Relatos abominables / Abominable Stories

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Un trueno, dos. El viento levanta las hojas de la calle.

Las farolas se apagan y lúgubre palpita el vecindario a oscuras.

Plaf, plaf.

Gotas gordas se estrellan contra los tejados; mi párpado late con cada golpeteo.

La tormenta se desata con furia aullando en la negrura de la noche sin fin.

Un rayo corta el cielo, mi corazón se aterra: la luz, por un segundo, ilumina la ventana delineando la figura de un sujeto enorme. En su mano empuña una motosierra.

Cae el sol en la laguna.

Todos se han ido.

Los insectos zumban melodías de miel mientras mis dedos chapotean en las aguas quietas. Podría pensar en la paz, en la calma que mece los días, en la vegetación que, encendida por el calor, desprende aromas embriagantes. Sin embargo, me concentro en las burbujas que aparecen creando inesperadas ondas y se expanden a medida que se acercan.

La calva superficie asoma; revela un rostro espeluznante.

Me toma del pie con un zarpazo, la criatura horrenda, indescriptible, me arrastra donde las cigarras no cantan, alejándome del sol y su resguardo rojo, hundiéndome en la soledad sorda de las aguas turbias y dos ojos de sapo.

EN LO PROFUNDO DEL BOSQUE

Los mayores siempre me advierten que no juegue allí. Me ruegan que permanezca cerca, rondando los jardines de las casas vecinas, en las calles del pueblo, hasta el puente; ese es el límite. Yo no escucho. La curiosidad siempre es más fuerte. Es ella la que me empuja hasta los troncos arcaicos que flanquean la zona prohibida.

Basta apoyar un pie para advertir la oscuridad inminente. Las frondosas copas recluyen al sol y el ambiente se transforma en una medianoche que enfría el aire y eriza la piel. Los sonidos me envuelven como una sinfonía, ¿quiénes interpretan los instrumentos misteriosos? Insectos, pájaros, batracios. El suelo late, lo puedo sentir entre mis pies descalzos. ¿Son acaso las lombrices renovándolo? Un aullido lejano me estremece. Tal vez tengan razón cuando me dicen que no me adentre en estos dominios. Quizás cosas espantosas sí aguardan en lo profundo del bosque. Lo compruebo inesperadamente: una mano helada e invisible me toma el antebrazo. Mis pies se elevan del musgo y vuelo, empujado por la fuerza del conjuro innegable. No tengo tiempo para desesperar. En un claro siniestro, una mujer vestida con girones

oculta su rostro entre las telas. Ríe con una risa tóxica. La broma la contó el destino. Me detengo bruscamente a sus pies huesudos. Con sus manos putrefactas me abre la boca y me obliga a beber una poción horrible. El mundo gira a mi alrededor, me ovillo, quisiera escupir el veneno que corroe mi sangre pero ya es tarde. Me retuerzo en espasmos y con horror percibo que la piel me burbujea. Los ojos parecen querer salirse de mis cuencas. Mi boca se entumece y se alarga, las orejas crecen. Un vello gris brota de mis poros; mis piernas y mis brazos se vuelven firmes y esbeltos. Cuando el sufrimiento cesa, me paro en cuatro patas y escapo, aunque entiendo que es lo que la bruja espera. Su maldad está hecha. Corro por los senderos en sombra, ya no grito, aúllo; hilos de saliva caen por mis fauces poderosas. ¿Qué me han hecho? Sin quererlo tropiezo con un tronco muerto. Doy giros levantando hojas mustias, asustando a los pájaros. Cuando me incorporo me encuentro con una imagen que me despierta un hambre milenaria y feroz: a pocos metros, una niña en caperuza camina por el bosque cargando una canasta.

Nunca pensé, cuando me fui a dormir con mi pijama de nubes, en lo que me estaba metiendo. Levanté las cobijas como cada noche. Allí estaba el colchón mullido, las sábanas de siempre, la almohada en la que mi cabeza reposa. Tan pronto apoyé el cuerpo sentí que me caía. El cobertor tapó los resquicios por donde se colaba la luz y de inmediato estuve a oscuras hundiéndome cada vez más en un vacío sin nombre.

Las mantas parecían de plomo, no podía moverme, respirar se me hacía dificultoso.

Ya nada llegaba a mis oídos. Quise gritar, pero no pude. Todavía caigo. Caigo sin prisa, sin pausa. Me pregunto si alguna vez terminará esta pesadilla. Y lo peor de todo, lo que más me angustia, es pensar: si me detengo… ¿dónde?

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