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c/ San Vicente Ferrer 34 - 28004 Madrid


, pIERRE LOUYS (1870-1925) La ausencia, Las canciones de Bilitis

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“Pero lo que no oso tocar con el dedo, es ese espejo donde ella ha contemplado sus magulladuras recientes y en el que subsiste todavía, quizás, el reflejo de sus labios mojados”.”.

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ueridos amigos de lo breve: estamos de nuevo aquí, ofreciendo la ración de cuento necesaria para seguir soñando. Esta vez, serán zonas erógenas (no solo del cerebro) las que busquen nuestros autores invitados a participar en este número especial. Francisco Cenamor, además de un grandísimo poeta y actor, es una persona implicada hasta la médula en proyectos en los que cree. Es consecuente con su forma de pensar. Y pensó que de alguna manera sería necesario apoyar al Colectivo Hetaira (Colectivo en defensa de los derechos de las prostitutas) y organizó una serie de Festivales de poesía erótica en el bar Consentido (espacio social de erotismo) de Madrid. Como no solo de la poesía vive el ser humano, también pensó que sería buena idea realizar también festivales de relatos eróticos y contó con los miembros de esta locura llamada Al Otro Lado del Espejo.

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DITORIAL

Este lujo de portada que os habéis encontrado es de otro maestro, Miguel Ángel Martín, realizada a propósito para el número y ya exhibida en las galerías de Roma. Y cuenta este especial con un relato gráfico para coleccionistas, a cargo de Antonio Bordón y Bruno Chenon. Por lo demás, nuevos nombres como Cristina García Morales o Ángel Olgoso, arropan a los que pasaron por aquel Consentido a dejar su gotita de placer (Carlos Salem dejó su gotita más de una vez, todo hay que decirlo) y al puñado de buenos ilustradores y fotógrafos que participan con sus trabajos en este especial de cuentos eróticos.

Cuentos con suspiros ahogados, de lencería transparente, explícitos; manuales, sonoros; cachondos, burros, maniqueos; mordaces, románticos; para amantes del dolor, para mirones, para fetichistas. Cuentos en el límite, sobre De aquellas colaboraciones ha nacido este Especial la hoja afilada de acero que separa lo que se muestra de lo que erótico, que ganas teníamos de sacar a pasear la lengua. Así se aparenta mostrar. que, en este número, junto a los autores invitados a colaborar, participan muchos de los perpetradores necesarios de AOLdE Nada más. Si acaso, déjense llevar por el juego: Abran que dejaron su granito de arena en el Consentido. Permítannos la boca, solo un poquito, un centímetro, no más; paseen la lengua esta golfería. por los labios, despacio, en círculo; humedézcanlos, que brillen, que sientan el juego de la serpiente; acaricien con la punta de Como en todo especial, nos salimos de la horma, esa lengua, perversa y juguetona, los dientes superiores; eliminamos secciones fijas y cambiamos el formato de la revista, ahora sáquenla, que respire, que se muestre orgullosa, de tal como ocurrió en el Especial Peques del año pasado. un lado al otro de la comisura de los labios; déjenla que mire desafiante un momento. Y ahora escóndanla y giman. En Hubo debate para elegir al maestro cuentista del silencio, si acaso, pero giman y cierren los ojos. No, nadie les número. Se descubrieron unas fábulas de Samaniego que, mira las manos. Déjense llevar… pardiez, subiditas son. El Arcipreste de Hita también estaba ahí, y el Decameron de Boccaccio, pero elegimos a Sade que para eso es Marqués y está encuerado. Nos va la marcha.

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aL OTRO LADO DEL ESPEJO Año 2. Especial Erótico. Revista multidisciplinar y estacional orientada al cuento y la ilustración. Edita: Asociación Cultural LA VIDA RIMA. Nº nacional de asociación: 590513 C.I.F. G-85383537 Madrid e-mail: revista.alotroladodelespejo@gmail.com Arte y Diseño: Luis Morales - José Naveiras - Daniel Orviz Equipo lector: Reyes Monje - Rosa Naveiras - Mª Jesús Silva Asesores literarios: Esteban Gutiérrez Gómez - Miguel Ángel Martín Coordinador: Gsús Bonilla Todos los textos y obras publicadas son propiedad de los autores. aL OTRO LADO DEL ESPEJO y LA VIDA RIMA no tienen por qué hacerse responsables de ninguna de las opiniones publicadas, ni identificarse con ellas. aL OTRO LADO DEL ESPEJO y LA VIDA RIMA no se hacen responsables de ninguna suplantación de identidad o autoría de las obras publicadas.

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Ilustración de portada: mIGUEL áNGEL mARTÍN


EL CORNUDO DE SÍ MISMO (mARQUÉS dE sADE)

rELATOS, mICROS y oTRAS hIERBAS

LA MANCHA (cARLOS sALEM) LOS JUEGOS (mÓNICA sÁNCHEZ) DESPUÉS DE FLAVIO (rAFAEL jOSÉ dÍAZ) VIERNES (pATRICIA mONGE) LA BOCCA DELLA VERITÀ (LUCÍA fRAGA) EL COÑO DE ALICE B. TOKLAS (aNTONIO bORDÓN) LOS LABIOS CORTADOS (cRISTINA gARCÍA mORALES) ÍRIS (áNGEL oLGOSO) ESENCIA DE TOKYO (jAVIER sERRANO) EL TEATRO DE LA VIDA (nOELIA hERRERO) CUCHILLO EN LA PIEL (mARISOL tORRES) DURMIENDO JUNTOS (sUSANA oBRERO) DIEZ AÑOS. O MÁS. (eSTEBAN gUTIÉRREZ gÓMEZ) LAS CEREZAS (mARÍA jESÚS sILVA) PÉGAME (pEPE pEREZA) ROMANTICISMO (jOSÉ nAVEIRAS) ELLA NO SABÍA (sILVINA LUZ mONGE) ESPERMA (aNA pATRICIA mOYA) ATRAVESANDO EL ESTRECHO (LUIS mORALES) ESPUELAS DE PLATA (LUISA fERNÁNDEZ) MANOLETE “EL DE CIENFUEGOS” (mIGUEL mARTÍN) MOËT & CHANDON (sYLVIA oRTEGA)

LOS iLUSIONISTAS

ILUSTRAN ESTE NÚMERO

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mAESTROS

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EL CORNUDO DE SÍ MISMO O

LA RECONCILIACIÓN INESPERADA Un relato de DONATIEN ALPHONSE FRANÇOIS DE SADE

MARQUÉS DE SADE

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no de los peores defectos de las personas mal educadas es el de estar siempre aventurando un sinnúmero de indiscreciones, murmuraciones o calumnias sobre todo ser viviente y, por si fuera poco, delante de gente a la que no conocen. Es imposible calcular la cantidad de enredos que son fruto de esa clase de charlatanería, pues, para ser sinceros, ¿quién es el hombre honrado que oye hablar mal de aquello que le conviene y no aprovecha la ocasión que le sale al paso? A los jóvenes no se les inculca suficientemente el principio de un comportamiento sensato, no se les enseña lo bastante a conocer el medio, los nombres, los atributos o las cualidades de las personas con las que han de vivir; en lugar de eso, les enseñan mil estupideces que sólo sirven para que se rían de ellas tan pronto como alcanzan la edad de la razón. Da siempre la impresión de que están educando a unos capuchinos; en todo momento beaterías, supercherías o inutilidades y nunca una máxima de moral oportuna. Peor

aún, preguntad a un joven sobre sus verdaderos deberes para con la sociedad, preguntadle sobre lo que se debe a sí mismo y lo que debe a los demás o cómo hay que comportarse para ser feliz. Os contestará que le han enseñado a ir a misa y a recitar las letanías, pero que no comprende nada de lo que le preguntáis, que le han enseñado a bailar y a cantar, pero no a vivir con las demás personas. La presente historia, fruto del defecto que acabamos de señalar, no llegó a hacer correr la sangre, y sólo dio lugar a una simple broma. Para poder contarla con detalle vamos a abusar unos minutos de la paciencia de nuestros lectores. El señor de Raneville, de unos cincuenta años de edad, poseía uno de esos caracteres flemáticos que no dejan de tener cierto encanto. Se reía poco, pero hacía reír mucho a los demás, y tanto por sus rasgos de mordaz ingenio como por la frialdad con que los deslizaba, sabía encontrar a menudo, bien sólo con su silencio o bien con las graciosas expresiones de su taciturna

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(maestros) fisonomía, la clave del secreto para divertir a las tertulias a las que era invitado, mejor cien veces que esos plúmbeos charlatanes, pesados y monótonos, que siempre están dispuestos a contar una historia de la que ya se están riendo una hora antes de empezar y que no son ni siquiera tan afortunados como para entretener a quienes les escuchaban. Desempeñaba un cargo bastante lucrativo de recaudador de impuestos, y para consolarse de un funesto matrimonio que antaño había contraído en Orleáns, tras dejar allí a su casquivana esposa, se dedicaba a gastar tranquilamente en París veinte o veinticinco mil libras de renta con una bellísima mujer a la que mantenían él y otros amigos tan generosos como él. La amante del señor de Raneville no era precisamente una muchacha, era una mujer casada y por eso mismo mucho mas atractiva, pues, por mucho que se diga, esa pizca de sal del adulterio aporta insospechados alicientes al placer. Era muy hermosa, tenía treinta años y el más bonito cuerpo imaginable. Separada de un marido molesto y anodino, había venido de provincias a buscar fortuna en París, y no había tardado mucho en encontrarla. Raneville, libertino por naturaleza, siempre al acecho de cualquier bocado apetitoso, no había dejado que éste se le escapara, y desde hacía tres años, a base de un trato inteligente, de derroches de ingenio y de dinero hacía olvidar a la joven en cuestión todos los pesares que el himeneo había sembrado anteriormente en su camino. Como los dos habían tenido la misma suerte, se consolaban juntos y podían comprobar esa gran verdad que, sin embargo, a nadie le sirve de escarmiento: la de que hay tantos matrimonios fracasados y, por consiguiente, tanta desdicha

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en el mundo porque unos padres avaros o imbéciles prefieren unir fortunas en vez de unir caracteres, pues, como decía Raneville a menudo a su amante, no cabe la menor duda de que si el destino nos hubiera unido a ambos en vez de entregaros a vos a un marido tiránico y ridículo y a mí a una desvergonzada, en lugar de haber estado recogiendo espinas durante tanto tiempo, rosas hubieran crecido bajo nuestros pies. Un asunto sin importancia, que no vale la pena mencionar, condujo cierto día a Raneville a ese poblado cenagoso y malsano llamado Versalles, donde unos reyes que deberían ser objeto de adoración en su propia capital parecen rehuir la presencia de los súbditos que les anhelan, a donde la ambición, la venganza y la soberbia conducen día tras día a multitud de desdichados que, devorados por el hastío, van a ofrecer sacrificios al ídolo del día, donde la flor de la nobleza francesa, que tan importante papel podría desempeñar en sus posesiones, consiente en ir a humillarse en antecámaras, hacer la corte de manera ruin a los suizos de la puerta o mendigar humildemente una cena, peor que la suya propia, en casa de uno de esos individuos a los que la fortuna saca por un instante de las brumas del olvido para sumirlos de nuevo en él poco después. Terminadas sus gestiones, el señor de Raneville monta de nuevo en uno de esos coches a los que llaman «orinales» y en su interior se encuentra por pura casualidad con un tal señor Dutour, hombre muy parlanchín, muy gordo, muy pesado y bromista sempiterno, empleado como el señor de Raneville en el departamento de recaudación de impuestos, pero en Orleáns, su tierra, que, como acabamos


de decir, era igualmente la del señor de Raneville. Empiezan a charlar y Raneville, que, siempre lacónico, no revela su identidad, ya conoce el nombre, los apellidos, el lugar de nacimiento y los negocios de su compañero de viaje antes de haber pronunciado una sola palabra. Tras estos detalles, el señor Dutour pasa a los de las relaciones personales. -¿Habéis estado en Orleáns, verdad, señor? -le pregunta Dutour-. Creo que me lo acabáis de decir. -Pasé unos meses allí, pero hace ya tiempo. -Y, ¿conocisteis, os pregunto, a una tal señora de Raneville, una de las mayores p... que hayan vivido nunca en Orleáns? -¿La señora de Raneville? ¿Una mujer bastante atractiva? -La misma. -Sí, la conocí. -Muy bien, pues os diré confidencialmente que yo pasé con ella unos tres días, así de sencillo. Si hay un marido cornudo puede decirse sin la menor duda que es ese pobre de Raneville. -Y a él, ¿le conocéis? -No, en absoluto. Es un tipo despreciable que, según dicen, se dedica a arruinarse en París con rameras y con libertinos como él. -Nada puedo contestaros a eso, no le conozco, pero compadezco a los maridos cornudos, ¿no lo seréis vos por casualidad, caballero? -¿Cuál de las dos cosas: cornudo o marido? -Cualquiera de las dos; ese tipo de cosas van tan unidas hoy en día que, en verdad, es muy difícil apreciar la diferencia. -Yo estuve casado, señor. Tuve la desgracia de casarme con una mujer que nunca se llevó bien conmigo, como tampoco a mí me agradaba su carácter. Nos separarnos amistosamente; ella

quiso venir a París para compartir la soledad de una pariente suya, religiosa en el convento de Sainte-Acre, y vive en esa residencia desde donde me envía de vez en vez alguna noticia suya, pero no la veo nunca. -¿Es que es devota? -No, quizá eso habría sido mejor. -¡Ah!, ya comprendo. ¿Y nunca habéis sentido curiosidad por enteraros de su salud, en estas ocasiones en que vuestros asuntos os traen a París? -Pues, para ser sincero, no me gustan los conventos; amigo de la alegría, de la jovialidad, hecho para todo tipo de placer y bien relacionado en sociedad, no me apetece pasar seis meses de convalecencia por visitar una clausura. -Pero tratándose de una esposa... -Es una persona que puede resultar atractiva cuando se hace uso de ella, pero de la que hay que saber alejarse sin vacilaciones cuando poderosas razones así nos lo aconsejan. -En lo que decís hay cierto resentimiento. -No, en absoluto... hay filosofía... es la moda actual, el lenguaje de la razón, hay que adoptarlo o pasar por tonto. -Eso hace pensar en algún defecto de vuestra mujer; contestadme esto: defecto de naturaleza, de compatibilidad o de comportamiento. -De todo un poco... de todo un poco, caballero, pero dejémoslo, os lo ruego, y volvamos a la querida señora de Raneville. Pardiez, no comprendo que hayáis estado en Orleáns y no os hayáis divertido con esa criatura... todo el mundo lo hace. -No todo el mundo, pues veis que yo no estuve con ella. No me gustan las mujeres casadas. -Y si no es demasiada curiosidad, ¿puedo preguntaros en qué empleáis vuestro tiempo?

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(maestros) -En primer lugar en mis negocios, y después en una criatura bastante atractiva con la que voy a cenar de vez en vez. -¿No estáis casado, caballero? -Sí, lo estoy. -¿Y vuestra esposa? -Vive en provincias y allí la dejo como vos dejáis a la vuestra en Sainte-Acre. -Casado, señor, casado e incluso sois tal vez de la hermandad; contestadme, por favor. -¿No os he dicho ya que marido y cornudo son dos términos sinónimos? La relajación de las costumbres, el lujo... hay tantas cosas que hacen caer a una mujer. -Sí, es muy cierto, caballero, es muy cierto. Contestáis como hombre enterado. -No, en absoluto. ¿Así que una mujer muy hermosa os consuela, señor, de la ausencia de la esposa repudiada? -Sí, una mujer muy hermosa, en efecto, y quiero que la conozcáis. -Señor, es un honor excesivo. -¡Oh!, nada de cumplidos, caballero. Ya hemos llegado, os dejo libre esta noche para vuestros asuntos, pero mañana os espero sin falta a cenar en esta dirección que aquí os doy. Raneville tiene buen cuidado de darle una falsa y en seguida avisa en su casa para que quien vaya a buscarle preguntando por el nombre que ha dado pueda encontrarle con facilidad. Al día siguiente, el señor Dutour no falta a la cita, y como se habían tomado todas las precauciones para que incluso con un nombre falso pudiera dar con Raneville en su alejamiento, le encuentra sin dificultad. Tras los cumplidos de rigor, Dutour da muestras de impaciencia al no ver todavía a la divinidad que espera.

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-¡Hombre impaciente! -le dice Raneville-, desde aquí puedo ver lo que buscan vuestros ojos... Se os ha prometido una mujer hermosa y ya tenéis ganas de revolotear a su alrededor. No me cabe la menor duda de que acostumbrado a deshonrar la frente de los maridos de Orleáns os gustaría tratar del mismo modo a los amantes de París. Apuesto a que os alegraría enormemente ponerme a la misma altura que a ese desdichado de Raneville, de quien ayer me hablasteis en términos tan elogiosos. Dutour le contesta como hombre afortunado en amores, fatuo y, por tanto, necio. La conversación se anima un momento y Raneville coge entonces de la mano a su amigo: -Venid -le dice-, hombre implacable; pasad al templo donde os espera la divinidad. Con estas palabras le hacen entrar en un voluptuoso gabinete donde la amante de Raneville; que ha sido aleccionada para la broma y está al tanto de todo, se hallaba con la más elegante indumentaria, pero tapada con un velo, sobre la otomana de terciopelo. Nada ocultaba la elegancia y la hermosura de su figura; su rostro era lo único que no se podía ver. -Una mujer hermosísima, sin lugar a dudas; pero, ¿por qué privarme del placer de poder admirar sus facciones? ¿Es este, acaso, el serrallo del gran Turco? -No, de eso ni una sola palabra, es una cuestión de pudor. -¿Cómo que de pudor? -Así es. ¿Pensáis que yo iba a contentarme con enseñaros únicamente la figura o el vestido de mi amante? ¿Acaso sería completo mi triunfo si no os pudiera convencer, levantando todos esos velos, de hasta qué punto soy dichoso poseyendo encantos tales? Pero como esta joven


es extraordinariamente recatada se ruborizaría con todos esos detalles. Ha dicho que sí a todo, pero con la condición expresa de permanecer cubierta con un velo. Ya sabéis, señor Dutour, cómo es el pudor y la delicadeza de las mujeres; a un hombre a la moda como vos no tiene uno que enseñarle ese tipo de cosas. -Entonces, por piedad, ¿vais a dejar que la vea? -Por completo, ya os lo he dicho, nadie es menos celoso que yo; los placeres que se saborean a solas me resultan insípidos, sólo si puedo compartirlos me siento dichoso. Y para hacer honor a sus máximas, Raneville empieza por levantar un pañuelo de gasa que al instante deja al descubierto el más hermoso seno que se pueda contemplar... Dutour comienza a excitarse -Y bien -pregunta Raneville-, ¿qué os parece esto? -Que son los encantos de la mismísima Venus. -Veis cómo unos pechos tan blancos y tan firmes están hechos para despertar la pasión... tocad, tocad, amigo mío, a veces la vista puede engañarnos, mi opinión en lo que se refiere al placer es que hay que emplear todos los sentidos. Dutour acerca una mano temblorosa y acaricia extasiado el seno más hermoso del mundo y sigue sin dar crédito a la insólita complacencia de su amigo. -Ahora más abajo -dice Raneville recogiendo hasta la cintura una falda de vaporoso tafetán, sin que nada se oponga a esta incursión-. Y bien, ¿qué decís de estos muslos? ¿Creéis que el templo del amor puede estar sostenido por columnas más hermosas? Y Datour sigue acariciando todo lo que Raneville va dejando al descubierto. -¡Ah!, bribón, ya sé lo que pensáis -prosigue

el complaciente amigo-, ese delicado templo que las mismas Gracias han cubierto con un suave musgo... ardéis en deseos de entreabrirlo, ¿verdad? Qué digo, de besarlo, lo apuesto. Y Dutour cegado... balbuciente... sólo contestaba con la violencia de las sensaciones que se reflejaban en sus ojos; le da ánimos... sus dedos libertinos acarician los pórticos del templo que la voluptuosidad ofrece a sus deseos: da el beso divino que le han permitido y lo saborea durante un largo rato. -Amigo mío -exclama-, ya no puedo más. O me arrojáis de vuestra casa o dejadme que siga adelante. -¿Cómo adelante? ¿Y a dónde diablos queréis llegar si se puede saber? -Ay, cielos, no me comprendéis, me siento ebrio de amor, ya no puedo contenerme por más tiempo. -¿Y si esta mujer es fea? -Es imposible que lo sea con encantos tan sublimes. -Si es... -Que sea lo que quiera, os lo repito, querido amigo, ya no puedo resistir más. -Entonces adelante, temible amigo, adelante, apagad vuestra sed ya que os es imprescindible. ¿Me estaréis agradecido al menos por mi liberalidad? -¡Ah!, infinitamente, no lo dudéis. Y Dutour apartaba suavemente a su amigo con la mano como para insinuarle que le dejara a solas con aquella mujer. -¡Oh!, ¿que os deje? No, no puedo -contesta Raneville-. ¿Tan escrupuloso sois que no podéis hacerlo en mi presencia? Entre hombres no se hace caso de ese tipo de cosas. Además, esas son mis condiciones: o delante de mí o nada.

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(maestros) -Aunque tuviera que ser delante del diablo -contesta Dutour no pudiendo contenerse por más tiempo y precipitándose al santuario en que va a quemar su incienso-; ya que así lo queréis, acepto cualquier cosa ... -Y bien -le pregunta Raneville flemáticamente-, ¿habéis sido engañado por las apariencias?; las delicias que tales encantos os prometían, ¿son reales o ilusorias...? ¡Ah!, nunca, nunca he visto nada tan voluptuoso. -Pero ese maldito velo, amigo mío, ese pérfido velo, ¿no me dejaréis que lo levante? -Sí, desde luego... en el último momento, en ese momento tan sublime en que todos nuestros sentidos son seducidos por la embriaguez de los dioses, embriaguez que nos hace sentirnos tan dichosos como ellos y, a menudo, incluso superiores. La sorpresa hará más intenso vuestro éxtasis: al placer de gozar de la mismísima Venus añadiréis la inexpresable delicia de contemplar los rasgos de Flora y, todo a un tiempo para colmar vuestra dicha, os sumergiréis así mucho mejor en ese océano de placer en el que el hombre sabe encontrar tan dulcemente el consuelo de su existencia... Me haréis una señal... -¡Oh!, ya lo estáis viendo -responde Dutour-, me estoy acercando a ese momento. -Sí, ya lo veo, estáis excitado. -Excitado hasta tal punto... ¡Oh!, amigo mío, estoy llegando a ese instante sublime; arrancad, arrancad esos velos para que pueda contemplar el mismísimo cielo. -Ya está -contesta Raneville retirando la gasa-, pero tened cuidado no vaya a ser que al lado de ese paraíso esté el infierno. -¡Oh, cielos! -exclama Dutour al reconocer a su mujer-, pero cómo... sois vos, señora... caballero, esta pesada broma... mereceríais... esta infame...

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-Un momento, hombre fogoso, un momento, vos sois quien os merecéis cualquier cosa. Aprended, amigo mío, que hay que ser algo más circunspecto con la gente a la que no se conoce de lo que ayer fuisteis conmigo. Ese desdichado Raneville a quien tan mal habéis tratado en Orleáns... soy yo, señor; pero podéis ver cómo os lo devuelvo en París; por lo demás habéis hecho más progresos de los que creéis, pensabais que yo era el único que tenía cuernos y os los acabáis de poner vos mismo. Dutour entendió la lección, tendió la mano a su amigo y reconoció que había recibido lo que se merecía. -Pero esta pérfida... -Y bien, ¿no hace lo mismo que vos? ¿Cuál es esa bárbara ley que encadena a ese sexo de forma tan inhumana dándonos a nosotros toda la libertad? ¿Es eso equitativo? ¿Y con qué derecho de la naturaleza vais a encerrara vuestra mujer en SainteAcre mientras os dedicáis en París o en Orleáns a poner los cuernos a otros maridos? Amigo mío, eso no es justo; esta adorable criatura, cuyo valor no supisteis apreciar, vino también en busca de otras conquistas. Hizo muy bien y se encontró conmigo; yo la hago feliz, haced vos que lo sea la señora de Raneville, lo acepto, vivamos felices los cuatro y que haya víctimas del destino, pero no de los hombres. Dutour reconoció que su amigo tenía razón, pero por una inconcebible fatalidad se sintió entonces perdidamente enamorado de su esposa; Raneville, a pesar de su causticidad, era demasiado generoso de corazón para resistir a las súplicas de Dutour para que le permitiera volver junto a su mujer. La joven se mostró conforme y este desenlace singular proporcionó un ejemplo inestimable de los designios del destino y de los caprichos del amor.


1740-1818

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DONATIEN ALPHONSE FRANÇOIS DE SADE

MARQUÉS DE

SADE El Marqués llevó una vida tan licenciosa como la de sus personajes, algo que lo condujo a la cárcel y el escándalo en no pocas ocasiones. A pesar de su origen aristocrático se adhirió y participó activamente en la Revolución Francesa. Muchas de sus obras contienen descripciones “explícitas” de todo tipo de “perversiones” y actos de violencia extrema que en ocasiones trascienden los límites de lo posible. A partir de la publicación de Justine o los infortunios de la virtud (1791) su nombre pasó a convertirse en sinónimo del Diablo. En su día fue reivindicado por Dostoyevsky, Apollinaire, Rimbaud y los surrealistas, que lo ensalzaban como “el divino Marqués”.

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LA MANCHA d e cARLOS

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(relatos)

sALEM R

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edacto estos archivos para poder después olvidarlos. Para mentir que son sólo un trazado de letras, un ejército de fonemas ordenados que no tiene territorio que conquistar. Y para garantizar que en esta guerra no he de salir derrotado, los escribo del modo más crudo, el que me desnude más, el que impedirá la tentación de acabar publicándolos. No debe ocurrir otra vez lo de Marta. A ti, no. Pero te empeñas en superarla desde la ventaja que una mujer activa como tú tiene sobre un recuerdo estático que ya no puede crecer, sólo adornarse con los abalorios imprecisos de la memoria. Porque intuyes que, para mí, Marta es una mancha que no acaba de borrarse, aunque ya no se vea. Por eso me has desafiado a la repetición imposible: escribirte relatos de mis experiencias sexuales con Marta, ponerlos en práctica juntos, por audaces que sean, y demostrarme que la fricción de nuestros cuerpos vivos resulta eficaz, y que una mancha, al fin y al cabo, se borra frotando. Y como todo se trenza, se teje, en lugar de dejarme fuera de los recuerdos dolorosos, el juego me deja dentro, muy dentro, de tu cuerpo y de mi memoria. Se retroalimenta, odiosa palabra adecuada. Es agotador. Me fastidia. Me encanta como les encanta su veneno a los adictos. Como le encantaba a Marta su veneno.


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Estabas

guapa, en el coche, con tu vestido oscuro y tan desvestido. Habías propuesto una tregua en el juego, “un descanso”, dijiste por teléfono. Y también dijiste que aún no habías abierto el correo electrónico con el nuevo relato erótico escrito para ti y debíamos hacer realidad, la nueva bola girando en nuestra ruleta. —Me apetece salir a dar una vuelta, al cine, a lo que sea… —Lo que sea menos follar. —Hombre, dicho así… no lo había pensado. Pero ahora que lo has dicho, sí. No dejaré que me la metas, hoy, si salimos. ¿Te apetece igual? —Claro, tú sólo no me gustas para follar-dije. Y era cierto, aunque prefería pensar que lo decía por amabilidad. —Entonces pásame a buscar a las nueve y llévame a cenar, a dar unas vueltas. Ven guapo, porque yo estaré deslumbrante, muy deseable, y todo el tiempo, mientras te mueras de ganas de metérmela, sabrás que hoy no te dejaré. Como castigo me pareció pueril, pero encantador. Y acepté, desde luego. —Pero no te engañes: esto es sólo una pausa. No quiero que cambies ni dejar el juego. Mañana abriré el correo y aceptaré el desafío, se cual sea. Colgaste sin esperar respuesta. Y horas más tarde, ahí estabas, en el coche, más deseable que nunca. Al verte sonreír, pensé que eras más de lo que mostrabas, y que esa intriga me despertaba cada vez nuevos deseos y preguntas. Por ejemplo, ¿era tu forma de provocarme, o siempre que viajabas en un coche ajeno, vestida de fiesta y sin bragas, te arremangabas el vestido hasta la cintura?

(relatos) Te lo pregunté y reíste, inmune a las miradas de asombro de los pasajeros del autobús detenido junto a nosotros por imperio del semáforo. Digo los, pero el primero fue uno y tuve ocasión de detectarlo, de ver cómo pasaba de la mirada perdida por el hueco de cielo entre dos edificios de La Castellana, a la mirada caliente al descubrir al lado, desde inmejorable perspectiva, un paisaje más cálido. —Tíos. Hay que explicarlo todo. Incluso a ti— acompañaste la frase con un gesto que empezó en una caricia tenue en mi nuca, bajó por mi barbilla y rozó mi boca, antes de planear en mano abierta hasta tu coño, seguirle el contorno y volar hacia tus labios. Como un beso al revés, como si hubieras pensado en darme a probar el sabor de tu sal más íntima, pero al invertir del trayecto hubieras comprobado cómo sabía después de mi boca. A esas alturas el del autobús había alertado a otros, ya fuera de palabra o por la propia sonoridad de su respiración, y antes de que el semáforo cambiara a verde pude ver media docena de caras hambrientas comiéndose tu coño en la distancia, como peces del lado equivocado del cristal. Una bocina nos ordenó movernos, pero a los del autobús les daba igual quedarse allí para siempre, lo dijeron con miradas lánguidas cuando el coche los dejó atrás, congelados por tu fuego. —A vosotros os chifla que vayamos sin bragas, os pone tontos, como si eso indicara disponibilidad instantánea. Y a nosotras también, para qué negarlo. Al menos para mí, pero creo que no hay una tía que alguna vez no haya salido a la calle sin bragas para coquetear con ese lamido de peligro que se siente. Y a estas alturas ya sabrás que me mojo con facilidad y abundancia, ¿no? Pues, eso, que tengo mis

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(relatos) rituales pero también mis precauciones. Y a diferencia de otras que conozco, que disfrutan yendo por su casa completamente desnudas en cuanto el clima lo permite, yo, cuando esto sola en casa y tengo a la vista una noche excitante, voy completamente vestida… —Vamos, que pones la colada en traje de noche y tacones. —No es eso, bobo. Pero vestida: bragas, sujetador, vaquero o chándal, camiseta. Y sobre todo, zapatillas, porque me excita mucho ir descalza, es por dónde empieza la desnudez, y por eso. —No te sigo. ¿Por eso te reprimes? Me alarmó un poco ver que delante de nosotros, a nuestra derecha, circulaba lentamente un coche de la policía, mientras tú, que te habías puesto cómoda para la explicación, apoyabas una pierna perfecta y recogida sobre el asiento, fumabas con esa rara elegancia, y con la mano libre te acariciabas distraída. Estuve por alertarte, pero me interesaba más tu cátedra de cómo ir sin bragas: —Llámalo así, si quieres, pero no creo que me reprima. Me entreno, ¿comprendes? Sé que por la noche saldré, vestida para matar, que bajo el vestido no llevaré nada, y en lugar de anticipar el riesgo cuando no es riesgo, cuando estoy sola en casa, lo alimento vestida. Por oposición, si quieres, pero ando muy excitada todo el tiempo, vestida hasta la cabeza, porque sé que en pocas horas, cruzaré la ciudad en coche, con un amante perverso, a cumplir un ritual más perverso aún. —Gracias. Por lo de amante. —De nada. Lo de “perverso”, en tu caso, más que un adjetivo, es un verbo. Otro semáforo nos frenó a la par del coche policial, y pensé que el agente que

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conducía no podía dejar de fijarse en ti. Nadie puede. Además del vestido que mostraba más que ocultar, estaba tu pelo, tu cara, y un cuello interminable. Y la rodilla flexionada sobre el asiento, cubierta por la media. La distancia entre ambos coches era tan corta, que bastaría que el policía se inclinara un poco hacia fuera, que quisiera advertirnos de algo, o sólo mirase con disimulo hacia nosotros, mientras hacía que buscaba algo detrás; una variación mínima de su postura le dejaría ver el resto oculto por la puerta del coche. El vestido enrollado en tu cintura, las caderas resaltando contra el tapizado del asiento, la herida húmeda de tu coño al aire, tu dedo buscando algo dentro, casi a flor de piel. —El caso es que siempre lo hago. Incluso, después de ducharme y vestirme completa, cuando faltan minutos para que vengan a recogerme, me pongo un tanga escogido, pantys si es necesario, y los zapatos, desde luego. —Desde luego. —Y sólo cuando suena el timbre, cuando la salida a la calle es inminente, corro al cuarto y me quito el sujetador y las bragas, y salgo deliciosamente desnuda. —Pero eso no explica lo del vestido arremangado y el coño al viento. La marcha se reanudó a paso de tortuga, y tú rescataste mi mano que acababa de cambiar la marcha y la llevaste hasta tu sexo. Estaba caliente y muy mojado. Pensé que el policía, paralelo a nosotros, había advertido algo, pero no me importó. —Ahora lo entiendes —dijiste—. Ir desnuda debajo de tan poca ropa me pone a cien, antes aún de entrar en el ascensor, y me mojo tanto que si no tomo precauciones, la mancha se notará en el vestido, por oscuro que


sea. Además, así te dejo un bonito recuerdo en el asiento… Aceleré, para ganarle metros al coche patrulla, porque sabía que te alzarías, y hasta era posible que todo el tiempo fueras consciente de la proximidad policial y jugaras a escandalizarme o ver hasta dónde podía llegar. Te izaste y pude ver la mancha oscura, densa y alargada sobre el tapizado, sin retirar la mano de tu coño. He ido a la cárcel por causa menos interesantes, pensé. Y dejé que un dedo buscara la entrada. Me fascinó la posibilidad de volver a encontrarte cuando todo pase, cuando acabe el juego por cansancio o miedo, volver a tenerte medio desnuda y húmeda con sólo acercarme a esa mancha y olfatearla como un perro en celo. Mi dedo abandonó el calor presente, para bajar a tocar, junto a sus compañeros de palma, la humedad del futuro recuerdo. Te sentaste encima, la policía nos adelantó y podría jurar que el conductor sospechaba algo, porque discutía con el otro y nos miraba por el retrovisor. Me daba igual. Giré la mano para tocar el tapizado con el dorso, y mi dedo medio jugó en tu coño y le hiciste sitio. Lo metí hasta que los nudillos chocaron con tu piel mojada y no retiré la mano hasta que llegamos al restaurante. Y durante todo el viaje me mordí la lengua para no contarte que Marta hacía y decía lo mismo, cuando iba a buscarla en coche. Tu mancha en el tapizado, más que borrar la suya, la había enmarcado.

S

e qUIÉN

cARLOS sALEM Nació en Buenos Aires en 1959 y reside en España desde 1988. Ha publicado las novelas Camino de ida (2007, Memorial Silverio Cañada de la Semana Negra de Gijón), Matar y guardar la ropa (2008, Premio Novelpol a la mejor novela policial), Pero sigo siendo el rey (2009), Cracovia sin ti (2010, Premio Seseña de Novela), y El hijo pequeño de Dios (2010); los libros de relatos Yo también puedo escribir una jodida historia de amor (2008), y Yo lloré con Terminator 2 (Relatos de Cerveza-Ficción); además de los poemarios Si dios me pide un bloody mary (2008), Orgía de andar por casa (2009) y Memorias circulares del hombre-peonza (2010). Varias de sus novelas han sido traducidas al francés y al alemán. Es profesor del Centro de Formación de Novelistas, con sede en Madrid y dicta talleres de narrativa creativa en Madrid y Ginebra.

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EN LA RED: Elhuevoizquierdodeltalento.blogspot.com

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LOS JUEGOS e d mÓNICA

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A

sÁNCHEZ

esta mamacita le gusta atarme a la cama. Yo sólo le digo que afloje la soga, que hoy lo que sea sin marcas. Los brazos abiertos, las piernas abiertas, desnudo y sin frío. Así le gusta: yo pago y ella ordena; son las reglas del juego. -Antes de nada, ventilemos la gruta. Descorre las cortinas y entra la brisa. Me mira el pecho y sonríe. -Me gustan sus pezones paraditos. Habla chistosa la dama. Se sienta desnuda sobre una silla de madera que cruje bajo el peso de sus muslos encabritados. -Mire, no más, qué arrugado se me presenta hoy en consulta. Fija su mirada en mi entrepierna dormida. -Ándele, míster, anímese. No me haga castigarle por su actitud cansina. Cierro con tanta fuerza los ojos que los párpados me duelen. Ella escruta mi cara y lo de más abajo. Siento que me contempla con fe de maestra. Entonces me avergüenzo: pase lo que pase, voy a llorar.

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(iLUSTRACIÓN DE jULIO sANTIAGO)

-Uno, dos, tres, cuatro… Ándele, míster, que a mí no me gustan los durmientes. No más, póngase firme para que yo pueda comérmelo enterito. Y recuerdo que ya son muchos los años en los que ella me ha estado comiendo enterito y bien atado. -Uy, usted me viene hoy de flojo, y yo no estoy para consentirle. Será descarado el güerito, hacerme esto cuando voy de salida. Chisto, la callo, subvierto las reglas del juego. Quiero sentir sus uñas clavadas en mi empeine, cómo me arañan sus diez uñas y ascienden y me separan aún más las piernas y se dispersan como un ejército de hormigas disciplinado. Pero ella hoy no me toca. Desnuda, arrastra la silla y se separa de mí. -No más imagínese que soy un dragón que le haré pedazos si no me entrega la varita mágica. Su timbre de voz me da miedo. Me doy cuenta de que ya no cree en sus propios cuentos. La miro y no quiero verla. Es vieja. Sus tetas ya no dan lumbre, como no la da su


vagina desolada. ¿Dónde quedó el vello de mi hembra? -No más imagínese que la princesa protege su varita en un lago subterráneo. Qué lago, en un mar profundo, que hasta olas tiene. Y espuma. Y calores. No me despierto porque tengo el cuerpo entumecido, con escamas. Soy viejo y ella nunca me lo ha dicho. -De necio vino usted hoy. Está bueno, pues yo le doy una probadita a ese pinche colgajo sin gracia y se me larga que tengo mucho que hacer. Se aproxima a la cama y cuento sus arrugas. Quiero decirle: mi vieja puta, camarada, no te me puedes ir así al otro lado del mundo porque te entraron las nostalgias. Pero no le digo nada porque ya está meciendo mi pene entre sus dientes de ratón. Todo está tibio. -¿Le gusta lo que le hago, chamaco? Desde hace décadas he visitado a esta dama, que me ata a su lecho pero nunca me hiere. Sólo me habla suave, como nadie lo hace conmigo allá afuera. Ella juega, yo le pago, y así todo es más sencillo. Hoy, al fin, me despierta y me corro en su boca con ganas de regalarle un agua de esas frutas que tanto añora. -Hoy no le cobro. Cierra la ventana, me suelta de la cama y yo, instintivamente, como un niño, busco su cuerpo para abrazarla. Y lo sé, voy a llorar. Me ayuda a vestirme. Estira mi chaqueta mientras ella sigue desnuda. Quiero dejarle algo para su viaje: mujer, unos billetes, no es nada; pero ella los rechaza. -No más acuérdese de mí. Y salgo en silencio al frío.

qUIÉN e

S

mÓNICA sÁNCHEZ (Madrid, 1970), licenciada en Ciencias de la Información, rama Periodismo, por la Universidad Complutense de Madrid, ha publicado tres ensayos dedicados a personas sin hogar: A ciegas. Milhistorias de la calle, En dos, un viaje a las fronteras y Sólo luna, treinta cartas a una dama sin hogar. En dos, un viaje a las fronteras sirvió de base para la obra Si viví es por algo siempre pienso, del dramaturgo Emilio Williams, estrenada en Madrid, en 2008. Finalista con su relato “Primer Amor”, en el concurso Cosecha Eñe 2008, y Primer Premio del Certamen Internacional de Teatro Breve Ciudad de Requena, 2008, con la obra Cama caliente a la deriva, en marzo de 2009 publicó su primera novela, La hija de Kafka, en El Andén. En junio de 2009 ganó el Primer Premio de novela corta Zayas con su obra Zapatos Rotos, que publica en mayo de 2010 JPLibros.

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DESPUÉS DE FLAVIO e d rAFAEL-jOSÉ dÍAZ

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na vez que asumió la inutilidad de cualquier esfuerzo dirigido a restablecer la relación tan intensa que había mantenido con aquel muchacho llamado Flavio, el único modo que ideó para llenar el vacío o aquello en lo que éste se había convertido fue escribir un relato en el que fueran desfilando los instantes y los espacios privilegiados de aquella semana incomparable. Hacía ya nueve días que no lo había visto y casi cuatro que no hablaban por teléfono, y durante todo ese tiempo se había sentido desesperado, había acudido al trabajo maquinalmente, sin ningún entusiasmo, se había visto llorando al subir las escaleras de su casa mientras recordaba ese mismo ritual compartido unas semanas atrás, se había detenido para sufrir en la esquina del local al que fueron varias veces juntos y en el que se sentaban en un banco a beber unas cervezas sin preocuparse apenas de lo que los rodeaba. Hacía poco, sin embargo, que ese vacío que parecía insuperable había dado paso a una vaga sensación de indiferencia, como si en el fondo se dijera que no era tan

malo estar solo, poder ver en casa las películas que quisiera por muy extravagantes o clásicas que fueran (a Flavio sólo le gustaban modernas y convencionales), tener más tiempo para tomar café con los amigos y retomar el gimnasio abandonado desde hacía dos semanas. Se dijo que su vida entraba de nuevo en el cauce de calma que deseaba para ella, pero sentía la necesidad de darse un testimonio a sí mismo, inaugurar un memorial destinado a algún turbio futuro en que fuera ya inverosímil la vivencia de una relación como la que acababa de vivir. O acaso simplemente quería revivirla, repasar sus instantes, pasear otra vez por los mismos senderos de arenilla hasta el estanque del que se escapaban, atrevidos, los patos, entrar una vez más con él en los lavabos para aspirar la droga que los deslizaba luego en la mayor de las intimidades, en juegos de manos y en caricias que sentía verdaderas como verdadera le parecía la entrega intuida en su mirada. O quizás no era sino un modo de olvidar, de torcerle el cuello al cisne de la plenitud, petrificando los momentos


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(relatos) en plúmbeas palabras, grises espectros de lo que fue una sonrisa, una noche completa de breves besos convulsos hasta estar casi dormidos, de bocas parecidas a las de peces que en un acuario se intercambiaran burbujas, de abrazos dulces bajo sábanas de frío, de su encantador acento extranjero al pronunciar algunas sílabas nasales. Espectros o cadáveres de lo innombrable, de la pasión, de la felicidad, del alma renacida. Una supuración con que la herida pretendía curarse, pero que tan sólo lograba ensuciarla, derramarle células muertas que la sangre absorbía hasta espesarse y muy pronto, quizá, dejar de fluir. Lo único que podía ahora detener esta putrefacción, se dijo, era una llamada de Flavio. Una llamada que reiniciara el encuentro interrumpido. No tendría entonces sentido hablar de él, nombrarlo en cada sílaba, abrir un foso con su imagen impresa entre palabra y palabra. No habría relato si recuperaba su voz. Se despreció a sí mismo por dudar entre su posible regreso y el discurso en que se iba aplacando el dolor por su ausencia. Pero lo cierto es que dudaba. Parecía condenado a no saber si prefería contestar una vez más a su llamada (y tras esta llamada se escondía el aleteo de sus sílabas lentas, extranjeras, su piel, su rostro, su figura, su cuerpo, su presencia, acaso su amor) o seguir escribiendo unas palabras engañosamente salvadoras. Sin embargo, Flavio llamó aquella tarde. No hubo explicaciones ni reproches. No se citaron para otro día, pero tampoco se despidieron para siempre. Y el relato quedó interrumpido.

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e N É I U q

rAFAEL-jOSÉ sÁNCHEZ Nació en Santa Cruz de Tenerife en 1971. Es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de La Laguna (1989-1994). Fue lector de español en la Universidad de Jena (1995-1998) y en la Universidad de Leipzig (1998-2000). Dirigió entre 1993 y 1994 la revista “Paradiso”. Como poeta ha publicado los siguientes títulos: El canto en el umbral (1997), Llamada en la primera nieve (2000), Los párpados cautivos (2003), Premio Tomás Morales de poesía 2002, Moradas del insomne (2005), Antes del eclipse (2007) y Detrás de tu nombre (2009). En 2007 apareció Le Crépitement, un volumen que recoge una selección de sus poemas traducidos al francés. También ha publicado entregas de su diario, entre las que cabe destacar La nieve, los sepulcros (2005). Ha publicado traducciones de los siguientes autores: Arthur Schopenhauer, Hermann Broch, Philippe Jaccottet, Gustave Roud, Pierre Klossowski, Jacques Ancet, Fabio Pusterla, Ramón Xirau y William Cliff. Como ensayista, ha publicado recientemente Rutas y rituales, una selección de sus ensayos escritos entre 1993 y 2003. Y, como narrador, acaba de publicar su primer libro de relatos, Algunas de mis tumbas. Actualmente es profesor en el I.E.S. Pintor Antonio López (Tres Cantos, Madrid).

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de VIERNES pATRICIA

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mONGE Llegué

a la segunda variedad. Liliana nunca sale en la primera. Me senté en la mesa más cercana a la pista y pedí una botella de vodka. Aparece Gloria abriendo escena con su carisma. Su canción suena. Es dueña del escenario. Su sonrisa hace juego con las luces de su traje verde y sus ojos. Me ve. Besa mi mejilla, alegre de tenerme, una vez más, allí. Levanta su falda, la agita, la bate. Se ven los pelos de su sexo ya pasado, maduro, pelos rancios. — ¡Hace calor!— por fin aúlla su frase favorita. A pesar de sus casi sesenta años logra algunos aplausos de los clientes. —Quiero bailar guaracha, la guaracha es sabrosura...— continúa cantando. Gira sobre la órbita de sus zapatos plateados, levanta sus piernas, se exhibe, se entrega en cuerpo y alma, deja, una vez más, parte de su vida arriba de ese escenario. Carolo la toma de la cintura, ella da un brinco y cae en sus brazos. Él, paternalmente, la cubre con una bata transparente. Termina su show. ¡Fantástica! ¡Esta mujer es bárbara! Aplaudo fuerte. Las palmas no abundan en el Savoy; ya no es como antes.

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La banda conoce el repertorio perfectamente, ni un momento de silencio. Tocan ahora Paloma negra. Es el turno de Liliana. La maga Liliana. Enfundada por completo en su vestido azul lo arrastra por el piso con la misma fuerza con que sus manos agarran el micrófono. Su voz es potente, fuerte, desde adentro de sus viseras. ¡Está preciosa! Cabello negro suelto, como sus movimientos. Ojos más oscuros que la noche. Cucurrucucú, paloma... sale de sus labios apretados, comidos por el fuego. La canción es ella misma. En cuanto salió, sus ojos me saludaron. Expresivos, subterráneos, húmedos. No aparté nunca mi mirada de los suyos. Me intimida. Su magia es venenosa. Atrapa a su presa y no la suelta. Abraza mis infiernos y se los traga. No escupe ni una gota, infinito semen que traga su garganta. Maestra y maga, sabe como no desperdiciar los jugos vitales. Ella sabe degustar, sostener, beberse por completo mi eterno sabor metálico. Su voz casi quebradiza, orgásmica, anuncia el final. Sus últimos acordes son los de su garganta viniéndose, estallando desenfrenada; su clímax ante todos nosotros. Deseo que sea para mí. Que me lo regale, que sea mío, como


sus ojos, como ella. Sangran mis manos de aplaudirla. Sudo por tenerla conmigo. El glamour de hacía unos minutos se opacó, en cuanto ella ya no estuvo ahí. Caminó hasta mi mesa y con sus abrazos calmó un poco mi ansiedad. —¡Qué bueno que viniste, preciosa! Hacía un rato que no te veía— . Era cierto. Se sentó conmigo. Agarré sus manos entre las mías. Deseaba explicarle todo lo que la había pensado, que la extrañaba infinitamente, quería contarle de mis sueños, decirle que escribía un cuento sobre ella, pero a pesar de que había ensayado tantas veces este diálogo, no lo podía hacer. Sus ojos me asustaban, su veneno mágico que comenzaba a derramarse me envolvía en un silencio que no sabía como hacer para sortearlo. —Oye, linda, ¿me invitas una copa de tu botella? —¡Claro!, contesté. Hubiera deseado decirle que la compré para las dos, que era nuestra, pero las palabras no salían de la tapia de mis labios. —¿Te gustó el show? Este lugar no es como era antes, ahora viene poca gente, casi nadie te aplaude y para colmo no traen lana, ¡estos hijos de la chingada...!—. Siempre repetía lo mismo, era su parlamento para entrar. Con el tiempo yo había entendido que ella decía esto para explicarse a sí misma. No estoy segura que realmente le importara lo que estaba diciendo. Liliana hubiera salido a escena sin un solo espectador, y estoy segura de que esto ha sucedido,¡ella es fuego puro! Un hombre gordo como un cerdo, de camisas sin mangas se acercó a ella. Le revolvió su cabello con los dedos sucios y le preguntó algo al oído. Ella me miró disculpándose inocente

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(relatos) y risueña. Se paró: —ahorita regreso, nena— prometió y se fue con el animal ese. Me quedé más desolada que antes. No pude retenerla. Mi fracaso me dolió hasta los huesos. Ella contorneó su cintura al caminar y con la misma frescura que antes lo había hecho conmigo, tomó a este tipo con sus brazos. ¡Sesenta y cinco años! y nadie se le resiste. Me quedé sola en la mesa, mirando el resto de la variedad. Ahora estaba Carolo con su cuerpo mitad hombre mitad mujer. Bailando sus coreografías con las otras tres chicas del staff. Me invitan a subir. Extiende su brazo y me llama al escenario. Tengo ganas de bailar ahí arriba; el mismo piso que hasta sólo unos minutos atrás tenía a Liliana, compartir el espacio. Pretendo que ella me vea, que me aplauda. —¿Estaré profanando su culto?—, pensé y me entristecí profundamente. La rola seguía sonando: mesa, mesa, mesa que más aplauda, le mando, le mando, le mando a la niña... —¡Liliana me verá, seré como ella, esta es mi oportunidad!— murmuré en mi interior. Subí al escenario acompañada de la buena vibra de mis nuevos compañeros de baile. La corografía era sencilla. La había visto tantas veces, que hacer los giros, y mover los brazos al son del ritmo era tarea fácil. ¡Me estoy divirtiendo! ¡Me siento feliz! Comprendí la magia de Liliana. Bailando, entendí su esencia. Ella no dejó de mirarme. En cuanto descubrió que yo estaba en el escenario, se olvidó del sujeto que la abrazaba. Ella bailó conmigo. Sus ojos me marcaron el ritmo. No me soltó ni un segundo. Terminamos y recibimos una explosión de aplausos, pocos pero llenos de vida. Liliana me tomó del brazo y nos sentamos en la mesa.

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—¡Estuviste fantástica, nena! dijo mientras servía dos copas de vodka tonic. El tipejo de antes le hace una seña con la cabeza y ella le dice que no irá en ese momento. Él se voltea y en seguida llama a sus piernas a Gloria. Liliana se queda conmigo. —¿Te gustó? — Sí, la neta que mucho, preciosa ¿Por qué lo hiciste, nena? —Porque quería tenerte conmigo— contesté, y creí que en ese momento estallaría en un sollozo. — Desde que te conozco Liliana, pienso mucho en vos. No supe de dónde saqué las fuerzas para decirlo, pero ya lo había vomitado. — Quiero que sepas algo...—seguí diciendo, — tengo una sensación extraña, no sé bien, es raro, pero siento como si fueras eterna en mi vida. Tal vez como si antes, no sé... en otra vida... hubieras sido parte de mí. Sus ojos quedaron petrificados. Me miraba desde sus abismos y yo no podía identificar qué era lo que pensaba. —Pequeña— me dijo casi con amor, —¡no digas pendejadas!—. Sentí como mi universo se caía, se contraía. Su respuesta cavaba un hoyo entre nosotras.—He escuchado muchas cosas durante mis cuarenta y tantos años de profesión, muchas. ¿Pero esto? Esto es una pendejada gigantesca. ¿Sabes qué te pasa, chiquita? Que estás en la mierda. Pero tú tienes muchas cosas por delante, no hagas estupideces y déjame en paz— Cada palabra que pronunciaba dejaba ver un poco más de su enojo, no pretendía ocultarlo. Yo apenas comprendía qué era aquello que mi Liliana intentaba decirme. — Liliana— dije por fin, —no lo tomés así, esperá. Yo quise decirte que te admiraba, que te pensaba mucho y que realmente sentía...


—No enfermes mi vida con tus cosas —me dijo—. Se levantó de la mesa y sin contornear sus caderas fue hasta donde estaba el cerdo sentado. Él corrió una silla y ella graznando artificiosamente se sentó a su lado. No volteó a verme ni una sola vez. Llamé al mesero, pagué la cuenta y salí lo más rápido que pude de aquel lugar. Una vez en la puerta no pude resistir la tentación de mirar la vitrina. Las fotos de las chicas pegadas sobre un papel rojo brillante. En el centro la de Carolo. Arriba estaba Gloria, con su vestido verde y sus ojos brillantes. En la columna de al lado, mucho más grande, la foto de Liliana. Ella y su fuego encendido; con su pócima. El letrero rojo que anuncia el Savoy, con su copita de martini, seguía prendido. En la calle Bolívar nada sucedió esa noche; en mí algo nunca será igual. —Podés tocar todo de una puta, menos su alma, me había dicho alguna vez un viejo zorro; un amigo putero, que conocía todos los cabarets de mi antigua ciudad natal. En esa época no lo entendí. Tampoco supe por qué me lo dijo. — Él no busca tocar el alma de una puta— había pensado yo, por lo que es probable, que nunca la toque, pues no encontrará algo que no esté buscando. ¡Cuánto me equivoqué! Tal vez mi amigo zorro sí buscaba tocar el alma de aquellas mujeres, tal vez se enamoró tanto o más que yo y tal vez lo dijo con la misma amargura que tenía ahora yo en mi garganta. Ese viejo sabía de putas, pensé y tragué con fuerza mi dolor atravesado en el pecho. Arranqué el coche y me fui. Manejé por esta ciudad fantasmal tan ajena a mí. Salí del centro, pasé la Juárez, la Roma, seguí por Reforma hasta periférico, subí hacia el norte y

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(relatos) manejé hasta donde las fuerzas me alcanzaron. Me estacioné en un 24 horas, con sus empleados sonámbulos. Me senté en una mesa, tomé un café. Recordé cuando trabajaba en Burger King. Miraba a esos chavos y recordaba mi maldito infierno argentino, el frío de sus calles, la soledad de mi alma. La figura de ella que antes había cobijado mis soledades ahora se derretía, me traía más hiel, más dolor. ¡Necesito desaparecer un día! ¡Estar fuera de mi propia existencia! Traté de sonreírles a estos chicos; fracasé. Hasta mi risa metálica estaba de huelga. Llegué a mi casa vomitando soledad. Apretada en mi interior me acurruqué entre mis rodillas. ¡No quiero secarme! Lloré hasta quedarme dormida. Mis lágrimas abrían surcos por mi cuerpo.

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pATRICIA mONGE Patricia Monge, goza de las ciudades y de compartir experiencias nuevas. Prefiere reír a quejarse; la intensidad a las medias tintas, y lo salado a lo dulce. Su primera vez fue: http://edecanurbana.blogspot.com/

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LA BOCCA DELLA VERITÀ e d LUCÍA

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Sonaba

fRAGA

“Arrivederci, Roma” en el reproductor del mini descapotable, justo cuando aún no habíamos llegado a la Ciudad Eterna. Me quité el pañuelo de la cabeza y dejé que los restos de brisa florentina lamieran mis cabellos, mientras canturreaba la canción y me pintaba los labios reflejada en el espejito del parasol. Álvaro conducía absorto. “Estás muerto o ¿qué?”- le dije al tiempo que le daba una palmada en la pierna. “Adiós, Good-Bye, Au revoire”contestó siguiendo el hilo de la canción al estilo

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Salvatore Baccaloni. Yo continué cantando con un “lalalalá lalá la lala” y encendí un cigarrillo que enseguida reclamó mi amante, turnándonos una y otra vez. El paisaje por carretera era espectacular; nos bañaba la sombra de los árboles y se respiraba ya muy lejanamente ya a mar; de hecho, aquel aroma no era más que una entelequia en nuestras mentes del puerto de Vígata, que tantos días habíamos dejado atrás. Recorrer Italia en coche era, por fin, un sueño hecho realidad. Pisamos, al fin, suelo romano. “Hic sasa loquntur”-exclamó con satisfacción Álvaro


como buen latinista, agachándose para coger un pequeño canto rodado que hacía saltar en su mano. No teníamos planes prefijados ni un hotel reservado, sólo una pequeña piedra redonda que le arrebaté al erudito y colé en mi escote: “Vamos, puede que aquí hasta las piedras hablen, pero yo soy de carne y hueso, estoy cansada y necesito cenar”. Estaba anocheciendo y ya no soportaba mis zapatos de tacón, así que decidí andar descalza por el inmenso suelo humeante de la Piazza Navona ante la perplejidad de los demás turistas. Una muchacha, con el traje negro de la noche anterior, y los tacones colgando de un hombro, no podía resultar tan chocante frente a la gran Fontana dei Quattro Fiumi, con el moño a medio hacer y un tirante caído sobre el hombro, a punto de meter los pies en el agua que, al subir el vestido se semejaba a una menos exuberante y de negro pelo, en mi caso, Anita Eckberg en La Dolce Vita. “¡Sylvia!, ¡Sylvia! Estás preciosa”d i j o m i d ive r t i d o é mu l o d e M a r c e l l o y c o m e n z ó a sacarme fotos. “¡Mira para aquí, Sylvia!”. Álvaro no paraba de disparar su vieja Yashika y yo, como una caprichosa Afrodita, me había colocado bajo uno de los caños de la fuente con los brazos abiertos. El vestido empezó a pegarse a mi cuerpo delimitando cada cuerva y cada señal de mi carne. “¡Ven, Marcello! ¿No ves que somos la atracción de la plaza?”- reía. Álvaro sin quitarse los zapatos, puso el automático de la cámara y empapados nos abrazamos para dar como resultado una exquisita foto en la que mi pecho relucía bajo el raso brillante y mojado y el torso de “Marcello” se transparentaba bajo la blanca camisa. Nos besamos largamente bajo el agua, hasta que reparamos en la cámara.

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(relatos) Ya fuera del agua, lo que había empezado como un juego, empezaba a darme frío; mi piel estaba de gallina y mis pezones atravesaban el negro traje. Pensamos seriamente en buscar un hotel, pero no había nada más que una residencia de monjas para familias a las afueras de Roma: “Santa Maria Crocifissa di Rosa”, a veinte minutos del centro. Nos consolamos pensando en una cena y un baño caliente. Subimos al mini y le pusimos la capota. Estaba aparcado en un parking oscuro y subterráneo, de manera que decidí quitarme la ropa mojada y enfundarme unos jeans y una camiseta ya dentro del coche. No obstante, Álvaro estaba encaprichado con sacar me una foto desnuda sobre una de las columnas del aparcamiento con los zapatones de charol. Acepté el juego, pero después de fotografiarme, él se acercó insinuante y comenzó a besarme el cuello. Yo podía sentir su sexo contra mi pubis. Le dejé recorrer mi cuello y mis pechos con la lengua, pero cuando acercó su mano a mi punto más íntimo, eché a reír y me metí en el coche. Me vestí, mientras él daba vueltas sobre sí mismo como un gato en celo. Yo lo contemplaba desde el interior del mini y para provocarlo puse en el reproductor de cedés “Je t’aime mais non plus”. Abrí las ventanillas, encendí el coche, le abrí la puerta e imité a la Birkin burlonamente. Se metió en el mini encapotado callado y ceñudo. Subí el volumen de la música y comencé a hacer fuertes respiraciones. Él callaba y sólo me miraba la descocada camiseta sin sujetador y los vaqueros. Aquella mala carretera balanceaba mis senos firmes. “No creo que nos dejen entrar”dijo mirando mi escote. “No te preocupes, tengo una “rebequita” y pasaremos por unos recién casados”-sonreí.

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(relatos) Cuando llegamos, tras aparcar, ponerme una chaqueta y recogerme el pelo, una monja muy sonriente nos abrió la puerta de la Residencia “Santa María Crocifissa di Rosa”. Le dije a Álvaro que hiciera él la comedia: “Somos los Señores Chiado. Hemos llamado hace una hora. Tenemos una reserva. Si es tan amable, denos una habitación apartada, mi esposa tiene problemas de sueño y está embarazada”. Yo sonreía con cara de beatitud y me llevaba una mano a la barriga, aunque más bien imaginaba lo que Álvaro decía en italiano. La mujer esbozó una sonrisa y nos bendijo: “senza problema”. La habitación era de lo más austera. Para disgusto de mi amante, con dos camas gemelas que no tardó en unir, apartando la mesilla. De pronto, todo atisbo de cabreo se había disipado. Aunque no tardaron en reaparecer nubes cuando escuché: “¡Mierda! Aquí no hay baño, hay una ducha”. Me quité la camiseta y los vaqueros y me quedé como Dios me trajo al mundo. Cualquier excusa era buena para Álvaro: “¿No es muy temprano para las caricias?”-musité, mientras posaba sus manos en mis caderas. “No, nunca es temprano para unas caricias”-me besó. Nos entretuvimos entre bocas, manos y cuerpos serena y suavemente. Disfrutando del calor de la piel de cada uno y de la mutua entrega de amor. Él sabía hacerme sentir y disfrutar como no lo había hecho ningún hombre hasta entonces y mi cuerpo se desmadejaba de placer entre sus brazos. Tenía la curiosa habilidad de hacerme cerrar los ojos y dejar que se me escapasen gemidos inesperados que me hacían estallar de deseo. Finalmente, hambrientos, pero sin ganas, bajamos al comedor donde nos esperaba una

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cena fría a base de quesos, ensaladas y fiambres. Terminamos pronto, pero como yo estaba demasiado despejada, me tomé una pastilla para dormir, lo cual tendría un final inesperado. Mientras yo me ponía algo para irme a la cama, apenas una ligera prenda de seda negra, Álvaro preparaba, para mi sorpresa, dos copas de un encantador Vega-Sicilia. Bebimos y reímos sin parar de dejar de fumar. Le dije que me dejara descansar un ratito y que me fuera poniendo otra copa. Desperté desnuda y con la cascada de rizos perfectamente colocada, deslumbrada por el flash de Álvaro: “Ayer te quedaste dormida. Ahora, date la vuelta”. No paraba de fotografiarme, a pesar de que me movía y apenas podía articular palabra. No pude evitar irme a la ducha para despejarme, él ya estaba vestido. En el desayuno no quise hacer preguntas. ¿Cómo había acabado desnuda? ¿También me había hecho el amor anestesiada por Tranxilium y Vega-Sicilia? No tenía ganas de emprenderla y me dolía la cabeza. Me concentraba en mi Capuchino y en mis tostadas, aunque todo el mundo se preguntase por qué llevaba gafas de sol en el interior del comedor. Sin abrir la boca, le di las llaves del coche a Álvaro. Puse un disco de fados de Marcos Rodríguez y le dije que buscara en el mapa Santa Maria in Cosmedin, un templo del siglo VI alzado sobre los restos del Foro Boario, uno de los mercados más antiguos de la ciudad. Quería ponerlo a prueba: “¿Me quieres de verdad?”. No le dejé responder: “Ya veremos”. Yo iba somnolienta en el mini, así que Álvaro, abrió la capota y se puso a cantar a ritmo de fado. Yo me enfundé en mis gafas de sol y mi echarpe fucsia y plata de la India y me acurruqué


(iLUSTRACIÓN DE nARES mONTERO)

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en mi asiento. Tenía frío con el aquel vestidito morado que cruzaba al cuello y dejaba generosamente al descubierto mi espalda y mis piernas. Llegamos a primerísima hora a Santa Maria in Cosmedin que, para sorpresa y regocijo de mi acompañante, se hallaba al lado, en una misma pared lateral del templo la tapa de alcantarilla más famosa del mundo: la Bocca della Verità. No había nadie. Entramos discretamente en el bellísimo templo y yo me tapé prudentemente con mi chal hasta la cabeza. A punto de disparar su cámara, di un codazo a Álvaro y susurré: “Ya compraremos postales en la tienda, soanimal”. “Qué mojigata y obediente te vuelves en las iglesias, Livia”-susurró contrariado. Yo me olvidé de él y me embriagué del misticismo y la belleza de aquel pequeño templo al contemplar los frescos y columnas, pero unas campanadas lejanas me sacaron de mi ensimismamiento. Encendí una vela al pie del altar con una petición poco original y me aproximé a Álvaro: “¿Subimos?”. La tienda se encontraba en lo alto de la iglesia, yo me retiré el echarpe para cubrirme hombros y espalda. Allí presidía el lugar, entre souvenirs y objetos de Murano, Don Camillo, el sacerdote de la parroquia, que con su boina y su sonrisa bonachona, me recordaba al Mosén Millán de Crónica del Alba. Yo observaba los delicados pendientes de Murano, mientras Álvaro se llevaba las postales de todas las estanterías: “Pruébeselos, señorina”-sonreía Don Camillo. “Es su prima vez nella Roma?”- preguntó: “Para mí no, eché dos monedas en la Fontana di Trevi para volver”- contesté. “Ya veo. Il suo marito no deja de coger “postcards”- contestó. Y en un arrebato de complicidad le dije a Don Camillo al otro lado del mostrador: “No es mi marido...”.

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A lo que respondió con una amplia y chispeante sonrisa. Bajé antes que Álvaro y me dio tiempo de meter la mano en la Bocca della Verità más de cincuenta veces, haciéndome preguntas mentales y sin haber corrido riesgo alguno. Cuando al fin llegó, extrañamente exultante y cargado con una bolsa me dijo: “Es un buen tipo ese párroco” y me besó en la frente. “Te sujeto la bolsa. Ahora, mete la mano dentro de la boca y dime si es cierto que me quieres”. Se echó a reír. “Si venía a...”-le interrumpí:“Hazlo”. Metió la mano, pero yo le insistí que la dejara un rato dentro. Dejé caer el chal y apoyé su bolsa contra la pared. Empecé a abrazarlo de espaldas: “No quites la mano”-repliqué con retintín, mientras con la otra buscaba afanosamente mi culo. Aquella mañana no me había puesto ropa interior para evitar las antiestéticas marcas de las costuras. En aquella esquina estábamos a salvo de los mirones, así que continué descamisándolo y metiendo mis manos frías como el mármol por debajo de su camisa. Acariciaba su pecho con ambas manos y le dejaba sentir el mío contra su espalda. Sus pezones empezaron a ponerse duros: “Déjame moverme, por favor”- desoí sus reiteradas peticiones. Desde su espalda, sin dejar de despegarme y acariciarle, le fui desabrochando algunos botones, mientras su oreja era presa de mi lengua y le succionaba el lóbulo e iba lamiendo y besando su cuello hasta que me coloqué delante de él. Respiraba con dificultad y gemía silenciosamente: “Qué mala eres, Livia”. Llené mi boca con la suya, frente a frente, mientras él buscaba debajo de mi vestido. Piel suave y depilada, carne húmeda y latiente. Recogí su mano de la alcantarilla y la puse sobre mi pecho, al tiempo que masajeaba su sexo con mi rodilla. Me cogió en volandas contra la Bocca


(A Coruña, 1979) es Licenciada en Filología Hispánica por la Universidade da Coruña. Especialista en el área de Teoría de la Literatura, posee el Diploma de Estudios Avanzados y un curso de especialización en “Teatro, cine y audiovisuales” de la UDC. Empezó publicando a los diecinueve años trabajos de investigación y crítica literaria en revistas especializadas sobre autores gallegos. Miembro de la Asociación Española de Historiadores del Cine, Coeditora del proyecto de investigación poética Cien años de Poesía, encargada de la Poesía Gallega, (Peter Lang, 2007). Su labor como traductora o, asesora lingüística, se remonta a sus años de su vida en Alemania, entre los veinticinco y veintisiete años, trabajando para la Universidad de Kiel como Sprachjocker –ayudante de traducción-. Ha participado en las antologías Das sonorosas cordas (Eneida, 2005), Hilanderas (Amargord, 2006), La Voz y la Escritura (Sial, 2006), La manera de recogerse el pelo. Generación Blogger (Bartleby editores, 2010)... Su primer libro, Nostalgia del Acero –escrito en 2005 durante el duro exilio, aunque voluntario en Alemania-, constituye la consolidación de su voz poética.

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LUCÍA fRAGA

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della Verità y me apretó contra la pared. Yo le rodeé la cintura con mis piernas, sin hacer caso de las sandalias que se me caían. En un abrir y cerrar de ojos, deshizo el nudo que tenía en la nuca mi vestido, dejando al descubierto y acariciados por el sol y sus besos mis senos ávidos de su lengua y su boca. Deshicimos nuestras lenguas en nudos y atados, mientras nuestras manos iban más rápidas que nuestras mentes. Yo estaba prácticamente desnuda, a merced de su mano en el hueco floreciente de mi vientre. Y, de pronto, sentí cómo dulcemente me penetraba despacio, una y otra vez, haciéndome cerrar los ojos, y besando cuidadosamente mi pecho. Yo estaba con la espalda en arco sujeta a sus fuertes brazos y enzarzada a él con mis piernas: “¿Me quieres, Livia?”. No contesté y le besé en la boca, pero volvió a insistir: “¿Me quieres? Dime si me quieres”- repetía a cada embestida. “Claro que te quiero... ummm... eso le pregunté yo a la Bocca... Si me querías”. Nos besamos con furia, con movimientos pélvicos bruscos, pero acompasados hasta que yo comencé a acariciar nuestros pechos y di un pequeño grito. Al poco, él se abatió sobre mí con el corazón a cien por hora. Permanecimos así largo rato. Pero, de repente, avisté a unos carabinieri que se acercaban de lejos. Con disimulo, me anudé el vestido rápidamente y me coloqué el chal dando un respingo. Álvaro se abrochó el pantalón y cogió la bolsa bien situada con la cámara. Cuando venían hacia nosotros que ya habíamos iniciado el paso gritaron: “Ey, spagnoli!!!”. Continuamos andando y Álvaro dijo: “Wir sind Deutsch. Ich verstehe nich”. Nos reíamos por dentro. Le cogí de la mano y le dije: “Ich liebe dich”. “Ich liebe dich auch”- respondió. Había olvidado las sandalias.

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bORDÓN

(iLUSTRACIONES DE bRUNO cHENON)

EL COÑO DE ALICE B.TOKLAS e d aNTONIO


El coño de Alice B.Toklas –una mancha color carmesí

en la blancura de sus ingles- me resultó un enigma durante

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mucho tiempo. Yo hablaba a todo el mundo de su coño

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cuando aún me resultaba un misterio. Ahora su coño me

resulta enteramente accesible. En este momento su coño

se me aparece como un todo. Un coño es un coño es un

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coño es un coño es un coño es un coño. Todos los coños

se repiten, y esto siempre resulta interesante. Hay muchas

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maneras de agruparlos. Cada manera concuerda con una

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manera particular de apreciar y sentir las semejanzas entre

ellos; tambiĂŠn se pueden apreciar debido a las semejanzas

motivadas por su juventud o su vejez, a su brillantez o su

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insipidez. Hay muchas maneras de reconocer un co単o.

El co単o es lo que no termina de cerrarse. Cada pliegue

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contiene el inventario de una vida. El co単o y la vida tienen

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una misma exhalación. Por eso en el momento de morir,

no cabe sino sentirse escoñada, fragmentada, rota. Algunas

noches sueño con el coño de Alice. Su coño es grande,

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vasto, inmenso, como un campo de trigo rojo; y en el sue単o

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o en la pesadilla, yo me paseo por su co単o con largas y diestras

zancadas. Como un gato. Los gatos aman las repeticiones

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porque les hace sentir que van detrás de un ovillo de hilo

que se deshace a cada vuelta. Un coño es un coño es un

coño es un coño es un coño es un coño es un coño.

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De Muchachos, maten a Borges, Ediciones Escalera, 2009.


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aNTONIO bORDÓN

(Las Palmas de Gran Canaria, 1961) trabaja como coordinador del departamento de Difusión de la Filmoteca Canaria, actividad que compagina con la crítica cinematográfica y literaria en el diario “La Provincia” desde 1994 hasta la actualidad. Es autor de un libro de relatos, Muchachos, maten a Borges (Ediciones Escalera, 2009). Dos de los relatos incluidos en este libro, El cazador de mariposas y Nueva Babilonia, quedaron finalistas del II Premio de Relatos Cosecha Eñe 2007 y el I Premio Cryptshow Festival de Relatos 2008, respectivamente. También es autor de los prólogos de Satori en París, de Jack Kerouac, y Los niños de las taquillas, de Ryu Murakami, publicados por Ediciones Escalera. Asimismo, ha impartido en el Curso de Extensión Universitaria Imágenes del caos: reflexiones sobre lenguaje, literatura y traducción en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria en 2006, y la conferencia Ficciones del 11-S: a la sombra de las Torres, en el Centro Atlántico de Arte Moderno (CAAM) en 2009.

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LOS LABIOS CORTADOS e d cRISTINA

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gARCÍA mORALES

l capitán Adánez, que ha matado a una docena de suníes escuchando heavy metal dentro del blindado, está besando a la universitaria del sur, sumamente pacifista en sus principios, y ahora ella va diciendo por ahí que de dulce, dulcísimo que fue el beso, llora. El capitán Adánez le acaricia la mejilla y le dice “anda, ven”, que es como una orden que la universitaria del sur acata temblando del gusto: entreabre la boca con cautela sabiendo que en ese instante se juega el tipo: la precisión con la que ha interpretado las ganas del capitán: lo señorita. Entonces recibe la suave fricción de los pellejos de los labios (después el capitán Adánez dirá que los tiene cortados del frío de las guardias en el desierto y que muchas veces le sangran, y la universitaria siente el ferroso suculento, y el capitán se echará cacao de

frambuesa que la universitaria del sur tiene en la mesita de noche y dirá que está rico). Responde ella con lengua a la lengua, primero la asoma y luego la retira si nota insistencia, si él la busca entre los dientes. El beso suena como un telégrafo lejano, un código Morse inseguro. Al capitán Adánez le sorprende que la universitaria del sur sonría de pronto (se ven desenfocados), que interrumpa el beso para sonreír tan ampliamente. Es una verdadera expresión de gozo y él, aturdido porque el gozo también es suyo, le sonríe y la aborda de nuevo hundiéndose más en su boca. La universitaria del sur, con las manos juntas y las piernas cruzadas, tan dispuesta a dejarse hacer, ya siente la presión de los pezones, pero quieta, esperando nueva orden, y respira fuerte para que el capitán Adánez respire del aire de ella. El capitán lo que hace


De La merienda de las niñas, Cuadernos del Vigía, Granada, 2008.

qUIÉN eS

cRISTINA gARCÍA mORALES Cristina García Morales nació en Granada en 1985. Es autora del libro de relatos La merienda de las niñas (Cuadernos del Vigía, 2008). Sus cuentos han aparecido en las colecciones Velas al viento, Los microrrelatos de La nave de los locos (Cuadernos del Vigía, Granada, 2010), Nuevos relatos para leer en el autobús (Cuadernos del Vigía, 2009), en las antologías Cuento vivo de Andalucía (Universidad de Guadalajara, Méjico, 2006) y Ficción Sur: Antología de cuentistas andaluces (Traspiés, 2008), así como en la revistas literarias Batarro: Microrrelato en Andalucía (2007) y Zut (Noviembre de 2007). En el curso 2007-2008 disfrutó de una beca como residente en la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores (Córdoba). En 2002 ganó el I Certamen Andaluz de Escritores Noveles en la modalidad de relato, y en 2006 repite con el mismo galardón en el mismo concurso, pero esta vez en la modalidad de novela corta. En 2005 fue finalista en la modalidad de cuento de los Premios Federico García Lorca de la Universidad de Granada, y en 2010 finalista de narrativa del concurso Málaga Crea. Ha participado con sus textos en el espectáculo Paisajes Sonoros, del 58 Festival de Música y Danza de Granada (2009); ha trabajado como dramaturga para Eutopía, Festival de Jóvenes Creadores (Córdoba, 2008) y para el Aula de Teatro de la Universidad de Granada, donde estudia Derecho y Ciencias Políticas e investiga sobre vanguardias (llora con el Manifiesto Dadá de Tristán Tzara).

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es mantener las yemas de los dedos posadas en el ángulo de la mandíbula de la universitaria y besarla diminutamente a lo largo de un labio y de otro y en las comisuras tan dulce, tan dulce que ella está aterida por la minucia, como si contemplara la casita de muñecas de una niña rica, incapaz de modificar su postura ni de ofrecer el cuello (que es el gesto de reemplazar la boca por la peca que tiene en la yugular) porque no acabe nunca el capitán Adánez de perfilarle los labios. Termina el beso porque él se retira un poco y se queda mirando el carmín corrido de la universitaria del sur, y ella susurra para sí “más, más”, y susurra “llévame a tu habitación”, para sí, porque ni la voz le sale de lo golosas que se le han quedado las venas, y deja que el capitán Adánez la abandone para irse a la ducha, aunque él no quiere. Él quiere escuchar el más y el llévame a tu habitación, y quiere el cuello, pero es que desconoce el efecto de su dulzura y las consecuencias últimas de sus órdenes, y cree que sólo ha matado a una docena de suníes.

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ÍRIS áNGEL de oLGOSO

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einticuatro horas antes era una desconocida junto a las bardas de un sombrío sendero en el jardín-zoológico y ahora esta debajo de mí, desnuda, el cabello como desprendidos ramos de dátiles, las nalgas achatadas contra el monograma de las sábanas y su pubis de hebras de tabaco negro frotando vigorosamente mi verga y crepitando. Durante largos minutos, trabados los cuerpos, eché las redes del deseo, del descubrimiento, valiéndome de las yemas ciegas de los dedos y de lengüetazos fugaces, perezosos, como un pez que desovara en una madriguera pulposa y satinada. Durante largos minutos nos besamos, los dientes repicaban unos contra otros mientras intentaba adivinar de donde provenía el natural entusiasmo de ella, su inaprensible mixtura secreta de ternura y desafío. En estos momentos, tras flexionar la mitad inferior de mi cuerpo hasta amoldar la cabeza entre sus muslos, le levanto un poco con las manos los blandos pomelos gemelos de su culo que, al contraerse, parece guiñarme. Huele allí a nido de pájaro marino, a morillas recién aplastadas, a escabeche ligero. Ramoneo, tensa aun más 1a cálida cizalla de sus piernas en torno a mi cuello. Con la aplicación d e u n a g allina picoteando e1 g rano, mi lengua bulle frenética en su hendido vellocino, en su breva irrigada, untada, rezumante de jugo

y rebaba. El chapoteo y los continuos espasmos acrecientan los tonos rosas, casi violetas, de los labios superpuestos hacia una pigmentación aciruelada. Gemidos como el zureo de las palomas. Desdobla ella las corvas, se arquea. Lengua-libélula. Hierve el surco entreabierto. Madura el misterio. Trufas. Salmuera. Antes de que podamos recobrar la respiración ella se remueve sobre sí misma y, sin contemplaciones, me somete a voraces juegos malabares. Estoy en sus manos. Es una situación nueva para mí. A partir de ese instante, sin una palabra, marcando la cadencia con insolente y dócil desenvoltura, lanza los brazos, besa, ondula elástica de arriba a abajo, cosquillea, pies contra cabeza lame las gotas de esmegma de mi sexo envarado, retrae el abdomen, mordisquea, sopesa ambidextra, cocea, hace barrenar sus hinchados y suavísimos pitones sobre mi espalda, afloja la presa, la aprieta, me aparta, se encabrita, crece, flagela, se estremece, me ensaliva. Vivir no es únicamente existir y ella conoce los resortes. La habitación se ha desmoronado. Solos los dos en el mundo, como boyas mecidas en un mar de soledad y olvido, nutriéndonos y adorándonos. Una vez apaciguada la danzarina real, la luchadora mítica, emergiendo apenas del delirio, me sitúo detrás de ella al asalto, controlando la situación, estrechándola desesperadamente


como al escurridizo delfín que te traslada lejos del naufragio. Mientras, apoyada sobre sus rodillas, ella avanza las nalgas color paja sobrecoronadas con destellos de luz y dirige la mano derecha, por entre el parral de sus muslos, hacia mis testículos, rozándolos delicadamente mediante vibrátiles círculos. En esto, agradecido, siento como prolonga el contacto en mi miembro, como palpa con determinación el incandescente apéndice, sus latidos, su glande de enloquecido color turquesa. Paquidermo de cinco patas. Dulce alfanje. Altivo cetro de un breve reinado. De pronto, con un hábil gesto de diez mil años de antigüedad, conduce mi falo hasta la uva reventada de su vulva. Al entrar en ella tras un carnoso chasquido, acusa el golpe, ronronea. Empellón a empellón voy ganando profundidad. Resquemor en la broca perforadora suavizado por chorritos de confitura gris perla. Al mismo tiempo que se suceden las embestidas, toda la piel de su cuerpo habla topográficamente a mis manos de armoniosas lomas, ribazos, riachuelos y setos bajo un mediodía perpetuo y tibio. Continúa la inmersión, aumenta poco a poco la fuerza de las sacudidas de los riñones. Como si llegara el fin del mundo.

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(iLUSTRACIÓN DE mARINA tAPIA)

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Aeronaves repostando en pleno vuelo. Entretanto observo fascinado el flujo y reflujo de las pequeñas olas de carne que, a causa del rítmico golpeteo, se forman en su culo. Tentado, deslizo el dedo corazón entre las dos semiesferas, busco en el canal el reborde del ano, se resiste deliciosamente, me debato, cruzo el umbral de su fruncida grutita, tórridamente engullido. Me va invadiendo un placer extremo. Ella echa la cabeza hacia atrás, moribunda y engendrada a la vez. Ariadna bajo el Minotauro. Sus pezones de blonda y anís apuntan oscilantes hacia un horizonte de sábanas. A medida que se aceleran los movimientos, una absorbedora sensación de embriagamiento, de cercanía inminente de cascada, de deriva eterna e íntima, casi me hace perder el conocimiento. La velocidad y la quietud total se funden en una noche cegadora. Me voy a pique. La cánula de madera prende el pedernal. Un albaricoque maduro se estrella contra el caparazón de un armadillo. Los diques se resquebrajan por doquier. Inundación. Polinización absoluta. Catapultados desde una palmera frizzata combada. Contracciones. Inyecciones antirrábicas. Con un salvaje bramido silencioso disparo al fin la salva mortal, líquida, nacarada, que se pierde sin eco en el untuoso precipicio de ella, en su constelado abismo marsupial. Lentamente vuelve la consciencia. Lentamente resbalan los regueros de sidra del sudor. Los dos cuerpos, crispados uno sobre otro, escapan aún a la gravedad. Ella tiene la mirada calma, pero intensa. Las sombras se arrastran por la habitación. Flota un aroma discretamente viciado. Resulta difícil recordar ahora como eran las cosas antes de conocerla. Hoy, por primera vez, me siento a1bergado, poseído por una extraordinaria

confianza en mí mismo. Ella parece feliz. Aunque nunca lo sabré con certeza. Si tuviera delante el rostro de una mujer me atrevería a afirmarlo, porque ojalá ella fuera una mujer o, al menos, algo humano. De Los líqnenes del sueño, Tropo, 2010

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e qUIÉN

áNGEL oLGOSO (Cúllar Vega, Granada, 1961) cultiva el relato breve y fantástico desde hace más de tres décadas. Ha publicado los libros de relatos Los días subterráneos, La hélice entre los sargazos, Nubes de piedra, Granada año 2039 y otros relatos, Cuentos de otro mundo, Los demonios del lugar (Libro del Año 2007 según La Clave y Literaturas.com, y finalista del XIV Premio Andalucía de la Crítica), Astrolabio, La máquina de languidecer (Premio Sintagma 2009) y Los líquenes del sueño. Relatos 1980-1995. Ha obtenido numerosos premios, entre los que destacan el de la Feria del Libro de Almería, el “Gruta de las Maravillas” de la Fundación Juan Ramón Jiménez, el Caja España de Libros de Cuentos y el Clarín de relatos convocado por la Asociación de Escritores y Artistas Españoles. Relatos suyos se han incluido en más de veinte antologías del género, como “Pequeñas resistencias” (Páginas de Espuma), “Grandes minicuentos fantásticos” (Alfaguara), “Ciempiés” (Montesinos), “Mil y un cuentos de una línea (Thule), “Cuento vivo de Andalucía” (Univ. de Guadalajara, México), “Ficción Sur” (Traspiés), “Perturbaciones. Antología del relato fantástico español actual” (Salto de Página), “Por favor, sea breve 2” (Páginas de Espuma) o “Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual” (Menoscuarto). Es, además, fundador del Institutum Pataphysicum Granatensis y miembro de la Amateur Mendicant Society de estudios holmesianos. Ha sido traducido al inglés y al alemán.


ESENCIA DE TOKYO e d jAVIER

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n Japón, se calcula que hay una máquina por cada veintitrés habitantes. En el metro de Tokyo hay máquinas expendedoras de bragas usadas. En las calles de Tokyo se rumorea que dichas prendas pertenecieron a colegialas que luego las vendieron. Un hombre compró un par de bragas y las olió -por simple curiosidad, asegura el hombre-. Lo inquietante de todo este asunto es que, tras aspirar la primera bocanada, nuestro hombre descubrió, turbado, que el penetrante aroma le resultaba familiar.

sERRANO

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jAVIER sERRANO sÁNCHEZ nace en Madrid en mayo del 68. Ha cursado estudios de turismo, de fotografía y de cine. Le gusta el mar, la fotografía, el jazz, los plenilunios, el cine y los viajes cronopios. Ganador del XX Certamen de Relato Corto “Premio Joaquín Lobato” (2007), de Vélez-Málaga; del XIV Premio de Narración Breve “Julio Cortázar” (2008), de Murcia; finalista del XXXV Concurso de Cuentos “Hucha de Oro” (2008); ganador del XXXV Concurso de Cuentos Ciudad de Tudela (2008). Ganador en categoría de microrrelato del XIV Certamen Literario “San Jorge” de Madrigueras. 2º Premio en XXXVI Concurso de cuentos “Hucha de Oro” (2009). LIBROS DE RELATOS: Libro para salir a la luz del día (publicado en 2005), El Último Parque (inédito). NOVELAS: La Ciudad Fría (publicada por entregas en Internet en http://laciudadfria.blogspot.com) y La Jaula (sin publicar). EN LA RED: http://uninstantedecaos.blogspot.com

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EL TEATRO DE LA VIDA denOELIA hERRERO

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arcajadas de una garganta desgarrada cuando en el teatro de la vida se regala una sonrisa fingida, palabras calladas con la pajita en el vaso removiendo los hielos y el silencio, silencio de los pensamientos cuando te ahogas en los recuerdos y por más que intentas representar el acto que te toca, no puedes si no olvidar el texto en el argumento del sufrimiento del alma cuando el transcurso del camino de la vida continúa su paso por tus venas y con la máscara de las sonrisas sigues tu representación teatral, olvidos de texto en los silencios y la mirada perdida en el vaso que se postra frente a ti, palabras que te regalan los oídos y pasan por tu mente fugaces, sin siquiera escucharlas cuando no hacen más que evocar los recuerdos y te pierden más en los pensamientos de lo perdido…. Anclajes al pasado, delirios de la mente en la confusión y la angustia que congoja el alma mientras representas un papel fingido en este gran teatro que es el mundo y la sonrisa forzada en la cara, no hay miradas al alma que sean capaces de ver el abismo de los ojos oscuros, perdidos…. Ruido de la música y en la mente retumban las letras de las canciones cuando te sientes perdido y todo evoca a lo mismo, todo te devuelve al punto

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(iLUSTRACIÓN DE jAIME LLORENTE)

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de que intentas huir, palabras del olvido que no te dejan olvidar, cerebro selectivo que se perdió entre las bambalinas de este teatro poblado de máscaras y observo a mi alrededor, cuántas miradas perdidas me rodean en la algarabía de la noche en la que el veneno que me meto en el cuerpo me resulta indiferente cuando siento el alcohol rascar la garganta y no me importa que sea de baja calidad ni el malestar que me invade el cuerpo al sentirlo por dentro, los pensamientos se agolpan en el cerebro y no pienso, oleaje que viene y va y me dejo llevar, bebo y me pierdo, ya no interpreto el papel de las sonrisas que se me designa y contengo una lágrima que invade los ojos, no es momento en la obra que represento… Movimientos del cuerpo desganado en los bailes que antes me hacían musa de los deseos, hoy, espantapájaros de movimientos lentos, hoy no soy musa de deseos, no soy diva de sueños, anclada en los pensamientos en el teatro de la noche, cuando intento huir de lo que me puebla el cerebro y no puedo, mas en esta tristeza que invade el cuerpo no siento el frío, no siento el calor, ni el veneno que me bebo… ironías de la flagelación que me proceso cuando me siento abrumada de sentimientos y los que me rodean no los percibo en el cuerpo…


Huyo, huyo del teatro que represento cuando sólo quiero la soledad de mi cama, abrazos de muñeco de trapo y perderme en los brazos de Morfeo, dulzura de los sueños cuando las manos suaves acarician mi cuerpo y siento un abrazo en la cama, caricias en mi espalda que encienden los deseos y sacia las ansias con sus besos, una sonrisa en sus labios y una mano en mi pelo, paz al cerrar los ojos y perderme en la inmensidad de su cuerpo con la panacea de las palabras, calma en la melodía de su voz, casi susurros en mis oídos y sus manos despojándome de la ropa que lo tapa, desnuda, desnuda entre sus brazos, indefensa y sumisa mientras mis manos acarician la suavidad de su piel, piel de melocotón que me hace perderme en las inmensidades de su cuerpo, con sus labios recorriéndome el cuello y sus manos hurgando en la humedad que aparece espontánea entre mis piernas, caricias de sexo que erizan mis pezones y me dejo llevar, espontaneidad en el teatro que represento cuando ahora soy yo, plena, libre, sin un texto con argumento que marque las directrices de cada movimiento, sólo me dejo llevar, fauces del sexo que me hacen palpitar y palabras que me hacen dilatar con el movimiento de los dedos, cárcel del súcubo bajo su cuerpo cuando me siento prisionera en movimientos mientras siento su virilidad por dentro, gemidos en la garganta y el placer de cada movimiento de su cuerpo, placeres carnales para un súcubo de los cielos, placeres de cada embestida y pierdo las composturas de la educación y el comportamiento cuando me dejo llevar sobre las sábanas con su cuerpo, mis dedos rozan el clítoris mientras me penetra con furia y se vuelve a perder la mirada, más esta vez no siento por dentro ningún anhelo mientras se paralizan los pensamientos y sólo disfruto de los placeres que me regala en cada movimiento, palpitando por dentro cuando me encojo y tiemblo, palpitando por dentro con cada roce de su cuerpo y su mano aferrada a mis caderas, una caricia a mi pecho y un pellizco suave en el pezón erizado que me excita hasta la saciedad cuando su

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(relatos) mano palmea mi trasero… y me sigo acariciando en el placer de sentir sus caricias y la insaciabilidad del cuerpo… Provocación de su rostro desencajado mientras siente él el placer en el cuerpo y me encojo de nuevo por dentro cuando siento la marea de semen que me invade por dentro y las embestidas rabiadas del orgasmo que le desencaja y sólo la fiera que lleva dentro es lo que observo ante mi cuerpo, con la mirada perdida, pero sin anhelos…. Caprichos de Morfeo cuando despierto y sólo me queda una foto en la mesilla y un puñado de sueños en el teatro que represento… careta de sonrisas y a caminar de nuevo por las bambalinas mientras intento ahogar los anhelos….

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nOELIA hERRERO es una incipiente escritora nacida en Algadefe (León) en 1984 cuyo acercamiento a las letras es temprano. Su húmeda pluma se ha especializado en la corta distancia de los relatores eróticas, a medio camino entre la primera Almudena Grandes y el erotismo masculino de la novela americana de finales del siglo XX, Noelia es directa y sútil a un mismo tiempo, sin tiempo para las pausas y con la necesidad extrema de provocar al lector, de captar su atención. Sus textos son una intensa red que esconde más de lo que enseña.

EN LA RED: http://elcorazondelilith.blogspot.com

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CUCHILLO ENdLA PIEL e mARISOL tORRES

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a brisa refresca los apretujados callejones del barrio judío. Una mujer examina con deleite el escaparate del mejor espadero de Toledo. La manga de su camisa apenas oculta una marca, rojo oscuro, que recorre su antebrazo cual estrella fugaz. Adentro, oculto en la penumbra del taller, un hombre estudia su rostro y sus expresiones involuntarias: el brillo de los ojos cortado por el filo gris plata de su mejor cuchillo; la lengua, rosada y caprichosa, que asoma entre sus labios alborozada. Atornillado a esa mirada, deja las herramientas a un lado, se quita el pesado delantal de cuero, y apoya su cuerpo en la vitrina. La mujer lo ha visto, pero regresa a la inspección de aquel lujurioso surtido de instrumentos de corte. Vuelve a enfocar la mirada sobre aquel cuchillo que la ha fascinado, y deja que la atraviese un estremecimiento; lo disfruta. Él descifra la señal en el brazo y siente la certeza del reconocimiento cosquilleando en su nuca; entonces sabe. La luz del atardecer besa los tejados de la catedral y luego cae, perpendicular, sobre esa superficie casi transparente escindida en dos por una línea roja. La piel de la mujer se eriza

y expande al contacto con la acerada hoja del cuchillo, que en la mano experta del herrero va trazando complejos arabescos, estelas sonrosadas que al poco desaparecen. Finalmente brota una gota de sangre, minúscula; ella la recoge en la punta de su dedo índice y la ofrece a la temblorosa boca del artesano.

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mARISOL tORRES Ha vivido una infancia asilvestrada en un verde valle johnfordiano secreto y paradisíaco, donde perfeccionó hasta extremos insospechados la puntería con el tirachinas, coleccionó mariposas compulsivamente, y disfrutó de una abuela de la que heredó el gusto por las palabras. Su mayor defecto es haber completado la carrera de Derecho, por lo cual entona un sentido ‘mea culpa’. Trabajó en la industria farmacéutica y luego en Logística, lo que le ha llevado a tener un bolso repleto de drogas legales bastante revuelto pero de una lógica inapelable. También escribe obras de índole no erótica, varias de las cuales ya están publicadas y alguna incluso premiada. Sus mejores lectores son los camioneros de larga distancia.


DURMIENDO e JUNTOSsUSANA d N

o me gusta subir tarde a los aviones, todos te miran pensando que por tu culpa aún no han despegado y se ríen mirando el bolsón que llevas de equipaje de mano que ni de coña va a caber en los maleteros casi llenos. Si además tu asiento es de ventana se levantan un poco molestos para que tú pases y te sientes sin pisar a nadie por el camino. Subí tarde, me costó horrores introducir mi bolsón en el portamaletas, se me cayó la chaqueta sobre el pasajero que se sentaba cerca del pasillo. Le indiqué que mi asiento era el de la ventana, salió al pasillo refunfuñando, el del asiento intermedio se puso de pie, sonrió, metió tripa que casi no tenía y me dejó pasar. Me senté al fin, me ardían los pies con los tacones y me empezaba a doler la cabeza. A ver si despegamos pronto y me tomo un café. Cogí el periódico y me di cuenta que tenía las gafas en la chaqueta. Dudé. ¿Me levanto otra vez y cojo

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las gafas o paso del periódico? Una voz contestó por mí “Abróchense los cinturones de seguridad y mantengan en posición vertical sus asientos” Busqué el cinturón y agarré la mano de mi compañero de asiento que también lo buscaba. -Perdón- dijimos a la vez. ¡Menudos ojos! Le observé disimuladamente y confirmé ¡Estaba buenísimo! Tendría 40 años y alguna cana de esas que favorecen. Era delgado y tenía unas manos grandes, con dedos largos y sin anillo. Hacía tiempo que no viajaba junto a alguien tan guapo. Llevaba una camisa blanca con el primer botón desabrochado y la corbata floja. Flequillo revuelto, ojos oscuros casi negros y una boca grande, como dispuesta a sonreír. En el despegue nos miramos, intercambiamos sonrisas y a mí dejó de importarme no leer el periódico. En cuanto nos estabilizamos apareció la azafata con el carrito de las bebidas.

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(relatos) -¿Desean algo? -Un capuchino – dijimos a coro – Perdón – repetimos sonriéndonos. La azafata preparó los cafés, le entregó el primer vaso a él que me lo ofreció sonriendo. -Cuidado, que quema un poco – me avisó. Y cogía el vaso tan delicadamente que me pareció que en vez de un café me pasaba un recién nacido. -¿Azúcar? – me preguntó. -Sí, gracias. Luego la azafata, tal vez demasiado simpática y sonriente, le sirvió su café y por fin nos dejó solos. -El café de los aviones es horrible ¿verdad? -Sí, la comida también lo es.

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Él miraba por la ventanilla que era como mirarme un poco a mí también y yo intentaba poner gesto interesante y me arreglaba el pelo pensando algo ingenioso que decir. La azafata recogió los vasos y cuando me giré para decirle algo, él ya había cerrado los ojos. Ahora sí que le miré sin disimulo, cada arruguita, la forma de sus cejas, el hoyito de la barbilla, la suavidad de su cuello. Recosté mi asiento como el suyo y me tumbé junto a él. Cerré los ojos, me escoré todo lo que mi asiento me permitía hacia la izquierda y empecé a sentirle. Olía a Calvin Klein como mi cuñado Borja, pero se mezclaba otro olor que no llegaba a deducir, sería la crema de afeitar o el champú, no sé, me recordaba a la vainilla y empecé a respirarle profundamente. Imaginaba su cabeza a un palmo de la mía, él estaría oliendo mi colonia y seguro que me estaba pensando más ligerita de ropa. Yo a él le

imaginaba saliendo de la ducha con una toallita por minifalda, sonriendo y ofreciéndome un capuchino. Le noté moverse, está inquieto pensé, debería relajarse, pensar en algo tranquilo, vaciar la mente... Soñé que él soñaba conmigo. Soñé que me llevaba dentro de su cabeza, me hacía aparecer en su mundo,

me colocaba en escenas donde no había estado, me deseaba en momentos futuros. Soñé que él estaba loco por mí y que me abrazaba mientras dormíamos en el avión y me decía que yo olía a Chanel y que quería estar siempre oliéndome. Soñé que envejecíamos juntos y él le contaba riendo a nuestros nietos cómo nos conocimos. Soñé sus abrazos, sus besos, sentí en mi piel sus caricias. Despertamos a la vez, la azafata nos devolvió a la realidad con su “Abróchense los cinturones, por favor” -Ya estamos – me dijo – Se me ha hecho un vuelo muy corto. -Y a mí – contesté mirando su camisa blanca arrugada, como llena de abrazos. Y sentía calor en las manos y en el cuerpo.


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(relatos) Dudé si nuestras caricias habían sido soñadas o reales. Él me sonrió y volvió a cerrar los ojos. Me estaba pidiendo más amor, cerré los míos y me acosté de nuevo junto a él. Sentía descender el avión pero no quería despertar. Mi brazo y su brazo competían para posarse en el respaldo o para no perder el contacto. El avión tocó tierra, no nos quedó más remedio, tuvimos que abrir los ojos.

El pasajero del pasillo salió rápido. Mi chico, de pie, miraba la salida indeciso, yo le abrazaba por detrás con la mirada. Salió al pasillo y bajó mi chaqueta y mi enorme bolsón. -Gracias – murmuré. -De nada. Caminamos lentos comidos por una multitud insensible. Un túnel nos acercó a la terminal. Recogió su maleta muy pronto. -Adiós – me dijo - ¡Suerte! Y yo quedé como hipnotizada viendo como se alejaba, notando cómo se perdía su olor en el aeropuerto y cómo al andar se le iban cayendo mis caricias.

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e N É I U q

sUSANA oBRERO Me encantan los cuentos, los leo, los escribo, los sueño… A veces se me cruza algún poema, o algún relato para niños. Vivo atenta esperando que salte el fusible y se inicie la siguiente historia…

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DIEZ AÑOS. O MÁS. deeSTEBAN

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(un cuento sonoro)

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gUTIÉRREZ gÓMEZ

lía a nieve de jazmín. En un solo segundo su brisa perfumada atravesó la habitación desde la puerta hasta la cama. Los pendientes esmaltados con forma de rayo relampaguearon cuando me miró. La cama se hundió, la falda de licra se subió pegada a las pantorrillas y sus piernas se hicieron eternas. Dejó el bolso en la mesilla y miro alrededor en busca de no qué sé. “La bebida”, dijo, y salí disparado a la cocina. Mientras sacaba los hielos del congelador fijé mi mente en aquella habitación de al lado, buscando en el recuerdo un esbozo de su cara. Melena rubia, pelo largo y suelto, algo ensortijado; boca en rojo con labios carnosos y dientes apretados, deslavazados pero blanquísimos; barbilla de reina, de virgen cordobesa.

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Aparecí con sonrisa bobalicona y un vaso colmado de hielo en cada mano, los brazos estirados, como si fuese a poner un par de banderillas. Nada más verla la sonrisa se tornó exclamación y aquellos dos vasos casi se me resbalan de las manos. Tumbada boca arriba sobre el edredón parecía una mariposa que quisiese volar. Aleteaba brazos y piernas a ritmo lento de tren de carbón, de guitarra de blues. La falda, toda ya subida, dejaba ver unas ligas negras y brillantes que me anticipaban una noche de placer. “Pareces una mariposa”, dije sin poder quitar los ojos de aquellos labios tintados de rouge, fruncidos con una mueca perversa. No me contestó, siguió con su aleteo cadente, y por un momento pensé que, de verdad, iba a volar.


Se incorporó al instante y me miró con cara de niña traviesa. No me había equivocado, estábamos jugando. Arrugó un poco más los labios y apuntó con ellos a mis ojos, luego me agarró por el cuello y me atrajo hacia su pecho. Me encontré de rodillas sobre la cama, con los brazos en cruz y un vaso con hielo en cada mano, haciendo el vacío entre su boca y la mía. Sabía a miel con limón, a rosaleda de convento en otoño, a chispas de soldador. Jugamos con las lenguas un instante antes de que sintiese el desgarrón en la camisa y escuchase repicar los botones por el suelo de la habitación. Me mordió en el cuello, atrapó mi nuez entre sus labios y la cubrió de calor, besó mis pechos y erizó los pezones, pedúnculos de sandía, viruta de acero forjado por el ardor de sus mimos. Lamió mis brazos en carreras continuas que siempre acababan en el cuello, una y otra vez. Clavó sus uñas en mi espalda y me sentí morir de placer. Iba a arrojar aquellos malditos muñones de cristal con hielo lejos de mí cuando sentí sus manos sobre las mías. “Por fin”, dijo quitándome los vasos de las manos, “habrá que enfriar algo aquí”, y movió los hielos haciéndolos sonar. Me incorporé con dificultad. Sentí que tenía una enorme erección. Ella me miraba con reflejos de lascivia, adivinando mi deseo oculto tras el pantalón. Se mordía la punta de la lengua; una lengua que asomaba bufando como una serpiente por el balcón entreabierto de sus dientes. Alternaba miradas a mi rostro y al bulto escondido. No tardé ni un segundo en desnudarme. “Todavía no”, dijo en un tono mandón. “Primero bebamos algo”.

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(relatos) Regresé con la botella de JB y me senté trabando sus piernas con las mías. Acercó los vasos y crujieron los hielos al sentirse lamidos por el alcohol. Dejé la botella en el suelo y brindamos sin dejar de mirarnos y sin decir nada antes de beber. Mi primer trago fue de tanteo, para paladear el licor. Su primer sorbo fue definitivo. Atrapó entre sus dientes un pez de hielo y lo mostró en sus labios como un trofeo. Se inclinó sobre mí, me tumbó sobre la cama y a horcajadas sujetó mi cuerpo con sus piernas. Me besó con aliento polar. Ahora sabía a arroyo de montaña, a hierba fresca, a madera de bosque de umbría. Dejó mi boca en barbecho y volvió a buscar mi cuello y los lóbulos de las orejas y mis tiernos antebrazos y mis tetillas de acero. Fue al encuentro de todo aquello con su helada lengua de cristal. Y yo me estremecía y me deshice, no sé cómo, de la chaqueta de su traje y acaricié sus senos por encima de aquel sujetador negro y sedoso que daba morbo acariciar. La atraje hacia mí, me incorporé un poco y la besé de nuevo, y la sentí estremecerse cuando recorrí su cuello con una cicatriz de besos húmedos. Y sentí sus piernas aprisionándome más todavía cuando liberé sus senos del armazón y los besé hasta verlos florecer. Y ericé todo el vello de su piel cuando busqué el refugio de mi aliento detrás de su oreja y susurré palabras de codicia mientras con los dedos del saber recogía el almíbar de sus entrañas, la prueba de su placidez. En un suspiro me despojé de los calzoncillos y ella, sin quitarse el traje, dejó las braguitas sobre la mesilla. Entrechocamos de nuevo los vasos y sorbimos entre risas y ronquidos animales.

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Entonces, desapareció.

Tintineaban sus pulseras de plata y ámbar por el pasillo. Y tintineaban los segundos en el segundero de mi reloj. Y después, tintineaban las llaves colgadas de la puerta cuando se cerró. Y tintineaban los hielos del vaso ya vacío de alcohol. Y más tarde, tintineaban sus tacones de aguja sobre el empedrado de la calle. Y tintineaba mi cuerpo azuzado por la mano al empezar a temblar.

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Ya nunca más la volví a ver. Y han pasado diez años. O más. Pero cada noche vuelve a mí, cuando acaricio las braguitas que aquí dejó. Yo, como ustedes, se que aquello no fue un olvido. Tengo asumido que todas las vírgenes de devoción, son mujeres sin piedad.

eSTEBAN gUTIÉRREZ gÓMEZ Esteban ha publicado los libros El laberinto de Noé (2008) y El colibrí blanco (2009). Su próxima publicación será La enfermedad del lado izquierdo en marzo de 2011. Imparte talleres de creación literaria de narrativa breve, es asesor literario de la revista “Al Otro Lado del Espejo”, dedicada en exclusiva al cuento. Fue el artífice del “Manifiesto por el cuento”. Ha colaborado en las antologías Vinalia Trippers. Plan 9 del Espacio Exterior, Los rincones más oscuros: Antología del miedo, Perversiones. Breve catálogo de parafilias ilustradas y Viscerales. Junto a Patxi Irurzun ha coordinado el libro Simpatía por el relato. Antología de cuentos escritos por rockeros (2010). Al ser un ser disociado publica su poesía bajo el pseudónimo de “Bacø”. EN LA RED: http://bacovicious.blogspot.com/ http://ellaberintodenoe.blogspot.com/

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(relatos) Después, como movida por un resorte demoniaco, se levantó. “Vuelvo en un instante”, dijo arreglándose algo aquel traje ajustado. Se colocó la chaqueta y paseó cadenciosa en dirección al cuarto de baño. Volvió su rostro al llegar a la puerta y columpiando el bolso me interrogó alzando las cejas. “A la derecha, la segunda puerta”, le dije queriendo decir que no tardase ni un segundo, que ya no podía esperar.


(iLUSTRACIÓN DE eSPERANZA cOVARSI)

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o tengo hambre -me dices-, mientras te comes una cereza y mi boca se esponja de almíbar. Entonces te beso, lleno tu boca de azúcar y se mezcla con el sabor ácido de la fruta derretida. Mi lengua atrapa el hueso, lo esconde tras los dientes, lo encierra en la oquedad de la mejilla. Tus labios pegajosos, bajan por mi cu el l o d ej a n d o u n a ci ca tr i z dulce. Regresan lamiendo mi oreja. Tampoco tengo sed -me susurras-, pero bebería vino por debajo de tu ombligo.

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LAS CEREZAS de mARÍA jESÚS

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mARÍA jESÚS sILVA

Nací en Madrid. Sé muy poco de casi todo. Tengo infinitos defectos y cometo igualmente multitud de errores. Me atraen los latidos y me apego a ellos con fuerza, me entristezco cuando ya no los siento. Me vuelvo frágil con la gente que me roza el alma. Adoro las palabras, escritas y habladas. Me conmueve especialmente la enfermedad, la violencia en cualquier sentido, el abandono, el dolor en todas sus formas. No me gusta la falta de respeto ni la intolerancia. Admiro la generosidad de las personas que lo dan todo a cambio de nada. De pequeña volé, quizá por ello conservo la facilidad para elevarme dos centímetros por encima de la realidad, pero me quedó pendiente aprender a aterrizar y suelo estrellarme repetidas veces.

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PÉGAME depEPE

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lla, desbocada, montaba sobre él, echándose hacia atrás, gimiendo y gritando. Él se dejaba hacer, disfrutando de las embestidas de su compañera. Con la pasión que ella ponía aquello no iba a durar mucho. Ambos estaban preparados y dispuestos para el tramo final. Entonces ocurrió algo que lo dejó desconcertado. -Hazme daño, por favor… Insúltame.– pidió ella. Era la primera vez que ella le pedía una cosa así mientras follaban. ¿Hacerle daño? ¿Cómo? ¿Por qué? Decenas de preguntas se atascaron en su cabeza. Se sintió como un niño que no sabe el camino de vuelta a casa. -Hazme daño.- insistió ella. -¿Cómo? -Pégame. -¿Dónde? -En el culo. Él extendió su mano y con la palma abierta golpeó sus nalgas. -Más fuerte. – pidió ella. Él golpeó con más fuerza. Aquello empezaba a no gustarle.

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-Más fuerte. -No me pidas eso. -(Rogándoselo) Pégame, pégame. Parecía que se hubiese vuelto loca, movía la pelvis como si fuera un tren de alta velocidad. Le clavó las uñas en el pecho y echó la cabeza hacia atrás. -Joder, tía. Eso duele. -Fóllame como a una puta. -Nunca he follado con ninguna. -No hables, sólo pégame. Él extendió su mano y golpeó con fuerza sus nalgas. Por fin, ella llegó al orgasmo y se le desplomó encima. Sudaba por todos sus poros, su pelo estaba mojado y tenía una sonrisa exagerada. -Ha sido genial. De los mejores. – reconoció ella. Él no sabía muy bien que contestar. Por un lado se alegraba de que aquello hubiese acabado y por otro se sentía insatisfecho por no haber alcanzado el orgasmo. Estaba confundido, muy confundido. Tuvo ganas de preguntarle cosas, pero en su cabeza todo era un lío. Ella se echó a un lado, cogió el paquete de cigarrillos,


Libros de relatos: - Putas publicado a finales de 2009 (en formato digital) por la Revista Groenlandia. - Amores Breves una editorial lo publicará en octubre del 2012. - Momentos extraños Inédito. - Los colores de la infancia Inédito. - Relatos de humo (y hachís) Inédito. Revistas Literarias: Agitadoras, Ágora, Groenlandia, Narrativas, Letras, Al otro lado del espejo, Cruce de caminos, La Fanzine, En Sentido Figurado, Des Honoris Causa, Vinalia Trippers… Antologías: - Los miedos más profundos. Groenlandia. - Antología del Des – amor. Groenlandia - Vinalia Trippers. Plan 9 del Espacio Exterior. Y varias más que están pendientes de publicación. EN LA RED: Asperezas, http://pepepereza.blogspot.com/

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pEPE pEREZA, ex actor de cine y teatro.

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se encendió uno y cuando le hubo dado unas caladas se lo pasó a él. Entonces, ella vio los arañazos del pecho. -Cariño, si estás sangrando. -Culpa tuya. -Ya lo siento, pero es que cuando me follas así me vuelvo loca. -Voy al baño. – dijo él devolviéndole el cigarro. Se levantó de la cama, salió del dormitorio y se encerró en el baño. Aun tenía la polla tiesa. Miró su erección reflejada en el espejo y comenzó a masturbarse. Se imaginó follando con ella y que ella le pedía que la pegara. Él obedecía y golpeaba sus nalgas con fuerza. Se imaginó que le decía que la pegara más fuerte y él así lo hizo. Finalmente llegó al orgasmo y eyaculó en el lavabo. Se lavó y esperó a que su polla se desinf lara. Lueg o regresó al dormitorio. Se tumbó en la cama junto a ella y le dio un buen cachete en el culo. -¡Ay! – se quejó ella mirándole con extrañeza. Él cogió el paquete de tabaco y se encendió un cigarro. -¿Echamos otro? – preguntó ella. -Déjame recuperarme. – contestó él. Consideró que sus dudas se habían ido por el desagüe del lavabo, junto con el esperma. De pronto, el cigarrillo le supo a gloria bendita y se sintió realmente a gusto.

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e nuevo borracho. Esta vez en Valencia. Acabo de terminar un trabajo en un pueblo de Alicante y me he venido hasta Valencia porque me ha llamado Sonia. Ella es una preciosa pelirroja de cabello largo y rizado. Las mejores tetas de Valencia, sin duda. Me llamó para saber de mí y le comenté que andaba relativamente cerca de ella y me invitó a venir. Valencia me gusta, es una ciudad simpática y siempre tengo algún amigo en ella. Hemos salido por el centro, por los bares más “alternativos” de la zona vieja. Llevamos hablando horas y bebiendo. Estoy en ese momento lúcido de toda borrachera, ése en el que sabes que si sigues bebiendo comenzará el descontrol. Aún soy capaz de mantener una conversación coherente. Ella ha seguido mi ritmo y está bastante borracha también, más que yo. No para de hablar, me ha reprochado varias veces que no sabe por qué le gusto, pero que le gusto aunque no sea su tipo. Lo repite cada cinco minutos. Yo me río y le pido al camarero otra cerveza. Ella mira la suya aún llena.

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Madrid. Somos amigos desde entonces y nunca tuvimos más relación que la de la amistad hasta que ella se separó del imbécil de su marido. Una especie de hippie trasnochado que en realidad no era más que un vago y para colmo un usurero. Cuando lo dejó, la chica lo pasó mal y nos vimos varias veces por Madrid para que me contara sus penas. Una noche de aquellas ella me preguntó si había vuelto a mi antigua casa, la del cementerio, donde jugábamos de pequeños. Le conté que sí, que alguna rara vez había pasado por delante y que me daba pena ver aquello tan abandonado y cerrado. Me propuso acercarnos hasta allí con el coche. Cuando llegamos no había nadie. Todo estaba iluminado por la luz tenue de unas farolas muy antiguas y descuidadas, no se escuchaba un solo ruido, ni se veía una sola persona viva. Salimos del coche y recordamos las carreras por los soportales, los partidos de fútbol en los parterres, los juegos… Decidimos entrar en el edificio aquel, cerrado por el ayuntamiento después de desalojar a los pocos inquilinos que habitábamos en él. Tomé una linterna del coche y abrí el candado que -Joder tío, como bebes. No puedo había en el portal. Ella nunca había estado en seguirte. Estoy con un pedo ya que no veo y tú mi casa y le hacía ilusión. La escalera la habían ahí pidiendo otra cerveza –coge su jarra y le da pintado y se veía mejor de como la dejé. un trago. Subimos por sus amplios escalones grises hasta -Bueno, tampoco bebo tanto, es sólo el segundo piso. Las grandes puertas de madera cerveza –río mientras fanfarroneo. pintadas de verde estaban cerradas. Recuerdo -Eres un cabrón y lo sabes. que por aquél entonces yo ya sabía manejar bien las ganzúas, las saqué del bolsillo de mi pantalón y Sonia comienza a reprocharme mi falta abrí la puerta que chirrió al empujarla. Al poner de compromiso con las mujeres. Yo siempre he el primer pie en el suelo de mi antiguo hogar, sido sincero con ella respecto a mis relaciones éste crujió como antaño y cientos de imágenes y con las mujeres, desde que la conocí hace años, recuerdos se volvieron a activar en mi cabeza. El cuando apenas éramos unos chiquillos que largo pasillo apenas alumbrado por la linterna, jugábamos en la entrada principal del cementerio, en apareció vacío y polvoriento. Caminamos por él

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(relatos) mientras Sonia se agarraba a mis riñones incapaz de contener una risita nerviosa. Fui enseñándole cada una de las habitaciones que había en la casa y comentándole que había en ellas cuando yo vivía allí. El dormitorio que compartíamos mi hermano y yo, el cuarto de los juguetes, la habitación de mis padres, el comedor de verano, el comedor de invierno, el cuarto de la música, la habitación de mi hermana, el cuarto de estar, la cocina, la despensa… La casa era inmensa, pero ahora, con el paso del tiempo, me parecía más pequeña de como la recordaba. Sonia no paraba de comentar lo grande que era todo, lo altos que eran los techos, los grandes balcones, la amplitud de las habitaciones.

Yo no sabía que decir. Con todo lo de recordar mi casa, mi pasado, ni se me había ocurrido la posibilidad de hacerlo con Sonia. Recuerdo que me agaché y la besé en la boca mientras ella me sujetaba las mejillas con las manos. -Vamos –tiró de mis manos- tenemos que hacerlo allí. Me dejé llevar por ella que ya me había quitado la linterna y caminaba delante de mi, alumbrando el pasillo con su mano izquierda mientras sujetaba mi muñeca con la otra mano.

Llegamos a la habitación donde dormíamos mi hermano y yo. Sonia me preguntó por qué dormíamos juntos teniendo tantas habitaciones en la casa, yo le comenté que la verdad es que no la consideraba mi habitación, no se por qué mi madre se empeñó en mantener a mi hermano y a mi juntos en la misma habitación. Siempre quise tener mi propia habitación y mi madre se empeñaba en no dejarme dormir solo. Yo a diario me refugiaba en la habitación de la música, un cuarto pequeño para las dimensiones del resto, pero en ella tenía mi colección de discos, mis comics, mis libros. Mi madre no me dejaba dormir en ella pese a tener una cama que hacía las veces de sofá.

Desde aquél momento pasamos a ser algo más que amigos, amigos con derecho a roce solía decirme ella y aquello me gustaba. De vez en cuando nos llamábamos, nos emborrachábamos y acabábamos juntos en su cama. La cosa siempre funcionaba así, hasta que un día ella me habló de amor y de compartir más momentos juntos y todo se fue a la mierda. Yo comencé a alejarme y ella a pasarlo mal, hasta que decidió irse a vivir a Valencia. Desde ese momento recuperamos de nuevo la amistad, nos llamábamos, nos escribíamos y nos contábamos como nos iba la vida, normalmente en el plano sentimental. Alguna vez que ella iba a Madrid nos veíamos y en alguna de esas ocasiones también volvimos a reclamar aquél “derecho a roce” que establecimos en el pasado. Pero todo se quedó ya en eso, en roces, al menos para mí. “Tú siempre podrás venir conmigo, cuando quieras” me dijo alguna de aquellas noches, pero nunca he aceptado aquél ofrecimiento.

-Fóllame en esa habitación – me besó en la mejilla.

-¡Eh!, espabila -Sonia chasquea sus dedos delante de mi cara.

-Volvamos a tu habitación, por favor. – me dijo en un momento.

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Vuelvo en mi y sonrío, la miro. Será el efecto del alcohol, pero me parece que está preciosa y que Valencia y ella hacen una combinación perfecta, por un momento creo que me he enamorado de ella. Tomo su mano antes de que la retire, tiro de ella hacia mi y la beso en la boca, con ganas. Ella me agarra la nuca sin separar sus labios de los míos mientras se levanta de su silla y aprieta mi cabeza contra la suya. La mesa se tambalea y escucho como los vasos se caen al suelo, pero ella no para, me sigue besando como si no lo hubiera hecho nunca. Sus labios me saben a extraño, ya casi no los recordaba y me gustan. Se separa de mi. Miro alrededor y la gente nos observa y cuchichea con media sonrisa en los labios. Un camarero se acerca y nos pregunta si está todo bien, al tiempo que nos repone las bebidas que han caído al suelo.

aL OTRO LADO DEL ESPEJO

(relatos) consigo comprenderle, Sonia se baja del coche riendo. El taxista la llama puta por lo bajo y esta vez sí consigo entenderle y escucharle. Saco mi revolver de la chaqueta y se lo pongo al tipo en la frente.

-Como vuelvas a insultar a esa mujer le meto una puta bala en su mierda de cabeza. Devuélveme ahora mismo el dinero que te acabo de dar, gilipollas. Rápido. El taxista gimotea y me devuelve el billete que le acabo de dar.

-Vale, puedes jurar que me he quedado con el número de tu taxi y que si un solo policía viene a buscarme y joderme esta noche, te encontraré y pintaré el techo de este jodido coche con tus sesos. ¿Entendido?. -Sí, no diré nada. Lo juro, pero no me -Nos tomamos ésta y nos vamos a mi haga daño. casa, te he echado tanto de menos. Miro afuera y Sonia está bailando Bebemos rápido, a los dos se nos ha agarrada a una farola mientras tararea mi pasado un poco la borrachera con la excitación. nombre. Vuelvo al taxista y veo que se ha meado Nos seguimos besando como adolescentes, en los pantalones. sin que nos importe mucho la gente alrededor que sigue murmurando. Por fin acabamos las -Recuerda, te encontraré. Lo prometo cer vezas y pagamos al camarero, salimos y te arrepentirás -guardo mi revolver en la del local haciendo eses y riendo, abrazados chaqueta de nuevo-. Buenas noches. el uno al otro y besándonos constantemente. Tomamos un taxi, rápido a la calle Maestro Fuera ya abrazo de nuevo a Sonia y Palau 25. En el taxi nos tocamos y besamos. escucho como el taxi se aleja. Miro por encima El taxista nos llama la atención, no le de su hombro y me fijo en los ojos del taxista hacemos caso, seguimos abrazados, tocándo- que me mira por el retrovisor del coche. Le hago nos, lamiéndonos en aquél taxi que cada vez va un gesto con los dedos como si le disparara, más deprisa por las calles de Valencia. Llegamos como en las películas de malos. El tipo acelera. y pago. El taxista que me dice algo, pero no Sonrío y beso con fuerza a Sonia.

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(relatos)

La casa de Sonia huele bien, apenas puedo fijarme en la decoración ni en los detalles. Me lleva directamente a su habitación y me empuja a la cama, me dejo caer y me río. Comienza a desabrocharme los botones de la camisa. No me ha dejado quitarme la chaqueta y no quiero que por un accidente se caiga el revolver y Sonia lo vea, seguro que se rompería el encanto. -Déjame ir al baño antes, por favor. Dime donde está. Ella para, y se quita de encima de mi tumbándose al lado. -Está bien, vale. Sales, sigues por el pasillo y es la segunda puerta de la izquierda. -Gracias, no tardo nada. Me incorporo y salgo de la habitación. Es un pasillo más estrecho de lo que me había parecido al principio. El suelo es de parqué en espiga y las paredes son blancas con cuadros de fotos de Sonia y amigos suyos, hay algún cuadro y posters de grupos de música pop. En conjunto queda bastante bien, parece una casa muy cómoda. Al final del pasillo veo un perchero, me quito la chaqueta y la cuelgo en él, vuelvo y entro en el servicio. Meo. Me lavo la polla en el bidé. Me lavo las manos en el lavabo. Tiro de la cadena. Salgo y vuelvo a la habitación. Entro.

parecen de India. Extrañas figuritas que parecen hechas en sudamérica. Hay una gran butaca de mimbre en una de las esquinas y un par de macetas con plantas grandes. Al lado de la cama hay un aparador que parece muy antiguo y encima hay un montón de pequeños marcos con fotos antiguas. En una de ellas veo que estoy yo. Es una foto en blanco y negro no muy grande en la que aparecemos los amigos del barrio, en los soportales del cementerio. La tomo en mis manos y la observo con detenimiento. Ella está a mi lado cogida a mi brazo izquierdo, con la cabeza apoyada en él y sonriendo. Al resto de los que hay en la foto no los veo desde hace años. Vuelvo a dejar la foto. Entra Sonia y me doy la vuelta. Sólo lleva puestas las bragas y se tumba en la cama. -Estoy muy borracha, pero quiero echar un polvo contigo de esos que hacen historia. Ven.

Echa los brazos para atrás y cierra los ojos. Yo me acerco y me coloco frente a ella que no para de moverse de un lado a otro suavemente, contoneándose. Me arrodillo y pongo mis manos sobre su cadera. Comienzo a bajarle el tanga. Ella sonríe con los ojos cerrados. Meto mi nariz entre sus piernas y aspiro con fuerza mientras ella comienza a gemir sin dejar de contonearse. Noto en mis carrillo que sus muslos están fríos, también ha debido -Ahora me toca a mí, espérame aquí, no utilizar el bidé. Termino de bajar las bragas y te vayas. sacarlas de entre sus piernas. Ella no para de moverse y suspirar, abre un poco las piernas Sonia a encendido una pequeña luz en y meto mi boca entre ellas. Tiene todo el vello la mesilla. La habitación está llena de cosas. rasurado y hago que mi lengua se abra Muchas fotos, telas colgando de las paredes que paso entre sus labios. Ella se estremece y retuerce,

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gime con fuerza y gruñe. Mi lengua juega y se entretiene con todo lo que se encuentra a su paso, provocando espasmos y suspiros con cada uno de sus juegos. Noto una gran erección. En un momento me separo de ella y me quito la camisa quedándome sólo con los pantalones. Pongo mi carrillo sobre su pubis y me froto con él. Sonia no para de moverse y jadear. Vuelvo a introducir mi lengua en ella, lo trabajo, me empleo a fondo. Mi lengua roza en la parte de abajo con mis dientes y me duele, pero continúo, quiero hacerla gozar con mi lengua, no quiero parar. El olor me excita, me enloquece. Sigo. Ella ha dejado de moverse, yo continúo a lo mío. En un momento me doy cuenta que además de dejar de moverse ha dejado de también de jadear. Separo de nuevo mi cara de su entrepierna.

-¿Qué ocurre, no te gusta? –digo bajito.

Me levanto y la miro. Está dormida. Se ha quedado dormida mientras yo tenia mi boca en su coño. No me lo puedo creer. La miro, completamente desnuda, dormida, con las piernas abiertas. Pienso en la cantidad de veces que me han dicho eso de que los tíos somos poco románticos. Me dan ganas de sacar fotos o haber grabado esto en un vídeo para después exponerlo en algún simposio sociológico como evidencia empírica de que esa afirmación es absolutamente falsa y que una mujer puede ser tan poco romántica como un hombre. ¿Cómo puede alguien quedarse dormido mientras folla? No salgo de mi asombro. Pienso que si ahora me la follo seguro que ni se entera. Miro mi polla y veo que ya ha perdido sus ganas de desafiar a la ley de la gravedad. Desestimo la idea,

aL OTRO LADO DEL ESPEJO

(relatos) además no me gusta hacerlo con alguien que ni se entera. Abro la cama, la cojo por los sobacos y tiro de ella hasta la parte alta. La arropo y la beso en la mejilla. Recojo mi camisa del suelo y salgo de la habitación. Voy hasta el perchero del final del pasillo y me pongo mi chaqueta. Saco un cigarrillo del bolsillo interior, lo enciendo. Aspiro fuerte hasta notar el humo en los pulmones. Abro la puerta y salgo de la casa. En la calle, Valencia huele a fresco y dejo caer mi cabeza para atrás con el cigarrillo entre los labios. Creo que voy a buscar unas putas para quitarme esta quemazón que se me ha quedado entre las orejas. Ahora que lo pienso, no me he lavado la cara.

qUIÉN eS jOSÉ nAVEIRAS Nacido en Madrid en 1966, vivió en un cementerio durante 22 años. Eso marca, no crean. Ha publicado el libro de relatos, El incendio y otros relatos (ed. Atlantis, 2009). Es el fundador de la revista poética “Es hora de embriagarse (con poesía)” y forma parte de la redacción de la revista “Al otro lado del espejo”. Además es uno de los socios fundadores de la Asociación Cultural La Vida Rima (editora de ambas revistas).

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ELLA e d NO SABÍA sILVINA LUZ

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C

(iLUSTRACIÓN DE pABLO jÁTIVA)

descontrolada de poder perder su cabeza y sus labios, su lengua y su nariz, sus ojos y sus dedos, sus ganas y su fe dentro del vientre madre de otra ella, que no él. De perder sus periferias y de perder sus sentidos y de perder las texturas de su cuerpo que ahora le parece nuevo en las vísceras sexuales de úteros y ovarios, de pechos y pezones, de piernas largas y suaves y, sobre todo, caer en las caricias suaves aunque duras de la mujer nueva que le pone, que la pone, que la vuelve bestia y bestial y que no sabe cómo hacer para ocultar bajo sus faldas ese nuevo falo que pareciera Ella mujer amante de hombre, mujer crecerle en su vientre porque sus ganas son tantas mala y mal portada, mujer sexo, mujer drogas, que el clítoris se le endurece y sus tripas cual mujer fiesta, mujer mujer, mujer que sabe, mujer macho parecieran secretar y secretar y ereccionar que busca, mujer que ha probado, mujer cada poro de su piel como un grito desesperado, experiencia, ella, la mujer perfecta para un grito de la selva de su entrepierna y de los cualquier él, ella se vio de repente en la búsqueda caballos salvajes del orgasmo contraccionado y uanto más cuentan cuánto les gustan las pollas de sus chicos más se mueren de ganas de ser lamidas con la suavidad de una lengua de mujer. Cuanto más describen el grosor del falo, la velocidad de la leche y el sabor amargo de los orgasmos concretados de ellos, de sus ellos dominados y mancillados; más se mueren de ganas de ser besadas lentamente, acariciadas por las yemas de crema y dulzura de los movimientos de mujer. Mientras más gritan él, más quieren ella. Pero ella no lo sabía.

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mONGE


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(relatos) silencioso que espera ser liberado y que habita Llega a casa y tira a su hombre sobre ahora entre sus caderas. la cama, le dice cómeme, viólame, métemela. Métemela. Mé-te-me-la. Hombre obediente se Ella, ella antes no lo sabía. quita la ropa, se despoja de su miembro para Y todavía se duerme guardada en la dárselo a ella, toma hazlo tuyo. Ella quiere protección del hombre, macho, sexo masculino, decirle pobre estúpido eres mío y tan mío y ya lo que la coge de los pelos y la besa y la mira bus- sé y no me basta. Y se come su polla y él gime cando en sus ojos el momento en que su cuerpo y le grita, y la aplaude, y le hace fiesta igual que se parta en dos y se rompa en fragmentos para los machos en el Discovery Channel pavonean liberar él, macho, el semen resumen y resultado. sus fuerzas para conquistar a su fiera. Ella ya Todavía se guarda. Pero ahora su cuerpo sabe que es buena. Lo que quiere es recordar lo chorreado le produce un deje de repulsa. Un mucho que le gustan las pollas. La polla de su vuelco nefasto en el estomago. Y por un macho que es grande y gorda y dura y sabrosa momento, instante, piensa en ella, que no es su y que hierve la leche, la leche de él su macho, su ella, limpiando segundo a segundo (como hombre, su chico, su amante y. recomponiendo cada fragmento roto de su -¿A dónde vas? cuerpo) el semen de él de su cuerpo. Vaciándola -A dar una vuelta. del sabor amargo antes tan delicioso y mejor Y él, pobre macho, león en celo. llenándose de ella, del sabor dulce de ella. Ella sabe. Ella antes no lo sabía, ahora intuye. Y olfatea su pelo cuando la abraza, y Cerca de ella se acerca a ella y suave le quiere meterse verterse adentrarse perderse en el susurra el silencio del beso en la oreja atenta de hueco que hay entre su pecho derecho (lleno de quien esperaba ser hablada. Y el beso silencio leche, de leche materna) y el recoveco izquierdo se vuelve húmedo y la lengua se vuelve diente del final de su ombligo, ombligo caído. Quiere y los dientes se vuelven beso, de beso de dos comérsela entera y no perder un segundo, relamer lenguas y cuatro labios de dos paladares y en su boca el sabor de sus costillas, costillas cuatro manos de veinte dedos y cuatro piernas derechas, costillas izquierdas, costillas traseras, y que son dos que son una, que es cola de sirena. clavar con fuerza toda su dentadura, la dentadura Envueltas. Se cubren y se visten ella con la piel entera, entre todos sus molares llenarse de ella, de ella, ella con la piel de ella. Y son dos ser ella, volverse ella, gemirse y gemir por ella y pares de pecho, un par de vaginas y son dos la otra ella y ser dos y comérsela violentársela, pares iguales, diferentes, son dos pares dispares devorársela acabársela saboreársela. Ella. que son uno. Ya no sabe qué ojos corresponden Bocado. Femenino. Suya, suya. Contracción. a qué mirada. No saben si el sabor dulce de esa Tan suya. Contracción. Ella partida en dos. yema de dedo con sabor a vagina es de ella, o de ella. Ellas que no están formadas por un él. Ella intuye, comienza a saber. Ella. Ella. Ellas. Ellas adentrándose en ellas.

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(relatos)

qUIÉN eS

Ellas nariz en boca, ella dedo dentro de ella, dedo circular que busca la geometría del cuerpo interior de ella. Ella más adentro. Más adentro. Tan suave, tan bestia. Tan duele. Tan rico. Tan más. Tantos fragmentos y más fragmentos y el aire que ahora es agua y se nadan. Nadan juntas las mareas de ambos vientres y bajovientres y se comen con los dientes, con los ojos, con los pies con las manos con las células, todas, de sus cuerpos. Son un cuerpo. No son cuerpo. Son orgasmo dilatado en el tiempo. Mujer salvaje envuelta en piel de mujer salvaje.

Ellas supieron. Ahora saben.

sILVINA LUZ mONGE Ella; ser dual. Que lo mismo puede enojarse hasta gritar olvidos, o escuchar el silencio de los más débiles. Silvina es una mujer que a través de sus letras desgarra la vida y con mirada repleta de emociones, nos clava su daga. Porque leeremos tanto de sus deseos, como de sus fracasos. De un polvo de dioses o del aborto. Ella punza para brindarse y es así como se presenta, como vive. Sus letras son reflejo, imágenes de ella misma. Sí, pero también, de aquel mundo que ella sabe observar e internarse. Silvina, es pluma que entre las líneas traza los personajes, la historia y -sobre todo- una ventana del alma humana.

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e d ESPERMA aNA pATRICIA mOYA D

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A Pepe Pereza Playboy, las películas porno… y alguna que otra puta

e forma inesperada, Matilde llamó por teléfono a su ex Juan Carlos, reclamándole semen porque deseaba experimentar la maternidad. Juan Carlos no podía creer lo que su antigua novia le pidió: esperma. Nada de quedar para tomar un café y hablar, pues no se habían visto desde la fatídica ruptura. La mujer aseguró que no tenía que hacerse cargo del crío. Él seguía estupefacto: volver a tratar con su ex, a pesar de que ella, tal y como dijo a través del auricular, tenía pareja estable. No había problemas de infertilidad por parte de su novio, al corriente de estos desconcertantes planes de fecundación ajena: es que Matilde quería el material genético de él, justificándose en que era el hombre adecuado, no porque fuese destacable, vaya, porque era el tipo más corriente del universo y sin ninguna habilidad especial, sino porque era “buena gente”. El sorprendido no sabía que responder, necesitaba tiempo. Después de tomar nota de los teléfonos y la nueva dirección de Matilde, Juan Carlos colgó el aparato y sintió ganas de mear. Allí, de pie, delante del váter, mientras caía el chorro de orina, pensaba en la pintoresca petición, por no decir surrealista, de Matilde. Cuando estaban juntos, ella, a pesar de sus declaraciones de amor eterno, le puso los cuernos con varios tíos, mucho más guapos y más inteligentes. ¿Y por qué él es el elegido, y no su chico, para embarazarla? La echaba de menos: se sentía muy solo después del adiós; de hecho, a raíz de aquello Juan Carlos se convirtió en un misógino de cuidado, y su única compañía femenina eran la

barata. De repente, sintió un espasmo de placer: el recordar el fantástico cuerpo de Matilde le excitó sobremanera. Se masturbó. Su cuello, sus pechos, su vientre, su coño… su esencia, su leche dentro de ella. Se corrió en la palma de la mano izquierda. Suspiró profundo. Miró el fluido, su semilla, que ahora anhelaba aquella zorra. Una lágrima le recorría la mejilla: melancolía. Realmente la quiso como jamás ha querido a nadie; realmente le jodieron las infidelidades, la separación. Juan Carlos llegó a su conclusión. Salió disparado hacía su cuarto, agarro un papel, escribió unas letras y dejó caer todo el semen en el mismo. Lo dejó un rato; posteriormente, tomó un sobre, y escribió a su dirección postal. A los pocos días, la mujer recibió la carta, con el folio algo pegajoso. Y leyó:

“Aquí tienes, Matilde. Mi semen. A diferencia de otras, sé cumplir mis promesas”.

aNA pATRICIA mOYA

qUIÉN eS

(CÓRDOBA, 1982). Estudió Relaciones Laborales y es Licenciada en Humanidades por la Universidad de Córdoba. Pluriempleada. Directora \ editora \ coordinadora de Groenlandia (Revista de Literatura, Opinión y Arte en General) así como editora de la Editorial Independiente Origami. Sus textos - poemas y relatos - han aparecido en distintas publicaciones (fanzines, panfletos, revistas, plaquettes) impresas y digitales, de España e Hispanoamérica, así como en antologías literarias, blogs y páginas web. Tiene su espacio en Las Afinidades Narrativas y Las Afinidades Electivas. Ha publicado el poemario Bocaditos de Realidad (Groenlandia; segunda edición, próximamente) y el libro de relatos Cuentos de la Carne (Groenlandia, 2010). Sus poemas han sido traducidos al inglés, catalán, italiano, francés, alemán y portugués.

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L UIS e

ATRAVESANDO EL ESTRECHO

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d mORALES U

(iLUSTRACIÓN DE dANIEL oRVIZ)

nos días antes había establecido el contacto en un bar del puerto. Volvamos a probarlo, le había sugerido entonces Amina. Ahora apuraba su tercio cuando aquel turista accidental sentado junto a la ventana de la esquina se levantó y cruzó la puerta dejándose olvidada una bolsa de deporte azul debajo de la mesa. Pagó la cerveza y se sintió mojada al acercarse hasta la silla aún caliente. Deslizó con disimulo su mano para asir el extremo de la bolsa y salió del bar con un hasta luego que se le antojó demasiado forzado, pero la verdad es que nadie parecía tomarla en cuenta, unos hombres en calzoncillos se perseguían virilmente sobre la verde pradera delimitada por el televisor y los pocos parroquianos que allí se encontraban permanecían atentos a la impredecible evolución de tales movimientos. Caminó hacia el embarcadero en el que se agolpaba, esperando su turno, un enjambre coches cargados hasta los topes. Guardó la cola aún nerviosa. Algunos niños correteaban ruidosos entre las filas y molestaban a las viejas de espaldas deslomadas que se apoyaban, vocingleras, en la baranda metálica. Un par de muchachos la señalaron con el dedo. Volvió a sentir sobre la piel aquellas miradas resbaladizas que solían desnudarla. Uno escupió un verso aljamiado en el suelo. No hacían nada especial, así es la espera. Sobre todo observaban, miraban con descaro, casi con desprecio. Pensó en la bolsa y optó por girarse, no convenía tener problemas. Me he acojonado, joder, se mordía el labio, tan valiente para algunas cosas y tan mierda para otras, pero esos ojos (no sé) son duros (son el copón) mierda mira mejor me largo.


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gabardina, escudriñando aquellos labios que la buscaban ansiosos, y he traído algo para ti. Un ruido al otro lado les puso sobre aviso. Comadrejas arañando el entarimado. Corrió hacia la puerta. Al fondo del pasillo una sucia chilaba se perdía al doblar la esquina. ¡Será cabrón! ¡Mohamed, que te he visto! ¡Vete a cascártela, so mamón! Cuando se quedaron de nuevo a solas las muchachas repararon en la bolsa azul que allí yacía, varada sobre la cama. Se desafiaron con una sonrisa cómplice, y entonces gatearon hambrientas sobre las sábanas, deslizaron ansiosas la cremallera y extrajeron aquel paquete deliberadamente hermético. Lo dejaron luego allí, sobre la cama. Mientras ella se abandonaba a sus pensamientos sobre la blandura volcánica del colchón, la falda subida, la mano entre las piernas, su querida Amina encontró en el bolso unas tijeras para cortar como una moira el hilo envolvente y entonces pudieron reencontrarse, ahora sí, detrás del absurdo laberinto de papeles, con la verdadera proporción mítica, con el aroma punzante, exquisito y casi olvidado de aquel enhiesto, redomado y poderoso salchichón. LUIS mORALES

qUIÉN eS

Sólo cuando estuvo sentada en el estómago del ferry que la devolvía al sur descorrió con parsimonia la cremallera y sin mirar metió la mano en la bolsa abierta. Con la yema de los dedos tanteó cuidadosamente el interior. Papel de periódico, nada fuera de lo corriente, un envoltorio grueso y manejable, algo de peso, ya lo había notado, todavía era pronto, no era su hora, seguro, seguro que no lo era. Pero algo es algo. Sacó la mano de la bolsa y volvió a cerrarla mientras oteaba desde la ventanilla aquel paisaje cambiante de azul adormecido y sucio. Ruido de entrañas, temblor acompasado, espumarajos rítmicos, altas aguas móviles, más rápidas que las nubes peinadas por el viento. Deja atrás el perfil de los molinos, huésped que se introduce en lo gris, ballena de hondura. Un dédalo desolado de arquerías e intersecciones, de cables y antenas recibiéndote a la entrada, huellas más etéreas que nítidas. Deja atrás el perfil de los molinos, ballena de hondura, aplaca la velocidad de tu paso con firmeza de cascarón hasta detener el confuso aliento, permite que descienda ella de tu vientre bajo la luz de la gran puerta, ignora su coño ardiente, deja que camine con la bolsa que ahora oculta, perdámosla entre la gente que a tantos puntos se dirige, envuelta en su gabardina verde, ceñida a los laberintos de su propia mente, descansa, ballena de hondura, y olvídate, sí, de esa mujer. Al fin, la hora. Qué forma de bajarse al moro, pensó ella mientras desaparecía entre los puestos del souq y ascendía a grandes zancadas por las escaleras de su vetusta pensión. Hola Mohamed. Pronto dejó atrás al sonriente recepcionista. En la habitación la esperaban los ojos pardos, el olor a mantequilla de su amiga Amina. Ya he vuelto, le dijo arrancándose la

Luis Morales (Madrid, 1975), diseñador gráfico, poeta y cuentista habitual se busca en algún rincón de Malasaña. Miembro de La Vida Rima, ha publicado en las antologías Nueva Poesía Hispanoamericana (Lord Byron Ediciones, 2008) y Bukowski Club. Jam Session de poesía 06-08 (Ediciones Escalera, 2008), así como en las revistas “Es hora de embriagarse, con poesía” (nº 2-3 y 5),“Atlas de Divagantes” (nº 1) y “Al otro lado del Espejo”, de cuya maquetación se encarga ahora. En la red es Luigi Dante, y lo podéis encontrar en http://www.luigidante.blogspot.com


P

fERNÁNDEZ

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ESPUELAS DE PLATA de LUISA

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(iLUSTRADO POR ELLA MISMA)

aco me había dejado por una enfermera rechoncha, fea y sin ningún encanto. Bueno, creo que sí tenía uno: le gustaba vestirse de putón nazi y restallar un látigo de cuero en sus fofas nalgas de dentista. Por lo menos eso fue lo que me dijo antes de salir por la puerta. Que ella le ponía a cien con su corsé de brillante cuero tachonado y los pezones perforados por aretes. ¡Ah! también usaba espuelas. Unas hermosas espuelas de charro, y botas de vértigo que le llegaban hasta los muslos; y que ella le proporcionaba más placer con su dedo meñique que yo con todo mi cuerpo de gimnasio. Eso, y que antes de volver conmigo prefería irse a la Guerra del Golfo con Médicos sin Fronteras. Desde luego, con esos argumentos no tuve más remedio que pillarme una depre de caballo. Duró meses. No sé cuántos. Lo recuerdo todo como una nebulosa extraña en la que sólo sabía hablar continuamente del cabrón de Paco.

Hasta que mi cabeza hizo clic y me di cuenta de que el mundo estaba lleno de hombres. Lleno. Y por mi cama comenzó a desfilar un variopinto regimiento de tíos. Llegó un momento en el que ya no eran más que «el mazizorro», «el de las tangas de gatito», «el del culo respingón», «el cubano…»; vamos, una infinita lista. Pero después de un año de precipitadas conquistas en las que esperaba lo mejor de ellos en la cama y sólo recibía escasos preliminares, poca habilidad y mal sexo, comenzaba a hacerme demasiadas preguntas sobre qué me depararía la vida. Begoña, una compañera de trabajo, llevaba tiempo intentando presentarme a un buen amigo suyo. Se conocían desde niños. Yo siempre me había negado. Aquello olía a encerrona. Era perra vieja y estaba cansada de ese tipo de príncipes herederos que al final resultan ser el mayordomo de Blancanieves. Pero acepté en una hora tonta de helados y chocolate.

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Me invitó a cenar en un restaurante con clase. Buen vino y una conversación aceptable. Pagó él. Se llamaba Mark y era… dentista. Qué puñetera casualidad. Entre eso y que no parecía ser un adonis precisamente, ya estaba arrepintiéndome de haber aceptado. Su apartamento; pequeño, pero acogedor. Había colocado velas por todas par tes, y las fue encendiendo a medida que Alan Parsons Project se dejaba sentir mitigado. Dos copas junto a una botella de Moët & Chandon en una cubitera, fresones maduros, luces indirectas atenuadas… ¡Vaya! Qué seguro estaba de sí mismo el mequetrefe. Brindamos, dimos unos sorbos, un par de mordisquitos a las fresas y me besó. Fue un beso tierno, apenas un roce con sabor a uva que revocó en mi paladar. Entreabrió los labios y yo me zambullí sin pensar en aquel duelo de lenguas húmedas y exigentes. Luego se escabulló por mi oreja, para seguir bajando lentamente por el cuello y la curvatura de mi hombro. Me mordió con suavidad, mientras sus dedos trepaban ya por la cremallera del vestido. La seda resbaló hasta caer al suelo. Mis pechos emergieron al sostén de media copa y sus manos se multiplicaron. Con un dedo trazó la línea de mi clavícula hasta que el tirante cedió a su leve empuje; se lamió las yemas y me frotó los pezones con delicadeza. Se convirtieron al instante en dos duros botones de terciopelo. Después los chupó con esa suavidad brutal que envenena y late en el vientre. Exhalé un gemido. Me acarició a través de la braguita mimando mi rasurado pubis y se detuvo, sin ninguna timidez, en los labios menores. Mi sexo ardía. Le quemó entre los dedos mientras yo lo arqueaba mojado. Me sujetó por las nalgas y anduvo unos pasos

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hasta la habitación, soltándome de espaldas en la cama. Después tiró del tanga, que se rasgó por una diminuta costura, y se hincó de rodillas para hundir la boca en mi jugosa vulva. Acaparó el clítoris, frotándolo en círculos como un dedo mágico que me provocaba deliciosos espasmos. Le clavé las uñas en los hombros retorciéndome contra su áspera lengua que juraba volverme loca. «¿Te gusta?», me susurró con voz ronca. Un escalofrío de placer me recorrió el cuerpo. «¿Quieres que siga?». Se me escapó un «sí» torturado, y me besó furiosamente. «Entonces… vamos a jugar», siseó mientras colocaba un pañuelo negro alrededor de mis ojos y lo anudaba. Luego volvió al capuchón rosáceo, hasta que mi garganta exhaló un grito que se diluyó entre mis dedos, intentando acallar el estallido sin fin que se extendía por cada poro de mi piel. Sin apenas dejar que me repusiera, me tomó por la muñeca y escuché un sonido tintineante. Estaba esposándome al cabecero. Yo me decía que aquel tipo era el mejor amigo de Begoña. Lo repetí un par de veces mientras su empapado glande recorría ya mi rostro, los labios y me exigía que abriera la boca para darle cobijo. Lo saboreé como a un suave


trozo de algodón de azúcar. Sabía a fresa con un leve toque ácido y se deshacía mezclándose con la saliva hasta colmarme la garganta. Mi lengua lo tentaba, lo envolvía en lametones largos y pausados, lo sentía palpitar; estremecerse hinchado con cada empuje de su amo. Mark emitió un ronco gemido y lo sacó de mi boca con rapidez. «No, todavía no…», ronroneó. Sus grandes manos cubrieron mis pechos y su lengua galopó de nuevo el monte de Venus. Esta vez, fue cruel. Deliciosamente cruel. Apenas me rozaba el clítoris, lo estimulaba con pequeños toques, c o s q u i l l e á n d o l o, despertando mis ansias con diminutos roces que eran una tortura. Mi sexo suplicaba arqueándose con movimientos rítmicos, hasta conseguir saciarme una vez más. Me agarró las nalgas hacia arriba y me penetró muy despacio, como a una virgen. Sus embestidas eran lentas, abrasadoras, profundas. Notaba toda su extensión despertando dulces calambres que parecían no tener otro fin que procurarme un potente orgasmo. Luego incrementó la velocidad hasta hacerme estallar de placer. Él no se corrió hasta mucho… mucho después. Y fue cuando ya amanecía, que decidí

aL OTRO LADO DEL ESPEJO

(relatos) marcharme de puntillas. Él estaba dormido. Le observé durante más de veinte minutos. Mark ya no me parecía tan feo.

Al año de nuestro primer encuentro, le hice un regalo que recibió con una sonrisa, pero sin comprender mis verdaderas razones. Eran unas hermosas espuelas de plata. LUISA fERNÁNDEZ

qUIÉN eS

nació en Madrid y reside en Fuenlabrada. Ha publicado relatos y poemas en blogs y varias revistas digitales y en papel. Ha ganado algunos certámenes literarios de relato (accésit Ciudad Getafe 2009, en su Semana Negra; segundo premio María Moliner 2010, entre otros). Es miembro del grupo Mesa de Escritores donde imparte talleres de escritura creativa a sus compañeros y a todo el que aterrice por allí. También dibuja (portada de Groenlandia nº 6; portada del poemario Transeúntes del Olvido, de Velpister, entre otras). Ha escrito tres novelas: La risa del Violín (tintes históricos y misterio); El Pellejo del Diablo (terror) y Alcander; Alquimistas de Sombras, primer libro de la serie (Urban Fantasy). También tiene cuatro poemarios: Geografías de Barro, La Verticalidad de la mirada, Corduras azules y Veintiuna tentaciones. Por fin se ha decidido a mandar su última novela a una editorial y está esperando respuesta. Las demás le seguirán en breve. Su última publicación podéis encontrarla en la antología poética Lo que habita en el Cristal (Groenlandia y Cinosargo ediciones, 2010). EN LA RED: http://tierras-de-alquimia.blogspot.com/

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MANOLETE “EL DE CIENFUEGOS”

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demIGUEL mARTÍN

enía los nudillos rojos y ya había empezado a golpear la puerta con la palma de la mano. El timbre estaba allí, en su sitio, insinuante, pero a Manolo no le gustaban los timbres, sobre todo esos que hacen “din-don”, como “Avón llama”, que le parecían una mariconada. Lo cierto es que se estaba jodiendo el puño y la dirección era esa porque la había comprobado dos veces, calle Márquez 21 sexto A, a las doce en punto. ¿A qué venía eso de en punto? Si eran y cuarto y seguía en la escalera. Aunque calla, se dijo, al oír el sonido de tacones. Manolo se llevó la mano dolorida a la entrepierna y se ajustó la talega, era un acto instintivo, de hombría. En ese momento, se abrió la puerta y una criada medio china, con cofia y todo, le cedió el paso, retirando dos piernas esbeltas, pintadas de negro gracias a unas Mari-claire oscuras y sin carreras. A nuestro hombre un par de buenas piernas no se le escapaban, era cosa del oficio. - Espera aquí - dijo la china.

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Manolo tomó aire y se dispuso a iniciar el paseillo, era lo de siempre. La clienta lanzaría un primer vistazo desde cualquier rincón de la casa (para comprobar la mercancía), y luego le haría esperar otros cinco o diez minutos, para que perdiera el aplomo y entrara desbravao como un ternero. A buenas horas, pensó. Se atusó la chaquetilla y rodó por la sala como si fuera la plaza. Cristales, cerámicas y una tele enorme de marca japonesa con un montón de mandos y un equipo HIFI, lo normal. Hacía mucho tiempo que no se impresionaba por “na”. Sabía por experiencia que era mejor así, estar concentrado para evitar disgustos. A los cinco minutos exactos la criada apareció de nuevo. - ¿Quiere tomar algo?, le guardo eso en el armario. Manolete echó mano a la capa y la apretó contra su pecho. - No, gracias, es parte de mi herramienta de trabajo. La china elevó la vista hasta su cabeza y


no se atrevió a decir nada. A Manolo la montera no le molestaba lo más mínimo, ya ni se enteraba de que la llevaba puesta. También era parte del equipo pero se le ajustaba tan bien a la sesera que ni la notaba. Era como esos cascos que llevan los muchachos en el metro y que les hacen sonreír como gilipollas sin motivo aparente, solo ellos saben de qué coño se ríen. Manolo se dio cuenta de que empezaba a desbarrar y se echó mano a la entrepierna.“Joder es que están tardando mucho”, pensó, y la montera se le descolocó un poco. Así en frío todo era más difícil, luego una vez que calentaba no tenía problemas, al menos nadie se había quejado. Si volvía la criada le diría que sí, le pediría un pelotazo. Ya era tarde, desde el fondo del pasillo se oyó una voz muy agradable: - Pero, pasa… pasa por favor. Manolete sabía que había llegado el momento. Se lanzó por el pasillo como quien cita un vitorino. La verdad es que no sabía dónde estaba el “ganao” y se iba deslizando en cada cuarto como si con ello le fuera la vida. Pero estaban todos vacíos o cerrados con llave. En el que creyó haber oído la voz y en el que entró con más brío resultó ser el retrete. - Vamos, ven... Como era el último cuarto y como ahora sí que se había enterado, se dispuso a conocer a la mujer que le llamaba. Tumbada en la cama y cubierta apenas con un fular transparente le pareció estar mirando un cuadro. El de la maja esa en pelotas, pero no era una pintura porque la hembra se volvió de espaldas y los cuadros no huelen así, a colonia cara. - ¿Te gusto? - preguntó la mujer. - Mucho - se apresuró a responder Manolete.

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Ya estaba empezando a quitarse una alpargata cuando por otra puerta entró la china. Joder que hace aquí la criada, pensó Manolo, más sorprendido aún por el hecho de verla desnuda y acercarse, tan tranquila, con la cofia aún puesta y paseando su piel algo pálida, como si tuviera un mal de tripas. La china se metió en la cama y unas risitas se le escaparon a las dos mujeres. Antes de tumbarse, la criada le había dado algo al torero y Manolete se fijaba ahora, sostenía una botella en su mano derecha. Una botella de boca ancha como esas que utilizan para transportar la leche. El hombre no supo que hacer con aquello y lo dejó en una coqueta. - Vamos valiente, desnúdate, - dijo la señora. Y Manolete vio el cielo abierto. Por fin sabía qué se esperaba de él, tampoco le asustaba nada tener que satisfacer a esas dos buenas becerras. Intentó darse prisa pero tampoco había que descuidar el traje, que no era suyo sino de la empresa. Además, son telas “mú delicás y mu caras”. Antes de quedarse en cueros resultó evidente que la criada y la señora se estaban poniendo tibias y que ya habían empezado la guerra por su cuenta. Cuando quiso bajarse los calzones las dos hembras estaban más enredás que unas zarzas y calculó que esa sería la cuarta o la quinta posturita. A pesar de su cuidado, Manolo rompió una media que llevaba una bandera bordada y por lo “Bajini” se cagó en la hostia puta… Solamente posó una mano en la cama. La señora se volvió como una cierva herida haciendo bambolear sus hermosos pezones y dijo: - ¿Qué haces?, ni se te ocurra. Manolete se quedó helado, cojeando por que ya tenía una pierna levantada, como a punto de montar a caballo cuando el jamelgo da la “espantá”.

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la derecha. De momento aquello no era talega ni era “na”, pero Manolete el de Cienfuegos hizo un esfuerzo y sin mirar más a las dos hembras que le habían puesto de mala leche, empezó a imaginar el prado jugoso para el que estaba ahorrando. Un campo verde con su cercado de madera y en el portalón una campana como sello de su ganadería. Luego tras un camino lleno de gravilla una ternera tras otra, bien cuidadas, casi contentas y todas marcadas con su campanilla, suyas y berreando como a el le gustaban. Y venga vacas, como las que había en su pueblo con buenos cuernos y dando gritos. Cuando se quiso dar cuenta las que gritaban eran las de la cama y a él casi se le había derramado el líquido. Algo quedaba dentro, había cumplido. Entre alaridos recogió la ropa y el dinero, y salió del cuarto de las tortilleras. Ya en el comedor, mientras se vestía, pudo oír las risas y un golpe seco como a cristales rotos. No se detuvo en averiguaciones llevaba la montera bien “plantá” y el dinero en el bolsillo. Al salir, se ajustó la taleguilla y dio un portazo.

mIGUEL mARTÍN Hola, soy Miguel (…) Martín, (hace tiempo que perdí el Ángel que alguna vez tuve). Nací en 1963 y de pequeño quería ser pirata. Me gustaba ese catalejo brillante por el que los piratas de un solo ojo contemplaban el fin del mundo. Como “nací en Madrí” se estropeó lo del mar, y me conformé con ser fotógrafo. Ahora, que soy mayor, cada vez que exploro a través de mi objetivo y veo como está el patio, siento que mi profesión es una gran putada. Para aliviarme escribo cuentos, algunos publicados en un libro que se titula Torrijas y balas, otros, afortunadamente, descansan en el fondo de un cofre del que he perdido la llave. Como soy vicioso también escribo poemas. Vicio este, oculto, ya que no ha encontrado editor tan sin vergüenza que quiera editarlos. “Ni falta que hace”, me digo cada noche mientras me entrego a mis bajas pasiones.

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La criada que parecía tener muchas tablas, le indicó en un instante que tomara la botella. El torero se quedó allí en mitad del cuarto con la botella entre las manos mientras las dos mujeres volvían a calentarse sin mantas. La china entre revolcón y revolcón parecía indicarle algo. Manolo ponía todo su empeño en seguir a la que parecía la maestra de ceremonias pero no conseguía entenderla, hasta que un movimiento obsceno y algo cansado ya, por parte de la filipina, le hizo entender del todo. La criada parecía haberse escupido en la mano y luego levantar y bajar, levantar y bajar el brazo, con un meneo enérgico e inequívoco, para terminar indicando hacia el interior de la botella. Manolete estuvo a punto de largarse, le dieron ganas de pegarle un botellazo a aquellas guarras. Porque Manolete de Cienfuegos, el espada más templado de la profesión no era un vil “machacabotellas” como para ordeñarse sólo, allí, delante de esas dos pelandruscas. De nuevo un gesto de la criada, que hacía a pelo y a pluma y que lo mismo se enroscaba a las piernas de la maja, que se dedicaba a darle clases de mimo a Manolo, le indicó otro rincón de la sala.“Joder que fajo”, pensó. Encima de la mesilla disimulado pero potente, había un buen montón de billetes de a veinte. Manolete miró el dinero, luego la botella, más tarde miró a las dos hembras que se habían olvidado de él en una confusión de caras y culos que empezaba a marear al torero. Luego miró otra vez al billetaje y por fin se miró él, y comprendió que tenía que hacer algo, que ante todo era un profesional y que tenía una reputación que atender. Así pues, sujetó la botella con la mano izquierda y de nuevo se ajustó lo que pudo con


MOËT & CHANDON desYLVIA oRTEGA E

l silencio se ha convertido en la banda sonora de nuestra rutina. Me pierdo en las páginas de algún diario fantástico, que rebosa piernas y labios, mientras escucho tu sierra mutilando la madera. Ahora te ha dado por hacer muebles. Nuestro salón se ha empapelado de estanterías, sobre ellas colocamos lo tedioso. El mes pasado lo dedicaste a las mesillas y éste se lo entregas a un baúl en el que quieres guardar, aún no tienes muy claro el qué. Tú barnizas y yo leo. Yo te miro y tú no me ves. Me marea el olor fuerte y pegajoso. No me puedo mover, me has atado a la pata del sillón. Me castigas. No, Enrique, no soy capaz de encontrar el placer por ahí. No te empeñes, no me excita el estruendoso y desagradable Black and Decker, no trates de hacerme creer que es un estallido de virilidad y orgasmo. No encuentro sensualidad entre tornillos y tiradores. Primero fueron las películas de DVD ¿Lo recuerdas? Empezamos con mucho entusiasmo. Tú preparabas el escenario. Esencia de sándalo, Moët & Chandon y la telita color perla que me cubría lo justo. Luego rociabas mis pechos con la cubitera congelada para que fuera perfecto, esperabas la respuesta inmediata y entonces activabas el play ¡Fabuloso! Yo miraba y tú me observabas mirando. “El corazón del ángel”. La sensualidad. Mickey

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Rourke me susurraba al oído que te marcharas, y yo le convencía de que sin ti nada era posible. El jazz y Nueva Orleáns metían los dedos en mis bragas. Temblabas de placer. Comenzaba a excitarme y te pedía a gritos que cambiaras la película, demasiado pronto para alcanzar el orgasmo. “Martín H” y los monólogos cosquilleándome el sistema nervioso. Secabas las lágrimas de sudor que corrían por mi cuello y me besabas los dedos. Juan Diego Botto y Federico Luppi se apoderaban de mi carne, Eusebio Poncela me susurraba al oído las melodías más denigrantes y tú te retirabas. Me olvidaba de ti, me dejaba llevar y estallaba el aullido voraz. Nuestro salón se transformaba en humano, gris, hermético y uniformado. Como si una varita mágica rompiera el hechizo. “¡No me sientes!” Gritabas entonces “Si te corres sólo con dos películas, si me apartas a la segunda, es porque no tienes ganas”. No fuimos capaces de entendernos y tras varias discusiones decidimos cambiar el método de nuestros sentidos. Nostalgia. ¡Cuánto me habría gustado compartir contigo “El marido de la peluquera”! La música, se nos ocurrió como alternativa a nuestra intimidad. Te estrené chorreando delirios con el “Temptation” de Diana Krall. Esta vez era yo quién dirigía. Actuabas tú. Me mirabas tímido, las

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(relatos) notas entorpecían tus vagas expectativas, pretendías que yo te guiara. “¡Sé tú! ¡Haz!” Te indicaba cariñosa. Enarcabas las cejas y encogías los hombros. Mi adorado “Temptation” se arrugaba ante tus dudas. No supiste recobrar la grandiosidad de aquél dedito fláccido y pequeño, que se movía como un pececillo húmedo, entre los bafles de nuestro aparato de música. “¡Acarícialo! ¡Excítalo! Endereza”. Grité en algún momento impaciente. El miedo te impedía escuchar mis súplicas y el dios se convertía en gnomo. Cambié el disco, me fui a lo más pagano, a lo fácil. “Carmina Burana”. Te agarraste a mi cuello aterrorizado. Te espantaba enfrentarte solo a las notas. Te intimidaba mi parsimonia, querías que hiciera yo ¿Por qué siempre debo ser la parte activa? ¡A mí también me gusta dejarme hacer! Sabes que me excita el derroche de armonía entre mis piernas. Te da miedo. Rabiosa y malhumorada, comencé a restregar las notas buranas entre mis húmedos deseos y gruñí con rabia la respuesta. ¡Qué fácil era! Nuevo intento. Los libros. La literatura. Yo amo las palabras y tú las aborreces. Perfecto contraste, desde ahí buscamos la contradicción y el morbo. Te pareció buena idea desviar nuestros gozos por ese sentido. A mí también. Vivimos momentos ardientes y maravillosos. “Los amores difíciles” de Italo Calvino dejaron marcas en mi cuello y ganas de más. Tú vomitaste. Pío Baroja sembró el árbol de tu ciencia y te hizo recobrar la seguridad. Nos conjuramos con los necios y Proust nos encaminó hacia nuestro tiempo perdido, a regañadientes y con montones de excusas que resultaban excitantes. Era perfecto. Yo hacía, elegía y deshacía. Sucumbí acariciando once mil vergas surrealistas. “La broma” de Kundera me invitó a salir una tarde. Por algún motivo no te dije nada. Era domingo y comías en casa de tu madre. No sé por qué me decidí a hablarle a solas. Quizá me acerqué demasiado a sus páginas y le di pie a acariciarme la nuez. Me besó y dejé que me besara hasta que escuché la llave. “Termina

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rápido” le dije intentando apresurar su lengua dinámica que me llevaba al orgasmo. “¡Elige un libro!”. Entraste gritando por el pasillo “¡Tengo ganas de follar!” Y yo recién satisfecha, inapetente, me entregué a ti, no me quedó más. Con temeroso disimulo, escondí “La broma” en algún cajón, besando, eso sí, sus lomos de cariño y agradecimiento. Elegí “La mujer rota” y llegué a tus labios de la mano de Simone de Beauvoir y Monique. Comencé a desear tu ausencia. “Ahora estamos solos, mi querido Ludvik”. “La broma” me incitaba a vivir nuevas glorias. No me apetecía, si quiera, compartirme con otros libros. No había ganas de ti. Me excusaba con dolores de cabeza para esconderme en el dormitorio, entre las páginas de mi amante prohibido. “La broma” y yo vivimos los momentos más tiernos y fogosos, hasta que Helena, celosa, te descubrió nuestro secreto. Me enamoré de “La broma” y tú lo arrojaste a la chimenea. Te odio, Enrique, te aborrezco por ello ¡Suéltame de la pata del sillón! No. No estaba en el cine, ni en la música, ni en los libros. No está. No te empeñes en buscarlo en tu terreno, como dices. No está en los muebles, ni en la madera, aunque yo lea orgásmica en el sofá. No hay deseo. No me pone el Black and Decker, ni las mesillas ¡Qué no! No hay nada que guardar en ese baúl.

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sYLVIA oRTEGA Estudié Filología Hispánica en la UAM, pero no terminé (eso no se lo digas a nadie). Hice un Máster de Gestión Cultural en la Fundación Ortega y Gasset. He sido alumna de talleres de Literatura en la Escuela de Escritores, en Berkana, en Fuentetaja y en la Piscifactoría con Ana Rossetti. También he impartido un taller de literatura erótica en la Piscifactoria.


LOSILUSIONISTAS mIGUEL áNGEL mARTÍN (EN PORTADA)

(León 1960), dibujante y guionista de cómics. Premio Autor Revelación del Salón Internacional del Cómic de Barcelona 1992, Premio Yellow Kid (Roma 1999) Gran Premio “Attilio Micheluzzi” (Napoles, Comicon, 2003). Premio al mejor comic europeo Romics 2006 (Roma) Premio XL-La Republicca al mejor comic del año, Comicon, Nápoles 2007 Premio especial Festival Internacional de Cine de Terror de Donosti (San Sebastián 2008) Guión del cortometraje ‘Snuff2000’ / Texto de la obra de teatro ‘Kyrie, nuevo europeo’. Ambos basados en sus cómics del mismo título Publicaciones: Totem - Makoki - Zona 84 - El Víbora - Selen (Italia) Blue (Italia) Babel (Grecia) - L´Ostile (Italia) - El País - Diario 16 - Primera Línea - Rock de Lux Subterfuge - Vanidad - Marie Claire - Leer - RollingStone - GQ - Maxim - Funeral Party (USA) - Panik (USA) - Malefact (USA) - Torazine (Italia) - Vice (Italia) CyberZone (Italia)

jULIO sANTIAGO (págs. 18 y 19)

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(ilustran este número)

Ha publicado los libros: Historia de Miajadas (Publi Sher, 1994, 2 ediciones), Poemas de amor para una reina destronada (M.E. Editores, 1996, 3 ediciones), Beso en verso (Edimat Libros, 1998, 3 ediciones), Risa bajo el ombligo (Vitruvio, 2000, 5 ediciones), Memoria de libertad (Vitruvio, 2002), Neruda desnuda (Vitruvio, 2003), El bostezo de la nuca (Vitruvio, 2004), De canela y verso (Vitruvio, 2006), Poesía depilada (Vitruvio, 2009), Azul y azul (Cuadernos del laberinto, 2009, 3 ediciones) y Mis amantes por partes (Cuadernos del laberinto, 2010). Ahora ultima Poesía depilada II (Vitruvio, 2011). Es autor de varias colecciones de pintura: El Quijote en El Café Gijón. Homenaje a Miguel de Cervantes (Madrid, 2005), Derecho de pasión. Homenaje a Gloria Fuertes (Madrid, 2008), Ausencia presente. Homenaje a Rafael Alberti (Madrid, 2009), Generación del 98 y Antonio Machado (Madrid, 2009), Azul y azul. Homenaje a Enrique Valero y Mills Fox Edgerton (Madrid, 2009/Las Rozas, 2010), La Tertulia Continuada. Homenaje a Rafael Montesinos (Madrid, 2010), Cien años con Miguel Hernández (Madrid, 2010) y Mis amantes por partes (Madrid, 2010).

nARES mONTERO (pág. 29)

Se esconce tras un disfraz de labios pintados y recitales. Una vez presentó su segundo poemario en 2010, luego lo llamó Papel Fotográfico y pensó en viajar. Después advirtió que si seguía podría escribir su primer poemario Te llamaré delirio. Con la inocencia que da el paso del tiempo se interesó por la fotografía, la ilustración y el arte dramático. La adolescencia se le antojó una zarza y después todo fueron juegos de niños. Finalmente, nació en el Chamberí caluroso de 1982.

bRUNO cHENON (págs. 33 a 41)

Nació en Las Palmas de Gran Canaria en 1970. Actualmente reside en California, de donde es originaria su chica Joyce. Estudió Bellas Artes en Madrid, especializándose en Ciberarte, Nuevos Medios y Lenguajes, aunque su pasión por las ballenas le ha apartado de la creación artística. Desde 2006 trabaja en el Seymour Marine Discovery Center del Long Marine Laboratory (centro oceanográfico).

mARINA tAPIA (pág. 45)

Nací en Valparaíso (Chile) en 1975. Soy hija de padres pintores y escritores. Desde pequeña realizo diversas actividades artísticas (cómics, pinturas, teatro, poesía...) Vivo en Madrid desde el año 2000. En la actualidad imparto clases del manejo y construcción de títeres en diversos centros culturales y bibliotecas. Realizo exposiciones, encargos pictóricos para restaurantes y preparo un libro con mis poemas y dibujos. Administra la bitácora http://marinartista.blogspot.com/

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(ilustran este número) jAIME LLORENTE (pág. 49) He ilustrado en diversas revistas “bohémicas” y diversos libros; como pintor e ilustrador mi estilo está cerca de la imagen mnememónica que provoca el objeto en el sujeto donde la impronta del primer esbozo se desarrolla para encontrar el equilibrio figurativo. Estudié Historia del Arte en la U. Complutense de Madrid.

eSPERANZA cOVARSI zAFRILLA (pág. 57) Nací en Badajoz y me formé entre Sevilla y Barcelona. Después de Bellas Artes me especialicé en la ilustración y unos de mis propósitos a largo plazo es poner imágenes a cuentos infantiles que gusten más a adultos que a niños. Siempre que puedo, mezclo todo aquello que me gusta: dibujo, collage, encuadernación e incluso la costura. www.ecovarsi.carbonmade.com áNGEL mUÑOZ (vOLTIOS) (pág. 60) (Villaverde Bajo, 1977) Empecé hace tiempo a compaginar mis dos pasiones: la poesía y la fotografía. Muestra de ello son las múltiples colaboraciones en diversas revistas de ámbito nacional e internacional, tanto en formato digital como en papel. Revistas como: DESHONORIS CAUSA ( revista Hondureña), POE+ (revista murciana y coordinada por Bruno Jordán), LA FANZINE (revista riojana coordinada por Adriana Bañares y Patricia Maestro), GROENLANDIA (revista cordobesa coordinada por Ana Patricia Moya) e incluso en las revistas pertenecientes al colectivo de LA VIDA RIMA: ES HORA DE EMBRIAGARSE O AL OTRO LADO DEL ESPEJO. También, mi poesía, ha tenido cabida en diversos recitales poéticos, todos ellos organizados en el entorno de Madrid: POESÍA A MANO ARMADA, VIENTOS DEL PUEBLO, ETC. Y actualmente tengo un poemario titulado YA NO LEO TEBEOS DE WONDERWOMAN, publicado en formato digital con la editorial GROENLANDIA de Córdoba, y con prólogo de JOSÉ ÁNGEL BARRUECO y epílogo de JAVIER DAS, y otro en papel titulado COMO ULISES EN UNA CACHARRERÍA editado con Bohodón ediciones, prólogo de ANA PÉREZ CAÑAMARES y epílogo de MARWAN. Administro la bitácora http://angelrodriguezpoeta.blogspot.com/ pABLO jÁTIVA LÓPEZ (pág. 68) Artista y publicista nacido en Madrid (1976) que realiza gráficos fijos y animados surrealistas de estética siniestro-pop. Produce 3D, ilustración, animación y video. Su trabajo ha sido reconocido con un Sol de Plata (2009) y ha sido difundido en revistas especializadas. http://vimeo.com/5939628 pablo.jativa@gmail.com dANIEL oRVIZ (pág. 71) Nació el 22 de Noviembre de 1976. En su faceta ilustradora es completamente autodidacta. En este sentido ha publicado y auto publicado cómics en los fanzines más desastrados y roñosos y también ha trabajado para clientes como la Academia de Televisión Española (ATV), el Instituto de Cooperación y desarrollo ISCOD y el Colegio Público “El Parque”. También ha desarrollado una ingente carrera como cartelista de espectáculos poéticos. Fue elegido por el “New Yorker” para realizar su portada de la edición de Septiembre de 2009, pero luego la rechazaron.i Su obra en http://browse.deviantart.com/?qh=&section=&global=1&q=danielorviz LUISA fERNÁNDEZ (págs. 73 a 75) Bio en página 75 http://tierras-de-alquimia.blogspot.com/

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