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El estado post-democrático Rubens R.R. Casara

Rubens R.R. Casara

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El estado post-democrático Neoliberalismo y gestión de los indeseables

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En el Estado Post-Democrático, Rubens R. R. Casara levanta la hipótesis de que la racionalidad neoliberal minó las estructuras del Estado Democrático de Derecho. En favor del lucro, del mercado y de la circulación del capital financiero desaparecen los límites al ejercicio del poder y la omnipotencia de las élites. Los impactos de este cambio paradigmático se sienten no solo en el campo jurídico, si no también en la sociedad, que progresivamente pasa a naturalizar la opresión y el alejamiento de los derechos fundamentales. Los fenómenos del empobrecimiento subjetivo, de la corrupción, del acercamiento entre el poder político y el poder económico, la manipulación mediática y la falta de coraje para hacer valer las reglas del juego democrático, entre otros síntomas de la post-democracia, se analizan a partir de la lente de un intelectual que recorre el derecho, la ciencia política, el psicoanálisis y la economía para comprender un mundo en que todo y todos son considerados objetos con los que negociar. Este es un libro esencial, destinado a un amplio público, que somete el actual momento histórico a una crítica rigurosa y aclara de qué manera la población y las agencias estatales en todo el mundo, de manera destacada el Poder Judicial, acaban siendo manipuladas para el beneficio de un pequeño y privilegiado grupo.


EL ESTADO POST-DEMOCRรTICO Neoliberalismo y gestiรณn de los indeseables


COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT LO BLANCH María José Añón Roig

Catedrática de Filosofía del Derecho de la Universidad de Valencia

Ana Cañizares Laso

Catedrática de Derecho Civil de la Universidad de Málaga

Jorge A. Cerdio Herrán

Catedrático de Teoría y Filosofía de Derecho. Instituto Tecnológico Autónomo de México

José Ramón Cossío Díaz

Ministro de la Suprema Corte de Justicia de México

Eduardo Ferrer Mac-Gregor Poisot

Presidente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM

Owen Fiss

Catedrático emérito de Teoría del Derecho de la Universidad de Yale (EEUU)

José Antonio García-Cruces González

Catedrático de Derecho Mercantil de la UNED

Luis López Guerra

Juez del Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Carlos III de Madrid

Javier de Lucas Martín

Catedrático de Filosofía del Derecho y Filosofía Política de la Universidad de Valencia

Víctor Moreno Catena

Catedrático de Derecho Procesal de la Universidad Carlos III de Madrid

Francisco Muñoz Conde

Catedrático de Derecho Penal de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla

Angelika Nussberger

Jueza del Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Catedrática de Derecho Internacional de la Universidad de Colonia (Alemania)

Héctor Olasolo Alonso

Catedrático de Derecho Internacional de la Universidad del Rosario (Colombia) y Presidente del Instituto Ibero-Americano de La Haya (Holanda)

Luciano Parejo Alfonso

Catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad Carlos III de Madrid

Tomás Sala Franco

Catedrático de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social de la Universidad de Valencia

Ignacio Sancho Gargallo

Magistrado de la Sala Primera (Civil) del Tribunal Supremo de España

Ángel M. López y López

Tomás S. Vives Antón

Marta Lorente Sariñena

Ruth Zimmerling

Catedrático de Derecho Civil de la Universidad de Sevilla Catedrática de Historia del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid

Catedrático de Derecho Penal de la Universidad de Valencia Catedrática de Ciencia Política de la Universidad de Mainz (Alemania)

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EL ESTADO POSTDEMOCRรTICO Neoliberalismo y gestiรณn de los indeseables

RUBENS R.R. CASARA

Valencia, 2018


Copyright ® 2018 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito del autor y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant lo Blanch publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com.

© Rubens R.R. Casara

© TIRANT LO BLANCH EDITA: TIRANT LO BLANCH C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia Telfs.: 96/361 00 48 - 50 Fax: 96/369 41 51 Email:tlb@tirant.com www.tirant.com Librería virtual: www.tirant.es ISBN: 978-84-9190-065-8 MAQUETA: Tink Factoría de Color Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.

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Índice 1. INTRODUCCIÓN............................................................ 9 2. DEL ESTADO DEMOCRÁTICO DE DERECHO AL ESTADO POST-DEMOCRÁTICO................................... 15 3. NEOLIBERALISMO Y ESTRATEGIAS DE CONTROL. 31 4. El EXTINTO ESTADO DEMOCRÁTICO Y SU COMPROMISO EN LA SUPERACIÓN DEL AUTORITARISMO.............................................................................. 39 5. LA EXCEPCIÓN SE CONVIRTIÓ EN REGLA.............. 45 6. El EMPOBRECIMIENTO DEL IMAGINARIO.............. 51 7. El CRECIMIENTO DEL PENSAMIENTO AUTORITARIO................................................................................... 57 8. SISTEMA DE JUSTICIA PENAL: UNA CUESTIÓN DE PODER............................................................................. 61 9. El SISTEMA DE JUSTICIA PENAL Y SU TRADICIÓN AUTORITARIA................................................................ 71 10. LA IDEOLOGÍA EN EL ESTADO POST-DEMOCRÁTICO................................................................................. 77 11. PODER JUDICIAL: DE GARANTE DE LOS DERECHOS A REFRENDADOR DE LAS EXPECTATIVAS DEL MERCADO Y LOS CONSUMIDORES.................. 85


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Índice

12. EL MINISTERIO FISCAL: DE ESPERANZA DEMOCRÁTICA A AGENTE POST-DEMOCRÁTICO............. 93 13. LIBERTAD: UN VALOR OLVIDADO EN LA POSTDEMOCRACIA................................................................. 97 14. LA RELATIVIZACIÓN DE LA PRESUNCIÓN DE INOCENCIA: UN SÍNTOMA DE LA POST-DEMOCRACIA............................................................................ 103 15. LA ESPECTACULARIZACIÓN DEL SISTEMA DE JUSTICIA PENAL............................................................ 109 16. UN TRIBUNAL QUE JUZGABA PARA AGRADAR A LA OPINIÓN PÚBLICA.................................................. 121 17. EL ESTADO POST-DEMOCRÁTICO EN BRASIL: DE LA GESTIÓN DE LOS INDESEABLES A LA PENALINALIZACIÓN DE LOS ADVERSARIOS POLÍTICOS (LOS CASOS “MENSALÁO”, “LAVA-JATO” y “LA DESTITUCIÓN DE DILMA”)................................................ 127 18. VIOLENCIA Y CORRUPCIÓN EN EL ESTADO POSTDEMOCRÁTICO............................................................. 153 19. DEMOCRACIA: EL CORAGE PARA VOLVER A ESTABLECER LAS REGLAS DEL JUEGO.............................. 159 20. EN BUSCA DE LA LIBERTAD PERDIDA...................... 163 REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS...................................... 167


1. INTRODUCCIÓN ¿Vivimos en una época de crisis del Estado Democrático de Derecho? Un gran número de personas respondería que sí. Para ellos, sería en una “pausa democrática”1 o incluso un período histórico excepcional en el cual lo “viejo” muestra signos de fatiga, aunque lo “nuevo” no ha nacido aún. Al parecer, y se pretende demostrar a lo largo de este libro, ese punto de vista (que podría llamarse “optimista”), de que el Estado Democrático de Derecho subsiste y pasa por una crisis, está errado. En su origen, la palabra “crisis” (Krisis) era un término médico que reflejaba el momento decisivo en que el paciente, debido al desarrollo de la enfermedad, mejoraba o se moría. Hay en la crisis tanto eros como thanatos, pulsación de vida y pulsación de muerte, la esperanza de continuidad y el miedo a lo desconocido. La crisis se presenta como una situación difícil, un momento que puede modificar, terminar o incluso regenerar un proceso físico, espiritual, político o histórico, es decir, una excepción que afecta el desarrollo o continuidad de algo. Esta es una situación que irrumpe como resultado de la condensación de contradicciones que pueden, o no, ser superadas. Al hablar de crisis, por tanto, se admite la posibilidad de supervivencia del fenómeno o la continuidad del proceso. Cuando se declara la crisis del Estado Democrático de Derecho, se indica que todavía existe. Admitir la crisis del Estado Democrático de Derecho implica afirmar la 1

En declaración en el evento Brazil Conference, organizado por estudiantes de la Universidad de Harvard y el Massachusetts Institute of Tecnology, el ex-ministro del Tribunal Supremo Federa (STF) Ayres Brito afirmó que Brasil vive una “pausa democrática”, una especie de “freno de limpieza” de la sociedad.


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existencia de un modelo de organización política unido al principio de estricta legalidad, esto es, subordinado a leyes generales y abstractas que emanan de los órganos político-representativos y vinculados al proyecto constitucional (en particular, a los derechos y garantías fundamentales), es decir, el discurso de la crisis asume que subsisten los límites estrictos para el ejercicio del poder (de cualquier poder, incluyendo el poder económico). La crisis no se refiere a un mero instante disfuncional de un sistema armónico y coherente, puesto que en el mundo real no se puede ignorar el movimiento constante inherente a las contradicciones incluso a la lucha de clases (aunque disfrazada debido a las estrategias de homogeneización típicas de la razón neoliberal, que conduce a la ideología del “fin de la historia” y de las clases). En otras palabras, los elementos disfuncionales son “normales” en los sistemas sociales. La crisis es algo más grave, con potencial para la destrucción de los procesos y del sistema de reproducción social. De igual forma, la crisis no puede ser confundida con una fase o etapa lógica o necesaria del proceso, pues las crisis, en la mayoría de los casos, podrían evitarse. Creer en la inevitabilidad de la crisis (y esta creencia es producida, no es extraño, por los que detentan el poder económico), adherirse al fetichismo naturalista conduce al inmovilismo propio de las perspectivas deterministas y positivistas, que contribuyen a una actitud conformista frente a la crisis y a las desigualdades sociales. La crisis es, por definición, algo excepcional, una negatividad que pone en tela de juicio el proceso o sistema, pero justamente por eso lo confirma como algo que todavía existe y puede ser salvado, a partir que la negatividad sea extirpada o transformada en positividad. Por otro lado, si la situación que se afirma constituye un cuadro de “crisis” toma un aire de normalidad, o


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mejor, si la afirmación de la existencia de una crisis es inherente (y funcional) para el status quo2, si las características que conforman la “crisis” nunca pasan (o no pueden pasar), si la crisis se convierte en “permanente”, se impone investigar si realmente existe una situación de crisis. Una crisis permanente, que se presente como funcional, útil para generar ganancias en la producción de nuevas mercancías y servicios o como forma de represión necesaria para mantener el proyecto político y económico impuesto en determinado Estado, no es una negatividad, una desviación, sino una positividad útil al modelo neoliberal. Se puede, entonces, pensar en el uso de la palabra “crisis” como un recurso retórico, como un elemento discursivo capaz de ocultar las características estructurales del modelo actual de Estado. Lo que hoy se afirma como “crisis” no lo es. Si la “crisis” es permanente si la “crisis” no puede pasar, no es de crisis de lo que se trata, sino de una nueva realidad, una trama simbólico-imaginaria con nuevos elementos que difieren de los que integraban la realidad anterior (y que existe hoy en día, sólo como un recuerdo, aunque esta memoria puede producir efectos ilusorios de que aquello que ya no existe, está presente todavía). La crisis se ha convertido en una palabra-fantasma, evocando lo que está muerto y paraliza a los vivos. De hecho, el significante “crisis” ya no refleja un momento de indefinición temporal, de emergencia o extraordinario. Es una palabra que ha llegado a ser utilizada para ocultar una opción política para las maniobras y las medidas que están justificadas por la falsa urgencia o el falso carácter extraordinario del momento. Palabra con función doci-

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Status quo. Estado de cosas, latinismo usado para aludir al conjunto de condiciones que reinan en un momento histórico determinado.


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lizadora, que apunta a un proceso o un sistema que ya no existe, pero cuya memoria sirve para tranquilizar a los que esperan algo que ya no regresará más. A lo largo de la historia, las “crisis” siempre han sido utilizadas, cuando no han sido fabricadas, para permitir acciones excepcionales, actitudes que no serían aceptadas en situaciones de normalidad. No por casualidad, los defensores de las medidas que restringen los derechos y de los Golpes de Estado (piénsese, sin ir más lejos en el Brasil de Goulart y en el Chile de Allende) siempre buscan la justificación a partir de la afirmación de la existencia de una situación de crisis. En los actos encaminados a socavar la democracia italiana en 1948 (en el cual Washington temía un resultado electoral desfavorable para los intereses de las empresas estadounidenses) o el golpe de Estado contra el gobierno electo democráticamente en Guatemala en 1954, la “crisis” fue fabricada y útil para los intereses de las grandes empresas extranjeras. Está claro, por tanto, que el uso político de la crisis no es nuevo, que lo digan los gestores de la Doctrina de Choque (vale profundizar en ese tema con Naomi Klein en su “Doutrina do Choque, ascensão do capitalismo de desastre”), con especial énfasis en Milton Friedman y los Chicago Boys3, que produjeron la crisis chilena, lo que permitió tanto la creación de un laboratorio para el neoliberalismo como el terror y la represión comandados por Pinochet. Lo que hay de inédito en el período histórico actual, es que la “crisis” es presentada explícitamente como permanente y no se esconde la positividad en relación a los intereses neoliberales.

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Chicago Boys. Economistas neoliberales chilenos, egresados de postgrados de la Universidad de Chicago, discípulos de Milton Friedman y Arnold Harberger. Tuvieron gran influencia en la dictadura militar de Pinochet.


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Téngase en cuenta que esto no es una fase de transición. La “crisis” existió, pero dio paso a algo diferente. Lo nuevo ha llegado, lo que no significa que todos los restos del Estado Democrático de Derecho desaparecieran. No obstante, es esa permanencia de algunas prácticas e instituciones del Estado Democrático que conducen a la ilusión de que él todavía existe. Es esa ilusión que docilita a aquellos que creen que se está dentro del marco del Estado Democrático de Derecho. Estos “optimistas” olvidan que en ningún cambio paradigmático, lo “viejo” desaparece fácilmente. Vale recordar que normas, discursos, prácticas y dispositivos típicos de los Estados Autoritarios, algunos de los cuales se forjaron en pleno Estado Democrático de Derecho, también se utilizaron en el Estado Democrático. Como recuerda Rui Cunha Martins el Estado puede ser pensado como un supermercado, en el que están uno al lado del otro, productos democráticos y productos autoritarios que serán utilizados al gusto de los que detentan el poder político, especialmente ante las necesidades que se presenten. Lo que existió deja marcas (y productos). La metáfora del supermercado de Cunha Martins ayuda a entender cómo los modelos democráticos recurren a instrumentos autoritarios en situaciones de crisis, y porqué los gobiernos autoritarios pueden presentar características democráticas. Ahora, sin embargo, el panorama es diferente: no se trata de recurrir ocasionalmente a un instrumental autoritario en plena democracia, sino de reconocer que el Estado ya no puede ser considerado como democrático, en particular ante la forma en que son tratados los derechos y garantías fundamentales. No hay crisis. Lo que ellos llaman “crisis” es en realidad una forma de gobernar a las personas. Esta visión de la crisis como un engaño, una trampa argumentativa con potencial para la manipulación de la opinión pública (y, a menudo, esta manipulación es


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hecha por los actores políticos, jueces inclusive), produce efectos graves en el campo del derecho y, en particular, en el proceso penal, espacio tanto de tentativas de racionalización del poder penal (el poder de imponer sanciones a quien el Estado declare autor de un hecho tipificado como delito) como de luchas políticas (que en síntesis, se refieren a la ampliación o reducción del poder penal). Ante esta situación, se impone develar lo que se esconde detrás de esta reivindicada “crisis paradigmática” del Estado Democrático de Derecho, de esa farsa travestida de “crisis” que conduce al “Estado de Excepción permanente”, un fenómeno que ya preocupaba a Walter Benjamín, pero que se potencializó desde finales de los años 70 e inicio de la década de los 80. La hipótesis de este libro es que no hay una verdadera crisis paradigmática. El Estado Democrático de Derecho, que se caracterizaba por la existencia de límites estrictos en el ejercicio del poder (y el principal de estos límites estaba constituido por los derechos y garantías fundamentales), ya no funciona para explicar y nominar al tipo de Estado que se presenta. Hoy, se puede hablar de un Estado Post-Democrático, un Estado que, desde el punto de vista económico, retoma con fuerza las propuestas del neoliberalismo, mientras que, desde el punto de vista político, se presenta como un mero instrumento de manutención del orden, control de las poblaciones indeseadas y la expansión de las condiciones de acumulación del capital y la generación de ganancias.


2. DEL ESTADO DEMOCRÁTICO DE DERECHO AL ESTADO POSTDEMOCRÁTICO Cuando se habla del Estado Democrático de Derecho, evidentemente, se evoca en términos weberianos4, un “tipo ideal” de Estado que tiene como principal característica la existencia de límites legales en el ejercicio del poder. De hecho, el Estado concreto, más allá de los idealismos, al igual que apuesta por la ley y el derecho para impedir abusos, convive siempre con un margen de ilegalidad producida por las personas y principalmente, por el propio Estado. Esto se debe a que, al contrario de lo que muchos sostienen, es el poder político el que establece y condiciona el derecho. Condicionado, el derecho acaba apartado siempre y cuando sea necesario para la realización del poder, de cualquier poder. Hay manifestaciones de poder que se escapan de la legalidad, porque a lo largo de la historia, y Marx ya se habían dado cuenta de que la legalidad era (casi) siempre al servicio del poder y su papel se limitaba a legitimar “la ley del más fuerte”. Lo qué hay de nuevo en el período histórico actual es la violación de los límites en el ejercicio del poder. Debido a la mercantilización del mundo, la sociedad del espectáculo, el despotismo del mercado, el narcisismo extremo, el acercamiento entre el poder político y el poder económico, el crecimiento del pensamiento autoritario, se perdió toda pretensión de hacer cumplir estos límites, que hoy existen sólo como un 4

Maximilian Carl Emil Weber (1864-1920) Filósofo-economistajurista-historiador-politólogo-sociólogo alemán, fue uno de los fundadores del estudio moderno de la sociología y la administración publica.


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simulacro, como un tótem que recuerda las conquistas civilizatorias que ya existían, pero ahora no son más que remembranzas que consuelan. Por “post-democrático”, a falta de un nombre mejor en el futuro servirá para designar el actual modelo de Estado, que se entiende como un Estado sin límites estrictos en el ejercicio del poder, esto en un momento en que el poder económico y el poder político se aproximan, y casi se llegan a identificar sin pudor. Los logros democráticos que se produjeron con el Estado moderno, nacido de la separación entre el poder político y el poder económico, desaparece en la post-democracia y, en este particular, se puede hablar de una especie de regresión pre-moderna. Es, en efecto, una especie de absolutismo de mercado. Post-democrático, para dar nombre a la hipótesis de que el Estado Democrático de Derecho fue superado por un Estado sin límites en el ejercicio del poder, va al encuentro de la declaración de Pierre Dardot y Christian Laval de que “el neoliberalismo es líder en la era post-democrática”. De hecho, lo “post-democrático” es el Estado compatible con el neoliberalismo, con la transformación de todo en mercancía. Un Estado para cumplir con el ultraliberalismo económico debe tener la característica de un Estado Penal, un Estado cada vez más fuerte y dirigido a la consecución de los fines deseados por los que detentan el poder económico. Fines que conducen a la exclusión social de una gran parte de la sociedad, el aumento de la violencia (no sólo la violencia física, que crece de forma avasalladora, sino además la violencia estructural producida por el propio funcionamiento “normal” del Estado post-democrático), la inviabilidad de la agricultura familiar, la destrucción de la naturaleza y el caos urbano, pero que necesitan del Estado para ser defendidos y legitimados.


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No existe, al contrario de lo que sustentan los discursos de tendencia liberal de los que están satisfechos con el Estado Post-Democrático, una reducción de la intervención del Estado en la sociedad. Por el contrario, el Estado Post-Democrático se revela como un Estado fuerte y posiblemente el Estado menos sujeto a control desde la creación del Estado Moderno. En la post-democracia, lo político se vuelve como lo deseaba Carl Schmitt en 1932, en mero espacio de la dicotomía amigo y enemigo. Esta diferenciación política entre amigo y enemigo tiene la función de caracterizar el grado extremo de la adhesión y funcionalidad a la razón neoliberal. En el Estado Post-Democrático, la diferenciación exclusivamente política, ya que desaparecen las funciones que eran el “brazo izquierdo” del Estado (por ejemplo, políticas de inclusión social y reducción de la desigualdad), es la diferenciación entre “amigo” del mercado y “enemigo” del mercado. Este último será el individuo indeseable sobre el cual recaerá el poder penal. En apretada síntesis, se puede decir que el Estado Capitalista ha requerido para sobrevivir en diferentes períodos históricos, del Estado Liberal de Derecho, del Estado Social de Derecho, del Estado Fascista, del Estado Democrático de Derecho, y ahora del Estado Post-Democrático. Para llegar a ser hegemónico y superar definitivamente el Estado Absolutista, el proyecto capitalista requirió de un Estado regulado por leyes, en el que prevalecía la idea de separación entre el Estado y la sociedad civil (sociedad civil, locus5 de la actividad comercial, espacio vedado para el Estado) en el cual la propiedad y la libertad (entendida como libertad para adquirir y poseer sin trabas, libertad originaria de donde derivarían

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Locus. Lugar en Latín.


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todas las demás libertades) eran comprendidos como los dos principales derechos fundamentales de la persona y en la cual el significante “democrático” aparecía para enfatizar la oposición en relación al principio monárquico de Estado Absolutista. Con el agravamiento de la situación económica de la mayoría de la población, la profundización de los conflictos sociales y la amenaza encarnada en los experimentos socialistas, añadido a la pérdida de confianza en el funcionamiento práctico de la “mano invisible” y las “leyes naturales” del mercado, el Estado de Derecho Liberal fue reemplazado gradualmente por un Estado Social de Derecho que nace como un compromiso entre los defensores del status quo y los que luchaban por el cambio social. Tienen razón los que señalan el efecto mistificador e ideológico del Estado Social, que demostró ser capaz de frenar los ímpetus de los movimientos revolucionarios y las protestas de las clases no capitalistas. Como afirma Avellanas Nunes, este fue el primer intento de sustituir la “mano invisible” de la economía por la mano invisible del derecho. El modelo de Estado Social de Derecho, en el cual se percibe una cierta prevalencia de lo político sobre lo económico, el Estado asume el papel de realizar la “justicia social”, asegurar el pleno desarrollo de todos y lograr el proyecto de vida digna para todos (principio de la dignidad humana). Sin embargo, en un contexto de profunda crisis económica en la cual la debilidad de la economía en los países capitalistas de ninguna manera permitía la realización de las promesas del Estado Social, con los poseedores del poder económico sedientos por aumentar sus ganancias, el proyecto capitalista tuvo que asumir la forma de un Estado Fascista, antidemocrático y antisocialista, que apostaba por respuestas de fuerza para mantener el orden y resolver diversos problemas sociales, en la medida que incentivaba la ausencia de reflexión. El Estado Fascista era un Estado de


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Derecho, pero el derecho fascista no representaba un límite al arbitrio y la opresión. Con la derrota política y militar de los Estados Fascistas, el proyecto capitalista vuelve a apostar por un modelo de Estado marcado por la existencia de límites en el ejercicio del poder, entre los que se incluyen los derechos fundamentales. Este enfoque, sin embargo, resultó ser erróneo, en la medida en que los derechos fundamentales pasaron a constituir obstáculos inclusive para el poder económico. Por tanto, la razón neoliberal, nueva forma de gobierno de las economías y sociedades basadas en la generalización del mercado y la libertad irrestricta del capital llevó al Estado Post-Democrático de Derecho. El Estado Post-Democrático se asume como corporativo y monetarista, con el papel de las grandes corporaciones (especialmente financieras) en la toma de decisiones del gobierno. Como señaló Vandana Shiva, una “democracia” de las grandes corporaciones, por las corporaciones, para las corporaciones. Un gobierno que se pone abiertamente al servicio del mercado, de la generación de lucros y de los intereses de los que detentan el poder económico, lo que hace desaparecer la posibilidad de reducir la desigualdad, mientras que la “libertad” se entiende como la libertad para ampliar las condiciones de acumulación de capital y la generación de ganancias. En la Post-Democracia, la libertad intocable es sólo la que garantiza la propiedad privada, el mantenimiento de las “prótesis de pensamiento” (Marcia Tiburi) capaz de reemplazar a los ciudadanos por los consumidores no críticos (televisores, teléfonos inteligentes, etc.), la acumulación de bienes, los intereses de las grandes corporaciones y la circulación del capital financiero. En la post-democracia el significante “democracia” no desaparece, pero pierde su contenido. La democracia persiste como una farsa, una excusa para el arbitrio


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como una señal que autoriza la retirada de los derechos. En la post-democracia, en nombre de la “democracia”, se rompe con los principios democráticos. La democracia se vacía de sentido, lo que guarda relación con el “vacío de pensamiento” inherente a los modelos en que el autoritarismo acaba naturalizado. No es de extrañar, tal como el fascismo clásico (que aún tenía preocupaciones sociales), el neoliberalismo, la racionalidad neoliberal, que permitió el surgimiento del Estado Post-Democrático, también puede ser presentado como un “capitalismo sin guantes,” un “estadio del capitalismo más puro” (Mandel) sin derechos democráticos y sin resistencia, posee un momento en que las fuerzas comerciales y financieras, más grandes y más agresivas que en cualquier otra época, normando su poder político en todos los frentes posibles, tanto en razón de la creencia del uso de la fuerza que se materializa a partir el poder económico y la falta de reflexión que permite la dominación de los mensajes pasados a​​ través de los medios de comunicación, la “industria de las relaciones públicas” (Chomsky), por intelectuales orgánicos al servicio del capital y de otras instancias que fabrican las ilusiones necesarias para que el neoliberalismo y el Estado Post-Democrático parezcan deseables, racionales y necesarios. Otra característica notable del Estado Post-Democrático es el vaciamiento de la democracia participativa, que se hace tanto por la satanización de la política y de lo común como por la inversión en la creencia de que no hay alternativa al status quo. Pero ese vaciamiento no se produce sólo con la construcción de una subjetividad adversa a la política. En la post-democracia, las elecciones son un fraude, un juego de cartas marcadas, en el cual los dueños del poder económico no sólo “compran” representantes (donaciones electorales que significan verdaderas inversiones), sino que también guardan un triunfo para situaciones excepcionales, tales como, un resultado

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