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textos y pre-textos

aleatorios

SALUD A LA ESPONJA - NO. 4 2008 - PROYECTO DE CREACIÓN LITERARIA


1. una palabra cruza el espacio -la asimos-: palabra caída, compartida, creída. (p)resentida; palabra que se rompe distrae camina germina termina. palabra que resulta tantas. reflejo que se va. con su parcela de distancia va...

2. cada cual consigo, silencio bien ganado. cada cual consigo y en lo dicho su nombre, asumido.

3. ...la Esponja es un espacio en blanco, y se sostiene en él su fuerza.

si alguien encuentra otra semilla, si quiere compartirla…

Juan Carlos Astudillo S.

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Juan Pablo Ordóñez / El murcielago doble (Quinto río)


Sebastián Lazo / 1982

* Apresuro estos días, lluvia y ciudad. Siento en el aire un empujón de la vida y aquel que mi pecho martilla despierta con ansias de fuego. ¿Qué nuevo calor mis venas perciben? Trae la mañana entre su sol mieles de alquimia, las vierte sobre el extraño metal que desgarra mis ganas. Gritos de júbilo han ocupado mi vacante silencio. A empacar empiezan los huéspedes del olvido, despojados de hurtadas habitaciones. 5


* Distraigo mi alma al viento y al extinguir el cuerpo me derramo en profundas voces. En tanto verde, abro con vista el apetito voraz de existencia. Y entre el andar de verbos y hormigas natales dialectos narran mi cuento.

* El normal transcurso viene como río. Las nuevas embajadas ya no esperan por la escasez. Todos con derecho a nada. No por pesimismo (aunque a veces sí), sin permiso me detengo y siento en mi espalda el caudal que empuja. Yo nado sin pensar o floto sabiéndome en peligro/ observo la espuma. Dónde lo cálido, dónde las ganas del desesperado encuentro del hombre y la luz. Marchitan las terribles alegrías. Sin embargo nuevamente semilla que viaja en el caudal. Exploto de vida y mis raíces lanzo, inicio marcha. Crezco.

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* Tu misterio hace de mí un aprendiz de misterio e intento descifrar con todas mis aves tu vuelo.

* A Feliu Entero la vida contigo aún semilla. Luz que germina. Antes apenas con laberintos envolvía mapas y entre paréntesis (mi risa) así respirar, latir. En un abrir de sol de pronto vital tú en mi tiempo. Pequeños, azules, tus pies. Paz entre mis brazos tu sueño.

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* Se espira el pensamiento alcanza al brillo continúa el círculo se extiende alcanza mi espacio me hundo en él ahogo pobreza hasta alcanzar mi espacio que se extiende, continúa el círculo, alcanza al brillo. Se espira el pensamiento.

* Se avecinan rayos de luz a aclarar el día salta en la pupila tu brillo y adentro la esperanza motor de delirio. Debo visitar tu encuentro derrotar escombros encontrarte al fin adornada de luz de tu mano mi alegría.

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* Visítame a menudo para que en vano no sean las tardes en las que voy del sillón al río. Con fuerza abro mis ojos para no perderte si pasas con furia y sin mirar. Y voy del río al invierno; Y entonces sí que el caudal explota y tú /tu/ lluvia de silencio, tiembla de llanto mis letras.

* Porque siempre te vas debo inventarte, así tus templos y paisajes; que tu voz alcance y cuente / tu lluvia, visite y riegue. Naces entonces, fuera de tí en mi otoño inventada. 9


Juan Antonio Serrano / el infierno es una parrilla llena de minotauros

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Juan Fernando Auquilla / 1973

2 Y el poeta sigue enviando a todos su currículo vía e-mail desde cuando le salió el primer diente de leche hasta cuando contrajo diarrea lírica, muy celebrada por sus seguidores, y con eso ganó no sé cuántos concursos que le sirven de cartas de presentación. 5 Al inicio también existieron muchas interrogantes como por ejemplo ¿quién comprará el pan mañana? Ella y él decidieron que es mejor comprarlo por las noches y responder a preguntas más importantes: ¿Qué significa eso de andar desnudos?

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6 Que se pateen a los mercaderes que se coman, o se traguen las alas plateadas de los angelitos sus mismos descubridores que se pinten con lápiz labial graffitis en los muros de la in-cultura soles negros, lágrimas azules que se escriban poemas urbanos un poema hecho mendigo, amante, caricia poemas escritos en las frentes en las gargantas de los vendedores callejeros voces, voces, voces pintadas con sonidos irreconocibles voces: por todos, para todos, de todos... 7 “mi cabeza no conoce otro rumbo” L. Restrepo Esta ciudad pesa me enfrasca es un ir y venir de anonimatos y soledades a propósito pero, feliz, yo me encuentro con lo que creo que soy.

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10 Tiene esta ciudad mucho de lluvia cae en gotas seguidas como líneas oblicuas Insalvables, condenadas a golpearse contra algo, desaparece entre las cloacas, luego se evapora... para caer de nuevo sobre otros cuerpos.


12 A Paco por tu amistad tan grande. La ciudad crece hacia todos lados se extiende, vive se divide tiene miles de ojos, cientos de extremidades, cuatro cabezas, una noche eterna... ahĂ­ estĂĄn sus habitantes intentando levantar una torre hacia el cielo de pronto no se entienden los ladrillos rebotan sobre sus cuerpos. Se forman nuevas ciudades.

13 A Chichi Estas aceras roĂ­das por el tiempo conocen de idas y regresos de colores blandos, de plegarias y de ruegos, de manos extendidas, escupitajos y limosnas, de trajes limpios y besos al aire estas aceras tienen ojos, manos, lengua el problema es que a nadie ha revelado cĂłmo entender sus mensajes.

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Ana Vela / ni単a ventana

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Pedro López / 1979

Daddy Acaso eres el culpable por las quinceañeras que no desfloré, o por la cortesana que sostuvo mis lascivias… ¿Qué eres?, ¿qué fuiste?, la esperma que invadió las profundidades de mi autora, la sombra que nunca se interpuso entre el sol y mis diplomas… ¿Dónde andan tus pasos?, ¿llevan tu apellido los retoños que no veo pero que algo de mí tendrán tampoco? Naufrago: son ya demasiado pesadas las olas que esta tempestad augura a mis letrinas; lejos de tí sobrevivo enfermo, desheredado, bastardo, haciendo lo que un taxi debería hacer por mis rodillas, cantando por la usura de un aplauso de belleza, temeroso de victorias que alumbren estos remiendos de parientes y gusanos. Cuanto antes debería comer pan con sudor o bien un nido de pastillas que silencien estas voces; a propósito: ¿cómo se enterarían mis mecenas del último suspiro de mi espera?,

¿cómo se llenaría el espacio neorrealista en sus hazañas?, ¿podrían volver a mirarse a los ojos cuando a un brindis incomode una silla sin mi sombra? Mudarme de vereda sería acaso placentero, mas no puedo ni tampoco lograr cheques. Aún lloro, aún quemo, aún río en medio de la urgencia de una musa que no rompa el cristal de los ojos del chofer que la lleva en mis delirios; y sin saber sigo cantando, casi a punto de escupirle a las imprentas, de acabar con mi peinado y mis perezas, y a su vez aferrándome a la almohada que tanto me ha curado de las fiebres que lloraban cuando el mundo me dolía con horarios. Y a todo esto, mi madre, futura, ausente, mimosa. 15


Fantasmas en tus ojos Me han dicho que no querías rodearme con laureles, que disfrutaste de los cardos que arañaron mi frente la tarde en que tus excesos no requirieron de mis dones. Se fue, se marchó, el dulce espectro que me hacía creer que era el dueño de tus enredaderas. ¿Cómo fue que tu balcón desdeñó mis garras? ¿Cómo fue que el ímpetu que guiaba tu lengua por mis vicisitudes, de pronto prefirió la mediocridad del embeleso de los tardos? He visto fantasmas en tus ojos, sábanas tristes que un día fueron lecho, lágrimas indecisas que esparcen desesperanza en el mar de los naufragios, donde yacen tu falda y tu caída, la espuma del champagne que allí en tu espalda tomaba proporciones de marea, los besos que jamás se atrincheraron y vendieron muy cara la derrota, la benevolencia del pérfido verano que procuró que nuestra ropa deshabite los recatos.

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Testimonio de un peatón que odiaba los relojes Cuando a la calle doy mis pasos, las risas más esbeltas me envuelven en sus dientes propensos a los últimos peinados; no faltan tampoco los señores que ostentan el fulgor de sus costumbres, y los parques que son extractos de la jungla en la que un día fuimos dueños de las sombras. Las damas se santiguan frente a los mendigos que rezan aún sabiendo que Dios cree en el ayuno, también hay colibríes y murciélagos, e incluso algún travesti procurándose un abrazo. Los taxis que se saben de memoria las esquinas, los pecados, no dudan en conducir hasta el Infierno a las almas que expiaron sus promesas, todo esto presenciado por las impenetrables vitrinas que atesoran pretextos para que las tareas de los desheredados no sean presa de los infortunios que apedrean a quien busca en lo cotidiano los prodigios.


Sollozos rezagados Te extraño y la luz que deshabita tus ojos es la sombra que hoy me cuida el paso. No tenerte es volverte a amar, saber que me buscabas en jardines flanqueados de edificios que eran cárcel y aposento. ¿Cómo es que recién ahora retumban tus huesos en mis horas? Han pasado sucesos y pecados que vistieron mi duelo con perfume, pero recién ahora, después de la resaca, me acuerdo que no has vuelto, que te fuiste, y eso que yo regué tu sepultura y aún tomo pastillas en tu nombre… ¡Qué noche más lúcida esta noche que me muestra sin manchas tu cariño! No sé si mi musa es una golfa o si el cielo se gana con anillos, no sé si mi barba me proteja cuando viejo me quede sin motivos, no sé si los libros me secunden cuando tenga que ensuciarme las rodillas… Sólo hay una certeza que es tan fría y es que aún no te he llorado lo que es mío. 10 de julio de 2006, madrugada.

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Gabriela Bernal / sin tĂ­tulo

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María de los Ángeles Martínez/ 1980

Desnudo sin escalera En el desnivel de vida, por no llamar foso en el que me encuentras. En ese campo en el que tú, en el que yo deberíamos… Debo confesarte que no me confieso, que me equivoqué, que me equivoco; y sin embargo hay algo en tus retinas que ha disuelto la indisoluble angustia; que me hace algo así como buena y alegre. Y aunque no lo sepas: gracias. Quedo a la espera de que me resurjas de las cenizas,

nuevamente emplumada, nuevamente amada, nuevamente nueva. Y tú, mi cobarde, bellísimo héroe, hecho todo de carne deliciosa al despertar, no importa a qué hora al lado de esta sediciosa Bruja, que no sabe nada de escobas y que break in tears like a little girl, dejarás de ignorar tu ignorancia. Pues mi alma te ha echado ya el ojo, el hechizo y las garras, y sólo espera que caigas eternamente bajo conmigo.

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Conquista Tan hermoso el delicado descaro. Juego de naipes en solitario donde hago trampa, jaque mate sin harakiri. Ríe mi risa, inocente culpable; oculta el veneno más alucinante en miss labios de barbie fatal. Te dejo y te tejo sin dejarte, con cautela la telaraña de seda, atardeceres, y olas, holas de mareas, listas para emparedarte. La bandera pirata está puesta.

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La bandera negra, negra, nunca blanca. No estaba tan oxidada el arma como para no alcanzarte y tenerte sin cuernos en la cabecera de la cama. Juego que juego al disimulo obvio y al disimulo bien disimulado. Un guiño como de polvo de carretera, un rozar la mano, con descuido tan suave que nunca se confundiría con torpeza. ¿En qué año estamos, querido? ¿1492? ¿O en plena guerra floreada? Eres presa exquisita, plato de nueva cousina, meta de la única maratón que me interesa. Peligro, alta tensión, te mentiré que no tengo prisa: ¡Cuida de no cuidarte las espaldas!

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Juan Pablo Ord贸帽ez / Tecnocumbiera en el parque

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Luís Monteros Arregui / 1978

De las manzanas y sus usos. … porque a veces la palabra sólo contiene sus siete letras… Cuando Dios, según la leyenda, puso en el Paraíso ese árbol central del que tanto se ha hablado y vio que le crecían manzanas, tomó una y la revisó con meticulosidad antes de decidir si era algo bueno y alegrarse; la palpó con sus enormes manos, la percibió con su nariz aguda, la vio desde todos los ángulos posibles durante eternos minutos, pestañeando profusamente, sin lograr comprender lo que había creado. Después de un momento más de contemplación, la apretó entre sus dedos, con toda la ira de Dios, y la fracturó en pequeños pedazos que saltaron por todas partes. De la manzana quedaron apenas en sus manos un par de semillas, como lágrimas petrificadas. Él las miró y decidió dejarlas cerca del mismo árbol y no prestarles más atención. 23


A partir de esa misma tarde se dedicó a crear otros objetos y seres de las más variadas apariencias y características que, exhausto de moldear, no quiso descifrar siquiera. Así que cuando los entes que más trabajo le costaron hacer asomaron la cara y el cuerpo desnudos, les encargó la misión de nominar y estudiar todo lo que Él había puesto en el mundo. Entonces, el hombre y la mujer se dedicaron a esa labor: bautizaron a los animales, se zambulleron en las aguas, corrieron por praderas y rodaron por quebradas, subieron a arbustos y levantaron rocas en busca de los más extraños especímenes. Luego de días y noches entre penosas pesquisas e interminables listas de nombres, al fin descansaron. Y aunque Dios se complació con el trabajo de Adán y Eva, no pudo olvidar aquella rojiza y delicada fruta que había originado a todo, y les preguntó cuál creían que podía ser su utilidad, pero el uso que ellos le dieron a la manzana no lo satisfizo en lo más mínimo, a tal punto que los obligó a abandonar el Paraíso de inmediato. Sin embargo, la duda no se alejó de su perfecta cabeza a pesar de que el mundo se fue poblando, con razas y culturas disímiles que se enfrentaban y dominaban a través del tiempo. Esta diversidad, pensó ojeroso por el insomnio de la incertidumbre, ayudaría a descubrir de una vez qué era lo que había creado. 24

Y así fue. Y Dios se consagró a tiempo completo a escudriñar a los hombres y mujeres que, en distintos lugares de la Tierra, se atrevían a lucubrar sobre las manzanas. Unos las utilizaron para lanzárselas a la cabeza, otros las vendieron o intercambiaron, y algunos más hicieron malabarismos con ellas, rebotándolas contra los muslos y los pies, como si fueran pelotas. Arrancaron sus cortezas o molieron su pulpa para elaborar ungüentos y menjurjes, extrajeron sus semillas para comercializarlas, reprodujeron sus colores en camisetas y pinturas para pared, usaron su forma como emblemas, se adueñaron de sus características, las patentaron y tomaron como pretexto para discordar y hacerse daño. En otros sitios, los seres humanos prefirieron contemplarlas y buscar más allá de su textura y aroma algo que las definiera y diferenciara, que uniera a una con las restantes de su clase y de otras clases, con las peras y los limones, aquel elemento fundamental que hace manzana a una manzana, que la liga con las demás y a la vez la distingue y hace única e irrepetible. Las partieron, licuaron y cocinaron, las dejaron podrir en los árboles o carcomer por los gusanos. Las abandonaron cuando descubrieron que las naranjas eran más jugosas, pero nunca las olvidaron, al igual que su Creador, echado en su diván enhebrado en oro, con la mejilla


apoyada sobre la palma de la mano, observando con verdadero asombro cómo los hombres y mujeres del mundo que yacía a sus pies les habían encontrado los más diversos usos y definiciones, desde los más absurdos hasta los más profundos; les atribuyeron propiedades místicas, características filosóficas, epistemológicas y ontológicas, les dedicaron cantos, pinturas y poemas, les dieron más explicaciones de las que en verdad tenían; las volvieron objetos de culto, símbolos de placer y de prohibición, las dejaron caer para comprobar teorías y leyes, compararon su redondez con la del mundo, con la de una cabeza, unos senos o unos glúteos, las culparon del infortunio humano, de esa incertidumbre insaciable que el mismo Dios sopló sobre sus narices para que buscaran cualquier explicación lógica o romántica a su más controversial obra.

sus intentos por descifrar esa bendita manzana, que ya ni siquiera era de Él sino por completo de los hombres -y de algunos cerdos, pero ése es otro cuento- que lamentó haberla inventado y propiciado tanta palabrería sobre ella, el pretexto ideal para que los seres humanos imaginaran indefinidamente y terminaran por olvidarse de Él; entonces se tuvo infinita compasión y recordó a los pobres Adán y Eva, expulsados del Paraíso al comienzo de los tiempos, que simplemente pensaron que era una manzana colgando de un árbol, la arrancaron y se la comieron con deliciosa voracidad.

Y al ver tantos y tan variados significados, cientos y miles de conceptos, preceptos e ideologías desarrollados alrededor de las manzanas, Dios se regocijó infinitamente, se maravilló ante una creación tan asombrosa que Él, en su magnificencia inconmensurable, no había podido entender. Pero su felicidad no duró para siempre, como habría querido, ya que miró a su alrededor y se encontró solo, no tuvo con quien compartir su alegría, pues se había alejado tanto de todas sus criaturas, empeñado en mirarlas durante siglos en 25


Caída libre El único pensamiento que libera al espíritu es el que lo deja solo, seguro de sus límites y de su fin próximo. El mito de Sísifo, Albert Camus

El viento me golpea con infinitos aguijonazos en el rostro, me obliga a cerrar los ojos con lágrimas que corren hasta perderse en las sienes. El cuerpo se balancea como si flotara, sin conciencia de los cientos de kilómetros que lo van atravesando. Me doblo intentando cambiar de posición pero no tengo control sobre mis movimientos y empiezo a girar violentamente en trompos; no logro restablecerme y quedo boca abajo otra vez. Siento un brazo que se dobla hacia atrás y se disloca sin que pueda hacer nada. Apenas consigo distinguir el verde intenso del valle que parece tan lejano. Es un tapiz del que sobresalen manchones de colores, cafés, otros verdes, algo gris, un poco de terracota. Figuras irreconocibles. El brazo, desgonzado en perpendicular a la espalda, me retuerce del dolor. Intento dar vuelta, pateo al aire y muevo la cabeza hacia el torso; de un tirón 26

que me estremece vuelvo a quedar boca arriba. Pongo el brazo lisiado sobre el pecho. Lo sujeto con fuerza. El pelo me golpea el rostro, la ropa se tensa. Es la velocidad, pienso. A lo lejos, y como un murmullo, una avioneta se esconde detrás de las nubes. No hay pájaros. No hay nada, solo un vacío en el fondo del pecho, el latido presuroso, la respiración acelerada. El sol brilla inalcanzable en el fondo del cielo. De repente un suspiro, mantener vacíos los pulmones, aguantar el aliento. La contemplación. Por un momento me pierdo en la inmensidad añil, en el resplandor de su cuenca etérea. Olvido la caída, la consecuencia, el final. Soy extraño a ese hombre que se precipita hacia la llanura. El azul se hace más intenso, con un halo espectral absorbente. La vista no alcanza para entender la distancia que se acorta vertiginosamente, no quiero pensar en nada más que en la bóveda que me sustrae por fin de la realidad. Cierro los ojos. Estoy volando, el mundo ha desaparecido solo con darle la espalda. El tiempo


Un silbido profundo me vuelve a la realidad: el viento; un silbido que se convierte en un gemido agudo. Soy yo. Otra vez la conciencia. Estoy gritando. Siento el brazo ardiendo en su articulación; tiemblo y vuelvo a girar en remolinos, caigo en picada, el viento golpea, la desesperación bombea con intensidad, trago aire, la boca se seca, los ojos se cierran como si presintieran la explosión de la carne contra la llanura. No quiero morir con el rostro contra el piso. El verde se va descomponiendo; los árboles toman formas definidas, las rocas muestran sus salientes, el aire cambia su sabor, se inunda, se enfría, el temblor aumenta, la palpitación retumba, el vacío, la cercanía irreversible…

no existe más. Abro los ojos. El espacio se expande y se concentra en mis pupilas contraídas por el fulgor; presiento una noche agujereada, una noche que no va a llegar. Me sumo en una imagen difusa y dejo de ser.

Pataleo, giro como una marioneta, cambio de posición, otra vez boca arriba, el cielo despejado, la inmensidad me atrae, el miedo desaparece, voy a morir, pienso, y en un segundo que se hace eterno esbozo una sonrisa mientras espero el golpe; ya no importa cuándo llegue, yo sigo mirando al cielo…

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Reynel Alvarado / DĂ­a de muertos

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Ana Minga / 1983 V a mi padre

¿Sigues siendo puntual?

¿Sigues comiendo pan en las tardes? ¿Qué hiciste con tus pecas? ¿Hoy volviste a madrugar?

¿Te sigue doliendo el cuerpo? ¿Todavía te jode el salario?

¿Sigues muriendo cuando caminas? ¿Qué fue del perro?

¿Te gustó la limonada del almuerzo?

¿Todavía esperas la voz de tu hermano?

¿Cuántos subterráneos encuentras en ese libro? ¿Qué pasó con tu memoria? ¿Cambiaste de nombre? ¡Contesta por favor! ¿Qué haces aquí

con ese foco en el cuello alumbrando esta calle?

II Mentalmente enferma sola la sombra de un niño acurrucado me persigue. Mi cerebro es un ataúd está envuelto en una bufanda la locura me sostiene respira conmigo. 29


Sofía Jaramillo / sin título

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Juan Antonio Serrano / 1976 “si me pregunta qué merece la pena, le diré que el amor, la amistad, la risa, todo lo bello que he visto, las canciones que he oído, los libros que he leído, un baño de mar, un partido de fútbol, un agua de coco...” Chico Buarque.

Marcas, marchas.

I Entero, un pedazo completo de mí, que lo voy comiendo poco a poco.

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II Son las sombras del pasado, los miedos que persiguen el futuro, así nada más. ...Una fotografía de una niña en la escuela que levanta las manos, una reunión políticamente correcta, una llamada por teléfono a quien sea, un amigo, una amiga, un hermano. Interrupciones e ideas que no llevan a ningún lado, o que te llevan a todos lados, ves una imagen tuya en donde ríes en Cuenca, en la Cruz del Vado, luego te sumerges en el mar de Mompiche, con mil cervezas encima, vas a bailar salsa en un bar de la calle Princesa en Barcelona, un extraño te apunta con un revolver en Brooklyn. Momentos únicos en donde la ansiedad y la paz, la risa y la lágrima se funden un solo respiro, Es la soledad en medio de gente, es el silencio después de un grito, es el estado de contemplación, logrado por un vodka seco. Lejos, simplemente lejos... con todo el miedo del mundo, buscando el día amarrado al día, el paso después del paso, el respiro después de la idea, la idea después del respiro... ... el paso después. Ahora.

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III Fin, principio, primavera, otoño. Pasos y manos sombras y almas, voces, miradas, gritos, sonrisas. Caminar, desaparecer, aparecer. Sacrificio en una tarde que nació con una carta, resurrección en una noche que murió con un gin&tonic.

IV ....Si tan sólo nos dejáramos deslumbrar por las luces rojas y verdes, respirar el aire gris de la noche oscura, acostarnos en el sofá desordenado, sacrificarnos por pensar o sentir vergüenza y llegar a la certeza de que al escogernos, perdimos.

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José Antonio Cardoso / sin título


Javier Cevallos / 1976 Ofelia city El horizonte rojo ceniza de Newark La memoria se desprende del avión en ascenso: dejo atrás las calles, tan conocidas, mientras asciendo a 871 km./h. *** El mundo encerrado tras una ventanilla: 16A, 3F, 8D, 24C. Escenografías archivadas en la memoria, como en una ficha mnemotécnica. Es posible que la muerte sea algo similar: el mundo emburbujado que corre hacia atrás y se detiene abruptamente. El avión toma impulso, las aleaciones traquetean, presas de un furor inconcebible. Se intuye un motor (omnipotente, omnipresente) consumiéndolo todo con un ardor genésico, un soplo divino. El aparato se congestiona en un espasmo delirante. Yo permanezco sentado, aferrado a las entrañas del monstruo en gestación; me atenazo a él, mientras corre furibundo, en estampida. Lo onírico del vuelo: el sexo reprimido que se libera. Después de soltar las amarras, sólo resta abandonarse al sopor.

*** Terminal 12 y adioses en espera: el mundo se asoma a mi ventanilla. *** ¿y si el viaje no debiera terminar? esa luz azulada que se prende y se apaga transmite, en un código desconocido, secretos a mi alma. *** nadie me espera. *** ¿y si todos los puertos fueran embarcaderos, en continua despedida? la vida no se detiene por el pasajero rezagado.

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*** Museo del Prado Velásquez, Goya, Picasso Las Meninas Museo del Jamón (un restaurante) Paella vegetariana frío nieve mañana Toledo 13 horas en el avión tsunami mata 150.000 personas te amo *** Aquí, encerrados como seres posibles sin condena ni salvación. Irredentos, vagamos por pasillos interminables, entre departures y arrivals que nunca nos corresponderán.

*** Sobre la fachada de la torre Latinoamericana van construyéndose esbeltas columnas de Carrara. El conjunto es armónico: el aluminio y el vidrio se funden furiosamente en el mármol. Imposibles arcos de medio punto se superponen, a más de treinta metros, mientras el guerrero águila estremece, con un grito, las bases que se sumergen en los túneles del metro. Del otro lado, se ve brotar el rostro severo de un guerrero jaguar; el conjunto empieza a policromarse: reconozco el trazo de Siqueiros, de Villalpando y el de algún artista mexica, cuyo nombre no ha querido ser descubierto. Alrededor de la antena de televisión van cerrándose la cúpula, la linterna y el cupulín. El interior se ornamenta con tezontle - el rojo pétreo que nutre a Tenochtitlan -. En los despachos superiores, los archivos y escritorios de caoba van siendo desplazados por enormes retablos, olorosos a copal; las paredes se cubren de pétreos altares católicos. El sol se levanta hasta el cénit, el colibrí azul vuela alrededor de la inefable cúpula, las sombras se proyectan hacia la cima, por escalinatas ceremoniales que se enroscan al rascacielo. Cierta presencia asciende en silencio, entra por una ventana, deja atrás el abismo del ascensor, se asoma a la azotea. Los colibríes se desbandan. En el remate de la construcción, una cabeza se agita, se desenrosca y petrifica contra el cielo, azul de incandescencias. El señor Quetzalcóatl ha abandonado su largo exilio de Aztlán. Ciudad de México, dosmilsiete.

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*** Si se pudiese descifrar el secreto poema que se codifica en el brillo del agua, la nostalgia que se abruma sobre la colina mientras se sumerge en el mar. En las olas que se desploman sobre la playa. *** Los destinos se van borroneando, se deshacen ante los ojos. El mundo se abandona en huellas que el viajero atesora. *** Ahora, gota insistente sobre el abrevadero; el instante de cambio en el tablero de salidas. Hemos arribado con minutos de tardanza, siempre lo hicimos.

Hallo, en su fugacidad, más sentido que en la vida. ¿Qué hacemos sino ir de un lugar a otro? Llegar y deshacernos en espuma. Presencias que se van, con la lluvia, por los ríos del olvido. Cuento los guijarros, uno a uno. La memoria se decanta en chispazos de agua. Retazos pétreos. Instantes consignados. El lenguaje hermético de los colores que el otoño escribe. Si se observase la mano silenciosa, el lugar moriría de obviedad. Seattle, dosmilcinco.

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Tomás Carpio / sin título

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Juan Carlos Astudillo S. / 1979

libertaria… me llevo un fósforo junto al saco y un trozo de papel: ¡siempre llueve en la montaña! me llevo un secreto y una pluma, oscura, de un peso extraño y cobarde. ¡todas las aves vuelan al revés!

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USB failed. para re-co(no)cerme sombra un hilo en lluvia, boca ciega hacia el rincón que desfigura lo real.

para amar-me el mundo estar ahí…

para conocer-nos el deseo. en trans-formarlo, un sueño: la cadencia. en d-escribirlo un ritmo… la cadencia es el tiempo que demoramos un jadeo.

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quién te ensueña,

amor…

tu voz es clara, dilución de espejos: tu voz canta, encanta, atrapa… cuando vuelvas a ser otra, distante, podrás enamorarte de aquella a quien amamos los demás… 41


sobre las palabras que se crecen en mi valle.

cosmopolita un ave, una vela. la puerta encendida…  los lugares tienen un olor especial, que los define. - cosmopolita el agua fría, el verso…  no hay tiempo sin ser: esperausencia. - cosmopolita el sueño, versiones de viento en costumbre o catedral… • para rezar de rodillas lo más importante es, claro, la repetición consonante. - cosmopolita el ardor, el cemento, el transparentar la cicatriz en vilo…  los colores se visten diferente de acuerdo al momento del día: en la tarde, el resplandor es un ave. en la mañana una nodriza. - cosmopolita el día que se lleva las palabras…  en conciencia se pesa por urgencia: se la toma de la oreja, se la hace trastabillar, la secas, la mojas, te cuelgas en ella. cosmopolita, en realidad, esa pausa que anega lo eterno. -

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micro-puente. para insistir un diálogo hacen falta dos: uno que mire atento el fluir fuera y otro, que encierre en un puño la verdad que tienta.

¡El tiempo, Todo, es una explosión de espejos!

un diálogo inaugura el mundo, su silencio lo confirma. -pasado por todos… para todos. un día de más podría sostener tu risa ¿lo sabías?

una voz, inerme, la muda prohibición en soledad.

-color de sándalo, aroma y pétalo bajo el soporte líquido y color…

-unos lápices, un papel. 43


Juan Carlos Astudillo S. / calladito

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Luis Felipe Aguilar / 1977

Disciplina

A Nacho Retrueba, que me dio la idea para este cuento.

La sangre que se esparció en el suelo regresa al cuerpo recostado sobre su flanco derecho al tiempo que una leve neblina de humo queda en el aire; el hombre parece incorporarse de su caída, regresa a estar de pie, la espalda va de atrás hacia adelante mientras el golpe en el pecho desanda y el humo se espesa, casi ocultando que a la altura del corazón un proyectil sale . Ahora el humo es peor, casi lo cubre todo, sin embargo, es posible constatar que la cara del hombre pasa del absoluto miedo a la mayor incertidumbre, en menos de un segundo la bala retrocede su trayectoria hasta reingresar al cañón, enseguida todo el humo retorna también al tambor, el dedo suelta el gatillo y el percutor, con un clic, vuelve a alzarse y reposa casi instantáneamente. La mano guarda el arma en el costado izquierdo, los ojos llenos de ira se calman al tiempo que la mano vuelve al lado de la cintura. Los dos hombres están frente a frente. Nacho Retrueba dice con soberbia: - ¿yo en un cuento tuyo? Él no lo sabe pero está apunto de morir.

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BLOOMSDAY

-¿Motivo de viaje? Emilio Casabanda alza las manos hasta la altura de su boca, cierra los puños, mira fijamente a su interlocutor y abre las manos como quien ofrece algo, al momento de responder: “El Bloomsday”. El hombre lo observa impacientemente y pregunta: -¿Qué es eso? El Bloomsday es el evento que festeja un día de la vida de Leopold Bloom, exactamente el 16 de junio. ¿El personaje de Joyce?, ¿del Ulises?, en Dublín, ¿no es usted irlandés?, pregunta desconcertado.

-Soy inglés. -Bueno, ¿pero ha oído de James Joyce? El hombre no responde, en su lugar pregunta: -¿Su destino final es Dublín? -Sí, debo estar en Dublín el 16 de junio. -¿44 años? -Sí. -¿Bienes de importancia? -No, ninguno. -Mañana venga a recoger su pasaporte. Un timbre le indica -a un abatido Emilio Casabandaque debe retirarse, el funcionario de la embajada grita: “Número 83”.

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*** Al día siguiente recordó, con el pasaporte en la mano, el interrogatorio que había sufrido; no tenía visa alguna. Ahora los ahorros dispuestos para su viaje de repente se volvieron atractivos para tomar un buen whisky, a pesar de esa idea no decidió caminar inmediatamente, en lugar de ello, sostuvo frente a la embajada el pasaporte como si se tratase de la Biblia, y así permaneció, abstraído por un par de minutos, hasta que sintió la mirada de un hombre enorme que, tras unas gafas oscuras y por sobre su hombro, espiaba el objeto de su vergüenza. Entonces cerró el pasaporte, lo puso en su chaqueta y marchó con paso decidido por la acera. Unos pasos más atrás, el hombre de gafas oscuras lo siguió. Diez cuadras más tarde, cuando creyó haberlo perdido, Emilio Casabanda entró en un bar, anhelando el whisky que su cuerpo, aún nervioso por todo lo sucedido, le pedía. Emilio Casabanda estaba triste, estaba hecho mierda.

Más tarde, sin tener tiempo para reaccionar, vio como el hombre de gafas oscuras se sentó en su mesa. -Si quiere viajar de verdad, yo puedo hacer algunos arreglos, le dijo. Escuchó entonces de un hermano que el hombre de las gafas oscuras tenía en la embajada española, y de otros hermanos que tenía en Francia, que lo llevarían directamente a Londres. Casabanda escuchaba y bebía profusamente, ya había recorrido más de un cuarto de la botella cuando dijo con cierta violencia. -Yo voy a Dublín, al Boomsday. El hombre de las gafas oscuras se agachó un tanto para acercar su cara a la del pequeño Emilio, y preguntarle: -¿Vas a recorrer los caminos de Ulises? 47


Emilio Casabanda, absolutamente desarmado de todo orgullo y sintiéndose hermanado con el que le tendía un brazo salvador, soltó todo el llanto que reunió cuando contempló su pasaporte desnudo; llorando, contó cómo desde hace cinco años había ahorrado cada centavo posible para conseguir el pasaje y algún dinero para estar el 16 de junio en Dublín, cómo maltrató su estómago con trago barato o pedía sistemáticamente cigarrillos a los amigos para que sintieran menos la carga de obsequiárselos, cómo se abstuvo de comprar una corbata que le gustaba mucho, cómo su mujer, enojada por su tacañería, ha comenzado a ver con ojos coquetos a los vecinos; narró, además, cómo hace diez años leyó La Odisea en una temporada en la playa, y explicó el disfrute que sentía al pronunciar el nombre Calipso, la emoción que respira al imaginar al Cíclope y el miedo a ser demorado por los Lestrigones. Gimió un poco después de tomar un vaso muy cargado y confesar:

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-Y hasta ahora, después de tantos años, no he podido terminar de leer el Ulises, no puedo, no puedo, por eso deseo viajar y ver todo; quiero caminar por un Dublín sucio y charlatán, ver la bahía, tomarme un trago en Mulligan’s, caminar en Sandycove, ver y recorrer las mismas calles de Bloom, tomar una foto al burdel de la Bella Cohen, si es que existe, y encontrar un amigo, un Stephen Dedalus, usted me entiende… -Pero sabes algunas cosas, dijo el hombre de gafas oscuras. -Sé lo que he podido averiguar sobre el viaje, sé unas pocas líneas que me han quedado. -¿Sabes lo que dicen de Bloom y de Dublín? -Que Leopold Bloom es todos los hombres, que Dublín es todas las ciudades. -Sí, mi amigo, salgamos.


*** Casabanda está borracho, tiene en una mano la botella mientras que con otra se abraza a la cintura del hombre de las gafas, tan grande que el pobre borrachín no alcanza a su hombro, Casabanda se tambalea. El hombre de las gafas oscuras camina unos pocos pasos soportándolo, le quita la botella y da dos tragos fuertes que corren luego por su garganta; el hombre de las gafas, entonces lo coloca en frente suyo, lo endereza y delicadamente tomándolo de la quijada alza su cara lo suficiente para que él pueda verlo. Entonces se quita las gafas, y muestra un ojo vedado por una neblina. Casabanda tarda un poco en comprender, el hombre de las gafas le asesta un puñetazo, el golpeado cae sentado y mira al tuerto que ríe, se levanta con alguna dificultad, camina unos pocos pasos alejándose hasta que se detiene un momento, se acerca nuevamente al hombre, lo abraza y dice:

-Gracias, gracias. Camina oscilando las manos como si ofreciera algo, después las mueve como quien sentencia el fin de un partido, y camina así hasta que, finalmente, luego de unos pocos pasos se detiene y se apoya en una pared. Si se pudiera escuchar lo que el susurro de su voz de borracho repite, se escucharía: - ¿en dónde estoy?, ¿en dónde estoy?

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Virginia Cordero / escalera 1

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Ernesto Carrión / 1977

BILLY THE KID SE HA EMPECINADO EN ENVEJECER ...................... WANTED ...................... Silver city: el cielo de Nuevo Méjico es una ballena sangrando sobre una playa de cactus mientras avanzo fardo tras colina árbol sobre frontera entre prados enteros con árboles y prados dentro • en chozas donde no vuelve ni la derrota ni el café hirviendo ni el hijo arrebatado llorando por su madre enferma • en ríos y pedregales y huertos blancos de peras brincando sobre la cresta de una iglesia donde vi una vez un gallo de madera una escalera deforme y a la muerte fumar largo en su caballo Lunas ha mi ropa se guindaba suavemente como una joya arrancada a esa nuca peligrosa de los cielos • Yo era un sueño muy joven como para verme acabar de rodillas estrangulado bajo un marco de madera... custodiado de aves peligrosas de bandidos empecinados en reír a tripa suelta de astros construidos por colillas • de botellas que aplaudían vacías alzadas en estantes

Y a veces -por la tarde- tocar la pena en vitrinas llenas de humo ver los vagones de las casas que jamás partieron • buscar la infancia en mujeres de mandíbulas flexibles que aligeraban el ácido de mis copulaciones. • cuidaban bien los burdeles adormeciendo caballos desmelenados y exhaustos sobre canchas de polvo • mesas ocres de teca donde jinetes vidriosos raspaban el whisky amargo atentos por la usura • estos son mis hermanos –me decía- animales agachados en montes de piedra • halcones encendidos en la hoguera de sus pillerías • homicidas hermosos que –acaso sin la ayuda de sus cuerpos- mantenían latiendo al niño en el adulto Entonces acabarse era importante • saber que Uno era Uno y no los otros saboreándose la pulpa en los excesos • errando desde cero como un animal destrozado que no logra justificar cómo ha vivido pero que ha vivido. (Billy reapareciendo en el ojo enemigo • William H. Bonney limpiando su puñal sobre la curvatura crespa de su lengua) 51


Y desde Lincoln City / desde Tascosa, Texas/ desde Clifton, Arizona donde acampé montado al siseo de la serpiente hasta que oí una noche el siseo de la serpiente: afuera está el trabajo la casa por hacerse las deudas pendientes • y el Futuro triturándolo todo -que se paseaba también con un cuchillo en la manosubió rápidamente desde las ramas en sombra que dejaban los coyotes sobre las colinas

que no siente • o vuelva otra vez el polvo a mi sombrero: las aguas arremetiendo contra los potros y los potros arremetiendo contra el horizonte • la manzana disputándole al sol su brillo las enaguas de las hembras y el idioma de mi revólver que sólo ha hablado en presente...

Subió como visiones donde lograba por fin dormir comer hablar apropiadamente sin sentir cómo la carne se hinchaba en la raíz de su furia • masticar el tabaco • afeitarme rumiando el tiempo de los hombres sobre canteras fulminadas y campos de trigo

Si buscaré entre dibujos la caída del árbol

Esperando el cuerpo que acabe con este cuerpo o el nombre que suplante mis nombres pendientes • que oculte al niño indigente -nacido en Nueva York- que aún me toma de las manos huyendo de las cloacas donde estrellas sepultaron sus huevecillos • donde las cucarachas lamieron el planeta cansadas de migajas y peldaños Pero tornarse la criatura era difícil: cargar las manos crispadas -de aquí para allá- abrazando las sombras del mundo las sogas del mundo • celebrando en alto la muerte en el cráneo del pescado y la púa del agua • colgado de este lenguaje que espolea en cualquier camino disfrazado de hombre • mientras mis muertos siguen centrados en sus rodeos esperando únicamente mi agotamiento • o que diga otra tarde –Adiós a todo esto- apoyado sobre un hombro

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Y aún así me preguntan si aboliré la tristeza

La emigración de las nubes perezosas en su terso contrabando El apetito del sueño que hormigueaba en la noche claveteado a la espina Yo he de decir aquí aparece el cielo Yo he de decir aquí araré el principio Yo he de fundar mi casa y no volver a partir sobre terreno extraño.


MANUAL DE LOS ASESINOS ø esto que se abre sobre ti, ahora es el cielo. Podría pensarse es un cuerpo, con intenciones de instaurarse, entre el zarpazo del ojo y tu hoja tendida 0.25 de grama testaruda. Pero esto es una choza nipona donde aparece tu madre, de sólo 30 años, sollozando. El temblor de su silencio rayando las paredes / formando rostros en las manchas de la losa. Su abrazo como un mantel enorme encendiendo tu fuego. Cerrándote en su torno. Cobrando un sentido extraño, pero completo, en todas las erupciones de lo confesado. Días hirviendo su acero sobre los párpados ávidos de cordeles. La piel trabada en los labios, moviéndose a la sombra. ø sigue todo atrapado por su huella, en un papel insondable. Como esta ciudad de caucho que solamente te nombra cuando callas. Como tu éxodo que ahora es tu fatiga y te devuelve en silencio a la conmovedora tristeza de permanecer en ti. Algo entonces se incorpora y te indaga detrás de cada cifra que acomoda el espejo. Su líquido veneno ha viajado hasta la escritura. Juntas la puerta; esta misma puerta que ha logrado recordar tus abandonos, mientras mirabas pasar a los navíos, una y otra vez, enraizados a una lluvia que descendía pronunciada en el alboroto de las formas. Viendo cómo el óxido maquilla esos laureles, sin saber qué son. 53


ø las galaxias, partidarias como son de la masturbación, se hinchan desmelenadas cuando te duermes. La evolución del mundo –para ti- es este árbol rojo abierto sobre la vereda cuidando la nada. Odias al prójimo que sueña que le pertenece tu alcohol de paso. El equilibrio triste en los corredores donde clasifican las nuevas formas de asentar la cabeza. Odias la geometría de tus modales, que parecen sacrificarse, entre tanto bullicio flotando en las carnicerías del mundo. No hay descanso en tus manos que saludan grotescamente para entrar en la violencia de otros cuerpos. Hoy tantos cuerpos. Vuelves a dormirte; y un Big Bang retumba furiosamente sobre los campos de Asia. Desde hace algunos años. Entonces, amanece. La luz acude a la luz; y tus manos siguen trotando sobre planicies curtidas y frases mal trabajadas por temor a la belleza que te trae a flote. La luz acude a la luz; y descubres, decepcionado, que eres lo más parecido a un hombre que conoces. Aquello que necesita aún completarse con tu derrota. ø estás sucio y desmembrado todo el tiempo como formando un muro. Describiendo las armas. Participando como una máquina para la exploración de un nombre. Eres la boca dilatando su carcoma, negándose a volverse esta escritura. Negando en repararse. La alberca -con cartelesdonde los sapos cavan tu infancia en un charco de luces. Las cuentas que no brinda tu madre. Tu propiedad privada. El Ávalon encerrado en este

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bloque de dedos que acaban por borrarse en un río de fósforo, innecesariamente. Un triángulo de tigres que amenaza la simetría de su lepra. La única ciudad que fue saqueada por la respiración de sus maderos, mas no por la venganza de sus habitantes. Las cuentas que no brinda tu padre. La ausencia de condena. Las aspas de los órganos tendidos sobre arenas industriales. ø con los ojos abiertos como animales blancos: has escupido en la boca de mujeres hermosas. Has escupido entre sus piernas cuando vuelven de la muerte y se desploman con la mirada incrustada en la cornisa. Has escupido en la boca de mujeres maduras, gordas y estropeadas. Has aceptado del mundo lo que ha querido entregarte. No has luchado por nada. Has recibido sus sobras/sus ofrendas con las manos agradecidas y manchadas de miedo. (La voluntad únicamente la viste en cada línea torcida como un pretexto.) Has dormido con mujeres por no sentirte solo. Vapuleado tu carne en autos/baños/ zaguanes/calles y moteles llenos de tinta. Has sonreído ante la estupidez humana. Has abrazado amigos que clavan su música bajo las mantas más duras. Has callado ante la bofetada y el agravio. Has respondido también. Has golpeado, tropezado y bebido como un yute.


has olvidado tu nombre y apuntado sobre las sábanas “aquí habita algo”. Te has despertado llorando, a mitad de la noche, y rezado enceguecido por un sudor ya liquidado sobre espaldas liquidadas, igualmente. Has dicho: basta: la escritura no se acostumbra a nuestros modales. Has dicho: hoy cambiaré para siempre esta intención de perderme en los patios sombríos. De irme haciendo nada. De tratar de desvanecerme a fuerza de tumbos. ø tú eres lo más parecido a un hombre que conoces. Ningún rostro de ti. Ningún momento. Y tu fuerza se reduce -la mayor parte del día- a no hacer nada. A no dictar palabra. Porque cuando no haces nada, el cielo es blanco y el sol vuelve al tormento de sus pilares. Porque cuando no dices nada, tu maldad es Rey. ø pero cuánta ingenuidad la de la muerte que interrumpe la ruina. Guardada en el silencio apacible de las escopetas. Fuera de este mundo. Tratando de extraviarte o doblarte en la proximidad y la ruptura de los ejes que se pudren al compás de las lenguas. Siempre prendiendo fuego a esos lemas, donde la multitud nos pasa su factura. [Se defiende].

Aquí –bien lo dijimos- se anulan las promesas y el orgullo para que el cuerpo hable. Se cubre apenas con un sueño el largo rostro de lo que una vez amamos, hasta presentir que la marea se esconde en los relatos de decenas de vecinos incapaces de testificar sus aventuras. Trajinando hacia una opacidad más grande que sus obediencias. ø el purgatorio en que vives también se mueve en ciclos: el bambú tan pequeño y parejo donde las estrellas heladas desmoronan sus témpanos de cuarzo// la humedad que, por la noche, raja tu escalera donde muchas veces te sentaste a planear un cuerpo// la ventana agitada por los surcos del vidrio donde la combinación de los colores orquestó el regreso de un albaricoque. en tu purgatorio la ausencia es la felicidad entera. La llenura que pudre la comida. El cansancio de las formas en el coliseo del ojo. Las blancas hojas que logran ser navíos saliendo hacia otras playas. Y regresan. ø repite con nosotros: Soy mi credo y mi propia decadencia. Soy la posibilidad de un cuerpo. Su corte de amuletos. Soy la desintegración. La posteridad: su círculo lleno de hormigas. La letra que con sangre entra. Soy mi propia sociedad civil. Mi fin y mi comienzo. la mancha roja de tantas estampidas feroces sobre otros cuerpos rotos. 55


Ana Vela / Volando sobre flores

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Sebastián Endara / 1978

Fuego La vida es desordenada y el orden la ordinariza. Las gotas de agua en la lluvia simplemente caen. Tu impulso es una fogata, mi impulso la fantasía, ¿por qué he de sentirme culpable si vivo de tu sonrisa? Te oigo, me agio, te roigo, sal de las piedras y encuentra tu sol, tu atardecer y tu tristeza para que mañana siembres flores y a pesar de la muerte, amanezca.

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Sueños de un sediento Apresúrate a entrar en el sueño o sal inmediatamente los adjetivos de un lenguaje muerto no lograrán acallarme, soy demasiado áspero para recriminarte mis impotencias justamente ahora que nos vamos conociendo. ¿Por qué no cantas un poco? y luego te descubriré el deseo de este infeliz sonriente: amarga es la espera del día donde no se puede hacer ya nada… ¡Abajo! “muerte a la utopía”, que la esperanza de su última patada en el mar del olvido, esperar no cuesta nada, cuesta sólo toda la vida. ¿Para qué has de despertar, si te conviene estar dormido? Si has de abrir por lo menos un ojo, que sea el ojo del futuro sin aquellos ramajes insulsos que acomodaron los desertores de la naturaleza. Duermes en tu sepulcro por que así te han enseñado. Lamento no ser una lápida para romperte la cabeza y que tu sangre, ¡al menos tu sangre! sea un noble signo de la decadencia.

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Tactilar Se produce para llenar el carisma de tu sangre y nos lleva a cruzar por la cruz del incierto, las escaleras frías no comprenden la mar ni el ocaso ¡pobre del que asienta su corazón en un peldaño! Al triste costado de tu cuerpo renacido deja sobre tu piel el perfume de la nada, ¡cuántas veces quisiste ser amada heroicamente como se aman los atardeceres sonrosados! El eco de tu marcha fúnebre aún azota las raíces furtivas del encantamiento, mas tus caderas reparan la retórica del género. En el gemido dadaísta del vasto asombro se levanta el campo inaudito de tu sombra y acontece la esperanza en la penumbra.

El néctar de tu flor inunda los suburbios aceptaste el destino de tu fruta fresca y en tus ojos todos saben que lo sabes, que tu belleza es un dolor oscuramente ansiado. Amo desfogar el alma de tu alma mía y acariciar tu espalda en el lomo de los libros señalar las páginas del presente indisoluble en la impronta de tu carne, carne mía. Quiero escalar sobre tu talle y poseerte en las alturas contemplar la desnuda topografía de tu alma y olvidarme en el deleite del olvido, y sobre el tálamo de tierra acabar haciendo la vida eterno instante, instante bueno.

Lo promiscuo y lo elevado se mezclan en la mezcla infinita de tus senos; la muerte tiene un tinte y un dulce aroma después de comer el pan de tu vientre. Eres sol de los espejos, el delirio profundidad descalza entre la lluvia, en la puerta entreabierta de tus muslos soy tragado bocado a bocado. Tu cuerpo exquisito manjar del crepúsculo tensión y paz de una hora compuesta concede significado al claroscuro. La luz que roza la orquídea de tu pubis modela la carne de mi angustia. 59


Gabriela Bernal / sin tĂ­tulo

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Guillermo Cordero / 1973

Almuerzo Dios entró por la puerta grande y se sentó en la mesa y almorzó con nosotros. Todos sentimos su presencia, sabíamos de su infinita bondad, pero nadie se atrevió a mirarlo. Esperamos que Él nos dirija la palabra, que nos llame hijos míos o algo así, pero fue en vano, mientras duró la comida sólo se escucharon el sonido de los cubiertos contra la porcelana y el crujir de las lechugas al ser masticadas. Cuando el silencio se hizo intolerable, mi hermana lo interpeló: -Dentro de muy poco todo terminará –le dijo con tímida voz- y siento que me iré de este mundo sin haberte conocido y eso me pone triste. Pero Dios no contestó, solo hizo una breve pausa y siguió comiendo.

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Maternal Yo creo Eduardo que no debemos resucitar a mamá. Talvez lo mejor sea dejarla descansar y cuando la señora Wilson pregunte por ella, decirle que fue a visitar a la tía Ester. Sí, esa es una buena idea. Solo tenemos que ponernos de acuerdo, tú sabes, para no contradecirnos. Ahora que tú lo dices, sé que la vamos a extrañar, pero así es la vida. Recuerdo aquellas largas tardes de la infancia cuando, después de llegar de la escuela, ella nos llamaba enamorada, conquistándonos con su voz y con sus dulces, mientras atrapábamos escarabajos que luego torturábamos en el jardín. ¿Mamá, cómo estás? Te veo sentada como siempre, esperando que papá regrese de otro de sus viajes para darle un beso y preguntarle si trajo las sandías que le encargaste, los zapotes, las guabas. Escúchame mamá, ahora que Eduardo está empeñado en que vuelvas a “vivir” con nosotros, habría que preguntarte si tú estarías dispuesta a hacerlo. Porque, pensándolo bien, ya somos grandes y seguro quieres descansar. Hagamos un trato Eduardo, en vez de resucitarla dejemos que siga en su cama, soñando que mira la telenovela de las cuatro -y de cuando en cuando la ventana- mientras teje una chompa abierta con botones para mí y una cerrada con cuello en v para tí, que papá llega y pita en cualquier momento y todos juntos nos vamos de paseo al parque o a cualquier otro lado.

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La duda Estacionó su Volkswagen a una distancia prudente y esperó a que termine la función. Quería constatarlo con sus propios ojos. Recordó los antecedentes que delataban su ingenuidad: los mensajes de celular que ella se encargaba de borrar inmediatamente, las llegadas tarde por “asuntos de trabajo”, pero sobretodo, su rostro ausente y esa súbita indiferencia al tacto. Pero hoy, estaba decidido, enfrentaría la innegable realidad. Lo necesitaba para aliviar el alma, no soportaba vivir con esa incertidumbre que lo mortificaba a cada segundo. Un hombre de traje azul abrió las puertas del teatro. El hall lució desolado por varios minutos. Apagó el cigarrillo, se bajó del Volkswagen y se paró resuelto en la vereda del frente. Comenzaron a salir de a poco, primero una niña, después los que talvez eran sus padres, luego una pareja de ancianos y, finalmente, el tumulto. Entonces la vio, o creyó haberla visto en medio de la gente. Pero cuando ella miró en su dirección no supo qué hacer. Sin saber ni cómo ni por qué, se agachó y fingió amarrarse el zapato. Cuando alzó la cabeza todos habían pasado. A la distancia y en medio de los transeúntes distinguió un cuerpo y una manera de andar que conocía. Pero el peinado y el vestido le parecieron extraños, y aquel brazo masculino que le rodeaba la cintura, más extraño aun, fuera de lugar. Entonces prefirió pensar –con cierto alivio- que se había equivocado, que era otra, que no había tenido el tiempo suficiente para verla bien, y que a lo mejor dudaba en vano, presa de los celos. Dio media vuelta y regresó al Volkswagen, seguro ella debía estar trabajando y lo mejor era que la esperara en casa.

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Juan Pablo Ord贸帽ez / Marcha por la defensa de las culturas urbanas - Cuenca

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Falco / 1977

Díptico

Horas después que supe de tu traición, decidí cambiar nuestro habitual acto. Esa noche, el Gran Kalil, aquel que todo lo puede, el hijo de lo desconocido, el custodio de metafísicos secretos, volvió a cortar a su bella asistente por la mitad. Separé los dos cajones ante la ovación del público. Mas, para tu desconcierto, no te volví a unir, dando por terminado el espectáculo. Sé que ahora recorres el mundo, por separado. Según noticias de occidente, tu mitad de arriba está teniendo éxito como cantante de ópera. Según noticias de oriente, tu mitad de abajo se prostituye a buen precio.

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R&B Un ave azul cruza el cielo azul dejando una estela veloz a su paso. Su color es exacto al color del cielo, por eso nadie puede verla. Abajo alguien se desangra en el cuarto sin ventanas de un motel. El silencio es un bloque coagulado en el tiempo. Frágiles rayos de una tímida bombilla iluminan el cuerpo yaciente. Afuera, la calle es una caldera de sonidos que se mezclan y cocinan: coches que pitan, vendedores pregonando, timbres de celulares, quizá la voz de algún transeúnte llamando para avisar que no irá a comer, o que jamás regresará a casa. Adentro, el cuarto arde por si solo, como una herida colmada de sal. Hay un teléfono descolgado, tirado por el suelo. El tono de ocupado al otro lado de la línea se mezcla con los jadeos monótonos que fluyen abrasantes por la garganta del caído. Su respiración se torna más difícil, sus sentidos se desvanecen. Ya sólo le queda cerrar los ojos para imaginarse que no está más en ese cuarto. Y todas las palabras que no pudo decir por el teléfono se le atragantan y las vomita cual últimos estertores que erupcionan de su boca y revientan contra las paredes como nervios desgarrados. Palabras que chocan y rebotan contra el techo, contra el suelo, que furiosas se dan contra la puerta, la echan abajo y libres escapan levitando sobre las calles, las casas y los edificios hasta sobrepasar las nubes y perderse en el infinito horizonte del desencanto; otra de las avenidas de la muerte. La ciudad es una mancha ácida escupida en el planeta. Autos continúan pitando y llegando al motel, celulares siguen tejiendo tramas invisibles en el espacio, la calle se lubrica con el sudor de sexos y caderas y un ave azul surcó el cielo azul, sin que nadie se diera cuenta.

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Paulina RamĂ­rez / sin tĂ­tulo

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Carlos Vásconez / 1977

El poeta Es un poeta que quiso ser Mallarmé, que de todo quiere hacer un poema, más cuando amó, más cuando supo que no tendría un amor incomparable y que lo carcomería por fuerte y que le secaría la ropa. Escribe acerca de todo; no escoge, piensa, más bien, que el tema debe escogerlo a él, dejarse llevar. Hay quienes lo recuerdan recitando un poema incomprensible que dijo haberlo dedicado, excéntricamente, a un poema incomprensible de Pablo de Rokha. Se llama Adriano, como el obelisco y como una vieja escultura que otros han nombrado Pigmalión. Al contrario que en la obra de Shaw o que en la mitología, el hombre prefiere no conocer a nadie. El proletariado le llama la atención. Cuando se da cuenta de su talento, se ha olvidado que está enamorado de sí mismo. En la práctica Adriano descubre que su educación lo torna inexperto. No ha salido de casa: ha leído y ha pensado mucho, insaciable, pero no sabe de la vida. Ese devenir empieza a atormentarlo. Consciente de

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su papel en la historia, decide frecuentar burdeles y antros, y se sorprende con la facilidad con la cual aprende. Se amolda a esos lugares, los recorre, hurga en el saco de las fantasías que nunca ha llevado a la práctica. Hasta que de nuevo es poseído por la poesía, y su musa es una musa descolorida, cuyas lágrimas se mezclan con su semen nocturno. Hasta que un día se dice a sí mismo, ante el espejo, que es el poeta perfecto y que puede redactar el poema perfecto, pero que a su vez adolece del público soñado. Sabe que la poesía depende del lector o del oyente, que son los dos, el poeta y el otro, los que construyen ese crescendo de excitaciones del cual urge la gran poesía. Se pasa la noche con los ojos encendidos, hechizado e inquieto. –Basta una persona que descubra el ingenio para que la obra cunda. Es cierto. Sabe que de no encontrar a su público, se arrastrará por las calles. No hay más que mirarlo. La podredumbre lo ha carcomido como antes el amor soñado y no tenido. Cualquiera que lo mire a los ojos verá un volcán de lascivia, como el que bulle en los ojos de una puta vocacional. Que no sólo aprovechará la primera oportunidad ante un público apto para demostrar su talento, sino que de no tenerlo lo esperan el dogal o una mezcla de cianuro. Lo vuelve loco la posibilidad de que otro poeta se le anticipe, y perdérselo. Se mira con rabia y pasión, y en esa mirada ve un loco y sabe dónde debe ir. Con un aire diferente al de los poetas malditos y los impresionistas, organiza su tan ansiado recital poético en el Sanatorio Mental. El día esperado el corazón le late desmesuradamente; teme un ataque cardíaco. Viste un traje negro y una corbata gris. Se 70

ha dejado la barba cuatro días. Bebe de un vaso con agua que han colocado a su costado y saca del sobaco un bulto de papeles arrugados y trata de alisarlos con las manos. Lee, pausadamente y resaltando cada sílaba, como si se dirigiera a sordomudos. Lo acompañaba, como su banda sonora, la lluvia que caía afuera. De pronto se incorporó un hombre grueso que estaba sentado al fondo en un sillón alto y de blanco asiento y lo encañonó con un calibre 48. Adriano lo vio con los ojos cristalinos. “Este fue mi testamento”, pensó. Y el loco dijo: –Todos recordarán que maté al poeta. Y se suicidó.


Bizarrías Bajo las rojas murallas de Moscú acampaba el ejército de Napoleón. Los paladines, que ya se contaban con los dedos de las manos, hacían guardia. Era cerca de la una de la madrugada cuando se escuchó el primer estruendo de cañón. Las moscovitas que habían dispuesto los favores a los generales fueron las primeras en gritar, aunque los generales no tardaron en remedarlas. Rápidamente todos se alinearon sin verse por la humareda de pólvora. Hacía calor. Estuvieron de pie, sin saber contra qué enemigo defenderse, cinco horas más, alertas a cualquier sombra. Las armaduras hervían con los primeros avisos del día. Las piernas y los ojos se adormilaban. Los primeros en rendirse fueron recogidos por los más fuertes y llevados a los calabozos. Las golas metálicas de los yelmos oscurecían las caras de los paladines que seguían sobre sus caballos y que arrastraban a los débiles con cuerdas hasta sus celdas. Desde ese día los alimentaron con desperdicios. Las noches eran estrelladas. Los turnos de centinela, el hormigueo diurno del eco de los caballos encabritados con sus rebuznos, con sus breves relinchos los despertaban a deshoras. Se preparaba el juicio para estos débiles hombres de fe que asemejaban a los cuadrúpedos de la Cristiandad que no alcanzaban a debatirse contra el sol en las inmemoriales cruzadas. Una mesnada beoda zahería a los infelices. A las veinte lunas de ser apresados, salían con la barba amplia y los ojos confusos. Pocamente sabían qué alegar, cansados todavía más que aquella noche que fueron llevados a las celdas de hierro enterradas y a veces hasta deslenguados por el apetito voraz de alguna

rata o el propio. Ante semejante ignominia los jueces, que para qué agregarlo, eran los paladines (poseedores de mayor potestad que los generales en campo abierto, más en los pajonales), decidían su fusilamiento. Les servían ranúnculos y láudano como última cena para moderar las visiones, o quizá para espantarlos de mejor manera ante los monstruos que los asesinarían, atribuyéndoles a éstos cualidades de gigantes, de brujos o de sátiros. Todo este juego, sin embargo, fue instaurado por Napoleón y tras sus muchas anécdotas, olvidado por la modernidad. Se basó en Apolunio el Eidógrafo, bibliotecario de Alejandría que dejó dicho, en uno de sus setecientos manuscritos, que el desencaminado es el que dice mentiras para mentir y no el que miente para decir la verdad. Cosa que Napoleón Bonaparte entendió y llevó a cabo, entendiendo además que sus huestes serían imbatibles si se componían de una serie de individuos cuya imaginación, tanto en conjunto cuanto individual, fuera excitable y producible bajo cualquier contratiempo y ante cualquier adversidad. Este pensamiento sectario y separatista lo tentó a actuar así. Los que flaqueaban, debían pues suplir su carestía de fortaleza física con trajines mentales, ingeniándosela para convencer a sus enjuiciadores de que calificaban para servir a los ejércitos del Emperador y así obligarlos a retractarse. Sea como fuese, lo único verdaderamente cierto es que a esta sociedad, de la cual se es miembro sólo batiendo las mentes de los escuchas, o sea sólo después de ser apresados y consecuentemente librar airosos la contienda planteada, con facilidad se la podría concebir con el nombre de Il sentiero dei nidi de ragno1. 1“El sendero de los nidos de araña”. (Título de una novela corta de Italo Calvino de 1946.)

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Secreto de ciegos Presumen una sociedad ajena a la suya, pero no conocen otra población. Sus antepasados referían constantemente la posibilidad de vagar sin rumbo por el bosque durante horas sin perder la cordura, sin verse hechizados por alguna de las voluptuosas hembras que acordonan la llanura; la leyenda se cuenta solamente en noches de insomnio por algún ciego ilustre o un eunuco. Y es que entonces el rumor y la preocupación eran otros. Hubo ya mutaciones de un significado encontrado, y ese hallazgo perturba sobremanera, aún más que el misterio. La memoria, como los libros sobre cuyas hojas se han dibujado y borrado un sinnúmero de mapas de escape, se ha vaciado. Y el problema no radica en que no se puede salir del pueblo, también está en el hecho de que nadie pueda entrar, ni siquiera los bastardos engendrados por demonios castigadores que divulgan en noches de luna visible sus risitas trepidantes e indeterminadas. Si uno está adentro cree que el mundo ha cambiado, que es una especie de mecanismo que sufre metamorfosis periódicas, pero que aquél es un mundo impermeabilizado a sus requerimientos y sueños. La imagen más divulgada, y que se pinta habitualmente en los tapices de las casas –que es la labor más lucrativa por aspirar el ímpetu artístico natural del hombre– es la de un enorme huevo rupestre que veneran los ancianos ciegos del pueblo, un huevo que, según cuenta el mito, ha sido reestructurado con el fin de guardar el esqueleto de un pez mariposa que romperá el cascarón cuando hubiesen derramado, entre barullos de taberna, 72

lamentos por antepasados perdidos o simplemente por no haber escapatoria, suficientes lágrimas como para alimentarlo, por más que de ello dependa el declive del pueblo entero. En otras palabras, cuando el valle sea su lago. Aunque todo esto parezca un chiste privado, debo aclarar que la historia se repite sin tregua. Casa tras casa se pinta lo mismo, y aquella imagen es alabada al punto de pedirle indulto gracias a ese extraño afán humano de perdurar más allá de sí mismo. De tal modo ya existe un culto instaurado y un día específico a la semana (que misteriosamente han organizado en siete días, tal vez resultado de reminiscencias ajenas) para pedirle favores al ave marítima multicolor. En vista de que nadie puede salir ni entrar, se ha fundado la teoría de las reencarnaciones y de la historia circular. A los niños –a los pocos niños que resisten la viruela, la voracidad de las ratas y la peste– se les inculca la veneración a las mujeres, quienes ordenan y desordenan el quehacer aldeano martirizadamente con los cilicios siempre hostigándolas. A los niños aventajados se les vacía los ojos, preparándolos de esa manera para su destino de exploradores futuros y, así, de sabios mensajeros de la palabra omnipotente de las parcas que resguardan los linderos y el mensaje tanto de los demonios cuanto de los serafines. Algunas sectas genealógicas afirman que los albores del pueblo se ven marcados por un enviado de una de las familias confinadas al paraíso que es el bosque circundante. Pero no por búsqueda de un mejor lugar, sino para desterrarlo por alta traición para con aquellas deidades. Estos genealogistas, sin embargo, son desmentidos por los escépticos que


merman tales palabras asegurando que no podrían descender de grandes maestros, como los que deben ser que poseen como guardias a aquellas hembras descomunales, sino de bárbaros, y demandan, cada vez que estos alegatos son recordados, renegar de aquella pedantería en pos de evitar el enojo de los dioses. Y, al cabo de las discusiones, ya en la taberna, el carácter de la plática cambia según la cantidad de ajenjo entrañado, y no falta el bufón que enfrenta las revoluciones políticas con algo de criterio aislado y que redescubre que aquellas mujeres mortales y sedientas, son descendientes de sus abuelos, y que cada generación el pueblo renueva sus huestes cuando cree en la brujería impulsado por el dominio de las mujeres que, desbocadas, desfiguradas ya por el dolor y las magulladuras auto infligidas, sin comprender de mejor castigo, aprovechando la ceguera de los sensatos, expulsan a las hembras más bellas hacia aquellos tenebrosos e inhóspitos bosques por descubrir que usan brujerías y mejunjes exóticos para enceguecer a los hombres y terminar con su soledad (que es sinónimo de pureza). Lo que no saben, ni las pobrezuelas abnegadas, ni los ciegos videntes, ni el pueblo crédulo, es que tienen razón y que han dejado en poder de hambrientos a aquellas mujeres. Pero lo que esconden los ciegos y los eunucos a su aldea matriarcal, que es donde terminan todos los mitos, donde se teje y se desteje la trama del tiempo, es que aquellas preciadas brujas indescriptibles han erigido, en cierta latitud –a la que se llega sólo guiado por los aromas, o por el bullicio de las aguas depravadas de un río entorpecidas por escombros y rocas–, una noche íntegra, una casa de mala vida (pero de vida, maquinará alguien), a la que nunca toca el día y sí feos leñadores profetas

de lejanos lugares, y donde con sólo las voces y la música se puede hacer lo que en la aldea no se hace, amar, quiero decir saciar el apetito.

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Pablo Ramos / sin tĂ­tulo

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Diego Cazar / 1977 Imago 20 de diciembre del 2007

Queden en el suelo todas las yerbas de luz y pecado. Tu nombre quiero dentro, tu nombre mártir de heroínas ficticias, tu nombre crecido y punzante del averno al éter, porque siendo todo el mal tengo a tu nombre sacro que me maldice y se yergue exculpando mis más dulces esperpentos y estas miserias incontables que venero. Noche para implorar porque mis muertos estén y remedien la helada, porque hay cárcavas y señas infranqueables de noche y de vos hasta el petitorio del fin y el curso de un río áspero y quedo mientras espero que tu exilio (absurdo mismo)

bese esta horca glacial que adore a los compartidos vástagos del mundo, y te escriba la culpa de perseguirse y hacerte un azar estricto, una fuente, un faro y el retazo de este escape, la burla y el paso niño del sinsentido, o esto. Y me aviento en el péndulo exacto de esa voz doble, en su bífida escaramuza me columpio. Noche de sacrilegio, un mimo infinito nacido para la búsqueda y que la farsa se parta por el santo salivazo, sumergimiento pleno de vos y de todos, así espero tu aparición -o perfectasin estarme ni asirte, nombre, y el puerto anclado a esta calzada sorda. 75


LA CUERDA DE ARENA Comprendió que el empeño de moldear la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior e inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. (Jorge Luis Borges. Las Ruinas Circulares)

Tejer una cuerda de arena no es el empeño más arduo que puede acometer un varón. Pero tampoco puede ser más alcanzable que moldear la materia de la cual se componen los sueños. Soñar a un hombre es crearlo, recrearlo, parirlo, vivirlo y matarlo en la inmanencia del teatro onírico. Tejer una cuerda de arena es una tarea que compromete tanto al sueño como a la vigilia. Para empezar a tejer una cuerda de arena es necesario deshilachar las hebras que serán usadas, y, como las dunas de los desiertos no son lo mismo que las playas, y las playas de mar no son iguales a las playas de río, hay que saber elegir de qué tipo de arena se extraerá el hilo que se usará para formar las fibras apropiadas. La única manera de tomar una decisión es harto compleja (he aquí lo arduo de tejer una cuerda de arena). Se debe andar la arena seleccionada y dejar las huellas de los pasos andados sin mirar atrás. Tan solo andar la arena y no medir la distancia que queda entre cada paso. Si se ha elegido la arena 76


de un desierto, la caminata debe ser durante el sueño, lo cual permitirá contrarrestar el calor y el viento sin cara. Debe dejarse en completa libertad a la imaginación para que aviente a su antojo las alucinaciones que se produzcan, se la debe dejar andar de la mano de los hologramas que aparecerán y jugar con los fantasmas del desierto, con sus reptiles y sus doncellas. Si se trata de una playa, habrá que recorrerla hasta que en el camino se interponga un gran acantilado, un peñasco o cualquier otro obstáculo innegablemente infranqueable. Esto sucederá únicamente en el plano consciente, en la vigilia. Existe la posibilidad de que la interrupción del recorrido la produzcan seres imaginados durante momentos previos de sueño, criaturas que (está de más decirlo) serán absolutamente reales, tangibles y capaces de hacer daño, aun cuando éstas hayan sido soñadas y muertas dentro de la ilusión del sueño; serán la quintaesencia tangible de los sueños acumulados desde el instante de la concepción. Si esto ocurriera, jamás se deberá mirar atrás, suele ser ésta una reacción inmediata, producto del primer instinto, pero es imprescindible controlar ese impulso y mirar a los ojos del engendro, por abominable que fuera. Permanecer quieto donde se dio el último paso, mirar a los ojos a la bestia y tararear una canción popular, de preferencia infantil. De lo contrario, el hilo en formación se enredará en ese lugar y será imposible desatar tal nudo. Al cabo de este recorrido de ida, y sólo entonces, habrá que volver la mirada y emprender el regreso pisando entre cada huella dejada. Si el esfuerzo es

mínimo en los primeros pasos de este retorno, seguro la labor será al final exitosa y habrá sido adecuada la selección de aquella arena. Se andará la arena sobre los pasos de ida, sin tocarlos, hasta cuando por el transcurso del tiempo las primeras huellas hayan desaparecido. Cada puntada de las hebras se hilvanará con las huellas mirándose de frente. Esta unión no puede destruirse con la marea de los mares ni con los vientos sin cara de los desiertos. Muchos artesanos constructores de cuerdas de arena han consagrado sus obras en objetos eternos, en seres sublimes o en historias que permanecen vivas en la memoria colectiva de los hombres por generaciones. Porque al cabo del trabajo, mirando de nuevo hacia atrás, se podrá recoger la cuerda formada e imaginar lo que le hiciera falta: colores, movimiento, voz, estrellas, luz, palabras o melodías, nombres... De cuerdas de arena son el arcoíris, los colibríes, la oda al vino, la marimba y los haikus. También las hamacas, las cascadas, las lágrimas por placer y todos los saudades. Macondo, Las Mil y una Noches y el humo de tabaco negro. El gran ombligo de las guitarras lleva siempre como adorno una pequeña cuerda de arena. Hay quienes aseguran que la sensación que provocan los susurros al oído son de las más perfectas cuerdas de arena que se han tejido, igual que el aroma de las madres y los infinitos perfumes del amor carnal. Recuerdo que la primera cuerda de arena que hice en mi vida de hombre, cuando aprendí a tomar rayos de luna, fue la trenza de una mujer que soñé.

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Reynel Alvarado / tarde o temprano

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Víctor Vimos Vimos / 1985 DESFIGURACIONES (fragmento) un balazo el graznido de pájaros oxidados reventándome la cabeza las espinosas arrugas que trae la noche cuarenta somníferos esperando el turno para enroscarse en mi lengua hace lluvia afuera la ciudad empieza a tomar esa forma de ataúd donde arrojo mis ruinas lo que fui hace cinco minutos en la planta baja de este infierno el rostro ensangrentado que guardo en los bolsillos las migajas óseas de los besos detrás del culo del vaso las cosas empiezan a empequeñecerse los ceniceros como monedas las tazas como clavos los libros y su parentesco horrible con las arañas las arañas siempre hurgan en el hollín de mis labios y duermen anidadas en los fragmentos de palabras que se quedan colgadas duelen las arañas pesan sus patas transparentes como kilos de escarcha arañándome el sueño sus púas y el arrastrarse por los confines de mi universo que es una cama un bote de basura una ventana ¿te dolió lo de la francesa? un balazo

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nadie queda en pie después de vomitar lagartijas mi cabeza es un santuario donde tengo la colección de tus pieles desnudas he colgado tu sombra con alfileres y de lejos pareces una mariposa abierta de alas quieta y yo me gasto la luz de la tarde apedreándote jugando a destrozar lo que me queda de tí en las manos haciendo de una cajetilla de cigarros el nicho donde enterrar tu aroma la calabaza hueca para encerrar tus ecos que no dejan de atormentarme fantasma fantas ma fan tas ma hace lluvia afuera y a vos muñequita de aserrín te dolió lo de la francesa ya no queda nadie que me consuele todos se han largado para no escuchar mis gruñidos el teléfono es un animal roñoso que me lastima sin tu sonido metálico del otro lado no planee nada de esto la muerte es una cucaracha que llega en la sopa y aprieta el cuello por dentro deja su sarna en las venas la sangre se vuelve espesamente aceite podrido y hay una especie de gusanos que empiezan a devorarse los ojos la francesa no se parecía a vos tenia un lenguaje de bragueta remordida y le encantaba taparse la nariz con un corcho de aguijones blancos era un billete de cien que me abría las puertas de los cinemas las mesas de las cantinas los tonos enrojecidos de las rocolas las serpentinas de sus piernas vos no te pareces a la francesa no planee nada de esto me gustaba acurrucarte en mis brazos 80


y tocar desmedidamente tus cuerdas de arpa el aliento a música triste que traían tus ojos yo podía ser una piedra entonces golpeándome contra todas las cicatrices del mundo para hacer más durable el desenfreno de la vida ahora soy un fósil una palabra extraña en el paladar un tipo con una navaja y cuarenta somníferos dispuesto a matarse dos veces para acallar los griteríos que inundan las sienes esto es un juego mira los somníferos son bolitas blancas escupitajos de las nubes granizándonos el pelo caramelos puertas pequeñas por donde aun cabe el brillo de la gillette si no pregúntale a la francesa ella jamás entendió esa imagen y se pasó burlando de la insignificante vida de los zancudos ya te dije que no planee nada de esto uno se despierta un día y se ve arrojado a las aguas como un reptil desahuciado y le crecen garras cola colmillos espinas en las vértebras y las gentes se destrozan los dedos queriendo calmarlo no me calmo un carajo un escarabajo un gargajo es lo que tengo debajo de las cejas y vienen las aves a cagar la sal del mar en el cementerio que llevo en el pecho ¿a dónde tendrás que enviarme canciones mañana cuando la ciudad se trague toda mi locura 81


y sea yo un ejemplo deplorable de cadáver disecado exhibiéndose en las aulas de medicina donde los malditos aprendices gozarán sacándome y poniéndome los órganos como a un rompecabezas de plastilina? eso la intemperie de la noche abrazándome los ojos el cuervo envenenado que reclama su lugar en el corazón los zumbidos horripilantes del aire rompiéndose el mentón contra el mundo es tarde se han descompuesto los relojes y sin embargo este envejecer no para no para no para amanecí apedreado como los perros en las calles donde no me recuerdan ni viéndome en foto no me dejarás flores en la puerta esta noche no averiguarás por mis dolores a veces pienso que debí haber roto la caja de cristal en la que me encierro cuando tuve tiempo cuando el verde prado ocupaba mis manos no este rastrojo que soy frente al espejo no estos botones que se cubren los huecos para no ser botones no nada de esto lo que hacen de mí las botellas los falsos intentos de hacer las paces con el fango de esconder la pólvora en los zapatos nada de esto siempre tuve miedo a los adioses por eso olvidé la palabra distancia en la boca de una mariposa y ahora es tan atroz la idea de no ser niño de abandonar por veranos enteros las rodillas que se derretían bajo el sol el frágil cantar del agua antes de la escuela ahora que puedo confesar que he dormido en los parques por eso repito que he escuchado crecer a las flores al arrullo del alba que va rayando las uñas qué lejano era el mar entonces se llegaba a él después de beberse un barril de estrellas 82


después de repartir el torso en las cantinas y fumar hasta los velos del vestido de la hermana ahora el mar es una palabra que dibujo que la tomo en mis manos que la levanto como a un animal enfermo ¿no vendrás a dejarme flores en la puerta esta noche? no importa yo tengo el mar aunque siempre tendré miedo a los adioses por eso no dejaré de revisar las cartas para asegurarme que en algún lugar algún momento cuando mis huellas dejen de ser las de una sombra errante y se conviertan en algo útil como un abrazo hoy no tengo ganas de nada bueno sí de meterme en las piletas de los parques de subirme a los postes de alumbrado de apedrear los vidrios de las iglesias de sentarme a ver cómo amanece detrás de esta ventana voy a sacar la cajita de música que tengo bajo la almohada voy a asfixiar con amor de loco a la bailarina que hay dentro seguro me invita a enterrarla en sus tinieblas me hace tanta falta una hamaca un río que magulle afuera un lago de cerveza el techo estorba quiero la luna las nubes moradas de la madrugada no importa que no me dejes flores en la puerta esta noche que no averigües por mis dolores siempre es igual de atroz cuando vuelvo a ser niño pienso en pistolas en ventanas en nudos rodeando el cuello siempre por este maldito silencio que reina en mi casa cuando lo único que necesito es un arrullo. 83


Sofía Jaramillo / sin título

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José Corral / 1986 Serena. Atiende mi beso –diré-, terminarás cuando mi alma se parezca a un pedazo de azul tieso. Cuando te encuentre vestida de nada como el viento, serena, nos beberemos; tentaremos a probar las sonrisas durante la cena. Entonaré entonces de norte a sur el canto de mi boca en tu cuerpo. Te abrigaré tanto que sentirás mis huellas en tu sangre… Arderán las flores del primer día en el Génesis, se llenarán de arbustos los fortines, se aburrirán los trenes de cruzar fronteras, se quedarán en silencio las palabras de los poetas tristes, se consolarán penas entre peces y policías desolados. Encontraremos el pasado, uno sólo, espiándonos dormidos.

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Una palabra se te fue de largo… Pedías listas las promesas de celos y despedías mis intenciones de componerte una tonada más admirable que tu canción favorita; destrozabas mis cuentos de piratas de barcos indestructibles para decirme que naufragarán en la próxima oración que imaginaría; trazaste la figura de la boca perfecta dentro de mi paladar; asentabas en tus piernas los vestidos que quemarías si te pedía que los vistas. Dije –cállate- antes de que caiga el último rayo de sol al que los socios de la primavera lo calificarían como letal. Tomé los cursos para aliviar el dolor de muelas con una sonrisa muerta. Aprendí a dibujar mariposas silvestres debajo de la falda de la montaña del monstruo comesueños. Accedí a no utilizar palabras fracasadas para expresar la necesidad de cambiarte por alguna pirata aventurera que se atreviese a navegar conmigo a través de las tempestades de la soledad en esos barcos inquebrantables.

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* Al instante, reina el temor de tenerte. En una pausa silenciosa, me figuro durar transformado; empantanado está todo dentro de tí. Déjame espantarte las culpas, mi maldad. Lento, sobre mi lugar, no pude soportar el dolor de tus heridas. Anhelé bordear tus apetitos de felicidad. En el espejo ni había salida. Ansioso por luchar tu cuerpo, calcinado por refrescar mi seco aliento prendado en el río de tu relucida existencia.

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Una pausa que estorba en silencio. Con el delirio de desnudarme entero para sonreír tu disgusto y enfadar tu alegría, ordeno mis papeles para cruzar, por fin, a la ausencia que permanece atenta en la otra almohada.   Me siento presente en el olvido de tus segundos largos. Me rechazo la posible idea de importar, pertenecer intacto al tiempo embebido.

* Puedo ser tu ahogo… pero asegúrame no ser quien siente / la daga dentro de tu cuerpo.

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* Ese grito de alfiler en pajonal… todo ese propósito de sembrar forjados libros, auto-escúchate, con las quebradas orquídeas de los sueños de nadie. Los destrozos del viento. Este perfil de gestos casposos se aduana los mares; la condición de persona alabada en adicción, todo lo amenazado, y pensé…

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Tomรกs Carpio / Llorona

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Verónica Neira / 1987 Saudade “Y tú no te perfumes con palabras para consolarme”. Joaquín Sabina Sueño tanto, te imagino en distintos lugares (espacios de mi cuerpo) pero nunca estás, te alejas lentamente, me dejas tan sólo colgada de tus pestañas, no hablas, ignoras que tal vez es más, que tal vez necesito más, saber que estás, que no niegas, que lo (me) buscaste, y esperas que el día llegue... Pero no hablas, ese silencio retumba entre mis sienes... y me olvidas.

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Invencible Hay días como éstos en los que no me siento, no rozo el delirio... Y no te busco, sé que estás, pero quiero que caigas, que huyas, me dejes, te marches, y caigas. Y caer contigo dando vueltas y evitar esa luz magenta de diciembre, que me atormenta, me hunde, me esconde, me corta, me mata, en esa muerte dulce, como respiro compartido o llanto solitario... Caer, resbalar... Resbalar, dejar a las manos reconocer los pliegues, la epidermis, las máscaras, ¡arrancarlas!, permitir que la sangre se una, se diluya, se encuentre, se confunda, nos llame, a esa unidad invisible, supuestamente irrompible, eliminar esta postausencia y la necesidad de saltar al vacío. 92


Espejo Sigo prendida de aquel pasado, de esas noches de insomnio, de las largas veladas, de los antiguos rostros que mataron y lloraron, de esa continua necesidad de buscar a alguien, y de esperar la aprobación que nunca fue la que esperaba, porque a través del espejo nada es como quisiera, se disminuye el sol, y las voces quedan atrapadas ante el intento de alcanzar el otro lado, y la inocencia que no conduce a la libertad, sólo hacia el abismo del reflejo, del que nunca me atreví a saltar... Pero ya no más, no espero nada, ni busco que tus ojos húmedos me miren... Perdono los daños y evito la caída, porque no puedo permitir la debilidad otra vez. Me marcho, porque no consigo seguir atrapada. ¡Me atrevo a cruzar el espejo, y a olvidar las fotos amarillas!

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Virginia Cordero / escalera 4

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Paula Martínez / 1977

pequeños versos dada I Mustias manos, de silencio muerto, justo en el filo donde terminan los párpados, ¡escóndeme del delirio y del hastío! simulando inmensidades rotas dietéticas, marchitas, tras escudriñar las sierpes, del instante óseo, en el azogue del espejo. II Volátil tilde de soprano horroriza el humo acuoso del viento, ¡siéntate libre!…en el filo del abismo donde surge del recodo, imperceptible, la muerte fatua, arreglada de cipreses y gorgonas, palidece en el instante del delirio, el cuervo vertiginoso del deseo. Aprehendido entre danza de tus manos. 95


III Sarcástico timbre de medusas revueltas de elegir entre los pasos, que conducen al sin-fin del laberinto. En el opio de tus labios, estirados de peces y gusanos, secos de olvido, mustios de pipa. Sin-sabor de tu lengua reseca que se burla del ópalo de mis ojos, alardeando de la efímera y errante, vida que le queda… III Estupefacto, ante el escote del abismo, que se cierne en un crisol de tempestades, me paraliza el escalofrío, de aquello que conozco y que no acepto. Enciérrame eléctrica en tus manos, agonizante, espeluznada por tu olvido, entre los malheridos  mantos, de mi silencio que no entendiste…

tatuaje falso Tomé una tiza verde entre mis dientes, y comencé a marcar distancia, dos pasos atrás…cruz verde en los ojos dos pasos atrás…cruz verde en la cabeza escariación en el pecho bella, como una gacela adoptada por una tribu africana, negras…las ausencias.

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princesa dálmata Dos mariposas, tres, cuatro se escapan de tu sonrisa, Anajú. Dos mariposas, tres, cuatro vuelan en picada hacia el músculo seco de mi pecho que olvida su decrepitud y late bajo el ungüento de tus ojos de un color que no se ha inventado todavía. Dos mariposas, tres, cuatro abanican la vida que me queda detrás de la perfección de tus labios que sin conciencia de humanidad dejan escapar mariposas nuevas.

oso conejito No hay dos pianos. No hay dos flautas. El ruido del melodio se escapa de los dedos de un niño de tres años ¡Sopla niño, sopla! En la pradera de tus ojos se esconde el gato verde que siempre quise tener aunque, ¡yo odio los gatos! las palabras sisean en tu boca recién estrenada. Maaaaaa en lengua de humana oveja ¡Ya voy vida mía! 97


Reynel Alvarado / resistencia

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Guillermo Gomezjurado / 1994

Canción del abandonado

Pese a los acercamientos de itinerario nunca llegamos a rebasar la curvatura de consanguinidad,                                Es decir, nunca dejamos de ser eso: modestamente extranjeros de nosotros mismos, de forma que,                       o lejanos reconocidos, o desconocidos cercanamente, siempre nos encontramos a la misma altura de lejanías, siempre en igual ausencia de presencia, hasta que nos volvimos solventes sobornadores de cariño, familiares de nuestro abandono, socios de nuestra soledad, mendigos eufemistas de la  fraternidad impuesta por cromosomas, y nuestros sentimientos,                                       bien gracias, amarrados al bolsillo opuesto de la billetera, como todo voyeur del siglo XXI.

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Recuerdos   Como los descalzos pies del polvo que, manchando ciudades                                          cielos                                                   fronteras retorna agónico a su lecho de perpetuo despojo,                                  Este recuerdo, no por inercia personal, no por logístico catalogador de futuros ajenos, regresa conmemorando presagios, a su catre de sueños rotos, de sucesos sucios de tanta sociedad, para mostrarnos cómo la idea se contrae en la esterilidad del pensamiento impuesto, ¡sin hallar límites,                              sin reconocer lienzo!   Y entonces, entre el sentimentalismo enhebrando su nudo en la garganta,                                      El recuerdo, montón de imágenes enlazadas por la frígida cronología de la memoria, desata sus desperdicios de llanto y alma, sin hallar ahora,                           sin encontrar presente;   y en cambio vuelves, sombra arañando el pasado, necia hipotenusa tejiendo tu pretérito presente,                                                                            tu pretérito futuro, a divagar en el resquebrajado mundo de lo ya establecido, cuarteado por la terca imagen de lo insatisfecho. 100


Prejuicio    Con el prejuicio a cuestas, o sea con la maniática obsesión de pudrir sueños, de revivir nuestra desgracia en la pretérita infelicidad ajena, de impartir órdenes ataviados de consejos, siempre sometidos a la sombría evocación adulta, adúltero momento apiñado con la conveniencia,   de todos modos siempre lo llevas a todas partes, notable herencia de tu familia criolla, concubina de las costumbres sociales, y linajes creados por el complejo.

 Exilio Íntimo

En esta soledad coterránea, consanguínea, a la que uno acude cuando todos los métodos de cura social han sido errados,                            Uno siente, amparado en el pensamiento del momento, profundo prolongador de la confusión, del llanto, cómo el tiempo,                          somero pretexto para medir nuestro lapso, transcurre liviano, ajeno, mientras la idea retorna, sembrando tristeza en las mejillas. 101


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PRIMERAS PALABRAS: la idea de abrazar un espacio

dentro de otro pretende siempre una “distancia” entre los supuestos.

sea el lector –ahoraquien nombre y juzgue dicha “distancia”: la acorte, dilate o difumine…

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Pablo Ramos / sin tĂ­tulo


Esteban Vélez / 1983

Veneno vital. Muerte eterna, exquisita delicia, embriagante sabor sumiéndome en laberinto, quiero perderme entre la espesura líquida, afectando al mismo Morfeo. En meteoros cuánticos te siento llevándome hacia campos místicos, en donde te consumo. En tu faz me pierdo, carmín dentado con lunas entreabiertas, eterno placer, me miras, me elevas, me comes y me liberas; Calor extremo me indulta, con relámpago me derrito, quemarme no quiero, y después…

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luz…

pasión… entrega… Proceso luciferino, lucha entre dos titanes: el uno quiere seguir y el otro te debe cuidar. Infección que recorre cuerpo y sangre; sabor del viento, del tiempo; aluminio fatal que mi espíritu anhela; la realidad incierta de certeza no tener, tus dulces, tiernos y escandalosamente adictivos labios, me pierden en náutica aventura y me sumerjo en tu universo atrapado y culpable por la ficción. ¿Cómo se puede estar más cerca del sonoro borbotón de los gemidos? ¿Cómo opacar el ruidito magnífico, sutil y penetrante de tu aorta? mientras mis dientes se deslizan por ella, mientras tus labios humectan los míos mientras bajo… bajo… bajo… Bajo en espiral mordiéndote, llenándome de placer mientras tú, te retuerces por el calor llameante en tu interior: canalizar cada gota, cada espasmo, cada contorción; sincronizar el momento en que tu alma se funde y mi cuerpo no resiste. Impactar y plantar con un beso, el eterno momento de lucha, entre el seguir o detenerme, 106


tan lleno de tí, tan vacío de mí... Bajo hasta rozar los elevados líquidos del placer nocturno que produce la cuna de la vida, en ásperos rincones me oculto mas… evitar no puedo la sobredosis del infinito acaloramiento producido por tu ser; en vapores desnudos me sumo deleitado con tu cintura, te toco con las palmas de mis dientes, y muerdo con mis dedos tu esencia que me impregna, me deleita, me funde, me mata y me da vida eterna, con la única esperanza de sobrevivir; para probarte una vez más…

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Daniela Jara / 1983 circuito Viajando con una funda llena de expectativas la cantidad de sensaciones desborda casi todas las posibilidades -que al final se van sucediendo sin preguntarConflictos, acertijos y novedades se encuentran en el bosque -altos, insignes compañeros cada aleteo los desorienta jugueteando en el anhelo de las hojas del viento. Igual que el sueño, las luces combinan cuadros en los verdes, resplandeciendo húmedos tonos… -el olor es capaz de despistar cualquier signo de recuerdo amuralladoCoquetea con las brisas la descomposición de las alfombras -continuas hasta llegar los amarillosinventando con el sol un final del ciclo.

* los verdes y contrastado vuelve, se despierta armando revoluciones a los lados de la carta, semejantes sonidos me recuerdan al sótano del cielo…

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Juan Ribadeneira / 1983 En el tren Era el noveno vagón del Oxford Express, relataría el por qué de mi viaje, la verdad es que no encuentro una razón importante para contarla, así se dieron las cosas simplemente. El caso es que estaba observando a través del cristal, con mi cabeza reposando en éste, la luna que guiaba a la locomotora a través de un espesísimo bosque, y cuando aparté la mirada del paisaje, me sorprendí del acompañante que tenía enfrente; era un cincuentón malencarado, con la barba rasurada y los ojos extraviados. Soltó una frase que me impactó: –El campo me enferma – sentenció. –Ah - dije sin pensarlo. Su comentario fue llamativo, por lo que me interesé en conversar con el viejo. Me percaté que a su lado una botella de champán se balanceaba en un cubo repleto de hielos. Se sirvió una copa y en una centella la consumió. No parecía un tipo amigable, su rostro tenía señales de acné ya curados con el tiempo. Acaso ya lo leí. – ¿Sabes en dónde mierda estamos? – ladró. –En el límite de Checoslovaquia - contesté sin estar seguro, (quizá ya estábamos en el otro continente) –Sabes, este viaje se ha tornado aburrido, Europa no es tan gran cosa como los escritores dicen, Ámsterdam, Florencia, Belgrado, son lo mismo que Detroit, Los Ángeles y el DF, mucho menos salvajes – exclamó. –Es lo que creía, los escritores lo han redactado sin conocer la otra cara de la moneda, la miseria, la basura, la escoria – comenté. Acercó la copa hacia mí y vertió el licor. – ¿Es francés? - pregunté con entusiasmo – ¿Qué es francés? –El champán - dije con disimulo señalando el cubo. –No estoy seguro y tampoco me importa - exclamó con molestia. Inclinó su brazo izquierdo y levantó un viejo y pesado maletín que lanzó a la mesa con brusquedad. Era enorme. Lo abrió y una tosca máquina de escribir fue descubierta, 109


marcada con polvo y cenizas de cigarros. –Sabes, intento escribir algo – dijo. –Otra copa servirá. Rió con fastidio y llenó la copa. –La historia trata de un viejo escritor, alcohólico y odiado de la vida, que ama y desprecia las mujeres y que su única salida es escribir, el único ejercicio por el cual malvive y por el cual sueña. –Ya lo he oído antes - dije con temor. Miró la máquina y la empezó a teclear. Acercó la copa y sirvió el mismo brebaje de todos los días. – ¿No crees que alguien ya lo escribió?– repetí con timidez. –Es posible - dijo riendo. –De todos modos ¿qué ocurre con el personaje? –Eso también lo has oído antes. No tuve respuesta para tan creativa indirecta. Miré a todos lados para fijar mi distracción. Pero un bosque agreste en medio de la bruma no sorprende. Debía hablarle al viejo. –Has empezado. –Intento finalizar la novela. Pensé que un viaje me daría los lugares y las imágenes para terminarla. Tenía la expectativa de un acompañante de mi edad, no un jovencito tan pedante. –Y yo no esperaba a un literato frustrado –respondí–. Lo que dices es creíble, hasta puedo sentenciar que es algo llamativo, pero de seguro no necesitas mi ayuda para hacerlo. Un novato, un inexperto y malintencionado mocoso que tiene el atrevimiento de beber contigo. De veras mi capacidad literaria es limitada, nunca he publicado. –Hemingway dijo en una ocasión: no es sabio el que más publica, es el que más destruye las letras. Estás actuando como una vieja. Después de un incómodo silencio en el que nos vimos directo a los ojos, que fijos en los míos llegaron a intimidarme, pronuncié con decisión: –Lo que has dicho es interesante, hace mucho que no converso con un escritor y menos en un tren, espera, nunca he viajado en un tren como éste, a lo películas de terror clase B, “El tren de los horrores”. Los viajes para mí han sido tortuosos, sin sentido. Creo haber escuchado tu historia hace algún tiempo. Esfuérzate un poco más. – Al igual que Hemingway careces de humor. – ¿Quién eres? –grité. – ¿No lo entiendes verdad? – No. 110


– ¿Conoces al escritor? –Totalmente – grité. –Yo soy… – ¿Quién?- ladré con desespero. –Soy su fantasma. La conversación al fin terminó.

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Nancy Mora / 1961 César Natalia Moreira ¿Cuántos golpes necesitamos? le pregunto. - “sigo experimentando” me contesta.

VIDA SÓLIDA Natalia Moreira Cada vez que miro por la ventana me veo transitando. Cuando parecía que me dirigía a alguna parte me encontré en el umbral con el viento golpeado mis mejillas.

2008 Natalia Moreira ¿Qué pienso? me preguntas en el momento en que descubro qua ya no tengo la habilidad de responder.

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Javier Calle / 1976

El retorno de la bestia azulita para qué revolución sin cambios... sonará como un cañón

mi canto.

¡Todo lo que pueda darte, como venga y cuando venga! y tus palabras son clavos... están clavando

mi piel.

¡todo lo quieras darme, como venga y cuando venga…! ángel con garras y botas...

…salta de la rebelión.

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Juan Francisco Vinueza / 1991

Feeling # 44.- Acerca del olor a Otoño en Primavera. A continuación, Tío Hugo perdió el control. Rasgó su poesía y partió sus vinilos, envenenó sus caretas y deshilachó a sus bufandas, vertió los néctares que habrían trastornado su pasado y desintegró las fotografías de los patos arrollados bajo hormigas a forma de picadillo licuado/azucarado. A Tío Hugo jamás le habría atemorizado frenesí alguno, pero ¡cómo no notar la distinción entre esta corazonada y las antes presenciadas! Saltó rincón a rincón, rebotó entre las paredes, tropezó con los minibaúles de esencias y de yerbas y de hojas de menta. Una vez caído, resolvió fumárselo todo, frotarse la cara con el polvo_no_volador y escupir el sustraendo en el fregadero. Aprovechó la visita al salón del aseo y se rasuró los párpados. Quiso rasurar las risas y las lágrimas, pero a esas se las llevó Esquizofrenia. A los libros se los llevó, por el otro lado, el viento, pero es que Tío nunca pudo protegerse del huracán. Cerró la habitación desde adentro; sin embargo, la claustrofobia le sobó la calva, y las caricias le supieron más bien mal. Salió a correr calle abajo, envuelto en un frac de poliéster y en el perfume del Señor. - ¡Ya estoy sobrio! ¡Me han curado! -Qué lástima. Cuando regresó la sed verdadera y la locura profesional, estaba desnudo. Al frío, por supuesto, lo olfateó vacío. Rió y lloró de nuevo, casidesesperado, casiagonizante. Ya era él. A decir verdad, no me parece un desenlace tan atroz/vulgar; cuerdo, Tío no se hubiese soportado.

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Tomรกs Carpio / Cubo magi

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Textos y pre-textos aleatorios: 1. 2. 3. 4. 5. 6. 7. 8. 9. 10. 11. 12. 13. 14. 15. 16. 17. 18. 19. 20. 21.

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Sebastián Lazo. Juan Fernando Auquilla. Pedro López. María de los Ángeles Martínez. Luis Monteros Arregui. Ana Minga. Juan Antonio Serrano. Javier Cevallos. Juan Carlos Astudillo S. Luis Felipe Aguilar. Ernesto Carrión. Sebastián Endara. Guillermo Cordero. Falco. Carlos Vásconez. Diego Cazar. Víctor Vimos V. José Corral. Verónica Neira. María Paula Martínez. Guillermo Gomezjurado.

Primeras Palabras: 1. 2. 3. 4. 5. 6.

Esteban Vélez. Daniela Jara. Juan Ribadeneira. Nancy Mora. Javier Calle. Juan Francisco Vinueza.

Imágenes: 1. 2. 3. 4. 5. 6. 7. 8. 9. 10. 11.

Sofía Jaramillo. Gabriela Bernal. Ana Vela. Reynel Alvarado. Pablo Ramos. Juan Pablo Ordóñez. Tomás Carpio. Juan Antonio Serrano. José Antonio Cardoso. Virginia Cordero. Juan Carlos Astudillo S.


Créditos: Dirigido por: Juan Carlos Astudillo S. tugastudillo@gmail.com Diseño gráfico y diagramación: Bernardo Zamora A. Portada: Ilustración: José Antonio Cardoso. *La Esponja: Carlos, Ángeles, Juan Antonio, Guillermo C, Sebastián L, Juan Carlos y Luis Felipe.

Auspiciado por:

Las expresiones vertidas en los textos son exclusiva responsabilidad de sus autores. p.d. El orden de los versos de Recortes de un poema exquisito, firmado por la esponja, es aleatorio, es decir, los textos escritos por cada uno de los siete lectores involucrados -creados como una suerte de “cadáver exquisito”, con variaciones sobre el mismo-, fueron desmembrados sin miramiento alguno y re-ubicados arbitrariamente, y no… fuimos dos de los dichos lectores quienes des-armamos la versión definitiva que ahora presentamos.

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re-cortes de un poema exquisito… uno

(la esponja)

Vio la ciudad temblando. ¿de verdad siento esa fuerza? -pregunta con el lomo desnudo, más animal que nunca y soloLas hogueras son hogueras, arden en bares hospitales. (el sueño duerme para quien se sabe abismo) Terapias de ajenjo y tequilas por tequieros. La memoria de cemento tendió puentes hasta su vientre que arde en nuestro olvido. Y quizá también y su reloj perdido. Olvidos ausentes… pura ausencia la memoria… dos Una liebre saltó de su boca para perderse en los triángulos del recuerdo. -pues sí, sin ella, le bastaba el mundo-

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La vio, sola, dejar caer la llave en el sumidero, desvanecerse en el humo blanco de las calles. Predada, prendida, derrocha en el asfalto una sucesión de múltiples procesiones. (cerrar la puerta del taxi, clausurar el templo que erigieron como criaturas nocturnas) Así se acerca el centro y desde ahí sus cantos alados y tus golpes, directos, en la cabeza donde nadie más toca, apacigua o convoca. Tres duermen juntos los medradores. desperezan cantos y noctámbulos. empieza el deleite. vierte una vez más tus besos en la madrugada. la estepa que me recuerdas es verde y fría. por un momento, un segundito, me rascaste angustia.


La palabra es un ser viviente, mucho más poderoso que aquél que la usa; nacida de la oscuridad, crea el sentido que quiere; la palabra es mucho más todavía de lo que el pensamiento, la vista y el tacto externos pueden dar: es color, noche, alegría, sueño, amargura, océano, infinito; es el logos de Dios. Víctor Hugo.

Salud a la Esponja TEXTOS Y PRE-TEXTOS ALEATORIOS  

Poesía, Cuento, Fotografía, Diseño e Ilustración. Cuenca-Ecuador.