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Autonomía, género y diversidad. Octavio Salazar Benítez Librepensamiento e Islam. Waleed Saleh La renovación pendiente. AAVV San Romero de América. Juan José Tamayo (Director) Religión, razón y esperanza. El pensamiento de Ernst Bloch. Juan José Tamayo Maestros y testigos. AAVV Grito Africano. Por el derecho a existir. Cyprien Melibi Melibi Ignacio Ellacuría. Utopía y teoría crítica. Juan José Tamayo, Luis Alvarenga (Directores) Tiempo de disenso. Creer, pensar, crear. Juan Antonio Estrada (et alii) Misterio del mal y fe cristiana. Pedro Barrado (et alii) Por una iglesía, por fin conciliar. Pedro Barrado (et alii) Teología política. Una perspectiva histórica y sistemática. Carlos Corral Salvador

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TÍTULOS PUBLICADOS:

La violencia de género existe porque nuestra sociedad es patriarcal. La metaestabilidad de la violencia contra las mujeres como garante del mantenimiento de sociedades patriarcales, lleva a la autora a analizar uno de los periodos de mayor dimensión política y de enormes consecuencias sociales y mentales: la emergencia de la Gran Iglesia. En este complejo contexto, tolerancia e intolerancia, violencia, autoridad y dominación adquieren gran dimensión. Dentro de este fenómeno, los límites impuestos a las mujeres constituyen el sello referencial de la jerarquía eclesiástica. Cómo se caminó hacia la subordinación de las mujeres y cuáles han sido los recursos que la dotaron de durabilidad, de efectividad -tanto más cuanto se consiguieron trabar en lo más hondo de quienes querían alcanzar la gracia de Dios- es uno de los intereses de este estudio. Plantea, también, el análisis del complejo proceso que ha generado un sustrato violento tan perdurable en el tiempo como para constituir la “herencia judeo-cristiana”, invocada hasta la saciedad como una de las causas fundamentales de la violencia de género.

Emma González González

Emma González González

diáspora

Dirigida por Juan José Tamayo

Emma González González

Ciencias de las Religiones

SOPORTARÁS TODOS LOS MALES

COLECCIÓN DIÁSPORA

SOPORTARÁS TODOS LOS MALES LA VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES EN EL CRISTIANISMO PRIMITIVO tirant

humanidades diáspora

Historiadora, doctora por la Universidad de Oviedo y experta en violencia de género. Su trabajo ha combinado el análisis académico de la tarda antigüedad y las religiones, con la intervención directa con víctimas de violencia de género, como Técnica de Igualdad vinculada a Fundación Mujeres y a otros organismos oficiales que trabajan en materia de prevención e igualdad. Su primera publicación Imitando a Rebeca. Modelos de feminidad para cristianas (2009), ofrecía ya un acercamiento a la imposición de modelos femeninos desde los discursos de poder en el contexto judeocristiano. Sus líneas de análisis apuntan a una reflexión teórica acerca de los modelos de dominación que, históricamente, han fijado las características y modelos que encontramos hoy en la violencia de género, entendida como un fenómeno amplio que sustenta las sociedades patriarcales. Desde sus publicaciones ha abordado la autoridad femenina en el contexto judeocristiano, la emergencia de la Iglesia oficial y la evolución del papel de las mujeres dentro de ella; así como las formas de dominación y violencia presentes en los siglos de desarrollo de la Iglesia oficial. A su labor como investigadora y docente en la Universidad de Oviedo, añade una amplia participación en congresos, formación, divulgación y publicación de materiales referentes a las situaciones de vulnerabilidad de las mujeres, la coeducación y la igualdad efectiva de oportunidades, tanto en ámbito nacional como internacional.


SOPORTARÁS TODOS LOS MALES LA VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES EN EL CRISTIANISMO PRIMITIVO


COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES

Manuel Asensi Pérez

Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València

Ramón Cotarelo

Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia

Mª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València

Juan Manuel Fernández Soria Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València

Pablo Oñate Rubalcaba

Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València

Joan Romero

Catedrático de Geografía Humana Universitat de València

Juan José Tamayo

Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid

Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales


EMMA GONZÁLEZ GONZÁLEZ

SOPORTARÁS TODOS LOS MALES LA VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES EN EL CRISTIANISMO PRIMITIVO

tirant humanidades Valencia, 2017


Copyright ® 2017 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito de la autora y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant Humanidades publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com.

Director de la colección:

Juan José Tamayo

Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid

© Emma González González

© TIRANT HUMANIDADES EDITA: TIRANT HUMANIDADES C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia TELFS.: 96/361 00 48 - 50 FAX: 96/369 41 51 Email:tlb@tirant.com www.tirant.com Librería virtual: www.tirant.es ISBN: 978-84-17069-18-6 MAQUETA: Tink Factoría de Color Si tiene alguna queja o sugerencia envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia por favor lea en www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-de-empresa nuestro Procedimiento de quejas. Responsabilidad Social Corporativa: http://www.tirant.net/Docs/RSCTirant.pdf


A mi maestra, A. Pedregal. Nos in aeternum.


Índice INTRODUCCIÓN..................................................................................... 11 1. FUNDAMENTOS HEURÍSTICOS PARA UNA DIMENSIÓN HISTÓRICA DE LA VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES 1.1. Los espejos de los hombres................................................................ 30 1.2. «La mayor calamidad»: breve repaso al pensamiento misógino en la Antigüedad..................................................................................... 39 1.2.1. Ese mal necesario. Configuración mítica de la alteridad y del mal. 50

2. AUTORIDAD, POTESTAD Y DEPENDENCIAS 2.1. El desfile de hijos varones de hombres con educación: la mística de la masculinidad.................................................................................. 67 2.2. Patriarcado y jerarquía....................................................................... 72 2.3. Derecho, familia y sociedad. La potestad del padre, el poder de todos los hombres.................................................................................. 79 2.3.1. La familia romana.......................................................................... 79 2.3.2. Evolución de la familia judía.......................................................... 90 2.3.3. Cristianismo y contexto familiar................................................... 102

3. ECCE ANCILLA DOMINI. LA RELIGIÓN ANTE LA VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES 3.1. La violencia fundadora. Monoteísmo y violencia............................. 123 3.2. Dominación teológica. La configuración de las creyentes pasivas... 134 3.3. En el valle de lágrimas. Dolor y sufrimiento en las teodiceas tradicionales cristianas.............................................................................. 155 3.3.1. El dolor como pilar de la experiencia religiosa............................. 159 3.3.2. Un vestido de llanto y penitencia: sufrimiento y sumisión......... 171

4. VIOLENCIA EJEMPLARIZANTE. UN LUGAR EN LA COMUNIDAD 4.1. Cuerpos dóciles y vidas honorables................................................... 181 4.1.1. Memoriales para almas incrédulas. Utilización de la violencia en el sustrato bíblico........................................................................... 183


4.1.2. Un manto de pudor. Las disciplinas grupales............................... 196

4.2. El pastor y sus ovejas. Microfísica del poder y represión violenta.. 215 4.2.1. Tecnología del poder I.................................................................... 217 4.2.2. La política de los cuerpos I............................................................ 229 4.2.3. La política de los cuerpos II........................................................... 243 4.2.4. Tecnología del poder II.................................................................. 259

CONCLUSIONES..................................................................................... 277 LISTADO DE ABREVIATURAS DE AUTORES CLÁSICOS................ 293 FUENTES DOCUMENTALES: EDICIONES CRÍTICAS...................... 297 BIBLIOGRAFÍA....................................................................................... 299

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Índice


Introducción ¿Qué es lo que lleva a las mujeres a soportar el sufrimiento, aun sabiendo que lo es? ¿De dónde viene el sentimiento de culpa, creer que se merece y es bueno, incluso teniendo claro que se es víctima? ¿Por qué es tan difícil vivir sin violencia para nosotras? La respuesta a estas preguntas formuladas por una superviviente de la violencia de género, está relacionada con las formas en las que las violencias son absorbidas en la normalidad de la historia y cómo la sumisión acaba adhiriéndolas a comportamientos pasivos, cuando no auto-lesivos. Las preguntas permiten adivinar además una respuesta amplia y compleja, relacionada con que la violencia de género no sólo se ejerce porque se puede, sino porque está mantenida dentro de ciertas estructuras sociales. La violencia de género existe porque nuestra sociedad es patriarcal. Esta aseveración que parece simple en el planteamiento nos lleva a centrar el interés de nuestro estudio en uno de los momentos clave de la sociedad patriarcal: los siglos II al IV. Un periodo de enorme dimensión política y de gran consecuencia mental. Una época en que tolerancia e intolerancia, violencia, autoridad y dominación describen una inextricable trenza que hace difícil desentrañar los argumentos de respuesta a las preguntas iniciales. La dificultad añadida ha sido, en esa búsqueda de la respuesta, querer comprobar cómo ha incidido la subordinación en las mujeres, qué procesos ha generado y cuáles han sido los abusos que han dotado a la violencia contra las mujeres de durabilidad temporal, sobre todo, a partir de la emergencia jerárquica de la Gran Iglesia. Si esa metaestabilidad de la violencia contra las mujeres tiene relación con el patriarcado, ¿qué fue primero, el huevo o la gallina? Y ¿En qué formas, estructuras y usos se fija la violencia en aquel tiempo, para ser la «herencia judeo-cristiana» tan invocada como una de las causas fundamentales de la violencia de género? En casi todas las obras en las que se da una amplia perspectiva de la violencia contra las mujeres o de género, se alude al peso que la religión ha tenido en la perpetuación de la misma. Este trabajo se ha nutrido de estudios multidisciplinares que proponen una visión integral de la violencia de género, tanto en su dimensión teórica contemporánea co-


mo en las herencias históricas de la misma1. Aunque esta parte ha sido desarrollada en extenso, no la incluimos en esta publicación debido a su extensión. Cualquier violencia es compleja, pero la que se inflige por cuestiones de género lo es aún más puesto que abarca muchos aspectos, invade muchos espacios hasta llegar a plantear una relación difusa del sujeto dominado consigo mismo, cuando no extraña de sí. Son relaciones que permanecen reforzadas por las leyes, por la economía y la educación, y en muchos casos refrendada por las propias mujeres. Existen violencias micro y macro que se desarrollan y apoyan formando una estructura transversal a lo largo de la historia. A veces es sutil, otras altamente eficaz y casi silenciosa, otras es desgarradora, pero siempre injusta. La dimensión histórica da respuesta a las dificultades de erradicación y al análisis estructural de la misma, alejada de la singularización en las relaciones amorosas tóxicas, tan vendida por los medios. Es como si en el estudio sobre el esclavismo, quisiéramos acercarnos a su análisis contemplando únicamente la relación personal del amo con el esclavo y sus sentimientos al respecto. Quedarían en el tintero muchos aspectos indiscutibles para comprender este fenómeno. Y a la inversa, en el hacer histórico, muchas veces se desestiman las informaciones que, a nivel micro, operan como recursos de dominación de las mujeres. La violencia física o directa suele ser más visible que otras formas de violencia de más difícil identificación y que permanece «edificada dentro de la estructura» (Galtung, 1995). La violencia es articulada desde procesos más complejos que lo que denominamos agresión física, y comprende recursos de explotación y represión que son vistos como

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Entre ellos, destacamos López Beltrán, Jiménez Tomé y Gil Benítez (2003); Fontanil, Alcedo y Roberts (2014), obra que plantea un estudio global desde la interdisciplinariedad, aportando un análisis desde aspectos psicosociales, de intervención, históricos o institucionales (intervención integral a mujeres y la gestión de la Red regional de casas de acogida, políticas laborales); Tamayo (2010a; 2010b; 2016), donde se analiza el peso de la violencia en las religiones, la perspectiva histórica de la experiencia religiosa femenina de la mano de Cristina Segura Graíño, el peso de las costumbres y la religión que es analizado por Amelia Valcárcel o la Ley de igualdad efectiva entre hombres y mujeres, por Soledad Murillo. Estudios que se acercan a la violencia contra las mujeres en sus múltiples caras y escenarios.

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normales o naturales. Parafraseando a Galtung (1995, p. 314) «La violencia está presente cuando las personas en sus realizaciones efectivas, somáticas y mentales están por debajo de sus potenciales debido a la influencia de esa relación». Si analizamos estos siglos desde la perspectiva foucaultiana, el nivel micro adquiere una dimensión, consideramos, más adecuada. La microfísica del poder opera sobre la base de una tecnología en la que el cuerpo y la identidad pasan a ser importantes gestores de las formas de dominación. En el análisis de Foucault (1980, 2012) la dominación permea cada esfera de poder: desde el macrosistema hasta el microsistema familiar y el nivel individual. La combinación de la vigilancia jerárquica y la sanción normalizadora garantizan grandes «funciones disciplinarias de distribución y clasificación» (Foucault, 1980, p. 120). Atrás quedaba el principio de autoridad de las primeras ekklesiae, que ejemplificaban el clima de diversidad doctrinal que configuraba el cristianismo del siglo I e inicios del II. Será a partir de la segunda mitad del siglo segundo y, especialmente, en el tercero cuando se comience a configurar una Iglesia sobre una base ortodoxa fundamentalista que nada tenía que ver con los movimientos de los que en ese momento pretendía distanciarse. El camino del cristianismo como religión monoteísta está vinculado a la existencia de una Iglesia, un dogma y un clero. Desde principios del siglo III se configura tanto la institución eclesiástica como la plasmación escrita de un canon, así como una distinción (exclusivismo) social y religiosa de los cristianos. Con anterioridad a este momento, el cristianismo ya había comenzado su adaptación, la cual recae en gran medida sobre las mujeres. De los primeros escritos comunitarios, donde la iglesia doméstica visibilizaba la presencia de mujeres y su función como ministras o líderes de la comunidad, se involuciona, dando marcha atrás al liderazgo femenino (Ef. 5, 21; Col., 3:18), hasta llegar a la prohibición de la palabra y la enseñanza femeninas (1 Tim. 2, 11). El cristianismo, en su celo infalibilista, no sólo doctrinal sino también político, incorpora los cambios que le permiten supervivencia y ascenso. Se pueden cambiar ciertas creencias y actitudes, pero las instituciones y el orden no (median aquí los pactos entre fráteres). Tampoco el mensaje cristiano traía en esta época cambios en las estructuras fundamentales. En la tercera generaSoportarás todos los males

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ción de escritos del Nuevo Testamento, la Iglesia no sólo refrendó las instituciones de la sociedad romana, sino que las aprovechó y las hizo más eficaces, tanto para garantizar la permanencia en ellas como para legitimarse como institución. La Gran Iglesia tuvo que centrarse en reforzar sus estructuras jerárquicas (el ascenso tanto real como simbólico de los obispos es buena prueba de ello) y, por otro lado, desarrolla una ordenación interna basada en el dogma cerrado, lo cual constituye como indiscutibles los preceptos dados. En este ejercicio político, ortodoxia y dogma pasan a ser la garantía de que la Gran Iglesia predica la «sana doctrina» dejando atrás la acusación de superstitio o prava religio. Se alzará con la autoridad carismática, pondrá en juego la capacidad de definir «horizontes de significado», poseerá la capacidad autotélica para otorgar los «derechos de existencia» dentro de una comunidad ya conformada sobre el «juicio normativo». La amenaza de la pluralidad y la alteridad (como son las herejías; Iren., Adv. Haer. I, 13; Clem., Strom. III, 4, 30, VII, 17) es el argumento sobre el que se imprime el valor de la Verdad como dogma, se vincula la vida de la comunidad a dicho dogmatismo y se asocia —a través de sus estructuras de poder— al modelo político existente. El cristianismo contribuyó, de manera muy efectiva, a hacer de la inferioridad femenina algo fundamental. En la emergencia política de la Iglesia, los límites impuestos a las mujeres constituyen el sello referencial de la jerarquía eclesiástica. La situación de las mujeres en una sociedad es lo que marca su nivel de avance o retroceso. La Iglesia supo —como señala Consolino (1986)— servirse de las mujeres para erigirse como sistema, para realzar su propio poder, sometiéndolas a las estructuras. Comprobar de qué forma están presentes algunos aspectos que consideramos hoy como fundamentales de la dominación y violencia de género, nos ayuda a establecer cuáles han sido aquellos que han facilitado la pervivencia y evolución de la violencia contra las mujeres y cuál ha sido la rentabilidad política que, en los siglos II al IV, dos expresiones patriarcales como Iglesia e Imperio, gestionan hasta a nivel micro la realidad individual. En esta gestión, la realidad de las cristianas cambia a razón de su sexo, de su cuerpo y su autoridad. Nuestra intención es ahondar en los procesos de dominación mostrados en las fuentes para establecer un mapa de categorías centrado en 14

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evoluciones/tipo que parecen determinantes para el mantenimiento de las violencias contra las mujeres, incluso donde parece que no existen o que son casi imperceptibles, por menos hostiles, desde la efectividad del sistema de dominación (Pedregal, 2000; 2005; 2007; 2012). Esta aproximación se aleja de la identificación de la violencia como actos aislados o puntuales, y defiende la existencia de una violencia «edificada» en estructuras que se manifiestan como un poder desigualmente distribuido. La aplicación de la perspectiva de género no sólo aporta luz sobre la violencia infligida a mujeres sino sobre otras formas de violencia presentes a lo largo de la historia. Si, como afirmara Clark (1994), el protagonismo femenino iba estrechamente relacionado con el desarrollo de la ascesis y de la caridad, no es menos cierto que el delgado techo de cristal de esta libertad era la renuncia a su condición femenina, que la familia comenzaba a articular nuevas formas desde el afecto conyugal y que la presencia femenina debía luchar contra el celo eclesiástico. Algunos de los cambios experimentados son analizados en este trabajo desde los indicadores de la violencia de género (i.e., control creciente, privación de vínculos y espacios, actitudes intimidatorias, coacción física y espacial, agresión física, agresión emocional), como estrategias para aquilatar en mayor o menor medida relaciones de dominio. Creemos que el lugar ocupado por las mujeres en el terreno religioso está gestionado desde las estructuras de poder. La emergencia de las estructuras eclesiásticas se aposenta en la incorporación de la élite masculina local eclesiástica a las instituciones patriarcalizadas. Esto indica la estrategia de justificación del dominio y desplazamiento de las mujeres, dentro de la propia dinámica de jerarquización de la Iglesia, a través del uso —como dijera Tocqueville— del ejercicio político y la libertad2. Para el teólogo Juan José Tamayo, las mujeres son las grandes olvidadas y perdedoras de las religiones: No son reconocidas como sujetos morales. Se las considera menores de edad que necesitan de guías espirituales varones que las conduzcan por el camino de la moralidad. De manera que las normas morales que deben

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«La libertad ve en la religión la compañera de luchas y triunfos, la cuna de su infancia, la fuente divina de sus derechos. La considera la salvaguarda de las costumbres como garantía de las leyes y presa de su propia supervivencia» (1980, p. 45).

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seguir las mujeres son dictadas por los varones, que se las imponen como de obligatorio cumplimiento. Los varones se sienten legitimados divinamente para imponer su omnímoda voluntad a las mujeres. Como solo los varones pueden representar a Dios, solo ellos pueden acceder al ámbito de lo sagrado, al mundo divino, solo ellos pueden entrar en el sancta sanctorum. Las mujeres difícilmente son reconocidas como sujetos teológicos. En la mayoría de las religiones la teología está escrita con caracteres masculinos. Esto también debido a que la organización de las religiones se configura, la mayoría de las veces, a nivel patriarcal. De manera que las religiones legitiman múltiples formas de exclusión de las mujeres de la esfera pública, de la vida política, de la actividad intelectual y del campo científico, y limitan sus funciones al ámbito doméstico, a la esfera de lo privado, a la educación de los hijos e hijas, a la atención al marido, al cuidado de enfermos o personas mayores. Las religiones aplican la violencia contra las mujeres de distintas formas: violencia física, simbólica y religiosa. La mayoría de las religiones niegan a las mujeres el reconocimiento y el ejercicio de los derechos reproductivos y sexuales (…) (Tamayo, 2011, 213-216).

Si bien es cierto que algunas comunidades judeocristianas de tinte apocalíptico parecían tener una posición contraria al poder imperial, la tónica general caminaba hacia la emergencia de una doctrina teológicopolítica que diera pátina sacra al sometimiento de los cristianos a las estructuras imperiales (González Salinero, 2015; Montserrat Torrents, 1992; Puente Ojea, 1992). Sin embargo, lejos de la permeabilidad y sincretismo del panteón romano, la teología cristiana sí suponía un mensaje lo suficientemente alejado como para generar confrontaciones y alarmar del peligro de esta nova religio. En el siglo II, la mayor tensión canalizada en las persecuciones y los martirios daba un testimonio de fe a los cristianos. Una poderosa máquina exegética se ponía en marcha para dar testimonio de las heroicidades de los mártires y pergeñar el entramado teológico y moral de los siglos venideros. Es en este punto donde el cristianismo más se reafirma, los valores de la doctrina cristiana toman forma dentro de la retórica de la lucha y el entorno hostil. Su fundamentalismo teológico nace en este contexto, y evolucionará en la idea ascética del «martirio blanco» toda vez que finalizan las persecuciones. Ante un clima de mayor adversidad, el cristianismo se fortalece y jerarquiza. Para autores como Puente Ojea (1992) o Momigliano (1989), 16

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la llegada de la oficialidad religiosa era, más que un comienzo, el final de un proceso de absorción política. Si bien es cierto que en Oriente la realidad era diferente, Peterson (1999) señala que se trató de una imposición eclesiástica pero también de una dominación estatal. El orden patriarcal político es tomado como horma de la ordenación ministerial y la unidad fundamental dogmática se basa en una teología plenamente justificativa del orden. La emergencia de la élite local eclesiástica masculina no hubiera sido posible sin la «colaboración» y apropiación de las funciones y economía de las mujeres, sin la aquiescencia de los poderes y sin la labor teológica fundamentalista que atentó contra la autonomía alcanzada por al menos algunas mujeres y contra la capacidad personal de todas. La expansión del cristianismo por el Imperio requirió un arduo control, sobre todo en aquellas comunidades en las que la implantación de formas jerarquizadas chocaba con la experiencia y autoridades locales. Es en este momento de expansión en el que se inicia un desigual reparto de funciones y de valores respecto a los hombres y las mujeres (Pedregal, 1995). Desde el año 313, en el que la religión goza del favor imperial, hasta el año 380, en que Teodosio hizo del cristianismo la religión del estado, asistimos a una consolidación del poder sacerdotal como mecanismo de reafirmación frente a los movimientos denominados heréticos. Ese sentido lleva al cristianismo a ser una religión de culto cerrado y sacerdocio vigilante, con la unificación de las funciones en la figura del obispo. Las mujeres participan de la segunda paradoja de estos siglos: mientras un mensaje de igualdad y participación sobrevuela las realidades de las mujeres, teológica y eclesiásticamente son sometidas bajo un modelo de dominio cuyos sustratos aún se pueden rastrear en la actualidad. Parece lógico e interesante tirar del hilo de esa autoridad que sella una praxis de sumisión femenina para ver cuáles eran los modos de articular la violencia en momentos de crisis y reajuste. Pues, si la violencia contra las mujeres es estructural, en este momento de emergencia de la jerarquía religiosa debía tener un desarrollo concreto. Por otro lado, ciertas pautas y habitus que son indicadores de violencia de género hoy en día, existen ya en este tiempo como generadores de la misma, y han

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sido modulados e integrados en los usos sociales hasta diluir ciertas formas de dominación. De la dominación investida por la autoridad a las estrategias de la microfísica del poder, surge la multiplicidad de espacios y situaciones que tienen cabida en eso que denominamos relaciones de dominación o control, tanto a nivel estructural (estado, familia, patriarcado) como a nivel de sociodicea de los individuos, donde la dominación corre por el cauce simbólico y en muchos casos emocional (rituales, costumbres), donde los modelos sociales ya imprimen formas dominantes, como lo son los pactos patriarcales y la definición de las alteridades sociales. En los usos violentos de aquella y esta época, se manejan categorías heredadas del sustrato mítico con alto componente misógino. A partir de esas configuraciones se fundamenta la inferioridad naturalizada de las mujeres y la de la justificación por parte de los Padres de la Iglesia de la infirmitas sexus de las mujeres, de su tendencia al mal o su imbecillitas. Comportamientos que justifican la segregación y relegación de las mujeres en el ámbito religioso y reajusta la violencia simbólica en el contexto de la exégesis patrística. La posición de lo masculino como fundamento plantea la idea de que la alteridad es degradación de dicho principio. Las representaciones míticas y los textos de Platón servirán a exégetas como Clemente de Alejandría o Justino para justificar teológicamente el lugar de los sexos, naturalizar el orden dependiente y legitimar la subordinación, haciendo de lo masculino la esencia metacorporal y metasexual. Para Godelier (1996, p. 122): Los mitos son modos de convencer a todo hijo de vecino, hombres y mujeres, de que las cosas están bien como están ahora, que el orden que reina es el orden adecuado y que implica legítimamente una cierta violencia ejercida por los hombres contra las mujeres.

Los modelos heredados a través de los mitos abonan el terreno para la sobrevaloración de lo viril. Valores como la hombría o la heroicidad configuran una virtud pública medida según categorías opuestas y fundamentan el honor, entendido como terreno masculino. Por último, la masculinidad está íntimamente unida a la configuración de pactos y

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poderes, de los cuales emanan conceptos como jerarquía, comunidad o estado. El héroe de herencia antigua, en el contexto neoplatónico y cristiano, se aleja de lo corporal para acercarse al modelo moral materializado en la virtud última, la eudaimonía, que debe mantener el alma sin pervertir. La influencia del helenismo y del estoicismo marca considerablemente la evolución de los modelos de virtud y heroicidad. Todo este caldo de cultivo culminará en una re-elaboración de los valores que darán cuerpo a la figura del héroe-mártir cristiano y al culto a los santos. Se constituye un nuevo modelo de masculinidad que se ajuste a las realidades hegemónicas del Imperio y de la Iglesia. Las mujeres, para alcanzar una categoría de la cual no pueden participar por naturaleza, tendrán que des-naturalizarse y convertirse en varones para ser reconocidas por su comunidad. Las redes políticas —desde familia al Estado— están construidas sobre la base de los pactos patriarcales. En el ámbito familiar, el cristianismo recibe la influencia de dos realidades familiares, la romana y la judía, cuyos preceptos marcan algunos aspectos contenidos en el modelo cristiano. El acercamiento legal implica también abordar las configuraciones mentales de la época respecto al honor, la obediencia y la potestad. La familia cristiana evoluciona hacia formas útiles de contención de la mujer desde el afecto familiar y la cercanía a Dios mediante el trabajo bien hecho, el cuidado. El modelo familiar de la cristiana avanza hacia formas sustentadas sobre la base de la potestas entendida ahora como guía, educación y corrección. Y la necesidad de la familia para sostener a la comunidad tendrá su discurso a partir de la resignación a un modelo coherente pero no tan excelso como la virginidad. En el análisis del proceso de constitución de un sistema de poder desde la imposición religiosa tiene sentido establecer algunos puntos analíticos: El contexto fundamentalista como base de exclusión y generación de un discurso de alteridad y peligro. Es sabido que un fenómeno como el fundamentalismo, analizado ya en el contexto cristiano e imperial antiguo, está unido a formas de exclusión claras, a un canon irrefutable, a una visión unidireccional y a una experiencia religiosa bien demarcada. Por otro lado, los valores de la masculinidad adquieren aquí una dimensión importante para cerrar esa relación entre monoteísmo Soportarás todos los males

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y violencia presente a lo largo de la historia. A partir de ese fundamentalismo se van generando formas de sumisión a través del control de las relaciones con la divinidad de las creyentes. La forma en que la presencia y acción de mujeres es entendida como una exposición que debe ser controlada, genera la sustitución de una libertad de acción por una identidad creyente pasiva, unívoca e idéntica. Se necesita un modelo de Iglesia que articule y asegure modelos férreos, respetables, para adquirir una posición legítima. De ahí que se regara con fecundas instrucciones dirigidas a mujeres, ideales de comportamiento y normas de conducta, como una garantía más de su identidad frente al reconocimiento público. La presencia de mujeres en las Escrituras, en las parábolas y Hechos de los Apóstoles es utilizada desde el interés doctrinal oficial para generar la didáctica de la sumisión y el recato. Las disciplinas grupales aseguran cotas de sumisión y docilidad en aras de una utilidad política. La disciplina es la imposición e interiorización de un sistema de premios y castigos, gratificaciones y amonestaciones que lleva a una estructura de poder, en ese sentido, perversa. Y, desde este punto de vista, podemos hablar de vigilancia y control sobre los individuos y sus cuerpos, y de una dominación tanto más efectiva cuanto menos necesite recurrir a la violencia física. El sustrato bíblico aporta información valiosa respecto al tratamiento de la violencia comunitaria y la presencia/ausencia de las mujeres en determinados momentos importantes o liminales para la comunidad. Por otro lado, la utilización de modelos como Miriam, Eva, Dalila o Rebeca, no sólo están sujetos a la intencionalidad de su contexto, sino a la modulación posterior de la mano de los exégetas cristianos. Sumamos episodios que han pasado a la retina de nuestra cultura como textos bíblicos pero que pueden ser catalogados como tratados de la violencia y la exclusión. Si en su contexto las historias nos hablan de usos y abusos a mujeres, el panorama posterior no es menos violento. Lo que cambia es la intensidad. Los relatos de vejaciones dejan paso a una violencia de baja intensidad envuelta en la exhortación a la participación, pero que generan una esperanza de fe a través de la sumisión. El peligro de pecado y la vigilancia personal, esponjan un sentimiento de culpa duradero y altamente efectivo en el tiempo.

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