Número 2 Edición Bimestral: Sept.-Oct.2015 Cholula,Puebla.

“En la diáspora”
microficción • cuento • narrativavisual • poesía • ensayo
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Número 2 Edición Bimestral: Sept.-Oct.2015 Cholula,Puebla.

“En la diáspora”
microficción • cuento • narrativavisual • poesía • ensayo
Textos
Literiarios convoca a: escritores, artistas visuales & fotografos.

FECHA LÍMITE
Domingo 15 noviembre 2015.
BASES
Podrán participar artistas de habla española. El autor podrá participar con una obra en cada una de las siguientes categorías:
• Cuento 2-6 cuartillas
• Micro-ficción 1 cuartilla
• Poesía 1-3 cuartillas
• Ensayo 3-7 cuartillas
• Apoyos iconográficos como narrativa visual, fotografía e ilustración (extensión dos páginas tamaño medio oficio, 300 dpi, a color y en tonos grises)
FORMATO DE ENTREGA
• En archivo adjunto Word (.docx)
• Fuente Times New Roman
• Tamaño: 12 puntos
• Interlineado doble (2.0)
• Margen normal (1 pulgada)
RECEPCIÓN DE TRABAJOS
Se deberá enviar la obra con asunto “Convocatoria no.3” a la dirección de correo electrónico esporarevista@gmail.com. Identificando los siguientes datos:
• Título de la obra
• Nombre de autor
• Pseudónimo (opcional)
• Categoría
• Correo electrónico
• Lugar de residencia
• Red social
DICTAMINACIÓN
La recepción de trabajos será desde la publicación de la presente convocatoria hasta el domingo 15 de noviembre de 2015. El consejo editorial notificará por medio de correo electrónico a aquellos autores que sus obras hayan sido seleccionadas. El fallo será inapelable.

Directores
Guadalupe González Prieto
Mariel Almazán Vázquez
Consejo Editorial
Comisión de redacción
Guadalupe González Prieto
Mariel Almazán Vázquez
Alejandra Gutiérrez Romero
Olivia Nicté Toxqui Martínez
Diseño
Alex Fernando Blanco Juárez
Verónica Vanessa Sánchez Garza
Francisco Covarrubias Álvarez
Mariana Camacho Covarrubias
Carolina Chávez San Pedro
Luis Sebastián Belmont Pérez
Colaboradores
Rodrigo Ramírez
Juan Carlos Domínguez
Omar Hernández Pacheco
Giovanni Rodríguez Cuevas
Jalil Rasgado Toledo
María Mercedes Blázquez González
César A. Galicia
Dante Alonso Franco Miranda
Eduardo Oyervides
Karla Daniela Gallegos Villareal
Rodrigo Lichtle Ventosa
Carla Cristina Pérez Timal
María Fernanda González Cañedo
Osvaldo Pasillas
Miranda Alejandra Ramírez Vargas
Hace unos meses creamos espora con la ilusión de que poco a poco se fuera consolidando como un espacio de integración entre las voces de creadores nacionales, sin embargo, hoy podemos decir con alegría que esa consolidación es más firme. Estamos cada vez más seguros del impulso que está tomando la revista, el contenido revisado tanto para el primer número como para éste ha sido impresionante. La recepción y apoyo del proyecto se ha ido ampliando y gracias a la participación y entusiasmo de ustedes, creadores, hoy podemos decir que espora se expande, abre nuevas fronteras y se internacionaliza.
Todo esto no sería posible sin el equipo de trabajo, pero sobre todo, sin el público lector y los artistas que se deciden vez con vez a participar en nuestras convocatorias.
Esperamos seguir llegando a más lugares, que las esporas que han comenzado a salir de esta revista, sean llevadas cada vez a más lugares y caigan en buen terreno para crecer y consolidarnos más, día a día.
Consejo Editorial
Cuento: Tinaco Rotoplás
Microficción: Ignorancia Colectiva
Cuento: De como mi gato me devoró durante siete días
Poema: Amy
Visual: Miranda
Poema: Cuarto Menguante
Cuento: Una tarde aburrida
Poema: Serendipia
Ensayo: En la diáspora
Microficción: El sembrador de cuerpos
Cuento: Secreto entre ramas
Visual: Moonlight
Cuento: Escrito de algún libro que no voy a escribir
Microficción: Objetos astronómicos
Microficción: Hallazgo científico
Visual: Osvaldo
Reseña: Centro cultural Segundo piso
Reseña: Nu Haus
Siempre decía que era alcohólico. Podría haber inventado cualquier otra adicción, por ejemplo: la heroína, que siempre me llamó la atención por el grado de desconexión de los heroinómanos. Pero la verdad, nunca me sentí tan cómodo fingiendo otro vicio que no fuera el alcohol. Creo que porque siempre preferí a Bukoswki y Hemingway sobre Thompson y Burroughs. Tampoco era escritor, aunque realmente lo intenté, o no sé. Habría que definir primero cuál es el parámetro para ser escritor: escribí un libro de cuentos (Ultraciclismo), pero nadie lo publicó — y merecidamente ya que era un libro bastante mediocre y con poca gracia. Para mí, eso no es ser escritor, eso es escribir, que es muy diferente. Ser escritor es algo más que nunca comprendí. Supongo que siempre me faltó motivación, o sacrificio. Pasé toda mi vida sintiéndome miserablemente triste y buscando de manera fútil algo que me hiciera sentir mejor. Por eso decía que era escritor: pensaba que al tener ese reconocimiento, aunque fuese falso, iba a lograr salir del hoyo en el que estaba. Siempre fui bueno, también, para imitar a otras personas. Creo que por eso nunca fui escritor de verdad, porque siempre imitaba a otros autores. Me mimetizaba. Pero no sólo en la literatura, sino en la vida. Cuando me hice amigo de un cristiano devoto, dudé de mi ateísmo. Cuando, por azares del destino, tuve una novia
ingeniera, los números llamaron mi atención. Alguna vez leí sobre la sociopatía y me lo creí hasta que me acordé que nunca he matado a un animal. Cualquier cosa diferente a lo que era yo (que en sí yo no era nada) me llamaba; y la adoptaba mínimo por algunos meses, hasta que me daba cuenta que seguía igual de vacío que siempre. Al menos eso me hizo saber poco de muchas cosas. Era un éxito en las fiestas, o como le dicen algunos, ajonjolí de todos los pinches moles. Empecé a ir a reuniones de Alcohólicos Anónimos para sentirme menos mal de mi vida. Y esa tampoco fue una idea original. La copié de Fight Club, la película, porque nunca me animé a leer el libro. Pensé que al ver la vida de personas que en verdad habían sufrido yo me sentiría mejor en la mía. Al principio funcionó. Sobretodo cuando escuché hablar a una señora que por respeto omitiré su nombre; y comentó que aparte de ser violada por bastantes miembros de su familia, la encerraban en un rotoplás a medio llenar por días, como una especie de castigo por ser tan atractiva para sus parientes. Ella tenía nueve años en ese entonces. Me costó mucho trabajo no imaginarme qué tan guapa se veía una niña de esa edad para provocar tanta lujuria en su familia. Pensé tal vez en Natalie Portman en aquella película medio pedófila en la que Jean Reno hace de asesino a sueldo. Pero después caí en
cuenta que no, que eso no era lo importante de la historia que esta señora contaba llorando con el moco de fuera. Lo trascendente era que yo no había sido violado ni encarcelado en un rotoplás a medio llenar. Vaya, ni siquiera en una jaula.
Ir a los grupos de autoayuda me dio mucha autoayuda. Cada vez que sentía que mi vida no valía nada, recordaba la vida de aquella señora y me sentía bien conmigo mismo. No sé qué hice bien en la vida, pero al menos no me fue tan mal como a esa señora. Por primera vez pasé más de un año mediocremente contento con mi vida. Las ganas de dejar de existir se minimizaron y pude funcionar medianamente. Conseguí un trabajo de vendedor de cojines antiguos y de los diez que éramos, me volví el quinto mejor vendedor de la tienda. Mi vida no tenía los lujos que otras personas querían, pero siempre estuve conforme con sólo vivir y esperar a que la muerte me llegara de una forma natural, porque siempre fui enemigo del suicidio. Y no por alguna mamada metafísica o romántica de la vida. Simplemente me daba mucha pena que la gente supiera que no me gustaba estar vivo. Entonces, suponía, que al morirme de viejito en un estilo frugal y humilde, hablarían bien de mis logros, de mi modestia o algo así. Aunque bien sabía que mi vida social era escueta y mi muerte no iba a causar mucho revuelo. Como dije, pasé un año asistiendo al mismo grupo de doble a, y siempre me emocionaba cuando esta señora hablaba de su vida. Algún día llegaba con algún problema laboral, pero ella misma se echaba porras y decía que si pudo sobrevivir los abusos que recibió de pequeña y al alcoholismo, no había alguna
prueba que dios le pusiera enfrente que no pudiera vencer. Su optimismo me llenaba de una alegría irónica porque nunca entendí cómo, después de todo lo que había sufrido en su vida, aún podía considerar a dios como un aliado suyo. Si yo que tuve una infancia completamente aséptica no creía en él, ¿cómo entonces ella era capaz no sólo de creer en él, sino de no odiarlo, de no pensar que era un psicópata sadista que disfrutaba de su sufrimiento? Su concepción de dios era básicamente como la de un torturador de la inquisición que al final te regalaba la muerte si lograbas sobrevivir todos los castigos que te diera. Supongo que creía que llegar al cielo era el premio por sobrellevar su miserable vida de mesera alcohólica y violada. Pero seamos honestos: nada que dure una eternidad es un premio. Ni el paraíso. La vida es menos mala porque se acaba relativamente pronto. Siempre sentí envidia de los niños muertos.
Un miércoles llegué a la junta como de costumbre y con mucha expectación. Eran los miércoles cuando normalmente esta señora hablaba de su vida. Ya me había hecho costumbre llevar una libretita y discretamente apuntar las ideas principales de lo que decía, para así en la semana poder recordar específicamente porqué su vida era peor que la mía. Pero no llegó. Supuse que estaba enferma de gripa o alguna cosa así. Decidí mejor escuchar las vidas de las demás personas, pero no eran lo suficientemente malas como para hacer un comparativo de la mía. Lo tomé como una excepción y asumí que la siguiente semana regresaría. Pero tampoco fue así. Honestamente me preocupé, porque ya para
esa segunda semana estaba vendiendo menos cojines que antes, había bajado al séptimo lugar en ventas y volvía a cuestionarme cada momento de mi existencia. Para evitar caer más profundo me propuse buscarla en todos los centros de doble a que hay en la ciudad y nada. No estaba la señora por ninguna parte y no encontraba a otro adicto que me hiciera sentir mejor con mi vida tan apacible. Traté una vez más de buscar otras actividades que me hicieran valorar la vida. Me inscribí a clases de escultura, pero el sudor de mis manos hacía que se me resbalara el cincel y por eso perdí el dedo índice de la mano derecha. Intenté jugar boliche, pero la falta del dedo hacía que perdiera el control de la pelota. Si tan sólo hubiera hecho primero el boliche y luego la escultura, tal vez no estaría yo diciendo esto ni usted escuchando. Una vez se me cayó la pelota de boliche sobre el pie y me lastimé tanto que perdí sensación y movilidad en los dedos del pie derecho. Por eso el rengueo. No dejé de asistir a las juntas porque tenía la esperanza de volverme a topar a la señora y así fue. Ya habían pasado varios meses y mi vida había regresado a la miseria. Cuando la vi, sentí esperanza por mi vida y también me sentí bastante tonto por no haber traído mi libretita para apuntar sus anécdotas. Asumí que iban a ser muchas, ya que durante todos los meses que pasó fuera de las juntas — y más con el esperpento de dios que tenía — seguramente le había tocado sortear una gran serie de peripecias, pero estaba más o menos equivocado. Cuando comenzó a hablar, noté que arrastraba la lengua, y lo primero que dijo fue su nombre y que estaba bien peda. Todos
nos sorprendimos ya que por educación tratamos de no asistir bajo la influencia de nuestra sustancia adictiva a las juntas, aunque yo siempre iba bajo la influencia de mis mentiras. Nos contó que descubrió que tenía un hijo. Que en sus años de borrachera se había embarazado y que el producto nació muerto gracias a su beodés y que eso era parte de la culpa tan grande con la que cargaba. Sin embargo hace unos meses, sus familiares al verla tan recuperada y bien portada decidieron decirle la verdad: el chamaco había nacido sano, pese a todo lo que tenía que perder, y decidieron dárselo a unos parientes lejanos y sobrios para que ellos se encargaran de cuidarlo. Así no correría el riesgo de vivir una vida tan mala como la de su madre natural. Al saber eso, decidió ir a buscarlo.
La familia postiza del chamaco se mostró renuente, pero ante la insistencia de esta señora decidieron concertar una cita entre los dos. Él vivía en otra ciudad. La señora llegó al café dónde se suponía se iban a ver, pero el chamaco no llegó. Se sintió plantada la pobre, pero al día siguiente recibió una llamada de los padres postizos informándole que atropellaron al chamaco en camino a verla. Asumían que por la emoción de ver a su madre verdadera iba distraído y pum, que se lo llevó el microbús. La señora estaba llorando mientras nos contaba esto, pero no eran las lágrimas de siempre: eran lágrimas desesperadas. Sacó de su bolsa una pistola y se la puso en la sien. Gritó y gritó maldiciones a su dios, ¡por fin!, y también decía que ni cuando estaba sana era buena persona para sus seres queridos, que era un ente del mal, que destruía
a toda persona que tocara, y que la vida no era para vivirla. Para el susto de todos y mi confort, se dio un tiro y nos bañó de sangre. Pobre, pensé mientras me limpiaba con un clínex, tardó tanto tiempo en darse cuenta que su dios nomás jugaba con sus sentimientos. Ese fue el momento en que decidí, una vez más, mimetizar mi vida. Esta vez me enfoqué la vida de la señora. Empecé subiéndome al podio a hablar de mi supuesto alcoholismo, de las supuestas violaciones, y de mis falsos encierros en un tinaco rotoplás por ser sexualmente atractivo a los nueve años. Pero había un serio problema: no era alcohólico. Y si algo saben los adictos es sobre adicciones y cómo se comporta la gente que las sufre, así que no creían mi historia. Me corrieron y vetaron de varias juntas. Me llamaban irrespetuoso y que rompía con los doce pasos, la espiritualidad y el anonimato. No entendían que yo los necesitaba tanto como ellos necesitaban el grupo, pero como mi vida había sido de lo más tranquila y simple, no comprendían mi sufrimiento. Entonces dejé de fingir. Si quería recibir el apoyo de los demás alcohólicos no podía seguir diciendo mentiras. Tengo que reconocer que la primera vez que me eché una copa de whisky me supo a madres, no entendía por qué tanto afán de tomar algo que sabía a meados, pero no había otra opción. Esa vez tomé hasta perder el conocimiento. Cuando desperté crudo, ojeroso, cansado y sin ilusiones, me dirigí inmediatamente a una junta de doble a. Al verme tembloroso y hablar de mi vida miserable y falsa me aplaudieron y me abrazaron. Prometí no volver a levantar un vaso de alcohol en mi vida y todos me apoyaron. A la semana
siguiente hice lo mismo: bebí hasta la inconsciencia, me levanté crudo, ojeroso, cansado y sin ilusiones. Fui a una junta diferente. Les rogué que necesitaba ayuda, que no podía con la culpa de mi hijo muerto y todos me aplaudieron, abrazaron y recalcaron la fe que tenían en mí. No pasaron más de tres meses y ya estaba aplicando esta técnica a diario.
Conseguí otro trabajo en una tienda de cajas de cartón. Era el tercer mejor vendedor de los seis que estábamos ahí. Mi sueldo me alcanzaba perfectamente para tomarme una botella de licor — el que fuera, pues la verdad nunca tuve predilección por alguno — a diario. De igual forma iba a las juntas para que me aplaudieran. Obviamente tuve que idear una rotación entre todas las juntas de la ciudad para que no vieran mi patrón de recaídas y sospecharan de mis mentiras. Tengo que admitir, doctor, que estos han sido los mejores años de mi vida. Y aunque usted diga que me estoy chingando el hígado por tomar tanto, no me importa, porque por primera vez siento que pertenezco a algo y ya no tengo que fingir que soy escritor, ni escultor, ni alcohólico, porque ahora lo soy. Tiene que entender lo difícil que puede llegar a ser vivir para alguien que no le gusta vivir. Algunos encuentran una pasión, yo encontré la compasión: soy alcohólico y eso me da ganas de seguir viviendo. Aunque sea por unos cuantos años más.
Obra: Tinaco Rotoplás
Autor: Rodrigo Ramírez
Lugar de residencia: Monterrey, México
Red social: @PincheRodrigoMx
Categoría: Cuento
Juan Carlos Domínguez | jyjc_91@hotmail.com | Cuatro Ciénegas, México. | Facebook: Juan Carlos Domínguez.
Todo empezó con la pregunta que Román hizo a su mamá: “¿Cómo se llaman los postes altos que están en las calles, los que tienen verde, rojo y amarillo?” La mamá de Román trató de sacar la palabra de su boca, pero la palabra nada más se asomó un poquito como si fuera un bicho. “Ah, sí, son los... Sí, ya sé cuáles. Se llaman...” Miró hacia arriba unos momentos, como si en el techo estuviera la palabra que andaba buscando, pero no la encontró. En ese instante llegó el papá de Román. La señora preguntó exactamente lo mismo al marido y el marido hizo exactamente lo mismo que la señora, pero al último dijo: “Los postes, los postes… Ah, lo tengo en la punta de la lengua”. Esa expresión parecía
a Román un poco repulsiva y de mal gusto. Se imaginaba que después de decir eso, las personas tendrían que inspeccionar en la lengua del hablante, para ver si encontraban ahí algo que obviamente era imposible encontrar. Se sentaron a comer en silencio. Sus padres veían hacia todas partes y Román los miraba. Los adultos buscaban esa palabra en la estufa, en el refrigerador, en la pared, incluso pasó una cucaracha y su mamá no gritó; su padre se levantó y la aplastó casi sin verla, mientras mantenía sus ojos fijos en la ventana. Todo era silencio. El padre de Román dijo: “Ya basta. Al rato nos vamos a acordar”. Pero al rato no se acordaron. De hecho también se les olvidó la pregunta y siguieron con sus deberes
cotidianos, todos menos Román, que había hecho voto de silencio porque esperaba una respuesta, y quedarse con la duda, resulta un hábito muy desagradable. Hasta él lo sabía.
Era domingo y se arreglaron para ir a misa. Al salir de la iglesia se acercaron al párroco para hablar con él. El saludo siguió normal hasta que la duda, como una hormiga, mordió a la mamá de Román. “Padre, disculpe la pregunta, pero ¿cómo se llaman los postes que están en la ciudades, los de focos verdes, amarillos y rojos?”. El Padre, siempre sonriendo, se quedó callado unos segundos que, en esa situación, más parecieron días. Román estaba muy atento: “¿Por qué todos miran hacia arriba?”, se preguntó. El Padre tam-
atento: “¿Por qué todos
dre, siempre sonriendo, se quedó callado unos segundos que, en esa situación, más parecieron días. Román estaba muy
des, los de focos verdes, amarillos y rojos?”. El Pa-
tes que están en la ciuda-
poco recordó la palabra, pero prometió contestarles nada más pudiera hablar con la secretaria. El Padre entró en la sacristía y vio llegar al sacristán. A él le preguntó. El pobre sacristán, que estaba malo de los oídos, tampoco pudo darle razón, pero tal vez fuera porque no escuchaba bien, a lo mejor por hacer sonar las campanas todos los días. El Padre preguntó a la secretaria y ella, con una frase simple, se negó a andar buscando palabras en el techo: “Ay, Padre, no me acuerdo”.
La mamá de Román preguntó a los vecinos; el padre de Román, a los del trabajo; el Párroco, a los feligreses; la secretaria, a sus familiares; el sacristán no, porque no había entendido la pregunta. Pero todos crearon en el pueblo una oleada incertidumbre y el silencio cayó a lo largo de la tarde. Desde arriba podía verse a todos buscando la palabra entre los árboles, en los techos, en las nubes. Nadie consultó los diccionarios porque antes de buscar la definición de la palabra tenían que acordarse de ella y su búsqueda representaba una ardua tarea que sólo Esteban, el maestro de la escuela, emprendió. La música era callada mientras se tuvo esa duda en la cabeza. Nadie se miraba a los ojos. Las señoras que estaban dentro de la carnicería se quedaron dentro y el carnicero dejó la sierra funcionando mientras se rascaba, pensativo, la cabeza. La fila del banco quedó estancada pero nadie se quejó. A los abuelos se les enfrió el café y a los niños se les derritió la nieve. Y ahí se quedaron todos, buscando el nombre de esos postes largos que habitan las ciudades y que brillan con sus luces verdes, amarillas y rojas.
mientras se rascaba, pensativo, la cabeza. La fila del banco quedó estancada pero nadie se quejó. A los abuelos se les enfrió el café y a los niños se les derritió la nieve. Y ahí se quedaron todos, buscando el nombre de esos postes largos que habitan las ciudades y que brillan con sus luces verdes, amarillas y rojas.
mientras se tuvo esa duda en la cabeza. Nadie se miraba a los ojos. Las señoras que estaban dentro de la carnicería se quedaron dentro y el carnicero dejó la sierra funcionando
¿Han visto vídeos de cadáveres en descomposición? Cuando los pasan a gran velocidad parece que el cuerpo inerte bailotea mientras la muerte lo corroe, y el cadáver empieza a ser hogar y alimento de diversas larvas y demás insectos. Y esta danza, tendrá a un felino masticando a su compás. Autólisis, autodigestión asistida.
“Está bien comer pescado porque no tienen sentimientos”. Así dice Curco Vein en la canción con la que cierra el Nevermind y creo firmemente que para nuestros ‘amigos’ felinos, eso resultaría contraproducente. Crueles bastardos.
Félix. Sí, cliché y falta de imaginación para nombrar a este peludo compañero, pero bien da lo mismo puesto que ahora soy sólo un recuerdo que se relata a sí mismo.
Mi gato siempre me pareció lindo, un pequeño leoncito a mi disposición. Un tierno cazador que me libraba de las cucarachas y demás molestas plagas. Muy tranquilito, dentro de lo que cabe. Nunca ensució el piso fuera de su arena, y jamás trajo ratas o pájaros muertos a mi hogar. Él es de color negro, siempre me fascinó esa tonalidad opaca en su pelaje, se me figuraba sobremanera elegante en ese andar tan particular y tan soberbio que tiene. Me encantaba verlo contonearse por la casa mientras apoyaba sus esponjaditas patitas en el frío suelo de lamosa. Y sus ojos almendrados, ¡ah qué ojos!, siempre estaban al acecho de nuevos juegos que se me ocurrieran para con él. Quién diría que tal vez sólo me veía como una presa más y que en mi gran tamaño de primate subdesarrollado, sólo mantenía la distancia prudente para sobrevivir y para ser alimentado. Pero ya me cansé de divagar. Pasó un día, no importa cual. Yo estaba entrando a casa después de una larga jornada de trabajo, ahora entiendo que él siempre me escuchaba llegar desde lejos, el peludito hijoeputa. Puse la llave en el cerrojo, abrí la puerta, naturalmente entré. De inmediato dirigí la mirada hacia abajo

en su busca. No hubo tal encuentro. Un par de pasos hacia dentro bastaron para que el demonio saltara, sepa Dios desde dónde, eso sí, hacia mi cabeza. De inmediato clavó sus garritas en mi cuero cabelludo. Esas uñitas tan afiladas que esconden en sus patas-guante. Ardía, mi cabeza ardía en dolor. Aullaba mientras intentaba quitar al bicho de encima de mí, pero no cesaba, su agarre era poderoso y entre más trataba de arrancarlo de mi cabeza, más sentía que desprendía mi propio cuero cabelludo. Me tenía bien prensado el bastardo, me había jodido. ¡Meow! Su cuerpecito temblaba de rabia animal. Un puma se habría sentido orgulloso de lo bien penetrado que me tenía el felino ese. Como bien dicen que el pene de los gatos tiene una especie de gancho curvo para retener a la hembra, así me tenía este mierda, dispuesto a escupir en cualquier momento su veneno mortífero bien profundo dentro de mis entrañas. Yo gritaba, histérico, como esas gatas cuando se sienten primero penetradas, y luego bombeadas por ese pene sádico y espinoso. Y sus maullidos, jamás olvidaré sus tremendos, grotescos y guturales maullidos de guerra, retumbando ahí, a un lado de mi tímpano. Al final ya no resistí más el tormento, tomé su esponjado cuerpecito y lo jalé de golpe. Triste error. Un dolor ciego me recorrió todo, perdí el sentido del espacio, y mi cráneo y yo besamos el peldaño de la entrada después de salir despedidos de espaldas. Escalón y nuca. Gato y cuero cabelludo por el otro lado. No hubo luz al final del túnel, nada. Ni les describiré la muerte, ya la descubrirán ustedes. Lo importante de esta historia es la bola de pelos que salió disparada, qué contorsionó su flexible cuerpecito en el aire para caer de pie y poder masticar y lamer a gusto mi aureola de cabello.
‘Este puto gato necrófago’, hubiera pensado de poder hacerlo. Pues 2 horas después de haber masticado mi sedosa cabellera y de haber cagado en su preciada cajita de arena, el insaciable felis silvestris catus, más bien puto gato montés, se acercó a mi alargado cadáver, con ese andar tan suyo, tan característico. Se dio un festín. Pero como buen animal instintivo, los atracones son su especialidad. Y Félix siguió alimentándose de mí, su dueño. ¿Dueño? De su comida refrigerada. La descomposición ya había iniciado, cuatro minutos, tal vez cinco después de que mi corazón dejó de latir. Con el paso de los días este proceso comenzaba a hacerse más
evidente, mi piel se resbalaba en capas para dar paso a extractos más profundos antes desconocidos. Mi yo, estaba ya inflado de diversos gases despedidos por mis órganos internos. Y para seguir devorándome, el muy cabrón hacía caso omiso de los que mi cuerpo comenzaba a despedir. Qué falta de recato. La putrefacción no le molestaba en lo más mínimo. Después de cada bocado, pasaba su lenguita rasposa por sus alargados y suaves bigotitos, saboreando mis restos humanos. Mi piel verdusca jamás le incomodó. Repitió el proceso de consumirme y cagar en su cajita durante siete días. Después, supongo que le aburrí, o esos despojos le agradaron lo mismo que yo cuando vivo. Ni idea. A los pocos días abandonó la casa. Salió saltando por sobre mi carcomido rostro, y se fue. No cerró la puerta.
Como mi casa está apartada de los demás, nadie notó los aromas que usualmente delatan estas situaciones, ni las vociferaciones ocurridas durante el ataque. Me tomó aproximadamente un mes para terminar hecho huesos sobre una costra de sangre.

Autor:
Omar Hernández
Pacheco
Lugar de residencia:
México D.F.
Red social:
@Cocha_pacha
Categoría: Cuento
amy canta y pareciera que cantar sea cosa fácil
amy camina y pareciera que estar sobrio sea cosa bastante aburrida
amy es un flamingo rosado no
un negro
una garza con las extremidades quebradas amy eres tú bajando una escalera a oscuras
amy esconde la cabeza como avestruz por los paparazzis
¡demonios amy! con ese peinado no puedes esconderte amy le para el dedo a los paparazzis
amy pensó que cantar era bastante aburrido por eso un día bebió alcohol y dio vómito a su público
por eso un día tomó un montón de pastillas y otros títulos su boca fue licuadora y no tuvo espacio para canciones
amy bajó por última vez esa escalera a oscuras
débil como un paraguas en el huracán
amy consiguió la luz después de muchas habitaciones
amy por fin cantó rehab como diciendo una gran mentira

Obra: Medusa
Autor: Miranda Alejandra Ramírez Vargas
Lugar de residencia: Veracruz, México
Red Social: FB, Miranda Ramírez Vargas
Autor: Karla Daniela Gallegos Villareal
Lugar de residencia: Mexicali, B.C.
Red social: FB, Karla Gallegos
Categoría: Poesía
He tenido la sutileza de ser bautizada (por ti) ante el mundo inconcebible de la irrealidad. No es de gran asombro identificar esa silueta que no deja de causarme hostigos y gélidos recuerdos.
Donde el maullido entre sus piernas al ser luna llena, retumba alrededor de la montaña cada vez que esos proverbios de verdades vienen a mí.
(Sus significados o interpretaciones dejémosle a mi gusto)
Te contaría de lo que te has perdido de mi vida estos últimos días, pero que son meses, pero que son años.
Donde en cada uno de ellos, palabra por palabra (sin incluir muletillas) me has rectificado para poder formar la oración completa al concluir la docena. Oh no…
Ya es luna llena y los bagazos de tu cuerpo y mi condena están a punto de dar luz. Aquellas oraciones canoras, las mantengo de reserva por si se torna muy brusca mi condena momentánea.
Porque ese maullido no solo proviene de ti, sino que de mí también.
La mujer aparca el coche en la entrada de la casa; coge de una sola vez todas las bolsas con la compra, que no sé cómo es capaz de llevarlas y abrir la puerta sin que se le caiga ninguna; entra directamente hasta la cocina y las suelta en la mesa mientras llama a voces a su hijo, que, con los auriculares puestos a todo volumen, no la oye desde su habitación de la planta superior. Tan cargada como venía, empujó la puerta con el pie para cerrarla, pero el impulso no fue suficiente y la corriente de aire la abre de nuevo. Alguien aprovecha para colarse, alguien a quien no se ve la cara, solo la sombra y la silueta, empuñando un gran cuchillo.
El gato mete su zarpa en el agujero con forma de puerta que hay en la pared, pegado al suelo. Dentro, un astuto ratón mueve un cepo para ratones, del que había robado un pedazo de queso sin ser atrapado, hasta colocarlo justo donde el gato alcanza. ¡¡Zas!!, zarpa atrapada y gato que saca la pata de allí y echa a correr por el salón, mientras el ratón ríe y disfruta su venganza.
Un avión se estrella en los Alpes, en una zona de acceso extremadamente difícil. Los equipos de rescate todavía no han conseguido acceder a la zona. La última comunicación con tierra indica que el piloto había abandonado la cabina tras activar el piloto automático, y
Autor: María Mercedes Blázquez González
Pseudónimo: Merche Blázquez
Lugar de residencia: Barcelona, España
Categoría: Cuento
que el copiloto lo desactivó. Después cesaron las comunicaciones. El radar detectó que el avión desviaba su rumbo y empezaba a descender en picado, hasta perderse su rastro. No hay esperanzas de encontrar supervivientes.
La esposa del ricachón dueño de los viñedos está sola en la gran casa; se sirve una copa, supuestamente de güisqui, aunque todos sabemos que es agua coloreada; levanta el auricular del teléfono, hace una llamada, y se ve al capataz salir de la caseta, arrancar su ranchera y conducir hasta el caserón. La puerta de la habitación se cierra. El mayordomo ve y calla.
Con tanto grito no se entiende nada. Dos mujeres muy ordinarias discuten, al parecer, porque una de ellas había empezado a preparar la comida y después encargó a la otra vigilar el fuego, para irse ella con un hombre y encerrarse en uno de los baños, donde dicen que no hay cámaras. La otra mujer, que se dio cuenta de todo, decidió darle su merecido, y subió el fuego para que se quemara la comida. A ella no le importaba, ya que es vegetariana y pensaba comer una sencilla ensalada. Ahora todos saben el descaro de la primera, y la culparán de quedarse sin comer. Eso hará que la expulsen, o eso espera ella.
Una manada de elefantes bebe en el río. Un león acecha a lo lejos. Un leopardo también,
desde lo más alto que ha podido subir de un frondoso árbol. Las jirafas que acompañan a los animales herbívoros levantan sus cabezas de repente y mueven sus orejas. Los elefantes barritan. Comienza una estampida de ñus, perseguidos por el leopardo.
El coche esquiva todo tipo de vehículos por la autopista. Sus perseguidores, también. Disparos errados provocan accidentes múltiples, en los que los coches dan más vueltas de campana de lo creíble.
Las pruebas de ADN apuntan al ex-novio de la víctima. Él lo niega, dice que solo fue a hablar con ella y que, cuando se marchó, seguía viva; insiste en que alguien le está tendiendo una trampa. El personaje gracioso derrama el café, el detenido no se inmuta, y entonces el detective se percata de que es ciego del ojo izquierdo y por tanto no pudo ser él quien matara a la chica de la forma en que lo hicieron.
Una anciana reza, arrodillada ante una de las imágenes de santos que hay en los rincones laterales de la iglesia. Con lágrimas en los ojos, deja un pequeño paquete en el suelo, junto a los cirios casi consumidos dentro del vaso de plástico rojo. Después va al confesionario y dice algo al sacerdote, algo que le deja acongojado.
El perro espera al gato bloqueando el acceso a la gatera de la puerta. El gato derrapa al tratar de frenar, después corre en dirección contraria y tropieza con la mujer, que llevaba en las manos una olla, recién retirada del fuego. Al caer, se derrama todo sobre el gato, que huye, escaldado. El ratón se revuelca por el suelo de risa. El capataz, desnudo, en la cama de la señora, la llena de besos con la
misma actitud devoradora con que el leopardo engulle las tripas de un pobre ñu más lento que sus compañeros. Tras las sirenas de los coches de policía, se oyen las de las ambulancias que acuden a rescatar a los accidentados.
El ex-novio, ya liberado, visita la tumba de la víctima. El verdadero asesino sigue libre. El ladrón de bancos se estrella en la autopista. Créditos. Los helicópteros guían por radio a los expertos que recorren la montaña. La presidenta hace declaraciones. ¡Qué bobada!, siempre dicen lo mismo, como si consolara a alguien. El hombre con el que se encerró en el baño intenta poner paz, pero ellas se enzarzan en una pelea, tirándose de los pelos. Las cartas del paquete hacen saber al sacerdote que su padre biológico es el mismo que le bautizó y que le inculcó la fe, una fe desmantelada por la mentira, de la que ahora se avergüenza.
—David, deja ya el mando a distancia, que empieza el partido.
—¡Jo, papá, siempre con el fútbol! Me voy a mi habitación a leer.
David se puso los auriculares para escuchar música a todo volumen mientras leía, y así no oír la televisión del salón ni a las vecinas locas que discutían. Tampoco oyó, por tanto, el coche de su madre que llegaba y aparcaba junto a la entrada. El gato saltó del árbol sobre un ratón para cazarlo, justo cuando el ratón estaba a punto de caer en una de las trampas que su padre había colocado por el jardín para cazarlo. El ratón huyó, y el torpe gato metió la zarpa en la trampa, salió corriendo y a punto estuvo de hacer caer a la madre de David, que iba cargada de bolsas de compra, cuando empujaba la puerta con el pie.
Las vecinas seguían discutiendo, como cada día. De pronto, un grito distinto, de terror, alertó a los padres de David. El padre salió a ver qué ocurría. La casa de las vecinas tenía la puerta abierta, así que entró a mirar, y ya no salió vivo. En su lugar, salió un hombre que huía.
Tras estrellarse el coche de un ladrón de bancos durante una persecución, varias patrullas abandonaron la autopista para acudir a otro aviso. Las luces azules de sus vehículos alertaron a David, que se asomó a la ventana. Su madre estaba allí, en pleno ataque de ansiedad.
Durante unos meses, madre e hijo tuvieron atención psicológica. Después, se refugiaron en su fe. Un sacerdote, amigo de la infancia de ella, les ayudó a seguir adelante. David se sentía tan bien allí que decidió seguir los pasos de su guía espiritual, y años más tarde se convirtió también en sacerdote, aunque jamás pudo olvidar aquella tarde de primavera en que se aburría.
ser nunca piloto titular. Perdió la cabeza. En el primer vuelo que hizo tras todo aquello, tomó los mandos y estrelló el avión, acabando con su propia vida y con la de todos los ocupantes. David volvió a su vida rutinaria y segura.
Años más tarde, el sacerdote que les acogió, murió. David se sintió afligido, pero más que por su propio sentimiento, por el de su madre.
Ella lamentó esta pérdida mucho más que la de su marido en aquella fatídica tarde. David sacó fuerzas de su fe y desde entonces fue su apoyo incondicional y férreo.
Una mañana, siendo su madre ya anciana, ella le pidió confesión. Tras las frases estipuladas, le confesó que junto a Santo Tomás, había dejado un paquete en el que encontraría una verdad que toda su vida había ocultado, y que comprendería que la repudiara tras saberla. Después de limpiar su alma, se suicidó.
El paquete contenía cartas entre su madre y el capataz de los viñedos que muchos años antes había tenido su padre. En ellas se relataba una relación adúltera. David tembló al leer “Me destrozas el corazón con tu decisión de hacerte sacerdote. Nunca podré amar a mi esposo como te amo a ti. Sé que esto no te hará cambiar de opinión, pero debes saber que estoy embarazada y que el bebé es hijo tuyo”.
David perdió la cabeza y fue internado. Dicen sus cuidadores que se pasa el día delante del televisor, accionando el mando a distancia, sin ver más de 2 minutos consecutivos de ningún programa.
Durante años, David estuvo colaborando con la policía en la investigación del doble crimen. Al principio las pruebas apuntaban al ex-novio de la víctima, que, tras terminar la relación con ella, había empezado otra con la compañera de piso. Por lo visto discutían sobre eso aquella tarde. El único que pudo haberlo visto fue su padre, pero no vivió para contarlo. David presenciaba los interrogatorios. En una ocasión derramó el café, y el detenido reaccionó casi instantáneamente, cogiendo al vuelo la taza con su mano izquierda. Fue así como el detective se dio cuenta de que era inocente, ya que el apuñalamiento fue, en ambos casos, con la derecha. El joven fue liberado, pero su carrera como piloto de aviación se había visto interrumpida por todo aquello, y ya no podría
El mar no es azul pienso sobre la arena frente al desierto de agua, viento y sal
Cierro mis ojos abandono ilusiones de un océano coloreado por los caprichos de mi vista y escucho las formas de olas que murmullan remiten a calma la brisa que canta en clave de soledad la dulce tristeza de unos pies enterrados en la orilla del mundo. Vuelvo a la mirada y el horizonte vestido en su disfraz de infinito me mira de regreso y me saben tan pequeños los límites de mi cuerpo y se siente tan grande la melancolía que ya no me sorprende la oportuna serendipia de que el mar siempre fue verde y el azul siempre fui yo.
Autor: Dante Alonso Franco Miranda
Red social: https://about.me/dfranco
Categoría: Ensayo
R murió una tarde de mayo, cerca de la hora de la comida, en circunstancias que nunca comprendí del todo. Le sobrevive B, con quien no tengo contacto porque la melancolía aún me abruma. R y yo fuimos muy cercanos por año y medio y aún recuerdo, con una claridad perversa, el inicio de la reacción de huida o parálisis y la constricción de los vasos sanguíneos poco después de la pérdida, cuando me llegó la primera pincelada de lo que sería la aflicción: había sacado el móvil, un automatismo de mi generación, para marcarle a R y conversar sobre todo este asunto.
Conversar con ella sobre su muerte.
Tres meses después de la muerte, este tipo de viñetas me sirven para ilustrar un aspecto del duelo al que poco se le presta atención: si bien siempre hay dolor, y litost, una buena parte del proceso gira alrededor de la constante pelea contra las pequeñas cosas que se vuelven en extremo complicadas.
El duelo, o la aflicción, no es un viaje hacia la liberación que me causó la perdida traumática de un objeto de afecto. Es un proceso lento donde los rituales sociales se turban y se vuelven casi imposibles, los mementos se convierten en detonadores de cascadas emocionales y cuyo objetivo final se antoja ambicioso, aún siendo en extremo simple: retomar lo que quedó de tu vida y comenzar a construir un nuevo capitulo con el cascajo.
Se parece más a una diáspora que a un viaje.
Semanas después de la pérdida, mientras aún creo que estoy llevando bien todo el shebang, me despierto sudado, temblando y lleno de ira. No recuerdo haberme enojado
tanto con R mientras aún vivía. La ira proviene de una incapacidad de lidiar con la sensación de abandono que surge de las circunstancias en las que murió R. La ira viene porque R, me parece, se dejó morir. Se acobardó y se opuso al tratamiento que aún se percibía prometedor. R se suicidó. O eso me gusta creer. Porque es más fácil hilar una narrativa donde R me traicionó, me abandonó y me destrozó, que una donde la culpa es compartida. Una donde ya nada había que hacer.
Es más fácil pintar un chiaroscuro donde R era Giuditta y yo Oloferne I always thought I would be more than this.
Por eso el día que R murió, B me aseguró con un tono casi profético, que odiaría a R. “Es cuestión de tiempo”, me dijo. Mi mejor amiga secundó y, visto en retrospectiva, pareciera que su error está en que el duelo, en su naturaleza más pura, es un batallar constante contra mi mismo para tratar de encapsular una parte que ha quedado dañada por la pérdida y no un intento desesperado de encontrar un culpable.
El coraje es interno, no externo. Intento constantemente reconciliar lo que fue con la que ya no es, y lo que es con lo que ya no será. El odiar no ayuda, estoy demasiado ocupado odiándome y culpándome por haberle fallado de manera tan miserable a R como para que terminar con todo fuera la mejor opción, que no tengo tiempo, interés o ánimo para odiarle. Pasan los días y la melancolía sustituye a la ira. Durante varios meses R fue constante en mi vida. Mi cerebro se había adaptado a un ritmo de vida que, de una u otra manera incluía a R y, en menor medida, a B. Mi vida se entrelazó con la de R, la de R con B , justo como la vida
de X se entrelazará con la de B y la mía con G. Estas pequeñas conexiones eran tan frecuentes y en lugares tan diferentes, que los primeros días después de la tragedia me sentí lobotomizado. Mi cerebro adicto se había reconfigurado para incluir la existencia de R. La aflicción no es más que un síndrome de abstinencia, demostrado en 2010 por Helen Fisher et al. Ahí radica la ironía. El amor, que todo iba a salvar, logró dañar mi cerebro y enviarme de nuevo a los brazos de lo sedantes. La alternativa, al igual que en el mono, era regresar a aquello que había causado el daño en una primer instancia. Regresar a lo más destructivo: R.
Pero como Incluir de nuevo a R en mi vida no es una opción, pensé que el tiempo ayudaría. Contrario a la opinión popular, los primeros días no fueron los más difíciles. Y tiene sentido.
¿Por qué la repetición no consciente de un patrón significaría una reducción en el dolor?
¿En la cantidad de lágrimas derrochadas? Ya no me es posible identificar el momento donde el llanto perdió el sentido y se convirtió en un automatismo, pero estoy seguro que había pasado al menos un mes de la perdida.
Lloré en aviones, en bares, en regaderas, en salas, en hombros y en entrepiernas. Lloré como si R hubiera sido un desgarro corneal. Lloré hasta que el dolor se manifestó físicamente, como una sobrestimulación del nervio neumogástrico y recuerdo pensar que se parecía más a fatiga de combate que a aflicción. Pasó el tiempo y lo verdaderamente curioso es que el dolor emocional y físico no aumentó ni disminuyó.
Se ha mantenido constante.
Ahí fue cuando aprendí que en la diáspora hay días malos y noches buenas. Que la
noche mala siempre está a un pastillazo de ser mediocre. Que el día bueno se torna malo en un instante. Que la aflicción es universal y pareciera que todos hablan sobre dejar ir y no sobre el acto de perder. Asumiendo que el dejar ir es inevitable, aunque durante largos periodos la aflicción se viva más cómo un diáspora lenta, cuyo final no se puede comprender, que cómo un viaje. Que el objetivo no es dejar ir, pero tampoco aferrarse.
Al referirse a dejar ir, mis amigos y unos cuantos extraños, hablaban de un momento mágico usualmente después de un incidente particular, donde se presenta una súbita sensación de completitud y se vuelve posible recordar al objeto perdido sin que la tristeza abrume.
Esta es un lectura innecesariamente simple sobre uno de los procesos más complejos de la existencia humana. Claro que el dolor es “malo” y el “dejar ir” es la solución. Pero dejar ir, de esta manera, implica (a) tratar la aflicción como un proceso automático, usualmente citando a Kübler-Ross, y (b) acelerar dicho proceso, ignorando los pequeños descubrimientos que suceden durante el mismo.
Mi cerebro, aún lacerado por la reciente lobotomía, no computa un escenario donde la perdida de R deje de doler. Aunque si puede visualizar al dolor perdiendo protagonismo en la vida diaria. A la memoria de R siendo transformada en otra estampa de lo humano.
Una noche particularmente mala alguien me señala que si viví con el cariño no es tan descabellado pensar que puedo vivir con el dolor.
Porque acelerar mi aflicción sería trivializar mi pérdida. En la misma medida en que reconstruir mi vida demasiado rápido sería negar la importancia que tuvo R en ella, o asumir que un día el dolor desaparecerá, como por arte de magia, es sucumbir ante el pensamiento mágico.
Y en varios momentos sucumbo ante el pensamiento mágico: beatifiqué los platos en los que compartimos nuestra última comida. Las manchas de aceite y los restos de alcaparras se convirtieron en reliquias. No los puedo lavar durante un par de semanas porque (a) la pila de platos se convierte en un monumento brutalista para R y (b) porque limpiar los platos sería limpiar mi piso de sus rastros.
Algo que, en ese momento, no estoy listo para hacer.
Una mañana de domingo me encuentro frente a un desayuno de McDonald’s en una mesa, con un libro cerrado, y llorando sin darme cuenta que lo hago. En su momento el dolor parecía un grito desesperado de todas mis células (aunque en retrospectiva se pinta como algo tolerable).
Esa mañana entendí que aunque R había muerto, no había desaparecido. Algo que suele ser pasado por alto en la carrera rumbo al dejar ir
La existencia del dolor me recuerda lo importante que fue R en mi vida y me impide manipular su memoria. El dolor es la validación que necesito hacia lo que, aún, siento por ella y por mis acciones durante su agonía. Duele tanto porque di todo lo que pude. Porque pensé que mi mayor esfuerzo salvaría a R. Que podía salvar a R.
Otra vez el pensamiento mágico.
El dolor me ayuda a recordar que la aflicción no es sólo sobre mi. Lo que para mi fue una decisión cobarde, i.e. “dejarse morir”, para R fue una decisión harto difícil. No puedo imaginarme, y tal vez sea mejor así, lo que pasaba por la cabeza de R mientras agonizaba. Su ansiedad, su desesperación, su vernichtungsschmerz No puedo comprender lo que sintió B, mientras me informaba de la muerte de R.
Pero si puedo entender lo que sentí yo. Puedo decidir como enfrentar la pérdida y tratar de honrar la memoria de R con un acto bizarro e inútil, como es un periodo de duelo; de luto.
Puedo elegir enfrentar el dolor, hacer algo de la memoria de R, o hacer una apología en favor del suicido asistido, para liberar a B de todo cargo en la muerte de R, o buscar consuelo en donde no lo hay.
Pero no quiero.
Porque en su forma más simple, eso significaría dejar ir y no estoy listo para hacer eso y, más importante, no quiero. No aún. No hasta
que la memoria de R tenga marcas de garras y yo agonice. No por un sentido desviado de lo romántico o una terquedad criminal, sino porque se ha hecho dolorosamente obvio que B y yo contenemos a lo que queda de R. Y hasta el día, hipotético, donde B y yo crucemos caminos, R va a morir una y otra vez, mientras nuestras memorias se debilitan. R fue una profecía autocumplida y se convirtió en una estrella distante a la cual dejar ir implicaría olvidar,. Perder a R, de nuevo.
Lo que estoy haciendo es seguir adelante, llevando, en mi diáspora, el duelo y la aflicción. Con pequeños pasos para mantener los recuerdos en un lugar donde no me destruyan, manteniendo vivo, pero bajo control , al dolor.
Diez u once semanas después de la muerte de R me levanto en la madrugada, aún sedado, y con una profunda decepción, porque comprendí que lo que pasó fue el mejor escenario y que todo va a estar bien. Que hice lo suficiente. Que así es la vida.
Que así nos va.
Acto seguido me levanto y, aún en penumbras, comienzo a escribir el primer borrador del presente documento.
Reikiavik, 2015
Autor: Jalil Rasgado Toledo
Lugar de residencia: Oaxaca, México
Red social: FB, Jalil Rasgado
Categoría: Microficción

Algunas veces odio mi trabajo. A todas las personas le llega un punto donde el cansancio, la trivialidad, monotonía y un sinfín de motivos sobrepasa su realidad, y al hacerlo se quedan perdidos en una ensoñación donde la resignación es el único motor con la que se continúa viviendo. Sin embargo, este no era la razón de mi desesperanza, sólo que mi trabajo es particular, a veces agobiante, a veces desolador. Soy un enterrador, que por momentos parece el enterrado. Soy la persona encargada de recibir a los deseos muertos, el que recibe la tristeza, la agonía, las penas y angustias. Soy el que siembra los cuerpos muertos para que florezca la resignación y la vacilante esperanza. Mi trabajo es simple, acojo los cuerpos inertes de personas con distinto pasado, algunas con historias tontas, alegres, tristes, y también otras cuya existencia efímera queda olvidada. Algunas veces me
encargo de colocar la apropiada vestimenta, otras, sólo realizo la extenuante tarea de cavar las fosas donde yacerán. Por último, entierro bajo montañas de tierra lo que quedaba de un pasajero más. He realizado este trabajo durante años, he olvidado cuántos. He hecho todo paso a paso, una y otra vez. Al final, piensas que todo se vuelve rutinario y vacío. En ocasiones mi trabajo se vuelve asfixiante, es imposible guardar la calma en un mundo solitario; en la ciudad de los muertos nunca habrá un momento de paz, el murmullo de la naturaleza muerta y el recuerdo de la vida me impiden respirar. La misma rutina… es inútil creer que te habitúas a ella, recibir el cuerpo, saber su historia, su muerte, es la parte más difícil, nunca sabes quién será el ente vacío que entre por esa puerta. Nunca piensas lo que pasará esta noche, nunca te imaginas el cuerpo sin nombre que cruzará por esa puerta, yaciente en
una camilla, sin vida, para que sea enterrada. Nunca te acostumbrarás a esa presión sobre tus hombros al ver su rostro, saber que se hundirá bajo metros de tierra, ser tú quien sostendrá su cuerpo por última vez y la llevará al olvido.
En ocasiones como hoy no deseo tener este empleo, nunca imaginé que la vida y el peculiar destino tuvieran una última broma hacia este viejo. Un día rutinario. Mirar entrar por aquella puerta a la persona que más amas en la vida. Tu propia hija. Y ser quién, al final, logre identificar el cuerpo, nadie pareció saber quién eras, te trajeron como una desconocida para ser enterrada en la fosa común quedar en tu muerte sola, no hubo persona que reconociera tu rostro, sólo yo, tu último familiar. Después de días, semanas y meses sin saber de ti, sin llamadas, sin cartas, sólo me dejas con tu última visita a mi hogar, del cual ahora serás parte…

Es una broma cruel, ver tu rostro acabado y olvidado. Siempre me odiaste, odiaste mi trabajo, nunca pude evitar ese sentimiento, nunca te lo expliqué, nunca supe cómo, supongo que era inevitable.
Dijiste que ya no me visitarías, pero aquí estás, que no me perdonabas por perderme en mi trabajo y olvidarme de la vida para permanecer junto a la muerte.
Realizar la misma rutina, ahora contigo. Es mi trabajo enterrar, y soy bueno en ello. Pero enterrarte es lo más cruel que me has hecho. Nada evitará las coincidencias.
Nunca pude explicarte mi trabajo, ahora que lo hago, quisiera que nunca lo supieras. La vida es frágil, la muerte fugaz. Al final todo se convierte en una insípida vida donde sólo hay una escapatoria de una existencia cruel y despiadada. Creo sólo queda resignarse a ser enterrado. ¿Sabes? Algunas veces odio mi trabajo, odio la misma rutina, odio este sembradío de cuerpos.

OBRA: Secreto entre ramas AUTOR: Rodrigo Lichtle Ventosa
LUGAR DE RESIDENCIA: Puebla, México
CATEGORÍA: Cuento
a anciana llevaba doce días en velo, sólo había podido comer ratas, ardillas y pocas nueces de aquellos árboles muertos. En estos momentos ya era imposible escapar, sólo quedaba descubrir el secreto de aquel bosque.
Era un boscaje especial, muerto y solitario, sin hojas, sin color, sin vida. Sin embargo lo diferente de ese bosque era, cómo crecía y maduraba en los inviernos, cómo al caer un rayo el árbol quedaba igual, cómo es que el bosque nunca se había incendiado. La ciudad de la anciana estaba a unas dos horas de allí, por eso sabía que le quedaban tantos días, los inquisidores nunca eran tan rápidos. —Bosque, vengo aquí en el doceavo día que velo, tú bosque de muerte y vida, tú bosque sin ramas ni hojas. Dime cómo te enfrentas a la adversidad, cómo creces y no mueres. Cuéntame cómo la muerte de tus
ramas sólo crea más ramas. Explícame cómo el rayo infernal arremete y sales ileso.
Éstas eran las únicas palabras que decía a cada hora, sin respuesta alguna. La vida de la anciana había sido triste y solitaria, no se había casado, nunca había tenido hijos y era pobre.
La habían acusado de atentar contra la iglesia por culpa de sus dos hermosos gatos negros, ellos que en todo la seguían y en todo la protegían. La sentenciaron a muerte por culpa de un ladrón, aquella persona le robó el pan de la tarde, molesta la anciana arremetió contra él y como era de esperarse los gatos la apoyaron. Así qué el ladrón fue a la capilla después del enfrentamiento a contarle a su viejo amigo, el padre, lo que había sucedido. Siendo amigos, el sacerdote pidió que arrestaran a la anciana pero la petición fue negada, entonces no le quedó más opción que llamar a los inquisidores para que se encargaran del asunto.
Pasaron semanas antes de que los matones llegaran. El escape de la anciana fue difícil y con un precio muy grande. Cuando la intentaron atrapar sus gatos saltaron a protegerla y mientras escapaba escuchó los últimos maullidos de sus pobres criaturas. Su huida había sido exitosa, nadie sabía dónde encontrarla, parecía que la suerte le había sonreído al fin.
Todas las mañanas, tardes y noches de aquellos días sólo recordaba su pasado, a través de las pequeñas ramas rotas tiradas por los soldados del rey. Aquellas ramas que al pisar le recordaban su triste infancia en el orfanato. La mayor parte de su niñez la pasó en ese oscuro, lúgubre y extraño lugar, en el que sólo recibía una vez al día una pobre comida porque los fondos eran insuficientes. Desde ese momento su odio empezó a nacer, dentro de sí la vida moría, su espíritu se corrompía por el odio de aquellos que la habían maltratado, lastimado y detestado. Esta etapa terminó cuando ella y otros niños de las otras rejas lograron escapar, aunque uno de ellos no lo logró. Tuvo que olvidarse de él, no podía regresar o se enfrentaría al peor de los castigos. Sus gritos nunca la dejaron vivir en paz.
El bosque seguía sereno como de costumbre, el viento no entraba en los grandes hoyos que entre los árboles muertos surgía, el sol calentaba la tierra pero sólo en los pequeños momentos en los que traspasaba las nubes. Era difícil encontrar animales o insectos en esa zona, las pequeñas madrigueras eran escasas. Ese día sólo pudo comer un pequeño trozo de carne de rata. El sabor y el aroma la hizo trasladarse al momento después del escape del orfanato, recordó cómo creció en la calle y cómo veía a
la gente caer muerta a sus pies por la peste. La vida era tan frágil que una mísera enfermedad acababa con todos sin piedad. Recordó cómo se sentía el hambre a sus inicios y cómo sus amigos la ayudaban a sobrevivir.
Ellos eran tan generosos que donaban sus alimentos para que comiera. Lo que ella no sabía es que su verdadero objetivo era acabar con ella y así terminar con su hambre eterna. Uno de ellos le contó todo el plan, lo que querían hacer y le recomendó huir.
En el camino a una nueva ciudad encontró este bosque, aquel que no muere ni vive. Lo supo sólo por un rayo, un rayo que impactó directo en un árbol, en el más grande de todos ellos, y aquél sobrevivió ileso.
En medio de sus recuerdos, su estómago crujía, el fuego se había apagado ayer, y sus intentos por prender unas brasas para calentar lo que le quedaba de esa rata fueron nulos. Su tiempo se acababa, no podía continuar en ese bosque para siempre, su vida llegaría a su fin si no encontraba el secreto.
—Magnífico bosque dime tu secreto, dime la verdad, salva mi vida. Tú que a todo mueres y a todo vives, cuídame y protégeme, dime tu secreto, dime la verdad.
La vida después de escapar de sus antiguos amigos había continuado, así que decidió vivir en ese bosque. Un día los soldados del rey estaban al asecho, acamparon y comieron todos los animales del lugar. Rompieron ramas, maltrataron árboles y pisaron raíces. Por falta de comida tuvo que huir a la ciudad, nunca vio algo tan hermoso, no recordaba edificios tan grandes ni monedas tan brillantes. Sin embargo ya no era una niña,
la única forma de conseguir comida sería pidiendo, rogando y suplicando por algo para llenar el estómago. Dejando sus recuerdos atrás, empezó a caminar por el bosque como había hecho los últimos doce días. Estos recuerdos la mataban por dentro poco a poco.
Logró distinguir unas personas a lo lejos, unas hormigas a esa distancia, con miedo empezó a correr. Una vez más las pisadas, la ramas quebradas la llevaban atrás. Recordó la última vez que corrió, cuando el ladrón usurpó su comida, “todo esto fue culpa de ese maldito”, pensó. Mientras corría empezó a cambiar el panorama, los árboles pasaban a ser largos arbustos secos, igual de muertos que los anteriores. Parecía estar en un laberinto, no recordaba por dónde había venido. Tuvo que recobrar el aliento y la calma para buscar la salida. La noche comenzó a caer sobre ella, su tiempo se agotaba, si encontraban su campamento todo quedaría perdido. Mientras oscurecía vio cómo la luna menguante se alzada por los cielos alumbrando lúgubremente los pasillos entre aquellos arbustos. Algunos de estos pasadizos estaban tapados por montones de hojas secas que debían conducir a una
salida. Llevaba ya unos treinta minutos buscando la salida, los patrones se repetían, la historia no acababa.
Pudo ver un hoyo a la distancia, bajo un par de arbustos, corrió y pasó por él, éste la llevó cerca de su campamento. Las luces en la cercanía brillaban, podían distinguirse unos diez hombres que seguramente la estaban buscando. El árbol de los secretos, sereno como siempre, esperaba su regreso. La anciana se hincó y le suplicó a todos los árboles, principalmente al más grande de estos:
—Árbol, bosque, ramas; te suplico la piedad que no me has dado. Te suplico que me protejas y me cuides. Te suplico que tu secreto me digas y que tu secreto me salve. Dímelo y tenme piedad, dímelo y tenme cuidado, dímelo y eternamente te protegeré bosque eterno.
Los inquisidores lograron ver un movimiento extraño a la distancia y con la prisa de encontrar a esa bruja, corrieron. En el pequeño campamento no lograron encontrar nada, sólo se distinguían los dos árboles más grandes del bosque, uno de ellos con un aspecto viejo y áspero, el otro nuevo y suave. La vieja había desaparecido, se había esfumado. El secreto ya estaba guardado, la última persona que logró conocerlo fue aquella anciana, en su último día como humana.


Obra: Moonlight
Autor: Diana Gabriella Castillo Toriz
Lugar de residencia: Puebla
Redes: Facebook: https://www.facebook.com/D.i.a.N.a.G.C.T
Twitter: @DianaGabriellaC
Cristina Pérez Timal | Puebla, México | Red Social: @ccristimal
I. Muchas veces, hay tardes que parecen no cesar; que sin importar cuánto quisiéramos arrancar esas ganas inmensas de terminar, de agotar las tardes tristes y bohemias, no logramos hacer anochecer. Así fue la tarde en que mi madre murió...cuando pereció y me dejó en este mucho vil y absoluto. Contemplé entonces las muchas formas en que pude hacer cambiar y evitar lo inevitable. Pero, al parecer, lo inevitable fue aquello mismo que los ángeles no suelen conversar mucho acerca de. Para evitar confusiones, traté entonces de salvar algunas pertenencias, unos cuantos puros de mi madre, algunos otros libros que se hallaban en su alcoba, y sus vestidos. Esos vestidos que la hacían lucir como Audrey Hepburn – sencilla y deleitable a gusto, olfato, vista y tacto. Ella era bella, tan trágica, tan real y sin tendencia a cambiar. Ella era perfecta. Pobre de mi madre. Pobrecilla, lucía ahora tan pálida, y tan fría, ahora sí que había cambiado. ¿Pobre? No. La manipulación en su forma humana, convertida en doncella implacable, inolvidable, fuente admirable de grandísima belleza y asombro inquebrantable. Ella madre santísima mía y sólo mía. Esta madre de quien su cuerpo, la misma naturaleza por la que expongo, naturaleza inevitable, he decidido guardar. Comento pues, que su cuerpo putrefacto me llenaba y
saciaba de asco. Sus caireles, más muertos que yo mismo por dentro; estos se paseaban sobre sus hombros hasta caer en y sobre su espalda. Rápida muerte tuvo la vieja inepta.
Rápida y con sufrimiento necesario, rápida y desesperante. Acongojada muerte inminente que, incesante me llevó a actuar muy por encima de mis valores y principios profesionales. Inquietante situación, he de admitir –De cualquier manera, el cuerpo de mi madre comenzaba a molestarme, especialmente sus latidos. Sí sus latidos odiosos. La vieja comenzaba a despedir sus olores insoportables sobre el cetro de cedro que un ebanista cualquiera habría creado para mí y por mí. Qué asquerosa lucía ahí toda putrefacta llena de muerte. Pero claro, siempre cautivante y más que nada, fantástica por sí sola. Eso podía hacer ella, ser fantástica con su sonrisa plena con que me calmaba desde que tengo memoria – al llorar, al sentirme derrotado, incluso cuando sin querer asesiné a mi pequeña ave golondrina, también la odiaba y me exasperaba. En todo caso, siempre me había gustado ver de alguna forma el sufrimiento ajeno. Era algo deleitable. Podías tener el poder de una vida humana o de cualquier otro ser en tus viles y putrefactas manos.
Podía yo, solo, por las razones que yo decidiera, tomar la decisión sobre dejar a alguien vivir o interrumpir la misión que el gran señor había impuesto. Yo, entonces fungía como la máxima autoridad celestial que ha habido y por haber en un abrir y cerrar de ojos. En un don que se me ha otorgado, y he de confesar que me fascina. Es más, te contaré querido lector, hace tiempo y cuando yo era un poco menos experto y casi imperfecto, en una maniobra casi imposible, había estado jugando con mi odioso hermano menor; ¿por qué lloraba si sólo eran mis manos actuando como un nudo ajustado?
Sé que le encantaba fastidiarme. Que descanse en paz el infeliz. Este habría sido un don que desde que había tocado a mi hermano menor, no tenía el placer de practicar. En fin, qué deliciosos recuerdos. Café, eso es, es lo que yo necesitaba: una buena ración de café y unos cuántos puros de tabaco meneándose sobre mis labios, entrando y viajando por dentro de mi agitado cuerpo lleno de inevitables sentimientos que no terminaban por cesar en mí, como la tarde misma. Mi sentir me llevaba poco a poco a ir aceptando lo que yo había hecho. Pero nunca me había pasado de esta manera, nunca había sobre pensado tanto mis actos. Ciertamente, ahora no era mi preciosísima golondrina la que se encontraba fría y pasmada, era más bien... ¿mi madre?
En cuanto más veía el cuerpo de mi madre, más ganas me daban de lanzarme por una borda. ¿Dolerá mucho? ¿Será cierto lo que dicen acerca del suicidio y su relación con el “infierno”? Si
es así, todo menos el infierno por favor, dicen que es más terrible que la muerte misma. Quizá, si me lanzara de una buena vez, ¿sería una muerte rápida e inminente al momento de que mi cráneo golpee el suelo y se produzca una contusión irreversible? No sé. Inestable, inquieto... sí algo así como inquieto, podría decirse. Sobre mi cama yo postrado, no lograba si quiera acariciar el sueño que para mí representaba el encuentro débil de una que habría para mí sido el grandioso ser que yo no me acomedía a dejar ir así como si nada. Como si nada o como si todo. Como si tanto o como si poco. Como un pájaro en vuelo o como si yo yendo alto, muy muy alto.
Querido juez, en verdad no crea que soy un desalmado, realmente yo no podía dejar que se fuera así, ella habría sido todo para mi, ¡lo juro!
De noche, de día, de tarde, qué importaba... pero ya sé, siempre suelo hablar de más. Ella no confiaba en mí, me observaba señor juez, no comía, y, y... a duras penas salía de su cuarto, y cuando lo hacía, oh Dios, sólo se paseaba por los pasillos de la casa y yo me mantenía cerca, y ella se alejaba y así todo fue, y, y, y, ella estaba más pálida y lloraba y se reía frenética y ¡escuchaba su odiosa maldita música de su cajita con una bailarina! ¡UNA DESGRACIADA BAILARINA! ¿A quién demonios se le ocurre, señor Juez? Sus manos eran ya más frías que de costumbre. Relámpagos: así eran, ajá, relámpagos que caían uno a uno sobre mi jaqueca. Vi pasar sus diez dedos de las manos moverse como amasando un algo invisible. Pff, Sólo eran sus músculos enfriándose. Siempre ella
fue así: “Adelaida, tienes las manos tan frías acaso ¿te sientes bien?”, siempre eran las múltiples preguntas que mi madre recibía. El que sus manos estén tan frías, no me sorprende, siempre fue así. Pero algo en ella ha cambiado, insisto. Al fin. Todos podrán tacharme de loco, todos dirán que soy un insensible. Tal vez todos tengan razón y me lean por el simple hecho de la curiosidad. De... descubrir cuán enferma mi mente se encuentra, y la rapidez con que mi sed de locura se apodera de mi mente y de mis sentidos, hasta ahora ciegos, sordos, mudos. Entonces, ¿quién es el loco? ¿Tú o yo?, ¿quién es el que se encuentra completamente enfermo? ¿Tú mi amigo fiel o yo, tu amigo infiel? ¿Quién es el enfermo?, pequeño curioso. Procuro no pensar en ello, porque no me gusta del todo estar en mis cabales; eso significa pensar en el bien y el mal y eso... eso es aburrido. La mente suele traicionarnos, y quizá yo soy un loco y tú eres simplemente un maniático. O quizá yo soy un loco maniaco e insensible dogmático, y tú un pobre diablo curioseando por allí. No te preocupes, todos lidiamos con ello. Todos tenemos escándalos, demonios, maldiciones y manías que suelen dejarnos a la deriva frente a demonios incluso más grandes y poderosos, incompatibles, inentendibles, radicales, sociópatas, socialistas, fascistas, comunistas, incomprendidos y vagabundos. Todos estamos locos, unos de corrupción, otros tantos, corruptos maniacos compulsivos; y para ser honestos eso me gusta mucho: la compulsión. Qué insoportable, qué inevitable y trágico me parece ser o estar. Pero aún, un poco más, el no ser o no estar. Corrijo, no lo sé aún, no he no estado, o he estado ausente, pero no he desaparecido del todo. Supongo que es a lo que le laman “sobrevivir”, y realmente me asusta la idea de estar muerto. ¿Lo estaré? ... no sé realmente no lo sé o no lo quiero saber –. Tampoco he gozado el bienestar de estar completamente en el aquí y ahora, solamente he sobrevivido como la mayoría de ustedes. Sin más premisas. Todos estamos locos. En fin, gracias, gracias de todo corazón, ahora sé que por fin tengo que deshacerme de mi odiosa y preciosísima madre. No había tenido el valor de hacerlo, sólo pude estrangularla, pero nada más. Su cuerpo empieza a agitarme. Gracias por ser el espectador de mi obra maestra. Muy agradecido.
Autor: María Fernanda González Cañedo
Lugar de residencia: Puebla, México
Red social: FB, Fernanda González
Categoría: Microficción
Le gustaba comparar a las personas con objetos astronómicos. O a ella, más bien. Le gustaba compararla a ella con objetos astronómicos.
Le gustaba pensar en ella como un universo, como su universo.
Había algo en ella, algo que casi parecía mágico, que le recordaba al espacio. Y ella nunca entendió por completo la dedicación casi científica con la que estudiaba su cuerpo.
Sus ojos le recordaban a las fotografías que había visto de hoyos negros, esa clase de infinidad que te devora y te pierde sin que te des cuenta.
Cuando sus manos la tocaban, él pensaba que así es como se debió sentir la Tierra cuando cayó el meteorito. Una
serie de shocks que lo dejaban sintiéndose como nuevo, cómo si con solo un toque ella pudiera hacer desaparecer todo lo que había en él y reemplazarlo con algo más.
Pensaba que su risa era como seguramente sonaba el nacimiento de una estrella. Hacía lo que podía para llenar el cielo nocturno de ellas.
Había tantas cosas por descubrir, una cada vez más maravillosa que las otras. Había constelaciones enteras en su piel que parecían hechas para que sus dedos las descubrieran, y se preguntó si su respiración se perdía tan a menudo como la suya.
Y el día que no estuvo, el día que decidió irse, se preguntó si ese silencio era el mismo que sonaría el día que el universo dejará de existir. Concluyó que sí.

José lo había conseguido: María miraba las flores marchitas del parque revolución; María hojeaba un libro en su cuarto desnuda; María sudaba muy nerviosa en la lectura de su discurso de despedida en la graduación de la Facultad de Medicina; María jugaba al filo de las lágrimas con un gato que no podía llevarse a casa; María depilándose las piernas; María contemplaba el derrumbe de la lluvia antes de internarse en ella; María leyendo la carta que José le había dejado en un libro viejo junto a un rosa; María subiendo al autobús; María diciendo adiós empañando la ventana; María sacando la cabeza por la ventana; María gritando algo que era incomprensible.
José retira los ojos del microscopio. Y vuelve a llorar.

Autor:
Eduardo Oyervides
Lugar de residencia:
Cuernavaca, Morelos
Red social:
FB, Eduardo Oyervides
Categoría:
Microficción

RED
El Centro Cultural Segundo piso ubicado en el corazón de San Andrés Cholula, abrió sus puertas al público el 1o de junio del año en curso, surge a partir de la inquietud de dos jóvenes licenciados en danza egresado de la UDLAP: Diana Morales y César Aragón, con la finalidad de impulsar las artes en San Andrés Cholula y promover a los jóvenes artistas en crecimiento. Proyecto privado al que posteriormente se unieron el diseñador David Espinosa y la maestra en tecnologías de la información Saraí Aragón, igual egresados de la UDLAP.
A través de la creación del Centro Cultural Segundo Piso, se brinda un espacio para la comunidad y de esta manera se impulsa la innovación, difusión cultural y formación de público mediante el acercamiento hacia las artes. De esta manera artistas nacionales e internacionales pueden compartir sus obras, conocimientos y experiencias con personas de todas las edades.
Teniendo un compromiso con:
Comunidad: Crear una red de artistas escénicos sólida.
Cultura: Generar público, proveyendo un espacio en el cual convergen las artes.
Sociedad: Acercar el arte a la gente y brindarles una perspectiva alterna.
Somos:
Propositivos - Planteando una nueva visión del arte.
Innovativos - Convirtiendo ideas en material tangible.
Inclusivos - Creando una comunidad a través del arte.
Responsables - Comprometiéndonos con la comunidad y el arte.
Actualmente contamos con talleres para niños y adultos tales como: Ballet, Danza
Contemporánea, Break dance, Danza Africana, Jazz-funk, Yoga, Pilates, Danza
Tenemos la visión de posicionarnos y mantenernos como un foro que brinde oportunidades a artistas locales, nacionales e internacionales, para la creación y presentación de propuestas artísticas.
Creativa y Yoga-Padres e hijos. Además cada mes hemos ofrecido talleres intensivos con reconocidos artistas nacionales e internacionales como: Cinthia Pérez Navarro (México), Melanie Mar (Austria), Lourdes Roth (México), Consta Montero (Costa Rica).

Nu Haus, tienda creativa que ha fungido como plataforma para dar a conocer artistas visuales emergentes en México, así como también ser un facilitador para la interacción con las artes aplicadas emergentes. Como tienda y espacio de gestión cultural nos dimos la tarea de lograr el desarrollo del pensamiento y la expresión creativa de las personas a través de la realización de sesiones creativas que involucren diversas técnicas artísticas y que a su vez logren poseer un carácter didáctico, así como ofrecer un espacio donde exista un intercambio cultural cuya actividad pueda inclusive llegar a convertirse en un hábito.
Nos es imprescindible brindar apoyo a nuevos talentos y artistas emergentes mediante estructuras sólidas. Creemos fielmente que compartiendo nuestros conocimientos como productores podemos lograr el desarrollo del pensamiento y la expresión creativa de las personas. En Nu Haus apostamos por el desarrollo cultural de la sociedad.
Ubicación: 2 Norte #802 San Andrés Cholula, Puebla, México.
Horario: Lunes a Viernes 11:00-14:30 y 16:00-20:00
