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LOS MATONES DEL PATIO


Este libro es pura ficción. Todos los personajes y situaciones narradas en él son inventados. Cualquier parecido de estos con hechos o personas reales es simple coincidencia. Los nombres de algunos lugares de Madrid y de escritores famosos mencionados, sí pueden ser reales. Los Matones del Patio está basado en el diario de un chico de doce años. Comentarios, opiniones y actitudes sexistas, homófobas, xenófobas, absurdas o terriblemente ignorantes, así como apologías diversas del gamberrismo y el matonismo juvenil, por parte del protagonista o cualquier otro personaje del libro, deberán ser vistas siempre bajo este prisma. Es necesario insistir en que el relato se desarrolla en Madrid a principios de la década de los noventa, unos años en los que la sociedad es machista, abiertamente homófoba y mira con cierta hostilidad la reciente llegada de extranjeros procedente de la inmigración. Respecto a temas como el vandalismo, pequeños delitos y el acoso escolar, estos son más propios de la etapa vital que atraviesan algunos de los personajes de la historia. Todos estos elementos, aunque puedan ser controvertidos, aportan realismo y autenticidad a la hora de describir una época, principios de los noventa, y un momento tan particular en la vida como son los inicios de la adolescencia.


Título: Los Matones del Patio (Historias de Chencho) Autor: Mariano More © 2014 Editado por Alacena Roja Marzo 2014

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización del titular de la propiedad intelectual, la reproducción o transformación de esta obra por cualquier medio o procedimientos, comprendidos la reprografía o el tratamiento informático.

© 2013 Mariano More 09-RTPI-02402.2/2013 Safe Creative 1304094916674

Depósito legal edición impresa MU-332-2014 Depósito legal edición digital MU- 333-2014 ISBN-13: 978-1497444843 ISBN-10: 1497444845


LOS MATONES DEL PATIO


PRINCIPIOS DE LOS NOVENTA

D

ías de grandes esperanzas, pero también de horterismo, Bakalao y vulgaridad. Todo comenzó con la llegada de varias cadenas de televisión privadas a la sociedad española que, libres de cualquier restricción burocrática, inundaron las ondas con telebasura y nuevas modas procedentes de Estados Unidos. Estos son los años de Las Mamachicho, los Juegos de Barcelona, de la irrupción de la cultura Hip Hop en España y de Beverly Hills 90210. Los años en los que todo lo yanki es guay y todo lo autóctono es feo y pasado de moda, incluso a pesar del tibio antiamericanismo surgido de la Guerra del Golfo. Me llamo Chencho y vivo en Madrid a principios de los noventa, una época en la que todo empieza a cambiar cada vez más deprisa, el mundo, nuestro país y mi propia vida. Cae el muro de Berlín, los rusos dejan el comunismo, Saddam Hussein ha sido derrotado y dentro de poco el mundo será dirigido por superordenadores, aunque no todo es bueno. La guerra y los campos de concentración vuelven a Europa, crisis económica, hambrunas y conflictos copan los telediarios y todavía queda bastante tralla en Oriente Medio como para provocar unos cuantos disgustos. Todo esto me importa un pito porque tengo doce años. A mí lo que de verdad me afecta es que hace poco era un niño y ahora mi infancia va quedando atrás. Nuevas cosas de las que preocuparse han surgido últimamente, las chicas, la ropa, la música, ser popular, expresarme como individuo y ser aceptado…, y otras parece que nunca cambian, como los abusones que nos pegan todos los días en el patio. Un colegio tétrico y lleno de niños bobos, un recreo infestado de


matones y un barrio donde meterse en problemas es obligatorio para ganarse el respeto de los colegas, son todo mi mundo. Desde que quitaron Barrio Sésamo de la tele, los ochenta y la inocencia han muerto para mí. Chavales… ¡empiezan los noventa!


LUNES DE MARZO

L

« unes y lloviendo, ¡qué asco!», fue lo primero que pensé nada más mirar por la ventana de mi habitación y ver cómo las gotas caían desde un cielo gris hasta el patio de vecinos de mi casa. Durante la noche había creído oír cómo la lluvia golpeaba en la ventana, pero la confirmación me caía como un jarro de agua fría. No hay nada más deprimente en el mundo que una mañana lluviosa de lunes, sobre todo si tienes doce años y te toca ir al cole. Lentamente me vestí: primero, los vaqueros; luego, una camiseta de algodón, los calcetines, un jersey de punto y mi orgullo, las zapatillas Puma que me había comprado hacía un mes. Mis primeras zapatillas de marca que, aunque eran de tipo tenis blancas y no negras de bota como las que llevaban los chavales que molan, me daban cierto estatus dentro de la clase, donde iba todos los días de nueve a cinco a cursar séptimo de EGB. Hasta hacía un año mis padres me escogían todo el vestuario, pantalones de pana, jersetitos de lana, zapatitos y los odiosos pantalones cortos durante el verano. Por desgracia, mis viejos eran demasiado anticuados para poder entender que para un preadolescente el ir vestido de niño formal es cuanto menos una humillación y además te pone en el punto de mira de los abusones del patio, de los cuales mi colegio tenía en abundancia. Poco a poco había ido logrando modernizar mi vestuario para ser más enrollado, cambiando panas por jeans y zapatos por deportivas, aunque mi padre todavía no me dejaba llevarlas de bota, tipo baloncesto, pues estas eran, según él, de macarra. Camisetas negras jevis y pelo largo estaban terminantemente prohibidos.


Después de vestirme me fui a la cocina a desayunarme mis krispies mojados en leche con Cola Cao. Con doce años todavía no se me ocurría ducharme antes de ir a ningún sitio, ni echarme desodorante, aftersei ni esas cosas que usan los chavalotes mayores. Acabado el desayuno, mi padre empezó a meterme prisa para que no llegase tarde al cole, echándome como siempre una enérgica e inmerecida bronca. Asustado por sus gritos me di prisa en recoger mis libros de texto, meterlos en el macuto y salir a toda leche de casa. A veces tenía la sensación de que mi padre era como un perro de presa, siempre merodeando alrededor de mí preparado para soltarme una bronca al menor descuido por mi parte. Yo, que nunca había sido un chico travieso ni espabilado, sino más bien un poco despistado, las broncas me las solía ganar más por tonto que por malo. Por lo menos había conseguido que no me llevase al cole de la mano como hacía el año anterior con la consiguiente carga de humillación que eso suponía delante de los demás niños. Protegido de la lluvia con mi anorak y cargado con una mochila llena de libros que pesaba un quintal, salí del portal y me dispuse a recorrer los diez minutos que separaban mi casa del cole, que estaba cerca de Embajadores. Cuando llegué a él, me encontré con el mismo molesto mogollón de chavales bobos corriendo, empujándose, peleándose y dando voces, que me encontraba todas las mañanas. Al final sabía que me lo pasaría bien, siempre que no se metiesen por medio los abusones, pero al principio de la semana me daba una pereza enorme volver a ese torbellino de idiotez, gritos y niños feos que era para mí el colegio. Hacía ya unos meses que había empezado el cole y la cosa era diferente de como había sido en cursos anteriores. Ahora en séptimo de EGB ya no teníamos una profe con la que dábamos todas las clases, sino varios que iban yendo y viniendo según tocase lengua, mates, sociales, etc. Esto ya nos quedó claro el primer día cuando lo primero que hicieron fue entregarnos un horario con las clases de la semana. Antes, en otros cursos, íbamos un poco improvisando, que si


una redacción, un dictado, unas cuentas, pero ahora estaba todo programado. Lo peor de tener varios profesores era que todos ellos venían a la clase con la maldita manía de poner deberes para casa, así que al final del día te ibas con una buena ración de ejercicios de lengua y mates, para pasar un par de horas entretenido por la tarde. Yo en concreto sabía que el viernes nos habían mandado mogollón de cosas para el lunes, pero no había hecho nada, salvo un ejercicio de lengua a medias. Por eso no pude evitar sentirme incómodo cuando a las nueve y cuarto empezó el primer trámite importante del día. Este consistía en que la profesora de lengua iba pasando lista y preguntando si habíamos hecho los deberes. Como ya nos tenía calados a todos, sabía que era mejor no mentir, pues si te pillaba, te echaba una bronca monumental; así que cuando dijo mi nombre, preferí el mal menor y fui sincero. ―Chencho, ¿has hecho los ejercicios? ―Solo he hecho el primero, seño. ― ¿Y se puede saber por qué no has hecho los otros dos, calamidad? ―Pues, es que no sabía cómo hacerlos… ―Pues, te llevas el cero igual…, y además voy a tener que llamar a tus padres. Bueno, ya tenía un cero más, pero por lo menos la bronca no había sido tan grande como la que se merecían los niños que no habían hecho nada. No eran ni las nueve y media y ya llevaba dos broncas en mi haber, y todavía me faltaba que me pegasen en el recreo, ¡vaya mañanita! Los deberes no solo servían para que el profesor siguiese la evolución académica de los alumnos, sino que además afectaban al orden social de los propios niños, creando una división entre aquellos que los hacían, los empollones, y los que no los hacían. Los primeros sabían que aprobarían el curso, pero el precio de este aprobado era soportar los insultos y las perrerías a las que eran sometidos.


Los segundos eran carne de suspenso y se llevaban broncas constantemente, pero en el día a día gozaban de un estatus mayor en la clase y se libraban del molesto título de empollón que tanto podía afectar a tu reputación. Yo siempre intentaba hacer los deberes a medias, tratando de congraciarme con las dos posturas. Si no hacía los deberes, los profesores me suspenderían y llamarían a mi padre, el cual estaría encantado en soltarme una superbronca, castigarme y pegarme un par de bofetones. Por otra parte, si hacía los deberes, serían los propios niños de mi clase los que me colgarían la etiqueta de empollón y niño bueno e intensificarían el nivel de abuso físico y verbal contra mi persona. Debido a todo este tema, me movía siempre en un difícil equilibrio, tratando de parecer un niño estudioso delante de padres y profes, y un gamberrete delante de los otros chicos. Después de dos horas de clase y una nueva y absurda ración de deberes para el martes, pudimos salir al recreo a desfogarnos un poco. Esto podría parecer algo bueno, pero no lo era tanto. El recreo era el coto privado de caza de los abusones del patio, bandas de chicos de octavo que se pasaban la media hora que duraba este pegando y abusando de otros chicos más débiles. Por suerte, ese día la mayoría de los tíos mayores estaban ocupados jugando a un rescate con las chicas de su clase, y algunas de la nuestra, por lo que nos dejaron en paz. Entonces, aprovechando el momento de tregua, los niños de mi clase nos dividimos en dos equipos y comenzamos a jugar un partidillo de fútbol en las canchas pequeñas, pues la grande estaba reservada a los mayores. Otra vez más aparecía el orden social dentro de la clase. Al igual que antes con los deberes, ahora el fútbol también creaba una división entre los que eran buenos y los que eran malos, siendo los segundos despreciados. De nuevo yo me encontraba entre las dos categorías, pues bueno no era, pero tampoco un desastre absoluto, así que hacía lo que podía e intentaba jugar bien, no solo para disfrutar, sino también para ir escalando peldaños en la jerarquía escolar.


Este dichoso orden social entre los niños de clase se manifestaba de muchas y diversas maneras y marcaba la diferencia entre ser un triunfador o un pringadillo, lo cual te hacía ser menospreciado por otros y además víctima potencial de abusos. En el colegio había varios factores principales que podían afectar positiva-negativamente a tu posición en este orden social, de los cuales los más comunes eran:

Afecta positivamente

Afecta negativamente

No hacer los deberes

Hacer los deberes

Ser un gamberro

Portarse bien

Suspender todo menos gimnasia

Sacar buenas notas

Jugar bien al fútbol

Ser un paquete

Llevar ropa de marca y moderna

Vestir de manera cutre

Pegar y humillar a otros niños

Ser pegado por otros

Y el más importante de todos Ser fuerte

Ser débil

Y en las chicas estaba además Haber desarrollado los pechos

Estar plana todavía

Salir/ haber salido con un chico

No salir con nadie

Y el más importante de todos Ser guapa

Ser fea


Para un chico, o chica, que reuniese la mayoría de requisitos de la columna de la izquierda, la vida en el cole era un camino de rosas, mientras que si por desgracia ocurría lo contrario, tu existencia se concentraba en tratar de pasar desapercibido para no atraer insultos, humillaciones y palos. Una vez más confieso que yo estaba más cerca de la segunda columna que de la primera, aunque con habilidad había conseguido disimularlo bastante bien, convirtiéndome en miembro de importancia menor del grupo de los gamberros para los otros chavales sin perder del todo la fama de buen chico delante de los profes. Después de jugar el partidillo del recreo, nos fuimos a clase cuando el timbre nos indicó que debíamos subirnos de nuevo, para sentarnos en nuestros incómodos pupitres de color verde y aguantar dos horas de matemáticas. Lo bueno de la clase de mates era que ahí sí que no tenía que fingir no ser un empollón, porque los números se me daban fatal y nunca hacía nada a derechas. Después de este rollazo vino la hora de comer, en la que los niños afortunados se podían ir a su casa y volver a las tres, mientras que los que teníamos padres currelas estábamos condenados a quedarnos en el comedor escolar hasta que se reanudasen las clases por la tarde. Por suerte, estas solían ser el único remanso de paz dentro del horario escolar, pues consistían en una hora de naturales o sociales, la cual a veces incluso molaba y se aprendían cosas de animales salvajes, o de batallas medievales, cosas sencillas y lógicas, no como los jeroglíficos incomprensibles e inútiles de lengua o mates: análisis sintáctico, análisis morfológico, polinomios, ecuaciones, etc. Nunca llegué a entender por qué nos explicaban todas esas cosas sin sentido, a la par que aburridas a más no poder. La segunda hora de la tarde era mejor todavía. En un ambiente relajado teníamos clase de dibujo, de cerámica o incluso de gimnasia, las cuales podían estar muy bien si el profesor de turno era majo y no un imbécil que las estropease tomándoselas demasiado en serio.


A las cinco de la tarde sonó el timbre que indicaba que el lunes ya estaba sentenciado, aunque todavía me quedaba otro pequeño escollo que salvar, un escollo en la forma de un señor alto, delgado y con un bigote negro. Desde que los peques habían empezado el colegio, mi padre tenía la puñetera manía de venirnos a recoger todos los días a la puerta del cole. Esto ya era humillante de por sí, pues la totalidad de mis compañeros se iban solos a casa desde hacía mucho y a mí todavía con doce años me venía a recoger mi papá a la entrada. Por si fuera poco trauma, mi viejo era un hombre de muy mal genio y poco tacto, y muchas veces me soltaba una sonora reprimenda ahí mismo, en el patio, delante de todos los niños, haciendo la ración de humillación todavía más obvia. A veces incluso pasaba miedo cuando en lugar de reñirme a mí, se dedicaba a abroncar a otros chicos del cole por cualquier motivo, sobre todo si eran mayores que yo. «Déjales en paz, no ves que luego me pegan a mí», me daban ganas de gritarle cuando empezaba con sus reprimendas a los chicos más gamberretes del cole, pero en lugar de hacerlo me quedaba callado y trataba de hacerme invisible. Para evitar todo esto, mi truco era salir de clase a toda pastilla, sin perder un minuto, e intentar que nos fuésemos rápido del colegio a casa. Esto a veces no me funcionaba porque los peques nos hacían perder mucho tiempo cuando se quedaban jugando con sus amiguitos, y este retraso le daba tiempo a mi padre a montar más de una en el patio. Ese día por suerte la cosa fue bien y salimos rápido hacia casa. Por el camino paramos en una tienda de ultramarinos a comprar un Bollicao para la merienda y luego, a casa. Una vez en la seguridad de mi hogar abrí el macuto y saqué los libros de texto que llevaba para empezar a hacer los deberes. No había estado mal la cosecha, tres ejercicios y una redacción en lengua, cuatro ejercicios de mates y tres de sociales. En lugar de relajarme y descansar, me pasé hasta las siete y media tratando de hacerlos, pero eran muy difíciles y tan aburridos que al final desistí y me puse a jugar al Sonic The Hedgehog en la Megadrive. Cuando me cansé de la


consola, me puse a ver la tele y así hasta la hora de cenar, ese día, patatas fritas y salchichas, y luego, más tele. A las doce se acabó el programa que ponían y me fui a acostar.


MIS AMIGOS DEL COLE

Pues nada, visto uno, vistos todos. La mayoría de los días de la semana venían a ser la misma historia. Cuando más a gustito y calentito estás en la cama, suena el despertador y tienes que levantarte para ir al cole otra vez a recibir broncas y aburrirte con los rollos que ahí te cuentan y, ¡ojo con protestar! La última vez que mi viejo me oyó decir que la EGB apesta, me echó un súper rapapolvo con que si la gente pagaba impuestos para que nosotros pudiésemos ir a la escuela y no sé qué más cosas, y que teníamos suerte porque había muchos niños que no iban al colegio. Pues vaya suerte, yo la verdad es que preferiría no tener que ir, pero, claro, esto era imposible, así que tocaba joderse y no darle muchas vueltas a lo inevitable. Así, el martes de nuevo me vestí, me calcé mis Puma blancas y me desayuné mis krispies con Cola Cao. Por suerte, mi padre me permitía salir antes que él y mis hermanitos los peques para ir a clase, pues le había contado la milonga de que si no lo hacía así, no llegaba a tiempo y los profesores me pondrían mala nota. Esta pequeña treta había funcionado y aunque todavía no había conseguido que no viniese a buscarme al cole, al menos no me llevaba y podía ir más o menos tranquilo. La consecuencia fue que, como de costumbre, llegué diez minutos antes que todos, así que me quedé en la clase esperando a que viniesen los compañeros. Poco a poco fueron apareciendo y la cosa se fue animando. La verdad es que como las clases eran tan reducidas en el número de alumnos, todos los chicos eran amigos míos, dentro de lo que cabe.


Durante los últimos años no había tenido un mejor amigo, sino dos mejores amigos, el Bibi y el Miki, a cual más diferente del otro, además de otros chicos que consideraba mis colegas, aunque con algunos me llevaba mejor que con otros, como es normal. Mi primer mejor amigo era un chico al que conocíamos como el Bibi. Este chaval era de los más fuertes de la clase y bastante popular entre los chicos, porque era bueno jugando al fútbol, y entre las niñas por ser guapete. Por desgracia nadie es perfecto y el Bibi era también un poco simple y algo lento en el plano intelectual, aunque buen chico. Mi otro mejor amigo, Miki, era todo lo contrario al Bibi. Miki era un chico muy inteligente, con una imaginación desbordante y grandes dotes para inventarse historias inverosímiles que nadie creía. Miki era menos popular, pues además de listo era también bastante retorcido y manipulador, aparte de un poco amanerado. Cuando me apetecía un poco de desafío intelectual, me quedaba con Miki, para jugar al rol, hablar de videojuegos o inventarnos mundos de fantasía donde nos pasábamos inmersos horas. Por el contrario, para pelear, jugar al fútbol y hacer el bruto siempre confiaba en el Bibi, casi como si fuese un hermano mayor. Durante algún tiempo este equilibrio Bibi-Miki se mantuvo, pero hacía un año que la llegada a nuestra clase de un chico repetidor lo alteró para siempre. Al nuevo chico le llamábamos el Pulga y era más bien del estilo de Bibi, aunque más espabilado y malo. El Pulga venía de otro país, igual Paraguay, Panamá, La Pampa o uno de esos por Sudamérica, y estaba obsesionado con la cultura marginal de los bajos fondos y el gamberrismo juvenil, cosa en la que se superaba a diario. Al contrario que yo y muchos otros niños, el Pulga se pasaba todas las tardes después del cole merodeando por las calles en compañía de chicos más mayores de la zona de Lavapiés y Arganzuela, en lugar de estar en casa haciendo los deberes. Rápidamente, el Pulga nos abdujo al Bibi y a mí como sus secuaces dentro de clase, llevándonos por el mal


camino y alejándome de paso de la influencia de Miki. Esto empezó a ser evidente a ojos de los profesores, debido al bajón en el rendimiento escolar del Bibi, el cual nunca había sido bueno de todas maneras, y sobre todo del mío. Alarmados por esto, los profes les trasmitieron a nuestros padres que el chico nuevo no era una buena influencia, aunque estos no hicieron mucho caso. Incluso mi viejo, después de conocer al Pulga durante las veces que venía a recogernos a los peques y a mí y por alguna extraña razón que solo él conocía, llegó a la arbitraria e increíble conclusión de que el Pulga era un buen chico, responsable, educado y estudioso. Otro chaval destacado era un chico gordito al que le llamaban el Pitu. Este tío no era demasiado fuerte, pero sí uno de esos gordos amigables y carismáticos que saben relacionarse bien con todo el mundo y se convierten en líderes naturales. Desde que éramos pequeños, el Pitu siempre había sido muy amable y protector conmigo, igual porque intuía mi naturaleza sensible y debilucha, o porque yo le caía bien sin más. El Pitu ejercía un poco de líder «enrollado» de la clase de 7ºB y a menudo iba acompa ado de sus vecinos, el Kiki y el Tito. El Kiki era mayor, tenía ya catorce años, pero no lo aparentaba. De nuestra misma estatura y muy delgado, había estado hasta hace poco en un colegio especial para subnormales, según él decía por error, y era el niño más malo y rebelde de la clase junto con el Pulga. El Kiki estaba orgulloso de su gran pilila, enseñándola siempre a la mínima ocasión, para enfado de los profes, horror de las chicas y jolgorio de todos nosotros. El Tito también era bastante malo, además de fuerte y algo abusón. De hecho, Tito era secuaz de Javi y Óscar, los súper abusones del cole de los que hablaré más tarde. Por suerte la influencia del Pitu solía calmarle un tanto y ya no nos pegaba como había hecho otros años. Opuesto al liderazgo benevolente del Pitu estaba su rival, Eddie, el Negro. Eddie era un chico bravucón y muy moreno, de ahí su nombre, que estaba en nuestra clase. Todos respetaban a Eddie porque era de lejos el más fuerte de


la clase, además de muy agresivo si se ponía de mala hostia, pero en el fondo más que respeto sentían por él temor y odio a partes iguales. Eddie era buen estudiante en lugar de gamberro y además vivía bastante lejos. Por esto, los chavales del barrio, el Pitu, el Pulga y los demás lo despreciaban, aunque no se atrevían a desafiarlo abiertamente. No solo por su fuerza y mala hostia, sino porque Eddie también era secuaz de Javi y Óscar. El mejor amigo de Eddie era Miguelito, un chico muy estudioso, formal y deportista. Los chavales de la clase desviaban muchas veces el odio que sentían por Eddie hacia un más asequible Miguelito, llamándole «esclavo del Negro», lameculos y maricón. Otros chicos de nuestra clase eran el Patata y el Paleto, dos chavales un poco debiluchos que se llevaban siempre hostias por todos lados, y un grupo de chicos más que caían en el campo de los empollones, Pepe el rubio, Dani el viciao, Ivanovic el ruso, Jalufo el moro y Jamoneti. Digo sus nombres aquí por si aparecen luego, que no penséis que me lo he inventado. También estaban las chicas. Sonia y Espe eran guapas, pero no tanto como Rosita, que era la maciza de la clase y casi del colegio. Rubia, ojos verdes, delgada y con grandes tetas para tener doce años. Rosita era cortejada por todos los chicos mayores y por algunos de mi clase como Eddie, el Bibi y el Pulga. Su mejor amiga era Yoli, que la verdad sea dicha, era bastante fea de niña. Durante muchos años, Yoli recibió toda clase de burlas e insultos hasta que mejoró de cara y empezó a desarrollar unos pechos que no pararon de crecer hasta ser casi comparables a los de Sabrina, la cantante de Boys boys boys. A partir de entonces, los chicos la empezaron a mirar de otra manera, y aunque las burlas continuaron de manera esporádica, fea, monstruo, aborto y cosas así, ya no se hacían con la intención de humillarla, sino para ligar con ella con el pretexto de fastidiarla un poco. Bueno, pues estos eran mis compañeros de clase. Todavía había algunos otros, como varios empollones más, dos chicas moras a la que llamábamos la Gadafi y la Saddam, dos chicas dominicanas que nunca supe muy bien cómo se llamaban, y algún otro inmigrante. En to-


tal, en la clase de 7ºB sumar amos como unos veinte chicos y chicas de doce a os, compa eros de aula y recreo cinco d as a la semana durante muchas horas. El martes empezó con dos horas de clase de lengua en las que conseguí que la profesora no se diese cuenta de que no había hecho los deberes que había mandado el día anterior. Por suerte, perdimos casi una hora cambiándonos de sitio por orden del director del colegio. Desde el primer día de clase todos los niños teníamos un pupitre asignado, nuestro propio sitio, el cual debía de ser siempre el mismo. El problema es que la disposición de los sitios la escogimos los propios chicos y, como es lógico, cada uno se sentó junto a sus mejores amigos. Como resultado teníamos a las chicas en las primeras filas y a los niños más malos, todos juntos, en las últimas montando jaleo. Yo mismo me sentaba al lado del Bibi y cerca de mi colega el Pulga. Debido a todo esto, la clase se había hecho ingobernable y por las quejas de varios profesores se había tomado la resolución de sentarnos a todos por orden alfabético. Aparte de perder una hora de clase, la nueva disposición no me hizo mucha gracia. Ahora ya no me sentaba con mis colegas, sino que estaba rodeado de chicas y de empollones, y era Rosita mi compañera de pupitre. A pesar de ser la chica más guapa de clase, la primera hora se me hizo muy aburrida con una chica al lado en lugar de mi colega el Bibi. Por suerte, a las once tocó la sirena que indicaba que teníamos media hora para salir al recreo y nos bajamos todos al patio en tropel. Cuando estábamos abajo, empezamos a decidir a qué jugaríamos. La pista de fútbol estaba como de costumbre ocupada por los de octavo, los cuales no solo no nos dejaban jugar con ellos, sino que nos pegarían unas buenas hostias si osábamos tan siquiera traspasar la línea de banda del campo. Al no ser el fútbol una opción, y al no querer las chicas jugar a nada, nos fuimos a la otra punta del patio y comenzamos a jugar a un juego basado en el voleibol llamado AEIOU. El Pitu, el Pulga, el Bibi, Eddie, Miguelito e incluso


Miki y otros estábamos allí jugando cuando al rato recibimos la siempre incómoda visita de Javi y Óscar, acompañados de algunos de sus secuaces. Javi y Óscar eran, además de dos chicos de octavo, toda una institución en nuestro colegio. Lo primero que aprendí en los ochenta, nada más entrar en primero de EGB, fue que había dos niños muy malos que se llamaban Javi y Óscar, que se dedicaban a pegar a otros niños y a los que era mejor evitar. Con los años, el comportamiento de Javi y Óscar se fue volviendo cada vez más conflictivo, pegando a los niños pequeños, a los de su propio curso y a veces a niños mayores que ellos. Casi todos los chicos del colegio, incluidos sus secuaces, les teníamos miedo, y por eso no es de extrañar que nos quedásemos todos callados cuando aparecieron de repente y nos quitaron la pelota de voleibol. Yo, por propia experiencia, sabía que cuando Javi y Óscar estaban cerca, lo mejor era no llamar mucho la atención y esperar a que pasase el peligro, o si era posible escabullirse sin ser visto. Como la huida era muy difícil en esas circunstancias, aguantamos mis amigos y yo el temporal lo mejor que pudimos, mientras Javi y Óscar intentaban decidir a quién de nosotros pegaban. Muy agresivos y gritando bravuconadas, los tíos se pusieron primero a molestar a Eddie, el Negro, aunque este era muchas veces uno de sus secuaces y el único junto con el Tito al que daban algo de respeto. Luego, algún insulto al Pitu y algún capón aleatorio al Pulga o al Bibi, hasta que por fin hallaron una presa digna de su atención. Después de dudar un poco, Javi y Óscar se dirigieron al Paleto, un niño debilucho y con problemas de aprendizaje, y le empezaron a propinar patadas y golpes. Cuando Javi y Óscar abusaban de otros niños, solían humillarlos en cierta manera con jueguecitos y algo de charla, pero este no era el caso cuando se ensañaban con el pobre diablo. Demasiado despreciable como para molestarse en humillarle, así que le trataban más como un saco de boxeo, dándole hostias y patadas. Como ocurría siempre, el Paleto empezó a


llorar y esto parecía excitar más a J&O, que seguían pegándole. También intervenían los secuaces, aunque con menos saña, e incluso Eddie y el Tito se solían unir a la fiesta en más de una ocasión y le pegaban alguna que otra fusta. Esto siempre me parecía curioso, pues Eddie jugaba tan tranquilo junto al Paleto y un minuto después le estaba currando junto a J&O. Esta situación paradójica siempre me recordaba a aquel cuento que me contaban del corderito que se hizo amigo de un león y acabó devorado. Al rato J&O se marcharon y pudimos seguir jugando al voleibol. Al Paleto le apartamos en un rincón y le dejamos allí llorando. En el fondo, el Paleto no tenía amigos y nadie le hablaba, excepto para ridiculizarle, claro, pero en el recreo le permitíamos estar con nosotros para que se llevase él todas las hostias de los abusones. Lo curioso es que esto pasaba bastante a menudo, al Paleto le sacudían todos los días, pero al día siguiente el chico bajaba otra vez al patio tan feliz a jugar con nosotros como si no se acordase de lo que le sucedía siempre. Incluso cuando J&O se retrasaban o no aparecían para darle, los propios chicos de mi clase, echando de menos la ración diaria de violencia, se ensañaban con él. El Tito, Eddie el Negro, el Pulga y algún otro siempre le acababan pegando por alguna u otra razón. Cuando esto ocurría, el Paleto caía al suelo, lloraba, berreaba, gritaba y se hacía un ovillo, pero nunca hacía nada para poner remedio a la situación. Algunas veces, cuando la paliza había sido más fuerte de lo habitual, los abusos llegaban a oídos de las profesoras y estas castigaban a Eddie, el Tito o el que hubiese sido y le obligaban a pedir perdón y prometer que no lo harían más. Al día siguiente era posible que el Paleto tuviese algo de tregua, pero a los dos o tres días las palizas volvían a empezar otra vez. En el patio del cole los abusones campaban a sus anchas y nadie hacía nada para evitarlo. Así era y así había sido siempre y después de tantos años viviendo esta situación, estábamos tan acostumbrados a ella que nos parecía lo más normal del mundo.


FIRMAR Y MANGAR

A mediodía siempre solíamos merodear por el patio del cole el Pulga, el Bibi y yo, a veces pegando a algún niño pequeño, aunque más a menudo escondiéndonos de los chicos de octavo. Ese miércoles en concreto parecía que los dos tenían algo importante que decirme, porque se miraron el uno al otro mientras Bibi le decía a Pulga: ― ¿Se lo contamos? ―a esto el Pulga respondió asintiendo con la cabeza y nos fuimos a un rincón apartado del patio. Cuando estuvimos los tres solos, el Pulga tomó la palabra: ―Tío, te vamos a contar una movida que mola un montón, pero no le puedes decir nada a nadie. ¿Tú sabes lo que es firmar? ― ¿Firmar? ―respondí yo mientras me venía a la mente la idea de mi padre poniendo su firma en mis notas de evaluación o en el recibo del comedor del banco. La verdad era que no sabía muy bien de qué me estaban hablando. ―Pues firmar es que cada pibe tiene una firma, la que él quiera, y la escribe en las paredes del barrio o del colegio para ser conocido y cuantas más firmas tengas, pues mejor―. Luego el Bibi me contó que el Pulga y él ya tenían su firma, y que yo también me podía hacer una y ser parte de su grupo de firmadores. Por ahora estaban solo ellos dos, pero habían pensado que yo era lo suficientemente guay para firmar también, y conmigo ya serían tres. ― ¿Y qué puedo firmar yo? ―les pregunté bastante emocionado. Ellos no me lo habían dicho, pero yo ya me imaginaba que esto de firmar estaba mal y no me debían pillar haciéndolo― Si firmo con mi nombre, los profesores y


mis padres sabrán que he sido yo y estaré jodido, ¿no? ―Pues tienes que inventarte una firma, una que mole. Si no se te ocurre ninguna, puedes mirar en un diccionario de inglés, que suele tener palabras muy chulas. Mi firma es SAC y la del Bibi es KOOK. Ahora que me decían esto empecé a entender por qué había tantas pintadas en las paredes del colegio y del barrio con palabras que parecían no tener significado. No las entendía porque no eran mensajes para personas normales, sino firmadores marcando el territorio y dejando su firma. Resolví que durante esa tarde, aprovechando la hora de dibujo, yo también me buscaría una firma para plasmarla en las paredes en la medida de lo posible. Tardé toda la clase en decidirme y parte de la tarde, pero al día siguiente, en el recreo, cuando nos juntamos los tres de nuevo, les dije a Bibi y a Pulga: ―Tíos, ya se me ha ocurrido una firma. Voy a firmar ATAK ―al oír esto, el Pulga se paró un momento a pensar si alguien que él conociese de su barrio o de algún sitio tenía ya esa firma. Como no sabía nadie que firmase así, expresó su aprobación a que yo firmase ATAK, y lo mismo hizo el Bibi. Después me empezaron a explicar con más detenimiento las reglas y las costumbres ya establecidas en el arte de firmar. Había dos cosas que no se podían hacer al firmar, pues se consideraban la mayor ofensa entre firmadores. Una era copiar o tener la misma firma que otro firmador. Si dos personas querían firmar igual, tendrían que pelearse y solo ganaría el más fuerte o el que tuviese más amigos que le apoyasen. La otra cosa que no se podía hacer era pisar la firma de otro tío, es decir, pintar tú encima de él, lo cual también era un gran insulto y debería acabar siempre en una pelea. El Pulga nos siguió contando más historias y reglas del mundo de los firmadores durante un buen rato, hasta que se cansó y decidió que habría que completar tanta teoría con un poco de práctica. Entonces el Pulga se sacó del bolsillo un rotulador gordo, un Edding 500 de color rojo que, según nos dijo,


había mangado de El Corte Inglés, y nos invitó a seguirlo. Los tres andamos un buen rato por el patio del colegio buscando algún sitio bueno donde poner nuestras firmas. Muchas de las paredes tenían una superficie rugosa, por lo que no era conveniente usar sobre ellas el rotulador del Pulga, y además había varios profesores y decenas de niños en el patio, por lo que era imposible firmar sin ser vistos. Al rato desistimos y tomamos la opción más fácil y menos arriesgada de encerrarnos los tres en el cuarto de baño y escribir cada uno su firma en la puerta. Mi primer ATAK me quedó algo chuchurrío debido a la falta de práctica, pero aun así me sentí orgulloso de mi primera firma. A partir del día en el que el Pulga me introdujo en el arte de firmar, un nuevo universo de emociones se fue desplegando ante mí. Hasta entonces la vida en el colegio consistía en ir a clase, jugar al fútbol o baloncesto en el patio, pegar a los pequeños y esquivar a los mayores. Una existencia monótona y carente de objetivos que se vio de súbito alterada por la práctica de firmar. Ahora sí había algo interesante por hacer, un objetivo, llenar las paredes con tu nombre de guerra, respetando, eso sí, unas reglas concretas y evitando ser descubierto por los profesores. A los pocos días de poner mi primera firma en el baño, ya me podía enorgullecer de tener siete u ocho firmas desperdigadas por el colegio, todas hechas con el rotu rojo del Pulga y mucho cuidado en no ser descubierto. No fuimos los únicos, pues esto de firmar no era una ocurrencia del Pulga, sino un fenómeno juvenil que hizo estragos a finales de los ochenta y los primeros años de los noventa. No sabíamos muy bien cómo había empezado todo este mundo, pero según el Pulga, el primero que empezó a firmar en Madrid era un escritor muy famoso que firmaba MUELLE y que bombardeaba todas las paredes haciendo unos grafitis chulísimos. Poco a poco punkis, jevis e incluso pijos fueron empezando a firmar también, y cuando llegaron los rappers, firmar se convirtió en una locura colectiva. Parece que los rappers ya firmaban de antes en América, así que no


estaba muy claro de dónde salía el tema ni quién había sido el primero. Esos mismos días en los que empezaba a firmar descubrí que algunos de los chicos más gamberretes de octavo y bastantes de los de séptimo ya tenían su firma, y que incluso nuestro colegio había tenido firmadores ilustres, de estos que se trabajaban las paredes de Madrid con enormes piezas hechas con pintura en aerosol. También mi amigo el Pitu firmaba, su vecino el Kiki y un niño repetidor bastante malo que se llamaba el Tito. El Pulga era del mismo barrio que estos chavales, todos de la zona entre La Latina y Lavapiés, y muchas veces se iba con ellos a merodear por estas calles. Todos estos chicos eran de mi clase y así hicimos dos grupos de firmadores. Uno estaba compuesto por el Pulga, que era el líder, de hecho; el Bibi y yo. A este le llamábamos simplemente «El Grupo» y decidimos por dos votos a uno que no podría entrar nadie más en él. Al otro le llamábamos el grupo del Pitu, por ser él su líder natural. Dentro estaban el Pitu, el Kiki, y el Tito, aunque los límites no eran estrictos como en el nuestro y a veces iban con ellos otros chavales como el hermano mayor del Pitu, y algunos otros chavales del cole que también eran del barrio. Muchas veces los dos grupos de 7˚B íbamos juntos y éramos todos colegas, aunque estaba claro que por el momento formábamos dos grupos diferenciados. Arropado y animado por todos estos chicos, firmar se convirtió en poco tiempo en una de mis aficiones preferidas y casi en una obsesión. Esto a pesar de no querer ni imaginarme lo que me podía ocurrir si mi irascible y estricto padre se enterase de lo que hacía por ahí con los otros golfillos. Tanta diversión y adrenalina podía acabar saliéndome muy cara si mi viejo descubría mi faceta vandálica, pero por el momento prefería no pensar en ello y concentrarme en las sabias palabras del rapper Mc. Randy, transmitidas a mí a través del Pulga:


EL CALVO SE PEGA UN HOSTIÓN

Miércoles por la mañana. Fuera llueve y hace un día de lo más gris y deprimente. Dentro, en clase de mates, la cosa es todavía más triste. Después de una aburrida explicación, nos han mandado un porrón de ejercicios para empezar aquí en clase y acabar en casa. Algunos de los niños más inteligentes ya casi los tienen acabados. Miguelito, Eddie el Negro y Miki se empiezan a pavonear de lo fácil que son y de que no tendrán que hacer deberes en casa, por haberlos terminado ya en clase. Yo todavía voy por el primero, aunque ya lo he dejado por imposible. Los veinte minutos que faltan para que toque el timbre me abstraigo y me pongo a pensar en mis cosas, en el Street Fighter II, en cómo matar al hijoputa del Zangief, que siempre me elimina, y también en las chicas de Beverly Hills 90210, una serie de la tele que nos molaba a todos. Por suerte, el timbre del recreo nos saca a mí y a otros tantos de nuestro sopor y nos indica que es hora de bajar al patio. Salimos todos los chicos de la clase como en una estampida y empezamos a correr por los pasillos y bajar las escaleras que nos llevan al patio, donde disfrutaremos de media hora de libertad antes de tener que volver a clase. Por el camino gritamos: «¡Oé, oé, oeoeoé!», y empujamos a los más pequeños, pegándoles algún coscorrón ocasional si se interponen en nuestro camino. Cuando estamos en el patio, nos dirigimos a la cancha de baloncesto cubierta, pues está lloviendo y no nos apetece mojarnos en la de fútbol. De todas maneras, la pequeña cancha de basket es nuestro destino casi siempre, al ser el campo grande propiedad de los de octavo, quienes nos corren a hostias si osamos acercarnos


a él. Como somos ocho, decidimos hacer dos equipos de cuatro: tres, jugando y uno, de reserva, porque la cancha es bastante pequeña. En un conjunto estoy yo con el Bibi, el Pulga y Pepe, el Rubio. En otro, Miguelito, César, el Patata y el Pitu. El Kiki, el Paleto y algún otro nos mira, pero sin decidirse a jugar. Los dos equipos empezamos a darle al basket, aunque con mucha aprensión. No es para menos, y es que la experiencia nos ha enseñado que es peligroso emplearse a fondo los días de lluvia. La razón es muy simple, el suelo de la cancha está hecho de unos baldosines bastante resbaladizos cuando están mojados. A pesar de que la pista está cubierta, las pisadas de los niños hacen que se llene todo de agua, por lo que hay que moverse con mucho cuidado para no resbalar y escojonarse contra el pavimento. Jugamos durante un rato y ya vamos ganando de cinco cuando nuestro partido lo interrumpe Carahuevo, el profe de sociales, y su amiguito Vegeta, el profe de gimnasia. Estos dos señores de mediana edad, además de dar clase, tienen encomendada la penosa tarea de vigilar el patio en la hora del recreo, para que los niños no hagan maldades. Como profesores, Carahuevo y el de gimnasia son elementos bastante lamentables. Ambos rondan los cuarenta y son dos tíos bastante chulos, de estos que van en plan sargento de hierro intimidando y humillando a niños de once años. ―A ver ese balón ―rebuzna el calvo de sociales mientras el Vegeta nos mira con prepotencia. Últimamente siempre nos hacen lo mismo, cuando estamos en medio del partido, vienen, nos quitan la pelota y se ponen a tirar a canasta y a hacer mates, solo para joder y demostrar lo machos que son. Como no podemos ignorar la orden, el Bibi le pasa el balón al calvo y este lanza un triple que no entra por muy poco. El tío se pica y lanza otro que esta vez sí convierte. Mientras, nosotros miramos como se va animando y escuchamos sus bravuconadas con resignación. El calvo se flipa y empieza a hacer jugaditas él solo, entradas a canasta e intentos de machacar el aro, que por cierto está bastante bajo. «No debería hacer eso», me digo a mí mismo mirando el suelo resbaladizo, seguro de


que mis amigos están pensando lo mismo, pero ninguno de nosotros decimos nada. Por una parte nos da miedo interrumpir al calvo y al Vegeta cuando están demostrando lo machos que todavía son, y por otra, todos deseamos con todas nuestras fuerzas que de alguna manera se haga justicia. Entonces, ocurrió. En una de sus aproximaciones, el calvo resbala, se cae hacia atrás y estrella su robusto corpachón contra el suelo, dándose además un golpe en el cogote. Todos nos quedamos quietos e intentamos fingir sorpresa, aunque no lo conseguimos. Solo con mirarnos los unos a los otros nos entran unas ganas de reír tan irrefrenables que nos tenemos que escapar corriendo de ahí mismo para que el Vegeta y el calvo no se den cuenta. Solo Miguelito y algún otro se acercan a ayudar al calvo, todos los demás salimos por piernas en dirección contraria mientras hacemos verdaderos esfuerzos por contener el ataque de risa. Luego, desde una distancia más segura, pudimos ver como el calvo se levanta despacio, más humillado que dolorido, y le dice algo al Vegeta, tras lo cual los dos se fueron a tomar por culo y nos dejan en paz. Sin embargo, ya no seguimos jugando, el resto del recreo lo empleamos en comentar la jugada y regodearnos, entre risas y gritos histéricos, del monumental hostión que se había pegado el calvo. A veces se es feliz con tan poco.


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DEDICATORIA

Este libro está dedicado, por supuesto, a familia y amigos, pero también a los esforzados e incomprendidos grafiteros madrileños de finales de los ochenta y principios de los noventa, cuyo esfuerzo y atrevimiento llenó de color e innovación los muros de Madrid, para unos en forma de arte y para otros como simple y llano vandalismo. También se lo dedico a todos aquellos chicos y chicas que han sido alguna vez víctima de acoso escolar. Es posible que el protagonista escribiese su diario con ironía y sentido del humor, pero el problema es muy serio y puede tener consecuencias fatales, como por desgracia se ha visto. Estoy seguro de que grandes profesionales y reputados expertos han vertido ríos, mares de tinta sobre el tema, sus causas, consecuencias y cómo combatirlo, así que me da un poco de vértigo dejar aquí escrita una opinión profana. Si tuviese la oportunidad de decirle algo a los que pasan por ello, esto sería que hablen, que no se callen, que confíen en sus padres, hermanos, profesores, amigos…, y que no lo sufran ellos solos. No es ninguna vergüenza ni ninguna cobardía pedir ayuda o denunciar una situación perversa e injusta. Los únicos cobardes son los que necesitan dañar a otros para sentirse alguien.


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Los matones del patio  

A principios de los noventa, Chencho tiene doce años y muchos problemas. Sus padres no le comprenden, los profesores le machacan y los maton...