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El Verdugo Ver贸nica Miranda Maldoror


En la España de los Austrias (s. XVI), para que una joven pudiese entrar en una mancebía, O casa pública de prostitución, tenía que acreditar con documentos Ante el juez de su barrio ser mayor de doce años, haber perdido la virginidad, Ser huérfana o haber sido abandonada por la familia, siempre que ésta no fuese noble. El juez procuraba disuadir de sus torcidos intentos a la aspirante con una plática moral, Y si no la convencía, le otorgaba un documento, donde la autorizaba para ejercer el infame oficio.

Capítulo I

Madrid 1680 La buba se había llevado a mi padre. De oficio marino había contraído la enfermedad en Nápoles, en algún lupanar. Tarde fue para el jarabe de palo, guayacol traído de las Indias. Mi padre murió y quedé huérfana, ya que mi madre había muerto el día en que nací. Tenía apenas trece años. Y, aunque el dolor por la muerte de mi amado padre era muy grande, había que seguir adelante. Di a pago por la sepultura cristiana de mi padre los muebles de la casa. Aunque era afortunada de tener buenos vecinos, su bondad no les permitía ayudarme más allá de sus posibilidades. Los primeros días comía lo que había pero poco a poco se terminaba. Siempre había sido una niña hermosa. Mi cabello azabache, cejas espesas enmarcaban mis ojos avellana. Era alta y espigada. Torneadas piernas que remataban en unas caderas rafaelianas. Don Felipe, el tendero siempre me decía que era una flor como ninguna y una que otra vez apretaba mis mejillas hasta hacerlas sonrojar. Entonces me daba media vuelta y sonaba tremenda nalgada. Esto recordaba y me daba un poco de curiosidad el saber que sentiría dejarme llevar por el tendero trastienda. Le fui a ver, me le presenté a la puesta del Sol. Mi imagen se recortó con las sombras del atardecer. Don Felipe me miró complacido. De alguna u otra forma sabía que yo había ido a “comprar” algo de comer. Me besó con desesperación, apretando con sus manos mi cintura y adueñándose de mis labios. Me desvirgó. La sangre corrió entre mis blancas piernas junto con el semen del viejo. Se apresuró a limpiar y me dio panela y un plato de comida. Me atisbó para que me fuera, que no tardaba su mujer. Toda la noche pensé en las “picos pardos”. Mi padre solía decirme que me cuidara mucho para no terminar de “picos pardos”. Sin embargo, y en virtud de mi situación, no tenía más remedio que ir al ayuntamiento, aunque de antemano sabía que me pedirían algo para ellos. Tenía que buscar la forma de conseguir plata. Era el sábado 29 de junio. Fui al Ayuntamiento, pero vi un inusual alboroto por el auto de Fe que se llevaría en la plaza principal. Me quedé entre la gente observando las carrozas que llegaban con los que serían juzgados. Sacerdotes, obispos, y hasta la misma Reina Madre se concentraban en ese lugar. Alcancé entre la gente a mirar al “Hechizado”. Con sus grandes ojos azules y su figura enclenque y débil. Había escuchado a mi padre decir que no había visto en ninguna parte del mundo a semejante fenómeno, no le creí, pero allí estaba, él era nuestro rey. Al domingo siguiente el aire olía a leños quemados, a sangre, a carne. Olía a gritos desgarradores, y anatemas, padrenuestros infinitos que rompían mis oídos. Me cubrí la cara. Ese rostro de niña hambrienta y decepcionada de todo. Había mucha gente extraña, gente muy elegante con grandes joyas y lujosos ropajes. Había clérigos, realeza y verdugos.


De entre ellos, sentí una mirada. Era uno de los verdugos. Traía cubierto el rostro con un capuchón negro. Sentí temblar. Traía en su mano, cadenas, garfios, sogas. Me sentí más pequeña de lo que era. Su mirada me atravesó. Era tan fuerte. Tan grande. En un acto de fe los verdugos no tienen descanso, sin embargo entre ejecución y ejecución se turnan y van tomando descanso. A la taberna van. Vi al hombre caminar entre la gente. A su paso le huían y se santiguaban. Traía en la mano un tarro de cerveza. Un olor de muerte era su perfume. Traía el torso descubierto. Los músculos del abdomen le resaltaban. Yo le conocía. Algún día fue marino, como mi padre. La buba le había atacado alguna vez, pero en las indias le habían curado. ¡El jarabe de palo!, había hecho el milagro. Esos indios tenían secretos que seguro les arrancaría la inquisición acusándoles de brujería. Le seguí. Prendada de sus ojos catalanes. De ese pecho fornido. Su olor a sangre coagulada, sus brazos enormes y fuertes me hicieron un efecto lobuno. La noche caía.


Capítulo II

Las antorchas relucían por doquier. En la taberna yo no podía entrar. Me quedé sentada afuera, mirando cómo la gente se apartaba del verdugo. Desde donde yo estaba podía ver su espalda. Nunca se quitó la capucha, en su cintura colgaba una cuerda. Mi mente no imaginaba lo que ese hombre era capaz de hacer. Caía el sudor por su cuello. Caía el sudor por su cuerpo, y la gente dejaba su charla para solo observarle. Más de uno se santiguaba. Un verdugo era como estar frente a frente ante la santa compaña. No le miraban directamente a los ojos, le temían, le respetaban. A mí me había hipnotizado. Me metí en el dorado de su mirada. Un sol que sincretiza con la muerte, se convierte en brazos de llamaradas ardientes sofocando una vida. Cuando el descanso terminó el hombre pasó muy cerca de mí, pero no me vio. Escupió muy cerca y pude ver al tabernero correr a echar agua con sal para santiguar el lugar. Caminé tras él. La gente poco a poco abría paso. A mi corta edad sabía de los autos de fe, pero nunca había presenciado uno. Fui testigo de la máxima estupidez humana. Judíos muertos, con sambenitos infames. Gente penitente “arrepentida” de sus pecados. La leña verde ardía. Los gritos eran estremecedores, lastimeros. Lloré mucho cuando vi a una señora que tendría la edad para ser mi madre. Vi al “Hechizado”, a Carlos II. Con su boca abierta, absorto, sus ojos azules enormes y su cuerpo enclenque. Me dio asco el rey, sentí ganas de vomitar. Vomité. Me dio asco la Santa Inquisición. Callé. El domingo trajo los olores de la muerte, los últimos rezos, los murmullos lejanos y avemarías infinitos. Era una mierda mi ciudad. Una mierda ardiendo con la carne de esos miserables. Yo era una niña. Quería sobrevivir. No sabía a dónde ir. Seguí la toda la noche, observando a ese pobre imbécil, a ese bodrio de rey. Le llevaban viandas y el hombre se limitaba a balbucear que no tenía hambre. La gente moría de hambre y de miedo. Al lunes siguiente fui al Ayuntamiento. Les comprobé que era huérfana y que tenía 13 años, además me sometieron a un par de pruebas para verificar que, efectivamente, ya no fuera virgen. Me leyeron un manual corriente de mis derechos y obligaciones. A partir de ese día se me entregó a un “padre”, al cual debía reportar lo que necesitase y lo que obtuviera de mis favores a los clientes de la Mancebía.

“…….mas que no quisieron ser buenas e castas, é quisieren vender sus cuerpos, que se pongan y estén en la mancebía pública, á do estan las otras mundarias públicas; y las que contra esto ficieren, que demás de las otras penas ordenadas, que les den veynte azotes; publicamente; e á la que estuviere por mayoral della, que por la primera vegada que en este yerro fuere fallada, que le den cincuenta azotes publicamente, e por la segunda vegada que en este yerro fuerre fallada, que le den cien azotes publicamente, e por la tercera que le corten las narices e le echen de la Cibdad para siempre..."

60% de mis ingresos por favores a los caballeros. Eso era lo que debía de dar al “padre”, el resto era para mí, solo que, para echar a “andar el negocio”, tuve que ser financiada de tal manera que en un día debía casi lo de un año de vida en la mancebía.

Como era recién llegada fui la novedad durante meses. Tenía hasta 9 clientes en un día y eso es ¡mucho! Me pude dar el lujo de escoger muchas veces. Cuando no, no había remedio que seguir las órdenes de “la madre” del lugar, así llamada y quien era la responsable de administrar el sitio. Un mujer obesa que se sofocaba al caminar y sus carnes bamboleantes le hacían robar la mirada a su alrededor. Se parecía mucho a Doña Eugenia Martínez Vallejo “La Monstrua”, y no más de una le llamaba “La Doña Eugenia”, aunque se llamase Pilar de Noailles.

En poco tiempo me hice casquivana, y solía desobedecer algunas restricciones. En mis horas de esparcimiento solía visitar a caballeros donde me indicaran. Se suponía que eso no lo podía hacer. Por cierto, yo no me ponía esas horribles faldas de “picos pardos”, no importando la encomienda del Ayuntamiento.


A los caballeros les ponía dura la polla con solo bajar mi mirada a esa parte de su cuerpo. Ya sabía que les gustaba una buena mamada, y después un poco de coño, para terminar vaciándose en mi culo.

Poco a poco fui amasando una pequeña fortuna que escondía en un agujero que había hecho en el piso del cuartucho que habitaba. Mis clientes eran buenos maestros. Aprendí de todo un poco. Unos me juraron amor, pero era de dientes para afuera. Todos temían estar enamorados de una manceba como yo.

Pero no todo era lindo. Me gané el odio de “La Doña Eugenia”, que venía a cada rato a abofetearme por desobediente. Solo que, como todo, ella debía respeto al “padre”, así que de pronto callaba y refunfuñaba su disgusto.

Pasó un tiempo extraño. Yo iba y venía sin que nadie me dijera nada. Hasta que una noche en que yo atendía a un marino holandés irrumpieron en mi habitación dos hombres encapuchados. Me tomaron de los brazos y me pusieron una capucha de lana muy dura.

Sentí un golpe en la cabeza. Y después no supe nada.


Capítulo III

El calabozo era frío. Me recuperaba lentamente cuando escuché un resoplido muy cerca de mí. Abrí los ojos. El Verdugo estaba metiéndome la polla muy duro.

No hice nada por moverme. Sabía que estaba en las galeras de la Santa Inquisición. Había escuchado tantas historias, que me era familiar el lugar.

El Verdugo me metía la verga mientras yo estaba atada de pies y manos en una especie de cruz de San Andrés.

Me metía la verga, y me mordía los pezones.

Nunca había sentido tanto dolor como ese día.

El verdugo llevaba minutos y minutos metido dentro de mí, no traía capucha, así que pude ver su cara frente a frente. Me veía con ojos en blanco al borde del paroxismo, mientras me decía: “vaig a ficar-te la verga pel cul i te la trauré per la gola, per puta”.

El tipo era un animal. Nunca antes había sentido tanto dolor y………...placer……...Sí, ¡lo he dicho! Placer.

Como pude, intenté hablarle, pero él calló mis palabras con un beso apasionado, que ya no era de dolor. Respondí, pero no respondí con odio y temor. Vi que era el mismo tipo al que había seguido meses antes en el Auto de Fe. Eso me excitó sobremanera. Vi sus ojos dorados, sentí su pecho en mi pecho. Creo que había nacido para morir en sus brazos. Es un poco cursi que lo diga así. Una puta como yo, no debe tener sentimientos. Sin embargo verán que tuve razón.

El hombre me fascinó. Me volvió loca de placer. Cuando se iba a correr, se apresuró a sacarse la polla y metérmela en la boca para que me tragara todo. Aaaah!, con la sed que tenía. Lo devoré, lo lamí todo. Él, por fin volvió a decir algo, mientras me sacudía las caderas esquizofrénicamente.

Puta.

Eso me dijo.

Puta.


Y se le volvió a parar. Ahora besó mi monte de Venus y abrió mis labios con la lengua. Del Verdugo solo quedaba el nombre. Se había convertido en un amante que me llevaba a la Gloria desde las mismas galeras de la perversa Santa Inquisición. En eso estaba, cuando se escucharon unos pasos. La luz de los candelabros se empezó a dejar ver. Sentí esas luces en mi rostro y cerré los ojos. -¿Cómo va todo Angel? - Aún no encuentro la señal en la puta, su señoría. -¿Pero le has revisado todo? ¿Sus agujeros también? -En eso estaba cuando usted ha llegado, mire esto. Entre los dos me abrieron los labios de la vulva. El verdugo separaba y el otro hombre, que debía ser una eminencia, introducía sus dedos para revisar lo suficiente. -Suelta un poco, para que flexione las piernas y podamos revisar mejor. Me soltaron y sentí un alivio extremo. Me estiré y flexioné. Les miraba con ojos de gacela abandonada y me regañó el hombre por verle de esa manera. -¡Serás puta! Con una fuerza infinita, el verdugo me voltio con las nalgas hacia ellos y entonces me empezaron a escarbar.

Esa posición de perrita me volvía loca. Mis tetas saltaron de alegría, ¡las muy putas!

Yo no observaba sus rostros. Pero sentí un silencio ensordecedor. Los hombres estaban embelesados conmigo. Tenían la verga enhiesta y a punto de explotar de entre sus ropas.

El monseñor tuvo a bien romper el silencio.

- Tendré que clavarle la verga a la puta, para sentir la marca. Es un sacrificio en nombre del señor. Sí no me muerde, es que está salva.

El Verdugo se apresuró a proponer también una solución.

-Mientras vuestra merced hace eso, yo se la meteré en la boca para encontrar algo….


CAPITULO IV

Era extraño que me dejasen más relajada. Y es que poco a poco descubrí que me había convertido a merced de sus instintos. En el calabozo vi pasar a mucha gente durante los meses en que me tuvieron cautiva. Siempre había un motivo para salvarme de la hoguera. ¡Claro!, sí yo era el juguete del capellán y el verdugo.

Durante ese tiempo había sido más que su puta. Irónicamente se convirtieron en mis esclavos. Los lunes solían ser días de recogimiento. Así que nadie se quedaba en el edificio, sólo ellos dos y yo. Ponían una vianda digna de la madre reina y me vestían a su antojo. Primero me invitaban a una tina de cobre enorme, donde me bañaban con hierbas e inciensos. Dejaban lustroso mi cabello y me iban poniendo las prendas poco a poco. Los velos eran los preferidos. Había un velo azul turquesa que enredaban en mis caderas, para que en la transparencia se observara tenuemente mi mechón de vellos púbicos. Me amarraban una soga de seda abajo de las tetas y luego la subían entre ellas para formar un medallón viviente, donde los ojos de la virgen eran mis pezones. No sé de donde, pero tenían linda joyería de oro y diamantes. Una tiara bellísima adornaba mi cabello, que para esos días me daba a la cintura. El verdugo era amante de las moras. Y le gustaba ponerme pulseras en los tobillos, unas pulseras bellísimas que le daban lustre a mis pies. Cuando me tenían vestida y lista no dejaban de mirarme. Y ya fuera uno, o el otro, siempre se lanzaban a mi sexo. Me olían, me saboreaban, incluso sí, si estuviese con la regla. Me gustaba saborear su pollas tiesas, cubrirlas con mi saliva, metérmelas en la boca lentamente y hasta el fondo, beberme su leche. Disfrutaban mi arte cuando se las mamaba a los dos a la vez y acababan cubriéndome el rostro o el pecho de semen. Mi mayor gozo era que me penetraran los dos a la vez por la vulva y por el ano. Descubrí que también les gustaba el dolor, ser azotados por una bella mujercita semi-desnuda, querían mis mordiscos, mis pellizcos, les hacían gritar de placer, tanto como ponerme el culo como un tomate con las palmas de sus fuertes sus manos y hurgarme los tres agujeros con sus dedos. Y se preocupaban de mi placer… querían hacerme disfrutar mi cuerpo, sus éxtasis eran mis orgasmos. Cuando ya no podían más me obligaban a seguir con mis dedos, con unas vergas de ébano finamente labradas, hasta con un crucifijo, y excitados volvían a recorrerme con sus lenguas viciosas. Yo les daba todo cuanto querían, pues era su prisionera, y se lo daba con gusto, porque soy muy puta y me gustan los hombres fuertes y las pollas tiesas y duras.

Una noche de esos lunes de pasión fuimos interrumpidos por unos criados de la corte, que sorprendidos dejaron la encomienda pendiente y salieron corriendo a avisar a los emisarios del rey.

A los pocos minutos llegaron las autoridades eclesiásticas, reales e inquisitoriales.

El juego había terminado.


Capítulo V

El verdugo aceptó toda la responsabilidad de su acto. Se dijo arrepentido, pero arrepentido de no haberse robado a la putita e irse lejos, muy lejos, tal vez a la Nueva España con ella.

El Santo Oficio, le torturó y máxime porque se trataba de un esbirro suyo. El monseñor se arrepintió, pero en serio, me había echado la culpa de su desliz sexual conmigo.

-Bruja y puta es esta hija de Satán.

Al hombre le perdonaron. Le pusieron el sambenito y le dieron azotes y una penitencia que consistía en entregar todos sus bienes materiales a la santa madre iglesia.

El verdugo era reacio y firme. Nunca negó su amor hacia mí, y yo le miraba enamorada. Creo que la única razón por la que consentía que el monseñor me follara, era porque sabía que de esa manera no interrumpiera nuestras sesiones de lujuria, sexo, pasión… amor.

Angel, el verdugo. Murió en un auto de fe, que más bien era una oda a Satán. Anatemas salían de su boca, de su garganta. Odio y coraje. Creo que nunca habían visto a nadie más fuerte que él.

A mí, primero me torturaron. Quemaron mis pezones y los arrancaron para luego tostarlos y verterlos a los caños profundos de esos calabozos. Me arrancaron el clítoris, como señal viva de que Satán existía.

-Mírale esa cosilla, como un pene entre sus piernas.

Gritaban azorados los hijos de puta del Santo Oficio.

Lloré. Gemí. Pero nunca me escucharon decir: ¡Perdón Dios mío!

Cosieron con hilos de lana mi raja. Me tiraron mil veces de los brazos y las piernas hasta zafarlas de su sitio. Llegué en calidad de guiñapo. Vistiendo mi sambenito con esa cruz infame pintada y con mi nombre, vicio y castigo:

Doña Verónica Miranda Fuguet Puta de oficio. Hija de Satán y bruja. Muerte en la hoguera.


Mi oficio era un placer. Mi oficio era celestial. Sí hay demonios en la Tierra, ellos son...los que hablan de Dios y de moral.

Capítulo final

Cataluña, 1976

Yo no creo en la reencarnación, creo que tú tampoco. De hecho fue nuestra primera charla, ¿recuerdas? Cuando te decía que tenía la sensación de haberte conocido en otro tiempo. La cuestión es que los gusanos del tiempo, escarban agujeros que nos traen historias donde tú y yo nos reconocemos. Nos amamos. Nos entregamos y a punto de hacer una vida eterna, nos han separado.

Ayer leía lo del oficio de la mancebía. Y me di a la tarea de ir a la biblioteca, y me sorprendí tanto al reconocerme en un icono de la época.

¡Era yo!

Al seguir leyendo, encontré que la mujer se había llamado exactamente igual a mí, solo que, con tu apellido al final.

Verónica Miranda Fuguet


-¡Vamos!, ¿y a poco el libro decía todo eso del verdugo y que era una niña muy puta?

¡Claro que no!, pero si no te lo contaba así, no me harías mucho caso.

Ángel sonrió. Su imaginación extrema, le habían hecho viajar siglos en un instante. Siguió mirando todas las obras sacras a su alrededor. Era el día de su boda. Estaba en el altar. Vio un cuadro donde las “almas” ardían en llamas, y vio un cuadro con la Verónica cubriendo el rostro de un Cristo ensangrentado.

El cura dijo:

Sr. Angel Fuguet, ¿acepta por esposa a Josefina Saint Rémy?

Angel, contestó: sí, acepto.

Se dieron un largo beso que ha durado 37 años.

En un agujero de la manzana del universo, un gusano sufría por escarbar, cuando al fin lo logró. Se encontraba al pie de una hoguera, donde una hechicera gritaba: “ANGEEEEEEEEEL, te amooooooooooooo”

FIN 01 de octubre 2013


El verdugo