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Nomadismos

Vivencias a cielo abierto. La calle, la academia, duro asfalto. Transitar constante del vino y el arte.

Yosi R.


En estas páginas se abordan tres situaciones nómadas: 1° Una breve reseña al quehacer de El lobo, que en su rol de músico ambulante configura una puesta en escena hibrida y meditativa. 2° El escrito del vino Medellín noctambulo, que narra una caminata desde el poblado hasta el parque de los deseos. Y 3° el performance La hora Chattanooga, una configuración artística desarrollada semanalmente en distintos espacios de la universidad de Antioquia.


El lobo “Con un tambor de cuero, cascabeles, y semillas como sonajeros; crótalos, pito metálico, un par de ocarinas y el señor Yidaki con los vientos. Así volvemos en sonidos a nuestros ancestros.”

El lobo recorre distintos escenarios urbanos, emplaza una piel en el suelo y desarrolla su puesta en escena. Su Didgeridoo fue fabricado en el ecuador, tiene una boquilla de cera de abeja; es una versión del instrumento australiano, completamente recto, no es una raíz taladrada por termitas como el instrumento originario que data de unos dos mil años, aun así el sonido se asemeja. Junto con los elementos de percusión Cristian irrumpe en la normalidad de las plazas de los pueblos y ciudades con su acción meditativa, interiorizada, pero que influye en el espacio hasta el punto en que la gente se acerca y pregunta, a veces alguien deja algo de dinero, a veces alguien lo incorpora a su estado comportamental. Según él esta actividad significa su trabajo, su espacio de reflexión y de religiosidad. Al respecto compite con las campanas de la iglesia o se articula. En una ocasión alguien se acercó e hizo una referencia a la misa, dijo que era como cuando el cura sacaba los bafles pa’ que lo oyeran así no quisieran. El lobo se inserta en las dinámicas espaciales de un lugar determinado, hace que el transeúnte se detenga o dirija su mirada, halla su público en los encuentros casuales, individuales o colectivos. A su quehacer a veces se suman otros ambulantes que complementan sus ritmos y su particular estética. 5


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Escritos del vino La calle es dura, pero la cama petrifica...

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Medellín Noctambulo Costal de verde intenso cubriendo la visibilidad tras el portón de vidrio del planetario de Medellín. La música y el vino de hace unas horas me hace tomar conciencia de los dedos con los que sostengo el lapicero con forma de jeringa. Con Juan salí de la U de A, hacia las Torres de Bomboná, hablamos tantas cosas que el arte abarca, que la academia y la vida se reintegraron en todas esas palabras. -“El sexo es lo más hermoso que hay, como para que el reggaetón lo pervierta de esa manera. Esa es mi verdad”. –Dijo la estudiante de psicología con la que cruzamos algunas palabras sobre la música, la vida, los escritos de la vía, entre otras cosas. Llegamos al Ateneo Porfirio Barba Jacob, saludamos a Alejandro, el guitarrista de Señor oruga, y hablamos tantas cosas que el pasado y el presente abarcan, que tendríamos que rememorarlas a futuro. De la banda no hubo canción mala, un solo de guitarra pesado y grave es lo que más recuerdo de esas sonoridades, junto con el teatral gesto de equivoco del vocalista, una acción premeditada, la revaloración del error. 14


Juan es creativo y tiene proyección artística y cultural, toca guitarra y bajo; del trayecto hasta el poblado concluimos que la noche revela y oculta: la perspectiva visual se reduce en la oscuridad, la mirada le sede lugar al misterio en cada cuadra; pero la noche también nos muestra, algunos se desinhiben en la penumbra. En el centro convergen una gran cantidad de matices sociales: del vendedor de fruta y su carreta, hasta la imponente fachada del éxito albergando compradores y productos; los grandes edificios, y las pequeñas estructuras efímeras; los museos y los putiaderos. Al final del primer Blues decidí que sería una noche del azar, todos los que compartimos unos tragos, y las ondulaciones del acero sobre el diapasón, tomamos rumbos diversos. Caminos desconocidos desde la última mirada. Juan, Marcel y yo, nos dirigimos a paso veloz hacia el metro. Podría escribirse de lo dionisiaco todo lo de esta noche hasta este momento: acorde en un parque, al interior del metro, por las curvas de la amiga de Juan; me despido, al mirar alrededor caigo en cuenta de que estoy en la estación equivocada, en el lugar correcto, con el sonido desenfundado... Mago noctambulo, pentatónica hasta el cansancio, cristales rotos, caminar en sonidos, llegar a la 33. Un joven sucio con un trapo rojo, ondeando en su quehacer el dulceabrigo por unas monedas. Sabe dónde queda el lugar al que me dirijo. Quizás nunca a comprado nada en Yamaha sport pero sabe direccionar al taxista con precisión. Las lámparas del exterior del edificio, desde el que ahora veo el amanecer, están apagadas; esta libreta en la que escribo recibe un haz de luz del interior y se develan dinámicos volúmenes. 15


Sobre la montaña purpura, la escarcha homogénea de muchas casas y lámparas que van cediendo su función al amanecer azulado de luces fragmentadas y sobrias; un par de transeúntes, un ciclista; el preludio del frenesí del sol. Cuando llegué al bar Transfusión conocí a un par de mujeres, salude al señor Noregna, un personaje fanzineroso bastante interesante, delgado, con un par de mechones de cabello lacio que se extienden más allá de sus orejas. “No new wave”: música extraña, videos aun más extraños, buen ambiente, baile curvilíneo. Mis botas solicitaban asfalto, que una chica me tomara por el sacaborrachos fue lo que marcó la reanudación de mi caminata. No la culpo: por los azares del vino me paré muy firme en la entrada del bar, con los brazos cruzados; mi chaqueta de Jean me hace ver más fornido, mi metro noventa de estatura le motivo unas palabras, dirigirme una excusa para fumarse un cigarrillo. Quizás solo quería hablar pero de esta aplastada generación soy de los que no adquirieron muchas habilidades sociales. Soy un tipo muy paranoico. Y muy tierno. Y después de deambular unos metros entre borrachos del Das, un conocido en Nuestro Bar; casas, jardines. Decidí dormir un rato sobre una plataforma de carga frente a un garaje del éxito. Desde la 33 hasta el parque de los deseos por Carabobo, empecé a preguntarme a donde se va el ruido que oigo ahora. La ciudad tan silenciada como los transeúntes solitarios que se desplazan a mí alrededor; algunos yacen sentados al cobijo del viaducto, envueltos en trapos, en parejas, conversando. 16


Al llegar al parque de las luces me inmiscuyo tras el cumulo de barrotes hacia el museo del agua. –No se conoce la ciudad hasta que se deambula en la madrugada entre el redoble de los semáforos amplificados-. Me dije. En la tarde todo está habitado por personas y vehículos. El traqueteo de los semáforos es un susurro perceptible solo estando lo suficientemente cerca. Laura, es la segunda vez que escribo esa palabra desde hace un par de años; se siente extraño que la tinta encarne su ausencia, lo he hecho siempre, sobre todo cuando no la veía. Es una inspiración etérea, fragmentos de memoria. Acercarse a lo real es doloroso. Entre la lluvia la gente es irreal, a casi nadie le gusta mojarse con ropa y reír, ni besarse, ni oír a Fito Paez y comer chocolatinas para el frio. Runaway de los pericos, mentiras, excitarse. …El parque de las luces es un cementerio de fantasmas y de ánimas solas rematadas a tiros. Al caminar alrededor del edificio buscando cualquier cosa, no puedo evitar pasar frente a un celador, el desconfía de mi presencia y hala por el cuello a su perro con bozal, el can ni despabila. Alguien me pide desde lejos unas monedas, una mujer muy vieja se levanta de su silla, miro el suelo y paso al lado de una rata muerta. Carabobo. Mujer ventera solitaria entre las lámparas fugando al mundo, toldos y chasas cubiertas con plásticos, personas sentadas en la esquina, celadores del común con ropa informal y macanas… En ese instante, unos pasos más allá de la situación, miro hacia atrás y decido sentarme en un espacio entre la gente. En la Veracruz.

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A mi lado alguien come arroz frio y deja caer unos cuantos granos sobre el estuche de la guitarra, yo simplemente toco cualquier melodía y oigo por primera vez el eco de las cuerdas dispersándose en la calle habitada por unos pocos: Una vendedora de dulces, los hombres con macanas, el señor que come arroz frio; de vez en cuando aparece alguien diferente: taciturnos, huraños, ensimismados; un joven enojado y borracho se tambalea de oriente a occidente, hacia la iglesia. Un hombrecillo de naranja cruza la calle, supongo que quiere llegar a Govinda's. Aun es de madrugada. Transcribo el manuscrito. Andrea acaba de recordarme a través de facebook el nombre del restaurante vegetariano. Dice que es rico, y que a veces no... Desde Carabobo, a mis espaldas, aparece una joven prostituta con prendas ajustadas, inhala sacol en una bolsa; se sienta a mi lado y me pide la guitarra. Yo tomo la bolsa negra arrugada y trato de ponerla fuera de su alcance, en el olvido; ella, mientras sostiene la guitarra, me reclama el pegante, y yo con palabras ofrezco algo de resistencia a sus peticiones, soy poco obstinado; ahora lúcido me sorprende que no le haya devuelto la bolsa al instante… el centro y la noche me hacen despertar de muchas formas. Con la parsimonia de la traba la pequeña prostituta acaricia las cuerdas varias veces. Todo se silencia. Menos las vibraciones del encordado metálico. – Aquí es muy difícil que le presten a uno la guitarra-. Dijo la niña; mujer a fuerza de asfalto y borrachos. Mujer anónima, en decadencia, sin música. Después de unos segundos llega un hombre, un cliente: está tan ebrio que la prostituta, a pesar de la sacoliada y de su escaso tamaño, toma al hombre del brazo y le ayuda a levantarse.

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Casi todo el tiempo hubo una maquina de esas que limpian los baños portátiles, de el tiempo que estuve en la acera no recuerdo cuanto tiempo compartió el espacio sonoro con las notas musicales y las voces del entorno. Cuando la pareja decadente se fue del lugar, todo volvió a la relativa calma de las voces y la música. Entonces me percaté de la fría compañía de una cámara, esférica y negra: Ojo panóptico, dios en las alturas sin brazos para aliviar la pobreza, la embriaguez y la prostitución infantil. Tan esféricas como las uvas de cristal del centro de mesa de mi casa. Es un bonito centro de mesa, seguro se consiguen en algún remate o miscelánea del hueco. Tiene además de uvas una mandarina, un aguacate y otras brillanteces incomparables. Al centro de mesa lo acompaña una vaquita de porcelanicrón, un par de llaves, un billete de cinco mil algo desgastado y el cargador del celular que no uso. Cuando me levante de la acera fallé en mi cometido de ver el amanecer desde allí. Quería caminar más. Recuerdo lo que me dijo uno de los hombres con macana cuando saqué la guitarra del estuche, y un montón de cables que parecían tripas se desparramaron sobre el adoquín: -¿Usted está bien? Si no sabe cuidar sus pertenencias ya sabe…- fue algo así. En realidad es una mezcla de las palabras que me dijeron los hombres amables que estaban alrededor-. Si bien estaba consciente y cuerdo, con cada frase me daba cuenta de que era un mamarracho que quizás no encajaba muy bien en la cotidianidad de esas personas. No me importó demasiado, soy un buen vagabundo. Tengo la facilidad de sentirme como en casa en cualquier lugar. El museo y las esculturas del Parque de Berrio son geniales, pero me gusta más el radical contraste de estéticas, cuando

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se subraya lo que el poder oculta: la maja gorda y la prostituta delgada. No es cuestión de apariencia, una se alimenta de la otra. Patear la puerta del museo e intervenir una escultura. Lo escribiré para no hacerlo. Aunque la vida es teoría y práctica, yo solo observo. La sociedad me educó para ser una cámara fría. Después del centro comercial los puentes no recuerdo novedades para relatar tendrías que ir allá para documentar lo que obvié; unas cuadras atrás, a la altura de las cuatro de la madrugada, los burdeles yacían cerrados y unos cuantos hombres y mujeres yacían sentados en unas mesas; una chica introducía su dedo en la boca de su compañera para ayudarla a vomitar, al primer intento solo consiguió escupir, al segundo intento yo ya había avanzado unos cuantos pasos y yacía posando mi mirada en esos bellos rostros de mujeres de cama y asfalto de urbe que se despedían entre sí. Unas hablaban por celular, otras simplemente esperaban no-sequé con la mirada perdida. Así fue como me vi al fin, sentado en la entrada del planetario, tras una tarima en la que trabajaban aun un par de jóvenes: siluetas negras. Ya eran las seis de la madrugada. Frente a un portón de vidrio con costales. Los costales de la ironía de los que duermen en la calle, y hacen uso de este tradicional entramado para cubrir sus cuerpos, dejando entrever un pie, la cabeza… Tendrías que verlo y documentar lo que obvié.

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La hora Chattanooga Introducción

En el desarrollo histórico del arte podemos apreciar como los cambios económicos y sociales han transformado los medios, los soportes, diversificando las técnicas y los lenguajes para hablar de diversas realidades. Dichas transformaciones hacen que se reevalúe cada tanto el concepto de arte, desde la incertidumbre a la claridad. Hoy por hoy categorías como el arte sonoro y el performance se diluyen constantemente, los diversos matices en permanente hibridación. La hora Chattanooga, siendo una puesta en escena que implica la acción directa del sonido y el cuerpo, ofrece la posibilidad de nuevas reflexiones en este ámbito desde la práctica, desde la intervención directa en lugares específicos. 21


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Circuito Son las cuestiones de tiempo y espacio, como base de construcción práctica y teórica, los que configura los principales rasgos de esta puesta en escena inscrita en el campo de las artes plásticas. Tiempo y espacio como vivencia colectiva, personal desde el rol de estudiante de arte, transeúnte de la urbe, habitante del espacio académico, navegante de la web, sujeto inconforme. La hora Chattanooga nace desde una intención de decir, decir desde la cotidianidad del sentir y del saber, sin ningún propósito de ser arte. “...Yacía yo bajo un árbol, en el espacio entre clase y clase, durmiendo al ritmo de la sombra, balbuceando. Vino a mi memoria entre delirio y delirio, la imagen del sombrerudo, durmiendo bajo un árbol, soñando encorbatados con guitarras y banjos. Entonces pensé que podía conservar aquella postura, durante todo el año, el mismo día, a la misma hora. Después pensé que podía hacer algo más interesante en La hora Chattannoga. Rememorar el Punk antiquísimo... Mejor que ver el tiempo pasar... De los parpados para adentro… (ZZZZZ)”

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Tras una reflexión posterior, y tras la identificación de las principales características de la primera acción se devela un método en el cual se privilegia un dialogo con la historia y el entorno, más que una imposición de construcciones ideales. La hora Chattanooga es una acción ambulante, las herramientas son un factor determinante en los desplazamientos. El sonido, el espacio, y todos los elementos del entorno entran en juego; así, los martes de cada semana, se marca un paso en el transitar que da cuenta de las transformaciones interpersonales y técnicas: de aprendizaje, contenido y gesto. De lo acústico a lo electrónico, de la incorporación de la grafía, la literatura y el fuego. 26


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Eskorbuto “Eskorbuto es crítica, un pensamiento político aplastado por la autodestrucción de las palabras y las acciones. Romanticismo. Consciencia de clase cavando la sepultura equivocada. Juanma cavó su propia tumba. Pero de Eskorbuto se puede hablar en presente. La rabia sigue vigente y con ella Eskorbuto. El yugo es real. La rabia sigue vigente.” Eskorbuto surge en 1980, en el país Vasco, en un clima de crisis económica. Una banda de punk de sonidos desgarrados y letras viscerales. En el contexto este performance es el primer referente y colma casi todo el aspecto de contenido en una primera instancia. La primera acción comprende la interpretación de una selección de sus canciones, la intención siempre fue hacer énfasis en la expresión, hacer del sonido y las letras elementos de irrupción. En el transcurso de las doce acciones que comprenden el primer ciclo de la hora Chattanooga el contenido se diversifica, de Eskorbuto se conservan, en las últimas intervenciones, algunas de sus frases a viva voz al son del dibujo y los escupitajos.

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Huella La hora Chattanooga convoca por medio de dos a cinco carteles emplazados con un día de anticipación en el lugar de la acción. Son configuraciones graficas que abordan el dibujo y la palabra para ser huella más que recurso publicitario. El cartel en cuestión evoca efemérides, frases de Eskorbuto, y abre la ventana que prolonga la acción al espacio virtual donde se consignan pensamientos, reflexiones y emociones. Es en esta curvatura del ciclo donde La hora Chattanooga cobra sentido como configuración artística; siendo arte, entendido también, como la sistematización del conocimiento en torno a las manifestaciones de lenguaje de la humanidad.

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Son entonces la palabra y la imagen en el espacio real y en el espacio de la web los elementos que registran la acción. A través de mi cuerpo pongo el lenguaje al aire, fragmentos de memoria en la vivencia del transeúnte-espectador. Por esta razón el registro en video no tiene mucha cabida, su función es realizada por las imágenes y las palabras, que como documentos, remiten al acontecimiento; la idea es propender por que los medios de documentación y difusión sean extensiones de la realidad y del pensamiento, no sustitutos de la mirada, del gesto, de la corporalidad.

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La máscara La máscara Chattanooga, como la acción, y otras configuraciones plásticas de mi autoría, surge de una crisis, de un malestar, malestar individual producto de un pasado y un presente social. La máscara puede tener muchas interpretaciones, para algunos es una proyección de lo que quieren ser; pero en este caso es símbolo del límite, de la barrera, del muro que se levanta constantemente y que en la medida que es derribado tiene lugar la libertad.

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La máscara Chattanooga es un elemento que aparece en la quinta versión, día mundial de las víctimas de crímenes de estado, empieza a ser un objeto activo después de dos acción realizadas en la facultad de artes: El performance titulado “Día del agua” (ejecutado fuera del ciclo de La hora Chattanooga), en el que desde un constante escupir deshice parte de la solida máscara de papel maché. Fue el día en el que incorporé por primera vez en el performance otros recursos como el dibujo y la literatura, estos dos como una constante improvisación alternada con el esputo.

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Ya en la doceava versión de La hora Chattanooga, la zona de la máscara que cubría la boca ya estaba lo suficientemente rasgada como para incorporar el fuego. Fue una acción especial puesto que ya había un elemento grafico en el espacio: varios círculos concéntricos con nombres y símbolos referentes a la mujer que habían elaborado miembros del movimiento estudiantil. Decidí entonces emplazar los objetos en el centro y dibujar a partir de allí. (Al final del primer circuito, la base del micrófono y la guitarra se convirtieron en elementos cargados de memoria sin más función que el de estar en el lugar). La máscara, la caja de tizas y una antorcha, quedaron a merced de la lluvia junto con el dibujo.

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Las palabras El lenguaje verbal fue quizás el elemento más constante durante el primer ciclo, junto con la rabia desde el gesto. En primera instancia eran las letras de Eskorbuto, las canciones con la guitarra acústica o amplificación, le fueron sustituyendo progresivamente mis escritos, pensamientos, retahílas en el momento. A partir de la decima versión, la lectura y el dibujo eran las formas de lenguaje que predominaban, resultado de las transformaciones desde la acción, la vida académica y la cotidianidad. A La hora Chattanooga pronto se articularon los escritos del vino y los escritos de la vía: Textos que realizo constantemente, con un método artístico particular, pero en los que no atañe profundizar en esta ocasión.

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El fuego Expeler saliva hacia el concreto como gesto apropiacionista, centrifugo y amoroso, devino en el encuentro de una serie de circunstancias que me llevaron a arrojar fuego, así, en la doceava versión, la antorcha yacía amarrada a la base del micrófono en el centro del circulo de la feminidad, en cuyos niveles yacían escritos nombres como: Comandante Ramona, Cacica… adjetivos y otras grafías de significación en el contexto universitario. Fue algo mínimamente planeado. En general, La hora Chattanooga, es la definición y la muestra artística del azar, la adaptación, la subversión, y la movilidad a partir de un proceso constante desde la cotidianidad. Y es eso lo que hace posible su ejecución semanal: la cotidianidad en el arte y viceversa, como fuente de elementos, lenguajes, espacios e interacciones.

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En las calles hay mucho silencio, de historias apagadas, en la calma de la lucha. 51


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Ilustraciones de cartel

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De venteros y parques

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