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Jorge Varas «Varilla»

Crónicas


A Nora Mardones 1933-2011 leal compaĂąera en este recorrido por la vida, en los momentos en que ella fuĂŠ perdiĂŠndose en las nieblas del olvido causadas por el alzheimer.

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Señoras y señores pasajeros…

Jorge Varas «Varilla» Segunda edición octubre de 2012

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© Jorge Varas Santibáñez «Varilla» ISBN:978-91-979451-0-3 Portada y compaginación: Jorge Varas Santibañez Ilustraciones: Varilla y Palomo Fotografias: Domingo Politi Donati Centro Cultural San Bernardo Pedro Matzke Archivo Familiar Asistentes de redacción y corrección: Adriana Astorga Amaya Manuel Pizarro Riveros Marcia Díaz Mardones Mis agradecimientos a todos los que aportaron con su granito de arena en este relato

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Todos los hechos descritos aquĂ­ son totalmente reales. Cualquier semejanza con la fantasĂ­a es mera coincidencia

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Contenido

El Comienzo ...................................................9 La población ferroviaria . ........................... 14 La Maestranza de San Bernardo . ............. 19 Mis años de la primaria .............................. 28 Los veranos en Quinta Normal................. 33 El tiempo del Liceo . ................................... 43 La sociedad sanbernardina ........................ 73 Toma de decisiones ..................................... 77 Elección Presidencial de 1964 . ................ 98 Dudas e Incertidumbre.............................102 Concepción . ..............................................109 De vuelta al Grabado................................119 De regreso a casa .......................................128 Parada en el camino ..................................150 Nuevos augurios.........................................158 Mis comienzos en la prensa . ...................165 El diario "Puro Chile ................................171 Campaña presidencial 1970 ...................182 El 4 de septiembre......................................184 Comienza la desestabilización . ..............198 Nora .............................................................200 Dignidad nacional ....................................202 La boda . ......................................................206 Discrepancias en Puro Chile ..................211 El paro de octubre . ...................................212 De vuelta en Puro Chile ..........................214 El día fatídico .............................................225 Cerro Chena 1973 . ..................................235 La busqueda de una salida .......................249 El Exilio . .....................................................254 Hacia Europa ............................................... 27 7


RANCAGUA diciembre 1918

NOTICIAS

Niña nació en el tren El pasado domingo 22 nació una niña en el tren con destino a Santiago. Su madre, Laura Pérez, había tenido complicaciones al final de su embarazo, así es que junto a su marido, David Santibañez ez, decidieron viajar a la capital. En medio del asombro de los pasajeros, el conductor vaticinó que la criatura tendría la manía de viajar y que se casaría con un ferroviario. Tanto la madre como la hija, a quién llamarían Olga, arribaron a Santiago en perfecto estado de salud.

Nota del autor: Olga, 24 años más tarde resultó ser mi madre casada con Raúl Varas, mi padre… y ferroviario.

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El Comienzo

a historia había comenzado mucho antes cuando mi abuelo materno, el “tata David”, siendo un mozuelo llegó a trabajar al fundo de don José del Carmen Pérez Márquez en San Francisco de Mostazal. El tata procedía de Idahue, una comarca de pequeños propietarios pobres, donde muchos de sus jóvenes desilusionados de ver a su alrededor una actividad agraria sin futuro, se vieron obligados a buscar mejores horizontes, así fue como conoció a la hija del patrón, Laura, quién con el correr del tiempo, se enamoró de ese morocho andariego de casi dos metros que los domingos calzaba ojotas y calcetines tejidos para encontrarse con ella. Los padres de mi abuela, influenciados por el clasismo de la época, no estaban dispuestos a aceptar ni por todo el oro del mundo, la idea de ver a su hija casada con aquel peón de ojotas domingueras. –Los planes a futuro para la niña quedarían en nada –sostenían. Entonces, ante tan tremenda y cruel oposición los jóvenes enamorados agarraron pingo y apero huyendo a Rancagua, donde al poco tiempo procrearon a mi madre, primer fruto de sus pasiones y que tuvo el antojo de nacer en el trencito a Santiago. El tata David además de labrador, era un cantor “a lo divino”, rasgueaba la guitarra y cantaba a los angelitos, como se llamaba a los niños recién fallecidos. El cuerpo del infante era primeramente lubricado con ungüento de parafina y luego de ser vestido con una túnica blanca, era sentado en una silla para finalmente proceder al anunciado velorio. 9


El velorio de “angelitos” más que una liturgia religiosa, era (y todavía es en algunas comarcas) más bien un encuentro social que en muchas ocasiones desbordaba los márgenes de la cordura, adquiriendo un carácter frívolo donde el canto, el trago, las comidas y otros excesos se unían y prolongaban por días o incluso semanas. El cuerpo sin vida del párvulo se velaba en distintas casas del lugar, se carneaban animales que eran asados posteriormente y se abrían los fudres de vino y aguardiente, mientras el cuerpo del infante entraba lentamente en estado de descomposición. Mi abuelo después de cantar, comer y beber durante tantos días, terminaba enfermo, arrepentido y era así que su conciencia católica lo obligaba a golpear las puertas de la iglesia para arrodillarse en el confesionario y recibir el merecido castigo. La escala de sanciones que aplicaba el cura, era temida por su severidad. Si el pecador había estado de juerga durante quince días, el sacerdote lo mandaba quince días con sus respectivas noches, a un calabozo oscuro donde tenía que azotarse a si mismo diciendo “yo pecador, yo pecador...”

Mis abuelos paternos

A mi abuelita Lastenia Contreras Cid la recuerdo pequeñita, delgada y siempre vistiendo una chaqueta de terciopelo negro y una falda larga del mismo material, que le llegaba un poco más arriba de los tobillos. Calzaba botines cerrados, abotonados a los costados y con taco de unos tres centímetros. Ese calzado era confeccionado por su marido, mi abuelito el tata Juan, de profesión zapatero, cuya enorme estatura, contrastaba en extremo con la pequeñez de su esposa. Los hermanos del tata Juan tenían el mismo oficio. El tío Micha, propietario de una fábrica de calzado, se había hecho de una buena posición económica. Con el tío Ernesto no ocurrió lo mismo pues por ser un tentado de la risa, sufrió varios fracasos económicos y conyugales. En reiteradas ocasiones intentó recuperar su vida junto a mujeres que curiosamente, tuvieron en común el llevar nombres tomados de las flores. De modo que Hortensia, Violeta, Rosita y fi10


nalmente Margarita, transitaron fugazmente por el jardín de amor del tío Ernesto. En el inicio de cada una de esas relaciones con las florales damas, el tío, con la ayuda de su hermano Micha, se vestía elegante como un tulipán y abría un taller de calzado. Pero siempre ocurría que al cabo de un corto tiempo, el perfumado tío Ernesto se “enfrascaba” bebiéndose hasta la colonia y terminaba botado en las calles de Santiago. Curiosamente a pesar de todo eso, siempre se le encontraba con sus zapatos bien lustrados. Mi abuelita Lastenia tuvo 24 partos de los cuales sobrevivieron dos hombres y cuatro mujeres. Las otras criaturas murieron al nacer o antes de cumplir un año. «Tener hijos para mi era igual que tirarse un pedo», acostumbraba ella decir. El tata Juan era un hombre ameno que en su hogar, aparte de cumplir con el sustento familiar, no ejercía mayor autoridad. Mi padre en cambio, que obtuvo una beca para estudiar electricidad en la Universidad Técnica Federico Santa María, adquirió una disciplina muy estricta y a la inversa del tata Juan, ejerció una autoridad despótica como hermano mayor, como esposo y como padre. Era tal su tiranía que dos de sus hermanas, al quedar embarazadas antes de casarse, prefirieron huir de él y vivir escondidas. Esa autoridad más que seguridad, me despertaba miedo hacia él.

Mi llegada al mundo Fui el primero de cinco hermanos y nací en la primera casa de mis padres, en la Comuna de Quinta Normal el 23 de abril de 1942. No era tal vez un tiempo adecuado para nacer; parte considerable del planeta se encontraba en medio del fratricidio más brutal que conoce la humanidad, una guerra presuntamente sin final. Pero en honor a la verdad, nunca se han podido elegir los días ideales para la fecundación ni para el nacimiento. Ese día la abuelita Lastenia que acompañaba a mi madre en el parto, le dijo a mi padre cuando éste llegó del trabajo “¡Este niñito ya tiene nombre!” y justificando la sentencia, agregó: “Ha nacido en el 11


día de San Jorge y en la calle Jorge Hunneus”. De modo que no tuve más remedio que llamarme Jorge.

Mi infancia Mi madre por su parte, era toda obediencia ante mi padre y aunque ocasionalmente lo enfrentaba en algunos combates verbales, este nunca la maltrató. Destaco aquí con profundo respeto esa actitud asumida por mi padre, cuando la agresión física a la mujer era el pan de cada día en las relaciones conyugales de entonces. Los golpes, en cambio, los recibíamos nosotros los menores cuando nos salíamos de los márgenes tolerados. De modo que nuestro temor hacia él, muchas veces se convertía en terror. La ausencia de caricias entre mis padres era total. Nunca vimos a nuestro padre hacer una demostración de cariño a su esposa, nunca le oímos mencionar una palabra que expresara ternura. La ausencia de estos factores, modelaron negativamente mi conducta afectiva en los inicios de mi vida amorosa. También los parámetros morales de mi padre estaban en varios aspectos muy sujetos a un manejo antojadizo. Era un “picado de la araña”, es decir se permitía libertinajes amorosos por fuera, pero estallaba y rugía como fiera cuando le llegaban rumores de que alguna de sus hijas había sido vista con algún pretendiente. Por otra parte las reglas que él aplicaba con respecto a los roles femenino y masculino eran claras, estrictas y dejaban mucho que desear en lo referente a equidad y justicia: las labores domésticas debían hacerlas las mujeres, recayendo sobre mi hermana Carmen casi toda la carga de un reparto “genérico” que me otorgaba favoritismos, pues yo prefería las manualidades con el pincel, el lápiz y las herramientas de carpintería. Mis quehaceres se limitaban a regar o barrer el patio, y sobre mi, “pesaba” la estricta prohibición de ayudar en la cocina, de hacer camas o planchar la ropa. La excepción a esa regla era el amasijo del pan, donde participábamos todos. Allí mi padre ejercía el papel de un verdadero alfarero con la masa. De sus manos y como por arte de magia surgían palomas, conejos y otras figuras mientras que nosotros, fasci12


nados tratábamos de imitarlo. Esos instantes constituían en nuestro hogar momentos de igualdad, alegría y recogimiento familiar. Las palabras groseras estaban censuradas y constituían un verdadero tabú, aunque en las fiestas él y sus amigos contaban chistes y anécdotas de muy alto calibre, mientras nosotros nos hacíamos los dormidos. Mi madre no tenía derecho a participar en aquellas fiestas, y debía permanecer en la cocina, obedeciendo las órdenes de su marido. Había cuatro fechas de pago que eran para nosotros algo muy especial que coincidían con el inicio del año escolar, la llegada del invierno, el mes de la patria y la navidad. Éstas, que para muchos pueden ser acontecimientos triviales, forman hoy un cúmulo de hermosos recuerdos de mi infancia. Con mi madre y hermanos, nos íbamos en micro al centro de Santiago donde nos esperaba mi padre con la sonrisa propia de quien lleva en el bolsillo el merecido fruto de su trabajo. Nos dirigíamos a la tienda de “Falabella niños” para comprar la ropa necesaria y cuyo precio estaba de acuerdo con el presupuesto. En marzo nos llevaban a comprar a la librería Colón, con la famosa lista de útiles escolares en la mano. Luego de las compras nos íbamos a degustar los sabrosos churrascos y chacareros a un oscuro bar ubicado en la calle Nueva York. Y así, en medio de la humareda expelida por los jugadores de cacho y de dominó, saboreábamos felices las Orange Crush y las Bilz. De ese modo recibíamos las muy “a su manera” muestras de cariño del viejo de mi padre. A pesar de sus ya mencionadas asperezas, a mi padre le gustaban las fiestas y tomarse un trago con los amigos. Esto último lo fue haciendo cada vez con más frecuencia hasta caer en el vicio de llegar borracho todos los días. Costumbre que se vio interrumpida cuando su corazón dijo “basta”, y afectado a tal extremo que tuvo que abstenerse del todo y posteriormente debió acogerse a una pensión prematura. Entonces, al disponer de muchas horas libres, instaló en casa un taller de cerrajería. Siendo yo un joven adulto que retornaba de mis andanzas, comencé bajo su alero a trabajar en tallado, esmalte y repujado. Fue entonces cuando se produjo un acercamiento entre dos 13


adultos que tenían entre sí, laberintos humanos que ventilar. Fue allí cuando nos miramos de igual a igual y por fin pude descubrir a aquél padre que en mis horas de niño no disfruté en plenitud. Ese padre que, sumergido en estrictas e inútiles medidas, amargó y atemorizó sin saberlo, muchas horas de mi infancia. Atrás quedaban años de sentencias, de ausencia de comunicación y afecto con Raúl Varas, mi padre, mi querido padre. Sin remover ese pasado (y sin olvidarlo), fuimos dos camaradas bajo el techo del hogar en que nos reencontramos.

La población ferroviaria

Los Varas Santibáñez habitábamos en la población de ferroviarios más antigua del país, ubicada casi frente a la entrada principal de la Maestranza de San Bernardo. En el año 1946, con sus paredes desnudas, techo sin encielar y piso de tierra, nos cobijaba la casa que mi padre levantó en la calle Industria 1060. En esas condiciones debimos dormir durante un tiempo bastante largo. Finalmente cuando yo tenía doce años, ésta fue terminada con el esfuerzo de todos, con los servicios de albañiles y con las manos fructíferas de mi madre que hicieron florecer el entorno con clavelinas y rosales en delicada armonía con el verde nilo de la fachada. Mientras tanto mis hermanos y yo crecíamos al mismo tiempo con el naranjo, el limonero, el maqui, el granado, los duraznos y el caqui entre otros frutales. Desde Idahue y de la huerta del tata David, llegaron los sarmientos que dieron vida al parrón. Muy pronto vimos, como por un milagro, aparecer las uvas moscateles, las merlot aromáticas y las de mesa: blancas y rosadas, que como lámparas de cristal, colgaban adornando ese salón al aire libre que en muchas ocasiones conformaba nuestro centro de reunión familiar. La población la componían unas diez manzanas y sus principales calles eran Libertad, Industria, Progreso, 1° de mayo y Maestranza. Originalmente las propiedades contaban con 20 metros de frente y 50 de fondo, y las casas tenían una fachada de 10 metros de ancho construidas con ladrillos. Los sitios por su extensión permitían la existencia de muchos árboles frutales, incluso hasta hoy se pueden ver 14


las acequias que, bordeando las veredas, llevaban agua para el regadío de los jardines de las casas. Frente a la Maestranza estaba el restaurante Portales más conocido como “donde Castrito” con su patio interior cuyo techo lo constituía un gran parrón. Era el sitio obligado para disfrutar de la buena mesa chilena y servía el almuerzo a los maestrancinos que vivían lejos, mientras que los del sector eran clientes habituales al terminar la jor- Los hermanos Varas Santibañez en la casa de San Bernardo. nada de trabajo. Entre las familias más conocidas estaban los Villegas: Don Humberto, con su esposa Carmen y sus hijos Humberto y Josefina. Los Villegas eran los dueños de la carnicería, como así también de la librería y del almacén de abarrotes. Humberto hijo, fue un gran amigo de infancia, tanto sus padres como nosotros sus amigos, le llamábamos cariñosamente “el Güeñe”. Su dedicación a los estudios arrojó sus frutos y se recibió de médico, para alegría y orgullo del barrio y de sus padres. –Mansa gracia esa- comentaban algunos infaltables envidiosos y luego agregaban -siendo hijo de carnicero, cualquiera puede ser cirujano ¡poh! Una tarde con una de mis hijas accidentada acudí donde Humberto, y al golpear su puerta salió su madre a quien pregunté por el Güeñe y ella furiosa me reprendió –¡El doctor Villegas querrás decir! 15


Así marcaba doña Carmen, el final de un tiempo de igualdad y anunciaba la llegada de las profesiones y las consiguientes jerarquías sociales. Y aunque apreciaba y admiraba el logro profesional alcanzado por mi amigo, no pude llamar doctor a alguien con quién había cometido fechorías en la infancia. Al frente de ellos estaba la botillería de los llamados “picos de oro”. Un gran número de hermanos que habían heredado del padre el mencionado apodo. Y eso por la gran cantidad de hijos que este último había engendrado. Con uno de ellos, Enrique, fuimos compañeros de escuela. Al otro lado había una casa en que “a la mala”, vendían vino tinto y del otro, y adonde muchas veces fui a comprar por orden de mi padre. Del frente de mi casa salía diariamente una niña muy peinadita y bien vestida a tomar la micro para dirigirse a sus clases de ballet. Esta niña morena, que no se juntaba con nadie del barrio, se llamaba Maitén Montenegro y con el correr del tiempo se convertiría en estrella de televisión. En al calle Barros Arana estaba el salón de billar de don Elías Abraham quien además poseía un cachureo de compra y venta. El viejo tenía dos hijos: el mayor era arquitecto y había sido regidor de San Bernardo. El menor, conocido como el Yorye, era un patán que no le trabajaba un cinco a nadie y se ganaba la vida contando el cuento. Y sucedió que el 5 de septiembre de 1964 unos jugadores de billar, buscando alguna explicación del voto de don Elías a Eduardo Frei, le preguntaron: –Don Elías, ¿Usted votó por Frei por miedo a que le enviaran a su hijo Yorye a la Unión Soviética? En las décadas del 60 y 70, las fuerzas reaccionarias del continente emplearon la llamada “campaña del terror” y ejemplos como este, existían cientos en la mitología de los supuestos dueños de la verdad. Estos sostenían entre otras barbaridades, que de constituirnos en un gobierno de izquierda, los soviéticos reclutarían los mejores cerebros con que Chile pudiese contar. En la Avenida Portales con 1° de Mayo, justo frente a la puerta chica de la Maestranza, vivía el viejo Eleuterio Erices quien había sido 16


un activista en la campaña presidencial del radical Gabriel Gonzáles Videla en el año 1946. Erices, arriesgando su vida, había trepado en uno de los techos más empinados de la Maestranza, para pintar el slogan: “Ferroviarios como riel con Gabriel”. Y entonces llegó el fatídico tres de septiembre de 1948, cuando se decretó la “Ley de defensa de la democracia” que el pueblo denominó “ley maldita” y que dejaba fuera de la ley al Partido Comunista de Chile y a toda su militancia. Si bien el mencionado slogan salvó al viejo Erices del viaje al campo de concentración de Pisagua, no fue suficiente para salvarle el empleo. Obligado por las circunstancias, se puso a amasar pan para venderles a sus ex compañeros de trabajo. De ese modo la maestranza continuó siendo fuente de sustento para su familia y pudo darles estudios a sus hijos. Diez años más tarde, al derogarse la mencionada ley, el viejo fue reintegrado a su trabajo. Al cabo de unos días, sus compañeros manifestaron que extrañaban el pan caliente de cada mañana al comienzo de la jornada. Paradojalmente, la falta del pan se convertía, una vez más en factor de descontento popular. –Si quieren puedo continuar haciendo el pan –les dijo el viejo Erices en tono convincente. Y ante la aprobación unánime de sus compañeros, el viejo retomó el negocio del pan y antes de irse a dormir dejaba la masa en reposo para luego, a eso de las cinco de la madrugada formar los panes y cocerlos. La maestranza comenzaba sus faenas a las siete y media pero Erices estaba antes con sus panes recién salidos del horno. Con María, su esposa, tuvieron 8 hijos: las cuatro mayores eran niñas y todas llevaban el nombre de María, lo mismo pasaba con los cuatro varones que se llamaban Mario. El caso de Erices representa uno de las cientos de experiencias vividas por los obreros de la maestranza bajo esa llamada ley maldita. Muchos padres de mis amigos perdieron sus trabajos y fueron relegados a Pisagua en esa afrenta histórica contra una gran parte de los trabajadores de Chile. Aquellos que más trabajaron por González Videla, pagaron con los más crueles castigos ordenados por aquél

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individuo que se vendió en cuerpo y alma a los sucios intereses del capital estadounidense y a los estrategas del Pentágono. Veinticinco años después la historia se repetiría con una brutalidad sin parangones.

Mi Primera y última Comunión La Plaza Guarello, llamada así en memoria del destacado parlamentario Ángel Guarello y situada al extremo oeste de la población, era el centro social más importante del lugar. Allí nos reuníamos a jugar antes de entrar a la parroquia y asistir al catecismo preparatorio de mi Primera y última Comunión. Los bancos y prados en aquella plaza han sido mudos testigos de inocentes besos colegiales. Y sus árboles, entre ellos los plátanos orientales, guardan en silencio miles de secretos sanbernardinos. Debo mencionar que mi padre nos tenía estrictamente prohibido salir solos; una medida entonces para mí lamentable y sin sentido que me generó desde muy corta edad un temor mítico e inexplicable a la calle. Fueron las jornadas para ir al catecismo preparatorio de la Primera Comunión, junto a mis hermanas Carmen y Mirtha, las que nos permitían salir de casa con plena autorización y compartir en la parroquia con amigos del barrio. Estas razones nos llenaban de ale- Carmen, Mirtha y Jorge gría, pero no precisamente por la enseñanza, en la cual había muchas cosas que no lográbamos entender. Un ejemplo de ello eran los 10 mandamientos: 18


Amar a Dios sobre todas las cosas. No tomar su santo nombre en vano. Santificar las fiestas. Honrar padre y madre. No matar. No fornicar. No hurtar. No levantar falso testimonio ni mentir. No desear la mujer de tu prójimo. No codiciar los bienes ajenos. Nadie nos podía aclarar el mandamiento “No fornicar”, debido a que la explicación más usada entonces era aquella de no cometer adulterio o no caer en las tentaciones de la carne fuera del matrimonio. Explicaciones que nos dejaban igual de colgados. Para el de “No desear la mujer de tu prójimo”, bien podía encontrarse una explicación en las radionovelas, donde muchas veces las mujeres deseaban al hombre de su prójima. Pero para mis hermanas y debido a su corta edad, aquel fenómeno les era totalmente incomprensible. Así, ya cumplidos los 10 años y junto con mis hermanas de 9 y 7 llegamos al esperado acto litúrgico de la Primera Comunión. En la confesión obligatoria precedente, recuerdo haber confesado que había mentido a mis padres por tonterías y también confesé haber peleado con mis hermanas. Pero el cura trataba de sonsacar cosas que entonces yo no entendía. Posteriormente recibimos la hostia en ayunas para finalmente beber con deleite un tazón de chocolate con leche.

La Maestranza de San Bernardo

Mi padre, jefe del taller eléctrico de la maestranza, poseía la cualidad de ser caricaturista y retratista. Un “don” innato, que yo, como a las locomotoras, los talleres oscuros y los vagones crujientes, observaba en silencio y con detención. Fueron esas imágenes y otras más tiznadas, con las que mi infancia se nutrió. Fue el arte gráfico y visual un amigo para toda mi vida, un acompañante hasta los topes mismos de 19


las nieves nórdicas. La línea férrea hacia el sur, cruzaba San Bernardo en línea paralela a la avenida Portales que embellecida por grandes plátanos orientales, se extendía desde la estación de San Bernardo hasta la comunidad de Nos. El estruendo provocado por el paso de los trenes y los pitazos de la maestranza, era algo ya tan asimilado por nosotros, que incluso funcionaba como señalizador de horarios. Y así, los pitazos de la madrugada eran los despertadores de la ciudad y con los del mediodía salían los trabajadores a almorzar enfundados en sus grasientos overoles y sus caras llenas de hollín por lo cual eran llamados “los tiznados”. Las viejas locomotoras a vapor comenzaban a ser reemplazadas primero por las eléctricas procedentes de Italia las cuales, por sus redondas formas, fueron bautizadas como "las Sofias Loren" y luego de Suecia llegaron las diesel-eléctricas que venían en embalajes de madera que además contenían los planos con las instrucciones, los instrumentos y las herramientas necesarias para el montaje. Una vez ya montada la locomotora, ocurría que los atornilladores, llaves, martillos, alicates y otras tantas herramientas “Made in Sweden”, adquirían patitas e iban a parar a las casas de los maestros que montaban las máquinas. “Un regalito que compensa en mínima parte los mini-sueldos”, decía mi padre. Estas nuevas circunstancias crearon un serio conflicto entre los jefes de taller y los guardias de la Maestranza, debido a que estos últimos no recibían nada del preciado botín mientras que los primeros, al salir a probar la máquina fuera del recinto, podían sacar las herramientas sin ser descubiertos. Un buen día los guardias invitaron a sus adversarios a un asado para “deponer las armas”, les dijeron. Los anfitriones les dieron a gustar los mejores trozos de carne a sus invitados y cuando estos habían ingerido una buena porción, los vigilantes empezaron a ladrar confesando que habían dado muerte al perro más viejito de la guardia cuyos restos yacían en la parrilla.

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Las Fiestas Patrias

Los 17 de septiembre de cada año, la maestranza abría sus puertas a las familias de los trabajadores quienes rebosantes de gozo ingresábamos por un acceso bordeado de banderas y aromos que vestían floridos y perfumados para la ocasión. En los talleres se organizaban fiestas con artistas que surgían del mismo personal, como así también con algunos invitados del mundo del espectáculo. Se compartía el almuerzo en confraternidad y no faltaban las garrafas con cuyo contenido se hacía ponche para los adultos mientras que los niños recibíamos un paquete con golosinas y bebidas. En ciertos talleres traían algunas bailarinas del mundo frívolo cuyos movimientos nos producían risa.

El 18 Chico El primer domingo de octubre de cada año, coincidiendo con la temporada de los volantines, el cerro Chena se vestía de fiesta para celebrar el “dieciocho chico”, las fiestas patrias chilenas en un formato local. Era la tradición sanbernardina que emanaba desde la maestranza ya que los trabajadores recibían el sueldo a fines de septiembre. Entonces, San Bernardo no llegaba hasta las faldas del cerro y la multitud caminaba con sus canastos un buen trecho a través del campo. La fonda principal se levantaba en el polígono del Club de Tiro, que tenía algunas facilidades para el desarrollo de la fiesta: era techado y para bailar se disponía de una gran pista a cuyo costado se erigía una gradería donde el público podía sentarse. Alrededor estaban las otras fondas, todas ubicadas en la primera loma del cerro, mientras que los grupos familiares y de amigos instalaban sus meriendas en los parajes adyacentes. Por otra parte mi padre transformaba la casa en una verdadera fábrica de volantines preparándose para la tradicional competencia en 21


el cerro. En cualquier tienda se encontraba el papel de seda de variados colores con el cual se confeccionaba un cuadrado de más o menos 40 cm. medido en diagonal. El diseño más popular era “el chilenito”, hecho a semejanza de la bandera. De las cañas que crecían al fondo del patio, cortábamos las mejores y las poníamos a secar al sol. Cuando ya estaban secas, usando el cuchillo con maestría, las cortábamos en varillas de dos medidas: las cortas para los palillos verticales y las largas para el arco que unía los extremos del volantín. Con los restos del papel y las varillas más delgadas se hacían las “ñeclas” y con los pliegos más grandes se confeccionaban los “pavos” y “cometas”. Un pariente pobre era el “chonchón” hecho en papel de diario y sin palillos. Además de encumbrar los volantines estaban las “comisiones”, es decir las competencias de cortar el hilo en el aire a otros contendientes, usando como arma el hilo curado. En la técnica de curar el hilo radicaba gran parte del éxito en la competencia. Mi padre “curaba” una gran cantidad de metros de hilo del número cero. Tras extenderlo y atar ambas puntas a dos árboles procedía a engomar el hilo para seguir con la aplicación del vidrio molido obtenido principalmente de ampolletas quemadas. Con todo este arsenal, nos dirigíamos al cerro para participar en las “comisiones”, siendo mí padre quien más gozaba que entre trago y trago, se transformaba en un niño más de los tantos que jubilosos elevábamos nuestros volantines cargados de ilusiones en aquel día inolvidable en el cerro Chena. El cerro y sus alrededores era entonces un oasis de salud, esparcimiento y bienestar para la comunidad, pero los tiempos cambiarían bruscamente y el cerro cambió de manos... y de carácter.

Los trenes

Las familias de ferroviarios disfrutábamos del derecho a viajar gratis en los Ferrocarriles del Estado. Y así fue que desde muy niño, pude conocer muchos pueblos y ciudades adyacentes a la línea férrea que desde las ventanas del tren recogí paisajes inolvidables. 22


En verano se organizaban viajes a Valparaíso y Cartagena, siendo estas las únicas ocasiones que teníamos para ver el mar y bañarnos en él. El viaje a Valparaíso tomaba varias horas. De San Bernardo salíamos hasta la estación Central, y desde allí por un túnel continuábamos hasta la estación Mapocho donde comenzaba la red ferroviaria a Valparaíso. Esta era una auténtica montaña rusa con serpenteantes curvas y túneles que hacían del viaje una emocionante aventura. En esos tiempos los dulces de la Ligua se vendían en los trenes y en Quillota subían las vendedoras de sanguches de palta para hacer el viaje aún más simpático. La salobre brisa marina nos anunciaba que estábamos cerca y nos apelotonábamos en las ventanas para gozar de ese gran espectáculo azul junto con las embarcaciones que no eran cotidianas para nuestros ojos serranos. Para que decir la delicia de meterse y jugar entre las olas. Al regreso de esos maravillosos viajes al mar, se mezclaban el repiqueteo del paso del tren, con el runrunear del ir y venir de las olas que permanecían en nuestros cansados oídos durante todo el viaje. Ese mágico concierto marino revivíamos de vez en cuando, ya lejos del mar, acercando a nuestro oído una concha de caracola recogida en la playa. Eran los gloriosos años del ferrocarril, por entonces, el medio de transporte más importante de Chile, siendo la red norte con el tramo La Calera - Iquique, el principal y más extensos del país. También por la intensidad de su tráfico eran muy importantes los tramos Santiago - Valparaíso y Santiago - Puerto Montt.

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Coquimbo En una ocasión mi madre y yo visitamos a mi padre que había sido enviado en comisión de servicio a la Maestranza de Coquimbo. De aquella aventura ferroviaria recuerdo ciertos episodios, como cuando abordamos el tren a Valparaíso e hicimos transbordo en La Calera, la llamada “ciudad del cemento”. Allí subimos al histórico tren que llegaba hasta Iquique, en el norte de Chile, y cuya línea férrea era de trocha angosta, como así también de angostos eran los vagones. No recuerdo exactamente cuantas horas nos tomó llegar a Coquimbo, pero me quedó la impresión de haber sido un viaje interminable. En La Ligua, las vendedoras de la estación, además de los dulces tradicionales, vendían unos duraznos blancos y jugosos cuyo sabor, a pesar de los años transcurridos, permanece en mi paladar. Después de recorrer un trecho costero, el tren detuvo en Los Vilos por largo rato, su unísono traquetear. Entonces ocurrió que fuimos “invadidos”, pero no por bandidos, como en las películas, sino por los vendedores de comida. Hombres y mujeres se asomaban por las ventanas, subían por todas las puertas pregonando sus comidas abrigadas como bebés recién nacidos y por largos minutos y ante mis ojos, desfilaron platos de cazuela, porotos con riendas, humitas, pastel de choclo y otras joyas de la cocina popular. En ese desfile gastronómico no faltaron las sopaipillas, el pan amasado, el arrollado huaso y el queso de cabra. Ya pasada la fiesta de las comidas, dejamos Los Vilos y nos internamos por los Valles transversales, los mismos que habíamos aprendido en la escuela. Y allí, el paisaje se iba llenando de montes y a causa de las numerosas cuestas, el tren disminuía tanto la velocidad, que muchos pasajeros bajaban a estirar sus piernas caminando al paso del tren. Cuando salíamos de Illapel nos cubrió la noche y me sumergí en un largo sueño junto al calor y las manos de mi madre. Mi corta estatura y mi delgadez me permitían el lujo de dormir placenteramente en pequeños espacios. Me desperté con el aroma marino en mis narices. La aurora comenzaba tímida su clarear, los montes del norte chico iban quedando atrás y algunas voces cercanas comentaban bajito, que casi estábamos en Coquimbo, el puerto pirata del litoral chileno. 24


En la estación nos recibió mi padre, quien después de un saludo frío y sin abrazos, tomó nuestra maleta y de inmediato nos llevó a la pensión donde alojaba. Era una humilde casa de adobes y cañas, cuya dueña, una mujer muy sencilla y amable, hacía de esa modesta morada, un lugar cálido y acogedor. Nos invitó a sentarnos a la sombra de una ramada con paredes de género y nos sirvió un plato de huevos revueltos acompañados de pan amasado y té. El resto del día lo pasamos en La Serena, una ciudad de estilo colonial. Al día siguiente disfrutamos del mar en la playa La Herradura con sus grandes dunas desérticas. Por la tarde ya debíamos volver y el tren de vuelta tenía que pasar por la estación de Coquimbo, pero este sufrió el típico atraso que el servicio ferroviario nortino solía padecer. Durante aquellas horas de espera, dormí en un banco de la estación, lo que seguí haciendo en el tren de vuelta. A Coquimbo arribé durmiendo y me alejé de él también durmiendo. Para mí era fascinante el ambiente dinámico y relajado a bordo de los trenes, donde el pasajero concebía el viaje como unos momentos de relajamiento y de esparcimiento social que se esmeraba en disfrutar al máximo. La fauna humana, conformada principalmente por los conductores, seres de uniformes gastados, que pregonando la característica frase de: “Curicó Talca, Linares y sin revisar pasajes”, anunciaban ciudades y pueblos que para ellos presuntamente solo representaban estaciones regresivas en la espera de la precaria jubilación. Luego asomaba el vendedor oficial de los trenes cargando con equilibrio circense su canasto de mimbre y voceando: ¡Malta, Bilz, Papaya y Pilsener! La Papaya era una gaseosa muy popular que el tiempo y la siutiquería comercial convirtió en Pap. Al tintineante concierto botellero se sumaban los vendedores de las estaciones quienes a través de las ventanillas del tren vendían sus productos regionales como las anunciadas “sustancias de Chillán” o bien “curicanas las tortas”. Esto último me recuerda “El Torta”, un profesor de historia que adquirió ese apodo por el simple hecho de ser de Curicó. 25


En alguna ocasión que me asomé al coche comedor me sorprendió ver el equilibrio de los garzones al llevar una hilera de platos servidos en cada brazo y balanceándose con el vaivén y las sacudidas del tren sin botar ni una miga de los platos. Sin duda, era la muestra más espectacular de esos artistas naturales de la acrobacia ferroviaria. Los vagones, como la sociedad misma estaban clasificados en primera, segunda y tercera clase. Los de primera acogían al viajero en ambiente de salón, con altos y amplios asientos de cuero negro y cortinas en sus ventanas. Los de segunda, aunque tenían asientos más bajos, eran también cómodos y tapizados. Los de tercera disponían de asientos de listones de madera barnizados y un ambiente que variaba de acuerdo al viajero, las costumbres y las comidas de éste. Muchos preferían los cómodos asientos de cuero negro, con el objeto de no sentarse junto a la masa popular, evitar al roto, al indio, al peón, es decir; evitar a los de la tercera clase.

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Declarada Monumento Nacional

Después de más de 80 años haciendo historia industrial chilena, la Maestranza de San Bernardo fue declarada “Monumento Nacional”. Esta había sido inaugurada en 1917 y cerró sus talleres definitivamente en 1994. La decisión unánime se decretó en abril del año 2009. Cuando leo esta información, han caído ya varias décadas del calendario y las nieves escandinavas delatan más otoños sobre mis cabellos. Ésta señala que es la hora de la evocación de esos seres forjados en las fraguas mismas de la Maestranza de San Bernardo. Es la hora del foco de luz a esa generación de trabajadores que en los talleres dejaron sus cuerpos y cuyas almas reclaman un lugar en la memoria histórica de la nación. Recuerdo a mi padre y a los padres de mis amigos, habitantes todos de la profecía que adelantó los hechos, ese día en el vagón a Santiago... mientras mi madre nacía. Recuerdo las voces, el canto y la risa de quienes dejaron sus vidas en los rieles del país, recuerdo los nombres de quienes escribieron con carbón la historia no escrita de mi pueblo ferroviario. “A medio planeta de distancia de mi lápiz, descansa la maestranza, y quienes dejaron su huella en el fierro y en cada esquina de la maquina alada. Museo deambulado por espíritus tiznados, por manos enlutadas. ¿Se llamó Luis Escobar? ¿Chico Pizarro? ¿Jorge Vidal? ¿Raúl Varas o quizás Pedro Flores? ¡Qué más da! Si fueron obreros, solo eso... fueron obreros ferroviarios. Siento mis pasos de niño flaco cruzando el andén. Temeroso de Dios, va caminando entre obreros dormidos en el Ordinario con destino al olvido. Vagón de tercera que transita por los años sin estación, por mi patria y por las otras, recogiendo al pasajero universal, en un ramal sin final determinado”.

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Y no puedo dejar atrás la Maestranza sin hacer memoria de todos aquellos que trabajaron en ella y que el 6 de octubre de 1973, fueron brutalmente asesinados por miembros del Ejército en San Bernardo.

E

Arturo Koyk Fredes, 48 años Alfredo Acevedo Pereira, 27 años Raúl Castro Caldera, 23 años Hernán Chamorro Monardes, 29 años Manuel González Vargas, 46 años Adiel Monsalves Martines, 41 años José Morales Álvarez, 31 años Pedro Oyarzún Zamorano, 36 años Joel Guillermo Silva Oliva, 37 años Ramón Vivanco Díaz, 44 años.

Vaya este recuerdo para ustedes.

Mis años de la primaria

n el año 1949 los alumnos de las Escuelas número tres de hombres y cuatro de niñas, recibieron un nuevo y flamante edificio compartido. Este, construido frente a la entrada principal de la Maestranza, coincidió en su inauguración con mi primer año escolar. Mis padres se habían empeñado en que su hijo mayor fuese una lumbrera, así es que me enseñaron a leer antes de ir a la escuela. Vistiendo el tradicional overol de color beige, los varones hacíamos la entrada al establecimiento por la calle Nogales, mientras que las niñas, luciendo un delantal blanco con una cinta azul en el cuello, ingresaban por la calle Portales. La separación de los roles femenino y masculino no había sido alterada, y aunque la modernidad del nuevo establecimiento permitía que chicos y chicas compartiésemos el mismo techo, la idea de que estuviésemos en la misma sala, estaba aún distante. Los patios de la escuela, centros sociales de gran importancia, estaban celosa y herméticamente separados por el salón auditorio. En ambas escuelas existían dos cursos por año de nivel escolar desde el primer al sexto año. 28


Mi primera maestra fue la señorita Julieta Beltrán, una señora difusora de cualidades y actitudes bondadosas. De ella como de su enseñanza guardo muchos y bellos recuerdos. Con la escolaridad, se me abría un mundo nuevo escrito en papel, aunque por razones económicas, los libros no eran muy comunes dentro de mi ambiente hogareño, donde “El Peneca” era nuestra lectura semanal. Como parte de ayuda a nuestra formación se compraba mensualmente la revista argentina “Billiken” de la cual recuerdo la historieta de dos niños que actuaban como adultos: Pelopincho y Cachirula cuyo autor era Fola. Esta revista publicaba páginas educativas de ciencia, cultura, historia y geografía. En las páginas centrales tenían curiosos artefactos para recortar, armar y pegar en cartón. Otra revista que no podía faltar era “Topaze” de la cual me fascinaban las caricaturas y sátiras a la política chilena. Uno de mis primeros libros que gané en un concurso fue “El último Mohicano” y también recuerdo haber leído “Corazón” de Edmundo De Amicis con su conmovedora historia “De los Apeninos a los Andes”. Cursando cuarta preparatoria tuve de maestro a don Manuel Leyton, un empedernido fumador de cigarrillos “Particular hambreé”. En aquellos tiempos los profesores fumaban en la sala de clases. El sexto año lo terminé con la señorita Liliana Quezada, quien en el último trimestre nos habló de “La higiene sexual”. Un hecho curioso es que esas lecciones son las únicas que de ella recuerdo. En los últimos años, también tuve de profesor de gimnasia al entonces conocido futbolista y seleccionador nacional Caupolicán Peña, cuyos métodos convencionales eran las cachetadas y las patadas que eran más violentas cuando perdía el Colo Colo, su equipo. ¡Esencia de profesional el señorito ese! Conociendo sus limitaciones (porque agredir a los alumnos, siempre ha sido una enorme limitación pedagógica), nunca me sorprendió el fracaso del cuadro nacional bajo su conducción. Los alumnos eran en su mayoría de la población ferroviaria pero también los había de la población Sur donde muchas familias eran de escasos recursos económicos. De padres extranjeros eran Citanovic y Bremen. Recuerdo que un día llegó un muchacho de Medio Oriente de apellido Bittar y como 29


no hablaba castellano era para nosotros como un raro ejemplar que en su primer día durante los recreos se vio rodeado por la curiosidad de todo el alumnado que lo seguía adonde él iba. Vivía en la Plaza Guarello y con el tiempo fuimos amigos, incluso pinté las letras para un camión de propiedad de su familia. Otro extranjero que tuvimos fue un chico argentino que se destacaba por ser el mejor de la clase en matemáticas. Citanovic, el yugoslavo, vestía elegante y vivía en un lujoso chalet con antejardín en un barrio refinado de San Bernardo. Bremen, era alemán y vivía entre los modestos habitantes de la población Sur. Su madre, con él en sus brazos, había huido de la guerra rumbo a Chile donde gracias a la elaboración de diversos pastelillos de su tierra lejana y que ella vendía a la entrada de la escuela, lograba criar y educar a su hijo. Un día aparece en nuestra casa un primo de mi madre y que al enterarse que yo iba a la escuela tres, me preguntó si conocía un niño de apellido Bremen. -¡Por supuesto! Le contesté al instante y agregué ratificando – ¡Se sienta a mi lado! Entonces el tío nos contó que Bremen era hijo de su actual señora. Una más de las varias que ya había tenido. El Director de la escuela, don Roberto Lorca, realizó durante aquellos años una labor de integración entre la escuela, los apoderados y el vecindario, resultando de ello un Centro Cultural. Se hicieron habituales las veladas artísticas con la presencia de personajes como: Margot Loyola, Jorge Romero “Firulete”, el maestro Vicente Bianchi y sus arreglos corales. Incluso tuvimos el honor de disfrutar la presencia de la Filarmónica y La Sinfónica que bajo un corredor techado que daba al patio, interpretaban aquellos clásicos a menudo reservados para otros sectores sociales. Todas estas actividades eran muy apreciadas por los sanbernardinos. Como poniendo broche de oro a la semana, teníamos la matinée dominical donde se exhibían películas de la MGM con un proyector de 16 mm. Para anunciar estas actividades mi padre pintaba los carteles en marcos de listones con patas cubiertos con una arpillera y 30


papeles con vistosas letras e ilustraciones apropiadas. De este modo disfrutábamos de las matinés dominicales en nuestro propio barrio. En una primavera se realizó una Velada Bufa tipo carnaval. En el patio, con la ayuda del Centro de Padres, se levantaron varios stands, siendo una pagoda construida con listones y cartones pintados de rojo y blanco, lo que quedó muy grabado en mi mente. Mi disfraz fue de pirata y recuerdo haber bailado toda la tarde sin hablar una palabra con una niña que era la hija de la conserje del rector. No recuerdo su nombre, pero si su rostro redondo y moreno, sus ojos marrón claro y su mirada dulce detrás de su antifaz de cartón forrado en género. Creo que fue una aventura de amor como en los cuentos; efímero e ingenuo, de agua limpia que se esfumó cuando la fiesta terminó. La vi alejarse hasta la casita blanca de dos pisos, subió los peldaños de baldosas rojas donde se detuvo para darme una última mirada sonriente y luego desapareció detrás de la angosta puerta de madera oscura con su tragaluz arqueado como dejando caer el telón de la velada. El señor Lorca vivía con su madre, doña Hortensia Olguín en la casa asignada por la escuela. Ella era matrona de profesión y siempre se la veía con un maletín de cuero donde portaba el arsenal con la cual ayudó a traer al mundo muchos niños del barrio, entre ellos a mi hermano David Francisco. En conjunto con los vecinos, el señor Lorca, hizo también construir una pajarera y un terrario. Dos ámbitos de vida diferentes cuya misión de conseguir sus habitantes, recayó sobre nosotros los alumnos. De modo que nos lanzamos a la cacería de pájaros y otros tantos bicharracos. En mi casa teníamos como pensionista a la señorita Ernestina Mery, un verdadero centro de admiración cuando jugaba tenis en la multicancha de la escuela 3. Fue maestra de mi hermano desde el segundo al sexto año, periodo en que esa clase plantó cerca de cien árboles nativos en el terreno de la escuela. Hoy se pueden apreciar las araucarias, los peumos, los alerces y otras especies de árboles originarios de Chile. La abnegada maestra también impulsó en su clase el coro que tuvo la cualidad de integrar todos los alumnos sin excepción. Los días domingos asistían a una radioemisora e interpretaban cantos corales. 31


Iquique

Era mayo de 1954 yo cursaba la sexta preparatoria y con motivo del 75 aniversario del Combate Naval de Iquique, fui el único alumno elegido en San Bernardo para viajar al sitio del combate junto a cientos de alumnos de diversas ciudades. Más que por la gloria y el honor de los marinos chilenos, mi encanto era el mundo nuevo al que mis ojos se asomaban. Con la llegada en tren al puerto de Valparaíso pudimos desde la ventanilla ver al buque escuela “Presidente Pinto”, que pacientemente esperaba en las reposadas aguas de la bahía porteña para llevarnos al sitio histórico. Los cuatro días que duró el viaje pasaron volando; recorríamos reconociendo todo el barco y además sentimos lo que era navegar en alta mar divisando a lo lejos la costa chilena. Había varios niños que nunca habían visto el mar y ésta era una de las más grandes vivencias para ellos. Al segundo día antes del almuerzo, nos llevaron a cubierta y nos sirvieron emparedados para no enfrentar con el estómago vacío “las alturas de Coquimbo”. Éste, es un fenómeno de corrientes marinas de distintas temperaturas que produce una gran agitación en las aguas, como resultado de la cuál todo lo que habíamos comido quedó repartido por la cubierta. Recuerdo con nitidez la llegada a Iquique, una ciudad tan diferente a las que conocíamos más al sur. Y para qué decir la impresión vivida al contemplar la pampa y las abandonadas oficinas salitreras que escondían tantos misterios que yo experimentaba deseos de desenterrar... Allí fuimos hospedados en el regimiento Carampangue donde pudimos ver algo de la vida dentro de los cuarteles, donde las órdenes bajan de los superiores a los conscriptos, sin posibilidad de discusión. Fuera de las actividades oficiales nos llevaron a la oficina salitrera Humberstone que entonces aún estaba en función. Había una parte que ya era museo y las viejas máquinas, las fotos, algunas construcciones y sobre todo las fichas con que los obreros podían comprar en la Pulpería produjeron en mí un gran impacto. 32


A mi regreso recibí la tarea de escribir mis impresiones sobre el viaje para ser leído a todos los alumnos y profesores en el patio de la escuela. Trabajo que fue también publicado en la revista del Centro Cultural. Diciembre traía lo emotivo pero también nos anunciaba el tiempo de exámenes. En los cursos superiores formábamos grupos para encontrarnos a las seis de la mañana para estudiar en las faldas del cerro Chena. Mi padre permitía esas salidas, ya que seguramente pensaba que yo mostraba mi sentido de responsabilidad al madrugar para estudiar. El término del año escolar, incluía una exhibición de gimnasia, y entre otras cosas, la entrega de premios y calificaciones. Durante esos primeros seis años, fui siempre el mejor alumno del curso. Una tradición o costumbre que, aburrido de ser el niño bueno, decidí con todo gusto abandonar definitivamente en los años de liceo.

Los veranos en Quinta Normal

Al día siguiente de la ceremonia de fin de año escolar, partíamos donde nuestros abuelos maternos residentes en Quinta Normal, para pasar junto a ellos las fiestas de fin de año y las vacaciones de verano. –¡Llegaron los refugiados!– nos decía el tata David sin disimular su alegría al recibirnos. Luego y haciendo uso de su inagotable humor, cambiaría ese slogan por el de “llegaron los gorriones” en alusión a nuestra inagotable capacidad de comernos todas las frutas que tenía en su huerta y de sobremesa, las golosinas del almacén. “El tata” y la La tía Inés, la abuelita Laura, el tata abuelita Laura tenían un negocio David con Mirta en brazos, Carmen y Jorge en Qta. Normal. patentado como “puestos varios”, 33


lo que les permitía vender casi todo lo necesario para la alimentación diaria. Para la Navidad decorábamos el arbolito junto con la tía Inés, 15 años mayor que yo y hermana menor de mi madre. En la cena de año nuevo eran habituales las cazuelas de ave, marcando allí el final de varias gallinas regalonas como la castellana, la cogote pelao y otras pobres ponedoras. Los porotos con mazamorra había que comerlos para alegría de los supersticiosos que auguraban un buen nuevo año además era una delicia el aroma a porotos granados, maíz nuevo y albahaca. Tampoco podían faltar el pan de pascua y el “colemono”, aunque de este último nos daban a probar un poquito solamente a causa del aguardiente que contenía. Pero nos desquitábamos bebiendo Bidú y Orange Crush a destajo. El tata no probaba casi nunca bebidas alcohólicas y cuando lo hacia se pegaba una mona que duraba casi dos semanas, tal como cuando él era joven y le cantaba a los angelitos. En esas noches de Año Nuevo nos divertíamos con los chicos del barrio encendiendo viejas y guatapiques y cuando daban las doce de la noche, llegaba todo el vecindario a saludar a mis abuelos. Con la llegada del nuevo día, la fiesta ya era cosa terminada y mis padres se marchaban a nuestra casa en San Bernardo –La maestranza y las labores de casa los reclamaban –Para nosotros, el verano donde los abuelos, era la libertad casi absoluta, salvo el tener que ayudar un poco en el almacén, algo que por lo demás, resultaba muy entretenido. Por las tardes era obligación rezar el rosario junto a la abuela en su altar sagrado y lleno de imágenes de yeso a las cuales le encendía velas casi todos los santos días. Una vez ayudando al tata a abrir cajones con velas para ponerlas a la venta, me llamó la atención que estas venían en paquetes de diversas marcas. Y al preguntar el porqué, el abuelo me pidió guardar silencio. Más tarde descubrí que el origen de las velas era el pago de las mandas a la Virgen de Lourdes por parte de muchísimos fieles y que los clérigos posteriormente vendían a los comerciantes del lugar. El tata justificaba esa acción de los pastores diciéndome: “lo importante es el acto de fe con que los fieles hacen las cosas, hijo mío”. 34


Detrás de la casa había un cuarto oscuro lleno de hollín que tenía una cocina a leña que en ese entonces solo se usaba para calentar agua para lavar la ropa. Allí la abuela conservaba otro altar donde encendía velas a las “ánimas errantes”, aquellas sin identificar y que ella consideraba benditas habitantes y protectoras de su hogar. En el ámbito surrealista de la abuela Laura, todas las ánimas tenían su sitio. Ella poseía el don de la narrativa y nos entretenía contando historias de duendes y aparecidos que había oído cuando era niña. El tata cerraba el negocio antes del noticiero que escuchaba con mucha atención en un aparato de radio marca Philco, fabricado en baquelita (un antecesor del plástico) de color amarillo pálido. Una vez terminado el noticiero, la abuela servía la cena que a menudo solía ser lo mismo del almuerzo; una cazuela de gallo o de vacuno. Luego un segundo plato acompañado de ensaladas y el infaltable postre de frutas. Después de eso, con el tata empaquetábamos bolsitas de té para la venta cuyo contenido no pasaba de una cucharadita. Luego, entre bostezos y aleteos de brazos, el tata se iba a dormir diciendo: “El que se levante conmigo a las cinco, me acompaña a La Vega” La tía Inés por su parte, aprovechaba la temprana recogida del tata para encontrarse a escondidas con su pololo. Pero el tata que al dormir cerraba solo un ojo, sorprendió un día a los pololitos en el escondite y estos al verse descubiertos, no tuvieron otra alternativa que vestirse... de novios. Llegábamos muy de madrugada a la Vega, que situada cerca de la estación Mapocho, a esa hora ya era un hervidero humano, una mezcla de bohemios en retirada, con carretoneros en avance y la siempre apresurada muchedumbre rumbo a sus trabajos. El ambiente ofrecía un variadísimo estímulo a los olfatos dormidos. El pescado, las carnes, las frutas y verduras se mezclaban profusamente con los olores fétidos de orines trasnochados. Los veguinos voceaban su poesía vendedora: “mauritas las sandías”, “son de primera las corailas caserito”, “¡Oiga! estoy rematando por aquí”. El tata era un regatero experto en la compra de la mercadería y recuerdo muy bien cuando fuimos a una tienda de la calle San Pablo para comprarme un traje. El precio que el tata proponía era tan bajo 35


que yo estaba convencido que el ansiado regalo no sería realidad. Salimos de la tienda sin llegar a ningún acuerdo mientras yo en silencio maldecía la tacañería del tata. De pronto el vendedor salió detrás de nosotros y le propuso a mi abuelo que se llevara el terno, pero con la firme promesa de no contar a nadie cuanto había pagado. El regreso lo hacíamos en una carretela con caballos que el tata fletaba para cargar las compras. Después de esta aventura llegábamos al merecido desayuno con pan fresco de panadería, huevos a la copa recogidos del gallinero y el infaltable tazón de té con leche. La pequeña quinta de mis abuelos, estaba dividida en la viña, el parrón y el huerto. Este último era el lugar de nuestros juegos, –allí había un damasco, dos duraznos, un cerezo, un granado y el paciente níspero que soportaba nuestras acrobacias. En aquella pequeña jungla frutícola mi hermana Laura era la mejor para colgarse de los árboles, por lo que el tata la bautizó como la “Mono Araña”. A la abuelita le ayudábamos a pelar papas, ir a comprar la carne y entonces aprovechábamos de detenernos en el establo donde tomábamos leche al pie de la vaca. A unas cuadras de allí había una fábrica de chucrut que expelía un olor pestilente en todo el sector. El chucrut era un ingrediente a base de repollo para los recién aparecidos hotdogs o “completos” como se les bautizara a ese pan alargado con vienesa que además era acompañado con tomates, paltas, mostaza y ají. Curiosamente, hasta estos días, ni siquiera las poderosas cadenas de hamburguesas han podido bajar de su pedestal al hotdog en las preferencias del chileno. Por la calle Joaquín Pérez corría un canal con agua con restos de basura donde los cabros (chilenismo= chicos) competían cazando cáscaras de sandía con unos arpones de alambre grueso amarrados con un cordel. Después del almuerzo y de la obligada siesta bajo el parrón, nos refrescábamos en la pileta de las verduras como en el más idílico de los mares. Esa enorme felicidad que disfrutábamos llegaba a su fin junto con el término del verano. Pero volvíamos en las vacaciones de invierno y entonces nuestras golosinas eran el charqui, los arrollados, los porotos con riendas, los 36


quesos y los racimos de uva rosada que el tata había protegido con bolsas de papel en el verano y después de varios meses eran una maravilla al paladar. Para los 18 de septiembre después de la fiesta de la Maestranza parábamos también unos días donde el tata, quien nos llevaba al Parque Cousiño a ver la Parada Militar. Todas las vivencias en la casa de los abuelos fueron inolvidables ya que nos mostraban intensamente su cariño. A la hora del regreso a casa, nos envolvía la tristeza de volver a la estrictez de mi padre y a las reglas de la escuela.

Idahue (lugar de mucha agua)

Marzo se iba volando con las golondrinas y ya en días de Semana Santa, viajábamos a Idahue, una pequeña localidad en la provincia de O'Higgins, de donde el tata era originario. Abril era la época de la vendimia y de faenar cerdos. El viaje, como si hubiera sido una caravana hacia el oeste; comenzaba en el “terminal de buses al sur”, situado entonces en la calle Exposición junto a la Estación Central en Santiago. Desde allí salía la “Peumina”, el bus que junto al equipaje de los pasajeros, llevaba las encomiendas que el copiloto subía y amarraba al techo del vehículo. El hombre, poseía la cualidad de identificar los equipajes sin marcarlos, y para las encomiendas bastaba con el nombre del destinatario. Por ejemplo; “Don Lucho Sánchez, Doñihue”. Estos verdaderos “Correcaminos” rurales conocían a toda la gente de los pueblos por donde a diario transitaban. A pesar de que Idahue no distaba más de unos 130 kilómetros de la Estación Central, el viaje en el bus demoraba unas ocho horas. Salíamos de la capital a las nueve de la mañana y llegábamos al caserío cerca de las cinco de la tarde. A la hora del almuerzo la parada en Rancagua era obligatoria, el conductor y su ayudante revisaban el motor, ponían agua, bencina y le daban unas patadas a los neumáticos. Luego estos y algunos pasajeros se metían en una cantina a almorzar. Pero la mayoría de los viajeros llevaba el tradicional pan amasado, los huevos duros y los trutros de pollo. 37


Tras la pausa nos internábamos en caminos de tierra, saturados de curvas con subidas y bajadas donde la polvareda obligaba a cerrar todas las ventanas y nuestros estómagos seguían con variados síntomas el ritmo de aquella coctelera rodante. En Doñihue bajaban los primeros pasajeros y encomiendas. No había paradas obligatorias ni prohibidas y si no se era conocido del chofer, debía avisar la parada. Los bolsos, canastos o paquetes eran bajados con cuidado o tirados desde el techo dependiendo de su contenido. Nuestra parada era pasado el Retén de Carabineros justo frente a la escuelita de Idahue, que presentaba un cruel contraste con aquellos monstruos educacionales de la capital. No contaba con más de dos salas de clases, una letrina al fondo del patio, un mástil pintado de blanco, un director y una profesora. A la vera del camino y con caballos ensillados nos esperaba Paisaje de Idahue el tío Anatolio, quien era primo del tata. Los caballos y las carretas tiradas por bueyes, eran los únicos medios de transporte posibles en aquel lugar ya que los senderos eran cruzados continuamente por cauces de agua. Dos de ellos eran el zanjón grande y el zanjón chico. La travesía continuaba por estrechos senderos embarrados y pisoteados por el tranco pesado de los bueyes. Cuando estas vías se hacían intransitables, entrábamos a los potreros colindantes, cuyos cercos de álamos y altas zarzamoras, las que nos ofrecían generosamente sus abundantes frutos. Había que meterse en el primer zanjón, vadearlo y seguir su curso a través de un fondo lleno de piedras redondas que los caballos conocían de memoria, por lo que había que darles rienda suelta para que dirigieran su andar hasta que, finalmente, una cuadra más adelante 38


pudieran salir del agua sin problemas. Algunos zanjones eran cruzados por puentes casi siempre formados por sólo un tronco alisado con una vara que servía de baranda o pasamanos, –un verdadero escenario para trapecistas. El destino de nuestro viaje era la casa de la tía Edulia, hermana del tata. Ella había nacido en esas tierras y permanecido en ellas hasta muy avanzada edad. Al final de sus días decidió marcharse a Rancagua para luego emprender desde allí su vuelo celestial. La tía Edulia era alta, canosa, tenía unos ojos almendrados de color azul y vestía enormes faldas negras, atavío de su viudez, atando a su cintura una faja de vivos colores. En contraste con los otros miembros de la familia la tía era, o había sido sin lugar a dudas, una mujer bella. Vivía con una de sus hijas; la tía Tina, quién quedó viuda con cuatro hijas después que su marido fue embestido por un toro enfurecido. Estas “viudas” como les llamaban algunos, realizaban duras tareas de campo que debido a la falta de hombres en el entorno, debían limitar la crianza de animales a un par de vacas con sus terneros. La propiedad de la tía Edulia estaba en la calle de los Armijo, que era el apellido de su fallecido esposo. La casa era grande, construida de adobes con techo de tejas y se destacaba un corredor en alto con un terraplén que conducía a la cocina dando un clásico aspecto colonial. La cocina era el corazón de la casa, un cuarto grande oscuro con una parrilla al centro y una cocina a leña a un costado, donde en tardes frías o lluviosas la tía encendía una fogata y todos nos sentábamos alrededor para escuchar historias tanto reales como de ficción popular. Otras veces nos reuníamos en el parrón del frente de la casa y nos alumbrábamos con velas y chonchones (una especie de lámparas hechas de tarros de conserva que funcionaban con parafina). Desde la casa continuaba el camino en subida hasta la falda del cerro. Allí solo había pastizales, espinos, higueras y arbustos como el peumo, el boldo y el temible litre, ante el cual había que pasar saludándolo para evitar la irritación de la piel. Las tierras de Idahue son amarillas y arenosas a causa de las inundaciones en esos inviernos en que solo se puede salir a caballo. 39


Detrás de la casa había una gran viña de uvas negras que en abril se recogían en canastos para fregarlas en una zaranda hecha de varillas de coligues sobre un tonel dejando pasar la uva molida con el hollejo. Luego venía la fermentación para lo cual debía dejarse unos días y luego guardar el líquido en grandes fudres para su transformación en vino. Posteriormente con la destilación de los hollejos se obtenía el aguardiente. Lo tragicómico de esto es que no faltaba el chancho que despistado, se comía estos restos hasta apenas poder caminar de borracho. Los trabajadores eran los propios vecinos que se ayudaban unos a otros en tareas tales como la siembra, la trilla y otras actividades del agro. Sin duda eran bellos vestigios de un tiempo donde la colectividad estaba muy consciente de su responsabilidad en el quehacer agrario. Terminada alguna de estas tareas, empezaba la gran fiesta donde los hombres, rodeados de nosotros los niños, sacrificaban un cordero para el asado mientras las mujeres se encargaban del pan y las empanadas cocidas en el horno de barro. En grandes jarros se ponía parte del chispeante jugo de uva que no dejaba de tener sus pícaros grados de alcohol mientras que una vieja victrola RCA hacía sonar las rancheras de Jorge Negrete, las tonadas y cuecas de los Cuatro guasos y algunas melodías en inglés como Cheek to cheek cantada por Fred Astaire. Faenar un chancho, ahumar las costillas, derretir las grasas, juntar y aliñar la sangre y hacer cecinas para el invierno eran otras de las actividades de esa época del año. Martina bajaba desde su casa en la falda del cerro, para ayudar a moler el maíz para las humitas. Sentada en el suelo, ponía entre sus poderosos muslos, una gran piedra plana y con una piedra más chica machacaba el grano recién cortado de las corontas. Era una mujer sin edad, una campesina de belleza gruesa y rústica, que formada en las faenas más duras del campo, era capaz de voltear, matar y faenar un cerdo adulto, de sembrar, de cosechar y reparar el tejado de las casas y montar un pingo en pelo. Nadie le vio novio a esa reina amazona del reino de Idahue. 40


Nosotros ayudábamos a empaquetar las humitas y cuando estas empezaban a salir de la olla, partíamos a caballo a repartirlas a las casas situadas a bastante distancia unas de otras. Una de las atracciones del lugar era “El Peñón”, una piedra enorme desde donde se podía apreciar todo el valle incluyendo el lecho del río Cachapoal. La superficie superior del Peñón era totalmente plana, y allí nos sentábamos a comer con mis padres y las cuatro primas. En uno de sus costados, la piedra daba la forma casi perfecta de un sillón, en el cual dice la leyenda que todas las mañanas aparece una princesa peinando sus cabellos. Cuentan algunos ancianos de Idahue que el tata David, antes de abandonar esas tierras y en su desesperación por salvar su destruida economía, quiso hacer un pacto con el Diablo. El tata, montando su burra llegó al Peñón una mañana muy gris y ya entrado el invierno, se paró al borde del cerro y empezó a invocar a Lucifer. – ¡Luciferrrrrr!, ¡Luciferrrr! Sus fieros gritos producían ecos en las quebradas, mientras que una sombra fría emergía como un manto negro desde las profundidades del valle. La sombra iba manchando de oscuridad las quebradas y al paso de ella, el canturrear de las aves enmudecía produciéndose entonces un silencio de muerte. El cielo, encapotado y oscuro, dio de pronto paso a una tempestad de granizo, truenos y relámpagos que violentamente se precipitó sobre la tierra y sobre el tata David quien aterrorizado montó en su burra y huyó del lugar para nunca más volver. Cuenta la leyenda que allí existió un floreciente reino, cuya princesa, la más bella, era una mujer muy caprichosa, a quien las riquezas le parecían escasas y vivía sólo pendiente de sí misma. Su padre, el rey, ya cansado de sus caprichos y derroches: le pedía moderación y humildad. También Dios el creador, disgustado del mal proceder de ésta, bajó del cielo para decirle que ninguna belleza es perfecta si no va acompañada de la bondad. Dios le habló del Santo Tribunal y sus decisiones basadas en acciones y no en la belleza externa. Pero la princesa, ciega por su capricho y sus ansias de lujo, ni siquiera a Dios obedeció. Éste, en vista de la desobediencia, bajó de nuevo al palacio, cogió a la 41


princesa, la condujo al peñón y la encerró dentro de aquella mole, hasta que ésta decidiera poner freno a sus caprichos y vanidades. Desde entonces, en cada amanecer, se abre la puerta del peñón de Idahue, ofreciéndole a la cautiva princesa, la deseada libertad. Y ella, afanada por ser libre, se lava con el agua fresca y clara de la mañana. Pero luego coge el espejo para peinarse y al contemplar su rostro, se olvida de su buen propósito y cae de nuevo en su coquetería y vanidad. Entonces el peñón vuelve a cerrarse y prolonga el castigo por un día más. Y así, desde hace muchísimo tiempo, las primeras luces del alba contemplan esta lucha entre la vanidad y la libertad, donde la primera siempre resulta vencedora. Hoy en los alrededores del peñón no quedan ya vestigios de aquella pasada grandeza. Sólo queda, desafiando al tiempo y a la justicia divina, la leyenda de la incorregible coquetería de una mujer.

Chillán

En varias ocasiones durante mi infancia, mi padre me llevó a Chillán a visitar parientes que descendían de su bisabuelo. Tomábamos el nocturno y, aunque paraba en San Bernardo, nos íbamos en el tren local hasta la Estación Central de Santiago para conseguir buenos asientos en los coches de primera. El mismo recorrido hacía un ciego que cantaba con voz muy ronca en el tren a Santiago, para volver en el nocturno y bajarse en San Bernardo. Cantando yo le di mi corazón, mi amor, y desde que se fue, yo canto mi dolor. Cantando la encontré, cantando la perdí Porque no sé llorar cantando he de morir. El hombre se había hecho de una buena economía cantando en los trenes. Una vez unas señoras comentaron con cierta ironía; –Tiene hasta una regia casa propia el... “pobre ciego”. –Sí, pero no puedo comer ladrillos, respondió éste. A Chillán se llegaba antes de las seis de la mañana y en la estación ofrecían el café con malicia, o sea con aguardiente para los mayores, 42


mientras que yo, tenía que conformarme con un té con leche. De allí nos íbamos al Mercado a comer tortillas de rescoldo raspadas con escofinas de carpintería. Otras atracciones del Mercado eran los cacharros de Quinchamalí, de arcilla negra con dibujos de línea blanca y los zuecos de madera con cueros negros pintados con los mismos motivos de la cerámica. Eran de todos tamaños, grandes para calzarlos y pequeños para llaveros. La ciudad mostraba aún los restos del gran terremoto de 1939 que dejó más de 30 mil muertos y la parte urbana completamente destruida. La casa de los Varas era solo una pieza grande de madera, con muchos colchones esparcidos en el suelo donde dormían una gran cantidad de personas de todas las edades. Éstas, vivían antes en mejores condiciones pero a consecuencia del terremoto se vieron obligados a aceptar estas circunstancias. Habían contado con recursos hasta hacía poco ya que esos viejos participaban en peleas de gallo donde corrían las apuestas y con ello el dinero. Como hasta en las mejores familias tenían su oveja negra; Pancho Varas de profesión cuentero que se ganaba la vida embaucando a la gente. Este personaje junto con otros parientes contaba haber participado hasta en robo de ganado desde Argentina.

A

El tiempo del Liceo

mi padre se le ocurrió que las humanidades debía hacerlas en un establecimiento de más estatus y calidad educacional. Así fue que ingresé al Liceo Amunátegui de Santiago, fundado en 1890 en el barrio Yungay en tiempos en que allí vivía la clase media alta. El Amunátegui, por su ubicación –a unas cuadras de la Estación Central– me permitía como hijo de ferroviario, aprovechar mi pase gratis en los trenes. Las salas del liceo eran antiguas y corroídas por el paso de los años y los profesores me parecieron autoritarios y clasistas. La excepción era el maestro de artes plásticas, quien me trataba como a “un igual” simplemente porque le gustaban mis dibujos. Éstos eran inocentes ilustraciones para cuentos infantiles como el Patito Feo que el viejito hacía leer a algún alumno, mientras que él dormitaba como un bebé. 43


El alumnado lo componía una fauna social muy heterogénea, los más pijes vivían en las casas antiguas, cuyo pasado aristocrático se podía apreciar gracias a un esforzado maquillaje a las fachadas. Allí vivía, entre otros, el hijo del cantante Raúl Gardi, mientras que los alumnos proletas vivían al otro lado de la Quinta Normal. Éstos últimos en contraste con sus viviendas vestían con elegancia en un inútil esfuerzo de disimular lo que eran. Conmigo viajaba desde Buin, un compañero de curso junto a su hermano mayor. Éstos me hacían saber a viva voz que su padre era empresario del transporte y propietario de una numerosa flota de camiones. Al margen de los absurdos prestigios personales y del multifacético y espinudo ámbito social, no me fue difícil hacerme de amigos. Con ellos salíamos a recorrer calles después de clases. Una de ellas, la calle Maipú, un hervidero de prostíbulos viejos e insalubres cuyas trabajadoras durante el día permanecían sentadas en las veredas exhibiendo sus cuerpos gastados y un notorio descuido en su higiene personal. En el parque Quinta Normal y con la excusa de la recolección de flores para el herbario, entablábamos amistad con las alumnas del Liceo 2 de Niñas. Con ellas nos marchábamos juntos a una Fuente de Soda a escuchar boleros cantados por Raúl Shaw Moreno. Ahí, embelesados con las chiquillas y las Orange Crush se nos iban las monedas mientras escuchábamos de los Wurlitzer: ¡Ay!....... Mi corazón está empezando a padecer Desde que yo te conocí mi dulce bien... Las lecciones, especialmente las de inglés, eran muy aburridas. El profesor, más conocido entre sus alumnos y también con disimulo entre sus colegas como “el jote”, estuvo medio año enseñándonos fonética pura. Se había propuesto que de sus clases, sin entender un carajo, saliéramos modulando un idioma anglosajón a lo Sir Laurence Olivier. Por esos días ocurrió un hecho en apariencia, sin mayor relevancia, pero que me hizo reflexionar sobre el ambiente social en que navegaba: El Centro de Padres y Apoderados llamó a una reunión por escrito a nuestras casas exigiendo asistencia obligatoria. Mi padre se 44


excusó en una nota diciendo que por razones de trabajo no asistiría. El profesor jefe al leer el mensaje, me preguntó en forma irónica si mi padre era obrero. – ¡Sí! Mi padre es obrero –respondí. Entonces un compañero que siempre vestía con lujo exagerado y vulgar, acotó en tono burlesco: –¡Es obrero y hace adobes!–. Posteriormente en el patio, el hijo del camionero de Buin criticó mi confesión apuntando así que había que “aparentar” un estatus superior. –¡Madre mía! Pensaba. ¿En que mierda me encuentro sumergido? Al llegar a casa le supliqué a mi padre que asistiera a esa reunión, pues al parecer sería el único ausente. Mi pobre viejo, cansado y muy malhumorado partió al liceo. Cuando ya tarde volvió a casa, no podía ocultar su decepción. Nos contó que fue el único asistente de los 40 que conformaban mi curso. Y por tanto al no haber otros presentes, fue nombrado apoderado representante del curso. Es decir, nadie había querido asistir para no asumir cargos en las comisiones. Al día siguiente, el hermano del guatón Estuardo, alumno de un curso superior, me contó que su padre, el cual ya era miembro del Centro de Padres, comentó que el único apoderado asistente de mi curso fue un “tal Varas”. Así fue como empecé a conocer la hipocresía y el arribismo existente en un sector social situado un peldaño y medio más arriba, allí donde el cuidar la fachada es mucho más importante que un plato de lentejas. También pude experimentar aunque sin comprender las razones, aquello de ser marginado. Pero muy pronto descubrí que a menudo se es marginado por un sector que a su vez ya sufre en silencio su propia automarginación al arrimarse a un fogón que no les corresponde. Estos deambulan entre la fauna humana que no los considera “del corral”, y van sufriendo el drama del Patito Feo que insinuante nos hacía leer el profesor de dibujo. Mi paso a segundo año de humanidades fue sin ningún tropiezo, pero hasta ahí no más llegó mi posición y calificación de niño bueno, y mi negativa a seguir en el liceo Amunátegui fue tenaz. No deseaba estar ni un día más entre tantos siúticos falsos y añoraba un liceo 45


en donde se me aceptase como era. Estos factores psicosociales que hoy, aceptados por la sociedad, se ignoraban por completo en aquella época donde el adolescente vestía para una comedia de muñecos bien peinados, para el aplauso y el “que dirán”. Después de guerrear con mi padre, éste aceptó finalmente mi voluntad, aunque dudo que haya llegado a comprender plenamente mis razones. Lo concreto es que en marzo de 1956, el alumno Jorge Varas Santibáñez, y después de un año de vagabundear como el patito feo, ingresaba con una sonrisa de oreja a oreja a la casa educacional que lo esperaba con las puertas abiertas: el Liceo de San Bernardo. querido y recordado Liceo.

El liceo de San Bernardo

El ingreso al liceo de San Bernardo, me sacó definitivamente de mi infancia y del pequeño universo ferroviario, para abrir mis alas a un tiempo y a un espacio mayor en la ciudad de San Bernardo, entonces totalmente separada de Santiago. El inmueble del liceo estaba compuesto por una vieja casona en la calle Arturo Prat y se completaba con un anexo ubicado en Freire con Avenida Colón. Y fue en este último que era un caserón blanco de un piso, con patio interior y una palmera al centro, donde hice mi segundo año de humanidades. Cada una de esas salas disponía de una capacidad para 40 alumnos y la mía estaba situada en una esquina del edificio y con ventanas hacia dos calles. El escaso espacio de la sala lo llenaban cuatro filas de viejos y destartalados bancos que dejaban dos pasillos tan estrechos que los profesores, a duras penas transitaban por ellos. El mayor problema lo tenía el señor Muñoz, el “profe” de matemáticas, un gordo muy simpático y gran amigo de los alumnos. El señor Muñoz era un artista de la enseñanza, pero carecía de olfato pues descuidaba su higiene personal que al pasar junto a nosotros dejaba un olor que causaba nauseas. El curso era muy heterogéneo y en gran medida libre de prejuicios donde casi todos terminamos siendo amigos. Sergio Inostroza, el cantante de “La pera madura”, provenía de una escuela agrícola de Codegua y de una familia muy humilde. Vestía una chaqueta clara y corta, a la usanza de los niños del campo. En cambio Eduardo “Caramelo de 46


menta” Valenzuela, nacido en Concepción pertenecía a una típica familia sanbernardina. Recuerdo a Peñaloza, que para estar a la altura de su padre, el alcalde de Requínoa, vestía con pinta de huaso rico. Estaba Jorge Ortiz, el mateo, a quien otro alumno le advirtió que yo sería un duro contrincante. Magallón lucía el prestigio de ser miembro de una de las familias de comerciantes más ricas de la ciudad. Este rango no lo ostentaba Ochileski Marinoski, hijo de polacos emigrados durante la segunda "El profe" Jorge Muñoz guerra mundial, vivía con su familia en la más franciscana pobreza en una parcela de propiedad de su padre. ¿Como no recordar y evocar a Raúl Vidal? Fuimos grandes amigos, y por él conocí a su tío de un año menor: Hernán Vidal, más conocido hasta hoy como “Hervi”. más tarde los tres formaríamos un trío para realizar viajes por el país. Tampoco puedo olvidar al flaco Gutiérrez, Venegas, Mesa, Gatoni, Silva, Del Canto, Perrier, Chico Yáñez, Toro y tantos otros. Por otro lado, las manos se me hacían cominillos por dibujar, de modo que comencé haciendo caricaturas a mis compañeros, para colgarlas en el Diario Mural. Muñoz, el profesor de matemáticas, era quien más gozaba con mis dibujos, y entonces me atreví a inmortalizarlo. A lo que el profesor, con una enorme sonrisa en su rostro, me la pidió de regalo. El gordo Gatoni, que había reaccionado con violencia ante su caricatura, cambió radicalmente al ver la actitud del señor Muñoz. Con Sergio Inostroza creamos una revista de historietas de un solo ejemplar, la cual arrendábamos en un peso por lectura. Los temas eran inspirados en nosotros mismos y una historieta que gozó de éxito fue la del huaso Peñaloza donde ironizábamos a su padre, el alcalde, que gracias al dinero de sus electores, había logrado enviar a su hijo a estudiar a San Bernardo. Cosa que el mismo Peñaloza celebró sin enojos. En mi baúl de recuerdos tengo a un temido profesor de matemáticas, que por suerte no estaba en nuestro curso. Por su corta estatura y 47


obesidad le llamábamos Don Tarugo. Su esposa, también maestra del liceo, a quién por su gran estatura le llamábamos Doña Tremebunda. Estos nombres salieron de la increíble similitud de esta pareja de maestros con los personajes de los cómics del “Okey”: Don Tarugo y Doña Treme. Don Tarugo descubrió la revista por casualidad, y de inmediato me llevó a la oficina donde acudí muy asustado. La fama de severidad del pequeño maestro hacía temblar las piernas del más audaz de los alumnos muchos de los cuales siguieron con sus miradas compasivas mi caminar hacia la oficina junto a la temible compañía de Don Tarugo. En forma un tanto áspera y muy a su estilo, me hizo sentarme frente a su escritorio. En ese momento me sentía como un delincuente ante el juez o ante el verdugo que se apronta a llevar a cabo el ajusticiamiento. Tomó asiento conservando la revista en sus manos. ¡Ahora si que de ésta no me salvo! Pensaba angustiado sin dejar de preocuparme de lo que diría mi padre. Finalmente Don Tarugo lanzando la revista sobre el escritorio exclamó: –¡Esto es excelente muchacho! –Y luego tras comentar sobre la importancia y el futuro del cómic y de la caricatura en los medios gráficos, agregó –Realmente te felicito por estas creaciones, debes seguir cultivando este arte y desarrollar tu talento que es innato. Yo, asombrado y sin caber en mi pellejo recibí con tal emoción las felicitaciones de aquél temido maestro, que estuve a punto de decirle: gracias Don Tarugo– pero un nudo en la garganta, felizmente, me lo impidió. Aquel maestro había hecho lo que todo adulto con alma de pedagogo debería hacer: estimular, robustecer y entregar conceptos nuevos a la labor realizada por un menor. Y yo recibí ese impulso en momentos muy precisos, en esos cuando uno cuestiona al mundo y auto cuestiona su ser, su identidad, y muchas veces lanza por la borda cosas que le pueden ser valiosas en la sobrevivencia social. Vayan para usted mis recuerdos Don Taruguito y para todos los maestros que como usted, ponen semillas en las almas jóvenes.

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Doña Teresa Tirado era la profe de biología y la recuerdo con cariño, era hermosa pero exageraba al maquillarse, razón por la cual la llamábamos “la Berlín”. En castellano teníamos a la Sra. Bustos: “la pequeña Lulú”. Esta, al igual que el célebre personaje de la caricatura, era bajita, de pelo oscuro y siempre despeinado. “Le Petit” era el profe de francés, corto de estatura y que en afán de traducir mi apellido, muerto de la risa me llamaba “Monsieur Baguette” por Varita. Otro que nos hacía reír era el profesor de química, a quien apodábamos el Telurio. Por él supimos que los hombres son sintéticos y las mujeres son simbólicas. O bien que la química se parece mucho a la vida, por ejemplo donde hay Potasio hay MNO (meneo). En el anexo teníamos de inspector al señor Lagos, que en los recreos y al grito de: –¡Tropa de imbéciles!– nos llamaba a formación. Lagos siempre andaba con una boquilla de cigarrillos en su boca, era filósofo autodidacta y muchas veces reemplazaba a profesores ausentes en este ramo. Fue muy querido por sus alumnos con los cuales se hacía amigo pues que cordialmente les enseñaba, sobre todo, a pensar a aquellos jóvenes. Jorgerina Muñoz fue nuestra profesora jefa y de inglés durante tres años. Se trataba de una dama muy seria, de modales tercos y que sin embargo nos regaloneaba como a “sus polluelos”, actitud con la cual había creado un buen ambiente social en la clase. Pero no todo había sido creado con las buenas artes de la maestra. Entre esa aparente armonía, corría una brisa de sospechas conspiratorias. En un par de ocasiones la maestra, a fin de asustarnos, había señalado que disponía de informantes en la clase. Esto, por supuesto no fue tomado en serio por los alumnos. Pero ocurrió que con el flaco Gutiérrez sospechábamos que realmente había agentes secretos colocados por la profesora jefa para mantenerla bien informada. En el foco de las sospechas estaban dos alumnos cuyos nombres omitiré por ser innecesarios. Claro que también a veces, con el flaco dudábamos y nos reíamos de aquellas teorías conspiratorias pero tuvimos la certeza plena de ello cuando el propio flaco Gutiérrez se ofreció a uno de estos dos agentes para colaborar con ellos. Fue aceptado y de ese modo se 49


infiltró y pudo desenredar la eficaz maraña creada al estilo “guerra fría”, por la profesora. Esa información la dimos a conocer a todos los compañeros que estaban fuera del círculo de agentes y con ellos la mantuvimos en secreto hasta el cuarto año.

La Adolescencia Corría el año 1957 y el mundo, como así también nuestra anatomía, cambiaba con una rapidez nunca antes vivida. Entre gritos coléricos y contorsiones de caderas surgían las figuras de Elvis Presley, Bill Halley y la orquesta Huambaly, desplazando de un soplido al bolero y al mambo, e imponían dos nuevos ritmos los cuales inundaban las radios y los salones de bailes: el rock and roll y el chachachá. Las vacaciones donde el Tata ya no eran solamente golosinas y mis amigos de juegos allí, como mi recordado Pepe Pacheco y sus hermanas mayores, crecían conmigo en ese tramo de la vida habitado por preguntas y temores adolescentes. Además con otras chicas del lugar, acortábamos las horas jugando al “corre el anillo” con la picardía de las prendas y conversando sobre temas de sexualidad que en nuestros hogares, seguían siendo tabú. A veces abandonábamos los bancos de las puertas de las casas y nos íbamos al cine Ideal, ubicado en el barrio Tropezón. Y allí, en complicidad con la oscuridad, nos sentábamos emparejados y nos tomábamos de la mano, mientras las películas se desarrollaban ante nuestros ojos muchas veces indiferentes a ella.

El Viejo Liceo

Terminadas las vacaciones empecé, el tercer año en el viejo local del liceo, ubicado en Arturo Prat con Victoria. Éste, al que el descuido y el paso del tiempo habían transformado su antiguo y original estilo de mansión, en un edificio sin gracia cuyo piso crujía bajo nuestros pasos como reclamando por el tratamiento a que había sido sometido. Al frente nuestro y en diagonal, en un caserón de dos pisos, estaba el Liceo de Niñas. Con ellas nos reuníamos en las veladas conjuntas del Teatro Municipal ubicado también en esa esquina. En una de esas veladas apareció una chica dueña de una voz muy hermosa cantando “Only You”, y que más tarde llegó a ser famosa en toda Sudamérica. Su nombre: Ginette Acevedo. 50


Sede principal del Lieeo de Hombres hasta los años 50. Foto: Centro Cultural San Bernardo.

Violeta Wenzel, la maestra de música, aunque era la mayor del profesorado y amante de lo tradicional, no se escandalizaba con el auge de nuevos ritmos como el rock and roll, pero si se empeñaba en enseñarnos el Himno del Liceo, el cual cantábamos casi religiosamente en los actos oficiales. Recuerdo las siguientes estrofas que se quedaron selladas a fuego en nuestras memorias: “Compañeros: seamos la semilla o la planta que empieza a florecer, pero nunca la tabla carcomida ni la espiga orgullosa de su ser. Todo un mundo contempla nuestros actos y nos pide cumplir con el Deber ¡Adelante, muchachos que pasamos por el Templo del Bien y del Saber!”

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El 2 de abril de 1957

El dos de abril de ese año hubo un paro nacional en protesta por el alza de la locomoción colectiva. Estábamos en plena clase cuando la profesora jefe, un tanto impresionada por lo que ocurría fuera del liceo, nos recomendó irnos a casa. Afuera la calle se llenaba de obreros de la maestranza y de estudiantes de los cursos superiores, lo que nos impulsó a saltar por las ventanas y unirnos a la manifestación. Imagen generalizada del 2-3 de abril de 1957 Un microbús fue detenido y volteado por los manifestantes, entre los cuales estaba el hijo del dueño del vehículo que fué usado de tarima por los primeros oradores, y creo recordar que uno de ellos fue Renán Romero, con el cual años después fuimos buenos amigos. También habló Percival Philip en representación del centro de alumnos y luego desde el quiosco de la Plaza de Armas hicieron uso de la palabra, un profesor y un dirigente ferroviario. En la tarde se decretó estado de sitio, se implantó el toque de queda y los Carabineros se retiraron del lugar para dar paso a las patrullas militares quienes con jeeps artillados exigían la disolución de los grupos y el abandono inmediato de las calles. Con el tiempo me enteré que unos grupos de jóvenes habían realizado acciones por su cuenta. Como unos militantes de la Jota ( Juventudes Comunistas), que estuvieron a punto de ser detenidos cuando provocaban bloqueos a los militares de la Escuela de Infantería, con fines de evitarles el desplazamiento a Santiago. Otros, sin militancia reconocida, habían decidido volar con dinamita el puente sobre el río Maipo, plan que se vio frustrado debido a que el encargado del explosivo llegó excusándose que su abuelita al descubrir la dinamita en su escondite, simplemente la lanzó a la letrina. Estos hechos, relativamente leves en apariencia, marcaban el inicio de mi tímida entrada a un periodo de rebeldía contra lo que 52


existía a mi alrededor en aquellos días: las tradiciones, la familia, el credo, el liceo y todo el orden establecido. Sentía que había que romper muchas cadenas a pesar que, aún estaba lejos el hecho de tomar posiciones de carácter ideológico, pues mi entorno no aportaba el estímulo necesario para ello.

Nuevos profesores En el liceo la fauna pedagógica de ese año, fue de una gran variedad. El señor Muñoz, de matemáticas, quien nos había enseñado álgebra antes que se lo exigiera el plan de estudios, fue cambiado por la bella señora Dumont, mujer taciturna, muy delgada, de vestir elegante y de un pasado supuestamente glamoroso. Una vez de su bolso fue sacando, como si fuesen joyas, un cúmulo de papeles cuidadosamente doblados. Según ella, habían sido documentos de mucho valor; Acciones y Derechos de Propiedad que su padre había poseído en una gran empresa minera en el norte de Chile. –Y ahora –señalaba la maestra en tono alicaído, –estos papeles son solo bellos recuerdos ya sin valor económico. Sin duda eran nostalgias de una época dorada las que llevaban a la hermosa señora Dumont a acariciar esos papeles amarillentos que no lucían bien en sus finas y delicadas manitos. Mis notas durante el año en ese ramo no pasaban más allá del montón, pero para la prueba final la señora Dumont desafió a todo el curso con un solo problema de geometría y orgullosamente fui el único que lo resolvió y pude terminar el año con la nota máxima. En biología teníamos a “Pan de Dios”, un profesor que cuando un alumno se portaba mal, en forma bondadosa le llamaba: “niñito malo”... y le daba un cariñoso coscorrón en la cabeza. Otro profesor que recuerdo bien era “El Fantasma”. Un inspector que en los recreos aparecía desde la nada, “como un fantasma”, justo en momentos de algún incidente. Lamentablemente su conocida afición al vino le acortó la vida como a miles y miles de seres, actores en esa tragedia etílica socialmente aceptada por casi todas las culturas de la tierra. En Religión y Moral teníamos a Don Jacinto, un veterano de un gran carisma social, pero con ideas muy rancias en lo referente al siempre candente rol de la mujer en la sociedad. Otros cursos 53


tenían en la misma materia a Jacques, sacerdote de origen francés y con fama de hablar del sexo sin ningún tipo de tapujos. Nosotros, para salir de las dudas que rondaban en nuestra juvenil curiosidad, le pedimos una vez una lección, a la cual él accedió encantado. Esa clase fue memorable, nos trató como a verdaderos depravados y sin que se lo pidiésemos, nos entregó Lieeo de Hombres local de Eyzaguirre, San Bdo Foto: Pedro Matzke 2001 consejos de cómo vencer las tentaciones del demonio. Tiempo después tuve conocimiento de que aquél famoso guía espiritual de la Juventud Católica de la Parroquia del centro, había abusado sexualmente de varios jóvenes en edad de desarrollo. Ya cursando cuarto año, fuimos trasladados a una antigua casona en la calle Eyzaguirre que estaba en mejores condiciones que el caserón de la calle Arturo Prat. Allí vivía el rector Raúl Castañeda con su señora e hijo. El rector era profesor de francés y hablaba con voz nasal por lo que le fue dado por los alumnos el apodo de Berliet, la marca de unos buses comprados por la Empresa de Transportes Colectivos del Estado que al frenar producían un ruido, sorprendentemente similar a la voz nasal del rector. Castañeda: austero y autoritario, se atribuía a sí mismo, además, la cualidad de ser una persona muy correcta. Pero unas amigas que tuvieron que dar un examen privado ante él, se quejaron que éste las hacía sentarse muy juntas a él y que no despegaba la vista de sus pechos. El pecado de la carne aparecía en todas partes sin hacer distinción entre quienes eran sus afectados. Otro personaje digno de recordar es “Chumingo” Dinamarca; que ejercía de portero y cuidador del viejo local. Vestía un humilde y gastado ambo negro, sin corbata y era uno de los tantos abnegados 54


trabajadores que existen a lo largo y ancho del territorio nacional. Un hombre delgado, que al parecer se mantenía en forma corriendo de un lado para otro a fin de cumplir con sus deberes. Lucía bigotes gruesos como escobillas y temblaba al escuchar la voz del rector. En una ocasión durante un recreo, un alumno que imitaba casi a la perfección la voz nasal de Castañeda, le dice al portero; – ¡Chumingo, abra el portón! Este corrió de inmediato a cumplir la orden, situación que un grupo de alumnos aprovechó para salir a la calle a fumar. El pobre Chumingo, se defendió de los regaños del Inspector General por ese incidente, diciendo que sólo había cumplido órdenes de don Raúl Castañeda. Ese año tuvimos a Domínguez, en Historia y Geografía. Le llamaban “El Torta”, en alusión a Curicó, su ciudad natal. El Torta tenía entre sus rutinas, la de colgar un mapamundi frente al pizarrón, y después de haber pasado lista nos ordenaba tomar el libro de historia y leer desde la página tanto hasta la tanto, mientras que él, muy caradura, leía el diario echadito hacia adelante en su escritorio. Y tal vez como una forma de espantar las moscas, nos decía de vez en cuando: –¡Silencio huemules! En cierta ocasión el Torta interrumpió su lectura para referirse al Diluvio Universal como un fenómeno climático y no un Castigo Divino como los clérigos nos habían metido en la cabeza. Esta afirmación provocó una gran discusión que levantó polvo entre los creyentes que en esos tiempos eran verdaderos militantes del Calvario. Al mismo tiempo dio combustible a los inseguros ateos que con timidez, comenzábamos a pronunciarnos sobre el tema. Después de casi una hora de debate y frotándose las manos con regocijo, el curicano puso fin a una discusión que a ratos amenazaba con convertirse en “Los titanes del ring” y que después fue bautizada con gran entusiasmo por “el Torta” como un “intercambio de ideas entre beatos y racionales”. En mi curso las tendencias políticas dependían de la influencia familiar, y como mis padres al parecer, o bien odiaban la política, o guardaban en secreto sus ideas, me quedaba sin conceptos sociopolíticos en una edad que se requiere de ellos para ir alcanzando una comprensión de la misma. 55


Con el tiempo pude comprender algunas cosas, y también a mis padres. Por entonces aún regía la ley maldita que obligaba a los partidarios de Allende, a ocultar o bien callar esa adhesión que en muchos casos se interpretaba como militancia comunista hecho que era realmente peligroso mientras rigiese la mencionada ley que perseguía a ese partido político. Por entonces la presunta armonía con nuestra profesora jefe Jorgerina Muñoz cayó abruptamente a raíz de un incidente con la señorita María Cristina Mendoza, una maestra joven de muy bella figura cuyo vestir fino y elegante hacían resaltar sus encantos físicos. En cierta ocasión en un pasillo del liceo, jugábamos al “túnel de la muerte”, un juego violento y prohibido. Nos formábamos ubicándonos en dos filas con las espaldas contra las paredes a la espera que alguien pasara por allí y darle su merecido con palmadas en la cabeza y patadas en el traste. Grande fue la sorpresa de todos cuando en lugar del alumno que esperábamos, apareció la bella maestra que, con su estudiado paso atravesó el mencionado túnel dejándonos petrificados y sin saber que hacer. Nuestros pensamientos oscilaban entre el estupor ante la inesperada aparición de la maestra y la confusión de hormonas reprimidas con un sinfín de sensaciones que invaden al adolescente. A pesar de los años transcurridos y en defensa propia, debo afirmar que esas sensaciones descritas, estuvieron muy lejos de haber sido expresadas en forma ofensiva por nosotros. Ella hizo público su malestar en el libro de vida del curso y fue conocido por nuestra profesora jefa. En la acusación, describió los hechos a su regalado gusto y a pesar de las supuestas molestias a las que fue expuesta, tuvo ánimo de describir los hechos con detalles y epítetos que al parecer le dieron satisfacción a su ego, algo pues... natural en todo ser; de sentirse deseada hasta las fronteras mismas del rubor. La acusación decía entre otras cosas: “todos los del curso me miraban como lobos hambrientos cuando yo pasé por el pasillo. “ Doña Jorgerina tras leer la nota de la profesora Cristina, dirigió un áspero y moralizador sermón, ya no a sus “queridos polluelos” puesto que de acuerdo a sus propias palabras, éstos habían dejado el cascarón hacía mucho tiempo y habían alcanzado el grado de “gallitos de la pasión”. Las protestas no se hicieron esperar. Esas acusaciones arbitrarias 56


e inmerecidas fueron firmemente rechazadas. La maestra al tratar de hacer borrón y cuenta nueva, motivó la ira de algunos, y entre ellos el flaco Gutiérrez, que acusó a Doña Jorgerina a viva voz de tener agentes en la clase. Se desató una discusión sin orden, en donde la profesora jefa, llorando pidió disculpas y dio las excusas correspondientes al hecho. Ella reconoció a medias, un asunto que bien analizado, podría calificarse como abuso de poder y de atropello al individuo.

A la salida de clases

El lugar más frecuentado a la salida de los liceos del sector, era sin dudas la Plaza de Armas, especialmente la esquina de Arturo Prat con Freire, donde llegaban las chiquillas del liceo de Niñas y de la Inmaculada Concepción. También llegaban los chicos y chicas del Instituto Comercial y nunca faltaban los pijes con uniformes del Sagrado Corazón. Merece, creo yo, explicar aquí que los alumnos de los liceos fiscales no usaban uniforme. En las esquinas adyacentes estaba la pastelería Raffo, el restaurante Nuria y en el año 58 en una casa antigua se instaló una secretaría para la campaña presidencial de Jorge Alessandri, el candidato de la derecha. La secretaría contaba con parlantes a la calle cuya cortina musical era “Cielito Lindo”, canción que había usado su padre, Arturo Alessandri, en la década de los 20 para atacar a sus adversarios. Ahora disfrutábamos de las músicas que estaban de moda, presentadas por un locutor de una voz muy profesional: Se trataba de Pedro S. Tavilo, cuya S escondía el nombre de Stalin. El padre de Tavilo era un conocido militante comunista que apostólicamente y contra viento y marea, pasaba los domingos casa por casa vendiendo El Siglo. Los alumnos de los colegios privados Sagrado Corazón e Inmaculada Concepción que habitualmente preferían el costado de la calle O'Higgins, al frente del Club Social y de la confitería Soaré, ahora atraídos por la música abandonaban su tradicional punto de reunión. Con el atardecer el centro de San Bernardo adquiría otro carácter. En la Plaza de Armas y en la primera Compañía de Bomberos, las tradicionales fiestas de la primavera iban dando paso a veladas rockeras. Allí nos encontrábamos varios compañeros de curso para escuchar 57


y ver bailar “Rock around the clock”, “See You Later Allígator”, “El rock de la Cárcel”, “No seas Cruel” y otros temas hasta pasada la medianoche tomando bebidas gaseosas. En mi casa y por razones de horario, ya casi no veía a mi padre. Yo llegaba a almorzar después que él ya se había ido al trabajo y una vez terminado éste, él se iba a beber para llegar de vuelta a casa a avanzadas horas de la noche. En estas circunstancias no sentía la necesidad de una vida familiar y prefería estar con amigos. Mi apatía por los estudios iba en aumento y ese año no aprobé mis exámenes de Química e Historia en diciembre sino que “quedé para marzo” fecha en que había una segunda oportunidad. Con Raúl Vidal nos íbamos caminando sin rumbo después de clases y muchas veces pasaba horas y horas con su familia en una casa que estaban construyendo pero que nunca vi terminada. El padre, Jorge, también ferroviario y dirigente del sindicato por el Partido Radical, era muy amigo de sus hijos Raúl, Jorge y Julia. La madre de Raúl había muerto accidentalmente en una tragedia familiar. Solo conocí a Irma, la nueva mamá, una mujer muy gordita, jovial y a quien le debo mis primeras lecciones de vals, bolero y tango. Aquí se establece una amistad para siempre con Hernán Vidal “Hervi”, cuando aun no abandonábamos completamente la niñez. Entre los tres comenzamos a inventar cosas para ganar dinero. Uno de nuestros primeros intentos fue cuando el padre de Raúl, hermano de Hernán, por asuntos sindicales viajó a EE.UU. Y al volver, trajo entre otras cosas, un librito que al abrirlo, producía una débil descarga eléctrica. El secreto del libro cuyo título: “La vida sexual de la mujer”, era que adentro ocultaba un sencillo generador compuesto por un imán y una bobina. Raúl, que era amante de la Física, no encontró problemas en reproducir ese invento. Hernán y yo nos pusimos a encuadernar libros con tapas de cartón forradas. En una imprenta nos guillotinaron los tomos y conseguimos tinta dorada para imprimir los títulos. Adentro habíamos calado un espacio donde Raúl pondría las bobinas, pero al ir por los imanes, encontramos que estos eran sumamente escasos y caros. De modo que la empresa de libros vibrantes se fue a la quiebra antes de nacer. 58


C

Laraquete (Mentón abultado)

omo recompensa y consuelo a nuestro esfuerzo en la frustrada empresa, el padre de Raúl, que pertenecía al club de andinistas de la maestranza, me invitó junto a Hernán al campamento que todos los veranos realizaban para los socios. Ubicado a unos 15 km. al sur de Lota, Laraquete, el sitio elegido ese año (enero de 1959), era una desconocida caleta de pescadores con un pequeño caserío. El tren era el único medio de transporte, siendo la estación ferroviaria el punto de encuentro de sus escasos habitantes, especialmente de los más jóvenes que hacían de la llegada de los trenes, un verdadero acontecimiento social. En un pequeño llano rodeado de eucaliptos y cerca de la playa, levantamos el campamento con carpas y ramadas. Con varas y troncos se improvisaron mesones y bancas. Raúl, Hernán y yo nos instalamos en un galpón que se usaba para reparar botes de pesca. Nuestras primeras incursiones fueron a través del río Las Cruces, llamado así por su característica de arrastrar piedras cilíndricas atravesadas por una cruz de un color más oscuro. También caminamos por las blancas arenas de una playa de unos mil metros de largo que comienza en un despeñadero. A ese rincón iban los hombres del lugar a recolectar pequeños trozos de carbón de piedra que las olas arrojaban 59


a la orilla y que luego ellos vendían por unos miserables pesos que eran insuficientes para quitarles el hambre. Al atardecer, al centro del campamento se levantó una hoguera de troncos parados; una verdadera pirámide, la cual después de izar el estandarte del club y cantar el Himno a coro, procedimos a encender, provocando inmensa expectación entre nosotros y los habitantes del pueblo que se habían arrimado al fogón y se quedaron para luego bailar al compás de los valses, las rancheras y las guarachas, interpretados por un trío acompañados de guitarra, bongó y acordeón. La fiesta no fue muy larga; el viaje y la instalación del campamento nos habían agotado. Las energías restantes las aprovechamos paseando por unos caminos oscuros cuyas únicas luces venían de un cielo estrellado y de las numerosas luciérnagas que revoloteaban a la orilla del camino. Al día siguiente el desayuno fue preparado por Irma, con la ayuda de la pequeña Julia. –¿Cuántos somos? Preguntaba Julia en cada bendito desayuno, almuerzo, once y comida, al momento de poner la mesa. Ya terminado el desayuno, se hizo presente un pescador amigo del padre de Raúl quien saludó a todos con calidez para luego señalar que todo estaba listo para el bautizo de su bote a remos. Hernán y yo tuvimos el honor de pintar la patente y el nombre de la embarcación, para lo cual usamos nuestros pinceles de acuarela y un esmalte negro que el pescador traía consigo. A la ceremonia llegó un sacerdote y los pescadores con sus respectivas familias, entre ellos un hermano del dueño del bote que había viajado desde Lota especialmente para la ocasión. A este lotino lo visitamos unos días después. En un acto litúrgico muy emotivo y de gran significado para aquellos cosechadores del mar, el padre de Raúl apadrinó el bote. Ese día los pescadores trajeron para comer, enormes corvinas y almejas que abundaban en esa bahía. En la tarde, después del paseo por la estación y caminar por la playa frente a la puesta de sol, nos encaminamos por el pueblito hasta llegar a una casita de madera con una plancha metálica en que se distinguía: “Expendio de bebidas alcohólicas Ley 19925”. Eso significaba que allí estaba autorizada la venta de trago. De modo que subimos los gastados peldaños de madera y nos adentramos a un local donde todo era muy sencillo; unas pocas sillas, un pequeño mesón y un estante con maltas, pilsener, 60


gaseosas y unos jarros de vidrio para servir el vino que compraban en garrafas y chuicos. –¿Ustedes son los nortinos del campamento, eh? –nos dijo la dueña del boliche de tragos. Una mujer morena, muy delgada, pelo blanco, de edad indefinible y cuya viudez hacía pública, vistiendo de negro riguroso. –Bueno... –prosiguió la mujer: –Voy a cerrar, pero pueden pasar al living. A esta hora casi nadie del pueblo viene... los carabineros son muy bravos. El pequeño living tenía un par de sillones grandes cubiertos con género. Del techo colgaba una ampolleta de bajo voltaje, y en un estante reposaba una radio a transistores que emitía un ruido disonante. Junto con ofrecernos un combinado de vino con papaya, nos presentó a sus dos huéspedes venidas de Concepción. Una de ellas, su hermana de más de 40 años, mujer atractiva de cabellera larga de color castaño oscuro atada a la altura del cuello que en contraste con su hermana vestía ropas de colores vivos. La otra, una jovencita recién salida de su capullo de ninfa era sobrina de ambas. La dueña de casa hablaba incesantemente y contaba anécdotas de visitantes que habían pasado por su local. Ya bebido el vino con papaya, nos pidió que cantáramos. Yo empecé a cantar “When The Saints Go Marching In” imitando a Louis Armstrong mientras Hernán imitaba con la boca la trompeta de Satchmo. La jovenzuela mostraba interés en Hernán y la hermana de la viuda solo sonreía de nuestras tonteras, pero con la cual, y aunque de reojo, algunas miradas nos cruzamos. Raúl por su parte, ya había entablado amistad con una chica en la estación. Al salir de allí fuimos sorprendidos por dos focos de luces que provenían de una pareja de carabineros que esperaban alguna víctima para llevarlo al retén. Cuando vieron que éramos del campamento, nos saludaron muy amables y nos acompañaron un trecho hasta cuando vieron un hombre que dormía junto al camino. Aquellos paródicos “representantes de la ley”, agarraron a patadas al pobre infeliz y se lo llevaron a la rastra. Al otro día decidimos ir a Lota a visitar al hermano del dueño del bote recién bautizado. El tren venía desde Arauco, unos 20 Km. más al sur. Al frente nuestro iba una muchacha de unos 18 años, y cuando ya nos bajábamos me atreví a decirle ¡chao! Ella respondió coquetamente de igual forma. Entonces impulsivamente quise seguir 61


viaje junto a la bella, pero mis amigos, actuando con gran cordura, me lo impidieron. De nuestro anfitrión solo sabíamos el nombre y la calle de la población minera en que vivía. Preguntamos a dos hombres que ojeaban el diario El Siglo parados en una esquina. Estos nos dijeron el número de la casa, y con algo de curiosidad en sus miradas, nos preguntaron de donde veníamos. –¡De San Bernardo! Dijimos al unísono. Nuestro amigo, hermano del pescador, habitaba en una casita de madera, propiedad de la empresa minera. En ella fuimos recibidos por él y su esposa en un ambiente de mucha humildad y con un cariño enorme. Estábamos recién acomodándonos cuando aparecieron los dos hombres de la calle. Uno de ellos sostenía una botella de vino en sus agrietadas manos. –Queremos saludar y darles una calurosa y combatiente bienvenida a los camaradas de la comuna de San Bernardo. –dijeron en tono discursista. Lota tenía muchas desgracias que contar y allí la lucha por la justicia social era algo que aún desconocíamos, había empezado hacía ya bastante tiempo en los llamados “chiflones del diablo” que existen en el subsuelo lotino. El crepúsculo nos sorprendió en la estación de Lota donde nos sentamos a esperar nuestro tren junto a un viejo vagabundo quien nos ofreció unos cigarrillos uruguayos de marca Chile. Al saber nuestro origen, nos dijo provenir de una respetable familia de San Bernardo y que se dedicó a vagabundear abandonando sus estudios de Derecho y que conocía todo “el país y su loca geografía”, como dijo un escritor –refiriéndose a Benjamín Subercaseaux. En Laraquete, después de cenar nos fuimos a compartir con los pescadores en una cantina que era como una ramada, estaba en la playa y ostentaba el nombre de Hotel Turismo. Después de habernos bebido algunos vasos de vino, apareció uno de los carabineros que habíamos encontrado la noche anterior. El representante de la ley se adhirió a los brindis, y fue tanta la borrachera que se agarró, que en venganza por el mal trato dado al pobre borracho que habían detenido empecé a insultarlo, le quité la gorra y se la tiré lejos. Mientras tanto los pescadores gozaban con el espectáculo y nos daban a beber más y más. 62


Borrachos y vomitando llegamos esa noche al campamento, por lo que el padre de Raúl nos castigó prohibiéndonos salir ese día, cosa que de ninguna manera habríamos podido hacer a causa del tremendo dolor de cabeza que teníamos. A pesar de estar acompañado de adultos muy responsables, disfrutaba de libertad y de amplios espacios a mí alrededor, circunstancias a las que no estaba acostumbrado por la férrea disciplina que mi padre ejercía en casa. Eso produjo un fenómeno que me atrevo a llamar post carcelario, y que por lo difícil de manejar, se me hacía algo peligroso. Los días de esas inolvidables vacaciones pasaban como vuelo de gaviotas, y en uno de ésos, con Hernán invitamos a las chicas “penquistas” a dar un paseo por el río. Este y la jovencita, tomados de la mano, se metieron al agua a buscar piedras con cruces, mientras que yo con la tía, nos sentamos en la ribera para mojar nuestros pies sin decir nada. Nos miramos a los ojos y me atreví a tocarle su pelo oscuro, y como ella callaba, proseguí con mis caricias hacia el resto de su cuerpo ambarino que se fue recostando sobre el húmedo césped. Me tendí a su lado y acerqué mi rostro al de ella hasta solo escuchar mi acelerada respiración. Quise besarle sus labios pero ella me entregó solo su mejilla murmurando algo que no entendí, mientras su piel perfumada se entregaba indefensa al recorrido de mis manos. Pero como en un sueño interrumpido por un abrupto despertar, aparecieron Hernán y la chica para volverme a la realidad. Mientras aquellos reían y se abrazaban, nosotros caminábamos en silencio, como procurando atrapar para siempre aquellas sensaciones vividas. Las dejamos en la puerta del restaurante cuando el sol ya había desaparecido en el mar dejando tras de sí violentos matices violeta en las nubes. Todo aquello produjo un revoltijo en mi estomago y confusiones múltiples en mi cabeza dieciséisañera. En la última noche se hizo una fogata gigante con invitación a todo el pueblo para la gran fiesta de clausura, pero... nuestras amigas no vinieron. A la mañana siguiente después de empaquetar y embalar, fuimos al restaurante a despedirnos de ellas. Hernán abrazó a su chica y yo sacando coraje abracé y besé apasionadamente a la tía. De un florero, sacó un clavel rojo y me lo dio sellando en mi, su beso final, 63


mientras que en la estación la locomotora tocaba el pitazo llamando a todos los pasajeros a abordar. Con Hernán corrimos hasta la estación y entre jadeos me dijo: “que mujer más sinvergüenza la tía esa”. Sobre la marcha subimos por la escalera del último vagón cuando vimos a la jovencita que venía corriendo también con un clavel en la mano que Hernán alcanzó a tomar desde la pisadera mientras el tren emprendía su marcha. Atrás fue quedando aquella estación que aún guarda el secreto de una hermosa aventura que fui incapaz de olvidar.

Rebelde con Causa

Llegó marzo del 1959, y como las expectativas de salvar el año escolar eran nulas, me aprontaba a repetir el cuarto año. Había perdido toda motivación y después de muchos años de experimentar el orgullo de ser “el mejor de la clase” me sentía invadido por la sensación de haber pasado por todos los niveles de escolaridad; me encontraba ahora sumergido en una laguna que se había transformado en un pantano del que me era indiferente si salía o no. Ese año un matrimonio de profesores de inglés, hacían su ingreso al liceo. Eran jóvenes y vestían con elegancia. Ella era muy alta y de acuerdo a la opinión de la mayoría, era una mujer hermosa. Él, apenas pasaba del metro y medio, de modo que el forum del alumnado, implacable en la aplicación de sus medidas y consecuente con sus observaciones, decidió bautizarlos como:”Máximun” y “Mínimun”. Mínimun, que se apellidaba Uribe, se hizo cargo de nosotros. Se trataba de un ideólogo fundamentalista, un retrogrado del Opus Dei. Sus temas eran la literatura anglosajona antigua, impregnada de alabanzas al Dios de la época medieval, el periodo más importante de la historia, según él. Cuando supo que Lalo Valenzuela tocaba guitarra, abusando de su posición de profesor, lo obligó a aprender a tocar el laúd y a presentarse en una actuación en público. Varios alumnos, entre los cuales estaba yo, no le caímos en gracia desde un comienzo lo que demostraba abiertamente. Uribe afirmaba que este curso era muy especial ya que no existían los alumnos regulares y nos dividía categóricamente en buenos y malos. 64


En cierta oportunidad yo había dibujado una parte de un billete, que doblado lo tirábamos al suelo para reírnos del que lo cogía. Alguien, en clase de inglés lo tiró al piso, y cuando Mínimun lo tomó, le pareció muy buena y muy bien lograda la broma, preguntando de paso por sus autores. –¡Varas!–respondieron todos a coro. Entonces se acercó a mí y cambiando repentinamente me atacó en forma humillante diciendo –¿En éstas estupideces pierdes tu tiempo?–. Desde entonces, me era imposible soportarlo y "Mínimun" por una puerta lateral que había en la sala, comencé a huir de sus clases. Pedro Matzke hijo de emigrantes alemanes, había nacido en Bolivia y llegado a nuestro curso después de haber estado en un seminario. Con un marcado acento germano pronunciaba las “r” en forma de “g”, tenía las mejores notas del curso y en los recreos y veladas se enfrascaba en intensas discusiones filosóficas con el Sr. Lagos. Con el correr del tiempo, llegamos a ser muy buenos amigos. Y aunque en muchos aspectos éramos polos opuestos, yo admiraba su disciplina y él se moría de la risa cuando yo cometía barbaridades como aquellas de arrancarme de las clases de inglés. En ese curso estaba Eduardo Parada, quien una década más adelante, sería uno de los integrantes del Quilapayún. El tiempo libre lo compartíamos ya más allá de las fronteras del liceo, y se iban formando grupos de chicos y chicas con quienes los fines de semana organizábamos malones. Se trataba de fiestas en casa de algún compañero, en que todos aportábamos una suma de dinero para comprar bebidas, cervezas y bocadillos al por mayor. La música era cuidadosamente elegida para bailar juntitos, y así fuimos dejando de lado el rock and roll, para dar paso a los Platters, Neil Sedaka, Los Cuatro Ases, etc. A pesar de lo íntimo y relajado del ambiente, las cosas no pasaban de algunos besotes. Existía aún mucha timidez en los muchachos y 65


se imponía, en ciertos casos con fiereza, la estricta formación de las chicas. Por ese tiempo aparecieron dos estudiantes venezolanos: Francisco y Aníbal, cuyos padres pagaban sus estudios y estadía a través del rector del liceo. Venezuela entonces venía saliendo de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez con tanto malestar y descontento, que las mismas Fuerzas Armadas lo derrocaron para poner un presidente elegido en las urnas. No tardé mucho de ir a las fiestas y farras con los venezolanos, estos eran más lanzados y coquetos con las chicas, y además eran muy amigos de la cerveza. Los muchachos traían consigo el calor y la juerga del Caribe. Con Aníbal, en una de esas veladas nos emborrachamos a tal punto que en la calle no nos sosteníamos de pie. Y entonces ante tanto alboroto, los pacos nos detuvieron y nos llevaron a la comisaría en cuyo calabozo pasamos toda la noche botados en el piso húmedo junto a muchos otros. De esa celda sólo recuerdo el río de orines humeantes y fétidos que corría por un costado y al borde de nuestras cabezas. Si bien es cierto que esta detención me produjo una sensación de culpabilidad, al mismo tiempo debo confesar que en ese entonces sentí el placer de haber vivido una experiencia única para los chicos de mi edad. Comenzaba a vivir una época en que las noches, en la plaza o en los bares, me resultaban más atractivas que las aburridas clases del liceo. El templo del saber se iba derrumbando junto con las viejas murallas de las aulas. El pregón iluminado y emotivo del himno del liceo de San Bernardo, se iba apagando con lentitud, y ese; “Adelante muchachos que pasaron por el tiempo del bien y del saber...”, se aferraba todavía a la memoria de aquel adolescente que emprendía la retirada decidido a descorrer los velos de lo desconocido. Poco a poco, fui haciéndome de nuevas amistades con chicos y chicas provenientes de diversos sectores sociales y geográficos de la ciudad. Las fiestas pasaron a ser habituales y copiosamente regadas con vino y combinados. –¡A ponerle trago chiquillos para entrar en calor!–, sugerían a viva voz las chicas para darle ritmo al encuentro. Y así, estimulados por unos cuantos grados de alcohol, los más tímidos se atrevían a bailar. 66


Conformábamos una tribu muy numerosa y poco a poco íbamos dejando atrás los ghettos de la adolescencia. Y aunque muchos de nosotros aún no alcanzábamos la mayoría de edad, frecuentábamos las Fuentes de Soda donde los dueños se atrevían a correr el riesgo de servirnos cerveza sin comprobar nuestras edades. Uno de esos frecuentados sitios era el “Asturias”, cuyo dueño, Antonio, un español asturiano tenía una garzona de “armas tomar”. Se llamaba Julieta, y manejaba las palabras subidas de tono en forma muy adecuada para frenar a los clientes frescos y a los groseros. Tenía un humor a prueba de rubores y de moralismos. Si las bromas de los parroquianos eran cargadas de morbosidad, ella se las descargaba con sus conocimientos de las debilidades del macho en asuntos íntimos. De aquellas andanzas y veladas recuerdo al chancho Cid, al huaso Drouilly, a Arsenio Lupin, al loco Sepúlveda, al chico Inostroza, hermano de Sergio el cantante. También recuerdo a Luis Amigo, a los hermanos Aravena y tantos otros. Después están mis amigos Aquiles Jiménez, Lalo Valenzuela y sus hermanos. Estaba y bien recuerdo al Chico Luczinger, al flaco Gutiérrez, al turco Abdala, a Pepe Criado, a Cacho Gómez, a Miguel Besoaín, al chino González, al gato Suzarte y a muchos más. El chancho Cid trabajaba como chofer transportando corderos desde la Patagonia, era famoso por tirarse pedos en medio de las fiestas, contando con dietas especiales para que éstos fuesen lo más fétidos posible. En una oportunidad el chancho me llevó donde las hermanas Fernández. Bellas y últimas descendientes de una antigua familia sanbernardina. Allí los deteriorados árboles del jardín y la descolorida fachada de madera de la casa, carcomida por el tiempo, testimoniaban su antigüedad. La casa se encontraba ubicada justo al final de la Avenida Portales donde existía una curva muy cerrada, y unos metros más allá, había un disco “Pare”. Entonces, cuando los camiones que venían cargados con sandías disminuían la velocidad en la señalada curva, nos subimos por atrás y nos bajamos en la parada obligatoria, cargando cada uno un par de sandías para llevárselas a las tres hermanas que nos esperaban sentadas en la escalera del corredor de la vieja casa quinta al lado de la estación. 67


Del huaso Drouilly que tenía un criadero de pollos, recuerdo que estaba perdidamente enamorado de una niña que estudiaba en las monjas de La Inmaculada Concepción. La bella liceana le dijo en una oportunidad al huaso: –”Si te doy un beso, te cago”. La nena se refería al estado emocional en que su sometido enamorado, quedaría por culpa del besito aquél. El huaso encontró muy divertido la advertencia de su amada y se la contaba a todo el mundo. En un verano Drouilly llevó en su camión una caja de madera de dos metros cúbicos que instaló en Cartagena en un sitio eriazo con saco de dormir adentro, para así jactarse que tenía una casa en la playa. Arsenio Lupín, que por supuesto no era su verdadero nombre, era moreno, alto y andaba siempre muy bien vestido. Muy presumido se jactaba públicamente de enamorar a adineradas señoras de edad, para después robarles. Por esa razón se hacía merecedor al apodo que por lo demás, nunca le desagradó. Por San Bernardo aparecieron tres hermanos que eran hijos de Raúl Morales el cronista del diario Clarín que escribía con el seudónimo de “Sherlock Holmes”. Uno de ellos era Gabriel con el cual trabajamos años más tarde en Rumania. El loco Sepúlveda era un muchacho sano pero algo patudo. Tenía una personalidad a prueba de balas, y en más de una oportunidad animó los festivales en la Plaza de Armas. Gustaba de poner sobrenombres a los artistas que presentaba. Por ejemplo, a los Carr Twins les llamaba lo Cartóns. Con Lalo Valenzuela Fariña compartí una amistad de muchos años. Su madre me llamaba “el Cuartita” por lo de Varita. Con Ricardo y Patricio, los hermanos varones de Lalo, salimos varias veces de farra. Carmen era la mayor de los Valenzuela y fuimos muy buenos amigos. Nunca he olvidado que un 18 de septiembre veníamos en un microbús de regreso de las fondas del Parque Cousiño y detrás de nosotros una modesta y joven pareja sostenían una conversación en tono muy subido (quizás por culpa de la chicha en cacho). Con Carmen no pudimos evitar el escuchar la muy sui géneris confesión de amor de la joven hacia su amado diciéndole; “¿Sabe mijito? Que para pasar este dieciocho contigo, me lavé bien el poto”. 68


Con Aquiles Jiménez Jaramillo, uno de mis mejores amigos, tengo un historial bastante largo. Lo conocí cuando estudiaba en el Instituto Comercial donde se vió obligado a ir porque en el liceo se había ganado el título del peor alumno, a causa de que Lina Recabarren su profesora de química, lo expulsaba de sus clases cuando ésta descubrió que Aquiles pololeaba con su hija. Como Jiménez era aficionado al dibujo, nos instalamos con un taller de letreros en su casa de la población Eugenio Matte en cuya fachada instalamos un cartel que decía : “JIVA Publicidad” o sea Jiménez y Varas. Y no es porque lo diga yo, pero lucía espléndido. Los encargos de trabajos provenían de comerciantes, de talleres mecánicos, de camioneros, de partidos políticos y de otros. Los partidos de derecha nos pagaban poco y los de izquierda, a duras penas se ponían con los materiales. Un día, Jaime Bulnes, dueño del Fundo Calera de Tango, nos encargó le dibujáramos un logotipo para su fábrica de lanas de conejos angora. El hacendado no quiso pagar nada más que 2 escudos, algo que alcanzaba apenas para un kilo de pan. Le comenté este fiasco a mi amigo por entonces ultraderechista Cacho Gómez, pero este no me creyó el cuento y argumentó que ese señor tenía prestigio de ser generoso, pues en las misas de los domingos donaba 50 escudos. Es de suponer que el hipócrita se abanicaba de tal forma con los billetes, que nadie escapaba de conocer su “trompeteada generosidad”. Otro trabajo del taller que recuerdo fue la historieta que nos encargó Carlos Lorca, director del recién creado semanario “Chena”. El personaje dibujado era Don Cleto en alusión a Clemente Soto, fotógrafo del periódico. Aquiles vivía con su hermana Eliana y su madre quién padecía una extraña invalidez y permanecía siempre en una pieza que recibía la luz de una ventana. Su padre no vivía allí y yo lo vi una sola vez. Pero la suerte no los había abandonado del todo. Su madre tenía dos hermanas mellizas que vivían en Rengo y que disponían de buen estándar económico, lo que les permitía ayudar a sostener la casa de mi amigo. Acostumbrábamos viajar donde sus tías que llamábamos “las Cuculíes”, porque eran dos solteronas gorditas y muy similares. Vestían a mi amigo en forma muy elegante y cuando supieron de 69


nuestra sociedad en el taller de letreros, se alegraron mucho de saber que su sobrino iba a aprender un oficio. Rengo era una ciudad agrícola famosa entonces por sus vinos. Existían muchos bares y quintas de recreo. Uno se llamaba “El Círculo de la medianoche” cuyo nombre estaba pintado en la parte de arriba de la fachada, pero había allí otro letrero perpendicular de modo que al mirarlo desde el costado derecho, se leía solamente: culo de la medianoche. Otro lugar muy conocido era “El Cabaret”, al cual no podíamos entrar por ser menores de edad. Pero en una Quinta de Recreo donde las mujeres bailaban cueca levantando sus polleras del todo, nos dejaban entrar. Estábamos allí sentados en una mesa cuando alguien avisó que venían los pacos y la dueña del local nos escondió en la despensa mientras los guardianes del orden controlaban que todo estuviera en regla. Una noche estando en la carretera, esperando un vehículo que nos trajese de regreso a San Bernardo, conocimos a dos delincuentes. El “Piola,” carterero de Valparaíso y el “chico Cotelé,” asaltante santiaguino. El primero nos contó que los dos eran muy amigos a pesar de su origen diferente y ninguno presumía de ser más “choro” que el otro. Cuando ando trabajando en alguna micro –nos contó– y veo a los “ratis” (policía civil) tengo que bajarme y pasarles plata porque si no me llevan a la capacha por 15 días.

Adios al Liceo

En ese tiempo, mi asistencia a clases se hacía cada vez menos frecuente, y un día que me aparecí por el liceo, el Inspector General conocido como Pomarola por lo rojo de su rostro, no me permitió entrar. –Debes presentarte con tu apoderado, me dijo en forma cortante señalándome la salida. Hablé con Aquiles sobre el problema. Entonces este le pidió a Luis Amigo, que ejercía de jefe de una tienda Bata, que se presentara al liceo como mi hermano mayor. La desesperada maniobra funcionó ya que Pedro por razones de trabajo vestía bien y su trato social era simplemente brillante. Un día de marzo llegó a nuestro taller un amigo de apellido Mejías para proponerme que le hiciera caricaturas que denigraran a Mínimo, el profesor de inglés, quien le había puesto muy bajas notas, 70


perjudicándole así la aprobación de su licencia secundaria. Como yo le tenía sangre en el ojo al chico, es decir le guardaba ciertos rencores, acepté gustoso la misión. No recuerdo cuantas caricaturas hice, pero una noche fuimos a pegarlas al local de Arturo Prat donde funcionaba el liceo nocturno. Estábamos en eso cuando apareció un cuidador que al enterarse de lo que hacíamos, nos dejó continuar con nuestra tarea. Mínimo era también impopular entre el personal de escuela. Al día siguiente mientras Mejías conversaba con Pomarola en el colegio, fui rápidamente pegando dibujos en lugares muy visibles y logré salir a la calle sin ser visto. A la hora de salida, en la Plaza de Armas pregunté a Juan Yáñez, un ex compañero, si había sucedido algo fuera de lo común. –¡Ah si! Las caricaturas, exclamó a carcajadas y comprendiendo la trama, me cuenta que Uribe, o sea Mínimo, muy enojado y acompañado de Pomarola, fue sala por sala buscando al hechor de la ofensa, pero que Pomarola más bien contenía la risa. Años más tarde fui al liceo a dar cuarto, quinto y sexto en forma privada y como el examinador en inglés iba a ser Uribe, el Señor Lagos, maestro de filosofía, al verme inseguro me animó a entrar diciendo:, “el chico está muy cambiado desde que unas caricaturas referidas a él, fueron colgadas en las paredes de los establecimientos y además está hecho un fanático de la “Revolución en Libertad”. Cuando entré, Uribe, que lucía una insignia de la DC en su chaqueta, estrechó muy amable mi mano y me preguntó: “Who was Charles Dickens?” –”Charles Dickens was an English writer, author of Oliver Twist”. . . empecé a decir, y el me dijo; “Tha's fine”, y me puso una nota satisfactoria. Entonces pensé para mi; “No hay mal que por bien no venga”. Con Aquiles íbamos a jugar ping-pong donde las hermanas Gómez en San Bernardo. Una familia de un pasado tradicional de clase media con apellidos ilustres por parte de la madre. Un verano nos invitaron a visitarlas a un convento en Peñaflor donde estaban de vacaciones. Tomamos un micro rural y cuando llegamos ellas nos presentaron como primos a la superiora quien con un aire de complicidad, sonriente nos dejó pasar. Luego de pasear por el vergel, invitamos a nuestras amigas con bebidas y cigarrillos quedándonos sin dinero suficiente 71


para la micro. Así que esa noche anduvimos a pata casi 30 kilómetros por un camino de tierra hasta llegar a nuestros hogares. Ellas tenían dos hermanos: Joaquín, que estudiaba en el colegio San Agustín de Santiago y Cacho que estudiaba en el Seminario de San Bernardo. Este último apareció al poco tiempo por su casa y pronto nos hicimos amigos a pesar que el se sentía con la misión divina de alertar al mundo de la amenaza comunista. Yo no contaba con muchos argumentos para contradecirlo pero me parecía que decía muchas tonterías. De religión discutíamos a la par, yo era un ateo convencido y mis argumentos muchas veces lo dejaban callado al llegar al punto de contraposición entre la fe y la convicción racional. El insistía en que el universo existía porque Dios lo había creado y no supo que responder cuando le pregunté; –¿Y quien creó a Dios? Toda su familia pertenecía al Opus Dei y al Partido Conservador y Cacho pertenecía a la Juventud de este partido, lo cual yo consideraba absurdo. Cacho y su hermano habían estado en el seminario obligados por su madre que no soportaba la idea de que mujeres extrañas, tarde o temprano le robaran el amor de sus hijos. La vida en el seminario, me contaba Cacho, era algo terrible. Por una parte pesaba la disciplina a que estaban obligados; estudiar, leer y rezar, y por otra parte, el abuso sexual de los estudiantes mayores sobre los menores. –¿Y los curas no se enteraban o no hacen nada?, pregunté. –Se enteran, me dijo muy resignado y agregó que eso era parte de la lucha contra el demonio para alcanzar la gracia divina. Tras haber escuchado ese concepto de aceptación del abuso, me sentí muy de acuerdo con mi ateísmo; de algún modo ya había echado a andar mis pasos inconformistas con respecto a esa tergiversada e ignominiosa sociedad. Años más tarde durante el gobierno de Allende encontré a Cacho militando en el Mapu. Pero antes había estado en el MIR hasta cuando lo enviaron a instruir sobre métodos de lucha y de autodefensa a los obreros de la Fundición Libertad. – Me sentía un alfeñique al lado de esos fuertes hombres que durante toda su vida laboral habían realizado un pesado trabajo físico a casi 200 grados de temperatura, me confesó con su autenticidad acostumbrada.

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La sociedad sanbernardina

os domingos a la salida de la misa de once, las jovencitas convertían un costado de la Plaza de Armas en un desfile de ostentación en el vestir a la moda. Al lugar también se hacían presentes algunos muchachos con la pretensión de exhibir sus Vespas y Lambrettas. Los más petulantes llegaban manejando el auto del papá que estacionaban al costado de O`Higgins a fin de que todos pudieran admirarlos. Una de las muchachas más atractivas de esa exposición dominical era María Angélica Fernández, quien hizo historia al ser la primera en aparecer con minifalda, provocando admiración en los hombres y estupor y envidia en las mujeres. Habían dos hermanos que muy presumidos se paseaban escuchando cada cual su radio transistor. Otro personaje era Carlos Maturana, radio reparador ciego, siempre bien vestido que al caminar apoyaba sus manos en las caderas de las muchachas. Los conscriptos eran asiduos visitantes del otro costado de la plaza, es decir por Eyzaguirre, seguramente porque en un tiempo pasado, allí se encontraba la Escuela de Infantería. También las empleadas domésticas, como se llamaba a las actuales asesoras de hogar, eran habituales visitantes de ese costado de la plaza. Por ese tiempo aparecieron por San Bernardo unos hermanos que andaban en un Jeep que habían comprado en un remate del ejército. Venían de Bolivia y se habían comprado una parcela mediana en Lo Herrera, al sur de San Bernardo. El padre era suizo de apellido Lutzinger y la madre era boliviana de apellido Oropeza. Bernardo, el tercero de los hermanos, era de mi edad y fue el único que había heredado de su padre la piel blanca, los ojos azules y el pelo rubio. De su madre heredó su estatura de un metro y 55 centímetros. Con Bernardo fuimos amigos de parranda, le gustaban las canciones mexicanas y cuando solíamos tomarnos unos tragos, partíamos a cantarles serenatas a su enamorada y a las amigas de ésta. De ese equipo parrandero eran también Germán Urrea y Miguel Besoaín. De estos tres tengo recuerdos de cuando Chile se clasificó para las semifinales en el Campeonato Mundial de fútbol de 1962, ganando por 2-1 a la vigorosa selección soviética, partimos al centro de Santiago. Las calles céntricas y sus bares estaban repletos de gente 73


celebrando el triunfo de la selección y los goles de Leonel Sánchez y Eladio Rojas. Nos metimos en el típico restaurante “El Pollo Dorado” y Miguel Besoaín empezó a hablar con acento centroamericano diciéndole al garzón que éramos colombianos. Entonces éste al traer la carta de comidas, agregó a la bandera chilena que ya estaba en la mesa, la respectiva de Colombia. Miguel ordenó cuatro platos con el famoso pollo con arroz, papas fritas y una buena ensalada a la chilena más dos botellas de tinto chileno “para ver si era tan bueno como dicen”. Primero nos trajeron unos Pisco Sour mientras disfrutábamos de cuecas y tonadas interpretadas por un grupo folclórico. Después de comer y beber, Miguel, sin olvidar su acento colombiano pidió unos bajativos y la cuenta, siendo ese el momento que aprovechamos para desaparecer entre la multitud. San Bernardo era una ciudad dividida en clases sociales bien marcadas, pero en un gran sector social existía la natural tendencia a romper diferencias. Aquel fenómeno se manifestaba en el “güeveo”, es decir, en el festejar juntos, sobre todo en las noches de sábados, donde nos uníamos moros y cristianos, “proletas” y “medio pelos”. Entonces existía una desarrollada vida bohemia donde principalmente los bares gozaban de una nutrida concurrencia, reinando allí los juegos del cacho, el dominó y la brisca. Allí alternábamos con ferroviarios, profesores, abogados y médicos como el doctor Cuevas que se iba a su casa siempre bien curadito. También con dentistas como el doctor Alvear a quién nadie le ganaba en el dominó. Infaltables eran los comerciantes principalmente de origen español y criollo, pero los árabes denominados turcos, a pesar del elevado estándar económico que disfrutaban, se mantenían al margen de la vida social. De la misma manera actuaban aquellos que provenían de familias aristócratas con bienes heredados de sus antepasados: industriales o hacendados que solamente se relacionaban entre sí en su club social, con sus correspondientes códigos, valores y estilos de vida propias de una genera74


ción conservadora y guardiana de las tradiciones añejas. Dentro de ese contexto es oportuno mencionar también el caso del “Chincol Urrutia” que vivía en una vieja casa quinta abandonada, ubicada, en Barros Arana con un terreno de unos 12 mil m2, donde “Chincol” inició una crianza de pollos broilers, en pleno periodo de su introducción y producción masiva en Chile. Además el visionario novel empresario empezó a fabricar las jaulas para esos pollos y para las gallinas ponedoras. En resumen, el hombre se hizo millonario vendiendo por un lado, las aves a los mataderos y supermercados y por otro lado, las jaulas a los nuevos productores. Al poco tiempo se compró un Chevrolet Impala, una camioneta Chevrolet Truck y para envidia de los grupos más conservadores de la zona, matriculó a sus hijos en los colegios más caros y en la entrada principal del terreno en que tenía su empresa, construyó un chalet de lujo. Este hombre a pesar de haber llegado a ser uno de los más ricos de San Bernardo, no abandonó nunca su origen y era muy querido porque compartía con todo el mundo tanto en restaurantes, como en las bodegas de pipeño. Otra faceta que lo destacaba era el hecho de ser un fiel admirador y patrocinador del equipo de fútbol San Bernardo Central. Durante los partidos se ubicaba en la galería a dirigir las barras y cuando ganaban celebraba el triunfo en su camioneta llena de adeptos y a veces con los jugadores recorriendo las calles de la ciudad y tocando la bocina. Era tanta la envidia de los latifundistas e industriales en contra del Chincol que en una oportunidad varios de estos abandonaron las mesas del Club Social cuando éste entró. Él, al sentirse ofendido rompió frente a ellos un billete de 50 escudos en mil pedazos. Ese billete era el más alto que circulaba en Chile entonces. Otro grupo outsider lo conformaban los representantes del hampa, que por lógica no encontraban ambiente ni recepción en los medios habituales, pero tampoco eran sitios que les atrajeran. El submundo sanbernardino de la época no estaba sumergido en la droga que aún no se hacía presente en los bajos fondos. Más bien se trataba de “achorados” o folklóricos bandidos deseosos de hacerse de un nombre, de una reputación gallarda pero con armas ilegales. Su actividad estaba concentrada en el robo de gallinas en casas particulares, 75


“cogoteos” a borrachos para robarles incluso sus ropas o “choreos” o sea robos de objetos de valor o de aparatos electrónicos en casas cuyos habitantes estaban ausentes. Era conocido un grupo de muchachas humildes que merodeaban la plaza para vender sus cuerpos por unos pocos pesos. Entre los clientes de las chicas estaban especialmente los conscriptos de la Escuela de Infantería, quienes llegaban los lunes al regimiento “premiados” o pringados con picazones en la pelvis o en el peor de los casos, con infecciones venéreas. La ley permitía que hubiera dos patentes de prostíbulo en San Bernardo y se rumoreaba que la parroquia las pagaba para alejar por completo de la ciudad, el pecado de la carne. Por ello, para el ejercicio de la sexualidad se recurría a diversos subterfugios. Conocido fue el caso de una antigua casa que puso en su ventana un anuncio de “Academia de Piano Johann Sebastian Bach”. La dueña de la supuesta academia invitaba a los hombres más ilustres de la ciudad a sus conciertos corales femeninos que comenzaban con las famosas “Misas” y “Pasiones” del maestro alemán, hasta terminar con “Tocatas y Fugas” a altas horas de la madrugada. Dentro de la sociedad sanbernardina se produjo un gran escándalo al ser publicada por la prensa, la noticia de un matrimonio entre homosexuales que fue descubierto por la policía de investigaciones donde tanto el novio como “la novia” y los invitados pertenecían a las mejores familias de la ciudad. En esos tiempos, además de ser penados por la ley estos hechos eran vergonzosos e inmorales y fueron como nunca antes, ventilados públicamente. Así era como el tranquilo San Bernardo con el apelativo de dormitorio de Santiago contaba con doble vida que por un lado era bastante provinciana pero también tenía ciertos lados ocultos. Eran tiempos que yo disfrutaba pero sin embargo no estaba conforme conmigo mismo. Cosa similar ocurría con mis amigas Leonarda Caroca y Nina Sánchez con quienes comentábamos esa ambivalente sociedad en largas conversaciones. De vez en cuando conseguía algún trabajo de letreros o de otra clase, estando obligado a vivir a costillas de mis padres a pesar de la mala relación que con ellos tenía. 76


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Toma de decisiones

entro de ese cuadro social descrito, mi modo de vida se estaba transformando en algo que no me satisfacía y temía caer en una vida fácil, pobre de ideales y de horizontes motivadores. Consciente de que contaba con una aptitud que bien podía desarrollar, fui averiguando las posibilidades de darle una oportunidad seria a mi destreza de dibujante. Mi situación en el liceo, a pesar de salvar algunos exámenes, era lamentable y por lo demás no le encontraba el sentido a seguir allí. Esta negativa situación personal, no era ni la sombra de la que mis padres habían soñado para mí. En medio de su decepción llegaron incluso a sugerirme la carrera militar como salida honrosa a este problema. En esa época era muy común que los hijos que se encontraban en una situación como la mía se iniciaran en ésta disciplina.

Escuela de Artes Aplicadas Arrastrando mi propia novela confusionista, dirigí mis pasos a la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile. Allí podía entrar con tercer año de humanidades, pero salía de pintor, de escultor o de profesor de Artes Plásticas. Aquello no me entusiasmaba del todo, de modo que me fui a la Escuela de Artes Aplicadas, institución perteneciente a la misma facultad donde además de los conocimientos de arte, podía aprender un oficio para ganarme la vida. La mayoría de estos cursos estaban incorporados a la categoría de artesanos. La escuela de Artes Aplicadas funcionaba en una casa de dos pisos, una de las más antiguas de la calle Arturo Prat entre Avenida Matta y Santiaguillo. Lo demostraba su descascarada fachada y una puerta de madera que no me explico cómo, aún funcionaba. El interior lo circundaba una galería muy espaciosa iluminada por grandes ventanas de pequeños vidrios con un piso de baldosas reluciente y junto a la muralla de entrada se erigía un desnudo en bronce de una mujer joven. A la derecha se situaba la recepción y la oficina del rector, mientras que al otro extremo había una bodega y estaba la escalera al segundo piso donde se impartían las lecciones de croquis y de pintura con 77


modelos desnudos, en su mayoría mujeres y los pocos hombres que posaban casi siempre lo hacían con un pañito tapando sus genitales. Saliendo al patio estaba el restaurante o casino de la escuela y al costado izquierdo de éste, el galpón con el taller de escultura, en ese tiempo a cargo de Antonio Corsi, maestro de origen italiano, con unos 60 años a cuestas y un delantal descolorido por el tiempo y manchado de greda. Corsi, a la hora del almuerzo, entre las 12 y las 15 horas, después de comer en el casino de la escuela, acostumbraba dormir la siesta en la plaza Almagro. Costumbre que fue interrumpida cuando, por su aspecto casi de indigente, fue detenido por Carabineros, los cuales no le creyeron que era profesor universitario. Desde entonces, el controvertido artista comenzó a roncar su siesta en algún cine rotativo del barrio. Mas allá, en cerrajería y protegida por un delantal, guantes de cuero y una mascara de soldar, una niña blanca, rubia y delgada, trabajaba el fierro y soldaba al arco. Ante mis ojos ella parecía navegar en una nube blanca portando la vara mágica que, en forma pasajera embrujaba al estudiante plebeyo en su primer día de escuela. Al fondo del patio se encontraba el taller de esmalte y a continuación una construcción de dos pisos para los cursos de artífices, denominación usada para aquellos tales como, decoración de interiores y exteriores, ebanistería y otros. Las exigencias para el ingreso a ellos, era tener las humanidades completas y el bachillerato. La gran mayoría eran jovencitas de familias burguesas provenientes desde Providencia hacia el llamado barrio alto, en cambio a los curso de la categoría de artesanos venían de todos los sectores; la participación de ambos sexos era casi igualada en porcentaje y las edades fluctuaban entre los15 a 40 años. Mis estudios los inicié en el curso de afiches a cargo de Luis Münzenmayer. En la primera clase nos sentamos en círculo y a mi lado tomó ubicación una chiquilla con una pancita crecidita, y que al notar mi mirada posada en su vientre, me dijo sonriente –Estoy en el sexto mes. . . Quedé sorprendido ya que yo venía de un liceo de hombres y de un medio socio cultural donde las futuras madres no trabajaban ni menos estudiaban. 78


Me hice amigo de Julio Quiroz, con quién además de estudiar afiches, éramos compañeros de cuarto año de humanidades en el anexo del Conservatorio y Bellas Artes. Julio provenía de las Condes, su padre trabajaba en la empresa multinacional Grace & Co, se vestía en Scapini y era loco por los recién aparecidos hotdogs. Una vez me invitó a la Fuente de Soda Dominó y se comió doce completos y yo sólo me pude comer dos. Otro día me invitó a comer pizzas a Ravera en la Plaza de Armas. Las pizzas eran entonces una primicia en Chile: una masa redonda como pan de molde con queso derretido que las servían en trozos triangulares. En el anexo del Conservatorio se juntaban estudiantes de Bellas Artes, de Música, de Danza y de otras carreras, y entre esos alumnos había una chica delgada que vestía blusas, faldas y medias de colores muy vistosos. La joven se destacaba por ser muy poco sociable y se llamaba Isabel Cereceda Parra, hija de Violeta Parra. Con Jorge Barra que estudiaba escultura en Bellas Artes, comenzamos a publicar una revista satírica usando como personajes a los compañeros y profesores. Recuerdo que alcanzamos a lanzar tres ediciones de un ejemplar, hasta que fue descubierta por el profesor jefe que aparecía en la portada. Este profesor salió más anacrónico que don Tarugo del liceo de San Bernardo, y prohibió la publicación, lo que me provocó un enorme desgano de continuar en dicho establecimiento. Después de ese incidente me entregué por entero a la Escuela de Artes Aplicadas, lo que me permitía participar en otros talleres tales como cerámica, repujado y esmalte en cobre, tallado en madera y estampado en telas. Con excepción de las clases de Waldo González, quien entregaba conceptos interesantes de comunicación visual, el curso de afiche era muy monótono. En escultura, yo modelé en greda la figura de una anciana sentada, una pequeña obra que fue considerada por Corsi como un buen motivo para tallarlo en madera, cuyo taller estaba situado sobre el restaurante. Allí estudiaba Helka, la hija del encargado de negocios de Hungría, por entonces la representación más alta de ese país en Chile. 79


Helka me hablaba de su patria magiar y de su ciudad capital que eran dos: Buda y Pest, divididas por las plácidas y azulinas aguas del Danubio. En una ocasión la encontré en la piscina de Las Vertientes mostrando unas cualidades de nadadora realmente admirables, que unidas a otras muy propias de su físico, me incitaron a felicitarla calurosamente. Por entonces ella entregaba una enorme cantidad de horas de su vida a ese deporte, por lo que no fue casualidad que ese año obtuviera el título nacional a nivel estudiantil. Helka era maciza sin ser musculosa, de piel casi canela, de cabellos cobrizos, y esa tarde en Las Vertientes, entre cientos de nadadoras, su cuerpo atlético y escultural, se destacaba como una obra muy cercana a la perfección. Empezaba realmente a querer aquel mundo al cual había accedido, y donde todo me era nuevo. Se podía fumar en clases, tutear a los profesores y otras tantas libertades controladas por la responsabilidad propia y la autodisciplina. Por otra parte comencé a relacionarme con gente del medio: Tuve el privilegio de contar como compañero de curso a Jorge Silva, hijo del conocido dibujante periodístico “Palooka”. Fui amigo de Francisco Moreno, quien años más tarde junto a José Messina crearon la primera oficina de diseño de Chile y fueron los que dibujaron los afiches para el Instituto de Teatro de la Universidad de Chile (ITUCH). Tuve algunos contactos con los hermanos Larrea y mi amistad con Gabriela Vergara es inolvidable. También surgieron amigos para toda la vida, tales como el decorador paisajista Horacio Rammsy y los hermanos Arturo y Patricio de la O. El ámbito social de la escuela estaba sazonado con una nutrida actividad política, en donde predominaban las militancias comunistas, democristianos y socialistas. De aquellas tres tendencias yo rechazaba de pleno a la DC, y entre las otras dos alternativas, me sentía atraído por los comunistas con los cuales empecé a asistir a las actividades que desarrollaban. Ése llegaría a ser el primer paso a una toma de posiciones ante la problemática social vigente en ese periodo de la historia. Yo no había nacido para ser neutral, posición que por lo demás, nunca consideré legítima. 80


Una tarde se presentó en el hall de la escuela, el Teatro del Pueblo, con la participación de María Maluenda a la cual conocía solo por fotos y porque había escuchado su voz en los radioteatros nocturnos. Con algunos compañeros asistíamos a algunas clases de croquis en la Escuela de Bellas Artes en el Parque Forestal y allí tuve de profesora a Gracia Barrios. Luego y para ganarme unos pesos, empecé a trabajar en un taller de letreros que estaba en Arturo Prat frente a la casa central de la U de Chile. Era un taller de mala muerte en donde pude conocer el mundo de los pintores de letras y carteles, aquellos maestros del pincel, muchos de los cuales afirmaban el pulso con una caña de vino en ayunas para luego hacer maravillas. Recuerdo que en un muro al costado de un edificio en la Alameda, se pintó una gran botella de Coca Cola con burbujas y hielo a partir de un dibujo muy pequeño ampliándolo con la técnica del cuadriculado. Se acercaba diciembre y con ello la 2a Feria de Artes Plásticas en el Parque Forestal junto al río Mapocho. La primera feria, que casi a pulso había sido organizada por Germán Cassman y Arturo Edwards, resultó todo un éxito. En ella, se destacó Violeta Parra con sus óleos y arpilleras. En esa segunda feria no participé, pero si, los novatos que nos encontrábamos allí, tuvimos la ocasión de conocer estudiantes de pintura de Bellas Artes como Dino di Rosa, quien tenía su taller a pocos metros del parque, con quien empecé a asistir a algunas reuniones de las juventudes comunistas de la facultad. El curso de afiches era lo menos interesante que estaba realizando y entonces, en busca de mayores motivaciones, comencé a investigar en nuevas formas estéticas además de la pintura y el dibujo.

Julio Palazuelos Por ese entonces llegué al taller de grabado dirigido por Julio Palazuelos. El maestro Palazuelos mostró ser un experto, una eminencia en todas las técnicas de grabado las cuales se ofreció a enseñármelas como alumno libre, o sea sin necesidad de matrícula que costaba dinero. Seguramente era una forma de educación traída desde Florencia o Madrid, ciudades donde él se había formado. Eso me gustó, 81


debido a que en este medio no son los diplomas lo que importa sino el resultado del trabajo. El grabado consiste en crear una matriz de un dibujo con diferentes materiales para luego transferirla al papel. Esta técnica es antecesora de lo que hoy conocemos como imprenta. Julio Palazuelos me fue llevando por todas las técnicas de esta disciplina, empezando por madera o xilografía, continuando con grabado en metal, litografía, serigrafía y otras. Casi todos los que trabajábamos allí éramos alumnos libres, es decir, no estábamos en las listas de alumnos. Julio era también un maestro del dibujo y admiraba mis espontáneas creaciones aun sin pulir y conversamos en varias ocasiones sobre la posibilidad de ilustrar libros. Muchas veces siento la necesidad o el deseo de reencontrarme con aquellos seres que por muchas razones, y especialmente por la distancia en el tiempo y en el espacio, fueron quedándose en el letargo durante muchos años, pero habitan en mi “Yo” interior y que se expresan mediante diversas facetas de mi sentir, razonar y actuar. Uno de ellos es Julio Palazuelos, a quién he admirado y recordado durante mucho tiempo por su talento, sus conocimientos y su sencillez, y a quién además agradezco su gran aporte a mi formación en el oficio del arte gráfico. Después de indagar en diversas fuentes, pude dar con su paradero y así acordamos una cita telefónica. La charla con el maestro Palazuelos, considerando que habían transcurrido 46 años desde el último encuentro fue, como era de esperarse llena de recuerdos de un tiempo de quijotes donde muchas cosas el artista o artesano, como a él le gusta catalogarse, debía construir diariamente, experimentando los diversos materiales existentes que pudiesen otorgar nuevas cualidades al grabado y al arte gráfico en general. Allí nada estaba predeterminado y los límites creativos del artesano sólo los ponía su carencia de imaginación. Así lo deja de manifiesto Palazuelos cuando menciona la actitud de limitar la enseñanza,

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de parte de los profesores de artes gráficas en la Europa que él bien conoció. “El grabado significaba empleo y con ello, sustento” sosteniendo con ello la comprensión o más bien la justificación de aquella reticencia a llevar a cabo una formación acabada de nuevos artesanos en una Europa de postguerra que bien sabía de la escasez de empleo y del hambre que la acompañaba. Le pregunto al maestro, de dónde emana y cuándo se define su vocación artística y él, sin posturas de acrobacia intelectual contesta en forma rápida y natural: “Partí dibujando desde muy pequeño, no tengo un recuerdo exacto, pero cuando cursaba el primer año de primaria, le hacía los dibujos a la profesora, de modo que debo haber dibujado desde los 4 años”. En ese momento, al oírlo expresarse así, caí en la cuenta de que se trata de un artista innato y le mencioné entonces la admiración que en aquellos años sentí por su pedagogía, que aunque insertada en un tiempo y un medio rígido y dogmático proporcionaba al alumno una independencia creativa. ¿Dónde fundaba el maestro su estilo de enseñanza tan singular? Aquí, Palazuelos lanza una risa simbolizando modestia y reduce con humildad aquel elogio argumentando que en ése entonces era una estrategia para captar alumnos a ese arte que a causa de la forma en que era necesario trabajar en los talleres no contaba con muchos participantes. Además en Florencia él había visto un sistema de talleres en el cual, el alumno, pagaba una sola vez por su derecho a participar y podía hacerlo toda su vida y en ello, basaba el hecho de aceptar alumnos libres. Sin embargo, esa explicación no se sostiene cuando hace un repaso a sus seis años en Europa estudiando grabado donde los talleres estaban a disposición pero no así los conocimientos de los maestros los cuales los mantenían como secreto profesional ya que para ellos eran su fuente de sustento. En ese efímero memorial telefónico deja Julio de manifiesto su concepto de que los espacios necesarios para la creatividad deben ser estimulados tanto en sus estructuras pedagógicas como en la 83


relación humana maestro alumno. Y acota al respecto: La identidad creativa del artesano manifestará una especie de herencia social emanada de esa dualidad. Y no hay nada de extraño en eso, pues asociamos frecuentemente ese fenómeno de reflejo en la conducta social heredada de nuestros padres.” Y tras esa reflexión, asoma el recuerdo de su primer ingreso económico cuando a sus 21 años la revista “Ill Victorioso” de Roma le pagó por dos historietas un dinero que le permitió seguir viaje a Florencia. Es entonces cuando haciendo una comparación paralela con el alumno que fui, recuerda: “Me parecía muy similar tu experiencia en ese aspecto. Tú llegabas a mi taller y a tus 21 años ya habías publicado algunos dibujos. Sin duda sentí admiración y afinidad hacia ti por esa similitud que nos unía y que más tarde se confirmaría al ver tus grabados en la página del horóscopo de la Revista del Domingo de “El Mercurio” quienes los publicaron durante muchos años. Luego, en su conversación, el maestro me llevó por Florencia presentándome las fuentes técnicas y pedagógicas que de algún modo llegaron a mí a través de su enseñanza. ¡Gracias Julio! Le digo a modo de despedida, sin mencionarle la palabra “maestro” para no perturbar su estilo sencillo, objetivo y siempre ajustado al tema tratado. Hoy, a sus casi 80 años de edad, transita entre Santiago y Viña del Mar la ciudad jardín, que goza del privilegio de tenerlo consigo en estos días en que su pasado es cosa reciente, y lo que vendrá... llamémosle futuro. Mi asistencia al taller no era muy regular, pues a causa de mi precaria situación económica, tenía que aprovechar los trabajitos que ocasionalmente me encargaban. Ante esta situación, Palazuelos habló con Luis Münzenmayer, el profesor de afiches, para que me diera trabajo en su taller de decoraciones en Vivaceta, al norte de Santiago. Mün84


zenmayer me dio como primer trabajo, pintar el logotipo de Siam en una plancha ovalada de un metro cuadrado. Entonces saqué mi caja de compases y reglas para medir las proporciones de la maqueta que luego proyectaría en escala a la plancha. –¿Que haces? Me preguntó Münzenmayer. Y yo le respondí que estaba aplicando los conocimientos que él mismo me había entregado en el curso de afiches. Entonces él, sonriente, me respondió que tenía que extender el curso en cuatro años, en cambio lo que yo estaba haciendo había que instalarlo en una tienda de línea blanca del centro, en el plazo de una hora. Creo haber trabajado una semana, pero lo que gané, apenas me alcanzó para el pasaje de dos microbuses desde San Bernardo y una merienda. Palazuelos me ofreció una ayudantía en grabado, pero ésta la obtuvo Julio Quiroz por ser el único alumno regular del taller. Por otra parte mi acercamiento con los estudiantes comunistas era un hecho. Junto con Dino de Rosa asistía a las reuniones que en su mayoría se realizaban en el Barrio Alto, en una casita con antejardín de un estudiante de teatro que vivía con su pareja, o bien en la mansión de un estudiante de sociología. Y en esas reuniones se empezó a planificar un campamento en el pueblo Salamanca en el norte chico, con fines de coordinar y afiatar el apoyo a los candidatos del Partido Comunista a las elecciones municipales del año 1963. Con Dino de Rosi fuimos nombrados pioneros de la expedición a aquél campamento.

Salamanca

Partimos hacia Illapel desde el terminal de buses de la estación Mapocho llevando en nuestro equipaje una lona, una carpa y la infaltable guitarra de Dino. El viaje a Illapel ya no guardaba semejanza con aquél que cuando niño, había hecho en tren. Ahora en las paradas del bus, habían quioscos que expendían productos regionales y también algún vendedor subía ofreciendo café instantáneo, pan amasado y queso de cabra. A Illapel llegamos por la tarde, y de inmediato nos dirigimos al local de las Juventudes Comunistas en Avenida Recabarren donde los compañeros nos recibieron con comida caliente mientras algunos jóvenes bailaban valses peruanos. 85


Al día siguiente seguiríamos nuestro viaje a Salamanca, de modo que esa noche dormimos en casa de una anciana viuda; una pequeña casita de adobes y que pintada a la cal, se destacaba por su blancura en la parte alta de la ciudad. Un pequeño altar de la Virgen de Andacollo, se distinguía en un rincón del humilde comedor de la vivienda, en cuyo fondo colgaba el estandarte del Partido Comunista. –Yo siempre le pido a la virgen que gane nuestro partido, nos explicaba la anciana justificando aquella simbólica alianza. Después de convidarnos un mate bien caliente, nos llevó a nuestro dormitorio: un cuarto pequeño, con piso de tierra, dos camas angostas con sábanas muy blancas y almidonadas que nos invitaron a un sueño casi inmediato hasta que los rayos del sol y el canto de los gallos nos despertaron. Luego de agradecer la hospitalidad y despedirnos de la compañera anfitriona, nos fuimos a desayunar a la feria que estaba en una calle céntrica. –¿Desayunito?, nos preguntó una agraciada muchacha al momento de sentarnos. No esperamos mucho antes de que reapareciera con un jugoso bistec en cada plato acompañado de huevos fritos y unas grandes rodajas de tomates con cebolla cortadas a la pluma. Aquella mañana los compañeros del PC de Illapel nos entregaron un paquete con afiches impresos con los candidatos a regidores del PC por la comuna de Salamanca. Los pasajeros del micro que nos llevó hasta Salamanca eran gente muy humilde, y por sus ropas bien podíamos diferenciar a campesinos de mineros. El microbús trepó las altas y áridas montañas para luego bajar al valle del Choapa y seguir el curso paralelo con el río del mismo nombre que, bordeado por una vegetación moribunda, nos hablaba en silencio del espinudo problema de la escasez de agua, agudizado por los propietarios ricos de las haciendas precordilleranas. Estos, arbitrariamente, se habían apoderado del flujo de las aguas para abastecer sus propios estanques, ignorando totalmente el criterio de equidad y del derecho natural al vital elemento. En la Plaza de Armas de Salamanca nos esperaba el encargado a quien ya habíamos visto en los afiches que traíamos con nosotros. También a él le fue fácil ubicarnos; éramos los únicos pájaros raros 86


entre los pasajeros del bus, de modo que sin mayores presentaciones, nos llevó al sitio donde montaríamos el campamento. Allí nos esperaban un grupo de hombres, mujeres y jóvenes sentados en una fila de mesas bajo un gran toldo de lona que dejaba un espacio para tender nuestras frazadas y sacos de dormir. Luego de los discursos de bienvenida, nos fuimos a almorzar una cazuela de ave a la casa de un matrimonio donde el hombre era cateador de metales al igual que su hermano, que también vivía bajo el mismo techo. Estos hermanos, cuyo apellido era Rojas, tenían cualidades de narradores innatos y relataban casi a dúo la misma historia de sus andanzas por las montañas buscando vetas de metal por encargo de compañías mineras. Era habitual que en sus relatos paralelos, uno de ellos perdía el hilo de la historia, entonces este detenía su narración y escuchaba al otro hasta reencontrarse con el punto del relato. Contaron que en una ocasión fueron sorprendidos por una fuerte y prolongada tormenta de nieve y que obligados a permanecer una larga temporada en una cueva, lograron sobrevivir alimentándose con sus propias provisiones, y con vegetales y animalitos que lograron atrapar. Al empezar la primavera, pudieron bajar al pueblo causando un gran revuelo en el que se mezclaban el miedo y el estupor de verlos aparecer como dos fantasmas venidos del más allá. El hecho es que se había extendido a tal extremo el rumor de la muerte de los hermanos Rojas que como ellos mismos decían: “muchos ya nos habían perdonado”. Al volver al sitio del campamento y antes de entregarnos al sueño, encendimos una fogata para calentar agua y tomar un té acompañado de un excelente pan amasado de la casa de los cateadores. El cansancio no nos dio tiempo ni energías para pensar en el misticismo que reinaba en cada piedra y en cada arbusto de un Salamanca envuelto por la leyenda del Aquelarre de brujos. A la mañana siguiente llegaron algunos compañeros salamanquinos con provisiones y verduras y se pusieron a preparar las ensaladas y fideos con salsa de tomates y carnes, con lo cual se recibiría al resto de la delegación que al mediodía llegaría desde la capital. 87


Con la llegada de la joven delegación, conformamos un grupo de doce estudiantes de distintas escuelas de la U de Chile: Álvaro, del pedagógico y que portaba el honor de haber estado en Cuba; Ricardo y Manuel, estudiantes de ingeniería y portadores de un humor chispeante y oportuno. Antonio, el estudiante de leyes y su compañera Bernardita, de la escuela de teatro; Patricia con su pareja Carlos, ambos cantaban muy bien y provenían de filosofía; Dino, de Bellas Artes cuyo papel era presentar su teatro de títeres en el que yo lo secundaba; mi actividad sería diseñar y dirigir el pintado de murales en paredes permitidas por sus propietarios. El grupo lo dirigía la pareja Myriam y Pablo, estudiantes de Sociología y dirigentes de la FECH (Federación de Estudiantes de Chile). Nuestro primer día de trabajo en Salamanca fue dedicado a planificar en detalle el viaje por las comarcas cercanas y especialmente estructurar el acto que realizaríamos en la Plaza de Armas. Ese mismo día ocurrió un hecho inesperado para nosotros; ante nuestra solicitud de permiso legal para hacer el acto público ya señalado, tuvimos la respuesta directa del mismo Alcalde de la ciudad. La mencionada autoridad local, era un joven derechista quien llegó a visitarnos vestido de huaso y con mucha amabilidad nos ofreció los recursos necesarios. De paso nos informó que las calles principales contaban con altoparlantes en todas las esquinas mediante los cuales, podíamos ser escuchados por prácticamente todo el pueblo. Esta actitud del Alcalde, impensable en alguna de las comunas de la capital, dejó una enorme interrogante en nosotros. Álvaro y Antonio consideraron la amabilidad del alguacil como algo muy peligroso y proponían no aceptarla y realizar el acto sin permiso alguno. –¿Y si aparecen los Carabineros? Fue la pregunta que nos hicimos varios del grupo. –Si Carabineros detiene el acto público, entonces esto se convertirá en titulares de prensa y radio, sostenían los exponentes de la idea del posible enfrentamiento. La mayoría optó por ahorrarse el choque y realizar legalmente el acto en la plaza y trasmitirlo por los altavoces. 88


Al atardecer y con fines de ventilar ideas e ir armándonos de inspiración para las jornadas que se nos avecinaban, salimos a caminar a la luz de la luna. En una explanada a orillas del Choapa encendimos una pequeña fogata y Dino por fin pudo desenfundar su guitarra que había permanecido dormida, y mostrarnos sus cualidades de guitarrista deleitándonos con zambas argentinas. Estrella tú que miraste, tú que escuchaste mi padecer, estrella, deja que cante, deja que quiera como yo sé. Al siguiente día iniciamos el recorrido por los pueblos aledaños a Salamanca. así conocimos las crudas realidades de los habitantes de El Tambo, Camisa, Tahuinco, Chalinga, Chillipín y otros cuyos nombres se han extraviado de mi mente otoñal. En esa visita presenciamos como curiosos espectadores la visión de una cruda realidad, una extrema y desconocida miseria que nos removió hasta las más íntimas de nuestras frivolidades capitalinas. El haber visto la miseria en que vivían esas familias campesinas, ocasionada especialmente por la escasez de agua, nos permitió recoger uno de los dos argumentos para estructurar la temática del acto político-cultural. El segundo argumento se basaría en las experiencias que gran parte de los habitantes del valle del Choapa habían vivido en tiempos de la explotación tanto del salitre como del salitrero mismo. De modo que el agua y el nitrato serían los inductores temáticos de lo que considerábamos pasos valiosos en la lucha por alcanzar la conciencia social. Pero el recorrido por aquellos pueblos nos dejaba también un cúmulo de valores que ratificaban nuestros idearios y nos mostraban el auténtico contexto social del cual éramos partícipes. Fue así, como ese día, en la triste sequedad del Choapa, sentí en el flujo de mi sangre, que yo era parte de un proyecto mayor. El esperado momento del acto había llegado, la tarde era fresca y despertaba la tradicional curiosidad de los pueblos donde nunca pasa nada. El escenario era circular, destinado más bien para retretas domingueras que para otra cosa. Frente al mencionado escenario se 89


habían reunido decenas de personas, mientras que la gran concurrencia tomaba discreta distancia apostándose en las veredas circundantes a la plaza. El acto fue abierto por el candidato del PC local, dando la palabra a Pablo quien explicó los motivos de nuestra presencia y planteó algunas razones por las cuales era de mucho valor el apoyar a los candidatos comunistas. Después de Pablo aparecieron los títeres manejados por Dino y yo. La pieza planteaba en forma satírica el grave problema que surge de la escasez del agua. Luego subió Bernardita al escenario, vistiendo con majestuosidad una túnica oscura, mientras las voces de Patricia y Carlos llenaban el espacio acústico de la plaza y las calles de ese pueblo que de pie se dispuso a recibir el eco de sus penas y el relato ardiente del caliche. Canto a la Pampa, la tierra triste, réproba tierra de maldición, que de verdores jamás se viste, ni en lo más bello de la estación. El canto de Patricia y Carlos se va silenciando mientras la voz de Bernardita va in crescendo en su recitado a Margarita Naranjo: la oda de Pablo Neruda a la mártir de la Pampa salitrera. Estoy muerta. Soy de María Elena. Toda mi vida la viví en la pampa. Dimos la sangre para la Compañía norteamericana, mis padres antes, mis hermanos. Sin que hubiera huelga, sin nada, nos rodearon. Era de noche, vino todo el Ejército, iban de casa en casa despertando gente, llevándola al campo de concentración Al terminar el acto recibimos prolongados y muy emotivos aplausos de quiénes estaban frente al escenario mientras que la numerosa concurrencia que acompañó el acto con cautela en un esfuerzo de ocultar su presencia, se fue retirando en forma lenta y silenciosa. Buscando la razón a este fenómeno, surgía la explicación de que el consabido temor a ser tachado de comunista pesa toneladas de años 90


en las explotadas espaldas del pueblerino. El silencio de la Pampa hay que saberlo escuchar, nos dijo un viejo minero en alusión a aquellos que prefirieron las veredas y como pidiéndonos comprensión para ellos. Después de oír al anciano, nos miramos... y ante tanta evidencia, decidimos guardar el mismo silencio. La noche cayó sobre la plaza y las aceradas voces de Patricia, Carlos y Bernardita, se quedaron en el aire y se prendieron al corazón del hombre, la mujer y los niños de ese pueblo de silencio... aquel silencio de la Pampa, que se vino con ellos, tras el justo derecho al pan y al agua. Atrás quedaba el recuerdo de Margarita Naranjo, que por esa noche había dejado su tumba de María Elena para venir a contarle y cantarle a las conciencias de Salamanca, que otros tiempos se avecinaban. Los siguientes días estuvieron plagados, por una parte, de discusiones sobre los métodos usados y por otra parte, ocurrió que Myriam se enamoró apasionadamente de Álvaro que usaba barba y boina a la usanza cubana dejando a Pablo en un baño de lágrimas. El regreso a Santiago se hizo paulatinamente quedándome con la pareja compuesta por Antonio y Bernardita, quienes salieron solos esa noche y llegaron sospechosamente tarde al campamento. Al día siguiente mientras empacábamos nuestras cosas, apareció el compañero del PC de Salamanca muy molesto por el hecho que muchas fachadas de casas de particulares, habían sido garabateadas con consignas comunistas. Para colmo, habían usado pintura negra en el rayado de éstas. Los propietarios ya habían presentado una denuncia a Carabineros, de modo que tuvimos que huir como bandidos de ese pueblo en el próximo bus. Aquel encuentro con campesinos y ex mineros del Choapa que junto a sus familias luchaban para sobrevivir en miserables condiciones, sometidos por un poder ejercido por otros sobre ellos, produjo tal impacto en mi que encendió mis deseos de asumir una actividad más concreta en las JJ.CC. En el plano ideológico las ideas de Marx, Engels, Fidel Castro y la revolución cubana, especialmente los postulados de la Segunda declaración de la Habana, influían en mí junto a mis propias experiencias de vida. 91


Estábamos ya respirando la primavera de 1962, el mundial de fútbol seguía presente en el pueblo chileno, y el rock del mundial no paraba de escucharse en los receptores de radio.

La Militancia

Mis compañeros de aquel viaje a Salamanca vivían en barrios como Santiago Centro, Providencia, Ñuñoa e incluso Las Condes, siendo estos los sectores más derechistas y acomodados. Por otra parte el trabajo en la Universidad era de agitación y su objetivo político era la correlación de fuerzas dentro de la FECH, en tanto el país, se encontraba en los inicios de la campaña para las elecciones Municipales que se llevarían a cabo el 7 de abril de 1963. Así es que bajo esas premisas y de vuelta en mi terruño, me fui en busca del Partido Comunista de San Bernardo. Allí el PC tenía su sede en la calle San José en la cuadra más pobre del viejo San Bernardo, en un galpón que facilitaba José Santibáñez, un viejo carpintero que se ganaba la vida fabricando ataúdes para una funeraria situada en la Plaza de Armas de San Bernardo. A veces Santibáñez, por falta de espacio en su taller anexo al local del PC, se veía obligado a almacenar los ataúdes en el mismo local del partido, usándose estos a veces como asientos durante las asambleas. La construcción del galpón siendo muy modesta, sobrevivía al deterioro causado por el tiempo gracias a parches de estuco y pintura de carburo. El techo era de zinc y en las paredes reconocí la similitud de diseño en los afiches de las candidaturas a regidores por San Bernardo, con los de la campaña de Salamanca. Aquella tarde fui recibido por cuatro o cinco dirigentes del comité local, a quienes les expresé mi deseo de trabajar en la Juventud. Ellos se consultaron con sus miradas y me prometieron citar a algunos jóvenes a una reunión. Los viejos militantes del partido, demostraron mucho interés en mis deseos de trabajar y unos días más tarde recibí de ellos una lista de nombres de jóvenes a los cuales yo podía contactar. Y así fue que llegamos a lograr la primera reunión de las JJCC de San Bernardo, que no fue difícil de convocar. Llegaron una veintena de jóvenes, entre ellos los tres hermanos Herrera, Iván Santibáñez, Quezada, Stinelli 92


Sandoval, María Erices, María Romero y su hermano Renán a quien reconocí como orador en la manifestación del 2 de abril del año 1957. Renán prometió su ayuda a la organización pero pidió quedar al margen de la militancia activa. A aquella reunión asistió además un representante de la Dirección Local del partido y allí se acordó formar una célula en el centro de la ciudad y entrar en coordinación con otras que funcionaban en forma esporádica en ciertas barriadas. Todos los jóvenes allí convocados tenían referentes comunistas en sus familias, siendo yo el único sin una concordancia política dentro del entorno familiar. . Fue así como tras esa primera reunión, y junto a Santibáñez y María Romero, quedé integrando el Secretariado cuya primera tarea fue impulsar la formación de una Dirección Local provisoria y trabajar en la campaña por las elecciones municipales. Para esas metas, visitamos las poblaciones Santa Cristina, O*Higgins y Cóndores de Chile en los paraderos 29, 30 y 35 de la Gran Avenida. Otros sectores que visitamos fueron Población Sur, Nos, Lo Herrera y otras. El trabajo de agitación se centralizó en pintar en muros autorizados: consignas, nombres de nuestros candidatos, imágenes de trabajadores, de campesinos e intelectuales, de hombres mujeres y niños. Estos murales se realizaron antes de la formación de las brigadas Ramona Parra. En la célula se formó además un teatro de títeres con el cual realizamos algunas funciones dirigidas a los niños de poblaciones urbanas y sectores rurales. Así fue como llegamos a una población de areneros a orillas del Río Maipo; un caserío pobre que casi todos los inviernos, era arrasado por la subida de las aguas, dejando un manto trágico de dolor. Con María Romero comenzamos a encontrarnos más allá de las actividades políticas. Ella había recibido una beca para estudiar medicina en la Universidad Patricio Lumumba en la Unión Soviética y tenía que viajar el invierno del año siguiente. Me llevó a su casa donde conocí a sus padres; Gabriel Romero, ceramista y profesor de dibujo en la Escuela N° 4 de Niñas. Su madre, Marta Sepúlveda también profesora primaria, quién siempre llamaba 93


a su marido por su apellido, ya que cuando su hermano llegó con su compañero de curso lo presentó diciendo ¡Este es Romero! También conocí a Doris Pasionaria, o Tana, la hermana mayor de María. De paso me presentaron al flaco Eduardo Sánchez, el pololo de Doris. Con ambos aún mantengo una gran amistad. En ese hogar conocí a Gaby la menor de las hermanas y a doña Clarita, la asesora del hogar, una mujer de unos 60 años de origen campesino y que me bautizó como el Caramelo. Por su parte Renán que ya era profesor de historia había formado su propia familia y visitaba a sus padres de vez en cuando. Renán y Eduardo eran muy críticos a muchas formas prácticas e ideológicas del partido. No hacía mucho que el PC se había distanciado del estalinismo pero la influencia del PCUS era muy fuerte aún. Por entonces habían quienes comentaban que si algún militante se definía como marxista leninista, no faltaba quien seriamente le preguntaba –¿y estalinista no, camarada? Me encontraba recién entrando a ese mundo de discusiones doctrinarias, y a pesar de no gustar mucho de ciertas peroratas teóricas, pensaba y sostenía con firmeza que el PC era la fuerza más consecuente para construir una sociedad más justa en Chile. El hecho que María, como otros tantos jóvenes del mundo entero, tuviera la oportunidad de estudiar gratis en la URSS o donde fuese, lograba mi profunda admiración. Al calor de las elecciones municipales la jota en San Bernardo fue creciendo y organizándose mejor. Nuevos y viejos jóvenes se arrimaron al calor del trabajo político y a la manera de los malones, fuimos haciendo reuniones políticas bailables. Los ritmos y canciones de moda se mezclaban con canciones de la guerra civil española, de la revolución cubana y diversos cantos folklóricos. Se acercaba la navidad y las células reunían golosinas que se repartían entre los niños en nuestras funciones de títeres. Y fue en una de esas salidas cuando llegamos a la parcela de Luis Tirado, allí en la rinconada de Chena donde se juntaron muchos niños campesinos. Lucho Tirado era entonces entrenador de la selección chilena de fútbol, también lo había sido del glorioso ballet azul, de la Universidad de Chile, y siempre fue un militante comunista excepcional. 94


Recuerdo muy bien aquella nochebuena en el hogar de María, su padre había construido un árbol de navidad muy bello y original con cartón y un palo de escoba; una muy singular obra de arte moderno y de una sencillez de acorde al verdadero significado de aquella festividad. También recuerdo muy bien el par de calcetines Monark que recibí de regalo. En la noche de año nuevo y en la parte más alta y despejada del Cerro Chena pusimos tarros llenos de petróleo y guaipe unidos por una cuerda embetunada que al encenderla, y con la ayuda de la oscuridad, se transformaba en una gigantesca imagen luminosa de la hoz y el martillo. Esta artesanal obra pirotécnica se podía apreciar desde toda la ciudad y sus alrededores. Al año siguiente hicimos idéntico trabajo, pero en esa ocasión se leía el nombre de ALLENDE.

Mi encuentro con Santos Chávez Luego de haberme ocupado intensamente en la campaña por las municipales en San Bernardo, volví a la Escuela De Artes Aplicadas y específicamente al taller de grabado donde seguí experimentando y avanzando en técnicas como las aguas tintas en cobre, donde Palazuelos era realmente un maestro. La litografía fue una de las técnicas más acabadas cuyo uso y proceso básico provenía de fines de 1700. Se dibujaban con lápiz o tintas grasas en una piedra caliza plana y pulida, imágenes y textos invertidos. Luego para imprimirlos en papel, la superficie de la piedra se humedecía con agua, la cual era rechazada en las superficies grasas donde se fijaría la tinta de imprimir. Esta técnica fue siendo superada por las prensas tipográficas, pero el principio de la separación de agua y grasa dio origen a la técnica Offset donde las piedras calizas son reemplazadas por planchas de papel o metal conservando las mismas cualidades de la litografía. La impresión en Offset alcanzó un rol dominante en todo el mundo antes de la impresión digital. Desde el punto de vista profesional, estas experiencias me entregaron herramientas para el oficio de gráfico que hasta hoy me siguen siendo útiles. Debo mencionar aquí que entonces un cúmulo de herramientas e instrumentos quedaron fuera de servicio cuando la técnica gráfica 95


entró en etapas de industrialización. Algunos ejemplos son los lápices litográficos y los pinceles de pelo de marta. Estos últimos se empleaban para pintar y dibujar originales. Todos estos utensilios se han ido desplazando en la gráfica, encontrando en el mercado de la cosmética y el maquillaje, su supervivencia comercial. En aquel taller de grabado no pasaba nada nuevo y hasta el tiempo parecía estar detenido. La vieja pintura blanca de los vidrios de las ventanas nos apartaba del mundo y filtraba la luz solar que nos indicaba si era de día o de noche. Los que trabajábamos allí éramos los mismos del año anterior, y los estudiantes de otros talleres no tenían idea ni sentían el menor interés por lo que se hacía en ese interior oscuro que olía a ácidos, pez de castilla, madera, cera derretida y otras sustancias en cierto modo repelentes al olfato. Pero aún así, un día de otoño aparecieron dos extraños: uno de ellos con facha de gringo, que se presentó como Juan León, licenciado en Artes Plásticas en Dresden, el otro, más gordo y moreno, vestía un vestón gris bastante usado y dijo llamarse Santos Chávez y haber estudiado grabado con Julio Escames en La Universidad de Concepción. Este último nombre, Santos Chávez, me era conocido pues estando en casa de Bernardita antes de viajar a Salamanca había visto unos de sus grabados que representaba un rostro muy dramático junto a una cabeza de cabra. Juan León consideró que lo que allí hacíamos no estaba a la altura de sus conocimientos y se expresó en forma despectiva e insolente sobre el trabajo de Palazuelos, pero Santos pidió con humildad integrarse al taller, lo que Palazuelos aceptó encantado. Al día siguiente el recién ingresado llegó con unas planchas de cobre para hacer aguas tintas, una técnica de grabado en metal cuyas impresiones dan la sensación de visualizar tonos transparentes. Santos Chávez se acercó a mí y muy pronto se familiarizó con las instalaciones del taller "Amantes" que gracias a la generosidad de Palazuelos, Xilografia de Santos Chavez también fue suyo durante varios años. Y así 96


nació entre Santos y yo esa amistad entrañable que duró muchos años y que se vio interrumpida por su temprana muerte el 2 de enero de 2001. Santos realizó una colección en litografía de la cual yo hice la portada; recuerdo que el título contenía la palabra viento, el cual se podía apreciar en las olas que éste producía en los trigales, imagen que Santos mantenía desde su niñez de pastor. El trabajo conjunto y las salidas nocturnas con Santos las fui combinando con mis encuentros con María a quien iba a buscar al Instituto Chileno Soviético donde ella estudiaba ruso, pues ya en agosto empezaba sus estudios en Moscú. Ese otoño el Instituto de Teatro de la Universidad de Chile (Ituch) presentó la obra de Bertold Brecht “El círculo de tiza caucasiano” y en la realización del afiche, estuvieron Mesina y mi amigo Francisco Moreno. Éstos, de una manera muy audaz y singular usaron tiza de color sobre un fondo verde pizarrón en la creación del original. Con María, antes de asistir al estreno de la obra, fuimos a la charla de Atahualpa del Cioppo, director uruguayo del teatro “La Carreta” de Montevideo que dirigió la obra de Brecht en Santiago, con la asistencia de Víctor Jara y cuya figura principal era interpretada por Roberto Parada. Esos meses pasaron volando como una nube sobre mi cabeza, pero llegó la hora de la sentenciada separación con María. Con Aquiles Jiménez que entonces tenía un gran Ford norteamericano que trabajaba de taxi, conseguí que nos llevara al aeropuerto de Los Cerrillos con la familia de María. En la noche previa a su partida cayó un aguacero que inundó el paso a nivel de Lo Espejo donde en la mañana y rumbo al aeropuerto, quedamos atascados sin poder salir. El padre de María, histérico le gritaba a Aquiles para que el auto se moviera, cosa que sucedió en un último momento alcanzando a llegar al aeropuerto en los precisos momentos de embarque al Air France que llevaría a María hasta París. Al momento del despegue del avión se desencadenó una enorme tormenta mientras estábamos en la terraza con otros jóvenes sanbernardinos. Uno de ellos exclamó aludiendo a una canción de moda: “Y los cielos lloraron”. Yo guardé silencio mientras secaba mi rostro de la lluvia que caía sobre mi cuerpo y mi alma. 97


E

Elección Presidencial de 1964

n septiembre de 1964 se llevarían a cabo las elecciones presidenciales en el país y la candidatura de Salvador Allende a la Presidencia crecía con mucha fuerza, pues había logrado unir a todos las fuerzas de izquierda a su alrededor, con una postura socialista bien marcada. La Democracia Cristiana llevaba a Eduardo Frei Montalva de abanderado y la derecha apoyaba a Julio Durán, el candidato del ala derechista del partido Radical. En San Bernardo el entusiasmo y apoyo a Allende crecía como en todas partes y la correlación de fuerzas auguraba el triunfo de éste a la presidencia. En todas las poblaciones se formaron secretarías electorales, las cuales usaban diversos métodos para obtener más votos. Nuestro trabajo, que se extendía desde el paradero 29 de la Gran Avenida hasta el río Maipo, consistía en reunir jóvenes y adultos pobladores de Nos, El Esfuerzo y Chena. En esta última localidad se destacaba la familia de Luis Tirado de quién he hecho mención anteriormente y en la cual, sus hijas Marilú y Malva desarrollaban un gran trabajo partidario y electoral. Marilú recordaba hace un tiempo en Suecia que la primera vez que me vio en el local del PC en San Bernardo yo estaba sentado en un ataúd. Por ese entonces llegó a San Bernardo Benito Pascual y su esposa Agripina Arias, inmigrantes españoles que en agosto de 1939 habían llegado a bordo del Winnipeg con su hija Carmen de 4 años. El histórico barco portador de refugiados de la guerra civil española había sido contratado para estos efectos por Pablo Neruda, en esos años, Cónsul de Chile en España. Carmen y su hermano Martín de 13 años, nacido en Chile, empezaron a militar y trabajar en la Jota de San Bernardo. Estos al ver mi interés en su familia me llevaron a su casa donde conocí a sus padres con los cuales surgió una gran amistad. Agripina falleció en el año 2008 a la edad de 91 años, dejando en la memoria de muchos sus años de lucha contra la dictadura de Pinochet en el terreno de los Derechos Humanos, en su calidad de miembro de la Agrupación de Familiares de Presos Políticos. Por otro lado, Pedro Ovalle, que era violinista, formó junto a su esposa y otras compañeras de la población Sur, un coro para apoyar la 98


campaña. Famoso fue el himno escrito por Pedro e interpretado por el coro y aludiendo a Salvador Allende quién era el candidato N° 1 en el sufragio, el estribillo decía así: Como el uno es el mejor el mejor y se llama Salvador Salvador. El coro de Pedro Ovalle estuvo siempre presente durante la campaña y en cada acto hacían cantar a todos los asistentes. Por mi parte fueron innumerables los murales de apoyo al FRAP que me tocó pintar en paredes, autorizado por los dueños. El temario de los murales era la educación, la cultura, los obreros de la ciudad y el campo sin olvidar el mar ni la cordillera.

El naranjazo

En marzo de ese año, ocurre un hecho trascendental en la provincia de Curicó donde se llevó a cabo una elección complementaria de diputado, la cual fue considerada como un ensayo general de las elecciones presidenciales. De modo que todo Chile puso los ojos en aquella ciudad y la JJCC organizó una marcha juvenil convocando a las juventudes de la izquierda chilena. San Bernardo no faltó a la cita y llegamos a Curicó en la noche previa a la gran concentración. Esa noche dormimos en el entablado de un gimnasio, pero antes del sueño hubo una larga velada de chistes lo que causó la crítica de unos cubanos por la falta de disciplina revolucionaria. Al día siguiente después de marchar por todo Curicó, se realizó la gigantesca concentración en la plaza. Allí hablaron representantes de los partidos de izquierda y por supuesto cerró el acto, el candidato Oscar Naranjo quien semanas después ganó lejos la elección. Esa victoria hizo que la derecha abandonara a Julio Durán y respaldara a Eduardo Frei quien obtuvo de parte del gobierno de los Estados Unidos más de cuatro millones de dólares en proyectos de acción clandestina, sin contar con el dinero que ofrecieron los inversionistas privados. Los diarios y radios de centro derecha insistían con anuncios horripilantes una y otra vez en pintar en tonos muy negros 99


lo que sucedería en Chile si ganaba Allende. Las calles de las principales ciudades del país fueron empapeladas diariamente con carteles igualmente aterradores. Nosotros seguíamos trabajando sin preocuparnos mucho de esa campaña pensando que la madurez política de los chilenos era muy grande. La noche anterior a las elecciones habló desde Miami por cadena nacional Juana Castro, hermana de Fidel haciendo una descripción infernal de lo que, según ella, sucedía en Cuba. Eduardo Frei obtuvo el 56% de los votos, Allende el 39 y Durán sólo el 5%. La orquestada campaña del terror, una vez más había dado sus frutos. Este resultado fue un golpe muy duro para los que habíamos trabajado y para quienes habían apoyado a Allende ya que un triunfo hubiese significado cambios profundos en favor del pueblo chileno. Quedaba claro entonces que se nos había robado la victoria con sucios manejos y cochinos dólares. Consciente de esto, esa noche, Allende agradeció a todos los que habían depositado en él sus esperanzas.

La Derrota

Recorriendo las calles días después de las elecciones, pude ver con total claridad lo que anteriormente no habíamos querido ver en su real dimensión. Y es que, innegablemente para nosotros, por todas partes colgaban letreros y lienzos propagando “La revolución en libertad”. Además casi todas las casas lucían retratos de Frei ante los cuales y previo a las elecciones, muchos propietarios nos habían asegurado que solo era fachada, porque ellos en realidad estaban con Allende. Entonces recién pudimos constatar que la propaganda allendista desaparecía paulatinamente con el borrado de nuestros murales, mientras que al poder ejecutivo lo asumían quienes vendieron mejor su programa. Ante un tardío abrir de ojos y después de tantas horas de intenso trabajo y esperanzas, la frustración y también el cansancio nos dejaba vencidos. Fueron horas para mi aún más pesadas, pues estaba en pleno período de estudios a fin de dar los exámenes correspondientes al cuarto, quinto y sexto año de humanidades y obtener así la licencia 100


secundaria que me permitiría tener antecedentes más favorables en el momento de buscar trabajo. Por otra parte los análisis oficiales dentro de la izquierda no eran muy convincentes, la autocrítica brillaba por su ausencia y se imponía la idea de que la razón de la derrota fue el gran poder de los sectores más adinerados del país. En tanto en el plano internacional se consolidaba la revolución cubana y las relaciones chino-soviéticas seguían agudizándose siendo éstos los temas que dominaban la discusión a todo nivel. Pero, aunque todo aquello pesaba como muerto al hombro, seguíamos en la lucha, y con ayuda de un mimeógrafo del PC, comenzamos a editar un diario mural con fines de desenmascarar el “apitutamiento”, o sea la obtención de nombramientos a cambio de una actitud servil y oportunista de algunos conocidos sanbernardinos ante la DC local. Para ello contábamos con nuestra principal fuente de informaciones en los profesores del liceo nocturno, entre otros, Sánchez, Romero y Órdenes. Por esta actividad de denuncia a veces recibíamos críticas de la Dirección Local del Partido Comunista, debido a que en las últimas elecciones de regidores, el PC se había aliado con la DC para quitarle la alcaldía al radical Luis Navarro “El Pato pa los amigos”, quien por su simpatía, había obtenido la primera mayoría de votos de parte de los sectores más socialmente marginados. Así fue que, como alcalde salió elegido el DC Guillermo de la Cuadra y como primer regidor fue elegido Bernardino Jara del PC, ante las iracundas protestas de los radicales. Yo había estado viviendo donde una familia comunista pero había regresado donde mis padres poco antes de las elecciones presidenciales. Me ausenté por mucho tiempo de la Escuela de Artes Aplicadas. No recuerdo que fecha era cuando reaparecí, pero ese día coincidió con las elecciones de la Federación de Estudiantes y al preguntar por quién había que votar me miraron como creyendo que yo bromeaba. Luego al leer la lista de candidatos de la escuela encontré mi nombre en la nómina de las Juventudes Comunistas junto con Silvia del Solar Sepúlveda. 101


Después del cierre de las votaciones, nos fuimos con Arturo de la O y Julio Cesar Moreno a la sede de la FECH a esperar los resultados. La cantidad de votos de la lista daba para un elegido y yo saqué la misma cantidad de votos que Silvia pero la apoderada comunista de la mesa electoral, sorpresivamente dio a Silvia por elegida sin consultarnos en lo más mínimo.

Dudas e Incertidumbre

Mis visitas a la casa de la familia Pascual eran cada vez más seguidas y Benito, el padre, hacía sus análisis de la situación dejando muy mal parados a la dirección del Partido Comunista chileno, y de paso criticaba a sus camaradas dirigentes españoles. Mi amistad con esta familia fue creciendo y en una ocasión fui invitado a acampar unos días a la playa con ellos y otras familias que habían llegado a bordo del Winnipeg. Estos españoles me recordaban a mi padre, pues sucedía que todos los hombres, después de haber hecho las compras, nos íbamos a bañar mientras que las mujeres permanecían en la carpa haciendo la comida. Pero uno de esos días lo declararon el día de la mujer, y entonces ellas pudieron ir a bañarse en la mañana mientras nosotros cocinábamos. En las tardes el sol y el agua eran para todos y en las noches se encendía una fogata que les traía a la memoria sus vivencias de la guerra civil a dos y media décadas de aquellos sucesos. Carmen, que había vivido sus cuatro primeros años en medio de la guerra, y que había escuchado miles de veces esas historias, me invitaba a caminar para disfrutar del sonido de las olas del mar o el graznido de alguna gaviota trasnochada. Todo esto bajo un cielo con millones de estrellas, algunas fijas y otras fugaces. Pasadas las vacaciones empecé a trabajar en la Municipalidad como secretario de Bernardino Jara, pero a causa de mis inquietudes y cuestionamientos dentro de la Jota, fui puesto en observación, y así fue como muy pronto ese trabajo de terno y corbata, llegó a su término. Un compañero PC de apellido Tiznado me ofreció entonces la posibilidad de trabajar junto a mi amigo y compañero Héctor Cárcamo en su taller de radiadores a unos metros de la Plaza de Armas. Cárcamo, a quien le debo entre otras cosas mi interés por el 102


arte culinario, provenía de Chiloé y había trabajado de cocinero en barcos de la armada. Tiznado, que tenía un Ford Sedan negro del año 40 al que había bautizado como “el guerrillero”, había recibido un bote, regalo de su hermano el chico Vega quién se ganaba la vida construyendo botes a remo. En cierta ocasión fuimos a acampar a la laguna de Aculeo y llevamos el bote para pescar, pero éste era más largo que el techo del auto y la solución de Tiznado fue cortarle unos 30 cm a la popa. El chico Vega solo atinó a encogerse de hombros mientras procedíamos a aserruchar el bote que con sus nuevas dimensiones pudo ser amarrado en el techo de “el guerrillero”. Unas horas más tarde, con carpa y provisiones nos dirigimos a la laguna que entonces era un paraje natural accesible a todo el mundo. Después de organizar nuestra tienda de campaña zarpamos con el bote, pero no habíamos remado más de 50 metros cuando el bote se volcó arrojándonos a todos al agua mientras que en medio del naufragio, el chico Vega, tratando desesperadamente de mantenerse a flote exclamaba: ¡¡¡Y quién los mandó a cortar el bote!!! Con Tiznado tenía un trabajo que no era de lo mejor pero recibía todos los sábados un poco de dinero para mis necesidades mínimas. Un día nos citó a una reunión en su célula donde vendrían unos dirigentes de Santiago. Los aludidos dirigentes, no eran otra cosa que representantes de la organización maoísta Espartaco que había formado junto a otros el senador del PC por Valparaíso Jaime Barros, que buscaban nuevos adeptos. La verdad es que me entró curiosidad por esta fracción porque ya habían venido del Comité Central de la Jota a hablar conmigo pues consideraban que yo estaba leyendo e interpretando más a Lenin que a los dirigentes chilenos y soviéticos que eran actuales en esa época. Ante esta situación, me encontraba entre la espada y la pared. Como había vuelto a casa y restablecido las relaciones rotas con mi padre y cuando comenzaba a disfrutar del calor, de la armonía que se siente en el seno del hogar paterno, llegó en forma abrupta y amenazante un comando de Espartaco a apoderarse del mimeógrafo del PC. 103


Este incidente me acarreó una acaloradísima discusión con mi padre quien interpretó y definió a los visitantes como un grupo de extremistas a los cuales yo estaba asociado. A raíz de eso me vi obligado a abandonar la casa paterna lo que me ocasionó una tristeza que no había experimentado antes. Estaba de nuevo en la calle, ahora con el dolor de vérmelas nuevamente distanciado de mis padres. Arrendé un local a medias con Cárcamo quien de paso se fue a trabajar a otro taller mecánico. Yo producía letreros, y entre los escasos trabajos que lograba, estaban los que ordenaba Espartaco: retratos de Marx, Engels, Lenin, Stalin, Ho Chi Minh y Mao. En algunas ocasiones asistí a las reuniones y a ciertas clases de materialismo histórico, que el grupo realizaba. Con Héctor conversábamos mucho sobre hacer la revolución puesto que el pensamiento del Che Guevara y las ideas de Espartaco nos influenciaban en alguna medida. Una noche en un bar, junto a unas cuantas botellas de vino nos decidimos ir a la guerrilla para salvar al mundo. Al día siguiente fui a despertar a Héctor para marcharnos y él en medio de su modorra me dijo: ¡Déjame dormir! Estoy muy curado todavía… De modo que así quedó postergado hasta nuevo aviso nuestro accionar revolucionario. Sobre el grupo Espartaco, debo destacar y reconocer la capacidad intelectual de sus componentes que además en su gran mayoría, provenían de familias muy adineradas. Esta circunstancia influía en mí en forma negativa puesto que no podía evitar el sentirme cada vez más como un lacayo al servicio de ellos recibiendo además de unos miserables pesos por mi trabajo, invitaciones a comer y palabras halagüeñas por mis cualidades artísticas. Y ahí estaba yo, en mi taller dormitorio, mordiendo el polvo y el sabor de la derrota. Hastiado de aquellos revolucionarios de cafés y sus estrategias revolucionarias, hastiado igualmente de los líderes de mi partido por sus formas ambivalentes y retóricas de hacer política. Me dolía la perdida de la ilusión, sentía que despertaba de un sueño utópico para amanecer en una triste y miserable mañana sin sol, 104


ni lluvia, ni viento ni nada en una ciudad que prometió mucho más de lo normal. Me dolía el alma, como a aquel sujeto iluso acompañante triste que además vio marchitarse su ilusión en plena víspera del amor. Y juntos los dos: alma y sujeto, solitarios creyentes de grandes ideales, decidimos cerrar puertas y ventanas de aquel miserable castillo negro y partir en busca de mi propio ser que creí extraviado. Al día siguiente ya estaba en la berma del camino rumbo al sur.

A Parral los boletos

Mi situación económica, sin casa y sin trabajo, era cada vez más apremiante y en esas circunstancias, mi amigo Eduardo Sánchez que había empezado a trabajar en Parral como profesor en el liceo, me tendió su mano para ir a probar suerte en la cuna de Neruda. Sin pensarlo dos veces, con mis 23 años a cuestas partí viajando a dedo hasta allí a fines de septiembre de 1965 llevando como equipaje una vieja frazada y algunas ropas que había logrado conservar. Sentía en mi piel, cada vez más endurecida, que emprendía viaje a un encuentro conmigo mismo, cuya postergación había dejado en evidencia que mi convicción y la visión de quien yo era, habían flaqueado y por lo tanto experimentaba la necesidad de revisar el motor de partida. Sin grandes ilusiones llegué a Parral en una tarde bella, primaveral y caminando por la calle principal llegué a la pensión Rapallo donde Eduardo vivía junto a otros profesores forasteros. Parral no había alcanzado aún el rango de ciudad, razón por la cual un afuerino no encontraba mucho que hacer. La excepción la ponían las constantes invitaciones a la buena mesa y el frecuentar los bares como el de la Cámara de Comercio que recuerdo como si fuera hoy. El menú del día siempre era el mismo: Chorgas de Pelluje (Cholgas de Pelluhue) y “yicas alcachofas” como decía su dueña la señora Sarita que aunque vestía con sencillez, siempre lucía con cierta ostentación sus anillos y collares. Pablito, que también vivía en la residencial Rapallo, era el jefe de la tienda Bata, y además un coquetón experto en piropear y admirar a la señora Sarita y sus atractivas joyas. Este multifacético Pablito, era 105


un gardeliano de pura cepa, cantaba con voz de tenor los tangos que le pidiesen del zorzal criollo. Tomo y obligo, mándese un trago, que hoy necesito el recuerdo matar; sin un amigo lejos del pago quiero en su pecho mi pena volcar. También era un amante de la buena mesa y su fino olfato gastronómico lo había convertido en algo así como un guía de las picadas del buen comer. Por su toque social y buena pinta tuvo el privilegio de ser el único invitado de nuestro grupo a la fiesta de cumpleaños de Carlitos, dueño del prostíbulo de Parral. Fue una fiesta donde asistió lo más granado de la cuasi ciudad. Entre los invitados se destacaba la asistencia del capitán de carabineros, el rector del liceo y el señor alcalde acompañado de algunos esforzados regidores. Tampoco faltaron conocidos empresarios agrícolas e industriales de la zona. Al único que Pablito echó de menos en el quilombo de Carlitos fue al cura párroco, pero se quedó con la sospecha de haberlo visto sotana en mano pasando apuradito por el corredor como a eso de las tres de la madrugada. Gracias a mi amigo Eduardo, el único trabajo que allí conseguí, fue hacer retratos a carboncillo a una de las candidatas a reina de la fiesta de la primavera que era hija del gobernador y favorita de los estudiantes del liceo. Estos los hice copiando una fotografía que me fue proporcionada para este efecto. La otra candidata era hija de un potentado industrial de la zona y al enterarse de quién era el autor de los retratos de su antagonista, me pidió que la dibujara. Fui a su casa el día y la hora acordada y grande fue mi sorpresa al ingresar a una de las salas. Ante mis ojos se mostraba un improvisado pero muy sofisticado ateljé. Desde un rincón dos sendas lámparas apuntaban a un sillón de terciopelo dorado donde ella se sentaría. Y mi lugar de trabajo era un magnifico caballete de pintor como muy pocos artistas podían tener, mientras que los lápices y papeles eran realmente de primera calidad. La obra terminada no fue de su agrado pero me pagó la suma acordada. Esto me hizo reflexionar sobre la diferencia antagónica existente entre las clases 106


sociales en Chile. Sin embargo, una vez bendecida la fiesta bajo las guirnaldas, todo el pueblo compartía y danzaba con alegría vistiendo relucientes disfraces y viviendo la magia de que por una noche, bien se podía ser un ángel o un Satanás. ¡Qué más da! Si allá en el horno nos vamos a encontrar... cantaba Pablito con su voz de tenor traicionando por esa noche al zorzal de Tacuarembó en una ramada cercana, mientras que a mí no me quedó otra cosa que tomar una sábana de la Residencial Rapallo y disfrazarme de fantasma.

De nuevo en la Via Parral me fascinaba, pero al poco tiempo descubrí que aparte del buen pasar junto a esa maravillosa gente y del siempre a punto de ser servido vino pipeño, no había nada más para este santiaguino con otros sueños en el alma. Bien pude haberme enredado en tareas agrícolas, pero sentía correr por mis venas el arte gráfico, razón por la cual una madrugada de noviembre me despedí de la buena mesa, de esa cálida amistad parralina, agarré mochila y me puse a la berma de la carretera Panamericana a hacer señas con el dedo gordo rumbo a Concepción. La ciudad penquista, capital entonces de la provincia de Bío-Bío, ofrecía a los chilenos lo que París a los artistas de décadas pasadas. La Universidad de Concepción se erigía como un pilar académico del país y de sus aulas emergían ideas nuevas agilizando el debate nacional y cambiando las reglas del juego en la lucha por el poder político. Ahí estaba a la salida de Parral con mi mochila, unas pocas ropas y una frazada esperando seguir viaje hacia el sur. Era la primera vez que hacía este recorrido por la carretera, había pasado varias veces por Parral en tren siendo una de esas en el año 62 con Raúl y Hernán Vidal. Juntos habíamos decorado en San Bernardo la bomba Esso, cuyo dueño, don Carlos Calcagno nos encargó el ornamento del techo de la bencinera con motivo de las Fiestas Patrias. Entonces al presentarle un dibujo con un huaso sosteniendo un cacho con chicha en la mano, nos lo rechazó diciendo que lo más indicado para esa ocasión, sería una imagen de Bernardo O'Higgins. 107


Nos pusimos manos a la obra: Hernán y yo hicimos la estructura del muñeco con listones, formamos el cuerpo con alambres cubiertos con papeles pegados y el rostro modelado en yeso. Raúl, a quien llamábamos “Macuquito” por sus inventos, se puso manos a la obra tratando de inflar globos tricolores en forma muy artesanal pero sin resultado. Luego de varios días de trabajo instalamos a Don Bernardo sobre el techo de la Esso rodeado patrióticamente por los famosos globitos amarrados a un palo ya que no pudimos conseguir que se elevaran solos como era nuestra idea original. Cuando recibimos el pago, partimos a Cauquenes al cual se llegaba por un ramal que salía de Parral, para celebrar allí las Fiestas Patrias. Ya instalados en una residencial barata nos comimos unos suculentos charquicanes acompañados con auténticos vinos del Maule que ahora son famosos en todo el mundo. “El 18” en Cauquenes se celebraba en la Plaza de Armas con una orquesta que tocaba lo que le pidieran y cuyo cantante chapurreaba cualquier idioma. Recorriendo la zona en un bus rural, un hombre viejo, de bigotes amarillos por la nicotina, vestido a la antigua, corbata de humita, terno oscuro y un sombrero de paja de esos llamados hallullas, se nos acercó y contó que para la guerra del Pacífico era un niño y aún recordaba como unos funcionarios estatales habían llegado allí a reclutar voluntarios entre los campesinos. Después de terminada la guerra siguieron reclutando gente para las salitreras –acotó. Este hombre nos dijo además que después de 20 años de noviazgo con su esposa, hizo acopio de toda su valentía y se decidió a besarla por primera vez en la puerta de su casa. Como respuesta a su atrevimiento amoroso, recibió una cachetada y un portazo en las narices. Entonces la cosa no era como ahora mis amigos, terminaba comentando. Mientras lo escuchaba yo miraba las colinas con las viejas parras que se arrastraban por el suelo. Nunca había visto antes esas vides de rulo y solo muchos años después vi algo parecido en la región de la Champagne al noreste de Francia. 108


Me encontraba sumido en esos recuerdos mientras esperaba algún golpe de fortuna mochilera parado allí en la carretera Panamericana Sur. Las horas pasaban hasta que por fin se detuvo un camión chico. –Voy sólo hasta Chillán, dijo el conductor mientras yo me instalaba entre las cajas vacías. De inmediato se me vino a la mente que tenía unos parientes cuya dirección pude encontrar en la guía de teléfonos al llegar a destino. La ciudad no era ni la sombra de la que había visto cuando niño. El fenómeno migratorio del campo a la ciudad hizo que esta se expandiera creando nuevos barrios de construcción ligera. Así fue que llegué donde Quique, el primo que había empezado la carrera de suboficial en San Bernardo y que ahora vivía en una casita de una población chillaneja. A cambio de la sorpresa que le di me ofreció un buen plato de comida y una cama donde descansar mis huesos esa noche. Pero antes fuimos a ver a su padre, Pedro Varas, a quién era muy fácil encontrar en un restaurante donde era un cliente habitual. Allí estaba junto a unos amigos jugando a las cartas, todos luciendo sin rubor el maleado arte de las trampas en el juego. A la mañana siguiente después de un buen desayuno y aprovisionado de una tortilla de rescoldo con arrollado, me dirigí a la carretera con mi pulgar derecho listo para trabajar. No recuerdo cuantos vehículos tuvieron piedad de mí pero sí recuerdo, que varios eran pequeños camiones de campesinos que me llevaban en la parte trasera donde pude gozar del sol de noviembre y llegar con mi rostro enrojecido a Concepción como a las cuatro de la tarde sin una chaucha en el bolsillo.

L

Concepción

a tarde calurosa, agotaba mis baterías y no cuadraba la poesía en el crepúsculo sureño mientras no encontrase un sitio donde dormir esa noche. -¿Cómo pagaría? Esa pregunta tendría respuesta con toda seguridad en el momento de la negociación con algún recepcionista. Tras consultar por algo barato para pasar la noche, fui encomendado a un sitio turbio del suburbio penquista. El precio era ganga, pero se trataba de un hotel “parejero” donde lo único que preguntaban era: 109


¿Por dos horas o por la noche? El recepcionista que dejaba ver su gordura a través de una camiseta sin mangas manchada con grasa y vino tinto, tras dar una ojeada a mi modesta fachada, me recomendó el albergue del Hogar de Cristo. –Allí, a una cuadra a la derecha está la calle Serrano, es el 1375 dijo inclinando su mano hacia afuera tal cual una bailadora de flamenco. Ya en el albergue pregunté a los que ya hacían la cola para entrar –¿Cuánto cuesta la noche? –¡Dos escudos!– fue la instantánea respuesta de alguien a quién con seguridad esa cifra había atormentado y salvado en innumerables crepúsculos. –¿No tiene las monedas?– me preguntó un muchacho que conocedor de las normas de esos lugares me informó además que el tiempo de estadía allí era limitado pero que habían otros lugares y era cosa de rotar. Hubiese sido absurdo haber ocultado la verdad cuando se está jugando con el techo y la comida. Entonces, esos seres salidos de las sombras de la ciudad, olfatearon mi incapacidad de estirar la manga de la limosna y ante mi enorme sorpresa se dieron a la tarea de mendigar para mí. –Por favor coopere con una monedita para la durma. ¡Gracias, que Dios se lo pague!– Y así, en menos de cinco minutos ya tenía los dos escudos que me garantizaban soñar bajo techo en mi primera noche en la ciudad de Concepción. Esta experiencia de albergar y comer allí me dio la gran lección de que la solidaridad entre iguales es mucho más grande que la maldad. El mayordomo del albergue, más severo que portero del cielo, me detuvo vociferando que allí no se admitían borrachos. Mi rostro asoleado había causado ese error de apreciación en el mayordomo quién, tras corregir su fallo me dejó pasar al paraíso terrenal. Luego, nos formó y nos llevó marchando al comedor donde cada uno agarraba su plato de aluminio aporreado y ennegrecido que el cocinero iba llenando con un caldo aguachento con fideos y restos de intestinos que no pude comer, pero mi vecino me dijo –¡Si no se va a comer la carne, démela! El dormitorio era una barraca oscura llena de literas una al lado de la otra, donde el mayordomo dio la orden de meternos a las camas 110


agregando en su liturgia carcelera; –Nada de peleas ni estupideces... y quien así no lo acepta, lo pondré de patitas en la calle. ¿Entendido? Un coro sordo de murmullos llenó esa sala ya invadida de olores ácidos y gases extraños salidos de esos cuerpos faltos de agua y de jabón. De una litera cercana una voz me advirtió que allí robaban, cosa que me tenía sin cuidado ya que lo único de valor personal eran mi carnet y mi cepillo de dientes. El mayordomo, después de dar las benditas advertencias, anunció, esta vez con una voz de ternura paternal: –Bueno, ahora y antes que se duerman, aquí este chiquillo Pepe Valdivia les cantará una canción. Me impresionó el tremendo cambio de estilo del mayordomo, quien al parecer se veía a sí mismo en un iluminado escenario haciendo la presentación de un gran artista que traía un canto de arrullo para el sueño dulce de aquellos niños envejecidos por el mal tiempo y, a pesar de la fetidez de ese albergue, pensé que allí se respiraba paz. De Corral voy a Valdivia, mientras se muere la tarde; Por un camino de luna Voy remontando las aguas” Varios de aquellos cansados hombres se durmieron al primer verso de esa joyita musical dejada por don Luis Aguirre Pinto e interpretada allí por Pepe Valdivia, nombre artístico alusivo a su procedencia. Alcancé a oír: “en el río Calle Calle se está bañando la luna ...que fue perdiéndose mientras el sueño se apoderaba de mí. Camino de Luna era el caballito de combate en sus conciertos ambulantes arriba de los trenes y microbuses. Pepe era un viejito que no tenía más de trece años, madurado en la mata de la miseria que por lo mismo era tan delgado como bicicleta de pistas. Todo lo recaudado con su canto, lo dejaba bien estipulado entre los presentes al concierto ambulatorio –“No es para tomármelo ni para jugármelo”.– Y claro, el Pepe era prolijo en el envío del dinero a su madre que sola en su mediagua a las orillas del Calle Calle batallaba con otros cinco críos, todos más chiquitos que Pepe. Este chico a mi entender, pagaba con el Camino de Luna sus noches del Hogar de Cristo. 111


El toque de diana lo daba el vozarrón seco del mayordomo anunciando que la noche ya era cosa del pasado, aunque afuera la ciudad seguía durmiendo. Después del magro desayuno compuesto por café filtrado como en un calcetín y una rebanada de marraqueta sola debí, al igual que todos, salir del albergue e iniciar mi primer día en la perla del BíoBío. Pasarían muchos años y mucha agua bajo el Mapocho, el Calle Calle o el Bío-Bío para que volviese a encontrar a Pepe. Él, armado de una guitarra y yo de mi buena memoria, recordaríamos entonces, esos días del Hogar de Cristo.

Concepción al amanecer Con el sol aún discretamente escondido, me fui caminando por calles que aún exhibían heridas causadas por el terremoto del año 61. Detuve mi andar en una plazoleta solitaria a esperar el alba y lo que el día traería a mi exilio voluntario. Esa aurora penquista tenía la tonalidad tenue de acuarela colgada en la vitrina de un anticuario mientras la población se sacudía del letargo con provinciana lentitud. Los comerciantes sacaban sus letreros con las ofertas del día, los carreteros dirigían ruidosos y peculiares sonidos para apurar a sus caballos: ruidos diversos que mezclados con algún motorizado del reparto matinal, me anunciaban el comienzo de la jornada diaria. Entonces montado en mi invisible Rocinante, sable en mano, coraza al pecho y hambriento de combate, me fui por las calles de los sesenta: Manuel Bulnes, Caupolicán, Aníbal Pinto, Colo Colo y otras tantas avenidas y callejones que la memoria traiciona en esta hora cibernética. Cerca del mediodía llegué frente a unas puertas abiertas en cuyo portal se leía con letras casi borradas por el tiempo la palabra Pensión. Adentro entre paredes oscuras y un piso de tierra, podían distinguirse destartaladas sillas y mesas cubiertas con viejos manteles de plástico a cuadros rojos y blancos. Los dueños eran una pareja joven que después de escuchar con mucha amabilidad mi historia me ofrecieron un lugar en el entretecho y que sólo pagara la comida cuando obtuviera un trabajo tomando como garantía mi carnet de identidad. La gruesa 112


capa de polvo que cubría el entretecho, revelaba el hecho de que hacía mucho tiempo que nadie había subido allí. Cuando bajé a almorzar pasé al baño y pude adivinar que la comida consistía en pescado pues en el lavamanos de lata había varios espinazos de merluza. Al día siguiente desde muy temprano, el sol amenazaba con quemar las espaldas cuando de pronto y mientras constataba la necesidad de lavado de mis pocas camisas, vi lo que mis ojos buscaban insistentemente; un taller de letreros donde dar mi primera batalla. Para el jefe y dueño del taller, llegué como caído del cielo (no del catre) pues justo en ese momento le faltaba mano de obra especializada. Se llamaba Juan Illanes, era un sureño de tez morena con unos 30 años de intenso existir a cuestas según me lo dejó muy claro con su verborrea sin igual. A la hora de almuerzo me llevó a una sencilla pensión atendida por su propia dueña. El plato del día eran porotos con unas cucharadas de arroz sobre estos, una curiosidad que la cocinera llamaba minestrón. Después de contarle a Illanes dónde se encontraban mis pertenencias fuimos a buscarlas. Canceló el almuerzo y el desayuno que yo debía y me ofreció alojamiento en un altillo dentro del mismo taller situado en un viejo y ruinoso caserón de tres pisos administrado por él mismo. Allí habitaban dos hermanos “busca vidas”, además de “Espartaco” la organización maoísta y un charlatán clarividente y vivaracho que justificaba su modo de subsistencia, diciendo: “mientras existan huevones. . . “ El patio no era nada más que un montón de escombros. Al fondo de éste se veían los restos de lo que fue una lujosa sala de baño que continuaba en uso a pesar de no tener agua ni alcantarillado. La taza y el piso eran un montón de mierda vieja y fresca, un verdadero paraíso para las moscas. Yo hacía mis necesidades y mi aseo en una fuente de soda donde cada mañana tomaba desayuno. El patrón me dejaba siempre unos escudos para el bolsillo los cuales me alcanzaban para un café instantáneo y una tostada con mantequilla. Illanes acostumbraba llegar al mediodía repuesto de las cañas que había ingerido la noche anterior y me invitaba a almorzar. Era un hombre gentil y bohemio cuyo existir comenzaba al mediodía 113


y se extendía hasta altas horas de la madrugada en alguno de los tantos bares de mala muerte donde era muy conocido por sus lacrimógenos boleros a lo Julio Jaramillo y Lucho Gatica. Yo no sé qué me han hecho tus ojos que al mirarme me matan de amor yo no sé qué me han hecho tus labios que al besar mis labios se olvida el dolor. “No se fijen en gastos”, decía este Illanes que me había dado empleo prácticamente por la comida y por la cama. En esto no había engaño, bajo su batuta se pasaba bien pero no había dinero, solo el buen pasar en bares y restaurantes. Por su taller habían pasado conocidas figuras en el oficio de pintor de letreros, maestros como el “Loco Mejoral” que por encargo del laboratorio Sydney Ross pintaba en las casas visibles desde la vía férrea, valiosos murales para la publicidad urbana. En color azul y sobre un fondo blanco pintaba el slogan publicitario “Mejoral Mejora Mejor” o al revés “Mejor Mejora Mejoral”. Estos letreros fueron muy populares en las ciudades transitadas por el ferrocarril a lo largo y ancho desde La Serena hasta Puerto Montt. Y de paso el Loco se transformó en cliente habitual de los prostíbulos locales donde se le conocía por su naturista costumbre de desvestirse en la puerta de “esos salones” para bailar tal como había llegado al mundo. Otra leyenda de las letras pinceladas que ya viejo, había deambulado en ese taller era “Larraín, el pulso que asombró al mundo”. De ese modo firmaba sus obras hechas con pincel y a mano alzada sin tener ninguna técnica. Se trataba de un autodidacta nacido de un brochazo fortuito quién sabe dónde. No hubo bares en San Pablo, Matucana, Franklin, la Vega, ni en avenida Matta que se hayan librado de sus pinceladas anunciando las especialidades de la casa o bien las pintorescas advertencias a la clientela como esa de “Bolsee callado”. Los 114


microbuses tampoco escaparon de su pincel y era muy conocido el dibujo del burro sobre la puerta delantera diciendo: –¥Yo bajo por aquí!

El pintor Larrain visto por Palomo

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El diablo rojo

Le conté a Illanes que había trabajado en decoración construyendo muñecos gigantes. La idea le gustó por lo que de inmediato se la vendió al dueño de la tienda “El Diablo Rojo”. Ya próximo a la navidad, el comerciante quiso colgar de lado a lado de la calle un enorme diablito de color rojo con un gorro navideño. El asunto fue que el diablito resultó toda una atracción en el centro de la ciudad cuando aún no era ni siquiera conocido el arreglo de calles y vitrinas ante las fiestas navideñas en Concepción. Lo desgraciado para mí se presentó cuando Illanes desapareció con el dinero del diablo y se fue a beber encamado en un burdel de un pueblo cercano. Se olvidó de quién creó el cornudo, generó las lucas y dio que hablar a los miles de transeúntes de la calle Bellavista en el centro de Concepción. Hasta el diario “El Sur” publicó en primera plana una foto del diablo colgando. La fuga etílica, carnal y sobre todo de capital protagonizada por Illanes nos hizo también perder el diseño y creación de un paisaje nórdico en movimiento. Un pedido hecho por el español de los almacenes Málaga quien para esa navidad deseaba dar un golpe decorativo en su vitrina. Yo había diseñado una especie de maqueta y planeado los elementos técnicos del proyecto del cual me sentía el creador, pero un creador que en ese momento había quedado sin trabajo. Por esas cosas de la vida, me encontré con Pedro Ovalle, un amigo como pocos que había conocido en San Bernardo durante los días de la campaña presidencial. Pedrito de buena pasta intelectual: cantautor, violinista y gran dibujante caligráfico, se había mudado con toda su familia a Las Higueras en Talcahuano. Éste al saber de mi situación y que podíamos trabajar juntos, me invitó con alojamiento en su hogar, cosa que no demoré un minuto en aceptar. Pero en honor a la verdad, resulté ser un convidado de piedra debido que el estatus de Pedrito como jefe de hogar tambaleaba. Tanto su esposa como sus hijos le miraban en menos, lo menospreciaban al no ser un real proveedor del hogar y ese factor, él lo sentía de veras. La 116


economía de esa familia descansaba en los jugosos ingresos de uno de sus hijos mayores, que era ingeniero de la industria Huachipato. La autoestima, el estatus de padre y jefe de hogar de mí anfitrión estaban por el suelo, de modo que yo debía desaparecer de allí lo más pronto posible para evitarme la expulsión. Debido a ese estado emocional, Pedrito abrigaba la idea de alejarse de su hogar y entre sus planes estaba el de irse a viajar por Chile tocando su violín. –¿Por qué no me acompaña compañero Jorge?– me propuso en reiteradas ocasiones, y agregaba que yo pintaría o dibujaría para la gente en las céntricas calles de Chile mientras él ponía la música. Buscando trabajo iba por la galería Alessandri a un costado de la Plaza Independencia, ex Plaza de Armas, que se había transformado en una pequeña feria de navidad, cuando de pronto se me ocurrió la idea de hacer tarjetas en acuarela con motivos de la ciudad de Concepción. Le propuse el proyecto a Pedro, quien usaría sus cualidades caligráficas junto a mis dibujos en acuarela. Y dicho y hecho: luego de obtener los permisos correspondientes nos instalamos con una mesa de dibujo; los motivos más pedidos eran el Campanil de la Universidad, el cerro Caracol, el Bío-Bío, las playas de Penco, Tomé y Dichato. Esa navidad pude disfrutar de algún tímido ingreso que me permitió por fin comprarme una camisa nueva, pagar por un lavado de ropas y arrendar un cuarto de hotel liberado de estrellas. El 31 de diciembre llegué al hotel a las 10 de la noche, no supe de abrazos ni de “colemono”, solo saludé a la conserje con un Feliz Año Nuevo antes de encerrarme en mi pieza. De Pedro Ovalle no supe nada mas, hasta que muchos años después viviendo en Rumania alguien que conocía a su familia me contó que Pedro se había ido con su música y mucho tiempo después en una lluviosa mañana lo encontraron en la vereda de un pueblito del sur, sonriente, sin vida y abrazado a su violín. Ya pasadas las benditas fiestas volvieron las dificultades económicas y el pago del hotel se me convirtió en una tortura. La dormida en el hotel la salvaba con los escuálidos escudos que conseguía haciendo algunas ilustraciones a un boliviano emigrado a Chile que tenía 117


una impresora Offset. Este impresor amaba Chile, le encantaban los mariscos crudos, las recién aparecidas pizzas y el vino tinto. En esos días la calle me puso frente a frente con el maestro Muñoz, un ser muy humilde del taller de Illanes, mi primer empleo. Al enterarse de mis zozobras me propuso sin titubear, darme alojamiento en su hogar. Me fui entonces en busca de mis escasas pertenencias y lo acompañé a su casa. El camino fue cambiando de carácter hasta transformarse solo en un camino pedregoso orillando la rivera del río Bío-Bío. De pronto ya caminábamos por el lecho mismo del río y cuando llegamos a una de las tantas mejoras que emergen como de las piedras, Muñoz me dice, ¡Pase por aquí amigo Jorge! La mejora estaba hecha de madera y calamina. Tenía tres habitaciones donde vivían los padres de Muñoz, dos hermanos; Javier y Julia que era sordomuda. También vivía con ellos un pariente que llamaban el Memo, y pronto descubrí al séptimo habitante de esa casa, un cerdo que pasó a convertirse en mi compañero de sueños. Separados apenas por unas tablas, compartíamos el techo el cerdo y yo, en un concierto de ronquidos que al parecer a nadie molestaban. Esta gente practicaba una generosidad que me impresionaba. Había en ellos un desprendimiento de lo material y una confianza en el día de mañana que iba más allá de un pensamiento religioso o ideológico. Cuando pasaba el cartero lo invitaban a almorzar, lo mismo ocurría con el vendedor que llegaba a cobrar algo que nunca pude saber que era. El pariente Memo por su lado, vendía facsímiles de aventuras del corazón, cuya idea comercial radicaba en la continuación del drama pasional. Para ello tenía que caminar todo el día golpeando las puertas de cada casa y sus botines, con los cuales dormía, estaban tan gastados que se sacaba los calcetines tirándolos por entre la suela descosida del resto. Una noche ya a la hora del sueño, Memo contaba muy entusiasta que había conocido una “minita” pero que no sabía donde llevarla. – ¡Llévala al cerro Caracol! Le recomendó Javier con aire de experiencia en el asunto. 118


–¡No! Ahí hay mucha mierda, ¿no veís que siempre van a cagar ahí? –Bueno, llévala pá detrás de la virgen entonces, le respondió su interlocutor con la certeza de que nadie comete la herejía de bajarse los pantalones alrededor de la gran escultura blanca de la Virgencita que vigila toda la ciudad desde lo alto. Convencidos de haber encontrado una buena solución al dilema amoroso, esos sencillos hombres, exentos de las concienzudas discusiones de luchas de clases y de la supuesta “revolución en libertad”, se desearon buenas noches como de costumbre. El silencio se hizo en aquel humilde palacio de latas y cartones dando paso al rumor fluvial que arrullaba el sueño de aquellos seres limpios que la calle me regaló. Después de haber escuchado en silencio el dilema de los hermanos, quise despedirme del cerdito de mi costado, pero éste ya dormía plácido ignorando que el final de sus días se acercaba. –¿Y los míos? Me pregunté, ¿Qué tanto sabía yo de mis días venideros? Entre ese divagar y el ronquido del porcino fui cayendo en brazos de Morfeo, sin poder sacudirme esa duda existencial.

De vuelta al Grabado

Un aviso pegado en una vitrina comercial detuvo mi deambular por las veredas de "Conce". La Escuela de verano de la Universidad de Concepción, invitaba a una nutrida cantidad de cursos, entre los cuales incluía uno de grabado. Visité la referida oficina en donde tras algunos coloquios y sin ahorrar suficiencia, saqué a la palestra mi trayectoria, mis trabajos junto a Santos Chávez y de paso también mis estudios de grabado en la Escuela de Artes Aplicadas de la Universidad de Chile bajo la conducción de Julio Palazuelos. Después de acaparar un buen grado de interés de parte de las bellas funcionarias, les confesé: –Desgraciadamente no tengo el dinero para la inscripción. Por la facha que yo lucía, a las jóvenes funcionarias no les fue difícil creerme, por lo que después de susurrar entre ellas, me dijeron con amabilidad funcionaria que el asunto de la inscripción tenía arreglo. 119


Lo cierto era que no tenía necesidad técnica de participar en ese curso. Más bien lo hacía para reencontrarme con el oficio del grabado. El profesor de la escuela de verano era el prestigioso dentista Eduardo Meissner Grebe, un verdadero icono de la intelectualidad penquista, un ser multifacético de origen alemán que en sus recorridos por el mundo había recopilado innovaciones en el arte del grabado. Una vez de vuelta en Chile, Meissner sintió el llamado de la vocación y se le puso entre ceja y ceja que debía enseñar lo que había descubierto en culturas milenarias. Entre los participantes al curso, había una numerosa concurrencia de la siutiquería de la ciudad. Por otra parte el profesor Meissner era un tipo agradable, un apasionado del grabado capaz de entusiasmar al más empecinado de los indiferentes. Con el maestro establecimos una excelente relación artística, razón por la cual me sugirió convertirme en su asistente de ese curso de verano. Influenciado por el grabado chino, el maestro humedecía las maderas grabadas usando témpera para las impresiones, técnica que resultaba muy complicada para el nivel de los participantes. De modo que por sugerencia mía se pasó a las impresiones con tinta de imprimir. Entre los alumnos recuerdo muy bien a Carmen y a Conchita con quienes mantuve una bella amistad. Carmen era una muchachita delgada y baja, de unos dieciocho años, muy sencilla y reservada en su hablar. Mientras que Conchita era el polo opuesto: una cincuentona robusta, elegante con una cabellera pintada de un rojo incendiario que atrapaba hasta las miradas de los ciegos. Dirigía una academia de ballet infantil, mientras que en el taller, sus elocuentes opiniones sacaban chispas en esa fauna “medio pelo” que aunque con ideales opuestos, compartían muy bien gubias, maderas nobles y un inmenso amor por el grabado. Estaba aún algo distante el tiempo en que el homo sapiens chileno las emprendería a mano armada contra su propio hermano. Conchita, algo excéntrica y casi exenta de prejuicios me invitó a almorzar a su departamento palacete, una joyita con muros de granito, escaleras de mármol, puertas de roble natural y manillas de bronce macizo. Su esposo, un oficial retirado del Ejército, dedicaba su tiempo a esculpir caballos de madera para carruseles con una maestría 120


impresionante. La empleada cuidadosamente vestida con un delantal blanco y un cintillo en el pelo, nos esperaba con la mesa puesta mientras del tocadiscos se escuchaban himnos militares. El living comedor, finamente decorado con pinturas de Pablo de Rokha hijo y del paisajista Olmos Catalán en un contraste snob, junto con el aroma que salía de la cocina, ofrecía un ambiente muy placentero. Conchita con orgullo me contaba haberle comprado los cuadros al mismísimo Pablo de Rokha padre a quién había tenido el placer de tener como invitado junto a esa mesa donde en ese instante nos devorábamos un pastel de choclos, acompañado de un pebre cuchareado, especialidad del oficial en retiro. Aquella tarde al salir de esa casa, Conchita me entregó un paquete con algunas prendas de vestir pertenecientes a su marido disculpándose porque Meissner les había pedido que me ayudaran. Carmen por su parte tenía dificultades para pasar un dibujo a lápiz a la madera, de modo que me pidió que fuera a su casa a darle algunas lecciones. La casa era pequeñita, muy a su medida, estaba ubicada en una esquina y lucía una fachada de ladrillos sin estucar. Carmen me hizo pasar a la cocina ofreciéndome asiento junto a una mesita que apenas alcanzaba para tres personas sentadas. Ella comprendió sin dificultades mis instrucciones sobre el dibujo y el grabado quedando muy contenta para luego ofrecerme una once muy sencilla. Las cuatro semanas de duración del curso se fueron volando y como es costumbre, se terminó con una exposición de los trabajos realizados. Carmen me dijo que una tía suya deseaba conocerme y que vendría a la muestra, pero me advirtió que se trataba de una mujer muy complicada. –¿En qué aspecto?– le pregunté, pero la chica no pudo darme explicaciones satisfactorias. –¡Ya lo notarás!– fueron las últimas palabras de esa joven de mirada lejana y melancólica. Llegado el día de la inauguración y en compañía de Carmen se me acerca la anunciada tía. Una mujer cuarentona, alta y maciza, que mirándome hacia abajo me dice con voz ronca, casi masculina: –¿Tú eres Jorge, verdad? 121


Por muchos años recordé su nombre que lamentablemente se escapó de mi memoria, de modo que la llamaré Rebeca. Era asistente de cátedra en la facultad de Biología de la Universidad penquista. Rebeca, en un gesto de gratitud por mi ayuda prestada a su sobrina Carmen, me dejó invitado a su hogar. Días después con aquel domicilio escrito en un papel de regalo me dirigí a casa de Rebeca, ubicada en las afueras del sector urbano. Era una casa de madera prefabricada como todas las del vecindario ubicadas distantes una de otra en una amplia calle de piedrecitas; sencilla cuidadosamente barnizada y circundada por un delicado jardín de cardenales y pensamientos. Llegué con tanta anticipación que no encontré a nadie y debí esperar. Después me enteré que allí dentro estaba su madre de 74 años que no me escuchó cuando hice sonar la campana de la puerta ubicada a unos cuantos metros de la construcción. Rebeca era una solterona que al parecer no vestía santos como en forma un tanto sutil me lo dio a entender. Madre e hija vivían en un espacio acogedor, rodeadas de estantes abarrotados de libros y otras chucherías artísticas que dejaban en claro la identidad de la principal habitante de esa casa. Luego, con una gran naturalidad me ofreció una ducha, me regaló un terno prácticamente nuevo de un color marrón claro con solapas amplias y unas camisas blancas. A pesar de su aspereza y ausencia casi total de femineidad, esa mujer era un ser fascinante por lo directa en sus apreciaciones. Luego supe en más detalles el porqué de sus agradecimientos hacia mí. Carmen se había enredado locamente en un amorío infructuoso e incompatible, embrollo del cual Rebeca se había empeñado en sacarla ya que tenía a la sobrina a un paso del hospital psiquiátrico. El arte del grabado había estado y estaba de algún modo funcionando como parte de una terapia que ella había planificado para su protegida. ¿Qué tipo de amor o de relación había hecho tanto daño a la joven Carmen? –Y aunque no está sanada del todo, mi sobrina está mostrando una mejoría de sus síntomas depresivos, me confesó Rebeca, mientras servía el té de bajativo. En los años cuarenta Rebeca había incursionado en la literatura y había sido asidua participante de la bohemia intelectual penquista 122


donde en trasnochadas tertulias discutía la importancia del erotismo en su narrativa. Esa era sin duda una postura difícil donde la hipocresía y el “hacerse el de la chacra” eran la tónica. No siguió cultivando el género erótico debido a su despertar por la biología genética, es decir Rebeca en cierto modo encerró el erotismo en un aula universitaria hasta mejores tiempos. –Lo reservé para mi uso particular, me comentó con una risotada. De todos modos la certeza de sus palabras nunca la pude constatar. Rebeca corría y descorría el velo misterioso de su presunto lesbianismo, el cual, condenatorio para su tiempo, la convertía en un ser de criterio amplio con una tolerancia social a prueba de balas y una misteriosa y oculta atracción para ciertas damas que veían en ella algo diferente a lo cotidiano. A veces aparecía una gordita muy simpática, elegante, buena para conversar y con mucho sentido del humor que se quedaba allí. Lo cierto es que fuimos muy buenos amigos, nada más, pues por las noches yo seguía durmiendo junto al chanchito del Bío-Bío. Ella me levantaba el ánimo diciendo que para mí era una experiencia muy importante. La madre de los Muñoz al verme con pintas nuevas comentaba lo cariñosa que sería la viejita que según ella, yo me había conseguido. Una de las atracciones del verano en Concepción lo constituía la Feria de Artes Plásticas. Enero caliente y sudoroso invita a tardes de crepúsculos interminables y noches bohemias. Para la ocasión me conseguí un stand y Rebeca me ofreció un cuarto trasero de su casa para preparar mis grabados, así que en el día inaugural de la feria, ya tenía suficiente material para exponer. A esta feria llegaban expositores de todo Chile y entre ellos Santos Chávez, con quien luego de abrazarnos y ayudarnos mutuamente con nuestros stands me llevó donde vivía. El anfitrión era un profesor de Decoración de Interiores de la Universidad. Le llamaban Boy, un hombre solitario largo y flaco que apoyado en su profesión acortaba considerablemente sus sesenta y tantos años. Exótico y juvenil en su vestir, era un fanático admirador del idioma y de la literatura inglesa. Fiel a la corona británica, había decorado su imponente caserón antiguo al más puro estilo victoriano. 123


En su casa alrededor de una chimenea cuyo fuego alimentaba con un fuelle, Boy celebraba tertulias con estudiantes de arte, periodismo, cine y otras áreas estéticas o de medios de la comunicación. Su casa semejaba una biblioteca o un centro cultural. Después que Santos Chávez regresó a Santiago, seguí visitando a Boy, que era un tipo agradable y muy entretenido. Tenía un asesor de hogar que se llamaba Alegría, un joven campesino de modales muy suaves que fue bautizado como tal por el golpe de alegría que experimentó el matrimonio sin hijos que lo recibió o más bien lo recogió en adopción. Alegría vivía en la histórica población “Agüita de la Perdiz”, la primera toma de terrenos en la región ocurrida en abril de 1958 y que inmortalizara Víctor Jara en la canción “Sacando pecho y brazo” incluido en su disco “La Población”. Recuerdo que en una ocasión Boy le preguntó a Alegría si tenía mujer. El joven algo sonrosado le dijo que sí, Boy le volvió a preguntar: –¿Cohabitas con ella?–. Pregunta que Alegría no entendió y Boy le repitió: –¿Duermes con ella? A lo que el joven azorado respondió –Pero yo duermo para los pies. Ya pasada la feria y también febrero, la ciudad cae en la somnolencia veraniega y entonces esas benditas ansias de seguir por la tierra larga o simplemente de volver a la capital, comenzaba a roerme el alma. Después de contarle a Boy mi real situación; vivir de allegado a orillas del Bío-Bío, reaccionando disgustado por mi falta de confianza en él dijo: –Ustedes los marxistas tienen más prejuicios que nosotros los burgueses. Y sin esperar discusión de mí parte agregó con decisión: –¡Te ofrezco una habitación de mi casa o bien un pasaje a Santiago! La generosidad de ese hombre estaba a la altura de su tierra. Elegí el pasaje, aunque no lo hacía por ese presunto prejuicio marxista que aseguraba Boy sino porque realmente sentía que ante mí se abrían nuevos caminos que estaba obligado a seguir. –Quiero dejarte bien claro que el asunto del pasaje no es un préstamo ni un obsequio. Con seguridad te cruzarás en el camino con 124


algún otro Jorge Varas y sabrás lo que debes hacer. –me dijo Boy a modo de despedida. No podía dejar de pensar en lo que dejaba en ese lugar, en esa calidad humana acumulada en una ciudad glamorosa en pensamientos de humanidad. Dije adiós a Alegría, el hombrecito, habitante de Agüita de la Perdiz. Al despedirme de Rebeca, reaccionó con ira y tristeza diciendo: –Esto no me lo esperaba, me había hecho la ilusión que habías abierto las puertas de nuestros corazones a fin de quedarte para siempre y yo esperaba que triunfaras aquí, en este suelo que te había adoptado. Por otra parte un cineasta joven que vivía en un barrio residencial, había empezado a vender como pan caliente copias de mis grabados que yo imprimía en el garaje que me había cedido en su casa. Yo ya no podía arrepentirme de partir pero sentí de alguna manera el sabor de una pequeña victoria en mi interior. Me despedí de mis amigos del Bío-Bío, de la anciana madre de Muñoz que me dijo con alegría –Ah, por fin se va a vivir con la viejita! Me despedí del cerdito de los días contados y agarré mis cosas rumbo a la casa de Boy y luego a la casa de una de las muchachas habituales de las tertulias donde me esperaban los del grupo para despedirme con canapés, un poco de vino y un esquinazo: “Soy del norte de Chile caliche mi corazón...” La hora de la partida se acercaba rápidamente y a alguien se le ocurrió llamar por teléfono al terminal de buses para que el Pullman se detuviera en la esquina más cercana a la casa. Corriendo abordé el autobús con un ¡Buenas noches! Me acomodé en el asiento y miré por última vez al grupo de amigos que agitaban sus manos, mientras el bus comenzaba su lento rodar por la calle Baquedano dejando a mis espaldas la ciudad de Concepción, pero llevándome a muchas de sus gentes en mi corazón. El camino a recorrer era largo y con las emociones pasadas no podía dormir y entonces se me vino a la mente un grabado hecho en el garaje del cineasta que representaba un relato que había oído en una de mis tertulias. 125


En el centro de Concepción existe una laguna que tiene una leyenda sobre tres hermanas llamadas Pascuala. Eran muy hermosas y por su oficio de lavanderas iban diariamente, y varias veces en el día, a lavar la ropa a la laguna. Un día llegó hasta la casa de las tres muchachas un forastero que solicitó hospedaje, siendo acogido gustosamente por el padre de las jóvenes. Todos los días, al caer la tarde, el hombre regresaba hasta la casa y miraba a las Pascuala que volvían cantando, con sus lindas trenzas rubias y su atado de ropa sobre la cabeza. El joven se enamoró de las tres hermanas, y cada una, secretamente, correspondía a su amor. Pero no sabiendo a cuál elegir como su esposa, les dio cita a las tres a la orilla de la laguna adonde ellas acudieron presurosas. A las doce de la noche iba remando y al verlas reflejarse en las aguas, empezó a llamar: “Pascuala, Pascuala, Pascuala”. Al escuchar su nombre, cada una de ellas creyó ser la elegida y comenzaron a adentrarse en las traicioneras aguas, muriendo ahogadas. Desde entonces, en las encantadas noches de San Juan, a las doce de la noche se ve un bote bogando por las aguas, desde el cual surge una voz que llama desesperadamente a las mozas.“ Sumergido en la semioscuridad del Pullman Bus, la leyenda acompañaba mi letargo incitándome a deambular en una nube de mágicas realidades.

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"Las tres Pascualas" Lin贸leum de Jorge Varas

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De redreso a casa

manecía detrás de la cordillera y el alba penetraba tenuemente por entre las ventanas del autobús indicando que ya me estaba acercando a la cuenca de Santiago. Después del túnel de Angostura, se abría el valle central mostrando las plantaciones de árboles frutales y los abundantes maizales de dorados dientes. Pasando el puente sobre el río Maipo, pedí al conductor que me dejara en la entrada de San Bernardo casi en las faldas del cerro Chena por la Panamericana. Desde allí, el expreso Santiago-San Bernardo me condujo hasta la casa de mis padres quienes se vieron gratamente sorprendidos con mi repentina llegada. Y aunque había calor en aquella recepción, no sentí esa acogedora sensación de bienvenida a casa. Volví a arrancharme en la pieza de madera que mi padre y yo habíamos construido como anexo para la senilidad de mis abuelos paternos. Mi vida se había encarrilado decididamente hacia el camino del arte gráfico de modo que me acerqué a la escuela de Cultura Artística de San Bernardo y me llevé una grata sorpresa: El director era Manuel Leyton, el mismo maestro que había tenido en la cuarta preparatoria, cuando yo era el primero de la clase. El ambiente que reinaba en esa vieja casa de adobes en la calle Arturo Prat con Bulnes no tenía esa atmósfera intelectual que había en otros lugares como Bellas Artes o los talleres de artistas de alcurnia los cuales me producían alergia. Allí me sentía como chanchito en el barro participando prácticamente en todos los talleres y para incursionar en otro ámbito me fui al curso de teatro con Casenave asistiendo además a las lecciones de cueca de Elena Valdivia. Enrique “Pinocho” Oyarce, un vecino y contemporáneo de la escuela primaria, fue quien me dio el dato de esta escuela. Años antes “Pinocho” se había marchado a dedo a la Patagonia argentina en busca de trabajo, lo acompañaba el gato Suzarte, un amigo común. El camino les nutrió de anécdotas como aquella en un prostíbulo de Osorno donde “Pinocho” quizás por enamoramiento o bien por lástima, intentó fugarse con una muchacha allí recluida. Lamentablemente nuestro héroe fue descubierto in fraganti y no pudo concluir tan 128


honrosa acción libertadora. Después de una larga travesía por fin llegaron a Argentina y se emplearon en una compañía petrolera donde “Pinocho” sufrió varias fracturas en una pierna cuyas secuelas fueron incurables. Gracias a la gestión del Cónsul chileno fue trasladado a Buenos Aires permaneciendo hospitalizado durante casi dos años, tiempo que aprovechó para iniciarse en pintura. En la escuela de Cultura Artística nacieron amistades inolvidables tales como la que mantuvimos con Patricia Lara “La Pato”, Enriqueta Estefanile, Sergio del Valle, Alejandro Rubio, Rolando Pérez y Miguel Cosgrove, un iquiqueño que recién empezaba sus estudios en la escuela de Bellas Artes. Hay algunos que se me quedan en el tintero pero la memoria es frágil y a veces nos juega malas pasadas. Allí también tuve la suerte de conocer a artistas plásticos de una gran sencillez, modestia y calidad con los cuales más tarde formamos el grupo Chena. Y como un humilde homenaje a estos maestros que ya se fueron, dejo aquí estampados sus nombres para la memoria sanbernardina: Sergio Gallardo, Manuel Martínez, Alberto López y Gabriel Romero.

Retorno a Iquique

Miguel Cosgrove añoraba recorrer su norte natal y poder visitar muchos sitios, especialmente el pueblo de La Tirana en días de la famosa fiesta de la Virgen. Él sabía de mi fama de patiperro y de aquél viaje a Iquique en tiempos de la primaria. De modo que no fue difícil echar a andar esa aventura hacia el extremo norte de Chile.

La partida Con la ayuda de un camionero amigo que viajaba al norte chico, salimos desde San Bernardo al mediodía de un lluvioso 26 de junio. El primer tramo de nuestro viaje fue hasta pasado La Serena, donde el clima, notoriamente más cálido, nos permitió pasar la primera noche al aire libre y junto al mar. Al día siguiente, muy temprano, nos paramos al borde del camino, donde muy pronto nos recogió un Chevrolet Corvair color gris metálico cuyo conductor, de indiscutible apariencia japonesa, vestía una casaca también gris, una gorra de visera y lentes de sol color verde con marcos metálicos. –Soy ingeniero en la mina de hierro de El Tofo, 129


-nos dijo mientras aceleraba el Chevrolet por caminos de quebradas y curvas a una velocidad que nos hizo poner los pelos de punta. ¿Ponía a prueba nuestro aguante? ¿Quería imponernos con su enorme capacidad de conducir? ¿O bien el apuro en llegar al cielo, hacía al asiático poner alas al vehículo? Consigo llevaba una cámara Polaroid que por su sofisticado aspecto nos llamó la atención. –La tengo siempre lista para fotografiar algún Ovni –señaló el nipón y aseguraba que algunos “privilegiados” ya los habían visto por esos parajes. –A esta velocidad y con tantos barrancos y curvas, muy pronto veremos las puertas del infierno, –pensamos con Miguel. Sanos y salvos arribamos por la tarde a Chañaral, donde tras haber echado manos y dientes a algunos tarros de conservas acompañadas de pan amasado del lugar, conseguimos ubicarnos en la cabina de un camión rumbo a Antofagasta.

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Las luces del vehículo alumbraban la interminable recta pavimentada, que yo acostumbrado al paisaje del Chile central, no dejaba de percibir en mi mente como una carretera bordeada de frondosas arboledas. Con la llegada del alba y ya disipada la neblina matinal, la ilusión de los árboles percibidos durante la noche desapareció, junto con todo tipo de supuesta vegetación. Frente a nosotros permanecía invariable la imagen de la interminable carretera entre la pampa arenosa y los montes de sorprendentes matices de verde, violeta y rojo, imposible de imaginar antes de verlos con nuestros propios ojos. Siguiendo la ruta del desierto de Atacama, el más seco del mundo, nuevamente la baja temperatura de la noche es, poco a poco reemplazada por el sol que va asomando a nuestro lado derecho detrás de la cordillera de los Andes.

Llegamos a Antofagasta abandonando la carretera hacia al oeste cuando el sol se ocultaba detrás de un enrojecido océano. Allí pernoctamos en la enfermería de un regimiento donde después de un abundante desayuno, nos acercamos al camino para proseguir viaje a Iquique. La intensa actividad minera de la zona, genera un gran tráfico de camiones tanto de salida como de entrada a Antofagasta, lo que facilitó la continuación de nuestro viaje. A 60 Km. camino a la carretera, se encuentra Baquedano, pueblo casi fantasma que en tiempo pasado fue estación ferroviaria a Salta y Oruro. Y ahí ante nuestros ojos, Baquedano no era más que un museo 131


oxidado, un caserío con pequeños negocios de paso y un triste historial de caliche. En un pequeño almacén nos aprovisionamos con unos panecillos tan ricos, que cada vez que he pasado por allí en mis viajes a Chile, no puedo menos que detenerme para saborearlos una vez más. El paisaje que tenemos al frente es nuevamente la arena rojiza, los cerros de tonos verde y violeta y la larga carretera pavimentada y recta como solo ella puede serlo. El conductor nos cuenta que antes le llamaban “la huella” y en muchos tramos era difícil transitar por estar llenas de lomos atravesados. más tarde y luego de divisar la oficina salitrera María Elena, empezamos a orillar el Loa, el río más largo de Chile, un milagro en el desierto, de caudal pequeño y de aguas contaminadas a causa de la minería. El camión se detuvo en una posada; era la hora del almuerzo que en el norte se llama “lonche”. Pedimos agua y echamos mano a un paquete de harina tostada que, afortunadamente mi madre me había obligado a llevar conmigo. Estábamos en plena Pampa del Tamarugal, cuyo nombre se debe al tamarugo, un árbol que allí crece y cuyas hojas recogen la humedad de la neblina matinal, “la camanchaca”, transformándola en gotas de agua que caen al suelo para ser absorbidas por sus raíces. El destino del camión era Arica, ciudad famosa en ese tiempo por las industrias de armaduría de vehículos. Fuimos dejados en una estación de bencina en Pozo Almonte, localidad proveedora de agua y otros servicios en la época del salitre; nos encontrábamos a solo 50 Km. de Iquique, y nos resultó fácil tomar un medio de transporte hasta allí. Después de haber pasado el control policial de Alto Hospicio llegamos a la orilla de un gran acantilado de unos 500 metros y desde ese lugar, pudimos divisar abajo el puerto de Iquique, entre el desierto y el mar que se extendía hasta el horizonte para unirse con el cielo. Era la primera vez que llegaba a Iquique por la pampa. Años antes, había llegado por el mar. Era pasado el mediodía y aquel último día de junio estaba nublado, pero a pesar de eso, la temperatura llegaba a los 20°, sin embargo nuestra anfitriona, tía de Miguel, se quejaba de sentir frío. Nos había preparado una pieza, y luego de una renovadora ducha, cambio de 132


ropas y un almuerzo de verdad, salimos a recorrer la ciudad donde a mi parecer, el tiempo se había detenido. La mayoría de las casas eran construcciones de madera de dos pisos y con corredores abajo y arriba, idénticas a mis recuerdos del primer viaje. La economía del puerto de Iquique se caracterizaba por sufrir a menudo depresiones causadas por diversos factores; en ese momento era el fenómeno de la anchoveta. Este pez que vive en grandes cardúmenes y se caracteriza por salir volando de las aguas, era y es utilizado para la fabricación de la harina de pescado, alimento básico para la crianza de pollos y cerdos. Esta producción industrial impulsada por el gobierno de Eduardo Frei Montalva, so pretexto de enriquecer la nutrición de los chilenos, más bien enriquecía las arcas de nuevos y viejos productores agrícolas. CORFO (Corporación de Fomento de la Producción) y muchas otras empresas pesqueras se habían instalado en el nuevo muelle de Iquique para la pesca y procesamiento de la anchoveta. Pero la sobre explotación y el fenómeno marino de la “corriente del niño” estuvieron a punto de exterminar la especie. El descalabro económico obligó a cerrar a la mayoría de las empresas pesqueras, sufriendo nuevamente esta zona el flagelo de “auge y depresión” que dejó a los trabajadores, en su mayoría inmigrantes, en el más cruel desamparo laboral. Así es la suerte y la historia de la pampa, territorio desértico que ha dado tanta riqueza a unos pocos y tantos dolores a muchos.

La Tirana La Fiesta de La Tirana se realiza todos los años entre los días 14 y 17 de julio en el pueblo del mismo nombre a unos 90 Km. de Iquique. Para esto comenzamos entonces a reunir provisiones, a lavar las mochilas y las frazadas además hicimos un grabado de la Iglesia cuyas copias llevaríamos para vender. En muchos barrios de Iquique se hacían los preparativos para la fiesta. Cada cofradía preparaba sus bailes, sus instrumentos, disfraces, estandartes además de una imagen de la virgen con la cual la saludarían en su día. Partimos en la mañana del día catorce; había ya muchos vehículos llenos de gente que repletaban las estrechas calles de la ciudad. Se 133


dirigían a la fiesta, por lo que Iquique era en esos momentos, un torbellino de vehículos. El primero que nos llevó desde la vera del camino, fue una vieja camioneta en cuya parte trasera nos acomodamos. Ésta llegaba hasta Humberstone, una de las oficinas salitreras más antiguas que aún funciona aunque con una producción muy baja. Junto a nosotros viajaba un hombre de Valparaíso quien, con un cierto dejo amargo, nos contó que empujado por la miseria económica había abandonado a su familia sin saber nunca más de ellos. Consigo llevaba una bolsa con varios kilos de pan para el mes, debido a que en la oficina salitrera no había panadería. Ni musgos ni bacterias afectaban su pan; solo bastaba con humedecerlo y calentarlo con un poco de sol. –¿Ustedes no van a la Tirana? Le preguntamos al porteño quien con un gesto muy elocuente respondió: “Yo y mi compadre que va manejando, ná que ver con la Tirana”. Y agregó que aquél ritual era algo muy extraño para ellos. Por esos días pudimos detectar que mucha gente que trabaja en la pampa no es originaria de allí. El hábitat de la región es hostil, de modo que, es la búsqueda de la subsistencia en los yacimientos salitreros, cupríferos y otros, lo que lleva a muchos a esas sequedades tarapaqueñas. 134


Desde Humberstone continuamos nuestra marcha mochilera a pie en dirección a Pozo Almonte donde un puesto de carabineros controlaba y requisaba las bebidas alcohólicas. En ese control policial nos ayudaron a conseguir transporte hasta el pueblo de la Tirana, del cual ya sólo estábamos a una distancia de 20 Km. Autos, camiones, buses y peregrinos a pie que venían de las más diversas aldeas y ciudades del norte, como también de Perú, Bolivia y Argentina, iban llenando la carretera. Todos con la misma misión: llegar al pueblo, adorar, cantar, bailar y agradecer o pagar mandas u ofrendas a la Virgen del Carmen. Desde lejos se divisaba la polvareda que producían los devotos con sus bailes, y en nuestros oídos iba aumentando la mezcla de sonidos desprendidos de trombones y trompetas, tambores, quenas además de muchos otros instrumentos los cuales no cesarían hasta terminada la fiesta. Dice la leyenda que un millar de prisioneros que llevaba Diego de Almagro en su expedición de Cuzco a Chile, huyeron hacia la pampa del Tamarugal. Entre ellos estaba el príncipe Inca Huillac Huma con su hija Ñusta Huillac, quien organizó y dirigió a los suyos en la resistencia contra los invasores españoles. La joven Inca lo hacía con tanta valentía y fiereza que sus enemigos la llamaron La Tirana del Tamarugal. Después de cuatro años, libres de la opresión extranjera, la hija del Imperio de los Incas, se enamoró perdidamente de un minero portugués llamado Vasco de Almeida. Y como, por éste se convirtió al cristianismo, ambos fueron condenados a muerte por quienes habían formado las huestes de la joven Ñusta Huillac. Años más tarde el cura fray Antonio Rondón encontró una cruz donde yacían los restos de los amantes y edificó una ermita en recuerdo de la tirana princesa de aquél oasis, en el corazón de la Pampa del Tamarugal. Con el tiempo la ermita fue reemplazada por la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen de La Tirana. Al llegar a nuestra meta nos dedicamos a recorrer el lugar que estaba ya más que repoblado. El interior y los alrededores del pueblito de unos 300 habitantes, se había llenado de carpas y de tiendas improvi135


sadas para albergar a los miles de visitantes. Nuestros ojos, ávidos de observarlo todo, se posaban deslumbrados en los diversos grupos con sus coloridos y extravagantes trajes, en sus bailes y en sus instrumentos que tocaban sin parar. Así iban desfilando las comparsas de chinos, pieles rojas, chunchos, morenos, gitanos y otros tantos grupos. Pero lo más impresionante para mí eran las Diabladas con sus inmensas máscaras multicolores, con cuernos, dragones y serpientes. La cercanía a ese misticismo histórico, de raíces africanas, asiáticas, europeas, americanas y unidos a la leyenda de amor y de fecundación de nuestro mestizaje, nos hacía reflexionar y sensibilizarnos hasta sentirnos parte de aquella impresionante y magistral dramaturgia religiosa. Por los altavoces van anunciando a las cofradías el orden de entrada a la iglesia, como así también los peregrinos que harán entrega de ofrendas en dinero colgándolo en el traje de la Inmaculada. Al hacerse la noche del día 15, se encendieron fogatas mientras que muchas cofradías seguían bailando a la Virgen. Nosotros, entre la muchedumbre que descansaba, dejamos caer las frazadas sobre las baldosas, pero la temperatura nocturna de la pampa bordeaba el cero grado, y no nos dejaba dormir. Pero allí estuvo el vecino amable y solidario, que nos invitó con un trago de pisco para soportar el frío. Sólo así logramos dormir un par de horas. ¡Juro que ese fue el mejor pisco de toda mi vida! Al amanecer encontramos cerca de la iglesia, una tienda de comidas donde compramos té para acompañar nuestra merienda. Hablamos con la dueña quien muy generosa, nos cedió en la entrada un lugarcito para exponer y vender nuestras estampas de la iglesia. Estábamos convencidos del valor artístico de nuestros grabados, pero no pudimos competir con las postales y cuadros impresos a todo color que vendían los comerciantes profesionales. La dueña de la tienda se apiadó tanto de nuestra mala suerte, que por la tarde, nos mandó unos suculentos platos de cazuela y el ofrecimiento de dormir bajo techo. En el día de la Virgen nos despertó el tremendo calor que desde muy temprano golpeaba ya en el desierto. Desayunamos con pan 136


caliente; a la dueña del local, con el afán de retribuirle en parte su enorme generosidad, le regalamos algunas de nuestras estampas y ella prometió pedir al cura que las bendijese cuando viniera a ofrecer la Santa Misa. Afuera, a un costado de la entrada principal de la iglesia, se había instalado un altar para permitir los saludos de las cofradías y de los fieles cuyos bailes, cantos y música fueron decayendo con el tañido de las campanas que anunciaban el comienzo de la misa. Los miles de visitantes ocuparon la plaza del pueblo para participar de la liturgia sazonada de rogativas, alabanzas, coros gregorianos y otras finuras del catolicismo apostólico romano. Los “Ave María”, las señales de la cruz y un comulgar en masas, llenaron la pampa de religiosidad. Terminada la misa, la trifulca se reinició con la llamada “Despedida” de la Virgen con la promesa de volver al año siguiente. Esta es la parte final de la fiesta y dura hasta el día 17. Miguel y yo estábamos cansados, habíamos vivido lo principal de la afamada fiesta de la pampa, la festividad religiosa más visitada de Chile. De modo que dimos el último recorrido por el pueblo y con la caída del sol, silenciosos y por una carretera casi vacía, iniciábamos nuestro desandar de 90 kilómetros rumbo a Iquique. La temperatura comenzaba abruptamente a bajar, mis huesos aún vibraban con aquellos ritmos y en mis oídos retumbaban instrumentos, cantos, gritos, aullidos y la voz del cura en el eco estridente de los parlantes. En mi mente perduraban las imágenes de esa gente, que de buena fe, iba dejando el fruto de su trabajo en el manto de la virgen. Dinero que los hábiles funcionarios iban guardando religiosamente en los baúles de la Santa Iglesia. Todo eso me hacía recordar al Tata David cantando a los angelitos o comerciando las velas que los creyentes llevaban a la Iglesia de Lourdes. La noche con su millonada de estrellas, vigilaba y alumbraba nuestra cansada caminata, mientras que a lo lejos divisábamos pequeñas luces de vehículos que venían hacia nosotros y cuyo encuentro, extrañamente tardaba una eternidad. En el desierto llano, la alteración perceptiva de la distancia adquiere dimensiones irreales. 137


Habíamos caminado un par de horas cuando llegamos a una garita, un control carretero en esas soledades del desierto. Al acercarnos para saludar a los Carabineros allí destinados, escuchamos asombrados a uno de ellos exclamar; –¡Holaaaaaaaa poh Miguel!– La buena estrella seguía guiando nuestros pasos, se trataba de un ex compañero de escuela de mi camarada Cosgrove que nos invitó a tomar parte del vinito requisado y a dormir en camarotes. Al día siguiente y contando con la ayuda de aquellos agentes del orden, nos resultó muy fácil conseguir transporte directo a Iquique. Nos quedaban dos sitios pendientes en este viaje: Visitar las caletas de sal, al sur de Iquique y también Mocha, un pueblito en la Quebrada Tarapacá, situado en el tramo entre Huara hacia la cordillera, muy cerca del pueblo llamado Tarapacá.

Caleta Patillos

Así es que en una madrugada de julio, partimos por la orilla del mar hacia el sur con destino a la caleta Patillos a unos 60 Km. de Iquique. Cruzamos dos hermosas playas y aunque la temperatura invernal oscilaba allí entre 19 a 22 grados, la ausencia de bañistas era total en esas idílicas arenas. Ya avanzado un buen trecho, divisamos una pequeña construcción de madera, cuya única puerta daba al mar. Afuera, sentado en una roca de color rojo, había un hombre que nos saludó con la cordialidad que se acostumbra en las soledades de la tierra. Su hospitalidad nos sacudió de veras motivándonos a detenernos a charlar con él. De piel muy curtida por el aire marino y el sol de la pampa, el anciano vestía un viejo pantalón arremangado hasta las rodillas, una camisa que en un tiempo posiblemente fue azul, unas sandalias hechas con restos de neumáticos y una gorra de piel de pato guanay. Decía no tener edad, pues aseguraba no recordarla y sostenía por lo demás, que eso no tenía importancia. Había nacido en una oficina salitrera y entregado su vida, desde la más tierna infancia al trabajo del caliche, haciendo del desierto todo su universo. Se alimentaba principalmente de pescado y algas marinas. Una escuálida pensión que recogía mensualmente en Iquique, le alcanzaba para un poco de arroz, algunas conservas, cigarrillos, fósforos y té. 138


Mientras buscaba algo en su pequeño baúl de recuerdos, comentaba estar aburrido de vivir tanto. De entre sus objetos nos mostró orgulloso, una fotografía donde sostenía en sus hombros dos sacos de salitre de 100 kilos cada uno. Esos doscientos kilos de salitre, nos remecieron el alma al imaginarlos sobre la espalda de aquél pobre alfeñique. Mientras que él, sonreía orgulloso de haber sido capaz de algo similar a lo que en otro tiempo y lugar fue la prueba del Toqui, llamado a dirigir la lucha de resistencia. Después de haber compartido un té simple y caliente, con un abrazo nos despedimos de aquel ermitaño del mar. Reanudamos nuestra marcha por una carretera muy solitaria hasta que un vehículo que se dirigía a nuestro destino se ofreció para llevarnos. Oscurecía cuando llegamos a la Caleta, aún podíamos divisar las blancas montañas de sal a cuyo costado se erigían unos barracones que servían de hospedaje a la veintena de hombres que allí trabajaban. Un destartalado y oxidado muelle metálico junto al mar, sostenía por milagro una grúa que a gritos reclamaba su retiro. Fuimos recibidos con mucha alegría por esos hombres de rostros desgastados. Nos hicieron pasar a sus habitaciones comunes, ofreciéndonos dos camas para dormir cuanto tiempo quisiéramos. Para ellos era muy extraño que hasta allí alguien llegara solamente como visitante. La faena en la planta consistía en descargar con pala y carretilla, la sal que venía de los salares del desierto. Ésta, después de ser acumulada formando montañas, debía ser protegida del viento y de las mareas, luego la embarcaban para las refinerías donde tras un proceso de refinado, la empaquetaban tal como la recibíamos en nuestras cocinas. Esos obreros se quejaban que la mina “Punta de Lobos”, proveedora de la sal de sus faenas, tenía conflictos internos dentro de la jefatura. Y esa situación venía provocando una baja en la producción y ventas, siendo la razón por la cual ellos, tenían que trabajar por salarios cada día más miserables. Al día siguiente, y después de haber recorrido la caleta y de haber degustado en la cantina, unos sabrosos porotos con mote, nos despe139


dimos agradecidos de esos obreros por su enorme hospitalidad y por haber conocido una realidad más de los trabajadores chilenos. Al salir de Puerto Patillos y encontrarnos en el cruce del camino a Iquique con el camino de la mina Punta de Lobos, se detuvo un Jeep para llevarnos a Iquique. El conductor era un geólogo que nos explicó que la crisis de la mina Punta de Lobos, se debía a malas inversiones con compromisos muy a lo grande, tanto de los accionista chilenos como extranjeros. El caso Punta de Lobos, nos señaló el geólogo, debe ser analizado en el mismo contexto del fenómeno de la anchoveta y la harina de pescado; proyectos planificados con fines paliativos, sin planificación a futuro. Y agregaba el geólogo –son proyectos para postergar una exigencia que se viene encima como un clamor nacional: la nacionalización del cobre. Luego tuvimos una interesante conversación sobre aquellas rocas de varios colores que adornan la costa nortina, y que no son otra cosa que guano, es decir, excremento producido por las aves marinas durante millones de años. Su conservación se debe a la escasa humedad en las costas del norte de Chile y del sur del Perú. Los tres principales colores del guano son el rojizo, que revela la mayor antigüedad, luego el amarillo y el blanco en ese orden manifiestan un material de formación más reciente. Este producto se ha usado como fertilizante desde tiempos precolombinos. Posterior a ello, ha sido explotado industrialmente, pero llegó un tiempo de crisis cuando este producto fue desplazado por el guano sintético. Hoy en día, nuevamente el guano de aves es considerado como el mejor abono tanto por su efectividad como por su calidad ecológica. Ante el posible renacer de esta actividad industrial, advierten los expertos, que su explotación debe ser racional, debido a que, por su largo proceso de formación, el producto no es recuperable.

La quebrada de Tarapacá De vuelta en nuestro centro de operaciones en Iquique, y bajo la esmerada atención de la tía de Miguel, nos sentamos con el mapa en la mesa a planificar nuestro próximo punto de visita: Mocha, en la quebrada de Tarapacá. Una zona famosa por sus tradiciones preco140


lombinas y por su enorme significado arqueológico. A fines de julio, nos fuimos a la ya conocida carretera que va a la pampa, donde conseguimos un vehículo que nos llevó hasta Huara, un poblado distante 80 Km. desde Iquique en la vía al norte. Nos bajamos en una estación de servicio frente a la entrada principal del pueblo, donde muchas personas allí sentadas, esperaban ser llevadas a distintos lugares. Huara es un pueblito fantasma donde no existe la intensidad de otras zonas, donde el tiempo se detuvo en sus calles polvorientas ocultando veredas de madera. Sus casas vacías son abiertas por el viento, como espectral invitación a la oscuridad interior. Algunas casonas mostraban algo del otrora pueblo efervescente, que llegó a tener cerca de 7000 habitantes. En días de nuestra visita, éstos no alcanzaban la centena. Por la calle principal se podían apreciar las que alguna vez fueron ostentosas fachadas de los numerosos bares, de casas de hospedajes y también las de vida alegre. Ahora, puestas en un equívoco decorado escénico, daban testimonio sin sonrojarse, de un tiempo de riqueza para algunos elegidos. En los estantes de la antigua pulpería aún permanecían, cual objetos de museo, algunas balanzas y barómetros, mientras que las ventas se habían reducido a algunos analgésicos y ciertos víveres como el té y el azúcar. En las afueras del caserío estaba el cementerio con miles de crucifijos y despojos de coronas repujadas en lata, presencia silente cuya oxidación mostraba el paso del abandono, siendo una respuesta seca a la interrogante sobre un tiempo de grandeza de ese pueblo.

Mocha Al volver a la estación de bencina, le preguntamos a un hombre sobre la distancia que nos separaba de Mocha: –Pues, Mocha queda a dos ojos de aquí, –nos dijo cortésmente. Luego y como adivinando nuestra ignorancia sobre el término empleado, nos hizo saber que un ojo, es la distancia que alcanza nuestra vista en la pampa y que dos ojos era el doble de lo que veíamos. 141


Ya pasado el mediodía, un hombre que desde temprano esperaba ser llevado a Iquique, miró su reloj de bolsillo diciendo: –Ya no pude viajar hoy, veré si puedo hacerlo mañana. –Agarró sus pertenencias, y sin ningún apuro ni pesar, abandonó el lugar. Por nuestra parte, se nos arregló la situación cuando desde un camión casi repleto de gente, el conductor avisaba que iba rumbo al interior, es decir hacia la cordillera. De modo que por una pequeña suma de dinero, pudimos subir las altas barandas del vehículo y sentarnos en el piso entre un gran número de familias con vestimentas del altiplano andino. Nos encontrábamos de pronto, como haciendo un trayecto histórico, nada menos que con la misma etnia aimara. ¿En busca de que andábamos? Ya no buscábamos en los libros, ya no bastaba con los salmos. Pensaba aquellas interrogantes mientras miraba los rostros tersos y los ojos achinados de aquellos hombres con gorros multicolores de lana tejida. Y seguía pensando mientras miraba a aquellas mujeres bajitas que lucían trenzas y sombreros y en sus espaldas, algunas sostenían a sus bebes en coloridas mantas. Todos ellos, en un acto muy natural, posaron en silencio sobre nosotros, sus miradas profundas y serenas, para luego reanudar su animada charla en aimara. No fue la mirada fría y vacía al extranjero la que percibimos, sino que fue un acto mudo, un ritual bajado de las alturas cordilleranas, un lenguaje de reencuentro con el hermano que sobrevivió al genocidio civilizador. Y allí, junto a mi amigo Cosgrove, en medio de la etnia local, fuimos solo dos, sin sentir jamás la sensación de ser minoría. Ya entrado el camino en pleno desierto, el camión se detiene y varios bajan a orinar: los hombres dan la espalda al camión, mientras que las mujeres, se encuclillan ensanchando sus amplias faldas. El camión fue bordeando por arriba la Quebrada de Tarapacá, una franja vegetal que surge gracias a un pequeño surco de agua que baja desde la cordillera y que es absorbido por las arenas del desierto sin llegar al mar. La primera parada fue en el pueblo de Tarapacá donde bajaron y subieron algunos pasajeros, luego pasamos Pachica para bajarnos junto a un letrero que decía Mocha. Y en sentido contrario, el menciona142


do letrero indicaba 70 Km. hacia Huara, entendiéndose entonces que un ojo eran unos 35 Km. Anduvimos un trecho por un camino en construcción y pudimos observar algo que bien podemos llamar una profanación: Las máquinas excavadoras iban extrayendo y destruyendo osamentas humanas; muchas de ellas conservaban restos de sus vestimentas tejidas, sin que nadie se interesara en proteger esa riqueza cultural. Mas abajo, entre algunos árboles, divisamos casas de piedra y barro, destacándose la iglesia, construida en 1620 y cuya entrada era un arco con diferentes colores. En la entrada al pueblo y desde unas ruinas que en un tiempo fueron viviendas, un hombre se nos acercó pretendiendo vendernos una campanita, asegurando que por su antigüedad, la reliquia estaba hecha de una mezcla de cobre con oro. Pero al tomarla en nuestras manos, pudimos constatar que su espiga era un tornillo moderno oxidado. Las sombras del atardecer caían sobre el pueblo cuyas calles se veían desoladas. La iglesia estaba cerrada, pues el cura la abría sólo los días festivos, para los bautizos y los funerales. Un carabinero joven, apostado en la plaza, nos habló de las tradiciones de Mocha como del carnaval que se realiza en febrero y de varias otras fiestas religiosas. También de las comidas típicas del lugar que, a base de maíz y aves, son directas herederas del arte culinario del gran Imperio de Los Incas. Los bailes típicos, nos contaba el carabinero eran y con seguridad lo siguen siendo: la cueca y el cachimbo. La pobreza, en aquéllos tiempos de nuestra estadía era muy grande en el pueblo. La falta de actividad económica y recursos, hacía que los pocos habitantes, especialmente los más jóvenes, fuesen abandonando el lugar. Para Miguel fue esto una gran decepción, pues siendo de la zona, le dolía el olvido en que las autoridades mantenían esos lugares llenos de historia y carácter. En Mocha no teníamos ninguna posibilidad de quedarnos, así es que antes que oscureciera, decidimos regresar caminando. Esa noche caminamos muchas horas siguiendo la huella de tierra, y era imposible no seguir adelante pues no había donde cobijarse del 143


frío pampino. Detrás de nosotros veíamos unas pequeñas luces que tardaron una eternidad antes que se convirtieran en el par de focos de un camión que nos llevó de vuelta a Iquique.

Arica Ahora los planes eran volver a casa, pero yo sentía la necesidad de seguir viajando por lo menos hasta Arica donde tenía una tía que junto a su marido, eran propietarios de un emporio. Se llamaba Flora, una ex monja que había ejercido su vocación auxiliando enfermos en el Hospital de San Bernardo, hasta que un buen día el llamado terrenal pudo más que el Supremo y hubo un mozo que le robó su corazón. Se llamaba Carlos Harris Fernández, de padre inglés y de madre filipina, había llegado a Chile junto con su hermano, procedente de Filipinas. Entonces quien fuese hasta ese momento Sor María, en aras del amor, abandonó la Orden María Auxiliadora, para convertirse de nuevo en la tía Flora y unirse en matrimonio con aquel mozo venido de tan remoto país. A Miguel no le entusiasmaba para nada la idea de seguir al norte, pero cuando vio que yo estaba listo para partir, tomó su equipaje y emprendimos viaje. Ya estábamos en la última etapa después de haber caminado tanto y de haber encontrado muchos andariegos sin poder citarlos a todos en estas páginas nortinas. Andariegos por placer algunos, y otros, obligados por la miseria. Viejos aventureros de origen acomodado, otros, que abandonaron a sus esposas e hijos al no ser capaces de mantenerlos. Todos ellos, cuando la noche caía, dormían igualados bajo un techo bellamente constelado en aquel firmamento nortino. Al día siguiente arribamos a Arica al mediodía y después de haber recibido una tremenda porción de porotos en el Regimiento Rancagua, nos aprontábamos a comer en un banco de la plaza, cuando de pronto se nos acercó un hombre que con mucho sigilo y humildad, nos pidió algo de comida. Ante mi sugerencia de que podía pedir comida en el regimiento, respondió con resignada naturalidad. –A mi no me dan comida en el regimiento por ser peruano. 144


Me impactó la tristeza de su rostro moreno y su mirada cristalina. Sus palabras me sacaban del heroico y patriótico relato escolar, para instalarme en un mundo real. Allí, bajo la sombra fresca de una palmera, me vi frente a frente a las secuelas crueles de la realidad bélica. ¿Existe algo más sagrado para el chileno que su plato de porotos? Mientras compartíamos nuestra comida me preguntaba en aquél mediodía ariqueño. ¿Existe algo más brutal que negárselo a un hermano? Por la tarde buscamos en la guía telefónica a la tía Flora Romo Pérez, sin éxito alguno. Fue el apellido Harris el que nos mostró una dirección que sin complicaciones, pudimos encontrar. Nos atendió una adolescente con acento boliviano, quién nos indicó que los dueños de casa se encontraban trabajando en su emporio, en el mercado central. Nos dirigimos hasta allí. Y en un trajín intenso estaba mi tía con su marido atendiendo a una numerosa clientela. En cuanto pude me acerqué al filipino blanco diciéndole: –Soy Jorge, hijo de Olga. –Y él me dijo, sabiendo ya de mi fama de aventurero; –¡Chiquillo loco! ¿Qué haces aquí? Después de una calurosa bienvenida, nos enviaron a su casa, donde la asesora de hogar, tras recibir indicaciones por teléfono, nos dio una pieza con dos camas que por lo impecables, nos parecía un sacrilegio usarlas. Pero como nos higienizamos con un meticuloso baño, pudimos aceptar tan refinado hospedaje. Mis tíos tenían dos hijas morenas de una belleza polinésica que su padre no tenía, exceptuando sus ojos rasgados. La cena fue bastante acogedora. Hablamos de muchas cosas, también estuvo presente la tía Magdalena (le llamábamos Malena), madre de Flora y hermana de Laura, mi abuela y era quien llevaba los recados entre el Tata David y la abuelita Laura cuando se enamoraron. La tía Malena acompañó a su hermana Laura cuando tuvo que abandonar a su familia, su estatus social y su alto estándar de vida. Me llamó la atención que en la cena no había pan, sino un bolo de arroz cocido colocado en medio de la mesa. En el transcurso de ella y a cambio de la hospitalidad, los tíos nos dieron el trabajo de limpiar la bodega del almacén. 145


Empezamos el siguiente día con un desayuno compartido con todos y servido por la chica boliviana. Era común en esa ciudad tener empleadas del país vecino, pero mi tío, respetuoso del derecho a estudiar, mandaba a la joven todas las tardes a la escuela vespertina. La bodega del emporio resultó ser un búnker atestado de tarros de conservas de los cuales, más de la mitad estaban podridos y debimos botarlos. La estadía y la alimentación en casa de mis tíos, fue a cuerpo de rey. ¡Ah! Y cada miércoles llegaba a cenar nada menos que el cura párroco. Mi tía y su marido, fieles católicos, entregaban el 10% de sus ganancias a la Iglesia, cumpliendo con el diezmo obligado que los fieles deben aportar a la Santa Iglesia. Entusiasmados le contamos al presbítero, de nuestra visita a la fiesta de La Tirana lo que él aprovechó para condenarla catalogándola entre otras cosas, de un acto pagano. ¿Y donde va a parar esa montaña de dinero que la iglesia recibe en esa festividad pagana? –Quise preguntar. Pero con Miguel nos miramos como advirtiéndonos que era mejor callar para no herir a los dueños de casa que tal vez pensaban que la armonía caracterizaba aquellas reuniones.

El regreso A Miguel le apuraba volver a Santiago, él estudiaba en la Escuela de Bellas Artes y las vacaciones de invierno estaban llegando a su término. De modo que consiguió con un camionero un viaje directo a Santiago, mientras que yo, decidí quedarme un par de días más en Arica. Por casualidad me encontré con Pedro Arévalo, entonces cantante folklórico y recopilador de música nortina. Nos habíamos conocido siendo estudiantes en la Escuela de Artes Aplicadas de La Universidad de Chile. Pedro tenía esa noche una actuación en el Casino de Arica, con transmisión directa a través de Radio El Morro. A mi tía le conté del encuentro con Pedro, y esa noche cuando comenzó su concierto acompañando en charango un trote tarapaqueño, mi tía exclamó muy enojada; –¡Pero esto no es música chilena! Lo son la tonada o la cueca. Pero esto... pues esto es boliviano –. 146


Al día siguiente recorrí los numerosos mercados peruanos y bolivianos, entré a la iglesia de fierro construida por Eiffel y contemplé al Cristo semidesnudo, con sus brazos abiertos y colgando desde cuerdas transparentes y sin la cruz. Esa forma de exponer a Cristo, mi tía lo consideraba una herejía del mal entendido modernismo de la iglesia. Me despedí de mis tíos en su emporio agradeciéndoles la generosa hospitalidad y caminé a la carretera a esperar que alguien me llevara, y allí, a la berma del camino, conocí a otro andariego. Era un hombre calvo, de bigotes bien arreglados y afeitado al ras. Vestía un viejo terno y portaba un pequeño maletín de cartón donde guardaba artículos de aseo, tijeras, hilos y un cuanto hay. Sin dudas, este era una versión ejecutiva de andariego, un gentleman de los caminos, pero era andariego al fin y al cabo. Su destino era el sur, no tenía meta, dinero ni apuro alguno. Ya al irse el día y sin esperanzas de ser llevados, me dio a conocer un sitio eriazo donde podíamos pasar la noche. De uno de sus bolsillos sacó una bolsa y la llenó de arena con la cual, al momento de sentarnos en el suelo hizo un montoncito y la encendió con un fósforo. –Aquí no hay leña, –dijo, pero esta arenita arde igual, pues contiene nitrato. El lugar estaba lleno de cartones con los cuales preparamos unas improvisadas camas donde nos dormimos en seguida. Al despertar estábamos rodeados de otros huéspedes que nos saludaron con un –¡Buenos días vecinos! Ese día tuvimos mejor suerte, un vehículo se ofreció para llevarnos a Iquique donde llegamos en la tarde. Acompañé a mi compañero de viaje hasta un Hospedaje del Ejercito de Salvación, una oscura y maloliente corte de los milagros cuya diferencia con el Hogar de Cristo de Concepción, era enorme. Me despedí de mi amigo y me dirigí a la casa de la tía de Miguel, y con su hijo nos preparamos unos sabrosos huevos revueltos con marraqueta. Después de esta cena, el primo de Miguel me invitó a un bar donde tomamos una cerveza y conversamos de las aventuras vividas en nuestra gira. Esa última noche en el norte grande, dormí en su casa y temprano al día siguiente, logré salir hasta Pozo Almonte donde después de varias horas, me tomó un camión que venía desde Arica 147


cargado de autos, con destino a Santiago. El chofer, de inmediato me hizo saber su necesidad de conversar para vencer al sueño acumulado desde su salida de Santiago. –Se gana muy bien en este trabajo, pero las empresas automotrices te exigen el máximo y hay que mantenerse con tabletas. Teníamos la noche sobre nuestras cabezas y ahora ya acostumbrado al paisaje desértico, no llegaba a mi mente aquella imaginaria foresta nocturna a orillas del camino, como en aquél viaje de ida. De esto, le conté al conductor al cual no le pareció nada de extraño. Unos jóvenes ariqueños que el chofer había transportado hasta Santiago, quedaron muy asombrados cuando al amanecer abrieron los ojos puesto que el desierto se les había desaparecido. Entonces los chicos recordaron a su padre en quien sospecharon una demencia, cuando les hablaba del verdor que inundaba el paisaje desde el norte chico hasta el sur. En la oficina salitrera María Elena, a unos 300 Km. de Pozo Almonte, hicimos una parada para echar bencina. El conductor, al volver al camión me dijo que se quedaría a dormir allí porque estaba demasiado cansado, pero que me había conseguido transporte en un camión que iba hasta Antofagasta. Cuando abandoné el camión con coches, observé que dos jóvenes, a los cuales había visto en el camino, salieron de uno de los autos señalándome que guardara silencio, pues venían ocultos en busca de trabajo. En el nuevo camión, el chofer y su ayudante me recibieron muy cordiales y me ofrecieron té caliente de un termo y un sándwich de cecinas y queso. Llevaban chatarra de fierro a la refinería de cobre de Mantos Blancos y luego almorzarían en Antofagasta y que si lo deseaba les ayudara en la descarga. Habíamos recorrido un buen trecho cuando divisamos las luces y el humo de las chimeneas de la refinería. Al acercarnos me dijeron que dormiríamos unas horas ya que a las 8 podríamos entrar. El camión contaba con doble cabina y una litera para dos, además de los asientos delanteros, lugar que usó el ayudante, para desde allí hacer la vigilancia. 148


Los primeros rayos de sol cayeron sorpresivamente como iluminación escénica sobre un grupo de mujeres que luciendo lentes ahumados y zapatos de taco alto, salían apresuradamente de la planta. Las bellas transeúntes pasaban frente a la cabina del camión y rompiendo lo tosco y plano del entorno dirigían sus pasos a la parada del bus con destino a Antofagasta. –Son chiquillas de la noche. –Me informa el camionero, y agrega que sus carteras van llenas de billetes que les extraen a los hombres que trabajan y pernoctan aquí durante la semana. Tienen buenos sueldos, pero una pequeña parte o casi nada llega a sus familias. Unos guardias con uniforme de la empresa levantaron las barras de entrada después de revisar la documentación del chofer y pesar el camión en una plataforma anotando su peso bruto. Luego nos indicaron el terreno donde debíamos descargar la chatarra consistente en restos de máquinas antiguas, calderos, ruedas, tubos y planchas de fierro. Bajamos a mano las piezas más pequeñas mientras que las más grandes fueron sacadas con ayuda de una grúa. El fierro es usado para separar el cobre de otros residuos en unos estanques grandes con agua y sustancias químicas. La separación con este método –me explican –no es cien por ciento segura, de modo que el cobre que se llevan las compañías al extranjero lleva otros metales valiosos. Al salir de la planta, los guardias anotaron el nuevo peso del camión, fueron a una oficina con el chofer quien volvió contando unos fajos de billetes. Una hora más tarde, estábamos sentamos en un restaurante del terminal pesquero de Antofagasta donde nos sirvieron unas tremendas presas de pescado frito. Cuando ya habíamos comido, recibí del chofer un poco de dinero que me sirvió para llamar por teléfono a Juan León, a quien no veía desde los tiempos de Artes Aplicadas. Después de unas cuantas llamadas, pude dar con él; se encontraba ejerciendo como profesor en la Escuela de Artes Plásticas en la Universidad del Norte. Llegué a su casa a la hora de once, pero antes, y luego de conocer a su esposa alemana, pude darme una buena ducha con agua caliente. Con Juan conversamos de los viejos tiempos de la escuela, principalmente de nuestro amigo Santos Chávez. Su esposa, a pesar de que 149


no hablaba mucho castellano, entendía casi todo y participaba en la conversación. Después de cenar pude acostarme en el living sobre mi colchoneta de viaje y dormir plácidamente, cubierto con unas frazadas que me prestaron. No recuerdo en cuantos trechos hice el viaje desde Antofagasta a Santiago pero sí recuerdo una camioneta que transportaba dinamita. El conductor, un tipo algo afeminado, fumaba sin parar y encendía cigarrillos muy cerca del explosivo, mientras con un gesto de indiferencia decía que a él, le gustaba jugar con fuego. Casi al final del viaje y pasada la medianoche, me recogieron en un camión pequeño y bastante viejo que transportaba frutas y verduras. Yo iba sentado en la cabina, y la ventana de mi costado tenía, en lugar de vidrio, una plancha de madera. A pesar de sentir el frío de la noche invernal me dormí hasta divisar los campos cubiertos de escarcha que iban siendo devoradas por la gran urbe hasta llegar a la Vega Central. De modo que mi llegada a casa fue entre zapallos, tomates y otros frutos de los valles transversales de Chile. Ahora mi travesía se acortaba a solo dos micros para llegar a la calle Industria 1060, mi casa, mi hogar en San Bernardo.

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Parada en el camino

l curso de teatro de la Escuela de Cultura asistía el “chino” González un muchacho que por su hosquedad no contaba con muchos amigos. Vivía solitario en un chalé que su padre, oficial en retiro, puso en venta después de muchas desavenencias que surgieron entre ambos, tras el fallecimiento de la madre de mi amigo. El chino me ofreció compartir su casa que yo acepté, no tanto por la falta de armonía en mi hogar sino más bien por mi anhelo de independencia a la que ya me había habituado. El chalé contaba con un antejardín que se destacaba por la ausencia total de flores y donde la maleza reinaba como clara señal de abandono. El salón era inmenso, o bien se veía inmenso debido a la falta de muebles, mientras que la cocina quedaba reducida a servir de cuarto para cocinar contando apenas con una cocinilla a gas licuado, una mesa y unas cuantas sillas. La despensa estaba llena de abarrotes tales como arroz, lentejas y conservas entre otros que el padre del “chino” 150


adquiría en la Escuela de Infantería donde había trabajado antes de haberse pensionado. En dos de los 4 dormitorios solo había camas; ni veladores ni cajoneras había en aquellos cuartos que parecían mausoleos de los cuales uno ocupaba el Chino y el otro lo compartía yo con mi amigo Cárcamo, quien se encargaba de cocinar para los “jóvenes desadaptados” como él nos llamaba y a quienes él se había adaptado fácilmente. No había problemas con el agua potable pero si los había con la electricidad la cual era “pirateada” con alambres colgando de los cables urbanos que además de alumbrar las noches nos permitían hacer unas reuniones bailables y escuchar a los Beatles, Aznavour u otros músicos de moda. El Chino salía a la calle luciendo una chaqueta negra con botones dorados y pantalones color gris marengo muy de moda entonces, pero en casa vestía un viejo y andrajoso pijamas que dejaba sus nalgas a la vista. Al poco tiempo esta vivienda se transformó en un centro social en donde nunca faltaba la comida ni el trago gracias a la solidaridad de las visitas. La concurrencia era muy heterogénea y más que discusiones nos escuchábamos unos a otros alrededor de un café o de un mate. En nuestros temas de conversación coincidíamos en que todo, absolutamente todo, era una gran porquería. En esta casa comenzó a germinar una gran amistad entre “la Pato” y yo. Ella tenía unos 20 años, había militado en la jota y como muchos jóvenes que fuimos golpeados por la derrota del 64, buscaba su identificación ideológica en un laberinto sin fin. Como apasionada lectora y con su mente colmada de interrogantes abandonó a los clásicos del marxismo para internarse en las obras de Camus, Sartre, Ionesco, Kafka y en la pujante literatura latinoamericana. Tenaz en su búsqueda, confesaba no estar definida sexualmente; había roto con todos los prejuicios al respecto y se sentía libre de elegir su identidad. Era muy consciente de su belleza mestiza: morena, de cuerpo atractivo, rostro ovalado, grandes ojos negros y cabellos largos, lisos y oscuros. Con amargura recodaba lo brutal de sus primeras experiencias sexuales. Pasábamos horas conversando de todo y nuestras confidencias eran sin tapujos. 151


Me ayudaba en algunos trabajos de diseño como pintado de letreros de todo tipo que me permitían sobrevivir, mientras que ella por su parte contaba con algunos ingresos que obtenía al ayudar a su madre en la confección y venta de empanadas en su barrio de La Cisterna. Empanadas tan grandes no he vuelto nunca a ver, ni a degustar. Con lo que ganábamos nos íbamos a comer y tomar unas cervezas a alguna fuente de soda y cuando era ella la del billete, pedía la cuenta y cancelaba dejando sorprendidas muchas veces a las camareras que nos atendían. Otras visitas habituales eran “Pinocho” Oyarce y Miguel Cosgrove. La pintura de “Pinocho” estaba muy influenciada por Vincent van Gogh mientras que Miguel exploraba la pintura geométrica abstracta, siendo ambos muy serios en sus búsquedas. También llegaba por allí un ex jotoso al que llamábamos “el ballenero” porque había trabajado en barcos dedicados a la caza del cetáceo. Su padre, Practicante de enfermería, hacía abortos clandestinos y fabricaba bebidas alcohólicas como Ron Jamaicano o Scotch Whisky las que previo embotellamiento en envases comprados en fábricas que copiaban los originales, vendía como “traídas de Arica”. El Ballenero se enteró demasiado tarde que la chica con quien convivía era su hermana por parte del padre. Pero a pesar de eso ellos siguieron juntos. Con Miguel “Gato” Suzarte, jugábamos ajedrez. Este, ya bastante recuperado de una ceguera producida como secuela de una sinusitis que cogió en Argentina, jugaba palpando las piezas como había aprendido en la Asociación de Ciegos donde había sido socio. A veces me invitaba al restaurante “Quitapenas” a comer churrascos o arrollados acompañados de una botella de vino. El restaurante, que era de una tía suya, tenía en el patio interior una cancha de rayuela; un tradicional deporte social chileno, practicado en su mayoría por hombres mayores de 40 años. Junto a la demarcación y la caja de barro con su lienza, colgaba una plancha fundida en bronce que con insinuante picardía decía; “Club de Rayuela Los Cachoparagüas”. Los Quitapenas, sin ser una cadena comercial son restaurantes que están ubicados en todo Chile a la salida de los cementerios. Por allí se acercaban también Jaime Morán y Luisa Morales; una pareja dedicada a los títeres. En varias ocasiones los acompañé a sus 152


presentaciones que a menudo eran en cumpleaños de niños de familias adineradas. Al finalizar la obra en una casa en Providencia, el público, niños muy bien vestidos de entre 8 y 10 años, no paraban de hacer excelentes y bien formulados comentarios. Uno de esos chicos, que lucía corbata y un peinado a la gomina, muy seriamente me preguntó cuánto tiempo llevaba yo dedicado a esto. Entonces se me vinieron a la memoria los tiempos de las presentaciones de títeres con la jota de San Bernardo donde los niños campesinos miraban asustados lo que pasaba en el pequeño escenario y las poblaciones donde el público participaba activamente haciendo advertencias e incluso insultando a los personajes de trapo. Jaime Morán fabricaba bombos legüeros para los folcloristas, por lo tanto, tenían mucho contacto con el joven movimiento artístico teatral y musical que estaba surgiendo en aquella época. Ellos siempre iban acompañados de sus dos hijas de 7 y 8 años a las cuales llamábamos los monstruitos ya que por llevar una vida sumergida entre la gente del mundo artístico, habían desarrollado prematuramente un lenguaje y conocimientos del sexo que distaban mucho de ser infantiles. En 1990 durante mi primer viaje a Chile los encontré en la calle Huérfanos de Santiago y me contaron que vivían en Valparaíso y nunca habían dejado los títeres. Por otra parte, yo seguía manteniendo un estrecho contacto con Hernán Vidal, Hervi quien ya había trabajado varios años dibujando “Condorito” para Pepo y ahora trabajaba en “El Pingüino” dirigido por Alberto Vivanco quien a su vez había creado la revista juvenil “Ritmo” donde ocasionalmente les colaboraba retocando originales. Hervi aparecía a veces con Palomo en nuestras tertulias y noches bailables. Con el Chino o con Cárcamo nos íbamos a veces a recorrer los bares y las quintas de recreo de San Bernardo. La más conocida era La Rueda donde los fines de semana se bailaba con orquesta y a cierta hora se realizaba un show de strip-tease a cargo de unas muchachas malolientes y cuyas dentaduras acusaban algunas ausencias. Allí llegaban sanbernardinos de todas las capas sociales pero especialmente de las poblaciones más marginadas. Los adeptos al vinito y también 153


los alumnos de la Escuela de Infantería ocupaban casi todas las mesas y la pista de baile. Cuando los conscriptos salían con permiso del servicio militar, se llenaban todos los bares y las calles del centro de la ciudad produciendo tanto escándalo que Carabineros no se atrevían intervenir y llamaban a la Escuela de Infantería desde donde llegaban jeeps con guardias armados portando cascos con las letras PM; Policía Militar, los cuales se encargaban de restablecer el orden arrestando a los más bochincheros. Fermín era un personaje de bar quien muchas veces se acercó a mí para compartir una botella. Su tema de conversación era siempre el mismo; que había sido campeón de natación y me mostraba allí de pie junto al mesón los principales trucos y movimientos para cada estilo. –Lo importante es saber cortar el agua –decía. En una oportunidad estábamos en lo mejor de estas lecciones cuando apareció un conocido pato malo y me dio un puñete abriéndome una herida en la ceja. Fermín me acompañó hasta mi domicilio donde el Chino y Cárcamo me pusieron parches. Días más tarde apareció mi atacante para hacerme saber que después del incidente, unos maleantes que aseguraban ser mis amigos, lo habían acuchillado en el estómago y mientras mostraba sus heridas, me advertía que si pensaba vengarme, yo debía considerar que estábamos a mano. Por esos tiempos nos hicimos amigos con el turco Abdala. Yo lo conocía de vista en el liceo; le faltaban la mano y la mitad del antebrazo derecho, los cuales había perdido al explotarle una granada olvidada en ejercicios militares en el cerro Chena. Contaba con una prótesis de suela y fierro que terminaba con un guante de cuero. El turco era fotógrafo y conocía mi temprana afición a la fotografía cuando siendo niños, con Raúl Vidal hicimos un laboratorio fotográfico muy artesanal. Ahora Abdala tenía un estudio en Puente Alto donde en algunas ocasiones me llevaba a trabajar junto con el flaco Gutiérrez. Abdala trabajaba la fotografía en forma muy seria y siempre tenía trabajo, pero le faltaba constancia ya que era andinista, aficionado a la caza y arriero. De repente se iba a escalar, a cazar o bien a arriar ganado a la Argentina para el pastizaje y traerlos de vuelta cuando estaban crecidos. Pasábamos mucho tiempo sin encontrarnos pero cuando 154


esto ocurría, hacíamos siempre algún trabajo fotográfico cuya ganancia disfrutábamos en restaurantes.

Feria de Arte y Artesanía de San Bernardo Se acercaba la apertura de la Feria de Arte y Artesanía en la plaza de San Bernardo. Llamaron a un concurso de afiches en el cual obtuve el primer lugar. Además de mis grabados presenté en esa Feria un stand con fotocopias de dos periódicos de San Bernardo de mediados del siglo XIX, conseguidos gracias a Renán Romero que trabajaba en la Biblioteca Nacional. Los expositores eran en su mayoría artistas sanbernardinos incluyendo los que pertenecíamos a la escuela de Cultura Artística. La actividad era amenizada especialmente por los grupos folklóricos: Los Chenas, integrados por jóvenes, y Los Chenitas, integrados por niños y dirigidos por Elena Valdivia. Esta feria fue el germen de lo que hoy es el famoso Festival Nacional de Folclore, de Artesanía y Gastronomía de San Bernardo, caracterizándose por la Maratón de las mil Cuecas. La casa del Chino en que vivíamos finalmente fue vendida y tuvimos que abandonarla. Después de un tiempo de deambular por diversos domicilios, en diciembre de 1967 me fui a trabajar donde mi amigo Bernardo Lusinger. Su familia había adquirido una pequeña finca que había pertenecido al fundo Comache en la provincia de Curicó. Allí llevábamos una vida muy sana en comparación con la que habíamos llevado años atrás en San Bernardo. Bernardo vivía allí con su hermano Alfredo en una casa prefabricada mientras que su padre, su madre y otros hermanos, permanecían en la parcela de Lo Herrera preparando el traslado definitivo. Como la Navidad se venía encima y no podíamos dejar el trabajo hice algunas tarjetas en acuarela con paisajes de la zona que con Bernardo enviamos a nuestras familias y amigos. Nos levantábamos muy temprano para desayunar con pan amasado en el horno de barro de la esposa de un trabajador. Nuestras tareas eran más bien de infraestructura; caminos de ripio, puentes de troncos de árboles que nosotros mismos cortábamos con hacha emparejando sus costados con otras herramientas. 155


Con arado tirado por tractor arábamos la tierra y sembrábamos maíz. Había en el predio un terreno donde el trigo ya comenzaba a dar sus frutos cuyos cuidados, limpieza y regadío eran realizados por los ocho trabajadores que vivían con sus familias en pequeños predios dentro de la finca. Algunos de estos campesinos me llamaban patrón, otros me llamaban compañero. Miguel, el mayordomo, tenía un hermano que araba y sembraba en su cuadra con ayuda de una yegua con la cual sostenía airadas discusiones. Una vez le oí decirle al animal: –¡A vos te hablo! No te hagai la lesa... El almuerzo compuesto de charquicanes, cazuelas y porotos granados con mazamorra, lo preparábamos nosotros mismos con productos propios de la estación. Otros víveres los adquiríamos en el almacén del pueblito cuyo dueño sacrificaba y faenaba la carne para la venta. En las tardes montábamos a caballo y arriábamos el ganado vacuno hacia unos galpones techados. Ya estaba creciendo el maíz cuando apareció el resto de la familia con otra casa prefabricada. Entonces, aumentada la comunidad, construimos entre todos, estanques para el agua que sacamos de una vertiente a través de una manguera subterránea y otra por encima. Por esta última, el agua nos llegaba caliente puesto que pasaba varios metros bajo el sol. Las comidas se mezclaron un poco con la usanza boliviana ya que la madre de Bernardo era de ese país; algo que me gustó mucho fueron las empanadas salteñas cuyo relleno consistía en papas, carne y arvejas. El trigo maduró y entonces comenzó la trilla para lo cual se arrendó una máquina trilladora que por una hora costaba lo que un trabajador costaba al mes. Debido a esto y luego de un par de días se suspendió la trilladura a máquina y se continuó a la manera tradicional; con caballos, tal como lo había visto en Idahue. Después del trigo vino la cosecha del maíz, luego nos dimos a la tarea de construir galpones de guarda para el ganado, para las papas y cereales, además de hacer montículos de leños cubiertos con barro para obtener el carbón de leña. Todos estos eran los tradicionales preparativos para enfrentar el invierno. 156


Con el término del verano se acabaron las faenas. Entonces... ¿Qué más podía hacer yo allí? Por otra parte mi madre me había escrito manifestando sus deseos de que volviera y que además estaban apareciendo en Santiago muchas revistas de historietas en las cuales tal vez podría trabajar. Hablé con Bernardo y él estuvo de acuerdo, entendiendo que aquella vida no estaba de acuerdo con mis aspiraciones a futuro. Su padre me pagó los servicios prestados con una buena cantidad de dinero y volví a San Bernardo.

Mi taller artesanal Al llegar nuevamente a casa mi padre me recibió con un saludo que si bien era leve, estaba acompañado de una gran sonrisa y un apretón de manos. Se veía que disfrutaba de mejor salud y por recomendación médica, él con mi madre, habían llegado a hacer de los viajes en tren un verdadero estilo de vida, lo que además les resultaba gratuito dada su condición de jubilado de los Ferrocarriles del Estado. A veces pasaban largas temporadas afuera, principalmente en Valdivia donde vivía mi hermana Carmen. Mis tres hermanas ya se habían casado y Pancho el menor, vivía en casa de Laura, muy cerca de la editorial Zig-Zag, su lugar de trabajo. La casa quedaba prácticamente a mi disposición usando a veces el taller de cerrajería. En el cuarto de madera que había sido mi dormitorio, instalé un taller de tallados en madera, además de repujado y esmaltado en cobre, entre otras cosas. Los trabajos que hacía, los entregaba principalmente en la tienda de artesanía de la “Peña de los Parra” donde la venta oscilaba entre algo y bastante bien. La Peña, una vieja casona ubicada en Carmen 340, era administrada por los hermanos Ángel e Isabel Parra, quienes en sus afamadas tardes musicales, cantaban sus canciones, como también se podía escuchar a Rolando Alarcón, Víctor Jara y tantos otros junto a un mate o un vaso de vino. La tienda de artesanía estaba a cargo de Marta Orrego, la esposa de Ángel. De portero en la peña trabajaba Luis Jaime Cereceda hijo mayor de Violeta a quién en una ocasión encontré en un bar y allí, al preguntarle si él no cantaba, me respondió: solamente boleros y valses peruanos. 157


Por otra parte en mi taller se empezó a desarrollar una diversificación en cuanto a trabajos a realizar cuando llegaron algunos pedidos relacionados con el vestir, como el del modisto sanbernardino Ramón Moraga; un hombre delgado y alto que se distinguía por vestir poleras y pantalones atrevidamente vistosos y muy ajustados al cuerpo. También una pareja de peinadores amigos de la Pato, propietarios de un salón en el centro de Santiago quienes llegaron con una joven modelo a pedirme que les hiciera un peto repujado en cobre a la medida exacta, desde el cual colgaría una falda hasta el suelo. Se trataba de la participación en un festival internacional de peinados en Punta del Este, Uruguay. El peinado no tuvo mucho éxito pero si obtuvieron una mención honrosa como premio a la modelo mejor y más originalmente vestida.

Nuevos augurios

La sociedad chilena comenzaba a vivir tiempos en los cuales se ponían en tela de juicio muchas de las trabas y prejuicios arraigados en ella. El sexo comienza a ser un tema de discusión entre las generaciones jóvenes y el uso de anticonceptivos pasa a ser parte del diario vivir entre las mujeres. La necesidad de cambios socioeconómicos es discutida y aceptada más allá de los sectores obreros y esto se manifiesta especialmente en las diversas expresiones culturales y en sectores de la intelectualidad. La Iglesia Católica, no ajena a esta dinámica social, muestra debido a eso también, claras señales de polarización interna. A pesar que los sectores financieros mantenían fuerte dominio sobre los medios de comunicación, aparecen algunas publicaciones progresistas. Un ejemplo de ello lo da el diario “Clarín” que se convierte en el mayor rival del diario “El Mercurio”, el cual hasta entonces había ejercido una total hegemonía en el ambiente periodístico. “Clarín”, claramente antioligárquico, con un lenguaje popular y sarcástico alcanzó a tener un alto grado de circulación en Chile. Su creador y propietario Darío Sainte-Marie contaba con un competente equipo de profesionales del periodismo, entre ellos: Alberto (El gato) Gamboa, Enrique (Peineta) Gutiérrez Aiccardi, Eugenio Lira Massi y José Gómez López. 158


En el campo de la sátira social o política, había pocos representantes. La revista “Topaze” que durante varias décadas fue gran exponente de aquél género en Chile, fue perdiendo neutralidad dada su pertenencia a la Democracia Cristiana. El diario “El Siglo” traía en la primera página a “Don Inocencio” dibujado por Osvaldo Salas. En “Ultima Hora” se podía percibir la mordacidad de Melitón Herrera, que firmaba “Click”. Alberto Vivanco, dibujante y autor de la popular historieta “Lolita” en “Clarín”, había creado y conseguido publicar la revista juvenil “Ritmo” con su mascota “el gato Yo-Yo” designando directora a María Pilar Larraín. Esta publicación realizada en la editorial Lord Cochrane de propiedad de la familia Edward, tuvo gran éxito y en 1967 le dieron a Vivanco la dirección de la revista humorística “El Pingüino”. Sin embargo ocurrió que al año siguiente María Pilar, en confabulación con la dirección se apoderó de la revista Ritmo con su mascota y entonces Alberto Vivanco fue expulsado de la editorial donde tenía de colaboradores a Hervi, Palomo y Pepe Huinca. Ante estos hechos, los tres mencionados solidarizaron con Alberto y abandonaron la editorial. Posteriormente los cuatro crearon la revista satírica “La Chiva” cuyo primer número aparece El 31 de julio de 1968 bajo la dirección de Alberto Vivanco y publicada por la Editorial Papiro.

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La revista era de un alto contenido social cuya historieta principal era el barrio “Lo Chamullo” dibujada en forma colectiva. A pesar de la calidad de los dibujos y su contextura, la revista no tenía la capacidad de distribución para alcanzar un tiraje satisfactorio, así es que después del tercer número, los ejemplares sin vender llenaron una pieza de la oficina ubicada en Reñaca con Vicuña Mackena. Todos estos números tenían portada en colores con su interior en blanco y negro. Para el número siguiente en la portada aparecía un círculo donde se anunciaba el nuevo precio de la revista y que ésta venía a todo color. Algo imposible de realizar y hubo que calar dicho círculo. Fue entonces cuando Alberto me pidió que fotografiara a alguien mirando por el agujero. Con Abdala nos fuimos con la tapa calada a la caza de algún figurante. En la calle le pregunté a un hombre si quería ganarse unos escudos, ante lo cual se mostró algo reticente. Pero al informarse de lo que se trataba, accedió a posar por 100 escudos y la Chiva apareció con fotos explicando en metáfora que esta revista se podía leer caminando, pues a través de ella, era posible ver el camino. Ese fue mi primer trabajo en la Chiva donde comencé con colaboraciones esporádicas tanto de dibujos como textos humorísticos. La revista siguió saliendo con una edición más reducida y en un formato más sencillo. Santos Chávez venía llegando después de haber trabajado un tiempo en el taller de gráfica “Fray Servando” en Ciudad de México y me ofreció ser su ayudante para imprimir copias de sus grabados en su taller que estaba cerca de la escuela de Bellas Artes. Como los pedidos y exposiciones exigían un numeroso surtido de obras, yo tenía bastante trabajo y se me hacía pesado viajar a mi casa, de modo que arrendé una pieza en el mismo edificio del taller para poder trabajar hasta altas horas de la noche. Santos estaba plenamente consciente de que tenía problemas de adicción al alcohol y cuando tenía alguna idea de grabado, trabajaba muy intensamente sin probar ni un solo trago pero al concluir su trabajo me invitaba a celebrarlo y desgraciadamente continuaba bebiendo; no aparecía ni por el taller ni por su apartamento que estaba a dos cuadras y en el cual vivía con Alicia su 160


compañera de entonces. Ella se preocupaba e iba al taller para saber de él y atender los pedidos. El problema de Santos con el alcohol se agudizó hasta el punto en que una noche en medio de sus delirios llegó a su casa muy violento y obcecado por unos celos infundados. A la mañana siguiente Alicia fue a hablar conmigo y lamentablemente me sentí obligado a dejar ese trabajo. A pesar de esta actitud causada por el alcohol que contrastaba totalmente con Santos Chávez el creador de obras que mostraban su talento cuando estaba sobrio, mi amistad con él fue para mí de infinito valor humano y profesional. Pasó mucho tiempo antes de volver a encontrarnos Santos y yo. Gracias a su talento y autenticidad, él había recibido el reconocimiento de ser un genuino exponente de la plástica chilena y latinoamericana. Ese año obtuvo la Mención de Honor Casa de las Américas y poco tiempo después viajaría a estudiar en el Pratt Graphic Center de Nueva York y en el Instituto de Artes de Chicago. Durante el Gobierno de la Unidad Popular estuvo trabajando junto a artistas y médicos del Partido Comunista además en murales pintados por el grupo Violeta Parra. En el momento del golpe tenía la tarea de exponer en Bogotá como “Embajador Cultural” en un programa de intercambio entre Chile y Colombia. Nunca le llegaron los pasajes pero viajó por sus propios medios. Y como si eso fuera poco, el encargado de Cultura vendió todas sus obras sin pagarle ni un peso. Ya eliminada la democracia en Chile junto con toda expresión cultural, varias galerías de arte fueron incendiadas perdiendo Santos muchas de sus obras que estaban allí para la venta. En 1980 nos encontramos en Berlín durante una Bienal de Gráfica y en 1993 viviendo yo en Malmö llegó con Eva, su esposa alemana, con motivo de un encuentro de artistas plásticos mapuche y samis, la etnia nórdica conocida también como “lapones”. Desde entonces no perdimos más el contacto y pocas semanas 161


antes de que emprendiera su vuelo final, hablamos por teléfono por última vez Eva fue su fiel compañera durante 20 años hasta que las cenizas del maestro fueron arrojadas al mar en la bahía de Valparaíso. Hoy ella sigue siendo la procuradora cultural de Santos Chávez Alister Carinao, uno de los más grande artistas del grabado que ha producido nuestra tierra.

Retorno a San Bernardo Después de haber trabajado con Santos volví a San Bernardo para seguir en mi taller y en la escuela de Cultura Artística dentro del Grupo Chena con la perspectiva de participar en la Feria de Artesanía del Parque Balmaceda en Providencia donde expuse medallones en madera, unos con motivos florales y otros con la imagen del Ché. En nuestro stand mostramos una gran variedad de trabajos, entre ellos las cerámicas con motivos tradicionales de Guido Catalán, un talentoso joven que se iniciaba en este oficio. De esa oportunidad, recuerdo a un niño argentino, que parado ante la figura en cerámica de un huaso a caballo, le dijo a su padre, –¡vení y mirá! Un gauchito chileno... El pintor y tallador en maderas Manuel Martínez Labra en una insinuante alusión al año que venía, creó un medallón con la frase; “Sáquele el jugo al 69” Otra anécdota fue la de Rolando Pérez que vivía en una vieja casa con palmeras en San Bernardo. Rolando, con las partes más gruesas de las ramas había tallado máscaras pintadas con vistosos colores que parecían amazónicas las que despertaron la atención a una turista francesa que con gran interés preguntó por el lugar de procedencia de estas. –Vienen de San Bernardo, a 20 km de aquí, le informó Pérez. Ella con asombro y demostrando dificultades para creer la explicación dijo muy asombrada; –Pero... ¿Y tan cerca de la capital? Desde 1962 yo venía participando en las Ferias de Arte del Parque Forestal y en ese primer año además de vender varios grabados, obtuve el segundo premio en esta disciplina. En 1967 presenté medallones esmaltados en cobre que había realizado junto a Hernán Vidal en el 162


taller de su casa. En los años 60 las Ferias de Arte y Artesanía a orillas del río Mapocho eran eventos culturales de gran envergadura, siendo la primavera la estación elegida para ello. Las artes y los artistas plásticos se mezclaban más allá de los salones, con escritores tanto reconocidos como también noveles. En un escenario construido en las escalinatas de la escuela de Bellas Artes, cualquier cantante, músico o bailarín podía mostrar su arte libremente. Así fue como en ese mismo escenario, en una ocasión se presentó el Ballet Oratorio “Carmina Burana” a cargo del Ballet Nacional Chileno, la Orquesta Sinfónica de Chile y el Coro Sinfónico de la Universidad de Chile. El pionero y realizador de estas ferias fue Lorenzo Berg, reemplazado en 1962 por Sergio Canut de Bon quien organizó un encuentro de organilleros en el Parque Forestal. En el verano del 1969 nos reunimos un grupo de artistas sanbernardinos a trabajar bajo el parrón de mi casa. Entre ellos estaba Alejandro Rubio, Rolando Pérez y Sergio del Valle con quien planeábamos construir un horno para cerámicas. A mediados de febrero regresaron mis padres después de varios meses. Mi padre mucho más afable en su actitud, compartía con nosotros y como era tradición de todos los años; en un pequeño barril de madera preparó las uvas del parrón para hacer su propia chicha que nos invitaba a degustar en forma muy cordial. Por otra parte mi madre aún mantenía su actitud esquiva y hermética.

Fallecimiento de mi Padre El lunes 3 de marzo de aquél año había sido un día normal en todo sentido. Después de haber trabajado como de costumbre, salí de casa al atardecer. Al volver, cerca de las 9 de la noche, observé con extrañeza que muchos vecinos se movían fuera y dentro de mi casa. Mi padre, después de haber tomado once se había tendido en su cama y más tarde mi madre al no oír ni un ruido en la pieza, fue a verlo y lo encontró allí, inmóvil y sin vida. No alcanzó a cumplir 54 años. Ella, a pesar de lo repentino del hecho estaba bastante tranquila cuando llegué. El médico que pude contactar fue Raúl Cuevas quien vino rápidamente a hacer el examen correspondiente y otorgar el certificado de defunción, con el cual me dirigí a la empresa de pompas 163


fúnebres donde una mujer vestida de negro me dio el pésame mientras me ofrecía los diferentes servicios de su empresa. Mi madre se opuso a un velorio abierto así es que a medianoche se cerraron las puertas y se apagaron las luces. A pedido de sus ex compañeros de la maestranza se fijó el funeral a las 5 de la tarde del día siguiente en el que desde temprano mi casa era un ir y venir de vecinos, amigos y familiares. Por mi parte tuve que desempeñarme como anfitrión, lo que debo reconocer, me quedaba grande y además me sentía como ausente a causa de una sensación de irrealidad con respecto a lo que estaba ocurriendo. Después del pitazo de salida de la Maestranza, se llenó la cuadra de gente para acompañar el féretro los casi dos kilómetros que separaban mi casa del Cementerio de San Bernardo. Allí seguí siendo un espectador un poco alejado escuchando discursos, los cánticos de los mormones a los cuales toda mi familia se había adherido y al final, obligándome a mí mismo tuve que ponerme en la fila de los deudos junto a mis hermanos y cuñados para recibir el pésame. En casa nos reunimos con mi madre, que no había ido al cementerio, y con el Tata David que en forma insistente le recomendaba rehacer su vida, es decir casarse nuevamente. Ella nunca lo hizo sino que se dedicó a viajar cumpliendo así la predicción del ferroviario que la vio nacer en el tren, hasta que abandonó este mundo en marzo del 2005, en Ancud. En ese momento me sentí realmente solo en aquella casa que nunca conoció ni albergó soledades aunque sí, muchas incomprensiones que dieron la nota triste en la relación emotiva con mis padres. Mi madre se fue esa noche a dormir donde mi hermana Laura, pero al día siguiente regresó muy temprano y preocupada para hacerme la comida. Este simple y tal vez, para muchos, natural gesto de atención, fue para mí la primera demostración de cariño que recibí de ella después de muchos años.

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Mis comienzos en la prensa

on el deceso de mi padre cambiaba mi situación en forma radical. Mi madre, aunque no mostraba un gran desconsuelo, tal vez acuciada por recuerdos que dolían, se negó a seguir viviendo en la casa de calle Industria y se fue a casa de mi hermana Mirtha en Villa Chena en San Bernardo, dejando la casa arrendada y las máquinas de mi padre encargadas a un vecino que posteriormente se negó a devolverlas alegando que se las habíamos dado como regalo. Me vi obligado a dejar la vivienda y el taller e intenté sobrevivir alquilando una pieza en Santiago Centro, pero no pude soportar el bullicioso encierro urbano, sin vegetación y sin los ladridos de los perros por la noche. Además no vendía lo suficiente para mi sustento y me fui a vivir nuevamente con mi madre en una casa que arrendamos al lado de Mirtha donde tuve la gran sorpresa de tener como vecina a Marilú Tirado que tenía tres hijos: Luis, Juan y Paola que apenas gateaba. Mis amigos de la Chiva me pidieron que los ayudara con ilustraciones en linóleum para reemplazar en parte los clichés fotograbados que les resultaban muy caros. De ese modo y a cambio de un lugar propio de trabajo se creó la sección de “manograbado”. La revista se hacía a pulso y a puro ideal, sin esperar remuneración alguna –el hecho de participar en esa hermosa aventura era para mí un motivo de satisfacción suficiente para trabajar con alegría. El cuarto con revistas no vendidas seguía repletándose hasta que llegaron unos vendedores ambulantes que en menos de una semana vendieron todos los ejemplares en los microbuses, como “la novedad del año”. Hernán, en su condición de diseñador gráfico de la Revista del Domingo del diario El Mercurio, me encargó algunas colaboraciones tales como ilustraciones humorísticas para problemas de ingenio, viñetas para el almanaque 1970, y lo más significativo; mis imágenes del zodiaco grabadas en linóleum para el horóscopo y que la Revista del Domingo publicó con mi nombre durante muchos años. Entonces la revista estaba dirigida por Julio Lanzarotti alcanzando un nivel de calidad jamás logrado por otro director. 165


Allí conocí a Alexandra Barrientos con quien nos hicimos amigos más allá de nuestras relaciones laborales. En su casa nos reuníamos junto a Horacio Marota, a la cantante paraguaya Nani Barret -era nieta del ideólogo anarquista Rafael Barret- a quien recuerdo muy delgada, pálida y con su guitarra cantando muy a menudo y con mucha fuerza: “Zamba para no morir” Mi razón no pide piedad, Se dispone a partir. No me asusta la muerte ritual, Sólo dormir, verme borrar. Una historia me recordará Siempre Con ellos salíamos por las noches a recorrer peñas y bares hasta el amanecer. En una ocasión estábamos donde los Parra temprano antes de la función compartiendo unos tragos con Roberto Parra quién nos hacía escuchar algunas de sus composiciones inéditas: Voy a contar la historia que me pasó, en los Bajos de Mena vivía yo, conocí una muchacha que me engañó, sólo porque soy viejo y ella menor. Como éste se embriagó, sus sobrinos se vieron obligados a pedirle que se fuera a dormir la borrachera pues se acercaba la hora de la función. El tío Roberto acató la orden y se marchó tambaleando, algo que a Alexandra le causó tanta pena que lo siguió hasta un bar cercano donde estuvo consumiendo solidariamente con él unas buenas botellas de vino. Un viernes estaba yo en la peña “Chile ríe y canta” de René Largo Farias conversando con Héctor Pavés, cuando se acercó una muchacha que se presentó como estudiante de Sociología, algo muy de moda entonces. Ella se había enterado que yo trabajaba en la Chiva y quería invitarme a una fiesta que realizarían varias compañeras de su escuela y del Pedagógico en la casa de campo de una de ellas que quedaba en un camino a la cordillera saliendo de Talca. La estudiante me explicó con mucho entusiasmo que estaban invitando hombres al 166


azar y el medio de transporte sería a dedo desde Ochagavía a las 10 de la mañana. A pesar que yo había aceptado la invitación no me atraía mucho la idea de ir a una fiesta a casi 300 Km. de Santiago. Al día siguiente el expreso San Bernardo en el cual yo venía a la oficina, fue interceptado por un grupo de muchachas que le preguntaron al chofer cómo se podía llegar a la carretera Panamericana Sur demostrando con ello que muy pocas veces habían cruzado la Plaza Italia desde el barrio alto. Al bajarme vi a la chica de la noche anterior y esta me preguntó si iba con ellas o no. Tras explicarle que tenía trabajos que realizar, me describió la ubicación de la casa donde sería la fiesta. En la tarde decidí partir tomando un autobús a Talca para desde allí seguir a dedo hasta cerca del lugar. De pronto me encontré en un sendero oscuro bordeado de álamos y zarzamoras e iluminado por la luna. Las casas que crucé eran de una construcción típicamente campesina: de adobe, techumbre de tejas y el característico corredor exterior. En una de esas casas divisé a través de sus ventanas enrejadas, tenues luces de colores. Al acercarme pude ver varias parejas bailando al compás de la música de Aretha Franklin cuyo sonido provenía de un moderno equipo estereofónico camuflado en la pared de adobes. La muchacha de la invitación vino a recibirme muy contenta ofreciéndome de comer y beber para luego llevarme a bailar. Luego ella dijo ser militante de la “Jota” y como yo dije no estar militando, me dio un gran sermón y ni ella ni nadie me sacaron a bailar durante el resto de la fiesta. Allí se encontraba también Nani Barret que conversaba animadamente con un pintor alto y de barba. Como no tenía nada más que hacer allí, bebí hasta que sin darme la más mínima cuenta desperté en un colchón tendido en el suelo. Al levantarme, la dueña de casa me invitó al desayuno en una terraza junto a una piscina donde todos hablaban de problemática social, mientras tanto que por el camino polvoriento a escasos metros de allí, transitaban en silencio y casi transparentes, algunos campesinos del lugar. Nani Barret estaba sola y como éramos amigos me senté junto a ella. El pintor que la pretendía se había marchado en la noche ante la negativa de Nani de entregarse a él. –Yo no vine aquí para eso, no me 167


interesa –dijo. O sea que éramos dos pájaros raros en esa fiesta: yo al no estar afiliado a partido alguno y ella por no irse con cualquiera. El día prosiguió con intercambios de parejas disfrutando del vino y manjares del campo en una bacanal bien criolla. En medio de todo, Nani se acordó que Alexandra estaba de cumpleaños así es que nos fuimos a Santiago para saludarla. La Chiva, por su parte, continuaba con problemas económicos a pesar de imprimirse a un bajo costo en la impresora Horizonte. La mayoría de nuestros lectores eran estudiantes de izquierda especialmente de la Universidad Técnica del Estado. Una salida hacia otros sectores fue la creación de la revista El Pirigüín cuya mascota era la caricatura de un espermatozoide con cara de pícaro y en su primer número anunciaba en forma exclusiva las fotos desnudas de Sofía Loren que eran noticia en Italia pero las que nosotros publicamos eran montajes de fotos desnudas con la cara de Sofía recortada. En todo caso esta revista ayudó a la supervivencia de La Chiva hasta comienzos del 71. Otro trabajo extra que tuve ese año fue pintar un retrato de 2 metros de altura de Jorge Alessandri quien era el candidato que llevaba la derecha desligada ahora de la Democracia Cristiana que presentaba a Radomiro Tomic. Este trabajo salió porque Abdala Hasbún me contó que un amigo suyo “el Gualo” quería abrir una panadería pero las condiciones para darle un préstamo y apoyo era que abriese una secretaría de Alessandri en un barrio popular de San Bernardo. Lo que yo tenía que hacer era construir un bastidor con género y copiar allí una fotografía a color que sería pagado por el comando del candidato en el entendido de que el trabajo fuera hecho en forma profesional. El local ubicado en una esquina tenía cortinas metálicas oxidadas y se lo arrendaban a un muchacho que cariñosamente llamábamos “el Brujo” pues leía las líneas de la mano y las cartas del tarot. El día de la inauguración llegamos un grupo de amigos más para apoyar a Gualo que al candidato, Tocamos el timbre y como el dueño de casa preguntó –¿Quién es? el turco le respondió –Adivina pos huevón... Adentro junto a unas empanadas y un chuico de vino se improvisó una mesa directiva donde estaba Gualo con Abdala quien en su 168


discurso comentó lo democrático de la secretaría, ya que todos los partidos políticos estaban representados y por esa razón pedía que gane el “más mejol” como dijera el futbolista Leonel Sánchez en alguna oportunidad. ¡Salud!– terminó brindando el turco. Después de esto, Gualo pudo abrir su panadería y adherirse al Partido Socialista. Ya iniciada la campaña, salvo uno que era de la DC, todos estábamos trabajando para Allende cuya candidatura fue proclamada el 20 de enero de 1970.

E

Año 1970

l año 69 terminaba en buena forma para mí. Tenía un lugar de trabajo y había logrado reunir unos pesos con mi colaboración en la Revista del Domingo y otras publicaciones. Gracias a eso después de la fiesta de fin de año, pude viajar a Valdivia donde mi hermana Carmen y su marido el sargento de ejército Luis Galindo. A falta de maletas enrollé mi ropa en una frazada amarrada con cordeles. De acuerdo a la usanza de la época, yo lucía el pelo largo y además sentía que lo más cómodo y saludable para mis pies eran las alpargatas o las sandalias. Una chomba de lana gruesa y unos viejos pantalones completaban mi tenida que semejaba la de un mochilero. Mi madre me preguntó si viajaría a dedo y entonces le mostré el pasaje del Flecha Verde, una moderna línea de buses más conocida como “los Marujas” en alusión a su dueña doña María Ruiz Tagle esposa del entonces presidente de Chile Eduardo Frei Montalva. En la tarde me despedí de mi madre y me dirigí a la Plaza Almagro a tomar el autobús con destino a Temuco. Mi compañera de asiento era una muchacha que viajaba a esa ciudad para contraer matrimonio y nos fuimos charlando animadamente hasta que avanzada la noche nos venció el sueño. Llegamos de amanecida en medio de una fuerte lluvia al Terminal de Temuco donde, mientras esperaba la salida del microbús a Valdivia aproveché de tomar un contundente desayuno. Desde ese punto el camino a Valdivia estaba lleno de curvas y en algunos trechos sin pavimentar. La incomodidad de mi asiento sumado a la lluvia que golpeaba con fuerza el parabrisas del vehículo contribuyeron a mantenerme despierto a pesar del cansancio que sentía. 169


El chofer tiene que haber conocido de memoria el camino ya que conducía con pericia y a gran velocidad por curvas, altos y bajos, con una visibilidad casi nula, lo que permitió que llegásemos a Valdivia mucho antes del mediodía. Oportunamente divisé un camión con un gran letrero de “El Mercurio” descargando diarios en un quiosco y como el chofer comentara que se dirigía al Regimiento Caupolicán que era justamente donde trabajaba mi cuñado, me acerqué a él diciendo que yo trabajaba en El Mercurio y que iba al regimiento Caupolicán. Sin preguntar más me invitó a subir a la cabina y tras un corto viaje me dejó en la entrada. Al guardia allí apostado le dije ser pariente del sargento Luis Galindo y de inmediato éste dio orden a un soldado de llevarme a la oficina de mi cuñado ubicada en un segundo piso al otro lado del patio. Después me enteré que Lucho al verme por la ventana no me reconoció y empezó a vociferar diciendo que como era posible que aquel soldado anduviese dentro del recinto con ese individuo de aspecto denigrante para el ejército. Al llegar a su oficina, Galindo salió a encarar al soldado pero al verme exclamó abrazándome muy emocionado –¡Hola pus Jorge que sorpresa!...Mientras sus compañeros se reían a carcajadas. Luego fuimos a su casa donde estaba mi hermana Carmen con sus tres hijos; Marco, de tres años y los mellizos Erik y Cristian, de seis meses. Vivían en la población “Villarrica” en una casita con un pequeño antejardín donde las clavelinas y las rosas se mezclaban con las papas silvestres que solamente había que arrancar para echarlas a la olla. Lucho iba a comenzar sus vacaciones dentro de unos días y tenía planeado acampar en un campo militar con otras familias donde yo podría participar. Este era un campo de ejercicios con bastante vegetación contando con una piscina muy bien mantenida. Casi todo el grupo de uniformados que a pesar de sus simpatías a Roberto Viaux, era gente agradable, salvo uno que se creía Rambo mostrándose siempre muy agresivo. Yo hice buenas “migas” con Armando Saldivia un sargento alto y muy gordo. Una tarde después de bañarnos nos sentamos al borde de la piscina a tomar el sol y vino tinto, cuando de pronto apareció el comandante con su familia. Saldivia saludó a su superior poniéndose en posición firme llevando su mano derecha a 170


la frente, en traje de baño y luciendo su enorme panza. Cuando desaparecieron, Armando comentó la gran diferencia de salario, estatus y modo de vida que había entre él y el comandante. Al volver a Santiago fui a visitar a mi amiga Alexandra Barrientos que se preparaba sorpresivamente para emigrar a Europa a estudiar siendo su anhelo principal conocer Suecia, el lejano y entonces casi desconocido reino nórdico cuyos únicos referentes de que disponíamos eran los autos Volvo, los premios Nobel y las películas de Ingmar Bergman. Una noche de febrero antes que Alexandra partiera nos encontramos en su casa con Horacio Marotta sin imaginarnos nunca que años más tarde, los tres, viviríamos el rencuentro bajo el alero de este país de sagas y de largas sombras invernales que plácidamente, en verano se entregan a los espejos de luz del sol de medianoche.

L

El diario "Puro Chile"

a campaña presidencial de 1970 estaba en marcha a todo vapor y además de los carteles políticos, en las calles de Santiago se destacaba uno que anunciaba la publicación de un nuevo impreso: «"Puro Chile" el diario de la mayoría. Aparece el 7 de abril» Ese día con un ejemplar de "Puro Chile" en la mano, llegué a la redacción de La Chiva desde donde motivado e impulsado por algunos amigos y colegas, me dirigí a la redacción del recién fundado periódico, a ofrecer mis servicios. En Plaza Bulnes, donde estaba situado el Puro Chile, me encontré con Armando Saldivia, el sargento valdiviano salía del Ministerio de Defensa con el nuevo diario bajo el brazo y al verme en dirección a la redacción, me preguntó si yo trabajaba en aquél periódico. En "Puro Chile" me atendió el periodista Guillermo “Chino” Ravest, entonces jefe de informaciones. Junto con mostrarle algunos dibujos, le hablé de mi larga experiencia en la actividad gráfica, de mis trabajos como diagramador para prensas tipográficas, de Offset y de varias otras técnicas de la profesión. Ravest, entusiasmado con lo que le expuse, me consiguió para la mañana siguiente una entrevista con el director del diario; el conocido periodista José Gómez López. De ese encuentro, salí llevando conmigo un enorme cargamento de optimismo. 171


Llegando a casa fui a ver a mi vecina Marilú quién había reunido unos muchachos del barrio dispuestos a salir esa noche a pintar propaganda para Allende. Me agregué al grupo y nos fuimos a la Panamericana junto a la bifurcación de entrada a San Bernardo, donde con grandes letras escribimos “Allende” por ambos lados. Al día siguiente, cerca de las ocho de la mañana y vistiendo aún los mismos pantalones de pintor de la noche anterior subía a aquella redacción que no era más que un departamento de cuatro habitaciones situado en un segundo piso. A las 10 de la mañana llegó el Chino Ravest quién me animó a que esperara a Pepe ( José Gómez López), pues, “demoraría un poquito”. Ya pasado el mediodía llegó el acreditado periodista en compañía de Eugenio Lira Massi, quien era conocido tanto por su programa “Entrevista impertinente” en Canal 13, como por sus libros; “La Cueva del Senado y los 45 Senadores” y “La Cámara y los 147 a dieta”. Ambos me miraron con detención: ¿Talvez por mi pinta? Entonces el Chino, agilizando las cosas, les explicó casi al oído sobre la razón de mi presencia. Acto seguido, me pidieron que esperase, y a pedido de éste, seguí esperando. Los dos destacados periodistas de la prensa chilena ingresaron al hormiguero humano donde una treintena de funcionarios se peleaban milímetro a milímetro los 130 metros cuadrados de que disponía el local. El teclear seco y metálico de las máquinas viejas contrastaba con las recién adquiridas, y las voces en cuello se confundían con las llamadas telefónicas en un concierto altamente disonante. Pepe y Eugenio salieron a toda marcha asegurándole a Ravest que me atenderían al regreso; lo que demoró varias horas, tras las cuales continué esperando con paciencia tibetana. La hora del cierre se había alargado hasta casi la medianoche y fue entonces cuando Pepe Gómez salió acompañado de un grupo de periodistas dando las buenas noches a todos. Cansado, hambriento y arrastrando mi decepción, salí a la negra y húmeda calle otoñal. ¿Que factores me habían empujado a permanecer 16 horas esperando una entrevista que nunca llegaba? 172


Hoy, cuando analizo aquellos días inolvidables de mi vida laboral, pienso en aquella utopía que me envolvía en un aura inspiradora que llenaba mi espíritu con el deseo de sentir la satisfacción de ejercer lo que siempre fue una pasión, y ejercerla además en un medio como fue el "Puro Chile" , junto a esas eminencias del periodismo de trincheras y de vanguardia. Esas razones a pesar de mi decepción eran más que suficientes para esperar incluso hasta el día siguiente si hubiese sido necesario. Porque bien pude constatar que aquellos profesionales no me hacían esperar por vana arrogancia o desinterés. Con mis propios ojos pude observar el endemoniado ritmo de trabajo que el compromiso, la profesión y los ideales, entonces les exigían. Nunca antes había visto seres humanos tan sumergidos en la misión para la cual habían nacido. Mientras dirigía mis pasos hacia un paradero de buses por la casi desierta avenida Bulnes, alguien del grupo de periodistas se dirigió hacia mí. Era Raúl Pizarro, del equipo de redacción quien me dijo que el director quería hablar conmigo. Pepe Gómez López me lanzó la pregunta “del millón”; –Compañero ¿Usted sabe pegar letras? Aquello era como preguntarle a un cocinero si sabe cocer huevos. Pero de todos modos mi afirmación fue segura, por lo que me citó a trabajar al día siguiente. Así concluía la espera más larga de mi vida, y daba por iniciado mi trabajo en el diario que marcaría historia en el quehacer político nacional. Mi primer día consistió entre otras cosas en pegar letras, dibujar viñetas y el crucigrama. No disponía de una mesa de trabajo propia, pero Eugenio Lira me ofreció un espacio a su lado moviendo una máquina de escribir que pertenecía a Eduardo Labarca. Éste a su llegada armó un lío de tales dimensiones que Lira Massi, muy enojado, le descargó entre otras cosas de grueso calibre, un principio ideológico, un “refresca molleras”: –¡El compañero es un trabajador tan igual como todos nosotros!, sostuvo finalmente cerrando la discusión.

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Por su parte Pepe presenció en silencio la toma de medidas de Eugenio Lira y eso robusteció aún más mi certeza de estar entre amigos y compañeros de verdad .

El proyecto Puro Chile. Al iniciarse la década del 70, la mayor parte de la prensa chilena estaba en manos de la derecha reaccionaria, mientras que la prensa de izquierda apenas se hacía sentir. El Partido Comunista era propietario de “El Siglo”, su órgano oficial, con el cual no llegaba de lleno a las masas. “Noticias de Última Hora” era un vespertino cuyos propietarios eran de izquierda pero su mayor distribución, se limitaba sólo a Santiago, mientras que “Clarín” sí era un diario de gran circulación y arraigo popular a lo

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ancho y largo de todo el país. Volpone, su propietario, que en 1964 había apoyado a Allende, en esta oportunidad se había volcado hacia Radomiro Tomic, candidato de la Democracia Cristiana, dejando sin apoyo alguno al candidato de la Unidad Popular, publicando solamente avisos pagados; aunque, en honor a la verdad, el empresario mediático, mantuvo en “Clarín” a algunos periodistas de izquierda a fin de lograr un equilibrio tipo centro izquierda. Fue en estas circunstancias, que algunos periodistas encabezados por José Gómez López y Eugenio Lira Massi abandonaron el matutino y con ayuda del Partido Comunista crearon "Puro Chile" para apoyar la campaña presidencial de Salvador Allende y a la vez contrarrestar la desequilibrada balanza informativa. La redacción estaría compuesta por periodistas de todos los partidos que apoyaran la candidatura de Salvador Allende. Debo apuntar que ni Pepe Gómez López ni Eugenio Lira Massi militaban en algún partido político, pero sus posiciones como periodistas de ideas progresistas eran muy reconocidas El proyecto de existencia de "Puro Chile" se extendía hasta el día de las elecciones: el 4 de septiembre de 1970. Pero llegado ese día triunfa la UP y el "Puro Chile" a esa fecha ya alcanzaba un tiraje muy superior a los 25 mil ejemplares, lo que hablaba de la necesidad que existía de contar con una publicación con la orientación que el diario tenía y de la importancia de cubrir esa necesidad. Además el 175


fervor momentáneo del triunfo instaba a sus responsables a continuar en la batalla, pues nada estaba decidido y sería el Congreso el que elegiría al Presidente de la República. Los hechos que vendrían después del 4 de septiembre nos obligaban a cada uno de nosotros a esperar en nuestros sitios de trabajo y ni siquiera pensar en tirar la esponja.

José Gómez López Antes de mí llegada al Puro Chile, habían estado a punto de contratar un diagramador brasileño con experiencia laboral en "O Globo". Pero en la entrevista con Pepe Gómez, el profesional preguntó entre otras cosas, sobre la cantidad de horas diarias que tendría que trabajar: ¡NINGUNA! Fue la respuesta seca y concisa del Director de "Puro Chile" . Pepe al parecer, tenía muy lejos de su mente la idea de horario de trabajo y su concepto periodístico estaba muy marcado por esa época donde el país se preparaba para dar vuelta unas cuantas hojas para cambiar la historia social y cultural de Chile y por tanto de América Latina. De modo que para Pepe Gómez, cada integrante del "Puro Chile" debía en principio ser un guerrero de trinchera en la lucha mediática contra un enemigo mil veces superior en recursos pero no en gallardía y fidelidad a los motivos que lo impulsaban. Fue por eso que ante la pregunta del diagramador brasileño sobre cuantas horas al día trabajaría, Pepe guardó silencio, se limitó a mirarlo, juntó un buen poco de irritación... y con la rutina propia del creador de titulares, le arrojó esa respuesta. José Gómez López fue uno de los periodistas chilenos más experimentados de su tiempo. Se había formado a la antigua y como solía decir que: “con una máquina de escribir a cuestas amasando esta ciudad con los pies”. Según él mismo, había comenzado como reportero a los 7 años repartiendo telegramas y más tarde se había pasado horas en una imprenta leyendo las pruebas y alimentándose de la leche que recibía de los tipógrafos. Estos, que para contrarrestar los tóxicos ambientales, debían beber leche durante la jornada laboral, confiaban más en las cualidades curativas del vino que del apreciado lácteo. Desde temprano trabajó en los más variados medios de comunicación, y así diarios, revistas, radio y televisión supieron de su 176


profesionalismo. En canal 13 creó el programa “La historia secreta de las grandes noticias”, considerado entre los años 65-66, como el primer programa noticioso de la TV chilena, que alcanzó la mayor sintonía en 1965. Debo destacar que, como conductor del diario, Pepe nos exigía lo mejor de cada uno de nosotros. Y como cada sección tenía una determinada hora de cierre, se paseaba entre los escritorios, golpeando su reloj pulsera con el dedo índice diciendo: ¡Vamos, vamos! A veces vociferaba si alguien no cumplía, pero al terminar la jornada, el déspota se transformaba en un buen amigo e invitaba a su casa o bien a algún bar cercano. Entonces allí, en amenas conversaciones, entregaba toda su experiencia que lo hacía ser reconocido como un maestro del periodismo. Pepe Gómez tuvo cinco mujeres y diez hijos, pero su forma de vida era la de un hombre solo. Puede ser que su vida sentimental fuera complicada ya que desde muy joven, estuvo casado con el periodismo. De los hijos, conocí al mayor Ulises Gómez Navarro un joven hippie de una intelectualidad admirable que de vez en cuando iba al diario a encontrarse con su padre. De las mujeres conocí a tres: Cecilia Urrutia madre de Cecilia Gómez Urrutia, que trabajó con nosotros durante los primeros meses de publicación del diario y de José Antonio Gómez Urrutia, de quien su padre intentaba hacer todo un periodista en circunstancias de que no tenía más de 16 años. José Antonio es actualmente Senador de la República del Partido Radical. Además conocí a Nena Droguett madre de Luz María y hermana de Lucy Droguett que fue también mi compañera de trabajo en el diario. Y finalmente Polimnia Sepúlveda, artista plástica, su última esposa. Con ella el viejo tuvo 3 hijos, entre ellos el músico Alejandro Gómez. Con Polimnia fueron compañeros de vida en el exilio, pero no terminaron sus días juntos: la separación fue el epílogo de su última historia de amor, escrita quizás en alguna esquela olvidada en el cajón de los recuerdos.

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Uno para todos… A Pepe le agradó desde un principio mi actitud y buena disposición para el trabajo, a pesar de que al comienzo no teníamos una hora de cierre definida ni una estructura de trabajo bien elaborada. Lo esencial era completar el total de 24 páginas divididas en secciones cuyos últimos envíos a la imprenta Horizonte se realizaban ya pasada la medianoche. Todos ayudábamos en todo, pero poco a poco se estructuró un horario de cierre por sección, y se adelantaban las páginas que no contenían noticias. El espacio, como ya lo había dicho, era muy pequeño y se usaba en forma rotativa. Esas condiciones a pesar de no ser las mejores, ayudaban a conocernos más y a desarrollar una amistad casi sin igual en ese medio laboral. El ambiente de trabajo era intenso pero ameno al mismo tiempo, y las tareas iban apareciendo como las noticias mismas. Yo comenzaba el día diagramando las páginas de deportes cuyo responsable era Hugo Gómez. Cultura y Espectáculos estaban a cargo de Carlos Ossa, un gordo de lentes y bigotes, que siempre sonriente aunque muy tenso que escribía con mucha rapidez. A su lado trabajaba Eduardo Soto Díaz, cuya responsabilidad era la Política, rellenando además otras secciones como la “Agenda de Don Este”, que incluía el santo del día, escrito en forma muy graciosa, y también hacía el “Sabía UD que...” comentando algunos aforismos en contra de la gordura, donde yo aportaba con algunas ideas. Al mediodía se elegía en la redacción, al merecedor del Huevo de Oro. Se trataba de algún personaje que se había destacado en las últimas 24 horas. Jorge Mateluna dibujaba la caricatura y alguien escribía las razones que muchas veces eran aportes del mismo colectivo que se hacia llamar el H. Tribunal. Ocurrió que junto con la noticia sobre un asesino que fue bautizado como el Enano Maldito, por iniciativa de Carlos Ossa y unas jóvenes periodistas, se publicó la caricatura de este sujeto junto al acreedor del Huevo de Oro de aquel día. Esa figura comenzó a tomar forma y Mateluna creó en páginas interiores, una tira cómica con el Enano Maldito. Pero esta historieta era de un humor muy extraño, casi parapsicológico por lo que Eugenio Lira con Pepe Gómez 178


decidieron llevar el dibujo del Enano a la portada con el guión del propio Eugenio Lira. Y así aparece este personaje que con sus acotamientos se hizo famoso en la política chilena. De modo que, valga la redundancia, el Enano Maldito, aquel de la portada del Puro Chile: fue una creación del dibujante Jorge Mateluna con los guiones de Eugenio Lira Massi. Otro periodista y conocido comentarista radial era Mario Gómez López, hermano de José quien tenía la columna “Crónicas de un reportero”. Raúl Pizarro era de La Serena pero vivía en cualquier lugar de Santiago trabajando siempre junto a Pepe. A su cargo estaba la sección policial, aunque a veces realizaba “Reportajes Especiales”, que casi siempre iban en páginas centrales. Su manera de escribir tenía un tinte estremecedor y dramático, lo que instigó a Pepe llamarlo “el triste” a pesar de que su estilo se contradecía en mucho con su comportamiento gracioso y eufórico. En cambio Eduardo Soto, que escribía en forma muy irónica y graciosa, en las tertulias se comportaba siempre silencioso y distante. Pizarro tenía de ayudante a “Tiro Fijo”, un buen reportero pero que con su fantasía transformaba las crónicas policiales en novelas de ficción, así es que Raúl Pizarro tenía que controlar todos sus datos. Y para que diera rienda suelta a su creatividad se le dio un espacio en el diario que este llamó “Creíble pero Incierto” que contaba con mis ilustraciones. A medida que pasaba el tiempo me iba sintiendo cada vez más integrado y fue creciendo mi amistad con Eugenio Lira Massi, Eduardo Soto y Raúl Pizarro con quien muchas veces terminábamos en casa de Pepe Gómez comiendo a altas horas de la noche las ricas y abundantes comidas a la chilena que le preparaba la señora Sarita, su asesora del hogar. Por la mesa desfilaban las cazuelas de vacuno, los charquicanes, las albóndigas y otras bondades que muchas veces significaban el único plato caliente que comíamos en esos días donde a través de las páginas del "Puro Chile" mostrábamos a todos la ignominia que reinaba y denunciábamos a los intocables. Un día llegó a trabajar una chica como reportero gráfico, algo muy extraño en esos tiempos. Su nombre era Eugenia Castillo, 179


sobrina de Luis Corvalán, y a los pocos días supe que era novia de Horacio Rammsi, un gran amigo y ex compañero de la escuela de Artes Aplicadas, con quien hicimos muchos trabajos de decoración. Como encargado de fotografía se había nombrado al reportero gráfico argentino Domingo Politi Donati, quien había sufrido un accidente automovilístico y por tanto estaba con licencia. Togo Blaise era el jefe interino de fotografía y lo acompañaba Julio Bustamante, el especialista en fotos de las vedettes con poco y nada de ropitas. Junto a ellos siempre había jóvenes que se iniciaban en el trabajo fotográfico. “El viejo” ( José Gómez López), exigía de los reporteros gráficos que le trajeran potos, –porque son parte del periodismo popular –solía decir. En una ocasión Julio Bustamante trajo la foto de una conocida dirigente que había captado cuando ella subía a un escenario. Julito, muy optimista contaba con que el Viejo la iba a poner en portada, pero este solo atinó a tomarse la cabeza a dos manos. Domingo Politi había empezado a trabajar con José Gómez López en un programa musical llamado “Carrusel” en Radio Minería de Viña del Mar en 1963. Con motivo de un violento temporal que azotó el litoral central, Politi se convirtió –dadas las circunstanciasen el corresponsal del diario “la Tercera” de Santiago en la zona de la catástrofe. En el programa “La historia secreta de las grandes noticias” del Canal 13, fue director de fotografía. Además trabajaba en la revista gráfica “Flash” de la empresa Zig-Zag que en un momento estuvo a punto de cerrar ya que sólo vendían 17.500 ejemplares. Por entonces corrían rumores que el “Che” Guevara se encontraba en Bolivia, lo que impulsó a Politi a vender al jefe de Zig-Zag la idea de ir a Bolivia a reportear el hecho, enganchando de paso al viejo Pepe que conocía el plan, además a Raúl Pizarro y así conformaron la terna de “enviados especiales”. Llegaron a Arica una hora después de haber salido el tren a La Paz y como no querían perder tiempo en largas esperas hablaron con el jefe de estación quien les dijo que contaba con un carro con motor propio pero era para 16 pasajeros. Pepe consiguió con un amigo un cheque prestado, viajaron en el carro y gracias al trabajo periodístico realizado lograron que la revista Flash aumentara su tiraje a 80 mil ejemplares y luego a 150 mil, hasta que finalmente fueron expulsados 180


del país acusados de pertenecer al equipo del Che según el gobierno boliviano de entonces.

El suplemento dominical Cuando se aprobó sacar la edición dominical del Puro Chile, Eugenio Lira propuso mi nombre para el cargo de jefe de diseño gráfico del Suplemento Dominical. Esto fue aceptado a pesar de la fuerte oposición por parte del cuerpo administrativo. Recuerdo claramente aquellos días previos a la primera edición de domingo, la redacción había alcanzado ya un alto grado de organización y la edición estaba siendo cerrada a las 23 horas. Después de eso se continuaría con el suplemento dominical el cual fue cerrado y entregado a la imprenta un día miércoles. Pepe me designó para supervisar el proceso de impresión. La impresora Horizonte, a unas cuadras del centro de Santiago, pertenecía entonces al Partido Comunista y contaba con dos rotativas tipográficas. Una muy antigua había pasado a la clandestinidad durante la represión de González Videla y sufrido el vandalismo de la policía civil en el gobierno de Ibáñez. Allí se imprimía además “El Siglo”, “Ultima Hora” y mucho material de propaganda, revistas y libros. En la imprenta los maestros me recibieron con desconfianza. Sucedía que muchos jóvenes periodistas los miraban en menos y daban órdenes sin tener la experiencia gráfica. El recelo de aquellos maestros fue desapareciendo a medida que fui metiendo mis propias manos en la maquinaria. El ambiente de las imprentas de entonces era muy tóxico, los artículos se componían en las linotipias que eran inmensas máquinas que al ir escribiendo formaban lingotes de metal derretido con los textos línea por línea y los linotipistas recibían toda la emanación del metal fundido. Las fotos y dibujos pasaban al fotograbado cuya primera etapa era conseguir negativos en películas de gran tamaño con una cámara vertical, los cuales, luego de ser revelados y fijados se ponían sobre una plancha de cobre o zinc previamente impregnada con una capa de cola (pegamento) de carpintero con una centrífuga que lanzaba la cola para todos lados. El negativo y la plancha eran expuestos 181


a una luz fuerte producida por electrodos de carbón para lo cual se exigía proteger los ojos y la cara con máscaras especiales. Este procedimiento hacía que la cola, al recibir la luz quedaba inmune al ácido que estaba en unas grandes bandejas en las cuales se zambullían las planchas para ser atacadas por el ácido emitiendo un gas verde oscuro obteniendo de esta manera los clichés con las fotos e imágenes. En la sección de armado se compusieron las páginas de acuerdo con la maqueta de diagramación usando los clichés, los textos de la linotipia y tipos de letras móviles. Después de haber recibido el visto bueno de los correctores, se realizó una copia cilíndrica de plomo fundido de las páginas armadas que los prensistas metieron en la vieja rotativa junto a un gran rollo de papel y las tintas. Mientras tanto todos los que habíamos participado en esa tarea aquella noche, nos fuimos reuniendo alrededor de ese gigante de fierro que se echaba a andar para dar a luz esa nueva criatura impresa cuyo primer ejemplar se me entregó para que yo le diera el vamos. A las tres de la mañana y con la alegría de la labor cumplida, nos fuimos a una picada cercana abierta las 24 horas del día, a comer un sanguchito acompañado de unos vinitos. Sentado a mi lado tenía a uno de los maestros que entre vaso y vaso, me transmitía algunos conocimientos técnicos propios de la impresión de diarios. Al cabo de un rato detuvo su disertación y me preguntó si me parecían interesantes sus palabras. –¡Por supuesto! le respondí. A lo que él contestó con entusiasmo; –¡Pídete otra botella entonces poh!–

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Campaña presidencial 1970

ecuerdo que en abril de 1970, es decir a pocas semanas de haber aparecido el diario, se realizó una concentración masiva de apoyo a Allende en la Avenida Bulnes cuyo escenario quedó casi justo frente a nuestras oficinas. Eugenio Lira que acompañó al candidato hasta las tribunas, nos contó que Allende, al ver tanta gente reunida comentó: –El año 52, estos eran puros cabros chicos... Allende se refería a cuando se presentó por primera vez de candidato a la presidencia. 182


La campaña del 70 fue muy intensa ya que se sabía que la derecha y EE.UU. temían realmente el triunfo popular y ese clima social lo reflejaba y exponía el "Puro Chile" a todo el país. El carácter periodístico de "Puro Chile" lo infundían los viejos maestros con Pepe a la cabeza y se trataba de ir al fondo de los hechos, ser los primeros con las últimas informaciones y ni pensarlo que algún otro diario saliera con alguna noticia por nosotros ignorada. La primera página debía ser de denuncia, mordaz e impactante. Un ejemplo muy fiel de ello ocurrió cuando el 8 de julio del año 70, la Central Única de Trabajadores había llamado a un paro nacional en protesta contra el gobierno de Eduardo Frei. En el atardecer de ese día se realizó una concentración en la plaza Tropezón de Quinta Normal y allí un carabinero de civil disparó a quemarropa a un joven que falleció en la ambulancia que lo trasladaba a la Posta Central. Nuestros reporteros trajeron la noticia con la foto del rostro del muchacho antes de morir. Esa dramática noticia tenía que ser destacada en su máxima expresión. Por lo tanto en la imprenta se pararon las prensas para hacer los cambios necesarios. En la portada se puso la foto del rostro moribundo del muchacho a lo ancho de la página con grandes titulares. Como el trabajo de esa noche se alargó más de lo acostumbrado, Pepe me llevó a dormir a su casa. A la mañana siguiente nos fuimos caminando hacia La Moneda y vimos nuestro diario en los quioscos, que como un cartel, golpeaba las conciencias. Ya en la casa de gobierno y en la sala de prensa, sentí una atmósfera de nerviosidad tanto de los funcionarios como de los reporteros políticos asiduos al régimen. 183


El 4 de septiembre

El 4 de septiembre, día de las elecciones presidenciales, llegó a la redacción mucha gente a trabajar en forma voluntaria; entre ellos dos amigos míos, –Alvear, el profesor primario que estudiaba gráfica, y Abdala Hasbún, ejecutor de oficios múltiples, pero en primer lugar, del arte de la fotografía. Eugenio Lira fue, en ese día histórico, a entrevistar a Allende a su casa de Tomas Moro. Lo hizo acompañado del fotógrafo Togo Blaise, quién entregó unas fotos de él tomando desayuno vistiendo solamente una manta de castilla. Ante esto Lira Massi se lamentó que no había ninguna foto de Allende de cuerpo entero ya que Allende estuvo descalzo durante toda la entrevista y habría sido “La Foto”.

El Enano Maldito Muy temprano ese día de las elecciones, Pepe Gómez López me mostró la idea del Enano Maldito con el texto; “Le volamos la ra... ja, ja je ji jo ju”, para lo cual Jorge Mateluna (Orsus), tenía que dibujar al enano en tamaño mucho más grande que de costumbre. Por su parte el profesor Alvear pegó con letraset el texto que envié a la imprenta como primera página. Esa portada fue histórica, pues no hay antecedentes que muestren algún diario que haya salido el día antes anunciando un triunfo presidencial. Simplemente nos adelantamos al triunfo de Salvador Allende y esa tarde cuando se supieron los primeros resultados se imprimió una primera edición de 8 páginas con fecha 5 de septiembre. Esa edición ya estaba en la calle durante la manifestación de la victoria en la noche del 4 de septiembre de 1970 en la Alameda donde Allende apareció saludando a Chile desde los balcones de la FECH (Federación de Estudiantes de Chile). 184


En el frontis del diario se juntó mucha gente que vino a saludarnos y esa noche inolvidable, recibimos muchos abrazos de los que lograron entrar hasta nuestras oficinas. El multifacético Abdala, antes de retirarse de la redacción, me pidió alguna idea sobre donde dirigirse a la mañana siguiente para tomar fotografías. Le recomendé la casa del presidente electo. Mi amigo Abdala Hasbún, llegó al día siguiente con un valioso tesoro en su mochila: Las fotos de Allende junto a Radomiro Tomic, el candidato de la Democracia Cristiana que concurrió a felicitar a Allende por el triunfo. Abdala me contó con cierto orgullo que había logrado entrar a la casa de Allende mediante el truco de pedirle un vaso de agua a la empleada. Y lo único que tuvo que hacer, fue esperar en la cocina hasta la llegada del derrotado candidato Radomiro Tomic. En lo referente al clima político existente después del día 5 de septiembre, es importante recordar que los sectores de derecha no podían ocultar su decepción. Fue delictual el caso Agustín Edwards Eastman, dueño de la cadena de diarios de la empresa “El Mercurio”, heredero de uno de los grupos económicos más antiguos de Chile. Este sujeto huyó a Washington donde fue recibido por el presidente Richard Nixon a quien solicitó mano dura para impedir que Allende asumiera o para derrocarlo si lograba la presidencia. Todas las operaciones de la CIA y del Departamento de Estado de EE.UU. hasta allí habían fracasado, y quedaba sólo un recurso legal: que el parlamento eligiera como presidente a Jorge Alessandri, quien había logrado la segunda mayoría hecho que jamás se había producido en toda la historia del país. En las oficinas de redacción del Puro Chile, reinaba el optimismo, y para el 18 de septiembre apareció el reportero gráfico Domingo Politi que, aunque con bastón y muletas venía dispuesto a integrarse. Ese día, Pizarro, Abdala y yo, estábamos libres, de modo que salimos para las fondas de Calera de Tango acompañados de José Antonio, hijo de Pepe . Allí en una fonda, estábamos tomando chicha en cacho, cuando me encontré con un ex compañero del liceo de San Bernardo. Con mucho entusiasmo me contó que era carabinero del “Grupo Móvil”; 185


el piquete de choque destinado a disolver manifestaciones. Al enterarse que éramos del “ Puro Chile”, nos invitó de muy buen humor a su mesa, manifestando estar dispuesto a servir al nuevo gobierno. Y agregó estar consciente de la impopularidad del Grupo Móvil entre la gente de izquierda, pero eso cambiaría pronto, agregó, pues dentro de Carabineros estaban proyectando cambiarle nombre para que ganara el aprecio popular. Conclusión que nos pareció tan sorprendente que, la verdad, no pudimos aguantar la risa que nos produjo. En el país aumentaba la tensión al mismo tacto que los ultraderechistas Patria y Libertad, enardecidos de ira por el resultado electoral que tenía que ser ratificado en el Congreso, aceleraban sus acciones terroristas muy tomados de la mano de la CIA. En una ocasión después un tranquilo día de trabajo con Abdala y Togo Blaise fuimos a comer a un restaurante, donde Togo se entusiasmó contando muchas cosas y entre ellas recuerdos de su infancia de campesino pobre. Pasada la medianoche y ya vencidos por el cansancio, llamamos un taxi para retirarnos a nuestros hogares. Primero nos dirigimos a casa de Togo en la Cisterna, y allí frente a su domicilio, la radio del taxi daba la noticia que en las Torres de Tajamar había ocurrido un atentado con explosivos. Sin pensarlo dos veces Togo le ordenó al taxista dirigirse al lugar de los hechos. Las Torres de Tajamar es un conjunto de cuatro edificios de diferentes alturas ubicados en Providencia de los cuales el más alto tiene 84 metros con 28 pisos. Fueron inaugurados en 1967 siendo entonces la edificación más alta de Chile. Cuando llegamos ya había bastante gente, sin embargo la policía brillaba por su ausencia. Llamé a Pepe y me dijo que reporteara la información para el día siguiente pues el diario ya se encontraba en prensa y era demasiado tarde para hacer cambios. La cámara fotográfica de Togo tenía dañado el flash pero Abdala de todos modos se la pidió y con el diafragma abierto aprovechó los destellos de otras cámaras logrando así tomar algunas imágenes. Yo entrevisté a una señora que creyendo que se trataba de un temblor había arrancado a la calle en bata de levantarse. En eso apareció Juan Gana, presentador de los noticieros de canal 13, a lo que mi entrevistada comentó: “Ese señor se parece a Juan Gana”. –Sí, es él 186


mismo, le respondí. ¡Y tan chico que es! agregó ella sorprendida que sólo lo había visto en primer plano en la pantalla del televisor, Togo, quien debía madrugar al día siguiente, se fue a dormir al diario llevándose mis anotaciones. Mientras que con el Turco nos fuimos a una fuente de Soda en la calle San Diego a esperar que empezaran a circular las micros. Estábamos en eso cuando se detuvo un microbús que decía San Bernardo. Lo abordamos sobre la marcha y ya instalados en él, al cabo de unos minutos nos quedamos dormidos. El chofer nos despertó en un barrio totalmente desconocido ya que equivocadamente habíamos tomado un bus hacia “El Esfuerzo” una población ubicada hacia el interior del paradero 36 de Gran Avenida. Caminando de madrugada íbamos hacia la Gran Avenida cuando una niñita morena de cabellos crespos me dice: ¡Hola tío..! Era Claudia, hija de Malva Tirado. –Nosotros vivimos aquí y voy a comprar pan para el desayuno, agregó la pequeña. Me pareció buena la idea de caer de paracaidistas al desayuno, así es que acompañamos a la niña hasta su casa donde estaba Malva junto a su hermana Marilú. Ambas venían recién llegando de un viaje a Arica. La población estaba constituida por casitas de ladrillos con antejardín y patio, la casa en que vivían era la única que no contaba con ventanas ni cielo raso, además de que el piso era de tierra. Después de esta sorpresa a la hora del desayuno, las hermanas salieron y nosotros pudimos dormir algunas horas y volver al trabajo. Con el correr del tiempo, se llegó a la conclusión de que el atentado a las Torres había sido parte de un plan para crear un clima de tensión especialmente dirigido al sector de la Democracia Cristiana que aceptaba votar por Allende en el Congreso a cambio de exigir lo que llamaron Estatuto de Garantías Constitucionales. Dentro de ese agudizado clima social, al diario continuaban llegando saludos de apoyo a nuestro trabajo pero también iban en aumento las amenazas de los sectores derechistas. Alessandri, que había llegado segundo con con apenas unos 30000 votos menos que Allende, declaró que si el Congreso lo elegía a él, renunciaría para abrir el camino a nuevas elecciones. Personeros de derecha intentaron jugar esta carta pero Alessandri se retractó para no agravar más el clima de turbulencia política. 187


Salvador Allende fue por su cuenta a conversar con Alessandri lo que creó un gran malestar en la dirección de la Unidad Popular. Ante esta situación "Puro Chile" preparaba una edición cuyo titular de primera plana era el siguiente: AYER FUE A VER A SU ABUELITA

Allende empezó a jugar a las visitas

¿Por que tienes esos dientes tan largos? le preguntó

Ligeia Balladares columnista del PC criticó duramente el encuentro. El Huevo de oro fue dirigido al “Presidente de Colo Colo”. Después del cierre y mientras que con José Gómez preparábamos el suplemento dominical, aparece Luis Corvalán, entonces Secretario General del PC quién venía a conversar con Pepe que antes de dirigirse a su despacho, me dijo que permaneciera en la redacción. Después de una muy prolongada conversación, abandonaron la oficina ya cerca de la medianoche. Pepe se dirigió a mí y pidió cambiar aquella portada junto con la noticia de la visita de Allende a Alessandri y en su lugar ordenó poner: “PRESO VIAUX” y agrega sin precisar y muy preocupado que: “¡hay una gran cagada!”. La columna de Ligeia y el Huevo se publicaron tal como estaban. Creo que fue a la mañana siguiente cuando mi madre me despertó para contarme que había habido un atentado contra el General René Schneider. Schneider mantuvo su posición de respeto a la Constitución oponiéndose a los planes de los Generales Roberto Viaux (r) y Camilo Valenzuela jefe de la guarnición de Santiago. Estos pretendían en complicidad con algunos miembros del ejército y con Patria y Libertad, crear un clima de inestabilidad política y evitar por todos los medios la llegada de Allende a la Presidencia. Así las cosas, el 22 de octubre fue llevado a cabo el intento de secuestro al Comandante en Jefe René Schneider y como este intentó defenderse, lo hirieron a bala falleciendo tres días después en el Hospital Militar. Eduardo Frei Montalva, entonces Presidente de la nación designó al General Carlos Prats como Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas. 188


Un día antes, el día 24 de octubre, se había realizado la votación del Congreso Pleno donde Allende consiguió 153 votos, Alessandri 35 y blancos 7. Al darse a conocer este resultado el diputado socialista Mario Palestro gritó a todo pulmón: ¡Viva Chile mierda! creando así el titular de primera plana de Puro Chile.

Allende Presidente

El día tres de noviembre, desde nuestras oficinas observamos muy temprano como la Avenida Bulnes se fue colmando de gente. Situados a pocas cuadras del Palacio de la Moneda, nos llegaban las marchas de las bandas y escuadrones militares saludando la asunción de Salvador Allende a la Presidencia de la República. Se vivía un ambiente especial algo extraordinario estaba sucediendo. Allí en ese momento se estaba escribiendo la historia de algo único, no hay que olvidar que el comentario mundial sobre la elección en Chile era que por primera vez un pueblo había elegido a un marxistacomo Presidente. Ésto, cada uno de nosotros lo vivía de una manera muy propia e inolvidable. Pepe por su parte, lleno de una eufórica alegría se paseaba por la redacción y exclamaba: ”¡Miren y escuchen! Ellos realmente marchan y tocan con el alma.” Ligeia Balladares, que había estado apostada en La Moneda reporteando el histórico acontecimiento, llegó muy emocionada a la redacción porque Allende al verla, la había abrazado borrando así el posible malestar que podía tener con ella y con el diario. Pero a pesar de la algarabía y el entusiasmo existente en nosotros por la sensación del deber cumplido como profesionales rondaba en el aire una molesta incertidumbre sobre el futuro de nuestro diario. Pepe fue siempre de la idea de encontrarse al frente de un diario de verdad. Según él, todo aquello dependía del autofinanciamiento y para lograr esto se requería vender el diario mediante factores tales como el ser los primeros con las últimas noticias y contar con una buena distribución, lo que además implicaría ingresos por espacios publicitarios. Un diario que no se financia no es diario, solía decir. Hasta octubre se habían alcanzado los primeros objetivos más un perfil propio con un tiraje hasta de 150.000 ejemplares, y en la parte comercial le ayudaba el haber conquistado el Gobierno. En 189


resumidas cuentas a "Puro Chile" se le predecía un “futuro esplendor”. El Partido Comunista a través de la Empresa Horizonte era el responsable de las finanzas y en parte también lo era de la dirección política, pero con un matiz amplio que se lo daban quienes participábamos allí en los distintos frentes de trabajo. Y así fue que como saludo al triunfo y término de año se decide pasar a ser un diario con presencia permanente. En una reunión de toda la redacción donde se dio a conocer esta noticia, un joven recién egresado de la Escuela de Periodismo leyó un manifiesto criticando la forma y contenido del diario proponiendo terminar con las noticias policiales, menos fútbol y nada de crónicas de espectáculos frívolos ni avisos publicitarios. Todo esto a cambio de más ideología marxista, educación popular y que además el diario se distribuyera gratuitamente. Pepe lo escuchó atentamente y después le recomendó que guardara bien el papelito lo volviera a leer después de 10 años... cuando fuera periodista. En todo caso la propuesta de aquel muchacho nadie la defendió. Ya como diario establecido, se requería tener un local más adecuado a las necesidades inherentes a nuestro trabajo y por ello nos mudamos a unas oficinas nuevas y espaciosas en Alameda con Manuel Rodríguez donde ocupamos los pisos tercero, cuarto e incluso la terraza. La empresa sueca de telefonía Ericsson ocupaba los dos primeros pisos y fueron quienes nos instalaron una central telefónica conectada a todas las secciones. Había también una línea directa con la Presidencia de la República a la cual llamábamos jocosamente “el teléfono rojo.” Así es que desde ese momento tuvimos casa nueva y pantalones largos.

Trabajo y tiempo libre Mi hermana Mirtha y mi madre habían decidido volver a la casa de calle Industria ya antes de las elecciones. De esa forma, en mis días libres tenía mayores facilidades para compartir con mis amigos y además Sergio del Valle podía contar con el taller de mi padre para sus proyectos de alfarería y cerámica. Patricia Saavedra, una amiga que estaba terminando sus humanidades en el colegio de la Inmaculada Concepción, sentía la pintura 190


como su vocación y pensaba ingresar a la Escuela de Bellas Artes de la U. de Chile. En febrero del 71 me pidió que la acompañara a inscribirse en dicha escuela. Patricia era alta y atrayente, quizás un poco ingenua pero de una cordialidad adorable. Mientras paseábamos por el Parque Forestal le conté que mi amigo Palomo, el dibujante, contraería matrimonio y aprovechando la oportunidad, la invité a la boda que se celebraría ese fin de semana, lo que ella aceptó encantada. Acto seguido fuimos a una tienda de Providencia y compramos un bar de mimbre para llevar de regalo. El día de la boda nos dirigimos a la iglesia y como había tanta gente nos instalamos en una de las últimas filas. Zandra, luciendo un blanco vestido de novia, apareció del brazo de un tío que la acompañó hasta dejarla junto a su prometido para proceder a escuchar toda la verbosidad del cura que con un acento difícil de entender por el hecho de ser extranjero sumado a la disonancia de los parlantes, hizo que lo único que se escuchase fuera el clásico “si, acepto” de los novios. Patricia, contrariamente a la mayoría de los asistentes, seguía todo el ritual católico al pie de la letra: repetía las oraciones, se persignaba, decía amén y se hincaba como una fiel devota. La ceremonia concluyó con la habitual lluvia de arroz y el lanzamiento del ramo de flores a las solteras. Patricia me preguntó dónde sería la fiesta. –En la casa de ellos, le respondí. –¿Es que viven juntos? preguntó asombrada para luego exclamar –¡Pero ella se casó de blanco! –Eso es para la foto, le dije en forma irónica. Esto produjo en ella un impacto tan grande en el concepto que tenía del matrimonio dentro de sus creencias religiosas, que en la fiesta estuvo muda y muy malhumorada. La asistencia era numerosa y heterogénea; parientes, amigos, gente de los medios de comunicación, exiliados principalmente de Brasil y Uruguay, mientras que un fotógrafo de origen nipón que se había ofrecido para ello tomaba fotos a todos y todo como un simple turista japonés. Patricia sin recuperarse de su conmoción me manifestó su deseo de irse, así es que llamamos un taxi y nos fuimos hasta su casa donde su padre la esperaba en la puerta de calle. Mas tarde por una amiga común me enteré que su padre le había pedido información sobre quién era yo y ella le dijo que yo era el diagramador y responsable de la portada de Puro Chile. Al día 191


siguiente éste compró el diario y se lo mostró a Patricia; en uno de los títulos de portada se leía: “A POTO PELADO PILLARON UNOS HIPPIES EN MELIPILLA”. Patricia ingresó a la escuela de Bellas Artes donde dejó muy atrás sus 12 años de formación en el colegio de monjas y rompió con su familia para emigrar a Isla de Pascua e incorporarse al estilo de vida de Rapa Nui. De la boda de Palomo y Zandra no hay ninguna foto ya que el fotógrafo tan diligente en su tarea resultó ser un agente de la policía política de Brasil, país que se encontraba bajo una brutal dictadura militar desde 1964 y por tanto el resultado de su trabajo solamente ingresó a la lista de control de exiliados políticos residentes en Chile y chilenos comprometidos con el gobierno de Allende. El trabajo en el diario en sus nuevas instalaciones, mucho más espaciosas y una mejor organización de trabajo, me permitía más tiempo libre para el esparcimiento. Uno de los lugares más frecuentados era la tanguería “Cambalache” en calle San Diego donde muchas veces fui con Marilú y/o Malva Tirado para escuchar y bailar al compás de la voz de Ernesto Agüero acompañado por el bandoneonísta Héctor Presas “Cachito”: dos artistas argentinos que después de haber recorrido el mundo cada uno por su cuenta, anclaron en Santiago de Chile para encontrarse y dedicarse al tango no lejos del “Carillón de La Merced”: Yo no sé por qué extraña razón te encontré, Carillón de Santiago que está en la Merced, con tu voz inmutable, la voz de mí andar, de viajero incurable que quiere olvidar. Con las hermanas Tirado mantenía una larga amistad, desde cuando vivían en la parcela en Rinconada de Chena. Sus padres habían falle192


cido y entonces las condiciones económicas habían cambiado fundamentalmente para ellas, viéndose obligadas a vender la parcela. Malva debió ejercer el oficio de taxista cuando aún causaba asombro ver una “mujer al volante”. Vivía con sus hijos Andrea, Claudia y el Mela en aquella casa de Gran Avenida que yo había conocido y que su dueño les permitía usar aunque su edificación estaba inconclusa, solamente bajo la condición de cuidarla. Hasta allí solía llegar Alejandro Rodríguez, “el Jano”, un amigo de Malva, un personaje que todo lo tomaba a la chacota y que vivía con sus padres en un chalet en una población de la Caja de Empleados Particulares. Un día, estando Malva de cumpleaños llegué a su casa con un pollo asado y luego nos fuimos con las niñas a comprar dejando a Jano al cuidando de la casa y del Mela, que entonces era un bebé. Al volver nos encontramos con la sorpresa que del pollo, solo quedaban unos cuantos huesos pelados. Malva lo tomó a la risa y como una velada explicación a esa conducta devoradora de pollos asados, me preguntó si yo podía conseguir algún trabajo para Jano. No me fue difícil incorporarlo como uno de mis ayudantes en la diagramación del Puro Chile. Mis otros colaboradores en diagramación y gráfica eran Lucy Droguett y Patricio de la O a quien conocía junto con su hermano Arturo desde mis tiempos de estudiante de arte. A Malva por su parte, la contacté con mi amiga Nani Barret, una de las coordinadoras de la “Operación Saltamontes”, un programa de Educación Popular de la Oficina de Desarrollo Social. Y así fue como Malva pudo ir a trabajar a la región de Valdivia. En una ocasión Jano invitó a toda la redacción del "Puro Chile" a comer a su casa. El living comedor contaba con muebles estilo Luis XV, pero aquél día el refrigerador y la despensa estaban vacíos. Por mi experiencia del pollo asado, pensé que estos siempre habían estado vacíos. Y así fue que para la famosa comida tuvimos que salir a comprar... hasta la sal. El suplemento dominical incluía siempre una entrevista a algún personaje de actualidad y para ello se invitaba al entrevistado a comer a un restaurante. El primer domingo de marzo del año 71 se publicó una entrevista a Pedro Vuscovic, Ministro de Economía 193


del gobierno de la Unidad Popular. Para esa ocasión y como en la mayoría de las veces, se eligió el casino del Club Deportivo Unión Española pues contaba con un salón apropiado para nuestro objetivo. A aquella reunión-entrevista asistieron José Gómez López, Camilo Taufic, Eugenio Lira Massi, Carlos Ossa, Fernando Rivas Sánchez, Domingo Politi y yo. El ministro Vuscovic mostró desde un comienzo su desinterés por hablar de sí mismo en claro contraste con sus explícitas exposiciones de complicadas madejas económicas. A pesar de eso, pudimos conocer sus inicios como “micrero” llevando veraneantes desde Santiago a Cartagena en un bus de su propiedad. Luego y durante veinte años ejerció su profesión de economista en la CEPAL hasta que un buen día y a pedido del Presidente Allende aceptó el cargo de ministro de economía con un sueldo de seis mil escudos al mes. –Lo principal de mi gestión, señalaba esa noche el ministro, es que mediante las llamadas medidas tecnológicas de la economía, logremos acercar en parte esos extremos que distancian económicamente a los chilenos. Toda gestión carece de sentido si no apunta a combatir ese histórico desnivel que se arrastra desde los orígenes del Estado de Chile, apuntó el ministro en reiteradas ocasiones. La charla, muy amena y donde se habló de todo, la dio por terminada el propio ministro cuando al borde de las dos de la madrugada se retiró explicando que tenía una importante reunión a las 08.00 horas y que lamentaba no poder quedarse para la entrevista. Después de despedirnos de nuestro invitado, nos miramos pensando que el ministro esperaba una entrevista formal de preguntas y respuestas sin imaginarse la capacidad de nuestros maestros de la redacción. Estos lograron extraer tanto material que yo pude llenar 6 páginas con lo que habíamos conversado mientras paladeábamos la exquisita paella con mariscos chilenos. Otra parte importante del diario era la recepción que tenía varias tareas de peso como: registrar y ayudar a las visitas en sus objetivos por una parte, por otra constituía la mensajería que distribuía el correo, además llevaba las páginas diagramadas con sus textos, fotos y 194


clichés para la imprenta. También allí llegaban las llamadas telefónicas que luego se conectaban con las diferentes secciones. Los jóvenes que trabajaban en esta sección, eran generalmente militantes de las Juventudes Comunistas y en una ocasión apareció por allí Gladys Marín, Secretaria General de dicha organización que venía a conversar con Pepe Gómez y el muchacho que vestía con la camisa amaranto de la jota le preguntó –¿De parte de quién?– Cuando falleció el ex dirigente soviético Nikita Kruschev, le pedí a un muchacho que fuera al archivo a buscar una foto del difunto y como tardaba tanto fui a ver que pasaba: el muchacho, envuelto en un enredo de fotos de bailarinas frívolas me respondió que no podía encontrar a Nikita. El mes de abril del año 71 nos proporcionó muchas satisfacciones. En las elecciones municipales los partidos que formaban el gobierno alcanzaron el 51% de los sufragios lo que demostraba un fortalecimiento del Programa de la Unidad Popular.

Primer Aniversario Puro Chile celebraría su primer aniversario alcanzando un tiraje de más de 100 mil ejemplares con la edición del 7 de abril de 60 páginas en lugar de las 24 que se editaban en días hábiles. Los días anteriores habíamos trabajado más de lo acostumbrado, sobre todo en nuestra sección, donde tuvimos que editar la historia del diario, presentar a toda la redacción y publicar las numerosas cartas de saludos de los lectores, personalidades y organizaciones además de todos los avisos de partidos, sindicatos y empresas. Durante aquél día recibimos muchas visitas de las cuales la más importante fue la de Salvador Allende, programada para las 18 horas pero que llegó después de las 22. Al momento del arribo del compañero presidente, los allí presentes que repletaban la redacción propusieron hacer un brindis con champaña pero el presidente prefirió vino tinto. José Gómez entregó el saludo garantizando al presidente que podía confiar en nuestro trabajo tal como nosotros confiábamos en él como gobernante. Allende retribuyó el saludo reconociendo el rol que el diario había 195


desempeñado durante la campaña agregando que no dudaba que ahora estando en el gobierno seguiríamos siendo un bastión importante. La comida de aniversario se realizó bajo el parrón de un restaurante de Santiago donde nos reunimos toda la plantilla del "Puro Chile" y de la empresa Horizonte encabezada por su gerente Luis Barría. Eugenio Lira Massi con su estilo sarcástico contó como se había formado nuestro diario. Comenzó relatando que él y José Gómez López fueron citados por los dirigentes del Partido Comunista para ofrecerles la dirección del nuevo diario, que pensaban era necesario para la campaña presidencial. Eugenio Lira, continuando con la descripción de los hechos, dijo que les había expresado estar de acuerdo sobre la proposición, pero que quizás el único impedimento era que ellos cobraban en dólares y como lo tomaron muy en serio, éste, que había disfrutado viendo los nervios que a ojos vistas estaban padeciendo, finalmente les dijo que era solo una broma. Entonces el encargado de finanzas del PC se echó a reír lo que llevó a Lira Massi a asegurar que esa había sido la primera vez que había visto a un comunista reírse en una reunión. La cena fue de mucha alegría y camaradería pero no duró toda la noche ya que el día siguiente era un día más de trabajo. La popularidad de "Puro Chile" crecía y aumentaban los colaboradores. Muchos de ellos participaban desde los inicios; tales eran los casos de César Godoy Urrutia, diputado y dirigente del profesorado por varias décadas, Fernando Rivas Sánchez, escritor y columnista, su esposa Elizabeth Reimann Weigert que traducía notas curiosas de revistas alemanas, Ángel Castro “Arcángel” que escribía crónicas humorísticas que yo ilustraba. Palomo, por su parte aportó ad honórem su tira “Las tres Marías”, tres viejitas de población que en cada tirada y durante más de un año comentaron en forma de chismes, el acontecer nacional. A las pocas semanas de haber salido a la calle y por iniciativa de Chechi Gómez, hija de Pepe, se publicó diariamente la conocida historieta “Mafalda,” copiándola de los libros publicados. Quino, su autor, que viajó a Chile con planes de radicarse en Santiago, fue a la redacción de "Puro Chile" para conversar las condiciones de la publicación. Luego de un par de encuentros privados con José Gómez y 196


Eugenio Lira, el argentino quedó tan entusiasmado con el proyecto "Puro Chile" que entregó al diario los derechos de publicación. También desde los inicios pero de vez en cuando, aparecía por la redacción una colorina de unos cuarenta años; mujer alta y maciza, de voz muy ronca a quien algunos llamaban la “loca Stella”. Acostumbraba a sentarse fumando frente a alguna máquina de escribir que estuviese libre y luego entregaba sus escritos a Guillermo Ravest, casi la única persona con quien conversaba. Pasó casi un año sin que yo supiera quien era esa misteriosa mujer, hasta que una fresca noche de otoño se me acercó diciéndome: –Invítame a comer, tengo hambre y no tengo dinero. Esa noche la acompañaba una amiga pero ella, sin ignorarla hablaba en primera persona. Yo tampoco tenía dinero así es que fuimos a un restaurante de la calle Londres donde me conocían y tenía “crédito.” Después de una cena bien regada, despidió a su amiga y luego nos fuimos a una discoteca donde ella hizo todos los pedidos de tragos. Cuando pidió la cuenta armó tal escándalo alegando que aquello era un robo y que no pensaba pagar nada. El pobre mozo asustado de tanto alboroto, sólo se atrevió a pedir que nos fuéramos. Luego en un taxi colectivo me llevó a su casa en La Villa Olímpica y así comenzó una corta pero intensa relación con aquella colorina cuyo nombre era Stella Díaz Varín, reconocida poetisa que, venida en sus años mozos desde La Serena, en las décadas de los cuarenta y cincuenta había conquistado el corazón de la bohemia intelectual capitalina. Stella era buena para los puñetazos sobre todo cuando alguien se pasaba de los límites. A veces nos encontrábamos para tomar una copa, pero los encuentros en su casa eran más agradables y cordiales. Rápidamente me confesó que desde un tiempo le había expresado su interés por mí a Chino Ravest. Cuando ella me contó que había sido amiga de Nicanor Parra le dije que un amigo me había asegurado que Nicanor le había plagiado el nombre Artefactos Poéticos. Stella me confirmó que era muy posible, pues Parra siempre anotaba en su libreta, dichos o ideas ajenas. Una vez cuando ella lo invitó donde su madre a La Serena, Nicanor le hizo el comentario que ella también tenía pecas en su rostro. A aquella observación la madre de Stella respondió 197


diciendo que “todas las colorinas tienen pecas”. Y ese fue el nombre que Nicanor Parra le dio a su conocida pieza de teatro. La vida de Stella había sido muy agitada y consideraba que nuestra relación era muy simple. –¿Quieres complicarla? Le pregunté y ella lanzó una gran carcajada. No recuerdo cuanto duró esa apasionada relación cuyo término fue muy simple...nunca más nos vimos. Estando en Suecia recibí la noticia de su fallecimiento en Santiago el 2006.

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Comienza la desestabilización

a aparente estabilidad del gobierno empezaba a ser afectada por un aumento de las actividades en su contra y la derecha a pesar de ejercer el control sobre los medios de comunicación de mayor envergadura, fundó además el diario Tribuna con el objetivo de desestabilizar y desacreditar al gobierno y sobre todo al Presidente usando un lenguaje chabacano e insolente. El Departamento de Estado norteamericano no ocultaba su preocupación por la popularidad del gobierno y en sus intentos de derrocar a Allende aumentó su intervención apoyando partidos y grupos con el fin de dar una visión de ingobernabilidad en el país. El 5 de junio de 1971 el grupo ultra izquierdista VOP (Vanguardia Organizada del Pueblo), asesina a Edmundo Pérez Zujovic quien había sido Ministro del Interior del ex gobernante Eduardo Frei Montalva. El asesinado ministro había dado orden de desalojar por la fuerza a unos pobladores en la sureña ciudad de Puerto Montt en marzo de 1969 dejando un saldo de 11 muertos. Los hechores fueron detenidos por funcionarios de la policía civil y en el momento de ser ingresados al cuartel policial para ser interrogados, hizo su aparición un destacamento de militares que estaban subordinados al entonces jefe de la plaza Augusto Pinochet Ugarte. El mencionado militar dio la orden de acribillar a los detenidos. Abdala Hasbún que había llegado al lugar para tomar fotos de la llegada de éstos, se encontró de pronto tomando secuencias fotográficas en medio de una inesperada balacera. Pero al ser increpado por un detective que con violencia, pretendió apoderarse de su instrumento de trabajo, no tuvo otra alternativa que velar el rollo para salvar su cámara. 198


El asesinato de Pérez Zujovic crea un distanciamiento de la DC con la UP y su programa de gobierno. Todos estos acontecimientos, unidos terminaban siempre haciendo aún más difícil la gobernabilidad del país, existiendo dentro de los personeros del gobierno, arraigadas sospechas de que la VOP estaba infiltrada por la CIA. Otro aspecto común del Chile de aquellos días eran las manifestaciones masivas tanto de los adeptos al gobierno como también de los opositores a éste. Muchas de aquellas marchas pasaban frente a nuestra redacción y veíamos el entusiasmo de unas y el odio de las otras. Cerca de las 11 de la noche del 8 de julio me dirigía a cumplir mi turno en el Suplemento Dominical en un microbús desde San Bernardo, cuando al llegar a Santiago, vimos que la ciudad estaba a oscuras con mucha gente apostada en las veredas a pesar del frío del invierno. Esto nos reveló que mientras ignorantes de todo viajábamos en el bus, un terremoto había afectado a nuestro país. Al llegar a la imprenta los trabajadores estaban en espera de que los técnicos ajustaran las prensas que habían sido afectadas por el sismo. Mientras Pepe, que se encontraba en la redacción, en cuanto pudo se comunicó conmigo, me informó que se harían cambios en la última edición para así cubrir en la forma más extensa posible los efectos del terremoto que en la zona central registró grado 7,75 en la escala de Richter. En esas circunstancias, la misión de esa noche fue hacer los cambios en la misma imprenta. Semanas después ocurrió lo insólito, lo increíble que faltaba: sobre la capital y sus alrededores cayó una tremenda nevazón al más puro estilo nórdico, sin embargo lo bello del fenómeno duró solo los primeros momentos, pues los resultados de la tormenta de nieve fueron catastróficos para la población que agregados a los aguaceros caídos posteriormente convirtieron el ya dramático cuadro, en un suceso desgraciado que para la mayoría adquirió ribetes realmente trágicos. En un paradero de buses alguien comentaba: –¡Qué país es este! Terremotos, nevazones, lluvias torrenciales... Tras un breve silencio, otro agregó; –Y cuando sale el sol... Marchamos! Los acontecimientos en la sociedad chilena hacían que la actividad en la redacción fuera cada vez más intensa. De Buenos Aires llegó 199


como cronista y reportero Alberto González Toro, quien al poco tiempo y por su condición de jurado del “Huevo de Oro”, debía tener una chapa (seudónimo). En respuesta a la pregunta sobre cual era el insulto personal más grande en el país vecino, Alberto respondió al instante; “Chanta”... y así fue bautizado como “Chanta”.

E

Nora

l “Ramona”, apodo que recibió Jano por venir de las brigadas Ramona Parra, había adquirido una costumbre muy singular: llegaba justo al mediodía y directamente al comedor. Le pedí que se exigiera un poco y llegara a las 11, algo que según él, no podía garantizar pues aquello lo obligaba a comprarse un reloj despertador y eso le significaba un gasto extra que no encajaba en su presupuesto. Un día me contó que había invitado a su polola a comer y me pidió que lo acompañase ya que también había invitado a una prima suya. Era obvio que su interés era un respaldo económico, de modo que una noche salimos los cuatro a comer una parrillada en la calle San Diego para terminar en la tanguearía Cambalache. Jano reía y no paraba de hablar mientras que Patricia, su polola, solo atinaba a mirarlo en silencio. Por su parte la prima, que además era tía de Patricia, se mostraba un poco triste y melancólica. Era delgada, de algunos años mayor que yo, vestía sobriamente y hacía un año que había perdido a su marido a causa de una bronco neumopatía. Bailamos unos tangos casi sin comentarios ni miradas, solo más tarde al dejarla en la puerta de su casa en Gran Avenida la besé en la mejilla lo que produjo una leve reacción de alegría en su rostro. Al momento de despedirnos le pregunté si volveríamos a vernos, ella respondió que sí. Así fue como conocí a Nora Mardones, sin dramaturgias rosadas ni promesas que acaban al morir la noche, simplemente en el corazón de Santiago y entre pasos de tango como un pronóstico de las próximas estaciones que nuestro itinerario terrenal nos depararía. Desde aquella velada en Cambalache y hasta el momento de escribir estas líneas, han transcurrido casi 40 años junto a Nora. Cuatro décadas que coinciden con el período histórico más acelerado de la existencia de nuestra Patria. Tiempo preñado de utopías y decadencias, de alas libertarias y de celdas carcelarias, de traiciones y de 200


exilios. Sin embargo unidas nuestras vidas en ese salvaje navegar, hemos logrado resistir los embates que muchos, y lo digo con pesar, no pudieron superar. Nora trabajaba de telefonista y vivía con sus dos hijas: María Eugenia y Marcia Lorena de 9 y 7 años respectivamente, en una deteriorada propiedad de más de 1500 m² ubicada en el paradero 40 de la Gran Avenida. Lo que había sido una frondosa casa quinta, aún mostraba algunas señales de un tiempo de grandeza. A las pocas semanas Nora me llevó a su casa para conocer a su familia, en el seno de la cual me aceptaron, algunos de inmediato, otros no tanto. El 14 de agosto su hija Marcia cumplió 8 años y aún recuerda lo que entonces le llevé de regalo: “Una muñeca con cara de porcelana que lucía sombrero, un vestido verde claro largo de época y debajo de éste en lugar de piernas tenía una horma de zapato y en vez de pies una caja con chocolates o caramelos.” La dueña de casa era doña María Araya, madre de Nora. María había dado a luz a 21 hijos de los cuales solo 10 sobrevivieron. Cuatro de ellos vivían allí con sus respectivas familias, siendo la de Raúl la más numerosa que entonces tenía ya más de 10 hijos. A don Carlos, el padre de Nora, no lo conocí en vida. Había sido suboficial mayor de la Fuerza Aérea donde era radiotelegrafista siendo una persona muy respetada en el barrio por su disposición para ayudar a los vecinos tanto personalmente, como actuando en calidad de intermediario a fin de que los reclamos de éstos fueran atendidos por las autoridades locales. En su casa se había instalado el primer teléfono y por mucho tiempo había sido el único del sector. Al llegar el momento de la jubilación, decepcionado y humillado por la miserable pensión que le tocó recibir, comenzó poco a poco a ahogar su frustración en el vino y ya nunca más fue el personaje altivo, dinámico y jovial que lo llevó a ser tan querido y respetado por el vecindario. Su estatus de autoridad se fue deteriorando incluso ante su familia y para contrarrestar ese efecto fue creando reglas absurdas como la prohibición de atender el teléfono después de las nueve de la noche. En una ocasión camino a su casa y en evidente estado de ebriedad, Carabineros lo llevó detenido. En la comisaría quiso aludir a su reconocida “buena estrella” de vecino ilustre, para que lo llevaran 201


a su casa. Los carabineros no confiaron en sus palabras y al llamar por teléfono a su casa, nadie contestó ya que doña María recordó que su marido había dado la orden de no responder. Así fue que don Carlos, víctima de sus propias reglas, debió pasar la noche en una celda piojosa y putrefacta de orines viejos. Para entretenerse y acortar sus días abrió una peluquería a la cual no venían clientes; entonces él, cual guerrero de tiempos de paz, sin claudicar se paraba en la puerta para invitar a los chiquillos de pelo largo para atenderlos gratis. Y así fue conocida la “Peluquería Mardones donde cortan el pelo a mordiscones”. Me contaron que a pesar de sus decadencias al final de sus días, a su última morada lo acompañaron seres salidos de todos los sectores sociales y su cortejo tuvo la majestuosidad que no han gozado algunos dignatarios. Don Carlos fue despedido con los correspondientes honores militares, pero también con rango de autoridad, de esa que emana naturalmente de aquellos seres dignos de su gente.

E

Dignidad nacional

n el mes de julio de 1971, Chile ganó, lo que me atrevo a llamar, la más grande de las batallas de su historia republicana: el día miércoles 11, el Congreso Pleno aprobó por unanimidad la ley de nacionalización de la gran minería del cobre. Este hecho histórico que pasó a ser mencionado como “El Día de la Dignidad Nacional”, abrió profundas y dolorosas heridas en los intereses económicos de las transnacionales norteamericanas. Tras ese acontecimiento Chile vivía una calma preocupante y sigilosa la cual se vio interrumpida cuando “el gran capital” al otro lado de Los Andes lanza su primer contragolpe. En Bolivia el 21 de agosto, el golpista Hugo Banzer, apoyado por la oligarquía y fuerzas de la derecha, derroca al gobierno del general Juan José Torres que había dirigido un gobierno popular con campesinos, obreros, estudiantes y militares progresistas. El presidente y muchos de sus partidarios se vieron obligados a marchar al exilio. El mandatario se asiló en Perú, luego en Chile y finalmente en Argentina donde en 1976 fue asesinado por los paramilitares de la Alianza Anticomunista Argentina (AAA), conocida como Triple A 202


Dos refugiados y ex funcionarios de gobierno del derrocado presidente llegaron a trabajar a nuestro diario: Jorge Suárez, escritor y periodista que había cumplido funciones de Embajador en Argentina y Mario Rueda, periodista que había ejercido como Ministro de Informaciones del gobierno de Juan José Torres. En Puro Chile, Suárez se desempeñó como columnista mientras que Rueda lo hizo como reportero policial. Debido a mi función de diagramador me fue fácil tomar contacto con estos nuevos colaboradores que tenían tantas cosas que contar cuando Chile era “el asilo contra la opresión”. A veces llegaba Ciro Bustos de visita a la redacción. Ciro, conocido artista plástico había sido compañero de armas de Ernesto Che Guevara en Bolivia y adquirió mayor celebridad cuando junto con Régis Debray, el periodista e intelectual francés, fueron detenidos por fuerzas especiales abocadas a la persecución de éste. Detrás de la aparente calma, la derecha no dormía y en complicidad con el sector oficialista de la Democracia Cristiana, comenzaron a provocar el desabastecimiento de artículos de primera necesidad con el fin de crear un descontento organizado que se inició entre las mujeres del barrio alto quienes, en forma esporádica, hacían sonar cacerolas vacías por las noches como una forma de protestar por la escasez de alimentos en el comercio. El 10 de noviembre llegó a Chile el líder cubano Fidel Castro quien durante 22 días visitó toda nuestra larga y angosta franja de tierra. Raúl Pizarro y Abdala Hasbún fueron los enviados especiales de "Puro Chile" para cubrir la gira de Fidel. Los despachos informativos de Pizarro los recibíamos por teléfono o bien por los teletipos de Prensa Latina, mientras que Hasbún nos enviaba sus rollos fotográficos por avión. El diario Tribuna aprovechó esta visita para difamar en forma insolente al visitante con el nefasto objetivo de incitar el odio contra el gobierno y fue así como el 1° de diciembre los comandos femeninos de la oposición organizan una gran marcha golpeando ollas vacías produciendo un ruido infernal profiriendo gritos injuriosos y clamando por la caída de Allende. Las elegantes damas iban escoltadas por militantes de Patria y Libertad con camisas azules, cascos y armas 203


ligeras provocando violentos choques con Carabineros y partidarios del gobierno que se vio obligado a declarar el Estado de Emergencia y toque de queda. En medio de esta batahola Jano y Patricia contrajeron matrimonio celebrado con una fiesta en la casa de Gran Avenida con asistencia de toda la redacción de "Puro Chile" quienes nos comprometimos a llevar la carne para un asado. El encargado de comprarla fue Patricio de la O que tenía una citroneta. Yo era uno de los anfitriones ya que prácticamente estaba viviendo allí y esperaba que de la O me llamara para preparar la parrilla. Faltaba poco para que empezaran a llegar los invitados cuando llamó para decir que le había costado mucho encontrar una carnicería con carne pero ahora estaba en una en que le ofrecían cualquier cantidad de carne de cerdo. Patricio compró dos mitades, una de las cuales, que estaba adobada con salsa de ají, llegó podrida. Así es que rápidamente se realizó una movilización de recolección de carne entre los vecinos para salvar la comida en una pequeña batalla contra el desabastecimiento que amenazaba con agotar la paciencia del ciudadano común. Con respecto al toque de queda, eso no fue un problema, pues la fiesta se adecuó a éste y nadie pudo retirarse antes de las 6 de la madrugada.

Don Luis Mardones El matrimonio de Jano con Patricia unía dos de las muchas ramas en disputa de los Mardones, una parentela de diversas familias que provenían de un tronco común representado por Luis Mardones, un opulento hacendado de Catemu de finales de 1800. Este personaje sumamente mujeriego, haciendo uso del poder que en esa época le confería su fortuna tuvo varias esposas con las que contrajo matrimonios ficticios en la Iglesia, contando con la cooperación de los curas quienes tal vez estaban en calidad de subordinados con respecto a él. Una de ellas fue doña Julia Ramírez con quien vivió y tuvo varios hijos siendo uno de ellos Carlos Mardones cuyo hijo Raúl, era el padre de Patricia. Por aquel entonces llegó a la hacienda de Luis Mardones, Juana, una muchacha joven que estaba encargada de todos los trabajos de costura tanto para vestir a la familia como para decorar la casa 204


patronal. Don Luis atraído por la belleza y juventud de esa menor de sólo 16 años la conquistó y la dejó embarazada. Pero la cosa no terminó allí ya que el padre de la menor, un señor apellidado Marquez de la Plata intervino y lo obligó a contraer un matrimonio no ficticio con su hija ante la ley y ante Dios. Además le impuso el compromiso de vivir como pareja por el resto de sus días, del cual resultaron siete hijos siendo uno de ellos Alicia Mardones Marquéz de la Plata, madre de Jano. Cuentan que Luis Mardones Luis Mardones el hacendado realizó ocho viajes a Europa y en el último enamoró a una francesa que tenía una elegante tienda de sombreros en París. Después de convencerla para ir a vivir con él en Chile, volvieron juntos al país, pero al poco tiempo ella se enteró de que su enamorado era casado y regresó rápidamente a la Ville Lumiere.

Portada improvisada para una derrota El 16 de enero de 1972 se realizaron dos elecciones complementarias. En las provincias de O'Higgins y Colchagua se elegía un senador por fallecimiento del demócrata cristiano José Isla y en Linares había que llenar la vacante dejada por el diputado nacional Carlos Avendaño al abandonar su cargo huyendo del país. En ambas elecciones disputaban dos candidatos; uno por la Unidad Popular y otro por la oposición agrupada en la Confederación por la Democracia, la llamada Code. 205


Para Senador la UP llevaba a Sergio Gutiérrez, y el Code a Rafael Moreno. Para diputado la UP llevaba a María Eliana Meri de la Izquierda Cristiana y el Code a Sergio Diez del Partido Nacional. En "Puro Chile" confiábamos en las informaciones de la UP que aseguraban un triunfo rotundo del gobierno en las dos contiendas. Por cierto un pronóstico triunfalista que nos motivó a preparar la portada con victoriosas fotos de nuestros candidatos. Pero ya antes del cierre de las votaciones, nuestros corresponsales comenzaron a expresar los temores de una derrota que fue siendo confirmada con los primeros cómputos. En la imprenta tuvieron que detener el trabajo de impresión incluyendo la portada y todos quedaron en espera de nuevas órdenes. Entretanto en la redacción, los representantes de las secciones pertinentes, fuimos llamados para encontrarle una salida adecuada a la situación. –Pongan el informe del tiempo –dijo Juan Ostoic que era el responsable del puzzle. Y así fue como el lunes 17 aparecimos con una portada más o menos así:

EL TIEMPO 30° en Santiago con nubarrones. Chubascos en las zonas de O'Higgins, Colchagua y Linares.

Esta portada fue elogiada en todos los medios ya que enfrentábamos una derrota con humor muy a la chilena. Durante su existencia, "Puro Chile" tuvo varios aciertos periodísticos: uno de ellos, cuando fue clausurado por los tribunales de justicia atendiendo una querella por injurias de parte del Senador del Partido Nacional Francisco Bulnes Sanfuentes que había sido “galardonado” con El Huevo de Oro. Acatada la orden, se registró un nuevo diario con el nombre de “Dulce Patria” cuya presentación gráfica sería casi igual a la del clausurado. El Enano Maldito saldría con antifaz, las fotos de los columnistas serían reemplazadas por siluetas en negro y con nombres cambiados. El titular de portada en la edición inaugural fue el siguiente: 206


PURO CHILE NO SALE HOY

Aquél titular se completó con un párrafo que detallaba la información de la clausura. Para el cargo de director responsable, Pepe Gómez y Paco Lira pensaron en Raúl Pizarro o en mí, pero ambos carecíamos de cédula de identidad. Pepe, comentando que seguramente las habíamos dejado olvidadas en alguna chichería, nombró a Hugo Gómez como director responsable. Al día siguiente me acerqué a un quiosco de diarios para comprar el "Puro Chile" y el vendedor sin más explicaciones que una maliciosa sonrisa, puso en mis manos el “Dulce Patria”. Francisco Bulnes se vuelve a querellar, ahora contra el “Dulce Patria” argumentando que “somos los mismos”. Entonces en la redacción decidimos registrar un nuevo diario: “Puras Brisas”, el cual nunca vio la luz del día pues nuestro abogado ganó en la Corte de Apelaciones el juicio que recaía sobre Puro Chile. Después de tres días de clausura, salíamos nuevamente a las calles absueltos de toda culpa. A la semana siguiente de las elecciones complementarias del 72 se dejaron sentir algunos movimientos sísmicos cuyos epicentros se ubicaban en la coalición de gobierno. El hecho de haber recibido informaciones que no estaban de acuerdo a la realidad política del momento y que nos habían inducido a sustentar falsas expectativas sobre el resultado, demostraba que se habían ocultado problemas en la Unidad Popular y éstos salieron a relucir en los días siguientes a los comicios. El PC y el PS tenían diferentes opiniones sobre la forma de llevar adelante el programa de gobierno, mientras que el MIR lo calificaba de reformista. Por otra parte la oposición avanzaba en sus objetivos de desestabilizar el proceso con sus diversos boicots especialmente el desabastecimiento, provocando así la extensión del mercado negro a casi todos los sectores. Para contrarrestar este efecto de debilitamiento, el gobierno crea las Juntas de Abastecimientos y Precios ( JAP), 207


tomando además la decisión de integrar a militares de confianza en diversos gabinetes ministeriales. Otro hecho digno de referencia sobre los acontecimientos que sucedían en el diario estuvo relacionado con los modernos muebles que lucían las nuevas oficinas. Éstos habían sido adquiridos en “Muebles Díaz”, una de las primeras fábricas de muebles en serie en Sudamérica, cuyo dueño era un empresario progresista simpatizante del gobierno y que exportaba sus productos a Cuba. La fábrica, que contaba con 12 maestros, fue expropiada por resolución del MIR, lo que llevó a su dueño a pedir al diario una entrevista para denunciar los hechos. Al presentarse junto a su socio a la portería, el portero de turno anunció; –¡Llegaron los compañeros de Muebles Díaz! A lo que el jefe de crónica respondió; ¡Nosotros estamos esperando al dueño! Paradojalmente, las terminologías iban en el mismo desacuerdo que las ideologías que las sostenían.

Y

La boda

a antes del casamiento de Patricia con Jano, Nora y yo habíamos empezado una vida en común como familia. Los fines de semana nos íbamos de paseo a la costa o al campo y en febrero cuando Nora tuvo dos semanas de vacaciones nos fuimos a Valdivia a la casa de mi hermana Carmen y su marido Lucho, ahí disfrutamos conjuntamente con los niños de mi hermana y las niñas de Nora. Al regreso nos fuimos a vivir a la casa de calle Industria donde Quena y Marcia ingresaron a la Escuela N° 4 frente a la Maestranza y tuvieron de maestro en Artes Plásticas a mi buen amigo Gabriel Romero. Un domingo organizamos una fiesta bajo el viejo parrón a la cual asistió entre otros de Puro Chile, el escritor boliviano Jorge Suárez con su esposa Martha y cuando presenté a Nora como mi señora, Martha preguntó ¿Y esas niñas? refiriéndose a María Eugenia y Marcia Lorena –Me casé con una familia –le respondí, a lo que Suárez comentó más tarde: Le haz dado una lección a mi mujer, te aseguro que nunca más va a preguntar huevadas en Chile... Por razones prácticas Nora dejó su trabajo de telefonista y se dedicó a las labores hogareñas lo que le acarreó la pérdida de la asignación 208


familiar y la manera de recuperarla era casándonos. Así fue como, una mañana de mayo decidimos ir al Registro Civil llevando como “testigos” a mi madre y a la pequeña Marcia entonces de escasos ocho añitos de vida. En las oficinas de San Bernardo no pudieron atendernos, así es que fue en La Cisterna donde se realizó nuestro sencillo y emotivo trámite nupcial donde las obligatorias argollas brillaron y hasta estos días, aún siguen brillando...por su ausencia. Por la tarde, como si nada especial hubiese sucedido, nos reunimos algunos familiares y amigos en casa de Marta, hermana de Nora quien vivía con Abdala Hasbún. Allí mostramos con orgullo la recién adquirida Libreta de Familia lo que dio motivo suficiente para abrir unos tarros de sardinas y unas botellas de vino que dieron la magia, el sabor y la alegría en el ambiente de una improvisada e inolvidable fiesta de bodas. De allí en adelante Quena y Marcia, las hijas de Nora comenzaron a llamarme papá y desde entonces he tratado de atrapar en mi memoria ese hecho tan simple pero de un significado tan bello y enorme y depositarlo en alguna de estas páginas a modo de homenaje a tanta ternura y amor que de ellas he recibido. Pero recordar los detalles de sus comienzos me resultó difuso, una ligera neblina de casi cuatro décadas ha venido a cubrir parte del jardín de mis recuerdos y fue la propia Marcia, hoy, a casi cuarenta años de aquello, quien debió recoger los pétalos evocadores y contarme: “Cuando ustedes se habían casado, nosotras le preguntamos a nuestra madre cómo deberíamos llamarle a usted. Ella nos respondió que le podíamos llamar por su nombre. Con la Queni conversamos con detención el asunto y después de discutirlo bien, decidimos que lo llamaríamos papá. Seguras de nuestra decisión fuimos a preguntarle a Nonita (nuestra madre) si le podíamos decir papá y ella nos dijo que eso teníamos que preguntárselo a usted. Entonces ella nos acompañó y le dijo que nosotros queríamos saber algo. Aquí no recuerdo si fue ella quien hizo la pregunta o bien una de nosotras. Lo concreto fue que usted se emocionó tanto que se le llenaron los ojos de lágrimas pues al parecer no esperaba de nosotras que lo fuéramos a llamar papá. 209


Después de un momento de silencio y con su voz entrecortada por la emoción, nos dijo con su acostumbrada tranquilidad, que le gustaría mucho que lo llamásemos así”.

Nace Laura Alejandra

Con el transcurso de los meses el embarazo de Nora se hizo notorio produciendo una gran alegría en mi madre, aunque al mismo tiempo no podía disimular el malestar causado por la costumbre de Nora de acompañarme a restaurantes y reuniones con amigos. El motivo, según ella misma confesó, era que tenía profundamente “enraizadas” las ideas de mi padre. A Marcia y Quena les habíamos dicho que íbamos a ser una familia con muchos hijos, cosa que asustaba terriblemente a Quena, pues la idea de salir a la calle con “una pandilla” de hermanitos le parecía alarmante. Era de noche cuando Nora sintió los síntomas del parto y nos fuimos en un taxi hasta el hospital de San Bernardo. La maleta que estaba preparada con pañales y ropa de bebé, fue recibida por personal de la maternidad quienes prohibieron mi entrada más allá de la sala de espera. Se me dijo que todo estaba bien y que volviera al día siguiente. En la mañana del 7 de octubre me comunicaron que Nora había dado a luz a una niña. Como tampoco podía verlas ya que en esos tiempos los hombres éramos considerados inútiles y quedábamos totalmente offside de ese importante acontecimiento, me fui al trabajo totalmente fuera de mí. ¡Es una niña! Me repetía convirtiendo en presente y futuro aquella escasa información recibida. Al día siguiente salió Nora con su paquetito envuelto en un chal blanco y al mostrármelo, vi una pequeña cabeza muy arrugada, de oscuro color zanahoria, con bastante pelo y sus puños bien apretados bajo la barbilla. Entonces yo, atrapado en un instante de emoción, lo único que atiné a decir fue: ¿Y este ratoncito? Cuando llegamos a casa sus hermanitas , mi madre y otros parientes estaban muy felices con la noticia 210


del nacimiento. ¿Cual es su nombre? preguntó alguien. ¡Buena pregunta! La verdad es que no nos atrevimos a elegirle nombre antes de su nacimiento pues no sabíamos si iba a ser niño o niña. Se llamará “Pincoya”, propuse jubiloso y agregué: –en honor a la princesa de los mares de Chiloé. Un noooo rotundo se escuchó en toda la casa y luego, al empezar a rememorar a los más viejos de la familia en la búsqueda de nombres, recordé a la abuelita Laura. El segundo nombre lo escogí mirando una lista en orden alfabético. De pronto encontramos que sonaba bien la combinación y así fue como Laura Alejandra Varas Mardones llegó a nuestras vidas.

A

Discrepancias en Puro Chile

l interior de "Puro Chile" comienzan a aparecer algunas señales de discrepancia en la conducción política del diario. Se había llegado a un acuerdo entre el PC y la dirección del diario de crear una empresa periodística en que el 50% seguía perteneciendo a Horizonte y el restante, a José Gómez, Eugenio Lira Massi y 5 periodistas fundadores. La nueva Empresa Periodística "Puro Chile" fue registrada y publicada en el Diario Oficial. El sindicato de empleados de "Puro Chile" empezó entonces a considerar como “patrones” a José Gómez y Eugenio Lira con fines claros de crear un divisionismo dentro del equipo de trabajo. Los cuestionados directores al enterarse de aquella trama contra la unidad, exigieron la renuncia por escrito de cada uno de los que trabajábamos en la redacción para decidir con quienes continuarían trabajando. Ninguno de los procedimientos me parecía correcto y me daba la impresión que, en forma encubierta, se había incrementado una falta de lealtad y confianza entre las personas que estábamos forjando este proyecto. Yo no renuncié por escrito pero sí de hecho y me fui a trabajar a “Las Noticias de Ultima Hora” como diagramador aceptando la oferta de Eduardo Soto Díaz que había sido nombrado jefe de informaciones. Este cargo lo ejercí solamente por algunos meses, volviendo posteriormente al "Puro Chile" . Como una obligación moral fui a casa de Pepe que estaba con Lira para hablarles sobre mi renuncia y la verdad es que parecía que 211


no se daban cuenta que detrás de todo había una maniobra de mayor envergadura. Días más tarde un grupo de trabajadores del diario, militantes de las Juventudes Comunistas armados de bastones y cadenas, se tomaron el edificio de "Puro Chile" con fines de expulsar a Gómez y a Lira. La toma era liderada por un hijo y un sobrino del “Viejo” Gómez. Ya avanzada la noche cuando ni Pepe ni Eugenio se daban por vencidos, intervino la dirección política del PC manteniendo la dirección y los acuerdos anteriores. “Las Noticias de Ultima Hora” había sido fundado en los años 50 y mostraba una clara tendencia de izquierda que gracias a su alto nivel periodístico fue un serio rival del vespertino “La Segunda” de la cadena de “El Mercurio”. Su director más destacado había sido José Tohá, dirigente del Partido Socialista quien poseía acciones en la sociedad periodística. Cuando el Presidente Allende lo nombró Ministro del Interior traspasó estos derechos a su Partido. El trabajo en el diario “Las Noticias de Ultima Hora” era distinto al de "Puro Chile" . Se trataba de un vespertino que cerraba su edición a las 13:00 horas, y cuyas jornadas laborales eran cuatro horas en la mañana y cuatro en la tarde. Antes del mediodía se trabajaban las páginas de mayor actualidad noticiosa incluyendo la portada. Después de las 16:00 horas se trabajaba la crónica con entrevistas y comentarios. Parte importante del diario eran las páginas de espectáculo y deportes, cuyos redactores las despachaban ellos mismos, a avanzadas horas de la noche. Cuando empecé a trabajar en el vespertino, se sentía en el ambiente como se agudizaban las contradicciones por falta de diálogo entre los integrantes de la Unidad Popular, además de que las acciones contra el gobierno eran cada vez más decididas.

E

El paro de octubre

l lunes 9 de octubre, los transportistas de las provincias de O'Higgins y Malleco afiliados a la Confederación de Dueños de Camiones, se declararon en paro gremial e indefinido que se fue 212


extendiendo a otros sectores y regiones. A estos se adhirieron los taxistas, comerciantes, médicos, estudiantes secundarios y otros, produciendo un clima de extrema tensión, obstruyendo la distribución de alimentos, aumentando el mercado negro y la inflación a niveles irracionales. El día 13 de ese mes, se produjo otro hecho impactante: la caída del avión de la Fuerza Aérea Uruguaya con el equipo de rugby en la Cordillera de los Andes al interior de San Fernando. De las 45 personas que allí viajaban, 16 sobrevivieron los 72 días posteriores al accidente hasta que dos de ellos fueron encontrados por un arriero de apellido Catalán. Casi toda la prensa chilena calificó este hecho como un milagro divino incluso en el canal 13 de Universidad Católica el Padre El cura Raúl Hasbún Raúl Hasbún entrevistó a dos de ellos dando gracias a Dios por ese rescate prodigioso realizado tres días antes de Navidad. "Puro Chile" fue el primer medio que reveló que los sobrevivientes se habían alimentado de los cuerpos de los fallecidos produciéndose un escándalo mayúsculo. Sin embargo, posteriormente los sobrevivientes de esta tragedia contaron la realidad de los hechos a una agencia internacional de noticias la cual les pagó por sus declaraciones. Las primeras fotos aéreas publicadas por “El Mercurio” mostraban los restos humanos cerca del avión. Abdala Hasbún que entonces trabajaba en el semanario “Novedades”, de Guido Vallejos, consiguió fotografías de gran valor periodístico. El turco estando en el lugar de donde salían los helicópteros para el rescate, se encontró con un amigo que era piloto de la Fach al cual le pasó su cámara. De Las Noticias de Ultima Hora no hubo ningún enviado especial y se daban las noticias de este suceso comentando los cables de los teletipos. El año 1973 comenzaba cargado de una energía extraña semejante a aquélla brisa norte de tibieza rojiza y alarmante, y yo que, además 213


me encontraba a diario diagramando tempestuosas informaciones, no podía evitar esa borrasca de presentimientos negativos. Una noche me encontré con José Gómez y Raúl Pizarro y allí conversamos sobre la posibilidad de volver a trabajar en Puro Chile, lo que me pareció una buena idea de modo que al día siguiente decidí conversar con mi amigo Eduardo Soto Díaz, quién vivía un ambiente laboral de desconfianza en su contra ya que había sido nombrado director de “Las Noticias de Ultima Hora”. Él estuvo de acuerdo en mi retorno al "Puro Chile" e incluso aseguró haberme hecho un contrato indefinido, de modo que no corría peligro alguno de cesantía. Lo concreto es que tomé mis vacaciones y me fui con mi familia al balneario de Ventanas para luego volver a mi viejo redil.

M

De vuelta en Puro Chile

i vuelta a "Puro Chile" fue como volver al trabajo después de una pausa. Sin embargo el hecho de encontrar varias caras nuevas y notar la ausencia de otras, demostró que el diario había sufrido un remezón de gran intensidad. Raúl Pizarro había asumido como director responsable ya que sobre Pepe Gómez pesaban numerosas querellas que le impedían ocupar dicho cargo. Un nuevo redactor era Robinson Rojas que en 1968 publicó “Estos mataron a Kennedy”, y en "Puro Chile" estaba escribiendo “La historia yanqui de un presidente de Chile” refiriéndose a Eduardo Frei Montalva que conducía el Partido Demócrata Cristiano con una cerrada oposición al gobierno de Allende. Otro nuevo redactor era Franklin Fernández, un joven periodista con bastante talento y un gran sentido del humor en tanto que Jorge Suárez y Mario Rueda permanecían en sus secciones de costumbre. Yo retomé mi cargo de responsable de arte junto a Lucy Droguett que se alegró con mi regreso. Lucy trabajaba con un dibujante peruano que estaba dándole forma al “Enano Maldito” y “El Huevo de Oro” puesto que Jorge Mateluna ya no estaba en el diario. Eugenio Lira Massi dirigía el suplemento dominical cuya impresión se estaba haciendo en la nueva prensa Offset que Pablo Neruda había donado. Aquella técnica Offset era la misma de la litografía 214


que yo conocía desde el taller de grabado de Julio Palazuelos, luego en Concepción trabajando con el impresor boliviano que tenía una Offset de mesa y también ayudando esporádicamente a Hernán Vidal en la revista dominical de “El Mercurio”. Con Paco Lira pude por fin dar rienda suelta a mi creación artística. Una de ellas que recuerdo con satisfacción fue la portada con un retrato de Pelé insertado en un collage de recortes de prensa con motivo de haber sido elegido “Deportista del Siglo”. También mis caricaturas adquirían relevancia y entre las favoritas de Paco destacaba una de perfil de una línea que hice a Volodia Teitelboim. En muchas ocasiones y luego de terminado nuestro trabajo, Lira me llevaba a San Bernardo en su Peugeot haciendo a veces una parada en algún restaurante de la Gran Avenida para invitarme con un trago y algo de comer. Eran momentos en donde abandonábamos en parte nuestros roles laborales y sacábamos a relucir al ser olvidado que todos llevamos dentro. En esas ocasiones Paco me relataba sus experiencias periodísticas y su vida privada como a un amigo, más sin dejar de lado su tono humorístico y sarcástico. En una oportunidad me contó una anécdota ocurrida en la década del 60 cuando conducía el programa “Entrevista Impertinente“ en Canal 13. Muchos telespectadores le reprochaban una presunta inclinación izquierdista con el argumento de que Lira Massi invitaba solamente a políticos de derecha para allí sacarles el cuero, o sea, exponerlos a preguntas comprometedoras. Entonces su amigo José Gómez le recomendó que invitase a Salvador Allende a participar. Esta idea lo aterró pues para él, era como tomarle el pelo a su propio padre. Pero el viejo Gómez López entusiasmado con la idea insistió diciéndole: “el Pije” Allende es muy simpático, no tengas miedo. Invité a Allende, dijo Lira, ¿Pero sabes? La verdad es que temblaba de pies a cabeza y cuando el director dio la señal de comenzar, lo único que se me ocurrió fue decir: Señor Allende... a usted le dicen “el Pije” (pituco, elegantemente vestido), pero dígame: –¿cuantos ternos tiene?– A lo que Allende respondió –deben ser dos más que los que usted tiene. –Entonces tiene tres, –le respondí. Después de esa graciosa introducción, me contó Lira que la charla se tornó muy relajada y agradable y agregó que al salir del estudio, 215


le comentó a su invitado sobre lo asustado que estaba al inicio del programa. Y entonces el futuro Presidente de Chile le dijo sonriente: –Yo también compañero, yo también. Abdala Hasbún también volvió a "Puro Chile" ya que la reaparecida revista “Novedades” dejó de editarse por no poder competir con la revista “Vea” que aparecía un día antes. Lo positivo de mi alejamiento transitorio de "Puro Chile" es que pude tomar contacto y colaborar en otros medios como por ejemplo el semanario “Chile Hoy” dirigido por Marta Hanecker. Estos, en varias oportunidades me pidieron caricaturas del cura Raúl Hasbún, entonces director del Canal 13 de la Universidad Católica y que en sus prédicas televisivas llamaba abiertamente a la violencia para derrocar a Allende. Esas caricaturas las publiqué en varios medios y por supuesto en "Puro Chile" . La Iglesia Católica se batía entre dos poderosas posiciones antagónicas: la del Cardenal Raúl Silva Henríquez, de actitud progresista frente al proceso de la UP, y la posición del cura Hasbún que con sus diatribas televisivas enrolaba a sectores fascistas de la extrema derecha, tales como Patria y Libertad además de los sectores golpistas de las FFAA.

Las elecciones parlamentarias de 1973

La sociedad chilena estaba cada vez más dividida entre los partidarios y los contrarios al gobierno mostrando estos últimos un odio acérrimo en sus posiciones y modo de actuar. En las elecciones parlamentarias de marzo del 73, la oposición unida obtiene un 48,09% contra un 46,59% de la UP en las elecciones para el Senado y en las de Diputados consiguen un 54,42% contra un 44,66% de la UP. A pesar de la ventaja en la votación, la derecha no estaba conforme con el resultado porque la intención de ellos era obtener dos tercios para promover una acusación constitucional contra el presidente Allende. En "Puro Chile" temíamos una derrota mayor así es que el resultado nos produjo un suspiro de alivio. En la sección de deportes aunque gracias a un trabajo colectivo las crónicas eran de buena calidad, la falta de un comentarista reconocido 216


en el ramo, era un hecho indiscutible. De modo que Eugenio Lira convenció a Pedro Carcuro para incorporarse a trabajar con nosotros. El día que el conocido periodista se presentó en la portería, el muchacho que lo hizo pasar fue a preguntarme si aquel era el mismo de la televisión. Y como mi respuesta fue afirmativa, me dijo que no entendía por que se había teñido el pelo rojizo. En aquellos tiempos la televisión era en blanco y negro. El inicio de Carcuro en el diario no fue de lo más placentero ya que cuando estaba escribiendo sus comentarios, un numeroso grupo de estudiantes secundarios que protestaban contra la reforma educacional de la UP la emprendieron a pedrada limpia contra nuestra redacción rompiendo todas las ventanas incluyendo las de la empresa Ericsson. Los que estábamos allí solo atinamos a escondernos debajo de los escritorios o huir a las piezas interiores. Carabineros no acudió en nuestra defensa pero de pronto escuchamos que los insultos de los estudiantes cambiaron por: ¡Vienen los obreros, arranquemos! Y justamente, los trabajadores que construían el metro y la carretera al sur salieron con sus herramientas de trabajo y pusieron atajo al asalto cuyos autores, huyeron aterrados del lugar. Repuesta la calma recibimos primero el apoyo de parte de nuestros vecinos suecos de la Ericsson y luego el de muchas otras organizaciones. El intendente de Santiago Julio Stuardo apareció rápidamente dando las explicaciones pertinentes por la ausencia de las fuerzas del orden. Todas las ventanas fueron repuestas y fortalecidas con armaduras de fierro que solo podrían ser destruidas con armas de mayor calibre. Los estudiantes secundarios, divididos en dos federaciones antagónicas reflejaban nítidamente el ambiente general existente en esos momentos en la sociedad chilena, fenómeno que alcanzó incluso en muchos casos las esferas familiares creándose a veces profundos conflictos. Mientras la minería del cobre trabajaba a todo vapor para contrarrestar la baja del precio de este mineral provocado por la puesta al mercado internacional de las reservas estadounidenses, los mineros 217


de “El Teniente” llevaron a cabo una huelga que duraría más de dos meses. Estos hechos demostraban que además de la oposición cerrada de la derecha económica y la oligarquía, el gobierno estaba sometido a la presión ejercida por aquellos que “atornillaban al revés”, expresión que se hizo popular en aquellos días. El 21 de mayo en la apertura de Congreso, mientras el presidente Allende hablaba de los peligros de una guerra civil, Eduardo Frei era elegido Presidente del Senado con los votos de la derecha. Dado el hecho de que quienes trabajábamos en la redacción vivíamos en barrios de escalafones sociales muy diversos, comentábamos como en cada lugar decaía notoriamente la credibilidad al proceso social en marcha al mismo tiempo que el oportunismo, como fenómeno lucrativo que era, aumentaba visiblemente. Los colegas que venían de San Miguel comentaban que la gente, después de muchas horas de hacer cola frente a un supermercado, salían de allí con apenas un pequeño paquete de mercaderías; entre tanto detestables inescrupulosos ofrecían en la calle a precios muy elevados productos de primera necesidad tales como aceite, azúcar, otros comestibles e incluso artefactos hogareños fabricados por Mademsa y Fensa, dos empresas estatizadas por sus propios trabajadores. Una profesora de la Ciudad del Niño, –un hogar para niños abandonados o con problemas sociales– me contaba que los lunes cuando los menores volvían de sus hogares ubicados en barrios pobres, hablaban del “material” que había estado trabajando en la población. Por cierto se referían a las brigadas de jóvenes voluntarios tanto de la UP como del MIR que arreglaban calles, plazas y viviendas mientras los pobladores sólo atinaban a mirar. Fernando Rivas Sánchez contaba que en su casa de El Arrayán se había organizado una JAP ( Junta de Abastecimientos y Precios), una medida del gobierno para impedir el mercado negro y el desabastecimiento y que su señora, que era la presidenta, estaba preocupada porque los habitantes de los chalets no participaban en la JAP, pero sí lo hacían las familias de los areneros que trabajaban en el río. Entonces Fernando le aclaró a su mujer lo correcto del hecho, pues eran los obreros los que debido a los especuladores del mercado negro, quienes 218


no tenían acceso a los alimentos. Además, había dicho ella: el chofer del camión se queda a dormir con nuestra empleada. Fernando le dijo –pero m'ija... ¿Acaso no sabes que la copulación es una costumbre muy, pero muy antigua? Lira publicaba en el suplemento dominical pequeñas historias sacadas de sus propias vivencias y que las titulaba; “Erase una vez”. En una de ellas aparece el diálogo de dos compadres: –Estos izquierdistas son todos unos ladrones sinvergüenzas. –Mire compadre... he luchado toda mi vida por la causa y no soy ningún ladrón. –Ah, pero es que usted es huevón pos compadre.

Confianza en las FFAA.

A pesar de que la situación era cada vez más tensa, en los sectores de izquierda se confiaba en que, de llegar a casos extremos, las fuerzas armadas se verían divididas. El día 29 de junio hubo un fallido intento de golpe de estado conocido como el Tanquetazo liderado por el Regimiento Blindado N° 2. Los militares leales al Comandante del Ejército, Carlos Prats aplastaron con éxito el levantamiento. Entre estos últimos estaba el General Augusto Pinochet que se abrazó con Prats en la Moneda. Ese día Leonardo Henrichsen, periodista y camarógrafo argentino fue asesinado por un cabo insurrecto mientras lo filmaba con su cámara. A raíz de este hecho Henrichsen se hizo mundialmente conocido. Ya apagada la insurrección, Allende saludó a los soldados leales en un mitin convocado por la “Central Única de Trabajadores” frente a La Moneda. En esos días se realizaba en Santiago el 1er Festival Internacional de La Canción Popular, esa misma noche frente al televisor de Puro Chile, escuchamos a Alfredo Zitarrosa interpretando la “Chamarrita de los Milicos”, dedicada a los militares chilenos y en cuyos versos finales cantó “...Hay milicos de los buenos, como los milicos chilenos...” Para hacer frente a la complicada situación que estábamos viviendo, los altos mandos del gobierno llevaban a cabo largas reuniones donde se discutía desde la posibilidad de fortalecer las empresas más 219


pequeñas, de aumentar el control estatal sobre ellas y hasta la de devolverlas a sus propietarios. En el diario se comentaba que estas discusiones eran a veces tan largas que en una de ellas Allende muy agotado dijo: Sigan ustedes discutiendo porque “Bigote Blanco” se va a dormir, aludiendo al apodo que el derechista diario “Tribuna” usaba para él. Esta salida del presidente en el fondo era una crítica a la incapacidad de las fuerzas integrantes de la Unidad Popular de llegar a un acuerdo imprescindible en aquellos difíciles momentos que vivía el país. A mediados de junio los camioneros avisaron un nuevo paro apoyados económicamente por EE.UU. (Según se dio a conocer posteriormente al ser revelados algunos documentos de la CIA) y por atentados con explosivos por parte de Patria y Libertad mientras que el Cardenal Silva Henríquez hacía un llamado a la unidad. Fracasado el intento de diálogo, Allende nombró otro gabinete cívico-militar intensificando el control de armas. Una medida que los militares sólo aplicaron por medio de allanamientos, en fábricas, poblaciones y organizaciones populares, aumentando con ello las tensiones ya existentes gracias a que los diarios de derecha les daban una excesiva publicidad como tratando de demostrar que el común del pueblo estaba armado representado esto un peligro nacional. Uno de esos días “El Mercurio” publicó en primera plana una foto de gran tamaño donde en un extremo de ella estaba Allende hablando con su perfil hacia afuera mientras en el lado contrario, con los ojos cerrados como durmiendo, estaba su edecán naval el Capitán de Navío Arturo Araya Peeters. Le mostré el diario a Pepe Gómez y él estuvo de acuerdo conmigo que esa foto era una provocación. Lo terrible es que esa misma noche Arturo Araya fue asesinado en su casa por un franco tirador. La Fiscalía Militar detuvo y procesó a varios miembros de Patria y Libertad condenando a 3 años al autor material que fue indultado después del golpe militar. Como los diarios de derecha llamaban abiertamente a derrocar al gobierno, se les dio orden a los militares que controlaran la prensa escrita, como resultado de lo cual se aplicó una censura más carga220


da contra la izquierda y los diarios llegaban entonces a la calle con espacios en blanco. Al ver esta situación la redacción de "Puro Chile" decidió no acatar la imposición y fuimos el primer diario que salió entero, lo que produjo el término del control. El viernes 17 de agosto el comandante en jefe de la Fuerza Aérea y Ministro de Obras Públicas César Ruiz Danyau, realiza unas maniobras encaminadas a llevar a cabo un pronunciamiento militar. El fallido intento fue descubierto y el presidente Allende llamó a Ruiz a su despacho para pedirle la renuncia como jefe de la Fuerza Aérea y como ministro. Para la portada, Pepe me trajo una foto donde el comandante iba saliendo de La Moneda con su uniforme a la cual escribí como lectura de foto: Aquí va César Ruiz Danyau a su casa a cambiarse ropa. A lo que Pepe escribió como titular: PURAS BOLAS y en pequeño, los intentos de golpe. Al día siguiente recibimos la visita de dos oficiales de Inteligencia de la FACH: (Fuerza aérea de Chile) que en forma muy gentil nos pidieron “mucha cautela” en lo que publicáramos. El presidente nombró a Gustavo Leigh Guzmán al mando de la FACH cosa que alegró en cierto modo al Viejo Pepe, ya que se conocían personalmente desde niños. El general Carlos Prats no las tenía todas consigo en el ejército y la gota que rebalsó el vaso, fue una insolente manifestación de esposas de oficiales frente a su casa exigiéndole su renuncia. Pepe contó que unos meses atrás había llegado un reportero nuevo que se ofreció para entrevistar al Gral. Prats, algo que fue aceptado sin problemas. Más tarde Allende llamó a Pepe para decirle que Carlos Prats estaba muy preocupado porque un reportero de "Puro Chile" lo había llamado a un número de teléfono secreto y recién instalado. Pepe le preguntó a dicho periodista cómo había conseguido el teléfono del General. –Soy reportero, fue la respuesta y entonces Pepe le pidió que se fuera porque no quería agentes del SIM (Servicio de Inteligencia Militar) en el diario. El día 23 de agosto el Presidente Allende aceptó la renuncia del General Prats de su cargo de Comandante en Jefe del Ejercito de 221


Chile, nombrando en su lugar a Augusto Pinochet Ugarte, por recomendación del mismo Prats. Ese mismo día, La Cámara de Diputados y el Senado adoptaron un acuerdo que declaraba que el Presidente de la República y sus ministros habían cometido una serie de transgresiones a la Constitución. Cuando la Corte Suprema declaró inconstitucional el gobierno de la Unidad Popular, armamos con Eugenio Lira y Pepe Gómez una portada con una gran foto de Enrique Urrutia, presidente de la Corte Suprema. La foto omitía su nombre y en su lugar se escribió uno supuesto. A este montaje le acompañaba el título de “¡VIEJOS DE MIERDA!” y con letras pequeñitas, iba una crónica repudiando unos viejos pervertidos que habían abusado de menores. A Pepe le preocupaban las consecuencias que aquella portada podía acarrearnos, de modo que le sugerí que en la última página pusiéramos una fe de errata: que por un lamentable error aparecía la foto del Presidente de la Corte Suprema junto al título que correspondía a la noticia de los viejos depravados. El 30 de agosto, día de Santa Rosa, Pepe me invitó donde su madre doña Rosa López. Ella vivía en San Bernardo con sus dos hijas , elegantes, altas, buenas mozas y sin pelos en la lengua. La casa tenía un florido jardín a la entrada y estaba ubicada a un costado del paso bajo nivel frente a la escuela de infantería. Y allí, en la muy acogedora sala de estar de aquel hogar, las tres dueñas de casa, Mario Gómez López, otro hermano de Pepe que era farmacéutico, un amigo de la familia que dijo ser del ejército, Domingo Politi y su esposa, Garrido el chofer de Puro Chile, Pepe Gómez y yo, compartíamos animadamente. La charla, ambientada por los numerosos objetos, recuerdos de familia y fotografías que decoraban la sala, desembocó paulatinamente en la persona de Gustavo Leigh como el niño que había sido amigo de los Gómez López. Las hermanas de Pepe habían preparado algunas exquisiteces para comer pero faltaba el vino, las botillerías del sector permanecían cerradas por huelga de comerciantes. Pepe me dio la misión de resolver el problema como un sanbernardino y juntos le pedimos a Garrido que nos llevara hasta el centro 222


de la ciudad. Yo conocía muchos comerciantes pero eso no era ninguna garantía para golpear en cualquier negocio. En la puerta de una familia comunista que tenía una botillería, pero no podían abrirla a causa de las amenazas a que eran sometidos, salió a recibirnos una de las hijas mayores con su perro al cual ella le dijo. “Entra Guatón”. Mis acompañantes lógicamente pensaron que la joven se refería a mí. Una vez conseguido lo que buscábamos, volvimos a la fiesta con nuestro cargamento para seguir celebrando a doña Rosa y seguir soñando que las FFAA respetarían la constitución. A pesar de la tensión que ocasionaban las noticias, el ambiente en el diario continuaba desarrollándose dentro de un marco de normalidad. La explicación bien podríamos justificarla señalando que ninguno de los chilenos que trabajábamos en la redacción habíamos vivido una dictadura militar. En cambio nuestros colegas extranjeros, con experiencias dictatoriales en sus vidas, tomaban las cosas más en serio. Mario Rueda dejó de aparecer por la redacción, algo que en principio no era extraño, pues un periodista bien podía perderse unos días si se encontraba entregado a una misión periodística. Mientras tanto Jorge Suárez preparaba con cierto nerviosismo un viaje a Buenos Aires. Pero el olfato también se agudizaba entre los nuestros y recuerdo cuando Lucy Droguett, mi asistente, le preguntó a Pepe Gómez cuándo imprimiríamos en offset todo el "Puro Chile" (sólo el suplemento dominical se imprimía con esa técnica) Pepe respondió en tono poco convincente, casi con resignación: “Eso será en octubre”. Y tras un prolongado silencio agregó en un tono vaticinante; –”Si es que los milicos lo permiten”. A Augusto Pinochet, el nuevo comandante en jefe, se le tenía mucha confianza hasta que un reportero del diario trajo a la memoria el 11 de marzo de 1966 cuando los trabajadores de la mina de cobre “El Salvador” llevaron a cabo una huelga que fue reprimida por una tropa comandada por el entonces coronel Augusto Pinochet. El saldo de aquella “gesta patriótica” fue de ocho mineros muertos y 60 heridos. El artículo incluía una foto de la lápida con los nombres de los caídos y abajo el nombre del coronel que dio las órdenes. Este hecho que retrataba al personaje demostró posteriormente que lo paradójico de 223


su nombramiento y la confianza depositada en él se elevaba al nivel de una cruel burla. Cuando llegué al diario el domingo 9 de septiembre, los allí presentes escuchaban una alocución de Carlos Altamirano, Secretario General del Partido Socialista, que en el “Estadio Chile” realizaba una manifestación de denuncia a las maniobras y acciones de sabotaje de parte de la oposición civil y militar en contra del gobierno. El líder socialista llamaba al enfrentamiento armado y a oponerse por todos los medios a los golpistas. Sus palabras provocaban euforia en algunos y silencio en otros. Poco después de terminado el discurso llegaron a la redacción el Viejo y el Flaco Lira muy preocupados porque se estaba produciendo un quiebre entre el Partido Socialista y el Partido Comunista y también entre el Presidente Allende y Carlos Altamirano. Desde mi mesa de trabajo junto a Lira y Pepe vimos pasar hacia el centro de la ciudad una eufórica marcha de los asistentes al “Estadio Chile”, que llegó a ser un ejemplo de la última manifestación de la izquierda en tiempos de democracia. Al mismo tiempo, se producían otros acontecimientos que hay que destacar como una forma de describir la ebullición existente en esos momentos: la Armada se encontraba acuartelada anunciando que no participaría en la Parada Militar del 19 de septiembre, mientras los camioneros en paro indefinido asesinaban a pedradas a un carabinero en la comuna de Nos. Los atentados con explosivos iban desde centrales eléctricas hasta panaderías y eran cada vez más frecuentes. En medio de ese clima social llegamos al 10 de septiembre, día en que preparábamos la publicación para el siguiente día de un gran título en la portada con declaraciones de León Vilarín, presidente del gremio de camioneros en paro: “No queremos camiones sino que el golpe”. Despachamos el diario cuando el sol de septiembre aún se dejaba ver antes de ocultarse por el lado oeste. A la salida me fui caminando con Juan Carlos Gómez Iturrua, uno de los hijos de Pepe Gómez, que desde unos meses había estado yendo a la redacción. Él había cursado sus estudios en la “Escuela Militar” pero se había retirado antes de egresar y entregaba información a su padre de los contactos que manifestaba tener con el General(r) Carlos Prats y otros 224


militares leales dentro de las filas del Ejército. Una cuadra hacia el centro estaba el restaurante del “Club Deportivo Magallanes” donde entramos a comer una cazuela de vacuno ya que era lo único que tenían. Juan Carlos decía estar informado de los movimientos golpistas y me aseguró que iba a ser algo espantoso aunque decía no saber cuándo. Las cazuelas nos costaron una barbaridad con la excusa que hasta el pan lo habían adquirido a sobreprecio. Ultima portada de "Puro Chile" El hecho de que el martes 11 para el día 11 de septiembre nos pagarían en "Puro Chile", me permitió llegar tranquilo a casa, donde Nora y las niñas miraban una serial en un televisor Antú adquirido por ella en la empresa donde había trabajado.

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El día fatídico

quella mañana del 11 de septiembre comenzaba para mi familia como un día más de trabajo, o por lo menos eso supuse al momento de despertar. Eran cerca de las ocho de la mañana y con Nora preparábamos el desayuno para que Marcia, una de mis hijas, pudiera irse a tiempo a la escuela mientras que Quena, la mayor que tenía clases en la tarde, jugaba con la pequeña Laura de entonces once meses. Después de Marcia, era mi turno de salir a cumplir con los deberes del día, pero aquella mañana la realidad de fuera de mi hogar era otra y de ella nos impondríamos al encender la radio, algo que yo acostumbraba hacer para ponerme en onda antes de dirigirme al diario. Ya a esa hora la mayoría de las radioemisoras daban a conocer el primer bando militar de la junta golpista:. 225


Fuerzas Armadas y Carabineros de Chile declaran: 1°. “Que el señor Presidente de la República debe proceder a la inmediata entrega de su alto cargo a las Fuerzas Armadas y Carabineros de Chile”. 2°. “Que las Fuerzas Armadas y el Cuerpo de Carabineros de Chile están unidos, para iniciar la histórica y responsable misión de luchar por la liberación de la Patria del yugo marxista, y la restauración del orden y de la institucionalidad”. 3°.”Los trabajadores de Chile pueden tener la seguridad de que las conquistas económicas y sociales que han alcanzado hasta la fecha no sufrirán modificaciones en lo fundamental”. 4°.”La prensa, radiodifusoras y canales de televisión adictos a la Unidad Popular deben suspender sus actividades informativas a partir de este instante. De lo contrario recibirán castigo aéreo y terrestre”. 5°.”El pueblo de Santiago debe permanecer en sus casas a fin de evitar víctimas inocentes”. Firmado: Augusto Pinochet Ugarte, General de ejército, Comandante en jefe del Ejército; Toribio Merino Castro, Almirante, Comandante en jefe de la Armada; Gustavo Leigh Guzmán, General del Aire, Comandante en jefe de la Fuerza Aérea de Chile; y César Mendoza Durán, General, Director General de Carabineros de Chile A este primer comunicado le sucederían muchos otros en forma continua y se cerraban con la música del Himno Nacional. La mañana en San Bernardo, aunque seminublada, auguraba un día de calor y yo salí a la calle en busca de un teléfono para llamar a la redacción. Al tratar de hacer la llamada pude constatar que no había ninguna comunicación con el diario. Aquel silencio al otro lado de la línea me dijo mucho, pues normalmente había alguien de turno las 24 horas del día. De modo que a fin de enterarme de algo 226


me dirigí al local del Partido Comunista de San Bernardo, situado a dos cuadras de mi casa. En su interior había mucha gente escuchando las radiodifusoras adeptas al golpe y las pocas leales al gobierno que iban desapareciendo de una a una, pero nadie sabía con certeza a que atenerse ni que pasos seguir. En la calle la gente comentaba que las salidas y entradas a San Bernardo estaban controladas por el ejército lo que daba a entender lo grave de la situación. La escuela y la Maestranza detuvieron sus actividades y al regresar a mi hogar, me encontré con que Marcia había sido devuelta a casa con la estricta orden de no detenerse a jugar en sitio alguno. Como mi madre se encontraba en Valdivia, decidimos con Nora, irnos a la casa de su familia en Gran Avenida, en medio de esa incertidumbre lo mejor era no estar tan Una imagen repetida en Chile el día del golpe. Foto: Domingo Politi solos. Como la locomoción colectiva era casi nula, nos fuimos caminando con la menor cantidad de ropa para no despertar sospechas. Nora tomó a Laura en sus brazos; Quena que no entendía mucho lo que estaba pasando cargaba con Marcia algunas ropas, discos y alguna muñeca u otro objeto emotivo que no pudieron dejar abandonado. Yo cargaba algunos víveres. Y así, con serias instrucciones de no llamar la atención, emprendimos la fuga desde nuestro hogar. Al cerrar la puerta de la casa, Marcia, la menor de las niñas, me comentó bajito: “Papá, hoy en la clase, cuando la profesora nos contó lo que pasó, yo y una amiga nos pusimos muy tristes pero hubo otras niñas que celebraron la noticia”. Sin derramar una lágrima y tratando de mostrarnos indiferentes a los ojos de los transeúntes, nuestra pequeña caravana emprendió la “retirada” hacia nuestro esperanzador búnker de seguridad cuando el reloj marcaba las 10 de la mañana. 227


Enfrentamos los primeros pasos por la calles Ramírez y luego San Alfonso para salir hasta Barros Arana con sus antiguas quintas donde al cabo de un rato la pequeña Laura cambió de los brazos de su madre a los míos y Nora asumió la carga de los víveres los cuales comenzaban a pesar más y más a medida que transcurría la marcha. Marcia caminaba a mi lado sin quejarse en absoluto del cansancio y detrás venía Nora con Quena quien no dejaba de preguntar a su madre la razón de esa caminata. Marcia que quería apurar más el paso tuvo una caída rompiéndose la rodilla. Pero con la valiente intención de no preocuparnos ni mucho menos llamar la atención, simplemente ignoró el asunto y soportó en silencio su dolor. Yo la convencí de que moderáramos la marcha citando al “Che”: –la velocidad de la guerrilla es igual a la velocidad del más lento y tú eres la más rápida. Al cruzar siete cuadras por Barros Arana, ésta cambiaba de nombre en la esquina con Av. Colón y pasaba a llamarse Av. Aníbal Pinto terminando en una plazuela donde había un monolito de piedra mirando al norte y que leíamos: “Buen viaje”, mientras que por el lado opuesto se leía: “Bienvenidos a San Bernardo”. Habíamos caminado unos cuatro kilómetros cuando atravesamos el paso a nivel para entrar a Gran Avenida donde pudimos ver el cerco militar que impedía todo paso de vehículos hacia el norte. Este panorama permaneció durante los 1200 metros restantes hasta el paradero 40, nuestro lugar de destino, un refugio con esperanzas de una presunta seguridad luego de dos interminables horas de camino. Dos horas que marcarían sólo el inicio de un larguísimo peregrinar en distancias y en tiempo. Después de la fachada de la antigua casa seguía una pandereta con un ancho portón hacia el patio por donde entramos. Nos dirigimos a la casa del fondo donde vivían Marta y Abdala con Lolo de tan solo seis semanas, hijo de ambos y Pato de 7 años, hijo de Marta. Abdala estaba más informado de lo irreversible de la situación y las radios ya estaban anunciando el toque de queda desde las 15 horas y hasta nuevo aviso. Debido a que nos habíamos quedado sin sueldo, juntamos todo el dinero que pudimos para comprar conservas, legumbres y huevos que como por arte de magia habían reaparecido donde “el Gordo”, el almacén del barrio. 228


También pasamos a una botillería a comprar algunas botellas del vino más barato. A la salida habían tres pordioseros que nos pidieron limosna pero como no teníamos dinero les ofrecí vino: –¡Para celebrar la victoria! –dijo uno de ellos a lo que les respondí guardándome la botella –¡Celébrenla con los milicos, viejos huevones, cuando los agarren después del toque de queda! –No pudimos menos que tratar de imaginarnos cómo habrán insultado los otros al que se fue de lengua. Los habitantes de aquel barrio, aunque era bastante popular, embanderaron sus casas, bien por miedo o por adhesión al golpe de estado. De todos modos aquello de embanderar era una orden militar. De vuelta a casa, con Abdala, preparamos un almuerzo de campaña de porotos con riendas mientras que Marta y Nora daban de mamar a sus criaturas. Raúl, hermano de Nora que era carpintero de la construcción, había logrado ese día llegar hasta su trabajo en Santiago y regresado a su casa a tiempo. Era militante del Partido Socialista y nos informó que para recuperar el poder solamente era cosa de organizarse bien y que unos días atrás su partido había dado la orden a todos sus militantes de neutralizar las fuerzas armadas. Acatando órdenes y como una medida de neutralización, Raúl había traído a su casa a su amigo Chico Espina que era cocinero en la aviación y le dio de beber vino toda la noche para que no pudiera ir a trabajar a darle comida al contingente. Él había construido su casa detrás de la antigua donde vivía con Yolanda su mujer y su docena de hijos siendo Patricia la mayor, quien casada con Jano vivían en la casa principal con Paola, la hija de ambos. Doña María, la dueña de casa, por su parte tenía su dormitorio junto a un pasillo hacia la puerta de calle y al lado había una gran pieza que sería nuestra vivienda. Con ayuda de todos pusimos colchones parados en todas las murallas interiores que daban a la calle. Esa fue una medida milagrosa pues justo a las tres de la tarde comenzó en la Gran Avenida una tremenda balacera y más de alguna bala pasaba silbando por el patio. Aquello nos obligó a prohibir a todos los niños que salieran al patio causando una enérgica protesta de Quena que muy molesta decía: ¿Pero por qué? ¡Si no hemos hecho nada malo! 229


Preocupados de los problemas prácticos no estábamos pendiente de la radio así es que cuando ya nos dimos un descanso nos enteramos que el palacio de “La Moneda” había sido bombardeado desde el aire y que Allende se había suicidado. El golpe fue bastante duro para todos los allí reunidos, pero pronto comenzaron algunos rumores esperanzadores a través del teléfono que duraron todo el día siguiente. Los de mayor peso decían que Allende había logrado escapar y estaba vivo. Otros sostenían que el general Prats venía avanzando desde el sur con tropas leales... y así, los rumores circulaban como remolinos girando en ese desconcierto total que invadía nuestras vidas en esas horas donde estaba cambiando totalmente el curso de la historia patria Lo que sí estaba presente eran las balaceras y explosiones tanto en Gran Avenida como al interior de las poblaciones de los alrededores. Recién el miércoles 13 se levantó el toque de queda y con Nora fuimos en micro a la casa de calle Industria a buscar ropa y provisiones. En la calle Nogales había una pequeña amasandería con una inmensa cola en la cual estuvimos cerca de dos horas antes de conseguir un par de kilos de hallullas y marraquetas que se vendían en la medida que iban saliendo. De regreso con nuestro cargamento pudimos ver que el desabastecimiento había desaparecido totalmente. Éste había sido reemplazado por las botas militares. El día 13 de septiembre, el matutino "La Tercera" salía a la calle con el título -JUNTA MILITAR TOMÓ EL CONTROL-, teniendo de fondo una foto en colores del Palacio de La Moneda en llamas. Completaba la portada con los tiUn testimonio de la tulares: Gigantesca "operación lim"operación limpieza". Foto: Domingo Politi pieza” de extremistas; Allende se 230


suicidó; FF.AA. han asumido el deber que la patria les impone bautizando los acontecimientos como “pronunciamiento militar” tratando así de certificar la legitimidad de lo que era puro y simplemente un golpe de estado fascista. Muy pronto aquella ola de alabanzas mediáticas y de rumores circulantes adquirieron formatos más verídicos al hacerse evidente que los estadios Chile y Nacional habían cambiado el carácter de campos deportivos por el de campos de concentración. Los transeúntes presenciaban algunos impávidos y otros horrorizados, como el flujo del río Mapocho arrastraba cadáveres especialmente por las mañanas. Igual visión ofrecían otros lugares dejando en claro que aquella siniestra y macabra exposición tenía por finalidad causar terror en la ciudadanía. Sin dudas estábamos bajo el poder de gente que usaba métodos tremendamente aterradores, algo que remeció el alma nacional hasta sumirla en una parodia social ambigua y sin precedentes. Una visión del Estadio Nacional En medio de ese vértigo de rumo- como campo de prisioneros res que iban y venían, en San Bernardo, Foto: Domingo Politi la presión de ellos se hizo patente con un hecho acaecido el 6 de octubre de 1973. Un pelotón de la Escuela de Infantería había llegado a la Maestranza de San Bernardo un día y se llevó a varios trabajadores al Centro de Detención abierto en el Cerro Chena. De estos hubo once que, por pertenecer al Partido Comunista, fueron fusilados sin miramientos. Sus nombres los he mencionado anteriormente en este relato pero el recuerdo de ellos perdura aún entre los sanbernardinos. La Escuela de Infantería de San Bernardo estaba resguardada por carabineros con cascos como carne de cañón. Actitud degradante y obscena que mostraba al cuerpo policial su condición de suches al servicio de las Fuerzas Armadas. Esta cadena de servilismos la podemos 231


constatar al observar que las fuerzas armadas fueron a su vez lacayos al servicio del gran poder financiero, el mayor afectado por los cambios que se habían venido realizando en Chile. El desabastecimiento y el mercado negro, entre otros, fueron evidentes excusas usadas como detonantes sociales para crear un clima de descontento y detener el proceso de independencia económica en primer lugar. El golpe no estaba dirigido a terminar con los errores del gobierno popular como llegaron a sostener algunos que se creían con cualidades y derechos para ponerse la banda tricolor. Muy por el contrario, la esencia y razón de los golpistas era en primer orden detener las nacionalizaciones cuyos frutos económicos apuntaban a combatir la extrema miseria y construir una sociedad más digna. En resumidas cuentas; el gran capital puso el billete y los sirvientes de uniformes pusieron la brutalidad.

La sobrevivencia económica Raúl era el único de los que vivíamos en la casa de Gran Avenida 13731 que había salvado su trabajo, causando esto una verdadera alegría y alivio, pues la tropa familiar que de él dependía superaba la docena de bocas a alimentar. Además se agregaba su clan de compinches, que sedientos, lo esperaban cada viernes en el boliche de la esquina. Una tarde al regresar del trabajo nos contó que en las micros, haciendo sátira de la tragedia reinante, algunos gritaban: “Al estadio... al estadio”, como era usual cuando había partidos de fútbol. Nuestra primera medida de sobrevivencia aparte de acolchonar las paredes interiores, fue plantar papas y sembrar lechugas, cebollas, tomates y otras hortalizas alrededor de la casa de Marta. Muy pronto vimos los frutos de aquello cuando comenzaron a salir los tomates y las cebollitas nuevas que eran una delicia para el paladar de nuestra hija Laura. Con Abdala nos pusimos a trabajar en fotografía ya que él poseía muy buenas cámaras y se había traído su equipo del cuarto oscuro que tenía donde sus padres. Yo me iba casa por casa ofreciendo mis servicios logrando vender algunas fotos familiares pero la situación económica de la gente empezó a empeorar y ya nadie se fotografiaba. 232


En cambio el turco se iba al campo donde le pagaban con verduras, pollos o cecinas y yo entonces me ocupaba de trabajar sus fotografías en el laboratorio. Con Sergio del Valle empezamos a construir una fábrica de cerámica artesanal con métodos básicos en la casa de la calle Industria. Sergio era un hombre muy sencillo aunque un intelectual con grandes conocimientos dentro de la música, la arqueología y la agricultura entre otras cosas. Pero la alfarería, despertaba en él una honda pasión que pude apreciar durante todo el tiempo que trabajamos juntos. En un galpón al fondo de la casa montamos el taller para la confección y el secado de los productos. Lo más importante y avanzado del proyecto era la construcción del horno que funcionaba con leña y justamente allí fue donde Sergio demostró su calidad de gran maestro. Construimos un horno con ladrillos los cuales fueron cubiertos con barro, y una de las paredes era atravesada por un tubo de vidrio resistente al calor, para así poder ver, cuando las piezas estaban cocidas. No teníamos grandes ilusiones en el éxito de este negocio, más bien era como una forma de terapia social que en medio de la tensión reinante nos ayudaba a no caer en la angustia y desesperación de sentir que aquel país en que vivíamos había cambiado tanto que casi no lo reconocíamos como nuestro Chile. Doña María, mi suegra, que había criado a Patricia, habló con su hijo Carlos Mardones que trabajaba en el Servicio de Inteligencia de la Fuerza Aérea para decirle –¡Cuidadito con que le pase algo a Jano! Que aunque no sea de mi agrado, es el marido de mi nieta y no quiero que ella sufra. Ante esa Suprema autoridad, al suboficial Mardones no le quedó otra que cuadrarse cual humilde y abnegado hijo ante la verdadera patria y decir; ¡Sí mamita! Demás está decir que nuestra economía hacía agua por los cuatro costados, de modo que para informarnos de nuestra situación laboral, y aún sabiendo de los riesgos a que nos exponíamos, tuvimos con Lucy Droguett la osadía de dirigirnos al Colegio de Periodistas. Le expusimos al presidente de la entidad gremial nuestro problema del sueldo impago de agosto. Lucy le entregó por escrito los detalles de la deuda y los nombres legales de las empresas "Puro Chile" y 233


“Horizonte”. "Puro Chile" había sido bombardeado y no había quedado nada que comprobara nuestra situación, así que nos recomendaron que fuéramos a la imprenta Horizonte que físicamente estaba en pie aunque requisada por los milicos. Allí había un cuidador, un jubilado que nos dijo que todos los papeles habían desaparecido. El encontrar un empleo se convirtió en artículo de lujo pero Lucy me consiguió un trabajo esporádico en una agencia de publicidad de un amigo de ella donde de vez en cuando surgía algún trabajo salvando muchas veces el alimento del día. Con Sergio del Valle comenzamos nuestra producción de cerámicas que entregábamos a consignación en algunas tiendas de San Bernardo. Como consecuencia de esto se nos ocurrió la “brillante” idea de construir en la casa de Gran Avenida, un local de adobes y totoras para la venta de cerámicas como una forma de ver si el negocio era rentable y nos permitiría mantener a nuestras familias que vivían en ella. Muy pronto nos enteramos que Paco Lira se encontraba asilado en la Embajada de Francia y Pepe Gómez estaba detenido en la Cárcel Pública y entonces con Lucy decidimos ir a verlo un día de visitas. A pesar de lo grave de la situación Pepe mostraba buen aspecto y nos contó sobre su detención por parte de soldados de la Fuerza Aérea. –¡Tu amigo pues!–, le dije trayendo a la memoria su amistad de infancia con Gustavo Leigh Guzmán, uno de los generales golpistas. –”Si, el amiguito ese”, respondió resignadamente ante el sarcasmo de la vida y agregó que cuando los aviadores lo lanzaron al subterráneo del Ministerio de Defensa, aparecieron de pronto unos civiles exclamando –¡Aquí está el conchesumadre!–. Y prosiguió Pepe –Esos civiles me sacaron a golpes de allí pero sorpresivamente uno de ellos me dijo al oído que aguantara la pateadura pues con ella me estaban salvando la vida. El hecho era que Pepe había caído en manos de agentes de Investigaciones los cuales tenían querellas pendientes en su contra de parte de Eduardo Frei Montalva y del cura Raúl Hasbún entre otros. De modo que en lugar de llevarlo a los centros de torturas y en un gesto humano hacia quien habían conocido ejerciendo como reportero 234


policial, lo metieron a la cárcel pública con el pretexto de tener pendientes, juicios correspondientes a los tribunales de Justicia Civil.

Cerro Chena 1973 “Señoras y señores pasajeros: me llamo José Valdivia y les pido disculpas porque hoy no voy a cantar. Ayer, los militares mataron a mis hermanos menores y hoy me embarga una pena muy grande”. Al anochecer del martes 13 de noviembre de 1973, salía desde la estación central en Santiago, el tren valdiviano llevando pasajeros que en silencio respiraban desde hacía un par de meses, la restaurada “normalidad cívica”. Así denominaba la regente dictadura al estado de sitio. Y ahí, parado en el pasillo y meciéndose al ritmo del expreso, estaba como de costumbre el cantor Pepe Valdivia: el del “Camino de Luna” de aquella noche del Hogar de Cristo, en Concepción 8 años atrás. Pero ese día era distinto para aquel muchacho que, limpio y natural como un niño, revelaba su tragedia que en esos días era colectiva pero que a muchos le tomaría años creer. Luego, esa figura delgada y baja, sin desenfundar su guitarra, recogió en silencio la ayuda para su madre enferma. También, en silencio de réquiem... y de miedo, los pasajeros untaron su mano como entregándole el más sentido de los pésames. Estaba sentado en el último asiento del último vagón contando lo recolectado, cuando súbitamente fue abordado por dos hombres fornidos que en forma abrupta y ante el estupor de los viajeros, esposaron y bajaron al joven musicante en la estación de San Bernardo. Los agentes civiles de la recién instaurada dictadura, habían escuchado solapadamente la alocución de Pepe Valdivia y sólo esperaron el arribo a una estación para dar el zarpazo sobre la fácil víctima de esa cacería humana extendida por todo el país. El cantor fue llevado a la Escuela de Infantería donde después de dos días de ser golpeado y vejado, fue lanzado en el centro de detención secreto del Cerro Chena. Los terrenos del mencionado cerro, pertenecieron, o mejor dicho, estuvieron en manos del latifundista García de la Huerta. Éste, en las postrimerías de su existencia como adivinando los nuevos vientos del norte, donó los terrenos a la 235


Escuela de Infantería, incluyendo el polígono de tiro. Desde entonces, el cerro fue encarcelado y subido al rango de “recinto militar”. Aquel martes 13 nos encontrábamos con Raúl, mi cuñado, trabajando afanosamente haciendo los adobes que necesitábamos para construir el pequeño local de venta de las cerámicas en la casa de Gran Avenida, que con Sergio del Valle hacíamos en el taller de la calle Industria. Entonces ocurrió un infortunio muy propio de un martes trece: una vecina que vivía en el segundo piso de una casa colindante, en un acto de patriótico soplonaje, llamó a los milicos denunciando que estábamos enterrando armas. Éstos no se hicieron esperar y llegaron a jugar a la guerra rodeando la casa y apuntándonos con sus metralletas. Desde el cerco de soldados se adelantó un oficial ordenando a sus hombres que me arrestasen, mientras que él, junto a los otros de la patrulla, se internó en la casa donde después de registrar las habitaciones preguntó a Nora en cuál diario había trabajado. –Trabaja en “Ultima Hora”, respondió muy resuelta. –Su marido dice que trabajaba en "Puro Chile", replicó el oficial, inmediatamente Nora suelta su doblado diciéndole: –¿Usted le cuenta todo lo que hace a su esposa? ante esa respuesta, el oficial guardó silencio. Luego le pidieron a Nora un pañuelo con la explicación de que yo lo necesitaría. Me subieron al vehículo y luego de vendarme la vista me arrojaron boca abajo. Al cabo de algunas vueltas por la ciudad, el oficial pasó a saludar a los suyos. Escuché una voz de mujer que decía: ¡Cuídate! Y las voces de algunos niños pequeños que atropelladamente se despedían de su padre, que con voz tierna les prometía repetidamente volver a casa al día siguiente por la tarde. El rugido del motor fue disipando las promesas y el tono dulce del oficial hasta volverlo a un bramido de fiera, que por parecer auténtico, asustaba al mismísimo Satanás. Los soldados por su lado hablaban sólo estupideces entre ellos, como ignorantes de la dimensión de aquellos hechos de los cuales eran protagonistas. Pero de pronto y para demostrarle eficacia al superior, plantaban sus botas sobre mi espalda 236


diciéndome: –vamos en dirección a Rancagua, -en circunstancias que seguían dando vueltas dentro de San Bernardo. Eran jóvenes de origen obrero y campesino y así lo dejaban en claro sus dialectos, modismos y conversaciones entre ellos. Al alejarnos un poco, pude escuchar el viento golpear los eucaliptos y percibir el inconfundible aroma de esos príncipes australianos. El jeep detuvo su marcha frente a un puesto de control: –¡Traemos una rana! Dijeron los soldados a coro. . . y luego continuamos en subida hasta llegar a destino. Me bajaron bruscamente y me arrastraron hacia el interior de lo que me pareció ser un galpón de madera donde me tiraron sobre un piso con paja entre dos hombres que yacían tendidos. –¡Y no te olvides que estamos en Rancagua! –insistió un soldado antes de dejarme allí. Uno de los hombres a mi lado me dijo al oído, que guardara silencio. Yo estaba completamente seguro de que me encontraba en el cerro Chena frente a la ciudad de San Bernardo. El pañuelo en los ojos me agudizaba el olfato y el oído, permitiéndome reconocer la vegetación y el ruido vehicular de la carretera Panamericana a los pies del cerro y de la ciudad que conocía como mi propia niñez. Siempre con la vista vendada, me arrojaron a dormir sobre la paja esparcida en el piso de cemento. La orden era silencio absoluto y solo cabía pensar, es decir: practicar una febril actividad mental, un constante tomar “caldo de cabeza” para no ser doblegado. Ya me vencía el sueño cuando las nueve campanadas del reloj del Seminario Redentorista de San Bernardo desvelaron mi sueño. El Chena: “cerro isla” el más grande del gran Santiago, es parte de un cordón rocoso situado al oeste de San Bernardo. Fue el entorno natural de mi infancia, con el tranque Chena, donde nos bañábamos piluchos en los cálidos días de verano. Cuando cursaba el quinto y sexto año de preparatoria y el primero de secundaria, nos íbamos de madrugada al Chena a estudiar para los exámenes y por supuesto, encontrarnos con las chiquillas. Al cabo de algunos días, ya teníamos encuentros donde los estudios se mezclaban con nuestras primeras andanzas amorosas. De regreso del cerro, nos deteníamos a atrapar las enormes “guerreras”, esas arañas peludas que nos atraían tanto como las chiquillas mismas. También llamaban nuestra atención las canteras de tierras blancas de origen orgánico. 237


Éstas, ya abandonadas, eran mudos testigos de un tiempo de manos precolombinas que por allí anduvieron recogiendo la materia prima para sus cacharros. Por mi mente desfilaban hechos y escenas semejantes a la pesadilla que recién comenzaba a vivir. No pude calcular la hora en que sentí llegar el jeep que traían un nuevo rana que a viva voz se quejaba de ser de la USOPO y no tener nada que ver con la UP, pero las patadas en las nalgas le hicieron entender que guardar silencio era mejor que marcar diferencias. Al despertar, el sol ya había esparcido por sobre los cerros cuando desde la Maestranza de San Bernardo se escuchó el “pito de las seis”. Era el más familiar de los tantos ruidos que componían el ritual acústico de mi ciudad. Cuando sonó el segundo pito, los milicos nos sacaron al patio y nos hicieron sentarnos en el suelo mientras el motor de un camión se acercaba trayendo el desayuno y los relevos para el cambio de guardia. El nuevo grupo era comandado por un oficial que pronunciaba correctamente las chuchadas que nos dirigía, mientras que los soldados y suboficiales al abrir la boca, demostraban perfectamente de dónde provenían. Terminado el té caliente con marraqueta, el oficial, leyendo un listado, nombró a los nuevos y cuando escuché mi nombre, me puse de pie como un autómata. –¡Nadie dijo que te pararas huevón concha de tu madre! Ladró el oficial mientras me llegaban unos cuantos culatazos de parte de dos suboficiales. Los nuevos detenidos eran Benigno Velásquez de la USOPO y Enrique Ortiz, comisario de Investigaciones de San Bernardo. Fui conducido a lo que me parecía ser una carpa de campaña. Allí se me ordenó ponerme de rodillas frente al oficial, el cual al interrogarme, daba a entender no tener la más mínima idea de qué se me acusaba, con la excepción de que había trabajado en Puro Chile, según él, como “programador”. Y ahora se enteraba que el bullado escondite de armas, no era más que una tienda para vender artesanías. También me dio la impresión que el oficial desconocía la chicha que tomaba y le daba miedo cagarla. Así que me amenazó con que ellos, lo sabían todo, y que si yo les había mentido, de allí... ¡con vida no saldría! 238


Con Ortiz fueron mucho más duros: a gran distancia se escuchaban sus gritos y el bramido del motor del “ayuda memorias”, el generador con el cual el oficial lo estaba electrocutando mientras entre risas lo insultaba: –¿Que no te acuerdas culiado cuando hacías esto con tus detenidos?– Enrique Ortiz era el padre de Jorge, un compañero de curso en el Liceo San Bernardo. Jorge era el mateo de la clase, además estudiaba violín en el conservatorio. Su hermano mayor, Enrique, era músico y muy amigo del hijo de Bernardino Jara, regidor por el Partido Comunista en San Bernardo. Y lo que en el fondo querían saber los milicos era el escondite de Bernardino. El oficial en su carpa tenía mucho trabajo ya que después de Ortiz desfilaron por sus garras varios campesinos de la zona. Hubo una pausa de una hora para almorzar y luego el oficial reanudó sus electrizantes interrogatorios hasta terminar la jornada ya muy entrado el atardecer. Orgulloso de haber cumplido con la patria que un día juró defender hasta con su propia vida, el valiente oficial, llegaría esa tarde a su hogar acariciando a su esposa y a sus hijos con las mismas manos que horas antes había electrizado los genitales de Enrique Ortiz y de otros indefensos enemigos. Mientras escuchábamos el jeep del oficial y sus secuaces alejarse del recinto, un vehículo más pesado venía hacia nosotros. Los guardias anunciaban la comida, la cual era la misma para la tropa del regimiento, y al llegar, entre murmullos y carcajadas sonaban las cacerolas con el rancho (la comida) que íbamos a compartir tanto detenidos como guardianes. Además en esta ocasión venían tres nuevos “huéspedes” desde la Escuela de Infantería: Dos conscriptos indisciplinados y... Pepe Valdivia. Después de permanecer sentados en el suelo y a pleno sol, se nos dio orden de formación y tomándonos de los hombros marchamos como los siete enanitos al interior de la barraca que yo había reconocido como el Polígono, lugar de entrenamiento de tiro. Este local se vestía de fiesta el primer domingo de octubre de cada año para celebrar el “dieciocho chico”, las ya mencionadas fiestas patrias chilenas en un formato local. Entonces las familias unidas disfrutaban del lugar de esparcimiento y bienestar que el cerro Chena significaba para 239


todos. Y después de haber tenido ese valor para la comunidad, había cambiado de carácter transformándose en un lugar de tortura donde la familia era un doloroso recuerdo lejano en la mente de cada uno de nosotros. El interior del Polígono era rectangular y por el costado de la entrada principal había una gradería recta de varias corridas donde nos sentamos para comer. El estado físico y mental de los que ya habían pasado por el interrogatorio era deplorable, y los cabos o sargentos de la guardia trataban de animarnos con una empatía sencillamente macabra: –Esto debemos hacerlo por el propio bien de ustedes, nos decían como bondadosas abuelitas en ese teatro del absurdo. Pepe Valdivia contó que en el calabozo de la Escuela de Infantería, le habían hecho repetir su historia de la matanza de sus hermanos menores contada en el tren, y había comenzado a cantar el Camino de luna, cuando de pronto un grupo de soldados castigados lo hicieron callar. Ante tanto alboroto, un guardia le requisó su guitarra. Aquél muchacho que años atrás yo había conocido en el albergue del Hogar de Cristo en Concepción, había pasado todo el día en aquella celda a pan y agua. Y allí en el polígono, al igual que en el albergue penquista, le pidieron que cantara antes de irnos a dormir. Pepe, con genuina humildad, se excusó diciendo que no tenía su guitarra. Ésta, por orden superior, le llegó con el desayuno del día siguiente. Después de una jornada donde todos habíamos pasado por la carpa maldita, mi segunda noche en ese recinto era de silencio y de cansancio generalizado. También los guardias apostados desde las seis de la mañana, se turnaban para disfrutar de algunas horas de sueño, pudiendo así resistir las 24 horas de cancerberos que esa guerra les exigía. La llegada a toda velocidad del jeep interrumpió de un sopetón esa presunta tregua nocturna. Una frenada brusca, gritos e insultos ya muy conocidos y dos hombres que fueron lanzados a tierra y obligados a arrastrarse en cuatro patas gruñendo como chanchos durante varias horas, mientras eran golpeados a patadas y culatazos bajo los gritos de –¡Muévanse chanchos de mierda!. Se trataba de dos viejos vagabundos que acosados por el hambre habían “expropiado” un pequeño cerdito en unos terrenos vecinos al 240


recinto militar y que aun pertenecían a los García de la Huerta. Los indigentes fueron sorprendidos por una patrulla militar cuando asaban el chanchito a orillas de un sendero. Estos vagabundos eran clientes habituales de Investigaciones, comisarías, retenes y más de alguna vez habían sido “huéspedes” en cárceles. Es decir, eran viejos piratas de esos mares de encierros. Pero el trato que esa noche recibieron rompía todos los parámetros de lo experimentado por ellos dentro del mundo de los marginados. Ahora estaban en manos de bestias indoctrinadas para chupar hasta la última gota de integridad que un individuo puede tener. Y esa agresividad aplicada, hizo cagarse en sus harapientos pantalones a esos pobres infelices inundando el recinto con el olor a mierda que debimos soportar hasta cuando se llevaron a las gruñidoras víctimas hacia un rumbo desconocido unos días más tarde. El aseo personal estaba prohibido para nosotros y teníamos que avisar cuando necesitábamos ir al baño. Entonces éramos conducidos del brazo por un guardia a un espacio sembrado de piedrecillas donde en cuclillas, debíamos hacer nuestras necesidades. Junto con las tres pitadas de la maestranza y las campanadas del Seminario, sé filtraba también por la venda, la luz del temprano sol de noviembre en mi segundo amanecer. Todos llevábamos vendas y al sentarnos en las gradas para esperar el desayuno, nos íbamos reconociendo por nuestras voces. Benigno tenía una voz gruesa y fuerte y se sentaba cerca de mí pareciendo que nos ubicaban por orden de llegada. A Enrique Ortiz no lo escuché más, y del resto no sabía sus nombres. La guardia había tenido la ocurrencia de ponernos apodos con fines de no reconocernos si salíamos de allí. Pepe Valdivia mantenía su nombre artístico, los otros eran el aguilucho, el jote, el pimienta, etc. y yo fui apodado: el guatón del bombo. Ya desayunados nos llevaron al exterior a sentarnos en el suelo y fue entonces cuando el cantor Pepe Valdivia hizo su debut en el Cerro Chena. Las canciones preferidas de su repertorio eran; Camino de luna, Angelitos negros y el himno del Colo Colo. Y para hacer ejercicios, 241


nos hacían bailar al ritmo de las cumbias de Luisín Landaez cantadas por el cantor valdiviano. “Mariposas amarillas Mauricio Babilonia Mariposas amarillas Que pena a mí me daba” Esas veladas bailables a pleno día se hicieron rutina, sobre todo cuando estaban interrogando a alguien. Pepe Valdivia le ponía pino a las cumbias para amortiguar los desgarradores gritos de quienes eran torturados. Las letras de las cumbias ya las sabíamos de memoria y apaciguaban por momentos nuestra amargura. Una tarde los gritos de un interrogado eran de un volumen tan elevado que superaban el estruendo del coro. Los gritos del torturado cesaron sin que en el primer momento lo notásemos. De pronto el sargento que nos vigilaba exclamó con un grito ahogado en su garganta –¡Cállense los chuchas! y luego de un momento de silenció total, dijo algo grave y en voz baja: –Ahora siéntense. Luego se sintieron carreras de milicos en diversas direcciones hasta que el jeep se puso en marcha en sentido contrario del acostumbrado. Pasado el mediodía del día viernes, algunos detenidos fueron sacados en forma separada y la información de que habían sido puestos en libertad, se sentía como una verdad a medias. Pepe Valdivia estaba entre ellos y se despidió de los que quedábamos, diciendo: –les deseo lo mejor muchachos... Al parecer quiso decir algo más, pero algo así como un empujón lo interrumpió y sus pasos se alejaron en dirección al vehículo que los llevaría. Fue la última vez que lo vi, mejor dicho fue la última vez que oí al cantor Pepe Valdivia, aquel niño nacido y elegido para cantar en los sitios y por las razones más insólitas. La vida le puso, como arma de lucha, una guitarra en sus manos. Con ella consiguió medicinas para su madre y comida para sus hermanos. Repartió el verso reflexivo al pasajero, puso el canto de cuna al indigente, la nota de alegría en la lágrima del prisionero, y fue uno más, en aquellas miserables latitudes 242


del destino. Con él se fue también la guitarra, llevándose las cumbias y las notas de esperanzas. El fin de semana fue sin interrogatorios, además hubo menos movimiento de vehículos y la guardia hacía un papel exclusivamente de vigilancia. Ese estado de descanso acústico permitió respirar un poco de tranquilidad dentro de ese infierno y a la vez me permitió escuchar voces femeninas que venían de un lugar no muy distante. Después pude precisar que esas voces venían desde un sitio hacia el cuál los pasos militares se dirigían con mucha frecuencia. Ese fue mi primer indicio para sostener un hecho siempre negado: que allí hubo mujeres encarceladas. El lunes muy temprano empezó todo de nuevo en ese maldito campo de detención y yo seguía sin lavarme ni siquiera mis dedos que grasientos, tocaban la barba que crecía. Por los costados de mi nariz, volviendo los ojos hacia abajo, le robaba una mirada a la venda, permitiéndome ver el bigote “in crescendo” en el labio superior y más abajo un pedazo de suelo con pasto seco. El detenido apodado “el jote”, era joyero y según supuse podía ser un tipo alto con una nariz aguileña bastante grande, ya que podía ver más que todos nosotros y nos mantenía informados de la hora. El largo de la nariz tenía en estas circunstancias un valor incalculable. Con el paso de los días, me empezaban a invadir la impotencia, el pesimismo, una sensación de abandono y con muchas dificultades sostenía encendida la llama de la esperanza ¿Tal vez mis días estaban contados? ¿Debía resignarme a la suerte que ya muchos habían corrido? ¿Quién era yo para merecer mejor suerte? Estas interrogantes invadían mi cerebro mientras una profunda amargura oscurecía mi alma. Buscaba energías pensando en los míos, me los imaginaba desesperados indagando por mi paradero sin recibir ninguna información: Cerro Chena era un centro de detención secreto y oficialmente allí no habían detenidos. Y entonces cuando la creciente oscuridad crecía dentro de mí, uno de los soldados castigados y que al parecer tenían para los mandados, se sentó a mi lado y susurrando me dijo que en el puesto de guardia, una señora con una criatura se había acercado preguntando por mí. –¡Es Nora! Pensé, mientras que me embargaba una emoción sin 243


precedentes en mis años de existencia. Y la criatura que describió el soldado, no podía ser otra que mi pequeña Laura que tenía entonces un poco más de un año. Ellas, mi esposa y mi hija habían caminado distancias y desafiado peligros para llegar hasta allí guiadas por la intuición de mi presencia, y yo... ¡no podía fallarles! No pude expresarle a ese muchacho mi sentir, cuando me trajo esa luz de energía. Sin decir nada, dejé correr una lágrima que regó el suelo madre de mi infancia lejana. Una noche, antes de dormirnos, un hombre de voz joven con acento campesino y que había sido interrogado en la carpa del oficial, me preguntó entre quejidos si yo sabía rezar. Yo había ido al catecismo y había rezado junto a mi abuela materna para complacerla, pero mis convicciones ideológicas me habían distanciado del credo religioso. La situación de ese momento me hizo revisar cosas al respecto y sentí que orar para ese ser no era traición a mis convicciones. Aquél detenido que sufría conmigo el cautiverio, necesitaba de la oración, de modo que oré un Padre Nuestro y un Ave María mientras él repetía conmigo. Dentro de los detenidos había un padre e hijo a quienes torturaron mucho durante todo el día. El padre había quedado muy mal y lo llevaron a otro lugar. Escuché después de la comida al hijo preguntándoles a los soldados sobre el estado de salud de su padre. –Tu padre se encuentra bien, –le respondió un soldado que de paso le recordó al joven que no olvidase “lo prometido. . . “ Mis oídos se habían agudizado tanto que más tarde me despertaron los pasos sigilosos de un par de militares que se acercaron al hijo y le dijeron muy bajito: –Vamos ya. Y sigilosamente salieron del recinto. Después de eso pude conciliar el sueño hasta que cerca de la madrugada, nos despertó la llegada de un camión cargado con jóvenes socialistas y miristas. Estos habían sido señalados por el muchacho que horas antes había sido sacado a cumplir la mencionada promesa con el fin de salvar la vida de su padre. Quien comandaba la operación era el oficial que ya conocíamos por su voz de mando quien a esas horas de la madrugada retomó de inmediato su trabajo de torturador. 244


Al día siguiente el muchacho que había entregado a sus compañeros con la promesa de libertad para él y su padre, quiso saber de la salud de su progenitor. –¡No preguntís más güevás si querís salir vivo de aquí!– Eso fue todo lo que obtuvo de aquellos delincuentes y supuestos hombres de honor. Aparte de los maltratos de patadas y golpes que sufría de parte de los suboficiales, me angustiaba la incertidumbre de no saber qué harían conmigo. En una ocasión me pusieron un cañón de fusil en el pecho bajo la orden de tocarlo con la mano mientras otro disparó cerca de mi oído derecho. Aparte del sobresalto, les demostré que no sentía miedo ni en lo más mínimo y creo que esa indiferencia mía los confundía un poco. El viernes 23 de noviembre fui llamado por el oficial quien me comunicó que a pesar que yo era un mentiroso podría irme de allí a trabajar en cerámica pero que me seguirían los pasos. –Estái libre guatón, me dijo un suboficial tomándome del brazo sacándome de allí. Cuando me eché a caminar por el patio, curiosamente mi cuerpo temblaba y las piernas no me sostuvieron de pie y quedé sentado a medio camino. Había llegado el camión que trasladaban prisioneros y un soldado me tomó para ayudarme a subir cuando del otro lado otro soldado gritó: –¡No! Ese guatón esta libre, no lo suban… Luego que todos hubieron partido, el jefe de la guardia nos permitió sacarnos la venda de los ojos mientras llegaban sus superiores a buscarnos, al igual que a un técnico dental que había llegado un día antes que yo y al que llamaban Aguilucho. Ambos estuvimos hasta el sábado cuando un jeep nos fue a botar en las afuera de San Bernardo camino al Barrancón.

Libertad a Medias

De allí nos fuimos caminando algunas cuadras hasta llegar a la calle Eyzaguirre donde pudimos tomar el microbús que nos llevaría a nuestros hogares que estaban en la misma dirección. Era sábado y no recuerdo bien si pagamos los pasajes, lo más probable es que portábamos algo de dinero. 245


Lo que sí recuerdo de ese episodio es el comentario de mi compañero sobre su aspecto físico que, por lo deplorable, con toda seguridad sorprendería al vecindario. Durante las dos semanas de cautiverio no se nos permitió ni siquiera la posibilidad de lavarnos las manos. Con mi aspecto de mendigo y expeliendo un olor repugnante, bajé del microbús en el paradero 40 de Gran Avenida. Al llamar a la puerta apareció Quena que sin reconocerme se llevó un susto enorme y corrió donde su madre, quien la tranquilizó diciéndole que era yo y arrastrando consigo a toda la prole que estaba en casa, vino a mi encuentro para abrazarme. Después de la aterradora experiencia vivida había llegado de nuevo a mi hogar. Estaba con vida y entre mis seres queridos, sin embargo la emoción que sentía no encontraba expresión en mis actitudes, ya que las circunstancias de mi encarcelamiento estaban todavía muy fijas en mi mente sin poder asimilar el cambio de situación que veía tras un velo de irrealidad. Comprendí que debía reinsertarme en esa vida a la cual estaba de vuelta y prepararme para enfrentarla día a día. Todo el vestuario que me abrigó durante el cautiverio se fue a la basura y tras el ansiado baño me vestí con ropas limpias. Sentado a la mesa junto a mi familia, parientes y amigos, pude de nuevo almorzar en forma normal como lo hacen los seres humanos. En esas horas, todavía vivía esa mágica sensación que produce la libertad recuperada y trataba de ordenar y situar mis ideas dentro del contexto de la realidad presente. Por su parte Nora me relataba las peripecias que sufrió buscándome por todos los lugares posibles incluyendo hasta la misma guardia del Cerro Chena. En cada uno de esos sitios ella recibió la misma respuesta que miles de familiares a lo largo y ancho de la nación recibieron en esas vergonzosas horas de nuestra historia; “¡No sabemos nada!” Después de una larga y reparadora siesta cenamos en nuestra pieza junto a una mesita instalada entre las camas. Recuerdo que se trataba de un arroz con papas y arvejas que Laura de 13 meses me daba de comer con su cucharita. Desde esa noche y apenas me vencía el sueño, me invadían pesadillas con imagenes del cerro Chena y despertaba alterado y temeroso. Cualquier ruido nocturno de determinados mo246


torizados me daba la vertiginosa sensación de ser patrullas militares que venían por mí. Y ocurrió que una noche un vehículo se detuvo afuera justo al lado de nuestro dormitorio y golpearon fuertemente la puerta: –¡Investigaciones! gritaron –¡Ya voy!– dijo doña María levantándose. No venían a buscar a nadie sino que traían a Hilda, hija de Raúl quien, gracias a las gestiones de Olga la hermana mayor de los Mardones y pensionada de esa institución policial, trabajaba en Investigaciones desde hacía varios meses. Y esa noche había visto en el trabajo algo que le había producido un tremendo choque y como consecuencia de ello había sufrido un patatús. Para Olga fue a su vez impactante saber que Enrique Ortiz había sido detenido y torturado en el cerro Chena en esos días de mi estadía allí. Ortiz había sido su jefe cuando ella trabajaba en San Bernardo y lo recordaba con aprecio. Poco a poco me fui enterando de que muchas personas habían participado en mi búsqueda. Entre éstas mi madre y hermanos, el Turco Abdala, el Gato Suzarte y Olga que recorrieron conocidos lugares de arresto, contactando además a personas consideradas confiables dentro de las FF.AA. Mi amiga Patricia Lara, “la Pato”, con quien nunca perdí el contacto hasta salir del país, se había casado en 1970 con Sergio Leiva, un militante socialista que había trabajado en la Dirección General de Deportes y Recreación durante el gobierno de Allende. Allí asumió como profesor de guitarra siendo posteriormente Director Comunal y Nacional del centro de iniciación de dicho organismo. Leiva, junto a otros compañeros también obligados por la represión militar, se asilaron en la Embajada de Argentina. Patricia con su hija de 19 meses en brazos, intentó ingresar al interior del recinto de la embajada trepando un muro. Ya había alcanzado a entregar la criatura a su padre cuando disparos de carabineros ocasionaron la caída de la madre al suelo. Fue detenida, torturada y ultrajada por los vigilantes del orden en un furgón. Semidesnuda e inconsciente fue llevada a una comisaría donde tuvo que soportar 3 días de interrogatorios con golpes. Dos semanas más tarde el Cónsul entregó la niña a una tía de Patricia. 247


Leiva ayudó a varias personas a asilarse y cuando el 3 de enero de 1974 trepó a un árbol dentro de la embajada para contactarse con alguien que pedía ayuda, fue acribillado por una ráfaga de metralleta de carabineros. El Cónsul lo trasladó a la Posta Central donde falleció y sus restos fueron arrojados en una fosa común. Nunca más se supo de él. Éste alevoso crimen ocasionó una protesta de parte de la representación diplomática argentina pero la versión oficial de Carabineros fue que Leiva no obedeció a la orden de alto cuando intentaba asilarse, la que valió para cerrar el caso a pesar de que los compañeros que se encontraban allí confirmaron que Leiva llevaba varias semanas en el interior de la embajada. Desde el año 2008 Patricia Lara se encuentra internada en la Clínica San Pedro de Calera de Tango, en las cercanías de Santiago. Hoy a los 63 años de edad, se encuentra completamente envejecida y en estado definitivamente vegetal. Su cerebro ya no reconoce nada. Un día en la calle me encontré con Fermín, aquel ex campeón nacional de natación, que cada vez que nos tomábamos un trago, me enseñaba a nadar. Pero en esa ocasión su actitud fue distinta, pues al verme, me dijo con un sincero tono de preocupación: –¡Puta Varilla! ¿Que andai haciendo aquí? Échate el pollo gueón, questai fichao gueón. Te lo digo yo gueón... Al comienzo no tomé muy en serio sus recomendaciones pero al comentarlas con amigos que lo conocían, alguien aseguró que era informante de los milicos y que había trabajado pagando en dólares a los camioneros huelguistas. Para empeorar el cuadro, a Abdala le llegó la información que habían detenido a José Antonio Gómez Urrutia y le habían encontrado un viejo revólver que el Turco le había regalado, colocando de este modo, a este último dentro de los buscados. Le propuse que fuéramos a ver a las tías de Gómez que vivían en el paradero 41. Ellas no tenían mayor información pero le recomendaron al turco que tratara de salir del país. más tarde supe que Abdala en septiembre de 1974 logró irse a Isla de Pascua a trabajar de fotógrafo invitado por Alfredo el mayor de los hombres entre los hermanos Mardones, quien era propietario de la discoteca “Piriti”. Alfredo había llegado a la isla en 1965 para 248


trabajar en la construcción del aeropuerto y al enamorarse de una isleña y de la isla Rapa Nui se quedó un largo tiempo en esa lejana tierra. La situación económica de la masa popular y nuestra se hacia cada vez más insoportable ya que la junta militar había elevado los precios a niveles increíbles sin aumentar los salarios y con mi mujer no teníamos ningún sueldo fijo sino los eventuales ingresos que llegaban de los trabajos que realizaba de vez en cuando. Había logrado terminar la interrumpida construcción de la tienda de cerámicas y la abrimos después de la salida de mi arresto en Cerro Chena. Quena y Marcia se encargaban de atenderla cuando yo no podía. Parte de nuestra producción la dejábamos a consignación en unas tiendas del centro de San Bernardo siendo una de ellas la de mis amigos Lalo Valenzuela y su suegro Otto Andrade. A veces se vendía algo pero no podíamos decir que ganábamos porque lo producido apenas alcanzaba para cubrir los gastos de material, El derecho del medio litro de leche a cada niño fue interrumpido. Ante esta situación Nora se dirigió con Laura a la beneficencia a pedir leche en polvo y allí le dijeron que era solo para indigentes, entonces ella se enojó preguntando si tenía que disfrazarse para obtenerla. .

La busqueda de una salida

Al sentir que el espacio de movimiento se achicaba, Sergio me acompañó a dejar una carta a la embajada de Canadá solicitando residencia y el motivo que me obligaba a salir del país. Esa misma tarde me llamó la secretaria del embajador para que fuera el día siguiente a llenar unos formularios los cuales consistían en varias hojas cuyas alternativas había que marcar con cruces. La respuesta rápida del Ministerio de Inmigración de Canadá fue negativa y alguien me dijo que ellos querían mano de obra y no dibujantes. Ante este rechazo Sergio me llevó al Comité Pro Paz que situado en una casona de la calle Santa Mónica, se erigía como el primer organismo de ayuda a las víctimas de la dictadura creado por las iglesias cristianas y la comunidad judía. Después de permanecer en la cola me atendió una asistente de unos 30 años que portaba una chomba roja y pantalones blue jeans. 249


Tras contarle detalladamente mi situación me ofreció la posibilidad de costearme un pasaje a Buenos Aires pero de preferencia tendría que viajar solo, lo de mi familia se vería después. A pesar de lo difícil de la situación le respondí que no podía aceptar esa ayuda, debido a que mi familia no tenía sitio seguro donde vivir ni medios para subsistir. Amablemente me dijo que tenía que esperar afuera mientras ella hacía unas consultas. Allí me encontré con un señor mayor que me recomendó que insistiera con salir a Canadá pues era mucho más seguro que Argentina. A este hombre, Alfredo Rosales lo encontré el día siguiente de mi llegada a Rumania donde fuimos vecinos durante 8 años y amigos para siempre. La mujer que me atendía salió a buscarme y mi interlocutor me dijo: “La monja” lo llama. Entonces la observé con más atención y pude divisar su collar y crucifijo. –Bien, puede viajar con su esposa y sus tres hijas, saquen pasaporte lo más rápido posible y con ellos se dirigen a esta agencia de viajes que está en Huérfanos –dijo ella entregándome una tarjeta. En la oficina de pasaportes nos encontramos con Carlos Rivera, padre de los tres hijos mayores de Marilú Tirado quien nos contó que ella y su hermana estaban en Perú y en ese momento él estaba haciendo los trámites para enviar a sus hijos donde su madre. No fue fácil organizar los pasaportes ya que primero se trataba que Nora obtuviera su pasaporte junto a sus tres hijas menores de edad pero faltaba la autorización del padre para Quena y Marcia. Cuando yo quise ayudar, la funcionaria me dijo textualmente: “Usted no tiene nada que ver en este entierro”. Al final recibimos tres pasaportes: en uno figuraban Nora y Laura, en el otro Quena y Marcia y en el último, yo solo. Por razones de seguridad guardábamos el más absoluto de los secretos respecto a nuestro viaje. Sin embargo habían algunas personas a las cuales era imposible privar de la información y por ello los primeros en recibirla fueron Eduardo y Marcelo Díaz, los hermanos mayores de Quena y Marcia, hijos del primer matrimonio del padre de ellas. Iniciamos entonces una emotiva gira de despedidas recorriendo la familia. Comenzamos con el tata David y la abuelita Laura siguiendo 250


después con las tías Inés, Lucía, mi hermana Laura y mi cuñada Olga que vivían cerca del centro de Santiago. El día de la partida tenía que ir a la agencia de viajes para ver los últimos detalles lo que hice acompañado de Abdala Hasbún, de regreso, cerca del terminal de buses a San Bernardo, nos encontramos con Sergio Bushman quien nos contó los pormenores del asesinato de los ferroviarios de la Maestranza en octubre del 73, del cual había sido testigo. Al llegar a casa, pudimos comprobar que Nora con la ayuda de Sergio del Valle habían hecho ya nuestro equipaje: un gran bolso de lona azul marino, amarrado con un cordón blanco donde habían cabido una frazada tejida y ropa de toda la familia. Mientras tanto los niños de la casa entre ellos una hija pascuense de Alfredo, que estaba de visita con su madre Georgina, observaban nuestros movimientos con mucha expectación cumpliendo religiosamente con la petición de no decir nada a nadie fuera de casa. Doña María que se había sentido sumamente nerviosa a causa de nuestra prolongada estadía en su casa, vino a desearnos la mejor de las suertes y en secreto, le entregó a Quena y Marcia un dólar a cada una y a mí un billete de cinco dólares que tenía guardado. Marcelo y Eduardo llegaron en un auto con sus esposas Marta y María Eugenia. Marcelo había simpatizado con el gobierno de la UP pero no así Eduardo. Éste estaba muy callado y nervioso porque había sufrido una terrible experiencia. Como Director Técnico de la intervenida industria “Cristalerías Chile”, que fue allanada por los milicos después del golpe y a pesar de ser apolítico fue arrestado y sometido a torturas. “Lo que vi y viví allí nunca lo hubiese creído si alguien me lo hubiera contado”, fue su comentario años después. Luego cuando apareció Aquiles a quién había contactado por su amplio taxi negro para llevarnos al aeropuerto de Pudahuel, iniciamos el sensible momento de la despedida. Lo hicimos como las miles de despedidas que en muchos hogares y sitios diversos de Chile se venían realizando: a escondidas como si hubiésemos cometido un delito y ése fuera el castigo. El tiempo demostraría quiénes eran los verdaderos delincuentes de aquél negro pasaje de nuestra historia. 251


Subimos al taxi tratando por todos los medios de no llamar la atención. Ya en el aeropuerto quise cancelar a Aquiles la tarifa acordada pero él se negó firmemente a recibir algún dinero. Esa fue la última vez que nos vimos, hasta que ahora en mayo de 2011, Miguel “Gato” Suzarte lo encontró un día en la calle y le pidió su dirección y número de teléfono para enviármelos. Desde aquel día del aeropuerto habían pasado 37 años sin tener noticias de él. Luego de unos cuantos intentos, por fin escuché su voz al otro lado de la línea: –Aló. –¿Con Aquiles Jiménez Jaramillo?, pregunto –Si, el mismo ¿Con quien hablo? –Con Jorge Raúl Varas Santibáñez. –Hola pos Varita, sabís que me encontré con el “Gato” Suzarte y supe que estabai vivo. Me dio un alegrón tan grande que desde entonces estoy brindando por ti. Aquiles había dejado ser taxista para enrolarse en un barco griego en el cual navegó por los mares del mundo. Entre otros por el Báltico, pasando por Suecia, Finlandia hasta Leningrado y por el Mediterráneo hasta el Líbano durante la guerra civil. A la entrada del aeropuerto nos reunimos con la tía Inés y el tata David que aunque no simpatizaba con mis ideas me entregó el más cálido de los abrazos y sin disimular su combate contra alguna lágrima fugitiva me dijo bajito y pensativo: –Ya que te montaste en el potro ahora tenís que domarlo. . . Me regaló un poco de dinero tal como lo había hecho cuando yo era niño, y de paso entre broma y broma que ayudaban a alejar la profunda emoción del momento me lanzó la promesa de que no se marcharía de este mundo, sin antes verme volver. –¡Prometo esperarte! Fueron sus últimas palabras. En junio de 1990 visité Chile por primera vez después de 16 años. El tata no estaba en el aeropuerto esperándome sino se encontraba barriendo el pasillo de entrada a su casa para recibirme sentado en su viejo sillón de mimbre. Entonces había cumplido 98 años y meses después de esa visita, el tata emprendió su último galope... hacia el descanso bien merecido. En el control de Policía Internacional todo iba bien hasta que el detector de objetos sospechosos hizo saltar la alarma. Tras volver a 252


exponer nuestro equipaje al detector, se pudo constatar que en el bolso de mano de Nora se escondía el objeto culpable de tanto alboroto. Se trataba de una marmita para calentar leche a Laura en caso de necesidad. Superado el asunto de la ollita de Laura -algo que recordamos hasta estos días- nos encaminamos hacia la loza del aeropuerto. Allí merodeaban agentes de civil y hacían preguntas tales como la razón del viaje y por cuanto tiempo estaríamos fuera del país. Estos tipos carecían de la profesionalidad social de los tradicionales policías de aduanas. Más bien, se les traslucía su cultura de cuarteles donde lo grotesco, los rangos y las patadas son el idioma oficial. A esas preguntas, Nora les respondió secamente: –Viajamos por vacaciones y estaremos fuera durante dos semanas.

Jorge, Laura, Nora, Marcia y Quena en esta envejecida foto de nuestra partida hacia lo desconocido.

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El Exilio Señoras y señores pasajeros el comandante de la nave les da la bienvenida a bordo de este vuelo de Avianca con destino a Buenos Aires deseándoles un vuelo agradable. Era marzo de 1974, el otoño recién comenzaba cuando el avión despegaba desde el aeropuerto de Pudahuel en Santiago de Chile. A mi lado estaban Nora y nuestras hijas Quena, Marcia y Laura que ya habían alcanzado los 11, 10 y un año y medio respectivamente. Abajo ante nuestros ojos, el valle central se empequeñecía en tanto que el macizo cordillerano iba adquiriendo proporciones gigantescas con su interminable cadena de cimas y valles al fondo de los cuales se vislumbraba a veces un hilito de agua, un río que parecía no tener fin. Ya pronto todo sería niebla y nada más que niebla, como una temprana sugerencia al olvido de lo que dejábamos... a aquel olvido que nunca ha llegado. El Avianca sobrevolaba unas turbulencias muy frecuentes sobre la cordillera, cuando de repente mi vecino de asiento, un norteamericano de unos dos metros, se me vino encima buscando ángulo propicio para fotografiar la cordillera de Los Andes –la agreste cordillera que yo veía por primera vez desde arriba; porque a pesar de todo mi peregrinar a lo largo y ancho de Chile, era esa mi primera salida del país y la primera vez que abordaba un avión. ¡Y pensar que ése, mi primer viaje era con el retorno abierto ya que nada podía pronosticar un plazo para éste! De nuevo la voz del comandante llegaba a nuestros oídos para dar las informaciones de altura, velocidad y otras rutinas propias de los vuelos. Después de la comida no pude evitar el caer en el más profundo de los sueños hasta que el avión zapateó la pista de aterrizaje en suelo argentino. Al bajar se formó una cola para el control de pasaportes y junto a nosotros se encontraba un joven que yo conocía. Éste, antes de haber tenido contacto alguno con argentinos, lanzó el típico comentario aquel de: “¡Que pesados son estos argentinos, se pasaron!”. A la salida nos esperaba un muchacho de barba con un cartel de la agencia de viajes que había expedido nuestros pasajes. Junto a él nos reunimos una cantidad importante de emigrantes en su mayoría 254


hombres solos. Nos llevaron a un autobús que en Argentina le llaman ómnibus o simplemente “omni”. Una vez que el vehículo había iniciado su marcha, el muchacho se presentó como el pastor Gatini de la Iglesia Pentecostal que estaba a cargo de la recepción temporal de refugiados políticos, principalmente de Chile. Tras dejar la carretera nos internamos en una calle con pequeñas tiendas que iban in crescendo. Gatini explicó que habíamos entrado en Av. Rivadavia que con sus 35 kilómetros era la calle comercial más larga del mundo. Ya en el centro de Buenos Aires nos detuvimos en un lugar donde bajó la mayoría de los pasajeros por indicación de nuestro guía. Luego de continuar la marcha doblamos a la derecha por 9 de julio, la avenida que con sus 120 metros de ancho, era según el pastor, la avenida más ancha del mundo. Llegamos a nuestro destino, una casona ubicada en calle Brasil que al momento de nuestra llegada, albergaba a unos 150 refugiados. El administrador era un refugiado chileno que, venido de la región de Los Lagos, vivía allí con su esposa e hijos. El suelo de un cuarto con cinco camarotes ocupados por diez hombres solos, fue el único lugar disponible para nosotros. Otra familia de refugiados la componía René y Marlene que juntos a sus dos niños habitaban un balcón cerrado donde podían disfrutar de cierta privacidad dentro de ese superpoblado colectivo. Luego preguntamos por algo de comer, y el administrador nos llevó a la cocina donde pudimos recibir y calentar leche para Laura y comer unos improvisados sándwiches ya que la cena había sido a las 6 de la tarde. Después de acomodarnos en unas colchonetas con frazadas, todos los hospedados en aquella pieza nos presentamos y desde el principio fuimos muy bien atendidos por esos compañeros que pronto nos llamaron papá, mamá y hermanitas. Trayendo consigo la alta humedad porteña, el primer amanecer en Argentina entró al dormitorio a través del colorido vitral de la puerta que daba al balcón. Nuestra pieza estaba junto a otras dos separadas por ventanales que cubrían las cavidades arqueadas de los muros. Los pisos de las piezas eran de parqué mientras que el de la antesala era de 255


baldosas y era tan amplia que se usaba de comedor para el centenar de hospedados allí. Al fondo estaba la cocina y en un extremo, el retrete con un lavamanos. Todo esto que para nosotros era el primer piso, en este país se llamaba planta baja. Al primer piso se llegaba por una escalera de mármol con baranda de fierro forjado y pasamanos de bronce. También había un ascensor muy antiguo y pequeño que llegaba hasta el tercer piso donde estaba la sala de baño con una gran tina de fierro fundido y enlozado. En esas circunstancias, un simple baño matinal era un autentico privilegio y lo más posible era bañarse por grupo familiar, de vez en cuando y después del mediodía. En los pisos superiores vivían familias en forma bastante holgada, y en el techo abierto había un pequeño cuarto ocupado por unos estudiantes de medicina. Durante el desayuno que resultó muy abundante, nos enteramos que el trabajo de la cocina correspondía un día a cada habitación, de tal manera que el grupo que esperaba el turno, proponía el menú al administrador el día antes y éste se encargaba de comprar los ingredientes necesarios. A los recién llegados se nos informó sobre los trámites que debíamos hacer para recibir ayuda económica y regularizar nuestra situación de refugiados. En efecto, dependíamos de dos grandes organizaciones: una de ellas era CAREF (Comisión de Apoyo al Refugiado) que se encargaba de la recepción, refugios, hospedajes y hoteles en forma colectiva. Esta estaba integrada principalmente por las iglesias Pentecostal y Luterana. La otra organización era CCAI (Comisión Católica Argentina para los Inmigrantes) encargada de entregar ayuda individual, y era a ésta donde teníamos que acudir para recibir algún dinero semanal a fin de no andar con los bolsillos vacíos. Tanto CAREF como CCAI estaban bajo la jurisdicción de ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados). Entre otras instancias que prestaban ayuda estaban la Cruz Roja y otras organizaciones de carácter político y social. Como los compañeros más antiguos conocían el camino para llegar a esas respectivas oficinas de ayudas, nos arrimamos a ellos 256


caminando un par de cuadras hasta llegar al terminal Constitución para tomar el “Subte”, que es el metro en argentino. Saliendo del refugio empezamos a echar de menos la Cordillera de los Andes, dificultando completamente nuestra orientación con respecto a los puntos cardinales. La estación Constitución era uno de los cuatro más grandes terminales de trenes y buses que era usado diariamente por unas 100 mil personas. En la oficina de CCAI había una gran cantidad de gente: en su mayoría chilenos, algunos uruguayos y unos pocos bolivianos. Allí me encontré con Quezada, sanbernardino y dirigente del PC que venía llegando por tierra con escala en Mendoza. Con Quezada nos saludamos con un fuerte abrazo y luego nos despedimos con un simple “chao, nos vemos” La otra sorpresa que me llevé fue el encuentro con Franklin Fernández, el joven reportero de "Puro Chile" que estaba hospedado en un hotel de la calle Lavalle con su señora y su hija. Después del abrazo me dio su dirección y teléfono para encontrarnos, cosa que le prometí que haría. Terminado nuestros trámites volvimos al refugio donde nos recibió el olor a bisté con papas fritas que comimos acompañados de una abundante ensalada de tomates con cebollas. Durante el almuerzo empezamos a conocernos con los huéspedes de aquella vieja mansión donde se percibía de inmediato un extraordinario espíritu de convivencia que rompía todo tipo de barreras generacionales o partidarias. Bajo un mismo techo se albergaban desde criaturas lactantes hasta adultos en su tercera edad, como así también el abanico político formado por socialistas, radicales, comunistas, mapucistas, miristas o simplemente allendistas. En esos días de fines de marzo la temperatura insoportable de la ciudad nos obligaba a quedarnos durante las tardes a una siesta obligada lo que nos permitía un conocimiento más estrecho con nuestros compañeros de pieza. Pauif, Manuel, David, Mario, Tocayo, Medina, Carlos y otros, son nombres que ya confusamente se pasean por mi memoria. Junto con nosotros había llegado “el Pelao”, un empleado bancario que arribó con lo puesto: un terno, camisa blanca y corbata, de modo que necesitaba urgentemente conseguir un trabajo. Unos que 257


ya conocían el mercado de trabajo, le aconsejaron que estuviera a la una de la madrugada a la salida de la primera edición del diario “El Clarín” y mirara las páginas con anuncios de empleos. Sin pensarlo dos veces, salió de la mansión a la medianoche para volver al desayuno. Allí contó con efecto espectacular, que el trabajo consistía en correr delante del camión de la basura, recoger los tarros llenos y tirarlos arriba donde otro los atrapaba al más puro estilo de arquero de fútbol y después de vaciarlos los tiraba de vuelta. La tarea exigía limpiar la ciudad antes de las 6 de la mañana. Al tercer día el terno, la camisa blanca y el cuerpo del Pelao eran una asquerosidad pero después de una semana pudo recuperar su pinta comprando lo necesario en un negocio de ropa usada. Algunos de los allí refugiados, esperaban a sus familias, otros deseaban quedarse e integrarse a la sociedad argentina pero también estaban los que tenían resuelto o bien deseaban irse a otros países. De CAREF venían a informarnos en prolongadas reuniones que nuestra situación de refugiados era transitoria, que estábamos bajo la protección de ACNUR y no del gobierno argentino. Como los trabajadores sin residencia en el país eran muchos -entre ellos un millón de chilenos- se decretó una ley de amnistía para así legalizar la situación de estas personas. Se nos recomendó iniciar trámites dirigiéndonos a las oficinas de inmigración y al mismo tiempo buscar algún trabajo. Otra solución era solicitar residencia en otros países como Suecia, Canadá y Rumania que según los funcionarios visitantes estaban mejor preparados para recibirnos. Quena y Marcia se habían hecho de amistades dentro del refugio y pudieron quedarse allí cuando con Nora y Laura fuimos al centro a encontrarnos con Franklin Fernández en su hotel ubicado en Lavalle, un bulevar impresionante para nuestros ojos santiaguinos. Multitudes disfrutando sus cines con carteles gigantes, tiendas de ropa abiertas las 24 horas del día, concurridísimos cafés y restaurantes como “La Estancia” que mostraba por su vitrina a la calle vacunos enteros asándose en una fogata. Los diarios más importantes salían a la calle en varias ediciones al día que los “canillitas” vendían hasta en la medianoche. 258


Franklin bajó con su esposa y su hija en brazos y en un café al aire libre pedimos bebidas y “una” cerveza con cuatro vasos, lo que me extrañó porque esa fue la primera vez que vi una cerveza en botella de un litro. Luego nos fuimos a sentar frente al Obelisco para continuar nuestra charla. Ellos, llegados de la misma manera que nosotros, habían alojado una noche en un refugio pero CAREF, por el hecho de ser periodista, le financiaba su estadía en ese hotel que lucía unas cuantas estrellas. Al día siguiente en la sede del Partido Comunista argentino nos entrevistamos con un dirigente quien nos informó respecto a “La Calle”, un diario que pronto sacarían y nos señaló las posibilidades de empleo en aquel matutino. De inmediato nos fuimos a hablar con el director quien después de exponerle nuestros curriculums vitae y mostrarle algunas muestras de mis dibujos publicados, dijo dirigiéndose a Franklin: –Compañero, redactores y periodistas tenemos muchos, pero…–y poniendo su mirada sobre mí, continuó–, dibujantes y gráficos de su capacidad son escasos así es que considérese dueño del puesto. Fernández no hizo cuestión del asunto y me propuso tratar de editar una revista satírica donde él escribiría. Yo encontré buena la idea porque el muchacho tenía aptitudes para la sátira y el humor escritos. Para trabajar esta idea más a fondo usábamos una sala de conferencias que había en su hotel. La posibilidad de trabajo en el diario “La Calle” me levantó el ánimo y nos pudimos dedicar a pasear por las calles bonaerenses, y en ese ambiente de pizzerías y cafés al aire libre, nos encontramos con el Chico Huerta que había trabajado de mensajero en "Puro Chile" . Huerta, por encargo de una distribuidora cinematográfica, se ganaba la vida contando los espectadores que entraban a los cines. Su ayuda técnica para aquello era un contador de esos que se usan con los rebaños para contar ovejas o vacunos. Con Mario otro chileno, Nora y yo solíamos recorrer las interminables calles y callejuelas protegiéndonos del sol pues él, durante su detención en Chile, había recibido quemaduras en los brazos y ojos con una lupa expuesta a su luz. 259


Una calurosa mañana sentados en un cafetín comentábamos la “extraña” costumbre de los argentinos de tomar tanto café a pesar del pavoroso calor reinante. Mario llamó al mozo y le pidió tres tazas de café con una bola de helado adentro, a lo que el hombre le preguntó: ¿Vos decís que con una bola de helado adentro del café? Ante la afirmación de Mario, el mozo exclamó: ¿Sos bruto?… Siempre recuerdo esta anécdota como el primer choque cultural de nuestro exilio y tuvimos que pedir los helados aparte. Nora consideró que era hora de darle a Laura su mamadera, así que sacó de su bolso una botella de gaseosa con un chupete. Entonces Mario al ver esto, se paró diciéndole a Nora que esperara, y se metió en una farmacia que había al lado. De allí salió con un biberón nuevo para regalárselo a Laura. Nora no quería aceptarlo diciendo que todos andábamos con lo justo y no era correcto aprovecharse. Pero Mario le dijo: -Por el tratamiento a mi vista voy a la Cruz Roja y allí hay una viejita que me da ayuda extra y yo esa ayuda solamente la comparto.

Noche de Tangos

Nuestra casa refugio no estaba muy lejos del Barrio La Boca, de modo que caminando llegamos una mañana hasta las coloridas viviendas de la calle Caminito que comienza con un monolito con la letra del tango del mismo nombre y que termina así: “Caminito que todas las tardes feliz recorrías cantando mi amor, no le digas si vuelve a pasar que mi llanto tu suelo regó. Caminito cubierto de cardos, la mano del tiempo tu huella borró; yo a tu lado quisiera caer y que el tiempo nos mate a los dos.” Una noche, los de la pieza hicimos un grupo para irnos de tangos y salimos preguntando a los transeúntes por algunos sitios tangueros. El primer local que encontramos fue el “Argentino Ledesma”, que era como una Quinta de Recreo pero con mesas con mantel blanco y un portero uniformado que nos dijo que había que reservar mesa con co260


mida. De pronto llegamos a una calle en cuya esquina había un local con cortinas metálicas abiertas cuyas paredes exteriores estaban pintadas con motivos tangueros. Todos los autos allí estacionados eran lujosos y al acercarnos escuchamos una música estridente, -a lo Jimi Hendrix- dijo alguien de nosotros. Tanto los músicos como los que bailaban eran de igual estilo: melenudos, llenos de cintillos, collares, pulseras y ropas de vivos colores estampados. Mujeres con largas faldas y hombres con pantalones pata de elefante y en algunos casos se distinguía el sexo por la barba de los hombres o las blusas abiertas de las mujeres. Caminando llegamos a La Boca donde, en un restaurante atestado de clientes quisimos sentarnos en una mesa con cuatro sillas y como éramos seis, pedimos dos sillas más, pero nos dijeron que esa mesa era para cuatro. Un cantante desabrido decía: –”Gardel no ha muerto” y el mozo le gritó: –”lo mataste vos boludo”. En otro local, el público sentado en el suelo y alumbrado con velas cantaba a coro los tangos que alguien tocaba al piano. Sin duda alguna seguíamos muy desubicados. ¡Vayan al “Viejo Almacén”! nos dijo alguien. –Queda en el paseo Colón– completaba otro informante. Pero resultó que aquél “Viejo Almacén del Paseo Colón” era demasiado caro para nosotros y “teniendo perdida la fe” debimos conformarnos con un bar en una calle con farolitos tomando un combinado y escuchando a un voluntario que cantaba a capella. Franklin me contó que Camilo Taufic trabajaba en el diario “La Opinión” así es que fui a verlo dándole una tremenda sorpresa. En febrero había publicado "Chile en la Hoguera 1973" -Instantánea del Golpe Militar. Edición que en esos días se agotaban en Argentina y España. La redacción de este matutino estaba cerca del refugio lo que me permitía visitarlo de vez en cuando y fue allí cuando me enteré de primera mano del golpe de estado en Portugal el 24 de abril del 74. Con Alberto González Toro, el periodista argentino de "Puro Chile" que trabajaba en la revista “El Peronista” nos citamos por teléfono y nos encontramos una tarde en un oscuro café en San Juan esquina de Boedo, como en el tango “Sur”. Sentados en medio del humo en una de las cientos de mesas intercambiamos información sobre nuestras 261


vidas. Como tardaban tanto en atendernos le dije –en Santiago los garzones son más rápidos – y él dijo –es que estos son unos hijos de puta, –pero en todo caso la charla fue muy amena. Él se había casado con una chilena de la jota y me invitó a su casa con mi familia. Ésta era una construcción sencilla y antigua con un zaguán embaldosado y una amplia cocina-comedor sin pretensiones. Allí nos sentamos más que nada a escuchar a los dueños de casa quienes nos hablaron de los difíciles momentos que pasaba Argentina. Perón estaba en el poder en gran medida, gracias a los milicos y lo trágico del espectro político era que una gran parte del movimiento peronista se estaba cansando de su líder. En una de esas oficinas para refugiados encontré a Mario Gómez López. Al preguntarle por su hermano Pepe, me respondió que aún estaba en la cárcel porque el cura Hasbún, contrariamente a los otros querellantes, mantenía su querella y el proceso judicial se alargaba. Por otro lado había gestiones de sacarlo a Argentina; José había nacido en ese país pero rechazaba la gestión porque Impresionante momento en que Mario Gómez se consideraba chileno. se asila en la Embajada de Argentina Mario, una de las personas Fotos: Domingo Politi más buscadas en Chile, había logrado asilarse en la embajada argentina gracias a un plan de Domingo Politi el fotógrafo de "Puro Chile" quien por ser argentino y estar acreditado en una agencia de noticias francesas, había logrado ayuda del embajador de su país. El diplomático le señaló que por la vigilancia a la que estaba sometido en lo personal, nada podía hacer. Pero que cuando se lo pidieran, podía dar la orden de mantener abierto el portón de la embajada. Mario estaba escondido en casa de sus hermanas en San Bernardo. Y hasta allí llegó Politi con el plan de fuga que entre otras cosas exigía la colaboración de Inés, una de las hermanas, para que viajara en 262


el auto llevando a Mario escondido. Llegando a la sede diplomática Politi se bajó a tomar fotos. Cuando los pacos se acercaron a decirle que eso estaba prohibido, el fotógrafo argentino armó una acaloradísima discusión. En ese momento Inés aprovechó el tumulto para abrir el auto y Mario pudo correr hasta cruzar la puerta de la Embajada. Cuando los pacos se dieron cuenta, corrieron detrás del fugitivo pero éste ya estaba adentro mientras los asilados aplaudían gritando: ¡Mario, estás en territorio argentino! Domingo e Inés abandonaron rápidamente el lugar separándose en el terminal de buses a San Bernardo. Alguien del refugio me invitó a una reunión que llamaba el PC de Chile en el local del Partido Radical Intransigente, y allí encontré nuevamente a Quezada, conversando uno por uno con los que asistimos. Llegado mi turno me abrazó diciéndome: –¿No es cierto que teníamos que haber enfrentado a los milicos?– Sorprendido por esa inesperada interrogante, y más por impulso que convicción, es decir para no quedarme callado, respondí con una afirmación. –¡No se te quita lo mirista!– me dijo entonces y agregó: –No hay autorización para irse a otro país. La orden es prepararse para volver y combatir. Aún no tenía planes para salir de Argentina y tampoco estaba militando pero dudé en contarle lo del diario “La Calle” y con una cierta cautela me despedí de él. Días después llevé donde Quezada a un muchacho de la jota que andaba en busca de algún contacto con el partido allí en Buenos Aires. Pero no sin antes advertirle que se abstuviera de mencionar sus planes de irse a Canadá. Terminado el encuentro el joven agradeció mis consejos ya que lo primero que Quezada le planteó fue que no había autorización del partido para marcharse a otro país. Mientras tanto el diario “La Calle” aplazaba su aparición y por otro lado surgía entre nosotros la esperanza de arreglar nuestros papeles de residencia. Al refugio llegó la información de que las tramitaciones habían empezado a realizarse en forma masiva. Ante estos hechos, nos dirigimos en un grupo bastante numeroso a la oficina de inmigraciones; un recinto agreste y amurallado situado en un peladero sin la más mínima vegetación. En su interior varias construcciones de 263


ladrillo mostraban el paso del tiempo y daban el aspecto de haber sido una guarnición de la marina a juzgar por los vigilantes allí apostados que eran marinos. El guardia de la entrada nos indicó que fuéramos a la sección A, una edificación más alta que el resto, ubicada en el centro del recinto que por lo horrible, semejaba un verdadero monstruo cuadrado exhibiendo unas ventanas desproporcionadamente pequeñas por todos sus lados y a varios metros de altura. Dentro del monstruo, en un enorme salón se extendía un mesón largo con funcionarios sentados a un solo lado. Frente a cada uno de ellos se exhibía un cartel con un número diferente: Mesa 1, Mesa 2, Mesa 3 y así sucesivamente hasta la mesa 10. Perpendicularmente a cada número había colas interminables y uno estaba obligado a empezar por la mesa 1. Cuando se llegaba donde el funcionario, éste entregaba un montón de formularios los cuales había que llenar en casa y volver a ese sitio a entregarlos, mesa por mesa haciendo cola cada día. El orden allí dentro lo mantenía un marino con aspecto de simio que trataba de caminar erguido. En su mano portaba un mazo a modo de arma que, orgulloso de ejecutar su patriótica misión, usaba principalmente contra los solicitantes indígenas. No recuerdo cuantos días duró este jaleo ya que no sólo fueron las famosas mesas sino que había también que ir a otras dependencias repartidas por el recinto, vecinas al edificio monstruoso; que tenían a su cargo los asuntos de identificación, de vacunas y otras, hasta que al final del absurdo se entregaba todo el montón de papeles acumulados en otra oficina cuyo nombre era: Entrega de solicitudes Sin temor a equivocarme puedo asegurar que dentro de la cosas grandiosas de Argentina, se encuentra esta burocracia que sin lugar a dudas es la más grande idiotez del mundo. El sentimiento nacionalista era fomentado a todo nivel: “Siéntase más argentino, beba Vinos Peñaflor”. O bien: “Cigarrillos Lucky Strike suavizados, como nos gustan a los argentinos”. En los carros de los trenes decía: “Fabricados por argentinos para los argentinos. “ Y un día alguien pegó en una puerta de tren un recorte de diario que decía: Argentina recibe de Japón una nueva partida de vagones para 264


el Subte; abajo y escrito a mano se leía el siguiente comentario: “Los grupos (mentiras) son de nosotros, los vagones son ajenos”. Esa mordacidad era muy común en el bonaerense. Un día en una calle céntrica se escucharon unos disparos e inmediatamente también se oyeron las sirenas de la policía y luego más disparos. La gente en la calle no se inmutaba. A un vendedor de diarios y revistas que estaba sentado fumando le pregunté que pasaba. –¡Che mirá! –Me respondió con la tranquilidad de un monje: –Los muchachos tienen pólvora y tienen que usarla antes que se eche a perder, mirá... Llevábamos ya casi un mes durmiendo en el suelo cuando por curiosidad pasé a un hotel familiar a preguntar cuanto costaba el hospedaje. –Trescientos la noche por un cuarto doble–, respondió el conserje. Ese precio estaba dentro de las posibilidades financiables por CAREF, por lo tanto reservé dos cuartos. Una señora que estaba en el refugio con su hija adolescente, entusiasmada se marchó con nosotros al hotel donde pudimos disfrutar de sábanas limpias y de un baño privado. Al día siguiente pedimos por escrito el costo de hotel para ir a las oficinas a regularizar nuestra mudanza. Ahí fue cuando despertamos del sueñito que nos habíamos edificado con sábanas limpias y baño privado, pues en la factura vimos que en lugar de trescientos decía tres mil de los nuevos pesos. ¿Qué había pasado? El peso argentino había sido revalorizado, los antiguos mil pesos se revaluaron a un peso y mucha gente seguía expresándose en el valor antiguo, -en el caso del hotel, el costo era 300 mil pesos antiguos pero sólo habían mencionado 300 cuando nos dijeron el valor de las habitaciones. En CAREF comprendieron nuestra situación, nos dieron el dinero por una noche y regresamos al refugio con nuestras maletas. El primero de mayo se realizó una gran concentración frente a la Casa Rosada para escuchar a Juan Domingo Perón pero los manifestantes querían hacer oír su descontento. La situación se desbordó y Perón los trató de estúpidos, por lo que la multitud abandonó la plaza gritando consignas en contra del presidente. 265


Después de estos acontecimientos se reflejó muy claramente en el gobierno un viraje a la derecha tanto en lo político como en lo socioeconómico. Se desencadenó una inflación y un desabastecimiento insostenible. La Alianza Anticomunista Argentina -organización clandestina de ultraderecha- empezó a eliminar dirigentes de izquierda casi impunemente. Uno de los efectos de esta situación para nosotros fue que por el refugio aparecían sujetos muy extraños y elegantes que recorrían las piezas fijando la vista en cada uno con una evidente actitud de hostilidad y prepotencia. Con motivo de las tensiones que iban día a día en aumento entre los asilados, hicimos el intento de crear una directiva a lo que el administrador se opuso. Una noche se escucharon gritos provenientes de la escalera, eran los gritos de una mujer, la esposa del administrador, arrancando de su marido que la perseguía cuchillo en mano. La pobre mujer, gordita y de baja estatura había ido al cine con uno de los estudiantes de medicina que vivían en el techo. Este grave incidente produjo un cambio en la administración y CAREF nombró a otro huésped que estaba allí con su esposa, hijos y su suegra. Él no se opuso al nombramiento de una directiva, pero se negó totalmente a la proposición de racionalizar los gastos de la cocina para hacer inversiones en bienes de uso común. Mucho más tarde se descubrió que tanto en la carnicería como en la verdulería les daban a los administradores dos facturas: una verdadera y otra falsa con precios más elevados y era ésa la que el administrador presentaba para cobranza en CAREF guardándose la diferencia en el bolsillo.

Embajada de Rumania

Una noche llegó al refugio un matrimonio con un bebé y se acostaron en el suelo a nuestro lado. En el desayuno él me preguntó si sabía donde quedaba la embajada rumana. Yo conocía el barrio de las sedes diplomáticas y me ofrecí a acompañarlos –había acompañado a otros compañeros a las embajadas de Canadá y Australia sin interesarme personalmente–. El recién llegado, de apellido Gómez, me dijo que su madre había salido a Yugoslavia y Rumania los acercaba a ella, 266


puesto que eran países limítrofes. A la entrada de la embajada rumana había un talonario con números de espera para la entrevista con el Cónsul y en ese momento sentí el impulso de sacar un número y me senté a esperar en ese hall lleno de chilenos, entre ellos el Chico Huerta con su hermano. Al llegar mi turno, el Cónsul, después de escucharme con atención, me dijo que hablara con el compañero del Partido Socialista Roberto Massei para ordenar aquello de “el aval” y que volviera en dos semanas. La verdad era que yo no conocía a esta persona ni de nombre aunque, supuestamente, yo debería saber de quién se trataba. Así pues, me despedí del Cónsul asegurándole que seguiría sus indicaciones. En el refugio le pregunté a Manuel un conocido socialista, si me podía contactar con Roberto Massei. Sin más comentarios me dijo estar dispuesto ayudarme. Y esa misma tarde tomamos el Subte en Constitución cambiando de línea en la segunda estación para continuar hasta San Juan con Boedo, el lugar donde había estado con Alberto González. De allí nos fuimos caminando por unas calles iluminadas solamente por ampolletas que colgaban de cables atravesados de vereda a vereda y así, hasta llegar a una casa esquina construida con ladrillos la cual lucía un lienzo rojo pintado con letras blancas: “Partido Socialista y algo más”. Manuel me aclaró que los socialistas chilenos se reunían en ese local cedido por los argentinos. Al tocar el timbre salió alguien que nos preguntó que deseábamos mientras los allí presentes cantaban acompañados por una guitarra: Un colihue es muy delgado y muy fácil de quebrar pero si juntamos varios son difícil de doblar. Al decirle a quién buscábamos nos hizo pasar y luego tras explicarnos que el compañero Roberto estaba muy ocupado, nos preguntó la razón de nuestra visita. Le informé sobre mi entrevista con el Cónsul de Rumania y él anotó los nombres del grupo familiar pidiéndonos reserva porque según dijo, –”los comunistas nos acusan de estar levantándole la gente” 267


En espera de esas tramitaciones llegó el cumpleaños de Quena que celebramos con una linda fiesta donde cada uno contribuyó con algo, excepto un matrimonio que no participó argumentando que eran abstemios y de paso protestaron por la música. Como ellos estaban en una pieza vecina, yo los veía que pasaban tomando mate, pero un día sin querer descubrí que de la tetera no salía agua caliente sino vino por lo que fueron bautizados como los borrachitos hipócritas. En una nueva entrevista, el Cónsul rumano me notificó que nuestras visas se habían aprobado y solamente tenía que ir todo el grupo familiar con los pasaportes para ser visados. Posteriormente a eso según nos informaron, tendríamos que dirigirnos a la oficina del Comité Intergubernamental de Migraciones Europeas a fin de conseguir los pasajes y un poco de dinero para el viaje.

Gowland Simultáneamente a estos hechos, en el refugio se realizó la elección de directiva y ésta consiguió que las familias que ya tenían asignado un país donde irse podían vivir la espera en un albergue de que disponía la iglesia Luterana en Gowland, a casi 100 Km. del centro de la Capital Federal. Un número importante de familias fue trasladado en autobús del refugio nuestro y del que se encontraba en la calle Córdoba. En Gowland, una especie de hacienda, nos recibió el pastor luterano quien a pesar de ser holandés, hablaba como un argentino cualquiera. Primeramente nos llevó a donde estaban nuestras habitaciones. Un galpón con separaciones de planchas de madera, y sábanas colgantes simulando puertas de los cuartos en cuyo interior había un par de literas que nos anunciaban que ya no dormiríamos en el suelo. Casi al mediodía fuimos citados al comedor donde el holandés nos leyó la cartilla de funcionamiento y reglas del lugar. Se recomendaba no hablar de política porque, según el pastor, “muchos de los que allí llegaban, querían olvidar el pasado”. La cocina era rotativa, por matrimonio o dos personas solas que se encargaban de la compra y la preparación del desayuno, almuerzo y cena al atardecer. La casa ponía vino en las comidas solamente para 268


los hombres. Una señora que estaba sentada a mi lado comentó que su marido que llegaba los viernes desde su trabajo, no bebía absolutamente nada. Esta era una norma absurda ya que fuera del comedor, teníamos “chipe libre” para beber. Se ofrecían algunos trabajos pagados tales como el lavado de sábanas que Nora realizó unos días junto con la señora que tomaba vino en mate con su marido. La música que la junta militar chilena había prohibido la escuchábamos en los parlantes de un quiosco que vendía bebidas, cervezas, cigarrillos y dulces. Este estaba a cargo de un muchacho integrante del grupo que se había hospedado allí antes de nuestra llegada. Esos, en su mayoría trabajadores de la Papelera de Puente Alto, habían presionado al gobierno popular para que ésta fuese estatizada a pesar de que no estaba en el programa de gobierno. Sin embargo estas mansas ovejitas, otrora implacables impulsores del proceso de expropiaciones, se habían convertido, bautizado y casado por la iglesia Luterana recibiendo residencia en Holanda para donde ya habían viajado. De esas familias quedaba uno que armado de una Biblia trataba de convertirnos y así poder salvarnos del fuego eterno. El muchacho del quiosco era la excepción ya que su destino era Canadá. Por razones de trámites con relación a nuestro viaje, iba seguido a Buenos Aires donde se había constituido una directiva para organizar los viajes a Rumania. Lo curioso era que esa directiva estaban formada totalmente por comunistas que desobedeciendo la orden de Quezada de volver a Chile se habían arrimado al pecho fraterno de Roberto Massei. En una de esas reuniones se me informó que con mi familia viajaríamos dentro de catorce días rumbo a Rumania en vuelo de Lufthansa hasta Zurich y de allí con Tarom hasta Bucarest. Recuerdo que era viernes, la reunión se alargaba de tal modo que debí pedir autorización para retirarme y así alcanzar el último tren a Gowland donde llegué con la noticia de nuestro viaje pasadas las 7 de la tarde. Allí junto a los míos, me esperaban René y Marlene, con quienes casi desde nuestra llegada a Buenos Aires y por la sencillez y humildad que los caracterizaba, nos habíamos hecho muy buenos amigos. 269


–¡Oye Jorge! –empezó diciendo René, –te tengo una sorpresa. Hoy me tocó ir a comprar la carne para el almuerzo y le pedí a Marcia que me acompañara, la dejé a medio camino a la sombra del único arbolito que hay en el trayecto. En la pulpería pedí que me hicieran aparte un paquete de 2 kilos, que le di a ella para llevarlo a la pieza sin ser vista por nadie para asarlo a la parrilla esta noche. Yo había traído unas botellas de vino de la capital, las ensaladas y el pan fueron adquiridos en la cocina. No había nada mejor que todo eso para celebrar la noticia del viaje al país de los Cárpatos y del conde Drácula. Junto al inmueble se extendía un prado natural con una gran parrilla rodeada de asientos de troncos, y hasta allí nos dirigimos invitando a quien quisiera participar. La fogata al aire libre en una estrellada noche de luna casi llena le dio un especial encanto al lugar. Los niños, sentados en el suelo, estaban felices mirando el resplandor de las llamas y oyendo los crujidos de la leña ardiendo. Poco a poco se fue arrimando gente al fogón y todos aportaron con algo para el diente o la garganta. De una casita que quedaba separada del resto se acercó un hombre joven que resultó ser aquél cuya esposa había propagado la idea de que su hombre no tomaba bebidas alcohólicas. Mientras yo llenaba los vasos le pregunté que se serviría. –¡Vinito pues! –me dijo muy resuelto. –Pero tu esposa me había asegurado que no bebías nada –le dije. Su respuesta fue una risa irónica. “Ahhh! entonces perteneces al club de los borrachitos hipócritas” le agregué. Al oír esto su carcajada resultó casi cínica pero simpática al fin y al cabo. Al disminuir las llamas empezamos a tirar las carnes a la parrilla, en esos momentos reinaba una atmósfera de alegría familiar, buscábamos la forma de sobrevivir emocionalmente a esa excepcional forma de vivir. Había cientos de cosas que nos diferenciaban pero estábamos unidos ante la pérdida de nuestra patria común y la incertidumbre sobre nuestros futuros. Después de comer, los niños se fueron a jugar por las hermosas praderas interminables que rodeaban el lugar. Entonces alguien 270


que contemplaba en profundidad aquel paisaje, nos recordó que estábamos en la pampa argentina y empezó a cantar: “Zamba de mi esperanza, amanecida como una flor...” –¡Ah, puchas...se me olvidó! Teníamos la impresión de que la noche era solamente nuestra y cuando ya todos hablábamos de todo y al mismo tiempo, de improviso se produjo un silencio casi programado y ocurrió el acto mágico de aquel momento. Fue entonces cuando sin más luminarias que los últimos tizones y una luna casi en el horizonte como testigo, Marlene se levantó en ese escenario natural y comenzó a hacer lo que siempre había hecho en la cocina sencilla de su hogar allá en la población: cantar. Hoy, después de nuestro adiós he vuelto a verte cariño malo y se ve por tu reír que aún no sabes cuanto he llorado Soy sincera al confesar que aún te quiero, cariño malo sin embargo por tu error todo lo nuestro se ha terminado Si, tu nunca fuiste fiel y me fingiste aquel amor perverso ten respeto por favor por mi cariño que aún no ha muerto.

Marlene cantaba a Palmenia Pizarro con tanta pasión y fuerza que no despegábamos la vista de ella agachando la cabeza sólo para ocultar un lagrimón con la complicidad de la noche. Aquella noche en que Marlene nos llevó a Palmenia desde su exilio artístico.

De a poco nos fuimos retirando a nuestras piezas dejando para el día siguiente la limpieza que se realizó rigurosamente antes del desayuno del sábado. 271


Todos llegamos al comedor menos la pareja que vivía en la casita adyacente ya que a causa de la parranda del marido la mujer armó tal escándalo que decidieron abandonar el lugar en forma inmediata. Como la casita quedó vacía, por acuerdo unánime se nos cedió a nosotros por ser los que viajaríamos más pronto. El día domingo después de habernos instalado, fuimos a caminar hasta las primeras casas del pueblo. Entramos a la pulpería y entre paisanos que encontraban divertida nuestra manera de hablar, los niños bebieron gaseosas y los adultos una cerveza Quilme. En la semana fuimos con Nora y las niñas a Buenos Aires para hacer los últimos trámites y con aporte económico del CIME, comprar una maleta, un poco de ropa y zapatos para el viaje. Como andábamos cerca del refugio donde habíamos llegado, aprovechamos la oportunidad de visitar a los que allí quedaban. Varios de los que durante nuestra estadía vivían solos, habían recibido a sus familias. Nos acogieron con muestras de mucho afecto, nos hicieron saber que todos nos recordaban con cariño y deseaban poder despedirnos al momento de la partida a Europa. Para ello habían hecho gestiones ante CAREF pidiendo un bus para ir un domingo a Gowland a un paseo campestre con asado. La idea había tenido una muy buena acogida y extendieron la actividad para todos los otros refugios de los cuales habían salido familias a Gowland a esperar la partida hacia otros países. Muy temprano comenzaron a llegar al albergue, buses llenos de familias que rápidamente se fueron instalando en una arboleda otoñal que estaba a un costado del prado. Con gran eficiencia y sin mayores dificultades se organizaron competencias deportivas entre los refugios allí representados, tanto para adultos como para los niños que gozaban como peces en el agua. El asado estaba a cargo de un “charrúa” especialista en parrilladas y en encontrar “disculpas”. Cuando alguien se quejaba de la dureza de la carne, el uruguayo lo atribuía a que ésta era argentina; todo esto dentro de un ambiente de camaradería, bromas y buen pasar. Al final del encuentro ya casi en la oración y con una profunda sensación de fraternidad y alegría, nos reunimos todos alrededor de 272


la parrilla que a esas alturas, se había transformado en fogata y aprovechando ese momento, nuestros ex compañeros entregaron solemnemente de regalo a “mamá Nora” una nueva plancha, –la de ella había sido usada por todo el refugio de calle Brasil mientras vivimos allí. De ese modo, con la sencillez, cariño y afecto simbolizado en un simple aparato electrodoméstico, se sellaba una amistad y un recuerdo de esos que de vez en cuando iluminan nuestro caminar por la vida. Luego la solemnidad se transformó en instantes emotivos dando lugar a las palabras llenas de buenos augurios a nuestro viaje y a los de todos los que viajarían. Después se sucedieron los abrazos y unas cuántas lágrimas regaron a esa hora crepuscular la reseca hierba de aquél campo prestado. La noche cayó sobre nosotros mientras los buses se alejaban hasta desaparecer. Un día más se había vivido, un día menos de nuestro paso por la tierra, pensaba tratando que encontrarle una explicación suficientemente aclaratoria y racional a un fenómeno migratorio sin brújula, sin carretera y sin mochila. Mientras Juan Domingo Perón era hospitalizado y corrían rumores de la gravedad de la salud del presidente, corrían también para nosotros los últimos días de estadía en Argentina, primera escala de un viaje que las circunstancias de la vida nos habían deparado. Una de las cosas importantes que se nos recomendó fue que diéramos aviso en la oficina de migraciones para dejar sin efecto nuestras solicitudes de residencia. Es decir, anunciar que aquel medio kilo de formularios que habíamos entregado, bien podían enviarlo al archivo del olvido. Tuvimos que visitar nuevamente el recinto donde estaba el monstruoso edificio de Inmigraciones. La oficina de recepción de solicitudes era un cuarto deslucido donde se destacaba un viejo escritorio sembrado de papeles y con torres de carpetas que apenas dejaban ver a la funcionaria sentada tras ellas. La mujer vestía bien pero lucía sus labios y cejas pintadas con tal exageración como si con ello pretendiera diferenciarse de los toscos armarios que atestados de portafolios marcados a mano, parecían venirse abajo. 273


Mostrando nuestros pasaportes le dije: vengo a comunicarle que no necesitamos la residencia porque nos vamos. –¿Del todo? –preguntó. Y yo sin saber si ella quiso decir “completamente” o bien “para siempre” respondí que sí.

U

Hacia Europa

n viernes de fines de junio era la fecha de nuestra partida. Después de almuerzo llegó a buscarnos el autobús que nos llevaría al aeropuerto internacional de Ezeiza donde nos encontramos con muchas personas que habíamos visto en las reuniones preparatorias de los viajes. Entre ellos uno de baja estatura de apellido Pezoa y que había ejercido de coordinador. Y entre los que no eran de la directiva se encontraba el rucio Perrier que con esposa e hijos pequeños se acercaron a nosotros. Además de los viajeros, también llegaron muchos compañeros alojados en los refugios quienes cuando fuimos llamados a embarcar, subieron a la terraza para desde allí despedirnos a todos. Subiendo la escalinata del avión, Washington Báez, un hombre alto con barba, pelo largo y boina, giró hacia la terraza para despedirse levantando el puño cerrado. Este hecho detuvo la salida del Lufthansa siendo abordado por policías y guardias del aeropuerto que llegaron en un vehículo tocando la sirena en forma alarmante. Por los parlantes llamaron a su esposa e hijos a la cabina mientras otros interrogaban al hombre desplazando detectores por sus asientos. Después de una larga espera, nuestro avión se dirigió a la pista de despegue mientras la voz del comandante entregaba la alocución de “Señoras y señores pasajeros... ”en castellano, alemán e inglés. La tarde ya había caído y a medida que el avión se elevaba violentamente se veía por las ventanillas como la inmensa vorágine porteña iluminada se iba alejando. Cuando pudimos sacarnos los cinturones, el chico Pezoa nos indicó cuales eran los asientos para fumadores, donde estaban los baños y con las primeras turbulencias nos explicó en forma muy detenida, la razón del fenómeno. El personal de servicio lo componían varias mujeres y extrañamente... también un hombre, una versión masculina de azafata, algo que no había visto ni en películas lo que no era de extrañar pues esa era solamente mi segunda aventura aérea. Toda la tripulación estaba 274


compuesta por alemanes pero hablaban castellano y se podía pagar con pesos argentinos si uno deseaba algo extra. La comida que era excelente estaba servida en platos de loza y cubiertos de metal. Uno podía beber agua, gaseosa, vino o cerveza en vasos o copas verdaderas y según el personal, toda la vajilla era nueva con la marca de Lufthansa y se usaba una sola vez. Con todas las emociones experimentadas no fue extraño que cayésemos en un profundo sueño del cual despertamos al llegar a Senegal preparando el aterrizaje en Dakar. Mientras bajábamos distinguimos una geografía diferente: un suelo rojo anaranjado con arbustos, baobabs y acacias de verde intenso, además de viviendas circulares con techos de hojas de palmera. Eran cerca de las 6 de la mañana cuando el avión se detuvo y por razones técnicas y de limpieza nos vimos obligados a bajar del avión. La temperatura y la humedad del aire eran sofocantes cuando salimos de la nave hasta la sala de tránsito donde la atmósfera era más agradable. Los senegaleses eran en su mayoría altos y delgados al igual que las mujeres las cuales portaban largos vestidos y pañuelos con estampados muy coloridos. Una hora más tarde subimos al avión que era atendido por una nueva tripulación que nos saludó con un “Buenos días” que fue lo último que escuchamos en castellano porque por los parlantes se escuchó: Guten Morgen meine Damen und Herren... y luego Good morning ladies and gentlemen... El desayuno atendido muy amablemente con señas por las “aerobuenasmozas” de Lufthansa, resultó exquisito y abundante. Luego el chico Pezoa nos informó que ya desde ese vuelo dejaba de circular el peso argentino. Nuestro vuelo continuaba sobre la costa occidental de África. Las ventanillas del lado izquierdo nos mostraban el Atlántico mientras que las del lado derecho, nos ofrecían el Sahara con sus extensas manchas amarillas rojizas. Un grupo de niños, entre ellos Marcia, recorrían con mucha curiosidad todos los rincones de la nave comentando con nosotros sus descubrimientos. El cuarto para mudar bebes era el más apasionante, pues subidos a la mesa se deleitaban viendo las alas y motores del avión volando sobre las nubes. Mientras tanto 275


que nosotros con los Perrier disfrutábamos de la cerveza alemana en tarros de 33 centilitros. Pronto vino el almuerzo y luego el aterrizaje en Zurich donde nos confiamos en la conducción del chico Pezoa quien nos llevó a una inmensa sala de tránsito con muchos turistas y algunos militares que se paseaban armados de metralletas. Nos sentamos muy ordenaditos en las butacas en fila a esperar alguna información sobre nuestro viaje a Bucarest. La oficina de Tarom estaba cerrada y Pezoa que no pudo conseguir ninguna información vino a decirnos que todo estaba bien y solo había que esperar. Carolina y Boris, hijos de los Perrier, daban al igual que los nuestros, notorias muestras de sed y cansancio. Marcia había recorrido tanto el avión que al final vomitaba todo. En esta situación decidí hacer uso de los 5 dólares que mi suegra me había entregado en Santiago y compré bebidas y galletas que repartí entre los menores. Otros chilenos con mayor poder adquisitivo compraban equipos electrónicos japoneses. Con Perrier fuimos a los servicios higiénicos a buscar agua para beber y allí observamos que había una ducha pero que funcionaba con monedas que no teníamos. Mientras yo iba en busca de toallas, el “rucio” tomó un trapero, quedó a la espera de que saliera la persona que estaba adentro. Y así Perrier, actuando como aseador, mantuvo la puerta abierta mientras yo llegaba con las toallas y pudimos ducharnos sin problemas. Pronto apareció Pezoa “parlando italiano” con el encargado de la oficina de Tarom, un hombre rústico con terno y sin corbata, quien por fin trajo la información: Saldríamos a las cinco para Bucarest, nuestro destino. –Que vamos a hacer ahora papá? Me preguntó Marcia. –Esperamos tomar otro avión. –¡Nooo! Exclamó. ¡Otro avión no, mejor tomemos un tren! Al llegar la hora de la partida y cuando nos dirigíamos en grupo a la puerta de embarque, un muchacho español se me acercó pidiendo ayuda; había perdido su avión a Madrid y no sabía qué hacer pues no hablaba ningún otro idioma. Sentí mucho no poder ayudarlo, tanto, 276


que todavía lo recuerdo a pesar de los años pasados desde ese día y Pezoa –que algo podía haber hecho– estaba junto a los funcionarios de Tarom chequeando nuestros pasaportes y pasajes. Detenido cerca de la puerta, por fin nuestros ojos pudieron ver al tan esperado avión de la aerolínea de Rumania; de unos 40 m. de largo, color gris claro con 4 motores turbohélices y sobre las pequeñas ventanas con letras en azul se leía Tarom. Los pasajeros rumanos –casi todos hombres maduros– hablaban sin parar en su idioma que aún pareciéndonos muy extraño, lográbamos atrapar algunas palabras parecidas al italiano. También iba un par de ancianos suizos que por los folletos que llevaban se dirigían a algún balneario de aguas minerales y obtener cremas Gerovital. “Buna seara,” nos iban saludando sonrientes el piloto y una vigorosa azafata mientras nos ofrecían el Scînteia y el România Liberă, dos diarios rumanos de sólo cuatro páginas de hoja grande. Ingresamos al avión y una vez ya sentados como si nos hubiésemos puesto de acuerdo guardamos un silencio ceremonioso y meditativo. Sólo los rumanos siguieron hablando en voz alta hasta que el avión se puso en marcha. En la semioscuridad interior se destacaba un luminoso letrero de fondo blanco con letras rojas pintadas a mano. En él se leía Fumatul Interzis y por deducción pensamos que decía: “Prohibido fumar”. El despegar no fue tan violento como el de los aviones Boeing pero en el aire nos balanceábamos como en un parque de entretenciones. Cuando el viento dejó de jugar con nosotros nos sirvieron la comida: bolitas de carne a la rumana con papas fritas, tomates y pepinos en trozos, pan, queso y bebidas rumanas desde agua mineral o Pepsi, hasta vino o cerveza. Después de degustar esos nuevos sabores, los niños se fueron sumiendo en un apacible sueño del cual los mayores no pudimos gozar. Hubieron muchos factores que lo impidieron: la tensión, una cierta angustia y las diversas emociones que despierta el hecho de saber que se está llegando a un destino desconocido. Todo esto unido al efecto que produce el descenso del avión y los avisos de permanecer en los asientos y ajustarse los cinturones para esperar las sacudidas del aterrizaje.

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Residencia en Rumania

Ya en tierra rumana, se distinguían débilmente iluminadas sobre el techo del aeropuerto, unas enormes letras de plástico que decían: Bucureşti, România. Aparte de aquello no se veían muchas luces pero si muchos soldados apostados tanto afuera como adentro del sólido edificio. Cumplidos los trámites de rigor, fuimos recibidos en una sala por dos funcionarios quienes, comisionados por el municipio de Bucarest, serían los encargados de nuestra estadía. Les acompañaba una intérprete llamada María Elena, quien nos indicó que subiésemos a un bus del transporte colectivo local, habilitado para nuestro traslado. En su interior se encontraban tres chilenos que habían llegado antes que nosotros procedentes de Perú. Estos compatriotas acusaban muestras notorias de cansancio. Los que veníamos de Buenos Aires ocupamos casi todos los asientos y los últimos en subir fueron nuestros tres anfitriones. Uno de ellos se instaló en una boletería que tenía el bus junto a la última puerta. Desde allí nos dio la bienvenida para luego, durante el trayecto hacer la entrega a cada familia, de un llavero con la dirección y el número del departamento donde viviríamos. Íbamos transitando por las calles del país que nos había acogido en circunstancias tan especiales y pensaba en aquellos compatriotas que por diversas razones seguían bajo aquella persecución sistemática y variada a que la dictadura tan cruelmente los sometía. –¡Familia Varas Mardones!– Se escucharon fuerte nuestros apellidos sacándome de aquél mar de pensamientos que pesaban más que la mochila con que en mi primera juventud había viajado por aquel Chile de mis interrogantes. Por mi Chile que en esos instantes rodaba por las calles de Bucarest transformándolo todo en “un antes y un después” en mi existencia. Por fin desde el fatídico 11 de septiembre dejábamos de ser por lo menos temporalmente, una familia errante. Llegamos al recién construido barrio Drumul Taberei, “El camino al campamento”, de acuerdo a la traducción de nuestra intérprete. Este constaba de un hermoso parque, una feria, varios supermercados, farmacias y policlínicos. Allí se nos habían destinado dos edificios de 10 pisos con 65 departamentos. Nuestro departamento era el 36 y en el llavero decía: Aleea Arutela 2, Bloc 19 ap 36. Este constaba de 278


un dormitorio con una cama doble con sus sábanas impecables, un living comedor con una mesa y cuatro sillas más un sofá cama para las niñas y una puerta al balcón; una cocina con refrigerador, un armario, lavaplatos y una cocina a gas; el baño tenía el wc, lavamanos y una tina con ducha. En Bucarest se nos habilitó un total de seis edificios similares para recibir a los cerca de cinco mil compatriotas procedentes en su mayoría de Buenos Aires y Lima. Algunos bolivianos, brasileños y uruguayos que sufrieron la dictadura chilena llegaron también con nosotros. Rumania disfrutaba de una buena economía gracias a créditos occidentales y por su posición de independencia con respecto al campo socialista. Cabe aquí agregar que al igual que China y Albania, Rumania no había roto las relaciones diplomáticas con la dictadura en Chile. Luego de fotografiarnos para el carnet de identidad y entregarnos una cantidad de dinero para dos semanas, los funcionarios se retiraron. Pronto regresó uno de ellos preguntando por chupaya y yo recorrí mi nuevo departamento mirando los colgadores y los muebles pensando en un sombrero, pero lo que el hombre buscaba era su compañero de apellido “Ciupaia”. Con unos vecinos que habían llegado semanas antes, conseguimos un poco de té, pan y leche para calentar en la marmita chilena. Nos advirtieron que los domingos la leche la vendían entre las 6 y 8 de la mañana en las afueras del supermercado que estaba muy cerca de allí. Aquella nuestra primera noche en Rumania, agotados nos acostamos a dormir sin poner en orden el reloj despertador que traíamos de Chile, así es que fueron los rayos de sol en pleno rostro los que me despertaron y obligaron a correr al supermercado el cual estaba cerrado y sin señales de vida. Volvía a casa acongojado por haber llegado tarde a la leche, y ya cerca de nuestro edificio, comenté mi atraso a una muchacha chilena que regaba el jardín. Ella tras oírme con atención no pudo evitar la risa y disculpándose me explicó que sólo eran las cinco de la madrugada y que en verano el sol salía muy temprano. Yo algo de eso sabía pero nunca me imaginé que éste podía ser tan madrugador. más tarde volví al supermercado que, vecino a la panadería, verdulería y una paquetería, estaba muy bien abastecido disponiendo 279


de una rotisería muy surtida. Allí me encontré con Gabriel Morales, un amigo de los tiempos juveniles en San Bernardo. Gabriel, que era hijo de Raúl Morales cronista de “Clarín”, llegó más tarde a visitarme junto a Callejas, el diagramador de “El Siglo”. Consigo traían una botella de vino rumano para brindar por ese reencuentro con San Bernardo y la Imprenta Horizonte. Ambos venían de Perú: Gabriel, a pesar de su lealtad y permanencia en la Jota, tenía una posición bastante crítica. Callejas en cambio acusaba cierta tristeza, cansancio y desilusión. Se sentía herido, utilizado y categóricamente decía “no querer más guerra” con compromisos partidarios. Los estados de ánimos expuestos en esos momentos por ambos, reflejaban dos de las muchas posiciones existentes entre nuestros compatriotas lo que hizo que cada cual tomase sus propias decisiones. Estas, buenas o malas, representaron y en gran medida contribuyeron al carácter fragmentario de un ya diseminado exilio chileno. Rumania nos recibió como verdaderamente se recibe a un hermano, pero a diferencia con otros países –donde los movimientos obreros locales fueron actores importantes en la campaña solidaria contra la dictadura– en Rumania nuestras actividades tanto políticas como de solidaridad, se celebraban única y exclusivamente dentro de nuestro propio ente social. A medida que nos íbamos incorporando en la sociedad continuaba el ingreso de nuevos compatriotas y con ello los encuentros y reencuentros como los hermanos Huerta mensajeros de Puro Chile, Julio Cabeza y su esposa Emilia del refugio de la calle Brasil en Argentina, Alfredo Rosales con quien habíamos hecho cola juntos en la oficina de Paz en Santiago y las hermanas Marilú y Malva Tirado, amigas inolvidables a las cuales volví a encontrar en Malmö. En una oportunidad buscaba a un encargado del Partido Socialista a pedido de un amigo que había quedado en Argentina. Preguntando llegué donde Benigno, un compañero el cual me hizo pasar con una voz que me parecía muy familiar y en la conversación descubrimos que habíamos estado juntos detenidos en el centro de torturas del cerro Chena. Su nombre completo era Benigno Velazquez y había tenido la misma sensación al escucharme. En medio del escalofrío que 280


nos trasladó a aquellos días de vistas vendadas, nos estrechamos en un apretado abrazo. Un compañero valdiviano me contó que a Pepe Valdivia nunca más se le vio ni escuchó cantar al Calle-Calle y era cierto que sus hermanos menores habían sido asesinados por los milicos. En los edificios de chilenos empezaron a aparecer diarios murales de distinta índole. Uno logró sobrevivir cuando junto con Gabriel Morales, Joel Sánchez, Pato Cortez, Augusto Lora, Marcelo y otros le introdujimos un carácter periodístico con el respaldo del Partido Comunista. Al poco tiempo se me entregó la dirección de aquél diario mural y entonces creé “El Perrochancho”, una caricatura que tal como el diario mural, se editaba semanalmente y se ponía a la entrada de cada uno de los seis edificios de chilenos. La caricatura –una sátira que representaba al dictador chileno– me costó la prohibición de entrar a Chile, pero a su vez y como un parche sobre mi herida, aquella sátira me dio la 1a Mención Honrosa en la Primera Bienal Internacional de Humor Gráfico en La Habana en 1979. Hoy, cuando la primavera ha regresado a mi balcón, me entrego al refrescante encanto –y también a algunos desencantos– de ir ensamblando pequeñas piezas de un puzzle rezagado y mezclado en mi memoria. Busco conclusiones que emanen de una perspectiva de tiempo y distancia, de experiencias cargadas de colisiones culturales, diferencias históricas y de diarios desafíos a nuevas formas de vida. Volviendo a la llegada y estadía de nuestra familia en Rumania –la cual se prolongó por ocho años– y aunque la solidaridad hacia nosotros los asilados fue con mayúscula, allí, y como en todos lados, sencillamente había que ganarse la vida. 281


Enfrentábamos un país totalmente desconocido, cuyo idioma fuimos aprendiendo como lo hacen los niños saliendo de la cuna -escuchando y repitiendo- muchas veces adivinando su significado. María Elena y otro intérprete nos ayudaban con conocimientos básicos del rumano principalmente para hacer las compras pero en la realidad se producían malos entendidos o discrepancias entre lo aprendido y lo usual. El ingreso directo a la escuela y el natural contacto con el idioma local, hicieron que los niños de nuestra comunidad de chilenos tomaran rápidamente las riendas de la vida diaria. En nuestro caso las niñas nos servían de intérpretes en las visitas al médico entre otras cosas; Marcia se reía de nuestra manera de hablar el rumano mientras Quena nos criticaba y corregía a menudo. Laura que había recibido una plaza en la guardería, sufría sus dramas con eso del idioma; como por ejemplo, en una oportunidad en que pedía galletas a una parvularia, pero nadie le entendía. Situación que tuvo caracteres trágicos porque días antes ella, les había entregado un paquete de galletas para que se lo guardasen. A muchos de los matrimonios chilenos, les nacieron hijos desde los primeros años y no fuimos la excepción; en julio de 1975 nació nuestro Jorge Mihai, nombre rumano que Nora le dio en agradecimiento a esa tierra que nos albergaba. Cuando Nora llegó a casa con Quena con Mihai en brazos, su criatura, Laura tenía menos de tres Marcia y Laura en Bucarest. años. Ese mismo día, una vecina que nos visitó para conocer al niño, la saludó diciendo: –¿Hola Laurita como estás? a lo que ella contestó: –”Allá adentro está la guagua”. Cuando le llegó la hora de ir a la guardería, el personal, tenía serios problemas para llamar Jorge a nuestro hijo de modo que empezamos a llamarlo Mihai. Nunca antes me imaginé que mi nombre fuera tan difícil de pronunciar en otros idiomas excepto árabe o persa. 282


El gobierno rumano fue justo y desprovisto de actitudes clasificatorias para con el refugiado. Ante esa normativa igualitaria todos los chilenos recibimos por igual el derecho a la vivienda, a la salud, al trabajo, a la educación y a la recreación. Además nos fue otorgado el derecho excepcional de ingresar a estudios de educación universitaria cuya única exigencia era el haber completado la enseñanza media. Los representantes de partidos políticos chilenos entregaban un aval a sus militantes para acceder a ese derecho, pero sólo se trataba de una formalidad. A aquellos que no tenían un respaldo político, el estado jamás les obstaculizó el ingreso a las universidades. Quena y Marcia estudiaron en Rumania con éxito sus carreras de Medicina y Odontología respectivamente. Recién ingresadas a ellas, conocieron a los estudiantes libaneses Faouzi Ghanem y Hani Kalih, causando la censura de un importante sector de nuestra colonia. Ahora ellos son nuestros yernos y padres de cuatro encantadores nietos. Cuando la situación socioeconómica en dicho país se hizo intolerable, con Laura y Mihai de 9 y 7 años respectivamente, nos vinimos a Suecia causando nuevamente la repulsa por “haber huido del paraíso socialista”, y de paso nos aseguraban que aquí en Suecia como país capitalista era imposible obtener estudios superiores. Nuevamente se hacía presente uno de los males humanos que nuestra colonia tampoco pudo evitar: el prejuicio, ese que nos maltrata como lo hace un bumerán. Laura, como contraposición a ese mal, siguiendo la carrera de genética, se doctoró en el 2007 en investigación de células madre y ha trabajado como profesora en la universidad de Malmö. Mihai, ya terminada su enseñanza media, se fue a estudiar a Londres y hoy es asesor de prensa y gráfica en la Oficina regional de Naciones Unidas para Europa. Mi primer trabajo en Rumania fue en un taller de decoraciones dependiente de la Municipalidad de Bucarest donde se hacían los lienzos, retratos y escenarios de tipo oficial. Allí también fue donde en283


contré mis primeros amigos rumanos con quienes nos visitábamos mutuamente. Nora, por su parte, empezó a trabajar en una fábrica de tejidos pero desafortunadamente en su primer día laboral, ocurrió que Marcia se fracturó una pierna impidiendo a Nora continuar en la fábrica. Mis compañeros de trabajo eran casi todos maestros en las distintas disciplinas que exigía la producción gráfica decorativa de gran tamaño: letristas, pintores, dibujantes y retratistas. Mi jefe Silvio Verzotti –un hombre muy talentoso– admirado de mi capacidad para realizar los trabajos que se exigían y mis cualidades de dibujante, me contó sobre su proyecto de hacer un libro para niños. Sostenía que aunque él era dibujante, mi estilo de dibujo se adecuaba mejor a la historia pensada. La hija de Silvio, al igual que Laura, había comenzando la escuela, y esa experiencia en común, vino sin lugar a dudas, a enriquecer el contenido del proyecto. A esas alturas de mi vida ya había plantado árboles, había engendrado y criado hijos –faltaba en este caso sólo escribir un libro que como correspondía al dibujante establecido que yo era y soy, fue dibujado. Éste contaba la historia de una niña que tenía que aprenderse el abecedario y cansada de tanto repasar y repasar las letras, se duerme y comienza a soñar con ellas. Éstas van narrando el origen de nuestro planeta con la evolución de las especies y la historia de la humanidad hasta nuestros días. más tarde María Elena, convertida en un verdadero puente entre dos culturas, fue adaptando el texto de Verzotti a mis ilustraciones y así pudimos ver brotar y crecer en aquella generosa tierra del exilio, “La maravillosa historia de las letras” que a pesar de ser un libro para niños, describe la eterna lucha entre el conocimiento y la perseverancia contra la ignorancia y la maldad. Fue una obra que en cierto modo reflejó nuestro proceso de aprendizaje a vivir en ese nuevo país –por ello digna de su tiempo y lugar– y que obteniendo el reconocimiento de los niños y sus padres se agotó rápidamente en todas las librerías de Rumania. El relato de “La maravillosa historia de las letras”, termina con el despertar de la niña con una SONRISA cuya palabra en rumano empieza con Z, la última letra del alfabeto. 284


¡Señoras y señores pasajeros!

Mi deseo ahora es hacer un alto en este viaje existencial y cobijarnos del hielo y de la sombra en una estación de tiempo detenido. Una estación que al clarear el alba nos invite a seguir la vía de un nuevo tramo cargados de nuevas experiencias aportando con un grano de arena –y como en el relato de la niña de las letras– no olvidar nunca el derecho infinito a reír, a llorar… y a pesar de todo… volver a reír.

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Datos biográficos del autor Jorge Varas Santibañez «Varilla», diseñador gráfico, ilustrador y

caricaturista nace en Santiago de Chile en 1942. Ya en 1952 recibe una mención especial en el concurso para el emblema de la Escuela N° 3 de San Bernardo, donde es alumno. Durante toda su estadía en el colegio sigue practicando el dibujo con mucha dedicación llegando éste a constituir para él, una forma de vida. Estudia en la Escuela de Artes Aplicadas bajo la dirección de Julio Palazuelos y más tarde, trabaja con Santos Chavez. Colabora como ilustrador y caricaturista en diversas revistas y diarios de Santiago y en 1972 imparte cursos vespertinos en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. En 1974 sale al exilio a Argentina primero para proseguir posteriormente a Rumania donde participa en varias exposiciones y concursos internacionales. En 1979 obtiene la 1a Mención Honrosa en la Primera Bienal del Humor en Cuba con su caricatura:”Perro Chancho”. En 1980 realiza la ilustración y colabora en la redacción del libro en rumano para niños ”La maravillosa historia de las letras”. Posteriormente se traslada a Suecia donde ha realizado toda clase de trabajos artísticos desde carátulas de LP, diseños de afiches y originales, hasta de operador en la imprenta Proffset en Malmö. Participa en 1996 en un curso de Diseño y Producción computarizada en “Técnica en los medios de Comunicación”. Director del estudio de televisión 4S Mediaverkstad, tuvo a su cargo la dirección, foto y montaje del documental sueco ”Beirut idag” (Beirut Hoy). Coopera en la redacción e ilustra el libro “Våga att vara förälder" (Atrévanse a ser padres). Jorge Varas sigue aún trabajando con energía y dedicación en lo que él considera una parte muy importante de su vida, el arte gráfico, en su taller de publicidad. 287


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Señoras y señores pasajeros...  

Jorge Varas «Varilla», invita en su relato sencillo y ameno a un viaje por su vida, entregando imágenes de su ciudad; San Bernardo, cómo así...

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