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Acompañada de las Mariposas Capítulo Seis Veía como Fátima organizaba su maleta, unas cinco prendas en total era lo que llevaba, a lo que se le sumaba dos pares de zapatos desgastados y algunos coleteros para recoger su largo y frondoso cabello. En la entrada de su habitación me hallaba yo cruzada de brazos; y justo al lado mía estaba Alicia; ambas no despegábamos la mirada de nuestra compañera que, irremediablemente, se marchaba. Sin embargo, Alicia comenzó a llorar, a diferencia de ésta que se iba, que había parecido entender en esos últimos días que era inevitable el hecho de volar. Yo no podía soltar lágrima alguna, pero era cierto que la echaría mucho de menos. Un abrazo surgió entre mis dos amigas, que, sin esperarlo, me unieron en su despedida calurosa y pude apreciar el lloro de Alicia y las palabras de Fátima en susurros… -

Nos vemos en el mundo, chicas…

Acto seguido nos apartó y mirándome pronunció lo que ya sabía… -

Está en tu mano que tú formes parte de nuestra vida allá afuera Cristina… No iremos lejos…

Mi rostro se volvió más serio del que estaba cuando comenzó el día; era la primera vez que una persona, y más una amiga, me ponía entre la espada y la pared; sin remedio tenía que elegir y no se me daba nada bien. En la puerta divisábamos cómo Fátima avanzaba con paso firme sin dirigir la vista hacia atrás, hasta el portón de la entrada, y posó un pie en la temida calle; y sonrió. Las que nos encontrábamos a su espalda suspiramos y sentimos un alivio inmenso de que se sintiera realmente bien. -

¿Sabes?, no es necesario que finjas que la echarás de menos.


Me volví en dicho instante a Alicia que me miraba por encima del hombro y hablé entre tartamudeos. -

P… pero sí que la extrañaré.

Mencioné con los ojos abiertos como platos, pues seguía sin entender el cambio tan radical que mis confidentes habían dado en tan solo un par de semanas. -

No, tú ahora tienes algo más importante que hacer… ¿no crees?

Me dolía el pecho al oír sus palabras y por un mísero segundo rogué al cielo que pronto cumpliera la mayoría de edad. Pensamiento que se desvaneció al instante, pues realmente quería formar mi vida con ellas. Solo vi como también marchaba en busca de sus quehaceres, dejándome atrás y atrapada en la oscuridad, a pesar de que el sol alumbraba más de lo habitual ese día. Miré el reloj que apuntaba las doce en punto y un llanto recorrió toda la estancia, Cristóbal tenía hambre. Llegué a su lado lo más rápido que pude, también para no causar tal escándalo que me regañasen una vez más; pero la velocidad alcanzada por mis piernas fue en vano. -

Pff, maldito niño… te he dicho mil veces que no lo descuides.

La directora apareció a la misma vez que yo por la puerta de mi dormitorio, pues éste se hallaba justo al lado de su despacho. Me había mudado allí desde que decidí hacerme cargo del nuevo miembro. -

Lo siento, no volverá a ocurrir.

Los aires de superioridad de aquella que me miraba entre sombras, hizo que agachase la cabeza y me dirigiese al interior de la habitación para poder dar de comer al bebé que entre sábanas se encontraba. -

Ah, por cierto Cristina. Hazte a la idea de que este bebé no se queda, no encuentran familia alguna pero tampoco hemos conseguido la firma que necesitábamos para poder aceptar a varones en el lugar… piénsatelo…


cumples la mayoría de edad este año; y si nadie lo adopta, Dios sabe qué pasará con el que ahora se encuentra a tu vera por las noches. Un guiño salió de su tez arrugada y su mirada oscura se volvió de la simpatía nuevamente al misterio, provocando dolor. Solo me dediqué a darle un biberón al pequeño y decirle entre susurros… -

Resulta que tú y yo estaremos juntos mucho más tiempo del pensando glotón.

Pensé y con un gesto de cariño hacia aquel que sostenía en mis brazos, siguió el día.

Acompañada de las mariposas capítulo seis  
Acompañada de las mariposas capítulo seis  
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