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MUÑECA DE PAPEL CAPÍTULO UNO Corría el año 1941 y caminaba de forma segura por el pueblo en el cual vivía; en cambio, su forma de andar era diferente a la de antaño, pues con tan solo 24 años de edad, su figura delgada de niña había dado paso, nuevamente, a un vientre curvilíneo que mostraba a descaro su no castidad y un avanzado embarazo que daría paso a un nuevo ser que vería la luz en poco tiempo. ¡La tercera criatura ya!, pues dos pequeños hermanitos la esperaban con ansias en el exterior, mostrando signos de cariño y olvidando el tiempo en el cual vivían…tan sólo eran niños, en los cuales la inocencia imperaba por todos sus poros. La más pequeña, deseaba con todas sus fuerzas que llegase al mundo una hermanita, para poder jugar con ella y compartir sus tazas de juguete; sin embargo, el mayor rezaba para que naciese un hermano, con el que poder jugar al fútbol con la pelota de periódico que su mismo padre le había hecho. Exactamente se trataba del día 16 de Mayo y ella; que Emilia se llamaba, iba en una dirección concreta… un pequeño café bar en el mismo pueblo en el cual siempre había vivido y donde se había criado. Su madre ya no se encontraba con ella, pues halló el descanso cuando era aún joven, en cambio, la que era su suegra siempre la había tratado como si una hija fuese; puede decirse que no se encontraba en soledad. Su vida no era del todo mala, si bien es cierto que por aquel entonces se debía trabajar mucho para poder salir adelante, sin embargo, ella siempre era feliz, pues mostraba una sonrisa radiante al mundo que la rodeaba. Avanzaba con paso decidido y muchas chicas la miraban con envidia, pues jamás una silueta tan perfecta podía pasar desapercibida; le iba todo realmente bien, tenía un buen esposo y no se podía quejar de su trabajo, pues éste no escaseaba. Algo que la caracterizaba es que desde pequeña tenía un preciado amuleto, siempre guardado en un sitio exacto que sólo ella sabía, para que sus hijos no lo alcanzasen y rompiesen; era un verdadero tesoro que por sus años no quería perder… era su amuleto de la suerte y la llamaba… “mi pequeña muñeca de papel”. Esa muñeca era muy especial para su persona, tenía escondido un secreto que no quería desvelar, pero que poco a poco, con paso lento, iba dejando ver la claridad, para que su hija, siguiese sus mismos pasos… CAPÍTULO DOS Cuando por fin llegó al lugar de su destino, allí la esperaba con ansias su hija, la pequeña Marta, que, aunque no alcanzaba los cuatro años de edad, ya ayudaba a su padre con la cafetería. Emilia solo dio dos pasos en busca de Marta para darle un fuerte abrazo, cuando el esfuerzo le provocó un agudo dolor en su vientre de embarazada; acompañado, de


forma inesperada, por un suelo encharcado de agua que provenía de su ser. Sin ninguna duda, se había puesto de parto dos semanas antes de lo previsto. Ella se levantó esa mañana con una sonrisa como siempre hacía, pero jamás se imaginó que ese mismo 16 de mayo cambiaría su vida. Debido al dolor y esfuerzo por ponerse en pie, cayó desmayada. Solo cuando despertó pudo ver que se hallaba en su cama y que la rodeaban las mujeres vecinas con más experiencia y aquellas que habían dado a luz muchas más veces que su persona. Todo a su alrededor estaba lleno de trapos limpios y varios barreños con agua para poder limpiar al bebé cuando éste naciese. A pesar del intenso malestar, ella se sentía feliz. No pasó ni siquiera dos horas cuando su niña ya se encontraba entre sus brazos, llorando desesperada, mostrando genio que años después demostraría día tras otro… -

¡¡¡¡Bien!!!! El bebé es una niña…

Decía Marta eufórica y agarrando la mano de su madre para que le mostrase atención en dicho momento, que solo tenía ojos para aquella que acababa de nacer. -

Papá… ¿no es un niño?

Dijo entre tropiezos el pequeño Carlos que apenas tenía seis años y que, deseaba que las palabras que su hermana mencionó con antelación no fuesen reales. Nadie pronunció palabra, todos estaban encandilados con el nuevo miembro de la familia. -

Parece una pequeña muñeca de papel.

Esas letras nacieron de la persona más indicada, de su suegra y abuela de sus hijos. Emilia se sintió realmente bien al oír esas palabras, pues representó la futura y verdadera dueña de su pequeño amuleto de la suerte… -

Elija usted el nombre.

La madre de su marido sonrió y sin vacilación alguna dijo… -

Rosario.

CAPÍTULO TRES Una nueva vida comenzaba en aquella familia. Por un lado era felicidad el poder apreciar una carita que llenaba de vitalidad a cada uno de los que llamaba conocidos; en cambio, la época de posguerra hacía que a pesar de tener trabajo, el hambre afectase de cierto modo. Todas las noches, y más aún desde que nació Rosario; Emilia cogía su muñeca de papel, la apretaba fuertemente hacia su regazo y rezaba. No se llegaba a entender lo


que decía, simplemente parecía más feliz y calmada cuando volvía a dejarla en su lugar. Los días cada vez eran más duros, sin embargo, los niños parecían estar bien, Carlos jugaba al fútbol con sus amigos como de costumbre y Marta ayudaba en los quehaceres de la casa y aprendía a cambiar pañales. Rosario era la niña bonita y Marta no llegaba a entender que era aquello que causaba que ya no le prestasen la atención que antes tenía, a veces, incluso parecía que sentía envidia por su hermana; pero siempre se calmaba cuando la pequeña le sonreía como si no hubiese mañana. El marido de Emilia necesitaba ayuda en el bar desde que ella dio a luz, pero tampoco tenía el dinero suficiente como para pagar a alguien que atendiese a los clientes, por lo que las llegadas fueron cayendo en picado; cuestión que a nadie gustaba. Escaseaba el dinero por el pueblo, la comarca y todo el país en general. Emilia hacía lo posible para estar al pie del cañón, para ayudar en todo lo que pudiese; en cambio, el parto no le había sentado del todo bien y sus esfuerzos eran en vano, tenía suficiente con estar a cargo de sus tres pequeños, que al fin y al cabo era lo que más le importaba en la vida. -

No nos va del todo bien… ¿entiendes?

Las palabras de Samuel, que así se llamaba el padre de familia, salían a descaro de sus labios y no mostraban signo de contento. -

Hago todo lo que puedo. Cuido de nuestros hijos, de la casa y hago lo posible para que estés feliz con tu familia.

A pesar de que decía una verdad como un templo de grande, él no mostró expresión grata, se limitaba a mirarla de arriba hacia abajo con semblante serio. En cambio, se podía apreciar que sus manos temblaban, símbolo del nerviosismo que su ser sentía. -

Necesitas descansar. Sé que pasamos por un momento duro, yo todas las noches cierro los ojos, abrazo a mi muñeca de papel y me siento mucho mejor y con ánimos para empezar un nuevo día.

Volvió a pronunciar entre gestos dubitativos Emilia, ya que su marido se había quedado serio en el instante y con una expresión dura, sólo marcada en una línea en sus finos labios tenía su imagen. -

Estoy harto de tu querida muñeca de papel y de tu felicidad… estamos arruinados Emilia, arruinados… ¿entiendes eso?... ¿tu muñeca de papel nos va a ayudar a salir adelante? Olvida la maldita muñeca y viaja a la realidad. Estamos en tiempos de posguerra.

Y tras él, un portazo. Emilia no esperaba tal reacción y echó a llorar ante la atónita mirada de Marta, que con su corta edad cogía a Rosario como si toda una madre fuese. No hizo nada… sólo dejó a su madre desahogarse y llorar como nunca había hecho delante de su presencia.


CAPÍTULO CUATRO A Emilia no se le venía otra cosa a la cabeza que no fuese el malestar vivido durante la Guerra Civil. No podía conciliar el sueño, porque no sólo le rondaba la idea de pasar nuevamente hambre, sino que también tenía en su mente una imagen que jamás borraría de su ser… el crucial instante en el cual le quitaron absolutamente todo en esos años de guerra y miseria. La mudanza a otro pueblo fue lo que más duro s le hizo por aquellos tiempos, sin ninguna duda; irse del que siempre había sido su lugar de residencia fue un aspecto duro para ella. Se acordaba del beneficio que le otorgaron a ella y a su familia las continuas matanzas, pues éstas hicieron de su estancia una mejor vida que darle a sus pequeños Carlos y Marta que ya se encontraban a su vera. Daba vueltas en la cama continuamente. Se hallaba sola, pues Samuel no había aparecido esa noche, quizás estaba lo suficiente cabreado con Emilia como para no dormir con ella aquel día. En el sueño que estaba teniendo se hallaba ella corriendo desesperada, siendo perseguida e intentando esconderse como en innumerables ocasiones había hecho. A la misma par que sus pies se movían con rapidez, de sus ojos salían lágrimas a descaro mientras escuchaba las bombas lanzadas por los alrededores; cuestión que angustiaba aún más a todos los que se hallaban por allí cerca. Se levantó sobresaltada escuchando el lloro de Rosario; se echó las manos a la cabeza y quiso eliminar todas las imágenes que segundos antes había visto como si fueran reales. Agarró a su niña en sus brazos, y mientras le cantaba una canción de cuna, le pedía a todos los santos que no cayesen en la ruina una vez más. No quería por asomo recordar cada uno de los detalles así que simplemente decidió no pensar. Soltó a su pequeña de nuevo en el regazo del sueño y viendo que solo era las dos de la madrugada volvió a dormir…

CAPÍTULO CINCO -

Ya; lo hecho, hecho está.

Apareció Samuel cubierto de sudor y casi temblando; hiperventilaba, pues parecía que se había dado una buena carrera antes de llegar a la parte de arriba del café bar; lugar donde tenían una pequeña vivienda para pasar sus días de posguerra; el mismo sitio donde la benjamina nació. -

¿Qué te ha pasado?

Mencionó Emilia con cierto tono de preocupación en su voz. Veía como su marido llevaba un gran saco, que a simple vista se podía apreciar que pesaba lo suficiente como para que, incluso a él, que tenía bastante fuerza, le pesase.


-

¿Qué llevas ahí?

Dejó abrir el saco, a la misma vez que se echaba las manos a la cabeza como si se sintiera culpable por alguna razón y entonces, justo al dejar a la vista lo que aquel talego contenía… varias gallinas empezaron a corretear por el salón, formando gran alboroto, despertando a las cinco de la madrugada, por consiguiente, a todos los vecinos. -

¿Estás loco?; sabes todo lo que hemos pasado durante la guerra, y tú, ahora… ¿robas a nuestros vecinos?

Se oyó decir casi gritando a Emilia. -

Nuestros hijos tienen hambre… ¿no lo ves?, sólo lucho por el bienestar de los míos, ¿entiendes?

Dijo entre balbuceos Samuel. -

Pero… no puedes dejarme sola.

Mencionó Emilia cuando escuchaba el barullo de gente en la calle y unos continuos “me han robado” seguidos, que hacía ver que, sin ninguna duda, se habían dado cuenta del robo. Justo cuando salían de sus labios estas últimas palabras, atropellaron entre sonidos y pistolas los guardias civiles del pueblo, pues el robo, por aquellos tiempos que corrían entonces, era de un delito mayor. Emilia no se desesperó en ningún instante cuando irrumpieron en su pequeña y acogedora casita, cogió a sus tres pequeños en sus brazos que se habían despertado con el escándalo, al igual que Rosario lloraba a descaro. Simplemente dos gotas de agua salada derramaron por sus ojos, mientras veía que su marido estaba siendo apresado; seguro pasaría un tiempo en la cárcel y, para terminar la gota que colmaba el vaso estalló… dando paso a más envidia y a habladurías, una vez más. Y ahí se quedó, divisando todo lo que estaba ocurriendo, llevándose sus pensamientos hacia otro lado, meciendo a sus hijos que todos lloraban y, pidiendo a los cielos que todo saliese bien. Cuando ya todos dormían, ella que no podía conciliar el sueño y ya tenía sus ojos hinchados como cual esponja se llena cuando roza el agua, se dirigió al pequeño desván, cogió su muñeca de papel y llanto tras llanto, se quedó dormida abrazándola, queriendo con todas sus fuerzas que comenzase un nuevo día; sólo con ello se conformaba… no pensaba en el futuro, pues éste se hallaba incierto y lleno de dudas. CAPÍTULO SEIS Tal era el rencor que imperaba poco después de que a Samuel lo llevasen preso a la cárcel, a saber por cuanto tiempo; que un buen día… -

Noooooo….¿por qué?


Se escuchó por la calle como una voz profunda de mujer lloraba desconsolada y, por desgracia, a Emilia le resultaba familiar, demasiado. Salió a la bulla a la calle, pues a pesar de que el café bar ya se hallaba cerrado e iban sobreviviendo a base de sobras y pequeños trabajos que Emilia conseguía hacer limpiando las casas más adineradas; aún seguía viviendo allí. No sin antes, dejar a las dos más pequeñas a cargo de Carlos, el mayor. Para su sorpresa, y tal y como se esperaba, aquella que sollozaba en la calle y pedía a gritos una explicación era su suegra… ¿a qué se debía tanto alboroto? -

¡Me los han matado!

Lloraba… y al final de la calle, al pequeño Salvador acercándose a Emilia diciendo que habían matado a sus padres como venganza por el robo de las gallinas y que su abuela no paraba de llorar. Emilia lo cobijó entre sus brazos, acababan de quitarle la vida a su cuñada y a su esposo y, por tanto, el pequeño se quedaba huérfano. -

Por favor, tranquilícese… tranquila…

No pudo decir otra cosa, la abrazó fuertemente como si una madre se tratase y a pesar de la fuerza que la caracterizaba, una vez más, dejó paso al llanto entre penumbras que se estaban volviendo continuas en esos pocos meses. Una vez que la abuela dormía y Salvador miraba a un punto exacto, Emilia se acercó a aquel que cumplió hacía varios días 12 años y, con toda la tranquilidad para no hacerle daño dijo… -

No llores, pues tus padres están contigo, no te van a abandonar nunca.

Y acto seguido, le acarició la cara, mostrando que lo aceptaría como hijo suyo… para siempre. CAPÍTULO SIETE A pesar del nuevo miembro de la familia, no hubo problema para poder salir adelante, pues, por suerte, una nueva idea llegó a la cabeza de Emilia. Ella se encontraba en su lugar ideal, allí donde pasaba sus diez minutos de descanso y donde le contaba a su querido amuleto cada cosa que le iba pasando en el día, sintiéndose feliz por ello… sin ninguna duda, desde que Samuel estaba en la cárcel, más que nunca, necesitaba desahogarse. Estaba justo hablando con su muñeca cuando, la idea que les salvaría la vida llegó a su cabeza… ¿por qué no una tienda de chucherías? No tenía mucho dinero, pero tal vez, con algo de esfuerzo podía conseguir abrir en el barrio un quiosco para que los niños pudiesen comprar su alimento favorito. Sin embargo, como era de esperar, todo no era de color de rosa, el hambre seguía presente por cada esquina y un nuevo acontecimiento ocurrió en aquella casa.


Salvador cuidaba mucho de Rosario; aunque era su prima, la trataba como si fuese una hermana, y a pesar de que habían pasado solo varias semanas desde la partida de sus padres, él ya sentía a Emilia como su madre. Una buena mañana, Salvador se levantó de la cama temblando, tenía continuos escalofríos. -

No he dormido bien hoy, me duele mucho la espalda y la cabeza.

Emilia comenzó a preocuparse. Además ya no iba mucho al baño, más bien se quedaba acostado en casa y con una fiebre intensa, demasiado. Algo que corroboró lo inevitable fueron las múltiples erupciones por todo el cuerpo del hombrecito… dejando claro que aquella enfermedad que en dichos momentos se hallaba presente en casi todas las casas, había llegado también a Salvador… el tifo. CAPÍTULO OCHO 22 de Septiembre de 1941 Querido esposo, Samuel; esta carta es para tu persona: “¿Cómo sigues por aquellos lugares?; sé que en los días de visita no puedo ir a verte, pero es que la situación por aquí no es del todo favorable. Tampoco sé con certeza si te llegó otra de las cartas que en inmensas ocasiones te escribo desde que no estás presente, en nuestras vidas y día tras día. En ella te contaba que tu hermana se halla en mejor vida y que tu pequeño sobrino Salvador ahora se encuentra entre nuestro cobijo. La verdad se ha adaptado a la perfección, Rosario es quién más lo aprecia, cada vez se parece más a ti. Por otro lado, no todo es gloria para estos dos pequeños, pues a pesar de que nuestro inquietante Carlitos y la tímida Marta están a la perfección; ellos dos están consumidos por una enfermedad ahora tan común… el tifo. Rosario parece que se va recuperando, en cambio, tu sobrino ya ni siquiera articula palabra… ¿qué he de hacer? Necesito que vuelvas querido mío y que, como siempre salgamos adelante a base de esfuerzo, pero en toda ocasión haciéndonos compañía mutua. Te quiero”

4 de Julio de 1952 Querido esposo, una vez más, como en once largos años te escribo, No sé si las cartas llegan a tu lado o una vez más se pierden en el tiempo, pues a pesar de que las horas pasan tú no apareces a mi lado ni a base de pensamientos y recuerdos.


Carlos que ya cuenta con 17 años de edad, y como un muchacho maduro que es, se dirigió con mi hermano Manuel al duro trabajo de las minas; teniendo muy mala fortuna, pues una dinamita explotó bien cerca, no privándole del dolor y llevándose de cuajo sus tres dedos de la mano derecha. Por todo lo demás, él se encuentra bien, aunque sigue echando de menos a su padre. Ahora vivimos en otro lado, dos calles más arriba y nuestro negocio ha cambiado, en lugar de vender chucherías a los más pequeños, nos encargamos de que los mayores sacien su sed a través de bebidas alcohólicas; todo nos va mucho mejor, se puede decir que tenemos una vida digna, a pesar de que tú faltes. Marta ya ha cumplido los 14 años, es una adolescente muy presumida, quizás demasiado, puede decirse que hasta incluso le ronda algún pretendiente por estas calles. Pero tranquilo, la vigilo bien para que no haga alguna de sus travesuras, siempre sale en compañía. Salvador, a pesar de que se encontraba al filo de la muerte, ya tiene los 23, es todo un hombre, está comprometido y en cuanto se case, marchará. Sólo me queda decirte que Rosario es toda una mujercita, con 11 años cuida de los cerdos a la perfección y me ayuda lo mejor que puede en las matanzas; y, aunque parezca extraño en mí le he regalado mi pequeña muñeca de papel…espero la trate con esmero; sin embargo aún no le he contado el secreto que en ella se halla. Sé que ése, mi amuleto no es de tu agrado y que nos ha causado mucha pesadez y peleas en nuestra convivencia, sin embargo sigo pensando que es símbolo de suerte y necesidad. Te quiero Samuel. CAPÍTULO NUEVE -

Querida muñeca de papel; Marta está muy enfadada conmigo porque mamá ha decidido otorgarme con tu presencia a mí, en lugar de dejarte en manos de ella.

Decía Rosario con cautela antes de dormir, mientras miraba con detenimiento su nueva muñeca, tratándola como si paño en oro fuese y cuidándola como si se tratase de un verdadero bebé. -

Mamá tampoco me ha dicho absolutamente nada de por qué eres tan importante en nuestras vidas; sin embargo, la creo, y te cuidaré como si me fuese la vida en ello… supongo que por alguna razón has pasado directamente a mi vera… algunos dicen porque en mi nacimiento parecía una auténtica muñeca de papel, como tú.

Estas palabras que pronunciaba Rosario con tan solo 13 años de edad, mostraba su gran personalidad y su avanzada madurez para sus cortas primaveras. -

Por otro lado, jamás conocí a mi padre, sólo tengo de él una foto que siempre se halla guardada en mi cartera, pero que hoy, te la paso a ti, en tu pequeño bolsillo.


Rosario avanzaba por las calles cogida de la mano de su hermana Marta, a pesar de que a ésta última no le hacía gracia ser la segunda en todo, Rosario había heredado la belleza de Emilia, en cambio, Marta aunque era guapa, no alcanzaba la elegancia y modo de ser de la pequeña de la familia. La envidia era inevitable entre ellas, sin embargo, seguía siendo su hermana pequeña y debía acompañarla al colegio. Algo ocurrió en el instante en el cual pisaron la esquina que daba a la calle donde se encontraba el centro escolar… Marta dejó caer, sin pensarlo, el maletín que llevaba para estudiar y sus ojos de niña de 16 años comenzaron a derramar lágrimas sin ton ni son por cada una de sus entrañas… ¿qué había visto? -

Marta; ¿qué te pasa?

Seguía sin dar respuesta, mientras su boca se abría de par en par, dejando paso a la respiración acelerada que en unos instantes había tomado todo su cuerpo. Sin esperarlo, mencionó cuestión que ni en imaginaciones lejanas pensaba que diría… -

¿Papá?

Y al fondo un señor vestido de negro, con pantalones viejos y camisa arrugada, mostrando una gran sonrisa, que podía apreciarse también en el rostro de Carlos todas las mañanas. Tenía un gesto cansado y se parecía mucho al hombre de la foto, solo que más viejo y descuidado. Marta soltó de sus manos a Rosario y se abalanzó a los brazos de aquel que había estado tantísimo tiempo en la cárcel. La más pequeña se quedó paralizada y mientras veía como sus familiares se abrazaban fuertemente, ella dejaba volar su imaginación y dejó caer dos pequeñas lágrimas… -

Gracias querida muñeca de papel.

Dio exactamente cuatro pasos hacia adelante, miró de arriba hacia abajo al señor que tenía postrada ante ella y le abrazó, igual que su hermana había hecho con antelación y dijo, sin reparo… -

Aunque no te conociera, ahora puedo decir que te he echado de menos.

Sólo se miraron a los ojos y descubrieron, por sorpresa, que ambos eran idénticos, de un profundo color negro azabache y llenos de misterio. -

Te quiero.

Fueron las últimas palabras de Samuel. CAPÍTULO DIEZ Hay ocasiones en que las circunstancias que van ocurriendo en la vida, suceden por algo en concreto; y cuando en la tempestad de la tragedia separan a una familia, tarde o temprano la vuelve a unir; sin embargo, no se juntan todos por razón de bien, sino que tiene otra causa de ser, quizás… la muerte y la despedida. -

Emilia, no llores más… estoy aquí, de nuevo, con vosotros.


Emilia escuchaba las palabras de Samuel, pero aun así no se calmaba, pues tras esas palabras de consuelo se hallaba la verdadera causa del porqué había venido; sólo lo había hecho para despedirse… el cáncer, la cárcel… todo lo consumía, sin embargo, había llegado a verlos. -

¿Y entonces; cuánto te quedas papá?

La pregunta que formuló Samuel salía de sus labios pastosos y casi con el lloro en la garganta pronunció lo que más miedo le provocaba… durante cuánto tiempo vería a su padre antes de marchar por siempre. -

No sé, quizás dos meses.

El tiempo suficiente, pensó Rosario; así conocería a su padre, lo que siempre había deseado. Fue más de lo esperado, pues Samuel y padre de familia se encontró en su casa durante cinco largos meses, pero tal y como se esperaba, el tiempo se lo llevó… lejos. Después de la tragedia, Rosario se dirigió al escondite y su pequeña muñeca de papel se hallaba sola y descuidada; la cogió fuertemente como siempre hacía, o quizás más fuerte de lo normal y, como si de una intuición se tratase fue en busca de su madre apenada. -

Mamá… creo que es el momento; ¿no crees?

Emilia abrazó a Rosario, y delante de todos sus hijos mencionó… -

Esta muñeca, como ya sabéis es muy especial; os preguntaréis la causa, y es que mi hermana me la regaló justo antes de hallar la muerte cuando contaba con diez años de edad. No es que la muñeca sea mágica, simplemente es mi hermanita pequeña que siempre, en todo momento… me cuida y protege.

Y fundidos en abrazos quedaron toda la tarde, no sin antes dejar la muñeca de papel en el lugar correspondiente… a la vera de la persona a la que siempre había pertenecido… Lucía, su hermana. Por sorpresa, no salió el llanto de sus ojos, imperaba en Emilia una gran alegría, pues su hermana, a pesar de la evidente ausencia; siempre había estado presente en su corazón y en su pequeña muñeca de papel. CONTINUARÁ…


Relato completo muñeca de papel  
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