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los valencianos de tiempos de jaime i La formación de una sociedad feudal en el mediterráneo del siglo XIII

Enric Guinot Rodríguez (Universidad de Valencia)

TIRANT HUMANIDADES

Valencia, 2012


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Enric Guinot Rodríguez

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índice Introducción.......................................................................................................................

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1. La sociedad de la Corona de Aragón en tiempos de Jaime I....................................

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1ª PARTE VIEJOS Y NUEVOS VALENCIANOS EN TIEMPOS DE CONQUISTA 2. El encuentro de dos mundos: guerra, conquista y destrucción............................. 2.1. La primera guerra de conquista (1233-1234)................................................... 2.2. La conquista de la ciudad de Valencia (1237-38)............................................ 2.3. La tercera guerra al sur del Júcar (1244-45)..................................................... 2.4. Las guerras de resistencia de los andalusíes (1247-58) y (1276-78).............. 2.5. Sobre la superioridad militar de la sociedad feudal...................................... 2.6. Las víctimas de la guerra.........................................................................................

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3. Los Repartimientos: el botín y el Llibre del Repartiment......................................... 3.1. El día después del Repartiment: El caso de Montcada.................................... 3.2. El reparto del reino: la continuidad de las donaciones durante el reinado de Jaime I..............................................................................................................

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4. Los que estaban: los andalusíes y su destino............................................................ 4.1. La sociedad de la Valencia musulmana en el momento de la conquista....... 4.2. El impacto de la conquista feudal: el destino de los vencidos...................... 4.2.1. La destrucción del estado andalusí y la eliminación de sus cuadros de gobierno............................................................................................... 4.2.2. La esclavización........................................................................................ 4.2.3. Els batiats: fracasos y éxitos de una conversión no deseada.................. 4.2.4. Las expulsiones masivas: huidos, desterrados, emigrados internos... 4.2.5. Las morerías urbanas y los campesinos desposeídos......................... 4.2.6. Las aljamas supervivientes.......................................................................... 4.2.7. Y los que no estaban: los mozárabes.....................................................

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5. La gran migración: los que llegaron para ser valencianos................................... 5.1. La larga duración del proceso migratorio....................................................... 5.2. La geografía de la migración............................................................................. 5.2.1. Los orígenes de los pobladores de Valencia........................................ 5.2.2. La distribución de los emigrantes cristianos........................................ 5.3. La cuantificación de la migración..................................................................... 5.4. Sociología de la migración.................................................................................

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Índice

2ª PARTE LA CREACIÓN DE UNA SOCIEDAD FEUDAL 6. Las tierras del rey. La reorganización del paisaje y del territorio....................... 6.1. Delimitar la tierra: fronteras interiores y exteriores en el nuevo Reino de Valencia................................................................................................................. 6.1.1. Las fronteras de un reino........................................................................ 6.1.2. Los límites interiores: ciudades de realengo y señoríos nobiliarios. 6.2. Un nuevo paisaje agrícola.................................................................................. 6.3. La reorganización del poblamiento.................................................................. 6.4. La fundación de ciudades: les pobles................................................................. 6.4.1. Cómo fundar una puebla: manual e instrucciones de uso................. 6.4.2. Morfología física de las villanuevas o pueblas....................................

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7. Un rey, un reino, un fuero: la organización política de una sociedad feudal..... 7.1. La creación de un reino...................................................................................... 7.2. El poder público: los agentes del rey sobre la tierra...................................... 7.3. Ley y orden: los fueros otorgados..................................................................... 7.3.1. Las otras leyes: el Fuero de Aragón, la Suna islámica y la ley judía. 7.4. La fragmentación del poder judicial................................................................. 7.5. La construcción de un parlamento................................................................... 7.6. Un reino de este mundo: el despliegue organizativo de la Iglesia..............

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8. Del campo a la ciudad: un país de ciudades y señoríos............................................ 8.1. La malla señorial.................................................................................................. 8.2. Vivir en señorío: las cartas de población y las rentas señoriales.................. 8.3. Las libertades urbanas: los inicios del poder municipal................................ 8.4. Del campo a la ciudad: el nacimiento de una economía comercial.............

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9. Los nuevos valencianos/as. ....................................................................................... 9.1. Campesinos y comunidades rurales................................................................. 9.2. Cómo llegar a ser ciudadano: los primeros burgueses de Valencia............ 9.3. De noble aragonés y catalán, a noble valenciano........................................... 9.4. Los diferenciados: judíos en tierras de conquista........................................... 9.5. La visibilidad de las mujeres.............................................................................

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Bibliografía. .......................................................................................................................

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introducción Desde hace al menos un siglo, cuando la Historia empezó a ser construida con un método incipientemente científico, uno de los enfoques metodológicos que ha ido oscilando periódicamente es si debía centrarse el estudio en los grandes personajes que la representaban, los cuales frecuentemente eran considerados los artífices de ella y muñidores de las decisiones y acontecimientos que se habían producido, o bien el centrarse en los pueblos, en la historia colectiva de los “sin nombre”, lo que ha llevado incluso a hablar de “historia de las masas” si utilizamos la expresión que se acuñó por parte de ciertas corrientes historiográficas, pero un planteamiento que puede quizá sintetizarse en la historia de las estructuras sociales en las que se han encuadrado las mujeres y hombres del pasado. Así pues y tal como nos ayudan a entender los estudios sobre historiografía de la Historia, según corrientes culturales dominantes de cada período de ese último siglo, lo que quiere decir en bastantes casos según los avatares sociales y políticos del siglo XX y según el contexto ideológico y cultural en el que se han movido y nos movemos los historiadores hasta hoy mismo, según todo ello ha predominado el enfoque de centrarse en las biografías e incluso el relato de la historia de toda una sociedad a través del rey, el emperador o el papa de turno, o bien lo ha sido el estudio de las estructuras agrarias, urbanas, comerciales y económicas en general, las estructuras políticas o las formas de expresión cultural y artística como vehículo del pensamiento y la acción colectivas o de clases sociales concretas. Con todo conviene matizar este dualismo pues evidentemente se debe reconocer que, en la gran mayoría de los casos, no ha habido unos modelos de Historia únicos y puros en ninguno de ambos planteamientos sino que, bien al contrario, ha sido frecuente el que se introdujesen aspectos y consideraciones sobre unos y otros. En cierta manera y simplificando mucho para que el lector se sitúe mejor en el contexto español de la segunda mitad del siglo XX, se podrían identificar ambas posiciones, por un lado, con el discurso histórico desarrollado durante y desde el Franquismo, con una proliferación de la exaltación de ciertos personajes simbólicos, desde Viriato al propio Franco pasando por don Pelayo o Isabel la Católica, todos los cuales, con sus decisiones personales, marcarían el rumbo de la Historia. Y por otro lado podríamos situar una parte importante de la Historia desarrollada a partir de la década de 1970 y hasta ahora mismo en el ámbito universitario y que bastante mayoritaria-


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mente se ha dedicado a la comprensión de los procesos sociales colectivos, desde el mundo feudal o la sociedad islámica de al-Andalus hasta el movimiento obrero del siglo XX o el propio debate sobre el protagonismo de la Transición española a la democracia, por ejemplo, entre el papel de la figura del rey o el llamado “ejercicio colectivo de responsabilidad” del pueblo español. En cierta manera incluso podríamos hablar de la existencia en la actualidad de un cierto distanciamiento entre el discurso de muchos historiadores académicos, más centrado en dicho análisis de los procesos sociales en un sentido complejo, y la facilidad con que los poderes públicos tienden a recoger con el mayor interés “desinteresado” las propuestas de conmemoración de centenarios y milenarios de batallas o de personajes concretos, muy mayoritariamente masculinos por cierto. Sin ir más lejos tenemos bien reciente el protagonismo que ha tenido en nuestra sociedad la celebración del octavo centenario del nacimiento del rey Jaime I ocurrido en la ciudad occitana de Montpellier el 2 de febrero de 1208. Actos festivos, exposiciones, cabalgatas, coloquios académicos sobre la figura del monarca, diversas biografías sobre su figura —alguna de ellas con gran éxito de ventas—, documental televisivo, dinamización del personaje en las escuelas…., hoy en día pocos valencianos deben desconocer el nombre del personaje y su carácter de rey conquistador, aunque muchos no sepan ni parece que les acabe de interesar por qué se dedicaba, aparentemente con fruición, a conquistar países y todo ello con bastante poco respeto al diálogo entre culturas y cuestiones similares, y no digamos si preguntamos sobre quienes eran y cómo vivían sus contemporáneos. Es por todo ello, y dado este reciente éxito de los relatos históricos sobre nuestro Jaime I, que no deja de convertirse en un problema para el historiador el hacer frente de forma adecuada a la creación de un texto sobre “los otros”, que es la pretensión de esta obra. No la historia en primera persona, ya ampliamente desarrollada y con buena pluma por diversos colegas, sino la historia colectiva de las gentes y las tierras que convivieron o coexistieron con este rey de mitad del siglo XIII. Y ello, además, con el riesgo en cierta manera de poder caer en la simplificación de dibujar tan sólo el escenario, una imagen de fondo en la que se habían movido y actuado esos grandes personajes que moverían los hilos de la historia. Pero en nuestra opinión y a pesar de esos riesgos sí es posible y además conveniente el explicar la existencia de esa historia colectiva, la de la sociedad de la Corona de Aragón del Doscientos, la cual y a partir de cierto momento fue también la de los nuevos valencianos del siglo XIII. Porque ellos fueron tanto como Jaime I los protagonistas de la creación de un nuevo rei-


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no, de una nueva sociedad medieval y, a fin de cuentas, de un nuevo mundo como consecuencia de la conquista del Šarq al-Andalus entre 1232 y 1245, una guerra dirigida por Jaime I pero realmente desarrollada y protagonizada por cada uno de los hombres y mujeres de la época y sufrida también por ellos, por los andalusíes vencidos, la otra cara frecuentemente oculta de la “conquista”. Así pues una historia que debemos intentar que oscile una vez más entre la referencia al personaje —el rey Jaime I, capaz de influir en el destino de un pueblo con una decisión política, la creación de un reino, por ejemplo—, y la referencia a ese pueblo, capaz de influir con su peso en las decisiones que se toman desde el poder de una sociedad feudal pero sobre todo constructor del día a día de la realidad social. Con todo debemos introducir inmediatamente una matización, una nueva variable, que no es nada retórica. En aquella época no existía un “pueblo” como homogénea expresión de los intereses colectivos, y muchos menos un “pueblo valenciano” como tal, simplemente porque no existía el concepto de ciudadanía acuñado por el Siglo de las Luces y la Revolución Francesa. Por un lado estaban las marcadas divisiones sociales del mundo feudal: nobleza, iglesia, campesinos, mercaderes y artesanos urbanos…. Pero, por otro lado, ¿a quién nos referimos cuando hablamos de los valencianos de tiempos de Jaime I? Valencianos eran sin duda los musulmanes que vivían en esta región del oriente de al-Andalus, el llamado Šarq al-Andalus, mientras que, y como es evidente, los protagonistas humanos de la conquista y repoblación fueron catalanes y aragoneses que eran inmigrantes a una nueva tierra. Tan sólo con el paso del tiempo y la decisión de su asentamiento dichos colonos cristianos de primera generación se fueron convirtiendo a su vez en “valencianos”, no tanto por derecho de la tierra sino por derecho de vecindad e identificación con el nuevo marco político creado por la corona: el Reino de Valencia fundado en abril de 1239, al cual a su vez fueron integrados los antiguos andalusíes una vez destruido su estado islámico anterior y convertidos en lo que se ha dado en llamar “los mudéjares”. En nuestra opinión no cabe duda del carácter crucial de este período histórico en todos los sentidos por los cambios y transformaciones de gran envergadura que afectaron a todos los ámbitos de la sociedad valenciana o, mejor dicho, de las dos sociedades paralelas que existieron: la dominante feudal y la minorizada musulmana, todo ello en un contexto de considerable violencia que, demasiadas veces, se margina en las explicaciones históricas. Es por ello que este libro pretende ser una síntesis de la historia de todos los valencianos en tiempos de Jaime I, viejos y nuevos, hombres y mujeres,


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campesinos y mercaderes, nobles y clérigos, artesanos y esclavos, musulmanes y cristianos sin olvidar la minoría judía. Una última observación también formal es que vamos a referirnos fundamentalmente al territorio del reino de Valencia creado por Jaime I en abril de 1239, esto es, al que llegaba hasta la frontera que se extendía entre Biar en el interior y Busot en la costa de Alacant y que fue pactado definitivamente con la Corona de Castilla en el tratado de Almisra de 1244. Dicho reino tuvo varias modificaciones territoriales a lo largo del siglo XIII pero se mantuvo en sus líneas básicas hasta 1296 cuando el rey Jaime II ocupó el reino castellano de Murcia, lo que acabó comportando la incorporación al reino valenciano de las tierras de Alacant, Orihuela, Elx y el valle del Vinalopó. De estos lugares haremos citas y comentarios en algunos momentos, pero su historia del siglo XIII presenta algunas diferencias sociales y políticas que obligan a hablar de ellos de forma diferenciada.


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la sociedad de la corona de aragón en tiempos de jaime i

A fuer de pecar de exagerado y si me viese obligado a resumir en una palabra la relación entre Jaime I y los valencianos de su época, probablemente la primera que acudiría a mi mente es una bien expresiva y cruel: “guerra”. Su tiempo fue el de una guerra casi continua, durante dos generaciones al menos, y principalmente entre los andalusíes y los colonos emigrantes que se estaban convirtiendo a su vez en valencianos. Sin duda no fue casualidad el hecho de que Jaime I recibiese el apelativo de “El Conquistador” desde el siglo XIV. Con todo es evidente, y como veremos en capítulos siguientes, que los valencianos viejos y nuevos del Doscientos no sólo protagonizaron una larga guerra sino también el proceso de construcción de una nueva forma de organización social, la sociedad feudal de aquella época, así como la implantación de nuevas modelos políticos, actividades económicas y formas de expresión artística. Y también es evidente que el choque bélico entre aquellas dos sociedades, la feudal y la andalusí, no fue un conflicto armado aislado y único, consecuencia del afán más o menos sangriento de un monarca sino, bien al contrario, absolutamente general y usual en el contexto de las sociedades de la Península Ibérica de la época o del mundo Europeo feudal coetáneo. Efectivamente el escenario de fondo de la guerra de conquista de Valencia podríamos encuadrarlo en el tiempo histórico que transcurriría entre un punto de partida en un amargo día acaecido en septiembre de 1213 en los campos de Muret, a unos pocos kilómetros al sur de Toulouse, y otro situado en el último día del mismo mes de septiembre pero ahora de 1285, en otra batalla de signo contrario desarrollada en las montañas pirenaicas del Coll de Panissars, un paso situado entre La Jonquera y El Pertús. Quizá la primera de las dos fechas sea más conocida: el 13 de septiembre de 1213 la historia política de la Corona de Aragón dio un brusco giro al morir en el campo de batalla el padre de Jaime I, el rey Pedro de Aragón, al cual los cronistas de siglos posteriores tuvieron a bien apelar el Católico como una reivindicación ante su derrota y muerte a manos de los cruzados Papales y franceses mien-


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tras defendía a sus vasallos occitanos acusados colectivamente de herejes. Era el llamado catarismo, una doctrina religiosa al margen del poder eclesial que se había extendido desde el siglo XII por Occitania, y hecho en el que el poder emergente de la monarquía francesa, a falta de musulmanes, encontró una eficaz excusa para su intervención militar y expansión territorial. Una de las consecuencias de todo ello fue el acceso al trono en dicho año de 1213 de un niño, de nombre Jaime y nacido en Montpellier, el cual quedó bajo la tutela de los freires de la Orden del Temple en el castillo aragonés de Monzón mientras la Corona de Aragón entraba en una larga década de debilidad política en la que los bandos nobiliarios recuperaron para los señores buena parte de su autonomía feudal anterior. La otra fecha límite que proponemos, más allá de la muerte de Jaime I, es casi al final del corto reinado de su hijo Pedro el Grande, fallecido el 2 de noviembre de 1285. Justo un mes antes de su óbito, el rey Felipe III de Francia y su ejército habían sido ampliamente derrotados en el citado paso pirenaico del Coll de Panissars cuando abandonaban la región de Gerona ocupada durante ese año en el marco de la nueva cruzada papal contra la Corona de Aragón. En cierta manera puede pensarse en una vuelta de tuerca completa de la historia política de aquella corona medieval, el nieto vengando en cierto sentido la muerte de su abuelo homónimo, Pedro el Católico. Pero si apunto esta fecha no es tanto por la gran historia política del poder y las venganzas, reales o supuestas, de un linaje real, sino porque en aquella guerra, otra guerra una vez más, si bien es cierto que en buena medida lo fue de resistencia a la invasión frente al expansivo reino de Francia, participaron diversas compañías de milicias valencianas entre ellas alguna de ballesteros musulmanes de las montañas de La Marina. ¿Qué había pasado para que en el transcurso de dos generaciones estos andalusíes pasasen de sufrir su radical expulsión de muchas de sus ciudades y alquerías entre 1233 y 1248, para acudir a proteger con sus armas en 1285 las pequeñas iglesias románicas del Pirineo del saqueo francés? La verdad es que el siglo XIII fue una época crucial en la historia de la joven Corona de Aragón, tanto por la nueva gran expansión territorial que protagonizó en su espacio de la Península Ibérica, con la conquista de Mallorca y Valencia a los musulmanes, como porque la centuria culminó con el inicio de la expansión por el Mediterráneo con la integración de la isla de Sicilia el año 1282, la conquista del Reino de Murcia en 1296 y las bases para la posterior ocupación de la isla de Cerdeña mientras los almogávares cruzaban el mar hasta la Grecia de Atenas. Y fruto de ese proceso, en tres o cuatro generaciones los catalanes y aragoneses se vieron acompañados en


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sus destinos por baleáricos, valencianos y sicilianos. El espacio geopolítico de la corona se había multiplicado y había pasado de la Península Ibérica a abarcar todo el Mediterráneo occidental, lo que conllevó una inevitable participación en las confrontaciones diplomáticas y bélicas europeas de ese Mediterráneo: con el papado, con Francia y con las ciudades estado italianas divididas entre güelfos y gibelinos, pero también es cierto que al mismo tiempo se vio obligada a dotarse de nuevas formas de organización política que culminaron en un modelo perdurable y reconocido: el llamado pactismo, entendido como mecanismo de negociación entre los poderes públicos —la corona— y la sociedad civil, burguesa y nobiliaria. Pero conviene recordar que, simultáneamente, el siglo XIII no sólo fue un tiempo de cambios políticos sino también de profundas mutaciones sociales y económicas. Las grandes migraciones colonizadoras hacia Valencia y Mallorca comportaron reordenaciones de la población bien significativas, además de la incorporación de una extensa población musulmana en el primer caso y la generalización de las comunidades judías en todo el territorio. Paralelamente las ciudades llegaron a su madurez y, poco a poco, el territorio y la sociedad fueron jerarquizados desde los núcleos urbanos. La ciudad dominó al campo y la actividad comercial y manufacturera de las más importantes, de Perpiñán a Valencia y de Mallorca a Zaragoza, se desplegó de forma imparable y nutrió así las reivindicaciones políticas de su burguesía, lo que llevó a la creación de los primeros gobiernos municipales autónomos. No es extraño, pues, que nuevas formas de cultura, de religiosidad y de arte cambiaran profundamente la fachada social de la época: desde el hormigueo de los nuevos frailes mendicantes —Franciscanos, Dominicos o los misteriosos Frailes de la Penitencia de Jesucristo—, hasta la esbeltez de los arcos góticos de las nuevas catedrales, sin olvidar el nacimiento de una literatura en catalán que tiene un bello ejemplo en las crónicas de Jaime I y Ramón Muntaner pero también en los textos de Ramón Llull e incluso en los Fueros de Valencia. Como es lógico tanta transformación generó una abundante conflictividad, y no sólo hablamos de las guerras exteriores con los musulmanes de Šarq al-Andalus o con la corona francesa y el papado por la presencia mediterránea de la corona, sino también en el ámbito interno. La lenta construcción del poder real recibió un fuerte impulso en tiempos de Jaime I con la recepción del derecho romano, por lo que la nobleza catalana y aragonesa protagonizó en las últimas décadas de su reinado y del siglo una continuada rebelión en defensa de sus intereses frente al poder real. Éste soportó mal la ofensiva pero encontró un aliado decisivo y poderoso en los primeros patriciados urbanos,


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de Barcelona a Valencia pasando por Mallorca y Perpiñán; los burgueses, mercaderes y grandes propietarios de tierras consiguieron la plena autonomía de sus gobiernos municipales y dieron apoyo a la monarquía en sus intentos de limitar el poder feudal de los nobles. En la confrontación los tres sectores consiguieron algunos objetivos y también perdieron parte de ellos o no llegaron a imponer sus pretensiones de acaparar el poder, pero probablemente fue el patriciado urbano quien consiguió mayores logros socio-políticos al entrar definitivamente en el escenario político bajo-medieval. Es en este contexto en el que podemos situar el muy largo reinado de Jaime I el Conquistador (1213-1276), un período de gran significado para la historia de la Corona de Aragón, y por tanto de los valencianos, en todos los sentidos. Fundador de dos reinos que se incorporaron a los primitivos, organizador de un nuevo poder real basado en la recuperación del derecho común, creador del nuevo espacio político que representaban los municipios de las grandes ciudades, inspirador de una crónica que marcó nuestra literatura bajo-medieval, pocas de estas cosas podían ser imaginadas al inicio de su reinado. Fue en la primavera de 1214 cuando un niño de tan sólo cinco años era entregado por el delegado papal al maestre de la orden del Temple en Aragón y Cataluña para que fuera educado bajo su custodia hasta llegar a una difusa mayoría de edad en la cual podría tomar las riendas del trono vacante por la muerte de su padre en Muret. Si inicialmente hubo un pacto para que la corona estuviese políticamente en manos de un reducido grupo nobiliario que encabezó el tío de Jaime, el infante Sancho, conde del Rosellón, muy pronto se comprobó que esta solución era inviable. Los intentos de reunir unos precedentes de las Cortes para afianzar la autoridad del rey infante prácticamente fracasaron tanto en Aragón como en Cataluña, y dieron paso a un período que se alargó hasta 1228 durante el cual los bandos nobiliarios camparon libremente, hecho que generalizó la inestabilidad política en ambos reinos. Fueron usuales las alianzas alternantes entre linajes, y la nobleza logró una considerable autonomía ante el poder real tal como evidencia el proceso de privatización de las honores en Aragón, convertidas de cargos temporales en bienes patrimoniales dejados en herencia a los sucesores. Sólo con un joven rey ya adolescente comenzó un lento restablecimiento de la autoridad real, más por la existencia de una mínima iniciativa alrededor de su figura que por la efectividad de su gobierno. Así, el año 1225 intentó la conquista del castillo roquero de Peñíscola, campaña que fracasó por la falta de colaboración militar de la nobleza, es cierto, pero que era toda una señal de su voluntad para convertirse en un rey caudillo guerrero.


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Se ha destacado a menudo el significado que tuvieron las grandes conquistas de Jaime I como mecanismo de afianzamiento del poder real, especialmente después de la expulsión de la dinastía de sus territorios de Provenza y Occitania; un rey conquistador, glorificado por sus victorias pero al mismo tiempo con la posibilidad de ser muy generoso con sus nobles y vasallos por llevar a cabo unos considerables repartos de nuevas tierras y señoríos entre ellos. De hecho, cuando en la segunda parte de su reinado se había cumplido el proceso expansivo, la rebelión nobiliaria volvió a prenderse por sus reinos, en buena medida como reacción a las actividades políticas y legislativas de la corona para afianzar el poder del estado monárquico y sin que pudieran ser apaciguadas por nuevas donaciones reales. Así, el año 1259 se sublevó una parte significativa de la nobleza catalana dirigida por uno de los hijos de Jaime I, Fernando Sánchez de Castro, y por Ramón Folc, vizconde de Cardona, y sólo al año siguiente logró el monarca controlar a los rebeldes. Pero durante los años posteriores volvió a repetirse esta confrontación, centrada formalmente en la cuestión de la sucesión en el condado de Urgell, y que se prolongó de forma intermitente hasta 1280 cuando el rey Pedro el Grande los derrotó en el asedio de Balaguer. Más grave aún podemos considerar la paralela rebelión de la nobleza aragonesa, vertebrada muy pronto alrededor de un movimiento conocido como La Unión, el cual, si bien no llegó a conseguir una organización conjunta con la catalana, representó un puntal firme de ambas noblezas frente a la autoridad real. Todo indica que una de las cuestiones que contribuyeron de alguna manera a incitar la rebelión fue la caótica actitud de Jaime I en cuanto a la cuestión de la unidad de la corona y el reparto de los reinos entre sus hijos. Pautado el proceso por el nacimiento de los infantes —Alfonso, Pedro, Jaime…— e influido por el apoyo diferenciado a unos y otros, los sucesivos testamentos del monarca en los años 1232, 1241, 1248…, y las divisiones de la herencia en 1260 y 1262, comportaron una gran variedad de soluciones políticas hasta llegar al reparto definitivo en esa última fecha el cual asignó Aragón, Cataluña y Valencia al infante Pedro mientras Mallorca, el Rosellón, la Cerdaña y Montpellier serían para el infante Jaime. Hay que subrayar el hecho de que estas decisiones reales sumaban o separaban reinos —Cataluña y Aragón, Cataluña y Mallorca, Aragón y Valencia, etc.— con una aparente frivolidad, dado que a menudo estas decisiones iban acompañadas de las correspondientes cartas reales y mandatos a los súbditos del acatamiento y el correspondiente juramento de fidelidad a este o aquel infante, para a los pocos años volver a ordenar su anulación y la configuración de otro reino nuevo.


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A ello cabe añadir, además, el que en estas divisiones patrimoniales de los reinos hubo un tema aún más conflictivo, que fue la definición de la frontera catalano-aragonesa, de manera que, si bien se dio un proceso de delimitación a lo largo del río Cinca, según el testamento y el momento, bien la ciudad de Lérida y sus alrededores o bien la Ribagorza o parte de ésta fueron asignadas a Cataluña o a Aragón. En cuanto a la política exterior de la corona durante el reinado de Jaime I, contrasta vivamente la diferente actitud entre el desinterés por Occitania y la incipiente presencia en el Mediterráneo occidental. Con respecto a la primera es muy significativa la verdadera paralización de la política occitana, rompiendo con la que había sido un área estratégica y una parte de la Corona de Aragón durante el siglo anterior. Es posible que la trágica muerte del rey Pedro en Muret y el efectivo control francés sobre buena parte de los antiguos condados bajo su soberanía influyeran en una actitud pasiva del rey Jaime sobre esta cuestión, la cual se vio confirmada por la firma del tratado de Corbeil en mayo de 1258, acuerdo por el que Jaime I renunciaba a todos sus derechos a los condados occitanos excepto a Montpellier y Carladés. A cambio hubo una renuncia del rey de Francia Luis IX a sus teóricos derechos heredados de los reyes francos sobre los condados catalanes, una cuestión que generalmente ha sido tratada por los especialistas como una entelequia, lo que ha llevado a algunos de ellos a considerar el tratado como una inútil renuncia del monarca a lo que había sido la historia de la Corona de Aragón durante su primer siglo de vida y con la posible única intención de limar tensiones con la muy agresiva monarquía francesa de la época. En cambio, Jaime I inició una primera política de presencia en la cuenca del Mediterráneo occidental, no sólo por el evidente significado de la conquista de las islas Baleares sino más en concreto por el apoyo militar prestado a la presencia de mercaderes catalanes en los territorios de Ifriqiya y Tremecén —actual Túnez y parte de Argelia—, al conjugarse intereses económicos —esclavos, mercancías, oro africano, etc.— con el inicio de un interés estratégico por la creación de bases territoriales en esa región. En cuanto a las relaciones peninsulares, especialmente con la Corona de Castilla y a diferencia de lo que pasará durante el siglo XIV, circularon por parámetros mucho más concordantes entre las dos monarquías. Desde el acuerdo para la definición de la frontera entre Valencia y Murcia, pactada al detalle en el tratado de Almisra en 1244, hasta la intervención armada de Jaime I en el Reino de Murcia en 1264 para sofocar la rebelión general de los musulmanes de la Corona de Castilla, en apoyo del control político y militar de este territorio por parte del rey Alfonso X el Sabio. La ocupación


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de Murcia fue sólo temporal, pero se ha destacado a menudo el hecho de que comportó un asentamiento parcial de colonos de la Corona de Aragón en algunos de los núcleos urbanos, de manera que la conquista posterior de Jaime II en 1296 encontró la colaboración al menos de parte de la población local cristiana. En este marco geopolítico es en el que podemos y debemos encuadrar la historia de los viejos y nuevos valencianos de tiempos de Jaime I. La conquista y repoblación o, mejor dicho, la colonización del nuevo Reino de Valencia que creó el monarca en la primavera de 1239, incluso antes de haber acabado la conquista militar. El proceso de creación de la nueva sociedad feudal fue lento, se alargó durante todo el siglo XIII, y eso en lo concerniente tanto a la organización política de la nueva sociedad como al proceso de migración, al asentamiento e inicio de la explotación de las tierras por parte de los nuevos pobladores cristianos que comenzaron a llegar desde el norte atraídos por las ofertas de tierras y las posibilidades de mayores franquicias personales, y ello a pesar del peligro de la resistencia de los musulmanes. Pero la colonización feudal no sólo fue la inmigración de gente sino una completa y nueva organización social basada en las relaciones sociales feudales. De ahí la abundancia de cartas puebla durante esas décadas, más de doscientas, que fueron el mecanismo usado para establecer en las tierras a los nuevos vecinos de los pueblos valencianos. Unos textos en los que se regulaban los derechos colectivos de los colonos, la carga fiscal a pagar así como, en su caso, las obligaciones feudales con el señorío. Pero, paralelamente, el año 1239 Jaime I otorgó un primer código legislativo llamado “el Costum” (las Costumbres) de Valencia, esencia de los Fueros de Valencia, que poco a poco se convirtió en la nueva ley territorial de buena parte del reino, basada además en la recepción del derecho común frente al modelo aragonés y catalán basado más en las leyes feudales, como el caso de los Usatges de Barcelona. Este marco de creación del nuevo modelo político se vio complementado por la sucesiva concesión de privilegios por parte del monarca, que fueron construyendo el entramado de relaciones sociales y de jurisdicción, civil y criminal, de la nueva sociedad valenciana. Así pues, hablar de las gentes y las tierras valencianas del siglo XIII se nos ofrece como un escenario bastante más complejo de lo que podía parecer a simple vista. No se trata únicamente de hablar de conquistas y de repobladores, sino de la diversidad de protagonistas, musulmanes, cristianos y judíos, que contribuyeron a la creación, voluntaria o forzada según los casos, de la nueva sociedad feudal. Éste va a ser pues el eje temático de los capítulos siguientes.


1ª PARTE

VIEJOS Y NUEVOS VALENCIANOS EN TIEMPOS DE CONQUISTA


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el encuentro de dos mundos: guerra, conquista y destrucción

A mitad del mes de julio de 1238 don Pero Cornell y don Eximén de Urrea, nobles que participaban en el asedio de la ciudad de Valencia, acordaron con el rey Jaime I presionar militarmente a sus habitantes musulmanes y atacar una torre fortificada exenta situada fuera de la muralla de la capital y delante de la llamada puerta de la Boatella. Dicha construcción fue conocida durante la Baja Edad Media con el simbólico nombre de la “Torre Cremada” y se encontraba junto al entonces camino del monasterio de Sant Vicent de la Roqueta y que hoy es la calle Sant Vicent, a la altura de donde se encuentra el Teatro Princesa. Según relata la Crónica Real de Jaime I o Llibre dels feits, los andalusíes que la defendían, en número de diez combatientes, resistieron con fiereza y valentía las acometidas de la caballería feudal y los disparos de los ballesteros, por lo que el incidente debió convertirse a ojos de los atacantes cristianos en un símbolo que ponía en duda su fuerza bélica. Por ello el rey Jaime convocó para el día siguiente a la salida del sol nada menos que a doscientos caballeros armados y a todos los ballesteros de la hueste real, los cuales la acometieron repetidamente hasta conseguir incendiarla. Al verse envueltos en llamas, sus ocupantes pidieron rendirse y el rey cuenta en su crónica que se negó a aceptarla por no haberlo hecho al principio, con lo que dejó que muriesen carbonizados. Escenas como éstas fueron y son habituales, y aún mucho más crueles, en toda guerra hasta hoy en día y no deberíamos pensar en una especial maldad por parte ni del rey Jaime I ni de los cristianos participantes en las campañas militares para la conquista de la Valencia musulmana, ni entonces ni en los años posteriores. Bien al contrario, la violencia formó parte habitual del escenario de esa historia que se ha dado en llamar la conquista y repoblación del reino de Valencia, pues la vida de los valencianos de una y otra religión durante el tiempo de Jaime I estuvo marcada en buena medida por la guerra, la guerra entre ellos habría que aclarar. Dicha confrontación podría considerarse comenzada, aunque fuese a pequeña escala, en el año 1225 con el asedio cristiano del castillo de Peníscola, pero de hecho deberíamos remontarnos más atrás en el tiempo si tenemos en

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enric Guinot Rodríguez Valencia, 2012 (Universidad de Valencia) TIRANT HUMANIDADES