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O r a c ió n

2010

nº 429 · año 36 · Semana de Oración 2010

S em a n a

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Pueblo de esperanza RA 2010-10_SOracion.indd 1

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EDITORIAL

L E C T U R A S PA R A L A S E M A N A D E O R A C I Ó N shuterstock

Norbert Zens

Tesorero de la División Euroafricana (Berna, Suiza)

Predicando al

R

ecuerdo con placer la primera semana de oración que viví en la Iglesia de Pasaau cuando era un joven estudiante. Durante aquellas diarias reuniones vespertinas, orábamos en grupo y también unos por otros. Allí aprendí que la oración no es sólo el camino para encontrarse con Dios; es también la oportunidad de vivir una experiencia de comunión y solidaridad con nuestros hermanos y hermanas en la fe, así como con la iglesia mundial. Cuando compartimos cómo nos hemos encontrado personalmente con Dios de un modo especial durante el año pasado, la adoración se hace realidad a través de su iglesia. Esta experiencia personal de la gracia y el amor divinos es el marco en el cual adoramos a Dios también a través de nuestros medios financieros. He quedado profundamente impresionado al ver los sacrificios económicos que los hermanos y las hermanas están dispuestos a realizar. ¿A qué sacrificios estamos listos hoy para “predicar esperanza al mundo”? Deseo ahora daros las gracias por contribuir, a través de vuestras ofrendas de la Semana de Oración, a la financiación de los múltiples proyectos enmarcados en Misión Global. Unos 2.500 misioneros pioneros bien preparados se encuentran trabajando actualmente en el programa misionero de Misión Global, más de la mitad de ellos en territorios no cristianos, la llamada

“Ventana 10/40”, comprendida entre los paralelos 10 y 40. El coste de esos proyectos asciende anualmente a unos 10 millones de euros (o 15 millones de francos suizos). He aquí varios breves informes sobre este trabajo:

India Rajah era un activo predicador laico que predicaba todos los domingos por la mañana en una iglesia rural de trescientos miembros. Pero un día conoció a tres misioneros pioneros de Misión Global y empezó a estudiar la Biblia con ellos. Durante su estudio, sintió que debía compartir la buena nueva del sábado con los miembros de su iglesia. Después de unas semanas de estudio bíblico intensivo y oración, esta iglesia optó por el sábado. Sin embargo, en la región no todo el mundo era feliz con la creciente influencia de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Un día, una turba de hombres airados apareció en el pueblo de Rajah, armados con palos y espadas. Le atraparon, le encerraron en su propia casa y amenazaron con quemarla. Rajah, lleno de miedo, cayó sobre sus rodillas y oró; pidió a Dios que le liberase como había liberado a Daniel en el foso de los leones. Súbitamente, oyó cómo se abría la puerta. Rajah tenía demasiado miedo como para haberla abierto él mismo. Entonces oyó que alguien hablaba y la multitud se callaba. «Este hombre no ha hecho nada malo. Sólo habla de su fe. Nadie os obliga

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SUMARIO 2 EDITORIAL Predicando esperanza al mundo 4 INTRODUCCIÓN Mensaje del presidente

esperanza mundo

5 PRIMER SÁBADO Un pueblo que vive a la expectativa

8 DOMINGO Un pueblo feliz que vive en paz 10 LUNES Un pueblo que confía en las promesas de Dios

12 MARTES Un pueblo con el poder del Espíritu Santo

14 MIÉRCOLES Un pueblo santo y sin mácula

a escucharle; no tenéis derecho a amenazarle». Quien hablaba era uno de los dirigentes del pueblo. Entró en la casa, dejó salir a Rajah, le acompañó a través de la multitud y le llevó a un lugar seguro. Rajah todavía tenía mucho miedo y quería dejar su pueblo, pero los misioneros pioneros le animaron a quedarse. Más tarde, algunos de los hombres que habían amenazado a Rajah se unieron a su iglesia.

Etiopía Tolessa creció en una familia que adoraba ídolos. Cierto día, un misionero cristiano vino a su pueblo. Tolessa acogió al misionero en su casa y empezó a estudiar la Biblia con él. Comenzó a leer la Escritura por sí mismo y descubrió la verdad del sábado. Formulaba preguntas al misionero, que era incapaz de darle respuestas satisfactorias basadas en la Biblia. A pesar de ello, Tolessa le ofreció construir una capilla en un terreno de su propiedad. La única condición era que la iglesia celebrase el culto en sábado. Pero el misionero rehusó. Tolessa quedó muy decepcionado, pero se aferró a la esperanza de que, algún día en el futuro, construiría en su terreno una capilla en la que los miembros seguirían todas las enseñanzas de la Biblia. Después de buscar durante mucho tiempo, descubrió, en una ciudad cercana, una iglesia adventista del séptimo día. No le llevó muchos estudios bíblicos convencerse de que había

dado con la iglesia verdadera. Empezó a compartir con sus vecinos lo que estaba aprendiendo en sus estudios. Poco después, se bautizó. La Iglesia Adventista de Etiopía reconoció el potencial de Tolessa y le ofreció trabajar en su propio país como misionero pionero, concediéndole una beca. Hoy se puede ver en su terreno una capilla adventista, cuya construcción fue financiada por él mismo y que cuenta ya con ochenta miembros.

Kiribati (Océano Pacífico) Hace cuatro años, la Iglesia Adventista del Séptimo Día en Kiribati decidió emprender un proyecto para llegar a las islas que aún no tenían presencia de nuestra iglesia, y siguiendo procedimientos adaptados a la cultura local. Para este fin, organizó clubs de pescadores con medios suministrados por Misión Global. Empezó por la isla de Nikunau. Hoy, unas cuantas familias estudian la Biblia juntas y los primeros bautismos tuvieron lugar en 2008. Desde entonces, un segundo club de pescadores ha sido organizado en otra isla. Se ofrecen programas de salud y educativos. Se ha adquirido un terreno para edificar una capilla. Nuestra misión común es predicar la esperanza al mundo: la esperanza de que nuestro Señor y nuestro Dios, Jesucristo, vuelve pronto para llevarnos al fin a casa. Oremos y trabajemos juntos con este propósito.

17 JUEVES Un pueblo que ha entregado todo a Jesús

19 VIERNES Un pueblo llamado a perseverar

21 SEGUNDO SÁBADO “Aceptos en el Amado”

23 LECTURAS PARA LOS NIÑOS Niños con esperanza

Revista Adventista: Órgano oficial de la Iglesia Adventista del Séptimo Día de España nº 429 · año 36 Semana de Oración 2010 Texto e imágenes cedidos por ACES Director de la Revista, Jesús Calvo Coordinación editorial, Esther Amigó Editor, Daniel Moreno Redacción, Raquel Carmona Diseño y maquetación, Javier Zanuy, Esther Amigó Procesos informáticos, Javier Zanuy Producción, Martín González Envíos, Juan José Reta Suscripciones, Martín González Impresión: IBERGRAPHI 2002 Mar Tirreno, 7, 28830 San Fernando de Henares (Madrid) Depósito Legal: M-32.993-1974

Pradillo, 6 - Pol. Ind. La Mina · E-28770 Colmenar Viejo, Madrid (España) tel. [+34] 91 845 98 77 fax [+34] 91 845 98 65 revistaadventista@safeliz.com www.publicacionesadventistas.com

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INTRODUCCIÓN

L E C T U R A S PA R A L A S E M A N A D E O R A C I Ó N Ted Wilson

Presidente mundial de la Iglesia Adventista del Séptimo Día

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Mensaje del Presidente

A

preciados hermanos, creyentes en la esperanza del Advenimiento: Ninguna promesa es más preciosa para el pueblo remanente de Dios que la declaración de Jesús: «Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis» (Juan 14: 3). Durante más de 160 años, los lectores de la Revista Adventista y millones de creyentes alrededor del mundo se han regocijado en la “esperanza bienaventurada”. Por definición, los adventistas organizan su vida y su misión alrededor de la promesa del Salvador de regresar. Su confianza en la realidad de la Segunda Venida cambia la forma de su experiencia diaria: toman decisiones, establecen relaciones, desarrollan su profesión; todo con los ojos dirigidos hacia el oriente. Los sermones de la Semana de Oración de este año están organizados alrededor del tema “Un pueblo de esperanza”, y están construidos sobre el texto del apóstol Pedro que alienta al remanente de Dios a «andar en santa y piadosa manera de vivir», para «ser hallados por él sin mancha e irreprensibles, en paz» (2 Ped. 3: 10-14).

Escritores de diferentes partes del mundo han preparado cuidadosamente estos sermones y materiales, orando en todo momento para que quienes los lean o escuchen sean fortalecidos en su fe e inspirados a vivir esa vida práctica de santidad que Jesús practicó y enseñó; todo esto será posible gracias a su poder santificador. El mundo necesita –y merece– escuchar el mensaje de Cristo de parte de un pueblo que se asemeja a él. Cuando seamos transformados por su gracia, predicaremos, enseñaremos y testificaremos de una manera humilde, amante y atractiva. Al centrarse en este mismo pasaje de 2 Pedro 3, Elena White nos recuerda: «Cristo espera con un deseo anhelante la manifestación de sí mismo en su iglesia. Cuando el carácter de Cristo sea perfectamente reproducido en su pueblo, entonces vendrá él para reclamarlos como suyos. Todo cristiano tiene la oportunidad no sólo de esperar sino de apresurar la venida de nuestro Señor Jesucristo. Si todos los que profesan el nombre de Cristo llevaran fruto para su gloria, cuán prontamente se sembraría en todo el mundo la semilla del evangelio. Rápidamente

maduraría la gran cosecha final, y Cristo vendría para recoger el precioso grano» (Palabras de vida del gran Maestro, págs. 47, 48). En los lugares donde este mensaje del pronto regreso de Cristo ha sido predicado con poder y convicción, el pueblo de Dios ha experimentado tanto un reavivamiento como una reforma; ¡y sucederá otra vez! Las mentes son transformadas; las relaciones, restablecidas, los corazones tibios arden de amor por los demás y las congregaciones avanzan sin dudar hacia la misión que Jesús le ha dado a su pueblo, de “contarle al mundo”. Estoy orando para que abrais vuestro corazón al Espíritu de Dios al suplicar por el reavivamiento y la reforma que conducirá a la lluvia tardía del Espíritu Santo y al regreso de Cristo. Estoy orando para que seáis espiritualmente renovados por las lecturas de la Semana de Oración de este año. Estoy orando para que lleguen a tus familiares, a tu iglesia y a tu comunidad con la maravillosa y transformadora noticia de que “¡Jesús viene pronto!” Sinceramente tuyo en “la esperanza bienaventurada”.

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PRIMER SÁBADO

L E C T U R A S PA R A L A S E M A N A D E O R A C I Ó N

mandelia, chad; global mission

Ted Wilson Presidente mundial de la Iglesia Adventista del Séptimo Día

Un pueblo que vive a la expectativa Qué significa esperar al Señor.

A

l desafiar a sus hermanos cristianos a reencender su pasión por la segunda venida de Jesús, Pedro señaló: «Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir [...]!» (2 Ped. 3: 11, 12). Estas son palabras vitales y alentadoras para nosotros, como siervos del Señor en los últimos días de la historia de la tierra, a medida que el Gran Conflicto llega a su clímax. Este pasaje de 2 Pedro contiene una pregunta, una respuesta y nuestra esperanza. Juntas, determinan y definen la cualidad y la perspectiva de la vida del creyente en esta tierra. Pensemos juntos en lo que estos versículos significan para los adventistas del siglo XXI, mientras esperamos y aceleramos el regreso del Señor.

¿Qué clase de pueblo? La pregunta de Pedro implica que hay diferentes clases de personas, y que son identificables sobre la base de su compromiso y de la cualidad de su vida. Está particularmente interesado en los seguidores del Mesías, el Cristo, que son sus hermanos creyentes. Hay un pueblo entre muchos otros, que proviene de diferentes culturas y áreas geográficas, pero que ha sido reunido por el poder del Señor viviente en una iglesia. Tiene un perfil muy específico y singular, que debería distinguir a todos, con el objetivo de ser la clase de personas que deben ser. La pregunta que Pedro lanza es importante, y puede ser abordada por todos nosotros. ¿Cuál es mi perfil como creyente? ¿Cómo debería ser un cristiano? Esta pre-

gunta quizá no sea muy popular, particularmente en el mundo occidental, donde un énfasis desmedido en el individualismo representa una seria amenaza para la identidad de la comunidad de creyentes. Un creyente no debería sostener que la identidad es una cuestión personal. Pertenecemos a un pueblo: el pueblo remanente. Guiados por el Espíritu del Señor y sustentados en la Palabra revelada de Dios, hemos sido escogidos para unirnos a una comunidad mundial, a un pueblo singular. Por lo tanto, es apropiado, e incluso indispensable, hacernos la pregunta: “¿Qué clase de pueblo debemos ser?” Sé que la pregunta podría ser escuchada, potencialmente, como si se hiciera eco de un estilo de vida legalista. Pero Pedro no está promoviendo el legalismo. Está rA Semana de Oración 2010 [197] · 5

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interesado en el impacto de la gracia salvífica de Cristo en la vida de una comunidad de fe que está esperando la venida del Señor. La espera hace necesario que él haga esta pregunta. La esperanza cristiana todavía no se ha convertido en una realidad concreta. Todavía somos peregrinos en camino; luchamos con la realidad de la espera. La pregunta se merece, también, una respuesta muy personal: ¿qué es lo que significa para ti esperar la venida del Señor? La pregunta no se refiere al componente psicológico de la espera –¿Debería tener miedo? ¿Debería sentir incertidumbre? ¿Debería estar gozoso?–, sino a cómo la espera determina la cualidad de nuestra vida como seguidores de Jesús. Hay una singularidad en la identidad de la iglesia que debemos enfatizar constantemente, y que es inseparable de su mensaje y de su misión. Está relacionada con el concepto bíblico de verdad y, por lo tanto, directamente conectada con la persona de Jesús, que sin pedir disculpas afirmó ser la verdad (Juan 14: 6). Su singularidad ha transformado la vida de millones de cristianos a lo largo de la historia, y transformará el cosmos mismo. A los que siguen a Cristo, Pedro les hace esta osada pregunta: “¿Qué clase de persona deberían ser?” La pregunta asume la necesidad de expresar y preservar la identidad de un creyente en un mundo en el que somos constantemente confrontados con estilos de vida y compromisos, incluso falsos, que nos distancien.

¡Cómo no debéis andar...! La pregunta de Pedro no es retórica (las que se dejan sin una respuesta explícita) porque asume que los lectores serán capaces de responderla. La pregunta se merece una clara respuesta; y Pedro la provee. La pregunta implica singularidad, y la respuesta la señala explícitamente: «¿No deberían vivir ustedes como Dios manda, siguiendo una conducta intachable?» (2 Ped. 3: 11, NVI). ¡Así es! ¡Claro y sencillo! Esperar el glorioso regreso del Señor significa llevar una vida santa y piadosa, una vida abierta al reavivamiento de la verdadera piedad por el que suplica el Espíritu de Profecía, al decir: «La mayor y más urgente de todas nuestras necesidades es la de un reavivamiento de la verdadera piedad en nues-

tro medio. Procurarlo debiera ser nuestra primera obra. [...] Sólo en respuesta a la oración debe esperarse un reavivamiento» (Mensajes selectos, t. 1, pág. 141). Esto no es tanto un desafío como un magnífico don que se nos otorga por medio de Cristo y en él. La santidad no es natural en los seres humanos ni en la creación. De hecho, lo santo es esencialmente único y absolutamente distinto de lo que ha sido creado. Sólo Dios es santo en sí mismo. Es santo porque es el Creador y el Redentor. No hay nadie como él en el cosmos; ¡es el Santo de Israel! La santidad nos llega gracias a la presencia de Dios entre nosotros y en nuestra vida. Ser santo es pertenecer a él. Con respecto a Jesús, Gabriel le dijo a María: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti [...] por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios» (Luc. 1: 35). La santidad de Dios se había manifestado en el Santuario israelita, pero ahora se encarnaba en Jesús, que «fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1: 14). Nos llegó en el don del Niño y, por medio de su santidad, es accesible a los hombres. Es a este don divino que Pedro está señalando cuando responde a la pregunta: “¿Qué clase de personas deberíamos ser?” Su respuesta es: “En un mundo caracterizado por lo profano y la impiedad, dejen que el Santo nuevamente se encarne en sus vidas, como personas y como pueblo”. El plan divino es tener un pueblo santo, que espere la venida del Señor. Este pueblo, inevitablemente, será visible y constituirá una bendición para la raza humana. Por medio de Jesús, el Santo, ha llegado a ser propiedad de Dios. Nota que la respuesta a la pregunta no es una lista de cosas. Una lista establecería límites o circunscribiría el potencial de la vida cristiana por medio de la obra del

Preguntas para reflexionar y compartir 1. La santidad ¿es un desaf ío o un don? 2. ¿Qué es lo que hace diferente al pueblo de Dios en el mundo moderno?

Espíritu. El llamado a la santidad cala más profundamente –y más alto– que eso, al señalar las posibilidades ilimitadas del desarrollo del carácter. Tal como nos lo recuerda tan bellamente el Espíritu de Profecía, «El ideal que Dios tiene para sus hijos está por encima del alcance del más elevado pensamiento humano. La meta a alcanzar es la piedad, la semejanza a Dios» (La educación, pág. 18). Cada uno de nosotros es llamado a hacer un compromiso de corazón con el Señor Jesús cada día. ¡La santidad divina es transferible por medio del Hijo de Dios! Demanda de nosotros un contacto diario y permanente con él. La iglesia, como pueblo global de Dios, debe mostrar al mundo y al universo la gloriosa santidad de Dios. «El Señor desea que su iglesia transmita al mundo la belleza de la santidad. Ella ha de demostrar el poder de la religión cristiana. El cielo ha de ser reflejado en el carácter del cristiano» (Un llamado al evangelismo médico, pág. 33). Esta santidad no es sólo una vida piadosa caracterizada por la devoción diaria a Dios. Forma parte de ello. Pero va más allá: es una vida de integridad moral y espiritual fundamentada en el amor de Dios. No deberíamos ignorar la dimensión moral de la santidad. Esto es posteriormente enfatizado por el término “piadosa”, que se refiere al respeto cristiano por la voluntad de Dios y la sumisión a Su voluntad, y la vida moral. La aplastante corrupción moral en un mundo que no le presta atención a la Ley de Dios hace indispensable que llevemos una vida santa y piadosa. Nuestra vida debe ser un testigo poderoso en favor de la superioridad de una vida que es puesta al servicio de Dios y de los demás. El mensaje de la iglesia, construido sobre las enseñanzas de la Biblia, nos ayuda a entender la naturaleza de una vida santa y piadosa. «Ninguna iglesia puede avanzar en santidad, a menos que sus miembros busquen fervientemente la verdad como a un tesoro escondido» (¡Maranatha: El Señor viene!, pág. 132). Cuando esa verdad es incorporada en la vida de la iglesia, nos otorga nuestra verdadera identidad. Debemos proclamar esa verdad en el cumplimiento de nuestra misión, pero, sobre todo, debemos manifestarla en una vida santa y piadosa. Con seguridad, ésta es

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una de las más urgentes necesidades de la iglesia, mientras espera activamente la gloriosa aparición de nuestro Señor.

Mientras esperan... La vida santa y piadosa es manifestada por el pueblo de Dios durante el tiempo de espera. El pueblo que vive de esta manera está orientado hacia el futuro. No deberíamos permitir que nuestro pasado nuble nuestra mente y nutra nuestros sentimientos de culpa. No deberíamos dejar que defina ni determine la calidad de nuestra vida en el presente. Somos completamente incapaces de hacer algo con nuestro pasado; no podemos corregir las experiencias vividas. Pero Dios puede y, en verdad, lo ha hecho. Nuestro pasado fue solucionado merced a la gracia perdonadora de Dios en la muerte sacrificial de Jesús. En él, Dios borró nuestro pasado para siempre e hizo provisión para nosotros de una vida transformada que puede darle gloria. Por esta razón, el poder de la santidad de Dios debe ser manifestado en la vida que llevamos ahora. Debemos llevar a Dios las cargas del pasado y vivir en el presente una vida santa, una vida de servicio a los demás. Nuestra expectativa –nuestra vida futura con Jesús– cambia la forma en que vivimos nuestra vida diaria. Tenemos esperanza en el futuro por causa de Jesús: lo que ha hecho por nosotros en la cruz y lo que está haciendo por nosotros en el Lugar Santísimo del Santuario celestial como nuestro Sumo Sacerdote intercesor y como Rey que viene pronto.

La cruz nos abrió la posibilidad de un futuro libre del poder esclavizante y de la presencia del pecado, así como del mal. La natualeza de ese futuro es sugerida por la respuesta que Pedro da a su pregunta: “¿Qué clase de personas deberíamos ser?” Mientras esperamos fervientemente nuestro futuro de vida eterna, Pedro nos recuerda: “Debemos llevar una vida santa y piadosa ahora”. La parábola de Jesús de las diez vírgenes nos recuerda que el mero paso del tiempo no nos prepara, necesariamente, para su venida. Sólo los que esperan con determinación, con sus “lámparas arregladas y listas”, provistas diariamente con el aceite del Espíritu Santo, están creciendo en la santidad que nos prepara para encontrarnos con él con paz y gozo. Sólo un pueblo que ora continuamente por el reavivamiento y la reforma experimentará las vidas cambiadas y la influencia transformadora que hace creíble la predicación de las buenas nuevas a millones de hombres y mujeres perdidos. Esperar realmente a Jesús y vivir una vida santa es una y la misma cosa. Debemos anhelar constantemente el día de Dios. Todavía resta la pregunta: ¿Qué clase de pueblo deberíamos ser? La respuesta continúa desafiándonos: Deben llevar una vida santa y piadosa, una vida reactivada, una vida reformada, una vida llena del poder del Espíritu Santo. Mientras esperas la venida del Señor, «encomienda a Jehová tu camino, y confía en él; y él hará» (Sal. 37: 5). Cuando nos comprometamos

con el Señor, y supliquemos en oración el reavivamiento y la reforma en nuestra vida personal y en la iglesia como un todo, el Espíritu Santo trabajará en nuestra vida, preparándonos para la lluvia tardía y para la inminente segunda venida del Señor. Cuando el Espíritu Santo more en nuestro corazón, la santidad de Jesús se verá cada vez más en la vida del pueblo de Dios, y las personas de todas partes serán atraídas a esta iglesia remanente, a medida que vean el fruto del Espíritu en la vida de los que están esperando su pronta venida.

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DOMINGO

L E C T U R A S PA R A L A S E M A N A D E O R A C I Ó N Gina Wahlen

Escritora independiente que vive en Silver Spring (Maryland, EE.UU.).

Un pueblo feliz que vive en paz

P

ara muchas personas, la búsqueda de la felicidad dura toda la vida. Algunos encuentran pedacitos de aquélla a lo largo del camino, pero al final nos damos cuenta de que la verdadera felicidad –la clase de felicidad profunda y que dura para siempre– no puede hallarse en las cosas materiales, ni en las circunstancias; ni tan siquiera en las personas. Esto se debe a que los objetos envejecen y se rompen, las circunstancias cambian y, en ocasiones, las personas nos decepcionan y finalmente nos abandonan (por su propia elección, por las circunstancias o por causa de la muerte).

La verdadera felicidad es más que un sentimiento fugaz de placer. Es un sentimiento duradero de satisfacción y de alegría, sabiendo que nuestro destino eterno está enraizado en Alguien mejor que nosotros. Confiamos en Jesús, «el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios» (Heb. 12: 2).

está en Jehová su Dios [...]. Jehová levanta a los caídos; Jehová ama a los justos» (Sal. 146: 5-8). Pero, ¿qué ocurre cuando la desdicha llama a nuestra puerta y la de-sesperanza intenta entrar en nuestro corazón? Aunque pasar por pruebas puede resultar muy doloroso, el libro de Job nos recuerda que la felicidad puede devenir incluso a través del sufrimiento. «Bienaventurado es el hombre a quien Dios corrige; por tanto, no desprecies la reprensión del Todopoderoso. Porque él es quien hace la herida, pero él la venda; él golpea, pero sus manos curan» (Job 5: 17, 18).

Un pueblo en paz

Como pueblo de esperanza, reconocemos que nuestra felicidad debe cimentarse en Alguien mejor que nosotros, en un Ser que es el mismo «ayer, hoy y por los siglos» (Heb. 13: 8). Las Escrituras nos recuerdan que la felicidad no consiste en centrarnos en nuestros propios deseos, sino en mirar hacia afuera y en ayudar a los demás. «Permanezca el amor fraternal. No os olvidéis de la hospitalidad [...]. Acordaos de los presos [...] y de los maltratados [...]. Honroso sea en todos el matrimonio y el lecho sin mancilla [...]. Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora, pues él dijo: “No te desampararé ni te dejaré”» (Heb. 13: 1-5). La Biblia sobreabunda en promesas que nos recuerdan que la felicidad duradera consiste en tener fe en Dios y en seguir su plan. «Bienaventurado aquel cuyo ayudador es el Dios de Jacob, cuya esperanza

shuterstock ; india, charlotte ishkanian

Un pueblo feliz

Al igual que la felicidad, la paz se ha perseguido a través de los siglos, aunque con poco éxito. Un estudio realizado años atrás reveló que de «3.530 años de historia documentada, solo 286 vieron la paz. En más, se firmaron más de 8.000 tratados de paz que después se rompieron».1 Esta ausencia de paz en el ámbito mundial se refleja, también, en familias de todas las culturas y en la vida de cada persona. Si consideramos las alarmantes estadísticas de elevados índices de divorcio, abuso, pobreza, delincuencia, depresión y suicidio, nos preguntamos si alguien puede estar en paz. “Paz”, según el Diccionario de la Real Academia, es la «tranquilidad y quietud de los estados, en contraposición a la guerra o a la turbulencia». Con toda certeza, tranquilidad y quietud era lo que buscaban los discípulos una noche en el mar de Galilea. Al principio, pensaron que podrían manejar la situación por sí mismos: eran pescadores experimentados. Asiendo con decisión los remos, aquellos hombres fuertes lucharon contra el viento y las olas... hasta que se dieron cuenta de que no había esperanza. En sus esfuer-

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zos por salvar sus vidas se olvidaron de Jesús, y su miedo puso en evidencia su falta de fe. La oscuridad los rodeaba y el agua inundaba la barca con rapidez. Parecía que en pocos minutos todo estaría perdido. Finalmente, se acordaron de Jesús y lo encontraron durmiendo. ¿No le preocupaba que estuvieran a punto de morir? Percatándose de su desamparo, los discípulos gritaron: «¡Señor, sálvanos, que perecemos!» (Mat. 8: 25). Al instante, Jesús se levantó y, elevando su mano, ordenó: «¡Calla, enmudece!» (Mar. 4: 39).

Jesús da paz Jesús es quien nos da paz. Él es el «Príncipe de paz» (Isa. 9: 6). Sin embargo, con demasiada frecuencia, como aquéllos que vivían en tiempos de Jesús, rechazamos o malinterpretamos la paz que nos da. Durante siglos, el pueblo judío había mantenido la esperanza de que el Mesías traería nuevamente riqueza y honor a su nación, como lo había hecho en las épocas de David y de Salomón. Aunque el segundo Templo no era tan hermoso como el de Salomón, los judíos se aferraron a la promesa dada a través del profeta Hageo, según la cual «la gloria de esta segunda casa será mayor que la de la primera, ha dicho Jehová de los ejércitos; y daré paz en este lugar, dice Jehová de los ejércitos» (Hag. 2: 9). Pero cuando el Príncipe de paz llegó, no lo reconocieron porque su mensaje era diferente de aquél que esperaban y querían oír. En lugar de conquistar al enemigo, Jesús les dijo: «Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os odian y orad por los que os ultrajan y os persiguen» (Mat. 5: 44). En lugar de incitar a la grandeza, Jesús enseñó: «Si alguno quiere ser el primero, será el último de todos y el servidor de todos» (Mar. 9: 35). En lugar de intentar enriquecerse, Jesús les advirtió: «Vended lo que poseéis y dad limosna» (Luc. 12: 33). Jesús sabía que el mundo ofrece una paz falsa, una esperanza falsa, que se construye sobre nosotros mismos o sobre los demás, sobre cosas o circunstancias. Jesús sabía que el mundo promete «paz y seguridad», pero que en su lugar viene «destrucción» (1 Tes. 5: 3). Jesús no prometió a sus seguidores que nunca tendrían problemas, sino que pro-

Un pueblo de esperanza debería caracterizarse por la felicidad y la paz...

metió que estaría con ellos: «La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo» (Juan 14: 27). “Paz” era una palabra que estaba continuamente en los labios de Jesús. Detuvo tormentas, sanó enfermedades, perdonó pecados, echó fuera demonios. Invitó al pueblo a «ir en paz». La Biblia, en sí misma, contiene más de cuatrocientas promesas, bendiciones y deseos de paz. «Jehová bendecirá a su pueblo con paz», asegura Salmo 29: 11. Aun así, ¿por qué a veces no experimentamos la paz que Dios desea dar? ¿Es posible que nos falte confianza en el Único a quien no podemos ver en la tormenta? «Muchos de los que profesan seguir a Cristo se sienten angustiados, porque temen confiarse a Dios. No se han entregado por completo a él, y retroceden ante las consecuencias que semejante entrega podría implicar. Pero, a menos que se entreguen así a Dios, no podrán hallar paz».2 Cuando nosotros, al igual que los discípulos, nos demos cuenta de cuán inútil resulta intentar alcanzar la paz por nuestros propios esfuerzos, de forma agradecida entregaremos todo a Jesús y le permitiremos que nos bendiga con su paz.

Templo, cuando Pedro y Juan fueron allí a orar. Llamando su atención, el hombre mendigó una moneda o dos. Sin embargo, iba a recibir mucho más de lo que nunca había pedido o siquiera pensado (Efe. 3: 20). Tomando al hombre por la mano derecha, Pedro le ordenó: «En el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda» (Hech. 3: 6). «Entonces lo tomó por la mano derecha y lo levantó. Al instante se le afirmaron los pies y tobillos; y saltando, se puso en pie y anduvo; y entró con ellos en el templo, andando, saltando y alabando a Dios» (vers. 7, 8). Como el hombre lisiado, también nosotros somos incapaces de andar solos. Necesitamos del poder sanador de Jesús en nuestras vidas. Un pueblo de esperanza debería caracterizarse por la felicidad (un sentimiento permanente de satisfacción en Cristo) y la paz (estar completamente seguros de que nuestro futuro está en manos de Dios); una paz que sólo Dios puede dar. De hecho, la paz y la felicidad son la marca de esperanza en nuestro ser, y resultarán en una vida llena de alegría y cantos, alabanzas a Dios quien «ha hecho grandes cosas con nosotros» (Sal. 126: 3), y hará todavía mejores cosas por su pueblo.

Un pueblo que alaba a Dios

Referencias

Hubo una vez un hombre que había estado lisiado durante más de cuarenta años. Y así lo encontramos sentado, con semblante triste, junto a la puerta del

The Personnel Journal, como se cita en Today in the

1

Word, pág. 33, Moody Bible Institute, junio de 1988. Elena White, El ministerio de curación, California:

2

Publicaciones Interamericanas, 1975, pág. 381.

Preguntas para reflexionar y compartir 1. ¿Por qué ninguna persona o cosa pueden brindarnos felicidad duradera? 2. ¿Por qué en ocasiones no experimentamos la paz que Jesús nos otorga?

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LUNES

L E C T U R A S PA R A L A S E M A N A D E O R A C I Ó N Miguel Luna

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Secretario ministerial de la División Asiática del Pacífico Norte, cuya sede central se encuentra en Corea del Sur

Un pueblo que confía en las promesas de Dios

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as mejores promesas que alguna vez se hicieron a los seres humanos provienen de nuestro Creador y Redentor. Como pueblo de Dios y pueblo de esperanza, confiamos en sus promesas según nos han sido reveladas. Examinemos las razones que tenemos para confiar en sus promesas. La vida de Abrahán es un ejemplo de la forma en que Dios cumple sus promesas. Abrahán fue llamado por Dios para que llegara a ser padre de una gran nación (Gén. 12: 2, 3). En un segundo encuentro, Abrahán recibió la seguridad de que tendría un heredero. Él pensó que esto se haría realidad por medio de su siervo Eliezer, pero el Señor le dijo: «No te heredará éste, sino que un hijo tuyo será el que te herede». Entonces lo llevó fuera y le dijo: «“Mira ahora los cielos y cuenta las estrellas, si es que las puedes contar”. Y añadió: “Así será tu descendencia”. Abrahán creyó a Jehová y le fue contado por justicia» (Gén. 15: 4-6). El Señor se le apareció por tercera vez cuando Abrahán tenía 99 años, y parecía imposible que él y Sara tuviesen un hijo. Pero el Señor le prometió: «Yo haré un pacto contigo y te multiplicaré en gran manera» (Gén. 17: 2). En este encuentro, Dios le aseguró que sería padre de una gran nación, y que sus descendientes tendrían la posesión eterna de la tierra de Canaán (Gén. 17: 6-8). Después de 25 años de espera, finalmente «hizo Jehová con Sara como le había prometido» (Gén. 21: 1).

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Dios le prometió a Abrahán la tierra de Canaán como la posesión futura de sus descendientes después de cuatrocientos años de opresión. «Entonces Jehová le dijo: “Ten por cierto que tu descendencia habitará en tierra ajena, será esclava allí y será oprimida cuatrocientos años”» (Gén. 15: 13). Esta promesa se cumplió. En el momento del Éxodo, Moisés dejó registrado lo siguiente: «El tiempo que los hijos de Israel habitaron en Egipto fue de cuatrocientos treinta años. El mismo día en que se cumplían los cuatrocientos treinta años, todas las huestes de Jehová salieron de la tierra de Egipto» (Éxo. 12: 40, 41; cf. Hech. 7: 5-7). Con Israel ya en la Tierra Prome- tida, Josué declaró: «Reconoced, pues, con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma, que no ha faltado ni una sola de todas las bendiciones que Jehová, vuestro Dios, os había dicho; todas se os han cumplido, no ha faltado ninguna de ellas» (Jos. 23: 14). Es interesante que Josué también mencionó qué sucedería si violaban el pacto (Jos. 23: 15, 16). A causa de la desobediencia, los israelitas experimentaron las maldiciones del pacto, y Judá sufrió el exilio a manos de los babilonios. Según Jeremías, Judá estuvo en cautividad durante setenta años. El profeta envió una carta a los exiliados en Babilonia: «Porque así dijo Jehová: Cuando en Babilonia se cumplan los setenta años, yo os visitaré y despertaré sobre vosotros mi buena palabra, para haceros volver a este lugar. Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz y no de mal, para daros el fin que esperáis» (Jer. 29: 10, 11). Cuando pasaron setenta años, el rey Ciro de Persia emitió un edicto autorizando al pueblo a regresar, y reconstruir el Templo y los muros de Jerusalén, «para que se cumpliera la palabra de Jehová, dada por boca de Jeremías» (2 Crón. 36: 22; ver también el vers. 23).

La certeza de las promesas Una de las más destacadas promesas de las Escrituras tiene que ver con la venida del Mesías. Los discípulos de Juan el Bautista vinieron a Jesús y le preguntaron: «¿Eres tú el que había de venir o esperaremos a otro?» Jesús les reveló su identidad diciéndoles: «Id y haced saber a Juan las cosas que oís y veis. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados y a los pobres es anunciado el evangelio» (Mat. 11: 3-5). Cristo les dio una destacada interpretación del ministerio de Juan. «Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan. Todos los profetas y la ley profetizaron hasta Juan» (Mat. 11: 12, 13). Jesús señaló a Juan el Bautista como el precursor de su misión como el Mesías prometido. Dijo él: «Y si queréis recibirlo, él es aquél Elías que había de venir» (Mat. 11: 14). En la interpretación de Jesús, Juan el Bautista es el que se menciona en el libro de Malaquías; aquél que habría de proclamar la llegada del Mesías para la consumación final de la salvación (Mal. 4: 5). Existe una línea continua, en la historia de la salvación, que alcanza su punto culminante en la venida de Jesús. Decía: «El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios se ha acercado. ¡Arrepentíos y creed en el evangelio!» (Mar. 1: 15). Éste fue el más extraordinario cumplimiento de las promesas de Dios. Jesucristo llegó a este mundo según estaba establecido en el calendario divino (Dan. 9: 25-27; Gál. 4: 4). Jesús también cumplió los tipos y las predicciones del Antiguo Testamento. Felipe dijo a Natanael: «Hemos encontrado a aquél de quien escribieron Moisés, en la ley, y también los profetas: a Jesús hijo de José, de Nazaret» (Juan 1: 45). Jesús fue el “profeta” que Moisés había predicho (Deut. 18: 15). Al dirigirse a los líderes judíos, Jesús mencionó: «Porque si creyerais a Moisés,

Preguntas para reflexionar y compartir

me creeríais a mí, porque de mí escribió él» (Juan 5: 46; cf. Juan 7: 40). Después de su resurrección, Cristo dijo a sus discípulos: «Éstas son las palabras que os hablé estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos» (Luc. 24: 44). La llegada de Jesús nos confirma la confiabilidad y la certeza de las promesas divinas.

Esperanza y promesas La vida y el ministerio de Jesús inauguraron el Reino de Dios. Él ha dado inicio a su reino de gracia, y pronto consumará la historia de la salvación con el reino de gloria. En su oración en camino al Getsemaní, Cristo dijo: «Y ésta es la vida eterna» (Juan 17: 3); porque ahora nos encontramos en el tiempo del Reino de Dios. Cristo hizo la siguiente promesa a sus discípulos, y también a nosotros: «Vendré otra vez y os tomaré a mí mismo, para que donde yo esté, vosotros también estéis» (Juan 14: 3). Por ello, su mensaje es un mensaje de esperanza para aquéllos que creen. «De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra y cree al que me envió tiene vida eterna, y no vendrá a condenación, sino que ha pasado de muerte a vida. De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán» (Juan 5: 24, 25). Esa resurrección también ha sido profetizada. «Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados: unos para vida eterna, otros para vergüenza y confusión perpetua» (Dan. 12: 2). Es el mismo mensaje que transmite el profeta Isaías cuando anticipó: «Tus muertos vivirán; sus cadáveres resucitarán» (Isa. 26: 19). Usted y yo estamos aguardando «la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo» (Tito 2: 13). Podemos realmente tener confianza en sus promesas. En el pasado, Dios ha cumplido sus promesas. Por lo tanto, podemos tener la seguridad de que será fiel a aquéllas que aún no se han cumplido.

1. ¿Cuál es la promesa de la Biblia que más te impresiona? ¿Por qué? 2. ¿Qué relación existe entre la esperanza y las promesas de Dios?

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MARTES

L E C T U R A S PA R A L A S E M A N A D E O R A C I Ó N Erton Köhler

Lisandro Batistutti - ACES

Presidente de la División Sudamericana, cuya sede central se encuentra en Brasilia (Brasil).

Un pueblo con el poder del Espíritu Santo ¿Puede suceder en nuestros días?

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ios nos llamó para que seamos sus testigos, con el fin de que llevemos esperanza al mundo, le mostremos que su amor abarca a cada ser humano y proclamemos su pronto regreso. Ésta es nuestra gloriosa misión. Sin embargo, cuando nos ponemos a pensar en la magnitud de la tarea, la primera palabra que se nos viene a la mente es “¡imposible!”. Analicemos por un momento lo que constituye tan sólo una pequeña parte de nuestro desafío, a saber, la tarea de alcanzar a algunas de las mayores ciudades del mundo. La ciudad de San Pablo (Brasil), donde viven 18,8 millones de personas, tiene solamente 68.000 adventistas. En Tokio (Japón), donde viven 35,6 millones de personas, hay sólo 2.820 adventistas. Nueva York tiene 19 millones de habitantes, de los cuales 37.897 son adventistas. En Ciudad de México hay 23,5 millones de habitantes, pero únicamente 53.093

adventistas. La ciudad de Bombay (India), cuenta con 18,9 millones de habitantes, y solamente con unos diez mil adventistas. Y la lista podría seguir. ¡Enfrentamos desafíos tremendos! Si analizamos las cifras mundiales, la situación se vuelve aún más preocupante. La población del mundo es de alrededor de 6.800 millones de personas, de los cuales sólo unos 16 millones son adventistas. La pregunta es clara: ¿Cómo podemos alcanzar a tantos con tan pocos miembros? Nuestra única certeza proviene del hecho de que Dios puede hacer lo que nos resulta humanamente imposible. Si nos limitamos a dejarlo en nuestras manos, la tarea se vuelve completamente imposible. Aun así, somos llamados a llevarla a cabo. Pero ¿cómo? Veamos qué hizo la iglesia cristiana primitiva al respecto. En sus comienzos, la iglesia estaba compuesta por un grupo muy pequeño, bajo el liderazgo de doce apóstoles. El de-

safío de este grupo era alcanzar a más de 200 millones de habitantes. En sólo cincuenta años, el cristianismo llegó a establecerse en el mundo conocido, y lo hizo de una manera tan impresionante que el Imperio Romano ya no pudo ignorarlo.

El secreto del éxito El secreto del éxito de estos primeros cristianos se encuentra registrado en Hechos 1: 8: «Pero recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra». Los que eran impotentes e insignificantes recibieron el poder divino por medio de su Santo Espíritu, a fin de lograr lo que humanamente era imposible. Es por ello que «no tiene límite la utilidad de quien, poniendo el yo a un lado, da lugar a la obra del Espíritu Santo en su corazón y lleva una vida dedicada por completo a Dios».1 El Espíritu Santo se encontraba en

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el centro mismo de la vida y la misión de la iglesia, mientras ésta crecía y se extendía. La iglesia estaba interesada en testificar acerca del poder del Espíritu antes que en especular sobre él. Para los hombres y las mujeres del Nuevo Testamento, el Espíritu Santo no era una doctrina sino una experiencia. El mensaje que proclamaban no era para que las personas creyeran en el Espíritu Santo sino, por el contrario, para que lo experimentaran. Necesitamos buscar y recibir este mismo Poder con el fin de que nos asista en nuestra tarea de proclamar al mundo la venida del Reino de Dios, en el regreso glorioso de nuestro Salvador en las nubes de los cielos (Mat. 24: 14). Somos tan incapaces de cumplir la tarea que se presenta ante nosotros como lo eran los primeros discípulos. Pero sabemos, también, que podemos recibir el poder y la capacidad del mismo Espíritu para cumplir la tarea asignada. Lo único que se espera de nosotros es que establezcamos un compromiso permanente y pleno con el Señor. Elena White expresa: «Nada hay que Satanás tema tanto como que el pueblo de Dios limpie el camino de todo obstáculo, de modo que el Señor pueda derramar su Espíritu».2 Esto se llevará a cabo por medio de la confesión de nuestros pecados y una participación directa en la misión de la iglesia. Necesitamos dejar de quejarnos de cuán difícil es la tarea y de la indiferencia humana al evangelio. ¡Salgamos a cumplir nuestra misión! ¿Cree usted que el derramamiento del Espíritu Santo puede llegar a producirse en nuestros días? Solemos referirnos a este evento como si fuera algo que ha de suceder en un futuro indefinido. La verdad es que en la corrupción social y moral que nos rodea, en la violencia y la confusión religiosa, Dios nos está expresando que él está listo para revelar entre nosotros los frutos de la lluvia tardía. Miles de adventistas están siendo usados con poder por el Espíritu Santo en diversos lugares del mundo. Cosas increíbles se están haciendo realidad en la vida de miembros que salen decididos a cumplir su misión. Este Poder ya se encuentra activo, y está disponible para todo aquél que desee participar en la misión de esperanza. Veremos, entonces, que lo que parecía imposible puede llegar a hacerse realidad.

El desafío se encuentra ante nosotros. Ha llegado el momento de anunciar nuestra esperanza con poder.

En el Pentecostés, ciento veinte personas clamaron por el poder del Espíritu Santo. Cuando el Espíritu llegó, tres mil personas aceptaron a Jesús. A partir de ese momento, los números siguieron incrementándose (ver Hech. 5: 14; 6: 7; 9: 31; 12: 24). ¿Qué puede hacer el Espíritu Santo por la iglesia actual? Cuando alguien preguntó a Moody, el gran evangelista del siglo XIX, por qué necesitaba constantemente del Espíritu Santo, respondió: «Porque sufro una pérdida». Éste es el secreto: recibimos con el propósito de dar. Deberíamos dar más de nosotros en beneficio de los que tienen necesidad de salvación; y, como resultado, recibiremos una porción más intensa del Espíritu. Una buena ilustración de este punto se encuentra en el símbolo del fuego que acompañó la venida del Espíritu Santo durante el Pentecostés. El fuego purifica, ilumina, da brillo, calienta y se esparce. Dios quiere hacernos espiritualmente “combustibles”. Esta es la respuesta divina a la frialdad del mundo. Alguien preguntó a John Wesley de qué manera podía un predicador llegar a persuadir a una persona a que viniera y escuchara el evangelio. Wesley respondió sin rodeos: «Si el ministro está ardiendo, otros se acercarán a mirar el fuego».

Cuando llega el fuego Elena White describió con precisión el resultado de este fuego en el corazón de la iglesia: «En visiones de la noche pasó delante de mí un gran movimiento de reforma en el seno del pueblo de Dios. Muchos alababan a Dios. Los enfermos eran sanados y se efectuaban otros milagros. Se advertía un espíritu de adoración como lo hubo antes del gran día del Pentecostés. Se veían a centenares y miles de personas visitando las familias y explicándoles la Palabra de Dios. Los corazones eran convencidos por el poder del Espíritu Santo, y se manifestaba un espíritu de sincera conversión. En todas partes las puertas se abrían de par en par para la proclamación de la verdad. El mundo parecía iluminado por la influencia divina».3 El desafío se encuentra ante nosotros. Ha llegado el momento de anunciar nuestra esperanza con poder. Se encuentran a nuestra disposición la promesa del Espíritu Santo y la realidad de la lluvia tardía. Aferrémonos a estas promesas y avancemos decididamente en el nombre del Señor. Referencias 1

Elena White, El ministerio de curación, pág. 116.

2

Elena White, Mensajes para los jóvenes, pág. 92.

3

Elena White, Consejos sobre la salud, pág. 582.

Preguntas para reflexionar y compartir 1. ¿Es posible estar lleno del Espíritu Santo en el presente o tenemos que esperar a que llegue la lluvia tardía? 2. ¿Qué significa estar lleno del Espíritu Santo? ¿Qué es lo que sucederá con nuestra vida? 3. ¿Cuál le parece que es actualmente la necesidad más grande que tiene la iglesia?

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MIÉRCOLES

L E C T U R A S PA R A L A S E M A N A D E O R A C I Ó N Chantal Klingbeil

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Adventsst Review

M en su i hogaré y oradora. r Escritora, editora, maestra Vive en Silver Spring (Maryland, EE.UU.).

Un pueblo santo y sin mácula Creados para reflejar a Cristo.

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a Biblia nos dice que, en el Edén, Adán y Eva fueron creados a imagen de Dios (Gén. 1: 27). No fueron creados como seres estáticos; por el contrario, tenían que crecer y desarrollarse de variadas maneras. Como cuidadores de la tierra, se esperaba que exploraran el maravilloso y equilibrado mundo que Dios había creado. La relación entre Adán y Eva, y la de ellos con Dios, debía continuar creciendo. Sin embargo, llegó el pecado. Adán y Eva tomaron una decisión muy equivocada, y de consecuencias terribles. A partir del momento en que probaron del fruto prohibido, el crecimiento cesó. Dejaron de existir el desarrollo mutuo y la relación con la divinidad. En su lugar, comenzaron a morir (Gén. 2: 17). Habían quebrantado la Ley de Dios, que les permitía ser libres para seguir creciendo y descubriendo su potencial. Se encontraron entonces en una caída libre sin fin; en un estado de desesperanza. En consecuencia, a partir de allí, todo niño que nació ya no pudo experimentar el potencial único de la imagen de Dios reflejada en él. Ahora eran esclavos de su degenerado egoísmo, de sus malvados impulsos y, finalmente, de la muerte.

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El rescate

Llamados a ser santos

A pesar del pecado, «de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna» (Juan 3: 16). Nuestro amante y creativo Dios no permitiría que cayéramos en el olvido. Él envió a su Hijo a esta tierra en forma humana con la finalidad de que viviera y muriera por nosotros. Una vez más, al igual que Adán y Eva antes de que pecaran, podemos tomar la decisión de estar en armonía con el universo. Cuando elegimos aceptar a Jesús como nuestro Salvador personal, podemos estar ante Dios como si jamás hubiésemos pecado. La Biblia habla de este paso como de un nuevo nacimiento. Ésta es la verdadera aceptación de Jesús como nuestro Salvador personal, la cual nos hace estar en paz con Dios, nos califica para el cielo y llena nuestro corazón de renovada esperanza. La muerte de Jesús es el maravilloso botón que dice: “Borrar”. Gracias a su sacrificio, somos libres de acceder al cielo, asociarnos con los seres santos y hablar directamente con Dios. Una persona de esperanza es aquélla que ha sido justificada por la fe en Cristo.

¿Qué hacemos ahora que somos libres? Los hijos de Israel también experimentaron la libertad. Después de cientos de años de esclavitud en Egipto, fueron liberados por Dios. Cuando los israelitas vieron que el ejército egipcio era tragado por el mar, comenzaron a darse cuenta de que eran libres de la esclavitud en la que habían nacido, y de que la vida como esclavos era la única que habían conocido. ¿Qué harían, entonces, con su libertad? Ahora eran libres de seguir la nube hasta el Sinaí, donde Dios se les revelaría mostrándoles la gran Ley de amor, que sustenta el universo. Los israelitas eran el pueblo especial de Dios, y habían sido rescatados de Egipto. Habían sido llamados a ser santos. Seguramente, “santo” sea una palabra extraña que relacionamos con grandes y coloridas vidrieras y con seres sombríos que viven existencias solitarias y monótonas, completamente alejados del mundo real. Pero nada podría estar más alejado del significado bíblico de “santo”. En hebreo, la palabra “santo” significa “ser separado para un propósito especial”, en otras palabras, Dios estaba llamando a su pueblo para que fuera especial y único. En nuestro mundo moderno, de producciones masivas y entretenimiento masivo, y donde todo se fabrica masivamente, ¿no resulta interesante pensar en que es posible ser único y especial? Dios deseaba que los israelitas redescubrieran el propósito especial que tenían como nación, y también como individuos. Quería impulsarlos de regreso al plan original del Edén. No obstante, después de generaciones de esclavitud, los israelitas no tenían idea de lo que Dios esperaba de ellos. Él tuvo que mostrarles lo que quería, de manera que recordaran para qué habían sido creados y con qué objetivo eran llamados. Dios llevó a cabo esta tarea por medio de las reglas y los preceptos que les dio en el monte Sinaí. Todo lo relacionado con las leyes que Dios dio al pueblo tenía el propósito de enseñarle lo que significa ser santo, especial, único y pleno. La santidad de los israelitas estaba directamente relacionada con la presencia del Tabernáculo en medio del campamento. La vida con un Dios santo no hacía

Sin condiciones Muchos de nosotros hemos recibido, en alguna ocasión, una carta en cuyo sobre estaba escrita la palabra “GRATIS” en grandes caracteres. La carta nos aseguraba que habíamos ganado un millón de euros, o una suscripción gratuita. Sin embargo, al leer la letra pequeña, descubrimos que era “gratis” sólo después de que gastáramos cierta cantidad de dinero o hiciéramos algo más que nos permitiera acceder al premio. Si lo pensamos de manera cuidadosa, estas ofertas “gratuitas” siempre terminan por darnos menos de lo que en realidad tenemos que pagar. Esto, por supuesto, hace que por naturaleza sospechemos de la oferta que Dios nos hace para que aceptemos el regalo gratuito de la vida eterna. Pero esto no es un truco publicitario; la salvación es completa y absolutamente gratuita. Todo lo que tenemos que hacer es aceptar este gran intercambio. Nosotros entregamos a Cristo nuestra vida pecaminosa y, a cambio, recibimos su vida perfecta. No necesitamos hacer nada con el propósito de ganarnos el cie-

Cada momento de cada día podemos aprender a practicar la santidad mientras vivimos en la presencia de Dios.

lo. El perdón y la vida eterna nos pertenecen como resultado de lo que Cristo ha hecho por nosotros. ¡Éstas son realmente buenas noticias! Quizá muchos de nosotros no disfrutamos de nuestra libertad en Cristo porque no apreciamos debidamente el valor de su obsequio. Pero el hecho de que sea totalmente gratuito no hace que el don de Cristo cueste menos que la mayor adquisición del universo. «Pues ya sabéis que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir (la cual recibisteis de vuestros padres) no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación» (1 Ped. 1: 18, 19). Como afirma un viejo dicho: “La familiaridad cultiva el descontento”. Dios entiende nuestra incapacidad de evaluar y entender verdaderamente el don que nos ha dado y, entre otras cosas, él ha hecho provisión para que combatamos nuestras tendencias a la familiaridad excesiva con este costoso don de la salvación al llamarnos a ser santos. En Éxodo 22: 31 nos amonesta: «Me seréis hombres santos». Al ver el reflejo de quién es Dios cuando analizamos su Ley, puede ser que nos sintamos como el rey Josías, quien recuperó una parte de la Ley al ordenar una limpieza del Templo, y después de leerla rasgó sus vestiduras (2 Rey. 22: 11). Nosotros también vemos cuán lejos estamos del ideal que Dios tiene para nosotros. Cada día, comprendemos de nuevo cuán completamente indignos somos de merecer el cielo y cuán agradecidos deberíamos sentirnos de que Jesús haya pagado el precio para llevarnos allí.

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La santidad se relaciona con el crecimiento. Tiene que ver con la formación de nuevas lealtades, nuevas maneras de pensar, nuevas maneras de hacer las cosas, nuevas maneras de analizar nuestra vida y nuevas relaciones.

que la divinidad descendiera al nivel de los esclavos, sino que los esclavos ascendieran hasta llegar a ser hijos e hijas del poderoso Dios del universo.

Vidas santas Y ahora, usted y yo somos libres. ¡El pueblo de esperanza es un pueblo libre! En el Padrenuestro, leemos: «Venga tu Reino» (Mat. 6: 10). Es nuestro privilegio comenzar a promover el Reino al permitir que Dios refleje su imagen a través de nosotros. El proceso ha comenzado. Dios ha tomado la iniciativa al renovar nuestra relación con él, y ahora desea renovar las relaciones entre nosotros y en nuestras comunidades. Al tomar la determinación de vivir una vida de santidad, estaremos fuera de sintonía con el mundo que nos rodea. Como peregrinos de esperanza, trataremos de mostrar qué significa –aun en un mundo en rebelión– amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, alma y mente, y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Satanás, por supuesto, está sumamente interesado en mantenernos alejados de la santidad. Por ello, seguirá utilizando circunstancias y personas con la intención de tratar de impedir que seamos aquello para lo cual fuimos creados realmente. Mientras vivamos en este mundo, conservaremos nuestra antigua naturaleza. Cada día tenemos que tomar la decisión de alimentar nuestra nueva naturaleza y abandonar nuestra antigua naturaleza pecaminosa. Éste es un proceso constante. Las buenas nuevas son que la salvación es mucho más que guardar un determinado grupo de reglas, como bien lo enseñó vez tras vez nuestro Señor Jesucristo. La santidad se relaciona con el crecimiento. Tiene que ver con la formación de nuevas lealtades, nuevas maneras de pensar, nuevas maneras de hacer las cosas, nuevas

maneras de analizar nuestra vida y nuevas relaciones. La santidad no es algo de una vez y para siempre. Para los israelitas, la experiencia del desierto significó aprender a practicar la santidad en todos los pequeños detalles diarios de la vida en el campamento. De manera similar, cada momento de cada día podemos aprender a practicar la santidad mientras vivimos en la presencia de Dios.

La fuerza que motiva la santidad Algunas personas piensan que en la vida cristiana la tarea está dividida: Jesús lleva a cabo el pago inicial y ellos son los responsables del mantenimiento. Estas personas confían en que Jesús murió por ellos, pero piensan que después de nacer de nuevo tienen que hacer su parte y así alcanzarán la perfección para llegar al cielo. Sin embargo, el apóstol Pablo no compartía esta idea: «Por tanto, de la manera en que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él, arraigados y sobreedificados en él y confirmados en la fe, así como habéis sido enseñados» (Col. 2: 6, 7). Esa manera de recibir a Jesús, como bien destaca Pablo, nos asegura que somos santificados del mismo modo que hemos sido salvados: Dios efectuó la salvación, y el Espíritu de Dios llevará a cabo la transformación.

Nuestra parte consiste en mostrarnos dispuestos y cooperadores. ¿Ha aceptado usted a Jesús como su Salvador? Si la respuesta es sí, entonces usted es libre, sus pecados han sido lavados y ha nacido de nuevo. Ahora es libre de ser aquello para lo cual fue creado. Usted y yo fuimos creados a imagen de Dios, y ahora somos libres de reflejar esa imagen; éste es nuestro destino. ¿Qué aspecto tendrá la imagen de Dios? «El ideal que Dios tiene para sus hijos está por encima del alcance del más elevado pensamiento humano. La meta a alcanzar es la piedad, la semejanza a Dios».1 Este es el destino último de un pueblo de esperanza. ¡Permitamos que comience esa obra!

Referencias 1

Elena White, La educación, pág. 18.

Preguntas para reflexionar y compartir 1. ¿Es la santidad esencialmente negativa (es decir, que nos obliga a dejar de lado ciertas prácticas) o es positiva? 2. ¿Qué aspecto tendría una persona “santa” en el mundo actual? Sea específico. 3. ¿De qué manera se relaciona la santidad con la posibilidad de alcanzar el potencial dado por Dios?

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L E C T U R A S PA R A L A S E M A N A D E O R A C I Ó N JUEVES

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G. Edward Reid Director del Departamento de Mayordomía de la División Norteamericana, con sede en Silver Spring (Maryland, EE.UU.).

Un pueblo que ha entregado todo a Jesús ¿Cómo administremos las bendiciones de Dios?

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n las postrimerías del siglo XIX, los médicos todavía trataban a los pacientes con métodos no científicos. Se practicaban sangrías a quienes tenían fiebre, y a los que sufrían problemas pulmonares se les recomendaba fumar. Elena White escribió: «Conocí a una mujer cuyo médico le había aconsejado que fumara como remedio para el asma. Según las apariencias, ella había sido una ferviente cristiana durante muchos años, pero llegó a ser tan adicta al tabaco que cuando se la instó a renunciar a ese hábito, por malsano y contaminante, se negó terminantemente a hacerlo. Dijo: “Cuando se me presente claramente el asunto de que debo renunciar a mi pipa o perder el cielo, entonces diré: ‘Adiós, cielo; no puedo abandonar mi pipa’”. Esta mujer sólo estaba expresando con palabras lo que muchos dicen con sus actos».1

La importancia de rendirse El pueblo que espera en Dios se ha rendido a Jesús. ¿Qué significa esto? En el centro mismo de la historia de la salvación se ubica el tema del Gran Conflicto. Esto nos proporciona el marco más amplio. Desde el día en que Adán y Eva fueron expulsados del Edén, todos los actos de Dios se han concentrado en su plan de restaurar a la humanidad. A causa de su amor manifestado por nosotros, se nos anima a rendirnos a la sabiduría y la voluntad de Dios, rA Semana de Oración 2010 [209] · 17

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Rendidos como el barro El mensaje de los profetas es: “Obedece y serás bendecido o desobedece a Dios y sufrirás”. No se trata de cómo obtener la salvación sino de la calidad de vida. Si somos bastante lúcidos para captar esto, entenderemos que el estilo de vida de Dios obra principalmente para nuestro propio bien, y no sólo en beneficio de la obra de Dios o de su iglesia. La palabra “rendirse” no se utiliza con frecuencia en la Biblia, pero el concepto está ahí una y otra vez. Se nos dice que hemos de amar al Señor con todo nuestro corazón, mente y alma (ver Mat. 22: 37). La Biblia también usa la analogía del alfarero y la arcilla para ilustrar la rendición (ver Isa. 64: 8; Jer. 18: 4-6). Si queremos hacer algo bueno con nuestras vidas, debemos rendirnos al Alfarero divino.

El tesoro escondido Un sólo versículo, Mateo 13: 44, capta el corazón y el alma del discipulado: «El reino de los cielos es como un tesoro escondido en un campo. Cuando un hombre lo descubrió, lo volvió a esconder, y lleno de alegría fue y vendió todo lo que tenía y compró ese campo». En tiempos del Antiguo Testamento era común que los ricos escondieran sus tesoros en la tierra; los robos eran frecuentes. Además, siempre que ocurría un cambio en la esfera del poder se exigía que los ricos pagaran grandes sumas en impuestos. Los vecinos enemigos de Israel con frecuencia incursionaban en los campos, y se llevaban las cosechas y las riquezas. Pero, a menudo el lugar donde

Preguntas para reflexionar y compartir 1. ¿Qué significa rendirse a Jesús? 2. El hombre que encontró el tesoro escondido vendió todo que tenía, y aun así permaneció feliz. ¿Cómo pudo ser posible?

el tesoro había sido escondido era olvidado, o el dueño podía haber sido asesinado o hecho prisionero. Un trabajador común había arrendado la tierra de otra familia. Mientras araba con sus bueyes, desenterró algo. Puede usted imaginar al hombre deteniendo la yunta y arrodillándose para hurgar con sus manos. Y sigue escarbando, hasta que descubre que ha encontrado un gran tesoro. Su primer pensamiento es que el terrateniente probablemente no tiene idea de que ese tesoro esté allí. Ese tesoro no va a ser reclamado, y cualquiera que posea esa tierra lo hará suyo. El tesoro lo cautiva; se convierte en el objeto de sus sueños, y decide hacer algo. Va a comprar el campo sin importar el costo, y, de hecho, le cuesta todo lo que tiene. El hombre ha experimentado un cambio en sus esquemas. ¡Lo llamamos conversión! Su vida ha tomado una nueva perspectiva. Ahora tiene una visión diferente. Quizás algunos de sus parientes y sus amigos piensan que ha perdido la razón. Pero el hombre sabe lo que hace. El campo y el tesoro ¡le cuestan todo su dinero! Él no tiene nada más de lo que al principio poseía, pero lo que el campo le cuesta palidece en comparación con el valor de lo que ha obtenido: el mayor tesoro. El tesoro es Jesús y su plan de salvación. La inversión de nuestros tesoros terrenales en el Reino de Dios es un asunto de costo-beneficio. Por supuesto, hay un costo; pero las ventajas lo sobrepasan en mucho. Por lo tanto, no hay mayor gozo que el gozo de dar. La palabra clave en este versículo es “alegría”. «Lleno de alegría», el hombre vendió todo lo que tenía. Éste fue un hombre ¡poseído por el gozo! © 2009 JUPITERIMAGES CORPág.

cuando ponderamos la calidad de nuestra vida actual y la esperanza de vida eterna. La Biblia nos informa de que «Dios, en el principio, creó los cielos y la tierra» (Gén. 1: 1, NVI). «Por medio de él todas las cosas fueron creadas; sin él, nada de lo creado llegó a existir» (Juan 1: 3). Cuando entendemos que Dios es el Creador/Propietario de todo, entonces comprendemos de forma cabal nuestro papel como administradores de los recursos de su Reino. Así, mi objetivo como cristiano comprometido consiste en usar esos recursos que Dios me ha dado y negociar con ellos hasta que él venga, a fin de añadir ganancia a su Reino.

El propósito de Cristo al usar esta ilustración “es comunicar a nuestra mente el valor de las cosas espirituales. Para obtener el tesoro del mundo, ese hombre sacrificaría todo. Cuánto más deberíamos dar por el inestimable tesoro divino”.2

¿Es realmente un sacrificio? ¿Habrá algo tan valioso, tan digno, como para intercambiarlo por el cielo y la vida eterna? Se nos ha dicho que «Jesús no requiere del hombre ningún verdadero sacrificio, porque lo único que se nos pide que abandonemos son las cosas que nos harían mejor si no las tuviésemos».3 La rendición y el sacrificio no son misterios. Son un estilo de vida. He aquí un sencillo plan de acción: «Conságrate a Dios todas las mañanas; haz de esto tu primer trabajo. Sea tu oración: “Tómame ¡oh Señor! como enteramente tuyo. Pongo todos mis planes a tus pies. Úsame hoy en tu servicio. Mora conmigo y sea toda mi obra hecha en ti”. Este es un asunto diario. Cada mañana conságrate a Dios por ese día. Somete todos tus planes a él, para ponerlos en práctica o abandonarlos según te lo indicare su providencia».4 Aquéllos que por el poder de Jesús han sido amoldados para el cielo, tienen esperanza, y lo demuestran en la manera en que administran las muchas bendiciones que él constantemente les brinda. Su andar en la esperanza se caracteriza por el uso equilibrado de los dones que han recibido de Dios.

Referencias Elena White, La temperancia, pág. 56.

1

Elena White, A fin de conocerle, pág. 60.

2

Elena White, Consejos sobre mayordomía cristiana,

3

pág. 314. Elena White, El camino a Cristo, págs. 69, 70.

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VIERNES

L E C T U R A S PA R A L A S E M A N A D E O R A C I Ó N Douglas Jacobs Profesor de Homilética y Ministerios de la Iglesia en la Universidad Adventista del Sur, en Collegedale (Tennessee, EE.UU.).

Un pueblo llamado a perseverar

D

avid Horton sabe lo que es resistir. En 1991 corrió 3.505 kilómetros en la ruta de los Apalaches, en el Este de los Estados Unidos, en un periodo de 52 días. Horton recorrió 64 kilómetros al día, un ritmo que muchos de nosotros no podríamos mantener siquiera un día. Pero, incluso a Horton se le dificulta mantener su resistencia en tanto que envejece (de 60 años de edad). Recientemente tuvo que abandonar una carrera de 781 kilómetros cuando los brazos, las manos y los pies comenzaron a hinchársele. Aunque, probablemente, no podríamos igualar la marca de Horton, muchos de nosotros sabemos lo que significa perder la resistencia a medida que envejecemos. Pero la edad no es el único enemigo, ni la pista el único desafío a la resistencia. Sabemos lo difícil que es resistir hasta el final. Ya sea que estemos confeccionando un vestido, arando un campo, preparando un discurso o escribiendo un informe, al final nos vamos agotando. Se nos dificulta mantener el nivel de calidad y compromiso con el que comenzamos. Durante 147 años los adventistas del séptimo día hemos esperado el advenimiento de Cristo. ¿Cómo podemos man-

tener nuestro entusiasmo y el compromiso en la proclamación de la buena noticia de que Jesús viene otra vez? ¿Cómo podemos ser un pueblo perseverante? Una de las características del pueblo de Dios de los últimos días es que tiene la paciencia/perseverancia de los santos (Apoc. 14: 12). En sus jornadas, su fe será probada, pero al final prevalecerá. Hebreos 12: 1 nos recuerda que mientras corremos la carrera de la fe no estamos solos: «estamos rodeados de una multitud tan grande de testigos», hombres y mujeres cuya fe en las promesas de Dios puede inspirarnos hoy. Joy Chen proviene de una familia que aprecia la sabiduría. Su padre y su abuelo eran eruditos. Ella misma recibió una educación refinada y aquilatada. En el elogio durante el funeral de su hijo Tony, ella recordó cómo enseñó a sus hijos y sus nietos a valorar su herencia de cinco mil años de historia china. Quería que la historia de su familia inspirara a sus hijos a persistir en sus estudios y a transmitir sus valores y sus conocimientos a otros. En Hebreos 11, descubrimos que la historia de nuestra familia de la fe se extiende más de seis mil años atrás. Incluye no sólo a héroes como Abel, Enoc, Noé, Abrahán, Isaac, Jacob y Moisés, sino tam-

Adventist Review

Jesús es el Autor y Consumador de nuestra fe.

Durante 147 años hemos esperado el advenimiento de Cristo. ¿Cómo podemos mantener nuestro entusiasmo al continuar proclamando la buena noticia de que Jesús viene otra vez?

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bién a hombres y mujeres comunes como Rahab, Gedeón y Barac. Su ejemplo de fe perseverante nos inspira a correr «con perseverancia la carrera que tenemos por delante» (Heb. 12: 1). Pero ¿qué hicieron los héroes de nuestra familia de la fe para completar su carrera? ¿Cómo podemos nosotros completar nuestra carrera y convertirnos, junto con ellos, en un pueblo perseverante? Hebreos 12: 1 y 2 nos dice que la perseverancia cristiana es el producto de dos factores: abandonar y mirar. Para correr la carrera de la fe con perseverancia debemos: uno, abandonar los obstáculos y pecados, y dos, mirar a Jesús. «Por tanto, también nosotros, que estamos rodeados de una multitud tan grande de testigos, despojémonos del lastre que nos estorba, en especial del pecado que nos asedia, y corramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante. Fijemos la mirada en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe».1 Los corredores se despojan de la ropa excesiva, con el fin de reducir su peso corporal; se quitan aquello que podría impedirles ganar la carrera. Independientemente de lo que sea que nos sobrecarga espiritualmente, ya sea que nos parezca bueno o malo, debe ser desechado si hemos de completar nuestra carrera de fe. Nuestros antepasados en la fe tuvieron que abandonar los obstáculos y los pecados que les estorbaban. Noé nunca había visto llover cuando Dios le pidió que creyera en un diluvio universal. Abrahán dejó una de las ciudades más sofisticadas de su tiempo, Ur de los caldeos, y «salió sin saber a dónde iba» (Heb. 11: 8). Como faraón, Moisés podría haber sido adorado como un rey-dios, y disfrutado de riquezas y un poder sin igual para su tiempo; pero él «prefirió ser maltratado con el pueblo de Dios a disfrutar de los efímeros placeres del pecado. Consideró que el oprobio por causa del Mesías era una mayor riqueza que los tesoros de Egipto, porque tenía la mirada puesta en la recompensa» (Heb. 11: 25, 26). Moisés pudo dejar lo mejor que este mundo podría ofrecer porque miraba hacia adelante, a una mejor recompensa. La misma recompensa nos espera cuando contemplamos a Jesús: «Fijemos la mirada en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe, quien por el gozo que le esperaba,

soportó la cruz, menospreciando la vergüenza que ella significaba, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios» (Heb. 12: 2). Ésta es la clave para convertirnos en un pueblo perseverante. Los corredores saben del peligro de apartarse de su objetivo. Durante la carrera de cien metros lisos en los Juegos Olímpicos de 2008, el corredor Usain Bolt estuvo a punto de perder el récord mundial porque miró alrededor, en señal de triunfo, antes de cruzar la línea de meta. Sólo cuando nuestros ojos se fijan en Jesús, “las cosas terrenales se debilitarán”. Las nuevas investigaciones sobre el cerebro confirman que dejar atrás los obstáculos y contemplar a Jesús puede reformar físicamente nuestro cerebro. En 1998, los científicos descubrieron que el cerebro del adulto humano puede producir nuevas neuronas. El cerebro “fertiliza” las células que usamos y mata, o elimina, las células que no usamos. Según el doctor John J. Ratey, «lo que ahora sabemos es que el cerebro es flexible [...], es un órgano adaptable que puede ser moldeado por el ejercicio más o menos de la misma manera en que un músculo puede ser esculpido por el levantamiento de pesas. Mientras más se usa, más fuerte y más flexible se torna».2 Lo que pensamos y hacemos en cada dimensión de la vida está “esculpiendo” en nuestro cerebro la imagen de Jesús o cualquier otra imagen. Para perseverar en la carrera de la fe, necesitamos reforzar nuestra fijación en Jesús y debilitar nuestra atención en los pecados y los obstáculos que nos estorban. Pero, no pensemos que nuestras decisiones producen estos cambios. Hebreos nos recuerda que Jesús es el autor y el consumador de nuestra fe. Cuando dejamos los obstáculos y los pecados y contemplamos a Jesús, “cambiamos la compañía de cable”. Pedimos

a Jesús que sea nuestro proveedor desde el principio hasta el fin de nuestro viaje de fe. ¿Por qué es Jesús el autor y consumador de nuestra fe? Porque su vida perfecta constituye nuestro ejemplo. Su muerte en la cruz y su resurrección garantizan nuestra salvación; y porque él está sentado “a la mano derecha del trono de Dios” tiene todo el poder del universo para ayudarnos a concluir nuestra carrera. ¿Por qué hizo Jesús todo esto? Hebreos 12: 2 dice: «Por el gozo que le esperaba, soportó la cruz, menospreciando la vergüenza». Esa alegría era la dicha de verlo a usted y a mí en el cielo, con él. La agonía de Jesús en el huerto de los olivos, el dolor insoportable de la cruz, la angustia de la separación de su Padre, todo lo soportó porque visualizó el gran gozo de darnos la bienvenida a casa. Hebreos 12: 3 concluye: «Consideren a aquél que perseveró frente a tanta oposición por parte de los pecadores, para que no se cansen ni pierdan el ánimo». Fue su visión de Jesús lo que dio a Esteban la fortaleza para morir rogando por quienes lo apedreaban (Hech. 7: 55-60); y es nuestra visión de Jesús lo que nos fortalecerá a fin de correr con paciencia la carrera que se nos asignó. Ni siquiera la muerte puede impedirnos de completar nuestra carrera, pues Jesús nos prometió: «Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida» (Apoc. 2: 10).

Referencias 1

Los textos bíblicos han sido tomados de la Nueva Versión Internacional ©Copyright 2000. Usada con permiso. Todos los derechos reservados.

2

John J. Ratey, Spark: The Revolutionary New Science of Exercise and the Brain (La chispa: La nueva ciencia revolucionaria del ejercicio y el cerebro), Nueva York: Little, Brown and Company, 2008, págs. 35, 36.

Preguntas para reflexionar y compartir 1. ¿En qué maneras es la vida cristiana como correr una carrera? 2. ¿Cómo puede el sábado ayudarnos a desarrollar la perseverancia en la vida cristiana? 3. ¿Podrían aun las cosas buenas sobrecargarnos? ¿Cuáles podrían ser algunas de ellas?

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SEGUNDO SÁBADO

L E C T U R A S PA R A L A S E M A N A D E O R A C I Ó N Elena White (1827-1915) Uno de los pioneros de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Los adventistas creemos que ella ejerció el don profético durante más de setenta años de ministerio público.

“Aceptos en el amado” Una meditación sobre Efesios 1: 1 al 6.

«P

ablo, apóstol de Cristo Jesús por la voluntad de Dios, a los santos y fieles en Cristo Jesús que están en Éfeso: Que Dios nuestro Padre y el Señor Jesucristo les concedan gracia y paz» (Efe. 1: 1, 2).1 “Les concedan gracia”. Debemos todo a la gracia gratuita de Dios. La gracia es el pacto que ordenó nuestra adopción. La gracia en el Salvador realiza nuestra redención, nuestra regeneración, y nuestra exaltación a la herencia con Cristo. No porque nosotros lo amamos primero a él, es que Dios nos amó «cuando todavía éramos pecadores» (Rom. 5: 8), Cristo murió por nosotros, e hizo una completa y abundante provisión para nuestra redención.

Gracia para los indignos No habríamos aprendido el significado de la palabra “gracia”, si no hubiéramos caído. Dios ama a los ángeles inmaculados, que lo sirven y obedecen sus Mandamientos, pero a ellos no les concedió su gracia. Esos seres celestiales nada saben de su gracia; nunca la han necesitado porque nunca han pecado. La gracia es un atributo de Dios manifestado a los indignos seres humanos. Nosotros no la buscamos, sino que fue enviada a buscarnos a nosotros. Dios se regocija en conferirles su gracia a todos los que tienen hambre de ella, no porque sean dignos, sino porque son completamente indignos. Nuestra necesidad es el requisito que nos da la seguridad

de que recibiremos este don. “Paz, de Dios nuestro Padre, y de su Hijo Jesucristo”. Cada experiencia del hombre confirma la veracidad de las palabras de las Escrituras: «Los malvados son como el mar agitado, que no puede calmarse [...]. No hay paz para los malvados» (Isa. 57: 20, 21). El pecado ha destruido nuestra paz. Mientras el yo no sea subyugado, no podremos encontrar paz. No hay control humano para las pasiones dominantes del corazón. Estamos tan indefensos aquí como los discípulos en medio de la furiosa tormenta.

La gracia trae liberación El que pacificó las olas en Galilea ha hablado palabras de paz a cada alma. Aunque se hallen en medio de una furiosa tempestad, aquéllos que vuelven su rostro hacia Jesús clamando: “Señor, sálvanos”, hallarán liberación. Su gracia, la cual reconcilia el alma con Dios, aquieta las luchas de las pasiones humanas, y en su amor el corazón halla reposo. «Cambió la tempestad en suave brisa: se sosegaron las olas del mar. Ante esa calma se alegraron, y Dios los llevó al puerto anhelado» (Sal. 107: 29, 30). «Ya que hemos sido justificados mediante la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Rom. 5: 1). «El producto de la justicia será la paz; tranquilidad y seguridad perpetuas serán su fruto» (Isa. 32: 17). Quienquiera que consiente en renunciar al pecado, y abre su corazón al amor de Cristo, se hace partícipe de esta divina

paz. No hay ninguna otra clase de paz sino ésta. La gracia de Cristo, recibida en el corazón, somete la enemistad, disipa las contiendas y llena el alma de amor. El que está en paz con Dios y con sus prójimos no puede sentirse miserable. La envidia no anidará en su corazón; las malignas suspicacias no encontrarán lugar allí; el odio no podrá existir. El corazón que está en armonía con Dios es portador de la paz del cielo, y esparcirá en derredor su divina influencia. El espíritu de paz reposará sobre los corazones cargados y atribulados con las luchas mundanales.

La gracia trae paz Los seguidores de Cristo son enviados al mundo con un mensaje de paz. Quienquiera que por la serena e inconsciente influencia de una vida santa, revele el amor de Cristo, ya sea por medio de la palabra o de las obras, conduzca a otros a renunciar al pecado y a rendir su corazón a Dios, es un pacificador. Y «dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios» (Mat. 5: 9). El espíritu de paz es evidencia de su conexión con el cielo. El dulce sabor de Cristo los envuelve. La fragancia de su vida, la belleza de su carácter, revela al mundo el hecho de que son hijos de Dios. Los hombres se dan cuenta de que ellos han estado con Jesús. «Todo el que ama ha nacido de él y lo conoce» (1 Juan 4: 7). «Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios» (Rom. 8: 14). «Alabado sea Dios, ParA Semana de Oración 2010 [213] · 21

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dre de nuestro Señor Jesucristo», continúa el apóstol, «que nos ha bendecido en las regiones celestiales con toda bendición espiritual en Cristo» (Efe. 1: 3). ¿Qué podríamos pedir, que no esté incluido en esta misericordiosa y abundante provisión? Por medio de los méritos de Cristo somos bendecidos con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo. Es nuestro privilegio acudir a Dios, para respirar la atmósfera de su presencia. Si nos mantenemos en estrecha unión con las cosas comunes, vulgares y sensuales de esta tierra, Satanás interpondrá su sombra, para que fallemos en discernir las bendiciones de las promesas y certezas de Dios, y así fallemos en ser fortalecidos para lograr una elevada norma espiritual. Nada nos traerá paz, libertad, valor y poder, como permanecer cerca de la presencia de Dios.

Gracia para la santidad «Dios nos escogió en él antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin mancha delante de él. En amor [...]» (Efe. 1: 4). A menos que haya una ceguera voluntaria, esto no puede malinterpretarse. Vamos a ser santos y sin mancha delante de él en amor. La condición por la cual recibimos un incremento de su gracia es que la perfeccionemos sobre la luz que ya tenemos. Si la encontramos, debemos seguir buscándola continuamente; si la recibimos, debemos pedirla; si queremos que se abra la puerta, debemos llamar. «Desde el principio Dios los escogió para ser salvos, mediante la obra santificadora del Espíritu y la fe que tienen en la verdad» (2 Tes. 2: 13). En este texto se revelan las dos agencias en la salvación de los hombres: la influencia divina y la fuerte fe viviente de los seguidores de Cristo. Es por medio de la santificación del Espíritu y la creencia en la verdad, como nos convertimos en obreros juntamente con Dios. Dios aguarda la cooperación de su iglesia. Él no planea añadir un nuevo elemento de eficiencia a su Palabra; ha hecho su gran obra al dar su inspiración a la Palabra. La sangre de Jesús, el Espíritu Santo, la divina Palabra, son nuestros. Nosotros somos el objeto de todas estas provisiones del cielo, y depende de nosotros si vamos a descansar en las promesas que Dios nos

ha dado, y convertirnos en colaboradores juntamente con él. La santificación es la obra, no de un día o un año, sino de toda la vida. La lucha por la conquista del yo, por la santidad y el cielo, es una lucha de toda la vida. Sin esfuerzo continuo y constante actividad, no puede haber avances en la vida divina, ni la obtención de la corona de victoria. La santificación de Pablo fue el resultado de un conflicto constante consigo mismo. Él dijo: «Cada día muero» (1 Cor. 15: 31). Su voluntad y sus deseos contendían cada día con el deber y la voluntad de Dios. En lugar de seguir la inclinación, él hizo la voluntad de Dios, crucificando su propia naturaleza.

Dios nos guía a la santidad Dios guía a su pueblo paso a paso. La vida cristiana es una batalla y una marcha. En esta guerra no hay descanso; el esfuerzo debe ser continuo y perseverante. Es por el esfuerzo incesante como conservamos la victoria sobre las tentaciones de Satanás. La integridad cristiana debe ser buscada con irresistible energía y mantenida con propósito resuelto. Hay una ciencia del cristianismo que debe ser perfeccionada; una ciencia mucho más profunda, más amplia, más alta que cualquier ciencia humana, como los cielos son más altos que la tierra. La mente debe ser disciplinada, educada, entrenada, para que sirvamos a Dios en las formas que no armonicen con la inclinación natural. Hay tendencias al mal heredadas y cultivadas que deben ser vencidas. Nuestros corazones deben ser educados para convertirse a Dios. Hemos de formar hábitos de pensamiento que nos capacitarán para resistir la tentación. Los hijos de Dios sellarán su destino por una vida de esfuerzo santificado y de firme adherencia a la rectitud.

Preguntas para reflexionar y compartir 1. ¿Cuáles ideas de esta lectura lo impresionaron más? ¿Por qué? 2. En esta lectura, Elena White se refiere a la “ciencia del cristianismo”. ¿Qué quiso decir con estas palabras?

Aceptos en Cristo Dios «nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad» (Efe. 1: 5, 6). Las palabras dichas a Jesús a orillas del Jordán: «Este es mi Hijo amado; estoy muy complacido con él», abarcan a toda la humanidad. Dios habló a Jesús como a nuestro representante. No obstante todos nuestros pecados y debilidades, no somos desechados como inútiles. Él “nos hizo aceptos en el Amado”. La gloria que descansó sobre Jesús es una prenda del amor de Dios hacia nosotros. Nos habla del poder de la oración, de cómo la voz humana puede llegar al oído de Dios, y ser aceptadas nuestras peticiones en los atrios celestiales. Por el pecado, la tierra quedó separada del cielo y enajenada de su comunión; pero Jesús la ha relacionado otra vez con la esfera de gloria. Su amor rodeó al hombre, y alcanzó el cielo más elevado. La luz que cayó por los portales abiertos sobre la cabeza de nuestro Salvador, caerá sobre nosotros mientras oremos para pedir ayuda para resistir la tentación. La voz que habló a Jesús dice a toda alma creyente: «Este es mi Hijo amado; estoy muy complacido con él».

Con él, como él «Queridos hermanos, ahora somos hijos de Dios, pero todavía no se ha manifestado lo que habremos de ser. Sabemos, sin embargo, que cuando Cristo venga seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como él es» (1 Juan 3: 2). Nuestro Redentor ha abierto el camino, para que el más pecador, el más necesitado, el más oprimido y ofendido, pueda hallar acceso al Padre. Todos pueden tener una casa en las mansiones que Jesús fue a preparar. «Esto dice el Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de David, el que abre y nadie puede cerrar, el que cierra y nadie puede abrir [...]. Ya sé que tus fuerzas son pocas, pero has obedecido mi palabra y no has renegado de mi nombre» (Apoc. 3: 7, 8). (Este material fue originalmente publicado en Review and Herald, el 15 de octubre de 1908.) Referencias Los textos bíblicos han sido tomados de la Nueva

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Versión Internacional .

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Jean Kellner

Especialista en Desarrollo de ‘Adventist World Radio’, con sede en Silver Spring (Maryland, EE.UU.).

L E C T U R A S PA R A LO S N I Ñ O S

Niños con

Shutterstock

esperanza Viviendo como Dios desea mientras esperamos.

PRIMER SÁBADO

De vuelta a nuestro hogar Versículo para memorizar «En el hogar de mi Padre hay muchas viviendas; si no fuera así, ya se lo habría dicho a ustedes. Voy a prepararles un lugar. Y si me voy y se lo preparo, vendré para llevármelos conmigo. Así ustedes estarán donde yo esté» (Juan 14: 2, 3).

Preparación Ayude a los niños de mayor edad a encontrar Sudán y Uganda en un mapa o en un globo terráqueo. Los habitantes de estos países llevan tiempo viviendo bajo la amenaza de la guerra. Necesitan desesperadamente de algo que les dé esperanza. ¿Qué podría darte esperanza a ti, cuando llevas enfermo varios días? ¿Y cuando se te

pide que ordenes una habitación caótica? ¿Y cuando te has portado muy mal y están a punto de castigarte?

Historia Samuel se despertó con el sonido lejano de los disparos. Se apoyó sobre un codo, y entrecerró los ojos para ver qué estaba ocurriendo en su aldea. Justo cuando iba a gritar, su hermano Daniel colocó su mano sobre la boca de Samuel. –¡Shhhh! –le advirtió Daniel–. Y le hizo una señal para que se quedara agachado y lo siguiera. Al arrastrarse sobre el suelo húmedo, la mente de Samuel regresaba a los acontecimientos que habían ocurrido aquel mismo día. Algunos hombres de una aldea vecina del sur de Sudán habían huido a su aldea y contaban que habían sido atacados por soldados rebeldes, quienes habían dejado muchos muertos a su paso. –Huid rápido, antes de que ocurra aquí lo mismo –les advirtieron.

El padre de Samuel huiría con el resto de los hombres. Ellos distraerían a los soldados lejos de la aldea, de modo que las familias pudieran escapar sin peligro. –No hagáis ruido; permanezced unidos y junto a la hierba alta –indicó a la familia–. Dirigíos al campo de refugio de la frontera con Uganda. Mientras seguía a su madre y a su hermano mayor a través de la hierba alta, Samuel sentía tanto miedo que quería llorar. Sin embargo, no se atrevió a hacerlo. ¡Era un niño de nueve años, y no un bebé llorón! Además, su padre necesitaba que Daniel y él fueran fuertes, por su madre y su hermana. Para mantener su valentía, Samuel intentó recordar las últimas palabras de su padre: “Volveré y me encontraré con vosotros pronto. Y construiremos un nuevo hogar donde podamos vivir en paz”. Samuel sabía que para mantenerse a salvo debía confiar en su padre y seguir sus instrucciones. Pero, era la idea de tener un nuevo hogar junto a su padre lo que

* Todas las referencias en las lecturas para los niños se tomaron de la Nueva Versión Internacional, excepto cuando se indica lo contrario.

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contenía sus lágrimas y lo que le daba esperanza.

Lección Jesús y sus discípulos se habían hecho muy amigos. Los doce creían que Jesús era el Mesías prometido, que gobernaría a Israel y traería paz al mundo entero. Pero ahora, durante la fiesta de la Pascua, que debería haber sido una celebración, los discípulos estaban tristes y asustados. En lugar de estar planificando el restablecimiento del Reino de Dios, Jesús les habló de que las autoridades lo capturarían y lo llevarían a la muerte. ¡Aquello era horrible! Sin embargo, Jesús les estaba dejando una importante promesa. ¡Una promesa que también es para nosotros! Jesús aseguró: «En el hogar de mi Padre hay muchas viviendas; si no fuera así, ya se lo habría dicho a ustedes. Voy a prepararles un lugar. Y si me voy y se lo preparo, vendré para llevármelos conmigo. Así ustedes estarán donde yo esté» (Juan 14: 2, 3). Cuando empezamos a conocer a Jesús y a amarlo, no podemos evitar esperar su Venida. Tal vez, a veces nos impacientemos y nos preguntemos: “¿Por qué tarda tanto?”. Sin embargo, podéis estar seguros de que Jesús volverá a buscarnos. La promesa del regreso de Jesús es lo que llamamos “la bendita esperanza”.

Aplicación Nosotros, al igual que los discípulos de Jesús y que Samuel, el niño de nuestra historia, no tenemos hogar. Este mundo no es nuestro hogar; nuestro hogar está con Jesús. Él volverá para llevarnos, a nosotros y a nuestras familias, a su hogar en el cielo. Aunque vengan problemas, encontraremos alegría esperando el cielo. Jesús nos da esa esperanza.

Debate 1. Lee Juan 14: 1-3. ¿Qué dos cosas nos dice Jesús que debemos hacer para afrontar nuestros problemas y encontrar esperanza? 2. ¿Qué promesas nos hace Jesús en el versículo 3? 3. ¿Por qué decimos que la promesa de Jesús es que regresará y nos llevará con él, al cielo?

Actividad Coloque un mural en la pared y pida a los niños que expresen, a través de palabras y de dibujos, cómo se imaginan que será el regreso de Jesús para recoger a su pueblo y llevarlo con él.

DOMINGO

Cuando tu barca está a punto de hundirse Versículo para memorizar «Que el Dios de la esperanza los llene de toda alegría y paz a ustedes que creen en él, para que rebosen de esperanza por el poder del Espíritu Santo» (Rom. 15: 13).

Preparación Lean juntos el versículo para memorizar y canten canciones de alabanza. Pida a dos voluntarios que oren.

Historia Kelly y Justin estaban juntos en su cuarto de juegos, mientras la lluvia caía con fuerza sobre los laterales y el tejado de su casa. –No me gusta esta lluvia –dijo Justin–. ¡Lleva ya muchos días lloviendo! –Bueno –contestó Kelly–, tal vez ahora mismo alguien necesite la lluvia más de lo que nosotros necesitamos estar secos. –Aun así, no me gusta esta lluvia –repitió Justin–. Ya hemos tenido suficiente y durante demasiado tiempo. Destellos de luz iluminaban el cielo oscuro. Un tremendo ruido de trueno hizo que Scooter, el gato, saltara de miedo. Los gritos de miedo de Kelly y de Justin hicieron que su madre entrara corriendo en la habitación. –¿Por qué estáis asustados? –preguntó su madre–. Estáis a salvo dentro de esta casa. Además, vuestro padre y yo estamos aquí para protegeros. Kelly y Justin intentaron explicarle que estaban cansados de aquella lluvia. –No dejéis que la lluvia os arruine todo el día –los animó mamá–. ¿Recordáis aque-

lla vez que llovió durante nuestro viaje de campamento y nos metimos todos juntos dentro de la tienda y contamos historias, comimos palomitas de maíz y jugamos al Uno? ¿Por qué no montáis una tienda en vuestro cuarto de juegos? Yo haré palomitas. Vosotros pensad a qué vamos a jugar. Más tarde, mientras toda la familia disfrutaba unida, papá dirigió sus pensamientos hacia Jesús y sus íntimos amigos.

Lección A menudo, los discípulos veían a Jesús hacer milagros, y cuando les hablaba sobre el amor y el cuidado de nuestro Padre Celestial sus corazones rebosaban de alegría. A pesar de ello, al igual que ocurrió con Kelly y Justin, un día los discípulos se vieron en medio de una tormenta. Se encontraban en el mar de Galilea, tras un largo día en el que habían visto a Jesús sanar a los enfermos. Cansado, después de haber ayudado a la gente durante todo el día, Jesús sólo quería ir con sus discípulos a un lugar tranquilo. Les pidió que lo llevaran en su barca por el mar de Galilea; pronto, se quedó dormido. Pero, de repente, se desató una tormenta que asustó a aquellos hombres. El barco se estaba llenando de agua y estaba a punto de hundirse. Jesús habría dormido profundamente en aquella situación si no hubiera sido por sus gritos de terror: «¡Señor –gritaron–, sálvanos, que nos vamos a ahogar!» (Mat. 8: 25). Jesús no tenía miedo: «Hombres de poca fe» –les contestó–, «¿por qué tienen tanto miedo? Entonces se levantó y reprendió a los vientos y a las olas, y todo quedó completamente tranquilo» (vers. 26). Habían estado a salvo todo el tiempo, porque Jesús estaba allí. Hoy, si conocemos a Jesús, si lo invitamos a vivir en nosotros, también estaremos a salvo en él. Tener a Jesús a nuestro lado nos llena de felicidad y de paz, no importa cuán fuerte sea nuestra tormenta.

Aplicación Hay un sabio dicho que puede ayudarnos en nuestras situaciones tormentosas: «No le cuentes a Dios cuán grande es tu tormenta, dile a la tormenta cuán grande es tu Dios». Narrar historias sobre el poder de Dios y sobre cómo se preocupa por nosotros nos llena de valor. Pida a los

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niños que compartan un relato sobre algún momento en el que se sintieron asustados y Dios hizo desaparecer su miedo. Rompa el hielo contando una historia desde su propia experiencia.

Debate Reciten juntos Romanos 15: 13. ¿Cómo responde este versículo a las siguientes preguntas?: 1. ¿Por qué podemos sentirnos felices y en paz incluso cuando la tormenta nos asusta? 2. ¿Por qué no deberían haber sentido miedo los discípulos durante la tormenta? 3. ¿Qué recordarás cuando sientas temor o estés triste?

Actividad Pida a los niños que dibujen marcadores de libro con el versículo para memorizar. Dígales que lo conserven, como recordatorio de la alegría y la paz que tienen en Cristo.

LUNES

Confiar en las promesas de Dios Versículo para memorizar «De hecho, todo lo que se escribió en el pasado se escribió para enseñarnos, a fin de que, alentados por las Escrituras, perseveremos en mantener nuestra esperanza» (Rom. 15: 4).

Preparación

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Pida a los alumnos que nombren a personas que conozcan en las que pueden confiar. Elabore una lista de no más de cinco personas. Por ejemplo: profesores, padres, un policía, etcétera. Lea de uno en uno los nombres de la lista, de modo que

los niños puedan votar a aquella persona en la que más confían.

Historia Era sábado por la noche, en casa de los García. Mamá había invitado a todo el Club de Exploradores. Después de cenar, todos los niños debían ir a la habitación contigua, con el papá. –¡Escuchad! –les dijo–. Cuando llamen a la puerta, uno de vosotros debe ir a abrir montado en un avión muy especial. Tras una corta espera, los niños oyeron a alguien que llamaba a la puerta, pero ninguno quería ser el primero en ir. Finalmente, Silvia García se decidió a hacerlo. –Esta tabla que hay en el suelo será tu avión –le explicó mamá–. Súbete a ella y prepárate. Mientras Silvia se subía sobre la tabla, su madre le cubrió los ojos con un pañuelo. De repente, Silvia notó que se tambaleaba. –No te preocupes –le dijo su padre–. Pon la mano sobre mi cabeza. ¿Estás lista? Cuando percibió a su padre cerca de ella, Silvia asintió. Lentamente sintió cómo se elevaba sobre el suelo. La tabla se tambaleaba un poco bajo sus pies y estaba perdiendo el contacto con su padre. “Debo estar muy alto”, pensó. –Ten cuidado con el techo –le dijo su madre. La cabeza de Silvia chocó contra algo duro en el momento en que su madre le gritó: –¡Salta!, Silvia, ¡Salta!, yo te sostendré. Silvia se quedó inmóvil. El techo estaba demasiado alto como para saltar desde allí. –Confía en mí –gritó su padre–: puedes saltar. Tras una larga pausa Silvia saltó, y al instante se encontró de pie en el suelo. Apenas había estado a treinta centímetros del suelo. Sus padres le habían hecho sentir que estaba mucho más alto al hacer tam-

balear la tabla, cuando su padre agachó la cabeza y cuando la señora García colocó un libro por encima de la cabeza de Silvia. Al resto de los niños les costó saltar menos que a Silvia. Más tarde, pensando en el juego del “avión”, todo el mundo estuvo de acuerdo: confiar en alguien es difícil. Sin embargo, Silvia pensó que a ella no le había resultado tan difícil porque sabía que podía confiar en sus padres.

Lección Imagina por un momento que eres Sadrac, Mesac o Abed-nego (Dan. 3). Ellos estuvieron cautivos en un país extranjero, eran esclavos del rey de ese país y, por tanto, estaban sometidos a sus leyes. Pero, cuando ese rey decidió construir una imagen de oro de sí mismo para que todos sus súbditos se inclinasen a adorarla, estos tres jóvenes hebreos supieron que no podrían hacerlo. También sabían que, si no lo hacían y eran descubiertos, se meterían en problemas graves. Aun así, decidieron confiar en Dios. Así que respondieron al rey: «Si se nos arroja al horno en llamas, el Dios al que servimos puede librarnos del horno y de las manos de Su Majestad. Pero aun si nuestro Dios no lo hace así, sepa usted que no honraremos a sus dioses ni adoraremos a su estatua» (Dan. 3: 17, 18). Mientras alimentaban las llamas del horno para quemarlos, todo cuanto podían hacer era confiar en las promesas de que Dios los salvaría. Era todo cuanto tenían para continuar. ¡Y era más que suficiente: Dios los salvó!

Aplicación El Antiguo Testamento está cargado de promesas, que estos tres amigos conocían y en las que confiaban. Hagamos un ejercicio de espadas y encontremos algunas de ellas. [Los niños deben unirse en parejas, los que sepan leer con los que no. A su señal: “¡Sacad vuestras espadas!”, los alumnos levantarán sus biblias y esperarán a que dé una referencia bíblica de la lista que consta a continuación. El primer niño que encuentre el versículo se levantará y lo leerá en alto. Repita lo mismo hasta que se hayan leído todos los textos.] 1 Sam. 14: 6 (ú.pág.); Sal. 71: 5; Sal. 118: 6, 7; Prov. 3: 26; Jer. 17: 7). rA Semana de Oración 2010 [217] · 25

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Debate 1. Lee Romanos 15: 4. ¿Estás de acuerdo con este texto, después de haber leído los textos del ejercicio con las espadas? 2. ¿Qué texto del ejercicio con las espadas te da esperanza?

Una última palabra William Booth, fundador del Ejército de Salvación, comenzó este movimiento cristiano con la intención de llevar esperanza a los más necesitados de Londres. Comenzó su misión sin dinero y sin ninguna expectativa de éxito. La gente para la que trabajaba era la más pobre de entre los pobres. Dios bendijo su misión, que hoy en día se conoce en todo el mundo. En su lecho de muerte, William Booth dejó un mensaje que nos da esperanza: «Las promesas de Dios son verdaderas [...] Son verdaderas, únicamente si uno las cree». Sí, podemos confiar verdaderamente en las promesas de Dios.

MARTES

Guiados por el Espíritu Santo Versículo para memorizar «Cuando venga el Espíritu Santo sobre ustedes, recibirán poder y serán mis testigos tanto en Jerusalén como en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hech. 1: 8).

Preparación La Biblia nos dice que una vez que somos salvos, Dios nos da el poder de compartir su amor con los demás. Hagamos una lista de todas las formas en las que podemos hablar a los demás sobre el amor de Jesús y su pronto regreso.

Historia Mariana, una niña de cuatro años, entró en el estudio de radio con sus padres después de comer. Cuando entraron, su mamá se agachó para recoger las cartas que habían echado por la rendija de la puerta y se acumulaban en el suelo. Mientras su madre revisaba el correo, dijo:

–Mira, Mariana, todo el correo de hoy es para ti. –¿De verdad? ¿Quién me ha escrito? – preguntó Mariana. Cuando Mariana tenía apenas tres años, se convirtió en la locutora de radio más joven de la Radio Mundial Adventista. Mariana y sus padres difundían el evangelio por radio al pueblo venezolano, en español. –Mamá, léeme las cartas –le pidió Mariana a su mamá. –Ésta es de una guardería de aquí, de Puerto Ordaz –dijo su madre–. Dicen que todos los días escuchan “La hora de los niños”. La profesora dice: “Nos encanta escucharlos cuando hablan sobre el amor de Jesús. Los niños lo esperan cada día”. –¿Lo ves, Mariana? –dijo su padre–. El Espíritu Santo puede utilizarte, tengas la edad que tengas.

Lección ¿Sabíais que no es necesario ser adulto para compartir el amor de Dios con los demás? ¿Recuerdáis la historia de Samuel (1 Sam. 3)? Él era un gran profeta del Señor. Samuel no esperó a hacerse mayor para servir al Dios. Trabajó en el Templo cuando era niño. ¡Y estaba durmiendo en el Templo cuando, una noche, Dios lo llamó! ¿Alguna vez habéis oído la historia de Naamán? Era un gran soldado de un ejército que luchó contra Israel. Pero se enfermó de lepra, que es una enfermedad horrible que te obliga a vivir solo, lejos de todo el mundo. Una vez que su ejército luchó contra Israel, se llevó cautiva a una joven, que se convirtió en sierva de la esposa de Naamán. No sabemos el nombre de aquella jovencita, pero cuando supo lo enfermo que estaba Naamán, le aconsejó a su esposa que si visitaba al profeta Eliseo él oraría a Dios para que lo sanara. Naamán viajó a Israel para encontrarse con Eliseo. Gracias a que escuchó a la joven sirvienta y obedeció las instrucciones del profeta, ¡Dios lo sanó!

Aplicación Ayudar a los demás a que conozcan el amor de Dios no significa únicamente que debamos ser capaces de hablar en la radio. Una pequeña niña llamada Donna llevaba su Biblia infantil al hospital en que trabaja-

ba su papá. Después del colegio, iba de silla en silla de la galería, contando historias de la Biblia a los mayores y compartiendo con ellos el amor de Dios. Y él habló a sus corazones por medio de Donna.

Debate

1. ¿Podéis nombrar a tres personas que os hayan ayudado a conocer más a Dios? ¿Cómo lo hicieron? 2. ¿Podéis pensar en alguien que conozcáis que necesite saber más de Dios? ¿Cómo podéis ayudarlo? 3. Leed Hechos 1: 8. ¿Qué significa ser testigos? ¿A quién debemos orar, para pedir ayuda antes de hablar a otras personas sobre Dios?

Actividad Piensa en alguien de tu iglesia que esté enfermo o que viva solo. Pida a los niños que confeccionen tarjetas para dar ánimo a esa persona. Después, considere si pueden repartir esas tarjetas juntos o enviarlas por correo.

MIÉRCOLES

Elegidos por Dios Versículo para memorizar «¿No deberían vivir ustedes como Dios manda, siguiendo una conducta intachable?» (2 Ped. 3: 11).

Preparación Señale Vietnam en un mapa o en un globo terráqueo. Que los niños sepan que, a lo largo y a lo ancho del mundo, Dios tiene hijos que quieren agradarlo y desean estar listos para el regreso de Cristo.

Historia Nho era un muchacho de doce años que vivía en la ciudad de Ho Chi Minh. Sus padres y él eran cristianos. Si bien Vietnam no es un país cristiano, Nho aprendió acerca del amor de Jesús desde pequeño. Pronto, aceptó a Jesús como su Salvador. Nho estaba ansioso de aprender todo lo posible sobre de la Palabra de Dios, y realmente quería agradar a Dios. Cierto día, mientras Nho jugaba con la radio de onda corta de la familia, encontró

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Lección

por casualidad una estación de radio que jamás había escuchado antes. La radio analizaba detenidamente textos de la Biblia y explicaba verdades que enseñaba ese libro. Nho se sintió intrigado, por lo que comenzó a escuchar esa emisora con regularidad. Él pensó que había sido un muy buen estudiante de la Palabra de Dios; le gustaba completar sus lecciones dominicales, buscar los versículos de la Biblia y memorizarlos. Un día, el programa bíblico de la radio habló de algo que él jamás había escuchado antes. Después de que terminó el programa, No se dirigió a la cocina, donde su madre estaba trabajando. –Mamá –dijo–. ¿Has escuchado que Dios quiere que guardemos el séptimo día, el sábado, y no el domingo, que es el primer día de la semana? –No, jamás escuché eso –le respondió su madre–. Pero ¿por qué te preocupas por un día? Somos salvos por lo que Jesús hizo por nosotros, no por lo que hagamos. Si el día de adoración fuera importante para Jesús, entonces, por supuesto, tendríamos que prestarle atención. Lo amamos y queremos agradarlo. Pero recuerda, hijo, que no somos salvos por las obras religiosas que hagamos. ¡Jesús nos salva! Eso es lo que hace que un cristiano sea diferente de un budista o de un hindú, o de cualquiera de las demás religiones. –Sí, pero, cuando aprendemos más sobre la voluntad divina, ¿no deberíamos, acaso, seguirla? –preguntó Nho–. Y ¿por

Cuando Jesús estuvo en esta tierra, quiso mucho a los niñitos. Muchos de los dirigentes religiosos de esa época no tenían tiempo para ellos. Por eso, cuando las madres llevaron a sus hijitos hasta Jesús, los discípulos trataron de alejarlas para que no molestaran más al Maestro. Pero, cuando Jesús se dió cuenta, dijo a sus discípulos: «Dejen que los niños vengan a mí, y no se lo impidan, porque el reino de Dios es de quienes son como ellos. Les aseguro que el que no reciba el reino de Dios como un niño, de ninguna manera entrará en él» (Mar. 10: 14, 15). Entonces, un joven rico, al ver esto, cayó a los pies de Jesús y le preguntó qué podía hacer para alcanzar la vida eterna. Jesús le indicó que guardara los Mandamientos; pero el joven le dijo que lo había estado haciendo desde que era muchacho. Jesús sabía que esto era verdad, y sintió compasión de él. No obstante, Jesús le dijo: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo. Luego ven, y sígueme» (Mat. 19: 21).

Aplicación Nho no era adventista cuando comenzó a escuchar la Radio Mundial Adventista; aún no guardaba el sábado. Pero, estaba viviendo una vida santa porque había aceptado que Jesús ocupara el primer lugar en su vida. Era un hijo de Dios, y estaba tratando de seguir los caminos del Señor. Dios escoge a personas como éstas como parte de su pueblo. Eso es lo que significa, precisamente, ser santo.

Debate 1. ¿Qué es lo que tienen los niñitos que llevó a Jesús a afirmar que el Reino de los cielos pertenece a personas que son como ellos? (Ellos lo aman y confían en él). 2. Jesús dijo que sólo Dios es bueno. Entonces, ¿cómo podemos tú y yo también ser “buenos”? (Cuando somos escogidos por Dios como seres especiales, su bondad nos cubre). 3. ¿Es suficiente obedecer los Mandamientos de Dios? ¿Por qué no? ¿Qué otras cosas son importantes para Dios?

Actividad Haga un gran dibujo de un árbol, pero omita las hojas y las flores. Recorte hojas y flores en forma separada, y distribúyalas entre los niños, junto con algunos marcadores. Indiqueles que en cada hoja o flor hagan una lista en la que figure una de las características de la santidad. Entonces, pídales que vayan al árbol y agreguen las hojas o las flores a las ramas. Cuando todas las hojas y las flores hayan sido añadidas al árbol, explique que el árbol representa a Jesús, que es quien nos hace santos. Sin el árbol, ni las ramas, ni las hojas ni las flores existen. Jesús es como el árbol, que nos alimenta si permanecemos aferrados de él.

JUEVES

Entrega total a Jesús Versículo para memorizar «Lleven una vida de amor, así como Cristo nos amó y se entregó por nosotros como ofrenda y sacrificio fragante para Dios» (Efe. 5: 2).

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qué jamás escuchamos hablar de esto en nuestra iglesia? –No sé, Nho –dijo la mamá–. ¿Por qué no miramos los versículos bíblicos que el maestro de la radio mencionó para apoyar su enseñanza sobre el sábado? Podemos orar y pedir a Dios que nos muestre qué hacer.

Preparación Pregunte a los niños si tienen algunas monedas, o inclusive sus zapatos y medias, que quieran entregárselos en ese mismo instante. Hágales saber que ésta no es una entrega temporal, sino que es para siempre. ¿Quién acepta el pedido? Puede resultar fácil entregar algo, siempre y cuando no signifique demasiado para nosotros. rA Semana de Oración 2010 [219] · 27

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Pero, entregar un objeto favorito se hace mucho más difícil.

Historia Carmen era una jovencita que tenía un cabello largo y hermoso. Todas las demás niñas de la escuela lo admiraban. Varias habían dicho que les gustaría tener un cabello como el de ella. Cierto día, sin embargo, Carmen tuvo que tomar una decisión. ¿Seguiría con ese cabello largo, o se lo cortaría y lo donaría para ayudar a otra niñita? Amber, una de las amigas de Carmen, estaba muy enferma y había perdido muchos días de clase. Carmen preguntó a su maestra, la señorita Pérez, qué sabía de Amber. –Ayer hablé con su mamá –explicó la señorita Pérez–, y me dijo que va a seguir dándole clases a su hija en la casa, porque Amber está muy enferma en este momento como para regresar a la escuela. –¿Qué le pasa? –quisieron saber los estudiantes. Lo que pasaba es que Amber tenía un linfoma, que es un tipo de cáncer. Los médicos creían que Amber podría recuperarse por completo; pero los medicamentos que estaba tomando la hacían sentir demasiado débil como para volver a la escuela. Además, Amber estaba muy sensible, porque esos medicamentos le estaban produciendo la caída del cabello. –Si le preocupa eso, podría ponerse una peluca, ¿no es así? –preguntó unos de los muchachos. Esto los llevó a discutir qué difícil sería encontrar una peluca del tamaño exacto para una niña como Amber. Carmen sabía que con su cabello sería posible hacerle una buena peluca. Todo lo que tenía que hacer era ir a cortarse el cabello, y entonces su larga y hermosa melena podría ser utilizada para ayudar a su amiguita. Era una decisión muy difícil. Pero Carmen decidió seguir adelante con el plan porque sabía que las personas que aman a Jesús son personas dispuestas a entregarle todo a él. Hasta deciden entregarse a sí mismos, para que Dios los use para ayudar a otros.

Lección Cierto día, mientras Jesús estaba enseñando a las multitudes, comenzó a ex-

plicar cuán difícil era entrar en el Reino de Dios. En efecto, dijo, es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de los cielos. Esto fue una gran sorpresa para los discípulos, porque todos sabían bien que los ricos podían conseguir cualquier cosa que quisieran. Por ello, comenzaron a preguntarse unos a otros: “¿Quién podrá, entonces, entrar en el cielo?” Jesús les contestó que para un ser humano es imposible, pero que todas las cosas son posibles para Dios. Esto molestó a Pedro, que contestó apresuradamente: “¡Pero nosotros lo hemos dejado todo para seguirte!” Jesús dejó en claro a Pedro que Dios valoraba el sacrificio que ellos habían hecho. Le explicó que, en el Reino de los cielos, los doce apóstoles tendrían un lugar privilegiado. Y todas las personas -entre ellas, tú y yo- que hayan entregado todo al Maestro, en el cielo recibirán cien veces más de lo que tenían y, además de ello, la vida eterna.

Aplicación En ocasiones, como cristianos se nos pide que hagamos mucho más que tan sólo cortarnos el cabello. Jesús nos pide que nos entreguemos por completo a él y que le confiemos nuestra vida. Las personas que se entregan por completo a Jesús no lo lamentan, porque Jesús les da mucho más a cambio. Tenemos la esperanza de vivir para siempre en el lugar más maravilloso que alguna vez podríamos imaginar.

Debate 1. ¿En qué consistió la entrega de Jesús por nosotros? (Fil. 2: 5-11) 2. ¿Qué tienes que podrías entregar a Dios, para que se transforme en una bendición para los que te rodean y para dar gloria a su nombre? (Aquí deberían mencionar los talentos y otros recursos que tengan, como, por ejemplo, el espíritu alegre, su tiempo, etc.). 3. ¿Qué otra cosa te podría pedir hoy Dios que le entregues?

Actividad Pida a los niños que formen parejas y que se coloquen uno detrás del otro (el más alto atrás, y los dos mirando hacia el frente). Una vez que estén todos en esa

posición, explique que el niño que está adelante tiene que dar un paso pequeño hacia adelante, quedarse inmóvil, y entonces dejarse caer cuando usted diga: “¿Preparados para tirarse? ¡Ya!” El niño que está atrás tiene que extender sus brazos y tomar al niño que tiene delante. Después de esta actividad, pida a los niños que comenten cómo se sintieron al realizar este ejercicio. Señale que es más fácil entregarnos cuando conocemos a la otra persona. Es por ello que es importante leer la Biblia y orar todos los días. Esto nos ayuda a que nuestra entrega completa a Jesús sea constante.

VIERNES

Sigamos avanzando Versículo para memorizar «Al que soporta las dificultades Dios lo bendice. Porque cuando las supera, Dios le da el premio y el honor más grande que puede recibir: la vida eterna, que ha prometido a quienes lo aman» (Sant. 1: 12, BLS).*

Preparación Pregunte a los niños si saben qué significa soportar, es decir, seguir adelante aun cuando el camino se pone difícil. ¿Qué es lo que han tenido que soportar en alguna visita al médico? ¿O en una competició deportiva? ¿O en la iglesia?

Historia –¿Cómo vamos a hacer para terminar todo esto? –preguntó Jaime a Graciela, al mirar el manto de hojas secas que cubría el jardín de su casa–. La semana pasada juntamos todas las hojas, pero ahora el jardín se ha llenado nuevamente de hojas, y aun hay más que antes. –Bueno –replicó Graciela–, alguien tiene que encargarse de mantener limpio el jardín. Jaime suspiró. Su hermana tenía razón. ¡Pero esto implicaba tanto trabajo!: rastrillar las hojas hasta amontonarlas en pilas y, después, juntarlas en bolsas. Jaime hubiese preferido estar jugando al fútbol con sus amigos. –Si tan sólo tuviera superpoderes –suspiró.

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–Bueno, pero no los tienes –replicó Graciela–. Pero lo que sí tienes es un rastrillo. Así que, ¡comienza a usarlo! ¡Y continúa hasta que termines el trabajo!

Lección Cuando Jesús regresó al cielo para estar con su Padre, sabía bien que Satanás trataría de deshacer su obra en la tierra. Sabía, también, que sus seguidores tendrían necesidad de contar con la ayuda de Dios para enfrentar con éxito a Satanás, que anda por la tierra como león rugiente, buscando devorarnos. Leamos Efesios 6: 13-18 y veamos qué nos dice el apóstol Pablo sobre qué podemos hacer para mantenernos firmes frente a los ataques de Satanás. Notemos que no tenemos que salir a enfrentarlo y atacarlo con nuestras propias fuerzas; tenemos que, por el contrario, colocarnos la armadura de Dios y permanecer firmes. Y, de paso, ¿cómo podemos hacer para permanecer firmes? La Roca es Cristo Jesús. ¿Por qué la Roca nos da confianza? Porque, en la cruz, Jesús ya ganó la batalla contra Satanás. Y Jesús está de nuestro lado. ¿Qué armadura puede sernos de ayuda para permanecer firmes? El cinturón de la verdad, la coraza de justicia y el calzado, que es la disposición de proclamar el evangelio de paz. ¿Qué otras cosas se mencionan en los versículos 16 y 17 como parte de esa armadura? Y una vez que nos colocamos esa armadura, observemos lo que nos dice el versículo 18 que tenemos que hacer a continuación: orar, y perseverar en la oración.

Aplicación

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Rastrillar un jardín lleno de hojas secas podría parecer fácil, en comparación con la tarea de permanecer firmes ante Satanás. Al menos el trabajo de jardín tiene un fin, se acaba, pero la batalla en contra de Satanás

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seguirá existiendo hasta que Cristo regrese a buscarnos. Pero esto también tiene su lado positivo: no tenemos por qué luchar solos: Jesús está siempre a nuestro lado. Y Santiago 1: 12 (BLS) nos asegura: «Al que soporta las dificultades Dios lo bendice. Porque cuando las supera, Dios le da el premio y el honor más grande que puede recibir: la vida eterna, que ha prometido a quienes lo aman».

Debate 1. ¿Qué es lo que tenemos que hacer para permanecer firmes? 2. ¿Qué partes de la armadura de Dios usamos? 3. ¿Por qué tenemos la seguridad del triunfo?

Actividad Pida a los niños que dibujen un escudo gigante en una hoja de papel. Dentro del escudo, pídales que escriban el versículo para memorizar. Pueden colgar este escudo en su habitación, como un recordatorio de que Jesús los ayudará a permanecer firmes y a seguir adelante hasta alcanzar la victoria.

SEGUNDO SÁBADO

La persona favorita de Dios Versículo para memorizar «Pero Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom. 5: 8).

Preparación Hace algunos años, falleció una ancianita a la que todos querían mucho. Toda la familia de la iglesia se hiz o presente

en su funeral. Como la anciana siempre había asistido sola a la iglesia, los miembros pensaban que no tenía familia. Pero, en el funeral, se quedaron sumamente sorprendidos al descubrir que tenía varios nietos. Cada uno de ellos tuvo la oportunidad de expresar qué es lo que más les había gustado de su abuela. Esta anciana había demostrado tanto amor por cada uno de sus nietos, en forma individual, que cada uno de ellos pensaba que había sido el favorito de la abuela.

Historia Mateo y Esteban estaban en problemas, y su situación parecía no tener solución. Mientras estaban jugando, Mateo le pegó a la pelota de béisbol con el bate, de tal manera que aquélla salió despedida del jardín de su casa y rompió el vidrio de la ventana del señor Fuentes. “¡Ay!”, dijeron ambos muchachitos al unísono. Su primer impulso fue salir corriendo antes de que el señor Fuentes saliera a ver qué había pasado. Pero era la pelota de Esteban, y ésta había caído en la sala de su vecino. ¡Él quería recuperarla! Además, no tenían adónde escapar, porque el señor Fuentes era el único que vivía al lado de su casa. Y sabía que tenían que ser buenos vecinos. –Voy a ir a hablar con el señor Fuentes –resolvió valientemente Mateo. –Te acompaño –dijo Esteban. No fue fácil tocar el timbre y esperar a que el vecino fuera a atender. ¿Qué le dirían? Después de unos minutos, la señora Fuentes abrió la puerta. Ella había estado trabajando en el jardín del fondo de la casa, y no sabía lo que había sucedido. Fue sorprendente que permaneciera muy tranquila mientras los muchachitos le pedían disculpas por haber roto el vidrio de la ventana. –Es muy valiente de vuestra parte admitir que habéis hecho algo malo –dijo la señor º a Fuentes–. ¿Por qué no pasáis un minuto? Pronto, los muchachitos estuvieron en la cocina con la señora Fuentes, disfrutando de las galletas caseras hechas por la dueña de la casa y de un vaso de leche. –Sentimos mucho haber roto ese vidrio –se disculpó Esteban por tercera vez–. Por favor, perdónenos. rA Semana de Oración 2010 [221] · 29

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Lección En cierta ocasión, Jesús narró una historia sobre un hijo que estaba disgustado con su padre (Luc. 15: 11-32). No quería una vida de pesados trabajos y responsabilidades en la granja; lo único que quería era huir de ahí. No podía esperar a recibir la herencia que le correspondería una vez que su padre muriera, tal cual era la costumbre: él quería su parte de la herencia ya, para salir y disfrutarla con sus amigos. El padre sabía que no tenía por qué darle a su hijo ni siquiera un centimo, pero de todas maneras le dio lo que pedía. Así es que el hijo salió de viaje y comenzó a participar en fiestas, donde gastó todo el dinero que tenía. Pero, 30 · [222] rA Semana de Oración 2010

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entonces llegaron algunos años de sequía, que fueron seguidos por una gran hambruna. Los tiempos eran realmente difíciles. Los costos de los alimentos eran elevados, y el hijo insensato se quedó pronto sin dinero. Para comer, este muchacho judío tuvo que ponerse a cuidar cerdos. Tenía tanta hambre que estaba listo para comer los desperdicios que comían los cerdos. Fue entonces cuando entró en razón. Recordó que en la granja de su padre aun los sirvientes más humildes disfrutaban de buena comida. Y entonces tomó la decisión de regresar a su hogar, y de pedir perdón a su padre por lo que había hecho. Sabía que ya no merecía seguir siendo su hijo. Pero tenía la esperanza de que su padre lo contratara como siervo. Mientras el muchacho estaba aún lejos, por el camino, su padre lo vio llegar ¡y salió corriendo a recibirlo! El padre no aceptó de ninguna manera que su hijo pasara a ser su siervo; lo recibió una vez más como hijo. Lo llenó de amor y lo restauró como heredero, aunque no lo merecía. Ese es el significado de la gracia: Dios nos está dando lo que en realidad no nos merecemos. Dios nos ama como si cada uno de nosotros fuese su persona favorita. Dios jamás nos recuerda cuáles son nuestros pecados, sino que nos envuelve y nos cubre con sus

brazos de amor. ¡Eso es lo que hace la gracia!

Aplicación ¿Estarías dispuesto a morir en lugar de un pariente enfermo? Muy pocas personas estarían dispuestas a hacerlo. Pero, mientras éramos aún pecadores y ni siquiera conocíamos a Dios, Jesús murió por nosotros. Lo hizo porque cada uno de nosotros es su persona favorita. Él no quiere que suframos la muerte eterna por causa de nuestros pecados. Ahora, porque él murió en la cruz y regresó a la vida tenemos el perdón y la vida eterna, con él. ¡Eso es lo que significa la gracia! Somos un pueblo de gracia, que aguarda el regreso de Jesús.

Debate 1. Si pecamos, ¿qué pasos podemos dar para estar nuevamente bien con Dios? 2. ¿Qué es la gracia? La gracia es la obra de Dios que... (¿qué es lo que hace Dios?) 3. Enumera tres maneras en las que Dios te ha mostrado su gracia esta semana (menciona tres bendiciones inmerecidas).

Actividad Ayude a que los niños escriban notas, a las personas mayores de su iglesia, que les recuerden la importancia de la gracia divina. Las notas podrían incluir el versículo de Romanos 5: 8. Recoja las notas, y compártalas con toda la iglesia, por medio del boletín de iglesia, o léalas desde el frente. ____________ * BLS: La Biblia en Lenguaje Sencillo.

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–No os preocupéis –dijo la señora Fuentes–. Estábamos por reemplazar esa vieja ventana de la sala. Pero sería bueno, muchachitos, que encontréis otro lugar para jugar, ¿no os parece? ¡Oh!, y aquí tenéis la pelota. Ese día, la señora Fuentes brindó una demostración de lo que significa la gracia, y los dos muchachitos, que pasaron a ser sus vecinos favoritos, jamás se olvidaron de ese día.

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