Mi vieja me ofrece un poquito mas de bifes con puré con esa mirada suya que mas que convencer amenaza y, aunque mi estómago va a explotar en contados segundos, acepto su oferta regañándome por dentro por esta tercera década de vida que estoy viviendo sin poder todavía enfrentar a mi señora madre en esas pequeñas cosas que corroen, mínima, pero persistentemente este amor propio que he criado tan costosamente. Ella lo hace por amor, porque me ve muy flaca y porque sólo en esos detalles puede seguir imponiendo eso que adquirió desde que me tuvo en brazos y que nos cuesta asumir como tal: la autoridad. Tendemos a negar esa investidura de poder de nuestros progenitores y de toda persona a la que le tenemos afecto, pero que por algún lado también ejerce cierto dominio sobre nosotros. Tenemos totalmente aislado el deber con el querer, como si tanta dictadura, que ni siquiera vivimos pero que igualmente nos parió con esa mancha de nacimiento, nos hubiera forzado a separar la dinámica del amo y el esclavo de Hegel en nuestras relaciones sexo- afectivas y solo- afectivas. - Está rico, ¿no?- Me dice mi vieja, llenándome el plato con ese pedazo jugoso de ex vaca y esa delicia grumosa con la cantidad necesaria de nuez moscada. A veces he tomado valor y, temiendo ofender o entristecer a mi madre, le he dicho que los bifes me gustan secos, a lo cual ha respondido con un mínimo puchero y me ha notificado que solo había así, rosáceos y chorreantes. Mi paladar ha tenido que soportar ese gustito a crudo y a cada mordisco he tenido que vencer la paranoia de en-