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ENCUENTROS PROFESIONALES ENCUENTROS PROFESIONALES

Quería poner el foco en las dos prologuistas de Mujeres invisibles para la medicina. La psicóloga y escritora Victoria Sau en la edición de 2006 y la también psicóloga y divulgadora Anna Freixas, ambas feministas. Mi especialidad es medicina interna y endocrinología. Vengo de un campo de la salud especialmente biológico, pero siempre he entendido que la salud es una unidad biológica, psicológica, social y, como también abordaba en Medio ambiente y salud (Cátedra, 2018), medioambiental. Entendiendo la salud como conjunto, siempre he trabajado con compañeras de otras disciplinas, especialmente psicología; también en mi despacho de atención sanitaria. Para mi la parte psicológica es muy importante. No podemos olvidar que hombres y mujeres vivimos en una sociedad patriarcal y androcéntrica, y que muchas de las decepciones que tienen las mujeres en relación con su cuerpo y su salud vienen derivadas de normas patriarcales, como depender de la mirada del otro, de modelos ajenos, y no de avanzar adecuadamente en su vida y en su salud. Ha dado esta casualidad que tú dices bien. Anna Freixas es una muy buena compañera, profesora de psicología diferencial, y Victoria Sau, psicóloga de la misma rama con quien pronuncié un sin fin de conferencias hace ya un tiempo: ella se encargaba de la parte psicológica y yo de la biológica a partir de temas poco tratados, como la posmenopausia. Lo hacíamos con mucho rigor, pero también desde el humor y el refuerzo de la autoestima. Denuncias en tu libro la fuerza del estereotipo cultural de género en la ciencia y cómo influye en la manera de jerarquizar la importancia del objeto de estudio. Asimismo, abordas en tu ensayo cómo los sesgos de género atraviesan las investigaciones en todo su proceso y llegan a la práctica sanitaria. El problema radica en la fuerza del estereotipo clásico, que se resume en que aquello que le ocurre a las mujeres es menos importante, seguido en no pocas ocasiones de la coletilla «por qué te preocupas de ellas si, además, viven más años». Teniendo en cuenta que la ciencia médica sigue centrada en los hombres aún hoy, si además añades el sesgo de género, inconscientemente se excluirá a las mujeres de las investigaciones. Es algo que tenemos contrastado y que prueba el hecho mismo de que incluir a investigadoras, también en medicina, incide directamente en la incorporación de las mujeres como objeto de estudio. El ejemplo de Bernadine Healy como directora del National Institutes of Health (NIH) en Estados Unidos es claro al respecto. Fue bajo su dirección, en los noventa, que se estipula la obligatoriedad de incluir a las mujeres y minorías étnicas en todos los estudios que demandan subvención. ¿Qué estrategias se ofrecen, dentro del ámbito sanitario, que puedan paliar la necesidad perentoria de una formación e investigación con perspectiva de género? En el libro abundo en una herramienta importante para el ejercicio de la profesión como son las guías con perspectiva de género, que han de ser concretas y directas. Están dirigidas en su mayoría 28 g Profesiones

a profesionales de Atención Primaria. ¿Qué problema hay para hacer estas guías? Que no hay investigación básica para poderlas hacer. Incluso las canadienses, teniendo un mandato político que les exhorta a hacer guías de prevención de riesgos con perspectiva de género, se encuentran con que no tienen apenas material de base para poder llevar a cabo sus guías diferenciadas. Dada esta carestía —y atendiendo a la demanda de las profesionales sanitarias— en la revista Mujeres y Salud (MyS), editada por Centro de Análisis y Programas Sanitarios (CAPS), solemos traducir todas las guías que detectamos, que suelen provenir de Canadá, Dinamarca y los países escandinavos. Actualmente somos cerca de quinientas profesionales, orientándose las unas a las otras en el día a día, sí, pero toda esta información debería llegar a todos los y las profesionales sanitarios en general, no solo a una red proactiva. ¿Cómo verías que los colegios profesionales incluyeran la perspectiva de género en sus programas de formación continuada y validación periódica de la colegiación? Lo vería muy adecuado. Algunos colegios profesionales, como el Colegio de Médicos de Barcelona (COMB), han alentado esta cuestión —a este último debo que la Generalitat de Cataluña me galardonara en su momento con la Creu de Sant Jordi por mis estudios de género y salud—. Desde mi experiencia, los colegios profesionales pueden hacer un sinfín de cosas: conferencias, cursos, monográficos… No solo vería muy bien toda esta actividad en un sentido formativo, sino que creo que obligaría a repensar la salud misma de los y las profesionales. El estudio que hace siete años llevamos a cabo el Colegio de Médicos y el CAPS junto a la Fundación Galatea podría ser un buen punto de partida. Uno de los datos más significativos de aquella investigación lo encontramos en la detección de los altos niveles de estrés sufridos por las médicas, lo que ayudó a su localización como colectivo profesional de alto riesgo obstétrico, pero también favoreció que la profesión se preguntara por las necesidades de todas las partes, también las de las profesionales, que no resultaron ser las mismas que las de sus compañeros. Si no entendemos qué es lo que produce el malestar desde una perspectiva holística, incluido el género, se nos estará escapando el quid de la cuestión; no podremos abordarlo desde la complejidad que requiere y no estaremos haciendo bien nuestro trabajo. En esta línea que comentas, ¿consideras que el código deontológico de la profesión debería albergar la cuestión de género de una manera específica? Para mí sería fantástico. Es justo y necesario que estas diferencias sean visibles, se tengan en cuenta y se atiendan bien. Se trata de un tema de derechos humanos básicos porque, si se nos trata como hombres, no se nos ve como mujeres. nº 188 g noviembre-diciembre 2020


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