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PABLO CHAPOY Una introducci贸n al libro

Llorando en la oscuridad

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Primera edición, agosto 2008 Director de colección: Alejandro Zenker Coordinación técnica: Laura Rojo Cuidado editorial: Elizabeth González Coordinador de producción: Beatriz Hernández Tipografía y formación: Isabel Vázquez Ayala Viñeta de portada: Mauricio Morán

© 2008, Solar, Servicios Editoriales, S.A. de C.V. Calle 2 número 21, San Pedro de los Pinos. México, D.F. Teléfonos y fax (conmutador): +52 (55) 55 15 16 57 solar@solareditores.com

www.solareditores.com Hecho en México/Printed in Mexico


Pablo Chapoy


Prólogo

Las aterradoras Leyes de Indias dividieron al naciente país de Nueva España, en el siglo xvi, en dos “repúblicas”: la de los indios y la de los españoles. Dos cuerpos sociales radial y voluntariamente diversos ocuparon el mismo lugar en el espacio, un acontecimiento contrario a toda ley de la física y a toda lógica humana. Y ese monstruo deforme de dos cabezas, siameses sin capa­cidad de acuerdo, fue presidido por un virrey, esto es, un rey que no lo era y que cambiaba más o menos cada cinco años. Así, en Nueva España primero, y México después, se estableció como antinatural forma de vida y convivencia la distinción entre unos mexicanos —los que pertenecían a la República de la Gente de ­Razón— y otros —los indios bajados del cerro a tamborazos—. Y la “gente de razón” estableció dos morales: la que nece­ sariamente florecía a partir de nuestra propia cultura y la que cada cinco años traía de España el nuevo virrey. Así se define un país donde los poderosos, los “decentes”, los que cumplen con los preceptos de la Santa Madre Iglesia, viven con naturalidad y sin cuestionar siquiera que alguien sea inmensamente rico “porque su papá fue gobernador” y estableciendo con ello la corrup­ción como una característica de la cultura mexicana.


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Esa doble moral de la tradicional clase media mexi­cana se empezó a marcar cada vez con mayor veracidad y dolorosa ferocidad durante el final del siglo xx. A no dudarlo, Inés Arredondo, la maestra del género, abrió la brecha para que otras voces denunciaran la hipocresía, las mentiras acepta­ das, en que vivimos los mexicanos. Pablo Chapoy se suma a esta corriente y lo hace desde un punto de vista novedoso: el del testigo adolescente que vive la angustia de su propia definición sexual frente a la doble moral de su familia: del padre que vende a la hija, de la madre que no se atreve a de­ nunciar el despojo, del tío hipócrita y ladrón que necesita una hija para justificar sus escondidas y vergonzantes prácticas sexuales, conocidas secretamente por toda la familia. Chapoy señala claramente hacia dónde va su incipiente y ya poderosa escritura: una novelística sin concesiones que intenta combatir la hipocresía exhi­biéndola ante los ojos del lector. Una voz nueva en la literatura mexicana que tiene algo que decir y que empieza a decirlo con firmeza y dignidad. Miguel Sabido



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Extractos  Micaela vino al mundo llorando en la oscuridad la noche del 8 de mayo de 1921, en medio de una tor­menta eléctrica que provocó un apagón. La coma­drona que ayudó a Perla se llamaba Panchita, mujer de Tino, capataz del rancho El Refugio. Era una india tarahumara originaria del Cañón del Cobre en Chihuahua. De baja estatura, piel cobriza y gruesa como cuero curtido, de rostro ovalado, ojos rasgados y pequeños, tan negros como su larga cabellera que llevaba trenzada, rematada con listones rojos, el color que espanta­ ba a los malos espíritus. Comadrona y curandera, tenía su estanquillo herbolario en su choza, por eso Tino y ella vivían en Puente Negro, a un lado de la estación del tren.

 La escena era enternece­dora: Perla amamantaba por primera vez a su primo­génita. Antonio notó que su mujer parecía una niña que tenía en brazos una muñeca, y es que Perla aún no cumplía los 18; además, siempre aparentó ser


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más joven por su baja estatura y huesos finos, tez muy blan­ ca y facciones afiladas, pelo castaño ensortijado, recogido con un listón anudado en la nuca.

 El sábado, en punto de las cinco, llegaron los Serrano a la casona de los De la Peña. Antonio tomó un lugar al lado del Ford sedán estacionado en la terraza, al final de la calle Cinco de Mayo; desde allí se veía la ribera del río Sabinas. La construcción de la casona era estilo colonial, de paredes altas y gruesas y techos de dos aguas con tejas de terracota que resaltaban con los muros encalados. Ubicado al centro, el enorme portón de olmo macizo tenía ricos labrados he­ chos por arte­sanos españoles. Antonio y su madre atravesaron por el camino de piedrecillas blancas enmarcado por setos de truenos recortados, dejando atrás dos palmeras reales y un enorme eucalipto. Llegaron al pórtico y Antonio jaló el cordón para hacer sonar la campana.

 Pasaron 12 días de zozobra. Mientras la salud se le esca­ paba sin remedio a su esposa, Antonio iba de la clínica a casa de su suegra a ver a sus hijos todos los días. Los chicos estaban en buenas manos, la abuela y las tres tías se turnaban para alimentar al bebé, y Micaela siempre se quedaba cerca de quien tuviera en sus brazos a su hermanito; desde el día en que nació, no quería perderlo de vista. 

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Esa tarde, al filo de las tres, después de rezar el rosario se iniciaron los preparativos para el entierro. Los dolientes se formaron en una larga fila para ver por última vez la pálida cara de Perla a través del vidrio. De nuevo se dejaron escuchar llantos y suspiros. Los de la funeraria desmonta­ ron la capilla ardiente, cerra­ron el ataúd y se dirigieron a la carroza estacionada en el frente de la casona. Los asistentes salieron después para formar el cortejo; un buen número de carruajes se encontraban alineados para seguir la procesión. Esta vez el acompañamiento era menor, comparado con el de don Domingo, aunque la formación de a pie era más larga; la asistencia se componía de gente de menor alcurnia.

 Pasó el tiempo y en la casona de los De la Peña siem­pre se oían las risas de los niños. Micaela de vez en cuando preguntaba por su mamita y la abuela Carlota siempre le decía que ella desde el cielo la cuidaba, que era el Ángel de la Guarda, y que cuando quisiera podría hablarle y ella la escucharía, aunque no le con­testara, ya que los angelitos no tienen voz.

 —¡Mamá, mamá, Antonio se llevó a los niños! —gritaba Lela desconsolada. www.solareditores.com • Llorando en la oscuridad




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 —Sí, pero no tardará en traerlos, Lela. Todavía no han dado las seis, que es a la hora en que los trae siempre. —¡No, mamá, se los llevó a Saltillo. Desde el viernes se llevaron los muebles, se fueron a vivir a Saltillo! —gritaba. —¡Dios mío! ¿Qué dices, muchacha! —prorrum­pió perturbada. Carlota se levantó de la mecedora y se abalanzó a encon­ trarse con Lela. —¡Monse, Narda, los niños! —exclamaba Lela desespe­ rada. —¡Antonio se los robó, se los robó! —gritaba como loca.

 Narda había tenido suerte al conseguir el permiso de su madre para irse al internado para señoritas de la Normal, en Saltillo, pues quería ser maestra. Monse y Lela estaban siempre al cuidado de la madre, que se había vuelto achacosa con la vejez y de un genio cada vez más insoportable. Lela noviaba a escondidas con Servando Arteaga, el dueño de un depósito de cerveza; iban a misa, pero se sentaban separados para que nadie se diera cuenta del noviazgo. Se iban a Rosita, un pueblo cercano, a encontrarse. Lela pedía permiso para ir a visitar a sus amigas las Rocha, hijas de una familia muy conocida en Sabinas. Ellas, Marina y Olga, le ayudaban a man­tener el romance en secreto, la acompaña­ ban en sus escapadas y, una vez en Rosita, las hermanas 10

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Rocha se iban al cine mientras Lela se veía con Servando. Ella tenía buen cuidado de que no se enterara Carlota, pues él era conocido por sus parrandas y escándalos; creyó que ya casados, lo cambiaría.

 Micaela y Ariel ahora veían con frecuencia a Car­lota y a las tres tías. La pobre abuela estaba postrada en un sillón de su recámara desde el día en que le avi­saron que la nana Chole se había ahogado en el río, a unos cuantos metros del patio de la casa. Cuando trajeron el cuerpo abotagado de la fiel sirvienta que la sirvió por tantos años y con tanta dedicación, Carlota sintió que parte de ella había muerto. Esa tarde sufrió un derrame cerebral y sus hijas tuvie­ron que mandar el cuerpo de la nana a El Refugio para velarla allá. Hermilo fue el único de la familia que estuvo presente. La sepultaron en el panteón de Cloete, pueblo de donde era oriunda.

 En el internado las tenían hambrientas, y la señora Puig tenía terminantemente prohibido guardar comestibles en el dormitorio; si alguna interna cometía una infracción, le confiscaban lo encontrado y el cas­tigo era dejarla sin cenar dos noches.

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 Candilejas, un lupanar muy cono­cido entre los mineros y los empleados gringos de la American Smelting. El anuncio con el nombre era lo único de valor; el salón era como un granero inmenso, con mesa y sillas corrientes distribuidas alrededor de la pista de baile, siempre llena de parejas. Pancho, el cantinero, se encargaba de operar el gramófono insta­lado sobre el mostrador de la barra, al fondo del lugar. Se bailaba al ritmo de los boleros de Agustín Lara, Imposible, Santa, Aventurera, tan populares en todos los antros de la época. Al entrar, notó la mezcla de olores nauseabundos: nicotina, humo de cigarros y puros, tufo de borrachos su­ dados y perfumes baratos de las ficheras que bailaban con los parroquianos. Carlos buscó con la mirada a su favorita, Azucena, una joven sonorense de 18 años. Todas usaban nom­bres de ba­ talla; ella escogió ése por su tez blanca, como la flor. Carlos se acercó a la barra, le pidió un tequila doble al cantinero y le preguntó por ella.

 —Le voy a dar todo tipo de información y usted me dirá si soy digno de pretenderla. Soy de Nada­dores, Coahuila, soltero y sin compromiso, tengo 22 años y vivo con mis padres. Soy hijo de Emil Chapelle, de ascendencia francesa, y de Cayetana del Prado, de ascendencia española. Papá es dueño de la planta de luz que da energía eléctrica al pueblo y sus alrededores. Mamá tiene parcelas que renta a los cam­ 12

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pesinos para cultivo. Yo poseo dos camiones de volteo, uno lo opera un empleado; el otro, yo mismo. Transpor­tamos materiales de construcción para dos compa­ñías americanas: una explota las minas de carbón en la región de Rosita-San Juan de Sabinas, y la segunda administra la industria del acero en Monclova. Después de escuchar con atención, Antonio aprobó a Carlos como candidato a la mano de su hija.

 —¡Auxilio, socorro, un ladrón! —gritaba la mujer, en la entrada de su casa. Los vecinos que la escucharon acudieron a ayu­darla. Se sorprendieron de ver que el “ladrón” era el yerno de don Antonio Serrano, el del hotel frente a la plaza, a sólo dos calles de allí. A partir de entonces, los chismosos del pue­ blo decían el Ladrón de amores, cuando se referían a Carlos Chapelle.

 A partir de ese momento, Chelina empezó a fra­guar un plan: pescar a Rodrigo para un matrimo­nio arreglado, vivir con comodidades y, además, si Rodrigo resultaba bisexual, como era sumamente atractivo, “mataría dos pájaros de una pedrada”.

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 El doctor Del Prado recordó que años atrás, Tana había encontrado a Emil saliendo de la casa de una mujer de mala reputación. A partir de ese día no volvió a permitir que la tocara y lo mandó a dormir en un cuartucho que se usaba para cardar lana, al fondo del patio interior, contra el muro de la huerta. Desde entonces, Emil tomaba sus alimentos en la cocina y completamente solo. Tana había dado órde­ nes estric­tas a la sirvienta de salir de la cocina en cuanto él entrara. Tana, o la sirvienta, dejaban las cacerolas con su comida encima de la estufa; él tenía un hora­rio para tomar sus tres alimentos. Si no llegaba en el tiempo estipulado, las cacerolas desaparecían como por arte de magia. Cuando esto pasaba, Emil se servía un pocillo de café, tomaba un par de sorbos y el resto lo lanzaba contra las paredes encaladas, profiriendo un insulto contra Tana que, invariablemente, era: “¡Ah, cómo me caes gorda!” Después de descargar su ira manchando las paredes, caminaba tres cuadras hasta la fonda, a un lado de la iglesia. Ahí lo atendían mejor que en su casa.

 Rodrigo llegó en su coche a la casa de los Chapelle:

—¡Tana, aquí estoy! —llamó en voz alta. —Entra, Rody, estoy cocinando. Pasa y siéntate, hermano, tenemos que hablar muy seriamente. Aquí está Carlos, no ha encontrado trabajo y vino a pedirme ayuda. 14

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—¿Y qué tengo yo que ver con el asunto? Si lo ayudo, ¿cómo me pagará después?

 Tana, con mucha astucia, le recordó los dos inten­tos falli­ dos de adoptar un niño de sus propios hijos mayores. —Por la situación en que está Carlos, podemos aprovechar para pedirle uno a él. Micaela está casi por dar a luz al tercero y están en la más absoluta pobreza. —¿Tú dices comprarlo? —preguntó Rodrigo asombrado. —Bueno, si le consigues trabajo, le resuelves el pro­blema y él, quizá, acepte darte un hijo.

 En la borrachera, Carlos le contó todo a su padre. Emil estaba tan ebrio que no alcanzó a reaccio­nar; tambaleante dio dos pasos y se derrumbó en el catre. Carlos se despertó tirado sobre una colcha en el suelo, al lado del camastro vacío.

 Y él relató paso a paso lo que sucedió, cómo había pedido ayuda a su madre y que ella le dijo que no tenía manera de ayudarlo, pero que si accedía a darle a su hermano el hijo que estaba por nacer, le conse­guía la administración de la finca La Rioja, ya que el dueño era muy amigo suyo. www.solareditores.com • Llorando en la oscuridad

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—Y antes de morirnos todos de hambre, decidí hacer el trato —finalizó Carlos. —Pues yo prefiero morirme de hambre antes que cambiar a un hijo por un trabajo. —Los tíos me prometieron que Lorenzo y Laura van a crecer con la niña. —Ése no es ningún consuelo para mí —dijo Micaela y se fue corriendo a su recámara. Allí, en la intimidad de su alcoba y con la luz apa­gada, dio rienda suelta a su amargo llanto. No encon­traba la manera de recuperar a su niña; sin nadie que la apoyara se sentía derrotada.

 —¡Antonio, retírate, no quiere verte! —lo repren­dió Josefina. Antonio salió de la habitación con los hombros caídos y se derrumbó a llorar en una silla en el zaguán. Nunca se supo si lloró de tristeza o de arre­pentimiento. Se sentía humillado por el rechazo de su hijo. Apenas caía en la cuenta de lo distantes que vivieron su hijo y él todos esos años, desde que Alicia empezó a darle otros hijos. Después del amargo incidente, Antonio Serrano, acompañado sólo de su orgullo herido por el desprecio de su hijo, capituló y regresó a Sabinas.

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El padre Darío tenía unos treinta y tantos años, era gitano andaluz, de tez olivácea, nariz aguileña, mirada inquisitiva, pelo rizado y negro, barba cerrada verdosa, espigado, de andar armonioso y sensual. Usaba la banda de su sotana siempre ajustada, lo que hacía que se acentuara la turgen­ cia de sus nalgas. El padre nos pedía que llegáramos una hora antes de la misa y nos hacía bañar con el pretexto de estar lim­pios de cuerpo y alma. Luego me enteré de que el ver­dadero motivo era espiarnos desnudos; era pedófilo y se masturbaba mientras nos veía por un orificio que él había hecho en la pared de la sacristía, así daba rienda suelta a su voyeurismo.

 Al tratar de estirar las piernas, accidental­mente activé la palanca de la caja de volteo. Cuando papá echó a andar el motor, se nos heló la sangre al oír los muebles estrellarse contra el asfalto. Papá empezó a proferir maldiciones y a gritar como loco. Cerré los ojos y esperé a que me abriera la cabeza a golpes. Por fortuna, la compuerta de la caja de volteo recibió el castigo; papá tenía una llave inglesa debajo de su asiento y con ella descargó toda su ira sacando chis­ pas al impacto del metal contra el metal. Luego continuó quebrando lo que quedaba de los muebles que habían caído al pavimento. Cuando al fin me atreví a abrir los ojos, vi a mamá con el rostro ves­tido de pánico y tratando de consolar al hijito que traía en sus brazos que lloraba sin cesar. www.solareditores.com • Llorando en la oscuridad

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 Cuando pasamos a recibir los diplo­mas, el señor Campos, director de la escuela, pidió a los padres que acompañaran a sus hijos al estrado. Después continuó la entrega de certifica­ dos de gra­duación al resto de la generación. Luego hubo una recepción con bocadillos y refrescos. Una señora se acercó a nosotros y entabló conversación con mamá: —Señora Chapelle, conozco a otra señora Chapelle de Agua Dulce, es la esposa del ingeniero Carlos Chapelle —dijo la mujer. —¡Discúlpeme, pero Carlos Chapelle es mi marido, la que usted conoce es la amante! ¡La próxima vez que la vea, dígale que se puede quedar con el hombre, pero el nombre me lo quedo yo! —agregó mamá y le dio la espalda a la señora.

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Índice del libro

Prólogo El nacimiento de Micaela Muere don Domingo El funeral de Perla El internado La expulsión Carlos se enamora Rodrigo del Prado Carlos pierde su trabajo Rodrigo y Tana llevan a cabo su plan Finca La Rioja En Torreón Nos vamos a Coatzacoalcos Regresamos a Sabinas Los años en Piedras Negras Mamá se va a Del Río En México Emigro a Los Ángeles Mamá se enferma

9 11 38 51 73 81 87 107 131 138 150 157 192 230 235 254 257 274 283


La doble moral de la tradicional clase media mexicana empezó a marcarse cada vez con mayor veracidad y dolorosa fiereza al final del siglo xx. A no dudarlo, Inés Arredondo, la maestra del género, abrió la brecha para que otras voces denunciaran la hipocresía, las mentiras aceptadas en que vivimos los mexicanos. Pablo Chapoy se suma a esta corriente y lo hace desde un punto de vista novedoso: el del testigo adolescente que vive la angustia de su propia definición sexual frente a la doble moral de su familia, del padre que vende a la hija, de la madre que no se atreve a denunciar el despojo, del tío hipócrita y ladrón que necesita una hija para justificar sus escondidas y vergonzantes prácticas sexuales, conocidas secretamente por toda la familia.

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