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ROBERTO BOLAÑO UNA NARRATIVA EN EL MARGEN Desestabilizaciones en el canon y la cultura

FELIPE A. RÍOS BAEZA

Valencia, 2013


Copyright ® 2013 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito del autor y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant Humanidades publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com (http:// www.tirant.com). COLECCIÓN PROSOPOPEYA

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Parry, J. L. Falcó, M. Ángeles Hermosilla, Greg Stallings

© Felipe Adrián Ríos Baeza

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Índice Agradecimientos............................................................................................ 9 Introducción: Una textualidad interferida.................................................. 11 1. Bordeando la crítica a Roberto Bolaño.............................................. 11 2. Apuntes para una teoría del margen.................................................. 17 3. En torno a la canonización................................................................. 21

Primera parte TENSIONES EN EL CANON: CRÍTICA Y PARODIA A LAS ESTRATEGIAS INSTITUCIONALES 1. INSTRUCCIONES PARA ARMAR UN CANON.................................. 31 1.1. Miradas (des)configuradoras y yuxtaposiciones lunáticas............ 31 1.2. Catálogos infames............................................................................ 36 1.3. La mirada crítica del propio Bolaño.............................................. 39 2. VISIONES CENTRALISTAS Y MARGINALES DE LA CULTURA..... 45 2.1. Historia artística de la infamia........................................................ 45 2.2. Centralizando el realismo visceral.................................................. 50 3. BLINDAJES AL CANON......................................................................... 59 3.1. Los cotos de la academia................................................................ 59 3.2. Las operaciones de los consorcios editoriales............................... 67 3.3. La complicidad de la crítica literaria............................................. 74 4. EL SABOTAJE DE LOS MÁRGENES.................................................... 89 4.1. La «desacralización» del oficio de escritor.................................... 92 4.2. El motivo de la «gratuidad»............................................................ 106

Segunda parte LOS REVERSOS DEL CANON: LA INCORPORACIÓN DE GÉNEROS MARGINALES 1. CRIPTOANÁLISIS: LA CIENCIA FICCIÓN........................................ 123 2. EL RELATO ERÓTICO/PORNOGRÁFICO (O LA DIDÁCTICA DE SADE)....................................................................................................... 137 3. NO HAY DETECTIVES: LA NOVELA POLICIAL............................... 159


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Índice

4. ESPECTROS DE BOLAÑO: LO FANTÁSTICO Y SOBRENATURAL........................................................................................................... 179 5. LA TERTULIA DE LOS MUERTOS VIVIENTES: EL CINE BIZARRO.......................................................................................................... 193 6. LA INCORPORACIÓN DE LA CULTURA DE MASAS....................... 217 6.1. El influjo de la televisión................................................................. 220 6.2. Las novelas de vaqueros.................................................................. 226 6.3. La música popular........................................................................... 231 LÍNEAS DISCONTINUAS: HACIA UNA CONCLUSIÓN........................ 239 BIBLIOGRAFÍA............................................................................................. 249


Agradecimientos «Para mí, la literatura traspasa el espacio de la página llena de letras y frases y se instala en el territorio del riesgo» (Braithwaite, 2006: 92), declaraba Roberto Bolaño en una entrevista. Enfrentarse a la elaboración de este trabajo ha implicado una convivencia más profunda con la palabra del escritor chileno, pero además un asomo al riesgo de sistematizar teóricamente esas primeras notas al margen, esas extensiones de los límites del texto. Más allá de la escritura de Bolaño, y de mi propia escritura con lápiz en los bordes de sus libros, se encuentran quienes participaron en etapas importantes de este proceso, contribuyendo, además, en mi formación como investigador: Manuel Asensi Pérez, notable maestro, compañero en estos mares serpenteantes del análisis postestructuralista; Gonzalo Pontón, quien me diera el empuje necesario para realizar estas indagaciones; Alejandro Palma Castro, José Sánchez Carbó, Samantha Escobar Fuentes y Alicia Ramírez Olivares, cómplices del proceso de investigación y de las actividades vinculadas con Bolaño en Puebla; a todos los bolañistas implicados de una u otra manera en esta empresa: Myrna Solotorevsky, Patricia Poblete Alday, Will H. Corral, Daniella Blejer Eder, Alberto del Pozo, Fernando Moreno y el profesor Sukkyun Woo, de la Universidad Nacional de Seúl. Sin sus aciertos, muchos de los planteamientos de estos volúmenes no habrían alcanzado ni cercanamente las costas de la provechosa crítica académica. Asimismo, dedico este trabajo de lo más hondo a mi hijo Mateo, mi más pequeño y gran consejero, para cuando sienta ganas de vivere pericolosamente en compañía de la lectura; a mi esposa, Paola López del Puerto, brújula y equilibro, testigo directo de todos los riesgos y aventuras dulces que implicó este proceso; a mis padres, Laura Baeza Oportus y O’Higgins Ríos González, por su amorosa complicidad y su modo conmovedor de estar siempre «conmigo en la distancia»; a mis suegros, Emilio López del Puer-


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to y Maritere García, y a mi cuñada, Erika López del Puerto, por enseñarme que las familias no sólo se heredan sino que se construyen, y a todos los familiares y amigos mexicanos, chilenos y españoles, por abrigarme el corazón todos estos años. «La literatura se parece mucho a las peleas de samuráis», argumentaba Bolaño en otra entrevista, «pero un samurái no pelea contra otro samurái: pelea contra un monstruo» (90). En estos momentos, el monstruo parece dormido, y el samurái puede, al menos por un rato, guardar su espada y volver feliz al reposo.


Introducción

Una textualidad interferida 1. BORDEANDO LA CRÍTICA A ROBERTO BOLAÑO «2666 es una obra maestra». Con esa contundencia responde Carmen Boullosa a las preguntas de la periodista Mónica Maristain en el reciente libro de esta última, El hijo de míster Playa. Una semblanza de Roberto Bolaño. Pero inmediatamente la escritora lleva la apreciación literaria al ámbito social: «Después vinieron la repercusión y el fenómeno Bolaño que para mí tiene un lado doloroso y me habla también de la naturaleza cruel de la literatura. Si Bolaño no hubiera muerto, el fenómeno no hubiera crecido tanto […]. Si Bolaño hubiera conseguido su hígado, seguiría entre nosotros escribiendo libros maravillosos» (Maristain, 2012: 94). Estas palabras de Boullosa son sintomáticas de la situación actual en los estudios sobre el escritor. La visibilidad e importancia que la literatura de Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953-Barcelona, 2003) ha ido cobrando en los círculos de críticos y lectores en menos de dos décadas ha justificado, también, su pronta atención desde los centros académicos. Esta circunstancia, por supuesto, responde a factores más complejos que a su evidente calidad literaria. Su reconocimiento, que contempló en vida premios como el Altazor de Literatura, el Municipal de Santiago de Chile, el Premio Herralde y el Rómulo Gallegos —y una vez fallecido, el National Book Critics Circle Award, por la novela 2666 (2004)—, ha sido consecuencia de una obra y de unas opiniones marcadas por un factor que debe considerarse desde el comienzo: la celeridad. Al momento de ser acogido por los grandes consorcios editoriales, y ya en la fase terminal de su enfermedad, Roberto Bolaño se propuso publicar de manera frenética (un promedio de dos libros por año, desde 1993 hasta 2003) y marcarse dentro del ámbito de la literatura hispanoamericana con un particular rigor ético-estético que no dudó en exhibir en entrevistas y conferencias. Al decir de Patricia Espinosa, «Bolaño irrumpe en la literatura


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chilena como un enajenado. Una bestia que produce y produce textos notables, que se mueve entre la poesía y la narrativa, una máquina de ficciones, donde compitiendo consigo mismo cada obra parecería superar a la anterior» (Espinosa, 2003a: 13)1. La presencia de esta «bestia enajenada» en las letras latinoamericanas, y su temprana muerte a causa de una insuficiencia hepática, provocó el esperado efecto colateral en el estudio académico y en la evaluación crítica y periodística. Este entusiasmo de Espinosa instaló en el debate literario un patrón de valoración exultante, reiterado por otros comentaristas y ensayistas tanto chilenos como extranjeros. Andrés Gómez Bravo, Celina Manzoni, Camilo Marks y posteriormente especialistas estadounidenses, como Jonathan Lethem y Janet Maslin, abajofirmaron de modo enfático esas palabras. En 2003, poco antes de que Bolaño muriera, el ámbito de la crítica literaria chilena (acostumbrada a la tibieza de juicios estéticos, a la paráfrasis constructiva, a la simpatía o antipatía personal por el autor y no tanto por la obra evaluada) fue sacudida por algunas apreciaciones del propio Marks, en un artículo titulado «Roberto Bolaño: el esplendor narrativo finisecular». El ensayista expresaba que Bolaño era «hoy en día y sin lugar a dudas, el mejor escritor vivo en lengua española […]. De modo categórico, no hay un solo novelista del momento, hombre o mujer, comparable con él en cuanto a poder y calidad literarios […]. Bolaño declaró leer a grandes escritores del presente, mencionando al guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, al mexicano Juan Villoro, al argentino César

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Una opinión paralela, la del poeta y ensayista José María Espinasa, aporta los matices que inmediatamente se antojan necesarios. En el citado libro de Mónica Maristain, Espinasa afirma: «Roberto es un escritor desbocado, sus novelas son reiterativas, no tiene una estructura bien planeada, todas están en un punto alto, no tiene manejo del ritmo, por eso me gustan mucho más sus cuentos. Como representante de la segunda generación del post-boom aporta un enorme vitalismo, unas ganas de vivir presentes a cada frase, por eso no puede parar. No edita, no reescribe, no tiene capacidad de autocrítica. De todos modos, creo que la calidad literaria de Bolaño no es algo que debamos discutir ahora. Lo que hay que discutir es esa mezcla entre el personaje y la persona […]» (Maristain, 2012: 87).


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Aira y al español Enrique Vila-Matas. En realidad, él es muy superior a ellos» (Marks, 2003: 123, 125). La lectura que ahora puede hacerse de esa circunstancia inicial es que este tipo de crítica, grandilocuente y a ratos desmedida, estaba replicando la misma premura de juicios duros con la que Bolaño comenzó a compartir sus apreciaciones estéticas, en un periodo relativamente corto de tiempo, estableciendo su combate contra una evaluación académica y periodística que anulaba y disentía cualquier asomo de «bolañismo» en los conservadores escenarios de Chile. En su «Estudio preliminar» a Territorios en fuga. Estudios críticos sobre la obra de Roberto Bolaño, la misma Espinosa no pierde ocasión de comentar el por qué Bolaño no era del todo bienvenido en su país: «Mítico se ha vuelto ya su artículo en la revista Ajoblanco en torno a la visita realizada al hogar de la connotada escritora Diamela Eltit. A partir de entonces y mediante opiniones en la prensa, escupe al establishment literario nativo ganando con ello no sólo fama de bocón sino de divo. Consecuencia: una especie de pacto tácito para ignorarlo desde diestra y siniestra» (Espinosa, 2003a: 13)2.

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Ese artículo lleva por título «Un pasillo sin salida aparente» y fue recogido en el volumen Entre paréntesis (2004). Reforzando lo comentado por Espinosa, en la cena que ofrecieran en su honor la escritora Diamela Eltit y su novio Jorge Arrate, ex ministro de gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle (1994-2000), Bolaño criticó desde el menú hasta la manera en cómo se ejercía la práctica literaria: «No hay carne. Alguien en la casa es vegetariano y presumiblemente ha impuesto su dieta sobre los demás […]. A un escritor le basta publicar un libro de cuentos en una editorial de ínfima categoría para a continuación poner un anuncio en el periódico o en una revista y que de la nada surja otro taller literario más» (Bolaño, 2004a: 72-73). Luego, en cada retorno a Chile, el escritor no perdía ocasión de desenvainar la espada: «Chile es hoy un país en donde ser escritor y ser cursi es casi lo mismo. Los escritores chilenos actuales que están en el hit parade (los narradores y supongo que también los poetas) son muy malos y todo el mundo sabe que son muy malos (y además de malos: trepas, plagiarios, emboscados, tipos capaces de todo por conseguir un trozo de respetabilidad) pero nadie lo dice […]. El conjunto de la literatura chilena es más bien lamentable […]. En Chile me odian, sobre todo los escritores de la nueva narrativa chilena, porque se me ocurrió decir que José Donoso tenía un sistema de flotación más bien frágil» (Braithwaite, 2006: 94-95).


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A la larga, las reacciones a favor y en contra resultaron tan desmesuradas que acabaron por eclipsar las iniciales lecturas provechosas que pudieron hacerse de sus novelas, poemas y cuentos. Por decirlo pronto, la celebración y la denostación resultan hoy actitudes contraproducentes para la apreciación rigurosa de una literatura tan rica, más aún si una década después de su muerte la obra de Bolaño continúa, en parte, estimándose todavía por la enorme estatura del personaje3. En suma, lo que palpita en esos discursos encendidos es una «ceguera»4, producto de la habitual falta de perspectiva de la que adolece la obra de cualquier escritor demasiado cercano a la actual posición evaluadora. A eso se añadiría que la de Bolaño 3

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Ejemplos sobran: su polémica aparición como personaje-testigo en la novela Soldados de Salamina (2001), de Javier Cercas; su supuesta adicción a la heroína, según el rumor iniciado en el «Sunday Book Review», del New York Times, tras la torcida lectura que hace Jonathan Lethem del relato «Playa»; la calle de Gerona que lleva su nombre; el beneplácito de la cantante Patti Smith, invitando al escenario a tocar al hijo del escritor, Lautaro Bolaño; o a causa de la recepción unilateralmente elogiosa de 2666 en el mundo anglosajón (en la traducción de Natasha Wimmer), desatando en Estados Unidos una verdadera «bolañomanía». Sobre este último punto —tal vez el único que merezca verdadera atención—, puede revisarse el contundente ensayo «Un año en la recepción anglosajona de 2666», de Wilfredo H. Corral. En un momento, Corral se pregunta: «¿Se sostendrá la “bolañomanía” a nivel mundial con 2666? […]. Entre el 3 de noviembre y mediados de julio de 2009 se publicó casi cuarenta notas o reseñas en medios anglosajones de gran difusión e importancia, sin contar la artillería mediática de la red y sus blogs […]. No ha habido una celebración tan sostenida o similar de un autor hispanoamericano y su obra en los últimos treinta años de la recepción de la literatura del continente, y no hay que explayarse respecto al efecto bumerán de cómo la lectura “mundial” afecta a la “local”» (Corral, 2010: 23). Poniendo atención a las interferencias del lenguaje que imposibilitan una adecuada «lectura», Paul De Man entendía por ceguera de los críticos «la distancia, de la que no se dan cuenta, entre su método explícito y sus percepciones críticas. A lo largo de la historia, incluso en la historiografía de la literatura, esta ceguera puede tomar la forma del recurso a una estructura de interpretación aberrante de algún determinado escritor. Esta estructura se aplica tanto a los comentadores eruditos como a las vagas idées reçues según las cuales el autor queda identificado y encasillado en las historias de la literatura» (De Man, 1990: 181).


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es una obra compleja y difícil de asir, cuyos registros literarios, reacios a las ortodoxias, y su capacidad de autofabular su propio periplo existencial (no en clave de «cuento», «poema», «ensayo» o «novela», sino de una «textualidad» interferida, diseminada) aún esperan estudios más reposados y panorámicos, alejados del fragor de la inicial batalla mediática y anecdótica. Si bien en los novísimos libros críticos en torno a la literatura de Bolaño algunos ensayistas lograron entrever los engranajes más representativos de su poética5, urge en un trabajo de largo aliento una readecuación de los criterios de análisis y un marco teórico cimentado en la multidisciplinariedad, con el fin de abarcar esos aspectos conflictivos y eclécticos que conforman su particular textualidad. Porque en Bolaño, la alta cultura y la cultura de masas, lo lógico y lo paradójico, la ficción pura y la realidad circunstancial, lo versátil y lo unívoco, parecen integrarse en un solo lugar: el «espacio literario», al modo en que Maurice Blanchot logró entenderlo6. 5

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Tras las primeras compilaciones de Celina Manzoni (Roberto Bolaño: La escritura como tauromaquia. Buenos Aires: El corregidor, 2002); Patricia Espinosa (Territorios en fuga: estudios críticos sobre la obra de Roberto Bolaño. Santiago de Chile: Frasis, 2003) y de las Jornadas homenaje Roberto Bolaño (1953-2003): simposio internacional (Barcelona, 2005), pueden revisarse los libros de Chiara Bolognese (Pistas de un naufragio. Cartografía de Roberto Bolaño, 2009); Patricia Poblete Alday (Bolaño: Otra vuelta de tuerca, 2010); Wilfredo H. Corral (Bolaño traducido: Nueva literatura mundial, 2011); Alexis Candia (El “Paraíso Infernal” en la narrativa de Roberto Bolaño, 2011); Fernando Moreno (ed.) (Roberto Bolaño: La experiencia del abismo, 2011); Myrna Solotorevsky (El espesor escritural en novelas de Roberto Bolaño, 2012), y el más reciente de Augusta López Bernasocchi y José Manuel López de Abiada (eds.) (Roberto Bolaño: estrella cercana. Ensayos sobre su obra, 2013), entre otros. A saber, el «espacio literario» se comprende como ese lugar «disperso», generado desde el fondo de un vacío y conformado por soledades y ausencias, y rasgado por esas marginalidades indecibles que la cultura normada pretende apartar de sus ámbitos habituales. «La noción de espacio literario, en el origen del pensamiento de Afuera y de la alteridad radical se interroga interminablemente por las condiciones de posibilidad de la experiencia de la escritura», apunta Ana Pocca en el prólogo a la edición española de El espacio literario de Maurice Blanchot. «Se habla de la caída definitiva de las fronteras entre poesía y filosofía y crítica» (Pocca, 1991: 11). En suma, y como se explicará a continuación, se trata de una zona de múltiples inter-


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Si se asume el desafío, el primer criterio a dilucidar sería el siguiente: ¿cuáles son los factores que provocan las interferencias antes mencionadas y este diálogo entre su textualidad y el sistema literario y cultural? La respuesta que se ensaya, y que vertebrará los aportes de este trabajo, en el que se amplían cuestiones que habían quedado meramente enunciadas o no del todo precisadas desde 2008 en ensayos, conferencias y artículos de la autoría de quien suscribe, es la siguiente: el eje de la propuesta ético-estética de Roberto Bolaño es una particular noción de «margen», elemento que en su narrativa no sólo actuará con la estática finalidad de reconocer un límite que separe un interior de un exterior (es decir, un «marco», en el que puede advertirse dónde acaba y dónde comienza una realidad fenomenológica), sino que ese «margen», debido a sus características particulares, tenderá en su literatura a abrirse paulatinamente, o bien a desbaratarse con violencia, mezclando en un mismo espacio interioridad y exterioridad, centro y periferia. Dicha categoría ya había sido reconocida por ensayistas como Chiara Bolognese, en Pistas de un naufragio. Cartografía de Roberto Bolaño. Para ella: […] la construcción del universo bolañano […] se configura en cierto sentido como una profundización en lo marginal. El enfoque de los escritos del autor casi siempre está basado en una mirada desde la periferia de las grandes metrópolis. Éstas son lugares problemáticos y sus márgenes se convierten en un escenario interesante de su literatura. En general, todos los personajes — escritores, actores, individuos fracasados— se mueven en lugares marginados y fuera del establishment (Bolognese, 2009: 68-69).

ferencias genéricas y temáticas, donde ya no es posible reconocer un centro de una periferia, categorías desmanteladas e incorporadas a otra mayor: la de una textualidad abierta: «El escritor que siente ese vacío cree que la obra sólo está inconclusa y cree que con un poco más de trabajo y la suerte de momentos favorables le permitirán, a él solo, terminarla. Por lo tanto, se entrega al trabajo. Pero lo que quiere terminar solo, sigue siendo interminable y lo asocia a un trabajo ilusorio. Al final, la obra lo ignora y vuelve a cerrarse sobre su ausencia en la afirmación impersonal, anónima, de que es, y nada más» (Blanchot, 1991: 17).


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No obstante, es necesario realizar una puntualización: ese elemento del «margen» en Bolaño es mucho más conflictivo y dinámico de lo que aparenta. Además, resulta decidor que tal noción haya sido examinada por la filosofía, la sociología y la teoría literaria como una zona de conflicto y ambivalencia, de diseminación y filtro, e incluso como sinónimo de acepciones más complejas: «borde», «marco», «límite» u otras mayormente socioculturales, como «frontera»7.

2. APUNTES PARA UNA TEORÍA DEL MARGEN A finales de la década de 1970, el teórico estoniano Iuri M. Lotman observó, en sus estudios en torno a la semiótica de la cultura, que la adecuada articulación de la llamada semiosfera (esa adaptación al campo de la semiótica de los pormenores de la biosfera) depende casi exclusivamente de su capacidad para incluir o dejar fuera ciertos elementos que puedan amenazar el armónico funcionamiento de sus centros. Así, uno de los aspectos más significativos de Lotman es que el sistema de la semiosfera, formado por una serie de conjuntos semióticos de heterogénea importancia y velocidad configurativa, está circunscrito a determinados límites, y es precisamente en esos límites donde el teórico detecta las vir-

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En su trabajo de tesis La configuración del límite en la literatura fantástica, Neus Rotger aclara que: «En el terreno de la teoría literaria, es paradigmático el caso de los llamados estudios culturales de la frontera, donde límite y frontera […] sirven para evocar la condición posmoderna. Las obras clásicas de esta corriente teórica se basan en el modelo de frontera entre Estados Unidos y México y manejan un concepto de límite extremadamente amplio, cuando no del todo vago, según el cual la frontera es al mismo tiempo límite físico, psicológico, cultural, de género, de clase, étnico y racial. Tanto en el caso de los estudios de frontera, como en el de proyectos individuales como el del filósofo Eugenio Trías, el concepto de límite sirve fundamentalmente como base metafórica sobre la que construir el edificio teórico. En estos ensayos (y en muchos otros que aluden a la cuestión de forma tangencial), el límite queda desplazado a un segundo plano: relevado de su función metodológica (como herramienta que permite distinguir un objeto del entorno contra el que se define), desempeña otra, no menos importante, de traducción del pensamiento» (Rotger, 2005: 10).


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tuales amenazas. En su terminología, aquello que excede los márgenes es denominado «espacio extrasemiótico o alosemiótico», e incluso «no-semiótico»: «El “carácter cerrado” de la semiosfera se manifiesta en que ésta no puede estar en contacto con los textos alosemióticos o con los no-textos. Para que éstos adquieran realidad para ella, le es indispensable traducirlos a uno de los lenguajes de su espacio interno o semiotizar los hechos no-semióticos» (Lotman, 2000: 24). La explicación pone en evidencia un aspecto esencial: ese «margen» es nombrado sin nombrarse, es «llamado» con una evidente precariedad lingüística; en otras palabras, se hace mención al borde pero en constante alusión al centro que se está configurando y que desea mantenerse estable [semiótico/no-semiótico; cultura/contracultura (barbarie); canon/anticanon]. Lo que se halla «fuera» de los centros semióticos constituidos, o en vías de constituirse, deviene ajeno, irregular, innombrable. Por ello Lotman es enfático en dotar a la frontera de características funcionales, otra vez focalizando la importancia de su sistema en los estrictos pormenores del centro: La frontera es un mecanismo bilingüe que traduce los mensajes externos al lenguaje interno de la semiosfera y a la inversa. Así pues, sólo con su ayuda puede la semiosfera realizar los contactos con los espacios no-semiótico y alosemiótico […]. La función de toda frontera […] se reduce a limitar la penetración de lo externo en lo interno, a filtrarlo y a elaborarlo adaptativamente (26. El énfasis es mío).

Aunque se enumeren las funciones de la semiosfera, la atención a la complejidad del espacio fronterizo sigue resultando tangencial. Ese bilingüismo y el potencial contacto con aquello que se ha querido desplazar desde los centros hacia las periferias no es referido verbalmente por una razón procedimental específica: la llamada traducción o filtración de lo alosemiótico en semiótico, imperativa y obligada para Lotman, no señalará solamente un ejercicio de poder céntrico, sino también una advertencia de la contingencia y violencia presente en los márgenes. Aunque las afirmaciones del crítico estoniano funcionen dentro de un particular análisis semiológico cultural, en él se repara, como en otros


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críticos afines8, una inquietud, indefinida en términos teóricos, por la amenaza de las conflictivas fronteras. Muy en la línea de Lotman se ubican los estudios referidos a la Teoría de los Polisistemas, atentos a estudiar la literatura «como una red de elementos interdependientes en la cual el papel específico de cada elemento viene determinado por su relación frente a los demás» (Iglesias Santos, 1999: 9). Esta manera dinámica de observar el fenómeno literario, inserto en un sistema complejo de conexiones discursivas y estéticas, ha podido explicar cómo los individuos utilizan la producción textual como un factor que posibilita su vida social, estableciendo un «repertorio» de materiales y reglas que regulan la elaboración y el uso de un «producto» cultural9. No obstante, es elocuente el hecho de que a la hora de estudiar las distintas articulaciones de los sistemas, se concluya que la única forma de que las culturas no lleguen a un punto muerto en sus «repertorios» sea abriéndose hacia «repertorios adyacentes». La frontera semiótica (el borde, el margen), que para Lotman se trataba de un filtro funcional, tendrá para el programa analítico de la Teoría de los Polisistemas una importancia categórica. Esa «membrana» o «película» no sólo es bilingüe: se trata de una zona de indeterminación, caracterizada por la poderosa y caótica presencia de interferencias: «Incluso cuando una cultura trabaja con un repertorio amplio y multiforme, puede llegar a un punto muerto si se bloquean todas las opciones alternativas», advierte Itamar Even-Zohar, describiendo de esta manera la dinámica de la frontera: «De este modo la interferencia se convierte en la estrategia que emplea una cultura para adaptarse a circunstancias cambiantes» (Even-Zohar, 1999: 34).

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Cfr. Umberto Eco (1998). Los límites de la interpretación (Helena Lozano, Trad.). Barcelona: Lumen. Cfr. Itamar Even-Zohar, «Factores y dependencias en la cultura. Una revisión de la teoría de los polisistemas»: «No resulta sorprendente que todas las teorías de la “literatura” hayan sido reemplazadas por teorías que aspiran a explicar las condiciones que hacen posible la vida social en general, siendo la producción textual solamente una de sus facetas y uno de sus factores» (Even-Zohar, 1999: 26).


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De manera más audaz, y estudiando el caso de la novela europea del siglo XVIII, Shelly Yahalom agrega que: […] el desplazamiento de las fronteras y la modificación de la especificidad corren parejos. Los textos que permiten estos procesos, como garantes que son del funcionamiento continuo de la literatura en tanto que sistema abierto, suelen ser aquellos que se encuentran en las fronteras o en los márgenes, en una zona de indeterminación entre la literatura y los otros tipos de actividades semióticas, particularmente las verbales (Yahalom, 1999: 99. Los énfasis son míos).

La pregunta parece obligada: ¿qué hay de oprobioso o de radical en los márgenes? Todo lo dicho parece indicar que, al acercarse a los bordes, la irrefutabilidad de cualquier programa analítico es capaz de desdibujarse. El bilingüismo lotmaniano, es decir el encuentro en un espacio determinado de posiciones idiomáticas contrarias, resulta únicamente un corte metodológico funcional para sostener su propuesta teórica. Del mismo modo, la «zona de indeterminación» polisistémica sólo se reconoce según el grado de interferencias que la posibiliten, pero la atención sigue estando puesta en los sistemas estables. Es posible afirmar, entonces, que el margen se caracteriza por un pluri-lingüismo o una multi-interferencia que, como iniciativa mayor, puede llevar a esos centros semióticos hacia la inestabilidad o, en nociones deconstructivas, hacia la diseminación. Situado en esta compleja «frontera» es que Roberto Bolaño procurará introducir una serie de discursos y herramientas narrativas «marginales» donde el sistema binario interior/exterior (asumiéndolo como una variante de centro/periferia) quedará diseminado. Pero además, su espacio literario absorberá temáticas consideradas «anticanónicas» para producir una «textualidad» en constante dinamismo. De ahí que sea necesaria, en los apartados finales de este libro, una revisión de los elementos que en su obra desestabilizan lo institucional del canon, para llegar a la afirmación final: que su estética está preñada de una rigurosa y significativa política. Antes de comenzar, es importante dejar en claro ciertos lineamientos regidores para este trabajo. Por una razón de sustancia textual, y también metodológica, los estudios aquí reunidos analizarán el elemento del «margen» en la literatura de Bolaño tenien-


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do como base su narrativa —un corpus que va desde Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce (1984) hasta Los sinsabores del verdadero policía (2011)—, sin desestimar manifestaciones auxiliares presentes en la porción poética y crítica de su producción. Así, bajo el subtítulo de «Desestabilizaciones en el canon y la cultura» este libro buscará sistematizar los episodios donde se produce una fuerte tensión entre el ejercicio de regularización de ciertas instituciones representativas del centro de poder cultural —como el canon, la academia, la crítica literaria o los consorcios editoriales— y algunos elementos que han sido empujados fuera de sus círculos y han permanecido vibrando en el margen. El motivo salta a la vista: es precisamente allí, en esos bordes conflictivos, donde Bolaño se ubicará para erigir su propuesta estética, buscando desmantelar y sabotear lo institucional. «¿Qué hay detrás de la ventana?» (Bolaño, 2005: 609) se pregunta el joven poeta Juan García Madero al final de Los detectives salvajes. La pregunta inicial será la misma: ¿qué hay detrás de esa ventana, amplia e inquietante, que es la narrativa de Bolaño, cruzada por referencias a autores y géneros canónicos, pero parodiados y/o puestos en conflicto desde los márgenes? De manera más precisa: ¿dónde comienza y dónde acaba el marco de esta ventana, que parece inscribir en su cristal un vasto enciclopedismo (fiel herencia del mejor Borges) con referencias a manifestaciones estéticas impelidas hacia la periferia por el mismo canon literario, como la ciencia ficción, la novela policial y el relato erótico/ pornográfico? Bolaño resolverá estos asuntos situando sus tramas, tiempos, espacios y personajes en los «bordes» (tanto argumentales como ideológicos) para, desde allí, poner en entredichos los materiales plausibles de volverse literatura.

3. EN TORNO A LA CANONIZACIÓN Roberto Bolaño comenzó a publicar regularmente sus textos justo cuando en el campo de los estudios culturales se estaba librando uno de los debates contemporáneos más encendidos: la configuración (y/o desfiguración) del canon. Es importante de-


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tenerse un momento a puntualizar estas discrepancias con el fin de entender posteriormente cómo el escritor violenta y tensa el canon, aprovechando algunos de los elementos temáticos o metodológicos para generar su propia propuesta literaria. La controversia no había cobrado vigencia de manera tan vigorosa desde los planteamientos analíticos de la New Criticism, con los trabajos fundadores de Matthew Arnold (Culture and Anarchy, 1869), de T. S. Eliot (The use of poetry and the use of criticism, 1933) y, sobre todo, de Frank Raymond Leavis (The great tradition, 1948). Se recordará que en las primeras décadas del siglo XX, y debido al creciente interés por las asignaturas de inglés en los renovados programas de estudio, profesores y poetas anglosajones intentaron establecer un nuevo criterio para el análisis literario: la consideración profunda, casi reverencial, «por el texto y sólo el texto», depurando anteriores aproximaciones que juzgaban las circunstancias creativas del autor y hasta el impacto del texto en sus posibles lectores. La marcadísima preocupación por el «texto en sí mismo», como un objeto con valores superiores capaz de ser fijado en una tradición —téngase presente la máxima del Arte poética de Archibald McLeish, «a poem should not mean, but be» (McLeish, 1985: 107)— llevó a los nuevos críticos a una suerte de «clasicismo» contemporáneo a la medida de los departamentos de lengua y literatura10. La tentativa mayor la propuso el citado F. R. Leavis, quien, aunando los criterios ya propiciados en Cambridge y en la revista Scrutiny, publicó en 1948 su tratado La gran tradición. Allí se 10

La crítica que Terry Eagleton hace al respecto es reveladora: «Había por lo menos dos razones de peso para explicar por qué la Nueva Crítica fue bien recibida en el ámbito académico. En primer lugar, suministraba un método pedagógico útil para enfrentarse a la creciente población estudiantil. Distribuir un breve poema para educar la perceptibilidad de los estudiantes resultaba menos molesto que impartir un curso sobre las más grandes novelas del mundo […]. Leer poesía al estilo de la Nueva Crítica significaba no comprometerse con nada ni con nadie. La poesía únicamente enseñaba “desinterés”, un rechazo sereno, especulativo, impecablemente imparcial de cualquier cosa considerada en particular» (Eagleton, 2002: 67-68).


Roberto Bolaño. Una narrativa en el margen

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intentaba estabilizar y concretar el «merecido» lugar que debían tener determinados escritores en la historia de la cultura. Esto implicaba, necesariamente, discriminar géneros y autores o, según se designaba, «depurar de escoria» a la inmaculada tradición11. Así, la tentativa de Leavis suponía organizar el campo de la literatura con un «núcleo firme», un selecto listado de nombres que pudiera blindarse con la protección de la academia y de la crítica. Lo más interesante de la estrategia organizativa de Leavis es que su selección no se basa únicamente en criterios estéticos a la hora de «canonizar» a un grupo tan cerrado: va más allá y alcanza las costas de una «cruzada moral». Ante todo, se destacaban aquellas obras en lengua inglesa que luchaban contra la barbarie, la industrialización y la alienación del sujeto (Joseph Conrad, Henry James, George Eliot, Jane Austen). El crítico y el académico, por tanto, tenían el imperativo ético de salvar ese listado por el bien de la civilización. O, al menos, por el bien de los programas de estudio12. Después de tantos años de convulsiones teóricas, la cruzada de F. R. Leavis, como señala Terry Eagleton, concluye con un fenómeno de suma importancia para los futuros mecanismos de «canonización» que definirán la segunda mitad del siglo XX: su análisis selectivo se instala al centro de la crítica literaria anglosajona como discurso regidor, imperativo y natural. Es decir, la praxis leavisiana se convierte pronto en apreciación espontánea,

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Muy en la línea de la cita de Eagleton, Pierre Bourdieu apuntará en la década de 1990: «¿Por qué tanto empeño en conferir a la obra de arte —y no al conocimiento al que apela— ese estatuto de excepción, si no es para debilitar con un descrédito perjudicial los intentos (necesariamente laboriosos e imperfectos) de quienes pretenden someter esos productos de la acción humana al tratamiento corriente de la ciencia corriente, y para afirmar la trascendencia (espiritual) de quienes saben reconocer su trascendencia?» (Bourdieu, 2005: 11). 12 «The great English novelists are Jane Austen, George Eliot, Henry James, and Joseph Conrad —to stop for a moment at that comparatively safe point in history […]. They are all distinguished by a vital capacity for experience, a kind of reverent openness before life, and a marked moral intensity» (Leavis, 1962: 9, 17).


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