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FUTURO DEL OFICIO EDITORIAL

La transfiguración del editor, del libro y de la lectura en época de cambio y recesión Alejandro Zenker

Editor, fotógrafo y traductor, dirige Ediciones del Ermitaño y Solar

Toda la cadena del libro está sometida hoy a transformaciones. Desde el acto íntimo de escribir hasta el complejo entramado comercial, por doquier se buscan nuevos modos de producir, editar y vender libros, en parte porque el negocio editorial cada vez pone más énfasis en el aspecto pecuniario y en parte porque la tecnología ofrece opciones hasta hace poco insospechadas. Acompañemos aquí a uno de los editores y promotores de la edición bajo demanda en sus reflexiones sobre el porvenir

La época de las predicciones aventuradas sobre el futuro del quehacer editorial quizá ya pasó. Las nuevas tecnologías dejaron de ser “nuevas”; la fuerza e importancia de internet, para quien lo dudara, quizá quedó demostrada definitivamente en unas elecciones de las que salió triunfante el primer presidente afroamericano en la historia de Estados Unidos, quien basó buena parte de su estrategia electoral mediática en ese nuevo recurso que ya tampoco es tan nuevo; la viabilidad del libro electrónico como medio alternativo o primordial también ha dejado de ser cuestionada. Las grandes editoriales han venido preparando sus acervos para migrar al formato electrónico. Mientras, quienes están en el vértice de la comercialización ya han lanzado o están por lanzar sus portales para la venta de libros con ese soporte (en México Librisite y Gandhi, por ejemplo). Grandes gigantes pusieron a la venta sus dispositivos de lectura, como Amazon y Sony. También el iPhone apostó por el libro electrónico. Con una gran sorpresa: sus ventas de libros en ese formato para una pantalla tan pequeña superan toda expectativa. Por supuesto, la impresión digital en tiros cortos o medianos se ha convertido en un recurso indispensable en muchos entornos. Y en medio de tantos cambios, la economía mundial se encuentra en recesión o franca depresión. ¿Qué sucede? ¿Hacia dónde vamos? Hagamos un breve recuento y planteémonos unas cuantas interrogantes. 1

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¿Los “demasiados libros”? Cuando Houghton Mifflin Harcourt, una de las editoriales más prestigiosas de Estados Unidos, que cuenta en su escudería con figuras como Philip Roth y Günter Grass, anunció en noviembre de 2008 que congelaba, con excepciones, la contratación de nuevos manuscritos literarios, parecía haber confirmado la teoría de los “demasiados libros”. Con anterioridad, la industria editorial en España había iniciado una discusión sobre la necesidad de que el mercado se “autorregule” en virtud de que el tamaño del pastel (los lectores) no ha crecido al ritmo que la industria escupe títulos. ¿Es el congelamiento de nuevos títulos o la autorregulación la solución al problema? ¿O lo es la implementación de nuevas y más audaces y creativas políticas de promoción de la lectura lo que hace falta? ¿O quizá los lectores están migrando a otros soportes, como los libros electrónicos que consultan mediante un pago o gratuitamente en internet?

El autor La actual situación ha hecho que los mismos autores, nuevos y consagrados, se encuentren ante un panorama inusual. Las editoriales sólo publican lo que comercialmente se justifica. Libros de autores clásicos que no jus-

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tifican comercialmente su existencia, desaparecen de los catálogos. Nuevos títulos con dictámenes aprobatorios se abren dificultosamente camino ante presupuestos limitados, ya que los libros no sólo tienen que ser publicados, sino que también necesitan una costosa campaña publicitaria. Así las cosas, los autores buscan oportunidades en editoriales pequeñas, se autoeditan o se conforman con dar a conocer sus escritos sin fines comerciales a través de blogs personales en internet. La facilidad de la publicación electrónica, de la autoedición en tirajes cortos, hace cada vez más veraz la burlona aseveración de que pareciera que hay más escritores que lectores. Los autores han tenido que reaprender su oficio porque, para ser exitosos, más que seguir una simple vocación tienen que profesionalizarse. El autor-editor-promotor-vendedor es cada vez más común. Los autores exitosos publicados por las grandes casas editoriales, cual boxeadores o futbolistas, son pocos. Muchos lo son no por la calidad de sus obras, sino por obra y magia de la mercadotecnia.

La editorial “tradicional” Enfrentada a un mercado cada vez más competido, la editorial tradicional, por llamarla de alguna manera, ha perdido cada vez más su encanto de antaño para convertirse en una máquina comercial que, para tener éxito, tiene que seguir escrupulosamente las reglas que marca la lógica del mercado. Agotado el modelo, reducidos los espacios ante un decreciente mercado lector disponible, buscan un reacomodo. Los grandes consorcios se comen a los pequeños, muchas veces sólo para aniquilar la competencia y rescatar una pequeña porción “comercial” del acervo editorial de quien es devorado. La internacionalización de las operaciones comerciales, los monstruosos capitales con que son adquiridos los derechos de obras de autores que garantizan ventas millonarias, la transnacionalización de la producción que permite abatir costos para inundar los mercados, hacen que quienes siguen el camino tradicional vean cada vez más estrecho su campo de acción. Es lógico que de allí se desprenda el clamor por una autorregulación que no puede darse. ¿El canibalismo editorial continuará?

Los nuevos editores En medio de todo esto, surgen nuevos modelos editoriales. Si es imposible competir en las grandes ligas, lo lógico es contender en la segunda división. Con acervos más cuidados, con un “rescate” de los nichos abandonados, como lo son los clásicos que venden poco, pero de 2

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manera constante, con mayor capacidad de maniobra y velocidad de adaptación a nuevas circunstancias, las editoriales medianas contienden con mayor o menor éxito, dependiendo de su visión y profesionalismo al buscar nichos no explotados, como los proyectos que gozan de apoyos gubernamentales. Con mayor versatilidad aprovechan la diversidad de tecnologías existentes: offset para tiros largos, impresión digital para tiros cortos, libros electrónicos. No obstante, suelen levantarse exitosas sólo para… ser compradas por las grandes. ¿Confirma esto que el quehacer editorial se lleva a cabo cada vez menos por vocación y cada vez más como una exploración de un nicho comercial “cualquiera”?

Los editores “independientes” En los últimos diez años han emergido cada vez más editores pequeños a los que se ha dado en llamar “independientes”, si bien el término no encaja con todos ni es el más preciso. Algunos no son más que zánganos de los recursos gubernamentales, de los que dependen totalmente para la producción de sus libros, pero hay muchos otros que emergen con un entusiasmo y una diversidad sorprendente. En muchos casos impelidos por una genuina vocación y devoción por el libro, este sector es sin duda el más innovador y de su amplitud sólo tenemos una vaga noción, pues se mueven en los submundos de la cuasi clandestinidad. Sin embargo, los encuentros nacionales e internacionales cada vez más frecuentes que los congregan dan fe de su riqueza y singularidad. De ellos emergen títulos de nuevos talentos literarios que han ido creando esa otra literatura que otros desprecian, pero que responde a nuevas realidades, así como también los libros de artista y los libros objeto, las revistas y publicaciones electrónicas. Con escasísimos recursos, ¿podrán sobrevivir? Infinidad de proyectos de esta naturaleza emergen sólo por poco tiempo y sucumben ante la falta de recursos y conocimiento del oficio. Quizá sea éste el segmento que más apoyo requiere no tanto en el terreno de la producción, sino también para su profesionalización.

El estado editor En México, la función editora que ha ejercido el estado ha causado gran polémica. Al encargarse de la publicación de los libros de texto, se convierte en el mayor editor del país, lo que “sustrae” a la industria editorial privada de un jugoso negocio. No obstante, la objeción que se ha manejado es el peligro que entraña para la educación la publicación en manos de las empresas privadas que, en

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aras de la necesidad de una creciente plusvalía, encarecería excesivamente los libros. Hasta cierto punto es cierto, pero… ¿no oculta de cualquier manera el estado en sus cuentas el costo del aparato que hace posible la producción a bajo costo? ¿No contradice ese monopolio del libro de texto la libertad que debe prevalecer al impedir la variedad de opciones y la filosofía del “libre mercado”? Quizá la retórica de las preguntas, de los cuestionamientos, carezca ya de sentido en virtud de que muy pronto la edición electrónica será mucho más económica para el segmento educativo, lo que reducirá los precios drásticamente y pondrá en manos de los educandos un mundo de opciones a través de la red. Aunque… ¿lo permitirán los grandes intereses económicos y políticos involucrados?

La función del estado en el apoyo a la edición Independientemente de su labor editora, ¿no debería el estado cumplir sobre todo con una función “equilibradora” de los desajustes que provoca un sector editorial regido exclusivamente por la lógica del lucro del capital? Si el único criterio para publicar o no un libro es la viabilidad económica… ¿dónde quedan los intereses culturales de la nación? El Fondo de Cultura Económica (FCE) es sólo un paliativo, no ajeno a intereses políticos y económicos. La falta de equilibrio es lo que ha generado el resquebrajamiento de la bibliodiversidad. Por otro lado, ¿debe ser esa una función del estado? ¿Cómo promover y garantizar esa bibliodiversidad sin caer en el paternalismo estatal ni en el financiamiento indiscriminado de proyectos al generar una dependencia del erario que ya tienen muchas editoriales?

El renacimiento de los géneros perdidos (poesía) Un cambio notable y favorable ha sido el resurgimiento de géneros perdidos, como la poesía, con el advenimiento de las tecnologías digitales tanto de impresión como de transmisión de la información. Como sigue siendo un género que no vende las cantidades que las grandes editoriales requieren para justificarlo económicamente, han sido las editoriales pequeñas o emergentes las que lo han tomado en sus manos. La posibilidad de hacer tirajes cortos en impresión digital, la creación de infinidad de blogs poéticos y los boletines y publicaciones electrónicas de poesía han propiciado un nuevo auge. Pero no sólo del género poético, sino de infinidad de exploraciones lingüísticas y literarias cuyo ejercicio quedaba antes limitado al re3

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ducido círculo de los conocidos (¿o amigos?) del autor. Ya es posible encontrar publicaciones que exploran palíndromos y aforismos, por ejemplo. Los amantes de estos géneros, y otros que surgen por el ingenio de los autores, han propiciado nuevos encuentros. Eso pone de manifiesto que no es que hubiera pocos lectores, sino que estaban dispersos.

Internet o la nube cibernética Así como la industria editorial se internacionalizó y globalizó, con lo que pudo pasar de los grandes tirajes nacionales a los gigantescos tirajes destinados a cubrir un mercado internacional, internet ha roto las barreras de la distancia. Sin embargo, si bien un blog personal puede llegar a tener decenas de miles, cientos de miles de lectores (muchos más que muchos periódicos bien establecidos, por ejemplo), lo cierto es que también en la red son, en muchas ocasiones, los recursos económicos los que cuentan. Con pocos recursos, conocimiento e ingenio, cualquiera puede, en principio, crear espacios atractivos y exitosos. No obstante, la mayor parte de los sitios se basan en motores (software) creados por grandes empresas que, a fin de cuentas, son las que tienen la sartén por el mango. A principios de año, por ejemplo, una empresa que durante años ofreció su plataforma gratuitamente para la creación de redes sociales, decidió de la noche a la mañana cerrar decenas de miles de sitios, lo que afectó a cientos de miles de usuarios, porque su principal anunciante, Google, amenazó con retirarle toda su publicidad si seguía alojando sitios para “adultos”. La supuesta libertad que priva en internet, en realidad es ficticia y, probablemente, la censura se irá haciendo más patente conforme el proceso concentrador de capitales continúe. Pasa allí lo mismo que sucedió en la industria editorial: la compra de las pequeñas empresas exitosas por los grandes capitales es incontenible. Finalmente, ¿todo quedará en manos de no más que un puñado de protagonistas?

El diseñador editorial El diseño editorial evolucionó lentamente a lo largo de la historia, hasta encontrarse con la revolución cibernética. Hoy, el diseñador tiene que enfrentar el reto de concebir un mismo producto para varios dispositivos simultáneamente. Por ejemplo, hay periódicos que tienen su versión impresa en papel, su contraparte para consulta en internet y otra versión para ser leída en el iPhone. Un mismo usuario puede hacer uso de las tres (o más) posibilidades a lo largo del día. Esto ha propiciado el desarrollo de

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nuevos conceptos dinámicos del diseño, empezando por la tipografía. Sin embargo, aún no hemos visto todo lo que un buen diseño puede hacer para que la lectura en los dispositivos electrónicos sea más placentera. Quizás ése es uno de los elementos que han propiciado la resistencia al cambio. Es decir, para pasar de la lectura de libros con soporte en papel a la lectura en dispositivos electrónicos no sólo hay que mejorar el dispositivo de lectura en sí, sino también los elementos de diseño editorial con los cuales se produzca el libro.

El dispositivo de lectura Una de las principales objeciones a la migración del soporte en papel al soporte electrónico había sido que el único dispositivo de lectura utilizable hasta hace poco era la computadora de escritorio o, en el mejor de los casos, una laptop o palmtop. Las cosas cambiaron un poco con la introducción del dispositivo Kindle de Amazon primero (con más de 80 mil títulos disponibles), y luego la del Sony Reader. Pero un tercer elemento entró en la arena de la reflexión: el iPhone de Apple. Pese a su diminuto tamaño, con una pantalla de 3.5 pulgadas en diagonal, el dispositivo no fue concebido prioritariamente para leer libros, pero… tiene la ventaja de que el usuario siempre lo lleva consigo. Un programa (Stanza) para leer libros en el iPhone tuvo alrededor de 400 mil descargas en 2008, mientras que Amazon vendió 380 mil dispositivos Kindle en el mismo año. De cualquier manera, así como han abundado las críticas, proliferan las reseñas entusiastas. Por lo pronto, ninguno de estos dispositivos amenaza aún seriamente al libro con soporte en papel, pero es un buen y sorprendente comienzo. El cambio está ocurriendo particularmente entre las nuevas generaciones, más propensas a tener el ojo pegado a pantallas para chatear o a buscar lecturas al alcance de sus bolsillos. Y con decenas de miles de títulos gratuitos disponibles en la red, quizá la elección no sea tan difícil.

La distribución y venta Uno de los grandes problemas que sufre la industria editorial en su conjunto, desde la más grande hasta la más pequeña entidad que la compone, es sin duda la distribución y venta. Las distribuidoras sólo se hacen cargo de los acervos de las grandes editoriales, cuando éstas mismas no crean su propio aparato. Nadie se hace cargo de la distribución de los títulos producidos por las editoriales pequeñas, de tal manera que éstas siguen teniendo que hacerse cargo del proceso. Pocas logran 4

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hacerlo con éxito por la carga administrativa que esto representa. La colocación a través de las distribuidoras estatales, como Educal, es de una inaudita ineficiencia. Así las cosas, gran parte (ciertamente incuantificable) de la producción editorial sigue acabando en las bodegas, y esto incluye, por supuesto, las ediciones académicas. La solución al dilema lo representaría la creación de librerías electrónicas en internet, pero aún no existe en México una cultura masificada de compra por esa vía. Éste sería un terreno en el que quizás el estado podría interceder al brindar un gran beneficio a editores y lectores por igual. Pero… ¿cómo solucionar el inefable burocratismo?

La librería Conocida es la falta de librerías en el país. No sólo la falta, sino la disminución de los puntos de venta. Adicional a esto, las librerías reproducen en su mayoría el mismo esquema: la puesta en venta de los mismos títulos, es decir, los que “sí venden”. El librero, siempre al borde de la insolvencia, salvo pocas excepciones, tiene que apostarle a las ventas, por lo que no se arriesga con acervos poco comerciales. La ley del libro y el precio único parecerían un salvavidas, aunque no pocos piensan que lo más probable es que las librerías que surjan reproduzcan a fin de cuentas el mismo esquema: venta de los mismos pocos títulos. El libro con soporte en papel requiere espacio, mucho espacio, pero pocas librerías disponen de suficiente. Así las cosas, ¿cómo dar cabida en los puntos de venta a la creciente producción editorial? ¿Seguirá siendo la rápida rotación que condena a los libros a una permanencia de sólo un par de meses en estantes la eterna constante del libro en México? Probablemente habrá que reinventar este segmento.

El librero Si la carencia de librerías es un problema cuya solución no se aprecia en el horizonte, la falta de libreros capacitados se suma al triste panorama. Pocos hay que sepan de libros, menos aún que sean realmente lectores y puedan orientar a sus clientes. En los últimos años los libreros se han organizado y se han convertido en un sector activo y propositivo. Sin embargo, no han logrado propiciar aún un crecimiento del sector a la medida de las necesidades. La profesionalización del librero en todos los ámbitos, la creación de planes, de esquemas viables de negocio, la generación de créditos para el sector, la diversificación de ofertas y el desarrollo de mecanismos de comunicación con los lectores son asignaturas pendientes y urgentes.

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La promoción Pocos libros logran tener éxitos de venta sin una promoción adecuada. La actual situación, en la que sólo los libros a los que las grandes editoriales les apuestan grandes sumas para promoverlos en los medios logran cuantiosas ventas, hace que vivamos en una sociedad de lectores bestsellerizados. Es impostergable buscar mecanismos que le permitan al editor dar a conocer su oferta editorial de manera más dinámica y menos costosa. ¿Se podrá? ¿Cuál sería, en determinado caso, el camino para dorarle al potencial lector la píldora, de manera que se acerque a más libros, es decir, a que se bibliodiversifique? Porque las pocas publicaciones que actualmente reseñan libros se dirigen más a lectores ya consumados que a quienes, sin serlo, podrían aventurarse a tomar un libro en sus manos.

La transfiguración del lector y la lectura Los tiempos han cambiado. En muchos sentidos. Nuestro momento histórico es otro. Pero así como reconocemos que esto es cierto, que en los últimos veinte años el mundo ha cambiado drásticamente, también hay que

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percatarnos de que muchos cambios han ocurrido de manera imperceptible frente a nuestros ojos. Si años atrás políticos retrógrados edificaban academias para la “defensa de la lengua”, como si la lengua (o los hablantes) no tuviera derecho a cambiar sin necesidad de pedir permiso, hoy la incapacidad cultural de comprensión social y tecnológica de una generación no comprende lo que le está sucediendo a las que le siguen. El joven lector de hoy y, con mayor razón, el de mañana tiene capacidades, habilidades y, sobre todo, intereses distintos a los de sus padres. No leen lo mismo, y cuando lo hacen, no “leen” (decodifican) lo mismo. Hay una transfiguración del lector. Y también del proceso mismo de lectura. Comprender eso es uno de los grandes retos que enfrentamos. Si logramos entender lo que está pasando, si comprendemos el presente de estas nuevas generaciones, pero además anticipamos el futuro, habremos dado pasos agigantados hacia un porvenir más saludable, en el que la lectura ocurrirá por cualquier medio, fundamentalmente por placer. Comprender esa transfiguración del lector y la lectura es quizás el mayor reto que enfrentamos, pues de allí se desprenderá el futuro de nuestra industria, de nuestro quehacer editorial, del libro.

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