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Minerva - Libro 2

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LIBRO2 MAESTRÍA EN DISEÑO EDITORIAL

DIRECTORIO UGD

Joel Olivares Ruiz Rector

Edgar Manuel Alemán Alonso Secretario Técnico de Rectoría

Margarita Acosta Mota Secretaria de Finanzas y Planeación

Arturo Pacheco Panama Dirección Administrativa

Alexandro Olivares Acosta Dirección de Sistemas y Desarrollo

Carlos Alberto Cabañas Ramírez Dirección Académica

Edgar Alejandro Sánchez Paredes Coord. Académico General

Alejandra Palmeros Montúfar Coord. Editorial

Nidia Iliana Pérez Lobato Coord. de Posgrados

Julia Saraid Polanco Chuzeville Coord. de la Licenciatura en Diseño Gráfico

Edgar Manuel Alemán Alonso Coord. Interino de la Licenciatura en Arquitectura

Andrea Fernanda Arizmendi Urban Coord. de la Licenciatura en Arquitectura de Interiores

Edgar Alejandro Sánchez Paredes Coord. de la Licenciatura en Diseño Industrial

Edgar Alejandro Sánchez Paredes Coord. Interino de la Licenciatura en Diseño de Modas

Víctor Manuel Hernández Olivera Coord. de la Licenciatura en Animación Digital

Ignacio Colosía Velásquez Coord. de la Licenciatura en Diseño Web y Arte Digital

LIBRO2 MAESTRÍA EN DISEÑO EDITORIAL

MINERVA 2

MAESTRIA EN DISEÑO EDITORIAL

Alejandra Palmeros Montúfar

Coordinación editorial

Raúl Meza Yarmuch

Dirección de arte

Demian González Zúñiga

Diseño y formación

Milet Mirón Hernández

Cuidado de la edición

Fabricio Emanuel Torres Peralta

Concepto editorial

Universidad Gestalt de Diseño

Av. 1ro. de Mayo No. 113

Col. Obrero Campesina

CP. 91020, Xalapa, Ver. México informes@ugd.edu.mx gestalt.edu.mx

WhatsApp: +52 122 88 37 12 21

Tel/Fax 228 8 15 63 92

228 8 40 86 50

228 1 17 65 80

valor de un libro

Y así el autor construyó su nido: Cristina Cienfuegos Ronzón

El libro que cambió el tiempo: Yever Nayam Cuevas Ramírez

El rostro del libro: Jorge Luis Martínez Fernández

Práctica de

campo

El valor secreto de una historia: Omar Cedeño Montiel

¿Cómo sé que eres digno de entrar a mi casa?: Zafiro Pérez Jiménez

un wannabe: Paola López Podesta

Recuerdo la primera vez que compré un libro: Milet Mirón Hernández

sólo venía por un libro: Enrique Usla Saldaña

para justificar otra compra: Laura Julieta Rivera Muñiz

Oráculo editorial

Los libros que aún sueña el mundo: Atziri Durán López

Los libros que el mundo necesita: Rodolfo Sousa Ortega

Demasiada tinta para tan poco tiempo: Anahí Torres Fernández

¿El diseño editorial es la evolución lectora en nuestra sociedad?:

Diego Armando Velasco Cuevas

¿El diseño editorial moldea la cultura o es al revés?: Paola López Podesta

¿El diseño editorial suma o resta a la culutura?: Karen Viveros García

¿Mi trabajo sirve de algo?: Enrique Usla Saldaña

Larga vida a los libros (y a los diseñadores editoriales): Milet Mirón Hernandez

Yo no quiero saber la definición de cultura, yo quiero hacer diseño editorial: Rodolfo Sousa Ortega

Los cuadernos Minerva nacen como un espacio para promover las ideas de los alumnos a través de antologías de temas tan amplios como los que nos ofrece el diseño. Y al igual que la deidad romana que les da nombre a esta colección –Minerva–, la reflexión nace de un dolor de cabeza, es decir, de un desafío intelectual.

El segundo cuaderno monográfico de Minerva está dedicado al Libro, el sultán del diseño editorial. En estos tiempos modernos, tan ágiles, digitales e inmediatos, los estudiantes de la Maestría en Diseño Editorial se enfrentan al reto de definir, tipificar y reflexionar sobre estos asombrosos contenedores de información. En la asignatura de Teoría e Historia Editorial de Libro, se esboza el fenómeno de libro de manera integral acercándose a su historia desde la evolución tecnológica, de los factores socio-culturales y por supuesto, con un acercamiento al uso de libro como objeto comercial y vivo en su espacios naturales e impuestos.

La evolución que ha tenido el libro como objeto nos lleva a preguntar qué son estos ejemplares que pueblan nuestras bibliotecas, a cuáles son sus objetivos que tenemos al acceder su entrada en nuestros hogares, a cuestionarnos cómo es que son objetos de diseño y finalmente, lanzar la pregunta azarosa de si acaso el editar es un ejercicio que fortalece a nuestra sociedad y cultura.

Nos gusta editar libros, nos gusta dejar memoria y testimonio de nuestra presencia en el tiempo. Es por ello que esta Minerva, este dolor de cabeza, es una conversación abierta con una nueva generación de profesionales de la edición.

¡Bienvenidos queridos lectores!

MDE. Alejandra Palmeros Montúfar Docente y coordinadora del depto. editorial de la UGD

El valor de un libro

Y así el autor construyó su nido

Muchos factores influyen en la opinión del factor más primordial de los libros, empezando por la inteligencia individual del sujeto –esa que domina y define–, después las emociones –que se sienten intencionalmente y deliberadamente— y también la personalidad que se va formando.

La educación es uno de los factores que considero juegan un papel muy importante para valorar un libro. Es así como las personas que son criadas por padres lógicos-matemáticos y enfocados en los números y la administración –como es mi caso–, tienden a ser enseñados a que lo más importante es el contenido de las cosas, sin importar su forma o tono, siempre y cuando sea entendible y claro. Al ser educada de esa manera, y posteriormente por mi formación académica, siempre he considerado que el contenido, el mensaje y las ideas son lo futndamental en la formación de un libro.

Estos los considero como un nido, un todo formado de ideas, pensamientos, recuerdos, vivencias y hechos his -

tóricos/sociales que el autor utiliza, como el pájaro lo hace con las hierbas, ramas, plumas y demás materiales que va encontrando, para crear un refugio donde guardar sus opiniones y maneras de pensar. Y así, el lector, al leer va tratando de entender, descifrar e investigar de dónde provino cada ramita. Luego suele pasar que esa pequeña idea/rama está unida a otro nido y lleva a una lectura que termina alcanzando un gran tamaño y alimentando el conocimiento de lo aprendido gracias al autor.

Durante mi proceso de titulación de licenciatura solía considerar el contenido como la piedra angular de un libro y, el diseño y la forma, lo menos importante. En los últimos años he reconocido el papel secundario de estos y cómo es tan especial en nuestros días, debido a que mediante ellos se puede realizar nuevos tirajes de libros, volverlos más atractivos, llamativos, ponerlos de moda o darles un segundo aire. En mi opinión, estos suceden al contenido: mediante el diseño se podrían rehacer ciertas obras que, después de algunas décadas (o tal vez siglos), han dejado de ser accesibles, porque al ser “antiguos”, cánones de la literatura o la ciencia o coleccionables, permanecen en las mismas manos y no circulan para que nuevos lectores los conozcan. Por ejemplo, quiero mencionar a aquellos libros que son difíciles de leer tanto por la letra o la legibilidad del texto, las obras impresas con la escritura gótica, la cual se volvió popular después de la impresión de la Biblia de Gutenberg. Esta modificación al diseño de la letra no modificaría el contenido de los libros, si no la facilidad de la lectura. Claro, para algunos esto sería como mutilar la esencia de los libros escritos durante la Edad Media (los cuales en su mayoría han sido

olvidados), pero el hecho de este cambio de diseño, ayudó a su divulgación. Con esto se demuestra que también el alcance y el acceso son importantes para un libro.

Finalmente, debo reconocer que, así como es difícil delimitar el significado del libro, es igual de complicado elegir solo un aspecto importante para éste debido a que el contenido, el diseño, su soporte, su permanencia, entre otros están fuertemente conectados y es casi imposible romper el encadenamiento. Es así como su elección termina siendo totalmente personal e individual, pero no general.

El libro que cambió el tiempo

Yever Nayam Cuevas Ramírez

Los libros han formado parte de nuestras vidas desde que el humano tiene memoria, siendo unos objetos que han permitido que se transmita información de diversas maneras y formas. Sin embargo, hay unas preguntas que son interesantes a considerar: ¿Qué es lo más importante que debe tener un libro? ¿Se trata de un solo elemento o de varios? Eso es algo que se plantea, desde un punto meramente personal y subjetivo.

En los libros, al ser instrumentos que nos permiten transmitir información, es normal pensar en colocar en ellos el tipo de contenido que nos atrae, pero para llegar a ello, primero se tuvo que pasar por un filtro. Actualmente se tienen muchas posibilidades al momento de diseñar un libro, desde lo que puede ser su forma, hasta lo que puede tener como acabados, siendo esto algo que atraiga a los lectores –y no tan lectores– a comprar alguna edición. Este aspecto se vuelve interesante al considerar que antes no había tantas posibilidades de realizar ciertos acabados en serio, pero los que se pudieron lograr en su momento, hicieron que los ejemplares que salieron fueran buscados definiéndose como únicos, al igual que hermosos.

También hay personas que, sin importar el diseño que pueda tener el libro, se enfocan en lo que es el contenido que van a consumir, ya sea que se trate de una obra de ficción, hasta algo de naturaleza académica. No hay que olvidar que gracias a los libros se puede transmitir conocimiento. Estos instrumentos permiten “viajar” a otros mundos o ayudar a crecer el conocimiento en una o diversas áreas de interés, pero de igual manera es donde uno se tiene que plantear el tipo de mensaje o de ideas que se transmiten, ya que así como se puede encontrar buen contenido que traiga consigo un crecimiento o entretenimiento, también habrá otros que tendrán que llevarse de un modo más cuidadoso. Hoy en día, muchos tienen acceso al Internet, donde se puede encontrar información que puede ser verídica, falsa o que se puede modificar, haciendo de esta práctica algo perjudicial.

Aunque, si se puede ver desde otro punto de vista, esto permite que haya un criterio más amplio, comprendiendo el tipo de errores que no se deben cometer en alguna otra obra, incluso una propia. A esto hay que sumar el que, aunque todos estos libros pueden transmitirse de modo virtual en la actualidad, en los que son en formato físico no siempre se puede tener un acceso sencillo, ya sea por el tipo de distribución que pudo tener en ciertas zonas del mundo, o por limitaciones en el aspecto del idioma, ya que hay ejemplares que aunque son conocidos por ser unas obras literarias a considerar, puede que no haya una traducción para que el resto de lugares pueda entenderlo debidamente.

Como se puede observar, hay una buena cantidad de elementos a considerar en los libros. Considero que debe haber un equilibrio. Lo expreso siendo alguien que se fija en los acabados de la pieza y el que sea un relato interesante, o si es posible conseguirlo de manera sencilla en ciertas versiones con una traducción correcta.

Los libros, aunque seguirán cambiando de forma y formato, sin duda son medios importantes de las fijaciones específicas que cada persona tiene, pero es bueno detenerse a analizar el tipo de detalles en los que uno se fija, además de buscar la razón de ello, demostrando también que el tiempo no es ni será un impedimento para perderse nuevamente entre las hojas de estos bellos objetos.

El rostro del libro

Jorge Luis Martínez Fernández

“V erbo mata caritaˮ es una expresión coloquial que se usa para decir que el contenido o el carisma son más importantes que la belleza física. Es muy similar a la frase “no juzgues un libro por su portada”. Pero ¿qué pasa cuando lo único que vemos y que nos capta la atención en un anaquel, estante de librería o botadero de libros es precisamente la portada y su forma? Entonces, el peso de atracción recae en lo que podemos ver, manipular e incluso oler; es decir, en la forma y el diseño del libro.

Quizá nos atrae si su color combina con nuestra decoración, si el material con el que está hecho nos atrapó o si el formato se adapta a nuestros estantes. Tal vez busquemos un libro decorativo, y uno muy grande funcione para la mesa de café; o, por el contrario, queremos un libro pequeño porque coleccionamos miniaturas, o simplemente porque se ajusta al espacio donde se conservará.Todos estos factores no tienen nada que ver con el contenido de la obra.

Y no es que olvidemos el contenido. Es solo que, sin importar qué tan impresionante o sobresaliente sea, el público que desconoce al autor o ignora de qué trata la obra

difícilmente se tomará el tiempo de tomar un libro que quizá no cumpla con su necesidad. Claro, si la necesidad es meramente de investigación o lectura especializada, lo leerá, pero quizá sin un buen diseño no tendrá la mejor experiencia de usuario.

Un libro no solo debe cumplir con los requisitos de contenido: también debe presentar dicho contenido de manera amable para el usuario. Esto va más allá de lo mencionado en un principio. Me refiero a la disposición de la información, la comunicación visual y la ergonomía de la pieza. Puede que necesite un libro grande para mi mesa de café, pero no quiero que sea un volumen enorme lleno de texto: espero que corresponda a una necesidad específica, que sea un bonito catálogo visual de ilustraciones, obras de arte o arquitectura, algo que pueda hojear durante un momento de relajación.

Lo mismo ocurre con un libro en miniatura, aunque aquí interviene más el gusto personal y el trabajo de diseño. Si bien quisiera que al menos se pueda leer —aunque sé que no será lo más cómodo—, prefiero un libro pequeño legible a uno meramente decorativo. Pero eso es cuestión de gusto propio, y puede darse el caso de que esa sea justamente la finalidad de la pieza: un libro ilegible, diseñado desde su génesis con esa intención.

El diseño y la forma son partes fundamentales de un libro. De ellos depende cómo el texto —creado con esmero por el escritor, el investigador y el equipo de redacción— se plasmará y llegará al público objetivo, según su función. Un libro de medicina que trate sobre anatomía, por ejemplo, no pue -

de diseñarse a una sola tinta ni en un formato pequeño; por el contrario, debe tener un formato cómodo, con imágenes a todo color. De esta manera, el diseño sigue regido por el contenido, pero añade un valor extra: captar al lector final y adecuarse a las necesidades de producción.

Incluso los formatos digitales se diseñan con base en estos principios. Si un libro está destinado a niños, se confeccionará con materiales resistentes.Así, aunque para mí el diseño y la forma sean más importantes, no dejan de estar enlazados con el contenido. A mi parecer, no puede haber libro sin contenido o intencionalidad, sin expresión: siempre será una extensión de lo que se quiere comunicar.

Entonces, el diseño y la forma no son completamente lo primordial, pero sí un factor de gran peso que ayuda a cumplir la intención del proyecto, ya sea experimental, conceptual o de larga duración. El diseño y la forma juegan un papel importante: desde captar la atención del lector, hasta permitir que la editorial optimice costos de producción. Asimismo, permiten que el lector que compró el libro por su contenido lo disfrute plenamente gracias a su tamaño, sus elementos extra —como mecánicas de papel, materiales de calidad, incluso texturas o aromas— y la adecuada disposición de los elementos durante la lectura. Por eso, como mencioné al inicio, ya sea en un botadero o en una boutique fina, el amor nace de la vista y se complementa con el tacto. Y no es que “carita mate al verbo”, sino que ambos deben complementarse. Solo que, inevitablemente, la mayoría de veces conocemos primero el rostro del libro antes que su interior.

Al final, el libro es rostro y verbo, cuerpo y voz; una síntesis entre lo que se ve y lo que se dice, entre la belleza de su forma y la verdad que encierra, donde el verdadero valor del libro radica en el equilibrio entre su diseño y su contenido: cuando ambos se complementan, el objeto editorial deja de ser solo un contenedor de ideas y se convierte en una experiencia integral de lectura.

Práctica de campo 02

El valor secreto de una historia

Omar Cedeño Montiel

Hay historias que cuestan unas cuantas monedas, pero valen lo que ninguna fortuna podría comprar. Detrás de cada página, de cada palabra que parece dormida, vive alguien que alguna vez sintió con tanta fuerza que necesitó dejar su alma escrita.

Cuando un libro llama mi atención, lo primero que me atrapa es su cubierta. En un solo instante puede transmitir un sentimiento tan profundo que me conecta con lo que el autor quiere hacerme ver desde el inicio, con la promesa de algo capaz de transformar mi vida.

Hay libros con los que he sentido una conexión tan intensa que sé que dejaron –y dejarán– una huella en mí. Sin embargo, muchos de ellos no me conquistaron por su portada, sino por la historia que escondían dentro. Recuerdo que cuando leí mi primer libro, lo elegí por su apariencia. Su portada era tan buena que esperaba que la historia fuera igual de atrapante. Qué ingenuo fui al pensar eso. La historia superó con creces mis expectativas: aventura, intriga, fantasía, un héroe, un villano... todo en perfecta armonía.

Quedé tan fascinado que creí que nunca encontraría algo igual. Me equivoqué de nuevo. Desde entonces, al adentrarme en este vasto mundo literario, he descubierto historias que me han marcado para siempre. Cada una, de alguna manera, sigue viva en mí, recordándome que detrás de cada cubierta puede esconderse un universo que espera ser descubierto.

Últimamente he cambiado mi forma de elegir el próximo libro que compraré. Sin embargo, eso no significa que las cubiertas llamativas y armoniosamente diseñadas hayan dejado de atraerme. Cuando tomo un libro nuevo entre mis manos me gusta explorarlo con calma: sentir la textura de sus páginas. observar los detalles de su encuadernado y, finalmente, leer su sinopsis. Es en ese momento donde concentro toda mi atención, cuando comprendo que lo que realmente estoy dispuesto a pagar no es el objeto, sino la historia.

Esa historia que el autor quiere que descubra, en la que me sumerja por completo hasta olvidar el tiempo. Una historia capaz de crear un mundo tan espectacular e imposible de imaginar, pero tan real que parece flotar en el aire, envolviéndome suavemente. Son las historias, al fin y al cabo, lo que más me fascina. Por las historias plasmadas en papel pagaría gustoso esa pequeña fortuna que me permite vivir experiencias únicas memorables, capaces de cambiar mi vida para siempre.

¿Cómo sé que eres digno de entrar a mi casa?

S oy una persona exigente para dejar entrar a alguien a mi casa. Igual que con los libros, por el poco espacio que tengo, lo pienso mucho. De conseguir uno, prefiero salir a las bibliotecas, sacar una credencial y leerlos en casa para después regresarlos. Mucha gente dice que un verdadero lector no presta los libros. Nunca entendí esa explicación. Si las bibliotecas te prestan libros, un amigo también debería hacer un intercambio hasta terminar de leerlo.

Pienso que los libros podrían ser como tus amigos, que quieres que la amistad funcione, dure por varios años; entre más lo conozcas, y dependiendo de las experiencias que da la vida, las palabras intercambiadas crean significados más profundos.

Hubo una época dónde tuve por descuento varios libros viejos, como de los años 90; ya lucían desgastados y con las hojas amarillas, no recuerdo haberlos leído, solo los tuve amontonados por mucho tiempo pensando que podrían servir.

Al igual que con las amistades, te aferras a alguien que no te hace algún bien o nunca hubo algo en común. En ocasiones solo se deben soltar para poder avanzar y poder sentir respiros espirituales y de espacio. Un libro no debe ser un estorbo, debe ser tu amigo con quien puedas tener paz o un respiro de tu vida cotidiana.

Dicen que no debes criticar a un libro por su portada si no por su contenido, pero en mi caso una portada o cubierta es una presentación de algo que quieres tener en tu librero o tu colección, después quiero conocer qué es lo que tiene para ofrecerme. Es un momento de pedir un deseo cuando me fijo en un libro que no me han recomendado, tienen que recomendarmelo para generar un interés porque me gusta escuchar la pasión de la gente cuando te da una reseña; pero en ocasiones termino viendo primero una película y después me interesa un libro y lo compro para leerlo solo una vez. Solo ha habido un libro que he leído varias veces, conseguí una edición con ilustraciones preciosas, no tan largo pero me sentía alegre con la historia, ese libro era “El Principito”; aunque el final me tiene en duda, tal vez porque no lo he leído con una nueva perspectiva, es curioso como una historia cambia dependiendo tu edad.

Siento que cuando compras un libro es por la experiencia, el gusto de salir de la rutina, de hacerte conocer nuevos lugares y ampliar tu mente, en lo personal es más divertido tener novelas que te saquen de una rutina. El conocimiento también es importante, si es no fundamental es necesario tenerlo, pago por poder tener un conocimiento que en internet no se obtiene, las redes sociales y de -

más pueden darte información, pero un libro te da nuevas perspectivas, datos curiosos y fundamentados, por ejemplo los libros de Drácula de los años 2000 tiene historia del autor de datos que uno no conocía, lo que pago por obtener un libro es por la información, por el gusto de aprender, de sentirme en otro mundo, desconectarme de la realidad, además de que luzcan bien sin descuidos, sin maltratos; que mantengan su esencia y se vuelvan parte de mi familia.

Soy

un wannabe

Nunca me había cuestionado las razones por las que compro un libro. No me había detenido a pensar si lo que yo considero importante va de la mano con mis acciones. Porque, sí, el pensamiento y la acción son cosas que no siempre reflejan un mismo sentir. Podemos confundirnos y hasta perdernos en el camino. Somos seres cambiantes, no somos las mismas personas que éramos hace 5 años; ni siquiera somos las mismas personas que éramos ayer. Diariamente aprendemos y conocemos, la experiencia del día a día es lo que nos transforma.

Lo que yo consideraba como lo importante en un libro era obtener conocimiento, conocer más sobre la perspectiva que tienen otras personas sobre distintos temas, opiniones diferentes con las que yo pudiera conectar o tal vez no; pero al final, mi objetivo era adquirir información. Con esto no me refiero solamente a temas académicos o históricos, también incluyen literatura de ciencia ficción, romance, drama, etc. El aprendizaje puede venir de cualquier parte; hasta de los errores que comentemos en el camino.

Pero después de cuestionarme a profundidad sobre mis verdaderas razones, llegué a una conclusión, mis acciones no representan lo que pienso. Lo que yo realmente pago cuando compro un libro es estatus. Es creer que puedo acceder a un rango social al que no pertenezco y del que quiero formar parte.

Supongo que mi necesidad de pertenecer me creó un falso pensamiento sobre lo que se supone debía de realizar para llegar a donde quiero. Pero..., ¿es tanta la necesidad? Si eso fuera verdad, ya estaría en ese grupo de personas que considero intelectuales. Pero en mi día a día, me toma meses terminar un libro de 300 páginas. Pongo excusas para no hacerlo, le doy prioridad a otras cosas por sobre la lectura.

Yo soy la persona que prefiere ver la película antes que leer el libro. Y mis comentarios pueden sonar a un sacrilegio para un apasionado de la lectura, sin embargo, esa es mi realidad.

Ahora entiendo por qué de todos los libros que tengo en casa, he leído menos de la mitad. Hay libros que tienen en mi poder más de 10 años. Aún así, sigo poniendo la excusa de que no tengo tiempo. Me di cuenta de que la lectura no es mi pasión y jamás lo será, por más que lo intente. No quiero que se mal entienda lo que digo, en ocasiones leo y disfruto mucho de la lectura, me divierte, me hace llorar, enojar, frustrar, me deja ese vacío en el alma al terminar un libro. Pero solo lo considero como una actividad pasajera que retomo cuando recuerdo ese propósito de año nuevo que llevo haciendo desde hace años y nunca cumplo; leer.

Después de esto, podré matar a ese falso yo que creé para cumplir con una expectativa social que no pretendo cumplir. No leeré nada que no conecte conmigo, ya no más compras de libros que están en tendencia solamente para poder emitir una opinión en Goodreads y que la gente vea lo inteligente e intelectual que soy. No tengo que demostrar algo que no soy y eso no me resta valor como persona. De ahora en adelante lo que pagaré al comprar un libro es satisfacer mi curiosidad por la historia que me quiere contar.

Recuerdo la primera vez que compré un libro

Milet Mirón Hernández

La primera vez que compré un libro fue en un festival del libro. Era una actividad que se realizaba en el ayuntamiento de Orizaba y recuerdo que, en esa ocasión, sólo íbamos de paso. Habré tenido unos 8 o 9 años, mi mamá decidió entrar porque buscaba unos libros especializados en derecho que le ayudarían en su investigación, pero en el lugar había muy pocos stands y al final sólo terminamos comprando unos libros de cuentos clásicos para mí y tomando unos ejemplares gratuitos del stand de la SEP. Seguramente, en ese entonces, no conocía todos los procesos necesarios para la creación de un libro; para mí, tener un libro era una oportunidad de entretenimiento y un objeto bonito que atrapaba mi atención.

Años más tarde, en mi adolescencia, descubrí que comprar libros no era tan accesible como yo lo recordaba. Comprar un libro significaba desear algo y sacrificar otras compras para tenerlo. También, significaba esclarecer mis prioridades al momento de escoger qué libros

tenían mayor urgencia en mi lista de deseos. A veces, la prioridad se inclinaba hacia los títulos de moda, aquellos que todos mi amigos estaban leyendo o de los que se hablaba en redes sociales; a mi cortos 15 años, no leer lo que estaba en voga significaba no pertenecer. En otras ocasiones, cuando tenía un presupuesto más limitado, la lista desaparecía entre las mesas de remate; hermosos lugares donde te puede llevar dos o tres títulos por el precio de una publicación mainstream, agradezco a esos lugares que me mostraron autores desconocidos pero maravillosos y también a valorar el trabajo tras proyectos de presupuesto limitado.

No fue hasta mis años universitarios cuando comencé a cuestionarme qué era lo que compraba cuando pagaba por un libro. Me gustaba pensar que no me importaba la materialidad siempre y cuando el contenido estuviera completo, pero comencé a notar los hilos que sostienen a las ediciones económicas: la calidad del material, algunos descuidos en la edición del contenido y diseños que no propician la leibilidad. Entonces, ¿qué debería pesar más en mi balanza de prioridades?

Actualmente, creo que cuando compro un libro compro experiencias y recuerdos. Principalmente porque suelo comprar libros cuando asisto a eventos que quiero recordar, cuando salgo con amistades, en cumpleaños o en festividades familiares como las vacaciones. Tener un libro que me recuerde a ese momento es algo que he aprendido a apreciar. También, compro un objeto; uno que luzca con los demás libros de mi colección, que complemente a mis colecciones fijas: literatura asiática y narrativa breve, pero,

sobre todas las cosas, compro libros que quiero leer, que desde su exterior me muestran su valor monetario; porque es una realidad que se nota cuando un producto fue cuidado.

¿Cómo saberlo? Lo sé cuando su cubierta me grita desde los estantes de la librería, cuando reviso su contracubierta y descubro que el diseño no sólo se trata de poner una ilustración bonita en la parte frontal, sino que se tomaron el tiempo de pulir los textos o de agregar gráficos en una parte que muy pocos valoran como el lomo; también, lo sé cuando es un libro que me recomienda alguien más, cuando es un libro leído y comentado por comunidades (por más pequeñas que sean).

En fin, cuando compro un libro, compro el trabajo de las personas, desde el escritor hasta el librero; aún así, sigo siendo fanática de las mesas de remate y de los libros de segunda mano, esos lugares me han sorprendido más de una vez con publicaciones difíciles de conseguir, autores nóveles y diseños interesantes que se acoplan a mis criterios de valoración.

Yo solo venía por un libro...

Cuando compras un libro, no solo adquieres un objeto físico o un archivo digital; en realidad estás pagando por una experiencia, o un vínculo con el contenido que resuena contigo. Antes de decidirte por un ejemplar, se toma en cuenta varios aspectos: el tema que aborda, el costo, las recomendaciones que hayas recibido, el autor que lo escribió, los acabados de impresión, si pertenece a una edición especial o si es de tapa dura. Cada detalle influye de manera distinta según el momento, el propósito y hasta el estado de ánimo con el que te encuentres al elegirlo.

Los libros, poseen valores agregados que determinan su compra. Mientras más elementos se sumen: como una tipografía cuidada, una buena encuadernación o un diseño editorial atractivo, mayor será la posibilidad de que ese ejemplar destaque entre los demás. Pero más allá de lo tangible, también se paga por lo simbólico: por el descubrimiento de una historia o tema nuevo, por el tiempo que le dedicarás, o por la inspiración que te despierta incluso antes de abrir la primera página.

En mi caso, la decisión de compra suele basarse principalmente en el contenido y el precio. Sin embargo, hay algo casi ritual en el proceso. Cuando entro a una librería, recorro los pasillos sin prisa, observando portadas, leyendo contraportadas, hojeando aquí y allá. Suelo escoger varios ejemplares en la primera vuelta: es mi filtro inicial. Luego, con calma, paso a un análisis más específico donde pondero las características de cada libro y mi situación actual: ¿lo quiero para aprender algo nuevo, para documentar un tema o simplemente para disfrutar de una lectura ligera?

En un escenario ideal, esa elección sería sencilla, pero lo que suele suceder es que debo hacer un descarte más profundo. Vuelvo a revisar, comparo, sopesando no solo lo que “debería” leer, sino lo que realmente deseo en ese instante. A veces me dejo llevar por mi intuición, ese impulso que te hace sentir que cierto libro te lo tienes que llevar sí o sí. Y casi siempre, termino saliendo con más de un ejemplar: uno que buscaba conscientemente y otro que simplemente me eligió a mí.

Al final, no existe un único factor que determine la compra de un libro. Es la suma de todos esos pequeños elementos tangibles e intangibles los que terminan influyendo en la decisión. A veces pesa más el diseño, otras el precio, otras simplemente una frase en la contraportada. Pero más allá de cualquier criterio lógico, elegir un libro siempre tiene algo de impulso. Cada ejemplar que compramos dice algo de nosotros: de lo que sentimos, de lo que necesitamos en ese momento o de lo que anhelamos comprender.

Cuando pago por un libro, en realidad no estoy comprando solo papel y tinta; estoy comprando tiempo, y un poquito de arte. Tiempo para desconectarme del ruido y sumergirme en otra voz; compañía en la forma de personajes, ideas o autores, porque cada libro abre un universo distinto, con la capacidad de transformar las ideas, emociones y alma.

A veces, incluso sin darnos cuenta, los libros se convierten en una extensión de nuestra memoria. Nos recuerdan etapas, emociones o lugares donde los leímos. Por eso, cada compra tiene un valor afectivo que trasciende su precio: algunos libros llegan a nuestra vida para quedarse, otros para guiarnos momentáneamente, y todos, de algún modo, nos dejan una huella.

Manual para justificar otra compra

Antes pensaba que el costo de un libro dependía de su belleza exterior. Creía que lo que encarecía su precio era su cubierta: los colores, la textura, el acabado del lomo, el brillo del papel. Para mí, durante mucho tiempo, la estética del libro terminaba donde empezaban las palabras. Pensaba que el verdadero valor, el de las ideas, la historia o las emociones que contenía, no podía medirse con dinero, porque no es hasta que se termina la lectura que se conoce verdaderamente al libro.

Esa idea me acompañó durante años, hasta que conocí más del mundo del diseño editorial: los márgenes que enmarcan la caja de texto, el interlineado que da ritmo a la lectura, las tipografías que influyen en la comodidad del ojo lector. Descubrí que todos esos elementos invisibles son los que hacen posible la experiencia, y que, en cierta forma, también se pagan.

Después comprendí que eso era solo el principio. Ignoraba otros factores que, entre más presentes estén, más cuidado reflejan en un proyecto: la composición de pá -

gina, la microtipografía, la calidad de los materiales, las partes que conforman el libro y el tipo de encuadernado. Cada uno de esos detalles aumenta no solo su presentación, sino también su valor y, en muchos casos, su plusvalía. Ahora, cuando hojeo un libro con camisa, cintillo, portadillas o acabados especiales, lo siento casi como descubrir pequeños tesoros añadidos, como si cada parte sumara puntos a su encanto y a la dedicación de quienes lo hicieron posible.

Y, claro, detrás de cada ejemplar hay un presupuesto y un equipo que sostiene ese esfuerzo: editores, diseñadores gráficos, editoriales, impresores, encuadernadores, transportistas y muchas manos invisibles que intervienen para que un libro exista. Todo eso también forma parte de lo que pagamos, aunque no siempre lo sepamos. Por eso, cuando compro un libro ahora, no pienso solo en su precio comercial, pienso en el proceso, en el oficio, en la historia material que lo hizo llegar hasta mí. Pago por el objeto, sí, pero también por la posibilidad de disfrutarlo plenamente: desde la textura de su cubierta hasta la fluidez del texto entre sus márgenes.

Y más allá de eso, por la experiencia personal que me espera porque lo que realmente pago cuando compro un libro no es solo su contenido ni su forma, sino el equilibrio entre ambos: la unión de la técnica y la emoción, del trabajo humano y la magia de leer.

Los libros que aún sueña el mundo

Atziri Durán López

Existen una infinidad de libros, los cuales han evolucionado y han sido re-imaginados a lo largo de nuestra historia para convertirse en nuevas propuestas de lectura y diseño. Tal vez en nuestra mente, actualmente se nos hace imposible concebir un nuevo tipo de libro, un nuevo tipo de género pues, ¿Qué no ha sido creado aún? si supuestamente ya todo ha sido inventado y todo lo “nuevo” ha sido tomado de cosas ya existentes... ¿Qué es lo que podríamos necesitar hoy en día? ¿Qué libro es el que está faltando en nuestras bibliotecas? Tal vez esta respuesta pueda responderse más fácil de lo que parece.

Efectivamente, nuestro cerebro no es capaz de crear algo desde cero, todo lo imaginado o pensado, ya ha sido visto en algún lado y nuestro cerebro decidió conservar esa información, tal vez un poco deformado a la realidad o combinado con algún otro elemento, pero ese pensamiento se está basando en algo real, algo vivido, algo observado. ¿Será que por ello las editoriales creen que no vale la pena ponerle empeño al diseño de un nuevo libro? Si de cualquier forma, ya todo se ha visto, y ese diseño

funciona, entonces... ¿por qué idear uno nuevo? Al final, ¿qué caso tiene idear una nueva cubierta para el mismo libro que ya posee 100 ediciones más?

¡Pues tiene mucho potencial! Ese es el tipo de libros que necesitamos en el mundo: libros atrevidos. Con esto me refiero a libros que no temen experimentar, que se atrevan a salir del molde, que exploren más allá del modelo convencional solo porque “así ha sido toda la vida”. Todos hemos conocido a una editorial que absolutamente todas sus cubiertas están realizadas con la misma plantilla predeterminada, y lo único que cambia en la cubierta es el título, imagen de referencia y tal vez el color; probablemente comodidad o ahorro de recursos, pero ¿realmente uno como lector quiere leer eso? Lo más probable es que sea demasiado abrumador para lectores incursionistas que, en lugar de animarse a leer, probablemente lo dejen de lado después de un rato porque “visualmente es un formato más del montón”, al fin y al cabo ¿Qué tiene de llamativo esto si es igual al anterior?

Al final las reglas bien implementadas son capaces de romperse para generar un ruido positivo a la vista de los lectores y veo bastante interesante el atreverse a probar diferentes cosas a lo ya preestablecido por el diseño, experimentar no solo genera un ruido visual que atraiga a más lectores, sino que también puede ser capaz de fomentar la creatividad del lector; pues puede ser un diseño realmente inspirador que lo haga querer seguir viendo más o lo tome como referencia para ahora él realizar sus propias propuestas.

De cualquier forma se puede llegar a generar una cadena de interés que gracias a esto, más personas (lectoras y no lectoras) se animen a enfocar sus lecturas en diseños más humanos, “de mí para ti” y no en el formato tan frío y general que puede llegar a ser en algunos contenidos.

Los libros que el mundo necesita

Frente a la pregunta “¿Cuáles son los libros que el mundo necesita?”, Gabriel Zaid en Los demasiados libros, plantea una serie de problemas en torno a la abrumadora cantidad de publicaciones, la necesidad de los autores por publicar y la de los lectores por leer. Más y más libros se publican, aumentando nuestra ignorancia. Y ya sea como una angustia del lector frente a la vastedad de tomos en una biblioteca, o como una deuda moral, el libro es un portador de deudas. Me permito una desviación: ¿No acaso “book” en inglés no sólo es el sustantivo de libro, sino también el verbo para registrar compromisos, deudas y quejas? Frente a la gran cantidad de libros por leer, están los libros por hacer.

Esta tensión entre el exceso y la creación resuena en otro ensayo de Zaid. En La máquina de cantar, plantea un sueño que la inteligencia artificial vuelve más plausible: la generación sistemática de todos los sonetos posibles. Dadas las reglas finitas del poema y un número finito de sílabas, una computadora podría generar todas las combinaciones, que después serían filtradas por un proyecto estadístico-algorítmico.

Esta fantasía crítica de Zaid, la de agotar una forma, guarda un vínculo profundo con la declaración del artista Douglas Huebler: “El mundo está lleno de objetos, más o menos interesantes; no necesito hacer más”. Kenneth Goldsmith adapta esta idea a los textos. Su labor ya no es crear desde cero, sino gestionar lo existente, modularlo, proponer categorías. El crítico se vuelve un curador que gestiona y negocia con la existencia de los fenómenos a su cargo.

En estos párrafos han aparecido ideas cercanas: la cantidad de objetos y textos es sublime, es decir, pertenece a la categoría de lo inconmensurable y abismal que causa en nosotros un sentimiento estético que ha llegado incluso a producir desmayos. Pero ante esta vastedad, ni Huebler ni Goldsmith abandonan su tarea; la redefinen como un espacio de trabajo: la gestión. Frente a esta labor casi mística, resuena también el eco del refugio budista: “Despertar junto con todos los seres” es imposible, pero no significa que no deba acometerse. Sin embargo, esta aproximación, centrada en gestionar el exceso, se desliza de una respuesta más directa y pragmática. Si nos centramos puramente en lo necesario, la perspectiva cambia. Dadas las características del libro como objeto que conserva información de forma duradera y transportable, el mundo necesita libros que reúnan, amplíen, nieguen o sinteticen conocimientos: textos educativos, de divulgación, de ciencia.

Libros que, en lugar de sumarse al ruido, intenten ordenar el saber acumulado en otros. Pero es aquí donde la reflexión debe fracturarse. La respuesta pragmática ignora

la fuerza dominante: lo no-necesario. Son el accidente y el deseo, no la necesidad, los que impulsan la publicación incesante. Esta lógica del exceso parece ser la verdadera lógica del “mundo” editorial, un mundo que quizás no opera sobre el principio de lo útil o lo indispensable.

Esto nos obliga a retroceder: a final de cuentas, si su lógica no es la nuestra, ¿qué es “el mundo” al que le pedimos libros? No hay una sola respuesta, porque no hay un solo mundo. Existe el mundo físico, el viviente y el social; cada uno es un espacio de experiencias interconectadas que surgen de la interacción entre la conciencia y el entorno. Y aquí, la idea de Nelson Goodman es crucial: él subraya que se construyen “mundos” distintos a partir de diferentes sistemas de derivación y énfasis. No es el mismo “mundo” el del científico que el del artista, aunque miren el mismo objeto.

Y aquí, negándome a la idea de un mundo que necesita libros meramente descriptivos categorizados de acuerdo a su disciplina, con mis mejores intenciones, propongo que la relación de los habitantes del mundo se vería beneficiada por libros que se atrevan a construir otras formas de habitar y hacer. Libros que impongan un orden por encima de los fenómenos observados, para poner esas estructuras en movimiento, pero que guarden la sabiduría de la eternidad y que, finalmente, cumplan la profecía de otros mundos. Sólo quizás, no se trate de la fórmula, sino de la dosis.

Demasiada tinta para tan poco tiempo

Anahí Torres Fernández

Dentro del mundo de la literatura, siempre han existido diversas opiniones sobre quién es más o mejor lector. A menudo, las personas se llenan de expectativas y comentarios de otros lectores con los que no siempre concuerdan, pero que llegan a afectar de cierta forma. Existe la idea de que leer libros físicos es “leer de verdad”, mientras que un PDF de dudosa procedencia no es válido; o que si un libro es de un autor reconocido es buena lectura, y uno de un autor contemporáneo no lo es.

Uno de los puntos que atrae a la autora de esta reflexión es la adquisición de libros por presión social o por la excesiva publicidad de un título que genera gran emoción y expectativas. Sin embargo, al pasar los días y las semanas, ese libro puede permanecer en la mesa esperando a ser leído, y quizá jamás lo sea por el simple hecho de no conectar con él o no ser un tema de interés. Ella considera que eso no nos hace ni mejores ni peores lectores, sino humanos.

Le resulta divertido cómo cierto autor llama a los libros llenos de saberes “los libros que no son para leer”. Coincide con esta idea, ya que, si bien no son obras que se lean de inicio a fin, en muchas ocasiones cumplen la tarea de resolver dudas e inquietudes que surgen de manera espontánea. Estos libros le parecen muy bellos, pues al no ser usados con frecuencia, la mayoría siguen intactos, aunque el paso de los años se haga presente en ellos de manera tenue.

Considera que es muy difícil pensar en lo que sucede cuando se regala un libro, pero cree que se debe aprender a soltar y saber cuándo la persona está dispuesta a compartir avances de la lectura. Es necesario activar ese “superpoder” para identificar cuándo ese tema nunca llegará a la conversación. Al leer al autor, se dio cuenta de que él la pasó muy mal al leer sobre el maltrato hacia los libros; sin embargo, ella cree que cada lector puede intervenirlos de la manera que más le guste: rayarlos, pintarlos o cortarlos. Al final, eso es lo que los hace únicos y propios.

Por mucho tiempo, no entendía por qué las personas coleccionaban el mismo título en diferentes ediciones, hasta que compró una segunda edición de una de sus películas favoritas y lo comprendió cuando llegó a su puerta. Apreciar tanto una historia que transmite y acompaña en un momento específico de la vida es un abrazo al corazón. Aunque en realidad esto es cero útil, considera que se hace más por sentirse bien y por intentar regresarle al autor un poquito de todo lo que él o ella compartió.

Si bien se creía que el avance en la tecnología reduciría el número de libros, esto no fue así. Ella opina que fue porque a un gran número de autores les encanta escribir sobre los sucesos que ocurren con un toque de fantasía, logrando que cada lector interprete su pluma de maneras diferentes con el conocimiento obtenido; algo que la televisión no proporciona, ya que con esta únicamente se entienden los conceptos, pero muchas veces uno se cierra a preguntarse: “¿cómo sería si...?”.

Confiesa que la lectura, justo en su penúltima página, le dio mucho que pensar y reflexionar. Si bien tenía muy claro que no leerá ni una décima parte de los libros escritos, desconocía que la cifra de publicaciones es demasiado acelerada. Considera que, aunque los autores escriben para compartir sus emociones, desahogo, ayuda o entendimiento, entre otros motivos, muchos de sus libros nacen por el simple hecho de ayudar a quien los crea y no necesariamente a los lectores. No obstante, piensa que, por lo menos, cada título es amado por un individuo.

Efectivamente, ser lectores no nos hace especiales, ni más intelectuales o superiores a otras personas, sino que muchas veces nos ayuda a reflexionar y a conocernos; a saber e identificar lo que queremos, nuestros gustos y cómo queremos ser.

Cultura

¿El diseño editorial es la evolución lectora en nuestra sociedad?

Cuando se empezaron a desarrollar los primeros libros, no tenían diseño; solo eran manuscritos largos que abarcaban hojas de gran tamaño, hechos con tinta natural y rayados con plumas. Cuando se inventó la escritura, aún no tenían pensado incrustar diseño en los libros; era como algo innecesario para las primeras épocas de la escritura. Con el paso de los años, varios autores de libros, empezaron a hacer diseños, y esto gustó. Primero eran libros en blanco y negro, después de tanto tiempo salieron los libros a color, la gente quedaba fascinada por semejantes obras literarias a color; era como un impulso y un gran paso al diseño editorial, algo novedoso y creativo para ellos. Pasaron los años y el diseño editorial siguió evolucionando de manera constante.

Actualmente el diseño editorial sigue cambiando, trayéndonos diseños modernos, minimalistas y complejos. El editor de un texto debe de tener ideas actualizadas en todo momento. No sabemos cómo serán los diseños en unos 20 años, pero seguramente habrá repeticiones en todo momento o podamos usar un estilo ochentero, que

en realidad, el estilo ochentero se usa mucho actualmente, porque al igual que la moda, el diseño editorial es una evolución visual. Si no podemos ver el mismo diseño toda la vida, sería aburrido, es por eso que se debe de actualizar, para que esa persona que consuma ese diseño, se sienta satisfecha con lo que leyó. También lo emocional funciona aquí. Hay diseños que nos dan nostalgia, alegría, tristeza, curiosidad, etc., cuando los observamos.

Esto es una evolución. Son pasos que en todo momento avanzan y no se detienen, nos ayuda a guiarnos, nos indica con base a instrucciones de cómo utilizarlo. La creatividad es sin duda un poder mental que nos ayuda a imaginar un sinfín de cosas, y en el diseño editorial es increíble ya que nos ayuda a crear e imaginar un sinfín de ideas y diseños que podemos impregnar en una hoja.

¿El diseño editorial moldea la cultura o es al revés?

Alo largo de la historia, el diseño editorial ha formado parte de todas las publicaciones que ha creado la sociedad. Desde los inicios de la creación de los productos editoriales, se ha buscado mantener un orden en la información, además de acompañarla con imágenes y ornamentos alusivos al texto que se está presentando.

Esto tiene el objetivo tanto de hacer llegar la información al usuario como de plasmar e inmortalizar el conocimiento. La sociedad ha avanzado gracias al compartir información con otras personas y otras generaciones. El ser humano vive muy pocos años como para realizar un cambio significativo por sí solo. Los avances, tanto tecnológicos, como científicos, provienen del conjunto de conocimientos de personas de cientos de años de diferencia. Con pequeñas aportaciones a lo largo del tiempo se lograron obtener resultados que cambiaron al mundo entero.

Conforme conocemos la historia y los sucesos que impactaron a la población, podemos observar cómo el diseño editorial se ve influenciado por el poder que está al mando en ese momento, además de incluir los cambios que surgen a raíz de esto, como revoluciones o

movimientos que van en contra del sistema. Ese tipo de situaciones son las que cambian el rumbo del diseño en general. Muchas de las obras editoriales antiguas que observamos representan el pensamiento colectivo de ese momento y, al ser distribuidas, inevitablemente generan un cambio en la cultura, debido a que la población se ve rodeada e influenciada por ello.

No creo que haya un ganador en cuestión de quién influye a quién: si el diseño a la población o la población al diseño. Cuando hablo de población me refiero a los movimientos sociales, dictaduras políticas o doctrinas religiosas. Todos, en conjunto, fueron moldeando y cambiando la perspectiva de cómo vemos y entendemos el diseño editorial hoy en día. Es un cúmulo de experiencias, conflictos y resoluciones que dieron un resultado.

En la actualidad, el diseño editorial sigue ayudando a mejorar la cultura, ya que continúa teniendo como objetivo hacer llegar el mensaje lo más claro posible al lector, brindándole herramientas que aporten conocimiento. Es por esto por lo que el diseñador editorial tiene una gran responsabilidad sobre cómo hacer esto posible: saber cómo transmitir la información de la manera más adecuada para el usuario, sin perder contenido durante la comunicación del mensaje, y tratando además de causar un impacto e influenciar de manera positiva al lector y a las personas que lo rodean. El diseño editorial seguirá cambiando y evolucionando conforme lo haga la población. Ambos están ligados y se apoyan o se destruyen entre sí; no son conceptos aislados: la cultura impacta en ambos ámbitos.

¿El diseño editorial suma o resta a la cultura?

El diseño editorial contribuye de manera satisfactoria a nuestro entorno, nuestra cultura y a nosotros como sociedad, empezando por la idea de facilitar la información y organizarla visualmente. En un mundo donde actualmente da demasiada pereza leer y consumir libros, el diseño ayuda a facilitar su consumo y la comprensión. Además, influye en la manera en que las personas acceden al conocimiento, el cómo lo entienden, lo perciben y lo interpretan, todo esto contribuye al entendimiento de nuestra cultura misma o de otras.

Considero que, a través de diferentes elementos como la tipografía, la jerarquía de elementos, el ritmo que conlleva la lectura o el diseño mismo del libro o de alguna publicación, nos ayuda a percibir y descifrar la información de una manera que aporte conocimiento referente a un tema. Al incluir una estructura bien establecida en el diseño, el tema se convierte en un guía que muestra un camino y de cierta forma nos abre puertas a diferentes mundos, pues la lectura nos educa y gracias a ésta podemos reflexionar acerca del entorno. Por medio de las diferentes publicaciones

podemos influir en las personas y no solo por este medio, pues el diseño editorial es más que solo libros; es entendida como “Disciplina que organiza información visualmente”.

Entonces en estos días ¿cómo puede ayudar el diseño editorial a mejorar la cultura? A mi parecer, por medio de esclarecer ideas y hacerlas concisas en diferentes formatos, debido a que hoy en día muy pocas personas se detienen a leer las publicaciones realizadas, por lo regular están tan concentradas en sus problemas y en la vida misma agregándole que muy pocos tienen el hábito de leer, es por eso que por medio del diseño se puede llamar la atención de nuestro público objetivo. Dicho de esta manera, debido a que debemos pensar en a quién va dirigida nuestra publicación, un diseño atractivo y funcional invita a las personas a darle una ojeada a nuestro contenido, es donde el diseño editorial tiene su importancia.

Gracias al diseño podemos influir en distintas personas por medio de tipografías, colores, jerarquías, retículas, diseños, símbolos etc. Haciendo el uso correcto de estas áreas se pueden adaptar distintos contenidos para diferentes públicos y de esta forma promover valores, educación, información en general y sí, la cultura también, porque pensemos también en como ciertas lecturas, publicaciones, temas o libros se han vuelto icónicos y han ayudado a generar una imagen visual reconocible para muchos de nosotros, como los libros de la primaria, aquellos libros de color rojo, amarillo o verde con una tipografía de la materia recta y plana que denotaba seriedad y a la vez el diseño era odioso y agradable debido a que en la parte inferior tenía una imagen cuadrada o rectangular haciendo alusión

a un personaje o figura representativa mexicana; estos libros hasta el día de hoy son recordados con cariño.

Recuerdo mucho el libro de ética, en el cual la cubierta mostraba a una mujer que sostenía la bandera mexicana y claro, como olvidar el famosísimo Atlas de México, aquel libro que odiábamos cuando tocaba llevarlo a la escuela porque nunca cabía en nuestras mochilas y debíamos cargarlo en las manos.

Los diseños editoriales con el tiempo logran integrarse con la cultura de un país y gracias a éste la sociedad puede de cierta manera unirse y compartir dicho terreno amablemente.

¿Mi trabajo sirve de algo?

Aveces, entre plazos de entrega, revisiones interminables y decisiones que parecen pequeñas —escoger una tipografía, ajustar un interlineado, reorganizar un párrafo— surge una pregunta que pesa más de lo que uno admite: ¿mi trabajo sirve de algo?

Quien se dedica al diseño editorial conoce esa duda. No siempre se ve el impacto inmediato de lo que se hace, pero cada página organizada, cada lectura facilitada y cada idea que se vuelve comprensible gracias al diseño tiene un efecto más profundo del que aparenta. Y es justo ahí donde comienza la importancia cultural de nuestro trabajo.

El diseño editorial es mucho más que la simple organización visual de textos e imágenes; es una herramienta que influye directamente en cómo las personas acceden, comprenden y valoran la información. A través de una buena composición, jerarquía, tipografía y uso del espacio, contribuye a crear publicaciones capaces de transmitir ideas y conocimiento de manera clara y accesible, impactando de forma positiva en la cultura de una sociedad.

En la actualidad, el flujo de información es constante y abrumador, el diseño editorial se convierte en un filtro que organiza, estructura y da forma a ese contenido. Libros, revistas, periódicos, manuales, plataformas educativas y publicaciones digitales, así como formatos más experimentales —fanzines, libros cartoneros, ediciones artesanales— incluyen decisiones que determinan cómo el lector se relaciona con el contenido. Una tipografía adecuada facilita la lectura prolongada, y una jerarquía visual bien planteada guía al lector por los puntos clave sin perderse. Así, el diseño ayuda a que más personas se acerquen a textos que podrían parecer complejos, y evita que un contenido valioso se vuelva tedioso por elecciones mal ejecutadas.

Además, el diseño editorial cumple una función crucial en la educación. Materiales bien diseñados permiten que estudiantes de distintos niveles comprendan mejor los contenidos, se sientan motivados a leer y desarrollen habilidades de análisis. Infografías, diagramas, tablas o esquemas pueden transformar temas difíciles en información digerible y atractiva. Lo mismo sucede con el público general: una revista cultural bien estructurada, un libro cuidadosamente maquetado o un artículo digital claro no solo informa, sino que despiertan curiosidad y fomentan hábitos culturales.

Asimismo, el diseño editorial influye en la preservación y difusión del patrimonio cultural. Ediciones críticas, libros de arte, reediciones de obras clásicas y proyectos comunitarios permiten que el conocimiento se mantenga vivo y

alcance nuevas generaciones. Cada decisión editorial —desde la portada hasta la estructura interna— aporta un valor simbólico, emocional y sensorial a las obras que conforman nuestra identidad colectiva.

El diseño editorial también actúa como puente entre distintos sectores sociales. La claridad de los documentos institucionales, la accesibilidad de materiales públicos, las campañas informativas, los libros de texto gratuitos y los proyectos independientes favorecen la comunicación y permiten que diferentes grupos comprendan y discutan ideas. Un mismo texto puede presentarse de múltiples maneras según su público: desde ediciones finas de Drácula o El Quijote hasta versiones de bolsillo pensadas para la escuela o para la lectura cotidiana.

Esa diversidad también forma parte del ejercicio editorial. Por todo esto, resulta claro que el diseño editorial sí apoya y fortalece la cultura. Desde la creación de libros hasta la estructura de una página web o un manual para aprender un instrumento musical, el diseño editorial funciona como facilitador del conocimiento. Promueve la lectura, preserva la memoria colectiva y permite una comunicación clara y significativa. Su impacto va más allá de lo visual: contribuye a construir una sociedad mejor informada, más crítica y más consciente de su patrimonio cultural.

Larga vida a los libros (y a los diseñadores editoriales)

Hace unos días me encontré con una publicación de una amiga en Facebook. En la publicación, ella compartía una noticia que decía:

El #INEGI publicó su encuesta sobre lecturas del 2025 para conocer qué tan ratón de bibliotecas somos. Lo que ha sorprendió es que son los jóvenes quienes más leen en México, ¿pero no están siempre en el celular? Pues si, porque el segundo tipo de lectura se da en plataformas digitales (foros, redes sociales y páginas web) aunque el primero siguen siendo los libros, y físico. Los tipos de lecturas más leídas parecieran ser contradictorias: en primer lugar, temas de autoayuda y espiritualidad; le sigue literatura.

En el compartido de mi amiga, ella comentaba que le parecía chistoso cómo algunos comentarios de reacción a la noticia se habían hecho desde la comedia y que había personas que se los estaban tomando con alta seriedad.

Indudablemente, mi pasión por la investigación me obligó a navegar por los comentarios para entender qué era lo que estaba pasando y me pareció sorprendente encontrar que la mayoría de los comentarios eran de adultos jóvenes (entre 20 y 30 años) que hablaban orgullosos de sus fuentes de lectura favoritas: AO3, Wattpad y Creepypastas que suelen publicarse en foros de Internet; aunque también me encontré con algunos comentarios que tachaban a los consumidores de dichas plataformas como personas incultas y faltas de gusto literario. Por último, un tercer bando que comentaba preferir la lectura en medios digitales (de acceso gratuito preferentemente) sobre los libros en físico por su accesibilidad ante las limitaciones económicas que implica adquirir libros. Esta batalla campal entre lectores me hizo pensar ¿en verdad es tan importante saber qué leemos y cómo lo leemos?

Es cierto que la nota explica que los medios digitales son la segunda fuente más utilizada para acceder a la lectura, y que la primera siguen siendo los libros físicos, por lo que me resultó molesto darme cuenta de cómo el libro impreso aún es un símbolo de estatus social e intelectual, incluso entre una generación que se jacta de ser tan deconstruida y vocera de luchas sociales contra el clasismo y la discriminación. De igual forma, me pareció interesante cómo entre los comentarios más ofensivos se podían leer nombres de autores canónicamente reconocidos como “clásicos” y títulos de libros bestseller a modo de recomendación para todos aquellos incultos que nunca han puesto un ojo fuera de AO3. Incluso me encontré un comentario recomendando una serie de libros publicados por una editorial comercial sin saber que ese libro-con -

tenido provino de la plataforma Wattpad. Fue entonces cuando caí en cuenta en el por qué importa tanto cuál es el soporte al que recurrimos como lectores: Apariencias.

En una sociedad tan globalizada y preocupada por la imagen que proyecta, leer libros en físico implica una imagen más intelectual y enriquecida que leer foros web; el motivo: el proceso editorial. Si bien muchos de los lectores aficionados no son conscientes de la gran maquinaria que implica la industria editorial, sí son capaces de reconocer que sello editorial + libro físico= validación. No en vano Wattpad buscó, desde 2015, alianzas con casas editoriales internacionales para promover a escritores de su plataforma por medio de “concursos literarios” en los que el premio era publicar sus historias en formatos tradicionales. El resultado: libros bestseller que se venden incluso antes de publicarse, porque su popularidad es más fuerte que el alto valor literario que puedan, o no, aportar. Al final, esta estrategia editorial desencadenó un fenómeno que desconozco si ha sido estudiado: si los libros más populares de la actualidad son aquellos en los que la dictaminación es realizada por el público, ¿han cambiado los procesos editoriales? y ¿qué importancia tienen los actores editoriales en la cadena de lectura actual?

Como estudiante de Diseño Editorial, me parece que el proceso de producción editorial ha cambiado en función de las necesidades comerciales que implica hacer libros. Incluso para las editoriales más independientes, es importante hacer libros con valor comercial que les permitan subsistir. Y aún así, cada vez son más las editoriales independientes que son absorbidas por conglomerados

internacionales, o que cambian su curaduría, en un intento de pagar las cuentas y poder invertir en proyectos no tan rentables. Lo que me lleva a una última pregunta, ¿el Diseño Editorial puede influenciar o mejorar la cultura de nuestra sociedad?

Mi respuesta es “depende”. Depende de a cuál cultura nos referimos (podríamos hablar de la cultura lectora, la cultura generacional o la cultura global). También depende del objetivo que tenga el proyecto en el que se emplea diseño editorial. Pienso en las ferias del libro (mi tema favorito) no todas tienen los mismos objetivos; algunas buscan ser un gran escaparate comercial, mientras otras un punto de encuentro cultural o un espacio de negociación editorial. Nuevamente, depende. Incluso depende de el espacio en el que se desempeñe el diseño editorial, no es lo mismo diseñar revistas, periódicos o libros, aunque se puedan adquirir o consultar en espacios comunes (bibliotecas, librerías, kioscos, etc.), su público es diferente y por ende su tratamiento y diseño implica retos distintos. Sin embargo, hay algo que sí tengo claro y que la misma nota de Facebook me aclaró: ¡Los libros siguen vivos! Se mantienen entre nosotros y aún son preferidos por generaciones jóvenes a las que sus antecesores suelen considerar como flojos, incultos y desconectados del mundo físico.

Creo que, si los libros se han mantenido vigentes por tantos siglos, es por la constante evolución que hay en el diseño editorial. Día tras día, los diseñadores editoriales se enfrentan a la gran incógnita de cuál es el límite del libro y cómo se puede optimizar su funcionalidad.

También, es el diseño editorial el que se ha encargado de buscar mecanismos de promoción lectora que han aportado mayor rentabilidad a la hora de comercializar los productos editoriales, y, por ende, han creado comunidades que cada vez más se involucran en el proceso de producción y distribución del libro (basta con ver la infinidad de librerías virtuales que distribuyen libros de manera global y que son capaces de competir con las tradicionales librerías de barrio en cuanto a calidad y servicio). Creo fervientemente que todos estos resultados son gracias a la historia del diseño editorial, particularmente de la historia del libro, que continúa navegando hacia el horizonte sin temor.

Yo no quiero saber la definición de cultura, yo quiero hacer diseño editorial
Rodolfo Sousa Ortega

Frente a la pregunta, ¿El diseño editorial ayuda a mejorar la cultura de nuestra sociedad? debemos comenzar examinando la propia definición de cultura. Tradicionalmente, y quizá para facilitar la organización de bienes de una nación, se nos enseña que la cultura es algo específico y trascendente: aquellos fenómenos que elevan o resguardan el carácter identitario de una sociedad. Esta concepción, derivada de la Ilustración, se refleja en la existencia de institutos y secretarías que distinguen entre “alta cultura” y “cultura popular”. Aunque históricamente esta idea ha sido excluyente, también ha albergado la intención de democratizar el acceso a esos bienes culturales considerados al mismo tiempo “superiores” y esenciales para la ciudadanía.

Hacia la tercera década del siglo XX, la expansión de la ciudadanía y el aumento de la alfabetización impulsaron la industria editorial a buscar ediciones más económicas y accesibles. Es en este contexto de democratización donde el diseño editorial se convierte en una herramienta esencial. El trabajo de diseñadores como Jan Tschichold

para editoriales como Penguin es emblemático: desarrolló un sistema de retículas riguroso, cubiertas sistemáticas y una mancha tipográfica eficiente. La estética deriva de la función.

Esta función del diseño editorial deriva en polos opuestos que son la cara de la misma moneda: Por un lado, el uso de espacios en blanco, ilustraciones minimalistas y cuerpos de texto amplios en un libro puede hacer que la obra parezca menos densa y más atractiva que un volumen denso de prosa.

El diseño reduce la resistencia psicológica a la lectura. Por otro lado, los libros no solo contienen “alta cultura”, algunos de ellos son objetos bellos y finos. El diseño de gran formato, papel de alto gramaje y la encuadernación de lujo no busca la accesibilidad económica, sino sacralizar la imagen y el conocimiento. La forma justifica el alto valor económico.

Una definición más amplia de cultura está basada en el quehacer de un pueblo. Los hábitos, las costumbres, las innovaciones, son todos fenómenos culturales, independientemente de su trascendencia. Gilbert Simondon, considera que la actividad tecnológica está imbricada a la cultura, un objeto técnico es la extensión y ampliación de las capacidades del ser humano. Esta característica nos ayuda a pensar al diseño editorial como una actividad en sí misma, que permite la experimentación de sus parámetros. Artistas como El Lissitzky o Marinetti usaron la tipografía y la maquetación de manera radical (letras de diferentes tamaños, diagonales, collage) en re -

vistas y manifiestos. El diseño reflejó y empujó la cultura del momento (caos, velocidad, ruptura). Demostraron y produjeron objetos culturales desde la experimentación.

También las subculturas, las identidades contestatarias y las organizaciones de defensa de derechos de trabajadores definen una estética a partir de lo que tienen a la mano. El resultado es una imbricación de materiales domésticos y de oficina, para reproducir panfletos, cómics, fanzines que circulan de mano en mano, y que forman parte del proceso de individuación identitario. Resulta un caso paradigmático el Folleto de folletos de la artista Rinni Templeton, un documento dirigido a organizaciones activistas en el que indica los pasos para producir un objeto editorial, siguiendo pasos dentro del diseño editorial: selección de tipografía, creación de retícula, presupuestos y cronogramas, compaginación y casado, etc.

Cabe decir, que hay objetos editoriales que marcan tendencias a pesar de su caducidad. Libros one-hit-wonder, revistas, programas de mano, catálogos, tienen un ciclo de vida con una efectividad corta, pero su impacto en el gusto, el estilo y la cultura permanece. Algunos diseños editoriales de este tipo, con el tiempo, también se consolidan como publicaciones de nicho y generan comunidades con gustos, prácticas y consumos específicos.

A manera de cierre, en principio el diseñador opera como un facilitador de acceso dentro de la definición tradicional de cultura. Pero si adoptamos la visión amplia —aquella basada en el quehacer, la técnica y la actividad de un pueblo—el diseño editorial es la cultura misma. Esto se debe a

que el diseño editorial empuja los parámetros, las tendencias y los gustos, y se rige por una economía de medios o por una experimentación pura. El libro como proyecto editorial resume todas estas funciones. Clasificar y experimentar con estos objetos implica entender que su contenido y sus características de diseño son inseparables. Yo no quiero saber la definición de cultura, yo quiero hacer diseño editorial, porque al hacerlo, estoy participando activamente en su continua redefinición.

Sobre los autores

Teoría e historia del libro

Maestría en Diseño Editorial

Docente: Alejandra Palmeros Montúfar

@ale.palmeros

Lic. en Lengua y Literatura Hispánica

Maestra en Diseño Editorial

Recomendación editorial: El infinito en un junco de Irene Vallejo y los libros de Oliver Jeffers

Omar Cedeño Montiel

@omarcedeomontiel

Lic. Animación Digital

Recomendación editorial: El Esclavo de Anand

Dílvar

Cristina Cienfuegos Ronzón

a26410003@alu.ugd.edu.mx

Lic. en Lengua y Literatura Modernas Alemanas

Recomendación editorial: La Costura de Isol

Yever Nayam Cuevas Ramírez.

@yevercuevasramir

Lic. en Diseño Gráfico y producción digital

Recomendación editorial: Paleta Perfecta y Cuentos macabros de Poe en la edición de Edelvives

Atziri Durán López

@afie.pyon

Lic. en Diseño Web y Arte Digital

Recomendación editorial: Cualquier trabajo de Benjamin Lacombe

Paola Nohemi López Podesta

@paolapodesta9

Lic. en Diseño Integral

Recomendación editorial: Enamorándome del nerd de Luisa Conejo, la encuentran en Wattpad.

Jorge Luis Martínez Fernández

@jorgelmarfer

Lic. en Diseño Web y Arte Digital

Recomendación editorial: El manga Choujin X

Milet Mirón Hernández

@Milet Mirón Hernández y @dos.milet

Lic. en Lengua y Literatura Hispánicas

Recomendación editorial: Colección Vindictas de la UNAM

Zafiro Pérez Jiménez

@senpai_kimii

Lic. en Diseño Multimedia y Arte Digital

Recomendación editorial: Drácul|a de Bram Stoker y Destroza este diario de Keri Smith

Laura Julieta Rivera Muñiz

@laurajulietarm

Lic. en Diseño Gráfico

Recomendación editorial: El arte de llevar una vida creativa de Frank Berzbach

Rodolfo Sousa Ortega

@sousarodolfooooo

Lic. en Artes plásticas

Recomendación editorial: Nox de Anne Carson

Anahí Torres Fernández

@anahii_fdez

Lic. Diseño Gráfico

Recomendación editorial: Almendra de Sohn

Won-Pyung y El murmullo de las abejas de Sofía Segovia

Enrique Usla Saldaña

@escamadiseno

Lic. Diseño Gráfico

Recomendación editorial: El laberinto de la soledad de Octavio Paz y el manga de Bleach

Diego Armando Velasco Cuevas

@dieguitojaboncito_0

Lic. en Diseño Gráfico

Recomendación editorial: 12 reglas para vivir de Jordan Peterson

Karen Lizeth Viveros García

@_koalacreative_ @koalacreative8

Lic. en Diseño Gráfico

Recomendación editorial: Muchas vidas, muchos maestros de Brian Weiss

Universidad Gestalt de Diseño

Minerva 2026

Memoria Gráfica

Se terminó de formar en marzo de 2026

Se utilizó para su composición las tipografías Roboto, Montserrat (OTF) y Hanken Grotesk

Se imprimió en Productos Digitales Xalapa-Enríquez, Veracruz

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