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Rebeca Banuelos


Título : Deshojando mis Octubres © 2013 Rebeca Bañuelos Diseño de la Cubierta: The Black Catz - Creative Company Maquetación : The Black Catz - Creative Company Ilustraciones de toda la Antología: The Black Catz - Creative Company


Prologo ´

S

on muchos los poetas que han hablado sobre la desnudez del alma.Y, para ello, se han servido de una pluma y mucha tinta. De versos derramados a través de papeles en blanco que caen, como las hojas de los árboles en octubre. Con el tiempo cogen un color marchito, una tonalidad otoñal que los ha convertido en especiales. Esa desnudez es lo que encontramos en Deshojando Mis Octubres. Ya la conocimos en el blog con el mismo nombre, y hoy la encontramos compilada en las páginas que siguen a esta locuacidad que justo acaba de empezar. Rebeca Bañuelos se disfraza de Rita Hayworth y se dispone a interpretar el papel de Gilda Mundson. El guante viste la elegante mano con la cual sujeta la estilográfica y sólo nos queda leer hasta que la desnudez de su alma quede clavada en nuestra mente. Tal como la desnudez de un árbol en octubre, cuando las hojas caen formando una manta rojiza de hojas sobre el suelo. Y, al despojarse de toda ropa, nos encontramos con sentimentalismo, con oscuridad, con música y con erotismo. Todo ello esparcido a lo largo de estas páginas que servirán como punto y a parte. Una verdadera muestra de todo lo que ha aprendido la autora cántabra desde que decidió empapar papel secante con sus sentimientos hasta el día de hoy. Y es que Rebeca es octubre. Manto de lluvia fina y hojas secas. Un puñado de palabras tatuadas en gotas de agua. Lluvia de tinta china dispuesta a dejar impronta en el incierto otoño que nos espera, cual tinta la vida. El sinónimo de una brisa otoñal. Y, sin más demora, os invito a cruzar el umbral. A conocer a la autora por lo que hoy nos concierne: sus palabras impresas en el papel. Seguro que disfrutarán de un agradable camino hacia el noviembre... Viktor Valles Junio de 2013


麓 A CORAZoN ABIERTO

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apel blanco esperando a ser tintado. En la mano derecha la pluma de la creaci贸n. La sangre hirviendo dentro de las venas, repiqueteando. Abierto de par en par, el coraz贸n.


L

DESHOJANDO MIS OCTUBRES

a lluvia ha comenzado a precipitarse desde las nubes de forma ligera y sin prisa. A medida que van avanzando los minutos, sus gotas finas se van haciendo más gruesas y el viento las dirige hacia dónde él quiere. Me encanta mirar como esas gotitas diminutas se deslizan y resbalan por la cristalera del porche. Entretanto yo estoy aquí, sentada en este sofá de mimbre entre cojines de seda, acolchados y suaves. Me encanta sentir como la naturaleza sigue su camino. Me siento parte de ella mientras mi cabeza se pierde en pensamientos, mientras mi corazón late acelerado y mi alma respira para conseguir nuevas energías. La lluvia sigue precipitándose y yo estoy aquí, acurrucada, con una pequeña hoja seca entre mis manos, girando su tallo una y otra vez. Observándola con detenimiento, acariciando su textura arrugada, susurrándola, cantándola, besándola, acercándola a mi pecho en ese lado del corazón donde yace una rosa roja. — Soy como esta pequeña hoja —susurran mis labios en voz alta. Y es que es cierto. Unas veces soy fuerte y otras me marchito y soy débil. Unas veces me siento inmortal y bailo entre los silbidos del viento, aferrada a las ramas de mi árbol sin que su fuerza pueda arrasarme. Y otras sin embargo, mis energías se desvanecen y no me sublevo, me dejó llevar sin más y caigo derrotada sobre el suelo. Lo importante es que tanto en lo alto del árbol como en las grises aceras, sigo siendo yo. Y renaceré, sé que siempre renaceré, porque me sobra raza. Y cuando peor esté, alguien me susurrará al oído delicadas sílabas, me hará recordar los buenos momentos. Alguien me besará, me cantará canciones de amor, me sostendrá entre sus manos, me regalará su calor, me observará fijamente y me cuidará… — De hecho ya existe ese alguien —canturrea mi corazón en el mismo momento en el que una sonrisa se escapa de mis labios. Y seré una hoja afortunada. Muy afortunada.


— De hecho ya lo soy. Ya me siento así. Afortunada. Muy afortunada —grito para que todos me escuchen y mi eco dance entre las montañas. Y mientras la lluvia sigue su balanceo, permanezco inmóvil entre sonrisas. Deshojando este mes de octubre que recién marca el calendario. El mes de los cumpleaños, el mes de los otoños que se esconden dentro de mí y me hacen ser quién soy. Deshojando mis sueños convirtiéndolos en palabras. Deshojando mis sentimientos, dotándolos de suspiros acompasados, de latidos de sangre ferviente, de alegrías y tristezas, de lágrimas y sonrisas… Y escribo en un papel arrugado que me siento viva. Que a pesar de todo mantengo la esperanza de que hay cosas bonitas inimaginables que están por llegar a mí, que hay sueños que se van cumpliendo, otros que van surgiendo y que añado a lista de deseos. Me siento viva, sé lo que tengo, sé lo que compone mis octubres, mis otoños. Y por ello puedo deshojarlos, segundo a segundo, como me plazca. Yo que una vez creí no tener nada. Suspiro, sonrío y tiemblo. Tiemblo, pero no de frío, sino de felicidad. Ahora la luz penetra entre la oscuridad de mi alma. Ahora la lluvia se desliza pero no empapa. Ahora las lágrimas se derraman pero no dejan surcos a su paso. Ahora mi alma no se siente prisionera ni ahogada. Ahora la naturaleza sigue su curso y yo sigo sintiendo. En libertad. Fuerte. Inmortal. Deshojando los octubres de los que soy dueña. Deshojando mi esencia en palabras brillantes como luceros. Mi estrella brilla encendida sin miedo esperando que llegue la noche para resplandecer. Yo mientras tanto, veo la lluvia caer y deshojo mis octubres en papel.


DIA DE DIFUNTOS ´

C

reo en el encanto de los momentos que consiguen perdurar en el tiempo, creo en los sueños que se hacen realidad cuando uno lucha por ellos, y en aquellos que mantienen la mente despierta y el corazón en vilo. Creo en las sonrisas radiantes que nacen desde lo más profundo del alma, en las miradas que traspasan y en los abrazos que queman la piel. Creo en los besos que se dan sin sentirse obligado. Creo en las gotas de lluvia que revitalizan la sangre después de las tormentas, y en los rayos de sol que se ocultan detrás de las nubes negras mostrando una pincelada de esperanza. Creo en las noches oscuras donde prevalece la luz resplandeciente de las estrellas y el halo blanco de la luna en todas sus formas. Creo en la magia de la palabra impregnada de poesía, que permanece entre los ecos del viento susurrando entre los árboles sin llegar a desaparecer. Creo en el significado de una rosa roja imaginaria posada sobre una lápida real en los días de lágrimas amargas. Creo en el poder de una vela encendida a tiempo como símbolo de las cenizas de lo que un día no muy lejano fue un cuerpo, un corazón, una mente, un alma, unos pensamientos, unos gestos, unos momentos, un padre. Me basta una vela encendida, con su candor, su luz y su magia, para sentir a mis ángeles a mi lado. Porque creo en el poder de la memoria. Me bastan un montón de recuerdos de instantes y palabras con los que fabricar sonrisas cuando éstas se me apagan. Me bastan un montón de fotografías desgastadas y palabras escritas para no olvidarme de quién soy y de dónde vengo. No importa si no acudo al cementerio, solo son cenizas y huesos yermos lo que hay detrás del mármol negro. Para mí, en el rincón más oscuro de mi corazón, todos los días son días de luto, todas las campanas tocan a muerto, a mis muertos.


Y cuando todas las cosas no bastan, aún tengo a mi sangre latiendo enfurecida, sobreviviendo, recordándome que sigo viva. Y que mientras yo esté en pie, ellos seguirán escondidos perdurando entre los rincones del tiempo. Y cuando todas las cosas no bastan, aún tengo una rosa roja tatuada en mi pecho posada sobre unas cenizas ocultas dentro de mi corazón. Para todos los días de difuntos que me quedan por vivir, para todos los instantes en los que recordar no es suficiente para sonreír, para todos los días de lágrimas amargas y espesa niebla negra revoloteando entre los resquicios del alma. Para poder conseguir las fuerzas necesarias para caminar y sonreír, para soñar y luchar, para escribir. Me basta mi memoria, mi sangre, mi corazón, mi alma, mis recuerdos, mis sentimientos. Me basta la luz de una vela encendida que nunca se apaga. Me bastan las almas de mis ángeles dentro de mi alma. Me basta el amor inmortal que no desaparecerá nunca porque siempre permanecerá dentro de mis venas, cantando alegre, adormecido, como quiera. Creo en los sentimientos que nacen desde el corazón. Me basta sentirme bien conmigo misma, quererme y saberme guerrera para enfrentarme al mundo, a la vida y a todo lo que me rodea. No hago daño a nadie. Soy sincera. Soy lo que no esperan de mí, soy quien quiero ser… Me basta mi memoria, mi sangre, mi corazón, mi alma, mis recuerdos, mis sentimientos, mi esencia. Me basta la luz de una vela encendida que nunca se apaga. Me bastan las almas de mis ángeles dentro de mi alma. Me basta el amor inmortal que no desaparecerá nunca porque siempre permanecerá dentro de mis venas, cantando alegre, adormecido, como quiera.


LAS LUCES DE NAVIDAD

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s inevitable mirar por la ventana y no recordar. Ahora que la oscuridad comienza a media tarde, me sorprendo a mí misma observando a través del cristal del balcón, los salones de los edificios de enfrente. Veo como la gente mira la televisión, como hablan entre ellos, como se pierden a través de la pantalla de un ordenador, y me siento distinta. Distinta a otros inviernos. El frío ya ha llegado, las lluvias a intervalos aparecen y desaparecen, y al mirar el calendario y darme cuenta de que Diciembre ya está aquí, me es inevitable no recordar. Recuerdo cuando todo era más fácil, cuando deseaba que llegaran estas fechas y comenzaba a preparar los decorados navideños con la ilusión de una niña. Cuando planeaba qué regalar, cuando creaba relatos para cada miembro de la familia y para los amigos, cuando sonreía ilusionada y llena de expectación con ansias por descubrir sus reacciones al leer o al abrir el paquete del envoltorio, cuando todos juntos brindábamos por un nuevo año y nos atragantábamos al comer apresurados las uvas.

Ahora mi única ilusión es leer libros para alejarme de la realidad, escribir historias donde las cosas son como yo quiero que sean, ver series o películas junto al hombre de mi vida y no pensar. Ahora mi única ilusión es mirar mi muñeca Monster High en la estantería y peinar su pelo morado jugando a ser pequeña otra vez pero sabiendo que esos tiempos de entonces jamás van a volver. Comer el chocolate de los calendarios de adviento en busca de sorpresas. Parezco idiota intentando apaciguar la tristeza con el azúcar del chocolate. Cuando miro los abetos, las guirnaldas, los belenes, dentro de mí siento que ya no queda nada de esa niña ilusionada. Este año, cuando camine de la mano de mi amor por las calles de mi ciudad, al abrigo de los portalones cercanos a la Plaza Mayor, mirando los puestos de todos los años, en busca de un gorro peruano para el abuelo, y vea brillar las luces de colores, vea las sonrisas de la gente, dentro de mí navegará un sentimiento de nostalgia profunda. Llevo semanas pensando en ello intentando hacerme a la idea, intentando buscar la manera de sobrevivir a estas fiestas con entusiasmo.


Sé que el amor me ayudará a sobrevivir. El amor siempre saca lo mejor de nosotros, siempre es nuestra tabla de salvación. Sé que el amor me ayudará a sobrevivir en ese momento en el que las luces de la ciudad brillen y las de mi alma quieran apagarse unos momentos, en ese momento en el que la cena se nos indigeste y las lágrimas inunden nuestros ojos, sus sonrisas nos harán sonreír a todos. Y en el fondo, sé que me haré la fuerte una vez más, y aunque llore también sonreiré, y quizá brinde con cava, quizá coma algún polvorón sin miedo a engordar. Y cuando escriba ese primer relato del año en esa casa que me vio crecer, bajo el amparo de las estrellas, pensaré en ese relato publicado dentro de un libro y me sentiré orgullosa de mí misma. Sentiré que a escasos metros de allí tras una puerta de mármol negra, habrá dos esencias enérgicas que darán cuerda a mis sonrisas, que me ayudarán a escribir los propósitos para el nuevo año, que me ayudarán a susurrar mis sentimientos para crear las palabras de un nuevo comienzo y me agitarán la sangre dándome fuerzas para seguir peleando. Ellos siempre estarán, mientras yo pueda verlos. Ellos me ayudarán a que las luces de la navidad no me hagan tiritar de frío al reflejarse en el cristal, a que la luz de mi alma no cese en su parpadeo y siga brillando proyectando reflejos en mis pupilas, me ayudarán a saber encontrar la magia que me rodea, me ayudarán a vivir cada instante, a no desperdiciar mis días. Y junto al amor, me ayudarán a sobrevivir. Porque el amor verdadero es para siempre, y por siempre jamás nos ayudará a levantarnos por muy hondo que caigamos. Y tengo mucho amor a mi alrededor. Tengo demasiados ángeles volando cerca de mí y no puedo permitirme desaprovechar las sonrisas que me aguardan, la felicidad que me espera, las posibilidades que están ahí esperando a que luche por ellas. Tengo mucho amor verdadero a mi alrededor, así que brillaré. Acabaré brillando como la luz de las luces de la navidad colgadas por las calles de mi ciudad. Brillaré como brillan las estrellas que nunca se apagan. Brillaré como el amor que nunca se evapora. Brillaré… Sé que acabaré brillando a pesar de la estela de todas las lágrimas escarchadas que surcarán mi rostro… Brillaré.


LATIDOS INMORTALES...

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odo viaje consta de un principio y de un final. Así como todo final acaba convirtiéndose en el punto de partida de un nuevo comienzo.

Yo estuve a su lado desde que nació. Como compañera fiel la he seguido desde el principio hasta el final de esta aventura y estaré junto a ella siempre, una y otra vez, hasta su último día. Quizá entonces yo también deje de caminar o quizá permanezca junto a otros que recuerden lo que ella fue mientras estuvo viva. Sin embargo eso es algo que ahora no nos concierne. Yo simplemente estoy aquí para contar desde el principio su travesía más reciente. Una experiencia difícil para ambas, pero sobre todo para ella. Todo comenzó un domingo nueve de octubre del año 2011 cuando el reloj de calaveras colgado en la pared marcaba las diez de la noche. Anabelle sintió la necesidad de salir de casa porque ya no aguantaba más el eco envolvente del silencio. Se puso su chupa de cuero y sus botas, cogió sus llaves del cenicero con forma de corazón, se colocó el bolso de bandolera y abrió la puerta para después cerrarla de un leve portazo. Tuve que acompañarla en su deambular desorientado por las calles de nuestra ciudad. Mientras ella divisaba en los cristales de los portales cercanos el reflejo de su silueta y solo conseguía ver a una joven de cabello oscuro despeinado y tez blanca demacrada, yo era capaz de distinguir a la niña risueña y feliz que llevaba dentro. Solo yo la observaba. La poca gente que caminaba por las calles a esas horas ni siquiera reparó en su presencia. Si lo hubieran hecho se hubieran dado cuenta de que andaba con dificultad, de que sus botas de estilo militar chapoteaban entre los charcos dando tumbos en zig-zag, que sus pies no tenían un rumbo fijo al que dirigirse. Si la hubieran mirado a los ojos se hubieran percatado de que detrás de su mirada se escondía una tristeza infinita que la consumía por dentro, y que lo más probable es que su corazón caminara lento, sin fuerzas, sin sueños, sin aspiraciones.


Solo yo supe ver más allá. Solo yo vi que era una chica de veintiséis años que luchaba por acallar los pensamientos negativos que bombardeaban su cabeza. Que necesitaba ayuda para salir del pozo en el que se había sumergido meses atrás. Al fin y al cabo yo la conocía de siempre, conocía todos sus pensamientos, sus estados de ánimo, sus tormentos, sus anhelos, sus miedos. Mientras caminábamos en todo momento le sujeté desde atrás, rodeándola con mis brazos su cintura, ayudándola paso a paso para que no se cayera sobre la acera mojada. Sin embargo ella no fue capaz de percibir que estaba a su lado, que éramos dos en este viaje. Si la melancolía no la hubiera tenido totalmente hechizada, yo sé que ella hubiera notado mi presencia. Y entonces hubiera sabido que yo nunca le abandonaría por muy huracanadas que fuesen las tormentas, y quizá no se hubiera sentido tan sola. Llegamos a la plaza del ayuntamiento y nos sentamos en uno de los bancos en el mismo momento en el que sus pies decidieron no volver a moverse por un rato largo. La lluvia comenzó a caer con fuerza pero ella ni siquiera se inmutó. Con los ojos cerrados sumergida en sus pensamientos parecía ajena a la realidad. Y así era, estaba sumida en un mundo paralelo. El mundo de los sueños y de los sentimientos. Cerré mis párpados también al posarme sobre su espalda, rodeé sus brazos apoyados sobre el respaldo del banco con mis brazos, y juntas comenzamos a viajar a otros lugares mientras las gotas de agua fría caían desde el cielo empapándonos por completo. Todo era agua. Agua en nuestra realidad, agua en sus sueños. La imagen de un pequeño corazón dentro de un barquito de cristal transparente comenzó a cobrar vida en su cabeza. Un corazón solitario que navegaba entre las olas revueltas de un infinito mar. En el cielo dominaba una oscuridad imponente. La única luz que brillaba era la de los relámpagos anunciando tormenta. A cada vaivén el vidrio que lo envolvía se iba debilitando por las embestidas del agua y la arena embravecida, a cada latido los estruendos de los truenos se iban acercando. Si la caja que lo protegía se agrietaba, moriría ahogado a la deriva, eso era algo que las dos sabíamos. Por ello Anabelle no pudo evitar sentirse más triste de lo que ya estaba, y un montón de lágrimas se deslizaron desde sus párpados cerrados.


A cada sollozo las olas del mar representado en su pensamiento se iban haciendo más grandes, la furia iba creciendo al igual que el estruendo de los truenos. No tardamos mucho en comprender que ese corazón a la deriva era su corazón. Que ese mar embravecido era su alma, los granos de arena todas sus tristezas, las partículas de agua todas las lágrimas que había acallado durante este tiempo. Y que la tempestuosa tormenta que acechaba su corazón estaba formada por todos los agrios recuerdos, por todos los miedos que la hacían enloquecer, por esas ausencias que matan, por ese vacío que dejan las personas a las que queremos cuando son abrazadas por la muerte. Anabelle rompió a llorar de nuevo al enfrentarse a su realidad y yo la acompañé pensando que el dolor disminuiría con cada gota transparente derramada, pero no fue así. Las olas del mar crecieron aún más y envolvieron con su fuerza la cajita de cristal. La zarandearon hasta que acabaron partiéndola en dos. El pequeño corazón indefenso se hundió en el agua congelada del norte, azotado por la mezcla de arena y espuma. Y cuando ambas creímos que todo había acabado… Cuatro manos lo salvaron de ahogarse vivo y lo devolvieron a la superficie. Y la noche dejó de ser noche, la tormenta cesó, y los rayos del sol surgieron de la nada impregnándolo todo con una luz radiante incomprensible. Frente a nuestras pupilas se presentaron esas cuatro manos, dos de ellas de apariencia suave y las otras dos más ásperas. Las suaves lo acunaron durante un rato entre balanceos para luego depositarlo en las otras dos manos que a pesar de su aspereza lo acariciaron con la mayor de las ternuras. Entre baile y baile dos voces distintas, que enseguida supimos reconocer como los dueños de esas manos, comenzaron a susurrar bajito un montón de palabras. Palabras que disfrazaron numerosos recuerdos de instantes ya vividos, que como pequeñas diapositivas se fueron sucediendo ante nuestras retinas atentas. Momentos de su infancia, de su adolescencia. Abrazos, miradas, gestos, sonrisas. El rostro de Anabelle se fue relajando. Una pequeña sonrisa se situó en la comisura de sus labios para no abandonarla, mientras la lluvia siguió aconteciendo sin lograr empaparla los huesos. Y durante más o menos una hora su abuela y su padre le susurraron entre cánticos algunos de los buenos momentos que juntos habían vivido. Le gritaron bajito todos y cada uno de sus sueños recordándoselos, y le hicieron ver que debía continuar con su vida porque ellos no la abandonarían nunca.


— ¡Pequeña lo que un día fuimos para ti seguirá siempre dentro de tu sangre, no dejes que la melancolía y los miedos te abracen! —pronunció su abuela. — ¡Anabelle, saca el espíritu revolucionario que te transmití y enfréntate a todo, que nada te impida ser feliz ni luchar por tus sueños, ni siquiera mi repentina marcha! —susurró su padre rompiendo el silencio. — ¡Tienes que ser una guerrera, nuestra guerrera valiente! ¡Además nosotros dos siempre estaremos contigo! —dijeron los dos al unísono. Y gritando muy fuerte Anabelle les contestó: — ¡Os lo prometo, lucharé por mí y por vosotros! ¡Os quiero y siempre os querré! El reloj del ayuntamiento marcó las once y cuarto de la noche y las dos nos despertamos sobresaltadas volviendo a la realidad. El sueño había acabado. Y Anabelle comenzó a sentirse distinta dentro de su corazón, ya no se sentía ni tan perdida, ni tan sola. Con una sonrisa en sus labios se acurrucó cambiando de posición sobre el banco, apoyó su espalda en el respaldo y juntó sus rodillas contra el pecho. Pensativa se quedó dormida de nuevo con la cabeza cobijada entre sus piernas. La lluvia había parado y sin embargo aún quedaba lluvia en su alma que debía desaparecer. Yo me incliné sobre su hombro y acariciándola su pelo húmedo y enmarañado, entré en una especie de duermevela junto a ella. Sé que ella se percató de mi presencia porque al acariciarla su pelo, ronroneó como un pequeño gatito. Yo no pude evitar reír para mí misma, feliz de que comenzara a despertar. A los pocos segundos nuevas instantáneas regresaron a sus pensamientos, pero esta vez no apareció el mar. Frente a sus ojos sobre un fondo oscuro y nebuloso comenzó a surgir un río de agua turbia que recorría acelerado las calles de una ciudad. Unas calles que ambas conocíamos muy bien porque las habíamos transitado juntas mil veces. Y el corazón en la cajita de cristal apareció de la nada tras una esquina, guiado por la corriente del agua. Balanceándose de un lado para otro entre las aceras grises, surcando el pavimento, perdiéndose entre la niebla…


Anabelle dejó de sonreír y volvió a sentirse angustiada. Quiso despertar de su sueño pero le fue imposible. Yo traté de despertarla pero no pude y la impotencia se apoderó de mí. Cuando sus ojos comenzaron a llorar, los míos le acompañaron. Volvió a sentirse sola. Volvió a ahogarse entre sus miedos, los latidos del pequeño corazón refugiado en su barquito de cristal volvieron a debilitarse, la angustia la apretó fuertemente el pecho. Su respiración se entrecortó en el mismo momento en el que las tinieblas desaparecieron y nuestros ojos pudieron vislumbrar que su corazón envuelto en el cristal transparente se dirigía a toda prisa, arrastrado por la corriente del agua y el viento, hacia una boca de alcantarilla. Apretó los ojos fuertemente intentando que la imagen desapareciera pero no lo consiguió. Comenzó a tambalearse nerviosa y lloró apresurada un montón de lágrimas amargas. Decidí no llorar para no empeorar las cosas, pero a cada lágrima derramada por Anabelle el viento soplaba más fuerte, a cada sollozo el río crecía. Y ambas supimos entonces que ese agua turbia que acelerado buscaba la alcantarilla no era más que el conjunto de todas las lágrimas empapadas en rímel que habían surcado su rostro durante estos cuatros meses que habían acontecido desde la muerte de su padre. — ¡No te caigas corazón! ¡Que alguien me ayude por favor! —susurraron sus labios en la realidad mientras que en nuestro sueño fue un espantoso grito profesado por sus cuerdas vocales. Pero no sirvió de nada. Vimos como el barquito de cristal con su corazón entraba en la fantasmal alcantarilla de hierro, y todo se tornó más sombrío. La niebla lo cubrió todo con su manto espumoso, la oscuridad de la noche se hizo más eterna y juntas volvimos a llorar desesperadas. Sin esperanza. Lloramos hasta que nuestros ojos se quedaron sin lágrimas, un dolor en el pecho nos hizo sentirnos totalmente muertas. Y cuando creímos que todo estaba perdido, unos pequeños destellos de luz aparecieron en el cielo. Las estrellas comenzaron a brillar guiadas por el halo blanco de la luna y de repente el contorno de una silueta se presentó ante nuestras pupilas.


Un joven de unos treinta y siete años, sostenía la cajita de cristal con el corazón de Anabelle junto a su pecho, dándole calor con sus manos y susurrándole entre cánticos promesas de amor. — ¡Yo siempre protegeré tu corazón! ¡Cuando más triste estés, piensa que estoy aquí, aunque a veces esté a muchos kilómetros de distancia, siempre volveré! Anabelle reconoció la voz cantarina y yo también. Ambas sonreímos. Sin embargo nuestras sonrisas desaparecieron cuando un gritó nos sobresaltó. — ¡Anabelle! —gritó demasiado fuerte una voz masculina. Ambas abrimos nuestros párpados, temblorosas de angustia, volviendo a la realidad. Sin embargo enseguida nos calmamos al ver que esa voz masculina no era otra que la del joven de pelo largo que había salvado al corazón de Anabelle de perderse por un precipicio sin salida. Y en el mismo momento en el que el reloj del ayuntamiento comenzó a dar las doce campanadas que anunciaban el comienzo de un nuevo día, Anabelle y su novio Manuel se fundieron en un abrazo intenso. Y entre el calor de sus brazos volvió a sonreír sin pausa. De la comisura de sus labios se desprendieron un montón de sonrisas radiantes, risitas que hacía tiempo que no nacían. Pero la aventura no finalizó aquí, aún quedaba lo mejor. Les acompañé de regreso a casa, sintiéndome yo también abrazada por Manuel. Siendo partícipe de cómo Anabelle le relataba los sueños que había tenido mientras la lluvia la empapaba todo el cuerpo sentada en el banco de la plaza. De cómo el eco del silencio se había apoderado de ella y sintió la necesidad imperante de salir de casa para distraerse y pensar, de cómo no había podido esperar a que él regresara del trabajo porque se estaba volviendo loca entre aquellas paredes, la nostalgia la estaba asfixiando. De cómo al principio se había sentido sola y que tras el primer sueño, sintió una sombra a su lado acariciándola el pelo. Yo volví a sonreír porque había logrado reconocerme. Y sonreí aún más fuerte cuando Manuel le susurró al oído:


— La única sombra que había a tu lado cuando yo llegué, era el reflejo de tu silueta entre la oscuridad de la noche. Lo que tú eres y siempre serás. Tu esencia Anabelle. Piensa que no hay dos siluetas iguales porque no hay dos personas idénticas. Y tu sombra, tu huella, siempre viajará contigo allá donde vayas, aunque no seas capaz de distinguirla por la tristeza. — Así como mi padre y mi abuela siempre caminarán dentro de mi sangre aunque la melancolía que me produce el no tenerles en el mundo de los vivos no me deje sentirlos dentro de mí —sentenció Anabelle mientras Manuel corroboraba su pensamiento con un ligero movimiento de cabeza. Yo volví a sonreír y no dejé de hacerlo. Estaba más contenta que nunca porque por fin había despertado del todo de su agrio letargo. — Así como tú siempre estarás conmigo, aunque estés trabajando y físicamente estemos separados por unas horas, nuestro amor siempre permanecerá dentro de mi corazón —murmuró mi dueña. A lo que Manuel contestó: — ¡Mi corazón siempre será tuyo y estará a tu lado a cada instante, ayudándote a que tus latidos no se pierdan! Al igual que lo que tu padre y tu abuela fueron, todo lo que te quisieron, los latidos de sus corazones que un día te brindaron seguirán ahí, intactos e imperecederos dentro de tu corazón y de tu alma, pequeña mía. Anabelle sonrió con mucha fuerza y un brillo incandescente penetró sus pupilas para quedarse ahí. Se giró para mirarse en el cristal del portal anterior al suyo, y encontró en su reflejo a una chica sonriente. La niña sonriente que llevaba siempre dentro aunque no siempre lograba salir, porque en los días tristes se escondía. La niña sonriente que yo siempre consigo vislumbrar. Y mirando a los ojos de Manuel y tocándose su corazón, Anabelle pronunció: — Aunque a veces me sienta un corazón a la deriva, perdida, sin rumbo y sin sueños, siempre tendré unos latidos inmortales que me ayudarán a seguir en pie, a pelear, a ser feliz. Los latidos inmortales del amor verdadero, el tuyo. Y los latidos eternos de aquellos corazones cuyo tic-tac se apagó para siempre por la muerte, pero que siempre permanecerán vivos dentro de mi sangre y en mi recuerdo.


Manuel la miró a los ojos asiendo su rostro con sus manos y muy bajito la dijo: — Los latidos eternos de mi corazón que te ama con locura, y los latidos inmortales de tu padre y de tu abuela, que se marcharon adorándote. Nadie te podrá robar esos latidos. Son únicamente tuyos, aunque a veces no logres percibirlos, al igual que las estrellas de tus sueños que siempre están ahí esperándote. — Mis latidos inmortales —gritó Anabelle antes de entrar en el portal. El eco de sus palabras recorriendo las paredes de los edificios de su urbanización le hizo sonreír con fuerzas renovadas. Anabelle sonrío, Manuel sonrío y yo también sonreí. La aventura que comenzó siendo una pesadilla terminó con el mejor de los finales felices. Triunfó el amor. No podía ser de otro modo. Y una nueva enseñanza surgió de la adversidad: “El amor verdadero siempre permanece. Las lágrimas no duran para siempre. Y en nuestro corazón todos tenemos escondidos latidos inmortales que con su fuerza nos ayudarán a continuar en los buenos y en los malos momentos. Únicamente hemos de distinguirlos, de aprender a escucharlos aunque nos domine la oscuridad de la tristeza”. Y con estas frases, yo, su sombra, sonriente y satisfecha, doy por finalizada la narración de esta historia a la espera de una nueva aventura. Ahora Anabelle lo sabe, Manuel lo sabe, y yo lo sé. Al igual que vosotros que habéis leído estas líneas también. No os olvidéis ni de esos latidos inmortales, ni de que todo viaje consta de un principio y de un final. Así como todo final acaba convirtiéndose en el punto de partida de un nuevo comienzo.


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COPOS DE ANGELES BLANCOS

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l cielo comenzó a llorar pequeños copos cristalizados. El frío era tan intenso que a momentos parecía quemar la piel.

Hacía mucho tiempo que por estas tierras no caían pequeños copos. Tanto que ella ni siquiera lo recordaba. Lo único que habían visto sus ojos eran pequeñas pelotitas de granizo que se amontonaban sobre las aceras creando nieve sucia. Por eso aquellos trocitos de escarcha congelada llamaron enseguida su atención. No dudo ni un segundo en abrir la ventana y sacar sus manos para acariciarlos con sus dedos, cuando uno decidió posarse justo en medio del cristal. Al tocarlo se evaporó convirtiéndose en pequeñas gotitas de agua. Sin embargo dentro de su alma algo cambió. Aquella adolescente atormentada por recuerdos bañados de tristeza, sintió que una esperanza comenzaba a surgir con fuerza. Su sangre comenzó a agitarse acelerada. Su piel dejó de estar tan pálida para coger un tono rosáceo. El tono de los vivos, de los que sonríen, de los ilusionados. Y mirando por la ventana, tocándose sus tatuajes más preciados, miró al cielo. Y mientras sus pupilas observaban el dulce aleteo de los copos escarchados, su cuerpo se desperezó y comenzó a bailar simulando ese vaivén taciturno y lento que parecía descifrar la melodía de un tango en silencio. Y mientras sus pupilas observaban el dulce aleteo de los copos escarchados sus labios pronunciaron: — ¡Parecen fragmentos de seda! ¡Trocitos pequeños de las alas de un ángel blanco! Y al escuchar el eco de su voz, no pudo evitar sonreír. Porque ella sabía que tenía dos ángeles, dos ángeles que siempre estaban con ella. — ¡Gracias por espolvorear vuestra pureza y demostrarme que seguís aquí, a mi lado! —gritó en silencio para ella misma, antes de volver a sonreír.


Apoyada sobre el cristal de la ventana, siguió mirando como los delgados copos de nieve, seguían su baile lento desde el cielo hasta llegar al suelo. Mientras unos se iban fundiendo otros bailaban despreocupados precipitándose entre el viento. Mientras unos se iban fundiendo… …En su alma latía una esperanza. La esperanza de congelar los recuerdos bonitos para que durasen toda la vida y evaporar la tristeza de los agrios recuerdos, fundiéndolos gracias a las sonrisas producidas por los buenos. — ¡Fragmentos de las alas de ángeles blancos que siguen estando cerca, no estando! —fueron sus últimas palabras. — Copos escarchados de magia angelical que desprende la naturaleza… —fueron las mías.


LAS COSAS QUE NO NOS DIJIMOS

L

as cosas que no nos dijimos, las llevo clavadas como espinas en mi corazón.

Y a cada latido pronunciado una gota de sangre se derrama llenando un vaso transparente que se oculta tras mis ojos. Un vaso que cuando se ve rebosado comienza a verter pequeñas lágrimas negras. Las cosas que no nos dijimos me entristecen, me ahogan, me arañan la piel. Por eso he decidido hoy, gritárselas a este viento tempestuoso que azota despeinando mi alma, enmarañando mis pensamientos, turbando mis sonrisas. Quizá…entre sus silbidos se deslicen mis letras como gemidos agonizantes impregnados de tristeza, angustia y melancolía. Impregnados de ternura, amor infinito y verdades absolutas. Las cosas que no nos dijimos. Las que acallaron los labios y pronunciaron las miradas. Las que nunca fueron suspiradas. No te dije que eras muy importante en mi vida. No te dije que el día en el que no estuvieses aquí ibas a dejar un vacío enorme en mi corazón. No te dije que esta vida sin ti ya no sería la misma. No te dije: “Mil gracias por ser un padre autoritario y protegerme de tantos peligros al marcarme una hora de llegada nocturna”. No te dije que hubiera preferido mil noches más a tu lado viendo partidos de fútbol antes que tantas noches malgastadas aferrada a un vaso de cristal en la barra de un bar, bebiendo por beber, suspirando por suspirar. No te dije que para mí eras un ejemplo a seguir, un gran héroe.


No te dije que comencé nuestra novela para que nunca se me olvidara quien fuiste y lo que me habías regalado al nacer, mi libertad. No te dije que me encantaba ser la niña de papá. No te dije que me encantaba oírte hablar de tu juventud, sobre tu vida política y tus gamberradas. No te dije que me maravillaba verte sonreír. No te dije que me gustaba tanto observarte mientras hacías crucigramas, mientras dibujabas los planos de las casas que construías. No te dije que en mi corazón soñaba con que tú me construyeses una casa de piedra, con vigas de roble, ventanas talladas, chimenea, y porche acristalado donde sentada en un sofá de mimbre poder escribir mientras la lluvia caía lenta. Justo esa que estás construyéndome ahora en nuestros sueños. No te dije que si un día te pedí que me enseñaras a tallar madera era porque quería aprender lo que a ti te fascinaba. No te dije cuánto me gustaba que me hicieras burla a mis espaldas y me chincharas, ni cuánto lo iba a echar de menos cuando no estuvieras. No te dije cuánto me gustaba escuchar tu voz al otro lado del teléfono. No te dije lo reconfortantes que eran esos abrazos que te daba y que tú nunca contestabas. No te dije cuánto me gustaban esos besos pedorretas que hacían cosquillas en mis mejillas, y que solo me dabas cuando tenías el día cariñoso. No te dije cuánto me gustaban tus pellizcos y cerillas en el momento más inesperado. No te dije que cada vez que escribía y colocaba mal los dedos me acordaba de las collejas que me dabas de pequeña para que aprendiera a escribir bien. A ratos sigo escribiendo mal y sonrío al recordar.


No te dije que era un orgullo para mí que me regalases las fotos y los libros que te habían acompañado en tu estantería tantos años, llenos de palabras, humo de tabaco y pensamientos encontrados. No te dije que era un orgullo para mí llevar tu apellido. No te dije que te había escrito un relato por tu cumpleaños ni las palabras que lo formaban. No te dije a tiempo que te iba a recordar siempre y que te iba a querer hasta el día de mi muerte, no llegué para despedirme por mi mala costumbre de dejar el móvil en silencio por las noches. No te dije tantas cosas, que la huella de esos silencios, me asfixia, me debilita. Y hoy las grito aquí. Letra a letra, punto a punto, coma a coma; sin estar todas las que son, pero si siendo todas las que están. Hoy las grito aquí, para que su escozor merme, para que su tristeza no empañe del todo mis pupilas, para que al menos una vez sean pronunciadas… Las cosas que no nos dijimos, las cosas que no te dije y debería haberte dicho. Las cosas que no te dije y que seguro que tú ya sabías.

Y con el viento viajarán agonizantes gemidos de palabras impregnadas de tristeza, angustia, melancolía, ternura, amor infinito y verdades absolutas. Y con el viento viajarán mis silencios…en busca de tus silencios… Y quizá se encuentren ambos, en nuestros sueños…

Para el papá de mis ojos. Feliciano Vicente Bañuelos.


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TE ESTARE ESPERANDO EN LAS ESTRELLAS

C

omo cada noche te estaré esperando en las estrellas.

Desde que la oscuridad comience a balancearse con su niebla, me tendrás atenta al cristal, esquivando las sombras. Mirando al cielo en silencio con el corazón despierto. Estaré esperando tu llegada. Esta noche…cuando el reloj de la sangre marque las 12 y la hoja blanca del calendario se mueva para dar paso a un nuevo día, estaremos juntos. Y podré susurrarte al oído: ¡FELICIDADES! Como cada noche dejarás de ser meras cenizas grises dentro de una urna de cerámica azul tras una lápida de mármol negro…para convertirte en polvo luminiscente y titilar en lo alto del cielo. Como cada noche, te convertirás en esa estrella que me sonríe sin descanso, que acuna todos y cada uno de mis sueños, que me protege y me guía para que mis pies deambulen por el camino correcto. Como cada noche te convertirás en esa estrella que ilumina mi corazón y me ayuda a resplandecer sin olvidarme de mis anhelos, dándome la fuerza que necesito para luchar por ellos. Estaré esperando tu llegada para que abrazados sigamos robándole minutos al tiempo con los que seguir elaborando recuerdos, y entre palabras, gestos y miradas cómplices rememoraremos aquellos instantes que nuestros corazones vivieron. Como cada noche te estaré esperando en las estrellas. Como cada noche en las estrellas nos reencontraremos.


Y puede que al amanecer vuelvas a tu rincón umbrío para dormir y descansar, para coger las energías necesarias para de nuevo en la oscuridad poder brillar. Aunque seguramente no te haga falta, porque a ti siempre se te dio bien eso de resplandecer. Resplandecías y siempre sin pretenderlo. Siempre fuiste una estrella. Mi estrella. Y eternamente lo seguirás siendo. Como cada noche te estaré esperando en las estrellas. En estrella te convertirás y tu luz iluminará la tierra. Como cada noche te estaré esperando en las estrellas y como una pequeña estrella brillaré. Para mi estrella. ¡Felicidades papá!


18/03/2012.

OTROS CORAZONES EN UN MISMO ´ CORAZoN

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n día alguien me dijo: “Tu corazón late ahora para los dos, porque en parte es suyo”.

Desde que esa frase fue pronunciada, la rebeldía presente en mi sangre no me abandona nada más que para dar un paso hacia atrás, coger nuevos impulsos y saltar. Esa frase fue lo que mi alma necesitaba escuchar para tomar las decisiones definitivas. Entonces decidí que debía seguir llenando las páginas en blanco de mi vida. Decidí que las llenaría de la tinta negra como la noche, y roja como la sangre. Bebería de las estrellas en la oscuridad y por el día pintaría de rojo el cielo para que el brillo del sol no me quemase la piel. De nada sirve permanecer en standby sin sentir. El corazón no va a encontrarse mejor por ello. Y yo no estoy sola. No solo tengo a las personas que me quieren de verdad y que comparten cada uno de mis días, sino que también tengo a un corazón que solo será un corazón vivo, si yo vivo. Dos corazones para ser exactos. Desde que miro a las estrellas y encuentro a los que quiero tras ellas, todo es diferente. Los miedos se hacen más pequeñitos. Las sonrisas radiantes tiene su hueco en mis labios a todas horas, intermitentemente. Y todos mis anhelos laten fervientes esperando su momento adecuado para revolotear a mi alrededor y susurrarme: Lucha por mí, es mi hora, hazme realidad. Los pasos del camino se hacen más fáciles.


Y tengo al amor de verdad que me ayuda a olvidar todo aquello que a ratos me hace flaquear y derrumbarme. Porque solo el amor verdadero puede sanar las heridas que sangran aun estando cerradas. Lo he aprendido viviendo y lo he reafirmado gracias a un nuevo libro. Pero no voy a creerme una roca indestructible. Sería mentirme a mí misma. Porque si, cuando menos lo espero, lloro, caigo y me derrumbo. No me avergüenza decirlo. La gran diferencia es que ahora vuelvo a levantarme. Ahora sé que hay ciertas cosas que han de suceder para hacerte más fuerte, me lo dijo un gran amigo y ángel literario, y es cierto. Y no seré yo quien no aprenda nada de ello. Hace meses las lágrimas no cesaban. Las fuerzas desaparecían, y mis piernas clavadas en el suelo no podían erguirse para luchar. Ahora, las lágrimas derramadas van surcando la piel de mi rostro, hasta suicidarse desde mi barbilla cayendo al vacío. Ese es el tiempo que tardo en levantarme. Mi melancolía dura lo que tardan esas lágrimas en desaparecer. ‘Tres minutos de nostalgia’, como diría la canción. Lo que tarda mi sangre rebelde en dar un paso atrás, coger impulso de nuevo y saltar. Al minuto cuatro vuelvo a resurgir como una guerrera valiente. Siendo consciente de todo lo que tengo a mi alrededor, y de lo que poseo dentro de mi sangre. Siendo consciente de que dentro de mi corazón hay otro corazón. Dentro de mi corazón hay varios corazones. Y cuando me miro en el espejo, veo el iris color marrón de ambos centellear a través de mis ojos. Mis pupilas se dilatan contentas y sé que ellos dos, aunque no estén aquí, están viviendo porque yo estoy viviendo. Las personas mueren cuando nadie las recuerda, y como yo no he olvidado a dos de mis estrellas, ellas siguen parpadeando en el cielo de la noche y en el cielo de mi alma. Mientras yo siga viva, ellos vivirán. Seremos un corazón con varios corazones. Y juntos, llenaremos las páginas en blanco de mi vida. Y con una de esas plumas de tinta negra como la noche, y roja como la sangre, comenzaré diciendo:


“Hay una mujer nueva dentro de mi corazón. Ya no queda nada de aquella niña acomplejada que se sentía nadie y se creía débil. Los golpes de la vida me han demostrado que puedo ser muy fuerte. Y las personas que se han cruzado en mi camino me hacen sentirme alguien importante con sus palabras, sus gestos, sus detalles. Son ellos los que me han hecho creerme alguien. El amor que todo lo cura cada mañana me da fuerzas para levantarme. Y cada noche cuando miro a las estrellas, me doy cuenta de que hay unas que siempre brillan aunque las tinieblas oculten su titileo. Y entonces sé que no estoy sola. Y me siento muy afortunada, porque dentro de mi corazón siento muchos corazones latiendo con el mío, al mismo tiempo. Y entonces me doy cuenta de que aquella niña que se sentía pequeñita y nadie, realmente era muy grande. Porque no solo tenía su corazón, también tenía el corazón de aquellos que se habían marchado amándola eternamente. Que afortunada aquella niña, tenía solo para ella, en su sangre, la fuerza de otros corazones ayudándola a caminar…Y ella sin darse cuenta. Que afortunada aquella niña, tenía y tiene solo para ella, en su sangre, la rebeldía, la lucha y la libertad…Y ella sin darse cuenta. Hasta ahora. “I will dance with it, Into my arms The ghost of tomorrow.” Los fantasmas del mañana serán la fuerza de mi presente, la sangre de mi futuro. Y danzaré con ellos, con todo lo que un día fueron navegando entre mis venas, con todos nuestros recuerdos entre mis brazos. “Otros corazones en un mismo corazón.”

* Gracias a Begoña, del blog “Días de lluvia” por esa frase pronunciada que cambió mi corazón. Gracias a Francesc Miralles, por sus palabras, y a su grupo Nikosia, por la canción: Three Minutes of Nostalgia.


EN LA CORRIENTE CONTINUA DE MI SANGRE “Es verdad, tú no tienes que retornar a mí, porque siempre has estado y estás en la corriente continua de mi sangre.” Rafael Alberti

U

na verdad. Corriente continua.

Palabras que se sumergen dentro de la piel y arden entre cosquilleos. Palabras que secan lágrimas. Palabras que susurran sentimientos, pensamientos, sueños y libertades. Y es que ahora soy más consciente que nunca de que mis ángeles están en la corriente continua de mi sangre. Lo sé. Porque lo puedo percibir. Lo sé porque nací de ellos, porque lucho y sobrevivo gracias a ellos. Lo sé porque ellos me hacen fuerte. Lo sé porque la sangre que albergan mis venas es y siempre será sangre rebelde . Su sangre. Sangre que me fue transmitida al nacer y que sigue aquí, intacta, viva, mientras yo siga en pie. Y cada palabra que nace, cada sentimiento que expreso, es suyo también. Porque sus corazones de ceniza y huesos ayudan a mi corazón a seguir latiendo. Sus latidos son míos también. Al igual que mis latidos son en parte suyos. Mi sangre, su sangre. Sangre rebelde que convierte las lágrimas en palabras de tinta emborronada. Y gracias a esa corriente continua seguiré mirando al cielo en busca de estrellas, esperando mi oportunidad para brillar. Y caminaré paso a paso, hasta conseguir rozarlas y obtenerlas. Porque sé que mis sueños están allí, justo detrás de los puntos de luz del firmamento.


Porque hay sueños grandes, difíciles de conseguir. Porque hay imposibles. Pero imposible no es una palabra que entre en el vocabulario de la sangre rebelde. Preferimos morir en el intento, siempre luchando, sin arrodillarnos por completo. Y no importa cuántas veces caiga derrotada y de rodillas. Me levantaré una y otra vez, hasta conseguir lo que quiero conseguir. Porque llevo su fuerza dentro de mí. Sangre rebelde. Y ellos no tienen que volar, no tienen que desplegar sus alas para hacerse visibles, porque han estado, están y siempre estarán, en la corriente continua de mi sangre. Su sangre. Nuestra sangre.

* Gracias a Mara Oliver por pronunciar estas palabras que desconocía, y que tienen mucho significado para mí. Ahora, más que nunca.


M

NOTAS MUSICALES

elodĂ­as que nacen, inspiran, mueren y reviven al ser recordadas. Labios que tararean palabras concretas. Notas musicales que bailan, que se deslizan eternas entre el viento de la memoria.


GLOOMY SUNDAY

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n domingo más he regresado a nuestra playa, para escuchar nuestra canción favorita y así poder sentirte más cerca.

Sé que estás dentro de mi corazón, en mi alma y en mi sangre, acompañándome a cada latido. Aunque a veces no logre encontrarte por culpa de la tristeza. En la voz desgarrada y ronca de Emilie entonando cada letra de ‘Gloomy Sunday’, encuentro un refugio de esperanza. Porque con solo escuchar cada nota regresa a mi mente el recuerdo de tus sonrisas y tu dulce voz siguiendo sus palabras. Cuando la escucho puedo sentirte a mi lado acariciando mi piel. Siento tu respiración tibia sobre mi nuca, tus brazos rodeándome con su calor, tus ojos clavados en mis pupilas devolviéndome mi rostro sonriente; y todo es más fácil. Al bajar la cuesta del cementerio, me pregunté una vez más, si las almas que descansan aquí podrán escuchar el murmullo de las olas y encontrar en ellas los recuerdos de las personas que les acompañaron en vida. Ya sabes que no creo en otros mundos, ni en la existencia de un paraíso reinado por un Dios que todo lo ve, esos pensamientos son demasiado grandes y se me escurren entre los dedos de las manos. Sin embargo pienso que las personas que se van no mueren del todo. Que siguen aquí, acompañando a los vivos en su deambular por la Tierra. Algo de todo lo que fueron tiene que quedar con nosotros ¿verdad? Me niego a pensar que solo son huesos y cenizas lo que permanece tras las lápidas de mármol. Me niego a pensar que tú te has marchado del todo. Quizá sea solo mi necesidad imperante de encontrar un atisbo de inmortalidad, algo que me haga sentir que no estoy solo. Que la vida de los que se fueron sigue siendo vida de alguna manera. Quizá sea esa mi fórmula para no sentirme tan devastado. Sé que he llegado a la playa aunque mi cabeza esté en otro lugar, porque puedo oír el crujido de los vidrios de colores bajo mis pies al caminar. Esa sensación siempre me saca una sonrisa por mucho que la soledad me abrace.


Porque siento que esos cristales diminutos y esculpidos por el mar, se están apiadando de mí a cada paso pronunciado. Acompañando a mi corazón en su latir y en su crujir, ya que a cada suspiro sin ti se rompe en un pedazo nuevo de cristal, resquebrajándose. Y lo siento porque cada gota de mi sangre se congela y se vuelve bohemia, abandonándose. Con la mirada en el infinito acabo sentado en nuestra roca, esa que compartíamos cuando veníamos juntos hasta aquí, para pararnos a observar el mar bravío, incluso en los días de invierno. Diviso el fuerte oleaje que siempre se balancea entre estas rocas de la Costa de la Muerte, y pienso que no podría tener mejor nombre. Ya que a cada pestañeo todo está lleno de su sombra gris. El cementerio, los cristales rotos, el susurro de las olas que se balancean hasta morir destrozadas por las piedras o convertidas en espuma blanca vaporosa, y el recuerdo de aquellos que perdieron su vida en este mar que todo lo rodea. Definitivamente la voz de Emilie entonando esta canción suicida es la mejor banda sonora para este maravilloso lugar. Donde la muerte se apodera de cada rincón de mi cuerpo demostrándome que sigo vivo a pesar de todo. Que sigo vivo aunque tú ya no estés aquí. Que estoy muerto estando vivo. Y eso es lo peor de todo. Ser consciente de que sin ti nada merece la pena. Cariño, he pensado tantas veces dejarme ir. Abandonarme, regalarme a la muerte para poder encontrarme contigo. Sé que así el dolor desaparecería. Lo único que me hace seguir es la promesa que te hice cada día de tus últimos meses hasta minutos antes de que cerraras los ojos para siempre. Te prometí vivir, sentir y amar, sin olvidarte. Pero a veces la tristeza me nubla demasiado y solo consigo distinguir la oscuridad. Y lo deseo con tanta fuerza, que no hago más que soñarlo. Lo sueño una y otra vez, y lo vivo con tanta intensidad que creo que cuando despierte estaremos juntos. Un sueño que de estar viéndome te lastimaría en lo más profundo de ti. Lo sé porque no querrías ese final para mí. Lo sé, por cada palabra de tu carta, que está grabada a fuego en lo más profundo de mi alma.


Aquella carta que me imploraste que leyera una vez que todo hubiera pasado, cuando llegase a casa después de que tus cenizas quedasen sepultadas bajo la losa de mármol beige. Esa carta que cada vez que regreso aquí, releo. Para sentirte, para hacerme valiente llenándome de tu fuerza. Carta que dice así: Amor mío, Mi precioso Allen. Mi hombre extraordinario, mi amigo, mi amante y compañero. Cuando estés leyendo estás líneas yo ya no estaré junto a ti. Que sepas que me habré ido sin querer, pensando en ti, siendo tuya hasta el final. No olvides nunca que nuestro amor siempre fue más grande que todo. Se convertirá en cenizas mi cuerpo, pero mi corazón y mi alma siempre te acompañarán. Ambos son tuyos desde el día en que decidí pronunciar esa afirmación. El único si del que jamás me he arrepentido. Viajaré contigo a cada latido de tu sangre, a cada suspiro de tus labios. Aunque la tristeza te nuble las pupilas, my gloomy boy, tendrás que luchar amor mío. Yo quiero que sigas adelante, que pelees por abrir tu corazón a la vida, por convertir tus sueños en realidad, por sentir, por hacer de cada día vivido algo especial. Vive. Solo así yo seguiré viviendo. Piensa que mientras tú vivas, una parte de mí seguirá siempre perpetua e inmortal entre los rincones del tiempo. Cada noche podrás encontrarme en las estrellas, esas que siempre adorábamos juntos, mi pequeño. Yo te estaré esperando tras ellas para regalarte todas y cada una de mis sonrisas. Vive, mi corazón inmenso. Vive, porque yo siempre estaré contigo. Mi último suspiro será para ti. Mi último latido será en nombre de nuestro amor, un gran y verdadero amor. Recordaré tu mano agarrando mi mano, tus ojos, tus labios, cada centímetro de tu cuerpo. Así no tendré miedo. Contigo a mi lado jamás tuve miedo.


Vive, siente y ama, Allen. No olvides que esa fue tu promesa. Me despido de ti, con lágrimas llenas de amor y admiración resbalando por mi rostro. Sabiendo lo que dejo aquí, y lo que me llevo conmigo en lo más profundo de mí. Sonríe por los dos. Canta por los dos. “My heart is telling you how much I wanted you…” Te amo Allen, con toda mi alma, mi sangre y mi corazón. Y siempre te amaré. Recibe un abrazo infinito de esos que ni la muerte puede silenciar. Tuya eternamente, Dailin. Y al acabar de leer, con lágrimas en los ojos no puedo evitar susurrar: ¡Qué fuerte eras mi amor! Eras tú la que se estaba muriendo, la que se estaba marchitando cada día por esa maldita enfermedad y aun así tus pocas fuerzas las gastabas pensando en mí. Implorándome en cada palabra que viviese y luchase por ser feliz. Eras muy fuerte y me hacías fuerte a mí. Me hacías grande. Me hacías creerme alguien, sentirme alguien. Y ‘Gloomy Sunday’ sigue sonando una y otra vez, porque es la única canción que llevo guardada en el reproductor, y su voz te trae a mí. Y el balanceo del arco del violín sobre las cuerdas pronuncia cada desgarro de mi piel, cada chasquido del cristal de mi corazón, cada goteo de mi sangre congelada, cada oleaje en el mar infinito de mi alma. Y mis lágrimas fluyen infinitas, y las olas siguen balanceándose hasta chocar contra las rocas, y algunos cristales rotos se esfuman y otros regresan, a cada vaivén. Al igual que mis sueños y mis ilusiones, que en parte se fueron contigo viajeras hacia la eternidad, y en parte siguen aquí, en algún rincón oscuro de mi corazón, dispuestas a viajar con mi sangre cuando el frío de la melancolía se haya desvanecido. Este mundo es tan vacío sin ti amor mío, mi Dailin. Que no puedo hacer otra cosa que pensar en ti a cada milésima de segundo para sentirme más completo.


Te amo con todas mis fuerzas, te extraño tanto... Y cada noche miro al cielo en busca de estrellas, con la esperanza de encontrar tus sonrisas en ellas, para poder sonreír yo. Sé que algún día las heridas cerrarán, y mis ánimos cambiarán. Mis pupilas podrán mirar sin la niebla ocultando su mirada. Mi corazón latirá encadenado a las sonrisas y mi sangre fluirá liquida y revuelta. El tiempo acaba curándolo todo. Nadie mejor que yo sabe eso. Mirando al mar he canturreado: ‘My heart is telling you how much I wanted you…’ por ti, por mí, por los dos… Y seguiré viviendo. Intentaré pelear por mis sueños y ser feliz, para que sigas viviendo perpetua e inmortal junto a mí. Porque como decía nuestro E. A. Poe: “Ni los ángeles del cielo, allá arriba, ni los demonios en las profundidades del mar, podrán jamás desgajar mi alma, del alma de la hermosa Annabel Lee.” Tú siempre estarás junto a mi Dailin, en éste nuestro reino junto al mar. Y cada día es un día triste sin ti, cada domingo es un domingo sombrío. Y solo en nuestra tristeza, en nuestra canción suicida, encuentro consuelo. Gloomy Sunday. *Ubicado en La Playa de los Cristales, en el municipio de Laxe. Galicia. Banda sonora: Gloomy Sunday, versionada por Emilie Autumn. Gracias a Francesc Miralles por descubrirme la canción original.


SKELETONS IN MY CLOSET

S

keletons in my closet.

Soledad. Miedo. Desamparo. Voces. Susurro de voces. Blake lleva dos horas intentando silenciarlas. Cobijándose debajo de la almohada, tapándose sus oídos, tarareando sus canciones preferidas, intentando pensar en otra cosa. Pero las voces siguen ahí. Intactas. Dentro de su armario. Viejos fantasmas arañan el silencio con sus garras enfurecidas. El crujir de la madera tintinea. La ansiedad se hace a cada latido más grande. Los anhelos se desintegran, los sueños se desvanecen. Y los fantasmas ya se han ganado nuevas almas con las que alimentar su ego. Se levanta con prisas y se prepara una ducha. Quizá las gotas de agua caliente consigan calmarla. Suele funcionar. Apresurada se quita la ropa mientras se divisa en el espejo. Quizá entre tanta mirada logre encontrarse. Restos del maquillaje de la noche anterior aún tintan su piel blanca. Su largo cabello rubio, electrificado y enmarañado por todas las vueltas que ha dado mientras dormía, cae sobre sus hombros en pequeños bucles. Sus labios carnosos aún contienen rastro de un pintalabios negro. Negro. Al igual que su sombra de ojos y su eyeliner, que difuminado ha disfrazado su mirada para ocultar el tono violáceo de la piel bajo sus párpados. Negro al igual que su esmalte de uñas, al igual que su ropa, al igual que su alma. Todo negro. Oscuridad. Solo en la oscuridad se siente bien. Deja caer su pijama de esqueleto al suelo, se quita su ropa interior y se mete en la ducha. Indefensa. Sin barreras que oculten su piel, a corazón descubierto. Y el agua caliente la relaja. Mientras el gel con olor a fresa le acaricia la piel, mientras el champú mentolado oxigena sus cabellos, se da cuenta de que las voces han cesado. Es como si no soportasen el agua.


Solo hay dos cosas que las mantienen en silencio y a raya: el agua y la oscuridad. Blake no sabe el motivo. Divaga. A veces piensa que como en la oscuridad es donde ella se encuentra y no se siente perdida, por eso las voces callan. Sin embargo hay momentos en los que ni la oscuridad la protege. A veces piensa que bajo la influencia del agua no pueden tocarle porque el agua purifica, el agua sana. Desdibuja los rastros y limpia las heridas. Y ahí no va tan desencaminada. Lo que no sabe es que esos esqueletos no soportan la luz. Necesitan muerte, sombras, desesperación. Lo que ella no sabe es que el agua es transparente y les refleja al visionarse lo que verdaderamente son. Espectros. Pero una vez que se sale del refugio…Dentro de su corazón voces desenfrenadas siguen repiqueteando a cada latido. Blake se mira en el espejo, pero no se encuentra. Se toca pero no se siente. Y eso es lo que ellos quieren. Descoloca sus cabellos rubios con las yemas de sus dedos, y las gotas de agua tropiezan en el cristal, suicidándose lentas hasta caer en el lavabo. Acaricia su rostro y su cuerpo delgado, mientras reparte la crema hidratante con olor a coco, deteniéndose a contemplar, pero nada sucede. Se viste a toda prisa. Se pone su conjunto de Victoria Secret ‘s de encaje rojo, su camiseta de Murderdolls, sus calcetines negros. Introduce sus piernas en los vaqueros ajustados y rotos, y se calza sus botas New Rock. Se maquilla, oculta su mirada tras la estela lóbrega de un eyeliner tembloroso, y sus labios tras pinceladas umbrías del mismo pintalabios de siempre. Se mira en el espejo y sonríe. Las voces solo han perdurado desde que ha cerrado el grifo hasta que se ha acicalado. Y animada adecenta su habitación y sale de casa. Se sumerge en su música preferida gracias a los auriculares de su mp4. El mundo queda lejos. La realidad queda lejos. Al igual que los miedos, al igual que las voces, al igual que los fantasmas.


Y Wednesday 13 susurra con su voz estridente: “They come and talk to me, When I am all alone, They always remind me of, All the things that I’ve done wrong. It’s scary, disturbing, but somehow I’m not sorry, They only thing that’s even real, Is the feeling that I don’t feel.” Y ella intenta no perderse en su caminar, no tropezar una vez más. Cuando escucha a Wednesday 13 cantar sobre sus esqueletos, ella se siente acompañada. Ella también tiene secretos. También tiene fantasmas en su armario. También tiene muertos que la impiden avanzar, esqueletos cuyas voces le incitan a cometer locuras. Pero intenta enfrentarlos aunque no siempre lo consiga. Aparenta caminar lenta, sin prisas, sin lastres, sin miedos. Sin embargo la realidad es muy distinta. Ahora tiene su oscuridad. Su bálsamo, su refugio. ¿Qué sería de ella sin su disfraz oscuro, sin su coraza negra? No sería más que una adolescente indefensa, débil, miedosa. Un corazón tembloroso. Un alma gris, sin brillo, sin luz. Pero ahora sus ojos brillan. Ahora las voces no le atosigan, pero acechan justo detrás de su sombra, esperando su momento. Es ese halo blanco presente en su mirada lo que ellos temen, ellos necesitan muerte… Pero ahora sus ojos brillan… --Aunque no siempre sus pupilas centellean. Han pasado las horas, ha vuelto a casa y está tumbada en su cama. Pensando en sus esqueletos, con una libreta de hojas a cuadros entre las manos. Dubitativa. Algo en su interior lleva horas susurrando palabras dentro de su atormentada cabeza. Palabras que ha comenzado a dibujar con una pluma estilográfica, tiñendo el papel de letras inconcretas. Letras que cantan:


“SKELETONS IN MY CLOSET Sueños que se desvanecieron como una voluta de humo de un cigarro consumido entre el aire espeso. Amigos de dagas frías y puñales directos, que desangraron mi confianza y se esfumaron entre mis dedos. Dejé de contar. No tengo. Despedidas con sabor a muerte. Imágenes de un pasado que ya no volverá. La princesa del cuento ha perdido su tiara reluciente. ¿Amor? No sé dónde está. ¿Traición? Mi fiel compañera. ¿Amor? ¿Desamor? ¿Muerte? ¿Desolación? Y esta puta soledad que me abraza. Una y otra vez. Tormentas de lluvia intermitente. Torrente de lágrimas viajeras. Viento que sacude, viento que se lleva lo que no regresa. Vacío del alma. ¿Alma? ¡Alma gris, rodeada de tinieblas! Sangre congelada. Frío en las venas. ¡Oscuridad regresa a mí, oscuridad! ¡Oscuridad, solo contigo me siento bien! Pero nadie me escucha, nadie oye. Plegarias malgastadas. Esqueletos. Recuerdos hirientes que paralizan mis latidos. Demonios que chupan mis fuerzas. Esqueletos en mi armario disfrazados de fantasmas del pasado.


Esqueletos que gritan mi nombre entre las telarañas de la memoria. Que ansían lágrimas. Que sueñan con mi sangre. Que sonríen.Una y otra vez. Y el sol no calienta, y la noche pasa deprisa dejándome sola. Toc-toc. Llaman a la puerta. ¡Blake! ¡Blake! Gritan mi nombre. Toc-toc ¿Estás? — ¿Por qué no me dejáis en paz? —les pregunto entre gritos temblorosos. Sin embargo mi voz les alimenta, les da fuerzas, les torna reales. Toc-toc. Soledad. Miedo. Cansancio. Lágrimas. Sangre. Muerte. Esqueletos en mi armario. Y los gusanos, que desprenden sus cuerpos amortajados, escupen bilis sobre mis sonrisas torcidas. No las quieren. Esqueletos en mi armario. Secretos. Sangrientos secretos. Remordimientos. Toc-toc. Gritos dantescos. El reloj con su vaivén aumenta el tiempo y ellos no se van, me gritan, no me dejan. No cesan en acercarse. Me acechan. Me hacen temblar, lloro desesperada mientras ellos se deshacen en carcajadas hambrientas. —¡Nooooo! No puedo más. No puedo. Esqueletos en mi armario danzan su danza macabra entre sonrisas tenebrosas. Y de mis ojos brotan lágrimas. Lágrimas negras empapadas en rímel. Y de mis ojos brotan lágrimas. Lágrimas escarlatas empapadas en sangre derramada. Y ellos sonríen. No puedo. No quiero. Corazón roto. Desfigurado. Sin vida. Y ellos sonríen.


Esqueletos en mi armario. Gritan. Crecen. Susurran. Tararean. Saltan de alegría, desgarran la madera con sus afiladas uñas. Silencio. Soledad. Miedos. Ruido de voces intangibles. Toc-toc. Llaman a la puerta. Desamor. Traición. Sueños desgastados. Puñales. Llaman a la puerta. Entran.” Y termina de escribir. Entre lágrimas. Sin sonrisas. Y ellos triunfantes gozan de placer. Gimen orgasmos delirantes que aniquilan el silencio. Blake llora. Necesita música. Necesita sentir algo. Pero no tiene fuerzas. Cierra la puerta de su habitación. Enciende una vela negra. Coge su afilada cuchilla de afeitar y le da permiso para danzar sobre su piel nívea. Y su brazo izquierdo parece un mástil. Cada huella de heridas viejas un traste diferente. Y la cuchilla fría e impasible danza, como danzan las púas de su guitarra marcando los acordes. Y la sangre brota derramando miedos, y la sangre brota derramando lágrimas. Y los esqueletos sonríen sedientos de más, se alimentan pero no están satisfechos, quieren su muerte. Y ella se tapa los oídos, y grita en silencio, una y otra vez, pero las voces no callan. Tienen fuerzas renovadas. Y entre murmullos decide tararear la canción “Skeletons”. Su canción preferida. Y recuerda la voz de Wednesday y las fuerzas vuelven. La oscuridad la mece, la acuna. Y una mueca torcida con aires de sonrisa resplandece, mientras gotas de su sangre se resbalan en zig-zag. Ella guarda la cuchilla en el fondo del cajón. Coge su guitarra posada en un rincón, en una esquina cualquiera. Abre su funda, y desliza sus dedos sobre el mástil. Y apresa entre sus dedos, la púa negra que lleva su inicial en rojo sangre. Se tumba estirada en la cama y posa la guitarra sobre su cuerpo. Su fría caricia al contacto con su piel, le pone la piel de gallina. Sonríe. Y comienza a marcar los acordes de Skeletons. Y mientras sus dedos se deslizan las notas nacen, mientras sus dedos bailan la oscuridad regresa. Y en cada acor-


de un sentimiento, en cada vaivén melódico gotas de fuerzas, de sangre derramada que no se derrama. Y su voz susurra: “They’re leaving evidence of my darkest secrets…I hear them, they’re calling. The skeletons in my closet.” Y al tocar, ella se siente. Blake se encuentra. Y ella sonríe y su guitarra llora. Y ella sonríe mientras su guitarra derrama lágrimas escarlatas. Tumbada en la cama, entre sonrisas. Tocando una y otra vez “Skeletons” con su ‘BC Rick, JOEY JORDISON, Signature Warlock’. Recuerda a Joey Jordison. Su ídolo. Murderdolls, su logo tatuado. Wednesday 13, su voz. Y sonríe. Y la oscuridad regresa, los sentimientos afloran, las sonrisas resplandecen; y los esqueletos lloran. Los esqueletos lloran lágrimas de sangre, lágrimas negras de rímel reseco. Y los esqueletos pierden fuerzas, y miles de gusanos afloran. Ya no quieren sus huesos yermos de muerte. Les asusta la luz, ansían sombras. Y la oscuridad regresa, los sentimientos afloran, las sonrisas resplandecen, y los esqueletos lloran. Y Blake se siente viva. Y la vida se balancea. Las heridas se secan. Heridas que cicatrizarán bajo el agua caliente de la ducha horas más tarde. Entre cosquilleos y escozor. Como siempre. Y Blake se siente viva. Se ilusiona, y sueña con encontrar el punto de equilibrio entre sentirse muerta y encontrar las fuerzas. Y Blake sonríe. Y los esqueletos lloran. Esqueletos en su armario que moran, esperando a que se le quiebren las fuerzas. Y Blake sonríe. Y los esqueletos lloran. *Relato inspirado en la canción “Skeletons” del grupo de horror punk “Wednesday 13”, después de escucharla en bucle dentro de mi cabeza durante una semana. Canción: http://www.youtube.com/watch?v=S6qOfk-OX8w


PAPILLON

A

hí estaba Sivella.

Tumbada sobre la verde hierba, resguardándose de las nubes negras bajo un árbol milenario. Acurrucada, con la cabeza reposada sobre su chaqueta de cuero. Yo canturreaba pero ella no me oía. Mi trino no era lo suficientemente bello para despertar su alma. O eso creía yo. La tristeza se había apoderado de ella. Había perdido de vista sus sueños. No hacía más que llorar, rompiendo el silencio a cada lágrima. Una tras otra se deslizaban lentas para suicidarse en el precipicio de su boca. Dejando en su camino huellas verticales de rímel verde. Acariciaba la hierba con sus manos. Dibujaba corazones en busca de recuerdos que le ayudasen a levantarse, pero no encontraba ninguno. Yo la miraba, no podía dejar de observarla. Su piel blanca, las mariposas verdes tatuadas que adornaban su hombro derecho y que danzaban aleteándose por su brazo. Su vestido de tirantes de tul vaporoso de color negro, en contraste con sus uñas y labios tintados de verde oscuro. Todo verde.

Verde al igual que la hierba, al igual que sus mariposas. Verde, el color de la esperanza, de las fuerzas que retornan, de los campos que florecen. Verde. Sin embargo Sivella parecía no darse cuenta. Ella, que llevaba nombre de mariposa finesa, parecía una estrella apagada. Se sentía cansada. Cansada de perder, cansada de decir adiós, cansada de sentir el corazón romperse una y otra vez. — ¿Quién inventó el dolor? —susurraron sus labios.


Pero nadie le contestó. Yo seguí canturreando y ella miró al cielo buscándome. Hasta que me encontró. Fue entonces cuando me pude fijar en ella con más claridad. Sus cabellos castaños caían en tirabuzones estilizados sobre sus hombros, su pequeña nariz le regalaba un aspecto infantil. Sus ojos del mismo color que la miel, le dotaban de una tierna dulzura. Sin embargo la sombra de ojos verde oscuro que perfilaba sus párpados emborronaba su mirada de oscuridad. Sus labios carnosos, sus facciones angelicales y delicadas, todo en ella era belleza. Pero una belleza sencilla y humilde. Nada espectacular. Y yo canturreaba, y a cada balanceo de mi voz conseguía penetrar en su alma, conocer más a fondo sus sentimientos. Intenté dar fuerzas a su sangre, seguí cantando, pero ella seguía inmersa en la nada. Perdida entre leves muecas desdibujadas que recordaban antiguas sonrisas, perdida entre la melancolía de los días pasados que ya no regresarían. Y las nubes negras siguieron danzando, acercándose a ella. Y mientras el viento caminaba decidido y a cada paso más violento, sus lágrimas crecían. Y entonces, al mecer mi mirada en las mariposas verdes que llevaba grabadas en su piel, recordé una antigua canción titulada: PAPILLON, de la banda ‘Editors’. Aclaré mi voz, y canté lo más alto y lo mejor que pude: “Make our escape, you’re my own Papillon. The world turns too fast, feel love before it’s gone. My Papillon, feel love when it’s shone. It’s kicks like a sleep twitch!” Lo canté una, dos, tres…cinco veces. A cada una más fuerte que la anterior. Y justo tras la quinta entonación, su corazón despertó. Pude ver en las imágenes de su mente que la canción le había regresado a la memoria un montón de recuerdos. Entre todos ellos, predominaba una tarde de invierno.


Ella estaba acurrucada entre el pecho de su padre cuando era pequeña. Entre sonrisas, él acariciaba su pelo enmarañado mientras la acunaba para que se quedase dormida. Y sus labios, escondidos tras una espesa barba negra cantaban justo las estrofas que yo había entonado. Y entonces sintió desvelarse a su corazón. Entonces se dio cuenta de que debía de seguir peleando por sus sueños, que debía seguir derramando palabras en un papel aunque a veces se equivocara. Debía darse cuenta de que el amor verdadero era más fuerte que todo. Más fuerte incluso que la muerte. Eterno, infinito… Ella siguió recordando. Regresando al pasado mientras sus dedos seguían acariciando la fina hierba, pincelando corazones. Y el brillo de sus ojos dejó de estar apagado para encenderse. Y su sonrisa apareció tímida tras sus labios. Y su sangre hirvió alocada. Sivella sonrío, yo sonreí y dancé. Y cambié de rama, y salté una y otra vez. Contento de haber ayudado a un alma pura y triste a resurgir. Y ella tocó su corazón. Se irguió sentándose y echó un vistazo a su brazo. Siguió la silueta de sus mariposas con las yemas de los dedos de su mano izquierda. Y sonrió mirando al cielo en el mismo momento en el que las nubes azabaches comenzaron a llorar lágrimas negras. Y se descalzó antes de levantarse. Posó sus pies sobre la fría hierba mojada. Y saltó. Saltó de alegría, sintiéndose en libertad. En una mano, sus zapatos de tacón de doce centímetros marca New Rock. En la otra, su cazadora de cuero. Y justo en el centro su corazón, sin cadenas. Y los brazos abiertos en cruz recibiendo las lágrimas del cielo. Sus pies, hundidos entre la hierba y la tierra, hundidos entre el barro. Chapoteando, saltando, girando. En sus ojos un brillo incandescente, y en su rostro mil sonrisas resplandecientes. Y sus labios… Sus labios no dejaban de susurrar: “Make our escape, you’re my own Papillon. The world turns too fast, feel love before it’s gone. My Papillon, feel love when it’s shone. It’s kicks like a sleep twitch!”, una y otra vez. Recordando la voz de su padre, recordando que para él siempre fue su mariposa, y como tal tendría que renacer de sus cenizas una y otra vez, ser valiente…


¡Se lo debía! Era lo que él le había enseñado. — ¡Debo ser un corazón rebelde! —gritó su voz aterciopelada atronando el silencio. Entre giros y giros siguió revoloteando, al igual que las mariposas tatuadas en su piel. Y entre giros y giros siguió saltando, cantando, gritando…hasta que mareada cayó al suelo de rodillas. Y entre sonrisas miró al cielo, mientras las gotas de agua empapaban sus ojos, encharcando su rímel verde, desdibujando su eye-liner negro. Y sus labios disfrazados de color verde oscuro seguían sonriendo, con su carmín intacto. Y yo sonreía, cantando a su alrededor entre aleteos. Incluso me sentí mariposa por un momento. — ¡Un pájaro mariposa! —me murmuré a mí mismo divertido. Sivella se alzó de nuevo. Y volvió a girar sobre su silueta como una niña pequeña, una y otra vez. Y volvió a llorar. Sus pestañas temblaron bajo la lluvia de sus lágrimas, pero esta vez no fueron lágrimas amargas, sino lágrimas de felicidad. Felicidad por haberse encontrado de nuevo. Por haber encontrado la luz, un recuerdo entre los susurros del viento, entre los trinos de los pájaros. Una vez más la naturaleza le había salvado. La música le había salvado. Y sintió el brillo de la estrella que llevaba dentro. Sintió su sangre caminar ferviente. Sintió los latidos de su corazón apresurados. Sintió. Sintió y la tristeza se esfumó. Y la lluvia del cielo se llevó la melancolía con ella, sepultándola en la tierra. Y la lluvia cesó. Y el sol embrujado volvió a salir de nuevo. Y la estrella de sus ojos resplandeció con más intensidad. Sivella sonrió y sus ángeles también sonrieron. Y su corazón no dejó de revolotear contento, suspiro a suspiro, de camino a casa. Papillon. Los aleteos de sus mariposas una vez más le habían guiado por el camino correcto. Y para sí misma se dijo:


—Menos mal que os tengo a vosotras para ayudarme a remontar el vuelo. +Video con la canción, imprescindible poner mientras Sivella gira en la hierba, y baila. http://www.youtube.com/watch?v=AQNNxvHgB_g *Sivella: nombre que significa mariposa en finlandés según Google. *Relato inspirado en la canción Papillon de la banda “Editors”. Descubierta gracias a Mara Oliver. *”Soy del color de tu porvenir, me dijo el hombre del traje gris” así empieza la canción “Nacidos para perder” de Sabina y es muy cierto, el gris nos trae luz y oscuridad. Espero que pronto vuelvas a sentir calor, porque tú siempre brillas, solo que ahora, como las mariposas, no eres capaz de ver lo lindas que son tus alas. Un abrazo, mi niña. (Comentario de Mara Oliver en mi blog, justo cuando estaba naciendo la idea).


I CAN’T TAKE MY EYES OFF YOU…

J

oel llevaba horas dando vueltas por un parque desconocido. Cámara en mano intentaba encontrar una chispa que lo hiciese presionar el botón. Nubes que se daban la mano para crear siluetas irreconocibles. Hojas marrones que intentaban no ahogarse en el estanque. Patos perezosos que navegaban dejándose llevar por la corriente. Árboles milenarios con iniciales grabadas en su corteza…eso era todo. Él intentaba sentir. Intentaba encontrar algo más mágico, pero no lo lograba. Su sangre caminaba espesa, y su corazón adormilado no hallaba la inspiración suficiente para crear una instantánea perfecta. Necesitaba nuevas imágenes que mostrar en su web para que las agencias siguiesen interesadas en él. La fecha límite que se había autoimpuesto se acercaba y no tenía nada espectacular. Necesitaba despertar y encontrar algo único. Caminaba entre pasos lentos, derrotado y sin fuerzas, cuando al final su corazón se desperezó. En el momento más inesperado. Gracias a una desconocida. Desde el mismo instante en el que la vio en aquel parque, su rostro resplandeció entre la más grande de todas las sonrisas. Ella, estaba apoyada sobre la barandilla de hierro forjado de un puente cualquiera. Lanzándole a los patos migas de pan. Con la mirada perdida entre sus recuerdos, con una sonrisa resplandeciente en sus labios. Él, paseaba cerca de la orilla del estanque cuando la vislumbró. Y no pudo evitar que un montón de mariposas se apretujasen en su estómago y empezasen a bailar alocadas. Ella era toda luz. Era magia en estado puro, era belleza, gracia, sencillez…Era la luz que él necesitaba para despertar de su letargo. Enseguida sintió la necesidad de fotografiarla, de capturar aquel momento para no olvidarlo jamás. Y eso hizo. Se escondió tras un árbol para que ella no pudiese verlo. Y como un espía del gobierno o un detective privado en busca de pruebas, amplió la imagen con el zoom de su Nikon y pulsó haciendo ‘clic’ varias veces.


Desde diferentes ángulos. De lejos, de más cerca, mostrando únicamente su mirada, de cuerpo entero, capturando su rostro iluminado por la luz del sol. A color, en blanco y negro, con tono dramático. Sin embargo una voz femenina estalló muy cerca dando por finalizado el momento mágico. — ¡Adrielle! —gritó esa voz. Y la chica a la que él estaba fotografiando, se dio la vuelta y saludó. A los pocos segundos la chica dueña de la voz la abrazaba con fuerza, y juntas se marchaban por la dirección contraria. No pudo ver sus ojos de nuevo. Y no quiso fotografiarla de espaldas, alejándose de él. La había sentido tan cerca al retratarla que sintió como su corazón se encogía al verla marchar. Desde ese momento de la despedida, Joel sintió que jamás podría olvidarse de ella. — Adrielle, Adrielle, Adrielle, —no dejaban de susurrar sus labios de regreso a casa. Y los días de Joel siguieron acumulando números en el calendario. Su corazón llevaba varios días desconectado del mundo. En su pensamiento una imagen aparecía una y otra vez. La chica del parque. Su estrella de luz. No podía dejar de pensar en ella. No hacía más que observar las fotografías en la pantalla de su cámara. Al llegar a casa aquella tarde un cosquilleo dentro de la sangre le dijo lo que tenía que hacer. Apresurado encendió su ordenador portátil. Abrió la rendija de su cámara que contenía la tarjeta de memoria, y la introdujo para hacer una copia de las instantáneas. Las pasó acelerado una tras de otra. Ansioso por llegar a las de la chica. Y tras un pato que se picoteaba el ala derecha, ahí estaba ella. Radiante. Con su camiseta rosa de manga corta, adornada con una silueta de Peter Pan. Con sus pantalones vaqueros ajustados y rotos por la rodilla y sus Converse negras.


Con su pelo largo y rojizo acicalado por un flequillo recto. Sus ojos azules, su piel blanca engalanada por unas pecas anaranjadas que se arremolinaban cerca de su pequeña nariz. Sus pestañas espesas al igual que sus cejas. Sus labios finos que enunciaban sonrisas enérgicas… Sus sonrisas lo llenaban todo de luz. Incluso el sol que le vigilaba desde lo alto, tras su espalda, no brillaba tanto como ella. — No puedo apartar mis ojos de ti —se dijo para sí mismo abatido. Una a una miró todas las instantáneas. Abrió su página web y cargó en ella las nubes. Después hizo lo mismo con los patos, las hojas y los árboles. Indicando el lugar, el día y la fecha. Sin embargo no pudo subir las fotos de Adrielle. Algo en su interior le impidió hacerlo. Las más mágicas de todas, decidió guardárselas para él. Pasaron los días y decidió imprimirlas todas en papel especial para fotografías. Y las guardó en un sobre marrón tamaño Din-A4 junto con su tarjeta comercial: “Joel O’Connell, fotógrafo profesional ”. Sobre que posó en la mesa del salón y que cada cierto tiempo no podía evitar abrir para volver a revisar las fotografías. — Tengo que pedirla permiso para subirlas a la web. Tengo que regresar a ese parque con la esperanza de encontrarla —se decía entre murmullos mientras admiraba detenidamente cada imagen. — ¿Me denunciará por invadir su privacidad? ¿Tendrá pareja y al enterarse me dará una soberana paliza? —pensó. — Quizá crea que soy un acosador, un psicópata sin escrúpulos, un fisgón de vidas ajenas… —cuchicheó. Y sus ojos siguieron danzando entre las fotografías mientras sus labios no paraban de hacerse preguntas. A cada interrogante su corazón se sentía más devastado, su sangre más espesa y temerosa… No la conocía y sin embargo no era capaz de olvidarla ni un solo instante. Intentando desconectar, se sirvió en un vaso con hielo una copa de Black Eris-


toff. Encendió el reproductor y se sentó en el sofá de cuero color rojo brillante. Dispuesto a relajarse, a saborear aquellas gotas de bebida espirituosa negra con sabor a frambuesa. Pero en el reproductor comenzó a danzar una melodía antigua, una de sus favoritas. Y las palabras cantadas resonaron en su cabeza devolviéndole a pensamientos anteriores. “And so it is, the shorter story, no love no glory, no hero in her sky”, “I can’t take my eyes off you”. — No love, no glory, no hero… —susurró Joel con la mirada perdida en la televisión de plasma apagada. — No puedo apartar mis ojos de ti —gritó con voz baja cerrando sus párpados y apretándolos fuerte. Y volvió al parque, volvió a aquella tarde, y sonrío al recordar sus sonrisas… “I can’t take my mind off you…“‘Til I find somebody new” —cantó junto a Damien Rice, sabiendo que “alguien nuevo” no lograría ayudarlo a olvidar. — Adrielle, Adrielle, Adrielle… —susurró antes de sentir de nuevo cierto cosquilleo en sus venas. Cosquilleo eléctrico que le hizo vestirse a toda prisa y salir por la puerta con el sobre en la mano. Regresó al parque. Se sentó en un banco cercano al estanque y esperó. Esperó observando a los patos nadar dejándose llevar por la corriente. Esperó acariciando inquieto el sobre marrón etiquetado con el nombre: “Adrielle” en su exterior. Esperó cantando: “I can’t take my mind off you…” Esperó que su estrella de luz apareciese en algún momento… *Relato inspirado en la canción “The Blower’s Daugther”, de Damien Rice. Banda sonora de la película “Closer”. http://www.youtube.com/watch?v=5YXVMCHG-Nk


GOTAS DE LLUVIA

L

a miré. No pude dejar de mirarla una y otra vez. Me enamoré de ella. Y por eso la escogí.

Derramé mis lágrimas en ella. Lágrimas negras y amargas. Sobre su paraguas, su abrigo negro y su media melena del mismo color que la sangre. Y mis lágrimas penetraron en su pelo, en su ropa, en su piel. Y mis lágrimas se escondieron en sus venas, ocultándose. Agazapadas, actuando como espías para mí. Pero ella jamás las sintió, no percibió su presencia. Por eso la escogí. Por eso me enamoré. Por eso derramé todas y cada una de mis lágrimas en ella. Caminaba con lentitud. Bajo un paraguas de plástico transparente adornado con estrellas rojas. Rojas al igual que su pelo. Al igual que la rosa que llevaba tatuada cerca del corazón. Sus pies danzarines pronunciaban pasos firmes bajo unos zapatos de ante negro y tachuelas metálicas. Catorce centímetros la separaban del pavimento, haciéndola volar. Al llegar al restaurante donde había quedado con su chico, abrió la puerta con un ademán enérgico. Sostuvo con su pie la puerta de cristal dejándola entreabierta. Agitó y cerró su paraguas antes de introducirlo dentro de uno de los dos paragüeros que había en la entrada. Mientras se quitaba el abrigo de terciopelo negro, la dueña del restaurante “Old Inn” se acercó a ella. Era una vieja amiga de la familia. Ambas se perdieron en un caluroso abrazo antes de que la mujer recogiera su abrigo para acomodarlo en el guarda ropa. — Ryan no ha llegado todavía. ¿Quieres esperarle en vuestra mesa? —le preguntó cariñosa la mujer mientras colgaba de la percha la prenda.


— ¡Si, muchas gracias Ana! Habrá salido más tarde del trabajo —contestó Eileen con una amplia sonrisa. Eileen. Así se llamaba. Lo supe cuando Ana se acercó a ella por primera vez para darle dos sonoros besos. Su nombre significa luz. La verdad es que sus padres acertaron con su nombre, porque tanto el fuego que desprendía su color de pelo como la luz que transmitían sus sonrisas, eran de lo más radiantes. Caminó hasta su mesa, se sentó en la silla y suspiró. Se sirvió un vaso de agua, y mientras esperaba a Ryan se perdió en sus pensamientos, admirando la ciudad a través de la gran cristalera transparente que tenía justo al lado. Miró el reloj. Eran las 20: 45 horas del día de San Valentín del año 2013. Habían quedado a esa hora, pero Ryan se retrasaba. Y ella no podía evitar ponerse nerviosa. Pensaba en el tráfico de aquellas horas. Demasiadas personas volviendo a sus hogares tras la jornada laboral. Las prisas, los acelerones, la lluvia… Sin embargo prefirió no apagar su luz y pensar en otra cosa. En la ciudad imperaba el frío polar, y las gotas de lluvia golpeaban el cristal con su impaciencia, queriendo entrar. Gotas de mí querían absorberla, pero ella no se lo permitió. No cedió ni un momento. Y mis pequeñas gotas permanecieron escondidas entre sus venas. Limitándose a sentir lo que sucedía en su interior. Suspiró, se alisó su vestido negro con escote en “v” y se atusó su melena rojiza. Volvió a mirar por el cristal ansiosa, buscándolo. Y en ello estaba cuando escuchó la melodía de su móvil que indicaba la llegada de un mensaje de texto. Abrió su pequeño bolso de leopardo rojo rápidamente, y leyó las palabras escritas entre susurros:


<<Estoy aparcando preciosa. En diez minutos estoy en el restaurante. Siempre tuyo, Ryan.>> Una gran sonrisa iluminó su rostro. La paz total se volvió a instaurar dentro de ella. Siguió admirando la lluvia mientras la luz de sus ojos se avivaba al paso de los recuerdos. Recordó el día en el que se conocieron. Fue en ese mismo restaurante, pero en unas circunstancias muy distintas a las presentes. Él estaba cenando con la que ahora era su ex-novia, y ella llegaba para cenar con sus amigas. Él se dirigía al baño y ella entraba despistada charlando con su amiga Maite entre confidencias. Se chocaron. Ambos se disculparon y siguieron su camino. Pero nada volvió a ser igual. Desde aquel mismo momento no pudieron perderse de vista. Él regresó a la mesa con su pareja. Ella siguió cenando tranquilamente entre carcajadas con sus amigas, disfrutando de otro San Valentín soltera. Siempre esperando al amor que nunca aparecía… Sin embargo el amor estaba demasiado cerca. Pasaron los minutos, y ambos sintieron como un leve cosquilleo se iba adueñando de sus estómagos por momentos. Cosquilleo que a ratos les hacía buscarse con la mirada, divertidos. Estaban uno frente al otro. En mesas separadas, pero más cerca de lo que muchos se imaginaban entonces. Mientras Eileen cenaba, él acariciaba la mano de su chica, y la observaba fijamente. Aunque en realidad a la que observaba era a Eileen. Su chica se hubiera dado cuenta de esas miradas furtivas si hubiese estado más centrada en él, y menos en el anillo de diamantes que había elegido semanas antes como regalo. Fue al girar su silla hacia un lado para dejar de tropezar con su mirada, cuando Eileen se dio realmente cuenta de que a la que observaba era a ella. Ya que Ryan hizo el mismo gesto. Se revolvió incómodo en su silla y la movió un poco hacia un


lado, para no perder el contacto visual con aquella chica de pelo rojo. Rojo como la sangre que ardía dentro de sus venas. Rojo como la sangre que había decidido bombear sus corazones con locas ansias. Ella no entendía por qué lo hacía. Tenía a su chica delante y sin embargo no hacía más que buscarla a ella con la mirada. Y Eileen se sentía incómoda. Como si estuviera cometiendo un crimen. Sin haber pronunciado si quiera un solo paso. No sabían lo que les ocurría, pero era algo muy por encima de ellos se había pronunciado. Era como si Cúpido hubiera decidido jugar, y se hubiese equivocado al lanzar las flechas. Solo eran dos desconocidos. Pero desde el primer momento en el que se miraron al tropezar, algo en su interior creció. Y no paró de crecer. Fue aumentando a cada suspiro, a cada latido de sus corazones. El amor es caprichoso. Sin embargo la cena terminó, y ambos siguieron dos caminos diferentes. Caminos diferentes hasta que unas semanas más tarde se volvieron a encontrar. Ella salía de su librería preferida despidiéndose del librero cuando él entraba. Tropezaron. Sus miradas se encontraron de nuevo y sus corazones se pararon durante un segundo para después comenzar a latir desenfrenados. En un acto reflejo, él la agarró por las manos para que no cayese, y ella no pudo evitar fijarse en que ya no llevaba alianza. Azorada levantó la vista hasta sus ojos grises y sonrió. Cinco minutos más tarde estaban tomando una cerveza juntos. Diez minutos más tarde sus labios se juntaron por primera vez en un tierno beso, dando paso a sus lenguas desenfrenadas que se morían en ansias de descubrirse. Dos horas más tarde… Dos horas más tarde sus manos ávidas de vivencias tropezaban en busca de prendas que arrancar. Y los segundos tintinaron en el reloj marcando el ritmo de un montón de sonrisas tímidas, que fueron desapareciendo a medida que el roce de sus cuerpos les transportó a un universo mágico de caricias y gotas de sudor.


Desde entonces no se han separado. Eileen sonrió divertida con el último de sus pensamientos, cuando un repiqueteo en el cristal la despertó de su ensueño. Era Ryan sonriendo bajo la lluvia. Estaba espectacular dentro de aquel esmoquin negro con pajarita. Su amplia y blanca sonrisa relucía a juego con el blanco brillante de su camisa. Estaba guapísimo. Entró apresurado. Saludó a Ana con un gran abrazo y unas palabras al oído, le extendió su abrigó, y aceleró sus pasos para abrazar a su chica. Entre una monumental sonrisa capaz de embriagar al corazón más congelado, rodeó a Eileen entre sus musculados brazos antes de darle un beso apasionado. — Feliz San Valentín mi amor —pronunció cerca de sus labios. — Feliz San Valentín precioso —susurró ella junto a su oreja izquierda. Y desanudándose del abrazo lo miró. Y divertida le colocó un mechón moreno rebelde que había decidido liberarse de la gomina y caminar a sus anchas sobre su frente. Y se sentaron, se acomodaron y abrieron la carta para elegir sus platos. Mientras en el hilo musical del restaurante sonaba una pieza delicada. Ambos la conocían muy bien. Era su canción. Y Ana lo sabía, por lo que no dudó ni un instante en complacer a Ryan en su petición. Era la misma canción que sonaba en el reproductor, dos años antes. Cuando se chocaron por primera vez. La voz suave de Regina Specktor pronunciaba ahora: “In a town that’s cold and gray, we will have a sunny day.” Y ellos la canturrearon al tiempo mientras sus miradas se deshacían en luz fulgurante, y sus sonrisas resplandecían brillantes. Tan brillantes como las estrellas. Aquella canción hablaba de ellos. Aunque tardaron bastante en descubrirlo.


Sin embargo yo lo supe mucho antes. Nada más ver las imágenes que se agolpaban en la mente de Eileen mientras le esperaba. Cuando quise absorberla y ella no me dejó, cuando mis gotas de lluvia sintieron con ella pero no mermaron su fuerza. Lo supe cuando Ryan apareció. Cuando se abrazaron y sus corazones hablaron sin hablar. Lo supe cuando se miraron y con sus miradas traspasaron sus almas fundiéndose en un solo ser. Me reafirmé cuando cantaron. Y es que no pude robarles su alegría. No pude teñirles con mi tristeza. Ellos eran uno solo, dos mitades que se complementaban a la perfección. Ella era la luz del sol, y él era el agua de la lluvia. Ella era el sol tras la tormenta. Y él las gotas de agua que acarician pero no empapan, que brillan con la luz y alivian el alma cuando los rayos del sol escuecen demasiado. Eileen. Luz. Ryan. Agua. *Relato inspirado en la canción “Raindrops” de Regina Spektor. http://www.youtube.com/watch?v=oG7xdWJ7Y08 *Nombre del restaurante “Old Inn”, tomado de un restaurante muy familiar y acogedor en la aldea de Gairloch, Escocia. *Tanto Eileen como Ryan, son nombres de origen gaélico.


LUNA DE NIEVE

C

uenta la leyenda que cada noche de invierno, durante muchos años, un hombre de corazón frío caminaba adormecido por el arrullar de la luna.

En mitad de la oscuridad ella cantaba canciones de amor, y él despertaba de sus sueños, embriagado por su aroma. Sediento de emociones y de sangre nueva, ansioso de calor. Sediento de vida. Su alma solitaria ansiaba compañía y la luna lo sabía. Su belleza lo convertía en un lobo feroz con piel de cordero, esperando el momento adecuado para atrapar a su víctima. Incluso la luna lo admiraba cada noche totalmente embelesada. Los latidos de su corazón derramaban un magnetismo poderoso. Su tic-tac provocaba que las mujeres que caminaban cerca de su cabaña de piedra acabaran por encontrarse con él. Hipnotizadas además por el susurrar hechicero de la luna, las indefensas criaturas femeninas caminaban en la noche en busca de la cabaña escondida. Caminaban sin poder remediarlo con ansias de amor dentro de su corazón. Cada noche un corazón vivo se convertía en un corazón muerto. Bajo la luz de la luna y al amparo de la nieve, sus víctimas caían rendidas en sus brazos extasiadas por su belleza y la inocencia de su rostro. Belleza que la sangre de sus víctimas ayudaba a mantener intacta. Inocencia que el halo blanco del astro lunar le regalaba, al reflejarse sobre su piel. La luna lo amaba. Por eso cada noche de invierno le agasajaba con muchachas esbeltas y bellas que lo hicieran gozar de placer, y lo alimentaran de inmortalidad. Que lo colmaran de compañía, y deshicieran la fría soledad que le abrazaba en aquel remoto lugar apartado de la civilización. La luna lo amaba. Por eso la noche en la que su corazón se apagó, lloró lágrimas de sangre. Derramó lágrimas turbias sobre la nieve blanca. Por eso desde aquel día ya nunca volvió a brillar de la misma manera.


Su cálida luz se convirtió en un halo de luminosidad azul y caricias congeladas. Durante muchos años, cada noche de invierno, el hermoso hombre de corazón frío gozaba de la compañía femenina que la luna le proporcionaba. Se despertaba de sus sueños y salía a pasear por los alrededores del bosque que lo ocultaba, en busca de amor. Y la luna lo iluminaba, y su rostro de piel blanca resplandecía con una magia poderosa. Y su melena lisa de color castaño ondeaba entre los silbidos del viento dotándolo de majestuosidad. Mientras con su mirada penetrante y desafiante de ojos marrones buscaba entre los árboles yermos, una sombra. Una silueta, un alma de corazón vivo y apasionado, un cuerpo de sangre caliente que le devolviera las ganas de sentir. Y cuando al fin encontraba a una mujer, se acercaba con sigilo entre miradas ardientes luciendo su rostro inocente. Y extendía su mano con la galantería de un caballero que se sabe vencedor. Entre promesas de ayuda y refugio para escapar del frío de la noche. Su cuerpo esbelto de músculos marcados, bajo sus ropajes oscuros victorianos, lo convertían en una ensoñación del pasado. Y la muchacha cegada por los murmullos de la luna, seguía sus pasos hacia la cabaña. Caminando a su lado, apoyada en su brazo, sintiéndose protegida y salvada. Ferviente de deseo, entre risitas ahogadas y miradas resplandecientes. Mientras los copos de nieve cristalizados seguían derramándose desde las nubes congelando la piel, los cabellos y las ropas. Mientras los pasos pronunciados iban dejando con su caminar, huellas blanquecinas y crujientes que con el crepitar de los segundos se desvanecerían para no dejar rastro. Con la noche: calor, sexo, placer y caricias apasionadas. Al amanecer: gotas color carmesí derramadas. Un cuerpo femenino inerte sobre la nieve. Sin corazón, sin sangre, sin vida. Nadie parecía sospechar. Numerosos animales hambrientos merodeaban los bosques, por lo que las gentes de los alrededores no sospecharon nunca nada. Simplemente se lamentaban por las jóvenes muchachas que entre la oscuridad habían perdido su vida congeladas y devoradas por las fieras. Sin embargo existía alguien que si conocía la verdad. Y ni siquiera la luna se percató de la existencia de un corazón incapaz de ser cegado. Tan prendada estaba por el joven de cabello castaño, que no presintió el peligro de su amado.


Fue en una de esas noches de invierno. La más fría de todas del año 2013 cuando todo sucedió. Como cada noche, el joven apuesto salió de su cabaña, danzando entre la nieve con pasos ligeros, en busca de un nuevo amor. Ella caminaba con pasos decididos y haciéndose la despistada, por los alrededores del bosque. En el fondo de su alma presentía su cercanía. Y ansiaba su presencia más que ninguna de las muchachas. Cuando él la divisó a lo lejos, no pudo evitar sonreír triunfante. Su belleza le maravilló. — Jamás la luna me había conseguido un ángel —se dijo para sí mismo extasiado. Y caminando entre pensamientos, totalmente maravillado, actuó como cada noche. Dulcificó su mirada, se acercó a su víctima poco a poco, divisando su caminar entre la arboleda. Ella ralentizó sus pasos y los disfrazó de cansancio. Y como embrujada por la luna se dejó caer de rodillas, derrotada, sobre la corteza de un árbol donde se apoyó para descansar. Envolvió su mirada de tristeza y angustia, y sus labios se escondieron tras una mueca de terror. Unos pequeños tirabuzones negros se escapaban de la capucha roja de su capa. Así perdida entre la nieve, bien parecía una Caperucita Roja indefensa acechada por la cercana presencia del lobo feroz. Y el caballero de tez blanca llegó a ella. La saludó con una sonrisa, la embriagó con sus promesas dulces de salvación. Ella sonrió y el la cogió en brazos. Ella apoyó su cabeza sobre su hombro y lo miró dulcemente antes de cerrar los ojos. Deambularon en la oscuridad durante muchos minutos, en silencio. Mientras la nieve los envolvía. Mientras la luna los admiraba. Cuando llegaron a su cabaña, ella despertó. Pudo divisar la pequeña casa de piedra y cristales rotos que había soñado. Al cruzar el umbral de la puerta, la sentó sobre un viejo sofá cercano a la hoguera, para que dejase de tiritar. Le ofreció comida y una copa de vino. Ella aceptó dócilmente, mientras lo miraba con sus pupilas centelleantes repletas de amor. Él jamás sospechó sobre su futuro. Cegado por su belleza angelical no se dio cuenta de que no era una chica cualquiera.


Se arrodilló frente a ella, retiró el plato vacío y la copa de cristal. Asió sus manos entre las suyas y las besó. Ella contestó con una sonrisa radiante antes de acariciar su inmaculado rostro con ternura. Él intuyó una señal en aquella caricia, y como cada noche, condujo a su víctima hacia su amplia alcoba. En ella, una cama de madera adornada con sábanas de seda color violeta, una pequeña chimenea encendida y un armario con ropajes antiguos. De él sacó un vestido encorsetado de color rojo, y lo dejó sobre un diván que estaba cerca de la ventana. — Será para vestirme a la mañana siguiente. Después de asesinarme, arrancarme el corazón y beber mi sangre. Me vestirá y dejará mi cuerpo inerte bien vestido sobre la nieve —se dijo para sí misma entre pensamientos, sin dejar de sonreír. Se acercó a ella, la acarició su rostro, sus brazos, su cuello, mirándola intensamente a los ojos. Desanudó su capa y la dejó caer sobre la cama. Se acercó a su cuello y comenzó a besarla delicadamente, saboreando cada centímetro de su piel. Ella sonrío de forma tímida, le abrazó y le correspondió. Y en su mente no dejaban de surgir preguntas, unas tras otras. ¿Cómo puede ser tan mentiroso y buen actor? ¿Cómo es capaz de ser tan despiadado y tratar tan dulcemente a sus víctimas? ¿Por qué es tan hermoso? ¿Sufrirá un hechizo lunar? Y el joven triunfante siguió danzando su danza macabra. Liberó su delgado cuerpo del vestido negro vaporoso, acarició su cuerpo, y la tumbó sobre la cama.  Mientras la chica lo miraba se desnudó y se tumbó a su lado. Sus ojos hechizantes querían absorber la mirada de aquel ángel para siempre. Y en su corazón… deseos ardientes y dudas. Muchas dudas. Juntos, avivados por el fuego de la hoguera, dejaron libres de ataduras sus cuerpos que se amaron de forma intensa durante la madrugada. Entre caricias y palabras susurradas la penetró con delicadeza, embistiéndola de forma más violenta a cada latido pronunciado. Ella, observaba como tras la ventana caían pequeños copos blancos. Sonrisas de triunfo y agrios recuerdos acunaban su alma, entre gemidos dulces y alaridos desenfrenados que profería su garganta. Todo su cuerpo temblaba de placer y éxtasis.


Clavó sus largas uñas en su espalda. Mordió su estilizado cuello, se aferró con ahínco a sus musculados brazos y lo rodeó con sus piernas, colmándolo de más placer mientras bailaba a su compás. El placer de sentirse deseado, único, especial. Y empujándole hacia tras, con una fuerza enérgica, logró tumbarlo sobre la cama. Se subió sobre su cintura y cabalgó con la mirada en el techo mientras sus cabellos despeinados danzaban entre los ecos del aire denso, y las caricias del calor del fuego. Él no dejó de observarla, mientras la agarraba por las caderas y le acaricia su ombligo y sus pechos. La observaba intentando retener en su memoria aquellos instantes de sexo, placer y calor ferviente. De amor apasionado, de virtudes entregadas y latidos desconcertantes. Y con sus cuerpos entrelazados y desnudos, se observaron durante horas. Ella esperando su momento. Él dudando por primera vez de lo que tendría que hacer después. Ella también dudaba aunque quisiera eliminar sus dubitaciones cada vez que nacían. Algo tenía aquella chica que le descolocaba por completo. No podía dejar de acariciarla, de besarla, de contemplarla. Y así, entre miradas furtivas se quedó dormido, bajo la atenta mirada de la luna. La joven de pelo negro se acurrucó entre sus brazos, sonriente. Y cerró sus ojos presa de un sueño inexistente. Dos horas más tarde, se deshizo de su abrazo y se dirigió a la pequeña cocina que había divisado al entrar, y con la que había soñado tantas veces. Allí, cogió el cuchillo más grande de todos. El mismo con el que él asesinaba a todas sus víctimas, y se dirigió de nuevo hacía el cuarto. La luna intentó despertarlo con sus canticos, pero él no respondía a su llamada. Seguía en silencio, tranquilo, durmiendo. Soñando con aquella joven de rostro angelical y cuerpo blanco como la nieve. Y la chica escondió el cuchillo entre las sábanas antes de arrodillarse sobre el colchón y caminar a cuatro patas hacía él. Se tumbó a su lado y lo acarició. Él al sentir sus manos sobre su cuerpo, se despertó sobresaltado. Abrió los ojos, la observó y al verla sonreír, se relajó. Y ella no detuvo más el momento.


Lo besó desenfrenadamente y sus lenguas se bebieron ansiosas. Sus caricias se volvieron más y más desenfrenadas, mientras el placer comenzaba a excitar sus vientres de nuevo. Ella se sentó a horcajadas sobre él, besó su cuello, mordió su pezón izquierdo, acarició su torso desnudo. Y él se sintió vivo sin necesidad de sangre. Sintió como si su frío corazón se fuese descongelando, gota a gota, copo a copo. — ¡Tú has descongelado mi corazón, precioso ángel de la noche! —susurraron sus labios tímidos mientras la chica le observaba confundida. En sus sueños él jamás había pronunciado aquellas palabras. Y había revivido entre ensoñaciones cada una de sus muertes. Confundida dudó, pero sus recuerdos pesaban mucho más que los sentimientos, que aquel extraño había despertado en ella. Debía cumplir su venganza. Se lo prometió a su madre frente a su cadáver. Al pensar en ella, una furia enloquecida la estremeció. Agarró el cuchillo y atravesó su corazón bajo la aterrada mirada del joven que aun la agarraba por la cadera. Agonizando entre suspiros entrecortados escuchó la armoniosa voz de su ángel por primera vez desde que la había conocido. — ¡Esto es por mi madre! Ninguna mujer más morirá en tus brazos —pronunció clavándole más hondo la fría hoja de metal. Y él, llorando por primera vez, agonizante, la miró profundamente mientras sus pupilas se despedían a causa de la muerte. Y antes de su último suspiro, susurró: ¡Siempre tuyo! —mientras las yemas de sus dedos acariciaban su ombligo. Ella se quedó paralizada. No podía moverse. Sintió una punzada resquebrajar su corazón. Ahora tenía que arrancar el corazón del joven, comérselo pedazo a pedazo. Como él había hecho con todas las mujeres que asesinó. Pero no tuvo fuerzas. Sus últimas palabras habían conseguido derrumbarla. Se tumbó a su lado sobre la cama, arrancó el cuchillo de su pecho y cerró sus párpados. No podía dejar de mirarlo mientras sus ojos comenzaban a nublarse de furtivas lágrimas.


La luna la observó incrédula, encendida por la ira, mientras derramaba lágrimas negras ensangrentadas. El lobo feroz había sido cazado por un ángel de la noche. Así fue como la hija de una de sus víctimas, con sangre de bruja fluyendo en sus venas, averiguó y durante años planeó su venganza. Gracias a sus sueños pudo conocer su rostro, su mirada, su cuerpo, su nombre. Todo. Pensó que sonreiría mirando a la luna al ver cumplida su promesa de acabar con la fiera humana que dio muerte a su madre y a tantas jóvenes; sin embargo no pudo. Cumplió su promesa pero no sonrió. Lloró, embriagada totalmente por una tristeza infinita. Acarició el cuerpo desnudo del joven, sus finos labios, su pelo castaño, su tersa barbilla. Y acariciando la sangre que se había resbalado de su yermo corazón, susurró su nombre una y otra vez, hasta que su voz se quebró. — ¡Tobías! — ¡Tobías! — ¡Tobías! Eso es lo que contaba la leyenda. También narraba que la luna no volvió a brillar con intensidad desde entonces. Y que cada noche de invierno, el alma atormentada de un joven hermoso vaga sin rumbo por los bosques en busca de vida, sabiéndose muerto. Asesinado por la única mujer que había despertado su negro corazón y por la que había decidido cambiar de vida. Cada noche de invierno, bajo la atenta mirada de una luna de nieve y escarcha, el alma atormentada de un joven hermoso vaga sin rumbo por los bosques en busca de su ángel de la noche. Esperando a que su bella y candorosa bruja lo salve de su condena eterna. *Inspirado en el video de Avantasia “Sleepwalking”: http://www.youtube.com/watch?v=5oeuqm5j2aA


A

SUSPIROS

laridos de voz entrecortada. Hoja a hoja. Otoño a otoño. Suspiros de palabras que se callan, que nacen a través de la piel y se derraman. Gemido a gemido, entre la escarcha.


L

JUGANDO CON EL PLACER

a luna llena brillaba en lo alto del cielo, y las estrellas le acompañaban titilando entre suspiros.

La oscuridad de la noche susurraba con su aliento sempiterno, cubriéndolo todo de un vaho melancólico y umbrío. Otro atardecer en los brazos de la soledad. Mi corazón latía sin fuerzas. Y mi sangre deambulaba entre la escarcha producida por la tristeza que provocan los recuerdos del pasado. Ese pasado en el que el amor sonreía, en el que dos cuerpos amantes vibraban de emoción empapados en sudor. Cansada de no sentir, cansada de ver el tiempo suceder en el reloj sin un atisbo de placer… Encendí el reproductor de música y dejé que la voz de mi cantante preferido acunase el silencio. Prendí la mecha de una vela para que su llama parpadease al compás de la melodía, para que su aroma calase entre los resquicios del aire. Me tumbé desnuda sobre las sábanas de seda roja que amueblaban mi colchón. Abrí el último cajón de mi mesita de noche, y saqué mi nuevo juguete. Un consolador naranja con forma de pene, de textura rugosa. Lo humedecí con un gel lubricante efecto calor, acaricié mi sexo con unas gotas sobrantes del gel, cerré mis ojos y me dejé llevar por las sensaciones. Cada poro de mi piel se erizó desperezándose. Mi corazón comenzó a latir excitado y mi sangre descongeló la escarcha a cada suspiro entrecortado. A medida que los minutos avanzaban mis gemidos de placer estallaban. Con cada balanceo del minutero del reloj colgado en la pared, mi mano derecha introducía lentamente el consolador en mi vagina, moviéndolo adelante y atrás mientras mi pelvis bailarina danzaba al compás del temblar de la vela, al compás del resurgimiento de una voz tras una frenética melodía nacida de la estridencia de salvajes guitarras eléctricas.


El efecto calor aumentaba con la fricción explosionando en mi interior, produciéndome pequeños orgasmos que se sucedían unos detrás de otros…relevándose. Con mi mano izquierda acaricié mis pechos, mis pezones y cada centímetro de mi cuerpo. Mis labios ardientes no dejaban de erupcionar lava transparente, mientras el consolador seguía balanceándose. Bailando en mi interior, excitando mi corazón, llenando de gemidos mi garganta que intentaba controlarse para no pronunciar alaridos desenfrenados… Y los minutos fueron sucediéndose, y el placer fue aumentando al igual que las gotas de sudor resbalándose por mi piel, al igual que el rubor acalorando mis mejillas; hasta que mi voz gritó por última vez. Hasta que el volcán que se escondía entre mis piernas estalló empapando las sábanas de seda roja. La voz de mi cantante preferido siguió ahuecando el silencio, y la luna brilló con todo su esplendor, mientras la noche susurraba cubriéndolo todo con un vaho melancólico y umbrío. Solo las estrellas regalaban un poco de su candente luz al universo que se escondía dentro de mi corazón. La soledad se había esfumado, dejando su trono a un suceder lento de nuevos sueños y anhelos.


E

ENTRE EL CALOR DEL INVIERNO

ra una noche fría de invierno. Tras la ventana los copos de nieve se deslizaban pausadamente.

Nosotros dos, nos encontrábamos refugiados entre las paredes de piedra de una vieja cabaña. Al abrigo de la chimenea que susurraba calor entre los chasquidos de la madera que se iba quemando. Nuestros cuerpos semidesnudos ansiaban amarse de nuevo. Nuestras miradas se buscaban separadas por una copa de cristal. Bastó una sonrisa pícara de mis labios para que él reaccionara. Me tumbó sobre la alfombra de leopardo, me quitó la copa de vino de mis manos y vertió los restos del licor sobre mi cuello. Con su lengua fue siguiendo la huella que el líquido color carmesí había dejado a su paso por mi piel hasta perderse entre la línea de mi escote. Me quitó el sujetador de encaje entre besos y caricias, para después coger el bote de nata montada que había sobre la mesa, y cubrir mis pechos con ella. Los lamió y mordisqueó hasta no dejar rastro del dulce, terminando en mi pezón derecho que se tensó cuando nuestros piercings entraron en contacto. Cuando la bola de su lengua rozó el aro de acero que adornaba mi pezón, un escalofrío recorrió mi cuerpo, provocando que toda mi piel se erizara. <<Estaba dispuesto a provocar infinitas sensaciones en todas y cada una de las terminaciones nerviosas de mi cuerpo>> pensé. Cogió un par de las velas que decoraban el salón y derramó el contenido de cera líquida sobre mi torso. No pude evitar estremecerme entre la mezcla de ardor y placer. Acarició el sendero construido por la cera con la yema de sus dedos borrándolo a su paso, para después besar cada centímetro de mi piel levemente enrojecida. Lentamente, se deshizo de mis braguitas antes de tumbarse sobre mí acortando toda la distancia que separaba nuestros cuerpos, que llevaban buscándose hambrientos toda la noche.


Nuestras lenguas se entrelazaron ardientes en un beso húmedo e infinito que solo se detuvo cuando sus dedos se perdieron entre el túnel de mis piernas, navegando en círculos entre mi vagina, provocando que mi garganta estallara en un gemido sonoro que rompió el eco del silencio presente entre las paredes del viejo salón. Mi pelvis sedienta de acción emprendió un baile sexual al ritmo de nuestras respiraciones intercaladas. Le mordí en el cuello mientras mi mano izquierda acarició su columna vertebral desde su cintura hasta su cuello. Y entre besos, sonrisas y diminutos mordiscos, bajé mi mano libre hasta su entrepierna. Comencé a jugar con su pene, que al contacto frío con mis dedos se fue tensando. Lo masturbé consiguiendo que esta vez fuese su garganta la que pronunciase jadeos desenfrenados. Se elevó, asió mis manos con fuerza y las posó sobre la alfombra por encima de mi cabeza. Me las ató con unas esposas de metal recubiertas con peluche rojo, y comenzó a besarme de nuevo. Recorrió todo mi cuerpo entre mordiscos salvajes y saliva ardiente, hasta llegar a mi cintura. Abrió mis piernas. Empezó a succionar mis labios y lamer mi clítoris provocando que todo mi interior explosionara de placer. A cada balanceo interior de sus labios y su lengua, mis gemidos eran más intensos. Paró. Cogió las bolas chinas que habíamos elegido en el sex-shop, e introdujo las dos circunferencias de silicona rosa, decoradas con un corazón, en mi vagina después de acariciar mi clítoris y mis labios fogosamente con un poco del gel acuoso que contenía el kit erótico. Comenzó a balancearlas mientras acariciaba mis pechos y mordisqueaba mi barriga. No pude evitar gritar, no pude evitar correrme una y otra vez, hasta que decidió que los juegos habían terminado por esa noche. Se puso un preservativo de látex de textura rugosa, se tumbó sobre mí, me besó y me penetró. Las embestidas de su miembro viril se fueron sucediendo lentas y aceleradas. Unas detrás de otras, al ritmo de nuestros acelerados corazones hasta que juntos llegamos al clímax y estallamos en un orgasmo silenciado por nuestras respectivas manos. Dándonos sensación de asfixia y placer máximo. Entre miradas nuestras respiraciones se fueron pausando, y nuestros corazones volvieron a latir a diferente tempo, pero sabiéndose uno. Nuestras pupilas centelleantes sonrieron mientras los copos de nieve seguían balanceándose entre el viento helado y la madera ardía convirtiéndose en polvo de cenizas.


ALAS DESPLEGADAS

Á

ngel siempre pedía su vodka a la misma hora. Cuarenta minutos después de su actuación.

Esa noche no lo había pedido, por lo que Summer decidió darle una sorpresa y llevárselo al camerino, aprovechando que era el tiempo de su descanso. Se moría de ganas de charlar con él. Necesitaba ese contacto, acercarse a él, aunque fuese como amiga. Como cada fin de semana, preparó su Black Eristoff con limón, lo posó en la bandeja y se encaminó hacia la planta subterránea. Bajó las escaleras con tranquilidad, y cuando estaba llegando al camerino del chico, escuchó unos acordes musicales colarse entre el resquicio de la puerta entreabierta. Pronto escuchó unas leves sonrisas bajo la melodía, que la hicieron estremecerse. Apoyada en la pared, mirando entre el hueco que quedaba abierto, contempló una escena para la que no estaba preparada. Lizzy estaba jugueteando con el piercing del pezón izquierdo de Ángel, lamiéndolo y mordisqueando la rosada aureola, entre miradas pícaras y sonrisas. El chico la acariciaba la espalda ascendiendo y descendiendo hasta su trasero, mientras mordisqueaba su cuello intermitentemente. Verse reflejados en el espejo, le provocó tal excitación nerviosa que se aceleró aún más en sus caricias. El chico la agarró por el culo con ahínco y la sentó de forma brusca en la tarima frente al espejo, donde los artistas se retocan antes de salir a escena. Apartó con una mano todo el maquillaje y la ropa de bailar antes de abrir sus piernas, arrimarse a ella y comenzar a besarla suavemente. Ella le acarició su nuca para después agarrar de forma violenta su cabello despeinado en un intento de echar su cabeza hacia atrás para poder morder su nuez de Adán y desquiciarle aún más. La joven excitada al máximo le metió mano en su entrepierna y comenzó a juguetear con su pene, adelante y atrás, mientras sus lenguas se entrelazaban impacientes. Él la miraba atento con sus ojos grises encendidos, entre caricias anhelantes de sus manos que recorrían con total libertad el cuerpo de la chica. Besó su cuello,


se deslizó hacia abajo deteniéndose en sus abultados pechos, lamió sus pezones y los mordió consiguiendo que Lizzy estallará en un gemido ronco. Y siguió deslizándose hacia su vientre, dejando a su paso una huella de saliva caliente. Lizzy alzaba su vista al techo, con los ojos totalmente cerrados, extasiada de placer. Limitándose a sentir, sentir y sentir, olvidándose de todo. Y Summer estaba detrás de la puerta. Atónita. Con los ojos como platos, y sin poder dejar de observar. Al llegar a su ombligo, Ángel se puso de rodillas y después de dibujar el perfil con su lengua, sopló sobre él, provocando que el sexo de la chica se impacientara aún más. Cuando pensaba que su maravillosa lengua recorrería sus labios palpitantes, el chico la quitó las braguitas y se separó de ella, se bajó los boxer negros, y cogió un preservativo de su cartera. Se lo colocó y la penetró con dureza. Sentada sobre la tarima se encontraba Lizzy totalmente desnuda. Una diosa con cuerpo de mujer. Abierta de piernas, con sus pies entrelazados alrededor de la cintura de Ángel, que bailaba acompasado en su interior. Embistiéndola a cada penetración de manera más profunda que la anterior, salvajemente. Enloqueciendo a cada suspiro, entre alaridos, mordiscos y gotas de sudor resbaladizas. Y Summer tras la puerta, sintiéndose una auténtica voyeur. Con el corazón hecho añicos, con un montón de lágrimas derritiéndose en sus mejillas, al igual que los cubitos de hielo se estaban deshaciendo entre los grados ardientes del vodka. Lizzy y Ángel. Ángel y Lizzy, disfrutando de unos instantes de desquiciante placer. Y Summer, destrozada, viendo como las alas tatuadas en la espalda del chico se expandían, a cada movimiento. Desplegándose. Extendiéndose como las de un ángel que se comienza a elevar desde el suelo para ascender hasta el cielo. Viendo su espalda de perfil griego, fibrada y musculada, siendo acariciada por otra. Su trasero perfecto que a cada movimiento en el interior de la chica se tensaba y destensaba. Destrozada, muerta de celos y de envidia, por no ser ella la que estaba sobre esa tarima. Con el cielo al alcance de las manos, sin poder ser partícipe del viaje astral. Porque ahí era justo donde estaban ahora mismo ellos dos. En el mismísimo cielo del placer que produce la fusión de dos cuerpos que se han acoplado a la perfección en un solo ser.


SPECIAL NIGHT

A

quella noche cambiaría sus vidas. Ninguno de los dos sabía, hasta qué punto los lazos invisibles que marcaban su destino, les unirían.

Todo empezó una noche cualquiera, en un bar cualquiera. Su hermana y su mejor amiga le convencieron para que cambiara de aires. Según Claire y Anne, después de la ruptura con Taylor, necesitaba salir, conocer a otros hombres. No todos iban a ser unos putos machistas y maltratadores psicológicos. Unos conocidos, les habían hablado un montón de veces, de un bar a las afueras de la ciudad, llamado: Nido de Cuervos. — Os gustará, chicas. La música es muy buena y el ambiente es excelente. Decididas, se lanzaron a la aventura. Con una curiosidad que aceleraba sus pulsaciones. Divisaron el cartel, y excitadas comenzaron a dar palmaditas de ilusión. Sin embargo cuando aparcaron su coche cerca de la entrada, se miraron las unas a las otras con la boca totalmente abierta. Incrédulas. Aquello era un bar de moteros. Unas doce Harley Davidson estaban aparcadas, totalmente alineadas, frente a su coche. En el porche del bar había un montón de tíos, grandes, con tatuajes y aspecto desaliñado; hablando, riendo y bebiendo. <<Los dueños de esas preciosas motos, seguro>>, pensaron las tres. A Tara siempre le habían gustado las Harley. Su padrastro tenía un taller mecánico y solía repararlas, e incluso venderlas de segunda mano, por medio de un intermediario. Cuando iba a visitarle con su hermana, siempre ojeaba los catálogos, embobada. Solo con escuchar el rugido de su motor, todo su cuerpo se estremecía y vibraba. Pero había sido incapaz de sacarse el carnet para poder conducirlas. Tenía pánico a conducir cualquier vehículo. Por eso su hermana, Claire, le hacía de chofer siempre que quería desplazarse a algún lugar. Daba igual donde miraran, el cuero, los tatuajes y las poses amenazantes, reflejaban el carácter del lugar. Dos chicas espectaculares, de cuerpos esbeltos y pechos gigantes, revoloteaban cerca de ellos, entre miradas coquetas, intentando llamar su atención. Ellos sonreían, pero seguían a lo suyo. Fingiendo ignorarlas.


Ellas tres se sintieron fuera de lugar. Cuando su destartalado Cadillac negro dejó de rononear, se armaron de valor, lucieron sus mejores sonrisas, y salieron dispuestas a pasar una noche de chicas. Si esa noche tenían que dormir la resaca en el coche, para que Claire no tuviera que conducir ebria, lo harían hasta despejarse por completo. Pero esa noche necesitaban evadirse de todo. Y de repente la ruleta de la vida giró, los hilos invisibles se cruzaron en sus caminos, y la vida de Tara ya nunca volvería a ser la misma. Tara entraba en el bar escoltada por su mejor amiga y su hermana, cuando él salía conversando con unos amigos y no la vio. Sus cuerpos se tropezaron a mitad de camino enmarcados por el umbral de la puerta. Él la sujetó por su cintura para que no cayera, y ella posó sus manos sobre su fuerte torso. Fueron unos escasos instantes, que se hicieron eternos. El mundo se paró y dejó de girar. Los ojos azules del chico le traspasaron de una manera hipnótica. Sintió que con esa mirada fue capaz de penetrar su alma y saber todo de ella. En un principio, su mirada fría y penetrante le asustó. — ¡Otro Taylor! —sentenció para sí misma. Sin embargo el chico dejó asomar a sus labios una radiante sonrisa, sus ojos se dulcificaron, y el corazón de ella se tranquilizó para luego desbocarse. Él la pidió disculpas sin dejar de mirarla a sus ojos verdes, apretando con fuerza sus caderas. Ella se limitó a sonreír, porque su voz se había quebrado por completo. Con la respiración entrecortada, se soltó de sus manos y entró en el bar aprisa, camino de la barra. Necesitaba una cerveza urgentemente. Necesitaba paliar con alcohol, el estremecimiento que había sentido al entrar en contacto con aquel adonis de media melena rubia y ojos del color del mar. Hacía mucho tiempo que no sentía algo así. Ni siquiera cuando conoció a Taylor lo había sentido. Cerró los ojos intentando relajarse, pero su rostro se le apareció para desconcertarla aún más. Rememoró su mandíbula marcada, sus espesas cejas, su barba de escasos días, sus tersos labios, su encantadora sonrisa; y no pudo evitar que mil mariposas revolotearan en su estómago. Jamás había visto un hombre igual.


Anne y Claire la miraron entre sonrisas. La conocían muy bien, y sabían que aquel desconocido había derribado todas sus defensas. Se callaron para que no se pusiera nerviosa, para que no pensara en nada y se limitara a disfrutar. Aunque en su interior, Anne deseaba que ese atractivo motero secuestrara a su mejor amiga, y le hiciese pasar una noche de vértigo. Seguro que así todos sus tormentos se esfumarían. Pasaron las horas. No dejaron de beber y bailar las tres juntas, mientras los clientes del bar las observaban con curiosidad. Al principio se habían sentido extrañas, pero enseguida, las personas allí concurridas las habían hecho sentirse como en casa. Las habían invitado a copas, las mujeres allí reunidas se habían acercado a ellas para bailar, charlar y cotillear. Incluso las apuntaron en un torneo de dardos y en otro de billar. Parecía como si fueran clientas habituales de aquel nido. Al son de la música, entre confidencias, cervezas y chupitos de tequila, la noche fue sucediendo lenta pero sin pausa. Las tres no podían dejar de sonreír. La noche de chicas estaba resultando realmente espectacular. Mejor de lo que habían imaginado en un principio. Tara se lo estaba pasando en grande. Hacía muchos meses que no disfrutaba de una noche así. Se sentía a salvo en aquel lugar. La oscuridad que allí reinaba, en la música, en la estética, en la atmósfera; le hacía sentirse extrañamente relajada. Allí no tenía que aparentar ser quien no era. Allí cada uno era quien quería ser. Estaba cansada de tener que ser la chica modelo que sus padres querían, que su ex novio quería. Siempre recatada, siempre educada, engalanada de ropa elegante. Aquella noche había decidido ser quien su corazón le pedía que fuera. La chica que adoraba los tatuajes, el heavy metal, las chupas de cuerpo y la ropa desgastada. Se puso a bailar una canción de Rob Zombie, titulada: American With, cuando sintió que alguien la miraba fijamente desde su espalda. Pero prefirió no voltearse y seguir a lo suyo. A su lado, Claire y Anne sonreían sin cesar, al ver que el ángel rubio de mirada azul intensa, se estaba comiendo a Tara con la mirada, mientras bebía una cerveza. Rob Zombie, Murderdolls, Judas Priest, incluso alguna canción de estilo country, se fueron sucediendo en el hilo musical de aquel nido de cuervos. “Living after midnight” de los Judas, estaba casi llegando a su fin, cuando una mano se posó sobre su hombro, haciéndola girarse. Ahí estaba el dueño de la mirada que ella llevaba sintiendo media hora, tras su espalda.


Al voltearse se encontró al chico con el que había tropezado al entrar, que con una sonrisa embriagadora, la ofrecía su cerveza. No podía negarse. Ella, sin pronunciar una palabra, cogió la botella y le dio un trago, acabando su contenido. — No beberé más —dijo en voz inexistente, para sí misma. Si seguía bebiendo no lograría acordarse de mucho al día siguiente, y quería recordar todo lo que sucediese a partir de ese instante. Si es que sucedía algo que mereciese la pena no olvidar. Él pidió otra al camarero alzando su mano, y se acercó a ella sin dejar de mirarla fijamente. Tara sintió que todo su cuerpo se encendía al sentir el calor que desprendía el torso del chico, un poco más alto que ella. — Mi nombre es Ian —susurró cerca de la oreja izquierda de la chica, que tembló al escuchar su voz profunda. —Tara. Encantada —contestó ella con una sonrisa ofreciéndole su mano derecha. — Encantado, Tara. —dijo él estrechando la mano que la chica le ofrecía—. Y sin soltarla preguntó: ¿Bailas?

Ella asintió con la cabeza como única respuesta y él la separó de la barra, llevándola al final del bar, donde estaba la pista de baile. Una nueva canción apareció cobrando vida a través de los altavoces. Ella la conocía muy bien, porque era la banda sonora de una serie de televisión que le encantaba. La letra de la canción expresaba mucho más de lo que la gente podría pensar en un primer instante. Al menos ella, siempre se había sentido muy identificada al escucharla. Hasta que no la cantó al completo aquella noche, no supo exactamente lo que esa canción llegaría a significar para el resto de sus días. Los labios de ambos comenzaron a susurrar las primeras silabas, entre miradas coquetas y sonrisas pícaras: “Ridin’ through this world, all alone, God takes your soul, you’re on your own”.


Sus cuerpos se acoplaron a la perfección, bailando de forma sensual y desinhibida. Sus miradas no dejaron de observarse ni un solo instante. Todo su alrededor había desaparecido. En aquel nido de cuervos solo estaban ellos dos. Al menos Tara lo sentía así. No sabía lo que el chico estaba pensando en esos instantes, pero a ella le bastó con la forma en la que le observaba, posando su frente sobre la de ella, mientras sus pies parecían volar. “The crow flies straight, a perfect line, on the devil’s bed, until you die”. Al escuchar aquellas palabras, Tara sintió una punzada de calor recorrer toda su espina dorsal. Su vientre se excitó solo de imaginarse en la cama de aquel ángel rubio de mirada dulce y a la vez, fría y salvaje. Divisaba en él una dualidad que la hacía sentirse totalmente hechizada. Aunque también un poco asustada, para qué negarlo. Mitad ángel, mitad demonio. En ello pensaba cuando él, le cogió sus manos y las alzó hacia arriba y la giró en sus pasos, acercándola a él y alejándola. Ella sonreía, una y otra vez. Sin poder dejar de hacerlo. — Cuántas sonrisas está pronunciando esta noche ¿no? —dijo Claire entre susurros, cerca del oído de Anne. — Ya era hora —murmuró su amiga mirándola divertida y guiñándola un ojo. — Lo que no consiga un motero con cara de ángel, no lo conseguiremos nosotras por más que nos esforcemos —sentenció su hermana. — ¿A qué espera para secuestrarla y llevársela de aquí en su Harley? —gruñó Anne entre carcajadas sonoras. La música siguió danzando, las palabras susurradas parecían invitaciones a vivir y sentencias. “This life is short, baby that’s a fact, better live it right, you ain’t comin’ back.” Una voz dentro de su cabeza le decía que ya era hora de vivir la vida, de verdad. Sin miedos, sin malos recuerdos, sin pesadillas. Parecía como si una pequeña Anne, disfrazada de demonio, se hubiera colocado sobre su hombro para incitarla a lanzarse. Seguro que su amiga estaría observándola y disfrutando un montón de aquel


instante. Si Anne fuera ella, ya se habría lanzado al cuello del chico y le hubiera besado de todas las formas imaginables. Pero ella era demasiado tímida para ello. Si él se lanzaba no pondría ninguna objeción. Suficientes pistas ya le había dado. ¿O acaso no le bastaba con la canción, sus miradas y sus sonrisas? “Gotta raise some hell, before they take you down, Gotta live this life… Gotta live this life, Till you die.” Y la noche siguió avanzando. Entre miradas, caricias discretas y sonrisas. Y cuando ella pensó que no habría más sorpresas… El chico dijo algo a su amiga y a su hermana, que sonrieron divertidas mirándole a los ojos y asintiendo. Cogió a Tara de la cintura, alzándola del suelo, y llevándosela en volandas. La sacó del bar, la posó en el suelo, y la condujo hasta su moto. Se sentó sobre el asiento del piloto, la cedió su casco negro, y la invitó a sentarse tras él. Ella nerviosa pero con la adrenalina embotándola los sentidos, decidió dejarse llevar. Siempre había querido cruzar la carretera a lomos de una Harley. Y aquella Harley Davidson VRSCDX Rod Special Night, negra, con pinceladas rojas, era una auténtica preciosidad. La canción se lo había dicho: Tienes que vivir esta vida, antes de que mueras… Sin darle más vueltas, se sentó tras él, le rodeó la cintura con sus brazos, y al escuchar el motor rugiendo entre la noche, todos sus sentidos se pusieron alerta y despertaron. La noche no había hecho más que comenzar, aunque en pocas horas amanecería. Él aceleró y comenzó a rasgar el asfalto. Decidido, más seguro de sí mismo que nunca, sin sombras. Con una sonrisa de oreja a oreja al sentir las manos de la chica rodeando su cintura. Aceleró aún más y Tara decidió sujetarse mejor, apretándose contra él y agarrándose a su pecho moldeado. El vértigo se arremolinaba entre las gotas de su sangre pero se sentía segura con él. Era un perfecto conductor. No podía dejar de observar el paisaje, el cielo, cada casa que se iba quedando atrás. No sabía dónde la llevaría, pero no la importaba. Apoyó la cabeza sobre su hombro y siguió disfrutando de su primer viaje en moto. Un sueño hecho realidad. Y aquel ángel rubio con mirada dulce y demoniaca a la vez, había sido el encargado de cumplirlo.


Sonrío y se dejó llevar por sus pensamientos. Volvió a recordar la canción. Desde ahora sería su canción. El cuervo vuela recto. Y eso parecía aquella moto, un delicado pájaro negro serpenteando entre el viento y la oscuridad que comienza a clarear. Estaba pensando en su encuentro con el chico, en su baile, en sus miradas y caricias lentas, cuando sintió que aminoraba la marcha antes de parar. Tara despertó de su letargo y se encontró a escasos metros de una cala desierta. No había nadie alrededor. Solo él y ella. Ocultos en un claro. Las olas del mar meciéndose y las suaves caricias de la brisa del viento ondeando. Ian aparcó, y ella aprovecho para sacarse el casco y bajarse de la moto. No había visto nada igual en mucho tiempo. Aquella bucólica imagen la dejó perpleja. Una ráfaga suave de viento acarició su rostro y le hizo estremecerse. Sin embargo, se estremeció aún más cuando se giró para sonreír a Ian y lo observó mirándola de aquella manera. Sus ojos azules del color del cielo se habían oscurecido un tono y la miraban encendidos, la deseaban. Ella ya había sido consciente mientras bailaban, pero algo había cambiado en sus ojos. En su forma de mirarla. Él había estado con muchas chicas, pero jamás había visto tanta inocencia y belleza en una mujer. Su melena negra recogida en un moño alto, con varios mechones que se le habían escapado, cayendo sobre sus hombros. Sus largas pestañas adornando esos grandes ojos verdes que lo habían hechizado. Su cintura delgada, las piernas esbeltas de piel blanca que se entreveían bajo una minifalda de cuero. El escote que pronunciaban sus firmes pechos bajo la camiseta de tirantes de Rob Zombie. No podía dejar de mirarla. La quería a su lado. La quería para él. Sobre su moto. Antes del amanecer. Le hizo un gesto para que se acercara a él y se sentará. Él se había levantado y se había acomodado sobre su asiento, pero sentado al revés. Ella se acercó situándose frente a él, y el la agarró de los muslos para sentarla a horcajadas sobre sus piernas. Ella abrió los ojos, expectante, y sonrió posando su frente sobre la frente de él, como cuando estaban bailando. Ian no la dio tiempo a que se lo pensara mucho por miedo a que saliese corriendo. Tras una sonrisa cautivadora se acercó a ella, la agarró de su barbilla y la besó. Sus labios se posaron sobre los labios temblorosos de ella, y Tara sintiendo una descarga eléctrica en toda su piel, abrió la boca y se dejó llevar.


“Vive la vida antes de que mueras…” Y sus lenguas se entrelazaron ansiosas, se descubrieron entre caricias de saliva ardiente. Sus manos emprendieron un sendero de arrumacos atropellados, deseosas de conocerse más y más. Y la noche siguió balanceándose, entre sonrisas, gemidos roncos y miradas fulgurantes. Las caricias fueron subiendo de temperatura, hasta que él la acomodó sobre el asiento trasero, se levantó y de su cartera sacó un preservativo. Lo sujetó entre sus dientes dejando claros sus deseos, esperando a ver cómo reaccionaba la chica. Ella sonrió meneando su cabeza hacia los lados como diciendo: eres increíble, y comenzó a desnudarlo. Le quitó su chupa de cuero y su camiseta de manga corta negra que se ajustaba a su torso fibrado como un guante de seda. Él hizo lo mismo, arrancó su chupa de cuero y la lanzó al suelo. Le quitó la camiseta de Rob Zombie mientras ella alzaba sus brazos hacia al cielo, y mirándola ardiente se mordió el labio inferior. Soltó el cierre de su sujetador, y lo colgó del manillar de la moto. Se guardó el preservativo en el bolsillo de sus vaqueros y se inclinó hacia ella para morderla el cuello. Se deslizó hacia sus pechos y los saboreó con detenimiento. Con sus manos los amasó a la vez, para perderse en el seno izquierdo de Tara en primer lugar. Lo lamió, succionó y mordió provocando que la piel de la chica se erizara, con la punta de su lengua jugueteó con su pezón hasta que éste se endureció. Cerrando la boca, adornando sus labios con una “o”, lo sopló con dulzura para después morderlo sin compasión. Tara se encogió y curvó su espalda, echando su cabeza hacía atrás. Continuó con su otro pecho, provocando que la chica no dejara de sonreír y gemir entrecortadamente. <<Cuánto tiempo sin sentir algo así>> pensó ella. Ian la tumbó sobre los asientos de la moto, la soltó su pelo negro y éste cayó sobre el guardabarros quedándose en suspensión. Mientras ella miraba al cielo con los ojos entrecerrados, el comenzó a deslizarse con su lengua por su torso, haciéndola estallar en gemidos bajos que se sucedían sin descanso. Entre lametadas, caricias ardientes de sus manos grandes, y mordiscos. El sexo palpitante de ella comenzó a reclamarlo con fuerza. Necesitaba sentirle aún más. Jamás se había sentido tan excitada y lista en tan poco tiempo. No sa-


bía lo que le sucedía con Ian, pero tampoco quería darle más vueltas. La química entre ellos había saltado desde la primera chispa bajo el umbral de la puerta. Ella se levantó medio aturdida, lo miró y sin dejar de sonreírle lo besó de una forma arrolladora y salvaje. Con una fiereza desconocida que hasta ella misma se sorprendió de su actitud. Él chico sintió una ola de calor que lo abrasó doblemente. Su erección comenzó a quejarse. Ella desabrochó su vaquero, e introdujo su mano derecha entre los boxers negros, mientras mordía su mandíbula y acariciaba su torso y sus hombros con la otra mano. Su miembro duro la estaba esperando desde que se sentó en la moto, ansiando que le prestara atención. A cada caricia entre sus manos, el pene se iba agrandando y endureciendo, y con sus firmes mimos, el chico no pudo evitar estallar en un gemido grave descontrolado. Sus ojos rojos de excitación la miraron divertidos. Debajo de aquella pose de timidez se escondía una gata salvaje, y eso le volvía loco. No podía esperar mucho más, quería adentrarse en ella. La agarró por las caderas, sosteniéndola más cerca de él, y con poca delicadeza introdujo su mano derecha entre sus piernas, buscando su sexo cobijado bajo la minifalda de cuero. Acarició su parte lisa, y penetró uno de sus dedos con cuidado. Ella estaba lista hacía rato como él pudo comprobar con una sola caricia. Movió su dedo en círculos rozando las paredes de su vagina, estimulando su interior e introdujo otro más, al tiempo que la besaba con una pasión que hacía largo tiempo que no sentía con ninguna otra. Ella estalló de placer sin poder y sin querer contenerse. Lo sujetó por el pecho separándolo de ella, se deshizo de su abrazo y se bajó de la moto. Se bajó sus braguitas deslizando sus pulgares de forma coqueta, y las colgó sobre el manillar junto a su sujetador, y se deshizo de su falda, y sus botas quedando desnuda ante él, protegida únicamente por sus calcetines de rayas negras. Él la contestó bajándose de la moto, y quitándose las botas, los vaqueros y los boxers, para estar más cómodos, mordiéndose el labio inferior con sus dientes sin dejar de observarla. Entre sonrisas picaras se volvieron a subir, liberados, sin fronteras para la piel. Y esta vez no se volvieron a separar. El cogió del pantalón el preservativo, se lo colocó mientras ella le mordía el pezón y le acariciaba la espalda, y con ansias la sentó cerca de él, para ir penetrándola poco a poco. Juntos, sin dejar de observarse atentos y besarse salvajemente. Entre caricias arrolladoras y saliva ardiente. Entre lenguas desenfrenadas que se buscaban con


avidez y mordiscos anhelantes que marcaban la piel, danzaron juntos en la cama del diablo. Él se sumergía en su interior, a cada embestida más potente que la anterior, haciéndola tocar el cielo con sus manos. Mientras ella arqueaba más su espalda y asía los muslos de él contra ella, para que la penetración fuese completa. Quería sentirlo tan dentro que la doliera, que la inundara. Las estrellas brillantes de la noche dieron su paso a un sol que estaba naciendo sin pausa y sin prisa. Al igual que ellos, sintiendo por cada poro de su piel, sin temores ni remordimientos, sin vergüenza. Sin pasado, ni futuro. Solo presente. Y cuando el climax les acogió, los dos explotaron en un alarido liberado de placer absoluto, mientras sus cuerpos explosionaron junto a su voz. Extasiados, con sus respiraciones agitadas y sus corazones latiendo entre trompicones, pero más felices que nunca. Y es que cuando dejamos a un lado los fantasmas, y nos dedicamos a vivir sin barreras, la felicidad nos inunda en el momento en el que menos lo esperamos. Se vistieron minutos después, sin pronunciar una sola palabra. No hacía falta. Y abrazados sobre la moto se quedaron observando el amanecer hasta que decidieron volver hacia el bar. Durmiendo en el coche le esperaban Claire y Anne. Ella sonrío al verlas allí tan tranquilas. Su mejor amiga iba a volverla loca haciéndola toda clase de preguntas sobre el diablo con cara de ángel. Se bajó de la moto de Ian, le devolvió su casco y con un fugaz beso en los labios se despidió de él. El chico la retuvo agarrada por la mano, y volviéndola hacia él la preguntó: — Te volveré a ver por aquí. — Quizás —respondió ella enigmática, guiñándole un ojo. <<Seguro que sí >> pensó él mientras se amarraba el casco bajo su barbilla, y salía en dirección a su casa. Surcando el asfalto como un murciélago negro entre las caricias del sol del amanecer.


Aquella noche de chicas, se convirtió en una noche especial de verdad. Y cada vez que escuchaba “This life” en su IPod, recordaba cada suceso que había acontecido aquella noche, y todo su cuerpo temblaba de excitación. El baile del bar y la danza sexual sobre la moto de Ian, la acompañaban a cada suspiro. Había conocido con él, lo que era volar recto como el cuervo en mitad de la noche, y lo que se sentía al bailar en la cama del diablo. Y tenía una cosa muy clara. Quería más, mucho más. Cuando los lazos invisibles del destino se entrelazan, la vida cambia para siempre. *La banda sonora del relato, This Life, es el tema principal de la serie SONS OF ANARCHY.


D

TENEBRIS

anza macabra. Sangre espesa. Delirios. Oscuridad y tinieblas. Ecos muertos de un coraz贸n vivo, que entre la penumbra se reinventa.


SANGRE ESCARCHADA

A

sí se titulaba una carta que hace tiempo una chica le escribió al dueño de su amor. Con su corazón en su mano izquierda, y un bolígrafo de tinta negra en la derecha, escribió hasta quedarse sin fuerzas. Luego escondió su corazón, y recostó su cuerpo sobre una lápida desgastada, decidida a esperar. Sabiendo que la sombra de la muerte le acechaba. Sin embargo algo dentro de su interior ardía con más fuerza y le ayudaba a resistir. Dicen que el amor todo lo puede, todo lo vence, ¿será verdad?

Lo único cierto es que ella esperó. Ella, su corazón y su carta, esperaron. Sus labios no cesaban de pronunciar ese nombre de hombre, y de canturrear el estribillo de una canción, pero… ¿Encontraría su amor el camino de regreso hasta el viejo cementerio?, ¿encontraría su corazón escondido y lo colocaría tras su pecho?, ¿se fundirían en un beso de esos que resucitan a un muerto? Lo único cierto es que ella esperó, y que en aquella carta titulada ‘Sangre Escarchada’ se podían leer estas palabras: <<Una vez más, tu ausencia me araña la piel, paraliza mis pulsaciones, y empaña de gris las pupilas de estos ojos que se enturbian de tristeza si no estás. Una vez más, la lluvia tararea en mi alma, y soy incapaz de sonreír. Las sonrisas se me escapan y por más que estiro mis manos no logro alcanzarlas. Mis labios suspiran las seis letras de tu nombre, te grito, te imploro, pero no apareces. No apareces y yo estoy perdida sin ti, no logro sentir, ¡no puedo!, porque me arrancaste el corazón cuando te fuiste, llevándote mis ilusiones, mis sueños, mis ganas de vivir. Me arrancaste el corazón y aún lo sostengo entre mis manos, pero a cada latido se marchita un poco más, se marchita como los pétalos de las rosas al llegar el otoño.


Amor, me arrancaste el corazón y entre lágrimas lo esconderé. Lo sumergiré bajo estos pequeños granos de lluvia congelada, para que la tristeza y la soledad no puedan tocarlo, ya tienen suficiente con acariciarme a mí. Lo ocultaré para que sus heridas no crezcan y sus ronquidos aguarden para cuando necesite vibrar de verdad. Regresa pronto amor mío…ya siento la muerte cerca de mí, y no sé cuánto tiempo podré sobrevivir. Sabes que me cuesta hacerlo sin ti…pero lo intentaré…por los dos lo intentaré, ¡te lo prometo…! Regresa pronto, que yo estaré aquí esperándote. Sobre esta lápida de incoloro mármol que lleva mi nombre, te esperaré con la esperanza de que encuentres mi corazón y lo coloques tras mi pecho. Y con un beso ardiente, tu aliento y tu calor, me despiertes de la muerte, y me muestres de nuevo el camino a casa…ese que tantas veces se me olvida… Con la esperanza de que me muestres de nuevo el camino a casa, y entre susurros como tantas veces, mirándote a los ojos, pueda cantarte… “Finally I’ve found, that I belong here” ¡No tardes! Estaré justo aquí, bajo la oscuridad, bajo esta luna y estas estrellas que quizá hoy tampoco brillen, donde la nieve blanca se mezcla con la sangre, y la sangre se convierte en escarcha… Te ama, y te amará eternamente, Elizabeth.>> Lo único cierto es que ella esperó, y entre los silbidos del viento se podía distinguir un eco dulce que decía: “And I thank you, for bringing me here, for showing me home, for singing these tears… Finally I’ve found that I belong here”... ¿La encontraría?


EL GRITO DE LAS AVES NEGRAS

C

amino de rodillas por la nieve espesa, mientras mis venas se desangran a cada nuevo tic-tac en el reloj de mi pecho.

Las huellas de mis botas antes pronunciadas están ya totalmente desdibujadas. Las gotas líquidas color escarlata se funden con el hielo puro, tiñendo de carmesí su escalofriante escarcha. Y me siento bien. Son muchas las veces que me he desangrado. Esta tan solo es una más. Centenares de pájaros negros revolotean en el cielo, no muy lejos de aquí. Cantan alocados, gritan alocados. Y sus graznidos no me atormentan. Están esperando mi muerte para poder velar por esa parte de mí que siempre perece. Que agoniza una y otra vez. Sus reclamos no me dan miedo, porque su crascitar siempre me ha infundido fuerzas. Fuerzas para resurgir como una guerrera, fuerzas para seguir adelante aunque a veces camine derrotada. Sé que cuando acabe por desangrarme, ellos recogerán mi corazón congelado y contaminado, lo transportarán en sus picos atravesando la inmensidad del infinito. Lo acunarán entre sus plumas color azabache, lo sanarán con su saliva, y se darán el relevo unos a otros, hasta que yo me sienta totalmente recuperada. Bajarán desde el cielo para beber la última gota de mi sangre infectada de agrios recuerdos, y cuando mis muñecas estén totalmente limpias y secas, con mucho cuidado colocarán mi corazón tras mi pecho. Y entre todos me alzarán, me ayudarán a  levantarme. Me harán volar para que vuelva a pelear por mis sueños. Y cantarán su danza macabra para mí. Impregnando de ánimo mis venas, dando cuerda a mi corazón, reparando mi alma. Y de su oscuridad se desprenderá la vieja luz, esa luz que siempre me ayuda a encontrar el camino, esa luz que penetrará mis pupilas y me ayudará a ver lo que nunca debería dejar de ver. Mi propia esencia.


Y cuando la oscuridad navegue entre los estruendos de las tormentas, ellos volverán a cantar para mí, recordándome quién soy.

No importa si el sol me arruga la piel. No importa si la tristeza de los días grises revolotea cerca de mí queriéndome abrazar. No importa si las noches son tan oscuras, y hay tantas sombras que no brillan ni la luna ni las estrellas; ellos siempre estarán ahí, vigilantes, acompañando mis pasos. Y de entre los truenos retronarán las voces que llevo dentro. Caeré y renaceré. Moriré y resurgiré. Como siempre. Y no me importará desangrarme en palabras, una y mil veces, porque sé que solo así sanará mi ser. Y de entre los truenos retronarán las voces que llevo dentro. Porque mi alma es negra, al igual que su aterciopelado plumaje. Porque “nunca llueve eternamente”, ellos me lo han enseñado. Porque con sus gritos me ayudarán a resurgir, a alzar mi hacha para combatir al enemigo. Y cantarán su danza macabra para mí. Impregnando de ánimo mis venas, dando cuerda a mi corazón, reparando mi alma… Y cantarán su danza macabra para mí, las aves negras. Los cuervos de la noche altivos, entre los relámpagos de luz de las tormentas.


ENTERRADO

N

o recuerdo como llegué allí. Cuando desperté, la oscuridad se cernió sobre mí, ahogándome. No tenía muy claro si era de día o de noche. Unos pequeños puntos de luz, que logré vislumbrar entre los agujeros de la caja en la que me encontraba, parecían estrellas. Sin embargo no estaba muy seguro de su realidad, bien podría ser mi imaginación jugándome una mala pasada. Yo siempre me había sentido fascinado por las magia de su luz ¿Estaría soñándolas? Cuando reaccioné y me di cuenta de que estaba enterrado en un ataúd de madera, me puse a gritar. — ¡Auxilio! ¡Auxilio! Grité como un demente. Desgañitándome, con la sangre hirviendo acelerada. Entre gritos desmesurados la impotencia se instaló dentro de mí. Pero ¿qué podía hacer? Solo podía gritar. Si gritaba el aire puro desaparecía, y si no gritaba nadie me escucharía. El miedo se apoderó de mí. Había sido enterrado vivo. ¿Cómo habría ocurrido? Había visto recientemente una escena cuyo protagonista moría sin que nadie lo salvase ¿Me pasaría lo mismo a mí? No podía ser. — No me puede estar pasando esto a mí —susurré. El oxígeno a cada latido se evaporaba un poco más, a cada respiración se extinguía sin que yo pudiese hacer nada. Mis nervios estaban a flor de piel, no dejaba de sudar, un sudor frío y pegajoso que me hacía estremecerme. Mi ansiedad desbocada no ayudaba a que el oxígeno no mermara. Creí que por esos pequeños agujeritos presentes en la madera, entrarían nuevas partículas de aire renovado que darían fuerza a mis pulmones. Pero no. A cada exhalación, lo único que penetraba por ellos, eran pinceladas de la niebla presente ahí afuera. Niebla baja, cada vez más densa, sepultando mis alientos de vida, casi extintos. Podía sentirla penetrar por mis fosas nasales e inundar mis pulmones con su oscuridad. Podía sentirla contaminándome. Con mis manos intenté empujar la tapa hacia atrás, intentando abrir. Sin embargo, la madera no se movió ni un milímetro. Busqué mi teléfono móvil dentro del


bolsillo, lo saqué y lo encendí. Sin red. No podía llamar. Ni siquiera aparecía en la pantalla la posibilidad de llamar a emergencias. — ¿Por qué todo el mundo tiene esa posibilidad y en mi pantalla no aparece? — me pregunté intrigado. Marqué el 911, pero la llamada se cortaba. — No me puede pasar esto a mí ¿Por qué a mí? ¿Pero, que me está sucediendo? —intenté descubrir. — ¿Estaré soñando? —pensé. Cuando una voz dentro de mí susurró. — ¿Soñando despierto, imbécil? Cierra los ojos, y después ábrelos, verás que estás más despierto que nunca. Aproveché la luz del móvil para mirar por toda la caja un resquicio de salvación. Algo que pudiera utilizar. Una tabla a la que agarrarme entre la sinrazón. Fue entonces cuando vi la cabeza de una pequeña punta que había quedado a medio martillar, y que sobresalía de la madera. Tiré de ella, girando y girando, tirando de nuevo, hasta que la tuve entre mis manos. De tanto giro, pequeñas gotas de sangre empezaron a derramarse de mis dedos. Me limpié las manos acariciando mi ropa, para secar su rastro y que no se me resbalase mi único puente al exterior. Cuando logré sacarla, sosteniéndola entre lágrimas, respiré hondo en busca de esmero y fuerzas. Punteé cerca de los agujeros, en un intento de que se hicieran más grandes, en un intento de poder romper la madera. Pero a cada esfuerzo para conseguirlo, mis manos derrotadas me mostraban que la falta de oxígeno estaba quebrándome a cada respirar. Me quedaban pocas horas. Algo dentro de mí, me lo decía. Cerré los ojos, y tras el silencio pude escuchar las olas del mar.


Las olas del mar que ajenas a mi locura, iban y venían. Pude sentir la humedad y el olor a salitre. Estaba enterrado en un ataúd cerca del mar. Lo presentía. En mitad de la noche. Nadie me vería. Quizá la marea subiría y me terminaría de ahogar. ¿Estaría en una colina, resguardado de la fiereza del agua? ¿Estaría sobre la arena mojada, a la intemperie, indefenso? Estaba enterrado en un ataúd cerca del mar. Y no pude evitar recordar uno de los poemas más hermosos que existían. “Annabel Lee”, de ‘Edgar Allan Poe’. Al igual que ella, al igual que su cuerpo, yo había sido sepultado cerca del mar. Sin embargo ella estaba muerta, y yo estaba vivo. Sin embargo a ella la amaban hasta la eternidad, y a mí…A mí, mi amada no me correspondía. Ella no sentía lo mismo. No estaba allí, a mi lado, ni para rescatarme de la muerte, ni para llorarme. Y entre el vaivén de las olas adormecí mis penas. Las olas del mar iban y venían. Pude sentir la humedad y el olor a salitre. Pude sentir como se acercaban, como morían al golpearse contra las rocas, y como renacían al alejarse mar adentro. Alejarse, para volver a morir instantes después. Así me estaba sintiendo yo. Vivo, muerto, para renacer esperanzado y volver a morir al no conseguir nada. Su silbido entre el viento, era un alarido melancólico lleno de tristeza. Porque vivas ondeaban el horizonte, para acabar muriendo. Para alejarse y resucitar entre gemidos, para regresar y morir al golpearse de nuevo contra la indestructible roca. Una roca que lograban erosionar después de infinitos balanceos, entre caricias casi imperceptibles para ella. Se sabían muertas, pero mantenían la esperanza de resucitar. Solo ellas podían hacerlo. Yo estaba enterrado vivo, y no resucitaría. Siempre creí que tras la muerte no había nada. A cada latido el oxígeno me abandonaba. La niebla me ahogaba, las fuerzas se esfumaban, al igual que mis sonrisas. Sonrisas. Y al pensar en sonrisas me acordé de una canción. “Buried alive by love” del grupo finlandés “H.I.M”.


¿Habría sido yo enterrado vivo, por amor? ¿El amor no correspondido, se puede convertir en muerte para el corazón que sufre de las flechas de Cupido? ¿Algún corazón noble y enamorado, se apiadaría de mí y me rescataría? ¿En mi último aliento de vida, alguien me devolvería la vida con una sonrisa? Y en ello pensaba, cansado, entre lágrimas silenciosas que habían dejado de gemir hacía minutos, cuando sentí unos repiqueteos sobre la tapa del ataúd. Unos repiqueteos apresurados, cerca de los agujeros desde los cuales, se podían ver las estrellas. ¿Las estrellas habrían reparado en mí, me estarían vigilando? ¿Los ángeles infinitos, de amor inmortal que se ocultaban tras ellas, estarían mirándome? ¿Estarían pensando en mí? ¿Podrían ayudarme? ¿Serían esos repiqueteos la ayuda que ellos enviaban? — ¡Auxilio! ¡Que alguien me ayude, por favor! —grité con todas las fuerzas que pude. Y la voz se me quebró, y una tos profunda gimió ronca segundos antes de que perdiese el conocimiento. ¿Ese fue mi último suspiro? No. No fue ese mi último suspiro, aunque bien lo hubiera deseado. Cuando logré despertar, los repiqueteos seguían sucediéndose unos detrás de otros. Los agujeros presentes en la tapa del ataúd se habían hecho más grandes, aun así, no lo suficiente. Pero algo de aire nuevo entraba. O eso creía yo. ¿Sería la esperanza de ser salvado? Las olas se escuchaban a lo lejos, y pude percibir entre su balanceo el nacimiento de un viento huracanado que pedía abrirse paso. En silencio, intentaba encontrar un sonido nuevo, algo que me ayudase a entender quién era la persona que estaba abriendo esos pequeños agujeritos para salvarme. No escuchaba ninguna voz, no escuchaba ningún ruido de herramientas. Solo un toc-toc-toc-toc, permanente, continuo. Golpeé con mis manos en la madera, en busca de respuesta. No podía gritar otra vez y volver a perder el conocimiento. Quería ver quien me rescataba. Pero no lograba entender, porque me martirizaba con un rescate lento, no podía entender porque no abrían la tapa de una vez y me sacaban de allí. No podía entender porque solo repiqueteaban haciendo los agujeros más grandes.


— ¿Será algún animal? ¿Olerá la muerte en mí y por eso me viene a buscar? ¿No será ninguna persona? ¿Será mi asesino que quiere que me ilusione para luego terminar de matarme? En esas divagaciones estaba cuando el agujero se hizo más grande y pude distinguir un halo de luz blanca. — ¿Será la luz de la luna? ¿Será alguna estrella que ha decidido brillar solo para mí? ¿Será la muerte que ha venido a buscarme? ¿Serán los fantasmas de mis antepasados? Era una luz intensa y cegadora a la que fui acostumbrándome de a poco. Después de unos segundos me di cuenta de que era la luz de un faro cercano, a escasos metros de dónde yo me encontraba. Un faro abandonado. Al igual que mi cuerpo. Nuevas bocanadas de aire fresco penetraron en mis pulmones devolviéndome la vida. Cerré los ojos y lloré de alegría. Un montón de lágrimas se deslizaron por mis mejillas, haciéndome que me estremeciera de nuevo al sentir la mezcla entre el sudor frío y las lágrimas calientes. Sin embargo la alegría duró muy poco. Porque cuando abrí los ojos de nuevo, me encontré frente a mí a un pequeño pájaro negro, que me miraba expectante. Esperando algo. — ¡Un cuervo! —grité. Y el animal contestó con un ronco graznido a mi deducción. Me estremecí. Me acordé de esos pequeños y continuos “toc-toc”. Era el Cuervo llamando a la puerta de mi ataúd. De nuevo Edgar Allan Poe regresó a mi mente con toda su oscuridad. Y ahora estaba ahí. Ese pequeño pajarraco de plumas color azabache. Del color intenso de la noche que nos abrazaba a los dos. Mirándome. Sin moverse. Ladeando su cabeza pendiente de mis gestos. El viento que antes navegaba susurrando, abriéndose paso entre la niebla, volvió a resurgir reclamando atención.


Y una ola fuerte golpeó contra las rocas, y su fiereza convertida en espuma, me salpicó la piel. Al ver las pequeñas gotitas de salitre sobre mí, supe que estaba al borde de un acantilado. De ahí la humedad, el olor a sal, de ahí la niebla densa contaminado mis pulmones. Cuando me creí a salvo, el cuervo volvió a graznar sin dejar de mirarme, y un escalofrío recorrió mi espina dorsal, desarmando mi esperanza. La muerte estaba muy cerca. El mismo animal que me había salvado, se encargaría de llevarme con ella. Lo supe en el mismo momento en el que abrió su pequeño pico y comenzó a mordisquearme. Intenté escaparme, azotarle, pero un viento helado surgió, y el cuervo se volvió indestructible. Picoteó mi corazón, y entre salpicaduras de sangre caliente, se fue comiendo cada fragmento de mí. Mis ojos se cerraron, mi sangre se fue derramando llevándose con ella mi vida. La luz del faro brilló con más intensidad que nunca en mitad de la noche. Apenas podía distinguir las olas del mar morir entre gemidos contra las rocas, cuando me dormí para siempre. — ¿Para siempre? —os preguntaréis. Para siempre. O así lo creía yo. Hasta que tras la luz llegó la oscuridad, y tras la oscuridad… El brillo de las estrellas. Había sobrevivido. Mi alma se había separado de mi cuerpo, de mi corazón negro y abandonado. De mi ser frío y muerto. Y pasé a convertirme en un halo de luz blanca que deambulaba cerca del acantilado, observando las olas del mar. Confundiéndome con la luz del faro, bailando entre ella.


Y allí decidí quedarme. Junto al mar. Como Annabel Lee. Esperando. Esperando que un nuevo amor, me rescatara con su sonrisa. Esperando una nueva oportunidad para amar. Esperando un nuevo amor, correspondido, con el que poder renacer y regresar de la muerte. Porque cuando amamos y el amor dice: ¡no!, nos convertimos en muertos vivientes, cuyo corazón se para por completo. Muertos esperando sentirse vivos otra vez. Fantasmas esperando a renacer.


FANFIC RETRUM “Love’s the funeral of hearts and an ode for cruelty when angels cry blood on flowers of evil in bloom”. - H.I.M. -

L

a muerte siempre ronda cerca esperando su momento para florecer.

En un leve instante dejamos de existir, para convertirnos en polvo de recuerdos al ser abrazados por su respiración. Ese instante puede llegar en cualquier momento. Los azares del destino hablan y los corazones callan. Lo que no sabían los cuatro pálidos, es que la dama negra estaba caminando muy cerca de ellos. Sin perderlos de vista, agazapada entre las sombras. Había acontecido bastante tiempo desde la última vez que se habían reunido. Alexia y Chris seguían juntos viviendo en su ‘Heart of Chambers’, y Lorena y Robert vivían juntos en Barcelona como pareja después de que este último terminase con Birdy, que andaba perdida en un mundo de encuentros y desencuentros, iluminada por el “STARDUST”, entre caravanas en mitad del desierto, estrellas y música glam. Las llamadas eran continuas cada mes, sin embargo por diferentes motivos hacía mucho que no se encontraban cara a cara los cuatro. Por eso querían que su encuentro fuese especial, querían recordar su vida anterior, los buenos momentos, lo que les unió. Lo que desconocían era la aventura que el destino les tenía preparada. Cuando una parte del pasado regresa hay piezas de nuestros antiguos puzzles que también retornan a nuestro presente. Y quizá esas piezas pretendan regresar para resquebrajar la armonía. Después de pasar el día de compras por las calles del barrio de Camden Town entre turistas y bohemios alternativos, y comiendo comida turca sentados en las Vespas que miran al canal, decidieron que al atardecer volverían a Highgate. Allí donde tuvo lugar uno de los momentos más trágicos de sus vidas, la muerte de Mirta. Allí donde fue enterrada “Alba”, la nieve negra que al final volvió a ser blanca, y con la que Alexia y Chris se hermanaron en busca de respuestas antes de empezar una nueva etapa…


Decidieron que bajo la luz de las estrellas se hermanarían los cuatro con ella, y bajo la solapa de sus cuatro rosas moradas descansaría la misma pregunta esperando a ser contestada al amanecer. El tiempo aconteció deprisa entre sonrisas, recuerdos, abrazos y caricias. En un leve suspiro cruzaron los muros del cementerio y se sentaron frente a la tumba de Alba rodeados por sus pertenencias. Extendieron sus sacos de dormir, se sentaron sobre ellos, se maquillaron los unos a los otros, y prendieron de sus ropas negras la flor morada con una pregunta sencilla. — ¿Seguiremos unidos y felices sin sobresaltos? La luna llena se erigió en su trono para dominar el cielo. Junto a ella todas las estrellas afloraron aquella noche. Las que estaban cerca y cuyo brillo era anulado por su proximidad a la luna, las que titilaban con fuerza y aquellas que lo intentaban en la lejanía casi a punto de consumirse. Querían ser partícipes de lo que sucedería con el paso de las horas. Aunque ellos no pudieran verlas. Los cuatro pálidos encendieron unas velas, y entre los sorbos de té caliente que habían transportado en un viejo termo, fueron leyendo fragmentos malditos y relatos de amores inmortales. Comenzaron, bajo el tintineo de sus linternas, con un relato de “Edgar Allan Poe”, titulado: Ligeia. Fue Alexia la primera en comenzar a leer la edición de ‘Felix Martin’ para después ceder el turno a Robert y Lorena. Su voz serena comenzó a relatar esa bella y lúgubre historia de amor, recuerdos y almas atormentadas, rasgando la niebla que había comenzado a nacer, haciéndose fuerte a cada segundo: << Por mi vida que no puedo recordar ahora cómo, cuándo, ni si quiera con precisión, dónde conocí a lady Ligeia. Muchos años han transcurrido desde entonces, y mucho sufrimiento ha debilitado mi memoria…>> Entre las sombras una sonrisa tenebrosa sonreía silenciosamente escuchando cada palabra, cada comentario, espiando cada gesto, cada caricia, cada beso. Y junto a los fuegos fatuos danzaba sin prisas la muerte esperando su momento. El relato de Edgar Allan Poe llegó a su final. Le tocaba leer a Chris y para su narración eligió dos poemas del poeta maldito “Charles Baudelaire” y sus “Flores del Mal”.


Sucede que a veces nuestras decisiones hablan más de lo que nosotros pensamos. A veces nuestros pensamientos se adelantan a ciertos acontecimientos sin que nosotros seamos conscientes verdaderamente. Entre miradas furtivas a Alexia susurró el poema titulado: “La Antorcha Viva”: <<Llenos de luz caminan ante mí esos dos ojos, que ha imantado sin duda un Ángel muy sapiente; caminan, esos santos hermanos -mis hermanos-, agitando en mis ojos sus fuegos diamantinos.

Salvándome de todos los pecados mortales y trampas, por la senda de lo Bello me guían; y son mis servidores y soy yo esclavo suyo; mi ser todo obedece a esa antorcha viviente. …>> Lorena y Robert no pudieron evitar sonreír al ver las miradas de enamorados que emitían sus dos amigos, las mismas que ellos se habían regalado entre cada palabra. Cerca de allí un corazón se sentía abrazado por la envidia, la rabia y la ira. Tras sus pupilas llameaban como el fuego los peores pensamientos. Ajenos a aquellos sentimientos, los cuatro amigos siguieron disfrutando de su encuentro literario. Y entre el parpadeo de las velas que danzaban al compás de sus respiraciones, la luz de la linterna de Chris descubría las letras negras sobre el papel blanco, mientras que Alexia, Robert y Lorena atentos a cada palabra, empuñaban sus faros de luz en dirección a sus propios rostros, dando a la narración unas pinceladas de ultratumba. Entre los resquicios del poco viento que acariciaba sus cuerpos y ondeaba sus cabellos, surgió de nuevo la voz de Chris para recitar un soneto: <<La Muerte de los Amantes: Tendremos divanes profundos cual tumbas, lechos de ligeros aromas repletos, y flores extrañas sobre las repisas, que bajo los cielos más bellos se abran.


Usando a porfía su calor postrero, nuestros corazones serán dos antorchas, que reflejarán sus dobladas luces en nuestros espíritus, espejos gemelos. Una noche mística, de rosa y azul, intercambiaremos un único rayo, cual largo sollozo, repleto de adioses; y más tarde un Ángel, abriendo las puertas, leal y gozoso, vendrá a reanimar, los sucios espejos, las llamas extintas.>>

— Si supieran lo que les espera, lo cerca que están de ser llamas extintas, quizá Chris hubiese escogido otros versos, jaja…—susurró en voz muy bajita cierto corazón que ahora volvía a sonreír sin detenerse. Tras la lectura, el frío comenzó a silbar tan cerca de su piel, que decidieron acurrucarse juntos en sus sacos frente a la lápida de Alba, para dormir. La niebla les hizo estremecerse varias veces mientras intentaban conciliar el sueño. Una parte de ellos estaba intranquila hacía ya rato. Ellos lo achacaban al frío londinense pero en el fondo de su alma, los cuatro tenían miedo a que algo malo les pudiese atacar de nuevo, como años atrás. Y no estaban tan equivocados. Apagaron las velas y mantuvieron dos de sus linternas encendidas para que la oscuridad de aquella madrugada de Septiembre no fuese completa. La luna seguía espiando sus breves movimientos, alerta, esperando nuevos acontecimientos. Sin embargo no sucedió nada. Al amanecer Chris, Robert y Lorena se despertaron sobresaltados al escuchar una voz dulce pero de ultratumba que entonaba una canción de la banda finlandesa de Love Metal, H.I.M. Unas palabras de “Death Is in love with us” comenzaron a surgir entre el balanceo de un viento frío y huracanado:


<<It’s not our fault if death’s in love with us…The Reaper holds our hearts…”>> Fue entonces entre palabras de muerte cuando se percataron de que Alexia no estaba a su lado. Los peores presagios les acariciaron erizando su piel. Un sudor frío comenzó a resbalarse por la nuca de los chicos entre respiraciones aceleradas. Sin preocuparse de nada más, comenzaron a correr en busca de Alexia por los alrededores. — Alexia, Alexia…—gritaron una y otra vez los tres amigos, sin obtener más respuesta que el eco de sus propias voces. El miedo se instaló en sus corazones, el viento frío no cesaba. Y dentro de ellos sabían que esa voz de ultratumba era la de Alba que les estaba avisando de que algo malo había sucedido o estaba por suceder muy pronto.

Estaban llegando a la tumba de Karl Marx cuando se cruzaron de frente con una chica de pelo corto color rojo sangre que llevaba una camiseta del grupo “Children of Bodom”. En la camiseta estaba dibujada la muerte, que estiraba la mano en señal de que la acompañasen, y bajo ella rezaban las palabras: “Follow the Reaper”. La chica llevaba en sus manos dos rosas, una de color negro y otra de color morado. Al pasar junto a ellos les sonrío levemente antes de detenerse frente a una tumba de rodillas, y posar sobre el mármol blanco sus flores. El mensaje estaba claro. Primero la canción, luego la camiseta de la chica, las flores. La muerte estaba muy cerca de ellos. Y así era. Chris gritó de nuevo el nombre de su amada y como respuesta, tras la tumba del filósofo, sociólogo y militante comunista, apareció un viejo enemigo con Alexia delante de él. — ¡Hola chicos! ¿Sorprendidos? —pronunció Morti. El chico había aprovechado un permiso del centro psiquiátrico debido a la muerte de un familiar, para trasladarse a Londres después de enterarse por las redes


sociales del viaje de Robert y Lorena a la capital londinense, y así poder llevar a cabo la venganza que llevaba tiempo planeando. No le bastó con beber de Alexia casi hasta matarla, había decidido que esta vez se la robaría a los pálidos para siempre. Si no era suya, no sería de nadie. Los chicos no se atrevieron a dar ni un solo paso. Morti tenía una daga con una calavera a escasos centímetros de la yugular de Alexia. Un solo movimiento y la afilada cuchilla le arrebataría la vida a su amiga y amor. — Despídete de ellos, quiero que te vean morir —gritó el chico sin ser obedecido, porque Alexia no podía hacer otra cosa más que mirar a sus dos amigos y a su chico, y deshacerse entre lágrimas silenciosas. — Yo lo haré por ti, adiós chicos —gritó de nuevo Morti apretando el cuchillo con más fuerza sobre el cuello de Alexia. La primera gota de sangre cayó al suelo y como respuesta el viento huracanado que antes les había despertado volvió a surgir de la nada asustándoles demasiado. Fue entonces cuando se dieron cuenta de que Morti levantó los brazos en alto y soltó a la chica. Momento que aprovecharon los cuatro pálidos para ponerse a salvo.

El viento volvió a silbar fuertemente, y frente a ellos vieron a su peor enemigo posando la daga sobre su muñeca izquierda. Incrédulos vieron como la fue deslizando lentamente abriendo sus venas en dos antes de clavársela justo en el corazón… La voz dulce de ultratumba volvió a canturrear “Death’s in love with us”. Las gotas de sangre que se precipitaron del cuerpo de Morti se deslizaron sobre el cemento para crear dos palabras sencillas que los pálidos entendieron enseguida. “AHORA SI”. Era Alba, salvándoles una vez más desde el otro lado. Respondiéndoles después de una noche de hermanamiento.


Sucede que a veces la muerte está demasiado cerca. A veces los amores no correspondidos son el funeral de nuestros corazones. A veces las flores del mal que llevamos dentro acaban por florecer y desangrarnos. Los azares del destino hablan, los corazones callan, y la sangre enmudece para comenzar a caminar tranquila. Ahora los cuatro pálidos podían estar unidos para siempre, juntos y felices sin nada que enturbiase sus latidos. “Love’s the funeral of hearts and an ode for cruelty when angels cry blood on flowers of evil in bloom”. - H.I.M. -


Q

- Nota del autor:

ueridos lectores.

Los relatos aquí presentes, han formado parte de mi blog personal “Deshojando mis Octubres”, (http://deshojandomisoctubres.blogspot.com.es/), desde que está abierto. Reflexiones, desvaríos, terapia personal, divagaciones y ensoñaciones gracias a notas musicales. Aquellos marcados como inéditos, han sido creados especialmente para esta antología. Con esta antología deseo que aquellos lectores que han llegado a mi blog, tiempo después de haber comenzado, puedan leer mis relatos sin necesidad de enlaces. Para que aquellos que ya los han leído, si quieren los puedan releer y recordar, y conocer los nuevos. Y para que aquellos que aún no han descubierto mis palabras, si lo desean hacer, se sumerjan en un viaje por estas hojas de octubre impregnadas de sangre derramada. Espero que aquellos que os atreváis a sumergiros en mis otoños, disfrutéis de una aventura, a la dimensión de mi corazón.


E

- Agradecimientos:

n primer lugar quiero agradecer enormemente a los lectores de mi blog, que siempre están al otro lado, esperando nuevas letras, y firmando con sus amables comentarios, demostrándome que no estoy sola dentro de esta pecera que es la blogosfera. Pero sobre todo a: A Ana Nieto, por sus correcciones, por leerme, por nuestras conversaciones, por su ánimo y su fuerza. Por apoyarme en todo. Por ser una gran amiga. A Veritas, por sus consejos, abrazos, sonrisas, por ser una hada del norte preciosa, y estar siempre ahí. A Mara Oliver por enseñarme tantas cosas, por provocar huracanes en mi piel con sus mariposas, y recordarme siempre la esencia de mi alma cuando me siento perdida. A Josep, Joan Llensa, Iris, Begoña y Marisa Sicilia, por estar al otro lado con sus gestos amables. Gracias chicos. Quiero agradecer enormemente, de una forma muy especial a Víktor Valles y Pattrice Moreno. Por aparecer en mi vida y quedarse. Por su gran colaboración en esta antología, haciéndome sentir especial y única. Gracias mininos lindos, por vuestras ilustraciones y prólogo, por embellecer mis palabras con tanto cariño. Por ayudarme a cumplir un sueño. Me hace especial ilusión que me acompañéis en este proyecto. No imagináis hasta qué punto. Y no puedo olvidarme, de las personas que entraron en mi vida de repente, cambiándola por completo. Cosas de los hilos invisibles que nos unen y cambian nuestro destino para siempre. Ellos han creído en mí, más de lo que yo misma he creído durante estos 27 años de mi vida, y gracias a su fuerza me han ayudado a ver la luz entre la oscuridad. Mi mariposa azul y mis ángeles literarios. Sin ellos mi camino sería muy distinto. Mil gracias a mi Maite Belda, Francesc Miralles, Isabel del Río y Rocío Carmona. Gracias por vuestra amistad, vuestras palabras, y vuestro brillo incandescente en forma de estrellas. Por todo lo que sabéis y que no expreso aquí. Sois tan grandes y estáis tan llenos de luz, que me hacéis brillar y sentirme grande a mí.


Gracias a aquellos artistas que me han inspirado nuevas letras, y en especial a mis NIKOSIA. Siempre seréis mi banda sonora para escribir. Gracias al amor verdadero, Manuel, por hacer que mi vida merezca la pena ser vivida. A mi familia, la dada y la que yo escogí.

Y para despedirme, doy gracias infinitas a esos tres ángeles que ahora tengo divisándome caminar desde las estrellas de mi alma, dentro de mi sangre: Feliciano, Nieves y Moisés. Mi padre y mis abuelos. Mis letras no serían las mismas si vosotros no me ayudaseis a sentirlas y plasmarlas en el papel. Gracias por haberme ayudado a ser la persona que soy. Gracias por permanecer en la corriente continua de mi sangre. Y a ti, lector. Por tener la valentía suficiente para adentrarte en mis mundos sombríos y meláncolicos.


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- INDICE ANTOLOGIA: -Prólogo de Víktor Valles - A CORAZÓN ABIERTO Deshojando mis octubres Día de difuntos Las luces de Navidad Latidos inmortales Copos de ángeles blancos Las cosas que no nos dijimos Te estaré esperando en las estrellas Otros corazones en un mismo corazón En la corriente continua de mi sangre - NOTAS MUSICALES Gloomy Sunday Skeletons in my closet Papillon I can’t take my eyes off you Gotas de lluvia (Raindrops) Luna de Nieve - SUSPIROS Jugando con el placer Entre el calor del invierno *Alas desplegadas *Special Night - TENEBRIS Sangre escarchada El grito de las aves negras *Enterrado Fanfic Retrum - Nota del autor - Agradecimientos


* Los relatos marcados con asterisco son inéditos. No expuestos en el blog. Todos los derechos reservados. Antología registrada en la plataforma intelectual SAFE CREATIVE 


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