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a i n o l i b a b n e la lotería

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Jorge Luis Borges (1899–1986)

La lotería en Babilonia (Ficciones, 1944)

Como todos los hombres de Babilonia, he sido procónsul; como todos, esclavo; también he conocido la omnipotencia, el oprobio, las cárceles. Miren: a mi mano derecha le falta el índice. Miren: por este desgarrón de la capa se ve en mi estómago un tatuaje bermejo: es el segundo símbolo, Beth. Esta letra, en las noches de luna llena, me confiere poder sobre los hombres cuya marca es Ghimel, pero me subordina a los de Aleph, que en las noches sin luna deben obediencia a los Ghimel. En el crepúsculo del alba, en un sótano, he yugulado ante una piedra negra toros sagrados. Durante un año de la luna, he sido declarado invisible: gritaba y no me respondían, robaba el pan y no me decapitaban. He conocido lo que ignoran los griegos: la incertidumbre. En una cámara de bronce, ante el pañuelo silencioso del estrangulador, la esperanza me ha sido fiel; en el río de los deleites, el pánico. Heráclides Póntico refiere con admiración que Pitágoras recordaba haber sido Pirro y antes Euforbo y antes algún otro mortal; para recordar vicisitudes análogas yo no preciso recurrir a la muerte ni aun a la impostura. Debo esa variedad casi atroz a una institución que otras repúblicas ignoran o que obra en ellas de modo imperfecto y secreto: la lotería. No he indagado su historia; sé que los magos no logran ponerse de acuerdo; sé de sus poderosos propósitos lo que puede saber de la luna el hombre no versado en astrología. Soy de un país vertiginoso donde la lotería es parte principal de la realidad: hasta el día de hoy, he pensado tan poco en ella como en la conducta de los dioses indescifrables o de mi corazón. Ahora, lejos de Babilonia y de sus queridas costumbres, pienso con algún asombro en la lotería y en las conjeturas blasfemas que en el crepúsculo murmuran los hombres velados.


Mi padre refería que antiguamente —¿cuestión de siglos, de años?— la lotería en Babilonia era un juego de carácter plebeyo. Refería (ignoro si con verdad) que los barberos despachaban por monedas de cobre rectángulos de hueso o de pergamino adornados de símbolos. En pleno día se verificaba un sorteo: los agraciados recibían, sin otra corroboración del azar, monedas acuñadas de plata. El procedimiento era elemental, como ven ustedes. Naturalmente, esas “loterías” fracasaron. Su virtud moral era nula. No se dirigían a todas las facultades del hombre: únicamente a su esperanza. Ante la indiferencia pública, los mercaderes que fundaron esas loterías venales comenzaron a perder el dinero. Alguien ensayó una reforma: la interpolación de unas pocas suertes adversas en el censo de números favorables. Mediante esa reforma, los compradores de rectángulos numerados corrían el doble albur de ganar una suma y de pagar una multa a veces cuantiosa. Ese leve peligro (por cada treinta números favorables había un número aciago) despertó, como es natural, el interés del público. Los babilonios se entregaron al juego. El que no adquiría suertes era considerado un pusilánime, un apocado. Con el tiempo, ese desdén justificado se duplicó. Era despreciado el que no jugaba, pero también eran despreciados los perdedores que abonaban la multa. La Compañía (así empezó a llamársela entonces) tuvo que velar por los ganadores, que no podían cobrar los premios si faltaba en las cajas el importe casi total de las multas. Entabló una demanda a los perdedores: el juez los condenó a pagar la multa original y las costas o a unos días de cárcel. Todos optaron por la cárcel, para defraudar a la Compañía. De esa bravata de unos pocos nace el todopoder de la Compañía: su valor eclesiástico, metafísico.


Poco después, los informes de los sorteos omitieron las enumeraciones de multas y se limitaron a publicar los días de prisión que designaba cada número adverso. Ese laconismo, casi inadvertido en su tiempo, fue de importancia capital. Fue la primera aparición en la lotería de elementos no pecuniarios. El éxito fue grande. Instada por los jugadores, la Compañía se vio precisada a aumentar los números adversos. Nadie ignora que el pueblo de Babilonia es muy devoto de la lógica, y aun de la simetría. Era incoherente que los números faustos se computaran en redondas monedas y los infaustos en días y noches de cárcel. Algunos moralistas razonaron que la posesión de monedas no siempre determina la felicidad y que otras formas de la dicha son quizá más directas. Otra inquietud cundía en los barrios bajos. Los miembros del colegio sacerdotal multiplicaban las puestas y gozaban de todas las vicisitudes del terror y de la esperanza; los pobres (con envidia razonable o inevitable) se sabían excluidos de ese vaivén, notoriamente delicioso. El justo anhelo de que todos, pobres y ricos, participasen por igual en la lotería, inspiró una indignada agitación, cuya memoria no han desdibujado los años. Algunos obstinados no comprendieron (o simularon no comprender) que se trataba de un orden nuevo, de una etapa histórica necesaria... Un esclavo robó un billete carmesí, que en el sorteo lo hizo acreedor a que le quemaran la lengua. El código fijaba esa misma pena para el que robaba un billete. Algunos babilonios argumentaban que merecía el hierro candente, en su calidad de ladrón; otros, magnánimos, que el verdugo debía aplicárselo porque así lo había determinado el azar... Hubo disturbios. hubo efusiones lamentables de sangre; pero la gente


babilónica impuso finalmente su voluntad, contra la oposición de los ricos. El pueblo consiguió con plenitud sus fines generosos. En primer término, logró que la Compañía aceptara la suma del poder público. (Esa unificación era necesaria, dada la vastedad y complejidad de las nuevas operaciones.) En segundo término, logró que la lotería fuera secreta, gratuita y general. Quedó abolida la venta mercenaria de suertes. Ya iniciado en los misterios de Bel todo hombre libre automáticamente participaba en los sorteos sagrados, que se efectuaban en los laberintos del dios cada sesenta noches y que determinaban su destino hasta el otro ejercicio. Las consecuencias eran incalculables. Una jugada feliz podía motivar su elevación al concilio de magos o la prisión de un enemigo (notorio o íntimo) o el encontrar, en la pacífica tiniebla del cuarto, la mujer que empieza a inquietarnos o que no esperábamos rever; una jugada adversa: la mutilación, la variada infamia, la muerte. A veces un solo hecho —el tabernario asesinato de C, la apoteosis misteriosa de B— era la solución genial de treinta o cuarenta sorteos. Combinar las jugadas era difícil; pero hay que recordar que los individuos de la Compañía eran (y son) todopoderosos y astutos. En muchos casos, el conocimiento de que ciertas felicidades eran simple fábrica del azar, hubiera aminorado su virtud; para eludir ese inconveniente, los agentes de la Compañía usaban de las sugestiones y de la magia. Sus pasos, sus manejos, eran secretos. Para indagar las íntimas esperanzas y los íntimos terrores de cada cual, disponían de astrólogos y de espías. Había ciertos leones de piedra, había una letrina sagrada llamada Qaphqa, había unas grietas en un polvoriento acueducto que, según opinión general, daban a la Compañía; las personas malignas o benévolas


depositaban delaciones en esos sitios. Un archivo alfabético recogía esas noticias de variable veracidad. Increíblemente, no faltaron murmuraciones. La Compañía, con su discreción habitual, no replicó directamente. Prefirió borrajear en los escombros de una fábrica de caretas un argumento breve, que ahora figura en las escrituras sagradas. Esa pieza doctrinal observaba que la lotería es una interpolación del azar en el orden del mundo y que aceptar errores no es contradecir el azar: es corroborarlo. Observaba asimismo que esos leones y ese recipiente sagrado, aunque no desautorizados por la Compañía (que no renunciaba al derecho de consultarlos), funcionaban sin garantía oficial. Esa declaración apaciguó las inquietudes públicas. También produjo otros efectos, acaso no previstos por el autor. Modificó hondamente el espíritu y las operaciones de la Compañía. Poco tiempo me queda; nos avisan que la nave está por zarpar; pero trataré de explicarlo. Por inverosímil que sea, nadie había ensayado hasta entonces una teoría general de los juegos. El babilonio no es especulativo. Acata los dictámenes del azar, les entrega su vida, su esperanza, su terror pánico, pero no se le ocurre investigar sus leyes laberínticas, ni las esferas giratorias que lo revelan. Sin embargo, la declaración oficiosa que he mencionado inspiró muchas discusiones de carácter jurídico-matemático. De alguna de ellas nació la conjetura siguiente: Si la lotería es una intensificación del azar, una periódica infusión del caos en el cosmos ¿no convendría que el azar interviniera en todas las etapas del sorteo y no en una sola? ¿No es irrisorio que el azar dicte la muerte de alguien y que las circunstancias de esa muerte —la reserva, la publicidad,


el plazo de una hora o de un siglo— no estén sujetas al azar? Esos escrúpulos tan justos provocaron al fin una considerable reforma, cuyas complejidades (agravadas por un ejercicio de siglos) no entienden sino algunos especialistas, pero que intentaré resumir, siquiera de modo simbólico. Imaginemos un primer sorteo, que dicta la muerte de un hombre. Para su cumplimiento se procede a un otro sorteo, que propone (digamos) nueve ejecutores posibles. De esos ejecutores, cuatro pueden iniciar un tercer sorteo que dirá el nombre del verdugo, dos pueden reemplazar la orden adversa por una orden feliz (el encuentro de un tesoro, digamos), otro exacerbará la muerte (es decir la hará infame o la enriquecerá de torturas), otros pueden negarse a cumplirla... Tal es el esquema simbólico. En la realidad el número de sorteos es infinito. Ninguna decisión es final, todas se ramifican en otras. Los ignorantes suponen que infinitos sorteos requieren un tiempo infinito; en realidad basta que el tiempo sea infinitamente subdivisible, como lo enseña la famosa parábola del Certamen con la Tortuga. Esa infinitud condice de admirable manera con los sinuosos números del Azar y con el Arquetipo Celestial de la Lotería, que adoran los platónicos... Algún eco deforme de nuestros ritos parece haber retumbado en el Tíber: Elio Lampridio, en la Vida de Antonino Heliogábalo, refiere que este emperador escribía en conchas las suertes que destinaba a los convidados, de manera que uno recibía diez libras de oro y otro diez moscas, diez lirones, diez osos. Es lícito recordar que Heliogábalo se educó en el Asia Menor, entre los sacerdotes del dios epónimo. También hay sorteos impersonales, de propósito indefinido: uno decreta que se arroje a las aguas del Éufrates un zafiro de Taprobana; otro, que desde el


techo de una torre se suelte un pájaro; otro, que cada siglo se retire (o se añada) un grano de arena de los innumerables que hay en la playa. Las consecuencias son, a veces, terribles. Bajo el influjo bienhechor de la Compañía, nuestras costumbres están saturadas de azar. El comprador de una docena de ánforas de vino damasceno no se maravillará si una de ellas encierra un talismán o una víbora; el escribano que redacta un contrato no deja casi nunca de introducir algún dato erróneo; yo mismo, en esta apresurada declaración, he falseado algún esplendor, alguna atrocidad. Quizá, también, alguna misteriosa monotonía... Nuestros historiadores, que son los más perspicaces del orbe, han inventado un método para corregir el azar; es fama que las operaciones de ese método son (en general) fidedignas; aunque, naturalmente, no se divulgan sin alguna dosis de engaño. Por lo demás, nada tan contaminado de ficción como la historia de la Compañía... Un documento paleográfico, exhumado en un templo, puede ser obra del sorteo de ayer o de un sorteo secular. No se publica un libro sin alguna divergencia entre cada uno de los ejemplares. Los escribas prestan juramento secreto de omitir, de interpolar, de variar. También se ejerce la mentira indirecta. La Compañía, con modestia divina, elude toda publicidad. Sus agentes, como es natural, son secretos; las órdenes que imparte continuamente (quizá incesantemente) no difieren de las que prodigan los impostores. Además ¿quién podrá jactarse de ser un mero impostor? El ebrio que improvisa un mandato absurdo, el soñador que se despierta de golpe y ahoga con las manos a la mujer que duerme a su lado ¿no ejecutan, acaso, una secreta decisión de la Compañía?


Ese funcionamiento silencioso, comparable al de Dios, provoca toda suerte de conjeturas. Alguna abominablemente insinúa que hace ya siglos que no existe la Compañía y que el sacro desorden de nuestras vidas es puramente hereditario, tradicional; otra la juzga eterna y enseña que perdurará hasta la última noche, cuando el último dios anonade el mundo. Otra declara que la Compañía es omnipotente, pero que sólo influye en cosas minúsculas: en el grito de un pájaro, en los matices de la herrumbre y del polvo, en los entresueños del alba. Otra, por boca de heresiarcas enmascarados, que no ha existido nunca y no existirá. Otra, no menos vil, razona que es indiferente afirmar o negar la realidad de la tenebrosa corporación, porque Babilonia no es otra cosa que un infinito juego de azares.


La loterĂ­a en Babilonia y en Roma

Leah Leone


Presente en todo aspecto de la vida de los babilonios antiguos fue la consciencia continua de la influencia de los seres externos o dioses. El caso del narrador de La lotería en Babilonia de J.L. Borges no parece ser la excepción. Ya “lejos de Babilonia y sus queridas costumbres” (67) el narrador cuenta de una sociedad completamente dominada por los misteriosos resultados de una lotería manejada por un organismo al que llama simplemente La Compañía. Una práctica que empezó como un sorteo a coste para la gente común, y aumentó su demanda al introducir castigos además de premios –consecuencias que resultaban cada vez más personales–, extendiendo así el alcance de La Compañía hasta los miedos y anhelos más íntimos de los participantes. Cuanto más invasivo y violento se volvía, tanto más aumentaba la demanda por la lotería, hasta que un sangriento golpe popular instala La Compañía como gobierno teocrático, de modo que todo hombre libre “ya iniciado en los misterios de Bel” (71) pudiera participar gratuitamente. Como correspondía al estado antiguo de Babilonia, ejemplos del sincretismo religioso predominan en el cuento. El narrador exiliado relata un laberinto “de variedad casi atroz” (67) de sacrificios de torres, numerología hebrea, dioses indescifrables, astrólogos, la magia, ritos de Bel y hasta un/el Dios (con d mayúscula). Históricamente, numerosos elementos religiosos y culturales de origen mesopotámico fueron exportados a regiones ajenas, sufriendo varias transformaciones, más radicales cuanto más lejos fuera el traslado. No nos sorprende entonces que la Lotería en Babilonia, como indica el narrador, llegue hasta Roma, a pesar de ser “un eco deforme” de sus ritos.


Y es con esa referencia que Borges provee una clave para abrir una historia paralela, espejo inverso de la sociedad babilónica del narrador, y descifrar así una lógica interna en la significación del autor. Tras ilustrar con la parábola de Zenón de Elea la infinidad de posibles resultados de la lotería que requieren tiempo infinito para determinarse, de ocurrencia tardía, el narrador menciona la Vida de Antonino Heliogábalo de Elle Lampridio –relación dada por el hecho de que ambos autores eran italianos–. Ya que Roma ha sido influida por ritos babilónicos, esta breve vita augusta refleja su antecedente babilónico a través de ciertos rasgos que todavía muestra. Enfatizando la permanencia de la práctica de la lotería en la región, Borges nos recuerda que “Heliogábalo se educó en Asia Menor, entre los sacerdotes del dios epónimo” (74). Elagabalus Antoninus, emperador de Roma del año 218 a 222 d. C. vino de Siria a Roma para gobernar el imperio. En su país de origen, era sacerdote en servicio de Elagabalus, dios patrón de Emesa, por lo cual retuvo el nombre del mismo.1 Su educación refleja varios ritos babilónicos; como relata el narrador: “he yugulado ante una piedra negra toros sagrados,” (66) práctica presente en los ritos de Heliogábalo que adoraba su dios en forma de una negra piedra cónica, supuestamente caída del cielo ([nota al pie] Magie 106). Otras cosas en común tienen el/los dioses del narrador y de Heliogábalo; por ejemplo, tanto Bel, dios de Babilonia, como Elagabalus se relacionan con el planeta Júpiter; las dos religiones incluían la astrología, y el sacrificio violento.

1 Como era dios relacionado con el sol, los historiadores equivocaron con su nombre, por lo cual es conocido actualmente como Heliogábalo.


Borges usa la vita para puntualizar el resultado del involucramiento del estado en el destino de las gentes. En Babilonia, la popularidad de la lotería fue tanta que el pueblo, envidioso de la clase sacerdotal porque “gozaban de todas las vicisitudes del terror y de la esperanza” (172), exigió que La Compañía responsable por ella se instalara como gobierno del Estado. De acuerdo con el escrito, Heliogábalo aprovechó de forma parecida esa fascinación popular con el azar. Como escribe Elle Lampridio: At his banquets he would also distribute chances inscribed on spoons, the chance of one person reading "ten camels," of another "ten flies," of another "ten pounds of gold," of another "ten pounds of lead," of another "ten ostriches," of another "ten hens-eggs," so that they were chances indeed and men tried their luck. These he also gave at his games, distributing chances for ten bears or ten dormice, ten lettuces or ten pounds of gold. Indeed he was the first to introduce this practice of giving chances, which we still maintain. And the performers too he invited to what really were chances, giving as prizes a dead dog or a pound of beef, or else a hundred aurei, or a hundred pieces of silver, or a hundred coppers, and so on. All this so pleased the populace that after each occasion they rejoiced that he was emperor. (Lampridius 149).


En sus banquetes también distribuía sorteos inscritos en cucharas, el sorteo de una persona leía "diez camelos" de otra "diez moscas" de otra "diez libras de oro" de otro "diez libras de plomo" de otra "diez avestruces" de otra "diez huevos de gallina," de modo que realmente eran alzares, y los hombres tentaban su suerte…En efecto él fue el primero de introducir esta práctica de dar sorteos, que mantenemos todavía. Y a los intérpretes y actores les invitaba a lo que realmente eran sorteos al alzar, reglando como premios un perro muerto o un kilo de carne, a cien aurei, o cien piezas de plata, o cien de cobre y tal. Todo eso tanto les gustaba al pueblo que tras cada ocasión se alegraban de que fuera emperador.


El manejo del pueblo a través de la manipulación abierta de su destino tiene rasgos todavía vigentes en nuestra sociedad, como en las cortes jurídicas o los game shows televisados. Con los ejemplos de Babilonia y Roma, Borges señala que cuanto más aleatorio sea el juego, más demanda tendrá. Como era de esperarse, Borges se aprovecha de la cita para manifestar su sentido de ironía y reflejar su propia manera de escribir. Dice el narrador que algo de sus ritos “parece haber retumbado en el Tíber,” (74, énfasis mío). Efectivamente, el mismo Heliogábalo se retumbó en el Tíber tras que le asesinaren y arrastraren por las calles romanas sus propios soldados (Lampridius 139-41). Además, en Babilonia al escribir la historia y los escritos sagrados, los copistas “prestan juramento secreto de omitir, de interpolar, de variar” (174). Por lo tanto, corresponde mucho a la manera de Borges que la Vida de Heliogábalo sea también una variación alterada de la historia del emperador. Como indica Gottfried Mader: The first part of the Life (1.4–18.3), relating the emperor’s political career, does indeed include some salacious items that look too good to be true, but has on the whole been shown to be historically accurate…this in marked contrast to the dazzling cadenza on Elagabalus’ lifestyle which takes up the remainder of the biography (18.4–33.8) and which by general consent is a rag-bag of fiction and fantasy, product of a fertile imagination (131-32).


La primera parte de la Vita (1.4-18.3), relatando la carrera política del emperador, efectivamente incluye algunos datos salacious que parecen demasiados buenos para ser reales, pero en total se han demostrado historicamente acertados…esto en contraste con la cadencia espectacular del estilo de vida del Elagabalus, que ocupa lo que queda de la biografia (18.433.8) y que es por consenso general una sarta de ficciones y fantasía, producto e una imaginación fértil.


Si en Babilonia, “ninguna decisión es final, todas se ramifican en otras” (74) –mirando hacia atrás, ningún dato histórico, ninguna influencia cultural es final tampoco–, infinitos son los posibles pasados tanto de la Babilonia del narrador como del reino del emperador Heliogábalo. La consciencia de los dioses, la insistencia en que el orden, caótico como sea, sea impuesto sobre el individuo es tal vez la única manera de explicar, definir, y concretar la realidad de uno mismo.

Obras Citadas Borges, Jorge Luís. “La lotería en Babilonia”. Ficciones. Madrid: Alianza, 1995, 66-76. Lampridius, Aelius. “Antoninus Elagabalus”. Scriptores Historiae Augustae II ed. and trans. David Magie. Cambridge: Harvard University Press, 1921. 104-77. Mader, Gottfried. “History as Carnival, or Method and Madness in the Vita Heliogabali”. Classical Antiquity. Vol. 24, Issue 1, pp. 131–172.


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sep.oct.nov. 2006 southspringnorthautumn | 20 pag. En este numero: La loteria en Babilonia, de Jorge Luis Borges / La loteria en Babilonia...

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