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Director: F. Javier Ugarte Consejo Editorial: Antoni Mora, M. Ángel Sánchez, J. M. Núñez, Luis Rodríguez-Piñero, Santiago Esteso, Marieta Pancheva Diseño y maquetación: PAPF Asesoría de marketing: Madeleine García Munzer Edita: Fundación Triángulo por la igualdad social de gais y lesbianas C/ Eloy Gonzalo 25, 1º ext. 28010 - Madrid Tfno/Fax de información y suscripciones: 91 593 05 40 www.fundaciontriangulo.es Recepción de artículos: Fundación Triángulo A la atención de Javier Ugarte E-mail: orientaciones@fundaciontriangulo.es ISSN: 1576-978X Depósito Legal: M-41320-2000 Impresión: Xiana Color Gráfico


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Presentación .................................................................................. 4

MONOGRAFICO: Exterminio bajo el nazismo Javier Ugarte El “olvido” de los estudios históricos ....................................... 7 Gerard Koskovitch De “Eldorado” al Tercer Reich. Vida y muerte de una cultura homosexual ................................................... 29 Andreas Pretzel Inducción y complicidad en el asesinato de homosexuales. Delitos nazis de la justicia berlinesa ...................................... 55 Andreas Pretzel, Jürgen K. Müller y Stefan Micheler La persecución de los homosexuales durante el nazismo y su continuidad. Coincidencias y diferencias en Berlín, Hamburgo y Colonia ............................ 73 Antoni Mora El testimonio deportado ....................................................... 95 David Serrano A propósito de la homosexualidad en el lager... (El testimonio de los supervivientes españoles) .................. 113 2


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Primer Semestre 2003

ANEXOS Klaus Mann Homosexualidad y fascismo (1934) ..................................... 127

ESTUDIOS Y ENSAYOS Marie Jo Bonnet La lesbiana en El segundo sexo: Un universalismo sin universalidad...................................... 135 Celeste Reyna y Celeste Stecco Pensando a la pareja homosexual desde el discurso psicoanalítico ..................................................................... 159

NOTAS DE LECTURAS H. Heger. Los hombres del triángulo rosa............................ 175 Lothar Machtan. The Hidden Hitler ...................................... 178 J. Bentham. De los delitos contra uno mismo ..................... 181 J. N. Green. Beyond Carnival ............................................... 184

Dibujos: Elena García-Oliveros es licenciada en Bellas Artes. Ha sido alumna de Mitsuo Miura y de Miguel Pérez y Arturo Martín Burgos. Actualmente trabaja en Madrid. 3


Presentación Exterminio bajo el nazismo Vivimos en una nueva eclosión de escritos y estudios sobre el exterminio masivo que llevó a cabo el régimen nazi. Es como si algo que ocurrió hace unos sesenta años todavía no hubiera sido entendido. Y, efectivamente, no lo ha sido, hasta el punto de que algunos han hecho de lo incomprensible la única manera de acercarse a ello. Sin embargo, por todas partes surgen estudios historiográficos, nuevos testimonios de testigos directos, narraciones y películas que giran en torno a los campos de la muerte. Hace pocos años que el escritor húngaro Imre Kertész ha empezado a ser conocido y traducido (también premiado) en todo el mundo. Los testigos directos, como Jorge Semprún, siguen aportando su testimonio, añadiéndose a los que empezaron a publicarse desde 1947 (por parte de Primo Levi y Robert Antelme). Roman Polanski acaba de hacer una reacreación cinematográfica de un relato escrito por un superviviente del gueto de Varsovia, una película que ha recorrido medio mundo y también ha sido variadamente premiada. Por el lado de la filosofía, Giorgio Agamben ha publicado dos entregas de lo que compondrá una trilogía titulada Homo sacer , que aporta un renovado enfoque acerca de la comprensión de Auschwitz. Y hay una heterogénea corriente historiográfica que se plantea el estudio de la Segunda Guerra mundial desde el punto de vista de sus víctimas. Pero dejemos bien anotado que mucho de este esfuerzo por entender y reentender qué fue aquello del exterminio está menos motivado por un ímpetu historicista (a veces incluso por parte de los estudios históricos) que por una meditación sobre el presente más estricto. En este punto son muy explícitos tanto Kertész (suyos son los ensayos titulados “La vigencia de los campos” o “El holocausto como cultura”) como Agamben. Hay algo de urgente, perentoriamente actual en todo ese movimiento que no es una revisión. Si no nos movemos del ámbito español, también encontramos iniciativas de todo tipo. Reyes Mate, que dirige un seminario sobre el tema en el CSIC, ha coordinado un monográfico colectivo titulado “La filosofía después del holocausto”, publicado en la revista Isegoría (2000) y editado posteriormente como libro en Ríopiedras (2002). En el ámbito catalán, que hay que destacar que es pionero en este terreno, se ha recuperado el inestimable testimonio en forma de novela de Joaquim Amat-Piniella, K. L. Reich (en catalán y castellano), restableciéndose los fragmentos que el franquismo censuró en su momento. Destacan también los trabajos de David 4


Serrano i Blanquer (que es director del CILEC, Centro de Investigación sobre la Literatura Europea Concentracionaria, y colaborador en esta revista) y de Carles Torner, Benito Bermejo, Rosa Toran y Margarida Sala. También se han reeditado tanto el estudio de Montserrat Roig como la novela de Maria Àngels Anglada sobre el tema. No es poca cosa. ¿Y sobre los homosexuales? Aquí es cuando las cosas se empiezan a complicar y las pistas empiezan a escasear. Muy tardíamente se han traducido al castellano los dos únicos supervivientes que fueron deportados por homosexuales y que luego –bien tardíamente– se decidieron a escribir sobre ello: Heinz Heger y su libro Los hombres del triángulo rosa. Memorias de un homosexual en los campos de concentración, aparecido en alemán en 1973 y ahora, en 2002, en castellano, y Pierre Seel y su Deportado homosexual, original francés de 1994, traducido en 2001, así como la obra teatral Bent, de Martin Shermann (que es de 1979 y sólo existe traducción catalana, de 1982). Aquí acaba todo lo escrito en nuestro ámbito sobre el exterminio de homosexuales (o de personas que fueron acusadas de serlo) bajo el nacionalsocialismo. Películas como Bent o Paragraph 175, sólo se han podido ver en festivales gais de nuestras ciudades. Por lo que respecta a los estudios generalistas sobre el exterminio nazi, hay que decir que silencian –o pasan de puntillas cuando deciden tratarlo– la persecución y deportación específica de homosexuales, como argumentamos en el monográfico. Es por esto que hemos creído necesario investigar sobre este tema. Y cabe decir que no ha sido fácil. En España hay pocos especialistas que hayan estudiado la deportación y el exterminio llevado a cabo por los nazis, y no hemos dado con ninguno que haya estudiado el caso de los homosexuales. Así que hemos tenido que sacar colaboradores de donde no los había (entendemos que, en parte, es nuestro trabajo) y buscar contribuciones en otros contextos y culturas, lo cual, visto el conjunto, creemos que ha resultado fructífero. Nos hemos propuesto combinar las disciplinas, los enfoques, los planteamientos y los criterios a la hora de hablar de la cuestión. Así que aquí conviven estudios muy generales al lado de otros más concretos, recogida de testimonios de testigos directos al lado de textos abiertamente eruditos y otros especulativos. Entendemos que sólo así, con este sentido plural y muy abierto, cabe enfocar una cuestión que, de alguna manera, sólo acaba de empezar a ser entendida. Creemos y esperamos haber contribuido algo en ello, y más en concreto 5


a haber abierto un camino en nuestros ámbitos, el homosexual en concreto, pero también el español en general. Se trata de decir, recordar y repetir –tanto con documentos como con razonamientos– que hace unos sesenta años se produjo un acontecimiento innombrable al que hay que dar nombre, inconmensurable que hay que medir, impensable que hay que pensar, y que supuso la muerte de millones de personas. Fueron asesinados por el solo hecho de ser judíos, gitanos, comunistas, republicanos, objetores de conciencia, testigos de jehová... y homosexuales. A nuestros lectores queremos pedir disculpas por la demora en la edición de este número de Orientaciones, causada por varios tipos de problemas y razones técnicas ajenos a la voluntad del Consejo Editorial. Equipo OrientacioneS

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O N O G R Á F I C Exterminio bajo el nazismo

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El “olvido” de los estudios históricos1 Javier Ugarte Pérez

Introducción

1 Una primera versión de este texto se presentó con el título de “El olvido de una memoria llena de culpa” como comunicación en el I Congreso Iberoamericano de Ética y Filosofía Política que se celebró en Alcalá de Henares entre el 16 y el 20 de septiembre de 2002. Fue la primera vez que, en el conjunto del Estado español, se expuso el tema en un ambiente académico.

Cuando se estudia la historia del sorprendente, y duro para el análisis, siglo XX, la mirada se fija sin duda en el humo que sale de las chimeneas de los campos de exterminio o en los cadáveres semienterrados que aparecen en numerosas fosas comunes excavadas por orden nazi. Pero cuando se analiza la composición de las cenizas de esas chimeneas, o los restos de las fosas, encontramos judíos, sí, pero también enemigos políticos del régimen, presos comunes, testigos de jehová, etc. Pero la Historia, o por mejor decir los estudios históricos hechos por personas, claro está, con una determinada concepción sobre la vida, hasta hace poco no encontraban restos de homosexuales (gays y lesbianas). Sin embargo sabemos, cada día mejor, por el estudio de los archivos accesibles y, por si eso fuera insuficiente, por el testimonio de los ya escasos super vivientes de las persecuciones, que muchos homosexuales, sobre todo varones, fueron detenidos, torturados y exterminados por ser sólo eso, homosexuales. No por su pertenencia étnica, ni por sus ideas políticas, a veces vergonzosamente simpatizantes con las oficiales. Su única culpa fue llevar a la práctica su orientación afectiva y sexual. En su persecución coincidieron, y parecen seguir coincidiendo, todos los regímenes totalitarios. Les separan ideologías, medios y fines, pero son similares en este objetivo como una forma más de lucha contra la disidencia. Por eso parece necesario preguntar cómo se puede explicar este silencio sobre su exterminio. ¿Son responsables de ese ocultamiento los estudios realizados por historiadores? Alguna culpa debe de tener su olvido puesto que de tan largo y unánime no puede ser inocente. La inocencia nunca muestra tanta constancia y sabiduría en las preguntas que no debe hacer o los testimonios que no debe buscar; la inocencia camina de la mano del azar y siempre se sorprende de lo que encuentra. 7


El “olvido” de los estudios históricos

En la que pasa por ser la última entrevista concedida por Jean Paul Sartre dos meses escasos antes de morir se le preguntó por qué él, el intelectual francés comprometido por antonomasia, quien no se cansó de denunciar todo tipo de injusticias (reales o no), nunca dijo nada sobre el exterminio que sufrieron los homosexuales bajo el régimen nazi. Su respuesta fue: Porque ignoraba este tipo de matanzas, si habían sido sistemáticas y a cuánta gente habían afectado. No estaba seguro. Los historiadores hablan poco de ello. Podía reprochar un montón de cosas a los dictadores, pero ésa no podía reprochársela porque la ignoraba. 2

Sartre fue el filósofo que puso de moda los temas de la “mala fe” y la “vida inauténtica” durante la segunda mitad del siglo XX. Nada más lógico que preguntarnos si él cayó en la misma falsedad que denunció en otros en relación con este tema, la matanza de homosexuales. ¿Mintió Sartre en esta entrevista o carecía de información una persona que solía estar bien informada de todo lo que sucedía a su alrededor? A esta pregunta intentaré responder a lo largo de este estudio. Pero no sólo a ella, claro está. En realidad la usaré como pretexto para analizar una serie de cuestiones que tienen que ver con el tratamiento académico que ha recibido la homosexualidad a partir de la Segunda Guerra Mundial.

Pierre Seel. Historia de un deportado homosexual En 1994 apareció en Francia un libro que tardó siete años en traducirse al castellano. Su título, Pierre Seel. Deportado homosexual. En él encontramos lo que el título promete, el testimonio directo de un francés, Pierre Seel, originario de Alsacia, fichado por supuesta homosexualidad cuando aún era adolescente e internado con dieciocho años en el campo alsaciano de Schirmeck. Relataré brevemente la historia: a Pierre Seel le roba el hombre con el que mantenía relaciones en un parque. Como el objeto robado, un reloj de pulsera, tenía valor económico y sentimental presentó una denuncia. Sin embargo, el lugar del incidente, la hora, etc, pusieron en alerta a la policía sobre el suceso que allí había tenido lugar y sometieron al joven Seel a preguntas y situaciones humillantes. En sus propias palabras: 8

2 Extracto de la entrevista realizada el 23 de febrero de 1980 por Barbedette, Lochu y Le Bitoux, publicada en Gai Pied (marzo, 1980) y recogida en Seel y Le Bitoux (2001, 131).


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3 Le Bitoux y Seel (2001, 21).

4 Hoy de este campo ya no queda nada porque las autoridades francesas han convertido el suelo que ocupaba en zona residencial. Una muestra del esfuerzo del Estado francés por preservar la memoria de lo sucedido

Había entrado en la comisaría como un ciudadano robado y salía como un homosexual vergonzante (....) Ignoraba que mi nombre acababa de inscribirse en el fichero policial de los homosexuales de la ciudad y que, tres años más tarde, mis padres se enterarían así de mi homosexualidad.3

Poco tiempo después de este incidente estalla la Segunda Guerra Mundial y Alemania se anexiona Alsacia y Lorena, provincias disputadas con Francia desde tiempo inmemorial. Las autoridades de ocupación se hacen cargo entonces de todas las tareas administrativas, entre el júbilo de unos alsacianos y la desesperación de otros. Así llegan a sus manos ficheros policiales donde aparece una homosexualidad que no estaba condenada por las leyes, puesto que había dejado de ser perseguida en Francia desde 1810 con la aplicación del Código Penal napoleónico. Por lo tanto estos archivos eran fruto de la arbitrariedad, y la persecución policial de los homosexuales algo ilegal. A Pierre Seel se le ordena pasar por las dependencias de la Gestapo el 3 mayo de 1941. En ese edificio, durante diez horas, sufrió todo tipo de crueldades que aquí no voy a repetir porque están detalladas en su biografía y quien esté interesado en conocerlas allí puede encontrarlas. Sólo diré que, cuando las autoridades alemanas consiguieron que firmara su declaración, el papel tuvo poco valor porque las manchas de sangre hicieron la letra ilegible. A este día le siguieron otros dieciocho en una cárcel atestada de prisioneros y sin comida, y después un furgón al campo de Schirmeck, muy cerca de la frontera alemana, pero todavía en territorio francés4. Eran muchos los padecimientos que sufría quien era internado en un campo de concentración que, a menudo, lo era también de exterminio. Todas y todos supongo que tenemos algún tipo de familiaridad con su funcionamiento, sea por haber leído sobre el tema, sea por haberlos visto en el cine. Así que me limitaré a señalar sólo una de las reglas que obligatoriamente habían de cumplir los internos, la destacaré por la arbitrariedad a que daba lugar; una norma, además, que no siempre aparece recogida en los estudios. Consiste en lo siguiente: era obligatorio que los prisioneros recogieran cualquier cosa que se les cayera o encontraran en el suelo, fuese un pañuelo, su escudilla, etc. Bien, pues a veces los guardianes, sin motivos aparentes para los internos, cogían un papel o la gorra de uno de ellos y la lanzaban contra las alambradas que delimitaban el campo. Si el detenido iba a recogerla era abatido a tiros por intento de fuga, pero si no lo hacía era igualmente abatido por

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El “olvido” de los estudios históricos

desobedecer una orden. A cambio de terminar con un prisionero que se había “intentado fugar”, los miembros de las SS recibían como premio un permiso especial de tres días y una cierta cantidad de dinero5; así perdieron la vida muchos prisioneros que no gozaban de las simpatías de las SS6. Pierre Seel estuvo pues en Schirmeck durante seis meses, de mayo a noviembre de 1941. Le dejaron salir por buena conducta, por su juventud y, sobre todo, porque firmó una declaración en la que aceptaba la nacionalidad alemana, como podían hacer muchos alsacianos bajo la ocupación. Para entender esto hay que decir que formaba parte de la política nazi el intentar aprovechar a los “arios” que enmedaran una conducta perjudicial para el régimen; ello incluía a los ciudadanos de zonas consideradas alemanas, como Alsacia y Lorena. Esto, por supuesto, fue una trampa porque, a cambio de libertad momentánea, le obligó a combatir los años siguientes como soldado raso del ejército alemán en los peores escenarios posibles, incluyendo el frente ruso. Pero no adelantemos acontecimientos. Podemos preguntarnos qué sucedía en el campo cuando los prisioneros se quedaban solos, por la noche, bajo la vigilancia del capo y sus secuaces. Seel nos cuenta que: En el barracón se habían constituido grupos según las diversas afinidades, políticas a veces, lo que aminoraba algo el aislamiento y la dureza de la cotidianeidad. Yo no formaba parte de ninguno de los grupos de solidaridad. Con mi cinta azul, rápidamente descifrada por mis compañeros de infortunio, no tenía nada que esperar de ellos: el delito sexual es una carga adicional en la identidad carcelaria (...) En el universo de los detenidos yo era un elemento completamente despreciable, una minucia sin alma.7

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5 Heger (2002, 62). El libro es una biografía del superviviente Joseph Kohut, escrita por Heinz Heger, pseudónimo a su vez del escritor vienés Hans Newmann, ya que el protagonista de los hechos deseaba contar su historia pero no se sentía con talento suficiente para hacerlo por sí mismo, ni quería salir a la luz pública. Para entender el anonimato, tanto del escritor como del biografiado, debe recordarse que cuando se publica esta obra la homosexualidad seguía estando perseguida en la mayor parte de Europa; por otro lado las editoriales se resistían a publicar un libro con ese contenido.

6 Este hecho lo encontramos recogido tanto en la obra de Seel como en Bent, obra de teatro escrita por Martín Shermann. Bent está inspirada en el texto de Heger.

7 Le Bitoux y Seel (2001, 40).


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8 Los símbolos más frecuentes eran los siguientes: triángulo amarillo para los judíos, rojo para los disidentes políticos, verde para los criminales de derecho común, morado para los testigos de jehová, marrón para los gitanos, rosa para los homosexuales. El mencionado triángulo rosa, con el tiempo y a consecuencia de la persecución nazi, se ha convertido en el símbolo internacional de muchos grupos que luchan por los derechos de gays y lesbianas.

Debo aclarar que, aunque el triángulo rosa era la forma corriente de marcar a los homosexuales en los campos que estaban en Alemania o en la Europa del Este, previamente se usaron otros distintivos como brazaletes amarillos con la letra “A” impresa, largos lunares negros o el número 175, en alusión al artículo 175 del Código penal que castigaba las relaciones entre personas del mismo sexo desde el siglo XIX. Al final se impuso el triángulo rosa como la forma corriente de señalar a los varones homosexuales. Sin embargo, en el campo alsaciano de Schirmeck, parece ser que se usaba una cinta azul con el mismo objetivo, de ahí el comentario que acabamos de ver8. De la cita se deduce que los oprimidos seguían y reforzaban la discriminación de los opresores; el barracón era un microcosmos que reproducía el macrocosmos político. Pero, ¿dice la verdad Pierre Seel? ¿Diciendo la verdad exagera, quizás? ¿Existió el exterminio homosexual? Si existió, ¿con qué alcance? Recordemos la ignorancia que había puesto Sartre como justificación para no hablar de tema. Pierre Seel se decide a contar su historia tras haber callado durante casi 11


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cuarenta años. Tuvo que guardar silencio todo ese tiempo por vergüenza, por miedo a las represalias contra su familia, y porque la homosexualidad había vuelto a ser castigada en Francia, en 1942 bajo el gobierno de Pétain, tras siglo y medio de despenalización. Lo mismo sucedió en Alemania, donde siguió en vigor el artículo 175 tras la derrota del nazismo9. Sin embargo Pierre Seel se decide, finalmente, a hablar. ¿Y por qué lo hace? Habla porque su vida, a los cincuenta y nueve años, era un fracaso completo por intentar borrar su homosexualidad: divorciado, al borde del alcoholismo y con muy poco respeto por sí mismo. Lo hace también porque en 1982, el entonces obispo de Estrasburgo, declara a la prensa sin ambages que considera a la homosexualidad como una enfermedad. Por lo tanto respeta a los homosexuales pero como respeta a los enfermos10. Pierre Seel se indignó enormemente al oír esas palabras; era imposible seguir callado y dejar que los demás se aprovecharan de su posición y poder para insultar, despreciar, negar su vida y, con ella, la de todos los homosexuales. Porque ese tipo de discursos fue el que llevó a la persecución y al asesinato de inocentes por parte de los nazis. De ahí que, con los años, acabara escribiendo su autobiografía.

El exterminio de homosexuales y los estudios históricos En la preparación de este artículo he podido consultar todo tipo de libros y artículos sobre la Alemania nacionalsocialista, desde textos que detallan la vida en estos campos como los escritos por Primo Levi, hasta otros que, dentro de cierta corriente de revisionismo histórico, pasan de largo sobre el tema porque, aparentemente, tal cosa no ha existido. El resultado de mis investigaciones es pobre sobre el tema que me ocupa porque los historiadores no suelen detenerse en el exterminio de estas personas ni escribir sobre él. Sin embargo, uno de los pocos estudios que he podido encontrar es la obra de Olga Wormser y Henri Michel, Tragédie de la déportation 1940-1945, publicada en 1955, y premiada por la Academia Francesa. Estos autores aportan un documento del 28 de agosto de 1940 del Servicio alemán de seguridad (Documentación Arolsen). Se trata de un documento redactado para uso interno por las autoridades nazis siete años después de crearse el primer campo de exterminio, y 12

9 La homosexualidad fue despenalizada en Francia en 1982, durante el primer mandato de François Mitterrand. El artículo 175 entró en vigor en toda Alemania en 1871, a raíz de la unificación, imponiéndose el código de Prusia sobre las legislaciones de otros estados como Baviera y Hannover, que habían despenalizado la homosexualidad a comienzos del S. XIX como consecuencia de la influencia que tuvieron las ideas ilustradas en esos territorios. El artículo 175 siguió en vigor en las dos Alemanias mucho tiempo después de terminar la Segunda Guerra Mundial.

10 Es curioso que un obispo católico hable de enfermedad, concepto médico, en lugar de pecado o culpa, conceptos teológicos propios de su formación. Muestra evidente del peso que han perdido las categorías religiosas, sustituidas por las científicas, para juzgar la realidad.


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11 Wormser y Michel (1955, 67-68).

donde, finalmente, hacen una clasificación atendiendo a su funcionamiento y objetivos. Según éste los campos serían de tres tipos: Tipo 1: Creados para las ofensas menores. Entre ellos estarían Dachau y Sachsenhausen; Tipo 2: Creados para ofensas más graves. Este segundo tipo agravaba las condiciones de vida y trabajo. Entre ellos estarían Buchenwald y Auschwitz; Tipo 3: Auténticos “molinos de huesos” de donde era extremadamente raro salir vivo. Entre ellos se encontraban Mauthausen y Gros-Rosen. Es cierto que esta clasificación es un tanto arbitraria, puesto que Auschwitz, pese a pertenecer al segundo tipo, era el campo modélico de exterminio, si es que tal hecho puede calificarse así; además hay que tener en cuenta que la "Solución Final" se realizó más tarde. También influía en el nivel de supervivencia dentro de cada campo que la preocupación dominante en un momento determinado fuese la productividad o el exterminio, lo que a su vez dependía de la marcha de la guerra. Ahora bien, como los autores dicen, y por eso se aporta aquí, el objetivo de la Gestapo y las SS era situar en el tercer tipo a todos los criminales, homosexuales, judíos y cierto tipo de presos políticos que les parecían especialmente peligrosos, todos ellos con independencia de su nacionalidad11. Y si bien la clasificación es arbitraria porque los del tipo uno podían serlo del dos, y los del dos ser del tres, lo que no sucedió es que los del tercero fuesen del segundo. Por tanto el que los homosexuales fuesen internados con preferencia en los del tipo tres (o del dos que funcionaba como tres) conducía a una muy probable aniquilación. Este era el objetivo, y así debemos suponer que sucedió por encima de los avatares políticos que vivió el régimen nazi. Era además objetivo personal de Himmler que así fuese, como se verá más adelante. De hecho, siguiendo las investigaciones de R. Lautmann en varios campos de concentración, se puede afirmar que el 60% de los homosexuales internados en los campos murieron durante su encierro, comparado con el 41% de los prisioneros políticos y el 35% de los testigos de jehová. Lo que es más, después de cuatro meses uno de cada cuatro internos había muerto; después de un año, uno de cada dos. La suerte fue 13


La revista de Fundaci贸n Tri谩ngulo Juventud 14


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12 Lautmann (1981, 3 y sgs.).

13 Lautmann (1981, 3). Ver también Plant (1986, 166-169).

14 Para el uso del concepto de “musulmán” y su descripción se puede consultar Primo Levi (2002) y para su análisis Agamben (2000).

distinta para prisioneros políticos y testigos de jehová, quienes sobrevivían en mayor número tras el primer año de encierro (cuatro de cada cinco testigos y dos de cada tres prisioneros políticos)12. El nivel de supervivencia de los homosexuales era tan bajo como el de los judíos, pese a no ser objetivo específico del nazismo terminar con todos los homosexuales “arios”, como sí lo fue terminar con todos los judíos. Entonces podemos preguntarnos por los motivos de unos porcentajes de supervivencia tan bajos. El mismo Lautmann apunta unas hipótesis que coinciden con las declaraciones de los homosexuales que sobrevivieron al exterminio. Hipótesis que aquí se consideran también válidas. En primer lugar no existía una solidaridad social con esos prisioneros, como sí existía con otros, ni una red externa de apoyo. Cada homosexual detenido no podía confiar en que otro homosexual del exterior se preocupara por él e intentara hacer algo para sacarle de allí so pena de ser acusado y detenido por el mismo delito; a menudo no recibía ayuda ni siquiera de su familia. Por otro lado, al ser considerados, tanto por el régimen nazi como por la sociedad, cobardes y afeminados, no se ponían en sus manos tareas de responsabilidad, administración de los barracones, etc, que ayudaban enormemente a seguir vivo porque se asesinaba preferentemente a quienes no tenían ninguna función asignada ni trato con las autoridades; quienes realizaban estas funciones no era probable que tuviesen que ir a recoger su gorra a las alambradas. En tercer lugar no podían ayudarse entre ellos porque cualquier acercamiento sería visto como una negación de su “cura” o rehabilitación, cosa que sí podían hacer otros prisioneros. Nadie se extrañaba de que un judío se acercara a otros judíos, por ejemplo, ni lo iba a denunciar por ello. Los homosexuales estaban solos como nadie más lo estaba. Finalmente, como su vida no parecía tener mucho valor fuera del campo, entonces tampoco tenía valor dentro de él13. Ni para los nazis, que les encargaban los trabajos más duros y los sometían a los experimentos médicos más crueles, ni para el resto de los internos, que podían negarse a ayudarles en el caso de necesitarlo. Por lo tanto los homosexuales pasarían fácilmente a convertirse en “musulmanes”14, calificativo que designa el estado límite de supervivencia a la que llegaba un interno y cuyas características eran la desnutrición aguda, los actos mecánicos e inconscientes, el encorvamiento de la espalda y la consiguiente dificultad para caminar. Se trataba de seres 15


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humanos incapaces ya para el trabajo y que entraban mansamente en los convoyes dirigidos a las zonas de exterminio dentro del campo o de otros lagers. Heger cuenta lo siguiente sobre los criterios de selección de un número determinado de prisioneros para enviar de los campos de concentración a los de exterminio, donde encontrarían la muerte segura: Se dejaba a la oficina de prisioneros, encabezada por el decano del campo, la labor de seleccionar a los presos que debían ser enviados al exterminio. Si el decano era un preso político, era un hecho seguro que la mayor parte de los prisioneros elegidos para el exterminio serían hombres con el triángulo rosa.15

Para entender el comentario debe señalarse que cada grupo dominante de un campo (prisioneros políticos, delincuentes comunes,... ) elegía a miembros de los otros grupos para llenar el cupo de sujetos condenados a morir. Reafirmaba así su poder frente a los demás y la fidelidad de sus adhesiones, es decir, se volvía más fuerte. Como los triángulos rosas no eran dominantes en ninguno, entonces eran elegidos como víctimas preferidas por todos los demás, junto con los gitanos, que se encontraban en la misma situación. Asesinar homosexuales fue entonces un objetivo reconocido por la Gestapo y las SS, aunque en numerosos discursos de los años treinta, tanto Heinrich Himmler, jefe primero de las SS, luego de la Gestapo, y finalmente responsable máximo de los campos, como Hitler, habían asumido públicamente la función de terminar con los homosexuales (además de con los judíos). No tenemos más que ver lo que sucedió en la conocida como “Noche de los cuchillos largos”, el último fin de semana de junio de 1934. Entonces Goering y Himmler ordenaron asesinar a Ernst Röhm y a muchos otros dirigentes y miembros de las SA, por supuesto con el conocimiento de Hitler, bajo la acusación de que este cuerpo nazi estaba formado por homosexuales que, en virtud de sus afinidades, preparaban una conspiración contra el Führer16. Es decir, la homosexualidad era la base para una conspiración. Debo decir que aunque Ernst Röhm y su ayudante, Edmund Heines, eran conocidos homosexuales, la mayoría de los trescientos miembros de las SA asesinados aquellos días no lo eran, así que fueron asesinados bajo esa acusación pero por otros motivos, como ajustes de cuentas personales, luchas por el poder dentro del régimen entre las 16

15 Heger (2002, 136).

16 “(...) Hitler, tomando la palabra ante los jefes de las secciones de asalto supervivientes en Munich, el 30 de junio, a mediodía, justo después de las primeras ejecuciones, declara que, por su sola moral corrompida, esos hombres merecían morir”, Shirer (1963, 247) [Traducción propia]. Uno se pregunta, como hace Klaus Mann refiriéndose a este hecho, si antes de esta fecha Hitler no conocía perfectamente la “moral corrompida” de sus secuaces.


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17 Koskovich (1997) Una revisión actualizada del artículo se publica en el presente número de OrientacioneS. Ver página 50.

18 Schoppman (1996, 20 y sgs.).

SA de Röhm y las SS de Himmler, intento de tranquilizar a los altos mandos del ejército por el poder creciente que tenían las SA dentro del Estado descabezándolas, etc17. De hecho, en 1934, se creó dentro de la Policía Secreta del Estado, es decir dentro de la Gestapo, una división especial para perseguir a los homosexuales. Dos años más tarde, en 1936, Himmler creó una Oficina Central para combatir la Homosexualidad y el Aborto: la Oficina Especial (IIs), un Subdepartamento del Departamento Ejecutivo II de la Gestapo. La unión de la homosexualidad y el aborto reflejaba la política nazi de promover la natalidad, ya que una de las dificultades que podían encontrar para implantar su programa totalitario primero en Europa, y luego en el resto del planeta, era la insuficiencia numérica de la raza aria. A la cuestión de por qué el régimen hitleriano perseguía a los homosexuales se puede contestar que, básicamente, porque los consideraba perjudiciales para la pureza de la raza germánica. Perjudiciales en un doble sentido. Por un lado los homosexuales no se reproducían, según los ideólogos nazis, lo que reducía el número de nacimientos futuros. Cuando digo que no se reproducían quiero decir, en primer lugar, que los nazis creían que la homosexualidad masculina abarcaba casi todo el campo. O, dicho con otras palabras, que las lesbianas no suponían la misma amenaza que los varones; de hecho el artículo 175 no mencionaba la homosexualidad femenina. Aunque una mujer tuviese relaciones con otras, pensaban que esto era una etapa de inmadurez que se resolvería fácilmente con el paso del tiempo. Se consideraban recuperables para la raza y la maternidad, a diferencia de los varones. Por lo tanto aunque también fueron perseguidas, y se encuentran documentados unos cuantos casos18, no lo fueron con la saña con que lo fueron los homosexuales masculinos. Pero si, excepcionalmente, los homosexuales se llegaban a reproducir entonces las consecuencias serían temibles porque, según la doctrina eugenésica en boga, y no sólo en Alemania, también en las democracias occidentales, transmitirían a sus descendientes una serie de rasgos psicológicos y emocionales negativos, como la mentira y la cobardía, además de la homosexualidad, es de suponer. Es sabido que el nazismo asociaba los valores morales y sociales con la sangre, la cultura superior con la sangre alemana, la inferior con los pueblos salvajes y semitas, de donde permitir la reproducción de una sangre que no se adecuaba a los 17


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19 A ello deben sumarse las obsesiones personales de Himmler, que sin duda crecieron en odio hacia los homosexuales cuando la figura de Ernst Röhm, que era en la práctica su superior dentro de la jerarquía nazi aunque dirigiese otro cuerpo, bloqueaba el ascenso de las SS. Su carrera política y ambición personal no quedaron despejadas hasta la “Noche de los cuchillos largos” y el posterior debilitamiento de las SA. Ver para ello, Plant (1986, 54-104). Es decir, los capítulos segundo (“The Röehm Affair”) y tercero (“The Great Inquisitor”).

20 Koskovich (1997) Ver página 41 en este mismo volumen. Ver también Plant (1986, 67-69).

valores supremos, como era el caso de la sangre judía, gitana, homosexual, eslava, etc, era una traición al pueblo alemán. Era su debilitamiento y su fin19. En opinión de Gerard Koskovich, la persecución de homosexuales que comenzó con la “Noche de los cuchillos largos” es un hecho significativo por un buen número de razones. En primer lugar porque ayudó al ministro Joseph Goebbels a elaborar tácticas de manipulación de la opinión pública tan eficaces que luego fueron usadas para el más amplio programa racista y antisemita. En segundo lugar porque demostró cómo la acusación de homosexualidad podía ser usada para coaccionar a cualquiera, tuviese o no esa orientación sexual y afectiva. De hecho, quien se ganara las enemistades del partido nazi podía ser acusado y castigado con las penas más duras que permitieron las varias ampliaciones que se hicieron del artículo 175. Era juzgado formalmente, aunque sin neutralidad judicial, si se trataba de una persona importante; extrajudicialmente y sin formalidades si no lo era. Esto, evidentemente, permitía una flexibilidad en el uso que no tenían otros términos, como el de “judío”, por ejemplo. En tercer lugar supuso el despliegue de la nueva política genocida; la aceptación que tuvo entre la población alemana el asesinato de personas bajo la acusación de que eran homosexuales animó a los nazis a pensar que la puerta estaba abierta al uso futuro del exterminio sobre otras poblaciones20. Al fin y al cabo, se puede pensar, si el asesinato de unos ciudadanos se realiza ante la indiferencia de la mayor parte de la población, ¿por qué no asesinar a muchos otros si suponen también una dificultad para llegar al Estado totalitario, aunque presentando el crimen como una política destinada al bien del pueblo alemán? Como muestra del conocimiento que tienen que tener los historiadores de la política nazi hacia los homosexuales, su persecución y exterminio, me detendré en el discurso público que el mismo Himmler pronunció el 10 de octubre de 1936, donde expuso algunos de sus principios ideológicos. Tras afirmar que Alemania estaba rodeada de enemigos dispuestos a destruirla a la menor ocasión arremete, sin mediación aparente, contra los homosexuales y expone la política que el régimen nazi estaba siguiendo para terminar con ellos. Afirma que: Como Nacional Socialistas no tenemos miedo a luchar contra esta plaga dentro de nuestras propias filas. Como si hubiéramos vuelto a adoptar el antiguo punto de vista

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germánico sobre la cuestión del matrimonio entre razas extrañas, así, también, en nuestro juicio de la homosexualidad –un síntoma de degeneración racial destructiva para nuestra raza- hemos vuelto al principio nórdico que [dice que] los degenerados deben de ser exterminados. Alemania se levantará o caerá según la pureza de su raza21

Es decir, Himmler parece creer en una mítica edad dorada donde los principios de segregación racial y moral eran el secreto de la supremacía de unas razas sobre otras. Quizás del triunfo de los viriles germanos sobre los afeminados latinos, siglos atrás. Por haber olvidado esos principios Alemania se encontraba postrada; para levantarla era necesario volver a cumplirlos a cualquier precio. Entre las medidas a tomar, y Himmler no puede hablar más claro ni más alto, se encuentra el exterminio de los homosexuales. No fueron simples palabras porque el 4 de abril de 1938 dicta una orden por la cual todos los hombres condenados por crímenes homosexuales debían ser trasladados directamente a campos de concentración. Revisa la orden en 1940 para afirmar, simplemente, que “debían ser trasladados”22. A dónde debían serlo no se dice con claridad, puesto que al comenzar la guerra las autoridades nazis dejaron de ser claras en muchos aspectos que tenían que ver con el genocidio, pero es fácil deducir el destino del traslado. No abundaré en más citas similares porque en estas y otras declaraciones se comprueba lo claro que hablaban las autoridades nazis y lo mucho que se han ignorado sus palabras. Es como si los nazis fuesen unos asesinos con tan poca conciencia de culpa que dijesen siempre la verdad sobre lo que iban a hacer, y además fuesen coherentes con sus proyectos. Y, en cambio, muchos historiadores que estudiaron esos años, a quienes podemos y debemos suponer perfectamente conocedores de estas palabras y de todo lo que rodeó la masacre de las SA, fuesen pacíficos sabios incapaces, quizás, de enfadarse con nadie o de sufrir un acceso de cólera, pero incapaces también de decir toda la verdad para no herir el pudor del público. Así se puede decir que en muchos estudios sobre la Segunda Guerra Mundial o el régimen hitleriano se dan listas de detenidos en los campos y encontramos la conocida, por repetida, clasificación: judíos y comunistas de las más diversas nacionalidades, republicanos españoles, miembros de la resistencia de todos los países invadidos, ciudadanos rusos, polacos, etc. Pero pocas veces homosexuales23 o gitanos. Se 20

21 Plant, 111[Traducción propia]. Se puede mencionar también el discurso del 18 de febrero de 1937 en Bad Tölz, ante un grupo de altos oficiales de las SS, sobre los peligros de la homosexualidad y del aborto.

22 Plant, 215.

23 Por ejemplo en el texto de Zentner (1978). Por citar un texto escrito originalmente en castellano dentro de la misma línea, véase Saña (1980). Como excepción a este silencio se podría mencionar la obra de Eugen Kogon (1965, 82). Pero, como apunta su título, Sociología de los campos de concentración, esta obra desarrolla un enfoque sociológico.


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24 Borrillo (2001, 13 y sgs.).

25 Borrillo (2001, 16).

sabe a ciencia cierta que los nazis perseguían a los homosexuales, pero cuando se habla de las víctimas de los campos de exterminio, no se los nombra por ningún lado ¿Pero qué temían los estudiosos de esos años, desarrollar una carrera profesional menos brillante? ¿Por qué no hablaban de la persecución y exterminio de los homosexuales cuando Himmler se expresaba con tanta claridad? ¿Fueron homófobos, es decir, detestaban a los homosexuales y su negación fue sólo la expresión de su homofobia?

Homofobia, Historia, Filosofía El historiador del Derecho Daniel Borrillo relaciona la homofobia, en sentido general, con la xenofobia, el racismo, el sexismo y el antisemitismo. Todas éstas serían manifestaciones arbitrarias que señalan al otro como contrario, inferior o anormal24. Ese otro puede quedar fuera del universo común de los humanos, y se convierte entonces en el objeto de miradas curiosas y discursos negadores de su humanidad. Borrillo señala que: La homofobia es un fenómeno complejo y variado que se adivina en las bromas vulgares que ridiculizan al afeminado, pero que también pueden revestir formas más brutales, que lleguen a la voluntad de exterminación del otro, del homosexual, como fue el caso de la Alemania nazi. La homofobia, como toda forma de exclusión, no se limita a constatar una diferencia: la interpreta y extrae conclusiones materiales25

¿Qué conclusiones materiales extrae la homofobia?, podemos preguntar a partir de la última frase de la cita. Quizás que no sea oportuno hablar del sufrimiento de personas que no están bien vistas por la sociedad, es decir que es mejor callar aquello que, si se dice, nadie va a felicitar a su portavoz o testigo por decirlo. Si el mundo de los barracones repetía la jerarquía social del universo nazi denunciada por Seel, es muy probable que los historiadores se hayan contagiado del mismo sistema de valores y si, por ejemplo, no quieren hablar de los gitanos ni de los homosexuales ¿quién se lo iba a reprochar, quizás alguna autoridad académica reconocidamente homosexual? Era poco probable. Ahora bien, no ajustaré cuentas sólo con los estudios históricos, lo haré también con la Filosofía. Si se formulara la pregunta acerca de la postura que han adoptado los filósofos contemporáneos sobre el tema que se ha desarrollado en 21


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este artículo, la respuesta es que no han tomado ninguna, que se sepa. Parte de la Escuela de Frankfurt reflexionó sobre lo acontecido en los campos del infierno; un autor como Adorno se ocupó en profundidad del tema, de denunciar la falta de sentido de la cultura contemporánea desde entonces, de la imposibilidad de su continuación. Adorno no recoge más que la matanza de judíos, es cierto, pero lo que hace es reflexionar en general sobre el sentido del fenómeno, más que especificar sobre sus víctimas. Por lo tanto no debemos esperar en él un acercamiento a cada una de las categorías de asesinados para realizar una reflexión independiente; algo similar hace Agamben. Más graves son otros silencios, en primer lugar el de Heidegger. Porque, como señala Ricardo Foster26, si pudo haber sido fruto de su ambición y precipitada falta de reflexión aceptar responsabilidades académicas bajo el nazismo, no fue ni una cosa ni la otra su persistente silencio posterior sobre lo que aconteció en los campos, acerca de su misma existencia. Y eso en un filósofo que había hecho del conocimiento de los aspectos de la temporalidad los rasgos constitutivos para la comprensión del ente. Cuarenta años de silencio son demasiado tiempo para haber sido contemporáneo a lo sucedido, vivir en el lugar y momento oportunos, y no hablar de ello. Pocos alemanes, seguramente ninguno, en mejor posición intelectual que Heidegger para pensar sobre esos hechos. Sin embargo en él no encontramos ni alusión al tipo de inocentes que fueron a parar a los campos, ni referencias al hecho de su existencia; es como si nada de eso hubiese sucedido. El suyo es un silencio enorme que pesa atrozmente sobre la filosofía que con tanto trabajo ayudó a levantar, sobre una metafísica que descubre en la fundamentación en el tiempo histórico su base más segura. Si los estudios históricos no entraron, no quisieron entrar, en el reconocimiento de determinadas víctimas de la matanza y los filósofos, en demasiadas ocasiones, ni siquiera trataron el asunto, ¿cómo sabemos que estos hechos se produjeron? ¿Quiénes son los testigos que pueden hablar del exterminio de homosexuales? Sin duda Pierre Seel y H. Heger/Joseph K., pero no sólo ellos. A Pierre Seel lo podemos ver en un film documental que ha recibido varios premios internacionales, Paragraph 17527. Aquí, además, aparecen recogidos testimonios de franceses y alemanes que fueron detenidos, internados, torturados en 22

26 Foster (2002).

27 Epstein (1999). Evidentemente el título del film documental se refiere al artículo del código penal alemán que sancionaba la homosexualidad.


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los campos nazis de exterminio diseminados por varios países y que, pese a todo, milagrosamente consiguieron sobrevivir a tanta crueldad y dolor. Decidieron dar ese paso adelante y declarar públicamente lo que habían callado durante tantos años para impedir que el olvido o la mentira negasen lo que fue, borrasen lo que hubo. Frente a la cobardía y egoísmo que aducía Himmler como sus rasgos innatos, han demostrado ser valientes y generosos. Gracias a ellos podemos conocer lo que ni otros supervivientes, ni la inmensa mayoría de los historiadores, han querido contar sobre lo que pasó en Alemania y las zonas de Europa bajo control nazi.

Conclusiones Como conclusiones de las páginas anteriores creo que se puede afirmar lo siguiente: 1º) No se puede acusar a Sartre de “mala fe” cuando afirmó que no habló de la persecución de homosexuales por el régimen nazi porque no la conocía. Quizás podría haber hecho un poco más por informarse, quizás podría haber sabido más. Pero si la “mala fe” es el desconocimiento consciente de determinados hechos, Sartre no puede ser acusado de esa falta. 2º) Si la homofobia es la consideración de los homosexuales como personas inferiores a las heterosexuales, y extrae conclusiones de la diferencia, entonces la inmensa mayoría de los historiadores que estudiaron el genocidio han sido homófobos. Si el barracón de los campos reprodujo un sistema de valores que los nazis defendieron, pero que estaba vigente mucho antes de que llegasen al poder, los estudios históricos, durante décadas, reprodujeron los prejuicios del barracón. También los filósofos, en la medida en que tienen la responsabilidad de reflexionar sobre lo sucedido, han caído en el mismo culpable silencio. 3º) Hace falta todavía un estudio profundo de este fenómeno. Es cierto que desde finales de la década de los ochenta, aproximadamente, el tema merece más atención. Pero también lo es que la persecución de homosexuales y gitanos es uno de los grandes olvidados de los estudios sobre los totalitarismos en Europa, de derecha o de izquierda.

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4º) El encubrimiento de este hecho por los historiadores no se ha producido en otros campos culturales como el teatro (Bent), el género (auto)biográfico (Hans Heger, Pierre Seel) o el cine (Paragraph 175). Escritores, directores de cine o los mismos museos (como el Holocaust Memorial Museum de los Estados Unidos) han ocupado ese espacio de reivindicación y han conseguido que el olvido no fuese completo. Es decir, donde los expertos de la ciencia histórica no han querido hablar, otras creaciones culturales lo han hecho. Es lógico que así sea porque algo que formó parte de la enormidad que supuso el genocidio nazi no es fácil que permanezca indefinidamente ocultado o silenciado.

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Filmografía: Epstein, Robert (1999): Paragraph 175. USA, 81 minutos.

Direcciones virtuales: www.chez.com/triangles Artículos en francés e inglés que reflexionan y documentan la persecución nazi de los homosexuales. Además de artículos, incluye fotos, archivos, etc. El título de su portada, Historia de una deportación apartada, da idea del objetivo de sus promotores. www.holocaust-trc.org/homosx.htm Página web del Holocaust Teacher Resource Center puesta a su disposición por el Holocaust Memorial Museum de Estados Unidos. Incluye enlaces a figuras de la Alemania de los años treinta, como el Dr. Magnus Hirschfeld, y al famoso Artículo 175 del Código penal alemán.

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De “Eldorado” al Tercer Reich Vida y muerte de una cultura homosexual Gerard Koskovich

1 Alan Bérubé, Coming Out Under Fire: The History of Gay Men and Women in World War Two, Nueva York, Free Press, 1990, p. 200.

En el mes de abril de 1945 las unidades aliadas entraban en Alemania, poniendo así fin al sueño, a la fantasía nazi de mil años de Reich. Durante estas semanas cuajadas de acontecimientos, la liberación de los campos de concentración revolvió los sentimientos más profundos, incluso los de aquellos más curtidos en el combate. Para la mayoría de los soldados aliados, los campos ofrecían la primera evidencia completa del ubicuo aparato estatal de terror contra el que habían combatido. Un soldado estadounidense de veintiún años de edad, de nombre Robert Fleischer, formaba parte de las unidades que liberaron Dachau, el campo situado en las cercanías de Munich fundado doce años antes como un prototipo del sistema de represión social y política del nacionalsocialismo. Fleischer recordaría después esta experiencia en estos términos: Los caminos estaban repletos de esqueletos andantes con esos uniformes de rayas. Apenas podían arrastrarse a sí mismos. Intenté hablarles, y no sabían nada de inglés. De repente, se me ocurrió preguntarles “Du bist Juden?”— “¿Eres judío?” Un hombre asintió “Ja,” y le dije “Yo también.” [Otro prisionero] se me acercó...y empezó a besarme la mano. Yo estaba tan trastornado, me decía a mí mismo, “¿Cómo se atreve el mundo a hacer algo así a dos seres humanos? ¿Quién soy yo para que él tenga que besarme la mano porque está libre?”1

Fleischer había buscado inmediatamente a otros judíos como él entre los liberados, ya que la ideología antisemita del nazismo era bien conocida y repudiada fuera de Alemania. Pero, en ese momento, el joven soldado no tenía ninguna otra forma de saber que podía haber buscado a otro tipo de prisioneros con los que también guardaba afinidad, prisioneros que habían sido de los primeros en ser escogidos para ser internados en Dachau. Prisioneros que, como el propio Fleischer, eran homosexuales. El testimonio de Fleischer pone de manifiesto la invisibilidad de las víctimas homosexuales del régimen nazi, una situación exacerbada con la exclusión de estas víctimas de todo reconocimiento jurídico y memoria histórica en las décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial. Al mismo tiempo, estas palabras nos recuerdan que el pueblo judío fue el principal objetivo de Hitler. Si queremos comprender la ideología y los mecanismos de represión social que el estado 29


De “Eldorado” al Tercer Reich

nazi articuló en contra de los homosexuales, debemos fijarnos no sólo en el trasfondo y especificidades de esta represión, sino también en su relación con el proyecto del régimen nazi de llevar a término un genocidio antisemita.

La aparición de una minoría homosexual en Alemania (1830-1920) La campaña de persecución nazi contra los homosexuales no fue dirigida solamente contra actos o individuos aislados, sino que más bien tenía como objetivo erradicar un fenómeno social y cultural más amplio. En el siglo anterior al periodo nazi, los hombres y mujeres homosexuales en Alemania habían llegado a ser vistos como una minoría cultural controvertida: una clase relativamente homogénea agrupada por criterios de afinidad afectiva, sexual y social, que habitaba territorios urbanos específicos, que formaba redes sociales, y que perseguía unos determinados objetivos culturales y políticos de forma colectiva2. Las instituciones que ostentaban el poder en la sociedad alemana no veían esta nueva definición de los terrenos del sexo y el género como algo benigno. El sistema jurídico, por ejemplo, expandió su regulación de los roles y el comportamiento sexual del género masculino, codificando como delitos la actividad homosexual y las expresiones sociales que le acompañaban. Después de que los estados alemanes independientes se unificaran en 1871, las estrictas leyes prusianas contra la conducta homosexual se impusieron en todo el país3. Esta legislación no hacía mención, sin embargo, de la actividad lesbiana; una manifestación no tanto de la existencia de un mayor grado de libertad para las lesbianas, sino del nivel de control de la mujer a través de su exclusión de los principales sectores del mercado de trabajo y de los territorios públicos del poder político y cultural dominados por los hombres. La dependencia económica de las mujeres respecto a sus padres o maridos, junto con las responsabilidades que la cultura dominante le asignaba en relación con el cuidado del hogar, el parto y la cría de los hijos, servían tanto para limitar la expresión sexual lésbica como para desviar la mirada ávida de los legisladores. El sistema médico en Alemania pronto superó las leyes existentes en la materia. En la década de 1870, los médicos comenzaron a clasificar tanto a los hombres como a las mujeres 30

2 Sobre la historia social de la homosexualidad en Alemania en el siglo XIX y principios de los XX, véase James Steakley, The Homosexual Emancipation Movement in Germany, Nueva York, Arno Press, 1975, pp. 13-16 y passim, y Wolfgang Theis y Andreas Sternweiler, “Alltag in Kaiserreich und in der Weimarer Republik,” en Berlin Museum, Eldorado: Homosexuellen Frauen und Männer in Berlin 1850-1950—Geschichte, Alltag, und Kultur, Berlín, Frölich und Kaufmann, 1984, pp. 49-61.

3 Véase Steakley, The Homosexual Emancipation Movement, pp. 5, 10, 21.


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que habían experimentado algún tipo de deseo homosexual como degenerados fruto de la herencia genética o como casos de personalidad patológica. Este tipo de diagnósticos diferenciaban generalmente entre casos de supuesta inversión congénita y aquellos individuos que se suponía que habían adquirido una proclividad hacia la homosexualidad debido a una autoindulgencia libertina o como fruto de la seducción homosexual. Los especialistas en psiquiatría –un campo entonces emergente, liderado por especialistas austriacos y alemanes– publicaron estudios que desarrollaban estas teorías y sugerían formas de intervención terapéutica como medios de control social más efectivos que las propias sanciones penales. Los estudios enfatizaban la amenaza social del comportamiento contrario a las normas de género y el peligro añadido del

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contagio del comportamiento homosexual para justificar la intervención terapéutica y otras medidas de higiene social4. Estos imperativos serían llevados a su extremo más represivo bajo el régimen nazi. Desde la década de 1880 hasta la era nazi, las organizaciones religiosas alemanas organizaron campañas similares en nombre de la “pureza moral” en contra de fenómenos que consideraban como muestras de la decadencia y vicios de la vida urbana. Estas campañas estaban dirigidas contra el aborto, la prostitución, las publicaciones y entretenimientos de contenido sexual, el trabajo femenino fuera del hogar, y las relaciones homosexuales –en otras palabras, contra todos los signos del cambio de estructuras sociales y de género propias de la vida moderna. Los esfuerzos más denodados de este tipo de campañas de pureza moral fueron los de la denominada Misión Interna, una organización protestante de beneficencia de ámbito nacional, que distribuía panfletos, organizaba grupos de jóvenes, presionaba en contra de las reformas jurídicas, y abogaba por la castración de los responsables de delitos sexuales5. A pesar de estos intentos de regulación, las subculturas de los hombres y mujeres homosexuales continuaron desarrollándose –aunque de forma bastante precaria– en los años anteriores a la Primera Guerra Mundial. Este desarrollo se basaba en dos procesos de cambio social: la aparición del erotismo en general en la esfera pública, y más concretamente, en la esfera comercial; y el movimiento de las mujeres trabajadoras en la industria y en el nuevo campo del secretariado empresarial, un movimiento que ofrecía por primera vez independencia económica a un número significativo de mujeres de las clases media y trabajadora. Con el cambio de siglo, los territorios sexuales, sociales e intelectuales de los hombres y mujeres homosexuales comenzaban a expandirse, incorporando toda una lista de cafés y confiterías, cervecerías, bares, casas de baño, librerías, clubes de aficionados y deportivos, pequeños hoteles, edificios de apartamentos y sectores completos de ciertos barrios. En torno a 1914, se estima que sólo en Berlín había alrededor de cuarenta bares homosexuales –incluidos algunos destinados específicamente a lesbianas–, varios periódicos homosexuales y entre mil y dos mil hombres dedicados a la prostitución. A principios de la década de 1920, otros desarrollos similares podían constatarse, en menor escala, en otras ciudades alemanas6. 32

4 Véase Richard Plant, The Pink Triangle: The Nazi War Against Homosexuales, Nueva York, Henry Holt y Company, 1986, pp. 31 y ss., y Steakley, The Homosexual Emancipation Movement, pp. 9 y ss.; véase también Michel Foucault, The History of Sexuality, Volume I: An Introduction, Nueva York, Vintage Books, 1980, p. 43 [N. del T: existe versión castellana: Historia de la sexualidad 1. La voluntad de saber. Siglo XXI editores, México, 1977].

5 Véase John C. Fout, “Sexual Politics in Wilhelmine Germany: The Male Gender Crisis, Moral Purity, and Homophobia,” Journal of the History of Sexuality, vol. 2, nº 3 (enero 1992), pp. 403-417; sobre la política de castración, véase Geoffrey J. Giles, “‘The Most Unkindest Cut of All’: Castration, Homosexuality and Nazi Justice,” Journal of Contemporary History, vol. 27, nº 1 (Enero, 1992), p. 44.

6 Véase Magnus Hirschfeld, Berlins drittes Geschlecht, Berlín y Leipzig, H. Seeman, 1904, passim; Steakley, The Homosexual Emancipation Movement, pp. 23 y ss., 27, 78 y ss., and passim; Theis y Sternweiler en Berlin Museum, pp. 56-73; y Claudia Schoppman, Days of Masquerade: Life Stories of Lesbians During the Third Reich, Nueva York, Columbia University Press, 1996, pp. 2-4.


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7 Véase Ruth Margarete Roellig, Berlins lesbische Frauen, Naunhof-bei-Leipzig, Bruno Gebauer Verlag für Kulturprobleme, 1928; la edición bilingüe alemán/francés que he consultado es Les Lesbiennes de Berlin, Lille: Cahiers Gai-KitschCamp, 1992, pp. 94 y ss. Véase también Monika Hingst, Manfred Herzer, Karl-Heinz Steinle, Andreas Sternweiler y Wolfgang Theis (eds.), Goodbye to Berlin? 100 Jahre Schwulenbewegung, Berlín, Verlag rosa Winkel, 1997, pp. 127 y ss.

8 Sobre Ulrichs en general, véase Hubert Kennedy, Ulrichs: The Life and Works of Karl Heinrich Ulrichs, Pioneer of the Modern Gay Movement, Boston, Alyson Publications, 1988; sobre los escritos y activismo jurídico de Ulrichs a favor de los “uranianos” en la década de 1860, véanse los caps. 4-7, passim.

Para los homosexuales cuya experiencia primaria había sido el aislamiento y la confusión, el descubrimiento de una vida urbana homosexual podía ser una auténtica revelación. La sensación que muchos homosexuales compartían sobre Berlín se reflejaba en el nombre del bar homosexual más famoso de la ciudad a finales de los años veinte y principios de los treinta: un cartel de neón de estilo art-decó iluminaba las palabras “Eldorado”, en referencia a la tierra mítica de oro que los Conquistadores habían buscado en vano. Y, para asegurarse de que nadie perdía el sentido de la referencia, dos grandes carteles colocados en la puerta principal añadían: “¡De verdad que lo es!”7.

Hombres, mujeres y la política de la homosexualidad (1860-1920) Los esfuerzos para organizar políticamente a los y las homosexuales alemanes fueron coetáneos a los profundos cambios sociales que tuvieron lugar a partir de la segunda mitad del siglo XIX. Para los hombres homosexuales, esta lucha hizo su aparición primariamente como un movimiento con el objetivo específico de revertir el discurso médico de la personalidad patológica homosexual y transformarlo en una “identidad homosexual” despatologizada, merecedora de un tratamiento social igualitario. En contraposición, las organizaciones que albergaron mujeres lesbianas hicieron su aparición principalmente en el contexto más amplio del movimiento feminista. A partir de la década de 1860, el abogado y periodista Karl-Heinrich Ulrichs publicó una serie de panfletos rompedores, en los que demandaba el fin de la persecución e identificaba a los hombres homosexuales como una clase diferenciada con su propias necesidades culturales, sociales y políticas. En 1865, Ulrichs elaboró por su propia cuenta la propuesta de una “Unión uraniana”, una sociedad de ayuda mutua para hombres homosexuales. Dos años más tarde, en una intervención sin precedentes ante unos quinientos miembros de la Sociedad Alemana de Juristas, Ulrichs hizo un llamamiento público a favor de la derogación de la legislación antihomosexual; fue acallado por los asistentes antes de que terminara su discurso8. Siguiendo los pasos de estos primeros esfuerzos, un grupo en Berlín comandado por el Dr. Magnus Hirschfeld fundó el Comité Científico Humanitario (Wissenschaftlich33


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humanitäres Komitee) el 15 de mayo de 1897. Hirschfeld y sus seguidores argumentaban que la homosexualidad era simplemente una inversión innata de género que no requería de ningún tipo de intervención médica o jurídica. El Comité, la primera organización a favor de los derechos de los homosexuales de la que se tiene noticia, asumió como objetivo principal la derogación del artículo 175 del Código Penal del Reich, la norma que prohibía en Alemania los actos homosexuales entre hombres. El Comité se dedicaba también a educar a la opinión pública sobre la investigación científica que respaldaba estas posiciones, así como a promover la autoestima entre los miembros del “tercer sexo”9. Esta aproximación científica y política no fue la única estrategia empleada por el movimiento. Otro grupo con sede en Berlín, la Comunidad de los Dueños de Sí Mismos (Gemeinschaft der Eigenen) fundado en 1903 por Adolf Brand, un escritor y editor bisexual, enfatizó la necesidad de una reforma cultural, considerando el comportamiento homosexual como un fenómeno de carácter cultural más que biológico. Brand basó su análisis en la tradición clásica y en la Ilustración alemana, defendiendo la amistad apasionada como fundamento de la virtud masculina, el refinamiento estético, el desarrollo intelectual y la buena ciudadanía. Las publicaciones de la Comunidad, sus salones y lecturas públicas eran abiertamente antimodernas, conser vadoras, nacionalistas y misóginas, y a veces críticas de Hirschfeld y el Comité10. El modelo de homosexuales organizándose entre ellos para promover cambios y suplir sus propias necesidades comunales comenzó a generalizarse por Alemania desde principios de siglo. A principios de la década de 1920, alrededor de 25 organizaciones políticas, culturales y sociales –a medio camino entre Hirschfeld y Brand– se encontraban activas en ciudades de todo el país. Sin duda, la organización que logró un mayor éxito fue la Liga por los Derechos del Hombre (Bund für Menschenrechte), un grupo integrado por personas de ambos géneros activo desde 1923 a 1933; en su momento álgido, la Liga consiguió reunir a 48.000 miembros11. Aunque las mujeres también jugaron un cierto papel en la organización de estos grupos específicamente homosexuales, las lesbianas políticamente activas de finales del siglo XIX y principios del XX se enfocaban por lo general en la agenda feminista más amplia –incluida la reforma 34

9 Sobre el Comité CientíficoHumanitario, véase Manfred Baumgart, “Die HomosexuellenBewegung bis zum Ende der Ersten Weltkriegs,” en Berlin Museum, pp. 17-23; y Manfred Herzer, “Das Wissenschaftlich humanitäre Komitee,” en Hingst, et al., pp. 3747.

10 Sobre Brand y la Comunidad de los Dueños de Sí Mismos, véase Harry Oosterhuis (ed.), Homosexuality and Male Bonding in Pre-Nazi Germany, Nueva York, Haworth Press, 1991, pp. 2-8, 245247, y passim.

11 Véase Steakley, The Homosexual Emancipation Movement, p. 82; véase también Plant, p. 41, y Schoppman, Days of Masquerade, p. 4.


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12 Véase Lillian Faderman y Brigitte Erickson (eds.), Lesbian-Feminism in Turn-of-the Century Germany, Weatherby Lake, Mo., The Naiad Press, 1980, pp. ii-vi, y Steakley, The Homosexual Emancipation Movement, pp. 40-42.

13 Véase Faderman y Erickson, pp. iv-v, y Steakley, The Homosexual Emancipation Movement, pp. 40-42.

14 Sobre Hirschfeld y el Instituto para la Ciencia Sexual, véase “Institute for Sexual Science (1919–1933)”, una amplia exposición virtual a cargo de la Magnus-HirschfeldGesellschaft, Berlín, disponible en internet en: www.magnushirschfeld.de/institute (octubre de 2002–julio de 2005). Véase también Charlotte Wolff, Magnus Hirschfeld: Portrait of a Pioneer in Sexology, Londres, Quartet Books, 1986, ch. 9; y Manfred Baumgart, “Das Institut für Sexualwissenschaft und die Homosexuellenbewegung in der Weimarer Republik”, en Berlin Museum, pp. 31-33.

educativa, el acceso al mercado de trabajo, y el sufragio femenino–, trabajando en organizaciones que apreciaban sus energías sin importarles su sexualidad12. Esta situación comenzó a cambiar alrededor de 1910-1911, cuando muchas de estas organizaciones de ámbito general comenzaron a incluir asuntos lésbicos en la agenda, uniéndose al Comité Científico Humanitario y a otros grupos en las iniciativas para derrotar las iniciativas legislativas para criminalizar los actos homosexuales femeninos13. Tanto las organizaciones homosexuales, como los grupos de mujeres de este periodo, aparecieron en el contexto más amplio de la campaña de reforma social en Alemania a finales del siglo XIX y principios del XX. El propio Hirschfeld combinó este espíritu de reforma con el intento de redirigir la influencia de la ciencia y la medicina a favor de los homosexuales. En 1919, fundó el Instituto para la Ciencia Sexual (Institut für Sexualwissenschaft) en Berlín como un centro de estudio y terapia sexuales a tiempo completo, incluyendo una biblioteca, archivos, un museo, y una clínica, así como un programa de publicaciones y conferencias de amplia divulgación. Tomando como base el Instituto, Hirschfeld llegó a ser una autoridad internacional en el campo de la sexología y el principal defensor en Alemania de la reforma sexual y la tolerancia social para las minorías sexuales14.

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La reacción de la derecha y la llegada al poder de los nazis (1920-1933) El periodo de cambio social que sirvió de marco a la aparición de la subcultura homosexual, el movimiento de derechos de los homosexuales, el movimiento de mujeres, y otros movimientos sociales progresistas también generó fuertes reacciones conservadoras en Alemania, vinculadas a demandas de una estricta regulación de las minorías sexuales, políticas, étnicas y religiosas. La Primera Guerra Mundial, que tuvo como resultado la muerte de casi dos millones de soldados alemanes y la ruina económica, no hizo sino exacerbar estas tensiones y polaridades. El advenimiento de la República de Weimar –que reemplazó al régimen imperial en 1918–pareció augurar en un principio un cambio progresista, pero las esperanzas de reforma desaparecieron tan pronto como las condiciones económicas en Alemania comenzaron a deteriorarse. La hiperinflación de 19221923, seguida de la crisis económica de 1929, añadió un desempleo masivo al saldo ya de por sí negativo dejado por la guerra. En estas circunstancias de profunda crisis económica y conflicto social, los discursos políticos del antisocialismo, el antisemitismo, la xenofobia, y la homofobia ganaron terreno rápidamente15. 36

15 Para una visión general de la situación del periodo posterior a la Primera Guerra Mundial en Alemania y la posición de los homosexuales en ese periodo, véase Plant, ch. 1.


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16 Véase Plant, p. 44.

17 Véase Harry Oosterhuis, “Medicine, Male Bonding and Homosexuality in Nazi Germany,” Journal of Contemporary History, vol. 32, nº 2 (abril de 1997), pp. 187–205. Véase también Warren Johansson y William A. Percy, “Holocaust, Gay”, en Wayne R. Dynes (ed.), Encyclopedia of Homosexuality, vol. 1, Nueva York, Garland Publishing, 1990), pp. 546f.

Entre las organizaciones que promovían este tipo de ideología de derecha se encontraba el Partido Nacionalsocialista. Creado en 1920 como resultado de la fusión de varios grupúsculos de extrema derecha, el Partido Nazi jugó un papel cada vez más visible y agresivo a lo largo de la década, atrayendo adeptos de entre las masas de alemanes que buscaban soluciones drásticas a las calamidades de la época. La Sturmab_teilung o “Sección Tormenta” del partido –conocido por su acrónimo en alemán como las SA– reclutaba directamente a sus miembros entre jóvenes desempleados, equipándolos con uniformes, comidas, y un sentido de pertenencia, al tiempo que los organizaba en bandas paramilitares que sembraban el terror entre los oponentes políticos y grupos minoritarios. En los años anteriores a su llegada al poder, algunos líderes nazis toleraban el comportamiento privado de ciertos miembros destacados del partido que eran homosexuales; esta tolerancia no se derivaba de una opción política, sino que respondía más bien a consideraciones pragmáticas del caso concreto. Al mismo tiempo, la mayor parte de los miembros y simpatizantes del partido colocaban a los homosexuales explícita e inequívocamente entre los grupos culpables de la inestabilidad de la sociedad alemana y la debilidad del estado alemán. A lo largo de toda esta década, Hirschfeld, el Instituto, el movimiento homosexual, y los homosexuales en general fueron objetos frecuentes de ataques virulentos en los periódicos populares y en la prensa nazi.16 Haciendo suyos los análisis de la ciencia médica y a veces incluso del propio movimiento homosexual, los ideólogos nazis describieron a los homosexuales como parte de una clase psicológica o biológica desviada, integrantes de una subcultura subrepticia, miembros de una comunidad pseudoétnica o conspiradores pertenecientes a una cábala política o a organizaciones delictivas; cada una de estas descripciones suponía una amenaza de disidencia que resultaba intolerable. Si bien se asumía la noción de que la homosexualidad derivaba en algunas personas de defectos de tipo congénito, los juristas y médicos nazis también caracterizaron al deseo homosexual como un fenómeno contagioso capaz de infectar y corromper incluso a aquellos que no eran homosexuales por naturaleza17. Por encima de todo, los nazis consideraban que la homosexualidad suponía una mixtificación de la jerarquía de género, basado en un esquema estricto de agresividad 37


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masculina y sumisión femenina, así como del deber de reproducción defendido por el partido como estrategia principal para restablecer el orden social. Asimismo, tomando en cuenta el interés nazi en los vínculos personales dentro de todas las organizaciones políticas, militares y sociales como base del poder del estado, el régimen se preocupó mucho por evitar que sus propias instituciones facilitaran de forma inadvertida las afecciones homosexuales que pudieran producir una fuerza de oposición interna.18 Un texto de 1928, elaborado en respuesta a la campaña en curso del Comité Humanitario para la derogación del artículo175, ofrece un ejemplo típico del discurso antihomosexual del partido nazi: No es necesario que tú y yo vivamos, pero es necesario que el pueblo alemán viva. Y sólo podrá vivir si puede luchar, porque vivir significa luchar. Y sólo puede pelear si mantiene su masculinidad. Sólo puede mantener su masculinidad si ejercita la disciplina, particularmente en asuntos relacionados con el amor. El amor libre y la desviación son formas de indisciplina... Por lo tanto rechazamos toda clase de lascivia, especialmente la homosexualidad, porque nos priva de nuestra última oportunidad para liberar a nuestro pueblo de las cadenas que lo esclavizan.19

La destrucción de la cultura y el movimiento homosexuales (1933-1936) En el momento de su llegada al poder a principios de 1933, los nazis hicieron rápidamente de esta ideología una política nacional, elaborando estrategias para la regulación de los homosexuales como una clase inferior y al deseo homosexual como una fuente de inestabilidad social. Estos objetivos se hicieron evidentes en una serie de medidas tomadas entre 1933 y 1936, que llevaron a la destrucción del movimiento de derechos de los homosexuales y la vibrante cultura homosexual que se había desarrollado en el periodo anterior en Alemania. La primera de estas medidas, tomada menos de un mes después de que Adolf Hitler fuera nombrado Canciller, consistió en la prohibición de las publicaciones de contenido homosexual –incluyendo todas las publicaciones periódicas, independientemente del tono de su contenido–, e ilegalización de las organizaciones de derechos 38

18 Véase Oosterhuis, “Medicine, Male Bonding and Homosexuality in Nazi Germany,” pp. 194 y ss..

19 Citado en Steakley, The Homosexual Emancipation Movement, p. 84.


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20 Sobre la destrucción del Instituto, véase James Steakley, “Anniversary of a Book Burning,” The Advocate (9 de junio de 1983), 18-19, 57.

21 Anthropos, nº 1–2 (1934); citado en Steakley, The Homosexual Emancipation Movement, p. 105.

22 Véase Oosterhuis, Homosexuality and Male Bonding in Pre-Nazi Germany, p. 7.

23 Sobre la clientela de “Eldorado”, véanse las fuentes citadas en nota 7.

homosexuales. La campaña para destruir el movimiento homosexual y para eliminar las imágenes homosexuales continuó el 6 de mayo de 1933, cuando más de cien estudiantes nazis invadieron el Instituto para la Ciencia Sexual de Hirschfeld. La turba devastó la biblioteca y archivos del Instituto, que fueron quemados en la pira de libros “antialemanes” que ardieron en la plaza situada frente a la ópera de Berlín la noche del 10 de mayo. Un busto de tamaño natural de Hirschfeld fue también pasto de las llamas.20 El propio Hirschfeld pudo librarse de ser arrestado por encontrarse participando en una conferencia en el extranjero. Testigo de los sucesos en un noticiario en París unos pocos días después, comparó la visión de las llamas consumiendo su colección con la visión de su propio funeral21. Hirschfeld permaneció en el exilio hasta 1935; sus restos descansaron en la ciudad francesa de Niza. La casa editorial de Adolf Brand también fue objeto de persecución. Entre mayo y noviembre, la policía visitó sus instalaciones un total de cinco ocasiones, con el objetivo de capturar todo el inventario de libros y revistas publicados a lo largo de casi cuarenta años. “ Toda mi vida ha sido destruida,” confesaría Brand en una carta. El propio Brand no fue arrestado –probablemente porque se encontraba casado, y no era ni judío ni de izquierda–, y probablemente gracias a la intervención de un protector dentro del partido nazi. Brand permanecería en Berlín, donde moriría junto con su esposa durante un bombardeo aliado en 1945. 22 Los primeros meses de 1933 fueron también el escenario de la ofensiva del régimen nazi contra los territorios sociales homosexuales, consistente en los ataques de las SA a bares y clubes homosexuales. Uno de los primeros establecimientos en ser clausurado por amenaza al orden público fue el famoso club “Eldorado” de Berlín, que había continuado siendo un alegre punto de destino para una mezcla de mujeres y hombres homosexuales, travestidos de ambos sexos, turistas y bohemios23. El bello y amplio espacio que ocupaba “Eldorado” en la calle Motz abrió de nuevo sus puertas, esta vez como oficina de propaganda de la campaña nazi para las elecciones parlamentarias de marzo de 1933, convocadas por Hitler poco después de ser nombrado Canciller como medio para consolidar su poder. Se colgaron esvásticas gigantescas en su fachada, y una enorme pancarta escrita en letras 39


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góticas ordenaba “ Vote por la casilla de Hitler ”, oscureciendo el cartel, ahora tristemente obsoleto, que había proclamado “¡De verdad que lo es!” 24. Aunque un pequeño número de bares continuó resistiendo como lugares de encuentro clandestinos, efímeros y altamente peligrosos, el paisaje elaborado de la vida nocturna homosexual de Weimar se esfumó rápidamente sin dejar rastro, como la tierra mítica de “Eldorado”, de vuelta al ámbito de los sueños 25. Para el régimen nazi, las acusaciones de homosexualidad fueron utilizadas para una variedad de usos estratégicos. En junio y julio de 1934, por ejemplo, las afirmaciones de que la actividad homosexual estaba extendida en las SA constituyeron la excusa para llevar a cabo una violenta purga en la organización, que se había convertido en un obstáculo para los planes nazis de hacerse con la fidelidad del ejército alemán tradicional y de los líderes de los negocios y la industria. Tres semanas después, oficiales de las SS asesinaban al líder de las SA Ernst Röhm y a su ayudante Edmund Heines, quienes eran de hecho homosexuales, y a un total aproximado de trescientas personas, la gran mayoría de los cuales no lo era. Muchos de los que fueron asesinados no habían hecho nada más que provocar la ira mezquina de algún funcionario de las SS, mientras que otros fueron simplemente víctimas de errores de identidad26. La purga de las SA, conocida comúnmente como la “Noche de los Cuchillos Largos”, resulta particularmente significativa por una serie de razones:

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24 Véase el collage de fotos de bares cerrados publicado en el periódico vienés Der Notschrei (mayo de 1933), p. 6. La página entera se reproduce en Hingst, et al., p. 154; véase también el encabezamiento de la p.155.

25 Sobre los bares como lugares de encuentro homosexual en la era nazi, véase Carola Gerlach, “Außerdem habe ich dort mit meiner Freund getanzt”, en Andreas Pretzel and Gabriele Roßbach (eds.), Wegen der zu erwartenden hohen Strafe: Homosexuellenverfolgung in Berlin 1933–1945, Berlín, Verlag rosa Winkel, 2000, pp. 305-332. Para una descripción de un bar que consiguió sobrevivir al periodo imperial hasta la década de los años cincuenta, véase Charlotte von Mahlsdorf, I Am My Own Woman, San Francisco, Cleis Press, 1995, pp. 128 y ss.

26 Sobre Röhm y la purga de las SA, véase Plant, cap. 53. Véase también Max Gallo, The Night of Long Knives, Nueva York, Harper and Row, 1972, passim.


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27 Sobre la campaña de propaganda, véase Hans-Georg Stümke, “From the ‘People’s Consciousness of Right and Wrong’ to ‘The Healthy Instincts of the Nation’: The Persecution of Homosexuales in Nazi Germany,” en Michael Burleigh (ed.) Confronting the Nazi Past: New Debates on Modern German History, Londres, Collins and Brown, 1996, pp. 157 y ss.

28 Sobre la reforma del artículo 175, véase Plant, pp. 69, 110. Para las estadísticas de los procesos judiciales, véase Stümke, p. 160.

>> Supuso el inicio de una auténtica campaña de denigración antihomosexual por parte del ministro de propaganda, Joseph Göbbels; una campaña que no sólo sir vió para extender el ter ror entre los homosexuales, sino también para ayudar a los nazis a elaborar tácticas para manipular la opinión pública que serían útiles para su campaña más amplia de “purificación social”27. >> Demostró que las medidas antihomosexuales podían convertirse en instrumentos de terror en contra de no sólo homosexuales; de hecho, toda persona que no gozaba del favor del partido corría el riesgo de ser objeto de una “homosexualización” con efectos fatales, como las víctimas arbitrarias de la purga contra Röhm. >> Constituyó el primer ejemplo de un nuevo instrumento de política nazi: el asesinato en masa orquestado por el propio Estado. Tomando como base los prejuicios sociales existentes, la ideología homofóbica que justificó la purga jugó sin duda un papel esencial a la hora de facilitar la aceptación pública de este tipo de táctica. Y la aceptación pública de esta primera masacre abrió la puerta a los nazis para futuros usos del asesinato en masa. En 1935, en el primer aniversario del asesinato de Röhm –y poco después de la promulgación de las leyes antijudías de Nuremberg– el gobierno nazi adoptó nuevas regulaciones en contra del comportamiento homosexual masculino. Yendo más allá de los “actos similares al coito” proscritos en el artículo §175 del Código imperial, la nueva legislación perseguía penalmente los besos, abrazos y miradas lujuriosas. Debido a la vaguedad de la ley y a la arbitrariedad de la jurisprudencia nazi, las reformas facilitaron mucho el procesamiento, tal y como lo muestran las estadísticas nacionales: en 1934, 948 hombres habían sido declarados culpables de estos delitos; en 1938, el número se había disparado a 8,56228. Aunque el artículo 175 no se aplicaba a las lesbianas, se han podido documentar algunos casos aislados en los que los jueces procesaron a algunas; las mujeres también eran objeto de procesamiento ocasional en virtud del artículo 176, que prohibía a quien estaba en posición de autoridad tener relaciones sexuales con personas bajo su 41


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cargo29. En el caso de Austria, las lesbianas se enfrentaban a una amenaza jurídica más específica: el artículo de la ley austriaca que prohibía los contactos sexuales entre mujeres continuó siendo aplicado por los jueces nazis después de que el país fuera anexionado al Reich en 193830. La distinción general entre hombres homosexuales y mujeres lesbianas en el ordenamiento jurídico nazi se basaba en concepciones de papeles de género e imperativos de reproducción, así como en asunciones relativas a la frecuencia y consecuencias de la actividad homosexual en los hombres, a diferencia de la homosexualidad femenina. La Comisión para el Código Penal del Ministerio de Justicia nazi subrayó esta línea de pensamiento en un texto de 1935, que argumentaba en contra de la criminalización de las relaciones sexuales entre mujeres: Con relación a los hombres [homosexuales] la fertilidad se desperdicia; normalmente no procrean en absoluto. No ocurre lo mismo respecto a las mujeres, o no al menos al mismo nivel. El vicio es más generalizado entre hombres que entre mujeres (con excepción de los medios de la prostitución). Con lo que respecta a las mujeres, es algo también menos obvio, menos visible. El peligro de la corrupción, por ejemplo, es por lo tanto menor... Una importante razón para castigar la relación sexual entre personas del mismo sexo es la falsificación de la vida pública, a menos de que se den pasos decididos para acabar con esta epidemia... Si esta predisposición no puede ser combatida, al menos sus actividades pueden serlo... Lo que anteriormente nos referimos como falsificación de la vida pública no se aplica apenas a las mujeres, ya que las mujeres juegan un papel relativamente menor en la vida pública31.

Como muestra típica de su manía por la centralización y sistematización burocráticas, el gobierno nazi creó tras la purga de Röhm un departamento especial de la Gestapo destinado a coleccionar expedientes de la policía local de todo el Reich relativos a hombres homosexuales. A finales de 1936, esta unidad fue absorbida por la Oficina Central del Reich para Combatir la Homosexualidad y el Aborto32. Los objetivos gemelos de esta nueva agencia sugieren de nuevo la conexión entre las políticas antihomosexuales del régimen con su insistencia en que todos los adultos arios sanos debían aumentar el tamaño de la “comunidad nacional” (Volksgemeinschaft) a través de la reproducción. 42

29 Véase Schoppmann, Days of Masquerade, pp. 20 y ss.

30 Véase Claudia Schoppman, Verbotene Verhältnisse: Frauenliebe 1938-1945, Berlín, Querverlag, 1999, passim.

31 Citado en Schoppman, Days of Masquerade, p. 16.

32 Sobre el departamento de la Gestapo y la Oficina Central del Reich, véase Stümke, pp. 158 y ss.


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Hombres y mujeres homosexuales en los Campos de Concentración (1933–1945) Junto con los oponentes políticos del régimen nazi, los hombres homosexuales fueron una de las primeras clases diferenciadas en ser internadas en los campos de concentración, cinco años antes de que se diera la orden de internar a los judíos exclusivamente por motivo de su raza33. El sociólogo Rüdiger Lautmann, que ha publicado una serie de investigaciones sistemáticas sobre esta materia, concluyó que los homosexuales y los proxenetas constituían una etiqueta de clasificación en el campo de Fuhlsbüttel en el otoño de 1933. Dachau recibió prisioneros homosexuales antes de 1934. Centenares de homosexuales llegarían después a ambos campos como resultado de las redadas que precedieron a los Juegos Olímpicos de 1936 en Berlín. Posterior mente multitud de hombres homosexuales serían internados en una docena de campos distribuidos a lo largo y ancho del Reich, y continuarían siendo una de las categorías diferenciadas de prisioneros hasta la Liberación.34 Aunque el internamiento constituyó una amenaza constante para los hombres homosexuales bajo el régimen nazi, no fue una práctica uniforme y sistemática: según parece, la mayoría de los hombres procesados por delitos de homosexualidad durante el periodo nazi, por ejemplo, no fueron transportados a los campos. Entre 1935 y 1945, se procesaron aproximadamente unos 50.000 casos penales por violaciones de las disposiciones legales contra los actos homosexuales35. Sin embargo, tomando como base los registros que pudieron recuperarse de los campos de concentración, Lautmann calcula que aproximadamente 10.000 hombres fueron internados por su condición de homosexuales –con un mínimo de 5.000 y un máximo de 15.000. Estas estimaciones incluyen a hombres que fueron transportados directamente sin ningún tipo de procesamiento penal, en virtud de las denominadas medidas de “detención preventiva”36. Sobre la base de estas cifras, puede concluirse que tan sólo uno de cada cinco hombres procesados por delitos relacionados con la homosexualidad fueron trasladados a los campos. La explicación de esta disparidad se encuentra sin duda en la distinción que hicieron los juristas y legisladores nazis entre los “incidentes derivados del 44

33 Véase Falk Pingel, “Concentration Camps”, en Israel Gutman (ed.), Encyclopedia of the Holocaust, vol. 1, Nueva York, Macmillan, 1990, p. 311.

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Sobre los hombres homosexuales en los campos, véase Rüdiger Lautmann, “The Pink Triangle: The Persecution of Homosexual Males in Concentration Camps in Nazi Germany”, en Salvatore J. Licata y Robert P. Peterson (eds.), Historical Perspectives on Homosexuality, Nueva York, Haworth Press/Stein and Day, 1981, pp. 141-160; Rüdiger Lautmann, “Gay Prisoners in Concentration Camps as Compared with Jehovah’s Witnesses and Political Prisoners,” en Michael Berenbaum (ed.), A Mosaic of Victims: Non-Jews Persecuted and Murdered by the Nazis Nueva York, New York University Press, 1990, pp. 200206; y Grau (ed.), Hidden Holocaust? Gay and Lesbian Persecution in Germany, 19331945, Londres, Cassell, 1995, parte 4. Se han publicado una serie de memorias e historias orales de supervivientes homosexuales masculinos de los campos de exterminio, especialmente durante los últimos veinte años. Para relatos con tamaño de libro, véase Heinz Heger (seudónimo de Hans Neumann), The Men with the Pink Triangle, Boston, Alyson Publications, 1994, que relata las memorias de un homosexual austriaco, Josef Kohout, quien sobrevivió 6 años en Sachsenhausen and Flossen-bürg; y Pierre Seel, Moi, Pierre Seel, deporté homosexuel, Paris, Calmann-Levy, 1994, las memorias de un alsaciano internado en el campo de SchirmeckVorbrück. (N. del T: existe versión castellana en ambos casos; H. Heger: Los hombres del triángulo rosa. Amaranto, Madrid, 2002 y P.


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Seel: Pierre Seel. Deportado homosexual. Bellaterra, Barcelona, 2001). Para textos de menor tamaño, véanse los testimonios de J.A.W., Lothar (i.e., Charlotte von Mahlsdorf), Karl y Erich en Jürgen Lemke, Gay Voices from East Germany, Bloomington, Ind., Indiana University Press, 1991. Véanse también los testimonios de Karl B., David F., Jacob K., Karl Lange y Friedrich-Paul von Groszheim, todos recogidos en Lutz van Dijk, Ein erfülltes Leben, trotzdem—: Erinnerungen Homosexueller, 1933–1945; elf biographische Texte, Reinbek bei Hamburg, Rowohlt, 1992. Asimismo, existen tres documentales de amplia distribución que recogen los testimonios de algunos supervivientes: Stuart Marshall (director), “Desire: Sexuality in Germany, 19101945” (Maya Vision, 1989); Elke Jeanrod y Josef Weishaupt (directors), “We Were Marked With a Big ‘A’” (Norddeutscher Rundfunk, 1990); y Rob Epstein y Jeffrey Friedman (directors), “Paragraph 175” (Telling Pictures, 2000).

ambiente” y la “homosexualidad habitual”, categorías que duplicaban fundamentalmente la distinción entre casos “adquiridos” e “innatos” desarrollada por la ciencia médica en Alemania desde mediados del siglo XIX. Debido a este tipo de razonamiento, se consideró que muchas personas que fueron declaradas culpables por violación del artículo 175 habían sido en realidad inducidas a la actividad homosexual. Para este tipo de personas, los nazis creían que la rígida disciplina de la prisión, el trabajo

35

El total estimado se calcula sobre la base de las estadísticas proporcionadas por Grau, p. 154, y Hans-Georg Stümke y Rudi Finkler, Rosa Winkel, Rosa Listen: Homosexuelle und “gesundes Volkempfinden” von Auschwitz bis Heute, Hamburgo, Rohwohlt, 1981, p. 262. Nótese que el número de individuos procesados fue ligeramente menor que el número total de procesos abiertos, ya que sin duda algunos individuos fueron procesados más de una vez.

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Véase Lautmann, “The Pink Triangle,” p. 146. Algunos críticos han sugerido que estas cifras pueden ser demasiado conservadoras; para una discusión al respecto, véase Johansson y Percy, pp. 548-550. 45


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tenaz, la psicoterapia, la castración (o una combinación de estas prácticas) constituían una posibilidad de recuperación útil para la comunidad nacional -en el peor de los casos como agregados económicos o militares, en el mejor de los casos como individuos arios capaces de cumplir con sus deberes de reproducción.

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37 Véase Seel, pp. 37 y ss.

38 Véase Grau, p. 6f.

39 Para los casos raros de mujeres internadas por lesbianismo y registros de los campos que mencionan el lesbianismo, véase Schoppman, Days of Masquerade, pp. 20-23. La noción de que un triángulo negro fue usado como una insignia diferenciada para las lesbianas en los campos de concentración nazi hizo su aparición en las comunidades lesbianas y gays de Estados Unidos a partir de los años 80, pero sin duda es más una muestra del folklore contemporáneo que una evidencia histórica. De hecho, los nazis usaron el triángulo negro para diferenciar a los “asociales”, una categoría de prisioneros que incluía tanto a hombres como mujeres, pero que no englobaba específicamente a las lesbianas. Véase Lucinda Zoe, «The Black Triangle,» Lesbian Herstory Archives Newsletter, nº 12 (junio de 1991), p. 7. Sobre los internos clasificados como asociales, véase Robert Gellately y Nathan Stoltzfus (eds.), Social Outsiders in Nazi Germany, Princeton, N.J.: Princeton University Press, 2001, pp. 11–13, así como los comentarios incluidos en los ensayos de este libro.

40 Sobre la vida de las lesbianas en los campos, véase Schoppmann, Days of Masquerade, pp. 20–23. Véase también Plant, pp. 114116; y Fania Fénelon (con Marcelle Routier), Playing for Time, Nueva York, Atheneum, 1977, pp. 142-151, 198-201, 212-222.

Este fue el caso, por ejemplo, de Pierre Seel, un joven de diecisiete años de edad de la provincia francesa anexionada de Alsacia, que fue internado por homosexual en 1941. Seel pasó seis meses terroríficos en el campo de Schirmeck-Vorbrück antes de ser reclutado por la fuerza por el ejército alemán37. En cambio, los reincidentes y aquellos cuya conducta violaba las normas de género, eran considerados como sujetos de una naturaleza homosexual intrínseca e inmutable; se enfrentaban con mayor posibilidad a ser trasladados a los campos y tenían menor posibilidad de ser puestos en libertad después de su internamiento. Asimismo, aquellos acusados de “corrupción de menores” fueron sujetos frecuentemente a internamiento, en la medida en que sus actividades eran consideradas como fuente de propagación de la homosexualidad para la juventud fácilmente impresionable38. Un análisis similar de la experiencia de las lesbianas en los campos de concentración no es posible por dos razones. Por un lado, ya que los nazis no prohibieron la homosexualidad femenina en el Reich, los registros judiciales no ofrecen datos estadísticos sobre la intervención del estado. Además, por regla general las mujeres lesbianas que estaban prisioneras en los campos fueron trasladadas a éstos por razones distintas del comportamiento homosexual; con pocas excepciones, los registros de los campos no identifican a las mujeres lesbianas; y, en casos en los que los registros identifican el lesbianismo de la persona, la indicación constituye generalmente una subclasificación incluida bajo otra categoría de clasificación principal de la interna.39 Sin embargo, la evidencia disponible demuestra que hubo mujeres lesbianas en algunos campos, a veces en números significativos. Entre los colectivos de mujeres que englobaban las categorías sujetas a internamiento se encontraban las trabajadoras del sexo y las delincuentes reincidentes que habían pasado previamente por la cárcel; ambos grupos englobaban a mujeres trabajadoras y de clases bajas con una subcultura de roles masculino/ femenino fuertemente desarrollada40. Un obrero francés de la resistencia, por ejemplo, recordó haber visto este tipo de mujeres en el campo de Ravensbrück en 1943: Había un cierto nivel de lesbianismo [entre los delincuentes, los asociales y las prostitutas]. A las 47


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41 Citado en Anton Gill, The Journey Back from Hell: Conversations with Concentration Camp Survivors— An Oral History, Nueva York, Avon Books, 1988, p. 327. La expresión croix des vaches (“cruz de la puta” o, literalmente, “cruz de la vaca”) es una ingeniosa referencia a la croix de guerre, una prestigiosa medalla francesa a los méritos en combate. [Nota del Traductor: La dicotomía “masculino/femenino” es sólo una traducción aproximativa e incompleta de la dicotomía “butch/femme” del original inglés, términos que poseen muchos niveles de significación en la cultura lesbiana].

42 Citado en Terrie Couch, “The Legacy of the Black Triangles: An American and a German Lesbian Survivor of the Concentration Camps,” Windy City Times, vol. 6, nº 34 (9 de mayo de 1991), p. 19.

43 Véase Lautmann, “The Pink Triangle,” p. 148.

44 Véase Wolfgang Sofsky, The Order of Terror: The Concentration Camp, Princeton, N.J., Princeton University Press, 1997, p. 118.

“masculinas” se las llamaba “Jules,” y solían marcar a sus novias con una cruz en la frente—la llamábamos la croix des vaches.41

Para aquellas mujeres cuyo comportamiento no reflejaba signos contrarios a las reglas del género, la estrategia de supervivencia en los campos consistió en el más absoluto silencio y la disociación radical de todo tipo de asociación con la actividad homosexual –la misma estrategia utilizada por muchos otros homosexuales de ambos sexos en la sociedad alemana en su conjunto. Otra superviviente de Ravensbrück –una lesbiana internada al parecer como prisionera política socialista– rememoró su experiencia en los campos entre 1941 y 1942 con las siguientes palabras: El guarda de mi bloque era una mujer; me solía sacar fuera y preguntarme “¿Quieres un cigarro?”—así que yo asumía que tenía una tendencia. Pero no tuve absolutamente ningún tipo de contacto. Siempre me decía a mí misma, “Espera hasta que acabe la guerra”. Me comporté bastante bien.42

Los hombres que fueron internados por su condición de homosexuales no tenían acceso a esta estrategia de invisibilidad. Desde que se crearon los campos, los homosexuales masculinos fueron identificados con marcas diferenciadas en el uniforme –entre éstas, cintas amarillas en el brazo con la letra «A» mayúscula (probablemente en referencia al término alemán arschficker, “aquellos que follan por el culo”); grandes lunares negros; o el número 175 (en referencia al artículo 175 del código penal)43. Con el transcurso del tiempo, un triángulo de tela rosa pasó a constituir la marca de los hombres homosexuales. La generalización del emblema estuvo relacionada con la reforma del sistema de administración de los campos en 1936, momento a partir del cual la burocracia central impuso una taxonomía estandarizada para marcar a todos los internos44. Las condiciones de todos los prisioneros en los campos eran extremadamente duras, pero todo parece apuntar que los hombres homosexuales tuvieron que enfrentarse a circunstancias particularmente penosas. A diferencia de los judíos y gitanos (Sinti y Roma), los prisioneros homosexuales no fueron una clase objeto de prácticas de exterminio sistemático en campos pensados como fábricas de muerte. A pesar de ello, se calcula que los homosexuales tenían el índice más bajo de supervivencia fuera de otras categorías raciales. Lautmann ha estimado que el 60 por ciento de los 49


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prisioneros homosexuales murieron en los campos, tres cuartas partes de los cuales durante su primer año de internamiento, en comparación con el 41 por ciento de los prisioneros políticos y el 35 por ciento de los testigos de Jehovah45. Estas cifras son, sin duda, el resultado de una pluralidad de fenómenos, cada uno de los cuales ofrece una perspectiva de la experiencia de los hombres homosexuales en los campos de concentración: >> Los vigilantes tomaban a los internos homosexuales como objetos frecuentes de abuso físico y tortura. Como recordaría más tarde un prisionero de Dachau, “[Los prisioneros del triángulo rosa] eran particularmente objeto de abusos por las SS, humillados de las formas más degradantes, y castigados corporalmente a la mínima oportunidad.”46 >> Con frecuencia, los prisioneros homosexuales masculinos no representaban más del uno por ciento de la población total de cada campo, así que, en general, la creación de vínculos de ayuda mutua, el comercio en los mercados negros de los campos, y la ascensión a posiciones mejores en la jerarquía de los campos les resultaba imposible. Esta situación se veía exacerbada por el hecho de que los prisioneros del triángulo rosa estaban obligados a limitar sus contactos entre ellos y con prisioneros de fuera de su propio grupo, ya que el mínimo signo de amistad podría ser tomado como evidencia de su incapacidad para reformarse. En cambio, los delincuentes comunes y los prisioneros políticos –más numerosos, más experimentados con la vida de la prisión y con los sistemas ideológicos de solidaridad, y en general más capaces de asociarse entre ellos sin levantar sospechas– se desenvolvieron comparativamente mejor en los campos. >> Al menos en ciertos casos, los hombres homosexuales eran seleccionados para ser objetos de experimentos médicos con una frecuencia desproporcionada en relación con los otros prisioneros. Por ejemplo, Eugen Kogon, un prisionero político que trabajó como enfermero en Buchenwald de 1942 a 1945, señaló que las cobayas de los experimentos realizados en ese campo “eran generalmente convictos y homosexuales, junto con unos pocos prisioneros políticos de todas las 50

45 Véase Lautmann, “The Pink Triangle,” p. 147, y “Gay Prisoners,” p. 204.

46 Citado in Lautmann, “The Pink Triangle,” p. 147.


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47 Eugen Kogon, The Theory and Practice of Hell: The German Concentration Camps and the System Behind Them, Nueva York, Octagon Books, 1979, p. 144. Sobre los experimentos médicos con homosexuales, véase también Plant, pp. 175-179.

48 Con la excepción de la información suministrada por Kogon, el análisis de esta sección sigue por lo general Lautmann, “The Pink Triangle,” pp. 147-159. Véase también Plant, pp. 179180.

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nacionalidades”. Kogon recordó cómo un grupo de hombres homosexuales fueron contagiados deliberadamente con tifus, mientras que otros fueron sujetos a implantes de hormonas sintéticas en el intento de reprimir sus deseos homosexuales.47 >> Los prisioneros homosexuales fueron seleccionados en porcentajes mayores para pasar a englobar las cuadrillas de trabajo más agotador y peligroso, incluyendo el trabajo en las graveras y la construcción de carreteras en Dachau, la mina de arcilla en Sachsenhausen, la construcción de túneles con explosivos cerca de Dora, la cantera de Buchenwald, y los destacamentos que recogieron bombas no explosionadas después de los ataques aéreos de Hamburgo. Los hombres asignados a este tipo de trabajo tenían una media de supervivencia menor incluso que la de otros prisioneros de los campos48.

Véase también Plant, p. 181.

50 Véase Stümke, p. 165; el autor no cita la fecha o fuente de esta opinión.

El destino de las víctimas homosexuales en el periodo de posguerra (1945–2002) Como el resto de los prisioneros, muchos homosexuales que sobrevivieron hasta que los campos fueron liberados murieron poco tiempo después por efecto del sufrimiento que acumularon en éstos. Pero, a diferencia de otros internos por razón de raza, origen étnico, o adscripción religiosa o política, los homosexuales no fueron liberados necesariamente cuando llegaron los soldados aliados a los campos. La evidencia muestra que, al menos en algunos casos, los oficiales de las fuerzas de ocupación aliada trasladaron a los internos homosexuales al sistema carcelario, considerándolos culpables de delitos sexuales que habían merecido un castigo bajo el régimen nazi y continuaban mereciéndolo tras la liberación59. La derrota del Tercer Reich no trajo la libertad jurídica para los homosexuales. Después de la guerra, el tribunal supremo federal de Alemania Occidental se negó a anular la reforma nazi de 1935 del artículo 175, con el siniestro argumento de que las prescripciones contrarias a los besos, tocamientos, y miradas entre personas del mismo sexo eran jurídicamente permisibles porque no representaban “una forma de pensar típicamente nacionalsocialista”50. La ley permaneció en vigor en Alemania Occidental hasta 1969, generando más de 47.000 condenas en el periodo posterior 51


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al nazismo. En Alemania del Este, la ley nazi se mantuvo hasta 1950; posteriormente, el texto del Capítulo 175 anterior a la reforma nazi permaneció en vigor hasta 1967. No existen estadísticas sobre el número de arrestos, pero se cree que fue menor que en Alemania Occidental51. En lo que constituye una última injusticia que todavía continúa, los supervivientes homosexuales, en contraste con otros grupos específicos objeto de persecución, han sido excluidos sistemáticamente de los programas gubernamentales creados para ofrecer apoyo y reparaciones a las víctimas del régimen nazi. Por lo que se sabe, sólo 22 supervivientes homosexuales han recibido algún tipo de compensación del gobierno alemán, y en Austria fueron sólo dos los homosexuales que recibieron una compensación del fondo nacional creado en 199552. Incluso en términos del reconocimiento puramente simbólico, las víctimas homosexuales han tenido que esperar más de medio siglo después del final del régimen nazi para recibir una excusa formal por parte del Estado alemán en diciembre de 2000. Tras un año y medio adicional de debate los legisladores votaron al final, en mayo de 2002, indultar a todos los convictos bajo el artículo 175 durante la época nazi, pero todavía quedó sin tratar la cuestión de proveer indemnizaciones individuales y culturales para dar contenido a su reconocimiento formal de las profundas injusticias cometidas por el régimen nazi53. Como sugieren las páginas anteriores, la persecución nazi de los homosexuales fue severa, pero fue un proceso diferente en características y objetivos del genocidio llevado a cabo en contra de los judíos. A diferencia del pueblo judío, los homosexuales no fueron víctimas de clasificación y separación sistemática e implacable del resto de la población de Alemania y los territorios alemanes ocupados. A diferencia del pueblo judío, los homosexuales no fueron objeto, en cuanto colectivo, del exterminio en masa en los campos de la muerte. Y, a diferencia del pueblo judío, la mayoría de los hombres y mujeres homosexuales bajo el régimen nazi, aunque sometidos al silencio, el secretismo y el miedo, lograron los medios para sobrevivir. Me permitiría sugerir, sin embargo, que las políticas antihomosexuales nazis podrían considerarse un paso integral en la puesta en práctica de la ideología de purificación social que llevaría finalmente al exterminio de seis millones de judíos. Las medidas tomadas contra la subcultura y el 52

51 Véase Pink Triangle Coalition, “Proposal for a Cy Pres Allocation for Homosexual Victims of the Nazis,” Holocaust Victim Assets Litigation (Swiss Banks), presentada ante la Corte Federal del Distrito de Nueva York, 7 de noviembre de 2001, pp. 25 y ss.; disponible en internet: http:// me.in-berlin.de/~hirschfeld/ entschaedigen/cy-pres.html.

52 Véase esta discusión en Pink Triangle Coalition, pp. 26 y ss. Se sabe que, aproximadamente, treinta víctimas homosexuales han presentado sin éxito demandas de reparación durante los últimos veinticinco años. Para algunos ejemplos, véase Klaus Müller, “Introduction”, en Heger, p. 14; véase también Stefan K. (seudónimo de Teofil Kosinski), “I Am Stefan K.”, en Lutz Van Dijk, Damned Strong Love,Nueva York, Henry Holt, 1995, pp. 131134.

53 Para las disculpas, véase “German Apology to Gays for Nazis”, PlanetOut News (Dec. 8, 2000), en la web www.planetout.com; la acción fue realizada el 7 de diciembre de 2000 por la Cámara Baja del Parlamento alemán. Sobre el perdón, que fue aprobado el 17 de mayo de 2002, véase “Germany Votes to Pardon Gays Prosecuted by Nazis”, servicio de noticias de Reuters (anunciada el 4 de febrero de 2003 en www.sodomylaws.org).


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54 En cambio, estas fuerzas opositoras frenaron en un principio la puesta en práctica del programa antisemitista de los nazis; véase Yehuda Bauer, A History of the Holocaust, Nueva York, Franklin Watts, 1982, pp. 98 y ss.

movimiento homosexuales en los primeros cuatro años del régimen de Hitler le permitieron desarrollar una tecnología y burocracia de estigmatización social, aislamiento, y persecución en contra de un grupo que ya era objeto de prejuicio social. La persecución en contra de los homosexuales no generó ningún tipo de preocupación por parte de las potencias extranjeras o de las facciones tradicionalistas del Estado alemán54. Cada uno de los métodos utilizados inicialmente contra los homosexuales entre 1933 y 1936 –incluida la destrucción de los territorios y redes culturales y sociales, el silenciamiento de los medios de comunicación, la reclusión de miembros de un grupo despreciado en campos de concentración, y el asesinato en masa promovido por el Estado– serían llevados a cabo de forma sistemática en el Holocausto contra el pueblo judío europeo. Los objetivos de la persecución de los homosexuales y del genocidio de los judíos por parte de los nazis diferían considerablemente; sin embargo, el desarrollo histórico de los medios estaba intrínsicamente relacionado. El destino de los homosexuales bajo el régimen nazi merece un lugar en el ámbito de la memoria colectiva. Al mismo tiempo, debemos recordar que los homosexuales sólo fueron uno de los muchos objetivos de los nazis. En último término, debemos llorar la pérdida de todos los pueblos y culturas que desaparecieron en la noche oscura de destrucción a mediados del siglo XX. Con independencia de que seamos judíos u homosexuales, personas con discapacidad física o psicológica, trabajadores del sexo o vagabundos, con independencia de que seamos miembros de grupos marginados por motivos raciales, étnicos, políticos o religiosos, todos debemos estar unidos en nuestro cuestionamiento doloroso del pasado y en nuestra afanosa custodia del futuro.

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Inducción y complicidad en el asesinato de homosexuales. Delitos nazis de la justicia berlinesa1 Andreas Pretzel 1 Traducción de Eduardo Knörr Argote.

Los sumarios de la época nazi son una prueba del carácter criminal que contaminaba la justicia penal nacionalsocialista, y en particular permiten conocer la radicalización de la justicia de guerra, que en los tribunales especiales alemanes también se aplicaba a la persecución de los homosexuales. Es lo que trataremos de describir en cuanto sigue. Afectó a hombres que, por sufrir alguna discapacidad física o psíquica, fueron acogidos en asilos regidos por el clero, y que serían condenados a muerte por tener en esos centros comportamientos homosexuales. También quedará palpable, en un único caso, el remordimiento de conciencia de los funcionarios de justicia por la injusticia que suponía la pena de muerte. Asimismo los sumarios aportan pruebas apabullantes de que también hubo apoyos a las víctimas de una persecución inmisericorde: familiares y amigos que buscaron contacto y ofrecieron ayuda, sin olvidar al director de la institución eclesiástica, el párroco Paul Braune (18871954), quien dirigió peticiones de gracia a aquel criminal sistema de justicia.

1. Refugio de Lobetal La institución asistencial de Lobetal, en las cercanías de Berlín, fue establecida por la Iglesia evangélica en 1906 para hacer posible que se reinsertaran socialmente y comenzaran una nueva vida las innumerables personas que habían quedado sin techo ni hogar en el transcurso del proceso de depauperación social que acompañó a la industrialización. La institución aspiraba a prestar asistencia social, y simultáneamente ejercía una misión religiosa: contrarrestar la promesa de salvación del movimiento político de los trabajadores. Hubo una gran afluencia de gente procedente de los asilos para desamparados y los barrios miserables de Berlín. Desamparados, vagabundos y trabajadores temporales o parados de larga duración encontraron temporalmente refugio, manutención y trabajo en las haciendas de la institución. Las colonias se convirtieron también en asilo para personas con taras físicas y achaques psíquicos, a los que en la época nazi se sumaron hombres que habían salido en libertad tras pasar largo tiempo en prisión. También las oficinas de trabajo se deshicieron de parte de su clientela derivándola a las instituciones eclesiásticas, que se convirtieron 55


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en campamentos de acogida para las personas socialmente desintegradas. En cualquier caso estas instituciones proporcionaron espacio vital a aquellas personas que difícilmente podían hacer frente a las exigencias de la cotidianeidad social y que buscaban refugio durante algún tiempo al amparo de la Iglesia, así como a todos cuantos fueron segregados y apartados de la comunidad nacionalsocialista, entre quienes se encontraban también, desde 1934, las personas esterilizadas víctimas de la denominada Ley de Salud Eugenésica. Evidentemente, desde finales de los años veinte la publicación Innere Missión se contaba entre los defensores de la esterilización eugenésica, e incluso recibió de buen grado la “Ley de Prevención de la Transmisión de Enfermedades Hereditarias“. Parte de los refugiados en la misión sufrieron la esterilización forzosa, ejecutada en aplicación de la ley, sin que en ese momento existiera resistencia alguna. La oposición comenzó en 1940, cuando dieron comienzo las deportaciones y los asesinatos, bajo la máscara de la eutanasia, de personas ingresadas en las instituciones. El director de la institución de Lobetal, el pastor Paul Braune, hizo gala de un gran valor y trató de salvar la vida a las personas que le eran confiadas. Logró, por ejemplo, registrar con nombre falso a varias personas de origen judío, aunque no pudo impedir que en la Pascua de 1942 deportaran a un grupo de residentes en el refugio. Un año más tarde se opondría con igual empeño, aunque finalmente sin éxito, al homicidio de cuatro hombres que habían sido acusados de ser “delincuentes reincidentes peligrosos“ y ejecutados por haber mantenido relaciones homosexuales. Uno de los ejecutados fue Friedrich Riemann, nacido en 1896 e hijo de un conocido catedrático de música. Marcado por la tradición musical de la familia, Riemann quería ser pianista. Durante toda su vida se aplicó con perseverancia para alcanzar sus aspiraciones y encontrar la felicidad en la vida. En el interrogatorio policial al que le sometieron en 1942, cuando cumplía 46 años de edad, declaró: Tengo inclinación homosexual, y por cuanto respecta a la sexualidad me siento mujer; mi inclinación se orienta más hacia los hombres mayores y tengo predilección por vestirme con ropa de mujer. Tuve mi primera experiencia sexual con un hombre en 1920, y en concreto a través de una carta a Magnus Hirschfeld conocí a un hombre mayor que yo, que ya ha fallecido. (...) Posteriormente he conocido a otros compañeros mayores que yo a través de la revista Freundschaft [Amistad] (...). 56


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Poco fue lo que profesionalmente pudo lograr Friedrich Riemann en los años veinte. Su carrera se vio truncada por una enfermedad: quedó lisiado de ambas piernas como consecuencia de padecer raquitismo. Con el fallecimiento de sus padres en 1927, su situación en la ciudad de Essen acabó siendo precaria. A duras penas podía proporcionarse su propio sustento. Tras cuatro intentos de suicidio, a mediados de 1930 se acogió al amparo de Lobetal, para lo que contó con la colaboración de su hermana y la financiación que le proporcionó la herencia. En Lobetal fue empleado en la oficina de personal. Durante los diez años que desempeñó su actividad hasta que fue detenido en 1942, desarrolló “una descomunal memoria para todo tipo de datos personales. Mantenía en su cabeza más de diez mil fichas, con lo que era un auténtico fichero ambulante”, en palabras del pastor Braune, quien añadió que Riemann “ha desempeñado un trabajo valioso y productivo, mostrando en todo momento una conducta social y siendo bondadoso por naturaleza (...)”. Friedrich Riemann también vivió en Lobetal su inclinación hacia los hombres: allí estableció relaciones y las mantuvo durante varios años. Todos los acogidos en la institución conocían su predilección por los vestidos de mujer. Sus convecinos solían traerle de vez en cuando cremas para el cuidado de la piel y polvos de tocador, aprovechando las visitas que hacían a sus familiares. En Lobetal su habitación era un punto de encuentro casi obligado de las tardes, y con él nunca faltaba un beso de despedida. En una petición de clemencia escribiría que “le gustaban los hombres, por lo que le resultaba muy difícil tener conciencia de haber cometido ninguna injusticia”. A resultas de una denuncia anónima efectuada por un compañero del refugio, acabó por intervenir la brigada de investigación criminal de Berlín y se iniciaron las diligencias.

2. Lugar de autos: Fiscalía. Inducción al asesinato Las averiguaciones de la brigada de investigación criminal duraron de septiembre a diciembre de 1942. En la Fiscalía de Berlín las diligencias cobraron mayor importancia porque en ellas los acontecimientos se describían con el término “epidemia”. Se informó al Ministerio de Justicia del Reich. A mediados de noviembre de 1942 la Fiscalía comunicó que hasta ese momento existían indicios objetivos de criminalidad referidos a cuarenta y seis moradores del refugio, veintitrés de los cuales habían sido detenidos. 57


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A finales de abril de 1943 se formuló acusación contra los inculpados, en varios procedimientos. La mayoría de los procedimientos deberían verse ante el juzgado de primera instancia, puesto que los hechos imputados estaban mayoritariamente relacionados con actos sexuales entre hombres, considerados por el § 175 [del Código Penal del Reich] como delito castigado con pena privativa de libertad inferior a un año. Sin embargo, la acusación experimentó una modificación radical en el trámite de oficio hasta el Ministerio de Justicia. El Fiscal General del Tribunal de Cámara, Dr. Hanssen, reclamó la solicitud de la pena de muerte en aplicación de una ley penal especial. El fundamento legal lo constituía la “Ley de Delincuentes Reincidentes Peligrosos”, aprobada a finales de 1933 y endurecida posteriormente en 1941. Según dicha ley, quienes contaran con varios antecedentes penales y fueran catalogados como delincuentes reincidentes podían ser condenados a pena de muerte “cuando así lo exigiera la protección de la comunidad o la necesidad de una expiación justa”. Sin embargo, los acusados no tenían antecedentes penales. No se les había imputado ningún delito, sino únicamente faltas de conformidad con el § 175 del Código Penal. Realmente faltaba el requisito legalmente establecido para acusar a esos hombres de “delincuentes reincidentes peligrosos” y privarles de la vida. Por ello, el fiscal Hanssen se acogió al derecho penal de autor, con lo cual el centro de atención se desvió desde los delitos cometidos hacia la “personalidad de los delincuentes”. Para Hanssen, el número de compañeros y el hecho de que, por ejemplo, la policía considerara “disolutos” o “peligrosos” a los delincuentes fueron motivos suficientes para establecer que la personalidad de los delincuentes constituía lo auténticamente peligroso. El derecho penal de autor se había convertido en la época nacionalsocialista en la concepción predominante del derecho penal, y marcó persistentemente la jurisprudencia penal. Durante los años cuarenta contribuyó, decisiva y devastadoramente, a radicalizar la praxis de imposición de sentencias a los denominados criminales, sobre todo en los tribunales especiales. En este caso la proposición de pena de muerte efectuada por la Fiscalía resultaba completamente desproporcionada, puesto que en esa misma época las 58


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prácticas acusatoria y jurisprudencial seguidas en la Audiencia Territorial y el juzgado de primera instancia de Berlín eran a todas luces distintas. Tal como se ve claramente en otros procedimientos seguidos en esos momentos por comisión de acciones homosexuales semejantes y con un número comparable de compañeros sexuales, el derecho penal de autor desempeñó asimismo un papel agravante de varios años de prisión, si bien en el marco de la cuantía habitual de la pena. La proposición de pena de muerte del Tribunal de Cámara fue seguida en la Audiencia Territorial. Se formuló una nueva acusación, esta vez por parte del tribunal especial perteneciente a la Audiencia Territorial. Sin embargo, una nota manuscrita del formulador de la acusación, Heinz Dubro, evidencia la existencia de dudas: primeramente Dubro tuvo sus escrúpulos, pero después siguió una instrucción dada por su superior.

3. Lugar de autos: Tribunal Especial de Berlín. La sentencia de asesinato Dos meses después de la acusación, cuando los acusados llevaban ya ocho meses en prisión, se inició el proceso ante el tribunal especial. Previamente se había designado la defensa de los cinco hombres sobre quienes pesaba la pena de muerte. El abogado de Friedrich Riemann acababa de tranquilizar a sus familiares: no cabía esperar que le impusiera una pena de prisión que no hubiera quedado ya expiada con el tiempo pasado en prisión preventiva. Todos los acusados habían sido sometidos a exploración médica realizada por peritos, para aclarar la imputabilidad y la cuestión de culpabilidad. Excepto con dos de los acusados, con todos los restantes se puso en duda la imputabilidad. A pesar de todo, el 13 de julio de 1943 el tribunal especial, tras ocho horas de vista, condenó a cuatro de los cinco hombres inculpados a la pena de muerte, acusados de ser delincuentes reincidentes peligrosos; otro fue condenado a dieciocho meses de reclusión, y siete hombres más a penas de privación de libertad comprendidas entre dieciocho meses y tres años. Hubo uno (que en opinión de la acusación se encontraba entre los candidatos a la pena de muerte) que según el arbitrio del tribunal debía ser ingresado en un sanatorio asistencial. Conforme a los dictámenes periciales, 59


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a los restantes hombres no se les podían exigir responsabilidades penales. La fundamentación de la sentencia fue del siguiente tenor: Casi todos los acusados son asilados, personas que han pasado una gran parte de sus vidas en correccionales o, voluntariamente, en centros de caridad y beneficencia o instituciones similares. Temporalmente o con carácter permanente los acusados han estado en los centros Hoffnungsthal de Lobetal (Bernau), una filial de las Fundaciones de Belén, donde encuentran acogida las personas mutiladas o con minusvalías psíquicas que han fracasado en su lucha por la vida. Allí los acusados cometieron, entre sí o con terceras personas, abusos deshonestos contra natura. Llegaron a tal extremo porque, como consecuencia de alguna discapacidad psíquica o física, se hallaban imposibilitados para las prácticas sexuales normales. Para una caracterización general baste indicar que, conforme a los dictámenes de los peritos, tres de los dieciseis acusados sentenciados son dementes y otros ocho deficientes mentales, por lo que han sido declarados incapaces o han sido esterilizados.

Dicha impresión de imputabilidad disminuida o inimputabilidad ya existía mucho tiempo antes de formularse la acusación. Los propios informes de las diligencias policiales denominaban “deficientes mentales en grado sumo” a varios de esos hombres; algunos eran incapaces de seguir el interrogatorio, otros no sabían leer ni firmar las actas de los interrogatorios. Por ello la brigada de investigación criminal incluso renunció a la detención en algunos casos. Por el contrario, no hubo indulgencia para los cuatro hombres que la brigada de investigación criminal consideraba autores principales: fueron clasificados como peligrosos e imputables, aun cuando dos de ellos ya habían sido previamente declarados incapaces. Para los jueces, la “protección de la comunidad” contra la presunta peligrosidad de los acusados resultó decisiva para la imposición de la pena de muerte. En la fundamentación de la sentencia queda palpable la falta de escrúpulos y el afán de los jueces por convertir en delincuentes reincidentes peligrosos, para poder imponer la pena de muerte, a hombres a los que se imputaba haber practicado el sexo con otros seis o siete hombres (¡obsérvese que parte de los hechos imputados se referían a onanismo, que ni siquiera se hallaba penado hasta 1935!). La siguiente cadena argumental expuesta en el tribunal fue la que convirtió a los acusados principales en candidatos a la pena de muerte. 60


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El juez presidente, Dr. Vogel, reprobó a los hombres que “sólo muy raramente dos compañeros sexuales se abstuvieron de cometer más de una vez abusos deshonestos“. La constatación de existencia de relaciones durante varios años (jurídicamente considerada una “conexión continuada“) la utilizó para afirmar, sin aportación de prueba alguna, lo siguiente: “(...) no cabe ningún género de duda de que en cada uno de ellos sólo se ha constatado una parte de las veces que realmente cometieron el delito. Lo que prueba que los acusados actuaron por inclinación, innata o adquirida por la práctica, que en todos los casos presenta un efecto perdurable y una envergadura tal que contagia todo el entorno. Por cuanto los cuatro acusados indicados son delincuentes reincidentes peligrosos, de conformidad con el § 20 a, párrafo 2, del Código Penal”. Y en otro pasaje añade: “En su calidad de delincuentes reincidentes peligrosos, los acusados no tienen nada positivo que oponer a su condición”. Es decir, habrían “fracasado en su lucha por la vida”. A continuación el tribunal recurre a la ”idea de protección“ de la Ley de Delincuentes Reincidentes para fundamentar la pena de muerte: Los asilados, cuando se atienen al reglamento interno y cumplen dentro de los refugios los deberes que les han sido encomendados, resultan tolerables para la comunidad. Sin embargo, si también ahí fracasan y aprovechan la ayuda y el apoyo que se les brinda para cometer crímenes en modo y con un alcance tales que sus residencias se convierten en lugares de vicio, entonces el sentir sano del pueblo se rebela contra los hombres de semejante catadura y exige que sean expurgados.

Pero hablando con conocimiento de causa, y habida cuenta de que en la institución de Lobetal residían más de trescientas personas, no puede decirse que se hubiera convertido en un “lugar de vicio” por los cuatro condenados a muerte. Sin embargo, los jueces no se esforzaron por probar la gravedad y el alcance del delito. La apreciación de la sentencia se centraba más en el autor que en el hecho en sí. El procedimiento seguido ante el tribunal especial aspiraba a la “expurgación más que a la imposición de una pena”. El juez del tribunal especial agregó lo siguiente a la solicitud de “expurgación”: “Este sentimiento natural también está fundamentado jurídicamente. De conformidad con el § 1 de la Ley de Reforma del Código Penal del Reich, de 4 de septiembre de 1941, se impondrá la pena de muerte a los delincuentes reincidentes peligrosos cuando así lo exija la 61


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protección de la comunidad o la necesidad de una expiación justa, circunstancias ambas que concurren en el caso que nos ocupa”. Rechazó una pena privativa de libertad argumentando que, “debido a su inclinación a cometer delitos en este ámbito”, los acusados también constituirían un peligro en instituciones penitenciarias o en régimen de internamiento preventivo: “Por tanto, la protección de la comunidad exige la eliminación definitiva de estos acusados”. Llama la atención que la sentencia no se refiere únicamente al criterio de protección, sino que desea ver cumplido el criterio equiparable de la expiación. Este criterio asesino seguía la concepción de Roland Freisler (1893–1945), presidente del Tribunal Popular de Justicia, quien había considerado la expiación una “sana necesidad de purga” y consideraba justificada la pena de muerte cuando “la limpieza ética, la integridad y la dignidad propia de la comunidad” exigiera una “expurgación” del delincuente. Finalmente, el juez Vogel también trató de legitimar la pena de muerte aplicando la agravante penal del estado de guerra. Su intento de establecer una relación con los esfuerzos bélicos, aun cuando los inculpados eran hombres internados en una institución de asilo, por lo que estaban completamente alejados de cualquier ámbito vital para la guerra, resulta abstruso y disparatado. Su referencia arroja una mirada significativa a la forma que tenían los jueces de autoentenderse al servicio incondicional de una justicia de guerra. El argumento era utilizado con frecuencia ante el tribunal especial para justificar las penas impuestas por terrorismo. En este caso Vogel lo transformó además en el sentido de la eutanasia nazi, de la aniquilación de la vida indigna de seguir existiendo: Asimismo ha de decirse que, en un tiempo que exige predisponer de todas las fuerzas del pueblo para superar la lucha que nos ha sido impuesta, no pueden tolerarse las existencias indignas como las de estos acusados; más bien la propia dignidad del pueblo exige, desde tal criterio, la expurgación de las mismas.

En resumen, sobre la sentencia del tribunal especial de Berlín puede afirmarse lo siguiente: la valoración y la sentencia no fueron proporcionales a la imputación de un hecho punible calificado como falta. Una Sala de lo Penal normal de la Audiencia Territorial habría orientado la imposición de la pena a una pena privativa de libertad de varios años. Las sentencias de muerte por un delito contra las costumbres parecen ser un caso especial incluso en el marco del agravamiento de la 62


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práctica penal en tiempos de guerra de los tribunales especiales de Berlín. Aparte de estos casos, la pena de muerte se imponía sobre todo por un delito contra el § 176 del Código Penal (abusos deshonestos con menores de 14 años) y a los hombres que contaran con varios antecedentes penales. Por el contrario, la sentencia del tribunal especial en el caso que hemos descrito evidencia un exceso con características de asesinato. ¿Cómo se llegó a ello? A partir de 1933 los tribunales especiales de Berlín se dedicaron a perseguir delitos políticos y a opositores al régimen; a partir de 1935, también a enjuiciar las infracciones contra la legislación racial imputadas a los judíos. De esta forma se fue consumando progresivamente el paso del derecho penal de hecho al derecho penal de autor. La introducción en 1939 de las leyes especiales contra los denominados parásitos sociales y los delincuentes violentos, y el endurecimiento de la Ley de Delincuentes Reincidentes en 1941, amplió considerablemente el espectro de causas vistas en los tribunales especiales. La praxis jurisprudencial contra los llamados “enemigos del pueblo” se radicalizó en el transcurso de la guerra. Durante ésta, el tribunal especial de Berlín se convirtió en instrumento político en la lucha contra la criminalidad y los “parásitos de guerra”, que presuntamente suponían un peligro para el Estado (Roland Freisler). Las sentencias tenían por objetivo “eliminar” a las personas denominadas inútiles y carentes de valor. La justicia penal atribuyó a la criminalidad una dimensión política, y se presentó como “sabotaje contra el pueblo” (Roland Freisler). El director del Centro de Prensa de Justicia de Berlín lo expresó de modo aún más marcial: concibió los tribunales especiales como “cortes marciales del frente interno”. Durante la guerra los tribunales especiales de Berlín dictaron más de mil sentencias de muerte; el año 1943 supuso cuantitativamente el punto álgido. Las sentencias de muerte contra los cuatro hombres de Lobetal se dictaron con este telón de fondo. Las sentencias eran la deformación sin escrúpulos de una ideología de la “comunidad del pueblo” que aspiraba a aniquilar las “existencias indignas”, incluso aplicando medios pretendidamente ajustados a derecho penal y con procedimientos que remedaban formalmente a los de la justicia. La sentencia de asesinato ni siquiera podía explicarse suficientemente remitiéndose a la radicalización de la jurisprudencia penal, puesto que la sentencia de muerte 63


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dictada contra los cuatro hombres constituyó un caso especial en la praxis sancionadora del tribunal especial. Debe tomarse en consideración la iniciativa propia “creadora de derecho” de los jueces involucrados, que actuaron en calidad de auxiliares ejecutivos de la ideología nacionalsocialista. En la vista ante el tribunal especial, con la aspiración de matar a los acusados principales, incluso los jueces actuaron dolosamente. El juez Dr. Vogel era juez del tribunal especial y de la Audiencia Territorial. En esta última audiencia dictó sentencias muy distintas en casos análogos. En un proceso individual que se celebró en marzo de 1943 ya había dictado sentencia contra un hombre que, en 1941, había estado algún tiempo en Lobetal: se trataba de un trabajador que fue condenado a un año de cárcel por una falta contra el § 175 (cometida en tres ocasiones). El juez Vogel se mostró versado y oportunista para cambiar los criterios aplicados en las sentencias y los raseros éticos cuando pasaba de la Sala de lo Penal de la Audiencia Territorial a las vistas en el tribunal especial. La sentencia de muerte ante el tribunal especial no encuentra justificación alguna. Los jueces que participaron prevaricaron y abusaron de sus atribuciones. Conocían el carácter definitivo de su resolución y no tenían razón para temer oposición, recurso ni casación ante ninguna otra instancia: en el derecho procesal del Tribunal Especial, el § 16, párrafo 1, establecía: “Los recursos contra las resoluciones de los tribunales especiales serán inadmisibles“.

4. Lugar de autos: Fiscalía. Ejecución de la sentencia Inmediatamente después de dictarse la sentencia, el fiscal Heinz Dubro formuló una solicitud de gracia. Él había sido quien había formulado la acusación y la había defendido ante el tribunal. Su solicitud de “conmutar las penas firmes por penas temporales de privación de libertad” supone un documento de conciencia: muestra que la sentencia de asesinato del tribunal especial era considerada injusta incluso por los representantes de la justicia penal que habían participado en el fallo de la misma. Para Heinz Dubro las sentencias de muerte no eran defendibles desde el derecho penal, sino más bien expresión de “intereses policiales de pureza racial”. En otras palabras: las sentencias de muerte tenían por objetivo aniquilar a las personas presuntamente indignas de vivir. 64


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Heinz Dubro destacó la anterior impunidad de los candidatos a la pena de muerte, esbozó sus trayectorias vitales, describió sus taras físicas y se refirió a los dictámenes de los médicos de la prisión, que certificaban la imputabilidad notablemente limitada de los cuatro hombres: - Hans Festersen. Afinador de pianos, trabajador, 35 años; “sin patrimonio, mestizo judío en primer grado. Festersen sufre semiparálisis de ambas piernas como consecuencia de una parálisis cerebral infantil, lleva muletas y se encontraba en Lobetal desde 1931, donde lo empleaban en la realización de trabajo físico liviano. Como consecuencia de su parálisis, y de su prolongada estancia en instituciones, tenía tan intensamente menoscabada su vida volitiva y afectiva que en su caso concurrían los requisitos del § 51, párrafo 2, del Código Penal” (el § 51, párrafo 2, del Código Penal se refería a la imputabilidad limitada de los acusados). - Ernst Hirning. Trabajador, 29 años; “sin patrimonio. Hirning padeció una meningitis en su infancia, a consecuencia de la cual quedó lisiado de su mano izquierda y paralítico de su pierna izquierda. Fue alumno de centros especiales para retrasados y ha vivido siempre en asilos e instituciones de acogida, desde 1940 en Lobetal. En 1936 fue inhabilitado por deficiencia mental. Deficiencia mental en grado sumo, concurren los requisitos del § 51, párrafo 2, del Código Penal”. - Fritz Lemme. Trabajador, 33 años; “Lemme padeció septicemia cuando era escolar y tenía 13 años de edad, lo que hizo necesario amputar el brazo derecho y la mitad de la articulación del hombro derecho. Desde entonces Lemme ha residido siempre en asilos o ha trabajado en el campo. Desde 1932 estuvo en Lobetal, con cortos períodos de interrupción. Padece un ligero grado de imbecilidad; sin embargo, su vida afectiva se halla notablemente perturbada, por cuanto debe confirmarse la aplicación del § 51, párrafo 2”. - Friedrich Riemann. Auxiliar administrativo, 46 años; “Riemann sufre deficiencias físicas y retraso mental como consecuencia de haber padecido raquitismo. Ha fracasado en todas las facetas de su vida y desde 1932 reside en Lobetal. Su sustento lo pagan sus familiares. Psicópata con degeneración física y mental, concurren los requisitos del § 51, párrafo 2, del Código Penal”. 65


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La solicitud se fundamentó en los siguientes términos: Los cuatro condenados a muerte son asilados que, debido a enfermedades o a lesiones graves sufridas en su temprana infancia, son lisiados físicos con secuelas mentales. Desde el punto de vista de su utilidad como personas, su vida no tiene el menor valor para la comunidad. (...) No obstante, no puedo adherirme a la opinión defendida en la sentencia, puesto que la pena dictada no parece hallarse proporcionada al desvalor delictivo de los hechos cometidos por los condenados. Todos los autores son lisiados que, en parte por propio entendimiento y por iniciativa de sus familia, en parte por iniciativa de las autoridades, ingresaron en los centros de Lobetal cuyo objetivo es acoger y asistir a aquellos seres humanos que, por sus deficiencias, no han sido capaces de solventar normalmente la lucha por la vida. En dicha institución han cometido abusos deshonestos entre sí y con otros residentes. Con los antecedentes dados, en concreto no considero que tales acciones puedan perjudicar los intereses de la comunidad tan gravemente como para merecer la imposición de la pena de muerte. Según mi parecer, la sentencia condenatoria se ha fundamentado en intereses policiales de salubridad racial, cuya contemplación no es misión de la justicia penal. Por tales razones considero indicado conmutar la sentencia, cuando menos como medida de gracia, toda vez que no ignoro que en el caso de autores normales de delitos contra el § 175 del Código Penal, como los que aquí nos ocupan, bajo ningún concepto se habría dictado pena de muerte.

La argumentación con que Heinz Dubro fundamentó la petición de clemencia fue tachada completamente de un plumazo. El Fiscal General de la Audiencia Territorial reclamó la ejecución de la sentencia. Posterior mente los condenados se esforzaron desesperadamente por evadir la pena de muerte presentando varias solicitudes de gracia. Contaron con el apoyo de familiares y amigos. Hans Festersen recibía regularmente visitas de su hermana; desde que fue detenido en octubre de 1942 hasta mayo de 1943, su hermana le escribió no menos de veinticinco cartas. Ernst Hirning recibía cartas de antiguos vecinos suyos de Berlín y de amigos de Lobetal. Fritz Lemme contó con el apoyo de su madre; Friedrich Riemann recibió la ayuda de sus hermanas, y también le escribían amigos de Lobetal. Además, en favor de Friedrich Riemann y Ernst Hirning intercedió el director de las instituciones de Lobetal, el 66


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pastor Braune, que presentó varias peticiones de clemencia. Además, el pastor Paul Braune se había dirigido a un padre espiritual de la cárcel, quien, sin embargo, sólo pudo transmitir consuelo fuera de cualquier consideración jurídica de medidas de gracia (“¿Solicitud de gracia?: no tengo mucha confianza en que sirviera de algo“). Asimismo explicó al pastor Braune la situación sin salida en que se encontraban los discapacitados condenados a muerte: “En su estado físico, ¿les ser viría realmente de algo conseguirles diez años de prisión preventiva seguidos del campo de concentración?”. Finalmente, ninguna de las peticiones de clemencia tuvo éxito. Los cuatro hombres fueron ejecutados la noche del 7 al 8 de septiembre de 1943. Fue la noche del crimen de Plötzensee; junto con otras 184 personas, cayeron víctimas de una ejecución masiva sin parangón en la historia de la justicia de Berlín. En los bombardeos de Berlín de los días 3 y 4 de septiembre resultó alcanzada la cárcel de Plötzensee, que quedó destruida en gran parte; también resultó dañada la

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guillotina del lugar de las ejecuciones. Tras una visita efectuada inmediatamente después con representantes de la Fiscalía de Berlín, el Ministerio de Justicia del Reich decidió que se ejecutara inmediatamente a los cerca de 300 presos condenados a muerte. Se levantaron las horcas. El asesinato masivo dio comienzo la tarde del 7 de septiembre. La orden se impartió por teléfono desde el Ministerio de Justicia del Reich. Hasta el 12 de septiembre se realizaron aproximadamente 250 ejecuciones. Una de las hermanas de Friedrich Riemann escribió al párroco de Lobetal: “La muerte de mi hermano nos ha conmovido profundamente. Continuamos horrorizados por la administración de justicia, lo mismo que les sucede a todos los juristas“. Desde Lobetal le comunicaron estas líneas: Con toda seguridad, en el caso de esta sentencia ha sido decisivo el criterio de que se trataba de personas con discapacidad física que importaban muy poco para la colectividad. (...) Es la primera vez en la historia de nuestra institución que se dicta una sentencia de muerte contra uno de nuestros asilados. Para nosotros resulta especialmente doloroso, pues ha afectado a quien llevaba muchos años entre nosotros y era merecedor de nuestra más plena confianza (...).

5. Lugar de autos: Fiscalía. Complicidad con la deportación ¿Qué les ocurrió a los demás condenados? Encontramos alguna información sobre ellos en las fuentes que han llegado hasta nosotros. En mayo de 1943, aún antes de la vista ante el tribunal especial, el pastor de Lobetal escribía: El sábado regresó uno de nuestros antiguos asilados, que había sido detenido por la brigada de investigación criminal en relación con el asunto que conocemos. En la causa penal fue inculpado de cuatro casos, y fue condenado por ellos a siete meses de prisión. La pena fue compensada con el tiempo pasado en prisión preventiva, por lo que fue liberado ese mismo día. Justo unos días antes otro asilado fue llamado a juicio a Berlín; lo condenaron a tres meses de cárcel.

Los sumarios del tribunal especial documentan, sobre todo, la interacción existente entre la policía y la justicia. Son prueba documental de la deportación de muchos hombres, 68


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que fueron enviados a campos de concentración nada más salir de prisión. El destino de la deportación alcanzó a Heinz Bibergeil, trabajador de 31 años de edad, antes incluso del procedimiento penal. Fue víctima de la persecución racial contra los judíos. En 1943 se anularon con carácter general las órdenes de detención dictadas contra los judíos, con el fin de traspasar su custodia de la justicia a la policía y proceder a su deportación. Heinz Bibergeil estuvo en Lobetal desde 1934 debido a una enfermedad mental. Era amigo de Fritz Lemme, y también mantenía una estrecha amistad con Ernst Hirning. En el interrogatorio policial confesó: “Desde los primeros tiempos de mi juventud había tomado el gusto por un hombre”. Después de su detención, fue a la cárcel en régimen de prisión preventiva. Su padre, que lo visitó en la cárcel, presa de la desesperación, se dirigió inmediatamente al párroco de Lobetal y le suplicó ayuda y apoyo: Como, en su calidad de judío, sólo le dejan participar de la comida más inmunda, y dado que está terminantemente prohibido hacerle llegar cualquier alimento adicional, no se le ocultará el grado extremo de adelgazamiento que le aqueja. (...) En mi opinión no puede haber el menor atisbo de duda de que mi hijo, cuya salud ya ha soportado considerables daños, no será capaz de salir adelante si no se subsana en breve su más que exigua alimentación. Sin embargo, yo carezco de cualquier posibilidad de actuación y de toda influencia para lograrlo.

Con alusiva cautela, su padre manifestó también lo siguiente: Escapa a mi entendimiento y a mi discernimiento la razón por la que en este caso tarda tanto en pronunciarse la jurisprudencia definitiva. Me parece ocioso, y quizá incluso peligroso, realizar siquiera conjeturas sobre las posibles razones.

A principios de mayo de 1943, medio año después de su arresto, la justicia traspasó a Heinz Bibergeil a la policía. Nos han llegado algunos hitos de la peripecia de su persecución: el 6 de octubre de 1943 fue recluido en el campo de agrupamiento de judíos, en la calle Grosse Hamburger Strasse de Berlín, y el 14 de octubre fue deportado a Auschwitz con el transporte número 44. La deportación de Hermann Kunkel puede considerarse un delito de eutanasia nacionalsocialista. Este trabajador de 28 años de edad era uno de los principales acusados en el 69


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proceso seguido ente el tribunal especial de Berlín, y conforme al arbitrio del Fiscal fue condenado a muerte por ser delincuente reincidente peligroso. No obstante, debido a su inimputabilidad (§ 51, párrafo 1, del Código Penal), los jueces habían resuelto su ingreso en un sanatorio asistencial. Sin embargo, la Oficina de Sanidad denegó su ingreso en una institución psiquiátrica. La Oficina de Sanidad invocó una disposición del Ministro del Interior para la deportación y la eutanasia de quienes padecían enfermedades psíquicas. Primero la Oficina de Sanidad ordenó comprobar si Hermann Kunkel continuaba siendo apto para el trabajo. Cuando el médico de la cárcel confirmó su capacidad laboral, la Oficina de Sanidad propuso internarlo en un “campo de trabajo” (en referencia a un campo de concentración) y ponerlo en manos de la policía. Y así ocurrió. La justicia traspasó a Hermann Kunkel a la policía, que acto seguido dispuso la prisión preventiva para internarlo en un campo de concentración. Hasta ahora no han podido encontrarse otros indicios sobre el posterior destino de Hermann Kunkel. Se desconoce a qué campo de concentración fue enviado. De los restantes hombres condenados a penas privativas de libertad por el tribunal especial, los que fueron puestos en libertad antes de que terminara la guerra fueron asimismo traspasados a la brigada de investigación criminal para su posterior internamiento en “prisión preventiva”. En uno de los certificados de puesta en libertad sí se indica claramente el destino: Walter Heuer, nacido en 1912, salió de la penitenciaría el 12 de octubre de 1944 y fue enviado al campo de concentración de Sachsenhausen. Karl Gorkow, nacido en 1895, fue trasladado el 22 de octubre de 1944 de la prisión al centro de detención de la policía en Berlín. Murió dos meses más tarde, el 27 de diciembre de 1944, en el campo de concentración de Sachsenhausen. Theodor Schmidt, nacido en 1897, se salvó de la deportación. Murió cuando estaba detenido en prisión el 8 de enero de 1944, nueve meses antes de la fecha prevista para ser traspasado a la policía. Quien sobrevivió fue Albert Ahrens, nacido en 1900. Fue liberado de la prisión de Eisenach por las potencias aliadas el 7 de abril de 1945. En el certificado de puesta en libertad consta: “puesta en libertad anticipada por ocupación enemiga”. Sobre Hans Pech, nacido en 1909 y que había sido condenado a tres años de prisión, existe una nota, fechada en enero de 1951, en los ficheros de los asilados en la institución de Lobetal. Según información de un antiguo 71


Inducción y complicidad en el asesinato de homosexuales

compañero de asilo, debió de vivir en un hospital desde que terminó la época nazi. Esta nota de archivo también prueba el interés que siguió mostrando el director del centro de Lobetal por el destino de sus asilados que habían sido víctimas de persecución. Sobre los persecutores de la justicia nacionalsocialista berlinesa poco es lo que se conoce, debido a la ausencia de investigaciones sobre los autores y a que nunca se emprendió una revisión amplia de la historia de la justicia berlinesa entre 1933 y 1945. Únicamente el fiscal Heinz Dubro volvió a aparecer a la luz pública después del fin de la dictadura nazi: en 1955 publicó un manual de formación jurídica.

Fuentes y bibliografía seleccionada Landesarchiv Berlin, Strafakten der Staatsanwaltschaft am Landgericht Berlin, A Rep. 358-02, Nr. 8355. Archiv der Hoffnungsthaler Anstalten Lobetal, Bewohnerakten. Bundesarchiv Berlin-Hoppegarten, Mordregister F 509. Viktor von Gostomski, Walter Loch (1993): Der Tod von Plötzensee. Erinnerungen, Ereignisse, Dokumente 1942– 1944. Frankfurt am Main. Kurt Nowak: “Sozialarbeit und Menschenwürde. Pastor Gerhard Braune im “Dritten Reich“. En: Theodor Strohm / Jörg Thierfelder, Eds. (1990): Diakonie im “Dritten Reich“. Heidelberg, págs. 209–225. Andreas Pretzel: “Anstiftung und Beihilfe zum Mord an Homosexuellen. NS-Verbrechen der Berliner Justiz”. En: Mitteilungen der Magnus-Hirschfeld-Gesellschaft. Nº. 33/ 34, Diciembre 2002, págs. 11–38. Ursula Röper, Ed. (1998.): Die Macht der Nächstenliebe. Einhundertfünfzig Jahre Innere Mission und Diakonie. 1848–1998. Berlin. Walter Schwarz (1992): Rechtsprechung durch Sondergerichte. Zur Theorie und Praxis im Nationalsozialismus am Beispiel des Sondergerichts Berlin. Tesis Doctoral, Augsburg.

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La persecución de los homosexuales durante el nazismo y su continuidad. Coincidencias y diferencias en Berlín, Hamburgo y Colonia1 Stefan Micheler, Jürgen K. Müller y Andreas Pretzler

1 Traducción de Arno Gimber y Javier Ugarte.

Durante la dictadura nazi los actos homosexuales entre hombres fueron perseguidos masivamente; aproximadamente 54.000 hombres fueron juzgados según los artículos 175 y 175a del Código Penal del [Tercer] Reich, es decir fueron condenados por tribunales militares a penas de cárcel. Más allá de eso, sobre todo en los primeros años de la dictadura, hubo múltiples sentencias según los artículos 183 (escándalo público) y 185 (injurias) del Código Penal del Reich. Varios miles de hombres y mujeres homosexuales fueron internados en clínicas psiquiátricas o asesinados en campos de concentración. Muchos hombres tuvieron que someterse a la “castración voluntaria” para recobrar la libertad. La persecución de los actos homosexuales entre hombres se radicalizó durante la época de los nazis en distintas regiones del Reich alemán, y también en distintas regiones en diferentes periodos. A partir de 1936 se puede suponer una persecución masiva en todo el Reich. El objetivo de los nacionalsocialistas fue la desaparición de la homosexualidad, y no de los homosexuales, aunque lo segundo en muchos casos fue la consecuencia de lo primero. Los homosexuales no correspondían, como sucede con otras minorías, a la imagen del alemán “ario”, considerándoles entonces degenerados y enfermos. Hombres homosexuales que fueron considerados blandos, afeminados, obscenos y mentirosos también equivalían a un antitipo del ideal del hombre heroico. Los actos homosexuales eran opuestos a la política reproductiva sobre la población aplicada por los nazis; la homosexualidad fue juzgada como algo en contra de la sociedad y a los homosexuales les fue negada la dominación de sus instintos, algo necesario en la sociedad burguesa. Es decir, el régimen nazi pudo apoyarse persiguiendo a las personas homosexuales en una tradición homófoba profundamente arraigada en la sociedad alemana, tradición que tuvo su continuidad más allá del nacionalsocialismo. Ya durante la República de Weimar se estableció el estereotipo del seductor y pervertidor de los jóvenes, especialmente peligroso según la opinión pública porque seducía a los jóvenes “normales” y contribuía de esta forma a la extensión de la “epidemia”. En el contexto de la caída de las SA bajo el mando de Ernst Röhm en 1934 y, gracias a eso, del ascenso de las SS bajo el mando de Heinrich Himmler, se suponía y 73


La persecución de los homosexuales durante el nazismo y su continuidad

divulgaba que “pandillas homosexuales” querían hacerse con el poder y que, por lo tanto, los homosexuales eran “enemigos del Estado”. En general la dictadura nazi se caracterizó por una posición no uniforme hacia la homosexualidad. Eso se aplica sobre todo a la investigación de la medicina y de las consecuencias extraídas de ella para la “eliminación de la homosexualidad”, y para el conflicto entre policía y justicia sobre la cuestión de quién tenía la competencia sobre la persecución de los homosexuales. Como sucedió con la persecución de los judíos, la eutanasia y la esterilización forzada, el régimen nazi tomó medidas radicales y consecuentes que ya fueron esbozadas y exigidas antes de 1933. En lo que sigue queremos estudiar de forma comparativa la persecución por la policía y la justicia, las causas y métodos de la investigación, el alcance de la condena, las prácticas de las sentencias, y las medidas de la lucha preventiva contra el crimen en Berlín, Hamburgo y Colonia. Además queremos insistir de forma comparativa en la continuidad de la persecución en el régimen de los nazis en la RFA.

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Persecución por la policía En las ciudades alemanas de Berlín y Colonia comenzó la persecución de los hombres y mujeres homosexuales ya en 1933 con el cierre de varios bares. En 1933 también fue destruido el movimiento homosexual a través de la prohibición de sus revistas publicadas en Berlín y de las organizaciones que tenían su sede en la capital. Por esta causa grupos de otras ciudades no pudieron intercambiar informaciones y ya no tuvieron una base para su trabajo. En Berlín, en 1935, después del asesinato del jefe de las SA Ernst Röhm en 1934, hombres homosexuales y prostitutos fueron internados durante varios meses en los campos de concentración de Columbiahaus y Lichtenburg después de realizar redadas en varios locales por funcionarios de la policía secreta del Estado. En Colonia la policía actuaba en el contexto de la “limpieza de la calle” contra la prostitución femenina y masculina no registrada. Varios servicios públicos en el barrio de la estación fueron vigilados de forma no regular, pero aún no hubo redadas organizadas en los locales existentes en la ciudad. En Hamburgo las medidas de persecución más organizadas no comenzaron hasta julio de 1936, con la aparición de comandos especiales de la Gestapo de Berlín. Hasta este momento el responsable de la persecución fue el departamento homosexual de la policía criminal de Weimar. Entre 1933 y 1936 se cerraron en Hamburgo solamente los locales frecuentados por los prostitutos; prostitutos masculinos, travestidos y hombres en ropas de mujer ya eran en estas fechas víctimas de la persecución estatal. A partir del 24 de julio de 1936 tuvieron lugar en Hamburgo redadas más organizadas cuya consecuencia fue el cierre de cuatro locales homosexuales conocidos en la ciudad. Los clientes fueron detenidos y durante varios días sometidos a interrogatorios. También en varias empresas de Hamburgo se hicieron redadas. Una gran cantidad de hombres fueron llevados –como era usual en las acciones especiales de la policía– durante varios días o semanas al campo de concentración de Fuhlsbüttel. En total fueron afectados por esta acción especial varios cientos de hombres. Es decir, la Gestapo de Hamburgo continuó las investigaciones entre septiembre de 1936 y el verano de 1937 con la misma intensidad y brutalidad. El número de las investigaciones policiales se triplicó de 1935 a 1936. A partir del verano de 75


La persecución de los homosexuales durante el nazismo y su continuidad

1937 volvió a tener competencia sobre estos casos la policía criminal, pero ya no en el departamento de antes. Los nuevos colaboradores asumieron tanto las acciones severas de la persecución como los métodos de investigación del comando especial de la Gestapo. Mientras que en Colonia y Hamburgo la persecución de la homosexualidad fue competencia de la policía criminal, como sucedía en la República de Weimar, aunque en Hamburgo con un año de interrupción, en Berlín entre septiembre de 1935 hasta octubre de 1940 fue competencia de la Gestapo. En 1940 la policía criminal volvió a asumir esta competencia también en Berlín.

Causas de la investigación Hubo varias razones por las cuales un hombre homosexual pudo caer en las redes de la persecución. En contra de los resultados de la investigación histórica hasta este momento, parece que las investigaciones policiales activas no tuvieron mucha importancia. Aunque determinados comportamientos, como por ejemplo la visita de lugares públicos, aumentaron el riesgo de una detención, sobre todo fueron las denuncias por parte de la población la causa de las detenciones de muchos hombres. Independientemente de su comportamiento, todos los hombres homosexuales fueron amenazados por la persecución de la policía. Había una gran disponibilidad por parte de los alemanes a denunciarles a la policía o al partido nazi. Sin la colaboración activa de la población, la persecución estatal hubiese tenido una eficiencia considerablemente menor. La denuncia por parte de la población, a través de otras investigaciones, conllevó la detención y el enjuiciamiento de otros hombres. Los aparatos de la policía se centraron en sus actividades investigadoras en obtener informaciones de los hombres ya detenidos. La mayoría de los homosexuales en Berlín y Hamburgo cayeron en estas redes porque sus parejas sexuales [partners] o conocidos descubrieron sus nombres por la presión de los interrogatorios. La actividad investigadora independiente de la policía en las tres ciudades se centró en la vigilancia irregular de locales y en redadas en los servicios públicos. Estos últimos eran, aparte de parques y baños, la única posibilidad que tenían los homosexuales de entrar en contacto después del cierre de la mayoría de los locales. 76


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Métodos de la investigación El objetivo de los interrogatorios era obtener la mayor cantidad de información posible sobre los actos sexuales de un hombre para que después, en los tribunales, el castigo pudiese ser severo y para conseguir nombres de otros homosexuales. Para obtener la información estos hombres fueron sometidos por la policía a una presión masiva, se les amenazó y maltrató. Una forma importante de conseguir confesiones en las tres ciudades fue “la detención preventiva”, que sirvió a la dictadura para detener a personas sin orden judicial. Los detenidos de forma preventiva eran aislados completamente del mundo exterior y no podían entrar en contacto con familiares o abogados ni interponer recurso contra esta detención. Los hombres afectados por ella fueron interrogados varias veces hasta que confesaron y nombraron varios compañeros sexuales en un tipo, digamos, de “confesión”. A través de los numerosos interrogatorios pudieron ser descubiertos cada vez más hombres, que por su parte también dieron nombres de otras personas. Sólo cuando los funcionarios de la policía pensaban que no podrían conseguir más nombres pasaron el caso a la fiscalía, que consiguió una orden de detención. A menudo esta detención preventiva se relacionó con humillaciones, maltrato y tortura. La Gestapo, y también en algunos casos la policía criminal, les hicieron firmar que habían hecho sus declaraciones sin obligación alguna. Sólo en unos pocos casos los hombres se atrevieron a quejarse de los malos tratos ante los tribunales. Normalmente los informes policiales terminaban en las tres ciudades con una anotación extensa por parte de la policía con el estilo y la dicción de una presentencia. Los policías caracterizaron y clasificaron al detenido opinando sobre la sentencia adecuada. Así, por ejemplo, denominaron a determinados hombres como “homosexuales de la especie más asquerosa”, o también se lee “la juventud alemana tiene que ser protegida de tales sujetos”. Algunos prostitutos fueron tratados como testigos especiales con promesas falsas de obtener sentencias leves; los prostitutos fueron empujados a la colaboración en la investigación y detención de sus compañeros, clientes, etc. Fueron sacados por parte de la policía de los campos de concentración o de las cárceles, detenidos en las celdas policiales y, una vez allí, quedaban a disposición de la policía 77


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para las investigaciones de otros casos durante días, y a veces durante semanas. A menudo se hicieron registros en las casas de los detenidos. La policía mostró un interés especial por cartas personales, fotos y cuadernos. También se llevaron “literatura homosexual”, revistas de amistad, instrumentos sexuales, etc. que en Hamburgo fueron incorporados a la colección de la policía o destruidos. Para aclarar la mayor cantidad de casos, en las tres ciudades también existían ficheros y álbums de fotos en los que estaban registrados hombres considerados homosexuales y prostitutos. Los ficheros se renovaban constantemente y eran presentados en los interrogatorios para que denunciasen con la ayuda de las fotos a sus compañeros sexuales. El hecho de presentar estos ficheros llevó en Berlín, Hamburgo y Colonia, a la denuncia de muchos compañeros sexuales. A pesar de los severos métodos de interrogatorio escaparon a la policía muchos hombres por razones múltiples: unos consiguieron convencer de que sus relaciones eran normales o que se trataba de amistades asexuales. En otros casos a la policía le faltó la capacidad combinatoria necesaria. Pocos hombres consiguieron escapar de la persecución a través de la huida o de la emigración. A menudo fueron detenidos en otras ciudades o en las fronteras del Reich. Sólo unos pocos se resistieron violentamente a la detención. Algunos hombres no denunciaron, a pesar de la presión de los interrogatorios, a sus compañeros sexuales. Declararon que solamente tuvieron relaciones sexuales con desconocidos en servicios u otros lugares públicos. 78


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Persecución a través de la justicia penal nazi En el centro de una investigación sobre la persecución jurídica de los homosexuales a través de la justicia nazi hay que diferenciar, según los artículos 175 y 175a, entre actos presentados ante tribunales y actos juzgados. Con el aumento o agravamiento del derecho penal contra los homosexuales que se aprobó el 28 de junio de 1935, los actos se diferenciaron entre faltas (actos sexuales consentidos entre hombres) y delitos (seducción de jóvenes y prostitución masculina). Aunque en muchos de estos delitos no se trataba de actos objetivamente comprobados, sino más bien de atribuciones por parte del tribunal, la frontera en el grado de la persecución es decisiva. Mientras que la ley penal según el artículo 175 pedía un castigo de cárcel, en el caso de una sentencia según el artículo 175a hubo además castigos añadidos (internamiento, castración). Se dictaron estos castigos añadidos cuando se consideró al criminal “reincidente peligroso”.

Competencia material de los tribunales penales El enjuiciamiento de hombres por delitos homosexuales según el artículo 175, tanto en su antigua como en su nueva versión, se produjo en los juzgados de primera instancia. Ahí se desarrolló la mayoría de los procesos; según las estadísticas para Berlín y Hamburgo el 65% de ellos. Con la introducción del agravamiento de los castigos según el artículo 175a estos enjuiciamientos se produjeron en los tribunales de segunda instancia. Si el representante de la acusación partía del hecho de que se podía esperar por el delito un castigo de cárcel elevado que solamente se debería pronunciar por los jueces de la segunda instancia, entonces realizaba su denuncia directamente ante esos tribunales de segunda instancia. La creación de tribunales especiales tuvo importancia para los homosexuales sólo con el inicio de la guerra. En todos los procesos que se realizaron ante estos tribunales especiales a causa de los artículos 175a y 176, la acusación argumentó afirmando que se trataba de una infracción al reglamento contra los antisociales cuando, por ejemplo, el acto sexual prohibido tuvo lugar en un servicio público oscurecido por miedo a un bombardeo. A partir de mediados de 1940 hubo denuncias ante los tribunales especiales por parte de la fiscalía especial a causa del apartado 2.4 de este reglamento contra 79


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los antisociales en combinación con el artículo 175. Hasta hoy en día sólo se conocen pocas sentencias contra hombres homosexuales ante los tribunales especiales, pero estos procesos significan una radicalización de la justicia penal nazi; quien era juzgado como antisocial según el artículo 175 recibía pena de cárcel de un año por un solo acto de masturbación, pero existía la posibilidad de pena de muerte según el artículo 175a, apartados 3 y 4.

Las prácticas de las sentencias por delitos según el artículo 175 del Código Penal del Reich El agravamiento de la persecución penal de los homosexuales se produjo no solamente a través del cambio de la legislación penal, sino también a través de la práctica de sentencias que salían de los tribunales. A eso contribuyó la aplicación retroactiva de la nueva versión del artículo 175 (a partir de 1935) a los actos sexuales que fueron cometidos antes de la entrada en vigor de esta nueva versión del código. Esta práctica fue legitimada por las sentencias supremas de los tribunales del Reich. La nueva versión de la ley preveía para delitos o faltas según el artículo 175 una pena de cárcel sin indicación de la pena mínima. En la atribución de la pena por los jueces influía el número de delitos o faltas, la calificación jurídica de la acción penalizada, y circunstancias individuales que sólo afectaban a la persona del acusado. Probablemente, pero eso no se puede comprobar, también habrá influido en la gravedad de la pena la homofobia de los jueces. Cada uno de los actos sexuales indecentes entre hombres era un acto penal propio. Si los hombres homosexuales no eran acusados solamente por un acto penal sino por varios actos indecentes, serían considerados como algo similar a un criminal en serie y, por lo tanto, castigados con una pena conjunta más elevada. La cantidad de los actos penales que había que juzgar en el momento de iniciar el juicio ya estaba determinada a través de los interrogatorios judiciales. Sólo en muy pocos casos el proceso llevó a conocimientos que discrepaban de los interrogatorios. En la consideración de las circunstancias individuales para dictaminar la sentencia influyeron, entre otros factores, la edad del acusado, su comportamiento durante el proceso (su voluntad de confesar o negar, su actitud de arrepentimiento o la defensa de su comportamiento) y también la evaluación 80


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de su personalidad en la vida social (si había participado en la guerra mundial, su estado civil, etc.). Parece que los jueces de Colonia no tuvieron un interés especial en la evaluación del homosexual para sus decisiones más suaves o duras; y en la cuestión de si su homosexualidad era genética o adquirida, los jueces aceptaron sin comentarios la declaración del propio acusado en estas cuestiones. Por el contrario, los jueces de Hamburgo se ocuparon intensamente de la cuestión de si el acusado se debía considerar homosexual por nacimiento o si practicaba la homosexualidad a causa de un vicio adquirido. La previsión social de una reincidencia eventual influía de forma considerable en la dureza de la pena. En este sentido un presupuesto desenfreno era un punto importante a la hora de decidir la dureza de la pena. Eso no se refería a la homosexualidad promiscua sino a los homosexuales con antecedentes penales. La influencia de los antecedentes en la dureza de la pena era determinada por ley. La pena podía aumentar drásticamente según la cantidad de los antecedentes, o según el tiempo que había pasado entre la última pena de cárcel y el nuevo acto indecente. Muy llamativa es la aplicación de la legislación de amnistía en las sentencias contra homosexuales según el artículo 175. Sin embargo queda sin responder hasta qué punto de la aplicación de la ley de amnistía se puede inferir que la homosexualidad fuera considerada como un delito normal dentro de la justicia. Hay declaraciones de jueces en las sentencias que consideraban la homosexualidad como delito gravemente peligroso para el Estado.

Artículo 175a, apartados 3 y 4 Código Penal del Reich: el “seductor” y el prostituto La creación de nuevas circunstancias de delito en el artículo 175a, que ya fueron previstas en los proyectos de reformas penales durante el Segundo Imperio y la República de Weimar, implicaba una diferenciación entre homosexuales “normales” y “peligrosos”. En la creación de estos nuevos delitos no solamente se pretendía codificar jurídicamente diferentes actos sexuales sino que, más allá de eso, se pretendía penalizar diferentes consecuencias de los actos homosexuales. Con el artículo 175a, apartados 3 y 4, se pretendía castigar a aquellos que contribuyeran a la “divulgación” de la “epidemia de la homosexualidad”. De esta forma el “seductor de la juventud” personificaba el peligro 81


La persecución de los homosexuales durante el nazismo y su continuidad

del “vicio adquirido” y de la contaminación amenazadora de la juventud, relacionando eso con la idea de una sexualidad amoral como “fuente de contagio de la corrupción sexual”. También los prostitutos fueron considerados como peligrosos y clasificados de “contaminación continua para el hombre con tendencias homosexuales”. Y además el prostituto fue considerado como criminal y “asocial” porque sus servicios sexuales sólo eran el inicio de una carrera delictiva. El “corruptor de la juventud” fue castigado en primer lugar no por su acto sexual con jóvenes (entre catorce y veintiún años), sino por la influencia en “el instinto sexual” de éstos. Y con eso se alude a un estereotipo central: el homosexual de más edad busca para su satisfacción sexual en primer lugar a hombres jóvenes, sin experiencia, que todavía son influenciables en su instinto sexual. De esta forma el joven “seducido” que había caído en el vicio se iba a convertir forzosamente como adulto en actor y “seductor”. Las sentencias dan indicaciones sobre lo que significaba el acto de seducción: todos los actos con los cuales el “seductor” de los jóvenes los “atraía y ataba”. Eso influía en la narración de historias interesantes para conseguir una relación emocional, el mantener una “conversación indecente” para destruir el pudor, y también tocamientos corporales como un acto preparatorio al propio acto sexual. De forma generalizada los jueces de Colonia consideraron que los actos indecentes (que deberían ser juzgados según el artículo 175) eran actos de seducción. Los jueces suponían que a través de un solo acto se producía la “seducción” y el “acto indecente”. También los actos sexuales con menores de catorce años fueron valorados de forma generalizada como “actos de seducción”. La cuestión de si un joven o un adolescente se había prostituido dependía sobre todo del nivel de la profesionalidad (de la intención de conseguir ganancias permanentes). En estos casos se hacía hincapié en los comentarios jurídicos en que por la suposición de una ventaja financiera no se podía hablar todavía de un comportamiento de prostitución; en las sentencias se actuaba de otra forma. Según las sentencias, la ventaja del prostituto no sólo incluía el dinero sino también la aceptación de ropa y dejarse invitar a comidas y bebidas. Para hacerse una imagen de la prostitución, también tenía relevancia la edad del prostituto. Quienes tenían entre veinticinco y treinta años fueron 82


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clasificados como prostitutos, así como casi todos los jóvenes que no fueron considerados víctimas de un acto sexual. En la imaginación social no cabía la idea de un joven con una sexualidad autodeterminada, sobre todo cuando se apartaba de los senderos predeterminados de la moral.

Dureza de la sentencia contra “corruptores de la juventud” y prostitutos Hombres que fueron juzgados según el artículo 175a, apartados 3 y 4, recibieron en Colonia en su primera sentencia, al contrario de Hamburgo, una pena de cárcel menor en lugar de mayor. Para los “seductores de la juventud” la pena se elevó por encima de la prevista del artículo 175: entre cuatro y siete meses; en el caso de prostitutos jóvenes, entre uno y cinco meses de pena. Si el “seductor” trabajaba en la tarea educativa su función profesional fue valorada como un elemento agravante y el acto sexual como “especialmente peligroso”; en estos casos era probable la condena inmediata a una pena de cárcel mayor. Si los “seductores” o los prostitutos masculinos ya tenían antecedentes, se sentenció la pena prevista en el texto de la ley. Los jueces comprobaron a la vez si el delincuente o actor se debían considerar un “delincuente reincidente peligroso” y si en este caso se le podía castigar según el artículo 20a del Código Penal del Reich con “medidas para la seguridad y la mejora”, según la ley “de los criminales reincidentes” del 24 de noviembre de 1933. Contra los “delincuentes reincidentes” se podía aplicar pena de cárcel mayor en vez de menor, pero también pena de muerte. La idea central de estas leyes era, aparte de la prevención especial, el impedimento de actos criminales futuros y también la protección de la “comunidad del pueblo” del “carácter maligno” del delincuente reincidente; su conducta 83


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tenía que ser castigada. Como penas añadidas podían ser aplicadas: la detención por seguridad, el internamiento en hospitales psiquiátricos y, en el caso de los “seductores pedófilos”, la “castración forzosa”. En el caso de los prostitutos fue posible, según la decisión de los jueces, la consideración de “delincuente reincidente peligroso” a partir de abril de 1938 ya en el caso de la primera sentencia, porque el hecho del negocio cumplía también el delito del artículo 20a. En el caso de los prostitutos jóvenes, a causa de su edad, a menudo se prescindía de la orden de encarcelamiento. Sin embargo, tras el comienzo de la guerra también a ellos se les amenazaba con la pena de muerte. Contra los “seductores homosexuales” no se podía ordenar una “castración” forzosa; según el artículo 42k del Código Penal del Reich, la condición previa a la castración habría sido un delito según el artículo 176. No obstante, la ley para cambiar la “legislación para evitar los defectos heredados de la descendencia”, del 26 de junio de 1935, permitió que los homosexuales fueran sometidos, bajo determinadas condiciones penales médicas, a una “castración voluntaria”. Durante los procesos penales se observa que los jueces presionaron a los acusados amenazándolos con internamiento. De esa forma consiguieron en varios casos el consentimiento de los homosexuales para la “castración voluntaria”. Después del comienzo de la guerra muchos de los “pervertidores de la juventud” tenían que contar con la pena de muerte.

Ejecución de la pena Las penas de cárcel se realizaron normalmente en las prisiones de la zona. A eso hay que añadir los campos de Emsland y, en determinadas épocas, también las cárceles supraregionales en las que se cumplieron penas más amplias. Antes del comienzo de la guerra la mayoría de los homosexuales fueron liberados de las cárceles y de los campos de Emsland. Una orden para traspasar los casos a la policía criminal sólo tuvo importancia más adelante. Casos de muerte durante el cumplimiento de la pena se conocen en las tres ciudades y se pueden explicar por las malas condiciones de vida y trabajo. La duración de la pena durante la guerra no fue tomada en consideración a no ser que se juzgase el delito como bélico; en el caso de delitos bajo la llamada “ley de parásitos del pueblo”, los presos no deberían ser tratados mejor que los soldados. 84


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Las solicitudes de clemencia normalmente fueron desoídas independientemente de que se tratara de un acto penal según el artículo 175 o 175a, en casi todos los casos se insistía en el hecho de que había que aplicar la “pena en toda su dureza”; se juzgaba a todos los presos faltos de “resistencia” contra su propio instinto sexual, y eso aunque su conducta y rendimiento en cárceles y campos fueran considerados impecables.

“Lucha preventiva contra el crimen” En Berlín, Hamburgo y Colonia, se radicalizó la persecución de los hombres homosexuales durante la guerra. La gran mayoría de los juzgados después de su liberación fueron víctimas de la “lucha preventiva contra el crimen”. Muchos hombres, sobre todo los que habían sido juzgados varias veces, los llamados “seductores” y los prostitutos, fueron sometidos después de su liberación a la “vigilancia planificada policial” por la policía criminal o sometidos a “detenciones preventivas policiales” e ingresados en campos de concentración. La “lucha preventiva contra el crimen” fue unificada para todo el Reich en diciembre de 1937 por una orden del Ministerio del Interior. En un principio se hablaba de un derecho a la resocialización de los criminales, pero la “lucha preventiva contra el crimen” se convirtió rápidamente en instrumento para la exclusión y la eliminación de los no deseados. Varios miles de hombres juzgados según los artículos 175 y 175a no fueron liberados después de haber cumplido la pena, sino “traspasados” por la justicia a la policía criminal. El 12 de julio de 1940, Heinrich Himmler ordenó con un decreto “recluir en prisión preventiva a todos los homosexuales que hubieran seducido a más de una persona después de haber cumplido la condena en la cárcel”. Con otra orden de 23 de septiembre de 1940 de este reglamento se excluían a los hombres que se habían dejado castrar y de los cuales “no se puede temer una vuelta a sus errores homosexuales si según el informe médico hubiera desaparecido totalmente el instinto sexual”. La interpretación de “haber seducido a más de una persona” aparentemente estaba en manos de las respectivas oficinas de la policía y, de hecho, podía ser aplicada a todos los hombres juzgados según el artículo 175 porque bajo “seducción” se entendían muchas cosas. Contra la “vigilancia planificada policial” y contra la “detención preventiva policial” no se podía apelar. 85


La persecución de los homosexuales durante el nazismo y su continuidad

Algunos hombres fueron liberados de la “detención preventiva policial” pocos días después bajo la condición de la “ vigilancia planificada policial”. La “detención preventiva” servía para la demostración del poder del aparato policial y para la intimidación. Las obligaciones y prohibiciones de la “ vigilancia policial planificada” reguladas en una orden específica podrían ser elegidas y combinadas de forma individual por cualquier funcionario de la policía y complementadas por nuevas prohibiciones u obligaciones. Entre otras cosas formaba parte de esta “ vigilancia planificada policial” que los hombres no tuvieran derecho a abandonar su casa durante la noche. Tenían la obligación de presentarse de forma regular una o dos veces por semana ante la policía, anunciar el cambio de vivienda en un plazo de veinticuatro horas, dejar una llave de su nueva vivienda en la policía y no abandonar la ciudad sin permiso. No tenían el derecho de frecuentar locales o sitios de encuentro homosexuales y debían permanecer lejos de servicios públicos. También debían evitar “cualquier contacto con personas con el fin de iniciar relaciones indecentes”. Estas medidas siguieron en pie durante muchos años. Prostitutos, travestis y homosexuales fueron vigilados en Hamburgo desde 1937. En Colonia se conoce el caso de un prostituto que fue vigilado ya en 1934. A otros hombres se les pedía elegir entre la “castración voluntaria” o ser ingresados en un campo de concentración como “presos preventivos”. Si un hombre estaba dispuesto a la operación tenía que cubrir una solicitud de “castración voluntaria” en las oficinas del Ministerio de Sanidad, en la cual tenía que solicitar “ser curado de su enfermedad”. El siguiente paso era un examen médico, que normalmente conllevaba un informe positivo, en el que se partía del hecho de que a través de la castración se podían evitar nuevos delitos por parte del hombre y que además tenía como consecuencia que ya no sería una “amenaza para la comunidad del pueblo”. Antes de la operación los hombres tenían que firmar una declaración diciendo que la “castración se hacía por su propio deseo y que más adelante no iban a pedir una indemnización al hospital”. La operación se realizó en la mayoría de los casos en los hospitales de la zona. Después de la recuperación fueron liberados y sometidos a “vigilancia planificada policial”. 86


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La persecución de los homosexuales durante el nazismo y su continuidad

Formaba parte de sus obligaciones el ponerse a disposición de la Sanidad en cualquier momento para un examen posterior. Este examen se hacía normalmente cada dos años porque esos hombres también eran objeto de investigación por los médicos. Es evidente que no se podía hablar de “voluntariedad” teniendo en cuenta la situación en la que se encontraban los hombres y las alternativas disponibles. Sin embargo el consentimiento para la castración y su realización no salvaba a todos los hombres de los campos de concentración. Vacaciones de los médicos, destrucción de las salas de operación por bombardeos, incompetencia organizativa por parte del aparato médico y policial, y arbitrariedad en los campos de concentración son algunas causas por las cuales varios hombres no fueron operados y, por lo tanto, enviados a campos de concentración, o que a pesar de la castración no fueron liberados de los campos. Quien no daba su consentimiento a una castración era recluido bajo “detención preventiva en un campo de concentración”. Otros hombres no tuvieron esta alternativa, sobre todo prostitutos, “seductores de la juventud” y pedófilos. Ya a finales de los años treinta, estos fueron llevados a los campos de concentración como “elementos antisociales” o como “criminales profesionales”, y desde 1933 algunos de ellos fueron internados temporalmente. En la justificación para la orden de “detención preventiva” siempre se tenía que argumentar que este homosexual era un peligro por su comportamiento asocial. Para eso servía el “currículo criminal”, que demostraba la conducta criminal de la persona y que daba información sobre su trayectoria penal. El “currículo criminal” es, por lo tanto, no sólo un detallado extracto del registro penal, sino también un documento que demostraba el supuesto peligro del detenido. Dentro de la jerarquía del campo el grupo de los “presos homosexuales” era considerado el inferior. Tenían la más baja posibilidad de supervivencia dentro del grupo de los presos alemanes “arios” porque eran sometidos, muy a menudo, a maltrato por parte de los vigilantes, repartidos entre los comandos más duros de trabajo y porque existía poca solidaridad por parte de los otros presos, y también entre ellos. Además murieron muchos presos en las cárceles regulares por las condiciones de vida y trabajo en ellas, en los campos de Emsland y también en los “sanatorios”. 88


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Continuidad después de la época nazi. Liberación de cárceles y campos Durante la liberación de Alemania del régimen nazi por las fuerzas aliadas también fueron liberados de los campos de concentración y de muchas cárceles las víctimas de la persecución homosexual nacionalsocialista. No sabemos cuántos hombres perseguidos por actos homosexuales pudieron haber sobrevivido en los años cuarenta a las cada vez más duras condiciones de prisión en cárceles y campos de concentración, ni cuántos pudieron vivir la derrota y capitulación de la dictadura nazi. Para saberlo faltan investigaciones sistemáticas sobre los destinos de los perseguidos e informes de homosexuales que sobrevivieron. De la investigación sobre otros grupos de víctimas, y de los pocos destinos individuales que conocemos en la literatura historiográfica sobre la persecución de homosexuales, se puede inferir lo siguiente: los liberados se enfrentaron a una libertad destruida y pobre y tenían que adaptarse a nuevas exigencias para sobrevivir en la miseria y el caos social de la posguerra. Las nuevas oficinas estatales que se ocupaban de las víctimas del régimen nazi, en la mayoría de los casos dirigidas por antiguos presos de los campos de concentración perseguidos por cuestiones políticas y raciales, distribuyeron lo poco de lo que disponían: el derecho a raciones complementarias de alimentos, una habitación amueblada, carbón, medicamentos, ayuda financiera para volver a comenzar la vida y otras ayudas para casos urgentes. Hombres que fueron perseguidos por homosexuales e internados en campos de concentración fueron rechazados porque a ellos se les denegó el estatus de víctimas del nazismo.

La desnazificación fracasada Según órdenes de los aliados expresadas en las leyes de los gobiernos militares, los reglamentos de encarcelamiento de los nazis y la agravación de las penas ya no se podían aplicar. Muchas leyes penales de los nazis fueron derogadas. Sin enbargo los artículos 175 y 175a siguieron en vigor a pesar del acuerdo para la recuperación del artículo 175 en su versión anterior a la época nazi. Este compromiso no se pudo realizar a lo largo de las 89


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reformas del Código Penal por parte de los aliados. Los artículos 175 y 175a fueron reintroducidos en el nuevo Código Penal de 1947. En 1948 comenzó la división de Alemania; la RDA desnazificó el artículo 175 volviendo a la versión anterior a los nazis en 1950. El artículo 175a siguió en vigor. Las demás reformas parciales de la ley penal contra homosexuales aplicadas en la RDA en 1968, y en la RFA por primera vez en 1969, no fueron resultado de una desnazificación, sino el resultado conseguido con mucho esfuerzo de una política de descriminalización.

Rehabilitación negada A causa de la desnazificación fracasada del derecho penal nacionalsocialista contra los homosexuales faltó la condición decisiva para conseguir una rehabilitación individual. Los reglamentos legales para la rehabilitación deberían anular las sentencias pronunciadas por causas políticas, racistas o religiosas. Hay que constatar que solamente pocos homosexuales –en comparación con la gran cantidad de los juzgados durante la época nazi– habían solicitado una rehabilitación. Solamente fueron obligados a pedir la solicitud quienes estaban en la miseria existencial causada por las consecuencias legales. Además, eran pocas las posibilidades de rehabilitación teniendo en cuenta la continuidad en la persecución, lo que impidió que muchos de los homosexuales se dirigiesen a las oficinas que anteriormente lo eran de la persecución. Las pocas solicitudes fueron mayoritariamente rechazadas. Nadie ha conseguido la anulación completa de las sentencias según el artículo 175. Sólo pocos hombres consiguieron por lo menos la reducción de la pena. Esta pena posteriormente acortada tuvo como consecuencia que los condenados ya no fueran considerados como portadores de antecedentes penales. Hombres que no habían conseguido eso seguían siendo considerados como “criminales con antecedentes”, lo que impidió su ascenso profesional. La negativa a la rehabilitación fue consecuencia del mantenimiento del sistema legislativo tras el derecho penal nazi. El Tribunal Supremo insistía en 1951-1952 en que las leyes agravatorias continuaban en vigor y se refería en su interpretación al propio sistema legislativo del Tercer Reich. El Tribunal Constitucional confirmó en 1957 esta ley nazi. 90


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La persecución de los homosexuales durante el nazismo y su continuidad

Rehabilitación denegada Para la rehabilitación de las víctimas nazis se aprobó una ley especial en 1953, la L ey Federal para la Rehabilitación. Para ser rehabilitado por la persecución sufrida, especialmente en campos de concentración, por daños de salud, etc., los homosexuales tenían que conseguir primero la anulación de los juicios nazis. Como se les negó eso, también se les negó la solicitud para la rehabilitación. Aquí se demuestra claramente que la legislación nazi en vigor contra homosexuales era la principal causa de la denegación. Sólo víctimas “inocentes” debían ser rehabilitadas. Los homosexuales, sin embargo, fueron considerados personas con antecedentes criminales. Fueron rehabilitados las víctimas que habían sido perseguidos por razones políticas, racistas o ideológicas. Durante la época nazi los homosexuales fueron considerados enemigos del Estado, pero después de la guerra esta persecución no fue reconocida como política, aunque también fue motivada políticamente y fue realizada con los mismos métodos que se aplicaron a los adversarios políticos. De esta forma las víctimas homosexuales de los nazis fueron excluidas del derecho a una jubilación especial, prestaciones sociales y curación añadidas. Se les excluyó y abandonó con sus terribles recuerdos, daños de salud, traumas, desesperación y miseria económica y social. En 1957 fue aprobada una nueva ley, la “ley general de las consecuencias de guerra”. En el contexto de esta ley también podrían haber recibido los homosexuales una reparación pequeña para los daños de salud y por el internamiento en los campos de concentración. Pero sólo catorce hombres en toda Alemania solicitaron rehabilitación según esta ley. Para eso existen tres razones: primero, apenas se recogieron las posibilidades para la rehabilitación de los homosexuales en esta ley. Porque esta ley, con más de noventa artículos, se refería más bien a daños generales causados en la época nazi. En los círculos de juristas las posibilidades de rehabilitación en el marco de esta ley apenas fueron captadas. Segundo, los homosexuales eran escépticos: ya anteriormente habían sido excluidos de las rehabilitaciones y no quisieron ser rechazados otra vez. 92


Stefan Micheler, Jürgen K. Müller y Andreas Pretzler

Te r c e r o, u n a s o l i c i t u d d e r e h a b i l i t a c i ó n p a r e c í a peligrosa: alguien que la solicitaba descubría su homosexualidad. Puesto que los homosexuales seguían estando perseguidos, evidentemente aparecieron como criminales potenciales. Por este hecho muchos no tomaron la iniciativa para conseguir una rehabilitación.

Perspectivas futuras Investigaciones futuras deben mostrar si se pueden extender los resultados para Berlín, Hamburgo y Colonia, a todo el Reich alemán, o por lo menos a otras ciudades. Pero ya en este momento se demuestra que existen diferencias regionales en la persecución de los hombres homosexuales y que las estructuras locales y personas determinadas tuvieron influencia en la intensidad y amplitud de la persecución. Hay que interpretar y juzgar las diferencias sobre un fondo de aspectos generales como premisas ideológicas, leyes y reglamentos, acontecimientos, y desarrollos políticos y sociales.

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Bibliografía Günter Grau, Ed. (1993): Homosexualität in der NS-Zeit. Dokumente einer Diskriminierung und Verfolgung. Frankfurt am Main. Burkhard Jellonek (1990): Homosexuelle unter dem Hakenkreuz. Die Verfolgung der Homosexuellen im Dritten Reich. Paderborn. Burkhard Jellonek / Rüdiger Lautmann, Eds. (2002): Nationalsozialistischer Terror gegen Homosexuelle. Paderborn. Cornelia Limpricht / Jürgen Müller / Nina Oxenius, Eds. (1991): “Verführte Männer”. Das Leben der Kölner Homosexuellen im Dritten Reich. Colonia. Stefan Micheler / Moritz Terfloth (2002): Homosexuelle Männer als Opfer des Nationalsozialismus in Hamburg. Hamburgo. Stefan Micheler / Jürgen K. Müller / Andreas Pretzel (2002): “Die Verfolgung homosexueller Männer in der NS-Zeit und ihre Kontiinuität. Gemeinsamkeiten und Unterschiede in den Großstädten Berlin, Hamburg und Köln”. En Invertito. Jahrbuch für die Geschichte der Homosexualitäten. Nº 4, pp. 8–51. Jürgen Müller et al. (1998): “Das sind Volksfeinde”. Die Verfolgung von Homosexuellen an Rhein und Ruhr 1933– 1945. Colonia. Jürgen K. Müller (2001): Ausgrenzung der Homosexuellen aus der Volksgemeinschaft. Homosexuellenverfolgung im Nationalsozialismus am Beispiel der Stadt Köln. Tesis Doctoral, Duisburg. Andreas Pretzel / Gabriele Roßbach (2000): “Wegen der zu erwartenden hohen Strafe ...” Homosexuellenverfolgung in Berlin 1933–1945. Berlín. Andreas Pretzel Ed. (2002): NS-Opfer unter Vorbehalt. Homosexuelle Männer in Berlin nach 1945. Berlín.

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El testimonio deportado Antoni Mora ¿Testimonia alguien por el testigo homosexual de los campos de la muerte? Ésta sería una de las cuestiones que quedaría por aclarar, entre tanta –pero tan poca– acumulación de escritos sobre ello (pues se ha escrito mucho más de lo que se cree sobre la homosexualidad en los campos). La interrogación perturba: si hay crimen, hay testigo y, por tanto, parece que debería haber testimonio seguro e inapelable, el del mismo testigo –acaso con su mero existir. Y, sin embargo, no está tan claro que ese encadenamiento se haya producido realmente: no acaba de constatarse la producción de ese testimonio. Entonces de lo que se trata es de que se produzca ahora: el crimen masivo se produjo en el pasado, el testigo pudo manifestarse en su momento, pero hablamos de testimonio en presente, en el supuesto de que nos atañe ahora, a nosotros. El testimonio, ese más allá del dato histórico puro e irrefutable (atestiguado). El testimonio hablaría del significado de lo que fue Auschwitz (nada menos). El testimonio, así, sería el paso del testigo. Del testigo deportado.

* Celan, 235

Las conocidas palabras de Paul Celan, “Nadie testimonia por el testigo”, atraviesan completamente la cuestión de Auschwitz. Es algo distinto a la “historia”, presupone a ésa a la vez que deriva de ella –y de una manera que habría que precisar con mucho cuidado, la replantea, incluso la cuestiona. De entrada, incide en una separación, acaso un camino a seguir, entre el testigo y su testimonio. Señalar, intentar recorrer ese árido camino, acaso sea el esfuerzo más propio de la poesía de Celan, algo muy perceptible en el libro Giro del aliento (que contiene el “Nadie testimonia...”).

*

Blanchot, 1972, 95

Que en Celan no haya nada parecido a un pensamiento, a una “sensibilidad” de “lo homosexual”, es un motivo más – añadido a su radical y extremo rigor poético– para tenerle a la vista en estas pobres notas, si no exactamente como guía, sí como horizonte. Otra cosa, encerrarse en un círculo sólo homosexual –lo mismo que sólo judío, como ha venido siendo poco menos que norma durante tanto tiempo–, supone hacer perdurable la obra del verdugo con sus estigmatizaciones y separaciones (las marcas, los triángulos de colores que debían llevar las distintas “clases” de deportados). Al igual que el lector más atento ve en Celan un testimonio de “judíos y de no judíos”, se trataría de hacer lo propio con homosexuales y no 95


El testimonio deportado

homosexuales. Entrar en los campos para salir de ellos, intentando dar testimonio por los perseguidos -todos ellos-, “en tardía, no / silenciada, radiante, alianza”. Sería hacerse cargo de eso.

Celan, 212

* Celan, el poeta que desmintió con su poesía la tan recurrida afirmación de Adorno, según la cual después de Auschwitz sería un acto de barbarie escribir poesía (es incomprensible que no se añada siempre que el propio filósofo rectificó eso en su texto mayor sobre el tema). En el hiato que señala Celan entre el testigo y el testimonio se juega –todavía está abierto– algo que sigue “sucediendo” (hay quien prefiere hablar de repetición). No es el “que no se repita” como imperativo moral, sino el hecho de no haber terminado de suceder. No es, pues, un problema de historia: el hiato insalvado, no insalvable, que está entre lo que ocurrió y su significado. De aquí que historiografía y algo que podemos llamar filosofía –que de hecho es lo que queda de ella, de esa tradición así llamada– sean dos cosas que mejor no confundimos, pues entonces caemos en esa especie de acomodo en la vacuidad de la “memoria histórica” (expresión inane), en un esfuerzo por hacerle un lugar al horror... La filosofía no puede pretender ser la solución a la aporía de Auschwitz, sino un intento de plantearla. Así lo vivió Celan, pero resultó que Heidegger y Adorno se le quedaron atravesados (callados, enmudecidos) en esa zona por transitar entre el testigo y el testimonio. Del primero, el poeta esperaba una “palabra venidera”. No fue una espera del todo en balde: el silencio que obtuvo habla por sí solo. Con el segundo sordomudo ideó un diálogo ficticio, a través de un lenguaje sin “yo” y sin “tú”... sólo con un “él”, un “lo”... Parece como si Blanchot saliera de ahí (de, entre, contra ambos filósofos). Esa salida dice mucho: habla.

* Aunque no hubiera sobrevivido ningún deportado homosexual de los campos para contarlo –¿hubo algún testigo? ¿algún testimonio?– no dejaríamos de tener una considerable cantidad de referencias escritas –descripciones y comentarios– acerca de homosexuales y homosexualidad en los campos. Pero no hay que considerar esas referencias como el intento de testimoniar por los deportados por

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Adorno, 1951, 230

Adorno, 1966, 363

Agamben, 105 Adorno, 1966, 361 ss

Lyotard, 1988

Celan, 321 Celan, 484


Antoni Mora

Levi, 1947, 105

Levi, 1947, 107

homosexuales. Convendría examinar bien lo que se dice, y cómo se dice, de la homosexualidad en los campos por parte de los más diversos testigos. Tomemos como ejemplo –nada al azar– la caracterización que hizo Primo Levi de un tal Henri. A un lector atento, que entienda un poco del asunto, inevitablemente le llama la atención ese joven Henri, en el primer libro de Levi: es la encarnación extrema de la inteligencia del deportado puesta al ser vicio de su supervivencia, sirviéndose de todos los medios a su alcance, incluida la prostitución. No es que entre en detalles especialmente reveladores, pero a Levi le interesa valerse de unos sobreentendidos suficientemente claros: “Henri tiene el cuerpo y la cara delicados y sutilmente perversos del San Sebastián del Sodoma: sus ojos son negros, todavía no tiene barba, se mueve con lánguida y natural elegancia”. Hay un claro esfuerzo de condena en los pasajes dedicados a Henri, que van más allá de la autocondena del testigo por haber sobrevivido. Véase: “Hoy sé que Henri está vivo. Daría cualquier cosa por saber de su vida de hombre libre, pero no quiero volver a verlo”.

*

Rousset, 62

Hoess, 87

Ciertos triángulos rojos (políticos) veían con incomodidad –entre el temor y la indignación– cómo la lluvia y los sucesivos lavados de sus uniformes les podía hacer parecer triángulos rosas (homosexuales). Eso se refleja directamente en la manera que tienen de hablar de la homosexualidad –antes que de sus compañeros de infortunio, triángulos rosas– muchos de los testigos de los campos. A menudo con parecidos gestos estigmatizadores de los responsables de los campos. De “desviación” o de “aberración”, respecto a los homosexuales, han escrito indistintamente tanto testigos víctima como testigos verdugo (que los ha habido). David Rousset entre los primeros, al repasar los caracteres del “pueblo” concentracionario, se refiere al “grupo de los enfermos, de los tarados: todas las depravaciones sexuales y los homosexuales...”. Lo hace con una pastosa neutralidad. Entre los segundos, la importante atención que presta Rudolf Hoess, dirigente de varios campos y último comandante de Auschwitz. Él también sintió la necesidad de testimoniar de su experiencia. Dejó descrita su estrategia de separar los deportados homosexuales de los otros, pues aseguró haber constatado que “el contagio se extendía rápidamente”. Con vocación 97


El testimonio deportado

de entomólogo, clasificó varias categorías de homosexuales: realmente viciosos, auténticos, incurables, ocasionales, oportunistas...

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* Es interesante leer al otro superviviente español que relató su paso por los campos, como Semprún. Se trata de Joaquim Amat-Piniella (los plañideros del olvido lo suelen olvidar a su vez –como profesionales del olvido que son: el poeta ya habló de adormidera y memoria. Pueden consternarse de lo poco que se ha hablado del exterminio en España y no dedicar una línea a este superviviente escritor, además de silenciar al español que escribió algunas cartas antes de ser asesinado en Mauthausen –Pere Vives i Clavé– o ningunear el libro de Montserrat Roig que recogió testimonios de supervivientes republicanos). Es útil fijarse en la forma como este deportado republicano sabe recoger en su relato los distintos matices de la percepción de la homosexualidad en los campos (sin que ése sea un motivo predominante en su libro, sino algo muy circunstancial): desde la primera referencia a un preso alemán que hace de intérprete a los españoles, “la voz irritante

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Celan, 45, 62


Antoni Mora

Amat-Piniella, 38

195 y ss

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de un afeminado”, que merece un grito de “¡maricón!” por parte de un preso, a la descripción de la obscena búsqueda de carne fresca, por parte de los guardianes del campo, en las sesiones de despiojamento, pasando por la figura del preso que se aplica a explotar su juventud para asegurar su supervivencia (en un personaje muy próximo al Henri de Levi) y la única referencia a un triángulo rosa, descrito muy “positivamente”. En este relato de Amat-Piniella llama la atención su centrado (espontáneo y “natural”) punto de vista heterosexual, muy explícito en la voz narrativa, nada neutra en este aspecto, que habla con cierta frecuencia de “afeminados”, de “inclinaciones inconfesables” (o de ”aberraciones”, en boca del personaje que más se identifica con el autor). También resultan llamativas sus pobres teorizaciones, de nuevo por parte de la voz narrativa, acerca del culto al cuerpo, a la fuerza física y a la juventud, no ya de los nazis, sino de los alemanes, lo cual le hace concluir que eso les inclinaría especialmente hacia la homosexualidad (un clima “propicio para todas las aberraciones”). Se aprende mucho de Auschwitz. En cualquier caso.

* ¿Qué fue del Henri que describe Primo Levi, a quien supo superviviente –en 1947– y al que no quería volver a ver en su condición de “hombre libre”? ¿Qué contaría él mismo de su paso por el campo, de su supervivencia, de su prostitución? Acaso ahí dispondríamos de un inestimable testimonio “homosexual” (¿Lo era? –ese ser...). Sin embargo, a pesar de su tono sólo reticente, ya hay testimonio para el tal Henri: el ofrecido por Levi.

*

Adorno, 1966, 362

Blanchot, 1969, 221

Homosexualidad en los campos: la cuestión de la alteridad. Acaso no haya otra cuestión respecto al exterminio que ésa, la no aceptación de la diferencia, la pretensión y la práctica efectiva de su aniquilación. Es la idea de la “integración absoluta”, señalada por Adorno. Blanchot lo dice con unas palabras que le dan la vuelta al “humanismo” que podría desprenderse de Antelme: habla de la indestructibilidad del hombre por resultar éste eternamente destructible. Pues una vez establecida, señalada y “reconocida” la alteridad de toda una comunidad de estigmatizados y separados ante una idealizada

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El testimonio deportado

sociedad “pura”, por parte de los nazis, ya dentro de los campos, esas estigmatizaciones permanecen, se ensanchan, se subdividen. Esto también forma parte de lo que nos enseñan los campos. Y muchos que reparten beatamente la consigna de aprender de Auschwitz, parece que lo que quieren enseñar es la pervivencia (indestructible) de la estigmatización (destructora). La alteridad es la materia destruible, la misma posibilidad de destruir, el margen para ello: la especie humana.

* La alteridad: también lo que va del testigo al testimonio –ese “Nadie...”– es la diferencia, incluido su sentido temporal, el hecho de diferir. Lyotard ha dedicado todo un libro a esto, mientras que ésta viene a ser una tesis de fondo de Agamben, que el testimonio es un proceso.

Lyotard, 1983 Agamben, 127

* Hubo testigos homosexuales. Sería interesante acercarse a ellos, ver su posible testimonio, sin haber tomado un previo espíritu militante, sin una compasión ya gesticulada, sin ese tono plañidero con el que se habla a menudo de estas cosas, eso que molestaba tanto a Foucault. Es preciso ser exigente con el testigo y el abismo que él mismo tiene ante sí: ser, devenir testimonio. Mistificarlo es una manera de anular su testimonio, de acallarle. Tarea poco ardua: sólo sabemos de dos deportados por homosexuales que se decidieran a escribir sobre su experiencia. Dos testigos que intentaron testimoniar. Por orden cronológico, comparece el testigo número uno: en 1973 se publicó el original alemán firmado por Heinz Heger, Los hombres del triángulo rosa. Parece que no fue fácil encontrar editor, pero, realmente, ¿por homofobia o por la dudosa calidad del libro? Todo parece posible, una vez leído el libro. Lo que sí se sabe es que el texto no lo había escrito el superviviente de la primera persona del relato: por el prólogo, firmado por su editor (y no su “autor”), sabemos que el superviviente se llamaba Joseph K., nombre que no aparece en el interior del libro (parece una broma a costa de Kafka, ahí donde menos cabe esperar una gracia); también que el autor del libro, el tal Heger, es, a su vez, el pseudónimo de un escritor, un tal Hans Neumann. Llamativa sucesión de delegaciones. Aún antes de entrar en el libro ya sabemos

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Heger v. reseña de Ugarte en este mismo nº de Orientaciones


Antoni Mora

que el testimonio se ofrece amputado, acaso imposibilitado: el nadie testimonia por el testigo de Celan ha encontrado aquí una literal práctica, pues el alguien de ese libro es el señor Nadie (Odiseo: mi nombre es Nadie). No parece que la moralidad del escritor tenga que ver con la calidad literaria de lo que escribe (ahí está la vieja cuestión –más bien agotada– en torno a Céline), pero Heger ofrece a la especulación una curiosa variante: ¿puede surgir un testimonio de un equilibrismo –¿impostura?– literario? Al menos en éste caso parece que no. El impulso por testimoniar convirtió en escritores a supervivientes que no parecía que fueran a convertirse en ello de no ser por aquella experiencia. Levi, Antelme, Semprún... No fue el caso del testigo sin nombre.

* El testimonio es literatura. La literatura testimonia. Puede que Auschwitz haya revelado eso que de alguna manera siempre fue así. No olvidemos que revelación es apocalipsis.

* Shermann, 86

Agamben, passim

Un deportado dice a otro: “Yo no soy un musulmán. Tú no eres un judío”. No se trata de una cuestión religiosa. Y es una buena síntesis con la que se expresa –en la pieza teatral Bent– el retorcimiento de la víctima en verdugo de otra víctima. En el contexto se trata de un doble reproche que un personaje le hace a otro, ambos deportados por homosexuales: aunque parezca que esté medio muerto (“musulmán”, en el turbio argot de los campos), no lo estoy; aunque pases por judío (por llevar una estrella amarilla), no lo eres. En esta ficción teatral, el reproche está dirigido al homosexual que no es judío, pero que se las ha ingeniado para llevar la estrella amarilla y no el triángulo rosa, pues sabe que es menos dura la vida de deportado judío que la de homosexual, tanto ante los verdugos como ante los demás reclusos. Hay que detenerse en eso, en la doble infamia: cierta víctima del campo, incluso víctima del racismo, puede ser racista y sexista, y no pensar eso es un índice racista y sexista a su vez.

* No soy musulmán, no eres judío... Ante estas sacudidas del sentido de las palabras, la molesta palabrería aparece, se modifica y transmuta de las más variadas formas. Uno de los 101


El testimonio deportado

trabajos más innovadores aportados recientemente a los estudios sobre Auschwitz, hecho desde el ámbito de la sociología, no deja de caer en una de esas palabrerías reveladoras: habla aplicadamente de “heterofobia”, para aplicarlo únicamente al antisemitismo (ni una palabra sobre los deportados por homosexuales). Es como otro libro estimable, esta vez en el terreno de los estudios literarios, que menciona de pasada un clásico estudio sobre los marginados –el de Hans Mayer–, pero para servirse sólo de uno de sus elementos, el judío, olvidando los otros dos, la mujer y el homosexual –en castellano el libro se llamó Historia de la literatura maldita, con el subtítulo original: El judío, la mujer, el homosexual. Hay algo turbio, es de esperar que progresivamente insostenible, en el mantenimiento de la exclusividad de “lo judío” respecto a Auschwitz. Una variante del negacionismo que sigue alcanzando a los estudiosos más serios. Incluso Agamben, el más implacable y lúcido teórico actual sobre Auschwitz, sólo habla de judíos cuando caracteriza alguna especificidad de los deportados –a pesar de dejar bien señalado el escándalo de seguir hablando de “holocausto”.

Bauman, 86 ss

Traverso, 25

* Segundo testigo homosexual de los campos: Pierre Seel. Tampoco pudo escribir él solo su relato, pero sí que mantuvo su nombre, dio la cara (también en la película Paragraph 175). No sin dudarlo largamente. Luis Rodríguez Piñero lo ha señalado de una forma bien directa: el libro de Seel no es Si esto es un hombre de Levi. El mismo Levi dudaba ser él mismo

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v. Rodríguez Piñero, reseña en Orientaciones, nº 3, 2002, 209212, y el artículo de Ugarte, en este mismo nº Levi, Agamben, Lyotard


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Seel, 51 46

un testigo –habiendo consagrado casi toda su supervivencia a intentar testimoniar acerca de su experiencia–, además de ser una cuestión mayor de muchos estudios, de manera que el libro de Seel es algo menos, y ya otra cosa, que un esfuerzo por el testimonio de los campos: es el levantamiento de acta de la destrucción de un hombre, por parte del mismo afectado. El suyo es un relato conmovedor en su extrema humildad, casi indigencia. Su libro es un recuento de los hechos, sus hechos (recordemos que “Los hechos” fue un primer intento por parte de Althusser, antes de pasar a escribir el testimonio de su particular horror, El porvenir es largo). El suyo es un relato lento y minucioso, una acumulación de datos y vivencias sin casi elaboración literaria sobre el antes, el durante y el después de su deportación. El relato de lo que él mismo llama “mi destrucción”. Y lo relata con una declarada intención: “después de décadas de silencio, he decidido hablar, testificar, acusar”. Dentro y fuera de los campos, antes, durante y después: la vida de Pierre Seel, que por haber sido fichado rutinariamente por la policía francesa, antes de que él mismo supiera qué significaba la palabra ‘nazi’, le llevó a pasar por la lenta destrucción de su vida... Él es superviviente y testigo de esa destrucción. Pero sólo es testimonio de sí mismo. Sí que habla un momento del hombre al que amó y que murió deportado: pero le llora como un viudo, como por haber perdido una parte de sí mismo. Seel nunca testimonia por el otro. Siempre dice yo.

* Blanchot, 1983, 75

Después de lo sucedido: “La necesidad de testimoniar es la obligación de un testimonio que sólo podrían dar, cada uno en su singularidad, los imposibles testigos –testigos de lo imposible–; algunos sobrevivieron, pero esa sobre-vida no es ya la vida, es la ruptura con la afirmación viviente, la testificación de que este bien que es la vida (la vida no narcisista, sino para el Otro) ha padecido el embate decisivo que no deja nada intacto”.

* La tardía aparición del primer libro de un superviviente homosexual de los campos fue recibido con cierto alborozo. No era para menos, a la altura de los años setenta. Pero la recepción acrítica de un libro tan imperfecto y de dudoso

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El testimonio deportado

testimonio, como el mediado por Heger, no podía resultar inocua. Los pasos en falso propician mantenerse en la falsedad. Un caso extremo de ello –casi ejemplar– lo constituye el prólogo a la versión francesa de Los hombres del triángulo rosa. En su esfuerzo por destacar el valor el libro que presenta –demostrando que no está seguro de que lo tenga, o lo poco que le importa este aspecto–, el prologuista dice que el libro tendría que ser dado a conocer masivamente, incluso hacer una película basada en él (antes de que se hubiera rodado La lista de Spielberg, ya había quien pensaba en algo parecido, pero con tonalidad gai –la verdad es que en lo que piensa el introductor francés de Heger es en el serial televisivo Holocausto, que ha citado páginas antes). Ese prologuista es un propagandista: no le interesa nada más que su estrecha causa. Incluso desprecia el fondo de esa causa, pues sólo muestra interés por su utilización. He aquí el peligro de perpetuar las estigmatizaciones, la victimización: hay que falsear, impostar. El propagandista tiene claro que ha existido –y persiste– una descarada judaización del exterminio: pero como tal propagandista, sólo le interesa colocar su mensaje manipulador. Lo que quiere es un aparato publicitario similar, un “Holocausto” gai. Y lo dice tan clara, tan obscenamente, que califica al libro de Heger como “nuestro anti-Diario de Anna Frank”. La multiplicación de los pasos en falso puede perpetuarse infinitamente. La estupidez tiene una capacidad fundadora como puede que no sea el caso de la inteligencia.

* La propaganda, más que ser un mal camino para propiciar el testimonio, lleva a invalidarlo. Lo traiciona. La judeización, el “holocausto”: un buen contraejemplo que debieran vigilar los homosexuales que están visiblemente tentados por explotar un “holocausto” gay (contra una teología del exterminio, ¿una “sexología” del mismo?). A veces es un reflejo impensado. Por ejemplo, el triángulo rosa, fuera de los campos, hoy, parece emular la cruz de los cristianos: el símbolo de la tortura como insignia de una identidad. El martirio sublimado. Es una extraña prolongación –una supervivencia– del aparato simbolizador nazi (que tiene un eco en los que encuentran sexualmente excitante disfrazarse con el uniforme nazi, en locales especializados). La victimización lleva a esos retorcidos caminos. Lo mismo que la fetichización del artículo 175 del Código Penal alemán: es una extraña vía para mantenerse en lo no pensado (¿alguien se entretiene a pensar, mientras ve 104

Hocquengheim, 24

Hocquengheim, 9


Antoni Mora

Epstein y Friedman

lo que por otro lado es un buen documental sobre la represión nazi de los homosexuales, que ese artículo fue anterior a los nazis y persistió tras ellos? ¿Alguien no se da cuenta de que ese artículo 175, que no contemplaba la pena de muerte, sólo servía en tiempos nazis para su incumplimiento, en un literal Estado de excepción? La referencia al artículo 175 no sólo no explica nada, sino que distrae la posible explicación de aquella persecución de los homosexuales).

*

Blanchot, 1971, 49

Celan, 149 Blanchot, 1971, 81

Al comentar Maurice Blanchot las conocidas palabras de Celan, no parece que se fije tanto en el árido camino del testigo hacia la (no) consecución del testimonio, como en la soledad del testigo que no llega a testimoniar, el hecho de perderse en ese infructuoso camino. Invierte el punto de vista: “¿Dónde buscar el testigo para el que no hay testimonio?”. Así, desde el mismo testimonio fallido (subrayando el “no hay testimonio”) cabría buscar al testigo, que se convertiría en la encarnación extrema del desamparo. Toda la piedad, entonces, para el testigo sin testimonio: Pierre Seel y quien sea Joseph K. (no el personaje de Kafka, en cualquier caso). También esto está pensado y matizado por Celan –“Nada, nada está perdido”– y retomado a su manera por Blanchot –“la nada se articula tal vez sobre la pérdida”. El no testimonio que no deja de testimoniar. Nada, también testimonia.

*

Seel, 110 ss

Pierre Seel, la dificultad de llevar a cabo el testimonio, su vida reducida a nada. Sólo se atrevió a manifestarse públicamente como antiguo deportado en el acto de presentación de la versión francesa del libro de Heger, en la tardía fecha de 1981. Y aun entonces tomó sus precauciones, se abrió un nuevo proceso de años. En aquel acto, al revelarse como antiguo triángulo rosa, algunos de los organizadores insistieron en hacerle ver la importancia de que diera a conocer su caso: “Es preciso testificar. Anónimamente, si usted quiere, no es un problema. Lo esencial es decirlo”. ¿No era un problema testificar anónimamente? No era un problema: no era casi nada (una nada levemente articulada sobre una pérdida...). Así que Seel accedió a que se le entrevistara anónimamente, y no le supuso ningún problema: no pasó nada (el “ningún problema” de ese anonimato es el no testimonio del “Joseph K.” de Heger; el consejo que se le dio

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El testimonio deportado

a Seel fue fructífero, pues tenía el sentido de invitarle a dar un primer paso: emerger de la nada de tantos años). Quien definitivamente vino en ayuda de Seel, propiciando que saliera del anonimato y apareciera públicamente como testigo, fue el obispo de Estrasburgo (Seel es alsaciano), con unas oportunas declaraciones: “Considero la homosexualidad como una enfermedad”. La oportunidad del ministro de la iglesia consistió en despertar la indignación del antiguo triángulo rosa: “Había que hacer callar para siempre esas palabras. Y para testimoniar eso, para decirlo todo, exigir la rehabilitación de mi pasado”. Seel se atrevió entonces a publicar una indignada carta abierta al obispo –que fue denunciado, en un juicio que, por supuesto, no prosperó– y, lo que es más importante, escribió el libro que explica minuciosamente “los hechos”. Seel: el duro esfuerzo por testimoniar. Conseguirlo, a base de resistirse a hacerlo. Si sólo testimonia de sí mismo –“mi pasado”– es porque en el fondo se está confesando, nunca va más allá de eso. Antiguo católico –su “confesión” ante el cura no le reportó la absolución–, sigue visitando a la imagen de la virgen porque eso, cuenta, “canaliza mi angustia y protege mi integridad, mi identidad”. Es una tan valiosa como aleccionadora aportación, la de Seel, ese testigo solitario: muestra que el testimonio es algo muy distinto al confesarse (como “género literario”). Acaso sea justo lo contrario.

112

Seel, 97 115-116

* Resultó al final que el “Henri” de Primo Levi (¿un San Sebastián de Sodoma..., dijo?) escribió. De una manera extraña, como si para ello hubiera necesitado que se muriera el otro deportado que le había retratado tantos años atrás en términos casi de condena (la otra condena: subcondena dentro de la deportación misma). En 1996 se dio a conocer con su verdadero nombre, Paul Steinberg, contando los hechos en un libro intenso y muy reflexivo – oscuramente irónico–, en el que relampaguea una lucidez ausente en otros escritos sobre Auschwitz (Puede que sea la luz ganada por los últimos testigos –en una especie de saber narrativo colectivo–, de lo cual él es plenamente consciente). Del retrato que le hizo Levi lo reconoce todo, sin entrar en detalles: tan obnubilado como estaba por sobrevivir. ¿Y sus devaneos? Asumidos en la plena asunción de lo que escribió sobre él Levi. Y un resto dicho a medias: entre la afirmación de que en el campo no existían 106

Steinberg, 105, 128 ss


Antoni Mora

74 89

“relaciones humanas” y el señalar que aquello “era un gigantesco mercado de homosexualidad”. Dicho lo cual, cuenta –y que se sepa– que después se casó y tuvo hijos...

* Levi, 1947 a 1986

Semprún, 211 Steinberg, 154

El saber narrativo, la acumulación de experiencias no ya de los campos, sino de su testimonio de superviviente, lo recorre Levi de un extremo a otro de su obra: de su primer libro al último va un trecho enorme (ya sólo por la capacidad reflexiva adquirida en éste), y sólo ese trecho es un ejemplo de producción de testimonio –de su dificultad y de su logro. Sobre este testimoniar primero y obsesivo también hay que anotar el final de la vida humana. Semprún ha hablado mucho de los testimonios tardíos (él mismo, uno de ellos). Steinberg lo convierte en motivo de su libro. Eso no ocurre con los testimonios de deportados homosexuales, encapsulados en su solipsismo, su irreflexibilidad (¿por qué yo?, repite más Joseph K. que Seel: como si cupiera dar con ese por qué). Ellos son testigos tardíos con las formas de los primeros. Testimonios intermedios, que sólo se refieren a sí mismos (vidas narcisistas). Casi son testimonios a pesar suyo.

*

Heger, 53

Una retorcida ironía del azar ha querido que los dos testigos homosexuales, supervivientes de los campos que se decidieron a escribir, fueran católicos. No soy musulmán, no eres judío ... El largo y esforzado camino que llevó a Seel no es ajeno al proceso de su ruptura con su fe (y no sólo con su iglesia), tras comprobar que la confesión no le perdonaba. Halló una confesora en su madre, hasta que ella murió. Acercarse a un colectivo gai propició que retomara su confesión: no sabía hacer otra cosa. Siempre ha habido una culpa en él, incluso más allá de la pérdida de la fe, la fe inseparable de la culpa –también llamada catolicismo. Pero aún hay más residuo de su confesión religiosa en su relato concentracionario: quien se confiesa sólo atestigua por sí mismo. El otro católico, homosexual y superviviente, va por otro lado. No pierde la fe. Incluso describe con toda la naturalidad cómo Dios hizo un milagro dentro del campo: un milagro selectivo, sólo para atender la muerte de un cura que sufría como Cristo, asegura. Con lo que ha dado que escribir la

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El testimonio deportado

cuestión de “Dios después de Auschwitz” y aquí damos con un testigo de una intervención suprema dentro del campo.

* Lo recorrido del primer al último libro de Levi –con lo que se gana, lo que se rectifica, lo que hace eco con otras aportaciones–, como infinita producción del testimonio, también ocurre con la aportación –testimonio a su vez– de los que no fueron testigos directos: por ejemplo, la rectificación de Adorno acerca de la poesía o el continuo trabajo de matización de Blanchot a lo largo de los años. Es, en fin, de lo que trata –lo que trata de hacer– Lyotard, con el nombre de “diferencia”: el corte entre testigo y testimonio, ese abismo insalvable entre lo vivido por la víctima y su explicación, su dar cuenta de ello para que los demás se hagan cargo de ello. Es un problema de lenguaje, de manera que la tarea de la literatura, de la filosofía y de la política después de Auschwitz –siempre: su revelación– sería encontrar, facilitar, detectar ese idioma con el que intentan hablar las víctimas, cómo entenderlo y hacerlo llegar más lejos. En fin, testimoniar por ellas.

Lyotard, 1983, passim

* Recoger el testigo de Auschwitz para no formar parte de su herencia –no ser un producto de su legado, sino conciencia resistente de su hecho y de su significado, de su misma posibilidad–; no aceptar su judeización sin aceptar caer en el más mínimo asomo de antisemitismo; no hacer de la homosexualidad una victimización, ni siquiera un motivo de identidad, pero no aceptar su silenciamiento... En una sola escritura, todo esto está en Serge Daney (en ese significativo título póstumo: Perseverancia). Cuando el testimonio (de quien ya no fue testigo directo) se hace con toda la consecuencia y alcance. Pasando el testigo.

v. reseña de Mora, en Orientaciones, nº 1, 2000, 214217

* El camino del testimonio es, en fin, errante.

* De su experiencia, quien fuera “Henri” en el relato de Levi constata que la “naturaleza humana” se acostumbra a cualquier situación horrible con tal de darse cuenta de que otros están peor. Inquieta ese descubrimiento de tantos que creyeron ver 108

Steinberg, 120


Antoni Mora

Agamben, 59 Hoes, 113-114

Heger, 42

Heger, 48

Seel, 118

revelado en los campos lo que es lo humano (Si esto es un hombre, La especie humana...). Casi lo mismo que para el testigo nazi (un humanista observador), cuya experiencia le permite afirmar que “Con más claridad que en otras partes, la prisión hace aparecer la verdadera naturaleza humana”. No es raro, así, la pretensión de trasladar la abyección entre grupos de deportados, de uno a otro. Cuando el homosexual se ve rebajado al último lugar, ¿hacia qué escalón mirará más abajo, dentro del campo, para no ser el más abyecto? El triángulo rosa que habla a través de Heger -que se ha quejado de ser en el campo, por homosexual, “malditos entre los malditos”-, busca y encuentra miserablemente a quien considerar más abajo (a alguien merecedor de estar ahí –y no él, yo no): “Ninguno era pederasta, ni había tenido relaciones sexuales con niños o adolescentes, pues los prisioneros que habían cometido estos delitos llevaban triángulo verde”. Siempre hay “clases”. En la super vivencia, en las celebraciones rememorativas de los campos (tan a menudo organizadas bajo el lema ‘que no se repita’), Seel pudo escuchar un grito realmente (re)memorable en Besançon, palabras proferidas por exdeportados: “¡Los maricones al horno!”. Víctimasverdugos. Auschwitz repetido, prolongado, asumido.

*

Pons, 225 Blanchot, 1969, passim

Blanchot, 1969, 221

¿Qué fuerza –o: qué juego de posibilidades– dirige –o: empuja– la conversión del testigo en testimonio? A uno le tentaría contestar mecánicamente que la historia. Pero para corregir en seguida: no la Historia, sino el “historiar” y ya, más exactamente, las “historias”. El imperativo de algunos supervivientes de los campos fue escribir sobre lo que habían sobre-vivido (ellos, que no eran escritores). El testimonio es una escritura. Y por definición, este testimonio de los supervivientes de los campos, es una escritura en plural. Es decir, ese testimonio del exterminio existe en tanto que acumula voces. Esfuerzo múltiple, explicación no reductible a unidad (a una, ‘la’ historia), ni siquiera a la que resultaría de aquella acumulación – realmente, diálogo infinito – No podría ser de otra manera: esa pluralidad resurgió del intento más extremo por anular, destruir la pluralidad misma. “El hombre es lo indestructible...”.

* Esto que está abierto, que hay que producir entre el testigo y el testimonio: el verbo alemán zeugen, del que se sirve Celan, 109


El testimonio deportado

ya tiene esta segunda acepción de ‘procrear’, ‘engendrar’. Está en la lengua misma. Del latín testis (testimonio, testigo) también deriva todo esto infinitamente por (des)hacer acerca de la (des)memoria del exterminio, dando vueltas al hecho de testar: ‘contestar’, ‘protestar’, incluso –y no poco– ‘detestar’...

v. diccionario de Joan Coromines

* ¿Hay que testimoniar por el testigo homosexual? ¿Testimoniar más, además, aparte? Frágil, contradictorio, por venir y a la vez por hacer: “En las profundidades / de la grieta de los tiempos, / junto a los / panales de hielo / espera / tu irrefutable / testimonio, un cristal de aliento”. En la insuficiencia, en el malogro del testigo; en su soledad, su silenciamiento, su abuso y tentación de fetichización, en su proceso inacabable, en su existencia a pesar de todo, su huella... Si, como señala Agamben, Auschwitz es el resto, cabe pensar aún en un resto de ese resto. Testimoniando por todos los testigos, al fin, sin fin.

110

Celan, 214


Antoni Mora

Referencias Sólo indico aquí los libros expresamente citados y referenciados en el texto. Los números entre corchetes detrás de los nombres de los autores remiten a la primera edición original del libro en cuestión, citándose por ese año cuando se hace referencia a más de un libro del mismo autor. No debo dejar de señalar que en algunas ocasiones he tenido problemas con las traducciones que, sin embargo, indico. Es el caso de Celan: me remito a la paginación de la única versión castellana de la poesía completa –que también es bilingüe–, aunque no siempre siga sus propuestas (para entendernos y como ejemplo: no tendría sentido referirme a amapola y memoria y sí, y mucho, a adormidera [Mohn] y memoria). Blanchot no siempre ha sido bien traducido, a veces tergiversándose seriamente su más nítida intención: es una absurda traición al mismo título de un libro suyo llamar ‘inconcluso’ a un diálogo que claramente es ‘infinito’ (Blanchot, 1969); otro título, Après coup, se distorsiona gravemente como Tiempo después, pues el escritor quiere decir exactamente Después de aquello, o sea, el tiempo cortado tras aquello que fue Auschwitz (Blanchot, 1983). Así realmente nadie puede testimoniar por el testigo. Para vigilar y matizar todo esto debo mucho a Arnau Pons (poeta, además de traductor de Celan y de Blanchot, entre otros). Aquí sólo menciono un valioso texto suyo que está en el horizonte de todo este testimonio deportado, pero mi diálogo con él es más profundo (y espero que infinito). Theodor W. Adorno [1951], “La crítica de la cultura y la sociedad”, en Crítica, cultura y sociedad, Barcelona, Ariel, 1969. [1966], Dialéctica negativa, Madrid, Taurus, 1975. Giorgio Agamben [1999]: Lo que queda de Auschwitz, Valencia, Pre-Textos, 2000. Joaquim Amat-Piniella, K. L. Reich [1963], Barcelona, Eds. 62, 2001, edición y prólogo de David Serrano i Blanquer (Esta edición recupera la versión anterior a los cortes de la censura; traducción castellana Barcelona, El Aleph, 2002). Robert Antelme [1947], La especie humana, Madrid, Arena libros, 2001. Zygmunt Bauman [1989], Modernidad y Holocausto, Madrid, Sequitur, 1997 111


El testimonio deportado

Maurice Blanchot [1969], El diálogo inconcluso, Caracas, Monte Ávila, 1996. [1972], “El último en hablar”, en La bestia de Lascaux– El último en hablar, Madrid, Tecnos, 1999. [1983], Tiempo después, Madrid, Arena Libros, 2003. Paul Celan, Obras completas, Madrid, Trotta, 1999. Rob Epstein y Jeffrey Friedman, Paragraph 175, documental cinematográfico norteamericano, 1999. Heinz Heger [1973], Los hombres del triángulo rosa. Memorias de un homosexual en los campos de concentración. Madrid, Amaranto Editores, 2002 Guy Hocquengheim, prefacio a Heinz Heger, Les homes au triangle rose, París, Persona, 1981. Rudolf Hoess [1947], Yo, comandante de Auschwitz (Autobiografía), Barcelona, Muchnik, 1979. Primo Levi [1947], Si esto es un hombre, Barcelona, Muchnik, 1987. [1986], Los hundidos y los salvados, Barcelona, Muchnik, 1989. François Lyotard [1983], La diferencia, Barcelona, Gedisa, 1996. [1988], Heidegger y “los judíos”, Buenos Aires, La marca, 1995. Arnau Pons, “La palabra en el estrago (Por el derecho de Blanchot al testimonio)”, en Anthropos, núm. 192-193, 2001. David Rousset, L’univers concentrationnaire, París, Les Éds. De Minuit, 1965. Pierre Seel y Jean Le Bitoux [1994], Pierre Seel. Deportado homosexual, Barcelona, Bellaterra, 2001. Jorge Semprún, La escritura o la vida, Barcelona, Tusquets, 1995. Martin Shermann [1979], Bent, Mataró, Robrenyo, 1992, prólogo de Xavier Romeu. Paul Steinberg [1996], Cròniques d’un altre món, Barcelona, Edicions de 1984, 2000, prólogo de Jorge Semprún (existe traducción castellana: Crónicas del mundo oscuro: Mataró, Literatura y ciencia, 1999). Enzo Traverso [1997], La historia desgarrada. Ensayo sobre Auschwitz y los intelectuales, Barcelona, Herder, 2001. 112


A PROPÓSITO DE LA HOMOSEXUALIDAD EN EL LAGER... (EL TESTIMONIO DE LOS SUPERVIVIENTES ESPAÑOLES) David Serrano Blanquer

LA PREHISTORIA DEL ENSAYO Para una aproximación al tema propuesto hay que retrotraerse a un contexto más amplio de la deportación, con la especificidad que presenta en nuestro caso la española. Mientras en Europa el baile de cifras, listas y nombres, es un tema resuelto, medianamente bien, hace decenios y el discurso sobre el fenómeno concentracionario discurre por los cauces de la reflexión filosófica, antropológica, sociológica, médica o lingüística y literaria, en el ámbito peninsular aún estamos en la fase primaria de la discusión sobre quiénes, cuántos y cómo es posible que unos 15.000 republicanas y republicanos fueran a parar a los campos nazis. Si bien es cierto que en Cataluña ha habido desde los años setenta una preocupación palpable para conseguir rescatar la memoria de las mujeres y los hombres que sufrieron el horror de los lager, con la emblemática Els catalans als camps nazis (1977), a cargo de la escritora y periodista Montserrat Roig, el vacío analítico que se produce en el resto de la península, salvo casos como los de Vilanova o Pons Prades, resultan sospechosamente significativos. Poco se ha hecho en los últimos veinticinco años para rescatar del olvido a aquellos que tendrían que haberse convertido en los modelos de conducta ética para la izquierda que se resituaba en la transición democrática. Ante este vacío, el solo hecho de recuperar la memoria oral del testimonio resulta una labor altamente valorable desde todos los puntos de vista: para preservar las historias personales, para reconstruir el complicado puzzle de la deportación española, para posibilitar estudios serios y científicos sobre el tema. A pesar el gran boom mediático de los últimos años, con numerosas publicaciones que poco aportan de nuevo para un mejor conocimiento de la materia, el trabajo definitivo sobre nuestra deportación está todavía por hacer, aunque la perspectiva tiene que ser optimista porque se cuenta desde hace poco con dos grupos de trabajo en Cataluña altamente cualificados: el CILEC i el Fons sobre la Deportació (AMC). 113


A PROPÓSITO DE LA HOMOSEXUALIDAD EN EL LAGER...

El trabajo de la memoria oral para la reconstrucción de la deportación es un trabajo que hemos estado llevando a cabo desde hace algo más de siete años, intentando cubrir los vacíos documentales que permitan un trabajo futuro más de fondo, al estilo de lo que grupos como AICRIGE están haciendo en París desde hace años. En general, el testimonio suele ser una persona que continúa comprometida a ultranza con los valores republicanos (ya sean comunistas, libertarios, republicanos o nacionalistas) y con la voluntad de testimoniar siempre que le sea requerido. Por ello, suelen ser personas, tanto las que nos van dejando como las que nos quedan, con una memoria muy clara y precisa en detalles, escenas y personajes, aunque con lagunas que a menudo cubren involuntariamente con lo que han leído de compañeros o especialistas. Así, se hace difícil conseguir que se salgan de un discurso monorítmico al que se han acostumbrado a lo largo de los años para poder abordar los temas y recuerdos, evitando los apriorismos y prejuicios adquiridos. Con ellos, la concepción del tiempo suele desaparecer y las horas van pasando a velocidad lenta, pero inexorablemente, y los recuerdos fluyen de manera detallada aunque cronológicamente llenos de alteraciones y elipsis. El planteamiento del tema de este pequeño ensayo hace ya más de cuatro meses que estaba en conocimiento de un nutrido grupo de deportados conocidos, a partir de los cuales he configurado tanto las reflexiones generalizadoras como los ejemplos en forma de discurso directo. Aunque ninguno de ellos se ha negado a colaborar, lo cierto es que ha sido difícil superar los silencios que han acompañado las conversaciones, ya sean telefónicas –dado que la mayoría reside en distintos departamentos franceses– como en sus propias casas. Hemos tenido que hablar de otros temas, apuntar líneas de trabajo para allanar el tema propuesto. A partir de ese momento ha sido posible focalizar de modo mínimamente crítico el análisis de un tema inédito en la mayor parte de las memorias que nuestros deportados nos han dejado escritas. Pero han sido largas horas de conversación, esperando el día o el momento más oportunos para su frágil salud o estado de ánimo, de tal modo que considero que resulta mejor no entrar en detalles de fechas, horas y lugares, para apreciar de modo más genérico el valor de su aportación al final. Ésta puede ser la base para un trabajo más explícito en un futuro que tiene que ser inmediato para evitar quedarnos sin testimonios. 114


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LA ESPECIFICIDAD DEPORTACIÓN

DE

NUESTRA

Uno de los mayores problemas a la hora de aproximarse al tema de la homosexualidad en los campos nazis, desde el punto de vista de la deportación española, viene dado por el hecho de que ésta, formada exclusivamente por presos políticos con una larga tradición en formaciones políticas, sindicales y militares mayoritariamente de izquierdas y laicas –con todas las excepciones–, ha creado su propia temática canónica, centrada sobre todo en la capacidad de resistencia y organización, y sabotaje si fuese posible, dentro de los distintos campos y kommandos que tuvieron que habitar durante meses y/o años hasta la muerte o conseguir la liberación. Este énfasis puesto sobre la implicación organizativa, política y moral, llena de hipérboles difícilmente comprensibles de no ser por el contexto excepcional donde se producen, crea una serie de temas tabú, temas que son marginados a lo largo de toda la literatura testimonial, oral o escrita, o ficcional, escasísima –o simplemente en nuestras habituales conversaciones–, hasta el punto que parece haber una especie de acuerdo tácito y al mismo tiempo subrepticio para olvidarlos, para no sólo no querer hablar de ellos, sino incluso llegar a concluir su inexistencia. Hay una larga lista de este tipo de temas y situaciones, uno de los cuales resulta de lo más sorprendente: el uso del tiempo libre, del ocio. A la pregunta de qué hacían los domingos que no trabajaban en los kommandos, un porcentaje muy alto de deportados, hombres, responde que no se acuerda o que “lavar, barrer, etc.” Difícilmente encontramos respuestas menos simples si no es en testimonios como el de Franz Comellas ( Un català a Mauthausen. El testimoni de Francesc Comellas , Pòrtic, Barcelona, 2001), en el que se nos habla de partidos de fútbol de jugadores/deportados del Barça o el Zaragoza contra un combinado de SS, o de obras de teatro escritas y representadas por ellos mismos, o de canciones al ritmo de una guitarra y unas botellas vacías, o de hablar de la vida familiar, o de llorar abrazado al compañero.

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LA SEXUALIDAD: ENTRE EL TABÚ Y EL SILENCIO Al lado de materias como éstas, la preocupación por el tema de la propia sexualidad desaparece por completo de las conversaciones y los libros, hasta el punto que no sólo incomodan al entrevistado, cosa por otra parte comprensible por el grado de intimidad que supone, por las condiciones extremas de vida en el lager y por la misma edad de los escasos deportados que nos quedan en vida y apreciable condición intelectual. Decía que no sólo incomodan al superviviente, el “aparecido” en Semprún, sino que provocan un silencio penetrante, hasta el punto que a uno le queda la sensación de que ha perdido la confianza de los hombres a los que conoce hace años y que, a bote pronto, pierden el tono de cordialidad que les caracteriza. Algunos de ellos llenan ese silencio con una sonrisa cómplice, que se podría resumir en las palabras sinceras y llenas de sentido común de Joan Escuer: “Cómo íbamos a pensar en aspectos relacionados con nuestra sexualidad si pesábamos 35 kg y no nos teníamos en pie... para la mayoría era imposible.” Tratar el tema de la sexualidad, en general o en cualquiera de sus aspectos, matices y vericuetos, significa de hecho para la deportación española, de ahí uno de los rasgos característicos de este tipo de perspectiva ofrecida, distinta de la que pueden ofrecer otros colectivos, entrar en lo más profundo de la “zona gris” de la que habla Primo Levi en Los hundidos y los salvados. Se trata de la zona que afecta en mayor medida a la memoria del infierno de los campos, porque incide, según su parecer, en la capacidad de mantenerse íntegros en las peores condiciones jamás imaginadas. La simple palabra “sexualidad” en un campo masculino, en los femeninos se habla con mucha más libertad del tema y con ausencia absoluta de comentarios respecto al lesbianismo puesto que en Ravensbrück –donde estuvieron el millar de españolas– y la mayoría de campos femeninos no había triángulos rosas, se asocia a uno de los elementos de perversión propios del “universo concentracionario”, en palabras de David Rousset. Intentaré desarrollar esta premisa, apriorísticamente discutible por parcialidad terminológica y desviación semántica. Es decir, el término ‘homosexualidad’ es, entre un nutrido número de 116


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deportados españoles, un concepto casi exclusivamente asociado a un acto de sumisión forzosa, en ningún caso resultado de una actitud libre ante la sexualidad, por otra parte prácticamente imposible dentro de un campo. Por ello ha sido necesario pasarse largos ratos de observaciones semánticas a este respecto hasta conseguir sacar de la memoria tabú de estos supervivientes el recuerdo de los triángulos rosas que pudieron conocer, o ver solamente, en campos como los de Sachsenhausen, Buchenwald, Dachau, pero por conocimientos propios, sobre todo en Mauthausen, lager donde encontramos el grueso de la deportación española masculina. El problema terminológico, que creo que no es una cuestión baladí porque detrás de toda palabra hay una ideología por convicción o asunción inconsciente, viene dado por el grado de confusión en el que el deportado español -ignoro lo que ocurre en otros colectivos aunque en el caso francés creo que debe de ser bastante parecidoincurre al mezclar la presencia de homosexuales que llegan a los campos por el simple hecho de serlo o ser acusados de ello –la delación interesada resulta de lo más habitual en Alemania–, con el uso de las relaciones homosexuales inducidas/forzadas por el hambre y la muerte por parte de cabos, cabos de vara, prominenten o kapos de stubes, barracones, campos, kommandos , etc., a cambio de determinadas mejoras alimenticias o laborales especialmente. En este mismo saco se habla también de este tipo de favores sexuales forzados por parte de distintos cargos de las SS de los campos. Es por este motivo que me veo en la obligación de analizar estos dos aspectos porque, aunque en el segundo y tercer caso no creo que sea propiamente el tema del monográfico, sí que demuestra cuáles son las concepciones de un grupo representativo de deportados españoles ante la naturaleza de estos hechos, lo cual implica una concepción que puede generalizarse sobre el conjunto de la homosexualidad, salvo excepciones, que tiende a relacionarse con un cierto carácter peyorativo (creo que motivado por el tipo de experiencia vivida dentro del lager) que, como mínimo a quien suscribe esto y por el grado de conocimiento que tiene respecto a estos batalladores incansables por las libertades, no dejan a uno de sorprenderle por el hecho, ya comentado, de pertenecer a organizaciones de izquierdas comprometidas por las libertades, también las de elección sexual. 117


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DESDE LA DISTANCIA: LA PERSECUCIÓN DE LOS “ROSAS” EN EL LAGER En cuanto a la presencia de triángulos rosas en los campos nazis con participación española, podemos llegar a la conclusión que su existencia o bien es inexistente – valga la redundancia– o desconocida. En la mayor parte de los casos se trataba de grupos con un funcionamiento completamente aparte del resto de deportados, al estilo de judíos o gitanos, o bien pasaba frecuentemente inadvertido, dado que no eran un grupo al que los españoles prestaran demasiada atención. En Mauthausen, el campo central, los pocos triángulos rosas que había o bien trabajaban en la cantera, en su mayoría, o bien estaban exentos de trabajo porque estaban destinados a los famosos y espeluznantes experimentos médicos, como en Dachau. En general, la concepción que de ellos se tiene, desde la distancia del desconocimiento o el simple intercambio banal de palabras, muy difícil por el uso de la lengua germánica de que hacían uso éstos, podría resumirse en las palabras llenas de prejuicios judeocristianos que AmatPiniella, a pesar de su espíritu laico y librepensador, recoge en su gran novela concentracionaria K.L. Reich1 respecto a Heinrich, un homosexual encerrado en el Arrest con Emili, el protagonista: Es curioso –pensó– este Heinrich no tiene aspecto de afeminado. Y por el momento no me ha hecho ninguna pregunta. (...) ¡Mucho ojo –se dijo Emili– seguro que es un gancho!

A pesar de que se trata de una secuencia ficticia, no deja de ejemplarizar el hecho de que la simple existencia del color rosa del triángulo suele poner en guardia inicialmente a la mayoría de republicanos españoles, los cuales apriorísticamente tienden a prestar atención únicamente a los deportados políticos –siguiendo el propio modelo republicano– y suelen desconfiar abiertamente del resto, muy especialmente si su procedencia es alemana o austríaca, como ocurre en este caso que tratamos. Sonrisas, entre vergonzosas y maliciosas, acompañan este primer recuerdo de los homosexuales. El desconocimiento y prejuicio llegan hasta el punto de manipular/inventar los motivos de su llegada al campo. Carlos Cabeza, uno de los hombres más lucidos del universo concentracionario español, con residencia en 118

1 El Aleph, Barcelona, 2002. El prólogo “El descubrimiento de un clásico” analiza las claves de interpretación de esta gran novela en relación a los clásicos Primo Levi, Robert Antelme o Jorge Semprún e Imre Kertész.


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Francia, me hablaba abiertamente de que se trataba de “homosexuales profesionales”, entendiendo por ello el hecho de que se les habría deportado por haber hecho de la homosexualidad una actividad relacionada con el negocio de la prostitución, con lo cual se cae en la propia trampa de usar el lenguaje nazi, tan bien estudiado por Victor Klemperer. En ningún caso se plantea una posibilidad relacionada con la libertad de elección sexual ni su vinculación deformada a través de la penalización mediante las terribles normas recogidas en el artículo 175 del código penal de 1871, ratificado y potenciado en el código de 1935, que consideraban la homosexualidad como un delito (por degenerados, enfermos y débiles); no digo ya en relación con el discurso homófobo de Himmler sobre el tema, el 18 de febrero de 1937. Tal deformación de la realidad ha sido corregida por aquellos que, como Francesc Batiste –vinarocense afincado en Montpellier–, Joaquim Orus o Joan Escuer, se han preocupado posteriormente de poner en duda la parcialidad de las percepciones adquiridas dentro del campo, fruto de la propia perspectiva adoptada o de los comentarios recibidos al vuelo. Batiste se pone rígido, y adoptando un tono serio y sentenciador me comenta: Los homosexuales alemanes y austríacos eran víctimas como nosotros, los que yo vi en la cantera eran de los más castigados y perseguidos para todos los fines después de los judíos, y aún creo que peor que los gitanos.

En este sentido, la simple concepción de víctimas del sistema resulta, como hemos visto, una confesión de lo más excepcional. A los españoles les es difícil pensar a veces que alguien que no fuera demócrata –preso político– o judío o gitano o ruso no tuviera “algo que esconder” por el hecho de haber llegado al campo, con lo cual, asumiendo inconscientemente la voluntad de embrutecimiento propia del sistema, suele poner en el mismo saco a los homosexuales y a los asociales que llevan el triángulo negro (prostitutas, alcohólicos, portadores de enfermedades venéreas, etc.) o a los verdes del derecho común (violadores, asesinos, traficantes o ladrones), núcleo del que saldrán los kapos más violentos que suelen hacer uso del poder y la sumisión sexual entre sus subordinados. En el caso de Mauthausen, los escasos homosexuales que hubo no formaban ningún grupo ni estaban destinados en 119


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los mismos barracones ni en los mismos kommandos, de ahí que la percepción sobre su existencia dependa especialmente del hecho de haber podido compartir algún tipo de vivencia con ellos, aunque sea de modo muy superficial. Éste es el caso comentado de Francesc Batiste, que compartió trabajo con siete u ocho de ellos en la cantera: Eran como nosotros, pero con la diferencia que los SS y los kapos hacían más mofa de ellos, les hacían trabajar más, les molestaban y les pegaban con mayor facilidad. Eran un objetivo definido, claro. En primer lugar, evidentemente, se situaba a los judíos de la compañía de castigo o a los que hacían “volar” por la pared de los paracaidistas, pero después de éstos, los homosexuales sufrieron persecución implacable, tanto física, como psíquica, como sexual.

Casimir Climent fue uno de los deportados catalanes que tuvo que asistir por fuerza a uno de los habituales actos de vejación y tortura psicológica a uno de los triángulos rosas recién llegados al campo central, en este caso un profesor mayor acusado de haber pervertido a uno de sus alumnos:

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Un grupo de SS de la Politische Abteilung lo arrinconaron y empezaron a vejarle y ridiculizarle. Se ve que el conocimiento de la acusación que había recibido para ser deportado había desvelado la libido de los SS hasta llegar al sadismo. Los SS y algunos kapos desnudaron a aquel hombre viejo, lo vistieron de mujer, lo envolvieron con una toalla y montaron un gran guiñol a su alrededor. El capitán Schulz [condenado en 1958 precisamente gracias al testimonio de Climent] ordenó que le cortaran el pene y los testículos. Los SS corrieron a buscar baldes, cuchillos y jabón para la operación pública en la Apellplatz. Incluso el personal civil, mujeres, presenciaba entusiasmado aquel espectáculo denigrante y terrible. Los SS siguieron con la comedia hasta el final mientras aquel hombre se retorcía, temblaba de pánico y gritaba de terror, creyendo que efectivamente le iban a castrar. Cuando consideraron que la escena les había divertido suficientemente, el capitán Schulz ordenó que se llevaran al homosexual.

Escenas como ésta, relatada por Casimir Climent, eran de lo más habitual en un campo nazi, aunque casi nunca terminaban sólo con una tortura psicológica semejante, como veremos más adelante. Incluso algún deportado español, como el caso de Joan Pagès, reconoce que en una ocasión fueron un grupo de “rosas” quienes le salvaron la vida, consciente que, en general, los que realmente eran homosexuales por convicción resultaban ser “más cultos, más sensibles y más civilizados” que la mayoría de deportados que habitaban los campos. Probablemente por ese motivo también sufrieron una de les mortalidades más altas de Mauthausen, alrededor del 60 % frente a la media del 43,5%, según estudios recientes más o menos fiables. El hecho de no formar un grupo compacto en ningún sentido, incluso es el único “triángulo”, con los testigos de jehová, que no desfila en los actos de conmemoración de la liberación de los campos, ha dificultado cualquier acercamiento científico a su especificidad, especialmente porque su testimonio difícilmente busca o encuentra la luz de la palabra pública. Joaquim Orus, que también los conoció en el campo central, concretamente en la famosa Todestiege, escalera de la muerte y cantera, nos relata el caso famoso de los experimentos y tratamientos médicos por los que un grupo de homosexuales recibieron hormonas sintéticas, o bien sufrieron castraciones con rayos X, o bien eran obligados a mantener relaciones sexuales con prostitutas para inducirles a un cambio de conducta. Se trata de la misma situación que 121


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nos podría relatar Joan Escuer respecto de Dachau. Orus me lo describe de la manera siguiente: Me quedé en Mauthausen después del kommando Ternberg. Allí había un grupo de siete u ocho “rosas” a los que, para hacer experimentos, los caparon para ver qué hacían, qué reacciones tenían. Estaban gordos y trabajaron como un burro. Después de los experimentos los enviaron a la cantera. En vez de nabos podridos, les daban buena alimentación para ver cómo trabajaban, que lo hacían como animales, parecían bueyes. Hasta que se les acababan las fuerzas o recibían una paliza mortal de necesidad.

Los que no compartieron trabajo ni barracón con ellos, como muchos de los deportados con los que he hablado y el nombre de los cuales me piden que omita, ya hemos visto que muestran no sólo reticencias a su presencia, sino que incluso generalizan los prejuicios al conjunto de homosexuales. Uno de ellos, finalmente, sentencia: El hombre es un hombre y la mujer es una mujer; yo por ejemplo, la unión de un hombre con un hombre la encuentro antinatural, aunque se produzca fuera del campo. Es una convicción general, tanto fuera como dentro del campo, aunque en este caso se produzca evidentemente por el hambre y la cercanía de la muerte.

A pesar de lo explícito del planteamiento, no deja de ser menos cierto que, lógicamente, tanto en el ejército republicano como entre los deportados españoles había presencia significativa de homosexuales, como reconoce finalmente Joan Escuer ante el silencio más o menos general: Ciertamente los había, lógicamente, como en cualquier ámbito de la sociedad. Conocí a alguno de ellos en el ejército, pero lo que no podían era declarar su homosexualidad abiertamente puesto que ello les supondría no sólo su expulsión del cuerpo, sino una vejación social muy considerable, terrible. Algo similar ocurría en el campo: si se filtraba su condición, bien podían recibir un acoso sexual implacable por parte de kapos o SS, o bien, como homosexual declarado, pasaba a formar parte de un colectivo distinto al de los presos políticos españoles: resultaría mal visto y, a su vez, peor tratado en todo sentido.

Cabe recordar de los homosexuales españoles que ninguno llevó nunca un triángulo rosa porque no fue ese el motivo de su llegada a los campos. Sólo les quedaba un camino: el silencio. Como concluye Escuer: “Si hablaban o se les notaba, estaban perdidos.” 122


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LA ZONA GRIS: LA PROSTITUCIÓN MASCULINA Tema aparte, como hemos comentado en la parte introductoria, es la práctica de relaciones homosexuales inducidas y promovidas por parte de cargos internos o SS, relaciones que se dirigían indiscriminadamente a todo aquel considerado, a gusto de cada kapo o SS, como “apetecible”. No entraremos en el caso de los SS por el desconocimiento general que de este tema tiene la memoria de los deportados, que suele remitirse a los tópicos y lugares comunes que han leído posteriormente. Habitualmente, los objetivos eran los más jóvenes –en los campos los había de hasta 16 y 17 años–, pero bien podían ser deportados más maduros. De hecho, la mayor parte de los deportados más predispuestos a hablar del tema cuentan proposiciones sexuales de prominenten en las duchas o dependencias de todo tipo, cuya oposición a su aceptación tenía como consecuencia alguna que otra paliza o la posibilidad de otro tipo de represalias. La primera cuestión que se le plantea a uno ante este tipo de proposiciones sexuales, que poco tienen que ver con el objetivo central pero que deriva de él, es lo que podía llevar a un deportado político español a aceptar la prostitución masculina dentro del campo, distinguiéndose y separándose así de sus propios compañeros con los que sí formaban un grupo compactado. La candidez de la pregunta obtiene de inmediato, a pesar de alguna salida airada y extemporánea, una respuesta simple pero llena de fuerza: no podía ser otra cosa que el hambre y la cercanía de la muerte. Cuando se pregunta a los deportados sobre la naturaleza de este tipo de relaciones, intrínsecamente desiguales en cuanto a la relación de poder que establecían, la verdad es que se muestran altamente dubitativos, como ocurre con cualquier tema que se separe de su esquema habitual de testimonio y, sobre todo, debido a la avanzada edad. El más lúcido y rápido es el mayor de ellos; con 89 años y a punto de publicar sus memorias, Joan Escuer, Presidente de Honor de “Amical Mauthausen España”, sentencia: A ver, la homosexualidad como opción es una cosa, y las relaciones homosexuales a cambio de favores dentro del campo, prostitución por especies, es otra cosa. Se trata de cosas distintas.

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Pero esta opinión lógica y respetuosa, que repite en términos parecidos Francesc Batiste, no es de lo más habitual. Los hay que piensan que los que fueron capaces de dejarse prostituir algo tenían que tener de homosexual para poder aceptarlo, con lo cual demuestran la simplicidad resultante de aplicar su propio patrón sexual y moral al de los demás, obviando u olvidando algo muy importante en el lager: la capacidad de resistencia ante la brutalidad alimenticia, moral y física, tiene un límite para cada persona. Llegado el límite, la línea divisoria gris resulta de lo más borrosa, y en esa zona lógicamente uno pasa a estar dispuesto a casi todo para intentar egoístamente, individualmente, tener más posibilidades de sobrevivir. Joaquim Orus tiene claro que tiene que vincularse a la fortaleza de carácter de cada uno: Cuando se está a punto de morir, habrá uno que se morirá de hambre y otro que no, depende de la integridad de cada persona, de la flaqueza y la desesperación.

En cualquier caso, las dudas sobre la elección sexual en estas condiciones extremas suele ser habitual que se pongan en entredicho, de ahí que, a pesar de no tratarse de un tema que a los deportados les guste referirse, sí que dentro del campo ponían todo su empeño para proteger a los más débiles de los acosos sexuales. En el caso de Mauthausen, los más débiles nos los describe Francesc Batiste: Teníamos que proteger especialmente a los “Pochacas”, jóvenes hijos de republicanos de 16 y 17 años destinados a un kommando en el pueblo. Teníamos que protegerlos de los prominenten , que los asediaban sin descanso. Pero hay que decir que no todas la naciones tenían nuestra preocupación por la protección.

El hecho de tener una organización más o menos sólida y consolidada, a pesar de las bajas innumerables y diarias, ayudaba a mantener la lucha por la integridad física, y moral, de los más jóvenes. En Dachau, Escuer nos cuenta que incluso llegaban a administrar pequeños bocados de pan y de sopa para procurar que los más jóvenes no encontraran en las “ofertas” de los kapos ninguna excusa para sucumbir. Su labor resultaba ejemplarizadora en general y didáctica; nos lo revela:

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Nuestro mensaje era claro: había que mantener la dignidad por encima del hambre y la muerte para conservar el sentimiento humano.

Sin embargo, no todos los españoles, en esto no se diferencian de los demás colectivos, se mantuvieron al margen de las propuestas sexuales a cambio de determinadas situaciones de privilegio. En Mauthausen se conocen varios casos, entre ellos uno de los más referidos, a pesar de la voluntad de no hablar de ello, es el del kapo Flor de Lis, ajusticiado por su despotismo y brutalidad en el uso del poder por los propios españoles a poco de liberarse el campo. De Dachau es Escuer quien nos cuenta al que conoció directamente: Allí teníamos a Josep Escoda, un joven a quien conocí durante el servicio militar y que, a pesar de no ser homosexual, a poco de llegar al campo se dejó prostituir. Los compañeros le llamaban “Pepi”.

Escuer tiene claro que ni el hecho de ser un kapo con “elegidos” ni un deportado como Escoda, o como Barragán, poco o nada tiene que ver con la homosexualidad, sino con el hambre y la capacidad de resistirla, de ahí que el juicio que pueda hacer de ellos no tenga en cuenta el acto de vejación constante al que tenían que someterse: Yo he continuado manteniendo relación de amistad con Escoda hasta su muerte. Yo tenía claro que él había sido una víctima del sistema, como él mismo me reconocería años más tarde. Otra cosa es lo que le ocurriría dentro del colectivo español o en el partido.

Lo cierto es que a la mayoría de deportados que se sometieron al poder sexual de kapos y prominenten, no digo ya a los convertidos en kapos mediante este tipo de canje, el colectivo deportado español ha tendido a menospreciarlos, a no citarlos en las conversaciones y, posteriormente, a apartarlos o purgarlos de las organizaciones y partidos políticos clandestinos. Semejante “perversión” no era admisible en las estrictas estructuras políticas, que no dejaban de tener un tufo de aplicación de la moral burguesa y católica muy sutil, como alguno de ellos me reconoce en voz baja. Incluso su participación en asociaciones para la recuperación de la memoria o en los actos conmemorativos de la liberación brillan por su ausencia, lógica y lamentablemente. Sin embargo, una cosa son las

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organizaciones y otra cosa distinta las personas a título individual. Francesc Batiste, que bien podría ser el representante de estas individualidades, es claro en su valoración final: Desde mi punto de vista nadie era criticable, ni tan sólo los que se dejaban seducir, porque el hambre y la muerte eran implacables y no se puede criticar desde nuestra concepción externa al campo. Las condiciones de vida de un campo son demasiado duras... con la muerte siempre acompañándote...

Pero lo cierto es que si las secuelas del paso por un lager , como bien ha estudiado Viktor E. Frankl, son dramáticas, para aquellos que sufrieron la vejación física a cambio de mejoras lo son mucho más, puesto que gracias a este pequeño ensayo se ha podido comprobar que resultan, casi en su totalidad, supervivientes a los que les ha sido imposible formar un ámbito familiar del tipo que sea. Este hecho, este trauma en forma de estigma, que es habitual entre los “aparecidos”, entiendo que se agudiza palmariamente analizando individualmente cada caso. Con lo cual, en una parábola difícilmente justificable, sitúa a deportados como Escoda o Barragán en una situación bien parecida a la de los triángulos rosa super vivientes: estigmatizados dentro del campo y posteriormente por la sociedad; de ahí, lógicamente sus silencios y desapariciones públicas (con todas las excepciones que se quiera). Amat-Piniella, hábil narrador de realidades, termina la reflexión sobre Heinrich con la confesión siguiente: “Un compañero excelente, ¡y yo que desconfiaba de él!” En el complicado entramado por la recuperación de la memoria de los lager, como en todo ámbito de la vida, el grado de sentido común y de aplicación de la experiencia tienen un papel muy destacado a la hora de desenredar un cúmulo de situaciones, decisiones, presencias y terminologías que, precisamente por el hecho de proceder de la vivencia del interior de los campos, toman una serie de matices y de significaciones –apriorísticas, por “contagio” o sobrevenidas– que demuestran el tipo de acercamiento moral que sobre él se tiene. El caso de la homosexualidad, en todos sus matices y significaciones tergiversadas, no será una excepción.

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Homosexualidad y fascismo Klaus Mann

Texto inicialmente publicado en la revista Europäische Hefte, de Praga, el 24 de diciembre de 1934. Traducción de F. Javier Ugarte.

En la Unión Soviética, una legislación aprobada recientemente somete la homosexualidad a duras condenas. He aquí algo que resulta sorprendente, y se pregunta uno sobre qué lógica y qué moral un gobierno socialista puede justificarse para amputar sus derechos y difamar a un grupo humano concreto cuya “culpabilidad” reposa sobre inclinaciones particulares que les han sido dadas por naturaleza, pero es así. Las preocupaciones y los escándalos que la Unión Soviética conocía en sus territorios orientales han empujado ciertamente a la instauración de este género de ley humillante –contra la cual la izquierda de los países de Europa central y occidental se encarniza en combatir desde hace decenios. A estas dificultades cruciales, que haría falta, sin ninguna duda, reglar con otras medidas, viene a injertarse el estado de espíritu del momento. Es a este estado de espíritu, y de alguna manera a las dificultades en cuestión, a las que yo concedería la preponderancia. Por estado de espíritu del momento no entiendo simplemente, y en primer lugar, la tendencia siempre más evidente en la Unión Soviética a reflejar y a realizar un juicio sobre el erotismo en un sentido cada vez más severo y conservador, tendencia que puede explicarse por una reacción hacia libertades que se han vuelto quizás excesivas. Entiendo más bien esa desconfianza y aversión hacia todo lo que es el homoerotismo, que alcanzan un grado intenso en la mayor parte de los medios antifascistas y en casi todos los medios socialistas. No se está lejos de identificar la homosexualidad con el fascismo. Imposible guardar silencio sobre esto más tiempo. Nosotros combatimos los prejuicios raciales. ¿Y dejamos, sin embargo, propagarse el prejuicio más insensato contra ciertas inclinaciones particulares?... Parece olvidarse de qué lado proviene todo lo que se ha llevado a cabo para desacreditar y difamar la homosexualidad. El artículo 175 [del Código Penal del Reich] ha sido defendido y mantenido por la burguesía reaccionaria y por la Iglesia, la cual ha mostrado ahí un elemento de su naturaleza que hace que permanezca para nosotros siempre extraña y hostil. Quien era progresista estaba contra este artículo. La lucha contra la homosexualidad era el asunto “moral” de la burguesía, y ha sido llevada con el mismo 127


Homosexualidad y fascismo

pathos que la lucha contra el amor libre, o dicho de otra forma, con el pathos de una “moral” que hoy ya no combatimos (como Wedekind podía aún hacerlo), pero a la cual somos simplemente herméticos. La idea misma de lo que es moral ha cambiado. Pero he aquí que, bajo otros presagios, desdeñamos volver sobre esta idea. ¿Cuando se llega a la edad adulta no es aún tema de conversación preguntarse si se puede conceder a cada uno el derecho de amar de una manera que sea precisamente su manera, a condición de que las relaciones domésticas no sean perturbadas, ni sea abusada la inocencia de los menores (reservas que valen evidentemente tanto para el invertido como para el individuo “normal”)? ¿No se tiene vergüenza de abrir de nuevo esta discusión sobre una cosa que va de sí, de dar ocasión a abrirla de nuevo? La parte ilustrada de la burguesía de las grandes ciudades ha superado ya su concepción estrecha y falsa de la moral: tolerante sobre la cuestión del erotismo, permanece naturalmente en posturas firmes sobre la cuestión de la propiedad. ¡Pero ahora es el socialismo quien adopta una posición a la cual incluso la burguesía, considerándola como anticuada, le ha hecho una limpieza superficial! Una frase sorprendente es atribuida a Máximo Gorki, nada menos: “Hagamos desaparecer a todos los homosexuales y el fascismo desaparecerá”. He aquí que no es imposible que el Papa de la literatura socialista verdaderamente haya dicho esto. Porque tal es el estado de espíritu del momento. ¿Pero de dónde viene? ¿De dónde viene que en los periódicos antifascistas leamos las palabras “asesinos y maricones” casi unidas con tanta frecuencia como “traidores al pueblo y judíos” en las hojas nazis? El término “maricón” como insulto, ¡únicamente porque existen muchos en las organizaciones nazis que aman a muchachos en lugar de amar a las mujeres! Es una historia que ha comenzado con el combate llevado de forma pérfida e indigna contra el capitán Röhm. Las tontas cartas sentimentales que había enviado a América del Sur revelaban su vida privada. Fue de una vulgaridad absurda y superflua arrastrarlas a la plaza pública. La forma no sólo fue vulgar e inhábil, sino que su eficacia ha sido nula. El capitán Röhm no fue afectado: quienes se esperaba predisponer contra él, o bien no han creído la historia, o bien no han encontrado nada que decir; y los demás, los que se han indignado, no le llevaban ya antes en su corazón. Que Hitler se haya interpuesto y que haya continuado cubriendo lo que encontraba, en un 128


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sentido pequeñoburgués, “comprometido”, ha lanzado, por primera y última vez, una imagen casi simpática sobre los odiosos compinches. Las personas más honestas han debido decirse que era verdaderamente hermoso que Hitler sostuviera a su soldado, a pesar de todo lo que los periódicos podían despotricar sobre su vida privada. Pero que periódicos que combatían con predilección en el “liberalismo ilustrado”, se pongan de repente a gritar “¡Maricón!”, a la manera de una esposa histérica de pastor protestante, ha debido ser sentido como indelicado y fuera de lugar. Recuerdo cómo era malévolamente ridículo y penoso ver un diario vespertino berlinés, con una redacción formada casi exclusivamente de homosexuales más bien atrevidos, distinguirse por titulares burlones e indignados, como si no hubiera otra cosa que reprochar a los nazis que la vida amorosa del gran capitán. Ahora bien, había sin embargo, y hay siempre, todo que reprocharles. Ni siquiera puede ser añadido a su favor que al menos sobre la cuestión de la homosexualidad hayan sido valientes y consecuentes. Hitler no ha arropado a su viejo camarada Röhm más que durante el tiempo que lo necesitó, no más allá. Cuando decidió dejarle caer, lo que seguramente hizo de forma radical, es notorio que lo acusó sobre todo de tener “inclinaciones particulares”. ¡Lo que no había llegado nunca antes a los oídos del Jefe supremo! Y Hitler de escandalizarse, como los periódicos liberales por su parte. El Doctor Goebbels experimenta hasta ganas de vomitar. Ganas que son también las nuestras, causadas no por el tema del asunto, sino por una indignación de seguro tan hipócritamente sinvergüenza. Que en la “villa” de Röhm –que no tenía nada de villa sino más bien de restaurante– todo haya sucedido de forma diferente a como ha sido contado por Goebbels, se comprende fácilmente: alguien de su género no va súbitamente a comenzar a decir la verdad. Pero suponer que el más elevado de los jueces en lo alto del tribunal haya visto realmente las “escenas repugnantes”, en tanto que en definitiva cuando uno se vuelve intruso en habitación ajena, no se asiste nunca al espectáculo, no será por las escenas por lo que se nos revolverá el estómago. Ellas nos darían más bien a pensar que, incluso en casa de personas que no tenemos por otra cosa que por bestias feroces, existe una especie de contacto humano que es verdaderamente corriente. No es lo que la prensa de izquierda ha puesto por delante contra Röhm con una insistencia tan particular, después Hitler, 129


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que hace que estemos contra él: es simplemente que a semejanza de todos los dirigentes nazis, no era más que un canalla de una barbarie cínica. Pero dejemos ahí a Röhm. Contra lo que nosotros estamos es que se diga de un hombre que prefiere su propio sexo al sexo femenino, que tiene las “inclinaciones particulares” del capitán Röhm. Se puede en última instancia, en la peor de las cóleras, gritar a un mentiroso e inveterado que miente tan bien como el ministro alemán de Propaganda, pero es como si se pretendiera de alguien que tiene un pie deforme, que teniendo la enfermedad del ministro Goebbels se sitúa al mismo nivel moral. De un homosexual se podría finalmente también realizar la constatación de que tiene las inclinaciones de Leonardo de Vinci o de Sócrates. Lo que sería igualmente estúpido. Quien experimenta una atracción hacia su propio sexo no es verdaderamente más que un bravo burgués o un obrero pasablemente aplicado. No es, en el caso de que se tenga alguna duda, ni más genial ni más bestial (no es ni Leonardo de Vinci ni Röhm). Que se comprenda de una vez: es un amor como cualquier otro, ni mejor ni peor. Con las mismas posibilidades de ser sublime, emotivo, melancólico, grotesco, bello o trivial que el amor entre un hombre y una mujer. Ha habido épocas y lugares en los que este amor estaba plenamente incluido en las costumbres, mientras que en otros no estaba en sus usos, de manera que los imbéciles lo tenían por depravado. Una muy elevada cantidad de hombres y mujeres lo han conocido en el curso de sus vidas; una cantidad relativamente pequeña no han conocido otro. Éstos son exclusivamente homosexuales – tipo humano al que, por otro lado, no se llega en absoluto por la tentación o la costumbre, sino que viene dado por nacimiento. Este tipo humano se encuentra por todas partes, con mayor frecuencia en los países germánicos, particularmente en Alemania y en Inglaterra. En los países orientales se considera como normal un amor bisexual, tanto para las mujeres como para los muchachos jóvenes. ¿Pero es necesario creer todavía que quienes son exclusivamente homosexuales forman un grupo homogéneo? El eslogan no muy feliz de “tercer sexo” ha contribuido a este error más bien ingenuo. Verdaderamente, todas las categorías se encuentran entre aquellos que son exclusivamente homosexuales, del esteta decadente al gañán; no hay simplemente un grupo que sería “activo” y otro que sería “pasivo”, sino que todas las clases de actividad y de pasividad 130


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existen, con todos los matices posibles entre estas dos condiciones de sensibilidad. La homosexualidad estaba extendida en Estados militares que preconizaban el ascetismo (Esparta, Prusia) y en civilizaciones decadentes hiperrefinadas (la Roma tardía, el París y Londres de los años alrededor de 1900). Ha jugado también un papel en épocas que se tiene la costumbre de calificar de esplendorosas: que se piense en los mejores momentos de Atenas, del Renacimiento. En todos los tiempos ha habido cientos de tipos diferentes de homosexuales, también de muy mediocres y lamentables. Es innegable que un número relativamente grande de genios de la humanidad estaba inclinado a esta forma de amor, de genios en todos los dominios y de todas las clases, por razones cuya complejidad no es posible debatir aquí. Se dice fácilmente que estas inclinaciones particulares, tomando los acentos de una piedad proudhomiana, son “infelices”, y que puede ser que la vida de quien ama a los muchachos jóvenes, a los adolescentes, esté más llena de sufrimientos y confusiones, renuncias, amargura y desilusiones que la vida de un individuo tenido por “normal”. Pero los sufrimientos llevan unas veces a un comportamiento piadoso y lacrimoso, otras, a una desesperación sin salida y aún otras a una producción considerable. Lo que estas inclinaciones particulares han dejado al mundo, obligándoles a manifestarse en quienes las tienen, no son ciertamente tanto los desengaños como sobre todo la felicidad por conseguir muchas creaciones que, por haber nacido en el sufrimiento, como toda gran creación, no pierden nada de su resplandor y de su poder. ¿Es conocido todo eso? ¿Sabemos todo eso desde hace tiempo? Pero en el país que quisiéramos ver más ilustrado, más progresista del mundo, la forma de amor que evocamos es en adelante merecedora de una horrible represión. Y en no importa qué diario de izquierda, se leen bromas idiotas sobre los traseros mientras que al mismo tiempo, en Berlín, se organizan “razzias nocturnas contra los homosexuales”, enviados enseguida a campos de trabajo. Lo que le va muy bien a los nazis es por una parte formar pandillas de homosexuales y, por otra, encerrar a los homosexuales, castrarlos, matarlos. La izquierda debería mostrarse más objetiva. Pero mientras tanto adopta, sobre este asunto precisamente, prejuicios propios de tenderos. Con la siguiente explicación: los jóvenes, puestos a vivir juntos en los campos, son inevitablemente conducidos a dormir juntos. 131


Homosexualidad y fascismo

Que se informe, sin embargo, si en las uniones de jóvenes de izquierda y proletarias semejante cosa estaba prohibida: la respuesta extrañará a quien tiene la homosexualidad por una particularidad del fascismo. Es el espíritu de estos campos lo que hace falta poner en la picota y rechazar, no el hecho de que ahí se encuentren, ni qué decir tiene, igualmente invertidos, o algunos que se prestan a jugar a los “camaradas”. Las “ligas”, según se dice, han tenido siempre un carácter homoerótico, y es sobre el principio de las ligas que se basa el fascismo. Dejemos de lado el problema de saber en qué medida quien realmente es un invertido está atraído por el espíritu de las “ligas”: a menudo es un enfermo de soledad, es un tímido al que se le reprocha su carácter asocial. Pero admitiendo que todos los invertidos buscan las ligas masculinas, y que esas ligas siempre llevan los estigmas de la inversión, lo que importa es sólo el espíritu con el cual se ha formado la liga, no el cimiento erótico que une sus elementos. ¿Tiene necesariamente toda “liga” un carácter fascista, hostil al progreso? Una liga es lo que también quería Walt Whitman: una liga de hombres unidos uno a otro por el amor, la liga de la resplandeciente camaradería en el continente. Y llamaba a que viniera con estas palabras: “¡Por ti, oh Democracia!...” Vemos cómo del pathos homoerótico surge con fervor lo democrático, de la misma manera que con Stefan George surge, en el sentido más serio y con el más sólido de los vínculos, lo aristocrático. El ejercicio final es siempre llegar al Jefe supremo: la deificación de su persona tendría, consciente o inconscientemente, un carácter homosexual. Que se pregunte a un joven hitleriano que tiene una amiga si experimenta atracción por el Jefe supremo, estallará de risa o responderá como a un ultraje. Esta reacción no excluye el complejo inconsciente que puede existir en numerosos casos. La pregunta decisiva sin embargo es ésta: ¿qué Jefe es amado de esta manera? ¿Han olvidado los marxistas que el dogma y el tipo de Jefe que combatimos está determinado por los hechos económicos? ¿Han olvidado que Hitler, que sin ninguna duda es mucho más calurosa e histéricamente amado por las mujeres pequeñoburguesas que por los hombres, viriles o afeminados, no ha llegado al poder gracias a “la contaminación de la juventud alemana por la homosexualidad”, sino porque Thyssen financiaba, y a que las mentiras pagadas han llevado la confusión a los cerebros de aquellos que tenían hambre? Se está en el camino de hacer de “el homosexual” el 132


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chivo expiatorio, un poco “el judío” de los antifascistas. Es abominable. Tener en común con bandidos inclinaciones eróticas particulares no hace de nosotros, de entrada, un bandido. En absoluto descubro nada nuevo cuando enuncio una tal evidencia. Muchas conversaciones que he tenido y la lectura de numerosos artículos indignos en los periódicos me prueban que repetir estas evidencias es desgraciadamente necesario. La homosexualidad no es algo a “extirpar” y, si lo fuera, la humanidad saldría empobrecida de algo incomparable que ella le debe. El sentido del nuevo humanismo, para cuya realización queremos ver en el socialismo una condición previa, no puede ser más que una cosa: no sólo tolerar todo lo que es humano y que no causa trastornos criminales en la comunidad, sino integrarlo, amarlo, ayudar a aceptarlo, para que así la comunidad se beneficie.

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E S T U D I O S

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E N S A Y O S

La lesbiana en El segundo sexo: Un universalismo sin universalidad1 Marie-Jo BONNET

1 Texto extraído de una comunicación en el coloquio internacional: «Pour une édition critique du Deuxième Sexe» («Por una edición crítica de Le Deuxième Sexe»), Universidad católica de Eischstätt (Alemania), 10 – 13 de noviembre de 1999. Publicado en Études francophones, Vol. XVI, nº. 1, primavera de 2001, (Estados Unidos). «La Lesbienne dans Le Deuxième Sexe: Un universalisme sans universalité». Traducción de Alberto González Ortiz.

2 Nota del editor: existe traducción al castellano de "El Segundo Sexo". Ediciones Siglo XX, Buenos Aires, entre otras. Las citas de la obra son traducciones de la edición francesa, así como las páginas señaladas.

Soy consciente de que me enfrento a un gran tabú al tratar el capítulo de «La Lesbienne» («La lesbiana») en Le Deuxième Sexe (El segundo sexo)2. De entrada, tabú en la obra biográfica de Simone de Beauvoir, ya que ella nunca aborda el aspecto carnal de sus relaciones con las mujeres, a pesar de un proyecto literario movido por la voluntad de decirlo todo y de ser sincera. Después, tabú en «la familia», en su círculo de amigos y para con sus admiradores. La publicación de las Mémoires d’une Jeune fille dérangée (Memorias de una joven trastornada) por Bianca Lamblin (1993) estuvo rodeada de un silencio piadoso, aunque los hechos no se hayan desmentido. Por lo tanto, lo que cuenta Bianca Lamblin es cierto, pero aparentemente molesto, ya que se sabía en su entorno inmediato que «El Castor» era bisexual. Tabú, por último, para las feministas, para quienes el tema de las relaciones entre el amor por su propio sexo y la igualdad política entre los sexos siempre es espinoso; es lo menos que podemos decir (Bonnet: 1998a, 85). Pero cincuenta años después de la publicación de El Segundo Sexo, no podemos seguir aparentando ignorar que Simone de Beauvoir era bisexual. El Journal de guerre (Diario de guerra) y las Lettres à Sartre (Cartas a Sartre), publicadas en 1990 por Sylvie Le Bon, son especialmente explícitos. Con fecha de 11 de diciembre de 1939, Beauvoir escribe a Sartre, hablando de Bianca Lamblin, que aparece en esas cartas con el pseudónimo de Védrine: «Nos hemos abrazado apasionadamente y, a decir verdad, le he cogido cierto gusto a esas relaciones» (Beauvoir: 1990a, 344). Más tarde ella señala: «me hace gracia que me amen apasionadamente de esta manera femenina y orgánica dos personas: Védrine (...) y Sorokine» (Beauvoir: 1990a, 370). Sartre apenas se hace ilusiones porque el 23 de diciembre le responde lo siguiente: Me divierte usted con su harem de mujeres. Le animo encarecidamente a querer mucho a su pequeña Sorokine, que es tan encantadora. Pero, dirá usted, habrá que 135


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sacrificarla al final de la guerra. Es usted una inocente, mi amor, porque una de dos: o usted no habrá tenido el interés suficiente y entonces, tal como es usted, acabe o no la guerra, la dejará caer como un escupitajo, que es usted una pequeña malvada. O si no, como se presente, se encariñará mucho de ella y entonces sé que es usted tan ávida como para quererla guardar de todos y contra todos. Sería completamente triste sacrificar ese corazoncito, pequeño y puro (Beauvoir: 1983, 503).

A esas dos relaciones podemos añadir a Olga Kosakiewitch3, que fue su alumna en Ruán en 1933 e inspiró el personaje de Xavière en L’Invitée (La Invitada) (Beauvoir: 1943). Por otra parte, la relación con Nathalie Sorokine planteó problemas, ya que su madre (Nathalie era menor, como Olga y Bianca Lamblin) presentó una denuncia en diciembre de 1941 por «corrupción de menores». Su madre no estaba de acuerdo con Simone de Beauvoir, que defendía a Nathalie en su negativa a casarse con un hombre a quien no amaba y que había tomado a su cargo la manutención de la joven durante sus estudios. Después de una investigación judicial llevada a cabo en marzo de 1942, Beauvoir fue suspendida de la Educación Nacional en junio de 1943 y rehabilitada en la Liberación. ¿Inspiró este negro episodio a Sartre la idea de escribir Huis Clos (Puerta Cerrada)? Redactada a partir del otoño de 1943, la pieza pone en escena a tres personajes muy singulares: Inés, la lesbiana, suicidada por su amante Florence, que abrió el gas y sobrevivió. Se encuentra en el infierno, no porque esté «ya condenada», sino porque tiene «necesidad del sufrimiento de los demás para existir» (Sartre: 1943, 144), como ella misma explica. Estelle, la infanticida, que ha matado al niño que tuvo con su amante cuando estaba casada y Garçin, el cobarde, figura del antihéroe (Bonnet: 2000, 255). La obra se representa a finales de mayo de 1944 y en 1954 la filma Jacqueline Audry con Arletty en el papel de Inés. Ahora bien, la novela de Beauvoir, L’Invitée, termina con una intriga parecida, ya que la narradora se deshace de su rival abriendo el gas en su habitación. Esta coincidencia no es fortuita. Por último, entre las fuentes autobiográficas evidentes pero ocultadas, podemos citar Quand prime le spirituel (Cuando prima lo espiritual), novela de juventud que se publica en 1979 y cuya última parte, la historia de Marguerite, cuenta una escena de seducción abortada entre Marie-Ange y la narradora. Cuando la autora escribe en el prefacio que la 136

3 Esto me lo confirmó Denise Pouillon, que fue una de sus amigas desde los años cincuenta hasta su muerte. Olga sufrió los celos de Beauvoir, en la época del trío, porque Sartre la amaba y quería convertirla en su amante. Pero Olga no quiso nunca, a pesar de la admiración y del profundo afecto que le tenía.


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4 Nota del traductor: en inglés en el original

historia de Marguerite «era en gran medida la de mi adolescencia» (Beauvoir: 1979, 5) no podemos seguir creyendo que no se ha inspirado en su propia experiencia para escribir el capítulo sobre la lesbiana. Ante estos hechos, podemos sorprendernos de que Deidre Bair haya despachado en cuatro líneas la génesis de «La lesbienne» diciendo: «Violette Leduc también alimentó la máquina de Beauvoir lanzada a toda marcha: una gran parte del capítulo sobre las lesbianas se basa en su situación y sus experiencias» (Bair: 1991, 455). Si así es, ¿por qué Beauvoir no cita en ese capítulo una sola línea de Violette Leduc, cuando ya habían aparecido dos libros, L’Asphyxie (La asfixia) en 1946 y L’affamée (La hambrienta) en 1948, libro éste que la concierne directamente, ya que está dedicado a ella? Además, sabemos que Beauvoir incitó a Violette Leduc a escribir Ravages (Estragos) , cuyos capítulos leía a medida que los escribía Leduc (Jansiti: 1999 y Violette: 2000). Durante su vida, Simone de Beauvoir fue muy poco locuaz sobre el tema. Así, cuando Hélène Vivienne Wenzel le pregunta en 1984, niega casi tener ninguna relación personal con el lesbianismo: H. V. Wenzel: (...) usted había tratado el tema del lesbianismo en El segundo sexo en 1949 de una forma mucho más equitativa y amplia que otros estudios similares de ese período. Y en esa época usted ya conocía a Violette Leduc y a otras lesbianas de Francia. ¿Basó su propio estudio en estas relaciones? S. de B.: Oh no, jamás. Creo que conocí ... creo que realmente era muy superficial, lo que dije del lesbianismo. Conocía a algunas lesbianas, pero no a muchas. Conocía a Violette Leduc, pero ella nunca me habló de su propia vida sexual, porque ella era ambivalente (...) (Wenzel: 1986, 259)4

«Oh no, jamás» ... ¿No es esa una negación asombrosa proferida por una mujer famosa en todo el mundo, cuyo El Segundo Sexo está traducido a numerosos idiomas, que es reconocida de forma unánime como la gran teórica de la emancipación femenina, pero que, dos años antes de su muerte, sigue negando estar interesada personalmente en el lesbianismo? ¿Por qué mintió? ¿Por qué, hasta su muerte, ocultó la verdad sobre la cuestión de sus relaciones «orgánicas» con las mujeres? No nos atrevemos a emplear la palabra 137


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«amor», porque veremos que del amor entre mujeres apenas hay nada en «la lesbiana». Ambivalencia de una vida, de una educación burguesa y católica, de una época y de una intelectual unida a Sartre por un matrimonio morganático5. Beauvoir asume un acto prohibido que nunca hizo (en 1971 firma el Manifiesto de 343 mujeres que declaran haber abortado ilegalmente) y niega un acto autorizado que sí hizo (si la corrupción de menores es un delito, la homosexualidad entre adultos no lo es) ¿Es la forma ambivalente, cuyos conceptos de la filosofía existencialista utiliza Beauvoir, que estalla aquí en el terreno de la homosexualidad? Se la reconoce como elección pero se la niega como situación. Destacaremos en efecto que el capítulo cierra la parte de “Formation” («Formación»). Pero la lesbiana no es una «situación», es decir, una posición en medio del mundo como la mujer casada, la madre, etc..., ni una «justificación» y mucho menos una «liberación». Es un aprendizaje, una «etapa» y, además, Beauvoir habla mucho de ello en los capítulos precedentes donde lanza la idea de que «las caricias homosexuales no implican ni desfloración ni penetración: sacian el erotismo clitoridiano de la niña sin reclamar nuevas e inquietantes metamorfosis» (Beauvoir: DS , 2, 112). Entonces, sabemos, incluso antes de empezar nuestro capítulo, que el amor lésbico no trasforma a la joven en mujer. En el capítulo «Prostitutas y hetairas», sabremos también que «gran número de prostitutas son homosexuales» (Beauvoir: DS, 2, 439). Sin embargo, la ambivalencia no llega a situar a las lesbianas en el mismo campo que a los pederastas. En una carta a Algren ella escribe: «Mi ensayo se llamará El segundo sexo . En francés suena bien, porque siempre se llama a los homosexuales el «tercer sexo» sin mencionar

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5 Una carta de Sartre a Simone de Beauvoir de 1930 comienza con estas palabras: «Mi pequeña esposa morganática» (Sartre: 1983, 41). Según el diccionario Robert, un matrimonio morganático es una unión contraída por un príncipe y una mujer de condición inferior.


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que las mujeres van en segundo lugar, y no simplemente en igualdad con los hombres...» (Beauvoir: 1997, 396). La primera cuestión que surge al leer este texto es saber por qué los hombres homosexuales pertenecen al tercero mientras que las lesbianas pertenecen al segundo. También podrían pertenecer ellas al tercer sexo. Ahora bien, es ahí precisamente donde interviene la elección filosófica de Beauvoir. Su objetivo, en efecto, no es poner en duda la norma heterosexual sino deconstruir el mito de la feminidad. ¿Por esta razón el capítulo sobre la lesbiana pasó casi desapercibido cuando se publicó El Segundo Sexo , contentándose la prensa con hacer vagas alusiones a ello y, en el peor de los casos, con denunciar «la repugnante apología de la inversión sexual y del aborto»? Beauvoir está lejos de haber hecho apología de la inversión sexual, como vamos a ver. A uno le sorprende, por el contrario, la asombrosa timidez de las propuestas, que contrasta con Gide y Proust que se atrevieron, veinticinco años antes, a atacar de frente el tema publicando respectivamente Le Corydon (Corydón) (1911) y Sodome et Gomorrhe (Sodoma y Gomorra) (1920). No sólo va por detrás de estos dos grandes escritores masculinos, sino que no llega al movimiento de emancipación sexual de los años locos, cuyas flamantes figuras titulares fueron, por un lado, Natalie Clifford Barney y, por el otro, la heroína de La Garçonne, de la novela de Victor Margueritte (1922). Evidentemente, Simone de Beauvoir no leyó Les Nouvelles pensées de l’Amazone (Los nuevos pensamientos de la Amazona), aparecidos, sin embargo, en 1939. Tampoco leyó todas esas novelasreportajes ( roman-reportage) de entreguerras que disculpaban la homosexualidad como Nôtre Dame de Lesbos (Nuestra Señora de Lesbos) de Charles-Etienne (1924), Lucienne et Reinette (Lucienne y Reinette) de la feminista Suzanne de Callias (1926), Dames seules (Mujeres solas) de Maryse Choisy (1932). Tampoco cita a las escritoras de lengua inglesa como Djuna Barnes y su extraordinario Nightwood (Bosque nocturno) (1937), o Virginia Woolf, que sin embargo plantea en Orlando (1928) la cuestión de la relación entre sexo y género, y meditaba a partir de 1929, en Un chambre à soi (Una habitación para sí), sobre el inmenso cambio que representa en la literatura la simple frase «Chloé amaba a Olivia...». 139


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Beauvoir no solamente ocultó a las grandes creadoras sino que, en un olvido todavía más revelador de sus prejuicios, no cita ni una sola vez en ese capítulo la poesía de Safo. Ahora bien, nadie ignoraba el nombre de la gran poetisa lírica griega en el medio culto en el que se movía. A la entrada del Pabellón del Libro de la Exposición Universal de 1925 se encontraba una estatua de Safo con su lira, esculpida por Bourdelle (Bonnet: 2000, 210) y su obra poética estaba ampliamente traducida, aunque no fuese más que por Renée Vivien, en 1911, y Théodore Reinach en 1937, en una edición bilingüe publicada por Les Belles Lettres. Las referencias se organizan en torno a dos ejes principales: >> Las fuentes con pretensión científica, reveladoras de una distancia que toma la autora con su sujeto cuidando la objetividad muchas veces subrayada por el uso del sujeto impersonal francés «on» (se) seguido de la locución “verdaderamente”, que anuncia su propia opinión. Siete sexólogos, psiquiatras y psicoanalistas de los dos sexos son convocados sobre el tema de “la inversión sexual”, que se discute en veinte páginas, otorgando un lugar preponderante a las historias de travestís, que a Beauvoir le gustan particularmente, ya que les dedica cuatro de las cinco largas citas de Havelock Ellis, Stekel y Krafft Ebing. Pero no cita Psychopathologie d’un cas d’homosexualité féminine (Psicopatología de un caso de homosexualidad femenina) (1920) de Freud, ni su teoría de la bisexualidad, ni los escritos de Jung sobre el Andrógino. Tampoco se refiere a la reflexión sobre el amor realizada por Platón en El banquete y Fedro. Por lo tanto, ella no discute aquí con filósofos, sino con psiquiatras del siglo XIX y con sexólogos anglosajones. El deseo por su propio sexo no es por lo tanto una cuestión filosófica ni un tema de compromiso. >> La segunda fuente es literaria. Apenas tratada en dos páginas, aparece en un momento muy preciso del capítulo, en el que Beauvoir aborda la ambivalencia. Pero a Colette, a la que cita casi en exclusiva, nunca la cita como bisexual. Un simple estudio de la elección de las citas extraídas de Ces

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6 Nota del traductor: en inglés en el original

plaisirs (Esos placeres) demostraría cómo Beauvoir descartó de forma sistemática lo que no sirve a su propósito, a saber, las reflexiones de Colette sobre el placer, el hermafroditismo y la libertad. En cuanto a Renée Vivien, las dimensiones eróticas y anarcofeministas están completamente borradas (Bonnet: 1995, 260). Hasta qué punto era Simone de Beauvoir consciente de esas lagunas cuando en 1984 responde a las preguntas de Hélène V. Wenzel: H. V. Wenzel: Y hoy, treinta y cinco años después, ¿cómo escribiría ese mismo capítulo? ¿Sería igual, distinto? S. de Beauvoir: Oh, no tengo ni idea. Pienso que lo escribiría de otra forma, pero no tengo ni idea de lo que diría al respecto. (…) Ahora sé mucho más, y basándome en lo que sé ahora, en mis experiencias de lesbianas, y en muchas otras cosas, por supuesto, ciertamente lo escribiría de otra forma … Además, ahora hay toda una bibliografía lésbica que entonces no existía … el único libro que había leído sobre el tema era, probablemente, The Well of loneliness (El pozo de la soledad) que es, literariamente hablando, un libro muy malo, aunque sea interesante (Wenzel: 1986, 22 – 23)6

No es cierto que Simone de Beauvoir hubiera escrito ese capítulo de otra forma si se le hubiera presentado la ocasión. Su conclusión de 1949 dice: “Ciertamente la homosexualidad (…) es una actitud elegida en situación, es decir, a la vez motivada y libremente adoptada”. Y más tarde añade: “Para la mujer es una forma entre otras de resolver los problemas planteados por su condición en general, por su situación erótica en particular” (Beauvoir: DS, II, 217). Por lo tanto, he aquí el ejemplo mismo de un pensamiento con vocación universalista que niega a la lesbiana la universalidad. Ella disocia voluntariamente la «condición en general» y «la situación erótica en particular», exactamente como hará en 1980 en una carta de apoyo a Christine Delphy en la causa que la enfrentaba a los excluidos del equipo fundador de Questions féministes. Frédéric Martel cita esta carta en su libro sobre la historia del movimiento homosexual en Francia a partir de 1968. Él escribe: “Este documento inédito sigue siendo esencial. Confirma que el rechazo de la autonomía de la cuestión lésbica se inscribe en la filiación de 141


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Simone de Beauvoir”. Y lo que decía ese documento citado en parte en las actas de la causa: “Siempre me pareció, y me parece, escandaloso que esas personas [las lesbianas radicales] hayan puesto sus intereses sectarios por delante del interés feminista general” (Martel: 1996, 139). La oposición intereses sectarios / interés feminista general procede de la misma lógica que la que concluye el capítulo sobre la lesbiana. De ahí esta pregunta: ¿Qué responsabilidad tiene Beauvoir en la ocultación actual del lesbianismo? Porque hay ocultación, no sólo en el plano del erotismo – para Beauvoir, la sexualidad femenina es amar a un hombre – sino en el plano de la universalidad. Simone de Beauvoir inscribe a la lesbiana en un universalismo sin universalidad7, es decir, un universalismo en el que la lesbiana no participa como mujer que ama a las mujeres. Es un universalismo en el que sólo las heterosexuales representan a todas las mujeres, mientras que las lesbianas sólo se representan a sí mismas. Si las lesbianas deben reconocerse en las heterosexuales (eso es el universalismo del tema), lo recíproco no es cierto. Y, como consecuencia, podemos decir que la heterosexualidad está esencializada mientras que el lesbianismo es un índice de especificidad femenina en el dominio de la sexualidad. Antes de empezar la lectura del capítulo, hay que decir algo sobre el contexto inmediato de la redacción de un capítulo que se realizó con toda probabilidad durante el invierno de 1948 – 1949. Es una época en la que Beauvoir está enamorada de Algren y durante la cual vive con un hombre una relación sexual intensa que la colma. Tiene treinta y nueve años. Sus pasiones femeninas se remontan diez años atrás, pero no ha olvidado nada de lo que ha vivido. Es objeto de una pasión devoradora, ardiente, exclusiva por parte de Violette Leduc. Es una pasión que la molesta y la irrita, pero no hasta el punto de romper toda relación con ella. «Solitaria, profundamente lesbiana, es con mucho la más osada de las mujeres que conozco», le escribe a Algren el 7 de octubre de 1947. «(...) Ella sabe hablar del amor en un tono emocionante y extraordinario». Y escribe esta frase tremendamente reveladora de sus categorías conceptuales: «Ella, con una sensibilidad femenina, escribe como un hombre» (Beauvoir: 1997, 111). Bianca Lamblin, a quien Simone de Beauvoir volvía a ver por aquella época, me confió que nunca le habló de 142

7 Doy las gracias a Sylvie Sabouret por haber llamado mi atención sobre esta cuestión y por haber leído atentamente conmigo la parte “Formation”


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8 Bianca Lamblin me recibió en su casa, en París, el 19 de octubre de 1999.

ese capítulo8. Además, las dos mujeres no hablaron nunca entre ellas de homosexualidad, ni de homofobia, y cuando le pregunté a Bianca Lamblin cómo había empezado su relación amorosa, me respondió que «se produjo sola» por el hecho de que dormían en la misma cama durante su viaje al Morvan, a finales de junio de 1938. No había ninguna culpabilidad ligada a ese acto de amor, sino más bien bravuconería, porque ellas hasta se cogieron de la mano en el autocar que las llevaba a París, a pesar de la mirada hostil de los pasajeros. La inconciencia de la homofobia por parte de Beauvoir va a la par de su rechazo de la burguesía. Quiere desafiar las prohibiciones, verlo todo, conocerlo todo, probarlo todo. El lesbianismo entra en esta avidez. Es otro objeto de consumo (véase en su Journal (Diario), las metáforas alimenticias en las que compara el goce orgánico con el foie gras, «y no de la mejor calidad», precisa en plan entendido (Beauvoir: 1990b, 143)). El lesbianismo no es una situación en el mundo. Es una formación, la última antes de abordar la madurez. Por lo tanto, su poder para poner en duda la ideología burguesa es prácticamente nulo, ya que es una consumación sin conciencia y sin inteligencia del gozo. El manuscrito del capítulo de la lesbiana no se encuentra en la Biblioteca Nacional de Francia. Ha desaparecido con toda la parte de "Formación". He llevado a cabo una investigación con Michelle Vian, que entregó un manuscrito de El Segundo Sexo a la Biblioteca Nacional, y con Denise Pouillon para saber dónde está, pero sin resultado. Desde la primera lectura parece que es difícil encontrar el plano. Es un pensamiento que está dando vueltas y que se contradice a menudo. Beauvoir no utiliza aquí lo que dijo en los capítulos anteriores. Busca y recusa los distintos tipos de explicación de la homosexualidad como los datos fisiológicos, la historia psicológica, las circunstancias exteriores, «la ausencia o el fracaso de las relaciones heterosexuales», la falta de carácter mixto, etc. «Ninguna es determinante», concluye, «pero todas contribuyen a explicarla». Vemos por lo tanto que aprueba lo que recusa, lo que explica las contradicciones del capítulo que son sintomáticas de su propia actitud frente al lesbianismo. Por ello la lectura se organiza en torno a tres contradicciones principales del capítulo. 143


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1 – Beauvoir escribe que hay que juzgar la homosexualidad según su autenticidad, pero termina el capítulo con una descripción de las «comedias de la inautenticidad» La noción de autenticidad aparece después de una primera crítica de las representaciones de los sexólogos y de los psiquiatras. «Ningún destino anatómico determina su sexualidad», escribe ya en el primer párrafo, y muestra con la ayuda de varios ejemplos de mujeres con caracteres viriloides acentuados que la virilidad de una mujer no la condena necesariamente a la homosexualidad. De paso destaco que estos primeros ejemplos de sexualidad femenina son todos de mujeres que aman a hombres. «Verdaderamente», concluye, «la lesbiana no es tanto una mujer «marimacho» como una mujer «superior». La historia del individuo no es un progreso fatal: cada vez, el pasado es reconquistado por una elección nueva y la «normalidad» [observemos las comillas] de la elección no le confiere ningún valor privilegiado: hay que juzgarla según su autenticidad. La homosexualidad puede ser para la mujer tanto una manera de huir de su condición como una manera de asumirla» (Beauvoir: DS, II, 195). Luego la «normalidad» no puede ser un criterio de juicio, ya que la feminidad se considera natural. Vemos aquí aparecer el tema universalista de la conclusión. S. de Beauvoir incluye el problema de la mujer en el de la condición humana en general. El tema del erotismo desaparece aquí mientras que aparece el de la «condición humana» que nos lleva a la introducción del volumen: Las mujeres de hoy están destronando el mito de la feminidad. Empiezan a afirmar de forma concreta su independencia, pero no sin esfuerzo logran vivir integralmente su condición de ser humano.

Para juzgar la autenticidad recurre a la terminología existencialista. «La mujer es un ser al que se le pide que se haga objeto», escribe antes de establecer una serie de equivalencias que van a pesar mucho en la lectura de la mujer lesbiana. En efecto, a diferencia de la equivalencia objeto = relación con lo masculino = pasividad = feminidad, el sujeto se define necesariamente por la actividad, la virilidad y la relación con lo femenino. Pero eso no significa, sin embargo, 145


La lesbiana en El segundo sexo

que en su relación con lo femenino la lesbiana acceda al estatus de sujeto autónomo, activo, «negando al macho» y «rechazando convertirse en presa» porque, escribe, «al hombre le provoca más una heterosexual activa y autónoma que una homosexual no agresiva; la primera pone en duda, sola, las prerrogativas masculinas» (Beauvoir: DS , II, 196). Vemos así cómo Beauvoir se refiere al punto de vista masculino para descalificar la relación con lo femenino en el cuadro lésbico. Hace suya la mirada del hombre para decir entonces que los amores sáficos «aparecen a menudo en las adolescentes como un sucedáneo de las relaciones heterosexuales» (Beauvoir: DS , II, 196); dicho de otra forma, como relaciones inauténticas. Después, Beauvoir vuelve a poner en tela de juicio la distinción de los sexólogos entre invertidas masculinas y femeninas porque le parece arbitraria. «Definir a la lesbiana viril por su voluntad de imitar al hombre es condenarla a la inautenticidad» (Beauvoir: DS , II, 197), escribe. Podríamos creer que Beauvoir se alza aquí contra la cultura científica heredada de la Antigüedad que definía a la tríbada como una mujer que «imita al hombre» (Bonnet: 1995, 64). No es nada de eso, porque la virilidad de la lesbiana no puede ser auténtica. En efecto, si la lesbiana viril se alza contra la especificación femenina, y Beauvoir cita dos ejemplos de travestís presentados por Havelock Ellis y Stekel, «esta rebelión no implica de ninguna manera una predestinación sáfica». ¿Por qué? Porque las mujeres heterosexuales también están en rebelión contra esta especificación, hasta el extremo, escribe, «de que la mujer a la que decimos «viril» es a menudo una verdadera heterosexual». ¿Y, entonces, la lesbiana viril? Bueno, no existe porque su virilidad, nos dice Beauvoir, no es un rasgo de su erotismo, sino de su posición social. Cito: Lo que da a las mujeres encerradas en la homosexualidad un carácter viril no es su vida erótica que, al contrario, las confina en un universo femenino: es el conjunto de las responsabilidades que están obligadas a asumir por el hecho de que se las arreglan sin los hombres (Beauvoir: DS , II, 214).

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Habremos comprendido que el erotismo no es lo que caracteriza a la lesbiana. Y además, cómo podría tener una sensualidad si, observa con agudeza Beauvoir, «sigue privada, evidentemente, de órgano viril; puede desflorar a su amiga con la mano o utilizar un pene artificial para imitar la posesión; no deja de ser por ello un castrado» (Beauvoir: DS , II, 203). Es tanto más vano clasificar a las lesbianas en dos categorías marcadas cuanto que una «comedia social se superpone a sus relaciones verdaderas», prosigue Beauvoir inexorablemente. Y decir exactamente lo que reprochaba a los psicoanalistas: «Complaciéndose en imitar a una pareja bisexuada, sugieren ellas mismas la división en 'viriles' y 'femeninas'» (Beauvoir: DS, II, 211). Dicho de otra forma, las categorías viril / femenino no son producidas por la sociedad sino reproducidas por las lesbianas, que llegan así a las inútiles fanfarronadas y a todas las comedias de la inautenticidad. La lesbiana juega en primer lugar a ser un hombre; después el mismo hecho de ser lesbiana se convierte en un juego; el travestí, de disfraz se transforma en servidumbre; y la mujer, bajo pretexto de sustraerse a la opresión del macho, se hace esclava de su personaje; ella no ha querido encerrarse en la situación de mujer, se aprisiona en la de lesbiana (Beauvoir: DS, II, 217).

Es probable que la homosexualidad sea una prisión para Beauvoir. Pero por qué generalizar en una falsa paradoja que descalifica a la lesbiana hasta en su libertad de sujeto existente. Vemos así cómo la serie de oposiciones paradigmáticas sujeto / objeto, activo / pasivo, masculino / femenino, hipoteca toda posibilidad de comprender la verdad del amor entre mujeres. Además, estas oposiciones se basan en una concepción de la conciencia que corta todo acceso al inconsciente y a la parte oculta de uno mismo. Si una conciencia es siempre consciente de sí misma, como postula el existencialismo, no corremos el riesgo de descubrir verdades escondidas. ¿Por qué una mujer desea a otra mujer cuando toda su educación, su cultura, su religión, la condiciona a desear a un hombre? ¿Por qué y cómo ha escapado a este condicionamiento?, he aquí las preguntas que apenas se plantea Beauvoir. Lo que le interesa únicamente es destruir el mito de la feminidad.

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2 – Beauvoir critica el naturalismo pero se identifica con la mujer viril heterosexual En este capítulo Beauvoir critica el naturalismo dos veces. La primera vez, cuando aborda los conflictos que el erotismo de la mujer sujeto debe superar. La segunda, cuando trata de definir a la lesbiana «viril» según el criterio de la autenticidad. Hemos visto cómo esta definición

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fracasa a causa de sus presupuestos filosóficos, que no dejan lugar alguno a la relación sujeto – sujeto. Ahora vamos a ver cómo una proposición revolucionaria a primera vista sufre la misma suerte. «Si se invoca la naturaleza, se puede decir que naturalmente toda mujer es homosexual» (Beauvoir: DS , II, 195). Como Beauvoir acaba de explicar «si se considera como normal el sistema que, entregándola como presa a un hombre, la restituye su soberanía poniéndole un niño entre los brazos», hay muchas posibilidades para que no vea esta proposición como algo positivo. Y de hecho, va a demostrar con el ejemplo de la adolescente, «que teme la penetración», que si desear un cuerpo femenino es para el hombre una forma de erigirse en sujeto, para la mujer es «al contrario» una forma de reconocerse como objeto porque ella ve en sus semejantes y en sí misma una presa. Para hacer esto, compara la imagen de las lesbianas con la de los pederastas. «El pederasta inspira hostilidad a los heterosexuales, varones y hembras, porque éstos exigen que el hombre sea un sujeto dominador. Por el contrario, los dos sexos consideran a la lesbiana con indulgencia de forma espontánea». Dicho de otra forma, no es la sociedad y sus representaciones quienes ven al varón como sujeto dominador, son los heterosexuales, varones y hembras. Este tópico es introducido por un trabajo de generalización abusivo que reduce a los individuos a categorías. Cuando ella dice «el hombre», «la mujer», «el pederasta», «la adolescente», «la invertida», «el homosexual», «la lesbiana», empleados además para los tres últimos sin definición previa, elude la problemática individual del deseo, reduciendo el encuentro a una relación de poder y el amor a predación (cf. la «presa», «el objeto»). Resulta, inevitablemente, un segundo tópico: la indulgencia de la que se benefician las lesbianas. No tiene en cuenta el voyeurismo masculino del que es un ejemplo notorio, en el libertino siglo XVIII, el conde de Tilly, citado en apoyo de «la indiferencia divertida». Se trata de mostrar aquí que «los amores sáficos son, en la mayoría de los casos, una asunción de la feminidad, no su rechazo». Así, la primera crítica al naturalismo sir ve para demostrar que la lesbiana no contribuye a ninguna liberación. Beauvoir puede adoptar, por lo tanto, la idea de que toda mujer es «naturalmente homosexual». Porque

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si el punto de vista de la naturaleza para una mujer es «ver en sus semejantes y en sí una presa», es «naturalmente homosexual» la mujer que se reconoce como objeto. Vemos así cómo el mito de la feminidad apantalla el discurso homófobo. Porque lo que «la sociedad» reprocha a las lesbianas no es desear lo femenino, sino imitar al hombre haciendo actos contra natura. Esta ocultación del verdadero discurso represivo es tanto más sorprendente cuanto la misma Beauvoir fue blanco de una ley que reprimía la corrupción de menores entre mujeres en nombre de las prácticas sexuales naturales. Ella no es la primera en esta situación. En 1934, una obrera que vivía en Var, Claire Parrini, fue condenada a tres meses de prisión con la sentencia en suspenso y a 25 francos de multa por «práctica contra natura realizada sobre chicas menores»9. El Fallo de la Audiencia Territorial de Aix del 6-12-34 estipulaba: En vista de que el artículo 334 (334-1) del Código Penal no alcanza, en principio, a los actos de seducción personal y directa, las manifestaciones psicológicas naturales de un sexo por el otro, el texto encuentra su aplicación cuando, excepcionalmente, se trata de hechos contra natura, que deben considerarse como actos de perversión, de depravación y de incitación al vicio, actos que convierten a su autor en un corruptor (Semaine Juridique: 1935, 259).

Esas jóvenes eran sus compañeras de trabajo, y como esas «prácticas impúdicas» se hicieron sin testigos, y sin «intermediaria», el Tribunal de Casación anuló el juicio en 1937 por «falta de base legal». Sin embargo, vemos que el artículo del Código Penal que reprime «la incitación de menores al vicio» se aplica tanto a las lesbianas como a los pederastas. Ahora bien, Simone de Beauvoir no quiere saberlo, al igual que no quiere acordarse de haber sido acusada ella misma de corrupción de menores. Su declaración ante el inspector Dubois durante la investigación judicial llevada a cabo contra ella en 1942 es reveladora de esta actitud: Nathalie, como ciertas jóvenes de su edad, me admiraba de una forma verdaderamente exaltada. Nunca respondí a sus llamamientos, al contrario, la encaminé hacia relaciones sexuales normales. Nathalie Sorokine es violenta, impulsiva y muchas veces, después, cuando sólo fui para ella su amiga y su profesora, me 150

9 Agradezco a Claude Courouve por haberme dado a conocer el documento.


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reprochaba algunas de mis relaciones masculinas (Joseph: 1991, 210-212).

Si podemos comprender que Beauvoir niegue tener relaciones sexuales «anormales» bajo el régimen de Vichy, nos explicamos menos cómo no duda en atacar a su amiga para hacer alarde de toda la respetabilidad que va bien con una profesora. La versión de Nathalie Sorokine es muy distinta pero vemos que ella utiliza el mismo vocabulario que Beauvoir: Nunca quise a ese hombre y quería separarme de él a cualquier precio. Entonces inventé esta historia de relaciones sexuales con la Sra. de Beauvoir para librarme del Sr. Dupas. La Sra. de Beauvoir me había dado ese consejo. El Sr. Dupas, dándose cuenta de que yo era una mujer «sexualmente torcida» dejó que le abandonara. (...) Quiero decir que soy una mujer normal. Nunca he tenido relaciones sexuales con mujeres (Joseph: 1991, 211).

Las dos mujeres son las únicas que hablan de «relaciones sexuales normales». Preguntadas, Olga habla «de avances de orden muy especiales»; Wanda, de «costumbres especiales»; Sastre, de «sentimientos particulares para con las mujeres», y «de amistad recíproca entre las Sras. Beauvoir y Sorokine». Por lo que respecta al Sr. Dupas, su ex amante, para él es una «pasión real». Entonces vemos que para Beauvoir el problema no es verdaderamente el naturalismo sino la normalidad, lo que probablemente la determinó a rechazar el episodio hasta el extremo de que en El Segundo Sexo se esfuerza por encerrar una acusación posible de lesbianismo detrás de la crítica del mito de la feminidad. Confiere a la feminidad todo lo que rechaza en la sociedad en nombre del naturalismo sin darse cuenta de que, al contrario, confiriendo a la virilidad cualidades hiperpositivas, practica exactamente lo que denuncia. Pero hay virilidad y virilidad. Ya hemos visto que la lesbiana viril es, a su modo de ver, un castrado. Ahora vamos a ver que no siente por las mujeres a las que desea más que «desprecio», «asco» y «sadismo». Beauvoir introduce esta idea en dos tiempos. Una primera vez citando el caso de la travestí estudiada por Steckel en el que parece que «tenía un profundo desprecio» hacia las jóvenes que deseaba, que «sentía asco» y que después de su matrimonio 151


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«se acostaba con mujeres de manera episódica y de forma sádica» (Beauvoir: DS, II, 203). Aunque este ejemplo lanza a la lesbiana viril hacia lo patológico, Beauvoir no duda en retomar esas nociones al final del capítulo a propósito de Gertrude Stein y Alice Toklas, escribiendo: «La homosexual muy viril tendrá una actitud ambivalente con respecto a las mujeres: las desprecia, pero tiene ante ellas un complejo de inferioridad a la vez como mujer y como hombre» (Beauvoir: DS, II, 216). Igualmente, retomando según su opinión las variaciones inmemoriales de los hombres sobre «las mujeres entre ellas», escribe: las mujeres son despiadadas entre ellas; se hacen fracasar, se provocan, se persiguen, se ensañan y se arrastran mutuamente hasta el fondo de la abyección (Beauvoir: DS, II, 213).

Notemos la palabra tan fuerte de abyección que, expresando ciertamente un verdadero asco de la autora, revela de hecho un conflicto interior. Como escribe Groddeck en Le livre du Ça (El libro de Eso): Observen y vean contra qué se alza la gente, contra lo que desprecian, lo que les da asco. Detrás de las invectivas, el desprecio, el asco se esconde siempre y sin ninguna excepción un grave conflicto que no ha encontrado su conclusión. Nunca podrán equivocarse suponiendo que el hombre que ha amado mucho, todavía ama lo que detesta, que ha admirado y todavía admira lo que desprecia, que ha deseado con avidez y todavía desea lo que le da asco (Groddeck: 1963, 102).

¿No es ese asco de la mujer viril por la mujer que desea el eco de su propio asco, expresado muchas veces en sus cartas a Sartre de 1939? «Noche patética, apasionada, estaba hastiada de pasión, es foie gras pero de mala calidad además», dice de una noche que pasó con Louise Védrine (Beauvoir: 1990a: 225)10. ¿No es también una parte de ella que desprecia en la otra y mutila en ella misma? ¿Cómo se puede desear la feminidad cuando uno se ve como sujeto soberano, «mujer muy entera» y de acción cuya «sensualidad robusta no se asusta de la avidez masculina»? Para Beauvoir, sólo es «normal» la mujer viril heterosexual. Y hacer un elogio apasionado de las heterosexuales viriles, citando a George Sand, Mme de Staël, Catalina de Rusia e Isabelle Ehberardt, sin que el nombre de una sola lesbiana viril le venga a la escritura, cuando en ese campo no faltan ejemplos a lo 152

10 Encontramos las mismas expresiones en su Journal de guerre y en sus Lettres à Sartre de esa época. No se realiza aquí el estudio de las variantes porque nos conduciría a un análisis del «trío» que no es el propósito de este artículo.


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largo de los siglos. Rosa Bonheur, la pintora de animales que se vestía de hombre y vivió cuarenta años con Natalie Micas, la actriz Françoise Raucourt en el siglo XVIII (Bonnet: 1995, 169), la Sra. de Maupin en el siglo XVII, Cristina de Suecia, sin olvidar a Mary, quemada viva en el siglo XVI porque se había casado con la mujer a la que amaba haciéndose pasar por un hombre (Bonnet: 1998b, 23). También habría que evocar la bisexualidad de George Sand y la declaración de Colette sobre el «sexo oficial y el sexo clandestino» (Colette: 1971, 72). El desprecio pregonado de Beauvoir por las lesbianas va tan lejos que incluso echa la culpa a las artistas y escritoras entre quienes, reconoce, se cuentan numerosas lesbianas. Pero, “no es que su singularidad sexual sea fuente de energía creadora, o manifieste la existencia de esta energía superior; es, más bien que, absorbidas por un trabajo serio, no tienen intención de perder su tiempo jugando un papel de mujer ni luchando contra los hombres” (Beauvoir: DS, II, 201). Eliminado una vez más el erotismo, ¿qué les queda de específico? “Incompleta como mujer, impotente como hombre(…) Nada da peor impresión de estrechez de espíritu y de mutilación que esos clanes de mujeres emancipadas” (Beauvoir: DS, II, 217). Dejemos pues a las mujeres emancipadas y pasemos a la tercera contradicción.

3 – La homosexualidad es una elección pero la lesbiana es ambivalente. Al desechar el naturalismo, la normalidad vuelve a galope La noción de ambivalencia atraviesa todo el capítulo. De entrada, en todas las páginas del principio, cuando Beauvoir escribe: “Lo que hay que explicar de la invertida no es, por lo tanto, el aspecto positivo de su elección, es la cara negativa de la misma: no se caracteriza porque le gusten las mujeres, sino por la exclusividad de ese gusto” (Beauvoir: DS, II, 196). He aquí lo que es original, en efecto, pero la ambivalencia aparece sobre todo cuando Beauvoir compara a la lesbiana con la mujer normal. “Igual que la mujer frígida desea el placer a la vez que lo rechaza, la lesbiana querría a menudo ser una mujer normal y completa, a la vez que no lo quiere” (Beauvoir: DS, II, 202) ¡Qué buena confesión!, porque, ¿no es ahí donde se sitúa su problema? De ahí, la equivalencia con la frigidez, porque lo que rechaza la mujer frígida no es 153


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el placer, sino al hombre que pretende proporcionarlo, o tomarlo. Así, la ambivalencia no se sitúa en relación a las categorías naturalistas masculino / femenino, sino en relación a la norma dominante. Y además, Beauvoir no para de alzarse contra la división entre lesbianas viriles y femeninas, contra la separación entre heterosexuales y homosexuales. Si las relaciones mayor / menor están marcadas por la ambivalencia, si ésta es constitutiva de la pareja lesbiana y si incluso “la sexualidad de ellas es ambigua”, no es porque ellas no hayan elegido verdaderamente entre femenino o viril. Es porque viven la no separación entre el objeto y el sujeto. “Entre el hombre y la mujer, el amor es un acto”, escribe Beauvoir, y yo preciso, un acto reconocido como tal, normal por lo tanto. “Entre mujeres el amor es contemplación; (...) la separación está abolida, no hay ni lucha, ni victoria, ni derrota; en una reciprocidad exacta cada una es a la vez el sujeto y el objeto, la soberana y la esclava; la dualidad es complicidad” (Beauvoir: DS, II, 208). Dicho de otra forma, hay mezcla, no diferenciación de los sujetos. De ahí su desarrollo sobre «la semejanza», «el desdoblamiento» y lo que ella llama «el milagro del espejo», que significa al menos una cosa, grave para la Beauvoir feminista: la mujer no se construye como sujeto en el cara a cara erótico con otra mujer sujeto. La joven se metamorfosea frente a un hombre en sujeto activo, autónomo, viril. No frente a una mujer. ¿Qué más decir? Al final del capítulo sigue sin pensarse en la elección amorosa de las lesbianas. En cambio, hemos asistido a: >> La negación del eros lésbico. “Con frecuencia, el erotismo no tiene más que una parte muy pequeña en esas uniones – la voluptuosidad tienen un carácter menos aterrador, menos vertiginoso que entre el hombre y la mujer. No produce metamorfosis tan turbadoras”. Sólo es legítima la heterosexualidad. >> La negación de la especificidad de la pareja lesbiana. “Como la de un hombre y una mujer, la asociación de dos mujeres toma calidad de figuras diferentes. … entre las lesbianas hay tanto prostitutas como grandes enamoradas”. Conservándole un carácter perverso, la pareja homosexual es evacuada y sigue sin pensarse en ella por el hecho de que es parecida en todo momento a la pareja heterosexual. 154


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>> La negación del amor como fuente de conocimiento de uno mismo y de liberación de los condicionamientos sociales. Las mujeres que han tomado la elección «exclusiva» de amar a las mujeres están «encerradas en la homosexualidad». >> La negación del patriarcado. Las lesbianas “se comportan como hombres en un mundo sin hombres”. La proposición es, evidentemente, falsa. No viven en un mundo sin hombres sino en un mundo hecho por y para los hombres. La superioridad erótica del hombre no se pone nunca en tela de juicio. Al final de la parte de "Formación", sabemos que ser una mujer, auténtica, sujeto, soberana, es desear a un hombre. Pero sobre todo, el universalismo calmante de la conclusión quita toda legitimidad a la pareja lesbiana. Porque si todo viene a ser lo mismo, entonces ¿por qué ser homosexual? La lesbiana es el escollo de la tesis antinaturalista defendida por Simone de Beauvoir en El Segundo Sexo. No se nace mujer, y por lo tanto una no se convierte en lesbiana. Beauvoir populariza los temas de la psiquiatría del siglo XIX sobre la inversión sexual. Es en el capítulo sobre la lesbiana donde encontramos con más frecuencia el término «viril». ¡Y con razón! La norma heterosexual «viril» no sólo es reconocida como tal, aprobada, utilizada, reconducida sin discusión; sino que también funda la representación del universalismo beauvoiriano. Combatiendo exclusivamente el «mito de la feminidad», Beauvoir salvaguardó el de la «virilidad», tal vez para protegerse a sí misma como «mujer muy entera» reconocida por el Hombre-Institución (fue segunda en la oposición a la cátedra de filosofía después de Sastre) y reconociéndose a sí misma en las categorías filosóficas construidas por él. Beauvoir nos muestra que sin amor hay «inversión sexual»; sin escuchar al deseo, hay una concepción del sujeto todo poderoso, no estratificado, que protege su propia ambivalencia sobre la pareja lesbiana. Sin amor a sí como mujer, está la heterosexual viril que culpabiliza a la lesbiana de desear la feminidad de la mujer porque, para la filosofía colonizada por la conciencia viril, la feminidad es una «mutilación».

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Con El Segundo Sexo Beauvoir afianzó el feminismo en la sociología, y no en la filosofía; lo afianzó en la indiferenciación y lo trágico. «Toda conciencia persigue la muerte del otro», escribía como epígrafe de La invitada (Beauvoir: 1943, 6). Esta cita de Hegel demuestra que es su concepción de la conciencia lo que le impide ver en el lesbianismo un acto de conocimiento recíproco y experimental de la mujer con la mujer que conecta, por la dinámica propia del deseo, el plano puramente «orgánico» con el del Corazón y de la Inteligencia. Beauvoir, ¿jansenista del feminismo?

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B I B L I O G R A FÍA BAIR, Deirdre (1991), Simone de Beauvoir, París, Fayard. BEAUVOIR de, Simone (1997), Lettres à Nelson Algren, Un amour transatlantique 1947-1964. (Cartas a Nelson Algren, Un amor transatlántico 1947-1964) Texto redactado, traducido del inglés y anotado por Sylvie Le Bon de Beauvoir, París, Gallimard, Folio. - (1990a), Lettres à Sartre (Cartas a Sartre), París, Gallimard. - (1990b), Journal de guerre (Diario de guerra), París, Gallimard. - (1979), Quand prime le spirituel (Cuando prima lo espiritual), novela, Paris, Gallimard. - (1949), Le Deuxième Sexe (El Segundo Sexo), París, Gallimard, (Col. Folio 2 vol., 1976). - (1943), L’Invitée (La invitada), París, Gallimard. BONNET, Marie-Jo (2000), Les Deux Amies (Las dos amigas), ensayo sobre la pareja de mujeres en el arte, París, Blanche. - (1998a), «De l’émancipation amoureuse des femmes dans la Cité - Lesbiennes et féministes au XXème siècle» («De la emancipación amorosa de las mujers en la Ciudad – Lesbianas y feministas en el siglo XX»), Les Temps Modernes, n° 598, marzo-abril, 84-112. - (1998b), «Les bûchers de Gomorrhe» («Las hogueras de Gomorra»), Ex Aequo, 18, 23.

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La lesbiana en El segundo sexo

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Pensando a la pareja homosexual desde el discurso psicoanalítico María Celeste Reyna y María Celeste Stecco

Este artículo expone el trayecto de una reflexión que comenzó con el cuestionamiento de ciertos conceptos psicoanalíticos que parecían no abarcar las nuevas realidades que se están manifestando. La falta, carencia o ausencia es lo que propulsa la búsqueda, lo que pone en movimiento el deseo. Pensábamos acerca de la falta de sostén y soporte vincular de aquellas parejas homosexuales que desean tener un hijo; acerca de la carencia de reconocimiento familiar que deben portar–soportar para ser y para hacerse un lugar; acerca de la ausencia de un espacio social negado sólo por el aspecto de su sexualidad. Surge entonces una primera idea: las parejas homosexuales empiezan a abrir espacios no pensados con anterioridad. Llega a nosotras un documental titulado “Padres rosas”, emitido por Televisión Española, en el que diversas parejas homosexuales relatan sus deseos de tener hijos, las dificultades para conseguirlo y las posibilidades de concreción a través del uso de diversos recursos. A partir de esto nos propusimos promover el pasaje de un conocimiento parcializado de la homosexualidad, a su reconocimiento como estructura vincular, lo cual nos condujo a repensar los conceptos básicos del Psicoanálisis Vincular tales como: estructura, pareja, zócalo inconsciente, pactos y acuerdos inconscientes, parámetros definitorios, estructura familiar inconsciente, etc. La revisión de los postulados de la teoría elegida acerca del vínculo de pareja nos mostraba que todos ellos se referían exclusivamente a la estructura de pareja heterosexual. Aunque dicha teoría nos daba elementos para poder pensar la estructura de pareja, nos resultaba insuficiente. Más allá de que nuestra intención no era forzar conceptos, éstos intentaban redefinirse. Es así como comienza nuestro desafío de llenar estos espacios vacíos que demandan una lectura psicológica. 159


Pensando a la pareja homosexual desde el discurso psicoanalítico

La transmisión del deseo de tener un hijo La pareja es considerada evolutivamente como el origen de la familia. El Psicoanálisis de las Configuraciones Vinculares nos dice que la misma se desprende de una familia donde se han originado sus modelos; allí se transmite el deseo de perpetuarse en el tiempo a través del deseo de tener hijos. ¿Cómo se produce esta transmisión? A través de la Estructura Familiar Inconsciente. Los significados y significantes provenientes de la cultura y de la cadena transgeneracional son transmitidos por esta matriz simbólica; ideales y mitos, creencias y mandatos son así transferidos al sujeto. Para Piera Aulagnier los deseos parentales –transmisores a la vez del mandato transgeneracional– determinan una suerte de destino que en algunas familias fija en forma indubitable qué ser, cómo y cuándo. De esta manera la familia (parte de la cultura) se constituye en una de las principales fuentes transmisoras del deseo de tener un hijo. Esta inscripción estaría en todos los sujetos y en todas las parejas en distintas formas. El deseo de tener un hijo y de que la pareja trascienda dependerá de un proyecto conjunto y de cada pareja en particular. Para llegar a dicha decisión las partes tendrán que haber adquirido cierta complejidad vincular.

Entender a la pareja desde el Psicoanálisis Vincular El Psicoanálisis Vincular define a la pareja como una estructura vincular entre dos personas de diferente sexo d e s d e u n m o m e n t o d a d o, c u a n d o e s t a b l e c e n e l compromiso de formarla en toda su amplitud, lo puedan cumplir o no. La palabra “estructura” alude a una unidad formada por un conjunto de partes. Etimológicamente, dicho término deriva de “construir”, tomado del latín constituere, “organizar”, “instituir”, “disponer”, propiamente “poner”, “colocar”. “Vínculo” tiene su origen en el latín vinculum, de vincire, “atar”, “sujetar”. La pareja es una construcción dada a partir de la disposición–organización de sus partes, yoes que se encuentran atados, sujetados. 160


María Celeste Reyna y María Celeste Stecco

Hablar de estructura desde esta teoría es referirse entre otras cosas a vínculos, a lugares y a funciones, es hacer referencia al significado inconsciente que determina las relaciones familiares. Su carácter de sistema pone de relieve la modificación y la transformación constante. Cada pareja es una construcción formada por dos yoes, bajo una organización específica en la que la modificación en una de sus partes modificará inevitablemente a las otras. Estructura conformada por dos sujetos establecidos o estableciéndose como unidad, conjunto que al modificarse–complejizarse transforma su devenir. Contiene una zona dotada de una capacidad virtual de apertura hacia lo sociocultural, dando cabida al vínculo con los hijos pasando a ser una estructura familiar. Cada familia ofrece un particular modelo de constitución de pareja. Es por esto que a la creación del vínculo de pareja cada uno de sus yoes llegará con el objeto pareja que le es propio. Con la complejización del vínculo, con los reconocimientos y aceptaciones de la diferencia, se irá adquiriendo una construcción inédita en la que participarán las dos partes, diluyendo lo conocido y dándole una nueva forma a este objeto imaginado para que así se transforme en un objeto compartido. Dentro de una pareja se hallan aspectos compartibles de cada yo que por medio de acuerdos inconscientes tienden a ser unificados, conformando una organización vincular de mayor complejidad. No todos los aspectos son susceptibles de ser compartidos con el otro, pero mediante el pacto inconsciente se le concede al otro la ayuda que necesita para satisfacer su deseo. En base a los acuerdos y pactos inconscientes se construye el Zócalo Inconsciente de la pareja, estructura profunda intersubjetiva, reguladora de la misma. El zócalo remite a lo originario, a la fundación, provee a la pareja un “código dador de sentidos implícitos” subyacente a todas las modalidades de relación, las cuales hacen referencia a una estructura inconsciente que determina la forma de ser de la pareja. Esta forma de ser se establecerá a partir de la convergencia de los distintos mundos de cada yo, cada uno con sus identificaciones, sus representaciones socioculturales inconscientes y sus deseos infantiles insatisfechos en la búsqueda pulsional de reencontrar a otro que lo colme. 161


Pensando a la pareja homosexual desde el discurso psicoanalítico

La pareja homosexual como Estructura Vincular El Psicoanálisis de las Configuraciones Vinculares desarrolla el concepto de pareja reduciéndolo al de pareja heterosexual. Surge aquí nuestro primer interrogante hacia la teoría: ¿es que la pareja homosexual no es acaso una estructura vincular, sólo que formada por dos sujetos del mismo sexo? La pareja homosexual es una estructura conformada por dos sujetos del mismo sexo que se han elegido mutuamente para establecer un espacio vincular que tendrá características específicas. Es originada por la relación intersubjetiva entre un yo y otro yo, es un espacio en el cual se alojará el mundo intrasubjetivo de cada uno ellos, como así también el que dará forma a la realidad vincular creada por sus propios protagonistas. Consideramos a la pareja homosexual como estructura vincular desde el momento en que se encontrarían dos sujetos para “ligarse”, un yo que buscaría a otro para “colmarse”. En la búsqueda de otro sujeto podemos ver la necesidad de sostén y de corte con los ideales familiares, salida exogámica en donde cada yo luchará para ser sujeto de su propio deseo.

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María Celeste Reyna y María Celeste Stecco

Momentos constitutivos del vínculo de pareja homosexual J. Puget (1988) nos habla de tres momentos de constitución del vínculo de pareja. El primero consiste en el enamoramiento, en la fusión entre dos yoes en donde el otro encontrado es considerado un objeto único que viene a completarlo. Se basa en una necesidad existencial de continuidad y estabilidad. Las dependencias imperantes son primordialmente afectiva y sexual y responden a exigencias de placer y reconocimiento narcisista. En el segundo momento la diferencia viene a romper el estado de fusión mantenido, produciendo un pasaje de la relación narcisista–especular a una relación objetal–objetivable. Paulatinamente, las cualidades desconocidas del otro, que oficiaban de tercero, comienzan a percibirse y a imprimir su sello. Se pasa de tomar al otro como un objeto ideal a considerarlo como un otro real. Y por último, el tercer momento, en el que habiéndose caído el ideal y reconocido al otro como diferente a él, se instaura nuevamente una falta, carencia que da origen a un espacio vacío perteneciente a la pareja que sólo podrá llenarse mediante el proyecto vital compartido, por hijos reales o simbólicos. Este espacio no alude al proyecto individual que propulsó la búsqueda de un objeto nuevo, sino que se trata de uno perteneciente a la pareja. Podemos ver que en la constitución del vínculo de pareja habría tres instancias a tener en cuenta: >> El encuentro con el otro ideal que produce el enamoramiento. Fusión. Ilusión de completud. >> El pasaje del otro como sujeto ideal a sujeto real. Conocimiento y reconocimiento de la diferencia. >> La diferencia instaura una falta en la pareja, la que intentarán colmar gestando el proyecto común de tener un hijo. La pareja, a través de los distintos momentos de su historia, pasa por grados de menor a grados de mayor complejidad vincular, más allá de la elección sexual de los sujetos que la conforman. El hecho de que el ideal caiga y las diferencias se reconozcan dotan al vínculo de mayor estabilidad, posibilitando que de la pareja se origine una familia. 163


Pensando a la pareja homosexual desde el discurso psicoanalítico

Estructura de pareja: parámetros que la definen 1 El Psicoanálisis Vincular propone parámetros definitorios de la estructura de pareja heterosexual. Nos dice que para que podamos hablar de pareja tiene que darse una cierta “cotidianeidad” entre sus protagonistas, éstos deben mantener “relaciones sexuales”, deben tener una “tendencia monogámica” y gestar entre ambos un “proyecto vital compartido” cuyo prototipo es el proyecto–hijo. Son estos parámetros los que designarán el encuadre, su sentido y los significantes circulantes en la pareja. A partir de los casos analizados del documental “Padres rosas” pudimos observar que estos parámetros también definen a la pareja homosexual. Desde el momento en que dos yoes se vinculan y están dispuestos a establecerse en el marco de una pareja habrá siempre algún tipo de cotidianidad (lugar simbólico del vínculo), de modalidad de relaciones sexuales (intercambio sexual creado en cada pareja), alguna forma de proyecto compartido (dimensión de tiempo futuro) y alguna promesa de tendencia monogámica (elección de un único objeto amoroso).

Proyecto vital compartido: un trayecto hacia delante Debido a que nuestro interés es analizar a la pareja homosexual como fundante de una estructura familiar, consideramos que debemos hacer principal hincapié en el análisis del proyecto vital gestado en la pareja. El Psicoanálisis Vincular postula al proyecto vital compartido1 como la acción de unir, y en la pareja de re-unir, representaciones de realización o logro ubicadas en la dimensión de tiempo futuro. Considera que el primer proyecto vital de una pareja es compartir un espacio–tiempo vincular. Probablemente el inicio de su realización es la adquisición de un lenguaje con significado compartido. Es un logro debido a la complejización del vínculo, creador a su vez de otros vínculos. El proyecto evoluciona hacia el futuro y se representa como ir organizando un trayecto pensado hacia delante. El modelo paradigmático de proyecto futuro para una pareja pasa por la creación de hijos reales o simbólicos. 164

I. Berenstein, J. Puget (1988), p. 17.


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El proyecto vital compartido tiene como característica el permanente pasaje a la cotidianeidad, lo cual lleva a reformular un nuevo proyecto. La pareja requiere un encuadre para poder soportar la concreción del proyecto, la crisis y la renovación o reformulación de uno nuevo. En el tercer caso del documental citado, Chris ha tenido sus hijos con dos antiguas amigas lesbianas. Él vive solo y no tiene un compañero estable; los niños viven con sus dos madres (quienes llevan una relación prolongada) a unos cientos de metros de distancia y él les visita todos los días. Los hijos fueron concebidos por autoinseminación con el esperma de Chris. En esta estructura familiar, se une un proyecto vital individual y otro compartido, gestándose una configuración vincular inédita. Una de las protagonistas de la pareja nos dice lo siguiente: El plan original era que tendríamos dos hijos y cada una daría a luz a uno de ellos. Yo empecé primero porque estaba en un periodo de mi carrera que me lo permitía. Tardé algo más de un año en quedarme embarazada y luego tuve un aborto, y más tarde un embarazo octópico, y los médicos me dijeron que las posibilidades de quedarme embarazada eran mínimas a menos que recurriera a la fecundación in vitro. Pensé: para qué hacer una fecundación in vitro cuando hay otra mujer a mi lado dispuesta a tener el bebé...

El “plan original” pertenecía a las dos. Esto nos permite intuir que el proyecto de tener un hijo era compartido. Este plan original debió reformularse, recreándose dentro de nuevas posibilidades. No parece esta imposibilidad haber generado algún problema a nivel del vínculo de pareja, la que se habría afirmado al constatar el valor de la complementariedad vincular. Hablamos de una pareja homosexual dotada de cierta estabilidad. La solidez les habría permitido el replanteamiento de su proyecto; luego, la concreción del mismo, al pasar del proyecto–hijo al hijo real, y la reformulación de uno nuevo con el proyecto y la concreción de un segundo hijo. Estas reformulaciones habrían sido posibilitadas por la complejización vincular. Podemos pensar que los hijos de esta pareja habrían llegado a colmar una falta en la estructura, a colmar a su vez el deseo de continuidad, de trascendencia, de un ir más allá de la pareja. 165


Pensando a la pareja homosexual desde el discurso psicoanalítico

Silvia Donoso2 nos habla del deseo de ser madres en las parejas de lesbianas. Postula que el deseo de ser madre aparece como un deseo natural no asociado a la orientación sexual, conformando dos esferas diferentes de identidad. Considera que el deseo de ser madres va igualmente unido a su condición, al planteamiento de otros elementos íntimamente ligados a su condición de pareja de lesbianas. Postula que muchas de las mujeres lesbianas nunca se hubieran planteado llevar a cabo un proceso de inseminación o una adopción sin la seguridad de tener una relación estable en la que la maternidad sea compartida. Nos habla del tener un hijo como un proyecto de dos, afirmando que compartir ese proyecto es fundamental para iniciarlo. A partir de lo expuesto podemos decir que, al igual que en la pareja heterosexual, en la pareja homosexual el proyecto– hijo surge como un proyecto compartido, proyecto que aludiría a la continuidad en el tiempo, al deseo de trascendencia, a un ir más allá de la pareja.

El lugar para el tercero Hemos analizado hasta aquí el surgimiento del deseo de tener un hijo en la estructura de pareja homosexual. Nos preguntamos: ¿Qué lugar viene a ocupar este futuro hijo en el seno de la pareja? A partir de los casos analizados en el documental “Padres rosas” nos encontramos con que no existe una respuesta unívoca, sino que el lugar a ocupar por el tercero dependerá de cada configuración vincular, de su nivel de complejización, de la manera en que se distribuyan los lugares y se adjudiquen las funciones dentro de la estructura familiar. El Psicoanálisis Vincular nos habla de los distintos vínculos y funciones que circulan en una estructura. Nos adherimos a lo propuesto por Susana Luraschi y Aurora Bello cuando dicen que la función es la capacidad de acción propia de quien ocupa el lugar y a éste como algo singular, novedoso. Las funciones están ligadas a lugares simbólicos en cuyo ejercicio incidirán los valores y mitos que cada cultura crea para las relaciones familiares. La función materna hace referencia a la capacidad de amparar y sostener al niño, posibilitando su constitución subjetiva. Quien ejerza esta función deberá propiciar el corte de la relación diádica instaurada, permitiendo que la función paterna se haga presente. Esta última simboliza la ley que 166

2 Silvia Donoso (2002).


María Celeste Reyna y María Celeste Stecco

3 M.A. Bello, S. Luraschi (2001).

ordena la estructura familiar haciendo del niño un sujeto separado, y así diferenciado de la estructura de pareja, lo que posibilitará la constitución de una identidad propia. Para ello, según Susana Matus, será necesario que el registro dual caiga y aparezca un lugar simbólico para el tercero, así el lugar del hijo podrá ser libidinizado como un proyecto de los padres, reconociéndolo como diferente. De lo contrario, el hijo implicaría satisfacción más que cumplimiento, la búsqueda permanente será el repliegue de la familia sobre sí misma. El pensar al hijo como un sujeto diferenciado le garantiza a éste la salida exogámica, la independencia y autonomía para escribir su propia historia. El posicionarlo en el lugar de la satisfacción de la pareja le estaría dificultando el reconocerse como sujeto separado de la pareja de los padres, su función sería la de hacer de marco a esta estructura dual en la que la fusión continuaría operando. A partir de estas teorizaciones podemos decir que el lugar al que adviene el hijo de la pareja depende de la especificidad de cada configuración vincular, lo cual iría más allá del sexo de quienes la componen.

Del conocimiento al reconocimiento ...Pensar en parejas homosexuales que fundan familias con hijos es posibilitar la emergencia de nuevas realidades estrechamente ligadas a la producción de nuevas subjetividades3...

El proyecto vital, más allá de que pueda llegar a ser compartido, transformándose en proyecto de la pareja, proviene también de un mandato cultural y social que refiere tanto a la continuidad de la especie como a la construcción de la historia futura. La cultura realiza una imposición a la estructura de pareja, la de transformarse en familia asumiendo el mandato de tener hijos. Sin embargo es ella quien determina quiénes deben ser esos padres; define las modalidades de la alianza mediante reglas y normas. La modalidad de alianza definida por la cultura occidental es la de pareja heterosexual. Ésta sería la norma a cumplir, el modelo a seguir. ¿Qué sucede con las modalidades de alianza que difieren de la prescrita por la cultura? ¿Estas nuevas formas estarían demandando una reformulación del paradigma de pareja instituido? 167


Pensando a la pareja homosexual desde el discurso psicoanalítico

En estas configuraciones vinculares nuevas, la ciencia y la técnica, como producción cultural, estarían posibilitando la continuidad; el procrear biológicamente sería posible, sólo que “...un poco más complicado...”4. ¿Sería esta cultura que niega y rechaza a estas formas de pareja, la que por medio de la ciencia estaría permitiendo la subsistencia del grupo? Si es la naturaleza la que impele a los padres a unirse y la cultura la que determina quiénes deben ser esos padres, ¿no estaríamos aludiendo a que es ésta quien está posibilitando la emergencia de nuevas estructuras? La ciencia estaría enmarcando nuevos intercambios en los que se preservaría la subsistencia del grupo, la trascendencia de estas parejas. ¿Emergería en esta paradoja cultural lo contradictorio del discurso social en lo que respecta al conocimiento, desconocimiento y reconocimiento de estas estructuras familiares? Silvia Donoso5 nos habla acerca de estas contradicciones que circulan en la cultura. Plantea que en esta sociedad los términos "madre" y "lesbiana" se anulan mutuamente. Las lesbianas deben asumir la contradicción social de que como mujeres deberían tener hijos y como lesbianas deberían renunciar a ellos. El deseo de ser madre aparece como un deseo natural no asociado a la orientación sexual conformando dos esferas diferentes de la identidad. Como mujeres el deseo de ser madres está vinculado a un instinto natural o a la voluntad de consolidar la familia (cuestiones similares a las madres heterosexuales). Como lesbianas que consideran la maternidad deben hacer frente a cuestiones que aparecen vinculadas exclusivamente a la maternidad lésbica. A su vez, dicha autora menciona cómo operan los ideales socioculturales en lo que respecta al desconocimiento de dichas parejas. “Las manifestaciones públicas son escasas”, lo que contribuye a mantener el estereotipo de las lesbianas como mujeres sin voluntad de ejercer la maternidad. Esta visión enraizada en la sociedad es un discurso estereotipado que confunde los roles de género tradicionales con conceptos erróneos sobre la relación entre identidad y la orientación sexual. En uno de los casos del documental analizado, Chris y Liz nos decían lo siguiente: CH - ... Visto desde fuera creo que quizás parecemos una familia normal, excepto por un par de hechos 168

4 Documental “Padres rosas”. Caso II.

5 Silvia Donoso (2002).


María Celeste Reyna y María Celeste Stecco

6 G. Gaido, N. Ferraris, S. Luraschi, D. Spollansky (1997), p. 87.

fundamentales y es que hay tres adultos al mando de una familia y que son un homosexual y dos lesbianas... L - ... Cuando alguna gente dice que las familias de padres gays y lesbianas son antinaturales, lo que en realidad quieren decir es “no lo entiendo y se sale de la norma”. El que la gente lo apruebe o no ya es otro asunto, pero mi capacidad para criar niños no tiene nada que ver con mi orientación sexual. Puede que estadísticamente esté fuera de lo normal, pero el que sea correcto o no es una cuestión diferente, en el fondo lo que de verdad importa es tu actitud maternal o paternal...

La necesidad en las familias homoparentales de hacerse un lugar en el imaginario social los arroja a una lucha, lucha a la que deben enfrentarse para decir “somos”. Es contra el paradigma de familia instituido con el que tienen que lidiar y eso produce un doble trabajo: “para ser y para hacerse un lugar”6. Son estas familias muy distintas que enfrentan a la cultura con la diferencia. Retomamos el texto “El Muy Distinto” para enfatizar desde lo teórico algunas hipótesis sobre la reacción de la sociedad ante lo que se presenta como novedoso. Lo que plantean los autores es una diferencia entre lo distinto y lo muy distinto en una estructura. Lo distinto implicaría una diferenciación necesaria que posibilita la circulación, el movimiento, el contacto con el exterior dando lugar al surgimiento de algo nuevo y propio. En cambio el exceso, lo que supera los límites tolerables, irrumpe explosivamente apareciendo como muy distinto, pero paradojalmente indiscriminado, dificultando circulación, movimiento y apertura; desencadenando mecanismos primitivos de escisión, proyecciones masivas, renegación. Los autores postulan que la sociedad tiende a discriminar a aquellos que son muy distintos, y así la negación de la realidad como mecanismo crea un espacio separado. El narcisismo es el que comanda la reacción de la sociedad ante lo diferente, y así, a mayor narcisismo en un funcionamiento social, mayor discriminación de lo considerado distinto. Consideran que lo muy distinto aparecería como un emergente de la estructura, lo que representa una paradoja. Porque lo aparentemente expulsado, discriminado, agredido como si fuera extraño a la estructura, es en realidad una parte esencial de la estructura misma.

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Pensando a la pareja homosexual desde el discurso psicoanalítico

A partir de lo expuesto nos preguntamos: si las parejas homosexuales son parte de la misma estructura que intenta silenciarlas, ¿estarían dando cuenta de la dimensión inconsciente de la sociedad? ¿Serían las parejas homosexuales un contenido reprimido de esta estructura social inconsciente? Denise Najmanovich, en su artículo “Dinámica vincular: territorios creados en el juego”, nos propone que los vínculos deben pensarse con una óptica distinta a la que se ha privilegiado en Occidente desde la antigüedad. Entidades y relaciones pensadas totalmente definidas, determinadas, absolutas y eternas desde Platón hasta el Estructuralismo. Sin embargo, en las últimas décadas otros paradigmas, otras perspectivas conceptuales, han comenzado a crear la posibilidad de pensar de una manera diferente. Nos propone un pensamiento abordado desde el enfoque de la complejidad, el cual debería dar cuenta de la diversidad y el cambio. El desafío del mismo es pensar una dinámica que no es un despliegue de lo mismo, un mero desplazamiento regido por leyes causales, eternas, sino una transformación emergente en un proceso no totalmente determinado, abierto al azar y a la creación de novedad. Nos dice que los vínculos emergen simultáneamente con aquello que enlazan en una dinámica de autoorganización. Se trata de pasar de un único mundo, compuesto por elementos y relaciones fijadas por la leyes de la lógica clásica, a multimundos donde unidades heterogéneas y vínculos no tienen un sentido univoco, no están completamente determinados, no existen independientemente sino que emergen y co-evolucionan en una dinámica creativa: el juego de la vida. Se deberá generar un territorio capaz de rebasar sus propios límites para dar cuenta de otras posibilidades conceptuales. Pensar los vínculos desde una perspectiva que nos lleve a desachatar el mundo monológico signado por la pretensión identitaria. No se trata de un pensamiento “alternativo” o de una “visión complementaria” a la de la lógica clásica, sino más bien de insuflar sentido, de ir más allá, de abrir una compuerta evolutiva que nos permita pensar multidimensionalmente. Será preciso poner las paradojas en movimiento para que puedan aparecer nuevos planos de realidad, nuevos mundos posibles. 170


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Desde esta perspectiva el sujeto no es, sino que adviene y deviene en y por los intercambios sociales en los que participa y en cuyo ambiente está embebido. Se deberá dejar atrás el “sujeto” y comenzar a pensar en términos de producción de subjetividad en una dinámica vincular ya que no nacemos sujetos, llegamos a serlo a partir de juegos sociales específicos. Las parejas homosexuales, las familias fundadas por éstas, estarían planteando un nuevo plano de realidad, el que nos reta a pensar desde un nivel de mayor complejidad que nos permita ver la diversidad, que nos permita poner en palabras lo silenciado por el discurso social. ¿Cuál es la influencia que ejerce el macrocontexto sobre las parejas homosexuales al manifestar su necesidad o deseo de tener un hijo? ¿Qué presiones o mandatos se juegan desde lo cultural? Pensamos que la presión ejercida quizás estaría articulada con la imposibilidad de la propia cultura de reconocer la diferencia. Hipotetizamos a la Estructura Social Inconsciente como una estructura con funcionamiento de predominio narcisista, quien proclamaría lo igual y cuyo estado fusional no le permitiría poder pensar, tolerar la verdad y la incertidumbre de estas nuevas modalidades vinculares.

Reflexiones finales Ciertos conceptos comienzan a redefinirse, la diversidad de estructuras familiares existentes impulsan a replantear las teorizaciones que han estatizado o naturalizado la definición de familia y pareja. El Psicoanálisis de las Configuraciones Vinculares ha analizado la estructura de pareja heterosexual, lo que nos señala vacíos discursivos que demandan su exploración. Si bien la teoría es insuficiente y no se pueden forzar conceptos, a partir de lo definido acerca de la pareja heterosexual encontramos que no hay diferencias significativas en los parámetros que la definen, salvo en lo relativo al sexo biológico de los sujetos que la componen. Dentro de la especificidad de cada configuración vincular posiblemente se gestará un espacio vacío que podrá ser llenado por un proyecto vital compartido, por hijos reales o simbólicos. Así, el lugar a ocupar por el tercero dependerá de la singularidad de cada vínculo. 171


Pensando a la pareja homosexual desde el discurso psicoanalítico

Hablar de sujeto y de vínculo en Psicoanálisis nos lleva a un pensamiento de mayor complejidad. Si la importancia está en los lugares a ocupar y las funciones a cumplir, lo esencial iría más allá del sexo de la pareja, del sexo de los padres. Pensar en parejas homosexuales que gestan familias es posibilitar el surgimiento de nuevos planos de realidad. Es cuestionar el funcionamiento social narcisista que propulsa lo igual y rechaza lo diferente. Es producir el pasaje del concepto familia al de familias, como dice Josune Aguinaga Roustan. Desde el psicoanálisis será el analista quien deberá promover la emergencia de las propias producciones de sentido, tolerando la incertidumbre que estas configuraciones vinculares presentan.

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María Celeste Reyna y María Celeste Stecco

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Filmografía Documental “Padres rosas”. Emitido por Televisión Española, 23 junio 2001, Madrid.

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N O T A S

D E

L E C T U R A S

Heinz Heger, Los hombres del triángulo rosa. Memorias de un homosexual en los campos de concentración nazis, Amaranto, Madrid, 2002. Hace poco que se ha traducido al castellano el libro firmado por Heinz Heger, Los hombres del triángulo rosa, que fue escrito originalmente en alemán y publicado en Viena en 1973 tras numerosas dificultades para encontrar editorial. El libro recoge la historia de un joven vienés, Joseph K., detenido a los 22 años por mantener relaciones sentimentales (y se supone que también físicas) con el hijo de un alto jerarca nazi en la recién anexionada Austria, la “Marca Oriental”, en terminología del Tercer Reich; una forma de referirse a su país ofensiva para muchos austriacos, entre quienes se encuentra el protagonista del libro. Cuando Hitler llega al poder se puede decir que un espectro recorre Europa, parafraseando a Marx, el espectro del totalitarismo y su política genocida que alcanzó unas cuotas de salvajismo y crueldad con el nazismo como no se conoce desde que existe la historia escrita. En este contexto Heger narra las experiencias de Joseph K., su lucha para sobrevivir en condiciones inhumanas siendo portador de un triángulo rosa, y por lo tanto despreciado tanto por los guardianes de los campos como por el resto de los internos en los barracones por ser homosexual. Joseph K. no escribió el libro él mismo porque no se consideraba con talento suficiente como para contar su historia directamente y porque quería preservar su anonimato para no perjudicar a su familia, hecho más frecuente entre los homosexuales de lo que se podría suponer. En España sólo existe un precedente similar, Pierre Seel. Deportado homosexual, publicado en 2001 por Bellaterra y ya reseñado en el nº 3 de OrientacioneS. Ambos textos son recientes y a ellos se limita toda la bibliografía disponible en castellano (y en muchos otros idiomas) sobre uno de los acontecimientos más vergonzosos y ocultos por la Historiografía del siglo XX: el exterminio de homosexuales por el régimen nazi, tema al que dedicamos el presente monográfico. Se da la circunstancia, además, de que Pierre Seel se animó a escribir su historia a raíz de la edición francesa del libro de Heger, aparecida en 1981,

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por la conmoción que le supuso ver reflejada su historia personal después de décadas de ocultación y silencio. Por lo tanto este libro es su precedente, aunque en castellano su publicación haya sido un año posterior. Así que han tenido que pasar treinta, cuarenta, cincuenta años, dependiendo de los países, para que uno de los sucesos más dolorosos de la política nazi de exterminio haya salido a la luz. Hay varios motivos que explican este silencio. Apuntaré dos que, de una forma u otra, aparecen recogidos en el libro y tratados en el monográfico. En primer lugar la homosexualidad siguió siendo considerada un delito en la mayor parte de Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Si los homosexuales se atrevían a reclamar una compensación de guerra o una pensión, no sólo corrían el riesgo de ver rechazada su petición, sino de ser encarcelados de nuevo como delincuentes. Así, mientras antiguos miembros de las SS, encargados por ejemplo de los campos, recibían una pensión como antiguos combatientes porque nadie podía probar sus crímenes, es de suponer que porque no quedarían testigos de ellos, las peticiones de algunas de sus víctimas eran rechazadas por tratarse de personas que realizaban actos que seguían prohibidos. El otro motivo ha sido la actitud de la inmensa mayoría de los historiadores de activa ocultación del hecho. Es muy de dudar que los historiadores no conocieran la política nazi sobre este fenómeno; que desconocieran, por ejemplo, los discursos de Himmler, máximo responsable de los campos, sobre los peligros del aborto y la homosexualidad para la natalidad germana y la coherencia que demostró en sus actos respecto a sus ideas en la persecución de homosexuales, como he argumentado en mi artículo en este mismo volumen. Joseph K./H. Heger nos cuenta cómo fue su vida en los campos, la lucha diaria, habría que decir de hora en hora, para sobrevivir, obtener suficiente comida como para no enfermar y evitar convertirse en un “musulmán”, es decir en un interno famélico, esquelético, escasamente capaz de percibir o interesarse por lo que sucedía a su alrededor, incapaz por tanto de trabajar y destinado a una muerte segura. El protagonista pacta con la realidad, con unos capos supuestamente heterosexuales pero que se disputaban muchachos jóvenes y atractivos entre los recién llegados para que fueran sus criados durante el día y 176


compañeros de cama durante la noche. Capos que nunca eran portadores de un triángulo rosa; si lo hubiesen tenido es poco probable que hubiesen llegado a capos; el protagonista es la excepción a esa norma. Y él parece ser uno de esos muchachos o jóvenes atractivos deseados por internos con alguna clase de autoridad sobre el resto. Sobrevive por su belleza, su realismo ante el funcionamiento de las cosas, y su lucha por la vida. El texto es una narración, un relato de microhistoria del tipo de los que le gustaban a Foucault. Joseph K / H. Heger se acercaría al calificativo de “hombre infame” que usaba el filósofo francés en el sentido de que su vida parecía destinada al anonimato hasta que el choque con el totalitarismo la cambia convirtiéndola en una lucha por la supervivencia, por escapar a las trampas que se le tienden, que absorbe todas sus fuerzas. Es uno de los infames producidos por la historia contemporánea, puesto que la homofobia es anterior al nazismo, que no consiguen encontrar el motivo de su culpa ni la razón por la que tienen que pagar un precio elevado por ser como son. Poco sabemos de su vida antes y después de esta experiencia, sólo unos datos mínimos para que tengamos una breve idea de quién sufre estas terribles experiencias. No es casual tan poca información, tiene que ver con el afán de anonimato del que hablé al principio; no se trataba de una persona destinada al heroísmo sino a una vida corriente y pacífica que cae en la red de un totalitarismo más pernicioso que el absolutismo que estudiaba Foucault. Aunque no tengamos todas las claves para luchar contra la marginación es de celebrar, en todo caso, que salgan a la luz testimonios de personas como Pierre Seel o el protagonista del texto que aquí se reseña. Conocer sus experiencias como víctimas de la violencia organizada es importante para conocer uno de los sucesos más terribles de la historia contemporánea y para luchar contra quien niegue que se han producido. Y en sus testimonios pueden encontrarse algunas de las claves que nos permitan revelar los motivos, pasados o presentes, de esa violencia tan persistente contra las personas por su orientación sexoafectiva. Quizás lo que fue un odio exacerbado, asesino, nos pueda dar alguna pista de lo que en otras ocasiones es rechazo aparentemente difuso e inocuo, pero persistente. J. U. P. 177


Lothar Machtan, El secreto de Hitler: la doble vida del dictador, Planeta, Barcelona, 2001. Me he acercado a esta obra (cuyas primeras reseñas, debo decir, no me suscitaron gran interés), a raíz de los ataques desencadenados contra ella en algunos medios gayos. En primer lugar, el libro me parece técnicamente correcto, bien investigado y argumentado adecuadamente. Ha de tenerse en cuenta que, por un hecho que el mismo autor denuncia (la masiva, meticulosa, obviamente planificada destrucción de fuentes históricas relativas a la etapa previa al ascenso al poder de los jerarcas nazis, y muy especialmente de Hitler, evidentemente llevada a cabo por voluntad de los mismos) se enfrenta a dificultades de no poca monta, casi arqueológicas en su envergadura, por lo que ha de construir interpretaciones e ilaciones no completamente justificadas, en el sentido al que estamos habituados cuando se trata de historia contemporánea. El recorrido argumental que utiliza es ambicioso, y cubre varios decenios. Machtan analiza algunas intensas amistades masculinas de la primera juventud de Hitler, así como sus años de residencia en albergues de beneficencia vieneses bien conocidos como sedes de abundante actividad homosexual, y baraja la hipótesis de que en esos momentos iniciales Hitler llegase a prostituirse para poder vivir. Examina testimonios que apuntan a sus relaciones homosexuales en filas, durante la Gran Guerra, y a otras sucesivas en la postguerra (incluyendo, en este caso, el consumo de prostitución masculina), tanto con conocidos homosexuales de la sociedad bávara como con algunos hombres de la futura jerarquía nazi, líderes o auxiliares. Estudia sus conflictivas e irreales relaciones pseudosentimentales con varias mujeres, y presenta indicios de una vida homosexual que se iría volviendo cada vez más secreta, a medida que Hitler iba adquiriendo notoriedad pública. Razona y argumenta con autoridad el intrínseco homoeroticismo del partido nazi, así como la demostrada homosexualidad de muchos de sus dirigentes (siendo Röhm y Hess los casos más obvios). Esta cadena de hipótesis proporciona una explicación plausible de la citada decisión del régimen de borrar el pasado de sus jerarcas, y en especial de su jefe máximo. Precisamente

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1 Curiosamente, de la poderosa intuición maricona de un gran creador maricón, como Pier Paolo Pasolini, surge, sin razonamiento histórico, y sin conocer, por obvia imposibilidad cronológica, ni los trabajos de Spong ni los de Machtan, una turbadora puesta en relación de Pablo con el nazismo, en el proyecto de guión (nunca filmado) que traspone a la actualidad del siglo XX la vida y hechos del apóstol.

pone en relación esta autorrepresión sexual de muchos jerarcas nazis con la agresiva persecución de la comunidad homosexual, llevándola a los campos de exterminio, de manera que no por paradójica es psicológicamente menos plausible y verosímil (mitad de síndrome Torquemada, mitad de destrucción de pruebas). Finalmente, pasa revista a una serie de testimonios directos, la mayor parte posteriores a 1945, como es lógico, en las que contemporáneos y relaciones de Hitler han mencionado explícitamente su posible homosexualidad, o bien, alternativamente, han intentado a capa y espada alejar esta posibilidad, cayendo en situaciones que Machtan demuestra ser incoherentes, forzadas, exageradas, de manera que adquieren fuerza, por su propia calidad de excusa insatisfactoria, casi de denuncia directa de aquello que pretenden negar. Recuerda conceptualmente, en ese sentido, a la atrevida y para mí atractiva, hipótesis del norteamericano John Shelby Spong sobre la homosexualidad de Pablo de Tarsos1, construida indirectamente sobre el recorrido vital que conocemos del mismo, incluidos sus escritos y su torturada espiritualidad; elaborada más como exégesis de una vida, incluidos sus enigmas, que como lectura directa de una biografía. Añadiría, desde el punto de vista explícito del activismo gayo, que me parece un libro bienintencionado, donde la homofobia se encuentra felizmente ausente, y solamente se puede detectar algún que otro inocente rasgo de heteroingenuidad (como por ejemplo en los momentos en los que da por hecha la no homosexualidad de alguna de las figuras secundarias del relato, simplemente porque se tiene evidencia de su matrimonio). En ningún momento hay una actitud agresiva o desvalorizadora de la homosexualidad –todo lo contrario–, sino más bien un retrato histórico fiable y ponderado de lo que representaba en la sociedad europea del cambio de siglo y primeras décadas del XX. Y contiene una poderosa e inequívoca crítica de la homofobia imperante en el bando vencedor. Llama la atención de Machtan, y creo la de cualquier lector, que esta homofobia haya impedido a la historia oficial, durante casi sesenta años, plantearse siquiera la seria hipótesis que aquí sale a la luz, aunque Hitler sea uno de los personajes modernos que más interés histórico han atraído, objeto de incontables biografías y estudios. 179


He de concluir, empero, que aunque la hipótesis central del libro (a saber, por si a este punto no estuviera claro, la homosexualidad clandestina, internamente reprimida y ferozmente ocultada de Hitler), está bien presentada, con rigor lógico, y tiene visos de verosimilitud, no parece probada fuera de cualquier posible duda. Probablemente sea imposible hacerlo, y por lo tanto irreal exigirlo. Ello no quiere decir que no sea tremendamente interesante, y genere una serie de reflexiones para nada indiferentes, a mi juicio, que se centran en dos observaciones principales. La primera, sobre nuestra comunidad. Es comprensible que miremos con recelo la posible homosexualidad de una figura histórica odiosa, de la misma manera que nos enorgullecemos de la de Sócrates, Miguel Angel, Beethoven o Wittgenstein. Pero creo que debemos ir aspirando a un propio rigor y seguridad que nos permita distinguir entre argumentos lógicos y prejuicios. Si la hipótesis de Lothar Machtan fuera cierta, ello no quitaría un ápice de valor a nuestra legítima exigencia de total igualdad jurídica y social, ni a nuestro bien ganado orgullo-presencia, ni disminuiría mínimamente la tremenda negatividad histórica, ética, política de la figura de Hitler. Tenemos que ir aprendiendo a distinguir entre argumentos válidos en una discusión racional, y argumentos simplemente discriminatorios, como podría haber sido, por ejemplo, el hipotético intento de desprestigio de nuestro movimiento mediante su asociación con Hitler; a los segundos no hay que temerlos, simplemente denunciarlos cuando se produzcan. Este libro no nos ataca, sino lo contrario; esté o no en lo cierto, no hay que temerlo. La segunda, sobre el valor histórico de la realidad que denuncia este libro: una sociedad donde el chantaje era posible, donde la homosexualidad había de ser ocultada temerosamente, donde la exclusión social, o las penas jurídicas, eran la amenaza siempre presente para el que osara ser sexual o afectivamente diferente. Este libro, poniéndola de manifiesto, ayuda a luchar contra ella: porque no se repita, aquí en nuestras sociedades, y porque desaparezca, allí donde se sigue produciendo. Vale la pena, por el interés y calidad de la obra, afrontar este análisis novedoso de una vida execrable para muchos millones de personas; una vida que, maricona o no, forma parte de nuestra historia.

Fernando Sánchez Amillategui (fernando.sanchez@ua.es) 180


Jeremy Bentham: De los delitos contra uno mismo. Biblioteca Nueva, Madrid, 2002. La edición de De los delitos contra uno mismo, a cargo de Francisco Vázquez García y José Luis Tasset Carmona, es todo un hallazgo arqueológico, pese a tratarse de un ensayo sobre la despenalización de la homosexualidad. Es arqueológico porque su quehacer está inspirado en esa línea de investigación foucaultiana (tratar los documentos como monumentos) y porque los editores publican un texto revelador de lo que fue el enfoque sobre este tema en un autor importante del siglo XVIII. A través del ensayo se percibe con claridad el contexto de problemas, términos y propuestas, en los que se movían los pensadores ilustrados con mayor o menor incomodidad al reflexionar sobre la vida privada de los sujetos, desde el punto de vista de lo más conveniente para la sociedad. Véase como ejemplo el tratamiento de la masturbación, acto que Bentham considera más peligroso para la sociedad por estar más extendido, ser imposible de perseguir legalmente, y acarrear daños irreparables (aunque no puedan demostrarse) para el individuo. Por lo tanto se trata la homosexualidad dentro del más amplio conjunto de actos que hoy día se calificarían como de “delitos sin víctima”, expresión oximorónica donde las haya. Y se analiza siguiendo el camino emprendido por Tomás de Aquino, quien eligió el ejemplo de las relaciones sodomíticas como piedra de toque de los actos “contranatura” para valorarlos en conjunto a partir de lo que resulte en el juicio sobre la homosexualidad. Bentham los engloba bajo el calificativo más neutro de “delitos de impureza”; los tiempos no pasan en balde. El ensayo data de 1785, época en la que el autor entraba en su madurez intelectual y fue guardado prudente, pero desgraciadamente, sin publicar. ¿Cuáles pudieron ser los motivos para que el texto, una vez escrito, quedase arrinconado en un cajón? Seguramente el pudor del propio autor, la convicción de que poco iba a ganar publicándolo, el miedo a la asociación que el público iba a hacer entre su nombre y las tesis expuestas aquí, .... y un largo etcétera. No siempre la prudencia es el mejor consejero. Ha sido desgraciado para nosotros porque los años siguientes carecieron de este conjunto de argumentos para despenalizar las relaciones homosexuales en un debate desapasionado sobre el tema. 181


Como señalan los editores en la “Introducción”, se trata del primer texto conocido que presenta argumentos nada desdeñables a favor de la despenalización de la homosexualidad. Bentham lo hace desde su posición utilitarista: la defensa del bienestar general. Es cierto que el autor rompe con una larga tradición –dentro de la Europa cristiana– de condena de las relaciones homosexuales. Pero también lo es que el tiempo estaba maduro para dar ese salto: lo prueba que sólo seis años después de haberlo escrito, en 1791, la Francia revolucionaria eliminaba la sodomía como delito. Eliminación que extendió su influencia con las reformas llevadas a cabo por Napoleón y que supusieron su despenalización allí donde la legislación francesa se convirtió en inspiradora de las reformas legales en otras tierras (por ejemplo: en el sur de Europa y en los estados de Baviera y Hannover, en Alemania). Muy otro fue el caso de Gran Bretaña, cuya persecución llegó a pagar en sus carnes nada menos que Óscar Wilde, todavía un siglo después. Los argumentos que encontramos en este texto de Bentham no son los típicos de la Ilustración. Quiero decir que no son los que se pueden encontrar en Kant, por ejemplo, de fundamentación trascendental y racional, característicos del pensamiento continental. Pero son ilustrados porque piden razones y pruebas objetivas del daño causado para llegar a prohibir determinados comportamientos que se dan entre adultos que consienten y que se realizan en el ámbito privado; en otro caso se trataría de escándalo público y podrían ser perseguidos, al igual que lo serían los coitos heterosexuales si se realizasen en plena calle a la luz del día. Que estamos en Inglaterra lo revela no sólo este tipo de preocupaciones puritanas sobre el sexo, sino también que el autor no desperdicia la menor ocasión para lanzar críticas feroces contra el clero católico por renunciar a los placeres del otro sexo, crear así de forma contradictoria las condiciones para una pederastia que luego condenan sin paliativos, y disminuir de forma artificial el crecimiento de la población en una nación. Su pregunta es de lo más oportuna: si los países del sur de Europa prohíben la pederastia porque resta efectivos demográficos, ¿por qué no prohíben con mayor motivo el celibato del clero católico que resta muchos más, dado lo extendido que se encuentra en aquellas tierras? 182


Que estamos en un contexto intelectual británico lo prueba también que Bentham afirma que las leyes no pueden depender del capricho de los gobernantes (en cuyo caso podrían prohibir fumar, si esa fuese su voluntad) ni de la mayoría social, que no tiene capacidad para imponer su voluntad allí donde no recibe perjuicio: debe encontrarse un límite a la intervención tanto del poder civil como de la sociedad en la vida de cada uno. Porque Bentham reconoce la capacidad de la sociedad para defenderse de lo que la daña, pero analizando la pederastia (término culto de la época para referirse a la homosexualidad) no encuentra el perjuicio por ninguna parte, sólo el disgusto general, incluyendo el propio. Sin embargo el autor tiene que salvar las apariencias, o cubrirse las espaldas, pese a que después no llegue a publicar el texto (prudencia sobre prudencia, timoratería ya). Y lo hace analizando estas conductas después de haberlas condenado desde el punto de vista del gusto, del suyo por ejemplo. Es decir, desde la estética de los actos elegantes o feos, atractivos o desagradables. El hecho le desagrada mucho, y no deja de manifestarlo así, pero no por ello encuentra razones para las duras condenas que las leyes imponen en su época. Así que Bentham propone combinar el rechazo personal, por muy general que sea, con la indiferencia pública ante estos actos: con su utilitarismo inaugural sienta las bases del moderno liberalismo. Documento o monumento con más de doscientos años, quizás. Sin embargo documento que aún deberían leer en aquellas zonas donde la sodomía y homosexualidad sigue estando condenada; por ejemplo, en los numerosos estados de Estados Unidos donde los representantes del poder público pueden entrar en una vivienda y detener a dos adultos del mismo sexo si éstos mantienen una relación sexual. No todas las tierras han recibido todavía la luz inspiradora de la Ilustración. J.U.P.

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James N Green: Beyond Carnival. Male Homosexuality in Twentieth-Century Brazil. Chicago y Londres, The University of Chicago Press The Chicago Series on Sexuality, Gender and Culture 1999 Beyond Carnival es un libro de historia sobre homosexualidad masculina en Brasil entre 1894 y 1980, escrito por un académico y militante homosexual de amplio activismo en Estados Unidos y en América Latina. Este no es un detalle insignificante en este caso. Sólo una técnica histórica sensible, a la vez, al detalle y a las corrientes generales de la sociedad puede proveer de un marco coherente al estudio de la homosexualidad durante un periodo tan extenso, sin que la experiencia de la ‘homosexualidad’ quede severamente en cuestión. Green es exitoso en su empresa, y ha escrito un libro interesante, vibrante y claro. A través de un frondoso archivo de documentos policiales, psiquiátricos, cartas, libros, revistas, fotografías y periódicos, Green nos introduce a la cultura homosexual urbana de San Pablo y Río de Janeiro, y explora algunos de los mitos de un país tradicionalmente percibido como permisivo, pero en el que la violencia y asesinato de homosexuales, por ejemplo, es relativamente común (p.4). Beyond Carnival está dividido en 6 partes, más una conclusión que incluye referencias a la situación en los años noventa. El libro estudia la formación de subculturas homosexuales durante el fin de siglo en los centros urbanos, la emergencia de una importante y vibrante vida nocturna gay en las calles céntricas de Río y San Pablo, la producción y debates sobre homosexualidad en los discursos médico-legales durante los años 30 y 40, la emergencia de nuevos espacios y visibilidades (cafés, discos, teatros, zonas de cruising) en los 50 y 60, la apropiación del carnaval por parte de travestis y gays a partir de los 60, y la movilización y organización de colectivos gays en los 1970. El libro responde en general a los lineamientos de la nueva historiografía, que busca producir un foco múltiple sobre objetos tradicionalmente considerados irrelevantes o peligrosos y, a la vez, intervenir en la producción de los sentidos de la experiencia que se analiza. En este orden, el libro focaliza en las formas de exclusión en la sociedad heteronormativa: la criminalización y patologización de la homosexualidad. De allí la relevancia que se otorga al estudio 184


de las regulaciones políticas, culturales, médicas, legales y religiosas que confluyeron históricamente en la configuración tanto de los sujetos homosexuales como de sus formas de discriminación. Green observa que las regulaciones no son acumulativas, sino cortes en los regímenes de control, clasificación y castigo sociales. La atención dedicada al libro Homosexualismo masculino de Jorge Jaime, por ejemplo, permite ver que mientras ensaya un abordaje más positivo al problema con respecto al higienismo clásico, en verdad es solidario de su mensaje central: ‘la homosexualidad lleva a la muerte y la destrucción’ (p.175). En este sentido, la contribución mayor del libro es llenar de contenido operaciones teóricas del terreno de los Estudios Gay y Lésbicos, no sólo a través de un cuidadoso manejo de fuentes, sino de una sensibilidad hacia los lenguajes y prácticas en juego. ¿Cómo se fue organizando la experiencia de la visibilidad homosexual en las grandes ciudades brasileñas alrededor de ciertas actividades, espacios y jerarquías laborales, de placeres e instituciones? ¿Cómo, por ejemplo, se producen cadenas de sentido entre ‘ viado’, ‘puto’, ‘fresco’, ‘bicha’, ‘travesti’, ‘transexual’, ‘macho’ o ‘bofe’que articulan la cultura gay brasileña? ¿Qué tipos de experiencia se pueden leer en las técnicas de control orientadas a la reeducación, redención o simplemente su eliminación física? ¿Cómo explicar que los procesos de integración del colectivo homosexual que se dan durante el carnaval carioca impliquen una forma de inversión aceptable de las reglas sociales pero también la intensificación de un ‘significante pederasta’ (p.209)? Entender estas preguntas en gran medida pasa por explorar la transformación histórica que sufre la relación entre ‘bicha’ y ‘bofe’, entendida como posiciones pasivo/activo, pero también como relación económica (prostitución), entre razas (blanco/negro-mulato), clases sociales (media y alta/trabajadora-lumpen) y edades (el joven y el viejo). Sabemos que las regulaciones culturales no puede analizarse meramente como resultado de una posición objetiva del sujeto o el colectivo en la sociedad, ya que esto produce la falsa ilusión de que primero tenemos el ‘sujeto homosexual’ y luego las formas de su clasificación y control. En efecto, el libro de Green intenta encontrar un balance entre la (auto)representación del colectivo (por ejemplo en revistas como O Snob y Gente Gay durante los sesenta) y otras imágenes de una sociedad cuyos estereotipos sobre los gays son cómplices de la relación entre bicha y bofe. Esta relación 185


—en la medida en que consolida la distinción entre roles femeninos y masculinos propia del sistema heterosexual de géneros— es percibida como menos amenazante (“Las travestis, y por extensión todos los homosexuales incluidos los transexuales, serían tolerados si se adecuan a los estereotipos masculinos de la mujer. Si se comportaban como mujeres glamorosas, sexis y sofisticadas que aspiraban a la respectabilidad heterosexual podían encontrar un nicho en la sociedad brasileña”, p.234. El resultado en este caso, es un foco a veces demasiado rígido aunque siempre atento a las transformaciones de los discursos de los homosexuales y sobre la identidad homosexual, desde su medicalización o su comercialización, a su organización política posterior. Por otro lado, no creo que esta falta de foco en las propias experiencias de los homosexuales sea un defecto del libro, sino del propio abordaje. Como he indicado en esta revista (ver número 3) hoy en día el análisis de las regulaciones aceptan sin duda una aproximación basada en la producción de un rasgo derogatorio que sirve para controlar y castigar, pero que sirve también para imposibilitar el acceso de una minoría a sus propias condiciones de existencia. Beyond Carnival es un texto importante porque es uno de los primeros en abordar la cultura homosexual en una perspectiva histórica tan amplia. Otros trabajos relevantes en América Latina son mucho más restringidos en la periodización. Nos permite ver que, en lo que toca a la identidad homosexual, debemos ser cuidadosos con las generalizaciones y con las continuidades. En el caso de las sociedades latinoamericanas, nos recuerda también que la homosexualidad define una comunidad ‘de deseos eróticos’ pero también ‘de experiencias de sobrevivencia diaria’ (p. 220).

Fabricio Forastelli

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Normas de edición para la publicación de artículos 1) Se pueden enviar las propuestas de artículos por e-mail a la dirección electrónica que figura a pie de página. Si se prefiere el correo postal, entonces se entregarán en diskette de 3,5” junto con una copia en papel Din 4. 2) En ambos casos figurará al final del artículo un breve currículo del autor 3) Se recomienda que los artículos tengan una extensión entre 9 y 11 páginas usando como letra base Times New Roman 12 y un espacio interlineal sencillo 4) No utilizar negrita fuera de los títulos y no utilizar subrayado en ningún caso 5) Para la Bibliografía final se aconseja seguir el siguiente orden: Sontag, Susan (1989): AIDS and its metaphors. Nueva York, Farrar, Strauss and Giroux. Gil-Albert, Juan (1975): Heracles. Sobre una manera de ser. Madrid, Taller de Ediciones Josefina Betancor. Lodge, David: “The Language of Modernist Fiction: Metaphor and Metonimy”. En Modernism. A Guide to European Literature, 1890-1930. M. Bradbury y J. McFarlane eds., Londres, Penguin, 1991.

Los textos propuestos pueden mandarse a la siguiente dirección postal: Revista Orientaciones Fundación Triángulo Apartado 1269 08080 – Madrid Si se trata de un correo electrónico, la dirección es la siguiente: correo@fundaciontriangulo.es (A la atención de Javier Ugarte)

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Colaboran en este número Javier Ugarte Pérez: Director de la revista OrientacioneS y Doctor en Filosofía. Ha publicado ensayos sobre la orientación sexual y la situación de los homosexuales, derechos políticos, etc. Gerard Koskovich: Especialista independiente, miembro del consejo de directores de la Sociedad Histórica Gay, Lesbiana, Bisexual y Transexual (San Francisco). Miembro de la comisión académica del Centro de archivos y documentación homosexual (París). Además, es Delegado general en los Estados Unidos del "Mémorial de la Dèportation Homosexuelle". “-” Andreas Pretzel: Historiador. Desde 1992 es colaborador de la unidad de investigación para la Historia de la Ciencia Sexual en Berlín. Miembro de la "Sociedad Magnus Hirschfeld". Ha publicado numerosos ensayos y libros sobre ciencia sexual, el movimiento por la reforma sexual en Alemania, así como sobre la persecución de homosexuales durante el nazismo y los años siguientes. Stefan Micheler: Editor de la revista homosexual de Historia Invertito. Ha publicado numerosos ensayos sobre sexualidad en el contexto de las rebeliones estudiantiles de 1968, sobre culturas y organizaciones homosexuales en la Alemania de Weimar y en la Alemania nazi, además de sobre la persecución de homosexuales. Imparte conferencias sobre Historia en la Universidad de Hamburgo. Jürgen K. Müller: Abogado e Historiador. Trabaja en el “Centrum Schwule Geschichte” (Centro para [la investigación de] la Historia de los homosexuales) de Colonia. Es autor de una historia de los homosexuales, tanto en Colonia durante el nacionalsocialismo, como en Alemania entre 1945 y 1969. Antoni Mora: Redactor de la revista OrientacioneS. Coordinó “Maurice Blanchot, la escritura del silencio”, Anthropos, núm. 192-193, 2001. David Serrano i Blanquer: Doctor en Filología por la UAB con una tesis sobre Literatura Comparada de los campos nazis. Dirige la revista Quadern y el CILEC (Centro de Investigación sobre la Literatura Europea Concentracionaria). Ha publicado Un catalá a Mauthausen (BCN, 2001), Dona i memoria. El testimoni femení de l´Holocaust (BCN, 2003), entre otros. Marie-Jo Bonnet: Doctora en Historia y escritora especializada en historia cultural y artística. Ha publicado su Tesis Doctoral en 1981, reeditada con el título de Les relations amoureuses entre les femmes du XVIè au XXé siècle (Ediciones Odile Jacob, 1995), así como Les Deux Amies. Essai sur le couple de femmes dans l´art (Editorial Blanche, 2000), así como numerosos artículos en Francia y en el extranjero. Mª Celeste Reyna: Licenciada en Psicología. Realizó su tesis de licenciatura sobre “el deseo de tener un hijo en la pareja homosexual” desde el marco del Psicoanálisis Vincular. Mª Celeste Stecco: Licenciada en Psicología. Realizó su tesis de licenciatura sobre “el deseo de tener un hijo en la pareja homosexual” desde el marco del Psicoanálisis Vincular.


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Revista Orientaciones Nº 5 - Exterminio bajo el Nazismo  

- Javier Ugarte: El "olvido" de los estudios históricos. - Gerard Koskovitch: De "Eldorado" al Tercer Reich. Vida y muerte de una cultura ho...

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