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© 2016 Rebeca Bañuelos Ortiz Diseño de portada: Rebeca Bañuelos Imagen: Rebeca Bañuelos

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Esta novela es una obra de ficción. Los nombres, personajes y acontecimientos son producto de la imaginación de la autora. Cualquier parecido con hechos reales, lugares o personas vivas o muertas, es mera coincidencia.


«People once believed that when someone dies a crow carries their soul to the land of dead. But sometimes, something bad happens that a terrible sadness is carried with it and the soul can’t rest. Then, sometimes, just sometimes, the crow can bring that soul back to put the wrong things right». THE CROW (Película)


Dedicatoria: A mis รกngeles.


PRÓLOGO Todos tenemos ángeles de la guarda que nos protegen. Aunque no seamos religiosos, aunque nos definamos como personas más o menos espirituales, aunque intentemos negarlo y hacernos los duros que no necesitamos nada de nadie. Nuestros muertos siempre están a nuestro lado, sea de la forma que sea, detrás de mensajes, recuerdos, como energía palpitante y gotas de sangre… Esos ángeles nos ayudan a caminar, mantienen intacta la vela de nuestros sueños para que no se apague. Suceda lo que suceda. Son ángeles que nos susurran al oído recuerdos de momentos imborrables y nos muestran nuevos instantes por descubrir. Instantes que están esperando por nosotros, únicamente por nosotros. A veces, sucede que esos ángeles no tienen perfectas alas blancas a su espalda, sino que están ocultos bajo un ropaje de terciopelo negro. Esos ángeles no destellan ni resplandecen con el sol, sino que aparecen bajo la lluvia, entre la niebla y con el manto del anochecer, para susurrarnos que siguen a nuestro lado cuando la rutina es más dolorosa. A momentos no somos capaces de percibir sus graznidos susurrantes y nos dejamos abrazar por la eterna melancolía, por miedo a despertar. Por miedo a volver a caer. Sin embargo, siempre acabamos pronunciando nuevos pasos, encontrando la luz entre la endemoniada oscuridad. Porque como alguien dijo una vez: «Nunca llueve eternamente». Y es de listos evolucionar aunque no estemos preparados para ello. Esos ángeles convertidos en cuervos negros, revolotean a nuestro alrededor y con sus gorjeos intentan apaciguar la tristeza que otros provocaron, que la muerte consiguió…y las sonrisas renacen en el momento más inesperado. Y ellos también sonríen porque saben que han ayudado, ayudan y ayudarán a que el alma camine tranquila y en paz.


1. ANNABEL Annabel sabía que ellos estaban a su lado. Podía sentirlos cerca de ella, en su interior. Ayudándola a renacer, a sobrevivir y a desear vivir, porque aunque parezca lo mismo sobrevivir que vivir, no lo es. La joven sabía que estaban tan cerca que le era doloroso no poderles tocar. Intuía que estaban ahí desde el primer momento que sus corazones se apagaron, imprimiéndole fuerzas, intentando que viera la realidad, intentando hacerla entender que siempre permanecerían a su lado. Porque ella nunca dejaría de recordarlos, y porque ellos se marcharon amándola eternamente. Y dicen que cuando el amor es eterno, ni siquiera la muerte puede arrancarlo de las entrañas, porque incluso la fría dama lo hace más fuerte. Y porque Annabel siempre había sido un alma demasiado intuitiva, podía percibir cosas que otras personas no conseguían. En una de sus películas favoritas, la niña amiga de los protagonistas susurraba que “si nos roban a nuestros seres queridos, la forma de hacer que vivan más tiempo es no dejar de amarlos nunca”. Annabel no había dejado de quererlos ni un solo segundo. Su amor hacia ellos era inmortal. Desde siempre, pero más imperecedero desde el momento en el que la muerte los abrazó; y así seguiría siendo hasta que la muerte la acogiese a ella también y su amor inmortal se convirtiese en infinito. Porque el amor verdadero es entregado desde siempre y para siempre. De lo contrario no se entrega. Habían acontecido ya dos años desde que un conductor borracho se saliese de su carril y embistiera frontalmente con el coche en el que viajaban su padre y su abuela. El impacto había sido tan fuerte que ambos habían muerto casi en el acto. Sus cuerpos yacían ahora en una pequeña cripta antigua y restaurada en el cementerio de su pueblo, y ella les visitaba siempre que podía. Era su forma de acompañarlos de la única manera que podía. Se sentía bien allí, acurrucada entre las frías paredes de cemento gris, perdida entre lecturas o palabras en sus libretas. Se sentía a gusto entre el silencio que reinaba en el camposanto, porque ese era su lugar de reunión, el lugar dónde les tenía y sentía más cerca, dónde podía hablar con ellos con tranquilidad sin parecer una lunática. A escasos centímetros unos cuerpos de otros, aunque les separase esa pequeñita y a la vez tan enorme frontera que camina entre la vida y la muerte.


El sol comenzó a brillar desde bien entrada la mañana. Era uno de esos días de Junio en los que el cielo estaba totalmente despejado y el calor era bastante sofocante. A Annabel no le gustaba el sol. Odiaba el sol. Odiaba que su piel blanca como la nieve cambiase de color. Odiaba el sentimiento de asfixia en sus pulmones, el sudor pegajoso resbalándose por su piel y el agotamiento físico que le producía algo tan simple como caminar. Odiaba el verano, pero no solo por la climatología, sino que esta aversión escondía un sentimiento más profundo y que muy pocos se habían molestado en descubrir. Los rayos de sol lograron penetrar por las rendijas de la persiana de su habitación despertándola. ––¡Maldito sol! —pronunciaron sus labios mientras sus ojos luchaban por no percibir la claridad. Intentó dormir un poco más para aprovechar su día libre pero le fue totalmente imposible con los haces de luz entrando por la persiana. Si de ella dependiese sería otoño e invierno durante todo el año, aunque la primavera la gustaba por el florecer de las plantas, quien inventó las estaciones se podía haber ahorrado el verano. Se levantó a regañadientes, cabreada con el clima y enfadada con el mundo entero, incluso con las personas que no conocía. Subió las persianas y los rayos del astro la golpearon ferozmente sin compasión. Su respuesta fue un grito que hizo temblar las paredes de su habitación. ––¡Maldito sol estúpido! ¿Te odio sabes? —pronunciaron sus labios cuando se sobresaltó al escuchar el ring del teléfono. Descolgó y preguntó: ––¿Si? ––¡Hola cariño, soy yo! ¿Te he despertado? —inquirió una voz femenina al otro lado del auricular.


––¡No! Me acabo de despertar ahora. Quería dormir un poco más pero con esta luz no hay manera… ––Te llamaba porque el abuelo quiere que vengas a comer con nosotros, no quiere que pases este día sola. Así que te llamaba para avisarte con tiempo. ––¡Ok! desayuno algo, me doy una ducha y voy para allá. ––Vale cariño, aquí te esperamos. Por cierto, las dos rosas rojas que me pediste que cortará ya están preparadas en un ramo —le dijo su tía. ––¡Gracias tata! Son para llevárselas esta tarde a papá y a la abuela. ¿Has ido tú esta mañana? —preguntó a media voz. ––Si nena, les llevé un centro de flores esta mañana y aproveché para quitar las flores secas y limpiar un poco —contestó María. ––¡Lo intuía! —dijo entre en sonrisas—. Os veo ahora. Un beso. ––Un beso cariño, hasta ahora.


2. LEE Ya habían pasado varios años de su muerte y sin embargo Lee estaba anclado en el mismo lugar en el que se había quedado tras el fallecimiento de Andreas, su mejor amigo, su hermano elegido. Desde que se conocieron en el parvulario fueron inseparables. Andreas era para Lee ese hermano que nunca tuvo, la familia que él escogió desde que su amigo le devolvió la plastilina que otro compañero de clase le había robado. Esa clase de conexión inocente y verdadera que cuando nace acaba siendo para siempre. Su muerte aconteció demasiado deprisa y por más que intentaba darle vueltas al asunto siempre acababa de la misma forma. Sin entender nada y con un nudo en la garganta imposible de eliminar con otra cosa que no fueran lágrimas. Su amigo se había ido pero él aún le sentía a su lado. Como un pequeño cuervo negro que siempre le mandaba los mensajes oportunos en el momento más inesperado, aunque fuese en mitad de la noche y tras posarse en el alfeizar de su ventana, como ese viejo cuervo del poema de su escritor preferido. Una tarde se despidieron como siempre que Andy se iba a trabajar, con un “hasta luego, colega” y unos cuernos de dedos en plan: soy un metalero de los pies a la cabeza, y horas después le daban la noticia de que su amigo había fallecido. Así, sin más. Había perdido la vida sepultado bajo una máquina en su puesto de trabajo por culpa de un fallo en los paneles eléctricos. Y él había perdido a su hermano. Esas cosas que no pasan muy a menudo, pero que a veces acontecen, dejando claro a todo el mundo que la muerte es tan inesperada como brutal y que puede aparecer en cualquier momento. Tras la marcha de Andy, el joven de pelo negro y ojos oscuros también tuvo que decir adiós a su hermana Ivanna, con la que mantenía una relación sentimental desde hacía un año, y que al morir su hermano había decidió marcharse con sus padres de aquella ciudad que sin Andreas se les hacía insoportable. Lee sabía que tenía que recomenzar su vida otra vez. Ya habían pasado dos años de todo aquello pero una parte de él seguía anclada en el pasado sin saber qué hacer. Según los médicos la época de luto ya tendría que haber acontecido, y Lee era


consciente de que había vivido todas las etapas que se supone que debían de pasarse. Negación, ira, aceptación, resurgimiento. Él se había quedado en la etapa de aceptación. Lo de resurgir ya era otro asunto más peliagudo. Además le dominaba una idea errónea, pensaba que si no conocía a nadie nuevo, que si no abría su corazón a nadie, no volvería a sufrir. Le fustigaba la idea tonta de que nadie llenaría el vacío que Andreas y su hermana habían dejado en su vida. Se había acostumbrado demasiado a ellos, a que conocieran sus gustos, sus manías, a no tener que intentar caer bien a nadie… Su vida consistía en trabajar en el taller de automóviles de su padre arreglando coches y motos, mientras soñaba con dedicarse a su sueño: el dibujo y la ilustración. Pero como lo de luchar parecía que también se había esfumado hacía tiempo, pues seguía pasando las horas entre llaves inglesas y manchas de grasa, con la mirada fija en motores y lubricantes sin un atisbo de casualidad que le hiciera sonreír con ganas. Él se hallaba perdido y sus padres demasiado cansados de que su hijo no levantara cabeza. Apenas se colaron los primeros rayos de sol ese día y el despertador sonó, consiguiendo un bufido de hastío de la boca del joven Lee había puesto la alarma para levantarse pronto y acudir al cementerio. Era el aniversario de la muerte de Andreas, y como todos los domingos le llevaría flores nuevas. ––Ya han pasado dos años de tu muerte, amigo, ni imaginas cómo te echo de menos — pronunció mientras acariciaba la foto que se hicieron juntos un mes antes de su fallecimiento, durante el cumpleaños de Lee. Se dio una ducha y bajó a desayunar con sus padres. No pudo evitar sentir una punzada en el estómago al ver las flores, que le había encargado a su madre comprar, preparadas en un jarrón con agua en el salón. Le dio un beso a su madre y una palmada en la espalda a su padre y se sentó a la mesa. Ambos le miraron con tristeza. No se olvidaba nunca de él pero no sabía que le sucedía durante el aniversario que todo se hacía más real, el dolor era más profundo, más intenso. La soledad abrazaba


más fuerte porque era un recordatorio permanente del día en el que todo había acontecido. Desayunó unos cereales a toda prisa, evitando así cualquier tipo de conversación con sus padres. Sabía que si alargaba mucho la estancia comenzarían a bombardearle con consejos sobre su futuro, sobre salir de fiesta y conocer gente nueva, alguna chica, sobre explotar su vena artística y abandonar el taller mecánico familiar, etc… ––Como si fuese tan fácil olvidar y comenzar de nuevo —se decía para sí mismo siempre que le aconsejaban. Cogió las flores, se despidió y salió de casa. En media hora ya había llegado al cementerio. Eran las diez y media cuando abrió la pesada puerta de hierro oxidado para dirigirse a la lápida de mármol negro de Andy. Al llegar vio que en el panteón de al lado, una señora de unos cincuenta y tantos años, barría con una escoba el habitáculo y colocaba un centro de flores nuevas. Siempre le había llamado la atención esa especie de cripta en forma de capilla pequeña con puerta de hierro, porque en la pared había tallados en la piedra dos aves que parecían dos cuervos. A Lee le gustaban los cuervos, le fascinaban más bien. No solo le recordaban el poema de Edgar Allan Poe sino que además creía que tenían una especie de magnetismo que otras aves no tenían. Quizá por eso de que en algunas mitologías eran seres mágicos y adorados, por eso de que algunos los veían como poseedores del pasado, del futuro y del momento presente. Por eso con dieciocho años se había tatuado uno en la espalda. ––¡Hola amigo! Aquí me tienes un domingo más dándote la chapa. Sabes, he salido de casa a toda prisa, últimamente mis padres se pasan el día entero atosigándome. Que si tienes que salir, conocer gente nueva, alguna chica que te gusté, empezar de nuevo, dedicarte al dibujo. ¡Cómo te reirías de mí si lo vieses por un agujero! — pronunció Lee muy nostálgico, dirigiéndose a su amigo en voy muy bajita mientras colocaba un ramo de rosas naranjas. Un ruido le sacó de su conversación. La señora había acabado de acondicionar la cripta y se disponía a marcharse, cuando sus miradas se cruzaron y ésta le sonrío.


––¡Buenos días! —se dijeron al unísono entre sonrisas ladeadas mientras se saludaban con la mano en forma de despedida. A los dos minutos, el silencio se hizo cada vez más audible, el cementerio estaba vacío y él estaba solo con los muertos. Cosa que Lee agradecía enormemente porque así podía seguir con su diálogo privado sin que nadie se riese de él. –– Como te decía…que mis padres quieren que deje el taller y busque algo relacionado con el dibujo o el arte gráfico, algún curso o academia, donde pueda formar “mi vena artística”. En buena hora les contaste que dibujaba, tío. Sé que sería un buen futuro trabajar en algo que me apasiona…pero darles la razón es algo que…—siguió pronunciando Lee mientras la mañana seguía su curso y los minutos avanzaban.


3. ANNABEL Las agujas del reloj marcaban las tres de la tarde cuando Annabel cruzó la puerta del cementerio. Se quitó los auriculares y guardó su mp4 en el bolsillo de la bandolera de su ilustradora favorita: Victoria Francés. Se dirigió hacia el mausoleo familiar con sus dos rosas rojas en la mano. Mientras caminaba no pudo evitar que su mirada se fijara en la tumba de mármol negro que descansaba cerca de su destino y en la hermosura del ramo de rosas naranjas cuyos pétalos brillaban bajo el sol como luceros resplandecientes. Esa imagen la hizo sonreír. ––¡Para que luego digan que no sonrío! —pronunció su voz entre susurros. Al llegar al mausoleo, posó las dos rosas entre las lápidas de su padre y de su abuela, acarició sus nombres con la yema de sus dedos y les lanzó un beso. Una transparente lágrima se deslizó por su rostro haciendo que un escalofrío recorriera su cuerpo en aquel caluroso día de Junio. Sintió frío y eso la hizo sonreír de nuevo. Cerró la puerta de la cripta y se sentó en el suelo apoyándose en los barrotes de hierro. Cogió de su mochila un par de cirios blancos envueltos en plástico rojo y los encendió, sacó su libreta morada y una de las plumas de la colección que la regaló su padre por su cumpleaños y se puso a escribir entre las hojas cuadriculadas sus pensamientos. «Hoy hace justo dos años que la muerte os arrancó de mi lado. No hay un solo día que mis labios no pronuncien vuestros nombres, que mi corazón no os recuerde. Os echo de menos tanto que a veces vuestra ausencia me hace volverme loca. Sé que tengo al abuelo y a tita, y a mi querida amiga viviendo su amor tórrido en Londres, que al menos tres personas se preocupan por mí, sin embargo me siento muy sola. Desde que Sam se cansó de fabricar sonrisas para alguien que no siempre tiene fuerzas para sonreír y decidió marcharse, la casa me resulta demasiado grande para mí. Ya me había acostumbrado a despertarme a su lado, al olor de café recién hecho en la cocina, a preparar comida para dos.


En el fondo no le culpo, no todo el mundo está preparado para pasar sus días junto a una chica que ha perdido a sus dos pilares y que se siente tambaleante sin ellos. No todo el mundo ama demasiado como para querer ayudar a sobrevivir a alguien que a veces no tiene fuerzas para caminar. La vida es demasiado corta y la gente quiere pasión, diversión, no lágrimas ni tristezas. Solo alguien que ha pasado por lo mismo, puede ser capaz de amar sin juzgar. Solo alguien que de verdad ama a la otra persona es capaz de ponerse en su piel para tratar de entender cómo de vacío puede llegar a sentirse su corazón. Quien sabe…mis ángeles, así como la muerte os llevó para no volver, quizá algún día el destino me tenga guardada una sorpresa y me presente a ese chico capaz de amarme, entenderme y hacer de mi vida un sueño feliz. Quizá algún día mi príncipe aparece y llama a mi puerta ¿no? ¡Soñar es gratis! O puede que mi destino sea estar sola, no tener un amor ardiente, inmortal y sincero como el de aquel poeta que tanto me gusta por su Annabel Lee. Quizá no haya nadie a quien yo pueda regalarle mis palabras de amor… Quizá solo el viento y vosotros estéis destinados a escuchar mis suspiros impregnados de prosa sin sentido ni significado… En estos momentos necesitaría un abrazo vuestro para tener esperanza de que mi vida puede cambiar. Sin embargo solo puedo cerrar mis ojos para que eso ocurra, y ser consciente de ello me hace debilitarme aún más…» Secó las lágrimas que se precipitaron desde sus ojos al imaginar esos abrazos y no obtenerlos más que en su mente. Suspiró profundo y le pidió a las estrellas un amor que calmase su corazón… Fue en ese mismo instante cuando un viento sur comenzó a soplar fuerte y el pétalo anaranjado de una flor consiguió colarse por las rendijas de la puerta posándose al lado de una de las velas. Annabel sonrió y guardó ese pétalo dentro de su libreta. Sus labios volvieron a pronunciar:


—¥Ya son dos las sonrisas que me arranca esta bella rosa!


4. LEE Eran las dos de la tarde cuando Lee entró por la puerta de su casa. La mesa ya estaba puesta y sus padres le estaban esperando para comer. Todo estaba impoluto. Así era su madre, una maniática del orden que debía tenerlo todo en el lugar correcto, por eso no llevaba nada bien que su hijo no consiguiera seguir con su vida. No era así como tenía que ser y eso la frustraba. Tras un breve saludo, corrió hacia el baño para lavarse las manos y refrescarse la cara. Al ver su imagen en el espejo no pudo evitar posar la yema de sus dedos sobre las ojeras violetas que decoraban sus ojos. Su pelo negro y su flequillo a lo emo ocultaban sus ojos la mayor parte del tiempo, pero cuando su piel blanca se reflejó en el cristal del baño, Lee fue consciente de que debía hacer algo por mejorar su aspecto y empezar a mirar hacia delante. Se sentó apresurado para degustar la ensalada de lechuga con tomate y los macarrones gratinados que su madre había preparado. Estaba muy hambriento. La mañana de conversación con su amigo Andy bajo el sol aplastante le había dejado exhausto. Y era de la opinión de que con el estómago lleno todo se veía mejor. Aún tenía los ojos enrojecidos de tanto llorar entre confesiones al silencio y sus padres se habían dado cuenta aunque se limitasen a observarlo en silencio. Sabían que cuando él quisiera hablar con ellos lo haría. Presionarle para que les hiciera partícipes de sus sentimientos lo único que conseguiría es que volviera a cerrarse de nuevo. Lee fue el primero en abrir la boca para decir algo que sus padres no se esperaban. ––Sé que debería buscar por internet algún curso de dibujo o de diseño gráfico cerca del pueblo o en la ciudad… Y lo haré. Pero no quiero dejar el taller mientras tanto, papá. ––¡Me parece un gran paso hijo! Tú busca y si encuentras algo que te llame la atención nos lo dices, lo que tú decidas estará bien —dijo su padre. ––¡No queremos que abandones el taller Lee, lo que queremos es que inviertas tu tiempo en lo que te apasiona, que cultives ese don que decía Andy que tenías.


Nosotros también creemos en ti y pensamos que puedes llegar lejos con el dibujo —se sinceró su madre mientras le acariciaba la cara con su mano derecha. Lee sonrío con una pequeña mueca mirándolos a los ojos, incapaz de pronunciar una sola palabra. ––¡Quien sabe hijo, quizá algún día encuentres un trabajo en el que desarrollar tu arte! Eso te hará sentirte más completo, estoy seguro —inquirió su padre con voz sería antes de darle una palmada en la espalda. Por mucho que le encantase tener a su hijo trabajando con él, la vida les había demostrado demasiadas veces que a veces era demasiado corta y que no hay que perder el tiempo postergando los anhelos y los sueños. Lee volvió a sonreír antes de darles un abrazo a cada uno y siguió comiendo para después coger rumbo a las escaleras hacia su habitación. Su madre, Angelique, miró a su padre sin poder evitar que unas lágrimas manchadas de rímel surcaran la piel de su rostro. A lo que su marido la contestó con una sonrisa seguida de unas palabras. –– ¡Lo ves mujer, parece que empieza a despertar! ¡Hay caminos que él solo debe recorrerlos! ¡Ojalá encuentre algún curso o algo que le guste de verdad y le ayude a seguir avanzando! Una vez en su habitación, tumbado sobre la colcha blanca de algodón, Lee abrió su diario y comenzó a escribir en él con tinta roja. «¡Querido Poe! Aquí estoy de nuevo un día más. Hoy hace dos años de la muerte de Andreas. He estado en el cementerio. Fui a llevarle flores y a hablar con él como cada domingo. Me duele no tenerle a mi lado, pero soy consciente de que de alguna manera sigue conmigo ayudándome. Haciéndome ver las cosas más claras. Hablar con él me ayuda a desahogarme y me clarifica las ideas. Incluso hay noches que sueño que es un pequeño cuervo que me persigue y me protege, guiándome en el camino. He decidido buscar por internet algún curso de diseño gráfico o de dibujo. Se lo prometí a él hace mucho tiempo. Les acabo de dar la noticia a mis padres y me han


dicho cosas que no esperaba. Ambos creen en mí, Andy creía en mí y sé que eso me ayudará a querer creer en mí mismo. A veces solo necesitamos que alguien crea en nosotros para sentirnos más fuertes y enfrentar aquello que nos aterra o nos hace dudar. Me empiezo a sentir ilusionado y eso es algo que no me sucedía últimamente. Desde hace algunos años concretamente. Hace meses que al hablar con Andy ya no nombro a su hermana, y eso quiere decir que mi corazón por fin la ha olvidado. Ha olvidado su traición y su abandono. Cuando la recuerdo, solo me vienen a la mente los buenos momentos que pasamos juntos, los momentos que pasamos los tres. Dicen que cuando el tiempo sana las heridas, el olvido se lleva los malos momentos y la memoria nos presenta únicamente los buenos, esos a los que nos aferramos con la esperanza de que aparezcan otros que acumular y añadir a la lista. Quizá sea verdad. Lo único que sé con claridad es que hoy dentro de mí está naciendo algo, a pesar de ser el aniversario de su muerte. Me siento más despierto, con más ganas de vivir, de cambiar, de evolucionar. Incluso hablando con él le he susurrado que me encantaría conocer a una chica nueva, alguien con la que conectar de verdad, que me entienda, que comparta mis gustos, mis aficiones…Sería magnífico y un gran cambio, porque mi única novia, Ivanna, nunca compartió ni mi pasión por el heavy metal, ni por mi escritores favoritos, para ella solo era el atractivo pero excéntrico amigo de su hermano dos años mayor que ella. Sé que posiblemente sea mucho pedir…pero…quien sabe, quizá algún día encuentro a esa chica. Entonces sería una buena oportunidad para permanecer despierto para siempre… Voy a buscar por internet, ya te contaré. Lee.» Cerró el diario, lo guardó detrás de los libros de su estantería y acelerado encendió el ordenador para buscar algún curso.


No sabía que había varios cuervos atentos a sus deseos, unos escuchaban para después al día siguiente contar lo ocurrido, otros intentaban que fuese él quien escuchara. Después de varias búsquedas sin nada que llamase su atención, el joven encontró unas clases particulares de dibujo artístico en la ciudad. Un profesor jubilado y pintor experimentado daba clases en una academia, a todos aquellos que quisieran acudir, tuviesen experiencia o no. El curso era tres veces por semana, Lunes, Miércoles y Viernes, de cinco a siete de la tarde, por 50 euros al mes. Apuntó la dirección en un folio y bajó al salón para contárselo a sus padres.


5. ANNABEL Eran las tres de la tarde de un nublado día del mes de julio cuando Annabel cansada de limpiar portales llegaba a casa. La parada del autobús quedaba tan solo a diez minutos de su casa sin embargo a veces el camino de regreso se la hacía eterno, sobre todo cuando la melancolía conseguía abrazarla fuerte y mermar sus fuerzas. Y ese era uno de esos días. ––¡Tengo que llevar la Harley a revisar! Para eso me saqué el carnet de moto ¿no? —pronunciaron sus labios antes de cruzar la última esquina antes de su calle. Llevaba días dando vueltas a la idea de llevar la moto de su padre al taller mecánico del pueblo. La producía mucho respeto y sentía cierto vértigo de solo pensar en ese instante en el que se subiría en ella por primera vez, pero una Harley Davidson como aquella no podía servir únicamente para acumular polvo en el garaje. Además sabía que si su padre la viese utilizarla, estaría orgulloso de ella. Siempre la dijo que un día se la regalaría. Y a ella le fascinaba desde pequeña el rugido de su motor y su silueta morada brillante. Agarrarse a las espadas de su padre y que el viento les golpease el rostro mientras iban de ruta. No importaba el tiempo que pasase, ni que la muerte les hubiera separado demasiado temprano, hay recuerdos que son imperecederos. Iba perdida en sus pensamientos cuando al cruzar la esquina para llegar a su casa un grito la hizo dar un salto del susto. ––¡Annabel! —gritó una voz que reconocía muy bien pero que hacía mucho tiempo que no escuchaba, excepto a través del teléfono. En cuanto levantó la vista del suelo vio a su amiga del alma, Elizabeth, corriendo hacia ella. Sus labios pronunciaron la sonrisa más radiante en los últimos tiempos y sus ojos comenzaron a derramar lágrimas a causa de la alegría y de los nervios. ––¡Elizabeth!? No me lo puedo creer. ¿Pero qué haces aquí? —murmuró su voz a pleno grito en el mismo momento en el que se fundió en un abrazo con su amiga.


––¿Aún hay un sitio en tu casa para mí? ¡Te he echado muchísimo de menos! ¡Nunca debí marcharme ni dejarte sola! —le susurró Beth antes de mirarla a los ojos y comerla a besos. ––Yo también te he echado de menos y por supuesto que tengo una habitación para ti. ––¡Oye menuda pinta que tienes! Has adelgazado mucho, aunque sigues estando preciosa —la dijo mientras Annabel se veía incapaz de pronunciar una sola palabra porque no paraba de sonreír. Abrazadas cogieron la maleta de Beth y entraron en casa. Corrieron hacia el teléfono y pidieron comida turca. Entre kebaps y unas cuantas cervezas celebraron su reencuentro y se pusieron al día. ––¿Y cómo es que has regresado de Londres, así sin más? ¿Qué ha pasado con Nate? - preguntó Annabel. ––¡Todo ha sido culpa de Mark! Sé que fue él quien me enseñó todo lo relacionado con los piercings y los tattoos, quien me animó a hacer el cursillo, quien me dio la oportunidad de trabajar en su estudio en lo que me gusta, pero me cansé de que solo me dejase tatuar lo que él no quería hacer. No me dejaba experimentar. Me quejé…y aquí estoy amiga -dijo Beth. ––¿Ya pero que tiene que ver eso con Nate? —preguntó Anna intrigada. ––¡Nunca le hables mal a un tío de su mejor amigo! Nunca te elegirá a ti. Al menos no en mi caso —dijo con lágrimas en los ojos Beth. ––¡Pues que les den a esos dos ingleses! No saben la joya que se pierden —le dijo a su amiga mientras la abrazaba. ––Así que aquí me tienes amiga. Con una máquina de tatuar, una maleta llena de ropa y con todo el dinero que tenía en la cuenta corriente, menos mal que me dio por ahorrar. Así que mañana mismo me voy al banco a arreglar papeles y me pongo a buscar trabajo —dijo Elizabeth con una sonrisa en la boca.


––Tú por el dinero no te preocupes, ni por el trabajo tampoco. Ya veremos qué hacemos. Y donde come una comen dos. Vamos a preparar tu habitación —sentenció Annabel. ––¡Mi habitación puede esperar amiga! cuéntame tú… ¿qué tal todo? ¿Algún chico a la vista? ¿Algún proyecto literario? —preguntó. ––Ni una cosa ni la otra. Cuando no trabajo estoy con mi abuelo y con mi tía ayudándoles en la huerta ecológica. Los domingos me voy todo el día al mausoleo familiar, y allí estoy leyendo o escribiendo alguna cosa suelta. He pensado crearme un blog para colgar en él mis relatos, pero no acabo de animarme. Y respecto a los chicos nada de nada. Hace tanto que no salgo de bares…ni voy de conciertos…que ya ni me acuerdo —dijo Annabel con pesar tras sus pupilas. ––¡Pues eso va a cambiar conmigo aquí, amiga! Ambas vamos a cambiar el rumbo de nuestras vidas que ya es hora. Por lo pronto mañana mismo por la tarde te vas a crear un blog y vas a buscar concursos literarios o algo. Y yo buscaré alguna clase de dibujo o algo para seguir practicando mientras encuentro algo. Ese día todo comenzó a cambiar para Annabel. Se acostó con una sonrisa en la boca y escuchando la respiración de su mejor amiga que dormía como un bebé después de tantas cervezas.


6. LEE Lee estaba trabajando en el taller, terminando de poner a punto el motor de un Ford Focus blanco, cuando una voz femenina lo interrumpió sacándole de su mundo. —¡Perdona! ¿Podrías atenderme por favor? Cuando levantó la vista se dio un golpe con el capó y su voz susurró: —¡Auuu! Sus mejillas se turbaron al encontrarse de frente con una chica de su edad, vestida con chupa de cuero, pantalones vaqueros rotos y botas militares, con un casco entre sus manos. Se quedó paralizado hasta que reparó en el golpe e instintivamente se tocó la cabeza. —¿Estás bien? ¿Te has hecho mucho daño? —¡No es nada! —respondió haciéndose el fuerte, mientras pensativo se tocaba la cabeza y sonreía, antes de preguntar: ¿Querías algo? —Sí, la verdad es que venía para saber si mi Harley ya estaba revisada. El señor Johnson me dijo que estaría para hoy. —contestó Annabel. Con los ojos como platos le preguntó: —¿La Harley morada con la calavera plateada es tuya? —Sí, ¿por qué? ¿Tiene alguna avería grave? —inquirió la chica. —¡No! Está lista desde esta mañana. Solo que por el modelo y el nombre de la factura pensé que su dueño sería un hombre —contestó algo avergonzado. —Y una jovenzuela no puede conducir una Harley ¿no? —dijo Annabel sonriente e irónica, antes de pronunciar: Era de mi padre pero ahora es mía. Stevenson es mi apellido. Mi nombre es… Y en ese mismo instante sonó el teléfono interrumpiendo la conversación. Era Beth.


—¡Hola Amore! ¿Ya estás en casa? Yo estoy recogiendo la Harley y en nada estoy ahí — dijo Annabel mientras le pedía a Lee la factura entre señas y le pagaba el arreglo, para seguir hablando por el celular. De reojo no pudo evitar mirar al joven que tenía frente a ella. «¿Quién será?» «¿El hijo del Sr. Johnson?» Él le dio las llaves de la moto, ella se montó, arrancó y colgó diciendo: Besitos. El chico seguía maravillado observándola. Annabel se guardó el móvil en la chupa, se puso el casco y pronunció un sonriente: ¡Gracias! Mirando fijamente a Lee antes de abandonar el taller entre rugidos de motor. Él la despidió con la mano, mirándola en la lejanía. —Para una chica guapa que aparece y tiene novio —dijo con semblante triste el chico antes de continuar con el motor del Ford blanco.

Una hora más tarde llegó su padre y, al ver que la Harley no estaba, le preguntó: —¿Ya ha venido la señorita Stevenson a por su moto? —¡Si papá, hace una hora que se marchó! —contestó el chico. —Es guapa ¿eh? Además por su forma de vestir y por la pegatina de la calavera en la moto, me da que tenéis los mismos gustos. En la factura está su teléfono —dijo el hombre sonriendo pícaro alzando las cejas varias veces incitándole a lanzarse. —¡Puede ser! Lo que pasa es que dudo mucho que a su novio le haga mucha gracia que yo la pida salir. —¿Novio? ¿Te ha dicho que tiene novio? Pues a mí no me dijo nada de tener novio cuando vino y estuvimos hablando un buen rato, y me dijo que vivía sola.


—No sé… ¿Pero las palabras “amore” y “besitos” en una conversación telefónica te dicen algo? —dijo Lee enfadado. —¿La has expiado mientras hablaba por teléfono? —preguntó el hombre sonriendo de nuevo—. Yo no te he educado para eso… —¡Yo no he expiado a nadie, ella hablaba mientras me pagaba…¡Y deja ya de sonreír, viejo! —dijo malhumorado el chico. Su padre se metió en la oficina levantando las manos en señal de rendición, para dar cierre a la jornada laboral y hacer balance, mientras que en su mente seguía pensando en Annabel. —Pues qué raro, si me dijo que ya no tenía novio, y que vivía sola desde la muerte de su abuela y de su padre…En fin…una pena, para una chica guapa y similar en gustos a Lee y tiene pareja. »Pero a Lee le ha gustado, esos celos le delatan y eso quiere decir que al menos se ha fijado en ella, parece que la cosa cambia…Guardaré el teléfono por si acaso —dijo el hombre entre susurros para sí, sonriendo contento.


7. ANNABEL Los meses habían acontecido tan rápido que el otoño ya había llegado a la ciudad, y con él una actuación esperada por la joven de pelo rojo. Eran las diez de la noche y el bar “Cemetery” estaba a rebosar de gente. Era la única cita de la artista “Emilie Autumn” en la ciudad, y tanto Annabel y Elizabeth como Lee se habían trasladado hasta allí para disfrutar de un espectáculo de Dark Cabaret. Entre las paredes pintadas de negro y revestidas de piedra hasta mediana altura, se congregaban demasiadas personas para que pudieran encontrarse entre el tumulto, pero a veces las casualidades existen. Él estaba en la barra, ellas y sus dos acompañantes en primera fila. Después de cuatro canciones, uno de ellos, David, decidió ir a por más bebida. —Otras dos cervezas —le dijo al camarero. Lee le miró pensando en que el cachas estaría allí con alguna chica mientras él había acudido a su primer concierto después de tanto tiempo sin salir, totalmente solo. Pero fue un pensamiento fugaz aunque doloroso que trató de olvidar enseguida volviendo la cabeza hacia el escenario para seguir disfrutando de la noche. La imagen de Annabel se le apareció en su memoria y no pudo evitar sentirse triste mientras se preguntaba a sí mismo en silencio: —¿Pero qué flash me ha dado con esa chica, si apenas he hablado con ella dos palabras? «Seguro que fue la ostia que me di en la cabeza…» Quince minutos después la artista anunció el final de la actuación y Lee cruzó los dedos para que la última melodía fuese su canción preferida, y cerró los ojos para pedirlo con mayor fuerza. De tenerlos abiertos se hubiera percatado de que la chica de la Harley estaba justo a su lado pidiendo otra cerveza, mientras su amiga y sus acompañantes estaban en primera fila. Ella se había escabullido diciendo que iba al baño, pero en realidad no


aguantaba más el calor, ni los continuos coqueteos de David, que no parecía darse cuenta ni de sus miradas ni de sus ¡estate quieto! —¿Qué hay chico del taller…pidiendo un deseo? —le susurró a Lee al oído. Este abrió los ojos y al verla no pudo evitar sonrojarse de nuevo, tanto pensar en ella parecía haberse materializado a su lado. —¿Eh?... —no supo decir nada más. —¿Siempre que me ves te ruborizas o es el reflejo de mi pelo en tu cara? —le preguntó ella graciosa. Él no supo hacer otra cosa más que sonreír por unos instantes. Cuando recobró el habla se acercó a ella y le dijo al oído: —Estaba pidiendo que cerrase con mi canción favorita, en otras ciudades suele hacerlo. A lo que Annabel contestó: —Art of Suicide. Él sonrió. Ella se le acercó para susurrarle muy cerca: —Pues no solo es tu canción preferida, sino que es la mía también, y estoy más que segura de que cerrará con ella. Cogiéndole de la mano, le invitó a cruzar dedos juntos. Estaba muy segura de que sería la canción porque había visto el setlist que decoraba el suelo del escenario, ventajas de la primera fila, pero le agarró de la mano porque la apetecía mucho hacerlo, aunque eso Lee no lo sabía, claro. En cuanto entrelazaron sus dedos, ambos sintieron un leve cosquilleo que dio paso a una electricidad por todo su cuerpo. Los acordes y la voz de Emilie surgieron de entre los gritos de los asistentes, al igual que sus sonrisas, cuando Annabel comenzó a cantar mirándole a los ojos.


Lee sintió como si algo le oprimiera el pecho, un sentimiento extraño en él desde hacía tiempo pero no por ello desconocido. Enseguida supo que aquella chica alocada de pelo rojo como la sangre le gustaba más de lo que querría. Era como una especie de brisa fresca y de luz entre toda la oscuridad que le había rodeado en los últimos tiempos. La miró fascinado mientras tarareaba la canción. Chocaron sus cervezas, sonrieron sin dejar de mirarse, gritaron al unísono y alzaron sus manos con las huellas de la euforia en sus venas. Sin embargo el momento mágico acabó cuando apareció Elizabeth con Louis y David, y este último la rodeó el cuello con su brazo marcando territorio. Lee se tensó muerto de envidia y de dudas. No hacía más que darle vueltas en la cabeza…¿si tenía novio por qué le había cogido de la mano, por qué le había mirado de esa forma al cantar, porque le había susurrado así, sus sonrisas, su coqueteo…? Acabó el concierto y todos los asistentes fueron saliendo como un vendaval. Sucedía en la mayoría de los garitos cuando el artista daba por finalizada su función, muy pocos se quedaban en busca de una nueva consumición con la que seguir la fiesta. Annabel se giró para despedirse de Lee, pero este ya no estaba. Molesta gritó: —¡David, deja de abrazarme de una vez, te he dicho que te estés quieto, que no me interesas joder! Y más enfadada que nunca se metió al coche del ligue de Beth, deseosa de llegar a casa. A la hora y media cruzaba el umbral de su habitación con un humor de perros, al igual que el joven que tenía muchas preguntas sin respuesta en su cabeza.


8. LEE Amaneció un domingo más que añadirle a su lista de domingos de apatía y desgana. El mes de octubre había llegado con fuerza y con lluvias. El cielo gris predominaba la mayor parte de los días y el frío comenzaba a tambalearse congelándolo todo a su paso. Lee miró por la ventana y recordó la sensación que había sentido la noche anterior cuando la chica del pelo rojo le había tocado. Ya ni siquiera se acordaba de la última vez que se había estremecido de ilusión con el leve contacto de alguien. Ese día la luz del sol era inexistente, y el joven se sorprendió a sí mismo en el reflejo de la ventana, divagando. Creyó ver, en el manto negro como el carbón que reinaba en las alturas, un agujero negro que se iba haciendo cada vez más grande. Como una gran extensión de polvo oscuro que quería absorber todo pensamiento bonito para convertirlo en cenizas. Sus nubes fueron deshaciéndose en gotas de lluvia demasiado grandes para ser ligeras, a lo largo del día, pero al sensación de fatalidad seguía ahí. A ratos escampaba, pero enseguida volvía a caer un aguacero otra vez. Perfecto para su estado de ánimo. En una de esas escampadas, Lee aprovechó para acudir al cementerio como todos los domingos para llevarle flores a su amigo Andreas y charlar un rato con él. Necesitaba contarle lo sucedido la noche anterior y el principio de semana. Necesitaba confesarse con su amigo y decirle que había conocido a una chica fascinante y misteriosa, que le había llenado de dudas la cabeza. —Tenías que estar aquí para poder verla, tío. Te hubiera encantado su forma de vestir, además le gusta Emilie Autumn y Art Suicide es su canción favorita también, ¿te lo puedes creer…? Es guapa, conduce una Harley, tiene dos piercing en la nariz, uno a cada lado, y el pelo del mismo color que el kétchup. Es graciosa, lanzada, y tiene una mirada enigmática. ¿Defecto? Que por su conversación telefónica en el taller, y visto lo visto anoche con ese maromo cachas rodeándola, tiene novio.


Nunca imaginé que fuese la típica chica dura a la que le gustan los niños pijos con actitud de malotes…Es como si no pegase con ella, tío. Aparenta ser la novia perfecta de un heavy, de un tío más como yo y no de un guaperas musculitos… —le susurró muy bajito a la tumba de su amigo. Y se quedó en silencio pensativo durante unos minutos. —Ya sé, tío. Si estuvieras aquí me hubieras dado una colleja, me hubieras dicho que mis dudas son celos, y me hubieras incitado al igual que mi viejo a que la llamase por teléfono y la pidiera salir. Pero ya sabes que me cuesta mucho lanzarme, y que no me gusta meterme en medio de nada… »Sin embargo mi viejo no para de decirme que cuando habló con ella en el taller, el día que llevó la moto, le dijo que vivía sola desde la muerte de su padre y de su abuela, en la casa que ellos la hicieron para que se quedase en el pueblo. Si tío, es para reírse de mí, mi padre ha hablado con ella y yo ni si quiera sé su nombre. Me lo iba a decir en el momento que su “amore” la llamó por teléfono minutos antes de pagarme el arreglo y marcharse. Segundos después, Lee susurraba: —En fin…que para una tía que me mola después de tanto tiempo sin sentir nada…¡tiene novio! Lo mío sí que es suerte Andy… —pronunciaban sus labios cuando un viento surgió de la nada y las primeras gotas de un nuevo vendaval resurgieron. Lee por instinto buscó donde resguardarse hasta que escampara para no mojarse, y encontró que la cripta de los cuervos tallados en piedra que siempre le había llamado la atención tenía la puerta entreabierta. Así que no lo dudó y se fue corriendo hacia allí, para refugiarse dentro. Ni por un segundo imaginó lo que podría llegar a pasar si esperaba a que la lluvia cesase dentro de aquellas paredes de piedra. Mientras miraba a través de los barrotes el vasto terreno del cementerio, mientras sus ojos negros se perdían en las hojas de los cipreses y los pinos y en su tenso balanceo de hojas azotadas por el fuerte viento, no pudo evitar pensar otra vez en la chica de la que le había hablado a su amigo.


Había llegado a su vida como aquella tempestad. De improvisto. Sin avisar. Dejándole completamente noqueado con una fuerza arrolladora. Llevaba tanto tiempo sin sentir nada por nadie, que el recuerdo de una sola caricia de manos le tenía anhelando nuevos contactos y eso le descolocaba. Él nunca había sido de flechazos, y a sus veinticuatro años nunca hubiera imaginado que le sucedería algo así. Parecía las escenas de una película de esas románticas. Él dándose un golpe en la cabeza al escuchar su voz, sin poder apartar la vista de ella, sin dejar de rememorar instantes pequeños e insignificantes a su lado, porque por más que juntase todos sus encuentros no formarían ni siquiera quince minutos a su lado. Ella agarrándolo de la mano en medio de una multitud enloquecida. Los dos, uno al lado de otro entre tanta gente con gustos similares a los suyos. Los dos pidiendo su canción favorita.


9. ANNABEL Eran las ocho menos diez de la tarde cuando Annabel entró por la puerta del cementerio a toda prisa, tapándose la cabeza con su bolso para no mojarse, rumbo hacia su mausoleo familiar. Al cruzar la puerta se dio cuenta que un chico de su edad estaba arrodillado frente al arcón de madera, mirando y jugando con el candado. De espaldas no le reconoció. Con el susto que se dio al encontrarlo allí había tenido bastante. Cerró la puerta de un golpe brusco y el joven se alzó asustado, gritando. Al girarse se encontró con la chica del pelo rojo y la Harley morada mirándolo con el ceño fruncido y cara de enfado. —¿Qué narices haces aquí? ¿Intentando abrir el candado del baúl? —preguntó Anna con voz desafiante. Él no acertó con las palabras…¿eh?...no…yo…, fueron las únicas silabas que logró pronunciar antes de ponerse colorado de nuevo y levantar las manos en señal de no querer problemas. —Puedes bajar las manos que no soy la poli —dijo ella riéndose antes de continuar diciendo: Pero si la dueña de este mausoleo, que es una propiedad privada. —¡Lo siento! He venido a traerle flores a un amigo cuando me pillaron la lluvia fuerte y el viento y entré aquí para resguardarme y esperar a que escampara. Acabo de entrar de verdad, y al ver el baúl tallado sentí curiosidad, eso es todo —dijo Lee con total sinceridad. —De todos modos el arcón no esconde ningún tesoro. Lo de esperar a que escampe…no sé si escampará y dentro de unos minutos cerrarán el cementerio… Él la miró alarmado antes de pronunciar: ¡No jodas! ¿Y ahora como salimos de aquí? Ella sonrió al verle tan asustado y le dijo: Tú no sé, yo no tengo intención de salir hasta mañana por la mañana, he venido a pasar la noche con mi padre y con mi abuela.


—¿Te vas a quedar a dormir aquí? —preguntó él extrañado, mirándola como a una demente. —Sí, suelo hacerlo algunos domingos cuando no puedo venir primero. ¿Tú nunca has dormido en un cementerio? —preguntó Annabel. —¡No! Ni tenía pensamiento de ello ¿De verdad te vas a quedar a dormir aquí o me estás vacilando? —exclamó Lee. —Ja, ja. No tengo intención ninguna de reírme de ti. ¡Pero no te angusties! El sepulturero era el mejor amigo de mi padre, y tengo una copia de la llave, así que si quieres puedo abrir para que puedas irte a casa. Lo último que quisiera es que te mearas de miedo. —Yo no tengo miedo ¿vale? Bueno no lo suficiente para mearme —admitió Lee. —Ya…—dijo ella entre sonrisas burlonas. Lee se quedó pensativo mirando la lluvia unos segundos. Empezó a granizar con mucha fuerza. Annabel lo miró divertida antes de decir: ¿Qué chico del taller?¿Te quedas a dormir conmigo esta noche y pierdes tu virginidad con los cementerios o tienes demasiado miedo? Lee contestó tajante: No tengo miedo, chica de la Harley, lo que sucede es que me esperan en casa. Ella poniéndose colorada se dijo para sí misma: «Hubiera jurado que no tenía novia…por su forma de mirarme…de ponerse colorado…», antes de pronunciar en voz alta: Ok, te abro entonces, no quiero que tengas problemas con tu novia. Lee sonriente contestó: No tengo novia. Vivo con mis padres. Y se alarmarían si no llego a casa, hace mucho tiempo que no duermo fuera. —Vale, pues te abro igualmente. No quiero tener problemas con tus padres por incitar a su hijo a pasar la noche en el cementerio, en una cripta, con una desconocida —sentenció Annabel sofocada y sonriendo nerviosa mientras le miraba a los ojos mientras pestañeaba.


Lee rebatió rápidamente antes de ponerse más nervioso aún al imaginarse pasando la noche a su lado. —¿Y tu novio no se pondrá furioso si se entera de que has pasado la noche en tu mausoleo con un tío desconocido? —¿Mi novio? —preguntó Annabel. —Sí, el cachas guaperas con chupa de cuero y…—pronunció Lee en el momento que fue interrumpido por ella. —y cara de niño pijo con aires de rockero, con el que me viste en el bar…—dijo sonriendo ella más fuerte. Él se quedó paralizado sin saber qué decir…parecía que Andy estaba dentro de la chica diciéndola las palabras que él había pronunciado en su confesión anteriormente. —Era el amigo del nuevo ligue de Beth, mi mejor amiga —explicó Annabel. —¿Entonces tú y él no…? —pregunto Lee de forma directa. —No, jamás saldría con un tío así, no me interesa ni para rollo de una noche, no va conmigo. Por mucha chupa de cuero y muchos aires de malo y oscuro que se quiera dar…—dijo ella siendo totalmente sincera. —¿Y el “amore” y “besitos” de tu conversación telefónica en el taller? — preguntó el arrepintiéndose en el mismo momento en el que lo preguntó. —¿Estabas expiando mi conversación? —dijo ella alzando la ceja en señal de enfado. —No…yo…eh…solo oí mientras me pagabas…no quería…—dijo nervioso mientras sus mejillas ardían con fuerza. —¡Vale, vale! Tranquilo, que te estaba vacilando. ¡No vuelvas a ponerte colorado! —¿Es una orden?


10. LEE Estaba claro que no era una orden, pero le gustaba ver cada expresión de su rostro. Le divertía. —Sí. Me pones muy nerviosa. Al final va a ser el reflejo de mi pelo en tu cara porque es imposible que te sonrojes con tanta facilidad al hablar conmigo… —dijo Anna para noquearle. Él no contestó. Bajo la cabeza para que ella no se diese cuenta de que se estaba poniendo más colorado aún. —Amore es como llamo a mi mejor amiga, que hace unos meses ha regresado de Londres y está viviendo en mi casa, chico del taller —dijo ella para sincerarse. El chico sonrío satisfecho luciendo esta vez una de sus mejores sonrisas y extendió su mano para presentarse, a lo que ella contestó rápidamente dándole dos besos apresurados en sus mejillas, sin poder dejar de mirar el piercing que se adivinaba en su lengua. «Lo que podrá hacer con ese piercing…» —Mi nombre es Annabel —dijo con voz temblorosa al visionar las escenas que quisieron surgir en sus retinas. Él, perplejo e incómodo, contestó: Yo me llamo Lee. —¡Venga ya! Y ahora me dirás que te gusta Edgar Allan Poe y su poema “Annabel Lee” —dijo ella con aires sarcásticos. —Claro que me gusta Poe. Es uno de mis escritores preferidos, al igual que para mis padres, y su poema me encanta. Es más llevo su rostro tatuado en mi espalda junto con mi nombre —dijo él con voz fría y cortante, dolido por su sarcasmo. Ella se puso colorada arrepintiéndose de haber sido tan sarcástica. Se quedaron callados unos segundos mientras la lluvia de granizo intentaba romper el silencio que se había creado entre los dos.


—Siento haber sido tan borde —dijo la chica. Y tímidamente lo miró y se levantó su jersey negro para enseñarle su brazo derecho, que también contaba con el rostro de Poe y las siete letras de Annabel. Lee la miró sin expresar ninguna emoción, o eso es lo que a ella le pareció, y acto seguido sacó su móvil del bolsillo de su cazadora de cuero. Mandó un mensaje de texto a sus padres diciéndoles que esa noche dormía fuera de casa y que no se preocuparan. Cuando la chica con cara de decepción se disponía a sacar la llave de la mochila para abrirle y que pudiera marcharse, Lee la dijo: —Sigue en pie lo de quedarme a dormir contigo, ¿no? Porque ya he mandado a mis padres un mensaje para decirles que no iba a casa. Ella sonrío acalorada mientras que afirmaba con la cabeza sin pronunciar palabra. Lee la miró intensamente a los ojos verdes y a ella se le cortó la respiración. Le señaló el cofre de madera y poniendo pucheritos la preguntó: —¿Entonces me contarás lo que guardas en el baúl? Cuando se te haya pasado un poco la vergüenza, digo…el reflejo de tu pelo… —Hombre, pero si el chico del taller se despereza y comienza a coquetear de forma directa… —sentenció ella con ironía, antes de coger la llave de su bolso y agacharse frente al arcón de madera para abrir el candado. Lee sonrío en silencio con un brillo especial inundando sus pupilas, pero como ella estaba de espaldas no pudo verle. Se giró para saber dónde estaba situado Lee y le encontró mirándola embobado. —¿Te gustan mis bragas? —preguntó Anna con descaro antes de subirse más los pantalones de vinilo. Lee tembló, pero se armó de valor y decidió contestarla por primera vez a sus comentarios jocosos.


—De encaje negro, preciosas y sexys… —murmuró antes de arrodillarse a su lado para ver lo que contenía el baúl. Ella lo miró y le dijo: Lo que yo te diga, empiezas a despertar. «Si mis padres me vieran por un agujero opinarían exactamente lo mismo…» Ella apartó la vista para que Lee no viera que su dulce voz comenzaba a afectarle. Parecía que las tornas se habían cambiado. Ahora era ella la tímida y Lee el de los comentarios divertidos. Acto seguido comenzó a sacar del arcón de madera su contenido, enumerándolo, sin atreverse a mirar al chico a los ojos, para de esa forma serenarse. —Un saco de dormir, cuatro mantas, cinco cirios, una caja de cerillas, dos cojines, una linterna, una caja de pilas de repuesto. Eso es lo que se esconde aquí. Como verás no hay mucho que robar. —Pues no, no hay mucho que robar…Entonces yo me quedo con el saco de dormir y una manta ¿no? —dijo Lee alzando las cejas. —¡De eso nada, la dueña de todo soy yo recuerdas? —contestó la chica haciéndose la dura. —Ya, pero me incitaste a pasar la noche aquí, yo no quería… Así que por lo menos podrías tratarme como a tu invitado de lujo y dejarme el saco. ¿O pretendes quedártelo tú todo y que yo me ponga enfermo de una pulmonía? —pronuncio Lee entre sonrisas, con los labios en forma de pucheros como un niño de cinco años. Annabel no se pudo resistir, ni a sus sonrisas, ni a sus pucheros, ni a sus miradas…Algo le sucedía con aquel joven que no sabía descifrar… —De acuerdo, yo me quedo con las tres mantas y tú con el saco y una de ellas. Que no se diga que soy una mala anfitriona. El chico sonrío cómodo mientras la miraba de arriba abajo. En su interior tintineaba una sensación ya no tan dormida, y eso le hizo sentirse vivo otra vez. —¿Un té? — le preguntó la chica, dándole el saco y la manta.


—¿Tienes té aquí? —preguntó extrañado. Ella le respondió sacando el termo de café de la bandolera. —¡Buahhh, ahí me has dado. Me encantaría tomar un poco porque es una bebida que me gusta mucho —se sinceró Lee mientras extendía la manta y abría el saco, para sentarse y apoyarse sobre la pared. Annabel le ofreció sonriente el vaso de aluminio del termo con té de frutas del bosque. Él la miró a los ojos y la dio las gracias alzando el vaso antes de pronunciar de forma muy seria: —Por Edgar Allan Poe, su maravillosa pluma y por nosotros, Annabel y Lee. Ella le contestó con una sonrisa radiante y tirándole uno de los cojines sobre sus piernas. Esa noche ambos descubrieron que la vida comenzaba a devolverles un poco de la felicidad que años atrás les había robado. Que tenían varios cuervos sobrevolando el cielo de su alma dispuestos a hacer todo lo posible para que volvieran a sonreír. Pasaron la noche leyendo fragmentos del libro de Poe que ella siempre llevaba en el bolso, bajo la luz de los cirios y entre la oscuridad de la noche. Se apoyaron contra la pared del mausoleo para resguardarse del frío, y entre miradas y sonrisas tímidas se fueron conociendo, contándose cosas de su vida, sus tristezas, sus anhelos. La conexión fue inmediata. Tenían tantas cosas en común, grupos musicales, películas favoritas, escritores, que ninguno de los dos acertaba a entender cómo era que el destino les había tenido separados tanto tiempo. Cuando el cansancio y el frío fueron haciendo mella en ellos, decidieron compartir el saco y las mantas y acercarse todo lo que pudieran para que el calor de sus cuerpos les mantuviese alejados del viento congelado. Tras una leve caricia de Annabel para retirarle el flequillo y poder mirarle a los ojos negros, Lee no lo dudó un instante y aprovechó su gesto para aproximarse a sus labios.


Annabel en un principio se sorprendió, pero sintió el gesto tan natural, que tras una tímida sonrisa fue ella la que le mordió el labio inferior pidiéndole permiso para besarle. Pronto la agitada respiración de ambos dejó paso a la excitación y la locura. Sus bocas se entrelazaron al igual que sus manos bajo las mantas intentando descubrirse, conocerse y encontrarse. Cuando la lengua de Lee batalló con la de Annabel la joven no pudo evitar cerrar los ojos fuertemente antes de gemir al sentir la fría caricia del acero de las dos bolitas que el joven llevaba como piercing. Lee sonrió triunfante y apretó su nuca para acercarla más a él. El tiempo se fue sucediendo y la oscuridad les sepultó bajo la atenta mirada de la luna cuando tras el éxtasis sus cuerpos se relajaron y cerraron sus ojos para dormir. Lo que había comenzado con un juego había terminado como nunca imaginaron. Sin embargo con la mañana…


11. ANNABEL En cuanto despertó supo que estaba sola. Tenía frío y no escuchaba ninguna respiración a su lado. Por un momento sintió vergüenza de haberse acostado con un chico dentro de la cripta familiar. Su noche había comenzado con un leve tonteo y el flirteo había acabado yéndosele de las manos. Si su tía lo supiera se escandalizaría, pero no había podido evitarlo. Lee era la clase de chico con el que llevaba demasiado tiempo soñando. Parecía que sus ángeles habían escuchado sus anhelos y los habían convertido en realidad. Que el destino había decidido juntar los hilos rojos de sus caminos. Pero por lo visto él no pensaba lo mismo que ella porque ni siquiera se había despedido al marcharse. Echó una mirada a su alrededor. La lluvia había parado, y aunque el cielo estaba gris no amenazaba con nuevas gotas de agua por el momento. Recogió todos los enseres y los guardó dentro del baúl. Sabía que cada vez que se quedase a dormir en la cripta se acordaría de él. Aunque no supiese nada más que lo que él le había contado. ¿Habría sido sincero? Al menos tenía la esperanza de volver a verlo si se pasaba por el taller del señor Johnson. Al menos tendría un lugar al que ir si quisiera encontrarse de nuevo con él. Ella sí que había sido sincera en todo lo que había contado. Su vida, sus anhelos, sus miedos. Y al final es lo que de verdad vale la pena. Abrir el corazón y vivir, aunque las dudas traten de hacernos flaquear. Sin embargo no todas las personas tienen el valor suficiente para vivir a pleno pulmón. Camino de regreso a casa, recordó la noche a su lado. El cúmulo de sensaciones y el cosquilleo que habían estado toda la noche repiqueteando bajo su piel. Rememoró todos los instantes que había vivido junto al chico dos años mayor que ella, y sonrió.


No. Definitivamente no se arrepentía de nada de lo que había sucedido entre los dos. No solo había conocido a un chico interesante sino que además había cumplido unas de sus fantasías sexuales. Hacerlo en un cementerio, al abrigo de la noche, entre el silencio y la soledad que se respiraba en un lugar así, donde los vivos no están mucho tiempo y donde los muertos descansan en paz. Donde los muertos en vida encuentran su lugar en el mundo. Cuando llegó a casa se encontró con una nota de su amiga que también había pasado la noche fuera. Así era Elizabeth. Alocada, atrevida y con ganas de vivir su recién estrenada soltería. Se duchó, se tomó un café bien cargado y se puso a buscar cursos de escritura y concursos como le había prometido a su amiga. El blog llevaba un mes en funcionamiento, ahora tenía que ponerse las pilas en todo lo demás. Había decidido dejar el trabajo para tomarse un tiempo para centrarse en su pasión. Aconsejada por su familia y por su amiga, había llegado a la conclusión de que ya era tiempo de empezar a encarrilar su vida en torno a su sueño. Ser escritora. Por muy difícil que este se plantease. Cuando apuntó las bases de un concurso por el aniversario del nacimiento de su escritor preferido, Poe, se tumbó sobre la cama a esbozar pequeñas ideas para el relato que pedían. Tenía poco tiempo. Por un instante agradeció no haber tenido que dar explicaciones de con quién había pasado la noche a su llegada por la mañana. Porque sabía perfectamente que en cuanto su amiga la mirase a los ojos lo notaria. Notaría su ensimismamiento, su sonrisa tonta y ese brillito que Annabel encontró esa mañana después de ducharse cuando se miró en el espejo. Aunque dormir en el cementerio algunos domingos fuese algo que solía hacer, su tontería con Lee no podría ocultarla. Cuando su amiga llegó para ducharse y volver a marcharse al curso de dibujo al que se había apuntado la tarde anterior, la encontró escribiendo sobre la colcha negra con puntitos rojos que simbolizaban sangre.


La dio un beso fugaz en los labios como siempre que se saludaban y la instó a contarle qué tal la iba. Annabel tras varios intentos fallidos por ocultar su sonrisa acabó sincerándose. Elizabeth no pudo evitar carcajearse de ella. Nunca hubiera imaginado que su amiga cumpliría su fantasía y con un desconocido. Por muy atrevida y alocada que fuera no la veía haciendo algo así. Ese chico, cuyo nombre no le había querido descubrir, debía tener algo especial para que Annabel se hubiera lanzado a por él de esa manera. Y más después de todos los desengaños que su amiga se había llevado a lo largo de su corta vida. Príncipes que habían desteñido, amores eternos que habían dejado de serlo con la llegada de los problemas, muertes inesperadas que la habían partido el alma en dos, amistades que se habían esfumado al no poder sacar beneficio alguno de la relación, personas hipócritas que se habían acercado a ella por su incapacidad para decir que no… —En cuanto llegue de mi clase de dibujo me lo cuentas todo con pelos y señales. —Tanto como todo… —¡Todo! Tú y yo no tenemos secretos, ¿recuerdas? Annabel sonrió. Eso era totalmente cierto. —Y tú a mí qué tal te va en las clases de dibujo ¿vale? A ver qué compañeros tienes… —A ver, aunque ya me conoces, con que el profesor sea bueno, me da igual si caigo bien o no… —Tú le caes bien a todo el mundo, tienes un don para conectar con las personas. —¡Soy una diosa, eso es cierto! Annabel la tiró el cojín de su cama, y se deshizo en carcajadas. —¡Cuánto te he echado de menos, petarda! —Y yo a ti…


12. LEE Cuando llegó a su clase de dibujo no pudo evitar sorprenderse al encontrar en la silla de al lado a la amiga de la joven con la que había dormido la noche anterior. Sus mejillas se encendieron cuando la joven se presentó. A la luz del día era mucho más guapa de lo que le pareció la noche del concierto. Tenía un aire de diosa capaz de deslumbrar todo a su paso. Era tan diferente a su amiga. Annabel también deslumbraba pero el eco de su luz era mucho más débil. O eso es lo que la gente creía. «¿Sabrá quién soy? ¿Se acordará de mí? ¿Annabel habrá hablado?» Algo en su mirada le decía que sí. En cuanto estrecharon sus manos y pronunciaron sus nombres. Elizabeth supo el motivo por el que su amiga no le había dicho el nombre y no pudo evitar carcajearse. «¿Annabel y Lee? ¿En serio? ¿Un jodido cuento de hadas con pinceladas umbrías Poenianas?» Ya tenía munición para vacilarla en cuanto llegase a casa. Lee no pudo abrir la boca. No preguntó por ella. No dio señal de conocerla si quiera. Aunque la rubia ya sabía que se conocían desde que les vio hablando la noche del concierto de Emile Autumn, él ni siquiera mencionó esa noche. Eso a Elizabeth no le gustó. Aquella era una sorpresa más del destino. Hablando con su amigo en el cementerio había clamado por una chica que fuese igual que a él, que tuviera sus mismos gustos, que se riera con las mismas cosas, que le comprendiera, y la había encontrado. Annabel. Sin embargo, su magullado corazón temblaba de miedo y lo que le pedía era caminar hacia atrás en vez de seguir avanzando. Tenía tanto miedo a sufrir… En la vida hay dos clases de personas. Las que viven con el corazón abierto a pesar de los golpes de la vida que puedan noquearlos y aquellas que prefieren proteger su corazón, dar un paso atrás y cerrarlo


para no sufrir. Las segundas tienen menos minutos de vida en su contador de momentos que dejan sin aliento. Las primeras más cicatrices, pero también más fortaleza. Existen las personas que luchan por lo que quieren y se levantan batalla tras batalla y las que anhelan los imposibles porque piensan que nunca serán posibles y cuando los consiguen deciden dar un paso atrás y salirse del camino por miedo a vivir y volver a caer. Porque hay quienes se conforman con alcanzar y se olvidan de sentir, quienes prefieren anhelar para no enfrentarse a la realidad. Y Lee, entre tan duda y tanto miedo parecía una de esas personas. Annabel era tan diferente y él no lo sabía. Siguió atento a la clase de dibujo y al terminar se marchó para casa. Ni siquiera se detuvo a hablar con ninguno de sus compañeros, quería trabajar en la ilustración que había pensado para un concurso que había encontrado. Su cabeza daba tantas vueltas, que cuando llegó a casa tuvo que encender la música para intentar disipar sus propios fantasmas. Trazo a trazo de su carboncillo todo fue cobrando vida, todo se fue alejando. Sus latidos se acompasaron, su mente se despejó como siempre que sus manos creaban y el arte nacía. Su escape de salida a la realidad. Dos horas más tarde tenía frente a sí su nueva creación. Dos cuervos negros que se miraban, posados sobre una pequeña lápida gris sin nombre en cuya repisa reposaba una rosa naranja. Ahí estaban él y Andy. Dos ovejas negras descansando después de haber sobrevolado el cielo. Su cerebro tintineó nuevas imágenes y le descolocó. Una cripta con dos cuervos tallados en su piedra. En sus retinas aparecieron imágenes de Annabel entre sus brazos, ecos de gemidos, vaho de suspiros calientes entre las partículas del aire frío, revoloteo de mariposas en el estómago, cosquilleo bajo la sangre incendiada. Sintió que le costaba respirar. También Annabel y él eran dos cuervos negros, sobrevolando la vida en busca de un nuevo aliento que les ayudase a respirar.


Parecía que las tormentas en el cielo de su alma no habían hecho más que comenzar.


13. ANNABEL Año nuevo. Vida nueva. O eso lo que siempre se decía. Annabel sintió que para ella si estaba siendo así. Se había lanzado de lleno a un proyecto con su amiga. Abrir juntas un estudio de tatuajes de la que ella sería la recepcionista. Su blog seguía funcionando y cada vez tenía más lectores de sus historias y artículos. Había ganado el concurso de homenaje a Poe con su relato, y según su amiga Elizabeth, Lee había resultado el ganador también con un dibujo. Resultaba que el chico era uno de sus compañeros. No solo no había vuelto a tropezar con él, ni a preguntar por ella, sino que además Elizabeth había comentado a su profesor que su amiga había resultado ser la ganadora del concurso con su relato cuando felicitaron a su compañero por el triunfo, y él ni siquiera le había mando felicitaciones a través de su amiga. —¿Así van a ser las cosas? —preguntó al cristal de la ventana, mientras observaba las gotas de lluvia de marzo deslizarse. Esperar algo de la gente o que se comportasen como ella se comportaba era uno de sus defectos. Eso la frustraba, pero cada día aprendía superarlo. Así era ella. La primavera estaba cerca. Se olía en los campos con tan solo respirar. Las gotas de lluvia ya no empapaban, tan solo mojaban el rostro y ayudaban a renacer. Miró hacia su estantería, de todos sus libros cogió tan solo uno y lo sostuvo entre sus manos. El rostro de Edgar Allan Poe rezaba en la portada. Cuando lo abrió leyó: “EL GRITO DE LAS AVES NEGRAS Camino de rodillas por la nieve espesa mientras mis venas se desangran a cada nuevo tic-tac en el reloj de mi pecho. Las huellas de mis botas antes pronunciadas están ya totalmente desdibujadas.


Las gotas líquidas color escarlata se funden con el hielo puro, tiñendo de carmesí su escalofriante escarcha. Y me siento bien. Son muchas las veces que me he desangrado. Esta tan solo es una más. Centenares de pájaros negros revolotean en el cielo no muy lejos de aquí. Cantan alocados, gritan alocados. Sus graznidos no me atormentan. Están esperando mi muerte para poder velar por esa parte de mí que siempre perece. Que agoniza una y otra vez. Sus reclamos no me dan miedo porque su crascitar siempre me ha infundido fuerzas, fuerzas para resurgir como una guerrera, fuerzas para seguir adelante aunque a veces camine derrotada. Sé que cuando acabe por desangrarme ellos recogerán mi corazón congelado y contaminado, lo transportarán en sus picos atravesando la inmensidad del infinito, lo acunarán entre sus plumas color azabache, lo sanarán con su saliva, se darán el relevo unos a otros hasta que yo me sienta totalmente recuperada. Siempre ha sido así. Bajarán desde el cielo para beber la última gota de mi sangre infectada de agrios recuerdos y cuando mis muñecas estén totalmente limpias y secas, con mucho cuidado colocarán mi corazón tras mi pecho. Y entre todos me alzarán, me ayudarán a levantarme. Me harán volar para que vuelva a pelear por mis sueños. Y cantarán su danza macabra para mí, impregnando de ánimo mis venas, dando cuerda a mi corazón, reparando mi alma. Y de su oscuridad se desprenderá la vieja luz, esa luz que siempre me ayuda a encontrar el camino, esa luz que penetrará mis pupilas y me ayudará a ver lo que nunca debería dejar de ver. Mi propia esencia. Y cuando la oscuridad navegue entre los estruendos de las tormentas, ellos volverán a cantar para mí, recordándome quién soy. No importa si el sol me arruga la piel, no importa si la tristeza de los días grises revolotea cerca de mí queriéndome abrazar, no importa si las noches son tan oscuras que no brillan ni la luna ni las estrellas, ellos siempre estarán ahí, vigilantes, acompañando mis pasos.

Y de entre los truenos retronarán las voces que llevo dentro.


Caeré y renaceré. Moriré y resurgiré. Como siempre. Una vez más. Las que haga falta. Y no me importará desangrarme en palabras, una y mil veces, porque sé que solo así sanará mi ser. Y de entre los truenos retronarán las voces que llevo dentro. Porque mi alma es negra, es negra al igual que su aterciopelado plumaje, porque “nunca llueve eternamente”, ellos me lo han enseñado, porque con sus gritos me ayudarán a resurgir, a alzar mi espada para combatir al enemigo. Y cantarán su danza macabra para mí, impregnando de ánimo mis venas, dando cuerda a mi corazón, reparando mi alma… Y cantarán su danza macabra para mí, las aves negras. Los cuervos de la noche altivos entre los relámpagos de luz de las tormentas.” Cuando terminó de leer su propio relato, con el que había ganado el concurso, sintió que esa sangre perezosa que llevaba meses navegando a medio gas, repiqueteaba de nuevo. —Siempre ha sido y siempre será así. Soy fuerte. Soy una guerrera. Annabel decidió que no importaba si había creído encontrar a alguien especial y había resultado ser un fallo más que sumar a su lista de fracasos. Decidió que no importaba si había entregado en una misma noche su sinceridad, su cuerpo y su alma, no la dolía. Su naturaleza era así. Vivía, asumía las consecuencias de sus actos y seguía hacia delante, cicatrizando sus heridas a base de nuevos alientos de lucha. Era ella no era de las que se conformaba con sentir sus heridas goteando y el nuevo año que había acontecido la había ayudado a darse cuenta. Se vistió con unos vaqueros ajustados, su blusa negra con pequeñas calaveras blancas y los tacones. Debía parecer más formal, no era cuestión de asustar a los pocos clientes que tenían. Bajó a desayunar y se encontró con su amiga. Juntas marcharon al estudio. Una se colocó detrás del mostrador. La otra se sumergió en su pasión. Tintar recuerdos y mensajes en la piel.


Todo parecía navegar en la dirección adecuada hasta que la puerta se abrió y el cielo se tornó gris aunque los rayos del sol habían decidido salir minutos antes. —Buenos días —pronunció un sonrojado Lee.


14. LEE —¿Qué haces aquí? —le preguntó Annabel con cara de enfado. Titubeó. Llevaba días pensando cómo sería su encuentro. Desde el mismo instante en el que Elizabeth le había ofrecido un trabajo como diseñador de bocetos para el estudio no se había podido quitar las imágenes de un posible reencuentro de la cabeza. Llevaba meses evitándola y ahora la tenía justo delante de él. Todo su cuerpo había reaccionado desde que había visto su pelo rojo como el kétchup, su delicada figura, sus labios, sus ojos. Le hubiera encantado una sonrisa, pero la joven no estaba por la labor. Después de meses con una losa en el pecho se sentía liberado. Le había bastado verla de nuevo para sentirse en casa. Sin embargo su mirada no expresaba nada. Era imperturbable, fría. Nada que ver con las que siempre le había lanzado. —He venido para una entrevista de trabajo. Elizabeth me dijo que tú te encargabas de estas cosas, que… —¿Has traído tu portfolio? —Claro… —dijo extendiendo su mano y entregándole la carpeta. No esperaba una pregunta tan cortante. —¡Espera un momento! —susurró tras revisar su trabajo en silencio. Annabel le dejó en recepción con un montón de dudas volviendo loco su cerebro, y cruzó el arco que separaba la zona de tatuaje de la de entrada. Fue a hablar con su amiga con una cara que reflejaba a la perfección todas sus emociones. Nunca le había ocultado nada y no comenzaría a hacerlo en esos momentos. Elizabeth supo que se avecinaba un huracán en cuanto la vio entrar. Sin embargo su amiga la sorprendió una vez más. —Lee está fuera. Su trabajo es asombroso, nada que ver con las otras personas que se han presentado. Deberías contratarlo.


—¿Solo vas a decirme eso? —¿Y qué más te tengo que decir? Cuando regresó a la recepción sacó una réplica del contrato del cajón del mostrador. Una de las copias se la extendió a él, otra la dejó sobre la mesa de madera. —Échale un vistazo y enseguida podrás hablar con Elizabeth. —Pero tú te encargas de estas cosas ¿no? —Sí, y ya me he encargado. Estás recibiendo el contrato. Todo lo demás deberás arreglarlo con la dueña del estudio. El cliente salió para pagar y marcharse cuando Elizabeth saludó a Lee con un abrazo. Tras arreglar el pago con el cliente, Annabel decidió cogerse su hora de comer, dejándoles perplejos a ambos. —Está enfadada… —¿Qué te esperabas? El joven calló y ella continuó: —Llevas meses sin dar señales de vida desde aquel día. Está cabreada contigo por no aparecer y conmigo por ocultarla que quería contratarte. Y seguro que con ella misma también por haber esperado algo de ti. —Lo has dicho en pasado. —Si en algo conozco a mi amiga es que cuando toma una decisión es difícil que cambie de opinión. Ella camina siempre hacia delante o al menos lo intenta. Lee se quedó pensativo mirando el papel que tenía entre las manos. De su firma iban a depender muchas cosas. Ya no estaba tan seguro de poder aguantar el verla todos los días sin que ella le tratase con esa mezcla de desenfado y de dulzura que siempre había reinado entre ellos.


Era consciente de que había sido él quién había roto todo, con sus silencios, con sus dudas, sus miedos y su falta de agallas. Pero saberlo no le hizo las cosas más fáciles.

Días más tarde Llegó al cementerio a las doce. Dejó el ramo de rosas naranjas frente a la tumba de su amigo y después de sincerarse con él, decidió dar un nuevo paso. Caminó hacia la puerta de la cripta donde estaban enterrados los familiares de Annabel, cruzó las verjas de hierro y se sentó a esperar a la chica. Cuando llegó y sus ojos se tropezaron, la joven no pudo esconderle su cara de sorpresa. Parecía que en esos momentos no era tan inmune a su presencia como en el estudio de tatuajes. Estar en aquella cripta, tan cerca el uno del otro, no solo le traía recuerdos a él. O eso quería pensar. —¡Hoy no llueve! Lee recordó la primera vez que se encontraron allí y contestó apresurado. —Quería verte. —Pues ya me has visto. Ahora si me disculpas me gustaría quedarme a solas con mi familia. —Creo que ya me conocen y seguro que no les importa que te acompañe. Annabel no contestó. Simplemente le lanzó su mirada más fiera. El joven tragó saliva. Definitivamente ella había tomado su decisión. Se puso colorado y tras bajar la mirada hacia el suelo comenzó a caminar para marcharse. Un pétalo de rosa color naranja voló hacia sus pies. Parecía que su amigo Andy estaba mandándole fuerzas. —Sé que me he comportado como un gilipollas. Solo…yo… Ella calló.


Lee se volteó hacia ella, la miró esperando una respuesta pero ella no dijo nada. Simplemente lo miró. En sus ojos ya no había rastro de cabreo, tan solo huellas de tristeza que susurran sobre esas cosas que podrían haber sido y que quizá ya nunca serán. —Espero que alguna vez puedas perdonarme. Esas fueron las últimas palabras de Lee antes de emprender su camino para regresar a casa. Minutos después, mientras jugueteaba con el pétalo anaranjado que había guardado en el bolsillo de sus vaqueros, no dejaba de pensar en la joven cuyo pelo era del mismo color que el kétchup. Recordó cada minuto a su lado. Su voz, sus sonrisas, las bromas, sus caricias. Sin saber, que en la cripta de aquel cementerio, la joven leía un poema de Edgar Allan Poe mientras deslizaba un pétalo anaranjado entre sus dedos.


A cada palabra pronunciada en un leve susurro, lo iba perdonando un poquito más. Si algún día lo perdonaba del todo, solo el tiempo y el graznar de unos cuervos podrían asegurarlo. Lo que está claro, es que hay ángeles a nuestro alrededor que nos ayudan a disipar dudas, a sacar fuerzas y a entender los mensajes ocultos entre las sombras.


Hay ángeles que nos recuerdan que hay una parte del destino que ya está escrita, y otra que depende únicamente de nuestras acciones. Levantarnos o permanecer magullados es una decisión que solo nos pertenece a nosotros. Así como coger los trenes a tiempo en vez de quedarnos varados en la estación.

FIN

Ravens  

Sinopsis: Annabel y Lee, son dos jóvenes con gustos muy diferentes al resto. Ambos saben lo que es perder a las personas a las que se quiere...

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