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CUENTOS A LA INTEMPERIE Encuentros en la Literatura

© universidad popular de Palencia 2006 – 2007


Cuentos a la Intemperie

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Metro

7´30 de la mañana, como siempre, bajo las escaleras hacia la estación de metro y, como siempre, no puedo evitar la sensación de falta de oxígeno. Entro, como siempre a esta hora; el vagón va lleno, llenos de caras inexpresivas y taciturnas que miran sin ver. Otros dormitan y alguno lee. Las estaciones y las paradas se suceden rápidamente. La gente sale y entra, y, como siempre, las caras que cada vez son diferentes, son a la vez, las mismas. Fin de trayecto. Salgo fuera, aprovecho para respirar hondo. Idéntico comienzo e idéntico final. ARACELI

Aunque el aire ahora es más frío, sigo con mi trabajo, el telar que será toda mi vida y si no tengo suerte, también será mi muerte; una tela de hilos demasiado finos; una tela hecha con esmero y tranquilidad. En esta esquina se fragua el principio y el fin de todo mi universo; el nacimiento, la vida y la muerte. De vez en cuando una fuerza nos arrastra de dentro hacia fuera y me siento débil como en tantas ocasiones, estremeciéndome y pensando que si fuera un poquillo más fuerte, quizás tendría que buscar otro rincón más cálido y silencioso, donde no me eche ni el frío, ni el aire de la corriente provocada por las entradas y salidas del coloso traqueteante que cada media hora, más o menos, se para en la estación y ese personaje con bigote, gabardina gris y paraguas negro en su cotidianeidad, entra y se va Dios sabe dónde, reapareciendo como por arte de magia en el mismo sitio, cuando el sol vuelve a salir. Qué ¿cómo sé que el sol ha salido si nunca he estado fuera? Cuando el silencio reina en el andén, cuando el aire no me hiere tanto y el coloso traqueteante tarda más de lo normal, entonces es cuando allí el sol desaparece y yo puedo trabajar con más tranquilidad y rapidez… El tiempo es primordial porque mi existencia es demasiado corta y se puede ir con cualquier soplido que dé el monstruo de dos ojos, empeñado en que estorbo en un lugar donde no hay nada. ¡¡¡¡Que manía tiene el humano con quitarme del medio!!!!...¡¡¡Si supieran que han tenido que imitarme para poder construir todo este entramado subterráneo, sólo por viajar!!! Mientras tanto y poco a poco, yo me voy haciendo mi telar más grande y más grande, y si no me dejan comer, seguiré, sólo para jorobar al que se fije en mí y destroce una verdadera obra de arte; ellos creen que su arte es un bicho raro lleno de hierros que se introduce en las entrañas de la tierra como si de una oruga se tratase, para poder aparecer y desaparecer cuando les venga en gana. Y ya no me da tiempo a más por que siento el pitido del coloso que me recogerá en un minuto y debo dejar de fingir que soy aquella arañita de la esquina que teje y teje sin parar, para que llegue algún desaprensivo maniático que destroce toda una obra de arte y la deje sin comer… ELENA


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Viajero que mira desde el andén: Trato de precisar mi recuerdo, un día de enero del 2001: Un túnel. Un olor. Una mirada. Dos miradas… Una mano. Una indiferencia. Un saxofonista de jazz. Un acordeonista melancólico recordando su Buenos Aires Querido… Personas que vienen de… o van a… Gente de color que pasean sin dirección fija. Desde mi asiento en el vagón, mirar la escena resulta incierto; me levanto para buscar un ángulo distinto, más despejado, pero todo se repite; me siento atrapada, como si estuviera dentro de una caja, cuyas paredes interiores fueran espejos donde las imágenes se multiplican y, de donde nadie puede entrar ni salir. Es como, si por un instante, el tiempo se hubiese detenido. Sólo el brusco movimiento del vagón que va alejándose del vagón me hace salir de esta angustiosa escena. Una estación. Una espera. Una historia. Una posibilidad. Una ciudad. ISABEL

No recuerdo muy bien si fue en 1964 ó 1965 cuando descubrí el metro; me pareció ideal poder recorrer toda la ciudad de una punta a otra sin atascos y en un tiempo récord. Pero lo que más me llamó la atención fue ese olor especial que no se parece a nada, pero que no molesta, por lo menos a mí. Será que como nunca tuve que cogerlo por obligación, me encontraba muy a gusto yendo de un lado para otro subida en esos vagones, hoy ya desfasados, pero que a mí me encantaban. LOLA DELGADO

El metro es un medio de locomoción extraordinario, pero para mí, trae recuerdos algo desagradables: Mi viaje de novios fue a Madrid. En el hotel nos recomendaron la visita del Madrid de los Austrias y que fuéramos en el metro; nos dieron una pequeña guía para no equivocarnos. Yo creo que, ya por premonición, las escaleras me dieron un poco de miedo; esperamos en el Andén; aquello parecía como que todo Madrid se había dado cita en la estación… Llega el metro, se abren las puertas; toda la gente queriendo entrar de golpe y a empujones. En unos de esos, me meten dentro del vagón, las puertas se cierran, miro para atrás entre la gente y no veo a mi marido. La


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sorpresa fue que, al mirar hacia el cristal veo en el andén a mi marido. Con el miedo metido en el cuerpo pensé: ”¿qué hago yo ahora?” La gente no se percataba de mi pánico y a empujones de nuevo, en la próxima estación, me sacaron del vagón. Sin saber cómo, subí las escaleras; necesitaba aire fresco… En esos momentos me acordé de Marco buscando a su madre desesperadamente. Me sequé las lágrimas y pensé que lo primero que debía hacer era buscar un policía; tuve la suerte de encontrarme a una pareja de verde y les conté todo lo acontecido; muy amables ellos, me montaron en su coche, en la parte trasera, como si de un ladrón se tratara, pero más delicadamente, claro está, y me condujeron hasta la estación donde perdí a mi marido y, allí estaba el pobrecito mío, sentado en un banco. Al verme llegar, con los ojos alegres por mi regreso comentó: ”Sabía que tú lo arreglarías todo, por eso no he querido moverme de aquí…” y los policías se despidieron con caras de cachondeo que no pueden ni imaginar… Ese día se acabaron las excursiones… excursiones. No volví a coger nunca más el metro a pesar de que unos años más tarde tuve que volver. Me arreglé con taxis y autobuses, que para eso, mi hijo tenía buena mano: en cuanto salíamos del portal de la pensión donde pernoctábamos, sacaba su cabeza fuera de la acera y alargaba el brazo con su manita extendida, parando al primero que pasaba. JUSTI

El metro o Suburbano, cómo queráis llamarlo, es un mundo a parte y diferente al de la superficie; sólo hay que bajar unas cuantas escaleras y comprobarlo. Al traspasar las puertas batientes que dan al vestíbulo, lo primero que percibes es la bofetada del olor, característico del metro; un olor que te envuelve hasta que sales al exterior. Sacas el billete y con él en la mano piensas: “No sería mejor coger el Autobús?”... Nunca te han gustado los espacios cerrados y vacíos. -“No”- te contestas- el metro es mucho más rápido, así que vamos allá. Pasas el control y miras a ver dónde está la línea azul, que es la que te han dicho que has de coger; no la ves y preguntas. -Allí -te dice un hombre sin dejar de andar- al fondo del pasillo”. La flecha te indica el camino; tienes que coger las escaleras mecánicas y bajas una, dos y hasta tres escaleras, sigues la flecha azul que te va indicando a lo largo del pasillo, el andén en el que has de esperar el tren. Ya has llegado y respiras aliviada, y has resuelto la primera parte del laberinto. El apeadero está colmado de gente, casi todos emigrantes, un coro de acentos extranjeros que tú no entiendes, se van acercando al borde del andén; el tren está a punto de llegar; tú lo ves venir allá, al fondo del negro túnel con los faros fosforescentes y resoplando como una bestia enfurecida capaz de engullir a todos los que esperan su llegada; y, en efecto, en menos de un minuto se los ha llevado a todos; se cierran sus puertas y tú te has quedado sola; te ha dado miedo la avalancha que se precipitaba dentro del vagón. Decides esperar el próximo tren; piensas que quizás vaya menos gente y, así poder coger un asiento. En ese momento, te das cuenta de que el andén se ha vuelto a llenar de gente y el problema es el mismo; no quieres que te aplasten, te pisen o te hagan caer. Entonces miras el reloj y te dices:”Decididamente, me voy en autobús”- y desandas lo andado; subes y bajas las escaleras; recorres los pasillos, estas deseando salir al exterior, dejas atrás las luces de neón, las prisas, el gentío y el antipático olor del metro. Ya estás en las escaleras de salida y te abraza el aire gozoso de la primavera. Por fin ves el cielo y la luz de tu ciudad y te juras que nunca más bajarás al metro.


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Suspiras y dices para ti:”Para conocer a mi nieta recién nacida, no me hace falta ganar tiempo; yo dispongo de todo el tiempo del mundo”- y te vas, sonriendo a buscar la próxima parada de Autobús. PILAR

Sí, ya hace muchos años; por entonces trabajaba en las obras de la ampliación del metro. Ya no recuerdo en qué ciudad fue, pero yo manejaba la gran toneladota, era tremenda. Todos los días perforaba unos cien metros. Aquel día íbamos avanzando más lentamente que de costumbre, caía mucho agua por las paredes laterales y el desalojo de la broza, que también lo hacía la toneladota, se hacía más complicado. Yo antes no fumaba, pero ahora estoy todo el día echando humo. Anda, dadme un cigarro. Como os decía, el día no iba muy bien, el caso es que se produjo un desprendimiento lateral; yo no me preocupé demasiado porque se puede decir que la máquina estaba acorazada, pero me pareció ver claridad o un resplandor por el boquete que se había producido. Paré la máquina. No se veía muy bien, pero me di cuenta de cómo venían hacia donde yo estaba. Eran como un grupo deslavazado y vestían una especie de sayón. Enseguida sentí una gran inquietud. Iban acercándose medio trompicando, ya les iluminaban las luces laterales de la máquina. Vi las caras de dos de ellos. ¡Estoy seguro de que uno era Miguel! Se quedó como mirándome aunque me di cuenta de que tenían la mirada perdida. Bueno, tenéis que iros, ya llevan la cena al comedor. El próximo día que vengáis me traéis tabaco. CARLOS

De pronto me encontraba en una de las estaciones de metro de aquella ciudad desconocida. El día había sido estupendo, después de visitar el Museo más famoso de dicha ciudad; había dado un paseo por uno de los parques más bonitos. Decidí viajar en el metro; me asombro la variedad de gente que allí se daba cita; gente de todas las partes del mundo. Subí al tren y seguí admirando la variedad de personas que en él viajaban y me emociona saber que viajaba por las entrañas de la ciudad de la luz. Bajo en una de las estaciones del recorrido que resultó ser el nudo que unía todo aquél laberinto de comunicación; salí al andén y me vi en el centro de una gran multitud, rodeada de escaleras mecánicas que subían y bajaban; de pronto, me di cuenta que desconocía el idioma, no podía hablar con nadie y la salida se hacía un poco difícil. ¡Confieso que me costó salir de aquel laberinto! BENITA

Suena el despertador sacándome de un profundo sueño. Me desperezo, salto de la cama; la ducha, el desayuno… es inhumano levantarse tan pronto para ir a trabajar. Salgo a la calle; aún es noche cerrada; llego a la plaza, veo la boca del metro y bajo las escaleras como un autómata. A estas horas hay poca gente en la estación; subo al primer vagón y ocupo el sitio de siempre. Suavemente el tren se pone en marcha para ir adquiriendo


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velocidad; veo pasar los mismos túneles, las mismas estaciones de todos los días. Esta monotonía se hace insoportable. Me planteo seriamente la posibilidad de cambiar de trabajo. ¡No aguanto más ser conductor de metro…! PILAR RODRIGUEZ

En el metro Hacía un mes que la observaba. Coincidíamos cada mañana en Fuencarral. Ella leía hasta que llegaba el vagón que nos adentraba hasta las mismas entrañas de Madrid. Metía su pulgar en medio y cuando se subía, seguía leyendo. Yo me sentaba enfrente, para mirarla mejor. Cuando yo me bajaba ya había leído dos páginas. Ella seguía. No levantaba la mirada del libro en ningún momento. Eso me daba la libertad de observarla con atención. Me encantaban las mallas ceñidas que se ponía los viernes, se le notaban más los labios de abajo que los de arriba. Estupenda. Con las faldas anchas de los lunes, martes y miércoles fantaseaba con sus finos tobillos. Pero era con los tejanos de los jueves cuando más me excitaba. Perfecta. Exquisita. Comencé a obsesionarme y a imaginar cual sería su nombre, su trabajo... ¿En qué parada se bajaría? Yo bajaba en Tribunal, y me quedaba mirando su cuello a través del cristal hasta que el tren arrancaba y desaparecía. Hacía un mes que estaba leyendo el mismo libro. Lolita de Nabokov. ¿Sólo leería en el trayecto del tren? No podía aguantarlo por más tiempo, la tenía que seguir, y debía ser un jueves. Y así fue. Me asombré de que se diera cuenta, porque cuando se cerraron las puertas en la estación donde yo siempre me bajaba levantó la vista poco a poco y se me quedó mirando, tenía unos ojos preciosos y una mirada penetrante, volvió a su lectura. Se bajó en Batán y yo detrás de ella. En la calle la seguí a una distancia corta, suficiente para ver cada pliegue de su tejano ajustado. Tenía un trasero apetitoso, apretado, duro y salido como el de las sudamericanas, en forma de corazón. Las aletas de mi nariz se dilataron, volví a soñar que acariciaba su clítoris hundiendo mi lengua entre sus labios, a los de abajo me refiero. Era cautivadora. Tenía que atreverme, debía hacerlo, me jaleaba animándome, venga, va, ahora o nunca, atrévete de una maldita vez. Me acerqué a ella y agarrándola de un brazo la giré hacia mí. —Hola, buenos días, ¿cómo te llamas? —le dije de la forma más suave posible para que no se asustara. Ella, sorprendida, después de un segundo de sobresalto, me regaló una sonrisa y me dijo: —Clara. Me llamo Clara... ¿Y tú? —Lucía. Me llamo Lucía —le contesté. Fue entonces cuando noté cómo el color inocente de mis braguitas azul flojo se transformaba en un lujurioso e intenso azul flujo. BENI

El metro Acababan de inaugurar unas líneas del metro de Bilbao cuando fuimos allí a unas exposiciones de arte y pintura con la UPP. No me refiero al metro, como unidad de longitud del Sistema Internacional de Unidades o la diezmillonésima parte del cuadrante del meridiano terrestre, que


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pasa por París y que todos/as conocemos la definición perfectamente, debido a la serie de repeticiones memorísticas que realizábamos en el colegio; sino a ese tren subterráneo especializado en el transporte de viajeros de las grandes ciudades. Habíamos salido tarde de ver la 1ª exposición y nos dirigimos un grupo de compañeras a comer, al casco antiguo, a cámara lenta y mirando escaparates para variar… Más tarde, claro…, las 15,30 horas, imposible encontrar restaurante. Por fin, en una “herriko-taberna” nos daban de comer. Cuando subimos las escaleras, que daban paso al comedor, nos encontramos con las paredes empapeladas de fotos etarras, la curiosidad no impidió que mirásemos para adivinar a quiénes conocíamos. Nos trataron muy bien y comimos mejor, estábamos tan a gusto y relajadas, que cuando miramos el reloj era imposible llegar a las 17,00 horas, a la visita pictórica, pues el helicóptero no llegaría a tiempo, aunque le teníamos aparcado no muy lejos. Y carecíamos de móvil para avisar del retraso. La rapidez apremiaba y decidimos coger el metro, Al llegar pondríamos la excusa de que me había puesto malísima. La trola estaba montada y causaríamos tanta pena en el grupo, que no se nos tirarían al cuello, y nos dirían “tranquilas, el caso es que no haya pasado nada peor, y estéis bien”. Íbamos tan alocadas que al sacar el ticket comunitario, para ahorrarnos dos duros, cogimos billete de ida y vuelta. Al darnos cuenta del error decidimos no perderlo y dárselo a una chica que estaba sentada en un bando y por su aspecto parecía necesitarlo. Haciendo fama de mi buen hacer y tratando de hacerla un favor, me acerqué a ella y la entrego el billete diciéndola: -“Si lo quieres te lo damos, porque nosotras no lo necesitamos ya, no vamos a subir de nuevo”… Silencio… Mirada asombrada…Aniquilándome… -¿qué la pasará…? Pensé. Yo educadamente insistí, aún sin entender su asombro. - “Es que nos da pena tirarlo, si a ti puede servirte…” Por fin, me mira como diciéndome: -¿estás tonta, o qué…? Y me dice: -Y… ¿cómo pensáis subir al metro, si me das el billete?…, “tienes que meterle en la ranura “esa”…, (señalándome con el dedo en la dirección) para que podáis acceder al andén y coger los vagones, sino no podréis subir…” Todo esto me lo decía con un “rin-tintín”…la típica sabelotodo, pensé yo, molesta y colorada como un tomate, y con la misma cara de tonta de ella anteriormente, pero eso sí, con orgullo palentino, para que no adivinase nuestra ignorancia, la dije: -“Ah, claro, en mi ciudad no vive el metro…,” todavía. TERESA


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De 6 a 2 Soy limpiadora. Mi horario laboral es complejo. A las 6 de la mañana limpio la planta 4 del corte inglés; corresponde a la sección de ropa de mujer. No tengo tiempo para muchos menesteres pero trabajar en esta planta me permite estar a la última en eso que llaman tendencias, colores de temporada, nuevas propuestas para las mujeres de hoy, o sea, para mí misma. ¿Lo he dicho ya? Soy Julia, tengo 46 años, 3 hijas y ningún marido a la vista. Me he divorciado 3 veces, 1 por hija. Después del corte inglés, que me lleva 2 horas (hay que tener en cuenta que también limpio los baños, los probadores, los accesos…), voy a la FNAC donde permanezco hasta la hora en la que abren sus puertas. Después hago 2 casas que me llevan otras 2 horas cada una. Total, 8 horas de trabajo, 6 días a la semana, 800 euros al mes. Para desplazarme desde mi casa (vivo en Leganés) al centro, a Sol más concretamente, uso el metro todos los días. Hasta ahora todo iba bien, vamos, normal. Pero últimamente no. Cada vez que entro en el vagón y me siento (porque ya voy cansada), miro las caras de mis escasos compañeros y creo reconocer en ellas a personas con las que en algún momento de mi vida he tenido relación. Es extraño, muy extraño y no sólo por la sensación que me produce (que es tan extraña que logra estremecerme) sino y sobre todo porque la gente que reconozco en las personas desconocidas, es gente que antes de ese momento ya había olvidado. Estoy preocupada, muy preocupada. No sé lo que me está pasando. Tengo miedo, mas considerando que ayer me reconocí a mí misma en una de las pasajeras. CONCHA

En uno de nuestros viajes a la capital, nuestra primera intención fue coger el coche, pero tal y como están las inacabables obras, decidimos no hacerlo, y tomar el metro una vez allí. Así fue: mi acompañante y yo accedimos por una de las entradas a una gran sala interior que sirve de distribuidor para otras líneas de metro y para otras salidas del mismo. Sacamos el billete. En la estación no hay ni taquillera ni taquilla, sólo un vigilante que parece ausente. Deambulamos por un pasillo central e intentamos llegar a las escaleras. De repente, nos encontramos en el centro de una aglomeración de personas anónimas obligadas a compartir un espacio reducido. El tren se detiene y, cual estampida de reses, nos introducimos en el vagón. Una vez en él, me encanta fijarme en la gente que viaja conmigo y preguntarme lo que estarán pensando. Dejo volar mi imaginación, e interpreto sus rostros, me invento sus vidas, trato de adentrarme en sus mentes, inventándome su trabajo y su historia. Así, el trayecto se pasa rápido. Más tarde, consigo sentarme al lado de una mamá joven con un niño en su cochecito. Giro la mirada hacia mi compañero que permanecía de pie, y observo que dentro del bolsillo de su pantalón, hay una mano que no es la suya. Sin pensarlo, tiro fuerte de ella con rabia, mientras exclamo: _ ¡Te están robando! _ . Él me calma. No dio tiempo a que pasara nada. El tren se detiene. El ladrón desaparece. Yo me abrazo a mi bolso. La gente ni se inmutó, ni se rompió esa sensación de silencio que se respira en los metros. Cuando llegamos a nuestra parada, esperamos a que todos salieran delante de nosotros. Qué malo que nos estemos acostumbrando a que estas cosas sean parte de nuestra vida cotidiana, y que adaptemos a nuestras vidas, la inseguridad que estamos viviendo. Mª ANTONIA


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EL ANALISTA Montaba siempre en una estación distinta, junto con esa masa de gente que se traga el metro en las horas punta, entre empujones, roces y apretaduras. Le gustaba mezclarse con el resto, como se mezcla el búho con la espesura de la noche, para que nadie reparase en él. Así, con la ventaja que otorga el anonimato, observaba al resto de pasajeros descifrando en cada gesto, en cada movimiento, la vida de cada uno de ellos. Jugaba a adivinar sus profesiones, sus sueldos, sus costumbres; le parecía divertido fijarse en los pequeños detalles que para él eran un libro abierto. Y justo antes de bajarse en la siguiente parada, habiendo elegido debidamente a su presa, con un ligero empujón y un rápido movimiento de mano, les quitaba la cartera. Para él, el truco sólo estaba en cambiar de línea a menudo: de Bilbao a Alonso Martínez, luego Gregorio Marañón, Avenida de América... Todos los días lo mismo, subiendo y bajando del tren, arropado por una multitud que ignoraba por completo sus intenciones. Había días más flojos que otros, pero eso no le quitaba de vivir bien; siempre encontraba algún incauto al que recurrir. Aquella tarde le llamó la atención una mujer preciosa de pelo rizado que llevaba la chaqueta colgada del bolso. La miró de arriba abajo, analizando su aspecto con frialdad, y dedujo que sería una mujer casada y de buena posición, un trabajo sencillo y de sustanciosa recompensa. Se acercó por detrás y apoyándose levemente contra ella tapó el bolso con su cuerpo. Cuando introdujo la mano, la mujer se giró mirándole a los ojos. A él se le paró hasta la respiración y sacando la mano al instante dio dos pasos atrás sin apartarle la vista. En cuanto bajó al andén, echó a correr como loco hacia la superficie madrileña. Se detuvo un momento para calmarse un poco y se miró la mano; le dio la impresión de que la placa de policía le había quemado los dedos. JAVI

Metro Pero, si que es. Pero si que no es. Pero si que no es, cinta métrica usada en la academia de corte y confección. Pero si que no es, empresa americana, distribuidora de películas. Pero, si que es reptil subterráneo, hueco y con lucecitas de luciérnaga gigante, que arrastra entre uno y once elementos. En su interior, cientos de miradas se cruzan, se rehuyen, se miran sin reconocerse. Los cuerpos se rozan, se huelen aun en distancias razonables. Hay oídos que se cubren con minúsculos artilugios, que a su vez, emiten otros ruidos, para camuflar los sonidos que fluyen alrededor. Ruidos sobre silencios acomodados, bajo, toneladas de asfalto, golpeadas al paso de ruedas veloces, recorriendo, kilómetros de raíles de hierro a una velocidad de, 25-30 km, hora. Algunos, mas osados, consiguen, 60-80 km, h. Un conductor, lleva la unidad motriz pero en realidad, su conducción es automática. Entre, estación y estación, y sobre andenes altos, estatuas con vida programada, aguardan el momento de introducirse en el vientre del reptil urbanita. Son transportados de un punto a otro, de una gran ciudad. Entre, espera y espera, siempre se oye buena música, ejecutada y regalada por algún artista callejero. BEGO


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En el metro El jefe de la estación número tres del metro recogió su bolsa y salió de la cabina cuando entraba el nuevo conductor. Ya era media noche, acababa su jornada y entraba el nuevo turno de conductores. - Buenas noches ¿hace buen tiempo ahí fuera? - Sí. Fue su escueta respuesta. Es difícil encontrar conductores que quieran hacer el turno de noche. Es monótono y el sueño puede jugar una mala pasada. Los trabajadores prefieren pasar la noche en casa, y algunos se quejan de que el turno de noche es peligroso; pero nunca ha pasado nada. Esta es una ciudad tranquila y apenas si se produce el robo de alguna cartera de vez en cuando. El nuevo conductor había elegido el turno de noche voluntariamente y sin necesidad de rotación. Había argumentado que era el más idóneo a sus circunstancias personales. Circunstancias que no se conocían porque no era muy hablador. No parecía tener familia, ni amigos, no acudía a las reuniones y no se le veía en las celebraciones de compañeros. Era un hombre extraño, o quizá sólo era un hombre solitario. - Te veré mañana. Empiezo a primera hora, hoy tengo pocas horas para dormir. - Sí. Buenas noches. …………………………………………………………… Cuando el jefe de estación entró en el andén notó un silencio anormal. La estación estaba siempre vacía a esta hora porque el servicio comenzaba dentro de 15 minutos, pero sintió una sensación extraña que le produjo un escalofrío. El tren estaba parado unos metros antes de entrar en el andén y los vagones tenían las puertas cerradas. Accionó el mecanismo de seguridad para abrir los vagones y entró dentro. Algunos pasajeros seguían sentados en sus asientos, inertes, su tez estaba completamente blanca y sus ojos se habían quedado abiertos con una expresión de horror. Se acercó a tocar a uno de los pasajeros para comprobar su estado y vio en su cuello unas marcas de pequeños agujeros, pero no salía sangre por su herida. Recorrió los vagones y en todos encontró la misma escena. Cuando entró en el vagón de la máquina vio con estupor que estaba vacío. El conductor había desaparecido. CHARO

METRO: Intestino urbano que digiere a diario, entre fluorescentes en intermitencia y carteles publicitarios, un maremagnun de especies, entre ellas la humana. BELÉN


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EL METRO Es una boca grande y oscura hecha por el hombre bajo el asfalto, con máquinas, vagones, y se extiende como las raíces de un árbol. Van miles de personas en él con los pensamientos ausentes. Otro día igual, la rutina de siempre, la misma hora, la misma gente. Los pasillos largos y en laberinto, con calor y malolientes y trazos de grafiteros que alegran las paredes del metro. Los jóvenes que se besan, el cantautor con su vieja guitarra poniendo su música y su voz, los estudiantes tocando música de cámara para sacarse unos euros de nada. El pedigüeño y el vagabundo que viven en ese mundo, los cafés, las tiendas de bocatas, de baratijas, bolsos, pasminas y bufandas, la lotera, los que pintan, los turistas. Desde las escaleras que suben y bajan se ve como un hormiguero, unos salen, otros entran de los vagones que los desplaza, como la sangre por las venas por el cuerpo es desplazada. Hay quien aprovecha el largo recorrido para leer un libro. Las madres que van al trabajo con sus pequeños niños. El emigrante que va bajo tierra como si estuviera escondido. El que aprovecha los apretones para deslizar la mano y en un descuido tocar algún pecho de la joven que va escuchando a su cantante favorito. El que coge lo ajeno, el que va lerdo, el despistado que se ha equivocado. Todos van apretados conteniendo la respiración y contando las estaciones que van pasando para salir de ese mundo subterráneo y volver a la calle y a la vida hasta el siguiente día. ROSA


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Taxis

Jugábamos a viajar por la ciudad, 1978; dos taxis de dos ruedas y cinco niños; cuatro calles, todo un universo... como es de esperar, los dueños de las bicis eran los taxistas, pero nos las sabíamos todas y en un momento dado pedíamos ir al cementerio, cuya avenida consistía en una cuesta casi imposible para dos personas de diez años en ese medio de transporte... JE JE JEE... A mitad de trayecto el taxista imitando al perro cuando se cansa demasiado, se ve obligado a ceder el cargo al ocupante del vehículo, es decir, al cliente. Medio trayecto para cada uno; los dos clientes y los dos taxistas ¿quién paga la factura? ¡¡¡Eso era lo de menos!!!... Lo mejor era bajar aquella tediosa cuesta hacia abajo, los dos, en unión y compañía a una velocidad vertiginosa. El día que salía bien, la recompensa compensaba la tarifa no pagada; el día que salía mal, con un poco de suerte, las rodillas y codos ensangrentados y las bicicletas al taller. ¡¡¡Menos mal que el papeleo se arreglaba de forma amistosa!!! ELENA

Cuestiones Domésticas - ¡¡¡TAXI!!! - Oye, tengo que cortar, ya hablaremos en casa, tengo un cliente. - Buenos días. ¿Dónde la llevo? - Al aeropuerto. Esta mujer no sabe lo que dice. Cuando llegue a casa tengo que dejar muy claro que de comprar una tele de plasma, nada. Me llama para ver cuándo llego a casa y, de paso, lo deja caer como si tal cosa. Seguro que alguna amiga acaba de estrenar una. Pero si aún me falta por pagar una tanda de letras del taxi y, además, dentro de poco, el niño va a hacer la primera comunión, y… ¡¡¡Ay que celebrarlo como si fuera una boda!!! Son las once de la noche y todavía estoy en el taxi, sin parar de trabajar en todo el día y, encima lloviendo. ¡A ver si mueven esos imbéciles de delante que están formando un atasco…! - Oiga, mire, ¿No podría intentar colarse entre los coches? A ver si voy a perder el avión… - No hombre, no se preocupe, parece que esto ya va marchando; es que cuando llueve, el tráfico se pone insufrible, pero llegamos. ¡Qué tensión de nervios y qué cansancio tengo! En cuanto acabe esta carrera, me voy para casa, que ya es hora. Menos mal que el sábado libro. Ese día me levantaré sin prisas; leeré el “marca” tranquilamente y, por la tarde, como al niño le encanta, podremos acercarnos al Carrefour y, de paso, podemos mirar, sólo mirar, televisión. ARACELI


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Me pasé por todas las paradas de taxi para recordar a Julio que en dos horas debía llevarme a la iglesia, por que me casaba; me contestó:” tranquila, estoy pasando la gamuza para que brille bien y no se me olvida, así que ponte guapa y no me hagas esperar mucho…” Ya en casa, cual fue mi sorpresa al mirarme en el espejo del cuarto de baño: ¿quién era aquella que me miraba desde el otro lado?; mi cara era la de un payaso; con un algodón me quité aquella máscara; lo que siento es la pasta que me habían llevado y las tres horas que perdí. Me vestí con aquellas ropas blancas, me di unos polvos ligeros en la cara y unos golpes en la puerta me sobresaltaron; era mi padre que, muy nervioso me pedía me diera prisa, que estaba el taxista esperando a la puerta. El coche brillaba como un espejo; me ayudó a subir al coche; me dijo:”ahora si estás guapa, no como antes, que parecías la momia de Tutankamon. Ha pasado un año de eso y, ahora está esperando Julio con su taxi para llevarme al paritorio... JUSTI

- ¡Qué daño me hacen estos zapatos! La verdad es que son muy monos, pero también es verdad que son del 40 corto y yo tengo un 41 largo… ¡ TAXI!! - ¿Dónde vamos, Señora? - ¡Qué bien, qué descanso! Pues no sé… Lléveme a casa. Juan Castilla. - Señora, que eso está a la vuelta de la esquina y una carrera tan corta no hago… - ¡Qué Británico es Usted. Pues de dos vueltas a la esquina. O mejor al cementerio. Pero qué digo. Si no puedo a casa, por favor, que tiempo tenemos, parece que quiere llover. Hay que ver, mucho criticar los pantanos de Franco y ahora bien que los miran. No entiendo cómo es que dejan que los ríos se pierdan en el mar. ¡AY! ¡Qué es esto! - ¡Joder! Lo que me faltaba. Estos putos conductores, con perdón, Señora. Vamos a ver qué me han hecho… - ¡Qué golpe más tonto! ¿Tendré algo?... No sé… Así, en caliente no noto nada y estos señores que hacen. Se pegan o no se pegan… ¡Qué suerte! Con este es mi tercer accidente de coche, dos dentro y uno fuera. Esta mano… esta mano parece que se está hinchando - Ya está, arreglado; no ha sido mucho, pero tendré que llevarlo al taller. Soy muy curioso y me gusta tener mi taxi como los chorros del oro, y Usted ¿tiene algo? ¿La llevo a urgencias? - ¡No, no! A casa. Al hospital lo último entre usted con un dolorcillo y sale con un virus. - Esto me pone de los nervios. Ya hemos llegado. Son 5 €, señora. - No tengo suelto. Aquí tiene 10 €. - Pues aquí tiene la vuelta y que tenga un buen día, Señora. - Lo mismo te digo, señor taxista. MARGA

El taxista colocó mi maleta en la parte trasera del taxi. Se sentó al volante y arrancó el vehículo, le di la dirección y nos dirigimos a la estación; iba a emprender un viaje del que esperaba mucho y mi impaciencia era evidente. La tarde está gris y empezaba a llover; el tráfico aumentaba por momentos; parecía como si la lluvia hubiera hecho que todos los coches salieran a la calle; los semáforos se ponían de


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acuerdo para tener que esperar, pues ninguno de los que teníamos en nuestro recorrido lo pasábamos en verde; miraba mi reloj y veía como los minutos se pasaban y la hora de la llegada de mi tren se acercaba. De repente, ante mis ojos, pasó algo que me hizo comprender: que me sería difícil emprender el viaje; un choque de coches en el cruce de dos calles; a lo lejos un tren que se oía acercarse, ni reloj con la hora en que tenía que subir, ya existen. BENITA

2 A. M. Siempre pensé que mi actual oficio no iba a traerme nada bueno. Lo presagiaba. Quizá el azar o las malas jugadas que me brindó la vida en el pasado, me han traído hasta aquí, hasta esta tumba en la que ahora yazgo. Estoy muerto. Alguien me ha disparado y he visto sus ojos, su cara. Pero estoy muerto. Desde las largas jornadas del trayecto Tánger – Paris que realizaba con mi camión cargado de inmigrantes ilegales, hasta esta misma noche, han transcurrido más de 10 año, 5 de los cuales los he pasado en la cárcel de Tetuán. Olor a gasoil, a sudor frío, a té, a noches cerradas, a polvo, a desierto, a mar… Ni uno de mis músculos temblaba entonces. No sentí miedo nunca. Ni siquiera la última noche en la que la policía de la aduana marroquí abrió las puertas de mi camión y descubrió mi cargamento humano. Un buen amigo me prestó su coche al salir de la cárcel y pude encontrar trabajo como taxista. Hago el horario nocturno porque gano más dinero. Son las 2 de la madrugada. Maldita sea; este borracho me va a buscar la ruina… Estoy muerto. Este hombre a quien no conozco me ha matado y, ahora sí, tengo miedo. DIARIO PALENTINO Ayer apareció muerto en su taxi un hombre que ha sido identificado como el recluso que hace 3 meses se escapó de la cárcel de Tetuán. El cadáver fue encontrado en las inmediaciones del segundo Sotillo, camino de San Román. Según apuntan algunos testigos oculares, alguien le disparó desde el asiento de atrás y se dio a la fuga. La policía cree que se trata de un ajuste de cuentas. JCR era uno de los hombres más buscado por las policías de Marruecos y de España dado que se trataba de un preso muy peligroso. CONCHA

ESPRONCEDA, 3 Espronceda 3, Espronceda 3, Espronceda 3, parpadea mi móvil. Una llamada perdida de Lidia. Salgo de la cola y le digo a Guille que pierdo el turno, que tengo un cliente. Vale, me dice. Paro enfrente del número 3. Una calle amplia donde puedo estar en doble fila. Sale Lidia. Está impresionante. ¿Dónde comprará esa ropa tan mínima? — Hola, Martín —me saluda. — Hola, Lidia.


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Me da el Post-It donde ha apuntado: Príncipe de Asturias, 522. Barrio alto. Algún viejo ricachón. Este no es de los habituales. ¿Qué le pedirán hacer hoy? Ella nunca habla de eso. Habla de todo, menos de eso. — El 10 es mi aniversario, Martín, me estoy haciendo vieja. Río. Le pregunto lo que ella quiere que le pregunte. 26. Eres una jovencita todavía. El 10 es este viernes, le digo. Sí. La dejo en el 522. Me voy a seguir ganando dinero. Con los ricachones no puedo esperarla. Espronceda 3, Espronceda 3... Han pasado dos horas. Al rico le habrá costado un riñón de algún trabajador el poder haber disfrutado tanto tiempo con Lidia. En la agenda no pongo “Lidia” porque mi novia es muy celosa y no quiero dar explicaciones. Ya baja. ¡Mierda! Está seria; le han hecho daño. Físico o moral pero le han hecho daño. Anda poquito a poco. Sube sin decir nada. La dejo. Se baja despacito y abre el portal del número 3 muy lentamente. Le han hecho daño. Hoy es lunes. Sólo sale entre semana. Los fines de semana los recibe en casa. Cuando estoy de servicio y paso por su calle aminoro la velocidad y me quedo mirando su portería. Espronceda 3, Espronceda 3... Miércoles. — Hola, Martín. Me acerca el papelito: Rey Juan Carlos I. Zona alta. Otro rico gastándose el dinero de sus trabajadores en putas. — ¿Cómo estás, papi? — Bien, ¿y tú, reina? — OK. ¿Sabe el chiste de la alfombra? — No. Reímos. Tiene una alegría infantil. A veces se pone cariñosa y me mira diferente. Entonces intento hacerme el despistado. No sé cuanto tiempo voy a aguantar. Es una caribeña con cintura de avispa, pechos pequeños y unos pezones tan duros que atraviesan la lycra. Tiene una cara de muñequita y los dientes separados. La dejo. Hago dos carreras baratas, me tomo un café con Guille y la recojo. Entra muy feliz. No todos los ricos son detestables. Nos quedamos hablando veinte minutos. Siempre de cosas que no son de esas de las que no se puede hablar con ella. Se despide dándome un besito fugaz en los labios. Sonrío hasta que la pierdo de vista. Es muy divertida. Espronceda 3, Espronceda 3... Jueves. Llevo toda la semana buscando un regalo que le guste. No tengo imaginación, no se me ocurre nada. ¿Qué le podría hacer ilusión? He entrado en mil tiendas y nada. No se me ocurre nada. — Hola, Martín. — Hola guapa. Me acerca la nota. Juan Bonilla, 69. Clase media. Sólo será media horita, pero la hará sudar. La miro por el retrovisor, me regala un beso al aire. Se baja y mientras tanto me tomo un café en el bar de la esquina. No me equivoco; sólo media hora. Sale contenta, cosa que me alegra. Me cuenta cosas de su país y me entretiene. Es muy guapa. Espronceda 3, Espronceda 3... Viernes. Hoy es su cumpleaños y me siento mal por no regalarle nada — Hola, Martín. — Hola, preciosa. Felicidades. — ¡Gracias, que bueno que te acordaste, papi! —dijo casi gritando. — Claro, ¿cómo no? —Me giro para hablarle a la cara; me voy a disculpar—. Sabes, he estado toda la semana pensando qué era lo que te podía regalar y no se me ha ocurrido nada.


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Lo siento, Lidia. Dicen que la intención es lo que cuenta. Espero que te valga sólo con la intención, princesa. — No. No me vale. —Y con una sonrisa picarona y un guiño rápido me acerca el papelito amarillo donde ésta vez ha escrito: Espronceda, 3. BENI

Miro el reloj, vaya, de nuevo compruebo que ando pillada de tiempo. Mi única salida es recurrir a un medio de transporte, ducha rápida, y, llamo a un taxi, total de perdidos al río, A, lo mejor asta, me llega, un conductor macizo, para alegrarme la visión durante el trayecto. Espero que esta vez, la entrevista sirva para algo definitivo, bueno, un toque discreto de colorete, brillo de labios, y lista para triunfar, mirada sincera frente al viejo espejo... TU VALES MUCHO NENA. Ya estoy sentada en la parte de atrás del taxi, no huele bien, quizás sea la tapicería, puede que los componentes plásticos, o, mucho me temo sea el fallo del desodorante, y para completar de tío bueno, nada de nada. Miro su nuca, despejada, con un buen corte de pelo, de color castaño obscuro,y fosco. Vislumbro en su cuello una cadena de plata y cubre su camisa de cuadros con sudadera azul azafata. Para entretenerme, calculo su edad, entre treinta y ocho y cuarenta y dos, de paso, le pongo kilos, unos setenta y cinco y para no dejarle incompleto, le otorgo uno, setenta y cinco de altura. No, quiero pecar de curiosa, por eso, miro con el rabillo del ojo. Su, cutis esta pidiendo maquinilla de afeitar, acompañado de una crema hidratante. Usa gafas, pequeñas y de borde fino, y sobre la nariz algo generosa, lucen bien. Estamos parados en un semáforo, oigo golpecitos de manos sobre el volante y oigo la típica frase...EL TRAFICO ESTA INSOPORTABLE, me digo a, mí misma, vaya palo me va a dar el taxímetro. Una brusca maniobra me abalanza sobre el asiento delantero. PERDON, oigo, que dice, son gajes del oficio, y, a, continuación suena en un CD, la maravillosa voz, de LUZ CASAL, gratamente sorprendida, mi taxista sigue hablando. Espero, que la guste. Es, mi cantante preferida. Cierro un poco los ojos, sé que le he contestado. ME ENCANTA, y, ambos, hemos sonreído. Diez minutos después el taxis para, cual despertador inoportuno, maniobro, en el bolso, saco el diminuto monedero y extiendo la mano con el importe justo. Seis euros con ochenta, y un roce fugaz de dedos. Gracias y suerte. Suerte, voy repitiéndome en susurros, mientras el ascensor me transporta a la planta novena. Compruebo el reloj, he, llegado justo a, tiempo, de la entrevista. BEGO

_ Calle Preciados, número 10, por favor. Sin tramitar ni una palabra, puse el taxímetro en marcha. Estaba cansado. Llevaba ya casi tres horas luchando contra una jungla llena de fieras sin domesticar, a quienes no les importaba, en absoluto, si vas o si vienes; tratando de hacer verdaderas virguerías, para esquivar todo aquello que se me pasa por delante. Puse en marcha el motor chirriante de mi viejo coche, resople y me resigne a enfrentarme a una nueva batalla. Sumido dentro de mi pequeño habitáculo, con el susurro de una radio que anunciaba la muerte del inventor de la soledad, tomé el camino más corto. Ni siquiera había mostrado ningún tipo de interés hacia mi nueva compañía, ni hacia aquella noticia tan peculiar. Miré el retrovisor. Clavado en él sus ojos. Unos ojos marrones penetrantes, rayados de franjas verdosas, destellaban por su brillo, por su forma rasgada cual minino siamés. Pestañas negras, largas y onduladas, abanicaban unas cejas perfectamente


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perfiladas. El encuentro apenas duró un segundo, pero agachó la cabeza. Sin embargo, continué tratando de examinar esa mirada sincera, cautivadora, llena de vitalidad, de juventud. Buscaba un puzzle de razones para alentarme en mi vida cotidiana, e inmediatamente supe que ella, era la última pieza. La situación volvió a repetirse, esta vez de forma más intensa. El nudo de mi garganta pareció apretarse. Con la rapidez de una estrella fugaz, había llegado al destino solicitado. Su mano me cercó un billete roído, y algo arrugado. Su piel era cálida y tersa. Cuando me giré para darle unas monedas, el portazo sonó. Me quedé como una calle vacía, de nuevo, enfrascado en el silencio. Paré, reflexioné y suspiré. Traté de restaurar el primitivo billete, para embolsarlo en mis ganancias diarias. Lentamente le hice una pequeña radiografía, como si nunca hubiera visto uno de aquellos. Lo olí, y tras separarlo de mi rostro leí escrito con una caligrafía impoluta: “Una mirada vale más que mil palabras. 606220133.” Mª ANTONIA

LA FALDA Llovía con la timidez de no querer mojar el suelo y el taxista dudó antes de dar el limpiaparabrisas. Con un movimiento algo forzado enderezó la espalda, queriendo espantar el cansancio que ya pesaba después de tantas horas al volante. Miró de reojo a la mujer sentada a su lado, que le dedicó una amplia sonrisa, y bajó la mirada para ver que la falda le dejaba las rodillas al aire. Al darse cuenta, ella hizo ademán de complacerle remangándose la tela, y él le devolvió la sonrisa al verse descubierto. Apenas hablaron durante el trayecto. Cuando llegaron al destino, el hombre paró el coche en doble fila y dio las luces de emergencia. Ella le miró a los ojos y apoyó la mano en su hombro con dulzura. —Debes saber que no traigo dinero. —Su voz melosa animaba a entrar en el juego. —Entonces, ¿cómo pensabas pagarme la carrera? —Se me ocurre un modo —y le besó con ardor mientras deslizaba su mano por los vaqueros hasta llegar a la entrepierna. Él se dejó llevar, buscando por debajo de la falda algún tesoro escondido. Entonces se detuvo. —Creo que será mejor que te vayas. Cuando ella bajó del coche, el taxista volvió a pensar lo bien que le quedaba aquella falda. Antes de cerrar la puerta se giró para asomarse al interior. —Recuerda que hoy las niñas se quedan en casa de tu hermana. —Tranquila, no llegaré tarde. Y la vio alejarse, mecido por el irresistible contoneo de sus caderas. JAVI

Cae una lluvia fina e insistente que entristece y ensucia la ciudad. La gente se apresura en las calles y los coches, atrapados en la densidad del tráfico, llenan el aire de estridencias. Cobijada bajo el paraguas, espera pacientemente en la parada de taxis, ilusionada con la perspectiva de una tarde interesante. Sonríe mientras acaricia, en el bolsillo de la gabardina, la


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entrada de teatro que tanto trabajo le ha costado conseguir. Podrá por fin opinar sobre esta obra que ha resultado tan polémica. El flujo de coches es constante; sin embargo ningún taxi se acerca a la parada. Empieza a impacientarse, consulta el reloj a cada poco. Hay tiempo todavía pero le gustaría tomar un café en el bar de enfrente del teatro, contemplar el movimiento de espectadores, meterse en el ambiente festivo. La lluvia empieza a arreciar, el ritmo de los transeúntes se hace más rápido, el ruido de los coches más intenso. La parada de taxis sigue desierta. No puede esperar más tiempo. Decide entrar en acción. ¡Taxi! Ocupado. ¡Taxi! Fuera de servicio. ¡Taxi! ¡Taxi! Todos, escupiéndole a la cara sus luces rojas, pasan indiferentes ante su exasperación. Va de un lado a otro de la calle, baja a la calzada, se mete entre los coches, otea el horizonte salpicado de luces rojas, sin rastro de unas esperanzadoras luces verdes. Mira el reloj. Adiós al café. A lo lejos cree percibir una luz verde; levanta el brazo, moviéndolo frenéticamente. Comprueba que se va acercando, agita con emoción los dos brazos, se olvida del paraguas, siente la lluvia sobre su pelo y su cara. No importa. Por fin lo va a conseguir. Pero no, ¡qué mala suerte!, a unos cincuenta metros el taxi se para y sube a él otro más afortunado que ella. De nuevo mira el reloj: adiós al primer acto, se lamenta, pero no por ello piensa abandonar. En la rotonda tendrá más probabilidades y allí se dirige con esperanza renovada. El fluir de los coches desembocando en la plaza es incesante; las luces de los faros se amontonan en su retina y las luces rojas de los taxis parecen burlarse de ella. Mira, desesperada, el reloj: ya estarán en el descanso. De pronto, como surgida de la nada, aparece ante sus ojos una luz verde, deslumbrante, resplandeciente, maravillosa. Su garganta emite un sonido gutural, casi salvaje “¡Taxi!”. Abre la puerta con parsimonia, con deleite, como si abriera las puertas del paraíso. Se introduce en el interior como si entrara en el más suntuoso de los salones, se acomoda en el asiento como si fuera el más confortable de los sillones. Sonríe, feliz, orgullosa de su éxito: “Lo he conseguido, lo he conseguido”. El taxista la mira por el retrovisor: “Señora, ¿adonde la llevo?”. Aislada en su gozo, no contesta. El taxista, impaciente, alza la voz “Señora, que ¿donde vamos?”. Ella, desde la cúspide de la gloria, contesta: “Donde Vd. quiera”. CONCHA PRIETO

“Cuando me jubile estaré limpio” Aunque soy un Mercedes Benz SLX de super lujo, de un blanco nuclear brillante, tiemblo cada vez que vislumbro a lo lejos, desde mi retrovisor una mano elevándose histérica para solicitar mis servicios acompañado de una voz aguda e insistente: “TAXI, TAXI,…”. Últimamente se está convirtiendo en pánico mis ganas de efectuar paradas para recoger al inesperado pasajero. Gracias al radio-taxi y al espejo cortina con mis clientes, he evitado los constantes asaltos que he padecido en los últimos años, pero este cristal separador no impide que continuamente mi jefe me lleve al taller de super lavado. Hoy mismo, que estaba impecable oigo chillar como loco a mi amo: - “Este cabrón de niño”…


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-¿Señora, no ve lo que está haciendo su hijo’ Miro y veo al desgraciado niño, que agarrado a su colita hacia dibujos aéreos en mi recinto y su madre parecía encantada con las lindezas del chiquito…Acompañé en los insultos a mi protector despotricando al unísono: - No hay derecho, decía yo. Volvía a tener mi tapicería negra manchada. Estaba superando el trance psicológico de la semana pasada cuando nos vimos inmersos en un hospital de campaña en plena autopista…sí, STOP, parados…”Estábamos de parto”. Ni que decir tiene los nervios de Pepe, es mi propietario, ante la situación…, no lo había vivido anteriormente con tres hijos y tuvo que cortar el cordón umbilical de la criatura (precioso por cierto) con la navaja de la guantera, que utiliza para cortar el queso o chorizo del almuerzo. Yo no cesaba de llorar al ver fluir la sangre, que salía a borbotones, de ese cuerpo que respiraba, respiraba, soplaba, empujaba, sudaba, gritaba…y asía con fuerza la mano de Pepe, la libre porque la otra la tenía ocupada tratando de coger al niño. - ¿Dónde estaba el marido? - ¿Por qué no había ido antes a parir? Pues no, estaba completamente sola, era peruana, su familia no apareció por ningún lado y tuvo que joder mi mullida piel. - ¡Ah! Menos mal que sólo faltan dos años para jubilarnos y tendremos una vida más relajada. Iremos de viaje solos, dónde queramos, tranquilos y sin prisas. TERESA

La pareja de españoles se prepara para regresar a su país después de 5 días en la ciudad de los rascacielos. Toman un taxi en la 7ª avenida para dirigirse al aeropuerto J.F. Kenedy y en el trayecto charlan con el taxista, chicano éste, afincado en Nueva York, persona afable, les cuenta un poco de su vida, sobre las dificultades para vivir en esa ciudad con su salario, sobre la familia, charlan de todo un poco. Cosa curiosa, parando el taxímetro, se detiene en su casa para recoger su cena y prosiguen la carrera. Llegan a la Terminal un poco justos de tiempo y al bajar del taxi se dan cuenta de que se han confundido de aeropuerto; no es de ese de donde salen, sino de el de Nework situado a la otra punta de la ciudad en New Yersey. Vuelta al taxi, carrera frenética, hora punta colapso de tráfico; el taxista se enrolla e infringe todas las normas de circulación, se pasa semáforos en rojo, se sube por las aceras, adelanta donde no debe. La pareja, como metida dentro de una película de acción, ve pasar luces y los coches a velocidad de vértigo, exhausta y estresada, van soltando billetes (todo lo que les quedaba en dólares) al conductor para que no afloje, y no afloja, y los deja a la puerta del aeropuerto a falta de media hora para el embarque. Desde entonces aman a los taxistas. BELÉN


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Calles - Parques

Exilios Ion Lazar hace sonar su acordeón bajo las vías del tren. Ion Lazar está en el mismo lugar que ocupa todas las mañanas en los días de diario. Ion Lazar refugia su música bajo el cemento del subterráneo. La música de Ion se enrosca en mis pies y juega a llevarme a otro lugar, lejos, muy lejos. Se diría que la música me pertenece unos instantes. Se diría que Ion me entrega su tierra en pedazitos. - Buenos días. Una sonrisa y su música, la música de su país. Hay un sonido pegado a mis ojos. Las mujeres visten de luto riguroso. Los hombres llevan trajes negros sobre camisas impecablemente blancas. Los niños se desdibujan. La niebla dificulta la visión. Está amaneciendo. Un gran río separa irremediablemente a las familias que nunca volverán a encontrarse. Es la frontera. En el corazón suena la música de un acordeón. Lejos, muy lejos, alguien canta. Más lejos aún, nadie sabe lo que sucede en esta escena. Yo lo he visto en la música. Tengo un sonido pegado a mis ojos. CONCHA

EL BANCO En aquel banco ya olvidado en el lado frío del invierno, iban abandonándose las primeras hojas del otoño, donde poco a poco enfermarían, sin volver a sentir el griterío de la infancia con sus coloretes gritando al viento. En aquel banco ya olvidado por los murmullos de las palomas y el cantar de los petirrojos, en su afán por anidar en un árbol que nunca le servía como tejado, sólo una pareja de ancianos se sentaba. Sólo los domingos por la tarde, helase, lloviese o nevase, los ancianos se encontraban en su parada de autobús favorita, se rozaban con los labios las mejillas y, agarrados de la mano, se colocaban en aquel banco relleno de sombría. Las tablas del respaldo agradecían a esos cuerpos el suave roce de la lana tan envejecida como ellos. El asiento crujía sin quejarse; aguantaba silencioso la parte del cuerpo que le tocaba, sin retorcerse de reproches, a pesar de algún que otro sonido oloroso que de los vientres cansados se escapaba. Y el reposabrazos roñoso por la humedad que allí vivía, acariciaba, de vez en cuando, las otras dos manos arrugadas. Al banco de con la pintura ya saltada, le gustaba, a pesar de todo, escuchar, con una música inventada, las historias que la mujer contaba para él; para él y para su banco de madera, sin querer. El hombre se quedaba muy quieto; no hablaba, ni lloraba; solamente salía de sus labios una mueca, no sabría decir exactamente si era sonrisa o desafío a la vida. Se sentía renacer con las historias. El banco también sonreía, escuchaba y memorizaba las anécdotas en mucho tiempo acaecidas.


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Llegó el sol de primavera. Y un día llegaron, muy cercanos, los alegres trinos de los petirrojos y el gorjeo de las palomas en su llamada de la naturaleza. Ese mismo día de primavera, escuchó una música muy cercana, un sonido fresco y armonioso. Cercano, demasiado cercano: entre le hierva y al cobijo de sus tablas, le alegraban una pareja de grillos que cantaban. Y escuchó. Escuchó esa música… Ese canto… Quería recordar ese canto, pero, ¿dónde? …No supo dónde se inventó ese canto, hasta que echó en falta a su pareja de enamorados. ELENA

Todo el parque está alfombrado en esta época del año, el otoño, por las hojas caídas sobre la hierba y los caminos que conforman los jardines. Éstas caen lentamente de los árboles, cuyas tonalidades varían desde el amarillo de los castaños, hasta el ocre de los plátanos o el verde descolorido de los sauces, que contrastan con el color granate de los prunus, o el rojo afrescado de los arces. Los macizos de flores sobre la hierba aún conservan su color. El ambiente es suave; el sol se cuela pálido entre las hojas; de pronto una breve ráfaga de viento provoca que éstas caigan revoloteando sobre el suelo. Todo anima a pasear; los niños gritan y corren sin parar; las madres charlan sentadas; a lo lejos un jardinero está amontonando las hojas caídas para recogerlas más tarde; algún perro ladra alrededor de su amo. También yo paseo por el mismo parque; me parece que todo es armonía; me siento tranquilamente a admirar la belleza del espectáculo que la generosa naturaleza me está ofreciendo. Es un cuadro vivo, que nunca podremos encontrar colgado en ningún museo. ARACELI

Me encantan las calles llenas de gente que van de un lado para otro; me da igual tener que hacerme paso entre las personas para poder ir donde quiera, siento que hay vida, colorido; unos van hablando, otros entran en una tienda. Todo ese ambiente me fascina. Qué tristes son las calles sin gente, por muy bonita que sea la calle o la avenida, todo parece muerto, apagado, aburrido. Se me quitan las ganas de seguir andando. Por suerte, aquí tenemos muy pocas ciudades donde esto ocurra. LOLA DELGADO

La calle Mayor es una de las más paseadas y en ella lo he pasado bien; los cuatro cantones era el punto de encuentro. En mis años jóvenes apareció un chico muy atractivo. Iba muy bien vestido para la época; paseaba mucho, por lo que, ahora me doy cuenta de que no le sobraba bolsillo. Por aquel entonces eso no importaba demasiado; lo que más rabia me daba era que había paseado con todas mis amigas menos conmigo. Pero apareció un primo de la ciudad del al lado y dando un paseo por la calle más transitada le vi. Cual fue mi sorpresa que mi primo y él habían


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hecho El servicio Militar juntos; se saludaron mientras que a mi me temblaban las piernas de la emoción; Por fin iba a pasear con él, y mi primo, claro está. Nos encontramos por Los cuatro cantones; al llegar a Cebrián, ya quería que nos dejarnos. ¡¡¡Qué tío más tonto y chulo, pedante!!! ¡¡¡Y por este he estado yo todo este tiempo por poder dar la vuelta!!!! No he dado dos pasos y ya me está aburriendo; cómo pude, puse un pretexto y le dejamos; el caso es que a el le debí caer bien por que, cuando me veía, quería tomar conversación. Estuve una temporada sin pasear por la calle Mayor por no encontrarlo… Claro que eso me pasó con 16 años. Temporada de sufrimiento por que no paseaba conmigo y luego, faltaron diez minutos para romper el hechizo. ¡¡¡Anda, que no me lo pasé bien por la calle Mayor!!!! JUSTI

Hace días que la llevo observando en el parque, entre árboles milenarios, sentada en el mismo banco; mi curiosidad fue en aumento, de lejos, escondida entre uno de aquellos árboles, su mirada lejana y pensativa, su rostro pálido y su melena al aire, tenía un semblante ausente. En los días que reseguían continué con mi espionaje; uno de aquellos días me decidí a seguirle; salió del parque y dirigió sus pasos por las calles casi vacías; aquellos halos de la tarde otoñal; la niebla iba cayendo, el frío helado me daba en la cara, pero ella parecía no enterarse, seguía ausente. Dobló una esquina y luego otra; siguió por una calle estrecha y oscura; al fondo un edificio alto, casi en penumbra salió a su paso; yo me paré; me pareció que dudaba, como si algo la invitara a no entrar; reanudó la marcha y desapareció en un gran portalón y su oscuridad. BENITA

Rememoro con nostalgia recuerdos de hace tiempo, al pensar en este parque emblemático, que tan ligado está con mi adolescencia. Al principio de curso, con el otoño recién estrenado, al igual que los libros y las ilusiones, qué placer daba pisar sus paseos, haciendo crujir bajo los pies el lecho de hojas secas o recoger las castañas pilongas alrededor de la Fuente Bellota, camino del “Insti”. Risas y juegos de chiquillas, al atravesarle para ir a clase con el frío matinal del duro invierno, amoratando las caras y las manos; huellas de pisadas en la mullida nieve que todo lo cubría de blanco en aquellos tiempo en los que nevaba de verdad; batallas de bolas de nieve, duras y frías que se rompían en nuestros cuerpos, haciendo saltar miles de copos, como una lluvia de estrellas. Al llegar la primavera, con plena efervescencia en la naturaleza y en nosotras, cómo apetecía hacer novillos y jugar a las canicas en sus paseos, a los cromos en sus bancos, a las cuatro esquinas en sus árboles; y volver a casa mintiendo con la mala conciencia de haber hecho algo prohibido. Y en el verano, ya en vacaciones, correr, saltar y jugar, de más pequeñas; pasear y empezar a tontear con los chicos, ruborizadas y felices, cuando nos hicimos mayores y empezamos a mirar con otros ojos el mundo que nos rodeaba. PILAR RODRIGUEZ


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Recuerdos Recuerdo mi nacimiento. Me inauguraron en el verano de 1888. Rodeada de árboles por todos lados no impedía mi arrogancia: “mi esqueleto era un armazón de hierro verde oliva de una forja espectacular y mi cuerpo ladrillos rojizos amasado en la tejera palentina. Mi silueta era perfecta, llamaba la atención. Estaba divino de la muerte en medio del parque del salón rodeado de encantadores flores multicolores. Mi finalidad permanecer estático y demostrar mi chulería cuando era utilizado por la banda de música municipal, sobre todo el 25 de Julio “día de la cacería”, donde los músicos ataviados con sus mejores galas lucían sus instrumentos musicales bruñidos y los palentinos permanecían sentados, inmóviles escuchando tan dulces melodías. Fui derribado en el año 1966 y mis huesos no sé donde fueron a parar. Las malas lenguas comentan que me tiene algún adinerado que se benefició de mi demolición en su día. Lo que sí sé, es que gracias a los mágicos pinceles de mi autora permanezco colgado de la pared del cuarto de estar de la cuñada de ésta, que me ha colocado tal y como era, aunque no la resultó fácil dar fe fehaciente de mi exacto colorido, pues solo poseo imágenes en blanco y negro de mi vida. Hoy disfruto de las alabanzas que recibo de la gente que me mira en casa de mi ama. - ¡Ah! Si es el magnífico templete de música del salón, tenía más solera que el modernista de ahora. TERESA

Parque Al ir a mi trabajo, he de atravesar el parque que divide la cuidad en dos. A pesar de caminar siempre deprisa, me fijo en el banco que hay un poco escondido bajo un tilo, y evoco recuerdos. Fue el primero en saber que te quería, el testigo de nuestro amor. Hoy algunas de sus maderas espalderas están rotas, algún cobarde las rompió, llevándose el corazón partido en dos, con varias iniciales que alguien pintó. Su parte derecha está quemada por la fogata de unos chavales que jugaron a su lado juegos prohibidos. Es ahora donde descansa mi vecina Manuela, paseando a sus perros, camino de casa. Luego se sienta José, pensando que es una pena que se acabe la vida. Duerme Arturo, vagabundo su hogar, comiéndose el frío de las madrugadas. Es apoyo en los primeros pasos de bebés que disfrutan por los ajardinados y frescos paseos que lo rodean. Hoy salí un poco antes de casa, y no pude evitar volver a sentarme en mi viejo banco. Recordé momento que olvidé. Junto a mí te veo, cuando a ti siento, y hoy sentí en el viejo árbol del parque testigo de tantas historias, algunas verdades y tantas mentiras. Mª ANTONIA


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Cada mañana, al atravesar el parque para ir al colegio, vive unos momentos de magia. A medida que se adentra en el sendero, los ruidos de la calle se adormecen, el olor de la hierba lo envuelve con su frescor y los árboles le saludan agitando su ramaje. En otoño, cuando los castaños y los álamos y los plátanos se visten de rojo, se divierte arrastrando los pies y abriendo caminos en el suelo cubierto de hojas secas. Los días de niebla, sus amigos los árboles desaparecen y él los busca y muy quedo, muy quedo, les llama: “Tejo ¿estás ahí? Y tú, Arce blanco ¿has visto a tu compañero el Boj?”. Pero cuando más le gusta el parque es cuando ha nevado. El silencio se hace más profundo y el blanco de la nieve le resplandece en la retina. El cedro y el abeto juegan a mojarlo, sacudiendo sobre él la nieve de sus ramas y él, riendo, corre a refugiarse debajo del ailanto que se yergue, imponente, tocando casi el cielo. Es en estos momentos del día cuando siente la magia del parque, cuando no tiene que compartirlo con nadie, cuando es todo suyo. Se siente querido y protegido por él, a él le cuenta a diario sus miedos, sus alegrías, sus ilusiones, sus anhelos. De vuelta del colegio, el parque ya no es su parque, es el parque de todos, de los mayores, de los jóvenes, de los niños, de los perros. Y lo atraviesa deprisa, sin mirarlo, suspicaz como un amante celoso. CONCHA PRIETO

EL PARQUE ESPAÑA Yo vivo en un parque enorme. Lo conoceréis. En el centro tiene un gran monumento. El parque España es mi mundo. Cuando salgo de él, vuelvo enseguida. No me gustan las calles ni los edificios, me producen inseguridad. Me siento muy a gusto en mi parque. Conozco a todo el mundo y todo el mundo me conoce a mí. Hay gente muy buena de la que puedo vivir de la caridad, aunque también hay gente mala de la que huyo en cuanto la veo. Suelen ser jóvenes en busca de emociones fuertes, con ganas de divertirse a costa de los más débiles. Siempre hago lo mismo; soy un tipo de costumbres. Almuerzo en el mismo sitio, copulo en el mismo lugar, y, siempre, siempre, defeco en el mismo punto, al igual que mis otros compañeros. Y es que el presidente de nuestra República, que tiene algo de brujo, nos dice que en otra vida luchamos por la libertad y que nos fusilaron por ello, es por eso por lo que a las palomas del parque España nos gusta tanto evacuar sobre la cabeza del Caudillo. Por cierto, tenemos a un camarada palomo cojo, que se llama Federico García, que escribe unas poesías que te cagas, eso sí, siempre sobre la cabeza del Generalísimo. BENI

Todos, los días, sobre las doce, acudo, a mí cita en el parque DOS AGUAS, allí me esperan Fede y Fermín, son mis amigos de toda la vida, desde que éramos chiguitos y frecuentábamos, la misma escuela. Yo, me llamo Félix, lo digo por eso de las casualidades de la F. Ellos viven en una residencia, yo, en casa de mí hija, aunque no se por cuanto tiempo, pues en la mirada de mi yerno veo intenciones de trasladarme. Ya, lo ha intentado otras veces, pero DIANA ha ganado el


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combate. Por si alguien tiene interés, Diana es la niña de mis ojos, o sea, la diosa que me regala cada día las ganas de levantarme, coger el bastón y caminar rumbo al parque, único lugar donde todavía puedo reinventarme historias, y me paro unos minutos en esas dos esbeltas figuras. Se llaman, TOCADO Y PUDOR. Me recuerdan a alguna de mis tentativas de novias aquellas que duermen en mis sueños ocultos, por eso estoy aquí pisando el rocío de Otoño, arrastrando hojas que crujen lo mismo que mis huesos solo que ellas estarán frescas y lozanas en la próxima primavera mientras que yo, habito en la escarcha de un invierno que me acecha continuamente. Miro el cielo y admiro su azul cegador, de paso observo los ocres, dorados, pintados por el sol, el río trae, sonidos húmedos de brisa. No muy lejos, hay dos F F mayúsculas que me hacen señas desde un banco de madera. El tiempo apremia, ellos aguardan y yo les diré, lo que deseo que me digan. BEGO

REVELACIONES Llegaron al parque con la mochila al hombro, buscando un sitio donde sentarse a comer. Pablo y Manuel hacía tiempo que se conocían, auque ninguno recordaba cuándo fue. Lo cierto es que hacía mucho de aquello y cuando se vive viajando esas cosas pierden su importancia. Se sentaron en un viejo banco algo oxidado de color verde, custodiado por multitud de sauces y castaños, que hacían de aquel lugar un pequeño paraíso en medio de la ciudad. El sol, algo débil, acariciaba con su luz el anverso de las hojas y a Pablo le embelesó ese baile de luces y colores, haciéndolo sumergirse en su propia fantasía. Mientras Manuel buscaba una cerveza en el fondo de una bolsa, su amigo empezó a hablar con la profundidad de quien descubre una verdad absoluta. — ¡Qué parque tan bonito! ¿Sabes?, los árboles son seres perfectos. Nacen libres y libres han de morir. Bueno, es verdad que los puedes plantar, pero durante su vida gozan de la libertad más maravillosa; se dejan mecer por el viento y no tienen preocupaciones, no les agobia la prisa ni el tiempo, y sacan lo que necesitan de la tierra. —Su compañero le miraba sorprendido, pero él seguía absorto en su ponencia—. Dan alimento y cobijo a los animales, y además se les aprovecha todo después de muertos: se hacen muebles, casas, libros... Hasta con la resina se hacen cosas. Manuel no quiso seguir escuchando. — ¿De qué coño me estás hablando? ¿Ahora quieres ser árbol? ¿Se te ha terminado de ir la olla? No digas memeces. Lo que pasa es que estás cansado de todo, que te jode haber mandado tu carrera y tu vida a la mierda. De maestro a vagabundo, fue duro aceptarlo, ¿no? Pero así están las cosas: eres un borracho y tu hija no te quiere. La cagaste, es lo que hay. Pablo se levantó con los ojos ahogados en lágrimas y pensó que quizá no fuese tan bueno ser un árbol cuando tu único amigo se afana en hacer leña del caído.


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Cada mañana salgo a la calle para dirigirme al trabajo, cuando el cielo tiene aún el color gris claro de la noche, que se aleja empujada por un tímido rayo de sol. Respiro el aire fresco, cruzo la calle y acelero el paso. Bordeo el parque, aunque sería más rápido cruzarlo por su interior, pero siempre desecho la idea. Esta semana, en el último banco del parque hay un hombre sentado todos los días. Está tapado con un abrigo largo, oscuro y viejo. Su cabeza está agachada, parece que mira el suelo pensando, o perdiéndose en los cuadros de las baldosas. Me da pena, quizás pasa la noche en ese banco, o trabaja por las noches y hace una parada antes de regresar a una casa oscura y vacía. …………………………………………………………. Hoy me he quedado dormida. Cuando he salido a la calle ya había amanecido. El sol empezaba a iluminar las fachadas de las casas. La calle empezaba a moverse. He llegado al parque y de forma rápida y decidida me he adentrado en él. Tenía que buscar todos los atajos posibles, ¡si no tenía tiempo de respirar, cuanto menos de bordear el parque! Al llegar al centro, cerca del estanque donde una familia de patos se desayuna cada mañana con algún trozo de pan que echan los primeros paseantes, está parado el hombre del parque. El hombre cuya posible vida entretiene mi pensamiento durante el camino. Parece mirar a los patos… Al oír mis pasos se da la vuelta y, en un gesto rápido, abre su abrigo ayudado por las manos en los bolsillos. El hombre está completamente desnudo. La cruda realidad es que es un desagradable exhibicionista. CHARO

UNA CALLE Es media tarde, la luz se filtra entre las ventanas, se intuye el ocaso, bajo mi ventana se oye el monótono retumbar de un balón golpeando el asfalto. Me gusta mirar por la ventana cuando estoy enferma y no puedo ir al colegio, escuchar las voces de los niños jugando, añorar estar ahí con ellos, y al mismo tiempo sentirme protegida tras los visillos de la cocina. Ahora escucho un tag, tag, tag, es el golpear de un martillo contra el yunque, asomo un poco más y puedo ver el chisporretear de el fuego a través de la puerta de cristales biselados de la herrería de Goyo. Frente al herrero está la tienda de ultramarinos de "la muda", ¡mamá yo no quiero ir a por fruta donde la muda, que no me entiende y encima si me río se enfada y se pone colorada como un pimiento y me grita con ese sonido estridente que me da miedo! que vaya Manolo, que siempre me toca a mi. Enfrente, van encendiéndose las luces de las ventanas, mira mamá Pili ya está haciendo la cena, está llamando a los niños para que suban y Concha tiene la radio a tope, oigo desde aquí


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la novela, jolín que pesada se pone con Simplemente María. Y el señor Mauro ya ha sacado a chuli a hacer pis, ya va a empezar el telediario. Bajo los soportales oigo a mis amigas despedirse ¡hasta mañana, adiós! ven a buscarme para ir al cole ¿vale?, sí, adiós. Esta es mi calle, cualquier tarde de cualquier año. BELÉN

Calle Calle larga y sin rumbo, calle que alberga casas, calle que tiene mil historias una por cada vivienda de las cuatro paredes que son habitadas. Unos ríen, otros lloran, otros aman, otros nacen, otros mueren con pena en el alma, otras son apaleadas, gritando en silencio apenas son escuchadas. En ella viven gentes todas muy diferentes. Todo lo alberga la calle Llena de árboles, coches y cacas (de perros que salen cuando sus amos los sacan). Los niños ya no juegan en ellas pues son peligrosas y malas, Los adolescentes sí que las hacen suyas, Las grafitean, comen, aman y bailan. Vagabundo que vives en ella Rebuscas por sus papeleras, Estás solo en este mundo, sólo tienes por la noche de manto las estrellas que te envuelven y protegen y acarician tu cara tierna. Tú no quieres otra cosa más que tu calle hermosa, cuando amanece y ves la luz del día con su algarabía. Ver pasar la gente


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que van y vienen, entran y salen de las viviendas o tiendas. Alguna pequeña iglesia está en ellas y alguna viejecita las hace una visita. La calle es la vida donde se aprende cada día. ROSA

¡Qué contar de las calles! Yo que llevo más de media vida viviendo en las calles de esta preciosa ciudad. No se crean que yo soy el único, hay muchos en mi misma situación y casi cada día veo caras nuevas, aunque también he de decir que también dejo de ver a algunos de mis amigos. A pesar de todas las penurias que paso soy feliz viviendo en la calle; no tengo horarios, puedo ir donde quiera cuando quiera y como lo que me apetece. ¡Vamos que hago lo que me da la gana! Os quiero contar lo que me pasó la otra noche con mi compañero de fatigas. Íbamos Silvestre y yo por una calle a la que dan las traseras de varios restaurantes y que solemos frecuentar cuando nos suenan demasiado las tripas. Estábamos los dos rebuscando en los cubos de basura cuando oímos el ruido de un motor. Dejamos de rebuscar para ir a investigar que era lo que sucedía, porque he de reconocer que soy muy cotilla. Al asomarnos a la esquina de la calle vimos una furgoneta blanca con un logotipo que me era familiar, pero en ese momento no caí de qué me sonaba. En eso momento vimos salir a dos personas del vehículo con una red y una jaula y fue cuando me di cuenta de que me sonaba el logotipo: ¡eran de la perrera municipal! Es que, queridos lectores, no sé si se lo dije antes, pero soy un gato callejero y me llamo Yupi. Silvestre y yo salimos disparados en dirección contraria, porque no queríamos caer en las redes de los seres humanos, es que no me traen buenos recuerdos. Al poco de nacer fui adoptado por una familia con dos niños pequeños que me querían mucho y jugaban mucho conmigo aunque también me hacían rabiar de vez en cuando. Todo era perfecto, no pasaba frío, tenía mi casita propia, me daban bien de comer,… Pero entonces empezó el verano y con él mi aventura por las calles de esta ciudad. Un día muy bonito, me metieron en mi jaula de dar paseos y no me preocupé porque ya había pasado por ello más veces, pero ese fue distinto. Después de un pequeño paseo en coche, de repente me encontré con la jaula abierta y al fondo un precioso bosquecillo. Salí de la jaula y ya no volví a ver a mi familia. ¿Comprenden ahora porque me gusta vivir en la calle y no quiero saber nada de los que se hacen llamar humanos? Mª JOSÉ


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Encuentros

RENACER AL PASADO Eras una parte de mi pasado que algunos momentos recordé. Mucho tiempo sin vernos. No nos habíamos vuelto a cruzar, ni hablar; ninguno de los dos había vuelto a saber del otro. Pero un día volviste; apareciste con esa cara de niño travieso que un día yo bauticé; me miraste y aparté los ojos con miedo; presentía que, manteniendo mi mirada con la tuya fueras capaz, como años atrás, de adivinar mis pensamientos y todo lo que con ellos surgiera: las ascuas de un “te quiero”, de un “ te extraño”; de un deseo que pudiera renacer; Sentí miedo de querer volver a tenerte siempre cerca; de desear levantarme con el perfume de tu piel en la mía, de tus brazos protectores cuando yo me acurrucaba entre ellos… Tu sonrisa se acercaba y yo sentía que esos dos besos y esas manos, ahora amigos, hicieran mella en mí. Siempre quise olvidar esa boca que un día había sido mía, esos ojos que me habían cautivado y esa personalidad tan tuya, que me había enamorado… Y volví a la realidad de que todo era diferente ahora; pero a la vez era bonito recordarlo… Tuve que olvidarte. Durante mucho tiempo me obligué a no pensarte. Fue la única solución para poder vivir sin quererte… Ahora que te he vuelto a ver; dentro de mí quiso salir todo aquello que había escondido; algo que quise matar sin poder y que ahora, me doy cuenta de que no murió; solo quedó en el pasado; como también se que todo es imposible; que cada uno, tiene una vida distinta: El tiene otra persona a su lado y yo… bueno, ¡¡qué más da!!! Sólo se que el destino y el tiempo pudo con nosotros. No luchamos por un imposible que no era tal y que ahora el muro del tiempo y de la vida es demasiado alto y demasiado difícil de tirar… Y al sujetarle la mirada me sentí feliz, por que sabemos que la distancia nos cambió a los dos., aunque todo quedó atrás y dormido, los dos sabemos que todos esos momentos y lugares compartidos fueron maravillosos y eternos, y que, a pesar de todo, nunca se perdieron en el tiempo… ELENA

Eulalia era una mujer de 50 años, soltera; tenía un espíritu animoso, cuidaba mucho su físico; siempre decía que la apariencia era muy importante. Sus relaciones estaban formadas por sus amigas, familiares y compañeros de trabajo. Llevaba una vida activa, aprovechaba todas las oportunidades para pasarlo bien; disfrutaba con el cine, con el teatro, con la música y, sobre todo viajando. Pero se quiere lo que no se tiene y, en los momentos de confidencias, Eulalia se sinceraba y decía necesitar el amor y la protección de un hombre. No era una ingenua y sabía que un hombre en bastantes ocasiones podía convertirse también en un problema y no una solución. Pero como tenía idealizadas las relaciones de pareja y le parecían el único camino para alcanzar la felicidad, se puso manos a la obra. Decidió dar un cambio a su vida y empezó buscando en las páginas de los periódicos anuncios, alguna agencia matrimonial intentando encontrar por este medio a su media naranja. Vio anuncios en el que ofrecían seriedad en los posibles encuentros y se decidió por uno que se anunciaba como Agencia matrimonial “Cupido”. Llamó, le pidieron todos sus datos, edad,


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aficiones, físico, trabajo, etc. Y quedaron en llamarla cuando tuvieran a alguien con características compatibles con su persona. A los pocos días llamaron proponiéndole un encuentro con un hombre de 57 años, soltero, 1’67m. , hogareño, que vivía solo y buscaba relación estable con mujer sin cargas familiares. Le informaron de que este hombre se pondría en contacto con ella y, efectivamente, lo hizo. - ¡Hola! Llamo de la Agencia “Cupido; me llamo Mariano, me han dado tu número de teléfono para que nos pusiéramos en contacto. - ¡Ah, sí! Hola, soy Eulalia. Los dos estaban nerviosos y quedaron en verse en una cafetería llamada “La Suiza”. Llevarían un chaquetón negro y una bufanda roja, para reconocerse y, como contraseña, se preguntarían: ¿Agencia Cupido? Cuando Eulalia llegó a la cafetería, vio en la barra a un hombre vestido así y pensó contenta que no estaba mal… Se acercó y, un poco cortada le dijo:¿Agencia Cupido?; el contestó: ¿agencia qué?... Ah!!! Perdone, ¿Usted no se llama Mariano? No señorita, yo no me llamo Mariano. Eulalia se dio la vuelta deseando salir de allí a toda velocidad, pero en la puerta casi se da de bruces con el verdadero Mariano; los dos, al verse, dijeron a la vez: ¿Agencia Cupido? Y a los dos les entró una risa nerviosa. Se sentaron a tomar un café y no sabían cómo empezar a hablar. Ella pensaba: Es un poco gordo, y, desde luego, no mide 1’67, pero de cara puede pasar, y ¿qué mal viste; el jersey que lleva se las trae! Lo que menos me convence es eso de que sea tan hogareño… en fin, ya veremos… Él pensaba: “¡Qué melena teñida tiene! Va bastante pintada y viste como una chica joven, para aparentar menos edad, no se si va a ser demasiada moderna para mi. ¡Si me viera aquí mi difunta madre que hace tan sólo tres meses me dejó!!! Empezaron a charlar, mientras se tomaban los cafés con un bollo Suizo y después siguieron con dos cervezas, y luego con otras dos, hasta que al fin, salieron y se despidieron hasta el día siguiente para ir al cine. ARACELI

UNA AVENTURA ABIERTA Estoy sentada con los brazos apoyados sobre una mesa; delante de mí una cuartilla blanca. Este es un momento, para mí, de emocionado orgullo: es la primera vez que voy a escribir una carta y no he sido por falta de tiempo, no, es que no sabía hacerlo; tampoco sabía leer: yo era una analfabeta. De ahí este sentimiento mío ante el reto del papel en blanco. ¿Sabré encadenar bien las palabras? Hace poco más de un año comenzó a hormiguear en mi mente la idea de aprender a leer; pensé que ahora tenía tiempo para intentarlo; los hijos ya no estaban en la casa, el marido tenía sus partidas de mus con los amigos; yo estaba siempre sola, dueña y señora, eso sí, de mis fogones y trapos del polvo, destinada al estrecho papel de ama de casa y no quise resignarme. Siempre había estado a la sombra de los demás, sin voz ni voto en las cosas importantes –“tu no sabes, mujer”, “ tu no sabes, mamá”… siempre oyendo el mismo latiguillo; si alguna vez firmé algo fue con el dedo pulgar manchado de tinta impreso sobre papel; si alguna vez cogía una revista sólo veía sin saber lo que veía; mi vida, pensé, había sido siempre del mimos color, anodino color gris y me dije:” Tengo que hacer algo”…


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Busqué ayuda y la encontré. Al principio fue todo muy duro; tuve días de desaliento, pero seguí adelante y comencé mi andadura con tesón y coraje por el camino del aprendizaje y en este camino salieron a mi encuentro las palabras; las abracé y las hice mías. Fue como ver la luz después de la ceguera. Las palabras me hablaron de un mundo para mi nuevo y maravilloso que me llenó el alma de asombro y regocijo. Día a día voy escalando peldaños al encuentro de nuevas palabras que guardo cuidadosamente en el delicado cofre de la memoria. Hoy me siento una mujer nueva, plena de inquietudes, en una palabra, viva, inmersa en la fantástica aventura de LEER. Mi particular encuentro con las palabras ha sido lo más hermoso que me ha pasado en la vida. Una aventura abierta al conocimiento. PILAR

Su figura esbelta armonizaba con el traje de chaqueta gris perla. Sobre los hombros, dos zorros dorados. Las piernas largas terminaban en unos delicados tobillos. Mi pudor no me permitió desnudarla. Se paró en el quiosco; yo hice lo mismo. La miré sin descaro; sus facciones eran de mi gusto; desvié la vista. Detenerse en la belleza más tiempo de lo debido, cansa. Es más excitante lo deforme. Por el periódico que pidió deduje que no era de izquierdas y por qué no ambidiestra? No pude evitar una risa íntima. Entré en una cafetería; el local no era grande, me acerqué al mostrador. Una mujer joven con aire desenvuelto atendía a los clientes y, sin dejar de hablar se acercó. Cerró la boca y yo pedí un café con leche. Me senté cerca de un ventanal. Un tuestecito ridículo me impedía extender el periódico; me desconcertó; no sabía dónde ponerlo. Hay que reconocer que los adornos femeninos casi siempre son un estorbo. La mujer vino en mi ayuda con una mirada displicente dejó el café con leche y se llevó la plantita. Estoy por asegurar que sin perder la compostura seria… con el cliente atrevido. Una voz conocida atrajo mi atención; levanté la vista. Ella me vio, una sonrisa limpia se dibujó en su cara. He de admitir que es una buena persona, pero es sosa y aburrida incapaz de vestir un pensamiento con vistosos colores. Me levanté para saludarla. Un acto reflejo de mi educación pero que algunas veces me resulta incómoda; la invité a mi mesa. El único atractivo que tiene es el pelo rojizo y ondulado. Pedía otro rostro, por lo que, mientras hablaba de sus quehaceres domésticos, yo me dediqué a dar una pincelada verde a sus ojos castaños, a la nariz corva se la dejé recta, a los labios delgados los perfilé carnosos. Su silencio me interrumpió. Yo tenía que decir algo; mi delicadeza me lo exigía y le dije:”Si todo me sale bien, yo tenía que ir a Costa Rica. Para encontrarme con un mar limpio; sentirlo en mi piel; sumergirme y contemplar ese mundo mágico, delicado y tan quebradizo”. La miré a los ojos: sí, querida. Me conmueve más un árbol cortado que el quejido de un hombre. Miré la hora, la di una excusa y salí. Me vino a la memoria:”Para el bien del alma, hay que hacer al día dos cosas que la desagraden. Yo lo he cumplido: He leído el periódico y he tenido este encuentro. MARGA


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PABLO Desde el día en que Pablo se había trasladado a aquella ciudad, los días pasaban sin darse cuenta; el acondiciona el lugar que sería su hogar por un tiempo. El nuevo trabajo hacía que todas las horas del día estuvieran ocupadas. Aquella tarde, haciendo un alto en sus quehaceres, decidió dar un paseo, ir conociendo aquellos lugares que alunas de sus amigos le habrían recomendado para visitar. Su deambular le hizo ir observando la vida que en ella se movía. Aquella chica vestida de Mary Popis, inmóvil por la mucha gente que se paraba a mirarla con su cestilla en el suelo en el que unas pocas monedas esperaban que algunos se las uniesen. El acordeonista, sentado en aquel paseo haciendo salir la música de su acordeón como un lamento; sus pasos lentos y dios sabe donde se dirigían… Una mujer rubia y no de demasiada edad encogida entre sus ropas, como si no se atreviera a mirar pedía trabajo con letras en un trozo de cartón escrito. El niño que corre, el abuelo que le llama, los jóvenes con sus walk man en los oídos que, ajenos ven lo que pasa a su alrededor. Pablo en su paseo se fue encontrando con la vida de una ciudad, donde esperaba que la vida le diera una oportunidad. BENITA

Ahora me encontraba mucho mejor. Al menos eso decía la doctora, pero llevaba un día con un estrés de los demonios. Había pedido un día en el trabajo y, total, pocas cosas había hecho. A las nueve y media de la mañana tenía consulta con el dentista. Cuando salí de allí, iban a ser las doce y quería hacer tantas cosas… La pena es que no estaba Marga y sin ella era incapaz de comprar nada. Marga era la compañera de trabajo. Cuando la conocí acababa de abandonarme mi marido. Se marchó con otra, hace ya veinte años, nunca he sabido dónde ni con quién se fue. No se qué es lo que pudo pasar, llevábamos doce años casados, estaba loquita por él. El caso es que tuve que ponerme a trabajar y allí estaba marga dispuesta a ayudarme en todo lo que hiciese falta, aunque también es cierto que ahora, al morirse sus padres, se encontraba tan sola y deprimida que me las veo y deseo para animarla y hacerla salir de casa. El dentista debió pasarse con la anestesia pues sentía la boca como acorchada y no me hacía ninguna gracia andar de tiendas, así que compré algo de comida en el Super y me subí a comer a casa. Es un decir, pues no probé bocado. Me había quedado dormida en el sofá cuando sonó el teléfono. Era mi hija: - “¡Hola mamá! ¿Recordarás que mañana tenemos que probarnos el traje?” - ¡Claro que me acuerdo, el traje, los zapatos. El bolso y la madre que lo parió. ¡Pero de quién coño salió la idea de casaros, María? ¡Qué lleváis cinco años viviendo juntos! Y luego todo el santo día que si la hipoteca del piso, que si no ahorráis nada…. Pues ya os estáis enterando del pastón que supone una boda y, para colmo que sea yo la madrina. ¡Pues estoy yo buena! - Bueno, bueno, mamá, tranquilízate que todo tiene arreglo. Que venga marga también, que la tenemos que poner muy guapa. Llegó el día de la boda y todo estaba saliendo perfecto. El banquete fue en un restaurante alejado de la ciudad, no éramos muchos los invitados y la sobremesa estaba muy animada. Yo tomé café pero nada de licor. Parecía que me iba a estallar la cabeza. - Vamos al servicio, me dijo Marga.


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Me agarré de su brazo, pues había que bajar unas escaleras y fue bajándolas, cuando me derrumbé. Pero apareció. Abrió sus brazos justo a tiempo, cuando me disponía a rodar las escaleras. Menudo alboroto se formó. Mi hija quería llevarme a Urgencias pero se me fue pasando y al rato estaba como nueva. Poco a poco volvió a animarse la fiesta. Habían contratado una orquesta; fue empezar a tocar y ya estaban todos bailando. - Mira Rosa, este es el Señor que te cogió cuando te mareaste. Se interesó por mi estado. Yo le di las gracias, le dije que estaba perfectamente, que últimamente sufría vértigos, pero que ya reencontraba bien. Enseguida se acercó mi hija y nos presentó. - Es mi jefe, mamá. ¿No le conocías? Tenía una poblada barba, toda ella casi blanca y la cabeza rapada. - No, creo que no. Aunque no me resultaba desconocido… Marga parecía muy a gusto, no paraba de bailar. - ¿No te animas, mamá? Podías bailar un poco con Marga. Entonces me invitó él y salimos a la pista. Estuvimos un buen rato bailando. Yo me dejaba llevar. Bailaba muy bien y no paraba de hablar. Había estado unos años en Argentina, unos años muy duros, no se cansaba de repetir, pero había conseguido regresar a España con dinero suficiente para montar la empresa donde trabajaba mi hija y cinco empleados más. Hablaba muy bien de María, tenía “don de gentes”, decía, y además, “es emprendedora y muy responsable”. Yo le escuchaba atentamente, parecía sentirse a gusto, envidiaba al pueblo argentino, “es mucho más culto que el Español”, decía, no le gustaba el fútbol ni tampoco la televisión, pero perdía la cabeza por un buen arroz con leche. Fui a sentarme con Marga, que llevaba un rato sola, él se quedó con nosotras y cuando la gente empezó a marcharse se ofreció a llevarnos a casa. Las dos nos sentamos en los asientos traseros. El no paraba de hablar. La casa de Marga estaba de paso hacia la mía. La dejamos a la puerta. Dijo habérselo pasado muy bien, le dio las gracias. Enseguida llegamos a mi barrio, no recordaba haberle dicho que tenía arroz con leche en casa. El decía que sí y que le podía invitar a un plato Le dije que esperase en el coche y le bajé todo lo que tenía en un recipiente hermético. Fue como quitarme un peso de encima, desapareció el estrés de los preparativos de la boda, parecían habérseme pasado todos los males. Mi hija y su marido estaban en argentina de luna de Miel. Cuando regresaron ya nada fue igual, la empresa donde trabajaba María se encontraba cerrada. Meses más tarde sería ella quien la abriese y el que fuera su jefe llevaba ocho días en el depósito de cadáveres, esperando que ella se hiciese cargo de sus restos. La autopsia no dejaba duda. Había consumido un arroz con leche que contenía una gran dosis de veneno. CARLOS

Mientras se dirigía a paso apresurado hacia el trabajo, iba pensando en que, al fin, había tenido suerte: después de acabar sus estudios de enfermería, que había conseguido terminar por que Pedro, el profesor de Farma, le llegó la jubilación, la admitieron a prueba en un geriátrico; de eso hacía ya bastante tiempo; y unos meses atrás, como estaban contentos con su dedicación y entrega, la habían hecho un contrato indefinido. Al llegar la compañera que salía del turno de mañana, le dijo:” ha venido uno nuevo; menudo cascarrabias; a ver si tú, que tienes tanta paciencia, consigues amainarlo.”


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Hizo el recorrido habitual y, al entrar en la habitación del nuevo, el corazón le dio un vuelco: A pesar de que el tiempo transcurrido había hecho estragos en él, reconoció a Pedro, el odiado profesor de Farma, el que la humillaba ante toda la clase, el que la suspendía una y otra vez por mucho que estudiase, el que la decía que si de él dependiera, jamás sería enfermera. Salió sigilosamente y fue a buscar su historial médico: era diabético, y entre otras complicaciones, estaba prácticamente ciego y necesitaba insulina tres veces al día, antes de las comidas. Pasó la tarde haciendo su trabajo y antes de la cena entró en la habitación de Pedro, que la recibió a gritos: -¡Para eso pago yo un dineral en esta residencia; toda la tarde sin hacerme nadie caso, me voy a quejar y te vas a acordar; no valéis para nada!. Una nube roja le nubló la vista. Respiró hondo y logró calmarse. “Tranquilo, Pedro” le dijoLe pongo su insulina y le traerán la cena; antes de irme vendré a verle”. Pedro puso el brazo y ella le inyectó con una sonrisa entre amarga y triunfal. Antes de acabar su turno entró en la habitación. Pedro tenía un sudor frío, pero aún estaba consciente. Se acercó a él y le dijo: -¿No me reconoces? Soy Laura, maldito Cabrón; tu me hiciste la vida imposible, pero yo he acabado con la tuya. Al día siguiente, la compañera le dijo: - Esta noche ha habido movida; el nuevo ha tenido una hipoglucemia; cuando pasó la del turno de noche lo encontró muerto. Laura pensó que las clases de Farma le habían servido para saber que una gran dosis de insulina puede acabar hasta con un animal como aquél. PILAR RODRIGUEZ

Iba yo como todos los días por el mismo camino y a la misma hora al trabajo y deparé en que me encontraba con la misma persona todos los días; era un chico alto, moreno, ojos castaños, grandes y expresivos, al cruzarnos nos mirábamos. Un día decidí salir antes para no encontrármelo, pero hete ahí la casualidad que debió pensar lo mismo, nos encontramos y nuestro rostro al mirarnos esbozó una leve sonrisa. A día siguiente decidí volver a la misma hora de siempre y él también. Esta vez nos saludamos. ¿Qué pasaba por mi mente cuando me cruzaba con él? Me atraía enormemente, no podía quitármelo del pensamiento durante todo el día. ¿Esto es normal? Me había enamorado o sólo me atraía sexualmente. Como no me lo podía quitar de la cabeza traté de buscarlo en la noche. La casualidad y mi perseverancia hicieron que le encontrara en la barra de un bar. Me acerqué hacia él y con una sonrisa le saludo: ¡Hola! Que casualidad, tú por aquí, no te había visto antes nunca ¿Vienes mucho? Sí, de vez en cuando. ¿Qué quieres tomar? Una coca cola light. Empezamos a charlar; es encantador, sabedor de muchas cosas; le gusta viajar, el arte, la naturaleza, trabaja de relaciones publicas en un banco, su animada charla hace que la noche se me pase en un suspiro. Me acompañó a casa. Seguimos viéndonos en el camino y nos parábamos y charlábamos un poco. Yo estaba locamente enamorada. ¡Qué guapo, que bien vestido, que educado! Y cuando nos despedíamos, andaba yo para atrás hasta verlo desaparecer y sólo pensaba en él. Un día me dijo si quería ir con él a un pueblecito de la montaña donde hacen una fiesta ancestral, y yo le contesté que sí, con la voz y piernas temblando. Estaba como loca; al fin me había invitado.


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La noche de la excursión ni qué decir tiene que no pegué ojo. Me duché con un gel carísimo. Mi cuerpo le envolví en una loción acorde con el perfume que me iba a poner y me maquillé con precisión y esmero. Me cambié, por lo menos siete veces de ropa y elegí adornos discretos. Cogí el bolso y enfilé donde habíamos quedado. Miré el reloj, faltaban quince minutos; ni que decir tiene que había bajado antes de tiempo, estaba nerviosa; me iba a pasar con él el día a solas. Cuando de repente le vi aparecer me quedé helada. Mi cara se transformó, mis pies no podían despegarse del asfalto y mi sonrisa ocultaba frustración y desilusión. En ese momento no podía huir, me quería morir, no daba crédito a lo que estaba viendo. ¿Por qué no me dijo nada? ¿Me lo tenía que haber dicho?, pensaba mientras caminaba hacia mí. Venía de la mano de un muchacho rubio, alto, bien formado, espléndidamente vestido, cuchicheaban entre ellos, se miraban a los ojos y reían a carcajada limpia. Cuando ambos estuvieron frente a mí, me presentó a su pareja, Iván. Yo le saludé con dos besos y quería desaparecer. ¡Que manera de hacer el ridículo! Yo enamorada de un hombre que tenía pareja. Me sacan de mis pensamientos y comenta que viven juntos más de cuatro años y que como yo le caigo bien no les importa que les acompañe a este viaje. Nunca más me volví a cruzar con él. ROSA

Hoy la ciudad huele a lluvia, a barro, a río y a escarcha. Hoy la ciudad atrapa mis palabras que no pueden despegarse de unos labios aún sellados por el sueño, y la prisa, y este horario que me mata. Hoy la ciudad sigue dormida cuando salgo de mi casa y aún es de noche. Hoy la ciudad es gris, como lo fue ayer y antesdeayer, y lo será mañana. Dicen que las ciudades nos construyen, y yo lo sé. Dicen que las ciudades no tienen alma, y yo lo sé. Dicen que somos sujetos anónimos, y lo sé bien. Llevo 25 años aquí y casi no conozco a nadie. 30´ al centro de ida; 30´ de vuelta; 10 horas de tajo, un poco de tele y, a dormir. Hago horas extras los fines de semana para pagar la casa en la que duermo. Hoy, no iré a trabajar. Estoy enfermo, enfermo de amor. Me he enamorado de mi vecina. CONCHA

LE ENCONTRÉ DE NUEVO Acaba de llegar el camarero y deposita sobre la mesa el café con hielo; le doy las gracias y permanezco sentada en la cafetería en una mesa algo alejada, buscada a propósito para pasar desapercibida. -¿Qué hacia allí? Me preguntaba. La intriga me había llevado. Estoy esperando nerviosa y mis pensamientos empiezan a fluir, a recordar su inicio, cómo empezó todo este follón donde estoy hasta las entrañas metida. Mi mejor amiga me había convencido, después de mucho insistir, que el chatear me alegraría un poco mi existencia, que estaba un poco vacía. Me encontraba en esa edad en que la convivencia matrimonial y la menopausia no eran buenas alidadas. Hijos estudiando fuera, marido imprescindible en su trabajo, yo con problemas


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de stress en el mío, falta de comunicación en la pareja porque crees que todo está dicho, falta de apetito sexual,…etc. Que voy a contaros a muchas que os encontráis en esta misma situación. Comencé a matar los ratos libres en el ordenador, al principio por información simplemente y luego por diversión me metí en los chats, les leía, me reía…, pero no participaba en ellos, hasta que un día me llamó la atención un Messenger un tanto peculiar. -“THE MISSING” busca otro perdido para comunicarse como amigo simplemente, porque estaba casado y estaba pasando una mala época en su relación. Me llamó la atención, como antes decía, porque en cierta manera, yo también esta pérdida. Entonces sin saber porqué, escribí: -“YOUR FRIENS MISSING” busca lo mismo. Me contestó a continuación y tuvimos nuestra primera conversación, a la que siguieron muchas más. Lo que empezó como un juego, se convirtió en obsesión y prácticamente todas las tardes nos conectábamos para contarnos nuestros respectivos problemas con los pegados, que al fin y al cabo era descargar ese estado de angustia en el que estábamos sumergidos. Dando rienda suelta a mis problemas me sentía más tranquila, mis días así empezaban a tener sentido. Había criticado a mis hijos en tantas ocasiones por estar todo el día conectados, que ahora deberían reprenderme ellos y sí lo hicieron alguna vez, junto a mi marido. Hoy, había puesto unas excusas a mi marido por la mañana, porque llegaría tarde al restaurante a comer, celebrábamos nuestro 30 aniversario de bodas y era tradición ir al mismo sitio. Tenía puesto el vestido fucsia que me había regalado Eduardo, si así se llama mi marido, en un viaje a París y que con el moreno del verano lucía espléndida en mi torneado cuerpo, dejando ver por su amplio escote el canalillo de mis grandes senos, redondos, duros y perfectos, mantenidos así debido a las sesiones de masajes, cremas y gimnasia. Estaba orgullosa de mi figura y me ponía ropa que la resaltaba aún más. Vamos, estaba provocativa, quizás demasiada atrevida para una primera cita, pensaba. Adornaba mi estilizado cuello un precioso collar de perlas regalo de mi anterior aniversario de bodas y que me había puesto pensando en la comida. Habían pasado tres meses desde entonces. Este encuentro, me decía, podía cambiar el rumbo de mi vida, que ahora estaba confundida. -¿Hola, qué tal estás?..., me dijo. -¿Qué hago ahora?..., pensé. -¿Qué haces aquí?...me preguntó. -Estoy esperando a Mamen para hacer unas compras, ella me había metido en este embrolló pensaba, demasiado tarde para salir de él. No salía de mi asombro. Llevaba puesto el traje azul marino impecable y un capullo rojo en la solapa, tal y cómo había concretado con “MI MISSING”. Las preguntas y respuestas se agolpaban en mi cabeza y comenzaron a tener sentido, el puzzle empezaba a encajar, pero no entendía absolutamente nada, ¿Por qué?.. -¿Quién era el de la foto?... -Gustos parecidos a Eduardo… -Su color preferido el fucsia… -A su mujer la encantaban las rosas rojas, perlas, perfumes, pintura, lectura, teatro…etc, copia exacta de mi vida, por ello disfrutaba tanto hablando con él. -Día de la cita: nuestro aniversario; ¿no podía ser otro día?, le había dicho. Pero puso una serie de excusas razonables que me convencieron. Trataré de solucionarlo yo, le había dicho y así lo había hecho. -Se sentó a mi lado y me dijo: -¿Aceptas a este enamorado perdido?...


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No pude evitarlo, las lágrimas afloraron e inundaron mis ojos y lloré, lloré como una niña pequeña…, una nueva mujer que sentía otra vez culebrillas en el estómago. Mi cabeza era un flash que recordaba a golpes esos momentos en que su piel se pegaba a la mía y permanecíamos atados noche tras noche, noches intensas de amor y pasión que el tiempo había olvidado, mi memoria recordaba, sentía y vivía situaciones, escenas apasionadas, días de felicidad, días de lujuria que habíamos olvidado, borrado de nuestra mente pero que hoy renacían. Las culebrillas de entonces, de nuevo renacían. Había caído en el engaño, me había mentido, la trampa había sido minuciosamente trazada, perfectamente diría yo, y caí en ella como una colegiala. Él había ganado y por segunda vez era una mujer locamente enamorada de mi marido. De mis labios salieron unas palabras: -Perdóname cariño, necesitaba encontrarte… -Pues empecemos hoy nuestro tercer mes de encuentro. Todo será diferente, te lo prometo. Para empezar tenemos mesa en otro restaurante. Se acabaron las normas preestablecidas. TERESA

Llevaba más de ocho años esperando este momento con muchas ganas. Sé que es una locura, me lo han dicho demasiadas veces, pero no podía darle la espalda a lo que me dictaba el corazón. Para mí lo más importante es que nos volvimos a encontrar después de tanto tiempo, no importan las circunstancias ni el sitio. Durante todo este tiempo todos me dijeron que debía olvidarme de ti y seguir adelante con mi vida porque era demasiado joven, con el tiempo conseguí seguir haciendo mi vida, pero siempre te llevé clavado en el corazón. Nunca hice nada para llegar hasta aquí antes pero tampoco lo hice para no venir. Llegó el momento y no me da pena. Bueno sé que para los seres queridos que dejé atrás sí es triste mi marcha, pero deben pensar que yo soy feliz aquí y alegrarse por ello. Querido amor mío la muerte nos separó demasiado pronto pero nos ha recompensado volviéndonos a juntar. Mª JOSÉ

Tenía que decírselo. Sí, tenía que decírselo ya, pero cómo y cuándo. En casa parecía difícil crear la atmósfera propicia ya que allí costaba trabajo despegarse de lo cotidiano. En un restaurante, como aquél tan acogedor que habían descubierto hacía poco, le parecía demasiado preparado, un poco forzado. Decidió que podría resultar más espontáneo si se lo decía paseando por la ciudad: el movimiento de la calle restaría solemnidad al momento y aligeraría una posible tensión. Ya en la calle, al contacto con el aire frío y tonificante, se acurrucó a su lado, apretándose contra su brazo. Al instante le invadió esa sensación que le resultaba ya tan familiar y placentera: su cuerpo, pegado al suyo, se le aparecía como un muro protector que la amparaba y defendía de las agresiones externas. Así, junto a él, se sentía con fuerzas para enfrentarse al futuro. Durante un trecho, caminaron unidos en un silencio hecho de vivencias compartidas.


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“¿Sabes una cosa?” comenzó a decir con el corazón latiéndole con fuerza. Le miró. Él sonreía a alguien que pasaba a su lado: “¡Adiós!”, “¿No te acuerdas de él?” y comenzó una historia que se remontaba a los años de su niñez. Ella esperaba a que le llegara su oportunidad. “¿Sabes una cosa?”, repitió. Le miró. No la oía, atento a un grupo de hombres que venía en sentido contrario. Se pararon. Bromearon entre palmada y palmada en la espalda mientras que ella permanecía ajena a la conversación. Al fin siguieron su camino que parecía despejado de obstáculos. “¿Sabes una cosa?”, se aventuró a decir. Le miró. Por fin la escuchaba. Cuando se disponía a continuar, una voz atronó a su espalda. “¡Dichosos los ojos!”. Hacía tiempo que no se veían, había mucho que contar. Una copa en ese bar nuevo, otra donde ponen esos pinchos tan ricos, otra y otra. Todos hablaban con animación, se quitaban la palabra. Ella escuchaba lejana, con una sonrisa ausente. De vuelta a casa, él la recriminó: “¿Se puede saber por qué has estado tan borde?”. Caminaron en silencio, un silencio forjado en el desencuentro, que los separaba. CONCHA PRIETO

Tras abandonar el taxi y mostrar su entrada, ella pasa ligera por el moderno y minimalista hall del Coven Garden, hasta llegar al palco que, con una esplendorosa decoración, transporta a dos siglos más atrás. El director saluda, y los primeros acordes del preludio de Fidelius suenan. El encanto de la única ópera de Beethoven la envuelve evadiéndose de todo. Una vez concluido el acto sale, no con demasiadas ganas, al distribuidor, en el cual han habilitado una mesa con grandes manteles blancos desde la que se ofrece una copa de champaña y canapés a modo de acompañamiento. En unos instantes la mesa desaparece tras un revoltijo de gente vestida de etiqueta. Se aproxima. Es prácticamente imposible hacerse con una copa. Un caballero de rostro ancho y mofletudo, con ojos negros, extremadamente redondos y saltones, con escaso cabello, la ofrece una de las dos copas que lleva. Al dársela le ofrece una sonrisa en la que se muestran unos dientes escasos. _ Gracias_ le dijo ella, mientras le lanza una afectuosa mirada. El sonido del timbre avisa del siguiente acto. Quiere integrarse en la manifestación de virtuosismo, pero ahora la música y el canto suenan como un zumbido insistente y molesto, obstinados en acompañarle. Aquellos ojos, que parecían salidos de un dibujo manga que ha visto, la recuerdan al hombre con la que estuvo casada hace diecisiete años. A su cabeza acuden recuerdos de inmadurez que pasan como una película: un matrimonio roto, una hija en común, su huída a Londres, y la de él a Australia. - Esos ojos… Al fin, los últimos saludos y aplausos. Toma su pequeño bolso y, ya en las escaleras, le da la impresión de verlo. Espera. Trata de convencerse, y poniéndose a su altura lo mira. Sin pensarlo, se le escapa una palabra: - ¿Manuel? - ¿si? Perdone señora, no tengo el gusto de conocerla - Soy Raquel Tres años más tarde, volvían a casarse. Mª ANTONIA


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Te esperé durante mucho tiempo, los días se me hacían eternos y sólo vivía añorando el momento de conocerte. Los demás me decían que parecía ausente, vivía para adentro, casi nada me afectaba y todo me parecía poco importante. Pero ese momento llegó y después de aquel quebrar de huesos, de aquel inmenso dolor, llegaste y miré tus ojos que miraban sin ver, tus manos que asían en el aire el recuerdo de paredes ya inexistentes, tu boca que emitía sonidos hasta entonces desconocidos y me olvidé del dolor, te abracé y entonces supe que estaríamos juntos para siempre. BELÉN


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Bares o ciber

TESOROS PERDIDOS Ya había rellenado las cámaras y se dispuso a hacer hueco para barrer el local. Eran las dos y cuarto, demasiado tarde para un miércoles lectivo que sólo trajo a los de la ronda de vinos, a un grupo de hombres trajeados y a dos parejas que parecían no tener ninguna prisa por irse a acostar. Esos días se le hacían interminables; la última media hora la pasó dando cabezazos en la barra y procurando que ninguno de sus desvelados clientes se diera cuenta. Iba hacia el almacén cuando, bajo las mesas, le llamó la atención lo que resultó ser una postal que mostraba una foto de la torre Eiffel. La metió en el cajón bajo la caja registradora, como hacía siempre. Pero esta vez, le pasó por la cabeza una idea que le dibujó una sonrisa. Durante el resto de la semana, fue anunciando para la siguiente una sorpresa en el bar. No quiso dar pistas, despertando así la curiosidad de la clientela, que le acribillaba a preguntas. El martes, después del día de acostumbrado descanso, en la puerta un folio impreso con letras de colores presentaba una gran exposición, bajo el título:”Búscate a ti mismo”. Tras las vidrieras, hasta entonces llenas de platos y jarrones de barro, la gente podía ver, entre otros muchos objetos, unas llaves, varios pendientes sin pareja, un chupete, una pulsera con el cierre partido, un marcapáginas del aniversario del Quijote, un coche rojo de juguete, una foto de una niña con trenzas, un dibujo de lo que podría ser un barco o una ballena con antenas, una bufanda de rombos, una guía de viajes y una dentadura postiza que alguien olvidó sobre el lavabo del servicio, junto a la que descansaba una singular postal que rezaba:”Paris está triste sin ti”. JAVI

Había quedado con las amigas en el bar de siempre para tomar un café y pasar un rato agradable. Al llegar, ya estaban esperando: - Anda, maja…que llegas tarde… - Es que al salir de casa sonó el teléfono para comunicarme que me había tocado un apartamento. La dije que se lo dieran a otra, porque a mi ya me habían tocado muchos y no quería más. ¡¡¡Vaya un coñazo con las llamaditas!!!! Pedimos la consumición y las lenguas comenzaron a moverse. Yo ese día, no se la razón estaba un poco ausente; comencé a mirar a mi alrededor: en la máquina tragaperras estaba el cliente de siempre metiendo dinero y no sacando nada; se le veía nervioso; era primeros de mes. Pensé que estaría metiendo el sueldo. Le miré con lástima al ver las caras cuando llegase a su casa. En otra mesa había una pareja haciéndose arrumacos en la cara; les irradiaba felicidad. En otra mesa, al fondo, había una mujer que me llamó la atención; no la había visto nunca. Tenía que haber sido muy atractiva. Tenía una mirada penetrante y unos labios muy sensuales, ahora surcados por profundas arrugas. Sujetaba en sus manos un bolso muy ajado; en el se pegaban unas pegatinas, ya envejecidas, de diversos lugares del mundo: Paris, Roma… Lo agarraba con fuerza como si tuviera miedo de que se lo quitaran. ¡¡Qué vida más activa tuvo que haber llevado!!! , pero el paso del tiempo no se había portado bien con ella.


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- Anda, maja, que vaya tarde que llevas. Parece que estás en Babia. Vamos a pagar para irnos. Al pasar por la mesa donde estaba la mujer, esta me echó una sonrisa. A la semana siguiente volvimos al bar. Ya no estaba la mujer, ni la pareja feliz; el único que seguía era el jugador de las tragaperras, consumiendo su vida y la de su familia. JUSTI

FRASES INCONEXAS Y VOLÁTILES - Buenas, ¿qué toman? - Dos Riojas y un pincho de tortilla. - ¿Me permiten un momento? Voy a coger mi cerveza. - Pues no lo dudes, díselo ya; fíjate lo que le pasó a… - Aquí tienen sus Riojas, el pincho de tortilla, ¿lo quieren caliente? - Sí, estuvimos allí el fin de semana pasado; fue estupendo… - ¡Antonio, esas tapas son para los señores del final de la barra…!!! - ¡¡¡Ya vaa!!!... - Pues, como te iba diciendo… - ¡Qué alta está la TV, casi no se puede hablar; ¿a ver qué dice el Rajoy? - Y el coche no arrancaba… - Dos cervezas, por favor… - Pues para mi fue un golazo… ¡Pero hombre no jodas! Si estaba en fuera de juego!... Irak se enfrenta a una violencia y destrucción incontrolables, hoy los muertos tras la explosión de… - Por favor, ¿me pasa las servilletas? - ¿Has leído esto que dice el periódico? ¡Pero en qué país vivimos! - ¿Me cobra estos cafés? Para mañana se esperan lluvias en el Oeste peninsular… - Os dejo; tengo que irme, se me hace tarde. - Mañana nos vemos, Adiós. - Hasta luego, Luís. - ¿Tomamos otra? ARACELI

La oscuridad se veía entre los barrotes de la ventana. Parecía que el frío estaba dentro y yo fuera con el calor aferrándome las manos envueltas en mil trenzados. Nada por aquí, nada por allá… Por aquí nadie, nadie por allá. Desde la puerta, el olor a incienso parecía mezclar el cielo con la tierra; sin horizontes, sin diferencias, sin barrotes… inacabable. Un café “no normal”. Un pasillo enormemente largo unía la puerta con aquella barra donde apoyaban sus codos varios seres humanos; se veían perdidos empinando oasis de hielos con líquidos olorosos no reconocidos al olfato humano.


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Un hombre pequeño, apenas se le distinguían los ojos del marrón aposento de brazos tristes, más que aburridos, al ver acercarme, sale de la barra y hablándome directamente, me aconseja no utilizar las sillas altas que me igualarían a aquellos pétreos personajes, señalándome unas las mesas. Estaban dispuestas en fila india; cuatro mesas con sus cuatro sillas de madera; y en el centro una vela verde regalaba la poca luz reinante. El suelo gemía a mi paso, pero el hombrecillo parecía volar con su pantalón negro y su canesú blanco, amarillo y verde. No pregunta mi predilección por la bebida; se va, y al momento vuelve con una taza recubierta de olores mezclados: canela, cedro, naranja. Desde la mesa, parece verse todo en tecnicolor, como una película de Hamfrey Bogart, pero el olor de la taza me envuelve rápidamente y surge allá, al fondo, el reflejo de una luz redonda que resuena contra las notas de un enorme piano, y un hombre al frente, con su cigarro apoyado en el cenicero de encima, canta triste: “En el bulevar de los sueños rotos…” Y oigo una voz que me confiesa al oído:” En la barra están los rotos…” ELENA

Ramón se mueve sonriente entre las mesas del bar. Lleva los cafés en su bandeja hasta una mesa cercana a los ventanales. Todas las tardes se sientan en ella un grupo de mujeres mayores que hablan y juegan una interminable partida de cartas. Entre mano y mano se ríen y llaman a Ramón. - Ven encanto, sírvenos un café y algún bollo, mejor sin crema que vamos a engordar. - Qué van a engordar ustedes, si cada día están más guapas. ¡No se como las dejan sus maridos salir de casa! Todas se ríen. Siempre tiene algún piropo o alguna frase amable que las halaga. En la barra está Don Manuel, que se quedó viudo el año pasado y todas las tardes entra en el bar antes de ir a casa. Se toma un vino y le cuenta su soledad. Ramón conversa con él de fútbol, de la quiniela de la próxima semana y de otras cosas sin trascendencia, que le entretienen y animan su semblante. A las ocho y media de la tarde llega dña. Irene que regresa de compras y se toma una copa de anís. Dice que es para subir la tensión, pero Ramón sabe que lo de la tensión es una excusa. En el extremo de la barra está un muchacho que lleva bebidos dos cubatas. Otras veces ha venido con su novia, pero hoy está solo, han reñido. Se dirige a él con simpatía, - No te preocupes muchacho, ¡volverá! También está la señorita del abrigo rojo. Siempre se sienta en una mesa de la entrada. Lee el periódico de forma distraída, y mira frecuentemente a la puerta y al reloj. Después de una hora se va. Siempre sola. La trata con amabilidad, disimulando que la conoce de muchas tardes de esperar a alguien que no llega. Ramón conoce por su nombre a todos los clientes fijos, para todos tiene una gracia o una palabra de ánimo, incluso les hecha de menos el día que faltan. Conoce la importancia que los pequeños detalles tienen para sus clientes. Los momentos de los otros, dan razón a su solitaria existencia. Su fugaz felicidad le hace olvidarse de sus frágiles pulmones, que pronto se cansaran de funcionar. CHARO


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LA UNIVERSIDAD DE COSME Cosme ha sido camarero toda su vida, desde los catorce años hasta ahora mismo, próximo ya a la jubilación. En estos cincuenta años de profesión ha vivido sucesos y acontecimientos que darían para escribir largo y tendido sobre el Madrid de café y tertulia que el conoce tan bien. Pero a Cosme le que le gusta es hablar, contar de viva voz sus experiencias y recuerdos que conserva en una memoria privilegiada. En mis tardes de tertulia siempre hay un hueco para escucharle; me gusta oír sus sencillos razonamientos, no por ello faltos de popular sabiduría. Cosme es discreto, nunca da nombres, solo relata hechos y anécdotas que ha ido aprendiendo de unos y otros, solo oye y observa y luego saca propias conclusiones que casi siempre son acertadas. -Mire Usted- me decía una de tantas tardes charlando con él- aquí aprende de todo, por que se conoce a personas, personajes y personajillos, historias con drama e historias de sainete; ¡fíjese Usted! Cincuenta años dan para mucho, por estos veladores has desfilado desde ilustres literatos y exaltadores, políticos a pillos y oportunistas de los de “a río revuelto”, he sabido de vidas y fortunas perdidas por asuntos de alcoba, de venenosas envidias y rastreras calumnias; he visto caer famas y honores, he oído discutir sobre religión, moral, literatura, arte y, hasta filosofía, si Señor, este local ha sido mi Universidad particular en la que he aprendido todo lo que la vida enseña, o casi todo, mire, aquí, en este medio en el que la palabra apasionada de los tertulianos es la protagonista de la noticia, el suceso o el acontecimiento yo he tenido el privilegio de ser un espectador de primera fila y contemplar en vivo lo que es la comedia humana en todos sus géneros, ya le digo, esto es como un escenario en el que cada día es distinta la representación. Yo veo y oigo lo que se dice, unas veces me río, otras me entristezco y las más critico, pero pienso que el mundo es así y guardo mis opiniones; ahora, también le digo, que se muy bien quién es quién”. Cosme deja de hablar, se levanta y continua lo que ha hecho siempre, servir cafés a los viejos tertulianos con palabra y gesto amable. Su paso es lento, cansino más bien, como si le pesara u fardo invisible lleno de recuerdos y experiencias de toda una vida de aprendizaje en la Universidad de la vida, su Universidad. PILAR RODRIGUEZ

AMIGAS El grupo de amigas se había dado cita en uno de los muchos bares que había en aquella zona de la ciudad. Fueron llegando poco a poco; una de las chicas del grupo había hecho la propuesta de aquella reunión; las demás estuvieron de acuerdo pensando lo que les había llevado a aquel bar. Y aquella cita era lo preocupadas que estaban por uno de los cónyuges ausente en aquellos momentos. Desde hacía tiempo, su situación era delicada; pasaba por un mal momento; su debilidad de carácter lo había llevado a dar un paso en falso en la vida; ahora se hallaba atrapado en un mundo del que él solo no podía salir; el grupo busca una solución al problema de su amigo.


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La reunión se alargó por espacio de un par de horas, pero al final todos creyeron haber encontrado el camino para ayudar al amigo ausente. BENITA

Arturo camina bajo el peso de su mochila. Es un joven agradable, de pelo negro ensortijado y ojos verdes. Ha aprovechado las vacaciones de verano para hacer el Camino de Santiago. Desde niño ha oído a su padre contarle cómo él lo hizo en su juventud y la gran experiencia que fue; cómo cogió un día un gran chaparrón y empezó a sentirse mal; llegando a un pueblecito, en la provincia de León, se notaba arder por la fiebre; entró en el único bar del pueblo y preguntó por el albergue, pero hace veinticinco años había muy pocos y le dijeron que el próximo estaba en Ponferrada, a unos 10 kms. Dio la vuelta para salir pero cayó desplomado al suelo. Cuando recuperó la conciencia estaba acostado en una mullida cama y el médico del pueblo le estaba examinando. Tenía una fuerte neumonía y debía guardar cama hasta que se recuperara. El dueño del bar se ofreció a tenerle en su casa por una módica cantidad, hasta que pudiera seguir. Allí pasó unos diez días, atendido por María, la hija del dueño; y aunque el padre de Arturo no se lo había dicho, él creyó intuir que entre ellos hubo algo más que una buena amistad. Antes de empezar a hacer el camino, su padre le encomendó que no dejase de ir por el bar y diese sus recuerdos al dueño y a María. Daba gusto entrar en la fresca penumbra, tras la agotadora jornada estival. Se dirigió al mostrador y vio a una mujer madura de una serena belleza. Iba a preguntarle si era María, cuando la mujer, al verle, puso cara de asombro y exclamó: ¡Arturo! Se parecía mucho a su padre y hasta tenían el mismo nombre, pero se sorprendió de que después de tantos años, le hubiera recordado nada más verle. Se presentó y estuvieron hablando largo rato. El padre de María había muerto. Arturo le dijo que su padre guardaba un bonito recuerdo de su estancia allí, que le había encomendado muy vivamente que no dejase de pasarse por el bar y saludarla. Estaban hablando cuando se entreabrió la puerta y un chico, desde afuera y asomando solo la cabeza, dijo: - Mamá, me voy con los amigos a la bodega y vendré tarde; no me esperes levantada. El rostro del muchacho se reflejó en el espejo que estaba detrás de la mujer y Arturo quedó petrificado: Era igual que él, acaso algo mayor, pero como su doble. Cuando se cerró la puerta, miró a María con ojos interrogadores. Ella se explicó: - Cuando Arturo se recuperó y se marchó, intercambiamos algunas cartas, pero cada vez él iba espaciándolas más. María nunca le dijo que estaba embarazada; pensaba que si la quería de verdad, vendría a buscarla y , si no era así, no quería que se sintiese obligado. Hasta que él dejó de escribir y a ella le devolvían las cartas. Y así perdieron todo contacto. Arturo ató cabos: su padre se cambió de piso cuando se casó Siguieron hablando un buen rato y cuando se despidieron, ella, estrechándole la mano, le dijo: - No digas nada a tu padre. El tiene su vida hecha y yo tengo siempre su recuerdo en mi hijo. PILAR RODRIGUEZ


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En el bar estaba el mendigo todos los días, sobre la misma hora, las cuatro de la tarde, para recoger lo que había sobrado de las comidas. Era un hombre alto y bien plantado, vestía un traje y abrigo desgastados. Entrando en el bar se iba al servicio, allí se lavaba como podía y cuando salía la vieja cocinera le daba los restos de comida sobrantes. Su mirada era cabizbaja y apenas emitía un leve sonido.!Aquí tiene don Tomás! hoy tiene suerte, sobraron bastantes alubias, lo acompañaba con media barra de pan, una manzana, y en una botella pequeña de plástico le ponía un poco de vino. Éste, con una sonrisa, donde dejaba entrever una dentadura perfecta, le daba las gracias y un hasta mañana. Tras cerrarse la puesta la mujer comentaba: ¡Dios mío! Pensar que ha vivido de niño en casas palaciegas, se ha educado en países extranjeros, habla idiomas y tiene carrera, y yo de toda la vida he sido su criada hasta que me casé y me vine a la ciudad; mis padres eran los guardeses en la finca que tenían en tierras extremeñas y ahora que tenga que verle así se me parte el alma. El señor se arruinó por la mala cabeza de la mujer con la que se casó y después le abandono. Cuando él se enteró que yo trabajaba en este bar, el viene a recoger cada día las sobras de los demás. ROSA

BAR ESPERANZA Mi autora ha querido que sea el principal protagonista de su novela porque soy el primer punto de contacto con la gente que cambió totalmente su vida. Hace años me llamaba “JOSÉ Y MARÍA”, nombres de mis propietarios. A base de mucho esfuerzo y gran trabajo me fueron sacando adelante. Cuando me compraron era un bar pequeñito, que traspasó mi antiguo propietario y del que tengo que decir que era un auténtico marrano y el peor jefe que tuvo María, pues la conocí cuando entró de camarera y gracias a ella empecé a estar más pulcro. Margarita la dio el dinero a fondo perdido, pues la sobraba el dinero, aunque mi nueva propietaria religiosamente la ingresaba una cantidad mensual en una cuenta bancaria de Suiza, donde Margarí (así la llamaban) vivía casada con un suizo perdidamente loco por ella. Conoció en mi bar a José, que por aquel entonces estaba totalmente hundido y venía regularmente a tomarse unas copas para matar sus penas. Recién separado de su mujer, una ludópata pérdida, había conseguido dejarle en la calle, sin lo que más quería: sus hijos de 10 y 6 años. Muchas veces tuvo que negarle la última copa María, para que no perdiese el sentido. Fue enamorándose poco a poco de María, su consoladora nocturna, como él la llamaba, y las copas se convirtieron en cafés, aguas, zumos,…etc, pensó que no podía perderse y debía recuperar fuerzas para luchar por la recuperación de sus hijos. La diferencia de edad (15 años) y la buena presencia de su “preferida camarera” le impedía hablarla de sus sentimientos. Con el tiempo quedaron para dar un paseo, ir al cine, una cena, baile…y la declaró su amor; su sorpresa fue que ella también estaba locamente enamorada y lucharían ante los problemas juntos. No pudieron casarse por la Iglesia porque él no obtuvo la nulidad matrimonial anterior, lo deseaba con toda su alma por agradar a María, que era su gran ilusión, ella quería casarse como su hermana Margari, pues según le había contado (millones de veces) había sido un verdadero cuento de hadas. Bueno, que me enrollo como las persianas, como iba diciendo, ahora me llamo “Bar Esperanza”, por mi adorada niña “Esperanza”, mi querida hija, pues entre estas paredes se ha


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criado, la que mi jefa adoptó, diré María, (que me suena mejor porque ya pertenezco a la familia), después de la tragedia del 14 de Febrero, sí día de los enamorados y fecha clave que ha unido nuestras vidas. Han pasado veinte años desde aquel fatal desenlace, pero hoy tenemos mucho que celebrar. Mi querida peque, es una adorable mujer que por su forma de ser a unido infinidad de almas, ella ha sido el gran eslabón de la cadena. Con los años me han ido reformando y agrandando, no tengo el sexapple de entonces. Compraron tres locales de al lado y les unieron a mí, así que soy perfecto para todas sus reuniones. Esta noche cenarán todos después de la presentación del libro de mi querida Esperanza, mi actual propietaria, de momento porque ya pertenezco a sus encantadores mellizos. Sobre mis paredes cuelgan tremendos óleos de mis jefes: José y María, Esperanza, de los mellizos José y Carmen y de toda la familia, que es muy grande. TERESA

AMOR EN LA RED Como todas las tardes, desde hacía cinco meses, se preparaba para ir al caber-café, que estaba a dos manzanas de su casa. Había conocido a un muchacho en un chat, del que se había enamorado locamente. En el momento en que empezaba a caer la tarde, miraba, una y otra vez, el reloj, ansiosa por encontrarse con él, ante la pantalla del ordenador. La última semana había vuelto del ciber triste, pensando en lo que le pudiera haber sucedido, pues no había logrado contactar con él. Una vez dispuesta a marcharse, escuchó el sonido de la puerta de la calle y, tras él, su madre que subía jadeante con el correo que acababa de recoger. Entre las hojas de publicidad destacaba un sobre en blanco dirigido a su hija. Se lo dio, ella lo miró, y se limitó a guardarlo en el bolsillo de la gabardina que acababa de ponerse. Salió de casa, y esta vez cambió el rumbo dirigiéndose a un parque cercano. Se sentó en un banco que había junto a las raíces de un sauce. Observó que, en el banco de enfrente, había varias abuelas, de esas de las que no les queda más remedio que cuidar de sus nietos. Abrió la carta. Ponía lo que tantas veces había visto y oído en las películas y en la tele: se despedía; había conocido a otra persona. Notó que sobre el papel caían gotas. Empezaba a llover y el agua acompañaba al de sus ojos. Las abuelas reunieron a los nietos a paso ligero, y se cobijaron en bar cercano. Ella hizo lo mismo. Una vez allí, miró como resbalaban las gotas de agua por la cristalera. Se dio cuenta que, en la huída, olvidó la carta sobre el banco. Pensó salir a por ella, pero el amor propio y el orgullo se lo impidieron. Un anciano pasó por delante del banco, y en un intento de descansar en él, se encontró con la carta, la recogió, la guardo y, una vez en su casa, la leyó atentamente. Luego reflexionó qué hubiera sido de su vida si, ante una situación parecida, él hubiera tomado otra decisión. Mª ANTONIA


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Desde que ella murió, pasaba todas las tardes en el Café Miramar, un café clásico de mesas de mármol, zócalo de madera y grandes espejos en las paredes. Se sentaba siempre en la mesa del rincón, enfrente del gran ventanal desde donde se dominaba la bahía. Por él, a modo de escenario de teatro de marionetas, veía desfilar a la gente, con el mar en su inmensidad cambiante como telón de fondo. Sin embargo, era el interior del café, con sus habituales y sus clientes de paso, lo que más le atraía. El repiqueteo de las fichas de dominó sobre el mármol, las discusiones acaloradas de los jugadores, el murmullo de las conversaciones, el tintineo de las copas, le transmitían calor de vida. En el café pasaba a formar parte de una gran familia, una familia con la que convivía durante unas horas y compartía espacio todas las tardes del año. Desde su pequeño rincón participaba en silencio de los eternos debates políticos a los que solían entregarse los tertulianos que se sentaban en los sofás de terciopelo rojo; compartía la tensión de los jugadores de mus en el momento de descubrir las cartas y se unía a la alegría de los ganadores; contemplaba con nostalgia de tiempos perdidos al grupo de señoras que, quitándose la palabra unas a otras, llenaban el ambiente de risas, voces atipladas y perfume. Los clientes de paso que entraban y salían aportaban variedad al café. Desde su rincón aprendió a catalogarlos y, cuando los veía aparecer, jugaba a adivinar a qué categoría pertenecían: los solitarios que de pie en la barra con una copa tratan de encontrar compañía; las parejas de enamorados a la búsqueda de un lugar discreto; los que necesitan con urgencia utilizar los aseos y piden apresuradamente un café; toda una galería de personajes que llenaban el aire de interrogantes. De vez en cuando, se ausentaba de todo lo que le rodeaba y su mirada cansada se perdía en el horizonte. Otras veces, hojeaba uno de los diarios que se apilaban al final de la barra; siempre elegía el diario local, el que le aportaba noticias de su entorno más cercano. Una noche, el camarero se acercó a advertirle que era la hora de cerrar y lo encontró muerto. Había muerto como había vivido: en un rincón, sin ruido, sin llamar la atención, sin molestar, mirando al mar, como anhelando la libertad suprema. CONCHA PRIETO

Miradas En el rincón más escondido de un café, una mujer llora sus penas de amor; llora apaciblemente y un gin-tonic se come sus lágrimas. Un poco más allá, en un velador contiguo, alguien narra a una máquina lo que ha hecho en el día. Dos amigas, sentadas muy juntas en el viejo sillón de terciopelo rojo, se susurran sus secretos tan bajito que no puedo oírlas. Una joven solitaria lee un libro. Un joven solitario garabatea en poema.


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Un jubilado lee el periódico. Cuatro madres jóvenes tratan de contener a sus inquietos niños. Una venezolana atiende las mesas. Un cubano limpia la barra. Todos se reflejan en mí, soy el espejo. A veces alguien se detiene para contemplarme. Sólo se ve a sí mismo. Es el truco que utilizo para ocultar mi verdadera identidad. CONCHA


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Centro Comercial

NO TENÍAMOS PAN Hace unos años a las 8,30 horas de la tarde, se presentaron en casa unos amigos con sus dos hijos a cenar. Tenía pechugas, que habían sobrado de la comida, ensalada, ocho huevos, patatas, embutido y queso para picar. Teníamos suficiente cena para todos, pero no había pan, solo media barra, suficiente para nosotros, pero no para todos. Así que debido a la intempestiva hora, decidí coger el coche y con Rosa irnos a Carrefour a comprarlo. También aprovecharía el viaje para comprar otras cosas que no necesitaba para el momento. A los críos les dejamos en casa jugando para que no nos molestasen, y además tardaríamos menos. Cuando llegamos cogimos un carro y empezamos a llenarlo, pensando en aprovechar el viaje, como anteriormente había dicho. Kky y suavizante par la ropa, compresas para el próximo mes, gel, champú, dentífrico, aceite y vinagre que no necesito, dos docenas de huevos, pechugas por si faltaban, carne para el día siguiente, una pata de cordero para asarla el sábado, pescado para cuatro días, latas para no sé cuando, verduras para el resto la semana, lechuga, pepinos, cebolletas y tomates…, el por si acaso, que digo yo. Y muchas cosas que no recuerdo ahora, pero que no necesitaba para nada. Es el comprar por comprar. En el carro no cabía nada más, rebosaba. Lo colocamos en el coche por secciones para colocarlo en casa mejor. Cuando llegamos, lo subimos y una ver ordenado en el frigorífico, comenzamos a preparar tranquilamente la cena. A las 11,00 h subieron los maridos de tomar unos vinillos y se sentaron a la mesa, donde estaba todo listo. Comenzamos a cenar y mi marido pidió pan…, se nos había olvidado. Las dos nos miramos, callamos como putas y no dijimos nada. Era lo único que necesitábamos de Carreforur y se nos había olvidado. Tuvieron que bajar al bar a comprarlo. TERESA

Nos fuimos al cine a los centros comerciales después de comer; era sábado. La idea era ver la película que andábamos tras ella desde hacía tiempo, y aprovecharíamos para que los niños vieran una infantil en otra sala, después los recogeríamos, tomaríamos todos una pizza, iríamos a casa, les acostaríamos y sobre las diez y media saldríamos a tomar una copa con los amigos que hace tiempo no veíamos.


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Por eso dijimos: no llevamos coche, nos damos un paseo. Hicimos lo anteriormente dicho, pero cuando ya nos levantábamos de la pizzería le dije a mi marido voy a entrar un momento a coger unas verduras para mañana. Franqueo la entrada del supermercado y me dirijo a las verduras. Mis ojos ven de repente algo fantástico: el 3 X 2. ¡Dios mío! pienso, dos de kechupt y me regalan otro, dos de galletas y me regalan otro, chope, chorizo, queso, tomate, lentejas, pasta, huevos, bandeja de filetes de cerdo, de pollo, salchichas. Esta oportunidad no me la podía perder; me ahorraría mucho dinero; no tengo carro, en esto que veo un carro suelto, lo cojo y empiezo a llenarlo deprisa para no hacer esperar a mi marido y a los niños; no puedo con él de lo que pesa, paso por la zona de la limpieza y lo mismo, 2 de jabón (74 cacitos) y te regalan otro, suavizante, jabón de fregar, lejía, rollos de cocina, y el papel higiénico un ofertón 48 + 12 rollos de regalo = 11 €, pero aquí no acaba esta fantástica oferta, comprando dos te regalan otro; total que lo pongo como puedo en el carro y me dirijo a la caja; yo estoy oculta con las cosas que llevo, por tanto mi marido no me ve; en esto que le llamo agitando la mano desde la inmensa cola que había, y le hago señas para que se ponga a pie de caja; cuando por fin llego a la cinta transportadora, con una sonrisa paso donde está mi marido con cara de pocos amigos, y le planto: ¡cariño! ¿No veas que oportunidad? comprando dos te regalan otro, no podía desaprovecharlo. A los niños con cara de aburridos, les encasqueto los rollos de papel higiénico y nos vamos a buscar otro carro para todas las cosas ya embolsadas y le digo a él: ¡paga! que no tengo dinero; qué chollo, sólo 336,69 €. Por fin salimos. ¡Cielos! No trajimos coche. Bueno, iremos en taxi. Cuando llegamos a casa, del maletero no paraban de salir bolsas, depositadas en la acera y en el portal, le pido a mi marido dinero para pagar el taxi, me cobró 22 €, le digo que me parece caro. No señora, el maletero estaba lleno y descargarlo lleva tiempo y el taxímetro corre. Subo por fin con los niños y bolsas, bajando cuantísimas veces hasta tenerlo todo en casa. En esto que llaman por teléfono, eran los amigos ¿que dónde estábamos? que hacía tiempo que nos esperaban en el café Piccolo; eran las diez cincuenta y cinco, miro a mi alrededor y veo que estoy rodeada de bolsas, tambores de jabón, rollos de cocina, latas, botellines, etc. Y, pienso, esto me va a llevar colocarlo por lo menos tres horas; les digo lo siento, nadie se pudo quedar con los niños, no podemos ir, lo dejamos para otra ocasión. Mi marido me mira cabreado, me deja sola y se acuesta; no quiere saber lo que he comprado. ¡Bueno! mañana será otro día. Cuando le enseñe las camisas, calcetines, calzoncillos, las películas que le he comprado, cambiará de opinión y pensará que soy una excelente administradora por comprar todo al 3 X2. ¡Ah! Nunca más me llevó al cine en el centro comercial. ROSA

CARMÍN DE TACÓN ALTO Entró en el centro Comercial decidida a comprarse unos zapatos. Sabía que en realidad no los necesitaba, pero desde que vio aquella película no se podía quitar el capricho de la cabeza. Se paseó por los pasillos hasta llegar a la zona de zapaterías y se detuvo ante uno de los escaparates. Todos los artículos expuestos eran de suela baja; al parecer debía de ser lo más demandado esa temporada. Además, los tonos eran apagados y oscuros. Aún así, y sin pensárselo dos veces, se encaminó al interior de la tienda.


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- ¿Tienen zapatos rojos de tacón alto?—El dependiente la interrogó con la mirada.- Zapatos de tacón alto, ¿tienen alguno? El hombre reflexionó unos segundos antes de contestar. - Creo que alguno nos queda en el almacén. ¿Qué talla? - La treinta y seis. Pero tienen que ser de tacón de aguja… Tras disculparse, el empleado desapareció por la portezuela para aparecer al instante con tres cajas en las manos. Desembaló la primera, mientras comentaba lo bonitos que eran y lo bien que le quedan a todas las mujeres. Luego titubeó un poco y añadió que estaban bien de precio. - No es exactamente lo que busco. Quiero unos de color rojo carmín. - Entonces estos, aunque son algo más caros. Cuando abrió la caja, maría supo que no le hacía falta ver más modelos. - Son preciosos. Me los llevo. Al salir de la tienda con la bolsa sobre las piernas, se sintió la mujer más feliz de la tierra. Por fin estaba superando su aprensión. Incluso la silla de ruedas parecía ir más ligera. JAVIER

CENTRO COMERCIAL EN FAMILIA Se lo estaba temiendo desde el día en que a los niños les dieron las vacaciones de Navidad; y cuando su mujer le propuso pasar el sábado siguiente en el Centro Comercial, ninguna de las disculpas que había preparado con antelación le parecieron creíbles, así que se atrevió a comentar: - Bueno, a ver si hay suerte y no nieva… Los niños estaban encantados pensando en el día que pasarían fuera del pueblo, y no quería quitarles la ilusión, así que resignado, cogió el coche hacia la ciudad, deseando en su fuero interno, que el día pasara cuanto antes. Cuando llegaron al Centro Comercial, se encontraron con que había un montón de gente y un ruido y un barullo enormes, que se mezclaban con la música ambiente de los villancicos. Tuvieron que esperar bastante, hasta que al fin pudieron sentarse a comer; los niños estaban hambrientos, y se inflaron a Pizzas y hamburguesas con coca-cola. El padre, al que ese tipo de comida repelía, decidió que eso también debía entrar en el saco del sacrificio navideño, y aguantó el menú hasta el final. Al terminar de comer, la madre cogió un carro y fue a hacer sus compras, mientras los niños se quedaron con el padre en la sección de juguetes, con el fin de que fueran escogiendo sus regalos preferidos, para pedirlos a los Reyes Magos. Los niños, al ver tantos juguetes, lo querían todo. La niña quería una Barby con alas, otra Barby con la falda de luces eléctricas, la caravana de los Lunnis… Y el niño un coche teledirigido Fórmula 1, unas botas de fútbol, una video- consola… Llegó un momento en que el padre ya se hartó y les propuso sentarse a tomar un batido de chocolate. Luego le pidieron monedas para montarse en los coches y animales automáticos.


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Al poco tiempo, el niño apareció llorando por que se había caído y no había forma de que se callase. La niña quería otro batido y patatas fritas. El tiempo se hacía eterno y su mujer no aparecía. No hacía más que tomar café, aunque lo que de verdad le apetecía, era un copazo de Coñac como el que se tomaba en el bar del Tonino, en el pueblo, pero como tenía que conducir… Los niños empezaron a correr entre las mesas chillando; hacía mucho calor y los villancicos seguían sonando sin parar uno tras otro. Se levantó, cogió a los niños y fue a buscar a su mujer, a la que encontró detrás de un carro lleno hasta los topes. Pagaron y llenaron el coche de bolsas. El no podía disimular su mal humor. La única cosa buena que le pasó ese día fue que, cuando su mujer de vuelta a casa le comentó: “Churri, alegra esa cara, que he pensado que me voy a apuntar a una Autoescuela cuanto antes, para sacarme el carne de conducir.” ARACELI COMERCIOFOBIA El mediodía es la hora indicada para hacer las compras sin ajetreos de gente. Llego a las 4, cojo el carrito y me dispongo a llenarlo para poder aprovechar la tarde lo más posible. Comienzo a caminar por los pasillos, parándome en cada estantería, mirando precios, comparando y tirando al carrito todo aquello que, aunque no se necesite, es una buena oferta… Mientras voy dando vueltas a la zona, voy sintiendo mayor movimiento, pero es demasiado pronto y dedico a cotejar precios, ofertas y garantías en distintas marcas de cada objeto que pasa por mis manos y, el que más me atrae, lo tiro directamente al carro como pelota de baloncesto. Miro a mi alrededor. El corazón se acelera, las pulsaciones se disparan, los ojos se nublan y el oído deja de funcionar; todo da vueltas a mi alrededor. ¡No puedo! ¡No puedo respirar! ¡Tengo que salir!.. cada vez hay más gente con carros hasta llenos hasta la barra. ¡Puf!...Hay que irse pronto- me digo- y voy dirigiendo a las cajas mientras miro remiro y sigo metiendo en el carrito más y más objetos que pillo a mi alcance. ¡Horror!... ante mis ojos y con nerviosa mirada observo como las teclas de las cajas se mueven sin cesar a golpe de dedo, emitiendo ruidos simultáneos que me destrozan el tímpano. Cuento la gente de cada caja; quiero colocarme en la cola que menos haya, pero están todas más o menos al igual: cinco, seis, siete… ¡No puedo esperar tanto! -me digo-. Las piernas me tiemblan como hojas al viento. ¡TENGO QUE SALIR COMO SEA! y, al girar la cabeza con desesperación me fijo en una caja que indica:”caja rápida: máximo 6 objetos”. Miro el carro, leo el letrero… pienso y vuelvo a leer el letrero y mirar mi carro:” hay que hacer algo”- me digo, y sin pensármelo dos veces meto media cabeza, que es lo poco que cabe ya en el carro y comienzo a seleccionar objetos: El arroz… aún hay dos. Fuera… Azúcar… que tomen sacarina. A la derecha… La gente mira…me da igual, el caso es salir… Papel de cocina…hay servilletas... A la izquierda… Meto el dedo en el carro mientras voy contando:”aún hay que sacar más…” Gel… hay champú…Al derecho… Colonia… para Reyes cae alguna…Al izquierdo… Legumbres… hago régimen… Fuera… Congelados…se descongelan por el camino…Al izquierdo… Plátanos… Llevo naranjas…Fuera…


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Cuento de nuevo con el dedo… dos más… Miro pensativa y, por encima de la cabeza vuelan las compresas con alas y los tampones…”al fin y al cabo, - me digo mientras corro hacia la caja hasta el mes que viene no lo necesito…” ELENA

LA CITA Las escaleras mecánicas me llevaban a la tercera planta. Un gran letrero me indicaba que allí, en aquella planta podía encontrar regalos y demás complementos, pero lo que yo buscaba, no era nada de eso, si no que buscaba la sección de libros, y, no es que buscara ninguno en especial, si no que la persona que había llamado me citaba en esta sección del gran centro comercial. BENITA

Cuando entro en el centro comercial, respiro hondo y siento cómo me sube la adrenalina. Para mi es un gran placer andar por los pasillos, entre las estanterías, viendo los distintos artículos y deseando tenerlos. Me gusta venir sola al Centro Comercial; cuando vengo con mi marido no deja de frenarme y de decirme que lo mis es un problema, que uno no puede tener siempre lo que quiere. Hasta me dice que debía ir a un Psicólogo. Pero yo pienso que es una exageración, y además la economía familiar no se resiente. Me dirijo a la sección de perfumes, veo uno que están anunciando por la televisión y quiero probarlo; lo llevaré. Sigo caminando y llego a la sección de corsetería; ese conjunto de sujetador y tanga, en encaje negro, me tiene que sentar estupendamente; me lo probaré en casa, seguro que mi marido se queda boquiabierto y no le parecerá tan mal que haya querido tenerlo… Recuerdo que una amiga me ha recomendado el último best-seller y me encamino a la sección de librería, busco en las estanterías hasta que lo encuentro; leo el resumen en la solapa y me parece que va a estar interesante; decido llevármelo. Voy hacia la salida, pienso que por hoy ya está bien, pero veo al pasar, el último CD de mi grupo favorito y no puedo resistirme. Ya he tras pasado la puerta; estoy fuera del edificio; las manos me sudan, el corazón me late alocadamente, pero la sensación de impunidad es increíble. ¡AH, se me olvidaba!... Según mi marido, mi problema es que soy cleptómana. PILAR RODRIGUEZ


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Unos versos a la compra Qué aburrimiento de supermercado casi, que me voy a otro lado. Te pilla un carrito se cuela el vecino te empuja un cliente te quedas sin vino. Me aburre la compra y odio el olor. Me cobran más caro y es un horror. Yo quiero comprar en la tienda de mi infancia. Mariano, el tendero te atiende el primero. Controla tus gustos, te da calidad, te ayuda a llevarlo, te trata genial. Mariano, ¿me atiendes? ¡Qué ando fatal! Patatas, yogures, dos cajas de leche, los huevos, cominos, l os ajos y un peine. Lejía conejo, jabón de lavar, escoba, fregona y un poco de ajax. Mariano, me marcho, mañana te pago, me voy para casa, que estoy muy liado. Lo siento, señora, disculpe el tropiezo, la compra me pesa y yo ya estoy viejo. CONCHA


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Centro Comercial

De cola -

Pase, pase, si es tan amable. Yo realmente no quiero comprar nada. Vengo a menudo. Sólo hago cola por entretenimiento, bueno, y por deporte.

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¡Ah, vale! Gracias.

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SIGUIENTE…. CONCHA

¿DÓNDE ESTÁ LA COLA? - Si no estás obligado a realizar la declaración de la renta, debo rellenar el documento de solicitud número 01- recordaba de la última vez que estuve allí el año pasado, mientras llegaba al despacho donde se adquieren por el módico precio de quince céntimos. Relleno los espacios en blanco obligatorios y me dirijo al mostrador del final del pasillo en el que, a cierta altura de la cabeza de la funcionaria que allí trabaja (por decir que hace algo…) reza:”certificados”. Todo está vacío y silencioso, al contrario que en épocas de declaraciones que rebosa gente. - ¡Buenos días!- saludo mientras pongo mi DNI encima en el mostrador, junto con la solicitud 01. - ¿El número? - Perdón ¿qué número?- pregunto mientras en mi cabeza resuena lo bien educada que son algunas personas… - Hay que coger número. - Lo siento; la última vez que estuve no se necesitaba; no sabía…Disculpe, ahora mismo vuelvo…. Me di la vuelta para dirigirme hacia la entrada… - No, no; ya que está Usted aquí… Pero sepa que la próxima vez hay que coger número. - De acuerdo. De todas formas, estamos solos…comenté mientras miraba a mi alrededor… - ¡Pero no es eso!...-alza un poco la voz -Imagínese que llega alguien con número… - Bueno, Señora, si Usted no dice nada, no se entera…- “tranquila”- digo para mí-“ que esta señora sólo saca cara de bulldog cuando tiene que trabajar… - ¡Pero tampoco es eso…! - Pues le atiende antes que a mí; al fin y al cabo no tengo mucha prisa… Detrás del bulldog se encontraba un compañero que comenzaba a sonreír discretamente, aunque no sé de fijo si por ella o por mí… - Pero las cosas no son así… - Bueno, señora; disculpe, voy a por el número… - No, no; ya la atiendo pero sepa que… - Ya, ya; la próxima vez cogeré número- contesté medio crispada, medio irónica…- ¡aunque no haya nadie…!


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Mientras salieron estas últimas palabras, sacó mi certificado,- cuestión de dos minutos- y me lo extendió por encima del mostrador. Observé a su compañero con una sonrisa, me di la vuelta y me dirigí a la salida. El compañero metió la cabeza entre los brazos apoyados en la mesa al verme llagar dos minutos después, con un papelito entre los dedos: - El número Señora. Buenos días… ELENA

EL ÚLTIMO TANGO DEL CINE ESTRELLA Sé que fue Mariluz quien marcó mi infancia. Bueno, y el cine Estrella, por supuesto. Recuerdo la enorme cola que se formaba a sus puertas, bajo el letrero que cubría la fachada de parte a parte. A la izquierda de la entrada, una cristalera con un cartel en su interior anunciaba el estreno. Creo que daba igual el género de la proyección; la gente había estado toda la semana esperándola y siempre se llenaba. Por aquel entonces, el precio de una entrada rondaba las cien pesetas, y como a nosotros nos costaba un poco reunir ese dinero, elegíamos a conciencia la que queríamos ver. De esa forma pudimos disfrutar del gran King Kong, del llameante Coloso, o de un Cantinflas que conseguía todo por sus pistolas. Es cierto que las películas no se correspondían con las carteleras de la ciudad, mas eso tampoco incomodó nunca a nadie. Sin embargo, un buen día se anunció el cierre del cine Estrella. El último cartel que colgaron fue como una ironía: “El último tango en París”. Aquella noche de sábado la cola era más larga de lo habitual. Mariluz no pudo venir con nosotros. El resto estábamos allí, esperando el turno para la taquilla. El acomodador, apoyado en la pared, fumaba un cigarrillo. Cuando vio nuestro grupo, nos echó a la calle por ser menores de edad. Sea como fuere, pensamos, no podíamos perdernos el acontecimiento, así que fuimos a hablar con Eusebio el cojo y le rogamos que nos dejara pasar. El cojo trabajaba metiendo los haces de leña que caldeaban la sala. Nuestra propuesta no le hizo mucha gracia, decía que podían echarle si se enteraba alguien. Pero, ¿qué podía importar ya? Al abrirnos la puerta trasera, vimos ascender frente a nosotros una rampa llena de butacas ya ocupadas. La gente empezaba a sentarse en el pasillo central. No lo pensamos ni un segundo y corrimos a coger sitio delante de la pantalla. Al momento, se apagaron las luces y la gente ahogó sus murmullos en una contemplación absorta. Aquellas imágenes se nos quedaron para siempre impresas en la retina; nunca hubiésemos imaginado que se pudieran hacer tantas cosas con una mujer. Fue inevitable acordarme de Mariluz al ver el desnudo de la protagonista, y que viniera a mis labios el recuerdo de sus besos nerviosos, escondidos los dos en la huerta de mi abuelo. Lo que yo no sabía en ese instante es que, en aquella misma sala, en la oscuridad de la última sesión de cine Estrella, quien la besaba era Ricardo, el hijo de Cholín. JAVIER

UNA COLA… Estoy haciendo cola desde las siete de la mañana; la cola de la vuelta a la manzana, y tendré que armarme de paciencia. Para evitar el robo de órganos humanos, el Ministerio de Sanidad promulgó una ley por la cual, toda persona debería donar sus órganos en vida para, así, en el momento de su


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fallecimiento, entrar a formar parte del Registro de Órganos del Centro Hospitalario de Transplantes. De esta forma, cualquiera podía acceder a un órgano y su correspondiente transplante, presentando la documentación del enfermo y su historial médico, y, automáticamente quedaría dispuesto para ser operado rápidamente. Este es el motivo por lo que estoy haciendo cola. Vengo a solicitar un órgano. Hace frío y los que estamos en la cola comentamos sobre el tema evidente del frío que hace. La señora que me precede también me cuenta que ella viene a reservar un corazón para su marido, que ha sufrido un infarto. Dos hombres que están detrás de mÍ, vienen a por unas córneas y un pulmón respectivamente, y comentan que el cirujano que hace trasplantes de manos es una eminencia. Hablando de estas cosas para matar el tiempo, el largo tiempo de espera, llegué a perder la noción de la situación, y hasta por un momento, dudé si estaba en la cola de una casquería. Cuando, por fin, llegó mi turno, la Señorita que estaba en la ventanilla, sin darme opción a saludarla siquiera, dijo:” Documentación, historial”. Se lo entregué, y ella lo miró todo con detenimiento. “¿qué órgano desea Usted?” Un hígado, es para mi padre, que tiene… Bien, aquí queda registrada su petición, ya tiene reservado su hígado; ahora tiene que traer al enfermo dentro de dos días para que nuestros experimentados cirujanos le hagan el transplante. Me entregó una ficha con el día, la hora y el nombre del doctor que operaría y dijo:” El siguiente”. Cuando llegué a casa, sobre las cuatro de la tarde, mi madre me preguntó si todo había ido bien; yo le conté todos los pormenores, y a ella le pareció estupendo que todo se hubiera solucionado de una forma tan sencilla. Después me dijo: “Estarás hambrienta después de tanta espera; en la cocina te he dejado arroz blanco, con unos riñones al Jerez que están buenísimos; yo, ahora, tengo que salir un momento. Hasta luego, hija”. En cuanto oí que cerraba la puerta, cogí el teléfono y llamé inmediatamente al Tele- pizza. ARACELI

COLA DE GENTE La tarde era fría; en mi paseo, sin darme cuenta, paso cerca de un cine. Un grupo de gente hacía cola; me llamó la atención; no sabía si se trataba del estreno de alguna película de moda o qué era lo que allí pasaba. Me acerco al grupo, pues mi interés creció al ver la animación de la gente ; el bullicio iba en aumento; discusiones y palabras más o menos altas; se empujaban unas y otras, unas creían haber llegado antes. MI asombro iba en aumento, pues no me creía lo que estaba viendo. Traté de averiguar lo que pasaba; alguien me dijo que un personaje de los que ahora llaman famoso iba a pasar por allí; cantaría o algo parecido; portal motivo la gente se agolpaba para poder estar lo más cerca posible de él. Moví la cabeza y mi perplejidad era evidente; me subí el cuello de mi abrigo y con las manos en los bolsos y la mayor indiferencia continué mi paso. BENI


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Corría el año 1936. Había estallado la Guerra Civil y Oviedo había caído en poder de los nacionales al principio del conflicto, encontrándose durante meses sitiada por los Republicanos; la vida de los habitantes era durísima y el objetivo de cada día era encontrar algo que comer, pues de fuera no llegaba nada a la ciudad. Como todos los días, la joven se levantó pensando qué cola le tocaría hacer hoy; ayer consiguió un poco de pan y carísimo, tras largas horas en una inmensa fila; el otro día fue mantequilla y membrillo, después de esperar y esperar tiempo y tiempo; otras veces, tras permanecer en la cola, cuando iba a tocarte el turno, se acababa el producto. Sale del sótano con sus tíos y la abuela cuando empezaron los bombardeos. Lleva un caldero y la tarjeta del agua; cada dos o tres días se puede recoger un cubo de agua de un pozo; el hombre que la saca y la reparte, corta de la tarjeta la parte correspondiente; es imposible que una familia lleve más de un caldero el día que le corresponde. Se pone en la fila, que ya es considerable, aunque ha madrugado; avanza muy lentamente; de pronto suenan las sirenas y todo el mundo corre a refugiarse en los sótanos. Cuando acaba el bombardeo, sale corriendo del sótano y vuelve hacia el pozo; ahora es de las primeras y tiene que esperar poco en la cola; de vez en cuando se oyen disparos a lo lejos. Una vez lleno el cubo del preciado líquido, se dirige al sótano; una mujer va delante de ella; también con su caldero lleno; de pronto suenan disparos más cercanos y a la mujer se le cae el caldero y parte del brazo; la muchacha, despavorida, echa a correr, pero con cuidado de no derramar el agua, mientras piensa en qué la deparará la cola de mañana. PILAR RODRIGUEZ

La espera De las paredes de la habitación, apenas confortable, cuelgan diplomas abalados por distintas universidades, y certificados de cursos de un montón de horas, testigos de un currículo sin concluir. En una esquina, un televisor miraba mudo como unas cuantas mujeres, sentadas alrededor de una mesita, ojeábamos revistas del corazón. Envueltas en una atmósfera de espera y tranquilidad, miradas de reojo y silencio, roto este levemente por el sonido de las hojas al pasar. El soniquete de un timbre nos gira la mirada, sin querer, hacia la puerta, que empuja una mujer con bata blanca, dejando pasar a una muchacha que saluda a la vez que pregunta: - ¿La última? - Yo_ contesta la chica rubia que estaba sentada al lado mío. Ambas se reconocieron _ ¿Cómo tú por aquí?_increpó la rubia _ Ya ves_ contestó la recién llegada. A hacerme una revisión. Me han vaciado. Al escuchar aquella palabra me recorrió un escalofrío, aunque ya había oído anteriormente esa expresión para aludir a determinada intervención quirúrgica. Sin proponérmelo, miré a aquella mujer y me la imaginé completamente hueca, como una figura de porcelana. - ¿Te han vaciado? _ preguntó la que estaba sentada al lado mío como un eco_ ¿Así lo llaman, no?


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Sí_ contestó _ Vine al médico, unas diez veces. Me hicieron toda clase de análisis y pruebas, y al final, me dijeron que tenía que vaciarme. Me han dejado sin nada dentro.

Yo no podía apartar de mi pensamiento esa palabra. Imagina todas las modelos de la revista que hojeaba, más huecas que un mueble en un sótano. Me preguntaba como se verán las cosas cuando se lleva dentro un agujero dentro de dimensiones cósmicas. Me gustaría saber, que se siente cuando se despierta, y no se tiene nada dentro de si, pero tal vez no existan palabras para expresar el peso de ese agujero, la profundidad de ese vacío. Paso la mano y acaricia mi enorme y abultada tripa. Siento la vida, que me golpea como un volcán. La puerta se abre _ ¿la siguiente?_ Yo_ contesto. Mª ANTONIA

LA COLA DE MI ANGUSTIA En muchas ocasiones todos/as hemos padecido la angustiosa espera de una gran cola: carnicería, pescadería, bancos, Junta de Castilla y León, INEM, SACYLS, Hacienda…, etc. Por corta que haya sido, se nos hace largísimo e interminable acompañada de mala leche, en determinadas circunstancias: en la Junta porque los funcionarios suelen estar dormidos, en el Banco porque vas a por tu dinero y creen que es suyo, en el INEM por el papeleo para solicitar tus derechos dando por echo que no tienes ninguno, en SACYLS porque vas al médico por gusto…; pero cuando te cabreas de verdad es cuando tienes que aguantar al listo de turno, que suele ser un jubilado que siempre tiene prisa y digo yo para qué, para lo que tienen que hacer, para que correr tanto. Su meta principal es llegar los primeros a todos los sitios, a ellos no les importan las colas, si lo que esperan es recibir algo sin pagar nada, por supuesto, porque si hay que pagar no están. En estos lugares se le echa en falta. En estas colas he desistido de ir, y como yo muchos, por ejemplo el día del Roscón de Reyes fui una vez y no he vuelto más, porque después de estar esperando dos horas con los crios, cuando fue nuestro turno no teníamos roscón, así que nos fuimos rápidamente a comprarlo para hacer soportable los llantos de los niños, pues les habían quitado su ilusión: “pasar frío pero comerían un trocito”. Eso sí, los de la famosa tercera edad se ponen morados, porque no sé como se apañan pero les ves dos o tres veces antes que tú, y piensas: ¿estaré alucinando o es que será gemelo del de antes?...La verdad es que es una terapia fantástica para que no esperen en el ambulatorio, porque aquí se les quita la gripe aunque estén congelados. Se podría utilizar un buen eslogan: “día de invitación en la Plaza Mayor, ambulatorios vacíos”. Pero la que realmente me ha traumatizado, a lo largo de mi vida, ha sido la cola que hacíamos todas las niñas puntualmente, a las 11,00 horas de la mañana, en el Colegio “Divino Maestro” donde nos obligaban las monjitas ha ingerir esa pestilente leche en polvo, primero, y luego embotellada en una horrible botella de cristal, después de la posguerra y que en todos los colegios españoles se impartía religiosamente, y digo se impartía porque era obligatorio como la clase de religión.


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Ese sabor horrible, forzado y obligado me ha perseguido el resto de mi vida y hoy soy incapaz de tomar leche sola, tengo que matarla con cafĂŠ. TERESA


CUENTOS A LA INTEMPERIE