“Mi experiencia viene de que ya he conseguido pintar el halo de las cosas. El halo es más importante que las cosas y que las palabras. El halo es vertiginoso. Hinco la palabra en un vacío descampado; vacío es una palabra como un fino bloque monolítico que proyecta sombra.”
Agua viva, Clarice Lispector
carta editorial
Detrás de la ensoñación pasillos breves de limitadas formas. Sueño líquido, vapor que canta, mariposa para desgranar. Entré entusiasmado para gozar de mi primer espectáculo circense. Una puerta se abre. El jóven entró a su habitación. Una brevedad que oprime. Casa deshabitada. Pensar en un mundo mínimo. Un gran debut jamás es justo ni merecido. Y tú te atreves a tener un nombre. Un estrecho transcurrir. Era el signo preciso de algo que se escondía en aquellas bóvedas magmáticas. Una brevedad que hiere. Una especie de trance negro. Detenerse ante el esplendor. Todo lo suyo, lo imaginaba perdido. Las tormentas no traen nada bueno. Una brevedad que aquieta. Por el contrario, el mundo exhibe una absoluta indiferencia.
Los editores
Editores
Carlos Esteban Sisiani
Enzo Garcia
Fernando Rocha Rosario Héctor J. Hernández Bautista
ESPORA, Año 2, No. 14, agosto a septiembre, es una publicación mensual editada por la Universidad de las Américas Puebla a través de la Escuela de Artes y Humanidades. Ex hacienda Santa Catarina Mártir s/n, San Andrés Cholula, Puebla, México, 72810, tel. 222 2292000, www.espora.udlap.mx, esporarevista@gmail.com. Editora responsable: Clemencia Corte Velasco. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo no. 04-2016-102014364800-102, ISSN: en trámite, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Carla Laura de la Hidalga Jiménez, Eric Josué Ibarra Monterroso y Montserrat Flores Castelán, Ex hacienda Santa Catarina Mártir s/n, 72810, San Andrés Cholula, Puebla, México. Fecha de última modificación: 23 de noviembre 2017. Queda prohibida la reproducción parcial o total, por cualquier medio, del contenido de la presente obra, sin contar con autorización por escrito de los titulares de los derechos de autor. Los artículos, así como su contenido, su estilo y las opiniones expresadas en ellos, son responsabilidad de los autores y no necesariamente reflejan la opinión de la UDLAP.
El guardián
Enzo Garcia
Santa Rosa
Carlos Esteban Sisiani
La mentira
Héctor J. Hernández Bautista
Tzompantli
Manuel Ignacio Illanes Díaz
Último hombre
Zureima Zaldivar
Reveses suicidas
Rusvelt Nivia Castellanos
Los Teuless
Manuel Ignacio Illanes Díaz
Gancedo, en este rincón
Marcelo López Marán
El coco
Iván Medina Castro
Las costillas argénteas del Éufrates y el Tigris
Roberto Cambronero Gómez
El cuentista
Rusvelt Nivia Castellanos La musa
Fernando Rocha Rosario
García Enzo
Río Gallegos, Argentina
f: Enzo García
El guardián
Después de varios días de intensas precipitaciones, pude continuar con el retorno a mi hogar. Admito que me entristecía mucho el hecho de ensuciar mis borcegos luego de la inmensa labor que significó lustrarlos. El gran barrial del camino, el ambiente desértico del pueblo y la ropa enchastrada eran los toques finales que condimentaban el turbio puchero de mi carácter.
A tres cuadras de mi humilde morada, escuché el primer sonido agradable en mucho tiempo: el cantar de un canario. Me tomó nada más un par de minutos hallarlo en un muro en mal estado sobre el terreno de una antigua, aunque imponente, casa deshabitada. La bellísima melodía que profería el pajarito le hacía justicia a la propiedad de estilo colonial por donde se encontraba posado. Yo, embelesado, tuve nuevos bríos para continuar mi marcha. Pero no sin antes abalanzarme con la velocidad de una liebre sobre el ave para proveerle lo que en la intemperie le pudiese faltar.
Una vez en casa me dirigí al altillo que sirve de depósito, y tomé de allí una oxidada jaula para el canario. El animal, con la misma sobriedad que demostró cuando lo rescaté, se posó sobre una de las anillas, prosiguiendo así con su actividad melódica.
Sí, está encerrado, pero lo alimento y lo cuido bien. La libertad le puede significar la muerte. No puedo dejarlo a la voluntad de gatos, halcones, buitres y quién sabe qué más.
Jamás se lo pregunté y no lo pienso hacer, porque tendría que estar delirante para hacerlo. Pero no es extraño suponer que mi querida ave está agradecida conmigo.
Carlos Esteban Sisiani
Santa Fe, Argentina
Las tormentas no traen nada bueno – susurró pensativa Edelmira, mientras volvía a poner un paño de agua fría sobre la frente de su pequeña nieta que sufría de una alta fiebre.
¿Por qué, abuela? – preguntó la pequeña.
Nada bueno… - dijo sin responder la pregunta de la niña.
Agustina giró su cabeza hacia la ventana cerrada, pensando que la avanzada edad de su abuela y su creciente sordera eran la causa de la falta de respuesta. “Seguramente no me escuchó”, pensó. Afuera, la tormenta de Santa Rosa de fines de agosto golpeaba la ventana con una fuerza inusitada.
Bebe esto, linda – pidió y le acercó un vaso con una solución color amarronada que, al beberla, dibujó una mueca de desagrado en el rostro de su nieta.
¡Argh! ¿Qué es eso?
Te ayudará a dormir. Cuando despiertes todo habrá pasado.
¿Qué pasará?
La tormenta. No trae nada bueno – respondió la anciana mientras con un gesto de su cabeza señalaba la ventana, al tiempo que retiraba el paño frío y acariciaba su cabeza.
¿Qué tiene la tormenta?
Nada bueno… – repitió.
La tormenta se tornó más oscura. El sonido del agua y el viento sobre las paredes eran un somnífero para la pequeña que, poco a poco, caía en un profundo sueño. En ese camino, la sobresaltó el ruido de aleteos y garras arañando el techo de chapa de la habitación. “Debe ser una bandada de pájaros que escapa de la tormenta”, pensó.
Varias horas después, cuando Agustina despertó, se encontró sola sobre su cama. Todos habían escapado. El horror había terminado.
Héctor J. Hernández Bautista
Veracruz, México.
f: Héctor J. Hernández
¡Seguro!, me dijo, pero ni tan seguro ni tan dicho. Lo que pasa es que respiro y no encuentro verdad en este aire tibio. ¡Seguro!, repitió con más confianza. La mentira hiere, educa, azota: hay un brillo en la mentira que parece de fuego. Dicen que la mentira suena al tintineo de la plata, y que anda en tres patas porque de tan vieja usa bastón. ¡Seguro!, termina de convencerse. Recuerdo las mentiras de ese primer polvo que el viento trajo de nuevo varias veces. La mentira como los ratones hace nidos en la pared. Recuerdo ese polvo y su sonrisa de traspatio sudoroso, ondulante. Como la mugre adherida bajo los puentes. ¡Seguro!, dijo en atención a mis ojos inquisidores. La mentira santa y doblegada tiene un templo en cada estómago. Seguro será; pero seguro seguro no fue.
CDMX, México f: manuel.illanes.5
En el libro XII de la Historia general de las cosas de Nueva España de Bernardino de Sahagún, los informantes indígenas relataron al franciscano los diversos presagios que supuestamente se sucedieron antes de la llegada de los españoles y la posterior destrucción de la ciudad. Toda una serie de acontecimientos -entre ellos el advenimiento de cometas, la quema del templo de Huitzilopochtli y la aparición de algunos extraños seres que, llevados ante Motecuzoma, terminaban por desaparecer- daba cuenta de la inminencia de la catástrofe. El mundo completo, de alguna forma, alterado en su misma esencia por el próximo arribo de los extranjeros, revelaba a los aterrados indígenas el avance del mal, su inevitabilidad. Cuán diferente este panorama -mítico o no, la cuestión no es esa- de la experiencia presente de violencia y terror que se vive en México. Nada ha preparado a los ciudadanos para el actual orden de cosas, ninguna señal de la tierra o del cielo, ningún trastorno en la naturaleza. Por el contrario, el mundo exhibe una absoluta indiferencia frente a los sangrientos hechos cotidianos, que parecen completamente normalizados, asumidos como única y última realidad. Baudrillard hablaría de la transparencia del mal. Sólo que, en este caso, no existe tal transparencia: la violencia es exhibida en los medios de manera casi indecorosa, se la visualiza en todas partes, pero escindida de su sentido, como manifestación sin causa, ex
Manuel Ignacio Illanes Díaz
Zureima Zaldivar
ultimo hombre
Vi la muerte de un hombre que tenía un corazón hecho de la mejor madera.
Corazón podrido en humedad. (Los corazones podridos repelen con su mal olor todo lo que es bueno).
Y tú te atreves a poner tu dedo sobre tanta incertidumbre.
Vi la muerte de un árbol cortado por la mitad, luchando aún por mantenerse vivo, cansado ya de estar de pie.
Y tú te atreves a tener un nombre sin despojarte del anonimato.
Destino, realidad, justicia, Dios. ¿Quién cortará para conseguir buena madera el último árbol del que se cuelgue el último hombre que intente huir de ti?
Ciudad de México t: @zuqui
Rusvelt Nivia Castellanos
Colombia
Reveses
Era soltero como ningún otro hombre. Se llamaba Miguel. Permanecía en su casa. Sufría de pena moral. Casi no salía a las afueras citadinas. Odiaba a la gente del mundo. Le gustaba la soledad. Evitaba recibir las visitas de los familiares. En su encierro, lo que más hacía era ver televisión. Las tardes las fugaba entre los dramas de las telenovelas. La ausencia de sus padres, fue el motivo que lo llevó a ese estado de postración. Ellos fallecieron tras un cáncer de sangre, que se los fue devorando despaciosamente. Y por eso, Miguel, no quería hacer nada en especial. En verdad, el agudo dolor lo agobiaba. Padecía de melancolía. Sus ojos se violaban con descaro. Su piel se resecaba. Todo lo suyo, lo imaginaba perdido. Ya no sentía su pasión y ya no tenía ganas de ser actor. Pese a vivir con su hermano mayor, el delirio mental lo enloquecía. Entre las ocasiones, pensaba en el suicidio. Lo desconsolado podía más que sus ilusiones. Así que Miguel, quiso jugar un día con la muerte. Por el cruel desequilibrio suyo, ideó la fatal determinación. Una mañana de abril, fue hasta al aposento de su padre. Ingresó sin miedo a la claridad de aquel vacío. Se acercó al armario del viejo, que tanto lo adoraba. Luego, abrió una de las dos compuertas y exasperado, cogió el revólver que ambos usaban para romper platillos. De más agobio, decidió recargar el arma con una sola bala. Esperó un instante y de repente cerró los ojos y giró el tambor con fuerza. Una vez estuvo todo listo; volvió a abrir las vistas, fue hasta la cama matrimonial. Por allá; se sentó sobre los tendidos negros, levantó la pistola y apretó el gatillo, se disparó en la cabeza. De súbito, retumbó la explosión. En consecuencia, se voló un pedazo del cerebro y sin embargo no se mató.
Manuel Ignacio Illanes Díaz
Ciudad de México, México f: /manuel.illanes.5
Sábado 8 de abril, visita a la exposición “Los Teules” de José Clemente Orozco, en el Museo Carrillo Gil. Había visto algunos de esos cuadros en enero del 2011, la primera vez que vine a México, pero en el contexto de una muestra mayor, que englobaba gran parte de la obra del pintor. Todavía recuerdo el impacto que me provocaron esas pinturas: una especie de trance negro, el de ver la violencia representada sin tapujos -ella que siempre es tan reservada en su impudicia, que cambia de máscara a voluntad-. La crudeza de la guerra de conquista escenificada, exhibida en todo su esplendor de sacrificios, combates sin fin, agonía. Una danza de la muerte que parecía traspasar el pasado y proyectarse más allá de las paredes del Colegio de San Ildefonso, engarzar con los enfrentamientos que, por aquellos días, convertían las calles de Acapulco en una morgue de cabezas y cuerpos ensangrentados. “La conquista de México no ha terminado”, rezaba el cartel que acompañaba uno de los cuadros, como hablándole a los espectadores, recordándoles lo que sucedía a su alrededor. Ese mismo trance revivido el sábado 8, con filosa intensidad. La convicción de que los cuadros eran una ventana al corazón íntimo de México. Si es que tal cosa existe. Si es que el corazón íntimo de México no es una punta aguzada de pedernal. O un espejo de obsidiana que ya no ahúma. O un viejo incensario roto, quebrado, que alguien enterró antes que la palabra tiempo fuera pronunciada en cualquier idioma. O la cabeza desgajada de un caballo, que reposa entre escombros y cadáveres descompuestos -tal como en Los Teules IV, una pintura de la serie-. El espanto vuelto lujuria, extensión imperial del rojo por todos los dominios.
No era habitual ver a Gancedo convocado por el arte pugilístico. Si bien en su vejez había sido frecuente de los grandes cuadriláteros, ahora que empezaba a volverse un joven amateur y que sus fuerzas musculares habían aumentado, no parecía muy conveniente que anduviese entrenando con tanto empeño, haciendo bailes de sombra y solos de sparring tan temerarios. Aburría hasta el fanatismo merecido cada intercambio de brazos largos; y cada mordedura de lona consolidaba el sello de su decadencia triunfal. Menos se prodigaba en su guardia, menos se imponía en su ataque, más público lo silenciaba de pie, cuando no lo abucheaba extasiado.
Fue aquel su instante de menor esplendor.
Sin embargo, nada pasa de moda. El éxito suele encapricharse con nuestra pelea inédita. Un gran debut jamás es justo ni merecido. Nunca lo dijimos, pero pecamos de pacientes: le rechazamos cada uno de sus mánager, por una cuestión de bolsas fabulosas. Y eso estaba muy mal. No sabíamos que en todos los finales de asalto, en cada tintineo de campana, en cada toalla no arrojada, siempre se origina lo mejor.
Gancedo dejó de pelear un día en que le prohibieron el acceso a los gimnasios del under : ya estaba muy chico para boxear. Hoy se pierde la vida a nuestro lado, en el ring–coliseo de su padre Malavena, el que cerró ahí nomás, en la calle Balboa, por una cuestión de polleras criminales. Y nosotros vamos a cinchar por él. Y nos enorgullece verlo atontar bolsas de arena y árbitros de sogas flojas. Gancedo es nuestra estrella caída, nuestra promesa olvidada y nuestra menor sensación. Un gran futuro parece cerrarse en su pasado. Todo está hecho y en ruinas. Aunque su carrera recién esté comenzando, si es que no la ha perdido ya.
Y nosotros quietos, noqueados, como si la vida no nos iniciara la temida cuenta de diez. Como si al principio, el jurado del tiempo no hubiese empezado, unánime, a fallar.
Corrientes, Argentina f: marxscell
Marcelo López Marán
Iván Medina Castro
Ciudad de México, México
Duerme, duerme, niño lindo, que viene el Coco… Anton Chéjov
Entré entusiasmado para gozar de mi primer espectáculo circense como todos aquellos chavalos sonrientes y bulliciosos. Fascinado ante aquella novedad de exquisita luz, tenue y multicolor, entre animales salvajes y valientes trapecistas dando maromas mortales por los aires al verse seducidos ante la comparsa de aplausos. Impetuoso. Mis ojos especulativos se clavaron en el payaso cuando el telón principal se corrió tan despacio como sólo él sabe hacerlo. Quedé estupefacto, sin aliento, con el semblante completamente pálido. Mis padres preocupados trataron de darme ánimo al explicarme las funciones graciosas e inofensivas de aquel artista. No quería escuchar o quizá simplemente no escuchaba. Al incrementarse mi conmoción, al sentir próxima la presencia de ese bufón con risa mezquina, comencé a tiritar hasta quebrar la frágil vara del algodón de azúcar que sostenía con firmeza por mi mano izquierda; al saber mis dedos libres, ceñí con fuerza la suave muñeca de mamá y me desvanecí sobre la butaca. Al llegar a casa, sin resistencia física, volví a aquel cuarto tapizado con cientos de rostros maléficos de arlequines desquiciados, a la sala obscura de mis pesadillas pueriles, a la habitación donde cada noche de función se me hacía morir con el preámbulo del tétrico rechinar de las bisagras del clóset: un crujir cambiante toda vez que las pequeñas puertas opacas ceden hasta encontrarse abiertas, y el guiñol, salido de la penumbra avanza con una delicada morbosidad hacia mi pequeña cama infantil, grávida de suplicios, como otras tantas veces lo ha hecho.
las costillas argénteas del éufrates y el tigris
Roberto Cambronero Gómez
San José, Costa Rica f: Robertocambronero2
Apenas lo vi me acordé que soñamos o soñé, que es lo mismo, en la noche en que decidimos fundar una república soberana en una votación siempre unánime, con unas cavernas iluminadas por el fuego de unos hornos terribles, entre más caminaba el calor se ponía peor y aquella hornada se repetía.
Es una caverna dijeron es una catacumba.
Entre los caldos de nitratos había cadáveres de animalejos calcinados a piedras basales, de vez en cuando, sin que lo esperáramos, aparecían altares e ídolos anónimos de muslos bovinos y ombligos de hernias, cabellos de anémonas, esos ojos de azulejos que flotaban en vapor sulfurado que la presión hacía que el iris revoloteara dentro de la cápsula de cristal: era el signo preciso de que algo se escondía en aquellas bóvedas magmáticas, pero la ironía de los diseños geológicos nos impedían por siempre encontrar el final de ese enigma. Rasgamos el montículo bajo los ídolos, encontramos (como hogazas, como flautas y vides, como espadas) las costillas argénteas —plata sólida— del Éufrates y el Tigris.
l cuentista E
Rusvelt Nivia Castellanos
Colombia
El joven entró a su habitación. Fue hasta el escritorio que tenía allí. Se ubicó en la silla, extrajo de la gaveta varias hojas con un lápiz y se puso a escribir. De repente, fue creando un cuento de esos maravillosos. Según como pensó, erigió a dos personajes con precisión. Les dio forma extraordinaria. Los hizo por medio de alusiones. Ellos parecían ser hombres de verdad. Entre sus voces, por sus tendencias, conversaban tanto así que hasta alcanzaban a exteriorizar sus sentimientos. Eso, claro, al narrador lo impactaba. Se daba cuenta de cómo originaba esta obra universal. Además, intuía la ruptura de la realidad con el plano espacial. Tras lo fulgurante, fue inventando una tierra de selvas naranjas. Allá siempre había una luz estelar. En medio de la magia, los dos protagonistas subían por una montaña frondosa. Paseaban con la sonrisa en sus caras. Andaban por entre muchos arbustos. A su creación, ambos seres tenían la piel mestiza, sus ojos eran azabaches. Uno era calvo mientras el otro tenía el pelo encrespado. Esto fue lo que quiso el escritor, quien fue poético con sus descripciones. Hacia lo seguido, los dos viajeros se adentraron en una gruta de esmeraldas. Cruzaron la entrada penumbrosa. Avanzaron por entre las rocas. Más juntos, pasaron por un estrecho donde había múltiples cigarras. Las contemplaron durante unos instantes. A ellos este milagro natural los esperanzó, los puso a fantasear. Allí estuvieron efusivos. El mismo paisaje los refrescó. Para lo otro preferido, las dejaron a ellas atrás con sus vuelos, con sus cantos. Y de nuevo, los dos emprendieron rumbo a su destino. Bien, ellos llegaron en poco tiempo a un pozo de aguas azules. Pronto, se metieron al fondo de ese hueco como si fueran experimentados. Felices, se consumieron en lo lucífero y nadaron hasta ir a lo desconocido. Cadenciosamente, recorrieron varios bosques de algas, vieron distintas ruinas de barcos y una vez allá en lo inhóspito, ambos seres se purificaron, fueron perfectos. En cuanto al literato, antes del fin, se liberó.
La musa
Fernando Rocha Rosario
Ciudad de México, México f: FherAllan
La musa es un sueño líquido, vapor que canta, mariposa para desgranar; se acomoda en mis sienes y con su látigo de arcoíris hiere a la página, o hierve bajo la lengua y es disparada como un planeta.
Ella, semilla de realidades, es soberana de cualquier dimen sión: un cascarón lunar, el silencio astillado, las cuevas del cie lo, el estallido de una primavera, la nada espumosa. Brota del castañeteo del ocio y de una bandada de voluntades. Germi na como un deseo y está armada de silogismos. Coloca en mis manos un avispero de resplandores y hago blanca a la noche, endulzo los desiertos, arranco montañas, derrito el sol.
Cuando llega a mí, abrasada de agua, la muerte ya roe sus mejillas; es una pila de vaivenes, hemorragia de fortuna ebria que ancla sus manos en mi corazón para que el infinito me hiera y las cicatrices sean poemas.
Su huida es la bienvenida del vacío: entre mutismos afila dos, la náusea asciende y estalla en un grito de cenizas: las letras se pudren pero mi deseo les clava moños de oropel.
Quisiera encadenarla con un relámpago, convertirla en mi volcán de palabras y no aguardar su estampida de locura, pero si así fuese ¿cuándo podría inventar universos de mi carne?
cita
cita
“De costumbre permanezco allí largas horas, el cuerpo y el pensamiento a la deriva. A menudo no queda de mí en la superficie, más que un vago remolino; yo me he hundido en un mundo misterioso donde el tiempo parece detenerse bruscamente.”