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INVASORES Invasores. Claire, desde que era muy pequeña soñaba con los Invasores. Con aquellos humanos que habían decidido marcharse del planeta Tierra, para fundar un nuevo hogar en la esfera extraterrestre. Se les llamaba así, porque según los gobiernos, habían invadido otro planeta y un día regresarían para invadir la tierra. Todo sucedió un 22 de Octubre del año 2030. Ese fue el día en el que decidieron marcharse a un lugar muy cercano al planeta Marte. Decidieron estar condenados a vivir en cápsulas, antes de seguir en un planeta contaminado por el poder del gobierno. Desde su huida, los diferentes continentes de la Tierra habían acabado sumergiéndose en una crisis económica profunda. Las desigualdades fueron creciendo más y más cada día. Los gobiernos hacían lo que querían. Los poderosos vivían entre comodidades, y la clase trabajadora se sumergió en un pozo negro sin fondo. Sin derecho a una vivienda digna, sin salud pública, sin recursos, sin educación. Sus derechos desaparecieron poco a poco, hasta convertirse únicamente en deberes. No se permitían manifestaciones de ningún tipo. No se permitían reuniones de más de treinta personas juntas, por miedo a las conspiraciones. Y hacerlo podía desembocar en un juicio con pena de cárcel. A la clase trabajadora se le robó todo, fueron los que más sufrieron tras aquel día marcado en el calendario. Se les quitaron todos sus bienes, su dinero, su forma de subsistir; y fueron abandonados en islas desiertas donde tuvieron que sobrevivir como pudieron. Con alambradas a su alrededor que les hacía sentirse dentro de un campo de concentración. Muchos murieron, sin embargo muchos otros consiguieron seguir en pie. Como verdaderos supervivientes, se las ingeniaron para vivir de la naturaleza, como los antiguos hombres primitivos. Regresaron a siglos y siglos atrás. Parecía como si la historia no hubiera acontecido. Las enseñanzas pasaban de generación en generación. Como las antiguas leyendas, narradas cada noche alrededor de una hoguera antes de dormir. No tenían acceso a ningún tipo de arte o cultura. Ni cines, ni venta de libros, ni bibliotecas. Las películas, la


música y los libros habían sido requisados por el Ejército. Aun así su imaginación nunca dejó de desbordarse. No habían perdido la esperanza de que los Invasores regresaran a la tierra y les regalasen una nueva oportunidad. Mantenían la esperanza de un mundo mejor. Era lo único que les quedaba. Soñar. Y Claire soñaba con esa invasión cada noche. Desde muy pequeña, alrededor de la hoguera, había oído las leyendas que hablaban de aquellos Invasores. De aquellos humanos sabios e intelectuales que habían decidido huir del poder de la sinrazón. Ya hacía veinte años de aquel día, pero los supervivientes no olvidaban. Ansiaban. El día que ellos marcharon, la madre de Claire supo que estaba embarazada. Minutos antes de ser montada en un avión y transportada a una isla desierta, recibió el comunicado de su ginecólogo. Su padre fue uno de los muchos intelectuales que habían muerto al enfrentarse al gobierno. Por eso la joven deseaba más que nadie un mundo mejor, donde los seres humanos tuvieran los mismos derechos y las mismas oportunidades. Por eso cada noche, miraba el cielo estrellado en busca de una luz, en mitad de la oscuridad. Estaba cerca su veinte cumpleaños y no dejaba de pedir a las estrellas, a esos ángeles de polvo cósmico, que los Invasores invadieran la tierra. Ella confiaba en ellos. No les tenía miedo, no hacía caso a las voces del gobierno. El gobierno temía la posibilidad de un regreso. Tanto, que había propagado por toda la población del mundo, la idea de que esos Invasores estaban muertos. Según las altas esferas del poder, nada humano quedaba ya dentro de esos cuerpos. Y si algún día regresaban sería para acabar con lo poco que quedaba en el planeta Tierra. Con sus armas letales, matarían a todo ser humano y se apoderarían del mundo. — Ellos solo quieren destruirnos para crear su nuevo mundo aquí. —decían unos. — Son alienígenas. Seres extraterrestres que han robado cuerpos humanos y que se proclaman sabios e intelectuales. —proclamaban los medios de comunicación. — ¡Nos quieren muertos! ¡Codician nuestro planeta, porque aquí se vive mejor! — vociferaban cada uno de los presidentes de los distintos países.


Pero Claire se negaba a escuchar. — No puede ser que la sabiduría y la cultura sea solo cosa de extraterrestres. —se decía para sí misma—. Tiene que estar al alcance de todos. — Es imposible que en su planeta se viva peor que aquí. Allí al menos tienen libertad, educación, cultura, oportunidades… —pensaba minutos antes de cerrar los ojos para dormir en un intento de convencerse a sí misma ante las dudas. Dudas, porque habían pasado veinte años y ninguno de ellos había regresado. Y cuando lograba quedarse dormida, soñaba. Soñaba con ese planeta de cápsulas blancas, donde la comida volaba antes de entrar en la boca. Dónde los humanos giraban y giraban mientras devoraban libros. Dónde era imposible escribir nuevas historias, porque la tinta negra de las plumas estilográficas volaba por el aire sin llegar nunca al papel. Por eso grababan sus cuentos y novelas en grabadoras, y las escuchaban una y otra vez. Por eso cantaban sus ideas y sus personajes cobraban vida en canciones, mientras un piano marcaba sus notas y las cuerdas de las guitarras chillaban estridentes. Soñaba con la naturaleza que allí existiría. A veces se la imaginaba como un desierto con volcanes y piedras rugosas color rojo pasión, otras como un planeta lleno de lagos de agua cristalina y montañas verdes. Da igual cual fuera el paisaje, allí siempre había bibliotecas, donde los libros dormían en estanterías infinitas. Donde sus habitantes podían escoger entre incontables lecturas distintas. Claire soñaba cada noche al quedarse dormida. Y en sus sueños siempre aparecía el mismo chico. Un invasor de pelo rubio despeinado, cuyos ojos azules eran capaces de paralizar cualquier corazón. Ojos de un azul intenso que se escondían tras unas gafas de pasta de color rojo brillante. Unos ojos del color del mar, que se perdían entre las páginas de un libro. El mismo libro que ella poseía guardado en una maleta. Como otros muchos que habían conseguido ocultar algún ejemplar, y se lo iban pasando de generación en generación, con mucho cuidado. Leyendo a escondidas bajo las sábanas, por temor a que el gobierno se enterase y se lo arrebatara.


Ella poseía un ejemplar antiguo de ‘NIEBLA’, de „Miguel de Unamuno’. Un libro que le había regalado su abuelo Moisés, un gran superviviente que murió cuando ella tenía diez años. Un ejemplar al que le tenía mucho cariño, aunque sus tapas estuviesen desgastadas y sus hojas amarilleadas por el tiempo. Dentro de ese libro había una dedicatoria para ella, que su abuelo había escrito cuando apenas contaba con dos años. <<

Para Claire. No dejes nunca de buscar la claridad de la sabiduría, y lucha hasta el

infinito y más allá, por la libertad que nace del conocimiento. Te quiere y siempre te querrá. Tu abuelo, Moisés. >> Pero no solo esa dedicatoria escondía un mensaje donde algunas palabras estaban más remarcadas. Al final del libro, en esas hojas blancas que adornan los ejemplares, tras el índice; había dos frases garabateadas por su abuelo. Claire las releía una y otra vez, para no olvidarlas nunca. Esas frases eran de dos personas que habían existido realmente, y formado parte de la historia del mundo, cada uno a su manera. Una de ellas, era del mismo autor de Niebla, Miguel de Unamuno, y decía así: “Sólo el que sabe es libre, y más libre el que más sabe. Solo la cultura da libertad. No proclaméis la libertad de volar, sino dad alas. No proclaméis la libertad de pensar, sino dad pensamiento. La libertad que hay que dar al pueblo es la cultura.” La otra frase, era de un rebelde y guerrillero, conocido como el Ché. Su nombre real era “Ernesto Guevara de la Serna”, y entre otros muchos pensamientos, antes de morir fusilado, dejó palabras como éstas: “Un pueblo que no sabe leer ni escribir, es un pueblo fácil de engañar”. Y Claire, así lo pensaba. Por eso el gobierno había acabado con la educación pública. Porque un pueblo sumido en la incultura, es un pueblo oprimido, fácil de engañar y manipular. Un pueblo sin cultura es un pueblo sin voz. — ¡Por eso son tan necesarias vuestras palabras Invasores! —gritaba en sueños sin ser escuchada. — ¡Os necesitamos! ¡Regresad! —imploraba entre lágrimas.


Pero el joven de gafas rojas y ojos azules, no se inmutaba. Seguía leyendo „Niebla’. Sumiéndose en pinceladas grises sobre existencialismo, inmortalidad y crisis del alma. Ella soñaba y soñaba. Y cuando estaba despierta, mientras recogía frutas y verduras de los campos que habían cultivado, pensaba en ese extraño invasor de ojos azules y gafas rojas. Parecía de su misma edad, pero algo en su interior le decía que su sabiduría estaría a mil años luz de la de ella. Ella sabía leer y escribir gracias a su madre. Pero no tenía todos los conocimientos a los que en otros tiempos atrás habían tenido acceso los jóvenes de su edad. El tiempo aconteció. Los días en el calendario fueron sucediendo. El día de su cumpleaños nació, y la Invasión no llegó. Desilusionada, miró al cielo una y otra vez, esperando naves alienígenas. Esperando algún cambio. Sin embargo los cambios no llegaron. La noche se alzó. Y tras los cuentos y las leyendas narrados por los mayores alrededor de la hoguera, todos se fueron a dormir. Desde su cabaña, tras el cristal del pequeño habitáculo que era su habitación, Claire miro al cielo entre lágrimas. La oscuridad del crepúsculo se iba tornando más infinita, abrazando cada centímetro de los campos. Las olas del mar levitaban dejando huellas de espuma a su paso sobre la arena mojada. Hacía días que el frío del invierno comenzaba a ser más severo, las gotas de lluvia caían desde las nubes con pasos intermitentes. Incluso muchas personas en la aldea, habían tenido que permanecer en sus camas, sin salir a la calle. Refugiados y tomando caldos calientes, porque la niebla gris les impedía respirar con normalidad. Tras el cristal miraba el cielo, pensaba en su padre, en su abuelo, en las historias sobre tiempos pasados que les habían contado desde niños. Pensaba en los jóvenes de su pequeña aldea desierta, que al igual que ella soñaban con un mundo mejor. Que soñaban con viajar a otros lugares, conocer otros países, otras personas. Que soñaban con todas las cosas que anteriormente eran posibles, y que ahora no eran más que ilusiones y quimeras.


Siguió mirando al cielo y acarició el ejemplar de „Niebla’, que siempre releía antes de dormir entre divagaciones. Y justo en el instante en el que, cansada y derrotada anímicamente, se disponía a alejarse de la ventana para meterse en su lecho… Una luz brillante llamó su atención entre la niebla. Parecía una estrella que se estaba descolgando del cielo. La luz se fue haciendo más y más intensa. Asustada corrió hacia el cuarto de su madre, y la instó a mirar por la ventana con ella. Juntas y abrazadas, entre caras de asombro, pudieron comprobar como aquella estrella brillaba tanto porque cada vez estaba más cerca. Y a esa luz se la sumó otra más. Y a esas dos, más y más luces que fueron naciendo entre las tinieblas. Asombrados, incrédulos y temerosos, todos sus vecinos corrieron hacia el centro de la isla, donde solían reunirse para hablar. Allí, los resquicios de una hoguera, se convertían en negras cenizas mientras volutas de humo aún permanecían. Y las luces se acercaron aún más, y una nave descendió desde el cielo, abriéndose paso entre la densa tiniebla del invierno. Claire le pidió a su madre que la pellizcara bien fuerte en el brazo para cerciorarse de que no fuese un sueño. Su madre Violeta lo hizo, y la joven se dio cuenta de que no era ningún sueño. Estaba totalmente despierta. Se dio cuenta de que los ángeles cósmicos le habían escuchado y cumplido su sueño. Los invasores habían llegado a la tierra. Su mejor regalo de cumpleaños hasta la fecha. Ahora solo faltaba averiguar, que los viajeros de aquellas naves fueran en realidad antiguos humanos, y no alienígenas que quisieran acabar con la humanidad que quedaba en pie. La nave se posó sobre la arena, y de ella surgió una rampa, de la cual un montón de humanos fueron descendiendo. Lo que Claire no sabía es que esa no era la única nave. Ahora, en infinitos puntos del planeta Tierra, diferentes naves estaban aterrizando y abriendo sus compuertas.


De ellas descendieron alrededor de cien humanos con sus ropas habituales, y tras ellos, pudo distinguir desde sus pupilas brillantes, unos cuarenta alienígenas de piel verde, sin antenas, y vestidos con trajes espaciales de color plata. Los allí congregados dieron pasos hacia atrás asustados. Claire ni siquiera tenía fuerzas para moverse. Sus piernas temblaban demasiado, y sus pies se habían quedado anclados y hundidos en la arena. El temor se aferró a la sangre de sus venas. El más anciano de todos los humanos alzó la voz, que resonó bien fuerte entre el enmudecimiento de los habitantes de la isla. — No temáis. Nuestros compañeros de viaje no tienen intención de haceros daño. Son habitantes de un planeta cercano a “Culture”. El planeta que nosotros fundamos. Nos han acompañado para ayudarnos a luchar por un mundo mejor. Un mundo donde la cultura, la sanidad y la educación estén al alcance de todos. Donde la sabiduría nos haga ser y sentirnos libres. ¡Acercaos! Y en ese mismo momento, el más anciano de los alienígenas dio un paso hacia adelante con la intención de acercarse, sin embargo los habitantes de la isla no se movieron. Todos se quedaron pensativos. Llevaban mucho tiempo soñando con ese encuentro, demasiado, tanto que ahora no sabían cómo reaccionar. Sin embargo de entre la multitud, una chica de ojos verdes y pelo negro azabache apareció. Con su cuerpo delgado de andares gráciles se acercó al alienígena. Claire había decidido ser valiente y enfrentarse a sus temores. Tenía frente a sus ojos lo que había estado esperando desde que tenía uso de razón. Así que se armó de valor, rodeó al resto de habitantes y se plantó frente al ser extraterrestre. Mirándolo fijamente, dejó el libro sobre la arena y alzó su mano en señal de saludo. El anciano le contestó con un abrazo. Ella sonrío tímidamente. Acto seguido el ser extraterrestre colocó sus manos en las sienes de la chica, produciendo temblores en todo su cuerpo. Temblores que todos los habitantes recibieron entre gritos de alarma y abucheos. Ya estaban acercándose para enfrentarse a los alienígenas, cuando Claire levantó sus manos en señal de que no hicieran nada. Clavó su mirada en los ojos del ser


extraterrestre, y de sus párpados se suicidaron un montón de lágrimas. Lo miró totalmente agradecida antes de abrazarlo entre sonrisas. Los habitantes de la isla se quedaron estupefactos. Pero Claire enseguida rompió la incertidumbre, se giró hacía su madre que la miraba con miedo y a todos los demás vecinos de la isla, y dijo bien alto: — ¡No temáis! No me ha hecho nada malo. En apenas un minuto ha llenado mi cerebro de sabiduría. Todos los conocimientos que me han sido negados desde mi nacimiento, me los ha transmitido con un solo roce de sus dedos en mis sienes. No sé cómo ha podido ser capaz, pero puedo aseguraros de que me siento distinta. Más completa. Acaba de obsequiarme con el mejor regalo. La libertad que produce el conocimiento. Su madre la miró asustada, pero le bastó una sonrisa de su hija para creerla. Se acercó al ser extraterrestre, y éste hizo lo mismo con la madre. Manos en las sienes, temblores, sonrisas y lágrimas. El resto de habitantes de la isla, se fueron acercando a los invasores y a los seres que les habían acompañado, mucho más confiados. Uno a uno fueron adquiriendo todos los conocimientos que necesitaban para sentirse cultos. Cuando el último vecino de Claire obtuvo la sabiduría, unas alarmas estridentes comenzaron a sonar alrededor de la isla. Las alambradas comenzaron a relucir soltando chispas. Era la señal que muchos temían. El gobierno había interceptado su llegada. — ¡Venid, entrad en la nave, hay sitio para todos! Aquí no podrán hacernos nada —dijo uno de los humanos invasores. Y todo ellos entraron siguieron sus órdenes, corriendo agitados sobre la rampa de metal. Temerosos por lo que estaba por llegar. Desde los cristales vieron como el ejército rodeaba la isla con helicópteros, desde los cuales disparaban hacia la nave, que permanecía intacta a pesar de los disparos. En ese momento vieron como una burbuja de color azul radiante, parecida a la niebla, se iba apoderando de cada centímetro de arena, de cada ola. Naciendo desde el suelo hacia el cielo. Los límites marcados por las alambradas estaban protegidos por ese humo azul. Los helicópteros tuvieron que dar marcha atrás. Las balas rebotaban contra la pared del color del cielo.


— Tranquilos. Es una barrera protectora. Esperaremos aquí hasta que su acción se complete. Después podréis salir y hacer vuestra vida normal sin temor a represalias. — dijo uno de los extraterrestres. — Os prometo que el mundo será como siempre habéis deseado que sea. Nuestros amigos de trajes plateados nos ayudarán. Están a favor de la libertad y del libre conocimiento. Podréis leer, escuchar música, ir al cine. Gozaréis de una salud accesible para todos, de una educación, un trabajo y vivienda digna. Y como vosotros, el resto de habitantes del planeta. —dijo uno de los invasores. — Podemos enfrentarnos al gobierno. Hacer una revolución. Derrocar el poder e instaurar dirigentes limpios de corazón. —gritó un chico rubio, de ojos azules y gafas de pasta color rojo; mientras se abría hueco entre los presentes. Claire tembló, sus piernas le fallaron y su corazón comenzó a latir desbordado. Era el Invasor de sus sueños. — ¿Y cómo nos enfrentaremos al gobierno? ¿Cómo les derrocaremos? No es tan fácil. Si es fácil, porque no habéis venido primero. Os fuisteis hace veinte años… —protestó la chica en desacuerdo. El humano anciano levantó la mano para que el joven de ojos azules no replicara. Y con una voz cantarina y dulce, les hizo saber su plan a todos los presentes. Contestó a todas las preguntas que quisieron formular.

Los meses fueron pasando. Entre lectura y lectura, los humanos se fueron armando en silencio. Con el corazón lleno de esperanza, ansiando poder luchar para conseguir los cambios con los que siempre habían soñado. Tres meses después de la llegada de la nave espacial, después de la invasión y de la entrega de libros, y sabiduría, estuvieron preparados. La revolución del pueblo llegó. No había incertidumbre, dudas o remordimientos. Lucharían hasta el final. Se enfrentarían al poder corrupto para conseguir el mundo que siempre quisieron. Y la batalla tuvo lugar.


En la sede central de cada gobierno. Naves espaciales aterrizaban frente a las barreras de antidisturbios. Y un centenar de humanos y alienígenas descendieron de las rampas, paso a paso. Enfundados en trajes metalizados de color gris, con una barrera azul protectora que impedía que las balas penetraran en su cuerpo. Armados con pistolas de las que salían palabras y flores. Armados con libros, sabiduría y cultura, como escudos. Y los dirigentes sufrieron en sus carnes aquel bombardeo de protestas, aquel desbordamiento de pensamientos. Esperaban una revolución armada, a sangre y fuego, donde su Ejército tuviera las de ganar. Y se encontraron con una revolución de palabras. Porque las palabras ayudan a crecer intelectualmente y espiritualmente. Porque las palabras no tienen fronteras. Dan libertad al alma, al cuerpo, al ser humano. Muchos presidentes se suicidaron, otros sintieron como sus cerebros explotaban incapaces de asimilar lo ocurrido antes de caer fulminados de un infarto. Y otros muchos intentaron escapar en cohetes espaciales a otros planetas. Pero los habitantes del espacio interestelar no les permitieron la entrada y sus naves se desintegraron. No querían humanos corruptos, borrachos de poder y sin corazón. Querían personas puras. Y el pueblo ganó. La revolución de los derechos y la cultura triunfó. Nuevos dirigentes se alzaron en el poder. Dirigentes a los que se les implantó en su sangre la semilla de la pureza. Ellos mismos imploraron porque así fuera. Querían construir un nuevo mundo. Un mundo donde todos tuviesen las mismas oportunidades, los mismos derechos. Donde la educación y la sanidad fuesen públicas y al alcance de todos. Donde el respeto, la prosperidad y la cultura fueran los estandartes principales. Y así sucedió. Ya hace dos años de aquella invasión. Y Claire no puede sentirse más contenta. La muerte de su padre a manos del poder, al menos no fue en balde. Y mirando por la ventana de la casa que un día fue suya, en una ciudad cualquiera, da gracias a las estrellas. A los ángeles cósmicos escondidos tras ellas. Mientras sus manos acarician las palabras de su abuelo garabateadas en su ejemplar de „Niebla’. Da gracias a las estrellas, mientras Joseph, el chico de ojos azules y gafas de pasta de color rojo brillante, la abraza entre sonrisas.


Fdo: Rebeca Ba単uelos.

Invasores  
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