EL EXPERIMENTO
humanidades
plural
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Jesús Avezuela Cárcel AMERICANO:
Jesús Avezuela Cárcel
¿PERVIVE HOY EL SUEÑO AMERICANO? La historia americana está marcada por su particular carácter nacional: Estados Unidos nació como un experimento y de él surgió el homo americanus. Cada uno de los episodios vividos desde la Declaración de Independencia de 4 de julio de 1776, como se puede advertir en estas páginas, permite plantearse y preguntarse si los caracteres sobre los que se fundó siguen invariantes, es decir, si el sueño americano o la identidad americana conservan su actualidad. El libro que se ofrece pretende, a través de unos trazos históricos y sociológicos, destacar porqué, pese a sus dificultades y, en ocasiones, apariencias, el americano sigue aferrado, por su ADN y con un irrefrenable interés, a esa parte de su historia que comenzó hace unos dos siglos y medio con las primeras colonias en la costa este de Norteamérica. Es cierto que, al menos desde la óptica de un europeo, no faltan motivos para poner en duda la vigencia de los valores americanos, pero es un hecho que el lema al que permanentemente apelan es el relativo a la capacidad de superación, a sus orígenes histórico-políticos, a la conciencia de comunidad, a seguir soñando en los proyectos de cada uno, y en definitiva a los valores que ha venido representando América y que han forjado un particular carácter nacional.
UN SUEÑO Y UNA IDENTIDAD
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humanidades EL EXPERIMENTO AMERICANO: UN SUEÑO Y UNA IDENTIDAD
plural
Prólogo de Miguel Herrero de Miñón
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humanidades plural
Jesús Avezuela Cárcel Es Letrado del Consejo de Estado en activo desde 1998. Licenciado en Derecho por la Universidad de Valencia y Doctor en Derecho por la Universidad Rey Juan Carlos, en colaboración con la Universidad Georgetown, Washington D.C. Marshall Memorial Fellowship otorgada por la German Marshall Fund of the United States. Es Director General de la Fundación Pablo VI. Como Abogado en ejercicio, ha sido Socio del Área de Regulatorio, Administrativo y Competencia en KPMG Abogados y anteriormente dirigió la oficina de Madrid de Broseta Abogados, además de ocupar otros puestos de responsabilidad en Banco Inversión, HypoVereinsbank y Banco Espirito Santo. Profesor de Derecho en el Centro Universitario Villanueva, adscrito a la Universidad Complutense de Madrid. Ha impartido también docencia en la Universidad Rey Juan Carlos y en otros centros y escuelas de negocio. Es también árbitro de la Corte Civil y Mercantil de Arbitraje (CIMA). Académico Co. de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación. Vocal del Tribunal Administrativo del Deporte. Autor de numerosas monografías y artículos y ponente en multitud de conferencias y seminarios.
EL EXPERIMENTO AMERICANO: UN SUEÑO Y UNA IDENTIDAD
COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES Manuel Asensi Pérez
Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València
Ramón Cotarelo
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia
Mª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València
Juan Manuel Fernández Soria
Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València
Pablo Oñate Rubalcaba
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València
Joan Romero
Catedrático de Geografía Humana Universitat de València
Juan José Tamayo
Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid
Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales
EL EXPERIMENTO AMERICANO: UN SUEÑO Y UNA IDENTIDAD
JESÚS AVEZUELA CÁRCEL
tirant humanidades Valencia, 2018
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© Jesús Avezuela Cárcel
© TIRANT HUMANIDADES EDITA: TIRANT HUMANIDADES C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia TELFS.: 96/361 00 48 - 50 FAX: 96/369 41 51 Email:tlb@tirant.com www.tirant.com Librería virtual: www.tirant.es ISBN: 978-84-16786-75-6 MAQUETA: Tink Factoría de Color Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia, por favor, lea en www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-de-empresa nuestro Procedimiento de quejas. Responsabilidad Social Corporativa: http://www.tirant.net/Docs/RSCTirant.pdf
A mis hijos, Javier, Pablo y MarĂa Almudena
Índice Prólogo............................................................................................................... 11 Introducción..................................................................................................... 15
I. El Carácter Nacional............................................................................ 17
II. La aparición del norteamericano: ¿una nueva idea de vivir?......... 25
III. El primer sueño americano: la doctrina de los Padres Peregrinos y el elemento religioso......................................................................... 31 IV. Un segundo sueño, la independencia americana............................. 47
V. Del sueño de la independencia a la Constitución............................ 55
VI. El siglo XIX y la guerra civil............................................................... 61 VII. Los Roosevelt y los Wilson................................................................. 67 VIII. Derechos civiles, más de media docena de guerras y otros escándalos públicos............................................................................. 83 IX. La nueva era tecnológica: de la manzana de Newton a la manzana de Steve Jobs......................................................................................... 103
X. Un atentado que cambio algo más que el skyline neoyorkino. «¿Por qué odian América?»................................................................. 115
XI. Yes, we can: el sueño de mi padre y el de un hombre negro........... 123 XII. El «experimento» americano, en el siglo XXI.................................. 133 A) El sueño americano de hoy........................................................... 134 B) El individualismo, el pragmatismo y el elemento geográfico en un mundo global...................................................................... 137 C) La religiosidad en la vida americana........................................... 142 D) La idea de comunidad................................................................... 145 XIII. Colofón.................................................................................................. 151 Bibliografía........................................................................................................ 155
Prólogo Miguel Herrero de Miñón Jesús Avezuela me hace el honor de solicitarme un prólogo, y yo me apresuro a complacerle por varias razones. Primero, como él mismo señala al comienzo de su obra, estoy en el origen de su experiencia americana, si bien puedo dar fe de que obtuvo la beca Marshall por sus solos méritos. Méritos sobradamente acreditados por el hecho, muy singular y significativo, de que esa corta experiencia inicial tuviera continuidad hasta culminar en una tesis doctoral codirigida desde la GeorgeTown University. Segundo, porque el texto que sigue es toda una muestra de audacia. Solo de audacia puede calificarse intentar, en tan breve tiempo como lo que va de siglo, analizar, desde Madrid, el carácter nacional de los Estados Unidos y escribir sobre el mismo un ensayo docto —a conciencia docto, como revela la abundosa bibliografía— a la vez que se elabora una tesis doctoral y se atienden las obligaciones de un diligente letrado del Consejo de Estado. Avezuela es un audaz y es a los audaces a quienes sonríe la fortuna. Audaces diligentes como Avezuela honran al cuerpo de letrados al que tanto me honro yo mismo en pertenecer. Siempre he tomado muy en serio la solidaridad de cuerpo y tal es el tercer motivo de mi prologo. ¿Cuál es, a mi juicio, la tarea de un prologuista? No creo que deba ceñirse a elogiar al autor, en este caso compañero y amigo personal muy estimado, ni a parafrasear cuando no a recensionar la obra prologada. En toda obra de pensamiento y el ensayo lo es, hay una parte impensada y el tratar de pensarla justifica el prólogo y atrae al prologuista. Así lo demuestran las más relevantes piezas del género que, es claro, no pretendo ni de lejos emular, pero que intento seguir, como el navegante a la Estrella Polar, por utilizar una metáfora famosa entre juristas.
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Esa parte impensada que el prologo saca a luz, puede ser consecuencia directa y aval de la obra de pensamiento. En tal caso el prologuista completara el pensar del prologado o sacara las consecuencias de su pensar para tiempos y circunstancias distintas y aun distantes de las que aquel tuvo presentes. Pero también puede ocurrir y eso dice mucho y bien del texto prologado, que lo que su autor pensó y escribió suscite un pensar diferente, un análisis distinto, que a los datos aportados se asocien otros nuevos, que, en suma, el balance inicial se contrabalanceé, no para desvalorarlo, pero si, por caso, para relativizarlo al eliminar la excepcionalidad… y el prologuista da rienda suelta a su imaginación y a su pluma. Si lo he interpretado bien, Avezuela basa el carácter nacional de lo que, con razón, Raymond Aron llamo la República Imperial, en la originalidad y excepcionalidad del homo americanus, investido de una conciencia mesiánica que los hechos parecen haber confirmado a lo largo de lo que el presidente Nixon, refiriéndose a la guerra del Vietnam, llamó «dos siglos de gloriosa historia». La conciencia mesiánica no es inherente a la condición de gran potencia. Suecia lo ha sido por dos veces y no parece haber albergado mesianismo alguno; los Estados Unidos la han tenido desde la misma Declaración de Independencia; pero no fue menor la de los españoles —incluidos los portugueses, al decir de Camoens—, desde el siglo XV al XVII, la de los ingleses con Cromwell y los victorianos, la de los rusos desde el paneslavismo decimonónico a Kruscheff y está por ver lo que nos enseñe el despertar del viejo Imperio del Centro. Lo cierto es que el mesianismo americano ha encarnado en una superpotencia. El innegable espíritu de iniciativa del homo americanus ha contado con los mejores espacios y recursos del Planeta y ello ha contribuido decisivamente a su éxito económico. Un éxito económico que ha permitido a los Estados Unidos conseguir y mantener la superioridad científica, técnica y militar sobre cualquier otro predecesor o rival. Y así, con las armas y con un soft power, análogo aunque muy distinto al de las viejas letras ha americanizado al mundo, como ya anuncia Heidegger y seducido a Jesús Avezuela. Una vez
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más, al que tiene mucho se le dará más y el éxito avala la conciencia de elección. Bound to lead, rezaba el famoso título de Joseph S. Nye Jr. Parece una constante histórica que las conciencias mesiánicas tienen un importante ingrediente religioso y ello es evidente en los Estados Unidos como Avezuela pone de manifiesto. Pero si desde nuestra perspectiva, la suya y la mía, ello es positivo, todos, y especialmente los homini americani, hemos de cuidar de no usar el nombre de Dios en vano, so pena, gravísima pena, la de hacer de la biología y la geografía —raza y tierra, Blut und Boden, se decía en un cercano ayer— los signos de elección. El «In God we trust» del poderoso billete verde, se parece demasiado al «Gott mit uns» que el ejercito el III Reich heredo del uniforme prusiano. Las conciencias mesiánicas acarrean consecuencias ambivalentes tanto para quien se siente elegido —parece que la crucifixión es su común destino— como para terceros. El mesianismo de los españoles resulto harto doloroso para los holandeses, pero engendro, nada menos, que la América latina y si no faltaron dolores en el parto, escrito está que pronto los hace olvidar la alegría del recién nacido. El mesianismo británico fue cruel en Irlanda, pero dio a luz, entre otros países avanzados, la mayor democracia del mundo: la India. La India me juzgara, decía Lord Curzon. ¿Qué decir del «destino manifiesto» de los Estados Unidos, basado en la autoconciencia de elección y de consiguiente liberación de toda regla heterónoma que coarte la propia voluntad de poder o la prosecución de lo que se considere interés nacional? Es indiscutible que ese destino manifiesto condujo a los Estados Unidos primero a colaborar decisivamente con británicos y soviéticos en la victoriosa lucha contra la tiranía nazi y, después, a la política de contención frente al expansionismo de la Unión Soviética. Pero también al continuado genocidio de los pieles rojas y las predatorias guerras de agresión contra Méjico, España y Hawai. Y, lo que tiene aun mas calado, al sistemático desprecio y consiguiente trituración de principios fundamentales del derecho internacional vigente, desde la ruptura del
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viejo Ius publicum aeropeum hasta, hace pocas décadas, la vesánica agresión a Serbia para garantizarse una base en el artificial Kosovo. Brutal ejemplo de lo que Schmitt llamó «apropiación de la tierra». Avezuela no atiende tanto a la política exterior norteamericana, incluido el avasallador soft power que ha americanizado al mundo, sino al carácter nacional que la subyace y fija su atención en una serie de invariantes que marcan su decantación. Yo me pregunto si tales caracteres siguen siendo invariantes. Si, por ejemplo, el sueño o mejor dicho, la ensoñación americana conserva la misma vigencia pese a la desigualdad creciente en la sociedad americana o, lo que es más importante, la toma de conciencia de dicha desigualdad. Si hola de violencia institucional y social no erosiona la idea tan fundamental de comunidad. Si el hasta ahora fecundo melting pot, capaz durante generaciones de haber dado nueva realidad al viejo lema federal E pluribus unum, o da señales de saturación como indica el voto WASP en las últimas elecciones. Si el mundo pluripolar que ha sucedido a la guerra fría y de ahí, tal vez, los intentos de resucitarla no socavan la benevolente autoconciencia redentora. Si, sobre todo, la universalización de los valores americanos, un día tenidos por originales y excepcionales no pone dichos valores en crisis. Un galo romanizado, olvidado hasta que lo exhumo Gutav Bloch y nuestro Ortega lo popularizo, Rutilius Namatianus, ante el ocaso del Imperio, clamaba: Fecisti patriam diversis gentibus unam Urbem fecisti quod prius orbis erat
Introducción Era el año 2000, y hacía ya un par de años que había ingresado en el Cuerpo de Letrados del Consejo de Estado. Un jueves de Comisión Permanente, Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, entonces Letrado Mayor de la Sección Tercera —hoy Consejero Permanente de Estado—, me apuntó la posibilidad de proponerme como candidato para las becas de la Fundación German Marshall, en Estados Unidos. No dudé ni un segundo en aceptar y, una vez superadas las correspondientes pruebas y realizadas las debidas entrevistas, me comunicaron la admisión. Tras aterrizar en Dulles Airport International (Washington, D.C.), me encaminé hacia el mostrador de información central del aeropuerto donde había sido convocado, inicialmente, junto con el resto del grupo de fellows becados, un total de catorce de diversas nacionalidades europeas. El citado punto de información estaba atendido por un señor, hispano, quien muy amablemente me explicó las distintas alternativas de transporte para llegar al Hotel donde íbamos a alojarnos. Al poco, fueron llegando el resto de compañeros europeos y así comenzó mi tour por los Estados Unidos de América. Washington D.C., Alabama, Miami, Los Ángeles, San Francisco, Denver o Nueva York fueron algunas de las ciudades que visité y en las que tuve el honor de asistir a diversos encuentros con reconocidas figuras de muy variadas ramas de la Sociología, Derecho, Periodismo o Economía. Fascinado por el viaje y por todo lo que había aprendido, un año después volví con mi esposa, integrándonos ambos, en esta ocasión, en una estancia de verano por seis semanas, en las Universidades George Washington (en el caso de Marifé) y Georgetown (en el mío). Para más fortuna, la Directora de Programas de la German Marshall Fund nos brindó la posibilidad de residir en casa del afamado escritor y columnista del Washington Post, Neal Peirce, en un lugar privilegiado, al lado del mall, entre la Casa Blanca y el Capitolio.
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Era consciente que, en un solo año, las cosas habían cambiado mucho en Estados Unidos. El fatídico atentado del 11-S a las torres gemelas y al Pentágono y las constantes amenazas de nuevos ataques terroristas eran la causa de unas extremas medidas de seguridad, en especial en los aeropuertos. Nosotros volvimos a aterrizar en el Dulles Airport International. Y, cual fue mi sorpresa cuando, una vez recogido nuestro equipaje y salimos al hall principal, encontré en el mostrador de información aquel hispano que hacía algo más de un año me había atendido y acogido de manera especial. Me fui a saludarle, le presenté a Marifé y le contamos el motivo de nuestro viaje. El hispano, agradecido por el gesto, nos contó su particular historia. Había nacido en Perú, pero llevaba viviendo en Estados Unidos sesenta y dos años. Era un ex combatiente de la guerra del Vietnam y trabajaba en el aeropuerto como voluntario: «es lo menos que yo podía hacer por este país…»
I. El Carácter Nacional Si nos fuera posible remontarnos hasta los mismos elementos de formación de las sociedades y examinar los primeros momentos de su historia, explicaba Alexis de Tocqueville, «estoy seguro de que descubriríamos la causa primordial de los prejuicios, de las costumbres, de las pasiones dominantes, de todo eso, en fin, que compone lo que llamamos el carácter nacional»1. Con frecuencia solemos invocar y recurrir al carácter singular de los pueblos para justificar una determinada actitud o comportamiento incurriendo, finalmente, en los estereotipos que, como tales, ciertamente constituyen un modo muy simple de definir o caracterizar una sociedad o una cultura. Este planteamiento no puede ocultar, sin embargo, que los grupos humanos2, por razones muy distintas —históricas, geográficas, antropológicas o religiosas— y desde muy diversas ópticas (sociológicas, filosóficas o incluso jurídicas), puedan delimitarse por sus rasgos con ciertos elementos característicos y que incluso sus instituciones resulten impregnadas de una particular cultura. Partiendo de esta premisa, el caso norteamericano es paradigmático y, no en vano, ha dado lugar a un sinfín de estudios acerca de su particular identidad, despertando un extraordinario interés tanto de los propios americanos como de extranjeros3.
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Alexis de Tocqueville, La Democracia en América, Ed. Sarpe, Trad. cedida por Alianza Editorial, S.A., Madrid, 1984, pág. 47. El término «grupo», aun cuando suele estudiarse, sobre todo desde la perspectiva de la Sociología o la Psicología Social, como fenómeno de discontinuidad y diferenciación entre la conducta del individuo frente a la conducta grupal (vid. entre otros, Insko, C. y Schopler, J., Categorization, competition and collectivity, dentro de la obra Group Processes, Ed. Sage, Londres, 1987, pág. 237 y ss.), aquí es utilizado en un sentido más amplio y menos técnico, cercano a sociedad, pueblo o, incluso, nación. Innumerables obras podrían citarse sobre las peculiaridades del carácter nacional americano y las singularidades de su cultura. A título de ejemplo, tén-
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A este respecto, apuntaba el ilustre profesor de Historia de la Universidad de Denver (Colorado), Michael McGiffert, que la obra de J. Héctor Saint John de Crèvecoeur, «Letters from an American Farmer»4, podía considerarse, sin ningún género de dudas, el primer estudio sobre la peculiar cultura y carácter de los americanos. «El americano es un nuevo hombre que actúa con unos nuevos principios», decía el citado viajero francés, en 1782, no sin antes poner de manifiesto la dificultad que supone delimitar esta afirmación dada la heterogeneidad social y cultural de sus habitantes. No obstante, pese a tal diversidad, a juicio de Crèvecoeur existe un «homo Americanus» diligente y «self-sufficient» que suele habitar aislado en su granja, concentrado en sus cualidades personales y profesionales. En cualquier caso, y a pesar de las evidentes dificultades que supone determinar las características de cualquier sociedad (y tópicos en los que se atasca el debate), o de lo que el sociólogo alemán, Max Weber, denominó como «tipo-ideal», es recurrente el argumento de que, desde el asentamiento de los puritanos en las tierras norteamericanas, allá por la segunda y tercera década del siglo XVII, los propios americanos se han visto, dice McGiffert, como una «peculiar people specially favored by God or nature»5, un pueblo que cree en sí
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ganse en cuenta la del inmigrante francés J. Héctor St. John de Crèvecoeur [«Letters from an American Farmer», cuya primera edición data de 1782, publicado posteriormente por Dolphin Books Doubleday & Company, Inc., Garden City (NY), en el año 1963], la de Max Lerner, «The idea of american civilization», la de Martin Lipset, «A changing american character?», una de las más conocidas de Alexis de Tocqueville, «La Democracia en América» o, en esta misma línea, la obra de Diego Hidalgo «Nueva York» cuyo subtítulo es suficientemente descriptivo: «Impresiones de un español del siglo XIX que no sabe inglés» y, más recientemente la obra de Michael McGriffert («The character of Americans») o la del conocido historiador Arthur M. Schlesinger, «The Cycles of American History». Esta obra es el resultado de una correspondencia que, como rezaba en el subtítulo de la primera edición fue «escrita por la información obtenida a través de un amigo, un granjero en Pensilvania». Michael McGiffert, The character of Americans. A book of readings. The Dorsey Press. Homewood, Illinois, 1964, pág. 6.
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mismo. Los hombres que crearon los Estados Unidos de América, ha señalado Schlesinger, se concibieron a sí mismos como diferentes, creyendo que estaban ensayando algo nuevo bajo el sol6. Los primeros colonos eran conscientes de la idea de que una república democrática que pudiera perdurar iba contra todas las enseñanzas de la historia pero, no obstante, el experimento que tenían en sus manos (tal y como lo tituló el Presidente Washington en su discurso de investidura) o el destino (o plan divino), a que se han referido otros Presidentes como Ronald Reagan o el propio Barak Obama, para el que estaban llamados sería un reto que estaban dispuestos a asumir. Y sin duda las ideas, tanto de «América como experimento» como «América como destino», continúan siendo visibles en el pueblo americano y recurrentes en su discurso. Estas dos afirmaciones de América quedan integradas en Hamilton, en su conocida obra The Federalist, quien entendía que la conducta y ejemplo del pueblo americano había resuelto la cuestión de si las sociedades son capaces de establecer un buen gobierno a partir de la reflexión y la elección o si, por el contrario, están destinadas para siempre a depender de las constituciones políticas del accidente y de la fuerza. Los valores importados por los padres peregrinos en su barco Flor de Mayo (Mayflower) a tierras en barbecho7 y la cultura que sobre los pilares del ethos calvinista8 se va forjando en América 6
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Arthur M. Schlesinger, Jr., Los ciclos de la historia americana, Trad. Néstor A. Mínguez, Ed. Alianza Editorial, Madrid, 1988, pág. 11. Entre estos valores importados puede destacarse a la propia herencia británica, sobre todo en lo referente al método en el razonamiento bien resumido en la obra de G. Berkeley, Tratado sobre los principios del conocimiento humano; al pragmatismo (Pierce, Charles S., Un hombre, un signo, Grijalbo, Barcelona, 1988); o al reflejo en la Escuela Libre en distintos campos del conocimiento, como por ejemplo, en Derecho. El trabajo incluye un análisis de la ideología puritana (Sarcvan Bercovitch, The Puritans Origins of the American Self, Yale University, 1975) en los padres fundadores a través del examen de alguna de sus principales figuras. A tal fin podría citarse el caso de Benjamin Franklin (Autobiografía y otros escritos. Edición en castellano preparada por Luis López Guerra, Ed. Nacional, Ma-
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constituyeron un particular modus vivendi que, posteriormente, ha tenido reflejo y ha sido determinante en la construcción y naturaleza jurídica de sus instituciones públicas y privadas. *** A este respecto, conviene ahora hacer un paréntesis para atender a la cultura política europea —en contraste con los valores que se forjaron en estos primeros momentos de la historia norteamericana—, en lo que los analistas han venido sistematizando como los tres grandes estadios históricos, Roma, la Cristiandad y el Estado que surge a partir de 1789, y que se justifica en términos de omnipotencia9. Una visión global permitiría concluir que el Imperio, el señor feudal, la Iglesia, y luego el Estado han sido, en palabras de Fueyo, refugio del ciudadano europeo, refugio del que, sin embargo, ha renegado — consciente o inconscientemente— el ciudadano americano. Siguiendo en este punto al citado autor, Jesús Fueyo, la concepción de libertas romana tiene su fundamento último en la participación del individuo en la civitas siendo ésta quien otorga la libertad al romano y no la naturaleza. Esto explica, como señala Fueyo, sobre la base de las obras de Wirszubski («Libertas as a Political Idea at Rome during the Late Republic and Early Principate») y Alois Dempf («Sacrum Imperium Geschichte») los conceptos fundamentales de la publicística romana donde la civitas constituye el «magno mito político a que todo el orden de convivencia va sentimentalmente ligado». No es el individuo —ni siquiera el sui iuris— quien ejerce su libertas innata,
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drid, 1982) cuya familia emigró de Inglaterra a Massachussets por motivos religiosos habiendo sido una de las primeras familias convertidas a la Reforma calvinista y enemiga del «papismo». Igualmente convendría aludir al papel de esta ideología puritana en la economía (La ética protestante y el espíritu del capitalismo de Max Weber) o a las tesis del individualismo de Turner y el modo de ser que, a juicio de este autor, va forjando el aislamiento en sus empresas ganaderas. Jesús Fueyo Álvarez, Estudios de Teoría Política, Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1968.