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Director: F. Javier Ugarte Consejo Editorial: Antoni Mora, M. Ángel Sánchez, J. M. Núñez, Luis Rodríguez-Piñero, Santiago Esteso Diseño y maquetación: PAPF Edita: Fundación Triángulo por la igualdad social de gais y lesbianas C/ Eloy Gonzalo 25, 1º ext. 28010 - Madrid Tfno/Fax de información y suscripciones: 91 593 05 40 www.fundaciontriangulo.es Recepción de artículos: Fundación Triángulo A la atención de Javier Ugarte E-mail: orientaciones@fundaciontriangulo.es ISSN: 1576-978X Depósito Legal: M-41320-2000 Impresión: Xiana Color Gráfico


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Presentación .................................................................................. 4

MONOGRAFICO: PARENTALIDADES Josune Aguinaga Familias gais y lésbicas: un análisis desde la diversidad Familiar ........................................ 7 Jesús Palacios Acogimiento y adopción por parte de homosexuales. Entre el pasado y el futuro ..........................................................21 Ana B. Gómez Parejas lesbianas y maternidad en la psicología ...........................................................................43 Silvia Donoso Generando nuevas formas de familia: La familia lésbica .........................................................................67 Pedro A. Talavera Adopción y uniones homosexuales .............................................87

ANEXOS Nota de prensa La AAP afirma que los niños de parejas del mismo sexo merecen dos progenitores legalmente reconocidos ...................................... 101 OrientacioneS Encuesta a intelectuales y partidos políticos ...................................................................... 105 2


Nº 4 Segundo Semestre 2002 ESTUDIOS Y ENSAYOS Fernando Sánchez Amillategui Evolución del movimiento lesbiano y gayo ¿que sea posible un nuevo paradigma generacional? ............. 128 Javier Ugarte y Antoni Mora Interlocuciones a cuatro manos ............................................... 131

NOTAS DE LECTURAS Judith Butler, El género en disputa y El grito de Antígona ....... 143 Juan A. Herrero Brasas, La sociedad gay: Una invisible minoría ................................................................ 147 Flavio Rapisardi y Alejandro Modarelli, Fiestas, baños y exilios. Los gays porteños en la última dictadura ..................... 150 Gilbert Herdt y Bruce Koff, Gestión familiar de la homosexualidad .............................................................. 153 Amnistía Internacional, Crímenes de odio, conspiración de silencio. Tortura y malos tratos basados en la identidad sexual .............................................. 156

Ilustraciones: PAPF (Pedro Antonio Pérez Fernandez) Sevilla 1962. Informático y Licenciado en Astrofísica. Diseñó y maquetó la revista Entiendes...? durante sus primeros ocho años, los cuatro números de OrientacioneS y numerosos carteles y folletos del movimiento lésbico y gai.

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Presentación ¿Natural o cultural? Sobre pocas cosas el calificativo de “natural” se ha aplicado tanto como a la familia y a la reproducción, y con tan poco acierto. La familia ha cambiado con los siglos como lo ha hecho la sociedad en la que aquella se daba: del pater familias romano, auténtico propietario de su familia, al divorciado actual que vive solo con uno de los hijos que ha ayudado a traer al mundo. De las esclavas que menciona la Biblia, que tenían hijos con el señor de la casa que eran considerados de la familia, aunque con menos derechos que los de la señora, a la ejecutiva que es madre soltera, porque así lo decidió en su momento, y que es dichosa con su bebé. Unos pocos datos históricos bastan, deberían bastar, para terminar con el tópico de lo natural que es vivir en familia, es decir en una familia como la que abunda en nuestros días. Sin embargo, a comienzos del siglo XXI, el desafío no es sólo social, hay que reconocerlo. Hace pocos años que ha entrado en juego también la tecnología biológica y ha acelerado los cambios. Porque donde antes había siempre dos individuos (varón y mujer), ahora puede existir sólo uno y la sombra del otro, es decir su esperma o su óvulo congelado. Hemos pasado pues de dos a uno, y de uno a cero en el caso de la adopción. Claro que también podemos seguir contando con dos, pero ahora del mismo género. Esto, de momento, ha beneficiado a las mujeres de todas las condiciones y, en particular, ha abierto campos de elección insospechados hace pocos años para las lesbianas. Por tanto, revolución cultural y natural al mismo tiempo, puesto que con los cambios en la biología humana hemos topado. Pero hay más. Desde hace también unos años es posible para cualquier ciudadano, con independencia de su orientación sexual, la adopción de un menor. Lo que ha situado a muchos homosexuales de ambos géneros, que no quieren pasar por la experiencia de la biología, ante la posibilidad de ser padres/madres de un menor. Y lo son, en efecto. Por lo que se está produciendo, bien por la vía de una naturaleza nada natural, bien por el camino de las transformaciones sociales, un aumento continuo de familias encabezadas por gays y lesbianas, algo impensable en el pasado. Y aún más, de familias dirigidas por personas que manifiestan públicamente lo que son y lo que necesitan. Ante esta situación los poderes públicos tienen que comenzar a responder a estas demandas por4


que, como ha sucedido en otros campos, la visibilidad es la base de las acciones políticas. Y las familias homosexuales comienzan ya a ser visibles. Pero la visibilidad no consiste únicamente en el testimonio personal, algo que se puede agotar en el grupo de amigos o de vecinos. Tiene que ser estudiada para ser comprendida y extraer conclusiones, todas las posibles pero al mismo tiempo respetuosas con las excepciones. De ahí el objetivo del monográfico del cuarto número de OrientacioneS. Nos hemos acercado al tema de la parentalidad desde todas las perspectivas que nos han parecido necesarias: Sociología, Psicología, Antropología y Derecho, por ese orden de artículos. Todas estas aproximaciones eran importantes, no sólo desde el punto de vista de los adultos que forman las familias, sino también de los menores que crecen en ellas. Por eso hemos estudiado la estructura de la relación y las necesidades e intereses de quienes forman parte de ellas, y para hacerlo hemos acudido a las ciencias que estudian unas y otros y al conocimiento de los expertos. También incluimos en el anexo informaciones, como la posición ante la adopción por homosexuales de la Academia americana de Pediatría, y opiniones que nos han parecido interesantes para el tema, como los de un puñado de intelectuales que participan con frecuencia en los debates sociales o académicos más actuales, así como de los partidos políticos con grupo parlamentario propio. En la parte ajena al monográfico, centrada en este número en cuestiones que nos parecen interesantes para debatir, incluimos la respuesta a un texto publicado en el primer número de la revista por Pedro A. Pérez y Miguel A. Sánchez, y una polémica cruzada entre dos miembros del equipo de OrientacioneS sobre algunos de los temas que preocupan a la población homosexual como las leyes de parejas, el matrimonio, la identidad y orientación, etc. A ello se añaden reseñas sobre los últimos libros de Judith Butler traducidos al castellano, un estudio sobre la homosexualidad (masculina) en Argentina durante la última dictadura y la valoración de manuales sobre la sociedad gay. Esperamos con todo ello contribuir a que desaparezca una falsa idea en la sociedad, tópico sostenido por intereses, incluso de algunos grupos homosexuales para mayor inquina: la de que los homosexuales sólo se preocupan de sí mismos, su nivel de vida y su apariencia física. 5


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O G R Á F Parentalidades

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Familias gais y lésbicas: un análisis desde la diversidad Familiar Josune Aguinaga Roustan

Introducción: la familia y las familias La familia tradicional ha tenido muchos detractores en el último siglo. No hay que alargar la mirada hacia fenómenos como las comunas y los kibbutzim, para encontrarse con alternativas al modelo estricto de familia nuclear, heterosexual y patriarcal. Para situarnos en un tiempo y un territorio cercano, basta con recordar las críticas que se realizaron, a partir de la década de los sesenta, desde la psiquiatría, el marxismo y el feminismo, al modelo de familia tradicional. En el caso de la psiquiatría las críticas se basaban en la relación entre la estructura familiar y las enfermedades mentales; en cuanto al marxismo, o mejor algunos marxistas, la atribuían a la pervivencia de la sociedad burguesa; por su parte el feminismo consideraba que la familia tradicional era un lugar de opresión para las mujeres. Hoy en día parece difícil mantener estas críticas, en gran medida porque ciertos componentes de la familia han cambiado con relativa rapidez y facilidad, demostrando que la familia es la institución más adaptable y cambiante de la historia de la humanidad. La mayor parte de familias, al menos en el entorno de los países desarrollados, se han democratizado y en este sentido los niños pequeños crecen aprendiendo a tomar parte en aquellas decisiones familiares que les corresponden por su edad. Por su parte las mujeres han conseguido notables avances, aunque siguen luchando por la plena igualdad. Todo este proceso ha corrido paralelo al crecimiento, al menos en estos países más desarrollados, de unas clases medias que se han consolidado como una activa plataforma para el cambio, al tiempo que protagonizaban un cierto proceso de movilidad social. También es cierto que estos avances se ven amenazados por un futuro muy distinto, debido, al menos en parte, a los desajustes sociales introducidos 7


Familias gais y lésbicas: un análisis desde la diversidad Familiar

por los excesos del mercado y la globalización. Hoy en día resulta muy previsible la reaparición de antiguas diferencias sociales, la emergencia de nuevas situaciones de vulnerabilidad, y en general, retrocesos sociales que es muy posible que afecten a los avances obtenidos en este terreno. En todo caso, ante esta tesitura, no parece posible, en el contexto de la creciente complejidad, que pueda apostarse por una institución familiar de carácter cerrado y que adopte una única forma. Así en el texto Defining Women editado por la Open University, el artículo de Gittins critica la tradicional definición de familia de Murdock, que aparece formulada en los siguientes términos “es un grupo social caracterizado por una residencia común, por la cooperación económica, y la reproducción. Incluye adultos de los dos sexos, por lo menos dos de ellos manteniendo una relación sexual sancionada socialmente, y uno o más niños, propios o adoptados, de los adultos cohabitando sexualmente”1 . Para la definición clásica de Murdock la familia tenía cuatro funciones básicas, que podríamos identificar como: Residencia común Cooperación económica Reproducción Sexualidad Como iremos viendo a lo largo de estas páginas, Gittins rebate cada una de estas características para demostrar que no existe un único tipo de familia, sino que coexisten muchas estructuras familiares y que esta situación resulta ya irreversible. Sabemos que existen muchos tipos y variedades de familias, tal como vengo señalando en mis últimos artículos2 , y por tanto cualquier reflexión sobre familias gais y lésbicas se ha de basar en este hecho. No podemos pensar en un modelo único e ideal de familia heterosexual a la que comparar con sus posibles alternativas, es decir no hay un único modelo para gais, para lesbianas, para heterosexuales, sino que existe un amplio espectro de estructuras familiares como descubrimos con una simple mirada a la realidad que nos rodea3 . Pero a la vez se produce una intensa resistencia a reconocer este hecho, a reconocer el cambio producido, tanto por la propia inercia de las instituciones, normas, leyes, investigaciones que se centran casi siempre y exclusivamente en el modelo ideal de la familia nuclear heterosexual, como en aquellos que proponen alternativas y que parecen buscar su reconocimiento en 8

1 Citado en Gittins, D. 1992, “What is the familiy? Is it universal? en Defining Women,, Londres, Open University, p. 67

2 Aguinaga, J, 2000, “El papel de la mujer en la reorganización familiar”, en Martinez, V., Mujer y participación en las organizaciones, Estudios de la UNED, Madrid. Aguinaga, J., 2002, “Dinámicas sociales y Modelos familiares: El fin de la crisis de las familias” en Familias: diversidad de modelos y roles, Unaf, Madrid.

3 Huston, P., 2001, Families as we are, The Feminist Press at the City University of New York, Nueva York.


Josune Aguinaga Roustan

4 Kofler, A., 1998, “Sex and money: an análisis of the role of the ‘wicked stepmother’ in contremporary family systems”, ponencia presentada en el XIV Congreso Mundial de Sociología, Montreal.

la adopción de criterios de similitud con el ideal de familia. Por si esto fuera poco se mantiene un cierto conservadurismo, alentado por las Iglesias, que hace que Kofler4 , diagnostique que “una de las características más importantes de las familias actuales y del futuro serán la transición crónica”, es decir, un estado permanente de cambio frente a los intentos de preservación del modelo ideal, lo que paradójicamente va a producir una mayor variedad de estructuras familiares. En las familias gais y lésbicas se dan además unas circunstancias especiales, que poco a poco hay que ir asentando, en el contexto de una creciente aceptación social, y aunque esto no será un camino fácil, la vía está abierta. Costó mucho que se aceptasen las familias monoparentales, a pesar de que viudas y viudos han existido siempre; está siendo costoso que se acepten las formas familiares que son producto de nuevas nupcias entre antiguos padres y madres, pero en esta materia se puede llegar muy lejos. Recientemente saltó la noticia de que en Suecia se reivindicaba la poligamia... ¿vuelta a empezar? En estas páginas quiero, en primer lugar, analizar el origen de la “naturalización” de la familia, cuya génesis vamos a rastrear en la Ilustración, momento histórico en la que naturaleza y cultura se definen como opuestos irreconciliables, y en el que la familia ideal y tradicional va a ser asignada al territorio de “lo natural”. Una atribución que afecta profundamente la posibilidad de reconocer estructuras familiares alternativas. En segundo lugar nos interesa observar las reacciones que se están produciendo en el ámbito de las propias familias tradicionales, desde la perspectiva del cambio en las relaciones jerarquizadas, autoritarias y con una férrea división de roles, lo que genera anomia en las mujeres que se ocupan exclusivamente del trabajo doméstico. Asimismo, en tercer lugar, también se van a describir algunas de las respuestas que se están produciendo frente a la oposición que despiertan las familias gais y lésbicas, desde la perspectiva de los derechos que se reivindican por parte de las parejas del mismo sexo. En cualquier caso está claro que esta reflexión se sitúa sobre una realidad empírica insoslayable: actualmente están apareciendo una serie de paternidades y maternidades alternativas que nada tienen que ver con las concepciones tradicionales de la familia nuclear, heterosexual, patriarcal. Digamos lo que digamos, este es un proceso social imparable. 9


Familias gais y lésbicas: un análisis desde la diversidad Familiar

La concepción naturalista de la familia 5 La definición, tan clásica como discutida, de familia, de Murdock y de otros muchos autores, se corresponde con la idea de una “familia natural”. Como explica Cobo5 en su trabajo sobre las teorías de Jean Jacques Rousseau, asistimos, en pleno Siglo de las Luces, a una serie de “quiebras lógicas”, al menos desde el punto de vista científico, para tratar de “naturalizar” la institución familiar: en atención a la familia, “las primeras quiebras lógicas en el pensamiento rousseauniano se perciben en el tránsito entre el estado de pura naturaleza y el estado presocial. La primera quiebra aparece cuando Rousseau, quien sostiene que 'lo natural' es el criterio adecuado de legitimación, considera la familia como natural, siendo, sin embargo, convencional”, dado que las relaciones entre personas siempre son convencionales. Obviamente la visión naturalista afecta profundamente a las mujeres en las familias heterosexuales, porque implica que los roles desiguales eran cosa de la propia naturaleza de las cosas, que a su vez representaba la naturaleza de las personas y de las instituciones. Podemos sustituir “mujer” por gai o lesbiana y el resultado es el mismo, es decir, el rechazo es algo acorde con la naturaleza de las cosas. Algo netamente absurdo ya que estamos hablando de una estructura que ha ido modificándose a lo largo de la historia y en la que sus miembros han adoptado diversos roles. Si este mismo principio “desnaturaliza” también las familias gai y lésbica, está claro que todas las formas de familia comparten la necesidad de modificar el concepto. El ideal

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Cobo, R., 1995, Fundamentos del patriarcado moderno. Jean Jacques Rousseau,, Cátedra, Madrid. p.125-126.


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6 Boswell, J., 1996, Las bodas de la semejanza,, Muchnik, Barcelona.

7 Human Right Campaign Foundation, 2002, The state of the Family. Laws and Legislation Affecting Gay, lesbian, Bisexual and Transgender Families (www. hrc.org)

8 Gittins, D. 1992, op. cit.

naturalista de la familia tradicional constituye un referente simbólico e ideológico superado, en parte porque actualmente discutimos todas y cada una de sus características, planteando además que frente a aquellos que todavía defienden la “naturaleza” tanto de las relaciones familiares, sexuales o de los roles sociales, en realidad estamos frente a unas relaciones construidas, las cuales, en unos casos, habría que cambiar porque son opresivas para una parte de los seres humanos y en otros tenemos que aceptarlas porque son producto de una realidad social diversa y compleja. Si bien hay estudios6 que demuestran que en ciertas etapas históricas ha habido tolerancia, al menos, en distintas instituciones hacia la homosexualidad, el término homosexual es relativamente reciente, porque hasta hace bien poco la identidad homosexual se limitaba a describir el ámbito de las relaciones sexuales, visualizadas de forma negativa como “sodomía”. De hecho en Estados Unidos7 todavía existen 37 estados en los que las leyes penalizan este tipo de relaciones. Si en un principio se hablaba de vicio, posteriormente se pasó a hablar de enfermedad, de herencia genética o de problema de salud, cualquier cosa, para mantener a salvo la concepción naturalista de la familia y no reconocer que se trata de un estadio más, como cualquier otro, en las relaciones entre las personas y que además ha existido siempre. En materia de sexualidad únicamente las relaciones “heterosexuales con penetración” eran “lo natural”, todas las demás relaciones sexuales o no eran relaciones sexuales o se consideraban desviaciones de un patrón único. Lo que implicaba que era el tipo de sexualidad y no otras características lo que diferencia como “natural” lo “normal” de lo “patológico”.

¿Pero existe la familia “natural”? La crítica a la versión naturalista de la familia, no sólo se realiza desde los movimientos sociales que proponen modelos alternativos de familia, o desde los ámbitos conceptuales que mencionaba en la introducción de este artículo, sino que, sobre todo, encontramos respuestas concretas que van diversificando cada una de las características que se supone deben definir a “la familia”. Así Gittins8 va rebatiendo cada una de ellas. En primer lugar la residencia común: es cierto que todavía sigue siendo habitual que los padres se vayan a vivir juntos y luego vivan con sus hijos, pero no es cierto en todo los 11


Familias gais y lésbicas: un análisis desde la diversidad Familiar

casos. Así no es algo obligatorio que para ser una familia tenga que darse esta característica ya que muchas veces los adultos permanecen separados por cuestiones de trabajo, como pescadores, marinos, ejecutivos de multinacionales, etc. En otras ocasiones son los hijos los que pasan temporadas con la nodriza o viven durante el curso en internados, además de los inmigrantes que viajan dejando a sus familias en sus países de origen. Además aquellos padres que no son capaces de hacerse cargo de sus hijos los envían a vivir con tíos, abuelos, etc. ¿Cuál sería la familia en este caso? En cuanto a la cooperación económica, continúa Gittins, tiene un contenido demasiado amplio, que implicaría la distribución de recursos en todos los niveles de la sociedad. Dentro de “las familias supone una relación económica en varios sentidos; en particular supone la distribución, producción y reparto de recursos”. Estos son comida, bebida, cuidados, tiempo, espacio, etc., la cooperación significaría un reparto igualitario que no suele darse en la realidad, pero además significa el reparto de tareas que a su vez precisa de alguna clase de división del trabajo. Como además los recursos son finitos y pueden ser escasos, este tipo de distribución implica generalmente relaciones de poder. La división de trabajo basada en las diferencias de edad y género implica relaciones de poder, lo que conduce a una relación patriarcal, más que a la cooperación y a la igualdad. Esta relación de poder afecta también a la siguiente característica de la definición de Murdock, la sexualidad. La tercera de las características es la sexualidad, en la que sólo tiene cabida la heterosexualidad, “a pesar de que es una de las varias formas de sexualidad” posibles y aceptables. En general se asume que esta limitación “es debido a que la finalidad –y quizá mas importante- función de las familias vista por tales teóricos es la reproducción, que necesita una relación heterosexual, por lo menos hasta el momento”, lo que implica que no es la sexualidad, sino un determinado tipo de sexualidad orientada a una finalidad no sexual, es decir la procreación, la que determina esta definición naturalista de familia. Esto significa que ésta y la siguiente característica son redundantes. Pero, además, la propia procreación también ha quedado desfasada ante los innumerables procedimientos para lograr procrear al margen de la relación heterosexual, que van desde la fecundación in vitro, hasta el alquiler de madres, pasando por la adopción, etc. 12


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9 Aguinaga, J., 2001, op.cit.

10 El trabajo que está llevando a cabo el Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid y la Oficina del Defensor del Menor en colaboración con el Departamento de Psicología Evolutiva de la Universidad de Sevilla puede ser un punto de partida importante para trabajar con esta realidad familiar; se trata de un estudio sobre “Familias integradas por padres gays o madres lesbianas y sus hijos/as”.

11 Existe una amplia bibliografía sobre esta discusión, menciono algunos títulos. Herrero Brasas, J. A., 2001, La sociedad gay. Una invisible minoría, Foca, Madrid. Ugarte, J., 2000, “Parejas de hecho y matrimonios homosexuales” en Claves de Razón Práctica,, nº 103. Alas, L. 2002, “La sociedad gay. Una invisible minoría” en Claves de la Razón Práctica,, nº 122. Card, C., 1996, “Against Marriage and Motherhood” Hypatia,, nº 11. Hull, K.E., 2001, “Wedding Rites/ Marriage Rites: The cultural Politics of Same-Sex Marriage , Dissertation Abstracts International: The Humanities and Social Science,, oct. nº 62. Fassin, E., 1999, “Homosexual Marriage: Compared Policies of Franco-American Norms”, French Politics, Culture and Society,, nº 17, 3-4.

12 Bolte, A., 1998, “Do wedding dresses come in lavender? The prospects and implications of same-sex marriages”, Social Theory & Practice, vol. 24 Issue 1.

Aparte de poner en duda sus características, está claro que cualquier análisis sobre las familias actuales9 , no puede obviar las diferentes patologías que se producen en su interior, especialmente el tema de malos tratos, pero también otros problemas de convivencia que acarrean separaciones y divorcios más o menos lesivas para una de las partes. ¿Dónde ubicamos el sentido “natural” de la institución frente a todas estas realidades? ¿Son las patologías familiares parte de la “naturaleza”? ¿O son el resultado de las propias disfunciones de la institución? Y si es disfuncional ¿qué tiene de natural? De hecho los diferentes problemas de las familias nos demuestran que es una institución construida y que, a pesar de los cambios hacia la democratización que se han producido en su interior, no han resuelto ni resolverán fácilmente los problemas que pueden aparecer en las relaciones entre las personas. Lo cual implica que no sólo es una institución en construcción sino una institución sometida a un continuo proceso de revisión y reforma.

Las familias del mismo sexo: los componentes del debate A pesar de que los datos10 son aún muy dudosos en nuestro país, la importancia creciente del fenómeno familiar gai y lésbico se detecta en gran número de publicaciones. Aunque rebasa el contenido de este trabajo entrar en las discusiones que acerca del “matrimonio” se está produciendo en los medios de gais y lesbianas. Sí debemos decir que mientras algunos lo reivindican como indispensable para obtener la igualdad de derechos, otros consideran que no es necesario y otros que más vale ir poco a poco para no producir rechazo social. Pero, en cualquier caso, sea cual sea la opción tomada, debe quedar claro que los mismos inconvenientes que se producen en el matrimonio heterosexual, las mismas críticas y las mismas patologías, se producirán también entre los matrimonios del mismo sexo, a las cuales se deberá añadir las peculiaridades típicas de la relación11 , mientras que otros posibles problemas, como la violencia, se darán con menos frecuencia. Sin embargo a efectos de tener claros los argumentos que se trabajan a favor y en contra de esta realidad, me ha parecido interesante observar las anotaciones de Angela Bolte12 , en un artículo titulado Do wedding dresses come in lavender? The prospects and implications of same sex marriage. En este 13


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artículo, Bolte, trata de analizar, paso a paso, cómo se perciben los matrimonios de gais y lesbianas desde el derecho y desde la sociedad. En este sentido muestra el debate existente para definir el matrimonio entre personas del mismo sexo, así como que hay quien considera que el matrimonio entre personas del mismo sexo es contradictorio en sus propios términos. Frente a esta opinión Bolte sostiene, ante aquellos que creen que los matrimonios del mismo sexo inciden negativamente en la institución del matrimonio, que, al revés, la institución del matrimonio se refuerza, porque con la libre convivencia de personas se consigue una mayor cohesión social. Asimismo considera que se está dando un proceso de sustitución de las familias poligámicas y poliándricas por familias constituidas por parejas del mismo sexo. Otro argumento en contra de las familias del mismo sexo se refiere a la imposibilidad de la procreación por la vía tradicional, lo que las excluye de la posible consideración de familias. Pero, como ya he explicado, actualmente hay muchas familias heterosexuales que utilizan las nuevas tecnologías de fecundación para tener niños. Lo único que ocurre es que las parejas del mismo sexo, al no haber sido legalizadas, no pueden acceder a estos procedimientos. Sin embargo debido al interés creciente que muestran estas parejas por tener o adoptar hijos, si no los tienen ya de matrimonios anteriores, podrían dar origen a un “baby-boom gai”; una estimación proveniente de un estudio realizado por Deborah M. Menson de la Universidad de Louisville aporta el dato de que “se estima que hay de tres a cuatro millones de padres y madres gais y lésbicas que están criando entre seis y catorce millones de niños y niñas”13 . Estos argumentos son los que esgrime Bolte para alegar que los niños y niñas no van a dejar de nacer porque las parejas sean del mismo sexo. Un niño feliz es un niño deseado y los hijos adoptados o engendrados con grandes dificultades son, generalmente, niños muy deseados y por tanto bien cuidados y educados. El último tipo de argumentos tiene que ver con la “educación” de los hijos de tales parejas, sosteniendo que estos niños seguirán los pasos de sus progenitores y serán inevitablemente gais o lesbianas, sin tener en cuenta que la familia de origen de gais y lesbianas suele ser una familia heterosexual y que los vínculos sociales, y los modelos, de cualquier niño o niña, trascienden ampliamente el espacio familiar. 14

13 Citado en Bolte, A., 1998, op. cit.


Josune Aguinaga Roustan

14 Mooney-Somers, J., Golombok, S., 2000, “Children of lesbian mothers: From the 1970’s to the New Millenium”, Sexual and Relationship Therapy,, nº 15. Ver también los trabajos de: Raphael, S.M. y Meyer, M.K., 2000, “Family support Patterns for Midlife Lesbians Recollections of a Lesbian Couples 1971-1997”, Journal of Gays and Lesbian Social Services,, nº 11, 2-3. Lynch, J.M., Murray, K., 2000, “For the love of the children the coming out process for lesbian and gay parent and stepparents”, Journal of Homosexuality,, nº 39. Hall, K., Kitson, G.C., 2000, “Lesbians steppfamilies an even more “Incomplete Institution” Journal of Lesbian Studies,, nº 4.

15 Lo más llamativo de la posición de la Iglesia, que se supone que se basa en unos valores eternos e inmutables, reside en la “novedad” de su posición. De hecho la Iglesia a lo largo de la historia ha adoptado diferentes posiciones en torno a la sexualidad, y la actual es una más.

16 Ugarte, J., 2001, “Familias homosexuales y Derechos Políticos”, Jornadas sobre Familias: Diversidad de modelos y roles,, UNAF.

Además, desde una perspectiva empírica, un reciente estudio14 que revisa todos los trabajos realizados sobre hijos de parejas lésbicas, muestra cómo ha cambiado la forma en que las mujeres tenían hijos, ya que al principio eran hijos de sus propios matrimonios heterosexuales y posteriormente proceden de inseminación artificial. El resultado es que la orientación sexual de la pareja no influye en la orientación sexual de los hijos, que éstos no tienen más conflictos que otros niños y que se aprecia una gran calidad en las relaciones familiares. Los argumentos utilizados no son, por tanto, reales, sino el reflejo de una construcción administrativa que se sustenta sobre la idea de “la familia natural” y no puede reconocer los derechos de las familias compuestas por parejas del mismo sexo. Esta construcción se supone que se sostiene sobre determinados principios constitucionales, pero ésta es también una cuestión de interpretación. Por lo que el problema no es tanto una cuestión ni de argumentos, ni de leyes, sino que es el resultado de la posición de ciertas fuerzas e instituciones sociales, entre las que destaca la Iglesia15 . Se trata por tanto de una beligerancia ideológica que se trasmite a todo el conjunto social, de tal manera que “los partidos políticos se lo piensen dos y tres veces antes de conceder derechos que normalizan la vida de millones de personas: temen perder votos y ser incomprendidos por su electorado....”16 .Una beligerancia que explica, en gran parte, la ambivalencia que se produce en las sociedades con rela15


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ción a las familias gais y lésbicas. La ambivalencia17 legal y social, no obstante, difiere según las distintas culturas, ya que las culturas mediterráneas son aparentemente mas tolerantes, al menos en lo privado, que las culturas anglosajonas. Comenta Leopoldo Alas18 que “cuanto más restrictiva es una sociedad a (este) contacto físico, más induce a los homosexuales a definirse”, quizá por eso las sociedades anglosajonas tienen movimientos gais y lésbicos más potentes de los que existen en nuestros países. De hecho los datos que poseemos en torno a la opinión de los españoles acerca de las parejas de gais y lesbianas, y que nos facilita el CIS19 , resultan muy interesantes porque nos permiten pensar que en España está socialmente muy aceptado incorporar a las parejas del mismo sexo al conjunto de las familias con los mismos derechos. A la pregunta de si a las parejas homosexuales se les deben reconocer los mismos derechos que a las heterosexuales, el 57% de la población considera que sí. Y de estos creen que tendrían derecho a casarse un 85%. Es decir, una mayoría social suficiente para conseguir el apoyo de los ciudadanos a la hora de presentar estas reivindicaciones.

¿Cuáles son las características de las familias en la actualidad? Está muy claro que actualmente ya no existe la familia, sino las familias, ya que se produce una creciente variedad de modelos, difíciles de definir. Es bien cierto que nunca ha existido un único tipo de familia; ya los antropólogos, cuando estudiaban otras sociedades, encontraban familias patriarcales y matriarcales, patrilineales y matrilineales, patrilocales y matrilocales, además de comunidades familiares de convivencia. También muchas formas de familias extensas, que son aquellas familias que conviven hasta tres generaciones o más dentro de las cuales las personas se relacionan entre sí con distintos grados de parentesco: tíos, abuelos, primos, etc. Por tanto “la familia” ha ocupado sólo un espacio y un periodo histórico, quizás por ello, desde este lugar y al final de esta etapa histórica nos cueste tanto reconocer cuáles son los tipos de familias que aparecen en la actualidad y sobre todo proporcionarles una definición común. Tras mucho indagar por las diferentes definiciones, se puede afirmar que actualmente una de las características, con más consenso, para definir una familia, se refiere a la necesi16

17 Gelles, R., 1995, Contemporary families, Londres, Sage. P.249

18 Alas, L., 2002, “La sociedad gay: ¿una invisible minoría?, en Claves de la Razón Práctica,, Nº 122, Mayo.

19 CIS, 1999, Datos de Opinión,, nº 18.


Josune Aguinaga Roustan

20 Kurdek, L.A., 2001, “Differences between Heterosexual nonparent Couples and Gays, Lesbian and Heterosexual Parent Couples”, Journal of Family Issues,, nº 22.

dad de que constituya un grupo de convivencia, -entendida como algo abierto ya que además de los posibles casos mencionados existen muchos más, como las parejas que mantienen sus residencias individuales-, pero, a mi entender, lo fundamental para lograr una definición coherente de familia parece pasar por la idea de la voluntad de constituirse en grupo familiar, esto es que se mantengan relaciones afectivas y de apoyo mutuo, ya que la mera convivencia, puede ser realmente un grupo de intereses o algo muy diferente a lo que pretendemos definir como familias. Pero siempre que exista el principio de apoyo mutuo efectivo deberían reconocerse los mismos derechos que tienen las familias. Hay casos de lo más variados que pueden situar a las personas en situaciones precarias; por ejemplo: hermanos muy mayores que cuando se quedan solos se juntan para terminar sus días conviviendo, pero a los que los hijos herederos de uno de ellos, a su fallecimiento, pueden despojar a los otros de su residencia. Otro ejemplo más conocido es el de un grupo de chicos y chicas jóvenes que se reúnen para convivir en un piso, y que al producirse una situación de paro, apoyan al parado sin obtener ninguno de los beneficios que el sistema fiscal, sanitario u otros otorga a las familias legalmente constituidas. Con esto pretendo señalar las situaciones de injusticia que se producen más habitualmente de lo que sería deseable en una sociedad que tiene unas leyes rígidas y poco adecuadas a su realidad. Una de las cuestiones de las que no se habla demasiado, quizás porque las familias tradicionales son casi “obligatorias” para las personas que las conforman, es de la ética que debe subyacer en todas las relaciones familiares. En las familias tradicionales en las que los vínculos legales producen obligaciones, se ha construido una vía de escape que permite que las relaciones que se mantienen entre parejas no impliquen necesariamente una ética sino que, derivado quizás de la obligatoriedad, se ha institucionalizado el engaño. Sin embargo, las relaciones entre personas deben conllevar una ética de la que hasta ahora muy poca gente ha hablado pero que cabe hacer un bastión de ella para el futuro de las nuevas familias. En cuanto a la calidad de la relación entre las parejas, hay un estudio que muestra las diferencias en las relaciones de gais, lesbianas, parejas legalizadas heterosexuales y parejas de hecho, que lleva a cabo Kurdek20. En este estudio se persigue evaluar las diferencias entre cinco cuestiones relativas a 17


Familias gais y lésbicas: un análisis desde la diversidad Familiar

las relaciones: diferencias individuales, esquemas de relaciones, resolución de conflicto, soporte social y calidad de las relaciones. Los resultados muestran que las familias heterosexuales no casadas son las de menor tamaño, las de gais y lesbianas tienen menos apoyos sociales de parte de los familiares, las parejas formadas por mujeres tienen una mejor calidad en las relaciones y las parejas heterosexuales legalizadas son las que tienen la menor calidad en la relación. Es en este sentido, es decir en la cuestión del apoyo mutuo, en la de la ética y en la calidad de las relaciones, donde se encuentran las bases sobre las que habría que construir las familias del futuro y para ello hay que revisar la cuestión de la fundamentación de los derechos.

Derechos individuales, Derechos sociales, Derechos humanos y Ciudadanía. Si las familias no jugasen el papel de unidad legal en la sociedad, con el handicap que esta situación ha venido suponiendo para alguno de sus miembros, ahora mismo no existirían ni los movimientos feministas, ni las reivindicaciones de gais y lesbianas. Existirían los derechos de ciudadanía en la que todos los individuos tendrían sus propios derechos. Los derechos a la Seguridad Social y todos los servicios del Estado de Bienestar serían derechos individuales adquiridos por las personas por el mero hecho de existir. Todas las personas tienen que ser titulares de derechos, lo contrario contraviene las constituciones de prácticamente todo el mundo occidental, pero a la vez hay sujetos que no disponen de derechos personales porque están subrogados a los derechos de un titular. Las campañas que se vienen realizando por los derechos humanos de los gais y lesbianas muestran cómo ni las garantías básicas son respetadas en los casos en los que las personas no se atienen a las normas preexistentes y que les excluyen al no abrirse a las nuevas realidades. Desde hace unos años se vienen poco a poco aprobando leyes de parejas de hecho en nuestro país y cada vez parecen estar más próximas a las reivindicaciones de las parejas del mismo sexo. Talavera21 hace un análisis de las leyes aprobadas hasta el año pasado, la catalana, aragonesa, navarra y valenciana. Recientemente se acaba de aprobar una Ley de parejas estables de Asturias cuya principal característica es que permite adoptar niños como cualquier otra pareja. Lo 18

21 Talavera, P., 2001, “Las uniones homosexuales en España”, Claves de Razón Práctica,, nº, 112.


Josune Aguinaga Roustan

cual es muy importante para que los niños y niñas puedan heredar, quedarse con uno de los miembros de la pareja en casos de fallecimiento, y en definitiva tener los mismos derechos que cualquier otro niño.

Paternidades y maternidades alternativas A veces la sociedad parece muy hipócrita o muy interesada. Un ejemplo interesante lo constituye la resistencia a la aceptación de las familias monoparentales, para la que ha sido preciso atravesar todo un baluarte de enrevesados argumentos. Porque ¿cuánto tiempo se ha estado hablando de lo perjudicial que eran para los niños las familias monoparentales? Y sin embargo y al mismo tiempo, ¿cuántas viudas y viudos han educado en solitario a sus hijos? ¿Cuántos lo han hecho sin ninguna ayuda? ¿Nos hemos olvidado acaso que la mayoría de situaciones de viudedad afectaban a mujeres sin recursos? ¿Nos hemos olvidado que esto era una consecuencia de la estructura de la familia tradicional que impedía que estas mujeres tuvieran sus propios ingresos? ¿Qué hacía la Iglesia por estas viudas? Ensalzaba su figura, su capacidad de sacrificio, pero les volvía la espalda. Las preguntas que se hacen ahora es ¿pueden gais y lesbianas ser buenos padres? ¿El hecho de que se trate de niños o niñas adoptadas cambia la relación paternofilial? Y de nuevo aparece la hipocresía: no pueden porque no deben y no deben porque no pueden, y si lo hacen estarán fuera de la moral y lo “natural”. Desde este punto de vista hemos de tener en cuenta que muchos niños que viven con parejas del mismo sexo tienen su origen en parejas heterosexuales que, al separarse, han cambiado de opción sexual. Por lo tanto tienen un progenitor consanguíneo, pero en realidad la importancia de esto está desapareciendo en tanto en cuanto las parejas se separan, se vuelven a casar, y finalmente se pueden quedar conviviendo personas que no tengan ninguna relación de consaguinidad pero sí afectiva. Además se pueden introducir otro tipo de relaciones a las que está dando lugar la inseminación artificial, las madres de alquiler, los bancos de semen, etc. 19


Familias gais y lésbicas: un análisis desde la diversidad Familiar

¿Cuál será en estas circunstancias la definición de padre o madre? Al margen de lo que digan las legislaciones estarán definidos por haber deseado al niño o niña, acogerlo y cuidarlo y educarlo para prepararlo hasta que alcance su autonomía personal.

A modo de conclusión Hemos podido comprobar a lo largo de estas páginas cómo la transición de “la familia natural” hacia un mundo plural habitado por distintos tipos de familias no es algo inédito en la historia. Hemos comprobado cómo hay una transición perpetua y por tanto “cronificada” de los tipos de familias22 , lo que nos lleva a sostener que justamente la familia es una institución que perdura en el tiempo por su capacidad de adaptación, pero también porque es necesaria en cualquiera de sus estructuras para dar cobijo a los más pequeños hasta que alcancen su autonomía. En esta transición, las familias compuestas por parejas del mismo sexo, por un lado, están reforzando la cohesión social, incrementado el número de matrimonios (parejas o familias) y, por otro lado, están generando el deseo de tener hijos que en cierta medida se ha perdido en las parejas heterosexuales; además los resultados en la crianza de los hijos no son muy diferentes de los criados con parejas heterosexuales. Las parejas del mismo sexo son una realidad discutida pero cada vez más aceptada, por que hay más argumentos, datos, información, que permiten por un lado conocerla mejor y por otro rechazar parte de los argumentos que, en los últimos años, y desde una perspectiva ideológica, han tratado de evitar esta realidad. En este sentido la actual variedad de estructuras familiares nos obliga a diseñar las nuevas paternidades y maternidades, ya que se pueden distinguir entre la filiación biológica, genética, legal. Además parece creciente la tendencia hacia la filiación temporal y en consecuencia descenderá la importancia de la consanguinidad, porque cada vez un mayor número de niños crecerá con personas sin relación biológica o genética. En consecuencia, el vínculo paternofilial deberá referirse al deseo de tener, criar, cuidar y educar a un hijo o hija. De ahí que el tema de las adopciones por parte de parejas del mismo sexo se comience a abrir, en el contexto de un profundo cambio social, en el entorno de las relaciones paternofiliales, y que no podemos obviar. 20

22 Kofler, A., 1998, op. cit.


Acogimiento y adopción por parte de homosexuales Entre el pasado y el futuro Jesús Palacios Universidad de Sevilla

1. Acogimiento y adopción como medidas de protección de niños y niñas en riesgo La inmensa mayoría de niños y niñas crecen felizmente en sus familias. Naturalmente, decir que crecen felizmente no quiere decir que crezcan libres de problemas y tensiones, sino que en medio de los problemas y tensiones que son inevitables en cualquier circunstancia, encuentran suficientes elementos protectores y favorables como para permitirles un desarrollo feliz. Hay también niños y niñas que crecen con más dificultades, que viven en entornos familiares menos armoniosos, menos estimulantes o en los que las habilidades educativas que promueven un desarrollo equilibrado están menos presentes de lo que sería deseable. Muchos de estos niños experimentan diversos tipos de problemas, como dificultades en su desarrollo intelectual, en su rendimiento escolar, en su autoestima o en su desarrollo social. Pero, a pesar de eso, se entiende que sus padres hacen las cosas lo mejor que pueden o saben y que, globalmente hablando, su desarrollo personal no está gravemente amenazado. La inmensa mayoría de niños y niñas crecen, pues, en entornos familiares con distintos pero aceptables niveles de afecto y estimulación. Sin embargo, existe un cierto número de niños y niñas que crecen en circunstancias familiares que se consideran inaceptables. Se trata de hogares en los que la satisfacción de alguna o varias de las necesidades básicas infantiles (de supervivencia, de protección, de afecto, de estimulación) es considerada imposible, muy insuficiente o muy inadecuada. Se habla entonces o bien de situaciones de maltrato o bien de situaciones de grave riesgo. Muchas de tales situaciones no llegan nunca a ser conocidas y detectadas, pues se trata de 21


Acogimiento y adopción por parte de homosexuales Entre el pasado y el futuro

problemas que ocurren en el ámbito de lo privado. Por ello, las estadísticas de la incidencia del maltrato nos ofrecen sólo un pálido reflejo de una realidad sin duda más numerosa. Pero si nos atenemos a lo que los datos confirmados parecen indicar, se puede decir que al menos un 15 por mil de los niños y niñas menores de 18 años están en situación de maltrato o de muy grave riesgo. A gran distancia de todas las demás, la forma de maltrato más frecuente es la negligencia o abandono, que afecta aproximadamente a siete de cada diez niños maltratados (ver Palacios, 1995, para un análisis más detallado). Otras formas de maltrato que también afectan a niños y niñas son el maltrato psicológico, el maltrato físico, el abuso sexual, el maltrato prenatal y el institucional. La legislación española establece que cuando las necesidades básicas de niños y niñas no pueden ser atendidas adecuadamente por sus padres, o cuando están siendo atendidas de manera muy inadecuada, deben buscarse alternativas que garanticen lo que la misma legislación considera el objetivo prioritario, que es salvaguardar la atención a las necesidades infantiles básicas. Las alternativas que se plantean para niños y niñas a los que hay que separar de sus familias

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Jesús Palacios

de origen son el acogimiento residencial, el acogimiento familiar y la adopción. Pero la misma legislación establece que el acogimiento residencial (es decir, la institucionalización del niño o la niña) es la alternativa menos deseable, recomendándose entonces el acogimiento familiar (ya sea el simple o de corta duración, con previsión de retorno a la familia de origen, o el permanente, de más larga duración y, en principio, sin previsión de retorno), o la adopción (en aquellos casos en que se considera que el retorno es imposible o absolutamente inadecuado y además que lo va a seguir siendo en el futuro). Existen buenas razones por las que nuestra legislación ordena la separación de niños y niñas de las familias que los maltratan, pues las experiencias de maltrato producen muy negativos efectos sobre las más diversas facetas del desarrollo psicológico. Existen también muy buenas razones por las que nuestra legislación proscribe la institucionalización como recurso a largo plazo, porque son muchísimos los datos de investigación que muestran que las condiciones en que se desarrolla la vida en las instituciones no son adecuadas para satisfacer las complejas y muy individuales necesidades de cada niño y cada niña. E, igualmente, existen buenas razones para promover el acogimiento familiar o la adopción como alternativas. De nuevo, son muchísimas las investigaciones que han mostrado que tales alternativas producen muy beneficiosos efectos sobre los niños y niñas implicados en ellas. Así, cuando niños y niñas que crecen en situaciones de acogimiento o adopción son comparados con quienes crecen en circunstancias familiares más convencionales, el cuadro general es muy positivo: niños y niñas acogidos y adoptados se parecen más a sus compañeros y compañeras actuales (es decir, a los niños y niñas que crecen en familias biológicas), que a quienes podrían haber sido sus compañeros y compañeras en el caso de haber permanecido en familias de riesgo o en instituciones (Palacios, Sánchez y Sánchez, 1997). Son niños y niñas crecidos en instituciones los que presentan un perfil más desfavorable. Por lo demás, los datos de la investigación muestran que padres y madres acogedores y adoptivos saben crear un ambiente educativo en el cual no sólo estimulan adecuadamente a quienes se convierten en sus hijos, sino que son además capaces de ayudarles a superar las secuelas de sus muy negativas experiencias previas (ver, por ejemplo, Rutter y otros, en prensa). 23


Acogimiento y adopción por parte de homosexuales Entre el pasado y el futuro

2. Acogimiento, adopción y riesgo Sería, sin embargo, ingenuo pensar que el acogimiento familiar o la adopción están exentos de problemas. Algunas de las dificultades proceden de las peculiaridades de la maternidad y la paternidad acogedoras o adoptivas. Otras proceden de las características de los niños y niñas que pasan a ser acogidos o adoptados. Por lo que se refiere a las peculiaridades de las familias acogedoras y adoptivas, lo primero que debe decirse es que tales familias son, ante todo, familias y que, por lo tanto, les corresponde hacer con sus hijos e hijas lo que se supone que toda familia debe hacer con los suyos: quererlos, protegerlos, estimularlos, rodearles de cuidados y de armonía. Pero debe añadirse en seguida que estas familias tienen que hacer frente además a una serie de retos específicos, no compartidos con otros tipos de familias. Así, para empezar, muchas de estas familias han tenido que afrontar previamente la experiencia de una frustrada maternidad y paternidad biológica. Luego han tenido que pasar por un complejo proceso de toma de decisiones, procedimientos administrativos diversos, procesos de formación y de evaluación, tiempos de espera, ofrecimientos de niños y niñas que con mucha frecuencia no coinciden con la idea que se habían hecho, etc. Todo eso, antes de la llegada del niño o la niña a quienes van a acoger o adoptar. Y una vez que su incorporación a la familia se ha producido, empieza entonces toda otra larga serie de retos entre los que se incluye el acoplamiento y la adaptación mutua (tanto más complejos cuanto más mayor sean el niño o la niña y cuanto más compleja sea su conducta), la comunicación en torno al acogimiento y la adopción, los contactos con la familia biológica (en el caso del acogimiento familiar) o el problema de la búsqueda de los orígenes (en el caso de la adopción), así como hacer frente a toda una diversidad de retos educativos derivados, por ejemplo, de las dificultades escolares de niños y niñas con mala estimulación y mala escolarización previas; o derivados del manejo de problemas de conducta que tienen su origen en las difíciles circunstancias en que crecieron en su familia de origen o su prolongada institucionalización. Acogimiento y adopción no pueden, pues, verse sólo desde el optimismo de la protección, sino también desde la preocupación por el riesgo. Las investigaciones de los últimos años nos han ayudado a entender cuáles son las mejores condicio24


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nes para hacer frente a esos riesgos: ser conscientes de las diferencias inherentes a las situaciones de acogimiento y adopción, crear un ambiente educativo rico en comunicación y sensible a las especiales necesidades de niños y niñas acogidos o adoptados, ayudarles a tener una visión respetuosa y no destructiva de sus propios orígenes, apoyarles en sus esfuerzos por construir su propia identidad, lo que en algunos casos puede suponer ayudarles en sus esfuerzos por reconstruir su historia e incluso por reencontrarse con sus orígenes (ver, por ejemplo, Brodzinsky y Pinderhughes, en prensa). Para poder hacer frente a estos especiales retos hacen falta una serie de cualidades personales y, en el caso de parejas, una serie de cualidades como familia. Sin duda, de esas cualidades deben destacarse una motivación y unas expectativas adecuadas, madurez y salud psicológica, sensibilidad respecto de las necesidades infantiles, buenas competencias y habilidades educativas y comunicativas, capacidad de hacer frente a la frustración y las tensiones, y, en el caso de parejas, una relación armoniosa y estable, con un buen nivel de acuerdo y comprensión entre sus miembros. Algunos otros ingredientes externos a la familia (como el apoyo social o las buenas relaciones con el entorno familiar, así como con amigos y vecinos) forman también parte del cuadro de características que aumentan los factores de protección y disminuyen los factores de riesgo.

3. Nuevas realidades sociales respecto al acogimiento y la adopción En los últimos quince años, la realidad del acogimiento y la adopción han conocido en España un cambio trascendental. Desde la entrada en vigor de la ley 21/87, ampliada y perfeccionada por la ley 1/96, el panorama de estas dos alternativas ha cambiado drásticamente. Merece la pena analizar esos cambios al menos desde tres puntos de vista: los cambios en la demografía del acogimiento y la adopción, los cambios en las representaciones sociales respecto a estas alternativas, y los cambios en los perfiles de acogedores y adoptantes. Por lo que se refiere a la demografía del acogimiento y la adopción, los cambios recientes han sido espectaculares. La mayor parte de los niños y niñas que fueron dados en adopción en Andalucía desde 1987 a 1994 eran bebés andaluces sin especiales problemas y menores de dos años; por el contrario, en esa misma comunidad autónoma está en la actuali25


Acogimiento y adopción por parte de homosexuales Entre el pasado y el futuro

dad cerrada la lista de espera para adoptar a ese tipo de niños, pues se supone que con los cientos de familias que ya esperan poder adoptarlos y con la escasísima disponibilidad de niños y niñas de esas características que sean adoptables, las expectativas reales de alguien que ahora se planteara una adopción así serían prácticamente nulas. Los niños y las niñas que están en condiciones de ser adoptados son cada vez más niños mayores de 6 años, grupos de hermanos y niños o niñas con problemas y necesidades especiales. En realidad, es bastante frecuente una combinación de varias de estas características: dos o tres hermanos, alguno o algunos de los cuales son mayores de 6 años, y alguno o algunos de los cuales presentan algún problema o necesidad especial. Por fortuna, existen parejas y personas solas que se muestran dispuestas a hacer este tipo de adopciones y que además las llevan a cabo con mucho éxito, como hemos podido documentar en nuestras investigaciones. Por lo demás, el espectacular incremento de la adopción internacional en los últimos años obedece, entre otras cosas, a que por esta vía es posible optar a convertirse en padre o madre de un niño o una niña pequeño y sin problemas especiales. La realidad del acogimiento familiar es aún peor, pues el tipo de niños y niñas que están a la espera de ser acogidos no es demográficamente muy distinto del de los que esperan ser adoptados, pero la motivación para el acogimiento es mucho más escasa que la motivación para la adopción, en gran parte porque no se ha desarrollado entre nosotros en relación con el acogimiento el tipo de cultura que en los últimos años se ha desarrollado respecto de la adopción. Por citar de nuevo datos de Andalucía, en el año 2000 existían en esta comunidad autónoma 2200 niños y niñas en acogimiento residencial, es decir, niños y niñas que estaban viviendo en circunstancias que la investigación insistentemente señala como no deseables, particularmente cuando son prolongadas. Por desgracia, sólo el 3% de esos niños y niñas están en acogimiento residencial menos de 6 meses, mientras que el 10% pasa en instituciones más de 6 años. El gráfico 1 ilustra el tiempo de institucionalización y el número de niños y niñas a los que afecta cada intervalo. Los datos reflejan la realidad andaluza del año 2000, que no ha variado sustancialmente en estos momentos. La realidad en las demás comunidades autónomas es muy semejante a esta, aunque por desgracias no hay estadísticas fiables que permitan documentar las semejanzas ni las diferencias. 26


Jesús Palacios

total de niños y niñas

Tiempo de institucionalización 700 600 500 400 300 200 100 0 >6 meses

6-12 meses

12-24 meses

2-3 años

4-5 años

<6 años

Figura 1. Tiempo de institucionalización de niños y niñas en acogimiento residencial en Andalucía en 2000 (Fuente: Consejería de Asuntos Sociales, Junta de Andalucía)

Un segundo cambio reciente al que merece la pena referirse tiene que ver con las representaciones sociales respecto de estas alternativas. En poco tiempo se ha pasado de considerar la adopción como algo relativamente misterioso, de lo que se hablaba poco, que muchas familias adoptivas se planteaban mantener oculto a los demás y al propio niño o niña adoptados, a una consideración mucho más abierta y dotada incluso de cierto prestigio social. El cambio que se ha producido en este sentido ha sido tan llamativo que en una de sus celebradas columnas en el periódico El País, Juan José Millás contaba la inventada historia de un niño que llegaba a su casa llorando y al preguntarle sus padres que qué le pasaba, el niño contaba desconsolado que en la calle se habían metido con él porque no era adoptado. Una humorística e hiperbólica manera de referirse al reconocimiento social del hecho adoptivo y a la cada vez más frecuente presencia de niños y niñas adoptados. Tal cambio está aún por producirse respecto al acogimiento familiar, que permanece aún bastante desconocido, particularmente en sus versiones más formalizadas, porque en sus versiones más informales y asociativas está bastante extendido y reconocido (así, por ejemplo, en relación con el acogimiento en verano de niños saharauis). Poco a poco, sin embargo, se va hablando de acogimiento y lo más lógico es que en el futuro ocurran respecto de esta alternativa algunos de 27


Acogimiento y adopción por parte de homosexuales Entre el pasado y el futuro

los cambios que ya se han operado en relación con las representaciones sociales de la adopción. Finalmente, merece la pena referirse a los cambios que se han producido en los perfiles de quienes se plantean acoger o adoptar. Quizá el cambio más llamativo se ha producido en las características de quienes desean adoptar, que hasta no hace demasiado tiempo eran casi exclusivamente parejas con problemas de fertilidad. En la actualidad, muchos de los candidatos a adoptar cumplen aún con ese perfil, pero son cada vez más los casos de personas solas o de parejas con hijos biológicos previos que también se plantean adoptar. De hecho, algunos de estos grupos tienen en las listas de espera de adopción una sobre-representación en comparación con su peso en la población general; así, por ejemplo, en torno al 30% de los solicitantes de adopción internacional de la comunidad de Madrid son familias monoparentales (comunicación personal), una proporción que está desproporcionadamente por encima del peso de la monoparentalidad en la población general. El perfil de quienes se plantean acoger es bastante diferente, pues en la mayor parte de los casos se trata de personas con más edad que las que se proponen adoptar, así como con hijos biológicos previos. En muchos casos, se trata de personas que lo que buscan no es tener la experiencia de la maternidad o la paternidad, pues ya la han tenido, sino ofrecer una familia durante un tiempo variable en duración a niños o niñas que tienen que estar separados de las suyas. Son en general familias con buenas capacidades educativas y con una motivación especial hacia niños y niñas o adolescentes necesitados de un entorno familiar alternativo.

4. Las nuevas formas de familia Los cambios producidos en España con respecto a las familias adoptivas y acogedoras se entienden mucho mejor en el contexto en que se han producido: los cambios en el concepto y en la realidad de la familia española a finales del siglo XX y principios del XXI. Durante décadas, la única realidad familiar aceptable entre nosotros era la familia tradicional: una familia biparental, heterosexual, con lazos de unión formales e institucionales, con hijos biológicos y con una fuerte división de roles en su interior (el hombre, de puertas afuera; la mujer, de puertas adentro). Conviene no engañarse: ese sigue siendo el tipo de familia predominante entre 28


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nosotros y en los demás países, aunque con proporciones variables. Pero mientras que esa es la forma predominante de familia, lo que caracteriza la nueva configuración familiar es que ahora hay otras formas posibles y aceptables de familia. Así, por ejemplo, hablamos de familias monoparentales, de uniones de hecho, de hijos adoptados, de mujeres que trabajan y (menos frecuentemente) de hombres que son activos de puertas adentro. Como hemos tenido ocasión de señalar en otro lugar (Palacios y Rodrigo, 1998: 33), la definición de familia de nuestra época tiene poco que ver con la insistencia en lazos formales o institucionales, en el tipo de unión o en las características personales de sus miembros, y mucho que ver con interdependencia, comunicación, intimidad, metas compartidas, etc. Así, hemos definido la familia como la “unión de personas que comparten un proyecto vital de existencia que se quiere duradero, en el que se generan fuertes sentimientos de pertenencia a dicho grupo, existe un compromiso personal entre sus miembros y se establecen intensas relaciones de intimidad, reciprocidad y dependencia”. El reconocimiento de esta nueva realidad de la familia es bastante diverso, estando perfectamente aceptado social y legalmente para ciertas formas de familia otrora proscritas o clandestinas (por ejemplo, el divorcio, la monoparentalidad, las uniones de hecho, las familias adoptivas), menos establecido para otras formas de familia (en gran parte por desconocimiento, como ocurre con las familias acogedoras) y muy poco o nada aceptado o establecido para otras formas de familia (por ejemplo, las familias homosexuales, respecto a las cuales el lenguaje común lleva todavía a preferir el término “parejas homosexuales” sobre el de “familias homosexuales”, dando así muestras de la resistencia a su reconocimiento). Por lo demás, sobre los más diversos temas respecto a los cuales se han estudiado las influencias de la familia sobre el desarrollo infantil, existe en las investigaciones un consenso generalizado sobre el hecho de que la forma de una familia o lo que también se llama su configuración (es decir, quiénes o cuántos son sus miembros y cómo de formal o biológico es el lazo que los une) tiene mucha menos importancia que las relaciones que se dan entre sus miembros. Así, por ejemplo, podemos encontrar una familia adoptiva que sea excelente y otra que no lleve a cabo bien sus funciones, así como entre las familias biológicas las hay maravillosas y otras que son de 29


Acogimiento y adopción por parte de homosexuales Entre el pasado y el futuro

riesgo; podemos encontrar situaciones de separación, divorcio o reconstitución familiar que funcionan bastante bien y otras que son una catástrofe. En unos casos y otros lo fundamental no es si se trata de familias adoptivas, o biológicas, o separadas o reunidas, sino cuál es el grado de afecto y de comunicación en su interior, cómo se manejan las relaciones y los conflictos, el grado de sensibilidad para hacer frente a la historia pasada, a la realidad presente y a las incertidumbres del futuro, su nivel de armonía y de estabilidad a través del tiempo y de las circunstancias. Así, pues, predominan entre nosotros las familias que se corresponden en mayor o menor medida al estereotipo convencional de familia, pero ahora son posibles y aceptables otras formas de organización familiar (aunque no todas con el mismo grado de posibilidad ni de aceptabilidad) y además estamos convencidos de que el criterio último de bondad de una realidad familiar no radica en su estructura o configuración, sino en sus relaciones, su armonía y su estabilidad.

5. Homosexualidad y parentalidad Como ya ha quedado apuntado, las representaciones sociales que entre nosotros perviven respecto de la familia y de la homosexualidad no favorecen todavía un reconocimiento social generalizado de las familias cuyos miembros adultos son homosexuales. En todo caso, se ha dado el paso que lleva a aceptar que dos personas del mismo sexo puedan convivir. Pero imaginar a niños o niñas compartiendo esa vida y esa relación está aún lejos de lo que se considera comúnmente aceptable. Son bien conocidas las razones de ese rechazo: la idea de que un niño o una niña necesita un padre y una madre para desarrollarse felizmente, la idea de que el contacto con personas homosexuales pueda implicar riesgos de cara al desarrollo de la identidad y de la orientación sexual, la idea de que haya mayor riesgo de abusos sexuales, la idea de que las parejas homosexuales carezcan de la estabilidad que tienen las heterosexuales, o la de que las personas homosexuales carezcan de la salud mental que las heterosexuales tienen. El párrafo anterior resume los estereotipos habituales en relación con homosexualidad y parentalidad. Todo lo que podemos decir hasta ahora es que ningún dato de investigación corrobora esos estereotipos. Es cierto que la investigación sobre familias homosexuales y, particularmente, sobre la 30


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maternidad y la paternidad de personas y parejas homosexuales, es escasa, está basada en muestras pequeñas, tiene inevitables problemas metodológicos y, frecuentemente, está hecha por personas con algún tipo de compromiso personal o ideológico con la causa homosexual. Pero ese tipo de problemas y de limitaciones están presentes en muchos otros ámbitos de la investigación psicológica y eso no nos lleva a desacreditar sus resultados. Y, por otra parte, la coincidencia entre muy diversas investigaciones viene a actuar como un criterio de validez no exento de interés. Los datos de las investigaciones llevadas a cabo en otros países son muy fáciles de resumir dada la gran coherencia existente entre unos estudios y otros: no hay ninguna evidencia empírica en contra de las capacidades como padres y madres de las personas homosexuales; y no hay ninguna evidencia empírica que muestre que los niños y niñas que crecen con padres homosexuales ven perjudicado su desarrollo de una manera significativa, ya sea en el ámbito de su desarrollo afectivo, de su identidad y orientación sexual, de su desarrollo y sus relaciones sociales, que son las áreas habitualmente exploradas (ver, por ejemplo, Flaks, 1995; Patterson y Chan, 1999). Estos datos proceden sobre todo de investigaciones hechas con niños y niñas que crecen con sus madres lesbianas solas (frecuentemente tras una separación de su pareja heterosexual), o bien de parejas homosexuales (ha-

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Acogimiento y adopción por parte de homosexuales Entre el pasado y el futuro

bitualmente, mujeres) que consiguen un embarazo utilizando las modernas técnicas de reproducción asistida. Los niños y niñas crecidos en estas familias no son más problemáticos, no son más infelices, no tienen problemas para verse a sí mismos como niños o niñas, para desarrollar las preferencias habituales por juegos, juguetes y amigos. Y, como investigaciones de otro tipo han mostrado reiteradamente (por ejemplo, Finkelhor y Russell, 1984; López, 1994), la mayor parte de los abusos sexuales a menores son cometidos por personas heterosexuales (típicamente, un varón que abusa de una niña). Por lo demás, no se trata de familias más aisladas socialmente, pues los datos muestran unos niveles normales de contacto con amigos o vecinos y con miembros significativos de la familia extensa (abuelos, tíos, primos, etc.). Sin duda alguna, las familias homosexuales no están exentas de problemas y tensiones, pero a esa circunstancia no son ajenas las familias heterosexuales. Y parece documentado (por ejemplo, Flaks, 1995) que niños y niñas que crecen con adultos homosexuales pueden ser objeto de bromas y comentarios molestos por parte de amigos y compañeros, pero eso les lleva rápidamente a aprender a ser más discretos al respecto y, en todo caso, no parece que sea una fuente de problemas o preocupaciones importantes para ellos. Como ha quedado indicado, aunque todos estos datos proceden de investigaciones escasas y no exentas de problemas metodológicos, el grado de convergencia entre unas y otras es notable. Conviene, sin embargo, tener las debidas precauciones con las generalizaciones y esperar a la acumulación de más y más diversos datos de investigación, aunque conviene apresurarse a añadir que estas limitaciones son aplicables también a muchos otros campos y problemas y no son exclusivos de la homosexualidad y su relación con la crianza y educación de niños y niñas.

6. Acogimiento y adopción por parte de homosexuales Las investigaciones sobre situaciones de adopción o acogimiento familiar por parte de individuos o parejas homosexuales son aún más escasas que las llevadas a cabo en situaciones en que un niño o una niña crece con su madre (o, mucho menos frecuentemente, con su padre) homosexual, ya se trate de una mujer que cría sola a sus hijos, o de una que haya establecido una relación homosexual posterior a la 32


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relación heterosexual de la que nacieron sus hijos. De hecho, la mayor parte de las investigaciones son sobre mujeres lesbianas que viven en pareja con otra mujer y que han conseguido un embarazo a través de la reproducción asistida. Algunas de esas investigaciones se han llevado a cabo en Norteamérica (Patterson, 1995, 1997) y otras en Europa (Golombok, Tasker y Murray, 1997). Los resultados de estas investigaciones no difieren sustancialmente de los resumidos en el apartado anterior: niños y niñas crecidos en este tipo de familias no presentan problemas especiales ni parecen ver su desarrollo afectado en ningún aspecto relevante por el hecho de crecer y educarse en estas circunstancias. En un panorama de gran semejanza con niños y niñas crecidos en circunstancias más convencionales, Patterson (1997) halló que los hijos e hijas de lesbianas mostraban más reactividad al estrés (enfado, miedo, disgusto), pero también sentimientos más intensos de bienestar (alegría, satisfacción con uno mismo). Su hipótesis es que tal vez se trata de niños más abiertos a reconocer sus emociones, sean de tipo negativo o positivo. Por su parte, Golombok et al. (1997) hallaron que quienes crecían con madres solas homosexuales o heterosexuales mostraban relaciones de apego seguro más frecuentemente que quienes crecían en parejas heterosexuales, hecho que los autores relacionan más con el género que con la orientación sexual (pues en el grupo de madres solas había tanto homo como heterosexuales); también hallaron que quienes crecían con madres solas se percibían como cognitiva y físicamente menos capaces que quienes crecían en familias con padre, sin que esto se tradujera en mayor índice de problemas o peores puntuaciones generales de ajuste o de desarrollo. La situación, pues, se puede resumir muy fácilmente recurriendo a la conclusión de Brooks y Goldberg (2001: 157): “a pesar de la controversia que rodea a esas decisiones, nuestros datos no aportan justificación alguna a la suposición de que hombres o mujeres homosexuales sean menos capaces de educar adecuadamente a niños o niñas en adopción o en acogimiento”. Pero, como acertadamente indica Flaks (1995), eso no debe entenderse como que cualquier persona (sea homo o heterosexual) o cualquier pareja son buenos candidatos a la adopción (o, añadimos nosotros, al acogimiento): “lo que sugiere la evidencia respecto a la idoneidad de hombres y mujeres homosexuales es que no hay que aplicarles criterios especiales ni deben usarse con ellos evaluaciones 33


Acogimiento y adopción por parte de homosexuales Entre el pasado y el futuro

por parte de expertos distintas de las habituales en la valoración psicosocial. La investigación apoya una evaluación caso a caso de las personas homosexuales basada en los mismos criterios que se emplean en el caso de familias heterosexuales” (Flaks, 1995: 34). Si esto es lo que los datos de investigación sugieren, la práctica habitual es muy distinta incluso en aquellos países en que existe ya tradición de adopción por parte de homosexuales. Así lo ponen claramente de manifiesto los datos de una encuesta realizada en Estados Unidos por Brodzinsky, Patterson y Vaziri (en prensa). Como es sabido, en Estados Unidos no hay una legislación federal en materia de adopción, sino que cada Estado tiene sus propias normas. Así, hay muchos estados en los que la adopción por parte de individuos o parejas homosexuales es aceptada, mientras que en otros estados (los menos), está prohibida. Por otra parte, mientras que en España todas las adopciones pasan bajo el control de la entidad pública (la Administración), en los Estados Unidos hay muchos tipos de adopción posibles: unas a través de la administración pública, otras a través de agencias de adopción legalmente reconocidas (que normalmente se especializan en cierto tipo de adopciones), y otras de tipo estrictamente privado (por ejemplo, acuerdos entre padres biológicos y padres adoptivos).

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En su encuesta sobre la adopción por homosexuales, Brodzinsky et al. (en prensa) indagaron en entidades públicas y agencias privadas sobre su disponibilidad a tramitar adopciones por parte de homosexuales. De acuerdo con sus datos, entre el 1,6% y el 2,9% de las adopciones hechas por las entidades y agencias que contestaron a su encuesta fueron de niños o niñas dados en adopción a personas que se identificaron a sí mismas como homosexuales. Pero quizá lo más interesante de esos datos es la significativa relación que encontraron entre algunas variables del tipo de entidad y su aceptación o rechazo a tramitar adopciones por parte de homosexuales. Quizá el dato más llamativo es la estrecha y significativa relación entre ideología religiosa y actitud respecto a la adopción por parte de homosexuales. Mientras que todas las entidades públicas y las privadas sin afiliación religiosa típicamente muestran una actitud favorable a la posibilidad de adopción por parte de homosexuales, entre las agencias privadas que reconocen alguna vinculación religiosa las actitudes más favorables se encuentran entre la mayoría de las de tradición judía y las de filiación protestante, mientras que las que muestran actitudes menos favorables o abiertamente contrarias son las agencias que reconocen nexos con el catolicismo y, particularmente, con el fundamentalismo cristiano. Además, las agencias especializadas en la adopción de niños y niñas con necesidades especiales (niños y niñas de más edad, con problemas de salud o conducta, con historias más complejas) muestran actitudes más favorables a la adopción por parte de homosexuales que las agencias especializadas en la adopción de niños y niñas pequeñitos (bebés) y sin especiales problemas. Finalmente, los datos de estos autores muestran que cuando quien contesta a la encuesta es una mujer, la actitud respecto a la posibilidad de adopción por parte de homosexuales es más favorable que cuando quien contesta es un hombre, dato éste que viene a confirmar un fenómeno bien conocido en relación con las actitudes distintas de mujeres y hombres ante la homosexualidad. En resumen, de acuerdo con los datos de esta interesante encuesta, las entidades públicas, las agencias de adopción de ideología menos conservadora, así como las que se especializan en la adopción de niños y niñas de más edad o con mayores problemas, son las que muestran actitudes más favorables a la adopción por parte de personas o parejas ho35


Acogimiento y adopción por parte de homosexuales Entre el pasado y el futuro

mosexuales, particularmente si son mujeres las que toman la decisión. En cualquier caso, el tema del acogimiento o la adopción por parte de homosexuales merece no sólo la visión desde fuera (desde la sociología, desde la opinión pública o profesional), sino también un análisis desde dentro, de lo que supone la adopción por parte de personas o parejas homosexuales. Porque si ser adoptado o acogido no es una situación neutra (es decir, no carece de características peculiares, retos incluidos), crecer en un contexto homosexual tampoco lo es. Y crecer como niño o niña adoptados o acogidos en el contexto de adultos homosexuales significa que se suman las peculiaridades y retos de la adopción a los de crecer en familias homosexuales. Y si para ser padres adoptivos hay que reunir unas cuantas capacidades especiales (que no son ni mucho menos imposibles, pero que no pueden ignorarse), para serlo desde la homosexualidad hay que sumar otras cuantas, pues es evidente que además de tener que hacer frente a todo lo que la adopción supone, hay que hacer frente a lo que la familia homosexual lleva consigo. La conclusión es bien clara: ni todas las personas o parejas heterosexuales son adecuadas para la parentalidad adoptiva, ni todas las personas o parejas homosexuales lo son, con la exigencia añadida para éstas de que además de tener que responder a los retos de la adopción tienen que hacerlo, simultáneamente, a los de la homosexualidad. Las especiales dificultades y retos a que tienen que hacer frente las personas individuales homosexuales y las parejas homosexuales que deciden acoger o adoptar están bien documentadas en un libro en que estas personas y parejas cuentan sus avatares en primera persona (Hicks y McDermott, 1999).

7. Desde el pasado hacia el futuro Si los datos de las investigaciones que acabamos de resumir nos han sacado de nuestra realidad más cercana, debemos volver a ella para concluir con estas reflexiones. En estos párrafos finales debemos hacer referencia a cuál es la situación actual en España, sabiendo de dónde venimos y anticipando hacia dónde vamos. Son varias ya las comunidades autónomas que han legislado a favor de la posibilidad de acogimiento por parte de individuos o de parejas homosexuales. Los datos de investigación que aquí hemos resumido avalan tal deci36


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sión y las potestades legislativas de las comunidades autónomas al respecto así lo permiten. Respecto de la adopción, su regulación legislativa no está en manos de las comunidades autónomas, sino que depende del código civil, cuyo contenido no puede cambiarse sino por acuerdo de las Cortes generales. Desde un punto de vista estrictamente jurídico, en la actualidad nada se opone a que una persona homosexual adopte (puesto que la adopción por parte de una persona sola es posible y puesto que no hay cláusula legal ninguna en relación con la orientación sexual de las personas que pueden adoptar), mientras que la adopción por parte de una pareja homosexual no es posible (para que lo fuera, las parejas homosexuales deberían tener un estatuto jurídico del que carecen, pues no debe olvidarse que la adopción es técnicamente un acto jurídico por el que se cambia la dependencia jurídica de un niño de unos padres con respecto a otros). De hecho, sabemos que en España hay homosexuales que han adoptado a niños o niñas y que lo han hecho como personas solas, estuvieran entonces o estén en la actualidad manteniendo relaciones estables de pareja. Pero si ni siquiera sabemos cuántas familias adoptivas hay en España, difícilmente podemos determinar cuántas de esas familias son de una u otra orientación sexual. Todo lo que podemos decir es que sabemos que tales adopciones se han hecho y que no consta en ningún lugar (ni en foros públicos, ni en foros restringidos) que tales adopciones sean más o menos problemáticas que las llevadas a cabo por personas heterosexuales. Naturalmente, sólo a través de un estudio sistemático y riguroso se puede hacer una valoración de cómo están funcionando esas adopciones y de si presentan alguna peculiaridad específica en comparación con las otras. Mientras ese estudio llega (si lo hace), todo lo que podemos decir con rigor es que no sabemos nada al respecto; y lo que podemos afirmar -ya sin tanto rigor- es que no consta que las adopciones conocidas por parte de homosexuales sean un objeto de preocupación especial desde el punto de vista del desarrollo y la felicidad de los niños y las niñas afectados. Algunas comunidades autónomas contemplan la posibilidad de adopción por parte de personas homosexuales. O, si se quiere poner de otra manera, niegan que la homosexualidad sea un criterio de exclusión. Así, por ejemplo, en el manual de criterios técnicos para la valoración 37


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de solicitantes de adopción que está en vigor en varias comunidades autónomas se establecen tres criterios fundamentales respecto a la homosexualidad en relación con la adopción: · que la orientación sexual de una persona no es un criterio por sí mismo determinante, sino que debe ser analizado en relación con lo que se consideran los factores más relevantes de cara a la adopción: “la capacidad y madurez para atender estable y adecuadamente a las necesidades infantiles”; · que para niños y niñas más pequeños se considera más beneficioso que sean adoptados por una familia compuesta por padre y madre “que les aporten variedad de modelos y estilos de relación”; · que la decisión de dar o no dar a un niño o niña en adopción a una persona homosexual debe tomarse pensando fundamentalmente en el interés presente y futuro de ese niño o esa niña, y no en promover “la causa homosexual”.

Debe reconocerse que la actitud mostrada por algunas administraciones con este tipo de regulación (y con respecto a la posibilidad de acogimiento por homosexuales) va por delante de la sensibilidad social que respecto al acogimiento o la adopción por parte de homosexuales existe entre nosotros. Porque la posibilidad de tales acogimientos o adopciones despierta considerables recelos no sólo entre la persona de la calle, sino entre muchos profesionales. Sin duda alguna, son bastantes quienes entre éstos desconocen la investigación sobre homosexualidad de los padres y desarrollo infantil y que dan por buenos los estereotipos negativos e infundados que son moneda corriente. El peso de estas representaciones sociales es tan grande que la encuesta de Brodzinsky et al . (en prensa) antes mencionada puso de manifiesto que algunos de los profesionales de la adopción que trabajan en estados norteamericanos en los que adopción por parte de homosexuales es legalmente posible, respondían negativamente a la pregunta de si en su Estado era legal la adopción por parte de homosexuales.

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En nuestra sociedad actual, la idea de que los homosexuales puedan acoger o adoptar es todavía un escándalo. Sin embargo, el hecho de que haya cientos de niños pasando años y años en instituciones no constituye un escándalo. Y ello a pesar de que son numerosísimas las investigaciones que prueban los muy negativos efectos de la institucionalización infantil, y a pesar de que ya van abundando las investigaciones que prueban que los niños que crecen con padres homosexuales no presentan problemas especiales o, si se quiere poner en positivo, tienen niveles de ajuste, de autoestima y de felicidad comparables a los de los hijos de padres heterosexuales. Sin duda alguna, nuestras representaciones sociales en relación con la posibilidad de adopción por parte de homosexuales están aún más cerca de nuestro pasado que de nuestro futuro, aunque son muchas las cosas en que esta sociedad se ha acercado al futuro con vertiginosa rapidez. Por otra parte, el camino hacia el futuro está hecho de etapas y no es un avance menor que algunas comunidades autónomas ya acepten la posibilidad de acogimiento familiar por parte de homosexuales, lo que hubiera sido considerado impensable hace bien poco. Y tampoco es un hecho menor que algunos documentos técnicos oficiales planteen la posibilidad de adopción por parte de personas homosexuales diciendo que la orientación sexual de una persona no es un criterio por sí mismo excluyente de la posibilidad de adoptar. La sociedad avanzará como deba hacerlo, movida por sus diversos líderes y por los diversos agentes y 39


Acogimiento y adopción por parte de homosexuales Entre el pasado y el futuro

factores que dinamizan los cambios. A quienes nos interesamos por el bienestar y el desarrollo de niños y niñas nos queda la tarea de impulsar o cuando menos avalar los cambios que la investigación ha demostrado y vaya demostrando ser positivos, y la de evaluar el impacto que tales cambios tengan sobre niños, niñas y adolescentes. Si como parece lo más probable a la luz de las evidencias empíricas ya existentes- ese impacto resultara ser positivo, contribuiríamos modestamente a acercar el futuro. Si -aunque parece muy improbable- así no fuera, deberíamos tratar de que el futuro fuera en otra dirección, siempre pensando en lo más beneficioso para las personas en desarrollo. En otros países en los que han avanzado más en ese recorrido han llegado a la siguiente conclusión: “la investigación de las ciencias sociales concluye de forma clara que los hombres y las mujeres homosexuales pueden criar a hijos e hijas psicológicamente sanos. Hasta el momento no hay ninguna evidencia que sugiera que los padres homosexuales son inferiores a los heterosexuales, o que sus hijos corren algún tipo de riesgo. Aunque estas investigaciones tienen limitaciones, especialmente en relación con la adopción, donde no se ha desarrollado aún una investigación sistemática, la coherencia de los datos merece que se les preste atención. Puesto que no se han encontrado diferencias significativas entre familias de padres homosexuales y heterosexuales, parece que no hay ninguna razón empírica que apoye que ambos tipos de familias sean tratados de forma distinta por la ley” (Flaks, 1995: 33-34).

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Parejas lesbianas y maternidad en la psicología Ana B. Gómez

1. La familia lesbiana: Nacimiento y origen 1 Término anglosajón que describe un boom en el nacimiento de bebés dentro del seno de una pareja de lesbianas en los años 80 en EEUU.

2 Técnica de inseminación que se realiza introduciendo semen del donante en el útero de la futura madre biológica mediante una cánula , llevado a cabo normalmente por la futura madre no biológica.

La mayoría de las mujeres lesbianas son madres a través de un matrimonio heterosexual; algunas de ellas siendo muy conscientes de su lesbianismo en la adolescencia, mientras que otro importantísimo número de mujeres lo viven en su primera relación con una mujer (Tasker & Golombok, 1997). Actualmente no contamos con datos sobre el número de familias que existen en España. Las estimaciones sólo se han hecho en países como EEUU donde existen entre 3 y 5 millones de familias lesbygays cuyos hijos / as nacieron en el contexto de una relación heterosexual anterior (Falk, 1989; Patterson, 1992, ver Tasker & Golombok, 1997). Este número de familias han podido verse triplicadas en los últimos años por el llamado “Lesbian Baby-Boom”1 (Lewin, 1993; Patterson, 1994a, en Flasks et al. 1995, p. 105-114), familias de lesbianas planeadas, visibles y abiertas, donde los hijos/ as son concebidos a través de métodos como la inseminación artificial (IA), la auto inseminación (AI)2 y la adopción. Fenómeno nacido en EEUU, pero que se ha ido expandiendo en toda Europa, principalmente en países como el Reino Unido. Según Patterson (1992), el número de lesbianas en los EEUU que eligieron tener y criar niños/as después de su salida como lesbianas (coming-out) se estimaba en unas 10.000, y en miles las mujeres que decidieron adoptar como madres solas o en pareja. Sólo en San Francisco, aproximadamente mil niños/as han nacido dentro de parejas de lesbianas en los últimos cinco años; no olvidemos que estamos hablando de datos del año 92 y que esa cifra puede ahora fácilmente haberse duplicado. En nuestros días, está aumentando el número de parejas de lesbianas que deciden crear una familia juntas como proyecto mutuamente negociado. La decisión de quién será la madre biológica y legal, y por exclusión la madre no biológica y no legal, o si lo serán ambas, dependerá enormemente de las decisiones y elecciones que tomen en el proceso de su nueva creación familiar. 43


Parejas lesbianas y maternidad en la psicología

Alrededor de los años 70 las madres lesbianas comienzan a ser foco de atención pública en EEUU, debido al significativo incremento en el número de casos de disputas por la custodia de los hijos/as. Muchas de estas mujeres habían concebido a sus hijos/as durante los primeros años de su relación o matrimonio heterosexual, antes de su «salida» (outing) e identificación como lesbianas. Después del incipiente avance del movimiento gay y feminista más mujeres lesbianas estaban preparadas para admitir, y vivir su orientación homosexual y luchar abiertamente en los tribunales por la custodia de sus hijos / as. Este aspecto, junto al incremento de una mayor inserción laboral de la mujer y por tanto de una mayor independencia económica del hombre, provocó el outing de un gran número de mujeres lesbianas. En los numerosísimos casos aparecidos en los tribunales, los jueces se decantaban por otorgar la custodia de los hijos/as a sus padres heterosexuales, privando de todo derecho a las madres lesbianas. Esto, curiosamente contrastaba con lo que realmente ocurría y ocurre en los tribunales, donde a las madres heterosexuales mayoritariamente se les asigna la custodia de los menores, en lugar de a los padres (realidad que también está llena de asunciones y mitos sobre el papel de la mujer como cuidadora). Los jueces afirmaban y defendían, que para el mejor interés de los niños/as, era necesario que vivieran con su padre heterosexual en lugar de con una madre lesbiana, la cual podía provocar daños psicológicos irremediables en sus hijos/as. En los casos aparecidos en los tribunales estadounidenses la orientación sexual de la madre adquiría protagonismo y era foco de atención, a costa de obviar aspectos primordiales como son la continuidad y la calidad en la relación madre-hijo/a. Algunos autores (Kleber, Howell, & Tibbits-Kleber, 1986; Falk, 1989; Editors of the Harvard Law Review, 1990; Green, 1992) afirmaban que en el ámbito jurídico se exaltaba las consecuencias negativas irreversibles que podía tener en los niños/as el vivir con una madre lesbiana. Todo tipo de presunciones sobre las dificultades que los niños/ as podían experimentar por el hecho de ser criados/as por una madre lesbiana han salido a la luz en las salas de los tribunales. Sin embargo, estas premisas prestaban poca atención a lo que realmente se sabía y se conocía sobre el estado real de estos niños/as. Como consecuencia de estas afirmaciones defendidas por los jueces estadounidenses, nace un boom en el número de investigaciones sobre el estado psicológico de los niños / as criados en familias lesbianas. Estos estudios, que veremos a 44


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continuación, abordarían principalmente las tres áreas de mayor preocupación defendidas por jueces y por un importante sector social, moral, científico y político de la sociedad americana. Dichas áreas se basaban en premisas relacionadas con los aspectos diferenciales (asumidos como problemáticos) que podían presentar los hijos/as de madres lesbianas en comparación con los hijos/as de madres heterosexuales. Estas preocupaciones estaban relacionadas con aspectos relativos a: Diferencias sexuales en el comportamiento: Identidad de género. Comportamiento/Conformidad de rol de género. Orientación sexual -Ajuste emocional -Discriminación Dos son los tipos de familias lesbianas que existen como generalidad, siendo la primera la más ampliamente estudiada dentro de la psicología por su mayor presencia en número: Familia reconstituida lesbiana: Familias integradas por hijos / as nacidos de una relación heterosexual anterior, que han vivido la separación de sus padres y que ahora crecen con su madre lesbiana. Pueden ser monoparentales o biparentales.

Familia primaria lesbiana: Familias integradas por hijos / as adoptivos o biológicos / as que viven con sus madres lesbianas desde que nacieron o llegaron a sus nuevas familias. Estas familias pueden ser monoparentales, biparentales, y triparentales (involucración en la crianza de otro miembro, normalmente del padre biológico). Cada vez son más las mujeres lesbianas que eligen formar una familia como proyecto común de la pareja y deciden criar juntas un hijo/ a dentro de su relación, se llaman familias lesbianas planeadas. Estas mujeres pueden ser madres biológicas (MB) o madres no biológicas (MNB), en otros casos, ambas planean ser MB y consecuentemente MNB, esto depende de sus decisiones y elecciones en el proceso de su creación familiar. A continuación presentamos una revisión de las investigaciones más importantes realizadas en ambos tipos de familias lesbianas en países mayoritariamente anglosajones, aunque también se incluyen algunos llevados a cabo en Europa. Dichas investigaciones siguen revolucionando hipótesis arraigadas en la opinión social, en los jueces y en la psicología. 45


Parejas lesbianas y maternidad en la psicología

2. La familia lesbiana: Diversidad e historia en la psicología Tradicionalmente se ha argumentado que las mujeres lesbianas no desean ser madres, planteando un interrogante en cuanto a su idoneidad como madres. El argumento que a menudo caracterizaba las decisiones judiciales respecto de políticas públicas, casos de custodia, acogida de menores y adopción, ha sido la creencia de que las lesbianas no eran apropiadas para ser madres. Concretamente, los argumentos que aparecían en los tribunales asumían que las lesbianas tenían problemas mentales, carecían de sentimientos maternales y eran incapaces de establecer relaciones estables (Editors of the Harvard Law Review, 1990). En comparación con la familia heterosexual, la familia lesbiana está a menudo expuesta al prejuicio, que resulta en la pérdida de custodia de los hijos/as, restricciones en los derechos de visita y ausencia de apoyos legales y sociales. (Falk, 1989; Editors of the Harvard Law Review, 1990). Como ocurre con muchos grupos que sufren marginación, las creencias que se sustentan en la sociedad están a menudo no fundamentadas en experiencias personales, sino en transmisiones culturales (Herek, 1991). Según Patterson (1998a), las investigaciones sobre gais y lesbianas comenzaron con el estudio de Hooker (1957) y culminaron con la desclasificación de la homosexualidad como trastorno mental por la APA en 1973 (Gonsiorek, 1991). Los informes sobre la familia lesbygay 3 nacieron en la literatura psiquiátrica al principio de los años 70. Estos estudios emprendieron su andadura con un trabajo pionero de Martin and Lyon (1972), que contaba en primera persona la vida de las familias lesbianas (e.g., Alpert, 1988; Clausen, 1985; Jullion, 1985; Mager, 1975; Perreault, 1975; Pollack & Vaughn, 1987; Rafkin, 1990). Las investigaciones sistemáticas realizadas sobre los hijos/as de madres lesbianas, sin embargo; no comenzaron a emerger en las principales publicaciones

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3 Término acuñado del inglés que incluye a aquellas familias integradas por padres y madres lesbygays y sus hijos e hijas.


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hasta el año 1978, y no ha sido hasta los años recientes cuando realmente se han publicado investigaciones sobre la familia lesbygay desde la psicología. Existe un tipo de particularidad en la familia lesbiana en cuanto a las circunstancias que envuelven al nacimiento o adopción de los hijos/as. La mayoría de las mujeres lesbianas han tenido hijos/as en el contexto de una relación heterosexual, para luego vivir abiertamente su lesbianismo (familia lesbiana reconstituida). Sin embargo, las nuevas fronteras existentes en la creación familiar hablan del nacimiento de familias donde los niños/as nacen después de la identidad lésbica (familia lesbiana primaria y planeada). Este tipo de familias presentan aspectos diferenciales con la familia lesbiana reconstituida.

3. Revisión de estudios sobre el desarrollo de los hijos/as de familias lesbygay. Según las investigaciones realizadas con hijos / as de madres heterosexuales solas y de madres lesbianas, los primeros presentaban más rasgos de agresividad, mientras que los de madres lesbianas eran más afectivos. Los hijos de madres lesbianas en edad pre-escolar formaban vínculos firmes y seguros con ambas madres y no mostraban evidencia de dificultades psicológicas (McCandlish, 1987). También Patterson (1994a) concluía en su estudio que los niños/as de edad comprendida entre 4 y 9 años que habían nacido o habían sido adoptados por madres lesbianas no diferían de los hijos/as de familias heterosexuales en cuanto a competencia social, problemas de comportamiento, comportamiento de rol sexual; o en variables relacionadas con agresividad, sociabilidad o disfrute en ser el centro de atención. Esta autora encontró dos factores diferenciales en ambos niños/as, los hijos/as de familias lesbianas presentaban más reacciones negativas al estrés (como enfado y miedo) y un mayor sentido de bienestar (alegría y facilidad para sentirse contentos) que los hijos/as de familias heterosexuales. Patterson sugería que estos resultados se podían deber a una mayor vivencia de estrés en su vida diaria o a una gran habilidad para reconocer la experiencia emocional positiva y negativa. De los 26 niños/as criados en familias lesbianas, los mejor ajustados eran aquellos donde ambas madres compartían igualitariamente las responsabilidades en el cuidado de los hijos/as (Patterson, 1995b). Flaks (et al., 1995) concluía que 47


Parejas lesbianas y maternidad en la psicología

no existían diferencias en cuanto al funcionamiento cognitivo o ajuste comportamental en niños/as concebidos/as por inseminación artificial en familias lesbianas en comparación con el grupo control de hijos/as de padres heterosexuales. Según un estudio realizado en el Reino Unido (Golombok, Tasker, & Murray, 1997) con niños/as criados desde la infancia en familias lesbianas monoparentales y biparentales, se halló que la orientación sexual de la madre no provocaba efectos negativo en calidad parental o bienestar psicológico en los niños/ as. Curiosamente, cuando se comparaba ambos tipos de familias, las madres lesbianas que vivían con su pareja mostraban mayor calidez y mayor interacción con sus hijos/as, así como menor número de disputas con las hijas. En palabras de Patterson (1992, 1038): “hasta muy recientemente, la opinión predominante era que los hijos/as de familias gays y lesbianas estarían en desventaja en sus relaciones sociales fuera de la familia por el prejuicio al que tendrían que enfrentarse de la sociedad mayoritariamente heterosexual. Sin embargo, las últimas investigaciones sugieren que estos niños/as criados por padres gays y madres podrían beneficiarse de su experiencia personal respecto a la diversidad dentro de la comunidad y por lo tanto ser menos rígidos en sus propias miras, y más capaces de apreciar la sociedad multicultural en la que vivimos en nuestros días”.

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4. Las parejas lesbianas y su transición a la maternidad: Consideraciones En nuestros días el número de parejas de lesbianas que deciden tener y criar juntas a sus hijos/as biológicos/adoptivos está creciendo más y más en número. La familia lesbygay se caracteriza por su enorme diversidad y pluralidad, añadiendo un nuevo universo a la concepción de familia. Dentro de estas familias, el abanico es muy amplio y versátil. Como ya hemos comentado anteriormente, las mujeres lesbianas son madres de muchas maneras, que incluyen la adopción, la acogida, la maternidad compartida biológica o no biológica, la IA con donante anónimo, la AI con donante conocido, relaciones heterosexuales durante matrimonios anteriores y relaciones heterosexuales con el único fin de la procreación. Las familias lesbianas planeadas también se denominan familias alternativas o familias no tradicionales, este último término sin embargo no siempre describe la realidad de la maternidad lésbica. Existen muchas mujeres lesbianas que enfrentan la creación y la formación familiar de un modo tradicional en sus razones y deseos de maternidad, que generalmente es similar al de las parejas heterosexuales. Sin embargo, las mujeres lesbianas tienen que enfrentarse a serios prejuicios. La decisión de ser madres en una pareja de mujeres requiere un altísimo grado de coordinación y planificación. Estas parejas negocian su futura maternidad de muy diversas formas. Normalmente la futura MB planea su maternidad desde un deseo profundo de muchos años, y su pareja entonces asume y decide compartir esta maternidad como un proyecto común de ambas. Hoy en día está empezando a ser relativamente frecuente el número de parejas de lesbianas que deciden compartir su maternidad biológica en el mismo espacio de tiempo y de deseo. En algunas ocasiones, ambas futuras madres eligen el mismo donante biológico con la intención de tener hijos/as vinculados biológicamente. Las parejas de lesbianas también tienen que decidir sobre el método de concepción, la falta de reconocimiento del rol de la madre no legal, la presencia o no del donante (en el caso de la AI) en la vida del niño/a, y las decisiones relacionadas con la identidad del niño/a. La consideración de la maternidad en parejas lesbianas es definitivamente una decisión enormemente consciente, meditada y planeada Además estas familias tienen que añadir preocupaciones relativas a los as49


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pectos legales, los cuales en la actualidad no pueden resolverse ya que no existe el reconocimiento legal, social e institucional de la madre no biológica como figura fundamental en la vida del niño/a. La razón de porqué muchas parejas de lesbianas eligen la IA está relacionada con la idea de mantener el anonimato del padre biológico. El miedo real existente respecto al padre biológico caracteriza la preocupación en muchas parejas de lesbianas, pues existe siempre el riesgo de demandas de custodia del hijo/a por parte del padre biológico. Según los antecedentes, mayoritariamente ocurridos en EEUU, la historia muestra que los jueces tienden a otorgar la custodia a los padres heterosexuales, incluso en casos donde no ha existido contacto entre el padre y el hijo/a. Las parejas de lesbianas además tienen que enfrentarse a otra serie de preocupaciones relacionadas con una relación asimétrica, en la que una mujer va a ser la madre biológica (MB) y legal (ML), mientras que la pareja no gozará de los derechos legales. Un aspecto primordial en las decisiones y dilemas de estas parejas se encuentra en cómo va a reaccionar y a considerar el contexto social e institucional el rol de la madre no biológica (MNB). Actualmente vivimos en una cultura que a menudo identifica a las madres como aquellas que tienen algún tipo de conexión y vínculo biológico con el niño/a, y donde muchas personas tienen dificultades para comprender y aceptar la presencia de dos madres en la vida del niño/a. La sociedad constantemente refuerza el rol de la madre biológica, para rechazar y no asumir el de la MNB. Las parejas que eligen la vía del donante anónimo han de asistir a un programa en clínicas de inseminación. Recibirán entonces información sobre las características físicas del donante, en algunos países se les da la posibilidad de elegir a un donante cuya identidad pueda ser revelada cuando el niño/a cumpla la mayoría de edad. Esto ofrece a las madres la posibilidad de no tener un donante presente durante los primeros 18 años de la vida del niño/a, pero también les da la opción a que el/ la joven pueda conocer sus orígenes y a su padre biológico. Otra forma de concepción es usando un donante que puede ser un amigo o conocido. Este método, como ya he mencionado anteriormente, se denomina auto-inseminación. La dificultad estriba en que implica una falta de seguridad en cuanto a los detalles médicos del donante. Es un proceso que a menudo se desarrolla en el hogar de la pareja. En el caso de que exista un deseo de tener un se50


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gundo hijo/a, (con el consentimiento del donante), este puede estar biológicamente vinculado al otro hermano/a. En la auto-inseminación siempre existe la posibilidad de que los hijos/ as quieran o no saber su identidad o conocer a su padre biológico (esto depende de si el padre puede ser contactado en el futuro), la decisión en este caso la toma en principio la madre por el hijo/a. La auto-inseminación se está empezando a considerar un fenómeno, sobre todo en países como EEUU y Gran Bretaña, donde la mayoría de las parejas lesbianas que deciden tener hijos/ as optan por este método. Según sus propias reflexiones, este método de concepción les ofrece privacidad, intimidad, no secretismo hacia el hijo/a sobre su origen, alejamiento de las instituciones, bajo coste económico. En nuestros días muchas parejas eligen como donante a un amigo gay, que en principio puede comprender mejor todo el contexto y la dificultad que envuelve el proceso de creación familiar en parejas de lesbianas, respeta su relación y ofrece más fácilmente su solidaridad. Las madres piensan que existe un menor riesgo con los amigos gay en cuanto a los aspectos legales. Si algo le ocurriera a la MB, confían en que el padre biológico gay respetará la decisión que se acordó en el momento de la concepción. En algunas ocasiones pueden acordar que en caso de fallecimiento de la MB existe la opción para la MNB de casarse con el padre biológico por las razones legales de protección hacia el niño/a. En cuanto a las preocupaciones que acontecen en la AI, las madres lesbianas han de pedir información médica respecto a VIH y SIDA principalmente, así como de otro tipo de infecciones o enfermedades genéticas. Es necesario resaltar que esta epidemia no solamente afecta a los hombres gay sino a toda la población, aunque exista un alto factor de riesgo en población gay. Las parejas de mujeres también han de enfrentarse a la problemática laboral durante el embarazo y a todo el acoso que pueden vivir en este contexto. Se puede concluir que el término diversidad que define a la familia lesbiana resume muchas de las meditaciones y pensamientos que estas familias han de enfrentar en su creación familiar. La decisión de ser madres lesbianas es siempre arduamente complicada y ha de existir un deseo que vaya acompañado de una honda meditación. Las familias planeadas lesbianas nacen de un profundo auto análisis, como pareja y como individuos, y por supuesto de una notable valentía. 51


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Dilemas y decisiones Muchos de los aspectos mencionados anteriormente sobre el proceso de creación familiar en parejas de lesbianas han sido ampliamente resumidos por Lisa Saffron (1998) en un libro que habla de los retos de la creación familiar por AI en mujeres lesbianas. Esta autora afirma que estas parejas han de analizar extensamente las opciones, las significaciones presentes en esta vía de concepción y las decisiones relacionadas con sus propias circunstancias y futuro bienestar de su hijo/a. También argumenta que cuando la pareja de la MB decide y desea compartir la maternidad ha de tener en cuenta que no solo la ilusión y la emoción definen este proceso sino que es un camino lleno de dificultades, de falta de derechos y de ausencia de reconocimiento legal y social. Sin embargo Saffron también defiende que en estas parejas no existe la influencia de género en cuanto a responsabilidad parental igualitaria, y que sin embargo sí existe en parejas heterosexuales, donde la mujer en muchas ocasiones se encuentra frente a una maternidad poco compartida por su pareja masculina. Muchos autores han puesto de manifiesto que los hijos/as criados por padres/madres caracterizados por un poder igualitario tienen una oportunidad única de aprender a vivir relaciones igualitarias entre los seres humanos, independientemente del sexo y género que nos defina. El rol de la madre no biológica en muchas ocasiones puede parecer ambiguo y no ser reconocido por un contexto heterosexual, que no ve real este rol en la familia. Estas parejas han de enfrentarse a la falta de reconocimiento que puede sufrir la MNB en el contexto social, medico52


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hospitalario, legal, institucional, educativo, de la familia de origen, etc. Todos estos problemas no se pueden separar del contexto cultural de cada país en el que estas familias viven. Según Saffron (1998): no existe duda sobre el vínculo biológico que la madre de nacimiento establece con su hijo/a, pero igualmente tampoco la ha de existir en el vínculo de cuidado, intimidad, cariño y compromiso que se establece entre el niño/a y la madre no biológica. La creación familiar lesbiana redefine el concepto de familia que siempre ha caracterizado a la “familia tradicional nuclear”. Entendemos por esta aquella formada por un padre y una madre heterosexuales y sus hijos e hijas biológicos. La familia lesbiana no siempre se caracteriza por el vínculo de la sangre, de la genética o del matrimonio, sino que representa un nuevo modelo de familia, que cada vez es más frecuente en nuestra sociedad del siglo XXI.

5. Vínculos biológicos y roles en las familias lesbianas. Patterson (1998c) afirma que existen tres caras que definen los roles de las familias planeadas lesbianas: los biológicos, los sociales y los legales. En nuestra sociedad actual que vive en constante cambio en el ámbito familiar, estos tres aspectos pueden aparecer en desconexión unos con otros. Existen cada vez más nacimientos fuera del matrimonio, alta incidencia de separaciones y divorcios, familias reconstituidas, etc. Esta autora añade que la familia lesbiana planeada se debe definir como “Families of choice” (familias de elección). Patterson(1994b, 1995a, 1996), realizó un estudio (“Bay Area Families Study ”), con niños/as de 4 a 9 años nacidos o adoptados por madres lesbianas. Esta autora halló que los padres biológicos (donantes) no eran mayoritariamente considerados como miembros de la familia por ninguna de las madres o con un rol significativo en la vida del hijo/a, a pesar de la conexión biológica. Las madres no biológicas eran consideradas por toda la familia como un miembro tan importante como los demás. Las familias lesbianas eran unánimes en cuanto al reconocimiento igualitario de ambas madres, independientemente de los vínculos biológicos. El modo en que las madres seleccionaban los apellidos de los hijos/as estaba en este caso en consonancia con el vínculo 53


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biológico y legal de la MB. Los niños/as tenían contactos más regulares con la familia de origen de la MB que con la de la MNB. Patterson concluía que los vínculos biológicos no definían la relación familiar, aunque sí podían estructurar algunos aspectos de la familia. Según las investigaciones realizadas en el contexto de estas familias y la definición de los roles, se concluye que las conexiones biológicas no definen la construcción de la vida diaria de la familia lesbiana planeada, aunque no hay que olvidar que desafortunadamente los vínculos biológicos están unidos a los legales, derechos de los que carece la MNB.

6. División del trabajo doméstico y organización de actividades parentales en familias heterosexuales y lesbianas: Estudios comparativos. El cuerpo de las investigaciones realizadas sobre división del trabajo doméstico y responsabilidades parentales en familias heterosexuales (ver Paterson 1995a) concluyen que la contribución al trabajo doméstico se produce a lo largo de las líneas de género. Un importante cuerpo de investigaciones hallaron que la mayoría del trabajo doméstico y de cuidado de los hijos / as en parejas heterosexuales es realizado por la mujer (Cowan & Cowan, 1992; Hochschild, 1989; Kurdek, 1993). Hay que resaltar que estos datos pueden variar si la pareja no tiene hijos / as y la mujer trabaja fuera de casa, pero en el caso de que existan hijos / as es la mujer la que realiza la mayor parte de las tareas domésticas y de cuidado, trabaje o no fuera del hogar (Blair & Lichter, 1991). Después de la llegada de los hijos / as los varones dedican su tiempo y energía al trabajo remunerado fuera de casa (e.g., Belsky & Pensky, 1988; Cowan & Cowan, 1992; Cowan et al., 1985; Ruble, Fleming, Hackel, & Stangor, 1988). Radin (1981), halló que en estudios realizados con familias heterosexuales, la mayor involucración de los padres en el cuidado de los hijos / as provocaba un ajuste más positivo en el desarrollo de los hijos / as. También algunos estudios feministas (e.g. Okin, 1989) sugieren que la división igualitaria del trabajo doméstico entre los padres incorpora un modelo de justicia que será plenamente beneficioso para el desarrollo de los niños/as. Respecto a la familia lesbiana, estos patrones de desigualdad varían enormemente, en las parejas de gays y lesbianas 54


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los roles de género no juegan un papel fundamental en la división del trabajo doméstico (Kurdek, 1993). Investigaciones sobre parejas de lesbianas sin hijos / as afirman que estas dividen el trabajo doméstico igualitariamente, tienen muy interiorizado la igualdad en las tareas del hogar y aspiran a roles igualitarios incluso en la co-maternidad (Blumstein & Schwartz, 1983; Kurdek, 1993; Peplau & Cochran, 1990, Hand, 1991; Patterson, 1995a, Koepke, Hare, & Moran, 1992; Patterson, 1995a; Blumstein 1985, 1983; Dunne, 1992). Son precisamente las familias lesbianas planeadas las que más presentan este patrón, cuando se les compara con las familias lesbianas reconstituidas. Peplau and Conrach’s (1990) hallaron que las mujeres lesbianas, seguidas de las mujeres heterosexuales, valoraban y se concienciaban más de la equitatividad en comparación con los varones que participaron en el estudio. Johnson (1990) también halló que de 108 parejas de lesbianas con relación estable, el 90 por ciento de las participantes afirmaban que vivían su relación y trabajo doméstico en términos de igualdad, pues era algo prioritario para la mayoría de ellas. Dunne (1998a) también analizó la división del trabajo doméstico en madres lesbianas, defendiendo que estas relaciones son el ejemplo perfecto de relaciones negociadas en el contexto de igualdad entre los géneros. Defendía que parte de la llamada “crisis de la masculinidad” podría estar relacionada con la falta de valores e importancia que los hombres dan al trabajo doméstico y cuidado de los hijos / as. En su estudio concluía que el hecho de ser la madre biológica no predice en absoluto quién realiza el trabajo doméstico; ambas madres informaban de realizar en torno al 50 por ciento del trabajo con niños/as menores de 5 años. Las madres lesbianas por tanto negocian muy flexiblemente la división del trabajo en el hogar, y describen el cuidado del os hijos/as como igualitario entre las dos mujeres. Aunque algunos estudios muestren que las relaciones de igualdad se pueden producir en el hogar entre hombres y mujeres (Van Every, 1995), existe aún una clara desigualdad en el trabajo doméstico, división que mantiene un modelo predominante de desigualdad. En otro sistemático estudio realizado con familias lesbianas planeadas, los hallazgos de Patterson (1995a) muestran que ambas madres (MB y MNB) mostraban repartir el trabajo doméstico y de decisiones parentales de manera igualitaria, aunque las MB pasaban más tiempo en el cuidado de los hi55


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jos/as y la MNB dedicaban más tiempo al trabajo remunerado fuera del hogar. Esta misma autora (1998b) también halló (ver 1996) que la mayoría de las MB y MNB defendían la división igualitaria de responsabilidades en el hogar y con los hijos / as, aunque existía una tendencia de las MB a realizar más trabajo en el cuidado de los niños / as y de la MNB al trabajo doméstico. Como se ha concluido en investigaciones previas, las madres lesbianas se sentían muy satisfechas en su relación de pareja y las madres lesbianas que afirmaban tener una división igualitaria del trabajo en casa tenían hijos/as mejor ajustados psicológicamente. La autora de este artículo (Gómez 2000) llevó a cabo un estudio en el Reino Unido sobre "El proceso de creación familiar y la división del trabajo doméstico y de responsabilidades con los hijos/as en familias lesbianas planeadas". Se estudiaron a 14 madres lesbianas biológicas (MB) y no biológicas (MNB) a través de análisis cuantitativos y cualitativos. Los resultados mostraban que la decisión de crear una familia era muy meditada a la vez que diversa y plural. El 90% de las parejas eligieron la AI en casa. Las razones para elegir esta vía eran la alta satisfacción, la intimidad como pareja en el acto de inseminarse, la facilidad y el bajo coste. Los resultados revelan que la madre biológica tenía un papel más activo en la relación 56


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con el hijo/ a durante los primeros años, mientras que el de la madre no biológica iba incrementando progresivamente después de este crucial periodo. Las parejas de madres lesbianas dividían equitativamente el trabajo doméstico y las responsabilidades con los hijos/as, confirmando nuevamente lo aparecido en estudios previos en Estados Unidos y Reino Unido (Patterson, 1994, 1995, 1998, Dunne, 1998, 2000). A través de un estudio comparativo con datos publicados sobre parejas heterosexuales, se concluía que las madres lesbianas dividían las responsabilidades en el cuidado de los hijos/as más equitativamente que las parejas heterosexuales, resaltando especialmente a las MNB, que tenía un papel más activo en el cuidado de los hijos/as que los padres heterosexuales.

8. Reflexiones. Desde hace aproximadamente cinco años como parte de mi Master de investigación en Psicología Aplicada en la Universidad de Manchester, comencé una investigación exhaustiva sobre la familia lesbiana. Durante los siete años que viví en el Reino Unido experimenté una gran fascinación y conocimiento por las nuevas formas familiares que definían la pluralidad y la diversidad de aquella sociedad. En mi lugar de residencia, un barrio caracterizado por la multiplicidad presente, existía una calle en la que vivían muchas familias lesbianas y cuyos hijos / as asistían al colegio más próximo. La imagen de aquel colegio y las voces de los niños / as en el patio permanecerán siempre en mi memoria, aquel patio representaba la mayor multiculturalidad y diversidad que jamás he podido contemplar, imagen de integración y respeto; aquel limitado mundo representaba lo que para mí es el modelo de convivencia social ideal, y al que toda sociedad debería al menos intentar aspirar. Durante todos los años, que llevo trabajando con la familia lesbygay desde la investigación en psicología, he tenido la enriquecedora experiencia de conocer alrededor de 40 familias tanto en Inglaterra como en España. A todas ellas, desde aquí les agradezco la incalculable ayuda que me han prestado y la humanidad con la que han compartido sus experiencias vitales conmigo. Son familias que no presentan aspectos diferenciales con las familias heterosexuales en cuanto a sus reflexiones y motivaciones para formar una familia, en su deseo de pa57


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ternidad, en su idoneidad para ser padres y madres; sin embargo, sí poseen una diferencia genérica y característica que es la desprotección y la falta de reconocimiento social y legal en la que se encuentran inmersos/as. Las familias lesbygays conducen sus vidas sin diferencias significativas a otras familias, adaptan su vida laboral a su vida familiar, llevan los niños/as al colegio y a sus actividades extra-escolares, se ayudan y se apoyan entre ellos / as. Se van de vacaciones, juegan, comparten sus vacaciones con sus familias de origen o amigos, e intentan que sus hijos / as crezcan seguros y felices. Pero los obstáculos que encuentran en su vida son muy diferentes a los de las parejas heterosexuales. Estos niños/as carecen de vínculo legal con uno de sus padres/madres, ya que no existe el derecho de adopción por parte de la pareja de la madre/padre legal. Todos los textos actuales de derechos humanos internacionales subrayan la noción de elección (consentimiento libre y pleno) como la base para la formación de la familia, debemos poner énfasis en que la composición de la estructura formal de la familia no debe definir si esta es idónea o no, sino que han de ser las funciones de cuidado, adecuada socialización y calidad en la familia lo que juzgue o no la idoneidad de los miembros para ejercer estas funciones. No todos los gays, bisexuales y lesbianas son idóneos para ejercer de padres y madres, como tampoco lo son todos los heterosexuales. Las madres, los padres, la pareja, tienen o tendrán obligaciones que han de ser comunes en lo que respecta a la crianza y adecuado desarrollo del niño. Los derechos de los niños/as deben primar en toda concepción de familia. Según la gran parte de las investigaciones realizadas sobre la familia lesbygay se concluye que la forma de la familia o la estructura (como la orientación sexual de los padres) afecta menos a la niña o niño que los procesos (el grado de armonía o desarmonía) que impera en esa estructura. En el caso de las familias lesbygay nos encontramos ante una situación preocupante en cuanto a los menores. No existe el derecho al reconocimiento de la madre / padre no biológico/ a, algo que puede ir en detrimento en el niño/ a ( identidad, plena integración y derecho a ser familia). La Asociación Americana de Psiquiatría y Psicología (APA, 1986), declara en su política de estatutos: "El sexo, la identidad de género, y la orientación sexual de los padres / madres naturales o futuros adoptantes no debería ser 58


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una variable única o primaria a considerar en los casos de custodia o de asignaciones". Sobre la adopción del padre/ madre secundario afirman ("Nuestra primordial preocupación debería estar en el efecto que nuestras leyes tienen en la realidad de la vida de los niños/as... [la madre no biológica] ha actuado como una madre desde que el niño/ a nació. Negar protección legal a su relación, como materia de leyes, es inconsistente con el interés del niño/a y por consiguiente con la política pública de este estado"). En el día de hoy, los tribunales supremos de Vermont, Massachusetts y New York han permitido a gays y lesbianas el derecho de adopción de los hijos / as biológicos de sus parejas. Los casos de adopción compartida, en la que ambos padres/madres en pareja adoptan conjuntamente, donde al menos, en la inmensa mayoría de los casos, no hay relación biológica o adoptiva con ninguno de los padres es significativamente importante en parejas de gays, donde la adopción es la única vía posible de paternidad. Según la APA (1986) los padres adoptivos deben ser elegidos en función de sus habilidades parentales. Factores únicos, incluida la orientación sexual, no debería ser automáticamente un factor excluyente para valorar la idoneidad de los/as futuros padres/madres. Los psicólogos deben basarse en el conocimiento científico y profesional y evitar prácticas discriminatorias cuando se conducen evaluaciones e informes de idoneidad para casos de custodia, adopción, y/o acogida. Los psicólogos deben aportar información precisa y también corregir la información errónea existente en su trabajo con padres, menores, trabajo comunitario e instituciones (educación, jurídica y planes de bienestar social). En estos días la Academia Americana de Pediatría (en prensa) ha apoyado públicamente que los niños / as que nacen o son adoptados en / por un miembro de las parejas del mismo sexo merecen tener la seguridad de dos padres / madres reconocidos legalmente. Después de haber revisado los estudios realizados durante dos décadas sobre los niños / as de padres gays y madres lesbianas se concluye que estos niños/as están tan ajustados social y psicológicamente como los hijos/as de padres heterosexuales. Es por el bien de los niños/as que deben tener los mismos derechos que los nacidos en relaciones heterosexuales en términos legales, sociales, institucionales y de protección. 59


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Generando nuevas formas de familia: La familia lésbica Silvia Donoso En la nueva realidad social, la familia nuclear ha devenido más un ideal que una realidad a la luz de las nuevas formas de familia que han surgido de manera significativa en las últimas décadas. La pareja conyugal como símbolo estable de los vínculos de alianza manifiesta su fragilidad mientras se recomponen continuamente nuevos lazos de parentesco. Persiste, sin embargo, la idealización de una estructura particular de familia, aquella formada por una pareja heterosexual casada y sus hijos biológicos. Contrariamente, para muchos gays y lesbianas, la familia de sangre no representa una unidad naturalmente dada que provee de la base para todas las formas de parentesco, sino un principio procreativo que organiza, únicamente, un tipo de parentesco. Frente a una cultura social que enfatiza las características estructurales de la familia, gays y lesbianas lo hacen en las emociones y los sentimientos, reinventando la familia como un fenómeno plural, y creando una variedad de tipos de familia que no se ajusta a la representación cultural dominante. La emergencia de la familia lésbica como una categoría social diferenciada, y el rápido desarrollo y diversificación de sus formas de convivencia, ha tenido lugar durante las últimas tres décadas. Hasta hace aproximadamente 20 o 25 años, la mayoría de las madres lesbianas concebían sus hijos en el contexto de relaciones heterosexuales. En los últimos años, en lugar de mantener una apariencia heterosexual o sacrificar las relaciones homosexuales para criar niños, muchas mujeres que se identifican como lesbianas están integrando niños a las familias que han creado. A pesar de ello, son todavía escasas las manifestaciones públicas en las que se pone de manifiesto la maternidad lésbica y, esta invisibilidad, ha contribuido a mantener el estereotipo de las lesbianas como mujeres sin voluntad de ejercer la maternidad. Aunque ha aumentado considerablemente el debate social al respecto de la maternidad lésbica y, a pesar de los diversos indicadores que apuntan a un aumento de la tolerancia y la normalización del hecho homosexual, la práctica diaria de las familias lésbicas se produce al margen de lo que 67


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aparece en los medios de comunicación. La incorporación de niños a estas familias constituye, aún en la actualidad, un tema singularmente conflictivo que significa enfrentamientos tanto con la sociedad, como con el estado y sus leyes. La visión de las lesbianas como sujetos no reproductivos está profundamente enraizada en la sociedad, no siendo consideradas como mujeres apropiadas para ejercer la maternidad. La incorporación de niños a las familias se haya así marcada por los estereotipos sociales sobre la homosexualidad que suponen que la orientación sexual de las madres influirá en las elecciones sexuales del niño, que éste tendrá una identidad de género poco clara o impropia o que el niño padecerá de estigma social en sus relaciones. Este discurso confunde claramente los roles de género tradicionales con conceptos erróneos sobre la relación entre la orientación sexual y la identidad1. El desarrollo de la orientación sexual no es una simple imitación de uno de los progenitores: la mayoría de los homosexuales han crecido en el seno de familias heterosexuales. Aunque el parentesco y la familia han constituido un eje central de los estudios clásicos de la antropología, ésta ha participado durante mucho tiempo de una ideología del parentesco asentada en los lazos de sangre y matrimonio. Como señala Schneider2, los lazos familiares entre personas del mismo sexo, han sido considerados como eróticos pero en tanto que no están basados en la biología o la procreación y, en consecuencia, no se ajustan a ninguna división del parentesco, han sido situados fuera del mismo. En una sociedad en que el parentesco tiene su principal referente en la procreación, la emergencia del discurso de la familia gay, que reclama una definición de la familia que no se asiente únicamente en las relaciones genealógicas, obliga a la revisión de la ideología del parentesco normativa. No fue hasta la década de los 90 que la antropología produjo los primeros estudios en que se aproximó a gays y lesbianas en tanto que sujetos de relaciones familiares. Los estudios antropológicos anteriores sobre homosexualidad, se centraban en etnografías donde la homosexualidad aparecía de forma tangencial como parte del estudio de las prácticas sexuales en sociedades exóticas. La homosexualidad femenina, menos visible e institucionalizada que la homosexualidad masculina fue, además, invisibilizada por la academia. No pretenderemos, en modo alguno, hablar de la familia lésbica como un modelo estandarizado, porque no existe tal modelo. Utilizamos el término familia lésbica, conscientes de 68

1 Frente a estos argumentos en contra de la maternidad lésbica, existen numerosos estudios comparativos entre los hijos de madres heterosexuales y madres lesbianas donde no se han hallado diferencias en el desarrollo el desarrollo de la identidad de género (GOLOMBOK et alia, 1983: “Children in lesbian and singleparent households”, en Journal of Child Psychology and Psychiatry; KIRKPATICK et alia, 1981: “Lesbian mothers and their children: a comparative survey”, en American Journal of Orthopsychiatry), desarrollo de los roles de sexo (HOEFFER, 1981: “Children’s acquisition of sex-role behavior in lesbian-mother families”, en American Journal of Orthopsychiatry) y la orientación sexual (GREEN, 1978: “Sexual identity of 37 children raised by homosexual or transsexual parents”, en American Journal of Orthopsychiatry).

2 D. SCHNEIDER (1968), American Kinship, Chicago, University of Chicago Press.


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3 Los datos aquí presentados forman parte de una investigación antropológica sobre la maternidad lésbica y los nuevos modelos de familia. Los datos etnográficos fueron recogidos durante el trabajo de campo realizado en Barcelona entre 1995 y 1998. Durante el mismo, se realizaron 53 entrevistas en profundidad a 24 informantes. Todas estas mujeres se definían como lesbianas y, en el momento de la investigación, formaban parte de parejas lésbicas dentro de las cuales, y de mutuo acuerdo, se estaban criando niños incorporados a través de procesos de inseminación o adopción, compartiendo la responsabilidad y el cuidado de los mismos. Se trata, además, de parejas con relaciones monógamas y de larga duración y con un alto nivel de compromiso, que comparten residencia de manera exclusiva.

que carece de un contenido preciso, ya que éste sólo refiere la orientación sexual de las progenitoras y no nos informa, por ejemplo, de su composición o sus formas de residencia. Así, las familias lésbicas , pueden ser conyugales, monoparentales, reconstituidas, etc. En este contexto, el presente artículo quiere acercarnos, desde una perspectiva antropológica, a las familias lésbicas. Se trata de analizar, brevemente, las experiencias particulares que las lesbianas afrontan, con la incorporación de niños, en la creación y consolidación de sus familias, cuáles son sus estrategias de organización, cómo socializan sus opciones y que soporte social reciben3.

La elección de la maternidad La maternidad es una opción de la que no participan todas las mujeres lesbianas, pero entre aquellas que optaron por la maternidad, ésta es una opción deseada y planificada que implica un paso de singular importancia en sus vidas, en tanto que tiene consecuencias sociales y legales. En una sociedad en que los términos madre y lesbiana se anulan el uno al otro, las lesbianas deben asumir la contradicción social de

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que como mujeres deberían tener hijos y como lesbianas deberían renunciar a ellos. Sin embargo, las mujeres participantes en la presente investigación rechazan que la orientación sexual de una mujer determine, en modo alguno, su deseo de ser madre o su capacidad para ejercer la maternidad: “nunca he pensado que ser lesbiana me inhabilitaba para ser madre”4. El deseo de ser madre aparece como un deseo natural no asociado a la orientación sexual, conformando dos esferas diferentes de la identidad. Si, como mujeres, muchas de las cuestiones que consideran las mujeres lesbianas a la hora de plantear su maternidad pueden ser similares a las de las mujeres heterosexuales: el deseo de ser madre está vinculado a un instinto natural o a la voluntad de consolidar la familia; como lesbianas que consideran la maternidad, deben hacer frente a cuestiones que aparecen vinculadas exclusivamente a la maternidad lésbica. En el proceso de reflexión sobre su maternidad, están presentes algunas de las cuestiones que genera el contexto social, especialmente aquellas referidas a la eventual orientación sexual de sus hijos, la necesidad del rol masculino y que los niños formaran parte de una familia estigmatizada. Ante estas cuestiones, que parecen insalvables desde la visión heterosexual, las madres lesbianas desarrollan respuestas y mecanismos diversos, todos ellos encaminados a garantizar una vida “normal” a sus hijos. La ausencia de un padre social, por ejemplo, se ve compensada por la presencia continua de modelos masculinos en el entorno. La mayoría de estas mujeres no presenta actitudes negativas hacía los hombres e incorporan hombres en las vida de sus hijos. Estas relaciones incluyen amigos y parientes cercanos con los que los niños tienen contactos regulares y desarrollan lazos más o menos afectivos. Otras mujeres, señalan la no necesidad de tener un padre porque tendrá dos madres, “¿Que no tendrá padre? Ya lo sabes que no tendrá, pero tendrá dos madres que muchos niños no tienen”. En general, estas mujeres confían en su capacidad para criar hijos mucho más abiertos a la diferencia, que no sean homofóbicos y con todos los medios para superar el estigma asociado a su condición de hijos de lesbianas, ser adoptados, inseminados o incluso por su origen étnico: “También hemos pensado que puede estar estigmatizado, que puede tener problemas en la escuela, con los amigos. Evidentemente, pero también hay muchos niños que tienen problemas, que están estigmatizados por muchas cosas. Nosotras lo que 70

4 La totalidad de los textos que aparecen entrecomillados y en cursiva, son citas literales de las entrevistas realizadas a las participantes en la investigación.


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5 Según los datos obtenidos durante el trabajo de campo, alrededor del 80% de las mujeres entrevistadas optan por la inseminación artificial como primera opción. Algunas parejas han seguido procesos paralelos de inseminación y adopción con la voluntad acelerar la maternidad. Con la consecución de uno de los procesos, comúnmente se abandona el otro.

pensamos es que el amor, saber que ha sido tan deseado… y el ambiente que pueda encontrar en casa, pueda compensarle estas otras situaciones, quizás, no tan fáciles”. El deseo de ser madre va igualmente unido al planteamiento de otros elementos íntimamente ligados a su condición de pareja de lesbianas: ¿Es un deseo compartido? ¿Cuál de las dos será la madre biológica/adoptiva (o lo será primera)? ¿Cómo garantizar los derechos de la madre no-biológica/no-adoptiva? ¿Qué tipo de relación establecerá cada una? ¿Cómo repartir los roles respecto al niño/a? Muchas de estas mujeres nunca se hubieran planteado llevar a cabo un proceso de inseminación o una adopción sin la seguridad de tener una relación estable en que la maternidad será compartida. Tener un hijo es un proyecto de dos y compartir este proyecto es fundamental para iniciarlo: “Ha sido una decisión completamente conjunta. A nivel individual dudo que hubiese tomado esta decisión. Sin ella no hay hijo, este hijo es común. Yo no me veo como madre soltera”. Pero la elección de la maternidad, que pertenece al ámbito de lo privado, introduce en el caso de las parejas de lesbianas la participación de terceros. En las últimas dos décadas, con el acceso a la adopción y la inseminación, las estrategias para acceder a una maternidad lésbica planificada se han diversificado, pero también la han situado en la arena pública. Médicos, jueces o asistentes sociales pueden situarse como protectores de la familia y actuar en contra de la maternidad lésbica. Los argumentos para recurrir a una vía u otra varían sustancialmente entre unas parejas y otras y responden a las características particulares de cada caso. Entre las parejas entrevistadas, cuestiones como el deseo de experimentar un embarazo o la preferencia por una adopción, la edad, la salud, la nacionalidad o cuestiones económicas o laborales, han sido elementos que han influido en la estrategia de incorporación de los hijos a la familia5. En su análisis más pragmático se trataría de encontrar la vía más accesible y en muchas ocasiones la discusión entre adopción o inseminación se centra en la efectividad en la consecución de la maternidad. Entre aquellas mujeres que optan por la adopción las hay que lo hacen por cuestiones de salud o edad, otras por razones sociales o familiares “pensamos que una adopción sería lo que social y familiarmente nos traería menos problemas”, y aun otras por los escrúpulos que les produce utilizar el semen de alguien desconocido. Estas mujeres describen su deseo 71


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de ser madres y experimentar la maternidad desligado del embarazo y un parto “esta cosa de que sea hijo mío y de mi sangre no me tira mucho”. Perciben su maternidad asentada en la crianza y en los vínculos afectivos que se crean con la convivencia. Contrariamente, detrás de algunas decisiones existen planteamientos mucho más profundos que ponen de manifiesto el peso que, en nuestra cultura, tiene la biología. Así, entre algunas mujeres que optaron por una adopción, están aquellas que quisieron asegurar una relación más equitativa de ambas madres respecto al niño, renunciado a un embarazo por la imposibilidad de que ambas compartan la conexión biológica con el niño. Sin embargo, lo que algunas de estas mujeres rechazan no es la conexión biológica en sí misma, muchas tendrían hijos biológicos si sus compañeros fueran hombres, lo que rechazan es la imposibilidad de compartir la aportación de material genético por parte de ambas madres. La conexión biológica deviene importante, y sólo aparece como una opción, si es compartida: “Quizás si tuviese una pareja hombre en un momento me apeteciese tener un niño con él. Pero mi pareja es ella... si fuese una inseminación vendría de alguien desconocido, no de ella, entonces ni se me ocurre...”. Pero la adopción no es siempre sencilla. Se trata de procesos largos y costosos que significan innumerables perturbaciones en la vida cotidiana de las adoptantes. La única opción legal es la de la adopción individual como madre soltera, siempre escondiendo la orientación sexual. Una exposición pública de lesbianismo equivale a una denegación por parte de la administración correspondiente. En este contexto, la madre no-adoptiva participa del proceso en la sombra, no teniendo tampoco la posibilidad de adoptar posteriormente el hijo adoptivo (o biológico) de su pareja. La inseminación ha tenido un impacto sustancial en las familias lésbicas, siendo la opción de la mayoría de las parejas. La inseminación es más económica y rápida que una adopción, se trata de un proceso médicamente sencillo y tiene una alta tasa de éxito. La utilización de semen congelado de donante anónimo permite, además, la elección de ciertas características genéticas y garantiza el control de enfermedades (especialmente del SIDA). La inseminación, siempre en clínicas privadas, posibilita la participación de la madre nobiológica en el proceso. Aunque la legislación española sólo permite la inseminación por donante anónimo, ésta es, igualmente, la elec72


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ción de la mayoría de usuarias, y de manera especial de las madres no-biológicas. Un donante conocido puede ser reconocido socialmente como padre en detrimento de la madre no-biológica e interferir en las relaciones familiares. La aportación masculina a la procreación de un donante anónimo, como donación libremente realizada, no conlleva compromiso alguno con el futuro recién nacido, no teniendo implicación en la construcción de los límites de la familia. Es igualmente una salvaguarda contra posibles complicaciones legales posteriores. Algunas mujeres guardan semen del donante por el que concibieron su primer hijo por si desean tener un segundo, creando relaciones a través de un donante anónimo. De esta manera los niños serían “hermanos biológicos de madre y de donante”. Para otras mujeres, en tanto que el donante no tiene presencia alguna en las vidas de sus hijos, no importa que éstos sean de donantes diferentes. Sin embargo, hay mujeres que se plantean recurrir al círculo de amigos, especialmente gays, para encontrar un do-

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nante conocido, porque piensan que sus hijos tienen derecho a conocer a su padre biológico y sus orígenes. Idealmente, como es posible en otros países, la relación del donante con el niño se establecería legalmente, por medio de un contrato. Este donante conocido no necesariamente asumiría el rol de padre, sino que formaría parte de la familia de elección6 formada por el grupo de amigos más íntimos. Sin embargo, las implicaciones afectivas, relacionales y legales que esta decisión puede tener en sus familias, hace que muchas mujeres renuncien a esta posibilidad.

Funcionamiento y consolidación familiar A pesar de la naturaleza no normativa de las familias lésbicas, muchas mujeres definen sus familias como “bastante tradicionales”. Se trata, en la totalidad de los casos estudiados, de familias nucleares en que conviven dos mujeres lesbianas comprometidas afectivamente y que comparten la maternidad de unos hijos biológicos o adoptivos incorporados de mutuo acuerdo. Sin embargo, las familias lésbicas negocian de manera diversa el funcionamiento de sus unidades familiares y presentan multiplicidad de estrategias ante los mismos constreñimientos sociales. El proceso de incorporación de niños por una decisión conjunta, en tanto que constituye una experiencia compartida de la maternidad, favorece la auto-identificación de ambas mujeres como madres. La madre no-biológica o noadoptiva, además, en la adquisición de su rol de madre no está reemplazando a una figura paterna preexistente. La relaciones que construyen estas madres se establecen como relación de maternidad, y no de cualquier otro tipo de parentesco (madrina, tía...) o de amistad-afectividad, respecto a los niños. Su papel no entra en competición con el papel de la madre biológica o adoptiva. La maternidad se desdobla y se comparte, no se compite. Estos procesos, sin embargo, no están ausentes de tensiones. Algunas mujeres experimentan dificultades en la definición del tipo de relación que quisieran establecer con el niño. Mientras el papel de la madre biológica o adoptiva viene dado (es social y legalmente reconocido), el de la madre no-biológica o no-adoptiva hay que construirlo y negociarlo permanentemente. Tanto unas y otras madres experimentan, en ocasiones, sentimientos contradictorios respecto de la maternidad de sus compañeras. Así, algunas madres biológi74

6 K. WESTON, 1991.


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cas tienen dificultades en compartir la maternidad con sus compañeras y sienten que el suyo es un vínculo especial con sus hijos, incluso reconocible por éstos, que marca su maternidad como más real: “lo hormonal, lo biológico, marca de una manera realmente importante. (La niña) sabe que yo soy su madre y existe un vínculo muy especial entre nosotras. Yo soy su madre biológica”. En otras ocasiones, las madres no-biológicas reclaman un papel de madre en las mismas condiciones que sus compañeras ya que sienten su maternidad relegada, sin su voluntad, a segundo nivel. Esta complejidad interna de las relaciones, acompañada de la falta de reconocimiento social de la maternidad no-biológica o no-adoptiva, hace inevitables ciertos sentimientos de invisibilidad y desplazamiento: “no sé qué pasa con la puñetera matriz y la dichosa sangre. La sangre es muy importante aquí, pero yo (que no soy la madre biológica) me he dedicado más al niño y sin embargo...”. En este complejo marco de relaciones, si bien es cierto que pueden establecerse, pactadamente, diferentes niveles de compromiso en la crianza de los niños, la voluntad de muchas parejas es la equidad en la responsabilidad, implicación y división de roles respecto al niño. La realidad marcará continuas diferencias y, éste, es un terreno abonado para los enfrentamientos entre ambas. Puntos de vista diferentes sobre la educación, la disciplina, etc., pueden provocar situaciones conflictivas. Un ámbito de singular importancia es el que afecta a la visibilidad de sus familias y a la propia revelación de la identidad sexual a sus hijos. Los procesos de aprendizaje de su condición de hijos de lesbianas son diferentes en cada caso. La experiencia demuestra que los niños que viven con mayor naturalidad su realidad familiar tienen más herramientas para hacer frente a las agresiones externas. Estas madres ponen de manifiesto la importancia de proporcionar a sus hijos “una elevada autoestima basada en la seguridad de que su modelo familiar es muy válido y reforzarles en positivo su cotidianeidad”. En cualquier caso: “Sus circunstancias son diferentes a las de otros niños, no tienen padre y tienen dos madres, son adoptados o inseminados, pero es lo que hay”. La revelación a los hijos de la orientación sexual de las madres aparece como un tema de espacial relevancia. Las estrategias, el tipo de información y el momento idóneo para ello varia de una pareja a otra, pero existe el convencimiento en todas ellas de que no se puede ocultar: “es importante verbalizar sin tabúes nuestra homosexualidad con nuestros 75


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hijos”. El coming out es un proceso del que participan ellas y sus hijos, en que las cosas aparecen poco a poco y las preguntas se contestan “según demanda”. Del mismo modo, tener un hijo implica relacionarse con el mundo en una forma que previamente, algunas mujeres, habían sido capaces de evitar. En ámbitos donde había sido posible mantener cierta discreción será mucho más difícil esquivar preguntas sobre sus parejas y mucho más justificar la presencia de niños en sus vidas. La maternidad significa, para muchas mujeres, salir del armario, en el trabajo, en el barrio, en la escuela: “Cuando adoptamos a Clara pensé que iba a tener que salir del armario o mentir. Podía esconder a mi pareja, pero no a mi hija”. Vivir abiertamente la realidad familiar acaba siendo ineludible.

Reconocimiento y soporte social Cualquier espacio de la vida personal o familiar de las madres lesbianas se haya influenciado por las respuestas de la sociedad a su orientación sexual, debiendo dedicar parte de sus recursos emocionales a hacer frente a su status de familias estigmatizadas. En tanto que la homofobia estará presente a lo largo de sus vidas, como individuos y como familias, las lesbianas deben desarrollar mecanismos para hacer frente a la misma. La mayoría de las familias lésbicas necesitan de la aprobación social, quieren que las personas que son significativas en sus vidas reconozcan sus relaciones y refrenden y den soporte a las familias que han creado. Las mujeres participantes en la investigación han llegado a la maternidad con grupos de soporte diversos, conformados esencialmente por familiares y amigos, resultado de las interacciones que se han producido a lo largo de sus vidas. La formación de estas redes de soporte y el mantenimiento de las mismas radica en la capacidad de los individuos, relacionados genéticamente o no, de dar respuesta a las demandas afectivas, simbólicas, materiales y de servicios, requeridas por sus familias. Para muchas mujeres, la socialización de su voluntad de ser madres ha impuesto, casi inevitablemente, la previa visibilización de su homosexualidad. Retrasar la revelación de su orientación sexual, a un embarazo o una adopción, ha sido el modo de evitar injerencias, especialmente de sus familias, tanto en sus estilos de vida como en su decisión de ser madres.

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Mientras que, en general, la maternidad permite la intensificación de las relaciones entre parientes, y genera la articulación de obligaciones y compromisos derivados de la ideología del parentesco, para muchas lesbianas, la maternidad impone tensión a las relaciones familiares. Si es en el ámbito de las familias de origen que muchas de estas mujeres esperan encontrar secundado su deseo de ser madres, es también en este ámbito en el que se producen los primeros cuestionamientos al respecto de la idoneidad de su maternidad: el miedo al estigma, la posible homosexualidad de los niños, la falta de padre... Muchas familias parecen no estar preparadas para separar la orientación sexual de sus hijas/ hermanas de su maternidad. Los procesos de incorporación de los niños inciden, igualmente, en el nivel de aceptación de la maternidad. Aunque las respuestas de las familias no son siempre iguales, existe cierto acuerdo común en el que la adopción aparece, a los ojos de muchas familias, más deseable, ya que “dentro de lo malo implica un acto bueno ”. La inseminación añade conflictividad a la maternidad ya que “se está jugando con la naturaleza” y con lo que es “moralmente correcto”. Igualmente, aunque no existe un patrón común, es frecuente que se produzcan niveles diferentes de implicación entre las familias de aquellas mujeres que van a ser madres biológicas o adoptivas, y en que los vínculos con el futuro miembro aparecen como reales, y las de aquellas mujeres que van a ser madres no-biológicas y no-adoptivas, en que los lazos familiares pueden ser considerados como inexistentes y, en consecuencia, carentes de cualquier obligación de parentesco. Pero este marco de relaciones se caracteriza por ser diverso, fluido y cambiante. Las relaciones familiares no son estáticas y se modifican. Desde las rupturas definitivas hasta relaciones familiares fuertemente cohesionadas, muchas más familias lésbicas se encuentran en puntos intermedios de las relaciones. Aunque, en general, estas mujeres esperan unos niveles básicos de entendimiento y cohesión familiar, con frecuencia perciben ámbitos de las relaciones como no satisfactorios, especialmente aquellos en que el soporte familiar se transforma en injerencia en las decisiones relativas a los niños “como si ser lesbiana me quitara autoridad moral para decidir sobre la vida de mi hijo”, o en una actitud moralizadora “habéis envuelto a un niño inocente en una familia marcada por el estigma”, creando niveles de tensión que puede llevar 78


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al alejamiento o rupturas temporales o definitivas de la relaciones familiares. A pesar de que algunas mujeres muestran cierta frustración respecto a dimensiones particulares de la relación con sus familiares, muestran igualmente el compromiso de superar estas diferencias con la finalidad de estrechar lazos entre estos familiares y sus hijos, y un porcentaje elevado de madres lesbianas mantiene en los miembros de la familia una fuente primaria de soporte. Este patrón parece no verse sustancialmente alterado tras la tensión que la revelación de la orientación sexual de las hijas impone a las relaciones. En cualquier caso, no todas las madres lesbianas tienen las mismas expectativas ni necesidades de soporte familiar, ni desarrollan las mismas estrategias para el mantenimiento de las redes. La familia de procreación es el centro de las relaciones y cualquier otra relación familiar queda supeditada a ésta. Para otras mujeres, la fuente principal de soporte está en el círculo primario de amigos, conformando esa familia de elección en la que resuelven la mayoría de sus necesidades. Para la mayoría de las familias lésbicas, lejos de entrar en contradicción, las familias biológicas y de elección forman un entramado de relaciones donde los límites entre una y otra se difuminan. La respuesta positiva a una demanda puede provenir de cualquiera de los miembros de esa red global.

La ilegalidad de la familia lésbica Donde el reconocimiento de las familias lésbicas resulta esencial es en el marco legal. Las familias lésbicas son una evidencia del desarrollo de realidades con relaciones que divergen de las nociones culturales y legales de familia. Las familias están cambiando, pero las leyes no han incorporado las complejidades de estos cambios. Aunque la gente tiende a pensar el parentesco como un dominio discreto y privado, muchas de las esferas ostensiblemente no-familiares están impregnadas por presunciones heterosexistas y reguladas por el parentesco. En tanto que las lesbianas establecen lazos de parentesco sin protección ni normas legalmente establecidas, las relaciones entre las lesbianas y sus hijos sufren un nivel elevado de riesgos legales y sociales. El reconocimiento – o no – de los lazos familiares por el Estado puede ser crítico y crucial en muchas ocasiones (contextos médicos, beneficiarios de seguros, derechos de herencia). 79


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En nuestro marco jurídico, los diferentes procesos de incorporación de un niño a una familia lésbica, tienen consecuencias legales que dejan sin protección algunas de las relaciones que se producen en el seno de estas familias y que inciden tanto en las estructuras de las familias como en las relaciones familiares. Caracterizadas por el libre compromiso, muchas de estas familias cuentan con escasos mecanismos que legitimen las relaciones que se producen en su seno. Desde la óptica legal, estas familias se componen de dos mujeres, que no son esposas; de mujeres y niños, que no siempre son madres e hijos; y de niños, que no necesariamente son hermanos.

A modo de conclusión La familia lésbica, carente de un modelo propio, se construye permanentemente. Como ideal, la co-maternidad planificada tendría su reflejo en unidades domésticas en las que existe una igual responsabilidad en el cuidado y crianza de los niños, con un reparto acordado de roles y funciones domésticas, que no vienen marcadas según patrones de género ni jerarquía sino por capacidades o intereses. Los roles, lejos de ser estáticos, evolucionarían según las condiciones cambiantes del entorno y del propio ciclo familiar. Sin embargo, las familias no existen como unidades aisladas. La incorporación de niños, en tanto que se produce fuera del modelo normativo de la cultura dominante, sufre de numerosos constreñimientos sociales y legales. Aunque las madres lesbianas, en la práctica cotidiana, consideran sus relaciones familiares como reales, éstas se hayan marcadas por los condicionantes que imponen unos vínculos que pueden no estar basados naturalmente, no se han constituido legalmente ni tienen el reconocimiento social. Las familias lésbicas son así, ejemplo de las prácticas familiares que forman parte constitutiva de nuestra realidad social y que quedan desprotegidas por nuestro marco jurídico. Resulta irónico, en cualquier caso, que la maternidad, aquello que más podría acercar las familias lésbicas a la familia tradicional sea a su vez el ámbito en el que las condiciones sociales imponen límites más restrictivos. El reto está pues en la capacidad de la sociedad de integrar su propia diversidad. 81


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Adopción y uniones homosexuales PEDRO A. TALAVERA Universitat de València

El intenso debate político e ideológico suscitado en estos últimos años con relación a la institucionalización jurídica de las uniones homosexuales empieza a estar superado. Es un hecho que la mayor parte de los legisladores europeos (y varios de los autonómicos españoles) ya han regulado la figura de la unión estable de personas del mismo sexo, con mayor o menor acierto en sus fórmulas y con mayor o menor amplitud en sus efectos. El legislador estatal español es de los pocos que, junto con el italiano, aún continúa dubitativo, buscando alguna milagrosa receta que le permita conciliar intereses políticos y convicciones religiosas. En todo caso, parece claro que ese reconocimiento jurídico ha dejado de ser un abismo insalvable para convertirse en una simple cuestión de coyunturas adecuadas. El desafío que se abre ahora ante los legisladores ya no es el de reconocer valor jurídico a una relación afectiva homosexual (aunque quizá lo siga siendo por algún tiempo en determinados ámbitos) y tampoco es ya un desafío revestir esa relación con las formalidades jurídicas del matrimonio (varios países europeos así lo han establecido y pocos argumentos pueden invocarse en contra de que dos personas suscriban un contrato que les vincule personal y económicamente y que se disuelva mediante el divorcio). El verdadero desafío que en el ámbito de las relaciones de familia tienen planteado nuestros legisladores, es el de aceptar o no la posibilidad de que los menores sean adoptados –por tanto, cuidados y educados–, por parejas homosexuales o transexuales. Quizá sea ésta una de las cuestiones más trascendentes que nuestra sociedad y nuestro Derecho deban afrontar y solventar en un futuro inmediato.

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Adopción y uniones homosexuales

1. Una nueva sensibilidad social se abre paso en el Derecho Hasta hace bien poco, la mera posibilidad de que una pareja estable de personas del mismo sexo adoptara a un menor, se habría considerado completamente disparatada. Más allá del lastre de la tipificación delictiva de las relaciones homosexuales hasta los años setenta, una amplia mayoría social ha venido otorgando a la persona de orientación homosexual una dudosa categoría moral y ha considerado un deber proteger a los menores de semejantes desviaciones. Fue la Resolución del Parlamento Europeo de 8 de febrero de 1994, sobre la Igualdad de derechos de los homosexuales y las lesbianas en la Comunidad Europea, la que irrumpió como heraldo de una notable evolución en la sensibilidad social respecto de las relaciones afectivas homosexuales y, por ende, de la necesidad de revisar los presupuestos que hasta ese momento habían sustentado el tradicional derecho de familia. En la Resolución de 8.II.94, como es bien sabido, se insta a la Comisión Europea para que elabore una Recomendación a los países miembros en la que «se debería como mínimo, tratar de poner fin… a toda restricción de derechos de las lesbianas y los homosexuales a ser padres, a adoptar o a criar niños» (Reflexión General nº14, ap. Sexto). Dicha Recomendación no se ha producido hasta ahora, pero la batalla por la equiparación jurídica de las relaciones afectivas de orientación homosexual –y en particular en lo relativo a la adopción– ha seguido presente en el legislativo europeo en diversos documentos posteriores1. Esta nueva sensibilidad ya ha comenzado a tomar forma jurídica en algunos de los países miembros de la UE, poniendo en evidencia que existe una clara voluntad de cambio en la materia. El primer paso en esta dirección se produjo en Dinamarca, a través de la reforma introducida por la ley 360, de 2 de junio de 1999, con relación a las parejas de hecho registradas. Se modifica la antigua ley 372, añadiendo un inciso en la sección IV (la que impedía la adopción a la pareja de homosexuales) en virtud del cual, el miembro de una pareja registrada podrá adoptar al hijo del otro componente de la pareja, salvo que se trate de un hijo adoptivo de otro país. Pero la plena realización de este proceso superador de las bases más tradicionales del derecho de familia se ha producido en Holanda. Desde abril de 1999 ya se había incorporado 88

1 En su Informe Anual sobre los Derechos Humanos en la Unión Europea (1995), de 21 de marzo de 1997, el Parlamento Europeo: «reitera su solicitud de que con arreglo a su Resolución de 18 de febrero de 1994… se prohíba cualquier tipo de discriminación y desigualdad de trato de los homosexuales, en particular, en lo que se refiere a la mayoría de edad sexual, así como a las desventajas en lo que se refiere a sus derechos laborales, civiles, contractuales, sociales, económicos, penales y de adopción» (nº 142). Últimamente, en su Resolución sobre el Respeto a los Derechos Humanos en la Unión Europea, de 16 de marzo de 2000, vuelve a manifestarse en el mismo sentido, solicitando la plena equiparación jurídica de las parejas del mismo sexo con respecto a las de distinto sexo y a las casadas, «lo cual abarcaría el reconocimiento de la idoneidad ‘a priori’ como adoptantes» (parágrafos 56 a 59).


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al derecho holandés, dentro de la nueva ley de convivencia registrada, la posibilidad de que el conviviente homosexual pudiera adoptar al hijo del otro conviviente con la aceptación expresa del otro progenitor biológico. Ha sido la Ley 10, de 21 de diciembre de 2000 (adopción por personas del mismo sexo), la que ha reformado el libro I de su Código Civil, admitiendo la posibilidad de que las parejas homosexuales puedan adoptar conjuntamente con el fin de ofrecer una mejor y más coherente educación a los niños. Se exigen tres condiciones: a) llevar tres años, al menos, de convivencia (no tiene por qué ser registrada); b) antes de la definitiva adopción, un periodo de prueba de un año, durante el cual se realizará un seguimiento psicosocial; c) el adoptado ha de ser nacido en Holanda. Como es sabido, esta misma reforma incluía también la Ley 9, de 21 de diciembre de 2000 (apertura del matrimonio), que modificaba el mencionado libro I del Código Civil en el sentido de abrir el matrimonio a personas del mismo sexo. Esa nueva sensibilidad ha comenzado a abrirse paso también en el complejo ámbito jurídico norteamericano. La plena capacidad de las parejas homosexuales para adoptar con-

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juntamente fue reconocida en el estado de Vermont, donde el 1 de julio de 2000 entraba en vigor la ley nº 91, Act Relating to Civil Unions, por la que se reconoce a las parejas del mismo sexo la posibilidad de obtener los mismos beneficios y protecciones otorgadas por la Ley de Vermont a las parejas casadas de distinto sexo2. En el mismo sentido, aunque con un ámbito algo más limitado, se pronunciaba el estado de Conneticut cuya asamblea legislativa aprobó en mayo de 2000 la ley que permite a las parejas del mismo sexo y otras personas no casadas adoptar niños3. Los tribunales de bastantes estados se han mostrado también favorables a admitir la denominada «second-parent adoption»; esto es, la adopción en la que el conviviente homosexual adopta al hijo del otro conviviente, pero sin que terminen del todo los derechos del otro progenitor biológico del menor. España tampoco ha sido ajena a este cambio de orientación social y jurídica. No existe todavía una ley estatal de uniones de hecho, pero las uniones homosexuales (junto a las heterosexuales) han obtenido ya el reconocimiento jurídico en cuatro comunidades autónomas; tres de ellas con determinada capacidad legislativa en materia de adopción. En ese contexto, las leyes catalana (de 1998) y aragonesa (de 1999), siguiendo la línea de las legislaciones europeas del momento, reconocieron la posibilidad de adopción conjunta exclusivamente a las parejas heterosexuales. Ha sido la ley navarra 6/ 2000 de parejas estables, la que ha generado una intensa controversia al ser la primera que reconoce, expresamente, en su artículo 8, la posibilidad de adopción conjunta para las uniones de hecho, con independencia de su orientación sexual. Esta previsión ha sido recurrida ante el Tribunal Constitucional, arguyendo que las competencias normativas forales en materia de adopción no pueden contradecir la legislación estatal4. Habrá que esperar, por tanto, a que se pronuncie el alto tribunal para situarse definitivamente en la cuestión.

2. La adopción en el Derecho español La Ley 21/1987, de 11 de noviembre, ha considerado que sólo determinados sujetos son aptos para establecer una relación jurídica de adopción: se trata de individuos aislados (sin mayores especificaciones) o de parejas estables (casadas o no) pero formadas por un hombre y una mujer. ¿Qué hay de particular en la adopción conjunta para excluir de ella a las parejas homosexuales? 90

2 Esta ley se ha producido como consecuencia de la decisión de la Corte Suprema de Vermont en el asunto Stan Backer v. State of Vermont (filed 20-december1999), en la que se declaraba la inconstitucionalidad de la negativa a beneficiar por igual a matrimonios que a parejas gays, según su interpretacióon del capítulo I, artículo 7 de la Constitución de Vermont. La Ley añade a la sección III del Vermont Statutes Title, 15ª: Adoption Act, un cap. 23 que aplica a los miembros de la «unión civil» la ley de procedimiento de adopción.

3 Cfr. «Adoption by Homosexuals and same sex couples: a legal memorandum», en Marriage Law Project, October 31, 2000.

4 Cfr. NANCLARES VALLE, J., «La adopción por parejas homosexuales en derecho navarro. Comentario crítico al art. 8 de la Ley foral 6/2000, de 3 de julio», Aranzadi Civil nº 8, julio 2001, pp. 56-57.


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5 Vid., entre otros, MARTÍNEZ DE AGUIRRE, C., «Adopción: aspectos psicopedagógicos y marco jurídico», en La adopción, entre los derechos del adoptado y los deseos de los adoptantes, Ariel, Barcelona, 2001, pp. 182 y ss.; MÉNDEZ PÉREZ, J., La adopción, Bosch, Barcelona 2000, pp. 73 y ss.

Sabemos que la adopción es una institución jurídica que persigue establecer entre dos personas una relación de filiación; es decir, vínculos jurídicos similares a los que existen entre una persona y sus descendientes biológicos. En sentido estricto, podríamos afirmar que la adopción es una construcción legal que responde a la legítima decisión de una sociedad de establecer entre dos sujetos un vínculo jurídico equivalente a la filiación biológica. Pero ¿con qué finalidad? Esa es la pregunta clave: ¿qué sentido tiene en nuestra sociedad realizar la ficción jurídica de que alguien es hijo o hija de quien no lo es? La doctrina civil y los textos legales nos permiten formular tres posibles respuestas.

a) Adopción como recreación jurídica de la filiación biológica Buena parte de la doctrina civil considera que la adopción no responde sólo a una finalidad tuitiva, no es un simple medio para proteger al menor desamparado, sino que va mucho más allá: con ella se pretende proporcionar “un padre y una madre” a quien carece actualmente de progenitores biológicos. El sentido de la adopción sería, pues, generar un proceso sustitutivo de la relación natural de filiación. Para quienes sostienen este punto de vista, con la adopción el Derecho pretende instaurar jurídicamente una relación semejante a la que existe entre padres e hijos. La adopción estaría dirigida a «recrear la naturaleza» (adoptio imitatur natura); se trataría de una figura destinada a proveer la sustitución del padre y la madre biológicos de un menor que se encuentra privado de ellos5. Pero hay más; esta concepción sostiene que con la adopción no sólo se pretende establecer una relación jurídica artificial entre un menor y quienes biológicamente no son sus padres, sino que se pretendería unir real y filialmente al menor con quienes, aunque de hecho no son sus progenitores, biológicamente podrían haberlo sido (podrían haberlo procreado). Este proceso sustitutivo exigiría, obviamente, que quienes asumen el papel de padres en la ficción jurídica sean aquellos que pudieran serlo en una hipotética realidad biológica; esto es, dos personas de sexos opuestos que puedan reemplazar, a todos los efectos, a los padres biológicos de quienes el menor se ha visto privado por cualquier causa. En definitiva, si la “esencia” de la adopción es proporcionar al menor “un padre y una madre que pudieran haberlo procreado”, resulta evidente que sólo podrán desempeñar ese papel las parejas heterosexuales. Las parejas del mismo sexo, ya 91


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que conjuntamente nunca podrían procrear a ese menor, quedarían intrínsecamente descartadas como sujetos aptos para realizar conjuntamente la adopción6. Esta concepción, sin embargo, no es coherente con su regulación legal. Basta una mirada superficial para comprobar que el principal de los supuestos previstos por el Código Civil, la adopción individual, nada tiene que ver con la intención de proporcionar al menor un padre y una madre. Numerosos son lo supuestos en que la adopción individual o conjunta se establece por motivos económicos, de transmisión de un patrimonio, perpetuación de un apellido, o por otras cuestiones diversas. El análisis histórico de la institución revela una infinidad de matices. Por otra parte, no debemos olvidar que el menor puede -y debe- saber que es adoptado y reclamar su derecho a conocer a sus padres biológicos en el caso de que eso fuera posible. En definitiva, si no puede afirmarse que la adopción pretenda recrear la paternidad y maternidad biológicas, tampoco puede afirmarse, con base en este argumento, que la adopción esté intrínsecamente ligada a la pareja heterosexual.

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6 Esta es la opinión sostenida por NANCLARES VALLE, J., «La adopción por parejas homosexuales en derecho navarro…”, op. cit., p. 34.


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7 Cfr. FLAQUER, L., El destino de la familia; Ariel, Barcelona, 1998; pp. 67-69. Vid. también ALBERDI, I., La nueva familia española, ed. Taurus, Madrid, 1999.

8 Cfr, NANCLARES VALLE, J., op. cit., pp. 37-38.

9 De entre la numerosa bibliografía jurídica, pueden consultarse a este respecto TALAVERA FERNÁNDEZ, P.A., La unión de hecho y el derecho a no casarse, Comares, Granada 2001; GÓMEZ SÁNCHEZ, Y., Familia y matrimonio en la Constitución española de 1978, Congreso de los Diputados, Madrid 1990; ROCA I TRÍAS, E., «Familia, familias y Derecho de familia», ADC, Tomo 43, 1990-4, pp. 1055-1091.

10 Vid. CARBONNIER, J., Derecho flexible. Para una sociología no rigurosa del Derecho (traducción de la 2a. ed. francesa por DíezPicazo), Tecnos, Madrid, 1974, pp. 157-248.

b) Adopción como inserción del menor en una familia Una segunda posición, defendida por otros como finalidad de la adopción, es la inserción del menor en una familia. El preámbulo de la Ley 21/1987, de 11 de noviembre, afirma textualmente que la adopción cumple “la finalidad social de protección a los menores privados de una vida familiar normal”. No cabe duda de que nuestra sociedad considera la familia como el entorno más adecuado para el óptimo desarrollo de un menor7. Y, en efecto, parece desprenderse de la ley que la adopción pretende sobre todo eso: proporcionar al menor un entorno familiar idóneo en el que pueda vivir, desarrollarse y educarse en las mejores condiciones8. Desde esta perspectiva, el objetivo primordial de la adopción sería proporcionar al menor una “ vida familiar normal”; algo mucho más amplio que reemplazar al padre y a la madre. Ahora bien, partiendo de esta finalidad de la adopción: ¿la unión homosexual encajaría en la noción de familia ( vida familiar normal) o quedaría excluida por principio? Para poder determinar esto, habría que empezar preguntándose cuál es la idea de familia actualmente vigente en nuestro Derecho. El tema ha generado una ingente literatura jurídica y sociológica, por lo que resulta imposible abordarlo aquí y ahora con la necesaria profundidad. Me limitaré a apuntar algunas de las ideas que pueden considerase más aquilatadas9. No existe ninguna definición legal de la familia en nuestro ordenamiento. La doctrina constitucional ha dejado claro que el concepto de familia protegido por la Constitución (art. 39) no está ligado al origen matrimonial, sino que se trata de un modelo abierto que se nutre de una fuerte impronta sociológica, posibilitando que puedan ser protegidas dentro de él muy distintas manifestaciones organizativas de las relaciones humanas. En este sentido, la idea de «familia normal», lejos de ser un concepto objetivo intemporal, remite a un criterio sociológico evolutivo10. Nuestra doctrina constitucional (STC 222/1992, F.J. 4º) ha establecido con claridad que entre las personas del mismo sexo que conviven establemente como pareja afectiva se verifican «relaciones familiares». Parece claro, pues, que no resulta incompatible la finalidad de insertar al menor en una familia con la posibilidad de que ésta esté constituida por una pareja de personas del mismo sexo. Quedaría por determinar qué relevancia puede tener el concepto de “normalidad” (ya de por sí di93


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fícilmente cuantificable) aplicado a la vida familiar en el seno de un hogar homosexual, pero de eso trataremos extensamente en el siguiente apartado.

c) Adopción como adecuada protección del interés del menor Realizando una análisis de los diversos textos legales (internacionales, estatales y autonómicos) que se ocupan de la adopción, puede deducirse que se trata de una institución orientada a otorgar al menor el “entorno más adecuado” para su protección y correcto desarrollo cuando, por cualquier causa, se encuentra privado de sus progenitores, o éstos no pueden proporcionárselo11. Precisamente porque se trata de facilitar el óptimo entorno para la protección de los intereses del menor, la adopción, a diferencia de la filiación biológica, permite elegir a quien (o quienes) mejor pueden cumplir la misión de custodiar esos intereses; y en ese cometido, la pareja es tan sólo una de las posibilidades12. De manera que, lo sustancial a la hora de determinar el sujeto adoptante, no está en la edad, el sexo, la relación afectiva o jurídica que se tenga (o no) con otra persona, etc.; se encuentra únicamente en la capacidad de asegurar al menor “el entorno más idóneo para sus intereses”. Desde esta perspectiva, es evidente que el concepto de adopción no reclama “per se” una pareja, ni tampoco la orientación heterosexual de la misma. En definitiva, desde el punto de vista conceptual, no existe ningún elemento intrínseco o extrínseco en el diseño de la adopción (establecimiento de una relación jurídica de filiación no biológica) o en su justificación última (adecuada protección del interés del menor), que excluya a priori, de entre los sujetos que pueden establecerla, a la unión afectiva de personas del mismo sexo.

3. ¿Es la adopción un derecho inherente a la pareja legalmente constituida? La adopción está contemplada en nuestro Derecho como una institución dirigida a cumplir “la finalidad social de protección a los menores privados de una vida familiar normal (...) fundada en la necesaria primacía del interés del adoptado, que debe prevalecer, sin prescindir totalmente de ellos, sobre los demás intereses en juego en el curso de la adopción, como son los de los adoptantes y 94

11 Convención de los de Derechos de Niño, de 20 de noviembre de 1989; Convenio de La Haya, de 29.V.1993, Relativa a protección del Niño y Cooperación en Materia de Adopción Internacional; Ley 21/1987, de 11 de noviembre, de Reforma de la Adopción; arts. 175-180 Código Civil; LO 1/1996, de 15 de enero, de Protección Jurídica del menor; Leyes 73 y 74 Compilación Foral y Decreto Foral 90/86, de 25 de marzo, sobre régimen de adopciones, acogimiento familiar y atención a menores (Navarra); Ley 37/1991, de 30 de diciembre (modificada por Ley 8/1995, 27 de junio), sobre Medidas de Protección de los Menores Desamparados y de Adopción (Cataluña); Ley 10/ 1989, de 14 de diciembre, de Protección de Menores de las Cortes de Aragón.

12 Vid. Art. 176.2 CC.


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13 Ley 21/1987, de 11 de noviembre, Preámbulo, tercer párrafo.

14 En este sentido se expresa la Ley Orgánica 1/1996, de 15 enero, de protección jurídica del menor, en su Título I, de los derechos de los menores (art. 10.1 «Los menores tienen derecho a recibir de las Administraciones públicas la asistencia adecuada para el efectivo ejercicio de sus derechos y que se garantice su respeto») y en su Título II, Actuaciones en situación de desprotección del menor (art. 12.2: «Los poderes públicos velarán para que los padres, tutores o guardadores desarrollen adecuadamente sus responsabilidades y facilitarán servicios accesibles en todas las áreas que afectan al desarrollo del menor»).

los de los padres o guardadores del adoptado”13. El planteamiento es completamente diáfano: no hay ningún derecho en juego que no sea el del menor a ser protegido en sus intereses. Puesto que la adopción no se concibe desde la perspectiva de quienes pueden adoptar, sino bajo el criterio de la mejor protección de los intereses de quien va a ser adoptado, nadie, sea a título individual o conjuntamente (como pareja casada o no casada) tiene ningún derecho a adoptar un menor; por el contrario, es el menor privado de padres quien tiene derecho a ser protegido en su desarrollo personal y social por la persona o personas más idóneas para ello. Para garantizar esa protección que la sociedad demanda para el menor desamparado, el legislador ha arbitrado las medidas jurídicas pertinentes; una de las cuales consiste en seleccionar a alguien que sea adecuado para establecer con él un vínculo de la adopción14. En consecuencia, la adopción es un modo privilegiado de dar cumplimiento al deber de protección del menor, pero no es en absoluto la satisfacción de un derecho individual o colectivo de los individuos a «disponer» de un menor. El Derecho tan sólo faculta a determinados sujetos, bajo determinadas condiciones, para manifestar formalmente su disposición a ser adoptantes a través de una solicitud específica (art. 176.1 CC). De manera que la voluntad de quien o quienes pretenden adoptar, lejos de ser el ejercicio activo de un derecho subjetivo, se limita exclusivamente a ser una pura manifestación genérica de disponibilidad para desempeñar la función de educación y protección de un menor (art. 176.2 CC). En todo caso, corresponde siempre a las instituciones públicas, como responsables de velar por los intereses de los menores, atender esa solicitud y verificar la idoneidad de quienes se postulan. En última instancia, es el juez quien ostenta la única y exclusiva facultad de culminar o revocar el proceso jurídico de adopción (art. 176.1 CC). El papel de los adoptantes (individuos o parejas) no es el de actores sino el de receptores. Plantear la adopción como un derecho subjetivo inherente a la pareja legalmente constituida, sea matrimonial o de hecho, significaría afirmar la existencia de un “derecho al hijo” en el ordenamiento jurídico; esto es, la obligación jurídica de los poderes públicos en orden a “proporcionar un menor” a toda pareja que legítimamente exprese su decisión de adoptar. No existe tal derecho en ninguna sociedad. La reivindicación del derecho a la adop95


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ción conjunta por parte de las parejas homosexuales hay que entenderla, pues, en el sentido de no ser excluidas «a priori» por el Derecho como sujetos idóneos de cara a la adopción conjunta de menores. Esa reivindicación remite directamente a la última de las cuestiones que vamos a plantear: ¿es discriminatoria la actual exclusión de la pareja homosexual para la adopción conjunta de menores?

4. ¿Es discriminatoria la exclusión de la pareja homosexual en la adopción? Si legislar supone, en cierto modo, trasladar al Derecho la conciencia y los valores de la sociedad, parece claro que los sujetos y las condiciones idóneas para la adopción deben ser establecidas por el legislador de acuerdo con lo que la sociedad entiende y percibe como más conveniente para la protección de los intereses del menor. Actualmente, nuestro Derecho contempla como únicos sujetos aptos para solicitar la adopción conjunta de un menor, a matrimonios y a uniones estables heterosexuales. ¿Significa eso que en nuestra sociedad continúa habiendo una mentalidad claramente contraria a que, en materia de adopción conjunta, la pareja homosexual pueda considerarse tan idónea como la heterosexual? No es fácil responder a esa pregunta y tampoco parece ser una cuestión de encuestas.

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15 Cfr. NANCLARES VALLE, J., op. cit, p. 29; LASARTE ALVAREZ, C., Principios de Derecho Civil, T. VI, Madrid 1997, p. 362.

16 Cfr. GOLOMBOK, S., «Children in Lesbian and Single Parent Households: Psycosexual and Psychiatric Appraisal», 24 Journal Of Child Psychology and Psychiatriy 551 (1993). Vid también HEINZE, E., Sexual Orientation: a Human Right, Dordretch 1995, p. 369 ss. Ambos autores se manifiestan convencidos de la correcta adaptación sociológica y psicológica de los niños educados por parejas homosexuales.

Es indudable que, hasta bien poco, la sociedad había fundamentado toda su legislación en materia de familia sobre los principios dogmáticos del matrimonio y del referente heterosexual. Sin embargo, la aparición y consolidación de nuevos modelos convivenciales ha provocado un importante replanteamiento de determinados parámetros relativos a las relaciones afectivas de pareja. En ese sentido, la posibilidad de que una pareja no casada pudiera adoptar conjuntamente, como ya señalamos, fue abierta en España por la ley 21/ 1987 que reformó el Código Civil (art. 175.4 y otros) en esa materia. Han transcurrido quince años desde entonces y estamos ante una nueva realidad. Las parejas estables homosexuales han adquirido un reconocimiento jurídico y afirman ser tan idóneas como las heterosexuales para acceder a la custodia y educación de menores a través de la adopción: ¿existe algún elemento que impida actualmente a la pareja homosexual ser un entorno idóneo para la protección de los intereses del menor? En primer lugar, hemos de comprobar, en la medida de lo posible, que esa nueva hipótesis educacional del menor, sin el doble referente paterno y materno, resulta tan razonablemente adecuada a su desarrollo y maduración psicológica, afectiva, sexual, etc., como su habitual inserción en un entorno heterosexual. En esta tarea resulta esencial el dictamen de quienes son considerados expertos en materia de menores: educadores, pedagogos, psicólogos, psiquiatras, pediatras, sociólogos, etc. Podemos encontrar estudios científicos y sociológicos que se manifiestan en ambos sentidos. A título ilustrativo podríamos citar el informe de la Asociación Española de Pediatría (1996) donde se señalaba que «un núcleo familiar con dos padres o dos madres, o con un padre o madre de sexo distinto a su rol, desde el punto de vista pedagógico y pediátrico, es claramente perjudicial para el armónico desarrollo de la personalidad y la adaptación social del niño»15. En sentido opuesto, y también a título de ejemplo, podríamos citar los estudios comparativos de Golombok, realizados sobre los niños de 27 familias encabezadas por lesbianas, la mayoría de ellas con partners, y los de 27 familias femeninas monoparentales, en los que no se revelaban diferencias entre ambas clases de niños en ningún aspecto, tampoco en el comportamiento sexual conforme a su rol propio16. Con independencia de los paradójicos resultados, y sin que la cuestión esté ni mucho menos cerrada, debe admitirse –en aras del rigor y la objetividad– que la relación existente 97


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entre los adoptantes homosexuales y el adoptado no tiene por qué ser dañina o perjudicial para el correcto desarrollo del menor. No puede establecerse como principio que un menor nunca pueda desarrollarse armónicamente en un hogar homosexual y nunca pueda tener una relación satisfactoria con la pareja del mismo sexo que le custodia y le educa. Sencillamente, la experiencia demuestra que en multitud de supuestos este tipo de relación es completamente satisfactoria y en otros no, tal y como podría afirmarse de un entorno heterosexual. ¿Puede afirmarse, entonces, que los intereses del menor están igualmente protegidos en un entorno homosexual que en uno heterosexual? Muchos son los que piensan, con mayor o menor base científica, que la integración de un menor en un núcleo convivencial homosexual puede hacerle incapaz de entender la complementariedad de los sexos con sus diferentes roles, y que esta carencia de un modelo heterosexual de conducta puede condicionar su orientación hacia la homosexualidad o la transexualidad17. Si esta inclinación se produjera, aunque fuera sólo a nivel de posibilidad, ¿podría mantenerse que tal eventualidad es plenamente compatible con la óptima protección de los intereses del menor? En otras palabras ¿nuestra sociedad acepta plenamente que un menor pueda ser, directa o indirectamente, orientado hacia la homosexualidad, del mismo modo que lo es a la heterosexualidad? Aquí se encuentra la clave de todo el debate: la consideración real que nuestra sociedad tiene hoy de la homosexualidad. No se trata tanto de una cuestión académica: discutir si el art. 14 de la Constitución incluye o no la prohibición de discriminar por razón de orientación sexual; tampoco de una cuestión estadística: el hecho de que haya muchas o pocas parejas estables del mismo sexo no es relevante; ni mucho menos se trata de redefinir voluntarísticamente las nociones y parámetros sociales de normalidad. Se trata de saber si nuestra sociedad percibe la orientación homosexual de una pareja como plenamente normalizada y completamente equiparable, en todos los ámbitos, a la pareja heterosexual. Si esto fuera así, ningún reparo o precaución cabría realizar a la educación del menor en un entorno homosexual puesto que, en línea de principio, se garantizaría su adecuado desarrollo exactamente en las mismas condiciones que en un entorno heterosexual. Por el contrario, si la sociedad considera preferente y más adecuada la dimensión heterosexual en las 98

17 Cfr. ELOSEGUI ITXASO, M., «Transexualidad, derecho a la vida privada y derecho al matrimonio», Actualidad Civil 1994-I, p. 196. Más recientemente vid. ELOSEGUI ITXASO, M., La transexualidad. Jurisprudencia y argumentación jurídica, Comares, Granada, 1999.


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18 La encuesta realizada por I. ALBERDI-C. ALBERDI, Informe sobre la situación social de la familia en España, Ministerio de Asuntos Sociales, Madrid, 1995, pp. 5-6, revela que España es uno de los países europeos en los que la unión homosexual es bien aceptada en lo privado y socialmente tolerada. Más recientemente, vid. ALBERDI, C., La nueva familia española, Taurus, Madrid, 1999.

19 Junto a indudables muestras de progresismo político, ideológico y legislativo, en el Parlamento europeo y en algunos países, hay que tener presente que, a excepción de la ley holandesa, existe una total unanimidad en las legislaciones europeas en la negativa a admitir la adopción conjunta por parte de uniones homosexuales. En estos momentos sólo existe otra puerta abierta, aunque indirecta, derivada de una sentencia del TEDH, de 22 de abril de 1997, en el caso de un transexual del Reino Unido, aceptando la posibilidad de ser inscrito en el Registro civil como padre de un menor concebido por inseminación artificial de su pareja y declarando que la negativa vulneraría el art. 8 del Convenio de Roma (Cfr. ROCA TRÍAS, E., Familia y Cambio social (De la «casa» a la persona), Cuadernos Civitas, Madrid 1999, pp. 119-122).

relaciones afectivas de pareja y simplemente respeta y protege la orientación homosexual, cuando ésta se produce, entonces deberemos concluir que la mejor y más adecuada protección del interés del menor, en el caso de la adopción conjunta, pasaría por su «preferente» inserción en un entorno heterosexual. Resultaría incongruente que la sociedad no ofreciera al menor la opción que considera preferente y más adecuada a sus intereses, cuando ese es precisamente el objetivo de la adopción. En España ciertamente se ha producido un importante avance en la consideración de la opción afectiva homosexual, que progresa, aunque todavía lentamente, en la difícil eliminación de los prejuicios homofóbicos. Pero es evidente que el proceso social equiparador que sí se ha verificado plenamente entre la pareja matrimonial y la no matrimonial, todavía está lejos de conseguirse entre la pareja heterosexual y la homosexual18. En ese sentido y por lo que se refiere a la adopción conjunta de menores, hemos de admitir que los valores mayoritariamente vigentes en nuestra sociedad y nuestra cultura, siguen considerando que el desarrollo armónico del menor resulta, en principio, más adecuadamente garantizado en el seno de una pareja heterosexual que en el de una homosexual19.

5. El interés del menor y la pareja homosexual Las consideraciones realizadas hasta aquí abocan a una última pregunta: admitiendo que la sociedad, en su mayoría, valora como “preferente” la integración del menor en un núcleo convivencial heterosexual, ¿eso excluye definitivamente a la pareja homosexual de su posible idoneidad para la adopción conjunta? La respuesta es no. En efecto, la percepción social mayoritaria en relación con la adopción conjunta de menores justificaría establecer, en las actuales circunstancias, una «preferencia» hacia la pareja heterosexual, pero de ningún modo podría justificarse una norma exclusiva y excluyente. Precisamente porque el interés del menor es lo que prima ante todo y el que determina la idoneidad de los adoptantes, no cabe excluir a priori la posibilidad de que haya casos en los que la más adecuada protección del menor pudiera exigir el concurso de una pareja homosexual. Por citar un ejemplo, se están produciendo en EEUU bastantes casos de menores maltratados por su orientación homosexual, que son dados en adopción a parejas de 99


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lesbianas porque ellos lo piden, en ocasiones, y porque la experiencia ha demostrado a los jueces que ahí encuentran el entorno idóneo para su desarrollo afectivo y social20. He aquí una muestra evidente de que la más adecuada protección del interés del menor puede exigir, en muchos casos, la preferencia de una pareja homosexual sobre una heterosexual. Por tanto, dado que la idoneidad para adoptar conjuntamente viene determinada por el interés del menor, excluir a priori un modelo de pareja que puede ser la más idónea, en muchos casos, para responder a ese interés, supone privar a la figura de la posibilidad de cumplir adecuadamente su finalidad. Se estaría vulnerando el derecho de los menores desamparados a ser adoptados, en su caso, por la pareja que ofrezca el entorno más adecuado a sus intereses.

En consecuencia, cabría concluir lo siguiente: No existe ningún impedimento conceptual, científico o legal que, a priori, excluya a la pareja homosexual como entorno adecuado para el desarrollo de un menor. Es objetivo afirmar que una mayoría social considera “preferente” (no excluyente) la integración del menor adoptado en un entorno heterosexual. La imposibilidad legal de ser adoptados conjuntamente por una pareja homosexual podría privar a muchos menores del entorno más adecuado para sus intereses. La actual regulación de la adopción está primando la heterosexualidad de los adoptantes sobre los posibles intereses del menor y eso vulnera la propia finalidad de la institución. La conclusión, a nuestro juicio, es clara: el Derecho debería incorporar, entre los sujetos aptos para adoptar conjuntamente, a la unión estable de personas del mismo sexo.

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20 Cfr. «Adoption by Homosexuals and same sex couples: a legal memorandum», op. cit., p. 612.


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Nota de prensa La AAP afirma que los niños de parejas del mismo sexo merecen dos progenitores1 legalmente reconocidos

1 Traducción de F. Javier Ugarte. Nota del traductor: El texto original utiliza con profusión los términos “parent” y “coparent”. Dado el sesgo masculino que supondría traducirlos literalmente como “padre” y “copadre” (además de la extrañeza que supondría usar el segundo término), se ha optado por traducir estos términos como “progenitor” y “copro-genitor”, o bien como padre/madre. El término “coparent” ha sido traducido por “coparentalidad” cuando en el original conlleva un sentido abstracto, referido a la figura más que a la persona.

Abajo se encuentra resumida la noticia sobre una declaración de principios publicada en el número de febrero de Pediatrics, la publicación científica de la Academia Americana de Pediatría. Para difusión: 4 de Febrero de 2002 CHICAGO- La Academia Americana de Pediatría (AAP) afirma que los niños que nacen de, o son adoptados por, un miembro de una pareja gay o lesbiana merecen la seguridad de dos padres/madres legalmente reconocidos. Por consiguiente, una nueva declaración de principios de la AAP, “Coparent or Second-Parent Adoption by Same SexParents”, apoya los esfuerzos legales y legislativos que mantienen la posibilidad de adopción de niños por el segundo progenitor o coprogenitor en relaciones del mismo sexo. La declaración afirma que existe una cantidad considerable de bibliografía profesional que sugiere que los niños con progenitores homosexuales tienen las mismas ventajas y las mismas expectativas de salud, adaptación y desarrollo que los niños de padres heterosexuales. La coparentalidad o adopción por el segundo progenitor salvaguarda el derecho del niño a mantener relaciones continuas con ambos progenitores en una relación del mismo sexo. Varios estados han considerado o promulgado leyes sancionando la coparentalidad o adopción por parte del segundo padre/madre por parejas del mismo sexo. Pero otros estados aún no han considerado acciones legislativas, mientras que al menos un estado prohíbe totalmente las adopciones por el segundo progenitor o coprogenitor en relaciones del mismo sexo. De acuerdo con la declaración de principios, la adopción por coprogenitores o segundos padres/madres adoptivos en parejas del mismo sexo asegura lo siguiente: 101


. Garantiza que los derechos de custodia del segundo progenitor sean protegidos si el primer padre cae enfermo o muere. . Protege los derechos de custodia y visitas del segundo progenitor si la pareja se separa. . Establece los requisitos para el sustento del niño por ambos padres/madres en el caso de separación. . Asegura al niño las prestaciones de los beneficios sanitarios de ambos progenitores. . Provee bases legales para que ambos padres/madres puedan otorgar su consentimiento en cuidados médicos y otras decisiones importantes. . Crea las bases para la seguridad económica de los niños garantizando las prestaciones de todas las ayudas sociales pertinentes, así como las prestaciones a los familiares del fallecido propios de la Seguridad Social. La AAP recomienda a los pediatras que se familiaricen con la bibliografía profesional en relación a padres gays y lesbianas y sus niños, apoya el derecho de cada niño y familia a la seguridad económica, psicológica y legal que resulta de haber reconocido legalmente a ambos progenitores, y aboga por iniciativas que establezcan la permanencia, a través de la coparentalidad o adopción por el segundo padre, de niños de parejas del mismo sexo. NOTA DEL EDITOR: El número de febrero de Pediatrics también contiene “Technical Report: Coparent or SecondParent Adoption by Same-Sex Parents”. El informe técnico proporciona información sobre el creciente cuerpo de bibliografía científica que sugiere que los niños que crecen con padres gays o lesbianas se desarrollan tan bien en su funcionamiento emocional, cognitivo, social y sexual como los niños cuyos padres son heterosexuales. NOTA DEL EDITOR: La Academia Americana de Pediatría es una organización de 55.000 pediatras de cuidados primarios, subespecialistas médicos de Pediatría y cirujanos pediatras especialistas dedicados a la salud, seguridad y bienestar de bebés, niños, adolescentes y jóvenes adultos. NOTA DEL EDITOR: El título original de esta nota de prensa era “La AAP defiende la adopción por parejas del mismo sexo”.

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AAP SAYS CHILDREN OF SAME-SEX COUPLES DESERVE TWO LEGALLY RECOGNIZED PARENTS Press Release

Below is a news release on a policy statement published in the February issue of Pediatrics, the peer-reviewed, scientific journal of the American Academy of Pediatrics (AAP). For Release: February 4, 2002, 12:01 am (ET) (Headline updated February 7, 2002) CHICAGO - The American Academy of Pediatrics (AAP) says children who are born to, or adopted by, one member of a gay or lesbian couple deserve the security of two legally recognized parents. Therefore, a new AAP policy statement, “Coparent or Second-Parent Adoption by Same-Sex Parents” supports legal and legislative efforts that provide for the possibility of adoption of those children by the second parent or coparent in same-sex relationships. The statement says there is a considerable body of professional literature that suggests children with parents who are homosexual have the same advantages and the same expectations for health, adjustment and development as children whose parents are heterosexual. Coparent or second-parent adoption protects a child’s right to maintain continuing relationships with both parents in a same-sex relationship. Several states have considered or enacted legislation sanctioning coparent or second parent adoption by partners of the same sex. But other states have not yet considered legislative action, while at least one state bans adoptions altogether by the second parent or coparent in a same sex relationship. According to the policy statement, coparent or secondparent adoption in a same-sex relationship provides for the following: · Guarantees that the second parent’s custody rights will be protected if the first parent falls ill or dies. · Protects the second parent’s rights to custody and visitation if the couple separates. 103


· Establishes the requirement for child support from both parents in the event of the parents’ separation. · Ensures the child’s eligibility for health benefits from both parents. · Provides legal grounds for either parent to provide consent for medical care and other important decisions. · Creates the basis for financial security for children by ensuring eligibility to all appropriate entitlements, such as Social Security survivors benefits. The AAP recommends that pediatricians become familiar with professional literature regarding gay and lesbian parents and their children; support the right of every child and family to the financial, psychological and legal security that results from having both parents legally recognized; and advocate for initiatives that establish permanency through coparent or second-parent adoption for children of same-sex partners. EDITOR’S NOTE: The February issue of Pediatrics also contains “Technical Report: Coparent or Second-Parent Adoption by Same-Sex Parents.” The technical report provides details on the growing body of scientific literature that suggests children who grow up with gay or lesbian parents fare as well in emotional, cognitive, social and sexual functioning as children whose parents are heterosexual. EDITOR’S NOTE: The American Academy of Pediatrics is an organization of 55,000 primary care pediatricians, pediatric medical subspecialists and pediatric surgical specialists dedicated to the health, safety and well-being of infants, children, adolescents and young adults. EDITOR’S NOTE: The original title of this press release was “AAP Supports Adoption by Same-sex Parents.”

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Presentación Las personas de carácter “progresista” suelen posicionarse favorablemente ante la posibilidad de que se equiparen los derechos de homosexuales y heterosexuales en cuanto parejas de hecho e, incluso, matrimonio. Pero al proponer el tema de la adopción de menores (supuestamente heterosexuales, lo que es una presunción no demostrada) por parejas homosexuales, se produce una parada “en seco” y todo se replantea de nuevo. En OrientacioneS hemos querido mostrar lo que el tema da de sí preguntando a una serie de personas, intelectuales conocidos, y a todos los partidos políticos con grupo parlamentario propio en el Congreso. Hemos formulado tres preguntas sencillas y las hemos distribuido entre intelectuales de la Academia, los medios de comunicación y freelances. Y hemos pensado que los representantes de la nación tenían el deber de dar su opinión sobre algo tan actual y discutido, aunque para nosotros indiscutible. No todos los invitados a responder lo han hecho, es obvio decirlo. Por eso agradecemos sinceramente su respuesta a todos los que la han dado, con independencia de lo que hayan dicho sobre el tema. En relación con los que no han respondido preferimos callar. Lo que sí queremos es nombrar a todos aquellos partidos que no lo han hecho, por parecernos significativo su silencio: PP, CiU, PNV y CC.

ENCUESTA 1º) ¿Considera que las parejas homosexuales son una opción idónea para darles un menor en adopción? 2º) ¿Considera necesario que haya una legislación a nivel estatal que incluya esas parejas entre los adoptantes? 3º) ¿Piensa que eso repercutiría en algún sentido en el crecimiento y orientación sexual del menor? Se ruega argumentar las respuestas brevemente

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1º) ¿Considera que las parejas homosexuales son una opción idónea para darles un menor en adopción? Primero, y desde nuestro entender, no tendríamos que entrar a valorar si es idóneo o no que una pareja del mismo sexo sea una opción válida para adoptar menores. Desde este punto de vista la propia pregunta conlleva implícitamente un prejuicio o discriminación a las personas por tener una opción sexual diferente. Resulta chocante cómo los sectores más conservadores de nuestro país argumentan sin pudor alguno que primero se necesita que la sociedad lo acepte, con la excusa de que no es un sentir mayoritario, mientras tanto elaboran leyes descafeinadas de uniones civiles que no reconocen la afectividad ni como familia a las parejas del mismo sexo. El ejemplo positivo lo tenemos en países de nuestro entorno europeo, donde ya se ha regulado sobre esta materia, lo que evidencia que no es una utopía como quieren convencernos los sectores conservadores de nuestro país. Resulta sorprendente, e incluso incoherente, que una persona de orientación homosexual pueda adoptar como individuo a un menor pero no como pareja, ya que no existe una legislación estatal que lo ampare. Desde IU siempre hemos denunciado esta y otras discriminaciones hacia las parejas del mismo sexo y hemos defendido públicamente el derecho de adopción a través de nuestra representación institucional (Óscar García, Izquierda Unida). No es razonable que en estos momentos existan discriminaciones por razón de la orientación sexual de las personas. Soy por tanto partidario de que los homosexuales puedan contraer matrimonio civil en condiciones de igualdad. Ampliar su ámbito a la adopción de menores requiere abrir un gran debate social. Los socialistas estamos dispuestos a impulsar y participar en este debate para conseguir un gran acuerdo de todos (Jesús Caldera, Grupo Parlamentario Socialista). En primer lugar, las tendencias eróticas de una persona no tienen relevancia moral en lo tocante a su capacidad de educar, salvo en los casos de abusos infantiles (que se dan tanto entre heterosexuales como entre homosexua106


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les). Lo que importa es que sean personas intelectualmente maduras, preocupadas por el bienestar del niño y respetuosas de su personalidad. Cosa distinta es si dos personas del mismo sexo (sean cuales fueran sus tendencias sexuales) o una persona sola es la opción más idónea para adoptar a un niño. Pues depende de la edad del niño: en principio, todo ser humano tiene derecho a su doble filiación (“nacidos de hombre y mujer”), por lo tanto me parece inmoral programar un huérfano de padre o de madre para satisfacer a una persona sola, o a dos del mismo sexo, utilizando para ello técnicas de reproducción asistida. Pero si el niño ya ha venido al mundo por la vía normal y por avatares histórico-biográficos se ve privado de padres, lo mejor es que sea adoptado por una pareja de hombre y mujer, o por dos personas del mismo sexo o por alguien sin pareja que desee sincera y entregadamente hacerse cargo de él. Sabiendo, claro está, que antes o después tendrá que ayudarle a soportar y comprender lo anómalo de su situación familiar (Fernando Savater). Si por “idónea” entendemos “apta”, la respuesta es sí, a expensas de la consideración concreta que merezca la pareja en concreto. A cambio, si tomáramos el adjetivo como sinónimo de “especialmente apta” -que es como mucha gente la utiliza, de modo erróneo-, la respuesta sería no. Ninguna pareja está mejor o peor preparada para la adopción por el

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hecho de ser homosexual o heterosexual. Tampoco conviene dar por hecho que la educación de un o una menor deba necesariamente afrontarse en la modalidad de parejas. La mayor o menor aptitud para la adopción no viene determinada ni por las prácticas sexuales confesas ni por el número de personas que asumen la tarea (Javier Ortiz). Considero que los homosexuales, en pareja o cada uno, o en institución, tienen los mismos derechos que los célibes, los polígamos o las poliándricas. En este caso, la “idoneidad”, como dice la ley que hay que encontrar en las parejas adoptantes, está ejercida por leyes y funcionarios que no pueden tener en cuenta la felicidad futura del adoptado, en el supuesto de que la felicidad exista. Un adoptante homosexual puede ser mejor, peor o igual que otro heterosexual, y una pareja puede ser igual de consistente sean cuales sean sus prácticas amorosas (Eduardo Haro Tecglen). Sí, pero siempre que el formato jurídico para esta adopción no sea la relación paterno-materno-filial, sino otra relación jurídica, consolidada ya en nuestra tradición, como puede ser la relación tío-sobrino (Gustavo Bueno). Creo que las parejas homosexuales pueden adoptar menores -con los requisitos básicos necesarios- si otras parejas también pueden hacerlo. No debe haber diferencias legales básicas (Luis Antonio de Villena). Sí, claro (Vicente Molina Foix). 108


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2º) ¿Considera necesario que haya una legislación a nivel estatal que incluya esas parejas entre los adoptantes? Para IU es fundamental que el derecho evolucione con los cambios sociales y no sea un obstáculo frente al desarrollo de los derechos civiles. IU considera que una ley de parejas que no incluya el derecho a la adopción sería una ley vacía, incompleta. No se puede plantear la igualdad de derechos a medias. No se puede imponer el requisito de tener un consenso social para aplicar derechos solamente para lo que nos convenga. No creo que en otro orden de cosas se plantee ante la sociedad esta condición arbitraria. No nos parece justo que se utilice este doble rasero. La obligación de los partidos políticos consiste en articular y establecer los mecanismos necesarios para institucionalizar las peticiones justas de la sociedad, sean demandadas por las mayorías o por las minorías. Porque al final, las leyes se aprueban o se rechazan en los Parlamentos. Lo que no se puede hacer y renunciar a la presentación de iniciativas legislativas plegándose a una especie de autocensura política (Óscar García, Izquierda Unida). Considero que cualquier regulación que se haga de esta materia debería serlo a nivel estatal, y por eso el Partido Socialista ha propuesto un Proyecto de Ley de modificación del Código Civil que posibilite el matrimonio entre personas del mismo sexo y que les otorgue plenitud de derechos (Jesús Caldera, Grupo Parlamentario Socialista). En efecto, me parece importante que se legisle con generosidad y rigor el tema de la adopción... siempre sin mezclarlo con cuestiones de orientación erótica de los adoptantes, sino con otros requisitos exigibles de idoneidad (Fernando Savater). Sí. Pero insisto en la necesidad de considerar también los derechos de las personas que no viven en pareja (Javier Ortiz). Las legislaciones estatales y sobre todo las autonómicas deben ser revisadas enteramente, no sólo en ese sentido lógico sino en todos. Se mantienen niños institucionalizados durante años, y parejas expectantes durante años, mientras se prosiguen procesos inútiles de idoneidad. Los niños salen 109


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institucionalizados: es decir con una adaptación a la sociedad especial y una convivencia que no son los que van a necesitar en la vida diaria. Será preciso, sobre todo, hacer cursos libres -por supuesto- entre adoptantes -parejas o individuos- explicándoles lo que significa un hijo para toda la vida, y no sólo durante el periodo de niño amuñecado, que es el que añoran muchas personas. Será preciso explicar a los niños que van a ser adoptados, y lo que eso significa durante toda una vida, y la angustia que les va a crear la ignorancia de sus orígenes hasta que cumplan la mayoría de edad: todo el secretismo de que se rodea el tema es perjudicial y procede de las épocas oscurantistas de los orfelinatos de monjas. Oscurantismo que no termina nunca en un país que se hace más conservador a cada hora (Eduardo Haro Tecglen). Sí, desde luego (Gustavo Bueno) Por supuesto ello quedaría reflejado en la legislación pertinente, que debiera ser estatal (Luis Antonio de Villena). Sí (Vicente Molina Foix).

3º) ¿Piensa que eso repercutiría en algún sentido en el crecimiento y orientación sexual del menor? La orientación sexual no es determinante en el proceso educacional del menor, pero sí influye en sus valores. La influencia que una pareja del mismo sexo puede proyectar sobre un menor, educando en la diferencia, en valores, puede incluso ser más rica, con una visión más amplia, y solidaria, más efectiva en el proceso de aprendizaje, de la solidaridad, del compromiso con los demás. No sé por qué nunca se plantea la pregunta al revés, los homosexuales no han tenido la oportunidad de demostrar a la mayoría de la sociedad su visión, cuando hasta hoy sólo son las familias heterosexuales las que legalmente pueden adoptar y educar a sus hijos. Desconocer y obviar que los casos de maltratos, de abandonos y de rechazo por parte de algunas familias tradicionales han sido por parte de éstas, es taparse los ojos a la realidad cotidiana. Si desde los poderes públicos se considera que una pareja de homosexuales no puede adoptar y educar con la misma dignidad de valores que el resto, estamos negando la posibilidad de que miles de niños en el mundo recluidos en orfanatos, en la calle, pasan110


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do hambre, en la desesperanza, tengan la oportunidad de vivir una vida con cariño, de bienestar, en definitiva una vida digna (Óscar García, Izquierda Unida). Los expertos en el tema sostienen que las experiencias que se han analizado no muestran esa repercusión negativa de la que se habla. Así lo ponen de manifiesto los estudios que se están llevando a cabo y que recoge de forma particular el recientemente realizado por la Universidad de Sevilla. Lo que sí parece existir son factores de tipo cultural que hay que evitar que se conviertan en prejuicios. De ahí la conveniencia de suscitar ese gran debate social al que me refería y que nos permitiría hacer pedagogía social (Jesús Caldera, Grupo Parlamentario Socialista). Cada familia, natural o adoptiva, repercute decisivamente en el crecimiento y la orientación sexual del menor, pero así es el destino humano (Fernando Savater). Supongo que ese “eso” se refiere a la homosexualidad de los hombres o las mujeres que asumen la adopción. Si es así, no veo cómo dar una respuesta de validez universal. Para empezar, dependerá del hecho de que la pareja oculte o asuma su homosexualidad ante su entorno, en general, y ante la o el menor, en particular. Y de que haga lo uno o lo otro desde el primer día. Y de con qué naturalidad lo haga. Dependerá también de que la pareja sea de hombres o de mujeres y de que la criatura adoptada sea niño o niña. Dependerá, en fin, del carácter que tenga el o la menor, porque cada persona es un mundo. Dicho esto, imagino que es fácil que la homosexualidad de quienes ejercen de progenitores tenga alguna influencia en la formación del o la menor. ¿No la tiene acaso la heterosexualidad? Lo que estará por ver en cada circunstancia concreta es si la repercusión resulta positiva, negativa o neutra (Javier Ortiz). Un ilustre científico que acaba de publicar en ABC, en colaboración con otro no menos ilustre, me dijo que existía el “riesgo” de que el niño, dentro de esa pareja, podría volverse homosexual. “¿Y qué” le contesté. Niños homosexuales nacen de parejas heteros, y ello no influye en su orientación posterior. Pero si ese tipo de educación les “volviera” homosexuales, ¿cuál sería el drama? ¿Hay que seguir aceptando que la homosexualidad es una rareza, un defecto, un riesgo? 111


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¿vamos a seguir creyendo, los que no lo somos, que tenemos alguna especie de superioridad? Se está manejando la procreación en el mundo según conviene a los poderes para aumentar las poblaciones o disminuirlas, según las necesidades de mano de obra o de infantería: a las niñas se las aborta en China y países musulmanes -ahora que se consigue el aborto selectivo- y, sin embargo, ¿ponemos reparos a la homosexualidad? Hasta que lleguemos a la convicción de que el sexo es libre, personal, que su ejercicio sea cual sea no es motivo de vergüenza o de castigo social, y que no hay más limitaciones que el daño que se pueda causar a una persona que no lo consiente, no habremos conseguido una de las igualdades más necesarias y que pertenecen a la soberanía del individuo. Eso quiere decir tanto como acabar con la presión de las religiones o con la “demografía de estado” y sus agentes secretos, los pudores, las costumbres y las malas literaturas. En todo caso, a lo largo de mi vida heterosexual, que ha sufrido presiones de todas las clases cuando ha tratado de ser libre y voluntaria, he podido ver un avance considerable en nuestra utopía del “amor libre”, que naturalmente comprende el polisexual. Cuidado: el mundo está dando una peligrosa vuelta, el pudor está reapareciendo y las religiones arcaicas convirtiéndose en acicate para los héroes guerreros (Eduardo Haro Tecglen). Si el formato según el cual logran la adopción se atiene a la sugerencia propuesta en el punto 1 no habría repercusiones resultantes de la confrontación del adoptado con otros niños o niñas; en cambio, el formato de la adopción paternomaterno-filial dará lugar a situaciones extravagantes, de partenogénesis o de masculinogénesis (Gustavo Bueno). Normalmente esta adopción sólo influiría en la amplia normalidad de ese menor. Vería como normal lo que es normal, siguiera luego el camino sexual que siguiese. Naturalmente podría también haber adopciones de adolescentes que ya hubieran manifestado una orientación sexual “homo”. Tales adopciones más “adultas” parece lógico que fueran más fáciles que las anteriormente aludidas (Luis Antonio de Villena). Las parejas homosexuales pueden ser igual de positivas (o negativas) que las heterosexuales (Vicente Molina Foix). 112


E S T U D I O S

Y

E N S A Y O S

Evolución del movimiento lesbiano y gayo ¿que sea posible un nuevo paradigma generacional? Fernando Sánchez Amillategui Universidad de Alicante

A partir de una glosa del artículo “Los caminos del movimiento lésbico y gai” 1 de Miguel Ángel Sánchez y Pedro Pérez

Introducción 1 OrientacioneS, nº 1, págs. 171183, Fundación Triángulo, Madrid, 2001. Aunque recomiendo vivamente su estudio, citaré los fragmentos que deseo comentar, para hacer posible la lectura autónoma de este artículo.

2 Lo conceptualmente correcto sería hablar de movimiento gayo, lesbiano y transexual. Para simplificar el discurso, escogeré formas más breves: conste sin embargo que cuando empleo sólo el adjetivo “gayo” me estaré refiriendo a esta realidad tripartita. Igualmente, cuando uso formas masculinas, estoy empleándolas con su valor de género común, y refiriéndome por tanto a varones y mujeres.

Esta propuesta interrogativa nace de la lectura del artículo citado en el subtítulo, a cuyos autores quiero felicitar tanto por el análisis como por la propuesta de categorías. Deseo razonar sobre el sistema bimodal que ellos presentan (comunitarismo versus particularismo), que ayuda a comprender las actuales tendencias del movimiento lesbiano y gayo 2, pero que adolece de una cierta rigidez. Aunque constato con ellos que dentro del “movimiento” (admitamos su unicidad provisionalmente, por simplicidad) existen dos realidades bien diferentes, pienso que ponerlas en oposición directa podría ser limitativo, mientras que entenderlas como fases evolutivas de una misma realidad puede aportar una visión alternativa, menos conflictiva y seguramente más pragmática. Mi propuesta programática es la de emplear los términos “activismo de primera generación (1G)” (identificándolo con mucho de lo que los autores llaman “método comunitarista”) y “activismo de segunda generación (2G)” (estableciendo análoga correspondencia con el “método pluralista”). ¿Ayudará ello a configurar un nuevo paradigma? A mi juicio, esta visión subrayaría: 1) sobre el plano individual, que el activista “educado” (§ 2, Cuestión IVª) puede escoger entre métodos 1G ó 2G, según la circunstancia, 113


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2) sobre el plano de la interconexión recíproca, que ambos caminos se necesitan mutuamente, puesto que las virtudes del uno complementan las carencias del otro: • el “pluralismo” de tipo 2G no sería posible si no hubiera sido precedido por un valiente y combativo “comunitarismo” de choque 1G, que ha planteado grandes reivindicaciones y ha realizado logros importantes, • el “comunitarismo” se agota en sus acciones 1G, que llegan a un umbral de difícil superación, tanto en la comprensión de la realidad social como en la formulación de propuestas para actuar sobre ella: precisa pues del “pluralismo” 2G para poder trascenderlo.

3) sobre el plano histórico-social, que el estado de necesidad recíproca arriba señalado no ha sido ni mucho menos superado: • por desgracia, se puede constatar que en muchas sociedades (reseñadas detalladamente en los informes ILGA) aún son imprescindibles los métodos de choque (1G), desde el interior y desde el exterior. • más aún, incluso en nuestras sociedades occidentales no son de descartar relapsos más o menos graves del todavía insuficiente sistema de derechos y libertades duramente conquistado, que hicieran necesaria la recuperación de actitudes vehementemente reivindicativas (de nuevo, 1G). El rasgo distintivo más singular del activismo 2G consiste en ser crítico: de lo contrario no podría haber surgido del activismo 1G. Comparte esta característica con otros movimientos: feminista, ecologista, de rechazo de la globalización, antirracista, ... Así, el saber gayo y lesbiano (al cual no le asignaría generación, pues las trasciende) es emancipador. Planteo la categoría de saber crítico sobre el plano racional, que no necesariamente sobre el comportamental, y dis114


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3 “Además [el modelo pluralista] analiza la historia de la opresión y afronta sus soluciones de forma global, sin separar gais y lesbianas de los demás” (M.A. Sánchez y P. Pérez, op.cit., p. 175).

tinguiéndola de la polaridad conformismo-anticonformismo, aún reconociendo que entre sentido crítico y anticonformismo existe una cierta correlación. En las acciones 1G distingo lo que es núcleo conceptual anticonformista, reivindicativo, de lo que es nada más y nada menos que una envoltura externa, que arriesga a veces caer en lo conformista (sin que la identifique necesariamente con ello). La visión reivindicativa, típicamente 1G, posee una gran fuerza, que no resulta difícil caricaturizar, como todo aquello que posee rasgos extremos. Una vez esbozado a grandes rasgos este encuadre, desearía plantear algunos interrogantes (sin poseer, ni mucho menos, las respuestas) sobre los temas principales que trata el artículo y que se hallan en la raíz de las cuestiones que debe afrontar el movimiento.

Sobre la sociedad Cuestión Iª: ¿Igualdad social o igualdad jurídica? Encierra ciertos riesgos afirmar que la “igualdad social” englobe la “igualdad jurídica”, o viceversa; hay contraejemplos que desmienten ambas tesis. Debemos aspirar a ambas igualdades ¡faltaría más!, partiendo naturalmente de las reivindicaciones jurídicas (más concretas y seguras como expresión de derechos), que se apoyan en una cierta aceptación social, por parte de los sectores menos oscurantistas, pero que no se pueden dar por satisfechas con ello. Pero nuestra estrategia debe considerar separadamente unas y otras; no esperemos ingenuamente que vengan en el mismo paquete. La clave analítica (ver § 6, Cuestión XIVª, f) consiste en darse cuenta de que hoy por hoy la propia orientación sexual determina un status jurídico y social, para grave daño de las justas pretensiones de igualdad. Esa determinación es intolerable. Cuestión IIª: ¿Pestañear sobre nuestro propio ombligo o escudriñar vastos horizontes? Totalmente de acuerdo con que es necesario plantear un enfoque global de nuestro movimiento3, idea netamente 2G. Parafraseando a John F. Kennedy, hemos de empezar a preguntarnos sistemáticamente qué puede hacer el movimiento gayo por toda la sociedad civil. Sin olvidar que al mismo tiempo debemos exigir a la sociedad civil (exigencia ésta 1G, 115


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cristalinamente) que, por su bien y por el nuestro, que convergen, vaya dinamitando los nauseabundos bastiones de la desigualdad. Hay respuestas claras y motivadoras a esta pregunta, y es nuestra responsabilidad única (si no lo hacemos nosotros, nadie nos va a ayudar a ello) formularlas y proclamarlas, y darles seguimiento mediante una acción política concreta. Se puede prestar ese servicio social desde el activismo crítico aludido en §1, coordinado con los otros saberes emancipadores citados (en § 6, Cuestión XIVª, trazaré un ejemplo de coordinación con el pensamiento feminista). Cuestión IIIª: ¿Descollantes o indistinguibles? La que los autores llaman visualización (o mejor visibilidad) forma parte tanto del método pluralista (donde la llamaré “visibilidad 2G”, la de esas dos chicas sencillas y cordiales que viven juntas en el 2º dcha.) como del comunitarista (la cual llamaré “visibilidad 1G”, que restalla desafiante en algunos de los adobos corporales más osados de la clásica manifestación del 28-J). Pero ambas son un instrumento, no un fin. Las acciones de visibilidad 1G (una mani, una besá) son indudablemente más espectaculares que las 2G (la simple colocación de dos nombres masculinos, por ejemplo, en el buzón de casa, la apertura en común de una cuenta corriente, etc.); por su parte, las acciones 2G son mucho más calladas, aunque quizás más contundentes, a largo plazo: aspiran a cambiar el mundo. Ahora bien, ¿para qué sirven estas visibilidades? Ante todo, resultan imprescindibles, con la rotunda fuerza de los hechos, para negar la insostenible ficción heterosexista de que no existimos. La visibilidad 1G resuena más lejos, en los medios, etc.; la visibilidad 2G, por el contrario, es más cotidiana, más abordable, y proporciona a la neófita o al neófito una mejor referencia para la acción. Además, esta segunda sirve con frecuencia para estimular a los gayos y lesbianas titubeantes a olvidar el armario, probando que aunque seas visible no te parte ningún rayo. Finalmente, sirve para educar (educar-nos y educar-los, ver la Cuestión IVª). También suelo encontrar superior aquí a la visibilidad 2G. Pero no olvidemos que una de las cosas en la que debemos educar es a reconocer y respetar la total dignidad, desde su simpatía provocadora y desenfadada, de la visibilidad 1G. Anticipo que hay otras poderosas razones éticas para justificar la visibilidad: la lucha contra la ocultación (Cuestión 116


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4 Interrogante ético: ¿y al que no quiera ver, es juicioso y responsable hacerlo ver? Respuesta ética, dogmática: con meditada preparación, sin duda. La verdad nos hace libres. Ojo a la trampa: habrá quien argumente que tiene la libertad de no ver. Es una falsa libertad, pues encubre un tentativo burdo de esclavizar al que para respetar los miedos ajenos no ha de dejarse ver.

VIIª), y la terapia de la homofobia (Cuestión IXª). Aunque en primera instancia pueda no parecerlo, ver y ser vistos es esencial para la paz. ¿Qué riesgos tienen estas visibilidades? La visibilidad 2G corre el riesgo ... de ser invisible ... sobre todo para aquellos ojos que no quieran ver4. Por su parte, la visibilidad 1G corre el riesgo de ser superficial, y sobre todo de ser muy de temporada, es decir discontinua, por su propia aparatosidad, rica en significados y mensajes sí, pero un tanto melodramática. Por lo que creo que hasta el más aguerrido de los “visibles 1G” deba emplear en su vida habitual grandes dosis de calma y confortable visibilidad 2G. En términos prácticos, la visibilidad tiene dos dimensiones principales: la de los actos externos, y la de las palabras. El uso del lenguaje, como comentaré en las Cuestiones VIIIª y IXª, es uno de los más potentes instrumentos de visibilidad.

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Cuestión IVª: ¿Perfectamente activados o imperfectamente educados? La mentada visibilidad es un instrumento educativo, qué duda cabe. Pero ni las necesidades ni las estrategias de educación gaya se agotan en ella. Ante la realidad lesbiana y gaya, lo que más llama la atención de un observador es la letal mezcla de ignorancia y desconocimiento que aqueja a la mayor parte de nuestras sociedades. ¿Qué hacer, pues? Educar, educar, educar, tarea típicamente 2G, para la cual es preciso encontrarse, concebirse, quererse en continuo proceso de educación. El activista 2G ha de ser pues un “activista educado”, ciertamente no en el sentido convencional del término, sino en la medida en que debe conocer (no solo teóricamente, sino también interpretándolos desde la propia experiencia) los hechos y conceptos esenciales del gayo saber. Es posible, e incluso deseable, que esta educación lo lleve a ser continuamente crítico de su propio movimiento. Vale: pero que no pare de educar, ¡por lo que más queramos! La educación gaya ha de ser de personas (gayos y nogayas) para personas (gayas y no-gayos); en esto, anticipa el activismo de tercera generación que postulo en las Cuestiones XIVª y XVª. El concepto de “educado” es aquí (uno de tantos puntos en los que nos apartamos de la convención social hoy dominante) permanente e intrínsecamente imperfecto. El “activista imperfectamente educado” aquí postulado -lo máximo que podemos llegar a ser- está continuamente recibiendo educación, de los más humildes, de los más sabios, de la totalidad de la vida, y muy especialmente de su activismo emancipador.

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5 “Para hacerse fuerte frente al enemigo el modelo comunitarista se arma de un fuerte poder económico pues, como convencer es imposible, se ve en la necesidad de imponer sus posturas por la fuerza del dinero. Aquí el comunitarismo encuentra como aliado el tardocapitalismo, basado en una segmentación de mercado (la que produce la comunidad) para poder seguir obteniendo beneficios a costa de vender diferencia” (M.A. Sánchez y P. Pérez, op.cit., p. 177).

6 Llamo así a aquella vivencia mantenida en el tiempo que por su singularidad e intensidad despierta al individuo al ejercicio de la razón crítica. No sólo es “Einsicht” freudiano, en el sentido que es autocomprensión psicológica, hacia nuestro interior, sino que también es, inseparablemente, comprensión social, hacia el exterior. Puede ser instantánea o continuada; puede ser negativa o positiva. Pongo un ejemplo (continuado y negativo): para el creyente católico al cual le dicen y repiten que sus inclinaciones homoeróticas son “intrínsecamente desordenadas”, la rebelión que ello suscita lleva muchas veces a una reflexión crítica, que se extiende a otros puntos de la “verdad (¿?) revelada (¿?) ” que está recibiendo, hasta darse cuenta de que el desorden moral no está en él, sino en la institución que lo persigue.

Cuestión Vª: ¿Cantidad o calidad? Cantidad no es calidad. Para decidir cuándo sirve más la una, y dónde la otra, necesitamos del discernimiento crítico, orientado por la razón. Cuando se recurre, como único título digno de mérito, al número de manifestantes reunido, ... cuando se plantean utópicas exigencias de uniformidad de voto y de fe, ... cuando se intenta construir una cultura gaya exclusivista (ver § 3), etc. ... no se trata de puntos de vista 1G ni 2G, sino de vulgares manifestaciones del tardocapitalismo5 mercantilista, el cual está teniendo efectos dramáticos, y no sólo sobre el movimiento gayo. Bueno es criticarlas. El modo de oponerse a ello, de cualquier forma, no puede pasar por el aislacionismo, sino que debe despertar la conciencia crítica de las personas, como gayos y lesbianas, y amigos y relaciones directas, precisamente apoyándose en la vivencia crítica6 que es la experiencia de crecer gayo en un mundo heterosexista. La respuesta al desafío tardocapitalista se llama educación, entre cuyas áreas se cuide la educación al consumo. Pero no nos quedemos en la simple crítica. Recordemos que una manifestación de un millón de gayos (por muy condicionada que estuviera la marcha norteamericana citada por la simplicidad de sus planteamientos conceptuales, cuya crítica comparto... ni 1G ni 2G, sino un poco entre dos aguas) es, así y todo, intrínsecamente un éxito; no podemos refugiarnos en elitismos, que pretendan que unos pocos privilegiados puedan gobernar un proceso de emancipación colectiva que, según las mejores estimaciones, implica directamente a unos cuantos cientos de millones de seres humanos, e indirectamente a toda la humanidad. Si pretendemos propiciar un cambio social progresivo (objetivo 2G donde los haya), tendremos que hacer uso, inevitablemente, de indicadores cuantitativos que vayan señalando el grado de penetración y recepción social que obtiene nuestro mensaje, para permitirnos corregir el rumbo y alcanzar la mejor eficiencia de nuestras acciones. Cuestión VIª: ¿Qué lucha es la más eficaz? Si mi tesis mereciera verosimilitud, la eficacia no residiría exclusivamente ni en las acciones 1G, ni en las 2G, sino en la inteligente y ritmada combinación de ambas. Tanto desde un punto de vista principalmente 1G como desde otro predominantemente 2G, debemos moderar nues119


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tro entusiasmo crítico, sin que nos distraigan nuestras preferencias. Quizás sea un poco demasiado cómodo acusar de “falta de eficacia”7 a los métodos 1G, y lo que es peor, quizás raye lo injusto. Sin Stonewall, por concentrar una larga historia de luchas 1G en una imagen famosa, no estaríamos aquí intentando discutir doctamente de categorías y métodos, sino que a lo peor estaríamos escondiéndonos de la represión. Tampoco hay que confundir “lucha” con “violencia”. Se puede luchar por la paz, y muy eficazmente, con métodos y convicciones no violentas. No hay por qué tener miedo al enfrentamiento que los autores del artículo critican. Si alzarse y señalar de forma razonada y elocuente la injusticia es enfrentarse, si denunciar inadmisibles desigualdades es enfrentarse, bienvenido sea el enfrentamiento. En esa arena no hay generaciones de activismo que valgan. En ella somos varones y mujeres oprimidos contra (sobre todo varones) opresores.

Sobre la cultura Cuestión VIIª: Pero ... ¿existe una cultura heterosexual? Lo heterosexual, tanto intelectual como experiencialmente, existe sólo y únicamente por oposición dialéctica a lo gayo, oposición que constituye un artificio conceptual forzado sobre la vida. Las mismas metáforas manidas que utiliza este artificio traicionan su cortedad de miras: el mundo, por fortuna para todos, es mucho más que una calleja de pueblo con dos aceras. Nadie toma conciencia de ser heterosexual, ni de vivir en un ambiente heterosexual, si no ha tomado antes conciencia de que “existe” una realidad homosexual. La verbalización de la dicotomía hetero-homo precede necesariamente en este caso a la pretendida toma de conciencia de la misma. Mientras que lo gayo es, al menos para muchos de nosotros, una experiencia directa, no mediada, de diferencia, vivida por primera vez, usualmente, a través de la condena y la represión. Abrazamos espontáneamente a otro niño de la escuela primaria, éste nos corresponde afectuoso, y llega la maestra a separar nuestro brazo de sus espaldas, diciéndonos severa que los niños buenos no hacen eso. Nuestra toma de conciencia 8 precede a la verbalización del fenómeno; poco después nos empezarán a llamar maricones de mierda, directa u oblicuamente, y a su debido tiempo, si la fortuna nos ayuda, sabremos que lo que pasa es simplemente que somos gayos. 120

7 “Las estrategias que utiliza el comunitarismo tienen una serie de consecuencias inadmisibles para una organización progresista, primero por la falta de eficacia y segundo por el enfrentamiento que puede generar en la sociedad” (M.A. Sánchez y P. Pérez, op.cit., p. 179)

8 Paradoja: precisamente en la medida en que esta toma de conciencia es imprecisa, normalmente es mucho más precisa, social y psicológicamente hablando, que no la grosera división del mundo en dos mitades, por sus gustos sexuales, que suele aceptar acríticamente el adolescente convencional (y no sólo él).


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9 “Subcultura” no en un sentido peyorativo, subordinante, sino simplemente en cuanto cultura – subconjunto encardinada necesariamente en otra dominante (de la que toma muchos vicios y algunas pocas virtudes).

Por si ello fuera poco, para la mal llamada “cultura heterosexual” han sido decisivas las aportaciones de tantas personas que del todo heterosexuales no eran (independientemente de su grado personal de apertura y desafío). Ello la perfuma y, en buena medida, la redime. La cultura, en su acepción real, es humana, sin más apelativos, y posee innumerables variantes sociales. Pero no es heterosexual, porque “ellos” cuentan desde el comienzo con todas las ventajas sociales, y no necesitan dar nombre a su hegemonía. Candente asimetría: mientras que una parte no osa darse nombre a sí misma, la otra parte no lo necesita siquiera. Como consecuencia de esa hegemonía cotidianamente restregada en nuestras caras, surge en el seno de nuestra cultura contemporánea una subcultura9 homosexual que es legítimamente defensiva, reivindicativa, y sirve a una finalidad de apoyo recíproco, para crear un espacio físico y/o conceptual de encuentro. Ninguna de estas tres características configurativas esenciales son necesarias para el no gayo, a no ser que se encuentre en una situación específica de diversidad desventajosa. Pero lo que otrora no osaba, ya comienza a osar. La tristísima metáfora, que recuerda una de las ignominias lingüísticas peores de la historia, habla de una ocultación forzada. Inspirándome en el profesor García Meseguer

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Evolución del movimiento lesbiano y gayo ¿que sea posible un nuevo paradigma generacional?

[García Meseguer, 1984:132], defino la ocultación homofóbica como el empleo sucesivo y reiterado de voces y expresiones heterosexistas en sentido genérico10. Operando a través de la ocultación, la aludida verbalización de la dicotomía hetero-homo toma su forma más potente y dañina cuando es reprimida y desviada mediante perífrasis insidiosas, que amplifican el sentido de amenaza. Ello, por sí solo, bastaría para justificar humanísticamente la exigencia de visibilidad, parte importante de la cual es la verbalización directa y precisa. Ante ello, la simple verdad de los hechos se convierte al mismo tiempo en defensa y denuncia11. Practiquémosla, relegando al olvido los ñoños tiempos en los que “no se osaba”. Cuestión VIIIª: ¡Que no heterosexual, sino heterosexista! Lo que en cambio sí existe, para desgracia de todos, gayos y no gayos, es una “cultura”12 heterosexista, que aplasta la diversidad, que promueve agresivamente la ficción del modelo único (malamente etiquetado como “cultura heterosexual”). Gran número de no-homosexuales participan de ella (así como un puñado no despreciable de homosexuales, según todos sabemos13), y de su grave responsabilidad social e histórica, cuando menos pasiva e irreflexivamente, dándola por descontada e inevitable. La cultura heterosexista, activando un mecanismo inmunológico espontáneo, fuerza la generación de un espacio de resistencia, es decir, de un tejido cultural explícitamente diferenciado como gayo (al cual pertenecen, nos guste o no, las páginas en las que escribimos), que posee gran importancia como lugar común en el que se rompe la angustia de soledad (primera y esencial vivencia, en cuanto gayos, de muchos de nosotros), y desde la que se lanza la acción de reivindicación de derechos negados y de defensa de derechos en peligro. Como una pesada manta, que puede confortar sobre las espaldas pero agobiar sobre la cara, este tejido puede volverse reductivo, en cambio (y no hace falta para percibirlo mucha teoría 2G, sino más bien simple amor por el aire fresco), si se construye como cápsula estanca, con atmósfera propia, en la que vivir nuestros días y noches excluyendo al mínimo fisiológicamente imprescindible los contactos con el anatematizado mundo exterior. 122

10 Recomiendo igualmente, por lo esclarecedor, todo el capítulo VII de la obra citada, titulado “La ocultación de la mujer en el lenguaje”.

11 Como describiera con nítida rebeldía el doblemente perseguido (en cuanto maricón y en cuanto negro) James Baldwin: “The victim who is able to articulate the situation of the victim has ceased to be a victim –he or she has become a threat-”. (La víctima que es capaz de articular la situación de la víctima ha cesado de ser una víctima: él o ella se ha convertido en una amenaza).

12 Palabra que empleo aquí en su acepción puramente antropológica, y desde luego privada de cualquier valencia positiva.

13 Nada sorprendentemente, también por desgracia (también había “kapos” judíos en los campos de concentración, y marranos conversos en puestos de relieve de la Santa Inquisición).


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Sobre nuestra psique y la de nuestros adversarios 14 “La creciente homofobia que producen sus actos [de los comunitaristas] la justifican diciendo que en realidad ya existía y ello solo la sacan a la luz” (M.A. Sánchez y P. Pérez, op.cit., p. 174)

Cuestión IXª: ¿Nace el homófobo, o se hace? No puedo estar de acuerdo con modelos de dinámicas psicosociales que planteen14 la posibilidad de que algunos individuos, presenciando acciones 1G (ó 2G, da igual en este caso), vean reforzada su “homofobia ya existente”. Considero técnicamente que el grave y lamentable desorden psíquico que llamamos homofobia sea un pre-juicio. Como consecuencia, la homofobia no puede aumentar significativamente ante una manifestación gaya de cualquier signo o intensidad; su génesis es fundamentalmente intrapsíquica, y precede al contacto con la realidad gaya. Es más, rehuye y se niega al contacto con esa realidad (niega esa realidad tout court). Terapéuticamente, se demuestra una y otra vez que el contacto real, personal, con gayos y lesbianas, y con su experiencia vital, es un poderoso disolvente de la homofobia. Ello constituye otra buena razón social para justificar la búsqueda de visibilidad. Cuestion Xª: ¿Pobrecito de mí? Concuerdo en parte con la diagnosis de pesimismo victimista que los autores aplican a una parte de nuestra comunidad. Pero es de justicia señalar que es fácil sentirse víctima dentro del gulag heterosexista, en momentos de debilidad personal o social, aunque haya que luchar individual y colectivamente contra esta sensación. Pero no caigamos en falsos optimismos (que a veces se encuentran en el campo 2G, sobre todo en sus exponentes no gayos) los cuales presentan todo como rosado: el pesimismo victimista, aunque sea un estado psicológico, nace, contrariamente a la homofobia, de estímulos exteriores claros y objetivables. Y hay muchas razones para el pesimismo: todo el número 1º de “Orientaciones”, por ejemplo, recuerda la pesada discriminación jurídica que sigue gravando sobre nuestras espaldas. Cuestión XIª: ¿Autoestima? ¿Por qué? El orgullo gayo, el “orgayo”, representa el legítimo orgullo por haber cumplido hitos difíciles en un ambiente social y jurídico ciertamente hostil. Es encarnación humana y directísima del concepto evangélico de “verdad que hace libres”. En cuanto al orgullo “por ser gayo”, entendido reductivamente como orgullo por la propia orientación sexual, lo encuentro simplemente inocuo, ya se plantee en broma, ya desde la indignación. 123


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Me cuesta creer que sea posible el exceso de autoestima15, ¡pues la necesitamos tanto! De cualquier forma, sea bienvenido si se produce: trae más de bueno que no de malo. La mismísima posibilidad de “ser alguien”, esto es, de advertir, interpretar, y tomar conciencia de las propias necesidades y deseos depende de forma crucial del desarrollo de la autoestima, entre otros aspectos. Pero sólo a través de relaciones de reconocimiento mutuo podemos adquirir y mantener la autoestima. Ahora bien, estas relaciones no tienen lugar “fuera de la historia”, sino que se establecen y expanden por medio de luchas sociales, de carácter reivindicativo y ético16, para las cuales, a su vez, es imprescindible la autoestima.

Sobre la ideología Cuestión XIIª: ¿Seguro que seamos de izquierdas? No comparto el tentativo de adscripción ideológica (izquierda versus derecha) de los autores: aún sintiendo claras simpatías (aunque ciertamente nada acríticas) por una de las partes en liza, creo que un movimiento (forma de organización política totalmente diferente del partido) es claramente transversal. Por consiguiente, creo que tanto en el activismo 1G como en el activismo 2G pueden encontrar sinceramente expresión y/o representación tanto gayos, lesbianas y transexuales políticamente conservadores, como progresistas.

15 “Para el pluralismo el cambio de «orgullo de hacer» por «orgullo de ser» conduce a un exceso de autoestima (definición del diccionario, por otro lado)” (M.A. Sánchez y P. Pérez, op.cit., pág. 176). La palabra original “pride” tiene valores semánticos que van más allá de lo que es en español “orgullo”. Reproduzco las acepciones del sustantivo que reporta el Diccionario Internacional Simon and Schuster: “1. orgullo, dignidad, amor propio, altivez, arrogancia / 2. lo mejor, la flor y nata (de un grupo, clase, etc.) / 3. vigor, brío, fuerza (de la juventud, etc.) / 4. (lit) pompa, esplendor / 5. manada de leones / 6. Disposición o temperamento de un caballo / 7. (fam.) celo (de una hembra) / 8. (ant.) adorno.” ¡Vamos, que no está nada mal! Y aunque haya algunas acepciones que pueden merecer una valoración crítica (altivez, arrogancia), las más son positivas, y tienen connotaciones que enriquecen y completan la acepción principal, connotaciones que yo personalmente encuentro en los buenos momentos de las manifestaciones del Orgullo Gay: dignidad, amor propio, vigor, brío, pompa, esplendor, adorno ...

16 Axel Honneth, en “The struggle for recognition: the moral grammar of social conflicts”, citado por Joel Anderson, en The third generation of the Frankfurt School (ver bibliografía).

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Ahora bien, en el “gayo de derechas” (como también, por razones paralelas y a veces coincidentes, en el “gayo católico”) se constata con frecuencia una fuerte tensión interna, motivada posiblemente por contradicciones conceptuales que probablemente desbordan la problemática de orientación afectiva o sexual y conciernen la entera construcción (insuficiente y dañada) de nuestras limitadas categorías políticas. Lo digo con el máximo respeto personal por los individuos que, desde dentro de las categorías descritas, intentan sinceramente encontrar una posición de equilibrio y síntesis en sus vidas individuales. He sido testigo directo, como imagino muchos de los lectores, de actitudes fuertemente homofóbicas dentro de la llamada (¿?) “izquierda política”. Y muchos de nosotros hemos presenciado lo que desde el punto de vista de los derechos de gayos y lesbianas se recordarán, no me cabe duda, como los cobardes trece años del PSOE. Aquí no me valen ni balbuceantes justificaciones de que la política es el arte de lo posible, y demás bazofia, ni tampoco la amargura indignada ante la insensibilidad, en general aún mayor, que estamos viviendo bajo el presente ciclo neoliberal, iniciado en 1996. A cada uno lo suyo. La enfermedad también es transversal: la homofobia, por desgracia, tampoco tiene ideología.

Conclusiones y manifiesto Cuestión XIIIª: ¿Conclusiones, o comienzo? Como tesis final, creo que el pluralismo es complementario del comunitarismo: al menos, que lo puede ser dentro de un nuevo paradigma generacional. Pues puede conectarlos, en ámbito institucional, la visión estratégica a largo plazo que aportaría este paradigma, acompañada por posiciones de respeto personal e intelectual, que pongan en primer plano, constructivamente, el valor de la paz. Tenemos un fácil y elocuente “antimodelo” en la cultura heterosexista dominante: personalismos, codicia de poder, intereses inconfesados, demagogia e irracionalidad, agresividad incontenida, “¡tú más!”, etc. No lo sigamos, chicos y chicas. En ámbito personal, los antídotos contra estas desgracias son la educación (saber más), el humor, especialmente la autoironía, la ayuda mutua, y, por qué no, el amor. Creo que la experiencia vital de tantos de nosotros nos da buenas cartas para jugárnoslas sobre ese tapete. 125


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Huyamos sobre todo de esquematismos rígidos del tipo “no voy a esa payasada de mani porque soy un Pluralista”, o “no leo ese rollo de revista porque soy un Comunitarista”. Sería una pena, porque aunque no es poco el camino recorrido (guiño a mi parte pluralista), mucho más es el camino por recorrer (guiño a mi parte comunitarista). Hagámoslo juntos. Cuestión XIVª: ¿Nos atrevemos a mirarnos en el espejo? Mucho hemos de aprender de otros filones de la teoría crítica. Permítaseme aquí reproponer en clave gaya unas conocidas tesis feministas [García Meseguer, 1984:48]: Antes que como defensa del gayo y de la lesbiana, el movimiento gayo y lesbiano debe ser entendido como defensa activa de un tipo de valores, necesarios a la persona, con rango de protagonismo y no de mero acompañamiento. El enemigo del gayo y de la lesbiana no es el no-gayo, sino la estructura social heterosexista. Consecuentemente, la orientación sexual no es variable representativa en la actitud que una persona pueda tener ante el movimiento gayo y lesbiano. La sociedad se sirve de la persona aquejada de homofobia como instrumento para oprimir al gayo. Por ello es lógico que el movimiento gayo y lesbiano esté constituido fundamental pero no exclusivamente por gayos y lesbianas. La sensibilidad hacia la opresión no es exclusiva del oprimido. Por otra parte, no todo oprimido tiene conciencia de su opresión. Por eso hay no-gayos que defienden nuestras reivindicaciones, y gayos homófobos. Al igual que reivindica para el gayo y la lesbiana el derecho incuestionable de liberarse de la opresión de la homofobia sufrida, el movimiento gayo y lesbiano reivindica para el no gayo el derecho incuestionable de liberarse de la opresión de la homofobia ejercida17. La meta del movimiento gayo y lesbiano es una sociedad de personas, en la que la orientación sexual no signifique por sí sola un status jurídico y social, como desgraciadamente ocurre hoy en día. Salvadas las diferencias afectivas y eróticas, cualquier actividad, cualidad o conducta debe ser considerada como humana, y no como masculina o femenina, ni como gaya o no-gaya. Los lectores formarán su opinión crítica de ello. Para mí, da acceso a vastos horizontes. Ni más ni menos, abre la visión de un activismo de tercera generación donde, 126

17 Quién sabe si en algunos casos aún más grave y dañina incluso que la homofobia sufrida.


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18 Materialismo que falta a todas luces en un mundo excesivamente conceptualizado: por las grandes ciudades, por el exceso mediático, por los complicados productos financieros, por la terciarización de nuestra economía, por el carrerismo, por las tecnologías digitales, etc., etc.

parafraseando el punto f) anterior, se plantee un activismo de personas para personas. Cuestión XVª: ¿Formulamos un manifiesto? Llegados aquí, presento un manifiesto, siguiendo la más rancia tradición del activismo, que se apoya en los siguientes principios. 1 TEORÍA AL SERVICIO DE LA PRAXIS. Creemos una teoría y conformemos una praxis que vayan de la mano. Que incluyan tanto al activismo de 1G como al activismo 2G, y dejando abierta la ventana –porque saldrá volando por ella– para la futura y luminosa formulación de un activismo de tercera generación. 2 DIÁLOGO. Creemos foros de diálogo y trabajo en común entre activismo 1G y activismo 2G. No podemos convertirnos en güelfos y gibelinos, católicos o protestantes, merengues y culés: resultaría tristemente hetero. 3 INCLUSIÓN. Sepamos incluir a no-gayos en grupos y actividades gayas (como el feminismo pudo dar un salto de calidad cuando supo incluir en sus filas a varones comprometidos). Hay no pocos varones y mujeres no-gayos, no-lesbianas, dispuestos a combatir con nosotros. Tenemos que saber ofrecerles posibilidades tanto 1G como 2G. 4 RAZÓN CRÍTICA. Critiquemos, desde posiciones gayas, la sociedad en general, utilizando la fuerza explicativa de nuestras vivencias críticas. 5 AYUDA MUTUA. Ayudémonos mutuamente, y creemos actividades comunes (no excluyentes), incluidas, porqué no, las comerciales. 6 EDUCACIÓN: Eduquemos a los no-gayos. Eduquémonos a nosotros mismos. Eduquémonos a la vida en un contexto tardocapitalista hostil, y muy especialmente al respeto de la naturaleza, y al consumo, responsable, crítico y no obsesivo. 7 NO VIOLENCIA. Apostemos por la no violencia y por la búsqueda metódica de la paz. 8 CONEXIÓN. Tendamos puentes a otras ramas del saber emancipador: feminista, lucha antirracista, ecologista, moderadora de la globalización. 9 CORPORALIDAD. Afirmemos gozosamente la centralidad del cuerpo: de la vida, del buen materialismo18, del placer, de la salud, del deporte. 127


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Agradecimientos Serán incompletos. Vayan, por orden alfabético, a Pablo Cacciamani, cuya –nuestra– Argentina está sufriendo; a Francisco Esquivel, director del diario “Información”, de Alicante, que en varias ocasiones ha acogido reflexiones críticas sobre la realidad gaya y lesbiana en un prestigioso diario de información general, lo cual lo hace, aunque no lo sepa todavía, un activista 2G de pro; a Gloria Díez, que me ha subrayado justamente la gran importancia de no demonizar “al otro”, aunque ese otro sea, hoy por hoy, opresor; a María Teresa Garrigós, amiga y cómplice; a Oliver Wehlmann, que entre otras interesantes observaciones me ha aclarado la importancia de la búsqueda de la paz. Y a Davide, que con sufrida paciencia conyugal va leyendo mis artículos y devolviéndolos al necesario contacto con la tierra. Errores, erratas, confusiones y agolpamientos de ideas, como siempre es imprescindible decir, son exclusivamente de mi responsabilidad.

Bibliografía AA.VV. y Tana de Gámez (Directora) (1973): Diccionario Internacional Simon and Schuster Inglés /Español Español/Inglés. Simon and Schuster, Nueva York,. Anderson, Joel (2000): The third generation of the Frankfurt School, Intellectual History Newsletter, 22. García Meseguer, Alvaro (1984): Lenguaje y Discriminación Social. Segunda Edición, Montesinos Editor, Barcelona. Honneth, Axel (1996): The struggle for recognition: the moral grammar of social conflicts . Cambridge, Masachussets, The MIT Polity Press. Sánchez, Miguel Ángel, y Pérez, Pedro A. (2001): “Los caminos del movimiento lésbico y gai”, en rev. OrientacioneS, nº 1, pp. 171-183. Fundación Triángulo, Madrid.

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Interlocuciones a cuatro manos Javier Ugarte, Antoni Mora

Cuando dos tipos se juntan y se ponen a hablar, una vez han terminado de hacerlo sobre el tiempo y de mostrar interés por los respectivos andares en tales y cuales cosas, trabajos y amoríos, libros leídos y músicas escuchadas, puede que emprendan un diálogo de verdad. Hasta aquí habrán intercambiado informaciones, preocupaciones y gentilezas mutuas, pero sabremos que han empezado a dialogar tan pronto empiecen a fruncir los ceños y a acariciar sus respectivos garrotes. Existe una convicción muy extendida, ingenua y en el mejor de los casos bienintencionada, sobre la que varias corrientes filosóficas se asientan cómodamente, según la cual dialogar es un rasgo de gentes pacíficas. Puede que sí. Pero también puede que no. Incluso es posible que la búsqueda del consenso no tenga que ver exactamente con el diálogo, sino con el monólogo a varias voces, que es otra cosa (por ejemplo, el canto coral). Será por algo que esta revista se subtitula “de homosexualidades”. Para buscar, plantear posturas encontradas, no para desarrollar una ideología, que por otro lado raramente nos saldría. A nosotros, decimos, que hacemos la revista. Y he aquí que un día, algunos de estos nosotros, empezamos a dialogar. A no estar plenamente de acuerdo, pues, o más bien a ser conscientes de por qué no estamos de acuerdo. Y el diálogo, para ser vivo, tiene que ser apasionado, como bien sabía el viejo Platón que de esta forma exponía su filosofía. Sucede entonces que los dialogantes se dejan llevar por su posiciones, que éstas les arrastran hasta un extremo en el que después puede que les cueste reconocerse. No se han dejado llevar por las ocurrencias del momento, porque las ocurrencias perecen al poco tiempo de haber nacido por inanición, sino por la lógica de cada idea, que es lo que les ha parecido interesante. Pero ese es el peligro de hacer cosas que se quieren vivas, al final resulta que es cierto que tienen vida propia y sus progenitores, entonces, se sorprenden de los rasgos que tiene su descendencia. 129


Interlocuciones a cuatro manos

Autoría, pues, sí, pero no autoridad. Y autoría a veces putativa, puesto que es el verbo el que traspasa la carne de quien quiere recibirlo y habita de manera autónoma. ¿Y sobre qué temas han dialogado los oponentes? Sobre aquellos que les inspiraban en cuanto militantes del mundo gay hispano de su tiempo, y en cuanto críticos con el mundo que les rodea, gay o no. Es decir, sobre la comunidad, las parejas, el matrimonio y la adopción (entiéndase, las reclamaciones de que estas leyes se apliquen también a los homos), lo políticamente correcto... En resumidas cuentas, sobre aquello de lo que se habla un día sí y otro también en los medios homosexuales (y bien cierto que no sólo homosexuales).

Política ¿Existe una política gay, es decir una política centrada en los problemas específicos de este colectivo y que se proponga resolverlos? Mi respuesta es contundente: sí existe, o debería existir, una política que tenga como objetivo concreto la lucha contra la discriminación de los homosexuales, aunque no debería estar basada en una identidad fuerte. Es cierto que existen cosas que nos importan a todos en cuanto seres humanos que buscan una vida digna como el cuidado del medio ambiente, la desaparición del racismo, del hambre en el mundo, etc. Pero también es cierto que, en cuanto homosexuales, existen cosas que solamente nos afectan a nosotros como la discriminación legal de las familias que formamos. La política lésbica y gay deberá centrarse en luchar contra estas discriminaciones. Si no se hace política desde los colectivos con este objetivo, 130

Claro que no existe una política gai, ni puede existir algo así, salvo que reduzcamos las expectativas a un solo principio, a un sí o a un no. Acaso en un pasado no muy remoto, cuando formaba parte de la opinión dominante que la homosexualidad era una enfermedad –o un pecado– sólo podía haber una política: objetar eso. Pero en las escurridizas sociedades actuales (llamadas también "liberales" o "democráticas", entre otras vaguedades) nada es reducible a un sólo principio, a un solo interés, a una sola forma de algo, de amor o de lo que sea. Nada, para bien y para mal. Si hubiera una, sólo una política homosexual, la primera tarea política por hacer consistiría en acabar con ella, con su unidad, su soledad, su anomalía, su aburrimiento, sus resabios y sus seguridades. Pensar que miles de personas, por una simple y vaga preferencia y hábito sexuales que parecen comunes, vayan a te-


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la política entrará por la puerta de atrás para ocuparse de estos temas. Y si los homosexuales no hacen la política que necesitan, otros la harán con las consecuencias predecibles. Las personas de orientación homosexual constituyen una minoría en todas las sociedades. En ninguna son mayoría ni están en condiciones de exigir los derechos por la fuerza, pero en ninguna tampoco dejan de existir, por muy ocultas que se encuentren. Y son personas que tienen problemas concretos como consecuencia de una discriminación larga y profunda. Problemas de autoaceptación para comenzar, o de aceptación sin culpa. Problemas de persecución, en unos casos por las fuerzas del orden y en otros por las personas que están en situaciones de poder y realizan desde esa posición un maltrato y humillación frecuentes (despidos laborales sin justificación o negación de ascensos, insultos en los lugares de enseñanza o trabajo, etc.) Muy a menudo las leyes, incluso en los países democráticos, no sancionan de la forma debida

ner un mismo esquema político (incluso respecto a eso que tienen en común) presupone una extravagancia unitarista tan improbable como indeseable. De ahí no sale una política. Ni dos, ni tres. Si hay leyes que discriminan a los casualmente practicantes del amor hacia el mismo sexo, será cuestión de posicionarse contra esas leyes. Y, puesto que hay tales leyes, contra ellas habrá que posicionarse. Pero eso no hace una política (como no la hace estar por la libertad religiosa, por el aborto o la eutanasia). La confusión entre derechos y forma de vida lleva a confusiones como ésa. La igualdad de derechos no puede confundirse con la igualdad de formas de vida. Esta confusión es siempre interesada: se va a la asimilación, a la anulación de diferencias. Una sociedad de hombres y mujeres libres sería aquella en la que todos tendrían los mismos derechos, todos el acceso a los mismos bienes (materiales y culturales), pero siendo todos distintos. Es cierto que todo va hacia la homogeneización, pero uno puede no jugar a ser una obediente ovejita.

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Interlocuciones a cuatro manos

estas conductas, o incluso no las sancionan en absoluto. Por lo tanto sería objetivo de una política para los homosexuales la definición adecuada de los problemas y la elaboración de una serie de medidas para paliarlos, ya que resolverlos, en muchos casos, requiere una concienciación social que sólo después del paso de mucho tiempo, y de una lucha continua por parte de los colectivos, se puede conseguir. Esta política para ser justa y eficaz no puede, no debe, impugnar ni luchar contra los objetivos de otras minorías ni de la sociedad en su conjunto. Por eso lo lógico es que se desarrolle de forma coordinada con otros colectivos marginados y en diálogo con los partidos políticos. La clave del éxito estaría en lograr un equilibrio entre las específicas demandas y la lucha por la transformación general de la sociedad. Si se marcara demasiado el primer aspecto, la política que se seguiría sería aislada, independiente, ignorante de las necesidades y problemas de otras personas, o de los propios homosexuales en cuanto ciudadanos que tienen un tipo de trabajo, viven en un sitio concreto y realizan unos determinados estudios. Si se marcara demasiado poco, entonces no se podría hablar de una política homosexual o de problemas homosexuales. Conseguir el equilibrio entre estos dos aspectos superando lo que parece ser una contradicción teórica es importante como pocas cosas a realizar, pero en todo caso haciendo política, que es lo que les corresponde a los colectivos. 132

Algo distinto a una política es un movimiento social. Los gais, como las feministas, lo fueron. Hoy quedan los restos del naufragio y un puñado de supervivientes que siguen dando un poco de guerra (bien es cierto que otros se han reciclado en empresarios del ramo). Hacen lo que pueden, pues estamos en una plena desmovilización social. Los éxitos a medias, la asunción parcial de determinados objetivos de aquellos movimientos (feminista y gai) les han dejado en un estado de permanente astenia. Por otro lado, ¿con qué objetivos se quiere mover hoy la inmovilizada cuestión gai? Con el matrimonio y la adopción de niños. Y los maricones todos, claro, no salen enfervorizados detrás de tan excitantes señuelos. El cruce de la frontera que separa el movimiento social de la política suele ser perturbador. Véase el ambiguo caso de los ecologistas El homo (como el hetero) no es reductible a unos rasgos políticos. Ni para cosas que le afectan estrictamente a él: no todos los homos se sienten discriminados por no poder hacer la declaración de la renta conjuntamente con su cónyuge. La cosa va más lejos cuando ya no hablamos de aspectos que tienen que ver directamente con la orientación sexual: ¿alguien pretendería que los homosexuales –todos, todos– están a favor de la transformación de la sociedad? ¿Y por un mismo tipo de transformación? No hay una política homosexual. Ahí donde parezca que la hay, habría que acabar con ella. Y así ya podemos haber dado con un rasgo de política homosexual...


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Parejas y familia Es una ilusión creer que los problemas que tienen que ver con la orientación sexual y afectiva son problemas privados. En una cultura tan socializada como la nuestra, es decir donde todas los actos están codificados, no existen las cuestiones estrictamente personales o privadas. Eso ya se sabe desde los acontecimientos de mayo del 68: los problemas personales son la expresión de problemas generales, e incluso de decisiones políticas. Por eso no cabe reducirse al ámbito privado como el lugar donde se realiza la completa vida feliz, o desdichada. En la medida en que las leyes afectan a nuestra vida en todos los ámbitos, también repercutirán en la estabilidad e inestabilidad de las parejas que existan. Es fácil argumentar esta idea con un ejemplo bien conocido por todas y todos: la imposibilidad para divorciarse en la España franquista convertía a los matrimonios en eternos, infernales en ocasiones, y siempre necesarios si no se quería vivir excluido de las ceremonias sociales. La aprobación de la ley del divorcio cambió esto al permitir disolver la unión con garantías para la parte más débil. Como consecuencia cambiaron las relaciones entre los sexos, y las mujeres dejaron de ser las eternas sometidas a sus maridos. Por similares motivos, la inexistencia de fórmulas legales que den estabilidad a la pareja homosexual vuelve su futuro más imprevisible que el de las parejas heterosexuales casadas. Es cierto que estoy dando por

En la llamada revolución sexual de los años sesenta y sobre todo setenta, cierto tipo de gai era todo un referente para la liberación de ciertas gentes (entiéndase, de las gentes que estaban por la labor de su liberación: una minoría). El heterosexual que quería sacarse de encima el penoso y ridículo yugo de la sexualidad judeocristiana y burguesa veía en las formas de vida gai algo que se parecía mucho a lo que quería para sí mismo (por cierto, "gai" no quería decir "mono" o "interesante", sino "comprometido", "luchador"). No es que los humanos hubieran descubierto por aquellas fechas tan tardías que sexo y reproducción podían ir por separado, pero digamos que empezaban a aplicarse a ello en serio (sacando saludables beneficios de ambas cosas por separado, sexualidad y reproducción). Hubo algo parecido a una revolución sexual, hace unas cuantas décadas, con gais incluidos. Hoy los gais no son la vanguardia de nada: ¡quieren casarse y tener hijos! Vayamos por partes. Cualquiera puede querer casarse o tener hijos (incluso ambas cosas, como antes). Faltaría más: que cada uno haga lo que quiera. El problema es que se tenga que querer eso; o que eso sea la única divisa que pueda quedar en pie de un movimiento social y de liberación. Los que se quieran parar y estarse quietos, que se casen; el movimiento, si no quiere perecer, debe seguir moviéndose sin asumir el discurso de la parálisis. En cualquier caso, separemos las cosas. Por un lado, una legislación que 133


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supuesto que una pareja estable es mejor que otra que no lo sea. No puedo fundamentar esta afirmación científica ni filosóficamente. La expongo por tratarse de la opinión social mayoritaria y porque muchas personas ponen en ello su felicidad, con independencia de su orientación sexual y afectiva; es decir, se puede defender como un deseo legítimo hoy día más que una forma de vida necesaria para la felicidad. En este sentido no creo que los homosexuales tengamos necesariamente que inventar formas radicalmente nuevas de vida ajenas al resto de la sociedad. Pero no sólo los matrimonios, también son necesarias las leyes de parejas de hecho para quienes no quieren llegar tan lejos en su compromiso vital. En realidad la tarea del legislador es tan sencilla como terminar con la prohibición de que dos personas del mismo sexo y género puedan regular su situación legalmente. No tiene que inventar nada especialmente nuevo ni estudiar concienzudamente nuevas realidades que dar a luz; no puede aprobar una ley especial para homosexuales como han hecho los legisladores nórdicos. Esto es un despropósito jurídico y político porque supone consagrar la desigualdad dentro de las leyes. En realidad los derechos no están asociados a los sexos ni a los géneros, sino a la ciudadanía; de ahí que restringirlos a ciudadanos que pertenecen a una determinada orientación sea una extraña arbitrariedad jurídica que deba terminar en algún momento. Por otro lado, es obvio decirlo, no se trata de que todo el mundo acep134

discrimina a los homosexuales en materia de pareja (las socialdemocracias se apuntan tarde, y a menudo mal, al carro de esta reivindicación: habría que poner eso en evidencia; que quienes se identifican con ese tipo de política reformista, reclamen un poco más de esmero, incluso que exijan un algo de coherencia y un punto de inventiva). Por otro, la apariencia de que la homosexualidad es algo básicamente matrimonial. Y con la iglesia hemos topado, con los residuos de su ideología en el conjunto de la sociedad. Con la confusión de derecho y forma de vida, el homosexual conformista hace de su capa un sayo: igualdad quiere decir adecuación de los homos a la forma predominante ya establecida. Otro tipo de gai (más suelto, le podríamos llamar) lo vive con contradicción: ¿cómo no oponerse a una discriminación, aunque no le afecte en su contenido, pero cómo reivindicar un ideal –vetusto, reaccionario e incluso ridículo– en el que no cree para nada? A ciertos gais les ocurre como a ciertas feministas ante el servicio militar obligatorio de hace cuatro días: ¿no sería mejor eliminar su obligatoriedad para los varones en vez de reivindicar su ampliación a las mujeres? Luego vino a gobernar en España la derecha de verdad y, sorpresa, les hizo caso (¡viva la socialdemocracia?). Habría que “despenalizar” a los homosexuales que quieren casarse y no les dejan –eso, que se casen– mientras los libresexuales (homos, héteros, homhéteros: lo que sean, como sean, como quieran ser) se in-


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te esta posibilidad, sino de que exista y luego, cada uno, haga lo que le parezca mejor. Se trata de poder casarse, no de no poder y tampoco querer, como sucede ahora. Ambas posiciones pueden parecer formalmente equivalentes para quien no quiere hacer uso de ellas, pero no lo son en la práctica. De lo contrario tendremos aquello que decía la zorra de las uvas que no alcanzaba a coger pero deseaba comer.

ventan formas de montarse la vida. No es preciso ser foucaultiano (ni homosexual) para defender que la buena vida es aquella que cada uno (cada dos, cada tres, etc.) se va construyendo por sí mismo y sus amiguitos. Habría que volver a empezar sin volverse hacia atrás. O quedaremos convertidos en estatuas de sal. No mezclar formas de vida con ley puede ser una manera de intentar evitarlo.

Identidad y orientación Tema problemático y de discusión infinita como pocos. Creo que el origen de la orientación sexual no se puede apoyar en estudios o enfoques biológicos porque la realidad humana es demasiado compleja para hacerla depender de un gen o de una particular estructura nerviosa. Si así fuese todos los estudios históricos que se han hecho sobre cualquier aspecto del ser humano (sexualidad, afecto, trabajo, familia, etc.) deberían replantearse. Tentativas habría, incluso, de cambiar el sistema político para buscar una mejor adaptación a nuestra naturaleza biológica, por fin descubierta. Si no es razonable pensar en una identidad basada en la biología, tampoco lo es pensar en ella basándose en la historia. Es posible que los homosexuales de ambos sexos hayan estado marginados en la mayor parte de los siglos, pero no lo han estado de igual forma ni por los mismos motivos. Ni las fuentes de marginación eran iguales (religión, medicina) ni lo

A mucho homosexual le molesta que alguien, cualquier científico chiflado, le manosee su hipotálamo, le mida sus dedos anulares o hurgue en sus genes. ¿Por qué? Porque no le gusta que le toquen su identidad. Mi identidad es mía y de nadie más, y hago con ella lo que quiero. Harto de todo lo que le han hecho hasta ahora en el laboratorio (en el diván del “psi”, en el hogar familiar, en la escuela, en la oficina, etc.), el homo recela. ¿De qué recela? De la ciencia. Nada menos. Es un viejo y bien simpático resabio antipositivista que le ha quedado: un mal recuerdo, un resquemor tras tanta terapia de electroshock. Al homo le sale humo por las orejas. Y sospecha que todavía se investiga para cambiar su conducta, cuando no para exterminarle como a una rata de laboratorio. Ninguno de los dos se da cuenta, pero el profesor chiflado y el homo receloso están en un mismo campo de fantasías fundadoras de (graves) realidades. Se han creído que eso de la homosexualidad es una identidad. 135


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eran los mecanismos (excomunión, encierro psiquiátrico). Por eso no existen pruebas de una identidad transhistórica que haya superado los determinantes sociales y llegue hasta la actualidad: ni el travestismo, ni el afeminamiento en el caso de los gays o la masculinidad, en el de las lesbianas, ni la división sexual entre activos y pasivos, es consustancial a la homosexualidad de ambos sexos y géneros. Cualquier característica que universalicemos tiene fecha de nacimiento y de defunción, como todo lo nacido. Foucault dixit. Sin embargo en algo tendrán que basarse estas personas (tendremos que basarnos) para reclamar derechos. Porque ser homosexual o heterosexual no es como ser amante de los gatos o de los perros, es algo más arraigado en la personalidad, las emociones y, desde luego, en la estructura social. Aunque una persona concluya que su orientación sexual no es muy importante en su vida, algo muy distinto piensa la sociedad sobre el asunto. La cuestión es para qué se necesita postular la identidad. Y la identidad se ha desarrollado y afirmado para perseguirnos durante siglos; una vez creada no renunciemos a ella cuando podemos hacer un uso estratégico de la misma. Bersani dixit ahora. Si lo que se busca es terminar con la discriminación legal creo que no es necesaria una identidad fuerte porque lo importante en este caso sería subrayar la falta de la ciudadanía plena en estas personas. Si se quiere justificar que es discriminatorio no poder casarse 136

Lo genético es lo más chocante de todo: ¿en qué sentido le preocupan tanto al homo las investigaciones genéticas?, ¿teme que encuentren, aíslen y eliminen al “gen gai”, de manera que desaparezca de la tierra su estirpe?, ¿por temor a quedarse sólo?, ¿por calcular que no tendrá carne fresca en su futura vejez? La genética puede ser la pesadilla del pederasta, bien mirado. La cuestión de si la homosexualidad es hereditaria o cultural tiene un valor similar a la de qué fue antes, el huevo o la gallina: da igual, que mientras se debaten esas cosas nos seguimos comiendo pollos fritos y tortillas a la francesa. Otra cosa es que, a veces, cuando alguien se ha puesto a especular, le han salido explicaciones ingeniosas, divertidas, sugestivas (y bien prescindibles): por ejemplo, Edward O. Wilson y su sociobiología o René Girard y su interpretación que reduce toda la cultura a un gesto mimético-envidioso. Por no entrar en el terreno de la historia, con sus mil especulaciones. Pero eso sólo sirve para entretenerse. El origen exacto de la homosexualidad es lo de menos, de manera que es tan inútil estar a favor como en contra de las tesis biologicistas o de las culturalistas: todos tienen razón y razones, nadie las tiene. Es absurdo estar contra esto: ¿hipótesis? Las que hagan falta. Que resucite Unamuno: ¡que inventen ellos! La paradoja de la identidad homosexual consiste en que sus beneficiarios deberían convencer al resto de los humanos de que no existe algo así como “personas homos”, sino sólo gente que hace el amor (se-


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con alguien de su propio sexo/género no hace falta acudir a los estudios biológicos o históricos, debería ser suficiente argumentar que eso supone una coacción en el uso de la libertad individual para elegir a la persona con quien se desea formar una familia, y de la igualdad para hacerlo puesto frente otros casos donde no existen cortapisas. Ésa es mi propuesta, evitar un tema en el que se puede entrar pero no salir indemne, es decir sin presuponer cosas que no se pueden demostrar y que pueden ser fácilmente objetadas desde otras posiciones, amigas o enemigas. Si no se puede contestar a la pregunta entonces la identidad debe conformarse con la existencia de las personas con esa orientación y es, en términos ontológicos, una identidad débil. Es decir, real pero no necesaria, ya que si no sabemos porqué existe tampoco podemos afirmar que sea inevitable. Aunque en términos nietzscheanos esto no sea ningún problema, porque la mera existencia de un ser ya justifica su necesidad, no ha sido la forma tradicional de pensar en Occidente. No obstante, quizás debamos acostumbrarnos a pensar así las cosas para evitar problemas que, como éste, se pueden plantear pero no resolver.

gún la graciosamente anticuada expresión) con gente de su mismo sexo. No hay más. La identidad es un resultado de muchas cosas, no un punto de partida. Y lo es, como quien dice, para un rato: la identidad es el nombre que recibe la foto fija, parcial y siempre trucada, con que se pretende reconocer (identificar, en fin: controlar, ordenar, manipular) a los individuos, tomados de uno en uno o en grupos convenientemente clasificados. Puede que sea algo útil para describir gentes y procesos en los que se envuelve gente, pero ¡ay cuando se convierte en algo prescriptivo! No hay nada más terrible y siniestro, aunque a tantos les suena a gloria de supuesta libertad y autonomía, que ese lema que rige nuestras vidas: “llega a ser lo que eres”. Lo contrario es lo que me parece que debería acariciarse viciosamente, y vale tanto para homos como para todo tipejo que de verdad quiera ser libre: deja de ser como eres (¿cómo se dice –¿quién dice?– qué eres?, ¿cómo se pretende –¿quién?– qué debes ser?). No seas, sé menos y sé más. Esas divisas ya me suenan mejor. Acabemos con esa cosa del orgullo, cualquier orgullo, del ser. Y que los profesores chiflados sigan chamuscándose en sus laboratorios, buscando genes egoístas.

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Comunidad y comunidades ¿Debemos los gays y las lesbianas vivir juntos o diluidos en el resto de la sociedad? ¿Deben los gays vivir en una comunidad y las lesbianas en otra, o deben convivir? Cuestión práctica como pocas, sin duda, la de elegir el lugar de residencia, con las implicaciones que tiene y las exclusiones a que da lugar. Veamos, a los gays y lesbianas nos suele gustar divertirnos juntos, es cierto, y buscamos sitios donde haya mejor otros gays, y viceversa. Porque es un hecho que la seguridad de compartir la orientación sexual con el entorno facilita la sociabilidad... digámoslo así. Ahora bien, divertirse el sábado noche es una cosa y alojarse en un edificio, y en una calle, donde todos los vecinos son gays (y/o lesbianas) es otra. ¿Qué es lo que habría de unir a un homosexual, aparte de su orientación, a otros homosexuales? ¿las ideas políticas o religiosas? Es de dudar, claro que la gente normalmente tampoco busca a similares ideológicos para convivir, aunque algún ejemplo pueda haber de esa búsqueda (Barrio de Salamanca/ Villa de Vallecas en Madrid). ¿Unirá a los homosexuales sus principios éticos y por eso deberían vivir juntos? Nada más lejano a la realidad, como puede comprobar cualquiera que conozca a dos o tres homosexuales. ¿Entonces qué nos puede unir en la vida, al margen de ser homosexuales, quizás una cierta sensibilidad, “artística” digamos, una 138

El heterosexual común, que a veces se confunde con el común de los heterosexuales, tiende a ver que los homosexuales conforman una comunidad: observa que más allá de sus previsibles y más o menos puntuales acoplamientos, se entienden entre ellos, maquinan cosas y acaban por crear lo que en su simplicidad entiende como una especie de cultura común (a la manera de un librito de zoología, cree que puede hablar de sus “vidas y costumbres”). Eso dio lugar a la instauración del homosexual común, que a veces se confunde con el común de los homosexuales: tipos homos que van menudeando por ahí en grupo, creyéndose formar parte de algo así como una comunidad. Luego han llegado otros a hacer negocio sobre esa creencia, y no les va mal, pero eso ya escapa al interés de la comunidad en sí. Hay quien se empeña que esos efectos de comunidad de los homosexuales sea bueno o malo; otros, de otra escuela de llamémosle pensamiento, que sea malo o bueno. Poca cosa que distinguir, pues. Lo de los barrios gais, por ejemplo, si los hay o no, si es bueno promocionarlos o no, es algo que ha dado que pensar a más de uno que hasta ese momento no pensaba demasiado. Es algo que a uno le hace recordar a los esforzados colonos del oeste: todo empezó con un bar, luego otro y otro, hasta que se estabilizó una zona marica que se extendió a la vez que se intensificó: ya no sólo era un conjunto de bares cercanos, también se abrieron restaurantes maricas, per-


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forma revolucionaria de ver las cosas, un... "qué sé yo". No, afirmo sin dudarlo. Lo que nos une es sólo ser homosexuales, y las reuniones de la comunidad de vecinos no funcionarán mejor o peor por el hecho de que en ella haya más gays y lesbianas o menos. ¿Entonces la homosexualidad debe de ser la base para la convivencia? No, vuelvo a responder. Esta orientación afectiva y sexual no es algo tan fuerte ni sólido como para (re)definir completamente toda la persona. Casi nada lo es como para hacerlo. Bueno, quizás sí, quizás la ética de cada uno gracias a la cual se van haciendo amigos a lo largo de la vida, pero esa es otra historia. Por lo tanto creo que la comunidad es una elección respetable, tanto como vivir en el barrio de Salamanca si uno es conservador o en Vallecas si uno es progresista, pero vivir juntos en comunidad no es algo que se deba fomentar desde dentro del movimiento, ni que pueda ser el objetivo de la vida de una persona. Objetivos hay otros, luchar por los derechos por ejemplo. Pero eso puede hacerse desde cualquier barrio de una ciudad, de casi todas las ciudades. Cierto es que la creación de los negocios homos puede hacerse como la creación de bares en el oeste, por crecimiento orgánico, pero también pueden crearse bares en otras zonas, y en ciudades como Londres existen lugares de encuentro de homosexuales en todos los barrios, situación más lógica y cómoda desde varios puntos de vista.

fumerías maricas, etc., incluso muchos de los mismos sujetos maricas acabaron yendo a vivir ahí, por una cuestión de comodidad. Que a esto se lo considere una guetización dice bien poca cosa. Es un raro escarnio comparar los guetos de extrema pobreza, o los guetos de la droga, con el hecho de que en tal barrio haya muchos anticuarios, muchos cines o muchos locales gais (porque eso, y nada más, es un “barrio gai”) y llamarlos también guetos. Pero lo homocomunitario tiene más fondo. A los ojos del mundo hetero, y mientras éste subsista como el mundo “natural” y “objetivo”, el homo no sólo forma parte de una comunidad minoritaria, sino que es una no comunidad (es lo contrario de la comunidad). La capacidad de inventiva del humano es, cuando menos, lenta: las comunidades, incluso en las actuales sociedades no basadas necesariamente en la reproducción, no dejan de basarse quiméricamente en ella. La idea de una célula social, compuesta de un hombre, una mujer y su descendencia, sigue siendo concebida y vivida como el cimiento y la regeneración de las comunidades que hacen, sustentan a la sociedad toda (los más brutos incluso ven en eso una especie de principio moral: es gente que no da más de sí). Los mismos heteros que rompen este esquema aún hoy son vistos relativamente como raros. Muchos sociólogos siguen señalando como un acontecimiento nuevo, de consecuencias no plenamente previsibles, el que existan tantos individuos que planifiquen (o les resulten) sus vidas de una manera solitaria, “soltera”, cuando en las generaciones an139


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Puede haber empresarios que intenten convencer de lo contrario, claro está, y vendan el producto “comunidad” como se promocionan las segundas viviendas en la costa valenciana, con el mismo encanto y promesa de felicidad. Pero no creo que estemos en este mundo, ni como homosexuales ni como nada, para enriquecer a un grupo de empresarios. Desde luego a nadie sensato se le ocurriría promover ese objetivo como ideal de vida. ¿Y hay algo más tras la defensa de la comunidad? Creo que, aparte de algunos ingenuos bienintencionados que pueden creer lo contrario, por ejemplo que la comunidad constituye el embrión de una zona de experimentación social, revolucionaria o no, detrás del comunitarismo no hay proyectos (políticos, sociales, artísticos) que no se puedan encontrar fuera de ella.

teriores (si se puede decir ya en plural) eso era claramente una excepción. Pero ya se sabe para lo que están los sociólogos. Ni que sea sólo por eso, el homosexual es un ser aparte, aunque ahora agite con tanto ahínco el derecho a la normalidad, al matrimonio, a la adopción y a lo que convenga: con ello no hace más que confirmar su soledad-esterilidad (según los cánones de la sociedad-normal y familiar) y su interés en compensarla, hacerse perdonar por ella en la medida de lo posible, imitando a los buenos heterosexuales que se reproducen como dios manda. Puede que haya una comunidad desgajada de la común y normal, que no es exactamente una comunidad y que por muchos, de dentro y fuera, es vivida como lo otro de la comunidad sin ser mero individualismo.

Gaicentrismo y corrección política Después de años, décadas de lucha, cuando se consigue que no se pueda insultar impunemente a los homosexuales, determinados pensadores deciden que no pueden más, que ese es un corsé insoportable para la libertad de expresión. Necesitan decir lo que piensan y lo que sienten, o sea reivindican su derecho a volver a insultar sin consecuencias. Ahora paz y después gloria. Lo que es más, existen pensadores que defienden la cosa homosexual que reivindican que se nos pueda insultar, sin más, tranquilamente. Quizás les preocupa la tensión intrapsíquica del homófobo que ahora tiene que 140

Los vaivenes entre lo normal y lo anormal/excepcional/patológico/etc. son constantes y su percepción nunca es del todo unívoca y en ningún caso desinteresada de verdad. Corresponde al grupo minoritario consciente de serlo, claro, alzar la voz de vez en cuando para desmentir la pretendida normalidad del momento (la época). A esto le llamaremos de forma inevitable activismo gay. Y como todo activismo de una causa minoritaria, su peligro está en caer en la magnificación y el de convertirse en guardián de las puras esencias de una porción inevitablemente pequeña de gente que, por otro lado, sólo tiene en común el amor que ya se


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medir sus palabras y temen por la salud de estas personas, no sea que les dé un infarto. ¿Temen igualmente por la humillación y autoestima que sufren los insultados y que se volverían incapaces de defenderse de este acoso si se llevara a ese límite la libertad de expresión? Porque cuando hablamos de la corrección política no estoy pensando en sustituir “homosexual” por algo como “miembro de una minoría sexual alternativa” o expresiones por el estilo de las que se pueden hacer chistes con facilidad. “Homosexual”, “lesbiana”, “gay”, me parecen válidos, no hay que buscar eufemismos. Lo que no vale es el insulto, y menos con impunidad, y en eso podemos volver a caer si desparece toda corrección política en nombre de la completa libertad de expresión. ¿”Victivismo permanente”, dicen algunos? ¿Y qué papel le corresponde a la víctima, el de perdonar las ofensas poniendo la otra mejilla? ¿Y no somos víctimas de la homofobia un día sí y otro también? ¿No se nos trata de pecadores desde la Iglesia o de enfermos, y se nos intenta curar mediante terapias aversivas, o se nos llama viciosos desde otros ámbitos cuando no son creíbles ya ninguna de las propuestas anteriores? Lo mínimo que puede pedir quien sufre un acoso permanente es que los poderes públicos le defiendan y no dejen resquicios legales para que se pueda colar la injusticia en el trato, o que el maltrato quede impune. Una forma de reivindicar el derecho a la diferencia es mostrando la riqueza que logra la sociedad

atreve a decir su nombre. Eso pasa todos los días del año. Su lema es el de la corrección política. Pongamos que un grupo rock saca una canción que se mete con “los putos maricones” y en el colectivo gay tal se encienden todas las bombillas de alarma para llamar a la movilización: ¿qué acciones vamos a iniciar contra el nuevo enemigo agresor? Nota a la prensa: “Una vez más...” Hasta las piedras se aburren de tanto comunicado reivindicador de ‘nuestros’ males. El victimismo permanente revela un tipo quejica y con complejo de persecución. Sin darse cuenta, el activista -y el gai en general- tiende a dar la impresión de querer vivir en una urna de cristal, protegido de toda la contaminación que supone vivir y entender la vida de formas muy distintas e incluso contrapuestas. ¿No se quería exactamente lo contrario? ¿Hasta dónde se puede llevar la ‘cultura de la queja’? ¿Se pretende vivir en una sociedad homogénea, repeinada, unipensante y progresista a la fuerza? A veces lo parece. Y viene un segundo peligro: la reescritura del mundo en clave homo. Se confunde entonces el revisar un mundo estructuralmente hetero con el interpretarlo todo en una clave neuróticamente homosexualizada. Eso es lo que pasa a menudo con los estudios gais y lésbicos. Contra la existencia de un canon hetero cabe recorrer un largo y variado trecho de posibilidades antes de caer en la promulgación de un canon homo. El primero tendía a ser totalitario, homogeneizador y a la larga ignorante; el segundo se revela sencillamente como ridículo, condenado a 141


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con ella. Y para ello hace falta rastrear en el pasado los orígenes de la actual diferencia, o sea de la homosexualidad. Será siempre de enorme valor (de)mostrar que importantes figuras del pasado fueron homosexuales, gays o lesbianas, desde Platón hasta Virginia Woolf, pasando por Miguel Ángel o Marcel Proust. En ese sentido la historia tiene que ser reescrita porque lo que se entiende hoy por homosexual no lo era hace quinientos años, no digamos dos mil, o no digamos fuera de Europa, donde las claves culturales (y sexuales) son muy otras. A veces se cometerán excesos, sin duda. Se trata de una apuesta de reescritura de la Historia, y la tarea no es fácil. Pero exceso por exceso, más vale pasarse que quedarse cortos. Si nos pasamos es de dudar que nadie llegue a lamentar no ser homosexual; si nos quedamos cortos, como sucede ahora, muchas personas seguirán sufriendo por serlo.

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perecer por su estupidez particularista y empequeñecedora. A la subcultura gai le pasa como a la subcultura feminista: ha pillado al hetero dominante, que se sabía en falta como quien dice de toda la vida, y le iba demasiado bien como para autodesmentirse. Pero ahora parece que se pretende aprovechar eso para girar el estado de la cuestión (aunque sea de una forma imaginaria), y sencillamente se tiende a invertir los valores (¿no le llamaban invertido? Pues eso resulta al final). Lo contrario de un orden no tiene que ser otro orden, ni siquiera el desorden. Contra el orden del yo, y de su correlato el nosotros, puede ir, tiene que haber, otra cosa. No ese odioso gaicentrismo, que cree fortalecerse en su perpetuo lamento reivindicativo cuando sólo inventa una ridícula culturita con la que no se puede ir muy lejos. A la historia sólo se la puede rescribir bajándole los humos, desmintiéndola. Contra el heterocentrismo y cualquier otra pretensión de normalidad y normalización, mejor nos vamos descentrando todos.


N O T A S

D E

L E C T U R A S

Judith Butler, El género en disputa , Paidós mexicana, México, 2002 y El grito de Antígona, El Roure Editorial, Esplugues de Llobregat, 2002. En el mismo año, 2001, aparecieron en castellano dos obras de Judith Butler, una filósofa norteamericana de especial importancia si a uno/a le atraen los difíciles campos de la crítica de género, tanto en su variante feminista como en la gay/lésbica. Es decir si uno se siente atraído por la reflexión sobre la sexualidad como camino para la obtención de derechos políticos y/o la elaboración de nuevas formas de vida. Hay que decir que Butler es un espécimen raro y valioso dentro del pensamiento anglosajón tanto por sus citas, que abarcan desde Platón hasta Foucault deteniéndose con gran cuidado en Freud y Lacan, como por sus intereses, que parten de la teoría feminista pero se desenvuelven con seguridad por la crítica racial y homosexual. Autora pues de grandes conocimientos y de intereses quizás más cercanos a la tradición europea (francesa) que norteamericana, su versatilidad le ha permitido ser leída por todos y en todas partes. Entiéndase, en todas las universidades occidentales. Pero no como quien representa un pensamiento de éxito en la gran potencia, como sucede con otros intelectuales de los que ya no nos acordaremos dentro de veinte años, figuras estelares del ensayo no leídos tanto por lo que dicen como por el lugar desde el que lo dicen y los dólares invertidos en su decir. De hecho estoy convencido de que Judith Butler está de moda justamente por no haber querido seguir ninguna de las modas intelectuales, que también las hay, y por no aceptar el camino fácil de las citas conocidas y los autores en boca de todos. Esta filósofa es difícil de leer por la profundidad y originalidad de sus análisis y porque va al centro de los problemas, esto no se debe ocultar, pero debe ser leída por quien quiera conocer de verdad el pensamiento que produce el mundo que le rodea en este cambio de siglo y milenio para el calendario occidental. Ha sabido hacerse un lugar desde un campo aparentemente secundario de pensamiento que, afortunadamente, ya no lo es.

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Ambos textos, sin embargo, son muy distintos entre sí. El género en disputa es un libro publicado en 1990 pero que ha tardado doce años en aparecer en castellano. Si bien esto facilita que el lector que quiera estar al día tenga que dominar el inglés, no es menos cierto que desde otra perspectiva es inexplicable que esta obra, un clásico ya de la filosofía contemporánea, tarde más de una década en estar disponible para el público hispano de los dos lados del Atlántico. En este sentido debemos agradecer a Paidós México lo que no ha sacado adelante ninguna otra editorial. Porque todo el que esté interesado en la crítica cultural sabe que esta autora es el origen de la Queer Theory , de la fuente de pensamiento que con Foucault como padre putativo y Butler como madre públicamente (re)conocida lleva una década elaborando discursos donde no se busca tanto la igualdad (política) como la transformación de las desigualdades (sociales). El género en disputa es precisamente la obra que podemos considerar inaugural en esta línea de pensamiento. De ahí que se trate ya de un clásico y de ahí que sea escandaloso el tiempo que ha tardado en traducirse. Su subtítulo, “El feminismo y la subversión de la identidad”, no debe dar lugar a despistes; aunque haya un discurso feminista en el libro lo que la autora intenta sobre todo es subvertir identidades, femeninas sí, pero también heterosexuales. Su discurso es explícito en este sentido, hace filosofía a martillazos, como le gustaba decir a Nietzsche y rubricaría Foucault. Pero sus martillazos están bien dados, no son lo toscos que Nietzsche, tan sutil otras veces, nos puede hacer pensar con esta imagen. ¿Contra quién martillea Butler? Contra la identidad sexual, sin duda. Pero esto es sólo la disculpa para hurgar en todos los discursos que aceptan determinadas realidades como hechos naturales y montar sobre tales construcciones los discursos políticos. Butler es categórica en este sentido, no existen hechos naturales en el campo de la sociedad ni de la sexualidad. Todo lo que existe ha sido construido cuidadosamente y se mantiene vigente, crea su identidad, a través de su repetición inmisericorde. Se crean identidades a partir de la repetición de determinados fenómenos bajo la presión de intereses concretos (raciales, económicos, 144


institucionales). En la producción de estas realidades los discursos que en otro tiempo pudieron parecer liberadores, el psicoanálisis en primer lugar, han dejado de serlo. Los mitos, como el Complejo de Edipo, han perdido toda fuerza explicativa y se han convertido en discursos que bloquean los cambios sexuales y sociales. El postestructuralismo, la postmodernidad, la Queer Theory son la formas de análisis que muestran esa incapacidad para explicar el presente y la crítica de todo relato mítico es la crítica de las bases que permiten el pensamiento conservador. Al fin y al cabo, como dijo Lyotard hace ya unos cuantos años, el fin del relato tradicional, coherente, homogéneo, es el fin de la modernidad y por tanto de sus injusticias. Habría que plantearse si no será también el fin de sus justicias... claro que éste es otro tema. Estamos pues con el fin de los mitos. Pero si terminamos con el de Edipo y, por si el psicoanálisis sigue existiendo, Butler nos propone otro, el de Antígona. Y de ahí el título del segundo texto, El grito de Antígona . Ya ha quedado claro que los mitos no son buenos, pero ficción por ficción, parece decir Butler, busquemos una mejor. Y quién mejor que la propia hija de Edipo, que conserva pero rompe la filiación de la que ha venido no dando la vida por sus hijos, como esperaríamos de una mujer, sino por su hermano. Y lo hace enfrentándose al poder político que se lo prohíbe; en ese sentido Antígona es masculina, es decir está simbólicamente marcada como masculina porque hace lo que sería propio de los varones: el desafío a la autoridad y la impugnación de la ley escrita. La masculinidad de este personaje lo hace interesante para los análisis feministas que Butler tiene siempre en mente al negar, hace ya dos milenios y medio, el papel de mujer pasiva y sumisa. Pero esto no es suficiente porque ya hemos dicho que esta autora parte del feminismo pero va mucho más allá. Por tanto Antígona es también un mito valioso para la crítica de la familia heterosexual, porque es un ejemplo de las monstruosidades que este modelo puede llegar a producir. Por ejemplo, es hija y hermana tanto de su padre como de su madre, y cuando ella dice en la obra que tiene que morir por el honor de su hermano, el lector no sabe si 145


se trata del honor de Polinices, condenado a ser devorado por los perros y las aves, o del honor de Edipo, víctima de un trágico destino y una atroz condena. Cuando dice que debe morir por amor no sabemos si es por el amor de hermana hacia su hermano (Polinices se supone, nunca con seguridad plena) o por el amor de mujer hacia un hombre como hizo Edipo con Yocasta, su madre. Vemos por tanto que en Antígona todas las líneas de parentesco y emocionales están cruzadas, mezcladas, como sucedía también en Edipo, sin duda, pero desde un punto de vista distinto porque ella debe llevar la tragedia de otros y se niega a hacerlo con el espíritu de derrota que embarga a Edipo, su padre y hermano, es decir a la estirpe de donde proceda. Pero Antígona grita para decirnos que acepta las consecuencias que la ley le depara por desafiar el orden establecido, pero que no por ello dejará de hacerlo porque ese orden, esa ley, no valen nada en comparación con el amor que siente y que le lleva a enfrentarse con todos los poderes mundanos para realizar su objetivo. A enfrentarse también con el resto de sus hermanas y hermanos. ¿Es posible hablar más claro desde el campo de los estudios de género y sexualidad? J.U.P.

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Juan A. Herrero Brasas, La sociedad gay: Una invisible minoría Madrid, Foca, 2001. Digámoslo claro desde el principio. Los manuales me aburren, me fastidian. Son esas fastidiosas acumulaciones de saber que pretenden englobarlo todo sobre una determinada materia, sin dejar demasiado lugar para que ni la lectora ni, en fin, la autora, piensen demasiado, precisamente porque se supone más importante la horizontalidad que la verticalidad del conocimiento. El objetivo último, callado, de los manuales es su digestión rápida con miras a la defecación en forma de examen. Por lo general, mientras que las estudiantes secan su cerebro en el complejo saber-poder universitario, los manuales, muchos de obligada y catecumenal lectura, sirven para llenar los bolsillos de editoriales y autoras. Otros manuales aspiran, con más humildad, al solipsismo de los primeros anaqueles de la sección de consulta de una biblioteca. Son en todo caso libros, digámoslo así, útiles. Pero no soy de esas personas que tienda a comprar y leer libros útiles, con la única salvedad de algún libro de autoayuda. La sociedad gay tiene algo de eso. No soy yo la que le achaque el tono manualístico al libro, se trata de algo abiertamente confesado por el autor: la utilidad del libro es “que sirva de manual” (no es un volumen de introducción o una obra de divulgación, sino un manual ). Sobre esta premisa, Herrero Brasas ofrece una aproximación sedicentemente multidisciplinar, aunque predominantemente sociológica, a las dimensiones sociales, psicosociales, éticas y políticas de la existencia de una “invisible minoría” de hombres y mujeres gays, “tradicionalmente la más oprimida de las minorías sociales”. Nos encontraremos así una lista de capítulos heterogéneos que, en su sumatorio, pretenden acumular el saber existente sobre la cuestión, generalmente a partir de los desarrollos teóricos llevados a cabo en el campo de los estudios gays y lesbianos en Estados Unidos durante los últimos años. Dentro de esta heterogeneidad, encontraremos capítulos sobre las teorías acerca del origen de la homosexualidad, la homosexualidad como fenómeno cultural e histórico, familia y matrimonio o el movimiento de liberación gay. La palabra ya lo dice todo: es un manual sobre la homosexualidad. 147


Las críticas a este tipo de libros (los manuales) son fáciles, y fácilmente injustas. Como el propio autor advierte en el prólogo, ya prevenido de críticas que le iban a caer, “toda síntesis es necesariamente selectiva”. Digamos entonces, si se quiere, que hay un problema con la selección. En su afán, enciclopédico, manualístico, por cubrir todos los aspectos relacionados con la cuestión gay, La sociedad gay incluye capítulos de muy variado interés. Algunos de muy escaso interés, como un obsesivo análisis de la demografía homosexual o unas infladas e innecesarias digresiones sobre la homosexualidad en el ejército y en las iglesias. Al mismo tiempo, la lectora tendrá que enfrentarse a enormes e incomprensibles vacíos, que le hará preguntarse cómo es posible que haya una sección sobre las olimpiadas gays y no, por ejemplo, sobre literatura gay. Aun dejando la selección a salvo de crítica (en realidad siempre habrá una monja o un legionario que encuentren útil el libro), La sociedad gay no deja de ser un libro innecesariamente extenso (una de esas extensiones que dan más la impresión de falta de elaboración que de opción voluntaria determinada por el contenido), y de calidad extremadamente desigual (un ready-made, producto parcial de material ya publicado por el autor), carente de hilos conductores y carente de mayor aporte crítico. Una cuestión del proceso de producción, se supone, ya que el productor da muestras en ocasiones de un gran dominio en el manejo de ciertas temáticas y de una gran comodidad en la gestión de la literatura. Acaso uno de esos resultados de las prisas editoriales (“hay en el mundo gay otros de gran interés, aunque no me es posible desarrollar...so pena de retrasar aún más la salida del libro”) o de las obsesiones personales (“me apresuré –o más bien me precipité- a anunciar a los cuatro vientos su próxima salida”), La sociedad gay echa de menos un trabajo de depuración que va más allá de lo más o menos acertado de la selección de las temáticas tratadas. No por ello se dejarán de encontrar algunas secciones interesantes, es decir, útiles. Probablemente el capítulo más logrado del libro sea el dedicado a la arqueología del movimiento gay en el estado español, trazado en paralelo al análisis del surgimiento del movimiento gay norteamericano e internacional, donde se aprecia por documentar historia e identificar la competencia actual de discursos. El anexo fotográfico no deja de tener su interés (de hecho 148


parece ser el único motivo aparente por el que el libro aparece descontextualizadamente publicado en Foca, una editorial un tanto descuidada en sus ediciones -al menos en ésta- que cuenta en su irregular catálogo de publicaciones con tres libros sobre el 23-F y otro titulado Por qué nos da miedo el CESID). Ya he dicho que La sociedad gay tiene problemas. Se trata de una cuestión genética, de una cuestión de objetivos. La cubierta de Foca afirma que La sociedad gay “ viene a llenar un importante vacío en el mundo editorial español”, sintetizando “una enorme variedad de trabajos e investigaciones inéditos en España sobre la cuestión homosexual”. En tiempos en los que la producción en castellano en el ámbito de los estudios gays y lésbicos comienza a llenar vacíos por sí sola, y en los que probablemente hablar de un mundo editorial “español” no tenga ya demasiada justificación, este tipo de cubiertas, este tipo de objetivos editoriales, tienen cada vez menos espacio. El hecho de que se “haya traducido poco” ya no es, al menos no debería ser, un motivo para publicar nada, salvo traducciones. Si se percibe la necesidad de seguir más de cerca la articulación de la teoría queer en el medio intelectual anglosajón, ¿no sería mejor optar el modelo de readers, precisamente tan anglosajones, donde se compilen extractos de textos básicos, acompañados de buenas introducciones, sin necesidad de lecturas mediatizantes (que a la larga siempre terminan por perjudicar el original), síntesis toynbeenianas, y ánimos didácticos? ¿Por qué esa pasión, tan propia del mundo editorial español (por seguir con la metáfora planetaria), por el refrito? ¿Por qué esa obsesión, tan católica, de alejar al pueblo de las escrituras, de presumir la incapacidad innata del lector o lectora por comprender lo que se le pone por delante sin necesidad de que alguien se lo explique? ¿Por qué ese “plácido adormecimiento” contra el que el propio Herrero nos previene, para dejarnos seguidamente en un estado tan soporífero? Creo que estamos llegando afortunadamente a un momento en el que el hecho de escribir sobre la cuestión gay no otorga mérito al escrito. Por más que La sociedad gay tenga como objetivo el “reconocimiento de la común humanidad de todas las personas”, no por ello dejará de ser un libro útil, pero prescindible. L. R. P. 149


Flavio Rapisardi y Alejandro Modarelli, Fiestas, baños y exilios. Los gays porteños en la última dictadura. Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2001. Rapisardi y Modarelli han ordenado los materiales que componen su investigación en tres partes; en cada una reconstruyen y analizan diversas apariciones, epifanías , de la homosexualidad en la escena pública argentina durante los años 70: el circuito barriobajero y atorrante de los baños públicos porteños, las fiestas privadas y la emergencia y desarrollo del movimiento homosexual. Tres vértices, tres caras, tres superficies donde lo homosexual acontece, se hace visible, despliega sus recursos, disemina sus inquietudes y luego muere... por muerte natural, o por las tretas del mercado, o por las lúgubres razones de la derecha, la izquierda y las juntas militares. Fiestas, baños y exilios contempla tres posibilidades de lectura y una tesis final. Primera lectura: las exhibiciones. R apizardi y Modarelli montan tres espectáculos visuales, tres puestas en escena a la manera de las poses que, según Sylvia Molloy, tuvieron el valor político, a finales del XIX, de rescatar el aspecto material del cuerpo y la irreductibilidad de ciertas voces. El significado de revulsivo cultural y político que tenían aquellos gestos amanerados , aquellas maneras de hacerse público, un siglo después es recuperado por las exhibiciones de los sujetos inadecuados de una Argentina supuestamente moderna, derecha y cristiana: maricas que recorren las teteras, manflores que se acicalan para fiestas más o menos clandestinas o locas que ponen valientemente el cuerpo en una ciudad despiadada y en pie de guerra. Cada una de estas puestas en escena implica una forma, política, de darse a conocer, de convocar la mirada, distraída o excitada, de los otros. Son formas, como señalan los autores a propósito de una de las habitués de los mingitorios públicos, de ser hombres de acción , aunque al revés, también de llenar de ideología los vacíos del espacio nacional y de resistir las peores tormentas. Segunda lectura: una antología de cuentos. Rapizardi y Modarelli compilan, a propósito de los argumentos de

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su propia voz narradora, una serie de memorias menores –no las Memorias de los hacedores de la patria– o fragmentos de historias –no la Historia del espacio nacional. Hijas dilectas del Molina de Manuel Puig, tejen una tela de araña que envuelve al lector con su desconcierto de voces troceadas y destrozadas por revoluciones fallidas y liberaciones que nunca fueron; narraciones que constituyen un anecdotario significativo, entretenido, doloroso. Atrapados, tenemos la ocasión de leer las historias excluidas de las grandes gestas y, también, de las grandes derrotas de Argentina. Y como en las historias que cuenta Molina, junto a las figuras del “antiguo régimen” que fatigan las teteras o fastidian a las vecinas con sus fiestas, brillan aquí, amorosamente recordados y recobrados de exilios y olvidos insistentes, Néstor Perlongher, Carlos Jáuregui, Manuel Puig, Héctor Anabitarte, y algunos más. Todos protagonizan el anverso y el reverso, las ideas y venidas del movimiento y la vida homosexual argentina. Tercera lectura: las traducciones en/de los suburbios de la aldea global. R apizardi y Modarelli ponen en juego algunas de las hipótesis que han ido jalonando el debate en el marco de los estudios gay/lésbicos anglosajones y la más reciente Queer Theory . Fiestas, baños y exilios plantea, a veces directa, otras indirectamente, qué posibilidades de lectura ofrecen estos marcos conceptuales y derivas críticas a la hora de leer, de indagar, de reflexionar, acerca de las homosexualidades argentinas y latinoamericanas. Las preguntas acerca de la identidad, de las mañas del Estado heterosexual, de las construcciones y deconstrucciones de la subjetividad, de las supuestas promesas de un comunitarismo rosa o las operaciones des-sexualizadoras de alguna militancia rancia y puritana, atraviesan el libro y lo colocan en esa arena donde, desde las periferias de la modernidad y la racionalidad europea, no sólo se discute sobre políticas y teorías, sino también se las devora, se producen las herejías, se ensayan modos de encuentro entre la vida, el deseo y las reflexiones críticas. Y una tesis que se dice y se calla: sobre el valor crítico de la homosexualidad. Dicen Rapizardi y Modarelli, casi al final de su libro, sobre la irrupción de la travesti “en las batallas públicas” de la Argentina democrática y liberal, menemista: “Es la extranjera, la invasora. Como 151


esa legión de desocupados suburbanos que cada tanto empujan las vallas de la Capital, nos interpela desde su temible lejanía”. Modarelli y R apizardi –investigadores y activistas del Área de Estudios Queer y Multiculturalismo del Centro Cultural Ricardo Rojas y de la Universidad de Buenos Aires– demuestran que las posibilidades críticas que nos ofrecen, en las geografías poscoloniales, las homosexualidades como objeto y a la vez como instrumento de análisis pueden servir para hacer algo más que eruditas reconstrucciones arqueológicas o trazar meras líneas de fuga hacia ninguna parte. “Son huellas que nos guían siempre hacia el lugar posible de otras búsquedas”. Las diferencias, aún escritas desde el pasado, apuntan hacia el futuro, allí donde todo tipo de extranjeros (los pobres, las travestis, las maricas viejas, los desaparecidos y sus abuelas y sus hijos, los emigrados, los parados, los desesperados) critican los emblemas que nos hicieron y nos sujetan, y se levantan para sacudir el rostro pretendidamente apacible de un mundo indiferente. Santiago Esteso Martínez

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Gilbert Herdt y Bruce Koff, Gestión familiar de la homosexualidad, E d i c i o n s Bellaterra, Barcelona, 2002 “La familia no es lo que parece. La familia, las familias, mejor, son diversas, plurales y complejas (...)” Son palabras de Óscar Guasch, en su prólogo a la edición española del estudio que recoge el presente libro. Un estudio sobre la familia norteamericana, en cuyo hogar un hijo o una hija revela su homosexualidad. Un estudio sobre las vivencias de unas familias que se ven en el umbral de la desconocida, hasta entonces, orientación sexual de uno de sus descendientes. Un estudio sobre el largo y complicado camino de aceptación del hijo o hija homosexual, de las múltiples dificultades que surgen a la hora de afrontar la nueva realidad familiar y social. Un estudio sobre la verdad y la sinceridad, pero también sobre la culpabilidad y la posible pérdida. Sobre la compleja reintegración del hijo o la hija, o la más fácil desintegración familiar. Un estudio basado en relatos de docenas de familias y que abre las puertas a muchas preguntas, preguntas dolorosas o llenas de desesperación, pero también preguntas que posibilitan ese pasar por el umbral desconocido y afrontar la realidad. Es un estudio dedicado a todos los padres que quieran conocer la diversidad, que quieran respetar la individualidad de su hijo o hija homosexual. Que quieran acabar con el “mito de la familia heterosexual” y superar los estereotipos de la sociedad dominante, para querer al hijo o a la hija que se ha atrevido a dar el primer paso de sinceridad. Para querer a su hijo o hija auténtico o auténtica. Es un estudio, idea del ya fallecido psicólogo del comportamiento Andew Boxer, llevado a cabo por el antropólogo Gilbert Herdt y el psicoterapeuta y asistente social Bruce Koff. Empieza sus andaduras en la no muy lejana década de los años ochenta. Entre las diversas vivencias de docenas de familias estadounidenses, también está presente el testimonio del Reverendo Paul Beeman, Presidente de la Asociación de Padres, Familias y Amigos de Lesbianas y Gays (PFLAG), padre, a su vez, de un hijo gay y una hija lesbiana. Es el Reverendo Paul Beeman el encargado de hacer el prólogo a la edición estadounidense del estudio. La edición española 153


termina con el epílogo de Silvia Donoso sobre “la familia lésbica”, pero aunque es éste el estudio que cierra la presente edición, no está en un nivel más bajo en la escala de valores en cuanto familias fuera del marco normativo se refiere. Las páginas dedicadas a la familia lésbica son el testimonio de la compleja existencia del hogar homoparental y del reto que brinda a la sociedad occidental sobre la integración de la diversidad. Es un estudio sobre el dilema al que se enfrentan los padres de un hijo o una hija homosexual, desde el momento en que el descendiente abre la puerta de la, hasta entonces desconocida, realidad. También sobre la posibilidad de pasar por el umbral y (re)integrar al hijo o a la hija, o sobre el más corto y fácil camino de fragmentación y desintegración familiar. Es un estudio sobre los retos a los que se han tenido que enfrentar los progenitores de un hijo o una hija homosexual, sobre las decisiones que han tenido que tomar, o los temores y ansiedades en los que se han visto implicados. Son páginas dedicadas a la vulnerabilidad en que se sume un hijo o una hija homosexual a la hora de confesar su orientación sexual. A la hora de acabar con ese ideal cultural y social que es el “mito heterosexual”, ese estigma de lo desconocido. Lo desconocido a lo que se enfrentan las familias entrevistadas. Lo desconocido que se teme, que duele cuando se hace conocido, que implica vergüenza, soledad, incomprensión, reproches o rencor, culpabilidad o debilidad a la hora de seguir adelante. Lo desconocido, por otro lado, que ofrece la posibilidad de asumir la verdadera individualidad del descendiente. El descendiente que se atreve a ser como es, delante de sus padres y delante de la mayoritariamente intolerante sociedad. El descendiente que confía y pide lo mismo cuando se declara diferente. El descendiente que busca apoyo y amor. El descendiente que no quiere sufrir más. El hijo o hija homosexual, con su orientación sexual diferente a lo establecido como norma social, busca integrarse o reintegrarse, mejor dicho, en su hogar. En el hogar de sus padres. Y son éstos de los que depende su integración o desintegración familiar. Porque son los padres, los progenitores, los que le han dado la vida, los que tienen que decidir si afrontar la vergüenza de tener un hijo o una hija diferente a lo establecido por el 154


mito cultural. Si quererlo o quererla tal y como es, aun dolidos por la realidad, aun sabiendo que puede que no sean abuelos. Aun sabiendo que tienen un largo camino por recorrer. Social y afectivamente dicho. Depende de éstos, de los progenitores, si el hijo o hija homosexual seguirá siendo un miembro, un miembro más, de esta familia. Es un estudio sobre la lucha entre el amor paternal y el reconocimiento social. Una lucha entre la integración y la desintegración. Unas palabras sobre el rol de los géneros. Sobre el papel social que tiene que desempeñar un hijo o una hija homo o heterosexual. El papel de padre o madre de familia. En fin, el papel social del hombre o de la mujer. Papeles establecidos por el mito heterosexual, el único camino hacia la felicidad, según la sociedad. ¿Qué lugar se le deja al hijo o a la hija homosexual, en ese marco cultural? Es una de las preguntas a las que intenta dar respuesta el presente estudio. Donde “no cabe duda de que los viejos ideales de nuestra cultura no han conseguido avanzar al paso de las realidades de la sociedad coetánea.” Marieta Páncheva

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Amnistía Internacional, Crímenes de odio, conspiración de silencio. Tortura y malos tratos basados en la identidad sexual, EDAI, Madrid, 2001. El texto que se comenta en esta nota no es un estudio ni un ensayo, se trata de un informe respaldado por el trabajo y la infraestructura de Amnistía Internacional. Esto lo convierte en un texto peculiar, que por cierto no es fácil de conseguir como no sea poniéndose en contacto con la organización (aclaración necesaria para quien se interese por tenerlo). Y un informe de esta organización, con ese título y subtítulo, no puede ser otra cosa que una denuncia. Amnistía Internacional denuncia, pues. Y sentimos que haya tardado tanto en hacerlo porque los crímenes de odio y la tortura y malos tratos basados en la identidad sexual hace mucho tiempo que se ceban en la población homosexual y transexual. O que se sospecha que lo es, porque este informe también recoge casos de abusos basados en la confusión. Al fin y al cabo no es tan fácil ni sencillo reconocer a las lesbianas, los gays o los transexuales de uno u otro sexo / género por la calle, piensen lo que piensen sus detractores. Si fuese tan fácil la visibilidad no sería un objetivo político de los grupos que defienden sus derechos. El informe no es exhaustivo, debe señalarse esto desde el principio. Si lo fuese su extensión requeriría de varios volúmenes para abarcar su objetivo de recoger todas las violaciones, sobre todo por parte de agentes estatales. Se trata de un pequeño informe, apenas noventa páginas, pero es un volumen necesario, imprescindible. No es exhaustivo, no puede serlo, porque existe una conspiración de silencio sobre estas violaciones de derechos, estos delitos: calla el agredido por miedo y vergüenza, calla el agresor porque tampoco quiere reconocerse públicamente como tal; le basta con ejemplarizar en su entorno. Sin embargo una vez que se ha producido un acto de violencia no todas las víctimas pueden convivir con ese sufrimiento negándolo, intentando olvidarlo como si no hubiese sucedido. Algunas para soportarlo, para conservar el respeto que se tienen, necesitan denunciarlo, con independencia de las consecuencias negativas añadidas que esto les pueda acarrear. Y a veces esas consecuencias son mucho peores que el acto que generó la denuncia; si en el primer caso los agresores llegaron a la violación o la brutal

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paliza, en el segundo pueden terminar asesinando. Casos aparecen recogidos. De ahí la dificultad para recoger testimonios fiables y documentados. Y también la necesidad de publicar un informe con ellos cuando se tienen. Porque si es difícil negar la violencia racial o de género, todo lo contrario resulta con la violencia que se ceba en homosexuales y transexuales. Reconocerla supone visibilizarse como homosexual o transexual, trabajo que no tienen que hacer negros, negras, mujeres blancas, etc. Y esto, claro está, conlleva algún tipo de castigo o rechazo social en las comunidades donde la homosexualidad no está bien vista (¿y en cuál está bien considerada, por otra parte?). No por casualidad en las sociedades más intolerantes se produce la violencia homófoba, y no es casualidad tampoco que reconocerse allí como homosexual conlleve las mayores sanciones. De ahí que pocos se atrevan a denunciar el motivo de su agresión, y menos todavía lleguen a ver a sus agresores condenados penalmente por lo que han hecho. Si alguna violación de derechos amparan los gobiernos es ésta, sin duda. Porque toda agresión contra los homosexuales y transexuales supone un desvío de la atención pública sobre sus abusos, una amenaza para sus oponentes políticos, que en cualquier momento pueden ser acusados de practicar la homosexualidad, y una forma de obtener apoyos de la población sin dar nada a cambio. No todos los países del mundo aparecen mencionados en el informe, pese a que se extienda sobre casos en los cinco continentes. Pocos países occidentales se nombran en él y, en cambio, muchos del llamado Tercer Mundo. ¿Son (somos) los homosexuales y transexuales del mundo occidental más respetados que los de otros países? Difícil responder a esta pregunta. De hecho en la portada del texto aparece una foto del pub londinense frecuentado por homosexuales donde hace pocos años un asesino puso una bomba que mató a varios clientes (homosexuales o no). Pero, claro está, ésta no es toda la violencia posible. Existen muchas formas sutiles de discriminación, persecución, penalización de una persona o una conducta. Sin embargo ese tipo de actos homófobos no vienen recogidos en el texto; las cosas, en la mayor parte del mundo, parecen tan graves y elementales que los autores no han llegado a entrar en sutiles análisis sobre la homofobia. Aquí no encontramos casos de violencia simbólica sino de violencia pura, dura y evidente para todos, de ésa que trata de enseñar a terceros, porque está destinada a ser cono157


cida por la comunidad para enseñar a las generaciones presentes y futuras lo que se puede y no se puede hacer. Al fin y al cabo, parecen pensar los responsables del texto, si se tortura, viola y asesina, ¿para qué ir a buscar cosas más sutiles, menos evidentes para todos? Razón, desgraciadamente, no les falta. Y ya hemos comentado que no se trata de un estudio de una gran extensión, por lo cual se centra en unas cuantas decenas de casos claros, documentados, innegables, de agresiones de todo tipo contra estas personas. Se trata, es evidente, de la punta del iceberg por lo que hemos comentado antes, pocos se atreven a denunciar la agresión. Sobre todo si se puede ocultar o disimular porque no ha dejado evidentes secuelas físicas: se viola a las lesbianas para “reeducarlas”, por ejemplo. O se viola a los gays con algún tipo de instrumento para enseñarles lo que no deben hacer. Uno de los aspectos más positivos y destacables del informe es que aparecen recogidos varios casos en los que una persona es obligada a someterse a tratamiento médico para su “curación”; se trata de todo el capítulo 4. A veces se olvida que la ciencia ha auxiliado, y lo sigue haciendo, las peores formas de represión gubernamental con el pretexto de buscar el bien del individuo. Negando su libertad para decidir, eso sí, o reduciéndola tanto que la vuelve inexistente. Quizás porque se olvida a menudo este juego sucio del poder es importante que Amnistía Internacional lo recoja. También reproduce, en el capítulo 8, una serie de recomendaciones dirigidas a los gobiernos para prevenir la tortura a manos de agentes del Estado, y se destacan una serie de medidas pensadas para ser puestas en práctica tanto por organizaciones gubernamentales como por otras que no lo son (ONGs). En resumidas cuentas, se trata de un trabajo tardío pero necesario en cualquier momento. Comprensiblemente breve dada la dificultad para documentar sin objeciones los casos que se muestran, pero que debe de ser continuado en el futuro por otros textos donde la organización muestre no solo su interés por esta forma de marginación, sino también su habilidad para comprenderla y ayudarla a salir de la invisibilidad en la que permanece a menudo. Amnistía Internacional, con el tiempo, tiene que encontrar formas adecuadas para reconocer esta forma violación de derechos humanos y poner en práctica los medios más adecuados para combatirla, algo en lo que, por el momento, está dando sus primeros pasos. J.U.P. 158


Normas de edición para la publicación de artículos 1) Se pueden enviar las propuestas de artículos por e-mail a la dirección electrónica que figura a pie de página. Si se prefiere el correo postal, entonces se entregarán en diskette de 3,5” junto con una copia en papel Din 4. 2) En ambos casos figurará al final del artículo un breve currículo del autor 3) Se recomienda que los artículos tengan una extensión entre 8 y 10 páginas usando como letra base Times New Roman 12 y un espacio interlineal sencillo 4) No utilizar negrita fuera de los títulos y no utilizar subrayado en ningún caso 5) Para la Bibliografía final se aconseja seguir el siguiente orden: Sontag, Susan (1989): AIDS and its metaphors. Nueva York, Farrar, Strauss and Giroux. Gil-Albert, Juan (1975): Heracles. Sobre una manera de ser. Madrid, Taller de Ediciones Josefina Betancor. Lodge, David: “The Language of Modernist Fiction: Metaphor and Metonimy”. Modernism. A Guide to European Literature, 18901930. M. Bradbury y J. McFarlane eds., Londres, Penguin, 1991.

Los textos propuestos pueden mandarse a la siguiente dirección postal: Revista Orientaciones Fundación Triángulo Apartado 1269 08080 – Madrid Si se trata de un correo electrónico, la dirección es la siguiente: orientaciones@fundaciontriangulo.es

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Colaboran en este número Josune Aguinaga: Profesora titular de Sociología de la UNED. Ha sido Presidenta de la UNAF. En los últimos años ha publicado numerosos artículos y estudios referidos a la infancia, adolescencia, mujer y familias. Jesús Palacios: Catedrático de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad de Sevilla. Especialista en desarrollo infantil, protección infantil y familia, es autor de numerosas publicaciones nacionales e internacionales sobre estos temas. Ana B. Gómez: Licenciada en Psicología. MSc in Applied Psychology por la Universidad de Manchester. Investigadora especialista en psicología de la familia lésbica y gay. Silvia Donoso: Licenciada en Antropología. En la actualidad finaliza su tesis sobre maternidad lésbica y familia lesboparental en la Universidad de Manchester. Miembro del grupo de estudios sobre familia y parentesco del Dpto. de Antropología (UB). Pedro A. Talavera: Profesor titular de Filosofía del derecho y Filosofía política en la Universitat de València. Sus publicaciones se centran en el ámbito de los derechos humanos: derechos de minorías, nuevos modelos de familia y extranjería. Fernando Sánchez Amillategui (Madrid, 1962) es docente, consultor y escritor. Ha desarrollado labores profesionales en España, Italia y Francia, ocupándose de aspectos de organización, de normativa técnica, y de didáctica, e investiga especialmente en el ámbito de la lingüística técnica y de la normativa. Enseña actualmente en la Universidad de Alicante. Javier Ugarte: Doctor en Filosofía. Es director de la revista OrientacioneS y autor de artículos sobre filosofía política y derechos de gays, lesbianas y transexuales.

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Orientaciones Nº4 - Parentalidades