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Cuentos premiados / Aquiles Juliรกn

Aquiles Juliรกn

Cuentos premiados

cuentos

l e ctofilia digital

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Cuentos premiados / Aquiles Julián

© 2012 Lectofilia digital 1ª edición, febrero 2012 Editado en Rep. Dominicana por: Editora Libros de Regalo. Se autoriza la reproducción parcial o total de esta obra y su difusión. Imágenes tomadas de la Internet.

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Dedicatoria A Cris. A mis hijos. A Miriam Barrera Gautreaux, mi mamรก, in memoriam. A ti, que me lee.

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Índice 8 13 40 52 67 77 85 104 142 162 179

Presentación Tigre y cachorro El milagro Antes que la luz se acabe Químbara La frase Lépido Llevar a Gladys de vuelta a casa Música, maestro Mujer que llamo Laura El libro de Cristal de los Cohén

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Presentación Presentación Luego de dos publicaciones digitales anteriores: Llevar a Gladys de Vuelta a Casa y otros cuentos, 2007, que logró un para mí impresionante volumen de visitas y descargas, sobre 25,000, y de Seis Cuentos para Leer en Yola, 2010, que sólo en www.scribd.com ya registra 1,379 visitas, me animo de nuevo a reunir y presentar diez de mis cuentos premiados.

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Mi objetivo como escritor es ser leído. Respeto cualquier otro objetivo que un escritor tenga. El mío es que me lean. No escribo con otro propósito mayor. He tenido la fortuna de contar con el aprecio de mis colegas, de labrarme un nombre como escritor en mi país, de aparecer en los libros de textos de literatura de mi patria y que mis hijos vean a su padre en ellos. Y de ganar una serie de concursos en cuento, poesía y teatro, desde 1973 hasta la fecha. Escribir siempre ha sido para mí una aventura apasionante. Y lo he asumido siempre como una responsabilidad mayor frente a mí mismo y frente a mis congéneres. La literatura, más que invención, ha sido medio, en mi caso, de emplear la imaginación para entender el mundo. Ha sido una manera de explicarme a mí mismo una realidad en ocasiones difícil de aprehender. Nunca la he pensado o practicado como juego verbal gratuito, como invención ajena a un propósito, como simple divertimiento. Ha sido siempre un recurso útil para penetrar el fárrago de mentiras e imposturas que nos venden. Una forma de resistir y contradecir al poder. He tenido por igual la dicha de alcanzar lectores en más de 65 países, algunos tan lejanos como Rusia. Mi

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blog: http://elblogdeaquilesjulian.blogspot.com registra las visitas de lectores habituales de los artículos sobre todo en mi propio país, República Dominicana, y luego, en orden de volumen de visitas, de Estados Unidos, España, México, Argentina, Colombia, Venezuela, Ecuador y Perú, como los principales. Debo mucho agradecimiento a los inventores de la Internet por ello. Asistimos, sin valorarlo en toda su extensión y profundidad, en su inmenso impacto social y cultural, a una revolución de proporciones gigantescas, la mayor vivida por la humanidad en toda su historia: la revolución digital. Eso está produciendo cambios formidables. Instituciones enteras son barridas y dan paso a nuevas maneras e instituciones. El ancien régime resiste, patalea, intenta preservar sus privilegios. Su lucha está perdida de antemano. Como escribió en un poema bellísimo Carl Sandburg: “No se puede impedir que el viento sople”. Por primera vez hay un instrumento para democratizar la cultura y extender sus beneficios a amplias masas de la población. El libro digital, que puede ser duplicado y difundido sin mayores costos, es un instrumento desarrollador

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cuya dimensión todavía no alcanzamos a valorar, empecinados como estamos en el fetichismo del soporte. Hoy leo que el presidente Barak Obama recomienda que los libros digitales para mantener actualizada la información que los estudiantes reciben. Es el camino correcto. El libro físico se desactualiza a una velocidad tal que cuando sale de la imprenta con la tinta húmeda aún, ya parte de la información que contiene es obsoleta. Además, el libro digital evita un fenómeno por igual perverso: la descatalogación, el hecho de que los libros, que siempre son un patrimonio de la humanidad en tanto la lengua, la cultura y el conocimiento sobre el cual se construyen son patrimonio de todos, no sean reimpreso porque no son rentables para una editorial queda abolido por la edición digital que los mantiene vigentes y disponibles. Y por igual rebaja los costos de edición al mínimo. He sido y soy, en mi país, un promotor decidido de la edición digital y el libre intercambio de la información. Abre oportunidades impresionantes, sobre todo para escritores como yo, de un país pequeño, pobre y

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aislado, que no representa mercado para los grandes circuitos editoriales. Aquí puedo hacerme oír. Y además compartir lo que escribo. Y hacer amigos vía lograr lectores que aprecien lo que escribo. ¿Hay mayor felicidad? En mi caso, me siento más que pagado con que una persona dedique parte de su tiempo a navegar en mis textos. Y que los comparta con otros. Muchos autores han sido parte de mi vida. Mientras alguien lo lea, un autor no está muerto. Su obra, que fue el monumento mayor de su vida, sigue nutriendo y abonando talentos y vidas. Debo a esos autores satisfacciones inmensas. Han sido de lo mejor que ha pasado en mi vida. Y me siento honrado de ser parte de la tuya, pues al leer estas líneas me integro a ella. Esa es la magia de la escritura: uno se expande a otros. Tengo mucho que agradecer. Mucho que celebrar. Y esta es mi manera de devolver tanto. Espero que los disfrutes tanto al leerlos como yo los disfruté al escribirlos y como los disfruto al releerlos.

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Tigre y cachorro

Llegó emocionado al apartamento con la gorra azul intensa, el rostro pícaro del tigre que guiñaba el ojo, bordado en amarillo, blanco, negro y las fauces rosadas; con las letras tipo Coca-Cola debajo, estilizadas. Volvía a “la guarida”, como solía llamar a su hogar. Toda la tarde había estado lloviznando. Cuando salió de sus oficinas en Bella Vista Mall, pasó por la tienda Sportland y aprovechó para comprar las cachuchas. Llevaba las dos: la de él, puesta, la otra en la mano derecha en que también llevaba el maletín.

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Abrió la puerta y buscó con la mirada a ver si JeanPaul estaba a la vista, para hacerle una bulla, elevando la cachucha azul como un trofeo, como un premio; en cierta manera instándolo a que saltara y la tomara. Esa era su expectativa, la visión anticipada del retozo con su hijo que le soliviantaba el corazón. Jean-Paul no estaba. Tampoco estaban Ana y Charlotte, su hija mayor. El living, con su espejo grande al fondo, flanqueado por la cascada de agua y las plantas, y el jueguito de sala decorativo del recibidor, al igual que la sala contigua, espaciosa y acogedora, a su derecha, estaba sin nadie. Una ligera decepción asomó en su ánimo, pero se repuso. “Estará en su cuarto”, pensó. Algo de nuevo le volvió a inquietar, una leve turbiedad, una diminuta molestia como una piedrecilla en el zapato; algo insignificante que, sin embargo, le venía escociendo y mortificando de manera cada vez más frecuente. Hasta unos meses, como quien dice, él y Jean-Paul mantenían una relación más estrecha: retozaban, compartían; recibía muchas muestras de cariño y admiración de su hijo; se demostraban ese cariño cómplice de padre e hijo, de tigre y cachorro. De alguna forma, en algún momento, la relación fue enfriándose, se fueron distanciando inadvertidamente. “Son cosas de la edad, del

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crecimiento”, pensó entonces. Su hijo fue interesándose más y más por videojuegos cargados de personajes extraños, situaciones y ambientes disparatados, un mundo ajeno, estrambótico, tipo Virtual Galaxy, del que hablaba y hablaba de manera interminable con sus amiguitos, dueños de un territorio exclusivo del que habían desterrado adrede a los adultos; entre ellos a él, su papá. Ahora, JeanPaul pasaba horas enteras en su cuarto, frente al playstation o a la computadora, solo o acompañado de otros niños, ensimismados en aquellas aventuras virtuales, en aquellos combates absurdos entre ninjas, guerreros y dragones, temibles encapuchados con siniestros poderes, héroes ocupados en terribles venganzas, operado todo desde el control remoto, y cada vez más aislado de él, de la familia, de las pasiones compartidas: el play, el equipo que era una tradición en los Hernández, el seguimiento de los averages y los rendimientos de los jugadores, comentar los desempeños, las cuerdas que daban a los que simpatizaban con los equipos contrarios, en especial a escogidistas y aguiluchos; el orgullo de ser un Hernández azul hasta la taza, liceísta desde chiquitico. ¿Qué había sucedido? “¡Eso se le pasará!”, pensó. “Así son los muchachos ahora”, le dijo Ana, una explicación que en nada lo llenaba. Ella y

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Charlotte seguro estaban en el cuarto de la niña. Su esposa y su hija mantenían esa relación estrecha y cómplice que él aspiraba tener con Jean-Paul. Su mujer y su hija eran liceístas, claro, aunque eso no era para él tan importante como que lo fuera JeanPaul. “Las mujeres no saben de pelota”, decía. De alguna manera ese pensamiento ellas lo resentían, de alguna manera se sentían minusvaloradas por esa expresión. Charlotte, la mayor de sus dos hijos, en ocasiones le reprochaba: “Papá, tú pareces que sólo tienes un hijo. ¡Yo también soy hija tuya!”. “¡No digas eso, niña! Tú eres la luz de mis ojos”, él le replicaba. “No, para ti la luz de tus ojos es Jean-Paul, papá”. “No tengas celos de tu hermano. Yo a los dos los quiero igual”. Entonces, Charlotte lo encaraba cargada de frustración, herida, y reventaba en lágrimas: “No, si yo hubiese sido varón, tal vez tú me hubieses querido igual. Tú no me quieres igual que a Jean-Paul, ¡pero yo también soy liceísta, papá!” Acongojada, corría a refugiarse en su cuarto, ponía el seguro y se aislaba a llorar. Él se iba detrás de ella: “¡Charlotte…!, ¡Charlotte…!”, pero ella no le abría; desde la puerta, tocando, llamando, escuchaba el llanto desconsolado de su hija. Ana, su esposa, ya nada le decía, simplemente le dirigía una mirada llena de reproches, una acusación muda en su contra.

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Él, sintiéndose inculpado, se alteraba: “¡Esa muchacha tiene unos celos tremendos de su hermano! Ve y mira a ver qué le pasa”. Ana, incómoda, se enfurruñaba, hacía un gesto de inconformidad y se iba hacia su habitación enojada, dejándolo solo, incómodo, fastidiado. “¡Estas mujeres…!”, él pensaba, y ahora sí que se sentía solo: su hijo menor aislado en su cuarto, en su mundo de héroes y truhanes cibernéticos; su hija detestándolo, llorando inconsolable, y Ana, su mujer, tratándolo como si él fuera el patán más desalmado del mundo, capaz de humillar a su propia hija. “Tal vez debí traerles también cachuchas a Charlotte y a Ana”, pensó. Tuvo una leve intención de devolverse, ir de nuevo hacia la tienda y comprar un par de cachuchas adicionales. Tal vez eso animara a Jean-Paul, tal vez eso devolviera un poco de sosiego y unidad a la familia. “Tenía que haberlas comprado”, pensó. Su mente le retrotrajo a la llovizna pertinaz que caía en la ciudad, los tapones y los charcos con los que sabía que tendría que lidiar, sobre todo el tramo que iba desde la 27 de Febrero a la Sarasota, en lo que uno llamaba la Churchill aunque esa parte pertenecía en realidad la avenida Jiménez Moya, que iba de la 27 hasta La Feria. La imagen le enfrió el ánimo. “Mejor espero hasta mañana y se las compro”, se dijo. “Es

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difícil criar hijos ahora”. El se había ido labrando un prestigio como ingeniero-arquitecto, había montado su propia firma constructora especializada en viviendas, desde edificios a condominios, desde villas a residencias… Había hecho un nombre y estaba comenzando a cosechar resultados. Ahora vivían en este penthouse en la Torre Giralda IV, en el Evaristo Morales, torre que él mismo había diseñado y construido; podía enviar a Charlotte y a Jean-Paul a un colegio bilingüe, darle a Ana un nivel de vida superior. Claro, el precio, lo sabía, era un cierto descuido de su familia. No es fácil estar bregando con maestros constructores, con técnicos en plomería y en electricidad, albañiles, hormigoneras, haitianos… Evitando recibir el trabajo chapucero, previendo el robo descarado de materiales, el desperdicio, los mil y un caminos por los cuales cualquier presupuesto terminaba reventado y sobrecargado de gastos que disparaban los costos. El era escrupuloso y cuidadoso de cada centavo, de cada tarea: supervisaba personalmente las asignaciones, revisaba con cuidado, se aparecía en los momentos más insólitos, contaba y recontaba… Sabía que a sus espaldas le decían tiñoso, chelero y otros motes insultantes. Sabía que habían maestros de obras que se jactaban de que nunca, “ni que se estuvieran cayendo muertos

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de hambre”, trabajarían para él (“¡Claro, no los dejaba robar!”, explicaba); sabía que incluso corría sus riesgos cuando iba a supervisar si de verdad el trabajo que le estaban cobrando se estaba haciendo, cuando hacía descontar el trabajo mal hecho y cuando era tan exigente y tan despiadado con los empleados ineficientes y chapuceros Eso no le importaba. “La vida no es un concurso de popularidad”, siempre se decía a sí mismo. Tiñoso, chelero, muerto de hambre…, sí, pero eso le había ganado fama de honrado, serio, responsable y cuidadoso, y esa fama valía oro: ahora le sobraban contratas y proyectos, había prosperado. “Cuida más los cuartos de otro que los propios”, decían de él. Sí, pero eso le había permitido traer a su familia a vivir en el penthouse en que ahora vivían, el colegio bilingüe, las jeepetas de él y de Ana, incluyendo la Lexus azul oscuro que a Jean-Paul tanto le gustaba, los viajes a Disney para toda la familia y otros gustos. Y sus hijos y su mujer ¿lo agradecían? De alguna manera, Ana, Charlotte y Jean-Paul se habían acomodado a la nueva situación, la disfrutaban, sí; pero él no sentía que reconocían el precio que él pagaba por ello. Más bien, de alguna forma le reprochaban su ausencia, el vacío de su espacio, el grado en que su trabajo lo absorbía. ¿No era ése el

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fastidio de Charlotte: “¡Papá, tú nunca tienes tiempo para una!”? ¿De Ana: “Supongo que tendré que ir a pegar blocks o a tirar mezcla para ver si puedo estar un rato con mi marido”? ¿No era tal vez el origen de ese paulatino desapego de Jean-Paul con él? ¿Y qué hacer? ¿Echar hacia atrás? No es fácil producir suficiente dinero como para permitirles vivir un nivel de vida más desahogado y al mismo tiempo estar con ellos en todas las actividades: que si la función de ballet de Charlotte, que si la reunión de padres en el colegio, que si la competencia de natación de JeanPaul, que si las fiestas de cumpleaños, los aniversarios, las diez mil actividades que lo reclamaban, que le urgían a abandonar los proyectos en momentos críticos, situaciones que si se iban de control le representarían millones de pesos en pérdidas y, peor aún, descrédito. “En este país cuesta trabajo y tiempo hacerse de un nombre; pero un descuidito y te embarras para siempre”. Él lo sabía, había visto casos así; lo decía al igual que su padre, cuando estaba en vida, se lo repetía: “¿Has oído eso de que: “Cría fama y échate a dormir”? ¡Pues: “Camarón que se duerme se lo lleva la corriente”! Que te reconozcan bien da trabajo, pero de ahí en adelante es que tienes que poner mayor empeño en que tu fama se agrande en vez de dañarse. Mientras

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nadie te ve, poco importan los errores, pero cuando todos tienen sus focos puestos en ti, un errorcito se ve del tamaño del obelisco. A un amateur se le toleran fallas, pero a un bigleaguer pueden costarle millones de dólares esas mismas fallas. No dejes que te agarren fuera de base.”, y su papá lo miraba buscando algún rastro de entendimiento, una pizca de comprensión, en su cara. Él, claro, en esa época no entendía mucho. ¿De qué le estaba hablando su papá? Entonces era niño, entraba en la adolescencia. Tuvo que llegar a la adultez, enfrentarse a la vida, abrirse espacio en medio de un mundo indiferente, cuando no abiertamente inhóspito y hostil. Entonces, aquellas perlas obtenidas de su padre en los viajes al play, mientras hacían fila en el estadio Quisqueya para entrar a palcos (“Trata siempre de no ir a los bleachers, mi hijo, ni en el estadio ni en la vida. El juego se disfruta mejor desde los palcos, aunque te cuesta unos pesos más. Y la vida también. Y si puedes, vete a preferencia”, le filosofaba su papá), toda aquella destilación que su papá quería transmitirle, con la cual quería prepararle para la vida, la fue recuperando. “¡El viejo sabía lo suyo!”, pensó. ¡Y él que sentía que su papá lo fastidiaba con toda esa cháchara cuando lo único que a él le importaba entonces, lo único que lo entusiasmaba y

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de lo que quería oír hablar era que el Licey le daría esa noche una pela al Escogido o a Las Águilas! Sobre todo al Escogido, el odiado rival. Luego saldrían del estadio tocando la bocina: ¡pa-pá! ¡pa-pa-pá! ¡pa-pá!, ¡pa-pa-pá!, “¡Licey, cam-peón!, ¡Licey, cam-peón!”, medio cuerpo fuera del carro, eufórico, triunfador, burlándose de los escogidistas que se marchaban rápido, escondidos sus banderines, castigados sin misericordia por los liceístas eufóricos, la marea azul victoriosa, una vez más. Era lo máximo. Se sentían dueños del mundo, de la vida. Veía la cara alegre de su papá, feliz, orgulloso de él, de su cachorro; sus reconvenciones más formales que reales: “No saques tanto el cuerpo del carro”, “¡Ten cuidado!”, “¡Entra los brazos!”; ambos gozosos, liceístas hasta la muerte, fanáticos de los gloriosos, los mil veces gloriosos Tigres del Licey, el equipo campeón de la pelota dominicana y punto. Ahora entendía cómo su papá lo estaba preparando para la vida. Aquellos viajes al estadio, aquella conversación aparentemente casual, eran su entrenamiento. “Si te tirán, tírale con ganas. Lo peor es que ponchen a uno sin abanicar siquiera”, le aconsejaba. “Batea para jonrón, no para dar toquecitos. El mundo es para los jonroneros”. Ese era su papá. Tal vez en el juego de la vida no llegó a ser un bigleaguer, un toletero mayor; pero tampoco

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fue un recogebates, un emergente o uno del banco. Su papá supo levantar la familia, tuvo su ferretería, la más grande del ensanche La Fe; llevó a la familia desde La Fe a vivir en Los Prados; y también a todos sus hijos los hizo profesionales. Luego un infarto se lo llevó de repente. Cuando todos creían llegado el momento de que el viejo se tomaría la vida con más calma, el corazón le hizo el out 27. Tan solo unos años después la familia se desperdigó: Dalia, su mamá, terminó por irse a vivir con Carmen, su hermana mayor, a Boston. Rubén, el segundo, se instaló en España; le iba bien como odontólogo allá; Carmen y Patricia residían en los Estados Unidos, casadas con norteamericanos de origen hispano: uno cubano, otro mexicano, sus cuñados. Él prefirió quedarse en el país, echar aquí hacia delante; seguir aplatanado, como se decía. “¡Yo no sé cómo tú aguantas ese país; tantos apagones, tanto desorden!” le decían. El optó por ir en cada temporada al estadio Quisqueya a ver jugar a los inmortales Tigres del Licey, el equipo sin rival, el dueño de la Serie del Caribe. Él decidió permanecer, en cierta forma, con el viejo. En ocasiones se iba con Jean-Paul, antes, no ahora, a recorrer en la refulgente Lexus azul oscuro que tanto

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les gustaba, las calles de La Fe; toda esa zona entre la Lope de Vega y la Ortega y Gasset que él tan bien conocía. Él iba diciéndole aquí había esto y allí había aquello, algo que Jean-Paul no entendía ni le interesaba, pero que para él era un ejercicio de reapropiación de su vida, recuperación de memorias que se perdían de un barrio que cada vez se arrabalizaba más, se llenaba de colmadones infames, de tarantines, de ruidosos negocios y perdía esa apacible quietud que antes era su mayor virtud, su rasgo definitorio. “Papá hizo bien cuando nos sacó de aquí. Este barrio se jodió”, esa era una frase recurrente en esos momentos. Luego, se iban al Oeste, a Los Prados. De alguna manera era testigo del mismo proceso de degradación, de rebajamiento. “Uno un día de estos no podrá decir dónde terminan Los Prados y comienzan Los Praditos”, pensaba. Colmadones, negocios que iban desplazando las viviendas familiares, edificios horrendos que sustituían a aquellas amplias residencias que eran tan vistosas, tan elegantes, tan acogedoras. A él, que había estado al frente prácticamente en buena parte del proceso que transformó a Naco, Piantini, el Evaristo Morales, La Esperilla, en condominios y torres, aprovechando el embrujo que esos nombres provocaban, el valor aspiracional que sumaban, lo

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que hacía más fácil la venta, nunca se le ocurría que Los Prados se dañaran así. De alguna forma quería conservar esa vieja imagen doméstica de residencias de un solo nivel, a lo sumo dos; esa imagen plana, provinciana, del sitio donde vivió su adolescencia, en vez de esta otra erizada de torres en que Naco y Piantini habían devenido en parte gracias a él. Era un desarrollador. Así se autodefinía. “Mi familia desde siempre ha estado ligada a la construcción” –le gustaba explicar. “Mi papá tuvo una de las ferreterías más grandes del país. Casi no hay construcción en La Fe y Cristo Rey en los tiempos viejos que no tenga aunque sea un clavo de la Ferretería Hernández”. Él, a diferencia de Rubén, su hermano, que estudió Odontología, eligió Ingeniería Civil y Arquitectura. Hizo las carreras en paralelo. Su papá se sentía especialmente orgulloso de eso. De hecho, pensó que él se haría cargo de la ferretería con el paso del tiempo. Murió apenas él, el hijo menor, se estaba recién graduando. Esa alegría al menos se la llevó el viejo. Vendieron el negocio a los dueños de la Ferretería Popular. Nadie se sentía en ánimos de mantenerlo, de sustituir al papá. La venta a todos les dejó buen dinero. Él, que conocía a los contratistas, muchos de ellos clientes de su papá, se colocó fácil con la Constructora Martínez Burgos para obtener

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experiencia. Logró destacar en su amor por la varilla y el cemento, la gravilla y el hormigón: por el mundo de las estructuras, los vaciados, la construcción, por todo el proceso que iba del diseño al movimiento de tierra, de las excavaciones a la zapata, las columnas, los prefabricados, las terminaciones: cerámicas, baños, tuberías, cableado eléctrico, pintura, puertas, ventanas… la erección de una mole ordinaria que luego iba adquiriendo una personalidad, cobrando vida, alcanzando una presencia diferenciadora, haciéndose un espacio propio en la selva de hormigón que se había vuelto la ciudad en su polígono central. Luego, conocido el negocio, puso su constructora para desarrollar sus propios proyectos. “Nunca te vanaglories de estar en palco ni te sientas superior a los que están en bleachers. Simplemente pon tu meta en subir a preferencia”, le decía su viejo. Usaba siempre aquellas analogías con la pelota para que él, su cachorro, entendiera las reglas de la vida. El hijo de don Diego se hizo de un nombre propio. “Lo hice, papá”, se decía con orgullo. Solía hablar en su mente con un padre que estaba siempre con él, en él, amoroso, vigilante, cargado de sus consejos de béisbol. “Subí a Preferencia, papá”. “No te vanaglories…” Sí, él sabía lo que era estar con el bate

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preparado para sea cual sea la bola que la vida le tire, batearla. Cada ida al play era un tiempo de entrenamiento. Su papá aprovechó cada jugada, cada partido, cada circunstancia para irle transmitiendo, bajo los comentarios de jugadas y jugadores, en contrapunto a las voces de Lilín Díaz, Félix Acosta Núñez, Johnny Naranjo y Freddy Mondesí que fluían de la radio de transistores en que escuchaban simultáneamente La Gran Cadena Azul de la Victoria mientras presenciaban el partido, algún tipo de aprendizaje que ahora él entendía, aunque entonces apenas le provocaban pensar que dónde era que su papá tenía la mente. “Hasta el out 27 nada está seguro. Si pierdes el ánimo, pierdes el juego. Más pueden las ganas, que la técnica”, un manojo de sentencias que iban colocando las bases para moverse en la vida, destiladas en los intermedios de los partidos, como acotaciones a jugadas, o dejadas caer en las tardes cuando escuchaban Amalgama de Colores en la Pelota: “¡Pelotero, la bola, vaaa quirivá, pelopelopelotero, va, quiriva, quirivá!” Eso había hecho pacientemente, durante años, Diego Hernández, el patriarca de la familia, el jefe de la manada, con él, el más pequeño de los cachorros.

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¿Aprendieron también sus hermanos la simple sabiduría destilada y servida con la humildad que su papá siempre tuvo? Tal vez. Sacudió levemente la cabeza, como para reasumir el momento, escapar de las agridulces añoranzas, retornar al presente. Al no ver a ninguno de su familia abajo, decidió encaminarse al cuarto de Jean-Paul en el segundo nivel del penthouse. ¿Qué hubiese hecho su papá, pensó, en este tiempo de videojuegos, Internet, tecnología? ¿Cómo hubiese entrenado a su cachorro? Aquellos tiempos, de casas de una y dos plantas como máximo, iban desapareciendo. Eran un anacronismo: “Un uso ineficiente y disparatado de un espacio caro y exiguo. ¡Somos una isla! ¡No nos sobra espacio! El único espacio de crecimiento que tenemos es hacia arriba”. Esos eran sus argumentos, irrebatibles, sólidos como el hormigón. “Las torres brindan seguridad, confort y calidad de vida”. “Las torres me han hecho gente”, decía. “Veo una casa y me imagino el edificio que puede levantar allí. Eso me emociona.” Hoy son otros los tiempos. Antes, todo costaba cheles, se vivía de manera más simple. ¡Ahora todo estaba tan caro, la vida se había hecho tan difícil! Recordó sus juguetes, humildes y provincianos: carros de pedales, algún carrito a control remoto, bloques de Lego…, comparados con los ipods, las

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laptops, los playstations, el mundo cibernético, los blackberries… Era el mundo de Jean-Paul, un mundo de experiencias virtuales, de oscuros villanos y héroes violentos recargados de armas letales, trampas mortales, dragones y fantasías, el mundo de Facebook y Twitter, de minimensajes e Internet. ¿Volverían a ir él y su hijo al play, a ver jugar a los gloriosos…? ¿Recrearía con Jean-Paul aquella relación tigre cachorro que tuvo él con su padre? De alguna manera era su sueño: ir con su familia, sobre todo con su hijo, a disfrutar la pelota, y que JeanPaul saque la cabeza y medio cuerpo por el sunroof de la Lexus, agite al aire el banderín azul de la victoria y vocee a todo pulmón: “¡Li-cey, cam-peón! ¡Li-cey, cam-peón”, hasta descargar su entusiasmo, hasta quedar ronco de la emoción. Los fines de semana, su papá los llevaba de paseo a Manresa Loyola a comer helados, a los Capri o a Los Imperiales, en la Hostos casi esquina Conde. La ciudad era doméstica, sencilla, lo que era hoy una ciudad del interior, tipo San Francisco de Macorís o La Vega. Iban, en otras ocasiones, a algún parque infantil de que esos que se instalaban momentáneamente en El Malecón, por los frentes de Metaldom; la familia compartía y su papá les hablaba

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de Disney, de lo que le gustaría llevarlos un día allá. Nunca fueron. Siempre hubo algo que lo impidió, que lo relegó a un deseo que no pasó de ahí. De regreso a la casa, les contaba a todos de los tiempos de Manuel Mota, Guayubín Olivo, Juan Marichal, los hermanos Alou… “Entonces se jugaba con más corazón. Se ganaba menos, pero los jugadores dejaban el cuero en el terreno. Ahora es más negocio y menos deporte”, decía. Luego, se volvía hacia él, hacia ellos, hacia todos: “Los cuartos son importantes, pero la pasión es determinante. No importa si ganan o pierden. Los juegos se ganan y se pierden. Lo importante es ganar el campeonato y el campeonato nadie lo gana sin pasión. La pasión va más lejos que el dinero. Recuérdenlo”. Luego cambiaba de tema, les contaba del Coney Island en La Feria, les hacía historias de su niñez. Eran momentos mágicos. No lo sabía entonces, pero esas memorias se mantenían vivas, esplendentes, dentro de él. Cobraban fuerza con el tiempo, eran su referencia, las columnas sobre las que edificaba su vida. A diferencia de su padre, la niñez de él discurrió sin apreturas ni carencias: buenos colegios, buenos juguetes, buena ropa, idas a la playa y, en ocasiones, la aventura de viajar a Samaná, a Puerto Plata, a La Romana o a Higüey. Hoy la vida era más fragmentada, más desperdigada,

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más desvinculada. “Cada uno por su cuenta”, pensó. “Pequeños mundos que apenas se tocan y que de alguna manera se repelen” ¿Qué responsabilidad tenía él en todo eso? La pregunta le generó un vacío, un hoyo negro emocional, que le desmoronó las seguridades que había ido construyendo para autojustificarse. ¿Sentía Charlotte lo importante que era para él? ¿Ana era consciente del sacrificio que él hacía para darle una calidad de vida mejor; cómo se reventaba por ella y los niños? ¿Jean-Paul sentiría que él lo amaba tanto que buscaba ser para él el mejor padre del mundo? Entonces, repentinamente de alguna manera a mitad de la escalera todo entró en crisis, todo se le nubló dentro. Fue como un batazo en la cabeza. Sintió que perdía aplomo, semejante a quien súbitamente cae en un vacío. Un aluvión de angustia lo abrumó: como iluminadas por el repentino fulgor de un relámpago, vio las grietas de aquellas relaciones resquebrajadas que habían ido astillándose por las ocupaciones, la falta de tiempo o la carencia de afinidades. El golpe sordo lo tambaleó. Un tanto mareado, se sentó en el descanso que media entre el primer tramo y el segundo de la escalera al nivel superior, hundiéndose en un desasosiego creciente. Se sintió aturdido; un crudo entendimiento, una comprensión que no deseaba, se

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le fue abriendo paso con crueldad, alojándosele en el corazón; le desmembró las corazas de sus justificaciones y sus argumentaciones, le reveló la mezquindad en que vivía. Era un entendimiento que dolía, que lo condenaba irremisiblemente, que no le permitía escapatoria. Sí, él había equivocado el rumbo. No, Charlotte no se sentía aceptada ni apreciada. Ana vivía cada vez más distante y resignada: una pared invisible había ido formándose, engrosándose, entre ellos; un silencio que ya les dificultaba tocarse siquiera. Su concentración en las urgencias y demandas de su trabajo lo había en muchos sentidos desinteresado de ese hecho, aferrado a un vana expectativa, como si por la simple situación del dinero, de los lujos, del bienestar, todo lo demás se fuera a componer solo; como si únicamente bastará aguardar un tiempo para que ella, su familia, cobrara sentido y entendimiento del gran sacrificio que él hacía por ella. Como si él único que tuviera una razón, una justificación, de su conducta fuera él. ¿Y Jean-Paul, su hijo? Él ahora vivía ensimismado en los videojuegos, en aquellos personajes estrambóticos, en historias cargadas de violentas fantasías. Lejos, muy lejos, de él, de lo que hacía, de lo que él hubiese querido que fuera la relación entre ellos. “¿En qué he fallado?”, pensó.

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Ahora estaba allí, aturdido en el descanso de la escalera, con su gorra del Licey puesta y la que le traía a su hijo en la mano, experimentando aquella angustia ciega, el puñetazo inesperado en su corazón. La sala sola, vacía. Ana y Charlotte seguro que en la habitación de la niña en el segundo nivel, cómplices, vinculadas entre ellas. Su hijo sumergido en su cuarto navegando en las aguas virtuales del playstation o en la Internet. Todos lejos de él, ajenos a él, despreocupados de él, que terminaba por ser el extraño, el que no encajaba, la pieza innecesaria. Repentinamente, aquellos pensamientos se le removieron con violencia, se encresparon, se le agolparon dentro. Una implosión sorda lo devastó, un derrumbe fortuito. Sintió un chorro quemante de agua hirviente brotándole incontenible; le atrapó la garganta, le escoció adentro mientras subía con violencia: asoló su sangre y le ardió en sus ojos. Dos tercas lágrimas pugnaron por salir, se asomaron contra su voluntad. Quiso evitarlas, frenarlas, y ellas, rebeldes, cobraron fuerza y empezaron a rodar mejillas abajo. Sintió vergüenza, una cruda sensación de derrota lo aplastó. Buscó con desesperación a su padre tras ayuda; lo vio mirarle con compasión y pena. “¿Qué se ha vuelto mi familia? ¿Cómo hemos terminado así?”, se preguntó. De repente, todo se le

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desarmaba, como un rompecabezas cuidadosamente construido que un repentino golpe de viento desparrama y confunde, extraviando sus piezas. Como un juego ganado que se pierde sorpresivamente en el último inning. Estaba allí, sentado en el descanso de la escalera de su apartamento y se sentía un extraño, un intruso en su propio hogar. La boca se le llenó de un sabor amargo. “¿Qué hacer, papá? ¿En qué fallé?” Su padre, desde su corazón, no le dijo nada; simplemente lo abrazó con la mirada, le hizo sentir que estaba con él, que se mantendría con él y de alguna manera sintió que esperaba que él, su hijo, reaccionara, que hiciera algo, algo… ¿Qué? No sabía, algo. Una acción que cambiara el rumbo, que saneara la resquebrajadura, que torciera esta ruta hacia el desastre, que impidiera el derrumbe total. ¿Podía él dejar que su matrimonio, que su familia, que su vida se le desplomara? Él era la columna maestra, la viga principal, el fundamento. ¿Podía sobrevivir un edificio sin su columna principal? “Sin un buen pitcher, no hay equipo que gane un juego”, decía su padre. Él era el pitcher estelar, el manager y el principal bateador de aquel equipo. La dura responsabilidad con su peso aplastante le cayó encima, lo sepultó en una culpa avasallante. Se quedó sin palabras, sin argumentos,

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sin justificación… Él, sólo él, había provocado todo. Había sido insensible a los indicios, había ignorado las señales, había conducido todo a aquel tollo. Se cubrió el rostro con las manos, ardiendo en llanto, mientras el cuerpo se le estremecía. Al principio lloró en silencio, reprimiendo cualquier sonido, avergonzado de estar allí llorando, en su propia casa; avergonzado de que su familia terminara por ser esto en lo que se había convertido. Luego, ya no pudo reprimir más su pena, su vergüenza, y se escuchó gemir. Era un gemido desconsolado y triste, un grito ronco y crudo, como si le quemaran con ácido la piel del corazón. Algo se rompió adentro y el llanto le fluyó sin control. Estuvo allí, sentado, descargando amarguras. En el descanso de la escalera, la cabeza oculta entre las piernas, los hombros sacudiéndose, dejó salir su dolor inmenso, su miedo, su impotencia. Nadie acudió, nadie se dio por enterado. ¿Cuándo duró sentado allí, llorando, sintiéndose una excrecencia, un paria, el ser más despreciable? ¿Minutos, siglos? Dejó que aquella lava amarga saliera desde dentro, que tanto dolor drenara sin control. Luego el dolor empezó a replegarse. Al poco tiempo sintió algo de alivio, como si una tarea mucho tiempo pospuesta se hubiese cumplido. Su brazo derecho asió el pasamano y se impulsó hacia arriba.

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Con su mano izquierda se quitó las gafas y con la manga del antebrazo se limpió un poco de moco que le empezó a gotear por la nariz. Se guardó las gafas en el bolsillo de la camisa y sacó de su bolsillo derecho trasero un pañuelo con el que secó sus ojos y la cara y luego se sacudió la nariz. Terminó de descender los peldaños al primer piso, devolviéndose: no quería que lo vieran así. Se encaminó hacia la salida y entonces se vio en el espejo grande que estaba en el recibidor, flaqueado por la fuente y las plantas, frente a la puerta. Vio sus ojos enrojecidos, su rostro desmoralizado, su imagen derrotada. “¿Te vas a rendir antes del out 27?”. Casi pudo decir que escuchó materialmente la voz, el acento ronco de Diego Hernández, su padre; esa voz que nunca tenía rendirse como una opción. “La única razón de jugar es ganar”, explicaba. “Si no vas a jugar para ganar, no juegues. No es justo ni contigo, ni con el contricante, ni con la fanaticada”. Se sintió indigno de él. “¿Te vas a derrumbar ahora o vas a salvar el juego en el último inning?” Miró hacia el segundo nivel. Allí estarían Jean-Paul sumergido en sus aventuras virtuales; Charlotte y Ana seguro que en el cuarto de Charlotte, hablando, riendo, compartiendo… Abajo, Adelina, la doméstica, recluida en el cuarto al lado de la cocina en el primer

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nivel, estaría mirando la telenovela… “¿Vas a abandonar a tu equipo?” No, quiso explicar, justificarse. Nunca. Pero no sabía qué tendría que hacer, por dónde empezar. “Haz lo que sea, pero haz algo ya”. Quiso justificarse: él no iba a renunciar y permitir el derrumbe, él lucharía. “¿Crees que para mí fue más fácil?” Su padre sabía dónde colocar la bola. Las frases eran lanzamientos arteros, precisos. Se volvió a mirar de nuevo en el espejo. Su imagen no le gustó. Cesó de apenarse de sí mismo. “¡Empieza a jugar por fin… Y gana!” Esa era la instrucción, la orden del manager. ¿Tenía algo más que preguntar? Supo que no. Cuando hay que salvar el juego, hay que salvarlo y punto. Se miró de nuevo en el espejo y decidió de alguna manera que era la última vez que una imagen tan pusilánime le replicaría desde allí. ¡El juego no se había terminado aún! ¡El ganaría el juego! ¡El salvaría a su equipo! “La pasión puede más que el dinero. Es la pasión la que salva el juego”. No hay suma de dinero que sustituya a la pasión. Vio claro que su afán por el renombre profesional, por asegurar su posición, había cegado los frágiles canales por los que fluían el amor, el cariño, el aprecio, la confianza en la familia. Él había tapiado los sutiles conductos por los que circulaba la pasión y el afecto. Miró la cachucha de Jean-Paul. Sí, faltaban

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otras. ¿Cómo no pudo darse cuenta? ¿Cómo llegó a ser tan insensible? Iría a buscarlas ¡Qué importaban la llovizna, el tapón, los seguros inconvenientes de conducir bajo lluvia en la ciudad vuelta un caos! Si eran un equipo, todas las posiciones eran importantes; era imposible prescindir de ninguna. Iría a Sportland por las cachuchas que faltaban. Aprovecharía el viaje para ir también a la tienda de videojuegos de la segunda planta y ver qué podría comprar que pudieran todos jugar en familia. Podría ser este su último inning, el último turno al bate, dos outs, dos strikes sin bola, todo en su contra, pero el juego no estaba perdido hasta el out 27. Bastaba la pasión para salvarlo. Él iba a recuperar a Jean-Paul, a Charlotte, a Ana, él iba a recuperar su familia, a recuperarse a sí mismo, a aquel que quería ser y que había permitido que la rutina se lo tragara, difuminándose entre compromisos, tareas, urgencias, proyectos, terminaciones, retrasos y otras ocupaciones que le había hecho descuidar su tarea principal, su obra mayor, el proyecto más importante de su vida. Él era el tigre jefe de la manada, y ahora se ocuparía de retomar su lugar y entrenar a sus cachorros. Salió hacia el ascensor. Sonreía, lagrimeaba, se sintió lleno de una euforia repentina, de un valor inesperado. Llevaba prisa. Cuando entró

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al ascensor para bajar cantaba: “A kirikiri, va quirivá, pelopelotero, va quiriva quirivá…”

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El Milagro Fue el viejo Dimas el primero que empezó aquello. La verdad era que a la Juana la teníamos por loca todos los del lugar, pero desde que le cogió al viejo Dimas Ruiz con que había visto la noche de Viernes Santo como que la cabeza de la Juana echaba luz y que ella parecía vestida toditico de blanco, la lengua de él comenzó a menearse en todos los alrededores y empezaron a venir gentes de todas partes a ver a la del “milagro”.

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Este Viernes Santo la Juana se había metido para el monte y no había aparecido en todo el día. La familia, acostumbrada a las repentinas ausencias de “la loquita”, como le decíamos todos los que vivíamos en Laguna Prieta, no la echó de menos. Además, todo el mundo estaba atento a los rezos, a prender velas y esas cosas, para estar fijando en la loquita, y hasta fuera mejor que no fuñera por aquí, porque todos conocíamos su mala maña de ponerse a hacer bulla, cantar y bailar cuando menos uno lo está esperando, y si esa bendita muchacha hubiese hecho eso en pleno Viernes Santo, cuando Nuestro Señor Jesucristo agonizaba y se moría, hubiese caído en pecado mortal y mi comadre Minguita la hubiera matado a golpes, si ya ella decía que estaba cansada de las ocurrencias de la Juana. La cosa fue que el viejo Dimas Ruiz, o Dimas “Bientevé” como le decía por la espalda la gente, porque a él no le gustaba que le recordaran que él era hijo de Rosita “Bientevé”, una mujer de la vida que había mudado el papá del viejo Dimas, el difunto Joselito Rodríguez y que luego lo había cuerneado a él con tantos hombres pudo; la cosa es que venía él esa tardecita de Los Algarrobos con unos encargos de algunos de sus vecinos y compadres, que aquí todo el

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mundo es compadre o comadre del resto, y por la bajadita del guayacán, cerca ya del pueblo, oyó como voces de gente y creyó que eran los espíritus por ser día de Viernes Santos y cuando iba a picar espuelas por ahí mismo y a largarse de ese pedazo, dizque vio a una muchacha que se le parecía a la Juana y pensó en repajilarla para su rancho, conociéndola como era, que se atrevía a amanecer metida en el monte, porque ya habían tenido otras veces que salirla a buscar, mientras ella se encontraba encaramada en cualquier mata mirando fijamente al cielo. Como lueguito le contó el mismito Dimas a su comadre Cirita, con los ojos asustandos y la boca seca, que a cada rato tenía que estar bebiendo agua y parecía que había durado como semanas sin tomarse una solita gotica, cuando cogió para donde estaba la Juana, ésta como que no le veía y se quedaba impasible como si fuera una estatua de iglesia, que parecen gente pero que no están vivas, aunque uno las vea con los cachetes colorados como si estuvieran en salud, y cuantico se le fue acercando, de pronto como que sintió un alumbramiento raro, que hasta miró al cielo para ver si había sido un relámpago, pero que no, que ni muchas nubes habían, entonces hasta llegó a pensar que era el peculio, el enemigo

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malo, que andaba suelto engañando a los cristianos, pero que en eso empezó a ver como de la cabeza de la Juana salía una luz como esa que le ponen en la cabeza a los santos, así, amarillita como la yema de un huevo, como de oro, y que él se quedó mirando embobaíto aquello, como si fuera cosa de brujería. La verdad es que ese día el viejo Dimas parecía asustado. Si hasta su hermano Chaguito, que siempre lo había tenido por embustero y amigo de las mentiras, le creyó. Según siguió contando Dimas con una voz como la de un bebedor de aguardiente, como que empezó a hacer una brisa y vio como la ropa de la Juana se volvió toditica como las sábanas blancas que usan los santos, como vestían los apóstoles, pero sin colores, sino blanquititica como si fuera tela de luna, y que la luz seguía, y hasta el caballo se espantó, asustado por lo que pasaba. Según Dimas, él aprovechó que el caballo se pusiera bronco y salió de su alelamiento y picó huyendo para acá, que hasta se le cayeron por el camino algunos de los encargos que traía y, la verdad fue que entró al pueblo corriendo como si llevara al enemigo malo atrás, que todo el mundo se sobresaltó porque ese día, además, era un día sagrado y eso estaba mal, porque había que respetar los padecimientos de

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Nuestro Señor Jesucristo en el Calvario, y sólo un hereje iba a pasar huyendo en un caballo a todo lo que da frente a las casas cristianas de Laguna Prieta. Cuando en el pueblo se dieron cuenta de que era el viejo Dimas Ruiz que había pasado de esa forma, cogieron para donde él a averiguar por qué había sido, que él era hijo de cristiano y creía en la Santísima Trinidad para estar faltando de esa forma y que además él sabía que eso era pecado, y y cuando llegaron a la casa de Cirita, donde Dimas paró el caballo y se apeó a contarle a su comadre lo que había visto en el monte, supieron la historia del “milagro” de la Juana. Esa noche la Juana no volvió al rancho, amaneció en el monte, y nadie quiso meterse a buscarla dizque por respetar el Viernes Santo, qye a mí se me hizo que era por lo que había dicho el viejo Dimas, que se habían metido en miedo; además, mi comadre Minguita no le dio al asunto mayor importancia. Al otro día, los hijos de Estebita Díaz encontraron a la loquita por El Mamey donde comienza la propiedad de don Antonio Rivas. Dijeron que la loquita se comportaba como si no conociera a nadie y sin entender lo que decían y que tenía los cabellos

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desalborotados, que eso si que era raro porque si algo hacía Minguita era mantenerla bien peinada con sus dos trenzas amarradas con tiritas rojas. Por todo el campo se regó lo de la “aparición”, el “milagro” y la gente venía y veía a la loca que ahora parecía como más loca que antes, y se iban hablando que sí, que parecía que “algo” había pasado y que ella antes no era así, porque ahora se pasaba horas enteras sentada mirando al cielo, en un banco a la puerta del rancho de mi comadre, y su mirada estaba vacía como un cielo sin nubes o una noche sin estrellas, como si fuera ciega, y ya no cantaba ni bailaba ni hacía bulla como antes, y la gente desfilaba ante ella sin que se perturbara en lo más mínimo, que así se ponía antes por un rato pero ahora es siempre así, y uno se daba cuenta de que no era ciega porque cuando quería cogía cosas, iba directamente al banquit por la mañana, cuando se levantaba, y entonces uno no entendía por qué se comportaba de esa manera. Al viejo Dimas Ruiz todo el mundo le preguntaba y cada vez él contaba el cuento más adornado, con detalles que nunca uno había oído, y que él decía que había olvidado del susto por el “milagro”. El cura de El Limoncillo vino a investigar el asunto, le hizo

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preguntas al viejo Dimas y se metió a solas con él en el rancho de Micaela López, que en la casa de ella a veces hacen misas porque la iglesia más cerca queda en El Limoncillo y sólo los muy devotos o los que tienen hecha alguna promesa se tiran tan lejos. Adentro de la casa sólo se oía cuchichear bajito, como en secreto, como si el viejo Dimas Ruiz se confesara de todas sus habladurías. Después, el padre salió y puso rumbo para la casa de la loquita, se trancó a hablar con mi comadre, salió luego, echó la bendición a la gente que esperaba afuera muerta de curiosidad y se fue. Laguna Prieta comenzó a ser importante porque no había quien le quitara de la cabeza a la gente que aquello no había sido “un milagro de Nuestro Señor en Viernes Santo”, y venían devotos de todos los alrededores a ver a la niña “santificada por e Altísimo”, a pesar de que la iglesia se opuso y de que el mismito padre Miguel volvió otra vez al pueblo y habló con nosotros, explicándonos que esas cosas suelen ocurrir en Viernes Santos, porque es un día sagrado, pero que eso no significaba que la Juana fuera una santa ni mucho menos, y que si Dios y la Virgen hubiesen querido eso, habrían procedido de modo m´ñas evidente.

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También comenzaron a venir gentes enfermas y aquejadas a pedir a la Santísima Trinidad salud, como si la loquita tuviera algún poder divino, y se pedía que ella tocara imágenes santas y Corazones de Jesús, lo que hizo que mi comadre Minguita pensara en sacar unos cheles de las creencias de la gente, porque ella, me decía, se había pasado la vida cuidándola, dándole de comer, de vestir, con lo duro que estaba la cosa, sabiendo que la Juana era una inútil, porque desde que nació se le veía que no andaba bien de la cabeza, que era como idea, y por eso nunca la puso a hacer nada y le soportaba sus bellaquerías y la carpeta que daba con sus repentinos arranques de risa, o cuando se le metía hacer bulla, cantar y bailar, que no respetaba ni el sitio ni la hora, y que era verdad que ella a veces perdía la paciencia y le daba sus pelas, pero que siempre la trató bien con todo y eso, y alguito de beneficio tenía que sacar de sus sacrificios y hasta me llegó a decir que eso era Dios que la premiaba porque la cosecha de cacao con la sequía había sido floja y el precio además estaba por el suelo y ella no sabía cómo se has iba arreglar para echarle algo en la boca a los muchachos, porque mi comadre era viuda, que mi compadre Cristino, que en paz descanse, hace más de seis años se difunteó y mi comadre tuvo que tirarse encima la

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carga de criar los ocho hijos que tuvieron, porque la familia de él nunca la quiso y que, para más, la más grande le había salido mal del juicio. Ya no era raro en el pueblo ver gente de otros sitios que uno no conocía o gente de sitios lejos, como unos devotos que vinieron de por los lados de Bocayá, atraídos por la fama de la loquita, que empezaron a decir la gente enferma que sí, que se habían curado o que se habían mejorado y se formaba el molote de gente en la puerta del rancho de mi compadre, y ésta tuvo que meter a la loquita adentro de la casa y ella tenía la cara que sudaba la tristeza porque ya no podía ver el cielo. Micaela López y mi comadre llegaron a discutir e insultarse porque Micaela le reprochó a mi comadre que ella no e hubiera llevado del consejo del padre Miguel y mi comadre le contestó que ella no tenía la culpa de que la gente creyera que la Juana tenía el poder de curar y que había sido el viejo Dimás Ruiz el que había dicho lo que él vio la tardecita de Viernes Santo, que era mucha envidia de ella porque Mirtha, su hija, con todo lo que privaba en santita y todas las misas que en su casa daban, no había tenido la gracia que tuvo la Juana, y que ella no era quien para acabar

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lo que ella no había empezado, que lo terminara Dios que lo empezó y esas cosas. El asunto se complicó cuando mi comadre anunció que ella creía que la Juana estaba preñada porque la muchacha tenía dos meses que no le llega su regla, y que si era así, ya nadie podía dudar de la intervención divina. Micaela López cogió huyendo para El Limoncillo a hablar con el padre Miguel sobre aquel asunto y el fervor de los creyentes en la loquita se hizo más profundo. Laguna Prieta se dividió en dos bandos: de un lado los partidarios de la Juana, que incluían a los que venían de los lugares vecinos confiando a ella su curación o el fin de su mala suerte, pues no faltaba el que asegurase que después de haberla tocado se había sacado en la Lotería; y los partidarios de Micaela López, o como ella decía: “Los fieles a la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, seguidores del Cristo Jesús y la Virgen de la Alta Gracia y enemigos de Pecusio y los herejes”. Hasta de la capital vinieron gente a ver a la loquita, porque la fama de ella crecía y crecía como arroz bueno, como río en tiempo de lluvias, y hasta hubo quien hablara de construir un santuario en el mismo

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lugar donde el viejo Dimas Ruiz vio la transfiguración. Por esos tiempos, el viejo Dimas “Bienveté” casi no se dejaba ver, siempre decía que tenía mucho trabajo en el conuco, pero la gente pensaba que era por lo cansado que estaba de que lo estuvieran parando a cada ratica para hacerle repetir una y otra vez la misma historia, responder las mismas preguntas y oír las mismas exclamaciones. Aquellos fueron meses muy agitados, de mucho trajín y de muchas discusiones y hasta pleitos; sin embargo, las cosas volvieron poco a poco, con el tiempo, a su nivel. La gente empezó a escasear casi en proporción a como crecía la barriga de la Juana, porque ella era flaca, y ese estarse sentada en un banco, casi sin comer, la ponía más flaca, y como estaba preñada la barriga le sobresalía, que parecía como si fueran mellizos de lo grande que se le veía el barrigón. Ella a veces se pasaba las manos por su vientre, acariciándolo, como si se diera cuenta fugazmente de su estado, como si pudiera tocar el cuerpecito de la criatura y temiera lastimarla. La gente se fue olvidando de la loquita y de Laguna Prieta, olvidándose con la misma rapidez con que antes se interesaban, para perjuicio de mi comadre, que veía terminarse la minita de cuartos y hasta a

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veces miraba mal a la Juana, porque lo único bueno que había hecho en su vida duraba tan poco, que ella juntó sus cheles con lo del “milagro” de Viernes Santos, pero en la medida en que se secaba el flujo de gente veía otra vez regresar los días en que a veces no se tenía nada que mascar y echarle a la barriga. Además estaba el hijito de la Juana, esa muchacha no estaba en condiciones de atenderlo y mi comadre tampoco, a lo mejor hasta mal del juicio nacía el infeliz, igual que la mamá, y mi comadre no podía darse el lujo de criar otro muchacho, y menos mal del juicio, con lo difícil que estaba la vida. A veces nos veíamos y se me quejaba largamente, que el vientecito le había durado poco y que no tenía ni ánimo de volver a estar sembrando cacao otra vez, y esas cosas. Cuando le llegó su tiempo, una noche en que había llovido mucho, tuvo que mandar a buscar corriendo a Celina, la comadrona, porque la Juana empezó a retorcerse de los dolores y se veía clarifico que iba a dar a luz. El niño, porque era un varoncito, nació muerto. Dicen las malas lenguas dizque que se parecía mucho al viejo Dimas Ruiz.

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Antes que la luz se acabe Miró la calle El Conde de nuevo, y sobre el torbellino de transeúntes, viandantes, choferes, policías y simples mirones, superpuso otra imagen de la misma calle con los letreros que sobresalían, los carros apretujados, las bocinas, y luego otra imagen más antigua de la calle con menos carros, menos letreros y luego otra y otra, hasta que la memoria se revolvió

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en imágenes propias y soñadas, imágenes que cobraban vida desde fotografías y de relatos, El Conde, 1910, de recuerdos de otros, y simultáneamente comenzó en sus oídos a retumbar el eco de pasos, cascos, marchas, un torrente de voces que caían con un empuje sordo, como si ahora se agolpara todo, hasta el sudor de los albañiles que habían levantado estos edificios, las montoneras, los centelleantes desfiles de los caudillos victoriosos, las distintas tropas de ocupación, los españoles de la antigua colonia, todo haciéndose presente en este banco de la 19 de Marzo en que estaba sentado viendo caer la tarde, y sintió sobre su piel el áspero roce de tanto dolor pendiente, de tanta iniquidad. Un calor repentino se encendió en su interior, y sudó; una humedad torva que se agrupó en gotitas sobre su frente, sobre sus labios, que brilló en su cuello. Luego fue el frío, un frío benévolo que invitaba a arrullarse. ¿Y esto es El Conde? ¿En esto terminó? Miró a ambos lados, el flujo incesante de gente que se movía impulsado por sabe qué razones. La calle fue perdiendo su amistoso perfil, tornándose extraña. Cómo si tanto latrocinio, tanto abuso sufrido, tanto pie que pisó sus adoquines, se la robara a su corazón. Ya no es la misma, pensó. No soy el mismo, le surgió como un eco dentro, casi como una canción: Ya no

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eres la misma ni yo soy el mismo… Así es. No es lo mismo, nada es lo mismo, y sin embargo… y su mirada se desplazó alrededor del tráfago de gente que iba y venía, y se sintió extraño en un lugar extraño en un momento extraño, un extranjero. "Ahora soy como un extraño aquí. Este ya no es mi país. Cambió, se volvió otro", pensó. Así sería viajar en el tiempo, una sensación de inadecuación, de estar en el lugar equivocado. Por aquí corrí, pensó, armado, con el corazón que ardía, dispuesto a matarme con los yankis, con el CEFA, con los tutumpotes. ¿De qué valió todo esto?, pensó. ¿Es así siempre la vida? una pérdida continua de razón de ser. Lo que ayer nos levantó en vilo con su fuerza hoy no tiene sentido. El viejo amor que nos perdió en su fuego hoy es una derrota que nos apena. Había viajado desde el frío Boston, desde aquel exilio gris. Una llamada, varias llamadas, ¿cómo lo localizaron? No importa. “Sería para nosotros un honor que estuvieras…” ¡40 años! ¡Iban a celebrar los 40 años de aquella insurrección fallida! “Estarán todos los sobrevivientes. Vamos a recorrer de nuevo la ruta de Manolo…” ¡Volver a Santo Domingo! Un reencuentro… ¿Cómo estarán los muchachos? Eran jóvenes todavía en sus recuerdos, arrojados, apasionados, con un sueño tan inmenso que se le

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desbordaba poro a poro. Y él que creía que ya nada podría volver a encender este incendio impetuoso en su corazón. Y la voz, al otro lado del teléfono, le dijo que querían oírlo a él también cantar a coro el himno y entonó: “Llegaron llenos de patriotismo…” Y él no pudo seguir, lo intentó y la voz se derrumbó en sollozos, dos gruesas lágrimas mojándoles el pullover, mientras el compromiso apenas pudo ser musitado. Sí, iré… Y el resto de la tarde, y la noche, y los días siguientes se le llenaron de gestos, de arengas, de discursos…Al final los discursos sólo sirven para reírse de lo ingenuo que fuimos, pensó. Aquí, el Edificio Baquero, El Conde, que era el centro del mundo, de la vida. Se levantó y dio el primer paso hacia adelante. Bueno, ¿qué importa todo? Había regresado, al fin. Fue a los actos, saludó a los viejos amigos y a los viejos rivales, y a jóvenes que le miraban con la admiración de quien se piensa incapaz de lograr lo que el otro logró. ¿Y qué logramos?, pensó. Y decidió avanzar, un paso, otro paso, a cualquier lugar, irrazonablemente caminar antes que el día se marche para siempre y que la luz se acabe. De repente, al levantar el pie cruzando la José Reyes

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con Conde, frente a R. Esteva & Cía., su vida le llegó de golpe de nuevo y le inundó los ojos. Imágenes superpuestas, como en acetatos, confusas unas sobre otras, y un rumor de voces que se amelcochaban, una sensación sorda dentro. Trastabilló, un tanto desequilibrado, frente a la fiebre de tanta vida recordada de golpe, de tanto frenesí, de tanta ilusión rota. Era él en distintos momentos. ¿Era él? ¿El seguía siendo él? No, eran otros él, extraños, como si hubiese habitado esos cuerpos, pero, ¡Qué ajenos eran ahora!, ¡Cuánta distancia desde este él de hoy a aquellos él que se sucedían, sobreponiéndose! Cuerpos distintos, saberes distintos, gustos distintos, sueños distintos. Pero siempre convicciones, anhelos, seguridades, esperanzas… ¿Qué queda de uno al final?, pensó, rápido, absorbido por el torbellino de imágenes, de experiencias... Allí estaban las pelas, su papá voceándole, que le lavara el carro, algo que siempre odió, y todavía un poco de ese ardor se encendió adentro, de repudio; los maroteos por Matahambre, mangos, guayabas, las avispas y la aventura la cruzar los potreros…, y ante sus ojos se desplegó la sabana, las matas de mangos salteadas, una aquí, otra allá, y dentro del verdor los amarillos rojizos dulces mangos maduros, las cercas de alambre de púas, el olor de la brisa a boñiga de vaca,

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el pajonal por el que se camina mientras el corazón se le iba llenando de cadillos... las avispas, carajo, mangos y avispas, siempre. La escuela, los profesores, las tareas y el trúcalo y la mangulina, el pisacolá y el topao y el corredero desde el palo de luz de la esquina de la Espaillat con Monseñor Nouel en que se consumían las noches, y todo allí, de nuevo, frente a sus ojos, para que lo miraba. ¿Qué vaina es ésta ?, pensó, ¿Me estaré enfermando? Y sin embargo, se sentía vivo, intensamente vivo, demasiado vivo, diría. Más vivo que todos aquellos que le pasaban al lado ignorando la sangre que pulía la calle, el rencor que soldaba los adoquines. El sí vivía aquello, todo le borboteaba dentro, como si su piel ahora cobrase una sensibilidad extrema, y por ella desfilaran las brisas y los empujones, las caricias y los correazos, las picadas de avispas y los manoseos, lo maravilloso y lo doloroso, todo junto, embrollado, rozándole, hincándose en su piel, enervando cada poro, cada vello... Y frente a él una calle que se volvía otras calles que eran la misma, rostros perdidos que se actualizaban y le saludaban y él los veía casi transparentes sobre el bullicio y el gentío que se movía ahora. El Conde hoy ya no es El Conde. Estos no lo conocen. ¿Qué vaina es ésta?, pensó, ¿Por qué tanto recuerdo, tanta remembranza?

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Volteó hacia la Palo Hincado, hacia el Baluarte. Sintió ganas de ir al cementerio de la Independencia (para juntarme con mis muertos, se dijo) y un leve susto le estremeció de pronto, un lengüetazo salobre, frío y rápido en su espalda, una puñalada amarga en su ánimo. Tuvieron suerte, se dijo a sí mismo, de no ver esto. Pero, allí, golpeantes, persistían las imágenes de los amigos, el Roxi, pero el Roxi ya no existe, ni Viterbo, ni Máximo, ni los comandos, ni el 1J4 ni las banderas encendidas al sol, y, entonces, por qué estaban ellos allí preguntándole, ¿Qué tú crees? ¿Que qué creo de qué? ¿Qué crees que va a pasar en este país? ¿Y qué carajo va a pasar? ¡Nada! ¿Cuándo aquí ha pasado algo, Viterbo? A Viterbo se lo comió vivo un cáncer del pulmón, se fumó sus 43 años de golpe. Lo vió de nuevo consumirse, flaco, los dedos largos y temblorosos sacando el cigarrillo... "Ya me jodí, así que no me voy a quitar el gusto de mierda éste que me mató", y lo encendía y lo fumaba con una secreta furia... Una pequeña y última victoria. Y entonces, Viterbo allí, ¿Desde dónde?, le preguntaba, ¿Cómo fue todo? ¿Qué pasó desde que me fui? La misma mierda, Viterbo, ¿Qué te dije? ¿No te dije que aquí todo es lo mismo? Yo mismo terminé en Boston…Y le calló la boca para que no le preguntara de política, de partidos, porque era justo, pensó, que

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allí, en la muerte, Viterbo no supiera, no se enterara... Para que amargarle la muerte después de haber vivido tantas amarguras en vida, para que ensombrecer más aquella vida consumida en colillas y colillas, en cajetillas inmensas de Montecarlo, auténtico sabor... Máximo estaba detrás, callado, mirándole con aquellos ojos desconsolados, ojos de quien se rinde y se abandona, convencido de la fatalidad de todo lo que se haga. Máximo no preguntaba. ¿Acaso sabía? ¿Acaso supo siempre? Pero, ¿quién iba a imaginarse que todo fuese así? ¿Quién, que luego de tanta furia y tanta sangre y tantas palabras y promesas, todo concluiría en lo mismo? Futuro de mierda, mejor no hubiese llegado, pensó fugazmente; porque el futuro, ese hoy que le asqueaba, estaba allí, junto al pasado, imágenes sobre imágenes, mierda de futuro, porque por lo menos en aquella época creíamos en algo, teníamos una fe, una convicción, sueños, nos jugábamos cada minuto a nuestras certezas, y ahora, ¿dónde estaban las certezas? un montón de estiercol de perro bajo la rueda de los carros de concho frente al Baluarte. ¿Sólo eso? Dentro no resonaba nada, y Máximo estaba allí, mirándole, a él, al pobre Máximo, lo evaporaron una noche y nunca nadie supo nada. Simplemente desapareció. En la Policía le

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preguntaron: ¿No se habrá ido en yola? ¡En yola, Máximo, que temía al agua y no sabía nadar! El, sin embargo, terminó yéndose y no en yola, en avión, hacia Boston donde vivía su hijo que era lo único que le quedaba. ¿Y Máximo? ¿Y los comités de apoyo que luego fueron sustituidos por otros comités de apoyo que luego también fueron sustituidos por otros, porque cada desaparecido traía uno consigo y el nuevo escándalo diluía al anterior? Y ahora no se sabe, Máximo, a quien reclamar por ti, pensó. Los verdugos llegaron a generales y fueron retirados con honores, y su sueño no se perturba. Se hizo lo que se tuvo que hacer para salvar la patria. ¿La patria de quién? ¿La de Máximo? Y luego se inscribieron en los viejos partidos de oposición y fueron reivindicados como justos y le fueron perdonados los pecados y los desaparecidos se olvidaron porque vivos estaban aquellos, los verdugos, y por vivos eran útiles y, además, sabían cómo se hacían las cosas, así que, Máximo, ¿a quién, sino a tu madre, que murió, le dolería que tu desaparición quedara en el olvido? Y ahora todo está tan mezclado y tan confuso, y tus antiguos amigos andan con los que te evaporaron y no es de buen gusto empañar la nueva amistad con preguntas por un Máximo que ya ni memoria es, sólo olvido y silencio. Y eso fue lo verdaderamente triste

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de todo, recibir las tarjetas con el escudo encima, ver los vehículos de lujo, y oír de nuevo jurar solemnemente sobre la tumba de los muertos promesas que suenan bien, para que la prensa las reseñe, pero al final acomodarse y decirle que bonito era Boston, qué país ese Estados Unidos, y sin embargo, qué pela que le dimos, eh? Tus amigos, Máximo, hoy abrazan a tus verdugos y beben de la misma copa. ¿Entiendes? Y él asintió, como si le oyera pensar y comprendiera, sin dolor, sin acusar a nadie, sin reproche, como si siempre hubiese sabido todo y el único ingenuo fuese él, no Máximo que siempre supo, ni Viterbo, que ya sabía porque la muerte da sabiduría. Un ardor torvo le comenzó a subir desde el estómago, cruzando la Santomé. Un nudo amargo en la garganta. Un calor inusitado entre los ojos. ¿A quién vamos a hablar por ti, muchacho?, ¿A quién decirle de Máximo, que un día nunca regresó ni se supo de él, que no tiene tumba ni lápida, ni fecha para misa de recordación, y que talvez ya sólo él lo recuerda, caminando por El Conde peatonal? Y decidió echar el pie hacia adelante, moverse en el crepúsculo, sacudir tantos amigos idos, tantas vivencias inútiles, tantos sueños pisoteados por los venduteros y los jóvenes que reían, jugueteaban, pasándole al lado. ¡Qué injusta es la

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juventud! ¡No sabe!, pensó. Y tampoco le importa. ¿Y para qué sucedió todo, Máximo, para esto? Y él le volvió a mirar callado, entornó los ojos, y no supo cómo explicar aquello. ¿Y tú, Viterbo? ¿Cuál es la diferencia de quien se muere ahora con quien se murió antes? Aquel murió sin saber, Viberto. No vió lo que vino. Murió preñado de inocencia, creyendo en sus sueños. Seguro de que un día las tinieblas darían paso a la luz y el mundo se compondría para los que siempre han sufrido y padecido. Yo no tengo esa suerte. Ustedes murieron con un sueño en los ojos, yo moriré de asco o de desengaño. A mí me mataron dentro antes de que me pudra afuera. Uno se va llenando de muertos y de muerte, pensó. Como un cementerio ambulante, muerta también la esperanza, mientras se miran con compasión los rostros escandilados de quienes todavía sueñan. Otros sueños bullen en esos ojos, pero son sueños. Yo sé lo que es soñar, bien que lo sé. Detecto un sueño con sólo ver la cara, porque los ojos arden, el rostro irradia luz, hay algo que vibra y bulle y se agolpa irrumpe explota salta convoca añade silba congrega canta contagia abarca abraza y nos hermana, ¡Claro que sé cuando la gente sueña! Y también sé como los sueños se derrumban, como se hunde uno en el cieno, como de sueño a cieno hay sólo un paso.

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Cuando despierten a la pesadilla, ellos también lo sabrán, pensó. Y caminó, camino por la calle en la que resonaban las ráfagas y los discursos. Con el Baluarte al fondo se fue acercando a la calle Espaillat ¡A la Espaillat! A esa Espaillat de su infancia y de su adolescencia, y desde las azoteas donde hoy revolotean palomas indiferentes sintió caer las piedras y el rechazo a la vieja dictadura, sintió el arrojo temerario de los todavía niños. Y también los disparos, los culatazos, las palabras infames… Faltan esas piedras, faltan. No cayeron suficientes. No fueron suficientes… Hizo algunos gestos con los brazos, como convocándolas de nuevo, frente a la indiferencia de la gente. Habría que volver a ocupar las azoteas y apedrear de nuevo, gritar de nuevo, rebobinar la cinta y enderezar tanta energía dispersa e inútil y mortal. Y mientras el sol lamía las paredes carcomidas y algunas palomas alzaban vuelo, él cruzaba la Espaillat a la caída de la tarde, con las primeras sombras anunciándose. Un asomo de lágrima enturbió su mirada, le desdibujó el mundo. ¡40 años! ¡40 años de que nos empujaran a una encerrona y nos aniquilaran sin misericordia! ¿Y todo para echar discursos? ¿Todo para terminar amancebados? Un moreno delgado, con una cachucha descolorida y una planilla de billetes en la

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mano se le acercó. "Diez millones en el especial, mi don", le dijo. Le miró y no sabe qué le dijo con aquella mirada que el moreno quedó tieso, enmudeció y luego se le alejó sin decir nada. Escuchó de nuevo sobre los bocinazos, los pregones, el bullicio vesperal, el vuelo rasante de los aviones, el tableteo de las ametralladoras, el retumbe de los altoparlantes, los discursos, aplausos, decisiones... Sean mis primeras palabras, las escarpadas montañas, vengo a devolver al pueblo… Las escarpadas montañas están peladas, desforestadas, ahí no sobrevive nadie. Fue una locura aquello ¿Qué guerrilla puede sobrevivir comiendo lagartijas? ¿No sería ese el sentido de tanta tala, de tanta destrucción? ¡Quién sabe! Decenas de ríos y arroyos secos, perdidos para siempre…El país convirtiéndose en un peñón estéril ¡Con el Baluarte al fondo! Y, de pronto, empezó a remontar tanta baba, tanto discursos, tarjas, poemas dedicados, actos de conmemoración, explicaciones y justificaciones… Estaba ahora claro nuevamente para él. Viterbo, Máximo,… ¡Ese era el reencuentro! , el verdadero, para eso regreso de Boston, del frío, de la indiferencia letal de aquel país. Miró al fondo el Baluarte… Mientras no se escarmiente a los traidores… Duarte sabía lo suyo. Nos empujaron a

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decisiones equivocadas, nos provocaron y cedimos, pensó. Pero hubo valor, entrega, y lo que importa al final es esa entrega, no importa lo que digan ni lo que piensen ni lo que argumenten ni lo que expliquen ni lo que justifiquen los cobardes que, normalmente, son los que sobreviven. El caminó sintiéndose ligero, acompañado, rompiendo amarras, recobrando la luz, el sueño, la decisión unánime a cada paso, con Viberto, con Máximo, cada vez más con ellos, un paso, otro, hacia el Baluarte siempre, descostrándose de la vida, de la mugre cotidiana, de tantas prostitutas, venduteros, transeúntes, turistas, taxistas, policías, simples parroquianos de una calle cuya gloria se esfumó para siempre. A cada paso toda esa realidad inmunda desapareciendo, y él cada vez más junto con el Viterbo y el Máximo, y las antiguas consignas cuyo lustre se recupera y vuelven a brillar, a resonar, amplificadas, las viejas consignas y los viejos heroísmos que retornan con una fuerza ciega, y viendo revolotear al sol que nace las amadas banderas, mientras las voces de los líderes pronuncian de nuevo los discursos de entrega, de decisión heroica, de sacrificio inmenso y desinteresado. Y él avanzando hacia el Baluarte, desligándose de una vida que no le interesa en nada y caminando, caminando, hacia el Baluarte siempre,

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no importan los carros, el tráfico imprudente, el alerta, el bullicio, los frenos que chirriaron y los gritos de espanto... moviéndose hacia el Baluarte siempre, con Viberto y con Máximo, mientras suena, glorioso, el Himno del 14, y él musita, roto en el pavimento, que también él llegó lleno de patriotismo, enamorado de un puro ideal, dispuesto él, a alcanzar el Baluarte, a ser libre o morir, aún sea arrastrándose al final del día, hacia el Baluarte, antes de que la luz se acabe.

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Químbara A Celia Cruz

Los tígueres pesaos, los deaverdad, ya no existen. ¡Qué va!, ya no hay tiratelas como el Mauri Will y el Nackin, que se daban unas combinaciones que había que salir a verlos, y en la pista era que ellos sacaban candela, tirando los pasitos, sudados, empapados totalmente en la música, inventando nuevos pasitos siempre y sorprendiéndonos: un revoloteo del cuerpo

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que se contorsiona vibrando, temblando a cada compás, pero con estilo, con gracia. Había que hacerles su ronda, bebiéndonos su baile, y si se quería que la fiesta de uno tuviera sabor y la gente fuera, había que invitarlos... Desde que uno decía que iban, la gente se desprendía de donde fuera para estar allí. Nadie quería perderse el verlos tirar el son. Y cuando el Mauri Will y el Nackin competían aquello era para morirse... ¡Esos sí sabían lo que era bailar...! Luego vino el Químbara, y creo que él fue quien le enseñó a Domingo El Pecaero y al Popeye; y después llegaron José La Salsa que aprendió de su hermano, El Pecaero, y los hermanos Ruiz y todos los salseros de ahora; pero ésos no son más que una imitación del Mauri Will y el Nackin, y hasta del mismo Químbara, que fue Mauri Will quien le enseñó a tirar tela, a combinar, y a tirar los pasitos. El Químbara apareció en las fiestas exactamente con Celia Cruz, Johnny Pacheco y el Químbara Quimbara, y nadie bailaba el Químbara Quimbara como él: gozándoselo, vibrando, temblando, saltando, tirándose al suelo, girando, doblándose en veinte, eléctrico, sacudiéndose, y uno tenía que dejar de bailar para verlo, poseído, en un espacio propio

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del que todos de pronto nos veíamos excluidos, como que el disco, la voz de Celia, la música, el repicar de los cueros y la guaracha encendía, todo era para él, para él solito, sin pareja, sin nadie más, vuelto la salsa, la rumba buena y el guaguancó; y todo el mundo hablaba, gritaba, aplaudía, lo animaba, pero ¡qué va a oir a nadie el Químbara!: él sólo tenía oídos para los cueros percutiendo, la voz como un cuchillo de Celia que sudaba el químbara quimbara cumbaquín bambá, y la sala de la casa era una pista en la que el Químbara estallaba en mil y un pasos, sin repetirse, cien mil maneras distintas de dejarnos con la boca abierta, envidiosos, sorprendidos, deslumbrados por esta máquina de pasos, por este artífice del ritmo, por este relámpago de la salsa

El Mauri Will y el Nackin se fueron esfumando, consiguieron la visa y se marcharon para los países, pero quedó el Químbara y el Químbara entonces era el rey, el que todo el mundo buscaba para las fiestas, el deaverdad, el que daba el modelo de lo que era tirar tela. Domingo El Pecaero y Popeye lo imitaban a las claras. Se paseaba como un príncipe envidiado por La Henry y por la Mazertov, por El Aguila y por La Torre, por Las Vegas y por El Barroco, y desde que

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se sabía que estaba el Químbara le sonaban la salsa buena para que él hiciera su espectáculo, mientras los parroquianos se paraban a verlos, sorprendidos siempre, envidiando secretamente aquel cuerpo que se derramaba en mil y un pasos.

Uno no sabía dónde vivía El Químbara; según algunos era por detrás de Campoamor, en Los Mina; y según otros por el derricadero de Lengua Azul; por El Ancón..., pero, bueno, lo importante era que uno vivía hablando de él, y cuando nos inscribimos en el Fray Cipriano a estudiar el bachillerato, ahí sólo se hablaba de que el Químbara se sobaba con aceite de culebra y que por eso era que tenía el cuerpo así, tan suelto, tan dócil para los cueros y el remeneo, como si la timba y el timbal tocaran sólo para él: se llegó a decir que el Químbara iba a poner una academia para enseñar a la gente a tirar los pasitos, y recuerdo que todos dijimos que quién iba a pagarle al Químbara por eso, que si el Químbara se había vuelto loco, y todos pensamos al mismo tiempo en inscribirnos, porque todos queríamos que las jevas nos miraran y se entusiasmaran con nosotros como se entusiasmaban con el Químbara.

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Había que verlas cómo se volvían locas cuando el Químbara salía a la pista. Y si el Químbara las invitaba a bailar, eso era como una consagración de que ellas sabían tirar los pasitos. Novia, novia, uno no le conocía una oficial al Químbara. Sí sabíamos que se samaba con alguna, que metia mano con tal o cual jeva, pero el Químbara tenía su demanda y él no iba a ser pendejo de amarrarse con ninguna. Bueno, uno hubiese hecho lo mismo. Al Químbara le tocó la época del poliester y andaba con su afro, sus patillas, y una combinación en poliester, sus zapatacones y todo, el sombrero, el saco blazer, la camisa, la corbata, el pantalón, la correa, las medias y los zapatos de un solo color: si era marrón, marrón; si era azul, azul; si era gris, gris... Y caminando con su tumbaíto, dejándose caer a la derecha, con su ñoñería, con su cuadre, the sweet style, man, decía, pero que le quedaba bien. Nadie tampoco sabía de qué vivía el Químbara. Según Pocholo, el hijo de Marino, el Químbara trabajaba en un taller de desabolladura y pintura que estaba por Los Mina Viejo, pero nadie que yo sepa lo

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vio nunca trabajando, aunque de algo tenía que vivir y conseguir los pesos para tirar tanta tela como tiraba el Químbara, que yo creo que ni el mismo Maury Will llegó a tener la cantidad de tires chéveres que tenía el Químbara, ni los pasitos, porque el Químbara en cada fiesta venía con nuevos pasitos y cuando uno le pedía uno de los viejos, él decía que no le gustaba repetir, que él era un artista y que esos pasitos ya estaban mocatos, que nos fijáramos en estos y luego, para intrigarnos, nos decía que los que iba a sacar la semana próxima iban a ser lo último, mortales, men, que esperáramos a ver. Entonces todos le pedíamos que nos adelantara algo, que nos dejara ver los nuevos pasitos. El Químbara como que lo pensaba, el tiguerazo, y después sacudía la cabeza y nos decía que no, que después se los copiaban y que él sacaba pasitos nuevos por eso, porque siempre le copiaban, pero que él era el Químbara, el original, el único y verdadero Químbara, the best, the marvelous man, el pachá de la salsa, el hijo de richirrey, y entonces nadie le iba a hacer repetir un pasito pero tampoco iba a adelantarle a nadie los pasitos nuevos de la semana que viene porque entonces no tendría que enseñar, que nos conformáramos con los de esta semana que estaban bien buenos.

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Nestor La Vaca, Mamitán y yo nos íbamos al piso que quedó de la casa de Adrianito cuando la tumbaron, para practicar la salsa sin que nadie nos viera, con un toscadisquito japonés de pila, y los discos de Celia, de Pacheco y de Maelo, pero aparte de darnos bien duro en las rodillas cuando intentábamos tirarnos al suelo imitando al Químbara y a John Travolta, y guayarnos las quecas, nunca pudimos llegar lejos. Al final, tal vez por eso sobresalimos en los estudios, y tal vez la mala suerte del Químbara nos hizo coger cabeza y le dimos fuerte a la universidad, aunque eran los tiempos duros, y siempre se armaban unos líos del carajo en la universidad: bombas, tiros, piedras, la policía, correderas, y mamá sufrió muchísimo con eso. Lo del Químbara sí fue una pena, porque él no le hacía daño a nadie. A él lo que le gustaba era bailar, tirar su tela, inventar pasitos, pero las muchachas lo miraban con admiración y eso molestaba. Sí, el Químbara gustaba parece, y eso en este país no se puede. Una vez estaba bailando, zumbando, gozando la música como él sabía, entonces para mala suerte

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de él una carajita que andaba con un hijo de un general en una fiesta en la casa de doña Angélica lo vió bailar, se quedó parece que embelesada viéndolo subir, bajar, ranear, girar como un dios en su altar de fuego, en la pista divina que se encendía para que el Químbara oficiara su ritual, su danza, su torbellino de pasos, vueltas y revueltas, su magia rítmica y candente; entonces la carajita metió la pata y fue donde estaba el jevo que andaba con ella, el hijo del matatán, y le dijo que viniera a ver qué tipo que sabía bailar salsa, y yo no sé si fue el diablo que se le metió al otro, pero fue callado, con la tipa y vio al Químbara bailando, viviendo la salsa, encendío en la sala dando una cátedra de pasitos a todos los que le mirábamos con envidia, y le dijo a la jeva: ¿Y ése es que tú dices que sabe bailar? ¿Tú quieres ver que no sabe bailar na´?, y todo el mundo se volteó porque creía que el tipo iba a salir a intentar competir bailando con el Químbara que yo creo que ni oía ni sabía lo que estaba pasando, seguía sudando a Celia, la guaracha y el bongó, y la muchachita como que se dió cuenta de la maldad del otro porque le dijo al tipo: "¡Tabién, papi, tú tienes razón!"; pero, qué va, ya el diablo se había soltado, y el tipo volvió a repetir: ¡Qué va a saber ése bailar! ¡No ombe, vamos a ver si sabe bailar!, y sacó un revólver y ahí se armó el juidero, y

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el tipo le apuntó a las piernas, a los pies del Químbara, a la cadera, y ¡pam!, ¡pam!, ¡pam!, tres, cuatro tiros y el Químbara se cayó al suelo, retorciéndose de dolor, diciendo, con los ojos desaforados: ¿Qué pasó, vale?, ¿Qué le hice?, y el tipo se le acercó y le dijo: ¿Tú no dizque que sabes bailar, coño? ¡Baila ahora, maricón!, y le apuntó a la cabeza para soltarle otro tiro y matar al pobre Químbara que miraba al tipo apretaísimo y sin conocerlo, mientras se desangraba en el suelo y doña Angélica caía con un ataque, tiesa del susto. El tipo le dió a tirar al revólver pero, para suerte del Químbara o para mala suerte, quién sabe, no tenía más balas y el tipo soltó un coñazo y se largó de allí con sus amigos y unos guardias que lo cuidaban, casi arrastrando a la jevita que lloraba y no quería irse con él. Al Químbara entonces lo recogieron y lo llevaron de emergencia al Darío y allí quedó preso porque eran heridas de bala y el tipo que le pegó los balazos fue a un cuartel y acusó al Químbara de haberlo querido desarmar y ser enemigo del gobierno y qué se yo cuántas vainas más, y de que el Químbara andaba armado..., total que el Químbara terminó preso en el mismo Darío Contreras y allí quedó jodío de la cintura para abajo, y del Darío lo rejundieron en La Victoria, trancado por política, y sólo pudo salir cuando Guzmán fue

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presidente, que soltaron a todos los presos políticos; a él, al Químbara, que nunca fue de nada de política. Lo sacaron así, vuelto una mierda, inválido. De ahí en adelante le perdí la pista pero luego supe que su familia le puso un puesto de compra venta de cartones y botellas vacías, y un día dando una vuelta por Villa Consuelo, ya como ingeniero civil que yo era desde hacía ocho años, buscando precios de unos materiales que necesitaba para una construcción a mi cargo, vi ese pegote de carne sobre una silla de ruedas destartalada, envejecido, gordo flonflón, un mazacote, y oí que alguien le voceaba: ¡ Químbara! ¿Cuánto me das por esta carretilla de cartón?, y los ojos se me aguaron, de verdad, como si toda mi adolescencia, mi juventud, estuviera allí sentada, vuelta un mazacote inválido , como si la vida misma fuera esa burla cruel, como si el tiempo diera vuelta y, en fin, como si una parte importante de mí estuviera allí también postrada y destruida, lo vi mascullar algo, tasar con la mirada, sacar unos pesos mugrosos de un bulto, negociar unos cartones de desecho, pura basura, y por mis lágrimas cruzó el otro, el Químbara envidiado, sobreponiéndose a aquella imagen derrotada, me di la vuelta y me alejé,

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impotente, y pensé que talvez el Químbara hubiera agradecido que el revólver del tipo hubiese tenido un tiro más.

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La frase Dedicó años a concebir una frase célebre que perpetuara entre los hombres el recuerdo de su paso por la vida. Estudió las vidas y hechos de las grandes personalidades, sus sentencias más sonoras, los grandes sentimientos en que se inspiraban, los términos que las componían, los sucesos en que fueron proferidas. Los días iban acumulando

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montones de cuartillas borroneadas, ensayos de frases que él desestimaba considerándolas impropias para su genio, incapaces de revelar las alturas que era capaz de remontar su pensamiento. Su pasión era lograr esa frase capaz de deslumbrar hasta a los espíritus menos sensibles, que envidiarían secretamente su talento y lamentarían que una mente esclarecida como la suya haya sido tan parca, sólo legara a la humanidad una frase, diamante cuyo fulgor daría testimonio de la vitalidad y calidad de la veta. Cuando el cansancio le ganaba, cuando el desaliento por lo infructuoso de la empresa acometida le hacía decaer el ánimo, imaginaba su futuro: su frase floreciendo en multitud de labios, citada en los periódicos, repetida por los grandes líderes, multiplicada en documentos, proclamas, discursos, sermones, ensayos, octavillas, etc. Visionó los honores que la posteridad le rendiría por haberle regalado aquella frase perfecta: sobria, sabia, perspicaz, adecuada para ser dicha en las más grandiosas ocasiones, digna de ser recordada por las más exigentes inteligencias. Un día lla encontró al fin. Leía y releía en su soledad el papel en que estaba escrita; sí, era la frase perfecta;

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ante ella palidecían todas las demás. Los grandes ingenios lucirían apocados cuando sus frases aparecieran al lado de la suya. Una dulce satisfacción le ganó el cuerpo, le enorgulleció, devolvió sentido a tantos años de paciente esfuerzo. Al día siguiente, luego de pasarse la noche memorizando la frase, quemó en el patio de la casa todas aquellas cuartillas inútiles, incluso aquella donde reposaba su frase; revolvió entre la tierra las cenizas para que nadie pudiera robarle la gloria de proferirla antes que él lo hiciera. Mientras el fuego devoraba aquellos papeles, imaginó en qué circunstancias debía proferir la frase; qué acontecimiento sería el que daría el marco adecuado a aquella perla retórica. Sintió que, tal como las más recordadas figuras de la humanidad, él y su frase estaban destinados a un gran momento político. En el país gobernaba un déspota, ¿no sería él más digno de su frase, no honraría el parto supremo de su ingenio, con una actuación redentora, de mártir que arriesga y sacrifica su vida en procura del bienestar de su pueblo? Un héroe de la patria, venerado y recordado, y aquella frase suya aprendida por los niños en las escuelas por los siglos de los siglos. Sí, sintió que aquello era lo justo.

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Se comprometió a fondo en un movimiento de oposición al tirano. Sus compañeros de lucha aún lo recuerdan como un ser callado, laborioso, valiente y desprendido, el que cumplía a fondo sus responsabilidades, el que mostraba una pasión abnegada su conducta por devolver la libertad a sus conciudadanos, el que trabajó siempre en silencio asumiendo las tareas más duras y peligrosas y sólo predicaba con el ejemplo. Fue escalando posiciones de mando, promovido por sus compañeros que admiraban en él esa audacia, ese arrojo, esa humildad, esa discreción que mostraba. Alcanzó la suprema dirección del movimiento. Su nombre comenzó a ser temido por los gobernantes, musitado con esperanza por el pueblo, pronunciado con admiración sin límites por sus compañeros de causa. Durante todos esos años de oscuro laborantismo político, su silencio fue un repetir incesante y secreto de su frase, ensayo mental de los tonos adecuados para decirla en el momento justo, paciente aguardar de las circunstancias debidas.

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Una defección permitió un día a los servicios de seguridad del régimen echarle mano al temido líder revolucionario en que él había devenido. Un tribunal militar lo juzgó bajo cargos de sedición, subversión y traición a la patria, y le condenó a morir fusilado. La sentencia tuvo una rápida y sensible repercusión mundial que le complació. Líderes de todas las naciones, tanto políticos como religiosos, pidieron clemencia al tirano inmisericorde, pero el déspota no cedió. Temía a aquel hombre callado, que no soltó un gemido durante las interminables sesiones de tortura, que era reverenciado fanáticamente por sus compañeros de lucha y amado en silencio por sus compatriotas. El día previsto para la ejecución, el tirano decidió dar una demostración pública de poder. Mandó a que el fusilamiento fuera abierto a la prensa nacional y extranjera, transmitido en vivo por radio y televisión a todo el país. Decenas de periodistas, desde tempranas horas del día, estaban colocados a la espera del infausto suceso, en el patio de la prisión en que se iba a ejecutar la sentencia. El tirano se apersonó al lugar para darle el

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tiro de gracia al prisionero frente a las cámaras de televisión para escarmiento público. Lo sacaron de la húmeda e incómoda prisión, aterido, flaco, barbudo, con el cuerpo lleno de ramalazos cárdenas, de hematomas purulentos. Sintió sobre sí toda la atención mundial. Sabía que cada gesto suyo, cada sonido que saliera de su boca, era inmediatamente retransmitido en todfas direcciones. Caminó con paso seguro, a la circunstancias, hacia el poste de permitió que lo vendaran. Recibió Santos Oficios. Miró, sin miedo, pelotón de fusilamiento.

altura de las ejecución. No en silencio los desafiante, al

El tirano condescendió a permitirle decir unas últimas palabras. Entonces sintió llegado el momento justo para que la frase, su frase, asombrara al mundo. La emoción le humedeció la frente. Sintió sobre él la expectación de todos los hombres de la tierra, aguardando con ansiedad el mensaje postrero. Un temblor le recorrió el cuerpo: toda su vida, todos sus esfuerzos, la razón de su existencia, se le hizo clara, justa.

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Hizo un leve movimiento con los labios, como quien va a hablar, pero una aguda cuchillada de dolor le congeló el rostro, le ensombreció el semblante, le desorbitó los ojos; le hizo contraerse, caer como un fardo pesado. El síncope fue fulminante, fatal. Murió de miedo, diagnosticó el médico legista, instantes después.

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Lépido

¡Sabes lo que es eso! ¡Una niña todavía! ¡Un angelito! ¡ Y así! Ese padre se está volviendo loco. Esa madre ya no sabe de dónde sacar lágrimas. ¡Una niña todavía!... ¡Una niña! Aquí no han querido nunca oír a uno. Yo sabía. Yo lo dije, pero nadie me oyó. ¡Cómo va a andar un loco suelto! Aquí el que no quiso darse cuenta de lo que iba a suceder

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era porque no quería. Lo que pasa es que así somos los dominicanos, sólo ponemos candado después del robo. Ahora sí cogieron al loco. Pero eso se sabía que venía. ¡Son unos canallas! ¡Eso es lo que son! A mí no me van a callar. ¡A mí no! Ese pobre muchacho es un infeliz, nunca se metió con nadie. El no era gente de hacer una barbaridad como esa. Lo que pasa es que es muy fácil hacer esa vagabundería y echarle la culpa al pobre muchacho que no tiene cómo defenderse ni quien lo defienda. ¡Ojalá don Chito no se deje engañar! ¡Que mire bien quiénes son los que están echándole al pobre Lépido la culpa! ¡Qué mire bien, para que encuentre al que le desgració la niña! ¡No, no, noooo! ¡No me golpee más! ¡Me duele! ¡Aaaayyyyyy! ¡No me golpee más, por Dios! ¡Yo no sé! ¡Aaaayyyyyy! ¡Yo no sé! Mi hija era un angelito, un angelito de Dios. Fue un abuso, doña Matilde. Fue un abuso. Una madre prefiere morirse mil veces y no ver a su niñita forzada y muerta por un buen abusador. Yo no sé si fue ese muchacho o quién fue, yo no lo sé. Yo lo que quiero es que a ninguna madre más le maten su hijita, doña Matilde. Yo,… yo… ¡Yo no tengo ganas de vivir! ¡Mi hija, mi hijita del alma! ¡Pero no habrá nada que se disponga y paré esta barbaridad! ¿Es que el teniente quiere a la fuerza

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que un loco diga que hizo algo que no hizo? ¿Y dónde están los periodistas? ¿Y qué de la Justicia? ¿Es que ese muchacho por ser loco no tiene derechos? Este barrio tiene que oír los gritos, como si lo estuvieran torturando en la misma sala de uno… Yo tengo los nervios vueltos una etcétera y si no fuera porque tengo tantos achaques fuera ya mismo a llamarle la atención a ese abusador… Pero, después, si me da una sirimba se atreven a dejarme tirado y que me joda ¡Y cómo grita el desgraciado! Parece que le están arrancando el alma. ¡Esto no puede seguir, porque estos gritos están acabando con uno! A mí tú me vas a decir lo que hiciste, coño. A mí no me vas a engañar con esa carita de yo no fui. Tú puedes engañar a otros, pero a mí no. ¿Por qué hiciste lo que hiciste, loco de mierda? Aquí tú vas a hablar, porque de aquí no sales vivo si no hablas. Mire, caray, yo sé cómo son estas cosas. Yo no voy a meter mi mano en el fuego por el loco, porque yo no puedo decir que él no lo hizo. Pero, lo más fácil es echarle la culpa a ese infeliz. ¿Y él era el único que le tenía echado el ojo a la Miguela? ¡Ah, no, eso no me lo pueden decir a mí, que veía a todos esos muchachos locos del barrio cómo la miraban, lo que le decían! Don Chito puede ahora creer lo que sea, y yo como padre ofendido se

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lo respeto. Pero ahí hay que escarbar mucho, mucho, digo yo. A esa muchacha se le desarrolló demasiado el cuerpo, y aquí la gente lo que está es tratando de salvar a sus hijos, que no les carguen la muerta a ellos y por eso prefieren culpar al loco. ¿Lépido? Ahora seguro que lo maduran a golpes para que se eche eso encima. Mire don José, yo no sé a quien creerle. Mi hijita está muerta. Eso es lo que yo sé: que la enterré, que enterré mi alegría, que en esta casa yo y mi mujer no tenemos fuerza para mirarnos a la cara, que ahora todo el mundo habla y habla, como si no nos doliera todo, como si sólo despertar no fuera una tortura. Sé que apresaron a Lépido, pero es que encontraron cerca de él sus panticitos. Los panticitos de mi infeliz hija. ¿Usted entiende? ¿Qué interés puedo tener yo en que acusen a ese loco? Pero, ¿cómo pueden pedirme a mí, a su padre, que vaya a la policía a pedir que suelten a Lépido? ¿Yo fui que lo tranqué? Ellos son los que investigan, los que interrogan, los que averiguan. Yo lo que espero es que sean quien sea que tranquen, sea el que le hizo eso a mi muchachita y no que tapen al culpable cogiendo preso al loco. Pero yo no puedo meterme en lo que haga la Policía. Eso

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hay que tener mucho estómago para pedírmelo a mí. ¡Es increíble! ¡Esto sólo se ve en este país!

¡Ahora tiene uno que oír al teniente Matías acabando al loco ese! ¿Qué tengo yo que ver con eso para tener que tirarme este show? ¿Es que aquí no respetan nada? Hay que oír cómo grita, exagerando, como si lo estuvieran matando, porque dos o tres yaguazos que el otro animal le está dando. Yo no voy a decir que no se le dé, porque aquí al que no le bajan la pesada, no confiesa. Pero que lo estén haciendo en el cuartel, para que todo el barrio se dé cuenta, ¡ahí Matías se pasó de la raya! El podía llevarse el loco a otro sitio y hacer que hable. Yo entiendo que él tiene que solucionar esto rápido, porque un crimen como el que hicieron con la hija de Chito se lo puede llevar de paro. ¡Pero tener a ese loco gritandole a uno encima también! Claro, es muy fácil culpar a Lépido. ¿A quién le duele ese infeliz? Yo sólo miro y me callo, pero ¡Ay si yo hablo! ¡Ay si esta boca se abre y dice todo lo que yo he visto! Porque este barrio ahora es ciego. Aquí ahora son ciegos y sordos. Jum, como si no se supiera… Aquí ni los viejos se salvan de sospecha, que muy bien se les iban los ojos cuando veían a esa muchachita, y había que oírlos: que si yo le hiciera esto,

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que si yo le hiciera lo otro… Ni respetaban a don Chito! Ahora van con sus lágrimas de cocodrilo a darles pésames pero yo sé, yo sí sé que es para limpiarse, que no le carguen la muerta. ¿Y los hijos de ellos? Una partida de irrespetuosos, tígueres sin educación, que eso es lo que están criando; hay que ver las cosas que les voceaban a esa niña cuando iba o venía de la escuela o salía a cualquier diligencia que la mandaran. Una aquí será vieja, pero ni sorda ni ciega… ¡Y tampoco muda, carajo! ¡A que a mí la Policía no me viene a preguntar..! Es muy bueno madurar a golpes a un infeliz loco para que diga lo que el teniente Matías quiera que él diga. Y como el loco no tiene quien saque la cara por él… Pero si don Chito deja eso así, que abusen del infeliz, entonces no sólo no va a vengar la sangre de su hijita, también se va a ensuciar con una infamia contra un infeliz porque aquí lo que quieren es tapar a quienes de verdad le hicieron eso a la Miguela. ¡Qué grite, qué grite bien alto! Así, más, más… Vamos a ver qué hace este gobierno cuando este abuso salga en la prensa… Es bueno que este barrio de tanta indiferencia y oportunismo se dé cuenta de la capacidad represiva de este régimen, capaz de torturar a un loco para que se inculpe de un crimen que no

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cometió. Esta pequeñaburguesía acomodada, que se mira el ombligo y vive ajena a las luchas sociales, qué escuche estos gritos, qué se dé cuenta de que hoy es Lépido pero mañana puede ser cualquiera de ellos. Matías, ahora, sin darse cuenta, trabaja para nuestra causa. Y los gritos de Lépido son el mejor discurso. ¡No, no, que me duele! ¡No sea malo conmigo! ¡Yo no sé nada! ¡Aaaayyyyyy, no sea malo! ¡Aaaayyyyy! ¡Ahí no, señor! ¡Aaaayyyyyy, aaayyy mi madre! ¡Yo no sé nada! ¡Aaayyyyyy! El teniente irá a matar a ese infeliz. Eso es golpe y golpe. Uno no puede decirle nada. Aquí lo mejor que uno hace es no opinar. Yo no sé cómo él quiere que ese loco hable, porque la palabra de un loco sirve para poco, pero a él se le ha metido en la cabeza que el loco fue y uno no tiene más remedio que estarse quieto. A mí si no me meta él a abusar del loco. Si él quiere despeluñarlo entero, que lo haga. Nadie se lo va a impedir. Y eso, que a mí se me parte el alma cuando oigo al loco gritar. Pero yo no puedo hacer nada: perder mi carrera solamente. ¿Qué puede hacer un policía si el oficial mayor se ha vuelto loco? Sí, porque el teniente Matías está más loco que el propio Lépido. Yo no he podido ni comer… ¡Y quién puede comer

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con estos gritos, con este abuso! Tengo la sangre revoltiá… Me siento bien mal sólo de pensar que a mí y a cualquier persona lo pueden coger en la Policía y caerle a golpes sin que nadie haga nada. ¡Hasta donde ha llegado este país! Tanta baba que se habla de democracia y de derecho y están matando vivo a un loco y todo el mundo se queda como si nada. ¿Es que esos mismos policías no son capaces de parar ese abuso? Y entonces al loco como que le pusieron una bocina porque se oyen los gritos como si estuviera al lado de uno, en la propia casa. ¿Es que no se dan cuenta de que le formaron al loco una camarona para culparlo del abuso que le hicieron a esa muchachita? Y ese Matías, seguro que cogió sus buenos cuartos por la izquierda para forzar al loco a golpe a que diga que él fue que le hizo eso a esa infeliz. ¡Cómo se ve que este país no cambia! ¡Siempre lo mismo! Aquí con cuarto se fabrica un culpable y se tapan todas las vagabunderías, pero aunque sea de la OEA, de las Naciones Unidas, de algún lado alguien tiene que venir y parar este abuso, antes de que destripen al loco… La envidia de la gente, el odio, no puede hacer que prefieran que el loco vuelva a estar suelto y mate a

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otra niña. ¡Qué rencor tan grande sienten contra don Chito, que quieren soltarle al asesino de su hijita! Porque yo lo dije mucho tiempo, que a ese loco había que trancarlo como con diez candados en el manicomio para que dejara de estarse manoseando su parte, que vivía con esa mano que hedía a pura verija, porque era sobándose todo el tiempo, y atento a loco nadie le paraba el coche. ¿Cómo va a tener un barrio a un tajalán en esa vagabundería el día entero delante de todo el mundo? ¡Y yo lo decía! ¡Ese va a desgraciar a alguien aquí! Pero, claro, somos dominicanos, aquí nadie dice nada hasta que las cosas pasan, y ¡fíjense ahora! ¡Quieren que el teniente Matías suelte al loco y que don Chito se quede como si nada! ¡A mí no me vengan con cuentos, la envidia no deja vivir a la gente, pero si tenían algo contra don Chito que lo paguen con él, y no con su hijita! Ya yo estoy perdiendo la paciencia, loco del carajo! ¡Mira a ver si habla! ¿Por qué mataste a esa infeliz? Si tú crees que te vas a salvar por loco yo te voy a reventar como sano. ¡Aquí tú vas a hablar, o te ripio entero a golpes, coño! ¿Tú crees que puedes, atento a loco, venir a abusar de esa muchachita y que no te pase nada? Primero te mato. ¡Habla, coño! ¡Habla, maldito loco! ¿Cómo te llegó el panty de la niña si no sabes nada? ¡Sargento, échele agua de nuevo para

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remojarle esa costra y quitarle ese bajo a verija que tiene! Sólo hay que verle la cara para saber que a ésa se la anotó él. ¡Pero a mí no te me salvas, desgraciado! Ni una siestecita uno ha podido

echar, ni descabezar un sueñito. Este loco hace tanta bulla que realmente parece que se hace más el loco que estar loco de verdad. Matías hizo mal haciendo esto en medio del barrio. ¿Por qué no se llevó su loco a otro lado? Ahora nos tiene a todos aguantando esta vaina. Esto es lo que le pasa a uno por vivir en barrio. Nadie se atreve a esto en Naco, Piantini o Arroyo Hondo. Usted sabe lo que es estar horas enteras oyendo a este loco berrear… ¡Y lo alto que berrea el desgraciado! Ya hasta yo mismo prefiero que paren y suelten al loco, y no estar oyendo este griterío horas y horas. Yo estoy que rezo y rezo, doña Matilde. Chito y yo ni nos hablamos, porque desde que nos miramos empezamos a llorar. Yo sólo le pido a la Virgen consuelo. Yo sé que la gente en este barrio está hablando, y hablando de más, porque no tienen compasión. ¿Es que no hay otras madres aquí? ¿Es que el dolor de una ni siquiera da lástima? ¡No se puede tener el corazón tan duro, doña Matilde! ¿Qué

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mal, qué gran mal, le hicimos Chito y yo a este barrio para que sean tan duros con nosotros? Los tienen engañados, ahora todo el mundo quiere salir del problema culpando al loco, y a Chito y a Ana Antonia los quieren comprar mostrándole una falsa solidaridad. ¡Cómo si no se supiera la mala voluntad que le tenían! En este barrio si tú asomas la cabeza y muestras un poco de progreso te caen encima. ¡Balsa de resentidos! ¡Envidiosos! Y a la niña las mujeres le tenían mala gana por que a los maridos se les iban los ojos detrás de ella. Vivían celosas. Criticándola. Inventándose cosas. ¿A que no van a decirle todos esos inventos al teniente Matías? ¡Jesús, si hasta aquí se oyen los gritos del loco! Este barrio demuestra que la burguesía es malagradecida. Lépido era un desclasado, vivía humillándose por un plato de comida: bañaba los perros, limpiaba el frente, botaba la basura, lavaba carros, cargaba compras… Y ahora, ven cómo lo torturan y nadie hace nada ¡Esa es la burguesía! Estos serán pequeños burgueses, pero tienen la conciencia podrida del burgués. Y así le paga el burgués a sus lacayos. Lo revientan a golpes para que asuma la culpa de una violación que es un reflejo claro de los gustos desviados

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de la decadencia burguesa. ¡Qué falta hace una revolución en este país! Pero, Dios mío ¿Es que el teniente no se da cuenta de que no sabe y que tampoco tiene juicio? Yo quisiera saber cómo es que el teniente razona. ¿A él no se le ocurre que cualquier tíguere de estos pudo hacer lo que hizo con la niña y luego tirarle los panties cerca al pobre loco? Y el teniente está que no oye ni quiere oír a nadie. Este escándalo nos va a meter en problemas. Los gritos del loco de momento se van a oír hasta en la Jefatura. Yo quiero saber qué va a decir el teniente cuando le pidan cuenta por el maltrato a un falto de juicio. Y que se sepa, el loco nunca dio problemas, nunca. Aquí hemos perdido la vergüenza. Trujillo mismo tenía sus centros: el 9, la 40, para torturar… ¡Nunca se torturaba en un cuartel, como ahora! ¡Hasta en eso hemos echado para atrás! Este abuso es para decirnos a todos que no hablemos, que nos callemos, que dejemos este asunto así. ¡Yo lo sé bien! Es para decirnos qué nos pasaría si reclamamos que no abusen del loco y busquen a los verdaderos culpables. ¿No pueden hacerle un examen de esos para ver quiénes fueron? Porque de lo que estoy seguro es de que no vinieron de Júpiter ni de Marte aquí a

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hacernos esta barbaridad. Eso fue cosa de gente de aquí mismo. Pero no fue ese loco, porque ese loco nunca hizo daño a nadie. Al revés, ¡bien servicial que era! ¿Quién le habrá dado dinero al teniente Matías para inculpar al loco? Porque a palo limpio es que le va a sacar una confesión. Yo quiero saber en qué tribunal la confesión de un loco sirve para algo… Aunque en este país se ha visto de todo. ¿Y don Chito va a dejar que ese abuso suceda? Después de todo, era su hija la víctima. Es increíble que ahora la gente tape todo lo que el loco del coño este hacía. ¡Ahora es un santo! ¡Hay que verles las caras que ponen! ¡Cómo se ve que no fue su hija! ¡Cómo se ve que no les importa! ¡Tienen que esperar que les pase a ellos! Yo espero que Chito no se afloje, que no se deje ablandar por estos que son sus enemigos, aunque él no lo sepa. ¡Qué tranquen al loco! ¡Que lo rejundan en la cárcel de por vida! No se puede tener a esa amenaza suelta para que vuelva a hacer otra barbaridad. Tú vas a dejar de dar gritos y me vas a decir lo que hiciste o te callo a golpes, loco de mierda. ¡Confiesa! ¿Por qué mataste a Miguela, la hija de don Chito? ¡Confiesa! Di de una vez que mataste a esa niña. Dilo si quieres que te deje de golpear. ¡Habla, habla! ¿Es que tú te crees que te vas a salvar de mí? ¡Sargento, échemele más

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agua al loco este! Y páseme el chucho de alambres, porque este va a decir lo que hizo, aunque tenga que despellejarlo vivo… ¿Pero será que no piensan

acabar? Si Matías y el loco siguen este show ¿hasta qué punto vamos a aguantar todos? ¡Este es un abuso a cualquier familia de este barrio! ¿Es que Matías no piensa que hay niños oyendo esto? ¡Y si por lo menos callara al loco! Porque, no me vaya nadie a decir que lo que le está haciendo Matías es para que él dé esos gritos como que lo estuvieran despellejando vivo. Uno hace un esfuerzo para vivir decentemente y fíjese, a oír cómo interrogan a un loco. Ojalá que termine de una vez todo. Pero ¿cómo pueden creer eso ahora de Lépido? ¿Acaso ese infeliz no vivía aquí, entre la gente, sin hacer mal, haciendo mandados, lavando carros, botando basura, sirviéndole a la gente por un chin de comida y tres centavos? Prefieren que maten al infeliz a que descubran que fueron sus hijos, ¡sí, sus hijos!, los que hicieron lo que hicieron. Ahora en el cuartel el teniente Matías lo está masacrando a golpes sin que nadie mueva ni un dedo. Yo misma llamara a la prensa, a la misma Jefatura de la Policía, para que paren esto si no fuera porque complicarse una no es buena idea en este país. Aquí

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siempre todo termina así, rompiendo la soga por lo más delgado. Yo, don José, es claro que no estoy de acuerdo

con

que

maten

a

golpe

a

ese

muchacho. Pero, ¿qué puedo hacer? Ellos son la ley, no yo. Ellos saben lo suyo, yo apenas sé de mi pulpería. Al teniente siempre lo he ayudado porque si uno es dueño de un negocio tiene que estar en buenas con la ley. Yo sé que dicen que yo le di cuartos al teniente para que agarrara al culpable. No lo hice, pero si pudiera lo hiciera. Era mi hija. ¡Claro que lo hiciera! Pero nadie puede creer que yo pagaría porque le echaran la canana a un inocente y dejaran al monstruo que le hizo eso a mi niña suelto. ¿Quién puede decir eso y en mi cara? Que los padres de estos tígueres quieran salir del paso cargándole la vaina al pobre Lépido yo lo entiendo. El no tiene quien saque la cara por él. Y a ellos no les importa. Pero que los propios padres prefieran que le echen la cuaba al loco en vez de encontrar al culpable… ¡Ya eso pasa de la raya! ¡Es verdad eso de que el muerto con tierra tiene! Si yo fuera el padre, hace tiempo que hubiera

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hecho trancar al bando de tígueres que daña este barrio, aunque se declaren enemigas todas las familias. Total, tampoco es que sean amigas. ¡Cómo se ve que estos pequeñoburgueses sólo piensan de forma egoísta! ¡Qué se atrevan a hacer esto es un barrio verdaderamente popular! Hace tiempo que hubieran incendiado el cuartel y le hubieran arrancado a Matías al preso y castigado a él. ¿Quién es el responsable de lo que le pasó a esa niña? ¿No es Matías, que en vez de cumplir con su trabajo vive picoteando aquí y allá, sacándole cuartos a todo el mundo? El mismo Chito le daba dinero… ¡delante de uno mismo incluso! Y él también tiene su culpa por no cuidar a su hija. Esa muchacha le gustaba exhibirse, provocar, con ese cuerpo tan desarrollado que tenía. ¿Qué hacía esa muchacha andando en la noche? Ahora es muy fácil decir que él la mandó a llevarle una compra a doña Andrea porque los motoristas del delivery andaban haciendo otras entregas y la vieja lo urgió. ¡El afán de lucro! Prefirió tres pesos a su

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propia hija, y ahora paga para que masacren al loco. ¡Qué grite! ¡Qué grite más alto! ¡Qué grite todo el tiempo! ¡Qué no se calle! ¿Cuánto le habrá dado don Chito al teniente? Porque no es de gratis que el teniente está acabando a este infeliz. En este país el que no es militar o está pegado con el gobierno se jodió. Miren a este infeliz: tiene suerte si sale vivo. Es chuchazos van y chuchazos vienen. Bueno, déjame ni pensar… ¡Total! Uno ya viejo, viviendo de una pensioncita, tiene que dejar que estas vainas pasen y quedarse callado, para que no le quiten a uno los tres cheles que le dan. Por eso no hago nada. Pero Dios sabe que por dentro esto me está matando a mí también. Tengo el azúcar revolteada, los nervios revolteados, la presión acabándome, sólo por estar escuchando cómo asesinan a ese pobre loco… Sí, lo matan y luego lo inculpan y se inventan cualquier vaina: que se iba a escapar, que agredió a la Policía… Aquí están hartos de hacer eso. Le están haciendo eso delante de todo el barrio para asustarnos, y aquí no pasa nada, no viene nadie, nadie viene a parar esto. ¡Y uno teniendo que tragarse todo por defender dos o tres cheles que no sirven para nada…! A mí, doña

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Matilde, también me duele oír ese maltrato. Nadie le dijo al teniente Matías que golpeara al muchacho. Eso es cosa de él. Pero es que los panticitos de mi niña aparecieron a su vera. ¡Sus panticitos! Ni a Chito ni a mí nos gusta que eso esté pasando. Esos gritos parten el alma, pero también nosotros gritamos, nos pasamos el día llorando a mi niñita. ¡Había que ver su cuerpo, cómo la masacraron! ¡Había que ver su cuello, cómo se lo retorcieron! No se contentaron con abusar de ella, ¿tenían que matarla? ¡Cómo si solamente la estuvieran matando a ella! ¡Cómo si al mismo tiempo no nos hubieran matado en vida a Chito y a mí! ¡Cómo si la vida ahora no fuera una tortura! ¡Ay, Dios, cómo pudo pasarle esto a mi niña! Ese teniente es un blandito. Todos estos policías son unos blanditos. ¡Cómo se ve que no les importa lo que se hizo! A mí me dejaran y le saco la confesión al loco en media hora, aunque lo tenga que cocinar vivo. Ya se sabe que él lo hizo. Le encontraron prácticamente los panties de la niña arriba. ¿Qué más pruebas quieren? La violó y asustado por lo que hizo, la estranguló. Y en ese parque que de noche es oscuridad total y nadie va… ¡Que le dé duro para que hable, el desgraciado! Yo sólo pienso que eso que le pasó a esa

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niña le pudo haber pasado a cualquier otra, a una nieta mía… ¡Ah, pero si eso le hubiese sucedido a una nieta mía es mentira que dejo al loco vivo! ¡Que me tranquen si quieren, pero lo capo y se lo pongo de adorno! En este país no hay ley ni hay protección, pero uno no puede dejar que abusen de uno y quedarse como si nada…¡Aaaaayyyy! ¡Aaaayyyyy, no me dé! ¡Aaayyyy, mi madre! No me dé más, por Dios. Aaaayyyy, Nooo, por Dios, nooo. ¡Aaaayyyy, está bien! ¡Aaayyy, ya, ya, por Dios! ¡Yo digo lo que sea, pero no me siga dando, jefe! ¡Aaayyy! ¡Sí, sí, lo que usted diga, jefe, pero no me siga dando, por Dios! ¡Aaayyyyy! ¡Ay, no me dé! Jajajá, yo sabía que tú ibas a confesar, maldito loco. Yo sabía que tú ibas a confesar. ¿Tú creías que yo no iba a sacarte la verdad? Ahora tengo ganas de seguir majándote por desgraciado, por abusador, por asesino. ¡Sargento! Ponga ahí que el loco declaró que él fue. Levántele el expediente y póngalo a firmar, y si no sabe firmar póngale las huellas digitales. Dígale al raso que traiga la manguera y limpie esto… Y que preparen al preso para trasladarlo, en lo que yo me voy a la casa a darme un baño y a comer.

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Llevar a Gladys de vuelta a casa

A Cristina Gutiérrez porque juntos vimos a Gladys bailar.

Cuando nos acercamos al 25, por donde está la guardia, el chofer se persignó. Más adelante estaba el peaje. En el asiento delantero íbamos sentados él y yo. Cargaba conmigo la güira y el pincho de tocarla. Detrás, sumida en el silencio, iba Gladys.

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A Gladys la conocí en el negocio de doña Chea. Fui a recalar allá, luego de que el combo en que yo tocaba se desbarató y me quedé en olla: sin trabajo, sin ingresos. Juany, mi mujer, no aguantó la crujía y aprovechó para irse a Luperón, Puerto Plata, con el niño; así que también me quedé sin mujer, sin hijo y sin trastes, porque cargó con todo. Entonces Pancho me hizo un contacto con doña Chea, su tía, que quería animar su negocio de comida. Ella tenía un restaurante típico: “El Patio Cibaeño”, en Gazcue, decorado con motivos rurales, y le iba bien: a la gente le gustaba el sazón y la comida criolla. También iban muchos turistas: americanos, canadienses, españoles, alemanes, italianos… Los llevaban a conocer esa imagen romántica del país, del campesino dominicano, de nuestras costumbres, y doña Chea quería que le armara una especie de ballet folklórico con los dependientes del negocio. Yo sabía algo de eso: estuve en el Ballet Folklórico Universitario, en la UASD. Me gusta la música, el baile, las coreografías… Del ballet folklórico salté a hacer frente, coro y a tocar la güira en “Los Sabrosos”. El combo tocó sus fiestas, grabamos un

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CD que pegó par de temas en la radio, animábamos en night clubes, lavaderos de carros, discotecas, hoteles, en fiestas patronales, quince años y fiestas de promociones de bachilleres, hasta que finalmente nos desperdigamos porque con la crisis de los bancos en el 2003 las fiestas se esfumaron y así mismo se esfumaron “Los Sabrosos”. Nada, que terminé sin un peso, con mi look de artista: el curly, la ropa colorida, sin ganas de hacer otra cosa que no fuera bailar y tocar… y sin nadie que me contratara. Estaba convenciendo a un par de amigos guitarristas para irnos de noche al Malecón, visitar los restaurantes y tocar donde nos permitieran, a ver qué picábamos, cuando me encontré con Pancho en la calle El Conde. Pancho era ahora el doctor Francisco García Morales, abogado. Venía de su bufete camino al Palacio de Justicia, en Ciudad Nueva. El y yo nos conocimos como miembros del Ballet Folklórico Universitario en sus tiempos de estudiante. Luego, cada uno cogió su camino. Yo abandoné la carrera de contabilidad por la música. Veía cuánto ganaba un contador y cuánto ganaba un músico, y en ese momento la elección fue obvia: ¡La música! Pero las cosas no salieron como pensé.

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En el proceso me enredé con Juany, la preñé y nació Martín Alberto, mi hijo. A Juany la conocí también en el Ballet Folklórico, estudiaba periodismo, y también dejó la carrera y el grupo debido al embarazo. Al principio todo era hablar de un futuro que nos parecía tan cercano que casi podíamos tocarlo: fama, dinero, viajes, joyas, jeepetas, buenas casas, cuentas bancarias, fincas… Pasábamos revista a lo que tenía Fefita, lo que tenía Anthony Santos, lo que tenía Luis Vargas… En nuestra mente todo eran cosas buenas, y en eso vino el lío del Baninter y el mundo se nos fue abajo. El combo se desperdigó porque las fiestas escasearon y yo terminé sin mujer, sin hijo, sin casa y sin trabajo. Entonces apareció Pancho. Pancho sí terminó la carrera: estudiaba derecho cuando lo conocí. Su tía, doña Chea Morales, quería que él se ocupara de montarle el ballet folklórico porque sabía que él estuvo en el de la UASD, pero Pancho se negaba, pese a que su tía le había pagado los estudios, porque decía que un doctor en derecho no podía estar bailando mangulina o balsié en un restaurante; que él no iba a tirar su carrera al zafacón. Y en eso aparecí yo.

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Conmigo Pancho se quitó ese peso de arriba: ayudaba a su tía, ayudaba a un amigo, y evitaba la presión de la tía que lo veía como un malagradecido, porque de ese negocio todavía él mismo comía, pues Pancho no tenía mucha clientela aún. Y yo resolví, porque doña Chea me dio un cuarto en el restaurante debido a que llegué recomendado por su sobrino que me puso en el cielo, y de paso, también, le cuidaba el negocio. Doña Chea me aseguró comida y trabajo. A cambio, yo le formaría el ballet folklórico con los empleados del restaurante: meseras y meseros que harían algunos números para entretener a la concurrencia. Y, claro, no todos servían para bailar. Habían algunos tiesos, de cuerpos duros, sin oído para el ritmo y a los que de seguro no los saltaron cuando chiquitos: eran un desastre en la pista, aunque varios de ellos, temerosos de que los despidieran, insistían en que podían, que daban para el baile, pese a perder el ritmo continuamente: sentí pena de verlos esforzarse en algo para lo que no habían nacido, simplemente por el temor de perder el empleo. Pero otros eran bailarines por naturaleza, y la mejor de todos era Gladys.

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Ella había nacido en Río San Juan, por Nagua. Allá vivía su mamá quien le criaba una hija, Rosa Julia, a quien Gladys siempre llamaba Mi Morena. El papá de la niña parece que era uno de esos que preñan y espantan la mula, así que Gladys terminó con una barriga y su vida a cuesta. La mamá, que era viuda, se le quedó con la niña y ella vino a trabajar a la capital para las tres, pero no tenía ninguna preparación especial. Empezó como doméstica pero no aguantó los maltratos. Se mudó con Radhamés Holguín, un policía que añadió a los maltratos el hambre y terminó separándose y viviendo sola, cuando consiguió trabajo de camarera en “El Patio Cibaeño” con doña Chea Morales. Gladys la conoció en su último empleo como doméstica; era una residencia que quedaba a dos casas del local de “El Patio”, en la Socorro Sánchez, en Gazcue, así que cuando decidió dejarse de Radhamés, el policía, fue a “El Patio” y habló con doña Chea y allí mismo la contrataron. Así la conocí. Cuando llegué ya trabajaba allí con los otros, con Berto y Clara y Alfonsina y Carmelo y Dolores y Marcia y María y Altagracia y Eugenio y todos los demás, sirviendo mesas, arreglando mesas,

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llevando cuentas… Esa era la rutina hasta que sonaba la tambora, subía la música y yo agarraba la güira, la guallaba haciéndola casi hablar para ganar la atención de la gente, y anunciaba un regalo especial del personal de “El Patio Cibaeño” para los distinguidos visitantes que nos honran con su presencia… y ¡a bailar se ha dicho!

- ¿Su mujer? –el chofer susurró, me miró e hizo un gesto hacia la parte trasera. Me sentí incómodo. No tenía interés en dar explicaciones. -No. Compañera de trabajo –le respondí. - ¿Ah ,sí? –hizo un gesto vago y volvió a concentrar su atención en el camino.

Gladys sobresalió desde el comienzo porque era rumbosa, canera, su cuerpo se movía de manera increíble, como si todos los huesos le bailaran al compás y se estremecieran al mismo ritmo; como si caderas, hombros, piernas, brazos, cuello saltaran,

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brincaran, se contonearan de forma única, como si bailar fuera su razón de vivir. Era flaca, espigada, ligera; un tirigüillo de sonrisa ancha y dientes relucientes, que se reía con mambo y desde que soltaba la carcajada hacía reír a cualquiera. No sólo bailaba bien, muy bien, sino también era imaginativa. A ella se le ocurrió el baile de la botella, el tocar la güira con los pies, el baile de la tambora y muchos otros inventos para sorprender y alegrar a la gente. Todos se contagiaban con su alegría, su picardía desbordante, y la fiesta se instalaba que daba gusto. Íbamos a las mesas a sacar a bailar a los clientes y era divertido ver a los americanos y europeos dado saltitos torpes con el merengue, sin atinar una en la bachata, verdaderamente perdidos en la salsa, pero riendo, gozándosela, disfrutando, permitiéndose ser felices de manera inesperada, porque fueron sólo a comer y encontraron ese jolgorio de sobremesa que les inundaba el corazón de alegría y les hacía la noche inolvidable sin costo adicional. El ballet de Blanquito (así me dicen, aunque mi nombre es Eusebio Rodríguez, de los Rodríguez de

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Maimón) empezó a ser reclamado: “¿A qué hora es que bailan las muchachas?”, preguntaban; y era como decir que ellos pedían a Gladys porque el día en que ella, por la razón que fuera no estaba, nada era tan brillante, tan incluyente, tan desbordante, tan perfecto. Doña Chea le cogió afecto, aunque ella en sí le tenía afecto a todos los empleados, porque decía que eran sus hijos, ya que Dios no le dio hijos. Su sobrino, Pancho, era su adoración. Ella lo había criado desde niño porque su hermana Ivelisse, la mamá de Pancho, murió en el parto de un segundo hijo junto a la criatura, y el padre se fue del país y andaba perdido en Nueva York. Para doña Chea cada muchacha y cada joven de su negocio era como un pariente, y ella la tía a la que se le había encomendado la persona. - Aquí tienen que andar rectos, yo no tengo vagabundos en mi negocio –nos decía. Y tenía sus reglas, la primera: “No meterse con los clientes, respetar el negocio”. La regla era válida. Algunos clientes se emocionaban más de la cuenta y querían conquista fácil; se

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prendaban de las cinturas cimbreantes, de los golpes pélvicos, de aquella inocente lascivia del baile. Y todo funcionaba bien, porque nosotros respetábamos a la doña. Sí, todo hubiese seguido estando bien, de no haber llegado el alemán. El era rubio, de un rubio quemado, y una falsa juventud, porque se le sentía lo vivido, que era mucho. Le decían Wolfgang, hablaba español, residía acá, en la capital y quedó prendado de Gladys.

Al cruzar por Villa Altagracia el chofer hizo un gesto de molestia con los labios, una mueca de desprecio y señaló a los ranchitos de madera en las laderas de las lomas. - Mírelos. Sacaron la autopista de Villa Altagracia, dizque para evitar accidentes, y ellos mudaron Villa Altagracia otra vez para la autopista. ¡Quién puede con la gente! – entonces encendió la radio y sintonizó un programa de bachatas. Una bachata estridente llenó la cabina llorando un desamor. Fue como un pescozón para mí. Supongo que me puse colorado, como me pongo cuando me incomodo.

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- ¿Tendría la bondad de apagar la radio, señor? - Es un viaje largo –me respondió sin mirar. Yo extendí la mano y la apagué. - Excúseme –le dije. El chofer se volvió a mirarme, disgustado. Luego se concentró en la carretera y aceleró el vehículo.

Al principio ella no le hizo caso. El iba con amigos, cenaba y pedía algunos números: “La Botella”, “La Tambora”… Y también se unía al coro cuando le pedíamos a Gladys: “Molenillo, molenillo…”, y Gladys enloquecía su cintura en piruetas imposibles, giros sorprendentes, siguiendo el ritmo que le marcaba el coro, al que se sumaban otros parroquianos, y entonces cambiábamos el lema: “Batidora, batidora…” y Gladys, de tirigüillo se volvía tigresa, una explosión pélvica, movimientos que se derraman, una cadera encendida que revienta aun la imaginación más lerda, una sexualidad ingenua, casi infantil, y al mismo tiempo provocativa, desafiante: una promesa de un placer frondoso y sólido, torrencial y volcánico.

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El alemán siguió yendo, llevando amigos, casi una figura que se hizo parte del lugar. Incluso lo extrañábamos cuando faltaba. “¡Qué raro que hoy no se apareció el alemán!”, decíamos. Todos veíamos sus ojos clavados en Gladys y todos sabíamos los fuegos que ella le encendía en el cuerpo, y nos reíamos. En los recesos, la llamaba, la presentaba a sus amigos, elogiaba su baile, su figura… Todos pensamos que eso no iba a pasar de ahí: una fantasía que le dejaba un comensal casi fijo al restaurante, un pargo, como decíamos acá, que gastaba y gastaba cada noche para ver a Gladys moverse más allá de cualquier límite imaginable. A Gladys le hacía gracia la admiración del alemán, sus ojos prendidos de su cadera, sus atenciones y palabras galantes, sus insinuaciones delicadas, nada groseras ni indecentes, su pasión sin esperanzas. Con él desarrolló una coquetería especial, un dejo singular para su admirador. Y todos nos burlábamos de aquello, y creímos que no pasaba de ahí, pero de pronto ella empezó a decirme: - Blanquito, me gustaría irme fuera, a ver si le hago una casa a mi niña y a mi mamá.

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- Gladys, deja de estar pensando en eso. ¿De qué vas a vivir? ¿De bailar? - Blanquito, aquí no me tratan mal. La doña es muy decente, pero no se gana mucho. Yo tengo una niña y tengo a mamá, allá en Río San Juan, y lo poco que puedo mandarles me lo quito de la boca, pero tampoco a ellas les da para nada. Yo quisiera algún día ser dueña aunque sea de una cajita de fósforos, pero mía y de mi hija. Afuera por lo menos se gana bien cuidando gente mayor o limpiando casas. - Gladys, deja de estar pensando en pendejadas. Tú no sabes lo que es la vida allá afuera. No es como la pintan. Es dura, difícil. ¡Y más para uno! Allá el latino no vale. No te creas las apariencias. Allá uno no es gente. Aquí por lo menos somos dominicanos. - ¿Y de qué me sirve eso a mí? –Ahí no supe qué contestar. Así era noche tras noche. Diciendo que se estaba poniendo vieja. Que ella sabía que no iba a vivir de bailar y servir mesas toda la vida. Que si su mamá, que si su hija,… Y de repente las conversaciones variaron. Empezó a mostrarse optimista, alegre, cantarina. Un manantial de sonrisas, de alegría

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pícara, de cooperación: un cambio del cielo a la tierra. Yo mismo quedé sorprendido: un día quejándose, viendo todo oscuro y lóbrego, y al día siguiente emocionada y feliz. “Las mujeres son raras”, pensé. Pero Gladys tenía su música por dentro. Un día me preguntó: - Blanquito, si me meto con un cliente, ¿doña Chea me botará del trabajo? –Entonces caí en cuenta, como quien dice. - ¿Tú estás loca? La doña es muy recta, Gladys. Y sabes cómo te quiere. ¿Tú le vas a dar esa mortificación? - Blanquito, una tiene derecho a buscar su felicidad – Me miró esperando que yo tuviese misericordia y no la condenara. - Pero no con los clientes, Gladys. Deja a los clientes quietos. No te metas con ellos. A la doña es capaz de darle un patatús si sabe una cosa así, y menos de ti… -Blanquito, yo no mando sobre mi corazón…

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- Oye, Gladys, deja la vaina. ¡Qué corazón del caray…! Corazón te voy a enseñar yo a ti si la doña se entera y nos bota a todos de “El Patio”. - Ella no va a hacer eso, nos necesita. - Gente que baile es lo que más hay en este país, mi hija. Nosotros no bailamos ballet, es merengue y bachata. No te busques un lío de gratis. - Oye, Blanquito, no vayas a decir nada –sus ojos me suplicaron piedad. - Yo no soy chivato, Gladys. Ojalá que ni se te ocurra hacer eso –la miré severo, casi conminatorio. - Ya lo hice. Entonces miré sus ojos cargados simultáneamente de miedo y de esa secreta lumbre de los enamorados y me di cuenta de que estuve ciego todos esos últimos días. Ya no se quejaba, cantaba, estaba contenta y yo creía que era simple alegría, que se le había quitado de la cabeza ese disparate de irse fuera, que yo la había convencido, pero no: Gladys estaba asfixiada… ¡Y de un cliente! Si la doña se enteraba yo estaba seguro de

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que la echaba de “El Patio”. Sus reglas eran claras: cero enredarse con clientes. Ella no se metía en nada más de la vida particular de sus empleados, pero en eso era celosa y ya había dado dos o tres ejemplos de que no iba a dar a torcer su brazo en ese punto. Un miedo lento y profundo, como un tornillo afilado, se me enroscó mordiente en el corazón. Una fiera torva que me roía y roía, un presagio de catástrofe. Coincidencialmente para ese tiempo dejó de frecuentar “El Patio” el alemán. Al principio su ausencia nos extrañó a todos. “Seguro se cansó”, después aseguramos y lo relegamos a un recuerdo esporádico, sobre todo cuando Gladys bailaba. Gladys siguió riéndose, contenta, como si todo su mundo hubiese cambiado repentinamente, y la doña como que se olió algo porque me preguntó una noche: - Blanquito, ¿Y qué le pasa a Gladys que anda tan alborotada? Ni que se hubiera sacado el premio… -Yo temblé. - Gladys, no vayas a decirle nada a nadie de lo tuyo. No te metas en líos –le supliqué más tarde.

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- ¿Y a quién voy a decirle lo mío, Blanquito? Al único de aquí que le tengo confianza para contarle mis cosas es a ti. Así que si no se sabe por ti, mucho menos por mí. - Ten la boca cerrada, por Dios. - Mira, Blanquito, yo como quiera no voy a durar mucho aquí. Pero tampoco quiero hacerle coger una malasangre a la doña. - ¡Deja de hablar así, mujer! ¡Agradécele a doña Chea..! - Oye, doña Chea es para mí como mi segunda mamá. Le agradezco más de lo que te imaginas. Es que creo que el alemán y yo nos mudaremos juntos. - ¿Con el alemán es la vaina? –me hice el desentendido, aunque la ausencia explicaba la cosa: se estaban viendo en otro lado. - Sí, está esperando un dinero que le va a llegar y vamos a alquilar un cuarto para vivir juntos. Ese hombre me quiere de verdad. - Ojalá se te dé.

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- No lo azare, hombre. Yo sé que El Lobito va a cumplirme. - ¿Cuál Lobito? –pregunté. - Wolfgang, le digo El Lobito. El me dijo que su nombre era lobo, en alemán. - ¿No será un tíguere en vez de lobo? –quise darle un poco de cuerda. - No lo ofendas delante de mí. El no te ha hecho nada. Al contrario, le hablo bien de ti y él nunca me ha dicho ni ji. Deja que lo trates… - ¿Yooo? ¡Ni loco! No voy a tratarme con clientes – entonces reparé en su expresión desconsolada. – Perdona. Es que me preocupa mucho en lo que te estás metiendo. - Oye, te digo que El Lobito es serio y esto es en serio. Talvez hasta me lleve para su país. - ¿Para Alemania? ¡Pero ni siquiera sabes alemán…! - Aprendo –Y me lanzó una sonrisa desarmante, toda su dentadura reluciendo, confiada. Total, que me callé, pero por dentro sentí como que me derribaba, que todo vacilaba, que mi presente pendía

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ahora de un fino y endeble hilo, y eso me creó un desasosiego que fue creciendo con los días.

A la altura de Bonao, el chofer dijo que iba a parar en Plaza Jacaranda a desentumirse, cambiar el aceite y tomarse un café, porque el viaje estaba muy aburrido. “Si quiere baje y si no me espera, pero tengo que hacer una escala técnica y mear”, me informó. Cruzó la pista y entró al parqueo de la plaza, detuvo el vehículo y se bajó sin mirarme. “¡Póngale seguro, si sale!”, me dijo de manera seca, rencoroso, por lo de la radio. Hacía calor. Decidí bajar. Yo también necesitaba estirar las piernas. Gladys esperaría allí por nosotros.

Después de lo que me dijo, estuve esperando día tras día la catástrofe. Gladys, por el contrario, estaba siempre contenta, siempre eufórica, siempre cantando canciones que celebraban el amor. Mucho Ricardo Montaner, mucho Marco Antonio Solís, algunas repetidas hasta el cansancio, como himnos.

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Para esa época ella se inventó las dramatizaciones, y también comenzamos las imitaciones… Montamos “Pedro Navaja”, “La Chica Plástica” y “Decisiones”, de Rubén Blades; montamos “Amigo de Qué”, “De Mujer a Mujer”, de Toña La Negra; Arelys lloraba cantando el drama de los hermanos que se amaban: “No sabían que ellos eran hermanos, hasta mucho después de quererse…”, Creamos el doble de Shakira, Alejandro Sanz, Luis Miguel, Paulina Rubio…, pelucas, ropas extravagantes, movimientos exagerados que se suponía imitaban al artista, y un doblaje en que también exagerábamos los sentimientos. Y además añadimos atrevimientos, como ése de acompañar con güira y tambora temas clásicos: la Novena Sinfonía a la dominicana… Los europeos se desternillaban de la risa. Ya el sitio no daba abasto: la gente venía y se quedaba, faltaban mesas, sillas, y doña Chea incluso pensó en comprar la casa de al lado para ampliar “El Patio Cibaeño”. Y de pronto el semblante de Gladys se nubló. La alegría de unas semanas atrás dio paso a un remedo de alegría, cambio sutil al inicio y luego más acentuado. Si le preguntabas qué le sucedía decía que nada, que todo estaba bien. Incluso le pregunté por el alemán, que hacía semanas que ya no iba al

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restaurante, y me dijo que todo seguía bien entre ellos, pero que no quería hablar de eso. Y así pasó como un semana, hasta un jueves, en que Gladys parecía estar indispuesta. Se veía pálida. -¿Te sientes mal? –le pregunté. - No. Estoy bien, Blanquito. Parece que la comida me cayó un poco pesada, pero ya me tomé una Sal Andrews y me estoy reponiendo –me respondió. -¿Pasa algo? –insistí. - Te dije que no. Estoy bien –me esquivó la mirada. - Gladys… -La miré profundo, escarbándole dentro. Se escabulló. - Vamos a comenzar el show –me urgió. Bueno, arrancamos. Y parecía que la música, el baile, la curaban. Se animó, se olvidó de todo y se entregó a bailar, pero en una de las vueltas como un trompo que le daban, cayó como una guanábana, y sólo se oyó el cacazo ¡Quincán! Creímos que era un accidente pero estaba blanquita, lívida, como sin sangre. Y sin juicio, sin sentido.

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Todo el mundo se alteró, los clientes se alborotaron, y la doña rápidamente pidió a Daniel, su chofer, que nos llevara a mí y a Gladys en su carro, a la clínica Abréu. Allí explotó todo. La entraron en Emergencia, nos sacaron a la recepción y nos pidieron que esperáramos. Como a la media hora salió un médico. -Saludos. Soy el doctor Nadal. ¿Usted es el esposo? – me preguntó el médico. - No, compañero de trabajo. Ella es soltera –le dije. - ¿Soltera? Uhm –Se rascó la barbilla. Sopesó internamente qué decir. Luego, respiró hondo y se dirigió a nosotros en su mejor tono profesional. –La paciente padece un shock severo. La subimos a cuidados intensivos. Pero también tiene una hemorragia aguda, posible perforación del útero y una infección avanzada. El cuadro es típico de un aborto autoprovocado y del descuido. La situación es grave por la contusión en la cabeza y el estar sin sentido –dijo el doctor. ¡¿Aborquééé?! –Daniel y yo reaccionamos a coro, alarmamos.

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- La paciente tiene una fuerte hemorragia vaginal complicada con una infección aguda y estamos tratando de que recupere el conocimiento –reafirmó el médico. El chofer y yo nos miramos. ¿Gladys embarazada? ¿Y ahora? ¿Y la doña? - Tenemos que dejarla interna. ¿Quién se hace responsable? –preguntó el doctor Nadal. Daniel, el chofer, me miró y yo dije que tenía que llamar a la doña. No quise decirle por teléfono qué pasaba. - Doña Chea, el médico dice que hay que dejarla interna. ¿Qué usted me dice? –le pregunté. Y luego, al médico: “Que sí, tenemos seguro y además el negocio se hace cargo”. - Pase a caja, por favor –el médico se distanció, supongo que porque éramos empleados, gente de segunda para él. - ¿Podemos verla? –pregunté.

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- No. Está en coma y la tenemos en cuidados intensivos ahora. Está grave. Necesitamos sangre B positivo. Averigüen quién puede donar –me dijo, luego me dio la espalda y se retiró. Sangre, aborto, clínica… La cabeza la tenía alborotada. ¿Y cómo esta muchacha permitió eso? Y ahora, ¿cómo iba a reaccionar la doña? Daniel y yo nos devolvimos a “El Patio” sin decir nada, preocupados. Supongo que ambos sabíamos lo que venía. Yo quise de inmediato informar a la doña. Cuando llegué a “El Patio” los clientes prácticamente se habían ido, el local estaba casi vacío, sólo dos o tres mesas ocupadas, y todo el personal se precipitó sobre mí para preguntar por Gladys, pero los evadí y le dije a la doña que quería hablar con ella. -Dígame, Blanquito. Cuando le oí el dígame me asusté más. Si la doña te trataba de usted, significa que estaba seria, que no quería confianza. Bajé la mirada. No sabía cómo empezar.

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- Blanquito, dígame. - Parece que Gladys estaba preñada, señora –farfullé, sin atreverme a mirarle a la cara. La doña endureció el tono. - ¿De quién, Blanquito? ¿Sabe de quién? No sé, señora –mentí. Ella me miró inquisitiva. Doña Chea sabía descubrir cualquier cosa oculta, sus ojos removían todo dentro de uno y de los escombros sacaba la verdad. Era un don que ella tenía. - Blanquito, ¿usted no se habrá atrevido a faltarme a la confianza que le tengo, verdad? Me puse rojito. Sentí la sangre caliente llenándome la cabeza, las orejas como tizones, los ojos ardiendo. - No, señora, nunca. Yo nunca le he faltado ni lo haría, doña Chea –balbuceé como pude. -¿Fue alguien de aquí, del negocio? - No sé, señora. Le juro que no sé. No pudimos hablar con ella. No le había vuelto el juicio y no nos dejaron verla. La tienen en cuidados intensivos. Pero el

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doctor nos dijo que parecía que había abortado: tiene una hemorragia, una infección… Parece que el asunto es grave. Pero de aquí, lo dudo, porque a usted la respetamos mucho. - Pero. ¿esa muchacha estaba embarazada? ¿Y cómo fue que no me dijo nada a mí? - No sé, señora. Creo que aquí nadie lo sabía –intenté explicar. - ¡Ah, pero eso lo voy yo a averiguar! Esta noche, cuando termine el trabajo, que nadie se vaya, hasta que yo hable con todos. ¿Cómo es que Gladys va a estar preñada y nadie se iba a dar cuenta y avisarme? Sentí como si me acusara y me escabullí de su presencia. Me sentía sucio, indigno, traicionero. Le había ocultado a doña Chea el romance de Gladys, pero ¿cómo decírselo y provocar que echara a Gladys a la calle? A ella no le iba a temblar el pulso, sobre todo si Gladys se había enredado con un cliente. Eso doña Chea no lo permitía. “Este es un restaurante decente. Aquí la gente viene a comer y a pasar un buen momento. Nos reímos con ellos, los tratamos con la mayor decencia y los entretenemos, pero que nadie se equivoque, ésta no es una casa de citas, aquí

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yo no voy a permitir que me confundan. Si no se quiere ser decente, pues quien sea que se vaya para un cabaret que eso es lo que más hay en este país, pero que no me dañen mi negocio con vagabunderías”. La reunión fue como una piedra pesada cayendo encima de todos. La alegría que se había pasmado por el internamiento de Gladys ahora se trocó en pesadumbre total; nos sentimos culpables, acusados y condenados. Todos pusieron cara de asombro. ¿Gladys embarazada? ¿Y cuándo? ¿Y de quién? Y eso enfureció a doña Chea que dijo que no era verdad que Gladys iba a enredarse con un hombre, salir con una barriga y nadie allá iba a saberlo. Que ella nos tenía a todos como si fuéramos sus hijos y sus hijas, pero que eso no, que esconderle las cosas no, que así como se escondió aquello sabrá Dios cuántas otras cosas más no le habrán escondido y que eso es ser malagradecidos con ella, porque nos trataba con toda la consideración del mundo… Y ya se imaginan esa cantaleta dicha casi a las tres de la mañana, con todo el mundo cansado, asueñado y con ganas de irse a dormir.

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Cuando parecía que la tormenta cedía, doña Chea, desfogada, despidió a la gente para su casa, y a mí, sin embargo, me pidió: “Blanquito, quédese”. Yo no iba para ningún lado, porque dormía allí, en el restaurante, pero esa petición me asustó. ¿Me iba a tirar doña Chea la canana del lío de Gladys y me iba a cancelar? Se me engurruñó el corazón. Aquellos años en “El Patio” le habían devuelto a mi vida una alegría nueva, fresca, un sentido de equipo, de pertenencia, de razón de ser: alegrar vidas, darle un buchito de cariño a gente que iban hambrientas no sólo de comida, sino de compartir, de interactuar, de también ser parte de algo tan efímero y, sin embargo, tan trascendente para nuestras vidas como ese remedo de show, ese ballet folklórico en que cada uno de los mozos y mozas de “El Patio Cibaeño” nos sentíamos representantes de nuestra gente, de nuestras raíces, de nuestra nación, y les abríamos a los visitantes el corazón amplio de la República: tradiciones, sabores, colores, sonidos, meneos, creatividad, alegría, juego, comparsa, bullicio… aquello que era típico y compartíamos, un trocito de patria para probar, algo que era muy nuestro y que brindábamos, un jalao, un piñonate, una cocada, un dulce, una malarrabia o un chacá, un postre de

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cultura de aquí, dominicana. Ahora todo eso trastabillaba pendejamente.

- ¡Hey! –llamó el chofer. –Si va a mear, vaya, porque de aquí nos vamos en un volao sin parar. –Agitó una empanada en el aire, señalándome el baño. –Haga lo suyo ahora, que no pienso pararme en todo el camino. No tenía ganas de nada. Me sentía vacío, derrotado, así que retorné al vehículo. - Vaya y orine, le digo –me conminó –que no voy a estar parándome en el camino, para ver si a la vuelta por lo menos puedo oír lo que me dé la gana. Lo pensé bien y me fui al baño. Al rato nos montamos en el vehículo, cruzó la autopista y tomamos con Gladys de nuevo el camino hacia el Nordeste, hacia Río San Juan.

Cuando la gente se fue, doña Chea me miró muy seria a los ojos, como buscando desenterrar debajo de mis silencios y medias palabras, la verdad oculta. Su

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expresión era amarga, desengañada, como quien tiene que matar a un hijo. - Blanquito, esto me va a doler muchísimo –Hizo una pausa y el corazón se me desplomó. “Me jodí”, pensé. Por la mente me pasó rápido la vuelta a las precariedades de la calle. ¿Dónde iría a vivir ahora? ¿De qué viviría? Sentí que tenía culpa por no haber avisado lo que sabía, pero no podía hacerle eso a Gladys y me sentí acorralado por dos lealtades encontradas. - Yo tenía a Gladys como una hija –doña Chea se acomodó en el asiento. Era gorda, masas sólidas pero con forma: grandes caderas, muslos, pechos. –No voy a desampararla ahora que está en la clínica. Pero desde que salga, hágame el favor y llévemela usted mismo a su casa, allá en el campo. No quiero que su mamá piense que ella está aquí trabajando y ella por ahí haciendo quién sabe qué. Yo cubro los gastos y le voy a dar a ella su liquidación, para ver si con eso comienza un negocito o hace algo, porque sé que es bien pobre, pero aquí no puede seguir… Ella defraudó mi confianza”.

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Mientras doña Chea hablaba el alma me volvió al cuerpo. Casi puedo decir, Dios me perdone, que me alegré, porque no era conmigo la cosa. - Blanquito –y me miró fijamente-, yo voy a creer en usted, que no sabía nada. Pero de ahora en lo adelante, preocúpese por saber y cuide esto, que de esto es que todos vivimos –dijo eso y se levantó, cansada, derrumbada emocionalmente. Y en cada movimiento había dolor, mucho dolor. Yo esa noche intenté dormir. ¡Tum! ¡Tum! ¡Tum! “¡Blanquito, despiértate!” ¡Tum!, ¡Tum! “¿Y qué sueño del carajo es que este hombre tiene? ¡Blanquito, despiértate!” - ¿Qué es? ¿Quién es? –balbuceé, emergiendo de un sueño que me atenazaba, que no me quería soltar. - ¡Despiértate, hombre! ¡Es Daniel! ¡Despiértate! – seguían tumbándome la puerta. Me levanté con dificultad de la cama, me sentía molido, el cuerpo hecho un solo dolor sordo. - ¿Qué pasó? ¿Qué hora es?

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- Son las seis –era Daniel, el chofer de la doña. ¡Despiértate! Tienes que llamar urgente a la clínica. Dijeron que fueran de emergencia. -Ahora me cepillo y voy –dije. - ¡Qué cepillarse ni cepillarse! No te van a oler la boca por el teléfono. Llama ahora que fue de emergencia que pidieron que llamaran –me urgió. -¿Y la doña? –le inquirí. - Está rendida. Anoche dizque la oyeron llorar mucho, en la casa, casi hasta el amanecer. Nadie le dijo nada, pero me llamaron y prefirieron no despertarla. Quieren que descanse. -Okey. Echa para acá el teléfono –Marqué y pedí al doctor Nadal. Luego de un rato, me lo pusieron. - Aquí, doctor Nadal. ¿Con quién hablo? - Doctor, es Blanquito, Eusebio Rodríguez, el de la muchacha de “El Patio Cibaeño”… - Ah, usted –sentí un débil titubeo en su voz. –Venga de una vez… - ¿Paso algo, doctor?

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- Venga ya mismo –pero en su voz no había urgencia. Luego no sé qué hice, sólo sé que estaba allí, esperando al doctor Nadal en la recepción color crema de la clínica Abréu, por la parte Sur que da al Parque Eugenio María de Hostos. Daniel y yo nos mirábamos, asustados, preocupados, sin saber… En la recepción nos dijeron una y otra vez que esperáramos a que bajara el doctor Nadal. El doctor salió del ascensor y en la cara se le veía la desolación de la mala noticia.

Al llegar al cruce de San Francisco, el chofer miró los puestos de chicharrones y cerdo asado, redujo la velocidad para doblar a la derecha, pero no se detuvo. - A la vuelta me llevo por lo menos cinco libras para ir comiendo por el camino y llevarle a mi mujer que es loca con el chicharrón –dijo, sin esperar que yo opinara nada –Hay que comer y gozar, que éso es lo único que uno se lleva. Luego se aclaró la garganta y escupió por la ventanilla un gargajo.

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El doctor Nadal se acercó y también se aclaró la garganta, pero él no escupió, sino que tragó en seco. - ¿Quién de ustedes es familiar de la paciente? – preguntó. - Somos su familia, como quien dice –le respondí. – Trabaja con nosotros. Su mamá y su hija están en el interior, en Río San Juan. El negocio se hizo cargo de todo. El doctor nos miró y movió la cabeza como afirmando algo, entonces escupió su veneno, como descargándose de un peso enorme. - Hicimos todo lo posible, pero no hubo manera… Lo lamento mucho. Entonces hubo un fuego violento que subió dentro de mí, un rugido de sangre que anegó mis ojos, que lo nubló todo, que me derrumbó sin misericordia. El doctor, mientras tanto hablaba y retazos de lo que decía llegaban a mí: “infección ascendente”, “endometritis y miometritis agudas”, “cuadro séptico”, “coma”, “paro cardíaco”, palabras de

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médico para pintar de explicación científica la atroz gravedad inexplicable de la muerte.

Cruzando entre los arrozales camino a San Francisco de Macorís el chofer casi atropella a una señora que iba cruzando la carretera. Echo unos San Antonio. Maldijo a la vieja porque de atropellarla tendría que pagarla como nueva, y aceleró camino a San Francisco, mascullando que no quería regresar muy tarde a la capital. Un vacío enorme se fue formando en mi estómago, ganas de que la tierra me tragara vivo, de que todo se fundiera y nos derritiéramos sobre los surcos, termináramos entre el lodazal del arroz, vueltos plantas, vueltos escarabajos, vueltos garzas, vueltos nada.

La cara de doña Chea parecía un paraje quemado hasta la destrucción. De pronto era mustia, envejecida, acabada. Ojos hinchados, llorosos aún; gestos de impotencia, de desolación sin fin. Un tono de voz ronco, hundido.

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- Tome, Blanquito. Esto es lo que le tocaba a esa infeliz de liquidación y ahí también hay un regalito mío para la familia. No es mucho, pero usted sabe que me hice cargo de todo. Esa muchacha tenía mi cariño. Hubiese querido otra cosa para ella. Yo misma tengo el corazón lleno de dolor. Dios sabe todo lo que he llorado. Que la mamá coja esto y mire a ver qué negocio se inventa, cómo se defiende. Es lo único que se me ocurre. Ande, vaya, y aquí tiene para los gastos. Vaya, Blanquito. Lléveme a Gladys para su casa.

Aquí, con cada kilómetro, el miedo se me agranda. ¿Qué voy a decirle a la familia, a su mamá, a su Morena? El alemán había desaparecido, nunca volví a saber de él. La ambulancia corre a más de 100 kilómetros por hora, pero hay tramos en los que hay que reducir, porque la carretera está en reparación. El chofer empieza a silbar una bachata y espera que yo diga algo, pero no tengo ganas de hablar, de argumentar, de discutir con nadie. Detrás están las pertenencias de Gladys: una maleta con su ropa, un radio toca cd, un par de cajas de cartón con zapatos, chucherías… Poca cosa, sin

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ningún valor… “Eso es todo”, pensé; toda una vida para dos o tres corotos inútiles, sin valor. ¿Qué iría a hacer la mamá con esas cajas, esa maleta, esos trapos? ¿Qué futuro tendría en lo adelante la niña? Gladys nunca pensó que saldría así de “El Patio”, que ese sería su futuro, que el único viaje verdadero que haría sería éste. Miré al chofer, despreocupado, silbando su bachata. Al acercarnos a San Francisco hizo sonar la sirena. Miré al compartimiento de atrás, las cajas, la maleta y el ataúd con Gladys. Y entonces me di cuenta de que yo no volvería ya al ballet, que también para mí todo había muerto, que el baile y la güira me habían perdido para siempre. Entendí que también allí iba el cadáver de mis sueños de arte, de música, de giras… Miré hacia el frente, el sol lamía los arrozales; carros, camionetas, nos rebasaban, venían, y a nadie le importaba nada. Aquí iba yo con Gladys en su cajita de fósforos, pensé, y eso a nadie le importa. Ni al chofer, ni a la gente que nos cruzamos en el camino… El mundo no necesitaba de mí, de Gladys ni de nadie. Giraba indiferente a mi dolor, a su tragedia. Nadie tenía que ver con que Gladys volviera hoy y en esta forma de regreso a su casa. Tomé la güira y el pincho y los tiré con rabia hacia las zanjas, mientras la sirena

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anunciaba aspavientosa nuestra entrada en Francisco.

San

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Música, maestro Cantar, cantar, no; pero uno entona, disimula los gallos. Y tocar, tocar…, bueno, tampoco; pero uno sacude lo que sea y saca un sonido; y mientras no rompas el ritmo cualquier cosa se acepta. Sobre todo, que el ánimo es lo más importante, y ser bueno para los coros: “Buchipluma na´más, eso eres tú, buchipluma na´más…”; y el chaquichichaqui de la güira en los cabodeaños, y la voz de la salve: “Aé, aé,

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aé, la Virgen sí quieré…” brum, pla, plaquiplaqui, pla, pla; sudor y frenesí, calentándose todo: el baile, el aire que suda y resuda y los músculos tensos que castigan el cuero de los atabales: “Aé, aé, aé, la Virgen sí quieré…” Y uno canta, ¿sabes?, uno da su cantaíta, y hasta lo felicitan y le dicen que uno lo hace bien; y toca, toca embrujado bajo el pla, quiplá, quitiplá, pla, y el pla, cumplá, cumplá, quitiplá, y el girar de estos cuerpos que se trenzan y destrenzan bajo las voces sudadas que perfuman de aguardiente la noche. Así nació la idea del combo. Estábamos en el parque, tirados en la grama, como todas las tardes de vacaciones. Un parque sin bancos ni juegos: algo que una vez fue parque y que la molicie le mantuvo el nombre muchos años después de que no lo mereciera. Allí estábamos, recostados o sentados en la grama, hablando hablando hablando, cuando comenzó todo. “¿Y por qué no nos inventamos un combo?”, soltó un día Chichao. “¡Qué combo´el coño!”, ripostó el Bici: el apodo se le quedó porque era el dueño de la única bicicleta del barrio. Todo el mundo (bueno, todo el mundo éramos los otros cinco que siempre andábamos para arriba y para abajo con el Chichao y el Bici en el barrio), de inmediato miró para donde el Chichao a ver cómo se le ponía la cara

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por el arrugón, pero el buen tíguere se hizo el loco y argumentó: “Pues nos pasamos la noche y amanecemos en siendo velorios y cabodeaños y fiestas de palos, cantando, tocando, y eso nos gusta muchísimo, y lo hacemos de gratis. Nos metemos para lo último de Mendoza, para Cancino adentro, para El Toro y Mandinga detrás de los palos y las fiestas, y si nos gusta tanto bailar, cantar y tocar, entonces ¿no es mejor que nos inventemos un combo y le saquemos cuarto a eso?” Y, ahora sí, todo el mundo volteó la cara para donde el Bici que segurito que le iba a echar su baño´e mierda al Chichao por fresco: ¡fíjate que responderle al Bici, que era como el jefe del grupo, con el que nadie se metía y el que podía echarle su boche a cualquiera! Y, ¿con qué creen ustedes que salió el Bici? ¡Miren que todavía lo recuerdo y no lo creo! ¡Un tipo tan jodón y tan amigo de echarle una vaina al otro y dar boches! ¡Increíble! ¡Oh, y el Bici no salió diciendo que esa idea de Chichao no era mala...! Y que ahora que lo pensaba, ¡quién sabe! Uno no era menos que Johnny Ventura ni que Félix del Rosario, y además teníamos sabor, y ahí estaba Wilfrido Vargas, que salió como quien dice de la nada, y ya estaba pegándose, y, ¿por qué no?, éramos buenos tirando pasitos, buenos cantando, buenos tocando, y eso, que no habíamos estudiado

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música, que desde que estudiáramos, ja ja ja ¡Ahí era que se iba a ver candela!; y, nada, que el Bici se calentó como el coño con la idea, y ya estábamos grabando discos, presentándonos en El Show del Mediodía, haciendo giras para Nueva York: “¿Tú te imaginas, llegando yo donde mi madrina allá en Queens, y cuando me pregunte que qué yo hago allá, decirle que fui a llevarle su entrada para nuestra presentación? ¡Qué bacano, man! ¿Eh?” Y todos nosotros soñando juntos con él, viéndonos con los aplausos, las jevitas, el tire, la fama, man, la fama: nos enfermamos de fama ese día en el parque, como a las cuatro de la tarde, tirados en la yerba y se nos desalborotó la música adentro, y casi nos oíamos cantar salsa, merengue, montuno, así que a Freddy el Curío le explotó en la boca el primer tema y ahí mismito empezamos a cantar todos, a improvisar con lo que apareciera: una lata, una botella, dos pedazos de palo, piedras, lo que sea; a vocear, a bailar, a darle estilla a la astilla, cantando y meneando el cuerpo, exhibiendo los pasitos y gozándonos los aplausos y la fama en la televisión, y las fotos, y las jevitas volviéndose locas por uno, anunciando los temas como si fuéramos locutores, y cada uno en pleno espectáculo en Nueva York allí en el parque, pero todos sabíamos que aunque viéramos esa sombra de

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parque, las guagüitas que hacían la ruta Villa FaroCapital, la carretera polvorienta y llena de baches, no estábamos allí, no: en ese momento todos estábamos en Nueva York, en los países, en la gloria, bailando y cantando y tocando la mejor música del mundo. Nada, que el Bici se autonombró jefe del combo. Claro, ¿quién le iba a disputar el puesto al Bici? ¡Ni siquiera Chichao que fue el de la idea, se atrevía! ¿Y el Chichao? ¡Ah, ese pendejo era ahora como la niña linda del Bici! Para cualquier cosa que tuviera que ver con el combo el Bici lo consultaba, así que de alguna manera el Chichao asumió la posición de segundo al mando del grupo que antes nos la disputábamos Freddy el Curío y yo, pero como no se nos ocurrió la idea del combo a ninguno de los dos sino al Chichao perdimos el chance, ni modo. En la noche nos juntamos en la esquina de la calle Quinta con Puerto Rico y el Bici volvió con la vaina del combo. “¿Qué es lo que a ti te gustaría tocar en el combo?”, me preguntó. “¡Qué se yo! ¡Yo no sé tocar nada!”, le respondí. “¡Mira a ver si te decides, que si no haces nada en el combo te sacamos del grupo!”, me amenazó. “¡Coño, Bici…”, dije. “¡Cómase su coño, vale! El combo va, y si usted ni toca ni canta, ¿de qué coño nos va a servir?”, me soltó. Bueno, yo de combo

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no sabía ni mierda, verlos por televisión, lo único; así que, ¿qué le podía yo decir al Bici? Pero tampoco iba a quedarme fuera del grupo. Una vez el Bici sacó a Nandocacá del grupo y hasta medio loco se puso el tíguere, y la mamá vino llorando a pedirle al Bici que le quitara a Nando ese apodo de Cacá y que lo aceptara de nuevo como amigo en el grupo, pero el Bici dijo que no, que no y que no y que no, para que Nando aprendiera a respetar al grupo (él, Nando, nunca me hizo nada a mí ni a más nadie, pero desafió al Bici una vez que estábamos preparando una combinita para jugar y eso, según el Bici, era desafiar al grupo), y la familia de Nandocacá terminó por mudarse del barrio (vivían alquilados en la casa de Don Chicho, en la esquina), y el Bici demostró que él era el poder en el pedazo; así que lo pensé bien, no iba a terminar siendo Moncín cacá, entonces lo mejor era buscar rápido qué hacer en el combo y no se me ocurrió nada más que decirle: “Bueno, Bici, si hay que tocar algo y hacer algo, yo le pegaré a las maracas y cantaré, que esas dos cosas me gustan” “¿Tú ves, pendejo? Y así no querías participar. ¡Cualquiera te deja fuera por comemierda, pero te voy a dar un chance, man! Si no te hubiera pasado como al comemierda de Nandocacá, y tu familia sí no se hubiera podido mudar, vale, porque ustedes no son

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alquilados como la familia de Nandocacá, ustedes son dueños”, me dijo el Bici y segurito que vio cómo se me puso la cara cuando me habló de Nandocacá porque se me rió en la cara y me dijo: “De la que te salvaste, maricón”. Nos faltaban gente para completar el combo, pero el Bici decidió que no íbamos a meter a más gentes del barrio. “Esta gente no tá en ná, coño. A los otros, los contratamos. Los dueños del combo somos nosotros, ¿no?” Así que quedamos que en el combo Freddy el Curío, yo y Gari íbamos a ser los cantantes: el Curío con la güira, Gari con el timbal y yo con las maracas. Chichao iba a tocar la trompeta, Cabuyita el Saxofón, Lalán la tambora y el Bici el piano y la dirección. “El problema es, man, que ninguno de nosotros es músico”, le dijo el Curío al Bici. “¿Y qué, coño? ¿Y eso no se aprende? Y Bonny, ¿nació tocando piano? ¡To esos tígueres empezaron como nosotros, de abajo! ¿Pa qué coño es que existen las escuelas de música? Lo que tenemos que hacer es practicar y aprender música, ¿no es verdad?”, y el Bici se voltea y nos mira a todos, y todos sabemos que tenemos que decir que sí, que es verdad, que es como el Bici dice, y luego el Bici mira a Freddy, siempre el mismo proceso, y el Curío entonces dice que sí, que eso fue una bruteza

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de él pero que es como el Bici dice, y el Bici se ríe y Freddy se ríe y todos nos reímos y aquí no pasó nada y, ¡Música, maestro! ¡A bailar y a cantar y a practicar! Porque, eso sí, el Bici decretó que todas las noches nos juntábamos para practicar. Entonces nos íbamos a la construcción de la casa de Mister Cola, uno que manejaba un camión de la Coca Cola y estaba construyendo frente a la casa de Juan Chivo, y nos poníamos a tocar y a cantar, a ensayar decíamos, dirigidos por el Bici que hasta se ponía delante del grupo y nos marcaba uno, dos, tres tlin, paclanpacán, tlin, tlin, tlin, tlin, pacán, tlin, paclanpacán, tlin, tlin, tlin, tlin, pacán…, mientras el Curío entonaba: “Eres mi bieeeenn, lo que me tiene extasiadooooo, por qué seraaaaaá, que estoy de ti enamorado…” Así, o si no: “AhívieneRichie, vienevirao, comobestia tocandoeltumbao”, paparapapán, paparapara, paparapapán, paparapa, tirurí… Con la boca, claro, aunque el Chichao puso dos picos de botellas y se fabricó su primera trompeta, y Cabuyita le llevó un saxo de plástico al hijo de Cuyuya, escondido, y Lalán con dos potorros plásticos se fabricó sus tamboras. Nosotros también nos inventamos los instrumentos: yo cogí semillitas y las metí en dos botellas plásticas y con ellas me fabriqué mis maracas, por ejemplo; el

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Curío con un guayo se inventó la güira y hasta el Gari se las ingenió para inventarse una cosa que él decía que era un timbal; el único que no tenía con qué tocar era el Bici que, sin embargo, castigaba en el aire las teclas del piano blanco (se le metió en la cabeza que su piano sería blanco con líneas de oro), mientras con su voz sacaba las notas: tin, cun, tincuntín, cuntán, tintancuntán, cuntín, tin, tin, tan, trililín… Y hasta, de pronto, el Bici como se que se olvidaba que era el piano lo que tocaba y soltaba un paparipapá de trompeta y, ¿quién iba a interrumpir al Bici cuando estaba botado tirando música y gozando esa presentación directo y en vivo desde el Madisonescuargarden de Nueva York, transmitido a todo el país por La Dinámica, presentado por Osvaldo Se Va de Ronda, por el Monseñor de la Salsa, Hugo Adames, por la gente que estaba pegada y los programas pegados? Así qué tocara lo que quisiera, botado, oyendo aplausos y viendo a las jevitas aplaudiéndolo, en medio de las fotos, del gentío, de los millones que nos íbamos a ganar y de las fiestas en los estadios, al lado de Johnny Pacheco, Maelo, Celia Cruz y todas las Estrellas de Fania, nosotros, los verdugos, bacanísimos, comiéndonosla, poniendo a gozar al mundo desde la construcción de Mister Cola.

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No sé quién desencamó un acordeón que era de su abuelo, una cosa vieja y manoseada y casi inservible, y lo trajo y, de pronto, el Bici descubrió que su vocación no era de pianista sino de acordeonista, y se apoderó del aparato, el piano blanco con líneas de oro se fue a la porra, ahora era puro acordeón y el combo apuntó hacia un pericombo, aunque el bendito coroto nunca sacó una música que sirviera; y antes, cuando el Bici tocaba su piano con la boca: tin, cuntín, tintín, tantintán… salía mejor, pero ahora era rrrianntiaaaannrriánnn rrriiiinnrrnnnnnnnn y no había manera de que el sonido sirviera para algo, nos sacaba de ritmo; pero el Bici ni se daba cuenta, porque estaba tan entusiasmado con el acordeón que no importaba, así que tuvimos que adaptarnos al aparato. Averiguamos que había una escuela de música frente al parque Enriquillo y que era del gobierno y el Bici organizó un viaje para ir a apuntarnos; pero cuando nos aparecimos, nos dijeron que teníamos que hacer una prueba para ver si dábamos para la música y que volviéramos dentro de seis meses que era cuando se abrían de nuevo las inscripciones. Aquello fue un golpe duro. ¡Seis meses! Todos nos miramos. ¡Eso era toda la vida! Dentro de seis meses, quién sabe en

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qué estaríamos nosotros. Todos bajamos la cabeza. El Bici era el que estaba más golpeado. Quiso argumentar, preguntar, reclamar, pero el señor nos dijo que él no podía hacer nada y que volviéramos y que fuéramos con tiempo, porque no tenían mucho sitio y había mucha gente esperando por la oportunidad. Nada, que volvimos con el viaje a Nueva York roto, apretujados en la cuquita, que así le decían a las guagüitas que hacían la ruta Villa Faro-capital, sin hablar, cabizbajos. Pero no sé que le dio al Bici que, en llegando al parque, nos llamó a todos y nos dijo: “Miren, esos pendejos no nos van a parar, coño. Los músicos aprenden practicando. Ahora vamos a ensayar más, y a ir a más velorios y cabodeaños y a montar más números y a prepararnos mejor. Y si dentro de seis meses nos da la gana de ir a inscribirnos, vamos, y si no nos da la gana, como quiera vamos a sacar nuestro combo adelante. ¡Si hubieran ido riquitos de Gazcue o de Naco, hasta les fabrican una escuela, coño! Pero no nos vamos a dejar joder, ¿okay? Vamos a practicar, que practicando y practicando aprendemos. Y, es más, vamos a tocar una fiesta y vamos a cobrar, y con eso vamos a ir comprando los instrumentos, ¿quién se

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atreve?” Y nos miró, y a mí mismo me dieron ganas de mandarme: ¿Una fiesta? ¿Tocar nosotros una fiesta? ¿Y cobrando?...; pero, ¿y quién se atrevía a salirle al Bici con un no? Así que toditos dijimos un ´tabién sin mucho ánimo, porque nadie quería que le pasara lo de Nandocacá y el Bici se sonrió y nos dijo que eso iba a salir bien; que, total, no íbamos a cobrar mucho. En ese tiempo, la parroquia que está frente al parque estaba en construcción y fuimos donde el padre Inocencio y le pedimos prestada la construcción para una fiesta pro-fondos para una banda de música, y el padre Inocencio se puso muy contento con la idea y nos la prestó porque él siempre decía que había que apoyar a los jóvenes para que hicieran cosas constructivas. “Vamos a presentarnos para que la gente baile con nosotros, y además vamos a llevar un picó y al que no le guste nuestra música le ponemos el picó y así la vaina se cuadra”, dijo el Bici, y a mí me tocó convencer a Mon, mi papá, que por él es que me dicen Moncín a mí, de que prestara el picó, y, eso sí, que papá, después de mucho aleluya, de discutir con mamá diciendo que él no quería que se le jodiera su equipo en vainas de muchachos, me dijo que lo cogiera, pero que lo quería temprano esa noche en la

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casa, y que si por manoeldiablo le pasaba algo al picó, que me desgaritara y no me dejara volver a ver de él mientras él estuviera vivo, porque me desollaría a correazos; y yo sabía bien que papá no iba lejos de cumplir su juramento, que hasta miedo me dio. Lalán y Freddy el Curío prepararon las entradas con pedacitos de cartulina picadas y con un sello que nos prestaron más un número para controlar las ventas y el grupo se puso a venderlas, ayudados por algunos de nuestros hermanos, hermanas y primos: una fiesta pro-equipos para una banda de música a medio peso, pero medio peso del ´76, no los de ahora que no sirven para nada; y le dijimos a la gente que se iba a presentar un combo nuevo cuando nos preguntaban que si era con el maestro aguja, y cuando nos decían que qué combo era, le decíamos que era una sorpresa; pero en una de las prácticas en la casa en construcción de Mister Cola el Bici nos bautizó y nos dijo que cuando preguntaran sobre el combo les dijéramos que eran Los Mandriles del Sabor, que era un grupo nuevo bien chévere. Nada, que preparamos la fiesta para un sábado de mayo, antes de los exámenes. El Bici se fue solito a la dirección del lugar donde estudiábamos y convenció al director del colegio El Buen Pastor, el profesor José Féliz, de que

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la fiesta era algo bueno, que nos permitiera promoverla por los cursos, vender taquillas, y vendimos quéseyocuántas taquillas, un paquetón, y yo mismo estaba asustado pensando cuando saliéramos y la gente nos viera a Freddy con su güiraguayo, a Chichao tocando con sus dos cascos de botellas, a mí con mis maracas de potes plásticos, a Cabuyita con el saxofón de juguete del hijo de Cuyuya (que ojalá a Cuyuya no se le ocurriera ir a ver al Cabuyita con ese juguete, después que ella se desgañitó voceando contra los ladrones que no les compran nada a sus hijos, para robarle los juguetes a los hijos de otros), y al Bici con su acordeón que no había manera que soltara una música que valiera la pena. Pero no hay forma de que los días se paren y llegó el día de la fiesta y nosotros nos cambiamos bien, combinamos la ropa como pudimos; estábamos nerviosos, le pedimos a nuestros hermanos, hermanas y primas que nos ayudaran sirviendo, en la puerta cobrando y verificando las taquillas, conseguimos en el colegio con el profesor Féliz butacas y también sillas, y mesas de nuestras casas con la complicidad de nuestras madres y las caras torcidas y en abierto desagrado de nuestros padres,

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que decían que para eso sí éramos buenos y rápidos, pero para un oficio, hacer un mandado o el estudio no, y nuestras madres les decían que nos dejaran, que nadie sabía a dónde uno podía llegar con eso. En fin, que se llenó el local de la futura parroqua y pusimos el picó de casa con unos long plays prestados de salsa y merengue para calentar el ambiente, y la gente al principio se portó media tímida, pero después salió a bailar y la cosa se calentó, y el Bici emocionado, nos decía: “¿Ven, coño? ¡Ahí está! Ya la gente se puso en salsa. Ustedes van a ver lo bien que va a salir esto”, mientras el resto estábamos cagándonos de los nervios pero no nos atrevíamos a decir nada. ¡Y quién iba a salirle con una vaina al Bici! El asunto es que el Bici le pidió al profesor Féliz que anunciara al grupo de Los Mandriles del Sabor y que lo presentara. No sabíamos qué le había dicho al profesor sobre el grupo, pero él aceptó. El profesor Féliz pidió silencio y voceó a los presentes (no había micrófono), que era un honor presentarles un grupo musical nuevo, que de seguro iba a hacer historia en nuestro país y en el mundo; un grupo joven, pero de primerísima calidad, y que ya tenía un nombre hecho y venía haciendo fiestas y presentaciones en la

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televisión y en las mejores discotecas del país y del exterior. Yo no sé de dónde se sacó el profesor Féliz todas esas vainas, pero nos puso a viajar próximamente en gira triunfal a Puerto Rico, Venezuela y Nueva York, y habló de nuestro próximo long play y yo miraba al Bici que se reía oyendo al profesor Féliz y el Bici se volteó hacia nosotros y nos dijo: “Ustedes verán qué sorpresa se van a llevar”, y a nosotros nos dio pánico pero nadie dijo nada. El profesor Féliz nos ensalsó y luego voceó al público que ahora vienen los reyes de la música: Los Maaaannnndrrrrriiiillleeessss deeeellll Saaabooooorrrrrr, y entonces salimos nosotros con nuestros instrumentos y es el mismo profesor Féliz que nos mira con los ojos desorbitados, sin creer lo que ve y dice: “¡Coño…!”; y el Bici ni lo mira ni nada, sino que nos manda a colocarnos en posición, y nosotros ni queríamos mirar para el público, y oíamos el silencio sorprendido, y después un murmullo, un temblor sordo, y luego alguien gritó desde el fondo: “¿Y el combo?”, y en ese instante el Bici golpeó con el pie en el suelo: un, dos, tres… y el Gari, el Curío y yo arrancamos a cantar Cipriano Armenteros: “En mil novecientoseis, alláporelmes denero…” paranpantanpán, paranpanpán…, y todos sacudiendo y golpeando y haciendo bulla, tratando

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de que el ruido disimulara nuestro susto, nuestro apriete, y sin mirar al frente, a la gente que empezó a pedir, voceando: “¡Qué-salga-el-combo, qué-salga-elcombo…!”, tomando como a relajo nuestra presencia, y que se dedicó a golpear en las mesas y a dar palmetazos y a hacer ruido con todo lo que se podía hacer ruido: “¡Qué-salga-el-combo! ¡Qué-salga-elcombo!”; golpeando las botellas sobre las mesas… Y el Gari, el Curío y yo desgañitándonos: “Y tiembla la tierra, se escapó Armenteros…”, riiiuuuiiinnnn, rrrruuuuuaaaaannnn del acordeón del Bici que quería animarnos y se comportaba como un director de orquesta, moviendo los brazos como si supiera de música, y la gente se reía y voceaba: “¡Quítense de ahí! ¡Qué-salga-el-combo! ¡Qué-salga-el-combo…!”, y el profesor Féliz nos miraba, incrédulo, y no sabía qué pasaba, hasta que el Gari paró de cantar y dijo, fastidiado, que así no se podía cantar, y el Curío y yo paramos también, y el Bici incómodo se volteó al público y le hizo una señal de que se aquietaran. La gente se calló y el les dijo: “¡Coño! ¿Ustedes no ven que nosotros somos Los Mandriles del Sabor?” ¡A la porra! Yo no sé quién fue que nos tiró el primer botellazo, pero la botella pasó a mil entre nuestras cabezas y se estrelló con fuerza contra la pared del fondo de la iglesia, donde iba a quedar el sagrario y,

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¡Poofffff!, el vidrierío y ahí mismito se armó un pleito, una estralladera, un reperpero del carajo, y el profesor Féliz voceaba: “¡No maltraten los pupitres!”, pero la gente molesta los volteaba, tiraban las sillas, las mesas, pidiendo que les devolvieran sus cuartos, irritados, explotando botellas en el piso; y los gritos, las malas palabras, los chillidos de algunas mujeres llamando a otras para que se fueran, y otros voceando que no les rompan esas sillas y esas mesas, que eran de sus casas, y se prendieron en pleito por la estralladera de mesas y sillas, y yo lo único que atiné fue a tapar con mi cuerpo el picó porque si en ese lío del coño le pasaba algo al picó mi papá me mataba por relambío. Así que yo oía el rebú, los gritos, las sanantonios, los golpes, los insultos, pero me mantenía acostado sobre el picó, para que nada le pasara, y en una volteo la cabeza y vi al Bici con un pedazo de palo tirando trancazos para todo lado, enfrentado con cuatro que peleaban al mismo tiempo con él, y la bulla, y la gente, y a mí mismo me dieron como mil palos en la espalda, me acabaron mi mejor camisa, y yo sólo decía llorando: “¡Déjenme, coño! ¡Déjenme, abusadores, coño!”. Y tuvo la policía, que por suerte el cuartel estaba a dos esquinas del local, que venir y arreglar todo, y se llevaron a un grupo que todavía delante de la policía misma se

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marchaban arriba del otro y pedían encojonados que les devolvieran sus cuartos, y el Bici les gritaba: “¡El coñoetumadre es que te lo va a devolver, hijoelagranputa!” A mí, que tenía la camisa destrozada y la espalda llena de moratones y arañazos y sangre, como me encontraron llorando acostado sobre el picó, protegiéndolo, me dejaron ir y tuve que pedirle ayuda a un par de amigos para llevarle de nuevo el picó a papá que, para más joder, aunque no le pasó nada, rayó un long play de salsa de don Frank porque me le tiré arriba al picó cuando empezó el lío y parece que con el movimiento del cuerpo, la aguja jodió el long play y de paso también se desguabinó la aguja, lo que hizo que mi papá me fueteara y me sacara ronchas en las piernas por la aguja, por el long play, por la camisa, por llevarme el picó, por ser su hijo y hasta por respirar. Durante una semana no me dejaron salir y tampoco estaba en condiciones: las piernas hinchadas, la espalda llena de pústulas, las heridas infectadas, la pus…, doliéndome, que tenía que dormir boca abajo, con mamá poniéndome una cura diariamente, y quedarme con la boca callada cuando papá llegaba del trabajo y le preguntaba a mamá que si el músico

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había vuelto a tocar para él requintarme otra sinfonía. Ni al colegio fui en esa semana, aunque me dijeron algunos de mis amigos que fueron a visitarme cuando papá estaba en su trabajo, que el profesor Féliz estaba como el diablo con nosotros. Cuando pude salir, busqué al grupo. Sólo estábamos cuatro, a los otros todavía los tenían de castigo. El papá del Bici tuvo que pagar una multa por él. Tenía todavía la cara con moratones del pleito y parece que en la policía también le dieron una pela. Nada, que el Bici decidió sacar del grupo a Chichao que, según él, era el culpable de la vaina por haberse inventado lo del combo, y como quedábamos seis, pensó que por qué no hacíamos un grupo de básquet, que eso también dejaba y había que joder menos que en la música.

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Mujer que llamo Laura

Ahora estarás sentada en el umbral, los pies sobre el descanso del peldaño, el rostro hacia la calle, como todas las tardes, viendo pasar los carros que bajan, rápidos, la cuesta de la Benito González, que suben por la José Martí; el pelo dorado retozando en tu rostro, replegada sobre ti misma. Los transeúntes pasarán a tu vera y ni se darán cuenta de que existes,

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de que estás sentada en la puerta de ese apartamento; talvez ni reparen en el edificio de dos plantas, desconchado, que te alberga, porque los transeúntes siempre van a algún sitio, alguien los espera, tienen diligencias qué hacer; se desplazan sin fijarse en nada, consumidos en sus problemas particulares, incapaces de advertir una adolescente frágil que se somete día tras día al rigor de la tarde; una muchacha blonda, menuda, con dos ojos inmensos, de miel clara, engastados en una cara que persiste en ser tierna, infantil. Fueron tus ojos los que me sorprendieron; también yo transitaba. Regresaba del bufete con destino a mi hogar por la José Martí, un jueves en la tarde y, de pronto, ya no hubo más destino que tus ojos, más hogar posible que tu cuerpo recogido en el vano de una puerta. Quedé atrapado, suspendido en tu imagen. Apenas pude medio reaccionar al chirrido violento del frenazo; grita la gorda que está parada en la esquina de la barbería, el carro plantado a centímetros; yo, en la mitad de la calle, azorado. La gorda se lleva las manos a la cabeza, atontada por la impresión. Todo el mundo me mira, incrédulos aún de que esté ileso. El chofer se desmontó, irritado; dio un portazo y me voló encima, empujándome, insultándome. No sé qué hacer, cómo explicar. El tumulto crece con los

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curiosos que se acercan, el tapón, los bocinazos, la gente que se asoma a ver qué pasa, que viene a averiguar. El chofer me desafía, manoteándome, pero anónimos pacificadores se interponen, me salvan de su furia, lo hacen desistir. Finalmente, regresa al carro, enciende y sigue su ruta. El tránsito se recompone. Un abejoneo se voces se abate sobre mí, manos que me confortan. La gorda me abraza, toda sudada, y llorisquea. Me sofoca el olor acre de su sudor, los tentáculos pegajosos que me aprietan, el roce del naylon de su vestido. Me zafé como pude. Huí del lugar rápidamente. Atrás quedaron miradas entre condescendientes y burlonas, comentarios… Huyo con tus ojos vivos en mí: dos ascuas que me queman. Todo el resto del día se fue en intentar sobreponerme a tu imagen, al esplendor que en mí dejaste, pero en cada minuto estabas afincándote más y, en la noche, volviste una y otra vez, como para prevenirme de que no fue mero incidente aquel momento. Al día siguiente, viernes, cuando don Elías le puso candado al bufete, a las cinco de la tarde, fui en tu busca. Caminé hacia la Hostos, me persigné como de costumbre al pasar por la esquina de la Hostos con Mercedes; subí la cuesta empedrada (nunca subo por las escaleras sino por la calle, con aire inofensivo, disfrutando las piernas de las

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muchachas que se recuestan de la baranda de hierro; voy rozando las plantas parásitas que enverdecen la piedra, tras el mejor ángulo). Me interné por la calleja entre lotes de basura apilados en la calle: periódicos viejos, envases abollados, ramas secas, yerbajos, latas vacías. En el peldaño superior de la escalinata que da acceso a las ruinas de San Francisco un viejo, en franela, duerme junto al pote de ron vacío. Esquivé los batazos de los muchachos que juegan pelota en la explanada del mercado de San Antón; al fondo, las viviendas se amontonan. El aire se dejó ganar por el olor de las frituras. Al final de la Hostos está el letrero amplio de la Casa Zaglur: letras blancas ribeteadas de negro sobre un fondo verde; los ventanales rotos, remendados, del edificio: colmadas las ventanas de tarros y latas con plantas y ropa oreándose. Crucé junto al vendedor de frutas que limpiaba su pedazo de acera con un escobillón y gané la Mella, doblé hacia la José Martí. Al llegar a la esquina de la Benito con José Martí vi que no estabas: el apartamento tenía la puerta cerrada. Pensé tocar. Desistí. ¿Cómo justificarlo? ¿Y si te recordaba de mí, del lío de ayer? Me entretuve un momento en el colmado Licey, en la esquina, al lado del hotel Zamora. Compré un par de cigarros y encendí uno. La mirada atenta a la puerta marrón, de

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doble hoja y persianas a manera de celosía. Duré un rato leyendo letreros de cerrajerías, tiendas de espejos, colchonerías, fondas; mirando las casas estrechas, de comienzos de siglo, que se apretujan, arruinadas. Pienso que en todo este movimiento de gente, de vehículos, yo soy lo único que está quieto, reposado. Abandoné la esperanza de verte de nuevo esa tarde y me fui a casa. Nada le conté a Flora, mi hermana, ni a Alcides, su marido. Con ellos vivo. García, Abelardo y Basilio vinieron como siempre a jugar dominó. Jugamos, bebimos cerveza, discutimos no recuerdo qué pendejada; luego, ver la televisión hasta que el sueño me derrote: “Rivera, Rivera, vete a acostar…” –Flora. Comenzaron a sucederse esos encuentros momentáneos, fortuitos, a distancia, siempre de regreso del bufete o, más tarde, si iba al cine. Planificaba mi ruta para incursionar en tu orbe; para atisbarte sentada, con las piernas recogidas entre tus brazos, el pelo que ondula a la menor brisa, los labios inocentes, la franela azul claro con la calcomanía del sapo oro y limón y el letrerito: “I´m sugar”; los jeans ceñidos y las sandalias que calzan unos pies minúsculos, delicados. Verte a distancia e inventarte a medias, mi trabajo. Darte un nombre: Laura, y hablar de Laura a mis amigos, y ellos: “¿Quién es?”. Yo: “Laura es Laura, alguien”. Ellos

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hacen memoria, atan cabos, buscan que se me escape alguna pista… El tema se pierde entre fichazos, cuadres, tranques, pases, dominadas y tragos de cerveza. Las botellas apiladas junto a la mesa, seguido del “Búscate otra”, palabras mágicas con las que se termina de consumir el resto del día. Laura… ¡Quién podría suponer que eras más que un cuerpo, un talismán, un fetiche, un objeto ritual que preside la tarde, que ve bajar y subir los vehículos, a los enamorados entrar y salir discretamente del hotel Zamora, a la gente que pasa con sus paquetes y sus prisas; un nombre inventado, una historia que se reduce a dos ojos enormes, hospitalarios, que invitan a instalarse en ellos; una voz que desconozco pero imagino dócil, tibia, presta a enardecerse, diestra en musitar cosas al oído que hacen a uno sublevarse de amor. Te inventaba todos los días, en medio del trajín, los expedientes, el horario: la vida gris propia de un escribiente que se embota la existencia en un bufete de mala muerte; habituado a mezquindades y a reproches. Siempre se me antojó que el bufete tenía un no sé qué de funeraria y ese matiz se fue acentuando desde que te conocí, cada más patente, irrefutable. Todo fue cambiando secretamente, perdiendo o ganando sentido: don Elías Martínez y su hijo, el doctor Tobías Martínez, flamantes

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abogaduchos de mierda y su “Estudio de Abogados Martínez & Martínez”, sus títulos colgados de la pared, la oficina penumbrosa, húmeda, con ese vaho a herrumbe que flota y nos contagia. Odié el caserón roñoso de Las Mercedes que hedía a carcoma y madera podrida, desvencijado, donde está instalado el bufete, con sus paredes gruesas pintadas de crema; el mundo de paredes ulceradas de la Zona Colonial; las casonas de tablas que se reclinan del aire, amagando desplomarse; las paredes de mampostería y argamasa, descascaradas, como leprosas; los edificios trujillistas: sobrios, lúgubres, imponentes. Detesté mi propio empleo de escribiente, de tuerca estándar en la compleja maquinaria que es el mundo. Hiciste despertar en mí la insatisfacción. Durante años agradecí a don Elías el puesto; no era la gran cosa pero era estable al menos, y ganaba más que en la fiscalía, donde antes trabajaba. Todos estos años perdidos en la vida irrisoria de pleitos que en nada me conciernen, con un salario que cada vez sirve para menos, acumulando años y cansancio. “¿Es que piensas quedarte jamón, Rivera?”, suele preguntarme Flora. No sé qué contestar. Para ella soy “Rivera”, el hermano. Para los Martínez “riverita”, así, en minúsculas, el burro de carga. “Ese hermano mío es un pajero” –Flora. “¡Deja de joder a tu hermano!” –

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Alcides. “¿En qué están los oficios que le pedí, riverita?” –Ese es don Elías. “¿Todavía se te para?” – don Tobías, mientras me acerca la foto de la pareja que en la revista enseñan sus partes. Ese es mi mundo, lo más importante. Luego vienen los amigos: García, Abelardo y Basilio que ayudan a sobrellevar el resto del día con el dominó, las discusiones sobre pelota, boxeo, mujeres y política, quejándonos siempre de que la cosa está dura, cada día más dura. “Esa es la única vaina que nunca afloja ni ablanda” – Alcides. Es raro, uno se va llenando de años, de dolamas, de canas, y cuando se supone que tanta vida corrida tenga a uno satisfecho, que hayan cosas que se sepan porque se han vivido, recuerdos que endulcen los años, nos damos cuenta de que estamos vacíos, absurdamente huecos. Uno comienza a preguntarse qué se hicieron esos años, en qué se fueron. Nada se termina por tener seguro. Nos vamos quedando sin fe, sin mañana, aferrados al hoy, a lo inmediato, con pánico al día siguiente. Sólo nos quedan las arrugas, la calvicie y la soledad. Acometemos la vida absurda con una seriedad estúpida, inútil (pienso en don Elías adusto, estirado, patriarcal, detrás del escritorio, en su despacho, como un dios burocrático; en don Tobías marcando un pool y mandándome a sellarlo; las gavetas

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repletas de revistas pornográficas. Las compra donde Macalé y cuestan un dineral. No puede leerlas porque están en inglés y don Tobías no sabe inglés, pero ¡le encantan las fotos! Don Elías se hace el que no lo sabe, pero cuando llueve, no hay clientes y don Tobías no está en el bufete, me dice: “riverita, pásame una de las revistas esas de vagabunderías que tiene mi hijo ahí, en la gaveta”. Se pone a hojearlas, severo como un juez, pero las imágenes le van soliviantando el rostro, el semblante le cambia, y cuando termina de hojearlas lo oigo rematar con un suspiro hondo, nostálgico). En mis ratos de ocio regresaba a tu nombre, a dos ojos capaces de sacudir el mundo; a un cuerpo inerme que se rinde a la bullanguería de la tarde, que es un peligro público. Tú eras La Mujer; no una mujer: La Mujer. Buscaba tu nombre, tu transparencia, sobre otros nombres, en la opacidad de cuerpos que se abandonan de manera torpe al ejercicio del amor. Perseguía tu fulgor. Otras manos que no eran las tuyas remedaban malamente artimañas que sólo en ti eran posibles. Por tu nombre pasaron algunas mujeres, pero en ninguna pude hallarte. Siempre volvía a ti, retornaba al oficio de capturar ese instante irrepetible en que te entregas. Cazador furtivo de tu imagen, paralizo el único segundo, fijo la brevedad en que te dejas poseer. Me

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hago único en ti; suspendo el transcurrir de la vida, desdibujo el mundo y sólo tú y yo conservamos perfiles y contornos; desmantelo la ciudad y sobre los escombros de edificios, anuncios, bisuterías, vallas, tramos, cables, mercaderías y escaparates destrozados permanecemos nosotros dos, sobrevivimos para reconstruirlo todo, para repoblar, para fundar de nuevo. Un relámpago y ¡ya!, tornaba el tráfago. El mundo se recompone asombrosamente con su tienda de espejos en la esquina, el colmado, la ferretería, el poste de luz, la fábrica de colchones, la maraña de cables, los automóviles, las tiendas…. La vida que me empuja, me aleja, me envuelve, que arrebata, me lanza lejos de ti, con este tajo amargo de tus ojos aquí dentro. Con todo, pese a todo, algo de ese momento se me quedaba prendido, no permitía que la rutina me recuperara totalmente. Si alguien un día te enterara de este secreto culto no sé cómo reaccionarías, te reirías talvez, por eso sólo en una ocasión quebré las reglas e intente el contacto: quise saber quién eras, cómo eras, tratarte; violé el tácito pacto establecido. Luego de ese desliz seguiste siendo Laura, un nombre sin historias qué referir y en las que solazarse; peldaño que me permite ascender sobre los días sórdidos para alcanzar un estadio diferente. Nada, ni la turbia palidez de ciertas tardes,

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ni el cielo hosco, encapotado; ni la lluvia que se abate sobre los árboles y techos, ha logrado impedir que cumplas el ritual previsto: que te sientes a contemplar el día que sucumbe ante ti o que lo veas morir desde la ventana, como a veces sucede. Supongo que infringí lo que ya era ley entre nosotros al querer arrimarme a tu flama, pero eran demasiadas tardes pendientes. La conciencia de que no admitías sucedáneos, que eras la única posible, me empujó a intentarlo, a vencer los reparos que la razón oponía, los miedos que se encrespaban una y otra vez. Rondé el lugar dándome ánimo, justificando la intención. Me ejercité para la prueba, flaqueando, marcando algunos pasos hacia ti, torciendo el rumbo, desalentado. Tras muchas dudas no me quedó más que aguardar el momento adecuado, la excusa válida. Cada tarde, a la salida del trabajo, iba a la esquina y te observaba de reojo. En ocasiones, llegaba decidido, dispuesto a ejecutar la hazaña, pero sólo de verte me desarmabas; me iba cabizbajo. Pensé consultar con Flora, pero lo desestimé. Sería yo mismo quien resolvería el asunto. Un martes sentí que hallaba al fin la solución: al cerrar el bufete, don Elías mirando al cielo dijo: “Tremendo aguacero viene”. El y su hijo se preocuparon por agilizar, por los paraguas. Cuando me iba, don Tobías desde su carro me dijo:

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“¡Venga para encaminarlo, riverita!” “Gracias, pero no se preocupe. Me da tiempo a llegar”, le respondí. No insistió, encendió y se fue. “Este es mi chance”, pensé. Todo el mundo andaba rápido. Me persigné al pasar por la iglesia alta, blanca, “VIRGINI DE ALTAGRATIA DICATUM”, con su retahíla de pordioseras enseñando sus pústulas, sus hinchazones, sus mugres. Al subir de la cuesta de la Hostos el viento arrastra delante de mí papeles, polvo, hojarasca; se arremolina. La Hostos es calle y callejón, se angosta al terminar la zona empedrada. Paso por la Benemérita y Respetable Logia Esperanza No. 9 y, al fondo de la Emiliano Tejera, alcanzo a ver un cacho de río: el agua verdosa, serena, la otra ribera: árboles, edificios, la bruma que se los va engullendo. En las ruinas de San Francisco las palomas revolotean bajo el cielo de ceniza, se disparan entre los muros cariados. Fui hacia el lugar que transfiguras, mujer que llamo Laura, sin precipitación, seguro de que estarías allí, aguardándome, sometida al igual que yo, al ritual de estos encuentros fugaces. La Hostos se agita por la inminencia del agua; las mujeres dan voces a los hijos, cierran las puertas. Crucé la Restauración, el pavimento cada vez más deteriorado. A la vera de la calle los caserones de madera con sus caballetes de zinc, a dos aguas,

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oxidados. Salí a la explanada posterior del mercado. Unos niños alborotaban cerca del pedazo de muralla que sobrevive de la que una vez acordonó la ciudad. La voz destemplada de Marco Antonio Muñiz cabalgó sobre la brisa, fluyendo del bar sin parroquianos. La vellonera siguió sonando a mi espalda. Un quinielero recogía el burro, las tiras de billetes y quinielas flameando, y se iba. Ya la farmacia de la Hostos con Mella comenzaba a guarecer transeúntes. El ventarrón esparció las primeras gotas. Crucé a la acera de la Regia y Mella y seguí hacia la José Martí. En la esquina del hotel 3 Gigantes los pasajeros se aglomeraban, pidiendo ruta a los carros que doblaban casi siempre llenos. Crucé la José Martí hacia la acera de la Mueblería Varona. Bajos los toldos blancos y rojos de hojatala empezaba la gente a refugiarse. Caminé hasta el colmado para, desde ahí avisorarte, y sí, allí estabas, impávida, sin importarte los truenos que hacen apurar el paso a los escasos transeúntes que aun se atreven a desafiar la inminencia del aguacero. Las ráfagas de aire siguen sublevando oleadas de desperdicios y los lentos goterones tibios comienzan a caer, humedecen el pavimento, se intensifican. Entré al colmado, pedí cigarrillos, fumé esperando con lentas bocanadas el momento mejor para acercarme. Superé flaquezas de

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último minuto. Otros se asomaban igual que yo a la puerta, contemplando cómo la lluvia desolaba las calles. Cuando el aguacero tomó fuerza me lancé a cruzar la intersección corriendo. Al alcanzar tu acera me encaminé hacia ti, deseché la barbería desde la que algunos asoman los ojos que se pierden en el velo plomizo, húmedo, que la lluvia ha tendido. Estabas protegida por el balcón saliente de la segunda planta que impide que te mojes, contemplando el azote feroz de la lluvia sobre la ciudad, la algarabía de los árboles, el tránsito agitado del agua que arrastra desperdicios por la cuneta. Me viste acogerme a tu amparo y te recogiste un poco, un sutil ademán de reprobación, una manera de hacerme entender el agravio inferido y ése fue el gesto único, la indicación que merecí. Volviste a ensimismarte, a distraerte en los carros que bajan y suben, en los eventuales peatones que, bajo sombrillas o enfundados en impermeables, desafían la crudeza del aguacero; en el retozo de la muchachería que celebra la lluvia, que ríe bajo el chorro del desagüe de edificios y casas, que pasa corriendo en andrajos a nuestro lado y nos salpica. Me sentí intruso, torpe, inútil. ¿Cómo hacerte entender que ese extraño no es uno más que se olvida en el momento mismo de verlo? Parado a tu vera, húmedo, embebido en la imagen de tu cuerpo aun

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translúcido comencé a entender todo: era otro tu mundo, una región inaccesible por medios físicos; no era yo quien por propia iniciativa podría incorporarme a tu universo. Me habías concedido una gracia, accediste a donarme esos instantes en que podía arañar fugazmente la plenitud del amor, pero alcanzar más no dependía de mi esfuerzo. Ese simple gesto tuyo me devolvió a la realidad, me hizo entender que había violado las normas del juego; que sólo era posible una forma de contacto entre nosotros: esa iluminación momentánea en que tú, mujer o deidad, te me revelabas. Volví el rostro hacia los caserones ocupados por una manada de rostros mustios y fastidiados. Dos mujeres que se protegían bajo la misma sombrilla llegan, riendo por haberse mojado, y empiezan a conversar. Te levantas y entras al apartamento, dejando entornada la puerta. Un tipo bajito, ventrudo, en pantalones cortos, las canillas flacas y peludas, el rostro maltratado, sin afeitar, se acerca cantando a todo pulmón bajo la lluvia; la voz aguardentosa, el pelo ralo. Suspende la canción y me mira, mira a las muchachas que se han subido al peldaño para no seguir mojándose los pies, va como a cantar de nuevo, pero me dice con picardía: “¡Eh, licenciado, déme diez cheles…!” Me sentí ridículo, eché a andar en pleno aguacero para salvarlo todo.

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Atrás, el tipo me voceaba: “¡Eh, licenciado, licenciado, se va a mojar…!” Subí la José Martí por la acera, entre sacos de basuras amontonados. Huyendo por segunda vez. No me importó empaparme, el resfriado, la perplejidad de Flora al verme llegar calado hasta los huesos. Volvían los días nonatos. Flora pregunta: “¿Es que te estás volviendo maricón, Rivera?” Alcides le reprocha: “¡Respeta a tu hermano, mujer! ¡Coño, ni que lo mantuvieras!” Don Elías, cada vez más berrinchoso, me arma una a cada rato. Su hijo me secretea: “¿Quiere que te enseñe unas que tengo con hembras de a verdad verdad?” Saca las revistas y me las hojeas escarbándome emociones, lascivo. Después, rápidamente intenta tocármelo. Lo esquivo y se ríe, divertido. “¡Ese flequito tuyo únicamente ya sirve para hacer pipí!” García, Abelardo y Basilio vienen como cada noche a jugar dominó, a discutir tonterías y a beber cerveza. Ayer, al regresar del bufete, te vi nuevamente, parada en la esquina, conversando con una mujer entrada en años; los pantalones que envuelven la cadera firme; las botas marrones sobre la acera cuarteada, la blusa de un rojo agresivo, de llamarada, surcado por flores amarillas y azules; el pelo recogido con un lazo en la nuca. Pasé, trémulo, a tu lado. Me disparé al fondo de tus ojos buscando hallarme en ellos, habitarlos,

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colmarte de mí, pero tus ojos no me reflejaron, era como si nadie pasara, como si un ser inexistente intentara ser visto. Ni siquiera una sombra salpicó tu mirada. Tus pupilas siguieron viendo a través de mí, reiterándome con dureza la imposiblidad de todo acercamiento. Me sentí hendido, traspasado por dos soplos de luz, cristalino. Salí de tu ámbito, agobiado por los años, por el paisaje urbano, por el ir y venir furioso de la ciudad. El mundo ha vuelto a correr sobre sus ejes, la vida se consume mansa, sin uno darse cuenta. Cada día transcurre bajo un mismo itinerario: los mismos sitios, las mismas ocupaciones, y yo lo vivo como puedo, adelanto cada vez más la muerte.

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El libro de cristal de los Cohén 1-14 Estas son las Diez Sephiroth de la nada: el Aliento de Elhoim vivo, Aliento del Aliento, Agua del Aliento, Fuego del Agua, arriba, abajo, Este, Oeste, Norte, Sur. Sefer Yetzirá

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En el principio se manifestó La Palabra. Fue lo primero, la conciencia. La conciencia de ser crea el ser. El saberse, el sí, lo es todo. Esas frases eran las primeras. Sentenciosas. Apodícticas. Estaban allí, puertas o emblemas. De pie en aquel cuarto, entre aquellos libros abstrusos, flotando en aquel aire mortecino, sintió como si levemente, en un cuasi imperceptible fulgor, el libro cobrara un calor momentáneo, ínfimo. Como si el libro estuviese vivo. ¿O sería su mano? Estaba allí, en el viejo caserón de dos plantas de la calle Restauración 358, en el ahora llamado Centro Histórico de Santiago. La vivienda de madera, de estilo republicano y techo de zinc a dos aguas, que permanecía siempre con sus puertas de hojas dobles cerradas, en un aislamiento autoimpuesto, era llamada La Casa de los Judíos y, para los más tradicionales y antiguos moradores de Santiago de los Caballeros, La Casa de los Tavárez. Para él, sin embargo, era principalmente la casa de Noam. Noam y él se habían conocido hacía tres años, cuando iniciaban los estudios universitarios en la PUCAMAIMA. El pensó inicialmente estudiar Medicina, pero luego decidió estudiar Psicología. Allí conoció a Noam.

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Era un ser taciturno, reservado, de pelo negro, ensortijado, cejas y pestañas abundantes y ojos muy negros, tez blanca y nariz filosa, como un aquilón que rasga el aire, en una cara delgada, de mejillas hundidas, que parecía sufrir internamente una pena insondable. Inicialmente pensó que era uno de esos extranjeros que estudiaban en la PUCA, pero Irene, una amiga, le informó que era el que vivía en La Casa de los Tavárez, en La Restauración. “¿La Casa de los Judíos?”, preguntó. “Sí, esa misma”, confirmó ella. Hacía ya unos seis o siete años que Santiago fue estremecido por la repentina muerte en un accidente de tránsito de los esposos Cohén, los padres de Noam. Ellos vivían allí, personas respetuosas pero sin mayores tratos con los vecinos: una vida reservada, totalmente apartada y casi en clausura, que sus vecinos aceptaban, pero no entendían. “Es que son judíos” decían, como si fuera una explicación. La puerta del hogar se abría sólo para las escasas veces en el día en que salían o retornaban. Eran dos señores ya mayores, que se cuidaban mutuamente. El hijo, Noam, vivía en la capital. Ellos viajaban semanalmente a visitarlo y, según algunos, para ir a su iglesia y a comprar alimentos, en especial carnes kosher, aptos para ser ingeridos por judíos.

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Una mujer, Hermenegilda, de La Joya, iba tres días a la semana a ayudar en la casa a doña Sarah. Y ella parece que se contagió de la reserva de los Cohén. Era callada, discreta, cualidad poco común en una dominicana. El accidente fue un miércoles en la noche. Noam estaba en la capital. Eleazar y Sarah, sus padres, habían viajado desde el martes a Santo Domingo. Le habían celebrado a Noam su Bar-Mitzvá, su fiesta de la adultez según la tradición hebrea. Eleazar y Sarah Cohén decidieron regresar esa noche a Santiago: Hermenegilda iría temprano a la casa a limpiar. En el cruce de Piedra Blanca, Bonao, una patana salió imprudentemente de la carretera a Maimón, los embistió y los destrozó con todo y vehículo. El chofer, que venía ebrio, se dio a la fuga y se entregó en Bonao. Ese miércoles era el día más feliz de la vida de Noam. Había cumplido sus 14 años de edad. El BarMitzvá era la celebración de su mayoría de edad según la tradición sefardí. Con ella adquiría una serie de derechos en la comunidad judía. Las semanas previas, las había vivido con una exaltación, un goce anticipado. Ahora podía leer la Torat en la shajarit de la mañana y la minjat vespertina del Shabat: los

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rezos rituales para el sábado judío. Eleazar lo había preparado cuidadosamente para este momento, desde niño había ayunado, pero ahora su vida daba un salto: ya podía empezar a tener propiedades, ponerse los tefilims, participar en una minyam y asumir la responsabilidad por sus actos. Fue un momento esperado, soñado, anhelado: sus 14 años de edad, su Bar-Mitzvá, la ceremonia de su adultez. Y fue en ese preciso día en que sus padres se despedían para siempre. Los judíos del Centro Israelita asumieron la responsabilidad por los cuerpos. La Hevra Kadisha, hombres y mujeres del Centro, empezaron a preparar los cuerpos acorde a la Halajá, la ley judía: limpiarlos y vestirlos para el entierro en el cementerio judío de Santo Domingo. Ese día, su padre, Eleazar, había bailado la sher, aquella danza antigua proveniente de las comunidades judías europeas, con inusitada alegría. También habían hecho una ronda y los mayores, palmeteando, se habían turnado para bailar con Noam, zangolotéandolo uno tras otro con evidente alegría. Eleazar estaba eufórico. Sarah le veía bailar, reír, cantar viejas melodías aprendidas de su padre, Aliasaf Cohén. Y al oírlo, Sarah recordaba a los suyos,

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aquellos seres de sonrisa blanda y dócil que, en ocasiones, se derrumbaban en un silencio oscuro: los terribles recuerdos de los campos de concentración, que nublaban con sus grises nubarrones la más sencilla ocasión. Habían sobrevivido. Ejemplares únicos de familias numerosas barridas por la maldad. Huyeron de Europa, de Dresde, en cuanto pudieron. No querían volver a vivir las persecusiones, la discriminación, los odios apaciguados, pero no eliminados. Y llegaron a República Dominicana, un país del que nunca habían oído hablar, que no sabían que existía, pero Joshua Gumbiner, un pariente, que ya estaba asentado en Sosúa, Puerto Plata, los localizó milagrosamente, tras toda aquella catástrofe vivida y les escribió. Y hacia aquí viajaron. Cruzaron el Atlántico y decidieron nunca volver a Europa, nunca volver atrás. Luego ella nació. Shlomo Dantzig, su padre, y Chana Epstein, su madre, fueron recluidos en campos de concentración distintos, sobrevivieron y pudieron encontrarse. Los hijos que habían procreado habían muerto. Ellos estaban ya en la madurez y pensaban que los horrores vividos le habían secado a Chana la matriz. Grande fue su sorpresa cuando supo que estaba embarazada. Ella fue una especie de hija-nieta. La

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nombraron Sarah en honor a la esposa del padre Abraham que dio a luz en la vejez. Enrique estaba ahora allí, en La Casa de los Judíos, en la casa de Noam. En su casa, de él. La casa que Noam le había obsequiado en un inesperado acto de desprendimiento sorpresivo que todavía lo mantenía con una sensación extraña por lo desacostumbrado del hecho. Hacía unos diez minutos que había llegado. Venía de su apartamento en Las Colinas. Traía en sus bolsillos la carta de Noam. Y ahora, en sus manos, sostenía el libro. Judith y Mijal Gumbiner, descendientes de Joshua Gumbiner y asentados en la ciudad capital, en donde operaban una fábrica de colchones y una tienda de tejidos, fueron los anfitriones del Bar-Mitzvá de Noam. Esa noche, ellos le rogaron a Eleazar y a Sarah que se quedaran en Santo Domingo y viajaran al día siguiente, temprano. Eleazar, con esa ingrávida manera que sabía poner en sus palabras, agradeció el ofrecimiento y lo declinó. Se despidió de Noam, que se quedaba con los Gumbiner disfrutando los últimos resplandores de su Bar-Mitzvá. Le prometió que volverían el viernes en la mañana para hacer las compras y participar del Shabat. Noam era huesped de los Gumbiner, que lo acogían para que pudiera

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estudiar su Majón Yeladim en la escuela judía del Centro. Ahora, tras el accidente, y debido a su minoría legal de edad según las leyes dominicanas, los Gumbiner asumieron su tutoría. Aquellos dos bondadosos hijos de Joshua Gumbiner, que nunca se casaron y llevaban su ancianidad con ese honor y esa prudencia de la gente de bien, lo alojaron, cuidaron y protegieron. Noam no tenía familiares, salvo esta familia amiga, descendientes del viejo Gumbiner que llegó a República Dominicana en 1939, luego de que el gobierno de República Dominicana en julio de 1938 hiciera saber en la conferencia de Evian-lesBains que estaba dispuesto a recibir a 100,000 inmigrantes judíos. El Comité de Distribución Judeoamericano facilitó el traslado, pero apenas un puñado de judíos aceptó la oferta. Otros llegaron y después, ante las condiciones de atraso del país, se marcharon. La diferencia entre Europa, aún con sus pogromos, su discriminación, sus exclusiones, y esta pequeña isla pobre y rudimentaria eran enormes. Pero Joshua creía y repetía que cualquier cosa era mejor que vivir el sobresalto y la angustia que él y su familia habían pasado. Se quedó y prosperó, trabajando duro y, algunas noches, cantando con Otto Papernik que tocaba la mandolina, canciones llenas de nostalgia.

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El Centro Judío le asistió en el papeleo. Una muerte está llena de trámites y costos. Por fortuna, Eleazar había sido ahorrativo y prudente. Tenía inversiones que le rentaban con qué vivir. Ahora todo eso pasaba a manos de Noam. Era hijo único. Con los Gumbiner aprendió a colocarse los tefilims, a leer la Torá, a bendecir con las palabras sagradas: Baruj Ata Ado-nai Elo-henu Melej Haolam Asher Kideshanu Bemitzvotav Vetzivanu Leaniaj Tefilím. Eleazar y Sarah estarían orgullosos de Noam. Enrique Sánchez y Noam Cohén se hicieron amigos en un curso intensivo de introducción a la filosofía clásica que impartió el sacerdote jesuita Emilio Aristizábal, un doctor en filosofía de origen vasco que era profesor en la universidad Madre y Maestra. Ellos se inscribieron, hicieron las prácticas y trabajos juntos, compartieron información y sintieron mutua simpatía. No había muchos estudiantes interesados en el tema. El curso lo tomaron apenas algunos profesores de Humanidades de la PUCAMAIMA, cinco religiosas y únicamente tres estudiantes. La filosofía clásica no era una materia popular. Y desde ese momento ambos desarrollaron tanto una fuerte amistad entre ellos como una grata relación intelectual con el padre Aristizábal.

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Enrique había llegado al caserón de madera, pintado de un blanco ya envejecido y descascarado, temprano. La noche anterior alguien, ¿Noam? ¿Hermenegilga?, deslizó por debajo de la puerta del apartamento en que residía, en el sector Las Colinas, un sobre dirigido a él. La carta era de Noam. Una despedida. Y una llave. Varias semanas antes, Noam lo convenció de aceptar el traspaso de algunas de sus propiedades a nombre de Enrique. Inicialmente lo rechazó. Su amistad, labrada en aquellos años, no quería que se enturbiase con un interés diferente al intercambio de ideas, a la afinidad intelectual y emocional, a los encuentros en la cafetería de la librería Cuesta del supermercado Nacional, en la Estrella Sadhalá, o en la librería Thesaurus en la Plaza Internacional, cuando no era en la biblioteca misma de la PUCA o sentados próximo al Monumento, dejando agotar la tarde en conversaciones que parecían interminables. Ese hurgar, escudriñar, exprimir, libros, autores, temas… Las discusiones que una y otra vez volvían sobre las ideas de Freud, Jung, Adler, Reich, Klein… Los laberintos de la mente. Y leer y releer a autores: novelistas, cuentistas, poetas, dramaturgos… verlos poner en juego los conceptos y las categorías, los

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arquetipos, los modelos, todo cobrando vida, ese descubrimiento que deslumbraba como un relámpago repentino, esa experiencia exultante, esa caída libre en la comprensión arrolladora. Eso era la amistad con Noam para él. Y todo eso trastabillaba y desaparecía ahora, con el diagnóstico inesperado, con la crudeza de la leucemia fulminante, con el desahucio tan rápido de Noam. Siempre él y Noam hablaban sobre la identidad, sobre la conciencia del sí mismo, lo que daba estructura y sentido a la personalidad, a la individualidad. Hurgaban en los puntos de vista de distintos autores. Para Noam era importante mantener vigente la identidad, el sentido de sí, las memorias, pasiones, aficiones, preferencias, lo que inflama y atrae. Era lo que no quería perder: perderlo era perderse. “Eso es la muerte”, decía. “La disolución de la conciencia, de la percepción del sí mismo”. Noam solía exaltarse ligeramente al tratar ese tema: “Toda lo que llamas realidad – argumentaba-, ocurre en realidad en tu mente. Es tu mente la que percibe e interpreta, la que dota de sentido a los estímulos, los organiza y vincula. Nada, ni siquiera tú mismo, existe fuera de tu mente. Eres incapaz de percibir aquello para lo que careces de

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sentidos. Para ti existe lo que ves, lo que escuchas, lo que palpas, hueles o saboreas… ¿Y crees que todo lo que existe se circunscribe o se amolda a esas limitadas percepciones? ¿Y qué pasa con la parte de eso que llamas “la realidad” que no se presta a tus percepciones sensoriales, ya que no puede verse, ni oírse, ni tocarse, ni olerse ni saborearse? ¿Es menos real simplemente porque tú o yo carecemos de sensores para captarlo? Si no pudieses percibir el olor ¿sería el olor menos real?”. En este punto ya estaba parado, los ojos brillantes, emocionado. Luego, agotado por el esfuerzo, se desplomaba sobre el asiento, mirándole como si aguardara que él no sólo compartiera, sino que entendiera la profundidad del argumento. Enrique hacía el esfuerzo mental de ir más allá del aparente sentido de las palabras; quería llenar las expectativas de Noam. Sin embargo, una parte de él sentía que todo aquello era ajeno a la placentera molicie de la ciudad, a la vida simple de su gente, al mundo que se movía a su propio ritmo ajeno a toda la complejidad de aquellos argumentos. Otras veces Noam solía lamentarse: “Soy el último de mi genealogía”. Enrique callaba. Sabía, por Noam, la importancia que daban los judíos a la línea genealógica. Entonces, Noam repetía, con énfasis,

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como hablándose a sí mismo: “Y ahora sí, el último último”. Enrique de inmediato introducía un tema distinto: había que sacar la conversación de ese bache emocional de la autocompasión. “¿No es sorprendente la cantidad de psicólogos de origen judío? Freud, Adler, Reich, Klein, Fromm, Rorschach, Jung…” Noam, entonces, sonreía. “Sí, lamentarse no sirve de nada”. A continuación volvían a conversar sobre los arquetipos jungianos o las manchas de Rorschach, por ejemplo. Hubo un momento en que creyó que era gracias a Jung que Noam le fue tomando gusto a temas mayores, crípticos, místicos. Y conduciéndolo a él, a Enrique, a aquellos territorios abstrusos. El padre Aristizábal intentó prevenirle en una ocasión: “Hay temas que es mejor eludir. Son capaces de confundir la mente y extraviar a la persona en territorios de pesadilla”, le advirtió. Noam apreciaba y respetaba al sacerdote, pero en esto tomó a la ligera la recomendación. “El miedo no es lo que nos debe alejar del conocimiento”, decía. Y un día le dijo a Enrique, como explorando su posible reacción: “Papá fue un estudioso de la kabbalah”. Al final aceptó. Era un favor que no le podía negar a Noam. Lo veía decaer. Perder fuerzas. Dibujar una

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sonrisa insípida para distraerle. Y no tuvo valor para negarle la petición. Noam le comunicó que había decidido irse a morir a Israel. Una vuelta a los ancestros, un retorno y, a la vez, un homenaje a un viejo cabalista. Dijo que no quería despedidas, simplemente se iría de manera inadvertida y quería estar seguro de que el viejo caserón quedara en manos de Enrique. El diagnóstico médico era concluyente: le quedaban, con suerte, apenas un par de meses, semanas talvez, de vida. Y en el aspecto deteriorado, en aquella piel que perdía luz, que se iba opacando progresivamente; en las manchas rojizas en los ojos, las fiebres inesperadas, en aquel cuerpo que se mostraba exhausto, abatido, en aquel esfuerzo por sobreponerse al dolor y al malestar que lo iban avasallando a pesar de todo, Enrique veía a la leucemia plantar sus mustias banderas, imponiendo su victoria. Se hizo el papeleo legal. “Quiero que las cosas de mis viejos queden contigo”, le dijo. “¿Por qué no las legas al Centro Judío?”, Enrique le preguntó. “Hay cosas ahí que te interesan. La biblioteca de papá te encantará. Sobre todo un libro en especial. Quiero que me aceptes el regalo. No tengo a nadie más. Los Gumbiner son los únicos a los que tengo por familia y ya están muy viejecitos. Y yo ya no tengo futuro”, y al decir esto se le quebró la voz.

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Ahogó un sollozo. A Enrique se le humedecieron los ojos. Quiso echarse a llorar, pero se contuvo por no apenar más a su amigo. Noam dejó vagar su mirada que se iba lejos, lejos, navegando en su silencio. Cuando recuperaba fuerzas, Noam le hablaba de su padre, Eleazar, de su familia. Su abuelo Aliasaf Cohén y su abuela Mazhira habían sido también sobrevivientes. Al igual que los abuelos de Sarah, su madre, perdieron todo y a todos. La Shoah, el Holocausto, se había tragado familia, bienes, amigos, vidas. Tenían siglos viviendo en Dresde, Alemania. Se les había recomendado emigrar, irse a Palestina, a Inglaterra, a los Estados Unidos, huir de Europa, abandonarlo todo, pero salvar sus vidas; ellos eligieron quedarse. Hubo una puerta que se abrió, generosa, y la despreciaron. “¿Qué vamos a hacer allá?”, pensaron. “Esto pasará”, decían. Pasó, sí, pero en el transcurso, como en un torbellino cruel, se vieron abusados, despojados, humillados, reducidos a nada, escupidos… Toda su vida cambió: sus amigos los repudiaron, a los niños los expulsaron de la escuela, perdieron clientes y la tienda familiar fue destrozada. Todo se les vino abajo. A partir del 1933 había comenzado el hostigamiento por las SA, las tropas de asalto hitlerianas. Las expropiaciones y

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despojos arreciaron. En 1938 el gauleiter Mutschmann llamó a sus funcionarios a “librarse de la peste mundial del judaísmo” y proclamó el judenfrei, las prohibiciones. En noviembre, Icchak Cohén, el patriarca de la familia, padre de Aliasaf, se dio cuenta tardía de su error de apreciación. La tienda fue arrasada en La Noche de los Cristales Rotos. Una semana después, derribaron la puerta del modesto hogar y los apresaron en la noche, los empujaron hacia la tercera comisaría de Johannstad. Al día siguiente, sin comer ni dormir, los arrearon a los camiones, bajo la fría lluvia. Cualquier intento de hablar, de preguntar, era contestado con un culatazo y un insulto. “¡Judío!” gritaban, como quien dice maldito. Los camiones los condujeron a la estación Dresde-Neustadt. En la tarde, los hacinaron en vagones que los llevaron a través de poblados, campos y ciudades que apenas podían entrever por las hendijas, en medio del olor nauseabundo, los vómitos, la orina, las heces fecales y el miedo, a Buchenwald. Y meses después, desde Buchenwald, Turingia, hasta su destino final: Treblinka, Polonia. El patriarca Icchak Cohén y su familia, al igual que la familia de Mazhira, los Cukierman, participaron en la revuelta de agosto del 1943 en Treblinka y fueron ametrallados por los nazis. Aliasaf y Mazhira fueron

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los únicos que sobrevivieron de sus familias respectivas. Los alemanes vacilaron entre matarlos o dejarlos con vida: pensaron talvez que eran jóvenes y podían ser útiles. Los enviaron al kozentrationslager Auschwitz-Birkenau. Allí, a la entrada, en hierro, estaban las palabras irónicas Arbeit macht Frei: “El trabajo los hará libres”. En ese campo también sobrevivieron a la orden de Himmler de destruir Auschwitz y fueron liberados por el Ejército Rojo el 27 de enero del 1945 que los encontró casi cadáveres entre cadáveres, con los ojos que bailaban en los cuencos, esqueléticos, e incapaces de entender que habían sobrevivido. Durante los tres años que lo trató, Enrique vio a Noam cada 27 de enero celebrar aquel momento. Era una tradición que Aliasaf y Mazhira habían creado: un memorial que honraba a los Cohén y los Cukierman, a cientos de miles, a millones de caídos en aquella matanza infernal. Aliasaf y Mazhira, huérfanos, sin familia conocida, fueron albergados por organizaciones humanitarias que los acogieron, los alimentaron, los protegieron. Ellos, a su vez, decidieron compartir la amarga memoria, auxiliarse, unirse, crear familia y sobrevivir a tanta atrocidad. Recibieron ayuda para viajar a América a iniciar una nueva vida. Eligieron esta perdida isla del Caribe que una vez supieron que

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recibía a los judíos. Antes de partir de Europa para siempre, Aliasaf pudo volver a Dresde, al viejo hogar: la ciudad estaba destruida, llena de escombros, un paisaje de ruinas, edificios destrozados, calles llenas de cráteres, paredes que amenazaban venirse abajo. La casa había sido despanzurrada por una de las tantas bombas que arrasó la ciudad. Aliasaf penetró entre los destrozos del viejo hogar. Rememoró su disposición. Se ocupó de despejar una zona del fondo, levantó unas tablas del piso y tomó el paquete que estaba resguardado, envuelto en un paño de terciopelo azul casi blancuzco de polvo y virutas. Sacudió el terciopelo y guardó el paquete sin abrir el bulto. Lo sintió indemne bajo sus dedos. Era un milagro que estuviera intacto. ¿No era acaso una prueba del Pacto? Los ojos se le humedecieron. Un nudo se le formó en la garganta: algo denso, intragable. Dos lágrimas rabiosas le surcaron el rostro empolvado, demacrado, transido de dolor. Había cumplido con Icchak, con los Cohén, con su sangre, con su estirpe: el libro estaba a salvo. Enrique solía escuchar a Noam contar estas cosas. Él tenía un pasado más doméstico. Sus padres, abuelos, tatarabuelos, todos los Sánchez de los que tenía noticias habían sido cultivadores de tabaco en Villa

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González, Santiago. Eran fundadores del poblado, en las proximidades de Santiago. Sus ancestros fueron viejos castellanos venidos del Reino de España en los comienzos de la conquista a poblar estas islas, que se quedaron cuando todos partieron, que se amañaron a la tierra y crearon familia acá. Vivieron lejos de la política y las ciudades, dedicados a las tareas agrícolas y al comercio de las hojas aromáticas. Su abuelo, Enrique Sánchez, por el que le habían puesto su nombre, puso una cigarrería tras la muerte de Trujillo. Su padre y sus hermanos administraban los negocios de la familia. El, distinto a los demás, escogió estudiar Psicología. Ese día, al levantarse en la mañana, luego de asearse y vestirse, cuando iba a salir encontró el sobre en el piso, próximo a la puerta. “Para Enrique, de Noam”, tenía escrito fuera, a mano, en la letra cuidadosa de Noam. Al levantarlo, sintió dentro algo duro: la llave. “Ahora la casa es tuya, Enrique. Gracias por aceptarla. Cuídala en recuerdo de mí y de mis padres, aunque no los conociste. Papá era un lector mucho más apasionado que tú y que yo. Heredó los libros de mi abuelo y él mismo compraba libros regularmente cuando iba a la capital. Acumuló libros. Encontrarás muchos importantes en español.

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Hay un libro en especial que te pido que leas. Lo hallarás guardado en un arcón, arriba, en la biblioteca”. El corazón se le aceleró. ¿Sería el libro misterioso que Aliasaf Cohén recuperó de los escombros de su hogar, en una Dresde castigada por los bombardeos, de edificios despanzurrados, recorridos por fantasmas que hurgaban aquí y allá lo que pudo salvarse de sus hogares destruidos, del cual Noam le había hablado? Sabía por Noam que su padre, Eleazar Cohén, duraba horas en aquella segunda planta de piso de madera del vetusto caserón republicano de comienzos del siglo XX: La Casa de los Tavárez, familia santiaguera que la puso en venta cuando se fueron a vivir para la capital a comienzos de los sesenta. En la que ahora era La Casa de los Judíos, Eleazar pasaba horas muertas escudriñando sus libros. “Papá y mi abuelo y mi bisabuelo eran todos cabalistas”, le confesó Noam luego, cuando estrecharon la amistad y comprobó que Enrique no se alarmaba por el tema. “¿Cabalistas?”, preguntó Enrique. Entonces Noam le habló de la tradición. El antiguo arte, la disciplina oculta. Los Cohén eran de origen sefardí. Habían vivido en España hasta que fueron expulsados. Fueron parte de los más de 80,000 judíos que se asentaron en la península procedentes de Palestina,

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luego de la destrucción del templo y de la diáspora. Tras varios siglos, el edicto de expulsión de 1492 los había arrojado de Hispania porque “pervierten el buen y honesto vivir de las ciudades y villas y por contagio pueden dañar a los otros”. Siempre la misma historia, los mismos argumentos. Vagaron por Europa hasta que se asentaron en Dresde, Alemania, y allí sobrevivieron y prosperaron hasta que los nacional-socialistas endurecieron la persecución y los apresaron en el 1938, luego de La Noche de los Cristales Rotos. “La kabbulah existe antes que cualquier religión, Enrique. Yaveth mismo nos la entregó”. Noam lo miraba y sus ojos eran dos pozos negros, interminables. “Entiendo”, le respondió Enrique. “No, no entiendes. Ni yo mismo alcanzo a entender todo lo que habría que entender”, dijo Noam. “El entendimiento deslumbra, anonada”. Noam, se levantaba, se inclinaba hacia Enrique, gesticulaba intentando encenderle una comprensión que parecía rehuirle. “El entendimiento requiere avanzar como con una cebolla, capa tras capa, al relámpago que aguarda a quien ponga esfuerzo y paciencia en superar los engañosos fenómenos de la apariencia”. Y mirando intensamente a Enrique le insistía: “La kabbulah es el conocimiento de Dios y del mundo, es una disciplina que requiere años, toda

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la vida, penetrar”. Entonces le explicaba cómo Eleazar, su padre, estudiaba con ahínco El Árbol de la Vida, los serirofs de la Kabbalah, para entender aquella vida tumultuosa de sus ancestros, de Jerusalén a Hispania, de la naciente España a Alemania, de Europa a Las Antillas. En una ocasión. Noam le facilitó a Enrique una edición del Zóhar, el Libro del Esplendor, de Shimon Bar Yojai. El viejo libro de tapas color marrón y páginas gastadas en sus bordes, que casi se les desmoronaban entre los dedos mientras las pasaba, entre sorprendido e intrigado, buscando entender aquellas explicaciones rabínicas, ir más allá de las palabras y penetrar en el mundo ignoto de sus alusiones, de sus misterios. El ejemplar tenía notas desvaídas en los márgenes, escritos de hace mucho tiempo, muy antiguos talvez, como el libro mismo; palabras difusas, casi ilegibles. “Aliasaf, mi abuelo, llamó a mi padre Eleazar en honor al hijo de Shimon Bar Yojai, el que recopiló el Zohar”, le informó Noam. Y empezó a introducirlo en los cuatro niveles de interpretación: Pesat (sentido literal), Remez (alusión), Deras (enseñanza) y Sod (secreto). “Tienes que ir más allá, hasta Sod, hasta llegar a los 72 nombres del Altísimo. ¿Me lo

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prometes?” y le tomaba las manos, las apretaba con fuerza, con pasión, hasta arrancarle la promesa. “Cuando esté cerca mi fecha me iré a Merón, a morir en donde está sepultado Shimon Bar Yojai”, le dijo Noam en otro momento, sorprendiéndolo. “¿Y tus padres, y tus abuelos? Están en el cementerio judío, aquí”, le cuestionó Enrique. “Ellos entenderían”, contestó Noam. Luego de recibir aquel sobre, de entender su significado, casi con la secreta esperanza de encontrar a Noam todavía en la casa, de impedir o retrasar su partida, Enrique salió de Las Colinas, donde vivía. Tenía un Fiat 1, color rojo vino, un regalo de su padre para transportarse a la universidad y moverse en Santiago. Sus padres preferían residir en Villa González, cerca de su fábrica de cigarros y sus cultivos de tabaco. Tomó la 27 de Febrero hacia el centro, hacia la Restauración, hacia la casa de Noam. Cuando les consultó a sus padres la propuesta de Noam, don Arturo, su padre, frunció el seño. Virginia, su madre, bajó la vista. “¿Y para qué ese muchacho te está regalando eso?”, le preguntó su padre. “Se va a morir. Le quedan días, talvez

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semanas”, respondió Enrique. “¿Y él no tiene familia?”, indagó don Arturo. Conocía a Noam, tenía ya tres años viéndolo visitar junto a su hijo la casa. Era una persona de un temperamento que no parecía joven: retraído, de una pulcritud exagerada, puntilloso para comer. De hecho, nunca le había visto comer algo en la casa cuando los visitaba en compañía de su hijo. Enriquito lo apreciaba. “El es el último”, le respondió a su padre. “Tú sabrás, pero a mí no me gusta lo dao”, le dijo don Arturo. Cuando no tenían clases, solían ir a conversar con el padre Aristizábal sobre teología, filosofía y religión. El sacerdote compartía con ellos la pasión por temas que quizás sólo a ellos tres importaban en todo Santiago. Sin embargo, de alguna forma Noam y el padre Aristizábal discrepaban. Era una diferencia sutil, apenas marcada. Enrique siempre pensó que se debía a la distancia entre el cristianismo católico y el judaísmo. A veces, cuando Noam se ausentaba para ir al baño, el padre Aristizábal le decía: “Hay una curiosidad que nos puede perder”, pero inmediatamente Noam retornaba cambiaba el tema. Y Noam, cuando se despedían del padre Aristizábal en la universidad y se iban juntos a la librería a consultar algunos libros, siempre comentaba: “Los

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límites estrechos no dejan aprehender el conocimiento sutil. La mente es la peor cárcel”. La frase dicha como un principio general, quedaba flotando, ominosa. Si Enrique preguntaba que a qué se refería, Noam siempre eludía responder. “No importa. Fue un pensamiento que se me ocurrió”. Enrique sentía que una discusión elusiva ocurría ante sus ojos sin que él la percibiera. “En el arcón encontrarás el libro del árbol”, decía la carta. Noam era parco en informar. Él decidió aceptar la propuesta de Noam. “Gracias”, le dijo Noam. “Sé que no te agrada, pero eres la única persona a la que le legaría mis cosas”. Y ahora estaba allí, frente al caserón republicano de comienzos del siglo XX, levantado con madera de clavó y techo de zinc, alto, a dos aguas, siempre en silencio; las puertas a dos hojas, en plena calle Restauración, próximo a la calle El Sol. Más que por las puertas del frente, tenía dos, se entraba y se salía por un portón que daba acceso a un callejón lateral, en el costado izquierdo. Las puertas principales se mantenían cerradas, austeras, silenciosas. Noam nunca lo había invitado a entrar, una conducta extraña porque él era su mejor amigo y Noam lo acompañaba y compartía con él en muchas ocasiones tanto a su apartamento

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en Las Colinas como a la casa de sus padres en Villa González, pero siempre pensó que era una de esas excentricidades de los judíos. Nunca lo invitó a pasar y ahora le había regalado aquella casa. “Durante siglos y siglos en mi familia se ha estudiado la kabbalah”, le dijo una tarde Noam. Entonces le habló del árbol sefirótico. De los diez sefirots, las diez esferas, estaciones del progresivo descubrimiento, y los 22 senderos o caminos. Una febril pasión le encendía los ojos mortecinos, una lucha entre su interés de hacerle comprender aquella intrincada cosmología mística y la progresión letal de la enfermedad que se lo engullía con premura. Le habló de los patriarcas de la familia, de los antiguos Cohén que a escondidas, temerosos de ser descubiertos, torturados y quemados en la hoguera, bajo el acoso continuo por ser judíos, daban continuidad a la tradición de estudiar la kabbalah. Le habló del mayor, de Avram Cohén, el gran cabalista. “Fue amigo personal de Moses Mendelssohn, el filósofo”, decía Noam, orgulloso. Entonces se ocupaba en familiarizarlo con las sefirots, iniciando por Maljut, el principio de las formas y ascendiendo hacia Kéter, la corona. “Todo inicia con el reino de las formas y concluye con la luz. Buscamos iniciar con

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las apariencias y llegar a la luz de la perfecta comprensión. Es el camino a recorrer”, y le hacía un diagrama, con un círculo inicial que se interconectaba con otros, ascendía hasta formar el Árbol. Luego lo miraba con aquellos ojos severamente oscuros, interminablemente negros. “Enrique –decía-, tengo poco tiempo y quiero que entiendas todo. Es importante para que puedas leer el libro”. Entró por el portón lateral, como vio a Noam muchas veces entrar, y llegó a la puerta trasera que tenía el candado puesto, abrió el candado y empujó la puerta, las dos hojas cedieron y sus ojos tuvieron que habituarse a la penumbra interna. Dentro, todo estaba pulcramente organizado. Entró y encendió una bombilla. Cerró la puerta tras sí. La casa era acogedora. A su derecha vio la escalera que llevaba al segundo piso. “Cuando subas –decía la carta-, la puerta de la habitación que da hacia la calle es la biblioteca de papá”. Las viejas tablas crujían con sus pisadas. “¿Qué iré yo a hacer con este caserón?”, pensó. Se agarró al pasamano para evitar cualquier sorpresa: un peldaño que cede, un accidente. “¿Por qué tú no aprovechas y te mudas a una casa más moderna? En

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los Jardines Metropolitanos, por ejemplo. O en un apartamento de esos nuevos de Altos de Gurabo”, le sugirió a Noam en una ocasión. “Me siento bien en la casa. Me recuerda a mis viejos” ¿Sabía Noam, entonces, su enfermedad? Talvez no, hacía planes, estaba apasionado por los estudios, disfrutaba las conversaciones con el padre Emilio Aristizábal y con Enrique. “Así de sencillo se tuerce una vida; así de fácil acaba todo cuando uno menos lo tiene pendiente”, pensó Enrique mientras subía por las escaleras. “Hay que descender para ascender” solía instruirle Noam. “Cada grada, cada sefiráh es un lugar de cambio”. Noam las últimas semanas hablaba con una urgencia conminante, casi haciéndole sentir que no tenía más tiempo. “Tienes que estar listo”, le urgía. Enrique no sabía en qué. “Somos un pueblo antiguo”. Entonces, se refería a la fecha en el calendario hebreo. “Estamos en Jeshván”, le informaba. Sin embargo, la vida es apenas un regaim, decía, un instante. “Tú vives en el 2008 y yo ahora vivo en el 5760”. Y ahora él, Enrique, estaba allí, en aquel cuarto. Miró en derredor la vieja biblioteca, el lugar secreto, penumbroso, destartalado. Viejos estantes con libros

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pulcramente colocados. Títulos de temas crípticos. Y el aire mortecino que se adensa, pastoso, como si el tiempo en aquella habitación corriera a un ritmo distinto al de la calle. Fue hacia el arcón, que estaba al lado de un modesto escritorio de madera de pino, con sus papeles pulcramente ordenados, lo abrió y sacó con delicadeza, con respeto, el bulto de terciopelo. Fue apartando con cuidado el paño púrpura que lo recubría y algo fulguró. Era una especie de libro, todo de cristal, que brillaba con la luz que se colaba por las hendijas. En el frente, sobrepujado y colorido, esplendiendo, estaba El Árbol de la Vida. La Kéter, la puerta del conocimiento, arriba, iniciando el proceso, la Jojmá y la Biná, los sefirohs de la sabiduría y el entendimiento., escoltándola. Lo reconoció de inmediato: el Zóhar se le hizo patente. ¿Era para hacer ese recorrido místico que Noam lo había estado preparando en los últimos meses? Lo que tenía en sus manos era una joya, un libro de cristal, con letras esculpidas, un lenguaje de signos que él desconocía y que, sin embargo, sentía entender. El frente tenía el diagrama del El Árbol de la Vida, en llameantes colores: dorado, rojo, azul. “Cuando sientas en tus manos el libro, sentirás la fuerza de la vida”, le había

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advertido Noam. Enrique volvió a ver en su mente a Noam, la tez cerúlea, apagada. El decaimiento era notorio. Noam insistió en no recluirse, en mantener un remedo de vida normal. Las fiebres lo agotaban, las hemorragias imprevistas. “Estás sangrando por la nariz”, Enrique tenía que advertirle. “¿Ah, sí?”. Tomaba el pañuelo, albo, pulcro, y limpiaba el fluido que maculaba horrorosamente el tejido. “Excúsame”, decía, como si hubiese de disculpar el hecho. Enrique, entonces, sentía una pena enorme, un sordo puñetazo en su corazón que se convertía en una impotencia extrema. Abrió el libro y de pronto aquellas páginas transparentes llamearon. Sus ojos quedaron cautivados por una explosión impresionante: ante su mirada sorprendida, atrapada en un espectáculo soberbio, estallaban estrellas, surgían galaxias: un torbellino portentoso de luz y materia daba origen al universo, todo ocurriendo ante él, que asistía deslumbrado a la creación misma. Era Malkuh, la sefirá del poder, la emanación de la base, expresándose. Él era testigo en ese instante de los momentos del Génesis, el origen del mundo. La comprensión de lo que veía lo estremeció de emoción: percibió su propia respiración

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entrecortada, su pulso acelerado, el corazón palpitándole a toda velocidad. Vio al inmenso poder que organizaba el caos del mundo. Asistió a la creación del hombre y la mujer, vio a la serpiente artera provocar la caída, a la mujer resbalar en la trampa y comprometer al hombre. Los vio ser desterrados y al ángel con la espada llameante cerrar las puertas del paraíso. Y mientras las páginas del libro se sucedían, ¿las pasaba él? ¿pasaban solas?, fue el asombrado testigo de los grandes cataclismos que casi extinguen la humanidad naciente, como el diluvio; vio la partida de Abram y su transformación en Abraham, caer fuego del cielo y la destrucción de Sodoma y Gomorra. Contempló la emigración a Egipto y el éxodo a la tierra prometida. Por las páginas del libro de cristal transcurrieron la formación de las doce tribus, vio a David vencer a Goliat y a Salomón erigir el templo. Estuvo en cada batalla, en cada derrota, viajó con los siervos cuando eran esclavizados y retornó cuando la bendición de la libertad fue recibida. Vivió la destrucción del templo y la diáspora. Vio al pueblo elegido padecer bajo el yugo de crueles tiranos, ser escarnecido por naciones bárbaras, sufrir bajo el látigo, ser perseguido, lanceado, brutalmente torturado y caer destrozado, sin tener un lugar del que pudieran decir “Es mío”.

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En algún momento empezó a temblar, un llanto que venía de lejos, un dolor de siglos le estalló dentro. Vio a los Cohén instalarse en Gerona, en Hispania, y luego ante sus ojos ocurrir la expulsión. Los vio rodar, perseguidos, acosados, rechazados, hasta instalarse en Dresde. Y vio sorprendido a los Sánchez, sus ancestros, descendientes de Gabriel Sánchez, cuyo padre fue quemado en la hoguera en 1493 por hereje, apóstata y judaizante, escapar a los rigores de la Inquisición y huir hacia estas tierras, embarcándose como tantos otros cristianos nuevos que, por un lado, buscaban ponerse a salvo de la inquina antijudía de los inquisidores, y por otro, creían esperanzados que viajaban a Asfareth, la otra tierra, en la cual se habían aposentado parte de las Doce Tribus. Fue testigo de cómo llegaban a esta isla, cómo disfrazaron sus orígenes, ocultaron sus rituales, se acomodaron y disimularon para no llamar la atención, para que no supieran que eran judíos, para sobrevivir al hostigamiento, a las torturas, a la hoguera. Igualmente, vio a los Cohen, empezar, con duro esfuerzo, a crear algo que pudieran llamar nuestro y también vio cómo en distintos momentos lo perdían todo en medio de las llamas, del odio irracional. Era una sola historia, esplendiendo desde aquellas páginas frágiles y, a la vez, cargadas de

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belleza, de pasión, de sucesos, de prodigios. Y todo aquello no sólo ocurría allí, en las páginas vivas del libro de cristal, también dentro de sí, un proceso interior, una convulsión en su sangre, en su corazón. Lágrimas ardientes quemaban sus ojos. Vio a los Sánchez perderse en los parajes perdidos del Cibao, hasta lograr que nadie, ni aún su propia descendencia recordara sus orígenes, como sucedió con los Ortega, los Mendoza, los Fernández, los Dalmau, los Herrera, los Pérez, los Soto, los Jiménez, los Henríquez, los Badía…Vio a los Cohén concentrados en las emanaciones de la kabbalah, a los viejos patriarcas aislarse a escondidas para escrudiñar en el libro, hacer cálculos; los vio ir de generación en generación cultivando el saber arcano, transmitiéndolo de padre a hijo con la preciosa posesión del libro. Vio a los Sánchez crearse un espacio en la naciente República, prosperar gracias a un trabajo duro, y ascender socialmente. Y vio en Alemania la ascensión de Hitler y la testarudez de Icchak Cohén, su apego a la tienda, a la casa, a la ciudad, al país; su negación a entender que esa no era la tierra prometida, que fuera de la tierra que le prometieron en el Pacto no tenía nada, que siempre sería extranjero en otro lugar. Vio al gauleiter Mutschmann, orondo y siniestro, reunir a las fieras y

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ordenarles arremeter contra ellos; vio aquellas bandas infames destruir las tiendas, agredir a humildes ancianos y a viejas matronas, despojar a modestos tenderos, sacarlos a la fuerza y montarlos en camiones para ir a los campos, donde eran apaleados, fusilados o muertos en la cámara de gas. Vio familias enteras perecer. Los hornos crepitar y esparcir el olor acre de la muerte. Vio las montañas de cadáveres insepultos y a los aterrados sobrevivientes que no tenían lágrimas para llorar sus pérdidas. Y vio a Aliasaf y Mazhira recuperarse de su extrema delgadez, de su miseria espantosa, casi piel sobre hueso apenas, a Aliasaf volver a Dresde, una ciudad fantasma destruida por un bombardeo mortífero, y escarbar entre escombros hasta encontrar aquel libro. Los vio partir a América, llegar a una isla pobre y desconocida, pero hospitalaria, e instalarse en una zona agreste del Norte y empezar, como siempre, de cero. Los vio prosperar y tener a Eleazar y transmitirle el saber, la kabbalah, el camino que va desde Malkuth a Kéter. Y vio a Eleazar crecer, prosperar y tener a Noam, a él, Noam, su amigo, el continuador de la especie. Y entonces se vio a sí mismo. Allí estaba, Enrique Sánchez, la muestra de que tarde o temprano los hijos de Abraham encontraban sus orígenes, regresaban a la casa de sus

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ancestros. La conciencia de ser es en sí el ser: recordó a Noam. Una comprensión profunda, que sobrepasaba todo entendimiento, toda razón, algo que era como un desatarse de la sangre, se removió en su cuerpo. El libro ardió en luz, tocado por un rayo de sol que rasgó la penumbra del cuarto. Un sobresalto repentino lo estremeció y vio al libro escapársele de las manos, vacilar en el aire y luego caer y desmoronarse en mil y una partículas, sin que él pudiera aún recobrarse del estupor. Al reaccionar, asustado por el destrozo, supo entonces (era tan fácil el saber lo que fuera en ese instante), que Noam lo había dejado, que en donde quiera que se encontrara, había partido para siempre. Dos lágrimas le ardieron en los ojos. Sacó del arcón el talit judío, el mantón rayado para orar, y la kipá, y se los colocó. Ya caía la tarde del viernes, empezaba el Shabat, se preparó para ayunar y orar, por última vez dedicó un pensamiento agradecido al amigo perdido y se dispuso a cumplir su ritual y retornar a sus orígenes.

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Colección Lectofilia digital 1/ palabra dada

/ ensayos

Aquiles Julián

2/ Argucias contra el tiempo /poemas Aquiles Julián 3/ Los 7 tesoros a encontrar en un libro /

Aquiles Julián

ensayos.

4/ Cuentos premiados / cuentos

Aquiles Julián

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premiados CuentosCuentos premiados / cuentos / Aquiles Julián

El libro He reunido aquí una selección mayor de mis cuentos. Sobre todo los que han sido premiados en distintos concursos en los que he participado en mi país, República Dominicana. He buscado siempre, al escribir, no repetirme, ni en técnica ni en temas ni en estilo. La escritura me sirve para explorar la realidad y para entenderla. Y para compartir esa comprensión que obtengo. Mis cuentos, bajo historias ficticias, contienen mi mejor aproximación al entendimiento de mi realidad que he podido alcanzar. No conozco otra vía mejor. De ahí el placer que derivo de leerlos. Me ayudan a comprender. Espero que a ti, amigo lector, por igual. El autor Aquiles Julián (El Seibo, Rep. Dominicana, 1953) Escritor, teatrista y cineasta dominicano. Especialista en neurolectura y neurocompetencias. Ganador de importantes premios literarios en su país. Empresario de network marketing. Vicepresidente ejecutivo de ¡TRIUNFAR! Director de la editorial digital Libros de Regalo. Editor de varias colecciones digitales, entre ellas Muestrario de Poesía, La Biblioteca Digital y Lectofilia digital. Sus artículos se reproducen en medios y blogs de distintos países, entre ellos España, Perú, Uruguay, Argentina y los Estados Unidos.

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CUENTOS PREMIADOS, POR AQUILES JULIÁN  

Selección de cuentos galardonados en distintos concursos literarios en República Dominicana, entre ellos Casa de Teatro, el Banco Central, e...

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