Issuu on Google+


JUAN ANTONIO ESTRADA - MIGUEL GARCÍA-BARÓ JOAQUÍN GARCÍA ROCA - PEDRO J. GÓMEZ SERRANO LUIS GONZÁLEZ-CARVAJAL - JUAN MARÍA LABOA SANTIAGO MADRIGAL - JUAN DE DIOS MARTÍN VELASCO LUCÍA RAMÓN - MANUEL DIEGO SÁNCHEZ DIEGO TOLSADA - FRANCISCO JAVIER VITORIA

POR UNA IGLESIA, POR FIN, CONCILIAR

Fundació ción

Universitaria

G. J. CHAMINADE CH 

Valencia, 2011


Copyright ® 2011 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito de los autores y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant Humanidades publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com (http://www.tirant.com).

Dirigida por:

ANTONIO DUATO GÓMEZ-NOVELLA

Texto de las conferencias pronunciadas en la Cátedra de Teología Contemporánea “José Antonio Romeo” del CMU Chaminade de Madrid, durante el curso 2010-11 con el tema “por una iglesia, por fín, CONCILIAR”

© TIRANT HUMANIDADES EDITA: TIRANT HUMANIDADES C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia TELFS.: 96/361 00 48 - 50 FAX: 96/369 41 51 Email:tlb@tirant.com http://www.tirant.com Librería virtual: http://www.tirant.es DEPÓSITO LEGAL: V I.S.B.N.: 978-84-939316-2-9 IMPRIME: Guada Impresores, S.L. MAQUETA: PMc Media Si tiene alguna queja o sugerencia envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia por favor lea enwww.tirant.net/index.php/empresa/politicas-de-empresa nuestro Procedimiento de quejas.


Índice RECUPERAR EL CONCILIO, ¿POR QUÉ? ........................................

9

DIEGO TOLSADA Fundación Universitaria G. J. Chaminade

LA IGLESIA ANTERIOR Y LA QUE GENERÓ EL CONCILIO VATICANO II .................................................................................... JUAN MARÍA LABOA Profesor emérito, Universidad Pontificia Comillas, Madrid

LA IGLESIA COMO PUEBLO DE DIOS ............................................. JUAN ANTONIO ESTRADA Universidad de Granada

AGGIORNAMENTO CONCILIAR Y FORMAS DE LA VOCACIÓN CRISTIANA: LAICOS, PASTORES, RELIGIOSOS ................. SANTIAGO MADRIGAL Facultad de Teología, Universidad Pontificia Comillas, Madrid

LA REFORMA LITÚRGICA DEL CONCILIO VATICANO II .......... MANUEL DIEGO SÁNCHEZ Universidad Mística de Ávila (Centro Internacional Teresiano-Sanjuanista)

LA VERDAD. Y LA REVELACIÓN ...................................................... MIGUEL GARCÍA-BARÓ Facultad de Ciencias Humanas y Sociales, Universidad Pontificia Comillas, Madrid

HACIA UNA IGLESIA POR FIN CONCILIAR. LA IGLESIA CATÓLICA, LOS HERMANOS CRISTIANOS Y EL DIÁLOGO INTERRELIGIOSO ..................................................................... LUCÍA RAMÓN Cátedra de las Tres Religiones, Universidad de Valencia

LA IGLESIA EN UNA SOCIEDAD PLURAL Y LAICA ..................... LUIS GONZÁLEZ-CARVAJAL Facultad de Teología, Universidad Pontificia Comillas, Madrid

47

79

109

139

181

201

225


IGLESIA Y MISIÓN.................................................................................

243

FCO. JAVIER VITORIA CORMENZANA Universidad de Deusto

LA IGLESIA Y LA CULTURA ACTUAL ..............................................

265

JOAQUÍN GARCÍA ROCA Universidad de Valencia

FIDELIDAD AL VATICANO 2º EN EL S. XXI .................................... JUAN DE DIOS MARTÍN VELASCO Instituto Superior de Pastoral, Universidad Pontificia de Salamanca

TEMAS PENDIENTES A LA LUZ DEL CONCILIO........................... PEDRO J. GÓMEZ SERRANO Instituto Superior de Pastoral, Universidad Pontificia de Salamanca

8

281

319

Índice


RECUPERAR EL CONCILIO ¿POR QUÉ? O creer en las mimosas en febrero DIEGO TOLSADA PERIS, SM Fundación Universitaria G.J. Chaminade

Las religiones son organismos lentos, que no cambian con agilidad. JAVIER MONTSERRAT1

SUMARIO: A MODO DE INTRODUCCIÓN. 1. QUÉ QUISO EL VATICANO II. 1.1. La situación previa. 1.2. El anuncio (25 de enero de 1959). 1.3. La convocatoria (25 de diciembre de 1961). 1.4. El discurso de apertura (11 de octubre de 1962. 2. LA HISTORIA DE LA RECEPCIÓN CONCILIAR. 2.1. Qué entender por recepción. 2.2. Primeros momentos de euforia. 2.3. La oposición al Concilio. 2.3.1. El rechazo abierto. 2.3.2. Una primera etapa de crítica y resistencia hasta 1970. 2.3.3. Las resistencias de 1970 a 1976. 2.3.4. De 1977 a 1983. 2.3.5. Desde 1985 a nuestros días. 2.3.6. Más allá de la historia de la recepción: sus claves formales. 2.3.7. Y detrás de todo ello, el miedo y, tal vez, la poca fe. 3. ¿QUÉ HACER? ¿POR DÓNDE IR?. 3.1. Las grietas en las murallas. 3.1.1. Algunos importantes errores personales. 3.1.2. Fallos estructurales. 3.2. Denuncias de la situación. 3.3. Llamadas al cambio. 3.3.1. ¿La superación del Concilio? 3.3.2. La propuesta de un nuevo Concilio, el Vaticano III. 3.3.3. El camino por andar

A MODO DE INTRODUCCIÓN Han pasado cuarenta y ocho años del comienzo del Concilio y cincuenta y uno desde aquel 25 de enero de 1959 en que Juan XXIII anunciaba en la Basílica de San Pablo Extramuros de Roma su convocatoria, causando la sorpresa primero de los que lo escuchaban y luego de todo el mundo. José Mª Castillo abre su pequeño libro La Iglesia que quiso el Concilio con la constatación de que la gran mayoría de las personas que son determinantes para la marcha de nuestra sociedad así como las generaciones jóvenes ni lo han conocido ni lo conocen2. Si esto lo podía decir Castillo con razón en 2001, con mayor razón podemos decirlo a estas alturas, nueve años después. Impedir que un

1

2

MONTSERRAT, J., Hacia el nuevo Concilio. El paradigma de la modernidad en la Era de la Ciencia. Madrid, San Pablo, 2010, p. 18. CASTILLO, J. Mª, La Iglesia que quiso el Concilio. Madrid, PPC, 2001, p. 7.


acontecimiento tan importante no se pierda con el transcurrir del tiempo en la bruma del pasado sería una muy buena razón, suficiente por sí misma, para hacer el esfuerzo de recuperarlo. A ello habría que añadir muchas otras razones internas de la vida de la Iglesia, menos justificables por su peligrosa orientación pero tal vez más influyentes que la primera, para que merezca la pena el esfuerzo de recordar aquel acontecimiento en lo que supuso y, sobre todo, en lo que quiso suponer, para que la memoria de todo ello no se borre y sirva de elemento dinamizador de nuestros esfuerzos. “Recuperar” parece que procede de re-capere, “volver a coger”, “volver a captar”, pero hubiera sido hermoso que hubiera sido de re-cupere, “volver a desear”. El propósito de este ciclo de conferencias sería entonces volver a desear aquello que supuso el Concilio. Otra palabra que nos puede ayudar es “recordar”, “volver a pasar por el corazón” no solo aquellos momentos iniciales de esperanza entusiasmada sino todo el largo, complejo y muchas veces descorazonador proceso al que desde entonces ha sido sometido. Quiero partir de una primera afirmación, inspirada en el recuerdo de unas palabras de mi profesor de Moral en Friburgo, el P. Pinto de Oliveira, cuando nos advertía a finales de los años 70 que, en realidad, la plena aplicación de los grandes concilios pastorales, que han tenido la pretensión de reformar y purificar la vida de la Iglesia, ha pasado por tres etapas: el entusiasmo de la novedad y del sentimiento de profunda liberación, en el que el futuro se ve lleno de posibilidades y con un gran optimismo, pero también con una buena dosis de ingenuidad; una segunda etapa de reacción por parte de la administración eclesial, ante lo que se consideran abusos prácticos y desviaciones doctrinales, de marcha atrás causada por el miedo, lo que Rahner llamó tan acertadamente “el invierno eclesial”; y una tercera etapa, al cabo de muchos años (creo recordar que Pinto hablaba de unos cincuenta) en la que se empezaban a retomar las intuiciones profundas y llegaban las aplicaciones pendientes, pero ahora con la serenidad y el realismo adecuado. También Alberigo, ya en 1985, parece ir por este camino, cuando afirma que en la relación del cristianismo contemporáneo y el Vaticano II: Nos parece que una fase está ciertamente superada: aquella en que la relación estuvo profundamente influenciada por la emoción intensa y ampliamente extendida, suscitada por la sesión conciliar3.

3

10

ALBERIGO, G., / JOSSUA, P. (eds.), La réception de Vatican II. París, Cerf, 1985, p.7. Diego Tolsada Peris


Parece que hay una mayoría silenciosa de cristianos para los que el Vaticano II es ya un hecho del pasado, sin una efectiva vitalidad actual y, junto a estos, una minoría agresiva, que continúa interesándose en el Concilio para reducir su alcance y enunciar los efectos funestos. Paradójicamente, parecería que el Vaticano II haya suscitado una oposición aguerrida, sin hallar, por el contrario, partidarios convencidos4.

Este recuerdo me lleva a decir que el Concilio Vaticano II está por aplicar o, matizando algo más, que sigue siendo un enorme potencial de creatividad y vida aún sin explotar en su mayor parte. No niego, evidentemente, que ha habido enormes avances en muchos campos, en los que es imposible la marcha atrás o la involución, por fuerte y voluntariosa que sea: el acceso a la Escritura, el despertar del laicado, la Iglesia como comunidad (Pueblo de Dios o comunión)… A lo largo de este ciclo de conferencias, se irán desgranando los frutos obtenidos y los que quedan por obtener. Pero, de modo general, creo que puede afirmarse lo que acabo de decir. Espero que a lo largo de estas líneas esta afirmación quede más aclarada, matizada y completada.

1. QUÉ QUISO EL VATICANO II Para comprender el Vaticano II, hay que situarlo en la larga historia eclesial desde la Reforma y Trento. Es el tema de la conferencia próxima, del profesor Laboa y no quiero entrar en ello. Pero sí cabe decir que Juan XXIII quería convocar al cristianismo (al catolicismo) para salir de un largo periodo histórico, que se había mostrado incapaz de hacer frente a dos problemas básicos: la Reforma protestante por un lado y la Modernidad por otro. Y no se trataba tanto de definir nuevas doctrinas cuanto de revisar la larga época postridentina, lo que también se ha llamado “la época piana” (desde Pío VII a Pío XII, pasando por Pío IX y Pío X, y su prolongación posterior), para poder permanecer fieles a la gran tradición cristiana que se ha esforzado siempre por pensar su “hoy” (el de cada época) a la luz del Evangelio. Esta era la causa y el objetivo del Vaticano II5.

4 5

Ibidem, p. 11. ALBERIGO, G., “La condition chrétienne après Vatican II”, en Alberigo G. / JOSSUA, J. P., o. c., pp. 28-29; CASTILLO, J. Mª, o. c., pp. 13-15.

Recuperar el concilio ¿Por qué?

11


1.1. El anuncio y la convocatoria 1.1.1. La situación previa Por circunstancias históricas muy concretas, el Vaticano I había sido clausurado sin agotar los temas que quería abordar (entre ellos, el papel de los obispos). Pero había tenido tiempo para definir el dogma de la infalibilidad pontificia, estableciendo así una profunda conexión entre soberanía e infalibilidad y entre poder magisterial y poder de jurisdicción, que residía de modo absoluto en el Papa. Así toda autoridad y verdad en la Iglesia pasaba a formar parte de la autoridad y de la posesión de la verdad del Pontífice. Dada esta situación, surgen espontáneamente al menos dos preguntas: ¿tenía sentido o era necesaria a partir de entonces la figura misma del concilio? En caso de convocarse, ¿qué alcance podían tener sus declaraciones a la luz de la infalibilidad pontificia?6 No es de extrañar, pues, el revuelo que la convocatoria de Juan XXIII el 25 de enero de 1959 en la Basílica de San Pablo Extramuros. De alguna forma y entre otras cosas era poner de nuevo sobre la mesa el problema de dónde residía el poder y el gobierno en la Iglesia, si exclusivamente en el papa o también y en qué forma en los obispos7.

1.1.2. El anuncio (25 de enero de 1959) Juan XXIII anunciaba su intención de celebrar un concilio ecuménico el 25 de enero de 1959, al final de la celebración del Octavario para la unidad de los cristianos. Sus palabras exactas, llenas al mismo tiempo de un cierto estremecimiento y de una gran decisión, son las siguientes: Con un poco de temblor por la emoción pero al mismo tiempo con una humilde resolución en nuestra determinación, pronunciamos delante de vosotros el nombre de la doble celebración que nos proponemos: un sínodo diocesano para Roma y un concilio ecuménico para la Iglesia universal8

6

7

8

12

La pregunta se hace más pertinente a la luz del actual Código de Derecho Canónico (c. 338), que legisla que es el Papa el único que tiene el derecho de convocar, presidir, trasladar, suspender, disolver, aprobar los decretos, determinar las cuestiones que tratar e, incluso, establecer el reglamento de un Concilio. CASTILLO, J. Mª, “Las teologías protestante y católica y el Concilio Vaticano II”, en Carmona FERNÁNDEZ, F. J. (coord.), Historia del cristianismo. IV. El mundo contemporáneo. Madrid, Trotta / Universidad de Granada, 2010, p. 394. Ecclesia 926 (1959), pp. 425-426. Diego Tolsada Peris


Él mismo dirá que unos días antes del anuncio, el 20 de enero, había experimentado la gracia de ver como sencillas y de inmediata ejecución algunas ideas nada complejas…, pero de vasto alcance y responsabilidad frente al porvenir.

De ahí que la actitud básica, descrita en diferentes lugares, fuera acoger las buenas inspiraciones del Señor simple y confiadamente. La idea del Concilio no ha madurado en mí como el fruto de una meditación prolongada, sino como la flor de una inesperada primavera9. Un toque inesperado, un haz de luz de lo alto, una gran suavidad en los ojos y en el corazón; pero al mismo tiempo un fervor, un gran fervor10.

Y en Diario de un alma podrá escribir: El primer sorprendido de esta propuesta mía fui yo mismo, sin que nadie me hiciera indicación al respecto. ¡Y decir que luego todo me pareció tan natural en su inmediato y continuo desarrollo!11

Unos meses más tarde fijará como objetivo del Concilio lo siguiente: La obra del nuevo Concilio Ecuménico tiende toda ella verdaderamente a hacer brillar en el semblante de la Iglesia de Jesús los rasgos más sencillos y puros de su nacimiento y a presentarla, tal y como su Divino Fundador la hizo […]. Por esto, detenerse algún tiempo junto a ella en un estudio afectuoso por seguir las huellas de su más fervorosa juventud y ordenarlas de nuevo de modo que aparezca su fuerza conquistadora a los espíritus modernos […], he aquí el propósito nobilísimo del Concilio Ecuménico12.

Resumiendo esta primera aproximación a la mente del papa Juan, podemos destacar dos grandes líneas de fondo en la primera intuición del Concilio: respondía a una corazonada vivida como una gracia y se trataba de recuperar la fuerza primigenia de la juventud de la Iglesia para que mostrarla a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Y todo ello vivido y expresado en un cálido tono afectivo.

9 10

11 12

FESQUET, H., Las florecillas del papa Juan. Barcelona, Estela, 1964, p. 108. JUAN XXIII, “El principal objetivo del Concilio. Discurso de apertura”I, en Concilio Vaticano II, o. c., p. 990. JUAN XXIII, Diario de un alma. Madrid, Cristiandad, 1964, pp. 406-407. JUAN XXIII, Homilía después de la misa eslavo-bizantina, 13 de noviembre de 1960. (Subrayado nuestro).

Recuperar el concilio ¿Por qué?

13


1.1.3. La convocatoria (25 de diciembre de 1961) Es en la Constitución Apostólica Humanae Salutis de 25 de diciembre de 1961, con la que convocaba oficialmente el Concilio, donde el papa Juan expresa claramente el origen y la finalidad del Concilio recogiendo algunas ideas ya expuestas: Ante este doble espectáculo, la humanidad, sometida a un estado de grave indigencia espiritual, y la Iglesia de Cristo, pletórica de vitalidad, ya desde el comienzo de nuestro pontificado […] juzgamos que formaba parte de nuestro deber apostólico el llamar la atención de todos nuestros hijos para que, con su colaboración a la Iglesia, se capacite ésta cada vez más para solucionar los problemas del hombre contemporáneo. Por ello, acogiendo como venida de lo alto una voz íntima de nuestro espíritu, hemos juzgado que los tiempos estaban ya maduros para ofrecer a la Iglesia católica y al mundo el nuevo don de un concilio ecuménico13.

El texto es de antología en muchos aspectos. Al menos, cabe retener tres aspectos: • La inspiración profético-carismática que hay en su origen. El Concilio no ha sido el fruto de una cuidada y planificada reflexión, a modo de conclusión, de un grupo de expertos, sino de “una voz íntima” que Juan XXIII se atrevió a considerar como “venida de lo alto”. • La clara dimensión pastoral del Concilio, que es su finalidad. La sociedad actual es capaz y está necesitada de la palabra renovada de la fe y la Iglesia, a su vez, es también capaz de responder adecuadamente a esos problemas. • Por eso, el Concilio es, ante todo, un don para ese mundo y esa Iglesia (y no un problema, como ha podido parecer posteriormente). Se puede, pues, leer el Concilio como una aceptación por parte de la Iglesia de los desafíos de la conciencia histórica moderna, con todo lo que ello conlleva de exposición a la crítica tanto interna como externa; de aceptación de la diversidad cultural, religiosa e histórica; de asunción e incorporación de los planteamientos propios de la libertad, responsabilidad y autonomía del individuo y de la colectividad ante el porvenir de la humanidad…14; en una

13

14

14

JUAN XXIII, “Constitución apostólica Humanae Salutis” n. 5, en Concilio Vaticano II, Constituciones, Decretos, Declaraciones. Madrid, Editorial Católica (BAC, 252), 1967, p. 13. KOMONCHAK, J. A., “La réalisation de l´Église dans un lieu”, en ALBERIGO, G. / JOSSUA, J. P., o. c, p. 121. Diego Tolsada Peris


palabra, de adoptar una postura de interrelación con el mundo surgido de la Modernidad, al cual hasta entonces no había hecho sino condenar. Todo ello implicaba, a su vez, la disposición de la Iglesia de revisar sus propios planteamientos y la posibilidad de redefinirlos y re-definirse en aspectos muy importantes de su autocomprensión y su vida.

1.1.4. El discurso de apertura (11 de octubre de 1962 En el discurso que pronunció Juan XXIII en la apertura del Concilio, le marcaba a este su orientación y tarea fundamentales, en contra de los “profetas de calamidades que siempre están anunciando infaustos sucesos”15. Estas son sus palabras A fin de que esta doctrina alcance los múltiples campos de la actividad humana referentes al individuo, a la familia, a la sociedad, es necesario, ante todo, que la Iglesia no se separe del patrimonio sagrado de la verdad recibida de los Padres. Pero, al mismo tiempo, tiene que mirar al presente, considerando las nuevas condiciones y formas de vida introducidas en el mundo moderno16. Nuestro deber no es solo custodiar el precioso tesoro (de la doctrina) como si únicamente nos ocupásemos de la antigüedad, sino también dedicarnos con diligencia y sin temores a la labor que exige nuestro tiempo, prosiguiendo el camino de la Iglesia…17

2. LA HISTORIA DE LA RECEPCIÓN CONCILIAR Conocemos el trabajo conciliar, cuyo fruto tangible se ha recogido en sus documentos (constituciones, declaraciones y decretos). Los más significativos de ellos serán objeto de mayor atención en las conferencias siguientes de este ciclo. Lo que conviene que nos quede claro —y eso es lo que he pretendido en este primer aparatado que acabamos de cerrar— es la intuición profunda que alentó al papa Juan: la Iglesia, la fe católica tenía que hacer el esfuerzo de enfrentarse a la modernidad por primera vez desde una actitud positiva. El Concilio pasó, los padres conciliares hicieron su tarea. Un 7 de diciembre de 1965 Pablo VI lo clausuraba, insistiendo en que el Concilio quiere la

15 16 17

JUAN XXIII, “El principal objetivo del Concilio”, en CONCILIO VATICANO II, o. c., p. 991 Ibid., p. 992. Ibid. 993.

Recuperar el concilio ¿Por qué?

15


promoción del ser humano, le ha hablado al hombre de hoy tal cual este es y ha insistido en que la Iglesia es para la humanidad18, páginas que no han perdido ninguna actualidad y que necesitaríamos volver a leer. Ahora se trata, en nuestra exposición, de intentar hacer un balance, por somero que sea, de lo que pasó y está pasando con todo lo que aquello puso en marcha.

2.1. Qué entender por recepción Es conveniente, antes de entrar en la historia concreta de la recepción del Concilio por parte de la Iglesia, hacer unas breves indicaciones sobre el concepto mismo de recepción. En sentido general, según Duquoc, designa la participación de toda la comunidad cristiana en la atestación de la verdad del Evangelio19.

Madrigal, refiriéndose a la recepción del Vaticano II, la define como el esfuerzo por aplicar el Vaticano II en todos los niveles de la Iglesia20

La recepción no hace alusión tanto a la proclamación oficial de los documentos conciliares, cuanto a la acogida que el pueblo cristiano hace en la práctica vital de esas decisiones conciliares. Esta acogida vital, práxica, puede ser muy distinta y variada según los distintos estamentos eclesiales, tanto en intensidad como en temática. Cada concilio ha tenido, después de su celebración, un periodo más o menos largo y más o menos complejo de recepción, es decir, un periodo en el que sus decisiones han sido más o menos aceptadas no tanto teórica cuanto prácticamente por la comunidad creyente y por la jerarquía eclesial. El “más o menos” es muy importante, tanto en la duración como en la complejidad del periodo, dependiendo estas directamente del alcance de las decisiones conciliares: a mayor alcance de las decisiones, mayor duración y complejidad del periodo de recepción. De la recepción, de la asimilación del espíritu del Vaticano II por el cuerpo eclesial se puede decir al menos que ha sido

18

19

20

16

PABLO VI, “El valor religioso del Concilio. Alocución en la sesión pública con que se clausuró el Concilio ecuménico Vaticano II”, en Concilio Vaticano II, o. c., pp. 1069-1072. DUQUOC, CHR., “Creo en la Iglesia”. Precariedad institucional y Reino de Dios. Santander, Sal Terrae, 2001, p. 89. MADRIGAL, S., Vaticano II: Remembranza y actualización. Esquemas para una Eclesiología. Santander, Sal Terrae, 2002, p. 408. Diego Tolsada Peris


lenta y contrastada, se ha producido según la imagen de una línea quebrada, que a veces ha dado la impresión más de un fracaso que de un éxito21

En el fondo todo proceso de recepción es un proceso de interpretación. Ante todo de los documentos conciliares, interpretación que es doble: oficial y oficiosa. Pero esto supone que en la interpretación influyen no solo los documentos sino también (y como algo previo) el movimiento que se pone en marcha en la Iglesia por el hecho mismo de la celebración del Concilio (miedos y resistencias por un lado, esperanzas e impulsos por otro). Se puede hablar por ello de una fuerte carga emotiva en el proceso de recepción, por lo que comporta de revisión de la misma Iglesia y de cambios consecuentes22. El Vaticano II comportaba, pues, mucho más que los documentos que nos ha dejado. Era un momento de crisis para la Iglesia en la medida en que suponía una auténtica revisión, una puesta en cuestión de su modo de actuar en su pasado reciente, a la luz de las demandas de la sociedad moderna. Y esta recepción ha atravesado y está atravesando tres momentos, el de exaltación o euforia, el de decepción y revisionismo (para algunos el momento de la verdad conciliar) y el de integración (apenas esbozado).

2.2. Primeros momentos de euforia Una gran mayoría de la Iglesia vivió el Concilio y los años inmediatamente siguientes como un momento histórico de gracia, como un acontecimiento de profunda liberación, un auténtico haber vuelto a los orígenes más puros, una posibilidad única de un volver a vivir lo que nunca se debía haber perdido. Rahner habló del “comienzo de un comienzo”23. Los documentos conciliares suponían haber abierto las ventanas de la Iglesia a su renovación interna como pueblo de Dios, llamado a dialogar con la cultura del momento sin complejos ni condenas sobre la base firme del acceso a la Palabra de Dios y a una liturgia renovada en la que todos eran partícipes, con un programa de renovación al interior tanto de los religiosos como de los sacerdotes y de los seminarios como de la actividad de los laicos

21 22

23

ALBERIGO, G., La réception…, o. c., p. 16. POTTEMEYER, H. J., “Une nouvelle phase de réception du Vatican II. Vingt ans d’herméneutique du Concile”, en ALBERIGO, G. / JOSUA, J. P., o. c, pp. 43-51. Para la postura de Rahner y de Ratzinger ante el Concilio, se puede ver Madrigal, S., Karl Rahner y Joseph Ratzinger. Tras las huellas del Concilio. Maliaño, Sal Terrae, 22006.

Recuperar el concilio ¿Por qué?

17


en su tarea evangelizadora, y abierta al diálogo con las otras confesiones cristianas, con las demás religiones y con todos los hombres sobre la base de la libertad de conciencia y religiosa. Se habían recogido los mejores frutos de los movimientos de renovación bíblico, litúrgico y teológico… Había motivos para la alegría. Valgan como ejemplo estas palabras: Los obispos operaron una conversión histórica del catolicismo intransigente a los aspectos positivos de la aventura humana de hoy. En lugar de condenar la civilización nacida de las Luces, la jerarquía ensaya discernir y promover sus elementos válidos en la vida económica, social y cultural. Invita los creyentes a participar en la construcción de un mundo en el cual las perspectivas abiertas por un progreso y un crecimiento sin precedentes debían ir a la par de la preocupación por una mayor justicia entre las capas sociales y las naciones. En una palabra, la Iglesia, como cuerpo institucional, se compromete con su entorno intentando conocerlo, comprenderlo y servirlo a partir de su propia especificidad espiritual24.

2.3. La oposición al Concilio25 Pero no todo era de color de rosa. Desde muy pronto se empezó a intuir que la recepción iba a ser mucho más difícil de lo que se supuso, tanto por motivos intrínsecos al mismo Concilio como por las actitudes que fueron apareciendo después de él en el seno de la misma Iglesia.

2.3.1. El rechazo abierto Salvo el caso de Lefebvre, sobre el que volveremos más tarde, el rechazo fue más llamativo que importante, contemplado desde nuestra perspectiva actual. Como otros ejemplos podemos citar al abbé de Nantes, la Liga Katholischer Traditionalisten, o el sacerdote mejicano Saenz y Ariaga. Los puntos de referencia comunes de todos ellos eran que el Concilio no era válido, pues había roto con la tradición en muchos temas fundamentales.

24

25

18

VAICELLES, L. de, “Les mutations de l’environnement sociétaire du catholicisme durant la période post-conciliare”, en Alberigo, G. / Josua, J. P., o. c, pp. 67. Para todo este apartado, MENOZZI, D., “L’opposition au Concile”, en ALBERIGO, G. / JOSUA, J. P., o. c, pp. 429-457. Diego Tolsada Peris


2.3.2. Una primera etapa de crítica y resistencia hasta 1970 Dentro de los movimientos de resistencia al Concilio que no llegaron a tales extremos, hay una primera etapa que va hasta 1970. Un primer aspecto, tal vez el fundamental a largo plazo en el modo de recepción del Concilio, se dio durante la celebración del mismo Concilio. Un buen grupo (unos doscientos cincuenta padres) de la minoría conservadora se había organizado en el Cœtus Internationalis Patrum (“Grupo Internacional de Padres”) con el fin de hacer frente a la corriente mayoritariamente renovadora. Entre sus miembros más destacados, dirigidos por Lefebvre, estaban los cardenales Spellamn y Siri o el arzobispo Morcillo. Contaban con el apoyo de Ottaviani. Este grupo, minoritario en número pero de gran fuerza, va a influir poderosamente en dos fases: 1. Durante el Concilio, fueron respetados en los momentos de debate (no en los de votación, evidentemente), de tal modo que, en los puntos más conflictivos el procedimiento de trabajo fue crear comisiones de trabajo en que se ponderaban por igual las posturas encontradas. La salida a esta manera de trabajar fue que en la mayoría de estos casos se llegó a soluciones de compromiso, de tal modo que los mismos documentos conciliares están atravesados por una ambigüedad profunda, en la que es posible encontrar de todo (baste como ejemplo mayor el contraste entre el capítulo 2 de la LG sobre la Iglesia como Pueblo de Dios y el capítulo 3 sobre la jerarquía. No hay unidad ni síntesis, sino teologías yuxtapuestas difícilmente conciliables). 2. Al terminar las sesiones conciliares, insistieron unilateralmente como la aportación conciliar en las ideas propias que habían conseguido introducir en los documentos conciliares, con la intención de disminuir el sentido profundo de estos, haciéndolos ver como simple continuación de lo anterior al Concilio, o bien en la adhesión puramente formal a este o bien adoptaron una forma más sutil de rechazo: buscar en los textos conciliares solo aquello que confirmaba las propias posiciones.

Por otra parte, en esta etapa Lefebvre todavía no ha radicalizado en público sus posturas, aunque sí las manifiesta en privado y la revista La Pensée catholique interpreta el Credo de Pablo VI y la Humanae Vitae (1968) como gestos que apoyan la tesis de que el Concilio se presenta en total continuidad con el pre-concilio. Otros sectores eclesiales se acogerán continuamente en los años siguientes a esta tesis básica: buscar en el Concilio solamente la confirmación de las propias posturas tomadas previamente, en lugar de dejarse juzgar por él. Así se puede afirmar —tal vez es lo más grave que ha ocurrido— la fidelidad al Concilio (puramente formal) y no realizar una recepción auténtica. Esto empezó a ocurrir ya en la misma Roma, lo que motivó que Suenens ya en 1969 Recuperar el concilio ¿Por qué?

19


y Alfrink en 1971 manifestaran que Roma misma proporcionaba el ejemplo de una aplicación del Concilio que no tenía en cuenta su lógica interna. La postura del mismo Pablo VI no deja de ofrecer matices en este campo. Ya en 1964, aún con el Concilio en vivo, en la Ecclesiam suam26 recordaba que el Vaticano II no era sino una continuación y un complemento del primero y en consecuencia que el papa no estaba ligado por ninguna decisión de la asamblea: añade una Nota previa a la Lumen Gentium27 y en el discurso de clausura plantea, según Schillebeeckx, que, terminado el Concilio, lo único que quedaba era aplicar su literalidad más que el espíritu dinámico que lo había inspirado. Alberigo dice que, a propósito de de la significación y el valor del Concilio, Pablo VI afirmará a menudo que la asamblea no ha tenido la intención ni de transformar ni de reformar, sino solo de renovar, renovación que en los cristianos tiene una dimensión netamente interior y espiritual, oponiendo esta a la renovación estructural, hasta el punto de que desde 1967 el papa se muestra cada vez más preocupado por las mudanzas que pudieran introducirse en la tradición invocando el Concilio, apelando, para contrarrestar esta tendencia, a una mayor confianza en la autoridad eclesial28. Y mientras tanto, en la otra vertiente la revista Concilium, nada dudosa de situarse en la línea renovadora, convocaba en Bruselas en 1970 un congreso en torno al lema “superar el Concilio”, marcando así una distancia con él, al que se empieza ya a considerar tal vez insuficiente. Vemos, pues, que desde el origen y por causas tanto internas al mismo Concilio como a tendencias posteriores, algunas de ellas muy elevadas, existieron reparos y oposiciones muy fuertes a la recepción del Concilio.

2.3.3. Las resistencias de 1970 a 1976 Lefebvre hace pública su postura de oposición radical al Concilio, llegando a declarar en 1976 que es un concilio cismático y la obligatoria desobediencia al mismo por fidelidad a la Iglesia. En un discurso de junio de 1972, Pablo VI afirma que el Concilio no ha traído la deseada primavera a la Iglesia (recogiendo expresamente la palabra

26 27

28

20

PABLO VI, Ecclesiam suam 10. Concilo Vaticano II, o. c., pp. 150-154. Puede verse, MADRIGAL, S., Tiempo de Concilio. El Vaticano II en los Diarios de Yves Congar y Henri de Lubac. Maliaño, Sal Térrea, 2009, pp. 133-136. MENOZZI, D., “L’opposition au Concile”, a. c., p. 439. Diego Tolsada Peris


de Juan XXIII) y añade que el humo de Satán ha penetrado en ella29. Es así como se va imponiendo la idea de que es necesario hacer una revisión de las realizaciones llevadas a cabo y poner término a la fase experimental. Supone también un decantar lo fundamental del Concilio sobre la base sólida de la tradición. Pide, por lo tanto, que se adopte el mensaje conciliar pero, al mismo tiempo, se reserva como papa la auténtica interpretación del mismo. También en el otro sector siguen los problemas, vinculados básicamente con la idea de que el Concilio se ha quedado corto (por ejemplo, su idea de justicia social, a la luz del análisis marxista, es claramente inadecuada, pues pretende conciliar las clases sociales). Surgen los primeros grupos de “Cristianos por el socialismo”, que denuncian la insuficiencia del compromiso político real de la Iglesia. En definitiva, el Vaticano II sería el Concilio de la burguesía pero no del pueblo ni de los oprimidos. De ahí de nuevo la necesidad de ir más allá de él.

2.3.4. De 1977 a 1983 Curiosamente, Lefevbre adopta un tono más moderado, buscando revisar su situación canónica. Pero se sigue insistiendo en que el Concilio es causa y fruto de la protestantización de la Iglesia y que solo es pastoral y no dogmático, y, por tanto, no vinculante. Con el cambio de papa, se abre en los medios de oposición conservadores una nueva línea de argumentación, que tendrá un mayor recorrido: los males no son culpa del Concilio, que es bueno en sí, sino de sus intérpretes. Esta línea encuentra un cierto eco en la actitud de Juan Pablo II en relación al Concilio. Su intención de fondo era seguir la línea trazada por Pablo VI: la interpretación de la autoridad es el criterio para evitar las desviaciones a un lado y otro, acentuando en esa interpretación la continuidad con la tradición como criterio de discernimiento.

29

PABLO VI, Homilía del 29 de junio de 1972. http://www.vatican.va/holy_father/paul_vi/ homilies/ 1972/documents/hf_p-vi_hom_19720629_it.html

Recuperar el concilio ¿Por qué?

21


2.3.5. Desde 1985 a nuestros días30 Son muchos los acontecimientos de resistencia que desde entonces se han producido. Dejando de lado el asunto Lefevbre por el momento, pero sobre el que volveremos más tarde, nos vamos a fijar en una serie de sucesos internos a la vida de la Iglesia que han influido seriamente en la recepción del Concilio. En 1981 Juan Pablo II nombraba a Joseph Ratzinger Prefecto dela Congregación para la Doctrina de la Fe. El itinerario de Joseph Ratzinger había evolucionado desde sus posturas como experto conciliar del cardenal Frings (una de las figuras más representativas de la mayoría aperturista conciliar) y su trabajo de recepción incondicional del Concilio en, por ejemplo, Introducción al cristianismo31, a posiciones de cierto despegue crítico con la evolución posterior, que le lleva a fundar con von Balthasar y De Lubac entre otros la revista Communio en 1972 como alternativa moderada a Concilium. y ser nombrado arzobispo-cardenal de Munich en 1977. Ya en la Congregación romana publica en 1984 el famoso Informe sobre la fe32, en que muestra al Concilio como una gran esperanza frustrada: Resulta incontestable que los últimos veinte años han sido decisivamente desfavorables para la Iglesia católica. Los resultados que han seguido al concilio parecen oponerse cruelmente a las esperanzas de todos, comenzando por las del papa Juan XXIII y, después, las de Pablo VI. Los cristianos son de nuevo minoría, más que en ninguna otra época desde finales de la antigüedad33.

El pasaje requiere algún comentario. En primer lugar llama la atención la rotundidad del juicio: dice textualmente que lo que sigue es “incontestable”, no admite duda ninguna porque es paladino que ha sido así. ¿Tan seguro es? ¿No hay otras opiniones tan respetables como esta? En segundo lugar el juicio se extiende al tiempo mismo de la clausura del Concilio, por muy metafóricamente que se quiera tomar la expresión. El Informe es de 1984 y veinte años menos nos sitúan en el pleno concilio. No cabe, pues, alegar exageraciones, desviaciones o abusos posteriores. El mal es original, parece que se remonta al mismo Concilio. En tercer lugar y como hemos visto, podríamos por algunos datos afirmar la decepción de Pablo VI con el paso de

30 31 32 33

22

Para este apartado, cf. MADRIGAL, S., Remembranza…, o. c., pp. 212-242. RATZINGER, J., Introducción al cristianismo. Salamanca, Sígueme, 1968. RATZINGER, J. / MESSORI, V., Informe sobre la fe. Madrid, La Editorial Católica, 1985. Citado por MADRIGAL, S., Remembranza…, o. c., p. 221. Diego Tolsada Peris


los años. ¿Pero es justo incluir también a Juan XXIII entre los decepcionados? ¿Sobre la base de qué datos? Por último, el criterio del descalabro parece ser puramente cuantitativo. Somos menos que nunca (salvo al principio). ¿Qué tipo de criterio es el válido, solo el puramente cuantitativo para medir la bondad del Concilio? ¿En qué modelo de Iglesia estaba pensando Ratzinger al pronunciar este tremendo juicio? Pero el Informe introduce algo más, que también y desde entonces será un recurrente en los documentos vaticanos, tanto del papa como de la curia. Es la distinción entre el “verdadero Concilio” y un “pernicioso anti-espíritu del Concilio”. Esto implica que hay una instancia privilegiada que detenta en exclusiva el criterio de discernimiento del buen y del mal espíritu conciliar. Otro importante acontecimiento de esta etapa, muy cercano al Informe sobre la fe, fue la celebración del Sínodo extraordinario de los obispos celebrado del 24 de noviembre al 8 de diciembre de 1985. El documento introductorio del cardenal Daneels tomaba distancia del pesimismo de Ratzinger. En el balance de elementos positivos y negativos de ese periodo de veinte años, ponía al descubierto el sofisma frecuente post concilium, ergo propter concilium (“después del concilio; por lo tanto, a causa del concilio”). Pero la Relación final insiste en que la clave interpretativa de los textos conciliares debe ser la categoría de comunión, aplicable a todos los campos (relaciones Dios/Iglesia, variedad/unidad; primado/colegialidad; jerarquía/laicado…). Aquí creo que estamos en uno de los puntos clave de la recepción conciliar. La categoría, fecunda en muchos aspectos, también tiene sus inconvenientes. En primer lugar, sustituye la visión de la Iglesia como Pueblo de Dios (la más genuina e innovadora del Concilo) por una Iglesia-comunión en que se trata de mantener la unión común entre elementos que son de por sí distintos. Lo primero es la diferencia y se busca la unión y la armonía, en lugar de, como LG proponía, insistir en primer lugar en lo común para luego buscar espacio y justificación a las diferentes funciones. Se consagra así una inversión apenas detectada pero de consecuencias enormes para el futuro. Así y vaga como ejemplo, Madrigal puede afirmar sin más, al final de su estudio: El término communio recapitula efectivamente la doctrina del Concilio. Ahora bien, ha sido el Sínodo quien ha dado el espaldarazo oficial a la eclesiología de comunión, que, si en un cierto sentido desplaza el concepto de pueblo de Dios, reasume buena parte de sus contenidos34.

34

MADRIGAL, S., Remembranza…, o. c., pp. 231-232.

Recuperar el concilio ¿Por qué?

23


1_9788493931681