usa él cuando se echa los 5 polvos mañaneros sin sacarla”. Allí apareció el primer síntoma evidente de locura senil en el monarca: tomó a la Princesa por los cabellos y la obligó a practicarle una fellatio entre lágrimas y atragantamientos hasta que le saltó la última gota de esperma. Lo hizo adelante del emisario árabe, que contempló apacible y se despidió con una respetuosa inclinación de cabeza. Los términos “cogedor”, “cogedores”, “promiscuos” y varios más que remitían a la sensualidad árabe fueron eliminados del lenguaje oral y escrito. Se creó tal paranoia que los hijos denunciaban a sus padres condenándolos a una muerte segura. El propio Rey husmeaba en los barrios dialogando con los niños: “¿Qué pasa mi amor que tenés esa carita? ¿No será que en tu casa los papis dijeron malas palabras?”. Entre


pitos y flautas (la palabra “pito” fue prohibida también, cuando se comprobó que el pueblo conocía las dimensiones del miembro del turco Alejandro) la cruzada por el buen uso del idioma se cargó más víctimas de lo esperado y fue necesario contratar mercenarios de todas las nacionalidades (También se fraguaron bromas siniestras, como la del ejército de niños que envalentonados por la bendición del Rey quiso atacar a los árabes. O los deficientes mentales que mandaron al desierto vestidos de Reyes Magos y fueron despedazados. Aprovechando la ocasión los turcos ­ famosos amarretes ­ exhibieron los cadáveres en su reino contándoles a sus niños que los Reyes no vendrían nunca más dejarles regalos). El diario más árabe puso en tapa un discurso del Rey para las Fiestas Dionisíacas. Envanecido por la obsecuencia de la multitud que gemía gutural, llegó a gritar que Virgilio era virgo de todos lados menos del culo (lo llamaba Virginio), que el poeta Tetrarca (lo pronunciaba mal de puro lumpen mental negado a crecer en modales) fue un borracho lustra vergas y que Dante fue garca y tocabultos desde pichón. Agregó que juntando la obra de los tres ni una palangana de mierda alcanzaba en valor. Para los árabes guardó el dardo que él consideraba más ocurrente: “Me vienen a hablar de filosofía y matemática estos turcos malandras que andan desparramando mentiras por el desierto, vendiendo peinetas y vestidos ordinarios. Cuando estuve allá (no pudo contener un escalofrío pero la emoción de sentirse absoluto lo palmeó), ¡cuando estuve allaaaaaaaa!, me cansé de enseñarles de la vida mientras me la chupaban con fricción (quiso decir “fruición”, siempre usaba esa palabra y nadie se animaba a corregirlo. Ovación de risotadas falderas en la Plaza). El Turco Alejandro habla de Arístides (Aristóteles) pero es más ignorante que ustedes (aplausos y risas, si les hubiera pegado con el látigo llegaban a un múltiple orgasmo). Qué se metan la Capital con su Biblioteca en el upite. Acá no perdemos el tiempo leyendo a Plutón, a Del Monte (Demóstenes), a Cimarrón criticando a César o al tococho


fundamentalista de Migoma (acá no había error, era clara la ofensa al Profeta). ¡Acaaaaaaaa, la semana que viene demolemos la choza donde están los libros y ponemos otro boliche! ¡Y la primera noche invito yo mierda! (El labio inferior del pueblo se relajaba y caía, la risa era un “jaaa, jaaa” en tono bajo, monigote, apenas diferenciable del procónsul o el Australopithecus)”. Cerró con una de sus frases abarcatorias de cabecera: “Son todos putos”. Infló el pecho acomodándose la túnica y descendió majestuoso por la escalinata del anfiteatro escoltado por la Guardia. El Diario árabe tuvo difusión record al otro día. Al Reino ingresaba clandestino, jamás pudieron neutralizarlo. Agregaron cuadros al margen ridiculizando al Rey, llamándolo “el paje del Señor Alejandro”. Culpando a los guardianes de las murallas, los hizo encarcelar hasta su muerte, que sobrevino en pocos meses debido a las torturas y el desmoronamiento psicológico que producían las mazmorras del Castillo diseñadas por Bacon, que permitían deambular otorgando esperanza por una red de túneles húmedos y oscuros ramificados como un hormiguero de pesadilla. A la Princesa le pareció que aquel ejército estático, simétrico, bañado por el rojo final de la tarde, era como una partida de ajedrez abandonada. El olor del cadáver de su padre era imposible de disimular. Los enviados del Vaticano suplicaron en voz baja a Boydé para que hiciera algo, pero era demasiado tarde: Lucierne, sorprendiendo a todos, se había hecho cargo de la situación. Presentaba como siempre aspecto enfermizo, pero sus ojos grises respondían a una chispa interior que inquietaba. Trataron de convencerlo de lo gentil que se vería acompañando a su padre ante la nobleza y la alta Iglesia. El féretro de oro con incrustaciones de rubíes y diamantes que contenía al cuerpo real se imponía sobre una


plataforma en el centro de la sala central de la planta baja, un salón enorme adornado por cuadros y retablos horrorosos de masacres, ritos paganos y triunfos de la fe católica sobre la ignorancia árabe. ­ El enviado del Papa y la Junta Noble Normanda sugieren que se proceda al entierro. ­ A este ya se la enterraron hace tiempo. Los putos viejos tienen dolientes en todos los parajes. Les estoy dando tiempo a los maricas para que lloren su falsa melancolía y revoloteen vestidos de gala sobre el guiñapo de mi padre. No hacen más que ver su propio final los culorrotos estos. Diez días se prolongó el velatorio. El cuerpo estaba agusanado cuando lo depositaron en la bóveda de la familia. Hubo un pequeño escándalo cuando Lucierne trató de “viejo coge niños” al enviado papal. Su Santidad escuchó la crónica de los funerales sin opinar demasiado, era un fino político. Dio la bendición al enviado, que enloqueció al poco tiempo… (Desnudo se tiró al río. Tan alienados sus ojos que ni rescate animaron. Flotó su cuerpo hinchado en la bahía. Las criaturas del río se alimentaron de su carne virgen. El Papa y los obispos dijeron sorprendidos: ese cuerpo ha pecado ese cuerpo que flota no es puro no se toca se deja ese cuerpo que flote a la deriva y se hunda hinchado de culpa. Hasta el infierno de los peces).

CONTINUARÁ... .


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