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SERGIO PÉREZ CORTÉS

LA TRAVESÍA DE lA ESCRITURA DE A

lA

lA

CULTURA

ORAL

CULTURA ESCRITA

TAURUS PENSAMIENTO


lA TRAVESÍA DE lA ESCRITURA D.R.©Sergio Pérez Cortés, 2006

D. R. ©De esta edición: Santillana Ediciones Generales, S.A. de C.V., 2006 Av. Cniversidad 767, Col. del Valle \-léxico, 03100, D.F. Teléfonos: 5420-7.'i30 y 5604-9209

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Primera edición en :\>léxico: junio de 2006

ISB:"i: 970-770-425-X D. R.©Cubierta: Lupina Becerra Posada

Impreso en México Todo..., lo..;, dcrcrho.., reo;,crvado..... Esta publica< iún no ptlt'dc ser rl'pro<hH ida, ni t'll todo ni en pan c. ni rc�istrada en o tran�mitida por un ..,i•acma de n·cupcraciún de infúrmaciún, t'TI ningun<1 form.t ni pm ningún medio, sea nwc<Ínico, fotoquímico. dt·c trúnico, magn(·tico, dt'ctroúpti( o. pn1 foto<"opi.t o naalquitT otro, sin t'l permiso previo, por escrito, de la c:clitorial.


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IN DICE

I!'.'TRODCCCJÓN

7

ARQCEOLOGÍA DE LOS HÁBITOS INTELECTL'ALES CAPÍTULO l. DICTATORES' NON SCR!JYJ'ORES .

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El secretario y la escritura . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

26

El autor y la composición memorística . . . . . . . . . . . . . . . . . .

40

Persistencia del dictado . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

70

CAPÍTULO 11. LA VOZ, EL ML'RML'Ll.O

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Y EL SILE:\"CJO: lA LECTL'RA

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91

Lectores de la Antigüedad clásica . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

91

Leer ante la asamblea de fieles . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

128

El lector en el monasterio . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

154

CAPÍTULO III. LA PÁ(;JNA LEGIBLE Y LA LECTL'RA SILENCIOSA . . . . .

171

Autonomía de la página . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

181

Leer y escribir en silencio . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

199

C'APÍTL'LO IV. LA CIRCl!lACJÓ:--; POR LA PAlABRA Y EL ESCRITO . . . .

209

La voz y la escritura del ausente: las cartas de la Antigüedad . .

209

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

211

¿Cómo se escribe una carta?

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Las palabras de un amigo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

219

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

224

La voz pública de la carta antigua

1-IV) . . . . . . . . . . .

233

Una forma de difusión del libro latino: las recitationes . . . . . .

233

La reproducción del escrito. El significado de "edición" . . . .

239

Edición y difusión del libro antiguo (siglos


CAPÍTCLO \', COPIAR POR ESCRIBIR . .

.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

251

El monje medieval ante su página . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

251

La valoración del libro y del escriba . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

264

NOTAS..............................................

287

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BIBLIOGRAFÍA .


INTRODUCCIÓN ARQUEOLOGÍA DE LOS HÁBITOS INTELECTUALES

Nuestros hábitos intelectuales se han vuelto silenciosos. Normalmente leemos en silencio, las más de las veces solos, dejando que el alma perciba a través de los signos las palabras de un ausente. También escribimos en silencio, de propia mano o en el teclado, sin duda como parte de una téc­ nica que nos permite seguir razonablemente de cerca el hilo de nuestros pensamientos. Son actos que de tan familiares se han vuelto impercepti­ bles. Sin embargo, esos hábitos sigilosos son resultado de profundas transformaciones históricas y culturales. Se ha olvidado el largo proceso que fue necesario para que el ojo humano se adaptara a realizar por sí solo el reconocimiento de los signos, sin el auxilio de la vocalización, mientras se imponía cierta disciplina para evitar el movimiento del cuer­ po, a pesar de que puede afirmarse que, desde una perspectiva histórica, esos actos taciturnos son minoritarios respecto a otros momentos en que la voz colaboraba con la página. Pero ellos han adquirido la fuerza de la obligación. Es natural, porque son legado de lectores y escritores silencio­ sos que desde el Renacimiento se refugiaron en sus estudios, convertidos en santuarios personales, en los que se entregaban a sus placeres solita­ rios, al grado de que el sigilo se ha convertido en sinónimo de "actitud ra­ cional" y se considera vástago de la razón únicamente a aquel que medita, reflexiona y escribe en la quietud (y a veces en la angustia) de su fuero in­ terno. Escribimos y leemos taciturnos, de modo que nos sorprende el lec­ tor o el escritor que murmura o vocaliza, y tendemos a pensar que la suya es una anomalía, una falta de autocontrol, una suerte de indisciplina con­ tra el silencio. No obstante, si se reflexiona un momento, esta asociación entre lectu­ ra, escritura, soledad y razón no tiene el carácter de evidencia que se le otorga. Tal es, al menos, la prueba que este libro desea aportar. Remitién­ dose a la Antigüedad clásica y la alta Edad Media, este libro se propone

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describir un paisaje en el que la voz y la memoria se contaban entre los co­ laboradores cotidianos del intelecto. En ese momento, aquel que se ex­ presaba retóricamente estaba inmediatamente cubierto de una tradición inmemorial, del prestigio de un arte noble, tan apreciado que sólo era su­ perado por la habilidad militar y que, por otra parte, era la vía de acceso privilegiada al poder político. Por supuesto, ese mundo de notables ora­ dores ya coexistía con la cultura escrita. La Antigüedad y la alta Edad :vle­ dia poseían la escritura y, en ellas, las pági nas circulaban extensamente en documentos oficiales, obras literarias, edictos, cartas, testamentos, epita­ fios y hasta graffiti. Se había iniciado el camino que, a la larga, provocaría las enormes transformaciones culturales y científicas descritas por exce­ lentes autores contemporáneos, quienes han probado que la cul tura mo­ derrla sería impen sable sin el aporte de la página escrita. Todo ello es verdad, pero el cambio no fue instantáneo. Procedente quizá de sus an te­ cedentes ágrafos y sin duda debido a las relaciones existentes en las socie­ dades an tiguas, la voz y la memoria aún poseían una legitimidad incon tes­ table; permitían una intensa vida i ntelectual cuyos productos no cedían en valor a sus equivalentes escritos y suscitaban entre sus practicantes un intenso apego emocional. La cultura textual tenía que desplazar a esos prestigiosos inquilinos. Para que finalmente se estableciera la relación en­ tre el escritor y su página en blanco, y el lector con su página muda, fue­ ron necesarios siglos de transformaciones en las convicciones humanas. Es porque ni la escritura, ni la lectura silenciosa son impulsos individua­ les, sino técnicas socializadas, que dependen de ciertas relaciones en tre las comun idades de lectores y escritores, y de ambos con la página escrita. Mien tras prevalecieron las antiguas premisas, a pesar de la presencia es­ porádica de lectores y escritores taciturnos, la voz viva con tinuú en la cima de \ida civilizada. La Antigüedad y la alta Edad Media fueron civili­ zaciones poseedoras de la escritura, pero no fueron civilizaciones de la es­ critura y, en estas condiciones, la página escrita debiú colaborar con la voz y la memoria para crear un universo espiritual particular, ajeno al nuesu·o. La voz y la memoria no fueron incidentes menores. Ellas prolongaron su presencia desde tiempos in memoriales hasta bien en trada la Edad Me­ dia. Y no constituyen una suerte de prehistoria de los hábitos intelect ua­ les modernos porque su mundo era autosuficiente, completo y satisfacto­ rio. Pero más que su duración en el tiempo, es importante seilalar su profunda implantación en cada tmo de los momentos de la actividad in­ telectual. Ellas im pregnaban todos los comportamientos, los gestos y las actitudes corporales de los autores y los lectores, lo mismo que la página escrita satura la vida en tera de sus colegas contemporáneos. Con ellas como telón de fondo se tjercían todas las facultades de irnaginaciún, en-


tendimiento y juicio. Eran la voz y la memoria las que se encontraban de­ trás del hábito de dictar, al que dedicamos el primer capítulo. En efecto, los autores antiguos no escribían en la soledad de sus estudios intermina­ bles borradores llenos de citas y referencias, sino que componían mental­ mente a partir del material que habían acumulado en la memoria, prove­ niente de lo que leían o de lo que habían escuchado leer, y luego lo pronunciaban, cuidando los valores retóricos, fonéticos y rítmicos, para que un secretario convirtiera sus palabras en signos visibles. La escritura y la composición, que en nuestros días constituyen un acto simultáneo, rea­ lizado en un único momento y por una sola persona, era llevado a cabo por dos o más individuos, dotados de distintas habilidades. La faena de es­ cribir era incompatible con el arte de componer y el concepto que el au­ tor tenía de sí mismo, no es el nuestro. Para los antiguos, la composición era algo que se realizaba fundamentalmente en el espíritu, mientras la es­ critura no era sino la forma petrificada de una obra alqjada ya en la men­ te. Ellos eran dictatores, no scriptrrres, lo que deriva en su particular com­ promiso emocional y toda una serie de prácticas y actitudes insólitas, y en ocasiones extremas. Debido a su soledad, cuando el autor moderno escribe, tiene en la mente a un lector anónimo, distante y taciturno que, corno él mismo, pue­ de ir y venir por las páginas del texto para verificar la compleja estructura lógica que lo sostiene. Cuando el autor antiguo componía, por el contra­ rio, en su imaginación se presentaba una lectura expresiva, solemne y vi­ gorosa, realizada ante públicos expectantes y a veces bulliciosos. Sus textos estaban compuestos para "sonar". É l sabía que no serían interpretados en el tono rel�jado del habla cotidiana, sino con la fuerza y el dramatismo que le impregnaba el lector antiguo. Por eso esperaba que en su �jecu­ ción vocalizada se reanimaran las mismas emociones y sentimientos que él mismo había resentido en su fuero interno en el momento de la com­ posición y que serían transmitidos a su auditorio con el resultado, quizá, de que fuera su propia voz, y no la del lector, la que escucharan sus cerca­ nos. Debido a la lectura en voz alta, a la que dedicamos el capítulo segun­ do, el autor an tiguo y medieval con frecuencia temía tanto al 'juicio del oído", como al veredicto de la lógica. El lector antiguo tenía ante los ojos una página de difícil in terpreta­ ción, realizada en scriptio continua y prácticamente sin puntuación algu­ na. No era una página amable, pero en contrapartida era una página neu­ tra que le otorgaba un amplio margen para la introducción de toda una serie de valores fonéticos, retóricos y expresivos que se harían patentes en el momento de su t:jecución pública. El lector era un intérprete activo, como puede serlo hoy un músico ante su partitura. Por eso recibió una


L� TRAVESÍA DE LA ESCR!Tt:RA

intensa preparación y fue objeto de preocupación y constantes reflexio­ nes en la cultura antigua y medieval. Un laborioso proceso fue necesario para llegar a una página que ofrece toda la información necesaria para un recorrido visual, veloz y silencioso del mensaje escrito. La lectura rápi­ da y silenciosa tiene diversos factores tras de sí, pero uno de ellos es la gra­ dual invención de un conjunto de convenciones gráficas presentes en las páginas modernas y que ha hecho pasivo al lector moderno permitiéndo­ le, a cambio, diversas formas de aproximación al texto, por ejemplo, la lectura de referencia o el tránsito distraído por una infinidad de escritos rápidamente producidos y rápidamente obsoletos. A la constitución de la página legible, y a ciertas consecuencias derivadas de la lectura en silen­ cio, está dedicado el tercer capítulo. Cuando el autor antiguo concluía su obra, la difusión se llevaría a cabo, primero mediante lecturas públicas y luego mediante copias ma­ nuscritas, normalmente de carácter privado, empezando por su círculo más próximo. Era un momento que lo llenaba de satisfacción y de zozo­ bra porque su obra adquiría presencia pública, pero quedaría expuesta al plagio en la memoria de sus auditores y a las infidelidades en la copia, que eran un riesgo latente en la cultura manuscrita. El autor antiguo no podía contar con la reproducción mecánica de millares de c:;jemplares idénti­ cos, inviolables a la intervención del lector. Tomaba entonces todas las precauciones a su alcance, pero sabía en contrapartida que mediante la voz, su obra alcanzaría un auditorio mucho más amplio que el número de sus posibles lectores y, median te la memoria, podría pasar a formar parte de ese patrimonio de cultura y afecto que en la Antigüedad y la Edad Me­ dia permitía que un hombre y sus palabras pudieran ser recordados por generaciones, aun en momentos en que n inguno de sus escritos estaba presente. A esta colaboración de la palabra y el recuerdo en la difusión de la página escrita, se dedica el capítulo cuatro. B�jo el término "escribir" se ocultan realidades muy diversas. Para el autor moderno, "escribir" es expresar su experiencia personal e irrepeti­ ble. Y no hay duda de que a esa ansiosa búsqueda de sí mismo se deben algunas de las cimas más altas de la expresión literaria. Pero para el escri­ ba en la Antigüedad, ese mismo término significaba la transcripción de las palabras pronunciadas por otro, m ientras para el escriba monástico significaba la piadosa tarea de copiar magníficos manuscritos dedicados a la liturgia pública o a la devoción privada. La escritura como medio de expresión personal es la culminación de complc:;jos procesos culturales. Pero no es una evidencia i nmediata, e incluso puede asegurarse que no estuvo disponible durante siglos, cuando se habían extinguido las anti­ guas escrituras cursivas cotidianas y la única institución lingüística puesta

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SERt;Jo Pf:RFZ CoR rf:s

por escrito era el latín, que después de un cierto momento represen taba para todos una lengua ajena. Mientras la lectura alcanzaba los bordes de la excelencia, la escritura era una compleja habilidad artesanal. La escri­ tura y la lectura, que entre nosotros son inseparables, representaban por el contrario habilidades distintas y hasta contrapuestas. La escritura me­ dieval puede llenarnos de admiración, pero entre sus motivaciones no se encontraba sino un mínimo impulso a la expresión personal. De ello da testimonio el copista monástico, al que se dedica el capítulo final de nuestro libro. En síntesis, una mezcla de la voz, la memoria y la página impregnaba todos y cada uno de los hábitos intelectuales básicos. Las obras maestras que hoy leemos como textos, en realidad son un t�jido elaborado con hi­ los de la audición y la memoria. El intelectual antiguo y medieval escucha­ ba leer, memorizaba, dictaba, debatía y exhortaba siguiendo los métodos ya probados por una prestigiosa tradición . En esa trama compuesta por signos visibles, signos audibles y remembranza<; debían desenvolverse sus facultades intelectuales y emocionales. En ella se desplegaba su imagina­ ción y sus ideales, se organizaba su entendimiento y se ejercía su razón . Ahí obtenía su propia iden tidad como intelectual, debido a la posesión de esas habilidades retóricas y memorísticas excepcionales que habían exigido una larga preparación física y mental. Por esa misma trama, sus obras escritas n unca estaban !�jos de la voz y la rememoración, las cuales modelaban el contenido, influían en la forma, participaban en su difu­ sión. Es posible entonces postular que existía una continuidad entre los procedimientos, el intelecto y sus resultados. A la búsqueda de esa asocia­ ción es a lo que hemos llamado una "arqueología" de los hábitos in telec­ tuales. Si todo esto es cierto, los autores y sus obras no pierden valor, pero se muestra que ambos existieron al interior de un cierto juego de proce­ dimientos dentro de los cuales los actos del intelecto se precisan y adquie­ ren forma. Debido a su vínculo con el uso de las aptitudes cognitivas del individuo, las habilidades de lectura y escritura ofrecen un observatorio privilegiado. Ellas prueban que el intelecto no es una aptitud carente de determinación, porque la utilización de las facultades humanas está aso­ ciada a los dispositivos técnicos y discursivos a su alcance. La antigua asociación entre la voz, la memoria y la página corresponde entonces a uno de los capítulos de la fenomenología del espíritu humano, esta vez referido a la conciencia que realiza su propia experiencia de los artefac­ tos literarios, y si esta arqueología concluye que las obras y el intelectual antiguo y medieval son diferentes, no es porque sean "primitivos", por­ que obedezcan a otras reglas lógicas, o porque posean otra mentalidad, sino sencillamente porque son resultado de otros procedimientos.

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L\ TRA\'ESiA

llE lA ESCRITL:RA

La aparición de la escritura y la lectura silenciosas no fue una sencilla modificación técnica, sino el índice de una transmutación profunda de valores e ideales. La memorización, el dictado y la lectura en voz alta re­ presentaban, además de una forma de transmisión del saber, una mane­ ra de constituir y pertenecer a una comun idad de lectores, escritores y auditores, un recurso particular a las aptitudes del gesto y el cuerpo, y una valoración de la presencia y la palabra humana<;. Eran más que metáfO­ ras aquellas expresiones según las cuales las páginas antiguas "cantaban", aunque se ha perdido la habilidad de escucharlas. La victoria del ojo y de la página muda trajo consigo un mundo diferente. La desaparición del espacio multicolor y animado de la voz viva y la memoria, la extinción del compromiso psicológico entre el autor y su auditorio, la sustitución de todo ello por lectores y escritores solitarios, motivados únicamente por sí mismos, no dejó de ser sentido por algunos como una pérdida. Algunas de las dudas y reticencias que en su momento asaltaron a aquellos gran­ des oradores son aún perceptibles, pero todo ello yace en el olvido. Era el precio necesario para llegar a nuestras páginas silenciosas. *

Antes de iniciar, dos precisiones resultan indispensables. La evidencia de los autores citados se extiende desde la Grecia en la época de Sócrates y concluye hasta inicios del siglo XIII, en torno a la figura de Santo Tomás de Aquino. Sólo ocasionalmente habremos de referirnos a la Grecia preso­ crática, porque ésta es una cultura decididamente oral, protoliteraria, y en el otro extremo habremos de detenernos en el umbral de la escolástica y la aparición de las universidades medievales, en el momento en que la cultura textual adquiere el predominio definitivo que no ha perdido. Un arco de tiempo gigantesco que puede ser severamente reprochado, pero que se justifica si, como lo creemos, las transformaciones en los hábitos in­ telectuales son perceptibles únicamente en la larga duración y si, como es­ peramos mostrarlo, los antiguos hábitos del intelecto sobrevivieron con modificaciones, importantes en ocasiones, pero no esenciales. En segundo lugar, no es de ningún modo nuestro propósito menos­ preciar el enorme esfuerzo de filólogos, paleógrafos o historiadores clási­ cos que ha permitido reconstruir ese monumento espiritual que es la cul­ tura literaria en la Antigüedad y la alta Edad Media. La reconstrucción del "mundo de las letras" antiguo y medieval es un legado magnífico, compartido por todo el Occidente. Si podemos tomar como testigos a esos autores antiguos, es porque aquellos nos han abierto el camino, sin que pretendamos n inguna originalidad o una erudición imposible. La

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SlRGIO Pf.Rrz CoRTi:s

nuestra es una contribución más modesta que busca reanimar a viejos compañeros del intelecto: la voz y la memoria. Cuando las obras antiguas pasaron a la escritura, toda la actividad verbal y memorística que se en­ contraba en su origen quedó acallada. Sólo quedaron entrelazados en las páginas, casi imperceptibles, pequeños rastros de esas grandes emocio­ nes. Reuniendo todos esos signos de aprecio, deseamos restaurar el ani­ mado universo de esos intelectuales que confiaron su autoridad a la pala­ bra y al recuerdo. Devolviendo a esos personcyes su antigua dignidad, deseamos hacer un pequeño homenaje a otras formas de comportamiento intelectual en las que también se cumplieron todas las expectativas huma­ nas. En un momento en que los hábitos intelectuales se modifican ante nuestros ojos, quizá no sea inútil recordar una constelación espiritual di­ ferente, compuesta de signos visibles, sin duda, pero acompañada por l a sonoridad d e la voz viva y la afectividad del recuerdo.


CAPÍTULO 1 lJJCTATORES NON SCRJPTORES

L

a paciencia ha permitido acumular pruebas de que la mayoría de los autores antiguos dictaban sus obras y no las escribían por sí mismos. Tras el milagro del texto se ha ocultado que un cierto número de autores grie­ gos y muchos más latinos, los Padres de la Iglesia y los autores de la alta Edad Media füeron dictatrmsno scriptores. Escuchemos a Sanjerónimo re­ ferirse a su actividad de escritura: Debo pues preparar mi leng-ua como un stilusy un cálamo para que el Es­ píritu Santo escriba por medio de ellos en el corazón de los que escu­ chen con sus oídos. A mí me toca ofrecer mi leng-ua como instn1mento; a É l, hacer que a través de ese instrumento resuene lo que es suyo. El stilus escribe en la cera, el cálamo en el papel [ . . . ] pero mi lengua, a seme:jan­ za del rápido escriba ---que nosotros solemos llamar taquígrafo- graba­ rá, como en estenografia, en las tablas carnales del corazón. 1 Además de declaraciones similares hechas por los propios autores, los biógrafos reportan con frecuencia el dictado como un acto rutinario; así, Posidio escribió: "Después de ocuparse de los bienes terrenales, el alma de San Agustín saltaba a los más elevados pensamientos del espíritu, ora para reflexionar en el descubrimiento de la verdad divina, ora para dictar lo que ya conocía, o bien para enmendar algunos de los trabajos ya dic­ tados y transcritos". 2 Desde luego, la costumbre de dictar no era exclusiva de los Padres de la Iglesia; los grandes autores clásicos también la indican, un poco de pasada, en sus obras o su correspondencia. Horacio, por ejemplo, le dice en tono de confidencia a su joven secretario: "Ve, niño, y escribe de prisa esto en mi librito".3 He aquí una declaración enviada por Cicerón a su amigo Ático: "De todo ello podrás deducir cuán desespera­ damente ocupado me encuentro. Como no tengo un minuto para mí y me he visto obligado a tomar un paseo para refrescar mi pobre voz, la he dictado paseándome". 4

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L\ TRA\'t.Si.\ m. lA

ESLRJrl.RA

i\o sólo eran dictadas las obras espirituales o filosóficas sino tambi(�n ooras técnicas o científicas. Galeno, el célebre médico, repite una y otra vez que dictaba sus libros: "A los principiantes les dicté los libros Sobre los huesos y So!Jre los jmlms, a un amigo platónico le entregué dos libros in tro­ ductorios[ . . ] 5 Incluso Jos textos de gramática eran pronunciados antes que escritos: Pompeyo, el gramático cristiano del siglo v d. C., al momento de dictar tenía ante sí un �jemplar abierto de la gramática de Servius, Jo que le permitía actuar corno un hombre que está hablando ante una au­ diencia, a la cual imagina ofreciendo una ol�eción: "me dicas mihi [ . . . ] ", o bien expuesta a la influencia de una tercera persona: "si aliquotiens [ ... ] . 6 E l hábito de dictar no estaba reservado a los grandes hombres y se extendía a todas las clases sociales, porque para "escribir" no se reque­ ría poseer ninguna habilidad caligráfica: una carta del siglo JI a.C., firma­ da con el seudónimo de Espeusipo dice: "l las de saber que mi salud es po­ bre, pero aún soy capaz de escribir, porque mi lengua y las facultades de mi cabeza están intactas".7 Dicho brevemente, el dictado fue una práctica extendida en todo el tejido social y en todos los géneros literarios, que persistió durante un largo periodo de la vida intelectual de Occidente: los escritores representados en los vasos griegos de la primera mitad del siglo V a.C., ya reciben el dictado de textos de poesía/; y si tomamos un in­ menso arco de tiempo de 1 8 siglos, encontramos dictando a Santo To­ más: "Mientras dictaba en su recámara el tratado De Trinitate se encontra­ ba tan absorto en su contemplación que una veladora de cera se consumía en su mano sin que sintiera ningún mal : él había prohibido a su secretario que lo distrajera, pasara lo que pasara" Y El predominio del dictado no provenía de que ignoraran la importan­ cia del texto escrito: desde Cicerón hasta san Anselmo está presente la convicción de que un escrito elegante y pulido sólo se logra teniendo el texto ante los �jos, con la consiguiente posibilidad de enmendarlo. Ade­ más, el dictado tenía serios inconvenientes, ante todo, hacer coincidir la composición con la enunciación impedía al autor la pausa necesaria para considerar la belleza o la exactitud de la expresión; luego, estaban las leyes de la palabra pronunciada, que lo obligaban a ir siempre hacia delan­ te y no le permitían volver atrás para establecer todas las conexiones lógi­ cas necesarias y, finalmente, la intirnidatoria presencia del secretario ante el que los autores temían mostrarse vacilantes, retrocedían ante la ver­ güenza de corregirse y preferían pronunciar lo que se les venía a la men­ te. Los autores romanos consideraban incluso que el dictado impedía mantener los intrincados patrones m(:tricos y rítmicos que caracteriza­ ban la buena prosa. Desde san jerónimo hasta Guibert de f\;ogent, todos aceptaban que el dictado podía conducir a un texto inacabado y solían .

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SER< .10 l'i:lu:z CoR 1 f:S

disculparse por recurrir al procedimiento: "Seguro te parecerá inculto el discurso de mi pequeñez; pero ya te he dicho muchas veces que no se puede cuidar un discurso que no es pulido de propia mano (propria manu limaverit) . Así pues disculpa mi dolor de c�jos, es decir, disculpa si tengo que dictar". 1 0 Pero, a pesar de la firmeza de esta convicción, los autores dejaban el trah�jo de escribir en manos de secretarios y copistas. Cicerón, por <:iemplo, quien en sus obras llega a recomendar a todos que practi­ casen la escritura, recurría siempre a su secretario, Marco Tulio Tirón, al punto que fue éste quien dc:jó su nombre y el primer gran impulso a las notae tironnianae, que son la versión latina antigua de la taquigrafía. También a San Agustín la cuestión parecía inquietarle: en sus Soliloquios, una obra en la que, en busca de certeza, el santo entabla un diálogo con la Razón, ésta le seiiala la necesidad de escribir por sí mismo, sobre todo porque algunas de sus atrevidas reflexiones exigían una completa sole­ dad, advirtiéndole sin embargo de los riesgos que escribir significaba para su frágil salud. En el diálogo, Agustín debió reconocer que todo eso era cierto, agregando que no sabía en absoluto qué hacer. 1 1 A decir verdad, resolvía el dilema dictando incesantemente. É l no únicamente dictaba todas sus obras, entre ellas sus ConfesionPs, sino también las pe­ queiias anotaciones y comentarios que se encuentran en los márgenes de los manuscritos que sus secretarios leían para él: "Si alguien como San Agustín , de origen modesto y el menos exigente de los hombres die­ taha sus obras, cartas y anotaciones, es que durante toda la Antigüedad la acción de escribir fue considerada como un trab�jo manual que exi­ gía salud robusta y que resultaba incompatible con el trab�jo de la refle­ xión". 12 Se comprende así que en su libro La doctrina rristiana, San Agus­ tín enaltezca la taquigrafía corno una de las artes más útiles y preciosas de las que debía servirse el cristiano. En breve: cualesquiera que fueran las imperfecciones reconocidas al dictado, a los qjos de los autores anti­ guos, de ningún modo bastaban para invalidar las obras pronunciadas por sus labios. A diferencia de lo que sucederá en la alta Edad Media, los autores anti­ guos tenían la alternativa de recurrir al dictado o bien escribir por sí mis­ mos. Esta situación se refl<:jaba en el latín de la i�poca de la República, cuando el tümino srribPre podía significar indistintamente el arte de la composición o el acto físico de escribir, mien tras de dirPre, "decir", el latín había extraído dos frecuentativos a los que había asignado funciones dife­ rentes: dicto, "dictar-'' y dictitio, "repetir con frecuencia". n Sin embargo, ya Quintiliano percibía que una evolución en tre esos términos estaba en marcha, y hacia el siglo III d. C. la situación se había modificado. En san Je­ rónimo, que es uno de los autores más explícitos, dirtatio y dirtator, ti'rmi-

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nos que eran creaciones recientes, aunque podían sugerir la idea de "re­ petir verbalmente", eran ya voluntariamente opuestos a srribere, mien tras había surgido un término, dictator, para aquel que realizaba ese acto: 1 4 "En san Jerónimo, dirtatio parece describir una fase intermedia entre la com­ posición y el dictado, con un sobreentendido: componer dictando". 1 5 Dictare empezaba a significar el acto de "componer", "redactar", y luego enunciar a otro lo que se había compuesto para su transcripción; dictare superaba con mucho a srribere, porque incluía nociones como "prescrip­ ción", "composición" e "inspiración", por eso Marcial invita así a Fausti­ no: "Da ya a la luz pública, Faustino, tus escritos, y saca de tu docto pecho una obra culta". 16 La diferencia no siempre se establecía con claridad: a veces Jos autores se referían a sí mismos "escribiendo", pero ésta era una expresión metafórica que indicaba el hecho de dictar a un secretario, quien transcribía esa "escritura en voz alta". La importancia de la expre­ sión verbal era tal que incluso escribir de propia mano no eliminaba al dictado. Dadas las características de la página que debía copiar, el escriba romano tenía que repetir pronunciando lo leído y Juego escribía, con­ fiando más en su memoria aura! que visual ; 1 7 el escriba monástico medie­ val , más tarde, haría lo mismo, dictándose interiormente el texto que iba a escribir, actuando como si pronunciara por su cuenta (de ahí que un co­ pista de origen germánico pudiera escribir Jocabo en lugar de vocabo), IH y todavía los estudiantes de las universidades medievales se dictaban a sí mismos lo que escuchaban de sus maestros. 1 9 Más sign ificativo aún, en el caso de que llegaran a escribir, Jos autores se autodictaban, pronuncián­ dose a sí mismos a medida que la mano iba trazando signos: "la lengua dicta a la mano", como solía decir Alcuino, situación que se solía repre­ sentar como una conversación del autor consigo mismo o una conversa­ ción de la mano con el material que recibía la escritura. La composición final nunca era en silencio. En esta condición es descrito Eumolpo, perso­ naje del Satirirón quien, al borde de la muerte, en medio de una tormen­ ta, encon tró el ánimo de escribir versos, siendo descubierto en el mo­ mento en que los transcribía, debido a que emitía "una especie de gemido, como si fuera una bestia buscando una salida".20 El movimiento de reservar a srribere la designación del acto físico de escribir resultaba pues indispensable para diferenciarlo de otra actividad exclusiva del au­ tor: componer dictando. La alternativa para los autores antiguos de elegir entre el dictado o la escritura de propia mano era posible por dos factores técnicos: la educa­ ción que recibían y la existencia de un tipo de letra cursiva de uso cotidia­ no. Ambas forman , por así decirlo, las premisas técnicas indispensables para que alguien se convierta en escritor, por lo que conviene examinar-

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las brevemente. Si se admite la evidencia de la cerámica griega, las repre­ sentaciones de la escritura y los materiales necesarios principian inmedia­ tamente después del establecimiento de la democracia, es decir, alrede­ dor del año 500 a.C. De manera significativa, los vasos que ilustran las escenas escolares y la vida diaria de los jóvenes muestran frecuentemente las tablillas enceradas y el estilete,justo en el momento en que la literatu­ ra menciona por vez primera a las escuelas.2 1 Los primeros vasos en "figu­ ras negras" no contienen pin turas de libros, escritores o lectores, pero to­ das estas escenas están dibujadas en los vasos más tardíos de "figuras rojas", que son contemporáneos de los poetas trágicos griegos.22 En Ro­ ma, por su parte, la presencia de la escritura se constata desde el siglo VI a.C. , pero tal educación debió ser impartida entonces en el seno de la fa­ milia. Las referencias a las escuelas romanas se remontan de cualquier modo muy atrás: según Plutarco, Rómulo y Remo asistieron a la escuela en Gabia y él mismo informa que Spurius Calvinus fue el primero en en­ seilar a cambio de pago: "podemos, en todo caso, considerar a la primera mitad del siglo III a.C. como el inicio de la escolarización organizada".23 Sin embargo, debe tenerse presente que, en la Antigüedad, la educación estuvo al alcance únicamente de quienes podían pagarla y nunca tuvo un carácter público o democrático. La alfabetización un iversal, tal como hoy se concibe, no fue un ideal y mucho menos un objetivo de la educación griega, romana o cristiana. Las causas son diversas y muchas provienen de la estrictamentejerarquizada sociedad antigua, sin embargo, dicho con sen­ cillez, ninguna conexión fue imaginada entre alfabetización , civilización y madurez social o política.24 El resultado fue una alfabetización concen­ trada en la aristocracia antigua y vagamente difusa entre esclavos, servido­ res o libertos dedicados a leer y escribir para aquéllos, con el agregado de pequeilos grupos de comerciantes y administradores que por sus tareas estaban obligados a elaborar documentos. f�sta era una minoría, y no im­ porta qué tan extensa fuera, siempre fue una minoría que, incluso en un momento tan brillante como la Roma imperial, no pudo alcanzar más allá de 1 5 por ciento de la población total. 25 Para este grupo selecto, el aprendizaje de la escritura se concentraba en la escuela elemental. En un capítulo posterior serán examinados con más detalle los procedimien tos de enseilanza, pero ahora importa seila­ lar los objetivos más generales: los nirios aprendían a escribir copiando y memorizando expresiones selectas. Apenas habituados a seguir el ductus de la letra, los pequeilos debían copiar una y otra vez, sobre líneas guía paralclas,26 las máximas o versos pronunciados por hombres eminentes que sus profesores anotaban como modelos en la parte superior de sus ta­ blillas. El alumno copiaba una a una las letras con el fin de retener el

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enunciado en la memoria, sin necesariamente comprender del todo su sentido. 27 En el estadio inmediato superior, los alumnos se ejercitaban to­ mando dictado, sílaba a sílaba, de un breve texto elegido por el profesor. Además de las habilidades de copiar y tomar dictado, la enseñanza hacía {�nfasis en que el niño aprendiera a escribir su nombre. Escribir su propio nombre es todavía hoy un logro apreciado, pero en la Antigüedad tenía un significado mayor porque serviría para autentificar todos los docu­ mentos que no serían realizados propria manu. Salvo pocas excepciones entonces, la enseñanza básica ofrecía una limitada habilidad de escritura: no mucho más que la capacidad de copiar un breve texto, escribir el nom­ bre propio y tomar dictado de una breve lista de palabras o de un pasaje corto de un autor previamente ensayado.2H :--.¡o era sin embargo desdeña­ ble, porque la habilidad de copiar de manera legible tenía mucha impor­ tancia en una cultura en la que cada copia era un manuscrito original y en la que el nombre propio era reconocido como un símbolo de identifi­ cación en toda transacción legal y oficial. En ningún momento, la escritu­ ra estaba asociada a la composición personal, porque la norma antigua prescribía que la educación debía estar orientada por los principios de imitación y memorización de los modelos tradicionales.29 Dominaban la copia y el dictado, porque éstas son formas de repetición y recordación . Cuando Jos autores romanos rememoraban sus ailos escolares, lo que les venía a la mente eran esas sesiones fastidiosas y los castigos salvajes recibi­ dos de sus profesores. 30 Naturalmente, los futuros autores aprenderían las complejas reglas de la composición retórica en los niveles superiores de la educación, pero, aun entonces, la escritura ocupará un lugar subsi­ diario, porque ellos serían oratores. Tales premisas educativas se revela­ ron extremadamente durables: el joven candidato a los monasterios me­ dievales parece asistir igualmente a una sesión cotidiana de dictado para escribir sobre sus tablillas de cera, probablemente los Salmos.3 1 Bien en­ trada la Edad Media, aprender a escribir seguía realizándose a través del dictado, "que conduce al niño de los sonidos a los signos y a su ftiación en la escritura". �' 2 En cor�junto, los autores antiguos y medievales adquirían la habilidad de escritura, pero ésta no estaba destinada a la elaboración de largas composiciones, las cuales serían productos retóricos, sino a repro­ ducir Jos dichos de los aristócratas o las palabras del Seiior, para su reten­ ción en la memoria. Además de la educación, la posibilidad de escribir de propia mano les era ofrecida por un segundo factor técnico: la An tigüedad romana dispo­ nía, además de la escritura epigráfica ( que los paleógrafos llaman "capi­ tal ") de dos tipos de letra manuscrita, la letra fórmal o textual, utilizada en documentos y libros ( identificada como "rústica", ya bien implantada

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en tiempos de Cicerón) y por otra parte la "cursiva", un tipo de escritura utilizado en la vida cotidiana, en las transacciones administrativas o en reflexiones ordinarias.�� La letra cursiva se caracteriza por su ductus f1uido que une las letras entre sí con frecuentes ligaduras y, puesto que permite que la mano tenga pocos momentos de separación con la super­ ficie de escritura, resulta más veloz y más útil para los fines prácticos. A este último tipo se refería Quintiliano cuando aconsejaba adquirir una buena habilidad de escritura porque "una pluma lenta retrasa el pensa­ m iento y porque dictar es una molestia". El autor requiere de un tipo de letra similar si quiere seguir razonablemente de cerca el hilo de sus pensa­ mientos, mientras que un tipo de escritura más caligráfica que obliga a la ejecución una a una de las letras no es una prolongación del pensamien­ to, sino una laboriosa tarea física, lenta de dominar y hasta una forma de disciplina. �4 Aunque no es posible seguir la morfología de la escritura lati­ na antes del fin de la República, puede suponerse de manera razonable la existencia de tipos cursivos más rudimentarios que podían remontarse hasta mediados del siglo 11 a.C., probablemente descendientes de la l la­ mada "capital cursiva".3 5 La premisa técnica de la letra cursiva, que ade­ más contaba con numerosas abreviaturas, también está documentada en el mundo griego.�6 Los autores griegos y romanos habían adquirido la habilidad para es­ cribir, eran estimulados a hacerlo de propia mano, poseían un tipo de le­ tra ordinario cuya caligrafía era producto de su educación y, no obstante, recurrían a la escritura únicamente en circunstancias específicas. La co­ rrespondencia es uno de esos sitios en los que se detectan indicios de es­ critura personal, sobre todo porque era un acto de amistad esperado, al punto que Cicerón y Marco Aurelio se disculpan cuando no han podido escribir ellos mismos (y no obstante, la mayoría de las cartas que el empe­ rador envió a su maestro Frontón, fueron dictadas) . Cicerón, por ejem­ plo, indica algunas veces su intervención en una carta, "a partir de aquí, mi propia mano",37 para advertir que sigue una sección muy personal. Sé­ neca también solía escribir sus cartas personalmente y lo seilalaba: "Que­ ría ya terminar y la mano se encaminaba hacia el final".38 Suetonio nos hace saber que .Julio César mismo escribía sus cartas privadas y, si tenía algo confidencial que agregar, recurría a signos especiales.39 Este historia­ dor relata que un documento tan personal como el testamento de Augusto fue escrito parcialmente de la mano del emperador.40 Existían razones to­ davía más poderosas de discreción: según Plutarco, los eminentes sena­ dores de la República que fueron perseguidos por conspiración, man­ tenían correspondencia en cartas autógrafas, se dice que Julio César escribió cartas comprometedoras a Catilina. Eran razones confidenciales

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también las que, según Ovidio, llevaban a las grandes damas romanas a enviar cartas escritas propria manu a sus amantes. Además de la correspon­ dencia, en algunos casos los autores escribían por sí mismos los borrado­ res de sus obras o de sus declamaciones. Quintiliano afirma haber visto autógrafos de Cicerón, Virgilio y Augusto e hizo comentarios acerca de la ortografía.41 Pomponius Secundus, un amigo de Plinio el Vittio dice ha­ ber poseído manuscritos de Tiberio y Gayo Graco,42 y Suetonio asegura que tuvo en sus manos notas y borradores de los versos escritos por Ne­ rón, los que, "a juzgar por el número de tachaduras y adiciones, no habí­ an sido copiados ni escritos al dictado de nadie". 13 Era relativamente usual que los esbozos de obras poéticas fueran escritos por la mano mis­ ma del autor, como lo dice Cátulo, iracundo: "Esa zorra desvergonzada me cree su juguete y se niega a devolverme mis apuntes".4 1 Fuera de estos ámbitos excepcionales, no eran los autores sino los profesionales, es de­ cir, esclavos, libertos o escribas adjuntos, quienes man�jaban la pluma. Era privilegio de los autores componer dictando. Así surgirían sus no­ tables productos intelectuales. El dictado traía consigo todo el prestigio de la bella expresión verbal en un momento cuando la oratoria y la retóri­ ca se encontraban en la cumbre de la vida civilizada. Ofrecía además una serie de ventajas adicionales, como un considerable ahorro de tiempo, va­ lor sumamente apreciado debido a la premura con la que algunos auto­ res debían realizar sus obras. 15 San jerónimo, por ejemplo, solía trabajar a una velocidad inaudita, pálidamente reflt;jada por la palabra "rapidez", de manera que dictaba constantemente lo que, de golpe, se le venía al es­ píritu. Se había visto obligado a dictar en una sola noche la traducción del Libro de Judit y, en una sol a j ornada, su traducción del Libro de Tobías, pasando del caldeo al hebreo con la ayuda de un traductor, y del hebreo al latín. 46 Y ésta no era su mt;jor marca personal: había dictado mil líneas por día, es decir, cuarenta páginas actuales de 25 líneas cada una del Comentario sol7re la Epístola a los E.JesiosY San Jerónimo estaba conscien­ te de que incluso los temas más importantes eran tratados con una prisa mayor de la conveniente, pero se disculpaba e incluso defendía el dictado diciendo que "la doctrina no está en riesgo si por dictar se omiten algunas palabras". 18 Una ventaja adicional para los autores era que el dictado les permitía "escribir" en cualquier circunstancia y en cualquier instante. Ci­ cerón, por ttiemplo, escribió a Ático: "Te escribo esto durante los pos­ tres".49 En otra ocasión, invitado a cenar en casa de Volumnius Estrapclus, el mismo Cicerón ordenó la presencia de su secretario para enviar a Papi­ rius Paetus la descripción de la mesa y de los invitados. En la carta insertó citas en griego; se refirió "a la miseria de estos tiempos" y a su propia mo­ ral que le llevaba a reír para evitar llorar; es decir, introd�jo toda clase de

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consideraciones que muestran que la carta no era urgente y que fue dicta­ da únicamente por el placer mundano.50 Semejantes composiciones de sobremesa recibían, desde luego, la más ácida ironía, por ejemplo de par­ te de Persio: "¿No acaso algunos poemitas [ . . . ] dictaron los próceres mientras digerían?". 51 Entreten imientos menores quizá, pero los autores actuaban del mismo modo con obras que apreciaban. De este modo, Sue­ tonio informa que Augusto había compuesto una obra poética, sus Epi­ gramas, "casi siempre durante el tiempo del baño".52 El caso extremo del uso constante del dictado es Plinio el Viejo: su sobrino Plinio el joven re­ lata que su tío aprovechaba cualquier momento libre para escuchar la lec­ tura de un l ibro y hacer extractos y anotaciones. Era un trabajador infati­ gable, lo que le permitió dejar como legado a su muerte la enorme cifra de 1 60 rollos escritos por el recto y el verso con letra menuda, que conte­ nían notas preparatorias para su Historia natural. Cualquier instante le re­ sultaba adecuado para dictar. En invierno, cuando salía de casa, lo hacía en una litera cerrada, al lado de la cual caminaba siempre un secretario, con libros y tablillas a la mano, dispuesto a tomar notas de lo que su amo discurría. Para evitar que el congelamiento de las manos del notarius inte­ rrumpiera sus estudios, Pli nio le había provisto de un par de tibios guan­ tes especiales. Sólo había un momento en que su trab�o se suspendía: durante el baño. Su sobrino hace la precisión, sin embargo, de que era únicamente m ientras se encontraba inmerso en el agua, porque en cuan­ to procedían a secarlo y fregarlo, "ya escuchaba leer algún libro o dictaba algo suyo". -�:3 Desde luego, en la Antigüedad el dictado recibía una alta valoración intelectual. San Jerónimo, por �jemplo, estaba seguro de que los evange­ listas habían dictado las Sagradas Escrituras, pues le parecía imposible que encon traran la calma para escribir ellos mismos. Probablemente te­ nía razón porque sabemos que al menos san Pablo dictaba normalmente sus Epístolas a secretarios. Además del carácter oral de la composición, que conserva frases sin conclusión, saltos, repeticiones y digresiones, va­ rios índices directos e indirectos lo prueban, entre ellos la acreditación de la carta, la suscriptio, y la advertencia de un cambio de letra que san Pa­ blo solía agregar. En 1 Corintios ( 1 6: 2 1 ) , y en Gálatas (6: 1 4) , san Pablo agrega la frase tei emei ceiri páulou, lo m ismo que Cicerón escribía en su co­ rrespondencia mea manu, para advertir del momento en que empuñaba el stilus. En 2 Tesalonienses (3: 1 7) , que se considera una carta pseudóni­ ma, se puede encontrar: "la salutación va de mi propia mano, Pablo, lo cual es contraseña en toda carta mía; así escribo". Tal leyenda era algo usual: después de la lectura que hacía el notarius, el autor agregaba un fi­ nal autógrafo que no podía faltar porque era la prueba de autenticidad,

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mientras el contenido de la frase se comprende porque el destinatario te­ n ía ante sus <�jos una caligrafía que no le resultaba familiar. El autor pseu­ dónimo de Colosenses ( 4: 18) podía usar esas fórmulas como clausura de la carta, pero también podía iniciar una larga sección o una suerte de su­ mario, como lo hizo en 2 Corintios ( 1 0: 1 3) . Cna evidencia directa de la presencia del notarius se encuentra en Romanos ( 1 6: 22) : ahí, Tercio, el secretario "quien ha escrito esta carta en el servicio de mi amo", agrega sus saludos personales.54 En resumen, de las siete Epístolas indiscutible­ mente atribuidas al apóstol, cuatro fueron ciertamente dictadas a un nota­ rius: Romanos, 1 Corintios, Gálatas y Filemón dos más, 2 Corintios y 1 Te­ salonienses fuertemente indican la presencia de un secretario y, en la última, Filipenses, no hay evidencia ni en un sentido ni en otro. Entre las cartas pseudónimas, 2 Tesalonienses y Colosenses fueron ciertamente dictadas, mientras en Efesios, que se estima derivada de las epístolas a los colonenses, es probable que el secretario (o los compaiieros del apóstol) haya hecho una transcripción siguiendo instrucciones sugeridas por san Pablo.55 La educación que el apóstol pudo haber recibido es objeto de controversia, pero sus Epístolas muestran que era capaz de componer y dictar largas cartas, aunque ni él ni su secretario parecen poseer una edu­ cación especial en las artes retórica<; y oratorias. Es posible pues, conceder a san jerónimo que la mayoría de las siete auténticas epístolas paulinas y una buena parte de las cartas pseudónimas ( que para algunos son los prime­ ros textos cristianos considerados Sagradas Escrituras por las comunida­ des cristianas primitivas) fueron escritas por un secretario, quien proba­ blemente tomaba dictado de san Pablo sílaba a sílaba, syllabatim "porque un notarius que tomara notas a la velocidad normal del habla era un !�jo más bien raro". ''6 Las empresas de dictado no eran fortuitas y podían ser enormes, como sucedió con Orígenes, quien, gracias a la generosidad de Ambro­ sio de Nicomedia, al que había rescatado de la herejía gnóstica de Valen­ tín, contaba con siete taquígrafos, un número igual de escribas y copis­ tas, y un cierto número de jovencitas calígrafas.'i7 Así se explica la enorme productividad de Orígenes, que asombraba incluso a sus con­ temporáneos.5 8 Era un scriptorium impresionante, pero la An tigüedad conocía empresas comparables: si se admite el testimonio de Diógenes Laercio, Antígono había puesto a disposición del filósofo Zenón un cier­ to número de copistas.59 Á tico, el amigo y editor de Cicerón, mantenía una legión de esclavos, todos ellos nacidos y educados en su casa, "perso­ nas muy ilustradas, muy buenos lectores y copistas, aunque mediocres en cuanto a su belleza", dice Cornelio Nepote . Ü0 Otro autor sumamente productivo, san Jerónimo, recibía ayuda de los obispos Cromacio y He-

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liodoro, a quienes escribió. "Enviáis ayuda para los gastos y sustentáis a nuestros taquígrafos y copistas para que nuestro ingenio sude preferen­ temente para vosotros". til Resulta difícil imaginar que Tertuliano o Hi­ pólito de Roma hubiesen podido realizar su enorme volumen de obras teológicas sin un equipo de dimensiones considerables, y tan tarde como en el siglo Xlll se ha podido identificar un cierto número de secretarios alrededor de Santo Tomás, quien además con taba con un auxiliar, socirs, un hombre apto para ofrecerle ayuda en su actividad profesional e inte­ lectual. 1;2 Este crecido n úmero de asistentes era en cierto modo natural porque el proceso de producción de un escrito antiguo era complejo: primero, las palabras del autor, llamadas dirtamrn eran transcritas, notarr, por uno o más notarii,6'J quienes tomaban la taquigrafía en tablillas enceradas; lue­ go, esas notas eran expandidas a escritura normal por los amanuenses o liúrarii y, por último, después de una posible corrección por parte del au­ tor, la transcripción era entregada al sr:riba, quien realizaba la caligrafía definitiva, cuyo resultado físico era llamado rxrmplar.G4 En algunos pocos casos, todas estas funciones podían concen trarse en una sola persona, el secretario, quien resultaba tan indispensable que incluso los ascetas más austeros eran incapaces de vivir sin {�!. Los secretarios eran tan comunes como pueden serlo hoy las computadoras y, lo mismo que {�stas, se con­ virtieron en parte indispensable de la vida intelectual, al grado de que su ausencia podía paralizar a los autores o impedirles su trab�jo, lo que ex­ plica las bruscas palabras que san Jerónimo escribió a su amigo Vicente de Constantinopla: "con gusto traduzco para ti algo más de Orígenes, si me pagas un copista". Incluso un autor tan poco convencional como Marcial tenía un amanuense servil cuyo nombre era Demetrio, tan apre­ ciado que al con traer una enfermedad mortal a los 19 ailos, el poeta le concedió irse para que muriera en libertad, de modo que cuando el jo­ ven emprendía el vi�je a las regiones infernales pudo decirle a su an ti­ guo amo: "¡Adiós, mi patrono! ".6 '' Julio César mostró su aprecio de modo distinto: Suetonio, comentando su benevolencia, nos informa que "sólo condenó a muerte a Filemón, un esclavo amanuense que ha­ bía prometido a sus enem igos envenenarle". fiti Pero en tre todos, quizá el homenaje más notable dirigido a un asistente lo ofreció Ausonio: "¡qja­ lá se me hubiese concedido una mente capaz de pensar tan rápido como tú, que cuando yo hablo te adelantas con la escapada de tu pálida diestra! ¿Quién te ha dicho lo que yo pensaba decirte? ¿Cuál es este nuevo orden de las cosas para que llegue a tus oídos lo que todavía no ha salido de mi boca? ". 1;7 La presencia del amanuense es significativa porque la actividad de composición que el escritor moderno realiza en lugares solitarios y si-

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gil osos, era llevada a cabo por los autores antiguos teniendo frente a sí un ser vivo, un secretario. Lo que entre nosotros realiza un solo individuo, el autor, que compone m ientras escribe, en la Antigüedad suponía al me­ nos dos individuos e i mplicaba dos habilidades distin tas: componer y es­ cribir. El secretario se había hecho indispensable en la vida intelectual, porque el trabajo de escribir era un arte en sí mismo. Era éste y no el die­ talar e] que realizaba esa faena artesanal, y para lograr introducirnos en las minucias del taller de escritura, debemos seguir sus pasos. EL SECRETARIO Y LA ESCRITURA Aunque normalmente se trataba de un siervo o un liberto, a diferencia de otras clases de esclavos, en el mundo romano el amanuense no era un personaje desestimado. En la época en que los hombres podían ser com­ prados y vendidos en Roma, el precio de un esclavo que conociera la este­ nografía era casi tres veces mayor que el de un esclavo sin especialización literaria. En el mercado de seres humanos incluso pudo haberse gestado un área específica para esta mercancía, dotada de habilidades l iterarias. Los secretarios podían alcanzar una gran estima a los ojos de sus amos, de acuerdo con las funciones que desempeñaban: ellos podían ser copistas y taquígrafos, pero también cumplían los papeles de calígrafos, archivistas, editores y, en ocasiones, llegaban a colaborar en la composición misma de la obra. En su calidad de taquígrafo, el secretario se limitaba a registrar el dictado, lo que podía realizarse syllabatim cuando el autor enunciaba lentamente sílaba a sílaba, o bien verbatim, a la velocidad normal del ha­ bla, si aquel conocía algún procedimiento para abreviar la caligrafía y ga­ nar velocidad en la escritura. Ésta era la más usual de sus tareas, pero en muchos casos se le encomendaban responsabilidades mucho más com­ plejas, tales como interpretar y dar forma textual a simples piezas disper­ sas, enunciadas con desaliño por el autor. Cuando esto sucedía, el ama­ nuense no tomaba el enunciado exacto, sino fragmentos relevantes que luego debía corregir y editar de manera continua y congruente, convir­ tiéndose en un asociado a la composición. Para ello debía haberse tej ido una gran confianza entre secretario y autor. Así sucedía con Tirón, quien recibía de Cicerón una suerte de guión general del que partía para com­ poner las carta..<; por sí m ismo. Alguna vez, el orador escribió a Ático que había tenido grandes problemas para escribir una carta dirigida a Varrón en la que deseaba ser muy cuidadoso, "por ello no la he dictado a Tirón, quien está acostumbrado a recibir secciones enteras, tolas periochas, sino a Espín taro, quien toma dictado sílaba a sílaba".68

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Unos once siglos más tarde, la m isma situación se presentó a san An­ selmo: la redacción de su obra De similitudinilms se debe a Eadmer, su se­ cretario y biógrafo, quien la editó a partir de los dicta de su maestro conte­ nidos en una serie de manuscritos que se han conservado. Lo hizo más de una vez: el De beatitude perennis vitae es igualmente una redacción de Ead­ mer a partir de un sermón pronunciado por san Anselmo en Cluny. 6Y Este sermón fue escrito porque los monjes pidieron a Eadmer que les en­ viara el texto íntegro, pero puesto que san Anselmo no había elaborado ningún texto, Eadmer debió reconstruirlo de memoria con ayuda del santo.70 San Bernardo de Clairvaux actuaba del mismo modo: él entrega­ ba a sus amanuenses una cadena de palabras clave que servía de base a quienes estaban encargados de realizar la redacción definitiva, y es inclu­ so posible que sus secretarios conservaran una serie de fórmulas preesta­ blecidas, listas para ser reutilizadas en distintos manuscritos. Llegó a suce­ der que un sermón pronunciado por Bernardo fuese enteramente redactado por otro: el sermón fue escrito, pero no había sido voluntaria­ mente dictado por el santo. Los secretarios no se conformaban con po­ ner por escrito las palabras del autor y, partiendo de esos escritos stylo exci­ pere, "extraídos a la pluma", procedían a reunirlos y convertirlos en verdaderas colecciones, algunas de las cuales nunca fueron revisadas por sus presuntos autores. De ese modo, pudieron convertirse a su vez en "compositores", pues en algunos casos su intervención dio forma de tex­ to a lo que no era en principio una obra. Los amanuenses estaban lejos de comportarse como simples copistas: ellos se mezclaban en la obra de su maestro e incluían su propia producción entre los trabajos de aquél. Al­ gunos "como Geoffroy, amanuense de san Bernardo, lo dice honesta­ mente: la redacción de algunos sermones es obra suya".71 Además, en su calidad de editores, eran los secretarios quienes reunían los fragmentos y palabras sueltas en recopilaciones; eran también ellos quienes en su pa­ pel de archivistas reunían y conservaban la correspondencia de sus amos, de donde provienen los grandes epistolarios de la Antigüedad, como los de Cicerón, Plinio el joven y san Pablo. No debe pues extrañar que la pérdi­ da de un colaborador semejante füera resentida con profunda tristeza, como la expresada por Propercio: "¡Luego, para nosotros murieron tan doctas tablitas y a la par que ellas, escritos murieron tantos bienes� Ve niño y pon esto de prisa sobre alguna columna y escribe que tu dueilo ha­ bita en las Esquilias".72 Sin embargo, para comprender m�jor el papel del secretario es preci­ so llegar al detalle del arte que practicaba. Observar sus manipulaciones permite hacer patente que la escritura es una tecnología, es decir, es inse­ parable de un cierto tipo de elaboración instrumental. En los utensilios

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del secretario se encuentra una de las claves de la actividad intelectual anti­ gua, premisa que vale igualmente para los escritores modernos, porque no es lo mismo hacer incisiones en arcilla o utilizar pinceles sobre papiro, que servirse de una computadora. Puede decirse, en general, que desde los primeros ideogramas visibles hasta la invención del alfabeto, y desde las incisiones en piedra hasta el soporte electrónico, los medios de escritura han impuesto una cierta mediación a esta forma específica de expresión humana. Del mismo modo, los instrumentos y los gestos del secretario son a la vez un signo y parte de la explicación del entramado entre la voz y la palabra, porque aun la conducta verbal más deslumbrante, si carece de útiles tecnológicos no es, ni puede ser, escritura. Observemos pues su ac­ tividad. En el momento de tomar el dictado, el notarius tenía en sus manos una tablilla encerada. Ésta era un soporte rígido, normalmente fabrica­ do en madera ( pero podía haberlas de barro, metal o marfil) , ligeramen­ te ahuecado en su parte central para contener una fina capa de cera sua­ ve ( l lamada máltha en griego y cerae en latín) que era propiamente la superficie para escribir. La tablilla de cera es uno de los instrumentos de escritura más longevos en la historia de Occidente; su uso fue constante durante toda la An tigüedad y la Edad Media, al menos hasta la introduc­ ción del papeJ.i3 Es probablemente el soporte más antiguo conocido por los griegos, que la l lamaban pínax o déltos, quienes probablemente la ha­ bían tomado de los hititas: "Homero las conocía, porque fue en una de ellas donde Preto grabó las "marcas mortales" que sirvieron para preci­ pitar la muerte de Belerofontes (Jlíada VII, 1 68 ) ".74 La tablilla encerada tuvo un prestigio que ningún otro soporte de escritura alcanzó, al grado de que cuando los dioses eran representados escribiendo, normalmente lo hacían en una de ellas. Bajo el nombre de talmlae, las tablillas encera­ das pasaron a Roma, donde no únicamente se les destinaba a usos coti­ dianos, sino también a documentos y certificados oficiales. Varias tablillas podían ser cosidas con una cinta en uno de sus extremos formando dípti­ cos, trípticos o polípticos; el término latino apropiado para este conjunto era el de codex, el cual, en el momento en que las tablillas fueron sustitui­ das por hojas de pergamino, dio origen al nombre genérico del "libro": códice. Como eran el soporte natural para las notas ocasionales, las tabli­ llas jamás estaban lejos de los autores antiguos: Séneca reconoce que Máximo y él mismo nunca se encontraban sin ellas,?:' y Plinio el Joven confiesa que cuando rumiaba algún pensamiento "tomaba notas, dicién­ dome que quizá regresaría a casa con las manos vacías, pero seguramente con la cera llena".76 La dimensión de las tablillas podía influir en la di­ mensión de la obra; eso al menos se desprende de las palabras de san

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Jerónimo al papa Dámaso, contenidas en su comentario a Isaías: "Pero como hasta el final del capítulo tendría que seguir una exposición com­ pleja, y ya hemos llenado las tablillas de cera, baste lo dictado hasta aquí".77 Sobre la cera, la escritura se realizaba con un estilete que podía ser de metal, hueso o madera, un instrumento que en un extremo tenía forma de punzón y en el otro adquiría una forma plana que servía para hacer lisa la superficie de cera antes de una nueva utilización. Tiene una curiosa historia, porque debido a su forma, el estilete podía convertirse, en un momento de cólera entre los alumnos, en un arma contra los pro­ fesores/ 8 razón por la cual su uso parece haber sido prohibido entre los griegos mediante una ley que, aparentemente, nunca fue respetada.79 Más que escribir, con la punta del estilete el secretario grababa las letras a través de pequeños surcos sobre la superficie encerada, lo que explica que los latinos usaran el término exarare, "arar", para indicar metafórica­ mente el acto de escribir.80 Una vez terminado el proceso de tomar dictado, los amanuenses y los calígrafos debían transcribir el texto a su soporte permanente, el cual, hasta los primeros siglos de nuestra era fue exclusivamente el papiro. No hay necesidad de describir en detalle esta planta ciperácea de Oriente, cuyos tallos permitían obtener la materia fibrosa que, una vez comprimi­ da y seca, formaba las hojas para escribir. 81 Aunque el papiro más antiguo conservado data de alrededor del año 2200 a.C., se estima que ese mate­ rial debió estar en uso al menos unos mil años antes. 82 Los griegos lo ha­ bían tomado de los egipcios alrededor del siglo VI a.C. y desde entonces su literatura fue conservada en papiro al menos los ocho siglos siguien­ tes.8:� Fue sinóni mo de cultura, al punto que para Heródoto era inconce­ bible pensar en un pueblo civilizado que no escribiera sobre papiro. Si el material fue pronto tomado en préstamo, en cambio el término griego papiros (quizá derivado del copto pa-p-ouros, etimológicamente vincula­ do a "faraón") tardó mucho tiempo en instalarse, pues hay testimonios de su uso apenas desde Teofrasto, sucesor de Aristóteles en el Liceo. El mismo Teofrasto informa que los usos del papiro eran extensos: para ha­ cer barcas, cordones, pabilo para velas y hasta servía de alimento: se mas­ caba hasta extraer su j ugo y se desechaba el bagazo.84 Cna hoja de papiro (llamada collémata) , dedicada a la escritura de un libro sin pretensiones extraordinarias debía medir en promedio 24 por 19 centímetros, pero podían alcanzar hasta los 35 por 30. 85 Aprovechando sus resinas natura­ les, las ht�jas eran pegadas una seguida de la otra hasta formar un rollo que recibía el nombre de híblion o dlindros, en griego y volumen o rotulus en latín. lJn rollo de dimensiones normales estaba formado por unas veinte hqjas, de manera que podía alcanzar de cuatro a cinco metros de


L\ TRAVESiA DE

LA ES< :RIT! 'RA

largo.H6 Los rollos que contenían literatura, sin embargo, solían tener hasta diez metros de largo y era tarea del secretario pegar rollos adicio­ nales o bien cortar las h�jas innecesarias al libro. El volumen debía con­ servar dimensiones razonables porque el secretario no escribía sobre ho­ jas sueltas que después serían unidas; {�1 manipulaba el rollo en tero en el momento de la escritura.Hi El secretario griego y el romano escribían sobre el papiro con cálamo, rálamos en griego, latín calamus, ranna, originalmente un tallo vegetal (aunque llegaron a ser fabricados en bronce) , provisto de una hendidura para conducir la tinta de origen carbónico: el copista griego usaba un cá­ lamo de punta delgada y dura que no acusaba los trazos llenos, mientras el latino recurría a un cálamo de punta ancha y flexible que le permitía oponer los trazos llenos y los finos, dando a la escritura un peso y un con­ traste que su colega helénico no lograba.HH Como sucede siempre con quienes escriben, ambos eran herederos de tradiciones arcaicas: escribían en papiro lo mismo que los escribas egipcios, pero a diferencia de éstos que utilizaban pincel y más bien pintaban que escribían, aquéllos usaban un cálamo, como probablemente lo hacían los escribas de Meso­ potamia.H9 El papiro es un material vegetal que no ofrece resistencia a la mano escritora y, en consecuencia, los amanuenses podían realizar diver­ sos tipos caligráficos, incluidas las letras cursivas de los documentos coti­ dianos. Sin embargo, en los manuscritos latinos acabó por i mponerse la "capital libraria romana" (llamada impropiamente "rústica") , un tipo de letra cercano a la "capital epigráfica", con un claroscuro muy pronuncia­ do que daría el aspecto característico de los manuscritos latinos, y que no desaparecería sino hasta la llegada del códice y de nuevos escritores y lec­ tores cristianosY0 Los secretarios escribían únicamente en el recto del vo­ ltimen, que era la parte mejor conservada; no era habitual y se considera­ ba inadecuado o apto para escolares, escribir en el verso. La primera página de un bíblion era llamada prr)tórollon, "la primera pegada", término que d�jó rastros permanentes en el vocabulario del libro moderno. Se de­ jaba un espacio en blanco al inicio del rollo para hacer más fácil la mani­ pulación, pero no era aprovechado para el título o el nombre del autor; cuando {�stos aparecían , se encontraban al final, como Jos colofones, de­ bido a que ahí estarían mucho m�jor protegidos.91 La postura que los secretarios adoptaban para realizar su trabajo me­ rece una atención especial. En efecto, la evidencia arqueológica, literaria y artística indica que los secretarios y copistas de la Antigüedad clásica no acostumbraban el uso de mesas o escritorios. Cuando tomaban dictado o hacían notas breves sobre tablillas, papiro o pergamino, usualmente esta­ ban de pie, mientras sostenían la superficie de escribir con la mano iz-


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quierda. Si su tarea era más compleja, por la copia o la transcripción, po­ dían sentarse, ocasionalmente en el suelo pero con mucho más frecuen­ cia en un banco o en un taburete bajo, apoyando el rollo o la tablilla so­ bre las rodillas que a veces eran levantadas colocando una pequeña plataforma bajo los pies del escriba.92 De entre su mobiliario, la casa del mundo clásico conocía las mesas decorativas y la mesa para comer, pero debido a la posición reclinada del comensal, ésta era demasiado baja y nunca fue elevada lo suficiente para ofrecer una superficie cómoda para la escritura. El mobiliario de las escuelas helenísticas exhibe la misma evi­ dencia: los niños griegos aprendían sus letras y realizaban sus deberes sentados en bancos o sillas, que era el mismo mueble que ocupaba el maestro que los corregía. Los autores adultos son descritos en la misma posición : en su segunda carta a Damagete, H ipócrates cuenta que ha­ biendo ido a visitar a Demócrito, encontró al filósofo sentado bajo un ár­ bol, con un libro sobre las rodillas sobre el cual se inclinaba de cuando en cuando para escribir,93 y Calímaco se describe así mientras compone: "pues en la ocasión, incluso la primera en que dispuse la tablilla en mis ro­ dillas [ . . . ] bajo el susurro de Apolo".9 1 Existe también alguna evidencia de que los autores tenían lechos para leer y escribir, en cuyo caso el escri­ tor se acostaba de lado, sosteniendo el cuerpo en el codo izquierdo; des­ de su exilio, Ovidio lamenta el pequeño lecho que se encontraba en su gabinete de estudio en Roma: "estos versos no los he escrito como otras veces, en mi jardín, ni tú, lecho familiar, recibes mi cuerpo".9 5 Las tablillas o los rollos se apoyaban en las rodillas o en el muslo de la pierna derecha del escritor, mientras el volumen en blanco se desplegaba a sus pies, con frecuencia lejos, como lo muestra un díptico de mármol de finales del siglo rv d.C. que representa a Rufino Probiauno en su calidad de Vicarius U rbis Roma.96 Otra escena muestra a un escritor aparen te­ mente inspirado por una de las m usas mientras toma dictado: usa como apoyo adicional para el rollo la mano izquierda, postura que también es tradicional en los evangelistasY7 Se trataba de una postura que les era propia. Su antecesor, el escriba egipcio, tampoco contaba con una super­ ficie de apoyo adicional pero trabajaba o bien de pie, o sentado con las piernas cruzadas a la manera oriental. Para escribir de pie era preciso que el pedazo de papiro fuese pequeño a fin de mantenerse recto mientras el escriba lo sostenía con la mano izquierda, pero cuando escribía sobre un rollo solía tensar y apretar su propia falda entre las piernas, de modo que ofreciera un respaldo firme. En las imágenes conservadas sostiene en su mano izquierda el rollo aún no utilizado mientras despliega una parte para dibujar las columnas de jeroglíficos: a medida que avanza, deja que el rollo cuelgue a su derecha. El escriba egipcio tiene frente a sí o a un


lado su paleta y otros instrumentos de trabajo y sostiene con frecuencia un pincel colocado en la oreja derecha, pero nunca muestra una mesa para escribir, de ningún tipoYH Los amanuenses griegos y romanos, cuyos implementos de escritura eran diférentes, adoptaron otra postura. Debió ser de tiempo atrás porque Homero atribuye esa posición a los seres divi­ nos y dos veces dice de manera metafórica "eso está colocado en las rodi­ llas de los dioses'',99 en alusión al libro de los destinos personales, un texto en piel de cabra que se creía que Zeus escribía apoyado en sus rodillas. 1 00 :\'aturalmente, el hábito de apoyar el rollo en las rodillas o los muslos se refl<:jó en el producto escrito: las columnas de escritura pueden inclinar­ se a un lado u otro de la vertical y algunas veces las letras de la parte baja de la página lucen más grandes. 1 0 1 Todo indica entonces que al menos hasta el siglo \' d.C., griegos y romanos, así fueran nobles o esclavos, maes­ tros o alumnos, inspirados por la musas o simples estenógrafos, contin ua­ ron escribiendo sus cartas, documentos y deberes sentados en pequerios bancos, apoyando en sus rodillas o sus muslos las tabli llas y los rollos, sin hacer uso de mesas o escritorios. Es por eso que el colofón de un papiro del siglo III d. C. se refiere al acto de escribir como "la cooperación entre el est ilete, la mano derecha y la rodilla". 1 0:z Resulta más notable que la mesa no estuviera del todo ausen te de la es­ cena: podía estar al iado o frente al escriba, pero nunca se usaba como su­ perficie de apoyo para escribir. En el complt:io de edificios que pertene­ cían a la comunidad de Qumran, se localizó una habitación que ha sido identificada como el srrijJton'urn dd grupo. Poseía como mobiliario una lar­ ga banqueta adosada al muro con una altura de aproximadamente 25 cm, y una larga mesa de unos 48 cm de altura. El análisis ergonómico ha mos­ trado que la banqueta era efectivamente el banco en el que los copistas se sen taban, pero era para escribir en su propio regazo. Debido a lo b�jo de la banqueta sobre la que se sentaban, las rodillas y los m uslos forma­ ban una especie de talud que resulta muy conveniente para escribir, por­ que permite que la h�ja de pergamino se encuentre a unos 45 cm frente a los ojos. La mesa es realmente una mesa, pero no es una superficie para escribir porque además de que tiene una concavidad, queda demasiado !(:jos del alcance del copista; se trata de una superficie auxiliar en la que el escriba hace descansar sus utensilios, o eventualmente el (:jemplar que está copiando. un Éste era e l uso normal de las mesas planas que se en­ cuentran al lado de los escritores. A los evangelistas, que por su calidad excepcional fimcionaban en el plano iconográfico como símbolos de los escribas ordinarios, solía representárseles sentados en una silla o una bu­ taca, con los pies separados y apoyados en una plataforma, escribiendo sobre rollos o códices, a veces incluso sobre páginas sueltas, pero siempre


apoyando su escritura en las rodillas o en el muslo derecho. Ellos tienen frente a sí una mesa que nunca usan para escribir: su propósito era des­ cansar los utensilios, a veces en su in terior, y servir como soporte de un atril donde se encon traba el {:jemplar que estaban copiando. La mesa pla­ na como superficie de trabajo tardó todavía más en i m ponerse. Ella no aparece en las representaciones de las bibliotecas medievales porque en éstas se escribía sobre un plano incl inado. Si se admite el testimonio indi­ recto de Cicerón, la mesa plana tampoco era util izada cuando se hacía la consulta simultánea de varios volumina, y la habitación que ha sido identi­ ficada como biblioteca en la Villa de los Papiros de Herculano no tiene mesa en su cen tro, sino una suerte de alto pedestal para contener libros: "el tránsito del escritorio inclinado y portátil a la mesa plana para trab�jo individual puede ser documen tada a t ravés de los retratos de San Agustín; no es sino hasta 1 502 cuando Carpaccio pinta un cuadro de San Agustín visitado j)()r rl alma dnan.Jrrónimo, en el que el primero aparece trah�jando en una mesa plana . I !H Las primeras representaciones de personas que escriben sobre una su­ perficie independiente se encuen t ran hacia el siglo 1\' d.C. , aunque su in­ terpretación no es del todo clara. Una imagen menos ambigua se en cuen­ tra en un mosaico del siglo \' d.C. local izada en la Capilla de los Mártires en Taharka, en el norte de África. Aunque otras imágenes pueden apare­ cer esporádicamente, no es sino hasta los siglos \'11 1 y IX d.C. que se incre­ mentan de manera notable; entonces, los escribas suelen aparecer fren te a una clase de pedestal de hase trípode que sostiene una pequeña plata­ fúrma sobre la que se escribe. Es posible que sea éste el momento en el que em pezó a util izarse el escritorio de manera más constante. 1 n:-' :"Jo es sencillo precisar las razones que im pulsaron dicho cambio. Tal vez fue la revalorización del t rab�jo del escriba, que d(�Ó atrás la condición servil del mundo clásico para concent rarse en la piadosa t area realizada en el monasterio; tal vez con tri buyó a el lo el cambio en el formato del l i bro : de los moderados códices de la An t igüedad se pasó al enorme formato de los lujosos libros que los monjes copiaban . Sin em bargo, las i mágenes ico­ nogníficas suelen mantener largo tiempo símbolos que no son actuales: "todavía un libro medieval de gran formato, corno el célebre CúdirP A rnia­ tinus (!10 por 70 cm ) , incl uye una min iatura de Ezra escribiendo un códi­ ce que está sosten ido sobre la rodilla". 1 1Hi Ya entrado el siglo XII d.C. , en la fachada de la catedral de Chartres aparece Pitágoras "su cabeza llena de pensamientos matemát icos": está escribiendo sobre una tabla apoyada en las rodillas, a manera de escritorio. 1 117 Escribir era una tarea len ta, muscular y hnigosa: "después del arte de las letras, :cuál es el oficio más difícil? ", se pregunta Trimalción.10H En tre los


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TRA\'ESÍA DE L\ FSCRI rL'R\

romanos era también una tarea servil. Resultaba normal que incluso los autores más letrados prefirieran abandonar ese esfuerzo a sus secretarios. Por eso san .Jerónimo se sorprende de que san Hilarión, a sus ochenta arios de edad, tuviera el arrojo de escribir con su propia mano su testamento, una suerte de carta que contiene unas cuantas líneas, dada la modestia de sus propiedades. 1 09 El aristócrata antiguo dictaba sus composiciones y no se le ocurría empuúar el cálamo, lo mismo que a los autores modernos no se les ocurre realizar la tipografía de sus libros: la composición era una habilidad particular y se distinguía de la escritura porque utilizar el estile­ te o el cálamo ante cera, papiro o pergamino era un arte en sí mismo (y lo sería más en los monasterios medievales) . La escritura no era un medio de expresión del que escribía, sino un arte subordinado, una actividad casi exclusiva de una clase profesional, siervos o libertos, actividad que es­ taba controlada por los intereses de la minoría letrada y asociada a las oca­ siones y los objetivos de aquellos que requerían expresarse por escrito. Había, desde luego, excepciones. Algunos autores antiguos habían debi­ do ejercer la copia, sobre todo en su juventud, con gran diligencia: san .Je­ rónimo había copiado incansablemente para proveerse de libros, y única­ mente se concentró en el dictado a causa del número de sus ocupaciones y de la edad: "me hago vit:jo con cada letra que traza mi secretario", dictó con pesadumbre . 1 1 0 San Fulgencio, quien en su madurez dictaba todas sus obras y sermones, también había sido copista durante su periodo de simple monje. Las excepciones venían justamente de los medios eclesiás­ ticos, primero porque se esperaba que ellos asumieran las tareas más hu­ mildes y fatigosas, y luego porque habían adquirido los conocimientos en las escuelas catedralicias o en el monasterio. Una de esas excepciones y de las más notables füe san Ambrosio de M ilán, contemporáneo de San Agus­ tín, quien solía escribir de propia mano tanto los borradores que enviaba a amigos como Sabino para su corrección, lo mismo que sus obras y su co­ rrespondencia, procurando no dictar y menos de noche, para no parecer impertinente y molesto a su secretario. 1 1 1 Lamentablemente no tenía una buena caligrafía, su letra era difícil de interpretar y su lector tenía tantos problemas para descifrar sus escritos, que san Ambrosio estaba obligado a realizar una copia más legible a fin de que su destinatario la comprendie­ ra. 1 1 2 Se entiende que e n un bosqut:jo conservado, é l confiese que escri­ be más por necesidad que por placer. Con todo, este hábito inusual en un autor maduro fue considerado por Paulino, su biógrafo, como una de las mortificaciones a las que el santo se sometía a sí mismo. Hay que agregar también que tantas consideraciones con los notarii eran infrecuentes y re­ sulta sencillo encontrar a san .Jerónimo o Santo Tomás dictando a sus se­ cretarios día y noche, sin cesar. La presencia de secretarios en diferentes


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etapas de sus vidas explica la exuberante producción de algunos autores antiguos, por (:jemplo la extensa obra de Cicerón entre f{�brero del ario 45 y noviembre del 44 a.C., o la diversidad de escritos de Varrón , en la se­ gunda mitad de su vida. Es esto mismo lo que explica que pudieran conti­ nuar produciendo sus obras, pluma en la mano, o mejor, con el secretario a su lado, dictando hasta el final de sus vidas. 1 1 :� La dificultad del trab�jo y la jerarquía social de los autores explica la escasez de autógrafós legados por la Antigüedad. Aunque la cuestión es ol�jeto de debate, de cualquier modo son unos cuantos los que se han conservado: ninguno de los autores griegos o romanos y unos cuantos de los Padres de la Iglesia. 1 1'1 Si por "autógrafó" se entiende el manuscrito que muestra la intervención física del autor, ya sea que éste haya transcri­ to el texto que constituye su contenido o que haya aportado notas, correc­ ciones o comentarios, 1 "' entonces, por diversas razones los autores no realizaban manuscritos autógrafós porque no intervenían directamente en la escritura. Escribir era una tarea compleja y extenuante, que deman­ daba tiempo y minuciosidad, exigencias que fueron consideradas i ncom­ patibles con el esfuerzo demandado por la creación de la obra. Además, los autores solían ser personas con graves responsabilidades; si llegaban a escribir bocetos preli minares, lo hacían sobre materiales que luego eran reutilizados e, incl uso, las correcciones finales de las obras en papiro o pergamino eran realizadas por los secretarios. Los papiros calcinados de Herculano, por (�jemplo, contienen la biblioteca del filósofó epicúreo Fi­ lodemo de Gadara: textos, notas, bosqu(:jos, todo el material de un traba­ jo brutalmente interrumpido por la erupción, pero ningún autógrafo: "renunciamos a la ilusión de que entre los papiros exista una copia autó­ grafa o una evidencia de la mano de Filodemo: {�ste no fue un copista o un corrector de sus propios textos". 1 1 ¡¡ No es únicamente que los autógra­ fos pueden haberse extraviado con los siglos, pues ya en la Antigüedad eran escasos: al realizar el inventario de las obras de San Agustín , Posidio encontró entre los innumerables textos un manuscrito cuyo inicio era obra del mismo San Agustín , jmtjJria manu sanctus PjJÍ.Imjms iniciavit, su sor­ presa fue tanta que olvidó serialar su contenido. 1 1 7 A falta de interven­ ción directa en el manuscrito y de que no otorgaban un título a su obra, los primeros autores se iden tificaban desde el inicio, mencionando su nombre y su origen, como sucede en la primera frase de la Historia de He­ ródoto, de la !Ii.ltorin de Tucídides o del escrito de Teognis: "que estos ver­ sos de los que yo hablo lleven un sello. Jamás podrán ser robados [ . . . ] cada tillo dirá 'son los versos de 'l{�ognis de Ylegara ' " . 1 1 H Debido a este há­ bito, al menos hasta el siglo 111 d.C. un texto considerado "manuscrito de autor" significaba un texto auténtico, no un texto autógrafo. Cn largo


proceso histórico se encuentra detrás del aprecio moderno por los autó­ grafos, pero decididamente la Antigüedad no tenía, en general, una espe­ cial veneración por los manuscritos originales y no parece preocupada por la idea de la autenticidad de la escritura. Lo que no significa, desde luego, que en casos excepcionales los manuscritos fueran especialmente valorados, por <:iemplo cuando provenían de la mano de un santo reco­ nocido, pero entonces su valor no era textual sino de reliquia. 1 19 En la Antigüedad, el hábito de dictar prevenía la sobrevaloración de esos manuscritos de la mano del autor. La historia misma del támino au­ tographus ofrece una prueba interesante: de tener un uso esporádico en­ tre autores como Suetonio y Teodosio, a partir del siglo v d. C. la palabra desaparece durante nueve siglos, hasta el siglo X IV d.C., cuando renace en Italia, "como índice de que a lo largo de la Edad Media, hasta los siglos XII y XIII d.C., los autógrafos mismos no fueron numerosos". 1 �0 Para indi­ car la intervención del autor en el manuscrito se empleaban otros térmi­ nos: rhirographum o variantes como rhirographus, rlúrographon, que en Ci­ cerón tiene el sentido de "lo que se escribe de propia mano", pero que en el ambiente de escribas profesionales, rápidamente derivó hacia el signi­ ficado de susrriptio, firma, y así fue utilizado en los textos diplomáticos y oficiales. La Edad Media hacía uso de t{�rminos equivalentes: mano sua, manu ipsa srribere, o bien Pxarare, sin duda para recompensar mediante la reminiscencia al verbo "arar", la dureza del trab<�jo que el autor se impo­ nía al escribir, así fuera brevemente. Se hacía uso igualmente de térmi­ nos como authmtira, el cual designa, más que "autógrafó", un texto que establece una autoridad sobre la cual es posible fundarse, y ori{!;inalirz, que no se refería tanto a autógrafo, sino a un modelo, fuese o no escrito por la mano del autor. 1 2 1 Lo que la Antigüedad y la Edad Media ofrecen son textos que han sido físicamente realizados por escribas, que provienen del dictado o de bosqmjos hechos por autores y que, en ciertos casos, han sido revisarlos y corregidos por éstos. Es necesario admitir, tal como sucedía entonces, que tales textos son "man uscritos de autor", aunque no sean autógrafos. Habrá que esperar hasta los siglos XI y XII d.C. para encontrar una mayor participación rlel autor en la escritura de sus pro­ pios l ibros. Y todavía tendría que llegar el siglo XI I I d. C., con el adveni­ miento de las un iversidades, para el asentamiento definitivo del autor que escribe. Pero si la dureza de la tarea v sus dificultades t{�cnicas explican en par­ te el hecho de que los autores han dejado tan pocas obras de propia mano, en cambio esas condiciones no parecen explicar por qué no surgió la necesidad de alterar esa situación durante siglos. Para comprender la tenacidad del dictado, es necesario ampliar el horizonte para examinar


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un poco más la relación entre la página antigua y la voz viva, relación de la que el dictado es la parte más notable, pero no la única. Después de este pequeiio recorrido resultará más productivo acercarnos al contexto espe­ cífico del dictado, al comportamiento del dirtator, su método de trabajo y la angustia de la composición , en breve, aquello que le da contenido al acto de dictar. En efecto, la página antigua se vincula de distintas maneras con la pa­ labra viva. El dictado es sin duda la más notable, pero no es excepcional. Muchos otros pronunciamientos verbales se convirtieron en obras escri­ tas con el consentimiento, o sin él, de los autores. Tales registros merecen atención porque m uestran que, a diferencia de los textos modernos, las obras antiguas y medievales no están nunca enteramente libres de las condiciones impuestas por los hábitos y las tradiciones orales. Más que nin­ guna otra literatura, tales obras están ligadas a la vocalización, porque la cultura antigua y medieval fue fundamentalmente oral en su carácter. Los autores dictaban y pronunciaban cursos y sermones, encaraban debates y controversias que, mediante la intervención de alumnos, colegas o se­ cretarios, se convirtieron en obras que alcanzaban la misma legitimidad que cualquier otra. En este caso, la palabra escrita se ocupaba de dar ca­ rácter permanente al fl�jo de la palabra pronunciada, como un mero so­ porte a la memoria. Las notas de curso represen tan una de esas modalida­ des y de ellas se han conservado numerosos casos: por �jemplo, Arriano conservó por escrito esa sección de la enseiianza llamada "diatriba" en la que Epicteto, el filósofo estoico, buscaba la transformación de las almas de su auditorio. El mismo Arriano advirtió en el prefacio que en sus notas adoptan la fórma de una conversación espontánea, "de hombre a hom­ bre", pues había intentado preservar la franqueza de hablar del filósofo, y no tenían el tono de las obras cuidadosamente redactadas según las re­ glas de la composición y el estilo. :'\lotas de curso sem�jantes no eran cir­ cunstanciales, sino que obedecían a una voluntad de preservar esa ense­ iianza para el conocimiento general y eventualmente para uso personal en sus propias composiciones. Del mismo modo actuó Filodemo de Ga­ dara, algunas de cuyas obras son el registro de notas tomadas en los cur­ sos que su profesor Zenón de Sidón ofi·ecía en Atenas. Una de esas obras, Sobre los SÍ!ftWS, está compuesta por sus propias notas y las de su pupilo Bro­ mius, quien había asistido a una serie de cursos del epicúreo Demetrio de Laconia. 1�:! Gracias a la persistencia de las notas, se conservan muchos co­ mentarios neoplatónicos de Aristotéles, incluidas obras de carácter mé­ dico, como las de Etienne de Al(:jandría, y hasta algunos tratados de gra­ mática. Estos registros estenográficos tomados por alumnos y asistentes son, en muchos casos, las únicas palabras conservadas de autores que se


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negaron a empur1ar la pluma por sí mismos, como sucedió con Epicteto, Carnéades (de quien sabemos que sus cursos eran transcritos, leídos y cri­ ticados al día siguiente de haber sido pronunciados) o Ammonio, cuyas palabras se conservaron por el celo de Asclepio yJuan Filipon. Sin este re­ gistro, nada habría quedado de una enser1anza cuyo principal o�jetivo era incitar hacia el bien el espíritu de sus auditores. Los profesores dictaban sus cursos y los alumnos tomaban notas. Esta­ ban obligados a ello porque es muy improbable, dada la forma de repro­ ducción del libro antiguo, que cada uno llevara una copia. Lo muestra Mario, el h \jo de Cicerón, quien, durante el tiempo de sus estudios en Atenas, escribió a su padre que le enviara un secretario, griego de ser po­ sible, "pues me evitaría muchas molestias al escribir las notas de lectu­ ra'·. ! �:� El resultado era una serie de notas que probablemente compartían los auditores, como lo harían siglos más tarde los alumnos de las universi­ dades medit>vales. Tales notas podían ser puestas en circulación al inte­ rior de la escuela o editadas füera de ella. Podía suceder que el profesor en persona se encargara de la revisión de sus comen tarios: las notas eran así convertidas en síngramma, destinadas a la Prdosis, es decir, a su puesta en circulación, como sucedió con Proclo, quien aparen temente publicó por sí mismo sus opiniones, pues el comentario a Parménides está b�jo la forma de un trabajo dedicado a un pupilo, mientras que, por el contra­ rio, sus comentarios a Alcibiades, a la RPjJúblira o el Ti mm, parecen ser lec­ turas hechas en el salón de clase. 1 � 1 Pero era mucho más frecuente que los autores no tuvieran interi�s o no percibieran vent�jas en la publica­ ción: entonces las notas eran enteramente producto de los discípulos y recibían el nombre de hiposemiosis. Algunos discípulos, como Hermóti­ mo, "siempre pálido y con el cuerpo er�juto", se convirtieron en estu­ diantes eternos y pasaron la vida editando los cursos de sus maestros. ' �'' Cuando era su responsabilidad, los alumnos lo mencionaban mediante fórmula que indicaba que esos escritos provenían "de lo escuchado en el curso" del maestro, a la manera que lo hizo Filodemo. Hacia finales del si­ glo \' d.C. comenzó a generalizarse la fórmula a¡)() jJ!zonis, que antecedía al nombre del autor, cuya traducción más adecuada es "según la enser1 anza oral de". La sentencia a¡)() fJhonPs siguió siendo utilizada corrientemente, pero hacia el siglo IX d. C. perdió su sentido de "enser1anza oral" y simple­ mente expresa la idea del genitivo "debido a", "por", seguida del nombre del autor de la obra. I :!h Puesto que los autores normalmente no habían otorgado un título a esas notas, éstas solían circular b�jo diferentes deno­ minaciones: srolaí, lógoi, diatribaí, dialexis, como sucedió con las DisPrtario­ nPs pronunciadas por Epicteto. El número de obras que eran el simple re­ gistro de la voz no cesó de incrementarse despu{�s del Imperio: según


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Bréhier, "casi todos los escritos de la época imperial son o bien escritos preparados pard ser leídos en público o bien una redacción estenográfica de una lectura". 1 27 La voz de los autores encontraba también otros medios para resonar en las páginas escritas y para influir en su forma. En algunos casos, las no­ tas conservadas no provienen de los discípulos sino del mismo profesor: es el caso de Aristóteles. Si se exceptúan los diálogos publicados en su ju­ ventud ( perdidos en su gran mayoría, salvo algunos fragmentos) y algu­ nas obras que parecen destinadas exclusivamente a la escritura como la Historia de los animales o La constitución de Atenas, la totalidad de sus obras conservadas corresponden a notas destinadas a la enseñanza oral. Debi­ do a ello, las obras se llenan de situaciones y contextos familiares128y tole­ ran pequeñas inconsecuencias, quizá dando por descontado que el oído es mucho más indulgente que la vista en la conclusión lógica. Más impor­ tante aun es que, en tales obras, Aristóteles no escribe pensando en un público anónimo y distante, sino con la mirada puesta en un auditorio es­ pecífico en el que quiere influir espiritualmente, por eso en las páginas se le puede escuchar dirigi{�ndose a ellos en un tono familiar: "yo he habla­ do, vosotros habéis escuchado; ahora conocéis los hechos, juzgad enton­ ces", 1 29 Aristóteles reflt�ja aquí un fenómeno de la mayor significación: a diferencia de los libros modernos que están destinados a todos y a cual­ quiera, un buen número de los escritos antiguos están pensados para gru­ pos e individuos determinados, a los cuales el autor busca resolver un pro­ blema o hacer recorrer un i tinerario particular. 1 30 Los escritos se llenan así de recriminaciones amistosas (como en Séneca) o de confidencias personales. La situación es más notable, por supuesto, cuando los textos son un registro de audiciones, como en las Disertaciones de Epicteto, pero incluso trab�jando en el aislamiento, el autor suele adoptar convenciones como la de interlocutor ficticio, o anónimo, para dar al escrito la forma de una conversación dialógica. Esto no puede causar sorpresa en un con­ texto en el que la enseiianza era mucho más oral que textual, mucho más dialogada que leída. En sentido inverso, muchas obras que la escritura ofrece como largos monólogos son, de hecho, diálogos cuyo interlocutor está presente en el espíritu del autor, aunque para nosotros esté perdido, como sucede con las f.'néadas de Plotino, que son en esencia respuestas a las cuestiones que surgían durante los cursos del filósofo y a las cuales bus­ caba dar solución definitiva. 1 :� I A'ií se explica la persistencia en la Antigüe­ dad de géneros filosóficos dialógicos que hoy son meras reliquias: diálo­ gos, cartas, exhortaciones, diatribas, consolaciones. Si se omite esta irrupción constante de la voz, la página antigua no ad­ quiere su significación completa. Los escritos existían, pero estaban ubi-


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cados entre dos oralidades: algunos habían sido dictados, otros eran el re­ gistro de la palabra eft�ctivamente pronunciada, y todos sin excepción se­ rían leídos en voz alta. Esta intervención de la voz hace que las obras de la Antigüedad no sean equivalentes a cualquier otro trab�jo escrito: los dir­ tatorrs que pronuncian sus obras y que saben que éstas serán interpreta­ das teatralmente, admiten de manera voluntaria someter sus ideas al rit­ mo de la palabra, incluso en el caso de que escriban para sí mismos, sin el ánimo de dirigirse a n ingún público. Un ejemplo de ello son las Mrditario­ rus de \1arco Aurelio, que no son una obra destinada al público, n i la ex­ posición sistemática de la doctrina estoica, sino una serie de �jercicios es­ pirituales mediante los cuales el emperador revive, expresándolos para sí mismo, los principios esenciales con los cuales busca orientar su vidaY1� Al actuar de ese modo, él seguía los cons<:jos de su maestro, Frontón , quien le había acons<:jado componer cada día una sentencia, fórmulán­ dola cada \'ez en t{�rminos diferentes, alterándola en sus figuras y sus mati­ ces, revistiéndola de �jemplos. En esta escritura no es el texto mismo lo que cuenta, porque esos enunciados no contienen n inguna afirmación original o inédita, sino el acto de decirse a sí mismo ese principio, mien­ tras se le escribe. Para Marco Aurelio, lo escrito no aspira a ningún futuro y puede marchitarse de inmediato, pero su beneficio permanece en {·) cuando en la lenta velocidad de la escritura intcrioriza los principios mo­ rales que guían sus actos: "los caracteres trazados sobre un soporte no fi­ jan nada. Todo está en la acción de escribir". I :I:I f:sta es una manifestación más de un fenómeno constante en el periodo clásico: la página escrita es un soporte a la memorización, por eso los epicúreos y los estoicos aconse­ jaban a sus alumnos recordar no sólo mentalmente, sino por escrito, sus dogmas fundamentales: "he aquí lo que deben meditar los filósofós; he aquí lo que deben escribir todos los días, lo que debe ser su materia de ejercicio". 1 :14 EL Al TOR \'

L\ CO\IPOSICIÓ� \IE\10RÍSTIL\

Las páginas obedecían a los ritmos y los tiempos de la palabra. No era ca­ sual, sino indicativo de una constelación en la que la palabra pronuncia­ da era dom inante, y la pági na escrita no había alcanzado la autonomía que la cultura textual habría de otorgarle más tarde. Pero entre todas las fórmas de irrupción de la \'oz en la página, el dictado era la más eminen­ te, por eso debe ser considerado con más detalle. Es preciso pues abando­ nar al escriba para dirigirse al dictatm: Colocando el inter{·s en la composi­ ción y no en la tarea física de escribir, se dt:ja el plano del trabajo para internarse en el uni\'erso del autor, en los procedimientos que obedecía,

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SER<;Jo l'f.REZ CoRTb

en los gestos que le acompañaban y que se concentraban en la angustia de la invención, en síntesis, en todo aquello que está contenido en la no­ ción de dictare. Penetrando abí, seguramente se percibe un poco de la maquinaria intelectual puesta en funcionamiento. Ante todo debe tenerse presente que dictare tenía un contenido muy diferente a nuestro "dictado". Dictare no era la sencilla tarea de pronun­ ciar en voz alta lo primero que se viene al pensamiento, sino el resultado de una compleja actividad mental. Ylary Carruthers ha propuesto el tér­ mino de "composición memorística" que sin duda describe mc.:jor el pro­ ceso y las condiciones en que esa composición se lleva a cabo . 1 35 Formal­ mente, el acto de componer seguía una serie de pasos que tienen un aire familiar: recopilación de información, procesamiento y exposición, pero debido a las premisas de la Antigüedad, una buena parte de ello se lleva­ ba a cabo en el espíritu del autor, mientras se preparaba a dictar. He aquí un resumen ofrecido por san .Jerónimo: "Y por decirlo sencillamente, he leído todo ese material y después de haber acumulado en m i mente ( in mente mea) muchas cosas, he llamado al secretario y le he dictado, de lo mío y de lo �jeno, sin tener en cuenta el orden y a veces ni las palabras n i las ideas". l :lfi Sin duda, e l proceso era más complejo de l o que esas pala­ bras dejan entrever e involucraba educación, aprendizaje, una larga pre­ paración. Era ahí donde sus dotes i maginativas y sus aptitudes intelectua­ les y emotivas habrían de actuar. Los antiguos se refirieron a la cuestión de manera más bien implícita, m ientras los medievales, más explícitos, le asignaban varias etapas que conviene diferenciar. Primero inventio, luego comfJOsitio, en tercer lugar dictare y finalmente dictamen, que incluye la emendatio. Veamos una a una. A la primera, la inventio, se le asignaba la tarea de precisar la materia, la sustancia, la res, el problema sobre el cual se reflexionaba. La inventio su­ ponía una recopilación, porque todo problema se inicia escrutando al­ gún dominio de investigación. Aunque en esa recolección el autor podía auxiliarse de notas, corno lo hace su colega moderno, la inventio se ejercía fundamentalmente sobre el conocim iento que el autor había podido ar­ chivar en su memoria, mediante sus lecturas o de aquello que había escu­ chado leer. Salvo en ciertas composiciones enciclopédicas, el autor anti­ guo no iniciaba la composición como lo hacemos nosotros, tomando infinidad de notas, buscando citas y referencias, organizando archivos, porque ni el número de libros disponibles, ni la organización interna de esos libros colaboraba para ello. El libro antiguo y medieval no contenía índices o concordancias, las más de las veces carecía de separación entre capítulos o párrafos, no era fácil de manipular en su forma de rollo, y las páginas de los códices no se numeraron sino hasta el siglo XIII d.C. 137

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L\ TRA\'ESÍ·\ DE LA �:SCR!Tl:RA

Las obras de "referencia" como los diccionarios eran desconocidas en la Antigüedad, y obras como los Cánones de Eusebio (siglo IV d. C.) o las Eti­ molo�:,rías de Isidoro de Sevilla (siglo VII d.C.) eran absolutas excepciones. Los autores debían compensar todo ello en gran medida con un esfuerzo ordenado de retención en la memoria. En latín, el concepto mismo de lectura está fundado en la idea de "recolección": IRgere tiene como sentido básico "reunir, recolectar, recoltar", mientras el verbo griego légo tiene una gama de significaciones similares, desde "poner en orden", de la cual proviene la idea de "reunir, recoger, hablar a propósito de algo. 1 :�H La acti­ vidad del autor comenzaba pues, razonablemente, en la lectura memori­ zada. 1 39 En efecto, la lectura antigua nunca fue, como su contraparte moder­ na, un veloz tránsito por escritos rápidamente producidos y rápidamente obsoletos; era más bien la retención ordenada de cierto material específi­ co. A ello se refería san Jerónimo al afirmar que "leer sin componer, es inútil", 1 40 porque leer o escuchar leer sin el esfuerzo de retener de mane­ ra ordenada lo recibido, era una tarea vana. Los antiguos retenían un gran volumen de información de lo que habían escuchado y, naturalmen­ te, ésta era una habilidad altamente apreciada. Casiodoro, por ejemplo, menciona a un ciego de nacimiento de nombre Eusebio, quien había in­ troducido en la biblioteca de la memoria tantos autores y tantas obras que podía indicar a otros lectores, con toda certeza, el lugar del libro donde se hallaba aquello de lo que él había hablado. 1 4 1 Dídimo el ciego, tam­ bién mencionado por Casiodoro, tenía gran renombre por la sutileza de sus comentarios escriturales y, sin embargo, era ciego de nacimiento. Re­ tener un gran volumen de información escuchada era una práctica tan generalizada que el común de las personas pensaba que la sede de la me­ moria eran las or�jas. 1 42 Un ejemplo de ello en un medio altamente inte­ lectualizado se encuentra en el diálogo Menéxeno, donde Platón presenta a Sócrates recitando un discurso que había escuchado el día anterior de labios de A'>pasia, la amante de Pe rieles, quien enseñaba oratoria al filóso­ fo. El discurso ocupa una buena parte del diálogo, por eso alguien se per­ mite preguntar a Sócrates si podría recordarlo todo, a lo que éste respon­ de: "si no fuera así, sería muy culpable de ello; yo aprendía de sus labios y he debido recibir golpes porque olvidaba". 1 43 Aquellos no eran recuer­ dos momentáneos destinados a una vida breve. En la Antigüedad, tanto individual como colectivamente, el recuerdo se conservaba largo tiempo hasta que, eventualmente, pasaba a la escritura. A'ií, en el Timeo de Platón, Critias relata una larga historia compuesta por Solón luego de su viaje a Egipto, quien se la había contado personalmente al abuelo de Critias. 1 44 Éste había escuchado la historia en su infancia, cuando tenía apenas diez

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años de labios de su abuelo por aquel entonces contaba noventa arios de edad. Un día antes del relato, Critias había oído una conversación en la que Sócrates había tratado temas similares. No se había atrevido a hablar porque en ese momento sus recuerdos eran vagos: sin embargo, se mar­ chó con eso en la cabeza y pasó la noche tratando de recordar lo que al­ guna vez había escuchado. Declara no estar seguro de rememorar lo que escuchó el día previo, pero aquellos recuerdos entrañables de su niriez "habían permanecido en él, como si se hubieran pintado en encausto, en trazos imborrables". 1 ·1'' Licencias poéticas de Platón, se dirá, pero más de quinientos arios des­ pués un relato acerca de la composición del Evangelio de Marcos contie­ ne una historia similar: Papías (siglo 11 d.C. ) señala que Marcos no había escuchado al Serior, ni lo había seguido directamente, sino que había acompai1ado a Pedro. Más tarde, el evangelista "puso cuidadosamente por escrito, aunque no con orden, cuanto recordaba que el Sei1or había dicho y hecho". Había tomado las palabras de la predicación de Pedro, "el cual i mpartía sus enseñanzas según las necesidades y no como quien hace una composición de las sentencias del Señor, pero de suerte que Marcos en nada se equivocó al escribir algunas cosas, tal como las recor­ daba". 14fi El recuerdo pasó de un testigo presencial, Pedro, a Marcos, pero habían transcurrido unos treinta años desde la muerte de Jesús has­ ta la redacción del Evangelio. I-1 7 Los recuerdos de otro cristiano, lreneo, cuando en su juventud conoció a Policarpo, son igualmente indicativos de la cadena generacional de la memoria: puedo incluso decir el sitio en que el bienaventurado Policarpo dialoga­ ba sentado, así como sus entradas y sus salidas, la índole de su vida y el as­ pecto de su cuerpo, los discursos que hacía al pueblo, cómo describía sus relaciones con Juan y con los demás que habían "isto al Señor y cómo re­ cordaba las palabras de unos y otros, y qué era lo que había escuchado de ellos acerca del Señor, de sus milagros y de su enseñanza; y cómo Policar­ po, después de haberlo recibido de esos testigos oculares de la vida <kl \'crbo, todo lo relataba en consonancia con las escrituras. 1 4H

Pero el hilo del recuerdo no se cortaba ahí e Ireneo era el eslabón si­ guiente: "Y estas cosas, por la misericordia que Dios tuvo para conmigo, también yo las escuchaba diligentemente y las anotaba, pero no en el pa­ pel, sino en mi corazón [ . . ] y las repito constantemente en forma genui­ na, por la gracia de Dios". 149 Este acervo espiritual y memorístico era el punto de partida de la com­ posición, la inventio. Es sin duda una habilidad notable, pero no debe cau.

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L\ rRAVESiA DE

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sar sorpresa porque desde su educación elemental, al aprender a leer y es­ cribir, los niños eran preparados para conservar en la memoria hechos y dichos de hombres ilustres y luego, en la educación superior al lado del gramático y el rétor, el aprendiz�je consistía en aprender de memoria lo que había sido dicho por otros sobre una gran cantidad de temas, para poder reutilizarlo en sus propias composiciones oratorias. 1 50 El principio esencial de esa enseñanza era primero aprender, luego comprender. Aunque retener en la memoria era parte de su vida cotidiana, probable­ mente los autores veían ese esfuerzo como una ascesis especial, como un periodo preparatorio singular. Filóstrato relata, por ejemplo, que un día Euxeno preguntó a Apolonio de Tiana por qué no escribía, teniendo como tenía, opiniones tan nobles y una vigorosa forma de expresión. Apolonio respondió: "porque todavía no he guardado silencio", y a partir de entonces se abstuvo de hablar durante cinco aíi.os, pero en sus ojos y su mente tomaba notas de muchas cosas que almacenaba en la memoria. La experiencia resultó penosa a Apolonio porque teniendo muchas cosas que decir, no las dUo, y cuando escuchaba algo que lo irritaba, sólo podía contenerse diciéndose a sí mismo, como Ulises: "resiste corazón y len­ gua". Después de ese periodo, efectivamente Apolonio escribió numero­ sas obras como el Himno a la memoria o Acerca de la adivinación por las estre­ llas. Como se ve, el autor antiguo no acumulaba notas y libros, sino que asimilaba información ordenadamente en el recuerdo, por eso se hicie­ ron usuales las metáforas de la recolección: el presunto autor debía ac­ tuar como las abt:jas, absorbiendo la miel de todas las cosas importantes y conservándola en c{�lulas separadas. 1 5 1 La consulta de ese archivo era una necesidad, pero podía no ser placentera, pues conducía a un estado de verdadera angustia: cuando Quintiliano describió a un estudiante en esta situación, lo representó postrado de espaldas en el piso, murmurando y buscando, a través del murmullo, estimular todos los recursos espirituales y memorísticos de que sus lecturas o lo que había escuchado le habían provisto: estaba luchando por "tener una idea". • La memoria era parte de las habilidades intelectuales indispensables en el arte de la creación. Ella no era, como lo es hoy, un depósito sin vida al que recurren únicamente los literatos en su autoexamen. El orden con el que el material se acumulaba en la memoria tenía un fin preciso: recor­ dar de manera casi instantánea la información para manipularla, reorde­ narla y ponerla fácilmente en concordancia. Así, la inventio antigua aso­ ciaba la memoria a la creatividad mostrando que, si no eran consideradas lo mismo, cuando menos estaban íntimamen te relacionadas. Según Pla­ tón, en la carta número siete que le es atribuida, los autores debían convi­ vir con el tema en la mente largo tiempo, entablando una disputa amisto-

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sa con él, admitiendo ideas, palabras y definiciones que irían puliéndose entre sí, hasta que al final, "como una llama que brota del fuego, el tema se ilumine súbitamente en su mente". 1 "2 Era la memoria más que el archi­ vo escrito la que era puesta en marcha cuando el autor se decidía a crear porque, con el fin de pensar, los seres humanos requieren de un punto de partida, el cual, en las condiciones de la Antigüedad, no estaba alojado en los textos, sino en las delicadas fibras del cerebro�Los autores ejercían un pensamiento creativo, pero esos pensamientos no eran creados de la nada, sino de conocimientos alojados en la propia mente, los cuales habí­ an sido organizados en "esquemas", u otros dispositivos de recordación. Por ello, la Antigüedad estaba dispuesta a reconocer, mucho más que lo hacemos nosotros, la importancia de la memoria en el conocimiento hu­ mano. 1 5:{ Mientras la escritura era una dura faena servil, que no era siquie­ ra digna de aparecer en las representaciones iconográficas antiguas, 1 54 la memoria recibía toda clase de nombres, como otras tantas caricias: Arca, Tesoro, "¿qu{� puede decirse de más encomiable?", se pregunta Cice­ rón . 1 '''' Y puesto que, más que la escritura, es la memoria la que participa en la producción del saber, es a ella a la que se refieren los autores anti­ guos en sus prefacios, invocando a las musas como, Hesíodo, o explican­ do el papel del recuerdo, como Aulo Gelio o Plutarco. Insistir en el papel de la memoria no pretende ocultar que, en la inven­ tio, el autor podía hacer uso de notas escritas en diversos soportes. Pero esas notas también estaban destinadas a ser memorizadas. El término grie­ go más común para esta clase de notas era hipómnema "recordatorio", pero podía tener sinónimos tales como exPgesis "explicación breve", o parascenP "bosqu�jo", mientras los latinos las llamaban silvae. El uso de esas notas de­ bió ser extenso en la Antigüedad y probablemente muchas personas culti­ vadas tenían el hábito de reunirlas para toda clase de fines personales. Las notas podían tomarse en tablillas enceradas, pero un poco antes del inicio de nuestra era, y seguramente en la época de Augusto, los romanos habí­ an creado unos pequeilos cuadernos hechos de hojas de pergamino a los que llamaban memlJranaP pugillan5 (porque cabían en una sola mano) o commmtarii, en los cuales anotaban esos Pjimera. Los hombres de letras actuaban del mismo modo, al grado de que las colecciones de notas sobre temas específicos se convirtieron en un géne­ ro literario: al inicio o al final de algunas obras se colocaban los nombres hipómnema o strornata (como lo hizo Clemente de Alejandría) , para indi­ car que se trataba de una acumulación no sistemática de opiniones, en oposición a una obra cuidadosamente compuesta y editada. Lo mismo que Clemente, los autores solían disculparse presentando dichos libros como simples "remedios para el olvido", útiles a pesar de todo en la con-

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templación filosófica. l '>ti Incluso si no eran puestas en circulación, las no­ tas servían de materia prima para obras futuras: la utilización de extractos y recopilaciones es mencionada por autores como Cicerón en su De inven­ tione, Aulo Gelio en sus Noches átiras, o puede constatarse en Filodemo de Gadara. 1 57 C n caso explícito es Plutarco: en su obra Sobre la tranquilidad dPl alma15H se disculpa de no haber tenido tiempo de escribir más larga­ mente y señala que ha iontentado hacer una selección de sus "recordato­ rios" sobre el tema, que había reunido para su propio uso. Aunque podían provenir de textos, tales notas eran consideradas una forma de pre­ servación de la palabra pronunciada. Así, los alumnos llamaban hipomnhna­ ta, a las notas extraídas de los cursos que debían memorizar y cuando los primeros autores cristianos debieron referirse al género literario al que pertenecían los Evangelios, utilizaron apomnernoneúrnata, "reminiscen­ cias", para indicar que esa tradición había sido preservada en la memoria, lo mismo que en cuadernos de notas privados antes de convertirse en tex­ tos evangélicos. l ''9 Clemente de Alt:jandría consideraba que Marcos ha­ bía trabajado con base en hipomnPmata, mientras Eusebio llamaba de ese modo al Evangelio mismo. 1 60 En el siglo 11 d. C. Justino Mártir, a quien se debe el primer gran impulso para la constitución del canon cristiano, en su Apología (66: 3) y en su Diálogo con Trifón ( 1 06: 3) llamaba genéricamen­ te "reminiscencias" a los Evangelios para permitir a sus lectores identifi­ car estos escritos dentro de una categoría bien definida. 1 6 1 Este término resultaba perfectamente adecuado, porque normalmente se trataba de colecciones de dichos y acciones referidas a un único individuo, como la recolección que Jenofonte había hecho a propósito de Sócrates, razón por la cual recibían el nombre latino de rommemoratio. El uso de ese térmi­ no es suficiente para indicar que hasta mediados del siglo 1 1 d.C., cuando los Evangelios fueron llamados Sagradas Escrituras, esos escritos eran considerados más bien "sagrada palabra", en referencia a la tradición oral y memorística de la que provenían. W! El término hipomnimata proviene de "aquello que se quiere recordar". El prefúo hipo- otorga a la palabra un matiz más discreto e intelectual, pero no altera el hecho básico de que esas notas estaban destinadas a la memoria. Los autores modernos hacen uso de las notas mientras están sentados en un escritorio, pero el autor antiguo hacía uso de ellas m ien­ tras se preparaba mentalmente para dictar. Tales notas debían servir para apoyar a su memoria, no para sustituirla: tan lt:jos como los testimonios lo permiten, para retener en la memoria los "lugares" textuales, el autor usaba el formato geométrico rectangular de la escritura en columnas. l ti:l La recopilación que él intentaba era esencialmente memorística, aunque las notas, cuando existían flsicamente, podían permitirle adoptar un or-

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den más preciso. Los historiadores antiguos, por el volumen de informa­ ción que estaban obligados a acumular, son buenos testigos de ello: sue­ len admitir que tienen notas, pero con frecuencia invocan a la memoria en la composición de sus obras. Tácito, quien sin duda poseía un tesoro de notas, al inicio de su obra invoca no a sus extractos, sino a su memoria: "de este modo no necesito ingenio sino memoria y recordación para refe­ rir las mismas divisiones y los mismos argumentos de las cosas que escu­ ché de aquellos prestantísimos varones". 1 64 La evocación a la memoria no debe sorprender porque en ese mundo ella era la matriz de toda reten­ ción, de la m isma elaboración .• Para reconstruir el esfuerzo intelectual contenido en la inventio, es indispensable tener presente que en el espíri­ tu del autor antiguo se encontraba un sinnúmero de voces que había que retener, organizar, sintetizar. El autor antiguo estaba habituado a reunir de este modo una gran masa de información, en la que sus ideas se mez­ claban con las ideas de los demás. Por eso, Julius Victor en el siglo IV d.C. decía que la memoria es "el conocimiento, estable en el espíritu, de pala­ bras y temas para la invención ". 1 65 A eso mismo se refería Guibert de No­ guent en el siglo XI como, "el tumulto en el espíritu de aquellos que com­ ponen, cuando a la variedad de los discursos se agrega la diversidad de las ideas". 1 66 Llegado ya el siglo XII d. C., san Bernardo caracterizó así el mo­ mento de la composición: "¡qué grande es el tumulto interior entre aque­ llos que componen ! En su espíritu resuenan una multitud de expresiones; se ofrece a ellos una variedad infinita de fórmulas y de significaciones; con frecuencia se rechaza lo que viene a la mente, se busca una palabra que no llega [ . . . ] ¿qué debe decirse y en qué orden?". �67 Cuando la psicología medieval examinó esa recolección, consideró que estaba animada por la rogitatio, un impulso anímico tanto psicológico como emocional por el cual eran reunidos, en una misma sustancia, ele­ mentos originalmente dispersos. Por su etimología, cogitatio se aproxima a rogo, "reunir, juntar en un mismo lugar". 1 6H El término podía tener acep­ ciones ligeramente diferentes en diversos autores, pero conservó a través del tiempo el sentido de "colocar juntas, de un modo deliberado y cons­ ciente, imágenes e ideas". I ti9 Aunque normalmente se le traduce como "pensamiento", la vis cogitativa era más bien una actitud emocional y por tanto menos racional de lo que el término moderno sugiere. 1 7° Cogitatio era pues un esfuerzo mental por reunir, rolligerP, ideas e imágenes prove­ nientes de distintos lugares de la memoria, colocándolas de tal modo que fuesen utilizables en la composición. "El participio rogitando deriva su acepción de la acción de compilar, y puesto que la acción de 'colectar' es una propiedad particular de la actividad mental, aquello que ha sido compilado en la memoria se puede llamar ' pensado' , rogitavi".1 7 1

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Cna prueba adicional de esta recolección memorística en el esfuerzo de componer se percibe en las referencias hechas a autores del pasado, en las c i tas. Entre nosotros, una cita es la reproducción textual del mensa­ je escrito, una i n terrupción del discurso del autor, un cuerpo extraii.o al texto que debe ser indicado a la vista encerrándolo entre comillas, un sig­ no gráfico inaudible. Los autores ant iguos hacían, desde luego, referen­ cia a sus propios ancestros, pero actuaban de otro modo. De hecho, en tre los materiales que estos autores reutilizaban existe una variedad para la cual ha sido necesario crear una termi nología: en tre ellos pueden reco­ nocerse las citas propiamente dichas, pero también las paráfrasis y las re­ miniscencias, de acuerdo con el grado de dependencia de la fue n te origi­ nal. El autor podía tener a la mano el escrito y reproducirlo, como hoy, en cuyo caso es una cita, pero el número de libros disponibles y su estructura i n terna hacía mucho más frecue n te que el enunciado fuera una paráfra­ sis hecha de memoria, en la que apenas algunos thminos de la fuente ori­ ginal se encontraban presentes, y tampoco era inusual que el enunciado atribuido a otro fuese una simple alusión, una remin iscencia con seme­ janzas de contenido sin duda, pero sin correspondencia literal. Un gran número de préstamos de las obras antiguas se sitúa más bien entre la pará­ frasis y la rernin iscencia . 1 i'2 Existen diversas razones para ello. La primera es que los libros antiguos no contenían números de pági na, ni separación entre capítulos o párrafos y muchas veces los autores no les habían otor­ gado un título; para citar un libro, era preciso fo�jar un título, usual mente extraído de la frase inicial de la obra en la que los prosistas solían anun­ ciar el tema que sería tra�do. 1 7 3 En este último caso se encon tró Aristóte­ les, quien llega a citarse a sí mismo, pero puesto que no había dado un tí­ tulo a sus tratados, se veía obligado a emplear distintas designaciones que i ndicaban su contenido. 1 74 Dos motivos adicionales que alt:;jaban la refe­ rencia del original son que los autores solían alterar el enunciado, sea para �justado a su estilo personal, o bien para ganar un debate. U n docu­ mento escrito en un estilo arcaico habría sido una grave alteración para la musicalidad del texto que estaba siendo dictado. Quizás así se explica que Salustio y Cicerón citen el mismo discurso acerca de Catilina, pero some­ tiéndolo a variaciones adecuadas a su propia prosa. 1 7" En el segundo caso se encuentra Dion Crisóstomo, quien frecuentemente altera el material que cita para hacerlo más apropiado a su argumento, como lo h izo con Eurípides. 1 70 La memoria permitía sin duda estos al{:jamientos, conscien­ tes o no. Los dictatorPs no ten ían ninguna aprehensión a citar de memoria porque su educación estaba orientada a dotarlos de esa habilidad, como lo muestran los filósofos cín icos Diógenes de Sínope y Crates, quienes cir­ culaban por la vida únicamente con un mantón vi{jo y un grueso bastón,

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sin l ibro alguno a la mano, pero que se complacían en citar con fi·ecuen­ cia a 1 lo mero y Eurí pides ( de quien preferían Medea y tas F(>nicias) . 1 ¡¡ Les bastaba escuchar, por eso san Jerón imo no encon tró obstáculo para citar un tratado de Evagrio, todavía anónimo, pero del que había escuchado la lectura hecha por el autor. l iH E incluso es posible encon trar autores de los siglos IV y v d. C., c i tando una vasta li teratura que jamás han leído, ni cono­ cen de cerca, simplemente de rumores y transmisión verbal. El hábito de citar de memoria se encuentra igualmente i nstalado en los primeros tiempos cristianos. Pero la tradición bíblica muestra que en un primer momento las rekrencias provenían del recuerdo, mucho más que de la consulta de alguna fuente escrita. Aún no era cuestión de citas directas en el sentido estricto del término: 1 Clemente, por �jemplo, una carta considerada en tre los escritos apostólicos, cita un n úmero con­ siderable de ocasiones el Antiguo Testamento, in troduciendo el présta­ mo con expresiones como hP ¡.r;rajJhP légPi "como dice la Escritura", pero cuando se refiere al 1\,' uevo Testamento únicamen te i nvita a sus lectores a "recordar las palabras del Seiior Jesús", usando expresiones que carecen de paralelo exacto en los escritos conservados. 1 i9 Las variaciones no son casualidades, sino alteraciones buscadas, porque no había un sentido de "exactitud" textual: "en n ingún caso puede decirse que el autor intenta transmitir directamente la expresión de Jesús. Desde luego, esto se expli­ ca en parte porque las palabras del Seiior se habían conservado en un medio oral y en un ambiente así, sus palabras estuvieron st�etas a las re­ glas del intercambio verbal, sin independencia del contexto en que eran reutilizadas, de manera que resulta imposible remon tarse a alguna "ex­ presión original "_ I HO Normalmente, los Padres apostólicos i nt roducen las citas de .Jesús con términos corno "el Seiíor dUo", "habiendo dicho el Se­ rior", "corno dice el Serior en el Evangelio", y jamás las in troducen con una expresión del tipo: "en el escrito se encuen tra". Un �jemplo notable de esta rememor ación es el Evangelio apócrifo de Tomás, cuyo i n icio dice: "f:stas son las palabras secretas que el Jesús viviente d\jo, y que Dídi­

rno Judas Tomás escribió". 1 H 1 Es posible que en ese primer momento de la fe, el Evangel io no fuese considerado un escrito en el m ismo sentido que lo era el Antiguo Testamento, y es posible tambi(�n que el Evangelio no fuera considerado todavía un libro, sino un cor�junto de notas, sin­ ¡..,rrrunmata, sin la misma autoridad textual; pero es notable que los padres apostólicos citen con la misma libertad las epístolas de Pablo, las cuales ya circulaban por escrito. Habr{t que esperar hasta mediados del siglo 1 1 d. C. , e n tiempos d e Justino Ylártir, para q u e las citas verbatim traídas d e los evangelios sinópticos empezaran a superar esa etapa de transmisión ver­ bal. No obstante, San Agustín y Casiodoro todavía citan de memoria


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mientras dictan , de modo que pueden cometer errores importantes: Ca­ siodoro por t:iemplo, en sus Instituciones, cita erróneamente a Casiano atribuyendo a sus Colaciones una afi rmación que se encuen tra en De insti­ tutis cmohiorum. l R2 Natural mente, una de las causas principales del alt:jamiento del ori­ ginal era que los textos de los autores eran pronunciados y no escritos. Un caso t:jernplar es el filósofo Epicteto. En sus DisPrtaciones, {�ste cita fre­ cuentemente a Platón y a los autores de la Stoa media; ocasional mente menciona a 1 lomero o aJenofonte como t:iemplos de valores morales y a Epicuro y algunos Acad(�micos, para refutarlos. Todo ello lo hace de memoria, porque Epicteto no contaba con ni nguna biblioteca próxima: en seilaba en la apartada ciudad de Nicópolis y no poseía un solo l ibro; él mismo relata que era tan pobre que en su puerta no había necesidad de cerradura pues, excepto su jergón y su quinqu(\ no tenía nada que pu­ dieran robarle. Pero sus recuerdos eran suficientemente poderosos. En algunos casos, cuando refiere una frase breve y memorable, la c i ta es exacta, corno cuando rememora las palabras de Sócrates reproducidas en la AjJología de Platón . 1 R3 En otras ocasiones, la cita está colocada en un intervalo: es lo suficien temente aproximada para asumir que Epicte­ to estaba familiarizado con los escritos, pero tan laxa y breve que da la impresión de una reminiscencia casual hecha sin referen cia al texto. En este mismo i n tervalo se encuen tran ci tas h echas por autores tan distan­ tes en el tiempo corno Platón, quien en el Banquete pone en boca del mé­ dico Erixímaco una formulación aproximada de Heráclito, sin que pue­ da decidirse hasta q ué punto es una adaptación al pensamiento del ateniense , l R4 o san Jerónimo, quien solía retomar completo el texto de la cita, pero indicaba vagamente de dónde procedía, l H:> o incl uso Dióge­ nes Laercio, quien en su enorme libro acerca de los fi lósofos más ilus­ tres suele citar la fuente , pero las más de las veces no lo hace, ni clara ni escrupulosamente. l Rti El uso de la memoria para ci tar se extendía pues en muy diversas composiciones: poemas, sermones, medi taciones, rela­ tos o disertaciones. El n úmero de citas en las obras antiguas no era escaso: Clemente de Alejandría, por ejemplo, acumula 1 ,273 préstamos de san Pablo. Aun así, en la Antigüedad no parece haber un hábito de citar indicando sistemáti­ camente el nombre del autor citado y el título de la obra. Se ha llegado a afi rmar que en la antigua tradición retórica, citar por el nombre no era una costumbre, y tampoco era educado, porque se suponía que la au­ diencia debía conocer a sus clásicos. 1 Ri Los autores con taban con el acer­ vo memorístico de su público. Aristóteles, por t_;jernplo, cita a Platón de diversas maneras: a veces cita un diálogo mediante su título, agregando el

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nombre de Platón o el de Sócrates; otras veces, contando con la celebri­ dad de la obra, seílala ún icamente el título, y l lega a citar sin mencionar ni el nombre del autor ni el título, in troduciendo el pas�je con términos corno "en los diálogos eróticos". l XX Por el con trario, puesto que asume una menor familiaridad de su público con los filósofos presocráticos, a és­ tos suele ci tarlos con mucha mayor precisión, pero entonces sigue la tra­ dición, que perduró durante toda la Antigüedad, de citar de manera in­ distin ta, indicando el título o bien el subtítulo de la obra. Puesto que la cita es fundamentalmente un dispositivo textual, a medida que la cultura del escrito se fortalecía, la atención al original era más intensa, pero con diversos resultados: Clemente de Al�jandría, por (:jernplo, citaba una pri­ mera vez de memoria y luego consultaba el rollo que había citado para in­ troducir nuevas referencias, pero debido a que dictaba, la serie de présta­ mos producen un efecto extraii.o y hasta ilógico. I H'l En el siglo 1 1 d.C., a pesar de que el hábito de consultar el original se había incrementado, to­ davía eran muy inusualcs los escrúpulos que Aulo Gelio exhibe en Norhes átims para indicar el momento en que transcribía con exactitud "las pala­ bras mismas sobre las cuales este juicio fue hecho" y serialando con ho­ nestidad cuando un testimonio descansaba en algo que había podido recordar: "habría ariadido esas palabras de Catón directamente a este co­ mentario si h ubiese tenido acceso al libro en el tiempo que dicté estas co­ sas . . . pero si se busca saber, no las dignidades de las palabras, sino el asun­ to mismo, éste era más o menos así". 1 �10 Lo que a los ojos modernos puede parecer una excesiva l ibertad se explica porque la cit< . formaba parte de la inventio, la recolección memorística que conducía al dictado de la obra. La cit<1 era un fragmento del recuerdo, una actualización del conocimien­ to que el autor llevaba en la memoria, y no un testimonio de su frecuenta­ ción a los textos escritos. De ahí que, si se llegaba a citar sin atribuir la au­ toría original, esto no sería comprendido como un plagio, sino como una falta personal. En nuestros días, cuando las ideas son consideradas pro­ piedad de determinado autor, repetir sus palabras sin atribución es un hurto, pero para el autor antiguo era ún icamente una fal ta que ocurre cuando, por negligencia, pereza o indisciplina repetía inadvertidamente las palabras de otro. El suyo no un hurto sino una falla en la memoria, un descuido en el uso de la turba de ideas provocado por un inadecuado al­ macen�je de sus audiciones, un fracaso en la memoria educada de un au­ tor preparado que sabe cómo hablar sin que aparen temente hubiese me­ morización previa. 1 9 1 En la composición, a la inventio, que era recolección , seguía la romposi-• tio, segunda etapa previa al dictado, que consistía en la reordenación lú­ gica y retórica de aquella materia prima en forma tan acabada que, según

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L\ TRAHSiA m: L\ F�CRITl"RA

Qui n ti liano, ya no requería más que ciertos retoques de ornamentación y ritmo. Ambas etapas eran separables únicamente desde el punto de vis­ ta analítico, porque se ejercían básicamente sobre aquel conocimiento que el autor había "archivado" en su memoria individual a través de sus lecturas, o de aquello que había escuchado. Ambas podían incluir en al­ gún momento la elaboración de bosqu�jos escritos sea en tabli llas ence­ radas o en h�jas de pergamino, pero se esperaba, sobre todo de los autores más maduros, que el proceso fuera enteramente mental. Los bosqu�jos que fueron realizados sobre materiales perecederos han desaparecido, pero su existencia está bien documentada por un gran número de auto­ res: Qui n tiliano, por t:iemplo, asegura haber visto las notas de algunos discursos de Cicerón, más de cien años después de la muerte del orador. Según él, eran notas genuinas, reunidas y copiadas por el fiel Tirón . 1 92 En defensa de tales bosqut:jos, en su An PoPtica ( 1 -9) , Horacio señala que el autor estaba obligado a ser sistemático, pues una composición mal or­ denada es como una monstruosidad que surgiera junto a una cabeza h u­ mana. Sabemos que Virgilio también dictaba esos esbozos: "cuando esta­ ba escribiendo las Geórgicas, se dice que siguió la costumbre de dictar cada maíi.ana un gran n úmero de versos que había completado y luego empleaba el resto del día en reducirlos a un número muy pequeño, ha­ ciendo notar agudamente que él modelaba su poema a la manera de la osa y que lo iba lamiendo gradualmen te hasta darle fórma defi n itiva". 1 ' 13 En san Bernardo pueden encon trarse, desde obras e n teramente im pro­ visadas hasta otras en las que, partiendo de un bosquttio, observó aquella ley "según la cual el que escribe dispone todo según las razones necesa­ rias". 1 94 Como es natural, se creía que en tales esbozos podían encontrar­ se las intenciones más ocul tas, lo que los hacía codiciados: un caso famo­ so es el de los borradores, schPdulaP inPmendrztaP, que Eusebio de Cremo na robó a Rufino para en tregárselos a su gran enemigo, san .Jerónimo. Ead­ mer, por su parte, narra una singular historia acerca de los bosqut:jos que condt�eron a la elaboración del Proslof!:ion; en efecto, san Anselmo los ha­ bía elaborado en tablil las enceradas que en tregó a un hermano para su salvaguarda. Después de unos días, las tablillas habían desaparecido. Puesto que lo ten ía en la memoria, aunque no sin cierta dificultad, san Anselmo escribió otro bosqut;jo que entregó al mismo mm�je pidiéndole que fuera más precavido, pero las tablillas también fueron encon tradas días después, rotas y esparcidas por el suelo. Debió dictarlo una tercera vez de memoria y hasta entonces ordenó el santo maestro que su obra fuera escrita en pergamino donde, por la Gracia de Dios, estaría a salvo. Sin embargo, no es la h istoria de la composición lo que retiene la aten­ ción de Eadmer, sino la lección moral que ofrece: a diferencia de los des-


cuidados monjes, un espíritu maligno h abía sabido apreciar la importan­ cia del escrito. 1 9·'i Los bosqm:jos escritos permitían a los autores establecer un orden ló­ gico y secuencial más preciso. Esta estructura básica es la que se aconseja­ ba memorizar para que si rviera de guía en la composición o en la t:iecu­ ción verbal del orador. Se trataba de un esquema, porque una y otra vez se aconst:jaba que la escritura no fuera tan detallada como para acabar con la espontaneidad, un valor insustituible de la tjecución verbai�Los bos­ quejos podían parecer esquemas esquel{�ticos y sin vida, pero era en el momento de dictar cuando el autor inyectaba a esos huesos áridos el espí­ ritu que los animaba, que los haría resonar con la m úsica de las frases, con el brillo de las imágenes. Era esa estructura elemental la que los autores y los oradores tenían en la mente, la cual, como lo han mostrado los estu­ dios sobre oralidad, resulta crucial para la t:iecución. En efecto, la ejecu­ ción verbal n unca es improvisación pura. Aquel que dicta o que �jecuta largas n arraciones orales requiere, explícita o implícitamente, de una se­ cuencia ordenada de temas que impida que la improvisación desborde en direcciones insospechadas. Una gran parte de la habilidad de los dicta­ lores ( o en su caso, los oradores) descansaba en su capacidad de conservar en la memoria, y de seguir en la narración , esas secuencias preestableci­ das. Partiendo de ellas, el dirtator podía elegir varias estrategias, por ejem­ plo, enumerando una serie de propiedades del tema que va a tratar para después seguirlas una a una, en una secuencia mnemotécn ica. Así actuó san Bernardo cuando en un sermón enumeró de inicio las diez propieda­ des de las lágrimas ( húmedas, cálidas, saladas, fluyen hacia ab�jo, pertur­ ban la vista, atenúan la tristeza, y otras) para luego seguir de manera orde­ nada tal esquema. Otra estrategia, también utilizada por el santo, era enunciar las divisiones del curso que iba a seguir, por �jemplo: "cuatro son los géneros a considerar". El dirtator sólo debía detenerse en cada una de ellas para asociar una breve disertación moral basada en analogías y metáforas. 1 96 Aquel que pronuncia verbalmente n unca está perdido en la ejecución y debe mantener esa estructura, incluso para n uevas emisio­ nes. En el mundo oral, la improvisación consiste ún icamente en las varia­ ciones que pueden aportarse a estas secuencias preestablecidas, variacio­ nes que pueden ser rítmicas o melódicas, como en el caso de la poesía, o bien estar asociadas a ternas y figuras retóricas o géneros literarios, como en la prosa. El autor compone siguiendo esta estructura e introduciendo • las alteraciones que su talento y la situación le permiten. De este modo se elaboraron, por c;jemplo, las disertaciones de Epicteto: seguramente el fi­ lósofo poseía un repertorio más o menos amplio de <:jecuciones organiza­ das según los temas fundamentales de su enseñanza, cada una de las cua-


les poseía un esquema abierto que le permi tía distin tos cursos de acción, de acuerdo con los puntos específicos en los que deseaba hacer énfasis. Además de este esquema, Epicteto tenía en la memoria un tesoro de ma­ teriales disponibles para la inventio: motivos conexos, comparaciones, analogías, exempla, anécdotas. El filósofó seguía el esquema básico, pero podía improvisar una parte de la diatriba porque el tema central estaba bien establecido en la idea cen tral, la cual era explicada e i lustrada de dis­ tintas maneras mediante la anexión de material adicional. El orador de­ terminaba la extensión de su �jecución verbal añadiendo nuevos moti­ vos, por eso la misma diatriba era simultáneamente una repetición y una innovación producida por el nuevo ensambl�je de elementos disponibles y conocidos. La composición corre paralela a la �jecución y no le preexis­ te, pero las premisas que la constituyen se han formado tiempo atrás, en el largo proceso de acumulación memorística y aprendiz�je retórico. :\lo resulta pues extraño que, en casos de excepción , esos oradores fuesen ca­ paces de repetir verbatim sus �jecuciones. 1 ' 1í La cuestión se pudo probar en la en�josa situación en la que se vio envuelto Filagro de Cilicia, un so­ fista tan i rascible que era capaz de abofetear a cualquier oyente que se adormilara fren te a él. Una vez, Filagro se había enemistado con los alum­ nos de Herodes, quienes lograron saber que, aunque el sofista improvisa­ ba el primer tema del día, en cambio solía repetir en segundo lugar las �jecuciones ofrecidas previamente. Le propusieron un tema con tenido en un discurso que ya estaba publicado. Filagro cayó en la trampa: mien­ tras declamaba, los estudiantes comenzaron a leer en voz alta una tjecu­ ción idéntica, como un coro inesperado e indeseable: "un tremendo al­ boroto de voces y risas interrumpió la audición, mientras Filagro chillaba y bramaba diciendo que se le ofendía i n tolerablemente, pues se le impe­ día servirse de lo que era suyo". 1 YH Una i n tensa actividad espiritual y mnemotécn ica antecedía al dicta­ do. En n uestros días, la escritura es la com posición misma, pero para los an tiguos era la expresión congelada de una composición elaborada y alojada en el espíritu. A pesar de la ayuda de la escritura, la inventio y la rompositio eran realizadas en gran medida en el fuero i n terno: "algunos de mis am igos -escribió !sócrates- leen la porción de la com posición que ha sido escrita". 1 !19 Curiosa expresión, pero posible porque todo es­ taba en la cabeza del autor, an tes de pasar a la escritura: "en efecto, he planeado ya esta tragedia y, dentro de mí, yo m ismo la he formado", dice Maternus, uno de los person�jes del diálogo de Tácito. 200 Se percibe en- e tonces que cuando el autor antiguo l uchaba por componer no actuaba como lo hacemos nosotros, sen tados en el escritorio, emborronando pá­ ginas o pizarrones, tachando, alterando, sustituyendo versiones sucesi-

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SFR< ;Jo l'f:REZ CoR rf:s

vas de un texto en papel o en la pantalla. Los recursos a su disposición obligaban al autor an tiguo a actuar de otra m anera, estableciendo más bien una lucha consigo mismo, con su memoria y con sus recursos espi­ ritual es, con el arch ivo que l l evaba den tro y del cual debía extraer un resultado. Por ello adoptaba disposiciones afectivas y corporales particu­ lares: Plinio el jove n , por ejemplo, despertaba temprano pero no aban­ donaba el lecho enseguida: prefería quedarse en la cama, en la oscuri­ dad de las cortinas cerradas, meditando lo que iba a dictar. Cuando un verso estaba l isto, mandaba correr las corti nas y llamar al estenógrafo para dictarle lo que ten ía preparado en la cabeza. Hecho esto, lo despe­ día quedándose solo n uevamente, meditando las correcciones a lo dic­ tado, y así sucesivamente, hasta quedar satisfecho. Cuando por fin se le­ vantaba, solía pasear por un camino florido si h acía buen tiempo o bajo un pórtico; en n ingún momento cesaba de citar, porque siempre tenía a su lado un notarius disponible.�01 Diez siglos después, las dificultades de la composición conducían a san An selmo a una clase diferente de in­ quietud: Eadmer, su biógrafo, señala q ue durante la composición de su obra Monologion el santo encon tró obstáculos que le arrebataron el sue­ ño, el deseo de comer, y le d istraían de sus obligaciones en el servicio di­ vino. No logró resolver esa dificultad a través de la meditación , lo que condt�jo a san Anselmo a creer que esa línea de pensam iento era una tentación del diablo y trató de evitarla con esfuerzos vehementes. Du­ rante un tiempo, ni los ayunos, ni las mortificaciones tuvieron éxito, pero sucedió que "súbitamente, una noche al iniciar el alba, la Gracia de Dios ilum inó su corazón, la cuestión se h izo clara en su pensam iento y una gran alegría llenó su ser interno". 202 San An selmo reflexionaba a i n icios del siglo XII, pero sus hábitos eran los m ismos q ue los de los auto­ res an tiguos: su método no partía de la lectura, sino de conversaciones con amigos y los problemas que ah í se planteaban. La característica más sobresaliente es que esas investigaciones carecían por completo de refe­ ren cias a autoridades textuales y estaban basadas ú nicamente en la in­ trospección, en la meditatio, y todo ello en u n momento en q ue el largo proceso de acumulación, organización y examen de las fuentes escritas se estaba in iciando, sobre todo en las un iversidades. 203 En un contexto burlesco, Plauto ofrece la siguiente descripción de un poeta escritor:

;Cómo está de pie! Preocupándose, con la frente ceñuda, meditando. Golpea su pecho con los dedos, creo que el corazón va a salírsele. He aquí que voltea; con la mano derecha cuenta los dedos, golpeándose el muslo derecho. ;Y qué golpes se da! Las ideas no le llegan fácilmente;


L \ IRAHSi.\ m: L\ rS< .RITl RA

está preocupado pues a men udo cambia de posición . Pero h e aquí que �1¡ ¡ hace sei1as; no le agrada lo que encon tró [ . . . ] jamás descansará hoy. .

�uevamente en un contexto satírico, Horacio ofrece la imagen de un au­ tor en la agonía de la composición: "y haciendo su verso, su cabeza a me­ n udo rascará y roerá vivas sus uñas. Revierte a menudo el estilete si quie­ res escribir obras dignas de ser releídas, y no trabajes para que te admire la turba; conténtate con pocos lectores". 205 En un gran arco de tiempo y en un medio por completo d iferente, en el siglo XIII puede encontrarse a Santo Tomás adoptando actitudes igualmente apasionadas. Uno de sus secretarios, Guillaume de Tocco, relata que cada vez que el santo deseaba disputar, leer, escribir o dictar, comenzaba por retirarse a un lugar aparta­ do para orar. r\orrnalrnente, después de un corto sueño, el doctor Angéli­ co se levantaba y oraba postrado en el suelo: era durante esas noches de plegaria cuando aprendía lo que habría de dictar o escribir más tarde. Aunque eran extraordinarios, esos momentos no eran infrecuen tes. L'na vez, mien tras redactaba su comen tario sobre el Libro de Isaías, encontró un obstáculo que lo h izo refugiarse en la plegaria: "sucedió que esa no­ che, mien tras descansaba en una celda contigua, su secretario, Reginal­ do, escuchó en la recámara del santo una conversación de Tomás con unos i n terlocutores desconocidos. Cuando la conversación cesó, el her­ mano Tomás llamó a Reginaldo: "levántate dijo, trae una luz, torna el cua­ derno habitual e instálate para escribir", y durante una hora, como si leye­ se un libro abierto, dictó a su secretario el comen tario de ese pas�je del cual, hasta entonces, no había podido descifrar el signilicado". 206 El rit­ mo normal de la vida de Santo Tomás era indicativo de ese estado espiri­ tual permanente: un mínimo de tiempo dedicado a comer o dormir y el resto entregado a orar, leer, pensar, escribir o dictar: sus secretarios rela­ tan que llegó a rechazar una invitación de san Luis, rey de Francia, pues en ese momento se encontraba dictando la Summa Theologira. 207 i\Ios hemos detenido largamente en las actitudes de Plinio, san Ansel­ mo y San to Tomás, porque tienen algo en común: manifiestan un profun­ do esfuerzo de in teriorización del autor en el momento que compone. Si ellos se refugian en la oscuridad o la oración, solos, cerrando los �jos, sin con tacto con su entorno, es porque saben que toda distracción visual o auditiva puede ser un obstáculo 4 la actualización del recuerdo, a la ten­ sión del fuero interno. Sin embargo, el temperame n to podía llevar a otros autores al extremo opuesto, adoptando actitudes incon troladas, pero debidas al mismo impulso, ante las cuales naturalmente no fal taban sugerencias a la mesura. Quin tiliano, por {;jemplo, no aconst::j aba el dicta­ do, porque la lentitud de la mano favorece mucho mt:jor la reflexión,


S� 1{( ,1( ) Pf. KI· /. ( :( )1{ I"F.'-1

pero adm itía que cuando se está solo y la i nspiración desfallece, es posible entregarse a gesticulaciones que la est i mulen , como hacer gestos, elevar los brazos al ciclo, golpearse los costados, pegar sobre la madera del lecho o morderse las uiias.�oH Sería inexacto describir estas act i t udes como pu­ ramente "in telect uales" porque involucran un compromiso corporal v psicológico en el que los afectos y una dosis de pasión no están ausentes. Eso explica que Asclepio, según Galeno, ordenara a un cierto número de sus pacien tes "escribir " , lo m ismo que componer canciones cómicas, con el fin de cale n tar la temperatura del cuerpo con el movimiento de sus pa­ siones. 20!1 Las pocas representaciones de autores que sobreviven coinci­ den en presentar a la composición revestida de una enorme tensión espi­ ri tual : eran los arrebatos mediante los cuales los an t iguos i nvocaban a las musas. Algunos podían l legar a extremos, como Galba, el orador roma­ no. En cierta ocasión, Servio Galba disponía de un único día para prepa­ rar la defensa de unos publicanos acusados de organ izar una matanza, y esperó hasta el último momento para encerrarse en un cuarto a tomar apuntes, acompaiiado de unos esclavos a quienes acostumbraba dictar cada vez cosas diferentes. Rutilio relata que Galba salió de esa habitación con tal mirada y rostro, que parecía haber defendido ya el caso, y ar1adía que los escribas aquellos salían junto con el orador con signos de haber sido golpeados duramente, de lo cual deducía que Galba no sólo era vio­ lento y fogoso cuando pronunciaba sus discursos, sino tambi{-n cuando los medi taba ( .m/ Ptimn meditrmdo) . � 1 0 Son sin duda actitudes más emocionales que in telectuales, porque en primera instancia in ten tan recolectar en el fuero in terno todo aquel ma­ terial que luego es llevado a la superficie para ser procesado por el enten­ dimien to. Parecen acti tudes poco racionales porque se asume equivoca­ damente que el escritor silencioso en su estudio es el paradigma de la racional idad, ohidando que, como muchos otros gestos de la razón , eso es una invención tardía. Esos gestos extremos y apasionados estaban igual­ men te acompaúados por habilidades de concentración silenciosa que no pueden ser subestimadas. Sobre el pensam ien to, como un diálogo i nte­ rior consigo mismo, también hay ampl ios testimoñios en la Ant igüedad: Sócrates, por t:iernplo, es presentado en diferentes ocasiones por Platún meditando en soledad, o bien recibiendo información de una voz inte­ rior o de un tercero no iden tificable: "ltabiendo concebido algo en su mente, se había quedado plantado en el mismo sitio desde el amanecer, reflexionando, y como no daba con la solución, no n:jaba en su emper1o

[ . . . ] y en pie, sin moverse estuvo hasta que vino el alba y se levantó el sol; entonces se retiró tras haber elevado una plegaria".�1 1 Del mismo modo, Epicteto, en el momen to de examinar el encuen t ro de la memoria con las


L\ TRAVESÍA l>f. lA ESCKl n 'KA

sensaciones, llamó "escribir en su propia alma" las reflexiones hechas con­ sigo m ismo y, puesto que se refería a ello como "escribir diálogos", conside­ raba que "Sócrates había escrito muchos diálogos". Un gran filósofo neo­ platónico ofrece un �jemplo similar de concentración en la composición memorística: Plotino (siglo III d.C. ) . En efecto, Plotino estaba obligado a retener en la memoria todo lo que escuchaba porque un mal en los �jos le impedía leer lo de otros y lo suyo propio. Su biógrafo, Porfirio, seriala que

el filósofo pensaba con tal i n tensidad previamente lo que iba a escribir que, cuando terminaba de componer algo en Sll cabeza y cuando escribía

después lo que había meditado, "parecía copiar de un libro".2 1 2 Plotino podía mantener esa reflexión de manera permanente y no había nada que pudiera distraerlo: según Porfirio, podía detener la escritura e in iciar una conversación o una discusión filosófica, satisfaciendo sus obligaciones de enseii.anza, m i e n tras continuaba meditando. Cuando su interlocutor se marchaba, aquél reanudaba el hilo de su composición corno si la plática no lo hubiese i n terrumpido: no releía lo que había escrito y nunca hizo n i nguna corrección, porque la debilidad de la vista le hacía penosa toda lectura.� ! :� Plotino es un caso i n teresante porque no d ictaba, sino que es­ cribía por sí m ismo. Su biógrafo seii.ala, sin embargo, que no tenía buena letra, no separaba las palabras ni atendía a la ortografía, porque sólo se ocupaba de las ideas. Porfirio m ismo, quien se ocupó de la edición de esos escritos después de la muerte del filósofo i ndica que, debido a ello, fue ne­ cesario un buen esfuerzo de puntuación y corrección. Después de esta i n tensa actividad emocional e i n telectual, y ya con el esquema mental o el bosqu�jo escrito retenidos en la memoria, en el mo­ mento del dictado el autor proseguía aportando elementos de ornamen­ tación, estilo y ritmo. Al iado de la recolección y el orden, una de las gran­ des preocupaciones del

dictator eran

los valores fonéticos de la obra. Su

inquietud se explica porque el método usual de "publicació n " de su obra era la lectura en público, por parte de él mismo o por lectores profesiona­ les. Carecería de sentido la gran atención que desde los sofistas se otorga­ ba a los sonidos, si n o se tiene en mente que esos escritos iban a ser leídos en voz alta y recitados� Puesto que la recepción de la obra iba a ser domi­ nantemente aura!, el autor buscaba sobre todo la musicalidad y la suavi­ dad de la expresión y temía sobre todas las cosas lo que los rétores llama­ ban "el severo juicio del oído"� Las obras de los rétores están llenas de cons�jos acerca de la musical idad de las vocales y la sonoridad de las con­ sonantes, de la necesidad de usar palabras armon iosas y evitar h iatos i rri­ tantes, de la i m portancia de h u i r de los sonidos ásperos y, sobre todo, de expulsar de manera radical las molestas cacofonías. En defensa del buen sonido se llegaba a refinam ientos extremos: según Qui n tiliano, en la


Roma antigua se llegaba a suprimi r la "s" final, cuando podía encontrarse frente a una consonante cuya asociación provocase un silbido desagrada­ ble, y Aulo Gelio, en sus

Norhes átiras,

examinando el punto dice que las

vi�jas reglas rancias de la gramática deben ceder su paso ante la eufon ía: "póngase

hir en

vez de

haa; hir tinis ten d rá un

sonido bárbaro, contra el

que se sublevará el oído".2 1 '1 Natural mente, el ritmo y la musicalidad eran determinantes cuando se trataba de obras versificadas en las que debían respetarse los patrones métricos, silábicos o acentuales de cada uno de los géneros poéticos, pero i ncluso las obras en prosa debían vigilar la caden­ cia de los enunciados, porque el ritmo es un principio de alcance más ge­ neral que el metro. Los valores acústicos en poesía son bien conocidos: rima, asonancia, oxímoros o aliteraciones, pero en prosa los autores re­ currían a procedi m i en tos retóricos como el balanceo armonioso de las frases, el con traste en tre dos frases sucesivas como e n : "para la piedra lanzada al aire. no es un mal ni caer ni un bien el elevarse ",2 1 'í o bien la comparación en tre i mágenes o metáforas: "guiado por la razón, den tro de diez días les parecerás un dios a quienes ahora das la i m p resión de ser

una bestia o un mono". 2 1 1;

A la

inversa. los dictatores sabían exactamente

lo que debían evitar, entre ot ros, los hiatos, y sobre todo esas fúrmas de colusión e n t re la sílaba final de una palabra con la sílaba i n icial de la si­ guiente palabra, colusión llamada

rarPmphaton que podía conducir a voca­

blos desagradables o poco púdicos. Qui ntiliano, por t:jemplo, lamenta que en su tiempo los jóvenes se en tretenían extrayendo sentidos obsce­ nos de expresiones venerables; sugería entonces no escribir

minilrus sino rum hominibus notis,

cum

rwtis lw­

porque si se hace una jun tura breve al

inicio se tiene una lectura que ofende a la modestia: run notis2 1 í ( que su­ giere ru n nus, el sexo femenino) . 2 1 H :"Jatural mente, una gran parte de los refinamientos que satisfacían al oído antiguo se han perdido, y cuando se hacen paten tes median te duras i nvestigaciones, suelen parecer monóto­ nos y oscuros para el gusto moderno. La cuidadosa atención prestada al son ido provoca que dirtarP no tenga el sentido de simple "enunciac i ó n ", sino el más elaborado de "declama­ ción ", porque el autor otorga a cada frase y a cada palabra el torrente de elocuencia y sign ificado, eval uando los térmi nos que coloca uno al iado del otro, dando el tiempo al secretario de anotarlos y dándose a sí m ismo la pausa para consultar el repertorio verbal de la memoria� En el breve es­ pacio del dictado, el poeta o el autor se convierten en orador y es natural­ mente guiado por las mismas reglas formales. No es extrailo pues que adopte el m ismo comprom iso psicológico del orador: al componer no surgía en su imaginación la imagen de un lector silencioso y solitario, sino la representación de una multitud de auditores que habrían de escuchar


LA TR.-\\'f.SiA Df. L\ ESCRITl K\

la interpretación de un lector.•A diferencia del autor moderno, que pien­ sa en lectores anónimos, reclusos y sigilosos, el dirtatoT i maginaba audito­ rios cuyo compromiso emocional dependía de los valores sonoros, capaz de expresar ruidosamente su aprobación o de abandonar la audición de un escrito que ofendiera sus oídos. Las obras de la Antigüedad fueron creadas dando al oído al menos la m isma i mportancia que a la vista, con­ tando con que su lectura no se haría en el tono relajado y neutro del lec­ tor aislado, sino en la ejecución lenta, dramatizada, solemne y cultivada de un lector antiguo. Ellos contaban con que el lector sería apto para revi­ vir aquella melodía, aquella cadencia y el cúmulo de emociones que habí­ an resonado en su fuero i n terno en el momento de componer su obra. Por eso Jos paganos doctos se n egaban a escuchar los l i bros cristianos y, por esa m isma razón , después de exami n ar a san Pablo, san Ambrosio y san Cipriano, Agustín se pregunta de manera retórica: "¿qué más podría desear el oído de una persona de buen gusto? ".2 1 �1 Las obras an tiguas obedecen a las leyes del oído al menos en una me­ dida similar a las reglas de la lógica. La cuestión tiene i mportancia por­ que afecta la fórma y el contenido de lo expresado. El estilo oral del que provienen tiene características propias y está marcado por la

parataxis,

es

decir, la yuxtaposición simple de enunciados unidos por conectivas sen c i­ llas en las que la dicción reemplaza a los medios si n tácticos; ello en oposi­ ción al estilo escrito

hifJotáxtiro, en

el que las frases subordinadas son más

numerosas y obedecen a normas sin tácticas y semánticas que han sido de­

sarrolladas por la reflexión l ingüística permitida por la expresión escrita.

Contando con las leyes de la audición, los autores preveían dispositivos que auxiliaran a sus oyentes, por t:jemplo, expresándose en forma de fra­ ses breves, lapidarias, deslumbrantes, capaces de �jercer un poderoso efecto psicológico y suficientemente sencillas para poder estar siempre al alcance de la mano tales como: "nada es suficiente, para quien Jo suficien­ te es poco".220 Puesto que el oído trab�ja siempre hacia delante y no está entre sus virtudes volver atrás, los autores debían repetir ciertos mens�jes una y otra vez, pon iendo en labios de sus person�jes profecías o premoni­

ciones, como ecos fonéticos, para auxiliar al auditor a retener en la me­ moria el mens<�je cen tral. Así se explica, por t;jemplo, que Jos Evangel ios contengan repetidas predicciones acerca del drama de la Pasión que, se sabe, habría dt:'sufrirJesucristo.22 1 Finalmente , como muchos de los audi­ tores nunca tendrían el texto ante los ojos, el autor debía advertirles que

se aproximaba el fi nal de un tópico, por ejemplo repitiendo la forma sin­ táctica del enunciado i n icial , como sucede en Romanos 1 2: 9- 1 3, o que se

acercaba el final de la obra, usando metáforas marítimas como "se avizora el puerto", o agrícolas como "ha llegado el tiempo de la recolta".

( )()


¿Cómo evitar entonces que la pre\ista vocalización determinara de al­ gún modo el contenido del texto? La i n fluencia que la voz lectora ha teni­ do en los escritos antiguos es múltiple y diversa, pero en su aspecto más general puede decirse que, aun después de su corrección, con mucha fre­ cuencia las obras refl�jan los i n i cios, las paradas, las vac ilaciones, las de­ tenciones y hasta las repeticiones involuntarias del discurso hablado. Pri­ mero, porque ni la más cuidadosa preparación retórica puede preve n i r esos vagabundeos espi ri tuales q u e asaltan a q u i e n verbaliza s u s ideas. Luego, porque el recurso al recuerdo producía que, durante el dictado, la mente fuera asediada por ideas y elementos prove n ientes de distintos lu­ gares de la memoria, no necesariamente concordantes, e n tre los cuales los a

dictatores se

esforzaban en establecer nexos asociativos y transiciones

veces forzadas. Por t:iemplo, cuando Heródoto llegaba a darse cuenta

de que había omitido un detalle en alguna sección previa, sen c illamente lo agregaba en el sitio en que se encontraba en ese momento, sin buscar el lugar adecuado para hace� el cambio.2n A Diódoro (siglo 1 a.C. ) , por su parte, le sucedió que dictó dos veces en su relato de alios sucesivos, cómo el rey Filipo de Macedonia capturó y destruyó la ciudad de Methone: de­ bido a su método de trab�jo, no pudo darse cuenta de que había dictado dos veces el m ismo evento.22:{ El �sultado era un disposi tivo compltjo, construido de piezas dispares, muchas de las cuales preexistían al discur­ so actua1.22·1 Esas variaciones hacen que las composiciones de los autores antiguos permanezcan lt:jos de los estándares modernos y que obede�:can a

otras leyes de concatenación, no porque provengan de otra "lógica",

sino simplemente porque resultan de otros pr()(:edimientos.• c n a parte de las dificultades que los lectores modernos encontramos en la lectura de esas obras proviene de esa concepción diferente de las reglas de composi­ ción . Si se ha llegado a afirmar que "Agust ín compone mal" no es porque San Agustín sea un autor mediocre, sino que sus obras -/.a

ciudad de Dios

incluida- ofrecen con mucha frecuencia las digresiones de un autor que se deja llevar por caminos ocasionales, siguiendo el hilo de su reflexión y no a la cadena secuencial de argumen tos en torno a su tema cen tra1.22'-,

Diversas razones pueden explicar el hecho: que San Agustín piensa más en el bien de las almas que en la argumentación literaria, que trab�jó siempre a una gran velocidad, que hay mucha origi nalidad en su pensa­ miento y que, por tanto, las ideas se presen taban tumul tuosas en su espíri­ tu. Pero quizá la razón princi pal sea que al d ictar, San Agustín sigue leyes de composición disti n tas a las de un hombre que escribe y puede revisar visualmente�

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l\ ucstra concepción moderna está fundada en la l iteratura escr·ita de modo que, al escuchar un orador en el sentido antiguo, nos pregun ta­ mos inconscientemente "lo que q uedaría" una vez que su discurso fuese i mpreso; un contemporáneo de San Agustín haría el camino inverso, co­ locándose con un li bro en la mano, imaginando lo que daría una vez que füese recitado. 226 •

En breve, por el dictado, la página ant igua es una represen tación de la voz \Íva del autor. La página antigua contiene sin duda los pensamientos y las emociones de los escritores, pero contiene además su voz, el registro de esa parte prosódica que no es expresada por n ingún signo: la entonación, el gesto, el ímpetu de la (�jecución. En ella resonaban una o varias voces, por eso deben ser tomadas al pie de la letra expresiones como pagina

mul­ j)(lgina loquax, verbositas paginar, de Marciano Capella; jmginaes lorutio, de Gregorio Magno; vox jmginarum, de San Agus­ tín ; o vox antiqua rhartarum, de Casiodoro.�� expresiones que se han ex­ ta mnit,

de Pablo Diácono;

tinguido por completo. Los an tiguos comprendieron que la escritura no es nunca una representación de las cosas, sino una representación del lengu�je con el que describimos a las cosas; por eso sus páginas aspiraban a contener la voz de un hablante vivo� Puesto que n inguna página es ca­ paz de contener en signos visibles toda esa emoción, resultaba i n dispensa­ ble que el lector la i n terpretara, agregando el tono, los gestos y las pasio­ nes que en su momento asaltaron al

dirtator.

En ese momento, si todo era

propicio, los audi tores no escuchaban al lector, sino la voz misma del poe­ ta, y el lectór tampoco se escuchaba a sí mismo, sino al orador anterior a

él, que comparecía y desde ultratumba le tomaba prestada la palabra. •

"Escribir es obra de la mano; componer es obra del corazón ", decía

Pedro el Venerablc.22s El resultado de esa intensa actividad espiritual no era considerado de menor valor que un texto escrito. Para Ciceró n , Quin­ tiliano y Plinio el Joven,:!�!! lo oral y lo escrito "son lo mismo" y el segundo

afirmó: "a m i j uicio, decir bien y escribir bien son una y la misma cosa, de

manera que el escrito no es más que la imagen estática ( rnonumentum) del

discurso pronunciado".2:-1o Por supuesto, ellos no ignoraban las vent<�jas de la escritura personal que, sometida a un ritmo diferente, permite co­ rregir la disposición lógica, establecer un ritmo a la sucesión de ideas y,

por la soledad que ofrece, evita al autor la vergüenza de corregirse que

puede invadirlo en presencia del taquígrafo. Los rétores admi tían igual­ mente que si el orador escribía un borrador de lo que iba a pronunciar, ese orden sería perceptible en la claridad y la secuencia de l<fs ideas. Pero en ese mundo profu n damen te oral, estas ven tajas i n n egables se equilibra­ ban con sus inconvenientes. Primero, porque dism i n uyendo la velocidad

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SER<;Io l'i.REZ ÜlRTi:s

se puede quebrar el impulso del pensamiento y la posibilidad de una i m­ provisación verdaderamente i nspirada: "las emociones profundamente sentidas y las i mágenes frescas fluyen arrastradas por el impulso i n in te­ rrumpido en tanto que, con el retardo de la escritura ellas se enfrían y no

suelen volver si se las hace esperar".2:� I La h istoria de Ático, obispo de Constanti nopla, podía corroborarlo: éste tenía el hábito de escribir todo

y memorizar aquello que predicaría, con la consiguiente pérdida de es­

pontaneidad. Con el tiempo pudo d�jar de hacerlo, pero con tan mala ca­ lidad que sus sermones no recibían muchos aplausos, n i merecieron ser

puestos por escrito más tarde.2:�2 En segundo lugar, el mensaje escrito, huérfano de su autor, no privilegia al que escribe sino al que lec, pero la Antigüedad encontró en ello una operación dudosa para el sentido de un texto que, indefenso y mudo, no puede n unca ser explícito por comple­ to. Un cierto escepticismo rodeó desde el principio a la página escrita, añadido a la convicción de que únicamente la palabra pronunciada era capaz de lograr una formación completa del discípulo, convicción que no existía ún icamente entre los humanistas como Séneca, sino también entre los autores cien tíficos como H ipócrates, Galeno, Vitrubio o Athe­ neo Mechanicus.2:n Sólo gradualmente se diluyó ese escepticismo. Final­ mente, aunque la escritura perm i te captar m�jor las bellezas lógicas y esti­ lísticas del texto, también carece•de los medios retóricos del orador que a veces transforman en sublimt! lo mediocre; en la escritura, en cambio, únicamente puede permanecer lo ord inario, "como sucedía a Hortensio cuya reputación extraord inaria de elocuencia contrastaba notablemente con el valor atribuido a sus escritos".2:�4 E l dictado estaba a salvo de estas o�jeciones, porque en la cima de la vida civilizada se encontraban "esos brillantes d iscursos llenos de vida, dignos de ser escuchados y pronuncia­ dos por unos hombres fel ices y realmente merecedores de toda esti­ ma",2:�:; mientras la escritura era a fin de cuentas considerada una copia imperfecta de la voz. • El dictator ha requerido un largo tiempo de preparación i ntelectual antes de estar preparado para su pronunciamiento . tste no es un acto trivial, sino una suma de habilidad, preparación y compromiso espiri­ tual. El que d i c taba era considerado un virtuoso, y su virtuosismo se in­ cremen taba si era capaz de d i ctar rápidamente, llegando a la gen ialidad si dictaba a varios secretarios a la vez. San Bernardo, por eje m plo, era me­ tafóricamente comparado con una fuente de la que fluyen diversos arro­ yos, es decir las notas tomadas por aquellos que se e n contraban siempre a 1 su lado.2'�6 Esa notable habilidad tenía un elemento adicional, porque sus pensamientos debían ajustarse a la velocidad i mpuesta por una premisa técnica: la presencia de la taquigrafía. Cicerón o san Jeróni m o podían


L\ rR\\Tsh l lF u f.s< R. l i t R. \

dictar a la velocidad normal del habla, porque los estenógrafós antiguos habían llevado a la perfección las notas tironianas y, por tanto, eran capa­ ces de capturar vPrbatim los discursos dictados por sus amos. Los autores de la alta Edad \1edia, en cambio, tenían que adoptar un ritmo más lento e incl uso dictar syllnbntim, porque sus secretarios habían perdido el cono­ cimiento de la estenografía antigua, y tampoco disponían de una letra cursiva de uso corriente. Cuando se considera la fidelidad de las palabras tran smitidas de los autores antiguos, la existencia de la estenografía es un factor a considerar, por lo cual debemos realizar un pequei1o rodeo. La taquigrafía es un medio de escritura disei1ado únicamente para ga­ nar velocidad, mediante el uso de formas puramente semasiográficas, o por algún método para reducir sistemáticamente la extensión de la cali­ grafía de las palabras que representan el sonido verbal. l"o todos los in­ tcrllos de abre\iar la caligrafía son estenografía: no lo es el uso de abrevia­ turas, llamado braquigrafía, ni los sistemas que usan signos sustitutos de algunas palabras y, con excepciones, tampoco el uso de escrituras silábi­ cas, que siendo más rápidas que las alf�lbéticas, no alcanzan la velocidad del habla. En sentido estricto, la existencia de un sistema fu ncional y ca­ paz de registrar el dictado 1'Prhatim es indiscutible hacia el siglo 1 d.C. Su presencia puede remontar hasta el siglo 1 a.C. , pues Plutarco informa que Cicerón deslizó varios shnr>iograjJiwi, taquigrafos, en el Senado, para regis­ trar con exactitud un discurso pron unciad(> por Catón el Joven el 5 de di­ ciembre del aílo {j� a.C. Tal vez, en ese momento, el sistema no estaba en­ teramente desarrollado, pero once arios m;í.s tarde el discurso de Cicerón Fn dr>jfnsa rfp Milo fue registrado ( h asta la in terrupción provocada por los partidarios de (]odio) en una versión estenográfica que los escolásticos aún tenían a su disposición, tal como había sido transcrito.:!:li S{·neca atri­ buye esa inven ción a los esclavos más viles, pero en su versión antigua el nombre de Tirón, secretario de Cicerón, es indispensable. En la medida en que es posible hacer una conjet ura sobre la base de los pocos signos que se le atribuyen, la estenografía de Tirón tiene en su hase un sistenrd alfab{·tico en el que cada letra es representada por sus rasgos característi­ cos; estos elementos básicos eran combi nados por pares util izados como abreviaturas silábicas represen tativas de cualquier palabra, por ejemplo, u +h=ub=u bi. Los contin uadores de la obra de Tirún extendi eron el siste­ ma a plabras más largas, en las que scrialahan incluso los tiempos verba­ les: se estableció una serie de signos que funcionaban como radicales a los que se aiiadían las combinaciones silábicas conocidas, de este modo: rad ical "jJrob"+us= jJrolms, o bien im+ radical "fJrob"+us= imjlrolm.\.'.!3"" El siste­ ma era sumamente eficaz, pero exigía la conservación de algunos miles de signos en la memoria.


La existencia de un sistema griego eficiente en la época clásica es me­ nos segura. Se tiene alguna evidencia de dos ensayos realizados por los griegos en el siglo IV a.C. para acelerar la puesta por escrito de la expre­ sión oral: el primero es un sistema de líneas basado en la longuitud y las intersecciones e n tre ellas, el segundo es una suerte de silabario, creado tal vez por el filósofo Menedemo de Eretria, nacido en 350 a.c.�:l'I J'\o pa­ rece haber i ndicios de un sistema taquigráfico en la época de Alejandro

Magno ( 323 a . C. ) , aunque se considera que sus discursos, reportados por

Arriano un siglo más tarde, son auténticos. Un papiro descubierto en

Oxyrhinchos, datado en 1 55 a.C. , contiene un contrato por el cual un pr(}­

fesor debe enser1ar la estenografía a un joven esclavo a cambio de una suma

de d i nero entregada por el amo de éste, pagable en momentos preesta­ blecidos de la enseiianza, lo que m uestra que algún sistema griego estaba disponible en el siglo 11 a.C.�40 Probablemente era un sistema efi c ie n te, al menos si se admite que Arriano pudo capturar

verbatim las disertaciones

de Epicteto. Se puede pues asu m i r que, en la {�poca posclásica y razona­ blemente en la época clásica, existía una estenografía griega de la que probablemente deriva el sistema latino, porque los términos que Cicerón uti liza para esa novedad son de origen griego:

sl'meion, semeiográphos.'24 1

La m ultiplicación de estos i n tentos es natural: los antiguos leían len ta­ mente, pues consideraban que debía tratarse de una cuidadosa t:iecución dramatizada, pero debían escribir con rapidez para evitar que las pala­ bras fugaces se disolvieran para siempre. De ahí que los latinos usaran para esa escritura un término metafórico, pero correcto: "an tes de que cayera". La presencia de un secretario capaz de tomar dictado

verbatim per m i te

suponer que la obra llegada a nosotros corresponde a las verdaderas pala­ bras del autor. Si el secretario no poseía esa habilidad, el

dictator estaba

obligado a repetir lentamente, a veces varias ocasiones, para �justarse a la velocidad de la pluma. Es posible sospechar que, en estos casos, los secre­ tarios tomaban sumarios, más que la transcripción exacta de las palabras del autor y era su tarea expandir esos resúmenes para reconstituir los pre­ sentidos deseos del

dirtator. Aunque el hecho de dictar .1:vllabatim es una si­

tuación anormal para un orador, las experiencias modernas m uestran

que no le resulta difícil superar esa dificultad después de un cierto tiem­ po, estableciendo un ciert o ritmo en su fuero i n terno. El lapso que dispo­ ne para pensar sus líneas puede in cluso darle la oportun idad para mos­ trar su 1m:jor aspecto como poeta o como narrador de h istorias. La cspont�meidad que pierde tiene como contrapartida que el autor puede ofrecer un estilo de habla poetizada más elaborado. De hecho, son éstos los argumentos que se encuen tran detrás de la conjetu ra de que 1 lomero

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LA TRAVESiA !lE lA ESCRITnt�

debió dictar tanto la /líada como la Odisea. 242 Otras alternativas son me­ nos probables. La posibilidad de que Homero, un poeta oral, aprendiera a escribir para poner por escrito él mismo sus obras es remota, porque la experiencia reciente muestra que en los poetas orales que aprenden a es­ cribir, la escritura que resulta es una caricatura de sus obras. Los poemas homéricos están logrados con mucha seguridad y son demasiado comple­ jos para ser producto de los primeros pasos vacilantes de un poeta oral en una técnica nueva. Además, la técnica literaria toma muchas generacio­ nes para desarrollarse y parece improbable que en la época de Homero se hubiera alcanzado un grado similar de desarrollo. La escritura como medio de expresión no es un simple impulso personal, sino una técnica socializada que toma tiempo antes de que sea practicada en tal extensión que se convierta en vehículo de productos espirituales. Ella requiere tam­ bién un extenso periodo antes de que sea dominada en aquellos círculos en los que serán utilizados esos productos espirituales. En síntesis, requiere un largo tiempo para que la escritura se convierta en un medio autóno­ mo de expresión y no meramente una ayuda a la memoria.243 Estas condi­ ciones no existían en la época de Homero. La madurez de la /líada y la Odisea se explican mejor como el resultado de una ancestral técnica oral que fue transcrita mediante el dictado en signos visibles.244 Para los auto­ res grecolatinos posteriores las condiciones serían distintas, pero el resul­ tado era similar: para ellos el dictado no era una repetición de una obra tradicional, sino un problema de retórica, de alta preparación, en el que se mostraba toda la fuerza espiritual acumulada. El dictado provenía del entrenamiento y de la educación, producto de años de memorización y de práctica, una habilidad reservada para una minoría letrada. Es aquí donde se percibe enteramente la distinción entre dictare y scribere: dictare es lo que hace un autor que ha inventado y compuesto basado en un lar­ go entrenamiento retórico y memorístico; scribere es lo que hace aquel que, mediante un esfuerzo físico y artesanal, transcribe esas palabras, y esta diferencia subsiste incluso en el caso excepcional de que se trate del m ismo individuo. El universo espiritual del dictatorse ha mostrado sumamente complejo. En el momento de su ejecución tiene realmente, o en su imaginación, el auditorio al que se dirige y por tanto muestra tendencia a entablar un diá­ logo con su público, llenando sus escritos de expresiones coloquiales como "ayuda, ¡Oh! desconocido".245 Durante el dictado le asaltan ade­ más asociaciones verbales, recuerdos y fragmentos diversos, porque su pensamiento evoluciona incorporando elementos prefabricados, pree­ xistentes en su memoria. Esto provoca en la obra el aspecto de un ensam­ blaje de elementos diversos cuya calidad depende del talento del autor.

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SER(;¡ o Pf:Rt.Z CoR 1ts

Pero esto no quiere deci r que las obras an tiguas sean efluvios espontá­ neos de sus creadores: no solamente la madurez y la disciplina de los au­ tores lo habría i m pedido, sino que el dictado permitía que, una vez trans­ crito, el texto fuera corregido, a veces con gran cuidado, por parte del dictatar, operación llamada emendatio o correctio. Emendare es un término que originalmente significaba "borrar las manchas, las faltas", y es por eso que e n tre sus acepciones denota lc:jana­ mente las de "castigar", "sancionar". Los médicos antiguos la usaron tam­ bién como sinónimo de sanare y en los ámbitos letrados fue adoptada como equivalente de "corrección ", "retractación ". La emendatio era un momento crucial para aproximar el resultado del dictado a los deseos ori­ ginales del autor, de los que se había apartado, sea por sus propios impul­ sos o desviaciones, sea por los errores de los notarii, porque sucedía con frecuencia que los secretarios copiaban sin discernimiento . Había dos ámbitos en los que la corrección tenía lugar: cuando el secretario leía la versión transcrita al dictatar, o bien en la presentación pública de la obra ante auditorios selectos. La emendatio era pues normalmente realizada so­ bre una base auditiva: en ambos casos, el texto era pronunciado en voz alta y por tanto era el oído el que debía valorar la lengua y el estilo. No es un azar que Marcial se refiera a la corrección de sus versos aure diligenti, con el oído avezado: "Este librito se te envió a ti, Sexto Marcial. Si lo corri­ ges con oído aguzado, menos angustioso y tembloroso se atreverá a llegar a las poderosas manos de César".�46 En el primer caso, el dictatar escucha­ ba la lectura del secretario, seguramen te meditaba y luego ordenaba toda clase de modificaciones: cambios de letras y sílabas, sustitución o supre­ sión de palabras, cambios sintácticos o estilísticos de más largo alcance e incluso la introducción de palabras conectivas y ligas lógicas para asegurar la coherencia del conjunto, todas las cuales eran anotadas en los márge­ nes, próximas al lugar donde debían ser introducidas. Que fuese auditiva significa que, ni aun en la corrección, el dictatar empuñaba el cálamo. Las pruebas de este procedimiento se han perdido en los autores clásicos, pero en algunos autores medievales, como san Bernardo o Santo Tomás, de los que algunas páginas han sobrevivido, se percibe que la mano que aporta esas correcciones es la misma que ha realizado el texto principal, es decir, el amanuense. Las correcciones son sin duda "variantes de au­ tor", pero no son autógrafas porque lo normal era que también se dicta­ ran las adiciones y correcciones. Debido a este hábito, seguramente se "publicaro n " y llegaron hasta nosotros algunas obras cuyos autores nunca las vieron o las escucharon en su forma final, debido a que, sea por agobio o por considerarlo in ne­ cesario, no t::i ercieron un control completo sobre el resultado final. Esta

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!.A TRA\'f.SÍA !H. IJ\ ESCRIHK\

falta de control se acentuaba porque podía tran scurrir largo tiem po en­ tre la expresión verbal y la corrección del escrito: Cicerón logró corregir sus

Catilinarias tres ailos después de haberlas p ronunciado, y Gregorio el Homilías de t-zequiel, ocho ailos después de haberlo predicado. El límite se alcanzó

Grande apenas pudo enmendar las notas de su sermón sobre las

con aquel escriba que enviaba uno de los sermones de san Bernardo, quince ailos después de haber sido pronunciado y diez años después de la muerte del santo.�47 Pero lo normal era que los

emendatio con

dictatorps tomaran

la

mucha seriedad. Autores como Virgilio, Marcial u H o racio

sugerían las medidas más severas para la corrección: "todo l o que un día podrás escribir, somételo a las on;jas críticas de Melius, a las de tu padre, a las mías y guárdalo en casa ocho aíios, ten i e ndo bien cerradas las hojas de pergamino ".�4H D u rante la educación , los rétores no d(;jaban de lla­ mar la atención sobre la i mportancia de la

emendatio:

"enseguida viene la

corrección, que es con m ucho, la parte más útil de nuestros estudios

[ . . . ] no sin razón se h a creído que la pluma es igual mente útil cuando enmienda".�49 Los autores reconocían públicamente que e n mendaban sus obras, aunque pocos lo hacían de manera tan ostensible como Plinio el jove n , a quien encon traremos más adelante corrigiendo sin cesar des­ pu(�s de las lecturas públicas de sus poemas. Como sucede todavía hoy, en las correcciones se muestran todos los escrúpulos del autor pun tilloso y eso desde el primer gran prosista de Occidente: Plató n . Una anécdota referida al fi lósofo afirma que a la avanzada edad de ochenta arios no ce­ saba de rizar y aderezar sus diálogos. Este fervor por la perfecciún se con­ servó también en otras anécdotas: Dion isio de Halicarnaso, por (;jem­ plo, cuenta que a la muerte de Platón se encon tró una tabl illa que contenía diversas variantes de la primera frase de la

Repúblira

que hoy

dice, "Ayer b�jé al Pireo, junto a Glaucón, h \j o de Aristó n , para hacer una plegaria a la Musa". 2 50 La

emendatio es responsable de

que las obras requirieran largo tie m po

de creación y, en consecuencia, de la multipl icación de las metáforas que describían el poema como algo que crece lentamente. El vocabulario del

proceso físico de en mendar: produjo metafóricamente un lenguaje técni­ co, de acuerdo a si la transcripciún se hacía en papiro, o pergamino. A�í, debido a que la tinta sobre el papiro podía ser retirada con agua, esponja

y jabón , Suetonio pudo contar que, i n terrogado sobre la suerte de una tragedia llamada

Ajax compuesta por (�1 , Augusto respondió que se había

suicidado "lanzándose sobre una espor�ja" y no como el origi nal, sobre una espada.2"1 Con su brutalidad característica, Calígula, quien había convocado a un concurso de elocuencia, obligó a los autores cuyas obras habían disgustado a sus oídos a que las borraran con la lengua o con una


SER< ;¡o

l'i:Rrz CORIF.S

esponja, a menos que prefirieran ir a la cárcel o ser sumergidos en el río.252 Cuando la obra había sido escrita en pergamino también podía ser lava­ da, pero por su superficie r ugosa resultaba más eficaz el raspado, que los antiguos realizaban con piedra pómez, lo que se convirtió �n signo de la atención prestada por el autor, por t:iemplo en: "vea la luz el verso bien terminado, con la suave piedra pómez".25:{ Llegaba a suceder que la pre­ mura del tiempo hiciera que una obra c i rculara sin correcciones, pero entonces el autor debía proponer más tarde una versión enmendada; así había sucedido a san Jerón imo, cuya traducción del libro

Peri archon,

de

Orígenes, circulaba llena de faltas que se multiplicaban con las copias, hasta que el santo envió a Avitus un texto revisado y colacionado.2"4 :'\Jatu­ ralmente, la Antigüedad apreciaba esta clase de textos revisados y los co­ locaba en una categoría aparte: por t:iemplo, los comentaristas neoplató­ nicos de Aristóteles distinguían entre sus escritos hipomnPmaticos y sus textos sintagmaticos en los cuales el filósofó habría, a juicio de los comen­ taristas, agregado orden y adornado con un bello vocabulario y un estilo cuidado.25" Con la emmdatio concluye el proceso de composición que, iniciado en el fuero i n terno, se manifestaba en el pronunciamiento del dictator. Aun­ que el resultado parecía un milagro, lo cierto es que el dictado era produc­ to de una larga preparación física y m e n tal. El que el dictado o el sermón fluyeran con naturalidad no puede ocultar que era la coronación de una intensa y prolongada preparación memorística y retórica, a la que el au­ tor había debido someterse para crear ese "refugio i n terior" privilegiado. Las pin turas de la Edad Media representaron ese i n tangible proceso como el momen to en el cual el autor cristiano recibía su doctrin a directa­ mente del cielo, mediante el dictado de un ángel o de una paloma. Los autores podían ser represen tados rodeados de libros, pero no era de éstos de donde extraían el mens�je que quedaba plasmado en su obra; Jo re­ presentado no era el trab�jo "textual" de la composición , sino ese acto in­ tangible que se había desarrollado en su fuero interno. Tan tarde como el siglo X\1 1 1 , Santo Tomás aparece representado con un libro en la mano, pero observando el cielo y rodeado de ángeles, uno de los cuales le mues­ tra un escrito: manifiestamente él recibe su doctrina del Espíritu Santo, más que por medio del libro, lo que le permite redactar su trab�jo apa­ rentemente sin esfuerzo alguno.2'-,ti Los autores clásicos, quienes no reci­ bían la inspiración del cielo, lo hacían de las musas. f�stas pnl\'enían de una raíz común, su madre M nemosine, la memoria, pero cada una de ellas era una suerte de especialización de la memoria en las artes de la escritu­ ra: la h istoria, la poesía épica, la tragedia, la poesía lírica, la comedia, las matemáticas y la astronomía. :\'o hay musas asociadas con otras artes, pro-


L\ rRAVFSÍ..\ m: u t.scRn l K\

bablemente porque ellas administran las cosas de la memoria y, en la An­ tigüedad, estas cosas se refieren esencialmente a la palabra pronunciada y a la escritura.2''¡ Los autores griegos reconocían su deuda i nvocándolas con frecuencia al inicio de sus obra.<;. Las musas aparecen representadas muy pronto en los va..-;os griegos del siglo v d. C.: algunas veces llevando consigo un rollo, pero su actividad usual es auxiliar a otros en la escritura, más que escribir ellas mismas.25H Pero, sea que provin iese de la memoria, o del Es­ píritu Santo, los artistas intentaban dar cuenta de ese notable esfuerzo, impenetrable desde el exterior, que parecía provenir de la nada, pero que conducía a obras eternas. PERSISTE:-.J<:IA DEL DICTADO

Como forma privilegiada de composición, el dictado continuó practicán­ dose a través de la Antigüedad tardía y de la alta Edad Yledia, a pesar de las enormes transfórmaciones provocadas por la irrupción de la civiliza­ ción cristiana. En ekcto, la Iglesia de Cristo no únicamen te modificó la concepción del libro que, de instrumen to de cultura se convirtió en signo precioso de misterio y objeto de culto, sino que también alteró la relación entre la escritura, el escritor y el libro. En líneas generales, el proceso con­ sistió en el monopolio gradual y luego definitivo de la escritura, t;jercido por monasterios y catedrales, cuyo complemento era un creciente analfa­ betismo y una mayor inhabilidad para escribir entre los laicos, incluida la nobleza medieval. Las bases que permiten la existencia del escritor inde­ pendiente, es decir, la educación recibida y el tipo gráfico disponible, su­ frieron graves alteraciones en detrimento de la escritura personal. La ha­ bilidad de escribir se concentró en unos pocos y la escritura se convirtió en un arte caligráfico que exigía una fórmación especial, al alcance úni­ camente de los miembros de la Iglesia, mientras que languidecían, hasta desaparecer, los tipos cursivos cotidianos que ponían la escritura a dispo­ sición de todos. El dictado continuó pues vigente en tal situación. Pero el proceso no fue idéntico para los laicos y para los hombres de la Iglesia: conviene entonces prestar atención a la trayectoria de ambos grupos en lo que se refiere a las premisas de la habilidad de escribir. A ello dedicare­ mos las páginas siguientes. Durante la época del Imperio y la Antigüedad tardía, la educación en Roma no sufrió cambios sign ificativos, pues mantenía aquella estructu­ ra que hacía que la educación elemental no recibiera n inguna ayuda pú­ blica, mien tras la alta educación aristocrática era subsidiada y favoreci­ da, entre otras medidas, por la creación de cátedras a cargo del Estado. El argumento era que la carrera de orador suponía una larga y costosa

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SERGIO Pf:REZ CORTf:s

formación para cualquier familia, aun aristocrática: el gran orador Liba­ nio, por ejemplo, tenía 22 años de vida y siete años de estudiar retórica cuando llegó como estudiante de oratoria a Atenas, donde todavía pasó tres años de formación. En consecuencia, los maestros de la escuela ele­ mental siguieron siendo personajes muy humildes, mientras gramáticos y rétores podían obtener riquezas considerables y un gran número de privilegios e inmunidades. C�rontio de Apamea expresaba el punto de vista de estos privilegiados de u n modo más bien cínico: "cuando un hombre tiene un auditorio de pupilos ricos, ¿por qué él mismo debe lucir de otro modo?".259 Durante cierto tiempo, la retórica y la oratoria siguieron siendo las vías de ingreso al poder y, por tanto, los aristócratas educados continuaban siendo oradores y dictatores que se expresaban por la pala­ bra, esperando que una clase profesional se ocupara de transcribirla por escrito. U n a buena prueba de ello fue el considerable impulso que reci­ bió la enseñanza de la estenografia, la cual se convirtió en un arte suma­ mente demandado debido a los intereses administrativos del bajo impe­ rio. Funcionarios, magistrados, jueces, todos deseaban dictar sus textos, sus decisiones, su correspondencia. Se procedió entonces a grandes re­ clutamientos de notarii en el reinado de Constancia, y luego b�o los Va­ lentinianos y Teodocio. La estenografia se convirtió en una carrera pro­ misaría al alcance de las clases medias y el mismo Gregario Nacianceno envió a sus nietos a aprender ese arte precioso.260 La técnica misma se ha­ bía desarrollado: la fuente más importante para la taquigrafia en la Anti­ güedad tardía es el Comentarium notarum tironianum, un manual de más de 1 3,000 signos disponibles para todas las eventualidades, el cual se re­ produjo constantemente hasta el siglo x d.C.261 Por vez primera los escri­ bas, que seguían siendo de baja extracción, herederos potenciales de profesiones modestas, como la carnicería, la zapatería o el teñido, ascen­ dieron en la escala administrativa como tribunii o como notarii, aunque es verdad que muchas veces lo hicieron mediante intrigas viles o debido al favor del emperador. El ascenso de estos hombres incultos fue motivo de indignación para la aristocracia, como lo d�ja ver la amarga expresión de Libanio: "cuándo eso que se llama estenografía expulsó a Hermes? ¿Cuándo ella expulsó a la Musas? ¿Cuándo los doctos han sido humilla­ dos, mientras los secretarios se hinchan los carrillos? ¿Es posible moles­ tarse porque yo sufra de que mi arte se haya convertido en cosa vana?". 262 No obstante, este esplendor fugitivo de la estenografia no puede ocul­ tar que, a partir del siglo IV d. C., el interés en la cultura y las letras empezó a declinar notablemente. La escuela romana persistió cierto tiempo, in­ cluso después de las invasiones bárbaras, porque era una forma de resistir a la dominación de los pueblos germánicos, pero no pudo superar la

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L\ TR \HSÍ.\

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disolución de la cultura urbana provocada por el (�xodo de la aristocracia de sus ciudades, que se presentó a inicios del siglo \1 d.C. Salvo en Italia, don­ de se conservaron durante toda la Edad Media, las últimas escuelas roma­ nas cerraron sus puertas hacia finales del siglo VI d. C. Con ellas, desapare­ ció la educación de los oradores clásicos y la instrucción según el modo de vida y el modelo del hombre público y político, para el cual la palabra pronunciada era el mayor valor y su mayor garante. ¿De qué valían la re­ tórica o la oratoria sin plaza pública? Sin fecha flja, pero sin duda durante el siglo \'1 d.C. , la educación pagana antigua murió de inanicióri .�li:� El mundo cristiano no acudió de ningún modo en su auxilio. El cristianismo siempre vio con desconfianza la escuela romana, plagada de mitología y de dioses inmorales. Al inicio no alteró el sistema clásico porque carecía de los medios y no poseía un modelo educativo propio, pero mostró su re­ chazo de diversas maneras: por t�jemplo, según Tertuliano, es claro que ningún cristiano podía ser maestro de escuela, porque ese oficio lo ponía en contacto con la idolatría, obligado como estaba a hablar de esos dio­ ses, su ascendencia y sus honores. Había cosas que un cristiano no podía ser, y una de ellas era maestro de escuela. Debió ser una opinión generali­ zada, porque el oficio de maestro impedía ser bautizado, lo mismo que otros oficios infames. 264 Además, por temor a que llevaran consigo las ide­ as del siglo, la escuela cristiana siempre fue muy reticente a admitir a los pequeílos laicos en su enseílanza. Desde Cesáreo de Arlés, en el siglo \'1 d.C., los nir1os que no iban a seguir una carrera religiosa no eran fácil­ mente admitidos en las escuelas episcopales o catedralicias, y ningún lai­ co pudo hacer estudios superiores en Oxfúrd o Cambridge durante toda la Edad Media.�"" Una razón adicional que habría de convertirse en deci­ siva para el creciente analfabetismo entre los laicos es que la educación era impartida únicamente en latín , mientras la evolución lingüística natu­ ral alc:jaba al latín hablado del escrito, e in iciaba la diférenciación que condt�o a las lenguas romances. Durante los primeros siglos de nuestra era, las únicas lenguas escritas fueron el griego, el latín y dos excepciones orientales: el sirio, una lengua literaria que poseía una literatura propia ori­ ginal y que era enseílada en las escuelas de gramática y oratoria,21'6 y el copto, una escritura egipcia de protesta de origen popular, que siempre fue utilizada por las clases bajas y que ningún egipcio culto se dignaba es­ cribir.:!tii En Occidente, la única lengua escrita durante la Antigüedad tar­ día y la alta Edad Media fue el latín. Para ser letrado era indispensable ser­ lo en esta lengua, lo que significaba una seria desven�ja para la mayoría de la población, que ya no hablaba ese latín que era escrito. La dikrencia era crucial, especialmente entre las clases altas y el resto de la población, que no únicamente era analfabeta sino que hablaba una lengua diferen-

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SER<.Io i'FRE/. O lR rt.s

te, situación que esta vez afectaba por igual a los campesinos y a las clases urbanas. El resultado de cm�junto fue un gradual pero importante au­ mento del analfabetismo que afectó particularmente a los laicos. En este sombrío panorama, la alfabetización de los laicos persistió en ámbitos restringidos. A pesar de todo, los herederos de la antigua aristo­ cracia clásica continuaron dando a sus hijos la única educación disponi­ ble: la educación pagana. Debieron hacerlo básicamente en el ámbito fa­ miliar, en el que se preservaban las antiguas bibliotecas y el aprecio por la lectura de sus clásicos, con sus añadidos de erudición y preciosismo. En algunos casos esas familias podían pedir ayuda a los clérigos, quienes reci­ bían a los niiios como una suerte de hijos adoptivos, una especie de adop­ ción espiritual que aprovechaba, en ciertas regiones, esa tradición que permitía el alejamiento del niño con propósitos formativos entre los siete y los diecisiete años de edad.�6H Tal adopción no siempre rrltjoraba la educación laica, porque con frecuencia concluía en el ingreso deljoven a la vida religiosa. Pero, a pesar de todas las dificultades, siempre hubo en­ tre la nobleza un cierto número de hombres y mt�eres letrados que, fuera de los confines de la Iglesia, mantuvo un grado importante de alfabetiza­ ción en latín. Al iado de estos nobles letrados habría que agregar por una parte a los escribas de las cancillerías, a los que nos referiremos más ade­ lante, y una "alfabetización pragmática" que subsistió entre escribas de menor rango, "locales", por varias razones: primero, existía un uso de la es­ critura que provenía de la tradición romana que obligaba a poner por escrito un gran número de documentos de tipo legal. Gna prueba la ofre­ cen las "cartas", es decir, documentos de una sola página en los que se re­ gistraban donaciones, rentas, legados, cambios de propiedad o la manu­ misión de esclavos, documentos que debieron ser redactados por una clase de escribas laicos locales. Además, hay que considerar que algún grado de alfabetización era indispensable para practicar la devoción cris­ tiana, aunque es posible que ésta descansara más en la lectura que la es­ critura.21;� Incluso existe evidencia de que algunos bárbaros llegaron a ob­ tener algún conocimiento en latín, como Aldfrith, rey de :\'orthumbria ( 685-705 d.C. ) y Sisebut, rey de los visigodos en España (6!·�5-705 d.C. ) . Eran, no obstante, casos excepcionales cuya instrucción parece restringi­ da a la lectura. ::--J uevamente para la escritura, la situación era más delicada: por ejemplo, el Anonimus Valeisi asegura que Teodorico, rey de los ostro­ godos ( 493-526 d.C. ) , nunca pudo aprender a escribir su nombre, de ma­ nera que ordenó grabar en una delgada lámina de oro las cuatro letras de la palabra legi "leí", la cual colocaba al pie de la página para indicar su aprobación de un documento, siguiendo el trazado de los signos a través de la plantilla.�no El emperador Justino el Viejo ( 5 1 R-527 d.C. ) había ac-

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L� TRA\'ESÍA !lE lA ESCR!Tl' RA

tuado de la misma manera, grabando sus iniciales en una plantilla de ma­ dera, pero su habilidad era menor, de modo que aún era necesario que alguien le condt�jera la mano con la que escribía.27 1 El grado de alfabetización y por ende el número de potenciales escri­ tores laicos comenzó a decrecer con el paso del tiempo, aunque algunos factores permitieron que, durante la época merovingia, aún permanecie­ ra una cierta educación. De hecho, a pesar de su brutalidad, en lo que a alfabetización se refiere, los reyes merovingios de los siglos VI y VII d.C. es­ tuvieron mejor preparados que sus homólogos carolingios de los siglos \111 y IX d.C.272 Probablemente muchos reyes merovingios eran capaces de escribir, entre los cuales destaca Chilperico (56 1 -584 d.C. ) , quien decidió agregar tres letras al alfabeto, además de ser autor de un libro de versos que no respetaban n inguna métrica, y de un tratado sobre la Trin idad, "poco recomendable", en opinión de Gregorio de Tours.273 Pero sus homólo­ gos carolingios ya eran mucho menos hábiles con la pluma: tanto Pipino el Breve como Carlomagno firmaban sus documentos con una cruz: Sig­ num x inlustri viro Pipino Majorem Domus y Signum x Carolomagno Kloriosissi­ mo reKe.27 4 Carlomagno sustituyó la cruz con un conocido anagrama for­ mado por las letras de su nombre, pero el monograma era dib�jado por un clérigo de la cancillería, y probablemente todo lo que el rey agregaba con su propia mano era la barra de la letra "A". Su biógrafo, Eginardo, in­ forma que intentó aprender a escribir seriamente, al punto de mantener bajo la almohada tablillas de cera y h(�as de pergamino para t:jercitarse durante las noches de insomnio.n·, Pero, para un hombre de su edad, es­ cribir era una tarea gravosa, convertida además en un arte exquisito, en el que había que dominar complicados instrumentos y, a fin de cuentas, con poca utilidad cotidiana. De modo que tuvo poco éxito: "Si el Emperador aprendió en algún momento a escribir, no fue sino hasta el final de su vida".276 El que la habilidad para escribir de los monarcas carolingios fue­ ra limitada no impide que fueran capaces de hablar e, incluso, de leer la­ tín, como es el caso del mismo Carlomagno. Puesto que la enseñanza de­ pendía de la recitación y el �jercicio de la memoria, resultaba posible aprender a hablar latín sin escribir ni una sola palabra en esa lengua: éste fue probablemente también el caso de los descendientes de Carlomagno, como Luis el Piadoso y su esposaJudit; Lotario 1, Carlos el Calvo y, a pesar de su vida disipada, Pepino de Aquitania. Sin embargo, durante el periodo que sigue a Carlomagno, la escuela de la corte real, lugar de formación de la nobleza laica fi.mdado por el emperador, declinaba rápidamente: "Ha­ cia el ario 900 d. C. la ilustración de los laicos al norte de los Alpes estaba casi extinta".277 La tradición del laico educado había muerto, mientras la nobleza medieval se refugiaba cada vez más en la violencia y en su tradi-

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cional desafección por las letras: "desde 597 hasta el año 1 000 es excepcio­ nal para un rey ser capaz de leer y escribir en latín; en los siglos X I I y XIII los reyes podían aprender a leer, pero no escribían (incluso si sabían hacer­ lo) ".27H Habrá que esperar hasta el siglo XII para que apareciera el célebre dicho de William de Malmesbury: rex illiteratus, asinus coronatus. 279 No debe entonces causar extrañeza que esta nobleza, poco hábil en la escritura, continuara con la costumbre romana de tener sirvientes cuya función era asistidos en sus actividades literarias: leer en voz alta y trans­ cribir al dictado sus palabras. En la Vida de san Desiderio, por ejemplo, se relata que mientras éste permanecía en la corte del rey Clotardo 1 1 , su madre, Hermenfreda, le enviaba constantemente cartas que dictaba a un escriba, pues incluía la conocida suscriptio: "con mi propia mano; quiera el Seiior velar por conservarte a salvo y hacerte heredero de su Reino".2H0 La nobleza empleaba el dictado también en obras de mayor envergadura: Dhuoda, esposa de Bernhard, duque de Septimania, por <jemplo, escribió un Liher manualis dedicado a su hijo William, quien se encontraba en la corte de Carlos el Calvo. El libro está escrito en latín po­ pular, no en el latín culto de un escritor, e incluye algunos versos: Mani­ tus pensaba que Dhuoda no había podido escribirlo manu propria, sino que lo había dictado a un eclesiástico, el capellán de la corte.2Hl Lo mis­ mo sucedía con los hombres más letrados de ese tiempo: Gregorio de Tours menciona a sus propios notarii, lo mismo que al secretario de Aegi­ dius, arzobispo de Reims, y Sidonio Apolinar menciona a su lector en una de sus cartas. H incmar, para responder a las constantes solicitudes de Carlos el Calvo, hizo transcribir de urgencia su De predestinatione a par­ tir del dictado recogido por un secretario, sin haber corregido posterior­ mente la obra. El mismo Alcuino, sin duda el intelectual más representa­ tivo del renacimiento carolingio, dictaba toda su correspondencia y sus obras: debió dictar la Vida de san Riquier, porque para ese trabajo llamó a su lado a un notarius. Del mismo modo debió realizar su obra dirigida contra Elipando, porque la compuso a toda prisa y no tuvo tiempo de re­ leerla y corregirla. Su carta Sobre la ronfesión y la penitmcia fue, según sus palabras, dictata atque conscripta, es decir, primero tomada al dictado so­ bre tablillas y luego escrita sobre pergamino.2H2 Algunos escribas de la época habían conservado el uso de notas tironianas, como lo muestra el rnanuscrit<; firmado por el notarius Alitramnus (siglo IX d.C.) ,2H:l y el he­ cho de que los miniaturistas del siglo IX siguieron representando a los evangelistas como notarii. Con frecuencia, Marcos y Lucas fueron dib�ja­ dos sentados en el trabajo, escribiendo b�jo el dictado de san Pedro y san Pablo. Pero no es fácil estimar el uso extensivo de la estenografía en ese momento: el sistema merovingio no parece estar basado en el sistema

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estenográfico de la Antigüedad tardía, aunque se atestigua el uso de sig­ nos en las Cartas reales )' privadas y en los manuscritos que sobreviven. Las referencias literarias al estudio de las notas tironianas son lamentable­ mente escasas, pero en su Admonitio Generalis, Carlomagno instruye a los obispos y los monasterios a enseñar notas tironianas, lo mismo que gra­ mática, cómputo y cálculo.2H4 Tampoco es sencillo saber si todos estos secretarios pertenecen al clero; desde luego, muchos de los nombres conservados están asociados a los grandes monasterios como Tours, Saint Gall, Lorsch o Corbie, pero quedaba espacio para la existencia de escribas profesionales, notarios, secretarios o capellanes, quienes no ne­ cesariamente pertenecían a una orden clerical. Muy pocos son los que se definen a sí mismos como laicos, a la manera de Ragambertus, quien además se describe como "hombre barbado": indignus laicus barbatus hunc rodicem scripsit. 2H:, A medida que los laicos en general y la nobleza en particular veían des­ cender su nivel de alfabetización, el monopolio de las letras se concentra­ ba en las instituciones de la Iglesia: catedrales y sobre todo monasterios, lo que constituye el segundo aspecto del proceso. La Iglesia obtuvo este predominio de manera gradual. Durante la época imperial y la Antigüe­ dad tardía no hubo propiamente hablando un modelo escolar cristiano salvo, quizás, en algunos medios monásticos, pero dedicado casi exclusi­ vamente para uso de los jóvenes oblatos admitidos cuando eran niños en la comunidad.2H6 El derrumbe de la escuela antigua durante los siglos VI y \11 d.C. obligó a la Iglesia a tomar a su cargo tanto la formación de cléri­ gos letrados como la custodia de la cultura literaria en Occidente. Hacia el siglo VI d. C. la escuela clásica estaba asimilada enteramente por los cris­ tianos: a partir de los siglos \11 y Vl l l d. C. la preservación de l legado litera­ rio y la educación quedaron en manos de la Iglesia, única entidad organi­ zada y poseedora en alto grado de las habilidades de escritura y lectura. Lo que de aquella tradición se ha conservado se debe al celo y al aprecio de la Iglesia hacia las letras paganas; una buena parte de lo que se ha per­ dido se debe a su aversión respecto a esa misma herencia. Desde el mo­ mento de su constitución, la escuela cristiana rechazó por un lado a los laicos y, para los demás, se ofreció como una cultura alternativa y comple­ ta. Ella ordenaba al creyente y al futuro clérigo abstenerse de todo libro pagano y declaraba que las Escrituras contienen todo lo necesario, no únicamente en el plano de la salvación, sino también en el de la cultura: historia, poesía, elocuencia, lírica, ética, todo estaba contenido entre los límites de ambos Testamentos.2Hí Admitía con reticencia que para los ni­ ños podía ser una necesidad leer a los autores paganos, pero para los adultos eso mismo era un pecado.

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Suu;Io

Pi:IU:z CoRTi:s

Fue esta concentración de la escritura y la lectura en manos de la Iglesia lo que provocó que los términos litteratus y clerirus se hicieran sinónimos. Ellos eran originalmente términos muy distantes: el primero, litteratus, en el mundo clásico significaba "alfabetizado" y para Cicerón indicaba a aquella persona con scientia litterarum, es decir, conocedora de las letras; su opuesto natural era illiteratus. El segundo término, clericus era una crea­ ción medieval derivada del griego clP:ros que significaba "electo", "desig­ nado por sorteo", y que sirvió para denotar a aquellos escogidos por Dios para la salvación cristiana; su opuesto era pues la "multitud", laos, la masa de la población, laici o laicos. Sin embargo, con la reducción del número de laicos letrados, el término latino clerici comenzó a ser asociado con litterati, aunque no tenían nada en común. Por la constante repetición se hizo un lugar común, luego los términos se h icieron intercambiables, y fi­ nalmente sinónimos: "hacia el siglo XII d. C. clericus significaba litteratus y lairus significaba illiteratusy viceversa".2'il'll La cosa llegó al punto de que un hombre alfabetizado y educado era llamado clericus, aun en el caso de que no fuera hombre de Iglesia y, a la inversa, una persona que no tuviera grandes estudios era llamado lairus, aun en el caso de que fuera sacerdote o monje.2'1l9 Clericus no era necesariamente un hombre de Iglesia, sino al­ guien con reputación de erudición, por eso Orderic Vitalis, que fue una excepción, recibió el sobrenombre de el clérigo.290 No obstante, al inte­ rior de este grupo hay que distinguir entre aquellos para los que la escri­ tura era un oficio manual y los verdaderos "hombres de letras". En efecto, la instrucción dada a los niiios en las escuelas monásticas, episcopales y parroquiales era de la clase más elemental, meramente leer y escribir lo suficiente para deletrear y copiar las Escrituras. Este aprendi­ z�je era la enseri.anza de base de la escritura, pero la verdadera formación del escriba se alcanzaba en un segundo grado, impartida únicamente en los srriptoria monásticos, accesible únicamente a los hombres y mujeres de la Iglesia y que consistía, en lo fundamental, en ejercicios basados en la imitación de modelos establecidos por un maestro calígrafo. Más adelan­ te veremos con cierto detalle la instrucción de los copistas medievales, pero por ahora conviene ser1alar que éstos eran los nuevos profesionales de la escritura, cuya organización interna significaba un alejamiento radi­ cal del modo de producción del libro en la Antigüedad. La utilización de esta escritura tenía como o�jeto casi exclusivo la copia de manuscritos, esa piadosa ocupación de los monasterios. La aparición de estos escribas transfórmó la definición misma de escritura y "escribir" se convirtió en si­ nónimo de "copiar": se daba el nombre de "escritura" al trab�jo de repro­ ducir en serie las letras de esos bellísimos libros medievales. Era más que nunca un arte en sí mismo y sus artesanos seguían siendo profesionales,

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L\ TRA\'E.'>iA DE L\ ESCRITl 'RA

pero no era un medio de expresión personal del escritor. Continuaba exi­ giendo un arduo esfuerzo físico en gran medida incompatible "con la ciencia de las letras". Naturalmente, el verdadero letrado, con frecuencia un clérigo, muy eventualmente un laico, se dispensaba de incurrir en la fa­ ena de escribir. Esta práctica de la escritura quedó como prebenda de la Iglesia hasta la aparición de los escribas profesionales del siglo XII d.C.29 1 Esta concentración d e la escritura en pocas manos tuvo s u correlato natural en los tipos gráficos que estaban a disposición de los eventuales scriptores, lo que es, recordémoslo, una premisa para la existencia de un escritor. En efecto, la disolución del Imperio también determinó la suerte de la herencia gráfica. Extin ta, o muy disminuida la antigua aristocracia culta, la escritura se concentró en dos estamentos: los hombres de leyes y los eclesiásticos. Entre los primeros, los más importantes se concentraban en las cancillerías: merovingia primero, y luego carolingia. Pero este gru­ po, que había hecho suyo un tipo de escritura complejo y hermético que la administración romana reservaba a los escritos imperiales, las littnae caelestes, lo hizo todavía más ininteligible, al grado de que pronto fue ne­ cesario convertirse en un especialista para realizar esa escritura y hasta para leerla.292 Entre los eclesiásticos, por su parte, la desintegración de la unidad cultural del Imperio condt�jo a una regionalización de los tipos gráficos. La homogeneidad de la escritura antigua dependía del trabajo de los minúsculos talleres artesanales y citadinos, donde se elaboraba el li­ bro en la Antigüedad. Pero el aislamiento de cada monasterio medieval no podía asegurar ninguna uniformidad: cada scriptorium buscó su propia escritura libresca para sustituir la minúscula antigua, cuya consecuencia fue una diversidad salvaje de tipos de escritos llamados "escrituras preca­ rolingias". Es imposible imaginar adónde habría conducido esa dispari­ dad de escrituras pero, afortunadamente para el futuro cultural de Occi­ dente, todas ellas fueron reemplazadas por un tipo nuevo y homogéneo, que se convirtió en la innovación gráfica más importante hasta la apari­ ción de la imprenta: la minúscula carolingia,293 que es una escritura equi­ librada en la que sus letras, independientes una de la otra, guardan un buen distanciamiento mutuo y, como no tienen ligaduras con ninguna le­ tra vecina, no modifican nunca su figura. El estilo de esta escritura se aproxima al ideal de la "forma absoluta" de la letra.294 Se trata de un logro gráfico notable, pero implica una gran lentitud de realización. Un bello tipo de letra, pero que esjusto lo contrario de un tipo de uso cotidiano, la minúscula carolingia representa un importante progreso des­ de el punto de vista de la legibilidad, pero un retroceso desde el punto de vista de la técnica de escritura de uso personal. En el momento de su crea­ ción se había perdido la noción misma de una escritura verdaderamente

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Sr.RGIO Pi:REZ CoR-rf:s

espontánea y la morfología de la carolingia se resiente de esa pérdida de conciencia.295 El cambio de la cursiva a la minúscula carolingia es indica­ tivo de un cambio profundo en el orden de la sociedad, de una colectivi­ dad en la que escribir es indispensable para la vida cotidiana, a otra en la que escribir está confinado a un grupo selecto y profesional.296 La minús­ cula apareció en un contexto de búsqueda intensa de una mayor legibili­ dad impulsada por razones litúrgicas: el escrito sagrado, que iba a ser in­ terpretado por un lector cuya lengua materna no era el latín, exigía una exactitud irreprochable en la indicación de las palabras. Por consiguien­ te, poco importaba que esa página no pudiese ser escrita facilmente con tal de que fuese leída, sin fallas, con el apoyo de la palabra pronuncia­ da.297 Como sucede con prácticamente toda la escritura medieval, ésta exige un esfuerzo en el plano caligráfico porque es más dibujada que es­ crita; cada letra es independiente y pide al calígrafo separar constante­ mente la pluma de la superficie en la ejecución de cada uno de sus rasgos. El scriptor realizaba páginas magníficas, pero estaba por entero al servicio del lector, por eso la enseñanza de la lectura era una cuestión central, mientras la de la escritura estaba relegada a la copia.29H Aunque haya utili­ zado los colofones al margen de los manuscritos para expresarse fugaz­ mente, el copista medieval no enfrentaba su página de pergamino para difundir sus propias ideas o sus emociones, sino para asegurar la continui­ dad de una tradición textual expresada en latín, tal como había sido regis­ trado en los siglos en torno al inicio de nuestra era, una lengua que era cada vez más lejana a todos, hasta convertirse en lengua muerta para los scriptores que la realizaban. Si a la escritura monástica se agrega la situación de la escritura buro­ crática, el sorprendente resultado es la desaparición de una letra cursiva para el uso cotidiano del común de las personas: "hubo un tiempo en la Edad Media, en el que no se conocía ninguna escritura de uso corriente, sino únicamente una escritura libresca. Esto equivale a decir que la escri­ tura no estaba en el uso diario, como medio de expresión general del pensamiento humano".299 Después de la extinción de las cursivas de ori­ gen antiguo, a inicios del siglo IX, no hubo escritura cotidiana por mucho tiempo, hasta su reaparición en los siglos XII y XIII d. C. Es extraordinario, pero es un hecho que la escritura fue acaparada por los hombres del po­ der religioso, mientras los hombres del poder político no lograron reco­ nocer en la escritura una posibilidad de afianzar su dominio. En ausencia de la escritura personal, el cúmulo de ideas insólitas y novedosas que se­ guramente alcanzaron muchos individuos de esa época quedó inhibido. La situación se hace aún más patente si se agrega que la única lengua es­ crita en Occidente era el latín, el cual, hacia el siglo IX d.C., ya no era la

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L\ TRA\TSiA llf. I A ESCRI Inu

lengua materna de ningún hablante: el latín vulgar no se escribía y las len­ guas "nacionales" habrían de requerir siglos antes de alcanzar la dignidad de lenguas escritas.300 No fue sino hasta mucho después del año 1 300 que el francés, el italiano o el inglés estuvieron suficientemente estandariza­ dos o establecidos como lengu�jes literarios para convertirse en bases de instrucción elemental de la escritura.:{O I Hasta entonces, la lengua mater­ na de los hablantes europeos carecía de gramática e, incluso, la represen­ tación de los sonidos individuales mediante letras era incierta. Esas len­ guas hacían un triste contraste con el vocabulario y la gramática latinas apoyadas en una inmensa y muy antigua tradición literaria: durante todo el periodo que va de la Anti¡{iiedad al siglo área extensa

y

XII d.C. y en

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políticamente diversificada que cubría desde el mar i'\e­

gro hasta España, el alfabeto romano no se utilizó para poner por escrito lo que la gente decía en el habla ordinaria. Hasta e l siglo

XI I I c!.C.

el alfa­

beto cont i n uó siendo esencialmente un i nstru mento al servicio del dicta­ do fé:>rmar102

Coexistían entonces dos instituciones lingüísticas: una llamada "rústica", vulgar o romance, que tenía a la cabeza un sistema oral, al que mucho más tarde se agregó un sistema escrito, y la otra con el nombre tradicional de "latín", encabezada por un sistema gráfico al que se accedía directa­ mente, pero que no era alimentado por ningún sistema oral vivo.:\0:{ Puesto que el principio básico de la escritura alfabética es el registro de la palabra hablada, resulta extraordinario que el alfabeto latino se haya congelado en torno a la lengua tal como era hablada los primeros ailos de la era cristiana, omitiendo registrar durante más de mil años las pala­ bras efectivamente pronunciadas por la gente: "había una lengua culta escrita y había lenguas habladas que no podían serlo, pero no hubo una lengua de cultura general".:{o4 Se comprende entonces que los hombres de esa (�poca no manifestaran ningún entusiasmo por la escritura: ellos no la exaltaban como lo harían después las sociedades modernas y no la asociaban a ningún ideal de la razón o de la madurez social y política. Es­ taba por venir el tiempo en que coincidirían nuevamente en una misma persona el autor y el escritor. "Escribir" no era plasmar las emociones o los pensamientos íntimos, pues el autor no estaba solo y, aunque sin duda exploraba su fuero interno, lo hacía con el decoro de esta falta de sole­ dad. Por ello, cuando llegó la escritura personal aparecieron, inscritos en signos mudos, pensamientos que los autores no habrían expresado ver­ balmente ante nadie: Guibert de 1\:oguent y Odón de Orleans, prove­ nientes de los medios monásticos, llegaron incluso a escribir versos eróti-

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cos, aunque el primero debiera arrepentirse más tarde aceptando que ya no estaba poseído por esos sentimientos que yacían escritos.:v¡:, La permanencia del dictado en la alta Edad Media se explica pues por una serie de condiciones complt:jas: la concentración de la escritura en la Iglesia y en unas pocas manos, el tipo caligráfico y la desaparición de una escritura personal de uso corriente, la persistencia del latín como lengua culta y el analfabetismo de los laicos. Hacia el siglo x d.C., dictare había su­ plantado definitivamente a srriberP como sinónimo de "componer", reser­ vando a este último la designación del acto físico de escribir.:'06 Diversas escenas en la biografía de san Anselmo, en las que participa su secretario Eadmer, permiten ver que el térm ino rlictarP estaba reservado al proceso de componer, el cual podía incluir un bosqmjo realizado en tablillas de cera, mientras el término srriptitarP indicaba el acto de hacer una copia adecuada en pergamino. :'07 El uso estaba tan arraigado que el compai1e­ ro intelectual de "leer" no era "escribir", sino "dictar": "cuando Orderic Vitalis desea establecer que antes de la época de Guillermo el Conquista­ dor, los normandos se concentraron en la guerra más que en las letras, la frase que usa es legPre vel dictare, no legere vel srribere". :{OH Como consecuen­ cia de tal asociación, el srriptor continuaba siendo claramente diferencia­ do del dictator, quien seguía componiendo mentalmente y pronunciando obras para ser leídas en voz alta y escuchadas con atención y perseveran­ cia. Los grandes autores monásticos, lo mismo que sus antecesores clási­ cos, otorgaban espontáneamente un carácter oratorio a sus composicio­ nes, llenándolas de paralelismos, rimas, apóstrofes y hasta estrofas. En pleno siglo XII, san Bernando, por �jemplo, "hace habitualmente prosa artística y rimada; luego, dominado por un gran entusiasmo y un podero­ so impulso espiritual, canta un himno o una doxología, análoga a las que se encuentran en las Epístolas de san Pablo y en las Con[PsirmPs de San Agustín".309 Todos ellos eran autores monásticos, pero la composición y el dictado eran tan comunes que, lo mismo que la plegaria y la confesión, no se les consideraba como rupturas a la obligación de silencio.:H o Uno d e los m�jores indicios d e la continuidad del dictado e s e l hecho · de que durante los siglos XI y xii d.C. quit>nes enseliaban la composición eran llamados dictatorPs y los tratados referidos a ese arte recibían el nom­ bre de Ars dictaminis o An dictanti. :> J I El t{�rmino dictamm, que original­ mente indicaba el arte de componer una obra literaria, especializó su sig­ nificado a partir de la primera mitad del siglo XII, hasta referirse al arte de escribir cartas. El campo de aplicación de ese arte era la prosa, dictamm prosaicum, y más específicamente la composición de correspondencia y documentos oficiales. La redacción de cartas y documentos era una habi­ lidad intelectual que dependía más de los labios que de la mano, cosa que

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se percibe desde la definición medieval de "carta", es decir, "un texto que expresaba la voluntad de alguien que no estaba físicamente presen te y que por tanto no era capaz de hablar por sí mismo".312 Las reglas del ars dictanti fueron formuladas originalmente en Italia y consistían esencial­ mente en dos cosas: una forma canónica que estructuraba la carta en cin­ co partes: saludo, exhorto, exposición, petición y conclusión, y una cuida­ dosa selección de términos que permitieran otorgar mayor dignidad y belleza al escrito.3 1 3 Esta última parte era llamada cursus, y regularmente incluía patrones acentuales y división de palabras aplicables al inicio y al final de cada oración: "el Breviarium de dictamine o Dictamini mdii, por tjemplo, en esta sección contiene modelos extraídos de San Agustín, Bo­ ecio y de los autores clásicos llamados figurae verborum el sententiarum útiles para "adornar" un escrito".3 14 Los tratados de este género fueron nume­ rosos y, puesto que dictarlos tampoco violaba el voto de silencio, libros del Ars dictaminis fueron compuestos por monjes cisterciences, quienes vivían en una regla de silencio más estricta que el resto de los benedictinos.315 Los tratados partían de la presuposición de que la carta era pronunciada por un autor a un secretario, aunque aquél se describiera metafóricamen­ te como "escribiendo": "mientras estaba escribiendo, scriberem, una carta, mi secretario reía por los saludos que había incluido en el encabezado", fue el mens�je que John de Salisbury envió a Pedro, abad de Celle. :1 1 6 El Ars dictaminis era una habilidad compleja: aunque sus reglas no fueron es­ trictamente obedecidas, esas normas rítmicas y acentuales se utilizaron ampliamente, sobre todo en cartas y documentos de la cancillería papal, pero también en los sermones de San Bernardo y hasta en obras como el Polycratus, del mencionadoJohn de Salisbury. Sin embargo, para esos dictatores de los siglos X y XI d. C. la situación se había hecho un poco más compltja porque la escritura seguía siendo una actividad murmurante y los secretarios se dictaban a sí mismos lo que escuchaban mientras transcribían en tablillas de cera, de modo que la ve­ locidad del dictado era un poco menor. San Bernardo, por ejemplo, te­ nía que hablar más lentamente y repetir palabras y frases varias veces, hasta que sus secretarios tomaran correctamente su expresión porque los mon­ jes de Clairvaux desconocían los signos antiguos de la estenografla y no tenían a su disposición una escritura cursiva.:� 1 7 Pero hubo ocasiones en las que no dictó su texto con tanto detenimiento: sucedía entonces que los secretarios tornaran sumarios bajo la forma de sententiae (o más fami­ liarmente sententiolae) , más que transcripciones exactas de las palabras del dictator. A<ií se han conservado dos copias preparadas en limpio de un mismo dictado realizado por san Bernardo; entre ambas existen algunas divergencias, porque fueron obra de dos secretarios distin tos.:� I H

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En el dictado se enlazaban todo el prestigio de la voz viva, las extraor­ dinarias facultades memorísticas que eran indispensables, los recursos textuales a disposición de los autores, la imaginación , el afecto, y hasta la distancia social implícita en el esfuerzo de realizar el acto físico de escri­ bir. El fin del predominio del dictado se inició con la gradual disolución de esos factores. De hecho, los siglos XI y XII d.C. representan un periodo en el que, al iado de los dictatores, empiezan a multiplicarse aquellos au­ tores-escritores que tomaban la pluma por sí mismos, entre muchos otros Guibert de Nogent, nacido en 1 053; William de Malmesbury, Lam­ berto de Saint Owen, Adémar de Chabannes, Helgaud, Othón de San Emeran y, el más importante de ellos, Orderic Vitalis, nacido en 1 075. El perfil biográfico de estos scriptores es por sí mismo significativo. La enor­ me mayoría eran mm�jes educados desde su infancia en la lectura, la es­ critura y hasta el canto, y si entre ellos llegaba a encontrarse un laico, éste había sido educado en alguna escuela imperial, como fue el caso del notario Godefroid de Viterbe. :� l !l En general, estos autores-escritores no ocuparon altas funciones eclesiásticas porque la escritura era incom­ patible con otras actividades demandantes y los grandes prelados ape­ nas encontraban tiempo para corregir sus textos. Los que eligieron es­ cribir por sí mismos debieron renunciar a esas dign idades refugiándose en tareas más librescas como bibliotecarios o copistas y eran, en general, grandes amantes de libros. Aunque estos autores-escritores se expresa­ ron en comentarios bíblicos, tratados de edificación moral, poemas y muchos otros géneros, los escritos que ocupan el papel central de sus obras son la historia y la hagiografía, lo cual resulta natural porque sus trabajos no obedecían a su propia iniciativa. Cuando un abad, un prínci­ pe o una comunidad monástica deseaban honrar a un santo patrón, conservar en la memoria eventos pasados o celebrar sus méritos, solían recurrir a alguien que, además de poseer cualidades intelectuales, tuvie­ ra conocimiento y práctica de los documentos escritos. Estos srriptores es­ taban rodeados por su comunidad monástica: su abad, sus hermanos, y para éstos escribían , pensando en ellos para proveerlos de textos de me­ ditación o, m�jor aún, para que sus textos fueran leídos en el refectorio, en el momento de la colación : "la Historia Ec!Rsiástira de Orderic Vitalis, por (:jemplo, era leída a sus hermanos a medida que era compuesta".:l20 Es por eso que estos autores-escritores continuaban respetando la eufo­ nía en sus composiciones. Algunos historiadores de los siglos XI y Xll lle­ garon incluso a versificar sus obras, pero la mayoría se dedicó a escribir una bella prosa que respetaba los venerables ritmos retóricos del rursus. Era inusual que una obra histórica en prosa no fuera st�jeta a esas caden­ cias rítmicas.:l� l


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ESCRI rt ' R\

A diferencia de los filósofos, para quienes la escritura representaba un obstáculo para su compltja y abstracta tarea, para estos historiadores y ha­ giógrafos el uso de la pluma en la composición resultaba un auxilio para registrar hechos, establecer relatos y precisar referencias. No obstante, esta situación no puede ser comparada con la de su colega moderno, pues los historiadores medievales no contaban con archivos importantes: las más grandes bibliotecas de la época contaban con algunos cientos de t:iemplares y la enorme mayoría de ellas con apenas decenas, muy pocas de las cuales incluían algo más que crónicas locales o cartularios de su pro­ pia fundación. :-.Jo era la escritura sino la memoria la que proveía sus fuentes principales. Guibert de Nogent por �jemplo afirma que el cronis­ ta componía su relato con lo que había visto, lo que había escuchado y lo que había leído. Durante un cierto tiempo, estos relatores siguieron pre­ firiendo la tradición oral a las fuentes escritas: Fiodorado, en el siglo x d. C., por ejemplo, en el momento en que disponía de un testimonio oral, desestimaba los archivos escritos a los que en principio podía tener acce­ so.:l:!2 En realidad, escribir de propia mano no había alterado los hábitos intelectuales y estos autores continuaban actuando como lo habían he­ cho sus antecesores; Rabanus Maurus, por ejemplo, afirma: "Yo fui los tres a la vez: dirtator, notarius y librarius", queriendo decir que a la vez con­ cibió la obra, la redactó sobre tablillas de cera y que había hecho la trans­ cripción sobre pergamino. :l:Z:l Por eso, para componer, el historiador to­ davía dependía del refugio interior propio de los autores antiguos: en el prefacio de su libro Gesta dei per Francos, Guibert de Nogent escribió a Li­ siardo, obispo de Soissons:

considere que en medio de mis actividades diarias y en las fre­ cuentes audiciones de casos en la corte, me contuve de ser consu­ mido por mi intención de dictar y, más importante, de transcribir, y mientras estaba forzado a escuchar minucias inoportunas del ex­ terior, debía retener firmemente en mí mismo el orden de las cosas que había emprendido relatar.:l:!4 La dureza de la tarea de escribir tampoco había desaparecido y los auto­ res solían quejarse de que, a edad avanzada, fuera un impedimento o una tortura. Guillaume de Newbourgh, por ejemplo, deploraba haber tenido que transcribir él mismo el comentario al Cantar de los Cantares que ha­ bía compuesto,:l :!:-, Guibert de Nogent lamentaba que, a fuerza de escribir, había perdido la vista y estaba nuevamente obligado a componer "sola memoria, sola voce, sine oculis", mientras que por el contrario, Orderic Vitalis se qut:jaba de que, a su avanzada edad, estaba obligado a concluir

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su historia eclesiástica sin la colaboración de un notarius. :�26 A pesar de los resabios, son estos autores quienes reanudaron el arte de componer y es­ cribir por sí mismos. Ellos encontraban nuevamente las ventajas de la escritura personal: no tener más compromiso que consigo mismos, poder volver atrás para introducir lo que por error había sido omitido, no temer la reprobación de un secretario y vigilar escrupulosamente la elegancia del vocabulario. Pero estaban conscientes de que, al escribir de propia mano, invadían un arte distinto y solían distinguir la escritura de la com­ posición.:{27 Por eso los resultados eran desiguales: algunos autores que deseaban escribir se vieron frustrados por las escrituras gráficas formales entonces existentes, debiendo admitir la participación de otros escribas en la elaboración final de sus manuscritos. Lamberto de Saint-Omer, por ejemplo, decía saber escribir pero carecía de habilidad caligráfica, lo que condujo a resultados torpes y mediocres que denotan su impericia como escriba. El caso opuesto era Orderic Vitalis, cuya habilidad caligráfica le permitió escribir todo su texto, diseñar el libro y realizar "hasta las gracio­ sas iniciales en dos o tres colores que decoran los inicios de los libros y los encabezados de los capítulos".:l2H Los historiadores y hagiógrafos monásticos son signos de un periodo transitorio, lo mismo que las primeras miniaturas del siglo XI d.C. que muestran a autores que ya no dictan, sino que escriben por sí mismos.'l2!l Esta coexistencia de dictatores y autores-escritores se prolongó hasta el si­ glo XIII d. C. La mt:jor prueba es Santo Tomás de Aquino, quien es a la vez un dictatory un autor que escribe. ¡..J o hay duda de que Santo Tomás dicta­ ba, como señalan en diversas ocasiones sus biógrafos. El doctor Angélico poseía en alto grado las asombrosas facultades de concentración de los autores clásicos. Su aqjunto Evenius Garnit relata que alguna vez, habien­ do dictado simultáneamente a dos secretarios y a él mismo, el maestro fa­ tigado se instaló para descansar; entonces, "incluso adormecido, conti­ nuaba dictando y su secretario, registrando sus palabras, se maravillaba de ver encadenar perfectamente sus ideas con el discurso que le prece­ día".:l:lo Sin embargo, además de dictar, Santo Tomás escribía por sí mis­ mo sus composiciones, quizá más en su juventud, durante su formación al lado de Alberto el Grande, entre 1 252- 1 254 y 1 255- 1 260, porque no se conservan autógrafos de épocas posteriores, incluida la Suma teológim. La escritura del aquinate era extremadamente difícil de leer: en su época no había un tipo gráfico común y cada uno escribía a su manera, razón por la cual su escritura fue llamada inintelligibilis (quizá por alguna confi.I­ sión con illegibilis) . :m ¡..J o era el único que al intentar expresarse por escri­ to resultaba difícil de interpretar: ya le había sucedido lo mismo a san Am­ brosio unos nueve siglos antes, pero en Santo Tomás ello obedece a su

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L\ rRA\'ESiA

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intento de alejarse de J os tipos gráficos más o menos dibt�jados de los si­ glos precedentes. Los autores como él debieron realizar sus esfuerzos de composición autógrafa en las llamadas escrituras "protocursivas", antece­ dentes de la verdadera "cursiva gótica", la cual no habría de estandarizar­ se sino hasta mediados del siglo xrv d.C. La innovación de Santo Tomás, como la de otros contemporáneos suyos, tenía su origen en sus intereses intelectuales, pero esos intentos eran impedidos por la complejidad de la escritura utilizada en Jos libros, que exigía lentitud y habilidad artesa­ nal. g:{2 La escritura de en tone es no era una prolongación natural del pen­ samiento. No está claro que Santo Tomás fuera capaz de escribir con una letra cursiva más aceptable y su escritura debió ser tan inaccesible a sus a}udantes como puede serlo para un paleógrafo contemporáneo. Se dice que Antoine Ucelli perdió la vista escrutando sus autógrafos y que.Jacobo de ¡-\sti se sentía justificadamente orgulloso de haber transcrito el Comen­ tario al libro de /saías, un autógrafo del santo que hasta entonces nadie ha­ bía podido descifrar. No quedaba otro remedio a Santo Tomás que dictar a un secretario los textos que él mismo había escrito: de esta manera, creernos nosotros, fueron editados el Comentario .múre el Liúro m de las Sentencias y las Cuestiones 11 a X X I I , artículo 1 1 de De Veritate [ . . . ] pero el procedimiento era engorroso, y el hecho de que no haya más autógrafos hace pensar que Santo Tomás ya no escribió más borra­ dores, sino quizás apenas bosquejos que procedió a dictar en el mismo momento de cornponerlos.333

La actividad de Santo Tomás es ya índice de los profundos cambios que se habían presentado en los hábitos intelectuales: los autores antiguos hasta san Bernardo habían citado las Escrituras de memoria; Santo Tomás, en cambio, tenía con frecuencia ante los <�jos escritos a partir de los cuales procedía a dictar. Para el autor escolástico, incluso la memoria mejor en­ trenada ya era insuficiente para marl(jar sus numerosos argumentos, por eso debía componer asistido de un mayor número de apuntes. A<ií fue como aparentemente realizó el De Veritate: en el momento de dictar, el Aquinate tenía ante los <�jos las notas tomadas en una sesión pública lla­ mada disputa ordinaria realizada en la universidad, en la cual diversas cuestiones eran planteadas al maestro y al bachiller que defendía su cau­ sa. El maestro, en este caso Santo Tomás, debía ofrecer en un plazo de diez días su "determinación ", es decir, la tesis y solución ofrecida al pro­ blema, escrita wossa littera si era de su propia mano o bien en una copia que había dictado, bajo juramento de no delegar en otro la tarea de dic­ tar. Con las notas en la mano, el santo procedió a dictar probablemente


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syllabatim, es decir, con lentitud. La consecuencia son los innumerables incidentes paleográficos visibles en el manuscrito conservado, en el que se perciben, por ejemplo, cambios de escritura debidos probablemente a que un secretario ha sido reemplazado por otro, cosa que muchas veces ocurre al principio de una cuestión. Existen muchos otros casos de co­ rrecciones aportadas por una audición errónea del escriba o por un error de dicción de aquel que dictaba, es decir, hay lapsus calami y lapsus linguae, pero hay sobre todo las vacilaciones que frecuentaban al dirtatar: falsos ini­ cios, arrepentimientos, argumentos concebidos tardíamente, correccio­ nes todas que eran anotadas al margen, próximas al contexto en el que debían ser insertadas.334 Además el espíritu de Santo Tomás, como el de muchos otros dictatares, no abandonaba la obra en el momento de con­ cluir el dictado: él volvía sobre sus pasos, aportaba nuevas correcciones y precisiones que eran registradas por la misma mano que realizaba la es­ critura del texto principal y que no corresponde a la bien conocida letra del doctor Angélico, porque el autor no participaba en el compl�jo arte de la escritura. Los escritos son , qué duda cabe, del santo, pero hacen manifiesta una realización colectiva: la de un autor asistido por secreta­ rios, quienes tuvieron una intervención directa, aunque {�sta sea difícil de determinar con precisión. Los suyos son manuscritos de autor, pero no son autógrafos; presentan sus ideas auténticas, pero éstas no nos fueron legadas por su propia mano. La incompatibilidad que los paleógrafos han constatado entre la diversidad de tipos de escritura en los man uscritos y la autoría reconocida al aquinate se explican porque, siendo perfectamente capaz de expresarse por escrito, éste practica un arte más que milenario, lleno además de prestigio y reverencia: el dictado. A pesar de la creciente importancia de la escritura como habilidad es­ pecífica del autor, hasta Santo Tomás la mayoría de las obras continuaron siendo dictadas. La situación debió cambiar cuando surgió una nueva cla­ se de intelectuales provista de nuevas exigencias que empezó a construir el complicado edificio de la escolástica. Las dificultades inherentes a la ar­ gumentación y reflexión escolásticas llevaron a esa generación a desarro­ llar todo un sistema de prácticas textuales: citas, referencias, índices, pagi­ nación de las obras e incluso a crear un tipo de escritura personal para seguir el hilo de sus pensamientos: la cursiva gótica. Este n uevo tipo re­ presentaba una novedad porque aunque su tipo era cursivo, como el de la antigua escritura romana, esta vez setialaba la separación entre cada una de las palabras por un espacio en blanco. Era preciso que escribieran, porque la complejidad de sus trabajos y la enormidad de las síntesis que estaban obligados a realizar, ya no les permitía confiarse únicamente a la memoria. En la soledad recién encontrada, el autor podía ir y venir en su

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L\ TRA\'ESL\ DE lA ESCRITl K\

escrito para ordenar sus pensamientos, asegurarse de la presencia de sus antecedentes lógicos, compararlos con otros argumentos similares, inclu­ so si habían sido expresados en tiempo remoto. Las notas y las referencias cruzadas se multiplicaron y, por el contrario, el diálogo con un auditorio real o imaginario se congeló: los libros, y no los hombres, empezaron a dialogar entre sí. Es probable que la soledad indt�jera una nueva actitud en el autor bajo la forma de una mayor conciencia de su interioridad y de individualidad irrepetible. Esa soledad contribuyó a crear nuevas formas de intimidad entre el autor que escribía por sí m ismo, su página y el lec­ tor anónimo. También contribuyó a un mayor aislamien to individual de escritores y lectores, y sin duda hizo a ambos más taciturnos, pero tuvo como contrapartida que el escritor se examinase más detenidamente, y que en algún momento acabara invitando al lector sigiloso a seguirlo por los intrincados senderos de su irrepetible experiencia. El dictado no podía satisfacer estas nuevas exigencias. Perdió su lugar como forma privilegiada de composición, pero se refugió en los medios laicos, donde se conservó mucho después de la fundación de las universi­ dades medievales. En 1 298, encerrado en prisión, Marco Polo dictó sus Mirahilia Mundi a Rustirhello dP Pisa y, a inicios del siglo xrv,Jean de Joinvi­ lle dictó a su clérigo la Histoire de Saint Louis. 3:v; Los hombres de estudio continuaban empleando normalmente secretarios: en su testamento, fe­ chado el 1 9 de octubre de 1 27 1 , Gérard de Abbeville, gran adversario de Santo Tomás, legó una pequeña fortuna a su srriptor, Gregorio de Amiens. Lo mismo sucedió en los medios universitarios estudiantiles, donrle so­ brevivió un cierto tiempo. En 1 355, después de un profundo examen de la cuestión, la LJ niversidad de París decidió que la forma adecuada de dar los cursos era hablar libremente y no dictar syllabatim, repitiendo con len­ titud para que los alumnos transcribieran las palabras del maestro.336 La reiteración de lo dicho en clase se limitó a los casos estrictamente necesa­ rios, por t:iemplo cuando una tesis era de la mayor importancia, y en este caso se autorizó al docente a repetir el enunciado dos veces y no más. La universidad estableció penas severas para los docentes que violaran esa norma, retirándoles el derecho a enseriar. Es cierto que un curso legere ad pennam, "leído a la pluma" como se decía entonces, debió ser extremada­ men te tedioso porque los estudiantes medievales, que asistían sentados en el suelo por motivos de disciplina, ignoraban el uso de la taquigrafía que se había perdido por completo, y tampoco disponían de una cursiva rápida. ::1::17 Pero si las razones pedagógicas eran válidas, la medida debió ser impopular porque se estableció que aquellos estudiantes que protes­ taran contra la norma silbando, pateando el suelo o lanzando piedras, se­ rían expulsados por un año. T�H

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Sl.RLIO Pf RU CoR 1 f '

Hubo pues un i n tr i n cado pas�je d e l

dirtator a l

escri tor. Para que se

realizara el e ncuen tro del escritor solitario y silencioso con su página en

blanco fueron necesarios siglos de transformaciones en las convicciones human as. Seguramente la escritura silenciosa n o es reconocida como uno de los grandes actos de la razón , pero esta práctica sigilosa ha t:ierci­ do sus efectos en las actitudes y los gestos que componen los hábitos co­

tidianos del e n tendim ie n to, modifi cando así el uso de las facultades cog­

n itivas de los individuos. En todo caso, ese hábito hace perceptibles las grandes alteraciones que han sobreven ido en los actos del i n telecto: cuando cambió la concepción del autor, cuando se alteró la escritura y la

apropiación colectiva y memorística del texto, el dictado, como forma de

composición de las obras, como forma de expresión del intelecto y la

emoción , pasó a ser una de las más interesantes reliquias i n telectuales de Occiden te.


CAPÍTULO 11 LA VOZ , EL MURMULLO Y EL SILE;\ICIO: lA LECTURA

LECTORES E:-.i lA A:'\:TJGf:EDAD

CIÁ'iiCA

Tal vez, como lo pensaba San Agustín , la lectura y la escritura forman parte de los trab�jos impuestos a la primera part:ja como resultado de la desobediencia, de la curiosidad y del orgullo humanos. 1 Antes de la caída no había necesidad de tales instrumentos, porque Dios había dado a co­ nocer su voluntad sin necesidad de lenguaje, o hablaba directamente a Adán y Eva, lo mismo que lo había hecho con los profetas hebreos. Según San Agustín, la lectura y la escritura surgieron en algún momento del tiempo y habrán de desaparecer al final, cuando las almas restablecerán su unidad con Dios.2 M ientras tanto, los seres humanos han debido adop­ tar esos instrumentos imperfectos y, como a todo lo humano, los han inte­ grado a su propia historia. Es porque a diferencia del habla, la lectura y la escritura no descansan en ningún fundamento biológico. Cada ser huma­ no es por definición un hablante, pero su naturaleza no ha hecho de él un lector o un escritor: la lectura y la escritura son adquisiciones relativa­ mente recientes cuyo desarrollo incluye, como en las cosas humanas, la pasión, el afecto o la exclusión. Las diversas estrategias de lectura que de ello resultan expresan la relación cambiante que une a un lector con su texto, relación que nunca es la misma porque la lectura es una manera de relacionarse no solamente con la página, sino con una comunidad de lec­ tores y escritores homólogos y con un conjunto de valores y fines que esta colectividad reconoce o rechaza. Más elusiva que la escritura, la lectura no d�ja trazos visibles en la his­ toria y, sin embargo, la cultura debe tanto a su habilidad para leer como a su astucia para escribir. Ciertamente móvil, la lectura se dispersa en múlti­ ples motivaciones: se lee con una sed ardiente para alcanzar el ciclo como en los monasterios medievales, para m�jorar la vida moral como lo ha­ cían los epicúreos, para comprender a la naturaleza, como lo hacen los


científicos o "si m p l e m e n te para reparar n uestros radios".:� La lectura es capaz también de adoptar diversas modalidades: "intensiva", es decir, la consulta de pocos l ibros intensamente machacados o "extensiva", con una mirada poco comprometida ante escritos rápidamente olvidados. La his­ toria de la lectura es i n separable de la h istoria de la escritura y por tanto un factor téc n ico, debido a que los lectores han tenido frente a sí forma­ tos de página siempre cambiantes. Finalmente, la lectura puede adoptar diversas prácticas: el lector puede vocalizar su texto, murmurado para sí mismo o bien callar ante él, en una actitud de recogimiento. Motivacio­ nes, prácticas y t(·cnica confluyen en nuestros días para q ue se lea en silen­

cio. Sin embargo, antes de que esto sucediera y por más largo tiempo, la voz tuvo una intervención activa ante la página, como murmullo o como t:jecución en voz alta. La voz, el murmullo o el silencio son estrategias de lectura que dependen del juego de th:n icas que han surgido o se han eclipsado, de actitudes que se acentúan o se cancelan , de motivaciones que i rrumpen o se m i tigan . N o son estrategias excluye n tes entre sí y han

sido practicadas simultáneamente, pero cada una ha ten ido e l predomi­ nio en dete r m i n ados momentos, i nvolucrando con ello una c i e rta orien­ tación de las habilidades i n telectuales. !\'o era el silencio el que rei n aba en e l hábito de leer durante l a Anti­ güedad. La lectura vocalizada era un acto generalizado y compl�jo que correspondía a diversas funciones sociales. Ante todo, l a lectura en voz alta cumplía la tarea de poner en contacto al escrito con un mayor n úme­ ro de individuos que quienes tenían la página ante sus ojos y que poseían la habilidad de leer. En un medio en el que el n úmero de personas alfabe­ tizadas era m inoría y en el que no era sencillo proveerse de manuscritos personales, la lectura vocalizada rep resen taba u n a forma i rremplazable de participación en la cultura del texto. La presencia i n cesante de la voca­ lización explica que los griegos, para designar el acto de leer, hicieran uso del ti�rmino

aroúo,

cuya sign ificación más extendida era "escucho",

"oigo",4 mien tras que, en el latín del I m perio, ügt>rP era usado frecuente­

mente como sinónimo de

reritarP,

recitar.'' En las ciudades an tiguas, l a

lectura en voz alta e r a u n a práctica cotidiana q u e s e realizaba en reu n i o­ nes privadas, cortes judiciales o plazas públicas, permitiendo a los iletra­ dos participar en la \'ida cívica y política de sus comun idades. Pero no era una actividad reservada a los más rústicos y se realizaba igual mente en el in terior de los hogares más cult ivados. Claro está que l a aristocracia de Grecia v Roma sabía leer y escribir, pero con frecuencia esos afortunados no lo hacían por sí m ismos: no escribían puesto que ten ían e l hábito de dictar ,. normalmente no leían, más bien escuchaban leer a esos profésio­ nales que los griegos llamaban

rmaf!:TU)stis y

los lati n os

!Retor.

Debido a


SFR<;!O l'i:RH. CORTÉS

ello, el contacto con la página tuvo, especialmente en Roma, un fuerte carácter profesional y no es una contradicción afirmar que incluso en el caso de un individuo tan letrado como Plinio el joven, fue mucho más lo que "oyó leer" de sus libertos Zozimo y Escolpio, que lo que leyó por sí mismo.6 La evidencia del predominio de la lectura vocalizada en la Antigüe­ dad es muy numerosa y, contrario a algunas aseveraciones, se extiende al mundo griego, justamente en los medios más ilustrados, por tjemplo, en­ tre los sofistas7 y los filósofos. Asistimos a una escena de este tipo al inicio de un diálogo de Platón, el Teetrto. Una vez que Euclides y Terpsión han comentado la manera en que el primero ha reconstruido el debate en el que Sócrates había participado, ambos convienen en que es un buen mo­ mento para recordarlo: "entremos, dice Euclides, y mi esclavo se encarga­ rá de la lectura mientras descansamos". Euclides explica entonces que aunque la conversación le fue referida por Sócrates, él la ha redactado como si fuese la transcripción de un diálogo real: "no has estado desacer­ tado", responde Terpsión. Puestos de acuerdo en lo que van a escuchar, Euclides concluye: "entonces esclavo, ¡toma el libro y lee� ".H La lectura pú­ blica era un medio privilegiado para dar a conocer las reflexiones de cada uno y los filósofos griegos estaban habituados a escucharlas y luego deba­ tir esas obras profesionalmente. El Parménides, también de Platón, ofrece una reunión de esa clase: cuando Antifón, medio hermano de Platón es finalmente convencido por Céfalo y sus amigos de relatar el diálogo en el que Sócrates había tomado parte, él cuenta que en la conversación esta­ han presentes Zenón y Parm{�nides, quienes se habían al�jado en casa de Pitodoro. Hasta ahí se habían acercado Sócrates y muchos otros filósof(ls que deseaban escuchar la lectura de la obra de Zenón, dada a conocer por vez primera en Atenas por los dos vi�jeros. Zenón mismo dio lectura al escrito mientras Parménides había salido. No debió ser la primera lec­ tura pública de la obra porque Pitodoro, que igualmente había salido del lugar, alcanzó a escuchar únicamente la última parte, pero aclara: "a fuer de ser sincero, ya la había oído antes de labios del mismo Zenón "Y Tales lecturas tenían antecedentes en los medios intelectuales griegos: según Diógenes Laercio, los sofistas Protágoras y Pródico se ganaron la vida durante un tiempo leyendo sus obras en público. 10 El primer discurso leído de ese modo por Protágoras file el llamado Sobre los diosr,\� lo hizo en Atenas, en casa del dramaturgo Eurípides, según algunos, aunque según otros fue en casa de Megaclides o incluso en el gimnasio llamado Liceo. A decir verdad, no fue el sofista mismo el que leyó el texto, ya que, por razo­ nes que desconocemos, Archagoras, hjjo de Teodoto, debió "prestarle la voz". 1 1 Una lectura realizada más de una vez era motivo de ironía entre


L\ 1 RA\'f.SÍc\ DF lA FS<.I!.JTl R\

esos grandes improvisadores que eran los sofistas, por eso Gorgias ridicu­ lizaba a Pródico señalando que �jecutaba cosas "que estaban rancias y fre­ cuentemente repetidas". Aquello "rancio" era la famosa historia de la elección de Hércules, que Pródico ofrecía en varias versiones por diferen­ tes precios pero que, puesta por escrito, le obligaba a leerla. La evidencia de la lectura vocalizada en Grecia puede remontarse aún más atrás, hasta los vasos llamados de "figuras n�as", que proliferan entre 490-425 a.C. y que exhiben escenas cotidianas de jóvenes leyendo y escri­ biendo. Es interesante señalar que las imágenes de mujeres lectoras son más numerosas que las de sus homólogos masculinos. Probablemente in­ dican un mayor aprecio por la alfabetización femenina, aunque existe poca evidencia de que ellas recibieran una educación regular. Quizá se explica también porque era relativamente sencillo asociar la lectura con las musas y a éstas con rmúeres. Los rollos que ellas sostienen en sus ma­ nos son, en esencia, dispositivos mnemónicos para facilitar la recitación, pues las imágenes muestran regularmente a una lectora ante una niñera o un grupo de mt�jeres, algunas veces acompañadas de un oyente que lle­ va una lira, es decir, en medio de un recital. 1 � Cuando las musas son re­ presentadas, la escena suele ser idealizada o incluir a Apolo, mientras las escenas cotidianas se desarrollan con frecuencia en la habitación reserva­ da para los niños y sus madres. La primera representación conservada de un grupo de jóvenes m�jeres leyendo se encuentra en un vaso datado en los aiios 460-450 a.C. !\'o se trata de musas, puesto que la decoración pare­ ce indicar el interior de una casa. I :l En la pintura griega, m�jeres y hom­ bres leen en voz alta, recitan o dictan , normalmente poesía, mientras son excepcionales las imágenes de lectores solitarios: "solo conozco un mo­ numento de este periodo que representa un lector 'ensimismado' : es un joven sentado leyendo su volumen solo, acompaílado de su perro", pero su soledad es explicable porque se trata de un relieve funerario encontra­ do en Grottaferrata. 14 Los antecedentes remotos militan en favor de la lectura vocalizada. La creación del alfabeto griego, a mediados del siglo \'1 1 1 a.C. estaba precedi­ da de más de tres siglos de completo desconocimiento de la escritura, la cual se había perdido con el derrumbe de la civilización micénica (en la que, de cualquier modo, había sido privilegio de un grupo de especialis­ tas) . Durante ese lapso, en la Grecia arcaica, todo lo que debía perdurar en la memoria: los valores políticos y morales, el culto a los dioses, y el renombre de los héroes dependía de su incorporación al mundo de la pa­ labra viva. Sólo permanecía aquello que era pronunciado por los labios, es­ cuchado por los oídos y retenido por la memoria. La introducción de la escritura no podía alterar ese estado de cosas, ni completa, ni rápidamente.


SERCIO Pf:REZ CORTf:s

La lectura en voz alta era en cierto modo la prolongación natural de la tradición oral, esta vez con el auxilio del escrito. 1 5 El conjunto de verbos que significaban "leer" muestra que en el periodo clásico la lengua grie­ ga apenas concedió un lugar modesto a la lectura silenciosa. 1 6 Al lado del verbo más usual en lengua ática anagigru5skein, "reconocer", en algu­ nos verbos próximos se conservó la idea de que la voz formaba parte de la lectura como légein "decir", epilégomai, "añadir a lo que se ha dicho" que aparece en Heródoto (1, 1 24- 1 25 ) , y analégomai, "recoger, distribuir", que aparece en Calímaco (Epig. 25) _ 1 7 La lectura vocalizada formaba parte de la vida cotidiana del común de los ciudadanos griegos. Se encontraba en los hogares donde, por v�jez o por desconocimiento de las letras, los mayores se hacían leer por los más jóvenes. En el diálogo Usis, Sócrates conversa con el joven Lisis sobre su libertad y su felicidad y le señala que sus padres suelen pedirle cosas aun antes de alcanzar cierta edad, "porque cuando quieren que se les lea o se les escriba algo, pienso que es a ti, antes que a ningún otro de la ca.<;. a, a quien lo encomendarán". 18 U n poema priapeo relata cómo una estatua había aprendido poesía épica con sólo escuchar las lecturas que su pro­ pietario llevaba a cabo en el huerto: "no me dedico a los libros sino a la fruta -dice la estatua-, pero inculto como soy, me he visto obligado mu­ chas veces a escuchar aquí las lecturas de mi amo y he aprendido del voca­ bulario homérico". 19 Los c iudadanos escuchaban en las plazas públicas a sus historiadores y a sus poetas: Heródoto, por ejemplo, leía fragmentos de su Historia a medida que era compuesta, al grado de que su obra no fue escrita sino hasta cerca del año 430 a.C. en Italia, unos cuantos años antes de la muerte de su autor y debió ser publicada de manera póstuma.2° Ci­ cerón cuenta que una vez, en una lectura pública convocada por Antíma­ co de Colofón con el propósito de presentar un largo poema suyo, el poe­ ta fue abandonado por todo su público, salvo por Platón. La situación no desanimó a An tímaco, quien decidió continuar: "no dejaré de leerlo pues Platón , solo, vale para mí como cien mil oyentes".21 La lectura en voz alta estaba presente también en las escuelas "superiores" de gramática y retó­ rica, donde el término sinanágnosis, parece referir a "leer un libro en cla­ se", mientras en Hipócrates sinanagignoskein significa "leer un texto en compañía de un pupilo".22 Tal persistencia se explica porque al vocalizar un escrito se ponían en marcha diversos elementos de la actividad intelectual implícitos en la obra, como su expresividad, la memorización del auditorio o la participa­ ción del público, valores extintos entre nosotros pero esenciales a la cul­ tura antigua. El inicio del Fedro ofrece una síntesis de todo ello: ahí Sócra­ tes se encuentra con Fedro, quien viene de escuchar a Lisias. Sócrates le


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pide que repita las palabras del orador pero Fedro se resiste con el argu­ mento de que "lo que Lisias, el más hábil escritor de la actualidad ha di­ cho" no puede ser repetido de memoria por un profano corno él. Sócra­ tes replica, insistente, que conociendo a Fedro, no es una sino muchas veces que ha pedido al orador que repita su discurso y es posible que in­ cluso haya obtenido el escrito con el fin de memorizarlo. Sócrates tiene razón: Fedro confiesa que se ha acercado a los límites de la ciudad para "practicar solo con el escrito" que, en efecto, trae consigo.2:{ De mala gana, Fedro acepta entonces buscar un sitio apacible para leer juntos el escrito. Merece destacarse que en ese momento Sócrates no actúa como lo haría cualquiera de nosotros, pidiéndole el texto para leerlo por sí mis­ mo, sino que solicita a Fedro que lo lea.2-l La razón es que éste ha escucha­ do personalmente a Lisias y ello le permite leer con vehemencia, devol­ viendo al escrito el brío de la declamación origi nal. Terminada la lectura, Sócrates lo felicita y le pide que lea "no una, sino muchas veces, para po­ der escuchar al mismo Lisias".2'' Sería difícil hacer un resumen más breve de los o�jetivos de la lectura en la Antigüedad: Fedro lec para memorizar lo que ha escuchado, mientras el escrito, que sirve de apoyo a la recorda­ ción, es la resonancia de una alocución verbal, una evocación de la pre­ sencia del escritor y debe ser ejecutado en la lectura de tal modo que re­ cobre la vivacidad del autor ausente. Los indicios de la lectura en voz alta son aun más numerosos en la civi­ lización romana. Ellos corresponden , además, al tiempo en el que se afir­ ma una mayor presencia social del escrito. De hecho, en el inicio de la época imperial, Roma representó uno de los momentos en Jos que la alfa­ betización alcanzó sus n iveles más altos en la Antigüedad. Cna parte ma­ yoritaria de la aristocracia romana, incluidas las nn�jeres, sabía leer y escri­ bir, y en ello estaba acompaiíada por una fi·acción de servidores y libertos, lo mismo que por grupos de comerciantes, artesanos y libreros.26 Era una minoría, pero una extensa minoría. Estos grupos coexistían con la enorme masa iletrada, la cual, sin embargo, no carecía de contacto con la página escrita en una serie de dominios políticos, jurídicos, comer­ ciales o literarios: en {�stos y en otros espacios públicos se practicaba leer en voz alta y dictar. La lectura vocalizada cra tan común que cualquier ro­ mano acomodado normalmente contaba entre su servidumbre con uno o más lectores: "Bruto, por t:icmplo, había recurrido a dos de sus lectores en su caso judicial contra Craso; uno de ellos leía el discurso de Craso, mientras el otro leía la ley serviliana, a la que Craso se había referido, con el fin de revelar las contradicciones en las opiniones vertidas por éste".27 Los lectores eran utilizados para interpretar documentos oficiales, pero también en casa para los propósitos más diversos. Lo mismo que las ra-


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dios modernas, ellos servían de distracción a sus amos en sus momentos perdidos. Debido a esto, Frontón imaginaba a Marco Aurelio descansan­ do en su retiro temporal en Actiurn, mientras escuchaba a su lector, Niger, interpretar a Plauto, Terencio o Cicerón. Los romanos recurrían a sus lectores en los mismos momentos en los que nosotros recurrimos a entre­ ten imientos ligeros: Suetonio, por t:iemplo, relata que cuando Augusto en con traba difícil dormir, mandaba llamar a su lector y cuando regresaba al sueiio, lo hacía más tiempo del normal .2H Resulta sencillo encon trar a los lectores en los momentos en que el aristócrata romano se encontra­ ba rodeado del círculo más cercano de amigos. Por t:iemplo, era usual que en el momento en que llegaba una carta, ésta fuera leída en voz alta, especialmente si había amigos presentes que así tornarían conoci­ miento de su contenido, útil para todos. Si en el convivio entre amigos surgía una disputa, se llamaba al lector, lo mismo que nosotros consultarí­ amos un libro de la biblioteca: Aulo Cclio, por �jernplo, debió replicar a un joven pretensioso que creía haber alcanzado la cima de la filosofía: "puesto que nos has condenado a no ser más que espíritus estrechos, no podemos contestarte nosotros mismos; permite pues que te lean lo que Epicteto, el primero de los estoicos, opina de vosotros, los grandes habla­ dores. Acto seguido, el lector b�jó el libro y se leyeron las palabras, tan agradables como severas, del filósofo".2!l En tiempos de Cicerón y mucho más tarde, los lectores participaban entre las diversiones posteriores a la cena, en compaiiía de espectáculos refinados como la música o las obras teatrales, o francamente vulgares corno bailarinas, bufones y equilibristas. Según Cicerón, su amigo Ático era excepcional por su costumbre de no aceptar más que lectores como diversión posterior a la cena. Es notable la frecuencia con la que se escuchan referencias al hábito romano de escu­ char leer mientras se come. Para Plinio el joven, las lecturas después de la cena eran comunes, incluso cuando se encontraba en su casa de invierno, en Tuscania, solo con su mt�jer.'�0 Aulo Gelio seiiala igualmente que, en las cenas que ofrecía el orador Favorino, nunca faltaba un esclavo cerca de la mesa que leía un libro griego o latino. Probablemente los esclavos podían leer las dos lenguas a las que la aristocracia romana estaba habituada, por­ que no sabernos de lectores específicamente dedicados a una u otra de ellas. Los nuevos ricos podían, desde luego, caer en excesos grotescos: en el Satirirón, por orden de su amo Habinas, un esclavo comenzó a decla­ mar un verso de Virgilio, "pero además de elevar y b�jar el tono según se le ant<�jara a su bárbara hmtasía, mezclaba esos poemas con versos proca­ ces llamados, por su origen, Atelanas". :1 1 Los autores podían realizar la lectura pública de sus obras, especial­ mente cuando se trataba de creaciones poúicas. En Roma, esta clase de


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lectura de autor, llamada recitatio, hacía remontar sus orígenes al naci­ miento mismo de la literatura latina. Según Suetonio, ambos, Livio An­ drónico, el primer escritor romano conocido por nosotros, y el mismo Ennio, "interpretaban a los griegos y daban lecturas a algunas de sus obras que pudieran haber escrito en latín ".:�2 El hábito permaneció largo tiempo y así escuchamos de recitationes ofrecidas, entre muchos otros, por Virgilio, Horacio o Plinio el joven. Sin embargo, en ocasiones más coti­ dianas y menos solemnes, el lector era un profesional de origen servil. En la lectura, lo mismo que en la escritura, la faena servil, el opus servile, se oponía al ocio aristocrático, al otium cum dignitate, no únicamente por el esfuerzo físico que significaba, sino porque la aproximación culta o estéti­ ca al escrito estaba reservada a aquella clase que recibía educación grama­ tical y retórica superior, mientras el siervo no se apropiaba "estéticamen­ te", sino "profesionalmente" del texto.33 Es cierto que en algunos casos los aristócratas hacían uso de sus lectores para solventar sus deficiencias en la lectura, pero con más frecuencia el motivo era poder concentrar su aten­ ción más en la calidad literaria y en las bellezas acústicas de la obra que en el duro trabajo de leer. En cualquier caso, la verdadera apropiación de la obra sería sonora, acústica, ante oyentes reales las más de las veces, pero igualmente por parte de lectores anónimos y distantes. En consecuencia, las obras estaban gobernadas por reglas de carácter retórico más que lite­ rario. Los autores latinos contaban con la lectura vocalizada y al inicio de sus obras deslizaban caricias al sentido concernido: "lector, quiero h ilva­ nar para ti una serie de variadas historias y acariciar tu oído benévolo con un grato murmullo; dígnate tan sólo recorrer con la mirada este papiro egipcio". 34 La permanencia que los autores modernos confían a la página impresa, los autores antiguos la entregaban a la voz: "dondequiera que Roma extienda su poder, labios de hombre me leerán y si son ciertas las visiones de los poetas, gracias al sonido de mi nombre estaré vivo, por los siglos de los siglos. "3·'i Durante el Imperio se apoderó de la cultura romana un verdadero fu­ ror por la escritura y la lectura: "cambió su mente el pueblo voluble y se caldea sólo con el afan de escribir [ . ] doctos e indoctos indistintamente escribimos poemas". :�6 Aunque prolongaron varios siglos su existencia, éste fue sin duda el periodo de gloria de las lecturas públicas. Los textos estaban ciertamente escritos, pero lo que otorgaba renombre era la pala­ bra pronunciada, la única que podía probar la capacidad del aristócrata de dominar el lenguajeY Naturalmente, tal diluvio de verbosidad provo­ có reacciones airadas. Debió llegar a extremos la costumbre de escuchar leer en la mesa, porque Marcial se permite ironizar, diciendo que la me­ jor invitación a cenar es aquella que no incluye versos del anfitrión. La . .

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lectura en voz alta era una necesidad funcional, una tradición venerable y prestigiosa y un acto cotidiano, pero las convenciones sociales la transfor­ maron en una obsesión y en un ritual infinitamente repetido: Horacio, por ejemplo sugiere en broma que no se deje de leer en los baños, donde la resonancia es espléndida, y Marcial, más procaz, reprocha a un pseudo poeta que le recita en toda ocasión, propicia o no: "curren ti Iegis, legis ca­ can ti ".:�s La presencia masiva en Grecia y Roma de la lectura en voz alta de n in­ guna manera significa que la Antigüedad ignorara la lectura en silencio. El debate acerca de la lectura antigua no puede partir de la presunción de que la lectura en silencio era desconocida, pues existe suficiente evi­ dencia de lectores taciturnos. Aristóteles y Nerón, tan opuestos en mu­ chos sentidos, pertenecían a ese grupo: del primero, sabemos que desa­ rrolló una actitud intelectual inédita en la Antigüedad que involucraba el rnan'-:jo de un amplio volumen de información escrita. Platón le había otorgado el sobrenombre del lector, y es probable que tanto Aristóteles como sus discípulos cercanos leyeran en silencio y rápidamente gran par­ te de los materiales en que basaban sus investigaciones. :19 Suetonio, por su parte, nos informa que cuando administraba justicia, Nerón respondía a los querellantes al día siguiente y por escrito; cuando se retiraba a delibe­ rar no consultaba a sus asesores sobre ningún punto, sino que habiendo leído en silencio y completamente solo las sentencias que cada uno había escrito, pronunciaba el veredicto que le parecía apropiado, como si fuese la opinión de la mayoría.4° Cuando los antiguos leían en silencio lo hací­ an momentáneamente, con el fin de ocultar el contenido de documentos breves o como una reacción involuntaria de sorpresa ante un mensaje inesperado. La lectura sigilosa se encuentra con frecuencia en situacio­ nes de una fuerte sobrecarga emocional. Por t:jemplo, San Agustín leía en silencio en el momento de su conversión espiritual, cuando escuchó la voz de un niño que le ofrecía las Escrituras y le amonestaba: ¡Toma, lee!4 1 En la obra Hipólito de Eurípides, Teseo parece leer en silencio el mens�je que Fedra le ha enviado en una tablilla encerada con las mentirosas acu­ saciones dirigidas contra Hipólito, lo que habrá de motivar el desenlace trágico.42 Suetonio relata un caso igualmente emocional: Augusto buscaba castigar a un conjunto de equites debido al gb1ero de vida que llevaban y estableció que la fórma más suave de reprensión consisúa en entregar en público al inculpado unas tablillas que contenían una violenta censura, las cuales debían ser leídas en el acto, en el sitio, en voz b�ja y sin proferir pa­ labra alguna.4� Cabe advertir, sin embargo, que la lectura silenciosa, sin resultar des­ conocida, provoca un cierto grado de sorpresa entre los que la contern-


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plan. En una escena de su comedia Los caballeros, escrita el año 424 a.C., Aristófanes presenta a Demóstenes pidiendo a Nicias, además de un escri­ to que éste ha robado a Plafagón, un trago. "Dámelo a leer" -dice De­ móstenes--, mientras Nicias, que llena la copa de vino, pregunta a su vez "¿qué dice el oráculo?". Distraído en la lectura que hace para sí, Demóste­ nes responde: "escancia otra copa". ¿Es verdad que ahí dice "escancia otra copa"?, vuelve a preguntar Nicias, quien piensa que se ha tratado de una lectura en voz alta. La broma continúa un poco más hasta que Demós­ tenes resume el contenido del mensaje que obviamente ha leído en si­ lencio.44 La lectura en silencio no era desconocida para los asistentes al teatro, pero tampoco era habitual, especialmente para la multitud de es­ pectadores analfabetos que sólo conocían la lectura como voz sonora. Pero, desde luego, el caso paradigmático son las visitas que San Agustín a san Ambrosio durante su estancia en Milán: "muchas veces -relata-, me hallaba yo presente en su lección [ . . . ] y siempre lo vi leer silenciosa­ mente y como decimos ' para sí' , nunca de otro modo".45 La sorpresa de San Agustín se traduce en la búsqueda de razones por las cuales san Am­ brosio actúa de ese modo. Entonces enumera: lo hace porque desea re­ cluirse en sí mismo y no quiere ser importunado en ese retiro interior; o bien lo hace porque no desea verse obligado a ofrecer explicaciones a al­ guien presente que no dejaría de plantearle preguntas acerca de algún pasaje oscuro y que quizás hasta se sentiría con derecho a disputar acerca de esas cuestiones. En busca de razones, San Agustín llega a la extrema: tal vez lo hace para evitar la ronquera que lo ataca con suma facilidad. "Cualquiera que fuese la intención con que aquel varón lo t;jecutara, ese hombre tenía una buena razón para hacerlo".46 Y después de todo, éste es quizás el punto más significativo, porque hacen falta razones para incu­ rrir sistemáticamente en un acto que el medio no alienta porque valora su opuesto. Para Agustín y sus contemporáneos, leer en silencio no es una anormalidad, pero es todavía una anomalía. Se ha hecho un intento reciente por aumentar el número de instan­ cias en la literatura antigua en que la lectura en silencio está presente agregando, entre otros, a autores comojenofonte, Plinio el joven o Filós­ trato.47 Algunas de las instancias propuestas resultan muy discutibles, pero aun si fuesen aceptadas no alterarían la presencia limitada de los lec­ tores silenciosos. Sin ser numerosos los casos, la existencia de la lectura en silencio durante la Antigüedad no está puesta en duda. Sin embargo, es preciso admitir que ella no era la práctica dominante, porque no era la que llenaba las expectativas de la cultura antigua. Las razones son diver­ sas: ante todo, la lectura en voz alta ejercida sobre un número restringido de textos intensamente estudiados, encajaba m�jor en un mundo en que

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la expresión oral y retórica era altamente apreciada como fuente de pres­ tigio y de poder.48 En segundo lugar, la lectura vocalizada permitía una participación en la página escrita mucho más amplia en un mundo en el que el número de �jemplares disponibles y el número de individuos alfa­ betizados era limitado. Además de una necesidad y una fuente de presti­ gio, la lectura en voz alta era un placer colectivo: el texto hablado, acom­ pañado algunas veces con una melodía, pero siempre con una intensa entrega espiritual, hace de la lectura vocalizada un compromiso psicoló­ gico completo entre el narrador y su auditorio. El verbo "acompailar" re­ fleja sólo pálidamente la acción de la voz respecto al texto. Adicionalmen­ te a esas ventajas, la Antigüedad tenía pocos motivos para cambiar ese estado de cosas: no existía ninguna motivación que impulsara a leer un gran número de textos especializados o técnicos y no había siquiera la ne­ cesidad de un instrumento de consulta rápida, por eso el diccionario fue desconocido en el m undo clásico. Es probable que el común de los lec­ tores estuviera más cerca de la "alfabetización fonética" (que consiste en la capacidad de descifrar un texto sílaba a sílaba, pronunciándolo) que de la "alfabetización de comprensión" (que es la capacidad de descifrar un texto en silencio, palabra a palabra, comprendiéndolo plenamente en el momento m ismo del desciframiento) .49 Esto hacía lenta la inter­ pretación, pero no era un obstáculo, porque tampoco se hacía sentir la presión democrática de hacer de la lectura una práctica generalizada y eficaz al alcance la mayoría. Por últi mo, la idea de un lector solitario que debe encontrar en sí mismo la motivación para la lectura era una figura desconocida para la corporativa y elitista mentalidad de la Antigüedad. En síntesis, todas las ventajas que la lectura silenciosa ofrece a la cultura actual eran inútiles en la cultura antigua, no representaban motivación alguna y, por el contrario, iban a contracorriente del prestigio de la pala­ bra hablada. La lectura en voz alta no puede ser considerada como la for­ ma primitiva de la lectura silenciosa, sino como una adaptación intelec­ tual específica que obedece a un tipo de comunidad de escritores, lectores y auditores, y a una determinada relación establecida entre el lec­ tor y su texto. Sería igualmente un error sumergir a la Antigüedad como un todo en una única práctica de lectura. Durante largos periodos, al iado de la lectu­ ra vocalizada, otras motivaciones impulsaron nuevas prácticas, como la lectura sigilosa. Es posible sostener, por ejemplo, que la cultura helenísti­ ca y sobre todo aquella creada en torno a la biblioteca de Alejandría, res­ pondía a intereses filológicos y de búsqueda interior que impulsaban ha­ cia una lectura privada:,0 El intelectual helenístico parece más recluido en sí mismo, más dependiente de la revisión personal de sus textos y, por

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tanto, es representado con mayor frecuencia en la estatuaria o en la escul­ tura funeraria leyendo fuera de espacios colectivos. Quizás en ese mo­ mento se escuchaba menos y se leía más en soledad. 5 1 De igual forma, el libro helenístico se hace más diversificado, tanto en su contenido como en su extensión y en su formato, indicando con ello la aparición de una diversidad de lectores que esperaban, lo mismo un entretenimiento lige­ ro que una poesía más informal y galante, una literatura más ocasional o un conocimiento más universal.''� Igual diversidad puede encontrarse en la Roma imperial, en la cual, al iado de las lecturas públicas, la lectura in­ dividual se instala entre grupos pequeños de la aristocracia deseosos de poseer bibliotecas para su uso personal, del que Cicerón es un t:iemplo. Debido a ello, los libros romanos se hacen de gran calidad, son cuidado­ samente escritos y diseiiados, hasta que finalmente se crea el novus liber, el volumen literario fino. Surge entonces una clase de lectores que lee por voluptas y que constituye un público distante, anónimo, con el que los au­ tores sueñan, imaginando que sus obras serán leídas en todos los confines del mundo. Es la {·poca de Augusto, la de una aristocracia romana e "ita­ liana" deseosa de ser considerada parte de la latinidad y dispersa por todo el Imperio.5:l Pero aun la variedad de intereses y motivos durante lapsos tan significativos no altera el hecho de que la lectura vocalizada represen­ taba la confluencia de valores y afectos, de aprecio y de prestigio, que la llevaban a ser la práctica dominante. Entre todos, el arte de leer en voz alta y recitar de memoria fue el más apreciado durante toda la Antigüe­ dad, aseguraba a sus practicantes una buena posición social, una alta esti­ ma y llegaba a figurar en sus epitafios como índice del valor del individuo desaparecido. El mismo Quintiliano, en el siglo 1 1 d. C., al recordar a su pe­ queri o hijo muerto a los diez años de edad rememora "una voz agradable y clara, una dulzura en el habla y una perfecta corrección en la pronun­ ciación de cada una de las letras griegas y latinas, como si las dos fuesen su lengua nativa".''4 Concentremos pues nuestra atención en el lector que vocaliza su escrito ante auditorios reducidos o numerosos, convencidos de que es el hábito de lectura más representativo de la Antigüedad. El lector romano solía encontrar a su público en tres contextos privile­ giados: en las lecturas oficiales, luego en un medio "privado" en el que un grupo de amigos cercanos se reunía a escuchar leer y, por último, en una lectura pública ante auditorios a veces muy numerosos, las recitationes. En primer lugar, el término latino recitare no se refiere únicamente a la lectu­ ra de textos literarios, sino también a la mayor parte de las lecturas oficia­ les, sea que tengan lugar ante el pueblo romano reunido ( recitan' le�em) , en el Senado (lectura de documentos oficiales) o en los tribunales (lectu­ ra de pruebas escritas durante el proceso) ."'' En segundo lugar, numerosa

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evidencia, como la correspondencia de Cicerón, muestra que la aristocra­ cia tenía el hábito de encontrarse en reuniones privadas para escuchar lecturas en prosa o en verso de todos los géneros literarios, normalmente durante la cena. Estas dos primeras modalidades de lectura pública esta­ ban enmarcadas en rituales socializados, pero la tercera forma, las recita­ tiones, cobró tal importancia corno elemento de difusión de la obra que le dedicaremos una atención especial a propósito de la "edición" del libro antiguo. En los tres casos, para el aristócrata, la lectura vocalizada estaba lejos de ser un acto intrascendente: representaba la prueba pública de su dominio sobre el arte del lenguaje, arte tan importante que venía apenas después de la habilidad de gobernar o de guerrear y que llegó a dominar la escena política cuando estas últimas redujeron su presencia durante el Imperio. La práctica de la lectura pública ayudaba a conservar la unidad de la clase política como colectividad de iguales, ofreciéndose un reco­ nocimiento mutuo a través de la palabra o del hábito de escuchar, es de­ cir, compartiendo el dominio retórico del lenguaje. La lectura en voz alta coincidía además con la educación fundamentalmente oral que el jo­ ven romano recibía, cuyo objetivo era la formación del orador. Desde el punto de vista del orador maduro, la expresión verbal, aun leída con su brío y su carácter, debió ser al menos tan importante como la escritura misma. Por otra parte, lo que hacía conocida una obra literaria era su eje­ cución pública y no la publicación, que algunas veces se hacía mucho más tarde o no se realit:aba en absoluto. Para un gran número de auditores, la recepción aura! sería el único modo de contacto ante una obra que n un­ ca tendrían ante los ojos, mientras el conocimiento detallado de la obra que proviene del examen visual del escrito quedaba reservado a una mi­ noría. Poco importaba pues que la obra estuviera escrita, ella y su autor sólo existían cuando era leída públicamente ante un auditorio de amigos y clientes. 56 La visibilidad del autor ante los suyos dependía de esa expre­ sión pública. El autor taciturno y Ic:jano que desde su reclusión asombra al mundo únicamente con sus escritos no tenía posibilidades de existen­ cia. No había otra presencia y ningún renombre que el otorgado por la ejecución vocalizada; a esto se refiere Marcial cuando afirma: "Nada reci­ tas y quieres, Mamerco, parecer poeta".57 Tan to en las lecturas más íntimas como en las públicas el lector podía ser un siervo especializado, pero el autor reservaba para sí aquellas oca­ siones solemnes en las que hacía la presentación de sus propios poemas, como en el caso de Plinio el joven, o cuando deseaba una especial preci­ sión en la exposición de sus argumentos, como lo hizo el filósofo Zenón. Cuando el esclavo leía en las reuniones privadas probablemente lo hacía de pie, rodeado de aristócratas reclinados en sus triclinios; mientras en

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las recitationes, el lector sentado en una silla, cathedra, permanecía en el es­ trado, teniendo frente a sí al público del auditorio. En todos los casos, los lectores clásicos sostenían un rollo en las manos (aunque en Grecia, algu­ nos recitales de poemas escritos se habían llevado a cabo sin ningún libro presente ) . Hasta que el libro en forma de códice, code:x, no consolidó su pre­ sencia en los medios cristianos, hacia el siglo 11 d.C. y luego unos dos siglos más tarde en los medios paganos, el lector antiguo tuvo entre sus manos un rollo de papiro (y sólo eventualmente de piel) llamado volumrn o rílin­ dros. El nombre de volumen le venía al rollo por su forma, porque "enro­ llar" era una acción designada con el término volvere, razón por la cual la lectura podía ser designada con un vocabulario que involucraba la mani­ pulación del rollo: evolvere, revolvere, pervolutare. 58 Para esa misma acción de "enrollar" los latinos hacían uso de la palabra plicare, "plegar". Del acto físico de leer un rollo con ambas manos se derivó una parte del vocabu­ lario de comprender lo leído: así apareció complicare "plegar sobre sí mismo" y explicare, "desenrollar". Cn volumen que había sido leído de un extremo a otro era llamado exjJlicitum, de donde proviene exjJlirit para marcar el fin de una obra. Los copistas solían escribir al final la fórmula explicitum est liber quc más tarde sería abreviada a explirit librr o más senci­ llamente explirit. 59 Al inicio del rollo, después de un breve espacio en blanco, el lector encontraba unas palabras de introducción : era el jJrooe­ miu m o jJraejatio. Quizá las lecturas públicas se encuentren en el origen de la invención del prefacio, cuyo propósito era facilitar la comprensión del cm�junto del escrito antes de su lectura detallada. El lector buscaba preve­ nir a su auditorio de las vicisitudes del texto mediante un preámbulo que no era parte de la lectura propiamente dicha, pero que intentaba retener la atención de su público y hacerla benevolente, captatio brnevolentiae. lo mismo que hacían los abogados en las cortes.60 Mientras leía, el lector sostenía el rollo con ambas manos: lo mantenía firme en la mano derecha en tanto con la mano izquierda estiraba y volvía a enrollar el fragmento ya leído. Las representaciones iconográficas con­ servadas muestran lectores que mantienen a la vista una porción más o menos extensa del texto que están leyendo, pero también los muestran manteniendo ambos cilindros con una sola mano, interrumpiendo tem­ poralmente su lectura, tal vez mientras explican un pas�je particularmen­ te arduoY1 Algunas fuentes iconográficas también muestran al lector uti­ lizando un atril de madera en el que descansa el rollo mientras lee sentado; el atril puede estar apoyado en su regazo o bien montado en un pequeílo soporte independiente. En las sesiones de lectura que los repre­ sentan , los filósofos aparecen sen tados, algunas veces provistos de rollos que sostienen en la mano, rodeados de un auditorio que también perrna-

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nece sentado y provisto de tablillas enceradas para tomar notas. Escultu­ ras de Jos filósofos Epicuro, Metrodoro y Hérmaco los representan senta­ dos en una especie de trono, sosteniendo un rollo con gran dignidad, quizá para indicar la autoridad de que gozaban sus escritos.62 La actitud corporal es importante porque permite distinguir al lector del orador e indica además las dificultades semióticas que planteaba la lectura en voz alta. En efecto, ésta inicia con una composición escrita que debía ser eje­ cutada verbalmente. r\o es oralidad propiamente dicha, porque no es actualización de enunciados tradicionales conservados en la memoria y st�jetos a una estructura anónima e invariable. Comparte con otras decla­ maciones el hecho de que será recibida de manera aura) y la evaluación que recibe depende esencialmente de valores acústicos, pero al involu­ crar a la escritura, funciona en sentido contrario a la declamación, por­ que tiende a separar al autor del s�jeto que realrr.ente lo enuncia, que puede ser un esclavo u otro. El s�jeto que enuncia no es siempre el dictator o el scriptor, sino el lertor. Esto último colocaba a los autores en una posi­ ción ambigua: la lectura vocalizada se identificaba íntimamente con ellos, pero la voz lectora podía no ser la suya. De ahí las incertidumbres de las que hace mención Plinio ante su amigo Suetonio: Por favor sácame de dudas. Se dice que leo mal, quiero decir cuando leo versos, porque en los discursos lo hago bien, lo que hace aún peor mi lec­ tura de versos. Ahora estoy planeando ofrecer una lectura a mis amigos cercanos y estoy pensando en hacer uso de uno de mis libertos. Esto es seguramente tratarlos sin fé:>rmalidad, porque el hombre que he escogi­ do no es realmente un buen lector, sino apenas un lector mejor que yo, y eso en la medida que no se atemorice. É] es tan inexperimentado como lector, como yo lo soy corno poeta. Ahora bien, no sé qué hacer yo mis­ mo mientras él esté leyendo, ¿debo sentarme y permanecer en silencio como un simple espectador? ¿o debo acompariar sus palabras en voz baja, con la mirada o con los gestos? Pero pienso que soy tan mal mimo como lector. Te repito, sácame de mis dudas y dime una respuesta since­ ra acerca de si es mejor que yo lea, no importa qué tan mal, o es mejor que haga -o que no haga- lo que te he dicho. Vale.63

Por otra parte, aunque la suya es ejecución verbal, el lector no es un ora­ dor. La lectura en voz alta y la oratoria eran declamaciones en voz alta, pero el lector mantenía notables diferencias con el orador, la primera de las cuales era que, sttieto al escrito invariable, no podía librarse de la im­ provisación, ni adoptar ese aire de espontaneidad que era la principal vir­ tud del orador. La lectura en voz alta no era una controversia contra un

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enemigo real o ficticio, por tanto carecía del vigor agonístico, ni buscaba persuadir al público de adoptar determinada línea de conducta, y por tan­ to le faltaba la eficacia que tanto brillo daba al orador en sus declamacio­ nes persuasivas. El lector no alcanzaba los gestos que Valerio Máximo evo­ caba en Demóstenes: la energía de su mirada, al aspecto temible e imponente de su rostro y todos los movimientos expresivos de su cuerpo. Debió ser así, porque en cierta lectura de un texto del gran orador ofreci­ da en Rodas, ante un auditorio impactado por la fuerza de su expresión, Esquines comentó: "¡imaginen si hubieran oído a la fiera! ".64 Seguramen­ te la lectura en voz alta no alcanzaba los mismos efectos deslumbrantes. En oposición a los desbordamientos retóricos, el lector antiguo tenía como virtudes su reserva, su discreción, su cautela que se traducían en su compor­ tamiento gestual, porque a diferencia del orador, quien hacía uso de toda la movilidad de su cuerpo, el lector, con ambas manos ocupadas con el rollo y la mirada puesta en el escrito debía confiar prácticamente toda su expre­ sividad a su voz. Restan pocos indicios del comportamiento del lector en el estrado. Cuidaba sin duda su apariencia personal, sobre todo si era el autor mis­ mo, pero Persio encontró en ese amaneramiento un motivo de sarcasmo: "escribimos encerrados [ . . . J algo grande, que un pulmón expandido de aire, anhele. Para el pueblo, se comprende, peinado y con toga relucien­ te, provisto de un albo anillo natalicio, en sede elevada leerás, luego que hayas purificado la garganta mudable con fluida modulación, quebranta­ do, con el �jito lánguido".65 El rollo que el lector llevaba al estrado tenía en promedio entre 1 0 y 1 2.5 metros de largo, lo que constituía un volu­ men de dimensiones manejables. Pero un volumen semejante tenía un contenido limitado, si se le compara con un libro en forma de rodex. Por ejemplo, cada uno de los libros de la Eneida tiene entre setecientas y nove­ cientas líneas, de manera que una copia de la obra completa no significa un volumen, sino doce rollos de papiro. Un Tito Livio completo debió significar 1 42 rollos.66 Hasta la aparición del codex, sólo ciertas obras podí­ an estar contenidas en un volumen único: Marcial, por c::j emplo, pensaba que sus trescientos epigramas harían un volumen insoportable, mientras hoy apenas requiere de un libro en formato normal.67 Probablemente la extensión del rollo estaba en concordancia con el tiempo de lectura, de modo que el volumen íntegro fuese interpretado en una sola sesión. Y quizás este vínculo con la duración de la lectura pública explique la larga supervivencia histórica del rollo de papiro. Los autores de obras extensas debían ofrecer lecturas periódicamente, a medida que la composición progresaba, como h izo Virgilio con la Eneida. Para el auditorio antiguo no era posible recibir tales obras como un todo, a menos de tener una pa-

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ciencia extraordinaria y un lector con una energía equivalente. De otro modo recibían la obra por entregas. En todas las sesiones, la �jecución consistía básicamente en la lectura continua de un texto, de principio a fin, o de una parte muy sustantiva, sin consultas en retroceso que no eran facilitadas por la organ ización interna del escrito. Tal vez es ésta una de las razones por las cuales los libros antiguos, aun llegada la época de los códices carolingios, no hayan sido divididos en secciones menores que un largo capítulo.!i8 Por supuesto existían también rollos de dimensiones enormes, aunque no había un acuerdo respecto a su utilidad. Plinio pen­ saba que, como en muchas otras cosas, entre más grande, m�jor, pero en sentido inverso Calímaco había acuiiado largo tiempo atrás su célebre dictum: "un gran libro es un gran mal", méga biblión, mégaloi cacoi. 69 Ade­ más, los volúmenes enormes eran difícilmente manejables y hasta peli­ grosos: Plinio el .Joven, por �jemplo, relata que Verginio Rufo, a la edad de 83 años, leía de pie un libro muy grueso, el cual, por su peso, se le esca­ pó de las manos; trató de recogerlo pero perdió el equilibrio, cayó y se rompió la cadera, causándose pronto la muerte.70 Prácticamente todos los géneros literarios fueron objeto de lecturas públicas, como la poesía épica, didáctica o elegíaca y sus autores como Virgilio, Ovidio y Horacio estuvieron obligados, a regañadientes, a ofre­ cer recitales; Marcial indica que se recitaba incluso una clase de l iteratura que por su origen y su definición era escrita: el epigrama: "librito [ . . ] el invitado te leerá tras mezclar sus cinco medidas, pero antes de que la copa servida empiece a enfriarse".71 Algunos de esos géneros se prestaban me­ nos a la ejecución verbal, como la historia o las obras teatrales, pero aun así eran ofrecidas como lecturas públicas: César hizo recitar sus cartas y sus comentarios sobre La guerrc gálira al Senado y a círculos de sus parti­ darios,72 m ientras Accio y Terencio habían recitado sus dramas ante los ediles responsables de las fiestas teatrales.73 Naturalmente, el público se inclinaba más por las obras cortas, como monografías o elogios, que por las obras monumentales, lo que resulta comprensible tanto por la cali­ dad del escrito como por el hecho de que la lectura era una �jecución lenta debido a las dificultades que el lector debía sortear y que conviene considerar con cuidado. El lector tenía ante los ojos un exigente escrito de difícil interpreta­ ción. En la cara interna del volumen se encontraban columnas de escritu­ ra que corrían de izquierda a derecha compuestas de caracteres unciales o capitales, muy próximas unas de otras. Al interior de esos bloques de es­ critura, las ayudas visuales que encontraba eran sumamente escasas, y con frecuencia se reducían a letras iniciales más grandes que el resto de la escritura o resaltadas por encontrarse ligeramente fuera del margen iz.

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quierdo, pero ello sucedía únicamente al inicio de las grandes secciones de la obra. Sin embargo, el rasgo más sobresaliente era que el texto se presentaba en scriptio continua, es decir como una cadena ininterrumpida de letras que carecía de cualquier separación entre palabras, frases o pá­ rrafos. Los griegos crearon una página semejante en algún momento del siglo 11 a.C. y los latinos, que conservaron más tiempo el uso de signos de separación entre palabras, decidieron imitarlos a finales del siglo 1 d. C. A partir de entonces y en un proceso que duró siglos, se inició un camino que condt�o a lo que llamaremos más adelante "la página legible", pero mientras tanto, los lectores debieron enfrentar páginas sin espacios o puntuación valiéndose para su decodificación de sus conocimientos y su experiencia. La ausencia de puntuación y de división entre palabras era un ref1ejo de la relación particular del lector antiguo con su página, que obedecía a ciertas premisas y conducía a ciertas consecuencias. Entre las premisas de tal relación se encuentra la lectura en voz alta. En efecto, dichas condicio­ nes técnicas invitan al lector a vocalizar el texto porque dificultan al �jo la tarea de reconocer los elementos lingüísticos con significado como pala­ bras, sintagmas o frases. El oído es llamado en auxilio de la vista porque está m�jor preparado para ese reconocimiento dentro del fh�o sonoro de la palabra. La scriptio continua impone un carácter marcadamente fo­ nético puesto que no ofrece a la vista, ni la distinción ideográfica de la pa­ labra, ni la percepción visual de otras unidades mayores de sentido. Como consecuencia indirecta, ello contribuyó a que los gramáticos lati­ nos carecieran de equivalente preciso de la definición de "palabra". Los lingüistas contemporáneos saben de la dificultad de ofrecer una defini­ ción de "palabra", pero al menos tienen el apoyo de la unidad escrita se­ parada de otras unidades por un espacio en blanco. Los gramáticos anti­ guos carecían de esa ayuda, lo mismo que carecían de las técnicas analíticas para una distinción clara entre las palabras y otras unidades sig­ n ificantes menores (como las preposiciones o los aftios) o mayores que ella y, en consecuencia, "los términos latinos como pars orationes, dictio o vox, que suelen ser traducidas como "palabra" tienen significados mucho más vagos que la noción moderna".74 Finalmente, la srriptio continua tiene como característica imponer al lector cierta conducta, sobre todo porque la lectura inmediata se encuentra obstaculizada. Para el lector en la Anti­ güedad, la lectura instantánea de un escrito desconocido no era la norma y cuando se lograba era considerada índice de una destreza excepcional. Ante una página que no contenía esas marcas de segmentación, el lector debía establecer las pausas necesarias para las unidades de sentido, como el fin de la frase o su estructura interna, que reciben el nombre genérico

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de "puntuación ". Es un rasgo notable que la puntuación antigua no era añadida en la fase de producción del escrito, sino únicamente con m iras a la lectura y era una tarea explícitamente dejada al lector.75 Pero ello obligaba al lector a ur ct preparación previa al acto de leer con el fin de es­ tablecer las pausas de significado y, en su caso, el ritmo y los valores métri­ cos de los enunciauos. La página se presentaba así, bajo la certeza de que el lector habría de agregar las divisiones pertinentes entre las partes del texto, lo mismo <J Ue hoy puede pedírsele que separe las hojas de un libro. A esta preparación previa a la lectura los latinos la llamaron praelectio. Éste era también el nombre del método principal en la educación ofreci­ da por los gramáticos, responsables de la "enseñanza secundaria" duran­ te la Antigüedad, cuyo deber, según Quin tiliano, era lograr que sus discí­ pulos siguieran la palabra escrita con facilidad y dignidad. La praelectio era simultáneamente una preparación material ( manifestada sobre la página en la adición de signos diacríticos) e intelectual, porque cada alumno re­ cibía del profesor una explicación detallada de la lectura que estaba reali­ zando. 76 Por ello, en la exhortación que dirige a su nieto, Ausonio le seña­ la que el o�jetivo final de la lectura era una �jecución altamente expresiva: "con la entonación y la tensión de tu voz, tienes que marcar los ritmos tan variados", pero además le previene de que la praelectio es la base de una in­ terpretación correcta: "la segmentación (en pausas) m�jora el significado y da fuerza a los pasajes endebles".77 La preparación previa era crucial, porque en la Antigüedad, la lectura incorrecta o indecisa era más que una falla en la educación personal: una mala interpretación literalmente impedía a quienes escuchaban el acceso al escrito. Por eso, alguna vez que Demetrio el Cínico escuchaba leer mal un l ibro precioso, Las bacantes de Eurípides, no pudo más, arrebató el libro al lector y dUo: "más vale que Penteo sea despedazado una vez por mí, que mil veces por ti".78 Las vaci­ laciones del lector provenían en gran medida de que las dificultades de la scriptio continua le obligaban a aproximarse al texto sílaba por sílaba, con el fin de recobrar las palabras y frases que conducían el significado, pero que no estaban señaladas en el escrito. Todo ello, desde luego, no signifi­ ca que los lectores antiguos fueran incapaces de adquirir una notable destreza en la interpretación. Puesto que ya se ha dicho bastante de los obs­ táculos, es preciso señalar ahora los elementos que, viniendo en auxilio del lector, le permitían sus notables ejecuciones. Para llevar a cabo su interpretación, el lector contaba con una serie de ayudas que se iniciaban desde su formación elemental, porque el apren­ dizaje de la lectura estaba firmemente asociado al silabario. Una vez que el niño reconocía cada una de las letras por su nombre y por su forma, el carácter progresivo de la pedagogía antigua lo conducía al conocimiento

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de las sílabas cuyo tratamiento se hacía de modo muy sistemático: cada una de las consonantes era combinada, en orden , con todas las vocales (siete en griego, cinco en latín ) : ba, be, be, bi. Se pronunciaba en voz alta el nombre de cada consonante y de cada vocal y después la sílaba resultante: beta, alfa, ba. . . y así sucesivamente hasta llegar a las letras finales del alfa­ beto.79 A partir de ahí, el alumno progresaba leyendo sílabas de tres y cua­ tro letras, aun aquellas cuyo uso era poco frecuente; según Quintiliano, también las sílabas más abstrusas e in usuales debían ser conocidas y rete­ nidas en la memoria. Cuando el niño pasaba al nivel inmediato superior leía inicialmente palabras de una sola sílaba, compuestas muchas veces de combinaciones fonéticas complejas, para �jercitar su habilidad. Una vez que había probado que podía enfrentar esas dificultades, se le permi­ tía luchar con palabras de dos, tres o más sílabas. En su auxilio, los libros elementales ofrecían tales palabras divididas en sus componentes silábi­ cos mediante puntos o barras: ar:ke:si:la:os80 y agrupadas en clases bisilábi­ cas, trisilábicas y polisilábicas. Al insertar estos signos de separación entre sílabas y palabras los profesores no buscaban destacar estas unidades lin­ güísticas, sino simplemente ordenar el material de lectura, por eso los di­ visores podían aparecer entre grupos de palabras, incluidas preposicio­ nes y artículos en el caso del griego. Sólo después de un intenso ejercicio en la lectura de palabras aisladas se permitía al discípulo ascender al nivel de la frase. Entre las frases se ele­ gían normalmente ejemplos extraídos de la poesía más sencilla, o bien de las colecciones de dichos de hombres eminentes. l\:uevamen te, los libros de enseñanza elemental ofrecían la frase marcando la separación entre palabras mediante un punto o una barra. Tal profusión en la puntuación era una característica única de los libros educativos, que sin duda consti­ tuían una transición a los textos sin separación realizados por los copistas. Ellos ofrecían una gran legibilidad y a veces una buena presentación, por­ que estaban destinados a preparar al lector en la separación de palabras y frases que los l ibros de uso corriente no contenían.81 El hecho de que un texto fuese profusamente puntuado era síntoma de que su uso previsible se encontraba en la escuela. Pero aun entonces, el fundamento de la pre­ paración era la sílaba. La Antigüedad n unca cuestionó el aprendiz�je de la lectura y la escritura a través de la sílaba. Resulta comprensible, porque concentrarse en los componentes silábicos era indispensable cuando el lector no podía reconocer unidades mayores de significación dentro de una cadena de letras que ningún signo interrumpía. La lectura silábica se convertía en un proceso lento y monótono; quizá por eso la palabra grie­ ga para leer, anagignoskein, evoca el duro trabajo de "recolección", de acu­ mular pieza por pieza lo que no podía ser percibido de un solo golpe de

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vista.H2 El aprendiz leía lentamente mientras desarrollaba las habilidades mnemónicas y mecánicas para ajustar su coordinación visual con su eje­ cución verbal. Quintiliano pensaba que los profesores no debían presio­ nar a sus estudiantes, sino guiarlos a través de las sílabas. Nada se ganaría con apresurarse: la lectura debía ser segura primero y luego, el tiempo decidiría. La velocidad sería aumentada en grados sucesivos, pero nor­ malmente alcanzaba ciertos límites: "incluso para un adulto que apren­ diese a leer, si lo hacía a primera vista era considerado un éxito".H3 Un segundo tipo de ayuda encontrada por el lector en su interpreta­ ción de los apretados bloques de scriptio continua provenía de algunas de las características gramaticales de las lenguas griega y latina. El lector grie­ go, por ejemplo, podía mitigar las incertidumbres, porque con muy po­ cas excepciones las palabras griegas terminan en una de las vocales (o diptongo) o en una de las consonantes: r, n, s.84 El lector latino, por su parte, recibía una mayor ayuda: "la estructura de la frase latina tiene equi­ valentes muy claros para algunos de nuestros signos de puntuación, pero no para todos ellos, y tiene sus propios métodos para expresar ciertas co­ sas para las cuales nosotros hemos desarrollado otras ayudas tipográfi­ cas".H5 Por t:iemplo, la interrogación, un signo de puntuación desconoci­ do en la Antigüedad, puede ser reemplazado en latín no sólo por las partículas como quis o ubi, sino también por formas como nonne y num.R6 La admiración, otro signo igualmente desconocido en el mundo antiguo, tiene una estructura similar a la interrogación, y en latín puede ser conve­ nientemente introducida por quam, quantus o qualis. U n equivalente bas­ tante exacto de la "coma" puede ser el enclítico -que, cuando aparece en una serie de palabras relativamente larga.H7 Finalmente, un último t:iem­ plo, las citas eran introducidas en latín por frases como scriptum est, o indi­ cadas por la palabra inquit que aparece casi al inicio de la frase citada. Pero, desde luego, en la interpretación de la trama cerrada de letras, la ayuda más importante para aquellos lectores aristócratas que podían obtenerlo era el conocimiento gramatical, el entrenamiento adquirido en la escuela del gramático. Para comprender la inclusión de la lectura entre los conocimientos gramaticales es necesario tener presente que la gramática antigua era más extensa que su equivalente moderno debido a que incluía la interpretación, la exégesis y hasta el juicio crítico sobre los textos estudiados. Lo que hoy se entiende por gramática (de gramma, le­ tra) , una ciencia de la estructura del lenguaje o de una lengua determina­ da, compuesta básicamente por el análisis fonológico, morfológico y sin­ táctico, equivale sólo a una parcela de las antiguas artes grammaticae, las cuales tambi(�n incluían lo que hoy llamamos "filología" y "teoría litera­ ria". Debió ser una tradición lejana, porque el texto más antiguo de gra-

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mática llegado a nosotros, escrito por Dionisio Tracia (siglo 1 a.C.) , ya inclu­ ye como su primera parte la lectura (en griego anágnosi5, lertio en latín) , es decir, el entrenamiento en "el arte de leer de acuerdo a la prosodia", se­ guida de la exégesis de los textos poéticos, una explicación rápida de la dicción poética, la investigación de las analogías y finalmente la crítica de los poemas "que es la parte suprema del arte del gramático". Tal amplitud de o�jetivos se encuentra en la definición que Dionisia ofrece de gramáti­ ca: "¡.,rrammatiki es el conocimiento práctico de las cosas dichas por poetas y otros escritores".88 Desde luego, la gramática no era la única ciencia que se ocupaba de la expresión, pero a diferencia de la retórica (cuyo objetivo era la persuasión) y de la dialéctica (cuyo o�jetivo era la ver­ dad ) , aquélla debía enseñar lo que es el significado mediante del cual el sentido racional, lógos, se hace claro. Dionisio Tracio, quien había sido alumno de Aristarco y se había formado en Alejandría, heredaba esta concepción de la tradición helenística y él mismo fue un importante vaso comunicante con la civilización romana. Los gramáticos latinos del inicio del Imperio la hicieron suya, otorgándole modificaciones meno­ res; de este modo, Varrón y Quintiliano admitieron dos divisiones princi­ pales de la gramática: primero, un segmento normativo referido a los elementos del lenguaje literario llamado scientia loquendi el scribendi, de­ dicado a las reglas del hablar y escribir correctamente, es decir, una lati­ nidad normativa; segundo, un arte de interpretar los escritos de poetas y otros escritores, llamado enarratio auctorum, en el que la lectio aparecía acompañada de la enarratio, es decir, la explicación y el minucioso co­ mentario histórico, geográfico y lexicográfico de la obra, la emendatio, el control del manuscrito que iba a ser leído contra una versión considera­ da fidedigna, con el fin de eliminar las desviaciones provocadas por la elaboración manuscrita, y el iudicium, el juicio crítico, porque ninguna obra, ni aun la más insigne, escapaba a la crítica del gramático.89 En resu­ men, para los griegos, como para los latinos, la gramática estaba com­ puesta de dos cosas: la ciencia de las "letras", es decir, el aprendiz�je ele­ mental y correcto de la lectura y la escritura y, luego, la ciencia de los textos, un método destinado a leer, establecer, explicar y juzgar las com­ posiciones literarias.90 Los grandes tratados de los siglos IV y v d.C., ela­ borados por Donato, Diómedes o Servía entre muchos otros, se encarga­ ron de mantener esta concepción extensa de la gramática a Jo largo de la Edad Media, al menos hasta el siglo XII. Durante todo ese lapso, la lectura, primera parte de la scientia interpretandi, fue la puerta de acceso privilegia­ da a los textos canónicos, porque ninguna ex{�gesis o crítica es posible si carece de la premisa de una interpretación correcta.91 La gramática te­ nía su razón de ser en la oscuridad de Jos textos antiguos, pensaban los

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estoicos, y por eso devolver la voz a esos textos mediante la lectura exigía un trabajo preliminar de preparación Y2 Durante la Antigüedad y la Edad Media, el entrenamiento en gramáti­ ca incluyó la habilidad de leer un texto en voz alta. Desde Dionisio Tracio se asume que un escrito se convierte en texto propiamente dicho cuando la voz del lector se suma a los signos visibles: "la lectura es la recitación im­ pecable de poemas y otros escritos sin tropiezos"Y:l La lectio, primera par­ te de la gramática, debía, pues, incluir todo lo que se requiere para trans­ formar en lógos, en palabra articulada, los significantes silenciosos de la página. En la página antigua, esta preparación significaba el estableci­ miento de las divisiones entre palabras, entre unidades sintácticas y en las escanciones de la poesía, lo mismo que la entonación adecuada a los per­ sonajes y las emociones contenidas en el escrito. Por eso los gramáticos latinos y sus sucesores coincidían en dividir la lertio a su vez en cuatro ope­ raciones: acento, arrentus, segmentación, disrretio, recitación, reritatio y modulación, modulatio.Y4 Cada una de ellas es una operación interpretati­ va que el lector debía realizar ante su página. La primera, el acento, consistía en indicar la calidad de cada sílaba de acuerdo con la manera en que debía ser pronunciada; los griegos lo lla­ maban prosodia y en ella se incluían los acentos agudo, grave y circunfle­ jo. Los gramáticos solían indicar dónde debían ser colocados, cuestión significativa porque la lectura estaba profundamente vinculada con la poesía. Esta operación era considerada el alma del sonido porque lo mis­ mo que no hay expresión sin sonido vocálico, tampoco la hay sin acento. La segunda operación, la disrretio, consistía en distinguir y segmentar las unidades lexicales, sintácticas y semánticas, sobre todo en aquellos casos en los que la srriptio continua podía provocar ambigüedad. Estas dos ope­ raciones serán examinadas en el capítulo acerca de la página "legible" y aquí sólo son mencionadas por su papel de antecedentes a la interpreta­ ción del texto. La tercera operación, la reritatio, consistía en interpretar el escrito dando a cada uno de los hablantes representados en el texto una voz apropiada. Por último, la modulatio, consistía en interpretar el es­ crito de tal manera que se hiciera agradable la escucha y evitara cual­ quier aspereza que pudiera ofender a un oído educado. Tales reglas de la lertio fueron los primeros principios irreductibles del saber gramatical y rápidamente reconocidos, porque se prestaban fácilmente a un trata­ miento sistemático. Eran cruciales porque otorgaban el acceso a todo conocimiento textual y consiguientemente a ciertos escalones del poder político; primero, para el grupo restringido de quienes obtenían la com­ petencia especializada, literaria y textual, y podían por tanto ingresar a esa forma de poder que era el manejo de los textos; luego, para un grupo

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mayor pero más difuso, para el cual lectura era la única vía de participa­ ción en la cultura escrita. Si se observa con atención, la intervención de la lectura en la enseñan­ za gramatical es para nosotros un pais�je intelectual insólito, comprensi­ ble sólo en la medida en que se tenga presente el vínculo entre la escritu­ ra y la voz. En efecto, la gramática como conocimiento es indisoluble de la escritura, porque haciendo visibles y permanentes los fugaces sonidos lingüísticos, permite concentrar la reflexión en esos hechos. Por eso los sofistas, que fueron los testigos originales de esa innovación, son también los primeros que manifestaron intereses literarios. No se debe al azar que el término grammatiki aparezca en Platón, el primer gran escritor en pro­ sa de Occidente, y que la consolidación de la disciplina se haya llevado a cabo en el periodo helenístico, en el momento de mayor desarrollo de la cultura del libro y de los escritos convertidos en canónicos durante la An­ tigüedad. Para los antiguos, la gramática es la ciencia de las letras y los tex­ tos, y no la hay, como no sea la de la escritura. Pero, simultáneamente, para ellos la gramática no es únicamente una ciencia de la lengua me­ diante su represen tación gráfica, sino una ciencia de lo escrito en la medi­ da en que remite a la lengua oral. La gramática antigua es una ciencia de lo escrito, pero no se reduce a filología (o a la gramática en sentido mo­ derno) , porque a los griegos y a los latinos la escritura les interesa funda­ mentalmente por su relación con el habla, con la palabra pronunciada.95 Un vínculo entre la gramática y el sonido es perceptible cuando Platón hace decir a Sócrates: "saber qué cantidad y qué cualidades tienen los so­ nidos, es lo que nos hace a cada uno de nosotros, gramático".96 La misma relación se encuentra cuando Aristóteles afirma en la Metafisica: "a todo género que es uno le corresponde una sensación y también una ciencia: así, la gramática, siendo una ciencia, estudia todas las voces articuladas"Y7 En ambos casos, la gramática es concebida en términos de lengu�je habla­ do, sin mención a la escritura, aunque ésta se encuentre implicada en el nombre mismo: "ante las letras". Éstas no son únicamente consideracio­ nes anteriores a la formación de la disciplina: el primer tópico discutido en las artes grammaticae, de Donato, Diómedes o Prisciano, inmediatamen­ te después de las definiciones preliminares, es el de la vox, la expresión, el habla. Todos ellos afirman de manera explícita que la gramática tiene como o�jeto la vox articulata, definida como aquella que puede ser puesta por escrito, cuyo modelo se encuentra en textos canónicos como la Enei­ da. El término articulata deseaba concentrar la tarea de la gramática en los textos literarios, pero de hecho conducía al habla humana en general. Los t:iemplos de su opuesto propuestos por Diógenes, la vox inarticulata, son los sonidos que emiten los animales: Jos relinchos del caballo, los

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gruñidos de un cerdo y, según Prisciano, ahí pueden incluirse los silbidos o los gemidos h umanos, lo mismo que el croar de las ranas o el mugido de la vaca. Resulta entonces que la vox artirulata litterata no es más que la representación escrita de las expresiones lingüísticas, es decir, aquellas que, mediante sonidos articulados, poseen un significado. Dicho breve­ mente, la gramática antigua concibió al texto como representación escri­ ta del habla humana. Por eso, al reanimar la voz que estaba contenida en el escrito, la lectura vocalizada cerraba el círculo y colocaba al texto entre dos oralidades, pues había sido dictado y luego leído en voz audible. La parte correspondiente a la lectio era la reanimación de esos significantes, temporalmente silenciosos pero visibles en el lógos, en vox artirulata. La actividad del gramático era reconstruir la léxis de origen, es decir, el enun­ ciado verbal representado en las grammata, pero oculto hasta el momento en que era reconstruido por el lector. Por eso, a pesar de la insistencia de los gramáticos en concentrarse en el escrito, un texto era siempre un tex­ to listo para ser leído y no sólo algo que preexistía a su producción vocal.98 Auxiliado por las características de la lengua griega y latina, y provisto de conocimientos gramaticales, podemos encontrar nuevamente al lec­ tor ante la página durante su preparación a la lectura, la praelectio. El lector llamaba distingumP9 al trabajo de seii.alar gráficamente las unidades de sentido; la misma tarea que los gramáticos llamaban disrretio, segunda parte de la ciencia de la lectura. Por derivación, distir.guere llegó a signifi­ car "marcar, dividir mediante un punto", es decir "p:mtuar". Dc:;jaremos para un capítulo próximo el examen del sistema de puntuación antiguo; por ahora, importa señalar su papel en la interpretación de la página. El lector agregaba los signos de puntuación únicamente a la página que iba a ser leída, porque su propósito no era definir la estructura gramatical del texto completo, sino facilitar su tarea inmediata. Tal puntuación no sería reproducida en copias posteriores, de manera que un nuevo lector debía comenzar nuevamente. Distinguere significaba pues identificar en el escri­ to las unidades lexicales, sintácticas y semánticas. Preparar de este modo un texto para la lectura era conocido como codicPm distinguerel00 y un co­ mentario de Servio a Donato agrega que un texto preparado de este modo para la lectura se llamaba mdex distinctus. Al puntuar su página, el lector tenía dos propósitos: uno, retirar ambi­ güedades, el otro, reconstruir los valores retóricos y estilísticos que, pre­ vistos por el dictator, no estaban indicados en la escritura. El primer o�jeti­ vo, retirar ambigüedades, era indispensable para recuperar el sentido inequívoco del texto. En efecto, la srriptio continua tiene el inconveniente de ofrecer al lector inexperimentado pistas falsas: puede hacer que tome

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la última sílaba de una palabra por la primera de la siguiente (o a la inver­ sa) , o bien puede inducirlo a leer dos palabras donde sólo hay una (o in­ versamente ) . En Virgilio, por (�jemplo, era posible leer correctamente conspicitur sus, "se ve un cerdo", o bien erróneamente conspicit ursus "el oso espía". 1 01 La identificación exacta de las unidades gramaticales resul­ taba indispensable en una lengua que, como el latín, ofrece mucha infor­ mación morfólógica y sintáctica mediante elementos flexionales y temáti­ cos, aunque dificultades similares existían también en griego. Un caso justamente célebre provocado por la falta de puntuación se encuentra en el libro del filósofo Heráclito de Efeso. Aristóteles (y luego, Demetrio) se quejaba de que en ese escrito no era posible decidir si una palabra particu­ lar pertenecía a lo que precede o a lo que sigue. A-;í, en el primer enun­ ciado de su obra, Heráclito dice: "de esta razón que existe siempre resul­ tan desconocedores los hombres", en la que no es claro a cuál de las cláusulas debe asociarse la palabra "siempre": o bien la razón existe siem­ pre o bien los hombres siempre la desconocen. 102 El propósito de la discre­ tio erajustamente resaltar el significado inequívoco a partir de situaciones potencialmente confusas. La ambigüedad latente en el escrito antiguo explica el elogio que más tarde Casiodoro dedicó a los signos de puntua­ ción: "senderos del significado y faros de luz para las palabras, que hacen tan sencilla la comprensión al lector como si estuviese instruido por expo­ sitores famosísimos". 1 0:l El segundo objetivo perseguido por el lector al puntuar su texto era reconocer los valores estilísticos previstos por el dictatorpero ocultos en la trama de la escritura. Especialmente en el caso de una lectura pública, se esperaba del lector una suerte de declamación expresiva, dotada de una pronunciación bien modulada, para lo cual el escrito debía estar distri­ buido en pausas apropiadas. Las escuelas de rétores, como la de Quin tilia­ no, realizaban �jercicios específicos de esa clase de los que conocemos un breve (jemplo. 10 1 Los latinos estaban perfectamente conscientes de la ne­ cesidad de establecer pausas en la �jecución, pero les atribuían una fun­ ción rítmica y respiratoria, más que una función lógica, por eso el anóni­ mo autor de la Retórica a Herenio (siglo 1 a.C. ) recomienda al orador: "conviene hacer pausas más bien largas, pues la respiración devuelve el vi­ gor a la voz y la tráquea descansa al guardar silencio". 10'' Ello influía direc­ tamente en la puntuación que resultaba más fuertemente condicionada por los valores retóricos que por las necesidades sintácticas: el lector in­ troducía en sus interpretaciones términos que eran de origen retórico: el texto era primero dividido en periodos, es decir, enunciados que poseen un sentido completo, cuando ya no había nada que añadir a la expresión, cuyo final incluía un particular refinamiento estilístico y una pausa larga

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que el orador aprovechaba para descansar y tomar un nuevo impulso. Di­ vidía luego cada periodo en varios cola, entre cuatro y seis, cada uno de extensión aproximada a la de un hexámetro dactílico. Estos cola eran a su vez subdivididos en enunciados menores rommata, en cuyo final el orador hacía también una pausa de respiración. Los latinos traducían romma por raesum o incisum y colon por membrum, pero Cicerón vacilaba en traducir períodos por ambitus, comprehPnsio o convPTsio. En su origen, el pmodos, el colon y la comma eran términos retóricos griegos que designaban elementos constitutivos del estilo grandioso, am­ plio y sonoro del orador y, como se verá, fueron tardíamente asociados al vocabulario de la puntuación y por tanto del lector. De ahí provenía cier­ to desdén de los oradores latinos quienes sugerían a los copistas no in­ cluir tales signos en los manuscritos, sobre todo porque eran requeridos únicamente por gentes de pobre cultura. Más humildes, la mayoría de los gramáticos hasta el siglo \1 d.C. , entre ellos Diómedes, Donato, Dositeo, Mario Victorino, Pompeyo, Servio, Sergio y Victorino, continuaron la tra­ dición iniciada por Dionisio Tracio e introducían en sus tratados la pun­ tuación asociada a la pronunciación, incluso cuatro de ellos lo hicieron directamente en la sección llamada lertio. 1 06 El señalamiento en el texto de esas pausas retóricas introducía al lector de lleno en la modulatio, terce­ ra parte del arte de leer. La modulación de la voz servía para hacer inteli­ gible al auditorio las cadencias contenidas en la obra, haciendo coincidir la lectura con la melodía, convirtiendo en placentera la escucha, evitando asperezas, y todo ello sin desnaturalizar el sentido. Había, sin embargo, una advertencia constante: la modulación provocada por las inflexiones de la voz no debía conducir a la asimilación de la lectura con el canto, el discurso del orador o el recital de un actor. La lectura era un género con su fuerza retórica propia, que consistía en revivir las pausas y las inflexio­ nes que el autor había incluido sabiamente en el momento del dictado y no requería de ningún arte adicional, por eso Quintiliano recuerda la lec­ ción que Gaius Cesar había dado a un lector, cuando aún era un mucha­ cho: "si usted está cantando, lo hace malamente, si usted está leyendo, en­ tonces está cantando". 10i Tan intrincada como parezca, la preparación del lector no había lle­ gado a su fin y se prolongaba hasta la pronuntiatio, la pronunciación, es decir, la detección de la naturaleza del texto y de las personas y los carac­ teres en él involucrados. A esta parte del arte de leer, que suponía un es­ fuerzo de interpretación, lo griegos la llamaban acertadamente "drama­ tización ". Estaba dividida en dos partes: primero, el lector debía hacer resaltar el tono adecuado a la naturaleza del escrito; así, un texto épico debía ser leído en tono heroico, un escrito cómico, con estilo natural; un

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FSLRITl.RA

texto elegíaco debía ser leído con gracia, un poema lírico, melodiosa­ mente, y un texto patético debía ser in terpretado con un dolor mesura­ do. Según Dionisio Tracio, "lo que no se haga en observancia de esto anula las cualidades de los poetas y hace ridícula la ejecución del lec­ tor". IOH El intérprete debía ser capaz de percibir primero, y transmitir después, el espíritu de la obra en su conjunto, por eso se aconsejaba que su aprendiz�je se iniciara con obras dignas y viriles como las de Homero o Virgilio. Además de la naturaleza general de la obra, la pronuntiatio exi­ gía reconocer y resaltar la personalidad y el tono de voz adecuados a cada uno de los personajes participantes en la narración. M uy pronto, la teo­ ría gramatical distinguió la "voz narrativa", en la cual el poeta hablaba en primera persona, de la voz de los hablantes secundarios creados en el re­ lato. Se esperaba que la lectura refl�jara estos cambios en el discurso me­ diante inflexiones de la voz, al mismo tiempo que expresaba los diferen­ tes caracteres entre los personajes secundarios: la moderación propia del vi�jo, la insolencia del jove n , la debilidad de las nn�jeres y, en general, la cualidad de cada una de las personas. El señalamiento de los cambios de interlocutor era un problema específico para el lector y, por ello, una de las ayudas más antiguas que le fueron ofrecidas en la página. U n ma­ nuscrito del siglo l l i a.C. que contiene una comedia de Menandro mues­ tra que se usaba el paragraphos, un rasgo horizontal colocado en la inter­ línea en el interior del bloque de escritura, justo en el lugar donde se iniciaba una nueva intervención . Otros restos, provenientes de los papi­ ros con los que eran encartonadas las momias en Egipto, que contienen un diálogo de Platón , muestran que tal signo podíC;t ser colocado en el margen izquierdo, b�jo la línea donde comenzaba la réplica, mientras el lugar exacto del cambio se indicaba con un dirólon, un doble punto. 109 Cuando más de una intervención se producía en la misma línea, el co­ pista simplemente agregaba más paragraphoi en su margen. 1 10 Los nom­ bres de los participantes no fueron incluidos en el escrito sino hasta el alto Medioevo, lo que no ten ía importancia cuando se trataba de un diá­ logo entre dos, pero no facilitaba la tarea del lector en una discusión más amplia. El resultado de la fJronuntiatio era naturalmente una cierta teatraliza­ ción de la lectura, la cual no podía estar a cargo de un improvisado. La lectura era cosa de profesionales y, como seriala Quintiliano, muchas co­ sas de expresión, cadencia y ritmo debían ser aprendidas antes de poder ofrecer una ejecución adecuada. Por eso, era generalmente admitido que durante su aprendizaje, además del gramático y del rétor, el aristócrata tuviera a su lado un actor profesional, como sucedió a Cicerón quien, se­ gún Plutarco, había seguido las lecciones del cómico Roscio y del trágico

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SER<;Io Pi:REZ CoRTi:s

Esopo. 1 1 1 ¿Dónde si no aprendería el alumno a expresar la vehemencia, la rabia fogosa o las emociones opuestas, la piedad y la compasión? Eran estos especialistas de la dicción quienes corregían las dificultades del ha­ bla, los malos hábitos de expresión, el vagabundeo del cuerpo y de los ojos, los giros inadecuados o inoportunos. La ventaja de todo ello era que un texto mediocre bien preparado y leído podía parecer esplendoroso; la desventaja era que una excesiva teatralización podía inhibir al escrito, ocultándolo tras las cualidades vocales del lector. Los gramáticos ofrecían poca ayuda a esta función del arte de leer y cedían su realización a la expe­ riencia y al tacto, pero sin dejar de señalar que una lectura debía ser ante todo viril y digna, y advertían al alumno que el deseo de ser expresivo no debía llevarlo a extralimitarse en la expresión facial ni en los gestos, ni de­ bía inducirlo a imitar el tono vacilante de los viejos, los desórdenes de los bo­ rrachos "o las afeminadas modulaciones que están de moda hoy en día". 1 1 2 Como se ve, en su oficio, el lector no exhibía únicamente su destreza técnica con las letras, sino una comprensión global del texto que se hacía manifiesta en los signos de puntuación agregados a la página para guiar su lectura. Existían las prescripciones de los gramáticos, quienes sugerían un sistema de tres puntos para señalar una pausa larga, una pausa breve y una pausa de respiración, pero debido a las exigencias expresivas, y al he­ cho de que el lector agregaba esos signos guiado únicamente por sus ne­ cesidades inmediatas, la puntuación contenida en los manuscritos anti­ guos carece de cualquier homogeneidad. En las ocasiones en que los lectores hacían uso de ese sistema lo identificaban más bien con las tres partes del discurso reconocidas por la retórica: periodo, colon y comma, las que finalmente determinaban el ritmo de la ejecución oratoria. Movidos por este impulso retórico, los lectores solían agregar a sus páginas un nú­ mero desbordante de signos adicionales, muchos de los cuales traslapan sus funciones o son dedicados a más de una función; tales signos nunca perdieron su carácter idiosincrásico. Al referirnos a la página legible de­ dicaremos atención detallada a la puntuación, pero desde ahora debe quedar señalado que los objetivos de los lectores clásicos no estaban basa­ dos en principios lógicos o sintácticos: ellos se proponían fines retóricos, expresivos y estéticos que son irreductibles a un análisis en unidades dis­ tintivas. El resultado es la puntuación asistemática y exuberante conteni­ da en los manuscritos antiguos. La srriptio continua presentaba inconvenientes que la preparación del lector permitía superar, pero tenía en contrapartida una ventaja: ofrecía una página "neutra" que ofrecía un amplio margen a la creatividad del in­ térprete. La intensa actividad preliminar (a la que aún habría que agre­ gar su facultad de realizar una exégesis y un juicio literario) es suficiente

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para mostrar que a diferencia de su colega contemporáneo, quien recibe en silencio y pasivamente una página que no le demanda ninguna t;jecu­ ción declamatoria, el lector antiguo era un person�je activo, obligado a convertir una página taciturna en sermo, en voz, insertándola en ese mun­ do prestigioso de la retórica, compartiendo el acceso al escrito con muchas más personas de las que, en principio, eran capaces de leer. Esta actividad no era sólo interpretar con la voz, sino producir un texto que, mudo, aún no tenía una existencia propia. No es ésta una simple metáfora: en un sentido preciso, el texto no existía antes de que el escrito fuera convertido en una pieza de discurso articulado y por tanto significante. 1 1 :� La lectura vocalizada participaba en la producción de cada uno de los niveles de signi­ ficación, desde la correcta articulación de sílabas, la detección de unidades lexicales, sintácticas y semánticas, hasta el establecimiento de la secuencia última de enunciados. En el momento en que se presentaba en la lectura pública, el escrito no estaba ahí por sí mismo, sino que era el punto de apoyo material para que una palabra que originalmente había sido dicta­ da volviera a convertirse nuevamente en palabra. 1 1 4 Tiene razón Henri Marrou: si hoy tropezamos con un orador excelso, nuestra cultura litera­ ria nos impide elaborar un juicio e inconscientemente nos preguntamos qué quedaría de todo ello una vez que el discurso fuera impreso, pero un contemporáneo de San Agustín haría el movimiento inverso: con el libro en la mano, lo juzgaría en función de lo que daría una vez recitado. 1 1 '' El texto antiguo es la suma del escrito con la adición de la voz. No se vea en esto una figura retórica. Literalmente, la página antigua estaba im­ pregnada de una intensa necesidad de la voz: en primer lugar por la gra­ fía, que incitaba a hacer de la lectura una experiencia sonora, audible, más que visual; luego, porque ella contenía, en la trama interminable, rit­ mos y cadencias ocultos, inasibles hasta el momento en que la voz les de­ volvía una presencia. Por eso, Julio Montano declaraba con frecuencia que le habría gustado plagiar alguna obra de Virgilio, a condición de po­ der robarle también la voz, la expresión y la fuerza dramática. 1 1 ¡¡ lJn gran número de obras antiguas estaban unidas estrechamente a la conducta verbal: habían sido dictadas por sus autores a un secretario y estaban des­ tinadas a ser leídas en voz alta por un profesional de la dicción. En estas condiciones, la obra escrita, no importa qué tan grande fuera su valor lite­ rario, era esencialmente un eco de la actividad verbal. 1 1 7 Con su voz, el lector reanimaba y hacía inteligibles los valores que yacían silenciosos en la escritura, convirtiéndose en un instrumento, una c�ja de resonancia del escrito, lo mismo que un solista que i nterpreta una partitura. Los anti­ guos usaban la fórmula exacta de que el lector "le presta la voz" al autor. Éste había creado una obra para el oído al menos tanto como para la vis-

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ta, porque su texto había sido compuesto para "sonar". Sabía que la lectu­ ra no sería realizada con el tono rel�jado y neutro del habla cotidiana, sino con una ejecución vigorosa, solemne y cultivada. Esperaba entonces que el lector reprodt�era no solamente las palabras sino también el ritmo de la composición, reviviendo las cadencias y las emociones que habían conmovido su fuero interno en el momento de concebirla y dictarla. 1'\o debe extrañar entonces que viera en la voz lectora una prolongación de su propia voz: "cuando tú lees, soy yo quien habla, porque tu voz es la mía", dice la Antología palatina. 1 1 H Y el autor no era el único en ese senti­ miento: si se suscitaba una atmósfera propicia, si toda esa conjunción se lograba, "el lector y la página misma desaparecerían y los auditores creían volver a encon trar la voz de aquel que había compuesto la obra", 1 1 9 lo mismo que Posidio percibía la voz de su amigo San Agustín, cuando escu­ chaba leer alguna de las obras del santo. Tal reducción del valor del escrito resulta inaudita a los ojos moder­ nos. Para comprender es necesario desplazarse a un horizonte intelectual en que la voz es preeminente y el escrito se reduce a un dispositivo mne­ mónico destinado a conjurar el poder de evasiún que tienen las palabras. �o es difícil acumular instancias similares en la Antigüedad como el caso de Isócrates, el célebre sofista contemporáneo de Platón quien, debido a su tenue voz y a que carecía de brío y energía como orador, preparaba sus obras oralmente y luego las escribía con el propósito de que fueran leídas en voz alta. Isócrates desarrolló, quizá más que nadie en su {�poca, las con­ vicciones de un escritor en el sentido moderno del término, y sin embar­ go, seguía la estrategia de presentarse él mismo a las lecturas de sus obras, pues estimaba que su presencia daba credibilidad a la página escrita y de paso le permitía asegurarse de la correcta interpretación: "Cuando una obra carece de la reputación del que habla [ . . . 1 cuando tmo Ice sin per­ suasión y sin tener un conocimiento íntimo de su carácter, sino simple­ mente corno narrar una idea, todo ello aparece, desde luego, como algo trivial a aquellos que lo escuchan ". 1 :l0 Puesto que resulta difícil imaginar el valor que la voz aportaba al escrito, existe el riesgo de convertir en pate­ tismo vulgar los lamen tos que los an tiguos vertían ante la eventual pérdi­ da de un lector (y no olvidemos que se trataba de un siervo) : "¿quién más leerá y apreciará mis esfuerzos?, ¿qui{�n podrá captar mi atención mien­ tras lee como {�! lo hace?". 1 2 1 Existía en ese momento una valoración de la voz que hoy difícilmente resulta comprensible, por eso escuchamos en clave metafórica, como simples licencias poéticas, afirmaciones como ésta de Quintiliano: "La voz de un lector no es corno una cena, que alcan­ za únicamente para un número limitado de individuos; ella es como el sol que distribuye la misma cantidad de luz y calor a todos nosotros". t :l:.!

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La intensa preparación, el conocimiento acumulado, toda esa expe­ riencia se hacía valer en el momento de la ejecución de la lectura vocali­ zada. Entonces, desde su estrado, de pie o sentado, el lector, con la sola fuerza y las i nflexiones de su voz reconstruía la expresividad del texto ante un auditorio que no podía sino dejarse llevar por las emociones que aquél comunicaba. 1\'uevamente es necesario un pequeño esfuerzo de imaginación para comprender la emotividad intensa que podía suscitarse y que Séneca describe así: Se leyó un libro de Quinto Sextio, el padre, un varón eminente, créeme [ . . . ] ¡ Cuánta energía, oh dioses buenos, hay en él! ¡ Qué alma tan grande: Esas cualidades no las encontrarás en todos los filósofos. Los es­ Ciitos de algunos de éstos instruyen, argumentan pero carecen de vigor, no infunden espíritu, porque no lo tienen. Cuando leyeres a Sextio di­ rás: pervive, tiene fuerza, franqueza, es más que un hombre, me deja lle­ no de enom1e confianza. 1 23

�o hay duda de que el lector al que se refiere logró transmitir las cualida­ des morales del autor, al punto que el auditorio quedó convencido de ello como si hubiese conversado con aquél, como si hubiese recibido una lección moral en vivo. Entiéndase: Séneca no ha leído un libro del que ex­ trae nuevos conocimientos, sino que ha hecho una experiencia directa de las cualidades del filósofo estoico. Porque lo mismo que un solista en nuestros días, el lector conducía emocionalmente a su auditorio. Cuando Plinio describe la grata impresión que le prodttio un lector, hace referen­ cia a la versatilidad de la voz, cuando eleva y desciende el tono, al talento que le permite bellas inf1exiones de la voz. A una voz agradable y un dis­ curso lleno de ornamentos, agrega una actitud discreta porque, piensa Plinio, a la obra le beneficia mucho más el recato que la presunción. 124 A'ií es al menos como describe la sesión de lectura que ofreció Calpurnius Piso de sus propios poemas escritos en griego, llamados Leyendas de las es­ trellas. Preso de exaltación, Plinio relata: "al final de la reunión lo llené de besos, y con mis fdicitaciones lo conminé a completar su tarea y transmi­ tir a la posteridad la antorcha que sus antepasados le habían legado". 125 La emoción no disminuía si era el autor m ismo quien interpretaba y hasta podía encontrar nuevamente el estado de espíritu que lo había animado durante la composición y el dictado, la misma vehemencia, la misma me­ lodía. Eros, el amanuense y liberto de Virgilio contaba que un día, mien­ tras el poeta leía "líneas de igual inspiración y calor", logró resolver dos medios versos que había abandonado insatisfecho la víspera; suspendió su lectura y ordenó a Eros que añadiera de inmediato esos dos versos a su

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manuscrito . 1 21' Desde luego, la lectura dramatizada corría el riesgo de ha­ cer del lector un histrión, pero en contrapartida podía ser maravillosa­ mente efectiva, como sucedía con Virgilio, quien, sin ser un lector profe­ siOJlal, suscitaba la envidia de sus colegas por su voz, su expresión y su fuerza dramáticas. Tuvo oportunidad de probarlo cuando se vio obligado a leer el libro VI de la J<;neida ante Augusto y su fam ilia: en el momento en que interpretó esa parte del texto (versos 863-870) en la que el joven Mar­ celo, quien había htllecido recientemente, es presentado en el inframun­ do al iado de su abuelo, esperando el momento de su nacimiento, Octa­ via, la madre del joven , cayó desmayada. 1 2i Este tipo de lectura dramatizada no estaba al alcance de las naturalezas frágiles. El lector requería fortaleza debido al esfuerzo gestual y verbal, con el agregado de que sus interpretaciones podían ser de larga duración. Así, en sesiones de tres o cuatro horas diarias, Plinio el joven requirió de dos días para dar lectura a sus poemas ligeros, y de tres días para leer a sus amigos el Panegírim dedicado a Tr�jano. Virgilo no apreciaba las lecturas públicas, pero debió leer durante cuatro días seguidos sus (d>ór¡.;iras a Au­ gusto. Es comprensible que tal actividad lo agotara y, como no era un lec­ tor profesional, tenía que aceptar que Mecenas lo reemplazara cuando la voz le fallaba. Las obras eran extensas y el lector actuaba con parsimonia, pero no le corría prisa, porque la Antigüedad no tenía las mismas tribula­ ciones que nosotros por leer muchos textos. Esta lentitud no fue resentida como tm obstáculo por varias razones: la primera, más obvia, es que voca­ lizar de manera inteligible consume más tiempo que el lapso necesario para el recorrido visual y silencioso del escrito. Pero una segunda razón técnica más interesante es que el patrón de búsqueda visual que seguía el lector antiguo era mucho más complicado que el realizado por su homó­ logo moderno: carente de separación entre palabras, sin letras mayíiscu­ las que indicaran el inicio de frases o párrafos, sin puntuación que se­ íialara las pausas sintácticas o semánticas, la página antigua reducía drásticamente el campo de visión del lector y por tanto la cantidad de tex­ to que podía ser interpretado. La ausencia de las convenciones gráficas en las que se apoya la lectura rápida obligaba al lector a recabar la informa­ ción sílaba a sílaba, efectuando además constantes regresiones oculares para cerciorarse de la corrección en la separación y el reconocimiento de las sílabas y las palabras ya pronunciadas. Quintiliano consideraba esta co­ ordinación entre la vista y la palabra como tmo de los aspectos en los que el profesor debía mostrar la mayor paciencia en los progresos de sus alum­ nos: "puesto que es necesario conservar los c�jos en lo que sigue m ientras se lee lo que precede, con la consiguiente dificultad de que la atención de la mente deba ser dividida, pues se comprometen de manera diferente los


L\ TRA\TSiA DE lA LSCRI rt. RA

ojos y la voz". 12H En breve, la imagen del lector antiguo que resulta de lo anterior es la de un profesional que ejecuta, con todos los recursos de su voz, una lenta, vigorosa y expresiva ejecución declamatoria. Era un verdadero esfuerzo físico: "no olvidemos que el lector romano es un muscular, que gusta de gestos amplios". 129 Por ello, la lectura vocali­ zada se beneficiaba de la asociación con las reglas de la salud y la higiene corporal que Jos médicos antiguos ofrecían a sus pacientes. Ella era una acompañante de la teoría médica del pneuma (spiritus en latín) según la cual el soplo vital, al permitir el paso del aire del exterior al interior con­ duce y distribuye ese principio de vida a venas y arterias: 130 "la voz es un movimiento de respiración que, no de un modo superficial, aumenta el calor, hace fluida la sangre, limpia todas las venas, dilata las arterias y no permite ninguna solidificación de líquido superfluo en aquellos órganos del cuerpo que reciben y digieren alimentos". m Probablemente, piensa Plutarco, a los hombres de letras tales reglas de salud les resulten inútiles porque "ellos tienen la costumbre de debatir cada día, lo que es un ejerci­ cio admirable", pero les conviene saber que a la menor sospecha de que su cuerpo está fatigado o débil, es aconsejable leer y hablar en voz alta. La lectura es más moderada que el debate y la disputa extenuante "pues mueve y sacude dulcemente la voz, especialmente cuando uno se sube al carro de un discurso ajeno l . . . ] y evita los gritos violentos y furiosos, pues estas expulsiones irregulares de la voz pueden provocar convulsiones". 132 Ésta es la razón por la cual la lectura vocalizada aparece entre los ejerci­ cios preventivos de la salud y también entre los movimientos recomenda­ dos a las personas convalecientes: Caelius Aurelianus, por ejemplo, la re­ comienda acompañada de vigorosos masajes en el abdomen como un tratamiento para las enfermedades del esófago, el colon y la obesidad. 1 33 En el tratamiento de las manías, en un capítulo de su libro sobre las enfer­ medades crónicas, el mismo Aurelianus sugiere que, después de una serie de "ejercicios pasivos", los pacientes que están fortaleciéndose deben principiar a caminar y a realizar ejercicios vocales, preferentemente de la clase más simple: escalas y cantos repetitivos, y luego deben leer en voz alta, algunas veces escritos llenos de afirmaciones falsas con el fin de ejer­ citar mejor la mente . 1 :H Los hombres de letras no habían esperado hasta escuchar esos const:jos y se t:iercitaban, tal como lo había hecho Arcesilao, sucesor de Crantor al frente de la Academia, quien buscaba en "su amado Homero" una práctica para la voz, pero encontraba que Píndaro era tam­ bién adecuado para llenar la voz y suministrar una abundante provisión de nombres y palabras. L\:i Muchos otros, como Séneca o Plinio el Vit:jo aconsejaban en sus cartas leer para restablecerse de una enfermedad, I ::lti como un cuidado que uno puede tener consigo mismo, 1 37 y, frecuente-

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SEK(;(O Pi:K�:z CoKTi:s

mente, como un medio para fortalecer y hacer flexible la voz. Según Plu­ tarco, esta última cuestión es decisiva: es aconstjable vocalizar constante­ mente, en cualquier circunstancia, en cualquier lugar, en casa o de viaje, aunque se rían de uno, sin sentirse avergonzado ante venteros, marineros o muleros que no alcanzan a comprender que, de ese modo, el hombre de letras conserva su salud y a la vez aprende y ejercita su memoria. 13H La lectura en voz alta no es una suerte de accidente verbal acaecido al texto. La evidencia muestra que pertenece a una concepción en la que la obra escrita es algo "que se escucha" y únicamente puede ser considerada completa hasta el momento de su ejecución vocalizada. En las reuniones de aristócratas, la interpretación era un hábito retórico, puesto que todos leían, pero en las lecturas públicas ella permitía la inclusión de un colecti­ vo mucho más extenso, incluso iletrado. Debido a ella, la diferencia entre alfabetizado y analfabeta (que en nuestros días es estricta porque significa marginación) resulta demasiado simple y �jan te cuando se aplica a las re­ laciones que los individuos guardaban con la página139 en la Antigüedad clásica. La participación en la página escrita era extensa, pero la causa no era una alta alfabetización , sino las prácticas que, como la lectura vocali­ zada o el dictado, convertían a individuos sin ningún entrenamiento es­ colar en "alfabetizados funcionales", es decir, aptos para participar en la cultura escrita de su comunidad. Lo mismo que en su vida cotidiana reali­ zaban transacciones jurídicas, escuchaban edictos y dictaban cartas o tes­ tamentos, los iletrados escuchaban leer obras poéticas, históricas o filo­ sóficas. 110 La literatura antigua fue producto de grupos reducidos, poseedores de una notable f(>rmación intelectual, pero se difundió entre clases que guardaban diferentes relaciones con las habilidades literarias, de lo profundo a lo superficial, de lo profesional a lo marginal. La lectura vocalizada era "democrática" porque si bien no cualquiera podía leer, un gran número era capaz de escuchar. No se comprendería la difusión de los valores contenidos en la página antigua sin la lectura vocalizada, lo que nos lleva a considerar brevemente el otro extremo de la comunica-­ ción: el público. Las emociones del auditorio eran producto del lector: Si la obra era desconocida, como sucedía en las recitationes, ante el auditorio se iban clarificando el género al que pertenecía, los problemas de la escena, la identificación de los person�jes y sus caracteres, o bien, si ya era conoci­ da, el público estaba a la expectativa de los pas�jes relevantes, �jerciendo una suerte de censura que prevenía al int{�rprete acerca de los valores (es­ téticos u otros) que estaba obligado a respetar. 1\'aturalmente, no todos los que escuchaban leer habían seguido cursos de retórica, pero eso no impedía que hasta el más humilde de los plebeyos de un vecindario po-

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bre de Roma reaccionara y hasta hiciera revueltas ante una violación de la historia que conocía, o de las reglas acostumbradas en la pronunciación, en la cadencia o en los periodos. En las lecturas públicas, el auditorio no estaba invitado únicamente para ser educado, sin�> para t.:iercer un juicio crítico y se esperaba de (�) que hiciera patente su opinión . Las obras que ahí se presentaban estaban cuidadosamente elaboradas, pero el autor aprovechaba las reacciones del público y del temido ·:¡uicio del oído" para corregirlas. El público moderno gusta de mostrar su educación permaneciendo en silencio e inmóvil durante la lectura de la obra reservándose para el fi­ nal la expresión de sus emociones. Salvo en algunos pocos géneros, la re­ acción del público antiguo era (y se esperaba que fuera) diferente, por­ que la lectura vocalizada es una exhortación hecha por la palabra viva, que posee cierta eficacia simbólica y exige un compromiso psicológico dife­ rente. Esto no significa que el público careciera de normas de comporta­ miento, pero su posición semiótica era de una intensa participación no sólo en la audición sino en la producción y en el futuro de la obra. En las lecturas promovidas por los autores, el público era invitado a que mostra­ ra su placer o su rechazo, su crítica o su censura. A Plinio el Joven , por t:j emplo, le irritaba que a la lectura de textos de calidad el público respon­ diera con actitudes de sordomudo: "ningún movimiento de labios, nin­ gún gesto con los brazos, ninguna vez de pie, aunque füese debido a la fa­ tiga de estar sentados". 1 '1 1 Sospechaba d e los auditorios inexpresivos y por tanto exigía que los presentes exhibieran la apreciación que la obra les merecía o bien que admitieran que habían conseguido un n uevo enemi­ go en la persona del autor de la obra presentada. Lo peor era la indiferen­ cia y el silencio, primero porque la escucha no es nada si no existe un compromiso psicológico y luego porque el silencio no es de fácil interpre­ tación y puede ocultar tanto respeto como desdén. La actitud en la escu­ cha era un tema de la pedagogía griega tratado por Teofrasto, Jenócrates y sobre todo por Aristón de Quíos y Jerónimo de Rodas, cuyo principio constante era la demanda hecha al auditorio de concentrarse en la audi­ ción. Plutarco nos infórma que era de conocimiento común la máxima según la cual los hombres habían sido provistos de dos oídos y sólo una boca, porque debían escuchar más de lo que hablan . En su obra Sobre rómo se dt>!Je esrurhar, en la que él se refiere a los discursos de los filósofos (que son especiales, porque en ellos el auditorio debe guardar constante silencio y no interrumpir los argumentos ) , la actitud que sugiere es: "la mirada f�ja en el que habla, disposición en constante atención y una ex­ presión en el rostro limpia y libre", mientras, por el contrario, son incon­ venientes "la posición forzada del cuerpo y la colocación inadecuada de

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las piernas, el movimiento de la cabeza y el chismorreo con el otro, la son­ risa, los bostezos somnolientos y las d�jadeces". 142 Los auditores antiguos estaban habituados a escuchar, y lo hacían con tal empeiio psicológico que filósofos e historiadores conocían cuán difícil resultaba despertar a sus conciudadanos del sueiio hipnótico en el que los poetas los tenían atrapados. Tenían razón , porque la palabra pronunciada posee una efica­ cia simbólica excepcional: un día -cuenta Plinio el Joven- debió sus­ penderse la lectura de un libro de historia ante las súplicas de los asisten­ tes, que eran los personajes del tema tratado, por la vergüenza que sentían al escuchar hablar de su conducta, aunque no la habían tenido al cometer las vilezas que ahora rememoraban. 1 4:{ Naturalmente, las reacciones del público eran diversas: había públicos corteses lo mismo que otros francamente apáticos y hasta groseros. Den­ tro de un cierto comportamiento decoroso, el público expresaba seiiales de alabanza o descontento, gesticulaba y daba signos de estar conmovido y arrebatado por el encanto y el ritmo de las palabras, o expresaba clara­ mente su turbación . 1 44 Manifestaba su placer mediante el aplauso que po­ día prodigar varias veces a lo largo de la lectura, en parte por aprobación, en parte para alentar al lector a proseguir su tarea con la misma vehemen­ cia. El éxito de la obra se medía por el número de veces que la lectura era interrumpida por aplausos. Si la obra no alcanzaba ese extremo de acep­ tación, el público podía expresarse mediante el murmur, el murmullo, una especie de zumbido, una cadena de sonidos inarticulados. El autor esperaba con ansiedad esa reacción e intentaba descifrar, aun en los ges­ tos más insignificantes, los signos de aprobación o de rechazo, de cortesía o de juicio sincero, que luego traduciría en correcciones a su trabajo. De este modo, el público participaba no sólo en la audición, sino en la pro­ ducción y luego en el destino de la obra. Era esa reacción y no el número de auditores lo que resultaba decisivo: "he invitado a algunos amigos a es­ cucharme leer un corto discurso que pienso publicar, justo el número de ellos suficiente para ponerme nervioso pero no muchos, porque quiero escuchar la verdad". 1 45 Los públicos antiguos se expresaban con vehe­ mencia y algunas veces la emoción era apenas contenida: Suetonio por ejemplo relata que Lucano admiraba a tal grado los escritos de Persio que cuando éste los recitaba, como de costumbre, le costaba trab�jo esperar hasta el final para decirle que esos eran verdaderos poemas y nojuegos de niiios, como los suyos propios. La lectura siempre estaba cargada de emo­ ción. Pero todo ello se lograba a condición de que el lector pudiera crear las condiciones del encuen tro entre los impulsos de la obra y las reaccio­ nes del auditorio. Era esta ocasión lo que determinaba la forma, el desti­ no, así como el renombre del escrito y del autor, por eso Marcial amones-

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ta a su escrito de este modo: "Si quieres recibir la aprobación de los oídos áticos, te aconst:jo y advierto, librito, que agrades al docto Apolinar" . 1 4h El significado completo de la obra descansa en ese encuen tro de la página, la voz y el oído, algunas de cuyas claves se han perdido para siempre. Las obras de la Antigüedad no fueron pues concebidas para lectores sen tados en la quietud de su reclusión o que, con la mitad del espíritu, echan una mirada distraída a publicaciones rápidamente producidas y rápidamente obsoletas; aquéllas eran obras que iban a ser leídas ante un público atento y comprometido, que en muchos casos no tendría contacto visual con el escrito, pero que escucharía una y otra vez, con atención y reflexión. Así se completa la imagen de la lectura en voz alta en la Antigüedad clásica: una <jecución lenta, vigorosa y cultivada, en la que la pasión del autor iba a ser transmitida por la voz vibrante de un lector a un público expectante

y expresivo. LEER :\:'\:TE L\ ASA:v!Bl .EA DE FIELES

Lo mismo que en muchos otros órdenes de la vida, la civilización cristiana trajo consigo profundas transformaciones en la concepción del libro, del lector y de las modalidades que llevaban a éste a leer, pero no alteró la im­ portancia de la lectura vocalizada. Impulsada por otras razones, la voz lec­ tora cont inuó siendo el acceso privilegiado a las páginas sagradas para la mayoría de los creyentes. Resultaba normal , porque la comun idad cristia­ na primitiva no era más letrada que su homóloga pagana y quizá lo era aun menos, si es verdad que estaba reclutada en tre las clases b�jas y las masas de pequerios artesanos y comerciantes de las ci udades, con el agre­ gado de unos pocos miembros de las clases altas. 1 1i Los escritores cristia­ nos de los primeros tiempos reconocieron, sin vacilación , una brecha en­ tre la mayoría de los creyentes iletrados y rústicos y un reducido número de fieles alfabetizados e intelectualmente activos. Esta distinción se reve­ laría crucial para la cul tura textual de los siglos siguientes: de un lado se desarrolló un grupo altamente cultivado, con profundos intereses litera­ rios y filológicos, al que se debe la preservación y el cuidado de textos exactos y legibles y, del otro lado, una enorme mayoría que recibiría la instrucción verbalmente. No hay una respuesta definitiva acerca del n ivel de alfabetización de los primeros cristianos, pero no debió ser muy diferente a la del resto de las sociedades en la Antigüedad: una minoría letrada, nunca superior a 1 O por ciento, al lado de una mayoría que carecía de toda instrucción en las letras. Es verdad que los primeros conversos provenían de una reli­ gión con un alto índice de instrucción, sobre todo en la lectura de textos

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hebreos, pero a medida que la propagación de la fe se extendió en griego y latín , las lenguas de expresión del cristianismo, esa educación disminu­ yó notablemente. La condición de iletrado, sin embargo, nunca impidió que el creyente participara en la cultura escrita y obtuviera, a fin de cuen­ tas, un buen grado de familiaridad con las Escrituras. En una sociedad en la que la formación en las letras era limitada, el analfabetismo no era un estigma ni un obstáculo y una persona iletrada era capaz de participar en una amplia variedad de ocupaciones, ser reconocida como un miembro respetable de su clase, tener responsabilidades públicas, y asociarse en condiciones de igualdad con sus vecinos alfabetizados. 1 4�' Es incluso pro­ bable que en las primeras comun idades cristianas asen tadas en Roma predominara la misma "alfabetización difusa" que en otros grupos urba­ nos, en la que existían diversos grados de participación en la página: los sem ianalfabetos, quienes tenían una cierta familiaridad con la escritura, capaces de leer inscripciones o panfletos breves y de realizar escritos oca­ sionales, invocaciones, expresiones amorosas y hasta frases salaces, como los grafitti call�jeros, o bien los analfabetas funcionales que dictaban car­ tas y testamentos y quizá podían escribir su nombre en los documentos oficiales, lo que les aseguraba una m�jor posición social . 1 49 La lectura en voz alta colaboraba con esta alfabetización funcional y difusa. El cristiano común no debía su familiaridad con los textos a una lectura hecha por sí mismo, si no a que escuchaba leer, recibiendo la instrucción por el oído mucho más que por la vista. Además, en d plano teológico, la lectura no es el simple acto de interpretar un texto, sino la actualización de la pa­ labra divina. A través de ella, un determinado acontecimiento de la salva­ ción tiene lugar hoy m ismo, ante la mirada de la congregación y Cristo está presente, pues cuando se lee la Sagrada Escritura es Él quien ha­ bla. 1 50 La consecuencia inmediata fue que en el cristianismo la lectura tuvo una importancia excepcional que superaba con mucho la de su com­ plemento, la escritura. Éste es pues nuestro punto de partida: el creyente medio de los primeros siglos cristianos recibía el mensaje que debía que­ dar inscrito en su memoria y en su corazón, esencialmente a través de la lectura vocalizada. Que cl mens�je pasara de la boca al oído pertenecía a la herencia cris­ tiana desde su orige n . Jesús mismo no había escrito ni dictado nada. É l parece haber poseído un buen conocimiento de las Escrituras judías de las que cita con frecuencia los Salmos, 1 5 1 lo que quizá implica que sabía leer, pero es más incierta su habilidad para escribir. 1 52 Aparentemente tampoco instruyó a sus discípulos para que sus palabras y sus hechos fue­ ran puestos por escrito para beneficio de lectores educados. �o hay en­ tonces duda de que, tras el suceso de Pascua, la primera tradición sobre

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Cristo fue oral: "una comunidad de hombres iletrados y que de un mo­ mento a otro esperaban la llegada del fin del mundo, ni era capaz, ni se sentía inclinada a la producción literaria". 1 53 En consecuencia, su mensa­ je y su vida quedaron ligados a la palabra hablada y no a los textos. La voz y la memoria fueron los instrumentos cristianos durante un tiempo con­ siderable: los primeros escritos conocidos son las cartas auténticas del apóstol Pablo cuya datación, más segura que la de cualquier otro docu. mento cristiano de la época, las sitúa en la sexta década del siglo 1. El Evangelio de Marcos, usualmente considerado el más antiguo, es fecha­ do entre los años 65 y 70 d.C. y los Evangelios de Mateo y Lucas entre los años 80 y 90 d.C. El Evangelio de Juan parece haber sido compuesto en la última década del siglo 1 y aun recibió elaboraciones posteriores. 1 54 Una distancia de treinta años separa las Epístolas de Pablo de la desaparición de Jesús, y un lapso de setenta se encuentra entre ésta y la escritura del cuarto Evangelio. Este periodo, enorme en términos de una vida huma­ na, debió ser colmado esencialmente por la transmisión oral y memorísti­ ca. Correspondió a los discípulos la tarea de mantener en el recuerdo las lecciones vivas de las que habían sido testigos, 1 55 lo que no era inusual porque en la Antigüedad los verdaderos alumnos memorizaban los actos y los dichos de sus maestros y sus guías espirituales. La propagación de la nueva fe descansó en la palabra transmitida de un converso al siguiente y de éste al siguiente, en un amplio espacio geográfico. Originalmente, esas historias eran contadas en arameo, pero muy pronto la predicación se desplazó hacia el Occidente y comenzaron a ser narrarlas en lenguas distintas de la de Jesús, pues la mayoría de los nuevos conversos ya no eran judíos, no habían sido testigos de los sucesos y tampoco habían visto nunca un testigo ocular. F>6 La herencia del cristianismo primitivo fue conservada por el pueblo llano y no por escritos, pero reveló ser una ma­ nera más eficaz, porque entre todas las modalidades del lenguaje, la ex­ presión oral es la más democrática. 1 5¡ Para asegurar su preservación, esa herencia verbal debió instalarse en contextos institucionales y en las prác­ ticas regulares de la comunidad: los servicios rituales, la plegaria, el ser­ món, la polémica, y desde luego en la catequesis, es decir, la instrucción de viva voz ofrecida por los primeros predicadores itinerantes y radicales del cristianismo primitivo. 1 58 Las primeras manifestaciones escritas del cristianismo conservan ese marcado carácter oral: son cartas o colecciones de dichos del Señor. 1 59 La comunicación escrita de naturaleza más literaria aparece hasta la tercera generación de cristianos, con los escritos que más tarde serían llamados Evangelios. 1 60 Desde luego existe una diversidad enorme de material transmitido verbalmente, pero pueden distinguirse dos grandes clases:

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los dichos y las narraciones más o menos extensas. Respecto a los prime­ ros, .Jesús había expresado su mens�je en afirmaciones breves, puntuales, circunstanciadas, en enunciados normativos o exhortatorios, pero tam­ bién en an(�cdotas, máximas y reminiscencias. Preservar esas sentencias breves tenía antecedentes en la literatura sapiencial judía, pero coincidía también con una larga tradición biográfica griega y helen ística, que era utilizada en la formación del carácter moral de los individuos. u;¡ Por su parte, las narraciones también eran de diversa índole : las breves, paradig­ máticas, por �jemplo la curación del paralítico ( Me 2, 1-4 ) , o la bendición de los niños ( Me 1 0, 1 3- 1 6) , destinadas a mostrar la naturaleza divina y ex­ cepcional del Señor. 1 ¡¡� Luego venían las más extensas, como las cadenas de milagros ( M e l , 40-45) , un género con antecedentes helenísticos en el que se acumulaban hechos grandiosos de héroes o líderes políticos y que desembocó en los escritos llamados aretologías, en los que se narraban historias extraordinarias de los apóstoles o de.Jesús. I ti:l Una de estas narra­ ciones largas tendría una importancia fundamental: era la historia de la Pasión, compartida por todos los Evangelios porque el ol�jetivo central de la predicación era dar testimonio de la salvación, su figura era Cristo cru­ cificado y porque esa historia es cen tral en la celebración del principal ri­ tual cristiano: la eucaristía. 1 1i4 Probablemente los dichos del Señor y las narraciones de su vida siguie­ ron vías de transmisión diferentes, pero tienen un rasgo en común: po­ seen una clara estructura formal interna. En efecto, para ser eficiente, la memoria requiere otorgar una configuración al material a recordar, por­ que el mayor anatema de la recordación es lo informe, lo inesperado, lo imprevisto. La psicodinámica y los procedimientos por los cuales se pre­ serva la tradición oral son específicos y diferentes a los de la preservación escrita. La tradición oral no es el habla cotidiana con el agregado de algu­ nos dispositivos retóricos, sino un tipo de habla estructurada mediante determinados esquemas formales. Puesto que el mens�je será percibido por el oído, el que enuncia debe recurrir a las fórmulas tradicionales en el caso de los dichos, y a los patrones de retención en la memoria para las narraciones. Así configurada, esta tradición oral quedó depositada en los Evangelios en el momento de su creación, pero continuó siendo fuente de relatos durante los primeros siglos de su existencia. Un {jemplo de ello es la historia de la mt�jer encontrada en adulterio que normalmellte aparece en .Juan ( 7: 53) , la cual no formaba parte originalmente del Evan­ gelio: los man uscritos más antiguos, que no la contienen, muestran que fue insertada más tarde, proveniente de la tradición verbaJ. l li'> Por supues­ to, la herencia de .Jesús apareció en un momento de la historia judía en el que la escritura y la transmisión de la palabra escrita estaban bien implan-

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tadas, pero por su origen y su contexto social, los textos del primer cristia­ nismo conservan una fuerte impronta verbal, a pesar de los esfuerzos lite­ rarios hechos por los evangelistas, en particular de Juan. Cuando estos textos eran interpretados en voz alta se encontraban en la misma situación que muchas otras obras antiguas: entre dos oralidades, como expresiones congeladas de una herencia verbal reanimada por la voz lectora. Es incierto el momento cuando empezaron a ser escritas las tradicio­ nes acerca de .Jesús. Durante la primera mitad del siglo 1 pudieron haber­ se conservado por escrito recopilaciones de los dichos del Señor, hoy per­

didas. Los especialistas llaman Fuente de los logia (o bien Documento Q1 66 de

Quellen, "fuente" en alemán ) a una colección de máximas, parábolas e historias cortas de esa clase y normalmente aceptan que la primera ver­ sión del Evangelio de Tomás fue una versión paralela a aquélla. 1 67 Pero es­ tos documentos, situados en el borde entre oralidad y textualidad, son aún meras conjeturas y reconstrucciones modernas. Después de las cartas de Pablo, las fuentes literarias cristianas se incrementan en el periodo

60-1 00 d.C. con la Primera Carta de Pedro, los Evangelios de Marcos, Ma­ teo, Lucas y.Juan , y las cartas a los Colosenses y los Efesios. Las fuentes lite­ rarias para el periodo 1 00- 1 50 d. C. son aún más significativas. Simultánea­ mente a este incremento de escritos, la nueva fe man tuvo largo tiempo la importancia de la voz. No es una contradicción afirmar que el cristianis­ mo sería con el tiempo una religión "del libro", pero que su comun idad original era iletrada y dependía de la palabra pronunciada. La persisten­ cia de la palabra viva no fue, sin embargo, obstáculo para que la con­ ciencia literaria se manifestara muy pronto, como lo muestra el hecho de que los términos bíblos y su diminutivo biblión, aparecen mencionados diez y 34 veces respectivamente en el Nuevo Testamento para referirse a un libro, a un rollo o a un documento . t tiR Tal conciencia textual se en­ cuen tra ya muy desarrollada en .Juan, quien parece preocupado por cues­ tiones de conservación de su escrito y no es casual que 24 de las 34 apari­ ciones del término biblión se concentren en el Apocalipsis para referirse a los textos del Antiguo Testamento, o bien para referirse a sí mismo, el ro­ llo que el lector tiene en las manos. A partir de la mitad del siglo 11 d. C. el n úmero de escritos cristianos au­ mentó a gran velocidad: la Carta apócrifa de SantiaF;o, las Cartas pastorales, las Cartas de Ignacio de A ntioquía, la Carta dejudas y la SeK1Jnda Carta de Pe­

dro. Sin embargo, la creciente importancia de los textos tampoco dismi­ nuyó la autoridad de la tradición oral: ello se percibe en el hecho de que autores como Ignacio de Antioquía o textos como la Didajé, la Carta de

Barnabás o el Pastor de Hermas, cuando citan las palabras de .Jesús, lo hacen con más frecuencia recurriendo al flt�jo de la herencia oral que a extrae-

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tos de los Evangelios, a los cuales hacen pocas referencia.<; explícitas. Era la palabra de Dios la que poseía autoridad y la que otorgaba legitimidad al escrito que la contenía; era la palabra de Jesús, y no el hecho de ser escri­ ta, lo que fundaba la autoridad del texto. Durante el primer siglo y medio de vida cristiana n ingún escrito, incluidos los Evangelios, y ningún autor, recibieron prominencia. 1 69 Un testigo privilegiado de esta situación es Papías de Hierápolis (ca. 1 20- 1 39 d.C.) "hombre de muy escasa inteligen­ cia", según Eusebio, pero autor de cinco libros y que sin duda conocía los Evangelios. Claramente, Papías no es un iletrado, pero aun así afirma una marcada preferencia por la tradición oral, la que a sus �jos poseía una au­ toridad mayor que los escritos:

y si acaso llegaba alguno que los había seguido, yo procuraba preguntar por las palabras de los antiguos: qué dijo Andrés, o Pedro, o Felipe, o To­ más, o Santiago, o Juan, o Mateo, o cualquier otro de los discípulos del Señor, y qué dicen Aristión y el presbítero Juan, porque yo pensaba que no me aprovecharía tanto lo que sacara de los libros como lo que provie­ ne de una voz viva y durable . ' io Papías es la muestra de que hacia mediados del siglo 1 1 , la tradición oral seguía firmemente establecida y no era fácilmente desplazada por el ma­ terial escrito. Hay que esperar hasta Ireneo de Lyon (ca. 1 80 d.C. ) para encontrar al primer autor cristiano que toma las Escrituras como fuente de autoridad exclusiva. La transición de la herencia verbal a los Evangelios escritos no signifi­ có ni el fin de la ejecución verbal, porque ellos fueron leídos en voz alta, ni el fin de la memorización, porque continuaron siendo recitados de memoria: Cipriano de Cártago (t 258 d. C.) , por ejemplo, aun parece ha­ ber memorizado la totalidad de las Escrituras, alcanzando una notable profundidad de comprensión. La lectura vocalizada, por su parte, está presente en las escrituras j udías y cristiana.<; como un acto rutinario, refe­ rido normalmente a los mismos escritos sagrados. Las lecturas públicas habían sido promovidas ya por Moisés tras el establecimiento de la Alian­ za, y por.Josué y Nehemías con motivo del inicio de una nueva fase en la vida nacional judía. U n a instancia de la lectura vocalizada en el Antiguo Testamento aparece cuando Jeremías, estando preso, ordena a Baruc leer en las puertas del Templo "para que lo oiga el pueblo", el rollo que contiene las profecías que le ha dictado. Al hacerlo, Baruc fue denuncia­ do al rey, quien ordenó que el escrito fuese traído y leído ante él. A medi­ da que Yehudí interpretaba el rollo en su presencia, el rey, que tenía de­ lante un brasero encendido, lo cortaba en fragmentos y los arrojaba al


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fuego, hasta que se consumió la totalidad. 1 7 1 El Nuevo Testamento tam­ bién con tiene escenas del hábito de leer en voz alta, como ésta: Felipe, quien se encuentra de camino a Gaza, se tropieza con un ministro de Candace, reina de los etíopes, quien sentado en su coche lee al profeta Isaías. Al aproximarse, Felipe escucha lo que está leyendo y le pregun ta "¿por ventura entiendes lo que lees? ", a lo que el eunuco responde "¿cómo voy a poder, si no hay uno que me guíe? ". 1 72 La lectura de cartas en voz alta aparece mencionada n uevamente en Hechos 15, 30-3 l : Judas, llamado Barrabás, y Silas, enviados a Antioquía por los apóstoles y los presbíteros con un mens�je escrito, "congregaron a la muchedumbre, en­ tregaron la carta y habiéndola leído, se gozaron con esas palabras de aliento". Del mismo modo, el autor del Apocalipsis esperaba que su texto fuese interpretado en voz alta, pues al i nicio escribió: "Bienaven turado el que Ice y los que oyen las palabras de la profecía y guardan las cosas escri­ tas en ella, porque el tiempo está cerca". 1 7:1 En total, el término que deno­ ta la lectura en voz alta, ana¡.,rignósrri, aparece en 32 ocasiones en el Nuevo Testamento referido a la lectura de las Escrituras o de la Ley, presupo­ niendo muchas veces que es un hábito cotidiano, por lo cual, en la mayo­ ría de los casos se presenta en contextos de reproche: "¿acaso no habéis leído que . . . ?", por t;jemplo en Me. 2: 25 y en M t. 1 2: 3. En resumen, la Bi­ blia muestra comúnmente a lectores judíos y cristianos leyendo en voz alta, al igual que Jo hacían sus homólogos paganos. Naturalmente, entre todas, la más célebre es la escena en la que el mismo .Jesús Ice en la sinago­ ga de !\'azaret: "según su costumbre, el día sábado en tró en la sinagoga y se levantó a leer"; le fue entregado el volumen del profeta Isaías del que Jesús leyó unas líneas, seguramente en voz alta, porque "todos estaban pendientes, los <�jos clavados en él", esperando su comen tario. 1 74 El apóstol Pablo también esperaba que sus cartas fuesen leídas en voz alta al grupo al que iban dirigidas: "os conjuro por el Serior que esta carta sea leída a todos los santos hermanos". 1 7"' Los autores de las cartas pseu­ dónimas atribuidas a Pablo suponen igualmente que tales cartas serían proclamadas públicamente e intercambiadas en tre las comunidades: "y cuando esta carta sea leída entre ustedes, hágase leer también en la iglesia de los laodiceanos y cuiden ustedes también de leer la carta de Laodi­ cea". 1 76 Probablemente eran in terpretadas cuando la congregación se reunía para el servicio de Dios, pues la primera mención de una lectura se debe al autor de 1 Timoteo". 1 77 Por su naturaleza, la carta se prestaba admirablemente a la lectura vocalizada: el término griego que la designa­ ba, epislolé, significaba originalmente una comun icación oral transmitida por un mens�jero, y debido a ello persistió largo tiempo la convicción de que su función era reemplazar la voz y la presencia del ausente. Este víncu-

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lo de la voz y su transmisión escrita explica la fortuna que la carta tuvo en el cristianismo original. Las fuentes más importantes de la primera litera­ tura cristiana son cartas, auténticas o seudónimas. Entre las quince dife­ rentes composiciones escritas entre el año 90 y el 1 40 d.C. por nueve Pa­ dres Apostólicos, doce están en forma de cartas. Incluso el Apocalipsis de Juan está estructurado como una carta, tiene dimensiones epistolares e incorpora un conjunto de cartas a siete iglesias, 1 7H cosa excepcional den­ tro del género apocalíptico. La razón esencial del éxito de la carta era, por supuesto, la necesidad de comunicarse a distancia, pero como conse­ cuencia indirecta, el género epistolar estimulaba que la recepción fuese básicamente colectiva y aural. La elaboración de las epístolas paulinas fue tan colectiva como su re­ cepción. En realidad no cabe imaginar a Pablo como un escritor que en la quietud de su estudio medita una nota emiada a un puñado de amigos. En la meditación y la elaboración de esas cartas participaron distintas per­ sonas que el mismo Pablo menciona. Quizá fue este mismo grupo cerca­ no el que se encargó de la publicación de las epístolas a la muerte del apóstol, pero ellos se permitieron además componer nuevas cartas a par­ tir de fragmentos de otras, como Romanos, 2 Corintios y Filipenses, y has­ ta llegaron a elaborar cartas pseudónimas falsamente atribuidas al santo, como las Cartas a Ti moteo y la Carta a Tito. 1 79 El que dichas cartas se leye­ ran en público no es, sin embargo, índice seguro de que en esas primeras comunidades la lectura fuera ya sistemáticamente practicada. La lectura y la interpretación de las Escrituras judías (únicas disponibles entonces) no son mencionadas por Pablo, ni entre los dones para el liderazgo de la Iglesia, ni entre las instrucciones para conducir ordenadamente el rito. Es posible, pues, suponer que en ese momento el ritual y la misión cristia­ na todavía eran llevados a cabo con independencia de la escritura, pues la autoridad aún no descansaba en los manuscritos. Tal vez la lectura de es­ tas epístolas representaba un caso de excepción, dada la autoridad del apóstol. Pero, como cabía esperar, desde el momento en que esas cartas circularon se produjo un impulso a la intertextualidad: por ejemplo, el autor de 2 Tesalonicenses hace uso de 1 Tesalonicenses, y la Carta a los Efesios es un caso notable por las alusiones frecuentes que hace a otras epístolas de Pablo. Éstas contenían el germen de la tradición textual veni­ dera, pero todavía tardaron en imponerse: su mensaje parece irrelevante para la imagen del apóstol que se formó durante los siglos 1 y 11 d. C. En la vida y los debates cristianos de entonces, la memoria oral legada por san Pablo parece haber sido mucho más importante que lo que él o sus segui­ dores escribieron. Todavía al inicio del siglo 11 diversos autores que cono­ cen las cartas no muestran por ellas un aprecio particular; en otros auto-


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res no son siquiera mencionadas y el pensamiento del apóstol no es cono­ cido. I HO !'\o es sencillo explicar la razón de que la imagen de Pablo que permaneció no fuera la que contienen sus epístolas, sino la del apóstol predicador, pero probablemente se debe a que el cristianismo descansa­ ba aún en la memoria y en la autoridad de las palabras. I H I A medida que fueron producidos y difundidos, los escritos cristianos eran leídos en voz alta en la prédica y en la catequesis, citados en los deba­ tes apologéticos, desplegados en las disputas teológicas o sugeridos para la edificación personal, pero no hay duda de que el lugar privilegiado de ellos eran los oficios divinos, donde el creyente escuchaba aquello que de­ bía conservar en su memoria. San Pablo mismo lo afirma: "la fe viene de la audición y la audición por la palabra de Cristo ". 1 H2 La ceremonia cris­ tiana es sobre todo palabra, palabra leída, recitada, can tada. 1'\o es pala­ bra cotidiana, sin embargo, porque en ella hay poco lugar para la impro­ visación y casi todo es un texto estable, predeterminado. El cristianismo pudo haber heredado este hábito de sus antecedentes judíos. En el mun­ do judío, la instauración por Esdras de lecturas públicas semanales de las Escrituras hacia el 444 a.C. fue un principio de gran importancia. I S:{

Como lo muestraJosefo, en las sinagogas del siglo 1 d.C., la lectura ocu­ paba un lugar importante en el servicio, colocada en tre las plegarias o bendiciones iniciales y la homilía, que normalmente estaba basada en lo que había sido leído y conducía a la plegaria finaJ . 1 H4 En la mañana del

sabbath, la lectura se dividía en dos partes; una correspondiente a la Tora y la otra proveniente de los Profetas, la cual era elegida en función de la primera. La lectura de la Escritura y sus rituales adyacentes era la parte principal, y quizá la única, del servicio religioso. Estaba a cargo de miem­ bros laicos de la congregación que, en el periodo rabínico, debían ser al menos siete personas, cada una de las cuales leía al menos tres versos de la Tora. Esto era posible porque la instrucción entre los judíos era mucho más amplia que la educación, en griego o latín, en tre los cristianos y po­ nía menos énfasis en las jerarquías sociales. Antes de su destrucción, el año 78 d.C.,Jerusalén parece haber contado con 480 sinagogas, cada una dotada de una "casa de lectura", dedicada a la instrucción de los niiios en la lectura de la Escritura, y una "casa de la enseñanza" dedicada a instruir a los mayores en la Tora oral. El Nuevo Testamento conoce esta tradición y menciona en varias ocasiones la lectura vocalizada de la Escritura judía realizada en las sina­ gogas ( H echos 1 3: 1 5 ; 2 Cor. 3: 1 4 ) . Probablemente la nueva religión no hizo más que seguir estos anteceden tes. Muchos elementos del servicio cristiano eran deudores de la ceremonia en la sinagoga, porque el cris­ tianismo surgió como un movimiento sectario den tro del judaísmo. En


SER( ;JO Pi:RU CORTÉS

un primer momento, los cristianos debieron mezclar en la lectura pocos escritos propios con la Escritura judía, puesto que un cierto número de conversos judíos contin uaba las tradiciones que les eran familiares. Y tal vez éstos se inclinaban más por los Profetas que por la Tora misma, por­ que si bien los escritos judíos pueden apoyar y confirmar el mensaje de Cristo, no le ofrecen una expresión completamente adecuada. L'na de las evidencias mayores proviene de las mismas palabras de san Pablo quien , como judío fariseo, estaba familiarizado con el ritual de la sinago­ ga. En sus epístolas, san Pablo hace frecuentes referencias a los escritos judíos suponiendo una cierta famil iaridad con ellos por parte de sus au­ ditores, aunque éstos eran básicamente gentiles conversos. Sus referen­ cias no son únicamente ocasionales, sino que insisten en la pertinencia de esos escritos para orientar la conducta de las comun idades cristianas. Es válido entonces hacer la inferencia de que lo:> textos judíos eran leí­ dos en algún momento del ritual cristiano. La primera mención explícita de la lectura en los oficios eclesiásticos proviene de Justino Mártir, en el siglo 11 d. C.: "y durante el día llamado del Sol 1 85 hay una asamblea de todos los que viven en la ciudad y en el campo y ahí son leídas las memorias de los apóstoles y las escrituras de los profetas, todo lo que el tiempo lo permite. Luego, el lector se detie­ ne y el que preside habla, exhortándonos y amonestándonos a imitar esos ejemplos excelentes". 1 80 Desde su inicio, la celebración del domin­ go cristiano ofrece dos partes solidarias: la liturgia eucarística, núcleo simbólico de la misa, y la liturgia de la palabra, entre la cual se encuen­ tra la lectura al iado de la homilía y el sermón . Para justino, "palabra" y "sacramento" forman una unidad al interior de una única asamblea, pero es probable que ésta sea la forma definitiva de un proceso de unifi­ cación de lo que originalmente eran dos tipos de servicio cristiano, co­ rrespondientes a la distinción hecha en el judaísmo en tre el servicio en la sinagoga que incluía la plegaria, la lectura y la prédica, y el servicio del templo, que con sistía en el culto sacrificial. 1 87 Desde el in icio, la deuda cristiana para con el ritual judío no significó imitación absoluta. Justino menciona que todavía se Icen las "memorias de los apóstoles", que es el nombre que él da a los Evangelios y los "escritos de los profetas" que for­ man parte de las Escrituras judías, pero un poco más tarde, en tiempos de I reneo de Lyon y Clemente de Al�jandría, ya predominaban los escri­ tos cristianos. Los Evangelios y los primeros textos cristianos fueron escritos en grie­ go y en el comienzo debieron ser leídos en esta lengua. Exceptuada Pales­ tina, la lengua del primer cristianismo fue el griego, incluso en Roma. De los primeros catorce obispos de Roma, diez fueron griegos y en griego se

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Ll TRA\'}:Si.\

DE 1"� ESCRITl 'R.\

escribieron las inscripciones de sus lápidas. Hay indicaciones de que en algunas áreas no griegas una traducción seguía a la lectura de la Biblia: Egeria, en su Itinerario ( siglo IV d. C.) dice que se leía primero en griego y luego alguien traducía al sirio. Después del exilio, en su ceremonia, los ju­ díos también solían traducir del hebreo al arameo de manera simultánea, pero bajo normas que hacían imposible la confusión entre la lectura y la traducción: el traductor siempre tenía que ser diferente del lector, tenía prohibido leer la traducción de un texto escrito, lo mismo que hacer pau­ sas, y debía interpretar en un tono más bajo que la lectura. Los cristianos, por el contrario, quienes nunca consideraron a la lengua griega con el ca­ rácter sagrado con el que los judíos valoraban al hebreo, pronto admitie­ ron la aparición de traducciones de su Escritura al latín o al sirio permi­ tiendo que, cuando fuese posible, la lectura fuese realizada en lengua vernácula. 1 88 Puesto que la lectura de las Escrituras era una parte esencial de los oficios, las traducciones de la Biblia al latín adquirieron la mayor importancia: ellas empiezan a aparecer en el siglo 11 d.C, patrocinadas ini­ cialmente por los obispos, pero en algunos casos eran obra de hombres de dudosa reputación. El primer signo de una versión en latín autorizada aparece en el norte de África y es la traducción que Cipriano de Cártago cita con frecuencia en sus cartas. En Roma, las primeras indicaciones de una Biblia latina aparecen con Novaciano, pero a partir del siglo IV, la va­ riedad de traducciones se hace patente. 1 89 El latín no empezó a predomi­ nar en el cristianismo romano sino hasta bien entrado el siglo III d.C., cuando aparecen algunos libros cristianos compuestos originalmente en latín y éste se convierte en la lengua oficial de la Iglesia romana. Aunque la evidencia es muy tardía, probablemente las lecturas fueron las prime­ ras en realizar ese cambio: los lectores comenzaron a interpretar en latín y los auditores perdieron el conocimiento que tenían de las fuentes origi­ nales griegas. Entre el 360 y el 382 d.C. el latín se confirmó como la len­ gua de la liturgia. 1 90 Como lo indica la cita de Justino Mártir, en el cristianismo inicial y aun en tiempos de los oficios en latín, la misa se llevaba a cabo únicamente los domingos y ciertos días de fiesta. Se esperaba que toda la congregación se reuniera entonces porque la misa representaba la unidad de la Iglesia. Se­ gún León el Grande, era posible realizar una segunda misa en la iglesia si por alguna razón los fieles no habían podido asistir, pero esto no era la re­ gla. Lo que sucedía cotidianamente no era la misa, sino un tipo diferente de servicio: las horas canónicas. 1 9 1 Este servicio se realizaba dos veces al día, por la mañana y por la tarde. Hacia el siglo VI en Roma, el servicio matinal estaba compuesto de tres o cuatro lecturas conocidas bajo el títu­ lo general de lectiones, seguidas del canto del mismo n úmero de salmos,


tanto en forma de antífona como en forma de responsorio. El principio esencial que guiaba la estructura del oficio diario era proveer tiempo y es­ pacio suficiente para la lectura, especialmente de las Sagradas Escrituras que recibían la más alta estima. Dios ofrecía su Gracia y sus bendiciones a través de esos escritos que no estaban al alcance de la mayoría de los fie­ les; en consecuencia, la lectura pública tenía una importancia mucho ma­ yor de la que hoy se le cor1eede . 1 92 La lectura precedía a las oraciones, bajo el principio teológico de que antes de dirigirse a Dios era equitativo escuchar lo que É l quería comun icar. La respuesta de la congregación a las palabras de Dios interpretadas por el lector era una canción, porque el mensaje recibido era un signo de gracia y de piedad divina. Para concluir, la comunidad expresaba sus peticiones en una oración y aquel que presi­ día la reunión, obispo u abad, sintetizaba tales plegarias en una oración conclusiva. 1 93 Había numerosas modificaciones a la herencia judía, pero es innegable que la nueva fe había adoptado la lectura vocalizada como parte esencial de la instrucción colectiva; por ello, a manera de repren­ sión a algunos creyentes, san Pablo había podido decir: "vosotros que de­ bíais estar b�jo la ley, ¿no habéis oído leer la ley? ". 1 94 La lectura ante la congregación tuvo un notable efecto adicional en la formación del canon cristiano. Como se ha visto, a pesar de sus orígenes judíos, el cristianismo no empezó siendo una religión del libro. 1 y:; La fe de los primeros cristianos descansaba en la herencia de una persona, je­ sús, cuya imagen había sido preservada en la tradición oral. La necesidad de conservar por escrito ese legado se dejó sentir gradual mente y más tarde la idea de delimitar un conjunto de textos con autoridad para legiti­ marlo, excluyendo a muchos otros de ese canon cerrado. El proceso de formación del canon cristiano no concluyó sino hasta finales del siglo I\' d.C., en el momento cuando se obtuvo una amplia un iformidad entre las iglesias de Oriente y Occidente . 1 96 Lo notable es que la selección no fue obra de ninguna autoridad eclesiástica normativa, sino una gradual aso­ ciación de escritos agrupados en medio de profundas disensiones inter­ nas, al punto que la palabra "canon " no fue utilizada para referirse a las Escrituras cristianas sino hasta mediados del siglo I\'. 1 97 Originalmente, el término "canon" significaba simplemente "lista", la lista de los libros em­ pleados en la iglesia y, más específicamente, leídos en los oficios públicos. 1 9x La lectura en el servicio divino no fue, desde luego, el único criterio de fórmación del canon y muchas otras consideraciones tomaron parte, por �jemplo, el origen apostólico, la confórmidad con la llamada "regla de la fe ", la catolicidad y la opinión de personalidades de la talla de san Jerónimo y San Agustín. El origen apostólico sobre todo, real o ficti­ cio, otorgaba a un determinado escrito una presunción de autoridad, es-

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L\ TRAVFSÍA DE L\ ESCRJTl'RA

pecialmente si se refería a testigos próximos de la vida de Jesús. La confor­ midad con la tradición básica cristiana que se había ido creando en las co­ munidades también era esencial porque ningún escrito que pudiera con­ tradecir las normas cristianas de vida aceptadas (que la Iglesia primitiva llamaba la "regla de la verdad ") podía pretender una aceptación generali­ zada. Pero entre esos criterios, el principio de uso y aceptación continua en la enseñanza y la ceremonia, en numerosas congregaciones, resultó ser decisivo para que un escrito se convirtiera en canónico. Los principios del origen apostólico y de ortodoxia a las normas cristianas eran impor­ tantes, pero lo era aún más el uso público en la liturgia. El canon que re­ sultó es un buen índice de los primeros escritos cristianos que captaron la atención de las Iglesias en los siglos de formación; esos escritos fueron re­ tenidos porque alimentaron y guiaron la fe y la vida de la mayoría de las comunidades originales. Se constituyó como un conjunto porque en la lectura hecha en la iglesia, el auditorio era capaz de captar secuencias de even tos y percibía la idea general del mundo ofrecida por la enseñanza de jesús. Este principio de aceptación generalizada para la formación del canon era prominente en Orígenes y lo sería aún más en Eusebio de Ce­ sarea, pero se expresa con toda claridad en san .Jerónimo cuando escribe, a propósito de la Carta a los hebreos, un escrito que fue agregado a las cartas de san Pablo por el Concilio de Cártago ( 397 d.C.) a pesar de la convicción de que no era un escrito del apóstol: "No importa quién es el autor de la Epístola a los hebreos -dice san .Jerónimo-, porque en todo caso es un hombre de la Iglesia y ella es constantemente leída en las igle­ sias". 1 99 Lo importante es que la lectura en los oficios era el lugar concre­ to desde el cual los textos obtenían autoridad y el lugar en que esa autori­ dad surtía efecto. Naturalmente, no todo documento leído ante las congregaciones alcanzó el estatuto de canónico, pero aquellos que lo lo­ graron tenían como antecedente haber sido frecuentemente interpreta­ dos ante los fieles por la voz lectora. �00 Se puede percibir mejor ahora la i mportancia de la lectura y del lec­ tor en la Iglesia primi tiva. Como un testimonio inconsciente de ello, al precisar lo que sign ificaría el fin de los tiempos, H ipólito de Roma i m a­ ginó el fin de la lectura: "el servicio público de Dios se extinguirá, la sal­ modia cesará y la lectura de la Escritura ya no será escuchada".20 1 La responsabilidad del lector era muy grande. Leer no era únicamente vo­ calizar la palabra de Dios, sino revivirla mediante un acto ritual rodeado de la mayor atención , al grado de que el mismo san Pablo consideró ne­ cesario recomendar a Timoteo "vigilar la lectura, la prédica y la ense­ r1anza", y .Juan inició el Apocalipsis pronunciando una bendición para "aquel que lee " y para "aquellos que escuchan ". 202 Resulta comprensible

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SER<;IO l'f:IU:Z CORTf:s

que la lectura se convirtiera pronto en un oficio: hacia el siglo 11 d. C. ha­ bía surgido en la Iglesia un orden específico, el de lector, anagnostes, lec­ tor en latín, que se convirtió en la más antigua de las llamadas "órdenes menores" de los clérigos. El oficio está testimoniado primero en el norte de África por Tertuliano y un poco más tarde en Roma por Hipólito, pero hacia el siglo III d.C. se encontraba establecido en todas partes. Su estatuto, sin embargo, es más incierto. Según Hipólito, el lector es "or­ denado" cuando el obispo le entrega el libro, pero no recibe la imposi­ ción de manos; las Constituciones Apostólicas y la Didascalia Apostolorum, en cambio, sugieren que sí recibía la imposición de manos, un ritual por medio del cual se comun icaba su consagración a Dios y una calidad y ex­ celencia espiritual particulares. De cualquier modo, los lectores eran presentados a la congregación en set'íal de autoridad: "cuando los lecto­ res son ordenados, el obispo comienza por hablar de su conducta al pueblo cristiano. Enseguida, en presencia de la masa de los fieles, les en­ trega un rodex de las Escrituras divinas para que e llos anuncien la Pala­ bra de Dios". 203 La diferencia respecto a su consagración se debe quizás a que en la Iglesia occidental, el lector fue considerado esencialmente el funcionario a cargo de un acto ritual que incluía la preservación de los libros, mientras en la Iglesia orien tal su habilidad recibía una mayor va­ loración espiritual. Originalmente, el lector ocupaba un puesto superior y documentos antiguos lo colocan en un rango mayor que el del subdiácono, pero cuan­ do se estableció la estrictajerarquía del clero masculino, ésta se encontra­ ba en el siguiente orden: subdiaconado, acolitado, exorcistado, lectorado y ostiariado. 204 Este descenso gradual se explica porque en un principio la capacidad de leer fue apreciada como uno de los principales dones del espíritu, como un carisma, pero en una tendencia que es perceptible des­ de finales del siglo 1 d.C. aquellas actividades consideradas carismáticas fueron asimiladas poco a poco a oficios particulares y l legaron a ser t:ierci­ das mediante una autoridad fua. Lo mismo sucedió con aquello que el lector tenía autorización para leer en público. Inicialmente, él era res­ ponsable de todas las lecturas del servicio. Justino dice que tanto los "es­ critos de los profetas" como las "memorias de los apóstoles" eran inter­ pretadas por los lectores, y Cipriano (siglo III d.C. ) da testimonio de que en su tiempo, en Cártago, leer los Evangelios todavía era privilegio de los lectores. La razón es que en la Iglesia de los primeros tiempos la lectura recayó en los miembros letrados de las congregaciones primitivas y no ne­ cesariamente en la jerarquía, que en ese momento podía no estar alfabe­ tizada, o leer inadecuadamente. En aquel momento, en algunas iglesias el lector no sólo leía las Escrituras, sino que también ofrecía una homilía

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en la que interpretaba y aplicaba el fragmento que había leído. Pero a medida que la alfabetización creció y se consolidaron los oficios eclesiásti­ cos, la responsabilidad de esta i nterpretación fue transmitida a aquellos que gobernaban la Iglesia y administraban su enseñanza: obispos, presbí­ teros, diáconos. Hacia el siglo IV d. C. tanto en Oriente como en Occiden­ te, la lectura de los Evangelios, un privilegio especial desde luego, fue mo­ nopolio de los diáconos y presbíteros, mien tras los lectores debieron concentrarse en el Antiguo Testamen to y en las Epístolas. Los Cánones de Basilio ya insisten en que únicamente un diácono o un presbítero puede leer el Evangelio en la Iglesia católica y nadie puede elevarse por encima de ese rango. A pesar de estas variaciones, debido a su origen , el oficio de lector mantuvo cierta independencia respecto a otros oficios eclesiásticos y en todo momento recibió una estima particular: "no hay nada en un confesor de la fe que aproveche tanto a los hermanos como el que, mientras se oye de su boca la lectura del Evangelio, todo el que lo oiga imite la fidelidad del lector",205 escribió san Cipriano. En sus cartas, el mismo san Cipriano menciona a varios lectores por su nombre y suele cubrirlos de elogios, advirtiendo que aunque se trataba de una orden me­ nor, estaba estrechamente coordinada por los clérigos.206 Tal aprecio era natural, porque el lector era la puerta de acceso para muchos iletrados a una serie de páginas sagradas. Los oficios divinos concedieron a la lectura un lugar específico y visi­ ble desde el cual i nterpretar frente a la comunidad: se trataba de una pla­ taforma elevada, ancestro del púlpito, una especie de podio llamado am­ bón, o bien lectririum o legitorum. 207 La evidencia arqueológica muestra un pequeño podio que podía alcanzar 1 .50 o l . 70 metros de altura, con esca­ leras a ambos costados, provisto de balaustrada y de un atril para descan­ sar el libro durante la lectura, un conjunto más grande que un púlpito porque debía al<�ar al lector y eventualmente a dos acompañantes provis­ tos con candelabros. Hacia el siglo 1 1 1 d.C. el ambón debía ser común: san

Cipriano lo menciona como fJUlpitum. 208 El ambón�09 antecede a la cons­ trucción de las primeras basílicas cristianas, pero cuando hace su apari­ ción en éstas solía estar colocado en un lugar tan destacable como el cen­ tro de la nave principal y con frecuencia estaba unido al altar por una pasarela llamada "solea". 2 1 0 Era un lugar sumamente reservado: el Conci­ lio de Nicea del año 325 prohibió el acceso al ambón a todos quienes no hubiesen recibido la imposición de manos, y el Concilio de Laodicea del ailo 371 reservó el derecho a subir al ambón únicamen te a los lectores y a los cantores. Nunca fue usado para la prédica, porque en la Iglesia primi­ tiva el obispo predicaba desde su trono o desde las gradas del altar. El am­ bón sobrevivió hasta el siglo XIV, cuando comenzó a ser sustituido por el

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SERGIO Pt:REZ CoR n's

púlpito como sitio de la predicación ( pero unas Instrucciones Vaticanas recientes, de 1 964, sugieren nuevamente su uso para la lectura de libros de enseñanza católica) . En ese lugar exclusivo, el que leía, resaltado y ex­ puesto en un sitio en el que podía ser observado por todos, buscaba pro­ piciar sen timientos de valor y gloria en aquellos que lo escuchaban. De las palabras de Justino previamente citadas se desprende que, en los primeros siglos, la Escritura no era leída en pequeños, sino en largos fragmentos "tanto como el tiempo Jo permite ", dice el mártir. Es impro­ bable que las nuevas comun idades adoptaran la costumbre judía de la

lectio continua, es decir, la lectura secuencial y completa de la Tora en periodos establecidos de uno o bien de tres años. Probablemente en los primeros tiempos, y ciertamente durante el siglo 11 d.C., se fue impo­ niendo el uso de lecturas litúrgicas apropiadas de acuerdo con la recu­ rrencia an ual de fiestas y estaciones. A medida que el año li túrgico se estabilizó y las fiestas y las ocasiones rituales se multiplicaron, deter­ minados pasajes bíblicos quedaron asociados a éstas,21 1 lo que impedía la lectio continua de la Biblia. Inicialmente, la elección de tales pasajes era tarea del obispo, pero gradualmente esas lecturas, llamadas perícopas, se hicieron obligatorias.2 1 2 Las listas del ciclo anual de perícopas, que re­ cibieron el nombre de capitularia, seguían paso a paso el año litúrgico. No sobrevive n ingún documento litúrgico anterior al siglo VI que con­ tenga listas de lecturas, pero no hay duda de la existencia previa de esos

capitularia. Hasta el siglo

IX

d. C. el hábito fue marcar en los márgenes de

los Evangelios y aun en Biblias completas las perícopas que el lector de­ bía interpretar en cada ocasión, agregando al inicio o al final del libro la lista completa a modo de orientación . Sólo faltaba un pequeiio paso para extraer de ahí esos pasajes y transformarlos en un libro indepen­ diente. tste es el origen del Evangelario, un tipo de libro que contenía los pasajes completos de los Evangelios, ordenados según su ciclo anual de lecturas; del Epistolario, un género que contenía los pasajes epistola­ res completos, y del Leccionario, un libro que contenía tanto pas�es de los Evangelios como de las epístolas.2 1 3 Se trataba de libros de lectu­ ras.2 1 4 La aparición de estos nuevos tipos de libros no eliminó el uso de las notas al margen que subsistieron hasta el siglo XIV, pero ahora el lec­ tor manejaba con más frecuencia evangelarios o leccionarios, lo que fa­ cilitaba su tarea y le evitaba llevar al ambón la Biblia entera. Dada la im­ portancia de la lectura pública, los nuevos libros se hicieron suntuosos, especialmente los Evangelarios, que eran ricamente adornados y deco­ rados al punto que para referirse a ellos se usaban expresiones como tex­

tus aureus o líber aureus. 2 1 5 Son estos géneros de libros litúrgicos los que se convirtieron en obras maestras de la iluminación medieval, y fueron

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L\ rRAn.siA DE lA f.S< :Ri rt .RA

incluidos en los inventarios, al iado de los tesoros más preciados de igle­ sias y monasterios. Cn gran número de ceremonias litúrgicas en Oriente y Occidente ha­ cían preceder la lectura de la Biblia de una procesión en la que el libro re­ cibía homenaje como presencia de Cristo: la en trada del Evangelio a la iglesia representaba la llegada del Hijo de Dios, según el ritual de Cons­ tantinopla.21 6 El acceso de la Biblia al ambón era igualmente rodeado de un ceremonial de gran solemn idad para iluminar la importancia de la lec­

tío y la virtud que en ella residía. El ascenso era acompaii.ado por can tos llamados graduales (del latín gradus, peldaii.o) inspirados en versos de los Salmos o de otros cantos bíblicos. El acceso del lector al ambón y la lectu­ ra eran objeto de un meticuloso ritual del cual se conserva un relato en el

ardo romano: El diácono habiendo besado los pies del celebrante y solicitando su bendición va hacia el altar, toma el libro con el cual can tará el Evan­ gelio, lo besa y lo eleva y apoyándolo parcialmente en su hombro iz­ quierdo se dirige al ambón. Dos subdiáconos lo preceden con uno o dos incensarios; otro subdiácono precede a aquellos para alimentar los incensarios de vez en cuando. Llegados al ambón, los acólitos se apartan a fin de dejar pasar entre ellos a los subdiáconos y al diácono q ue porta el Evangelio. Los subdiáconos con sus incensarios suben al ambón por un lado y descienden por el lado opuesto rnan ten i(:ndose en pie en la escalera. El subdiácono q ue no lleva incensario se voltea hacia el diácono y presenta su brazo izquierdo sobre el cual al diáco­ no coloca el Evangelio a fin de que el subdiácono le indique la parte del texto que debe leer. Enseguida, el diácono sube al ambón y colo­ cando el libro sobre el pupitre canta y todo el mundo le responde. Habiendo sido cantado el Evangelio, el diácono desciende del ambón y el subdiácono recibe el libro de los Evangelios. Teniéndolo así, lo hace besar, lo primero por el obispo y luego por el sacerdote . � 1 7 Tratándose d e la lectura del Evangelio, e l subdiácono ocupaba el puesto del lector. Quizá por ese monopolio en la lectura llegaron a existir dos ambones, uno que solía estar colocado en el lado norte de la basílica para la lectura del Evangelio y un segundo, colocado en el lado sur, para la in­ terpretación de las Epístolas. En el cristianismo de los primeros días, las lecturas provenían en tera­ mente de la Biblia, pero a través de la Edad Media se introd�jeron otros escritos que podían ser extraídos de sermones pronunciados por figuras notables, como un papa o un Padre de la Iglesia, o bien de homilías y glo-

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sas de escritores de igual importancia. Eventualmente se usaron relatos de vidas de santos como lecturas especiales para una celebración específi­ ca, pero con frecuencia tales biografías eran inexactas e incluso apócrifas, de modo que provocaron que el término legenda, usado hasta entonces como sinónimo de lectio para significar cualquier lectura, adquiriera el sentido peyorativo de "narración fabulosa".2 1 8 Para referirse a la lectura se usaban los términos lertio o legenda, que incluían todo el grupo de

sermo, homilía o expositio, indicados para distintas clases de lecturas. Para la lectura de los Evangelios de usaba evangelium, y passio era utilizado para indicar pasajes de la historia de la pasión . Historia fue un término que lle­ gó a usarse para las lecturas del Antiguo Testamento. Una lectura miscelá­ nea, compuesta de pequeños fragmentos de la Biblia era llamada rapitu­

lum, en su significado de "encabezado" y no de "capítulo".2 19 En lo alto del ambón, el lector leía de pie, porque en la liturgia esa po­ sición es un signo de respeto: "de pie se hace la oración judía, lo mismo que la oración cristiana y de pie esperan los bienaventurados la venida del Hijo del Hombre".22° Con el códice abierto frente a sí ( porque desde el si­ glo 1 1 los cristianos adoptaron de manera casi exclusiva el códice en de­ trimento del volumen ) , el lector anunciaba que iba a leer y procedía a co­ menzar. Podía hacer uso de varias fórmulas para indicar el inicio de la lectura, las cuales recordaban aquellas iniciales de la oración: las frases de apertura conservadas parecen referirse a un intento de establecer un tiempo de la narración como In illo tempare para los p;:.sajes de los Evange­ lios o In diebus illis para los fragmentos del Antiguo Testamento. Las res­ ponsabilidades del lector ante la asamblea no eran menores que las de su homólogo ante auditorios paganos, la suya debía ser una ejecución verbal producto del conocimiento, con habilidad y discreción, cualidades que Isidoro de Sevilla, quien nos servirá de guía, establece para el intérprete cristiano del siglo VI d.C. Para Isidoro, el lector es ante todo un interme­ diario entre las Escrituras y el pueblo llano, por eso su primera obligación es respetar el sentido literal del texto que lec. Para ello

se

requieren dos

cosas: un escrito provisto de una puntuación adecuada y que el lector esté impregnado de cultura literaria y conocimiento de las ideas y de las pala­ bras, "de manera que pueda in terpretar, en la puntuación del escrito, dónde se termina un grupo de palabras, dónde el texto permanece en suspenso, dónde se encuentra la cláusula final".221 El respeto al sentido li­ teral no era obra de la casualidad: exigía por un lado preparar códices bien puntuados y por el otro preparar al lector para entender correcta­ mente el sentido de esos signos de puntuación. Conviene advertir, sin em­ bargo, que el lector cristiano se encontraba en una situación relativamen­ te más favorable que su homólogo pagano, porque en los oficios aquél

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[.A TRAVESÍA DE I.A ESCRITCR�

interpretaba un número limitado de textos intensamente estudiados, de manera que a la larga adquiría una gran familiaridad con ellos. Por otra parte, la importancia de esos libros hizo que desde Orígenes toda una co­ rriente se preocupara por entregar al lector textos mejor puntuados: se ha notado que, desde fechas muy tempranas, los textos litúrgicos que de­ bían ser leídos en voz alta presentan una puntuación más cuidadosa que la media y con frecuencia señalan con acentos las sílabas que debían lle­ varlos.222 Isidoro de Sevilla, por �jemplo, ya no espera que sea el lector quien agregue los signos de puntuación a la página, porque esta obliga­ ción se había ido trasladando gradualmente al copista, pero advierte que si éste hace un uso muy sumario de la puntuación, la habilidad de! lector debe ser mayor. Y sin embargo, se percibe en Isidoro una ansiedad, como si en su época la preparación de los lectores fuera tan deficiente que se en­ con traban desvalidos, como niños, ante un manuscrito mal puntuado. La segunda obligación del lector cristiano era respetar el sen tido bíblico del texto. Esta vez, su interpretación debía ser exacta porque existen algunos pas�jes de la Biblia que, a menos que se pronuncien correctamente, pue­ den caer en el contrasentido. La función del lector era importante por­ que la exactitud de la interpretación no involucraba únicamente la co­ rrección, sino la ortodoxia. Sin embargo, simultáneamente, el lector no era más que un intermediario y debía cuidar que su �jecución no desbor­ dara en exégesis o en comentario, cuestiones que corresponden a un pre­ dicador. El lector no era ni un laudator, ni un expositor y su lectura debía ser únicamente literal y didáctica, por eso San Agustín le exigía que no pronunciase ni una sola sílaba que no estuviese contenida en el escrito. La cuestión era importante porque en esos tiempos el lector se encontra­ ba con frecuencia asociado al laudator, el comen tarista de los textos leí­ dos. El lector era un transmisor de la palabra de Dios y su dominio especí­ fico era la interpretatio, en la que sus primeros deberes consistían en respetar la ortodoxia, la exposición literal y la claridad. La lectura antigua siempre fue expresiva y el lector cristiano no escapó a esa regla. Según Isidoro de Sevilla, en la pronuntiatio el lector debía res­ petar el sentido del texto divino "de manera a llevar a la comprensión el espíritu y el pensamiento de todos los auditores, distinguiendo las catego­ rías de elocución y manifestando los sentimientos apropiados a las ideas expresadas".223 Ésta era sólo la primera parte porque, como sabemos, la

pronuntiatio requería expresar también la personalidad y el tono apropia­ dos a los personajes involucrados "reproduciendo la voz de un hombre que lo mismo ofrece indicaciones, que expresa sufrimiento, expresa un reproche, incita a la valentía, y así sucesivamente en función de las catego­ rías de la elocución apropiada".224 Se percibe sin duda la enorme heren-

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SER< ;Jo Pi:Rt:z CoRTi:s

cia asociada a la oratoria y la lectura clásica, cuyas técnicas estaban bien establecidas. Sin embargo, ello provocó que la lectura cristiana tuviera problemas de delimitación con otros géneros interpretativos, en especial la oratoria. El lector ante la asamblea de fieles debía ofrecer una lectura expresiva, pero no al grado de caer en una representación emotiva que correspondía más bien al orador o al psalmista. La suya debía ser una in­ terpretación más contenida porque la lectura era esencialmente adoctri­ namiento, no emoción: "los lectores leen al pueblo la doctrina que debe seguir, los psalmistas cantan para provocar el sentimiento de tribulación en el espíritu de su oyen tes, aunque hay algunos lectores que recitan con tanto patetismo que arrastran a muchos al llanto y los lamentos". 225 La frontera entre la lectura dramatizada y los límites de la discreción era in­ trincada, por eso conviene aproximarse a la elocución que el lector ofre­ cía a la asamblea. La liturgia cristiana es un ritual complejo, pero sin duda dos de sus grandes orientaciones son la lectura y el canto. No se conservan indica­ ciones precisas acerca de cómo ejecutaba el lector su in terpretación en la Iglesia primitiva, pero todo hace pensar que la lectura no era hecha con la voz del habla, sino que era entonada, es decir, cantada con una infle­ xión simple. Se ha visto ya al lector del mundo clásico realizar una t:iecu­ ción declamatoria: para él, leer un texto poético era en cierto sentido no sólo leer, sino cantar, y aun en la ejecución de textos en prosa la lectura podía adoptar la cualidad melódica del canto, especialmente en contex­ tos públicos o ceremoniales. Del mismo modo, para ·�l lector cristiano la entonación ofrecía diversas ventajas. Cantar es un estilo solemne de leer y quizás era considerado adecuado al contenido de las Escrituras cristianas. Cantar es además el medio más efectivo de impresionar al oído y a la me­ moria con aquello que es leído, porque con sus entonaciones y ritmos, el canto provee al auditorio con un acceso gratificante. Desde un punto de vista más amplio, cantar es un modo de lograr que el escrito, que posee una autoridad suprema, sea claramente articulado. La preocupación principal del lector ante la asamblea era modular la voz para hacer inteli­ gible el escrito a quienes lo escuchaban. Cantar era justamente un medio de amplificar y proyectar la voz, lo mismo que hacerla más articulada y au­ dible. La exactitud en la emisión sonora no cesó de adquirir una mayor importancia con el tiempo, a medida que el latín se convertía para todos en una lengua extranjera. Por eso, desde su formación , el entrenamiento de los lectores cristianos tenía un intenso componente fonológico:226 lo que importaba era una vocalización irreprochable de los textos leídos en los oficios divinos. Lo que el niño aprendía era una correcta pronuncia­ ción que le permitiera vocalizar correctamente las palabras latinas que se

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le habían hecho extrarúeras: "los niiios comienzan por aprender el alfa­ beto r . . . ] luego practican cómo reconocer las palabras latinas, pronun­ ciarlas y cantarlas de acuerdo a las reglas del canto. Para ello usan libros li­ túrgicos como el salterio o el antifonario, en los que las letras escritas son de buen tamaño y fáciles de leer".227 El tipo de canto que el lertor �jecutaba era desde luego sencillo: su ob­ jetivo no era desarrollar una música enteramente autónoma, sino una suerte de interpretación para cada una de las frases del texto, las cuales eran in troducidas y seguidas por una melodía breve y simple. Este tipo de lectura, que no es ni habla ni canción, puede ser descrita como una espe­ cie de recitación melódica. Con todo, la lectura de libros en la ceremonia ponía nuevamente en cuestión la distinción en tre lo leído y lo can tado que había preocupado a la Antigüedad. En la lectura litúrgica, esa dife­ rencia era difícil de percibir. De hecho, antes del siglo 1\' d.C. no hubo ne­ cesidad de distinguir entre un lector y un cantor,22H porque el primero acumulaba las funciones de ambos y realizaba la entonación de todas las lecturas, incluidos los Salmos, que tempranamente habían desarrollado un modo de ejecución más melodioso. En tiempos de Agustín, los lecto­ res leían los salmos, pero les llegaba a suceder que los cantaran. Es des­ pués del siglo IV que aparece un nuevo person�je en los oficios: el cantor, llamado cantor, psaltes, psalmista o pronuntiatior, perteneciente también a una orden eclesiástica menor y aun más modesta que la de los lectores, al menos hasta el siglo VI d. C. cuando Gregorio 1 emprendió el gran impulso que condujo a la fundación del canto eclesiástico en Occidente. Hasta ese momento, y quizá debido a sus antecedentesjudíos, el propósito de la re­ citación melódica había sido adherirse a la palabra, renunciando a toda búsqueda de perfección artística y aun al uso de cualquier instrumento. El elemento musical era generado por las palabras, dependiente de la es­ tructura sintáctica del texto y subordinado a la comunicación oral.229 Se le ha llamado "logogénica" a esta clase de interpretación, para destacar su dependencia del mens�je verbal. Naturalmente, no todos los textos eran vocalizados de la misma mane­ ra: según Tertuliano, las Escrituras son leídas y los Salmos cantados, y San Agustín afirma que las lecturas deben ser pronuntiata o reritata, mientras

los Salmos y otras piezas son cantadas, canerP. 230 El lector debía estar espe­

cialmente atento a esta separación. De hecho, el mismo San Agustín ya ha­ bía advertido con tra el peligro de que la lectura se transformara en canto, deslizándose en ella el propósito de conmover, más que adoctrinar. Isido­ ro de Sevilla hizo suya esa misma preocupación y seiialó: "se dice lectura porque no se canta, como se can ta un salmo o un himno, sino porque so­ lamente se lee".231 La interpretación del lector debía ser expresiva y clara,

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SERGIO Pf:Rt.Z CORTf:s

pero más próxima a una proclamación que a una modulación. La lectura expresiva tenía que delegar en el psalmista una ejecución in tensamente afectiva que condujera a su auditorio a las lamentaciones y las lágrimas. 232 Los lectores cristianos habían heredado esta diferencia entre lectura, re­ citación y ejecución melódica del ritual realizado en las sinagogas. Es ca­ racterístico de la sin agoga que la Biblia nunca es leída como habla ordi­ naria o como declamación: siempre es cantada con alturas musicales y puntuada por cadencias melódicas asociadas a cláusulas o periodos. El mundo judío había creado esta forma austera de recitación en rechazo consciente a la tradición musical helenística, a la que juzgaba francamen­ te afeminada. Entre los judíos hay amplias referencias a la presencia del canto desde el siglo 11 d.C., pero es notable que el judaísmo nunca valoró en la música otra cosa que el acompañamiento de la palabra, mientras la Iglesia cristiana occidental, que al inicio adoptó la forma simple del canto bíblico, acabó desarrollando un notable sentido musical. Entre todos, los Salmos, ese conjunto de himnos que son comparti­ dos por la tradición judía y cristiana, tuvieron un desarrollo específico. Los Salmos adquirieron una interpretación musical antes que ninguna otra parte de las Escrituras porque, a diferencia de los otros textos, son poéticos. Su estructura es bien conocida: versos cortos, de una l ínea, di­ vidida en dos hemistiquios, en los cuales el pensamiento del primero re­ cibe un paralelismo en el segundo, por �jemplo en el Salmo 33: "regoci­ jaos, vosotros los justos, a causa de Yahvé; apropiada es para los rectos la alabanza".233 Probablemente algunos fueron incluso compuestos con vistas a ese canto ritual y en ciertos casos sus títulos ofrecen indicaciones sobre los tonos que deben usarse, como prototipos melódicos, quizá pro­ venientes de modelos populares, tal como el Salmo 22 que dice: "en el tono de ' La cierva de la Aurora"'.234 En torno a estos himnos se creó el patrón musical conocido como salmodia (en griego psalmodia ) , la cual, a partir del siglo IV se desarrolló en dos vertientes: como salmodia res­ ponsoria, en la que la asamblea responde al salmista con una estrofa que se repite idéntica, y como salmodia antifónica, que enfrenta a un coro con tra otro. La estructura lingüística de los Salmos imponía al psalmista la forma del canto:

cada salmo puede consistir de un número mayor o menor de versos los cuales no están organizados en estrofas simétricas. La melodía del verso se convierte entonces en la unidad musical que es repetida tantas veces como versos ¡jene cada salmo. La mayoría de esos versos están divididos en dos partes iguales por una cesura y la melodía salmódica sigue natu­ ralmente esa partición . Puesto que el verso bíblico está caracterizado por

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L\ TRAHSÍA

DE LA ESCRLTL RA

el n ú mero de sílabas acen tuadas sin consideración al n úmen> de sílabas no acen tuadas o débiles que les rodean, el verso de un salmo puede va­ riar ampliamente en longitud de acuerdo al número total de sílabas que posee . �:¡e,

La tonada, una suerte de letanía, debe adaptarse a esas condiciones tan laxas y para ello se vale simplemente del recitativo compuesto de una lí­ nea tonal cen tral que se interrumpe ún icamente para marcar los puntos sintácticos de la frase, el comienzo, el medio y el fin ; por t::i emplo en el Salmo 1 9. 1 : "La Gloria de Dios cuentan los ciclos; y la obra de sus manos pregona el firmamento". El material melódico es tan sencillo que des­ pués de unas cuantas repeticiones ha sido asimilado por el auditorio. Su efecto psicológico y estético descansa en la repetición incesante de la mis­ ma frase melódica que contrasta con las variaciones constantes que el tex­ to ofrece. Pronto, la tonada pierde todo interés y la atención se concentra en las palabras que proponen siempre un con ten ido n uevo. Las infle­ xiones vocálicas que sirven de acompai1amiento se ocultan y forman un trasfondo acústico que infiltra el subconsciente y crea una emotiva dis­ posición particular, por el placer rítmico verbal y corporal, por la gratifi­ cación ofrecida a la memoria. Cuando esto sucede, el psalmista, y su audi­ torio se encuentran en la sintonía perfecta de la tradición oral, lo que muestra que la habilidad del recitante consiste en persuadir, más que en argumentar, involucrando a sus oyentes, mediante la interpelación, en un intenso compromiso psicológico. Aun entonces, la música no es un arte autónomo, sino parte de un género narrativo colectivo, porque su o�jeti­ vo final es unir a la comunidad, concentrando en la letanía la expresión y la participación de todos y cada uno en la alegría, el agradecimiento, la sú­ plica o la pena.:!:�¡¡ El lector no llegaba a provocar semejante compromiso emocional y en cierto modo incl uso le estaba vedado remover esas intensas emociones. Pero su actividad era decisiva en el plano pastoral : él debía comprender su rodex, leerlo con la expresividad literaria indispensable desde el doble punto de vista del sentido y del color afectivo del enunciado, orientando además la comprensión teológica del texto en un sentido ortodoxo. La calidad de su voz debía ser una digna represen tante de toda la Iglesia: "su voz -dice Isidoro de Sevilla- debe ser simple, clara, adaptada a todo gé­ nero de elocución e igualmente debe poseer jugo viril, ni humilde, ni exageradamente orgullosa, ni quebradiza, ni gélida y carente sobre todo de cualquier inflexión femenina". �:n Como se ve, los cristianos adoptaron el gusto clásico de los an tiguos oradores por la expresión sobria y viril. Pero aun esta aproximación al orador an tiguo es inexacta, porque el

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lector no debía l legar a una verdadera recitación teatral, por lo cual se le restringía otro aspecto de la actio retórica: el movimiento del cuerpo. En efecto, el lector "no acompañará su voz con movimientos del cuerpo sino únicamente con una actitud llena de gravedad. Él debe cuidar de al­ canzar los oídos y los corazones, pero no los ojos para evitar, con su propia actitud, transformar a los auditores en espectadores".23R Según Isidoro, a la dignidad del lector no le conviene ninguno de los gestos propios del escenario. Finalmente, en su ejecución, aquél debe evitar una tonalidad vulgar que recuerde al iletrado.239 Su in terpretación debe ser natural y no artificial, crear una cierta distancia emblemática sin por ello parecer miembro de otro mundo espiritual. Tal cantidad de obligaciones se expli­ ca porque el lector era en cierto modo un escaparate a la vista de todos y de su éxito o su fracaso dependía que el mens�je de la Iglesia fuese respe­ tado o tomado en irrisión. Su ejecución verbal podía ser maravillosamen­ te efectiva, o bien conducir al rechazo por parte de los fieles que no tení­ an otro modo de acceder a la página escrita. La voz que resonaba desde el ambón podía tener todas las edades. No había un momento de la vida estipulado para convertirse en lector cristia­ no. Hacia el siglo IV d.C. había cierta tendencia a admitir niñosjóvenes en el rango de los lectores: san Ambrosio habla de lectores parvuli y San Agustín menciona un grupo de lectores infantuli. Algunas inscripciones encontradas en lápidas se refieren a lectores tan jóvenes como ese Vitalis, de tan sólo cinco años de edad, quizá b�jo la idea de que la inocencia in­ fantil era la más adecuada para transmitir sin alteraciones la palabra de Dios. Para dar instrucción a esos pequeños se creó una organización pre­

sidida por un diácono, el primirerius lertorum. 240 Debido a que el lector ini­ ciaba su carrera tan joven dentro de la jerarquía eclesial, el lectorado se convirtió en una vía de progreso hacia rangos más altos: se conocen casos como el de Epifanio, quien habiendo sido lector desde los ocho años lle­ gó a ser obispo de Pavia.241 No obstante, dadas las habilidades requeridas, la edad del lector solía ser más avanzada, entre el final de la adolescencia y la madurez ( aunque mediante las inscripciones lapidarias se conocen

casos de lectores de hasta 73 años de edad) . Gallus Cesar y su hermano ju­ liano (quien pasaría a la historia como el Apóstata) , por ejemplo, fueron autorizados "a leer ante el pueblo los libros eclesiásticos" entre los catorce y los veinte años de edad.242 La mayoría de los lectores se encontraba en ese rango. U na prueba de ello es que, como para todas las órdenes meno­ res, estaba estipulado que los lectores podían casarse, aunque sólo una vez, y un canon estableció en detalle las condiciones para esos matrimo­ nios. Su trayectoria era bastante clara: llegados a la adolescencia, los jóve­ nes lectores tenían que hacer una elección : o bien casarse, o bien hacer

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profesión de continencia. Esperando que hicieran esa elección , eran

temporalmente marginados del lertomdo. 24:>. En cuanto al género, debe hacerse notar que del ambón provenían sobre todo voces varoniles. Exis­

te muy poca evidencia de mujeres lectoras. Ellas aparecen mencionadas en un documento llamado 1 27 Cánones al iado de las subdiaconisas, aun­ que únicamente como lectoras ocasionales,244 pero Tertuliano, quien se queja de las transformaciones acaecidas en los oficios de la Iglesia, no menciona a las lectoras entre los atrevimientos a que habían llegado las nn�jeres. Quizás el cristianismo había sido influido en ello por la brutal afirmación hebrea con la cual se las había excluido del canto.24'' Tal diversidad de condiciones entre los lectores era posible porque, a diferencia del lector clásico, quien requería amplios conocimientos y ex­ periencia para enfrentarse a la página escrita, el lector cristiano recibía ayudas provenientes de la creciente mejoría en la legibilidad de la página. Pero el proceso que cond�jo a una mejor legibilidad y a libros de mayor calidad fue lento: los primeros libros cristianos eran muy modestos y no fue sino hasta el siglo IV que comenzaron a ser producidos b�jo un están­ dar bibliográfico profesional y literario. Antes de eso, las congregacio­ nes no con taban con las condiciones para elaborar nada similar a los be­ llos libros paganos: ni copistas con experiencia, ni scriptoria numerosos. Las páginas que los primeros lectores cristianos tenían ante los �jos no fueron producto del comercio profesional del libro, sino obra de las pe­ queñas comunidades para uso propio, realizadas por los miembros letra­ dos más competentes, pero que en conjunto se encontraban muy por de­ bajo de los escribas de oficio.246 Las numerosas corrupciones contenidas en los manuscritos conservados exhiben una gran variedad de calidades en la transcripción, muestra de que esos textos fueron constantemente co­ piados. En ellos, algunos escribas eran escrupulosos y copiaban sus mo­ delos fielmente, pero muchos otros mostraban una falta de atención que sugiere que, o bien no eran profesionales de la copia, o bien no con­ sideraban estar escribiendo un texto de alta calidad.247 Esos manuscritos previos al siglo IV raramente contienen el tipo de escritura libraria que era usual en los libros profesionales en la época del Imperio, y más bien ofrecen una escritura informal que a veces ha sido llamada "documentaria reformada", próxima en ciertos aspectos a las variantes cursivas. Además, se trataba de modestos libros pequeños, todos ellos en forma de códice: a juzgar por los tjemplos que han sobrevivido, el tamaiio promedio oscila­ ba en tre los 20 y 25 centímetros de altura y los 8 y 1 5 centímetros de an­ cho. Tampoco eran voluminosos: normalmente contenían un solo docu­ mento porque la práctica de incluir diversos escritos en un ún ico códice era limitada. El mayor de los primeros libros cristianos conservados, que

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contiene las epístolas paulinas, estaba compuesto originalmente de 20H páginas. Normalmente, cada documento era físicamente un libro en sí mismo y su apariencia era más próxima a lo que hoy llamaríamos un pan­ fleto que a un tomo.:!4H Aun dentro de su modesta apariencia latía el impulso a una legibili­ dad mejorada. Al menos desde Orígenes, el segmento altamente culti\·a­ do de editores cristianos manifestó una clara preocupación por textos correctos, enmendados y confrontados contra los mejores t:jemplares dis­ ponibles. Se ha creído percibir, desde los primeros manuscritos, algunas diferencias formales: un menor número de líneas de escritura por pági­ na, con un menor número de letras por línea, y una mayor frecuencia re­ lativa de acentos, puntuación y pausas de respiración, introducidos quizá con el objetivo de facilitar la lectura pública.249 Sin embargo, las ayudas que el lector recibía aun no bastaban para reemplazar la habilidad litera­ ria y, en cierto sentido, él seguía siendo un estudioso de los textos y su cus­ todio. No es una casualidad que, cuando en siglo IV, en Cirta, capital de 1\:umidia, se inició una incautación de libros cristianos acusados de pro­ mover la magia, las investigaciones originalmente dirigidas contra los subdiáconos, debieron orientarse a los lectores, quienes tenían los libros en sus casas, probablemente como parte de su preparación: al visitar la casa de Eugenius, éste entregó cuatro códices; Felix, cinco; Victorinus, ocho; Pr�jectus, cinco códices grandes y dos pequer1os; Víctor, el maestro de la escuela, dos códices y cuatro folletos; Coddeo no se encontraba en casa, pero su m�jer en tregó al oficial seis códices, y todo ello en una sola visita.2''0 Pero si el lector recibía un cierto auxilio en su tarea, en cambio debió cumplir con una nueva exigencia respecto a su perfil moral. En efécto, la espiritualidad propia de la lectura cristiana y la importancia de su propia posición hicieron que el lector fuera considerado como un ico­ no viviente de ciertas dotes morales. ÍJnicamente podía ser nombrado lector alguien que había sido cuidadosamente examinado: no debía ser parlanchín o bromista, no podía ser afecto a las bebidas alcohólicas y, por el contrario, debía poseer una buena moral, ser obediente, de intencio­ nes benévolas, miembro distinguido de la asamblea de fieles, tener expre­ sión franca, ser hábil en la exposición y sobre todo poseer la conciencia de que actuaba desde el lugar simbólico del evangelista. El lector cristiano ante la asamblea de fieles permaneció durante un lapso histórico de muchos siglos, mientras su colega pagano se extinguía gradualmente, lo mismo que la civilización clásica. Con él, las lecturas pú­ blicas prolongaron su existencia. Pero simultáneamente se estaban desa­ rrollando nuevas comunidades de lectores, impulsados por otras motiYa­ ciones y con nuevos comportamientos. A la vocalización del texto, la


L\ IRAVESÍA DE L� FSCRrl l ' RA

complementaban con el murmullo y luego con el silencio. A decir ver­ dad, otro modelo de lectura se elaboraba en el interior de los monaste­ rios, a Jos que conviene ahora penetrar. EL LECTOR El\" EL \101\:ASTERIO

En los inicios del siglo IV d. C. la espiritualidad cristiana fue testigo del pri­ mer gran impulso por establecer y regular, mediante el monacato, las prácticas ascéticas y místicas que habían proliferado en las comunidades primitivas. Fue entonces cuando san Antonio dio forma al modo de vivir solitario en la contemplación de Dios, que de tiempo atrás se venía practi­ cando en el norte y centro de Egipto. Fue también durante la primera mi­ tad de ese siglo que en el sur de Egipto se estableció el principio de vivir en comunión dentro de un grupo organ izado: koinonía, bajo el ejemplo personal y la célebre Regla escrita por san Pacomio. Todo ello debió res­ ponder a una intensa necesidad, porque antes de morir, en 346 d.C., Pa­ comio había establecido ya nueve monasterios cenobitas de hombres y uno para rm�jeres. Esta modalidad colectiva de ascetismo y dedicación a Dios se extendió hacia Grecia debido a los esfuerzos de san Basilio el Grande, obispo de Cesárea, y gracias a éste se consolidó como disciplina religiosa, muy diferente y preferible a la búsqueda solitaria del anacoreta, con sus intensas mortificaciones de la carne, que había an imado el deseo ardiente de los seguidores del ejemplo de san Antonio. San Atanasio in­ trodujo aquella forma de vida en Roma el ailo 340, la que pronto se ex­ tendió a las Galias y al norte de África. Aunque rápidamente integrado a la Iglesia, el monacato fue pues en un principio un proyecto laico, delibe­ radamente separado del clero oficial. Hasta el siglo IX d.C. , cuando la re­ cepción de las órdenes sacerdotales fue considerada la coronación de la vida espiritual, los monasterios estuvieron compuestos mayoritariamente por laicos. A (�stos, el monacato cenobítico les ofrecía un modo de vida ca­ racterizado por el hecho de que el individuo se encontraba sumergido en la comunidad, cuya norma común debía adoptar. Cuando adquirió su forma más estable en el siglo VI d. C. con la Regla de s an Benito, el objetivo esencial de esa colectividad era convertirse en "una escuela del servicio divino".2'' 1 El acto mayor de este servicio era la celebración del Oficio Di­ vino, "la obra de Dios" -opus Dei, como la llamaba san Benito-, a la que nada puede superar. Sólo una vez cumplido el servicio de Dios, objeto principal de la vida monacal, el trabajo manual, incluida la copia de libros y la lectura podían comenzar, sin que éstos perdieran en ningún momen­ to ese original aliento ascético y místico.

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La lectura en el monasterio tiene sentido únicamente dentro de este contexto espiritual. Pero está lejos de ser una cuestión menor en la \ida de los monjes. Muchos maestros espirituales del monacato primitivo: san Pacomio, san Basilio, Evagrio Póntico, san .Jerónimo y Casiano concedie­ ron a la lectura un puesto de gran relieve en la vida religiosa. Se le llamó lertio divina porque provenía del rechazo consciente al libro pagano para concen trarse en el estudio exclusivo de la Escritura.:zo;:z La Biblia consti­ tuía un elemento imprescindible en la formación espiritual porque ella señalaba al monje el camino de su diálogo con Dios. En sentido propio y estricto, lectio divina denotaba la lectura de la Biblia, que desde el princi­ pio se había convertido en el libro de anacoretas y cenobitas. En conse­ cuencia, para los monjes, el verdadero lugar de la lertio divina está entre los �jercicios espirituales, al iado de la oración, porque tiene como propó­ sito alimentar la meditación y la plegaria.:z:.:l Mediante la lectura, que es un acto continuo, Dios comunica su Palabra, mientras en la oración, que es un acto puntual, aquel que reza se ofrece a f] : "cuando oras, tú le ha­ blas a tu esposo, cuando Ices É l te habla a ti", escribió san Jerónimo a una de sus discípulas.2'>l La fórmación espiritual del monje tenía así dos ocu­ paciones complementarias: la oración y la lectura, o mejor, el ejercicio espiritual era uno y único, es decir, había una unidad en torno a un obje­ tivo: permanecer con la atención cen trada en Dios y su palabra, en­ tablando con É l un diálogo mediante la plegaria y la lectura. De este modo, la lPctio se convirtió, lo mismo que los otros c::j ercicios ascéticos, en una de las vías constitutivas de la espiritualidad del monacato. En la vida monástica, la lectura tenía remotos antecedentes. San Paco­ mio, por ejemplo, obligaba a los analfabetos a aprender a leer en el mo­ mento de ingresar a cualquiera de sus monasterios, aun a aquellos aspi­ rantes que no sentían ninguna atracciún por las letras. Los nii1os y los adultos menores de cincuenta al1os que ingresaban en los monasterios b<�jo la Regla de San Benito debían igualmente aprender a leer en sesio­ nes de tres horas diarias, orgauizados en grupos de diez personas. Saber leer era obligatorio también en las Statuta de Cesareo y la Regula de Fe­ rréol de Uzes.2'-''' :'\Jo era así en el monacato original, en el que algunos monjes analfabetas progresaban en su instrucción escuchando leer en voz alta y reteniendo en la memoria lo escuchado. El caso paradigmático fue san Antonio, el padre espiritual de los monjes anacoretas, quien era analfabeto, pero conocía las Escrituras de memoria simplemente "mante­ ni{�ndose atento mientras se leían, de modo que nada se le escapaba y lo retenía todo, pues así su memoria le servía de libro''.2"6 Y de cualquier modo, no se anulaba la presencia de lecturas colectivas. Por esta razón, la lectio divina coexistía con las lecturas públicas, con la gran diferencia de

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L\ 1 RA\'ESiA DE

1A

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que la primera era una lectura personal. Los legisladores monásticos no se conformaban con una recepción pasiva de la palabra y exigían la lectu­ ra individual, hecho más bien novedoso en un mundo en el que la lectura pública era la norma que exigía un esfuerzo considerable, incluso en hombres cultivados. Tal era la situación reinante en el monasterio: la lec­ tura personal hecha en un murmullo o voz alta coexistió con la lectura pública realizada en los oficios y en el refectorio, durante las comidas, la primera de las cuales había recibido el nombre de "colación ", debido a que en ella solían leerse las Collationes de Casiano. Y todo ello con el telón de fondo de la obligación monástica del silencio. 1\:aturalrnente, se trata­ ba de una lectura expresiva porque en ese mundo sigiloso no era admiti­ da la voz cotidiana, sino únicamente la voz tradicional, es decir, diversas fórmas de habla modulada. Lo que el monje escuchaba eran pues plega­ rias, lecciones, lecturas y hasta la información del calendario en un habla estilizada. Cada día, la comunidad se reunía siete veces para la plegaria en el servicio de Dios; cada semana, los 1 50 salmos eran recitados al menos una vez para que cada monje los retuviera en la memoria. A sus oídos lle­ gaba una lengua, el latín, en forma de letanías, psalmodias y en una serie expresiones canónicas establecidas en un formato sonoro y simbólico. 257 Ese trasfondo verbal estilizado podía ser permanente, como en las iglesias de Oriente, donde tres grupos de monjes se sucedían durante las 24 ho­ ras del día, sin interrumpir el servicio para can tar la Alabanza al Serior. En medio del sigilo, la lectura personal, vocalizada o murmurante, la voz en el murmullo de una letanía o como voz lectora en las ceremonias, par­ ticipaban en los ejercicios espirituales, alimentando a la memoria. Como actividad específica, la lectura había sido prescrita desde las pri­ meras instituciones cenobíticas. San Agustín, por ejemplo, la indica en la carta que elaboró el ario 397, dirigida a una congregación de nn�jeres, cuando aún no existía ninguna colección de libros en los monasterios. Pero entre todas, fue la Regla, escrita por san Benito de Nursia (t 560 d.C.) , la que estableció una regulación precisa, la cual, después de las reformas de Ludmico Pío a inicios del siglo IX, se convirtió en obligatoria para la mayoría de los monasterios. 2'iH Los hermanos leían en total tres horas al día, en horarios cambiantes de acuerdo con la estación del ario: en invier­ no (desde las calendas de octubre hasta la Cuaresma) , la lectura ocupaba dos horas, de la hora prima hasta el final de la segunda (seis y siete de la mariana) y una hora en la tarde, un poco antes de vísperas. En verano (del fin de la Pascua a las calendas de octubre ) , debido al calor, los mon­ jes le dedicaban dos horas al final de la mariana, en tre la hora cuarta y la sexta (diez y doce de la maílana) y los que lo deseaban todo, o parte, del tiempo previsto para la siesta. Cuaresma era un tiempo penitencial dedi-

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cado exclusivamente al trab�jo y a la lectura, la cual se realizaba desde la hora prima hasta el final de la tercia (seis a nueve de la mañana) para lue­ go dedicar el resto de la jornada, hasta la hora décima, al trabajo manual. El domingo, día dedicado por entero al Seíior, la lectura debía llevarse a cabo todo el tiempo disponible en tre los oficios.259 En total unas veinte horas semanales. Tanta actividad lectora se explica por la intensidad de la vida espiritual, pero también porque la lectura, lo mismo que el trab�jo manual, era una estrategia contra la ociosidad, una amenaza constante para esas comun idades. Desde las Escrituras, para el cristianismo el ocio es un mal y desde entonces se pron unciaba contra la inactividad: "la ocio­ sidad es una degradación ", dice Prov. 26: 1 4. De ahí provenía la precau­ ción de san Benito. Para él, la noción de "ocio monástico" (que en mu­ chos momentos llevó a los mm�jes a rehusar cualquier clase de trabajo agrícola) no implicaba la inactividad, sino una suerte de libertad interior, una despreocupación de las ocupaciones mundanas para alcanzar, me­ diante la aproximación a Dios, un adelanto de la quietud eterna. Hay que ocuparse dice, de ser posible todo el tiempo leyendo, aun en el caso de aquellos hermanos enfermos a quienes se les encomendará algún trabajo que no les agote o los haga desistir, pero que les evite el peligroso vaga­ bundeo del espíritu. Había, sin embargo, el riesgo de que los monjes, que no tenían un lugar designado para leer, tendieran a evadirse y, puesto que en ese momento cada uno estaba solo, corrían el riesgo de caer víctimas de la acedia, ese temido estado de ánimo compuesto de inquietud, tedio, disgusto, inestabilidad y torpor, que era conocido como "el demonio del mediodía" de los anacoretas.260 Por eso la &gla previó que dos ancianos debían recorrer el monasterio vigilando a todos y sancionando a los hol­ gazanes y los hablantines, lo que indica la dificultad de imponer ese ejer­ cicio espiritual. En este contexto de ascetismo, misticismo e intensa formación espi­ ritual, la lectio divina te nía tras de sí motivaciones ún icas e irrepetibles, coincidentes de tal modo con el mundo monástico que sobrevivió y naufragó con él. En primer lugar, la lectio divina no era tenida por una actividad intelectual. Su propósito no era proveer al i n telecto con razo­ nes, argumentos y demostraciones, y tampoco buscaba extraer del escrito una doctrina, es decir, una serie de principios encadenados en forma lógi­ ca. Por el contrario, la instrucción exigía la exclusión metódica de toda curiosidad intelectual y el monje debía estar persuadido de que la especu­ lación in telectual y la explicación racional no le permitirían profundizar en la palabra de Dios. Al meollo del texto, pensaba aquél, se penetra (mi­ carnente a fuerza de humildad y de ascetismo: "la pureza del corazón es preferible a la ciencia", dice Casiodoro retomando una enseílanza de

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[ . 1 TR\HSi 1 llE Ll FSCRri l ' R.I

Evagrio Pón t ico.:!hl El hombre que lee no se encuen tra sobre la Tierra sino en el cielo, escribió Pedro el Venerable. En este estado espiritual pre­ sen taba Gregorio el Grande a san Ben ito leyendo, con el rostro i l u m i na­ do por el Espíritu, m i entras hacía caer las cadenas en las que se debatía un pobre campesino oprimido por el godo Zalla.:.!h:2 El monje descon fia­ ba de una actit ud puramente i nt electual y anteponía una cierta purifica­ ción del alma. Alcanzada ésta, n i ngún i n strumento h umano adicional era necesario, e incluso podía ser pernicioso, por eso Pedro Damián, monje anacoreta del siglo XII, escribió con desd(� n : "la gramática enseña a decli nar la palabra ' D ios' en plural".:.!fi:l En segundo lugar, la Ú'rtio e fectua­ da por el m01üe tampoco era una lectura conti n ua de textos d iversos con el fin de acumular la mayor cantidad de in fórmación. Por el con trario, la suya era una lectura que se i n terrum pía con fi·ecuencia, a veces por días e n teros, en pausas llamadas

divisio, en

las que el lector se evadía mística­

mente del texto para buscar en su memoria analogías y corresponden­ cias ocul tas. Su lectura con sistía más bien en la tozudez de volver una y otra vez sobre el m ismo texto, en busca de un sentido cada vez más p ro­ fundo o más rico, pero n unca l i teral . Por eso, tal lectura no se proponía l l egar a n inguna parte y no term i n aba n unca, salvo quizá en las lágrimas porque, según las c{·lebres palabras de san .Jerónimo, "la tarea del mor�je

no consiste en leer sino en llorar".21i4 Final m e n t e , el mm�je no guardaba ni nguna distancia emocional ante el escrito y deseaba apropiarse de las

palabras para expresar a través de ellas sus propios sen t i m i e n tos. En ese

i n tercambio intenso, él se proponía e n tablar un diálogo con la palabra d i­ vina, tratando de que en el curso de esa conversación cada i n terlocutor d<:jara entrever lo que es a trav(�s de lo que dice. Debido a ello, tenía la i m­ presión de que conversaba y recibía d i rectamente, sin metáfora alguna, su sabiduría de Pablo, Mois(·s o cualquier o t ro: "unos toman a Isaías y con

(·1 conversan, otros lo hacen con los apóstoles", escribe .Juan Crisóstomo. Resum iendo: este esfuerzo de lectura no tiene raíces i n telectuales, aun­ que incluya desde luego la comprensión, la cual es más bien un esfuerzo espiritual, afectivo, pasional y místico: "la

lertio divina dice Do m Delatte, es

el conjunto de procedi mientos progresivos por los cuales nos hacemos fa­ m i l iares a las cosas de Dios y nos habituamos a m i rar lo i nvisible".:.!fi:-,

El monje buscaba la sabiduría que siempre está más allá del saber. Si la

lectura de comprensión se concen tra en el texto , la

lPrtio divina,

por el

contrario, consideraba legítimo dilatar el alma más allá del signo escrito, porque ella no era procedi m iento, sino revelación: "Hay quien -escribió H ugo de san Víctor- encuen tra la manera de relatar todo lo que contie­ ne el l ibro tratando sólo con el t ítulo".:!fifi La lect ura del monje no se guia­ ba por el encadenamiento secuencial de argumentos, sino por la recolec-

l :> H


SERCIO Pi�RU. CoRTf�s

ción de signos, cada uno de los cuales resultaba dotado de un carácter simbólico propio.267 En consecuencia, no había nada en las Escrituras que no le fuera provechoso, pues todo o prácticamente todo le servía para nutrir la imaginación , la memoria y el alma entera.26H Desde luego, la idea de la lectura-recolección no era extraña a la Antigüedad, pero en­ tre los clásicos tenía un carácter selectivo, mientras que en la lectio divina conducía a una interminable parábola del texto. Se comprende entonces que esta lectura se llenara de alegorías, metáforas, analogías y evocacio­ nes que la interrumpían sin cesar. La letra, por �jemplo, d�jaba de ser la sencilla representación gráfica del sonido para convertirse en un signo que aludía, est{�tica o místicamente, a un significado oculto. Las frases, además de su sentido obvio, adquirían un enorme poder de evocación que no era sencillo de captar para un extraño, como cuando Casiano cita las palabras del Deuteronomio: "no abominarás al egipcio pues has habita­ do su país", para dar a entender que no debemos matar a nuestro cuerpo de hambre.269 Tal lectura evadía la interpretación literal porque estimaba que las Escrituras no son un o�jeto de examen, sino de reverencia. Más adelante se encontrará esta misma raíz ascética y mística tras la concep­ ción monástica del libro: un o�jeto precioso, hierático, monumental, más lleno de sabiduría, salvación y símbolos, que argumentos o razones. La lectura hecha en el monasterio no era más que la conclusión lógica de este principio. La lertio divina era, pues, inseparable del contexto espiri­ tual que le da forma y sentido, al iado de la oración y la contemplación, por eso "para los monjes es imposible ver otra cosa que esto: o la lectura es plegaria, o no es nada".270 Quizás es ésta la mayor diferencia de la lertio

divina con la lectura de comprensión: para los mo�es leer era venerar, leer era adorar. En efecto, para adquirir su com pleta significación , la lectio divina debe asociarse con una forma particular de oración practicada por los monjes: la meditatio. No es conveniente traducir meditatio como "medita­ ción" porque aquélla no estaba susten tada en una pura actividad interior, sino en la repetición constante, en voz alta o en un murmullo, con el fin de que todo el sistema psíquico se impregnara y se formaran en él reflejos y reacciones adecuadas a los principios de sabiduría enseñados por los textos. Repetir oralmente para memorizar tenía antecedentes antiguos. En la tradición rabínica judía se había instalado el hábito de que las lec­ turas bíblicas debían ser primero confiadas a la memoria para luego ini­ ciar un esfuerzo por comprenderlas: "uno debe siempre, primero estu­ diar la Tora y luego meditar sobre ella".27 1 Diversas anécdotas muestran que esta repetición debía hacerse en voz sonora y clara para obtener un buen grado de retención, pues según se decía uno de los pupilos de R.


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Eliézer repetía sus lecciones en un susurro, con el resultado de que olvidó todo en tres ailos.2n Para el monacato antiguo, Jo mismo que para los ju­ díos, "meditar" un texto significaba recitarlo oralmente, con el fin de ha­ cer participar a la boca, la inteligencia y la volun tad en la retención me­ morística. Pero esto condicionaba la técnica de lectura, porque con el fin de obtener una impresión oral y muscular de las palabras, debía realizar­ se en voz alta o en un murmullo, lectura que era llamada meditari litteras o

meditari salmo.i!-73 (porque "meditar" podía significar "aprender los sal­ mos") .274 En consecuencia, los mor�jes conservaron siempre el hábito an­ tiguo de leer vocal izando. El biógrafo de Pedro el Venerable, por �jem­ plo, relata que cuando el abad atrapaba un resfrío que le hacía toser, apenas abría la boca, era incapaz de leer ni en el coro ni en su celda para sí mismo.27:; Sólo la obligación de silencio les llevaba a reducir el volumen de la voz hasta el murmullo; al menos esto se deduce de la Regla de san Be­

nito, que indicaba que en el verano, despu{�s de levan tarse de la mesa, los mm�jes descansaran en sus lechos con un silencio absoluto o si alguien deseaba leer, "lo hará para sí solo, de manera que no moleste". �m; Fue a este proceso de incorporación en la lectura, por el cual todo el ser del lector quedaba impregnado con las palabras divinas, que se aplicó la metáfora de la ingestión-digestión . Éste es el origen de la usual compa­ ración de los monjes con rumian tes para indicar el proceso de mastica­ ción , de percepción del sabor, la digestión y sus efectos, en un discurso intestinal que hoy resulta extrailo y de mal gusto. Por la misma razón, puesto que la lectura era al imento, los autores monásticos in iciaban sus escritos con una serie de metáforas acerca del banquete, del pan , del vino y de los alimentos sólidos que los monjes eran aptos para recibir, pero que estaban vedados a los principian tes en las cuestiones del espíritt1.277 Cier­ tamente, la asimilación de la lectura a la ingestión no era desconocida y desde la {�poca romana había dado lugar a todo un sistema metafórico que incluía el placer gustativo del lector, el sabor de lo leído y hasta el condimento del ingenio romanoPH Pero no había alcanzado la tenaci­ dad que le imprimieron los mor�jes medievales. Es posible imaginar a los mor�jes leyendo tranquilamente una gruesa Biblia en el claustro, rumian­ do en

\'OZ

b�ja su texto; pero es también factible que ellos can taran con

en tusiasmo mientras el contenido impregnaba su mentalidad y su estilo de tal modo que el escrito incorporado podía ser entonces mani pulado o recompuesto si n modificar ni traicionar su estilo. No resulta, pues, extra­ ño que hasta Hugo de san Víctor (en el siglo XII d.C. ) , la cultura monacal considerara a la lectura como una actividad motora y corporal, descrita con frecuencia mediante los movimientos del cuerpo. Si al mor�je se le encon traba constantemente leyendo o meditando en un murmullo o en

1 ()()


SFHCIO Pi:Hu CoHTi:s

voz alta, se debe a que era el heredero una larga tradición : en un medio oral, la cultura está obligada a grabar en el cuerpo, en sus simetrías o en sus disimetrías, todos los ritmos de la memoria. Esta fijación psicomotora coincidía perfectamente con los fines perse­ guidos por el monje: se leía para memorizar y se memorizaba para medi­ tar y para orar. En efecto, la memoria era el depósito individual de las ver­ dades contenidas en las Escrituras, pero almacenaba la presencia textual de Dios con el fin de ofrecer ese material a la medi tación y la oración , cuyo o�jetivo era elucidar la relación del Seiior con cada una de las almas. La instrucción monástica no buscaba un simple catálogo de impresiones qjas, sino una memoria "asociativa" que, impregnada con las palabras de la Escritura, era excitada por cualquier n ueva alusión al verbo de Dios, de modo que de ah í se precipitara espontáneamente una evocación de referencias completas a cualquier otra parte de la Escritura. Eso era "me­ ditar". Al cabo de un cierto tiempo de rumiar el texto, el mor�je se conver­ tía en una suerte de biblioteca viva, una fuente constante de concordan­ cias memorísticas. Los hermanos adquirían así un conocimiento de los menores detalles de la historia bíblica que luego ponían en acción en ino­ centesjuegos cotidianos llamados iora monarhorurn, corno el siguiente: Pre­ gunta: ¿"Quién habló con una borrica?"; respuesta: "el profeta Balaam". El juego asociativo descansa en la historia de Balaam, quien ya conocía al Dios verdadero y, sin embargo, aceptó maldecir a Israel. En consecuen­ cia, al Ángel del Seii.or le cerró el cam ino. Balaarn no se percató, pero su borrica se desvió del camino dos veces y finalmente se detuvo. Irritado, Balaarn la golpeó. Entonces, "Yahve abrió la boca de la borrica y dijo a Ba­ laarn: ¿qué he hecho yo para que me golpees tres veces? Balaam respon­ dió: Te has burlado de mí. ¿Acaso no soy tu borrica, la que siempre te ha servido de montura? ¿Tengo la costumbre de actuar de ese modo? No, respondió finalmente Balaam". D!J Es la misma facultad la que se encuentra detrá-; de la "productividad " intelectual del monje. Cuando éste realiza composiciones literarias, hace uso del mismo procedimiento: la reminiscencia guiada por la asociación fonética de una serie de imágenes y palabras bíblicas. Dos (�jernplos nota­ bles del procedimiento son el Mmnlia in .Job, de Gregorio el Grande, y el

Comentario al Cantar de los Cantares, de san Bernardo. Diversos autores han insistido en que el intelecto monástico no parece seguir un patrón lógico, sino un plan psicológico de asociaciones verbales y aurales que configu­ ran las digresiones y los comentarios. Aun componiendo, él no se com­ porta como un "intelectual", si no corno un "espiritual ",:!HO y por eso no hay en su producción ningún rastro de la cultura textual, con sus citas y concordancias. Es imposible deducir si el mor�je está citando a partir de

l () l


LA TRA\'ESÍA llt. lA FSCRriTRA

las referencias que hace de memoria. Este catálogo de memoria asociati­ va era igualmente la premisa de la oración. Resulta adecuado vincular la

meditatio con la oración porque el monje se servía de la atención incesan­ te en esas rememoraciones para resistir a las tentaciones y permanecer constantemente unido a Dios. Mediante ese tjercicio verbal sin pausa, el monje esperaba erigir un valladar contra los asaltos de la serpiente pon­ zoñosa, la cual solía aprovechar cualquier instante de distracción. Los monjes habían practicado esta clase de meditatio desde el primer momen­ to, y ya en la vida de san Antonio se percibe como uno de los motivos más destacados de la espiritualidad monástica. Casiano, como otros, asegura­ ba que tal concentración evitaba los pensamientos indebidos, pero agre­ gaba que también ofrecía la posibilidad de que en la profundidad del sue­ ño el monje pudiera alcanzar el sentido profundo de lo leído, el cual, despierto y alerta, le había evadido.281 La meditatio tenía su punto de parti­ da en la lectio, pero no estaba gobernada por ninguno de los preceptos modernos de la lectura: su propósito era producir un universo de lugares, imágenes y reminiscencias bíblicas que ocupaba completamente el inte­ lecto, la imaginación y la fe del monje. Por intermedio de la meditatio, la lectio se convirtió en una parte central del servicio de Dios. No es pues extraño que la en trega periódica de libros a los monjes representara a su vez un ritual importante. La interpretación tradicional de la Regla de san Benito sostiene que durante la Cuaresma, cada uno recibía un códice de la Bibliotheca que debía ser leído ín tegra­ mente para ser devuelto al inicio del siguiente periodo de Cuaresma. Sin embargo, esta interpretación tradicional que considera que cada monje recibe un libro cualquiera que deberá leer en el curso de un año, no pare­ ce apegarse a los propósitos de san Benito. Es más razonable admitir que al inicio de la Cuaresma cada hermano recibía un códice de la Biblia que

debería leer especial m en te en ese periodo penitencial. 2H2 Hay varias razo­ nes para pensarlo: primero, que en la época de san Benito el término bi­ bliotheca no significaba "depósito de libros", sino que denotaba con mu­ cho más frecuencia a la Biblia, entendida como un conjunto de libros referidos a un único tema, en este caso, la Revelación Divina. Los catálo­ gos medievales de libros casi nunca llaman bibliotheca al cor�junto de có­ digos que reseñan, pero en cambio comienzan siempre con la Biblia a la

que citan como Bibliotheca integra o Bibliotheca in duos voluminibus. 283 Tam­ poco es fácil suponer que cada uno conservaría durante un año un libro de la biblioteca monacal, pues los monasterios debieron poseer bibliote­

cas minúsculas y se comprende mal qué otros libros podrían ser consulta­ dos si un gran n úmero de ellos estaba distribuido. La cosa es más lógica si se adopta la idea de que por bihliotheca, la Regla se refería a la Biblia. En

1 {) 2


SERt;(O Pf:REZ CoR ri:s

efecto, antes y después de san Benito, la Biblia solía dividirse en nueve có­ dices cuyos nombres eran, entre otros, Ortateuchus, Regum, Psalterium, Sa­

loman, que son Jos títulos que Casiodoro otorgó a cada capítulo de su libro Institutiones. Cno de estos códices se entregaba a cada monje durante la Cuaresma para que fuera su alimento espiritual especialmente en este pe­ riodo; así, cada hermano, al cabo de nueve arios habría leído la Biblia completa, a razón de un rodex por Cuaresma, siguiendo un orden estable­ cido probablemente por el abad.2H4 El número de Biblias requeridas en este caso no era muy grande, porque los monasterios del siglo VI en Italia contaban con un promedio de veinte monjes, para los cuales dos o tres t;jemplares de la Biblia habrían bastado. De cualquier modo, la devolu­ ción de los códices leídos era celebrada como una ocasión ceremonial importante y festiva en todos los monasterios benedictinos, incluidas las instituciones cisterciences. En Cluny ha quedado evidencia de que el lu­ nes siguiente al primer domingo de Cuaresma los libros eran devueltos al prior o al abad.2H'> El bibliotecario leía en voz alta la lista de los códices en circulación ( llamada ta!ntla, cartula, srhedula o rotulus) con el título de cada libro y el nombre de quien lo tenía en custodia. Se preparaba enton­ ces una nueva lista y un nuevo préstamo de libros tenía lugar. Las activi­ dades de ese día incluían lecturas públicas, plegarias, misas dedicadas al Espíritu Santo y ruegos por los escribas fallecidos y los benefactores de la biblioteca.2H6 A pesar de todo, en el mundo monástico el libro no es en sí mismo una garantía de cultura, y el núm ero de libros conservados en el monasterio tampoco es un signo seguro de lectura extensa.2H7 En el monasterio, el li­ bro estaba en custodia como un o�jeto precioso y como un medio de sal­ vación , pero no siempre corno fue n te de conocimiento. La custodia del libro monástico tenía razones funcionales pero no estaba intencional­ mente orientada al estudio. En realidad, en las motivaciones para el aco­ pio de libros se refl(jaba una enorme transformación histórica: en la An­ tigüedad las bibliotecas eran fundadas por el Estado, como en Roma, o eran colecciones privadas en manos de aristócratas. Con el cristianismo, los libros se concentraron en manos de instituciones religiosas para servir a la Iglesia o la formación espiritual y educativa de sus miembros, y ún ica­ mente unos cuantos clérigos pertenecientes a la alta jerarquía se encon­ traban en posesión de libros propios. El nombre mismo de bibliothrra, que era una herencia de la cultura latina clásica, al in icio de la Edad Media fue largamen te restringido hasta significar sobre todo la Biblia y no per­ dió este sen tido especial sino hasta Jos siglos X I I y Xlll d.C. , cuando las Es­ crituras empezaron a ser designadas con el t{�rrnino Biblia.2HH Esta con­ centración en pocos lugares y ciertos o�jetivos no es contradictoria con el


L\ TRAVESÍA DE lA ESCR!Tl'RA

hecho de que la necesidad de lograr un acervo se hizo sentir muy pronto entre los cristianos. El más célebre de esos primeros intentos fue la biblio­ teca de Cesárea, erigida sobre el prestigio del scriptorium de Orígenes, fundada por Pánfilo y continuada por el historiador Eusebio. Ella tuvo una larga existencia como biblioteca y como lugar de edición : de ahí pro­ vienen las cincuenta Biblias realizadas en piel de antílope que Constanti­ no ordenó a Eusebio para dotar a las nuevas iglesias. La antecedía por unos veinte años la biblioteca de Jerusalén, creada por el obispo Alejan­ dro (2 1 2-250) , que es la primera biblioteca cristiana que puede fecharse con exactitud.2H9 Había además casos individuales, como el de san Jeróni­ mo, quien a lo largo de su vida logró una enorme recopilación de libros, copiados por él mismo o comprados a alto costo. Pero, salvo algunas inicia­ tivas como éstas, las bibliotecas características del cristianismo medieval son las bibliotecas monásticas, las cuales no siguieron ninguno de los modelos de la Antigüedad clásica, ni aun los modelos propuestos por Casiodoro o Isidoro de Sevilla. Mientras las colecciones clásicas contení­ an los saberes profanos y seculares, las bibliotecas monásticas estaban do­ minadas por los escritos teológicos; mientras las bibliotecas clásicas eran públicas, las monásticas estaban al servicio de la Iglesia y de su comuni­ dad. En lugar de seguir prácticas antiguas de acopio de libros, los admi­ nistradores de los monasterios formaban sus colecciones �justándolas a las regulaciones adoptadas y los propósitos perseguidos por las diversas órdenes. Como parte de la lectura, conviene, pues, acercarse a la disponi­ bilidad de libros, a su acceso y su utilización por parte de estos lectores monásticos. No faltan indicaciones acerca del uso y guarda de los libros en esas bi­ bliotecas. En la Regla de san Pacomio, atribuida al santo, pero escrita pro­ bablemente después de su muerte, se establecen ya ciertos preceptos para la lectura y el cuidado de libros, como el que cualquier monje que deseara un libro podía retenerlo una semana, al final de la cual debía de­ volverlo, y el que ningún hermano podía dejar un libro abierto mientras iba a la iglesia o a tomar sus alimentos. En estos monasterios pacomianos, los libros eran de naturaleza estrictamente religiosa y eclesiástica, cosa ex­ plicable por el celo fanático de los santos que habitaban el desierto.290 Cuando San Agustín escribió su Libellus, en 397, estableció en él una cier­ ta regulación en el uso de los libros: éstos debían ser solicitados al biblio­ tecario en cierto momento de un día preciso y si cualquiera hacía una pe­ tición en otro momento, debía ser rechazada. En el ar1o 534 d. C., cuando Cesáreo de Arlés fundó un convento y lo colocó bajo la administración de su hermana, incorporó otro aspecto de la Regla de Agustín , según la cual la bibliotecaria poseía las llaves de la colección de libros y otorgaba a las

I G4


SERt;IO Pi:IU:Z CORTi:s

monjas con méritos el derecho de copiar los libros completos.291 La Regu­

la monachorum que Isidoro de Sevi11a preparó para los monasterios de la península incluía todo un capítulo para regular el uso de los libros: cada día a la hora del alba y sólo entonces, los monjes recibirían un manuscrito de manos del guardia de la sacristía, el cual debían leer durante el día, mientras los pasajes intrincados serían comentados por el Abad en la asamblea por la tarde, momento en que los libros eran devueltos. Pero en todas estas bibliotecas, el acervo de libros tenía como característica el ser muy modesto. Al inicio debió tratarse de apenas unas decenas de volúme­ nes. Hacia el final del siglo IX d.C. las colecciones monásticas más impor­ tantes como las de Reichenau y Saint Ga11 contaban entre trescientos y quinientos volúmenes; muy pocas, como Lorsch y Saint Emmeran, los su­ peraban, y para el siglo x, la biblioteca de Bobbio, con sus 600 volúmenes, era una excepción. Hacia el siglo XII d.C., cuando el periodo que exami­ namos está concluyendo, la biblioteca de Cluny contaba con unos seis­ cientos volúmenes, exclusivamente de libros litúrgicos, y la biblioteca papal de Avignon y la Sorbonne de París salían completamente de lo or­ dinario con sus cerca de dos mil volúmenes cada una. En las bibliotecas monásticas, los volúmenes se contaban por decenas o centenas, mientras en las bibliotecas clásicas se contaban por miles y, en Alejandría, probable­ mente por decenas de miles. Una razón se encontraba en el hecho de que, extinto el comercio librario y carentes del auxilio de siervos y libertos profe­ sionales, los monasterios contaban únicamente con sus propios recursos de copia y alguna<; donaciones para a11egarse nuevas obras. Pero la causa de fondo era que los monasterios reunían libros para sus intereses religiosos, educativos y unas pocas cuestiones científicas como la medicina, mien­ tras, por el contrario, había una absoluta regresión en lao;; ciencias natura­ les, la literatura técnica y la literatura popular o legal. La Biblioteca de San Gall, por ejemplo, en tre sus cuatrocientos volúmenes, apenas contaba con cuatro de autores paganos.292 Los primeros monasterios fueron indiferen­ tes a otros libros que no fueran los litúrgicos y la Biblia, y no hicieron es­ fuerzos por la preservación de los clásicos. Con excepciones tan notables como la de la biblioteca de Cao;;iodoro, esta situación tuvo una influencia considerable en la continuidad de la cultura en Occidente.293 Los libros en los monasterios estaban distribuidos de acuerdo con sus usos prácticos: los textos litúrgicos se conservaban bajo estrictas medidas de seguridad en la sacristía, lo mismo que los libros destinados al coro. Debido a que era un lugar seguro y vigilado, la sacristía era regularmente el depósito de los tesoros de la congregación , entre los que se contaban los libros. Cna colección de textos para las lecturas durante las comidas se mantenía en el refectorio; los libros necesarios para las asambleas co-


L\ fR-\HSÍA DF lA f S< :RIH RA

m unitarias, por �jemplo las regulaciones de la orde n , se conservaban en la Sala Capi tular; la e n fermería ten ía l ibros para la edificación de los her­ manos enfe rmos incapacitados para asisti r a los servicios, y el médico

conservaba man uales, herbolarios y farmacopeas. Desde la época caro­ l i ngia, se estableció el hábito de separar en una colección i ndepen diente

los libros de los autores clásicos que eran utilizados en la escuela claus­ tral y no en la biblioteca de la congregac ión. Estos autores no formaban

parte de los

libri divini

sino de los

libri lihnnf-Ps o saeculares.

Eran pues l i­

bros de enseiianza y solían faltar cuando la orden no con taba con alguna

escuela dedicada a clérigos y laicos, como en los monasterios cistercien­

ces.2�14 Finalmente existía también un acervo dedicado a la congregación entera.

Debido a esta dispersión y al pequeño n ú mero de t:jemplares, los li­

bros se man tuvieron durante mucho tiempo en armarios o arcones. Se conservan representaciones de armarios desde la segunda mitad del siglo \' d.C. , como en un mosaico de la ci udad de Ravena, de la que quizá fue

la biblioteca personal de san Laurencio. Lin poco más tarde, el Códice Amianti n u m represen ta el que se asume era el armario de Casiodoro que, lo m ismo que en el caso anterior, es un mueble con puertas que exhi­ be los libros, probablemente los nueve códices de la Biblia, descansando de manera horizon tal en sus repisas, en la más bé�ja de las cuales se encuen­ tran los utensilios de escrit u ra.29'> f�stas debieron ser bibliotecas per­ sonales, pero eran tambi(�n armarios los muebles que contenían los l ibros destin ados a la congregación. Es pues natural que hasta el siglo IX d.C. los

términos

armarium o arra fueran

equivalentes del t h m i n o

bihliolhPm para

designar una colección de li bros (o de archivos, porque ambos documen­ tos eran tratados del m ismo modo) .�% En las abadías benedictinas uno o más n i chos de la galería del claustro podían ser habili tados como arma­ rios para la biblioteca común y sólo a medida que el número de volúme­ nes aumentó y los claustros se hicieron más ricos fue necesaria una habi­

tación especial en la que los libros podían encontrarse aún encerrados en

baúles gabinetes o en estantes abiertos. Cuando existía, esta biblioteca co­ mún estaba en una camera

filmmtm,

una habitación silenciosa en el edifi­

cio princi pal de la abadía, den t ro del área restringida a los in ternos, pero podía estar alojada también en una habitaciún arriba de la sacristía o, más raramente, en un edificio separado. Las dimen siones eran naturalmente muv variables, pero en algunos monasterios corno San Gall, donde la bi­ blioteca estaba en el cuerpo de la iglesia, al iado del ábside, podían alcan­ zar los

1 50 metros cuadrados. Pero aun entonces, las bibliotecas monást i­

cas eran en general "depósitos de libros" y no "salas de lectura" porque

debe recordarse que el rnm�je podía leer en el lugar de su elección : toda-

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SER(;¡o Pi:REZ

CORTÉS

vía en el Capitulare monasticum del año 8 1 7 se establecía que la capilla y el lecho eran adecuados para la lectura recreativa. En algunos claustros be­ nedictinos la biblioteca contaba con celdas adyacentes para lugares de es­ tudio, los cánones regulares permitían con frecuencia el uso de libros en las celdas y en muchos monasterios la galería del claustro también servía de lugar de lectura. Las bibliotecas monásticas carecían de un catálogo en el sentido mo­ derno del término. No se ha conservado ningún ejemplo de normas para la catalogación de libros durante la Edad Media, quizá porque no existie­ ron . Los catálogos bibliotecarios medievales son más bien inventarios des­ tinados a registrar propiedades, préstamos y pérdidas. El catálogo medie­ val, que no es básicamente un registro de manuscritos entendidos como textos literarios, debe verse más como un registro de propiedades en un momento dado del tiempo y ocasionalmente como un registro de la colo­ cación de los libros en la biblioteca. 297 Tales inventarios se realizaban por­ que los monasterios deseaban saber de sus libros y del uso que se les daba, pero sobre todo porque los decretos reales obligaban a que todas las po­ sesiones en manos de catedrales, iglesias y monasterios fueran inventaria­ das. Se conservan algunas listas de libros poseídos por determinado mo­ nasterio, pero sólo incluyen los libros que se buscaban para copiarlos y aquéllos que habían sido prestados o tomados en préstamo de otros mo­ nasterios. La obtención de originales para su copia ha sido una ayuda im­ portante para la reconstrucción de esas bibliotecas porque en ocasiones sirvió de hilo conductor en la formación del acervo. A manera de ayuda bibliográfica para sus búsquedas, los monasterios hacían uso de libros que contenían esa información como las Institutiones de Casiodoro, De viris illustribus de San Jerónimo, De scriptoribus ecclesiastiquis de Genadio o las Retactationes de San Agustín . En el caso de los libros que ya eran pro­ piedad de la congregación, en el inventario se anotaba el título y el nom­ bre del autor o, si éste era desconocido, se recogían las primeras palabras del libro. Eran excepcionales las anotaciones acerca del origen , los pose­ edores o las características de escritura de un libro, pero se solía indicar si no estaba escrito en latín . Más tarde, durante el siglo XIV, se creó el hábito de anotar las primeras palabras de ciertas páginas, pero era para recono­ cer el ejemplar y no aceptar una copia de retorno; en ese momento, se creó también el hábito de anotar el precio de compra con el propósito de indicar la cantidad a pedir como garantía o como penalización en caso de pérdida. Con el fin de ahorrar en el laborioso proceso de encua­ dernación, se solían introducir distin tas obras en un mismo volumen, pero, en este caso, el inven tario únicamente recogía los datos del primer texto, mientras el �jemplar ofrecía la lista completa en la primera página.

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L A TRAVESÍA llE lA ESCRriTRA

Sólo algún rasgo anormal o sobresaliente en el libro conducía al biblio­ tecario a actuar de otro modo. El orden de en tradas en un típico catálo­ go medieval principia con la Biblia y sus apartados, seguida por los escri­ tos de los Padres de la Iglesia en diversas secuencias, luego los teólogos contemporáneos y finalmente las obras de las artes liberales, orden que al compilador del catálogo de la Biblioteca de Prüjenning le parecía era más claro.29H Los catálogos ordenados alfabéticamente son raros porque la Edad Media no encontró en el alfabeto n ingún orden razonable. Exis­ tieron, desde luego, otros métodos de registro que en muchos casos eran una simple enumeración consecutiva, sin método alguno. Dicho con brevedad, los catálogos medievales no eran ayudas para los lectores, quienes raramente se servían de ellos y debían confiarse al biblioteca­ rio, quien guardaba toda la información en la memoria, al menos en la medida en que el n úmero de libros se man tuviese en el rango de unos cientos. En efecto, la catalogación, la recopilación y la preservación de esos libros era responsabilidad del armarius, tmo de los person�jes más importantes en la vida cotidiana del monasterio, apenas atrás de la figu­ ra del abad. Seguramente el oficio de responsable de los libros y archivos monásti­ cos se remonta atrás en el tiempo, pero su denominación específica como

hibliothecarius, también llamado armarius o rustas o antiquarius, parece ser un producto del siglo V I I I d.C. En una de las primeras noticias conocidas, en el 7R l , Theophylactus fue nombrado bibliotecario de la colección pa­ pal en Letrán, encargado únicamente de Jos archivos. La descripción más temprana (834-R36 d. C.) que se conoce de los deberes de ese puesto dife­ renciado del archivista la realiza el abad Wala, del monasterio de Bobbio, en la que se le responsabiliza de los libros, las lecturas y el scriptorium. Aunque liberado entonces del oficio de archivista, el armarius conservó el oficio de cantor. La unidad entre el armarius y el cantor, que no se rom­ pió a lo largo de toda la Edad Media, se debe al vínculo existen te en tre los libros, Jos oficios y los coros que en éstos intervienen . Era pues un personaje relevante: tenía a su cargo el servicio religioso y la música, de­ terminaba qué capítulos eran leídos durante el refrigerio, designaba los oficios de la plegaria semanal y era responsable de confeccionar los im­ portantes registros de decesos.29!1 Entre sus tareas más importantes, esta­ ba planear y equipar tanto la biblioteca como el scriptorium, conservar el inventario, inspeccionar los deberes ahí realizados y regular su uso. Volve­ remos a encon trarlo a propósito de la escritura en los monasterios, por­ que él era responsable de planear la man ufactura de los libros copiados, proveer los materiales y el equipo de escritura, supervisar a los copistas y, sobre todo, era el único autorizado a corregir los manuscritos. Esta última


era una tarea extremadamente importante. Los requerimientos detalla­ dos para la corrección existían desde las Institutiones de Casiodoro, pero habían sido en riquecidas por Carlomagno, sus sucesores y por los diver­ sos Concilios eclesiásticos y regulaciones propias de cada orden. Las regu­ laciones otorgaban únicamente al armarius el derecho de hacer cambios gramaticales o juicios acerca de la puntuación y los acentos. En él, se con­ centra pues la gloriosa actividad iniciada por san jerónimo y Casiodoro. El bibliothecarius requería, además de dotes para la organización del tra­ bajo, una gran preparación gramatical y ortográfica. Por la importancia de su trab�jo y la amplitud de su formación, el cargo recaía normalmen­ te en un hermano con largo tiempo de permanencia en el monasterio, en perfecta sintonía con los o�jetivos de la comunidad y con conocimien­ to de la actitud que su abad guardaba ante los libros. Como figura emblemática, el armarius permite una �íntesis de las com­ plejas relaciones entre la página escrita y la voz en el monacato medieval: el bibliothecarius está a cargo de los libros que los monjes utilizan en su lec­ tura personal ; cantor es indicativo de la presencia de la lectura vocalizada en el coro y en el refectorio, como cabeza del scriptorium, él vigila la manu­ factura de los suntuosos libros iluminados. En efecto, la fuente primera de abastecimiento de libros para un monasterio era la copia realizada en el propio scriptorium. Dedicaremos un capítulo al copista monástico, pero hasta ahora no ha sido necesario referirse a él porque en el monasterio la lectura y la escritura también eran artes diferentes y no estaban funcional­ mente unidas. En la civilización cristiana en general y en el monasterio, en particular, la lectura tuvo una importancia mucho mayor como vía de apropiación de la palabra divina y durante mucho tiempo los reglamen­ tos exigieron a los eclesiásticos y sugirieron a los laicos leer por sí mismos (o rentar a alguien como ayuda para que lo hiciera, como sugería Cesá­ reo de Arlés) ,300 mientras la escritura era considerada un simple trabajo de copia o una formación especial. En este periodo, la escritura no fue, reiterémoslo, un modo de expresión personal puesto al alcance de la ma­ yoría, sino un arte en sí mismo, que exigía maestría y preparación . Aun las voluminosas gramáticas del siglo XII enseñan minuciosamente la pro­ n unciación correcta durante la lectura, pero prácticamente no hacen se­ ñalamientos sobre la enseñanza y el uso de la escritura.��0 1 Fue la lectura y su importancia pastoral, más que el arte de la escritura, las que dieron el gran impulso a la búsqueda de legibilidad, a la gradual constitución de una página con amplias ayudas al lector, en breve, a una página legible. El arte de la escritura debió sin duda crear los medios visuales para ello, pero la voluntad no provenía de las necesidades de expresión del escritor. No fue sino hasta el siglo XI d. C. , en los umbrales del periodo escolástico,

l GH


L.A TRAVESÍA !lE

l.A

t:SCRITl.'RA

que la lectura y la escritura, el autor y su página personal, encontraron una novedosa relación funcional. Por ahora, en el monasterio, la lectura tenía la supremacía como parte de la formación espiritual del monje que meditaba o escuchaba. Como un murmullo, ésta pertenecía aun a las estrategias de incorporación me­ morística del texto, que tenían antiguos antecedentes en la tradición ra­ bínica. El monje aprendía a leer al mismo tiempo que aprendía a ser vir­ tuoso. Como ejecución en voz alta, la lectura participaba en el mundo del habla tradicional, recitada, cantada, a través de la cual cada uno recibe una información irremplazable por su prestigio y por su profunda in­ fluencia en el alma. Pero la voz y el murmullo eran irrupciones preesta­ blecidas y reguladas en el interior del sigilo místico que constituye el aura de la vida monacal. Desde el punto de vista sonoro, el monacato fue un mundo espiritual en el que fueron puestos al servicio de Dios la voz, el murmullo y el silencio.

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CAPÍTULO 111

LA

PÁ GINA LEGIBLE Y lA LECTURA SILEI\CIOSA

s i se observan desde cierto punto de vista, las páginas de los libros mani­ fiestan, además de ideas y argumentos, una serie de prácticas intelectua­ les. Así hemos visto a la página antigua servir de apoyo eficiente a la lectu­ ra vocalizada. Del mismo modo, en las páginas actuales se expresan ciertas premisas: la separación inevitable entre el escritor y el lector, el si­ gilo y la rapidez al leer y al escribir, una cierta pasividad del lector, la auto­ nomía de la página escrita respecto a la lengua hablada y muchas más. Ellas se hacen presentes en la página moderna, tanto por los signos visi­ bles de escritura, como por un conjunto de convenciones gráficas tales como su formato, los espacios en blanco, la puntuación, y otras ayudas previstas para que un lector anónimo y silencioso reciba, sin distorsión, el mensaje de alguien que probablemente nunca tendrá frente a sí. A este conjunto de dispositivos lo llamaremos "legibilidad". Las páginas actuales permiten una nueva forma de legibilidad y cum­ plen su cometido con tal discreción que han hecho olvidar su difícil in­ vención. Esto ha contribuido a dt:jar en la sombra el hecho de que ellas resultan de una serie de transformaciones ocurridas en la relación entre el lector, el escritor y la página que los une. Es sobre estas transformacio­ nes que deseamos llamar la atención. Aunque en las siguientes notas se encontrarán elementos de la historia de la puntuación an tigua y medieval en Occidente, se ha preferido el término "legibilidad", con el fin de am­ pliar el horizonte e incluir dos cuestiones adicionales: a) una serie de con­ venciones gráficas que, sin ser propiamente puntuación, participan en la rápida decodificación de la página, y b) las formas de aproximación del lector a su página, que en cada momento han determinado el umbral de lo que el lector considera "legible", hasta llegar a esa modalidad que es la lectura silenciosa. En un sentido estrecho, la pun tuación es el uso de ciertos signos de es­ critura para indicar el inicio, la conclusión y las relaciones entre las partes

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L\ TRAVESÍA

Dt. LA

ESC :RITLRA

de la frase con el fin de guiar la lectura, aportando claridad al sentido. En sentido más amplio, la inserción de tales signos se extiende de la frase a la relación entre unidades mayores, como enunciados y luego párrafos, con el mismo propósito. En nuestros días, su función primordial es resolver incertidumbres estructurales en el texto, señalando matices de significa­ ción semántica o lógica que de otro modo podrían pasar inadvertidos en la lectura. La puntuación moderna depende mayormente de las reglas del análisis lógico que determinan la relación entre enunciados y, en un grado menor, del análisis gramatical que establece la relación entre las palabras dentro de una frase. 1 Dentro de estos límites, ella puede adoptar la forma más normativa del análisis lógico o bien aproximarse al ritmo del discurso hablado. De inmediato resulta perceptible la brecha más ge­ neral que separa la puntuación moderna (y la legibilidad de la página) de su equivalente clásica, la cual descansa en valores esencialmente retóricos y no lógicos o gramaticales. Tratándose de puntuación en la página anti­ gua, conviene iniciar con el papel de la retórica, la voz y la lectura en voz alta, las que obligaban a prestar atención al ritmo de las oraciones y a la segmentación del discurso mediante pausas apropiadas. La composición de la obra estaba determinada por intervalos y periodos retóricos que se­ rían reanimados en el momento de su lectura vocalizada, por eso la pun­ tuación antigua era sumamen te débil en la construcción lógica o gramati­ cal, y notablemente fuerte en la indicación de efectos rítmicos y otros dispositivos, con el fin de facilitar la ejecución dramatizada del lector y

captar la atención del escucha. 2 Los dictatores estaban , por supuesto, cons­ cientes de la importancia de las pausas en el establecimiento del sentido

del texto, pero antes que atribuirles una función lógica, les otorgaban una función de respiración , por eso preferían términos como espiritus o vox

parajustificar tales intervalos que estaban sabiamente dosificados con

el fin de restaurar las fuerzas y devolver su vigor a la voz. Eso explica que oradores como Cicerón se declaraban hostiles a los sistemas de puntua­ ción promovidos por los gramáticos y sugirieran que no se les incluyera en los manuscritos, primero porque lo hacía gente de pobre cultura y lue­ go, porque era realizado de modo "mecánico", sin reconocer el impulso oratorio del periodo o la cláusula.3 La inclusión de la puntuación y la legi­ bilidad de la página antigua son , pues, inseparables de los valores retóri­ cos dominantes. El lector de la Antigüedad clásica recibía del copista una página de di­ fícil interpretación , contenida en un rollo, y así fue al menos hasta el siglo IV

d.C., mientras el mundo pagano mantuvo en uso el volumen. En el ro­

llo, la escritura se presentaba b<Yo la forma de una serie de columnas l la­ madas sflides, en griego y paginae (de donde proviene "página") en latín,

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que corrían de izquierda a derecha, cuyas líneas de escritura eran parale­ las al iado largo del rollo (aunque Suetonio informa que en tiempos de César los documentos oficiales eran escritos transversa charla, es decir, las líneas de escritura eran perpendiculares al lado largo, de modo que el texto se desplegaba sin interrupción durante muchos metros de longi­ tud ) . El ancho de la columna variaba de acuerdo con el número de carac­ teres contenido de cada línea: en los textos de poesía dependía de la di­ mensión del enunciado poético, aunque una convención había f�jado una línea homérica en los límites de 1 5 a 1 6 sílabas, lo que podía repre­ sentar unos 1 6 centímetros. En los textos en prosa, el ancho de la columna era mucho menor y oscilaba en tre los 8 y los 1 2 centímetros; en conse­ cuencia, el n úmero de letras por línea variaba entre 1 6 y 35, lo que obliga­ ba al copista a constantes segmentaciones de palabra. En sentido vertical, dichas columnas estaban compuestas por un número de entre 25 y 35 lí­ neas de escritura. Los márgenes en blanco entre esas columnas no eran amplios: en tre 1 .5 y 2.5 centímetros en los libros más elegantes, de modo que los bloques de escritura lucían muy próximos unos de otros. Se d�ja­ ban márgenes más generosos arriba y debajo de las columnas: entre 5 y

7.5 centímetros, cuando el libro era de la mejor calidad, márgenes que el copista aprovechaba para anotar las palabras o frases omitidas por error, indicando el lugar exacto de la inserción mediante una flecha.4 Al inte­ rior de estos bloques las ayudas ofrecidas al lector eran sumamente esca­ sas. La más importante de ellas era antigua, y consistía en letras iniciales que estaban bien diferenciadas: o bien eran mayores que el resto de la es­ critura (llamadas litterae notabiliores) , o bien podían estar colocadas fuera de la c�ja de escritura, desbordando ligeramente fuera del margen iz­ quierdo, pero ello ocurría únicamente al inicio de las grandes secciones equivalentes a un tópico o un libro.5 El rasgo más notable de la página era, sin embargo, que aparecía en

scriptio continua, es decir, como una cadena ininterrumpida de letras ca­ rente de separación entre palabras, frases o párrafos. La serie de colum­ nas en el volumen ofrecía una trama cerrada de letras (capitales, uncia! es o rústicas) que no era interrumpida sino por la conclusión esporádica de un gran tema. Al interior de esos inmensos párrafos raramente se incluían signos prosódicos y muy pocos, o ningún signo de puntuación. Ninguna puntuación había sido incluida por el autor porque normalmente había dictado su obra, y tampoco había sido agregada por el scriba, quien en su transcripción actuaba de manera mecánica. En un escrito semejante, todos los párrafos aparecen en un mismo plano y la articulación lógica del pensamiento, la subordinación de unas partes a otras, no se encuen­ tra por ningún lado, a veces de manera premeditada por el dictator.6 La

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L\ I RAHSÍ·\ l l F lA FSCR I I l R.\

Antigüedad encontraba natural d�jar al lector la tarea de establecer la segmentación entre oraciones, frases y palabras, es decir, la segmen ta­ ción lógica y sintáctica del discurso. Si esto se le presentara a un lector moderno, la trama ininterrumpida de letras y la casi total ausencia de puntuación le ofrecería tan poco apoyo, que la página podría resultarle impenetrable. Obviamente, la antigua es una noción distinta de "legibili­ dad". Los griegos habían desarrollado una página semt:jante a partir de inicios del siglo 11 a.C. y los latinos decidieron imitarlos a finales del siglo 1

d.C. Las razones para la aparición de tal página son diversas, pero esta­

ban tan estrechamente vinculadas con la cultura antigua que tardaron siglos en ser removidas. La scriptio continua no fue un incidente menor: creada en la época helenística, permaneció hasta la generalización del es­ pacio en blanco entre palabras durante el siglo X d. C. en los libros religio­ sos del continente europeo y mucho más tarde en los libros dedicados a lectores laicos. La scriptio continua no puede ser considerada la forma primitiva de la escritura y es superada en antigüedad por la práctica de separar las pala­ bras en tre sí. En los sistemas más antiguos de escritura cuyos signos son de carácter logográfico (como el sumerio o el egipcio) , o en las escrituras se­ míticas clásicas, que indicaban únicamente los signos consonánticos, el espacio en tre palabras es imprescindible porque su omisión puede con­ vertir a la escritura en una suerte de acertUo: he aquí a manera de �jem­ plo el nombre del autor de este libro, escrito sin indicación de vocales y sin espacio entre palabras, SRGPRZCRTS. La scriptio continua es enton­ ces una particularidad de las escrituras alfabéticas. Pero tampoco es con­ natural a ellas: las más antiguas inscripciones griegas incluyen el uso de un punto intermedio que separaba palabras y grupos de palabras, quizá era un préstamo traído de Creta, porque ese interpunto parece encon­ trarse normalmente en el sistema llamado "Linear B". 7 Es probable que el uso del separador entre palabras sobreviviera a la edad oscura, hasta el momento de la invención del alfabeto por los griegos, pero pronto és­ tos fueron el primer pueblo en utilizar la scriptio continua. Por su parte, los romanos, que habían adquirido el sistema alfabético griego por interme­ dio de los etruscos ( probablemente tan temprano como el siglo VII a.C. ) ,"' obtuvieron igualmente la separación entre palabras, usual en escritura etrusca. De ahí ingresó al latín , donde se la encuentra desde las inscrip­ ciones más antiguas: "el separador de palabras se encuentra en todas las buenas inscripciones, en los papiros, en las tablillas enceradas y aun en los graffiti , desde los primeros tiempos"Y La forma original del divisor en­ tre palabras era una línea vertical ( 1 ) , pero para evitar la confusión en al­ fabetos que contienen la letra 'T', tal línea fue partida en tres puntos ali-

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SER<;Io Pi:IU:Z CORTf:s

neados verticalmente, que luego fueron reducidos a dos y finalmente a uno, que era colocado a la mitad de la banda de escritura. El interpunto como divisor de palabra llegó a ser corriente en latín y sólo sufrió varia­ ciones decorativas, como la introducción de la llamada hedera, una hoja de hiedra que aparece en algunas inscripciones lapidarias. Todavía al ini­ cio del Imperio romano existía el interpunto en la escritura latina, cuya página debió ofrecer entonces una buena legibilidad porque coexisúa con las letras capitales y otros signos de separación entre frases. Séneca (ca. 65 d.C.) pensaba que la presencia del interpunto en latín, en un mo­ mento en que los griegos ya habían abandonado, se debía a la manera ro­ mana de ejecutar la oratoria, más pausada que su contraparte helénica. 1 0 Pero u n siglo después d e l a muerte d e Séneca, la página latina s e había hecho muy similar a su equivalente griego. Los latinos decidieron aban­ donar todas sus prácticas, imitando a la cultura griega, aun en sus peores características. Ellos fueron incluso más reticentes a admitir ayudas a la lectura como la foliación , la paginación y los pies de página de que se ser­ vían los griegos. 1 1 No son claras las razones por las cuales el interpunto fue abandonado. Sin ser propiamente un signo de puntuación, era una ayuda apreciable en la legibilidad de la página. Tal vez fue debido a la pre­ dilección del mundo latino por el lector profesional, usualmente un sier­

vo. 1 2 Quizá fue también el deseo aristocrático de mantener reservado el

acceso a una págin a indescifrable. Es más arduo aceptar la sugerencia de que, por razones psicológicas, al lector latino le resultaba difícil percibir la diferencia entre los divisores de palabra y otros signos de puntuación, como el paragraphos o la diple invertida. El hecho fue que hacia el fin del siglo n d. C. el interpunto había caído en desuso. Al final de la Antigüedad la separación entre palabras ya era totalmente desconocida, todos los tex­ tos eran copiados en scriptio continua, sin espacios o puntuación y no hubo ningún intento sistemático por volver a la situación original. La página antigua no era amable con el lector, pero indicaba una rela­ ción particular: a aquél correspondía la tarea de prepararla para su lectu­ ra y su adecuada dramatización. Se ha visto previamente que la lectura era un arte complejo dividido en varios momentos, pero frente a un tex­ to realizado en scriptio continua la primera dificultad consistía en resolver correctamen te la segmentación de unidades lexicales, sintácticas y se­ mánticas, en algunos casos para separar dos unidades potencialmente ambiguas, en otros con el fin de reconocer la continuidad de unidades lingüísticas, por �jemplo en los paradigmas de formas asociadas como declinaciones y conjugaciones, y algunos casos de relaciones sintácticas, como concordancias o dependencias. Para realizar esta tarea, el lector contaba con el entrenamiento de su aprendizaje en la lectura y con algu-

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L\ rRAVESÍA DE lA FSCRITl'RA

nas características gramaticales del griego y el latín, pero sin duda el auxi­ lio más importante provenía de los conocimientos aportados por la gra­ mática. En efecto, la prehistoria de la puntuación y la legibilidad descansa en la actividad de esos maestros de enseii.anza media que eran los gramma­ tici. Ellos dieron a la doctrina una forma tal, que la primera parte de sus li­ bros incluía los procedimientos para distinguir y pronunciar correcta­ mente sílabas y palabras. Gramáticos como Dionisio Tracio, Diómedes, Donato, Mario Victorino, Pompeyo o Casiodoro, introducen la pun tua­ ción asociada con la pronunciación y varios de ellos en la sección específi­ camente dedicada a la lectio. n En un capítulo anterior fueron menciona­ das las dos primeras operaciones de la lectio consagradas a ello, pero ahora merecen mayor atención: se trata del acento, accentus, y la segmen­ tación, distinctio. La primera, las reglas de acentuación, estaba estrecha­ mente ligada al reconocimiento de las sílabas, indispensable en la lectura antigua. Los gramáticos les dedicaban gran atención y hasta sobrevalora­ ban su importancia, en parte porque resultaba sencillo reducirlas a unos pocos principios, y en parte porque determinar la manera en que cada sí­ laba debía pronunciarse contribuía a la decodificación del texto. Tales re­ glas, asociadas con la resonancia de la voz articulada ( "se llama acento por accinendo, porque es como si se cantara cada sílaba", dice el An- Victori­ nz) 14 son de hecho indicativas de que la primera preocupación del gramá­ tico era preparar a su alumno para la lectura de poesía. La segunda ope­ ración, la distinctio, correspondía a la segmentación propiamente dicha y tenía como propósito establecer un sentido claro a partir de significados potencialmente confusos. Estaba compuesta, según Diómedes, por cinco modos: continuación, separación, puntuación , puntuación secundaria y pausa. La distinctio consistía en identificar esas pausas, indicándolas en el texto con un punto, actividad que era llamada distinguere, es decir, "pun­ tuar". Es para esta operación que el lector hacía uso del cortiunto de mar­ cas que los latinos llamaron positurae, término que l legó a ser sinónimo de "puntuación", pura y simple. La enseii.anza gramatical proseguía con la re­ citatioy la modulatio que, como sabemos por un capítulo previo, afectaban la expresión, más que la legibilidad de la página. Resultaba pues normal que las reglas de pun tuación fueran prescritas en los tratados de gramática. El primer sistema de puntuación, de origen griego, llamado theseis, había sido probablemente creado en la escuela de Alejandría. Los filólogos aún debaten acerca de si el sistema fue una in­ vención de Aristófanes de Bizancio ( ca. 260 a.C.) o si éste no hizo sino se­ guir una tradición ya establecida. 1 5 E l primer sistema griego contenía únicamente dos marcas de puntuación: una para las expresiones cuyo sentido era aún incompleto, llamada hipostigmé, que indicaba una pausa

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SERGIO Pi:REZ CoR rf.s

breve, y otra para las expresiones cuyo sentido estaba completo stigmé, una pausa total. Es probable que en su creación haya influido la gramática es­ toica, la cual enseñaba a reconocer dos discontinuidades: una entre enun­ ciados completos y otra entre dos partes dependientes de un ún ico enun ciado. No está claro el momento en el que se consideró necesario agregar una tercera marca intermedia en tre ambas, pero la primera men­ ción específica de ella se encuentra en el tratado de gramática más anti­ guo que ha llegado a nosotros, el de Dionisio Tracio. Iti Dionisia había sido discípulo de Aristófanes de Bizancio y, en consecuencia, su gramáti­ ca, escrita hacia finales del siglo 11 a.C. , se convierte en el vínculo entre la tradición alejandrina, la gramática latina y luego medieval. Lo es también en su doctrina de la puntuación: el sistema propuesto por Dionisia había de conservarse en prácticamente todos los tratados posteriores que se ela­ boraron hasta la Edad Media, que de este modo mantenía un h ilo con­ ductor hasta la más antigua tradición. Esta vez, el sistema estaba compues­ to por tres marcas: una llamada teleia stigmé, en latín distinctio, que era insertada en el lugar en que el sentido estaba completamente expresado, y era necesario detenerse antes de iniciar una nueva idea. Tal signo, una pausa final equivalente al actual punto, era señalado por un punto colo­ cado en la parte superior de la banda de escritura. La segunda marca era llamada subdistinctio, hipostigmé, que aparecía en el lugar en el que el senti­ do de la expresión podía estar completo, pero se agregaría una precisión, por lo cual podía hacerse una pausa corta. Se tratabo de un pariente de nuestra coma, por eso Isidoro de Sevilla incluía en su defin ición la idea de una pausa breve de respiración. Era señalada mediante un punto colo­ cado en la parte inferior de la banda de escritura. La tercera marca de puntuaci8n llamada mise stigrnl, o media distinctio, era más difícil de definir por su posición intermedia y porque aparecía donde se esperaba una pausa de respiración o de reposo. Un equivalente moderno aproximado sería el "punto y coma", el semicolon, y era señalada mediante un punto colocado en la mitad de la banda de escritura. Sobre este signo prevalecía la incertidumbre más grande y los gramáticos preferían ofrecer ejemplos en ausencia de algún tipo de definición bien establecida. 1 7 El sistema de tres puntos contenido en la obra de Dionisio Tracio encon tró exposicio­ nes más detalladas en Diómedes y Donato, pero no cambió su esencia. Cabe señalar que no todos los gramáticos mostraban el mismo interés por la puntuación, pero los que lo hacían se encuentran entre los más distin­ guidos: Diómedes, Donato, Servio, Casiodoro e Isidoro de Sevilla. El sistema es sencillo: se coloca una distinctio cuando el sentido está completo, cuando la voz se detiene -dice Servio--; se introduce una sub­ distinctio cuando dos enunciados son dependientes para la expresión

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completa del sentido; se inserta una media distinrtio cuando se requiere una pausa de respiración o de reposo. Presentado de este modo resulta evidente la proximidad del sistema de puntuación con los intervalos rít­ micos que el orador introducía en sus elocuciones, cuyos términos eran de origen retórico: períodos, colon y cmnma. En síntesis, puesto que la com­ posición oratoria era ternaria, los gramáticos enseñaban un sistema de puntuación también ternario. La terminología de algunos de ellos sugie­ re que aceptaban una correspondencia perfecta entre la puntuación y las pausas retóricas. Por su parte, al seguir los consejos de los gramáticos y ha­ cer uso de tales signos, el lector que, como se ha visto, era quien in trodu­ cía la puntuación, restablecía los in tervalos rítmicos previstos por el dictat­ tor. Esta asociación muestra con gran claridad que el impulso de la puntuación antigua es retórico y no lógico o sintáctico. Una aproxima­ ción tan estrecha parece arbitraria, pero se explica porque esas pausas rít­ micas eran el núcleo de la composición oratoria y la lectura en voz alta era asimismo una �jecución articulada. Es también una prueba de que la frontera en tre la voz y el escrito no era clara, n i en el momento en que la obra había sido compuesta, ni en el momento de su lectura. Las sugerencias de los gramáticos son sencillas pero no describen de manera adecuada las prácticas que realmente aparecen en los manuscri­ tos de la Antigüedad. Los lectores obedecían sólo parcialmente esas pres­ cripciones y su puntuación era mucho más i rregular, caótica y personal. En general, pueden reconocerse diversos recursos gráficos para hacer más fácil la lectura. El primero, de gran antigüedad, era la distribución de la obra en parágrafos. Una división temática se marcaba entonces comen­ zando una nueva línea, e in iciándola con una letra mayúscula, con fre­ cuencia desplazada a la izquierda de la caja. Un segundo estilo de puntua­ ción era el uso del punto. A pesar de nuestra familiaridad con él, como marca, el punto es relativamente tardío. Sólo pudo ser utilizado en el mo­ mento cuando la primitiva separación de palabras por i nterpuntos había sido completamente abandonada, cuando todos los textos eran produci­ dos en srriptio continua y esto sólo ocurrió en Grecia durante el periodo helenístico y en Roma probablemente después de Adriano. Un tercer es­ tilo de puntuación l lamado per cola el commata, provenía de las pausas re­ tóricas, las cuales se hacían visibles haciendo concluir la línea de escritu­ ra, volviendo al margen izquierdo en el lugar donde se quería señalar una pausa. Los enunciados completos y los enunciados dependientes queda­ ban aislados por espacios en blanco, en renglones sucesivos. Este método de segmentación fue el que san Jerónimo adoptó en sus traducciones a los difíciles textos de Isaías y Ezequiel debido a que, a su juicio, el sistema "permite ofrecer al lector un sentido más claro". ;\lo era una invención

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SERt :lo Pi Rf.l CoRTi.s

suya, y san Jerónimo asegura haber encontrado el método en manuscri­ tos que contenían obras de Demóstenes y Cicerón. 1 H El propósito era ca­ pacitar a quien leyera para que lo hiciera de manera más inteligente en el contexto de un ritmo de respiración adecuado. El sistema ofrecía sin duda una representación visual de las partes del enunciado, pero su defi­ nición no era sencilla: algunos gramáticos antiguos, que vinculaban esas figuras con la longitud promedio de dieciséis sílabas correspondientes a un hexámetro, definían la comma como cualquier combinación de pala­ bra� que hacen un total de hasta ocho sílabas, mientras un colon requiere al menos nueve, pero no puede exceder de dieciséis sílabas. El sistema no carecía pues de ambigüedades, de manera que el análisis efectuado por ' diferentes copistas podía arr�jar man uscritos diferentes y cualquier modi­ ficación a lo ya escrito resultaba difícil. Aunque no se ha conservado nin­ gún texto de san Jerónimo realizado de este modo, el sistema se extendió a otros libros de la Biblia, y man uscritos segmentados per rola el commata fueron producidos en tre los siglos v y IX d.C. Además de estos tres estilos de puntuación, los lectores se valieron de muchos otros signos gráficos. No carecieron en ningún momento de in­ ven tiva y, por el contrario, su creatividad fue enorme y caótica. Durante la época de Augusto, un momento en el que la página ofrecía una buena le­ gibilidad, el n úmero y la variedad de los signos de puntuación utilizados era considerable. Entre muchos otros, existían los siguientes: el paragra­ phos, que señalaba las divisiones mayores de un libro y que algunas veces era usado para segmentar estrofas; la letra K, gruesa y baja, que quizá re­ presentaba caput señalando posiblemente un parágr afo ( porque en los escritos jurídicos los párrafos eran llamados capita) ; la diple, que era usada para diferenciar frases subordinadas, 1 9 frases sintácticamente separables y que llegó a ponerse en los manuscritos cristianos para indicar una cita extraída de las Escrituras. Otros signos de puntuación de ese periodo son el apex y la diagonal corta, el primero equivalente con frecuencia a la coma actual y la segunda que normalmente represen taba una pausa total; la vir­ gula, el signo más com ún, equivalente lo mismo a una pausa total que a una pausa retórica y algunas veces al semirolon; el silirius maior, escrito so­ bre una consonante sencilla para serialar que debía ser leída como una doble consonante, una consonante geminada. Pero éstos son tan sólo al­ gunos de los signos que pueden encon trarse en los manuscritos latinos de la época de Augusto, en los que se han llegado a establecer hasta veinte signos diferentes.20 Sin embargo, su carácter idiosincrásico se manifiesta en el hecho de que el conjunto nunca constituyó un verdadero sistema, los lectores raramente utilizaban más de dos de esos signos en una misma página y no sólo había diferentes sistemas de puntuación, sino que dife-

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L\ TRAVESiA LlE

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rentes lectores, haciendo uso del mismo sistema, marcaban las pausas de manera diferente. 2 1 De hecho, con su sistema de tres puntos, los gra­ máticos buscaban oponerse a esta proliferación salvaje. La exuberancia en la creación de signos de puntuación se explica sin duda por la falta de una convención establecida, pero también por la sensación de insuficien­ cia del sistema ante la diversidad de objetivos sintácticos, semánticos y ex­ presivos perseguidos por el lector. Probablemente fue esta misma sensa­ ción la que llevó a Nicanor a proponer un sistema de al menos siete posiciones para el punto, con el añadido de un signo equivalente a la coma, lo que le valió el sobrenombre de El Puntoso, Stigmatías. 22 Como era inseparable de los propósitos expresivos de la lectura, la puntuación incluía una percepción estética del escrito que se presta mal al análisis en unidades distintivas. A la puntuación antigua se le encargó la tarea in­ mensa e indeterminada de señalar todas las variaciones imaginables en la expresividad y la musicalidad de la página. Naturalmente no pudo lo­ grarlo pues "sería una tarea infinita registrar gráficamente las duraciones relativas de las pausas, las pausas sin respiración y las respiraciones sin pausa". 23 Las cosas no comenzarían a cambiar sino hasta que nuevas ge­ neraciones de lectores surgidos en el siglo m d.C., con otros intereses, exi­ gieran a los copistas páginas mejor puntuadas. El privilegio de la retórica y la palabra pronunciada es lo que en defini­ tiva explica la actitud clásica ante la página legible. A los latinos la escritu­ ra sólo parece haberles interesado en la medida en que estaba relaciona­ da con la acción verbal; por eso no estimaron necesario alterar la página durante largo tiempo. Tan importantes como fuesen los signos de pun­ tuación y las convenciones gráficas, sólo eran un intermediario hacia los fines expresivos. Las páginas siguieron siendo sonoras en tanto represen­ taciones de lo dictado y como soportes de una expresividad verbal en la lectura en voz alta. No ignoraban , desde luego, la importancia de la escri­ tura, pero en el mundo oral en que se inscribía, ella enfrentaba el carác­ ter irremplazable de la voz viva, lo que en los hechos la colocaba en una si­ tuación de subsidiaria. Aun si era valorada, la escritura resultaba una copia imperfecta de la voz. Por esa dependencia, la página legible no ha­ bía logrado adquirir por completo el estatuto de entidad dotada de una sustancia propia y no era percibida como una forma específica de expre­ sión de la lengua. Varios procesos, entre los que se incluyen eventos socia­ les y lingüísticos de gran alcance, fueron necesarios para que esta actitud se modificara; nos detendremos en tres de ellos: la actitud textual del mundo cristiano, la gradual aparición de la separación entre palabras y, por último, el encuen tro de las páginas sagradas con escribas de los bor­ des de la latinidad.

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AUTO:-.!OMÍA DE lA PÁGI:-.IA Como herencia de sus orígenes judíos, el cristianismo trajo consigo una actitud particular de atención a la cultura textual, explicable porque el pueblo de Cristo encuentra la palabra de Dios depositada en textos. El creyente pronto aprendía que todo lo que merecía la pena saberse estaba contenido en esas páginas. Resultaba novedoso, porque n ingún libro ha­ bía sido colocado de ese modo en el centro de la vida espiritual de la Anti­ güedad pagana. La salvación estaba al alcance de la humanidad pero de­ pendía en gran medida de la comprensión y transmisión correctas del mensaje escrito. �o había sido así en el inicio. Parece incon testable que durante un cierto tiempo la Iglesia primitiva descansó en la tradición oral: las epístolas paulinas y los cuatro Evangelios fueron producidos en la segunda mitad del siglo primero, pero la verdadera aceleración de la lite­ ratura cristiana es perceptible hacia el siglo 1 1 d.C. Esto no disminuyó la importancia de la tradición oral, pero impulsó la aparición de una pode­ rosa conciencia literaria. Para la in mensa mayoría, el ingreso y la perma­ nencia en la fe estaban determinados por el mens�je verbal, mientras una minoría altamente cultivada hacía suyos los conocimientos clásicos para aplicarlos a sus nuevos textos. Esta tendencia es la que se encuentra en el impulso cristiano hacia la página legible. La atención prestada a la corrección de los textos no era, por supues­ to, monopolio del mundo cristiano. A partir del siglo I I I d. C. , las transfor­ maciones internas de la aristocracia romana produjeron la aparición de nuevos grupos de recién l legados al orden senatorial, deseosos de apro­ piarse de la cultura y mostrarse herederos de la latinitas, el legado textual clásico. Esta nueva aristocracia requería de textos mejor preparados, que incluyeran un mayor número de ayudas al lector. No se trataba únicamen­ te de académicos o de gramáticos, sino de entusiastas de los textos anti­ guos que deseaban salvaguardar una tradición latina amenazada por la progresión del cristianismo. 24 Adicionalmente, y esto no es contradicto­ rio, el descenso general en los n iveles de alfabetización provocó la dismi­ nución del n úmero de lectores paganos intelectualmente capaces de pre­ parar su página para la lectura, los cuales requerían que estuviese mejor puntuada. Por el lado cristiano, el impulso hacia la página legible prove­ nía de las necesidades del lector en el oficio divino. Es verdad que en su lectura éste i nterpretaba un número limitado de textos, de manera que, a la larga, adquiría una familiaridad profunda con ellos. Pero la importan­ cia de tales escritos iba más allá e imponía una gran exactitud en la inter­ pretación porque la lectura, al lado de la iconografía, constituía lo que Beda llamaba "la Biblia de los pobres", la escritura para los iletrados. Tal

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precisión en la lectura presuponía dotar al lector de páginas más legibles. Cierto que éste recibía cierta ayuda de la recitación melódica, la que al di­ vidir el texto en cláusulas y periodos rítmicos provocaba una suerte de "puntuación oral", pero resultaba necesario que esas distinciones fueran plasmadas en signos visibles. La cuestión era crucial porque una lectura incorrecta o inhábil no sólo impedía el acceso a los textos sagrados, sino que podía provocar alteraciones perniciosas. En consecuencia, fue un movimiento generalizado el que hizo que a partir del siglo 111 d.C. las pági­ nas paganas y las páginas cristianas fueran mejor puntuadas y los manus­ critos nH.:jor anotados y corregidos. La indicación de las pausas sintácticas y semánticas, que hasta entonces era realizada por el lector en la praelectio, empezó a ser obligación del copista, quien debía preverlos en su manus­ crito. Los lectores comenzaron a ser relevados de esa tarea y en con tra­ partida el copista debió mejorar su preparación gramatical. Cn texto destinado a ser leído en público exige, lo mismo que un lec­ tor preparado, un manuscrito de gran exactitud en la indicación de los sonidos pronunciados, en la separación de palabras y en la reproducción de las divisiones sintácticas de las ideas. La civilización cristiana otorgó a ambos una importancia extraordinaria. Actuó entonces en dos direccio­ nes: impuso al lector una formación especial y procedió a pun tuar los tex­ tos litúrgicos y todos aquellos escritos destinados a ser leídos en voz alta. En esta clase de textos concentró gran parte de su atención acerca de la lectura correcta y. desde el siglo VII d.C. , aparecieron mc.:jor pun tuados que el resto de los manuscritos.25 Los intelectuales más letrados prepara­ ban manuscritos cuidadosamente corregidos, que luego serían copiados una y otra vez por un pequeño �jército de copistas en los monasterios. En segundo lugar, se otorgó menor libertad al lector en la interpretación lite­ ral del texto y adicionalmente se le exigió una ejecución irreprochable. Entre ambas habilidades, la escritura y la lectura, esta última resultaba privilegiada, lo que era perceptible desde la educación elemental, pues a la enseii.anza de los rudimentos de la escritura, reducida con frecuenda al mero reconocimiento de las letras, seguía un largo entrenamiento en la lectura, comenzando por los salmos. En adelante, la Iglesia exigió a la mayoría de sus miembros que aprendieran a leer, mientras reservaba la escritura a una formación especial y selectiva. A esta tendencia obedecía san Jerónimo al ofrecer sus traducciones bajo la puntuación per cola Pl commata. En ellas, la puntuación (o mejor, la presentación del texto) no era ya obra del lector, sino del copista, quien actuaba después de una investigación textual y un cuidadoso análisis lin­ güístico. Esta presentación fue una de las ayudas más importantes ofreci­ das al intérprete en las lecturas públicas, pero no fue la única: en general

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la puntuación y la indicación de pausas por parte del copista se multipli­ có. Los manuscritos puntuados fueron llamados codices distincti y los más antiguos l legados a nosotros datan del siglo v d.C. En ellos se acumuló gradualmente una serie de ayudas adicionales. Por ejemplo, para facilitar el uso de los Evangelios, el texto se dividió en capítulos, cephálaia, cuyo c::j emplo más antiguo conservado se encuentra en los márgenes del l lama­ do Codex Vaticanus ( B) que data del siglo IV d.C. En este manuscrito pri­ mitivo, el Evangelio de Marcos quedó dividido en 62 secciones, Mateo en 1 70 secciones, Lucas en 1 52 y Juan en 50.26 Hacia el siglo v d.C., los capí­ tulos de los manuscritos empezaron a ser encabezados por un títloi, una �uerte de sumario en el que se describe el contenido, colocado en el mar­ gen, muchas veces escrito en tinta roja. Cada capítulo fue a su vez subdivi­ dido en breves secciones que eran numeradas consecutivamente. Fue en­ tonces cuando Eusebio de Cesárea tuvo la notable idea de elaborar unas tablas llamadas cánones en las que se colocaban, en columnas paralelas bajo los nombres del autor, los números correspondientes a los pasajes que concordaban en los cuatro Evangelios. En el margen izquierdo del pas�je en cuestión se colocaba un número que remitía a la tabla y en la lí­ nea horizontal se encon traban señaladas las secciones equivalentes en los tres Evangelios restantes. Dichas tablas de concordancia fueron conside­ radas útiles preciosos y normalmente se colocaban al inicio de todos los manuscritos. Los canónes, de Eusebio constituyeron el primer sistema de referencia conocido en Occidente, que se agregaba a la adopción del có­ dice por parte de los cristianos para dar origen a la lectura de referencia, aunque cabe señalar que este sistema permaneció durante siglos como un caso único. A partir del siglo VI d.C. se fueron agregando nuevas ayu­ das al lector: cada libro de los Evangelios era precedido de un prólogo lla­ mado hipóthesis, y de una pequeña información referida a la vida del evan­ gelista, bíos. Finalmente, los títulos de cada Evangelio, que en los manuscritos antiguos es de una simplicidad extrema, por c::j emplo, cata maththaion, "por Mateo", se hicieron más explícitos y complejos. 27 No sería posible escribir una h istoria acerca de la legibilidad de las pá­ ginas sagradas en torno al siglo VI d. C., sin incluir el nombre de Casiodo­ ro. En efecto, proveniente de una influyente familia senatorial, Casiodoro poseía una esmerada educación clásica, obtenida quizás en la corte de Rávena. Concluida su brillante carrera oficial, alrededor del año 554 d. C., sin tomar él mismo el hábito de monje, estableció un monasterio en Cala­ bria llamado Vivarium, destinado a la preservación y corrección de textos cristianos. Era en realidad el sustituto de su proyecto de fundar en Roma un lugar de instrucción que incluyera clérigos y laicos, al estilo de la anti­ gua escuela de Alejandría, proyecto que había sido frustrado por la situa-

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Clon política. Vivarium era una excepción, porque a diferencia de los otros monasterios en los que los monjes se agotaban en la prédica, la dis­ ciplina y el trabajo físico, en éste los mm�jes seguían un programa de estu­ dios que convertía a la comun idad en un centro de preservación de la he­ rencia textual de la nueva religión. El ideal de los otros monasterios cristianos no era la actividad intelectual, sino la plegaria; mientras que, por el contrario, en Vivarium se daba a los mm�jes sólo m ínimas reglas di­ rectrices para seguir una vida espiritual, aconsejándoles leer la Regla de Casiano, vigente por aquel entonces en el sur de Francia. 2H Con su actitud, Casiodoro convirtió la actividad filológica y la copia de libros en trabajos adecuados para el cuerpo y el espíritu, e igualmente valiosos que la ora­ ción . Su primera preocupación era la producción de inm�jorables ma­ nuscritos cristianos. Para ello, la comunidad, que participaba entera en la copia, debía poseer una calificación técnica que incluía el conocimiento de las reglas ortográficas, las normas de puntuación y todos los recursos que las artes liberales ponían a disposición del copista. Había desde luego una distinción entre "los pocos y doctos", dotados de gran conocimiento filológico, cuya obligación era preparar los manuscritos, y la generalidad de los copistas, pero aun éstos debían ser capaces de en tender el sentido de los textos reproducidos. Leer y escribir se convirtieron temporalmente en tareas reversibles: leer era interpretar correctamente un texto; escribir era ser capaz de ofrecer al lector un texto correcto. Para todos ellos escri­ bió Casiodoro sus Institutiones divinarum el saecularium litterarum, un libro dividido en dos secciones, la primera de las cuales se refiere a las letras di­ vinas, mientras la segunda se ocupa de las letras profanas. Casiodoro nunca se cansó de alabar a los copistas, "porque releyendo las Escrituras divinas instruyen su mente y escribiendo esparcen a lo largo y lo ancho los preceptos del Señor". 29 Consideraba su actividad una nece­ sidad espiritual de primer orden, pues "luchaban con la pluma y la tinta con tra las ilícitas insinuaciones del diablo". Tales elogios tenían un pro­ pósito del iberado: el manuscrito final debía ser un testimonio insupera­ ble del legado textual. El primer paso para lograrlo era una investigación que conducía a reunir los manuscritos más antiguos y mt:jor corregidos, de los que se harían copias exactas. El segundo paso era resultado de un cuidadoso análisis lingüístico y llevaba a agregar al nuevo manuscrito ayu­ das a la lectura resolviendo, mediante la puntuación, algunos pas�jes am­ biguos. A ello se dedica el capítulo XV de las lnstitutiones titulado "Con qué cautela debe leerse la autoridad celestial", que ofrece al copista una serie de prescripciones acerca de lo que debe preservar y lo que debe modifi­ car en los escritos que tiene ante la vista. Casiodoro advierte, por �jemplo: "1\:o violéis los idiotismos contenidos en las Sagradas Escrituras". Aunque

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se trate de expresiones que sorprendan al sentido ordinario, no deben ser alteradas para "que no se disipe la pureza de las palabras celestiales". :�o "No se han de profanar de ninguna manera las palabras que imaginativa­ mente se utilizan para expresar lo bueno y lo malo, por c:jemplo, león , fruto, cáliz o clamor". :J I "D�ja como están -le dice al copista- los hiatos de las vocales, que aquí no tienen curso las reglas que los doctores en ar­ tes liberales gustan de obedecer" y, en general, "permite que permanezca siempre inmutada la expresión como sabemos que plugo a Dios que se conociese, de modo que brille en su esplendor".3:.! Pero lo mismo que su tarea es preservar, el copista debe ser capaz de acrecen tar esa herencia, corrigiendo y mejorando de esta manera: "Retoca lo que debe ser corre­ gido según las reglas de los tratados de gramática para que la hermosa modulación de la voz articulada no se haga más bien deforme y fea". :r� "No d�jes erróneamente colocadas, contra los preceptos de la ortografía, B por V, V por B, O por U, N por M". :l4 Este cons�jo no es casual, porque la ortografía fue siempre una preocupación para Casiodoro, quien en su v<jez escribió un tratado De Ortho¡¿;raphia, con el propósito de "combatir la idiosincrasia de las copias". :�:; Pero, sobre todo, escribe Casiodoro, a fin de que sea perceptible la actividad del copista, es preciso incluir los signos de puntuación, "esos senderos del sentido y luces de la dicción que hacen que los lectores aprendan fácilmente ". :lti El sistema que él recomienda es nuestro conocido método de los tres puntos, porque estima que permite �jar adecuadamente los términos de la voz modulada, es decir, de la lec­ tura en voz alta, y por ello sugiere: "colócalos en cada uno de los capítu­ los, porque hacen clara y sencilla la expresión cuando resplandecen en los lugares adecuados". :n Estos principios de crítica textual fueron �jercidos en la literatura sa­ grada, especialmente en la Biblia. La estructura de las lnstitutiones mues­ tra que el c:jemplar normal utilizado en Vivarium era la antigua Biblia lati­ na en nueve códices, pero el mayor orgullo de Casiodoro era la Biblia en un solo volumen, a la que da el nombre griego de Pandrcles, que significa "receptáculo de todo" y que debió ser una gran novedad de la época. :lH f:¡ mismo se había ocupado de la corrección gramatical y ortográfica del Sal­ terio, de los profetas y de las Cartas de los Apóstoles, cuyas oscuridades había iluminado en gran medida con los recursos mencionados. :�9 Pero en los últimos arios de su vida, dedicó todo su esfuerzo a la Biblia. El resul­ tado fue que las Biblias de Vivarium se distinguían por su belleza y la clari­ dad de su escritura: estaban divididas en libros y capítulos y poseían índi­ ces de contenido. La tarea del lector se facilitaba con la puntuación, y algunas de esas Biblias se reprodt�jeron en el sistema per cola Pl rommata de san Jerónimo, por el que Casiodoro parece tener un gran respeto. Aun-

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que la influencia de estos manuscritos se manifestó en algunas copias he­ chas en Italia y en Inglaterra, no hay ninguna certeza del destino de la bi­ blioteca reunida por Casiodoro en Vivarium; tal vez fue trasladada a la co­ lección papal en el Palacio de Letrán y luego dispersa entre los distintos centros culturales de Occidente. El proyecto de Casiodoro no tuvo conti­ nuidad inmediata y su concepción intelectual del monacato fue en tera­ mente marginada, sobre todo cuando la Regla de san Benito se volvió domi­ nante. La influencia de Casiodoro fue mayor por su ejemplo que por sus manuscritos, y sus ideales reaparecieron únicamente más tarde, cuando el monaquismo se convirtió en el único baluarte de la tradición y la cultu­ ra escrita. De cualquier modo, Casiodoro permaneció como uno de los grandes filólogos cristianos de inicios de la Edad Media, en la misma línea que sería continuada por Alcuino o Beda el Venerable. Un siglo después de Casiodoro irrumpieron dos eventos lingüísticos que se traducirían en un impulso definitivo hacia la autonomía de la pági­ na: el encuentro, durante el siglo VII d. C., de las páginas sagradas con len­ guas distantes del latín, y la separación, hacia el siglo VII I d.C., del latín y las lenguas romances. En efecto, la difusión del cristianismo en los límites noroccidentales de la latinidad tuvo consecuencias notables. Es que para los recién conversos, irlandeses y anglosajones, el latín era una lengua ex­ tranjera aprendida en libros y por tanto una expresión más visible que au­ dible, lo que provocó que pronto la página se les presentara como un or­ den propio, independiente del lenguaje hablado y diferente de éste. Los problemas de estos nuevos copistas eran diferentes de los de sus colegas de lenguas más próximas al latín . Ellos pudieron reconocer con más faci­ lidad al escrito como una man ifestación específica del lenguaje, y a la pá­ gina como un problema de transmisión de información, dotada de su propia sustancia y susceptible de un desarrollo autónomo visual y grá­ fico. 40 Fueron esos escribas irlandeses los que transformaron esa percep­ ción en convenciones gráficas: reiniciaron la desaparecida práctica de se­ parar las palabras por medio de un espacio en blanco, sobre todo en los escritos en latín, que les presentaban una mayor dificultad. Pero no sólo aislaron las "partes del habla", sino también los constituyentes gramatica­ les, reviviendo antiguas marcas de puntuación como el punctus, pero usándolas de forma más sistemática. Los escribas irlandeses desarrolla­ ron también de manera particular la littera notabilior para señalar mejor el inicio del texto, combinándola con una suerte de disminución progresiva de las letras, lo que hacía más notable el inicio de una sección. Tales pro­ gresos desembocaron en la célebre "página carpeta", es decir, la página como apertura de la obra que sólo contiene decoración, algunas veces únicamente una letra inicial.

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Los escribas anglosajones aprendieron de sus maestros irlandeses aportando, además de su piedad particular, algunas convenciones gráfi­ cas adicionales. También ellos introdt�jeron la separación entre palabras (pero de una manera más cautelosa y gradual, debido al respeto que guardaban a los textos que copiaban) aunque con frecuencia fallaban, lo mismo que los gramáticos antiguos, en el reconocimiento de los morfe­ mas ligados, pref�jos y suf�jos. Los escribas anglosajones poseían un parti­ cular sentido de la autoridad que transmitían a sus escritos, reservando el us�> de tipos gráficos como las unciales y las capitales rústicas para los libros de mayor jerarquía. Pero lo mismo fJUC había una jerarquía de escrituras, tambii·n había una escala de autoridad y por eso usaron sistemáticamente la dip!P para indicar la inserción de una cita extraída de las Escrituras, cuando aparecía en otros textos:1 1 La dijJ!Pes el antecedente de las marcas modernas de una cita. Lo mismo que las notas al pie de página, ésta tuvo un desarrollo particular que la condt�jo, a trav{�s de la Edad Media, hasta las glosas características de los siglos XII y XIII d.C.42 Un refinamiento aún mayor en las citas fue introducido por Beda el Venerable: las referencias al origen de los comentarios aparecían en los márgenes con letras como AG para indicar a Agustín, GC Gregorio el Grande, HR san .Jerónimo: la primera letra aparecía en el lugar en que el comentario se iniciaba y la se­ gunda en el lugar en el que concluía. En síntesis, a estos escribas insulares se debe un notable impulso de lo que un paleógrafé:> contemporáneo ha llamado la "gramática de la legibilidad":1:l Tales convenciones gráficas se explican corno respuesta a las necesidades de lectores y copistas para los cuales el latín era una segunda lengua, aprendida a través de los tratados de gramática, y que por tanto debía ser tratada como un problema de de­ codificación visual de infórmación , con sus propias reglas de representa­ ción inasimilables a la lengua hablada. H En tre todos, dos de los desarrollos iniciados por los escribas insulares merecen una atención particular: la separación entre palabras mediante un espacio en blanco y la búsqueda de la fórma absoluta de la letra que condt�jo a la creación de la llamada mi núscula carolingia. Ambas son cru­ ciales para la formación de la página legible moderna. Para los lectores modernos éstas se han convertido en evidencias cotidianas. De hecho, la presencia del espacio en blanco pasa normalmente inadvertida, excepto cuando está ausente, pero tanta discreción oculta la enorme importancia que ha tenido en la legibilidad y en la genealogía de nuestros hábitos in­ telectualesY> Puede afirmarse que la ausencia o la presencia del blanco resulta más importante para la lectura que otras características gráficas como la fórma o el tamai1o de la letra. Algunos paleógrafos estiman inclu­ so que no se le ha hecho justicia al blanco por la relevancia que tiene den-

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tro de la página. Porque él no es únicamente un divisor en tre palabras: también ha servido para marcar el final de un tema o tópico, cuando el escriba se i n terrumpe y va al margen izquierdo para iniciar un n uevo ren­ glón. Es un espacio blanco el que i nicia los párrafos mediante una sangría y es él quien i n icia las frases después de una coma o un punto. Algunas ve­ ces se le utilizó para indicar la importancia de una pausa más o menos lar­ ga, como en la época de Augusto, cuando fue usado como equivalente del guión moderno: para hacer resaltar un enunciado se le colocaba en­ tre dos blancos, como guiones ausentes. También ha servido como equi­ valente de la coma y se ha recurrido a él para hacer énfasis en la presencia de algún signo de puntuación colocado a su lado. Y, desde luego, ninguna página puede ser bella sin una adecuada distribución de sus espacios en blanco. El espacio blanco es una convención gráfica. Lo que el oído percibe es un flttio sonoro ininterrumpido y por esta razón los n iños, en su primer aprendizaje, tienden a omiti r la separación entre palabras en un esfuerzo por representar lo que oyen. Los escritores antiguos resintieron algunas veces la necesidad de señalar tal continuidad, por eso Augusto, según el relato de Suetonio, cuando al escribir se le agotaba el margen derecho, trazaba una línea que cruzaba la página hasta conectarse con el i nicio del renglón siguiente. Pero puesto que se trata de una convención gráfica, el blanco ha debido coexistir con otros símbolos equivalentes. En efecto, el espacio no es el único procedimiento gráfico conocido para la detec­ ción de la palabra y como se ha visto, en las páginas antiguas el lector in­ troducía la barra vertical, los tres puntos alineados verticalmente y el in­ terpunto, así como diversas formas decorativas. Una ayuda adicional como divisor de palabra provenía del ápice, un signo usado para marcar la presencia de vocales largas y del acento agudo, porque según las reglas romanas de acentuación sólo una sílaba de la palabra podía recibir el acento tónico, de modo que la presencia del ápice le permitía deducir, al menos indirectamente, los límites plausibles de la palabra.46 En la difícil. detección de los límites de la palabra, los lectores recurrieron también a signos que reforzaban al espacio blanco: el hyfJen y la diastole, similar esta última a una larga coma, un artificio del lector griego. Otros mecanismos que reforzaron la indicación de los límites de palabra fueron menos fre­ cuentes, por t:iemplo, reservar formas especiales para las letras que apare­ cían al final de la palabra, en especial para los signos S y R. Finalmente, una ayuda indirecta provino de la aparición, en los manuscritos británi­ cos del siglo VII I d.C., del guión de unión de palabra al final del renglón cuyo uso irregular, que denotaba inseguridad en el reconocimiento de las sílabas, no llegó a generalizarse sino hasta el siglo X d.C.

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Fueron los monjes irlandeses quienes, por su desconocimiento del la­ tín y su necesidad de una representación gráfica menos ambigua reinicia­ ron, a partir del siglo VI d. C., el proceso de insertar el espacio entre pala­ bras. Tenía que ser un espacio en blanco porque, como se ha visto, ya estaban presentes otros signos de puntuación frente a los cuales un nuevo signo habría sido redundante y confuso. Pero no bastaba el descubrimien­ to y durante el tránsito entre la scriptio continua y el espacio entre palabras se presentaron muchos pasos intermedios. A Jos manuscritos irlandeses, en Jos que el espacio aparece de manera errática y caprichosa, se les ha dado el nombre de "escrituras aireadas"Y La inserción del blanco era va­ cilante, porque en algunos casos aparecía únicamente después de una lar­ ga fila de letras encadenadas, y podía caer lo mismo entre palabras que en­ tre sílabas. En otros casos el blanco era intercalado con más frecuencia, pero de manera aleatoria, separando palabras entre sí o sílabas dentro de una misma palabra. Normalmente, en esos manuscritos el espacio no identificaba todas y cada una de las unidades lexicales, pero ayudaba al lector a detectar un cierto número de límites. Por último, en algunos ma­ nuscritos, espacios más grandes de Jo usual separaban grandes bloques je­ rárquicos de letras, al interior de los cuales se encontraban de manera asistemática, espacios en blanco. La serie de ensayos sucesivos se extendió de la inserción del espacio en blanco a su dimensión adecuada. Experi­ mentalmente se ha establecido que para ser eficiente en la identificación de palabra, el blanco debe ser al menos el doble del espacio contenido al interior de la letra o, mientras el espacio entre las letras de una palabra debe ser considerablemente menor. Tanto la Antigüedad como la prime­ ra Edad Media muestran que los escribas tenían un comportamiento irre­ gular en la dimensión del espacio entre palabras, pero en la enorme ma­ yoría de los casos quedaban por deb�jo del umbral de eficiencia en la separación en tre palabras. 48 Aunque erráticos, esos i n tentos in dican la búsqueda, muchas veces inconsciente, de una mayor legibilidad. El proceso de difusión del espacio entre palabras fue lento y gradual. Iniciado en el siglo VI d.C. en los monasterios irlandeses, no alcanzó de manera sistemática a Jos manuscritos continentales sino a partir del siglo X d.C. , es decir, doce siglos después de que Jos griegos adoptaran la srriptio continua y nueve siglos más tarde de la imitación de Jos latinos. En el inter­ valo, el divisor hizo algunas apariciones excepcionales en Jos manuscritos con tinentales que recibían la influencia de personalidades como Alcuino o J. Scottus, quienes habían sido atraídos al continente por Carlomagno, pero que intelectualmente pertenecían a la tradición textual anglos�jo­ na. El espacio en blanco alcanzó primero aquellas regiones que tenían un mayor in tercambio con Jos monasterios insulares, como el norte de Fran-

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cia, los Países Bajos o :--J o rmandía, extendiéndose hasta el sur de Europa, llegando a I talia a finales del siglo IX d . C. Este patrón de difusión y esta lentitud se explican porque los escribas conti nentales, especialmente

aquellos cuyas lenguas conservaban una gran proximidad con el latín , como e l occitano o e l italiano, buscaban auxi liar l a lectura d e los escritos que copiaban, pero lo hacían a través de convenciones gráficas tomadas de la tradición de la

srriptio continua, y

no parecen haber resentido la ne­

cesidad de una mayor ayuda sino hasta el siglo X d . C. , cuando el latín se

había convertido en lengua extrai1a a todos. El blanco en tre palabras en­

con traba en estas regiones obstáculos adicionales corno el hecho de que la lectura medieval se �jercía sobre unos pocos textos que resultaban fa­ m iliares a fuerza de lecturas intensas y repetidas, y adicionalmente por­ que la lectura era una de las habilidades que separaba a los laicos del

mundo eclesiást ico, el cual no mostraba n ingún entusiasmo por facilitar a aquellos el acceso a la página. En sentido contrario, el continente n o ca­ recía de im pulsos i n ternos para la adopción del espacio en tre palabras: por una parte, algunas figuras i n telectuales de la talla de Pedro Abe lardo, Gerberto de Aurillac o Abbo de Fleury. en búsqueda de una expresión es­ crita clara e inequívoca de sus pensamientos, ya habían debido batallar contra las barreras que les oponía una escritura sin separación de pala­ bras. Un segundo i mpulso provenía del contacto europeo con la cultura árabe cuya escritura, debido a su origen sem ítico, incluye desde sus pri­ meras expresiones la separación de palabras no como un hecho opcio­ nal. sino corno un rasgo in trínseco. Cuando los escritos científicos árabes ( que incluían a Aristóteles, las cifras y el astrolabio) fueron transliterados primero y luego traducidos, trajeron consigo el espacio en tre palabras y

fueron los primeros manuscritos con tinentales en c i rcular invariable­ mente en este fórrnato. La adopción de las c i fras árabes es un buen índi­ ce de esta situaciún: ellas eran una de las aportaciones más brillantes de la cultura árabe, pero su util ización suponía el uso sistemático de espa­ cios. Esto provocó que las cifras árabes no lograran desplazar de in media­ to a los numerales romanos, los cuales siguieron apareciendo en los li­ bros durante cierto tiempo, aunque rodeados de convenciones gráficas especiales para hacerlos independien tes del texto y más rápidamente le­ gihles:19 A pesar de las ven t<�jas manifiestas, los europeos prefirieron man­ tener el hábito antiguo de mani pular las com plejas reglas que goberna­

ban las operaciones con los numerales romanos, las que probablemente

les obligaban a verbal izarlos y retenerlos en la memoria durante las ope­

raCiones.

El proceso fue lento, pero a i n icios del siglo XII d .C. el espacio en tre

palabras se había convertido en el formato dominante en los medios

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eclesiásticos y académicos. El espacio blanco aumentó la eficiencia en el reconocimiento visual y redujo la necesidad de leer vocalizando. El (�jo se convirtió en el sentido privilegiado ante la página, mien tras la vocali­ zación redujo su importancia. La lectura y la escritura aumentaron su velocidad y se hicieron sigilosas. Ambas, la velocidad y el sigilo son cru­ ciales para los hábitos intelectuales modernos. La velocidad se vio altera­ da porque el blanco divisor entre palabras aligera el compl�jo patrón de búsqueda visual al que el lector antiguo estaba obligado. En efecto, ex­ perimen talmente se sabe que, en la lectura, el ojo no se desplaza a una v�locidad constante, sino mediante una serie de fijaciones y saltos. En la página moderna, éstos tienen como auxilio los espacios en blanco, lo mismo que otras convenciones gráficas, como las letras mayúsculas o los acentos. Pero debido a la carencia de esas ayudas, el lector an tiguo re­ quería más del doble de �jaciones por línea de texto que las realizadas por un lector moderno, simplemente para verificar que las palabras habí­ an sido correctamente separadas. ''0 Existe un segundo factor benéfico para la rapidez: los psicolingüistas han mostrado que la velocidad de la lec­ tura moderna depende en gran medida de la visión parafovea y de la visión periférica, las cuales permiten anticipar, sin haber decodificado aún el segmento venidero del texto. Tanto la visión parafovea como la vi­ sión periférica son longitudes de percepción visual que se extienden más allá de la reducida área de visión aguda, en la que el �jo percibe en detalle la forma de cada letra. Ambas se apoyan en la presencia de espa­ cios en blanco, signos prosódicos, mayúsculas y espacios de separación entre párrafos, porque en esas áreas de visión sólo se detecta la silueta de las palabras, la llamada "forma Bouma" y las grandes divisiones del texto. Pero esas ventaj as estaban ausentes en la página antigua. Carente de esas ayudas, la página reducía drásticamente el campo de visión del lector an tiguo. Los psicolingüistas llaman "efecto túnel" a esa reducción para indicar el encajonamiento del campo visual y la reducción del tex­ to que logra ser percibido en cada fijación. Por eso, en la memoria, el lector antiguo no reten ía tanto una imagen visual de la página cuanto un eco verbal de la sílaba, cuyos bordes debían aún ser verificados. En resumen, el n úmero de regresiones, la limitación del campo visual y la vocalización son las causas de la lentitud y la fatiga que caracteriza la lec­ tura antigua. " 1 Además de la velocidad, la separación con la vocalización obl igada se encuentra entre los factores que condt�eron a la lectura y a la escritura silenciosas. Las consecuencias del sigilo para los hábi tos in te­ lectuales son numerosas, pero antes de pasar a ellas conviene examinar otros elementos que se agregaron a la página legible durante estos siglos de formación.

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Para ello es preciso ten e r presente la situación gráfica de los tipos de escritura prevaleciente a principios de la Edad Media. De la An tigüedad romana, se había h eredado la m i n úscula c u rsiva, también llamada "cursi­ va n ueva", mien tras de los escritores cristianos se recibió el tipo llamado "uncia) " y l uego, a partir de fi nales del siglo v, su derivada, la "semiun­ cial". Ambos tipos provenían de una profunda metamorfosis que, desde el siglo 1 d.C., h abía afectado a la escritura cursiva romana, utilizada en documentos cotidianos como cartas y actas legales. En ese momento, tal vez debido a que el amanuense abandonó el rollo y em pezó a escribir so­ bre h ojas sueltas que después fór marían un códice , la le tra c ursiva e m­ pezó a i n cl i narse hacia su derecha y su ángulo de escritura pasó de agudo a abierto. Debido a esta inclinación , em pezó a formarse una escritura ca­ racterizada por frecuentes ligaduras y por un

ductus rontinuo realizado pri­

mero con cálamo y posteriormente con pluma dura. Fue una transforma­ ción muy i m portante en la h istoria de la escritura, porque al afectar la escritura cotidiana determinó el modo de escribir a mano, e i n d i recta­ m e n te los tipos que realizaría la i mpren ta m ucho más tarde.'í2 Mien tras la escritura cursiva sufría esa t ransformación , la letra uncia), que era la ver­ tiente caligráfica del sistema, había sido adoptada como símbolo por la cultura cristiana y util izada en la mayoría de los h�josos escritos cristianos hasta la (�poca carolingia. La uncia) es una escritura de aparato, destin ada a esos l ibros sun tuosos que, para i ndignación de san .Jeró n i mo, los cristia­ nos escribían con letras de oro sobre pergaminos teriidos en color púrpu­ ra. "'3 Su variante m i n úscula, la semiu ncial, fue reservada para libros más modestos corno los textos de estudio o de lectura para las comunidades y escuelas religiosas. En este estilo se realizaban textos de autores cristia­ nos, de los Padres de la Iglesia y colecciones canónicas, más q ue Bibliasf'-1 Resumiendo, la tradición gráfica proveniente de la An tigüedad romana comprendía dos tipos librescos y una cursiva de uso cotidiano que era uti­ lizada tanto en el uso privado como en la burocracia del I m perio, es decir, se convirtió en la única cursiva del m undo romano clásico. La disolución del I m perio determinó la suerte de esta herencia gráfi­ ca. Extinta la antigua aristocracia urbana, desaparecidas las estructuras que susten taban al orador y su mundo, la escritura se con c e n t ró básica­ mente en dos estamentos que poseían las prem isas indispensables para el uso de la escritura: los hombres de leyes y los eclesiásticos. En tre los pri­ meros, en la parte baja de la escala, se encon traban los escribas locales, los j ueces y los notarios públicos, que eran i ndispensables para realizar la do­ cumentación escrita: actas, testamentos, cesiones o cambios de propie­ dad a la que estaba habituada la población romana.:->'> Su alfabetización era "pragmática", es decir, no parecen haber recibido una educación for-


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mal, y quizás aprendían la escritura cursiva más bien por imitación . Pero entre los hombres de leyes también existían clases altas, entre las cuales deben ser incluidos los miembros de las Cancillerías merovingia y carolin­ gia cuyo origen se encontraba en los reinos bárbaros quienes, apenas con­ cluida la invasión, resintieron la necesidad de escribir a fin de mantener una cierta organización jurídica y administrativa. Probablemente estos es­ cribanos recibían una educación formal en las escuelas próximas a las co.rtes. Sin embargo, el desarrollo de la escritura en estas Cancillerías me­ dievales estuvo determinado por la adopción que hicieron del simbolis­ mo de la escritura proveniente de la administración romana, la cual ha­ bía creado un tipo de letra exclusivo, complejo y hermético llamado litteme mr!Pslrs cuyo propósito no era m�jorar la legibilidad, sino a la inver­ sa, excluir a la mayoría y mantener un carácter excepcional para los escri­ tos del emperador. Este tipo provenía de las formas degeneradas de la cursiva romana, a la que se habían adherido los artificios propios de cual­ quier administración: se deseaba, sobre todo, aumentar la velocidad de escritura, incrementando el número de ligaduras entre las letras para adaptar la forma de cada una a la precedente y a la siguiente, llegando a ocultar la fórma original de la letra en tre los rasgos que la rodeaban. Este tipo de escritura pronto requirió de una formación especial para poder realizarla e incluso para leerla. En breve, una pobre y excluyente legibili­ dad, un callejón sin salida. Como suelen hacer desde siempre, las canci­ llerías acentuaron este carácter misterioso de su escritura y mantuvieron su conservadurismo largo tiempo: la Cancillería carolingia retuvo hasta finales del siglo IX los hábitos de sus antecesores merovingios, y la Canci­ llería papal de Roma mantuvo hasta el siglo XII el uso de la escritura bene­ ventana, una escritura originaria de la {�poca bárbara. Entre los eclesiásticos, el otro grupo poseedor de la escritura, la desa­ parición del Imperio como unidad jurídica y espiritual condujo a una re­ gionalización de los tipos gráficos. La diferenciación de la letra cursiva en variedades locales provocó que pronto se perdiera de vista la conexión entre la letra cursiva y sus variantes librescas, la uncia) y la semiuncial, las cuales originalmente formaban un mismo complt:jo gráfico, pero que empezaron a ser resentidas corno dos fúnnas diversas y hasta antagónicas. La uncia! y la semiuncial seguían siendo utilizadas en los libros cristianos como resabio de la producción antigua, pero se había roto la unidad grá­ fica cuyo fundamento se encontraba en la actividad de los centros paga­ nos, citadinos y artesanales de elaboración del libro antiguo. La Antigüe­ dad había logrado mantener la un idad gráfica mediante la canonización de la minúscula libraria, de uso generalizado en el mundo romano, pero esta vez tal un idad debía buscarse en el marco del mundo medieval, com-


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pletamente fragmentado en regiones. El resultado es que no hubo ningu­ na unidad: cada scriptorium, a veces cada srriptoro cada generación de scriptores se lan­ zó en búsqueda de una minúscula de uso librario, de su propia minúscu­ la libresca; para lograrla, o bien partían de la cursiva trazándola con mano separada del pergamino, es decir caligrafiándola, o bien partían de la uncia) (y más raramente de la semiuncial) , trazándola con la mano más fluida, rompiendo así su forma canónica:'i6

La consecuencia fue una variedad extraordinaria de tipos gráficos, semi­ cursivos en algunos casos, librescos rústicos en otros, tipos que han sido reunidos b�jo el término genérico de "escrituras precarolingias". Lo mis­ mo que la unidad lingüística del latín clásico estaba en proceso de frag­ mentación hacia las lenguas romances, estas escrituras l lamadas "nacio­ nales" conducían a caminos divergentes en las formas gráficas. No es posible saber adónde habría conducido esta diversificación sal­ vaje, pero afortunadamente para la unidad del mundo cultural de Occi­ dente, hacia el siglo IX d.C. todas esas variantes cedieron su lugar a un tipo nuevo, homogéneo, que habría de establecerse como único: la mi­ núscula carolingia. Este tipo es sin duda la mayor revolución gráfica antes de la imprenta. Ella responde a la búsqueda de la "forma absoluta" de la letra, es decir, de un diseño básico que no se altera en ninguna de sus apariciones escritas. La minúscula carolingia se aproxima a esa forma in­ variable: cada letra sobre la página está dib�jada con un rasgo de pluma separado, carece de rasgos de unión con sus vecinas por lo que no se de­ forma con n inguna l igazón anterior o posterior, y nunca modifica su fi­ gura. Su aspecto es equilibrado, producto de un ductus espeso y bien formado, ofrece un buen espacio entre las letras, y está exenta casi por completo de abreviaturas. Alcanzaría la inmortalidad en los magníficos manuscritos medievales. Su creación cumplía por vez primera con los preceptos de los gramáticos según los cuales la letra debía tener tres pro­ piedades: su forma, figura, su nombre, nomen y su referente fonéti<:o, po­ testas. Según esta definición , cada letra debe tener un ún ico fundamen­ to gráfico y corresponder a una unidad fonológica m ínima ( lo que obtiene por ser miembro de un sistema alfabético) . La minúscula caro­ l ingia, con su extraordinaria legibilidad, es la con traparte gráfica nece­ saria para alcanzar un sistema ortográfico racional. A partir de su inven­ ción, "la escritura latina ya no tiene una historia, porque ya no se hablará más de sobrevivencias, evoluciones o acciden tes de la moda". "7 La perfección de esa escritura hace que sean sus descendientes quienes

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están ante sus �jos, estimado lector, l lenando nuestros l ibros y las panta­ l las de las computadoras. Desde el punto de vista estricto de la legibilidad, que ahora nos intere­ sa, la minúscula carolingia es un progreso considerable. Es notable que ese tipo de letra fuera una creación colectiva y anónima de los copistas monásticos del siglo IX d. C., pues su aparición es casi simultánea en diver­

sos cen tros de escritura. En la evolución que condujo a ella tuvo un papel destacado el monasterio de Corbie, en el que se la encuentra desde el tiempo del abad Maurdramnus ( 772-78 1 ) /'H pero fue en Tours donde la mi núscula carolingia alcanzó su mayor grado de perfección. No era obra de ninguno de los dos monasterios en particular, sino de una colabora­ ción que incluía srriptorirz de las regiones del norte y del este y de la zona media de la Loire. Su éxito fue tan instantáneo, que en el curso de cin­ cuenta años había desplazado definit ivamente las escrituras previas. Ella se inscribe, por supuesto, en el clima general de renovación intelectual y de revisión de textos cuvo monumento central es la Admonitio GPnemlis emitida por Carlomagno en 789. La minúscula carolingia es, pues, punto de llegada común , resul tado de un proceso en d que concurren una serie de premisas de largo alcance intelectual . ¿Cuáles son éstas? En primer lu­ gar, la búsqueda de corrección y legibilidad para una serie de textos con­ siderados, por sobre todas las cosas, la Palabra de Dios. Por ello, el esfuer­ zo se había concentrado en una serie de escritos destinados a la l iturgia, como Biblias, salterios, evangelarios o leccionarios, en los que la correc­ ción de la lectura era un medio de asegurar la ortodoxia. Lo mismo que la pun tuación , un tipo gráfico claro e inmutable fórmaba parte de la "gra­ mática de la legibilidad". Para comprender esa necesidad, téngase en mente que las escrituras precarolingias no facilitaban el acceso visual a la página: sus complicadas escrituras eran fuentes de errores constantes que provenían de la ausencia de separación de palabras, de la confusión de las letras perdidas entre sus l igaduras y de la ausencia de convenciones de puntuación , ortografía y sintaxis. El lector debía resolver esas dificulta­

des antes de su ejecución, y el copista debía resolverlas para ofrecer una nueva copia in teligible ( aunque en algunos casos renunciaba al esfuerzo v simplemente reproducía la .lrrifJiio rontinua) . El primer remedio dispo­ nible an te tantas dificultades eran los conocimientos gramaticales, lo que explica que en tre los primeros trabajos copiados en los grandes sniptmia carol ingios se encuentren , de manera promi nen te, las an tologías de tex­ tos gramaticales.''9 El conocimiento gramatical se había vuelto todavía más indispensable, porque hacia el siglo IX florecía ya el bili ngüismo, de­ bido al surgimiento de las lenguas romances y su alejam iento del latín . En esta situación compl(:ja, los escribas necesitaban convenciones claras


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acerca de la separación de palabra y de final de frase, mucho antes de po­ der soñar con la invención de un tipo gráfico. Por eso, en el plano de la le­ gibilidad, la creación de la letra minúscula carolingia debía ser simultá­ nea e inseparable del progreso en el conocimiento gramatical y en el reconocimiento más preciso de las partes del habla. Otros factores también debieron concurrir para la invención de ese nuevo tipo gráfico. Entre ellos se encuentra una mayor valoración del scriptorium monástico como conjunto y de cada escriba en particular. En efecto, desde Casiodoro y luego con Isidoro de Sevilla y Alcuino, los scrip­ toria aparecen mencionados sistemáticamente en tonos emotivos: Es una tarea sagrada copiar la ley de Dios. Es una tarea piadosa i niguala­ da en mérito por cualquier otra faena que el hombre pueda realizar r . . ] El dedo de Dios grabó las letras en la roca cuando dio Su ley a Su pueblo y esas letras revelan todo lo que es en el mundo, o ha sido, o puede adve­ .

nir en el futuro. 50

Escribió Rabanus Maurus en el scriptorium del monasterio de Fulda. Es la época en que también el calígrafo individual pierde el estigma servil e inferior y es revalorado, lo que fue celebrado por los escribas monásticos expresando en sus páginas, por vez primera, el orgullo de su arte: "sus dedos eran llevados por el Espíritu Santo y fue alabado por el arte de or­ namentar libros y hacer agradables las letras", se escribió acerca de un ir­ landés l lamado U ltan .61 Este justo orgullo provenía de las transformacio­ nes ocurridas en la educación del calígrafo: un estrecho vínculo entre la escritura y la disciplina monástica se había establecido, por el cual copiar se convirtió en una forma más de sumisión a la volun tad de Dios. El co­ pista estaba ahora emocionalmente preparado para la trascendencia de su tarea y aplicaba a la escritura la misma docilidad y persistencia que a la plegaria, para integrarse a la tarea salvadora común.6� Como veremos más adelante, su formación no se realizaba en la escuela, donde sólo se aprendían rudimentos de escritura sobre tablillas de cera, sino en el mis­ mo scriptorium, a través de la instrucción y la imitación de modelos pro­ puestos por el armarius y otros calígrafos experimentados. Pero, a través de la disciplina y la solidaridad, se formaba entre los escribas una con­ ciencia acerca del valor de su arte que era crucial, porque el l ibro medie­ val era normalmente una obra colectiva en la que cada uno participa sin lograr abarcar el resultado final. La minúscula carol ingia es tambi{�n consecuencia de un elevado concepto del escriba sobre sí mismo, y de una serie de convenciones y prácticas acerca del lengu�je escrito respeta­ das por todos ellos.

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La minúscula carolingia es, pues, una obra de civilización que, al iado del espacio en blanco como divisor de palabra, contribuyó a crear la "gra­ mática de la legibilidad", de la que provienen las páginas modernas. Tal "gramática" es sobre todo una cierta actitud ante los textos, un intento por responder a cuestiones tales como ¿qué es una lectura correcta?, ¿cómo debe ser un texto que permita una ejecución irreprochable? La gramáti­ ca de .Ja legibilidad representa una cierta actitud ante los textos sagrados, una volun tad de hacerlos correctos para asegurar su ortodoxia ante la aparición masiva de lectores y copistas cuya lengua estaba distante del la­ tín. Por ello, estos instrumentos esenciales fueron acompañados de nue­ vos signos de puntuación. En efecto, hacia el siglo VII d.C., la puntuación que ofrecían los ma­ nuscritos occidentales, aun siendo más abundante, seguía en lo esencial nuestro conocido sistema de tres puntos, disctinctiones, con ligeras modi­ ficaciones. Pero, a partir del siglo VI I I , nuevamente en los libros litúrgi­ cos, se comenzó a agregar una nueva serie de signos llamados positurae, que a la postre se convertirían en la mayor contribución de la cultura monástica a la historia de la pun tuación . Aunque ofrecen una gran di­ versidad de variantes gráficas, las positurae pueden reducirse a unos po­ cos tipos básicos: el punctus versus, cuya forma recuerda al actual punto y coma, utilizado para señalar el final de una expresión afirmativa; el punctus elevatus, utilizado para indicar una pausa media mayor al inte­ rior de una expresión cuyo sentido es completo, pero que habrá de reci­ bir un agregado; el punctus interrogativus ( probablemente una creación de la escuela de la corte de Cario magno) , usado para señalar el final de una expresión in terrogativa y, posteriormente, el punctus Jlexus, para marcar una pausa media equivalente a la coma moderna, colocado al in­ terior de una expresión cuyo sentido está incompleto, del cual los pri­ meros ejemplos aparecen en el siglo X d.C. Estos signos probablemente tenían su origen en el sistema de pun tos tradicional, pero habían sido reelaborados. Nuevas convenciones gráficas para acrecen tar la legibili­ dad de la página se agregaron , por �jemplo, para la indicación de citas provenientes de las Escrituras se usó una sangría de tres o cuatro letras al interior de la caj a de escritura o mucho más raramente fuera de ésta, o bien la cita se escribía en color rojo o con un tipo de letra más pequeño, e incluso se recurrió a la diple, un signo ya conocido por Isidoro de Sevi­ lla, cuyas formas gráficas se al�jaron a veces considerablemente de su for­ ma original. fi3 En tre todos estos signos, el punctus interrogativus tiene una historia particular. Hildemar todavía distinguía hasta tres especies de in­ terrogación, de acuerdo con la respuesta que se podía esperar. Afortuna­ damente sólo subsistió un signo para todas el las: era un punto coronado

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por una línea curva o en forma de zigzag que se encon traba al final del enunciado. Sin embargo, puesto que dejaba al lector la tarea de encon­ trar la palabra importan te, la escritura de Benevento ideó una ayuda adicional que consistía en colocar un pequeiio signo en forma de z, co­ locado justo encima de la palabra en la que se presentaba la elevación in­ terrogativa de la voz. El signo de interrogación fi.1e el primer signo expre­ sivo dotado de una significación por sí mismo, independiente del contexto.64 Sus formas cambiaron durante los siglos IX y X d.C., pero con frecuencia concuerdan con el quilisma, un jmrnma que los teóricos en mú­ sica medieval consideran "un tono conectivo trémulo y ascendente".6'' Diversas razones explican la creación de las positurae: la primera, de naturaleza técnica, es que el sistema de puntos, que resultaba claro en los manuscritos realizados en los tipos grandes de letras, corno la capital o la uncia! , era en cambio menos eficiente aplicado a man uscritos realizados en minúscula carol ingia, la cual ofrece una banda de escritura más estre­ cha. Las positurae eran una invención dest inada a evitar esa confusión, puesto que eran más claras y no am biguas en la forma en que distinguían entre los diversos tipos de pausas. Pero, quizás el motivo fundamental de la invención era que con ellas se deseaba no solamente hacer visible una distinción en tre segmentos, sino también procurar una guía para la voz que debía recitar o cantar los textos li túrgicos. En las posituraf venían a unificarse las dos grandes tradiciones de la liturgia: la lectura y el canto y en consecuencia deseaban traducir de manera visual ese vínculo en tre la puntuación y una cierta forma de �jecución musical. Por su forma mis­ ma, indicaban al lector si la voz debía descender o ascender; así, el jmnrtus versus, un punto con una larga coma debajo, señalaba el descenso de la voz que anunciaba el fin de la expresión; el jm nrtus pfrvatus, un punto con un largo guión encima, seiialaba la elevación de la voz que debe presen­ tarse para valorizar la cláusula complemen taria, mien tras el punrtusjlexus, un punto coronado con un acento circunflejo, sei1alaba el hecho de que la voz debía elevarse para despu{�s descender. En realidad, ellas trataban de dar a la pun tuación un sentido extenso estableciendo a la vez las pau­ sas de sentido y respiración necesarias además de indicar el movimiento de la voz e incluso las diversas entonaciones que dan la melodía al discur­ so. Puesto que las fórmulas melódicas caían en los finales de las unidades de sentido, las jJosituraP podían ser utilizadas simultáneamente como sig­ nos de pun tuación v como guías de la voz. Es cierto que la distinción en tre el g{�nero de lo leído y el género de lo cantado estaba bien establecida desde la Antigüedad, pero, a pesar de ello, las positumP t uvieron el propó­ sito de realizar una amalgama en tre la n otación de las rlistinrtiones y la división de los enunciados que otorgan a la oración su intensidad y su me-


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lodía.66 Desde luego, una cosa es la historia de la notación musical y otra la historia de la puntuación, pero es notable que la primera haya recibido una influencia cierta proveniente de la puntuación de los textos litúrgicos. Hacia el siglo XII d.C. las convenciones fundamentales de la página le­ gible estaban prácticamente establecidas. En la página se encontraban señalados claramente los capítulos y los párrafos; al interior de éstos la se­ paración entre palabras estaba indicada por un blanco, mientras la sepa­ ración entre oraciones era señalada por una serie de signos que gradua­ ban las pausas de sentido y de respiración. La letra minúscula carolingia tenía una forma prácticamente absoluta y en el texto eran fácilmente re­ conocibles las citas, glosas y comentarios. Cada frase concluía con un pun­ to e iniciaba con una letra mayúscula. Poco después aparecería el rasgo de unión al final del margen. La decoración era una ayuda adicional a la lec­ tura e iniciales decoradas y litterae notabiliores permitían al lector una senci­ lla localización en la página y facilitaban su memorización, cuestión muy importante en ausencia de índices y paginación. Al final de esta evolución se había pasado de un sistema que separaba las palabras mediante signos y las unidades de sentido mediante blancos, a un sistema que señalaba las palabras rodeándolas de blanco y las unidades de sentido encerrándo­ las entre signos.67 Todo este sistema de puntuación era completamente res­ ponsabilidad del escriba y ya no del lector. La voz no había abandonado del todo a la página legible pero ésta había adquirido un estatuto propio, con­ virtiéndose en una entidad con características propias e inasimilable al lenguaje hablado. La página legible había dejado de ser una copia más o menos imperfecta del discurso hablado para convertirse en portadora au­ tosuficiente del mensaje que se le confiaba. Conviene detenerse, para con­ cluir, en las consecuencia..-; de esta profunda transformación. LEER Y ESCRIBIR El\: SILDJCIO

Al perder su vínculo obligatorio con la vocalización, la lectura y la escri­ tura se hicieron más rápidas y potencialmente sigilosas. Estaban echadas las premisas técnicas de una nueva legibilidad que se i mpondría definiti­ vamente sólo en la medida en que i rrumpían nuevas relaciones entre es­ critores y lectores. El resultado más notable de todo ello fue que, en oposición al animado mundo de la lectura colectiva, esos hábitos silen­ ciosos colaboraron en la constitución de una interioridad personal e in­ transferible. Se estableció entonces una asociación entre recogimiento, soledad y lectura, de la que aún no podemos escapar. Aunque las conse­ cuencias de esta trama resultan difíci les de evaluar con precisión y aun cuando pueden parecer especulativas, su participación en la formación

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de un refugio i n terior en el lector y el escritor moderno es innegable. La escritura y la lectura silenciosas promovieron una serie de actitudes, las cuales parecen asociadas al descubrim iento de esa n ueva vida i n terior que, desde el siglo X I I , d�ja en trever a la individualidad occiden tal mo­ derna. La necesidad de leer más textos y más rápidamente no redt�jo, sino que i n tensificó la experiencia personal en los planos in telectual y espiritual. Diversas razones confluían ahora para h acer de la lectura sigi­ losa el procedi mie n to m ás eficaz de apropiación del texto. La pri mera de ellas era que tal lectura estaba impulsada tanto por la multiplicación de textos, como por la creciente com pl�jidad de los argumen tos conteni­ dos en las obras escolásticas. El autor del siglo X I I debía man�jar un enorme volumen de i n formación contenida de manera cada vez más or­ denada en cientos de textos dispon ibles, y expresada en argumen tos su­ mamente abstractos. Tales argumentos tienen corno característica pre­ sentarse en una sin taxis analítica, que establece defin iciones y principios estructurados en un tipo de juicio de atribución, según el cual un "algo", el sujeto del enunciado, es siempre de un cierto modo. No es sólo que en la expresión se util icen térm inos "un iversales", sino que todo el discurso busca estructurar esos elementos en relaciones i n te m porales, lógicas o sin tácticas, uniéndolos m edian te conectivas lógicas de atribución o de pertenencia. La presencia creciente en la págin a de enunciados de esta clase exigió en los medios un iversitarios medievales una actitud intelec­ tual nueva, actitud que puede ser llamada "hermenéutica", porque su comprensión requiere encon trar el sign ificado de esas expresiones ú n i­ came n te en su vínculo con otros enunciados similares, sin n i nguna in­ formación adicional aportada por el autor. El escrito escolástico requie­ re obligatoriamente de in terpretación y exégesis, realizable únicamente porque la vista puede volver con stantemente hacia atrás, sobre las pre­ misas del texto, para tomar conciencia de las articulaciones del discurso, de las reglas que lo orden an, de la secuencia lógica que lo estruct ura y eventualmente de sus con tradicciones i n ternas. A esos textos escolásti­ cos ya no les anima la secuencia de periodos rítmicos cui cladi:>samen te dispuestos, sino una sintaxis lógica y deductiva y su autor ya no cuenta con un efecto placen tero, sino con una concen tración efectiva de un lector silencioso. A la conciencia de este lector ya n o se le pide que (lialo­ gue con los otros en el espacio público y, por el con trario , ella debe dialogar consigo misma, movil izando en silencio los medios in telectua­ les de que dispone. El dato sonoro y multicolor se ha convertido en el orden de las razones. El un iverso in telectual que resulta ya no es narra­ tivo si n o lógico y tiende a organizarse en un sistema de categorías; es una situación sin táctica y no una situación vivida, y por tanto provoca la

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existencia de un mundo sigiloso de "objetos" conceptuales, perceptibles únicamente con la razón . Por otra parte, el formato y las convenciones gráficas hicieron que la vocalización para memorizar dejara de ser necesaria, porque la vista po­ día retener por sí m isma la impronta de la página en el recuerdo, cosa que la .miptio continua no permitía. Los autores monásticos del siglo XII pronto reconocieron esta ven�ja, y profesores como Hugo de san Víctor enseilaron a sus alumnos a alqjar en la memoria visual las mayúsculas ini­ ciales, 58 los patrones visuales y las incidencias tipográficas, para rememo­ ra-r la información contenida en el escrito.69 Se consideró que una lectura sin intervención de la voz influía más directamente en los impulsos afecti­ vos del corazón, órgano que para estos monjes era el verdadero asiento de la mente. En consecuencia, a partir de entonces en los medios monás­ ticos, la lectura puramente visual fue considerada la vía introductoria a la meditación privada, por eso Richelm, prior cisterciense de Schóntal, en su lucha personal por crearse el hábito de leer en silencio, denunciaba cómo los demonios lo fórzaban a leer en voz alta, privándolo de las re­ compensas espirituales prometidas por la lectura y la meditación ínti­ mas.70 É ste era un aspecto más del vínculo entre lectura silenciosa y devo­ ción privada que paulatinamente se había ido elaborando desde los monasterios benedictinos. John de Fecamp, en el siglo XI, había sido el primero en igualar la lectura visual con la plegaria y la meditación, asu­ miendo que los monjes seguirían con la vista un escrito en el curso de sus meditaciones personales. Mientras tanto, su contemporáneo en el mo­ nasterio de Bec, Lanfranc, insistía en la lectura sigilosa que los monjes de­ bían realizar en algunos momentos durante los servicios divinos, lectura que él designaba como videre o inspicere, verbos de la vista, que implicaban la lectura en silencio. 7 1 La lectura privada en silencio se implantó mucho más tarde en los me­ dios laicos, pero con efectos similares. Hasta la mitad del siglo XIV los no­ bles y los reyes franceses raramente leían por sí mismos; más bien escu­ chaban leer libros especialmente preparados para ellos.72 Muchos de estos libros contenían crónicas o canciones de gesta pero éstas, lo mismo que el resto de la poesía vernácula, eran compuestas, memorizadas y �je­ cutadas oralmente y cuando finalmente eran puestas por escrito, estaban previstas para ser leídas en voz alta. Durante la segunda mitad del siglo XIV, la nobleza francesa comenzó a adoptar el hábito de leer en silencio, que un siglo antes se había vuelto rutinario en los medios universitarios. Pero entonces fueron puestos en sus manos libros religiosos. Hacia el siglo xv se acuiló la frase "leer con el corazón ", lire au coeur, para referirse a esta lectura privada, lo mismo que los términos videre o inspicere se habían usa-

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do como equivalentes de legere.7�� Tal como había ocurrido en los medios monásticos, la lectura privada produjo entre los laicos un impulso hacia la vida interior, hacia la plegaria silenciosa. Era una actitud novedosa. Hasta finales del siglo XII, la oración íntima era prácticamente desconocida y ob­ jeto de sospecha porque significaba una forma de la evasión a la obra co­ lectiva. Todavía Hugo de san Víctor recomendaba la plegaria vocalizada, argumentando que conducía a un grado más alto de devoción. Pero, ha­ cia el siglo XV, la oración se había convertido en un coloquio silencioso entre el alma del creyente y Dios. Esos lectores iban acompañados de un nuevo tipo de libro portátil, aun escrito en latín que, como los llamados li­ bros de horas, contenían oraciones, perícopas evangélicas y salmos para cada ocasión.74 Los autores vernaculares empezaron a referirse a esa práctica como "orar con el corazón " para subrayar el carácter íntimo e irrepetible que ésta suscitaba. Los guías espirituales de esos nobles pron­ to se percataron de que se trataba de una forma nueva de expresar la fe. La lectura y la plegaria personales empezaron a ser representadas en esos mismos libros portátiles bajo la imagen de un creyente inmóvil,75 con las manos unidas, a veces en trecruzadas, en actitud de recogimiento, reco­ rriendo los senderos in teriores del alma e individualizando para sí mismo el camino de la gracia.76 En efecto, la iconografía de la época registró pronto la presencia del lector silencioso: mientras san Luis, rey de Francia, normalmente escu­ chaba leer rodeado de un pequeño grupo, en las pinturas de Van Eyck, Luis XI, Lorenzo de Médicis, Carlos V y los comerciantes flamencos apa­ recen leyendo por sí mismos y en soledad. El mismo Carlos V, quien fue el primero en reunir una biblioteca real situada en una de las torres del Louvre, fue representado en una miniatura sentado en su biblioteca, in­ móvil, leyendo con los labios cerrados (un procedimiento tradicional para sugerir el silencio) , en un aislamiento completo y tranquilo.77 Las imágenes de las aulas universitarias ofrecen algo similar: mientras algu­ nos grabados medievales tempranos muestran el dictado en el aula a par­ tir de los libros de texto, ninguna min iatura de los siglos XIV y XV represen­ ta a los estudiantes transcribiendo verbatim la lectura profesora! y, por el contrario, exhiben al profesor leyendo ante estudiantes que no portan en la mano plumas o cuadernos de notas, y que en cambio pueden sostener un l ibro con el que siguen la lección, sin interrumpirla, puesto que leen en silencio. El libro se había convertido en el compañero de la soledad: "a la iconografía clásica, que hace de la biblioteca un símbolo de saber y de poder, se agrega la iconografía del acto mismo de lectura que supone una relación íntima entre un lector y un libro".78 Se hicieron familiares las re-

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presentaciones gráficas de lectores que en su retiro interior vuelcan todo su ser en la comprensión de un l ibro. Lo mismo que al lector, la nueva intimidad creada por el silencio al­ canzó al escritor. Desde la Antigüedad, los autores se habían declarado in­ hibidos por la presencia del secretario al que habían dictado sus obras. Pero cuando se im puso el hábito de escribir por sí mismos sin vocalizar, los pensamientos que el autor nunca se hubiera permitido verbalizar ante otros empezaron a ser puestos por escrito. Solos consigo mismos, los au­ tore.s podían permitirse las vacilaciones y los atrevimientos que antes ha­ bían debido reprimir. El hábito de escribir en silencio, evitando dictarse a sí mismo no era, sin embargo, el ún ico obstáculo: a lo largo del siglo XI no faltaron autores que intentaron escribir de propia mano, pero sus esfuer­ zos eran fi·ustrados por la escritura l ibresca de la época que imponía una gran lentitud y formalidad, de modo que debieron conformarse con par­ ticipar al iado de otros escribas en la realización final del manuscrito. Fue preciso pues crear una escritura cursiva de uso personal. Los primeros i n­ tentos de composición autógrafa fueron realizados en las l lamadas escri­ turas protocursivas, pero en ese momento cada uno escribía a su manera colocando a sus contem poráneos en problemas de interpretación, de modo que autores como Santo Tomás estaban obligados a dictar partien­ do de sus propios bosqtu�jos escritos. A partir de los inicios del siglo XIV, esa escritura personal evolucionó a la genuina cursiva gótica, un desarro­ llo sin paralelo en la historia, porque a diferencia de las cursivas griegas y romanas, esta vez la escritura ofrecía sistemáticamente la separación en­ tre palabras por un blanco. ! lacia la mitad de ese siglo, la escritura cursiva estaba suficientemente estandarizada y podía ser leída y copiada por es­ cribas y librarii. La asimilación del autor con el que escribe por sí mismo se hizo cada vez más evidente tanto en la práctica como en la conciencia lin­ güística de los letrados. El autor tenía ahora todo el proceso b�jo su con­ trol, haciendo de la escritura de manera explícita una práctica íntima, por eso se consideró a sí mismo como escritor y compilador, y observó con orgullo las obras surgidas de su cálamo: "la pluma fue considerada como un implemento que permitía la expresión de sus emociones y pensa­ mientos". 79 N"aturalmente, la iconografía inició el registro del escritor solitario y si­ lencioso. Desembarazado de la presencia de su secretario y de los comple­ jos instrumentos de la escritura l ibresca tradicional, las min iaturas ofre­ cían ahora al escritor solo en su estudio, rodeado de estantes llenos de libros y esbozos propios, o bien en algún lugar idílico, teniendo como única compaiiía su manuscrito autógrafo. Las primeras miniaturas que muestran autores que escriben sus propias composiciones y no las dictan,

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L\ TRAVESÍA !lE l A ESCRITL"RA

datan del siglo x1.80 Puesto que el silencio al escribir también se impuso a los copistas monásticos, que no eran propiamente hablando autores, las represen taciones también empezaron a dibt�ar escribas con los labios cerrados, sentados frente a mesas especiales provistas de atriles y seiializa­ dores mecánicos para guiar la vista siguiendo el texto del �jemplar. En lu­ gar de exhibir a los evangelistas en trance de dictar se les comenzó a repre­ sentar en el acto de copiar un ejemplar con frecuencia sostenido por los ángeles. Sin embargo, las convenciones iconográficas son conservadoras: los autores del siglo XII eran aún representados en el proceso de dictar o a punto de escribir bajo el dictado; los evangelistas, san Ambrosio y san Je­ rón imo, fueron dibujados dictando y el mismo apóstol Pablo fue repre­ sentado como un escriba tomando dictado. Gradualmente tales imágenes se convertían en un anacronismo. En su nueva soledad, el autor escritor estaba en condiciones de manipular las notas tornadas en hojas separadas, de releer su propio manuscrito y de re­ visar y corregir a medida que componía, elim inando las redundancias, tan frecuentes en las obras dictadas hasta el siglo X I I . Por esa razón se abandonó la composición sobre tablillas enceradas que ya resultaban in­ suficientes para el volumen de notas y argumentos, adoptando el formato del códice, mucho más adecuado para la consulta visual de referencia. Con esta manipulación, los autores multiplicaron las referencias internas presuponiendo que el lector, como el autor, estaba en capacidad de pasar de una página a la otra para encon trar las premisas de los argumentos, y para comparar los diversos pasajes de la Biblia que, si bien solidarios, se encontraban al�jados uno de otro. Los glosadores de la Biblia habían sido los primeros en resentir esta necesidad: sus complicados argumentos ya no les permitían dictar y requerían transcribir ellos mismos sobre la pági­ na sus gigantescas síntesis. En breve, el escritor silencioso componía aho­ ra pensando en el lector taciturno. La complt;ja estructura de la página de los libros escolásticos del siglo XIV lo prueba: ella presupone un lector que Ice ún icamente con los ojos y que puede desplazar silenciosamente su atención del texto al comentario, de éste a la glosa marginal, antes de volver nuevamente al texto m ismo. Para ayudar a su lector, los autores in­ trod�jeron diversos dispositivos, los más importantes eran los índices por materia ordenados alfabéticamente. Hasta el aiio 1 200 no existía ningún índice de este tipo. Las clasificaciones alfabéticas no eran desconocidas, pero se limitaban a trab�jos muy modestos, y para encontrar la informa­ ción necesaria el lector sólo con taba con su memoria bien entrenada y la presencia visual que la página le ofrecía. Los antiguos autores eruditos habían admitido con reticencia el orden alfabético que les parecía artifi­ cial e injustificado: ¿qué sentido tenía un orden que colocaba la palabra

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SER< ;ro Pi�REZ CoRTi�s

"ángel " antes que la palabra "Dios"? Ellos preferían organizar las ideas ba­ sados en un orden lógico y limitaban el uso del sistema alfabético a los oh­ jetos inanimados, piedras, yerbas, es decir, el nivel más bajo de la natura­ leza, en el cual ninguna relación lógica parecía perceptible.81 No obstante, para el año 1 300 esa situación se había transformado y los índi­ ces eran rutinarios en las grandes obras, 82 indicativo de que el autor que escribía en silencio y solitario tenía conciencia de entregar un manuscrito a un lector soli tario y silencioso. Los lectores y escritores silenciosos lo invadieron todo. Los hábitos si­ gilosos llenaron las bibliotecas de libros de consulta, concordancias, co­ mentarios y diccionarios alfabéticos, entre los cuales se contaban los catá­ logos de esas mismas bibliotecas. Ello supuso un cambio fundamental de la idea de biblioteca, que pasó de ser "guarda de libros", a convertirse en un espacio colectivo de estudio. Hasta entonces, las técnicas de lecto-es­ critura habían i mpuesto sus condiciones. En efecto, las grandes bibliote­ cas públicas de la Antigüedad no parecen haber contado con tales salas de estudio sigilosas. La biblioteca de Alejandría, por t:jemplo, no parece haber contado con sala de lectura. Aunque hubo grandes transformacio­ nes en el periodo romano, las excavaciones arqueológicas hechas en el Se­ rapeum, la biblioteca adyacente al establecimiento principal, muestran dos largos corredores que dan acceso a una serie de cuartos pequeños, en particular a una fila de habitaciones, cada una de unos doce metros cua­ drados. Los arqueólogos piensan que los rollos eran conservados en es­ tantes alojados en nichos de los muros, y que los rótulos eran consultados en los corredores por lectores que tenían acceso directo a ellos. Se sabe muy poco de su modo de catalogación, pero si se admite el principio ex­ puesto en la obra Pinakes de Calímaco, bibliotecario en Alejandría, la or­ ganización tenía una primera gran división en poesía, en la que se halla­ ban todos los géneros conocidos como la épica, la tragedia, la elegía y otros, y una segunda gran división en prosa, representada por al menos cinco grandes géneros: historia, retórica, filosofía, medicina y jurispru­ dencia.8:� Las bibliotecas estatales romanas probablemen te no eran de préstamo, sino de consulta, y por tanto parecen haber sido las primeras en contar con salas de reunión. Los lectores accedían a los libros coloca­ dos en armarios, catalogados según los mismos principios de Calímaco y quizás ordenados alfabéticamente, según la primera letra del nombre del autor o del útulo de la obra. Aunque eran lugares de consulta, el hábito de leer en voz alta provocaba que esas salas se convirtieran en lugares de d is­ cusión de los doctos romanos. Aulo Gelio, por ejemplo, relata que un día, mientras se encontraba en la biblioteca del palacio de Tiberio en compañía de amigos, encontraron un libro que por su inscriptio reveló ser

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[ .A TRAVESÍA m: l .A ESCRIT l ' RA

obra de M. Cato Nepos. Se desarrolló entonces una vivaz y ruidosa discu­ sión , que Aulo describe en términos generales, acerca de la identificación del presunto autor en el ámbito de la gms Porria.H4 �ada permite pensar que discusiones similares fueran extraordinarias en las bibliotecas roma­ nas.H5 Como se ha visto, las bibliotecas monásticas eran un lugar de guar­ da de libros y no salas de lectura, porque los monjes podían elegir diver­ sos sitios dentro del monasterio para su lectura vocalizada. Pero aun solos leían vocalizando, por eso cuando un monje recibía como castigo el silen­ cio absoluto y era enviado a su celda, también le estaba prohibido leer y escribir. Todo ello cambió cuando el individuo comenzó a leer y escribir en silencio; entonces se abrió la posibilidad de que el espacio común fue­ ra de estudio y toda actividad verbal o ruidosa se convirtió en un inconve­ n iente. A partir del siglo xv, las bibliotecas de La Sorbonne, Oxford o An­ gers introdt�jeron entre las normas de sus salas colectivas la obligación de guardar silencio absoluto; ya no era necesario aislar a cada uno, pero "lle­ ne usted esas mismas salas de lectores medievales y el murmullo y el bisbi­ seo se haría intolerable".tl6 No es arbitrario suponer que los lectores y escritores silenciosos cele­ braron esa nueva privacía entregándose a audacias que, hasta entonces, se encontraban reprimidas por la presencia extraria. En una cultura oral, las desviaciones a la norma pueden ser detectadas desde el momento en que se las pronuncia o en el momento de la t:iecución pública, pero la lec­ tura visual y en silencio protege los pensamientos individuales de las san­ ciones del grupo. Era una gran tentación. Solos en sus estudios, todos po­ dían componer o leer ideas novedosas sin el temor a ser reprendidos y, por ejemplo, Carlos de Francia, hermano rebelde de Luis XI, d�jó anota­ ciones en su copia de De o!fiáis, de Cicerón, en las que justificaba el asesi­ nato de los tiranos. Aunque tales divagaciones soli tarias podían expresar­ se en campos diversos, sus efectos son perceptibles en dos dominios marginales y excluidos: la herej ía y la literatura erótica.H7 Naturalmente, las her�jías del siglo XII y la l iteratura erótica del final de la Edad Media tienen tras de sí causas compl�jas, pero probablemente recibieron t�n in­ centivo en los hábitos sigilosos del intelecto. Hasta el siglo XII, las decora­ ciones y las referencias sexuales contenidas en los libros eran más bien oblicuas y destinadas a señalar los éxitos que contra la carne obtenía la vida en castidad. Ahora, las ideas heterodoxas y los pensamientos liberti­ nos se encontraban relativamente a salvo mientras circulaban en libros modestos y se alojaban en el fuero interno de los lectores. Obviamente, en la Francia del siglo XV, la literatura erótica aún estaba prohibida, pero la lectura privada impulsó la producción de l ibros ilustrados para consu­ mo de los laicos que fueron toleradosjustamente porque eran leídos y di-

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SERta o Pi:REZ CoRTi:s

seminados en secreto. Así circulaba ahora ese material que llamaríamos pornográfico, el cual, en la tolerante y pagana cultura clásica había sido leído en voz alta y expuesto abiertamente a la atención de todos. Es esta li­ teratura libertina, que habrá de prolongarse hasta el alba de la Revolu­ ción francesa y que culminará en Sade y con esos libros "que se leen con una sola mano"/��' en los cuales los personajes se incitan mutuamente a ar­ dientes prácticas sexuales, excitados a veces por la lectura de otros l ibros. La paulatina sustitución de la lectura vocalizada por la lectura silencio­ sa no fue únicamente el remplazo de una técnica por otra, sino el índice de una transformación de valores, o�jetivos e ideales. Cada una de ellas representa, además de una forma de transmisión del saber, una relación determinada con la página, lo mismo que una valoración de la presencia y la palabra humanas. La lectura silenciosa no descubrió al intelectual ni al entendimiento reflexivo, pero creando una nueva intimidad con los textos, acentuó la capacidad de reflexionar sobre la estructura interna de los productos in telectuales. La lectura visual tampoco es una nueva facul­ tad humana, pero es una forma nueva de orientar las facultades hacia una indagación crítica del entendimiento sobre sí mismo. No surgió, des­ de luego, sin consecuencias. La desaparición del espacio multicolor del lector y su auditorio, la victoria del ojo y la página escrita sobre la voz, el oído y la retórica antiguas, no dejó de ser resentida por algunos como una pérdida: "una vez que la palabra ha sido transpuesta de la manera más ar­ tificial del dominio del oído al dominio del ojo lector, del dominio de la voz a la provincia de la mano escritora, ella se ha secado cada vez más y se ha marchitado, la palabra se ha retraído hacia sí misma y se ha convertido cada vez más en un enigma".�'9 En cierto modo, era una pérdida inevita­ ble, el precio de l legar a documentos con páginas silenciosas. Pero en sen­ tido inverso, el resultado no dejó de tener aspectos favorables, como lo muestra la historia intelectual de Occidente: al recluir al autor en su estu­ dio y al lector en el silencio, al provocar esa nueva forma de aislamiento, la página legible contribuyó a la remodelación del interminable diálogo que los seres humanos en sociedad se ven obligados a entablar, con los otros y consigo mismos.

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CAPÍTULO

IV

LA CIRCUlACIÓN POR lA PALABRA Y EL

ESCRITO

LA VOZ Y lA ESCRITURA DEL AUSF.�TF.: lAS CARTAS DF. lA ANTIGÜEDAD

Los seres humanos soportan mal la soledad. No siempre lo perciben, por­ que mantienen incesantes contactos flsicos y verbales en los cuales expre­ san sus valores, sus afectos, sus rechazos y sus fobias. Pero l lega a suceder que la distancia los separa. En este caso, imposibil i tados para mirarse frente a fren te, deben encontrar la forma de transmi tir sus pensamientos a distancia. En Occidente, durante mucho tiempo únicamente dispusie­ ron de la voz de un tercero para enviar sus mensajes, pero hubo un mo­ mento en el que la invención de la escritura y sus soportes materiales per­ mitieron crear un pequeño milagro: la carta. É ste es uno de sus motivos básicos: un medio para dialogar entre dos o más corresponsales distantes, incapaces de establecer una comunicación oral. Asomó con ello un frag­ mento de eternidad, porque a diferencia de las expresiones verbales que se desvanecieron para siempre, las cartas permanecieron dc::j ando esos re­ cuerdos, incluso los más modestos y fugitivos, inscritos en signos visibles. Debido a ese propósito y a su contenido, la correspondencia, más que ningún otro género, permite observar la relación, muchas veces de cola­ boración, algunas de rivalidad, entre la voz y la escritura. En efecto, el pri­ mer deber de la misiva an tigua era restablecer, mediante la creación de un espacio dialógico escrito, esa imposible cercanía: la carta, dice la defi­ nición propuesta por Artemón, es un diálogo partido por la mitad. Por esta razón, quedaba fácilmente l iberada de las ataduras propiamente l i­ terarias a cambio de quedar fuertemente atada a las confidencias. Se convirtió en un lugar común que la carta es un diálogo con el ausente: amicorum colloquium absentium. Lo dicen, entre otros, Demetrio, PseudoLi­ banio, Cicerón, san Ambrosio, san Basilio, san Jerónimo, Paulino de Nola, San Agustín y Sinesio de Cirene. "Es lo único que devuelve presen­ cia a los ausentes", agregaba el cómico Turpilio. 1 Por eso, ella se esforzaba por restablecer, y no en un sentido figurado, la apariencia y la voz viva del

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L� ·¡ RAVFSiA llF L\ ES<.RITL:RA

ausente: "mien tras os escribo esta carta, me parece que os estoy viendo [ . . ] ahora converso con vuestra carta, la abrazo y ella conversa conmigo, porque aquí sólo ésta habla latín ". 2 :'�� o resulta pues extraño que la Anti­ güedad viera en ella más que un género escrito, un reflejo del carácter del escritor: "se puede decir que cada uno escribe la carta como reflejo de su propia alma", escribió Demetrio.�1 Expresiones como ésta que Quintus dirigió a su hermano Cicerón no son in usuales en la correspondencia an­ tigua: "Te he visto por en tero en tu carta".4 Pero además del diálogo en tre dos, la misiva antigua tenía obligaciones aun mayores: nacida en un mun­ do que desconocía los medios masivos de comunicación, ella debía reem­ plazar una ausencia y a la vez transmitir acontecimientos, propagar opi­ niones y difundir manifiestos públicos de dirección espiritual, tareas que hasta ese momento habían sido responsabilidad exclusiva de la palabra hablada. La pregunta que conviene formularse es entonces: ¿cómo actua­ ban la voz y la escritura en ese diálogo de uno a uno, o de uno a muchos? Durante mucho tiempo, la correspondencia estuvo compuesta tanto del mensaje oral como del mensaje escrito. La escritura alfabética estaba disponible para todos desde el siglo VIII a.C., pero debió enfrentar la tradi­ ción que hacía de la palabra pronunciada el instrumento más confiable. La palabra escrita no recibió de inmediato la confianza colectiva y duran­ te largo tiempo no logró sustituir a la voz viva. Se prefería pues arreglar los asuntos verbalmente, en lo personal o a través de un mensajero confia­ ble, Jo que explica que una gran mayoría de las misivas que han l legado a nosotros hayan sido escritas en ciudades distantes a la de su descubri­ miento. La carta podía acompañar al mens�jero, pero con frecuencia el mens�je hablado era el más significativo y en ocasiones era el único co­ municado real. Cuando el mens�je era muy largo, el escrito era más bien una ayuda a la memoria que un reemplazo de la comisión oral. El envia­ do podía tener tanta o mayor importancia que el texto: se le pedía que transm itiera el mens�je en el momento de su llegada y perduró mucho tiempo la costumbre de interrogarlo en busca de información adicional. Aun el mensaje más explícito era incapaz de contenerlo todo, por eso en el siglo IV d. C., san Basilio debió explicar a Teófilo que había debido espe­ rar hasta encontrar un mens�jero capaz de informarle Jo que hubiese ol­ vidado escribir.5 La carta presentaba además ciertos inconvenientes: po­ día ser interceptada y revelaría su contenido, sin la mínima resistencia que el más mediocre de los mens�jeros podría ofrecer. Carente de indica­ ciones precisas, el mens�je escrito podía l levar a grandes equívocos como éste: Titius informó por carta a Antonio que había capturado a Scxtus Pompeyo y aquél, en un arrebato de cólera, respondió que le diera muer­ te. Arrepentido poco después, envió un segundo mensaje escrito a fin de .

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perdonarle la vida. Sin embargo, el segundo mensajero llegó a su destino más rápidamente, de manera que Titius recibió como segundo mensaje el que le ordenaba darle muerte . . . y lo hizo asesinar.ti Finalmente, a dife­ rencia del mens�jero la carta era muda y su silencio podía tener conse­ cuencias desastrosas, corno le sucedió a A<>tianacte, tirano de Lárnpsaco, quien recibió una carta anunciándole un complot en su contra, pero pos­ puso su lectura y fue asesinado con el escrito aún en las rnanos.7 El enviado era una cuestión de gran im portancia, por esoJuan Crisós­ �omo se vio obligado a escribir: "mi lengua está encadenada, por falta de rnensajeros". H Cuando el heraldo no era un simple empleado, no era inu­ sual anotar al final del escrito que era digno de toda confianza y merece­ dor de todo tipo de ayuda que el destinatario pudiera prestarle. Algunas veces su rango social era olvidado en beneficio de la hospitalidad y el mens�jero se sentaba a comer en la mesa de los señores. Los mensajeros confiables eran pues muy apreciados. El apóstol Pablo, por �jernplo, quien los menciona en algunas de sus epístolas, los consideraba emisarios per­ sonales capaces, llegado el caso, de defender el contenido de la carta. En sus Epístolas, Pablo llama la atención acerca del carácter apostólico de su misiva o bien recomienda al mens�jero que la transporta, corno si la carta fuera el recurso alternativo cuando no había posibilidad de enviar un mens�jero apostólico que lo represen taraY Este aprecio al enviado se ex­ plicaba por sus habilidades: cuando el mensaje era verbal, los men sajeros debían poseer la capacidad de retención, memoria y f�xpresión; cuando el mens�je era escrito y confidencial, debían merecer la confianza que se les depositaba. Pero en los hechos no era infrecuente la indolencia en el vi�je y en la en trega y tampoco lo era la indiscreción: había en efecto mensajeros que en el trayecto, sin ningún pudor, leían las cartas que les eran confiadas. De ahí que para cierta correspondencia, la confidenciali­ dad l legara a convertirse en un arte: .Julio César, por �jemplo, se había he­ cho un experto en el criptograma, mientras Eneas el Táctico acons(;jaba ocultar la carta al mens�jero cosiéndola en las suelas de sus sandalias pre­ viamente preparadas, y Ausonio sugirió a san Paulino que escribiera sus mens�jes con leche, la cual una vez seca se haría invisible en el papel y no podría ser reanimada sino con ceniza caliente. ¿Có:vto SE ESCRJBE l';\;A CARIA?

La voz del ausente era perceptible desde el momento de la elaboración de la carta. Excepto los rnens�jes dirigidos a las personas más queridas, la mayor parte de la correspondencia, durante la Antigüedad y hasta la alta Edad Media, fue dictada. 10 Era un deber de amistad y un recurso de confi-

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L\ IRAn:sJ ..\ m. lA ES< .RITl"R.\

dencialidad escribir de propia mano, sugerido además por rétores como Quintiliano o Julius Victor. Fuera de ese dominio, múltiples signos indi­ can al dictado; he aquí una declaración explícita contenida en una misiva que san jerónimo envió al papa Dámaso: �acta más recibir la carta de tu santidad, llamé sin pérdida de tiempo a mi taquígrafo y le mandé que se aprestara a tomar dictado ( Pxripnd) . Ylientras él se preparaba para su menester, yo me iba dibujando en la imaginación lo que tenía que expresar en palabras. Ya estaba yo por mover mi lengua y él su instrumento, cuando de repente apareció un hebreo. 1 1

Es sencillo acumular testimonios similares en autores tan distintos como Julio C(�sar, Cicerón, o san Pablo. Precisamente las Epístolas de este último permiten en trever con relativa claridad el proceso de dictado: 1 � algunos sugieren que el apóstol escribió por sí mismo algunas m isivas, pero nor­ malmente dictaba a un amanuense, reservándose sólo la escritura de las últimas l íneas a manera de signo de autentificación. 1 :� El proceso de escri­ tura podía durar desde unos días hasta semanas, de acuerdo con la exten­ sión de la carta, del tiempo disponible, de la urgencia y del hecho de que el dictado era probablemente palabra por palabra. Quizá san Pablo repa­ saba en varias ocasiones lo escrito anteriormente, pero el análisis de los textos señala con claridad que no elaboró n ingún borrador: en el escrito aparecen frases sin conclusión, llamados anacolutos, 1 4 saltos, repeticio­ nes, digresiones, hipérboles, 1 " pleonasmos e incluso autocorrecciones. 1 fi El apóstol actuaba lo mismo que otros autores antiguos: antes d e dictar, tenía en la mente un esquema general de lo que iba a decir, pero no se trataba de una estructura f�ja. Al ritmo del dictado, un tema tratado evo­ caba un tema n uevo que era in troducido en ese momento para volver más tarde al tema original o cambiar completamente el motivo de su ex­ posición . 1 7 Algunas veces la secuencia se complicaba un poco más, pero en general era de ese modo que la epístola se iba alargando y diyersifican­ do. IH Las de Pablo no son comun icaciones a distancia, sino discursos en vivo. En resumen, todas las clases sociales, desde las más iletradas hasta las más cultivadas, recurrían al dictado de su correspondencia. Los más edu­ cados normalmente sabían escribir, pero sea por elegancia o por claridad en la escritura, d<:jaban la tarea en manos de un secretario o un escriba con tratado. Este mundo retórico no veía en el d ictado sino ventajas, algu­ nas inesperadas, como cuando Pli n io sugiere a otro orador que, para me­ jorar su voz, además de leer en voz alta textos bien escritos, "escribiera" cartas. Además, el dictado permitía a los aristócratas ocuparse de su co-

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rrespondencia en cualquier momento; Cicerón, por ejemplo, relata va­ rias veces que "escribía" a sus amigos mientras se reclinaba a descansar o cenar: "acabo de recostarme para cenar y te escribo sobre tablillas el texto de esta carta". 19 Si la voz del ausente era perceptible, la escritura en cambio ofrecía una situación más ambigua. El secretario tomaba notas de lo que el autor dictaba en tablillas enceradas que podían ser enviadas como la carta mis­ ma, las cuales serían devueltas por el destinatario con un nuevo mens�je eserito. De acuerdo con la habilidad del secretario, las palabras del autor eran registradas sílaba a sílaba, ��vllabatim, o a la velocidad normal del ha­ bla, verbatim. Esto último era posible gracias a la taquigrafla antigua, pero con más frecuencia el secretario tomaba apuntes, los cuales expandía y ordenaba posteriormente, en el momento de transcribir el mens�je al pa­ piro. Entonces su participación en la elaboración era mucho mayor, pues actuaba como "editor" o co-autor. Ésta debió ser la situación más frecuen­ te, dada la detectable presencia del secretario en muchas cartas conserva­ das. Su intervención tenía, sin embargo, ciertos límites, porque el autor delegaba la responsabilidad íntegra de la redacción únicamente en el caso de los mensajes más i mpersonales, como las notas de invitación o de recomendación. A pesar de estas prevenciones del autor, la carta había adquirido tal importancia como expresión de amistad que, en circunstan­ cias excepcionales, era preferible dejar a otro el cuidado de la propia co­ rrespondencia antes que romper los lazos que ella aseguraba. Por eso, en momentos de profunda depresión, Cicerón prefirió solicitar a Ático que escribiera en su nombre: "Me aconsejas que escriba a Antonio y a los otros. Si tú crees que es necesario por favor hazlo en mi nombre, como lo has hecho antes en tantas ocasiones". 20 Pero cualquiera que fuese el gra­ do de intervención externa, se esperaba que el autor corrigiera la versión final y era suya toda la responsabilidad acerca del contenido, estilo y aun la forma del mensaje. Ningún corresponsal se atrevía a culpar al secreta­ rio por aquellas razones que pudieran ofenderlo, lastimarlo, o incluso su­ mirlo en la incertidumbre. El secretario tenía la obligación de presentar la carta en forma conve­ niente. Cuestión relevante, porque en una sociedad tan jerarquizada, en la que el honor tenía un papel decisivo, el mensaje estaba s�jeto a un nú­ mero considerable de fórmulas estereotipadas: debía iniciarse y concluir con frases que resienten las normas de salutación y despedida usuales en el diálogo real, e incluir todos los cargos honoríficos del corresponsal. El escrito debía respetar escrupulosamente esas prescripciones y llegaba a suceder que el destinatario se qu<=:jara ante el remitente por lo impropio de la carta recibida. Aunque esto parecía obligar a los secretarios a tener

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L\ rRAVEsiA DE IA r:sc :RITicRA

algún tipo de entrenamiento es poco probable que, dada su baja condi­ ción social , recibieran alguna formación especial. En general, para ellos el aprendiz�je debió descansar más en la imitación de escribas más expe­ rimentados que en la adquisición de reglas. 1\:o puede descartarse en al­ gunos pocos casos específicos la existencia de profesores dedicados a la enseñanza de la estenografla y la elaboración de cartas; de hecho, se ha conservado algún t:iemplo de contrato realizado para la instrucción de futuros escribas profesionales. Es posible que esa formación informal mo­ tivara además la aparición de algunos manuales prácticos de escritura epistolar que parecen dirigidos a un público que se preparaba para la profesión de escriba, como los Tipos epistolares, tipoi epistolicoí, de Pseudo­ Demetrio, escrito en tre los siglos 11 a.C. y el m d.C., o los f�stilos epistolares, atribuido alternativamente a PseudoLibanio o a Proclo, elaborado entre los siglos IV y VI d.C. 2 1 Estos manuales no buscaban suplantar al secretario, pues no ofrecían una colección de t:iemplos a imitar, sino una selección del estilo y tono adecuados para diversas situaciones epistolares. A partir de estos esquemas, el secretario podía modificar siguiendo el ideal que te­ nía a la vista. La influencia de todas estas condiciones, incluidos los ma­ nuales, debió ser muy efectiva, porque la carta antigua, en el largo perio­ do que consideramos, en tre los siglos IV a.C. y IV d.C., fue notablemente conservadora. 22 Para los aristócratas que recibían una educación formal, el aprendiza­ je de la composición de cartas pudo haber formado parte de las lecciones dadas por el grammaticus, la fase intermedia de la educación antigua. Pero aun ellos aprendían por imitación, como lo prueba un <:jercicio escolar que se ha conservado, en el que un estudiante copiaba once �jemplos epistolares. El entrenamiento podía continuar en el nivel superior, en la educación retórica. Los manuales antiguos de retórica muestran un cier­ to interés, limitado pero constante, en la epistolografia, como lo exhibe el apartado 223-235 dedicado a ella en Sobre el estilo, atribuido errónea­ mente a Demetrio de FaJero (siglos 1 a.C.-1 d.C. ) o el apéndice 27, sobre la escritura de cartas, del An Rhetorica, deJulius Victor ( siglo IV d. C.) y los co­ men tarios de Cicerón, Teón de Al<:jandría, Filóstrato de Lemnos (siglo 111 d.C. ) y Gregorio Nacianceno (siglo IV d.C. ) . 23 De cualquier modo, la ma­ yor pericia en la redacción se encon traba justamente en aquellos que te­ nían una profimda instrucción retórica como Cicerón, Plinio, Séneca o Frontón. Es altamente posible que las misivas de éstos sirvieran de mode­ lo en la formación de los jóvenes rétores romanos. La escritura de cartas probablemente participaba en los ejercicios llamados prosopeia, que con­ sistían en la imitación de los sentimientos y la expresión característica de algún personaje ilustre. Debido a ello, la instrucción retórica es la prime-

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SER<;Jo Pi:Ru CoR J i:s

ra causa de la existencia de un gran número de cartas pseudónimas. La pseudonimia antigua consiste en la afirmación de que un escrito es obra de una persona que no lo es en realidad y no debe confundirse con uso de un pseudónimo por parte de los autores modernos. La pseudonimia es un fenómeno extendido en toda la literatura antigua: en el mundo clásico, era aceptable que logógrafos e historiadores compusieran discursos y car­ tas que atribuían a los personajes principales de sus relatos. Ya hemos se­ ñalado también que, en las escuelas de retórica, un método de enseiianza consistía en que los discípulos imitaran el estilo de los grandes filósofos y oradores. Pero la pseudonimia encuentra un refugio especial en la carta. Desde luego, entre las cartas pseudónimas existen falsificaciones delibe­ radas (sobre todo en los dos siglos previos a la era cristiana, debido quizás a la demanda de manuscritos por parte de las grandes bibliotecas de Ale­ jandría o Pérgamo) , pero en muchos casos se trata de ejercicios escolares o invenciones destinadas a i lustrar los caracteres de hombres célebres. Por ello la pseudoepigrafía no era considerada como falsificación, sino como un homenaje a los grandes hombres y pertenecía a una honorable convención literaria cuyos objetivos eran diversos: biográficos, expositi­ vos o instructivos. Sobreviven un gran número de cartas pseudónimas, en colecciones como las atribuidas a Isócrates, Demóstenes o Platón, o bien separadamente como las de Aristóteles, D iógenes de Sinope y probable­ mente las l lamadas "cartas pastorales" de san Pablo, dirigidas a Timoteo y Tito. 24 Finalmente, para cerrar el apartado de las cartas ficticias, conviene mencionar las creaciones literarias diseñadas para entretener a los lecto­ res recreando las vidas y los ejemplos de person�jes reales o imaginarios de una época pasada. El periodo de mayor florecimiento de tales escritos se sitúa entre el siglo 1 a.C. y el siglo m d. C., momento cuando sofistas y ré­ tores predominan en la enseñanza; el maestro de este estilo de m isivas imaginativas es Alcifrón, pero son dignos de mención Aclio, Aristeneto y Filóstrato.25 En el jerárquico mundo de la Antigüedad, la correspondencia perso­ nal obedecía a una rígida estructura interna, en parte debido a la necesi­ dad de que quien tenía ante los ojos el escrito reconociera que se trataba de una carta. Tal estructura interna se hace manifiesta en el uso de una serie de fórmulas en el inicio, el cuerpo de la carta y la conclusión. La fór­ mula inicial era llamada praescriptio, acompañada en ocasiones por el proo­ emium; luego venía el contenido y finalmente l a fórmula conclusiva llama­ da suscriptio. La primera, la praescriptio estaba compuesta por el nombre del remitente, el nombre del destinatario y un saludo, en ese orden: "de x para y, chairein" 26 o en su forma latina: "Demetrius Publio, salutem".27 Éste no era un simple encabezado, sino parte integrante de la carta: la presen-

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L\ rRAV�.SiA DE LA ESCRITL' RA

tación y saludo. El orden de los nombres no es indicio seguro de la jerar­ quía recíproca: la misma fórmula se encuentra cuando el destinatario es mayor en rango y jerarquía social. Si la misiva era afectuosa, los romanos agregaban la fórmula SPD: S( alutem) P ( lurinam) D ( icit) , que podía ser em­ bellecida mediante títulos, dignidades o con el sumamente cordial suus como en: "Demetrius Publio suo SPD". Hacia el siglo 11 a.C. y hasta el siglo 1 1 d.C. los escritores comenzaron a combinar la salutación con le deseo de salud: chaírein kai érrosthai, "saludos y salud". De acuerdo conjulius Víctor, los inicios y la conclusión debían reflejar el grado de amistad existente en­ tre los corresponsales, pero PseudoLiban io reaccionaba enérgicamente contra los posibles excesos del sentimiento y proponía el retorno a las fór­ mulas severas de los tiempos antiguos. En la era cristiana, la fórmula de apertura era aún "de x a y, chaire", pero san Pablo i mpuso a la praescriptio un sello propio28 sustituyendo esa antigua forma, lo mismo que al semíti­ co "Paz y misericordia", con formas más elaboradas: "Gracia y paz a voso­ tros" ( 1 Tes. 1 : 1 ) , o bien "Gracia y paz de Dios nuestro padre y señorJesu­ cristo" ( 1 Cor. 1 6: 23) . Inmediatamente después de la praescriptio y formando aún parte de la salutación y presentación, venía el prooemium, una acción de gracias que servía al autor para expresar el deseo de que el destinatario estuviera a sal­ vo. Los latinos usaban la llamada formula valetudinis, S.V.B.E.E.V., si vales bene est, ego valeo, "si estás bien me alegro, yo estoy bien ", a l a que podían agregar una expresión de agradecimiento a uno o más dioses. 29 Las ex­ presiones de salutación en la correspondencia griega eran más variables que la fórmula latina; hacia el siglo 11 a.C. los griegos empezaron a agregar la frase "saludos y constante buena salud". Hacia el siglo 1 d. C. esta fórmula fue sustituida por "sobre todo deseo que estés bien" en las cartas griegas o su equivalente latino: ante omnia opto te bene vales. En las griegas, el prooe­ mium podía ser enriquecido con una fórmula semejante a una plegaria, la cual pronto adquirió una relevancia independiente: la llamada proscíne­ ma: "hago suplicaciones por ti todos los días ante los dioses".30 El proemio podía contener adicionalmente una expresión de alegría por la recep­ ción de la carta que estaba siendo respondida. Nuevamente, san Pablo in­ trodt�o modificaciones típicamente cristianas: además de dar gracias por el estado de la comunidad a la que se dirige, aprovecha para bosquejar el sentido, el tono y los temas contenidos en la carta. É l hacía uso de fórmu­ las propias del tipo: "gracias a dios que" o incluso una elaboración mayor llamada eulogia: "bendito sea dios . . . que".31 Las fórmulas de apertura y conclusión rememoraban las formas de sa­ lutación y despedida que eran usuales en un diálogo verdadero. Asocia­ dos, la jJraescriptio y el prooemium, tenían como función refrendar los lazos

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de amistad, y eran un signo privilegiado de la volun tad de los correspon­ sales de proseguir el contacto. ;\Jo eran pues consideradas, como hoy, for­ mas puramente convencionales y podían ocupar un segmento muy im­ portante del rnens�je, sobre todo en las cartas más cotidianas. Por la misma razón, esas expresiones continuaban hacia el contenido sin transi­ ción o con un sencillo "y ahora". Desde luego, el contenido de la carta antigua era muy diverso, porque n e él se expresaba la causa específica que había motivado el rnens�je, pero en su manía clasificatoria, la Antigüedad buscó distribuir los tipos epistolares de acuerdo con el objetivo que perseguían . El manual de PseudoDemetrio, por (:jemplo, ofrece una clasificación en 2 1 especies, en tre las cuales se encuen tran la carta amistosa, recomendatoria, repro­ batoria, vituperatoria, laudatoria, amenazatoria, congratulatoria, irónica y de agradecimiento. L'nos siglos más tarde PseudoLibanio ofrecía en su manual el doble de tipos epistolares, incluyendo entre sus novedades la carta amatoria. :{2 Puede decirse, en general, que a medida que el carácter del mens�je era más literario, tendía a seguir en su contenido las reglas del arte verbal más prestigioso del momento: la retórica. Por ello, algunas ve­ ces las cartas ofrecen el aspecto de �jercicios retóricos congelados por la escritura. A-;í, en las misivas acusatorias y las apolog{·ticas se reconoce la retórica ·:¡urídica" o forense que los oradores utilizaban sobre todo en las cortes de justicia, mientras las misivas de advertencia obedecían a la retó­ rica "deliberativa", empleada en las asambleas públicas para determinar cursos de acción adecuados. Pero la mayoría de los tipos epistolares esta­ ban contenidos en la tercera especie retórica: la epideíctica o panegírica, utilizada por los oradores para enardecer al público alabándolo o censu­ rándolo. Su predominio se explica porque esas cartas afectaban a las ide­ as de honor y vergüenza, cruciales para el mundo an tiguo. Los autores obedecían a la retórica del elogio en las misivas de recomendación, agra­ decimiento o consuelo, mien tras, que en las de admonición, reprensión o reproche, seguían las normas retóricas de la censura. A pesar de la gran diversidad de su conten ido, existía una serie de tópi­ cos admitidos para todos los géneros epistolares: primero, el mens�je de­ bía ser breve, lo que obligaba a evitar una serie de temas graves, en los cuales no se puede ser sino prol\jo. Autoridades corno Plinio el Joven o Li­ banio acons�jaban por ello que cada misiva debía estar circunscri ta a un único tema; Libanio pensaba que las noticias y las informaciones adicio­ nales debían dt:jarse al portador, mientras Plinio agregó una norma in­ quebrantable según la cual, cada tema epistolar debía ser ilustrado con tres ejemplos. T{ En ambos epistológrafos tales principios eran seguidos con muy pocas excepciones. :{" Pero la brevedad, sintomía, bwvitas, no era

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L\ l RAH.SÍA m. lA FSCRITl.K\

una medida absoluta y debía ser subordinada a la claridad, saphéneia, lux. La carta, que no podía ofrecer por sí misma ninguna aclaración , debía presentar claramente sus propósitos. En segundo lugar, el mens�je tenía que contener un discurso en tüminos cotidianos, e\Ítando cualquier pre­ tensión al ritmo culto, ornatus, lo mismo que una excesiva sencillez, humi­ litas. Todos coincidían en ello, incluidos Quintiliano, Plinio o Cicerón, quien escribió: "¿Qué opinas de mis cartas? ¿No te parece que escribo en el estilo usual y corrí en te? l . . . ] una carta no puede parecerse a un discur­ so político [ . . . ] en ella se emplean frases de uso diario".�-� Aunque hay que entender que, en labios de esos aristócratas, el término "cotidiano" se re­ fiere a la lengua coloquial de las personas cultas y no al habla vulgar. En­ tre estas prem isas, el tercer tópico que el mensaje debía respetar era la elegancia, cháris, elegantia. Demetrio, por ejemplo, sugería que la corres­ pondencia debía ser más vigilada que la conversación personal, puesto que sería plasmada por escrito y que, en algún sentido, era como enviar un regalo. 36 Pero además de los tópicos formales de brevedad, claridad y elegancia, el autor debía tener en mente otros preceptos igualmente im­ portantes. Ante todo, al escribir era preciso considerar las jerarquías en­ tre los corresponsales, advirtiendo que una carta dirigida a un superior no podía ser festiva y la correspondencia a un inferior no podía ser arro­ gante. Adicionalmente, y esto era crucial, la misiva buscaba suplir una au­ sencia y ello lo lograba sólo de dos maneras: una, comunicando la perso­ nalidad y el temperamento del que escribe. De ahí proviene la sugerencia de Demetrio que, como diálogo pronunciado, la carta sea abundante en indicios de carácter, porque en ella, más que en ningún otro medio, se hace \Ísible el talante del escritor. El segundo procedimiento consistía, se­ gún Julius Víctor, en incluir en el mensaje expresiones que mostraban que el escritor verdaderamente resentía la presencia efectiva del destina­ tario, del tipo: "¿usted también?", o "exactamente como tú dices", o bien "te veo sonreír".37 Las cartas privadas de la Antigüedad eran generalmente breves. Entre las aproximadamente catorce mil conservadas el promedio es d �� 87 pala­ bras, situadas en un intervalo entre 1 8 y 2 1 9 palabras. A medida que au­ mentaba su carácter literario y público, tendían a ser más extensas: las cartas de Cicerón tienen un promedio de 295 palabras; las de Séneca, 995 palabras, y las epístolas de san Pablo 2,495 palabras. :�H De hecho, Ro­ manos, con sus 7, 1 05 palabras, es la carta más larga conocida de la Anti­ güedad. Pero cualquiera que fuese la extensión, una vez terminado el contenido, la misiva concluía con la suscriptio, en la que se encontraba la autentificación por parte del remitente y sus saludos al destinatario, lo mismo que a los parientes próximos de este último. Normalmente, aquí

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cesaba la voz e iniciaba la escritura del ausente. É stas eran las dos funcio­ nes de la susrriptio: primero, la autentificación del mensaje, un problema de importancia porque la inseguridad del vi�je y la intervención del dic­ tado hacían indispensable alguna garantía para el escrito. Para ello, el au­ tor solía escribir por sí mismo las últimas líneas del mensaje (que a veces contenían material confidencial o secreto) , agregando una salutación afectuosa, la susrriptio y ocasionalmente la fecha y el lugar, que aparecían al final y no al inicio, como entre nosotros. El autor solía advertir que ha­ bía tomado la pluma para justificar el cambio de estilo en la escritura. Ci­ cerón solía escribir hoc manu rnm: "te escribo esto de mi purio y letra", mientras san Pablo usaba fórmulas corno: "el saludo es de mi propia mano" (2 Tes. 3: 1 7) , pero en Gálatas 6: 1 1 seriala: "mirad con qué letras tan grandes escribo de mi propia mano", quizá porque la diferencia era muy marcada respecto a la escritura de su secretario. La segunda función de la suscriptio era incitar a la continuación del diálogo escrito reiterando las expresiones de amistad. Los griegos habían iniciado este hábito de in­ cluir una formula de terminación, desconocido en la correspondencia mesopotámica y semítica. Originalmente hacían uso de los términos érroso, érrosthe, "tened salud", pero en el periodo ptolernaico (circa siglo 11 a.C. ) el final empezó a jugar un papel más importante en fórmulas como "por tanto, me harás el favor de cuidarte para estar bien " . :19 E n su despe­ dida, los romanos usaban el escueto vale, "que tengas salud" o bien c ura ut vafRas, ambos utilizados desde la época de Plauto, y en tiempos de Au­ gusto hicieron común la expresión bme valere lP rfjlto, con el agregado de saludos en forma de augurios, salus multi anni, extendidos a los parientes próximos: mrn tuis ornnibus. :\luevamente, los cristianos tendieron a usar formas aún más elaboradas buscando expresar su deseo de paz, como lo hacía san Pablo: "la gracia del seiiorJesucristo est(� con vosotros" ( 1 Tes. 5: 28 ) . En manos de la Cancillería papal, tal fórmula con elusiva se convir­ tió, a partir del siglo \' d.C. , en /)pus IP inmlu mm custodiat. 111 LAS PAL\BRAS DE

C \: A\1 1 ( ;( )

E n tre todas, la carta de amistad era la que exhibía con mayor nitidez los rasgos de un diálogo. Ocupaba un sitio tan preponderante que los rétores griegos y latinos consideraban al mens�je de amistad como la clase más auténtica de cartas y solían promover la práctica de escribirlas. PseudoDe­ metrio las coloca en el primer lugar de su tratado, advirtiendo además que no se refiere únicamente a los mens�jes escritos por amigos, sino por todos los "que piensan que nada podría series rehusado cuando se escri­ be de manera amistosa". El esquema que propone es el siguiente:


L� TRAVESÍA

DE lA ESLRlTl "IV\

Aunque he estado separado de ti por mucho tiempo, sólo mi cuerpo su­ fre por ello porque nunca te olvido, lo mismo que el modo cordial en que hemos crecido juntos desde la infancia. Sabiendo que yo estoy real­ mente involucrado en tus asuntos y que he laborado incesantemente en aquello que es más provechoso para ti, he creído que tú, teniendo la mis­ ma opinión, no me negarías nada. Me harías pues un bien si prestas aten­ ción a los miembros de mi familia en cualquier cosa que requieran, si los asistes en cualquier necesidad que tengan y si me escribes de cualquier cosa que sea de tu i nterés.4 1

E l grado y el tipo d e amistad eran notorios desde las afectuosas fórmulas de apertura y despedida. Ahí, los corresponsales se esforzaban en expre­ sar su deseo de mantener el diálogo mediante diversos tópicos: la indica­ ción de los largos lapsos que separaban la correspondencia, el reproche por la negligencia, la futura reunión de ambos, escritor y receptor, después de un periodo de separación , zalamerías que eran consideradas pruebas de amistad. Epicuro, por ejemplo, lo mismo que los primeros cristianos, mo­ dificaba el inicio y en lugar de "saludos", escribía exhortaciones corno "prospera", "vive bien ", "pórtate bien ". Los rétores aii.adían ciertos conse­ jos a fin de preservar el tono amistoso, corno que las cartas pueden ser pe­ ligrosamente más sinceras que el diálogo efectivo; que si se escribe en tono festivo se considere la posibilidad de que la m isiva sea leída en un momento más triste y, finalmente, que no conviene disputar con un ami­ go, ;y mucho menos por carta! En la correspondencia se expresaron las fórrnas cambiantes de la amistad en el mundo antiguo. En tre nosotros, la amistad y la fam il ia for­ man domin ios segregados de la esfera pública y del trabajo, pero en la Antigüedad la amistad era la base de la vida política y la familia era la base de la actividad económica. En el mundo griego, la amistad descansaba en la asociación de un grupo de hombres de la misma edad y condición que se convertía en la base para una facción política y en la fuerza más impor­ tante de la vida política en Grecia. Así se explica el marcado carácter co­ munitario y político que la amistad tiene en Platón y Aristóteles. Por su parte, en tre los romanos, el concepto de amiticia no hacía ningún énfasis en el sentimiento y la afección masculina y se vinculaba más a la fam ilia romana y la alianza útil entre fam ilias, que luego se convertiría en algo corno un "partido político". Ambos dominios familiares, el griego y el ro­ mano, fueron mucho más amplios y complejos que su equivalente mo­ derno e incluían cornplt�jasjerarquías sociales: parientes de sangre, hués­ pedes, cl ientes directos y hasta libertos, que en algunas ocasiones podían

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ser llamados amici. En el periodo helenístico, las escuelas de filosofía epi­ cúrea y estoica ofrecían un concepto diferente de am istad, mucho más personal y privado, lo que significó una ampliación de la amistad más allá de las relaciones entre varones hasta llegar con Plutarco a la idea, incon­ cebible para el mundo clásico, de que las esposas también podían ser ami­ gas. Pero por sobre estas notables diferencias, el mens�je de amistad con­ servó una serie de rasgos inmutables: ante todo, su lugar preponderante e ':! las relaciones sociales; luego, una serie de fórmulas provenientes de la idea griega de amistad que unía dos varones, social y moralmente iguales, que lo compartían todo, incluyendo afección y camaradería y, por último, la idea de que la amistad era el vínculo afectivo de dos naturalezas cultiva­ das y que, por tanto, sus raíces pertenecían exclusivamente a la clase su­ perior. Compartirlo todo, que era una definición clásica de la am istad, sir­ vió también para caracterizar la función de la carta, lo que prod�jo que a los <�jos de los rétores, ésta fuera la expresión más acabada de las relacio­ nes humanas y la forma más auténtica de correspondencia. La carta amistosa podía contener elementos que pueden causar extra­ ñeza, como cuestiones económicas o de negocios (que no se llevaban a cabo en el espacio público, sino en el dominio de esos aristócratas) , o de­ mandas de reciprocidad, porque la idea antigua de amistad incluía el in­ tercambio equitativo tanto en servicios como en bienes materiales. Pero su núcleo estaba constituido por la idea de amistad y sus valores, especial­ mente el de formar parte de una comunidad espiritual y moral. En efec­ to, esas naturalezas cultivadas compartían, según Cicerón, "una vida en común y un común estilo de vivir, proyectos, conversaciones, consc.:jos re­ cíprocos y consuelo, a veces reproches".42 A pesar de las advertencias de los rétores, las palabras de amistad se deslizaban fácilmente a los temas de la exhortación, el cons<jo o la reprensión que no eran dom in ios retó­ ricos, sino filosóficos. Nada más natural porque según la noción antigua, los amigos debían prestar atención mutua al desarrollo del carácter de cada uno. Si las cartas ofrecían modelos vivos de conducta, antes que un estilo argumentativo, era porque aspiraban a la calidez de un cons�jo ver­ bal. Algunas veces, el amigo invitaba a cambiar radicalmente un modo de vida considerado erróneo, Jo que originaba la l lamada carta protreptica: "Lo que te pido con el mayor encarecimiento es que tú, aunque lo de fue­ ra te vaya bien, mires hacia lo de dentro, que el cambio de fel icidad por bienestar es el de oro por bronce"Y1 En otros casos el amigo exhortaba, mediante preceptos de carácter tradicional o confirmatorio, a mantener un modo de vida ya adoptado; era la llamada carta parenética: "Sé que es evidente para ti Lucilio que nadie puede llevar una vida feliz, ni tolerable siquiera, sin la afición de la sabiduría. Pero esto que es claro hay que con-

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L\ rRA\'f.SÍA DE lA f SLRI'I l 'Rc\

firmarlo y arraigado más profundamen te con la meditación cotidiana. Mayor trab�jo es cumplir los propósitos que concebirlos". H La carta amistosa no era un simple listado de preceptos o virtudes. Ella contenía un patrón implícito de pri ncipios incuestionables de conducta sancionados tan to por el honor como por la vergüenza, porque lo mismo que podía en salzar, al amigo le era perm i tido advertir o corregir; eso era lo q ue, según los antiguos, lo distinguía de un simple adulador. Por eso Séneca incluye entre los mensajes de exhortación a las cartas de consue­ lo, disuasión , censura, alabanza y amonestación. El mens�je de un amigo podía contener reprensiones y en m uchos casos recurría a fórmas de amonestación como ésta: "l le oído Lysis que has estado constantemente borracho desde el concurso de Eretria. Si esto es verdad, te corresponde no ver con desprecio aquello que Homero el sabio dice: 'el vino destruyó incl uso a un centauro, el notable Eurytion ' , y tambi{�n al Cíclope a pesar de su talla y su fuerza sobreh umana".-!,., Las maneras más suaves de amo­ nestación estaban emparentadas con el habla exhortatoria, pero a medi­ da que la censura se acen tuaba, aq uélla cedía su lugar a las cartas de re­ prensión y reproche. f�stas recurrían a la vergüenza como argumento esencial para la corrección de las deficiencias de carácter. Eran considera­ das terapéuticas, una rernodelación de los im pulsos median te afl icciones severas puesto que, como lo dice Plutarco, el arrepentimiento es una cla­ se de dolor y la vergüenza una clase de miedo. Ellas descansaban en la ás­ pera afirmación de los moralistas de que sólo la amputación y la cauteri­ �:ación del oprobio podían curar los vicios más tenaces. El último lugar en esta cadena del exhorto a la censura lo ocupaba la carta de reproche, el lí­ mite de la deshonra, la cual solía contener una condena tan brutal que sólo los filósofos más rigurosos llegaron a creer que podía producir resul­ tados benéficos. El uso de tales géneros epistolares estaba en gran medida reser\'ado a los espíritus más cultivados, entre los cuales destacaban los filósofos. Como instrumento de educación espiritual, la exhortación escrita tenía respetables antecedentes que podían hacerse remontar hasta el Protrrptim de Aristóteles, pero cuando adoptaba la fónna de una cartú, su primer impulso le venía de la necesidad de comun icación entre educador y discí­ pulo, temporalmente separados. Los filósofos inten taban por escrito lo que seguramente habrían hecho mediante la voz viva y el {:jemplo: exhor­ tar, disuadir, amonestar y censurar. Sus cartas no eran sino la prolonga­ ción de ese diálogo \1 1elto imposible. !\o es casual que el las alcanzaran la dign idad de género epistolar con Epicuro y llegaran a su conclusión más acabada con S{�neca. Su importancia literaria se explica porque estaban fi rmemente ancladas en dos cosas: a) un aspecto característico de la filo-

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sofía antigua, pero intensificado durante la época helenística, que la orientaba hacia la búsqueda de la sabiduría, y b) en el carácter esencial­ mente oral de la enseii.anza. En efecto, independientemente de lo que fuesen sus objetivos sistemáticos en el plano epistemológico o metafísico, una parte significativa de la filosofía antigua incluyó en tre sus propósitos básicos promover una vida virtuosa y feliz. Cuando estaba dominada por este propósito, ella no era tanto un sistema de conceptos, cuanto un t:ier­ cicio espiritual preparatorio a la sabiduría. Siguiendo esta tendencia cuyo origen remon taba a Sócrates, el filósofo se había dedicado al cuidado del alma, de la suya propia y la de aquellos que a su lado desearan "filosofar", es decir, elegir su escuela, convertirse a su modo de vida, aceptar sus dog­ mas.46 Un aspecto fundamental de su actividad era entonces persuadir, me­ diante el discurso verbal, a adoptar una vida filosófica. Sabía que normal­ mente durante la preparación de un discípulo éste cruzaba un momento de profunda conversión moral. Pero también sabía que no importaba qué tan dramática fuese, esa conversión era insuficiente y el aspirante a filósofo requería de una orientación larga y continua, la cual, en ausen­ cia de la voz viva, sólo podía asegurarse por las cartas. Éstas servían a la per­ fección porque su cometido no era exponer doctrinas sino afectar la disposición espiritual del lector en dirección de un cierto modelo de vida. La carta descansaba en el hecho de que la amistad era el cemento de las antiguas relaciones filosóficas y un medio único de preservar esos afectos. En segundo lugar, la carta era especialmente adecuada porque ese dis­ curso filosófico estaba asociado a la enseñanza oral y al estilo persuasivo. En efecto, el telón de fondo de la filosofía antigua es la existencia de una comunidad de discípulos, a la cual el filósofo se dirige en primer lugar. Con frecuencia su propósito último no era construir un castillo doctrina­ rio, sino influir espiritualmente en este círculo cercano. Podía recurrir al discurso sistemático, pero prefería el diálogo porque éste, a través del asentimiento, incide de manera más directa sobre las convicciones ínti­ mas. El diálogo no era un artificio para exponer un conocimiento ya ela­ borado, sino la posibilidad de que el discípulo hiciera por sí mismo la ex­ periencia de su propio itinerario. El filósofo era un �jemplo vivo, por eso Séneca escribió a Lucilio que la voz y la proximidad de la vida en común le sería más útil que la palabra escrita, "porque largo es el camino de los preceptos, y corto y eficaz el de los �jemplos" Y Pero si los separaba la dis­ tancia, la carta era el remedio ideal: ella era conversacional, porque se­ gún su definición aspiraba a reemplazar el diálogo real ; era también ha­ bla persuasiva porque estaba en su naturaleza contener esos géneros retóricos que, como la diatriba, no buscaban ofrecer una demostración,

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L\ TRA\'FSiA DF L\ FS< :RJTl'R\

sino lograr una convicción. Y, fi nalmente, como no se obligaba a la de­ mostración sistemática, su contenido no estaba constituido por proposi­ ciones sino por preceptos, discusiones de tópicos morales particulares, advertencias memorísticas y un conjunto de �jemplos históricos o m íticos. En su forma y en su con tenido la carta era el sustituto de la palabra viva que el filósofo habría dirigido al discípulo si lo hubiese tenido frente a sí. Quizás, al leer o h acerse leer en voz alta la carta recibida, el discípulo escucharía la voz de su amigo espiritual . La misiva desencadenaba una re­ memoración de aquellos momentos en que se escuchaba al maestro o se discutía con él. Ella era, pues, un escrito situado en tre dos oralidades: la de la enserianza y la de su recepción mediante la voz lectora. Más que un simple mensaje, era una lección efectiva de sabiduría, del m ismo modo que los t:jemplos reales. Ello se debía a que transportaba la palabra viva de aquel ausente que, además de su guía espiritual , era su amigo. LA \'OZ PÍ' Bl.ICA DE L\ CARTA A:\T( ( ; l ·A Pasarían muchos siglos antes de que la carta en papel fuera asociada de manera exclusiva a los valores de privacidad y confidencialidad, y esto sólo en la medida en que otros medios escritos, como los periódicos o el libro im preso ocuparan el espacio público. La situación era dikrente en la Antigüedad, en la cual ella era también empresa de "publ icación", sea a trav{�s de la lectura en voz alta, o bien a trav{·s de la copia del escrito. En ese momento, la carta prestaba los mismos servicios que los periódicos: pasaba de mano en mano cuando conten ía noticias de in terés general y era leída, copiada y comen tada en colectivo, especialmente cuando pro­ venía de los hombres ilustres. La separación demasiado tajante en tre las cartas "literarias" o "artificiales", dirigidas a públicos ilim itados, y las car­ tas privadas no es pues del todo apropiada para la Antigüedad.4H Debido a la diférente repartición que ese mundo otorgaba a lo público y lo priva­ do, en la carta antigua se mezclan elemen tos que, para nosotros, están claramente diferenciados, en tre lo que pertenece a la confidencia y lo que conviene exhibir ante todos. Mucha de la correspondencia que fue dictada con la m i rada puesta en su posterior difusión tiene lo que conven­ dría llamar un carácter "privado". Esta situación es a su modo un índice de la compleja relación existente en tre la voz y la página escrita. Veamos. Las primeras cartas históricas conocidas en el mundo griego clásico datan del siglo \'11 a.C. y fueron obra de Polícratcs de Samos y del rey Ama­ sis. En ese momento, los mens�jes escritos debían ser más bien una excep­ ción, porque no fue sino hasta las últimas décadas del siglo \' a.C. que se hizo indispensable un nombre específico para "carta". El término ejJistolP,

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que originalmente significaba "instrucción", "mensaje oral " de naturale­ za militar o diplomática, se ocupó de la tarea. 49 Esto no significaba, sin embargo, que para entonces se hubiera convertido en objeto cotidiano. Nada parece más natural en una sociedad como la griega clásica que el in­ tercambio de cartas y, sin embargo, la evidencia literaria sugiere que ellas fueron reservadas para ocasiones excepcionales o secretas.''0 De hecho, la c_arta griega más an tigua que se conserva en su forma original data del si­ glo IV a.C. Pero aun en el momento en que multiplicó su presencia en tre los griegos, no logró evitar el estigma de ser considerada un mens�je po­ tencialmente deformado y falso. Este mundo parcialmente alfabetizado siempre vio con suspicacia al mens�je escrito, temiendo no poder desci­ frar sus verdaderas intenciones. La carta, que no se dejaba interrogar ni cuestionar, exigía una credibilidad instantánea e incondicional, y por tan­ to resultaba mucho más temible en el engaño que la palabra hablada. Es­ tas reservas afectaban a la epístola pública. Los griegos comenzaron a usar correspondencia escrita en l ugar de comunicaciones oficiales orales, b�jo la influencia persa. Hasta entonces, los generales griegos en campa­ iia raramente enviaban mens�jes escritos a la Asamblea. Cuando Nicias lo hizo en el ari.o 4 1 4 a.C. el hecho fue digno de mención y se explicaba por­ que temía que los heraldos no expresaran correctamente la situación en extremo peligrosa en que se encon traba. De cualquier modo, l legados a Atenas, los enviados comenzaron por verbalizar el mens�je, antes de que éste fuera leído en voz alta a la Ao;amblea.'' 1 El teatro griego exhibe una si­ tuación similar. Cuando en un anacronismo los trágicos griegos mencio­ naban la existencia de cartas en la edad heroica, con frecuencia era para precipitar la ruina del bondadoso: así, una carta de Fedra perdió a Hipóli­ to (y fue necesaria la intervención de un dios para explicar a Teseo su error de confiar en una misiva) , otra falsedad escrita llevó a la muerte a Palamedes, y fue tambi(�n una carta de Agamenón la que atr�jo a Ifigenia a su sacrificio en Aulide. Incluso, entre los historiadores griegos, la carta era instrumento de traición y muerte; ella podía engañar incluso al que la transportaba, como esos rnens�jes que Pausanias enviaba al rey persa que decían algo como: "deberás asesinar al portador de la presente".52 En el mundo griego clásico, la misiva, circunscrita sobre todo al espacio políti­ co, nunca fue tan confiable como para reemplazar sistemáticamente a la palabra hablada. A diferencia del reducido mundo griego, en la i nmensidad del Impe­ rio romano las cartas fueron abundantes y los latinos, especialmente los más cultivados, eran aficionados a escribirlas. Las cosas habían comenza­ do a cambiar desde el periodo helenístico, cuando la escritura de éstas se hizo común al menos en ciertos medios sociales, en los que incluso las

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L� TRAVESÍA DE lA ESCRITCRA

cartas escritas por mujeres se multiplicaron .53 Un gran n úmero de misivas en papiro se ha conservado en las tumbas, pero no como un bien del di­ funto, sino en torno suyo, por la costumbre ptolemaica de amort�jar el cuerpo con tiras de papiro pegadas en tre sí, como si fuera papel maché.54 Esta correspondencia creciente, todavía se incrementó en el mundo ro­ mano. Durante un cierto tiempo los antiguos latinos prefirieron arreglar sus asuntos verbalmente, desplazándose ellos mismos o a través de mensa­ jeros o amigos, pero ya en la época de Plauto, hacia el siglo 1 1 1 a.C. la co­ rrespondencia era de uso corriente. "5 Varias razones confluían en ello: el tránsito a través de la península italiana se había hecho más seguro y rápi­ do, se disponía de papiro en cantidades apropiadas, y se había elevado el nivel general de alfabetización. Los latinos transformaron la correspon­ dencia antigua en dos sentidos: primero, la convirtieron en la fuente principal de información: generales en campaña y senadores enviaban verdaderos manifiestos de autopromoción o bien misivas destinadas a orientar las opiniones en un sentido favorable, seguros de su lectura pú­ blica en voz alta. Los aristócratas, por su parte, encontraban en ellas el ins­ trumento de un diálogo colectivo y abierto. En segundo lugar, fue un mé­ rito romano elevar la carta a la dignidad de género literario. El antes modesto género epistolar alcanzó en Roma el aspecto estetizante y perso­ nal de la literatura. La carta resonaba en los oídos de todos en la lectura, pero también acrecentaba la expresión de sentimientos personales, úni­ cos e irrepetibles. Abundan los nombres latinos de grandes epistológra­ fos: Cicerón, excepcional porque su correspondencia permite el acceso a su intimidad afectiva; Horacio, quien se esfuerza por llevar a reflexionar sobre la vida recta; Ovidio, quien en sus epístolas elegiacas desea ante todo ofrecer un espejo del alma de las m ujeres; Séneca, quien desea conmover al lector conduciéndolo hacia una vida consciente e intensamente vivida. Con todo, la carta como obra de arte pertenece a la época imperial, en parte debido a la publicación de la correspondencia de Cicerón y en par­ te porque las condiciones sociales imperantes ya no permi tían la apari­ ción de un estilo epistolar tan libre como el del gran orador. El mejor ejemplo de ello es Plinio el joven, cuya correspondencia ya no refleja las vicisitudes de la vida diaria, sino el tranquilo distanciamiento de la litera­ tura. La suya es genuina correspondencia, pero elaborada con la mirada puesta en su futura publicación. É l mismo define su tipo de carta como "cuidadosa", epistulae curiatus, o como "esmerada", diligentius scriptae.56 Pli­ nio obedecía escrupulosamente las reglas que se había autoimpuesto: cada misiva se s�jeta a un tema único, mantiene una extensión limitada y hace uso de una mezcla de vocabulario poético y lenguaje simple. É l bus­ caba conscientemente la simplicidad, pero a fin de cuentas era un orador

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y no podía evitar escribir bajo la influencia de los grandes escritores de su tiempo, en tre ellos Virgilio. Aparentemente, revisó y corrigió sus cartas con el fin de difundirlas, pero no era una excepción, y el nombre de Pli­ nio se une a las otras grandes colecciones epistolares latinas: las de Cice­ rón y Séneca. Por su parte, el mundo cristiano otorgó a las cartas un valor excepcio­ nal. Su presencia es tan notable que de los 27 documentos que compo­ nen el Nuevo Testamento, 2 1 adoptan la forma de cartas.''í En algunas ocasiones, como en el Apocalipsis de Juan, la forma es puramente con­ vencional, en otras, el estilo epistolar es limitado o incluso mínimo, como en 1 Juan , pero en todas se percibe la voluntad de iden tificación comuni­ taria mediante su difusión en tre públicos extensos. A pesar de ser clara­ mente pseudónimas, un gran número de estas cartas fueron atribuidas a algún apóstol , porque se deseaba colocarlas bajo el paraguas de la autori­ dad apostólica y poner en con tacto a toda la comun idad con un hombre dotado de gran autoridad. Entre éstas destacan las Epístolas de san Pablo. Conviene señalar que éstas son los primeros escritos cristianos conserva­ dos (circa 60 d.C. ) , aquéllos cuya datación es relativamente más segura, los primeros escritos que merecieron ser coleccionados y probablemente los primeros en ser considerados textos apostólicos y recibir el nombre de Es­ crituras.�'H Dos rasgos distinguieron a las cartas cristianas: por un lado, a diferen­ cia de la carta personal, aquéllas fueron concebidas desde el inicio como documentos públicos que se proponían alcanzar una congregación, una región o el un iverso entero.''9 f:ste es el caso específico de Pablo, quien como un apóstol a sus comun idades escribe mensajes que han de ser leí­ dos en la asamblea comun itaria ( 1 Tes. 5: 27) , notificarse a las comun ida­ des vecinas ( 2 Cor. 1 : 1 ) y tal vez ser intercambiados con las cartas dirigi­ das a otras comunidades. Debido a esta misma voluntad pastoral, algunas mi sivas cristianas resultan más próximas a ensayos teológicos que a co­ rrespondencia ocasional, como sucede con muchas cartas de San Agus­ tín . Adoptan el formato de cartas, pero no contienen ninguna pretensión epistolar en sentido usual. Si pertenecen a la categoría epistolar es senci­ llamente porque están escritas en un lenguaje mucho más cotidiano que literario, utilizan los mismos procedimientos retóricos y recurren para su difusión al mismo medio que las cartas: la lectura en voz alta. Ellas partici­ pan de un género mixto: tienen el tono familiar de las cartas personales, la autoridad de las cartas oficiales y la función didáctica de la carta filosófi­ ca. En segundo lugar, la correspondencia cristiana ofrece un clima espiri­ tual particular, debido por una parte a su importancia en la cohesión de la Iglesia y sobre todo al valor atribuido en ella a la amistad. En efecto, por

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un lado, en los cuatro primeros siglos la Iglesia se había convertido en una amplia red de comunidades relacionadas entre sí, cada una represen­ tada por un obispo, cuya forma usual de relación era la carta. Debido a esto, la correspondencia cristiana contiene con mucha frecuencia con­ troversias teológicas y doctrinales, lo mismo que detalles cotidianos de la organ ización institucional de la Iglesia. Pero esas m ismas misivas contienen un profundo componente de amistad y afecto basado en la fe compartida en Cristo. La amistad había sido una de las grandes motivaciones de la correspondencia grecolati na, pero el primer cristianismo hizo de la carta un verdadero documento es­ piritual en el que cada alma rivalizaba en dib�jarse escrupulosamente v en exteriorizar su vida interna: "maravilloso arte, en verdad, el arte episto­ lar que perm ite sacar a la luz los arcanos del alma", escribió san Basilio.ti11 Grandes autores cristianos corresponden a esta característica: Sinesio de Cirene, Ambrosio de M i lán , san .Jerúnimo o Paulino de Nola. Los tópicos de que {�stos se valían resultan familiares: ante todo, la necesidad de en­ contrar n uevamente al amigo a pesar de la separación física: "Porque la carne es siempre débil y reh úsa ser transportada lejos en invierno, mien­ tras el espíritu, más voluntarioso, vuela hacia ti en un anhelo fcrviente".lii Además, las misivas no sólo eran útiles muestras de afección, sino testimo­ nio del desarrollo espiritual de aq uel que las escribía. La intimidad del mens�je promovía la amistad, aun en el caso de quc jamás se hubieran en­ con trado fren te a frente , como sucedió entre san .Jerónimo v San Agustín. quien escribió al primero: "Si para conocerte füera preciso ver el sem­ blante de tu cuerpo, ni tú mismo te conocerías pues no ves tu cara. Y si tú te conoces cabalmente porque ves tu alma, también yo la he visto un poco en tus escritos".ti� Finalmente, a diferencia de lo ocurrido durante el pe­ riodo i n icial, estos epistológrafos dieron a las misivas cristianas una natu­ raleza más l iteraria, expresada con frecuencia por el número de citas bí­ blicas en tretejidas con conocimiento de la cultura clásica. La carta ele amistad es una mezcla del estilo exhortatorio que, desde Epicuro, busca­ ba el adoctrinamiento del lector y de los valores propios de la amistad cristiana. Con sus man ifiestos espirituales, el cristianismo no hacía sino llevar a sus consecuencias extremas el hecho de que la carta an tigua era tambi{�n un espacio de "publicación", el equivalente de los actuales medios masi­ vos. Lo era en más de un sen tido, permitiendo que por la voz o por el es­ crito se multiplicaran las palabras del autor. El primer paso era que todo secretario secular o eclesiástico, además de enviar copias de la misiva por diversas vías, conservaba un (;jemplar que servía para reemplazar las eventuales pérdidas y para probar que había sido efectivam ente escrita.

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Snu;Jo l'i.RFZ O >R 1 i.s

De estas copias retenidas por los secretarios provienen los grandes episto­ larios de Cicerón, Séneca, san Pablo6'� o san Jerónimo. Pero al conservar copias de sus rnens�jes, los autores solían tener intenciones adicionales:64 por ejemplo, en su deseo de propagar su punto de vista, ellos podían acornpaiiar la carta con epístolas enviadas a otros destinatarios, corno lo hizo san Cipriano, obispo de Cártago en el siglo 111 d.C. , quien acompañó un rn.ens�je dirigido al clero de Roma con trece cartas suyas escritas para otras ocasiones, solicitando que todas fueran dadas a conocer. Además, los autores solían reutilizar los textos de las copias reten idas y parece ha­ ber sido completamente admisible usar el mismo pas�je en más de una carta si el destinatario era diferente. Incluso intercambiaban las cartas que habían escrito; así Polio escribió a Cicerón: "Le estoy enviando para su lectura cuidadosa una carta que he escrito a Balbo"_'i'í Los destinatarios actuaban del m ismo modo, compartiendo con amigos, mediante la lectu­ ra en voz alta, la correspondencia recibida: "no puedo escribir nada que tus invitados puedan leer no sólo con gusto, sino con ecuanimidad", escri­ bió Cicerón.1;1; Cn gran número de autores antiguos componía su corres­ pondencia pensando en su recepciún por públicos muy amplios, quienes no verían directamente el mens�je, sino lo recibirían mediante el oído. Por eso los autores escribían pensando en el temido ':juicio del oído". Y puesto que las cartas formaban parte de una conversación colectiva, al fi­ nal resultaba difícil borrar sus huellas; así, acerca de un mensaje com pro­ metedor, Cicerón debió pedir a todos sus corresponsales que destruyeran las diversas copias existentes. Este in tercambio incesante no representaba ninguna pérdida de pri­ vacidad. :-..! o rmalrnente, la correspondencia se dictaba a los secretarios en presencia de muchas personas.¡;7 Luego, cuando la misiva era recibida, el destinatario solía preferir que fuese leída en voz alta por su lector, espe­ cialmente si había amigos presentes, que así tenían conocimiento de in­ formación útil para todos. Además, en su correspondencia, el autor gus­ taba de probar sus habilidades retóricas. La voz era así la primera forma de "publicación" de la carta an tigua, al grado que puede decirse legítima­ mente que, por ejemplo, las epístolas de san Pablo fueron "publicadas" por vez primera en el momento de su recepción y lectura vocalizada en las congregaciones cristianas. Como era habitual, la lectura en voz alta es­ taba a cargo de un siervo especializado, el anagnóstPs griego o lertar latino, tan útil que incluso cuando un autor an tiguo escribía algo como "he leído tu carta", eso no impl icaba que no hubiera recurrido al lector. La vejez aportaba una razón adicional porque la carencia de antc<�jos, desconoci­ dos en la Antigüedad, hacía prácticamente obligatoria para los adultos mayores la lectura en voz alta del a nagnó.1tnY'r.


L� TRAnsiA

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Después de la lectura en voz alta, la copia era la otra fórma de "publi­ cación" de la correspondencia. La Antigüedad hizo de la copia una activi­ dad reputada. Cicerón, por e::j emplo, aprovechaba algunas reuniones en su casa para hacer leer a los invitados las cartas que escribía o que recibía; si alguno de ellos disfrutaba especialmente alguna misiva, le bastaba soli­ citar una copia. Autores como Cipriano, pedían explícitamente que se dieran todas las facilidades a aquellos que deseaban copiar sus mens�jes. "Leer" y copiar las cartas de otros estaba pues le::j os de ser un acto inusual. Movidos por ese afan , no todos recurrían a medios tan honorables: Lépi­ do, por citar un caso, era conocido por interceptar, copiar e incluso des­ truir cartas ajenas. No estaba solo en ese vicio y al mismo Cicerón le ocu­ rrió ocasionalmente mandar interceptar algunas cartas. Existía sin duda alguna correspondencia que el escritor deseaba dar a conocer únicamen­ te a su destinatario, pero en este caso, dada la escasa confidencialidad rei­ nante, debía hacer explícito su deseo a su corresponsal. t'9 Actitudes extra­ ílas a una civi lización que, como la nuestra, asocia la carta con los valores de privacidad e in timidad. Pero es que nos encontramos en un pais�je di­ ferente. Debido a que la carta antigua ocupaba todo el espacio dialógico entre los distantes, ella daba al<�amiento lo mismo al mens�je más perso­ nal que a la epístola más un iversal, en un mundo que adicionalmente di­ bujaba los ámbitos de lo público y lo privado, la amistad y la política, de un modo diverso al nuestro. La misiva debía asegurar a la vez el diálogo con uno o con muchos, y por tanto no dudaba en hacer exhibiciones pú­ blicas de afectos privados. Pero todo ello se explica ún icamente porque el mens�je escrito era sólo tmo de los medios a los que recurría el diálogo a distancia: era normal en un momento en el que la voz viva y la escritura aún competían en prestigio y confiabilidad. Cna vez concluido su contenido, el autor debía considerar la autentifi­ cación del mens�je. Era un problema de importancia en la Antigüedad. La inseguridad del vi�e, su falsificación siempre posible, la intervención del dictado que impedía escribir de propia mano, todo esto hacía indis­ pensable alguna garantía para el escrito. Para ello, el autor solía escribir por sí mismo las últ imas l íneas, agregando una salutación amistosa, la sus­ rrijJtio. Estas últimas líneas podían adoptar dos fórma'i, primero, como suma­ rio, una especie de resumen breve, muy usual en los escritos comerciales para sellar el compromiso, el cual, en caso de que el autor desconociera las letras o "escribiera lentamente", era seguido del nombre del escriba en una l lamada "fórmula analfabúica" como la siguiente: "yo escribí para Kasios la mayor parte, y luego él escribió lentamente más abajo".70 La se­ gunda fórma de autentificación consistía en agregar algún material adi­ cional que algunas veces era la parte confidencial o secreta de la carta:


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"Aquí vuelvo a escribir de m i puño y letra pues lo que sigue es bastante confidencial".71 El autor solía advertir que había tomado la pluma para justificar el cambio de escritura que el lector reconocería. La ausencia de estas líneas adicionales ponía seriamente en cuestión la autenticidad del mensaje, aunque se daba el caso de considerarlo legítimo si los pensa­ mientos que contenía concordaban con las ideas conocidas de su presun­ to autor. La búsqueda de la autentificación no concluía ahí: una vez ter­ m inada, la carta era doblada repetidas veces hasta formar una larga tira, la _c ual era nuevamente doblada en el otro sentido y atada con una cuerda o cinta de papiro. El nudo era sellado con cera caliente sobre la que se im­ primía el sello personal que los aristócratas portaban en un anillo, al anu­ lus signatorium. El término signare, "sellar", era el equivalente testimonial de "firmar", porque la antigüedad desconoció la firma como signo ma­ nuscrito individual. Atada y sellada, la carta iniciaba la riesgosa etapa del envío. Nunca hubo para la correspondencia privada un sistema postal organizado, ni en Grecia ni en Roma. No fue sino hasta la época de Augusto que los ro­ manos organizaron, con fines militares y diplomáticos, un sistema de esta­ ciones de relevo que suministraba caballos y carruajes para el transporte de personas y cartas en vi�jes urgentes. Esta correspondencia era l levada por mensajeros imperiales o soldados de confianza. Sin embargo, su utili­ zación estaba sumamente restringida, al grado de que la penúltima carta que Plinio envío al emperador Trajano era para ofrecer explicaciones y pedir disculpas por haber enviado a la casa a su m�jer por ese medio para atender la inesperada muerte del abuelo de ésta. Cada particular debía, pues, encontrar solución al envío de su correspondencia. Los romanos más adinerados contaban con esclavos especializados en el transporte de cartas, los tabelarii. Solían viajar a caballo, pero también existían los curso­ res, corredores de Lugurcia, especialmente aptos para las grandes distan­ cias. Los corresponsales cristianos recurrían a las instancias menores de la jerarquía eclesiástica: lectores, subdiáconos. Las cartas del común de la gente debían aprovechar los viajeros ocasionales. El mensajero recibía una carta que en su exterior indicaba simple­ mente los nombres del remitente y del destinatario: "De Ausonio a su her­ mano Ireneo", a veces en imperativo: "Entrega a Máximo de parte de su hermano Sempronio". No era preciso nada más, pues las indicaciones de la calle y la casa le serían dadas verbalmente. De ahí el aprecio a los men­ sajeros confiables; Paulino de Nola, por �jemplo, escribió Severo, a pro­ pósito del mensajero que los unía: "Víctor es nuestra promesa conjunta de afección [ . . . ] nuestro fervoroso servidor, nuestro consuelo regular. Víctor es mío en usted y vuestro en mí". 72 Esos vi�jeros eran normalmente

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cercanos a los corresponsales y solían hacer énfasis en esa intim idad como una forma de recibir atenciones y beneficios. Esto explica por qué, salvo en el caso de los esclavos especializados, la carta era raramente el motivo cen tral del vi�je. Pero sin excepción, profesionales o de buena vo­ luntad, era difícil retener largo tiempo a esos heraldos; ellos siempre esta­ ban de prisa, impulsados por aprovechar cualquier circunstancia favora­ ble como el buen tiempo o un barco disponible, para in iciar su retorno. Una gran cantidad de misivas antiguas da la impresión de haber sido es­ critas sin contenido preciso, simplemente para aprovechar la partida de un \iajero, y muchas mencionan el apremio que el mens�jero imponía al corresponsal. El mismo Cicerón, tan poderoso, se qtl{:jaba de que esos ta­ belarii l legaban a su casa "con sus grandes sombreros de viaje ya puestos, diciendo que sus camaradas los esperaban en la puerta".7:� 1 .os mens�jeros vi�jaban sobre todo en la época de buen clima. Por eso se les encontraba a veces detenidos todo el invierno, lo que podía sig­ nificar que harían un viaje al año. Aun en estas circunstancias desfavora­ bles, la correspondencia podía vi�jar a una velocidad razon able, sobre todo en las pequeiias distancias: una carta entre Roma y Nápoles podía hacer el recorrido en cinco días. Las cosas eran diferentes en las grandes distancias y sobre todo cuando el mar estaba de por medio: un vi�je entre Atenas y Roma, que normalmente requería de tres semanas, podía durar dos meses. La velocidad dependía de las condiciones generales del vi�je en la Antigüedad: un vi�jero lograba cubrir sesenta kilómetros por día, aunque eran capaces de proezas como los 1 40 kilómetros diarios que algu­ na vez logró Julio César. 74 Había un fl�jo normal de vi�jeros en )a<; grandes rutas romanas, pero había provincias en las que la correspondencia era re­ cibida tres veces por aiio y regiones en las que ningún vi�jero deseaba aventurarse. Ésta era la situación en Cucusa, Armenia, donde Juan Crisós­ tomo esperaba inútilmente recibir de sus amigos "una lluvia de cartas". Ninguna de estas peripecias impidió, sin embargo, que la carta colabo­ . rara con el mens�je verbal en el fl�jo incesante de información y afecto que las sociedades antiguas debieron mantener. Como se ha visto, no fue­ ron escasos ni esporádicos los momentos en los que tuvo que convivir con la voz viva. La presencia de esta relación prueba algo que hemos olvidado: en ese mundo retórico, la carta traía consigo una novedad valiosa e in­ quietante, un fragmento de eternidad. Porque a diferencia de los mensa­ jes verbales que se desvanecieron para siempre, gracias a las cartas esos breves signos de amistad, exhortación, reproche o consuelo ya no pere­ cieron , dejándonos en trever ese momento espiritual. Al final, todo ese pais�je de colaboración con la voz se extinguió, y la escritura quedó como única soberana durante mucho tiempo, aunque es posible que estemos

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asistiendo nuevamente a un cambio en la comunicación de nuestros afec­ tos que ahora confiamos verbalmente a esos mensajes sin cuerpo trans­ mitidos por teléfono y los medios electrónicos. Pero aun si han caído en desuso y su futuro está enteramente comprometido, las cartas personales constituyen un fragmento de h istoria de esos actos en los que se busca dar presencia a los ausentes calmando, al menos temporalmente, la urgencia que se resiente por el otro. EDICió:--¡ Y DI FCSIÓ!\" DEL LIBRO Al'\"TI(;UO

(SIGLOS HV D.

C. )

Durante un largo periodo, la voz y la página no han sido antagónicas sino colaboradoras en la producción y difusión del saber colectivo. Sencillo, pero vale la pena recordarlo, como lo han permitido las cartas de la Anti­ güedad. Un ámbito adicional en el que este hecho es perceptible lo cons­ tituye la edición y difusión del libro antiguo. En nuestros días, "editar" tie­ ne un sentido particular: una vez concluido su trabajo, el autor entrega su original a un editor quien, cuidando la calidad y la fidelidad del impreso, procede a su reproducción por medios mecánicos u otros en cientos de ejemplares idénticos, los cuales serán distribuidos en un amplio espacio geográfico, sirviéndose de una red comercial de libreros. Profundos cam­ bios sociales y tecnológicos acaecidos durante siglos están presentes en esta cadena de eventos. El problema no se reduce a una cuestión técnica que la imprenta mecánica habría provocado; lo que ahí se encuentra es más bien una enorme mutación de las relaciones entre el texto y su públi­ co, entre el autor y el lector y de ambos con la escritura y la lectura. La An­ tigüedad fue un mundo en el que el autor consideraba a la voz como la vía privilegiada de creación y difusión, y en el que cada libro copiado era a su modo un nuevo original, fiel o infiel, del escrito que le había dado ori­ gen . En consecuencia, la lectura pública y la copia son los medios que de­ ben ser examinados. UNA FORMA DE DIFUSIÓ!\" DEL LIBRO LATINO: lA'> RECTFATIOM:S

Ya nos hemos ocupado de la lectura vocalizada, pero esta vez nuestra atención habrá de cen trarse en un ritual latino desarrollado entre los si­ glos 1 y N d.C., una forma de proclamación a veces privada, a veces masiva, la recitatio, es decir, la lectura pública de un texto. La recitatio era la lectura vocalizada de escritos promovida por un autor, cuyo propósito era reunir a un auditorio en ocasiones muy numeroso. El ciudadano romano oía leer cotidianamente en casa, en la plaza pública o en el Senado todo tipo de escritos, pero cuando era convidado a una recitatio era específicamente

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para escuchar la presentación de textos literarios. En Roma, esta clase de audiciones contaba con antecedentes venerables: Ennio, el "Padre En­ nio"75 y Livio Andrónico --el primer escritor romano que nos es conoci­ do-, además de interpretar autores griegos, ofrecían lecturas de los tra­ bajos que ellos mismos habían compuesto. En tiempos de Cicerón , cuando aún no existían las reritationes, ya se ha visto al orador aprovechar las invitaciones a cenar para escuchar la lectura de trabajos, en verso o en prosa. Según Séneca el Viejo, la invención de la reritatio se debió a Asinio Polión, un notable romano partidario de César, protector de Virgilio, quien estableció la primera biblioteca pública de Roma en el Atrio de la Libertad, antecediendo en casi una década a las primeras bibliotecas pa­ latinas, y colocándola bajo la protección de Varrón, el célebre anticuario e historiador.76 Puesto que la lectura informal ante invitados era conoci­ da previamente, la innovación de Polión quizá consistió en el esfuerzo es­ pecífico de reunir a un público más amplio.'7 Aunque originalmente las recitationes tuvieron lugar en salas públicas o privadas, pronto los odeones se convirtieron en los sitios usuales para esas declamaciones. Siendo más pe­ queños que los teatros, su capacidad no era desdeñable: el odeón de Pompeya disponía de ochocientos sitios y los odeones de las Galias y Lyon podían alcanzar los tres mil asientos. Existían desde luego sitios más pe­ queños, por �jemplo, los auditoria que los notables tenían en sus propias casas, lo mismo que disponían de una biblioteca. Los autores más modes­ tos debían conformarse con salas públicas alquiladas, llamadas stationes. La recitatio respondía a diversas necesidades sociales y literarias. Por un lado, tenía el carácter de un ritual social: era uno de los lugares en los que la amistad aristocrática romana mantenía la unidad de su casta, mediante el reconocimiento mutuo del dominio retórico del lenguaje.78 Se asumía que cada uno de esos aristócratas invitados a la audición era un autor en potencia y, simultáneamente, aquel que leía su obra sabía que más tarde estaría obligado a acudir a otras reritationes, en calidad de auditorio: "ide­ almente no existe auditor que no sea a su vez recitator".'9 La un idad de la clase social descansaba en la propiedad de un bien característico de la An­ tigüedad: la palabra y la retórica. La lectura tenía el valor de la voz y en ese mundo únicamente ésta era prestigiosa, porque podía probar la capaci­ dad del hombre de dominar el lenguaje. Un autor adquiría visibilidad so­ cial en el momento en que leía su obra ante un auditorio de amigos y clientes que eran, en potencia, también posibles autores. Hasta bien avan­ zada la época del Imperio, los romanos parecen haber creído que lo ver­ daderamente importante de la experiencia literaria era la ejecución ver­ bal, como lo señala Plinio: "Siempre se nos ha dicho que la palabra hablada es mucho más efectiva. No importa qué tan bien haga su trabajo


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una pieza escrita, aquello que llega al espíritu mediante la pronunciación y la expresión, la apariencia y los gestos del hablante, permanece profun­ damente implantado".80 Desde luego, las palabras recitadas estaban desti­ nadas a circular por escrito, pero éste no era un sustituto, sino un registro de lo que ya había sido escuchado, lo cual sería convertido en palabra nue­ vamente por el lector mediante su ejecución en voz alta. La recitatio era una forma de legitimación pública, de manera que re­ sul ta i mportante saber quién es ese público al que las lecturas iban dirigi­ das. El público que estaba a su alcance diferenciaba a los autores de aeuerdo con su jerarquía social: primero, naturalmente, los aristócratas, talentosos a veces, pero a veces simples aficionados a la l iteratura, quienes encontraban fácilmente un público complaciente que, por interés o com­ promiso, asistían a sus lecturas. Venían luego los escritores de "clase me­ dia", que se consideraban afortunados si su patrón les prestaba o rentaba para ellos un pobre local descuidado, dejándoles el compromiso de cos­ tear la renta del estrado, las bancas, las sillas y los programas de mano e invitaciones. É stos lograban reunir a sus auditorios sólo a costa de incon­ tables humillaciones, y muchas veces debían recurrir a su patrón para constituir, con esclavos y l ibertos, un público artificial. Venían por último los autores más pobres, quienes recitaban en cualquier sitio, en las esqui­ nas de las calles o en cualquier pórtico, expuestos al escarnio y la burla de cualquiera.81 Lo mismo que los autores, el público estaba jerarquiza­ do: los aristócratas invitados ocupaban las sillas, rathedrae, los clientes y los libertos ocupaban los bancos, subselia, mientras el lector, sobre el es­ trado, leía. A diferencia del público de la oratoria o la filosofía, que asis­ tía para ser educado, el público de las recitationes asistía para su placer y para emitir un j uicio acerca de una obra que, en la mayoría de los casos, nunca vería escrita. Se esperaba que el público expresara su opinión abiertamente, mediante murmullos, aplausos y aclamaciones. �o hay duda de que en incontables ocasiones tales manifestaciones de júbilo fueron un reconocimiento justificado y sincero al valor de la obra, pero debido al aspecto mundano de las lecturas, esas expresiones podían no ser sinceras y degenerar en verdaderas francachelas. Plinio el joven, por ejemplo, señala la existencia de un mercado de empresarios quienes, mediante una retribución, reclutaban un cierto número de personas dis­ puestas a aplaudir a rabiar, a cambio de un poco de comida. justificada­ mente eran l lamados laudiceni, un término compuesto de "halago" y "cena". Y aun era posible, y algunas veces hasta necesario, dispersar entre el auditorio a un cierto número de "di rectores de orquesta", mesochorus quienes, indicando los pasajes más sobresalien tes, daban la señal que


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precipitaba los aplausos frenéticos.H2 Plinio responsabi lizaba a Larcius Licinius, un abogado, de la invención de esta farsa, pero lo peor aún ven­ dría más tarde, cuando se generalizó la costumbre de remunerar a esos auditorios.H:{ Había, desde luego, auditorios más selectos y educados que se com­ portaban de manera diferente: eran los auditores, que servían para eva­ luar la cal idad de la obra. Muchos autores debieron buscar en las reaccio­ nes del auditorio un índice de su propio valor. tste era el segundo aspecto de las rrri.tationes: formar parte de la composición, porque la críti­ ca durante la lectura vocalizada incidiría en el resultado fi nal . Incluso no era indispensable que este público expresara verbalmente su opinión; el autor, convertido en experto fisonomista, descubría sus opiniones en los mo\'imien tos de la cabeza, en el brillo y la atención de su mirada y, en ge­ neral, en todos aquellos signos que le permitían discernir en tre la corte­ sía y el juicio verdadero. Plinio el .Joven, por <jemplo, con gran honesti­ dad corregía una y otra vez: No escatimo ningún medio de corrq�irme. Primero, comienzo por revi­ sar yo mismo lo que he escrito: luego, lo leo a dos o tres amigos y lo envío a otros para recibir comentarios. Si tengo dudas voy nuevamente con una o dos personas; finalmente recito mi trab<�o ante un auditorio am­ plio y es entonces, créeme, cuando realizo las correcciones más severas, porque la ansiedad me hace concen trarme con más cuidado.H4

En la evaluación del auditorio se encon traba, según Plinio, uno de los re­ sortes más poderosos para elevar la calidad de la creación : el miedo al fra­ caso, el temor al ridículo. A él m ismo, el m iedo lo acechaba en cualquier instante, en un bostezo o en un sueño inconten ible, signos suficientes para desmoralizar al autor: "Lo que dice Cicerón del trab�jo escrito, yo lo pienso del miedo. Si, el miedo es el más exigente de los correctores".H5 ;\Jaturalmente, en su afán de corregirlo todo, Plinio decidió· no omitir nunca nada en sus declamaciones públicas. Y, por supuesto, no habría puesto en ellas tanta precaución ni tanta inquietud si las audiciones pú­ blicas no hubiesen sido un transmisor esencial de las obras. Las reritationrs creaban, además, intensos lazos de obligación entre la aristocracia romana. Los mismos emperadores no desdeñaban asistir a ellas y Augusto, Agripa, Mecenas o Livio encontraron tiempo para escu­ char esas declamaciones públicas ofrecidas por autores célebres o sin nombre. Era indicativo de la importancia que los romanos -otorgaban al arte del lengu<Ye, el cual sólo era superado en estima por el arte de gober­ nar y por la ciencia militar. El riesgo, en sentido opuesto, era que esas lec-

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turas se convirtieran en una dura obligación . Debido a este peligro, el gusto del público se orientaba hacia las obras cortas, epigramas, elogios o monografías, pero no podía escapar a las obras monumentales: epopeyas o dramas. Abundan los testimonios de romanos abrumados: "¿Siempre ser{� yo el que oye? ¿1\:unca corresponderé habiendo sido atormentado tantas veces por la Teseida del enronquecido Cordo? I mpunemente ha consumido mi día un enorme Télefo o un Orestes que, lleno el rollo has­ ta el último margen, ha sido escrito también en el reverso y aún así no ha concluido ".Kb Pero el carácter ritual del acto, y la ayuda mutua a través de críticas y comentarios, eran motivación suficiente para asegurar la asisten­ cia de los auditores. En compensación , los autores no dejaban de señalar en sus escritos la deuda que habían con traído con su público, asegurando melosamente que su genio personal era siempre inferior al juicio colecti­ vo. Séneca, por �jemplo, relata que Nata Plinario, para justificar su pre­ sencia ante un amigo que relataba todo el día sus versos, respondió: "Nunca podría hacer nada m�jor para obligarlo a mi vez; estoy dispuesto a oírlo desde la aurora hasta el ocaso".Ki Estando excluidos de esas obliga­ ciones de clase, los autores modestos solían ser más comprensivos; por eso Marcial, al enviar una nota acompariando una bufanda, le hace saber a su destinatario que si l legara a invitarlo a una de sus lecturas públicas, podía hacer uso de ella de tal modo "que la bufanda libre de peligro tus or�jas".KK En tre los críticos modernos existe la convicción de que esas ejecucio­ nes declamatorias provocaron un daño severo a la calidad de la literatura lati na. Como juego mundano, ellas in troducían problemas considera­ bles: los autores poco talentosos, para agradar sin compromisos y sin ries­ gos, solían recurrir a los temas y pas�jes más trillados, hasta el punto de verse abucheados por la recurrencia de los "amaneceres" y "atardeceres" en sus obras; o bien a la inversa, con el fin de deslumbrar, recurrían a lo insólito, a la acrobacia verbal, a los refi namie n tos excesivos del pensa­ mien to. La consideración de que la lectura afectaba el estatus social del autor también podía sobreponerse a los méritos de la obra, por eso Pli­ nio cubría de elogios al aristócrata Arrius Antoninus, m ientras se mostra­ ba apenas benévolo al escuchar al modesto Marcial. El compromiso susti­ tuía a la opinión personal: "Aplaude, aplaude siempre a tu inferior, a tu igual, a tu superior. A tu superior, porque si no lo j uzgas digno de aplau­ so, tú no serás aplaudido a tu vez; a tu inferior o a tu igual, porque tu glo­ ria exige que aquel al que tú superes o iguales, sea lo más grande posi­ ble".KY Finalmente, estaba el peligro de la autocomplacencia, lo que explica que Plinio recitara un elogio fúnebre en memoria de Vestricius Cottius, olvidando, sin embargo, advertir de ello a los padres del joven fa-


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TRAnsiA m. lA tscRITl .RA

l lecido. :\lo debe entonces extrañar la mediocridad de algunos resulta­ dos. Los mismos poemas que Plinio leyó con evidente éxito son actual­ mente juzgados "detestables por su forma y superficiales por la inspira­ ción erótica que contienen, muy l�jana de la pudibundez de ese escritor ordenado y timorato"Y0 Ello provocó que las rPcitationes gozaran de poco favor entre los escri­ tores y poetas más i mportantes. Séneca, Persio, Horacio, todos se qmjan ante esa obligación. Virgilio mismo rehusaba las declamaciones públicas y prefería las lecturas privadas ante auditorios reducidos y selectos. Con frecuencia, los autores preferían la admiración de unos cuantos, incluso la de un solo hombre prominente. Los autores de valor tendían a deser­ tar esas declamaciones verbales, porque pensaban que eran flores dime­ ras, cuya gloria se marchitaría rápidamente, sin dejar ninguna semilla. Probablemente no tenían completa razón. Aún fugitiva, la voz viva que­ daría depositada en la memoria del público y ahí permanecería, por eso Suetonio no alcanzaba a comprender la utilidad de un edicto de Tiberio, en el que ordenaba destruir algunos libros: éstos ya habían sido leídos en público años antes y se habían revelado inofensivos.91 Pero esta difusión podía convertirse en un argumento negativo adicional, porque una vez hecha la rPcitatio, el autor perdía parcialmente el control de su obra que se había convertido en patrimonio público, algunas veces en oposición a sus in tereses. 1\'o son pocos los autores romanos que se qu�jan de que sus obras circulan en provincias bajo otro nombre, probablemente sustraí­ das en la memoria por algún auditor, del m ismo modo que los autores cristianos se quejarían de que sus sermones circulaban sin su consen ti­ miento , quizá sustraídos por algún taquígrafo oculto en tre la multitud. A pesar de todo ello, nadie podía escapar a la lectura pública, porque en un mundo oral, lo que hacía la obra conocida era la �jecución declama­ toria. La publicación vendría más tarde, a veces mucho más tarde, o no se realizaba en absoluto si el autor carecía de los medios para subvencionar las copias. Terminaba de este modo un ciclo fundamental en la composición de la obra literaria. En efecto, el autor la había compuesto en su memoria, quizá con ayuda de notas y bosqu�jos hechos en tablillas de cera. Luego, la había dictado a un secretario con su forma particular de declamación. Enviada a amigos92 o leída ante un pequerio auditorio, la obra había sido corregida varias veces antes de ser expuesta en voz alta ante auditorios más amplios. En todo el proceso es notable la ausencia de un momento crucial para nosotros: la escritura del autor. En realidad, es porque éste no "escribía libros", sino que dictaba obras que se convertirían en textos al final de un proceso que involucraba lo mismo a la voz que a la página.


La obra antigua casi nunca fue resultado de un solo impulso y la redac­ ción continua de la obra no era la regla.93 Ú nicamente después de este re­ corrido, el autor tomaba la decisión de que su obra estaba concluida. Esta última decisión es la que recibía el nombre de "edición " y la que abría paso a la reproducción mediante copias manuscritas. Lo decisivo, por tanto, era el lento proceso de maduración. Por eso Horacio sugería a los autoresjóvenes que una obra ya producida debía ser puesta directamente a �isposición de los amigos, pero no debía ser divulgada sino ocho años más tarde porque: "lo que no ha sido editado lo puedes destruir. Pero la palabra que ha huido de tu boca no puede volver atrás".94 LA REPRODCCCIÓ:-.; DEL ESCRITO. EL SIG!\IIFICADO DE "EniCIÓl\'"

Insistir en la importancia de las declamaciones públicas no pretende ocultar la presencia de la página escrita. Es a través de ésta que el autor podía alcanzar públicos distantes y es ella la que a la larga habría de alte­ rar la relación entre el autor y el lector, distanciándolos, reemplazando a aquél en la lectura privada. Pero aún es necesario señalar lo inapropiado que el término "publicación", con sus connotaciones modernas, puede resultar cuando se aplica al mundo de la Antigüedad. Desde luego, no to­ dos los investigadores comparten esa reticencia, basados en la presencia de un comercio librario en Roma a partir del siglo 1 d. C. De acuerdo con ellos, los autores antiguos también habrían enviado sus originales a un editor, quien se encargaría de la reproducción y la distribución comer­ cial. Al leer a algunos de estos investigadores95 no puede evitarse la impre­ sión de que el comercio l ibrario y la actividad editorial de la Antigüedad no tenía más diferencia con la situación actual que la de realizarse en una escala menor. Se han llegado a sugerir cifras acerca de las copias produci­ das, situando el número de la edición antigua en unos mil ejemplares, te­ n iendo presente quizás el caso de Régulo, quien hizo redactar mil copias del elogio a su hijo fallecido. No obstante, prevalece la opinión de que nada similar puede extraerse de las fuentes preservadas. La difusión del libro antiguo se realizaba por otras vías. En primer lugar, es verdad que existen indicios seguros del comercio librario. En efecto, un incipiente comercio del libro se desarrolló en Ate­ nas en fecha tan temprana como el siglo IV a.C. La evidencia de un comer­ cio del libro en la época helenística es, por el contrario, prácticamente inexistente, y no hay indicios claros en Roma o en el Oriente antes del si­ glo 1 a.C. Sólo se comienza a oír sistemáticamente acerca del comercio li­ brario en la primera época imperial.96 De entonces se conocen los nom­ bres de algunos editores-libreros romanos: los hermanos Sosios, quienes


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se encargaron de publicar los poemas de Horacio; Doro, quien era el edi­ tor y vendedor de Ab urbi condita libri, de Tito Livio, y Trifon , quien fue un significativo librero de finales del siglo 1 d.C. , que editó la Institutio orato­ ria, de Quintiliano, y compartió con Quinto Polio Valeriana el honor de publicar a Marcial.97 Todos ellos estaban conscientes de su obligación de cuidar la calidad de las copias que ofrecían. Su atención se percibe en los signos de corrección utilizados en las páginas y en el cuidado que po­ nían al pulir las hojas de papiro con la piedra pómez. Algunos de estos editores-libreros tenían como punto de honor ofrecer copias sin la menor falta. Su orgullo se expresa en las suscripciones que hasta el siglo III d.C. solían agregar a sus productos: "librarius qui habituit stationem ad"_'lH Las copias que realizaban eran vendidas en comercios l lamados taberna li­ braria o simplemente libraria. En éstos, los rollos descansaban colocados en grandes botes, capsae, o en armarios llamados nidi, y el potencial com­ prador se enteraba mediante carteles colocados en la puerta del estable­ cimiento, en los que se indicaban los nombres de los autores cuyas obras estaban disponibles y que ocasionalmente reproducían un fragmento del texto. Roma tuvo varias libraria; Marcial, remitiendo a un amigo suyo a una de ellas, proporciona su dirección: en la vía llamada Argilentum, cer­ ca del Foro de César, al iado del Tem plo de Paz. La existencia del editor-librero ofrecía diversas ventajas para los auto­ res. Una de ellas consistía en señalar al autor la demanda de un público potencial para sus obras. Tritón , por �jemplo, debió insistir a Quintiliano acerca de la necesidad de dar al público sus libros sobre educación del orador: "Yo no los consideraba perfectamente acabados -le responde el gran profesor-, sin embargo, si te son reclamados tan intensamente como dices, soltemos nuestras velas al viento, retiremos las amarras y de­ seemos a esos libros buen vi�je"Y9 Ese comercio limitado permitía la difu­ sión del escrito en c iudades distantes en las que el autor no tenía influen­ cia directa; por eso Plinio se sorprende de saber que sus obras se venden y son populares en Lugdunum (hoy Lyon ) , mientras Marcial estaba con­ vencido de que sus l ibros serían vendidos en Vienne, al iado del Ródano. Otras ven tajas eran menos espectaculares pero igualmente i mportantes: el original del autor, probablemente corregido por él mismo, aseguraba al menos en principio que la copia sería decente y cuidada, puesto que el prestigio del comerciante estaba en juego. Para los escritores pobres, ese comercio ofrecía la oportunidad de encontrar un mecenas con quien eventualmente podía tropezarse en la libraría. Y resultaba conveniente tener un lugar donde enviar a esos solicitantes de ejemplares, inoportu­ nos y molestos. A cambio, los autores no podían esperar ningún beneficio económico de la venta de sus obras. 1 00

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Pero toda esta actividad no debe ocultar que ese comercio era de proporciones muy modestas. Esos editores-libreros eran generalmente libertos, es decir, hombres de b�jo estatus social, quienes, a pesar de tra­ ficar con o�jetos "de lujo", no estaban en condiciones de aportar capita­ les considerables. Un indicio de ello es que la misma palabra librarii ser­ vía para designar lo m ismo a los comerciantes, que a los artesanos copistas, productores di rectos del manuscrito ( los cuales fueron llama­ dos más tarde bihliographoi, en griego) . Su negocio no podía ser sino al menudeo y cada uno realizaba las copias que vendía, la mayoría de las cuales eran hechas a sol icitud del com prador. Todo lo que necesitaban era tener a la mano un ejemplar, del cual poder realizar las copias nece­ sarias. En tiempos de Cicerón, por t:iemplo, estaban a la venta ún ica­ mente rollos usados o que contenían obras no recientes y no parece que hubiera una gran selección al alcance de quien quisiera proveer su bi­ blioteca particular. No fue sino hasta la época de Plinio que ese comer­ cio pudo ofrecer l ibros de reciente creación. Aun así, el número de co­ pias debía estar en función del número de personas que deseaban un t:iemplar, y no del número de lectores potenciales. Parece una idea ex­ traña a la An tigüedad el mantener un capital en forma de libros disponi­ bles. 1 0 1 De la modestia de este comercio habla también que el lugar de copiado siem pre fue el m ismo que el lugar de venta. Apenas puede su­ ponerse el mantenim iento de un sistema organizado de distribución geográfica amplia, como no fuese el envío de un t:iernplar -que haría las veces de original- a un colega distante. Por sus dimensiones, el comercio de l ibros era pue.> un complemento más que un sustituto en la circulación privada de la página escrita. Com­ plemento, porque sin duda obedecía al deseo de los autores de extender su gloria más allá del círculo de amigos próximos o lt:janos, que siguió siendo el ámbito de difusión más significativo de esta elite alfabetizada. La difusión, que se había iniciado con la recitación pública, se continua­ ba mediante un puñado de copias enviadas a amigos cercanos y se pro­ longaba a través de éstos en una serie de círculos concéntricos mediante regalos o copias privadas. 10� En un primer momento, el círculo de difu­ sión estaba constituido por los vínculos de amistad, por la fuerza del esta­ tus social y quizá por intereses literarios. El autor se cuidaba de preservar los límites convenientes, porque el envío de un libro significaba aceptar un cierto grado de amistad. l lasta este momento no existía ninguna co­ pia comercial o impersonal. Las copias eran hechas por los esclavos o sier­ vos en casa de los aristócratas, o bien costeadas personalmente por el au­ tor modesto o su patrón. El corresponsal que recibía la obra podía permitir la copia a otros am igos, o bien ofrecía copias hechas a sus expen-

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L\ I RAVESiA Df: lA FSC:RlTlK\

sas, estableciendo una cadena que podía llevar lejos del autor m ismo. El libro circulaba entonces no mediante su venta, sino a través del don y del intercambio. Con frecuencia, los autores acompañaban las copias ofreci­ das con la súplica de que el amigo permitiera la copia y alentándolo a que diera a conocer la obra, por ejemplo, haciéndola recitar. Otros medios de difusión estaban al alcance de los autores, por ejem­ plo depositar una copia en alguna de las bibliotecas públicas, donde esta­ ría a disposición de quien quisiera consultarlo o copiarlo. Con el mismo fin depositaban un ejemplar con un l ibrero. Pero lo esencial era que la di­ fusión del libro culto, de estudio o de creación, se realizaba básicamente a través de canales privados: "desde Cicerón al circuito literario de Oxyr­ hincos en el siglo 1 1 , hasta las prácticas de Libanio en la Antioquía del siglo 1\' d.C., en un tiempo y un espacio tan extendidos, todo ello testimonia que la circulación se debía a la copia y la transmisión privadas". 103 Esto es exactamente lo que, en su singular manera, relata Marcial: Si tú conoces bien a Cesio Sabino, ¡Oh! mi lib1ito, honor de la montaño­ sa L'mbria y compatriota de mi amigo Aulus Pudens, tú le entregarás es­ tos versos, incluso si está muy ocupado [ . . ] ¡Oh! qué reputación te espe­ ra. ¡Qué muchedumbre de admiradores! Tu nombre va a resonar en los festines, en las casas, en las librerías. Tú estás dirigido a un solo hombre, pero serás leído por todos. 104 .

El punto a resaltar aquí es que "editar" significa la decisión del autor de hacer circular su texto, decisión que se hacía patente en el momento en que, enviándoles una versión definitiva a sus amigos, les otorgaba la liber­ tad de copiarla. En el mundo antiguo, la "publicación" no se refiere a la "reproducción en serie", sino a la convicción del autor de que su obra es­ taba "disponible para el mundo". Demostración que se debe a H. l. Ma­ rrou. 10-" É ste ha señalado que editio designaba de un modo general el he­ cho de lanzar un l ibro a la luz del día, de "hacerlo salir". Sin embargo, el verbo edere, del que proven ía, no estaba reservado para el libro y podía aplicarse al líquido que se derrama, a las palabras que escapan o al niño que nace. Otros sinónimos como publican' ( Piinio 1, 1: 1 ) que implicaban el abandono de la obra al público, emittN'e, divulgare (Cicerón a Ático XIII: 22, 3) , Joras dare (Cicerón a Ático XIII: 21 ª, 1 ) qt�e sign ificaban "emiti r" o "circular", tampoco tenían el sentido moderno de edición . 1 06 La provi­ sión de copias a sus amigos, que los latinos llamaban editio (y los griegos éc­ posis) y que denotaba "entregar", no hacía más que poner de mani fiesto la decisión exclusiva del autor. "Edición" no significaba que la obra había sido reproducida por un editor, sino únicamente la decisión del autor.

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SER<; lO Pi.RFI C:oR 1 i.s

Ella no indicaba el tránsito de una difusión privada a una difusión comer­ cial, sino el deseo hecho explícito de entregar la obra al público . 1 117 Cna edición estaba pues constituida simplemente por la entrega deliberada por parte del autor de una copia corregida y completa para ser copiada y puesta en circulación. Era, de cualquier modo, un momento decisivo porque el autor sabía que, dado ese paso, la obra salía enteramente fuera de su control. Cada copia posterior sería un nuevo manuscrito, fiel o alterado, pero nuevo. No tenía n inguna garantía de que, por descuido o por malevolencia, el nuevo manuscrito reprodt�jera con exactitud sus palabras. En la cultura manuscrita, cada copia es, a su manera, un original; su elaboración es una intromisión. Nuestros libros impresos impiden esa intervención desde su formato y su tipo de escritura, pero en la cultura manuscrita cada copia recubre el ejemplar que la originó. Por eso el autor antiguo resentía éste como un umbral de separación . Lo más que estaba a su alcance (y recu­ rría a ello con frecuencia) era aiiadir amenazas y advertencias, como lo hicieron los autores cristianos: "Porque yo protesto a cualquiera que oye las palabras de la profecía de este libro: si alguno ariadiere a estas cosas, Dios pondrá sobre él las plagas que están escritas en este libro". 1 0H "Y si al­ guno quitare de las palabras de este libro esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida y de la Santa Ciudad y de las cosas que están escri­ tas en este libro". 10'� Para describir ese momento que llenaba de zozobra al autor antiguo, se recurría a metáforas como el abandono de un nirio, la pérdida de inocencia de un joven o incluso, como lo r.izo Horacio, la en­ trega del libro a la prostitución: "caro serás en Roma hasta que la edad te abandone; cuando estrujado, a ensuciarte por las manos del vulgo co­ menzares, o nutrieres taciturno a inertes polillas, o huirás a Ú tica, o enca­ denado enviárante hacia Lérida [ . . ] esto también te espera: que la vt;jez balbuceante te sorprenda en los arrabales enseúando las letras a los ni­ ú os". 1 1 0 En efecto, el fin más triste de un rollo de papiro era servir para la ense ú anza de las primeras letras, que eran practicadas en el verso, la par­ te habitualmente no utilizada para la escritura. rAitio era pues el momen­ to en que la obra era expuesta a las circunstancias y peripecias que esta­ ban lt:jos del alcance del autor. Entonces, el derecho a la reproducción pasaba a otras manos, amigas o enemigas. La obra ingresaba en un terri­ torio en el que, por decir lo menos, reinaba la incertidumbre. Los lecto­ res difícilmente podían estar seguros de que el libro que estaba en sus ma­ nos era el que el autor había decidido publicar; incluso no podían estar completamente seguros de que se trataba de un libro del autor, como lo muestra el caso de Quin ti liano, quien afirmaba que circulaban libros anónimos bajo su nombre. Por si fuera poco, una vez ingresado al circui.

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to d e l a copia individual, l a tarea d e retirar por completo una obra pare­ cía un propósito irrealizable. La Priitio se erigía entonces como un arma crucial con tra esa proliferación de textos: ella establecía el canon de la obra, la versión definitiva que cancelaba cualquier otro manuscrito que circulara sin, o incluso contra, la autorización del autor. La ediciún de un libro podía ser, por tanto, una empresa de largo al­ cance. Un caso notable es el AdvPrsus Marcionnn. Tertuliano había com­ puesto apresuradamen te la primera edición en tre los ar1os 207 y 20R d.( :., de modo que se propuso sustituirla por un nuevo tratamiento de la cues­ tión . Durante la corrección, un falso cristiano, que más tarde caería en la apostasía, realizú una copia im perfecta que, sin embargo, circuló en tre m ucha gente. Esta situación sugirió a Tertuliano la necesidad de elaborar nuevas adiciones. De manera que su tercera composición se inicia seila­ lando la cancelación del trab�jo previo, con el fin de que nadie quede confundido si se tropieza con la versión an terior: "La historia de la publi­ cación de Ad<wnus MaráonPm se extiende alrededor de una d(·cada v re­ sulta en la circulación de tres versiones, la última de las cuales tenía por ot�jetin> desplazar las dos primeras y hasta donde es posible juzgar, lo hizo con {·xito". 1 1 1 La misma razón impulsó a San Agustín a retomar su f)p Tri­ nitatP, que algunos amigos poco discretos habían hecho circular, antes de la concl usión del libro X I I . Esto decidió al santo a term inar la obra co­ menzada en el ailo 399 d.C., revisando los libros ya en circulación , h asta l legar a la edición defi n i tiva en quince libros, 27 arios más tarde, el ar1o 426 d.C. Dos situaciones adicionales q uedaban así incluidas en el ti·rmi­ no Nlitio: los an tiguos l lamaban editio sP!'u nda a las correcciones aporta­ das a una obra ya en circulación, lo que no significaba un nuevo tiraje, sino una n ueva versión autorizada; además, la "edición " de una obra no term inada era posible, siempre y cuando el autor hubiese revisado y au­ torizado la versión original. Esto fue lo que sucedió con f)p Dor:trina Chris­ tiana de San Agustín, que no tuvo una "edició n " en el sen tido moderno del térm ino, pero que fue aceptada como editio porque obtuvo .la anuen­ cia para circular y ser copiada. Pero en todos los casos, no había ninguna diferencia por el hecho de que la copia y la circulación se realizaran o no de manera privada. La aparición de los escritos cristianos no alteró en nada los métodos de difusión del l ibro antiguo. Por el con trario, la reproducción del libro cristiano no pudo descansar más que en vías privadas, situación que se prolongó hasta los siglos IV y V d.C. Cualquiera que fuese el desarrollo del comercio librario en Roma, los primeros textos cristianos no pudieron participar en sus beneficios porque eran objeto de un profundo desdén por parte de la latinitas pagana. Poco numerosos, llenos de neologismos,

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extraiios al gusto de los lectores romanos y perseguidos por el poder pú­ blico, los escritos cristianos no participaron de n i ngún mecanismo de di­ fusión fuera de la copia privada: "Estos escritos estaban desprovistos de toda consideración a los ojos del público y pasaron por productos de ile­

trados". 1 1 :! Algunos autores, como Ghellinck, piensan que hacia el siglo \'

d.C. ese estado de cosas se modificó y ciertos libros cristianos fueron in­

troducidos en el circuito comercial romano: el caso paradigmático es la

Vida rfp san Martín de Sulpicio Severo que, según Pau l i n o de T\:ola, se ven­ día en AI{:jandría, Tebaida, N i tria y Roma, rápidame n te y a un alto pre-

. cio, consti tuy(·ndosc en un verdadero "éxito de l ibrería". Pero, aun este caso, es dudoso y quizás i m p u t able a la exageración de Paulino: según Marrou, la

�'ita Martini,

que nunca fue traducida ni al griego ni al copto,

podía esperar m uy poco éxito fuera de la latin i dad romana. De ser verdaderos, casos como el anterior debieron ser excepcionales, puesto que aun autores de la talla de san .Jerónimo y San Agustín dihm­ dieron sus obras constant emente por vías privadas. :vtarrou lo ha sciiala­ do a propósito de

ta riudad dP Dios.

En efecto, ésta había c i rculado origi­

nalmente h�jo la forma de libros sueltos

e

incom pletos, pero hacia

427

d . C. , San Agustín envió una carta a Firmo seiialándole la manera en que debía hacerla c i rcular: "No has de dárselo a muchos sino a uno, o al máxi­ mo a dos, y ellos se los darán a los demás. Tú verás cómo has de proceder para dárselos a tus amigos, ya sean cristianos que deseen i nstruirse , ya a otros que estén atados a algu n a superstición de la que parezca que pue­ den verse l ibres median te mi trabajo, con la Gracia de Dios". 1 1 :� Agustín no parece preocupado por el n ú m ero de copias, sino por la preserva­ ción del {jem plar, el cual no puede ser prestado de manera indiscrimi­ nada a demasiados copistas, tal vez por el temor a perderlo. Firmo era designado depositario del c:jem plar y p u n to de rekrencia de aquellos que descaran consultarlo y copiarlo. Es así como San Agustín anunciaba a los demás la existencia del l ibro: "He tomado las disposiciones necesarias para que ustedes puedan obtener de n uestro santo hermano Firmus, sa­ cerdote como yo, que os quiere mucho". 1 1 4 Podría considerarse a Firmo como "agen te l i terario" de San Agustín con la salvedad de que su actua­ ción es más la de un depositario y vigilante de la correcta difusión del t:jemplar, lo que i ncluía indicaciones acerca del

formato bibliográfico

que, de acuerdo con los temas y argumentos, debía seguirse en la repro­ ducción de J)p civitate Dei:

Hay 22 libros ( ruatPmiones) que son demasiado Rruesos para unir en un solo cuerpo: si quieres dos códices, éstos deben ser divididos de tal mane­ ra que el primero contenga diez libros y el segundo doce . . . si en cambio

243


L\ I"RA\'t.Si.�

DE lA

FSCRIITR�

prefieres más de dos volúmenes, entonces debes tener cinco códices de los cuales el primero debe contener cinco libros, el segundo un grupo de cinco libros y cada uno de los tres siguientes cuatro libros cada uno. 1 1 5

Agustín había actuado de este modo desde tiempo atrás. En una carta del aúo 395 d.C., hacía saber a Paul ino de N ola que Roman iano podía pro­ veerle de un gran número de sus l ibros escritos para la edificación, tanto de paganos como de cristianos, "aunque te advierto que he escrito algo que él no tiene". 1 1 6 Apenas un aúo más tarde, en una carta que acompa­ úaba los tres volúmenes de De libero arbitrio, Agustín advertía a Paulino que éstos no estaban en posesión de Romaniano: "Sé que el hermano Ro­ maniano no los tiene todos, o los tiene incompletos. No le di cuanto he podido escribir, acomodado a todo lin�je de oídos, para que él te lo lleva­ ra, pero se los indiqué para que tú leas". 1 1 7 Depositando el t:iemplar con su "agente", Agustín no parece esperar que éste se haga cargo de multi­ plicar las copias, y ni Romaniano ni Firmo tomaron esa iniciativa. A cam­ bio, eran responsables del cuidado del original que, una vez corregido, se había convertido en emendatoria exemplaria, es decir, copia autorizada para reproducción. Para confirmar que las copias ulteriores provenían de ese c_:jemplar, Agustín agregaba una carta que debía acompaúar a cada reproducción : "Si esta edición l lega a tu conoc im iento, podrán efectuar si quieren y pueden las correcciones necesarias. Te pido que mandes po­ ner esta carta a la cabeza de los libros, aunque es independiente de ellos". 1 1H El hábito de la reproducción privada h izo que poco después de la muerte del santo, Posidio, su amigo y autor del lndirulum, una lista de las obras de Agustín , no pensara siquiera en los librarii para asegurar su difusión futura: "Si alguno desea hacer una copia debe solicitarla a la iglesia de Hipona donde pueden ser encontrados los m�jores textos. O puede hacer pesquisas en cualquier otra parte donde pueda hacer una copia para preservarla y no regatee prestarla a su vez a cualquiera que so­ licite copiarla". ' El Ésta debió ser pues la situación general en la Antigüe­ dad. A lo largo de las numerosas menciones acerca de la circulación de sus escritos, ni San Agustín ni san Jerónimo mencionan nada acerca del comercio de l ibros o de algún método sistemático de reproducción de copias. Ambos con taban con "agentes literarios"; si Agustín contaba con Romaniano, Firmo o Aurclio, Jerónimo contaba con Paula, Marcela o Domnion. Los secretarios disponían de dos procedimientos para realizar la copia del c_:jemplar, aunque resulta difícil decidir cuál de ellos era dominan te en la Antigüedad. Un cierto número de paleógrafos se inclina por la co­ pia visual, es decir, la reproducción por parte del copista de un t:iemplar

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que tiene ante los ojos. Un ejemplo temprano lo ofrece El pastor de Her­ mas, un texto cristiano en griego de la primera mitad del siglo 1 1 d. C. En el relato, Hermas es represen tado haciendo una copia de un pequeño l ibro acerca de la revelación divina que le ha sido comunicado por una vieja dama que personifica a la Iglesia. Hermas copia mecánicamente, letra por letra "pues no l ograba hallar la división en sílabas", sin comprender verdaderamente el libro, de cuyo contenido se en terará más tarde, me­ .d iante una revelación. f�sta es una entre muchas instancias de copia vi­ sual. Pero existen también razones para pensar que se realizaba median­ te el dictado. En primer lugar porque la copia de un escrito que se presen taba en srriptio continua provoca errores característicos que, sin embargo, no son perceptibles en los manuscritos conservados, los cuales presentan faltas que pueden explicarse mejor por confusiones en la lec­ tura, en la escucha o la pronunciación ( aunque debe tenerse presente que el escriba antiguo vocalizaba, d ictándose a sí mismo Jo que tenía que escribir) . Además, el escriba antiguo trabajaba en una posición que no favorece la copia visual porque dificulta la manipulación y la visión cons­ tante del ejemplar: 1 20 sentado en un taburete bajo, con una plataforma bajo los pies para elevar las rodillas y los muslos sobre los que apoya la es­ critura del rollo. Los aristócratas romanos no hacían las copias por sí mismos. La escri­ tura, una tarea servil y fatigante, estaba a cargo de siervos y libertos espe­ cializados: taquígrafos, amanuen ses y calígrafos. Eran ellos quienes ha­ cían las copias que el autor enviaba a su círculo de amigos y quienes reproducían para la biblioteca de la casa Jos libros que su amo había obte­ nido en préstamo. Para Jos que no disponían de esos sirvientes, toda C(}­ pia implicaba el pago de los materiales y la escritura del copista. Eso expli­ ca que Marcial enviara a su conocido a la librería: probablemente no obtendría nada con la venta de su libro, pero seguramente no deseaba pa­ gar la copia él m ismo. En los medios cristianos, por su parte , donde no existían esclavos o libertos, la reproducción del libro recayó en los miem­ bros alfabetizados de la rcdesia. 1 2 1 Varios índices muestran que eran los mismos cristianos quienes tomaban la pluma, el más evidente de los cua­ les es la pobre calidad de Jos primeros manuscritos. Existen, desde luego, transcripciones realizadas por manos escrupulosas y fidedignas, pero en su mayoría ellas muestran una fal ta de atención que sugiere que sus auto­ res no eran escribas de profesión . Sólo unos cuan tos manuscritos cristia­ nos previos al siglo IV d .C. manifiestan una caligrafía que se aproxima a la escritura profesional. Un segundo índice de que esos textos eran obra de miembros alfabetizados de la congregación es el uso sistemático de Jos nomina sacra, es decir, abreviaturas de los nombres sagrados como IHS,

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L\ TRA\ f SÍA llE LA ESCRIH'RA

Jesús, XPS, Cristo y otros. Los nomina sacra no eran un código esotérico o sagrado, pero su uso sistemático muestra una clara conciencia comunita­ ria, y el hábito compartido de un cierto tipo de lectura. Como argumento adicional, no hay que olvidar que muchos de los cristianos más letrados fueron copistas en su juventud, como san Jerónimo, san Fulgencio o san Ambrosio. Aunque la copia privada requería de unos pocos recursos, en algunos casos las empresas de copiado en el mundo grecolatino fueron considera­ bles, como en Á tico o Cicerón, y se encuentran en la base de las notables bibliotecas personales de esos aristócratas. Al inicio, los cristianos conta­ ron únicamente con la copia personal, pero hacia el siglo 11 d.C. con la ac­ tividad de Orígenes, surgió en Al�jandría el primer scriptmium, un taller de manufactura capaz de establecer un estándar para la producción de manuscritos bíblicos. Otros autores cristianos como san .Jerónimo, Tertu­ liano o Hipólito de Roma también con taron con un n úmero importante de secretarios, copistas y calígrafos para la conservación y difusión de sus obras. De cualquier modo, el limitado número de copias no impidió que la literatura cristiana circulara tanto o más que su contraparte pagana, al menos por dos razones: aunque la comunidad cristiana no era más letra­ da que su equivalente pagano, ella estaba fuertemente orientada hacia la palabra escrita. Por otra parte, la Iglesia tenía la ventaja adicional de una amplia dispersión geográfica que aseguraba una buena diseminación de escritos a través de los constantes viajes de emisarios. Con todo, aun su­ mando los talleres paganos y cristianos, el número de copias producidas en la Antigüedad debió ser modesto. Sin embargo, la ausencia de repro­ ducción masiva que nosotros llamamos "edición" no implica que el nú­ mero de participantes en la cultura escrita fuese reducido. Para compren­ derlo basta introducir nuevamente a la voz en el momento de la lectura vocalizada. La voz tiene el mérito de romper con el aislamiento del libro mudo y sus páginas silenciosas, permitiendo el acceso a muchas más per­ sonas de las que son capaces de leer. Al ser pronunciado, el texto es re­ convertido en fh�jo oral e ingresa en otro sistema de comunicación, por la palabra pronunciada y la memoria, que es el privilegio de los iletrados. Es pues un error pensar que el analfabetismo imposibilitaba tener contacto con la página y, de hecho, en la Antigüedad los iletrados tenían acceso a ella en una diversidad de con textos públicos. Quizá ya no es necesario in­ sistir en que la voz era el principal acceso a la página para la casi totalidad de la población romana y luego para los creyentes cristianos, pero sí con­ viene señalar que ella no era una suerte de complemento de la produc­ ción masiva de �jernplares escritos, sino una parte indispensable de la di­ fusión y por tanto de la existencia social de la obra.

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El l ibro antiguo se difundía en círculos concén tricos que se origina­ ban en un grupo de amigos cercanos al autor, mediante la copia privada y la lectura vocalizada. El autor debía contar con ambos medios para la transmisión de su obra. Esperaba que la página llevara I t:jos e inalterados sus pensamientos y les asegurara una larga permanencia, quizá la i nmor­ talidad, pero sabía que su presencia in mediata correría a cargo de la voz viva y la memoria. De hecho, en un mundo largamente oral, (�stas posibi­ l itaban extender su influencia mucho más allá de lo permitido por la cir­ culación de sus escritos: el mensaje pasaría de boca en boca, en una ex­ tensión que desbordaría con mucho al conjunto de sus posibles lectores. Una página muda era una realidad insuficiente. En estos medios descan­ só la presencia y el prestigio de los autores antiguos. La razón de su larga permanencia no es atribuible a la falta de creatividad técnica de las socie­ dades antiguas o a su i ncapacidad de organización, sino al tipo de rela­ ciones establecidas entre autores y lectores y de ambos con la página es­ crita. E n esas condiciones, la voz, la memoria y la manuescritura fueron aptas para crear un universo simbólico y literario que constituye un frag­ mento decisivo de h istoria intelectual en Occidente. Cuando la página y la cultura textual se impusieron definitivamente, ese pais�je intelectual se disipó en la memoria d�jando pocos rastros visibles, hasta convertirnos en verdaderos extranjeros de ese mundo. Por eso resulta difícil recrear esa atmósfera que, sin embargo, dio por largo tiempo sustento a uno de los actos más básicos de la vida del i n telecto: hacer públi cas l as ideas de cada uno.

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CAPÍTULO V COPIAR POR ESCRIBIR

EL MONJE MEDIEVAL ANTE St: PÁGINA

Después de l levar a cabo los oficios matinales, el grupo de escribas monás­ ticos se dirigía en procesión al scriptorium, su l ugar de trabajo. Ninguna in­ dependencia le era permitida al monje individual, porque al consagrarse enteramente a Dios, él se había desp�jado voluntariamente del uso secu­ lar de su tiempo. Ofrecido a Dios, el tiempo del monje es enteramente sa­ cralizado y regulado por ciertos ritos y ciertos gestos hechos en tal lugar y en tal momento, todos ellos establecidos o aprobados por la institución de la Iglesia. 1 Los monjes venían de cumplir con el elemento central de su rutina, los servicios divinos, que se l levaban a cabo siete veces durante el día, más las vigiliae, oficio realizado alrededor de las 2:30 de la mañana. Toda otra actividad, incluida la escritura, era establecida en función de la obra de Dios, en los intersticios de ésta, de manera que debía seguir sus ritmos.� El opus DPi determinaba las pausas de la vida en el monasterio, mucho más que los periodos señalados por los rel�jes de sol o las clepsi­ dras, y sólo en ocasiones se hacía uso de un elemental conocimiento as­ tronómico: "el día de Navidad, cuando veáis a los Gemelos como si estu­ vieran sobre el dormitorio y Orión sobre la Capilla de todos los Santos, preparaos para taiier la campana", eran las instrucciones que recibía el vi­ gilante nocturno de un monasterio cercano a Orleans en el siglo XI.:l La organ ización de la rutina obedecía a una secuencia en la que una acti\,i­ dad precede o sigue a otra, por eso cualquier reconstrucción del tiempo monástico, que se quiere �jeno al tiempo secular, es meramente aproxi­ mada. Los monjes eran advertidos de cumplir esa rutina en grupo y con puntualidad, aunque ésta no era determinada respecto a momentos abs­ tractos en el tiempo, si no a pun tos en la secuencia del ritmo de la conduc­ ta colectiva. 4

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L\ l K \\'FSÍA l l f l . \ f '>(.Kl l l KA

Dentro de la rutina del monasterio, la escritura ocupaba su lugar al lado del trab�jo manual, tal como es descrito en el apartado 4H de la RRgla rfp san Bmito. Aunque el término sr:riptorium sugiere que se trataba de una habitación específicamente destinada para ello, estaba l<:jos de ser la nor­ ma: las órdenes medievales ofrecieron diversas condiciones de acuerdo con el aprecio que la escritura les merecía. Las benedictinas fueron , en general, grandes salas de escritura, pero los cartujos, por <:jemplo, que cor�jugaban la vida cenobítica con una vuelta al eremitismo, no poseían sr:rijJtoriu m propiamente dicho; en sus Consudurlines, redactadas a in icios del siglo X I I , se prev{� que los monjes copistas recibirán todo lo necesario para que puedan dedicarse a su ocupación en la soledad de su celda indi­ ,·idual. En tre los cisterciences, el .\Iriptmiu m estaba reservado a un trabajo colectivo, pero debido a su estricta regla de silencio, ellos parecen haber hecho uso también de pequcl1as celdas individuales. Otros monasterios benedictinos en Inglaterra elegían un lugar de trah�jo común y hacían de las celdas individuales un lugar de excepción para los más letrados. Cuando existían, los srrijJtoria solían ser simultáneamente la biblioteca de la comun idad, porque esta ú ltima no tenía el significado de "sala de lec­ tura", sino de "lugar de custodia de l ibros". Ambos estaban localizados cerca del sitio donde los li bros eran requeridos: a un costado de la igle­ sia, cerca del lugar donde se realizaban los servicios l i túrgicos, o en el claustro, que era el cen tro de la vida comunal por excelencia, donde los monjes se reunían usualmente a leer. En el claustro justamente fueron colocados los escribas mientras carecieron de sitio propio, a lo largo del deambulatorio, cerca de las ventanas, separados tillo del otro por una di­ visión de madera, sin puerta. Eran espacios mi núsculos de apenas un me­ tro y medio cuadrado, cuva mayor comodidad consistía en la p�ja que cu­ bría el suelo para aliviar parcialmente el frío del lugar.'' El escriba monástico trab�jaba sen tado en un banco que carecía de res­ paldo; eran excepcionales aquellos que tenían el privilegio de san Martín de León, quien para redactar un largo trabajo se había hecho sostener el cuerpo y los brazos medial lte cadenas qjas en la bóveda del techo.¡¡ El es­ criba tenía fren te a sí un escritorio que le presentaba un plano inclinado en ángulo agudo, de modo que la escritura era realizada en posición casi vertical. La posición del escriba, más familiar a nuestros (�jos, reflejaba transformaciones notables respecto a sus an tecesores del mundo clásico, quienes solían escribir selltados en un taburete b��jo, apoyando la página en las rodillas o en el muslo, los cuales eran elevados un poco colocando una pequcl 1a platafúrrna bajo los pies.7 Debido al h�jo reconocimiento que recibía, el arte de escribir está pobremente representado en la icono­ grafía antigua, pero la evidencia que muestra a los primeros escribas tra-


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bajando sobre una mesa aparecen a finales del siglo 1\' d.C.,!' y la presencia de éstos no se incrementa sino hasta el siglo VII I , en el mismo momento en que los evangel istas, paradigmas de los escribas, empiezan a ser represen­ tados trab�jando sobre un escritorio.9 Adicionalmente, el copista monás­ tico ya no escribía sobre un rollo desplegado, sino sobre h<�jas de perga­ mino sueltas, una de las cuales descansaba sobre su escritorio: lo prueba tanto el hecho de que no hay indicios de las marcas que la tinta fresca ha­ bría dt;jado en la página preceden te, como porque los copistas solían in­ sertar los llamados "reclamantes", es decir, las primeras palabras de la pá­ gina siguiente para asegurar la continuidad . 1 0 Las h<�jas sueltas serían encuadernadas posteriormente. l\"o obstante, la iconografía representó · con sorprendente frecuencia a los evangelistas escribiendo sobre un libro ya encuadernado, tal vez por convención artística. 1 1 Hacia el siglo \'1 1 1 d.C. , cuando los srriptoria tenían s u lugar bien afirmado en los monaste­ rios, los escribas habían adoptado definitivamente esa postura para escri­ bir, incluida la presencia del t;jem plar que debían copiar. La postura física hace ostensible la relación particular que existía en­ tre el escriba monástico y su pági na. Si por "relación de escrit ura " 1 " en­ tendernos una forma particular de encuentro entre el que escribe, su pá­ gina y la serie de mot ivaciones que los une, entonces, la "rc\aciún de escritura" del escriba medieval sirve para mostrar las profundas transfor­ maciones que permanecen ocultas b�jo un ún ico título genérico: escri­ bir. Las variaciones en la "relación de escritura" no se explican únicamen­ te por los cambios en la t(�cnica, sino que involucran las modificaciones en la concepción de lo que es y lo que hace un escritor o un autor, en el significado y la valoración que se otorga al acto de escribir, y en los o�jeti­ vos que la comunidad de lectores y escritores persigue a través de la pági­ na. Desde este punto de vista, la relación del escriba monástico con su pá­ gina es enteramente distin ta de otras y obedece a motivaciones que no tienen equivalente en la Antigüedad, ni en la concepción moderna de la escritura. En efecto, el mor�je normalmente no escribía como sus an tece­ sores, tomando notas de la voz viva de un dirtator, para después transcri­ birlas en un soporte q¡o (aunque en los srrifJloria pudiese haber alguien capaz de tomar dictado) . Pero él tampoco estaba ante su página, corno el escritor moderno, para expresar sus propios pensamientos y su irrepeti­ ble experiencia; esto sólo lo haría un autor y en t iem pos del escriba mo­ nástico eran pocos y no escribían directamente sus obras, sino que las componían men talmente antes de dictarlas a sus secretarios. Conviene pues segu ir los pasos del rnm�je, así sea por el extrai1amiento que produ­ ce en toparse con otros hábitos del intelecto y sin duda para reconocer una forma de espiritualidad hoy exti n ta.


La tarea que definía los actos del escriba monástico era actuar como correa de transmisión de una serie de valores eternos, reproduciendo fielmente aquellos libros en los que se había asentado la palabra de Dios. El mens�je ofrecido por Jesús había permanecido originalmente, sin duda alguna, en las tradiciones orales, pero pasado un cierto tiempo se había al<�jado en rnens�jcs escritos, lo que permitía una permanencia (y generaba una ortodoxia) in igualable por cualquier otro medio. En au­ sencia de reproducciones mecánicas e idén ticas, el escriba tenía en sus manos la exactitud en la copia del mens�je de salvación. De esta situación provenía la valoración de su trab�jo, pero también las restricciones que le eran i mpuestas, la primera de las cuales era la fidelidad al t;jemplar que se le había confiado. Su libertad corno escritor estaba pues en tera­ mente acotada. El ejemplar mismo que copiaba no había sido su elec­ ción; la iniciativa de copiarlo provenía del i n terés de su comun idad, o la necesidad de algún noble de los alrededores, por poseer tal obra. Muchas veces, el ejemplar había sido obtenido después de una intensa búsqueda bibliográfica en catedrales o monasterios, en ocasiones muy distantes. El préstamo de man uscritos de tmo a otro monasterio con el permiso de transcribirlos era una práctica común, pero ningún libro era prestado sin haber recibido una garantía para su devolución y, si el demandante era desconocido, sin haber obtenido como fianza bienes por un valor equiva­ lente. 1 :l La necesidad de su comun idad de poseer ese texto se convertía en la obligación para el copista de reproducir fiel mente el modelo. No siendo un secretario ni un autor, el monje debía actuar como lo haría un fotógrafo en n uestros días: 14 "reproduce -dice Casiodoro- el r>xr>mfJlar como se imprime el anillo en la cera, de tal modo que, como los rostros no pueden disimular sus expresiones, la mano no pueda separarse del texto auténtico". 1 '' Si actuaba fiel mente, copiaría el t:jem plar entero, incl uidos los elementos heterog{�neos que encon trara a su paso corno glosas, co­ mentarios v hasta notas y firmas personales; si era hábil, podría incl uso re­ producir los an tiguos estilos de escritura que tenía ante sus <�jos, pero si no tenía ni el talento ni la intención , el resultado sería un nut:vo manus­ crito en el que quedaría oculta cualquier diferencia visible en el original, y que circularía de ese modo, sin declarar que transportaba comen tarios heterogéneos, abierto a futuras in terpretaciones, en nuevas copias. Los m{·todos de reproducciún del libro antiguo han generado un lar­ go debate que opone dos alternati,·as: o bien alguien leía en voz alta, de tal modo que varios escribas produjeran simultáneamente diversas co­ pias, o bien cada uno copiaba siguiendo con la vista su modelo. Ambos métodos parecen haber sido ut il izados en la Antigüedad. Existe la convic­ ción de que en el Egipto clásico se recurrió al dictado para la reproduc-


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ción de escritos oficiales. A esta idea contribuye la postura del escriba egipcio porque al estar de pie o sentado en el suelo, su posición resulta mal adaptada para copiar visualmente, puesto que no tiene lugar para descansar el ejemplar, ni dispone de las manos libres para manipularlo. 1 6 Por otra parte, en la Antigüedad grecolatina, el dictado era u n procedi­ miento de colaboración usado con frecuencia cuando se comparaba la copia para su corrección con el original, y no parece difícil que surgiera la idea de utilizar el dictado también en la producción de manuscritos. Fi­ nalmente, existe alguna evidencia de que, en circunstancias excepciona­ les en las que era indispensable la reproducción múltiple de un texto, se recurrió a la copia masiva mediante el dictado. 1 7 Sin embargo, la situa­ ción era muy diferente en el periodo del copista monástico. En los scripto­ ria, la copia visual del ejemplar fue el procedimiento dominante, y quizás el único. La obligación de silencio, aplicable incluso en el taller de escri­ tura, era una primera razón, pero a ello se agrega que el monje ejecutaba su caligrafía siguiendo un cuidadoso diseño previo de la página, y ello obligaba a un ritmo más lento de escritura. Además, el escriba monástico no solía correrle tanta prisa como a su ancestro clásico, y tenía razón , por­ que la copia estaba destinada a permanecer cientos de años y el tiempo dedicado a copiar era irrelevante comparado con la eternidad que obten­ dría como recompensa de sus obras. En ciertos monasterios reinaba una intensa actividad: además de re­ producir las Sagradas Escrituras, había que escribir los libros necesarios para el complejo ritual litúrgico, y existía una demanda de otras composi­ ciones, como las vidas de los santos, h imnos y antifonarios, porque era preciso poner música a las palabras. En todos los casos, el escriba debía copiar lo que veía. Tenía prohibido corregir, incluso si el �jemplar era cla­ ramente erróneo, a menos que hubiese recibido autorización expresa; de cualquier modo, su trabajo sería revisado más tarde por otros hermanos. De hecho, un buen escriba era aquel que reproducía, sin inmutarse , in­ cluso las faltas de su modelo, y un mal escriba aquel que, no siguiendo las reglas de la copia, se senúa en libertad de enmendar en el mismo mo­ mento en el que realizaba el manuscrito. Desde el punto de vista de la transmisión de la información, esto tenía gran importancia porque los es­ cribas enfrentaban un problema específico: ante la página original, ellos debían mantener la legibilidad ya alcanzada o mejorarla; el mayor fracaso era que la copia resultara menos eficiente que el ejemplar en la comuni­ cación del contenido del mensaje. De ahí derivan nuevas obligaciones y habilidades. Los escribas monásticos, que carecieron de libertad ante su página, fueron en cambio responsables de mantener y luego incrementar gradualmente la legibilidad de ésta, asegurando así la conservación intac-

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ta de su contenido. La preocupación constante era pues la fidelidad de la copia, pero copiar un manuscrito antiguo no es un acto sencillo, sino un acto complt;jo compuesto de varios momentos sucesivos, tan próximos unos de otros que sólo el análisis logra diferenciarlos: la lectura visual del original, la retención en la memoria, el dictado interior y la t-:jecución ca­ ligráfica. La paleografía ha mostrado que cada tmo de estos momentos es una fuente potencial de error y cada uno es también índice de las habili­ dades necesarias del buen copista. l H En efécto, l a lectura para copiar no e s l a misma q u e la lectura en voz alta ante un auditorio o la lectura de comprensión hecha en silencio. La lectura para copiar exige una mayor atención, una mayor concentración en el detalle, se realiza con mayor lentitud y en rebanadas más pequeiias de texto, ofreciendo al copista un tiempo de reflexión que no está al al­ cance del lector moderno, o del secretario de la Antigüedad. Cuestiones en las que la lectura dinámica no repara, resultan intolerables a esa lectu­ ra lenta y minuciosa. Pero este tipo de lectura depende, a su vez, de dos cosas: la legibilidad de la págin a original y la habilidad para leer del copis­ ta, y ambas eran fue n te de problemas. En cuanto a la primera, el copista medieval encontraba dificultades considerables; como se ha visto, hasta los siglos \'1 y \'JI d.C., puede afirmarse que la página no estaba preparada para ser leída in sta n táneamente. Los escritos de la Antigüedad se ofre­ cían normalmente en srriptio rontinua y, o bien carecían completamente de puntuación , o bien poseían una puntuación personal y asistemática que había sido agregada por un lector anterior de acuerdo con su inter­ pretación personal de cómo tal página debía ser leída. Además, cuando el escriba medieval ten ía fren te a sí la obra de algún autor pagano, el tex­ to podía datar de unos ocho siglos an tes (como lo indica el hecho de que prácticamente toda la tradición clásica conservada proviene del periodo carolingio) . En el caso de un texto de los Padres de la Iglesia, la distancia temporal era menor (e incluso ha llegado hasta n uestros días un rl_lanus­ crito de lB riudad df' Dios que fue escrito cuando San Agustín aún vivía 19) , pero esta proximidad no era garantía de mayor legibilidad, sobre todo en los textos realizados en escrituras precaroli ngias, debido a su particularis­ mo regional, a su degeneración de las letras grecorromanas y a su técnica, que llevaba a ocultar la letra entre los trazos que, en principio, sólo debí­ an rodearla. La segunda dificultad de la lectura del copista occidental provenía de que normalmente la pági na se ofrecía en latín (y más rara­ men te en griego ) . Desde mucho tiempo atrás, el latín con ten ido en los textos era diferente del latín hablado cotidianamen te y, de cualquier modo, a partir del siglo IX, con la aparición de las lenguas romances, nin­ gún escriba tenía ya al latín como lengua materna. Para acceder a las pá-

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ginas de una lengua extranjera y muerta, el copista requería entonces de una buena preparación en gramática latina, si no se deseaba que la copia fuese la reproducción en fila de una serie de letras, sin la menor com­ prensión del contenido del mensaje, como probablemente ocurrió en los primeros siglos de copia monástica.�0 La copia visual del original provoca errores que son característicos. Al volver la mirada al ejemplar, el copista puede tropezarse con la misma se­ rie de letras que ha transcrito, pero que pertenecen a otro enunciado o a otro renglón: entonces, el copista puede cometer el error de escribir una continuación inadecuada, o incluso saltar renglones enteros, error que se ve favorecido porque en latín las terminaciones idénticas de palabra son muy frecuentes. Equivocaciones por la localización incorrecta de la vista (que son llamados "saltos de lo mismo a lo mismo") son muy regu­ lares y se incrementan a medida que aumenta la fatiga, aun entre los me­ jores escribas medievales. 2 1 Viene luego la retención en la memoria del copista de lo que ha leído antes de transcribirlo. Es cierto que esta reten­ ción ocupa un lapso casi imperceptible, el tiempo que tarda en transcri­ bir, pero incluso entonces la memoria puede provocar un error, recor­ dando alguna frase conocida, próxima pero no idéntica, e insertarla en el texto, adhiriéndose más a lo conocido que a lo nuevo.22 Estos errores de memoria son la segunda gran fuente de equivocaciones en la copia me­ dieval. Una tercera fuente probable de inexactitudes viene del antiguo hábito de leer en voz alta por parte del copista, haciendo aparecer el pro­ blema de sus particularidades fi:méticas: en efecto, copiando, el escriba se pronunciaba a sí mismo las palabras y de algún modo escribía como si al­ guien le dictase, por eso un copista escribió tres veces et en lugar de Pst. Al leer, él veía est, pero al pronunciar escuchaba el sonido de la "e" cerrada y escribía el, pues en ese momento ambas palabras tenían aproximadamen­ te el mismo registro.2:� Muchos man uscritos muestran errores equivalen­ tes que provienen de este "dictado interior".24 Otras equivocaciones tení­ an un carácter más intelectual: por ejemplo, el copista podía expandir de manera incorrecta una abreviación y MA podía dar lugar a "miseria" o bien a "misericordia". Además, si no era capaz de contenerse ante un pa­ saje difícil, el copista podía incorporar glosas marginales provenientes de otras lecturas o intentar corregir dificultades aparentes, fúrrnas arcaicas o citas incompletas. En el l ímite, el copista podía caer en la tentación de la falsificación deliberada, si lo que copiaba merecía a su juicio un correcti­ vo por razones dogmáticas. Algunos de estos errores son más comunes que otros, aunque dos de ellos son muy sistemáticos: la omisión de pala­ bras pequeilas ( cor�junciones, preposiciones, partículas) , excepto el pro­ nombre personal y las negaciones, que suelen resistir rmjor, y el salto vi-


LA TRAVESÍA

DE lA ESCRITt:RA

sual "de lo mismo a lo mismo", que puede presentarse tanto entre pala­ bras próximas como entre enunciados muy l�janos, de acuerdo con las particularidades de la página o de la grafia. Por último, cada copista pose­ ía rasgos propios y lo mismo apreciaba su trabajo, que éste le era indife­ rente: en consecuencia, aquél saltaba líneas con frecuencia, aquél leía bien pero retenía mal, otro tenía la tendencia a redoblar, aquél introdu­ cía el acento antes o después, y este otro puntuaba mal o lo hacía de ma­ nera suficiente. 25 La segunda gran dificultad de la lectura del copista provenía de su propia preparación gramatical. Desde luego, ante páginas que ofrecían tantas dificultades de interpretación , esta necesidad fue resentida rápida­ mente y se encuentra expresada desde las Institutiones, escritas por Casio­ doro para orientación de los escribas de su scriptorium en Vivarium. Pero el progreso fue lento, quizá porque el arte de la escritura tenía orígenes serviles y le resultó difícil liberarse del estigma. Los rastros d�jados por los escribas continentales de los siglos VI y VII d.C. no parecen indicar una conciencia clara de la necesidad de una preparación específica para reali­ zar su tarea, sin duda porque la enseñanza de la gramática estaba prácti­ camente ausente durante el primer monaquismo. Las expresiones que es­ tos escribas d�jaron en sus colofones se concentran en fórmulas de humildad, como las de ese copista que se declara, además de indignus pec­ cator, ultimus scriptor. 26 La consecuencia de esta falta de preparación es la abundancia de errores en los textos merovingios, que con frecuencia fra­ casan en la correcta separación de palabras, en la puntuación adecuada y, en general, en el reconocimiento de las unidades sintácticas y semánticas del texto. 27 Como ya se ha visto, la situación era distinta en los límites no­ roccidentales de la cristiandad, donde los escribas irlandeses y anglosajo­ nes, cuya lengua era enteramente ajena al latín, estaban obligados a pro­ veerse de un conocimiento gramatical para poder acceder a la� páginas sagradas. Pero, para todos, el renacimiento carolingio del siglo VII I signifi­ có una m�joría notable en la cultura gramatical y ortográfica, una técnica gráfica más precisa, y con ello una conciencia personal del escriba como miembro de un ordo que poseía conocimientos específicos e irremplaza­ bles. E l mayor conocimiento gramatical del copista monástico se vio refle­ jado en todos los dispositivos gráficos que cond�jeron a lo que hemos es­ tudiado previamente como "la página legible". La lectura y la i nterpretación del original es sólo una parte del proce­ so de copia visual; la etapa siguiente es la transcripción misma, el acto fí­ sico de escribir que involucraba una serie de utensilios, actitudes cor­ porales y disciplina. Para el copista monástico, el gesto de escribir era indisociable de su estado espiritual, pero si hacemos por un momento

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abstracción de ello, en un primer momento representaba un intenso tra­ b�jo man ual . Al ingresar al scriptorium y observar al copista que se dispo­ nía a escribir, le encontramos rodeado de un extenso equipo compuesto de cálamos y plumas, páginas de pergamino, tintas y adicionalmente una plana, un punzón y una punta seca para trazar guías en la página, piedra pómez para suavizar el pergamino, una lima, un diente de jabalí o un tro­ zo de marfil para borrar errores, crayón, secadores de tinta, cristales de aumento para los detalles imperceptibles y, a partir del siglo XIII, un inge­ nioso dispositivo l lamado cavil la para indicar sobre el �jemplar el lugar exacto donde está copiando. 2H Entre ellos, el cálamo y la pluma fueron sus instrumentos por excelencia. La diferencia, como serialó Isidoro de Sevil la, es que el primero proviene de un árbol y la segunda de un ave. El cálamo es un pequelio tallo vegetal que el copista preparaba seccionán­ dolo con una nav�ja para la conducción de la tinta, mientras la pluma po­ día provenir de un buitre, un pelícano, un cisne, un pato y hasta de algu­ na variedad de gallos, aunque las más apreciadas eran las plumas de ganso: "parece que la tercera y cuarta plumas del ala izquierda eran las más recomendadas, y que un volátil solo podía proveer un máximo de diez phunas". 2\l La razón es que, para un copista que no sea zurdo, la plu­ ma ha de tener una l igera curvatura natural precisamente del lado dere­ cho para que �juste con comodidad a la mano, por eso debe provenir del ala izquierda. Las plumas no debían ser demasiado flexibles y por lo tanto las recién arrancadas o las que se encontraban en la playa, se d�jaban se­ car durante semanas. El acto de escribir se iniciaba desde el tipo de corte que se hacía en el cálamo y la pluma porque éste, y la manera en que la mano empuria el instrumento, determinan el trazo de la letra y la flexibi­ lidad de la caligrafía. Durante la tarea, ambos instrumentos se desgasta­ ban rápidamente; John de Tilbury, por ejemplo, relata cómo un ama­ nuense que escribía al dictado necesitaba afilar una pluma con tanta frecuencia que tenía a la mano en tre sesenta y cien ya cortadas y prepara­ das, lo que d�ja pensar que el copista debía afilar su pluma más de setenta veces en promedio en una sesión de trab�jo.:lo La pluma requería mayor atención y sufría un desgaste más rápido, pero aun así fue más apreciada que el cálamo, sin lograr desplazarlo del todo. Tenía además la ventaja de ser más silenciosa, como lo exigían las reglas monásticas.:l i Cuando no la usaba directamente, el escriba medie\'al solía descansada sobre la onja, como lo hacen hoy muchos artesanos. Mientras escribía con el cálamo o la pluma, el monje sostenía constan­ temente un cuchillo en la mano izquierda. No había impedimento explí­ cito para que el escriba fuera zurdo, pero lo cierto es que en la simbología cristiana referida a la escritura, la mano siniestra nunca alcanzó una \'alo-


L\ TRA\'ESÍ\ llF L\ FSCRITl "RA

ración comparable a la mano derecha: "seg-ún el autor de la Regla del Maes­ tro el único camino que conduce a Dios es el de la derecha; el camino de la izquierda, más confortable, no puede sino precipitar hacia la muerte a aquel que lo elige ".32 El cuchillo en la mano izquierda fue el emblema iconográfico del escriba monástico. Fue también uno de sus instrumen­ tos más apreciados y recibió numerosos sinónimos: rultellus, sralpelum, scalprum, ranipulum. De las imágenes que invariablemente Jo muestran se ha podido extraer una cierta tipología del cuchillo, cuya variedad se ex­ plica porque era uno de Jos instrumentos más útiles: el copista hacía uso de él para afilar una y otra vez su pluma y recurría también a él porque, a diferencia de los escribas judíos, al escriba monástico sí le estaba permiti­ do corregir sus errores de escritura raspando el pergamino. El cuchillo le servía además para cortar las páginas a medida que copiaba porque, a pe­ sar de lo que sugieren muchas representaciones iconográficas, el escriba no trabajaba sobre códices, sino sobre pliegos sueltos que luego serían en­ cuadernados. Pero, si estas razones justifican la presencia del cuchil lo, en cambio no explican por qué lo mantenía constantemente en la mano. Para enten­ derlo es preciso referirse a la técnica de la escritura. En primer lugar, el cuchillo permitía al copista mantener el pergamino en con tacto firme y permanente con la tabla de escritura, cuestión importante porque la cali­ grafía sobre pergamino es una tarea físicamente más demandante que nuestra escritura sobre papel. Pero la segunda razón, más significativa, es porque el cuchillo le servía como punto de apoyo y equilibrio para la mano izquierda mientras escribía con la mano derecha separada del per­ gamino: la costumbre de mantener la ayuda del raspador, que ha perdurado lar­ go tiempo, tiene probablemente su origen en la costumbre de escribir con la mano elevada. Hoy, apoyando como nosotros lo hacemos, conce­ bimos bastante bien que la mano izquierda podría en el límite permane­ cer separada del papel r . . ] pero hasta una época tardía, la mano del es­ critor no se plantaba francamente; así, el raspador, que servía de apoyo a la mano izquierda y que al mismo tiempo daba estabilidad indispensable al pergamino, permaneció en uso constante hasta la época del Renaci­ miento.:{� .

Escribir con la mano levantada no era hábito personal, sino una cuestión técnica que se mostraba incluso en la manera en que el copista tomaba la pluma. Muchos de nosotros cogemos lápices y bolígrafos entre el extre­ mo del índice y el primer nudillo del dedo corazón , mientras presiona-

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mos con el dedo pulgar. Pero a juzgar por las ilustraciones, el copista sos­ tenía la pluma con la punta hacia abajo, entre los extremos de Jos dedos corazón e índice mientras se apoyaba fuertemente sobre el pulgar. De este modo, la pluma tocaba el pergamino mucho más verticalmente de lo que Jo hacemos hoy; la tinta parece fluir m�jor si la pluma forma un ángu­ lo recto con la superficie de escritura. Con la manera medieval de sujetar la pluma Jos dedos tienen un menor control sobre ella, pero esto no es un obstáculo para quien realiza la caligrafia con la mano separada del perga­ mino.34 Escribir con la mano levantada fue una técnica que perduró lar­ go tiempo: los tratados de enseñanza de la escritura del siglo xv aún lla­ maban mala comprehensio al pesado apoyo del antebrazo y del puño sobre el papel.35 . El material que recibía la escritura del copista monástico era normal­ mente pergamino. El papiro había caído en desuso desde el siglo IV d.C. ( en parte por sus inconvenientes cuando se pliega para formar un códi­ ce) y para el siglo VIII sólo la Cancillería papal se obstinaba en seguir escri­ biendo sobre papiro. El papel, recordémoslo, empezaría a generalizarse a partir del siglo XIII d. C. El pergamino es, como se sabe, la piel tratada de animal: ov�ja, cabra, cordero y carnero, pero en la Edad Media se aprecia­ ba particularmente el fino pergamino hecho con la piel de cabras recién nacidas o incluso abortos, llamado vellu m o vitela. 36 "En la espalda de esos animalitos se hizo descansar durante siglos el conocimiento, la fe y la me­ moria escrita de Occidente"Y El pergamino es también el mejor y el más resistente de los materiales usados en la escritura hasta hoy, al grado de que es capaz de conservar una buena condición por unos mil años. Pro­ bablemente fue el pergamino quien sugirió al copista sus ideas de eterni­ dad. Pero tenía el inconveniente de ser sumamente costoso y representaba el segundo mayor gasto en la manufactura de un l ibro, sólo superado por el costo del oro utilizado. El tamaño del pergamino dependía desde luego del tamaño del animal, pero para ciertos libros el número de pliegos necesarios era siempre considerable: "se calcula que una Biblia requería regularmente de la piel de toda una manada".38 Su costo y sus característi­ cas influían en Jos procesos de escritura de diversas maneras: primero, en el diseño de la página que aun siendo suntuosa no podía permitirse des­ perdicio; de ahí la extraordinaria "compresión" en la escritura medieval; en segundo lugar, debido a las características del pergamino, el copista iniciaba su relación con la página con un periodo de preparación más o menos largo. Aunque los monasterios eran capaces de elaborar su pro­ pio pergamino, con más frecuencia lo adquirían de artesanos fuera de sus muros. El producto venía ya terminado, pero el copista debía darle una última preparación antes de la escritura: retiraba las imperfecciones

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restantes y lo hacía más suave tallándolo con su raspador, llamado lunP­ llum, y su piedra pómez, pumex; luego, con la ayuda del punzón, punrlrr rium, de la regla, regula, y la punta seca trazaba los márgenes y las líneas guía de la escritura. Finalmente, el copista debía prestar atención al dise­ ño del libro porque siendo de origen animal, el pergamino tiene dos ca­ ras de diferente color y textura, el pelo y la piel, lo que obligaba a que en el momento de la encuadernación las páginas tuvieran el mismo acabado enfrentado, piel-piel, pelo-pelo. Aunque disponía de tinta r�ja, verde y azul, en su trab�jo el escriba uti­ lizaba sobre todo la tinta negra; eran los iluminadores quienes recurrían a las tintas de plata u oro. La elaboración de la tinta es uno de los aspectos más románticos de la tecnología medieval de escritura. Existían básica­ mente dos clases: la tinta de origen carbónico, hecha precisamente de carbón vegetal o negro de humo, mezclado con una goma, mezcla que ya era conocida en la Antigüedad clásica y que los latinos la llamaban inraus­ trum, para subrayar su negrura. La segunda era una tinta hecha con una mezcla de metal y agalla de roble, una curiosa excrecencia vegetal en for­ ma de pequeila pelota que aparece cuando una avispa pone sus huevos en un brote de árbol. Si la agalla es cortada demasiado temprano se seca como una fruta podrida, pero si la larva que hay en el interior se desarro­ lla en insecto y abandona su capullo vegetal, la agalla endurece y es rica en ácidos tánico y gálico.:l!l Las agallas machacadas eran mezcladas con sulfato de hierro que podía ser obtenido gracias a la evaporación de tie­ rras ferrosas o vertiendo ácido sulfúrico sobre clavos vit:jos, al co�junto se agregaba algo de goma arábica para hacer más espesa la preparación. Con su aplicación en el pergamino y tras el paso del tiempo esta tinta in­ crementa aún más su negrura. Además de la tinta negra, la segunda más usada por el copista era la roja: la aplicaba en las letraP notabiliores, en las grandes letras iniciales del texto, en las rúbricas ( nombre derivado justa­ mente del término latino "n�jo") insertadas en los textos litúrgico:; y para los días especialmente seii.alados en el calendario. Esta tinta se obtenía de compuestos de plomo o cinabrio. Las tintas azul y verde eran más raras y en especial esta última cayó en desuso a partir del siglo XI. Cualquier tinta era colocada en un cuerno animal, el atmmmtarium y con frecuencia se representaba a los copistas con dos cuernos que quizá contenían tin tas negra y roja al lado de su mesa. El escriba conservaba sus plumas y cála­ mos en un estuche de cuero o metal precioso, el fJennarulum o ralamaris, con lo cual obtuvo una gran movilidad, porque el estuche y el cuerno es­ taban unidos con una cadena que portaba a la cintura en un cm�junto portátil llamado srriptmium, común entre los escribas itinerantes. Entre los problemas que el escriba enfrentaba en su trab�jo, la tinta ocupaba un lu-


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gar especial: olía mal, formaba fibrosidades, tendía a secarse y en invier­ no se congelaba. La tinta fue una de las raras excepciones que las costum­ bres de Cluny admitieron respecto al ingreso en la cocina del monasterio: en invierno, el escriba podía entrar en ella para recalentar su tinta. Todo ello no impidió que la tinta, Jo mismo que los demás utensilios de escritu­ ra, recibieran del escriba el mismo cariño que Jos artesanos suelen resen­ tir ante sus instrumentos. Una serie de diminutivos aplicados a cada uno de los utensilios dejan patente ese afecto: cerula, memlYranulla, chartina, atramentariolum. Pero, esta afección tenía un límite: los instrumentos de escritura no pertenecían al mo�e, quien tenía prohibida cualquier pro­ piedad privada y aun caía en el pecado al decir cosas como talmlas meas o

graphium meum.40 Al lado de estos instrumentos, el dispositivo gráfico esencial de que se valía el copista era su tipo de escritura. Durante los siglos V1 y VII d.C. los copistas realizaron esas complejas escrituras l lamadas "precarolingias", que eran producto de la degeneración de las cursivas antiguas, cuyo ca­ rácter regional amenazaba el patrimonio común de la escritura en Occi­ dente. Pero hacia el final del siglo VIII , todas éstas habían sido remplaza­ das en los medios monásticos por la minúscula carolingia, uno de los mayores logros gráficos de Occidente y un motivo de orgullo para todos sus ejecutantes. No es necesario repetir lo que ya hemos escrito en un ca­ pítulo anterior, pero conviene tener presente que la minúscula carolin­ gia es un tipo de escritura de perfecta legibilidad, pero tiene como con­ trapartida su alejamiento de la escritura cursiva de uso corriente. La minúscula carolingia, una letra más dibujada que realmente escrita, se encuentra en sentido opuesto a una escritura de uso cotidiano porque su caligrafía exige precisión, destreza y, en consecuencia, una considera­ ble lentitud que recaía sobre los hombros del escriba. A decir verdad, el predominio de la minúscula carolingia es un aspecto más del proceso que había llevado a concentrar la manufactura de l ibros casi por comple­ to en los scriptoria de los monasterios. Debido a este monopolio, "escribir" se había convertido en sinónimo de "copiar" y el copista monástico se ha­ bía hecho sinónimo de "escritor". "Escribir" significaba reproducir una y otra vez l ibros espléndidos y deslumbrantes, que debían servir esencial­ mente de apoyo a las lecturas públicas en la vida litúrgica y pastoral. Re­ sulta comprensible que esta bella escritura, que movía a piedad a sus �je­ cutantes y que entre nosotros suscita la admiración, en cambio despertara tan poco entusiasmo fuera de los ambientes monásticos.1 1 La escritura no era un medio de expresión personal. Otras formas de encuentro entre el escritor y su página resultarían más aptas para resaltar la importancia de la innovación técnica de la escritura. En ese momento, prevalecía, la reJa-

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ción de escritura piadosa, obediente, sumisa y, sin embargo, creativa a su modo que unía al monje copista con su página de pergamino. Es pues tiempo de incluir este difícil trabajo manual en el contexto histórico y es­ piritual que le daba sentido. LA VALORACIÓ:-.1 DEL LIBRO Y DEL ESCRIBA

La actividad del escriba medieval estuvo, por supuesto, asociada al desti­ no de los monasterios y, en éstos, a la importancia que cada una de las di­ ferentes órdenes monásticas otorgaba a la escritura. Conviene, pues, te­ ner presente un panorama de conjunto. Si se dc;:ja de lado la actividad excepcional de Casiodoro, entre los siglos V y VI d. C. existieron en Europa tres grandes impulsos a la actividad de la copia: el primero provenía de los monasterios irlandeses como Bangor, Lindisfarne o lona, el cual de­ sembocó en el continente llevado por la corriente evangelizadora inspira­ da por san Colombano, a pesar de que el propósito de éste no fuese ani­ mado por las actividades literarias. A esta iniciativa, se deben cen tros de copia tan i mportantes como Corbie, San Wandrille o San Bertin. El se­ gundo gran impulso evangelizador tenía su origen en Roma y dio lugar al intento encabezado por San Agustín de evangelizar a los anglosajones. A este movimiento se debe la fundación de grandes centros de copiado en Inglaterra como Canterbury, Wearmouth y Jarrow, entre otros. Viene en tercer lugar la corriente proveniente de los anglos�jones recientemente convertidos, que eligió llevar el mens�je de Jesús a los territorios germáni­ cos. El resultado fueron los notables monasterios de Fulda, Ratisbona y Freising. Entre todos ellos destacan los monasterios benedictinos, co­ menzando por Montecasino, fundado por el propio san Benito que, con el agregado de las órdenes de Cluny y de Citeaux, representan una de las más grandes contribuciones a la escritura medieval.''� Aunque la importancia de todos estos cen tros fundados en los siglos VI y VII d.C. es indiscutible, fue con el renacimiento carolingio del siglo \'111 que se desarrollaron los mayores scrijJtoria monásticos: Ferricres, Fleury, Saint Martín de Tours, Marmontier, Saint Denis, Reicheneau y Saint Gall, entre muchos otros. La creación de la orden de Cluny, de inspiración be­ nedictina, en el 9 1 9, tr�jo consigo centros de copiado monástico de gran importancia como Cluny, Mont Saint Michel, Fécamp yJumieres. Las Cos­ tumbres de Cluny ya establecen prescripciones acerca del uso y la conserva­ ción de los libros y a esta orden se debe el primer nombramiento conocido de un bibliotecario, un monje llamado Maiolus. Cluny alcanzó su mayor desarrollo literario al inicio del siglo XII, b�jo la dirección de Pedro el Ve­ nerable, quien mostró su notable aprecio por la escritura al afirmar: "es

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más meritorio aplicar la mano a la pluma que al arado, porque ésta ali­ menta al cuerpo mientras aquella fortalece el espíritu". Algunos abades de la orden mostraron una fuerte tendencia de rechazo a la cultura clási­ ca, pero, a pesar de ello, un catálogo de la biblioteca de Cluny, de 1 1 58, contiene bien representados a Cicerón, Virgilio,.Juvenal, Ovidio, Horacio y Terencio. El espíritu de reforma que animó a Cluny creó un clima favorable a la cultura literaria. De hecho, el libro se hizo indispensable en la vida coti­ diana del monasterio y por tanto la actividad de Jos scriptoria se hizo más vigorosa. Tal espíritu cobró incluso un nuevo impulso con el nacimiento, en los siglos X y XII d.C. de nuevas órdenes monásticas cen tralizadas. Para nuestros propósitos, basta mencionar dos de esas comunidades: los mon­ jes cisterciences y los cartujos. La orden de Citeaux estaba an imada por el deseo de retornar a la Regla de san Benito bajo una forma más estricta de austeridad, lo que incluía un mayor énfasis en el trabajo manual. Los monjes cisterciences renunciaron a cualquier fundamento intelectual para su fe y se orientaron a una suerte de devoción intensamente mística, cuya figura cen tral era la Virgen María. A pesar de este ascetismo, la escri­ tura era altamente valorada: Jos útiles de escritura se encontraban entre los instrumentos más importantes de los monjes, y los escribas de la or­ den, que desarrollaban su trabajo en una larga habitación dividida en cu­ bículos, fueron liberados de cualquier tipo de trabajo agrícola, excepto en periodo de recolección. Los manuscritos cisterciences son reconoci­ bles por su claridad y su caligrafía escasamente decorada, en concordan­ cia con el deseo de rechazar cualquier ornamento en la celebración de la liturgia. Esos manuscritos simbolizan a la perfección el ascetismo de la or­ den y su estructura fuertemente cen tralizada que permitió establecer una notable uniformidad en sus obras.43 Por su parte, la orden de Charteaux fue fundada en l 084, b�jo un estilo de vida aún más austero, pero su es­ tricto voto de silencio, que impedía a sus miembros convertirse en predi­ cadores o maestros, únicamente sirvió para incrementar su celo de comu­ nicarse mediante la palabra escrita. El primer Prior, Guido, estableció en el capítulo 28 de su Regla: "Puesto que no podemos expresar la palabra de Dios con nuestras bocas, deseamos hacerlo con nuestras manos. Cada li­ bro que nosotros escribimos es un heraldo de la Verdad".44 Su celo fue inigualable. Sus Consuetudines indicaban que Jos novicios que no sabían escribir debían ser educados y provistos de los instrumentos de escritura necesarios; otorgaban al sacristán la facultad de determinar cuáles libros debían ser leídos y copiados; permitían el acceso a la biblioteca común y aun liberaban de la estricta obligación de silencio a Jos monjes dedicados a la copia y la encuadernación de libros. Como ya se ha señalado, los car-

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n�jos trabajaban en completa soledad en sus celdas individuales.45 La producción de las órdenes de Citeaux y de Charteaux se encuentra en­ tre los grandes monumentos del libro monástico; sin embargo, el siglo XII representa ya un periodo de transición y un límite de nuestra investi­ gación, porque la producción de libros, concentrada hasta entonces ex­ clusivamente en los scriptoria monásticos, empezó a ser desafiada por el trabajo de los escribas profesionales laicos, al servicio de las universida­ des, externos al monasterio. Fue en esa extensa área geográfica, en un arco de tiempo que duró al menos siete siglos, donde se realizaba el encuen tro del copista monástico con su página. En su actitud, sus gestos y sus preocupaciones, esta "rela­ ción de escritura" refl�jaba cambios profundos en la realización y en los fines asignados a la página escrita. La belleza misma de la página se de­ bía, por una parte, a que el libro se había convertido en un custodio sa­ grado de símbolos y, por la otra, a una situación extraordinaria ( que no ha vuelto a repetirse en la historia del libro) de la coincidencia de su pro­ ductor y su propietario, dentro de una única comunidad espiritual. La atención y el cuidado excepcionales aportados a cada página se debían a que el libro pasaría a formar parte del patrimonio del monasterio o de la iglesia de Cristo. Los libros se habían convertido en bienes tan aprecia­ dos como los suntuosos vestidos y utensilios de las ceremon ias litúrgicas. Los monjes estaban dispuestos a importantes sacrificios por ellos, como el de aquel prior de Voran que, en 1 237, para rescatar algunos libros de las llamas de la biblioteca, pereció él mismo.46 Tal entrega espiritual y físi­ ca se explica sin duda por las transformaciones que la escritura y el libro habían sufrido con la irrupción de la civilización cristiana. Aunque estas alteraciones se expresaron en diversos planos, dos de ellos serán nuestro punto de partida y se refieren a la sacralización del libro y a la concep­ ción alegórica de la letra y del alfabeto. Ambos parecen tener como telón de fondo la separación entre una elite altamente cultivada en las prácti­ . cas del texto y la masa de iletrados que recibía la doctrina de manera ver­ bal en la prédica o en la liturgia, pero por ahora n uestro interés se concentra en la manera en que ellas contribuyeron a modelar los instru­ mentos y los actos del copista. El cristianismo comparte con otras religiones la concepción de la exis­ tencia de un Libro sagrado y la idea de que la escritura es conductora de valores divinos. La palabra de Dios, transmitida a los hombres a través de las Escrituras condujo al cristianismo naciente a una sacralización de los textos que no sólo incluyó a la Biblia, sino a muchos otros libros en los que el dedo divino había señalado Su voluntad expresa. En algunos m o­ mentos, esta noción adquirió formas práctica<;, como la costumbre de

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rendir culto al Libro, desplegando en el altar a las Escrituras, solas y abier­ tas para adoración del creyente. En Canterbury, por c::j emplo, se ha con­ servado un evangelario que perteneció a Agustín; hasta muy avanzada la Edad Media no estaba guardado en la biblioteca de la Christ Church, sino expuesto en la mesa del altar, como parte de la decoración de la iglesia, lo m ismo que un relicario o una cruz.47 Probablemente, la idea del libro como objeto de veneración era una herencia recibida de sus anteceden­ tes judíos, pero de cualquier modo tenía marcadas diferencias con la con­ cepción clásica, para la cual el libro era fundamentalmente un útil para la transmisión de la cultura. Sería imposible encontrar en el mundo clásico un equivalente a esas representaciones de la crucifixión, en la que el dis­ cÍpulo preferido del Señor se encuentra al pie de la cruz, transido de do­ lor, sosten iendo un libro entre las manos.4H Ante todo, porque en el mun­ do clásico ningún libro se encontraba en el centro de todos los actos de la vida. En la Antigüedad, especialmente en Roma, el libro estaba asociado a un grupo específico, educado y relativamente extenso. Esta clase, que d�jaba en manos serviles la escritura del libro, usaba de éste como medio de difusión de las ideas a través de la lectura en voz alta, dentro de las cos­ tumbres retóricas que formaban parte del ejercicio del poder político. Pero justo por su origen y su función utilitaria, la anotación escrita no re­ cibía un valor específico en sí misma, ni como forma, n i como materia. La diferencia que separa las concepciones pagana y cristiana del libro es per­ ceptible, por c::j emplo, en la importancia que cada una otorga a la ilustra­ ción: a diferencia de las magníficas páginas monásticas iluminadas, que son alegorías destinadas a provocar el asombro y la retención en la me­ moria, la imagen en el libro pagano tenía un fin más práctico y un rol li­ m itado: el dib�jo, más sencillo, servía para ilustrar lo escrito, como en los libros científicos, o bien como ayuda a la orientación del lector en el ma­ nuscrito, una especie de compensación a la ausencia de índices, descono­ cidos en la Antigüedad.49 Con la desaparición de las clases sociales que habían preservado el le­ gado clásico, esta concepción utilitaria del libro y la escritura desapareció también. Gradualmente se i mpuso más piadosa que literaria, más alegóri­ ca que letrada, más orien tada a leer para salvar el alma que para difundir el conocimiento o la poesía. Para el cristianismo, no había diferencia en­ tre el libro como un instrumento de comunicación y el mensaje divino que transmitía: el libro era la forma material de la fuente de la fe; no sólo contenía el texto del Evangelio, sino que era el Evangelio m ismo. Era esta tendencia la que traía consigo una idea sacralizada del libro y metafórica de la lectura: su predominio se hizo definitivo cuando en la organización interna de los monasterios prevaleció el proyecto de san Benito y no el de

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Casidoro, de manera que aquéllos se convirtieron en comun idades de hombres y m ujeres dedicados a la plegaria y el trabajo manual, en los que la lectura estaba concentrada en unas cuantas reglas monásticas y obras edificantes, mientras la escritura no ocupaba ningún lugar especial. Se ha podido mostrar incluso que la gradual sacralización del libro tiene un re­ flejo en el plano iconográfico. En efecto, durante los siglos IV al VI d.C., los evangelistas suelen ser representados llevando en la mano un libro abier­ to en el que la escritura, claramente perceptible, sugiere la lectura. Pero, a partir del siglo VII y claramente en el siglo VIII el libro que sostienen los evangelistas, que es enorme, está siempre cerrado, posee una rica encua­ dernación que es exhibida con detalle y es llevado por el personaje con marcado respeto y reverencia: "siguiendo la lógica del proceso, el libro ha sido transformado de un instrumento abierto a la lectura y la escritu­ ra, a un objeto no destinado al uso directo y por tanto cerrado".50 Natu­ ralmente, esta concepción del libro fue llevada al extremo en el medio monástico. El libro se convirtió en un objeto monumental, de gran for­ mato, dificil de manejar y que exigía condiciones especiales para ser co­ piado, y aun para ser leído. A la importancia del libro como soporte legible de la voz se agregaba que era un objeto de veneración, como salva­ guarda de los misterios que contenía. El libro en el monasterio debía ser legible pero también hierático y monumental, porque su sola presencia de­ bía suscitar la reverencia e invitar a la genuflexión: "envuelto en un aura li­ túrgica, dotado con frecuencia de poderes taumatúrgicos, con su pura belleza visible, el libro apunta hacia lo invisible; la preciosidad de su ma­ nufactura anticipa su contenido sagrado, el cual no habrá de ser leído sino escuchado".51 La función esencial del libro sería su participación mediante la lectu­ ra en voz alta en ceremonias litúrgicas, las que ya hemos descrito previa­ mente . El monje copista lo sabía, obteniendo la convicció� de que a él le correspondía esa misma plegaria pero no hecha públicamente con los labios, sino en privado, escribiendo en silencio. A eso se refería Pedro el Venerable al llamar al libro monástico "una prédica muda".5� La mano que escribía era ante todo un instrumento de salvación y, por tanto, el acto de escritura resultaba cargado de un intenso valor moral y espiritual. En la página, quedaba concentrada toda una serie de tensiones ascéticas: el copista pedía al libro que fuera la prueba de su "santa fatiga", en él te­ nía que ser descifrado además el progreso moral de quien lo había escri­ to, lo mismo que su esfuerzo por perfeccionar sus signos, desprendiéndo­ se de ese modo de los errores y pecados que había cometido. De ahí proviene la frecuencia con la que aparecen las historias de salvación del escriba debido a su realización de un manuscrito. Todos los copistas co-

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nocían la historia que le había sido narrada a Orderic Vital por Teodorico, primer abad de Saint Evreul, de ese mo�je que, para remediar la enorme can tidad de pecados que había cometido, se había impuesto como peni­ tencia la transcripción de un grueso volumen de la Santa Escritura. En el momento de su muerte, su alma fue conducida hasta el .Juez Supremo; los diablos la reclamaron invocando sus frecuentes infidelidades, pero los ángeles presentaron a Dios su libro para desarmarlos. Fue necesario con­ tar las letras que el desdichado había copiado. Para su fortuna, el número . era superior en una unidad al número de sus faltas; una sola letra que hu­ biese sido omitida y su alma estaría perdida: "no fue enviado al ciclo ( por­ que esa conclusión hubiese sido un tanto inmoral ) , pero fue enviado nuevamente a la Tierra para darle tiempo a corregir su vida".:;:l Í ntimamente ligada a la sacralización del libro estaba la alegoría de la letra y toda la serie de significados intrínsecos y oscuros que en ella podí­ an sospecharse ocultos. El escriba había aprendido a reconocer a la letra como unidad específica a partir de los antiguos manuales de gramática. Desde Donato, la gramática tradicional había definido a la letra corno la unidad gráfica y fonética dotada de tres propiedades: su forma, figura, su nombre, nomen y su referente fonético, potestas. Aunque en esta defini­ ción resultan mezclados elementos fonéticos con elementos gráficos, no resultaba difícil derivar de ahí una idea gráfica independiente, como en esta definición ofrecida por Prisciano: "una letra es un signo de un ele­ mento o la imagen de la palabra letrada, que puede ser reconocida por la calidad y la cantidad de rasgos de su figura". 54 N ingún elemento externo al análisis gramatical participa en esta definición que de inmediato podía ser ligada al problema de la legibilidad: "de una letra se dice que es casi le­ gitera, porque sugiere un camino a la lectura".s'' Pero en los scriptoria mo­ násticos, esta definición gramatical coexistía con la apreciación simbólica y metafórica de la letra, que había sido desarrollada por el cristianismo de manera autónoma y casi opuesta a la tradición gramatical, la cual quizá provenía de la herencia judía, en la que cada letra del alfabeto hebreo tie­ ne una significación simbólica precisa. É sta formaba parte de la valora­ ción mística de la escritura que se había desarrollado desde Pitágoras y que acabó por convertirse en una constante de la cultura textual cristia­ na. Un ejemplo lo ofrecen tanto Isidoro de Sevilla como Vicente de Beau­ vais, quienes veían en la letra Y, además de un signo gráfico, un resumen de la vida humana y de las elecciones morales que en ésta deben realizar­ se: "su trazo vertical corresponde a la edad incierta que no distingue en­ tre el bien y el mal. La cruz que la culmina representa a la adolescencia confrontada a dos direcciones divergentes señaladas por los rasgos obli­ cuos de los cuales el lado derecho es más difícil pero conduce a la beati-

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tud celeste, m ientras el lado izquierdo conduce a la muerte eterna".'"; La letra no era la única entidad gráfica que recibía esa carga simbólica: un caso adicional son los llamados nomina sacra, unos esquemas abreviativos con los que los primeros cristianos se refieren a la divinidad. Existen di­ versos tipos de abreviaturas, pero Jos nomina sacra consisten en compri­ mir el inicio, el fin y a veces un signo intermedio de la palabra, a lo que se agrega una barra vertical encima del signo obten ido. Originalmente se referían a Dios en sentido genérico, DS deus, IHS Jesús, XPS Christus, SPS �piritus, tenían un valor equivalente al de un o�jeto sagrado como las reli­ quias y poseían virtudes de amuleto, por lo que los creyentes los llevaban consigo. Ellos tenían su origen en la traducción al griego del Antiguo Testamento conocida como La Stptuaginta, en la que los escribas judíos encontraban problemas para representar gráficamente el prohibido nombre de Yahvé.'' 7 La solución que adoptaron consistió en usar el pri­ mero y el último signo de la palabra "Dios" en griego, THC, hábito que pasó a los cristianos. Los nomina sacra extendieron su uso de los nombres de la divinidad, primero al reino de lo sobrenatural, pero después se am­ pliaron a la jerarquía eclesiástica: tps (tpisr:opus), pbr (presbiter), y posterior­ mente alcanzaron incluso los nombres en los escritos profanos. Por ello están asociados al complejo sistema de abreviaturas característico de la eS'­ critura medievaJ.5H En breve, el copista se aproximaba a la página, here­ dero de esta apreciación alegórica de la letra. Para él, cada letra no era sólo una representación gráfica, sino también una señal en el camino de perfección, cuyo significado era aprehensible ascética o místicamente, pero siempre estaba situada más allá de su expresión visual. Además del temor reverente que resentía al escribir el nombre divino sobre el perga­ mino, el sistema de los nomina sacra confería al escriba una potencia parti­ cular. Y fue esta herencia recibida del pitagorismo y del judaísmo acerca del valor simbólico y sagrado de Jos signos del alfabeto la que prevaleció sobre la tradición gramatical. Cualquier reflexión posible sobre el acto de escribir perdió importancia y quedó sumergida por el interés en las metá­ foras e historias ocultas en el alfabeto.''9 La apreciación de la escritura y del escriba quedó envuelta en aquella concepción. Por un lado, podía resultar más importante el valor simbóli­ co de lo escrito que el acto de escribirlo, el cual quedaba devaluado a un simple trabajo manual y, en consecuencia, tan poco reconocido como cuando era realizado por los amanuenses serviles de la Antigüedad. Pero por otra parte, el copista era el transmisor textual del mens�je di-.i no y re­ alizaba una labor meritoria e indispensable en el cumplimiento de los propósitos de Dios. El resultado era una evaluación ambigua: el copista era a la vez un combatiente del Señor, lo mismo que un sencillo trab�ja-

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dor manual sin relieve. Acerquémonos a cada uno de estos aspectos del acto de escritura. En tanto que miembro de un monasterio, la escritura era para el mon­ je una de las formas de cumplir con el trabajo manual ordenado por la Re­ gla de san Benito. Siendo un deber, escribir no fue nunca una elección per­ sonal: el derecho a seleccionar a los escribas recaía únicamente en el abad, quien si lo deseaba podía anunciar su decisión a la comunidad en la reunión capitular. :'-Jingún monje que hubiese sido designado podía rehu­ sarse, no era posible intercambiar con otro la tarea asignada y nadie podía escribir o iluminar un libro, grande o pequeño, sin el permiso del prelado y esto "sólo en el caso de que sea requerido para el uso del monasterio".60 La rebeldía era, por supuesto, o�jeto de sanciones. Los cartt�jos, por �jem­ plo, idearon castigar a los indóciles privándolos del vino en la comidas.61 A decir verdad, la escritura tenía antecedentes ambiguos en el medio mo­ nástico. En el principio eran humildes: el monaquismo original no era ilustrado y contenía incluso un rechazo al libro como forma de resistir a la cultura clásica. En la experiencia monástica de la Antigüedad tardía, la es­ critura fue un trabajo material, incluso un simple medio para ganarse la vida en algunos anacoretas, concepción que prevaleció en la vida cenobí­ tica, de san Pacomio a san Benito.62 Más tarde la situación cambió: gran­ des nombres de la vida monástica ejercieron el oficio de escribas, como san Jerónimo, san Hilario, san Fulgencio, san Colombano, san Cesáreo o san Eloy, y muchos recomendaron la copia de libros como una de las ocu­ paciones convenientes para la vida cenobítica. De este modo, para el monje común, la escritura se convirtió en una disciplina, es decir, una de las formas de sumisión a Dios, en la que se expresaba su docilidad espiri­ tual. Como en toda disciplina, las condiciones de trab�jo eran duras: el horario era largo y correspondía únicamente al abad f1jar las horas en las que el srriptorium era abierto y cerrado. En verano el trabajo era agobian­ te, pero en in'<ierno era peor, pues el copista solía tener las manos entumi­ das y su nariz fluía con frecuencia. Los copistas d�jaron en los colofones huella del esfuerzo que ello significaba: "San Patricio de Armagh, líbrame de escribir"; "Gracias a Dios, pronto estará oscuro"; "el dorso se inclina, los costados se hunden en el vientre y todo malestar ataca al cuerpo".6:� Era pues normal que no siempre coincidiera la voluntad con el acto de escri­ bir: en un manuscrito del siglo IX <jecutado en Lorsch, un monje llamado Jacob estampó su firma; otra mano agregó que éste había escrito una par­ te contra su voluntad, portando una cadena en los pies, como lo merecen los vagos que están siempre dispuestos a escapar.64 En el srriptorium, lo mismo que en todo el monasterio reinaba el silen­ cio, que era una regla estricta dondequiera que se leyera o se escribiera. A

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fin de prevenir el ruido y las molestias, ningún escriba tenía permitido abandonar el lugar duran te las horas de trab�jo sin autorización supe­ rior y, únicamente el abad, el prior, el subprior y el bibliotecario podían ingresar en el taller de escritura. Ello agregaba dureza a una faena que normalmente era monótona y fatigante. Hasta el siglo \'1 1 1 d.C. la técnica de lectura entorpeció este propósito, porque los monjes estaban habi­ tuados a vocalizar en voz b�ja lo que leían y es probable que los copistas se dictaran a sí mismos, murmurando, lo que veían en el <�jemplar. Cuando la separación entre palabras y una puntuación sistemática per­ mitieron la lectura sin vocalización, el sigilo pudo reinar absoluto, por eso Pedro el Ven erable podía alabar a los escribas benedicti nos quienes, sin abrir la boca ni violar la regla de si lencio, difundían la palabra de Dios copiando textos.65 Los escribas irlandeses solían intercambiar no­ tas para no romper la regla de silencio y quizá para evadir el hastío, pero para reducir incluso esa proliferación de notas superfluas se creó un lenguaje de signos cuya descripción se conserva en las Costumbres del mo­

nasterio de Martene: aquel que requería un libro debía extender las manos y hacer un movi­ miento como si pasara las tH�jas de un libro. Si deseaba un misal debía realizar un movimiento similar agregando el signo de la cruz sobre la frente; para solicitar un antifé:mario, además del signo usual debía poner el dedo pulgar de una mano contra el dedo meñique de la otra; por un capitulario debía hacer el signo general y elevar hacia el cielo las manos entrelazadas; para un salterio, además del signo común debía colocar las manos sobre la cabeza formando una corona. Cuando se requería un li­ bro pagano debía hacerse el signo usual y luego rascarse la ort:ja a la ma­ nera de los perros, porque los infieles no son injustamente comparados con tales criaturas. titi

Sin embargo, el copista monástico supo elevarse sobre su modesta con­ dición original hasta obtener una alta estima que se refl�ja en la aprecia­ ción de su lugar de trabajo, de la importancia de la página correctamente escrita, y de él mismo. En efecto, en los monasterios se creó el hábito de que el abad en persona inaugurara el scriptorium en una ceremonia S(}­ lemne, colocando en el umbral una leyenda que indicaba la relevancia del sitio: "Es una tarea sagrada copiar la Ley de Dios -escribió Rabanus �aurus en el monasterio de Fulda-. Es una tarea piadosa, inigualada en mérito por cualquier otra tarea que el hombre pueda realizar. Porque los dedos se alegran escribiendo, los ojos viendo y la mente examinando las palabras mismas de Dios".67 El aprecio del lugar de trab�jo estaba sin

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SFRCIO Pt.REZ CoRTF.S

duda asociado con una creciente valoración de la obra misma provocado por la belleza y la corrección de la caligrafia y el simbolismo profundo que ésta poseía: "Las letras doradas sobre las páginas púrpuras prometen los reinos celestiales y las alegrías del cielo al esparcir la divina sangre. Los preceptos divinos, decorados con el color de las rosas demuestran que los dones de los mártires pueden ser aceptados".6H Resultaba pues natural que tal valoración se extendiera hasta quien realizaba la escritura. A decir verdad, la estima era indispensable para crear en el copista el estado de espíritu capaz de hacer frente a su extenuante tarea. Para ello se crearon varios incentivos: se alentó su piedad ofreciéndole recompensas y �jern­ plos celestiales. Richard de Bury, por �jernplo, lo enalteció recordando que el Salvador mismo ejerció el oficio de escriba, refiriéndose a aquella única escena de los Evangelios en la que Juan presenta ajesucristo escri­ biendo en la arena con la punta del dedo: "Grandeza singular de la escri­ tura [ . . . ] por la cual el pecho del Señor se inclina humildemente, por la cual el dedo de Dios acepta servir de plurna".69 En el escriba, la piedad se fomentaba además por la confianza de que los santos le observaban mien tras estaba reclinado sobre su pergamino, lo que creaba en él la es­ peranza de alcanzar una recompensa. Diversas leyendas le hacían saber que su esperanza no era vana, corno aquella de un escriba que, en tiem­ pos de san Luis, había adoptado el hábito de poner especial cuidado al es­ cribir el nombre de la santa Virgen, besándolo tiernamente en cada co­ pia. Cuando se encontraba a punto de morir, al recibir los Santos Sacramentos, un hermano percibió a la Virgen en la cabecera diciendo: "no ternas hijo mío; puesto que tú has mostrado tan alto celo al honrar mi nombre, yo he hecho escribir el tuyo en el libro de la vida", y dicho esto, "el alma del religioso pareció elevarse a las alturas".70 Al copista se le con­ cedía un vínculo especial con la divinidad y, debido al valor de su trab�jo, con frecuencia se le representó ofreciendo su obra a un santo o bien al inicio de una cadena que podía llegar a la cumbre más alta: un sacramen­ tario �jecutado en Hornbach en el siglo X d.C. tiene cuatro miniaturas acompañadas de leyendas versificadas que representan al escriba Ebur­ nant ofreciendo su libro al abad Adalberto, quien a su vez lo entrega a san Pirrninius, patrón del monasterio, de cuyas manos pasa a san Pedro quien finalmente lo entrega en hornen�je al Señor. 71 En un plano más terrenal, el escriba consideraba que, corno recompensa, tenía derecho a las plega­ rias de aquellos que, leyendo, obtienen beneficios de su fatiga, y lo recla­ ma: "Ruega pues, mi hermano, tú que lees este libro, ruega por el pobre Raoul, servidor de Dios, que lo ha transcrito con su mano, entero, en el claustro de Saint Aignan ". 72 En breve, a pesar de ciertos obstáculos, el co­ pista monástico alcanzó un verdadero reconocimiento.

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L� TRAHSÍA llE lA ESCRITL'R�

Tal estimación podía expresarse en un plano más práctico: en I rlanda, en los siglos V1I y V1 I I d.C., la pena por matar a un escriba era de la misma magnitud que por matar a un obispo o a un abad.73 En Escocia era un ho­ nor agregar al nombre de un obispo el título de escriba, y una de las ma­ yores marcas de santidad que Adaman encontraba en san Colombano era su excelencia al escribir. Gradual mente, al lado de sus muestras de can­ sancio, los escribas d�jaron claras seilas de una creciente autoestima por su arte, por sus logros en la legibilidad y por la convicción de que existía un nexo en tre su escrito, el mensaje sagrado que contiene y la caligrafía y la ornamentación que lo proclaman. Aunque la prudencia aconsejaba ser precavido para prevenir el posible pecado que su arte podía fácilmen­ te suscitar, el orgullo del escriba era fundado. Y no sólo por la belleza de su obra individual, sino por el papel que, de manera colectiva, desempe­ ñaron en la preservación de la herencia cultural de Occidente. Todos ellos participaron, aunque algunos no tuvieran clara conciencia de ello, en un proceso colectivo y anónimo, del que aun el escriba más humilde formaba parte. Ellos no fueron los transmisores orales de la tradición, a la manera de los poetas o los bardos, pero fueron los agentes literarios de esa misma tradición, pues dieron solución a un complejo problema técni­ co adyacente: ¿cómo crear páginas legibles, correctas y homogéneas den­ tro de la cultura manuscrita? El acto flsico de escribir era realizado por cada uno, pero el valor individual dependía de la experiencia colectiva que también se hacía visible en su relación con la página. Para percibirlo, es preciso observar los nexos existentes en tre el escriba individual y el conjunto de los escribas, como un ordo. Alrededor de 1 097, Goderan nus y su ayudante Ernesto, mor�jes bene­ dictinos, concluyeron la magnífica Biblia de Stavelot que ambos habían cal igrafiado, iluminado y encuadernado . . . pero habían requerido cuatro años de trab�jo. 74 Proezas individuales sem�jantes eran posibles y, cuando ocurría, el copista se complacía en hacerlo saber, como É tienne, monje de Reims, quien en un libro señala que ha escrito desde el principio hasta el fin. Pero se comprende que con mucha más frecuencia la reproduc­ ción de un libro fuese una obra colectiva, lo que imponía cierta organiza­ ción . Un libro manuscrito de dimensiones regulares debía ser planeado, distribuido y vigilado como obra compartida entre los miembros del scrip­ torium. La dirección del trabajo raras veces recaía en un dignatario tan alto como Lupus en Ferrieres, Hartmut en San Gall o Alcuino en Tours; esa coordinación incumbía más bien a un oficial especial, el biblioteca­ rio, armarius, llamado así porque tenía el cargo adicional de preservar y almacenar los libr:os que eran con servados en un mueble del mismo nom­ bre. En un capítulo anterior lo encon tramos en su función de responsa-

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ble de los libros de la congregación . Se trataba también del jefe del taller de escritura, un copista experimentado. El armarius tenía diversas obliga­ ciones, entre las cuales estaba la de agregar a la página la puntuación que aseguraba la regularidad de la lectura o del canto, de modo que con fre­ cuencia hacía también el papel de chantre o maestro del coro. En el mo­ nasterio de San Víctor, en París, por �jemplo, los escribas estaban bajo la dirección del chantre, quien puntuaba los libros litúrgicos, corregía los manuscritos producidos en la abadía y aseguraba su clasificación: era pues, simultáneamente, arrnarius, chantre, archivista yjek de escribas. El arrnarius planeaba el manuscrito, establecía los títulos y preveía el lugar para las iluminaciones y las rúbricas. En tregaba a cada copista un ruaternio y se aseguraba de un perfecto ensambl�je del conjunto ( por eso al final de ciertas páginas pueden aparecer algunas líneas en blanco o, por el contrario, renglones comprim idos y encimados) . Desde luego, él prefería que el copista reprodt�jera exactamente la página que tenía en­ frente, pero el fórmato y la caligrafía del nuevo manuscrito podían impe­ dirlo. En algunas ocasiones, el jeft� del scriptorium señalaba en la porción b�ja del cuaternio la parte que correspondía a cada copista, pero no con el fin de dar a conocer estos nombres a la posteridad, sino para verificar la (:jecución del trab�jo encomendado a cada uno. Muchos de esos nom­ bres no han llegado hasta nosotros porque eran cortados o destruidos posteriormente por el encuadernador. El número de copistas b�jo las ór­ denes del armarius era muy variable: los scriptoria de cierta importancia, a partir del siglo VII I , disponían de entre siete y doce l ugares de trab�jo, pero el número de lugares no necesariamente refl�ja el número de escri­ bas disponible en el monasterio, porque era usual que un copista reem­ plazara a otro, incluso en la misma jornada. Cuando el �jemplar a copiar lo permi tía, el trab�jo era distribuido entre varios copistas que trabajaban simultáneamente; cuando el �jemplar era un libro encuadernado perte­ neciente a otra biblioteca, cada escriba trabajaba por turnos y era reem­ plazado por otro. Si hubiese de establecerse una media, podría decirse que en un manuscrito de tipo medio participaban entre tres y cinco escri­ bas, aunque los paleógrafos han llegado a reconocer la participación de hasta veinte manos diferentes, como en el manuscrito llamado Fugifr pius. í:, La obra que resultaba era en sentido estricto colectiva, porque nor­ malmente ningún copista había conocido el texto completo, cuya unidad sería percibida únicamente por el futuro lector. Los escribas se distinguían por su experiencia en el arte. Los más ma­ duros y m�jor entrenados en la caligrafía eran llamados antiquarii, mien­ tras se l lamaba scriptores o librarii a los novicios, los alumnos de la escuela u otros mm�jes. Todos ellos eran indispensables porque además de libros

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L\ ·¡ RAVESÍA Ut: lA t.S< :RI n·RA

preciosos, en el sr:riptorium se hacían trabajos menores, como los registros de propiedad de iglesias y monasterios, la correspondencia de los miem­ bros destacados, los inventarios, los catálogos y las ocasionales obras dicta­ das por los prelados. Aunque la formación del escriba es un aspecto cen­ tral en la producción de manuscritos, se conoce poco de la manera en que el copista monástico la obtenía. Naturalmente, la madurez era pro­ ducto de la experiencia, pero los inicios de su carrera son más difíciles de precisar. El "descubrimiento" del futuro escriba se realizaba durante su noviciado. No siempre significaba una buena evaluación de sus capacida­ des: Ekkehardus, abad de San Gall, por <:iemplo, solía enviar a la escritura o la preparación del pergamino a los menos capaces en los estudios litera­ rios. in La preparación caligráfica del escriba no provenía de la escuela elemental, porque en ésta los rudimentos de la escritura eran practicados sobre tablillas de cera, tomando dictado o copiando modelos con el esti­ lete en la mano, una técnica que no parece haber sufrido n ingún cambio desde la Antigüedad clásica hasta el siglo XII d.c. n Además, comparada con la lectura, la escritura suscitaba poco interés y eran francamente esca­ sos los manuales como el de Bertcandus, sr:riptor regis, quien había estudia­ do la letra uncia!, de la cual había definido las propiedades. La formación del escriba monástico debía realizarse, pues, en el scriptorium, median te la copia de modelos ejecutados por el jefe del taller o por calígrafos experi­ mentados. El armarius, u otro calígrafo experto, iniciaba la escritura de la página realizando unas cuan tas líneas sobre el pergamino, o bien dise­ ñando modelos que los demás seguirían en su momento. El armarius mis­ mo era un scriptory probablemente consideraba que fallaría a su deber si no t:iercía el oficio de copista; por tanto, solía c::j ecutar algunas páginas o algunas líneas para luego abandonar la tarea a sus discípulos. De este modo, se ha encontrado la mano de Hartrnut en los manuscritos de san Gall, en los que su escritura alterna con la de los escribas que trabajaban bajo su dirección. El joven copista se consideraba a sí mismo un discípulo y en algún colofón mencionaba a su maestro dedicándole su trabajo, agradeciéndole las lecciones que le habían permitido realizarlo. Era, a través de esos ejercicios del maestro, que el alumno copiaba e imitaba, que se constituían los equipos de escribas formados en una técnica co­ mún y que se establecía una tradición del taller de escritura. En el scriptorium, el escriba encon traba normalmente a sus colegas del monasterio especializados en diversas funciones como rubricators, minia­ tors, illuminators, pero podía encontrar también escribas laicos contrata­ dos cuando la demanda de libros era muy grande, o bien escribas itine­ rantes provenientes de monasterios a veces muy lejanos. Los primeros no vivían en el monasterio de manera permanente y raras veces se les pedía

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que transcribieran libros sagrados; los segundos estaban de paso, trans­ portando o copiando algún libro. Estos peregrinos eran con frecuencia gente de I rlanda, Bretaña o Galia, en menor número, de España, I talia o Grecia, pero todos ellos eran i mportantes porque solían ser atraídos por el prestigio del scriptorium o de alguno de sus calígrafos. La escritura que aprendían y los modelos que llevarían consigo se difundirían tan lejos como alcanzara su vi�je. Por este proceso de apariencia insign ificante se relacionaban los scriptoria más distantes y se generalizaba la experiencia mediante el préstamo recíproco de técnicas, estilo ornamen tal y abrevia­ turas, y provocaba lentamente la aparición de una comunidad caligráfica más homogénea. De este modo, se desarrollaban y se extendían las escue­ las y es este mismo procedimiento el que se encuentra en la base de la am­ plia difusión de la minúscula carolingia en la que participaron tan to los manuscritos de san Martín de Tours como la escuela palatina mediante el envío de ejemplares de la nueva escritura. La instrucción de un escriba exigía disciplina individual y colectiva. En el plano i ndividual, ello requirió de un vínculo intenso en tre la disci­ plina monástica y la disciplina del copista. La asociación era relativamente sencilla, porque la faena era penosa y fácilmente asociada con la sumisión colectiva. Además, era incentivado por una piedad ardiente mantenida por numerosas leyendas acerca de la presencia a su lado de los santos, de la Virgen y aun de su Divino HUo. Si el vínculo se lograba, en el momento de in iciar su tarea, el escriba mostraba cierta disposición de espíritu que incluía la paz del alma, la toma de conciencia de que el mundo aquí abajo es una tierra de exilio, y una reflexión sobre la precariedad de la vida con­ trastada con la eternidad de su obra. Los copistas anglos�jones reflejaban ese estado de ánimo i niciando su trabajo diario con la inscripción de una plegaria como "Dios bendiga hoy el trab�jo de mi mano", en los márge­ nes del manuscrito. La disciplina colectiva, por su parte, siguió los pasos de la consolidación del scriptorium. En la Europa continental, existe una clara separación entre el periodo que antecede y el que sigue a la refor­ ma carolingia del siglo VIII. Los paleógrafos aceptan en general que los manuscritos de los siglos VI y VIl d.C. manifiestan gráficamente la inexpe­ riencia de los escribas que los produjeron: además de una relativa inha­ bilidad caligráfica, es perceptible la ausencia de un estilo propio al scrip­ torium al que pertenecen y la pobre coordinación que logran con el trabajo de otros escribas, todo ello man ifiesto en el aspecto físico del l i­ bro que realizan . Suelen i ncluso faltar las líneas que el maestro ofrecía como �jemplo. En ese momento, la formación del escriba parece resul­ tar más bien de una laboriosa autoeducación a medida que realizaba el manuscrito: "Frecuentemente debió faltar una guía o modelo y el traba-

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jo de escritura ocurría en el más completo desorden , abandonado a la habilidad y la iniciativa de los escribas, algunas veces jóvenes y hasta muy jóvenes, quienes fueron alfabetizados, pero no técnicamente formados para una escritura formai".7H Para alcanzar un mayor nivel técnico colectivo fue necesaria la conjun­ ción de varios procesos, entre los que participa sin duda la Admonitio Gene­ ralis, de 789, expedida por Carlomagno, la cual establecía directrices pre­ cisas para la copia y corrección de libros y para su elaboración, reservada exclusivamente a los adultos. La Admonitio preveía además una mayor es­ pecialización individual y diferenciaba las funciones que los monjes cum­ plían ante los libros entre quienes los leían , los que los escribían y los que los in terpretaban cantando. Sin duda, resultó también importante la for­ mación en la Corte de un grupo muy selecto de calígrafos cuyo rol fue la creación de modelos para imitar. El escriba medio mejoró su formación, además, a través de tratados especialmente dirigidos a su oficio, como el De ortographia de Alcuino. A partir de entonces, en su preparación se in­ cluyó la habilidad de �jecutar diversos tipos de letras sobre pedido y la ca­ pacidad de trab�jar coordinadamente b�jo la supervisión de un maestro. Finalmente, el copista valoró de otro modo su propio trab�jo cuando se percibió como miembro de un ordo, es decir, de un grupo consciente de que poseía una preparación gráfica, gramatical y ortográfica propia e irremplazable. El resultado de estos procesos fue una sintonía tal entre los escribas que en Montecasino, en el siglo XI, ninguno de ellos realizaba una rúbrica propia, signo de que poseían una conciencia unitaria.79 Añá­ dase, por último, que además de estas fi:>rmas de autoestima, se conserva­ ron métodos más expeditos. Al menos en un monasterio, se imponía pe­ nitencia al escriba negligente: 1 30 genuf1exiones para quien descuidara la pronunciación, la acentuación o la puntuación en el manuscrito que estaba copiando, pero sólo treinta de ellas para el escriba que rompía su pluma en un momento de ira. H0 Isidoro de Sevilla iba aún más !�jos y se­ guía sugiriendo los azotes por indisciplina. La disciplina individual y colectiva confluyen de diversos modos en la producción del manuscrito, entre otros en el tiempo dedicado a la escri­ tura y en la regularidad del trab�jo individual incluida la velocidad de la escritura. Respecto al tiempo de trabajo, conviene recordar que para el copista escribir era un acto st�jeto al ritmo de vida del monasterio y que, por tanto, tenía un tiempo definido entre otros deberes como los oficios divinos, la plegaria, la lectura, el trab�jo físico y la meditación. Sin embar­ go, para los escribas, la copia acabó convirti{�ndose en la labor única que ocupaba todo el tiempo disponible del trah�jo monástico, alrededor de unas seis horas diarias. El escriba tenía la obligación de respetar los días

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festivos y otros deberes religiosos que eran más importantes que copiar. La orden de Citeaux, por ejemplo, no permitía n inguna escritura mien­ tras se celebraban los oficios divinos, pero en la benedictina orden de Cluny y en las órdenes que seguían la Regla de San Agustín era posible ha­ cerlo con la autorización del abad. No todos los trabajos manuales esta­ ban permitidos los domingos, pero la escritura no solía estar prohibida, ni aun por los piadosos y rígidos cart�jos. La copia nocturna, por el con­ trario, estaba normalmente prohibida, en parte por el horario de la vida m onástica, que obligaba a concluir toda labor con la puesta del sol, pero también por el riesgo de un número mayor de errores en la copia, y por el temor de que los manuscritos resultaran daiiados por la grasa y el aceite de las lámparas, o que ocurrieran i ncendios. Durante su jornada, el escriba monástico debía mostrar lo que era uno de sus atributos principales: la regularidad, primero de su caligrafía, luego de su velocidad de escritura. En efecto, una de las grandes preocu­ paciones en la instrucción del copista monástico era su regularidad cali­ gráfica, porque cualquier alteración podía llevar a la confusión o dariar la legibilidad. Enseguida venía su regularidad de escritura, porque escribir era un acto sujeto a una gran cantidad de imponderables: la fatiga, el hambre y, sobre todo, "ese demonio de aburrimiento que parece abru­ mar a todos los escribas". 8 1 Era el hastío el que los hacía vagabundear con el pensamiento, el que los incitaba a preguntarse qué hora es, qué estarán haciendo los demás, cuál es la distancia de esa montarla, y cosas así, dis­ tracciones que eran ruinosas para la calidad de la caligrafía. A ello se de­ bían las fi·ecuen tes omisiones e incorrecciones de la copia. Desafortuna­ damente para los copistas, existía un demonio especializado en recoger las letras omitidas o cambiadas, que luego transportaba en un saco al in­ fierno para que san Miguel, en el momento en que pesara las almas de los escribas negligentes, incluyera en la balanza cada una de sus i n iquidades. Su nombre era Titivillus, el minuciosoH2 (quizá una corrupción del latín titivillitum) . Un mor�je pretendía haberlo percibido un día: era de una ta­ lla colosal y llevaba un saco enorme que decía llenar m il veces por día. El volumen de su saco se explicaba porque también recogía y llevaba al in­ fierno las palabras no pronunciadas durante los servicios religiosos y las sílabas omitidas durante el canto de los salmos. 8:� San Agustín se había tro­ pezado un día con el demonio que llevaba consigo muchas hojas llenas de escritura, las que, impaciente, trataba de alargar con los dientes para llenarlas mc:jor: eran las palabras que el santo no había pronunciado du­ rante los servicios del día, ocupado como estaba por otras tareas urgen­ tes del monasterio. La anécdota concluía, sin embargo, con la victoria fi­ nal del santo. Probablemente fue .Jacques de Vitry, durante el siglo XIII

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d.C. el responsable del ingreso del diablillo minucioso en este mundo, pero la presencia de éste se extendió durante siglos, b�jo nombres ligera­ mente diferentes: Tutivillus, Tintillus, Tantillus. H·I r\o obstante las dificultades de su tarea, algunos copistas llegaron a al­ canzar en su escritura niveles extraordinarios de regularidad que se plas­ maban en un alto número de folios consecutivos, en los que no se percibe ningún punto en que el trabajo haya sido interrumpido. Dentro de esta regularidad debe considerarse la velocidad de la escritura. Desde luego, el escriba podía variar el ritmo de su trab�jo aumentando la rapidez cuan­ do la demanda de libros lo exigía, pero tambi(·n existía un ritmo normal de escritura que permitía calcular los plazos que razonablemente reque­ ría una copia. Probablemente era una hazaña la de Wandalgarius, quien en 793 comenzó a transcribir la Ley Sálica el 30 de octubre y dos días más tarde, el primero de noviembre, terminaba de agregar la Ley de los Ala­ manos. K� No existen datos concretos, pero las evaluaciones que han podi­ do establecerse, naturalmente hi potéticas, sugieren que los escribas pro­ ducían en tre 1 .5 y 2.8 páginas por día, lo que probablemente era un ritmo menor que lo logrado por los escribas laicos profesionales. Hti Parece que, en general, un manuscrito de dimensiones normales habría requeri­ do el trab�jo de un solo escriba durante al menos cuatro meses. Una co­ lección de cánones del siglo VII I o IX, que ha debido contar más de 1 30 pá­ ginas fue comenzada el 1 de abril y concluida el 1 3 de septiembre, es decir, según la contabilidad del escriba, le había tomado 1 46 días, 24 se­ manas de trab�jo, sin considerar los domingos y los días de fiesta. H7 El tiempo de la escritura no se con tabilizaba, pues, en horas, sino en días o semanas, pero además de irremediable, esto carecía de importancia, por­ que como lo asegura un colofón, todo lo que se refiere a lo escrito perte­ nece al recuerdo perenne, srriptum mPmoria sempiterna. HH Existía una fórma de disciplina individual particularmente dificil de �jercer para el escriba, pero reveladora de su relación con la página: la vo­ luntad de involucrarse en el texto. Porque si el mt::j or escriba es quien re­ produce aun los errores que detecta, hay que admitir que no es sencillo adoptar esa actitud, la cual exige mantener un cierto desapego emocio­ nal respecto al texto. El escriba monástico solía actuar de otra manera: él no era indiferente a su trab�jo y quería interiorizar lo que leía e in terve­ nir en el texto que estaba realizando. Cuando el copista trab�jaba "a la lí­ nea", sin comprender lo que escribía, la situación era más sencilla porque la ignorancia generaba pocas tentaciones de intervenir o hacer cambios; pero después del siglo IX d.C. , cuando la legibilidad de la página y su pre­ paración gramatical en latín le permitieron un mayor acceso al conteni­ do, su libertad de introducir modificaciones aumentó, y los cambios en la

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copia se multiplicaron.il9 Su posibilidad de intervención no era siempre la misma: era nula en los textos sagrados, pero importante en los textos cien tíficos, en los que creía poder agregar comen tarios o corregir de acuerdo con su opinión o su experiencia. Los mayores problemas de los filólogos modernos son planteados por el escriba inteligente: éste solía corregir los términos que le parecían anticuados o en desuso, buscaba en­ mendar dificultades en el texto como formas in usuales o contradicciones aparentes y alteraba aquellos pasajes que le parecían oscuros insertando glosas, o bien expandía las frases que le parecían compltjas buscando for­ mas más sencillas pero más largas. Naturalmente, además de alteracio­ nes, sus intervenciones reflejan el aspecto emotivo de su implicación con el texto. A veces dejaba su opinión haciendo un énfasis particular, y otras veces no podía reprimir su opinión directa, como aquel escriba que, transcribiendo la muerte de Héctor en Troya, anotó: "estoy sumamente apesadumbrado por la muerte antes mencionada"Y0 El escriba no estaba equivocado en absoluto. La realización del ma­ nuscrito crea una relación con la página de naturaleza particular: escri­ birlo es tener la oportunidad de interven ir en él , produciendo una nueva variante. La escritura del amanuense era pues, simultáneamente, su parti­ cipación en un texto que iba elaborándose a medida que se escribía. El suyo era un texto que aceptaba y que estaba abierto a nuevas intervencio­ nes. �aturalmente, para nuestra cultura textual esa invasión del original resulta inaceptable: la autoría del escrito lo prohíbe por completo. Más aún, desde la invención de la imprenta, esa posible intervención quedó cancelada y actualmente a nadie se le ocurre considerar sus anotaciones como parte de la pági na que, de cualquier modo, las rechaza por su tipo de escritura. Pero nuestra concepción de la autoría y de la página resulta �jena a la cultura monástica. Había, por supuesto, autoridades escritura­ les y patrísticas cuya palabra era inviolable, pero había también espacio para comen tarios o simplemente para expresar su opinión en otra serie de escritos. El escriba no era el autor, pero tenía la oportunidad irrepeti­ ble de insertarse en el texto. Todo dependía de la disciplina para refre­ narse. Pero, si en la mayoría de los casos supo contenerse, también supo aprovechar la ocasión para explorar todas las posibilidades imaginables de diálogo con su lector, con su página y consigo mismo, de las que deja­ ba constancia en colofónes, notas marginales, "pruebas de pluma" y co­ mentarios que, con frecuencia, eran escritos con la misma calidad, cuida­ do y tipo de letra que el texto mismo. La variedad es extraordinaria: por �jemplo, el copista hacía uso de la página para dialogar con su eventual lector: "amigo lector, retén tus dedos y ten cuidado de alterar la escritura de estas páginas [ . ] ruega pues mi hermano, tú que lees este libro, rue. .

2H l


L\ TRAVF.SÍA DE lA ESCRITURA

ga por el pobre Raoul "Y1 En ocasiones, el escriba se complace en jugar con su lector y pide a éste que descifre su nombre que escribe en forma de acróstico, invirtiendo las letras o dándose un sobrenombre. En otras, el monje dialoga consigo mismo en la página, como si ésta fuera íntima, en completa omisión de su lector: "Es tiempo de comenzar el trab�jo; cómo está áspero el pergamino, no me siento bien hoy"Y2 En ese intercambio todos pueden tomar la palabra y, por tanto, en algunas ocasiones el escri­ ba se evade y d�ja que sea el libro mismo quien se exprese: "Yo soy el libro de Gillandrían el oscuro, y no es buena la escritura que tengo"Y3 Por mo­ mentos el escriba era invadido por un sentimiento de trascendencia pro­ pia y de su obra; entonces, podía establecer largas cronología.<; que con­ cluían con él mismo: "Han pasado 1 350 años desde que Jesús nació y este escrito fue hecho el segundo año después de la llegada de la plaga a Irlan­ da; yo m ismo tengo 2 1 años cumplidos [ . . . ] pueda ser bendito hasta el fin de mi vida"Y4 Pero también podía ser invadido por un pesimismo que otorgaba a sus comentarios un olor a catacumba: "La mano que ha escrito está destinada a corromperse en el sepulcro, pero lo que ha escrito per­ manecerá inalterado hasta el fin de los siglos". Dicho brevemente, en su intervención en el escrito, el copista hizo uso de todas las variantes posi­ bles que le eran permitidas, haciendo del texto un espejo de sus fatigas ("Ay, mi pecho, Santa Virgen"), sus decepciones, su orgullo, sus adverten­ cias ("¡Atención a sus dedos! ¡No los planten sobre mi escritura! Ustedes no saben lo que es escribir") , sus tristezas ( "Adiós librito, he terminado, esto es triste") , sus disculpas ( "No condene el lector al escrito, es que sufro ca­ lambres en el brazo por exceso de trabajo") o su deseo de salvación. La relación del escriba con la página no había concluido al llegar al fi­ nal de la copia, porque apenas daba inicio al proceso de corrección lla­ mado emendare. A partir del siglo VIII, la cultura monástica desplegó un enorme esfuerzo para ofrecer textos adecuados "porque es nuestro deseo que los libros, que son un alimento perpetuo para las almas, sean guarda­ dos celosamente y elaborados con el mayor cuidado", decían las Regula­ ciones de los cartujos en el siglo XII. 95 Tal deseo de corrección �s menos notable en épocas anteriores, cuyos manuscritos no muestran n ingún in­ tento de depuración en las faltas que contienen. La corrección era res­ ponsabilidad de alguien distinto al copista, el corrector, que podía ser el jefe del taller, un lector más experimentado o incluso el abad en persona; solo Lupus de Ferrieres podía ser capaz de enmendar la copia que él mis­ mo había transcrito. La emendatio podía consistir simplemente en la rclec­ tura del manuscrito llamada relegere, o recognoscere, o bien la comparación con el ejemplar copiado mediante la lectura en voz alta, o bien su con­ frontación con otro manuscrito juzgado de mayor autoridad o antigüe-

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SFR<;Io Pf:REZ CoRTi:s

dad, en cuyo caso el proceso se llamaba collatio. Era responsabilidad del corrector revisar y agregar la pun tuación ( con frecuencia descuidada du­ rante la copia) , la ortografía y la sintaxis, especialmente en los casos de manuscritos producidos en periodos de un pobre conocimiento del latín. Era responsable también de agregar notas marginales, annotavi, que nor­ malmente eran escritas en color n�jo. Todas las modalidades de depura­ ción se realizaban con el raspador y la pluma en la mano. Los errores se indicaban siguiendo un procedi miento regulado por normas precisas: las depuraciones eran agregadas en la interlínea o al margen y, cuando pro­ venían de una collatio, eran precedidas de una letra ? que en las notas tiro­ nianas sign ificaba antiquum exemplarY6 Si otros manuscritos consultados ofrecían variantes dignas de atención, el corrector las anotaba al margen con el signo h que significaba alias o aliter. Cuando el corrector no tenía tiempo de hacer flsicamente la depuración, o cuando tenía dudas que no podía resolver, introducía el signo z, del griego zeteon, "búsqueda", o el sig­ no q, quaere. Siguiendo los const::j os de Isidoro de Sevilla, también podía introducir una crypthia, es decir, un medio círculo con un punto en el lu­ gar en que una dificultad no había podido ser resuelta. Terminada la co­ rrección, el responsable incluía la mención requisivit, que los copistas po­ dían llegar a reproducir en nuevas copias, como si fuera parte del texto original. Los errores más comunes eran, por supuesto, los que provenían de las dificultades del acto de copiar: salto de letras, palabras o renglones, o bien errores de vista, de memoria o fonéticos provenientes del autodictadoY7 Al margen se señalaban los sobrantes con un guión o se indicaban las in­ serciones necesarias con un asterisco; si éstas eran muy grandes se anexa­ ba un pliego adicional con el fragmento faltan te. El escriba procedía a en­ mendar usando primero el raspador y la lima para borrar; de ahí proviene una expresión f�tmiliar para indicar una copia ha sido revisada cuidadosamente: "dar un último golpe de lima"YH En un texto man uscri­ to, cualquier futuro lector podía agregar nuevas correcciones, incluso mucho tiempo después de haber sido puesto en circulaciÓI : , y llegaba a suceder que lectores sucesivos fueran agregando depuraciones al man us­ crito realizadas en diferentes caligraflas. El escriba estaba consciente de esta posibilidad y a veces actuaba como lo hizo el sacerdote I mmo, quien en una nota suplicaba a sus hermanos que encontraran fal tas en los libros no maldecirlo, sino corregir sus errores y rogar por él .99 La emendatio no siempre era in mediatamente realizada, pero ese trab�jo debía ser, de cualquier modo, llevado a cabo; los libros manifiestamente defectuosos no eran apreciados y los bibliotecarios llegaban a señalarlos, imponién­ doles una marca infamante. La emmdatio podía ser un proceso lento, pero


L\ fRAVFSÍ.\ D�

lA

ESCRITI X\

san Jerónimo ironizaba al sugerir que su odiado enemigo, Rufino, había necesitado más de tres ailos para pulir una obra. En la cultura textual mo­ nástica era un momento crucial encargado de asegurar la continuidad de la ortodoxia en un periodo en el que el creciente bilingüismo de los lecto­ res podía conducir a caminos i mpredecibles; las lecturas inciertas de és­ tos generaban cambios en el sentido del mensaje divino. Pero había un aspecto negativo de esta intervención del corrector que hacía temblar a los autores: al enmendar, aquél podía borrar o alterar los pasajes inconve­ nientes a su juicio; Hincmar, arzobispo de Reims, por �jemplo, temía que algún envidioso borrara de sus escritos expresionesjustas para sustituirlas por cosas detestables. El libro manuscrito terminado era, literal y espiritualmente hablando, resultado de un combate. Literalmente, porque con justa razón los mon­ jes consideraron que escribir con una pluma de ave y un cuchillo en las manos sobre piel de animal era un arduo trab�jo manual. Espiritualmen­ te, porque para ellos representaba un itinerario espiritual. Resultaba pues normal que su �jecución fuera descrita con un vocabulario de bata­ lla. Según Casiodoro, el maligno recibe un número de heridas equivalen­ te al número de palabras que el copista transcribe. Las obras del copista formaban parte de las armas al alcance de los seres humanos para enfren­ tar el mal: eran instrumentos espirituales y salvadores. Sin esos l ibros, la humanidad indefensa se encontraría haciendo esfuerzos tan patéticos como los que haría una guarnición militar asediada, pero sin armamen­ to; éste era el sentido del refrán conocido por todos: claustrum sine arma­ rio, castrum sine armamentario. 1 00 En el libro se concentraban todas esas tensiones: él era una larga plegaria que había desafiado a la fatiga física y a la distracción espiritual. Este carácter simbólico de redención recubría por entero la relación de los escribas monásticos con la página. El libro que el copista realizaba no era un texto dirigido a explorar nuevas ideas o a extender el conocim iento, sino que era más bien un relicario de �abidu­ ría, salvación y símbolos. El suyo no era un libro hecho para el estudio sino un l ibro-tesoro, es decir, la custodia en signos visibles de un conjunto de símbolos sobre los cuales había que meditar de manera incesante. Esto es lo que otorga al l ibro monástico su excepcional belleza. A diferencia de su contraparte pagana, el l ibro cristiano tenía sin duda un componente visual, pero no era propiamente para la lectura, la cual sería realizada en voz alta, sino para suscitar la admiración, la reverencia, la genuflexión. Ya se ha visto que esto concordaba con la lectura monástica, con ese profun­ do compromiso vital que establecía entre el monje y los l ibros santos una comunidad misteriosa, un continuo intercambio de confidencias y una in­ timidad que queda pobremente defin ida por el sentido moderno del tér-

284


SFIH'iO l'i.REZ CoRri.s

mino "lectura". Pero para el escriba, esta forma de apropiación lo condu­ cía a la elaboración de un libro hierático y monumental, un triunfo físico y espiritual, lo mismo que un relicario, un patrimonio de su comunidad y de la Iglesia de Cristo en su cor�junto. El libro se había convertido en un Bien en todos los sentidos de la palabra y un fin en sí mismo; por tanto, los monasterios persiguieron la acumulación de esos manuscritos suntuo­ sos y magníficos. Ú ltima obligación derivada de ello: los copistas debie­ ron transcribir una y otra vez los mismos libros, incluso si eran poco leí­ dos o no leídos en absoluto. Sin embargo, los siglos XII y XIII d.C. eran ya testigos de un cambio en los objetivos del libro y la lectura que transformarían nuevamente esta re­ lación de escritura del escriba monástico. :'1/umerosos autores han mos­ trado que la lectura de comprensión y la escritura de uso corriente de esos siglos indicaban una actitud diferente ante el texto, aportada por la escolástica y las nuevas universidades. Un buen índice de esta transforma­ ción es que se rompió la unidad del scrifJlmium y la biblioteca, con la desa­ parición del primero y debido a que la segunda llegó a significar, como hasta hoy "lugar de lectura y consulta de libros". Son estos procesos enor­ mes los que señalan los límites de nuestra investigación. Los libros conti­ nuaron siendo manuscritos hasta la aparición de la imprenta y aun cierto tiempo después, pero su estructura interna, sus métodos de producción y circulación sufrieron modificaciones irreversibles. Pertenecen a un mun­ do espiritual que no es el mismo. Sin embargo, aun desaparecida esa rela­ ción de escritura, el trabajo de los escribas monásticos, diseñado para du­ rar, permaneció: a través de una complt:ja relación espiritual, intelectual y técnica, ellos habían logrado preservar la continuidad de la cultura en Occidente. En definitiva, los copistas y M. Dain tienen razón , y esos bravos hombres y mt�eres merecen que se ruege por su alma.

SERGIO Pf:REZ CoRTf:s

2R5


NOTAS

CAPÍTULO

l.

DIC/A TORFS .YO!\' SCRW/"ORES

1 San jerónimo, l:pistolario: 65, 7. 2 Posidio, Vida de San Agustín: 24. 3 Horacio, Sátiras, l , x : 93. 4 Cicerón, Cartas a Á tico, 1 1 , XXIII: l . � Galeno, Sobre mis libros: 1 . 6 P om peyo, cit. por Kaster 1 988: 1 56. 7 Epístola pseudosocrática, cit. por Richards 1 99 1 : H Immerwahr 1 964: 20. 9 Dondaine 1 956: 1 7. 1 0 San .Jerónimo, Epistolario: 2 1 , 42. 1 1 San Agustín, Soliloquios: 1 . 1 . 1 2 Dekkers 1 952: 1 3 1 . l 3 Ernout 1 95 1 : 1 55.

1 9.

14 "La lengua del derecho público tomó los derivados de dicto, dictatory dicta­ tura para designar un magistrado y su función, provistos de poderes extraordi­ narios" ( !bid. : 1 55 ) . 15 Arns 1 953: 39. 16 Marcial, E,pigramas, 1: 25. 1 7 Saenger 1 982: 373. 1 H Dain 1 975: 45. 19 Illich 1 993: 70. 2° Cit. por Balogh 1 927: 2 1 3. 21 Immerwahr 1 964: 1 7. 22 Wright 1 977: 1 5 1 . 23 Barclay 1 959: 1 59. 24 Wolf 1 994: 98.

287


L\ J R,\\TSÍ\ m 1 . \ FSCRIH K\

2�

Harris 1 989: '2. 7'2 . E l grado de alfabetización y sus modalidades duran te un

periodo tan l argo como el que hemos elegido es u n terna q ue habrá de ocu par­ nos varias veces durante este trab<üo. Pedi mos, pues, al lector un poco de pa­ ciencia para un asun to q ue \'a a encon trar en filigrana. 26 n 2H 2�1 : o l

Véase Turner 1 965: 67. Séneca, l:fJÚ/olas nwmlP.>.

94, ::; l .

Cribiore '2.00 1 : 1 3 1 . lhirl. : 1 68 .

"El hom bre q ue n o es despel l<:jado, no se educa", dice Menan dro, Sm ten-

tiae, 573. : l l

I l lich 1 99��: 70.

:l2

Stiennon 1 99.'>: 67.

:l:l Gasparri

1 994h: 50 y ss.

:l ·l Poulle 1 977: 1 40 . :l '• Bartlctt van l l oesen 1 9 1 5: '2. . :lli Metzger 1 968a: 9.

:li

Cicerón, Cmtas a

A tiro,

XII:

:l tl Séneca, l:jJútola.\ rnoraiRs, :l�l 111 11 ·12 l:l 11

·1'•

��'2. . l . 8.

XX\'1:

Suetonio, \'idas de los dofl' Cf.1rm•s, . J u l i o C(·sar: 56, 6. !bid. , A ugusto: 1 0 1 , l .

Qu intil iano, lnslitutio Oratoria, 1 : 7, '2.0-'2.'2.. C i t . p o r M c D o n n e l l 1 996: 4 75. Suetonio, \'idas dP lo.\ dore Cátulo, Ponnas:

Cf..m rPs,

i\erón: 70, :� .

4'2., 4-!í.

l l oracio nos presen ta u n vicioso del dictado, Luci lio, el padre de la sátira

romana, q u ien realizaba su obra a una velocidad sorprendente : "en una hora, a m e n udo '2.00 \·ersos dictaba, en un solo pie esündose" ( H orac io, Sátiras, ·lh

1:

4, 9 ) .

San .Jerón imo, Prólo¡;o al Libro de Tobías, :�00: 4 8 1 .

47 ( ; h e l l i n c k

1 94 7: '2. 1 9 . La traducción era un caso especial: u n traductor sin

un rwlarius y u n copista a su lado era i m pensable . En este se n tido, es i n teresan t e la leyenda que re lata Filast rius, según la c ua l l o s setenta sabios que· tradujeron l a versiún griega d e l a Biblia t rabajaban ence rrados, cada t m o e n u n a celda acom­ paiiado de su notwius. I nspirados por el Espíritu San to, todos habrían sal ido de a h í con una traducción idén t ica. IH

C i t . p o r A m s 1 9!í3: 49.

·1�1

Ciceró n , Carta.\ a A tim,

'•O

!bid. ,

:> 1

'' 2

Yl

XI\ , X X I ,

Persio

1:

XI\", \"1:

4, cit. p o r Porte

'2. . 1 99:1: :1 0 .

!:í l -5'2..

Sueton io, Vidas di' los dore Cf.sarPs, Augusto: 85. P l i n i o ei .Jown; /.1'1/l'n, 1 1 1 ,

"4 Vi�ase Robson

\":

1 4 - 1 7.

1 \l l 7 : '2.89 y ss.

2HH


SERGIO Pf:¡u:z CoRTi$

'•'• Richards 1 99 1 : 1 90 y ss. '•6

!bid. : 1 95.

'•7 Eusebio de Cesarea, Historia er!Rsiástica, VI : 23, 1-2. '•R A ello hay que agregar que el mismo Orígenes asegura que en su vida "no conoció un min uto de descanso" (Véase Campen hausen 1 974: 68) . Ambrosio le impulsaba no únicamente con su ayuda material, sino con un celo extraordina­ rio al estudio de las Sagradas Escrituras. Con esa notable infraestructura, Oríge­ nes creó un verdadero taller, un srriptmium mucho antes de la aparición del concepto, quizá bajo el modelo de la biblioteca de Alejandría, ciudad en la que se había formado y enseñado. El taller servía para la edición y transcripción de las obras de Orígenes mismo y de otros textos. Sólo un equipo de esas dimensio­ nes podía realizar obras como la Ht'xapla, la cual , según la opinión más acepta­ da, contenía en seis columnas sucesivas el texto hebreo de la Biblia, luego su transliteración al griego, las traducciones griegas de Aquila, Sínmaco, los Setenta y finalmente Teodoción, con el propósito de poder confrontar diversos tipos de textos. � uy probablemente no existía una copia in tegra de la lléxapla. Su per­ manencia al cuidado de la comunidad sirvió de base para la acumulación de textos que dieron origen a una de las primeras bibliotecas cristianas. Con la lle­ gada de Pánfilo, originario de Berito, pero también formado en Alejandría, la biblioteca inició una intensa búsqueda de textos por todos los rincones del mundo, convirtiéndose en un centro de erudición y crítica textual. El mismo Pánfilo se dio a la tarea de recopiar y enmendar documentos dispersos y dete­ riorados hasta el final de su vida: ya en la cárcel, esperando su martirio, corregía el Libro de Ester con frontándolo probablemente con la Ht'xapla (Véase Cavallo 1 988: 72 ) . 59 Diógenes I .aercio, Ufes ofl:'minent Philosophers, VII: 36. no Cornelio Nepote, Vida.\� 25, 1 4. 61 San .Jerónimo, Prólogo a los li!Jros de Salomón, 3 1 1 : 497. 1'2 Dondaine 1 956 : 1 9. fi:l S·�gún San Agustín, "los que han aprendido a escribir en notae tironnianae son llamados propiamente notarii " (De dortrina Christiana, 1 1 : 26) . 64 Los términos griegos no son exactamente equivalentes: en lengua griega grammateis podía significar lo mismo un secretario público que privado, mien­ tras los secretarios públicos romanos eran llamados srribae y los privados li!Jrarii. San Jerónimo llama tarhigráphos a los notarii, aunque Cicerón los llama !i?meio­ gráphos. Los griegos llamaron mbliographoi a los li!Jrarii pero ese término designa­ ría a los artesanos dedicados a la copia del libro, mientras hipographeis equivalía a los amanuenses a sueldo. Finalmente, existía en griego el término calligráphoi para designar a aquellos que se dedicaban a la producción comercial y a la copia de libros (Véase Richards 1 99 1 : 1 1 ; Arns 1 953: 52 y 63, y Géraud 1 840: 1 69 ) . 6'• Marcial, J:;pigramas, 1 : 1 0 1 .


LA TRAVESÍA DF.

lA ESCRITL'RA

66 Suetonio, Vidas de los doce Césares, 1: 74, l . 67 Ausonio, A mi amanuense, XXVII: 1 7-30. fiR Cicerón, Cartas a Á tico, X I I I , xxv: 3. 69 VéaseJ. Leclerq 1 95 1 : 208. 70 Véase Southern 1 99 1 : 385. 7 1 !bid. : 221-222.

72

Propercio, Elegías, l l l , XXIII: 1 -2, 24-25. 73 Degni 1 998: 61 y ss. 74 Roberts 1 954: 1 70. 75 Séneca, r_'pútolas morales : 87, 3. 76 Plinio el Joven , Letters, XVI : l . 77 SanJerónimo, Epistolario: 1 8, 1 6. 78 "César, golpeado en el Senado se defendió contra sus asesinos con su esti­

lete, y con éste atravesó de un lado a otro el brazo de Casius. Más tarde, un caba­ llero romano, que había hecho morir a su hijo tras las rejas, fue masacrado por el pueblo a golpes de estilete (Séneca, De Clementia, 1: 1 4 ) . Juan Escoto Erígena tuvo, según fuentes legendarias, una muerte similar. Siendo uno de los escrito­ res más importantes del siglo IX, y alguna vez director de la escuela palatina de Carlos el Calvo, el teólogo murió en Malmeshury asesinado por sus estudiantes, quienes cometieron la agresión armados con sus estiletes ( Cit. por Cormier 1 975: 403 ) . 79 Plinio e l Vie:;jo, Historia natural, XXXIV: 39. 80 Rouse y Rouse 1 989h: 228. No es un caso único: la etimología de las pa­ labras referidas a "escribir" en diversas lenguas, tales como el griego graphe (grabar, rascar) , el latín scribere (marcar, dibujar) o las raíces semíticas shf (excavar) , testifican sin duda del origen flsico de la escritura (Véase Coulmas 1 99 1 : 1 9 ) . 8 1 Parkinson 1 995: 15 y ss. H2 Kenyon 1 926: 1 29. 83 Cerny 1 952: 3. 84 Teofrasto, Historia de las plantas, IV: 8, 2-5. 85 Kenyon 1 926: 1 24. 86 Los papiros egipcios suelen ser de mayor talla: "el rollo más largo conoci­ do, una crónica del reino de Ramsés 11 ( 1 ,200 a.C. ) tiene 40 metros de largo y un libro que contiene el Libro de los muertos mide 37 metros". En consecuencia, los rollos de grandes dimensiones están ligados a fines rituales ( Kenyon 1 926: 1 25 ) . R 7 Diringer 1 982: 1 34. 88 Marichal 1 97 1 : 2 1 5. 89 Turner 1 95 1 : 1 1 . 90 Petrucci 1 992: 52. 9I Kenyon 1 926: 1 27.

290


SERGIO PF.REZ CoRTf.S

2

Metzger 1 968b: 1 25. Cit. por Geraud 1 840: 44. 94 Calímaco, Aitia, I : 2 1 . Y5 Ovidio, Tristes, I , XI: 38. 96 Parássoglou 1 979: 1 2. 97 /bid., Lámina 5. 9H Cerny 1 952: 1 4. 99 Homero, /liada, XVII: 5 1 4, xx: 435. 1 00 Platthy 1 968: 25. 101 Parássoglou 1 979: 8. 1 0 2 Cit. por Metzger 1 9 68a: 1 7. I 03 Clark 1 963: 68-69. 10 4 Penny Small 1 997: 1 67. 1 05 Véase Metzger 1 968b: 1 34. 1 06 /bid. : 1 33. 1 07 Dain 1 975: 46. I OH Petronio, Satiricón: 56, l . 10 9 Jerónimo, Vida de san Hilarión: 44. 1 10 San .Jerónimo, Epistolario: 60, 1 9. 111 Sin embargo, el pas�je más famoso de La vida de san Ambrosio se refiere al dictado: ahí se muestra a Paulino, su secretario y biógrafo, interrumpiéndose mientras tomaba dictado del santo por la aparición de una pequeña llama que cruzó la cara de Ambrosio y entró por su boca "como un propietario a su casa", mientras su cara se tornó blanca corno la nieve. Paulino quedó estupefacto y de­ bió detenerse, pero no fue necesario pedir al obispo que repitiese lo dicho por­ que se trataba de una cita de las E�crituras. Aparentemente, Paulino no comentó el incidente con Ambrosio, sino que se dirigió al diácono Castus para reportar lo visto y buscar una explicación. 1 12 Véase Hamesse 1 994: 1 9!1. 1 1 � Tarrant 1 996: 1 OO. Se dice que al final de su vida, san jerónimo se encon­ traba tan débil que, para levantarse del lecho, requería de la ayuda de una cuer­ da que colgaba de una traviesa del techo. Sin embargo, continuaba dictando. Su último comentario del profeta .Jeremías no denota ninguna huella de su debili­ dad: logró dictar hasta el capítulo 32 cuando murió, e l 30 de septiembre del 420 d.C. (Véase Carnpenhausen 200 1 : 235) . 1 1 4 "Se poseen una veintena de documentos considerados autógrafos. Los únicos que lo son de manera cierta son los bosquejos del poeta y notario, scoúís­ ticos, Dióscoro de Afrodisía que vivió en el Alto Egipto en el siglo VI d. C." ( Do­ ran di 2000: 53) . 1 15 Gasparri 1 994a: 3. 1 16 Gigante 1 995: p. 1 7. 9

9�

29 1


LA TRAVESÍA DE LA ��<;CRITlJRA

1 1 7 Catálogo (lndiculum) de los libros, tratados y cartas de San Agustín, obispo de Hipona, editado por san Posidio, obispo de Calama 1 995. 1 1 8 Cit. por Trédé-Boulmer 1 993: 1 4 . 1 1 9 Dekkers 1 952: 1 34. 1 20 Este párrafo se debe a Hamesse 1 994: 1 82. 121 /bid. : 1 84- 1 87. 1 22 Sedley 1 997: 1 04 . 123 Cicerón, Letters to his.friends, XVI, XXI: 1 -5, 6. 124 Clarke 1 97 1 : 1 06. 1 25 l..uciano, Hermótimo o sobre las sectas: 2. 1 26 Richard, 1 950: 1 96. 1 27 Bréhier 1 989, 1 : XXVI-XXVI II . 1 28 Eso ha permitido a H . Jackson el i nteresante intento de reconstruir parcialmente el salón de cursos de Aristóteles (Véase Jackson 1 920: 1 9 1 -200) . 1 29 Aristóteles, Retórica : 1 420b l . 1 30 Hadot 2002: 276. 1 3 1 Porfirio, Vida de Plotino: 1 4. 1 32 Hadot 1 992: 65. m !bid. : 67. 1 34 Epicteto, Disertaciones, 1: 1 , 25. 1 35 Carruthers 1 993: 1 94. 1 36 San .Jerónimo, Epistolario, Carta dirigida a San Agustín: 1 1 2 , 4. 1 :l 7 Rouse y Ro use 1 99 1 . l:lS Carruthers 2002: 226. 1 39 Véase el método de trab3:jo de Plutarco en Pelling 1 979: 92-93. 1 40 San .Jerónimo, l:.pistolario: 36, l . 1 41 Casiodoro, Introducción a las Sagradas f.scrituras, 1, v: 2. 1 42 Guillén 2000: 3 1 3. 1 43 Platón, Menéxeno: 236c 1 44 Platón, Timeo: 2 l a. 1 45 /bid. : 26c. 1 46 Eusebio, Historia eclesiástica, 1 1 1 : 39, 1 5. 1 47 Papías tenía además un interés particular al hacer uso de la forma com­ puesta del verbo "recordar", apomnemoneuein, porque intentaba exhibir a los Evangelios como recolecciones provenientes directamente de los apóstoles, es decir, rememoraciones exactas, verosímiles y confiables, en lo cual descansaba su autoridad (Véase Kóester 1 990: 40) . 1 4H /bid. V: 20, 6. 1 49 !bid. \': 20, 7. 1 5° Barns 1 950- 1 95 1 : 1 3. 1 5 1 Séneca, l:pístolas morales: 84, 3, 5. .

2!)2


SERGIO PÉREZ CORTÉS

1 52 Platón, Lettres, VI: 341

b-d.

l53 Carruthers 1 995: 7-1 0. 1 54 Cavallo 2002: 88. 1 55 Cicerón , Acerca del orador, I: 1 8. 1 56 Clemente de Alejandría, Stromata: 1 , l . 1 57 Véase Cavallo 1 998: 22 1 . 1.'>8 Plutarco, Obras morales y de costumbres, VII : 464e. 1 59 Aune 1 993: 87. 160 Eusebio, Historia eclesiástica: 2, 1 5. 1 6 1 Gerhardsson 1 998: 1 95. 1 62 !bid. : 200. l 63 Carruthers 2002: 230. 1 64 Tácito, Diálogo sobre los oradores, I: 1 , 3. 1 65 Julius Victor, Ars Rhetorica, XXIII. Rhetores, latini minores. 1 66 Cit. por Garand 1 994: 96. 1 67 San Bernardo, Epístola: 89, 1 , cit. porJ. Leclerq 1 958: 437. 1 68 Ernout 200 1 : 1 7. 1 69 El término latino significó originalmente "venir", "revenir", "encontrar" y un buen equivalente es la búsqueda metódica de i nvestigación (Véase Murphy 1 994: 1 32) . 1 7° Carruthers 1 993: 20 l . 1 7 1 !bid. : 1 99. 1 72 Véase Annewies 1 996: 229. 1 73 Moraux 1 95 1 : 7. 1 74 During 1 987: 97. 1 75 Salustio, Catilina: 44, 5; Cicerón, Catilinarias, III: 5, 1 2. 1 76 Dion de Prusa ( o Crisóstomo) , Discursos XVI I : 9, cit. por Achtemeir 1 990: 26. 1 77 Diógenes Laercio, Lijes ofEminent Philosophers, VI: 52, 57, 63, 66; V I : 36. 1 78 Arns 1 953: 1 6 1 . 1 79 Metzger 1 997: 4 1 . 1 80 Ong 1987b: 1 2. 1 8 1 Evangelio según Tomás: 689. I R2 Casiodoro, Iniciación a las Sagradas f.'s crituras: 7. I R:l Epicteto, Disertaciones, m : 23, 2 1 . I H4 Gadamer 200 1 : 37. 1 85 Arns 1 953: 88. 1 86 Gigante 1 986: 24. I R7 Annewies 1 996: 229. I HH C n tersteiner 1 980: 8. 1 89 Anncwies 1 996: 235.

293


LA TRA\'ESiA m: L\ ESCRITl'RA

1 90 Aulo Gelio, Noches áticas, I , XXI I I : 2-3; véase "In troducción" por Amparo Caos Schmidt. 1 9 1 Carruthers 1 993: 220. 1 92 Véase Alexander 1 998: 94. I Y:l Suetonio, Vidas de hombres ilustre.\� 434. I Y4 j. Leclerq 1 966b: 707. 1 9·" Southern (ed.) 1 972b: p. 3 1 . 1 96J . Leclerq 1 966b: 706. 1 97 Proairesios, un sofista de la época imperial, había sido injustamente ex­ pulsado de Atenas, pero tuvo la oportunidad de volver invitado a participar en un concurso de oratoria donde encon traría a sus antiguos enemigos. Proaire­ sios pidió que le asignaran escribas taquígrafos, "de aquellos que tomaban notas de las palabras de Temis en los tribunales de justicia". En esa ocasión el discur­ so de Proairesios fue memorable: mantuvo en suspenso constante a un público que apenas podía soportar quedarse callado, como el sofista había pedido. De improviso, en medio de las inn umerables pirutetas argumentativas, Proairesios se detuvo, se volvió a los escribas y les dUo: "observad cuidadosamente si recuer­ do todos los argumen tos que he usado anteriormente" y, sin olvidar una sola pa­ labra, comenzó a declamar el mismo discurso una segunda vez. El auditorio no pudo esta vez contenerse y su reacción fue también memorable: "los presen­ tes lamieron el pecho del sofista como si fuera la estatua de algún Dios, algu­ nos le besaron los pies, otros las manos y todos declararon que era un Dios, el Dios de la elocuencia" ( Eunapio, Vida de.filósofos y so.fistas: 1 25- 1 26) . I !lH Luciano, Pseudologista: 5-7. I !l!l Isócrates, Panatenaicus ( XII ) : 268. 200 Tácito, Diálogo sobre los oradores, l l l : 1 -3. 201 Plinio el joven , IX, XXXVI: 2-6, cit. por Capua 1 953: 89. 202 Southern (ed.) 1 972b, 1: 1 9 . 20:l Southern, 1 99 1 : 1 20. 204 Plauto, El soldadofanfarrón: 200-20 l . 20·" Horacio, Sátiras, 1 , x: 70-74. 2°6 Dondaine 1 956: 1 7. 207 !bid. ' p. 1 8. 20H Quintiliano, lnstitutio Oratoria, x: 3, 2 1 . 209 Galeno, De sanitate tuenda; cit. por Platthy 1 968: 27. 2 1 ° Cicerón, Bruto: 22, 87-88. 21 1 Platón, Banquete. 220c-d. 212 Porfirio, Vida de Plotino, V I I I . 21 � !bid. 21 4 Aulo Gelio, Noches áticas, X I I I : 20-2 1 . 2l. 'i

Marco Aurelio, Meditaciones, IX: 1 7.


SERGIO l'i:Iu:z CoRTf:s

2 1 fi

/bid. : IV: 1 6. Quintiliano, Institutio Oratoria, VI I I : 3, 44-4 7. Cicerón había sugerido lo mismo en El orador perfecto: "¿por qué no decimos cum autis nobis sino nobisrum?": 1 54. 21H Adams 1982: 80. 219 San Agustín, De dortrina christiana, IV: 7, 1 6- 1 7. no Epicuro, Gnomonologio Vaticano, 68. 22 1 Achtemeier 1 990: 2 1 . 222 Cna situación similar ocurre a Plutarco ( Pelling 1 979: 92) . 22 � Cit. por Levin 1 986: 5. 22 4 Hadot 2002: 276. 225 Marrou 1 983: 6 1 -70. En su libro, Marrou agregó unos años más tarde una retractatio en la que da marcha atrás a sus ideas, al declarar que en San Agustín hay una coherencia perfecta y un diseño minucioso, hasta en sus detalles más oscuros. 226 /bid. : 89. 22 7 La enumeración proviene de Capua 1 953: 92. 22H Cit. por Constable 1 967: 1 8. 229 "El discurso perfecto, cuando es ejecutado, es lo que más se aproxima a la versión escrita" ( Plinio el .Joven, Letters, I, xx: 1 0 ) . 2 0 � Quintiliano, /nstitutio Oratoria, XII: 10 , 5 . 2 1 � /bid. , x : 7 , 1 4. 2 2 3 Ferrari 1 922: 1 05. �n:l Alexander 1 990: 230-232. 2 4 3 Desbordes 1 995: 95. 2 �" /bid. 2:l o J. Leclerq 1 95 1 : 2 1 7. 2 �7 Malaspina 1 988: 34. 2 H � Cencetti 1 997: 330-33 1 . 2 39 1rigoin 2001 : 27-28. 2 0 4 Véase Forbes 1 955: 335. 24 1 Bahr 1 966: 470. 2 42 Bates 1 953: 1 28. Un enorme debate ha seguido esta propuesta y muchos estudiosos consideran que el dictado de la /líada y la Odisea se llevó a cabo más tarde, quizá tan tarde como el siglo VI a.C. De cualquier modo, la idea de que debieron ser dictadas parece ser necesaria. 2 4 3 Véase Gerhardsson 1 998: 1 23. 2 44 Bates 1 953: 1 29. 24 ·" Véase Hadas 1 987: p. 53. 24 fi Marcial, r.;pigramas, VI : l . 2 47 J. Leclerq 1 966b: 703-704. 21

7


L\ TR.WESÍA DE lA ESCRITL' R.·\

248 l loracio, Ars fmetica: 386-389. 249 Quintiliano, lnstitutio Oratoria, x: 4, l . 250 Platón, República, 327a. 2·" 1 Suetonio, Vidas de los doce Cfsares, Augusto: 85. :!52 !bid. , Calígula: 20. 2:i:l Propcrcio, Elegías, m : 1 , 8. 254 San .Jerónimo, Epistolario: 1 24, l . 25·" Dorandi 2000: R4. 2'•6J. Leclerq 1 966b: 7 1 O. 25 7 Small 1 997: 74. 258 Imrnerwahr 1 964: 35. 259 Citado en .Joncs 1 964: 1 002. 260 Marrou 1 972: 1 33. 26 1 Ganz 1 983: 59. 262 Libanio, Oraciones, LXII, 46, cit. por Y!arrou 1 972: 1 34. 26:1 Riché 1 972: 233. 264 Barclay 1 959: 239. 265 Galbraith 1 935: 2. 266.Jones 1 964: 992. 267 Hopkins 1 99 1 : 1 45. 268 Riché 1 972: 240. 2fi9 Véase YicKitterick 1 989: 77. 270 Thornpson 1 960: 1 3. 27 1 Géraud 1 840: 42. 272 Pirenne 1 934: 1 67. m Riché 1 962: 1 85. 274 Cit. por Thornpson 1 960: p. 40. 275 Barbero 200 1 : 205. 27fi /bid. : 29. 2 77 !bid. : 38. 2/R Galbraith 1 935: 7-8. 279 !bid. : p. 1 4.

2HO Cit. por Thompson 1 960: 8. 28 1 /bid. : p. 33. 2H2 Cit. por Lcsne 1 938: 354-355. 2H:l McKittcrick 1 989: 256.

284 Ganz 1 983: 73. 285 Cit. por McKitterick 1 989: 258. 2Hfi Marro u 1 972: 1 40. 287Jones 1 964: 9 1 3. 288 Clanchy 1 993: 229.

29f)


SER<;Jo Pf:REZ CoRTf:s

289

"Litteratus también era un término relativo. Si un hombre era llamado lit­ teratus era cuestión de opción; puesto que el término significaba "educado", el mismo hombre podía ser litteratus en una documentación e illiteratus en otra. Desde luego, para los caballeros más letrados como John de Salisbury, todos aquellos que ignoraran a los poetas y oradores latinos debían ser llamados illite­ ratus, incl uso si conocían sus letras" (Clanchy 1 993: 230) . 290 Galbraith 1 935: 2. 291 Stiennon 1 995: 4 1 . 292 Hajnal 1 959: 1 O. 29:l Cencetti 1 997: 302. 294 Una descripción más completa se encuentra en el capítulo I l l , "La página legible". 295 Gasparri 1 994b: 1;4. 296 Véase Thompson 1 960: 29. 297 Hajnal 1 959: 36. 298 1bid. : 31;. 299 /bid. : 9. :lOO Auerbach 1 965: 253. 0I 3 Clanchy 1 993: 233. 02 3 Illich 1 993: 7 1 . 303 Polara 1 987: 35. 3°4 Auerbach 1 965: 255. 305 Saenger 1 982: 250. 3°6 Véase Curtius 1 983: 76. 307 Southern (ed.) 1 9 72b: 1, XIX. 3°8 Clanchy 1 993: 27 1 . 30!l J. Leclcrq 1 965: 2 1 7. 3 1 0 Sacnger 1 982: 383. 3 1 1 Véase Camargo 200 1 : 50. :m Camargo 1 99 1 : 1 8. 3 1 3 Constable 1 967: 3 1 . 3 1 4 ] . Leclerq 1 965: 2 1 4. 3 1 5 Saenger 1982: 383. 3 1 6 Cit. por Clanchy 1 993: 1 26. 3 1 7 Véase Illich 1 993: 90. 3 1 H Saenger 1 91;2: 382. :m Véase Gasparri 1 994a: 94. 20 Guenée 1 91;0: 53. 3 21 3 /bid. : 2 1 8-2 19. :mcit. por Guenée 2002: 487. 2 3 3 Rabanus Maurus, cit. en Rousc y Rouse 1 989a: 90.

297


L.. fRA\'ESÍA m� l.A ESCRITL"RA

3 24

Cit. por Archimbauld 1 996: XXX I I I . Citado porJ . Leclerq 1 953: 35. 326 Ambos citados por Garand 1 98 1 : 88. 32 7 Véase Clanchy 1 993: 27 1 . 328 Garand 1 98 1 : 1 03. 329 Saenger 1 997b: 25 1 . 330 Dondaine 1 956: 1 8. 3:H Hamesse 1 994: 1 96. :m Fink-Errera 1 962: 203-204. 333 Dondaine 1 956: 25. 334 /bid. : 1 39 y SS. :m Joinville 1 995. 336 "Se sabe que ciertos cursos se hacían cursorie, en los que el profesor se ex­ presaba a la velocidad normal y otros que eran hechos ad pennam, en los que la expresión era lenta con el fin de que los estudiantes tomaran las notas necesa­ rias. Puesto que, aun así, algunos alumnos no lo lograban se había establecido un curso adicional, legere ad pennam modo pronunciantum en el que lentamente se articulaban bien las sílabas y las palabras repitiendo tantas veces como fuese ne­ cesario" (Hamesse 1 989: 1 9 1 ) . 337 Hajnal 1 959: 1 1 7. 338 Thorndikc ( cd.) 1 919: 237. Las cosas, sin embargo, no quedaron ahí. Los hábitos de dictado estaban tan fuertemente arraigados que a pesar de prohibi­ ciones y reglamentos, los cursos legere ad pennam fueron aceptados definitiva­ mente hasta el fin de la Edad Media e inicios del Renacimiento. En París, en 1 452, el cardenal D 'Estouteville abrogó la prohibición que había sido pronun­ ciada en 1 355 (Véase Hamesse 1 989: 192) . 3 25

CAPÍT U.O 1 1 . LA VOZ,

EL Ml:RML LLO Y EL SILEI'CIO:

lA

LECTLRA

1

Cit. por Stock 1 996: 15. /bid. : 1 6. 3 Darnton 1 993: 1 93. 4 Small 1 997: 30. 5 Dalzell 1 955: 25. 6 Fantham 1 996, nota 66: 30 1 . 7 Véase Thomas 2003. 8 Platón, Teeteto: 1 42c. 9 Platón, Parménides: 1 27b. 10 Diógenes Laercio, Lives ofEminent Philosophers, l l /bid. : IX, 54. 2

298

IX:

50.


SERGIO l'f:JU:Z CORTÉS

1 2 S . Cole 1 981 : 225. I 3 Imrnerwahr 1 973: 1 47. 14 Irnrnerwahr 1 964: 37. J.; Véase Svenbro 1 997: 47. 16 Chantraine 1 950: 1 1 6. 1 7 Véase Svenbro 1 997: 49-53; Platthy 1968: 45. I R Platón, Lisis: 209a. 19 Priapeos: 68. 20 Pfeiffer 1 998: 29. 21 Cicerón, Bruto: 1 9 1 . 22 �ansfeld 1 994: 1 93. 23 Platón, redro: 228c. 24 !bid. : 23 1 a. 25 !bid. : 254a. 26 Harris 1989: 1 75 y ss. 27 Cit. por Starr 1 99 1 : 388. 28 Suetonio, Vidas de los dore Césares, Augusto: 78.2. 29 Aulo Gelio, Noches áticas, ! , I I . 30 Plinio el joven, Letters: I X , XXXVI, 4. 31 Petronio, Satiricón: 68, 4-5. 32 Suetonio, Vidas de hombres ilustres, "Gramáticos", 1 . 33 Véase Cavallo 1 978: 480. 34 Apuleyo, El asno de oro: I, 1-2. 35 Ovidio, Metamorfosis, xv: 87 1 . 36 Horacio, r,pistolas, 1 1 , 1 , 1 08-1 09, cit. por Dupont 1 994: 254. 37 !bid. : 255. 3H "Me lees cuando estoy corriendo y me lees mientras estoy defecando" �arcial, I I I , 44, cit. por Auerbach 1965: 254. 39 Lynch 1 972: 88. 40 Suetonio, Vidas de los doce Césares, Nerón: 1 5. 41 San Agustín, Confesiones, VII I : 12. 42 Eurípides, Hipólito: 853-890. 43 Suetonio, Vidas de los doce Césares, Augusto: 39. 44 Aristófanes, Los caballeros, cit. por Knox 1 968: 1 23. 45 San Agustín, Confesiones, VI : 3, 3. 46 !bid. 47 Véase Gavrilov 1 997: 56-59. 4R Brown 1992. 49 Saenger 1 987: 1 93. 5° Cavallo 1 998: 2 1 8 y ss. 51 !bid.: 238.


l.A TRAVESÍA

DE l.A ESCRITURA

52 Cavallo 200 1 : 78 y ss. 53 Cavallo 1 997: 82 y ss. 54 Quintiliano, Institutio oratoria, \1 , praef. 1 1 . 55 Véase Valette-Cagnac 1 997: 1 1 1 . 56 Dupont 1 994: 255. 57 Marcial, Epigramas, II: 88. ''8 Valette-Cagnac 2002: 29 1 . 59 H. Leclerq 1 952d: col. 2248. 60 Salles 1 992: 1 0 1 . 6 1 M arrou 1 937: 25-27. 62 Zanker 1 995: 1 1 5. 63 Plinio el joven, 1-etters, I X , XXXIV. 64 /bid. : II, m : 1 0. 65 Persio, Sátiras, 1 : 1 3-1 7. 66 Quinn 1 982: 8 1 . 67 H . Leclerq 1 952d: col. 1 759. 68 Saenger 1 997b: 259. 69 Citado en Pfeiffer 1 998: 29. 70 Plinio el joven, 1-etters, ll, 1: 5. 7 1 Marcial, Epigramas, II: 1 , 9-1 O. 72 BJiinsdorf l 996: 1 37. 73 Suetonio, Vidas de hombres ilustres. Sobre los poetas, Terencio: 2. 74 Saenger 1 990b: 44 7. 75 Desbordes 1995: 230. 76 Marrou 1 998: 406. 77 Ausonio, Exhortación a mi nieto: 4 7-50. 78 Luciano, Contra un ignorante que compraba muchos libros: 1 9 . 79 Pas�je extraído d e Bonner 1 984: 226. 80 /bid. : 228. S I Cribiore 200 1 : 1 4 1 y ss. 82 /bid.: 1 74. 83 Petronio, Satiricón: 75. R4 Metzger 1 968a: 1 3. 85 Hodgman 1923: 404. 86 Parkes 1 993: 9. 87 Hodgman 1 923: 404. 88 Dionisio Tracio, Gramática: l . 89 Véase Irvine 1 996: 55-56. 90 Desbordes 1 995: 1 7. 9 1 Holtz 1 98 1 : 24. 92 Desbordes 1 995: 230.

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SERGIO Pf:REZ CORTÉS

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Dionisia Tracio, Gramática: 2. Ars Victorini, cit. por lrving 1 996: 69. 95 Véase Desbordes 1 995: 1 6. 96 Platón, Filebo: 1 7b. 97 Aristóteles, Metafísica, 1 003b: 1 8. 98 Irvine 1 996: 69. 99 Por ejemplo en Pompeyo, cit. por Kenney 1 989: 3 1 . 1 00 Pompeyo, cit. por Irvine 1 996: 72. 1 0 1 Cit. por Bonner 1 984: 29 1 . 10 2 Aristóteles, Retórica 1 407b: 1 2- 1 7; Demetrio, Sobre el estilo: 1 92. 10 3 Casiodoro, Iniciación a las Sagradas tscrituras, xv: 1 2. 1 04 Quintiliano, Institutio oratoria, XI: 3, 36-38. 1 05 Retórica a Herenio, 1 1 1 : 1 2. 1 06 Habineck 1 985: 58. 1 07 Quintiliano, Institutio oratoria, 1 , VI I I : 2-3. 1 08 Dionisia Tracio, Gramática: 2. 1 09 Irigoin 200 1 : 37-38. l lO U n tersteiner 1 980: 6 1 . 1 1 1 Plutarco, Vidas paralelas, Cicerón, v: 4. 1 1 2 Quintiliano, Institutio oratoria, I, VII I : 2-3. l l 3 Irvine 1 996: 69. 1 14 Hadot 1 998: 209. 1 1 5 Marrou 1 983: 89. 1 1 6 Suetonio, Vidas de hombres ilustres. Sobre los poetas, Virgilio: 435. l l 7 Hadot 1 995: 62. 1 18 Sven bro 200 1 : 3. 11 9 Capua 1 953: 92. 1 20 Isócrates, Filipo, v: 26-27. 1 2 1 Plinio el joven , Letters: VIII , l. l 22 Quintiliano, Institutio oratoria, I , n : 1 4 . 1 23 Séneca, Epístolas morales a Lucilio: 64, 3. 1 24 Plinio, Letters, V, XVI I : 2-3. 1 25 [bid. , V, XVII: 4-5. 1 26 Suetonio, Vidas de hombres ilustres. Sobre los poetas, Virgilio: 435. I 27 !bid. 1 28 Quintliano, Institutio Oratoria, 1 , I : 33-34. 1 29 Marichal 1 97 1 : 2 1 5. 1 30 Valette-Cagnac 2002: 294. 1 3 1 Plutarco, Consejos para conseroar la salud: 1 30 a-b. 1 32 !bid.: 1 30 e-d. 1 33 Cit. por Gleason 1 995: 93. 94

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LA fRAVESÍA DE lA ESCRITl"RA

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/bid. Diógenes Laercio, Lijes ofEminent Philosophers, rv: 2. 1 :16 Séneca, Epístolas mlrrales a Lucilio: 78, S. 1 37 Plinio el Viejo, Historia natural, XXVI I I : 5, 1 4. 1 38 Plutarco, Consejos para conseroar la salud: 1 30 e-f. 1 :19 Bauml 1 980: 243. 1 40 Hanson 1 99 1 : p. 1 87. 1 4 1 Plinio el joven, Letters, VI , XVI I : 2-5. 1 12 Plutarco, Sobre cómo se debe escuchar. 45d. 1 43 Plinio el .Joven, Letters, IX, XXVI I : 1 -2. 1 41 Aulo Gelio, citando a Musonio, Noches áticas, v: l . 1 45 Plinio el joven, 1-etters, v, X I I : l . 1 46 Marcial, Epigramas, IV: 86. 1 47 Mee k 1 983. 1 48 Youtie 1 9 7 1 b: 259 y ss. 1 49 Cavallo 1978: 469. 1 "0 Martimort 1 992: 1 59. ' 5 ' McDonald 1 995: 1 00. 1 5 2 !\' o hay indicios de que Jesús recibiera una educación formal y mucho menos que asistiera a una escuela rabínica en la min úscula Nazaret. La eviden­ cia que ofrecen los Evangelios de que fuera alfabetizado es ambigua. Lucas lo presenta leyendo en la sinagoga ( Lucas 4: 1 6-30) pero el pas�je no aparece ni en Marcos ni en Mateo, y pudo ser motivado por el deseo de mostrar a .Jesús como un maestro letrado. La mt:jor evidencia de que sabía interpretar las Escrituras judías proviene del hecho de que participaba en los debates, como aquel que presenta Juan 7: 15 cuando, ante su habilidad, los escépticos de Jerusalén se pre­ guntan "¿cómo sabe éste las letras sin haberlas estudiado?" (Véase Boornershi­ ne 1 995: 22) . La historia de Juan 8: 6, en la que Jesús escribe con un dedo en el suelo mientras le interrogan acerca del delito de adulterio no prueba su capaci­ dad de escribir, y no hay ninguna otra evidencia que pueda hace�lo. Jesús ense­ ñó en arameo, su lengua materna, aunque probablemente pudiera expresarse también en hebreo. Sus conocimientos en griego o latín son mucho más incier­ tos: el griego se hablaba con frecuencia en Palestina, en la que vivió, pero las es­ cenas en las que se comunica con Poncio Pilatos o con el centurión no son pro­ batoria.� de su dominio de esas lenguas. Finalmente, tampoco parece haber tenido ningún contacto con la literatura griega o latina. Un análisis detallado se encuentra en Meier 200 1 : 279 y ss. 1 53 Dibelius 1 984: 23. L '>1 Vouga 200 1 : 1 8-20. 1 55 Dunn 2004. 1 56 Ehrman 200 1 : 73- 74. 1 35

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Kelber 1 997: 2 1 . Véase Theissen 1 985. 159 Wiseman 1 970: 54. l fiü Koester 2000: 4. l fi l Aune 1 993: 45. l fi2 Dibelius 1 984: 51 y ss. I W Koester 1 990: 20 1 . l fi4 Dibelius, 1 984: 34. 1 6" Gamble 2002b: 28. l tifi Robinson 200 1 ; Kloppenborg 1 999. l fi7 Vouga 200 1 : 1 7. l fiH Balz 200 l . 1 fi9 �cDonald 1 995: 1 45. 1 70 Papías, citado en Eusebio de Cesarea, Historia eclesiástica, m: 39, 4. 1 7 1 Jeremías 36: 4-24; Antiguo Testamento, vol. IV, Libros proféticos. m Hechos 8: 28-3 1 . 1 73 Apocalipsis l : l . 1 74 Lucas 4: 1 6 1 7·' 1 Tesalonicenses 5: 27. 1 76 Colosenses 4: 1 6. 1 77 1 Ti moteo 4: 1 3. H 1 7 Apocalipsis 1 : 1 -4. 1 79 Vida! 1 996: 1 7 y ss. I HO Gamble 2002b: p. 44. IH I Dewey 1 995: 53. I H2 Romanos 10: 1 7. IH :l Rinaldi 1 969: 939. IH 4 Gamble 1 995: 209. I H!> "El 25 de diciembre del 274, Aureliano inauguró un templo al Sol invictus, estableciendo en Roma el culto al Sol. Esa fecha, que también celebraba el Dies natalis solis, el nacimiento del sol, se convirtió igualmente en la fecha del naci­ miento de Cristo. El domingo, el día del sol, se hace sinónimo de Domenica dies, el Día del Señor, fiesta oficial instaurada por Constantino desde el 320" (Caro­ na 1 998: 1 7) . IH ti San.Justino, Apología: 1 , 67. H I 7 Gamble 1 995: 208. I HH /bid. ; 23 1 . IH \l Voge1 1 986: 294. 1 90 /bid.: 296. 19 1 .Jungmann 1 977: 280. 1 92 /bid. : 284. I !>H

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L� TRAVESÍA [)E lA t:SCR!Tl'RA

1 93 /bid.: 286. 1 94 Gálatas: 4, 2 1 . 1 9-'' Campenhausen 1 997: l . l 9fi Yletzger 1 997: 1 1 3 y ss. 1 97 Véase Ehrman 2003. 1 9R Del mismo modo, Jos escritos excluidos del canon fueron llamados "apó­ crifos", apócripha, que significaba "lo oculto", término que se refería a los libros que no eran leídos en la liturgia, sino usados de manera privada. (Véase Gamble 2002a: 1 7. ) 1 99 San jerónimo, f-pistolario: 1 29, 3. �00 Gamble 1 995: 2 1 6-2 1 8. 20 1 Hipólito, citado en Yletzger 1997: 1 5 1 . 202 1 Ti moteo: 4, 1 3; Apocalipsis: 1, 4. 203 Isidoro de Sevilla; Eccl. Off. 2, I I , cit. por Banniard 1975: 1 1 7. 204 Guerra 2002: 56. 205 San Cipriano, Cartas: 39, 4, 2-3. 206 /bid.: 29 y 38; 2. 2°7 H. Leclerq 1 952a: col. 1 330. 208 San Cirpiano, Cartas: 28.2. 209 "El término 'ambón ' deriva de la palabra griega para 'pr-:>minencia' , 'ele­ vación' y recuerda el 'púlpito de madera' desde el cual Esdras declamó las Escri­ turas del Antiguo Testamento a la multitud reunida ante el pórtico del Templo" ( Milburn 1 988: 1 23 ) . 2 1 0 Murray 1 996: 1 2. 2 1 1 La evidencia más antigua de la existencia de un libro de lecturas se en­ cuentra en Genadius (t 470) , según el cual Musaeus de Marsella lo había elabo­ rado a petición del obispo Venerius (t 452 ) . Cfr. Palazzo 1998: 84. 2 1 2 Vogel 1986: 300. 2 1 � Palazzo 1 998: 9. 2 1 4 Durante la Edad Media, la obra principal de la celebración de la misa era

el Sacramentario. Era un libro que el sacerdote usaba para la celebración de la misa y para la administración de los principales sacramentos. Por tanto, conte­ nía las plegarias de la misa, las plegarias invariables, el canon , como aquellas que varían con el año eclesiástico. Pero no era un libro de lecturas, puesto que éstas eran realizadas por el lector o por el diácono y no por el sacerdote. Igual­ mente, no contenía los cantos, corno el Antifonario, porque ellos serían canta­ dos por el cantory no por el celebrante. En la tipología moderna de libros litúr­ gicos, el Sacramentario ya no existe porque fue absorbido por el Misal a partir del siglo XI d.C. (Véase Jungrnann 1977: p. 235) . 2 1 5 Palazzo 1998: 94. 2 1 6 Cabié 1 992: 37 1 .

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SER( 'lO Pf:REZ CoR ri:s

21 ¡ Cánones de Hipólito, citados en H. Leclerq 1 952a, col. 1 337. � � � l l ughes 1 995: 22. ��9 llnJJ. ��o Scbastián 1 994: 88. ��� Isidoro de Sevilla, cit. por Bann iard 1 975: 1 1 8. 2�� A este desarrollo se refiere nuestro capítulo "La página legible". n:l Isidoro de Sevilla, cit. por Bann iard 1 975: 1 23. 224 Imd. n·, Isidoro de Sevilla, J:'timologias, \'11: 1 2, 24. 226 Véase Petrucci y Romeo 1 992a: 29. 2�¡ ::-.Jicolas Orme, cit. por Reynolds 1 996: 1 O. nH 1 1 . Leclerq 1 952b, col. 348. ng Avienary 1 994, 1 2: 578. 2:lo Cit. por Gilles 1 987: 1 1 4. 2:l l Isidoro de Sevilla, Etimologías, VI : 1 9, 9. �:l2 "De ' leer' reciben su denominación los lectores; igual que los salmistas, de 'cantar los salmos'. Los primeros leen al pueblo la doctrina que deben seguir, los segundos cantan para provocar el sentimiento de tribulación en el espíritu de los oyentes; aunque hay algunos lectores que recitan con tanto patetismo, que arrastran a muchos al llanto y al lamento" ( !bid. : VI I : 1 2 , 24) . 2:l� H ughes 1 995: 23. 2�4 Gersom-Kiwi 1 969: 375. 2:lr> Avienary 1 994: 575-576. 2�6 El párrafo se debe a Avienary, ibid. : 572. 2:l7 Isidoro de Sevilla, f.'timologías, 2, 1 1 : 5. 23H /bid. , 2, 1 1 : 5. �:llJ ldem. �40 H. Leclerq 1 952c, col. 2245. 24 1 Riché 1 962: 1 05. �4� H . Leclerq 1 952c, col . 2248. �4 � Paoli-Lafaye 1 986: p. 69. 244 Guerra 2002: 59. 24" Cit. por Avienary 1 994.: 580. 24¡¡ Wiseman 1 970: 62. 24¡ Gamble 1 995: 74. �4x Jmd. : 69. 249 Véase Turner 1 977. 250 Relatado en :'vfetzger 1 968a: 107- 1 08. 2'' 1 La &gla df san Benito, Prólogo: 45. 2''� Coree 1 925a: XVI . 2·'i3 J. Leclerq 1 96 1 : 1 33.


L\ TRAVESiA DF. lA F.SCRIT!'RA

�54 San Jeróni mo, Epistolario: 22, 25. 2:,5 J. Leclerq 1 972a: 260. 2''6 Atanasio, Vita Antonii: 3. 257 Illich 1 993: 68-69. 25H Entre el 400 y el 700 d. C. el monacato latino prod�jo una treintena de es­ critos, mayores o menores que reciben el nombre de Regla. Es notable que entre la enorme diversidad de esos documentos, un gran número de ellos establece horarios para la lectura y el trabajo (Véase Vogüé 1 993: 623 ) . 259 L a Regla de san Benito: 48,22. 2fiO Colomhás 1 998: 388. 26 1 Cit. Por Riché 1 962: 1 04. 262 Gregorio el Grande, Vida de san Benito: XXXI. 26:l Citado en Alessio 1 990: 1 09. 264 /bid. : 1 1 1 . 26'' Cit. por Gorce 1 925a: IV. 266 Hugo de san Victor, Didascaliron, 1 1 1 : 6. 267 Lector puede interpretarse como collertor, derivado de colligere, el que recoge en su espíritu las cosas que lee, dice Isidoro de Sevi lla. 2fiB Colombás 1 998: 7 1 7. 269 /bid. : 723. 270 A1essio 1 990: 1 1 2. 27 1 B. Ab. Zar. 1 9a, cit. por Gerhardsson 1998: 1 27. 272 /bid. : 1 65. 273 Parkes 1 997: 1 1 2. 274 J. Leclerq 1 972a: 260. 275 J. Leclerq 1 965: 27. 276 Regla de san Benito: 48, 5. 277 Calatti 1 98 1 : 436. 27H Valette-Cagnac 2002: 30. 279 :--l úmeros 22; 2 1-33. �jemplo extraído de Dubois 1 984 : 264-265. 280 J. Leclerq 1 965: 94. 2H 1 Casiano, Colacione.\� 1 4, 1 O. 2H2 Mundó 1 950: 65. 2H:l Colombás, "Comentario", en /.a regla df' san Benito: 387. 284 Mundó 1 950: 85. 285 Southern 1 980: 204. 286 Christ 1 984: 1 7. 287 Alessio 1 990: 1 07. 288 Ghellinck 1 938: 36. 289 /bid. : 38. 290 Thompson 1 957: 32.

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29 1 Christ 1 984: 1 8. 292 Barbero 200 1 : 225. 293 Thompson 1 957: 32. 294J. Leclerq 1 965: 1 43-1 44. 295 Véase H umphreys 1 982: 62. 296 Mundó 1 950: 70. 297 Christ 1 984: 4 1 . 298 Véase Humphreys 1 982: 69. 299 Véase Christ, 1 984: 27. 3°0 Véasc Ferreiro 1 992. 30 1 Hajna1, 1 959: 1 9.

CAPÍTULO J I I . LA PÁGI�A LE<;IBLE Y LA LECTLiRA SILFJ\CIOSA 1 Moreau-Marichal 1 968: 56. 2 Southern ( ed.) 1 972a: XXXI.

3 Brignoli 1 956: 1 6 1 . 4 Diringer 1 982: 1 3 7. 5 Parkes 1 993: 1 O. 6 Marichal 1 97 1 : 245. 7 Wingo 1 972: 1 5. H El modelo griego adaptado por los etruscos era casi perfecto: únicamente carecía de símbolo para la letra F (véase Gordon 1 969: 1 68- 1 69 ) . 9 Wingo 1 972. 1 0 Séneca, Epístolas morales a Lurilio, XI.: 1 1 . 1 1 Saenger 1 997b: 22. 1 2 Saenger 1 990b: 44 7. 13 Habineck 1 985: p. 58. 14 Citado en Irvine 1996: 70. 1 5 Véase Pfeiffer 1 998: 1 78. 1 6 Dionisio Tracio, Gramátira: 4. 1 7 Brignoli 1 956: 1 66. 1 8 San jerónimo, Prólogo al libro del profeta E-uquiel, 3 1 6: 503. 1 9 Moreau-Maricha1 1 979: 63-74. 20 La recopilación es de Wingo 1 972: 22. 2 1 Parkes 1 993: 1 3. 22 Cit. por Bonner 1 984: 292. 23 Desbordes 1 995: 236. 24 Parkes 1 993: 1 3. 25 Vezin 1 987: 54

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26 Metzger 1 968a: 23. 27 !bid. : 26. 2R Christ 1984: 57. 29 Casiodoro, Iniciación a las Sagradas Escrituras, xxx: l . 30 !bid. , xv: 2. 3 1 /bid., X V : 4. 32 /bid. , X V : 7. 33 /bid. , XV: 9. 34 /bid. , XV: 8. 3·" Parkes 1 993: 1 7. 36 Casiodoro, Iniciación a las Sagradas &crituras, xv: 1 2. 37 !bid. , xv: 1 2. 3H Gribomont 1985. :lg Casiodoro, Iniciación a las Sagradas Escrituras, Prefacio: 8. 40 Parkes 1 99 1 b: 1 y ss. 4 1 !bid. : 1 4- 1 5 . 42 McGurk 1 96 1 : 3- 1 3. 43 El término es de Parkes 1 99 l b: 3. 44 !bid.: 1 7. 45 Diversos paleógrafos han hecho contribuciones significativas al proble­

ma del divisor de palabra, pero a nuestro juicio, cualquier referencia actual al tema debe llevar al nombre de Paul Saenger, quien se encuentra intensamente citado en los siguientes párrafos. 46 Saenger 1 990c: 57. 47 Saenger 1 997b: 33. 4H /bid. : 27 y SS. 49 /bid. : 1 29 y SS. 50 ldem. 5 1 ldem. "2 Este descubrimiento, aceptado por los paleógrafos modernos, se debe a Jean Mallon y se encuentra expuesto en su libro Paleografía romana. 53 Gasparri 1 994b: 56-57. 54 Petrucci 1 992: 70. "5 Cencetti 1 997: 70. ·"6 !bid. : 8 1 . 57 Gasparri 1 994b: 95. 5H Brown , M. 1 993: 66. 59 Ganz 1 987: 39. 60 Rabanus Maurus, cit. por Ganz, ihid. : 33. 6 1 !bid. : 30. 62 Al copista medieval se dedica el capítulo v de nuestro trabajo.


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McGurck 1 96 1 : 8. Moreau-Marichal 1 968: 64. 65 Bischoff 1 993: 1 70. 66 Gilles 1 987: 1 24. 6 7 Moreau-Marichal 1 968: 62. 68 Zinn 1 974: 2 1 2. 69 Véase Illich 1 993: 45. 7o chaytor 1 974: 1 5. 7 1 Saenger 1 997b: 202-203. 72 Situación que se prolongó por lo menos hasta el final de la Edad Media (véanse, entre otros: Co1eman 1 996; Kintgnen 1 996; y Amtower 2000 ) . 73 Saenger 1 997b: 268. 74 Saenger 1 985: 24 1 . 75 Véase Wieck 1 997. 76 Saenger 1 987: 207. 77 Saenger 1 997b: 268. 7H Chartier 1 994: 1 60. 79 Saenger 1 982: 388. 80 Saenger 1 997b: 25 1 . 8 1 Rouse y Rouse 1 990: 2 1 9-230. ��� Ro use y Rouse 1 99 1 : 221 y ss. s:� Barnes 200 1 : 68-69. 84 Aulo Gelio, Noches áticas, xm: 19, 1 . 85 Fedeli 1 988: 55. 116 Chaytor 1 974: 1 9. H7 Saenger 1 997b: 264-275. HH Véase Darnton 2003: 61-96. 89 A. Miller, cit. por Graham 1 993: 44. 64

CAPÍTU LO IV. LA CIRCCLACIÓ:-.o POR LA PAlABRA Y EL ESCRITO 1 Cit. por san jerónimo, E-pisto/mio: 8. 2 /bid. : 7, 2. 3 Demetrio, Sobre el estilo: 227. 4 Cicerón, Letters lo his Brother, XXVI I I : 2. 5 Gorce 1 925b: 2 1 5. 6 Dión Cassius, Historia romana, X L I X : 1 8. 7 El tópico era común. Arriano, por �jemp1o, relata igualmente que Al�jan­ dro Magno recibió de Parmenión una carta advirtiéndole que su médico Filipo


lA TRAVESÍA DE lA ESCR!Tt:RA

inten taba asesinarlo. El mensaje resultó falso, pero puso a prueba la confianza que Alejandro tenía en sus cercanos ( Cfr. Arriano, A nábasis de Alejandro Magno, 11: 4, 9- 1 0 ) . R Dion Crisóstomo, "Epístola cxxvm ", cit. por Gorce 1925b: 22 1 . 9 Véase Bahr 1 966: 470. 10 Durante los periodos merovingio y carolingio, el término dictare fue nor­ malmente aplicado a las cartas. Todavía san Bernardo o Pedro el Venerable, en el siglo XI, se refieren a sus cartas como dictadas a secretarios, quienes continua­ ban tomando notas en tablillas enceradas (véase Constable 1 976: 42 y ss. ) . 1 1 San jerónimo, Epistolario, 36: l . 1 2 Véase, Richards 1 99 1 . 1 3 San Pablo, 1 Corintios 1 6: 2 1 . 1 4 Gálatas 2 : 4-6; 2 Corintios 1 : 23. 15 Gálatas 4: 1 5. 1 6 1 Corintios 1 : 1 6. l i 2 Corintios 8-9. I H Vida! 1 996: 35. 1 9 Cicerón, Letters to his Brother, IX: 26, l . 2° Cicerón, Cartas a Á tico, X I : 1 2, 4. 2 1 Ambos escritos se encuentran en Malherbe 1 988. 22 White,.J. 1 986: 1 89. 23 Véase Malherbe 1 988. 24 Rogerson 2000: 6 1 . 2·" Véase Costa 200 1 . 26 Exler 2003: 62. 2¡ En las cartas oficiales, la situación era un tanto diferente; primero, era obligado el uso de los titulus honoris de cada uno y, luego, no aparecía la fómula de salud y cortesía. 2H Stowers 1 986: 22. 29 Cugusi 1983: 58. :lo J. White 1 986: 20 1 . 3 1 Vielhauer 1 999: 8 1 . 32 Por supuesto, con el sentido que ella tenía e n la Antigüedad (véase Paoli 1 923: 253 ) . :n Plinio e l joven , Letters, 1 1 : 20, 9 . 3 4 Sherwin-White 1 985: 4. 35 Cicerón, l.etters to his Friends, I X : 2 1 . 36 Demetrio, Sobre el estilo: 224. 3i Julius Victor en Malherbe 1 988: 63. 38 Richards 1 99 1 : 2 1 3. 39 .J. White 1 986: 202.

310


40 Exler 2003: 88. 4 1 PseudoDemetrio, 33, contenido en Malherbe 1 988. 42 Cicerón, cit. por Pizzolato 1 996: 1 79. 4:� Sinesio de Cirene, Cartas: 1 O l . 44 Séneca, Epístolas morales a l.ucilio: 1 6, l . 4·; Crates a Lysis, cit. por Stowers 1 986: 29. 46 Véase Hadot 1 998: 2 1 1 .

47 Séneca, Epútolas morales: 6, !í. 4H Doty 1 969: 1 84 y ss. 49 J. White 1 986: 1 92. "Las dos principales palabras griegas para "carta" eran epistolé (pi. epistolai) y grammata, pero esta última podía referirse a cualquier tipo de escrito, incluida la carta. l�psitolé por su parte, lo mismo que su forma verbal epistellein tenía como significado "dar verbalmente una instrucción , una orden", en consecuencia "escribir una carta" retuvo este sentido imperativo y así fue usa­ da en la correspondencia militar y diplomática". 50 Harris 1 989: 57. 5 1 /bid. : 67. 52 Lewis 1 996: 1 44. 53 Cole, S. 1 98 1 : 233. Al menos existe un caso, alrededor del año 200 d. C. de una mujer llamada Hermione, conocida por un retrato funerario, cuya ocupa­ ción quedó registrada: grammateús, secretaria. ''4 Tibiletti 1 979. ''5 Achard 1 99 1 : 1 33. 56 Sherwin-White 1 985: 3. ''i VéaseJ. White 1 984. ''H Cambie 1 995: 58. 59 Véase H. Leclerq 1929. 6° Cit. por Coree 1 925b: 200. 6 1 Paulino de :N ola, cit. por C. White 1 992: 5. 62 San Agustín , Cartas: 40, l . 63 2 Tim 4 : 1 3. Ninguna carta de san Pablo ha sido transmitida fuera de la co­ lección y esto a pesar de que habían sido dirigidas a comunidades diferentes. 64 Los escritos paulinos no sólo fueron conservados, sino que la comunidad no dudó t:n acrecentar su número y hacer interpolaciones en las cartas conser­ vadas como en Rom. 1 6, 25-27; a la doctrina del apóstol se añadió así la refle­ xión de sus seguidores en una misma colección de escritos. ti.'\ Cicerón, l.etten to his Friends, x : 32, 5. 66 Cicerón, Cartas a Á tico, XII: 4, 2. 67 Hemos insistido largamente en la cuestión, pero he aquí una prueba ex­ plícita en lo que Cicerón escribió a Ático: "Quisiera que me escribieras con fre-

31 1


(.A TRA\'f.SÍA DE lA ESCR!Tt:RA

cuencia: si no tienes ningún asunto, escribe lo que se te venga a la boca" (y no a la mente, como diríamos hoy) (!Vid.: X I I , X I I ) . 68 Horsfall 1 995: .IJO . 69 Hartman 1 986: 1 37. 70 Youtie l 97 l b: 247. 71 Cicerón, Cartas a Á tiro, XI: 24, 2. 72 Paulino de !\' ola, carta dirigida a Severo, cit. por C. White 1 992: 6. 73 Cit. por Gorce 1 925b: 227. 74 Casson 1 994: 22 1 . 75 Horacio, t.:pístolas, I , X I X : 7. 76 Véase Quinn 1 982: 30, l . 77 Dalzell 1 955: 26. 78 Véase Fantham 1 996: 1 83-22 1 . 7Y Dupont 1 994 : 262. 80 Plinio e1Joven , LettPrs, 11, l l l . 8 1 Salles 1 992 : 95- 1 1 0. 82 Plinio el .Joven , Letters, II, XIV: 5-7. 83 /md. : VI I I , XII. 84 /md. : VI I , XVI I : 7. 85 /md.: VII, XVI I : 1 3. 86Juvenal, Sátiras, 1 : l -6. 87 Séneca, f.pístolas morales a Lucilio, < :XXII: 1 1 . 88 Marcial, f.pigramas, XIV: 1 42. �'9 Plinio el joven , Letters, VI, XVI I : 4. 90 Salles 1 992: 1 09. Y ! Suetonio, Vidas de los doce Césares, LXI: 4. 92 Plinio y Suetonio no se encontraban cerca, por eso intercambiaban sus manuscritos: "He leído tu libro y he anotado, lo más rápidamente posible, aque­ llo que me parecía que podía ser modificado o suprimido [ . . . ] ahora espero el libro que te envié con tus propias anotaciones" ( Piinio el Joven , Letters, V I I , xx: l -2) . Y:l Achard 1 99 1 : 1 94. 94 Horacio, An poetica: 390. 95 Véase Tónnes 1 995. 96 Gamble 1 995: 86. 97 Véase Dilke 1 977. 'lH Citado en Ghellinck 1 94 7: 1 99. 99 Quintiliano, lnstitutio Oratoria, Libro 1 , Prefacio: 5. 100 Véase Kenney 1 989, I I . 1 01 Beare 1 944: 1 62. 1 02 Starr 1 987: 2 1 3.

�3 1 2


S�.R<'iO Pf:REZ CORÜS

HJ:>

Gamble 1 995: 93. 1 04 Marcial, Epigramas, VI I : 97. 10� Marrou 1 949: 208 y ss. 1 06 1 l . Leclerq 1 952d, IX-2, col. 1 754- 1 772. 1 07 "f:ditio" quería decir "manifestación ", por eso la obra era "editada", ;aun si se realizaba en piedra ! " ( Marro u 1 949: 2 1 1 ) . I OH .Juan, 22, I R. 1 09Juan, 22, 19. 1 1 0 Horacio, EfJístolas, ! , XX: 1 0- 1 9. 1 1 1 Gamble 1 995: 1 1 9. 1 1 2 Ghellinck 1 947: 1 89. 1 1 3 San Agustín, Cartas, 1 a: 2. 1 1 4 !bid. : 1 R4a. 1 1 5 !bid. : 1 ", 2. 1 1 6 !bid. : 27, 4. 1 1 7 /bid.: 3 1 , 7. ! IR /bid. : 1 74. 1 1 9 Posidio, cit. por Gamble 1 995: 1 38. 1 20 Véase Saenger 1 997b: 48 y ss. 1 2 1 Haines-Eitzen 2000: 2 1 y ss.

CAPÍTl'LO V. COPIAR POR

ESCRI B I R

1 Debe tenerse presente que las m01�jas ejercieron igualmente el oficio de escribas desde los primeros tiempos, y lo hicieron con una habilidad caligráfica similar a la de sus homólogos masculinos. Existe evidencia constante de la activi­ dad de ellas en los sciptoria. 2 Lel'évre 2003: 26. 3 Southcrn 1 980: 20 1 . 1 Dohrm van Rossum 1 996: 37. 5 Clark 1 995: 69. 6 Lecoy 1 884: 1 98. 7 Parássoglou 1 979: 1 4. H Metzger 1 968b: 1 27. !l Géraud 1 840: 47. 1 0 Ivy 1 958: 4 7. 1 1 De Harnel 1 994: 89. 1 2 El término es de Petrucci 1 983. 1 3 Morgan 1 909: 3 1 8. 1 4 Dain 1 975: 29.


! A TRAVESÍA DE lA ESCRJrt:R.�

1 5 Casiodoro, Iniciación a las Sagradas Escrituras, xxx: l . 1 6 Skeat 1 956: 1 82. 17 Petimengin 1 984. 1 8 C n análisis detallado en Havet 1 9 1 1 . 1 9 Holtz 1 992: 333. 20 La formación gramatical de los copistas ha sido estudiada por Petrucci 1 995d) y por Parkes ( 1 99 1 a) . 2 1 Andrieu 1 990: 286. 22 Madam 1 920: 73. 23 Chaytor 1 974: 20. 2t Dain 1 975: 45. 25 !bid. : 50. 26 Petrucci 1 995a: 85.

27 !bid. : 90. 2H Gasnault 1 989: 24. 29 Stiennon 1 995: 1 85. 30 De Harnel 1 999: 29. :l l Stiennon 1 99 1 : 1 82. 32 Stiennon 1 995: 8 1 . 33 D'Haenens 1 982: 1 57. De Hamel 1 999: 29. 35 Frioli 1 992: 3 1 8. 36 Weinstein 1 998: 38. :n La expresión es de Lesne 1 938: 330. 38 !bid. 39 De Hamel 1 999: 32-33. 4 0 Gasnault 1 989: 35. 4 1 H�jnal 1 959: 20. 42 Véase Cencetti 1 957. 13 Sargent, Michael 1 996. 34

41

Christ 1 984: 205. Guigonis Prioris Carthusiae Statuta, cit. por Clark 1 995: 1 65. 46 Christ 1 984: 1 3. 47 Pacht 1 987: 1 2. IH /bid.: 13. 19 ::-.Jordenfalk 1 95 1 : 9. 50 Petrucci 1 995c: 29. 5 1 Alessio 1 990: 1 0 6. ''2 Gougaud 1 930: 1 70. ·"3 Cit. por Putnam 1 896: 64. ·"4 Prisciano, cit. por Irvine 1 996: 99. 45

314


SERGIO l'f:REZ COR rf:s

55 !bid. : 99. 56 Isidoro de Sevilla, r:timolof!Ías, I : 3. 57 Bischoff, 1 993: 1 52. ;,¡¡

Cencetti 1 997: 352-354. ''9 Stiennon 1 995: 44. 60 :vt organ 1 909: 304. 6 1 Edlcr de Roover 1 957: 60 l . 62 Cavallo 1 987: 35 1 . m Edler de Roover 1 957: 607. 1;4 Lesne, 1 938: 347. 65 Saenger, 1 982: 379. 1'6 Martene, De antiq. Monach. Ritilms, lihro 1 896: 63. ti 7 Ganz 1 987: 33. tiH Goderlac, cit. por Ganz 1987: 47. 69 Cit. por Stiennon 1 995: 49. 70 Lecoy de la Marche 1 884: 20 l . 7 1 Lesne 1 938: 349. 72 Lecoy de la Marche 1 884: 200. B Madam 1 920: 42. 74 I)ain 1 975: 367. 75 Lcsne 1 938: 344. 76 Petrucci 1 995a: 99. 77 Stiennon 1 995: 65. 7H Pctrucci 1 995a: 98. 79 Cavallo 1 987: 353. 80 Shailor 1 99 1 : 1 9. H l Dain 1 975: 1 7. 82 Samaran 1 946: 30 l . 83 Vielliard 1 957: 402. 84 Huard 1 947: 94. 8'' Lesne 1 938: 376. 86 Overgaauw 1 995: 223. 87 Lesne 1 938: 377. HH Frioli 1 992: 324. H!l Edler de Roover 1 957: 603. 90 Plummer 1 926: 30. 91 Cit. por Lecoy de la Marche 1 884: 200. 92 Cit. por Lesne 1 938: 352. 93 Cit. por Plummer 1 926: 22. 94 !bid.: 4 1 .

315

IV,

c.

XVI I I :

280, cit. por Putnam


LA TRAVESÍA DE lA ESCRITURA

95 Cit. por J. W. Ciar k 1 995: 59. 96 Lesne 1 938: 4 1 7. 97 Véase Hall 1 9 1 3: 4 1 7. 98 J. Leclerq 1 972b: 298. 99 Lesne 1 938: 4 1 1 . I OO Cit. por Stiennon 1 995: 65.


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