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ESTOICA MEMORIA JOSÉ GONZÁLEZ GANCEDO MIKADO LIBROS · TRAVIESAS DE POESÍA · 10 e-bookprofeno · malas compañías LEÓN · 2012


Nº 10 de la Colección:

TRAVIESAS DE POESÍA Al cuidado de esta edición: Eloísa Otero

Estoica memoria © José González Gancedo, 2012 Edita: Mikado Libros Colección: Traviesas de Poesía Principio activo de: e-bookprofeno / malas compañías ebookprofeno.blogspot.com En complicidad con: Galería Ármaga (León) Ilustración de portada: Teresa Gancedo Prólogo: Eloy J. Rubio Carro Diseño y maquetación: Eloísa Otero 1ª Edición León (España), otoño de 2012

Esta obra está bajo licencia de Creative Commons Reconocimiento 3.0 Unported. / Cultura libre.


EL AUTOR

JOSÉ GONZÁLEZ GANCEDO (1936-2004) Nació en Madrid en 1936, de padres leoneses. Los años de la guerra

los vivió en Tejedo del Sil, con su madre y abuelos. Acabada la contienda regresó a Madrid, aunque también pasó grandes temporadas en el pequeño pueblo leonés, lugar donde decía que se encontraba más feliz. Estudió en los Jesuitas de Madrid y cursó la carrera de Ingeniero de Caminos. Desde niño tuvo gran amor a la literatura, las artes plásticas y la música, logrando ser un hombre de gran cultura. Escribió desde muy joven textos biográficos y poesía. Realizó estudios acerca de los gauchos de Argentina, país que amó por el recuerdo de su abuelo emigrante, y escribió varios libros sobre caza y fauna de la provincia de León. Murió en 2004, en la montaña leonesa que tanta felicidad le dio. (El libro de poemas inéditos que aquí se reproduce, Estoica memoria, lo conserva su hermana Teresa Gancedo, y está fechado en los años 80.)

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PRÓLOGO Si entiendo el estoicismo como una postura intelectual vigilante,

donde el profeso va descubriendo la necesidad del universo en un orden pleno de belleza que alcanzara hasta la última minucia, al yo mínimo del que formamos parte; la poesía de José González Gancedo abjura de esta adscripción intelectual de la que parece haber bebido su vida. Rememora vívidamente el momento en que torció la andadura a causa de una decisión filosófica. Descubre el error, añora la infancia en que aún era capaz de trampear el engranaje de la máquina y donde toda cosa era aún posible. Luego recuerda el tiempo del amor, la fascinación por su amada y llora el momento en que dio en vivir de modo razonable, acordado a esa ley que rige los destinos. Hay una felicidad posible que consiste en adecuarse al orden que te toca. Hay una felicidad imposible y esta, en aras de la felicidad tiene que ser descartada. En ‘Estoica memoria’ José González Gancedo hace una lectura crítica de su vida, en la que se afanó por conocer esa ley cósmica que manda en los destinos y regirse por ella. Una vida en la que vislumbra ahora los desatinos del destino, el desencanto como resultado de la búsqueda de la felicidad, la hez contaminando los más alegres rincones. Entiende el saber como un saber estar, aceptar ser el que se es, conformarse a sí, ser el sí que es conformado, otro; de ahí el hallazgo en la poesía de Rimbaud: “Yo es otro”. Yo es aquel de mi destino y la felicidad posible es ser aquel. En ‘Memoria estoica’ José González Gancedo denuncia esta verdad: la de que saber es ser el otro, el del destino, y sería decepcionante ser aquel que no se sabe o el que sabe y dice no, el de la felicidad imposible e inconsciente. Ser así es imposible, dice la ley, es no ser; luego, tendremos que ser el otro, el otro que somos, el que ordena su ser de acuerdo a un orden que impera. Un orden así es una orden. Pero ¿Quién da la orden? La promesa de la felicidad posible.

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No ser es imposible. Ser otro del otro, puro, es imposible. La felicidad es imposible. La memoria estoica es imposible. El ser es imposible. El no ser es lo que es. La vida así es la imposibilidad. El enigma lleva a estos trampantojos, das con la solución y se acaba la fiesta. Así sucede con el chiste, con la resolución matemática, no así en el poema. Algunos de los poemas de José González Gancedo se postulan como un enigma, es el caso del poema de la página 42: “Recuerdo una pasión de olas caprinas”. Una vez interpretado queda mucho margen de seguir interpretando, no se agota en la lectura; pero tampoco radica ahí lo que le hace poema, sino en cierta imposibilidad, esa imposibilidad es la clave del enigma, el enojo del enigma; la imposibilidad de darle alguna vez alcance,. Fuera su naturaleza la de que no se le diera alcance, su ley carecer de ley, ser esta ley la ley que tiene, resulta entonces que el poema es la propuesta de aquella felicidad que no es posible. El poemario funciona como una reducción al absurdo de aquello que se propone. ¿Qué se propone? Una vida feliz. La vida feliz es aquella que se ata a la ley universal. He seguido esa ley y he dado en el desencanto, por otra parte al recordar mis momentos felices, encuentro que precisamente son aquellos de la infancia y del amor enamorado, también la madre y los amigos de la niñez. Entonces la vida feliz no era la de seguir esa ley. Son varios los itinerarios que se recorren en ‘Memoria estoica’: El primero, el recuerdo del amor y del desamor. La verdad del desamor asumida como condición inevitable del amor. Es el recuerdo del amor lo que le permite seguir amando en el patetismo del asco, una forma de conformación al ser posible. El ser imposible no se recuerda, se añora en algunos poemas. El yo poético ha idealizado su originaria pasión, lo que choca con la realidad de deterioro físico y de distanciamiento de la que es muy consciente. En ocasiones llega a recriminar la rotura de esa pasión: “Pasión de alas de aves crecidas en los mundos al mar. / Pasión por ti decapitada. / Rota.”

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No obstante el recuerdo de aquellos primigenios momentos de amor será refugio al desencanto, y en última estancia vía del desvelamiento del error. Otro itinerario temático es la soledad cósmica: La visión del mundo le abruma, como la de esos espacios siderales pascalianos. Se está solo en el mundo, varado en una calle sin saber qué dirección tomar, nada le inmuta ni nada le puede tocar, no le importaría ser engañado y que le dieran unas señas falsas, si esto conllevara algún encuentro, aunque fuera el propio. La soledad alcanza incluso más allá de la muerte, sin pretender tras ella una pervivencia vital. Pues la materia de la amada y la propia siendo de lo mismo, continúan separadas y mudas en el remolino en que caen. Es en los poemas en que añora la infancia donde expresa y repudia más intensamente la filosofía adoptada, es allí donde recuerda la felicidad, el mundo imposible, inconformado, el mundo de los deseos no sujetos a ley: “Me asomaré a mi boca diminuta / llena de gritos esperando el salto paracaidista”, donde todo es ya posible. “Y contaré mis pies con alas e impaciencia todavía.” La vejez desdice también la vida santa, la vejez con la enfermedad y la muerte, la muerte primero de los mayores, la muerte luego de su amor, la desgana y la muerte propias. La pena es que la muerte lo niega todo, hasta la negación niega la muerte. Y es aquí donde triunfa el estoicismo, en su radical fracaso. Así da fin al libro en los siguientes versos: “Oh tiempo transcurrido / en agostos e incendios, / como habré pasado yo de aquella ciega fiebre / a la pura negación de la ira santa / por los duros caminos de la razón y el desencanto.”

ELOY J. RUBIO CARRO Valdespino de Somoza (León) Septiembre-Octubre de 2012

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A Teresa, en su singladura americana

Cuando ya los años borren los nombres y las fechas

y el viento haya arrasado grano a grano los túmulos que el mismo viento construyó. Cuando de aquel dolor quede tan solo el ave que anida entre las piedras junto a la ortiga del veneno y el látigo; cuando esas mismas aves del dolor regresen ya sin nombre, desde los calendarios prófugos, a posarse en mi mesa con la insolencia de un deudo o a picotear malignamente por los vidrios quebrados. Cuando se limpien por última vez los pozos negros donde se amontonan caídas plumas, arrancados cabellos, uñas que cortó el frío, ojos definitivamente abiertos o asombrados de la espantosa necesidad de luz. Cuando algún día miremos con los prismáticos al revés, equivocadamente, hacia la hondura miserable del tiempo donde yacen todavía los juveniles gritos, o bien salgamos a buscar mariposas como hacíamos ayer, y palpemos únicamente lo que queda de las grietas y el mármol, de los surcos que labró la costumbre del llanto, o simplemente nos haga morir el familiar ronquido de la tierra, tan humano, 5


tan entrañablemente resto de inacabadas siestas. Cuando ya los pequeños terremotos hagan trizas la imagen feliz, y los saltamontes más niños se apoderen otra vez de los campos. Cuando todo perezca al fin en algún caos irreversible, y solo quede quizá la rata gris que asegure la vida con su preñez furiosa, entonces, quedarán por lo menos siempre blancos tus canutos quirúrgicos, semivacíos de las ramas que nunca fueron flor, los restos de las ofrendas cuyo interior nunca podrá ser llama, los pliegues de los sudarios huecos de esperanza y calor, las memorias fragmentadas, el azar de una mirada de poeta. Y te verán entonces duramente cavar día tras día, por las telas y los escombros, en los inviernos largos y en la sed, encorvada de los hallazgos más inútiles, desenterrar y limpiar con manos puras los flecos dorados y litúrgicos, las estampas tenaces de las hornacinas, y las cruces perseguidas por las gordas lombrices de los cirios.

JOSÉ GONZÁLEZ GANCEDO 25 - 12 - 1979 6


JOSÉ GONZÁLEZ GANCEDO

Estoica memoria

Nº 10 TRAVIESAS DE POESÍA


Porque me fue dado sufrir lo que es preciso

para la sangrazón de las palabras, ni fui capaz de encontrar bajo los llantos y la adversidad algún humano dolor que me sirviera, no tuve más remedio que inventar a fuerza de tardes extenuadamente felices, (plenas quizá de lo que llamo amor para entenderme), los dolores traídos imaginariamente a cuento de eternidades, incertitud y metafísica, angustias que no siento ni sentiré, desconocidas almas inexistentes salvo en esos innumerables papeles míos de artificios y luces, y tuve asimismo que inventarme cada noche los sonidos horribles de la horda, la existencia “ad absurdum” de los agujeros negros del cielo y el vedado misterio de los magos desaparecidos. Y cuando todo lo inventé al final vinieron a mi frente como un soplo las víboras del miedo, las cucarachas de la razón a mis sábanas y a mi ventana abierta las palomas terribles de mi identidad.

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Como golpes de cascos

en las laderas que desnudó el incendio resuenan en mis sienes las voces funerales de los péndulos y los aldabonazos impacientes del reloj. Son esos golpes rudos que afligen las ennegrecidas superficies donde los vellos retorcidos y secos hacen más infamante la desnudez del mundo, nuevo galope de sólidos Atilas: el extinto fragor del fuego, los ceños o patadas de Dios.

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Por las indescifrables hendiduras

entró en mi casa el dolor como una sombra de humedad en el invierno sobre los entrañables muros encalados del rincón más alegre; y nunca supe el camino que siguió, por qué tan pronto las figuras se revelaron de los ángeles malos esa presencia de las ruinosas manchas, los posos últimos del café o herrumbe de abandonados orinales. Por una cualquiera de las indiscernibles hendiduras apareció lo amargo en mi hábitat infantil, despreocupado, tan lejos de la angustia, tan lleno de gratificaciones infantiles, tan aparentemente inmune a la vejez y al ácido. Desde aquel día se agazapan ya en mi oído los chillidos pequeños de la carcoma, el rumor incesante de los topos diminutos del odio y de la duda por los muros que vulneran las aguas; y también desde entonces los escucho continuamente madurar en medio de los sopores, en el fugaz momento culminante del amor o la llama, en el duro silencio de los gritos. 11


Cuando por fin las hĂşmedas fronteras las sobrepase el miedo arribarĂĄn al lienzo las vanguardias a dibujar definitivamente los retratos adustos de la decepciĂłn y las sucias seĂąales del asco y del invierno.

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A mi lado, la irreconocible

mujer que amé, la que fue fuente, clamor y pájaro, entre dos sábanas o páginas leídas duerme. Duerme acechada, custodiada, abrazada, por este afecto mío tan ritual que, veneno sutil, roba el brillo a las espadas y el clarín a la voz, y permanece como una estatua funeral o ramo de amanecidas hojas secas. A mi lado se extiende en sueños de juventudes, de enhiestos índices, o sexos, o retornar por los viejos pianos afinados en mágicas devueltas melodías. Trae su pena del ceremonial triste de los pies saludándose y los vientres fingiendo amor, o de cómo no van a sonreírse en sueños nuestras manos al vagamente tan recordar esas caricias. La boca entreabierta por donde entran y salen los besos, las mentiras, 13


el aliento apaciguado y una brisa de mar, los duendes de los deseos idos a diminutas cuevas o caries del desamor. Hasta el delgado subir y bajar, cuando respira, las amarillas larvas que asoman por la oreja, el moco pequeño en la nariz, las lágrimas invisibles, hasta el lejano corazón. Si no te hubiera amado tanto como dije por dónde escaparíase esta noche la tristeza, y todos los que te di cariños yertos cómo.

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Me azotan en esta esquina

a la que estoy clavado, con el frío de los pantanos en las piernas hirviéndome los vellos y las pesadumbres, aquí de pie, quién me azota no sé bien si los toros, o los vendavales del terror por las aceras, jadeos incesantes que desconozco, yo no sé. Puede el cuerpo virar en una dirección u otra, rumbo hacia el mal o el miedo, quizá por donde vienen los jinetes invasores, los mugidos galopantes, sirenas de amanecidas inundaciones. Qué necesidad de amor no me desclavará, ni un recuerdo de un calor de almohadas, ni la forma funeral de un cuerpo, ni la perdida solución de partir, oh fútil necesidad de las palabras justas, claves, necesarias. Pasa la gente o muere gris, entre la niebla. Despacio, la ciudad gira copernicanamente. Veo sus elipses. Soy un foco con ilusión naif de serlo. Cómo es posible. Que nadie tropiece sideralmente conmigo, y el espacio entre otros y yo no se pueda llenar, 15


y nadie me engaĂąe como a un ciego para sacarme asĂ­ de dudas y llevarme, danzante de gratitud y de tedĂŠums, por la desconocida sola calle de la izquierda.

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En tus inmensos brazos que aniquilan distancias hoy vuelvo a repetirme las tempranas quimeras, y un clamor de violencias y ternuras atroces ensordece el vacío vegetal de tus venas.

Tu boca como un mundo, hueco al fin de misterios, se desploma en un vértigo sobre mis otros mundos, y en salvaje tormenta de salivas y voltios irrumpe tu alarido de perjurios enormes. Eres la voz antigua, la de las fuertes bóvedas donde los ritos mueren, esa voz que renace bajo los dientes fósiles, y unas ávidas lenguas, y ese dolor que muerden tus labios pertinaces. Te contemplo volando desde nulas distancias sobre tu piel, desierto de signos y de cráteres, y la sombra más negra de mis alas te insiste la vigilia incesante de mis horas más negras. Hoy acuden tus ojos como dos llamas líquidas a encender esta hoguera donde el aire perece, mientras yo encadenado te suplico, y tu aliento avienta las cenizas de mi cuerpo de hereje. Y en tus inmensos brazos, en la nula distancia, desaparecen mapas, apetitos, canciones, para quedar tan solo las ruinas de dos gritos penetrados, y el tiempo, y el amor, lo que fuiste.

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(A José Carrillo)

Viniste como el agua

que súbitamente se desboca por las hoscas laderas del quemado donde la luz acaba; viniste como fugaz tormenta malhechora a desnudar mi cuerpo de la arcilla., a descarnarme los nudos más resecos, a tocarme lo virgen. Me diste la limpieza y el momento pasajeramente feliz de las primeras yemas vaginales, el color primo y álgido, el brillo de la veta mineral. Te llevaste el gusano. Rendiste mis áridos calores y la memoria polvorienta y sucia de los incendios sidos. Pero a la vez me quitaste los mantos y la tierra en cuyo seno fructifica el dolor, y las sueltas raíces cómo las vi morir en ese vasto mar donde qué vida nueva nacerá, y las aves que picotean ya mis huesos indefensos y rocas de donde me arrancaste el barro y la semilla.

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No sé qué día será, pero algún día

me sentaré definitivamente, cerraré bien los ojos desde dentro, apartaré de mí la absurda obsesión de lo presente, de mi futuro sin ciernes ni certeza, y emprenderé el regreso hacia el origen, cruzaré el océano invirtiendo estelas de emigrantes, desvaneciendo espumas e ilusiones, y arrojando al mar el lastre de tantos años huecos. Me recogeré sobre mi propia piel manchada de renuncias y torpezas, y acomodaré el transido cristalino a la corta distancia de las vísceras, al diminuto cáncer que ya muy probablemente las mina. Y aquel día —que no sé cuál será— volveré a verme como fui sin disfraz, sin algas y sin óxidos, con cabellos al viento tan tupidos, con mi piel más temprana y presumida. Me asomaré a mi boca diminuta llena de gritos esperando el salto paracaidista, registraré mis manos anhelantes de gloria y de infinito, y contaré mis pies con alas e impaciencia todavía.

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(A Sergi Aguilar)

Mucho antes del amor. Antes del tacto. Antes del bien y el mal, del sentimiento corruptor y curvado. Antes de que la piedra se plegara a las encadenadas formas de la mano, ya eran la línea, el volumen y el plano, la nuda geometría de lo eterno, lo frío mineral sobreviviente.

Ya la belleza esquiva de unos bordes o el número, del color de lo yerto, lo rotundo y sus nombres. Ya la pura abstracción lunar y primitiva sobre el tiempo fugaz que miden con la frente los humanos.

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En tu pared apoyo blanca y vieja

mi humanidad vencida que recorriste con la misma dulce araña digital. Escucho parlamentos y qué duro no entender qué hablan. Las huellas de tus arpas, la fotografía de las mil persianas, el error del artista, el rastro de una mosca feliz. Cómo no va a ausentarse la saliva. Cómo no van estas encías a dolerme de ti. Cómo es que todo. Y amanecer las cales desgajadas, las cales entre la uña y la fiebre, la piel blanca de secretos de alcoba, toda la cal ardiendo en mis ojos de contenidos plantos, de doblados futuros. Cómo no van a desvelarse las guitarras, los encerados húmedos, la tiza de ayer.

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En algo creo sin embargo.

No en las palabras elefantes edredones aéreas. No en los gestos de ya verán o tengo en mi mano las pirámides. No en los vanos sacrificios de vidas por qué por mí. Creo sin embargo en los que común sienten, comiendo sonoramente sopas, haciendo ásperamente amor. En los que como yo olvidan este tránsito de qué nuevas mañanas no vendrán. Creo firmemente en el valor del minuto. En la caries y el grano. En los que sin rencor inútil se someten. Qué más da, qué más da, qué más da. Creo en nuestra nada, no en el premio. En el egoísmo natural, estático, y en mi sustancia mineral y en este cántico.

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Este mundo

que a sí mismo se inventa y no se inventa. (Rincón doméstico donde los fuegos rigen, aceleran desacompasadamente el browniano furor). Solo quizá los gestos de mi alma podrán no ser condensaciones de energía, sino energía pura, libre, permitida. Inventor es cada uno en su retina, en sus sensores térmicos, en los sentidos todos. Con qué delicadezas me acercaré al engañoso, transparente color. A la forma inimitable del cuerpo, temerosos los índices del diminuto vacío final. Descansa el alma en la unidad soñada. Ocultos lazos retienen aún mi pobre energía dentro de los confines. Cuándo quedará por fin liberada en nuestro negro, universal cementerio, espacio aquietado, colmada su entropía, y mi respuesta plana definitivamente ajena a todas las humanas locuras e invenciones del sentido. 23


Me he quedado sin odios ni violencia en el medio camino que aún recorro. Se doblaron mis puños y no hay fuego ni tormentas de sangre en mi garganta. Soy ya incapaz del justo salivazo sobre la faz indigna que hoy soporto; y me trago su aliento, y hasta toco las sucias manos y la piel infame. Se apagaron los rayos de mis ojos ante la injusta suerte. Se extinguieron el fervor por la vida y el estruendo de mi dolor hermano, y ya se fueron las espumas de rabia de mi boca, y el duro látigazo, y el estrépito. Todo se acabó al fin: la prisa perentoria, la cólera infantil, la carcajada, los dientes y los sueños, el insulto, el mordisco impaciente a la manzana. Todo es historia ya. Me quedó solamente la sonrisa, y un distante calor en paz de luna machacada.

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Cánticos de ti.

Notas en mi garganta. Con tus nombres. Espadas en la nuca gloriosas, al sol nuevo. Siempre ávidas de más, tan siempre tuyas. El mundo en tu aposento. Gozándose de ti, llenándote. Paraíso de aves en tu pelo. Como nacidas en ti. Aves y aves y aves y otras aves. Pasión de alas de aves crecidas en los rumbos al mar. Pasión por ti decapitada. Rota.

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Sólo tú eres real.

Sólo tú permaneces. Tú sola importas detrás de las heridas y los tránsitos. Sola tú. De nada me sirven la sonrisa reptil del último dólar, ni el gesto serio y vano del político, ni el vestigio de Dios en los maderos, ni el padre ni los hijos hermanos. De nada me sirve todo esto para pisar fuerte sobre el mundo y poder mover hacia adelante mi humanidad sin arrastrarme como las muecas lombrices. Sólo me sirves tú. Tú sola eres lo único real en medio de las pesadillas y los filmes. Sola tú. Y sin embargo, bien sé que serás frágil algún día, que algún día es posible que pases ya de largo, disuelta luz entre los peines y las arpas, y que incluso amenaces cesar como las últimas desfallecidas nubes de la tarde. Pero aún así tú serás siempre inagotable como esa misma luz, la que aun vencida ilumina en mi oscuridad otras regiones, otros quizá universos ya distintos, o un mero pliegue marginal de mi alma permanecida y tanta. 26


Quién sabe qué rigor,

qué ácido seco llevaría hasta mis ojos los átomos de puisa cuando el viento pasó. Quién sabe las delicias del ciego escozor, sentirse bajo la lluvia feroz y lateral, cernido, en medio del callejón más solo, la calecha olvidada de Dios, niño que empezaría su andar apostillado, su dolor de ojos arañados, mientras todos los otros pensamientos recién puros se iban con el mísero viento renacido a buscar otras muertes otros párpados.

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Si tendré tan el alma picada de viruelas

que yo mismo me espanto ante la luz que hiere desde el manchado espejo de mi memoria, y duele con el dolor suave de una antigua tristeza. La cubro cada día de talcos y cenizas para acudir al mudo carnaval de la gente, como si no existieran los vientos o esa lluvia que nos deja desnudos de engaño nuevamente. Detesto hasta los dedos que quisieran celestes aventar los temores aquellos ¡qué lejanos!, como si el cáncer fuerte pudieran unas manos extinguir con caricias y piedad solamente. Recuerdo aquel mordisco, la indignidad primera que restañé tan pronto, sin cicatriz apenas, con solo un leve susto de viejas porcelanas, un apretar de dientes, una firme promesa. Pero quedaba el germen. Y el corazón inmenso se me fue envenenando. A golpes. En silencio.

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Niño contemplando la muerte roja y súbita

resbalar como un flujo de asesinadas hembras por el hierro hasta el cubo donde fraguan las pasiones, los brazos que impiden las patadas al destino cruel, el fulminante apóstrofe a la vida que acallarán sucios dedos, risas, himnos. Niño ante el que se abría un volcán o las entrañas, los blancos panes, las tripas o la duda de qué hubo allí que se marchó o no hubo nada de lo que habrá en mi pecho niño no lo sé, o si también alguna vez la segur garra ha de llegar azul como una sombra hasta mi despoblado corazón inexistente.

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Hoy contemplo qué tarde este despacho

de paredes abruptas, de moqueta en que perduran huellas de tanta humana mediocridad, de tanta vida estéril que de pronto aborrezco, y se me hace duro pensar que éste es el aire cotidiano, la hermana realidad, el espacio más afín de mi universo. Detrás de mi cabeza, la ventana me lleva a la locura sin pretexto del aire libre duro de la calle, donde los enanos cómicamente se mueven, y entre una y otra visión siento un escozor de cicatrices de alas afeitadas a la espalda, dolor de ojos nacidos para el inmenso asombro de otra luz, o para una imposible lágrima distinta, de miembros implorantes de algún brinco sideral e intrépido, de pulmones que escupen su desprecio horroroso y piden aire, amor para la voz, aliento claro. Y cuando más me miro y más contemplo esta tristísima cadena arrollada a mis ansias, tanto tiempo podrido sin remedio ante mis pies, mataría con gusto a este recién llegado, a este pobre verdugo que a mi puerta golpea cortésmente, que una vez más me lanza su aborrecido aliento humano y me humilla en su amable voz, en su suave atornillarme más a mi sillón de paralítico, a mi morir continuo frente a un tiempo cada vez más pequeño, más perdido en las brumas de mi diario hastío, más espantosamente ajeno cada día a mi yo sólo ser idéntico y anónimo. 30


Cuando agonizo dentro

del negro tubo cóncavo liso del desamor que tuyo empieza, abrazndo de ti solo lo lejos, buscándote la huella por los mojones kilométricos, o cuando vuelve a mí lo sepia de las soledades más antiguas, los estaqueados cueros del desván donde se ocupan intensamente las abuelas, o cuando al recordarte siento todavía quizá el dormido terror de las manzanas en mi penumbra de paladares y bodegas, sé que hice bien en apartar de ti aquel día definitivamente la mirada y el pánico y en comenzar a recorrer los olvidados caminos de la luz y los espejos donde mi CONDENA se escribirá seguramente con los lápices más fuertes del destino.

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Todavía nunca las cerbatanas del odio

habían envenenado mi antigua juventud, ni mis fronteras de innumerables ósmosis las habían franqueado alguna vez las víboras. No era aún la hora vestibular de los cafés o los cadalsos, ni tampoco la hora de los cabellos caídos, todavía las frentes admitían relámpagos, ignoraban pliegues y cicatrices, y reflejaban la incierta sonrisa del tiempo con la mínima fidelidad de las rocas. Era —aunque engañosa— una sutil inexistencia de escarabajos negros, de orugas verdes, blancas, venenosas, de esporas abatidas. Esa inexistencia que —por eso digo engañosa— encubría la azarosa y mística realidad del germen. No. No era tampoco aún el tiempo resignado de las sandalias polvorientas, que no hacía falta sacudir porque la sola ira limpiaba el aire con un vendaval de guillotinas. Y tampoco era llegado el tiempo de los búhos horribles del silencio y la vejez, de las llanuras que fabrican los vientos ásperos del Norte, o la asombrosa decadencia de los péndulos. No. No había llegado todavía —como hoy sí— esta presencia amarga de los sangrantes forros, la dentera maligna, la asfixia precoz.

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Misterio claro como

las integrales o la música, como sumas de series que tenderán a cero o a infinito, el límite, el sutil equilibrio de las tangentes, todo lo que es diferencial o ínfimo, o tan millar como el conjunto de los números primos, como los elipsoides que adivinaron hace siglos las leyes de Kepler, o el algoritmo labrador del lírico misterio del tiempo que desvelaron el álgebra y el cáncer. Adelantan, atrasan, rigen el corazón esos relojes según la velocidad de nuestro péndulo cordial y relativo. E = mc2 Lo que mantiene todavía mis ganas de soñar y morir es tan solo mi artística creencia en el Dios solitario inclemente y justo de las matemáticas.

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La vida transcurre a veces por llanuras interminables

donde pájaros ominosos cuelgan de las bóvedas altas, levemente advertidos por un aletear mínimo y tembloroso, y las espigas se mueven como algas semiflotantes bajo un sol detenido que no es posible mirar, y las moléculas de polvo encantadoramente coloidales nos van introduciendo al buen pastor navegante por rumbos de ocarinas y dólmenes. Atrás en la fina línea de los labios horizontales se confunden en la disolución de la sequía materias y deseos, alas y pezuñas, y desaparecen los caminos hasta solo quedar un punto blanco como un mojón o una camisa al aire que no se sabe si va o viene. Por las llanuras vagan siempre jinetes casi transparentes que abatió la canícula en incendios misteriosos y pálidos, al este y al oeste, al norte y al sur, apariciones de ángeles exterminadores y raudos. Como un ara tendida donde cuchillos de obsidiana perecieran cayendo desde las constelaciones, se cruzan y entrecruzan las rutas al designio azaroso del viento, oh soledad y vida, llanuras de signos y aeródromos.

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Me sumerjo en tu cuerpo como en una

nube blanca mentirosa de inercias, que abandona jirones al vértigo de un paso: mi caída febril, mi contrición perfecta. Me abrevo en tu rezumo como en esas fuentes de arenas leves que succiono, y arañan mi garganta con sabores de las más duras tierras que conozco. Me olvido del espacio salvo el poco que queda entre nosotros, ese espacio donde sufren los mástiles del vello su fortuna de vientos y de tactos. Pero me olvido como quien se olvida de esa mañana nueva ya sin verte, en el sueño agotado, con la tierra entre las uñas negras, y la injusta suerte.

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Solo.

Solo. La m煤sica yo solo. Los mundos y el amor yo solo solo. Converso con yo solo, no conmigo. El tiempo s贸lo yo. Solo yo ni mi piel.

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Me he cansado de tanta ofrecida libertad.

No la necesito. He resuelto no doblar más la rodilla ante su imagen, ni recoger más mi baba pronunciando su nombre, ni por supuesto ofrecer más mi pecho ni mi cántico. He decidido. Yo no sé de qué me hablan sus sumos voceadores, ni sé qué significa ser dueño de los propios destinos. Quizá signifique ser libre como una mosca en la tela de araña, donde dispone de minutos o segundos para desplazarse cortamente, mientras espera el abrazo que ha de llegar sin duda con la certeza de la muerte. Para qué quiero esa libertad tristísima y vigilada. Para qué quiero ser libre en las delgadas raspaduras o migajas. Para qué. Qué me importan las cadenas de hierro, o la simple presión física de unos átomos de que también me desprenderé. Incluso nada me importan las cadenas del espíritu, porque sé que al final seré tan libre como los sabios o los poderosos, como los vanos hechiceros que conocen las palabras mágicas. Porque sé que al final pereceremos todos en esa misma tela de araña, donde agonías y designios son meros hitos del cronómetro. Porque sé que siempre habrá un último espacio donde todos seremos tan dueños y libres como las moléculas de un gas enrarecido y noble. 37


En el colegio púnico

maduraban los versos y una flor se desvanecía de ventana en ventana. Vestidas ya de negro las cigüeñas del mal adolecían. Ojos adustos, calvas como mundos, entre ángulos de incidencia y reflexión, de Dios a Homero, de Balmes a Loyola. En el billar satánico de gritos sufríanse el aceite y los rectores con largos tenedores, rabos largos pinchándonos la pollita tiesa, todos los desconsuelos de las horas, y el no saber al fin que nuestra infancia era sucia y salóbrega, y que sólo podría quedar adolescente el orín del esperma sin un llanto, la pátina y la niebla, lo incoloro y el gancho de la nariz, el tedio perdurable que hoy rasco como barniz redescubierto entre las cosas viejas…

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Se acercó golfeando por la esquina,

llena de cuerdas verdes y de combas, aquella mujer alada, tachonada de peines cicatrizados y lechuzas, qué vidriería la de sus ojos bélicos, mujer de globos. Desde el kiosco me llevé su trasluz a la cartera, la piedad de sus gravas desdentadas, me descarté de velos suyos o plumajes que por las aceras corrían deambulaban, el corazón sonaba dormido sobre el Times, tacones y tacones sobre colillas zigzagueantes, la mujer que nunca soñé. Se alejó. Contoneos y firma trashumantes. El kiosco vaciado de cartas y revistas, hojas de calendarios todo antiguo, desaparecida cada noche más rauda entre los claxons, el culo pregonando y la tortilla reina por la calle.

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Oculta claridad.

Oscuridad incierta: fantasía. Agua en lívidas gotas rezumada. Oh vapor del esfuerzo, oh voluntad de altura. Paso a paso hacia ti. Intrépida, desvanecida noche feneciente. Dígitos del viento entre los húmeros. Notas que desconozco persuadidas, quizá del animal, oh errante. Qué oscura claridad que así confluye transida de ramajes. Geodésicas antiguas, camellos, cordilleras. Misterios hora a hora desvelados, azules. Siempre nuevos en mí. Las músicas informes, los arroyos abiertos, la luz amanecer. Alba impávida y ausente. Cómo eterna.

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Según tu ley, tampoco habríamos llegado todavía

a los terrores de la sed, a los desquiciamientos de las vértebras, a los podridos lamentos de las rótulas sucias de perdón; no, no habríamos llegado a pesar de los siglos de contarnos que es amor esta prolongación de tubos y de noches, de rastros y de agujeros negros. Según esa ley especialísima, tampoco estaríamos aún en los clamores de los huesos y los paladares, ni los saltamontes de las niñeces invividas evocarían las mismas bielas o catástrofes. Tanto nos faltaría aún para llegar al preciso claror de las alas abiertas, a la vejez sabia del tacto y las espinas, o para tan terriblemente comprobar que las renuncias todas no nos permitirán nunca llegar a los más escondidos pliegues y pestilencia. Entonces para qué seguir persiguiendo la luz detrás de las persianas, de los filtros, para qué la agonía de los corredores, el brazo sangrante de los veterinarios, las totales cesáreas, mis rayos X. No será mejor quebrantar de una vez todas las leyes y asumir esa traición irreparable de las clavículas alzadas, las discretas pantallas, la prisa feliz. 41


Entonces todo el mundo era una inmensa sandía devorable,

el mar, un papel blanco para mi tiralíneas, los montes, simples barreras para los cien mil metros obstáculos, y el aire, un duende azul escapado de las botellas. Entonces, la vida se escondía siempre bajo la madera de las tarimas, o en el misterio de los caracoles vacíos, y el calendario era tan solo un mágico pronóstico de dichas que gobernaban a la vez el viento y el reloj de bolsillo. Era posible entonces la vejez sin fatiga de la abuela marina, y era posible el cierto devenir de los días sin tragedias ni músicas, y era posible amarte sin nombre y sin estrépito, y sin cómo cambiaste, y qué pena, o cuánto tiempo. Entonces, todo era cualquier traje estrenado sin culpas y sin manchas en los días de fiesta, y nadie nos decía por qué el rostro cansado, por qué el odio y el miedo, por qué las hojas muertas. Entonces, aquel chopo, que aún existe, contaba causas de malhumores de la vida, la muerte del abuelo aquel día, la temprana injusticia, aquel su alzarse al cielo con su vuelo de siempre. Y cuando pasó entonces y vinieron las lluvias, se agotaron el mundo, el mar, los calendarios, se callaron el chopo, la abuela y el tic-tac, se pudrió la tarima, se acabó el solitario.

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Y se quebraron luego en mi garganta todas las cuerdas doloridas y el silbo de cristal.


Sacrílegamente te imagino

desnuda de casullas doradas, paseando levemente por las barandillas, como una Mónica Vitti, soñolienta en medio del vaho de las mañanas, con la expresión de los placeres aprendidos y olvidados, y con las legañas y estalactitas de la noche en los ojos casi circuncidados. Pasivamente escucho luego tu paso muelle y largo por el césped de los jardines, como alejándose de los sueños y las residencias, y entonces siento no poder injuriar como quisiera a los que reglamentadamente opositan al amor fuera de los aullidos de los lobos, a los que resignadamente o por la decadencia de los gritos no pueden ya maldecirse en el placer, en la agonía, ni arrancarse la piel de las mordazas, ni cegarse de sí, como me ciego yo cuando miro tu desnudez más gregoriana correr largamente como una voz por entre los paisajes y hendiduras de la niebla.

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Como ofrecido al sol inexistente,

el alzado ataúd entre pálidas calvas arrecidas cruza el blanco maná. Advienen con mudo paso interrumpido las miradas caídas y el distraído amor, aquella cancilla abierta por donde pasó tantas veces mi niñez imprevista y devolvió el denuesto blando sobre los perros ázimos difuntos. Escucho levemente caer la nieve cómo oprime la tierra vencida y agria, así el talón querido despertaba las tablas vacilantes o la edad que traían, su mano tantas veces el caliente ladrillo, la manta coloquial o la cazuela acariciada en humos tiernamente con qué rumiantes sopas de ajo en las mañanas.

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Estos como hoy días que pasan

informes, sin sentido, mirados en la neutral blancura de un papel, callado mundo incógnito, ciego, colmado de la justa palidez del exánime hondísimo agujero de la nada. Pasean lápices su torpeza cansada, divagando, delineando curvas azarosas donde otra vez hirvió la vida, y sonaba el latigazo de la súbita confirmación del verso. Va su punta a la boca como si la estéril humedad significara algo más vital y suficiente. Los ojos al techo incomprensivos, la memoria a unos cuantos días atrás, cuando en el extremo de los dedos y los lápices se agolpaban las electricidades y ese cierto desconocido afán. El sueño a tanta fácil evasión de lo hecho. Las iras ya templadas. El dolor ido. Y si por una vez insiste la osadía y aflora la palabra, me espanta este esqueleto atroz, esa sonrisa desdentada, 45


el absurdo ballet de sílabas y horror que desconozco. Y concluyo una vez más mis manos asfixiando el papel no habitado mientras sigo con la mirada allí, en la distante nada de otro día, otro pozo sin luz, otro papel: lisura de desgana o agonía.

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Cuando ya de las costumbres o las hojas

presentí crudamente los primeros albores de lo cano, cuando ya los sentimientos imitaban el cansino palpitar de las vísceras —mi propia luz envejecida y lágrima—, cuando creí al fin que nada de ello persistía, y era verdad, apareciste sola como lozana redentora de los días, llegaste a mí como el milagro verdecido de las ramas que orillaron los incendios, viniste a trazar la línea blanca y divisoria sobre los encerados más oscuros de mi desván de niño, y me trajiste la clorofila antigua y soleada, el corazón del vidrio y los contornos de la fiel realidad. Así sería cuando arrumbé los fardos y las cruces, cuando tracé tu magia por el álbum, y retomé los pocos años imborrables que acumuló el amor, ya tú rendida.

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(A Eduardo Romero)

Ni yacer con la almohada

oprimiéndome los puses y los pensamientos ni levantarme a comer algo superfluo, no a las ondas que me traen a Granados tristemente, ni el picor de presentir el cáncer infalible comenzando, ni apoyarme sobre un papel, ni resbalar la vista sobre lo que quizá fue algo pero ahora qué. Me duele la cabeza poco a poco y el sueño más ajeno que perdí compóngolo en poemas arruinados yo solo.

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Casi todos los ángeles se hospedan esta noche en tu cuerpo signado de júbilos y éxtasis. Casi todo lo eterno se desvela en tus mapas. Casi toda la voz, la mirada, la carne.

Llevo las pobres manos desde la dura fiebre hasta el mundo distante que ofreces a mis brazos. Y descubro el callado crecer de tu certeza: el ancho más pequeño, tu próximo lejano. Tus mares los deseco con mis labios más tuyos que acechan la locura de tus venas fluviales. Y bajo el toldo nuestro de ternuras y tránsitos vivimos un portento de renuncias totales. Son las perdidas horas, los felices momentos, cuando se olvidan rumbos, amarguras y cárceles. Cuando en mi noche inmensa de pájaros azules se hospedan en tu cuerpo casi todos los ángeles.

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Recuerdo una pasión de olas caprinas

rojas y blancas, el belfo impúdico torcer, orgasmos repentinos y roncos, alzarse el viejo chivo aquí estoy yo y abarcar con sus patas anónima y fugaz la bola carnal del mundo, surcar el polvo ajeno al caminar pausado de aquel pastor de tintineantes chapitas en el cuerpo, de abalorios raros, engranajes, resortes, y bolsillos llenos de plumones almados, arabescos, faunos y bocetos de dólmenes. Espiaba en sus ojos la visión de un placer mientras por mis dedos corría el semen espeso y las nieblas del mundo nictitantes palomas ¡aquel nublarse a solas el hondo paraje de la vida! ser chivo, cabra, pastor, desafiante crío de vecera.

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Cuando ya consumada

reposas, transfundida de ajena identidad, y me inclino sobre ti extraña, y veo y compruebo tu distinción, tu ser único, repaso tus bordes claros, por donde te circunda ese espacio vacío del que formas parte quizá, veo que nada más entré y salí llamando a los espíritus del sudor y el gozo, pero que sigo siendo yo, tan lejano de ti, tan imposiblemente tú misma, que necesito aún más de los intérpretes alados para entender tu virgen condición, aún más si cabe de todo necesito lo que creí por un minuto tan común —ese minuto en que pasó de mí hacia ti la triste confirmación de nuestra lucha por el propio ser inconfundible—. Pienso después con la pena más sabia y sonriente en la espantosa divergencia de nuestras dos nadas, algún día, en cómo será entonces tu no ser distinto al mío y sin embargo tan igual. A dónde recurrirá tu extinto dolor, a qué rincón de qué otro espacio irás tú, si a alguna parte has de ir. 51


En dónde tu disociado acento preferido y mi resto de amor podrán cada uno enfrente decir, tocar, saber, comunicarse, como no hoy. Eres desde tu mismo fondo tan remota que sé que nunca llegaré —jamás ni en las disoluciones infinitas podré ser tú, desde este afuera imposible de entrar, de destruirse, jamás podré. Siempre serás —amor— algún castillo para mí agrimensor, serás las pétreas murallas disuasorias, el bárbaro repudio de mis voces, siempre tendrás de los tambores de mi angustia, los golpes y los ecos inscritos en los duros frontones de la piel imputrescible de los cráneos.

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Hoy he sentido qué dura y patente la tristeza

de no poder ya amar a este lejano prójimo; de que mi fiel perro de lanas y ojos húmedos esté siempre por encima de la casual coincidencia de las especies, y de que hasta mi viejo pavo real encuentre cada día el calor de mis alas, expulsoras de tantos pájaros hermanos. Es dura ciertamente la tristeza irremediable de comprobar al fin que el amor no es forzosamente un código, y que la simple costumbre de otras piernas y brazos similares sólo me produzca el dudoso placer geométrico de las homologías. He buscado y rebuscado en los pesados libros codificados, en boletines y gacetas oficiales, en las constituciones que guardan los fríos sótanos de las cancillerías, en los hormigueros y avisperos donde se fabrican las leyes naturales, y no he encontrado ninguna última razón de amar, ninguna causa necesaria que me deba sobrevivir, ninguna convincente explicación de por qué un hombre desconocido y maloliente ha de oler mejor que mi gatito perfumado, ni de por qué el trigo que comen mis aves del paraíso ha de ser prioritariamente harina para algún niño así famélico y extraño.

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Con solo que el sonido

de las campanas niñas regresase desde la última pared, con la frecuencia de los días en sus ondas, con el polen de todas las primaveras y las esporas de la razón en sus pentagramas. Con solo eso volverían el brillo, la tersura y el ángel, los cabellos azules más indómitos y la mirada abril más inocente. Con solo eso volverían también quizá las voces extinguidas, los ecos y los adioses todos, las promesas más íntimas, el impaciente amor. Con solo que el sonido de esas viejas campanas regresase volverían a mí otra vez los años ofrecidos, con qué vuelo de núbiles palomas, a devolverme el sueño y la mañana.

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Cuarto donde a la súbita niñez

se evocaban ruidos clamábamos hedores de allá lejos donde las vacas eran el cristal percutido y aquella grieta fría; cuarto con los techos de historias onanías y los muros y su deformidad conocían masturbaciones deteniéndose hijo tú también y los vellos que serían alquitranes lascivos y paraguas las abuelas. Cuarto cuyo interior oscuro ya tan claro apenas ha desvelado la belleza, su cómo expresar su qué tan triste de que saber sea haber ya concluido la inconsciencia feliz de aquella edad, los rumores indescifrados otras cosas, la dudosa frutal. Revivo imposiblemente averiguo humilde canto cómo era el verde aquel y el alba, los miedos hijos de la luna cereza, la mirada vacuna y el decaído olor; y desde el pus, el cuero, las cagadas existe el mismo espacio seguramente único, tengo siempre mis versos de zahorí y el sueño para encontrar el rastro cierto que se fue; existe bienhechor el cuarto todavía o lo demolió la madurez y el frío, los fósforos las velas cuando anegadamente vuelvo apátrida y se me escapa el tiempo cicatrizando labios por fisuras.

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Ya ves qué lluvias ciertas, qué cenizas

disolverán mi rastro, qué tristezas. Ya ves qué tantos años, cuánto aldabón del tiempo habrán marcado mis cejas blanquecinas, cómo nunca recordarán tus ojos estas nieves tan frágiles de ti, tan testimonio. Ya ves, amor, qué inciertos páramos acucian hoy esta frente sobre ti tendida, buscando los descansos, una palma, tu analgésico tacto. Ya ves que volví a ti cuando ya los inviernos o las yedras me encadenan a tedios, a este hastío, ajena desesperanza de los días. Ya lo ves. Todo pasa. Todo es carne y ceniza al mismo tiempo. Mi amargura parásita en tu vientre. Mi calor ya archivado entre tus páginas.

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Agoté tu presencia de incienso y de cristales con ciegos manotazos de réplicas y prisas, y se quedó vacía la catedral, y huiste de las húmedas piedras, y el ara, y la ceniza.

Se cerraron los ojos de alabastro que entonces consolaban mi angustia crecida en la pobreza de oscuras catenarias, frente a la cruz inmóvil, desde donde me amabas con saña y con certeza. Yo no sé si era el eco de la propia plegaria, o la hipnosis o el miedo, o mi desesperanza; sólo sé que me hablabas como nunca más tarde, y era un mágico alivio tu delgada palabra. Te perdí desde entonces, o me perdí yo mismo, y quedó ya en silencio tu boca en el umbral; o quizá se rompieron los tímpanos de tanto escuchar tanto estruendo de tambor y metal. Sólo a veces en raras urgencias del otoño oigo una voz o cántico que no sé descifrar; y aunque cierro los ojos, la oscuridad inventa fervores de otro tiempo, vestigios de otra faz.

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Desde la oscuridad del sol,

desde la inmensa pequeñez de mi alma, desde el odio maligno con que te amé, desde la lejana cercanía de tu piel y mis versos, desde esa viva muerte que me diste tanto, como la pitonisa te llamo y te conjuro, embisto tu altivez con la cabeza llena de cuernos ibéricos, atropello tu majestad desnuda por las mesetas, interrumpo tu voz, y arrebatadamente me llevo hacia lo alto tu amada permanencia. Luego, en la soledad incipiente de los días, ante las negras rocas donde alguna pisada presurosa se hizo dura eternidad, grito y grito como un loco desde las orillas con la misma voz ronca de los últimos parientes angustiados, y frente a las cordilleras que nada saben todavía de tu cólera, grito como lo hiciera ante esos humildes árboles del país que nunca consentirán el frío indeleble de las navajas, grito y grito sobre los ríos sucios de confidencias, grito como le grito a Dios, al trueno o al diluvio, como le increpo a la misma insufrible existencia de bárbaros gestos y ceremonias. Grito de salido amor como para que enmudezcan para siempre todos los náufragos, en esa tempestad raíz de mi más íntima y aniquiladora melancolía. 58


Oh tiempo transcurrido

desde que mis manos alejé de las banderas, y mis labios cerré a los gritos, ese tiempo en que creció en mí la gris sonrisa escéptica como hierba quemada en las llanuras, en que tantas veces me vi de pie sobre la tierra húmeda pasar los ataúdes revestidos y las viudas veladas, los cadáveres que fabricó el inexistente amor, o el odio grabado a fuego, cadáveres de puños cerrados ya, desoladamente secos y vacíos. En ese tiempo tanto vi morir a los hombres físicamente o con la muerte inacabable de la resignación; los vi morir por tantas pequeñas cosas que no entiendo: el cigarrillo mejor o más, una delgada proteína, lo que diariamente tiro al suelo sin mirar. (También los vi morir —creedme— por el bélico juguete del bisnieto que nunca conocerán, y por esas palabras huecas y largas que en realidad también significan solamente 59


algún placer, el alcohol o el ocio o tantas otras banales cosas similares.) Oh tiempo transcurrido desde que me alejé de todo eso definitivamente, con la tristeza verde de no creer, de ver pasar diariamente tanta carne de tiro y matadero por las anchas calzadas del dolor, entonando los cánticos de las esperanzas necias, increpando o ensalzando con la ínfima discriminación de los locos. Oh tiempo transcurrido en agostos e incendios, cómo habré pasado yo de aquella ciega fiebre a la pura negación de la ira santa por los duros caminos de la razón y el desencanto.

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ÍNDICE El autor ���������������������������������������������������������������������������������������������������������������������������������������1 Prólogo, por Eloy J. Rubio Carro ��������������������������������������������������������������������������������2 Poema de J. G. Gancedo dedicado a Teresa ��������������������������������������������������������5 ESTOICA MEMORIA, por José González Gancedo �����������������������������������������7 Porque me fue dado sufrir lo que es preciso ������������������������������������������������������9 Como golpes de cascos ���������������������������������������������������������������������������������������������������� 10 Por las indescifrables hendiduras ���������������������������������������������������������������������������� 11 A mi lado, la irreconocible ��������������������������������������������������������������������������������������������13 Me azotan en esta esquina ��������������������������������������������������������������������������������������������15 En tus inmensos brazos que aniquilan distancias��������������������������������������������17 Viniste como el agua ���������������������������������������������������������������������������������������������������������18 No sé qué día será, pero algún día ................................................................... ������19 Mucho antes del amor. Antes del tacto����������������������������������������������������������������� 20 En tu pared apoyo blanca y vieja ���������������������������������������������������������������������������� 21 En algo creo sin embargo �������������������������������������������������������������������������������������������� 22 Este mundo ���������������������������������������������������������������������������������������������������������������������������23 Me he quedado sin odios ni violencia ������������������������������������������������������������������24 Cánticos de ti ����������������������������������������������������������������������������������������������������������������������25 Solo tú eres real �����������������������������������������������������������������������������������������������������������������26 Quién sabe qué rigor�������������������������������������������������������������������������������������������������������27 Si tendré tan el alma picada de viruelas��������������������������������������������������������������28 Niño contemplando la muerte roja y súbita ������������������������������������������������������29 Hoy contemplo qué tarde este despacho ���������������������������������������������������������������30 Cuando agonizo dentro����������������������������������������������������������������������������������������������������31 Todavía nunca las cerbatanas del odio �����������������������������������������������������������������32 Misterio claro como ���������������������������������������������������������������������������������������������������������33 La vida transcurre a veces por llanuras interminables �����������������������������34 Me sumerjo en tu cuerpo como en una ����������������������������������������������������������������35 Solo .�������������������������������������������������������������������������������������������������������������������������������������������36 Me he cansado de tanta ofrecida libertad �����������������������������������������������������������37

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En el colegio púnico ���������������������������������������������������������������������������������������������������������38 Se acercó golfeando por la esquina ��������������������������������������������������������������������������39 Oculta claridad ������������������������������������������������������������������������������������������������������������������� 40 Según tu ley, tampoco habríamos llegado todavía ������������������������������������������� 41 Entonces todo el mundo era una inmensa sandía ������������������������������������������ 42 Sacrílegamente te imagino ��������������������������������������������������������������������������������������������43 Como ofrecido al sol inexistente ��������������������������������������������������������������������������������44 Estos como hoy días que pasan ����������������������������������������������������������������������������������45 Cuando ya de las costumbres o las hojas ��������������������������������������������������������������47 Ni yacer con la almohada ����������������������������������������������������������������������������������������������48 Casi todos los ángeles se hospedan esta noche ��������������������������������������������������49 Recuerdo una pasión de olas caprinas ������������������������������������������������������������������ 50 Cuando ya consumada ����������������������������������������������������������������������������������������������������� 51 Hoy he sentido qué dura y patente la tristeza �������������������������������������������������53 Con solo que el sonido ����������������������������������������������������������������������������������������������������54 Cuarto donde a la súbita niñez ���������������������������������������������������������������������������������55 Ya ves qué lluvias ciertas, qué cenizas ������������������������������������������������������������������56 Agoté tu presencia de incienso y de cristales ����������������������������������������������������57 Desde la oscuridad del sol �������������������������������������������������������������������������������������������58 Oh tiempo transcurrido �������������������������������������������������������������������������������������������������59 Índice �����������������������������������������������������������������������������������������������������������������������������������������61

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SE ACABÓ DE COMPONER Y EDITAR ESTE LIBRO EN OTOÑO DE 2012, EN LEÓN, CON MOTIVO DE LA EXPOSICIÓN DE LA ARTISTA TERESA GANCEDO, HERMANA DEL POETA, EN LA GALERÍA ÁRMAGA.


COLECCIÓN: TRAVIESAS DE POESÍA

Nº 10

Principio activo de:

e-bookprofeno / malas compañías

En complicidad con:


"Estoica Memoria". José González Gancedo