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O R I E N TA C I O N E S revista de homosexualidades

Director: Santiago Esteso Consejo Editorial: Antoni Mora, M. Ángel Sánchez, J. M. Núñez, Luis RodríguezPiñero, F. Javier Ugarte, Marieta Pancheva, Fernando S. Amillategui Diseño y maquetación: PAPF Asesoría de marketing: Madeleine García Munzer Edita: Fundación Triángulo por la igualdad social de gais y lesbianas C/ Eloy Gonzalo 25, 1º ext. 28010 - Madrid Tfno/Fax de información y suscripciones: 91 593 05 40 www.fundaciontriangulo.es Recepción de artículos: Fundación Triángulo A la atención de Santiago Esteso E-mail: orientaciones@fundaciontriangulo.es ISSN: 1576-978X Depósito Legal: M-41320-2000 Impresión: Cyam, proyectos y producciones editoriales. S.A.


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Presentación ........................................................................................... 4

MONOGRAFICO: Represión Franquista Javier Ugarte Pérez Entre el pecado y la enfermedad ............................................................ 7 Gema Pérez-Sánchez El Franquismo, ¿un régimen homosexual? .......................................... 29 Antoni Adam Donat y Àlvar Martinez Vidal «Consideraciones sobre tan repugnante tendencia sexual»: la homosexualidad en la psiquiatría del franquismo ............................ 51 Jordi Terrasa Mateu Estudio jurídico de la legislación represiva franquista .......................... 83 Arturo Arnalte Galería de invertidos. Vida cotidiana de los homosexuales en las cárceles de Franco .................................................................... 101 Antoni Mora y Fernando Sánchez Amillategui De la escritura tardía de la historia. Conversación a partir de dos libros recientes .................................... 113

ANEXO DOCUMENTAL La aplicación práctica de la LPRS a través del estudio de un expediente de peligrosidad por homosexualidad ................................................. 129 Manifiesto Asociación Ex presos por su orientación sexual ................................................... 135

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Nº 7

Primer Semestre 2004

ESTUDIOS Y ENSAYOS Marie Jo Bonnet Claude Cahun y Marcel Moore. Una pareja literaria y artística de los años veinte precursora del género 'neutro' ................................................. 137 Carlos Fonseca 'Hacer la calle': violencia económica en España. La prostitución y el trabajo sexual, una forma más de violencia institucional ........................................... 153

NOTAS DE LECTURAS José Miguel G. Cortés. Hombres de mármol. Códigos de representación y estrategias de poder de la masculinidad ......................................... 171 Óscar Guasch y Olga Viñuales (eds.). Sexualidades. Diversidad y control social ........................................... 174 Santiago Esteso. Ficciones en las fronteras de la Ley ......................... 178 Andrés Isaac Santana. Imágenes del desvío. La voz homoerótica en el arte cubano contemporáneo ..................... 181 Javier Sáez. Teoría Queer y psicoanálisis ........................................... 184 Fernando Olmeda. El látigo y la pluma .............................................. 187

Obras y fotografías de Elena García-Oliveros.

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Presentación Represión franquista

El séptimo monográfico de Orientaciones se vincula muy especialmente con la línea de investigación que iniciamos en 2003, en el número dedicado al exterminio de homosexuales bajo el nazismo. No porque los temas sean parecidos u homologables, que no lo son completamente, sino por la necesidad de examinar y reconstruir la historia más reciente de las persecuciones; en este caso, la propia. De manera parecida a como lo planteamos en aquella ocasión, el objetivo del presente volumen, en el ámbito de los estudios generales sobre la represión franquista, ha sido romper el muro de silencio que existe en torno a las diversas formas de represión de las homosexualidades durante la dictadura del general Franco (1939/1975). Este vacío se ha empezado a llenar hace poco. Comenzábamos la presentación de aquel quinto monográfico mencionando la eclosión de estudios historiográficos, documentos, testimonios, narraciones y películas que han abordado en los últimos años, con renovado interés, el despiadado capítulo de los Lagern, última consecuencia de esa cadena que, según Primo Levi (Si esto es un hombre, 1947), se inicia cuando se convierte en pensamiento sistemático la indeterminada percepción de que todo extranjero (cualquiera sea la forma de la otredad que encarne) es, o puede convertirse en, un enemigo. En este sentido, el razonamiento se despliega implacable: si el otro es un enemigo, y amenaza mi territorio (la nación, la comunidad, la ciudad), debe ser excluido, reformado o eliminado. A propósito de aquella multiplicación de escritos, en la que percibíamos la urgencia por meditar sobre el «presente más estricto», nos preguntábamos sobre el lugar que han ocupado las víctimas homosexuales en el marco de los estudios sobre las deportaciones y el exterminio nazi. La sospecha, o la constatación de una operación deliberada de ocultación respecto de los homosexuales, nos impuso en aquella ocasión la necesidad de investigar este tema, abriendo así una línea de reflexión completamente inexplorada en el ámbito hispano. 4

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Una línea de investigación que el presente monográfico, en líneas generales, continúa, cambiando el escenario y el objeto de análisis, aunque manteniendo el interés por la homofobia enquistada en los totalitarismos que se han sucedido durante el siglo XX. Puntualmente, nuestra intención ha sido profundizar y enriquecer el conjunto de preguntas e hipótesis en torno de una cuestión, la represión franquista de los homosexuales, que sólo en los últimos años ha comenzado a despertar el interés de algunos historiadores y pensadores. Si devolverle a las homosexualidades un lugar de reflexión y producción crítica ha sido uno de los objetivos fundamentales de Orientaciones, estudiar desde diversas disciplinas y puntos de vista, y acaso también a partir de hipótesis y marcos conceptuales relativamente opuestos, la específica represión que la dictadura perfeccionó y ejercitó a partir de 1939 contra los homosexuales, se nos impuso como un tema y un trabajo ineludibles. Para este séptimo monográfico decidimos estudiar la represión franquista atendiendo a dos aspectos. Por un lado, a los institucionales o materiales, como vienen expresados en la Ley de Vagos y Maleantes de 1954 o en la Ley de Peligrosidad Social de 1970, pero también en la vida de los homosexuales en las cárceles, así como en la producción en torno de la etiología y los tratamientos médicos y psiquiátricos. Por otro lado, a los aspectos culturales e ideológicos de dicha represión, especialmente la homofobia del régimen en relación con el nacionalcatolicismo que la dictadura se preocupó por resguardar de múltiples maneras, y en diversos ámbitos. Los artículos que conforman el monográfico que presentamos no pretenden sólo describir y explicar cada uno de estos tipos de represión, sino, por el contrario, formular hipótesis que permitan profundizar en la comprensión de sus relaciones: cómo y hasta dónde estas formas de persecución e injusticia se superpusieron, determinaron y conformaron. En este sentido, atraviesa los artículos la pregunta acerca de la homofobia que la dictadura institucionalizó, y sus formas de continuidad, de pervivencia en la España post-franquista. Asimismo, recorre este conjunto de escritos otra reflexión general, siempre teniendo a las homosexualidades como objeto de referencia, respecto del retraso que supuso el franquismo –en una Europa en la que otros totalitarismos homófobos habían sido derrotados– en términos de modernización, justicia social, y consolidación de un estado laico. ORIENTACIONES revista de homosexualidades

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En cuanto al «antes» de la dictadura, especialmente la II República, si bien algunos articulistas realizan algún acercamiento en relación con la política sexual dentro del espectro del liberalismo laico y los partidos de izquierda, es un objeto de estudio que dejamos para próximas indagaciones. Así como nos alejamos del «después» de la dictadura; en primer lugar, porque es un tema que hemos tratado ya parcialmente en el número 2 de la revista, por ejemplo a través del artículo de Kerman Calvo y algunos de los documentos publicados en el anexo histórico. En segundo lugar, porque consideramos que la situación social, política, ideológica y legislativa de las homosexualidades, entre el tardofranquismo y la transición, merece un tratamiento detenido. Decíamos que, en los últimos años, el muro de silencio e indiferencia levantado en torno de la represión franquista de las sexualidades, y muy especialmente de las prácticas de gais, lesbianas y transexuales, ha comenzado a resquebrajarse gracias al empuje de textos como El moviment gai a la clandestinitat del franquisme (1970-1975) de Armand de Fluvià (2003), Redada de violetas de Arturo Arnalte (2003), o el más reciente El látigo y la pluma de Fernando Olmeda (2004). Estudios y reconstrucciones históricas que se suman a otras producciones como los documentales Sentenciados sin juicio , ganador de la octava edición del Festival internacional de cine gay y lésbico de Madrid (2003), y Los armarios de la dictadura, exhibido también en el mismo certamen. La naturaleza política de esta serie converge en la constitución de la Asociación de Ex Presos Sociales de España (2003), organización que ha subrayado el carácter perentorio que reviste el examen de este capítulo de nuestra historia de cara al presente, y a la justa e inexcusable recuperación de la memoria colectiva. Una memoria que el séptimo monográfico de Orientaciones recoge e invita a escudriñar como un modo de compromiso con los tiempos que corren. Es importante resistir las revisiones exculpatorias, las lecturas blandas de la dictadura, y los tanteos de aquellos que aún pretenden indultar la historia y a sus protagonistas. Creemos que el contenido del presente monográfico va en esa línea al poner las cosas en su sitio a través del estudio de las fuentes principales de autoridad de aquellos años, y del amparo al testimonio de sus víctimas. Equipo Orientaciones 6

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O N O G R Á F I C R e p r e s i ó n fr a n q u i s t a

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Entre el pecado y la enfermedad Javier Ugarte Pérez

Introducción La sublevación del general Franco contra la Segunda República resultó más costosa en tiempo y dinero, y sangrienta en vidas, de lo que previeron los militares del ejército africano, ya que el gobierno de la República encontró un apoyo entre la población que no esperaban los sublevados. Así que el levantamiento, que al principio tenía un aire decimonónico, acabó en guerra civil. Cuando ésta terminó, la nación estaba destrozada económica, cultural y espiritualmente, y la represión de los vencedores contra quienes habían apoyado al gobierno republicano no ayudó a mejorar las cosas. Lo que tampoco pudieron prever los vencedores es que el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial, y el triunfo de los aliados, iban a llevar al régimen a una situación de aislamiento internacional que duraría casi veinte años en su forma dura, los de la autarquía, y cuarenta en su forma atenuada, todo el tiempo que duró el régimen.

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Entre el pecado y la enfermedad

Al terminar la guerra, con una economía y una sociedad devastadas, la desaparición de los intelectuales que habían apoyado al gobierno legítimo, en unos casos por asesinato, como Lorca, y en otros por exilio, como Cernuda o Picasso, y en un proceso de boicot económico y aislamiento internacional creciente, Franco sólo encontró dos bases en las que sostener su gobierno. La primera era el ejército, en quien podía confiar porque los elementos izquierdistas habían sido eliminados, durante la guerra o mediante las depuraciones que se realizaron en la postguerra. La segunda fue la Iglesia Católica, institución cuya defensa había constituido uno de los motivos del levantamiento, ya que se consideraba que el tratamiento que la República había dado al clero católico, y a sus bienes, era inaceptable. Que el franquismo nunca se proclamara “El Imperio de los mil años” muestra que era consciente de su debilidad y aislamiento, y al hecho de haber sabido administrarlos se debe que durara más que el Reich alemán. Obligado por el aislamiento, se impuso entonces la autarquía en todos los órdenes. Son conocidas sus consecuencias económicas, y el sufrimiento material que conllevaron. Menos atención han merecido sus repercusiones ideológicas, entre las que cabe incluir el tratamiento que dio el franquismo a los homosexuales. Como el bando vencedor no tenía capacidad para crear una ideología justificatoria, dependieron de la única institución que fue capaz de proporcionarla, la Iglesia. Ésta aceptó ser el apoyo ideológico del régimen, pero impuso sus condiciones. Requisitos que quedan reflejados en el Concordato de 1953, donde se establece, por ejemplo, que la religión católica es la única para la nación española y que sería protegida por el Estado1. Demandas de una única religión oficial y sometimiento a los imperativos morales de la Iglesia en lo relativo al matrimonio, divorcio, concepción, homosexualidad, etc., que al franquismo no le costó aceptar porque formaban parte de su visión del mundo. El solapamiento de intereses mutuos fue inquebrantable durante cuatro décadas, y sólo mostró signos de resquebrajamiento en los años setenta, cuando Tarancón presidía la Conferencia Episcopal mientras la enfermedad del dictador le acercaba a su final. Por lo que tiene que ver con el tratamiento médico de la homosexualidad, desde finales del siglo XIX se había impuesto en esta ciencia la convicción de que los homosexuales, a quienes se consideraba pervertidos en su variante de inversión sexual, eran enfermos que debían ser tratados por 8

1 El artículo I del Concordato, firmado el 27 de agosto de 1953, dice lo siguiente: “La religión católica, apostólica, romana sigue siendo la única de la nación española y gozará de los derechos y prerrogativas que le corresponden en conformidad con la Ley Divina y el Derecho Canónico”, en Acción Católica Española (1962, 271). Sólo un año después, el 12 de octubre de 1954, el mismo Papa, Pío XII, entrega y consagra España al Inmaculado corazón de María y solicita la Bendición Apostólica sobre el Jefe del Estado y todas las autoridades (Acción Católica Española; 1962, 1371).

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2 El misterio no comenzó a aclararse hasta la década de 1940, gracias a los trabajos de genética de Morgan. Es decir, casi un siglo después de la publicación de El origen de las especies.

esta ciencia. Por dos motivos, para conocer la génesis de la inversión, y para estudiar la forma de curarla. Bien, pues lo que se va a desarrollar en las páginas que siguen es cómo se enfrentaron en el régimen ambas instituciones, la ciencia médica y la moral; ésta última de la mano de la Iglesia. Entre ellas se da una coincidencia: la homosexualidad es sólo un caso de una tendencia general. Por eso, antes de entrar en ese tema, es necesario exponer el marco teórico en el que se mueven ambas. Se puede afirmar que la institución médica y la Iglesia compitieron para lograr la bendición del poder década a década, modificando sus posiciones a medida que cambiaban las circunstancias y utilizando a unos sujetos, los homosexuales, que eran peones de una partida de ajedrez tan interminable y abierta a los acontecimientos como la propia vida. Y, como peones, no tenían una importancia fundamental para los contendientes.

La medicalización de los pecadores Hasta la segunda mitad del siglo XIX, la Medicina no está en condiciones de reivindicar su magisterio sobre conductas que llevaban siglos perteneciendo al campo de la moral, y sobre las cuales la religión había sido una autoridad poco discutida; los filósofos de la Ilustración fueron quienes comenzaron a cuestionar sus presupuestos. Hasta cierto punto, lo que entonces hizo la Medicina fue recuperar el papel de directora del comportamiento que tenía en el mundo griego; con Hipócrates o Galeno, por ejemplo, que inspiraron la Dietética, que para los griegos era la técnica sobre el cuidado de uno mismo. Para su impulso, la Medicina, que es una ciencia práctica, y en muchos aspectos sólo una técnica, tuvo que basarse en una ciencia de mayor peso teórico, como fue la Biología. Las investigaciones de Darwin dejaron pocas dudas entre los europeos de que la evolución de las especies se producía como consecuencia de la lucha por la vida entre individuos que son ligeramente diferentes entre sí. Aquéllos cuyas características muestran mayor adaptación al medio se reproducen, y al hacerlo transmiten, de forma entonces poco conocida 2, sus características a la descendencia. Este mecanismo es perfeccionista en plazos grandes de tiempo porque obliga a las especies a mejorar para sobrevivir, es decir, a afinar sus capacidades de reacción al medio. Ahora ORIENTACIONES revista de homosexualidades

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bien, enseguida aparecieron pensadores, incluso cercanos a Darwin, como su primo Francis Galton, que se dieron cuenta de que la sociedad, tal como estaba organizada, había suprimido los mecanismos de competencia por la reproducción entre individuos, y por ello todos los sujetos, incluidos aquellos que no podrían sobrevivir en condiciones “naturales”, tenían descendencia, transmitiendo inferiores cualidades a sus hijos. El asunto se volvía grave cuando quienes se reproducían, además de pobres, eran alcohólicos, prostitutas, sifilíticos o viciosos (donde se incluyen los homosexuales), porque sus hijos serían, sin duda, portadores de estas lacras. Para impedir, o dificultar en la medida de sus posibilidades, esta desgracia, Galton funda una disciplina, la eugenesia, que se propone la mejora del patrimonio genético de la nación. Tuvo especial arraigo en los países industrializados como Gran Bretaña, Suecia, Alemania y Estados Unidos, donde nacieron Institutos de Biología que se dedicaron a estudiar las características raciales de la población y a proponer medidas de mejora de su patrimonio. El problema que obsesionaba a las autoridades médicas y políticas de la época era la transmisión de enfermedades, “lacras” o “taras” como se decía en la época, a la descendencia. Cuando las taras pasaban de generación en generación, entonces tenía lugar la degeneración, concepto en el que culmina la capacidad metafórica de la época. Algo de eso se sospechaba que había sucedido en familias monogámicas europeas, como la dinastía de los Austria/Habsburgo. Ahora el problema se agudizaba porque, en opinión de muchos médicos y expertos en salud pública, la población de las ciudades, como consecuencia del anonimato, la cercanía promiscua, los espectáculos licenciosos, y la escasa moralidad de las capas populares, procreaba sin preocuparse por el futuro de su progenie sacrificando los hábitos de vida saludables, así como la higiene, a la búsqueda del placer momentáneo, sea bajo la forma de alcoholismo, licencia sexual, etc. En un mundo rural, como era el europeo de la primera mitad del siglo XIX, los cruces entre individuos todavía podían ser sometidos a algún tipo de control social. Pero en la segunda mitad del siglo, con la industrialización y la explosión demográfica, sobre todo urbana, el anonimato favorecía el vicio oculto, lo que hace temer por las consecuencias para la nación del comportamiento individual. No se piense que la degeneración afecta sólo al cuerpo, también lo hace con la mente. En 1882, por ejemplo, los 10

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3 Jean Martin Charcot y Victor Magnan (2002, 15-16). En el mismo año de su publicación, Charcot se hace cargo en Francia de la primera cátedra de enfermedades nerviosas, como señala Ángel Cagigas (2002, 5) en el texto introductorio a la edición de los textos de Charcot, Magnan y Binet.

4 Sigmund Freud (1995, ps. 10-11).

doctores franceses Magnan y Charcot, publicaron Inversión de la tendencia genital y otras perversiones sexuales, estudio centrado en el fetichismo y la homosexualidad (inversión sexual). Estos autores afirman lo siguiente sobre un caso de inversión: (...) ésta en absoluto es una entidad mórbida, no es más que un episodio de una enfermedad más profunda. Es un síndrome, una de las numerosas manifestaciones que ofrecen los sujetos a los que Morel denomina degenerados. Desde la infancia, los degenerados llevan la marca de una tara cerebral que en algunos individuos puede traducirse simplemente en un desequilibrio mental, compatible por otra parte, como es el caso de nuestro enfermo, con la existencia de facultades brillantes 3.

Aunque el vocabulario pueda resultar hiriente, no debe pensarse que Charcot o Magnan tuvieran nada contra los degenerados. Al contrario, querían mejorar su estado, incluso a algunos los aprecian, como el caso citado, porque el sujeto es profesor universitario, y de comportamiento moralmente irreprochable, si se deja de lado su tara cerebral. La asociación entre inversión sexual y elevada cultura la encontraremos después en Freud, y con el mismo objetivo, separar la condena del acto de la condena al sujeto4.

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Pero, al realizar este corte, surge una pregunta: si los autores describen un acto reprochable, junto a un sujeto de conducta impecable, ¿cuál es el objetivo de esa afirmación? Sin duda, separar la enfermedad de la moral. Dejar la primera en manos de los médicos, y ser comprensivo con el enfermo cuando se somete a la dirección facultativa, puesto que no es responsable de su herencia biológica. Culparle sólo si se niega al tratamiento, porque en eso residiría ahora su responsabilidad, ya que un enfermo nunca es del todo inocente respecto a su enfermedad. Al menos, tiene el deber de curarse, por su bien, el de su familia, y el del conjunto de la sociedad, que lo soporta en su seno y a veces tiene que costear su manutención o internamiento. Véase lo siguiente:

5 Jean Martin Charcot y Victor Magnan (2002, 17).

6 Alfred Binet (2002, 44 y 72).

(...) una disposición nativa que encadene la voluntad impulsando a los individuos a actos que no pueden reprimir debe entrañar necesariamente la irresponsabilidad. Es muy importante que se sepa este dato pues los magistrados y los forenses que se han ocupado de atentados contra las costumbres y bajo cuya mirada han pasado individuos esencialmente viciosos parecen hasta ahora poco dispuestos a atribuir a la enfermedad la parte que le toca 5.

Por tanto, cada uno debe ocuparse de su tarea específica. Y la propia de la Medicina es atender aquellos casos en los cuales la herencia del sujeto le impulsa a comportarse de forma inmoral, pero irresponsable (es decir, de cuya conducta no es responsable). Así que los médicos tienen una nueva tarea, el estudio de los degenerados, el combate contra su enfermedad, y la elaboración de una opinión experta sobre su grado de responsabilidad en los atentados contra la moral o las leyes. En lo que respecta al último punto, la tradición continúa en la actualidad. Cuando Alfred Binet estudia estos fenómenos, el fetichismo y la inversión sexual, en 1887, añade a las opiniones expresadas por sus colegas una nueva idea, tan turbadora para la moral de la época como la irresponsabilidad de los degenerados, y es su convicción de que la mejor manera de luchar contra la expresión de diversos tipos de taras es mantener relaciones sexuales frecuentes. La afirmación de Binet es posible porque él no es un alienista, no estudia la degeneración; es un psicólogo que estudia los síntomas, y busca su curación. Con su apuesta por la actividad sexual, desmonta desde la práctica clínica la superioridad moral de la castidad 6. 12

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La reacción oficial de la Iglesia Católica 7 Por ejemplo, Humanum Genus, epístola encíclica de León XIII, del 20 de abril de 1884, que arremete contra la masonería y todas aquellas actitudes modernas, como el naturalismo, que minan la autoridad eclesiástica.

8 Como ejemplo de enjuiciamiento de la homosexualidad según la ley natural, véase la respuesta que da Eduardo Molero Massa al discurso de Luis Vivas Marzal (1963, 33-34).

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Este conjunto de ideas fue percibido como un ataque por la Iglesia, lo que resulta lógico puesto que pretendía usurparle una cuota importante de su poder, la condena o absolución del comportamiento moral. Las teorías que se acaban de exponer, además, cuestionaban la base de dos sacramentos tan importantes para su papel social como son el matrimonio y el bautismo. Por lo tanto, la Iglesia reaccionó contra ellas, directa e indirectamente. De forma directa pueden traerse a colación las encíclicas y epístolas papales, donde bajo el nombre de “naturalismo”, se condenan las teorías que defienden que la naturaleza y razón humanas son los maestros que deben indicar el camino a seguir, frente a la sagrada ley eterna7. No sólo eso, el Concilio Vaticano I (18691870) se preparó con la intención de dejar claro ante los creyentes la superioridad de las verdades reveladas sobre las puramente científicas (para lo que decretó la infalibilidad papal), y declarar anatema a quien sostuviera lo contrario. Se trató de un Concilio puramente defensivo con el que, aparte de dejar clara su postura, poco logró la Iglesia, puesto que las anatemizaciones que decretó no consiguieron detener la marcha de las cosas. Tampoco lo consiguió en los países católicos, salvo casos excepcionales, como el que se dio en España bajo el franquismo. Para luchar contra el naturalismo, la Iglesia acudió al concepto de ley natural, como llevaba haciéndolo desde el siglo XIV, y condenando toda forma de análisis del comportamiento que no se basara en la separación entre actos naturales y actos contra natura , y en la libertad absoluta del sujeto para elegir entre ellos. Quien realizaba actos naturales se comportaba moralmente, y sería juzgado conforme a ello en la otra vida. Quien se comportaba antinaturalmente, como los invertidos, serían juzgados también conforme a sus actos más adelante, pero condenados en el presente por la Iglesia y las costumbres8. No sólo ellos, también quienes buscaban un placer egoísta, sensual y no reproductivo, como los onanistas, los libertinos y las personas casadas, pero licenciosas, que utilizaban medios para impedir que la sensualidad fuese seguida por la concepción. Y estos últimos eran quienes preocupaban a la Iglesia porque el mundo moderno facilitaba la extensión de esos comportamientos, sobre todo en las ciudades. 13


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Para aclarar estas cuestiones, el Papa Pío XI, en su encíclica Casti connubii, del 31 de diciembre de 1930, y hablando de las leyes que impiden casarse a determinados sujetos, señala el camino a seguir: Cuantos obran de este modo, perversamente, se olvidan de que es más santa la familia que el estado y de que los hombres no se engendran principalmente para la tierra y el tiempo, sino para el cielo y la eternidad. Y de ninguna manera se puede permitir que a hombres, de suyo capaces del matrimonio, se les considere gravemente culpables si lo contraen, porque se conjetura que, aun empleando el mayor cuidado y diligencia, no han de engendrar más que hijos defectuosos, aunque de ordinario hay que aconsejarles que no lo contraigan9.

Así que los médicos pueden desaconsejar el matrimonio, es decir la descendencia, en algunos casos, pero no convertir en seguridad lo que sólo es probabilidad, y de ninguna manera subordinar el individuo a la comunidad, como no tardarían en hacer en Alemania los médicos. La doctrina no cayó en saco roto, como se verá en el apartado siguiente. En relación con el tema de la homosexualidad, la Iglesia, desde las cartas de Pablo, siempre ha pensado que ésta era una cuestión de elección personal, de “concupiscencia del corazón”10. Por lo tanto, algo al alcance de todo el mundo, pero condenable, como ingerir alcohol hasta la embriaguez. No acepta la orientación sexual hacia personas del mismo sexo, sólo distingue entre comportamientos; unos son aceptables, pero otros condenables. Y si tiempo después la Iglesia mostró atisbos de comprender que existe algo más, alguna clase de inclinación interior, lo hizo pidiendo al mismo tiempo la renuncia a expresarla porque el comportamiento siguió, y sigue, considerándose pecaminoso y la inclinación “objetivamente desordenada” 11.

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9 Acción Católica Española (1962, 1624).

10 Carta a los Romanos 1, 24-28. También 1 Cor. 6, 9 y 1 Tim. 1, 10

11 Joseph Ratziger (1997, 28). Sin embargo, esta tibia apertura acerca la Iglesia a una contradicción: si existe una inclinación de la persona entonces ésta se encuentra en su naturaleza y, por lo tanto, los motivos para condenarla se difuminan porque la naturaleza ha sido concedida por Dios. Sería condenable que los heterosexuales realizasen actos homosexuales, pero no que los realicen los homosexuales, porque ello derivaría de su forma de ser y sentir.

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12 Como ejemplo de este cuestionamiento, véase el estudio que realiza Gregorio Marañón sobre el último rey Trastámara, Enrique IV. A la hora de comparar su afeminamiento con la actitud de su hermana, Isabel la Católica, afirma: “Parece que por uno de esos trastrueques tan frecuentes en el misterio de la herencia, recayó en ella, mujer, todo el aliento viril que faltó a su mísero hermano Don Enrique”. G. Marañón (1998, 159). Ver también la extensa nota 4 sobre el mismo asunto (p. 159-161).

13 Antonio Vallejo Nágera (1934, 50).

La medicina española (1): de los años treinta a los cincuenta La reacción de los médicos católicos ante la nuevas ideas eugenésicas se basó en considerar que la Biología no podía afirmar con seguridad la existencia de rígidas leyes de herencia, porque éstas se desconocían. Es decir, aunque de unos padres enfermos pudieran seguirse hijos enfermos, la filiación no era segura, sólo probable12. Uno de los autores que mejor expresan las ideas eclesiásticas, en este sentido, es el doctor Antonio Vallejo Nágera, quien en su obra Higiene de la raza. La asexualización de los psicópatas se ocupa extensamente del tema. No sólo de él, porque como señala el subtítulo, su preocupación es también que la psicopatía, término con el que designa un extenso conjunto de comportamientos entre los que se incluyen la homosexualidad, disminuya su presencia en la población. Vallejo Nágera, tras exponer los datos que se manejaban en la época sobre esterilizaciones llevadas a cabo en Estados Unidos por los diferentes estados hasta el año 1926, y que sobrepasaban la cifra de ocho mil intervenciones, sobre todo en California, afirma que Las leyes de la herencia no son verdaderas leyes biológicas que se cumplan fatalmente y con constancia. Trátase de fórmulas cortas a que se intentan reducir la inmensa cantidad de hechos de observación y de experimentación acumulados sobre la herencia, principalmente sobre las variaciones de semejanza, que constituye en la herencia el hecho más esencial. Tales leyes de herencia explican, en cierta manera, la proporcionalidad de la transmisión hereditaria de las enfermedades mentales, pero no suministran prueba alguna a favor de la inevitabilidad de la herencia 13.

El autor no tiene armas para luchar contra la idea de degeneración; no podía tenerlas cuando la Biología de las naciones más avanzadas se empeñaba en afirmar su existencia, aunque sin pruebas para ello. Así que su trabajo consiste en cuestionar el determinismo. Porque, pese a las esterilizaciones llevadas a cabo en Estados Unidos y Suecia, en esos países no disminuye el número de tarados, y las leyes de la herencia distan de estar claras. Al poner en duda el determinismo ataca a la eugenesia sin mencionarla, porque sólo cabe defender esta política como consecuencia del rígido ORIENTACIONES revista de homosexualidades

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cumplimiento de leyes de herencia establecidas de antemano. Si se produce la degeneración, ésta no tiene lugar porque todo el mundo contraiga matrimonio y tenga descendencia, sino porque lo hacen preferentemente quienes no deberían tener hijos. Entonces el problema, desde la posición moral que defiende, es el siguiente: ¿cómo se puede luchar a la vez contra la degeneración mientras se preserva la doctrina católica de no intervención del Estado en estos asuntos? El autor da dos respuestas, para escapar a cada uno de los extremos. La primera es que frente a la eugenesia debe defenderse la higiene de la raza, de ahí el título de su obra. Y la Iglesia no lucha contra la higiene racial; es decir no se opone a la mejora de los individuos si se consigue por medios honestos, como el deporte y una alimentación adecuada. Tampoco niega que sea mejor fomentar la descendencia de los individuos capacitados. A lo que se opone es a que los Estados impidan que determinados individuos procreen14, o a que la tengan fuera del sacramento eclesiástico. La segunda respuesta consiste en afirmar que con el aumento de la natalidad de todas las capas y clases sociales, los problemas de la degeneración desaparecen

14 Antonio Vallejo Nágera (1934, 101).

15 Antonio Vallejo Nágera (1934, 124).

La experiencia demuestra que la degeneración de una raza sobreviene por contraselección, cuando se limita la natalidad de los normales y vigorosos y aumenta la de los deficientes físicos y psíquicos. La higiene de la raza descansa en el aumento de la natalidad, con objeto de que todas las clases sociales se reproduzcan proporcionalmente, de manera que se mantenga el equilibrio en la transmisión de los valores raciales15.

Con esto, resuelve ambas cuestiones con inteligencia, puesto que se preservan los principios eclesiásticos mientras se fomenta el nacimiento de nuevos católicos, asunto en el que la Iglesia siempre ha mostrado gran interés; no menor, por otro lado, que el mostrado por el régimen en su esfuerzo por asentar un Estado poderoso, acorde con la pretensión de resurgimiento imperial que cultivaba. Al mismo tiempo, se niega cualquier posibilidad de contemplar la homosexualidad como algo más que la dejación egoísta de la responsabilidad que tienen los individuos con su raza, su nación y Dios. En un texto posterior que sigue la misma línea, Vallejo Nágera afirma que la fecundidad de los individuos enfermos es menor 16

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16 Antonio Vallejo Nágera (1937, 15).

17 José de San Román (1938, 2).

que la de los sanos porque la enfermedad trastorna tanto la vida social, que las posibilidades de fecundación de estas personas son bajas. Por dos motivos, tanto porque no resultan atractivas como parejas, como porque su nivel de suicidio es mayor. En el caso de los homosexuales, además, “por ser en ellos frecuente la infecundidad”16. Sentadas las dificultades para engendrar de quienes no merecen ser padres, sin necesidad de que intervengan los poderes públicos, surge entonces un nuevo problema, y es cómo luchar contra la concepción fuera del matrimonio entre las personas sanas. Porque Vallejo Nágera resolvía el problema del bautismo, pero quedaba sin fundamentar el otro sacramento. Y habíamos visto que Binet había propuesto la actividad sexual frecuente como solución a numerosos problemas clínicos, sobre todo el fetichismo. Por ello, el discurso anterior tenía que ser complementado con uno nuevo. El doctor José de San Román, también preocupado por la higiene de la raza, afirma que la continencia es la única forma de luchar contra la degeneración, porque ésta preserva de contraer enfermedades venéreas, como la sífilis, que se pueden transmitir a los hijos, Si se tiene en cuenta que para conservar la salud y la fortaleza de la raza son postulados esenciales, de un lado, la prevención de enfermedades en el individuo y, de otro, la consecución de una descendencia sana, libre de afecciones o taras morbosas transmitidas por herencia, vemos claramente destacados los términos del problema que nos plantea la continencia en relación con la higiene de la raza17.

En plena guerra civil, la preocupación de ambos médicos es cómo regenerar la raza, lo que prueba lo hondo que habían llegado las doctrinas sobre la degeneración. Ahora bien, frente a los eugenistas que se proponen hacerlo aplicando medidas radicales, desde el campo católico se propone la regeneración mediante la castidad. Porque la degeneración no se ha producido tanto por malos hábitos de vida, o por las condiciones insalubres de trabajo, parece sugerir San Román, cuanto por la trasmisión de enfermedades crónicas asociadas, en gran parte, como en el caso de la sífilis, a una actividad sexual pecaminosa que tiene lugar en prostíbulos, o con individuos del mismo sexo. De ninguna manera contrayendo matrimonio con una persona sencilla y buena. Y, teniendo en cuenta las lagunas que había dejado en su análisis sobre las ORIENTACIONES revista de homosexualidades

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otras causas de degeneración, el autor no tiene otro recurso que cargar las tintas sobre los problemas que genera la sífilis, desde el aumento de gastos por días de baja o el coste de los tratamientos necesarios, hasta la disminución de la natalidad18. La continencia es también la solución que propone el más famoso médico español de la época, Gregorio Marañón. Este autor reflexionó sobre la homosexualidad en diversas ocasiones19, por lo que algunas de sus afirmaciones merecen tenerse en cuenta, al representar la opinión de la época sobre el tema. Por ejemplo, la siguiente:

18 José de San Román (1938, 46).

19 Quizás su texto más destacable sea el “Diálogo antisocrático” que escribió para la edición en castellano de Corydon. Esta Introducción, evidentemente, ataca los argumentos que Gide expone en la obra; curiosa introducción, pues.

20 Yo he recibido en mi despacho confesiones inesperadas de gentes que jamás despertaron la menor sospecha de su instinto torcido ni aun en sus más íntimos allegados (...) No hay que decir que, en estas cuestiones, la fe y la disciplina religiosa suelen ser la razón suprema de que la conducta se haya mantenido limpia y el alma en paz. En ésta, como en todas las tempestades del espíritu, la ayuda de Dios es, claro, lo esencial20.

Gregorio Marañón (1951, 158).

Vemos, como conclusión de este periodo, que tanto Vallejo Nágera y San Román, como Marañón, por la parte católica, como los médicos eugenistas de las naciones protestantes, dejan de lado las penosas condiciones de vida de gran parte de la población, a consecuencia de la industrialización, o de los desastres bélicos de los años treinta y cuarenta, y vuelcan sobre su moral la solución de los problemas sociales. La diferencia es que en las naciones desarrolladas se proponía la inter vención del Estado, mientras en las menos desarrolladas, y católicas, la solución era la continencia.

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La medicina española (2): de los años cincuenta a los setenta Los años duros de la autarquía terminaron en la década de los cincuenta, aunque a España no llegaran las ayudas del Plan Marshall, que permitieron que otros países europeos superaran las peores consecuencias de la guerra en pocos años. En 1955, por ejemplo, la ONU admitía el ingreso de España, cuando lo había rechazado diez años antes. Los motivos hay que buscarlos tanto en el apoyo que Franco prestó a Estados Unidos, en su frente de guerra fría contra el comunismo, como en el del Vaticano, en razón del nacionalcatolicismo. Para conseguirlos, el régimen tuvo que terminar con algunos de sus rasgos fascistas, como el Ministerio del Movimiento o el saludo brazo en alto. La pérdida de poder de la Falange se compensó con un incremento del poder de la Iglesia, si cabe. Algo que se expresó en el Concordato de 1953, y en el fasto que las autoridades pusieron durante toda la década en la celebración de las festividades religiosas.

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Los acuerdos con Estados Unidos también se firmaron en 1953. No fueron buenos para España, porque a cambio de algunos millones de dólares (no muchos) en créditos blandos, se permitía a los Estados Unidos el uso del espacio aéreo y marítimo de la nación, a partir de una serie de bases militares que se establecieron en la península. Sí fueron buenos para Franco, que de esa forma superaba el aislamiento internacional, recibiendo al presidente Eisenhower en 1959 con toda la repercusión diplomática de la que fue capaz. También en ese año se pusieron en marcha las varias medidas del plan de estabilización, medidas que por un lado iban a suponer la emigración de millones de españoles a los países de la Europa central y a las comunidades españolas ricas, y por otro pondría las bases para un despegue económico en la década siguiente que permitiría al régimen, por primera vez, contar con un cierto sostén económico. Por lo tanto, 1959 es el año en el que los acuerdos firmados en 1953, y las políticas gestadas en los siguientes años, comienzan a mostrar sus resultados y abren el camino para comprender la segunda etapa del régimen, hasta la muerte del dictador. Esto tiene repercusiones en el tema que nos ocupa. Porque la apertura diplomática, económica e ideológica, supuso que, por primera vez, comenzaran a cuestionarse algunos de los planteamientos morales anteriores, aunque de forma tibia. En el caso de la Medicina, el cuestionamiento comienza por reivindicar como sujetos de su trabajo a los homosexuales, como había sucedido en el resto de las naciones occidentales. Ahora bien, a finales de los años cincuenta ya no se puede argumentar, como treinta años antes, sobre la base de la degeneración. Tanto porque el régimen nazi había mostrado a lo que se podía llegar apelando a políticas basadas en una biología racial, como porque la genética ya había sentado las bases de la herencia poniendo entre paréntesis el determinismo y dando entrada a otros factores (mutaciones, influencia del medio, etc.) que afectaban a la descendencia. Por lo tanto, el discurso médico tuvo que utilizar otros recursos, sin enfrentarse tampoco a la Iglesia. Es decir, tenía que mostrar que los homosexuales eran enfermos, además de sujetos inmorales. El doctor Valentín Pérez Argiles, en la sesión inaugural del curso académico en la Real Academia de Medicina de Zaragoza, en 1959, da las pautas a seguir, cuando ante los tibios argumentos que en algunas partes muestran la inocencia del homosexual ante sus inclinaciones, como en 20

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21 Valentín Pérez Argiles (1959, 2526).

22 Valentín Pérez Argiles (1959, 42).

el caso de los diabéticos, señala que la comparación entre unos y otros es falsa, por cuanto: La comparación sería más justa si dijera: “Tampoco el tuberculoso es responsable de su tuberculosis; pero tendrá una grave responsabilidad cuando por odio al resto de la Humanidad sana (dolo), o desinteresándose del riesgo de su contagiosidad (dolo eventual), o por ignorancia, etc. (culposamente), se dedique a la siembra de sus esputos bacilíferos” 21.

Es decir, también los tuberculosos pueden ser inocentes de haber contraído su enfermedad, pero a diferencia de los diabéticos, pueden contagiarla, y esto es lo que la ley no debe permitir. Por ejemplo, la Ley de Vagos y Maleantes en su formulación de 1954. Pero, para realizar esta comparación, es necesario haber afirmado la capacidad de contagio de esta enfermedad. ¿La tiene? El doctor Pérez Argiles ya no afirma que la homosexualidad sea algo heredado, como se pensaba antes. Esto ha quedado desechado. Además, era una teoría poco “católica”, como hemos visto. ¿Entonces, a qué se debe el peligro de la homosexualidad, si es inmoral, está perseguida por la ley y reprimida por las costumbres, y no se transmite como herencia a los hijos? El autor guarda una base científica en la mano con la que nadie ha contado, la teoría de los reflejos condicionados de Paulov. Los homosexuales no existen tanto porque hayan nacido como tales, como sostenían Freud y otros autores, lo que valdría para unos pocos casos, cuanto porque han sido corrompidos cuando eran jóvenes por individuos mayores que les han iniciado en un placer equivocado: La realidad es que, al lado de unos cuantos invertidos congénitos, la mayoría de casos se trata de muchachos que, en la época de indiferenciación sexual, han sido iniciados por pervertidos de más edad, creando en ellos un reflejo condicionado22.

Nos encontramos, por lo tanto, con la teoría de la corrupción de la juventud, tan cara a los estados totalitarios. Ahora queda clara la comparación con quienes van sembrando los esputos bacilíferos. Los corruptores, pues, pueden ser perseguidos, a la vez, por la Iglesia y por la Medicina. Pero los médicos necesitan convencer de que los homosexuales pueden ser también sus pacientes, y para ello los médicos ORIENTACIONES revista de homosexualidades

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acuden, como han hecho desde el nacimiento de la Biología, a una teoría científica. En este caso, se trata del reflejo condicionado. Por tanto, una de las bases de la Neurología. A partir de esta afirmación se puede entender la importancia de las técnicas de modificación de conducta, es decir de electroshock, que tanto se aplicaron a partir de los años cincuenta en varios países. El sistema nervioso tenía que aprender a asociar estímulos y respuestas de forma diferente a como lo había hecho en la juventud, a causa de un corruptor que se aprovechó de la versatilidad de algunos muchachos. ¿Y qué pasaba todo este tiempo con la homosexualidad femenina? Por un lado no se tomaba en consideración, pero cuando se hacía no se afrontaba con la intranquilidad con la que se hacía en el caso de la masculina. Como en el caso nazi, el lesbianismo se consideraba que no generaba identidad23. Si una mujer tenía relaciones con otra, se consideraba que esto era debido a una mala experiencia con el sexo opuesto24, de donde se recomienda a los hombres más sabiduría, y el abandono de un donjuanismo que no conduce a nada, ni para el hombre, ni para la mujer. Además, supone la negación de la castidad, con los saludables efectos que ésta tiene. Contra el donjuanismo como prototipo de virilidad, tan hispano, se posicionan todos los autores de la época. Sin embargo, que no se había cortado con la etapa anterior, sino que estamos ante una evolución dentro de similares coordenadas, lo muestra que también los médicos siguen acudiendo a la renuncia al placer físico, a la ayuda de Dios, como forma de superar aquello de lo que no tienen culpa, pero de lo que son responsables si lo llevan a la práctica. Esto ya lo encontrábamos en boca de Marañón, y ahora lo volvemos a ver en este otro médico25. No es extraño, pues, que unos diez años después de estas afirmaciones, el doctor López Ibor haga la siguiente afirmación:

23 Javier Ugarte Pérez (2003, 17).

24 Valentín Pérez Argiles (1949, 48).

25 Valentín Pérez Argiles (1959, 48).

26 Juan José López Ibor (1968, 568).

Los homosexuales deben ser considerados más como enfermos que como delincuentes. Debe la ley no obstante protegerse especialmente del proselitismo que puedan desarrollar en colegios, cuarteles, asociaciones deportivas, etc 26.

Aunque el término “proselitismo” no parezca tan duro como la expresión “iniciados por pervertidos”, Pérez Argiles y López Ibor están hablando de lo mismo. El énfasis de la comparación “más como enfermos que como delincuentes”, 22

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27 Juan José López Ibor (1968, 572).

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nos indica que algo ha cambiado en la década de los sesenta. López Ibor es capaz de señalar que los homosexuales son más sujetos de la Medicina que de la ley y la moral, sin atreverse a negar tampoco la pertinencia de esas esferas en su enjuiciamiento. Aún no es el momento de dar ese paso. En coherencia con esta afirmación, y con lo que se ha visto a lo largo del artículo, propone técnicas de curación de la enfermedad, por ejemplo el psicoanálisis y la terapia antropológica27. No podía ser de otra forma, porque los médicos, y los expertos en general, sólo tienen derecho a reivindicar su maestría sobre aquellos problemas para los que proponen soluciones. Los más sutiles, como López Ibor, proponen terapias “blandas”, los menos, como Pérez Argiles, piensan en el electroshock.

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Conclusiones 28 Cuando terminó la guerra, el régimen de Franco se encontró con las bases ideológicas y científicas necesarias para impulsar una política de estímulo demográfico en todas las clases sociales, al tiempo que perseguía con la ley a quienes buscaban un camino alternativo que no fuese la castidad, como en el caso de los clérigos. Unos españoles, los más, formaron las generaciones que se casaron y procrearon en gran número durante cuarenta años. Después, parecieron cansados de procrear. Otros llenaron seminarios y conventos, más concurridos gracias al nacionalcatolicismo, y a la dureza de la postguerra, que en cualquiera de las décadas anteriores. Sin embargo, quienes se encontraron en medio tuvieron difícil acomodo en una sociedad que no encontraba lugar para acogerlos. Fueron los tíos o tías solteras que había en cada familia, y a quienes se acababa aceptando en el hogar, por caridad cristiana, una vez sentada su inferior posición social y desvalimiento en el mundo28. Los españoles que no tuvieron una familia que los integrara poblaron las pensiones y casas de huéspedes baratas de las ciudades, y tuvieron que aceptar por este motivo la vigilancia sobre su vida privada. Después, acabaron sus días en los asilos para pobres regentados por órdenes religiosas. Los homosexuales fueron condenados en todo momento, aunque se modificase el motivo de la condena. Fueron perseguidos por la policía, bajo la acusación de que corrompían a los jóvenes, o por relacionarse entre ellos si eran adultos; en este último caso porque atentaban contra la moral y las costumbres. La alternativa que se les propuso fue la continencia. Lo que cambió a lo largo de los años que duró el régimen, es que comenzaron siendo sujetos de pecado y acabaron siéndolo también de enfermedad, para la que se aplicaron terapias, tan importadas como las teorías que las sostenían. Al hecho de que, pese a todo, no fueran los enemigos principales de la Iglesia, ni del régimen, representados por los librepensadores naturalistas y los comunistas, respectivamente, mezclados unos y otros con los masones, se debe que, pese a la persecución, algunos pudiesen crear durante aquellos años unos pequeños espacios de libertad donde vivir y expresarse. Se establecieron así unas bases mínimas para explicar los cambios que se produjeron con la llegada de la democracia.

Una descripción de esta situación se encuentra en Nada, obra con la que Carmen Laforet ganó el Premio Nadal de novela de 1944.

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Bibliografía Se indican a continuación los artículos, libros y documentos citados o de consulta aconsejable para complementar la lectura del artículo. Se dejan de lado todos los de contenido histórico o económico sobre el régimen porque exceden el tema desarrollado. Alfred Binet (2002) “El fetichismo en el amor”, en Perversiones (págs. 3576), Jaén, Editorial del lunar. Ángel Cagigas (2002) “¿Delito, enfermedad o falta de armonía?”, en Perversiones (págs.5-7), Jaén, Editorial del lunar. Jean Martin Charcot y Victor Magnan (2002) “Inversión de la tendencia genital y otras perversiones sexuales”, en Perversiones (págs. 1132), Jaén, Editorial del lunar. Sigmund Freud (1999) Tres ensayos sobre teoría sexual y otros escritos, Madrid, Alianza Editorial. Juan José López Ibor, Dir. (1968) El libro de la vida sexual, Barcelona, Danae. Gregorio Marañón (1931) “Diálogo antisocrático”, Introducción (sin paginar) a la versión castellana de Corydon de André Gide, Madrid, Ediciones Oriente. (1998) Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo, Madrid, Espasa Calpe, Colección Austral (edición original de 1947). (1951) Ensayos sobre la vida sexual, Madrid, Espasa Calpe. Valentín Pérez Argiles (1959) Discurso sobre la homosexualidad, Sesión inaugural del curso académico, Publicaciones de la Real Academia de Medicina del distrito de Zaragoza. José de San Román (1938) Por la higiene de la raza, San Sebastián, Editorial Española. Javier Ugarte Pérez (2003) “El ‘olvido’ de los estudios históricos”, en revista Orientaciones (nº 5, primer semestre; págs. 7-28), Madrid, Fundación Triángulo. Antonio Vallejo Nágera (1934) Higiene de la raza. La asexualización de los psicópatas, Madrid, Ediciones Medicina. (1937) Eugenesia de la hispanidad y regeneración de la raza, Burgos, Editorial Española. Luis Vivas Marzal (1963) “Contemplación jurídico-penal de la homosexualidad”, Discurso de ingreso en la Academia Valenciana de Jurisprudencia y Legislación, Contestación del Académico de Número, Excmo. Sr. D. Eduardo Molero Massa, Publicaciones de la Academia Valenciana de Jurisprudencia y Legislación.

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Documentos eclesiásticos y Legislación: - Concordato del 27 de agosto de 1953 entre España y la Santa Sede, en Acción Católica Española (1962) Colección de encíclicas y documentos pontificios, Madrid, Publicaciones de la Junta Nacional (págs.271-280). - León XIII (1884) Humanum Genus. Sobre la masonería y otras sectas, en Acción Católica Española (1962) Colección de encíclicas y documentos pontificios, Madrid, Publicaciones de la Junta Nacional, págs. 34-46 (original de 1884). - Pablo de Tarso, Cartas a los Romanos, 1 Corintios y 1 Timoteo. - Pío XI (1930) Casti connubii. Sobre el matrimonio cristiano, en Acción Católica Española (1962) Colección de encíclicas y documentos pontificios, Madrid, Publicaciones de la Junta Nacional, págs. 16091640 (original de 1930). -Joseph Ratzinger (1997) Carta sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, Madrid, Ediciones Palabra (original de 1986). - Biblioteca Oficial Legislativa (1958) Ley de 4 agosto de 1933 de Vagos y Maleantes , con apéndice con todas las disposiciones complementarias hasta agosto de 1958, Madrid, Instituto Editorial Reus.

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La La revista revista de de

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El Franquismo, ¿un régimen homosexual? Gema Pérez-Sánchez

La dictadura del General Franco ofrece un claro reflejo de la concepción de las categorías de género y sexualidad típica del fascismo, articulada en un esquema binario en el que uno de los términos aparece siempre en posición de superioridad. En consonancia con el resto de estos regímenes, el fascismo español hizo de la estricta definición y contención de las dicotomías masculino/femenino y heterosexual/homosexual un elemento central de sus programas políticos e ideológicos. El control casi paranoico que ejerció el franquismo sobre las conductas homosexuales, sobre todo a finales del régimen, constituye un ejemplo significativo de la función de la segregación de géneros en los regímenes fascistas, al tiempo que un capítulo muchas veces relegado del papel de los gays, lesbianas, bisexuales y transexuales en la historia reciente de España. En su obra fundacional, The Fascist Revolution: Towards a General Theory of Fascism, el historiador George L. Mosse (2000, xvi) pone de manifiesto la centralidad del estereotipo del vínculo masculino homosocial en la definición del fascismo europeo: El fascismo nació tras la I Guerra Mundial, y en todas partes propugnó la continuidad de la guerra en tiempos de paz, a través de la camaradería masculina y del énfasis en el conflicto y en el triunfo […] Con este énfasis en la camaradería propia de los tiempos de guerra, el fascismo se concibió en todas partes como una camarilla de hombres, mientras que las mujeres fueron encasilladas dentro de un estereotipo, si no inferior, sí al menos básicamente pasivo en su papel de mujeres y madres. Se consideró al hombre viril como el motor de la historia, así como uno de los símbolos principales representando la fuerza y armonía de la nación.

Por otra parte, el fascismo se representó a sí mismo no sólo como un movimiento juvenil (particularmente en sus comienzos, a principios del siglo XX), sino también como una fuerza política integrada principalmente por hombres jóvenes. En la perspectiva del fascismo, “[l]a juventud representaba la fuerza y la acción”, características que asoció con un ideal clásico de belleza, y un ideal que “coincidía con el estereotipo ORIENTACIONES revista de homosexualidades

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masculino” (Mosse, xvi, 13-14). La contrapartida apropiada a este tipo de masculinidad repleta de juventud era por supuesto un modelo de feminidad pasiva, igualmente virtuosa. En una famosa cita, el principal ideólogo fascista español, José Antonio Primo de Rivera, afirma, No entendemos que la manera de respetar a la mujer consista en sustraerla de su magnífico destino y entregarla a funciones varoniles […] El verdadero feminismo no debiera consistir en querer para las mujeres las funciones que hoy se estiman superiores, sino en rodear cada vez de mayor dignidad humana y social a las funciones femeninas (cit. en Scanlon, 1976, 323).

Desde sus mismos orígenes, el fascismo español pretendió fijar los papeles y funciones de género sexual siguiendo esquemas esencialistas. Si se lee el razonamiento de Mosse entre líneas, puede argumentarse que el esfuerzo fascista por mantener dicotomías rígidas de género surge, al menos en parte, de su interés por asegurar una cuidadosa segregación de los espacios homosociales, particularmente aquellos de los hombres—espacios donde, como enfatiza Mosse, la camaradería y las experiencias emocionalmente vinculantes de los hombres en la guerra podían concretarse (Mosse, 2000, 13-14). La fascinación fascista por la belleza, fuerza y juventud en el cuerpo masculino, así como por el compañerismo masculino, esconde la posibilidad de una suerte de deslizamiento desde actos puramente homosociales a actos netamente homosexuales. El miedo por esta “degeneración” de los espacios de camaradería entre hombres, unido a la clara fijación del fascismo con la violencia masculina y su “glorificación de la guerra y del conflicto” ( ibid. , 42), demandaba la creación de enemigos internos, especialmente cuando no existían enemigos claros en el exterior. Como explica Mosse (ibid., 42-43), El racismo […] se concentró en enemigos tangibles tales como los judíos o los gitanos, pero el fascismo produjo también la categoría de “asociales”, hombres y mujeres que se consideraba que carecían de sentido de comunidad. Los denominados “asociales” eran personas sin hogar, tales como mendigos y vagabundos, los incapacitados mentales y los denominados desviados sexuales. No se consideró que estos grupos fueran una raza inferior, pero [sí que] debilitaban la nación o la raza, llevándola a su degeneración. 30

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Este artículo analiza los esfuerzos del régimen franquista, a través de su aparato jurídico, por definir y contener lo que se consideraban conductas sociales peligrosas, especialmente la homosexualidad (el principal grupo “asocial”). Mi argumento es que la obsesión franquista con la penalización y contención de la conducta homosexual revela dos ansiedades esenciales de la dictadura. Por una parte, la homosexualidad masculina reflejaba el potencial sexual subyacente a la glorificación de la camaradería masculina típica del fascismo. Y, por otra parte, la especial obsesión franquista con la contención de la homosexualidad masculina conecta con la percepción existente en el propio régimen de la posición de marginalidad y desviación que ocupaba España en relación con el resto de la comunidad internacional occidental. Estas obsesiones dejan entrever cómo el régimen articuló las categorías de género y sexualidad dentro de las dicotomías limitantes de heterosexualidad/homosexualidad y masculinidad/feminidad.

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El Franquismo, ¿un régimen homosexual?

En las postrimerías de la dictadura, la homosexualidad se convirtió en un complejo entramado de relaciones de poder definidor: una posición en la que el aparato represivo del Estado (la Ley, la policía) y los aparatos ideológicos del Estado (la cultura) entraban en conflicto hasta llegar a una especie de acuerdo tenso entre fuerzas definitorias de la identidad homosexual. Siguiendo la teoría de la perfomatividad del género esbozada por Judith Butler, mi análisis parte de la asunción de que la materialización de los cuerpos no puede disociarse de un estudio de los procesos de legitimación de la heterosexualidad. En las páginas que siguen intentaré responder a los siguientes interrogantes: ¿Cómo codificó la homosexualidad el Estado franquista? ¿Qué mecanismos empleó para mantener una matriz estrictamente (hetero)sexista? ¿Qué revela la obsesión del franquismo con la normativización del género y la sexualidad acerca de la forma en que el régimen imaginó la Nación?

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1 Para análisis más detallados de las consecuencias de la autarquía véase Carr y Fusi (1979) y García Delgado (1986). Para otros estudios sobre el desarrollo de la economía española desde los primeros años del franquismo hasta la democracia, véase Joseph Harrison, The Spanish Economy: From the Civil War to the European Community (1993); Franciso Mochón Morcillo et al, Economía española 1964-1987: Introducción al análisis económico (1988); y Ubaldo Nieto de Alba, De la dictadura al socialismo democrático: Análisis sobre el cambio de modelo socioeconómico en España (1984).

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España, nación marginada, y la exaltación de la virilidad La clave para explicar las ansiedades del franquismo a las que me refería antes se encuentra en el autoengrandecimiento ficticio del franquismo. Aunque la dictadura franquista marcó normas de comportamiento represivas y restrictivas, ejerció sistemáticamente la violencia en relación con sus propios ciudadanos, y se esforzó por representarse a sí misma como un régimen legítimo, ampliamente aceptado y estable en términos económicos, la España de Franco ocupaba de hecho una posición marginal en relación con el resto del mundo occidental durante todo el periodo que duró la dictadura. Esta marginalización se debió a una combinación de factores políticos y económicos. Los factores políticos son obvios: de una parte, los Aliados, tras su victoria en la II Guerra Mundial, se mostraron lógicamente reacios a reconocer la única dictadura fascista que sobrevivía en Europa; de otro lado, Franco promovió activamente el ensimismamiento político y la separación del resto de Europa Occidental. En términos económicos, hasta principios de los años cincuenta, la España de Franco luchó por reconstruir un país devastado y una economía colapsada a través de la imposición de un régimen autárquico, “una economía autosuficiente y autocapitalizada protegida de la competencia exterior a través de tarifas y controles administrativos [. . .] regulados por la intervención del estado” (Carr y Fusi, 1979, 50). Los resultados de esta autoabsorción fueron perjudiciales a todos los niveles, pero fueron especialmente nocivos en términos económicos. Estamos hablando de los tristemente famosos años del hambre. El estancamiento de la economía e industria españolas en la posguerra creó una distancia entre España y el resto de Europa (no sólo en el plano económico, sino también en el ámbito de las prácticas sociales y culturales), una distancia que sólo se salvaría a inicios de la década de los ochenta1. Durante la década de los cincuenta, y debido al agravamiento de la crisis, el régimen abandonó gradualmente este modelo autárquico y el intervencionismo económico, dando paso progresivamente a lo que la propaganda triunfalista de este periodo denominó “el milagro económico” de los sesenta (Harrison, 1993, 26). Uno de los factores clave de este “milagro” fue la llegada del capital norteamericano entre 1951 y 1957 a través del Plan Marshall, en un clima de 33


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recrudecimiento de la Guerra Fría. Pero habría que esperar hasta la década de los sesenta para ver un crecimiento económico sustantivo, en esa época comparable sólo al de Japón (Malefakis, 1982, 217). Este crecimiento se debió a “tres variables fundamentalmente exógenas: un incremento masivo en los ingresos procedentes del turismo extranjero, las remesas migrantes de más de un millón de españoles forzados a trabajar en el extranjero y una nueva ola de inversión extranjera en la economía española” (Harrison, 1993, 23). Las implicaciones sociales y políticas de este rápido crecimiento económico y de este intercambio masivo de personas entre España y el resto de la Europa Occidental fueron cruciales. A pesar del indudable éxito del desarrollo económico de este periodo, es importante señalar que “una porción creciente de la economía española pasó a estar controlada por compañías extranjeras después de 1960” (Malefakis, 1982, 219). La sensación de que el capital extranjero controlaba España y de que el país todavía seguía siendo tratado como un miembro de tercera categoría en la comunidad occidental tuvo una fuerte influencia en el imaginario del régimen franquista. Además, el “boom” económico comenzó a ralentizar a principios de los años setenta, para pasar a un periodo de derrumbe por efecto de la crisis del petróleo de los años 1973 y 1974. Estos signos preocupantes de crisis económica, unidos al creciente descontento de la sociedad civil (ejemplificado en el movimiento estudiantil o en el terrorismo nacionalista vasco), reprimido brutalmente por el aparato policial, convirtió a la década de los setenta en un periodo de agitación y desconcierto. Las implicaciones del retraso económico de España en relación con el resto del mundo occidental son relevantes para mi argumento: a pesar del rápido desarrollo de los años sesenta, desde los años cuarenta España estaba ocupando, de hecho, una posición de aislamiento y marginalización en relación con las democracias occidentales. En este contexto, resulta posible argumentar que, dada la dicotomía sexista a la que se aferraba el aparato del régimen de Franco, la marginalización de España en relación con Europa pudo ser percibida como una posición pasiva, feminizada, una posición que se alejaba de la versión autoengrandecida del propio régimen de un gobierno legítimo e hiperviril. Esta visión sexista del país como “feminizado” (aspecto que, por cierto, se ve reflejado ampliamente en la literatura de posguerra escrita por hombres con su tendencia a la alegorización de la 34

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2 Véase mi análisis de las novelas La familia de Pascual Duarte (1942), Tiempo de silencio (1961), Reivindicación del Conde Don Julián (1970) y Una mala noche la tiene cualquiera (1982) en mi manuscrito Queer Transitions in Contemporary Spanish Cutlure: From Franco to la movida (en vías de publicación).

3 Como señala Zilla Eisenstein (1996, 133): «Las concepciones de la masculinidad y de la feminidad construyen naciones, y la masculinidad depende en gran medida del silenciamiento y la exclusión de la mujer [...] Las fronteras del género son frágiles y no pueden tolerar muchas sacudidas. Esta fragilidad explica por qué la masculinidad tiene que posicionarse continuamente en contra de la homosexualidad en el ejército, en el trabajo, donde sea».

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nación como madre a la que hay que matar)2 refleja la concepción simplista y estereotipada del imaginario colectivo de las identidades de género en la cultura española, como nos recuerda Oscar Guasch (1991, 49): Al varón le están asociados rasgos tales como el valor, fuerza, iniciativa, el ser sujeto activo en la relación sexual, etc.; mientras que en la mujer se espera delicadeza, ternura, ingenio, sutilidad, y que ejerza de sujeto pasivo en la relación sexual.

Pero, como ya hemos visto, el régimen no era tan normativo ni tan omnipotente como se imaginaba a sí mismo en sus relaciones con el exterior, mientras que, por ende, en el interior del país cada vez eran más visibles prácticas sociales que poco a poco retaban la rigidez de los roles de género sexual y de la heterosexualidad. Por eso, la mera existencia de prácticas no heterosexuales ponía en peligro la médula de la legitimidad franquista3.

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A partir de la Guerra Civil española, el régimen franquista se enfrentó, en el nivel práctico, con la tarea de reconstruir un país devastado por una guerra y, en el nivel ideológico, con la tarea de contrarrestar los efectos sociales e instituciones de la república democrática a la que había derrocado. Tal y como lo veía el propio franquismo, su labor consistía en redefinir los códigos morales en España, un país “corrompido” por los dictados “subversivos,” “pervertidos” e “inmorales” de los republicanos. Los vencedores de la guerra pronto pusieron en práctica medidas para “rectificar” la trayectoria moral del país, recurriendo para ello a los más diversos medios institucionales -especialmente con la ayuda de la Iglesia Católica- con distinto grado de efectividad. Por ejemplo, como es bien sabido, el régimen franquista impuso una estricta censura cultural, juntó el Estado con la Iglesia, aumentó el contenido represivo y punitivo de la legislación republicana y amplió la cobertura de lo que se convirtió en el medio más exitoso para indoctrinar a los españoles y españolas en la ideología del Movimiento y para reducir a la mujer a una posición de subordinación: la Sección Femenina4. En este artículo, me interesa específicamente analizar las medidas legales impuestas por el régimen. Antes de pasar a dicho análisis, es necesario recordar la percepción que el franquismo tenía de la mujer. En este sentido, el estudio de Karen Van Dyck sobre la literatura escrita por mujeres bajo la dictadura de los coroneles en Grecia puede iluminar las condiciones de España bajo el franquismo. Aunque la dictadura griega no fue exactamente igual a la de Franco, produjo efectos sorprendentemente semejantes. Por ejemplo, como apunta Van Dyck, “de acuerdo con muchas descripciones la dictadura [griega] fue un tiempo en el que la población general se sintió ‘feminizada’; durante siete años las ‘experiencias’ subalternas de las mujeres -claustrofobia, toques de queda, silenciamiento y censura, restricciones físicas- fueron las experiencias de ambos géneros” (Van Dyck, 1994, 46). De manera parecida, podría afirmarse que la imposición franquista de silencio y restricción de movimiento, y su control de la sociedad a través de la Iglesia, la Sección Femenina y el aparato estatal dominaron a ambos géneros de forma semejante a la represión que tradicionalmente las mujeres han sufrido a mano de los hombres. Las instituciones políticas, religiosas, sociales y culturales del franquismo asumieron el intento de reconstruir la identidad 36

4 Los estudios sobre la labor adoctrinadora de la Sección Femenina son muchos. Los más críticos son el de María Teresa Gallego Méndez Mujer, Falange y Franquismo (1983) y el de Carmen Martín Gaite, Usos amorosos de la postguerra española (1987). Una reciente versión simpatizante con la labor de la Sección Femenina la ofrece Luis Súarez Fernández, Crónica de la Sección Femenina y su tiempo (1993).

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española tomando como modelo los roles de género del siglo XIX. Como señala agudamente Geraldine M. Scanlon(1976, 320), “[l]as mujeres de la ‘Nueva España’ eran sorprendentemente similares a las de la vieja España”, mientras que, por su lado, los hombres volvieron a identificarse con nociones conservadoras de masculinidad. María Teresa Gallego Méndez (1983, 201) ha demostrado en su Mujer, Falange y Franquismo que la Sección Femenina tuvo un éxito asombroso en su labor de adoctrinar varias generaciones de mujeres españolas en la aceptación voluntaria de una posición subordinada. El régimen fascista prestó una especial atención a la definición de los roles de las mujeres, porque “las mujeres representan un instrumento útil para el fascismo...[debido al] papel que juegan en la familia -un lugar privilegiado de socialización” (ibid., 14). El complemento a esta construcción fascista de la feminidad fue la imagen agresiva del macho heterosexual, un estereotipo reforzado a través de instituciones como el servicio militar y asumido por mujeres conservadoras y sumisas. Aparte de estos medios oficiales de adoctrinamiento, el franquismo se apoyó en medios menos estandarizados, ORIENTACIONES revista de homosexualidades

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como por ejemplo las revistas para mujeres, las películas de Hollywood (cuidadosamente censuradas y dobladas), el cine español y periódicos afines a la ideología fascista. Es interesante indicar que, a pesar de sus esfuerzos por censurar y limitar la influencia del cine de Hollywood en las costumbres sexuales del país (debido, por ejemplo, a su ocasional representación de matrimonios divorciados o de relaciones adúlteras), el régimen terminaba tergiversando el producto de tal manera que acababa presentando mensajes mucho más “perversos” de los que quería evitar. Así, es famoso el caso de la película Mogambo de John Ford (1953), cuyo doblaje pasado por la censura franquista para evitar el adulterio entre los personajes de Clark Gable y Grace Kelly, convirtió el matrimonio de Mr. y Mrs. Nordely (Donald Sinden y Grace Kelly) en hermanos, dando lugar a connotaciones incestuosas que desconcertaron y escandalizaron al público mucho más de lo que lo hubiera hecho el dejar el guión en su estado original5. Durante los años setenta, el franquismo mostró una profunda preocupación por adoptar una ley que contuviera la homosexualidad y otros “estados peligrosos”. Como apunté arriba, esta preocupación parece estar vinculada a la percepción de una doble amenaza de feminización: por un lado, el conjunto de la población se percibía a sí misma en una posición “pasiva”, “femenina”; y, por otro lado, el propio régimen de Franco ocupaba una posición de marginalización y sumisión respecto al resto del mundo occidental. Por el hecho de su mera existencia, los gays, lesbianas y transexuales suponían un reto a los roles de género y prácticas sexuales impuestos por el franquismo, una amenaza que afectaba directamente al centro de los espacios de segregación masculinos promovidos por la ideología fascista. Así, la “homosexualidad”, en los términos simplistas en que fue concebida por el régimen, se convirtió en un espacio en el que se libraba una compleja batalla entre discursos hegemónicos y antihegemónicos sobre el género y la sexualidad. Los discursos jurídicos que criminalizaron la homosexualidad dentro del régimen fueron la vía principal de la lucha franquista por controlar la identidad homosexual y por contrarrestar, paranoicamente, la supuesta corrupción de las costumbres sexuales españolas. Dichos discursos fueron tímida pero eficientemente contrarrestados por los movimientos homosexual y feminista que se veían forzados a operar soterradamente debido a la persecución que sufrieron los activistas contrarios al régimen. 38

5 El interés académico en Gran Bretaña y en los EE.UU. en los estudios culturales ha dado lugar a numerosos análisis sobre la manipulación franquista de la cultura popular y de masas para servir sus propósitos de adoctrinamiento genérico-sexual y político. Por ejemplo, muchos de los ensayos contenidos en el libro de Helen Graham y Jo Labanyi: Spanish Cultural Studies: An Introduction (1995) estudian dicha manipulación franquista a la par que exponen la manera en que muchos españoles resemantizaban los discursos dominantes a través de prácticas subversivas de lectura e interpretación. En la actualidad, Jo Labanyi y Susan MartínMárquez, junto a un equipo de investigadores de campo, están realizando un proyecto de historia oral, recopilando datos sobre la experiencia de ir al cine durante la época de la posguerra.

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La construcción jurídica de la homosexualidad Si bien el régimen franquista prestó poca atención a la homosexualidad en los años inmediatamente posteriores a la Guerra Civil, a partir de los años cincuenta el régimen desarrolló una obsesión inaudita por la codificación, patologización y contención de las actividades de los homosexuales. Esta obsesión se reflejó en una serie de medidas legales de regulación de conductas homosexuales, así como en una serie de debates en el mundo de la jurisprudencia sobre la manera más efectiva de frenar la supuesta amenaza homosexual. La construcción psicoclínica de la homosexualidad reflejada en la obra homofóbica Gamberros, homosexuales, vagos y maleantes: estudio jurídico-sociológico (1962), escrita por el juez franquista Antonio Sabater, representa claramente la codificación de los homosexuales como personas que transgreden las normas genérico-sexuales preestablecidas y que suponen una amenaza a la familia heterosexual, piedra angular del régimen franquista. Basándose en discursos homofóbicos de la psiquiatría y la medicina, Sabater (1962, 176) vio en la homosexualidad una psicopatología “caracterizada por una desviación, una anomalía del instinto sexual”. Con vistas a justificar medidas todavía más estrictas en contra de este colectivo, Sabater representó a las personas homosexuales en sus textos como seres primitivos, con “una vida instintiva que no tiene cabida en la civilización” y que deben ser domesticados porque son “[a]ltísimamente peligrosos [para] las barreras éticas, culturales y jurídicas, y al progreso de la humanidad” (180). Para Sabater, los hombres gays poseen una “naturaleza feminoide” y una “fuerte vinculación con la madre”, trabajan como “bailarines” y llevan “vestidos de mujer” o son “imitadoras de éstas” (204). Por otra parte, las lesbianas llevan con frecuencia “calzado y vestidos de corte varonil” y muestran “modos viriles de desenvolverse” (209). De manera significativa, Sabater equipara a la mujer independiente y económicamente autosuficiente con el lesbianismo, reforzando así la contención y represión de los anhelos de la mujer por acceder al poder profesional y económico con la amenaza de ser tildada de lesbiana. Así, para el juez, un método infalible para diferenciar a una mujer lesbiana de una mujer heterosexual es “la forma descortés con que muchas mujeres empleadas, o que ocupan cargos directivos de empresas o comercios, tratan al personal ORIENTACIONES revista de homosexualidades

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masculino” (Sabater, 1962, 209). Las preocupación de Sabater por tipificar y criminalizar a las lesbianas y los gays refleja el interés del franquismo por apuntalar los estrictos roles de género que legitiman el modelo heterosexual. Y cualquier desviación de esta norma era percibida como una “peligrosa” amenaza política a la dictadura: los homosexuales se enfrentaban así a un destino similar al de los prisioneros políticos. La Ley de 14 de julio de 1954, “modificando los artículos 2º y 6º de la [Ley relativa a Vagos y Maleantes de 4 de agosto de 1933] declaró sujetos a medidas de seguridad a los homosexuales” (Sabater, 1962, 216). Sabater celebró esta medida como un “acierto legislativo” (ibid.). El disciplinamiento de las conductas homosexuales por el régimen franquista no representaba una novedad en la historia de la legislación penal española. En 1928, durante la dictadura de Primo de Rivera (1923-1931), se incluyó por primera vez una referencia directa a la homosexualidad en el Código Penal, dentro de la sección sobre “crímenes contra la moral y escándalo público”. Con el advenimiento de la II República (1931-1936), sin embargo, la nueva reforma del Código suprimió dicha referencia a la homosexualidad. A pesar de esta evidencia, Miguel López Muñiz, un juez del régimen especializado en la Ley de Peligrosidad Social, se atrevía a afirmar en una entrevista de 1978 que esta legislación en absoluto [fue] un producto del régimen franquista. Franco apenas cambió nada de la primitiva Ley de Vagos y Maleantes, presentada a las Cortes republicanas en 1933 y redactada por Jiménez de Asúa. La actual lo que hizo es completarla añadiendo algunas figuras que por entonces la estructura social aún no había originado, como los robos de coches, el gamberrismo y otros (J.A.M., 1978, 11-13).

Lo que López Muñiz omitió señalar en esta entrevista es que la homosexualidad fue uno de esos “otros” que Franco codificó como conductas “peligrosas” en su revisión de la legislación republicana. La penalización de la homosexualidad fue, por tanto, una preocupación específica del régimen franquista, como lo había sido antes, pero en menor medida, en la época de la dictadura de Primo de Rivera. La equívoca categorización de los sujetos peligrosos en la Ley de Vagos y Maleantes de 1954 permitía una serie de soluciones distintas y separadas para los homosexuales, en relación con otros sujetos peligrosos. La ley auguraba a los 40

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rufianes, proxenetas y mendigos profesionales un futuro como agricultores productivos y conformistas (“Internado en una...colonia agrícola”). Esta medida los obligaría a convertirse en miembros útiles de la sociedad, reformando sus “malos” modos a través del arduo trabajo -una medida que además tenía la función adicional de beneficiar a la sociedad capitalista en su conjunto. Sin embargo, en el caso de los homosexuales, como si de una enfermedad contagiosa se tratara, se requería una “separación absoluta” de todos los demás individuos “peligrosos” y su internamiento en “instituciones especiales”. Se consideraba que los homosexuales representaban una forma de peligrosidad particularmente infecciosa.

La Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social A principios de la década de los sesenta, sin embargo, se hizo aparente el descontento de los juristas con la ineficiencia del sistema penal español para aplicar las normas punitivas contra la homosexualidad. La preocupación de los juristas coincide con la modificación de las costumbres sociales provocada por la expansión económica de los años sesenta. Enfrentados a las transformaciones económicas y la modernización social, y debiendo presentar una “nueva cara” del régimen frente a un número creciente de visitantes extranjeros, los juristas y legisladores se mostraron especialmente preocupados por perseguir el crimen y presentar una visión “civilizada” de España. En este contexto la homosexualidad se convirtió en un ámbito de ruptura y desconcierto para el régimen, dando lugar a un vivo debate en círculos judiciales y académicos. En línea con esta preocupación por la efectividad de las leyes, Octavio Pérez-Vitoria Moreno, en su prefacio al libro de Sabater, se lamenta de que “[c]on frecuencia, se confía demasiado en las excelencias del texto escrito de la Ley y se olvida su puesta en práctica [que] es lo que hace posible cumplir el fin que la Ley persigue”, y por este motivo, declara que es necesario vitalizar nuestra Ley de Vagos y Maleantes, cuyas posibilidades y límites de aplicación magistralmente señala [Sabater], creando para las distintas categorías de sujetos en estado peligroso establecimientos especialmente concebidos y realizados para la tarea de readaptarlos a la Sociedad (Sabater, 1962, 8)

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El llamamiento de Pérez-Vitoria a la adaptación de estos “sujetos peligrosos” a la sociedad -una sociedad impregnada de ideología fascista- y su apología de instituciones especiales diseñadas para readaptar a esos sujetos “asociales” a la sociedad, es decir, para “curarlos”, recuerda a la genealogía del sistema penal en Francia trazada por Foucault. Éste describe cómo, a partir del siglo XVIII en adelante, el sistema penal francés se aleja de un modelo basado en “el cuerpo como el blanco mayor de la represión penal” hacia un interés en el castigo a través de “una economía de los derechos suspendidos” (Foucault, 1986, 18). Foucault observa que la preocupación creciente del sistema judicial moderno por esconder los mecanismos del castigo está relacionada con la absolución del juez de la responsabilidad de castigar. En consecuencia, “[l]a expiación que causa estragos en el cuerpo debe suceder un castigo que actúe en profundidad sobre el corazón, el pensamiento, la voluntad, las disposiciones”, en otras palabras, el “alma” (Foucault, 1986, 24). De manera semejante a los jueces descritos por Foucault, Sabater defendió la prevención de futuros delitos actuando sobre el sujeto peligroso, ya directamente, modificando los elementos psíquicos, morales o sociales de su personalidad (medidas educadoras o correccionales), ya segregándole del cuerpo social (medidas de protección en sentido estricto), y reservando a la pena la función retributiva (Sabater, 1962, 18).

En contraste con las tendencias de la legislación en las sociedades europeas de su tiempo, Sabater enmarca sus posiciones homófobas en “una corriente de opinión entre los penalistas [de España y otros países con regímenes totalitarios] quienes demandan que las sentencias dictadas en los tribunales contra los homosexuales sean más largas, para que podamos influirlos” (Sabater, 1962, 216-217). Esta posición es un reflejo de la comunicación típicamente foucaultiana entre el sistema penal moderno y otros elementos no jurídicos. Foucault subraya el recurso del derecho moderno europeo a otras disciplinas (psiquiatría, psicoanálisis, medicina) para “supervisar al individuo, neutralizar su peligroso estado de espíritu, alterar sus tendencias criminales” (Foucault, 1986, 32). Desde esta perspectiva, el derecho moderno disfraza el castigo de rehabilitación, de “cura” del 42

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individuo desviado, intentando reinsertarlo en la sociedad “normal”. Estas medidas de seguridad “más allá del pretexto de explicar una acción, definen siempre al individuo”, y lo conforman a la sociedad dominante (ibid., 18). En el contexto del régimen franquista, la justificación de medidas más estrictas para influir o “curar” a los homosexuales operó como un mecanismo para esconder la auténtica represión que el régimen quería poner en práctica. Estas nociones se plasmaron en la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social de 4 de agosto de 1970, una consecuencia directa del llamamiento de Sabater y otros juristas para establecer medidas más estrictas en contra de los homosexuales, que modifica la normativa de 1954. Siguiendo la misma línea que Foucault detecta en el caso de Francia, el principal objetivo de la Ley de Peligrosidad Social era el de “reeducar y rescatar al hombre para la más plena vida social” –es decir, disciplinar a los sujetos peligrosos de acuerdo a la noción dominante de normalidad (Ley 16/1970, Preámbulo). Asimismo, la ley aspiraba a adquirir “un conocimiento lo más perfecto posible de la personalidad psicopatológica del presunto peligroso” (ibid.). Esta pretensión por conocer el alma del sujeto peligroso no sólo está dirigido al enjuiciamiento de actos delictivos –de hecho, la ley pretendía prevenir “diversos estados de peligrosidad anteriores al delito” (ibid.)– sino hacia el control de “las pasiones, instintos, anomalías, achaques, inadaptaciones, efectos del medio o de la herencia” (Foucault, 1986, 25). En la medida en que estaba interesada en las “condiciones antropológicas, psíquicas y patológicas” que llevaban al individuo a un estado de peligrosidad social, la nueva ley preveía “la creación de nuevos establecimientos especializados donde se cumplan las medidas de seguridad, ampliando los de la anterior legislación con los nuevos de reeducación para quienes realicen actos de homosexualidad” (Ley 16/1970, Preámbulo). Así, mientras que la ley de 1954 simplemente abogaba por una separación de los homosexuales de otros sujetos socialmente peligrosos, la ley de 1970 puso en funcionamiento centros sofisticados que, “dotados del personal idóneo necesario, garantizarán la reforma y rehabilitación social del peligroso, con medios de la más depurada técnica...” (ibid.). No puede dejar de señalarse cómo esta “técnica depurada” recuerda la brutal represión del franquismo a sus disidentes durante los primeros años del régimen. ORIENTACIONES revista de homosexualidades

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El 1 de junio de 1971, una nueva disposición complementaba la ley anterior, estableciendo los establecimientos de reclusión para cada tipo de “peligro.” El que se refiere a los homosexuales es “el Centro de Homosexuales de Huelva”, para el cumplimiento de las medidas de reeducación impuestas a los homosexuales varones (Mirabet i Mullol, 1985, 165).

Las medidas de reeducación practicadas en Huelva incluían el electroshock y la terapia de aversión. Así, mientras que la ley había sido concebida para proteger a la sociedad de los sujetos que se consideraban “socialmente peligrosos,” se convirtió irónicamente en un auténtico peligro para las lesbianas y gays españoles, quienes temían por su seguridad física y psicológica. En una carta desesperada al activista gay norteamericano Roberth Roth, con fecha de 16 de noviembre de 1973, Armand de Fluvià, fundador de la primera organización homosexual clandestina en el estado español, exigió urgentemente a Roth que retirara su nombre de la lista internacional de contactos y organizaciones gays que Roth enviaba periódicamente a activistas y grupos de todo el mundo. Como Fluvià explicó con todo detalle, temía las represalias de la policía, porque

6 Esta carta y los otros documentos manuscritos originales de activistas gays que menciono en este ensayo se encuentran entre los documentos personales de Robert Roth (activista gay de los años 70 co-fundador de la Gay and Lesbian Task Force vigente aún hoy en día) -documentos que fueron donados a su muerte a la Colección sobre Sexualidad Humana de la Biblioteca Kroch de la Universidad de Cornell (Ithaca, NY). Ésta se trata de una de las mejores colecciones del mundo sobre sexualidad y movimientos en defensa de los derechos de lesbianas, gays y transexuales. De aquí en adelante, se citarán estos documentos con una referencia a Roth entre paréntesis.

En España [los homosexuales] somos ilegales y peligrosos sociales. Si la policia [sic] llegara a saber a lo que me dedico, me mandarían a la carcel de Huelva y me harían la terapia de la aversión para “curarme” y arruinarían mi vida en todos los aspectos y, ademas [sic], se perdería toda la labor que vengo haciendo en pro de la liberación y que tantos esfuerzos me cuesta.6

Un activista estadounidense caracterizó la carta de Fluvià como “ligeramente alarmista” (slightly panicky) (Roth). Sin embargo, los miedos del activista catalán estaban bien justificados. Al criminalizar a los homosexuales como “peligrosos sociales”, las leyes franquistas dejaban un amplio margen de arbitrariedad para la imposición de duras “medidas de seguridad”. De manera significativa, la lesbiana aparece relegada tanto del debate jurídico como de la regulación jurídica. El juez Sabater se lamenta en su obra homofóbica de que “los criminalistas hasta hoy no le han prestado gran atención” al lesbianismo (Sabater, 1962, 207). En su opinión, la razón 44

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“acaso se deba a la situación de desamparo amoroso por parte del hombre, de que son víctimas determinadas mujeres, que ven así insatisfechos sus naturales instintos eróticos” (177). Aparte de que este comentario cae en la caracterización de la mujer como un ser lujurioso e insaciable que se ofrece a cualquiera que esté disponible, hombre o mujer, para consuelo sexual, Sabater no es capaz de percibir el sexismo implícito en su propia afirmación. En una sociedad altamente

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machista, donde sólo se valora lo masculino y lo heterosexual, y donde las mujeres son educadas para ser madres pasivas, obedientes y subordinadas, la sexualidad independiente de la mujer resultaba difícil de conceptuar7. Aunque algunos legisladores extremadamente homofóbicos y paranoicos pensaban que “esta pasión lesbiana debe ser objeto de especial preocupación” (Sabater, 1962, 208), y aunque se suponía que el lesbianismo estaba incluido en la Ley de Peligrosidad Social –subsumido bajo la categoría general de “homosexual”– el lesbianismo en la España de los años sesenta y setenta resultaba difícil de conceptuar para los homófobos. Incapaces de concebir una forma de placer sexual independiente del placer masculino heterosexual, el lesbianismo fue borrado del horizonte sexual del tardo franquismo. Los argumentos a favor y en contra de la ley de 1970 continuaron hasta el momento de su derogación final, en 1978, como atestiguan la numerosa bibliografía al respecto8 y el gran interés despertado por el tema de la homosexualidad durante los últimos años del franquismo y la época de la primera transición democrática en revistas importantes de la época, tales como El Viejo Topo, Ajoblanco, y Triunfo9.

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7 Como lo expuso Carmen Alcalde a un grupo de feministas estadounidenses a comienzos de los años setenta: «no hay una penalización del lesbianismo, no está en ningún artículo. El lesbianismo no lo consideran, creen que no es nada, que son juegos, no se lo toman en serio. Si cogen a dos mujeres en lesbianismo, te aseguro que no les pasará nada porque lo primero que se les ocurre es decir que les faltaba un señor. No tienen identidad de lesbianismo aquí. Verdaderamente tú puedes ir abrazada por la calle con una mujer y, máximo algún mal pensado te insultará, pero si te denuncian a la policía, la policía no sabrá qué hacer. No entienden, no entienden que a una mujer guste otra mujer. No cabe dentro de su yo, de su narcisismo» (Levine and Waldman, 1980, 36).

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En este ensayo, he destacado las posibles proyecciones psicológicas de la obsesión franquista por contener y codificar las conductas homosexuales, especialmente a finales del régimen. A saber, la conducta homosexual produjo dentro del imaginario franquista una doble ansiedad. Por un lado, desenmascaraba lo que de homosexualidad latente podía encontrarse bajo los vínculos de camaradería homosocial tan prevalentes en la ideología fascista. Por otro, debido a la rígida concepción binaria de los géneros y de las conductas sexuales del franquismo, éste veía en la homosexualidad -la que sólo sabía concebir como una serie de actos sodomíticos entre hombres donde uno debía, por fuerza, adoptar el rol “pasivo” al que el machismo tradicional relegaba a las mujeres- la encarnación de su propia posición de cara (más bien de espaldas) al resto de las naciones desarrolladas occidentales a las que quería emular. Irónicamente, por tanto, el régimen cayó presa de su propia lógica binaria, reduciéndose a sí mismo a los constreñimientos impuestos por las rígidas categorías hombre/ mujer, heterosexual/ homosexual.

Entre las obras que defendieron los derechos de los gays y lesbianas a ser reconocidos como ciudadanos plenos, contamos con Miguel Gámez Quintana, Apuntes sobre el homosexual (1976); Alfonso García Pérez, La rebelión de los homosexuales (1976); Victoriano Domingo Lorén, Los homosexuales frente a la ley: los juristas opinan (1977); El homosexual ante la sociedad enferma (José Ramón Enríquez ed.,1978); Los marginados en España: gitanos, homosexuales, toxicómanos, enfermos mentales (Francisco Torres González ed., 1978); Manuel Soriano Gil, Homosexualidad y represión: iniciación al estudio de la homofilia (1978); Frente Homosexual de Acción Revolucionaria (FHAR), Documentos contra la normalidad (1979); Héctor Anabitarte Rivas & Ricardo

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Bibliografía Lorenzo Sanz, Homosexualidad: el asunto está caliente (1979); y Alberto García Valdés, Historia y presente de la homosexualidad: análisis crítico de un fenómeno conflictivo (1981). El único texto publicado por una española sobre el lesbianismo en aquellos años es el Mujeres lesbianas de Victoria Sau (Anabel González ed., 1979), pero se encuentran varias traducciones de obras extranjeras de importancia como la traducción de Nuria Petit de La homosexualidad femenina (1978) de Ursula Linnhoff, la traducción de Alicia Gimeno de La alegría del amor lesbiano (1979) de Bertha Harris, y la traducción de Cristina Peri Rossi del Borrador para un diccionario de las amantes (1981) de Monique Wittig.

9 Para estudios más extensos en particular sobre la fascinación de la época de la transición con la homosexualidad masculina, el travestismo y la transexualidad y sus ramificaciones culturales y literarias véanse los estudios de Patrick Paul Garlinger (2000 y 2003) y mi manuscrito Queer Transitions in Contemporary Spanish Cutlure: From Franco to la movida (en vías de publicación).

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Material Cinematográfico citado: Mogambo (1953) Dir. John Ford, Act. Clark Gable, Ava Gardner, Grace Kelly, Donald Sinden. 48

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“Consideraciones sobre tan repugnante tendencia sexual”1: la homosexualidad en la psiquiatría del franquismo Antoni Adam Donat y Àlvar Martinez Vidal

Introducción 1 Vallejo Nágera, 1941, p. 246.

2 Como año de año de nacimiento de López Ibor también se data 1908, e incluso 1911.

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Repugnancia es el sentimiento de aversión moral que, ante la homosexualidad, subyace en la obra de Antonio Vallejo Nágera (1888-1960), uno de los psiquiatras más influyentes en la España de la posguerra. La forma en que aborda la homosexualidad es representativa de la psiquiatría del franquismo, una psiquiatría que participó de las señas de identidad del régimen y que ha sido calificada de simple, personalista, arbitraria e impropia (Casco Solís, 1995, p. 206). Durante la dictadura, el mundo académico –no sólo la medicina– se mostró impermeable ante cualquier acercamiento científico en torno a la sexualidad más allá de los temas relativos a la reproducción o de los capítulos reservados a las enfermedades venéreas. Por lo general, los asuntos relacionados con el sexo se dejaron en manos de la moral o, si acaso, de la autoridad gubernativa como materia de orden público. A pesar de la ausencia de un discurso sistemático, es posible rastrear las ideas que sobre la homosexualidad subyacen en la psiquiatría oficial, en concreto en la obra docente de los dos psiquiatras más representativos del régimen franquista, el referido Vallejo Nágera y el renombrado Juan José López Ibor (1906-1991)2. Ambos fueron profesores en la Universidad Complutense de Madrid y autores de libros de texto destinados a la enseñanza de la psiquiatría y de la psicología médica. Bajo su magisterio directo –o a través del de sus discípulos– se formaron sucesivas generaciones de médicos así como de especialistas en psiquiatría y en medicina forense. 51


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En el caso de López Ibor, además de la obra docente merece ser tenido en cuenta El libro de la vida sexual, cuya publicación constituyó un hito en el panorama editorial español de los años previos a la transición democrática. Con más de medio millar de páginas y sucesivas ediciones, esta obra de divulgación se convirtió en un éxito de ventas. La primera edición, de 1968, venía precedida por años de mojigatería religiosa y represión sexual impuestas por la dictadura militar. La psiquiatría oficial durante el franquismo reducía la sexualidad a unas cuantas consideraciones en torno al “instinto sexual”, adaptándose a las exigencias del nacional-catolicismo más que a los conocimientos científicos de la época. En cuanto a la homosexualidad, el discurso de ambos autores presenta diferencias notables, aunque mantiene algunas similitudes. Ninguno de los dos menciona en sus escritos las aportaciones de las autoridades en materia de sexología, entre las que cabría contar a Gregorio Marañón (1887-1960), cuyas obras en este campo –y en concreto, en el capítulo de la homosexualidad– se remontaban al final de los años veinte. En las páginas siguientes apuntaremos los planteamientos teóricos que, en torno a la homosexualidad, aparecen en la obra docente y divulgadora de los profesores Antonio Vallejo Nágera y Juan José López Ibor.

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La homosexualidad en la sexología española anterior a la guerra civil A lo largo del siglo XIX, a la par que la tradicional figura del loco se transformaba en la del enfermo mental, se fue conformando una asistencia médica tendente más bien al confinamiento que a la recuperación de estos enfermos. En España, las instituciones mentales existentes carecían, en su inmensa mayoría, de objetivos terapéuticos bien definidos. Durante la II República se planteó la necesidad de cambiar de raíz esta situación. El objetivo de la reforma era que la atención al enfermo mental integrara los diagnósticos y tratamientos científicos junto a los aspectos sociales implicados, tanto en la etiología como en el mantenimiento de la enfermedad. Se intentaba superar así la exclusión que sufrían estos pacientes y eliminar el componente marcadamente asilar de los viejos manicomios, que algunos psiquiatras de la época habían denunciado como expresión manifiesta de la desastrosa situación en la que se encontraba la asistencia al enfermo mental (Álvarez Peláez, 1995, pp. 95-98). A diferencia de otros países, en la universidad española no existía la psiquiatría como disciplina académica antes de la guerra civil. La incipiente especialidad precisaba ampliar los conocimientos sobre la enfermedad mental en aquellas direcciones que venían marcadas por las investigaciones más acreditadas y las corrientes teóricas dominantes. Por entonces, los neuropsiquiatras españoles se acogieron a la pujante psiquiatría alemana (sobre todo a la Escuela de Heidelberg), como anteriormente lo habían hecho a la corriente psiquiátrica francesa. Después de la contienda, se mantuvo la relación con la escuela alemana de psiquiatría, pero desde postulados diferentes. Ahora se planteaba la necesidad de adquirir un saber que refrendase la autoridad, efectiva y reconocida, de la psiquiatría en el ámbito de la medicina. En la década de los cuarenta, la finalidad principal no era tanto el saber en sí mismo como la búsqueda del poder y la legitimación que aportaba la ciencia, para ejercer el control sobre y desde esta parcela de la medicina (González de Pablo, 1995, pp. 229-230). Si, en general, la psiquiatría española precisó de las contribuciones foráneas para su conformación como especialidad, en el terreno de la sexología el núcleo central ORIENTACIONES revista de homosexualidades

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de las teorías y los conocimientos fueron elaborados por un autor español con amplias repercusiones internacionales: el citado Gregorio Marañón, cuya obra mantuvo una amplia vigencia a lo largo de varias décadas. En su famoso libro sobre los estadios evolutivos de la sexualidad, Marañón dedicó un amplio capítulo a la homosexualidad, que concebía como un “estado intersexual” (Marañón, 1929, pp. 125-158)3. Abordaba la evolución del concepto de homosexualidad, la constitución somática del homosexual y la génesis del supuesto trastorno. Estos planteamientos ya los había apuntado Marañón en una obra anterior en la que, refiriéndose a la homosexualidad como una fase en la evolución filogenética, afirmaba: puede asegurarse que el homosexualismo, producto aún de la insuficiente diferenciación sexual, es menos frecuente a medida que, en la vida de las especies, nos acercamos al hombre. Y en el hombre tal vez hubiera desaparecido ya si influencias psicológicas y pedagógicas desgraciadas no lo hubiesen dificultado. De todos modos, ésta, como todas las demás manifestaciones aberrantes del amor, disminuye cada día (Marañón, 1998, p. 156)4.

3 Al año siguiente se publicó una nueva edición corregida por el autor. Marañón, 1930, pp. 128163.

4 En 1926 Marañón publicó Tres ensayos sobre la vida sexual y en 1929 un cuarto ensayo sobre el mismo tema. En 1951 estos cuatro trabajos fueron reunidos por el autor en una nueva obra que tituló Ensayos sobre la vida sexual. Se volvió a editar en 1969 y en 1998. Citamos por la 5ª edición, la de 1998.

El autor postulaba que “todo ser, es, en sus principios bisexuado, y que sólo posteriormente, en el curso de su desarrollo, se decide el sexo definitivo a que pertenecerá durante toda su existencia” ( Ibidem , pp. 144-145). A diferencia de Freud, Marañón entendía esta bisexualidad como la presencia, en ambos sexos, de características somáticas y funcionales del otro sexo, características que no residían en la imaginación sino que estaban “circulando en su sangre” (Ibidem, pp. 141-142). Marañón elaboró una teoría de la diferenciación sexual varón-hembra basada en la evolución de los caracteres sexuales desde el nacimiento a la senectud y en la aparición de caracteres sexuales propios del otro sexo, bien en condiciones fisiológicas (climaterio), bien en estados patológicos (alteraciones endocrinológicas, tumores de las glándulas suprarrenales, lesiones testiculares, etc.) (Marañón, 1929, pp. 15-63). También afirmaba que entre el varón perfecto y la hembra perfecta existían tipos intermedios con caracteres sexuales menos netos, hasta llegar a “una zona de conjunción intersexual en la que la pureza y la diferenciación de los tipos extremos se torna en ambigüedad y confusión” (Marañón, 1998, pp. 142-143). 54

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5 Ulrichs explicaba la homosexualidad como anima mulieribus in corpore virile inclusa, y llegó a la conclusión de que esta persona representaba el ‘tercer sexo’. Mondimore, 1998, p. 49.

6 Sistema terapéutico que utiliza extractos de órganos animales, o incluso los mismos órganos; especialmente glándulas endocrinas. También es conocida como organoterapia.

7 Esta concepción, que confunde ciencia y moral, no deja de ser propia de la época. Ver al respecto Weeks, 2000, pp. 17-23.

8 Contraproducente porque, para el autor, tras un proceso judicial habría un “recrudecimiento de la homosexualidad”. Indica el caso de Oscar Wilde como un claro ejemplo de “una buena parte de la boga actual del homosexualismo”.

9 Como ejemplo, véanse las referencias a Marañón en la novela de Álvaro Retana: A Sodoma en tren botijo (Madrid, 1933). Ver Retana, 2004, pp. 202203 y p. 231.

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Si bien este planteamiento de la “conjunción intersexual” puede hacernos pensar en el concepto del ‘tercer sexo’ de Ulrichs, Marañón nunca defendió esta idea5. En su elaboración personal de la homosexualidad integraba teorías endocrinológicas, ontogenéticas y filogenéticas, sin olvidar a las autoridades del campo de la sexología (Krafft-Ebing, Ellis, Hirschfield, Bloch o Freud). En base a estos criterios explicaba la homosexualidad como una enfermedad subsidiaria de recibir diferentes tratamientos: desde la opoterapia6 e injertos testiculares, hasta los ejercicios “viriles” o el llamado “ambiente psíquico”. Con todo, la contención sería el mejor remedio de esta perturbación sexual: [en el sujeto que opta por la castidad] ... la fe y la disciplina religiosa suelen ser la razón suprema de que la conducta se haya mantenido limpia y el alma en paz. En ésta, como en todas las tempestades del espíritu, la ayuda de Dios es, claro, lo esencial (...), lo demás, lo que intentamos los médicos, es muchas veces útil, pero, por ahora, secundario (Marañón, 1998, p. 158).

No debe extrañarnos esta interrelación entre rigor científico y moral cristiana en defensa de una única manera de entender la sexualidad: la dirigida al matrimonio y la procreación Ibidem, pp. 167-182 7. Tal vez, en base a esta misma interrelación, el autor llegó a considerar como un “progreso no solamente científico, sino social y moral” el hecho de incluir la homosexualidad como uno de los estados intersexuales (Marañón, 1929, p. 125). Por lo cual, no debía incluirse como delito en el código penal, “pues no sólo se trata de una insensatez en el terreno científico, sino, socialmente, de una táctica, a más de inhumana, notoriamente contraproducente, dada la peculiar psicología de los homosexuales” (Marañón, 1929, p. 126)8. Dentro de esta visión despenalizadora, llegaba a plantear que “el invertido es, pues, tan responsable de su anormalidad como pudiera serlo el diabético de su glucosuria y que cada cual, en este mundo, no ama lo que quiere, sino lo que puede” (Ibidem, pp. 127). Esta propuesta, que para la época se consideraba avanzada e innovadora fue aceptada por médicos de orientación anarquista como Félix Martí Ibáñez (Cleminson, 2004). Durante la II República, Marañón y su obra gozaban de un prestigio extraordinario que rebasó ampliamente el ámbito académico 9. Sus estudios sobre la figura de Amiel, el superhombre, y la de su opuesto, el don Juan, eran objeto de 55


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los debates más encendidos en la prensa diaria y en las tertulias de la capital. De talante liberal, se distanció de la causa republicana y, de hecho, mientras duró la contienda civil su vida transcurrió en el exilio. Su vuelta a España, después de acabada la guerra, significó el acatamiento del régimen militar, sin que por ello consiguiera la plena aceptación de quienes entonces detentaban el poder en los estamentos culturales, universitarios y profesionales. Así, mientras se le reconocían sus méritos como clínico, endocrinólogo y ensayista, sus aportaciones a la sexología médica serían poco menos que ignoradas por aquellos que protagonizaron la docencia de la medicina y, en particular, por los titulares de la cátedra de Psiquiatría de la Universidad Complutense de Madrid.

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Antonio Vallejo Nágera: de enfermos a “desechos de presidio” La actitud con la que Vallejo Nágera afronta la homosexualidad en su obra se entiende mejor cuando se conoce su trayectoria militar y su afinidad al ideario falangista, anteriores a su magisterio universitario. A los quince años ingresó como voluntario en el cuerpo de caballería y, en 1910, un año después de licenciarse en medicina por la Universidad de Valladolid, entró a formar parte del Cuerpo de Sanidad Militar. En calidad de médico, fue destinado a Larache, en el Protectorado español de Marruecos, donde participó en las maniobras de ocupación militar. Por su esmero en el cumplimiento de sus obligaciones, fue condecorado con la medalla de María Cristina. Tras esta etapa colonial y una breve residencia en Barcelona, en 1918 fue destinado a la comisión militar de la embajada española en Berlín como representante de un país neutral en los campos de concentración de prisioneros. En Alemania, siguiendo las preferencias por la psiquiatría que ya había manifestado en sus años de estudiante, Vallejo visitó algunos manicomios, se relacionó con psiquiatras y psicólogos y reforzó su interés por la obra de Ernst Kretschmer (1888-1964), autor de la reconocida clasificación biotipológica que lleva su nombre. En los años sucesivos, Vallejo siguió una carrera ascendente: en 1928 fue admitido en la Academia Nacional de Medicina y en 1929 fue nombrado director del Sanatorio Psiquiátrico Militar de San José de Ciempozuelos. Poco después, proclamada ya la república, accedió al cargo de profesor de psiquiatría de la Academia de Sanidad Militar (Vinyes Ribas, 2001, pp. 233-236). Adversario visceral de la República y de los valores democráticos, postulaba una idea arcaizante de la ‘hispanidad’, que no se basaría tanto en un substrato biológico, como en un “sentimiento espiritual diferencial”, mezcla de antisemitismo, valores aristocráticos y virtudes patrióticas. A tal efecto, defiende la vuelta de la Inquisición y aboga por “la creación de un Cuerpo de Inquisidores, centinela de la pureza de los valores científicos, filosóficos y culturales del acervo popular que detenga la difusión de ideas extranjeras corruptoras de los valores universales hispánicos” (Huertas, 1998, pp. 98-99). Vallejo participaba de las inquietudes del grupo falangista liderado por Ramiro de ORIENTACIONES revista de homosexualidades

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Maeztu en torno a la revista Acción Española. No es extraño, pues, que con tales antecedentes en 1936 se le nombrara Jefe de Psiquiatría del Ejército Nacional y que, con el respaldo expreso de Franco, organizara en 1938 el Gabinete de Investigaciones Psicológicas con la finalidad primordial de “investigar las raíces biopsíquicas del marxismo” (Vinyes Ribas, 2001, p. 228). Era un profesional de renombre que aparecía citado en la Enciclopedia Espasa y cuyas opiniones merecían el reconocimiento de las autoridades del régimen. En 1946 ganó por oposición la cátedra de psiquiatría de la Universidad Complutense de Madrid. Por entonces, psiquiatría y neurología formaban una especialidad médica común: la neuropsiquiatría. Vallejo poseía, ante todo, una buena formación como neurólogo, pero sus aportaciones en este campo están consideradas como “una obra académica, poco original, cerrada a la experiencia y la investigación y, sin duda, inferior a la de sus antecesores” (García Albea, 2000, p. 93). 58

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10 Se reeditó en 1945, 1949 y 1954.

11 La primera edición de las Lecciones de psiquiatría es de 1948, y se reeditó en 1950, 1951, 1952, 1955 y 1958. Citamos por la 4ª edición, la de 1952.

12 Repite aquí, palabra por palabra, lo que ya había escrito en una obra anterior. Ver Vallejo Nágera, 1936, p. 295.

13 Durante el siglo XIX, se utilizaban diversos términos (higiene de la vida de la especie, higiene del instinto de propagación, etc.) que nos daban a entender que el instinto sexual era indistinguible del instinto de reproducción. Cuando, en el último tercio de la centuria, las perversiones sexuales entraron en el terreno de la medicina se empezó a plantear un instinto sexual, una sexualidad, cuya existencia sería independiente de las funciones reproductoras (Cleminson, 2000; Vázquez García, 2001).

En términos similares se podría considerar su obra psiquiátrica, si bien en este caso la subjetividad y falta de rigor son manifiestos, dado que su ideología impregna todo el discurso científico. Los valores y creencias personales no sólo están presentes en obras de claro contenido ideológico, como La psicología de los sexos (Vallejo Nágera, ca.1943) o Higiene de la raza. La asexualización de los psicópatas (Vallejo Nágera, 1934), sino que la equiparación entre ciencia y creencia trasciende toda su obra, incluidos los libros de texto que redactó para la docencia de la psiquiatría. Así, tanto en el Tratamiento de las enfermedades mentales (Vallejo Nágera, 1940) y el Tratado de Psiquiatría (Vallejo Nágera, 1944) 10, como en las repetidas ediciones de las Lecciones de psiquiatría (Vallejo Nágera, 1952)11, textos todos ellos centrales en sus enseñanzas a los estudiantes de medicina, refuerza sus argumentos con citas de autoridades tales como san Alberto Magno y Santo Tomás de Aquino, o el Papa León XIII. Dentro de la tendencia observada en sus escritos a ignorar la homosexualidad, en el Tratado de Psiquiatría (1944) se hallan las referencias más extensas a esta ‘enfermedad’. Para empezar, Vallejo Nágera la define en estos términos: Desígnase con la denominación de uranismo la inversión del instinto sexual presupuesta una conformación normal de los órganos sexuales, denominándose pederastia la inversión sexual en el hombre y tribadismo o safismo la de la mujer. La homosexualidad puede ser activa y pasiva, adoptando el homosexual activo [sic] los vestidos, costumbres, gestos y ademanes de la persona del sexo contrario, por lo cual experimenta repugnancia para las relaciones sexuales normales (Vallejo Nágera, 1944, p. 213)12.

No cita a ninguno de los autores reconocidos en el ámbito de la sexología, ni siquiera a Marañón, y la incluye en el capítulo titulado “Trastornos del instinto sexual”, con lo que retrotrae la homosexualidad al campo de la perversión de los instintos13. En dicho Tratado también aparecen otras referencias a la homosexualidad en el capítulo de las psicopatías. Para Vallejo los “psicópatas homosexuales” son, en su mayor parte, “deficientes mentales, o verdaderos enfermos mentales”. En ellos, añade a continuación, “la tendencia homosexual es un síntoma accesorio” (Vallejo Nágera, 1944, p. 1191). ORIENTACIONES revista de homosexualidades

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En cuanto a los orígenes de la homosexualidad, considera relevante el antecedente de un cuadro de encefalitis que no habría presentado secuelas neurológicas pero sí cambios del carácter y de la personalidad: Adquieren estos postencefalíticos todas las características propias de las personalidades psicopáticas: holgazanería, importunidad, mala intención, hábitos viciosos, amoralidad, tendencias cleptómanas, agresividad, vagabundeo, etc., impulsivos [sic]. Lo característico es la labilidad cinética y la tendencia a la acción, sin finalidad o con fines perversos. Son sujetos que se entremeten en todo, se hacen insoportables, es imposible el aprendizaje escolar o profesional, se permiten bromas groseras y pesadas con las personas mayores, importunan al médico con peticiones imposibles de satisfacer, propenden a la homosexualidad (Ibidem, p. 834. La cursiva es nuestra).

14 Resulta desconcertante, en un autor de esta ideología, que considere el colegio religioso como un medio favorable para la “homosexualidad de transición”.

También considera otras posibles causas. En el capítulo que dedica a la “teoría psicoanalítica”, al referirse a la sexualidad puberal, sugiere la posibilidad de una “homosexualidad de transición”, que en un medio favorable, como sería un colegio religioso, podría prolongarse por más tiempo del normal (Ibidem, p. 1047)14. Más adelante, en el apartado que dedica al origen sexual de las neurosis, apunta que las perversiones sexuales serían efecto del “proceso de fijación”. Así, por ejemplo, ...el onanismo sería la expresión del narcisismo, efecto de la fijación de complejos sexuales infantiles; y la homosexualidad, resultado de la fijación del desarrollo en la fase indiferenciada de la sexualidad (Ibidem, p. 1048).

Vallejo no indica en su Tratado de Psiquiatría cuál era el tratamiento que se les debía administrar a tales psicópatas. Sin embargo, sí que había apuntado algunas de sus convicciones al respecto en dos obras anteriores, aunque utilizando argumentos contradictorios. Así, en la Higiene de la raza (1934) consideraba que ni la castración ni la “reglandulación” corregían las tendencias homosexuales (Vallejo Nágera, 1934, pp. 85-127). Pero, en cambio, en el Tratamiento de las enfermedades mentales (1940) no dudó en señalar las tendencias psicopáticas sexuales como una de las indicaciones de la esterilización terapéutica. Aducía que varios autores habían descrito “rotundos éxitos en casos de verdadero delirio sexual” y que con tal medida habían 60

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15 En términos similares repitió esta cita años después (Vallejo Nágera, 1940, p. 26).

conseguido, como resultado definitivo, “la total extinción del apetito genésico” (Vallejo Nágera, 1940, p. 26). En resumen, no ofrecía ninguna alternativa terapéutica definida y, al contrario que Marañón, que se había opuesto a la penalización de la homosexualidad, Vallejo remitía a los juristas para el tratamiento de estos delincuentes: aterra el estudio de estos casos monstruosos, infanticidas, violadores, homosexuales y pervertidos de todas las categorías, de manera que, en realidad, pierde poco la sociedad en privar del derecho a la paternidad a tales desechos de presidio. Mas no son los médicos ni los biólogos los que deben decidir sobre la sanción que corresponde a los delincuentes sexuales, sino los juristas, y a ellos endosamos el problema (Vallejo Nágera, 1934, p. 89; la cursiva es nuestra)15.

Tras revisar este posicionamiento del autor ante la homosexualidad, cabe concluir que Vallejo Nágera situaba al homosexual más cerca del delincuente que del enfermo. Esta actitud suponía una regresión ante las ideas expuestas por Marañón así como la invalidación del modelo médico de la sexualidad que se venía construyendo desde finales del siglo XIX. Y, lo que es peor, con este abordaje de la homosexualidad se justificaba el internamiento indiscriminado en los sanatorios psiquiátricos o en las cárceles, y la obligatoriedad de seguir unos tratamientos inhumanos.

Juan José López Ibor: lecciones de vida sexual En la trayectoria de López Ibor, que sucedió a Vallejo Nágera en la cátedra de Psiquiatría de la Universidad Complutense, nada parecía indicar que, para el gran público, su nombre iba a quedar indisolublemente unido al de una obra de divulgación de sexología, El libro de la vida sexual (1968). Tras licenciarse en medicina por la Universidad de Valencia en 1929, amplió estudios de medicina legal y de neuropsiquiatría en Suiza, Francia y Alemania, y posteriormente obtuvo las cátedras de Medicina Legal y Toxicología en Santiago de Compostela, Valencia y Salamanca. Su adhesión al Movimiento Nacional, junto a su excelente preparación, le llevó en plena guerra civil a la dirección del Centro Neurológico Militar, creado en ORIENTACIONES revista de homosexualidades

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Valladolid en enero de 1938. Con la victoria de las tropas franquistas, ascendió en la jerarquía profesional hasta alcanzar el cargo de Jefe del Servicio de Neuropsiquiatría del Hospital General de Madrid. Regentó la cátedra de Psiquiatría en la Universidad de Madrid desde 1940 (López Ibor, 1946, pp. 5-6; García Albea, 2000). Firmó un manifiesto a favor de D. Juan de Borbón, cuya vuelta a España parecía inminente. Por ello, fue desterrado a Barbastro (Huesca) durante unos meses, pero tras una carta en la que rectificaba su postura, acabó reconciliándose con el régimen. Es posible que este mal paso le restara posibilidades cuando en 1946 se presentó a las oposiciones a la cátedra de Psiquiatría de Madrid, que, como sabemos, ganó Vallejo Nágera. Ello no fue óbice para que, en lo sucesivo, se le promocionara primero como profesor de Psicología Médica y, tras la jubilación de Vallejo, como sucesor suyo en la cátedra. Se puede afirmar también que, desde su posición de poder, López Ibor colaboró en la defensa, asentamiento y difusión de la ideología victoriosa, pero de una forma más elaborada y mucho menos radical que la practicada por Vallejo Nágera (García Albea, 2000). Los contrastes entre ambos neuropsiquiatras no sólo se reflejaban en sus historiales académicos y militares; también se manifestaban en la distinta capacidad para adaptarse a la evolución política del régimen franquista. Otro contraste entre uno y otro era su diferente posicionamiento ante la homosexualidad. Si bien podemos encontrar alguna similitud a este respecto –el poco interés que les merecía–, las principales diferencias estribaban en que la actitud de López Ibor no era tan abiertamente agresiva como la de Vallejo Nágera, y en que sus planteamientos se situaban en los límites del modelo médico establecido. En una obra fechada en 1949, López Ibor menciona brevemente un caso de Freud en el que se señalaban las relaciones entre paranoia y homosexualidad (López Ibor, 1949, p. 50). Pero será en las Lecciones de Psicología Médica, cuya primera edición apareció unos años más tarde, donde se encuentren referencias más extensas (López Ibor, 1968a)16. Estas Lecciones, “según apuntes tomados en la cátedra”, recogían el contenido de sus clases y constituían el libro de texto fundamental para la docencia de la asignatura. La edición de 1968 contiene una lección dedicada al “instinto sexual” con un apartado destinado a la “normalidad y anormalidad sexual”, donde aparece mencionada la homosexualidad entre 62

16 Estas lecciones se editaron sucesivamente en 1955, 1957, 1961, 1963, 1964, 1968, 1970, 1973 y 1975. Citamos por la edición de 1968.

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17 Como hiciera Vallejo Nágera veinte años antes, López Ibor también aludía al ‘instinto sexual’ para referirse a la sexualidad, y no aparecían referencias ni a Marañón ni a otras autoridades reconocidas en el campo de la sexología. Ver nota 13.

18 Adviértase que en este mismo año, 1968, se publicó en Estados Unidos la segunda edición del Diagnostical and Statistical Manual for Mental Disorders (DSMII). Esta publicación provocó un enfrentamiento entre los partidarios de la liberación homosexual y la Asociación Americana de Psiquiatría (APA). Se iniciaba así una inflexión decisiva en el proceso de desclasificación del diagnóstico de homosexualidad (Adam Donat, 2002; Bayer, 1987).

otras “perversiones sexuales”17. Sin embargo, el autor intenta justificarse por no ocuparse de tales perversiones, afirmando que “no nos corresponde a nosotros”, sino a la “Medicina y a la Psiquiatría legal” (López Ibor, 1968a, p. 84)18. Se pregunta qué se debe considerar normal o anormal en la vida sexual, y admite como un hecho cierto que “el médico no puede dar una respuesta científica acerca del problema”, ya que no había aprendido en ninguna parte lo que debe considerarse “como una sexualidad normal, en este sentido de sexualidad standard” (Ibidem p. 85). A continuación, para ilustrar el significado de la “sexualidad standard”, López Ibor explica a los estudiantes, a lo largo de varias páginas, lo que él denomina el “famoso Kinsey rapport”, ofreciendo un resumen del mismo a la vez que descalifica la mayor parte de sus conclusiones. En su versión, López Ibor señala que Alfred Kinsey había publicado un estudio basado en las respuestas de “unos cinco mil varones” y que ahora [¿1968?] se estaba ampliando a doce mil, y destaca que contiene algunos errores estadísticos y metodológicos básicos ( Ibidem , p. 85). Asimismo, contrapone casos aislados de su experiencia clínica para rebatir algunos resultados del informe, sobre todo los que se referían a la relación entre la precocidad de la edad puberal y la actividad sexual. Atribuye el aumento de la actividad sexual de las clases bajas a las mejores condiciones de alimentación, y opina que las dos guerras no han ejercido ninguna influencia en la vida sexual (López Ibor, 1968a, pp. 87-88). En cuanto a la homosexualidad, en las Lecciones de Psicología Médica se realiza una trascripción del informe bastante poco fidedigna. Así, mientras que Kinsey, en su informe, concluye que, entre la adolescencia y la edad adulta, el 37% del total de la población masculina había tenido al menos alguna experiencia homosexual y que este porcentaje llegaba al 50% entre aquellos hombres que permanecían solteros hasta los treinta y cinco años (Kinsey, 1948, p. 650), López Ibor dice: Entre los varones solteros mayores de treinta años las relaciones homosexuales alcanzan una gran importancia, el 39 por 100 de los casos, cifra naturalmente aumentada, porque entre los casados quedan absorbidas todas las tendencias heterosexuales. El grupo de solteros ya suponía una cierta selección, de manera que ésta es una cifra con error estadístico básico (López Ibor, 1968a, pp. 87; la cursiva es nuestra).

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Y añade al respecto que “el 37 por cien tiene relaciones homosexuales” (Ibidem, pp. 88). Más adelante argumenta que “no debía deducirse de ello que tal conducta media del varón norteamericano” fuera la normalidad sexual, ni mucho menos la normalidad deseable (Ibidem, p. 89)19. Por otro lado, plantea las posibles consecuencias legales que se podrían derivar de la investigación de Kinsey, y en esta línea se pregunta cómo, dentro de la constitución americana, se podría “castigar” a un homosexual “si esto no es vicio, sino una manera de actividad sexual, que realizan con una extraordinaria frecuencia los varones americanos”. Y acaba por calificar de “muy vidriosas” las consecuencias sociales y políticas que Kinsey había pretendido deducir de su trabajo (Kinsey, 1948, pp. 659-666)20. En esta lectura interesada del informe Kinsey se omite una de las más trascendentes conclusiones del autor norteamericano, concretamente la que rebatía la condición patológica de la conducta homosexual:

19 Consideraba que “en el hombre, precisamente por ser hombre, la normalidad significa un arquetipo, un modelo ideal hacia el cual tender”.

20 Ciertamente, Kinsey proponía que de los resultados de su estudio se tendrían que derivar diversas implicaciones científicas y sociales en relación con la homosexualidad. Por su parte, López Ibor se oponía a que las leyes se modificaran para adaptarse a “los resultados de la actividad sexual” (López Ibor, 1968a, p. 89.

es difícil mantener el argumento de que las relaciones psicosexuales entre individuos del mismo sexo sean raras y por tanto anómalas o antinaturales, o que constituyan en sí mismas evidencias de neurosis o incluso de psicosis (Kinsey, 1948, p. 659).

Bajo el mismo epígrafe de “instinto sexual” y con argumentos similares, abordaba López Ibor la homosexualidad en las Lecciones de Psicología Médica editadas en 1970 (López Ibor, 1970). En cambio, en la edición de 1973 la lección ya no se titula “instinto sexual” sino “normal y anormal, salud y enfermedad”; el “Kinsey rapport” pasa a ser la encuesta Kinsey y sus resultados se utilizan como uno de los ejemplos para ilustrar el “concepto de término medio en la conducta y en la biología” (López Ibor, 1973, pp. 365 y 369). Ahora, aquella afirmación del “37% [de los varones americanos] tiene relaciones homosexuales”, que aparecía en las ediciones anteriores, se sustituye por “una gran parte de los varones americanos habían mostrado a lo largo de su vida algún rasgo homosexual”, y López Ibor considera que “si hay tal mayoría de tendencias homosexuales, la ley que reprime la homosexualidad es injusta” ( Ibidem , p. 371). Desconocemos el porqué de esta nueva actitud, pero parece que este cambio era más aparente que real, ya que al mismo tiempo afirmaba: 64

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21 En la portada del libro, Juan José López Ibor, además de director de la obra, figura como: “Catedrático de Psiquiatría y Psicología Médica de la Universidad de Madrid. De la real Academia de Medicina. Presidente de la Asociación Mundial de Psiquiatría”.

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Si nosotros aceptáramos el criterio estadístico para definir la conducta humana y lo que es normal y anormal, tendríamos que pedir se suprimieran todas las restricciones, tanto penales como gubernativas, en el problema de la homosexualidad, puesto que, según la citada encuesta, [informe Kinsey] son mayoría. Claro es que aumentaría mucho más (López Ibor, 1973, p. 371).

En ningún momento se hace, en esta obra, referencia alguna a la terapéutica de la homosexualidad, tal vez porque se trata de unas lecciones de psicología médica y no de un tratado de psiquiatría. En 1968, también apareció la primera edición de El libro de la vida sexual, dirigido por López Ibor (López Ibor, 1968b)21. Contaba con un grupo de ocho colaboradores – en la edición de 1980 pasaron a ser diez–, cuyos nombres únicamente aparecían en la portada, no pudiéndoseles atribuir, por tanto, la autoría de ninguno de los capítulos (López Ibor, 1968b, y 1980). Esta circunstancia se repite a lo largo de las diecinueve ocasiones en que se editó la obra entre 1968 y 1983. En el Libro de la vida sexual, que cuenta con más de quinientas páginas, se examinan, entre otros, temas tales como la “antropología sexual”, la “evolución histórica del comportamiento sexual”, la “sociología del tema sexual” y la “conducta sexual”. Cabe señalar que en la primera edición, la de 1968, aparece un capítulo dedicado a las “anomalías sexuales”, el cual en una de las últimas ediciones, en concreto la de 1980, pasa a denominarse “trastornos de la conducta sexual”. Salvo alguna pequeña diferencia, en ambas ediciones se aborda la homosexualidad con idénticos planteamientos. Se señala, en primer lugar, que “en ciertas regiones geográficas y especialmente climáticas, tales como las riberas del Mediterráneo [...], esta perversión es más frecuente” (López Ibor, 1968b, p. 567; López Ibor, 1980, p. 434). A continuación, se argumenta el punto de vista psicoanalítico y se presenta una interpretación antropológica de la homosexualidad. Y, finalmente, se describe la frecuencia de las prácticas sexuales – masturbación mutua, coito anal e inter femora, etc.–, pero señala que “la succión bucal del pene, unilateral o recíproca, según nos demuestran las historias clínicas de numerosos investigadores es mucho más frecuente” (López Ibor, 1968b, p. 568; López Ibor, 1980, p. 435). 65


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Hay que destacar que, a diferencia de las Lecciones de Psicología Médica, en el Libro de la vida sexual se distingue entre homosexualidad masculina y femenina. En el caso de la masculina, el autor recurre a Freud para basar sus argumentos y, en una ocasión, cita a Marañón, mientras que en el de la femenina remite a Safo y a Colette. En uno y otro caso, se menciona a Kinsey, si bien se apunta que los resultados del informe son válidos para las mujeres, pero no para los hombres.

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Ya se ha mencionado la lectura tan personal que había hecho López Ibor del informe Kinsey en los apuntes recogidos de sus clases. Una lectura similar se halla en las dos ediciones de El libro de la vida sexual. Así, ante la pregunta “¿cuál es la difusión que en nuestros tiempos alcanza la homosexualidad?” responde: Kinsey y su escuela encuentran que un 50% de la población es heterosexual y un 45% exclusivamente homosexual, quedará pues un 5% con ambivalencia erótica (López Ibor, 1968b, p. 568; López Ibor, 1980, p. 435. La cursiva es nuestra).

A continuación se refiere a los porcentajes obtenidos en una encuesta realizada en Barcelona, en 1966, con una muestra que comprendía cien varones, y concluye diciendo: creemos que estas cifras son más reales que las que nos da el rapport [“informe” en la edición de 1980] Kinsey y especialmente tienen el indiscutible mérito de revelarnos una incógnita mantenida largo tiempo por impenetrables tabús (López Ibor, 1968b, p. 568; López Ibor 1980, p. 435).

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En cuanto a la terapéutica, duda que sea posible la “curación de esta desviación sexual”. No obstante, indica el psicoanálisis y la psicoterapia antropológica como métodos de tratamiento, ya que “ofrecen posibilidades de ayuda en determinadas circunstancias” (López Ibor, 1968b, p. 572; López Ibor, 1980, p. 437). En el Libro de la vida sexual, también se alude al reiterado dilema de si la homosexualidad es una enfermedad o un delito, ofreciéndose una respuesta más próxima al modelo médico que la adoptada por Vallejo Nágera: “Los homosexuales deben ser considerados más como enfermos que como delincuentes” (López Ibor, 1968b, p. 568; López Ibor, 1980, p. 435). Con el fin de ilustrar esta afirmación con un ejemplo se describen pormenorizadamente los cambios de la legislación inglesa que, en la década de los sesenta, habían llevado a la despenalización de la homosexualidad en Gran Bretaña. Curiosamente, nunca se menciona la legislación española. Esta ausencia sorprende en la edición de 1980, tanto más cuanto que Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, que contemplaba penas de cárcel para las relaciones homosexuales consentidas entre adultos, estuvo vigente desde 1970 hasta que se abolió, por procedimiento de urgencia, pocos meses después de aprobarse la constitución democrática de diciembre de 1978. La condición de enfermos defendida por López Ibor comportaba otro prejuicio antihomosexual evidente, que se revela en la siguiente afirmación:

22 Sobre los prejuicios antihomosexuales entre los profesionales de la salud mental, véase Group for the Advancement of Psychiatry, 2000.

Debe la ley [“la sociedad”, en la edición de 1980] no obstante protegerse especialmente del proselitismo que puedan desarrollar [los homosexuales] en colegios, cuarteles, asociaciones deportivas, etc. (López Ibor, 1968b, p. 568; López Ibor, 1980, p. 435)22

En suma, a diferencia de Vallejo Nágera, que consideraba la homosexualidad un delito, López Ibor la devolvía al seno de la medicina, redimiendo al delincuente de su pena y otorgándole a un tiempo el rol de enfermo y, más aún, de sujeto dependiente del modelo médico paternalista. Un modelo que en lo que se refiere a la homosexualidad ya se hallaba por entonces en crisis. En 1974 López Ibor sabía que los psiquiatras americanos iban a celebrar un referéndum sobre la desclasificación del diagnóstico de homosexualidad y afirmaba al respecto:

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no tengo idea de lo que decidirán en ese referéndum ni, a decir verdad, me importa. Es curioso que la educación supertécnica conduzca a una discusión que sólo es comparable a las discusiones medievales que se califican de nominalistas (López Ibor, 1974, p. 166).

Ya se ha apuntado que, al compartir las características del régimen, la psiquiatría del franquismo era, entre otras cosas, personalista y arbitraria. Estos atributos se manifiestan claramente en el abordaje de la homosexualidad: mantenerla invisible, regresar a modelos previos que la criminalizaban, ignorar los autores de prestigio, manipular los resultados de los trabajos científicos reconocidos y, por último, desdeñar cualquier intento de desmedicalización. Desde la perspectiva actual, se pueden añadir otras dos características a la psiquiatría de ese periodo: una ‘repugnante’ homofobia y unos profundos y arraigados prejuicios antihomosexuales.

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Estudio jurídico de la legislación represiva franquista Jordi Terrasa Mateu

1 García Valdés, A. “Historia y presente de la homosexualidad”. Akal, Madrid, 1981, p. 99-100.

2 Llamas, R. “Teoría torcida”, Siglo XXI, Madrid, 1998, p. 246.

3 García Valdés, A. ob. Cit., p. 104.

4 Domingo Loren, V. “Los homosexuales frente a la ley (Los juristas opinan)”, Plaza & Janés, Barcelona, 1977, p. 23.

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1. Concepto jurídico de la homosexualidad en España en el siglo XX En los inicios del siglo pasado no se tipificaba como delito la homosexualidad, por lo que la normativa penal española podía considerarse progresista en comparación a estados de nuestro entorno más avanzados en la época, aunque socialmente esta orientación sexual se condenaba y algunos homosexuales acababan en prisión con largas condenas1. Las leyes sobre sodomía se derogaron, siguiendo el camino emprendido por la legislación francesa, pero se introdujeron nuevas normas destinadas a la persecución de las relaciones homosexuales2. En 1928, con el Código Penal promulgado durante la Dictadura del general Primo de Rivera, se modificó esta política penal, puesto que el artículo 616 hablaba de actos contrarios al pudor cometidos con personas del mismo sexo de forma habitual o escandalosa. La pena consistía en una multa de 1.000 a 10.000 pesetas y la inhabilitación especial para ejercer cargos públicos de 6 a 10 años. Se reformó además el delito de abusos deshonestos, tipificado en el artículo 69, que establecerá que cuando éstos sean cometidos por persona del mismo sexo que la víctima, se estará ante una modalidad agravada, con una pena ampliamente superior a los de índole heterosexual3. En este sentido, se rompe con la línea legislativa previa, “la redacción aséptica y no discriminatoria del delito de abusos deshonestos en los Códigos anteriores (…)”4. Efectivamente, asociando penas más graves en los casos de abusos deshonestos homosexuales se introducía un claro factor de discriminación. Con la Segunda República, en la España de 1931, se impondrían tesis liberales que necesitaban especificarse en el ámbito penal. Su concreción práctica fue el Código Penal de 1932, que regresó a la tipificación anterior de los abusos deshonestos, corrupción de menores y escándalo público. 83


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Tras la Guerra Civil, la dictadura del general Franco necesitaba dotarse de su propia normativa penal, labor que quedó resuelta con el Código Penal de 1944, norma que se ha llegado a adjetivar como liberal, conservadora, moderada, progresista, republicana y dictatorial5. No se pronunció de forma explícita contra la homosexualidad, pero se sirvió sin reservas de los tres delitos mencionados en el párrafo previo para reprimir contundentemente a los homosexuales. La corrupción de menores, por ejemplo, tipificada en el artículo 452 bis b), se refería a quien promoviera, favoreciera o facilitara la prostitución o corrupción de menores de persona menor de 23 años, o quien para satisfacer los deseos deshonestos de un tercero, facilitara medios o indujera a menores de esta edad, y ello aunque se contara con el consentimiento del menor. La estrecha concepción moral de la época, la hipocresía, la mentira, la arbitrariedad de un poder judicial supuestamente independiente, el miedo,… éstos y otros factores favorecieron un enjuiciamiento de estos delitos que de forma habitual ignoraba los derechos fundamentales de los encausados en los que concurría la condición de homosexual. En el ámbito de la legislación militar, sí se quiso citar expresamente la homosexualidad. En el Código de Justicia Militar de 17 de julio de 1945, en la parte penal (Tratado II, artículo 352), se especificó que el militar que incurriera en actos deshonestos con persona de su mismo sexo sería castigado con prisión militar de 6 meses y un día a 6 años, perdiendo además su condición.

5 Quintero Olivares, G. “Represión penal y estado de derecho”, Dirosa, Madrid, 1976, p. 40.

2. La Ley de Vagos y Maleantes y la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social El franquismo se sirvió de otros instrumentos legislativos represores, como fueron la Ley de Vagos y Maleantes de 1933, tras su reforma en 1954, y la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social de 1970. Nos referiremos a ambas como la LVM y la LPRS a partir de ahora. La LVM era una norma de origen republicano, circunstancia obvia si atendemos a su fecha, 1933, aplicada a los sujetos en los que se apreciaba un estado de peligrosidad y que precisaban de la aplicación de medidas de seguridad, que no penas, reservadas a los delitos y las faltas. El régimen franquista desvirtuó la LVM a su conveniencia gracias a los cambios 84

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6 Jiménez de Asúa, L. “Ley de Vagos y Maleantes (un ensayo legislativo sobre peligrosidad social sin delito), Reus, Madrid, 1934.

7 Idem, p.64.

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introducidos por la Ley de 15 de julio de 1954, en los artículos 2 y 6 de la citada LVM. Luis Jiménez de Asúa, autor junto a López-Rey de la LVM, manifestó en su momento que esta ley de defensa social biológica no suponía un ataque al liberalismo. Normas como ésta, interesadas en la peligrosidad predelictual, más bien parecían apoyar los sistemas liberales, pues se quería acabar con la presencia de gentes de malvivir en las urbes y ello sin recurrir a métodos policiales que quedaran al margen de la legalidad y que atropellaran la libertad6. Recordaba Jiménez de Asúa las denominadas quincenas, que implicaban pasar en prisión este breve periodo por aplicación del artículo 22 de la Ley Provincial, instrumento que las autoridades gubernativas aprovechaban para despreocuparse de personas que consideraban sospechosas, acusándolas de blasfemar o de incurrir en faltas a la decencia pública. Esta advertencia del eminente jurista parecía prevenir sobre ciertas tentaciones futuras “y poner esmero en que no se desacredite la ley como instrumento político en manos de los Jueces”7. Desconocemos las posibles desviaciones republicanas a tan loable recomendación, pero es evidente que el franquismo la desoyó. La apreciación de peligrosidad predelictual en un sujeto legitimaba a la administración de justicia a aplicarle medidas de seguridad, con la finalidad de que no cometiera en un tiempo futuro un delito, circunstancia que se estimaba de alta probabilidad debido a la conducta manifestada por aquél, pero reconociendo que todavía el sujeto no se había comprometido en la perpetración de la actividad delictiva. La peligrosidad predelictual cumplía, supuestamente, una función protectora de la sociedad, algo que ponemos en duda porque esta política penal fracasó. En el Preámbulo de la Ley de 1954, se decía que se observaba la existencia de hechos “que ofenden la sana moral de nuestro país por el agravio que causan al tradicional acervo de buenas costumbres, fielmente mantenido en la sociedad española”. La modificación legal se llevaba a cabo “con propósito de garantía colectiva y con la aspiración de corregir a sujetos caídos al más bajo nivel moral. No trata esta Ley de castigar, sino de proteger y reformar”. Su artículo 1 (constaba únicamente de dos), redactaba nuevamente el artículo 2 de la LVM (sujetos susceptibles de ser declarados peligrosos), incluyendo en el número 2 a los homosexuales, los rufianes y los proxenetas, mientras que en el número 11 recogía a los incitadores de los delitos de terrorismo o de atraco y a quienes 85


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hicieran apología de éstos, y a los que perturbaran de alguna forma la paz social o la tranquilidad pública. Así se materializa en nuestro país una concepción jurídica del homosexual que tacha a éste de peligroso, contrario a la moral social, proclive a la comisión de delitos, antisocial en suma. Una sexualidad que nada tenía que ver ni con la finalidad de reproducción propia de las relaciones sexuales ni con la institución matrimonial, no podía permitirse en la nueva España8. De la redacción literal del reformado artículo 2, 2 de la LVM se infería que los homosexuales serían calificados como sujetos peligrosos por el simple hecho de serlo. Sería la jurisprudencia emanada de la Sala Especial de Apelaciones y Revisiones (competente para estos recursos en casos de expedientes seguidos por aplicación de la LVM) la encargada de matizar este punto. Así se precisaba que se dieran dos condiciones: (1) una relación sexual en cualquiera de sus manifestaciones entre personas de idéntico sexo, como por ejemplo la felación, la masturbación, las caricias, etc.; y (2) que esta actividad sexual se hubiera concretado en diferentes actos, no considerándose que esta condición se cumpliera si se había mantenido una relación sexual en una ú n i c a ocasión9.

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8 Domingo Loren, V., ob. cit., p. 42.

9 Sabater Tomás, A. “Gamberros, homosexuales, vagos y maleantes”, Hispano Europea, Barcelona, 1962, p. 217-218.

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10 Todos estos aspectos de las medidas de seguridad se regulaban en el artículo 4 de la LVM.

El artículo 6 de la LVM establecía la aplicación de medidas de seguridad según la peligrosidad que cada estado conllevaba. Su número 2 fue modificado igualmente en 1954, quedando las siguientes medidas para homosexuales, rufianes, proxenetas, mendigos, explotadores de menores de edad y enfermos mentales o lisiados: 1. Internamiento en establecimiento de trabajo o colonia agrícola. En el caso de homosexuales en establecimientos especiales y, siempre, separados de los demás. 2. Prohibición de residencia en determinado lugar y obligación de declarar el domicilio. 3. Sumisión a la vigilancia de los Delegados. La duración del internamiento no se determinaba, pero se señalaba un tope máximo de tres años. La prohibición de residencia quedaba referida en la norma legal al lugar o territorio. La práctica judicial la concretaría a la localidad y a la provincia, quedando su duración en manos del juez, es decir, que dependía de su arbitrio. El condenado debía declarar además su nuevo domicilio y cualquier cambio del mismo. Los Delegados desempeñarían funciones de tutoría y de protección, intermediando incluso en la obtención de un trabajo en función de la capacidad y la actitud de sus tutelados. Esta medida podía ser efectiva entre uno y cinco años10. Una nueva prueba de la obsesión del régimen por la sexualidad y, en concreto, por la homosexualidad, la encontramos en el Reglamento de Prisiones de 2 de febrero de 1956. Cuando se enumeraban las faltas cometidas por los presos, en el artículo 112 sobre faltas muy graves, quedaba recogida en su número 4 la comisión de “actos contrarios a la moral y buenas costumbres”. Entre estos actos se incluirían los de carácter homosexual.

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Mediante Orden del Ministerio de Justicia de 4 de octubre de 1967, se nombró una Comisión para la reforma de la LVM. Uno de sus miembro fue Antonio Sabater Tomás, entonces Juez de Vagos y Maleantes de Barcelona, cuya doctrina sobre homosexualidad merece toda nuestra atención y nuestra crítica más severa. El resultado de los trabajos de este grupo fue un anteproyecto que se erigió en base del Proyecto de Ley de Peligrosidad Social11. En fecha 10 de octubre de 1969, el Ministro de Justicia, Antonio María de Oriol, perteneciente a la familia franquista de los tradicionalistas12, presentó al Consejo de Ministros el mencionado proyecto. En el Preámbulo de este trabajo se reconocía que la LVM supuso un avance de técnica jurídica con buenos resultados, fijando ocho puntos que se deseaba alcanzar. En el último se proponía crear nuevos centros especializados para el cumplimiento de las medidas de seguridad, como lo eran

11 Domingo Loren, V. ob. cit., p. 4243.

12 De Miguel, A. “Sociología del franquismo. Análisis ideológico de los Ministros del Régimen”, Euros, Barcelona, 1975, p. 32-33. Como comenta el autor, cuando se habla de familias políticas en el franquismo es para designar de una forma convencional a los grupos que dieron fuerza al régimen; nada que ver con partidos políticos al uso, que no existían.

los centros de reeducación para homosexuales, prostitutas y menores, así como los de preservación para enfermos mentales, que deben ser realidad en el momento de entrada en vigor de la Ley. Establecimientos que, dotados del personal técnico necesario, garantizaran en la forma más técnica la reforma y readaptación social del peligroso, con la intervención activa y precisa de la autoridad judicial especializada.

En el Título Primero, capítulo primero, artículo 2, apartado tercero del proyecto se afirmaba que los homosexuales se considerarían sujetos peligrosos, al margen de su actividad homosexual. En enero y febrero de 1970, los procuradores de las Cortes Españolas presentaron en la Comisión de Justicia setenta y nueve enmiendas. En ellas se descubren diferentes posturas, unas más radicales que otras, pero ninguna que pidiera la exoneración de la consideración de un homosexual como sujeto peligroso. Citaremos algunos ejemplos de estas enmiendas. La presentada por Manuel Batlle Vázquez (enmienda número 2) advertía que hablar de homosexuales sin más precisiones daba lugar a un error: “Homosexual significa literalmente tener el mismo sexo, cosa que por sí misma ni es ilícita ni reprobable. Lo que sí lo es la homosexualidad o trato torpe carnal con persona del mismo género”. Prefería que en el artículo 2, 3 (en el que se establecía el listado de sujetos susceptibles de ser declarados peligrosos, reservándose el 88

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número 3 a los homosexuales) se hablara de quienes practicaran la homosexualidad. La enmienda número 8 se decantaba por esta distinción, y su primer firmante, Fernando Herrero Tejedor, que en 1967 formó parte de la Comisión designada por el Ministerio de Justicia para reformar la LVM y que desempeñó funciones como Fiscal del Tribunal Supremo, abogaba por incluir en el artículo 2, 3 el requisito de haber realizado actos contra natura, ya que los homosexuales en los que se presentaban condicionantes biológicos pero que se mantenían al margen de dichos actos no presentaban peligrosidad alguna. Otros llegaban a la homosexualidad por corrupción y participaban de estos actos que repugnaban a la sociedad, siendo estos sujetos a los que la ley sería de aplicación taxativa. En este mismo sentido se pronunciaron Luis Rodríguez Miguel y Francisco Lapiedra de Federico, enmiendas 67 y 79 respectivamente. Si para el primero la distinción entre la anomalía endocrinológica de la homosexualidad reprimida, y los sujetos que la practicaban o la favorecían no debía olvidarse, para el segundo sólo competía aplicar la ley a quienes por la comisión habitual de actos inmorales revelasen una inclinación delictiva o antisocial, al igual que en los homosexuales que observasen una conducta escandalosa. Añadía Lapiedra que el simple homosexual manifestaba “un especial estado patológico o una conformación moral de lamentable entidad, siendo merecedor, siempre, de una especial atención de índole comprensiva y correctora por parte de la sociedad, que debe tratar estas especiales y dolorosas situaciones, tan frecuentes, por desgracia, en la actualidad, con sumo tacto, pero no extremando su repulsa hasta el punto de defenderse de la anomalía que la homosexualidad supone, con la severidad con que lo hace el proyecto”. Remitía su enmienda a la medicina, la psicología y la pedagogía, para explicar este fenómeno que apreciaba como usual en los comienzos de los años setenta. Rafael Díaz- Llanos, en la enmienda 48, reclamaba una entrada en vigor de la futura ley condicionada a la disponibilidad de los centros previstos en la nueva norma. José Luis Fernández Santos, en la número 52, recogía la misma petición, justificada en el fracaso práctico de la LVM precisamente por carencia de centros de cumplimiento de las medidas de seguridad. Con ellos y “con el personal necesario de auténtica vocación”, la eficacia de la ley se garantizaba. Caso contrario, la ley que se deseaba aprobar quedaría en ORIENTACIONES revista de homosexualidades

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“una mera declaración platónica”. De Díaz-Llanos es significativo que reclamara la inclusión de las lesbianas en la redacción del artículo 2. El procurador propuso este texto: “Los homosexuales y las lesbianas que ofendan al pudor o a las buenas costumbres con hechos que tengan trascendencia pública o produzcan escándalo”. A su parecer se olvidaba “a las lésbicas que cuando existe escándalo o trascendencia pública no existe razón para excluirlas”. La homosexualidad femenina fue prácticamente ignorada, tal como la propia práctica judicial prueba, pues el número de lesbianas juzgadas es ínfimo. No deja de sorprender que el procurador diferenciara homosexuales sin más de lesbianas. Díaz-Llanos observaba un desajuste entre el delito de escándalo público (regulado en el artículo 431 del Código Penal) y la medida de seguridad reservada a los homosexuales

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13 Domingo Loren, V. ob. cit., p. 43. Cita brevemente que Díaz-Llanos recomendó la aplicación de la ley a los casos de homosexuales sólo cuando se produjera escándalo público.

14 En el documento original de las enmiendas al proyecto aparece citada la obra de Marañón como Los estados intersexuales de la especie humana, por lo que hemos efectuado la corrección pertinente.

15 Domingo Loren, V. ob. cit., p. 43.

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en el proyecto que se tramitaba. El delito citado se refería a las ofensas al pudor y las buenas costumbres cometidos mediante hechos que causaran grave escándalo o trascendencia, reservando a sus autores con arresto mayor (no más de seis meses de privación de libertad), multa de 5.000 a 25.000 pesetas e inhabilitación especial. La medida de seguridad podía significar un ingreso de hasta tres años en un centro de reeducación. Por todo ello afirmaba: “A primera vista, parece un contrasentido y, salvo que el proyecto persiga fines distintos, sería aconsejable armonizar los citados preceptos porque no parece que tenga fundamento que una misma sociedad se proteja ante supuestos concretos con medidas totalmente discordantes”13. Pensamos que en este punto Díaz-Llanos acertaba en su crítica, pues la consecuencia jurídica derivada de ser sujeto activo del delito de escándalo público no era comparable a la correspondiente a estar incurso en el estado de peligrosidad de homosexualidad. Esta segunda resultaba más gravosa, evidentemente. Para Díaz-Llanos la homosexualidad se definía como una aberración grave e intolerable, pero para los científicos su causa se atribuía en ciertos casos a una deficiencia física o fisiológica (citando a Gregorio Marañón y sus Estados intersexuales en la especie humana14, entre otros) o una patología (como la esquizofrenia). En este caso y dándose también una actitud alejada del escándalo y, por tanto, proclive a la ocultación de este defecto y al afán de superarlo siguiendo tratamiento adecuado y secreto, se eludiría la aplicación de la legislación preventiva. En un país beneficiado ya entonces por el turismo extranjero se comprende el planteamiento de Díaz-Llanos acerca del posible internamiento de ciudadanos en cuyos países no fuera ilegítima la práctica de la homosexualidad, ya que se arriesgaba mucho ante la opinión pública internacional. En opinión de Domingo Loren este razonamiento se tuvo en cuenta para dejar fuera de la consideración de peligrosidad “a los homosexuales castos”, y aunque se confundía el ámbito del derecho penal con el de la defensa social, cuando menos no se caía en el ridículo15. La defensa social justificaba una ley como la que se preparaba, tal como se desprende de la enmienda 62, cuyo primer firmante fue Miguel Vaquer Salort, la cual solicitaba esta redacción para el artículo 2, 3: “Los que promuevan, favorezcan o practiquen públicamente la homosexualidad”. En sus alegaciones se hacía eco del frecuente origen 91


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patológico de la homosexualidad, por lo que la norma legal se dirigiría exclusivamente a aquellas conductas que fueran consecuencia de la condición homosexual. Siguiendo el trámite de la que había de ser la LPRS, nos referiremos a una sesión de la Comisión de Justicia de 1 de julio de 1970. El procurador Lapiedra de Federico, cuya enmienda antes hemos comentado, hizo uso de la palabra para defender que se añadiera al artículo 2 del proyecto un nuevo apartado final que dijera: “Todos aquéllos que con propósito deliberado, provecho personal o habitualidad difundan, provoquen o defiendan las lacras sociales enumeradas en los apartados anteriores”. De su intervención nos llama la atención un par de afirmaciones. En la primera citaba a un procurador, del cual no facilitaba su nombre, que dijo que se había celebrado hacía poco un congreso de homosexuales en Torremolinos o en Marbella, y que la noticia estuvo presente en las conversaciones de forma frívola, “como diciendo ¡qué cosas pasan, qué desarrollados estamos!”, y añadía que este acto no se perseguía ni en el Código Penal ni se preveía ninguna medida en la ley que se discutía, “porque el cometer actos de homosexualidad no es lo mismo que reunir un congreso y defender científicamente la homosexualidad a nivel de hombres brillantes y acomodados”. Este cínico apunte venía a cuento de su queja del olvido del tecnicismo en el proyecto de ley, resultando por ello perjudicadas la eficacia y la justicia de la misma, por lo que la inducción a la homosexualidad debía regularse, tal como demostraba su ejemplo del congreso homosexual. En la segunda, recordaba que la pornografía o la erotomanía o como quisiera denominarse, constituía “una lacra social, una plaga, acaso más grave que las pobres prostitutas y los pobres homosexuales y no hay que dejar a los que provocan unas y otras actividades fuera del ámbito de esta ley”. A esta misma línea argumentativa se sumó otro procurador, el marqués de Valdeiglesias, para quien la pornografía resultaba más peligrosa que los homosexuales y las prostitutas, pues los primeros no tenían arreglo, hicieran lo que hicieran, así que privarles de libertad era injusto. Tampoco para las segundas esta solución resultaba idónea. Así pues, no pensaba que fueran peligrosos y abogaba por la inclusión en este estado de los pornógrafos. La intervención del procurador Antonio Castro Villacañas merece nuestra atención, pues a su parecer algunas clases de relaciones sexuales sobre las que se trataba en aquella sesión 92

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16 Presentada en fecha 30 de enero de 1970.

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gozaban de reconocimiento legal en países a los que no se podía tildar de peores que España, consecuencia de la evolución de la sensibilidad social. Desafortunadamente esta actitud respetuosa se contradecía, y mucho, con las enmiendas que este mismo procurador presentó a trámite. La número 5816 solicitaba la inclusión de un número más en la redacción del artículo 2: “14. Los que manifiesten, públicamente, su espíritu de insolidaridad con gestos, actitudes, expresiones, desaseo personal, inadecuado atuendo o cualesquiera otras formas que revelen menosprecio de las normas de convivencia o degenerada morbosidad”. El fundamento de este número 14 consistía en el interés en regular las conductas egoístas y desconsideradas hacia los otros ciudadanos. Afortunadamente no se aprobó esta enmienda, que no dejaba de responder al ideario de una época que preconizaba una normalidad definida por los poderes institucionalizados y por una sociedad claustrofóbica y cerrada, aunque cada vez en menor medida, de ahí la desesperación de la dictadura ante las actitudes desafiantes que abogaban por la diferencia. El 28 de julio de 1970 se celebró la sesión plenaria de las Cortes en la que el Secretario de la Comisión de Justicia, Lapiedra de Federico, leyó el dictamen sobre el proyecto de LPRS, aprobado por unanimidad. Gómez de Aranda, procurador también, se encargó de dar a conocer los fundamentos del dictamen. Dijo que se había mejorado el título de la ley, pues se había añadido la rehabilitación, uno de los objetivos a alcanzar en cuanto a los marginados, para “su integración activa y normal en el seno de la sociedad”. No se trataba de una ley conservadora en su acepción peyorativa, ya que se defendía exclusivamente la protección de la parte del comportamiento del ser humano que otorga esa condición. Se implicaba la nueva norma en los cambios propios de la evolución social y ello desde una concepción cristiana y siguiendo los principios de la ideología fundacional (de la dictadura, se entiende), todo ello con miras a “salvar el necesario orden de convivencia”. Se perseguía la prevención del delito, de ahí que la LPRS fuera “eficaz socorro del hombre (…), para rescatarlo de las situaciones de extravío, en inminente peligro de perderse en el más grave error que el delito significa”. Gómez de Aranda reconocía que se había debatido concienzudamente respecto a la homosexualidad y a la prostitución, culminando el proceso con su consideración de estados peligrosos, en los casos de comisión de actos de 93


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homosexualidad y dedicación a la prostitución habitual, respectivamente. Se estaba ante una cuestión compleja, y protegiendo siempre a los menores, se optaba por no inmiscuirse en estas conductas sexuales si se daban entre personas adultas, de mutuo acuerdo y en privado, aunque la sociedad no renunciaba a su derecho y a su deber de no permitir que estas lacras fueran a más. La homosexualidad era un tema “difícil y oscuro”, “talón de Aquiles de la ciencia sexológica”. En aquel momento se diferenciaba entre aberración (homosexualidad como equivocación relativa a “la relación biológica natural de los sexos”) y perversión (como desencadenante de la eliminación de la personalidad, el abandono a la sensualidad, la promiscuidad y el vicio). Contra la segunda, la sociedad estaba legitimada a luchar, pues si bien se dudaba de la capacidad de reconducir al homosexual a la heterosexualidad, obviamente se controlaba la mencionada perversión, consiguiendo que los homosexuales no perjudicaran al conjunto social. Y el procurador exponente de las virtudes del proyecto de ley daba un ejemplo de humanismo del mismo, pues en el caso de ciudadanos extranjeros incursos en estados de peligrosidad, la legislación aún vigente decretaba su expulsión del territorio nacional. Con el proyecto aprobado y convertido en ley aplicable, estas personas tendrían un trato igual al de los españoles, eliminando la más grave consecuencia legal derivada de su actitud para quienes estuvieran asentados en España. La redacción definitiva del artículo 2, 3 de la LPRS requería que se dieran actos de homosexualidad para declarar el estado peligroso, quedando fuera la simple condición de homosexual. Este mismo artículo introdujo una novedad respecto al proyecto que le sirvió de base. Además de exigir que se probara que se estaba incurso en un estado de peligrosidad, se debía apreciar una peligrosidad social (artículo 2, B); naturalmente esta consideración quedaba en manos de la autoridad judicial. Una duda que se suscitó inmediatamente fue cuál era el concepto de peligrosidad, porque ni la LPRS ni su posterior Reglamento (que mencionaremos unas líneas más adelante) se detuvieron en definirla, acudiéndose mayormente a la jurisprudencia para obtener una respuesta. Bien es verdad que los procuradores dieron algunas ideas en el debate de la LPRS17. Ejemplos ofrecidos por las enmiendas al proyecto y referidas a la homosexualidad (no a la peligrosidad en general): 94

17 Domingo Loren, V. ob. cit., p. 45.

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efecto devastador para la juventud (Pilar Primo de Rivera, enmienda 13); ofensa al pudor y a las buenas costumbres (Díaz-Llanos, enmienda 48) y escándalo o inclinación delictiva o antisocial (Lapiedra de Federico, enmienda 79). De enorme interés en la historia del proceso de aprobación de la LPRS resulta la intervención de dos licenciados en derecho de Barcelona, cuyos seudónimos eran Roger de Gaimon y Mir Bellgai. Ambos eran en la época monárquicos liberales y

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convencidos antifranquistas, y cuando conocieron las disposiciones del proyecto de la LPRS que atentaban contra los derechos de los homosexuales, decidieron tomar cartas en el asunto. Tal como rememoró Armand de Fluvià, el verdadero yo que estaba detrás del nombre ficticio de Roger de Gaimon, escribieron unas cartas a los obispos procuradores en Cortes, para que se opusieran a la aprobación del proyecto tal como estaba redactado. Solicitaron además la ayuda de algunos grupos reivindicativos homosexuales de otros países, en particular del francés Arcadie, que envió un informe jurídico y una carta de protesta a las Cortes. Animados por el hecho de que el texto definitivo de la LPRS no regulara la simple orientación homosexual, iniciaron un movimiento reivindicativo homosexual español. En enero de 1972 se publicó en la clandestinidad el primer número de Aghois (Agrupación Homófila para la Igualdad Sexual), nombre que adoptó durante un plazo breve el grupo formado, sustituido rápidamente por Melh (Movimiento Español de Liberación Homosexual)18. Más tarde se aprobó el Reglamento para la aplicación de la LPRS19, cumpliéndose así el mandato expresado en la disposición adicional tercera de la LPRS. Esta misma disposición se refería a que el Ministerio de Justicia, antes de la entrada en vigor de la ley, habilitaría los centros adecuados y con el personal necesario para la ejecución de las medidas de seguridad y rehabilitación. El Ministerio de Justicia disponía pues de seis meses desde la fecha de promulgación, 4 de agosto de 1970, para llevar a buen puerto esta exigencia, ya que pasado ese plazo la ley entraría en funcionamiento, en este caso en aplicación de la disposición adicional primera. Las razones que explicarían esta legislación franquista tardía contra los homosexuales son varias. No olvidemos que hasta 1954, con la reforma de la LVM, no se mencionó la homosexualidad en la legislación generada por la dictadura. Una apunta a que el rechazo social a la homosexualidad tenía una fuerza tal que para controlarla no se percibía la necesidad de promulgar una ley específica. Un afán por normativizar dará este fruto. En Francia se produjo un fenómeno similar. Los nombres propios que acompañarían estas políticas son Primo de Rivera y Franco en nuestro país, mientras que para el caso de nuestros vecinos se trata de Pétain y De Gaulle20. Otra circunstancia de peso sobre esta cuestión la encontramos en que ciertos tipos penales eran aplicados de forma continuada para sancionar a los homosexuales. Son 96

18 De Fluvià, A. “El movimiento homosexual en el estado español”, contenido en “El homosexual ante la sociedad enferma”, José Ramón Enríquez (ed.), 1978, p. 151-152.

19 Mediante el Decreto del Ministerio de Justicia de 13 de mayo de 1971, número 1144/71, publicado en el BOE el 3 de junio del mismo año.

20 Llamas, R. ob. cit., p. 255-256.

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21 Idem, p. 330.

22 Publicada en el BOE de 3 de junio de 1971.

23 Publicada en el BOE de 8 de junio de 1971.

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los que hemos comentado anteriormente: escándalo público, abusos deshonestos y corrupción de menores. La legislación especial preventiva española, es decir, la LVM y la LPRS, tendrá un efecto llamativo. Al tratar de forma conjunta diferentes acciones y actitudes (rufianes, proxenetas, traficantes, homosexuales, etc.), además de una consideración igual en cuanto a política penal, se conseguía una “identidad simbólica”, tal como ha afirmado Ricardo Llamas21. La negativa percepción social de los homosexuales alcanzaba así cotas más altas, siguiendo una larga tradición histórica. No es de extrañar entonces la presencia destacada de la homofobia aún en este nuevo siglo. Las medidas de seguridad aplicadas a quienes realizaran actos de homosexualidad o se prostituyeran habitualmente se recogían en el artículo 6, 3 de la LPRS, consistiendo en: a) internamiento en centro de reeducación; b) prohibición de residir en el lugar o el territorio que el juez estableciera, o de frecuentar ciertos lugares o establecimientos públicos, además de someterlos a la vigilancia de los delegados. Pocas novedades en este sentido en relación a la LVM, salvo la imposibilidad de acudir a ciertos negocios, lo cual en el caso de los homosexuales pretendía frenar su relación social, es decir, que accediera a los lugares de encuentro. El artículo 13 de la LPRS legalizaba una doble penalidad, o sea, que una persona juzgada por la comisión de un delito o una falta, era susceptible de ser considerada además peligrosa. Este artículo permitía que cualquier juzgado o tribunal que siguiera un proceso penal y mediante éste detectara una conducta de las reguladas por los artículos 2, 3 y 4 de la LPRS, remitiera testimonio de los antecedentes precisos al juzgado de PRS, a fin de dilucidar la peligrosidad o no de ese comportamiento. Esta obligación funcionaba a la inversa igualmente, de los juzgados de PRS a los juzgados de instrucción. Una evidencia más del respeto nulo de los derechos humanos por parte del legislador franquista, preocupado únicamente por elaborar la normativa que institucionalizara los deseos del régimen. La Orden del Ministerio de Justicia de 1 de junio de 197122 creó los centros específicos que la LPRS demandaba. Entre ellos destacaremos el Centro de Homosexuales de Huelva, encargado de reeducar a homosexuales peligrosos varones, según expresaba el artículo 2, 4 de la citada orden. Otra orden del mismo ministerio, de 3 de junio de 197123, dispuso que a partir del día 6 de aquel mes los Juzgados 97


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Especiales de Vagos y Maleantes (VM) con sede en Bilbao, Granada, Las Palmas, León, Palma de Mallorca, San Roque (Cádiz), Sevilla, Valencia y Zaragoza cesaran en sus funciones, remitiendo toda la documentación al Juez Decano de la capital de la provincia, si no fuera éste el Juez Especial de VM y al de Algeciras, al cual se incorporaba San Roque. En su número 2 se concretaba que los asuntos en tramitación a fecha de entrada en vigor de la LPRS seguirían bajo dirección de los Jueces Especiales de VM. Mientras que el número 3 confirmaba en sus puestos a los Jueces Especiales de VM de Madrid y de Barcelona, que a partir de entonces serían Jueces de Peligrosidad y Rehabilitación Social, con cometido único en esta materia en el ámbito de sus respectivas provincias, sin perjuicio de resolver los asuntos correspondientes a otras provincias y que ya se hubieran comenzado. A partir de 1 de julio de 1974 se reconocería el régimen de exclusividad para conocer solamente la materia de PRS en un juzgado de Málaga. Es decir, a partir de esa fecha aquel juzgado se convirtió en un nuevo Juzgado de PRS24. Los Juzgados de PRS número 2 de Madrid y de Barcelona fueron creados en julio de 1974 25 , aunque su entrada en funcionamiento se retrasó. Una disposición que nos mostrará de forma fehaciente la repulsa hacia los homosexuales es la Orden del Ministerio de Educación y Ciencia del 1º de febrero de 197126, sobre Escuelas del Magisterio donde se formaba a los futuros profesores de primaria, que al ocuparse de la tramitación de dispensas de defecto físico de los aspirantes a ejercer estas funciones, tanto estudiantes como opositores al Cuerpo del Magisterio Nacional de Enseñanza Primaria, incluía el Anexo I con un listado de problemas físicos o enfermedades que no permitían el ingreso en el cuerpo citado. De la extensa enumeración destacamos los números 32 y 45. El primero de ellos recogía las perversiones sexuales, término poco concreto que se prestaba a una interpretación amplia. El segundo, a la intersexualidad y al homosexualismo. 98

24 Orden del Ministerio de Justicia de 9 de mayo de 1974, publicada en el BOE de 13 de mayo de 1974.

25 Orden del Ministerio de Justicia de 12 de julio de 1974, publicada en el BOE de 20 de julio de 1974.

26 Publicado en el BOE de 12 de febrero de 1971.

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27 Publicada en el BOE de 30 de noviembre de 1974.

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La Ley 43/7427 modificó algunos artículos de la LPRS, como el artículo 5, 2, que se ocupaba del tiempo de internamiento en centro de reeducación, que iba de los tres meses a los tres años, con esta reforma pasaría a ser de seis meses a cinco años. Es evidente que se pretendía agravar la medida de seguridad, pues si en el mejor de los casos se pasaba dos meses más en el centro designado, en el peor se estaba ante dos años. Bien es verdad que no parece que haya sido frecuente la aplicación de los máximos a la hora de aplicar esta concreta medida de seguridad. Hemos descrito las principales normas legales de las que el franquismo se dotó para perseguir a los homosexuales, pero el entramado de decretos, órdenes ministeriales y demás legislación es más extenso. Hemos pretendido dar una idea a los lectores sobre los elementos principales de esta arquitectura represora, objetivo que esperamos haber alcanzado.

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Bibliografía De Fluvià, Armand (1978) “El movimiento homosexual en el estado español”, en El homosexual ante la sociedad enferma, José Ramón Enríquez (ed.), Barcelona, Tusquets. De Miguel, A. (1975) Sociología del franquismo. Análisis ideológico de los Ministros del Régimen, Barcelona, Euros. Domingo Loren, Victoriano (1977) Los homosexuales frente a la ley (Los juristas opinan), Barcelona, Plaza & Janés. Jiménez de Asúa, Luis (1934) Ley de Vagos y Maleantes (un ensayo legislativo sobre peligrosidad social sin delito), Madrid, Reus. García Valdés, Alberto (1981) Historia y presente de la homosexualidad, Madrid, Akal. Llamas, Ricardo (1998) Teoría torcida, Madrid, Siglo XXI. Quintero Olivares, G. (1976) Represión penal y estado de derecho, Madrid, Dirosa. Sabater Tomás, Antonio (1962) Gamberros, homosexuales, vagos y maleantes, Barcelona, Hispano Europea.

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Galería de invertidos. Vida cotidiana de los homosexuales en las cárceles de Franco Arturo Arnalte

1 Cfr. Modificación de la Ley de Vagos y Maleantes (1954).

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La cárcel se perfiló como destino infamante de los homosexuales en España a partir de 1954, como el manicomio lo había sido y lo seguiría siendo para las lesbianas, a las que el Estado y sus familiares, en lugar de encerrar, delegaban en el brazo médico del sistema represivo. Que el destino de los heterodoxos sexuales no hubiera estado más definido en los primeros años del régimen es achacable sobre todo a un problema de prioridades. En cuanto la eliminación de opositores políticos fue alcanzando sus metas y el franquismo logró el visto bueno de Estados Unidos, gracias a su valor estratégico para las bases militares en la Guerra Fría, empezó a haber tiempo para poner orden en otros campos, como el sexual. La deficiencia represiva del sistema en este sentido se corrigió en 1954, con la revisión al alza de la Ley de Vagos y Maleantes, que incorporó al homosexual a la lista de delincuentes que debían ser apartados del ciudadano común, castigados y, en último extremo, rehabilitados mediante el trabajo forzado1. El ejemplo más nítido de la nueva política represiva hacia los homosexuales lo proporciona la Colonia Agrícola Penitenciaria de Tefía, en la isla de Fuerteventura. Este mini campo de concentración, así como el de Nanclares de Oca, fue purgatorio de reos penados por la legislación contra vagos y maleantes, a los que se quiso redimir mediante el trabajo en una peculiar réplica fascista ibérica del Arbeit Macht Frei de los lager alemanes, o del goulag soviético. De Tefía tenemos una información privilegiada porque varios de sus internos han denunciado en los últimos años las condiciones de vida en el campo, como parte de una lucha emprendida para lograr una reparación moral y económica por la ignominia sufrida. Gracias a ello, el Gobierno canario ha concedido a uno de los presos homosexuales de Tefía la misma indemnización que la acordada a los presos políticos del franquismo en el archipiélago. La colonia penitenciaria de Tefía se improvisó sobre una pista de aterrizaje de origen 101


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militar que había perdido su uso y resultó óptimo para la instalación de barracones de presos que eran forzados a realizar trabajos agrícolas y de cantería. Sobre las condiciones de vida en Tefía he recogido testimonios orales coincidentes. Varios proceden de antiguos internos que prefieren mantener el anonimato, pero todos ellos apuntalan el de Juan Curbelo Oramas, el vecino de Las Palmas de Gran Canaria que estuvo tres años en la colonia penitenciaria y que se ha convertido en el primer ex preso homosexual que le gana una batalla al Estado, al obtener una indemnización por el tiempo de estancia en prisión2. Juan Curbelo tenía 16 años cuando puso el pie en Tefía. Habitual de las redadas de la policía por las zonas de ambiente homosexual de Las Palmas, dio el salto cualitativo de la comisaría a la cárcel en 1955. Sentenciado, rapado al cero y humillado, fue conducido en barco a Fuerteventura y encerrado en Tefía con una ambigua condena judicial de entre uno a tres años, según su comportamiento. Uno de los aspectos más sádicos de la legislación contra los homosexuales era la indefinición del tiempo de la condena, que se dejaba en manos de los directores de las prisiones, con lo que la curación o rehabilitación del homosexual se traducía, en realidad, por la sumisión –léase humillación– del homosexual al sistema penitenciario. Para su desgracia, Curbelo no resultó ser el preso ideal y sus enfrentamientos y desobediencias fueron castigados con la prolongación de la estancia en Tefía, donde acabó cumpliendo la pena máxima. Durante tres años, de los 16 a los 19, estuvo siguiendo el mismo régimen laboral de lunes a sábado. La rutina consistía en cavar zanjas y picar piedra de sol a sol, con descanso dominical para asistir a misa por las mañanas en la iglesia del pueblo y tardes dedicadas a actividades “sanas”, como tocar la guitarra, cantar o dormir la siesta. En los años iniciales de la colonia penitenciaria de Tefía había una media de entre 80 y 100 internos, de los que un tercio eran homosexuales. Dormían en barracones, como en los campos de concentración, asándose de calor durante el día y ateridos durante la noche. Al amanecer, debían levantarse y formar como en un cuartel, para cantar “España querida, somos tus hijos...”. Desayunaban luego gofio con café de cebada y de ahí partían a picar piedra o cavar bajo la vigilancia de los guardias, que se paseaban siempre garrota en mano. 102

2 Juan Curbelo ha logrado que el Gobierno Canario le indemnice en virtud de la Ley 9/2002 de la Comunidad Canaria, de 21 de octubre. La ley prevé la concesión de indemnizaciones a los presos del franquismo, canarios o residentes en Canarias, que no se acogieron a los beneficios establecidos por el estado en 1990 y 1992. La ley requiere que los beneficiados hayan pasado tres años en prisión y tener 65 años el 31 de diciembre de 2000.

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Comían pan duro y fideos con carne de cabra y tras una breve siesta –todos los relatos de encarcelados coinciden en el carácter sacrosanto de la siesta en el sistema penitenciario español– regresaban al tajo hasta la caída de la tarde. Cenaban guisantes con batata, recibían instrucción religiosa y rezaban el rosario antes de ir a dormir. El hambre era la tortura más grande porque no desaparecía nunca y la comida que enviaban los familiares de los presos no llegaba o lo hacía cuando estaba medio descompuesta. Pero no era la única fuente de sufrimiento. Si cometía una falta leve, al interno se le retiraba el petate y tenía que dormir sobre el suelo. Si la falta era juzgada grave, podía ser obligado a hacer guardias nocturnas que le privaban del sueño entre las jornadas laborales o sufrir una paliza brutal a garrotazos a manos de los guardias. Alguno que se compadecía de ellos fingía que pegaba dando golpes sobre un madero mientras el castigado gritaba con fingimiento y luego se humillaba arrodillado besando las manos del carcelero compasivo. A pesar de su dedicación a tareas físicas agotadoras al aire libre, los internos de Tefía sólo tenían derecho a una ducha semanal, breve, con el tiempo controlado. Sacaban agua del pozo para bañarse a cazos y si se demoraban más de lo permitido tenían que salir del cercado aún sin aclarar, so pena de recibir nuevos castigos.

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El ingreso en la cárcel La colonia de Tefía cerró en 1966, aunque la de Nanclares de Oca siguió abierta varios años más. Hasta la creación de dos cárceles especializadas en los años 70, los homosexuales fueron a las cárceles comunes, en muchas de las cuales se alojaban en zonas especiales, conocidas como “galerías de invertidos”. Las prisiones modelo de Valencia y Barcelona y la macro prisión de Carabanchel en Madrid tuvieron sus respectivas “galerías de invertidos”. De todas ellas se tienen hoy testimonios orales. El sistema penitenciario no difería mucho para los delincuentes comunes y para los presos sociales, léase homosexuales. Las prisiones ofrecían a los internos la posibilidad de trabajar, lo que les permitía tener unos pequeños ingresos para compras en el economato. La hora de salir al patio y las actividades sociales semanales, como la misa y la proyección de películas, eran los grandes acontecimientos de la vida carcelaria. En Valencia, a principios de los años 70, a los homosexuales se les ponía a trabajar en el taller de costura, que se conocía como la Casa de las Novias, porque de él salían trajes para las ceremonias de matrimonio. En Barcelona, uno de los trabajos que podían hacer los presos homosexuales era relleno de colchones, que con el cambio de década y el “desarrollo” económico pasaron de ser de paja a gomaespuma. Como en Tefía, la mayor parte de los homosexuales encarcelados eran personas detenidas en redadas en zonas de ambiente, que no tenían apoyo social o familiar y se convertían en carne de cañón de comisarios poco escrupulosos y jueces inquisitoriales. Como en otras áreas, la justicia del franquismo era ante todo una justicia de clase. La gran mayoría de los funcionarios, empleados o hijos de “familias bien” que pasaban por la comisaría por haber sido detenidos en urinarios públicos, bares frecuentados por homosexuales o simplemente denunciados por vecinos, lo que ocurría a menudo, salían habitualmente en libertad tras una amonestación, unas horas o días de retención y una paliza. Camino del juzgado acababan los más débiles: jornaleros, emigrantes del sur en la Barcelona de los 70, hijos de obreros, huérfanos... los miembros más indefensos del tejido social ayudaban a los comisarios a cuadrar cifras, es decir, a lo que hoy se llamaría “cumplir objetivos”. 104

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La primera entrada en la cárcel, que a veces era la primera de una larga serie, suponía para el joven preso una durísima experiencia en la que se ponía a prueba su capacidad de supervivencia en un medio delincuente que desconocía y le aterraba, donde contaba con el handicap de convertirse en objeto de deseo de los internos más duros, con años de prisión tanto a sus espaldas como por delante. El acoso sexual era la peor pesadilla; en las cárceles grandes se producía ante la indiferencia, cuando no la abierta complicidad, de los funcionarios. El mecanismo habitual de supervivencia era asumir con el tiempo la necesidad de aceptar un “protector”, un preso más duro al que se prestaban servicios sexuales a cambio de defensa física frente a los matones, que acosaban a los homosexuales en los pasillos y los baños, así como en las propias celdas por la noche. La elección entre aceptar un protector o arriesgarse a una rutina de enfrentamientos, peleas y humillaciones es una disyuntiva que aparece en todos los testimonios de homosexuales encarcelados durante el franquismo. Menos frecuente, pero muy difundida es la inmersión en una subcultura específica de los internos homosexuales, que reforzaban su identidad adquiriendo o exagerando modales afeminados, en desafío a la legislación que les había conducido al interior de la prisión. Muchos de estos presos se acicalaban recurriendo a remedios caseros. Cualquier crema de manos mezclada con polvo de ladrillo servía para preparar colorete para las mejillas. La misma crema, quemada en el interior de una cuchara de estaño, se convertía en rímel improvisado. En algunas cárceles más pequeñas, se podía comprar el maquillaje a recaderas que hacían de intermediarias entre la celda y la calle. Esa seña de identidad era curiosamente permitida por el sistema penitenciario a los internos que se mostraban más sumisos con los funcionarios. Así se daba la paradoja de que mientras por un lado la Ley de Vagos y Maleantes se presentaba como una norma que pretendía curar al homosexual, por otra, para el control del gay encarcelado se recurría a estimular los comportamientos considerados delictivos, a cambio de su colaboración. La salida de la cárcel, que dependía como hemos mencionado del buen comportamiento del interno, no derivaba, en último caso, de que se mostrara menos ORIENTACIONES revista de homosexualidades

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afeminado o persistente en su inclinación sexual “delictiva”, sino en que no causara problemas de orden. La mayor perversión de la Ley de Vagos y Maleantes, como de su heredera, la de Peligrosidad Social3, residía especialmente en este ejercicio de cinismo. Los jueces las aplicaban para curar y reinsertar a un presunto “desviado”, pero nunca visitaban las galerías o las cárceles donde se debía producir la milagrosa “curación”. La libertad se dictaba dependiendo de las recomendaciones del director de la prisión que, por su parte, fomentaba el comportamiento que debía castigar y daba informes de recuperación positiva de los presos mansos, mientras prolongaba el internamiento de los rebeldes.

3 Cfr. Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social (1970).

Cobayas del Estado El homosexual encarcelado tuvo al menos tres utilidades para el sistema de control social del franquismo. En primer lugar, era ejemplarizante. No se podía acusar al régimen de tolerancia hacia la perversión: el acoso era un guiño a los elementos más conservadores que apoyaban al sistema político dictatorial. En segundo lugar, servía de aviso y escarmiento a la inmensa mayoría de homosexuales, que debían permanecer en el anonimato y vivir una sexualidad y una afectividad clandestinas si no querían verse expuestos no ya sólo a la vergüenza, sino también a la condena a penas de prisión. Pero hubo un tercer uso para este tipo de reclusos: su empleo como cobayas por parte de médicos, sociólogos y psicólogos. A falta de que el tiempo permita la consulta de los archivos –los expedientes personales se mantienen en secreto durante 50 años, ó 25 tras el fallecimiento del afectado–, sí que contamos con algunas publicaciones oficiales de los estudios que se hicieron en las prisiones con reclusos homosexuales. Una combinación de ingenuidad y arrogancia permitió que, en 1970, la Dirección General de Instituciones Penitenciarias publicara un estudio titulado Resultados obtenidos con técnicas proyectivas en una muestra de 200 delincuentes homosexuales españoles . El estudio fue elaborado por Fernando Chamorro Gundin (psicólogo clínico), Fernando Medina Gómez (médico internista) y Jesús Chamorro Piñero (médico psiquiatra). Los tres trabajaban 106

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en la recién creada Central de Observación de presos de la cárcel de Carabanchel. Esa institución era una especie de cárcel probeta que funcionaba en la de Carabanchel y tenía la misión de estudiar los casos difíciles para asesorar sobre el mejor destino final del delincuente dentro del sistema penitenciario, que desde finales de los años 60 se estaba especializando y comenzaba a enviar a los internos homosexuales a unas prisiones, a los ebrios a una Casa de Templanza, y a las prostitutas a otros centros de detención. Dentro de la Central de Observación, los tres médicos integraban el Departamento de Homosexuales. No porque ellos mismos lo fueran, sino porque su misión consistía en dictaminar si un preso homosexual era activo, pasivo o mixto y, en este último supuesto, si su mixtura era de predominio activo o pasivo, a fin de que se le destinara a una u otra prisión según su factor dominante. El trabajo era complejo, pues la mayor parte de los presos homosexuales se obstinaba en mantener un comportamiento mixto, que oscilaba con ligereza entre la actividad y la pasividad, una inconstancia que daba no pocos dolores de cabeza a los funcionarios encargados de clasificarlos. De ahí la importancia de contar con un buen asesoramiento profesional para mejor control del recluso y buen funcionamiento del sistema. Para dar una respuesta, los tres personajes citados se pusieron manos a la obra en la labor de establecer un buen criterio de clasificación. Este trabajo fue el ambicioso estudio de 200 homosexuales encarcelados en Carabanchel. De ellos, resultaron ser pasivos y mixtos con predominio pasivo, 99; activos y mixtos con predominio activo, 74; mixtos sin predominio, 27. A pesar de esta aparente rotundidad, los propios médicos confesaron estar plenamente convencidos de que si se seleccionan y aíslan diez o doce de los homosexuales que hemos calificado como de puramente pasivos o activos y se les observa con cautela, nos daremos cuenta de que pronto surgirán las parejas correspondientes, con miras a las prácticas homosexuales, respondiendo a lo que ellos piensan y dicen: ‘Si no tengo lomo, tocino como’.

Para llegar a esa conclusión, el equipo de investigación elaboró un método que no dejaba hueco por explorar. El psicólogo clínico y el psiquiatra se encargaron del estudio de la personalidad y de las características psicopatológicas del examinado. El internista-endocrinólogo, del examen ORIENTACIONES revista de homosexualidades

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somático y “la exploración minuciosa de los órganos genitales y porción terminal del recto, donde con frecuencia se exhiben los más evidentes signos delatores de prácticas homosexuales”. Cada individuo era entrevistado y estudiado aisladamente por cada uno de los tres componentes del equipo. De los 200 conejillos de Indias, sólo dos tenían estudios universitarios. Aunque la mayoría estaban encarcelados por casos de robo, hurto o estafa, 21 no habían cometido más delito que su orientación sexual y su internamiento se debía a la aplicación de la Ley de Vagos y Maleantes. En las entrevistas se les interrogaba minuciosamente sobre las prácticas sexuales específicas que llevaban a cabo, que en su mayoría se referían al “acto incalificable en que los labios de un hombre se encuentran en contacto con lo que su amigo debiera guardar y reservar para las mujeres”. Finalmente se les sometía a una serie de pruebas psicológicas. Las conclusiones del estudio fueron, sin embargo, pobres para tanto test. Los médicos concluyen que la mejor terapia para la homosexualidad era “el trabajo metódico y sistemático que hoy se realiza en casi todos los establecimientos penitenciarios”. Es decir, anular el deseo por agotamiento. Terapia que se completaba con otra igualmente burda: “la verdadera y eficaz profilaxis de la homosexualidad en los centros penitenciarios se basa principalmente en el aislamiento y la vigilancia rigurosa de los internos”. El mismo año en que se publicó este análisis de la personalidad y la conducta de los homosexuales, se sustituyó la Ley de Vagos y Maleantes por la de Peligrosidad y Rehabilitación Social. Al igual que la anterior, esta norma castigaba las prácticas homosexuales y enviaba a las cárceles a los infractores, con penas de entre cuatro meses y tres años, dependiendo de su capacidad de rehabilitación. También los sentenciados por esta ley procedían, por norma general, de los estratos más modestos de la sociedad. Lo que cambió fue su destino, pues la mayoría de los condenados por los titulares de los juzgados de Peligrosidad Social fueron destinados a cumplir la pena a dos cárceles que se especializaron en la tarea de rehabilitar a los homosexuales: Badajoz y Huelva. De ellas salieron también cobayas para un nuevo estudio de la homosexualidad a cargo de otro médico de la prisión 108

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de Carabanchel, Alberto García Valdés, cuya tesis doctoral, publicada en 1981, se titulaba Historia y presente de la homosexualidad. Aunque para esa fecha, el galeno concluía que la homosexualidad no era “una entidad patológica en sí misma”, no se privó de usar a los reclusos para su trabajo universitario, que había comenzado en 1975, en pleno vigor de la Ley de Peligrosidad Social. De sus 176 cobayas, 72 procedían de la cárcel de Carabanchel; 38, de la Modelo de Barcelona; 15, de la prisión provincial de Huelva; 25, de la de Badajoz y el resto de las de Guadalajara y Las Palmas. Para el estudio, se les tallaba y pesaba, se efectuaba un análisis de esperma y se medía la testosterona plasmática. Además, se les fotografiaba “cuando el sujeto era un transexual o presentaba alguna característica de interés”. Cuarenta y siete de esas fotografías acompañan la edición del libro y es imposible saber qué característica de interés pueden tener los retratados, salvo el estigma.

Cárceles especializadas La visita de Alberto García Valdés a la prisión sólo precedió en unos meses a la que hizo, en su caso involuntariamente, uno de los reclusos homosexuales que más quebraderos de cabeza iba a provocar dos décadas más tarde: Antonio Ruiz. Encarcelado a los 17 años en Badajoz por “homosexual”, según consta en su ficha policial y la orden de internamiento del juzgado, Ruiz emprendió en 1995 una campaña para la rehabilitación de los homosexuales encarcelados, que ha ido cobrando fuerza y apoyos y ha devuelto dignidad a un colectivo olvidado por la Transición en España. Su caso es paradigmático de la irracionalidad del franquismo ante el fenómeno homosexual. Cuando estaba a punto de cumplir los 18 años, el joven confesó a su madre, viuda, su orientación sexual en un impulso adolescente por ser reconocido y admitido tal como era. Desbordada por la noticia, la madre puso en conocimiento de sus familiares el hecho y éste llegó a oídas de una monja conocida que acudió a la policía, pues temía que el muchacho pervirtiera a sus hermanos. A partir de ese momento, Antonio Ruiz vivió una pesadilla: dos agentes de paisano se presentaron en su casa para detenerle y durante tres días fue interrogado en la comisaría para averiguar a quién conocía que compartiera ORIENTACIONES revista de homosexualidades

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su identidad sexual. Al tercer día fue llevado ante la presencia de un juez de Peligrosidad Social, que le afeó su identidad sexual y le aseguró que le iba a mandar a un colegio donde le iban a cambiar. El colegio resultó ser la prisión de Badajoz, donde estuvo los siguientes tres meses. Era 1976. Franco había muerto, pero las protestas sociales para la democratización del país olvidaron a un colectivo cuya dignidad no se atrevía a reivindicar ningún partido político. Antonio Ruiz salió de la prisión en junio, meses antes de que las cárceles españolas vivieran una oleada de motines en demanda de amnistía. En Badajoz, los reclusos se subieron al tejado a imitación de los amotinados en Madrid. Con una excepción: los presos homosexuales. Sólo uno de los internos gays se sumó a la protesta. Los demás se mantuvieron al margen y la dirección del establecimiento les recompensó con 15 días de redención de la pena. Como en otras prisiones, en Badajoz se trabajaba. El taller del establecimiento confeccionaba balones de fútbol para una empresa local. Cuando ésta retiró los pedidos, otra firma, dedicada a la confección de flores artificiales, la sustituyó como fuente de empleo para los reclusos. A Badajoz iban los homosexuales calificados de “activos”. Sin embargo, las Actas de la Junta de Régimen de la prisión (el organismo rector, integrado por el director, el subdirector, el sacerdote, el maestro y el médico) reflejan casos en los que internos transferidos desde Huelva por comportarse como homosexuales “activos” eran sorprendidos manteniendo relaciones sexuales como “pasivos”. La cárcel de Huelva fue, probablemente, el experimento celtibérico más extravagante y surrealista a la hora de crear un centro de internamiento para homosexuales. Construida durante la dictadura de Primo de Rivera, Huelva era un centro pequeño, especializado en delitos relacionados con el contrabando y con un alto porcentaje de reclusos portugueses, por su situación fronteriza. A finales de los años 60 empezó a ser centro de recepción de homosexuales, y en los 70, éstos eran su especialidad, aunque también había delincuentes comunes y reclusos en tránsito a otros centros4. Tan emblemática fue Huelva en el mundo gay de los años 70, que los protagonistas de las historietas de Nazario5 la mencionan como una especie de espada de Damocles que pendía sobre el colectivo homosexual de Barcelona. Como en casos anteriores, varios ex presos de Huelva han aportado testimonios orales sobre su experiencia en la 110

4 Para una visión más completa de la cárcel de Huelva, véase el capítulo VIII (“Huelva, la cárcel fantasma”) de mi libro Redada de violetas. La represión de los homosexuales durante el franquismo (2003, 189).

5 Cfr. San Nazario y las pirañas incorruptas. Obra completa de Nazario de 1970 a 1980 (2001).

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6 Cfr. Modificación de la Ley de Peligrosidad Social y su Reglamento (1978).

7 Véase en el Anexo documental que acompaña este monográfico el Manifiesto de la Asociación de Ex Presos Sociales de España, firmado por Juan Curbelo Orama, Silvia Reyes Plata, Antonio Gutiérrez Dorado, F. Oliver Tenedor, Trinidad Martín Castillo, Emilio Sánchez Moreno y Antoni Ruiz y Sáiz.

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prisión, en la que se consentían, cuando no fomentaban, los mismos comportamientos por los que se ingresaba a sus internos. La colaboración con los funcionarios, siempre pocos en relación con el número de presos, merecía privilegios especiales, como el permiso para decorar las celdas de forma personalizada, tener y llevar ropa interior de mujer y maquillarse. Por la noche, incluso se celebraban fiestas en el dormitorio colectivo en el que los presos se travestían e improvisaban escenarios con las mantas y las sábanas para imitar a las cantantes folclóricas del momento. La principal obsesión de los funcionarios era evitar las parejas y los castigos eran duros cuando se descubría a dos internos haciendo el amor o enviándose correspondencia romántica. Como hemos visto antes, también aquí, para los reclusos, la única posibilidad de escapar al acoso, la humillación, las palizas o las violaciones por parte de los presos “duros” era aceptar la protección de uno de ellos. En 1978, coincidiendo con los debates sobre la Constitución y a instancias del Partido Comunista, el PSOE y la UCD aceptaron defender una modificación de la Ley de Peligrosidad Social que eliminara la homosexualidad como conducta delictiva6. La ley se enmendó a finales de ese mismo año y desde enero de 1979 no hubo homosexuales encarcelados por su orientación sexual, aunque las memorias de Instituciones Penitenciarias mantuvieron durante varios años la casilla “homosexual peligroso” para la clasificación de los presos por el delito cometido. Esto se debe probablemente al retraso en la confección de las Memorias y a que los presos condenados por delitos comunes, como robo o estafa, eran enviados a Huelva o Badajoz si se les clasificaba como homosexuales. A la hora de elaborar las Memorias, la casilla de “homosexual peligroso” se mantuvo en los impresos, aunque hubiera desaparecido el “delito” y los funcionarios encargados de hacer la estadística siguieron usándolo por rutina unos años más. En febrero pasado, siete ex presos homosexuales o transexuales encarcelados por la Ley de Vagos y Maleantes o por la de Peligrosidad Social han anunciado en Madrid la creación de la Asociación de Ex Presos Sociales de España, para luchar por la rehabilitación moral y económica de su colectivo7. Juan Curbelo ya ha conseguido que el Gobierno de Canarias le conceda una indemnización por ese motivo. Ahora tiene la palabra el Gobierno central.

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Bibliografía AA.VV. (1969) “Normas para los establecimientos de pervertidos sexuales”, en Revista de Estudios Penitenciarios (nº 187, año XXV, octubrediciembre). Carreras Portillo, Alfredo (1970) “Sexualidad y delincuencia”, en Revista de Estudios Penitenciarios (año XXVI, nº 190, julio-septiembre), Madrid. Chamorro Gundin, Fernando (1970) Resultados obtenidos con técnicas proyectivas en una muestra de 200 delincuentes homosexuales españoles, Madrid, Dirección General de Instituciones Penitenciarias. Fuentes, Pablo (2001) “Autoridad y desviación sexual en la España franquista”, en Gesto (nº 1, octubre). García Valdés, Alberto (1981) Historia y presente de la homosexualidad. Análisis crítico de un fenómeno conflictivo, Madrid, Akal. Garrido Guzmán, Luis (1976) Compendio de Ciencia Penitenciaria , Valencia, Universidad de Valencia. López Linaje, Javier (ed.) (1977) Grupos marginados y peligrosidad social, Madrid, Campo Abierto. Nazario (2001) San Nazario y las pirañas incorruptas. Obra completa de Nazario de 1970 a 1980, Barcelona, La Cúpula. Sabater, Antonio (1962) Gamberros, homosexuales, vagos y maleantes (Estudio jurídico-sociológico) , Barcelona, Editorial Hispano Europea.

Archivos Archivo del Congreso de los Diputados: Modificación de la Ley de Vagos y Maleantes (1954). Serie general, legajo 1.111; Número 5.

Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social (1970) Serie general, legajo 1.130; Número 3. Modificación de la Ley de Peligrosidad Social y su Reglamento (1978) Serie general, legajo 1.143; Número 7. Biblioteca General de Instituciones Penitenciarias Memorias de los años 1955, 1956, 1957, 1958, 1959, 1960, 1961, 1962, 1963, 1964, 1965, 1966, 1967, 1973, 1974, 1975, 1976, 1977, 1978, 1979, 1980, 1981, 1982.

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De la escritura tardía de la historia Conversación a partir de dos libros recientes Antoni Mora y Fernando Sánchez Amillategui

1 Armand de Fluvià, El moviment gai a la clandestinitat del franquisme (1970-1975), Barcelona, Laertes, 2003.

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– ¡Veintiocho años de espera! Resulta curioso que nos quieran vender que vivimos en el mundo de lo vertiginoso y lo instantáneo, donde todo se sucede a velocidad de escándalo. Parece, en cambio, que esta regla no valga para lo histórico, o por lo menos para cierta historia, para la que incomoda a muchos y duele a unos pocos. ¿Cómo te explicas que hayan pasado casi treinta años entre la muerte del dictador y la aparición de estos dos primeros libros sobre la represión de los homosexuales bajo el franquismo? – Pues no sé qué decirte. A lo mejor vale la pena que hablemos de ellos. ¿Querrías describirme el libro de Fluviá, tú que te lo has leído? –Con mucho gusto. El título acota con claridad el tema y el marco temporal –el movimiento gai bajo el franquismo, de 1970 a 1975–, pero no tarda nada en despistarse de ambos, tema y marco1. Contiene cuatro partes bien diferenciadas, todas ellas con la común tendencia a la acumulación de datos y referencias. La primera parte, que ya empieza por abrir el tope temporal del título (aquí se trata del período 1950-1970), es una sucesión de breves apartados hechos a base de 1) recortes de prensa, 2) referencias a entradas como ‘homosexualidad’, ‘inversión’, ‘pederasta’, etc., de enciclopedias y diccionarios de la época, 3) relaciones casi sin comentario de libros y películas de temática gai y 4) una lista sin ningún tipo de dato más que los números de los casos y años de las sentencias del Tribunal Supremo relativas a homosexualidad (aquí aún se amplía el marco temporal: 1947 a 1975). A todo ello se añaden un par de páginas en las que se ofrece una lista que rememora sitios de encuentro y ligue de la ciudad de Barcelona (se trata de otro listado: nombres de establecimientos, calle y número). La segunda parte tiene una dimensión más rememorativa: el activista que fue –y que sigue siendo– Armand de Fluvià explica con datos y fechas la creación del Movimiento Español de Liberación 113


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Homosexual (MELH, 1971) y su boletín informativo, llamado AGHOIS (Agrupación Homófila para la Integración Social, 1972). La cosa, que nació como reacción a la promulgación de la Ley de Peligrosidad Social (1970), no llegó muy lejos, y Fluvià explica muy bien el motivo: la policía les seguía de cerca y la militancia era muy escasa. Pero el autor no se abstiene de llamar a eso “gestación”, “primeros pasos” y “constitución” del “movimiento gai” en España. La tercera parte, que en número de páginas constituye el grueso del libro, contiene 35 entrevistas a otras tantas personas, gais o no, que vivieron aquellos años del título –o no, pues algunos de los entrevistados llegaron más tarde. El cuestionario no es exactamente el mismo para todos y bastantes de los entrevistados no son muy conocidos para el común de los lectores. Una cuarta parte se presenta como un apéndice documental en el que el autor reproduce distintos materiales, desde cartas que escribió o que recibió, siempre en relación con la situación de los homosexuales bajo el franquismo, a textos de intervenciones públicas, como el informe que leyó en Sheffield, en la conferencia anual de la CHE (Campaign for Homosexual Equality), en 1975. Eso es todo. – ¡Caramba! ¿Sabes qué me viene en mente al escucharte? Con el debido respeto, y esperando que nuestro señor activista no sea supersticioso, te diré que me recuerda a lo que suele ser un libro póstumo. ¿Tienes presente cuando alguien de cierto renombre se muere de repente, y su viudo, o sus discípulos, recogen sus papeles desperdigados, como todos los tenemos, les dan un mínimo de orden, y venga, pim pam pum, a publicar un libro? Pero no quiero distraerme; te describo yo el libro del Dr. Arnalte2. Voy a decir las cosas buenas enseguida. Es evidente que se propone llegar a un público lo más vasto posible, gayo o no gayo, de los que tienen un cierto interés por la historia, especialmente si les toca de refilón su vida, pero que no quieren bregar con manuales académicos. Eso se nota en cada página de la narración, y se advierte particularmente en los títulos, desde el mismo de Redada de violetas, hasta los de las secciones, pasando por los capítulos. Están redactados como reclamos, casi siempre en un tono coloquial, guiñándole un ojo al lector, añadiendo de cuando en cuando una pincelada cultista para recordarte que estás leyendo un libro que aspira a estar en las estanterías de los de historia. La otra virtud declarada la comparte con nuestro buen Fluviá. Tantear un territorio inexplorado, como hacen ambos 114

2 Arturo Arnalte,, Redada de violetas. La represión de los homosexuales durante el franquismo, Madrid, Editorial Esfera de los Libros, 2003.

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3 A. Arnalte, op.cit., pp. 151-165.

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con estas publicaciones, siempre es meritorio. Es de justicia reconocérselo. Aparte de estos dos puntos fuertes, ¿qué contarte del libro? Está escrito más en el tono del testimonio-reportaje, muy apoyado por anécdotas humanas, que no utilizando los habituales registros académicos. Recupera, distribuyéndolo aquí y allá para ilustración del público común, nociones del gayo saber más general. Pone mucho énfasis en las cárceles y centros de internamiento, tanto en las habituales como en las que parece ser estaban más específicamente destinadas a castigar amariconamientos antipatrióticos. También dedica esfuerzo a transmitir el mensaje de que había, dentro de la persecución homófoba, una marcada estratificación social, de manera que el impacto de la represión era mucho más poderoso sobre las clases populares. Habla de las plumas que se perdían en el victorioso ejército nacional, repleto de tentadores soldaditos crocantes, como todos los ejércitos. Cuenta algo de la vida cultural, describiendo cómo se camuflaba el homoerotismo para escapar a la censura. Recoge historias dolorosas, lacerantes, de algunas víctimas. Cita alguna que otra fuente documental ortodoxa; por ejemplo, cuando resume el debate de 1970 en las Cortes franquistas sobre la Ley de Peligrosidad Social. Te recomiendo esa sección3. Y, llegando al final de la dictadura, te pone delante unos cuantos ejemplos de prensa, otros de cine, y unas noticias, sin mucha conexión, y ya está. ¡Ah!, se me olvidaba. Algo de mensaje político debe haber en todo ello, porque el libro lo prologan y epilogan dos políticos gayos. ¿Adivinas quiénes? – ¿Jordi Pujol y Eduardo Zaplana? – Frío, frío. ¡Vamos, hombre, pero si ni siquiera son gayos! – ¿No? – No, los tiros van por la que era entonces, te hablo del lejano noviembre de 2003, oposición socialista … Pero no anticiparé ahora mis ideas al respecto, que nos queda mucho camino. ¿Qué te parece? Qué dos libros más distintos, ¿no? – Realmente. Pero en ambos casos se trata de tanteos. Otra cosa es si tiene sentido estar tanteando al cabo de tanto tiempo. En el caso del libro de Fluvià, es evidente que hay una irresoluble confusión de historia y testimonio; en el de Arnalte, por lo que me dices, de historia y narración (y aún periodismo, quiera decir lo que sea esta palabra en este contexto). El libro de Fluvià, a pesar de las características que te digo – acumulación de datos y referencias– no abandona casi ni por un momento el nosotros desde el que habla. En este sentido, 115


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se percibe la intención, y acaso la necesidad, de escribir un testimonio y el hecho evidente de no llegar a hacerlo. Pero tampoco compone un libro de historia. ¿Qué sale de la confusión entre historia y testimonio –y aún narración y periodismo en el otro caso? Seguro que no sale ni un libro de historia ni un testimonio –ni una narración ni un texto periodístico. No sé, pero en ciertos momentos parece como si se escribiera sobre esto con tics propios de los momentos de la dictadura. Como si hiciera falta escribir sobre ello con urgencias y con subterfugios, todo ello mezclado con un sentido militante de fondo (pero una militancia acaso no muy bien entendida, pues ésta o se guía por la eficacia de sus resultados o no va muy lejos). O sea, en ambos casos se da el hecho curioso de tratarse de aportaciones tardías con características primerizas. Como si la dictadura estuviera todavía a la vuelta de la esquina.

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– ¿Determina urgencias y subterfugios, en tu opinión, el temor del inminente llamado de la policía política? Nuestros libros dan para mucho, no sólo por lo dicho, sino por lo callado. Quizás este atractivo debate trate esencialmente sobre el conflicto entre lo totalitario, encarnado en las prácticas de un estado, de todo el estado, tal como lo forjaran el tío Paquito y sus secuaces, y lo individual, lo inconforme, ejemplificado en este caso por las personas homosexuales. Si valiese esta hipótesis mía, la discusión tendría un valor más general. Trascendería el caso de las dictaduras; si bien no todo estado sea totalitario, todo estado sí alberga realidades totalitarias, aunque sólo sea el weberiano monopolio de la violencia legalizada. Y trascendería también la sola persecución homofóbica, y valdría como reflexión sobre cualquier ataque a la diferencia, cualquiera que ésa sea. Por supuesto, tampoco se reduciría a una mera discusión histórica. Desde los años treinta del siglo pasado las ciencias del hombre están caracterizando sistemáticamente los rasgos de lo que podríamos llamar … ¿personalidad autoritaria?, ¿pensamiento autoritario?, ¿visión de la vida autoritaria? Durante los años setenta y ochenta, los estudios gayos y lesbianos han comenzado a analizar las relaciones intrínsecas entre personalidad autoritaria y homofobia. Si aceptásemos este encuadramiento general, extraeríamos al menos dos consecuencias: por una parte, veríamos claramente justificada la pertinencia de un estudio como el que esboza la narración del Dr. Arnalte; por otra parte, qué duda cabe, este mismo estudio se encontraría frente a difíciles y elevadas exigencias. – De lo que se sigue que el autoritarismo “trabaja” mucho más allá de sus marcas más evidentes. Y eso nos toca hoy, aquí y ahora: el autoritarismo también se hereda. Deja restos. Y estos restos están en nosotros mismos. – ¡Y cómo! Para verlos en nuestro presente, basta con leer alguna prensa. – Por ejemplo. Y para actuar de verdad contra esa herencia precisamente habría que haber empezado por recoger el testimonio de los que vivieron todo aquello desde los primeros y peores momentos. Y luego, o paralelamente, escribir su historia. Lo que ocurre con los dos casos que nos ocupan –y con todo lo relativo con la represión de la homosexualidad bajo el franquismo– es que ni ha habido testimonios de los que vivieron aquello ORIENTACIONES revista de homosexualidades

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ni apenas se ha empezado a escribir su historia. Y encima, ahora se empiezan a hacer ambas cosas con una evidente tendencia a la confusión. – Aquí se lanzan a la aventura de escribir historia con sabor a fresa dos personas con biografías y aspiraciones muy distintas. Las mismas portadas lo declaran. Fluviá, en el Nueva York del 75, se fotografía mostrando de forma bastante poco reivindicativa el blasón de cartón manuscrito con el que aspira al equivalente de la grandeza de España, versión maricona, declarándonos joseantonianamente presentes. – Visto así, da un poco de apuro, sí. Te voy a leer una frase suya, de la introducción del libro: “Da la casualidad – y eso no lo puedo cambiar– de que fui yo, junto con el amigo, ya fallecido, Francesc Francino i Prunés, quien inició el Movimiento Gai en Cataluña y en el Estado español y me creo con el derecho moral de dar testimonio de los cinco años vividos en la clandestinidad del régimen franquista”4. No quiero poner eso en cuestión, en el sentido de negar el activismo de Fluvià en los momentos más difíciles, todo lo contrario. Pero sí insistir en que ahí queda puesta en evidencia esa contradicción que digo, entre historiar y testimoniar, quedando autoimposibilitadas ambas cosas. Y luego está esta seguridad de haber fundado algo… – Seguridad uterina, tal como la pintas; no hay quien la apee de la certeza de haber parido. Nos quiere adoptar a todos de golpe; aspira a ser un poco nuestro padre y mucho nuestra madre. ¡Qué fenómeno! Pero yo me estaba ensimismando con las portadas. El Dr. Arnalte pone más distancia, y más refinamiento: muestra una foto sepia de dos de sus violetas, ¡anónimas! Sin ojos, sin mirada. Su propósito va por otro derrotero: es el de encarnar con su trabajo los ojos de estos chicos –probablemente ya muertos, quién sabe–, y también los nuestros propios. Se postula, tan amigable como decididamente, como cronista oficial de la opresión, buscando palabra a palabra la empatía del lector. Pero a mí me incomoda no poco que otros sustituyan mi mirada, aunque la sepa miope. – Cada portada parece una declaración de intenciones, más allá de lo que pretenderían sus autores. Resultan poco menos que un par de actos fallidos. Pero creo que el libro que has leído tú tiene más recovecos, es más “libro”, está más elaborado. Y no has terminado su descripción, además de no haber entrado aún en la crítica propiamente dicha. 118

4 A. de Fluvià, op.cit., p. 12. Traduzco del original catalán.

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5 Alberto García Valdés, Historia y presente de la homosexualidad : análisis crítico de un fenómeno conflictivo, Madrid, Akal, 1981 (Fue tesis doctoral defendida en la Universidad Complutense en junio de 1980).

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– ¿Actos fallidos, dices? No sé si me convences; aunque les veo un cierto carácter onírico; creo hay en ellas algo de estrategia consciente, de toma de posición. Pero concuerdo con tu siguiente juicio; Redada de violetas es más libro, y por si no lo hubiera dicho, conste que le veo oficio. ¿Crítica dices? Centro mi insatisfacción, primero, en los aspectos formales: la documentación de las aseveraciones no está clara –brillan por su ausencia las notas, por ejemplo, que aclarasen las fuentes–, y al libro quizás le sobren títulos y le falte estructura. Seguramente habría sido posible encontrar un punto de equilibrio que satisficiera mejor ambos intereses simultáneos, de accesibilidad para la persona lectora, y de rigor académico y documental para la investigadora. A continuación, en lo sustancial, me deja frío el excesivo énfasis sobre lo penitenciario (capítulos IV, VII y VIII). Me parece, a un veintenio de distancia, un error metodológico que recuerda al que en su día cometiera Alberto García Valdés 5 , tomando la parte oprimida, aprisionada, por el todo cotidiano, global. Desde este énfasis carcelógrafo, quizás se escape de proporción lo más preocupante, que es la represión que existía fuera de las instituciones penitenciarias. – Es como proseguir con una extraña dependencia con el franquismo. Sin duda que sin querer… – Todo el mundo concuerda en que si la grisura de Franco se distinguía por algo, era por ser protogallega. Especialista en nadar entre dos aguas. ¿Le interesaba al franquismo que hubiera decenas de miles de presos homosexuales, por decir un número? Evidentemente, no. Era mucho más eficiente enchironar a unos pocos cientos de desgraciados, a los que les había caído esa inicua putada en suerte cruel, y con ése y tantas otras señales de un poder ominoso, arbitrario, omnímodo, mantener a muchos millones de personas, gayas y no gayas, amedrentadas, des-ciudadanizadas. Por supuesto, la imagen del gulag ha cobrado una fuerza icónica tal, que se hace indispensable en cualquier tratamiento contemporáneo de la represión. Pero me pregunto, ¿esta excesiva atención a lo evidente no nos hará perder de vista elementos esenciales más sutiles y relevantes? Dicho brutalmente: aunque no hubiera alambres de espino tendidos groseramente alrededor de nuestras instituciones, de nuestras casas, ¿es que no los había en torno a nuestras vidas? Con esta pregunta no 119


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pretendo, por supuesto, cuestionar revisionistamente la realidad de esos deleznables focos de represión en Huelva, Badajoz, Canarias, ni mucho menos menospreciar el sufrimiento de las personas que tuvieron la desgracia de pasar por sus engranajes. Debemos rendir honor a su experiencia, a su testimonio, porque la infamia que quisieron verter sobre sus cabezas se ha vuelto total e íntegramente sobre sus verdugos. Tampoco se me oculta que estos vergonzosos centros eran, qué duda cabe, el telón de fondo que angustiaba a muchas personas, porque representaba el pozo de odio donde un paso desdichado –simplemente encontrarse en el lugar equivocado, en el momento inapropiado– podía precipitarnos. – Lo cuenta Fluviá, la anécdota de la redada en el Café Laso, de Barcelona, al que tuvo la fortuna de llegar unos minutos después de pasar la policía por ahí. – El Dr. Arnalte cita ese mismo pasaje de Fluviá6, de hecho. Anécdotas aparte, a mi juicio merecen igual o mayor atención historiográfica otras modalidades represivas características del franquismo, de carácter no penitenciario, que han impregnado de homofobia el discurso cotidiano español. Porque aún hoy siguen teniendo influencia en nuestra convivencia. Con todo lo horrible que es el gulag, es relativamente fácil, cuando las condiciones históricas son propicias, cerrarlo, demolerlo, o incluso mejor aún, erigirlo en monumento simultáneo e inseparable de homenaje a las víctimas y de denuncia de los infames. Mucho más difícil es cambiar una conciencia colectiva, un discurso social, unos códigos comunicativos y lingüísticos. Sostengo que en esas espinas inmateriales se han enganchado y desgarrado muchas vidas homosexuales, con un sufrimiento tan intenso como difícil de evaluar. Me hubiera gustado ver al Dr. Arnalte explorar mejor el campo de lo cotidiano; aunque usa testimonios periodísticos y culturales de varios géneros, deja inconclusa la formulación de un análisis global de este otro gulag tan inmaterial como terrible. – Fluviá, que a fin de cuentas es genealogista de profesión, podría haber urdido un libro riguroso y vertebrado, y no esa parece que precipitada amalgama, toda ella marcada por un inoportuno tono de provisionalidad. Es un libro que se presenta crudo, sin apenas haber sido cocinado. Una vez renunciado a hacer 120

6 A. Arnalte, op. cit., p. 271.

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lo que claramente promete el título, quedaba la posibilidad de ensayar un texto autobiográfico. El ambiente no anda sobrado de ellos, y no cabe duda de que Fluvià tiene la memoria de todo aquello por haberlo vivido en primera línea. De nuevo se trata de la cuestión del testimonio, que, si no lo escriben sus protagonistas, sencillamente se perderá. Los datos puros y duros más o menos los podrá reconstruir un historiador, pero no así su vivencia. Dentro de unos años costará mucho entender el sentido profundo de todo aquello que sucedió. Y otra cosa es que en el desajuste entre lo histórico y lo testimonial se cuela como algo indiscutible eso tan dudoso como el movimiento gay, catalán o español. No estoy seguro de que nunca haya existido eso, en su pleno sentido, como lo ha habido en otros países, y que en España sólo fue un remoto eco. – Concuerdo, en España nos falta todavía nuestro Paul Monette, aunque algún intento lo haya habido. Y veo que a tu juicio también ha faltado movimiento gay. ¿A qué lo atribuyes? – Al sencillo hecho de haber faltado “movimiento”, ni más ni menos, pues lo primero que cabe esperar de un movimiento es que se mueva. El libro de Fluvià, si algo deja muy claro –y documenta implacablemente– es que, al menos en el período que pretende historiar, no hubo capacidad de convocatoria, ni de compromiso, ni de eco, ni de vertebración de casi nada. Hubo intentos por parte de unos pocos que se la jugaron, y el resto lo (des)hizo el miedo: a la policía, sí, pero también a la familia, al hecho de verse delatado públicamente, etc. Lo cual es muy comprensible, muy respetable, pero no justifica, sino todo lo contrario, ponerse a hablar de lo que no hubo. El libro explica cómo fracasaron aquellos primeros grupúsculos, que no lograron iniciar un movimiento, sino sólo un tan voluntarista como quebradizo asociacionismo que mantenía contactos con el movimiento –ése sí– internacional. Y es el libro quien “demuestra” eso, con los mismos datos que aporta, aunque a ratos el autor pretenda afirmar exactamente lo contrario. El mismo nombre ‘Movimiento Español de Liberación Homosexual’ –de 1971– suponía una loable declaración de intenciones, pero no pasó de ser un pequeño grupo, por lo que te he dicho. Digamos que hay ahí una confusión fundacional. – Debe ser desasosegante intentar tejer una historia épica con recuerdos de escaramuzas. Cambiando lo que ORIENTACIONES revista de homosexualidades

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ha de ser cambiado, algo de eso le pasa al Dr. Arnalte cuando busca evidencia histórica de una represión extendida, y encuentra pocos cientos de casos. Los números son difíciles de utilizar en la historia, y más aún en la historia de la represión. Creo imprescindible reafirmarnos, una vez más, ante las tentaciones revisionistas y pseudofuncionales de cuantificar el sufrimiento, en que la represión y la infamia no se miden por su cuota de mercado, sino por su negrura moral. – Es eso: las cuantificaciones son importantes en las ciencias sociales, pero no por sí solas. Hay que significarlas. Mirándolo bien, el libro de Fluvià no padece el problema de los números, pues los soslaya completamente. Sólo explica parcialmente por qué no pudo cuajar un movimiento gai en España –por la efectiva represión franquista y por la soledad de unos pocos corredores de fondo. Creo que nos podemos ir dando cuenta de que una característica que es común a ambos autores es la de querer trascender el libro histórico, con estrategias distintas. – Hay que reconocerles dificultades historiográficas concretas, especialmente al Dr. Arnalte, quien por razón de su edad guarda menos vivencias directas del franquismo. Valdría la pena hablar de lo que significa reconstruir el pasado reciente, enfrentarse con archivos cerrados, con testigos reticentes… y con una inevitable ausencia de perspectiva. Aun así, ¿no tienes la impresión de que haya mejores instrumentos para tratar estas cuestiones? Y concretamente, ¿no cuenta un historiador gayo con visiones más sutiles, más penetrantes, para desenterrar claves de homofobia más encubiertas, a la postre quizás más peligrosas? – Sin duda que sí. El caso es que el mismo Fluvià hace una pública presentación –en su libro– de un archivo personal que ha ido confeccionando a lo largo de muchos años, a base de una paciente y tenaz recolección de libros en varias lenguas, recortes de prensa, sentencias judiciales y documentación varia, de lo que el libro es un pequeño reflejo. Queda dicho ahí que en el futuro ese material se podrá consultar en Barcelona, en el Arxiu Nacional de Catalunya. Es de esperar que en su momento lo consulten los historiadores y se pronuncien acerca de lo que haya. De momento, tenemos a la vista… lo que tenemos. – Historiando en el presente, coinciden ambos autores en considerar trascendente la discusión de la Ley de 122

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Peligrosidad Social , en las Cortes franquistas de 1970. Como ya te he dicho, ésta es una de las secciones que me parecen más notables del libro, entre otras cosas porque da claves para comprender cómo y por qué la homofobia institucionalizada sobreviviera a la dictadura. La Ley de Peligrosidad Social representa un endurecimiento tardío, que paradójicamente coincide en el tiempo con lo que muchos observadores doctos o populares (como el serial televisivo Cuéntame ) identifican con un relativo reblandecimiento de la dictadura. ¿Por qué ocurre? De alguna manera, el estado franquista se sabe en crisis, y no sólo por el 68; debía ser muy duro contemplar la exuberante prosperidad comparativa de las democracias judeomasónicas, criaturuchas feminizadas en el imaginario

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autoritario. Date cuenta de que otras dictaduras han podido mantener la ilusión de omnipotencia sólo cerrando obsesivamente sus fronteras. Pero las condiciones económicas, inmisericordes, dejaban poca elección, y tocaba, por pura cuestión de pelas, aceptar la doble afrenta de emigrar en grandes números a poblar sus fábricas y lustrar sus zapatos, y de acoger tolerantes sus farras veraniegas por los bordes más húmedos de la piel de toro. Lo que el Dr. Arnalte llama “el cáncer de Torremolinos” en la primera sección de su primer capítulo. Esta doble pasividad debió herir profundamente el orgullo viril del machito yugoflechado; ¿que la Ley de 1970 fuera una reacción despechada para afirmarse, a pesar de los pesares, como sociedad muy macha? – Qué franquistas seguimos siendo. De esa tendencia a la suavización del recuerdo de la dictadura tú citas oportunamente una ficción de la televisión, a la que yo añadiría una novela de mucho éxito, después película: Soldados de Salamina . Se está produciendo un fenómeno de congraciamiento con un pasado que fue infame. Y así se explican muchas cosas, del pasado y del presente. – Y que lo digas. El mito de la “dictablanda” conforta los cerriles instintos de unos, y oculta la vergüenza de otros, ante la indiscutible realidad de que el tirano supo morírsenos en la cama, dejando bien atados más cabos de lo que a simple vista parezca. ¡Y pensar que hay una España que sigue creyéndose superior a Portugal, donde tuvieron los santos cojones de salir a la calle una mañana de abril y poner a su propio enanito furibundo en un avión rumbo al olvido! Repito, hay en nuestro presente una continuidad social e institucional de la dictadura mucho mayor de la que creeríamos. Presumimos tanto del modélico cambio que resulta difícil creérselo. Homofóbicamente hablando, ha habido una neta conexión entre las políticas oficiales de hace cuarenta años y las que enseñaban la patita, hasta el mes de marzo pasado, bajo los modales tensos y autoritarios del poder. Recientes exabruptos oídos en el Parlamento dan triste fe de ello7. Y esta tardía escritura de la historia, que estamos comentando, ¿qué no es sino un testimonio más de la larga sombra de algunas pequeñas estaturas? – En cierta medida, es la homofobia que nuestros autores no acaban de describir, y que ha llegado hasta nuestros días. – Traigo a colación la responsabilidad de los agentes políticos, que describe bien el Dr. Arnalte, al narrar las actitudes 124

7 Diario de Sesiones del Congreso de los Diputados, Año 2003, VII Legislatura, Número 265, página 13.806. Acta de la sesión plenaria nº 256, celebrada el 30 de junio de 2003. Fragmento de la intervención de D. Gaspar Llamazares Trigo: “Además, abanderan una cruzada contra las libertades personales y los derechos civiles, que explica su homofobia y su rechazo contra los que han elegido otros modelos de relación afectiva o familiar. Utilizan electoralmente la inmigración y su demagogia sufre... (Un señor diputado: Maricón.) Sí, sí, he oído la palabra perfectamente. Homosexuales.” (Rumores.) La señora PRESIDENTA: “Señor Murcia, le llamo al orden”. El autor de la tentativa de insulto, identificado por la Presidencia, es Francisco Vicente Murcia Barceló, diputado del Grupo Popular elegido en la circunscripción de Alicante, nacido el 27 de octubre de 1949 en Segovia (www.congreso.es).

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8 A. Arnalte, op. cit., pp. 240-243.

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que mostraron los diferentes partidos de la transición ante las cuestiones éticas despertadas por la necesaria derogación de la Ley de Peligrosidad Social, ya en 19778. Se lee entre líneas claramente quién es nuestro amigo sincero, quién nuestro amigo interesado, y quién nuestro enemigo; así como suena. La homofobia duerme, por activa o por pasiva, dentro de todas las posiciones políticas, o en casi todas. Me parece insostenible postular que haya correlación entre ideologías, en el sentido del siglo pasado, y grado de homofobia. De este mi escepticismo se seguiría, como corolario, pensar que haya autoritarismo en todas las ideologías. Volviendo a lo nuestro, no considero que haya divisoria política alguna que permita separar con limpieza actitudes homófilas de homófobas. Y hablando de responsabilidad, ¿qué te parece la cuestión de la responsabilidad moral del régimen, que ambos omiten casi completamente? Porque pedir para las tres cárceles una placa de recuerdo a los homosexuales reprimidos, como lo hace la última línea del Dr. Arnalte, no me parece suficiente. Citarlo al final de la funda-solapa, en contraportada, tampoco. – No sé si les correspondía a ellos hacer eso. Podría ser que estos primeros libros no se propongan llegar a un veredicto, sino permitir que se formule desde fuera de los mismos textos. Pero no lo tienen fácil, dada la desarticulación del material presentado. Lo de la reparación, dado lo tardío del asunto, me parece que queda algo remota y cada vez más improbable. Además, ahí podría ser que asomara el tono quejumbroso con que a menudo se tratan estas cuestiones. Hay como una compulsión hacia el desagravio que no sé a dónde lleva. Al victimismo, a una especie de sobredimensionada corrección política… Lo que sí me parece claro es que no ‘podemos’ hablar en nombre de una colectividad –la de los homosexuales represaliados en su momento– más que en unos términos de reconstrucción (testimonial o histórica) de la que no somos sujetos. Ni por un lado hay un “nosotros” a quien se debería pedir perdón (salvo los supervivientes, esos sí, claro), ni, sobre todo, hay un “ellos” directamente responsable. Porque, ¿de quién hablamos, del Estado? ¿El Estado democrático actual haciéndose corresponsable del Estado franquista? Sí, están los casos de un presidente francés (Jacques Chirac: hace bien poco tiempo, pues), o del máximo dirigente de la Iglesia Católica, pidiendo perdón por el colaboracionismo de Vichy y por el caso de Galileo, respectivamente. ¿Perdón? Estamos 125


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ante el orden de lo imperdonable. Estas heridas deben –sólo pueden– quedar abiertas, las víctimas siempre serán víctimas, y no veo la reescritura de la historia como un tomarse la revancha, que sería algo ilusorio, incluso hipócrita. Las víctimas tienen el derecho de permanecer como tales, y “nosotros”, quienes seamos, debemos preservar su memoria como víctimas que fueron. Enfrentémonos a aquello de que la historia siempre la escriben los vencedores, pero no para tergiversar lo que ocurrió. Si no, hacemos lo que la censura franquista, a veces tan lúcida para sus intereses: retitular la película de Stanley Kramer, originalmente El juicio de Nuremberg, como ¿Vencedores o vencidos? La sutileza es aterradora, pues, efectivamente, ahí se juega con una ambigüedad basada en un hecho a fin de cuentas bien exacto: los nazis fueron los vencidos. Y en algún caso ellos mismos (o sus cómplices, sus simpatizantes al cabo del tiempo) han usado cínicamente la afirmación de que la historia la escriben los vencedores. Hay que leer bien aquello que escribió Walter Benjamin y sacar las consecuencias –sin duda que nada tranquilizador–: que la historia de los oprimidos nos enseña que la regla es el “estado de excepción”. Y aún otra cosa: aunque la cuestión homosexual bajo el franquismo ha tendido a soslayarse, el silencio y la tardía recuperación –y la justa rehabilitación– no es exclusivamente cosa de homosexuales. Aquí hay que hablar de la transición política a la democracia, la forma cómo se hizo, el pacto de silencio generalizado. En fin, me parece que hay que separar responsabilidad de reparación. La primera queda en el pasado, con los nombres de quienes hicieron tal o cual cosa, y en nombre de qué. La reparación debería seguir su curso: la misma que debe exigirse por los condenados por lo que en tiempos fueron “delitos” políticos. – Para mí, reconocimiento de responsabilidad y planteamiento efectivo de una reparación son temas inseparables. La narración del Dr. Arnalte muestra cómo se entrecruzan en una alianza bastarda varias responsabilidades morales: las más poderosas son la del mismo régimen y, por supuesto, la de la Iglesia católica. Por desgracia, con lo que ha sido el siglo XX, la cuestión no nos pilla de pardillos. Mucho se ha escrito sobre la tragedia nazi, por ejemplo, analizando las responsabilidades alemanas y de la Iglesia Católica9 en ella. Contamos con criterios que, aunque provisionales, permiten ir encuadrando la discusión: es preciso distinguir entre reparación moral, y reparación material y política. La 126

9 Daniel Jonah Goldhagen, A Moral Reckoning, Londres, Little, Brown, 2002.

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reparación material requiere que el Estado reconozca los daños materiales causados a sus víctimas homosexuales y que acuerde con ellas o con sus herederos una compensación monetaria equiparable a la otorgada a otros represaliados. La reparación política requiere que el Estado apoye, sostenga y proteja los movimientos políticos que se baten por la igualdad de derechos ciudadanos. La reparación moral, quizás la más difícil, exige que el Estado elimine la homofobia de su estructura jurídica y administrativa. Nada de ello se ha producido. Y de la Iglesia, ni hablo; no perdamos el tiempo. – Pero la obligación que tiene el Estado de eliminar la homofobia no tiene que venir determinada por una cuestión de reparación de nada. Tiene que basarse, si se trata de un Estado social y de derecho, en sus propios principios –los derechos fundamentales. Por ejemplo, yo no entiendo que el Código Penal vigente, que es de 1995, haga una referencia explícita a la discriminación de los judíos y no a los gitanos, pongamos por caso. Es insólito, ese carácter reparador a medias. No hay que confundir estas cosas. Y que la Iglesia católica vaya por ahí pidiendo perdón por algunos de sus desmanes y crímenes (y no por otros) me parece un ejercicio de hipocresía que concuerda con su ideología del perdón, pero no creo que sea un asunto en el que debamos inmiscuirnos, entrando en su juego y diciéndole a esa institución que pida perdón por la cuestión específica de los homosexuales (cuando, encima, sigue manteniendo la actitud que mantiene). Cuando se entra en el juego del perdón – pretendiendo que alguien lo pida– se presupone que se está ante cuestiones perdonables. Y no me parece el caso. – Por supuesto, no creo que el Estado deba eliminar la homofobia ‘sólo’ por reparación, sino ‘también’ por

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reparación. La incriminadora reparación a medias que tú mencionas no va en desdoro del concepto de reparación, sino que denuncia la cicatería y la cortedad de los falsos reparadores. Quedan tras todos estos ires y venires dos cuestiones en liza. Cuál sea el papel de la historia, y cómo incida en nuestro modelo de convivencia. ¿Qué futuro le vemos a la represión que subsiste en nuestra aún imperfecta democracia? ¿Cómo puede ayudar la escritura de la historia a desmontarla? – Pues ahí está la cuestión, saber ver por separado y a la vez conectados –hay que separarlos para vincularlos– eso que llamas “nuestro modelo de convivencia” y nuestra historia. – Perdóname lo engolado. Pero a fin de cuentas se trata de convivir, sin pisarse demasiado los callos, y –quizás– se trata de contar con un ideal modélico hacia el que tender, aunque no se llegue. – No sé mucho de ideales modélicos, sobre todo colectivos. Y no creo que la (re)escritura de la historia deba hacerse con ideales. Ese escribir lo entiendo como un hacer y rehacer, plantear y replantear algo que, mientras se esté en el proceso (en “la vida”), nunca acabará de hacerse del todo –lo mismo que eso que dices un poco retóricamente de “nuestra imperfecta democracia”, que no es que lo sea “aún”, es que es imperfecta porque “es”, porque puede perfeccionarse, o deteriorarse, pues está en marcha, al hilo de lo que ocurre y de lo que se hace. Si hablamos de responsabilidad debemos empezar sobre todo por la nuestra, es decir, fijando qué relación tenemos con lo ocurrido, en este caso con la represión franquista contra los homosexuales, y con la manera que lo contamos y, por tanto, transmitimos (que, aun sin haberlo vivido directamente, supone un testimoniar de ello). De ahí la importancia de pronunciarnos críticamente – responsablemente– ante lo tardío y lo impreciso de estos dos libros recientes. Y sin dejar de ser justos con ellos, pues han roto un silencio que no podía prolongarse más. Pero el trabajo no ha hecho más que empezar. Hay que proseguir la escritura de esta historia, apenas escrita hasta ahora, acerca de lo que ha sido –ha hecho y por tanto hace aún hoy– ser homosexual. En fin, tarde y acaso no muy bien, algo está en marcha en este sentido –y de crear sentido se trata, me parece a mí. – En marcha está. ¿Lo dejamos caminando, y detenemos –por ahora– esta conversación? – De acuerdo, detengámosla por ahora. Porque, para ir bien, será una conversación infinita… 128

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La aplicación práctica de la LPRS a través del estudio de un expediente de peligrosidad por homosexualidad

1 Brigada Regional de Investigación Criminal, Jefatura Superior de Policía.

2 Comparecencia de fecha 17.1.1975 ante el Inspector Jefe Instructor de la BRIC.

3 Diligencia de antecedentes de la comparecencia citada.

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En un artículo de este mismo número nos hemos ocupado de la legislación de la que el régimen franquista se sirvió con el fin de reprimir a los homosexuales. En este anexo analizaremos la concreción práctica de uno de sus instrumentos más poderosos, la LPRS. En concreto nos referiremos al expediente de peligrosidad número 98/75, instruido en el Juzgado de Peligrosidad y Rehabilitación Social número 2 de Madrid. Seguiremos para ello el orden cronológico de hechos y los correspondientes documentos oficiales que los prueban. Este expediente tiene interés especial por una razón. Si bien la fecha de la sentencia corresponde a la recta final del, digámoslo así, franquismo con Franco, las consecuencias jurídicas del mismo continuaron teniendo efecto una vez fallecido el dictador, en los inicios de la transición y en un claro exponente del alargamiento fáctico del régimen, que ya no contaba con su líder pero que controlaba poderes tales como el judicial. En primer lugar consta la comparecencia ante el Inspector Jefe Instructor de la BRIC1 madrileña de tres funcionarios adscritos a esta unidad policial. Eran las 8:30 del 17 de enero de 1975 cuando es presentado ante esta autoridad el detenido, llamémosle por ejemplo Sergio a partir de ahora, un varón nacido en un pueblo de Badajoz en abril de 1939, con la guerra civil casi finalizada. Se le acusaba de encontrarse pasada la medianoche en la Puerta del Sol, cerca de “Los Guerrilleros”, local “frecuentado habitualmente por invertidos”, “tratando de ‘ligar´, de una manera ostensible y llamativa”2. Se mencionaba además un arresto por hurto y su “deficiente conducta moral, pública y privada; (por) sospechoso de invertido”3. En su declaración, el detenido reconocía que era invertido desde pequeño. Trabajaba como “mozo de comedor” para una familia, destinando su día libre semanal a la búsqueda de relaciones homosexuales, que a veces conseguía, “unas veces en pisos y otras en vehículos en los extrarradios de Madrid, siempre de una manera discreta, tratando de no 129


producir escándalo”4. No nos ha de pasar desapercibido el matiz que el detenido quería resaltar de sus relaciones sexuales cuando las calificaba de discretas. Recordemos que el escándalo social agravaba la consideración del hecho. Añadía que su rol era pasivo, consecuencia de su temperamento femenino. Afirmación, ésta, en perfecta consonancia con una clásica aseveración homofóbica por la que el homosexual pasivo era menos viril y más homosexual puesto que su papel era femenino. En este sentido citaremos a Bourdieu y su descripción etnográfica de la Cabilia argelina, cultura para la que la peor forma de rebajar a un varón es convertirlo en mujer mediante la humillación sexual, las bromas basadas en su masculinidad, las acusaciones de ser homosexual, etc5. Inmediatamente Sergio fue citado por el médico forense del juzgado que conocía el expediente. En cuanto a su estado psíquico, cabía destacar que “era afectado en sus maneras que son femeninas con tendencias homosexuales desde que recuerda y actuando siempre como sujeto pasivo”. Concluía confirmando su plena capacidad, su aptitud para el trabajo y su inversión sexual hormonal6. El dictamen destaca por su brevedad, que podemos aventurar debida a la facilidad que le suponía al forense el encontrarse ante un detenido que no negaba los hechos y que tenía interiorizado su esquema de comportamiento homosexual femenino desde pequeño. Sencillamente se trataba de una homosexualidad basada en cuestiones hormonales. El fiscal solicitó en sus conclusiones provisionales que el expedientado fuera declarado en estado peligroso por homosexualidad, ya que “confiesa su condición de homosexual y haber satisfecho sus torpes deseos en múltiples ocasiones con distintos individuos”. Solicitaba la aplicación de las medidas de seguridad habituales: internamiento en centro de reeducación de seis meses a tres años, prohibición de residir en Madrid capital durante seis meses y sumisión a la vigilancia de los Delegados por dos años7. El 10 de mayo de 1975 el magistrado-juez dictó sentencia condenatoria, rebajando las peticiones del fiscal en el destierro, reducido a un mes, y en el control del expedientado por parte de los Delegados, fijado en un año. Para llegar a esta decisión se basó en la consumación por el encartado de “numerosos actos de homosexualidad, estando considerado médicamente como invertido sexual de tipo hormonal” 8 . Quedaba demostrada la habitualidad, uno de los requisitos básicos para 130

4 Declaración del detenido ante la BRIC, 17.1.1975, 9:00 horas.

5 Bourdieu, P. La dominación masculina, 2000, p.36.

6 Dictamen pericial médico del JPRS número 2 de Madrid.

7 Conclusiones provisionales del fiscal del JPRS número 2 de Madrid, de fecha 17.3.1975.

8 Sentencia 22/1975, de 10.5.1975, resultando tercero.

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9 Idem, considerando primero.

10 Sala Especial de Peligrosidad y Rehabilitación Social de Madrid, sentencia 251/75, rollo 778/75, de 18.11.1975.

11 Idem, considerando primero.

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declarar este estado peligroso, y se producía “la alteración de la conducta normal de la sociedad y el fomento de una perversión”9. Con estas consideraciones la declaración de estado peligroso podía deducirse fácilmente. Quedó el condenado en libertad provisional, pendiente de la resolución de un recurso de apelación ante la Sala Especial de Peligrosidad y Rehabilitación Social de Madrid. No apreció el tribunal superior la petición de revocación de la sentencia formulada por el letrado del expedientado, de forma que aquélla pasó a adquirir toda su firmeza10. Se reseñaba que los actos de homosexualidad regulados por la LPRS incluían “todos aquellos tocamientos lascivos efectuados por personas del mismo sexo, sin que haya de tenerse en cuenta si éstas son invertidos sexuales congénitos o genuinos, u ocasionales”11.

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Pero sus problemas con la justicia franquista no se circunscribieron exclusivamente a la competencia de la jurisdicción sobre peligrosidad social. A Sergio se le citó a declarar en relación a unas diligencias previas seguidas por la presunta comisión de un delito de escándalo público y tramitadas por el juzgado de instrucción de Almendralejo (Badajoz). En el mismo mes en que se le condenó por estar incurso en un estado de peligrosidad, mayo de 1975, poco más de dos semanas después, prestó declaración12. Decía ratificarse en sus manifestaciones ante la Guardia Civil, que no nos constan. Además aportaba nuevos datos a partir de las cuestiones que en el órgano judicial le planteaban.

12 Acta de declaración de fecha 28.5.1975, diligencias previas número 171/75, juzgado de instrucción de Almendralejo.

Así pues quedaba constancia de su encuentro en Girona con un hombre, con el cual compartiría un piso que el declarante poseía en Madrid. Desde noviembre de 1974 y hasta el momento de comparecer a declarar, Sergio admitió haber mantenido relaciones sexuales con su amigo, o como se recogió en el documento judicial, haber consumado “el acto carnal contra-natura con el mismo”, tanto en Madrid como en su pueblo natal, situado en la comarca de los Barros y cuya localidad de importancia es Almendralejo. Sergio cuidaba de su amigo en todo aquello que podía, “dándole algunas ropas y dándole de comer”. Incluso en un acta de declaración podemos encontrarnos con una muestra clara de homofobia, y todo ello en un detalle tan simple como la identificación del citado. A renglón seguido del nombre y apellidos de Sergio se añadió “conocido por María Teresa”. El talante homófobo del vecindario y del entorno próximo del señalado por el dedo de la judicatura se ganó su reconocimiento en un documento público, con el beneplácito del secretario del juzgado, constituyendo además una prueba de cargo contra quien pudiera haber ofendido a esa misma vecindad. 132

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13 Liquidación de la medida de seguridad de internamiento efectuada por el secretario del JPRS número 2 de Madrid en fecha 21.6.1976.

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En el mismo acto se interrogó al amante, joven gallego de veinte años, catorce menos que Sergio, de aquí quizá el desempeño de un papel protector por parte del extremeño. Reconocía que Sergio corría con sus gastos y que el sexo era un componente de su relación. Pero desde hacía unos días, viviendo en el pueblo de Sergio, “por estar cansado el declarante no realiza actos homosexuales”. No sabemos el resultado de estas diligencias previas, pero en todo caso Sergio ingresó en la prisión de Badajoz, uno de los dos centros previstos por la normativa sobre peligrosidad social para los casos de homosexualidad. Recordemos que el otro centro se ubicaba en Huelva y que muchos expedientados pasaron por otras prisiones antes de éstas o cumplieron íntegramente la medida de seguridad en los centros penitenciarios habituales. Su entrada en el penal de Badajoz se produjo el 8 de junio de 1976, y así se llevaba adelante la ejecución de la sentencia de 10 de mayo de 1975, que le imponía privación de libertad con el fin de ser “reeducado”. Unas semanas después de su ingreso se animó a remitir al juzgado madrileño un escrito en el que solicitaba su puesta en libertad o la reducción de las medidas de seguridad que se le impusieron. Argumentaba, en primer lugar, que en él había pesado “más el castigo moral que el material de la pena”. Y si la finalidad de su expediente de peligrosidad consistía en “el total arrepentimiento del encausado humildemente se atreve a asegurar, que este requisito ya ha sido conseguido, no sólo por los imperativos de la ley, sino por el propio convencimiento”. Un segundo punto de apoyo para solicitar la benevolencia del magistrado lo constituía “que la única fuente de ingresos y medio de vida provienen de su trabajo, la pérdida del cual le ocasionaría serios trastornos no sólo económicos sino morales”. No prosperó esta petición de Sergio, ya que tuvo que esperar a un auto del juzgado de fecha 19 de noviembre de 1976 para verse en libertad. Los seis meses que como mínimo debía cumplir privado de aquélla se hubieran completado el 4 de diciembre de 1976, pocos días después de su salida del penal. La decisión de mantenerle hasta el tope máximo de 3 años le hubiera supuesto permanecer en Badajoz hasta el 5 de junio de 1979, tal como consta en la liquidación de la medida de seguridad de internamiento13. 133


Bibliografía Bourdieu, Pierre (2000) La dominación masculina (original en francés de 1998), Barcelona, Anagrama.

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Manifiesto de la Asociación de Ex Presos Sociales de España (ADES)1

En mayo de 2003 todos los grupos del Congreso menos el PP suscribieron una proposición no de ley para que se recompensara económica y moralmente a los homosexuales encarcelados durante el franquismo. Antes, en diciembre de 2001, la Comisión de Justicia había aprobado otra propuesta, presentada por el diputado Joan Saura, de Iniciativa per Catalunya-Verds, para que se eliminara la condición de «homosexual» de las fichas de antecedentes policiales redactadas durante el franquismo. Una respuesta parlamentaria del Gobierno a Saura, en marzo de 2002, indicaba que las fichas habían sido «limpiadas», aunque su contenido se conservaría en los archivos por su utilidad para la posible investigación de la represión ejercida por el régimen de Franco. El 24 de febrero de 2004, en el mismo acto que el libro Redada de violetas de Arturo Arnalte, se presentó en Madrid (Casa de la Panadería, Plaza Mayor), la asociación cuyo manifiesto reproducimos. Antes, colectivos como «Identidad de Sexo» de Andalucía o «Gamá» en Canarias habían iniciado estudios para saber cuántos presos a causa de su orientación sexual hubo durante la dictadura en centros penitenciarios como el de Huelva o el de Tefía.

Miles de personas pasaron por las cárceles en España durante la dictadura de Franco y los primeros años de la Transición por su orientación sexual. Hace ahora 25 años que se eliminó la homosexualidad de la Ley de Peligrosidad Social, continuación de la de Vagos y Maleantes, y que los últimos homosexuales abandonaron las cárceles de Badajoz y Huelva, después incluso de las primeras elecciones generales democráticas tras la Guerra Civil y de que los españoles aprobaran la Constitución. Sin embargo, a diferencia de los presos políticos del franquismo, los presos sociales siguen esperando una rehabilitación moral y económica. El calvario que tuvieron que sufrir a causa de una legislación represiva, que hoy parece increíble para las nuevas generaciones de españoles educados en la democracia, no fue menor que el que sufrieron los opositores políticos a la dictadura. Pero el muro de silencio que oculta esta injusticia parece demostrar que aún se mantiene la maldición histórica que ha pesado sobre homosexuales y lesbianas, hasta el punto de que cabe afirmar que la lucha de los presos sociales es una asignatura todavía pendiente en la España democrática. Por esta razón, los firmantes de este Manifiesto queremos hacer un llamamiento a los colectivos miembros de la Federación Estatal de Gays, Lesbianas y Transexuales del Estado español para que reflejen en sus programas la lucha de los miles de homosexuales encarcelados durante el franquismo. Pedimos a la Federación y a las demás organizaciones que exijan a todos los partidos políticos con representación parlamentaria que se comprometan a aprobar una ley que indemnice a las víctimas de la represión contra homosexuales, lesbianas y transexuales y que se permita la investigación de los archivos para que se pueda conocer con exactitud, sin cortapisas y de forma no traumática el alcance de la represión y determinar la cuantía de las indemnizaciones. Esta petición se enmarca dentro del esfuerzo colectivo que están haciendo los españoles para

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recuperar la memoria histórica bajo la dictadura. Con independencia de esta petición, los firmantes nos comprometemos a continuar con las acciones legales que hemos emprendido para alcanzar estas metas y diseñar otras que no excluyen elevar nuestra causa al Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo.

Firmado por los siguientes ex presos sociales:

Juan Curbelo Orama Silvia Reyes Plata Antonio Gutiérrez Dorado F. Oliver Tenedor Trinidad Martín Castillo Emilio Sánchez Moreno Antoni Ruiz y Sáiz

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E S T U D I O S

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Claude Cahun y Marcel Moore Una pareja literaria y artística de los años veinte precursora del género «neutro»1 Marie Jo Bonnet

1 «Claude Cahun et Marcel Moore – Un couple litteraire et artistique des années vingt précurseur du genre ‘neutre’». Traducido del francés por Alberto González Ortiz.

2 François Leperlier. Claude Cahun, l’écart et la métamorphose (Claude Cahun, la desviación y la metamorfosis, 1992).

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La obra de Claude Cahun, a la que se ha hecho en los últimos años, considero que de manera abusiva, precursora de la vuelta a examinar las identidades de sexo y género, me parece el ejemplo mismo de esta comprensión imposible de la imagen de la pareja de mujeres en una sociedad que no ofrece otra alternativa a la mujer de vanguardia que rechazar «la feminidad» para existir en igualdad con el hombre. Descubierta al principio de los años 1990 gracias al trabajo de François Leperlier2, la obra de Claude Cahun se conoce sobre todo por sus extraordinarios autorretratos en los que se muestra con la cabeza afeitada. Pero abarca otras facetas tan importantes como narraciones de sueños, los textos que aparecen en la revista del Mercure de France y en otras revistas menos conocidas como La Gerbe o Philosophies, traducciones y libros ilustrados con dibujos y fotomontajes (heliograbados) realizados por su amante Suzanne Malherbe, que nuestra modernidad oculta de manera voluntaria para interesarse sólo por la figura de una Claude Cahun surrealizante y precursora de las drag queens. Ahora bien, así como ambas fueron inseparables en su vida, también lo fueron en una gran parte de los trabajos fotográficos atribuidos a Claude Cahun, lo que nos lleva a preguntarnos si el ocultamiento de Suzanne Malherbe, de Claude Cahun, no está inducido por la misma obra. 137


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Fijémonos, primero, en que los críticos contemporáneos no se han interesado en saber quién tomaba las fotos. Es Claude Cahun, pero en ese caso hay que preguntarse sobre el estado de la autora, porque la modelo puede ser al mismo tiempo la operadora. Y qué decir del revelado, realizado la mayor parte del tiempo en su laboratorio particular en Nantes, en París y después en Jersey, de lo que se hace eco Claude Cahun en Aveux non avenus al decir: «El momento en el que nuestras dos cabezas (¡ah! cómo se enmarañan nuestros cabellos, sin posibilidad de desenredarlos) se inclinaban sobre una fotografía – retrato de una o de otra, con nuestros dos narcisismos perdiéndose ahí, era lo imposible realizado en un espejo mágico»3. No se puede revelar de mejor manera el trabajo en común. Después, es una pareja que entra en la literatura bajo una doble firma masculina: Claude Cahun para el texto, Marcel Moore para las ilustraciones. ¿Por qué toman las dos seudónimos masculinos? Para eludir la misoginia del mundo literario o porque la identidad es precisamente lo que les falta, al menos en el caso de Claude Cahun, porque no sabemos prácticamente nada de Suzanne Malherbe, quien no ha dejado archivos, al contrario que Claude Cahun, que en 1951 escribió una carta larga a su amigo de Nantes, Charles-Henri Barbier, en la que cuenta los episodios importantes de su vida que aportan una luz nueva a la biografía de François Leperlier4. Claude Cahun nace en Nantes en 1894, en una familia judía. Se llama Lucie Schowb. Su padre, Maurice, es director del periódico nantés, Le Phare de la Loire, y su madre, Mary-Antoinette Courbebaisse, está enferma. «Apenas tenía cuatro años cuando sufrió su primera crisis, pero me acuerdo vivamente», escribe en la carta. Pero su madre sufre nuevas crisis y pronto será internada en una clínica parisina donde morirá, parece que en 1937. Mathilde, su abuela 138

3 Claude Cahun, Aveux non avenus (Confesiones vacías), Prefacio de Pierre Mac Orlan, Ilustrado con once heliograbados compuestos por Moore según los proyectos de la autora, (1930, p. 13). Como en Vues et Visions (Vistas y visiones), de 1919, el narrador habla en masculino. Fijémonos en la calidad de los heliograbados.

4 François Leperlier cita fragmentos de un artículo que corrige algunos errores de su biografía en «Claude Cahun, la gravité des apparences» (“Claude Cahun, la gravedad de las apariencias”), Le Rêve d’une ville, Nantes et le surréalisme (El Sueño de una ciudad, Nantes y el surrealismo, 1994).

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5 Citado por F. Leperlier, op. cit., p. 262. Mathilde es la hermana de Léon Cahun.

6 Henri Neuvecelle, «Dans sa parole toute entiêre» («En su palabra toda entera», 1990, p. 32).

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paterna, tendrá una gran influencia sobre ella. «Mi admiración por mi abuela Mathilde, junto a los sentimientos que sentía, diez o doce años después, por el hijo y la viuda de Léon Cahun, fue el motivo de ... Claude Cahun – que representaba (representa a mi manera de ver) mi verdadero nombre, más que un seudónimo»5. A este trauma se suma el del affaire Dreyfus, que provoca que su padre la envíe a estudiar a Inglaterra hasta que en 1909 un «encuentro fulminante» la saca de esa atmósfera en la que la locura planea como una sombra: Suzanne Malherbe, que tiene dos años más que ella, y cuya madre sale con el padre de Lucy antes de casarse con él en 1917, después de la muerte de su marido. Ellas no sólo viven «una pasión ansiosa, exclusiva», sino que se convierten en hermanas políticas. «La extraña coincidencia que nos reunió familiarmente parecía mejorarlo todo. Pero hay que tener en cuenta los años de rebelión que yo había pasado, el estado de ánimo que habían engendrado...». El motivo de la pareja, incluso de la doble pareja, está, por lo tanto, fuertemente anclado en su destino, sin por eso suprimir el trauma de la locura de su madre. Claude Cahun es anoréxica y a veces se embriaga con éter. Dicho de otro modo, niega su cuerpo en un esfuerzo desesperado por vivir la ficción que sostienen la mayor parte de las anoréxicas, como observa Henri Neuvecelle: «ser el sujeto de una palabra neutra, desligada de la imagen del cuerpo sexuado. Con mayor frecuencia que al hombre, le toca a la mujer este dilema singular: aceptar la imagen inconsciente del cuerpo (...) es suscribirse al signo de su negación, y no de su reconocimiento como persona; y negarla, es amputarse la posibilidad de una identidad fiel a sus raíces»6. Para Claude Cahun, hablar en neutro equivale a escapar a los géneros, a la identidad sexuada, 139


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como ella reconocerá en 1930: «Sembrar la confusión. ¿Masculino? ¿Femenino? Depende de los casos. El neutro es el único género que me conviene siempre. Si existiera en nuestro idioma, no se observaría esta vacilación de mi pensamiento. Sería de verdad la abeja obrera»7. Vamos a ver cómo una problemática individual (la anorexia) encuentra un contexto sociocultural que no puede sino reforzar su forma de hablar en neutro, ya que la feminidad sólo está reconocida en una relación de sumisión a lo masculino. Hablar en neutro no existe. Para una mujer, hablar en neutro es hablar en masculino; es aceptar el cuerpo sólo a través de su reflejo, o su sombra proyectada, como la veremos manifestarse en su primer texto publicado con Suzanne Malherbe, Vues et Visions. Pareja de mujeres en la vida íntima, es una pareja de hombres quien firma la primera obra realizada en común. Lucy Schowb elige el seudónimo de Claude Cahun, mientras que Suzanne Malherbe elige el de Marcel Moore. ¡»C.C.» y «M.M.»! Admirables significantes de un amor «inicial» que se esconde bajo la pluralidad de las significaciones posibles de sus iniciales. Es C quien ama a M, o no, ella me ama, o muero, otra más, o muerte, Marcel y Caín, etc.8 Detrás de la pareja de hombres que reivindica la paternidad de la obra común se esconde una pareja de mujeres que también puede considerarse como la matriz de la obra o su sombra silenciosa. La cuestión de la pareja se articula entonces en la cuestión del doble, incluso de la repetición de la identidad masculina y/o femenina con su sombra. ¿De qué sexo es el autor de Vues et Visions? Nadie lo sabe, pero lo que se puede saber en cambio es cómo ese libro pone en escena esta cuestión en la construcción del libro mismo por medio del proceder en espejo destinado a disociar visualmente el parecido del diferente. Realizan un montaje a doble página de texto y de dibujo. Cada página doble está consagrada a una historia «vista». En 140

7 Aveux non avenus, op. cit., p. 176.

8 Nota del traductor: la autora hace varios juegos de palabras con la pronunciación de las iniciales en francés (C.C. = «sesé» y M.M. = «emem») y con las pronunciaciones de los seudónimos (Moore = «mur» y Cahun = «kayn»). Así, «Es C quien ama a M, o no, ella me ama», escrito en francés «C’est C qui aime M, ou cessez, elle m’aime», se pronuncia «Sésé qui emem, u sésé, el mem» (la transcripción fonética no sigue las normas de la fonética internacional)

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9 Claude Cahun, Vues et Visions (1919, p. 6 – 7).

la página de la izquierda el narrador – evidentemente es un hombre– cuenta una escena vista en Croisic, pequeño pueblo de pescadores de Bretaña en el que Claude Cahun pasaba sus vacaciones. En la de la derecha ve la misma escena pero situada en la antigüedad con un sujeto distinto. En «La Rencontre» («El encuentro»), por ejemplo, el narrador de Croisic ve dos chalupas que coinciden en el mar. En Roma ve dos cortesanas que van a encontrarse. Este doble desplazamiento en el espacio y en el tiempo en el curso del cual ciertas palabras, solamente, difieren de un texto a otro permite introducir una mirada de la homosexualidad pero de manera tan alusiva, que puede que un lector distraído no vea nada, a causa de los seudónimos masculinos detrás de los que se esconden las autoras. Por ejemplo, en «El encuentro» el narrador ve así el baile de seducción de las dos cortesanas: Vestidas con joyas y seda, se aproximan la una a la otra y, a pesar de la inmensidad de la plaza desierta, se rozan ligeramente al pasar; sus sombras azuladas se confunden un instante, por un instante aflojan el paso, después se alejan y cada una recupera su propio reflejo. Pero mi ojo, seducido por esta visión demasiado breve, las une sin confundirlas9.

En este pequeño texto que parece que no es nada, y que pasó completamente inadvertido para sus biógrafos y críticos, es donde Claude Cahun se muestra como nuestra verdadera contemporánea. En efecto, ahí anticipa las búsquedas del arte contemporáneo sobre el concepto del espacio virtual. No es necesario representar la unión de las dos mujeres. Es el ojo el que la realiza en el cerebro, en su espacio mental, sin necesidad de recurrir a la representación gráfica. El narrador sugiere la unión. Es el lector o la lectora quien la tiene que visualizar. Claude Cahun escribe «Pero mi ojo, seducido por esta visión

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demasiado breve, las une sin confundirlas», mostrando que es perfectamente consciente de que crea una imagen óptica y, más ampliamente, el espacio de una visualización mental de la homosexualidad femenina, con la condición, sin embargo, de que se ejercite la mirada. ¿Cómo va a hacer la dibujante Marcel Moore para plasmar la misma idea de unión «óptica»? Vuelve a tomar el desfase del espejo con un dibujo situado en un pórtico que encuadra el texto de las dos páginas. En la mitad del pórtico de la página de la izquierda, donde ocurre la escena de Croisic, dibuja un rostro de mujer prolongado por nubes. En el de la derecha, las nubes son reemplazadas por un segundo rostro de mujer unido al primero por líneas sinuosas, que sugiere la idea de un beso posible entre las dos mujeres. La dibujante es, por lo tanto, menos «neutra» que el narrador, lo que explica por qué «él» debe recurrir a modos repetitivos para esconder el verdadero sujeto de la unión, como hará Gertrude Stein en su celebre A rose is a rose is a rose is a rose10. Juega con la repetición para crear un estado mental particular que prepara la aparición del sujeto tabú, con la aparición de «she»11, porque la frase termina con she is my rose12, donde «she» se refiere a Alice Toklas.

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10 N. T.: en inglés en el original: «Una rosa es una rosa es una rosa es una rosa».

11 N. T.: en inglés en el original: «ella».

12 N. T.: en inglés en el original: «ella es mi rosa».

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En Vues et Visions , Claude Cahun y Marcel Moore crean un espacio mental en el que dos cortesanas aparecen, se unen y desaparecen. Si este espacio está impregnado de la atmósfera de las Chansons de Bilitis, que verdaderamente han leído, se aparta de ella radicalmente por el hecho de que la pareja ni siquiera se ha formado. Son «sus sombras azuladas» las que se confunden un instante, no sus cuerpos, y «cada una recupera su propio reflejo», lo que significa que lo real ( Vistas) y lo imaginario (Visiones) siguen siendo el estado de simples espejos, sin haber podido unirse entre sí. La homosexualidad femenina sigue siendo, también, totalmente virtual y no corre el riesgo de encarnarse –obsesión de la anoréxica– ya que al escapar del cuerpo, de la pareja y de la dualidad, el narrador sólo puede atrapar sombras y reflejos. Vemos así que hablar en neutro pasa al lado de una reflexión sobre una articulación posible de lo semejante a lo diferente en toda práctica simbólica. Las sombras aquí no son las proyecciones de los sujetos, sino palabras sin luz que hacen perder a la imagen su plano metafísico atrasado por el que una ausencia siempre devuelve una presencia, y a la inversa. Dos «autorretratos» de 1928 muestran cómo este tema del reflejo y del doble no sale de la mirada especular característica del espejo. Vemos en uno el reflejo del rostro de Claude Cahun en un espejo, haciendo que parezcan dos rostros idénticos, pero vistos bajo otro ángulo, en una misma foto; en el otro vemos un rostro fotografiado de perfil que ha sido pegado al mismo rostro visto de perfil, pero invertido o devuelto de izquierda a derecha. Dicho de otra forma, el rostro sólo se devuelve a sí mismo, la sombra ha desaparecido y con ello lo que sostiene lo visible y hace que la imagen no sea una ORIENTACIONES revista de homosexualidades

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simple copia de un modelo. El doble se convierte en repetición de una misma imagen, como si la divergencia estuviese tan lograda que el sujeto hubiera perdido hasta la memoria de su otro sí. Esta desaparición es tanto más sorprendente porque Claude Cahun no ha abandonado la representación de la pareja, sino al contrario. La fotografía desde varios ángulos. La pareja surrealista, como André Breton y Jacqueline Lamba. También toma falsas parejas heterosexuales, como en esa escena de Banlieue en la que se muestra travestida de hombre al lado de Hélène Duthé, de mujer. Suzanne Malherbe la fotografía igualmente en compañía de Henri Michaux, en la isla de Jersey en 1939; pero curiosamente no encontramos ninguna foto de las dos mujeres juntas, ni siquiera de la pareja C. C. y M. M. Paralelamente a esta desaparición de la pareja de mujeres, el tema de la máscara se convierte en el leitmotiv de su gestión fotográfica. «Bajo esa máscara otra máscara. No acabaré de levantar todos esos rostros», escribe en un heliograbado realizado por Marcel Moore para Aveux non avenus (1930). ¡Efectivamente! Claude Cahun no termina de hacer inventario de todas esas máscaras: con la cabeza afeitada, de cara, de espalda, de perfil, travestida de hombre, de mujer, con la boca en forma de corazón, como diosa hindú, con sombrero de campana, en un armario como si tuviese que enumerar las imágenes proyectadas de las mujeres, a falta de poder captar su «verdadero rostro». Todos estos retratos muestran de hecho hasta qué punto está sometida a la mirada que la sociedad dirige a las mujeres. Una sociedad que desprecia la feminidad hasta el punto de reducir a la mujer a su cuerpo. De ahí la rebelión, pero también el punto muerto de la rebelión contra los géneros que lleva a la confusión, no de los géneros, sino de la máscara y del rostro. Al negar su cuerpo de mujer, Claude Cahun pierde su rostro o, más bien, muestra que un sujeto que se confunde con los símbolos de la persona no tiene rostro. Y llegamos a esta situación paradójica en la que cuanto más exhibe sus máscaras, menos se representa como sujeto de la rebelión. Qué bonita lección para nuestra época fascinada por la crítica de los géneros. Porque, lejos de denunciar las construcciones sociales ligadas al sexo y al género, Claude Cahun muestra su 144

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13 C. G. Jung, Dialectique du Moi et de l’inconscient (Dialéctica del yo y del inconsciente, 1964, p. 84).

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servidumbre a los tópicos culturales de una sociedad misógina y homófoba que niega a las mujeres el estatuto de sujeto creador, político y amoroso. Como dice C. G. Jung, «[l]a persona sólo es la máscara de una servidumbre general del comportamiento a la coerción de la psique colectiva»13. Hablar en neutro, no sólo es hablar en masculino, sino también hablar como todo el mundo. Porque el sujeto debe asumir obligatoriamente sus diferencias, su «individualidad», si quiere ser reconocido como sujeto por la colectividad. De otro modo, se confunde con ella. Claude Cahun no para de ocultar a la mujer y a las mujeres de su vida. Por ejemplo, sus referencias a la homosexualidad son esencialmente masculinas, aunque encuentra a numerosas lesbianas desde su llegada a París en 1919, como Adrienne Monnier cuya librería «Les Amis des Livres», situada en la calle de l’Odéon en frente de la librería «Shakespeare and Company», dirigida por Sylvia Beach, su compañera, tendrán tanta importancia en la vida literaria de entreguerras. También conoce a Jeanne Heap, a Margarett Anderson y a Georgette Leblanc en el Teatro esotérico, las tres discípulas de Gurdjieff, sin hablar de las artistas que viven en Montparnasse donde se instala la pareja en 1922, en la calle Notre Dame des Champs. Asimismo, su primer manuscrito, que nunca se publicará, se titula Jeux Uraniens (1916-18; Juegos uranistas), en referencia a Platón y al concepto del uranismo retomado por el alemán K. H. Ulrichs en 1868 para calificar a «la mujer que ama a la mujer de manera innata». Muy poco empleado en Francia, se utiliza sobre todo para el hombre, para designar la presencia de un alma femenina en un cuerpo masculino. Además, de esta idea nacerá la noción de «tercer sexo», el que no procrea pero contribuye al progreso intelectual de la humanidad. ¿Por qué emplea la palabra «uranista» en vez de homosexual, lesbiana o sáfico, cuando publica en 1925 un texto sobre Safo en la revista del Mercure de France? Tal vez porque Safo sigue siendo «la incomprendida», como dice en el título mismo de su artículo, incluso una desconocida porque Claude Cahun retoma por su cuenta el mito ovidiano de su suicidio en el peñón de Leucade, ignorando las traducciones del helenista Salomon Reinach. Su cultura es además anglosajona. En 1929 traducirá para el Mercure de France la obra del psicólogo inglés Havelock Ellis, La femme dans la societé (La mujer en la sociedad). Cultura de referencias masculinas, también la encontramos con hombres homosexuales en 1925 entre los 145


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raros intelectuales que mantienen la revista Inversions, perseguida por los poderes públicos por «ofensa a las buenas costumbres». Fundada por dos jóvenes empleados de correos, Gustave Beyria y Gaston Lestrade, para «agrupar a los que sufren de soledad», la revista no pasará del cuarto número porque los responsables son demandados y condenados a tres meses de prisión y a cien francos de multa, sin que ninguna de las grandes voces homosexuales masculinas que se expresaban en la «gran» literatura intervenga a su favor. A pesar de todo, se organizó un apoyo en forma de cuestionario dirigido a algunos escritores y periodistas, entre los que se encuentran Claude Cahun y Suzanne de Callias, las únicas mujeres que se comprometen públicamente a favor de esta revista homosexual. Publicadas en 1925 en la revista L’Amitié, las respuestas no salvarán a los dirigentes de la prisión pero nos muestran lo que pensaba Claude Cahun de la cuestión:

14 L’Amitié, nº 1, véase M. J. Bonnet, «L’ancêtre de la presse gay» («El precursor de la prensa gay»), Ex Aequo nº 15, febrero de 1998.

15 François Leperlier, Claude Cahun, L’écart et la métamorphose, (1992. p. 55).

- ¿Ha ofendido la revista Inversions sus buenas costumbres? - La revista Inversions no ha ofendido mis costumbres, cualesquiera que sean, buenas o malas, ¿no es decir bastante? ¡Bien está! Pero además, creo que no podría atentar contra las costumbres de nadie, y puede entregarse a cualquier adulto, cualesquiera que sean su sexo y su fe sexual. Mi opinión sobre la homosexualidad y los homosexuales es exactamente la misma que sobre la heterosexualidad y los heterosexuales: todo depende de los individuos y de las circunstancias. Reclamo la libertad general de las costumbres, de todo lo que no perjudique a la tranquilidad, a la libertad, a la felicidad del prójimo. Creía entender que eso era también –admirable en Francia– la Opinión de la Ley. ¿Habrá cambiado? ¡Ay!, a menudo la mujer cambia...14.

Qué extraña caída, después de un llamamiento tan vigoroso a la «libertad general de las costumbres», que deja escapar una misoginia muy convencional. Hay que creer, como afirma François Leperlier, que todo alejaba a Claude Cahun de «la reivindicación propiamente feminista. La incertidumbre sobre su propia opción sexual (su androginia), sobre su identidad corporal (su angelismo), el gusto de la feminidad normal (...), siempre estará de su propio lado»15. Fácil de decir, pero no explica tal ocultación de la homosexualidad femenina en una mujer que llama a su amante «el otro yo». Es porque al no estar simbolizado el lugar de ese

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16 Ibid. p. 37

17 E. Lebovici, «I am in training don’t kiss me» («Estoy en prácticas no me beses»), Catálogo de la exposición Claude Cahun, Museo de Arte Moderno de la Villa de París, (1995. p. 12).

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«otro yo» la lleva a copar el de la esposa borrada, de doble mudo e invisible de una creadora que se basta consigo misma. «He ahí que Pigmalión y Galatea se intercambian, el uno en el otro –se indefinen»16, escribe François Leperlier para explicar su desinterés por el feminismo. Puede ser, pero al referirse al mito, el biógrafo no dice, sobre todo, que Claude Cahun existe sólo en el plano de la psique colectiva, del mito, de los estereotipos, y que no está individualizada como sujeto hablante. De ahí el lado «incierto», «indefinido», de ese casi hombre que vive con una mujer en un medio homófobo. François Leperlier puede situarla del lado de la indiferenciación sexual, como si la indiferenciación fuese el adelantamiento deseado del feminismo. No está menos del lado de la negación de las mujeres y de sí misma, y de su amante, según la lógica del hablar en neutro que hemos analizado. «El otro yo» no es el reflejo del yo, ni su doble. Es otro. Pero hay que creer que Claude Cahun habla el idioma de la persona de nuestra época porque es objeto de interpretaciones muy contradictorias. Así, Elisabeth Lebovici escribe exactamente lo contrario de lo que dice Leperlier afirmando que «el contexto de su aparición es el de una irrevocable sexuación de los discursos que rompe su universalidad». Después habla del «potencial crítico de la homosexualidad en la lógica universalista que ha distribuido de antemano los lugares y las polaridades del deseo (y presupone que un hombre dirige su deseo hacia una mujer y al revés)»17. Si Claude Cahun se sitúa en el punto de vista de la homosexualidad, no es ciertamente en el de la homosexualidad femenina, es decir, de una mujer que desea a otra. Tampoco combate la lógica universalista, como hemos visto en sus autorretratos. Trabaja en la imagen de los géneros, de la persona . Pero no es fotografiándose con la cabeza afeitada o travestida de hombre como muestra que su deseo se dirige hacia una mujer. Excepto si suponemos que la pareja hombre/mujer es el arquetipo de toda unión sexual. Claude Cahun derriba los estereotipos sin revelar las fuentes ocultas de su deseo de denunciarlos. Mezcla las identidades convenidas del sexo social sin atravesar los géneros para fundar su individualidad de mujer sobre una identidad libre de las identificaciones familiares, sociales y culturales. Porque no hay 147


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que confundir la lucha contra los modelos culturales con el cuestionamiento de la norma heterosexual como norma «natural». No están en el mismo plano. Una habla de los condicionamientos sociales, la otra, de la identidad individual que pasa por una reflexión sobre la articulación de lo masculino y de lo femenino en sí mismo, y sobre la naturaleza profunda del deseo de su propio sexo. Entonces podemos preguntarnos si este trabajo fotográfico no da cuenta de un pánico identitario profundo cuya expresión encontramos en esta carta a Adrienne Monnier, escrita para pedirle que escriba el prefacio de Aveux non avenus, escritos a petición suya, y para que los publique en su pequeña editorial:

18 Carta del 20 de junio de 1928, Bibliothèque Littéraire Jacques Doucet.

Querida amiga, Soy feliz por haber ganado a mi falsa timidez, a mi falsa modestia, a mi falsa discreción, esta débil victoria: haber hecho el esfuerzo de entrar en su casa, de sentarme en frente de usted, de hablarle así... Sí, tan torpemente y siguiendo tan poco mi propia voluntad. Además, empujada por un interés egoísta. Un interés, sin embargo, créalo, por favor, de lo que hay de mejor en mí. No pierda la esperanza en mi juicio. Conserve la benevolencia que me ha concedido de manera tan generosa en nuestros primeros encuentros. Anímeme con toda su paciencia. Cambiaré muy lentamente (soy muy lenta) pero creo que en el sentido que, según la vida, usted me indicó... Encontrará en mí ambición, tal vez temeraria, seguramente no baja. También encontrará (debe haberlo visto ... es tan evidente como mi origen judío, pero es humano en suma) una cierta parte de ambición «realista» (...)18.

Era 1928. ¡Claude Cahun conocía a Adrienne Monnier desde hacía diez años! El libro aparecerá en otra editorial con un prefacio de Francis Carco y no sabemos lo que le respondió Adrienne Monnier. Pero tenemos aquí un ejemplo de esta disolución del sujeto propio al hablar en neutro que el encuentro con André Breton, en 1933, justo después de su adhesión a la Asociación de Escritores y Artistas revolucionarios, no va a mejorar. De todos los surrealistas, Breton es, en efecto, el más homófobo. Así, durante la sesión del grupo consagrada a las «investigaciones sobre la sexualidad», no dudará en hacer callar a sus amigos que conversaban con pasión de la pederastia proclamando doctamente: «Acuso a los pederastas de proponer a la tolerancia humana un déficit mental y moral que tiende a 148

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19 La Révolution surréaliste (La revolución surrealista, 1928, p. 33).

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erigirse en sistema y a paralizar todos los esfuerzos que respeto. Hago excepciones, entre ellas una superior a favor de Sade y una, más sorprendente para mí, a favor de Lorrain»19. Rehabilitar a Sade cuando promueve la «dictadura de las pasiones del libertinaje» convirtiendo a la mujer en el objeto del placer del hombre augura un mal para las mujeres libres del surrealismo. Esta posición además es compartida por otros surrealistas, como el pintor André Masson en la serie de dibujos titulada pomposamente «Lesbos», que no es más que un comentario de la visión sadiana de las «tríbadas». En efecto, vemos un montón de cuerpos femeninos imbricados unos en otros y totalmente indiferenciados. Evidentemente, podemos admirar la fluidez de la línea pero no ciertamente su intención emancipadora. Estos cuerpos propios para el consumo se inscriben en el curso recto de la mitología 149


Claude Cahun y Marcel Moore

heterosexual surrealista. De la niña a la mujer fatal, pasando por la mujer flor, la mujer indómita y las «mujeres malditas», no han escatimado en la reactivación de las imágenes más convencionales de la feminidad. He aquí un movimiento que se reclama del amor loco y que hace alarde de una ignorancia equívoca ante el amor entre mujeres. En su famosa sesión de 1928, sobre la sexualidad citada más arriba, leemos el diálogo siguiente entre los hombres del grupo: PE (Benjamin Perret) – Queneau, ¿cómo imagina el amor entre mujeres? BR (André Breton) – ¿El amor físico? PE– Naturalmente. Q– Imagino que una mujer hace de hombre y la otra, de mujer, o el 69. PE– ¿Tiene informaciones directas sobre este tema? Q– No. Lo que digo de él es libresco e imaginativo. Jamás he entrevistado a ninguna lesbiana. PE– ¿Qué piensas de la pederastia? Q– ¿Desde el punto de vista moral? PE– Por ejemplo. Q– Desde el momento en que dos hombres se aman, no tengo ninguna objeción moral que hacer sobre sus relaciones psicológicas.

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Marie Jo Bonnet

20 No figuran en los diccionarios ni en las innumerables obras sobre el surrealismo publicadas antes de la biografía de Leperlier, ni en la notable obra de Whitney Chadwick, Les femmes dans le mouvement surréaliste (Las mujeres en el movimiento surrealista, 1986), a la que no se puede suponer que tome partido. Suzanne Malherbe vivirá diez años más que Claude Cahun (muerta en 1954), sin hablar, aparentemente, de sus escritos y sin mostrar las fotos.

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Y he aquí una cuestión rápidamente resuelta. Con toda evidencia, el eros lésbico no participa de la fantasmagórica erótica surrealista. El surrealismo es un movimiento de hombres al servicio del imaginario erótico del hombre heterosexual, y no vemos cómo Claude Cahun podría sentirse aceptada en su homosexualidad, o incluso en su identidad de artista, ya que esta gran fotógrafa ni siquiera fue invitada a participar en la Exposición Internacional del surrealismo organizada en Londres en 1936, cuando está físicamente presente como puede verse en un foto tomada en esta época. Pero no se expondrá ninguna obra fotográfica, ningún libro, ninguno de sus objetos surrealistas. Qué humillación para una artista que ha tomado partido por las opciones políticas del grupo (sobre todo en el caso Aragon) y cuyo trabajo con Suzanne Malherbe sobre los sueños, los fotomontajes, las máscaras, prefiguraba el de los surrealistas. ¿Es esta ocultación la que les lleva a dejar París definitivamente en 1937 para exiliarse en la isla de Jersey, que no dejarán hasta la muerte de Claude Cahun en 1954? ¿Aprovechó Claude Cahun la muerte de su madre para marcharse? Tantas preguntas sin dilucidar, a las que se suma la de saber si la negativa de Adrienne Monnier no las había empujado al activismo político y a un movimiento surrealista tan cerrado a las lesbianas. Parece que Adrienne Monnier se hubiese situado en un espacio identitario inaccesible para Claude Cahun, porque si creemos a Gisèle Freund, Adrienne Monnier «siempre estaba dispuesta a apoyar la causa de las mujeres». Además publicará en 1936, en su pequeña editorial, la tesis de Gisèle Freund sobre la historia de la fotografía. ¿Por qué rechazó el libro de Claude Cahun? Probablemente porque sus «Aveux» no habían «ocurrido» lo suficiente. Escritos en masculino, rotos como un espejo partido en el que aflora una misoginia y un odio hacia sí insoportables, estos textos difícilmente podían satisfacer su gusto por la transparencia y la comunicación. «Más vale pájaro en mano que ciento volando», proclamaba Claude Cahun en Aveux non avenus. Esta frase resume de una forma admirable una ética de vida que explica por qué el trabajo de esta pareja literaria y artística no podía dejar huellas20. ¿No demuestra esto justamente que el «hablar en neutro» es el mejor modo de convertirse en presa de los depredadores masculinos?

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Claude Cahun y Marcel Moore

Bibliografía Bonnet , Marie Jo (1998) «L’ancêtre de la presse gay», en Ex Aequo (nº 15, febrero). Breton, André (1928) La Révolution surréaliste (n°11, 15 de marzo), París. Cahun, Claude (1919) Vues et Visions, Ed. G. Crés et Cie. (1930) Aveux non avenus, con «Prefacio» de Pierre Mac Orlan, ilustrado con once heliograbados compuestos por Moore según los proyectos de la autora, Ed. du Carrefour. Chadwick, Whitney (1986) Les femmes dans le mouvement surréaliste, Chêne. Jung, C. G. (1964) Dialectique du Moi et de l’inconscient, Gallimard, Folio essais. Lebovici, E. (1995) «I am in training don’t kiss me», en Catálogo de la exposición Claude Cahun, Museo de Arte Moderno de la Villa de París, Ed. Paris Musées / Jeanmichelplace. Leperlier, François (1994) «Claude Cahun, la gravité des apparences», en Le Rêve d’une ville, Nantes et le surréalisme, Ed. R.M.N./Museo de Bellas Artes de Nantes y Biblioteca. (1992) Claude Cahun, l’écart et la métamorphose, Jeanmichelplace. Neuvecelle, Henri (1990) «Dans sa parole toute entiêre», en Cahiers jungiens de psychanalyse (nº 64, 1er trimestre).

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Hacer la calle: violencia económica en España. La prostitución y el trabajo sexual, una forma más de violencia institucional. Carlos Fonseca Hernández

1 Véase por ejemplo: CORSO, Carla: “La lucha por los derechos de las prostitutas” y OSBORNE Raquel: “Comprensión de la prostitución desde el feminismo” en Debates feministas, Comisión antiagresiones y Coordinadora de Grupos de Mujeres de Barrios y Pueblos del Movimiento Feminista de Madrid. 1990.

2 Véase BARRY, Katflenn (1988): Esclavitud sexual de la mujer. Barcelona: La Sal.

De muchas maneras se han tratado de controlar a las sexualidades periféricas. Ya sea a través de la injuria, el estigma, el rechazo o el control legal. En este sentido, el trabajo sexual representa un reto para la investigación que supone innumerables cuestionamientos. En la mayoría de los intentos de acercamiento se excluyen a los afectados1. Este trabajo pretende dar a conocer su voz. La idea central gira sobre la posibilidad de concebir la prostitución como un trabajo más que contempla la venta de un servicio, no del cuerpo. Tal actividad es provocada por factores de distribución de la riqueza y de oportunidades. Aunque en algunos casos significa un simple acto hedonista de intercambio económico.

Complejidades Si consideramos que la mayoría de las personas que laboran en la prostitución pertenecen a los sectores más desprotegidos de la sociedad, consideraríamos al trabajo sexual como una forma de violencia económica porque coacciona a una determinada persona a trabajar en algo que posiblemente no desea: la venta de sus servicios sexuales que le brinda la oportunidad de obtener ingresos de manera rápida, sin horarios, jefes, ni permisos de trabajo. Éste es el caso de hombres y mujeres inmigrantes sin papeles y mujeres transexuales que se ven forzados a trabajar en la industria del sexo para sobrevivir, pues no acceden a otros puestos laborales. Sin embargo, generalmente se cree que todos son esclavos sexuales que hacen este trabajo en contra de su voluntad2. Esta aproximación, formulada desde un sector fundamentalista del feminismo, considera la sexualidad de las mujeres como una forma de esclavitud por ORIENTACIONES revista de homosexualidades

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Hacer la calle: violencia económica en España

parte de los hombres. Los argumentos de Kathleen Barry (1998) fueron muy bien acogidos por las feministas norteamericanas; pero totalmente rechazados por sus informadoras, las prostitutas. La posición de Barry es claramente determinista sobre la sexualidad de las mujeres, considerándolas víctimas del patriarcado. Margo St. James fue la primera prostituta contemporánea en Estados Unidos que se manifestó públicamente por los derechos de las trabajadoras del sexo 3, fue también informadora de Barry para su trabajo de investigación. St. James desmiente que las prostitutas sean esclavas del orden masculino; al contrario, sugiere que el trabajo sexual les permite independizarse de los hombres y ganar dinero a través de sus servicios. Esencialmente, lo que en verdad ataca a la moral pública y genera tristeza entre la sociedad es que las/los prostitutas/as puedan recibir dinero a cambio de sus favores sexuales. Puesto que en el modelo de la sexualidad “buena” el sexo se hace por amor, con una única pareja estable y sin dinero de por medio. Sin embargo, el intercambio económico se ha producido desde siempre, incluso en la institución matrimonial muchos hombres pagan dotes por la esposa (la boda, el banquete, el anillo, etc.) y ofrecen mantener a las mujeres a cambio del acceso a su sexualidad y el trabajo doméstico; la diferencia es que hacen el trabajo –sexual y doméstico– no remunerado. Es decir, no existe el intercambio de dinero por placer sexual. Juliano (2002) cuestiona: “¿Por qué el progreso económico de las prostitutas y no el de otros sectores como los empresarios, soldados o clérigos o soldados –por poner cualquier ejemplo– causa tantas medidas represivas y rabia entre las mujeres?”4. El propósito de este apartado es analizar la complejidad de la actividad sexual remunerada. Pheterson (1989) asegura que la etiqueta de “puta/o” se atribuye a toda persona que trabaja o ha trabajado en la industria del sexo como prostituta, modelo pornográfica, bailarina de strep-tease, masajista, remplazado sexual o teleoperador de llamadas eróticas, o cualquier otro entretenimiento o servicio de carácter sexual5. Un primer significado de la palabra “puta” se relaciona con la trabajadora sexual estigmatizada o el hombre feminizado. La relación entre prostituta y homosexual es históricamente común. Aunque la categorización de la homosexualidad exclusiva se realiza a finales del siglo XIX, el estigma procede de épocas muy anteriores. Puesto que, antes de emplear el 154

3 PHETERSON, Gail (compl.); prefacio de ST. JAMES, Margo: (1989): Nosotras las putas. Madrid: Talasa. PHETERSON, Gail (2000): El prisma de la prostitución. Madrid: Talasa.

4 JULIANO, Dolores (2002): La prostitución: el espejo oscuro. Barcelona: Icaria, P. 16.

5 PHETERSON, Op. cit., p. 38.

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6 JULIANO, Dolores, op. cit., p.41-42.

7 RESTREPO, Luis (1997), El derecho a la ternura, Barcelona, Península. P. 112

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vocablo “homosexual”, la forma corriente de denominar a estas personas era llamándolos “putos”. Incluso en México se mantiene esa palabra para referirse a los homosexuales. Desde el siglo XVII se ha empleado la palabra “puto”, o en el mexicano antiguo “culiolo”, para denominar a los homosexuales y a los prostitutos. De esta forma, las injurias más destructivas para cada sexo pertenecen a los comportamientos más prohibitivos; manteniéndose en la actualidad “puta” para las mujeres y “maricón” para los hombres6. No obstante, no sólo las personas que ofrecen sexo por dinero pueden ser marcadas con el estigma; cualquier mujer puede ser considerada puta dentro de un contexto social y lingüístico en el que se atente contra su dignidad, especialmente si es trabajadora independiente, víctima de una violación, pobre, de otra raza; con el objeto de deshumanizar su persona y hacerla blanco de la discriminación misógina, racial, laboral, legal y sexual. La mancha que provoca entre las mujeres, constituye la mayor forma de estigmatización de una conducta que cuestiona potencialmente el orden establecido. Igualmente, los hombres que viven abiertamente una sexualidad, distinta a la de la mayoría heterosexual, se hacen acreedores del rechazo social, pues violan las normas sociales existentes. De tal forma, las fobias generalizadas contra la prostitución no son más que una máscara que oculta el temor que la sociedad patriarcal heterosexual siente ante estas personas fuera de la norma. Recela de ellas porque pueden ser tomadas como modelo a seguir por otros sujetos. Asimismo, desconfía de las prostitutas porque las considera como esencialmente poseedoras de cierto conocimiento sobre las debilidades del sexo fuerte. Restrepo (1997) asegura que no hay mucha diferencia entre lo que hace la/el prostituta/o y lo que efectúa la gente decente. Lo que realmente sucede, es que ésta/este realiza de forma pública lo que los demás practican de manera privada. Y por ello se convierte en acto objeto de reproche7. De la misma forma, lo que hacen los gays y lesbianas no es tan distinto de lo que hacen las parejas heterosexuales. Sólo que es tan reprobable porque rompe el pacto entre lo público y lo privado. En muchos casos se “toleran” las manifestaciones de las sexualidades periféricas mientras se realicen exclusivamente en el ámbito privado. No obstante, cuando se trasladan a la esfera pública se convierten en actividades satanizadas. En los países latinos en los que existe el carácter alegal de la prostitución, el orden social atribuye un estigma a la/el trabajadora/or sexual, que por una extraña razón, no alcanza 155


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al cliente; incriminándola/o por su presunta inmoralidad, mientras que tal mancha no alcanza al usuario, liberándolo de la identidad deteriorada. En Austria, donde existe una regulación arbitraria del comercio sexual, la persona que vende servicios sexuales en la calle no es perseguida; mientras que el cliente puede ser detenido y procesado por comprar sexo. Esta situación perjudica aún más a los profesionales del sexo autónomos puesto que laboran en condiciones de ilegalidad. De esta forma, al hostigar a los clientes, estas personas tienen menos oportunidades de conseguir un trabajo sexual, cobran menos dinero y son más vulnerables a aceptar prácticas no protegidas puesto que el consumidor se encuentra en una situación vulnerable y exige mucho más por arriesgarse a ser detenido; con lo cual, se incrementa el poder de los clientes hombres sobre las/os trabajadoras/es. Además, los dueños de hoteles, burdeles, clubes, proxenetas y demás personas relacionadas con la industria del sexo, que simplemente proveen de una cama o un espacio para el encuentro sexual, se enriquecen gratuitamente de su trabajo. En el mundo capitalista, la motivación económica se considera totalmente legítima en el colectivo de hombres heterosexuales –empresarios, profesionales e incluso, prestamistas. Mientras que se ve en las/os trabajadoras/es sexuales como perversión (Juliano, 2002:28). En la sociedad contemporánea, el trabajo es la base de la integración social, el prestigio y la autoestima personal. Al negar a estas personas la condición de trabajadores, no sólo se las margina a la clandestinidad y al cuarto mundo8, sino que se les aparta de la sociedad normalizada y se les atribuye un concepto de sí mismo fundamentalmente negativo. Una de las explicaciones de la prostitución se centra en el análisis del dominio económico de los hombres sobre las mujeres. Para Varela (1995) el inicio del trabajo asalariado en la Edad Media y la imposición del matrimonio monógamo dio origen a que muchas mujeres que intentaban acceder a puestos de trabajo limitados por hombres, ingresaran a los burdeles como salida a su necesidad laboral y como refugio a la institución matrimonial9. El desarrollo de las ciudades desde el siglo XII al XIV atrajo a un voluminoso número de mujeres y hombres de las zonas rurales a los centros urbanos, que buscaban nuevas oportunidades de ganarse la vida fuera del control feudal. El control de los puestos de trabajo en manos de los hombres hizo que rápidamente las incipientes organizaciones gremiales limitaran el acceso a las mujeres, 156

8 VENTOSA OLIVERAS, Lluis (2000): El mal lladre. Teología des del Quart Món, Barcelona, Claret.

9 VARELA, Julia (1995), “La prostitución, el oficio más moderno”, en Archipiélago, nº 21, Pobreza y peligro.

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dejando sus opciones laborales fuertemente restringidas. Entonces, el trabajo sexual surgió como acceso a los medios económicos para las mujeres, en respuesta a su necesidad económica y de trabajo, e indirectamente como protección a la institución matrimonial para aquéllas que preferían incorporarse al mercado laboral antes que entrar a un convento. Por tanto, la institucionalización de la prostitución es consecuencia histórica de la lucha de las mujeres por conseguir bienes económicos, expresados en dinero a través del trabajo remunerado; y, además, a la resistencia al matrimonio como agente de control de sus cuerpos y sus sexualidades. A eso se debe quizá el número tan alto de mujeres lesbianas en el trabajo sexual y el de las activistas feministas lesbianas que luchan por los derechos de las prostitutas. Mientras se mantenga la diferencia de género para el acceso a los recursos económicos, la prostitución se manifiesta como una estrategia redistributiva entre los hombres y las mujeres.

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Sin embargo, aunque no resulte tan conocido, los hombres también ofrecen servicios sexuales a otros hombres. Este tema alude al tabú de la homosexualidad y la poca importancia que se da al tema. Muchos de los clientes que utilizan los favores sexuales de los prostitutos son hombres que quieren vivir un episodio homosexual en su cotidiana existencia heterosexual. Algunos de ellos tienen una doble vida, están casados y tienen una inmaculada familia con hijos. Otros son hombres maduros exclusivamente homosexuales que utilizan la prostitución porque durante su juventud la homosexualidad fue duramente perseguida, como en el franquismo. Otros clientes son personas que quieren acceder a valores como la juventud, la belleza, la masculinidad y lo hacen con fines totalmente recreativos. A diferencia de lo que se cree, no todos los clientes son homosexuales reprimidos, ni viejos frustrados, también existen hombres jóvenes que les excita sexualmente pagar a un prostituto. Como la prostitución masculina no llama tanto la atención en la calle, es fácil que pasen desapercibidos los clientes y los trabajadores. La barrera entre trabajo sexual masculino y trabajo no sexual es más permeable. Un chico puede esporádicamente hacer algún servicio cuando tiene necesidad económica y volver por la tarde a otro trabajo, o alternar la prostitución con un trabajo convencional. La prostitución masculina está menos mal vista, simplemente porque no es tan notoria. En parte, porque los chicos utilizan los valores más apreciados de la masculinidad para captar a sus clientes. Situación que es totalmente contraria a la prostitución transexual. En ella, la condición sexual hace que a la vista pública sea sumamente escandalosa y perturbadora. En algunos casos, la mujer transexual prostituta puede actuar en un rol penetrativo o simplemente apreciada como una mujer con “algo” más. En esencia, los clientes de la prostitución homosexual y transexual, acceden a comportamientos prohibidos como el homoerotismo, la fantasía de un cuerpo andrógino que une a un hombre y una mujer al mismo tiempo, o también aproxima a los clientes a valores tan subjetivos como la masculinidad, la feminidad, la juventud o la belleza. El intercambio económico abre la puerta a un momento que en otras circunstancias sería difícil de acceder. Sin embargo, el tratamiento social que se da a los hombres y a las mujeres que trabajan en la industria del sexo es muy diferente. Los hombres que ejercen la prostitución no son objeto de la persecución policíaca de la que son objeto las mujeres. No se les considera desviados morales, sino que sólo tienen 158

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10 Sobre la Prostitución en México: BRONFMAN, Mario; URIBE, Patricia; HALPERIN, David; HERRERA, Cristina Herrera (2002): “Trabajo sexual: la espiral del riesgo”, en LETRA S, Julio 4 de 2002. México, D.F. CORNEJO, Jorge Alberto (2002): “Cuando las magdalenas devolvieron las pedradas”, en LETRA S, Julio 4 de 2002. México, D.F. CÓRDOVA PLAZA, Rosío (2002): “Entre chichifos, mayates y chacales”, en LETRA S, Julio 4 de 2002. México, D.F.

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motivaciones económicas. Por el contrario, en el caso de las mujeres y las transexuales se les supone que su ocupación se debe a su inclinación al vicio, y no a la falta de oportunidades laborales que las conduce al trabajo sexual. La feminización de la pobreza incide directamente sobre las mujeres, pero también alcanza otros marginados sociales como los drogodependientes, los inmigrantes y los jóvenes en situación precaria. En este sentido, se puede afirmar que actualmente en España las mujeres españolas son las que menos trabajan en la calle como prostitutas. Su lugar lo han ocupado hombres y mujeres inmigrantes. Esto debido a la incorporación de las mujeres a los puestos de trabajo. Situación que ha generado que otros colectivos ingresen en el mercado sexual como las mujeres inmigrantes (ecuatorianas, colombianas, rumanas, nigerianas) que ocupan la mayoría de los lugares desocupados por las prostitutas autóctonas. Las españolas están representadas por otro grupo marginado: las drogodependientes que utilizan el trabajo sexual para pagar sus adicciones. Como se ha mencionado, la prostitución está integrada en su mayoría por personas que pertenecen a algún gueto particularmente complejo. Tal es el caso de las transexuales. Aunque casi en algún momento de su vida la mayoría de las transexuales españolas han trabajado en la industria del sexo, la reciente incorporación de las transexuales españolas al trabajo convencional ha generado que otros colectivos ocupen el lugar en el mercado sexual que demanda mujeres con pene. Tal espacio está siendo ocupado por transexuales y travestíes extranjeras, principalmente de Ecuador y Colombia. La situación de la prostitución es continuamente cambiante; así como hace no muy poco abundaban las transexuales brasileñas, de un momento a otro puede cambiar la situación de la industria del sexo10. Depende de factores sociales y económicos de los países de origen y de las leyes de extranjería. Cuanto más restrictivas sean las políticas de inmigración, la incidencia de inmigrantes en el mercado sexual se verá acrecentada. Situación que únicamente favorece a los clientes, puesto que tienen una fuente inagotable de mercancía donde escoger, la posibilidad de rebajar los precios por la excesiva oferta de mano de obra en el mercado de trabajo, y la oportunidad de realizar relaciones sexuales sin protección que otras personas con menos necesidad económica, no aceptarían. Además, al haber tantas personas en busca de trabajo sexual, se generan 159


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conflictos entre ellas/os por los espacios de trabajo, y competencia por conseguir más clientes. La situación es permanentemente variable y compleja. La prostitución masculina es aún más difícil de abordar si no se conocen los códigos para acceder a ella. En el caso de los hombres trabajadores sexuales, “chaperos”, el mercado se divide en locales cerrados (pisos, saunas, discotecas) y lugares abiertos como plazas, parques y playas. Los que trabajan en locales están menos marginados y a simple vista parece que pertenecen a la clase media. En los pisos de relax se encuentran españoles, franceses, colombianos y ecuatorianos. Quienes trabajan en estos lugares tienen cuerpos moldeados en el gimnasio, con ropa, zapatos y accesorios de marca. También están mejor remunerados, aunque comparten la mitad de su sueldo con los propietarios de los locales. En las saunas y discotecas generalmente ejercen trabajadores autónomos que atraen a los clientes potenciales que saben que en esos lugares se ofrecen servicios sexuales. Los comunitarios están un poco menos representados, abundando más los trabajadores extranjeros de Iberoamérica, el Magreb y Europa del Este. En cambio, los lugares públicos se caracterizan por la gran diversidad de los trabajadores. La edad puede ser algo mayor, puede haber chicos mayores de 35 años con la apariencia de un paisano común. Muchos de los que trabajan en plazas y parques provienen de los países árabes como Marruecos y

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Argelia; otros proceden de Europa del Este, particularmente Rumania. Una pequeña parte de la prostitución masculina callejera la integran jóvenes de Sudamérica, generalmente Ecuador y Colombia. Sin embargo, en las playas cercanas a Torremolinos y Málaga se encuentran muchachos de España y otras regiones de Europa, además de los marroquíes, rumanos y ecuatorianos. Dado que la prostitución masculina es más compleja y difusa, en la calle se pueden encontrar hombres de muchas nacionalidades, desde los autóctonos que generalmente son jóvenes que han escapado de casa o con problemas de drogas- hasta los innumerables inmigrantes que engruesan la capa de la pobreza. Sin embargo, existe muy poca incidencia de hombres de los países subsaharianos, debido quizá a la idea que tienen sobre la homosexualidad, considerada una especie de locura, y las diferencias culturales entre las conductas africanas y la occidental. Puesto que los hombres autóctonos disponen de más recursos económicos que las mujeres y las/los inmigrantes, se genera un mercado que proporciona una serie de servicios no sólo sexuales a los clientes que están dispuestos a pagar. La oferta y demanda utiliza los imaginarios colectivos desde una lógica capitalista y procura además de sexo, atención, escucha y compañía. Sustituyendo temporalmente las relaciones personales basadas en el trato y la confianza. Según Juliano, los hombres pagan por lo que podrían obtener gratis por las siguientes razones: ØPorque se impone en el acto sexual una relación de poder de tipo económico y de virilidad. ØPorque les ahorra a los hombres tiempo y esfuerzo. ØPorque evita implicaciones emocionales. ØPorque les permite condicionar la relación establecida a las exigencias de sus propias necesidades sexuales, afectivas y de comunicación sin tener en cuenta las necesidades de su interlocutor/a, ni considerarlo/a como sujeto. Estos componentes disponen la demanda de servicios sexuales como una sexualidad substitutiva, funcional para el cliente aunque frecuentemente negada. En cambio, las/los trabajadoras/es sexuales determinan una relación exclusivamente instrumental con sus clientes. Observándolos no como seres humanos, sino como una fuente potencial de ORIENTACIONES revista de homosexualidades

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recursos económicos que puede ser explotada; considerando su gestión como una representación teatral, en la que adoptan el papel que el otro desea a cambio de dinero sin la necesidad de implicarse como personas. También hay excepciones, algunas veces las/los prostitutas/os se convierten en pareja de sus clientes, estableciéndose lazos afectivos entre ellos. Sin embargo, el tenor general señala que la mayoría son esporádicas, cortas y limitadas a un intercambio de orgasmo por dinero11. Durante la Guerra Civil Española, la desvalorización del trabajo sexual estaba basada en la idea que el intercambio económico va en contra de la dignidad humana, puesto que el acto de dar una moneda a cambio de un momento de placer es la profanación del amor, de la naturaleza y del género humano, puesto que el cuerpo es el templo sagrado que no debe ser corrompido12. Gallardo (1932, citado por Juliano y Nash) considera que el cuerpo “sagrado” femenino es para el uso gratuito de los hombres; por tanto, declara la disponibilidad sexual y gratuita de las mujeres. El autor consideraba que la virginidad voluntaria de las mujeres debería ser considerada como un delito social, como un atentado contra la salud reproductora y la tranquilidad de los hombres13. El tabú sobre la homosexualidad también ha contribuido para que el trabajo sexual sea reprobado. No obstante, algún episodio homosexual esporádico supone una muestra de “vacaciones morales” para un cliente con una férrea identidad heterosexual. Como se ha mencionado, la palabra más fuerte de todos los idiomas se refiere a la mujer que se atreve a sostener relaciones fuera del matrimonio sin la aprobación del juez y del cura. Y del hombre que se entrega a los placeres sexuales con otro hombre. En tanto, las palabras más valoradas aluden a las características masculinas y la capacidad de los hombres de emplear su cuerpo libremente14. En consecuencia, el cuerpo es la primera imagen de nuestra identidad, cada miembro tiene un significado que refleja un cierto sentido. En nuestra cultura, para que a las mujeres se les considere sujetos socialmente aceptables, deben manifestarse como no prostitutas y los hombres como no homosexuales. Esto genera la necesidad de profundizar la diferencia, recalcando la jerarquización. La operación da como resultado la ruptura de la solidaridad entre los propios sujetos. Divide y vencerás. El pacto entre hermanos que plantean los teóricos del empowerment, es una estrategia de unión para enfrentarse a 162

11 JULIANO, D. Op. cit., p. 145. “Trabajadoras sexuales: Memorias vivas”. Asociación de Trabajadoras Autónomas “22 de junio” de El Oro, MachalaEcuador, 2002. AGUSTÍN, Laura (2001) “Mujeres inmigrantes ocupadas en Servicios Sexuales” en Colectivo Ioé (2001): Mujer, inmigración y trabajo. Madrid: Ministerio de Trabajo y Asuntos SocialesInstituto de Migraciones y Servicios Sociales.

12 NASH, Mary (1983), Mujer, familia y trabajo en España 1875-1936, cap.: “La prostitución”, Barcelona, Anthropos. NASH, Mary (1999), “El fascismo de la naturaleza, prostitución y enfermedades venéreas” y “Libertad a las prostitutas”, en Rojas. Las mujeres republicanas en la Guerra Civil, Madrid, Taurus.

13 Juliano D., op, cit., p.27.

14 BULLRICH, Silvina (1982), La mujer postergada, Buenos Aires, Editorial Sudamericana P.123.

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15 JULIANO, Dolores, op. cit., p.41.

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la dominación heterosexual masculina. La caída del muro entre mujeres prostitutas y no prostitutas, y de la barrera entre los “verdaderos hombres” de los homosexuales es una estrategia de unión ante un problema que afecta a todos. En consecuencia, el tema de las sexualidades periféricas y el trabajo sexual no debería ser ajeno para nadie, puesto que el estigma “puta” y “homosexual” es un instrumento socialmente desarrollado para controlar a todas las personas. Por tanto, la liberación de la amenaza a ser estigmatizado por un comportamiento sexual, dejaría de ser un obstáculo para que los sujetos asuman el control de su propia sexualidad. Y dejen de ser coaccionados por un modelo de sexualidad monógamo, subordinado y reproductivo15. Sin embargo, en este punto es importante preguntarnos cuál es la solución del problema. La perspectiva conservadora, basada en las ideas judeocristianas, con fuertes prejuicios contra la sexualidad y la de las mujeres particularmente, plantea negar el asunto, proponiendo la abstinencia como un medio de conclusión. Otros enfoques señalan la complejidad del tópico. No obstante, el punto de partida para una posible vía de solución se encuentra en el acceso a los recursos económicos para las mujeres y los colectivos marginados. Asimismo, en negociar el pacto entre lo público y lo privado para la homosexualidad. En cuanto al desenlace del problema de la prostitución, no creo que esté en hacer leyes más opresivas en contra de las/los trabajadoras/es sexuales, sus clientes, los drogadictos o los inmigrantes. Sino, en una reflexión de todos los sectores de la sociedad sobre la igualdad de oportunidades laborales entre hombres y mujeres, extranjeros y autóctonos. La cuestión del trabajo sexual es ante todo eso una cuestión, una pregunta sobre la equidad – que garantiza la ley- para todas las personas en el acceso a los puestos de trabajo. Cualquier acción que comprenda abordar la solución del trabajo sexual deberá tomar en cuenta la opinión de las implicadas. El Colectivo de Transexuales de Cataluña propone dejar de considerar a las mujeres como sectores marginales y verlas como trabajadoras autónomas, a las que es necesario proteger sus derechos. El enfoque contempla acciones que promuevan el reconocimiento de su labor como un trabajo más y permitir que administren ellas mismas las condiciones laborales, en respuesta a los proyectos que pretenden beneficiar a los dueños de los clubes donde la prostitución estaría invisibilizada y en manos del control masculino. 163


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Discusión Como se ha visto, el trabajo sexual es una de las profesiones que contiene a los sectores más vulnerables de la sociedad: las mujeres, inmigrantes, drogodependientes, jóvenes en situación precaria, etc. En su mayoría trabajan por necesidad para cubrir necesidades básicas. Aunque la prostitución tiene una función social, la sociedad conservadora no ha querido atribuir el carácter de trabajo a esta actividad económica. Los intentos por regularizarla están enfocados a beneficiar a los empresarios de clubes y hacer desaparecer a las mujeres y hombres de la calle, en una clara actuación misógina, machista y homófoba, a favor de los intereses económicos masculinos heterosexuales. Las transexuales catalanas han elaborado una propuesta de Ley que resulta novedosa. En este documento se rompe con la idea de que la mujer prostituida actúa en contra de su voluntad. Más bien se desarrolla en una serie de valoraciones sobre lo que ella desea conseguir a través de su profesión. La principal demanda para el Colectivo de Transexuales de Cataluña (2003) es que se considere su labor como un trabajo más. Llama la atención que la propuesta surge precisamente de las trabajadoras sexuales enfrentándose a la visión desvalorizadora de la sociedad. Igualmente, destaca la situación real de la calle en el territorio español con la llegada de inmigrantes a la industria del sexo y el cambio en el escenario por esta situación. Aunque los datos que proporciona seguramente son valoraciones personales, es importante señalar que aborda la problemática de la prostitución masculina con clientela homosexual. Puesto que se trata de una propuesta que pretende reivindicar los derechos de las trabajadoras autónomas que laboran en la calle, el Colectivo de Transexuales asegura que a diferencia de lo que se cree, las personas de la vía pública están más satisfechas que las que trabajan en clubes al ver mermados sus ingresos por los empresarios. Este enfoque tiene puntos contradictorios entre sí: por un lado, promueve que su actividad se considere como un trabajo más, y por otro, pretende que se considere como un oficio con características especiales y únicas por el hecho de que se pone a disponibilidad algo tan subjetivo como el cuerpo. Además, utilizan el concepto de libertad sexual sin observar que tal libertad no existe, puesto que al formular una proposición de ley no están más que generando que el Estado controle la 164

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libertad sexual de los ciudadanos. Los artículos que llaman la atención sobre la regularización del trabajo sexual propuesto por ellas mismas son aquéllos en los que se establece el tipo de actividad y servicio que se pone a la venta y las condiciones que beneficiarían a las trabajadoras autónomas. Se destaca en esta propuesta la ausencia de las obligaciones del profesional del sexo, donde aparezcan únicamente sus derechos, pero no los compromisos a los que estarían sujetos. Posiblemente porque no están dispuestas/os a hacerlo. En Holanda, por ejemplo, donde la prostitución está regulada no sin insuficiencias, el 90% de las mujeres registradas como trabajadoras sexuales por la Administración no paga impuestos. Si se desea que se considere como un trabajo más, tiene que tener las mismas obligaciones que cualquier trabajador. Como se ve, las cuestiones legales y administrativas de la diversidad sexual son sumamente complejas. En general se caracterizan, ya sea por un profundo silencio o por un tratamiento desigual a la identidad heterosexual. La homosexualidad, el lesbianismo, el trabajo sexual y la transexualidad son tabúes que la Administración no desea afrontar como suyos, dejando que ONG’s o servicios asistenciales se encarguen de solucionar los problemas.

APÉNDICE PROSTITUCIÓN - PROPOSICIÓN NO DE LEY Colectivo de Transexuales de Cataluña Aprobado el 26/11/2002

PREÁMBULO La prostitución podría definirse de forma simplista como un acuerdo, donde uno compra y otro vende sexo. Es como todo acuerdo algo pactado. La prostitución tiene que ver con el comercio, pero también y sobre todo con la autonomía y el derecho al propio cuerpo, con la libertad de elegir en lo personal. Desde un punto de vista utópico, la prostitución ideal es aquélla en la cual ambas partes se sienten conformes con el acuerdo realizado en condiciones de igualdad, en un trato justo. ORIENTACIONES revista de homosexualidades

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No obstante, la realidad suele ser muy distinta debido a las condiciones sociales de discriminación que sufre una de las partes, la trabajadora sexual. De hecho, nuestra sociedad es responsable de situaciones de injusticia, de marginación y represión cultural, de la lesión económica de las prostitutas. Injusticias que caen como una losa sobre determinados grupos sociales, los más indefensos, dejando la puerta abierta para la explotación, la injuria, la estigmatización y extorsión de dichos grupos, convirtiendo una práctica honesta e inocente, en algo sobre lo que se ejerce una gran tiranía. En la actualidad, la situación de contratante y contratado es desequilibrada. La prostituta parte en lo general de una posición desfavorable, de discriminación y marginación, de situaciones límite que normalmente provoca acceder a la prostitución como algo impuesto. Siendo raro que se acceda a este oficio, al trabajo sexual, de una forma libre y voluntaria, salvo casos excepcionales donde el ejercicio del trabajo sexual proporciona beneficios sustanciosos, ascensos laborales o prestigio social: casarse con un millonario, ser una actriz o una reconocida modelo, prostituta de lujo, etc. Pero a pesar de ello, existen trabajadoras del sexo que acaban contemplando y reivindicando su oficio como un trabajo más, cambiando la primera visión auto culpabilizadora de sí mismas por un orgullo y talante equivalente al de las trabajadoras de otro oficio. Dicho concepto normalizado del propio trabajo de parte del colectivo de trabajadoras sexuales contrasta con la visión social estigmatizada que se tiene de ellas. En la actualidad, la composición social de las trabajadoras sexuales de España, y concretamente de Cataluña, está integrada en un 50% de mujeres extranjeras. El 50% nacional se divide entre prostitución de lujo, prostitución transexual y otras mujeres de edad avanzada. La prostitución masculina, por otra parte, es minoritaria respecto de la femenina, pero también real y a tener en cuenta, tanto la orientada a un público homosexual como la heterosexual, ésta última menos vistosa (el estigma sobre las cuestiones sexuales, suele afectar de forma distinta al hombre heterosexual, que al resto de grupos mencionados). Se da la paradoja de que muchos análisis realizados desde fuera de la prostitución consideran a la prostituta que trabaja en la calle como aquélla que atraviesa una situación más difícil, mientras que la realidad, en cambio, muestra muy a menudo un cuadro contrario, siendo como trabajadora autónoma y gracias al control de su trabajo y de su beneficio la que obtiene 166

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mayor satisfacción, en contraposición a la trabajadora en clubes y locales de alterne que ve una parte sustancial de sus ingresos apropiada por los propietarios de dichos locales, proxenetas y de las redes de tráfico de personas. Además, algunos ven a dicha trabajadora callejera y autónoma con disgusto, de forma que la tendencia general de las propuestas legislativas es erradicarla. Por extensión, también se pretende en ocasiones erradicar a otras trabajadoras autónomas que desde sus propias viviendas o domicilios habilitados para este negocio venden sus servicios sexuales. Proposiciones altamente contradictorias para quienes dicen y postulan el trabajo sexual como un trabajo más. ¿Por qué debería ser pues vergonzoso su ejercicio en la calle o en domicilios privados? Algunos argumentos esgrimidos contra la prostitución autónoma son conllevar falta de seguridad médica, con riesgo de transmisión de enfermedades, el estar asociada con delincuencia (hurtos, robos, tráfico de drogas) y finalmente el ocasionar alarma y deterioro de la imagen social del barrio donde se desarrollan. Argumentos falaces y sin demostrar que son utilizados de forma demagógica con el propósito de discriminar a dicho colectivo. Por el contrario, los locales son presentados, a menudo, en sus excelencias como garantes de la seguridad médica del cliente, de pulcritud respecto la moral social, hallando su principal problema en la difusión comercial y promoción de sus actividades que contradice la moralidad a la que parecen servir. Se cierra así un ciclo argumental totalmente falso que oculta la realidad de dichos locales como centros de explotación sexual de personas, normalmente extorsionadas, para utilizarlas en sus redes prostibularias, con el único fin del lucro personal de los proxenetas. Cuando consideramos una regulación u ordenación sobre el trabajo sexual no puede soslayarse sus características singulares que lo convierten en algo especial y prácticamente único, respecto de las actividades laborales tradicionales. La trabajadora sexual aporta al comercio, además de trabajo, la disponibilidad de su cuerpo, su vida sexual y afectiva. Tampoco puede olvidarse que con independencia de que exista una regulación de la prostitución ello no conllevará su normalización social. La estigmatización social de la prostitución hace difícil su reglamentación normal como otro trabajo más. Debe tenerse en cuenta, así mismo, la libertad sexual como un bien de obligada protección. La prostituta, al igual que el resto de los ciudadanos, tiene derecho a contactar ORIENTACIONES revista de homosexualidades

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con otras personas para establecer con ellas el acuerdo que considere necesario. Cualquier posible legislación, debe respetar este derecho. Como consecuencia de todo lo expuesto, la presente proposición se enmarca dentro de las iniciativas legislativas enfrentadas al abolicionismo de la prostitución, promoviendo la figura de la trabajadora sexual autónoma, dueña de su cuerpo, de su trabajo y de su vida sexual, intentando que su situación sea lo más libre posible para establecer unas condiciones de trabajo dignas y equitativas con clientes y el resto de trabajadores de nuestra comunidad. La figura del traficante de personas, ya perseguida en nuestro código penal, es especialmente denostada por la visión del trabajo sexual que representa la presente proposición. El proxeneta, aquella persona que extorsiona a la prostituta para beneficiarse de su trabajo sexual, es criminalizado. El empresario de comercio sexual ve, en consecuencia, acotado su campo de negocio a la prestación de servicios asociados al comercio sexual, proporcionando espacios, medios y contactos para realizar dicho negocio. Finalmente, la presente proposición revaloriza a la trabajadora de la calle desde el realismo, pues en una sociedad democrática en la que existen personas marginadas, su erradicación es una utopía que provoca únicamente la represión de las prostitutas a quienes se pretende favorecer. Pero también desde la corresponsabilidad de las administraciones locales para proporcionar los ambientes y lugares en condiciones adecuadas para que dicha actividad se ejerza con seguridad, comodidad y con el menor perjuicio posible de otros intereses ciudadanos. Por todo ello, se proponen las siguientes medidas: TÍTULO I - Del trabajo sexual 1.- Se considera trabajadora sexual a toda persona que realice comercio de su actividad sexual. 2.- El contrato sexual implícito en el comercio sexual está formado por dos partes, cliente y trabajador, que lo realizan válidamente cuando es otorgado con consentimiento libre y no viciado de ambas partes. 3.- La trabajadora sexual tiene derecho a establecer relaciones libres y directas con su cliente o destinatario de los servicios sexuales, siendo dicho derecho irrenunciable y no sujeto a compraventa o comercio por terceras personas. 4.- La trata de personas con el fin de explotarlas como

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trabajadoras sexuales es un delito penal que debe ser castigado con severidad. 5.- El proxenetismo o extorsión de personas para utilizarlas como trabajadoras sexuales por cuenta ajena es considerado un delito penal que debe ser castigado con severidad. 6.- La actividad empresarial asociada al comercio sexual se circunscribe únicamente a proporcionar los espacios, medios, contactos y promoción publicitaria que podrían hacer rentable y más productivo el trabajo sexual para la trabajadora. TÍTULO II - La organización del trabajo sexual 7.- Se fomentará la creación de organizaciones autónomas de trabajadoras sexuales que a efectos de la regulación de la prostitución serán consideradas entidades de utilidad pública. 8.- Se elaborará un Comisión de Estudio sobre el trabajo sexual que incorporará de forma especial a las organizaciones de trabajadoras sexuales del punto anterior y eventualmente otras organizaciones de apoyo a las trabajadoras sexuales. 9.-La regulación del trabajo sexual no debe comportar en ningún caso la discriminación de la trabajadora sexual callejera. A este fin, la administración tomará las medidas apropiadas para la dignificación y seguridad de dichas zonas de trabajo. 10.- La regulación del trabajo sexual debe castigar la explotación sexual de las trabajadoras sexuales, el proxenetismo y la trata de personas. 11.- Se fomentarán medidas de formación y reinserción laboral del colectivo de trabajadoras sexuales. Disposiciones adicionales 12.- Se reconocerá el derecho de asilo y se proporcionarán medios de acogida para aquellas trabajadoras sexuales que son víctimas de explotación sexual, o que sufren represión de sus libertades sexuales en los países de origen, o que sufren extorsión en su persona o familia para quebrantar su voluntad respecto de la libertad de ejercicio de su trabajo sexual. 13.- Todas las cuestiones relativas al trabajo sexual, a la trabajadora sexual, a su régimen de fiscalidad y obligaciones sociales, así como aquellas cuestiones no expresamente contempladas por la presente proposición, se entenderán competencia de las mismas organizaciones de prostitutas que tras emitir los correspondientes informes y propuestas serán oídos por la Administración que corresponda, quien las regulará de acuerdo con las normas de comercio y la legislación pertinente. ORIENTACIONES revista de homosexualidades

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N O T A S

D E

L E C T U R A S

José Miguel G. Cortés, Hombres de mármol. Códigos de representación y estrategias de poder de la masculinidad, Barcelona-Madrid, Egales, 2004. Señala José Miguel G. Cortés, en las primeras líneas de la Introducción al texto, que con este libro cierra una trilogía, iniciada hace una década, y centrada en el estudio de la masculinidad y la forma de representar la virilidad durante el siglo XX. Más de doscientas páginas después, en su último párrafo, resume las tesis desarrolladas en la obra: el cuerpo sano y musculoso sigue siendo la expresión de la supremacía masculina (y blanca). Supremacía a la que se unen las mujeres cuando es su cuerpo el que adopta posturas, formas y valores, asociados a la masculinidad, por ejemplo en el caso de las culturistas o soldados, pero no sólo ellas. Representación de valores y elementos fálicos reproducida hasta el límite de lo soportable por los medios de comunicación, la publicidad, el arte popular y el arte totalitario. Entre unas frases y otras transcurre un libro que está bien estructurado en el recorrido que hace y en los autores que trata. Es una obra que permite aprender a medida que se va leyendo, desde la obra de autores (normalmente fotógrafos) un tanto desconocidos para el público hispano, hasta la forma de “leer” determinadas representaciones artísticas, que sin un filo de sospecha, pueden pasar por creaciones inocuas, tanto de la cultura de masas como de la especializada. En el primer caso, el análisis que hace el autor de los personajes de cómics norteamericanos de los años cincuenta, que todo el mundo ha ojeado alguna vez por su enorme popularidad, y que tienen un trasfondo ideológico de reacción contra las amenazas al sistema de vida norteamericano en la época de la guerra fría. En el segundo, las razones del predominio en la construcción de un tipo de edificio, el rascacielos, que no viene tan determinado por la carestía del suelo, cuanto por representar una imagen jerárquica, piramidal, de la sociedad, que es lo que buscan las grandes compañías que se instalan en ellos. El poder necesita un tipo de representación vertical para ser comprendido por la muchedumbre, de consumidores o accionistas, que deciden confiar en la compañía que presenta esa potencia. Miguel Ángel G. Cortés comienza su estudio de la representación del cuerpo masculino en Grecia, como no podía ser de otra forma. Desde aquí a Walt Whitman, el libro relata cosas conocidas. Su originalidad comienza con el capítulo 3, ORIENTACIONES revista de homosexualidades

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donde estudia el tratamiento que el régimen nazi hizo del cuerpo en escultura (Arno Breker), cine (Leni Riefenstahl) y en la imagen que se transmitía en discursos oficiales, propaganda, etc., del tipo de ciudadano alemán que intentaba crear. No ha sido frecuente un estudio del nazismo desde este punto de vista, y es de agradecer el espacio que el autor dedica al tema. El apartado siguiente, dedicado a un fotógrafo (Herbert List) y tres escritores (Cocteau, Genet y Mishima), muestra las continuidades entre la representación totalitaria de la masculinidad y la producida fuera de estas coordenadas políticas, no muy alejadas unas de otras. Lo mismo sucede en los capítulos que siguen, dedicados a fotógrafos contemporáneos, como Mapplethorpe o Herb Ritts. La tesis que el autor sostiene es que desde la creación de los héroes y atletas en la antigua Grecia, no ha cambiado mucho la representación omnipresente, fálica, del cuerpo del varón como expresión de la supremacía masculina en todos los órdenes. Entre las esculturas del Partenón, y los anuncios de calzoncillos de Calvin Klein, el tiempo no ha dejado más huella de su paso que en lo relativo a la técnica y la invención de nuevos artes, como la fotografía o el cine. Y el discurso gay no sólo no ha luchado contra una imagen de hombres jóvenes, sanos y hermosos, como única forma de cumplir la ciudadanía, sino que lo ha potenciado hasta la exasperación. He ahí la referencia a List, Genet, Cocteau, Mishima, Mapplethorpe, y un largo etcétera. Por tanto, la iconografía gay se ha vuelto tan misógina como la heterosexual, y quizás más horrorizada ante la fealdad, la vejez y la muerte que aquélla. Por eso el discurso gay no sólo no ha ofrecido una alternativa a las formas de dominación, sino que ha sido uno de sus puntales. De donde la tranquilidad que muestran los poderosos ante la creciente producción y demanda de estos productos. Heteros o gays, todos contribuyen a mantener los valores del sistema político, tal como se encuentra. Lo otro, con quien duerme cada uno, tiene menos importancia; siempre fue un asunto privado. La tesis de Miguel Ángel G. Cortés es plausible, y el autor no deja de encontrar bases para apuntalarla. En eso consiste el libro, al fin y al cabo, en la culminación de una trilogía cuyas ideas básicas fueron pensadas anteriormente, y aquí encuentran su fundamento. Sin embargo, hay cosas que no están bien fundamentadas en el libro. La primera, la confusión que el autor tiene con respecto al concepto de “superhombre” de Nietzsche. Confusión frecuente, bien es verdad, favorecida por la pésima

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traducción del término alemán übermensch al castellano. El prefijo über no se refiere a algo potente, con mayor capacidad, sino a algo que viene después, ulterior. El übermensch es el hombre que viene después del hombre; no se trata de una especie distinta, sino de aquél que aparece cuando Dios no sólo ha muerto, sino que su cadáver se ha descompuesto, nadie se acuerda de él, y por tanto es preciso que cada uno cree los valores con los que va a vivir, ya que no existe ninguna instancia suprema que se los proporcione. Por lo tanto, hombre ulterior, no superhombre, sería la traducción más adecuada; de aceptarla se podrían evitar futuros equívocos. Por otro lado, el autor sostiene sin fisuras una tesis que tiene que ser matizada. Si bien la representación de la masculinidad que aparece, por ejemplo, en Olimpia, el film documental de Riefenstahl sobre los Juegos Olímpicos de Berlín, puede coincidir, en la técnica, con el trabajo de los fotógrafos norteamericanos que el autor cita (Herb Ritts, Tom Bianchi y Bruce Weber), no coincide en los objetivos. Porque la cineasta preferida de Hitler transmitía un modelo de ciudadano, ejemplificaba la forma de pasar de ser súbdito a ciudadano pleno del Reich, puesto que los alemanes nacían súbditos, y en el caso de los judíos o gitanos, era imposible que se convirtieran en otra cosa. En cambio, los fotógrafos de moda(s) crean un producto para ser deseado, para ser consumido a través de los productos (calzoncillos o perfumes) que los modelos promocionan. No ofrecen ciudadanías, aumentan el conjunto de deseos que las sociedades capitalistas generan para el buen funcionamiento de la maquinaria de producción y consumo. Sin embargo, existe un punto de vista con el que se puede estar de acuerdo en la crítica de José Miguel G. Cortés, que hemos expresado en Orientaciones muchas veces, y de distintas formas, y es que ser gay o lesbiana no supone, per se, una posición crítica con respecto a la sociedad, es decir hacia la desigualdad económica o las jerarquías sociales. El hecho de ser homosexual puede suponer una conciencia crítica con los elementos que excluyen al individuo de la igualdad, o puede suponer una reacción de supercompensación para convertirse en un individuo integrado, anónimo y conservador. Es decir, para intentar que la única acusación desde el poder que caiga sobre uno/a es que es homosexual. Pero no otras cosas. Que la teoría queer sea, como pretende el autor, el principal desafío a este conservadurismo, ya es otra historia. Javier Ugarte Pérez ORIENTACIONES revista de homosexualidades

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Óscar Guasch y Olga Viñuales (eds.), Sexualidades. Diversidad y control social, Barcelona, Edicions Bellaterra, 2003. Persona, cuerpo, género, sexo, orientación sexual. Sexualidades que se construyen poco a poco, o que cambian de imprevisto. Sexualidades que se afirman. Sexualidades que se niegan. Pensemos en la diversidad de heterosexualidades, homosexualidades, bisexualidades, transexualidades, intersexualidades… Pensemos en modelos de gestión de cuerpos. En géneros. Pero hablemos también de control social. “Las personas somos más parecidas que distintas, y más diversas que diferentes”. Son palabras de Oscar Guasch y Olga Viñuales en su prólogo a la presente recopilación de estudios teóricos, ensayos e investigaciones de diferentes autores sobre la sexualidad occidental desde una perspectiva sociológica. Las diferentes teorías, divididas en 18 artículos, están unidas bajo la definición común de la sexualidad como producto histórico. En la balanza de la normatividad occidental están, por un lado, la diversidad sexual como perturbadora del sistema social y, por otro, el control social que busca regular los conflictos que producen los deseos eróticos o sentimentales. Lo humano es plural, pero es precisamente la diversidad en lo que se basa la exclusión social. Es precisamente la búsqueda de diferencias entre los humanos lo que genera la desigualdad social, basada en las creencias hegemónicas transmitidas a la crédula sociedad. Lo demás son buenas preguntas, bien formuladas, a las que pretenden y consiguen dar respuestas satisfactorias los presentes artículos, divididos en tres partes: teoría de la sexualidad; diversidad y control social; cuerpo, salud y sexualidad. En la primera parte, sobre la teoría de la sexualidad, Joan Vendrell Ferré, Mari Luz Esteban, José Antonio Nieto, Susana López Penedo y Juan Antonio Suárez cuestionan el equilibrio entre los requerimientos de la sexualidad humana y los requisitos de la normativa social. Son ensayos que replantean la construcción social de los “seres sexuales” tomando como base el cuerpo humano y la filiación cultural del género. Son investigaciones que parten desde el cuestionamiento retórico y contradictorio de la común creencia de que el género se construye a partir del sexo biológico, debatiendo los límites del modelo “dos sexos/dos géneros“, para llegar a tratar la legitimación y reivindicación de las prácticas sexuales no normativas en la teoría queer. Podemos destacar varias palabras 174

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claves comunes para los ensayos: cuerpo humano, sexo biológico y sexo psicológico, género, socialización e identidades. Sociológicamente, somos cuerpos sexuales atrapados en módulos culturales que determinan nuestro destino afectivo. Sociológicamente, desde nuestro nacimiento, pasamos por una conversión larga, compleja y difícil, para llegar a ser hombres o mujeres, por naturaleza. Heterosexuales. Por naturaleza. Nuestras identidades culturales están sujetas al orden y control social basados en la prohibición, la negatividad y el asco hacia lo distinto, hacia lo anormal. Del grado del marcador social depende la exclusión social del individuo de orientación sexual diferente. Nos planteamos la educación sexual, prácticamente inexistente, aquélla de la que depende nuestro sino como individuos, con nuestras determinadas vivencias, determinada gestión del cuerpo y de las emociones. Desafiamos lo establecido, lo hegemónico, el preordenamiento social de los sexos. Pero en la sociedad occidental resulta más que insólito aceptar más de dos sexos y más de dos géneros, más de dos posibilidades de expresión corporal. Luego, la concienciación corporal y sexual de los homosexuales, bisexuales, transexuales o intersexuales queda atrapada en un mundo aparte, en un mundo que desafía las reglas de la anatomía y fisiología preexistente. Aquí viene la teoría queer para oponerse a la creencia de que el género viene determinado biológicamente. El género deja de ser permanente e invariable, ya no se asigna sexo y género a través de la anatomía genital. A las interpretaciones y expectativas culturales y sociales de sexo varón, género masculino, sexo mujer, género femenino, se opone el imposible –por ahora– interrogante de por qué no se pueden admitir más de dos géneros, por ejemplo el transgénero. No son suficientes los argumentos médicos, culturales o religiosos para discutir la integridad y dignidad personal del individuo, parte inherente de la sociedad, y no por ello inferior. Pero la normalización cultural y el determinismo biológico siguen en disputa con la diversidad de conductas y actitudes que se sitúan fuera de lo establecido. Se siguen ofreciendo respuestas biológicas a interrogantes privados. Aquí es donde viene a cuestionar la realidad la teoría queer, que trata de resituar y enjuiciar los procesos de normalización. Las sexualidades queer no implican una estructura identitaria. Son un conjunto de comportamientos sexuales que sufren modificaciones en función de cada individuo que los ponga ORIENTACIONES revista de homosexualidades

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en práctica. Las identidades fijas y las etiquetas tradicionales dejan paso a las libertades del individuo mediante la deconstrucción de categorías preestablecidas culturalmente. Se busca reformular las sexualidades de forma que beneficien al individuo, independientemente de su orientación sexual o afectiva. Ya no se trata de una búsqueda de la igualdad de derechos, sino de una liberación sexual. Aquí tienen cabida la bisexualidad, rompedora de la estructura binaria homo/ heterosexual; la prostitución, marginal y “perversa“; la pornografía, que plasma con sus imágenes numerosas formas de sexualidad al margen de la norma; las prácticas sadomasoquistas, como identidades proscritas, etc. Todas aquellas sexualidades que desafíen la estructura del sistema hegemónico y dominante de sexo/género/identidad sexual. La segunda parte de este trabajo recapitulatorio, cuyo eje es la diversidad y el control social –con estudios teóricos de Jordi Roca i Girona, Ana París, Gloria Maltas, Juan M. García Jorba, Raquel Osborne, Lara Agustín, José Ignacio Galan o Kerman Calvo, entre otros–, continúa con el análisis de la sexualidad revisando el modelo hegemónico. Se toman como ejemplos el discurso católico español sobre la sexualidad, su obsesión por controlarla, su reiterado y omnipresente objetivo vital de la continuidad de la especie. Sin olvidar la noción de especie como fundamento y conciencia cultural. Sin olvidar todos los eufemismos de asexualidad, como pureza, pudor o modestia. Más allá del discurso católico, pero no más cerca del individuo, también está la cuestión de la educación sexual con su cara silenciosa o máxima y única presencia en cuestión de prevención de los riesgos de enfermedades. En ese sentido, la educación sexual también va escondida tras el control social, en cuanto a modelo patriarcal de comportamiento se refiere. Sin olvidar que la heterosexualidad constituye el modelo por excelencia de organización de sexualidad en el panorama occidental. Por otro lado, también parte del sistema de poder social, está el control sobre la edad, reduciendo los derechos ciudadanos, sexuales y afectivos, de los individuos sin capacidad productiva y reproductiva; aquí están los ancianos, los menores de edad o los individuos con discapacidades. Se va disminuyendo culturalmente el abanico de la pluralidad de expresiones afectivas. La sexualidad aparece como una forma de ordenar socialmente el sexo. El orden y control patriarcal llega aún más lejos, allá donde habita la forma más proscrita de sexualidad, la prostitución, donde las mujeres se dividen en 176

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prostitutas y no prostitutas. La simple palabra puta ya es el control más destacado para estigmatizar a las mujeres que ejercen la más antigua profesión. A las mujeres que ya de por sí jerárquicamente aún son consideradas como personas de segunda categoría. La prostitución como concepto marcado por connotaciones morales negativas, también se sitúa bajo el control social, despreciando y desacreditando a la persona que la ejerce. Quedan aparte, pocas veces mencionadas, pero no por ello menos hostilmente tratadas, las personas que lo son de forma voluntaria y que luchan por sus derechos laborales y ciudadanos. Aún más estigmatizado es el caso de los inmigrantes y migrantes que trabajan en la industria del sexo. Aquí el control patriarcal es aún más severo, en cuanto a legislación se refiere. Se olvida muchas veces, para no decir que pocas se tiene en cuenta, también que muchos de los que migran lo hacen por motivos de orientación sexual. Nadie habla de este tipo de emigración. Para la sociedad patriarcal, ni olvidar se puede aquello que no existe, aquello de lo que nadie habla. Y migrar de un sitio a otro no es sino escapar del control social del lugar de origen para establecerse en un nuevo hogar con menos límites sociales, como podría ser el anonimato de la gran ciudad con sus mayores posibilidades de sociabilidad. La tercera y última parte de la colección se centra en el papel del cuerpo, salud y sexualidad. Xosé M. Buxán Bran, José Ignacio González, Marta Allué, Angel J. Gordo López y Beatriz Cavía Pardo, entre otros, reflexionan sobre la educación física y el deporte como dispositivos normalizadores de la heterosexualidad, discuten acerca de la ineptitud sexual de los discapacitados, replantean la noción de norma sexual y plantean los encuentros en el ciberespacio como opción futurista del comportamiento sexual. Allá donde está la pluralidad sexual, la diversidad afectiva, está también el control social, la falta de consideración de las necesidades y los anhelos personales. Sin olvidar que el control encubierto puede tener consecuencias más graves que aquél que se manifiesta de forma explícita. Existen respuestas personales para interrogantes culturales. Soluciones humanas a preguntas sociales. Muchas de ellas se encuentran en la presente recopilación, que sin olvidar el control hegemónico va allá donde está la diversidad y las sexualidades. En plural. Marieta Pancheva

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Santiago Esteso Martínez, Ficciones en las fronteras de la ley. Una antología comentada para maleducados, extraviados y extranjeros, Madrid, Editorial Universidad Complutense, 2002. No estamos en presencia de un texto escandaloso; sí, de un texto esencialmente polémico. Muchas razones lo enuncian. Persistentemente, su propia constitución revisa y redefine (a partir del análisis concreto del emergente socio cultural de la revolución cubana) las tensiones y los términos involucrados en las teorizaciones vigentes acerca de la homonormatividad. La tesitura polémica del texto será más radical aún si concebimos nuestra lectura a partir del espacio institucional que ha elegido el autor para darlo a conocer. Y es que hablamos del texto ganador del Premio Dámaso Alonso otorgado por la Universidad Complutense durante el año 2003; y este carácter de validación, dentro de un espacio canónico no especialmente preocupado por cuestiones que se inscriben en las teorías literarias de la genericidad, da cuenta de la escritura incisiva y dialógica del texto. El ensayo se propone indagar acerca de la co-emergencia de dos entidades simbólicas: la invención del género policial y el discurso sobre la homosexualidad, ambos produciéndose en el contexto histórico de los procesos de centralización de los estados (períodos acuñados bajo estrictas territorializaciones) que en el caso colindante de la homosexualidad y el delito se recoge en normativas legislativas (p.ej., el artículo 175 del Código Penal prusiano de 1871) y en inmediatas taxonomías médico/psiquiátricas que conforman las subjetividades a partir de la modernidad. Revisar este eje problemático de eminente construcción histórica, no le impide al texto la puesta en cuestión del conjunto de problemas que alberga este nudo central en nuestra identidad social presente. En rigor, las indagaciones del caso particular de la literatura cubana lo lleva al debate sobre la producción simbólica de las nociones de masculinidad, procesos semióticos sociales de conformación de la sexualidad y políticas de representación de la homosexualidad, monoparentalidad y límites legislativos. Participar de estos debates le supone revisar con exahustividad las teorizaciones, entre otros, de Leo Bersani (Esteso evalúa detenidamente la teoría de la “sociabilidad heteroizada”, redefiniendo y acotando 178

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las categorías críticas dentro de un contexto hispánico) y de Iris Young, especialmente su reflexión en torno de las “conductas defensivas de exclusión”. Ahora bien, en el centro de las preocupaciones de Esteso, aparece la revolución cubana; y la investigación es indefectiblemente erudita al recomponer el ambiente de conformación de la misma; sin embargo, la escritura es deliciosamente cómplice con el lector y hasta construye una contratrama argumentativa que, se diría, goza de las mejores virtudes narrativas. El humor paródico y la ironía permean la textualidad y crean permanentemente un estado de empatía lectora, sin la cual, se malograría parte del polemista que las habita. Los pactos de lectura liminares son buen ejemplo de las destrezas de su texto. Desde el subtítulo del ensayo mismo, Una antología comentada para maleducados, extraviados y extranjeros, asistimos a la operación deconstructiva de los prólogos de educación moral por aberración. Históricamente, las operaciones de censura, auntocensura y aparente censura paródica recorren una gran línea de la textualidad europea que se ha gestado a las sombras del delito (baste recordar las estrategias del proemio del Decameron hasta las apelaciones a los semejantes de las Flores del mal); por el contrario, la escritura de nuestro ensayo proclama la heterodoxia y desde allí es evaluado el delincuente. El humor y la condena, al mismo tiempo, pierden sus pesos incriminatorios, proclaman el artificio de construcción histórica del género y con esta amnistía general, Ficciones en las fronteras de la ley se transforma en una guía de lectura deconstructiva. Cuba es sin lugar a dudas, el “caso a estudiar”. Visitando la polisemia y productividad del texto, se considera su evolución excepcional. Esteso conforma un objeto de estudio complejo, que abarca desde películas de cine cubano y novelas policiales hasta discursos periodísticos y disposiciones legales; y en esto observamos una forma de trabajo muy plural y valiosa, atenta a violentar las lógicas explicativas menos dialógicas (tan cercanas al discurso más recio académico) y lo sabemos heredero de la mejor tradición post-estructural y especialmente de las relecturas de Marc Angenot. Lo heteróclito del objeto de estudio funciona muy acertadamente puesto que permite iluminar y hacer inteligible un conjunto de relaciones insospechadas en la urdimbre del tramado institucional cubano y simultáneamente de la conformación del género policial “revolucionario”. En definitiva, esta operación sobre el objeto de estudio es brillante, tanto desde ORIENTACIONES revista de homosexualidades

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un punto de vista narrativo (el interés se incrementa en cada capítulo nuevo por el viejo criterio de “novedad”) como ideológico, ya que posibilita un espacio de desintegración de la verdad monolítica que construyó el género policial/ homosexual. En la selección de su problema a estudiar, no deja de observar el costado abstracto o modélico que supone el análisis de “su” caso; así señalará: “... porque el caso cubano de la revolución, o la revolución cubana como versión, quizás una de las últimas, de las revoluciones modernas, constituye un corte abrupto, en 1959, del discurrir político, socio-cultural y económico de la isla y, en muchos sentidos, de América Latina” (p. 21). Subyace en todo el ensayo el análisis exhaustivo de esta relectura modélica y de sus posteriores reinterpretaciones en el campo intelectual latinoamericano; atendiendo al carácter fundacional que los textos de la revolución cubana tuvieron para la conformación del campo ideológico de las izquierdas hispanas –y es allí donde el texto tiene aún más interés, al revisar en su carácter más abarcador las construcciones de las discursividades sobre la masculinidad y su emergencia en los discursos políticos. En definitiva estamos en presencia de un texto importante; que muy estimulantemente ha sabido llevar al espacio académico la contestación acerca de la hetero/homo normatividad; ha impregnado un premio académico de un debate social imperativo en la sociedad española y europea presentes; pero que además y sin lugar a dudas, permanecerá en la bibliografía crítica como un título y un polemista para el análisis. Dardo Nahuel Cocetta

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Andrés Isaac Santana, Imágenes del desvío. La voz homoerótica en el arte cubano contemporáneo, Santiago de Chile, J.C. Sáez Editor, 2004. No es secreto para nadie que la construcción de la nación cubana se ha sedimentado sobre el prístino hecho de la dominación colonial en tanto metáfora de una posesión carnal y sexual consumada en las plantaciones coloniales. Allí donde el blanco copuló con la negra, sometiéndola a la fuerza, brotó el signo del mestizaje como índice transcultural de una sociedad; en un espacio donde la negra sedujo al blanco a tenor de la inversión dialógica de las canónicas relaciones de poder, surgió el sentido de una resistencia ontológica como defensa de patrimonios culturales y conductas que persisten en casi todo el Caribe. En cualquier caso, ya el predominio fálico mediaría en el conjunto de relaciones normativas de la cultura cubana, vinculada desde entonces a la herencia machista del Occidente moderno. Luego, las sucesivas representaciones historicistas de acciones de rebeldía, colocarían al hombre como sujeto protagonista de actos de reconquista, donde un ideal vinculado a la fuerza varonil conduciría los designios del proyecto revolucionario que lograría un cambio social práctico. No obstante, esa misma constitución de la norma hetero como axiología dominante en una nación donde el modelo de “hombre nuevo” se asociaría a conductas bravas, aguerridas y hasta cierto punto violentas, marcaría la impronta de una sociedad abiertamente discriminatoria frente a las múltiples voces de la alteridad, y especialmente configuradora de discursos homofóbicos. Parecería que justo en la década de los noventa –bien tarde si se piensa en la historia reciente de Occidente– se verifican en la Isla ciertos cambios dentro de la epistemología oficial y popular en torno a los repertorios de la marginación; sin embargo, dar credibilidad efectiva a tales mutaciones crearía una imagen falaz de una sociedad donde siguen siendo norma las manifestaciones abiertas y para nada disimuladas de la homofobia. Sin olvidar este matiz, justo a mediados de los noventa se consolida un plural imaginario de representaciones que tanto en las artes visuales como en la literatura, la danza, el teatro y en menor grado en la música,

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otorgan preeminencia a las voces y discursos emergentes de las denominadas “subjetividades laterales”, y especialmente de una conciencia homosexual. Sin embargo, salvo escasos y elocuentes ejemplos, la literatura crítica insular carece de un instrumental metodológico y de referentes analíticos certeros que posibiliten compendiar los trayectos de esas representaciones. De ahí que la consumación editorial de un proyecto de investigación del crítico de arte Andrés Isaac Santana (Matanzas, Cuba, 1973) en el libro Imágenes del desvío, se convierte en un suceso importante para la renovación de los discursos sobre el arte cubano. El volumen –prologado por el también crítico de arte cubano Rufo Caballero–, se inicia con un periplo analítico que debate los recorridos terminológicos y pone en discusión los modos históricos de enunciación del objeto de estudio del ensayo. Por supuesto, ello conduce a la puesta en precario de ciertas zonas dogmáticas de la crítica de arte en Cuba, y de la postura institucional frente al diapasón de construcciones visuales que en el arte cubano contemporáneo se refieren a la voz homoerótica, y cuyas disposiciones se reflejan en el texto de Santana al aportar datos sobre ejemplos concretos donde el poder del campo artístico en Cuba ejecuta sus mecanismos de control e instaura sus marcas punitivas en la censura de obras, exposiciones y proyectos editoriales relacionados con el tema en cuestión. Sin embargo, los pasajes más inquietantes y valiosos del texto se hayan justo en aquellos momentos en los que el autor despliega el ejercicio crítico in strictu sensu, para desarrollar análisis e interpretaciones que aluden a la construcción de sentido en la obra de relevantes artistas cubanos como Servando Cabrera, Raúl Martínez, Rocío García, René Peña y Eduardo Hernández, entre otros muchos. En esos casos resultan sugerentes las relecturas que sobre esos referentes se realizan, para deconstruir las narraciones historicistas según las cuales la historiografía artística oficial ha reconocido la existencia de algunas poéticas creativas en los últimas décadas cubanas. Lógicamente, los recursos investigativos y escriturales de Santana dan fe del cambio que se está operando en la joven crítica de arte en Cuba, como resultado del trabajo y el consumo paulatino y serio de textos provenientes del campo de la teoría de la cultura contemporánea, que dotan a los investigadores de metodologías dinámicas e interdisciplinares de acercamiento a sus objetos de estudio específicos. 182

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Tesis medulares de Jacques Lacan, Jean Baudrillard y otros teóricos imprescindibles dentro del panorama del pensamiento contemporáneo y el giro epistemológico son tomadas de pretexto por el estudioso para crear una taxonomía desde la cual explicar regularidades en las representaciones homoeróticas, y que hábil e ingeniosamente detecta en los juegos especulares en los que se involucra el sujeto creador para sondear los discursos de la diferencia y cuestionar el propio estatuto representacional de la obra de arte como emblema moderno del saber; así como en la disección del sentido de una simbología fálica recurrente en la plástica. Por otra parte, Santana desarrolla un ejercicio escritural donde el vuelo literario posibilita la lectura serena de un texto denso desde su estructura y contenido, y en el cual la creación de metáforas harto sugerentes contribuye a propiciar un paseo atento, pero disfrutable, por algunos de los paisajes más controvertidos e interesantes del arte cubano contemporáneo, que aluden a la vocación reescritural y libertina de los creadores frente al proyecto teleológico de la nación. Pero el suyo no es un libro que se limita a enunciar las complejidades de una realidad artística que se sigue consumiendo oficialmente desde la mirada sospechosa sobre lo marginal que encarna cualquier status de la alteridad. Su ensayo, de alguna manera, describe y problematiza los recodos de una sociedad donde el modelo hegemónico falocéntrico impuesto desde hace siglos, subsiste no sólo en los imaginarios de la censura oficial, sino como parte de los tópicos y los estereotipos de la conciencia popular, formalizada sobre la base de un machismo y un enclaustramiento de lo masculino. En medio de esa constante marea de convencionalismos y reducciones de género, Imágenes del desvío es sin lugar a dudas, como lúcidamente expresa al final de su prólogo Rufo Caballero, “una suerte de sanidad en un mundo de perdición; una suerte de terquedad en un mundo de exterminio”. Es un ensayo para aquellos que busquen en la escritura crítica una narración que rete al pensamiento a la deconstrucción, y una prosa en nada complaciente con facilismos intelectuales. Suset Sánchez

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Javier Sáez, Teoría Queer y psicoanálisis, Editorial Síntesis, Madrid, 2004. Este texto habita la frontera entre la reseña cuidada y atenta –por momentos complaciente recopilación de textos, desbordada de camaradería hacia aquellos/as que merecerían, o no, la cotizada identificación de queer– y cierto esfuerzo ensayístico por merodear, y atravesar, un objeto bifronte: la teoría queer y el psicoanálisis, «dos posiciones, dos prácticas, dos lugares bastante peculiares respecto al saber y respecto a la política». El libro está estructurado en nueve capítulos dispares, recorridos por la voluntad de vincular, (des)ordenar, y en cualquier caso discutir –sentando, por el momento, las bases para esa discusión– la teoría psicoanalítica y la queer, no obstante la perplejidad y la vacilación del autor respecto del estatuto teórico de esta última corriente política e intelectual, tanto como el del psicoanálisis. Todos los capítulos, excepto los dos primeros, trazan un mapa de voces y tesis psicoanalíticas/queer, con sus zonas centrales y sus periferias, sus objetos fetiches y, también, sus tabúes. Un vademécum útil y ordenado que, además de dar cuenta de las pródigas lecturas del autor, nos (bien) orienta en el laborioso trance que puede significar separar la paja del trigo a la hora de leer y valorar las aportaciones que en torno de las prácticas sexuales, la subjetividad, el poder, los guiones de género o las formas de resistencia han multiplicado, primero, el psicoanálisis y el feminismo mainstream (ese coto vedado, aquende y allende el mar, de profesoras clase media, blancas y heterosexuales, funcionarias por lo general malhumoradas que se arrogan el derecho de hablar, en un tono escandalosamente pudibundo, en nombre de La Mujer) y, a continuación, el feminismo lesbiano, los gays and lesbian studies y la teoría queer. Sáez, tras inventariar las producciones «en español» que, según su criterio, merecen el calificativo de queer (capítulo primero), sigue con una «historia del movimiento ‘homosexualgay-queer’» que ya hemos leído parcial y fatigosamente, por ejemplo en Historia natural de la homosexualidad de Francis Mondimore o El rapto de Ganimedes de Dominique Fernandez. Su «historia» se justifica como una rápida introducción para lo que será el siguiente capítulo, y en líneas generales la columna vertebral del libro: una operación, por momentos crítica, de selección y examen de la(s) teoría(s) que empieza con Freud y la ruptura epistemológica que supuso su tesis 184

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del inconsciente (y que aún supone en medios intelectuales como el español, especialmente impermeable respecto del psicoanálisis) y su radical modo de abordar el problema de la perversión, a pesar de los berrinches y pánicos de la comunidad analítica que lo heredó. El trabajo de anotación y comentario de algunas «ideas principales» que se hace en relación con Freud y Lacan se reitera en los capítulos 5 (el contexto postestructuralista), 6 (el feminismo lesbiano), 7 (los «textos originales» de las principales autoras queer) y 8 (¿por qué el autor desglosó esta parte acerca de «una masculinidad sin hombres» del apartado anterior?). El cuarto capítulo explica concisamente los tres conceptos cardinales, según Sáez, para «comprender el análisis que hace Lacan de [la] subjetividad»: el goce, lo real y el objeto a. También se detiene en el axioma lacaniano según el cual la mujer es «no toda», en relación con el orden simbólico y el Falo como único significante que da cuenta de lo femenino y lo masculino. A propósito de estos conceptos, Sáez deriva dos hipótesis que retoma en el último capítulo. En primer lugar, si para Lacan el sentido no «refleja lo sexual, sino que lo suple», entonces habrá insistentes «atribuciones de sentido» a través de polimorfos discursos que procurarán velar o disimular ese desasosegante vacío. En segundo lugar, y a propósito de la teoría lacaniana de la «diferencia noimaginaria y no-naturalizada» que rompe con la noción de la complementariedad de los sexos, Sáez traza una línea que enlaza esta presunta incapacidad subjetiva para alcanzar identidades plenas con las apuestas fundamentales, y fundantes, de la teoría y la práctica queer. Sin embargo, las posibilidades teóricas, críticas y políticas de conjeturas como la que no hay sentido en lo sexual corren el riesgo de quedar extraviadas ante el volumen (por tamaño y sonoridad) de «notas de lectura» que constituyen el libro de Sáez. A medida que se avanza, se llenan los márgenes de interrogantes, de puntos suspensivos. La primera pregunta que se (nos) impone es si constituye el libro de Sáez otro intento, positivo e inatacable, por cubrir el vacío de sentido de la sexualidad a través de la legitimación de determinadas posiciones de enunciación queer –subrayando su verosimilitud y su legitimidad, y, en consecuencia, su imprescindible audibilidad hacia el interior del campo intelectual hispano. ¿No contradice esta voluntad la revuelta contra toda identidad normalizada y normalizadora tan próxima a las prácticas queer?, ¿no es excesivo su texto al identificar algo así como la ORIENTACIONES revista de homosexualidades

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«genuina» teoría y práctica queer (atravesada de amor –no del todo reconocido– y de odio –demasiado enfatizado– hacia el psicoanálisis) y a sus «auténticos» voceros con credenciales que se reiteran en torno de unos pocos nombres?, ¿pocos son los elegidos y entre pocos se garabatea el imposible Libro queer?. Desde que se empezaron a discutir estas tesis y políticas en los ámbitos de producción «en español»1, se ha repetido, con el riesgo de vaciar de contenido esta idea, que lo queer cuestiona radicalmente las nociones de normalidad aplicadas a la sexualidad. Sáez también lo reitera y aunque nos ofrece un instructivo recorrido teórico (y en este punto subrayo la importancia de este libro al confrontar lecturas, interpretaciones y deseos), no se arriesga en torno de las posibilidades e imposibilidades de estas cuestiones en contextos culturales y políticos no anglosajones. Si a cierto feminismo se le acusó de heterocentrado, clase media y blanco, y a los gays and lesbian studies más o menos de los mismo, ¿no leerán con cierta desconfianza los raros (in)migrantes, desclasados, viejos, pobres, en paro, sitiados por todas las formas posibles de la violencia física y simbólica, a esta nueva elite (textual, hablo de efectos de sentido, de posiciones de sujeto que el texto articula y erige) de filósofos, sociólogos y militantes que juegan a una línea de fuga que, a pesar de las intenciones, parece perderse nuevamente en un elíseo de divertimentos sospechosamente... burgueses? Sáez alude al malogrado intento de Ricardo Llamas de nombrar este conjunto de objetos y argumentos bajo la designación de «teoría torcida». Cada texto que se traduce o cada «manual» que se articula vuelve sobre el mismo problema (problema que Bolívar Echeverría ya marcaba en aquel dossier de Debate Feminista), «la dificultad de su traducción» (Sáez), y no solamente de una etiqueta. ¿De qué modo traducir en coordenadas políticas y culturales como la española y la latinoamericana (tramas múltiples y raras ad infinítum) este cuerpo de estudios y posicionamientos en ocasiones ajeno o espléndidamente inenarrable? Acaso, como para la sexualidad, ¿será que no hay sentido aquí?... ¿o que todavía no podemos o no lo sabemos producir?, ¿para cuándo un cuestionamiento radical del «propio lugar de enunciación» de la teoría queer?. Santiago Esteso Martínez

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1 Véase, por ejemplo, en fechas tan tempranas –y tan recientes en relación con los debates que se estaban dando en el ámbito anglosajón– como octubre de 1997, el dossier «Raras rarezas» preparado por la revista Debate Feminista (México, vol. 16), una apuesta por historizar y contextualizar la teoría queer desde la diferencia crítica que constituyen las prácticas y producciones post-coloniales.

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1 Al respecto, ver en el monográfico de este número el artículo «De la escritura tardía de la historia» a propósito de los libros de Armand de Fluvià y Arturo Arnalte. El libro de Olmeda fue presentado durante el mes de mayo, al cierre de este número de la revista. Por esta razón, la reflexión de Antoni Mora y Fernando Sánchez no lo incluye.

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Fernando Olmeda, El látigo y la pluma. Homosexuales en la España de Franco , Madrid, Oberón, Colección La Buena Memoria, 2004. El libro del periodista Fernando Olmeda es una interesante contribución al debate sobre la homosexualidad durante el Franquismo1, que apunta a un público vasto y más bien simpatizante de la ‘causa’ homosexual. Su principal atractivo son los testimonios –principalmente de sujetos de las clases populares y de los circuitos del espectáculo, hasta cierto coincidentes– ya que en ellos leemos cómo los sujetos perciben y actúan sus propias condiciones de vida. Además de estos testimonios, las fuentes informativas son bastante heterogéneas y en muchos casos de segunda mano. El texto está dividido en cuatro partes que cubren el periodo entre 1939 y 1995, hilvanadas por los cambios en la legislación y de actitudes tanto desde el régimen como desde la sociedad. Propuesta totalizadora, entonces, que en general no atraviesa los límites de lo anecdótico –aunque saber que los miembros del Estado Mayor llamaban al Generalísimo Paca La Culona o Miss Islas Canarias 1936 es hilarante. Historias fascinantes de sujetos populares y clandestinos –modistos y peluqueros, pero también obreros, campesinos, chaperos y delincuentes– sobre los que la alianza entre el Franquismo y la Iglesia Católica deja caer todo su rigor mientras produce a la vez una moralización hipócrita y represiva de las costumbres. Historias de resistencia, que consisten en reivindicar una suerte de anarquismo del placer sexual y la existencia de una rica cultural homosexual clandestina, contra los que se estrellan las medidas políticas y profilácticas de un régimen que había planeado para España una gran siesta hipnótica, y para sus marginales la humillación y el exterminio. Historias cuyo espacio son la cárcel, el prostíbulo, la calle, el teatro, el campo de concentración, el reformatorio, el manicomio o el gueto, según pasemos de un régimen que identifica a las personas por su correspondencia a un sistema de identificación de géneros (entonces se castiga a la marica afeminada), su visibilidad (se castiga su visibilidad pública bajo la forma del escándalo con la Ley de Vagos de 1954) o su peligrosidad (en la que no se castiga un acto sino su mera posibilidad bajo la forma de la prevención social, según la Ley de Peligrosidad de 1970).

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La contextualización histórica es adecuada pero también estereotipada. Después de la victoria de 1939, la alianza entre el Franquismo y la Iglesia Católica crea una cultura hipócrita y de doble estándares –basada en la delación y el clientelismo– que inicialmente explota el machismo, y después la criminalización y patologización de la diferencia sexual para producir una cultura del miedo que no tolera el disenso, y que se ensaña particularmente con los homosexuales, obligándolos a vivir en la tensión entre la clandestinidad y una vida doble. Al mismo tiempo que los aísla y criminaliza, produce representaciones derogatorias que justifican su castigo, mientras en la cultura homosexual la pasión por adaptarse parece ser mayor que la de organizarse política y socialmente. Sin embargo, una serie de preguntas aparecen sugeridas, pero nunca contestadas: ¿por qué el discurso del régimen pasa, a comienzos de los años setenta, del ‘aquí no hay homosexuales sino unos pocos pervertidos’ a la idea de que son una ‘plaga’ (pp.213-221)? ¿Cómo entender el proceso jurídico desde la constitución de 1944 al presente, y qué perdura de ese proceso como pauta cultural, social y política en una sociedad que hoy se percibe como tolerante y permisiva? ¿Cómo entender esa pasión por la verbena y el carnaval, el disfraz y el travestismo que indica Olmeda: es un acto de resistencia, un modo de ser, un escapismo frívolo, o todo a la vez? Se asume el rol central de la Iglesia en la producción de la homofobia, pero esto es cierto aquí, en América Latina o en Estados Unidos, entonces ¿qué es específico de esa articulación entre homofobia y religiosidad en España? ¿Por qué la historia gay es la historia de los sujetos populares?, y en este sentido, ¿qué consecuencias tiene escribir una historia donde las diferencias de clase no son consideradas adecuadamente? Finalmente, ¿qué quiere decir ‘normalización del hecho homosexual’? ¿Es realmente el objetivo de las luchas homosexuales ‘normalizar’ el hecho homosexual (p. 234)? Por un lado, sabemos que quiere decir adquisición de los derechos civiles y sociales que la sociedad heteronormativa reserva para sí misma (matrimonio, adopción, etc.). Pero por otro, tiene que ver con un debate en el interior del colectivo homosexual sobre la representación de una ‘identidad’: quién decide cuál es su representación correcta y apropiada en función de ciertas

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estrategias y objetivos. Debemos recordar que este debate llevó a su crisis a los movimientos homosexuales en casi todo el mundo cuando se vio que la normalización implicaba la creación de un sujeto blanco, de clase media y educado que, si aceptable para la cultura heteronormativa, reprimía las propias diferencias de sexualidades, raza, clase o identificación de géneros de los colectivos sexuales. Que la historización de la relación entre franquismo y homosexualidad se dé en este contexto banal es preocupante. El valor crítico de lo homosexual en España en relación a la dictadura de Franco parece radicar, hoy más que nunca, en que estamos en el momento en que tanto la izquierda como los conservadores quieren dejar de excavar las tumbas colectivas en el nombre del olvido y la pacificación nacional. Si eso sucede, probablemente sólo estemos preparando el terreno para más tumbas, quizás menos visibles, pero no menos reales.

Fabricio Forastelli

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Colaboran en este número Javier Ugarte Pérez: Doctor en Filosofía. Fundador de la revista Orientaciones y director de sus cinco primeros números. Actualmente forma parte de su Consejo Editorial. Gema Pérez-Sánchez: Doctora y profesora de lengua y literatura española en el Departamento de lenguas y literaturas extranjeras de la Universidad de Miami, USA. Ha investigado y publicado sobre las interacciones entre las regulaciones de los géneros y los comportamientos sexuales y la literatura queer en la España contemporánea. Antoni Adam Donat: Psiquiatra de la Unitat de Salud Mental de Paterna (Conselleria de Sanitat, Generalitat Valenciana). Es consultor de l’Associació de Mares i Pares de Gais i Lesbianes (AMPGIL) de Barcelona. Àlvar Martinez Vidal: Profesor de Historia de la ciencia en la Universitat Autònoma de Barcelona. Es autor de El nuevo sol de la medicina en la Ciudad de los Reyes. En la actualidad, está llevando a cabo un estudio sobre el nacimiento del catalanismo médico durante el primer tercio del siglo XX. Jordi Terrasa Mateu: Licenciado en Derecho por la Universitad de València. Trabaja en un proyecto de tesis que se titula “Control, tortura y reeducación de los homosexuales en el franquismo”, adscrita al Departamento de Derecho Penal de la Universidad de Barcelona. Ha obtenido, en la I Convocatoria del Premio de Investigación de la Comissió Unitària del 28 de juny, una distinción por Reconeixement i rehabilitació de les víctimes transsexuals, lesbianes i gais del franquismo. Arturo Arnalte: Doctor en Historia Contemporánea y periodista. En la actualidad coordina las revistas La Aventura de la Historia y Descubrir el Arte. Autor de Redada de violetas. La represión de los homosexuales durante el franquismo (2003). Antoni Mora: Redactor de la revista Orientaciones. Coordinó el dossier «Maurice Blanchot, la escritura del silencio», Anthropos, núm.. 192-193, 2001. Fernando Sánchez Amillategui: Redactor de la revista Orientaciones. Docente, consultor y escritor. Enseña actualmente en la Universidad de Alicante. Marie-Jo Bonnet: Doctora en Historia y escritora especializada en historia cultural y artística. Ha publicado su Tesis Doctoral en 1981, reeditada con el título Les relations amoureuses entre les femmes du XVIè au XXé siècle (Ediciones Odile Jacob, 1995). Carlos Fonseca: Doctor en Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y licenciado en Psicología por la Universidad Nacional Autónoma de México. Actualmente trabaja como profesor e investigador en el Departamento de Sociología y Demografía de la Universidad Autónoma de Hidalgo, México.


Normas de edición para la publicación de artículos 1) Se pueden enviar las propuestas de artículos por e-mail a la dirección electrónica que figura a pie de página. Si se prefiere el correo postal, entonces se entregarán en diskette de 3,5” junto con una copia en papel Din A4. 2) En ambos casos figurará al final del artículo un breve currículo del autor 3) Se recomienda que los artículos tengan una extensión entre 9 y 11 páginas usando como letra base Times New Roman 12 y un espacio interlineal sencillo 4) No utilizar negrita fuera de los títulos y no utilizar subrayado en ningún caso 5) Para la Bibliografía final se aconseja seguir el siguiente orden: Gil-Albert, Juan (1975): Heracles. Sobre una manera de ser, Madrid, Taller de Ediciones Josefina Betancor. Lodge, David: “The Language of Modernist Fiction: Metaphor and Metonimy”, en Modernism. A Guide to European Literature, 1890-1930, M. Bradbury y J. McFarlane eds., Londres, Penguin, 1991. Sontag, Susan (1989): AIDS and its metaphors, Nueva York, Farrar, Strauss and Giroux.

Los textos propuestos pueden mandarse a la siguiente dirección postal: Revista Orientaciones Fundación Triángulo C/Eloy Gonzalo 25, 1º 28010 – Madrid Si se trata de un correo electrónico, la dirección es la siguiente: orientaciones@fundaciontriangulo.es (A la atención de Santiago Esteso)


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Orientaciones Nº7  

-Presentación. Equipo OrientacioneS -Entre el pecado y la enfermedad. Por Javier Ugarte Pérez -El Franquismo, ¿un régimen homosexual? Por Ge...

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