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Introducción «Nombre extraño y desagradable, seudónimo sin duda…». La primera noticia que yo tuve de Clarice Lispector fue su nombre. A mí no me parecía desagradable, como al crítico brasileño que escribió esas palabras cuando ella era una desconocida —la autora de una primera novela cuya originalidad provocó un enorme impacto en la literatura de su país—; extraño, sí. Yo acababa de entrar a trabajar entonces —a finales de 1981— en la agencia literaria de Carmen Balcells, en Barcelona, y entre los muchos nombres que apare¬cían en el fichero de autores representados por la agencia, Ése me llamaba la atención. Quizá por el contraste entre la dulzura de «Clarice» y la rotundidad sonora de «Lispector». Quizá porque parecía inglés, de autora de novelas policíacas, y sin embargo yo sabía que ella era brasileña y que no era ése el género al que pertenecían sus obras. Pronto tuve una entre las manos, Felicidade clandestina, de la que aún recuerdo muy bien la cubierta: un dibujo que representaba a una niña leyendo en una hamaca. Y el título me remitía a una vivencia para mí perfectamente reconocible, una vivencia, pienso ahora, que me parece característica de las mujeres. (¿Por qué, cómo?... Me sería difícil explicarlo. Tiene que ver con los espacios interiores. Con el anonimato. Con la falta de palabras, de conceptos, con la ausencia de una tradición literaria que se haya aplicado a expresarla). Con mis rudimentarios conocimientos de portugués, aprovechando que el de Lispector no es difícil (hay quien ha dicho que suena extranjero, que es tan extranjero como ella), me puse a leer Felicidade clandestina. Me fascinó. Es difícil explicar por qué... Desde el primer momento, los relatos de Lispector me parecieron geniales, pero ¿en qué consiste esa genialidad?... Tal vez en la mezcla entre las pequeñas realidades que narra —vida cotidiana, personajes poco brillantes: niñas, viejas, una gallina, un mono…— y la especulación filosófica, los grandes conceptos abstractos que les aplica. Quizá por la tersura de la superficie, combinada con un misterio que el cuento nunca termina de disipar: son relatos casi siempre fáciles de leer, pero difíciles de entender; yo he leído alguno no menos de cincuenta veces (los trabajo en muchos talleres) y siempre les encuentro significados nuevos… Seguí leyendo, con creciente admiración, todos los libros suyos que encontré en la agencia. De modo que cuando, algunos años más tarde, en 1987, tuve la oportunidad de fundar y dirigir una colección literaria («El espejo de tinta», en la editorial Grijalbo), lo primero que quise publicar fueron los cuentos de Clarice Lispector. Contraté los que estaban libres y aparecieron en dos volúmenes: Felicidad clandestina y Silencio, ambos en 1988, traducidos respectivamente por Marcelo Cohen y Cristina Peri Rossi, y con sendos cuadros de De Chirico en la portada (¡con qué sorpresa descubrí años más tarde que el gran De Chirico la había retratado!... aunque no en calidad de escritora, sino como dama de sociedad). Tuvieron ventas discretas, pero la crítica fue entusiasta. Años después, cuando yo había dejado Grijalbo para poder escribir mis propios libros, la escritora Nuria Amat me propuso participar en un bonito proyecto: «Vidas literarias», una colección que ella dirigía en Editorial Omega. Se trataba de que distintas/os escritoras/es españolas/es hiciesen una introducción a la vida y obra de auto-ras/es que les hubiesen marcado. El primer título era de Cristina Peri Rossi y versaba sobre Cortázar, la misma Nuria escribió sobre Juan Rulfo, Olvido García Valdés sobre Santa Teresa, Fernando Savater sobre Borges… Naturalmente, elegí a Lispector. Y ello me dio el pretexto para hacer algo que siempre me gusta mucho: profundizar en un tema o autor/a. De joven me habría parecido una pérdida de tiempo: aspiraba a conocer muchas obras, a ir llenando los innumerables huecos que mi escasa educación literaria me había dejado. Luego, cuando he estudiado a fondo —para traducirlos, prologarlos o trabajarlos en talleres— a Madame de Sévigné, Colette, Virginia Woolf, André Gide… me he dado cuenta de que profundizar en una cosa nos da un tipo de conocimiento que no obtendremos nunca leyendo superficialmente muchas. Es, claro está, el principio de las tesis doctorales, pero yo, que no me doctoré, no lo sabía. En fin, el libro que escribí para Omega, aunque realmente constaba sólo de 50 páginas (el resto era una selección de la obra de la autora), me dio la oportunidad de indagar en el mundo de Clarice Lispector. Leí las obras suyas que me quedaban por leer; releí las que ya había leído; me reafirmé en mi preferencia por los cuentos y La pasión según G. H. (aunque también me entusiasman Cerca del corazón salvaje, Agua viva y La hora de la estrella). Leí las dos biografías suyas que había entonces, debidas a Nádia Battella Gotlib y a Teresa Montero. La de Battella Gotlib, publicada en 1995 (Clarice, una vida que se conta),


se basa casi exclusivamente en los textos (libros, artículos, entrevistas…) de la escritora; es una biografía excelente en lo interpretativo, pero pobre en datos: acepta por ejemplo la falsa fecha de nacimiento que Clarice propagó en sus últimos años (1925, en vez de 1920)… Tres años después, en 1998, aparecía la de Teresa Montero (Eu sou uma pergunta), fruto de un impresionante trabajo de investigación (en el verano de 2009 se ha publicado Why this World, una nueva biografía de Lispector, escrita por Benjamin Moser, tan completa que supongo que la podemos considerar definitiva). Leí, naturalmente, a Hélène Cixous, que dio a conocer a Lispector en los círculos intelectuales y académicos de Europa y Estados Unidos. Gracias a ella la editorial Des Femmes publicó en francés toda la obra clariceana, incluida la periodística (Siruela está haciendo lo mismo en España); si Lispector siempre ha sido vista como la escritora femenina por antonomasia, fue Cixous quien la convirtió en algo así como el mascarón de proa de lo que ella definió y teorizó como écriture féminine. Leí, en fin, todo lo que pude encontrar. Que no es todo, por supuesto: la bibliografía sobre Lispector ha proliferado tanto que estar al día de ella debe requerir una dedicación a tiempo completo. No es de extrañar entonces que cuando a principios de 2008 María Borrás, editora de La Esfera de los Libros, me preguntó si quería escribir para ellos alguna biografía, le propusiera sin dudar la de Clarice. En parte, porque como ya he explicado, es una escritora a la que conozco bien, y de quien la lectora o lector españoles tiene poca información. No se había publicado por entonces en lengua española ninguna de sus biografías (posteriormente la editorial argentina Adriana Hidalgo tradujo la de Nádia Battella Gotlib Clarice, una vida que se cuenta); tampoco los varios volúmenes de correspondencia que habían ido saliendo en Brasil: uno general (Correspondências), luego las cartas intercambiadas con el escritor Fernando Sabino (Cartas perto do coração), finalmente el espléndido epistolario dirigido a sus hermanas (Minhas queridas). Cabía, por lo tanto, hacer una biografía, no de investigación —no creo que se pueda aportar nada a los datos que ya existen, sobre todo después del libro de Benjamin Moser—, pero sí de divulgación, de síntesis del material existente. Se trataba de poner la vida de Clarice Lispector al alcance de las y los lectores españoles, de forma interesante y amena. Y para ello, la mejor ayuda era la de la misma Lispector, a través de sus cartas, que, como se verá, he utilizado abundantemente. Pues como apunta Janet Malcolm, las cartas «son una de las cosas que más fijan la experiencia (…). Todo lo demás que toca el biógrafo está rancio, estropeado, contado y vuelto a contar, es dudoso, carece de autenticidad, resulta sospechoso. El biógrafo sólo tiene la sensación de que está totalmente en presencia de la persona cuando lee sus cartas, y sólo cuando cita las cartas comparte con los lectores su sensación de que ha recuperado una vida. Y comparte algo más: la sensación de trasgresión que acompaña la lectura de unos textos no pensados para que uno los lea». Pero si desde un principio supe que no iba a ofrecer informaciones nuevas sobre la vida de Clarice Lispector, sí me pareció que podría aportar algo en otro aspecto: el de la interpretación. Me interesaba analizar su vida como ejemplo contemporáneo de una figura muy poco presente en la historia (por ausente o por olvidada, ésa es otra cuestión): la escritora, en femenino. E intentar entender por qué se ha tardado, se está tardando tanto, en reconocerla (al menos fuera de Brasil) en su verdadera estatura —yo también pienso, como Elizabeth Bishop, que Lispector es mejor que Borges, o al menos no inferior— y por qué no se la incluye en la generación del boom latinoamericano, que con su exclusión (y la de María Luisa Bombal y Elena Garro) ha pasado a la historia como exclusivamente masculina, como hacía notar recientemente Nuria Amat en la revista Claves (diciembre de 2009). El hecho de que escribiese en una lengua distinta (el portugués) a la de los del boom (el español), es una de las explicaciones; pero no la única. Lispector, por varios motivos, estuvo desde el principio al margen de su generación literaria. Conociendo la mezquindad y las rivalidades tan frecuentes en el mundo literario, siempre me sorprendió la simpatía, el cariño, el respeto y la admiración con que trataban a Clarice —a juzgar por la correspondencia— sus colegas escritores. Sin duda eso se debe a su carácter, tan humilde, tan generoso —al menos en su juventud y por carta; cuando volvió a Brasil parece haberse vuelto una persona bastante más difícil—. Pero también a otros motivos. La obra de Clarice era muy elogiada por la crítica, pero no tenía el menor éxito de ventas. Ella personalmente tampoco poseía, ni aspiraba a conseguir, ningún puesto de poder, ya fuera


político, académico o periodístico. Vivía lejos: de 1944 a 1959 residió en Europa o en Estados Unidos. En una palabra: no era competencia. Los componentes de la generación del boom y, en general, los escritores varones de la época —los colegas y compatriotas de Lispector, para empezar— compartían un cierto tipo de vida. Tenían profesiones similares: eran —además de escritores en ejercicio— periodistas, funcionarios, diplomáticos, profesores… Eran amigos, frecuentaban las mismas tertulias, publicaban en los mismos periódicos. Esa vida, Clarice Lispector la llevó fugazmente en sus primeros años de adulta —entre 1940 y 1944—, y volvió a llevarla a partir de su regreso a Brasil, en 1959. Pero entre tanto, durante quince cruciales años, Clarice desapareció: dio prioridad (como se lo exigía el modelo de mujer imperante en la época, modelo que por lo demás ella no cuestionaba) a su «vida de mujer». Se ausentó de las redacciones, los cafés, los congresos, donde los escritores se reúnen. Desde el punto de vista de su escritura, eso fue una ventaja: no sólo tuvo tiempo para escribir, sino que su aislamiento, el hecho de que no necesitara publicar para vivir, convirtió probablemente su escritura en más profunda, más original, de lo que habría sido si se hubiera insertado en el tipo de vida, personal y profesional, que llevaban sus colegas masculinos. Pero como es lógico, ese aislamiento provocó que se la olvidara, que no se la incluyera en esos grupos y redes que son la base de los movimientos y generaciones literarios. Clarice siguió a su marido al extranjero; se dedicó a ser esposa de diplomático (que es toda una profesión), ama de casa y madre de dos hijos. Se hacía llamar Clarice Gurgel Valente; no le decía a nadie (fuera de sus íntimos) que era escritora —sólo era conocida como tal por unos pocos y en un país lejano—; dedicaba muchas horas a estar guapa y elegante y a preparar cenas para los diplomáticos colegas de su marido, sin descuidar detalles como el de poner, en los cuencos de agua para lavarse las manos, un pétalo de rosa… Sólo se reintegró en el mundo profesional (literario y periodístico) a su vuelta a Brasil, y aun así, esa integración fue muy relativa, pues le ocurrió lo que suele ocurrirles a las mujeres que participan en un grupo de artistas, todos o casi todos ellos varones: entablan una relación amorosa con uno de ellos, y el resultado termina siendo su marginación del grupo, por una u otra causa (o porque se emparejan y se dedican a ser amas de casa y madres más que artistas, o porque pasan a ser vistas como «la compañera de», o porque —y esto fue lo que le pasó a Clarice— al romper la relación se apartan del grupo). Ella, además, tenía un problema familiar que la limitaba mucho: era madre de un hijo que requería una atención constante. Y hay también otro motivo que explica la marginalidad de Lispector (como de otras escritoras) respecto a su generación, y es que ésta era una generación muy politizada, mientras que ella sólo se interesó por la política tardía y parcialmente. No olvidemos que en Brasil las mujeres sólo pudieron votar sin restricciones a partir de 1934, y aun así, el voto, que era obligatorio para los varones, no lo fue para ellas hasta 1946. En resumen, todas estas diferencias de recorrido biográfico entre escritoras y escritores, las marginan por dos vías: una directa y otra indirecta. En primer lugar se las olvida porque, recluídas como están en su casa, no participan, no se las ve. Pero, además, su literatura es distinta de la de sus colegas varones. Se nutre de experiencias, preocupaciones, puntos de vista diferentes. Sin duda, ese adjetivo que se aplica siempre, automáticamente, a Clarice y su obra: «exótica» (acompañada en general por otros del mismo jaez: «misteriosa, singular, irrepetible»), algo tiene que ver con esa divergencia respecto a la literatura de su generación. Pero describiéndola en esos términos, se da la impresión de que no tiene raíces ni conexiones (y de que las escritoras son una rareza); y no es cierto. Además de su vinculación con la tradición religiosa judía (como han analizado, entre otros, Antonio Maura y Benjamin Moser), ella pertenece claramente a la tradición literaria femenina. La narrativa escrita por mujeres tiene ciertas características temáticas a mi modo de ver clarísimas. No quiero decir con ello que estén siempre presentes, ni que ninguna de ellas se halle nunca jamás en las obras escritas por varones. Pero globalmente, cuando echo un vistazo a las literaturas que más o menos conozco (desde el siglo XVII hasta ahora, escritas en español, francés e inglés, sobre todo), compruebo una serie de rasgos comunes. Que son en el fondo facetas de uno solo: el protagonismo de las mujeres y el interés por lo femenino. Lo que evidentemente responde a la escasez de personajes femeninos y a sus limitaciones en la literatura escrita por varones. (Entiéndaseme: no quiero decir que haya pocas mujeres en la narrativa masculina, sino que la gama de papeles que representan es reducida: son en general amantes, esposas, compañeras o —más raramente— madres, de los personajes


masculinos. Es grande el contraste con la variedad de los personajes masculinos, que no se definen por su relación con las mujeres, sino por características simplemente humanas: avaros, héroes, antihéroes, traidores, peregrinos…). Las obras escritas por mujeres suelen tener a personajes femeninos por protagonistas: es el caso de casi todas las de Lispector. Prestan una especial atención —crítica— a los roles de género y las relaciones de poder entre los sexos (La hora de la estrella me parece el mejor ejemplo). Crean nuevos personajes femeninos, inexistentes o despreciados hasta entonces: niñas o adolescentes (en cuentos como «Felicidad clandestina», «La legión extranjera», «Las desgracias de Sofía» y muchos otros), viejas («La búsqueda de la dignidad») y mujeres artistas (Agua viva, La pasión según G. H., Un soplo de vida…). Quizá habría que precisar: adolescentes que no son lolitas, viejas que no son viejas brujas, creadoras que no son pedantes o ridículas… Yo adoro sobre todo a las marujas de Clarice, que tienen la vida interior de un filósofo, de un poeta místico, sin dejar de ser amas de casa totalmente convencionales («La imitación de la rosa», «Amor»…). En un momento como el actual, en que la condición femenina se halla en plena, y a veces desorientada, transformación (los varones contemporáneos llevan vidas distintas de las de sus abuelos en muchas cosas, pero la diferencia, no sólo material sino de mentalidad, de valores, entre nosotras y nuestras abuelas es abismal), las biografías de mujeres me parecen especialmente necesarias y útiles. Y en particular las de creadoras, pues ellas están casi ausentes de los libros de historia y en consecuencia, del imaginario colectivo. Entre otras cosas, porque al escritor genial nos lo imaginamos como alguien consagrado completamente a su arte, viviendo en una buhardilla, tal vez alcohólico, suicida, aventurero, bohemio, de vida «disoluta»… o incluso como oscuro oficinista o profesor de idiomas, del que nadie sospecharía su genialidad… Y ya sería hora de incorporar a esta galería de retratos tópicos, una posibilidad nueva, inesperada: que el escritor genial fuese una dama de sociedad que recibe a sus invitados con pétalos de rosa en los cuencos de porcelana. Diciembre de 2009

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