Cazadores de regalos malditos

Page 1


Cazadores de regalos malditos

Minime, aprendiz de...

Unos leves espasmos musculares activados por el subconsciente dibujaron una leve sonrisa en el rostro de la joven Minime, realzando, aún más, su belleza.

Dormía, y la sonrisa dejaba claro que disfrutaba de un agradable sueño.

―¡Qué bobo...! ―murmuraba Minime entre sueños.

Sí, ella era somnílocua, vamos, que hablaba dormida; quizá la más rara de sus muchas peculiaridades.

Los primeros rayos de sol filtrándose a través de las poco tupidas cortinas desterraban las sombras de la noche, devolviendo todo su colorido a la habitación. El cabello rubio de Minime recuperaba su brillo y esplendor cuando se abrieron sus párpados, azotados por la luz, desvelando así unos iris castaños. Un bostezo, amplio y majestuoso, acompañó a los músculos de su cuerpo que se activaban

en cadena para estirarla por completo, algo digno de admiración y de arrancar alguna que otra sonrisa.

Se deshizo de la sábana con un rápido, pero sumamente grácil movimiento de su mano izquierda. Se incorporó y, apoyando los pies en el borde del colchón, saltó de la cama con todas sus fuerzas. Un golpe sordo (estruendoso diría ella), resonó al aterrizar con sus pies desnudos sobre el cálido pavimento de madera, aquel que ocultaba el desfavorecido aspecto del suelo original de terrazo. Después de que sus rodillas se doblaran para asegurar la estabilidad de su cuerpo, y tras algún que otro temblequeo de piernas, se irguió con rapidez. Con ambas manos separó las cortinas desde el centro, dejando a su cuerpo proyectar su sombra en forma de cruz sobre la cama durante el instante en el que llenaba, a tope, sus pulmones de aire.

La luz cegadora empujaba sus párpados hacia abajo impidiéndole disfrutar del paisaje que había más allá de la ventana. Como cada mañana que el sol brillaba con todo su esplendor, Minime usó sus manos a modo de visera para dejar que el jardín se materializara y le alegrase la vista. De repente, la relajante imagen se rompió. Un hombre de unos treinta años apareció al otro lado de la ventana. Su abundante cabello negro alborotado sobre su cabeza anulaba a cualquiera el interés por el bigote y la barba incipiente que mostraba. Incluso las gafas

de montura negra y fina, de grandes lentes circulares, pasaban a un segundo plano. Su estatura, imponente a ojos de Minime, se quedaba a pocos centímetros del metro noventa. Aunque su presencia era notable, no era gracias a que «ir al gimnasio» estuviese en su programa de actividades diarias; así que, sí, se podría decir que su figura carecía de la definición muscular de un atleta.

La joven Minime no pudo evitar el sobresalto. El sol a sus espaldas escondía el rostro del hombre, que, con el puño derecho, buscaba llamar su atención dando golpes sobre el cristal. Ella gritó, dio un paso hacia atrás y puso las manos delante, por acto reflejo, para protegerse de cualquier posible amenaza.

―¡Aaaaah…! ―El grito disminuía de volumen a medida que su cerebro identificaba a aquella persona como a Tom Bind, su maestro.

―¡Buenos días, Minime! ―La potente voz de Tom, acompañada de una gran sonrisa, sonó amortiguada por los cristales―. Perdona lo del susto.

―¡Ya te vale, Tom! ―gritó ella tras abrir las dos hojas de la ventana de par en par y un tanto a lo bruto. Después, puso su cara de mucho enfado a pocos centímetros de la de Tom. Arrugaba el morro todo lo que podía.

Una sonrisa nerviosa y un paso hacia atrás, para separarse de Minime, eran de obligado proceder para Tom antes de volver a hablar.

―Lo siento. Me ha llamado su majestad, el rey Gaspar, y debo ir enseguida… Casi… ―dudó sobre lo que iba a decir a continuación―. No quería despertarte. Cuando estaba a punto de irme, vi desde el jardín que abrías las cortinas, así que volví para despedirme. Nos vemos en un rato, ¿vale?

―¡Espera!… ¿No puedo ir contigo? ―preguntó aceleradamente Minime, apoyándose en el alféizar e inclinándose hacia adelante; la mitad superior de su cuerpo salió de la habitación.

―Creo que es mejor que te quedes aquí. Además…, mírate. ―Movió su mano derecha señalándola de arriba abajo―. Todavía andas en pijama… y tendrías que desayunar. No creo que me lleve mucho tiempo. Luego te cuento.

―Vaaaale ―bajó la cabeza para decir lo siguiente en voz baja―. Pues vaya castaña.

Tom, que ya se alejaba, se dio la vuelta para hacerle una última sugerencia.

―¡Y aprovecha para poner un poco de orden en tu cuarto, pequeña! ¡Cuando vuelva no quisiera ver que te has dedicado a procrastinar!

―¡¿Procras… qué?! ―gritó Minime.

―¡Pro-cras-ti-nar! ¡Que no aplaces para más tarde lo que puedas hacer ahora! ―gritó Tom sin dejar de andar para alejarse en busca de la puerta que separaba el jar-

dín de la calle. Se despedía levantando la mano derecha sin mirar atrás.

―Este hombre… Siempre usando palabros. ¡No se cansa!... Así que… ordenar. ¡Bufff! ―Los ojos de Minime giraban hacia arriba intentando ocultar sus iris tras los párpados superiores en señal del hastío que le provocaba eso de ordenar; y es que, para ella, siempre había algo más importante en lo que invertir su tiempo.

Se dejó caer de espaldas sobre el colchón mientras se preguntaba por qué el rey Gaspar había llamado a su maestro. Minime cerraba los ojos y fruncía el ceño.

«Quizá para preguntar por mis progresos, o quién sabe si para evaluar sus dotes de maestro… las que, sin duda, podría mejorar», pensó con una sonrisa. Sus ojos se abrieron de par en par al considerar una posibilidad más emocionante aún: ¿y si le encomendaban una nueva misión? En ese caso, quizá, por primera vez, la llevaría consigo.

La palabra «procrastinar» resonó en su mente, impulsándola a la acción. La idea de poder participar en una misión aceleraba sus movimientos e impedía su concentración. Las tareas se sucedían con cierta torpeza: se puso la camisa blanca de manga larga sin prestar mucha atención, así que, más de un botón atravesó el ojal incorrecto; los vaqueros y deportivos, por suerte,

sin cordones, se los vistió correctamente. Se peinó a malas penas, dejando algunos mechones en rebeldía. Recogió la ropa sucia, pero se dejó el cesto en su habitación al dirigirse a la cocina para desayunar. En fin… mejor no seguir.

Ya en la cocina, un vaso de leche con cacao y un par de tostadas con mantequilla fueron elegidos para formar parte de su desayuno... como siempre. En el tiempo que estuvo sentada mientras desayunaba, no dejaba de echar miradas por la ventana deseando ver a Tom regresar de su visita al rey Gaspar, y, con suerte, portando buenas nuevas para ella.

Sus pensamientos divagaban entre el asombro por cómo había cambiado su vida en los últimos meses y la incertidumbre de qué ocurriría en los próximos. Jamás habría pensado que estaría de aprendiz de un mago a cargo del rey Gaspar. Pocos eran los afortunados de optar a tales menesteres. Por todo el mundo había delegaciones de los tres Reyes Magos, una tradición que se había ido transmitiendo hasta nuestros días. La magia existía, aunque no eran muchos los afortunados de poder conjurarla, y, desde luego, permanecía oculta a quienes no creían en ella.

Un pájaro posándose en el alféizar la devolvió al presente para recordarle que la tostada aún seguía esperándola. Al ir a darle otro bocado, se percató de que

no llevaba puestas las pulseras que solían adornar sus muñecas; había salido de la habitación sin ellas, así que, recargando los mofletes de tostada, se dirigió al dormitorio para recoger sus alhajas.

Las arrugas de la sábana le hicieron caer en la cuenta de la poca atención que había prestado a la hora de hacer la cama, y, ahora, le pasaba factura su sentido de la vergüenza. Supo entonces que debía relajarse y centrarse más en el presente: arregló bien la cama; llevó el cesto de la ropa sucia adonde debía estar; y hasta tuvo tiempo de darse cuenta de que debía abrocharse de nuevo la camisa. Se puso una pulsera dorada en la muñeca izquierda, y en la derecha, cuatro pulseras de colores que iban desde el verde al azul, en distintas tonalidades. También le dio el gran honor a su cuello de sustentar un colgante con un disco transparente que llevaba escrito «niño viento» en forma de círculo, siguiendo en paralelo su perímetro. Se sentó en una silla que tenía junto a la mesa de estudio y se relajó tanto, que su cerebro pudo por fin avisarle de que se había olvidado de otra cosa: y esa cosa era, ni más ni menos, que su amiga Sapi.

Cuando algunos niños dejan de escribir a los Reyes Magos, el rey Gaspar envía a Tom Bind, un mago viajero, para descubrir qué está ocurriendo. Acompañado de su aprendiz Minime y una ranita especial llamada Sapi, Tom se embarca en una misión peligrosa hacia Cudillero. El caso de Ánxelu, un niño desaparecido, los llevará a desentrañar un misterio donde magia oscura, secretos ancestrales y regalos malditos alteran el equilibrio, poniendo en riesgo algo mucho más grande de lo que imaginaban.

Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook
Issuu converts static files into: digital portfolios, online yearbooks, online catalogs, digital photo albums and more. Sign up and create your flipbook.