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EL IUS COMMUNE Y LA FORMACIÓN DE LAS INSTITUCIONES DE DERECHO PÚBLICO

ALEJANDRO GONZÁLEZ-VARAS IBÁÑEZ (Coordinador)

     

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    Universidad de Zaragoza. Vicerrectorado de Investigación

 

 

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Universidad de

 

Zaragoza. Facultad de Derecho

Valencia, 2012

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Copyright ® 2012 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito de los autores y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant lo Blanch publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com (http://www. tirant.com).

© Alejandro González-Varas Ibáñez

© TIRANT LO BLANCH EDITA: TIRANT LO BLANCH C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia TELFS.: 96/361 00 48 - 50 FAX: 96/369 41 51 Email:tlb@tirant.com http://www.tirant.com Librería virtual: http://www.tirant.es DEPÓSITO LEGAL: V-1577-2012 I.S.B.N.: 978-84-9033-043-2 IMPRIME: Guada Impresores, S.L. MAQUETA: PMc Media Si tiene alguna queja o sugerencia envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia por favor lea en www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-de-empresa nuestro Procedimiento de quejas.


Índice PRÓLOGO...............................................................................................

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CapítuloI La recepción del ius commune por el Tribunal Superior del Sacro Imperio Romano Germánico* 1. INTRODUCCIÓN.............................................................................. 1.1. El Ius commune y el Sacro Imperio Romano Germánico............ 1.2. Recepción del Ius commune en la península ibérica: semejanzas y diferencias............................................................................... 2. LA PRIMERA RECEPCIÓN (O RECEPCIÓN TEÓRICA DEL IUS COMMUNE EN EL TERRITORIO DEL SACRO IMPERIO GERMÁNICO............................................................................................ 2.1. Los Tribunales eclesiásticos........................................................ 2.2. El Notariado.............................................................................. 3. LA SEGUNDA RECEPCIÓN (TAMBIÉN LLAMADA RECEPCIÓN PRÁCTICA O RECEPCIÓN PLENA) A PARTIR DE LA CREACIÓN DEL TRIBUNAL SUPERIOR DEL IMPERIO..................................... 3.1. Origen histórico del Tribunal Superior del Imperio y relación de éste con el Consejo Imperial....................................................... 3.2. Los procesos de súbditos ante el Tribunal Superior del Imperio.. 3.3. Personas intervinientes en el proceso y objetos litigiosos............ 3.4. Síntesis conclusiva...................................................................... 4. CONSIDERACIONES FINALES.........................................................

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Capítulo II La influencia del ius commune en la formación del derecho anglosajón 1. INTRODUCCIÓN.............................................................................. 2. LA FORMACIÓN EN EUROPA DE DOS SISTEMAS JURÍDICOS DIFERENTES: EL DERECHO ANGLOSAJÓN Y EL CONTINENTAL..................................................................................................... 3. PARADOJAS DEL PROCESO DE FORMACIÓN DEL COMMON LAW.................................................................................................... 3.1. Influencia normanda en la formación del common law.............. 3.2. El encuentro entre el common law y el ius commune.................. 3.3. Carácter feudal del common law................................................ 4. CONSECUENCIAS DE LA PRECOZ MODERNIZACIÓN DEL DERECHO INGLÉS: LA JURISDICCIÓN DE EQUITY.......................... 5. LA SEGURIDAD JURÍDICA COMO FACTOR QUE CONDUJO A LA TRANSFORMACIÓN DE LA EQUITY....................................... 6. INFLUENCIA DEL DERECHO CANÓNICO EN LA EQUITY........

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Índice

7. LOS TRIBUNALES ECLESIÁSTICOS................................................. 8. CONSIDERACIÓN FINAL................................................................

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Capítulo III Formazione della volontà collegiale, principio democratico e verità nel diritto della Chiesa 1. GLI ATTI COLLEGIALI ALLA LUCE DELLA VIGENTE DISCIPLINA CANONISTICA............................................................................ 2. LA REGOLA “QUOD OMNES TANGIT”: UNANIMITÀ, RAPPRESENTANZA DELL’ENTE E RICONDUZIONE “AD OMNES” DELL’ATTO PLURIPERSONALE MAGGIORITARIO....................... 3. PRINCIPIO MAGGIORITARIO E REPRAESENTATIO: DALLA REGOLA “QUOD OMNES TANGIT” AL M.P. “APOSTOLOS SUOS” DI GIOVANNI PAOLO II...................................................................

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Capítulo IV El Ius commune y la convocatoria de concilios y Cortes de León y Castilla en la Edad media* 1. INTRODUCCIÓN.............................................................................. 2. LA CONVOCATORIA DE LOS AFECTADOS POR LAS MATERIAS TRATADAS EN LOS CONCILIOS..................................................... 2.1. La necesidad de convocar a los afectados por la materia tratada............................................................................................... 2.2. Las convocatorias conciliares hasta el siglo XI........................... 2.3. La situación entre los siglos XI y XIV......................................... 2.4. La autoridad competente para convocar concilios...................... 2.5. El modo concreto de convocar a los afectados en determinados concilios..................................................................................... 2.6. La presencia de los laicos en los concilios................................... 2.7. Negativa de los convocados a comparecer y sus consecuencias... 3. LAS CONVOCATORIAS DE CORTES EN LOS REINOS DE LEÓN Y CASTILLA....................................................................................... 3.1. Introducción............................................................................... 3.2. Situaciones en que los reyes convocan Cortes............................. 3.3. Las Cortes y los límites al poder de decisión del rey................... 3.4. Función consultiva de las Cortes................................................ 3.5. El aumento de la autoridad del rey a través de las Cortes........... 4. LOS CAPÍTULOS DE LAS ÓRDENES RELIGIOSAS Y LAS CORTES...................................................................................................... 5. CONCLUSIONES...............................................................................

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Índice

Capítulo V La condición jurídica de la mujer y su relación con la potestad de régimen en la iglesia bajomedieval española 1. INTRODUCCIÓN.............................................................................. 1.1. Precisiones metodológicas.......................................................... 2. LA POTESTAD EN LA IGLESIA........................................................ 3. EL DERECHO MEDIEVAL Y SUS FUENTES.................................... 4. LA MUJER EN LA BAJA EDAD MEDIA........................................... 4.1. La Abadesa de las Huelgas.........................................................

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Capítulo VI FISCALIDAD Y PATRIMONIO EN EL DERECHO CANÓNICO CLÁSICO 1. EL PATRIMONIO ECLESIÁSTICO EN EL DERECHO CANÓNICO CLÁSICO..................................................................................... 1.1. Orígenes y finalidades del patrimonio eclesiástico...................... 1.2. Las “iglesias propias”; el derecho de patronato y el sistema beneficial........................................................................................ 1.3. El principal problema canónico medieval: el expolio eclesiástico............................................................................................... 2. FISCALIDAD ECLESIÁSTICA EN EL DERECHO CANÓNICO CLÁSICO............................................................................................ 2.1. Origen y desarrollo de los tributos eclesiásticos.......................... 2.2. Los tributos vigentes en la Baja Edad media...............................

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Capítulo VII El proceso canónico y la verdad Capítulo VIII La génesis de la codificación en Francia. Sobre la escuela de la exégesis 1. INTRODUCCIÓN.............................................................................. 2. LOS ANTECEDENTES....................................................................... 3. LA CODIFICACIÓN EN FRANCIA................................................... 4. LA ESCUELA DE LA EXÉGESIS: PROPUESTAS Y CONSECUENCIAS.................................................................................................... 5. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS....................................................

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PRÓLOGO Durante los tiempos medievales existió una intensa relación entre los ordenamientos jurídicos que conformaron el sistema denominado «Derecho común». En su base aparecen dos Derechos principales, el canónico y el civil, y esta duplicidad se expresa con el término utrumque Ius, es decir, «ambos Derechos»1. Ese Derecho, a diferencia de los iura propria, está presente en todo el mundo cristiano medieval, incluidos los lugares a los que el Derecho romano no llegó originariamente. Entre estos ordenamientos que concurrieron en la configuración del Ius commune, adquirieron una especial relevancia el Derecho canónico y el civil, especialmente a partir del siglo XII. A pesar de la dificultad de deslindar el terreno propio de cada uno de ellos, habida cuenta de la fusión que se produce entre sí dentro del Derecho común, es frecuente que se sostenga que el Derecho canónico ejerció su influencia sobre el Derecho secular. En efecto, los autores que han profundizado en el estudio del Derecho medieval han encontrado el origen o, al menos, el paradigma, de numerosas instituciones civiles en las creadas en el seno del Derecho canónico o que, aun teniendo

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Como afirma Bellomo, ya que los dos Derechos se proponen como Derecho común para todo el orbe cristiano, aparece la necesidad de localizar los límites que les han permitido coexistir a ambos. Tendrán múltiples elementos compartidos. Lo que es diferente es el fin que persiguen: mientras que las normas civiles están predispuestas y orientadas para fundamentar y garantizar el bien común y la vida terrena de los ordenamientos y de los individuos, la disciplina canónica se destina a encontrar las mejores condiciones para que el hombre no pierda en la misma tierra su alma, sino que se salve para la gloria y felicidad del paraíso. «In un punto gli sforzi convergono e tendono a produrre risultati che possono essere confliggenti. Da una parte e dall’altra si ha di mira l’uomo nelle sue condizioni terrene e giuridiche: per l’Impero, affinché l’uomo, sottoposto all’auctoritas, realizzi il bene comune nella libertà e nella responsabilità della sua autonomía; per la Chiesa, affinché l’uomo eviti la tentazione del peccato e possa salvare in eterno l’anima sua», en M. BELLOMO: L’Europa del Diritto comune. Il Cigno Galileo Galilei. Roma, 1994, 7ª ed., p. 87.


otro origen anterior, como el romano, fueron delineadas definitivamente por el Derecho de la Iglesia. La influencia del Derecho canónico sobre la cultura jurídica europea se dejó sentir, a juicio de Gaudemet, por dos causas principales2: por una parte, el progreso de este ordenamiento jurídico y el prestigio de sus maestros desde el siglo XII al XV, momento de un verdadero «renacimiento» medieval3. En segundo lugar, el carácter universal de la Iglesia y su Derecho favorecen la propagación del mismo por todos los lugares de Europa. Dado, por tanto, el mayor desarrollo del Derecho canónico sobre todo en los siglos XII y XIII, no tenía nada de extraño que el Derecho secular tratara de emularlo4. El resultado ha sido la conformación de múltiples instituciones civiles de acuerdo con el modelo canónico. Si no siempre es fácil distinguir los elementos canónicos de los civiles en el contexto del Derecho común, tampoco lo es diferenciar de un modo acabado las diferencias entre el Derecho público y privado en tiempos pasados, al menos tal como las entendemos hoy. Ello no obsta que podamos afirmar que el ejemplo canónico encontró un fér-

J. GAUDEMET: “Il Diritto canonico nella Storia della cultura giuridica europea”, en Scienzia giuridica e Diritto Canonico. Giappichelli. Torino, 1991, pp. 5 y s. 3 Expresión adoptada por Calasso para identificar la labor jurídica, tanto desde el punto de vista de la producción normativa, como sistematizadora, y de elaboración de doctrina que tiene inicio en el siglo XII. Se vea el título de una de sus obras más significativas: Gli ordenamenti giuridici del rinascimento medioevale. Reimpresión de la segunda edición. Giuffrè. Milano, 1965. Utiliza expresamente este término S. KUTTNER en “The Revival of Jurisprudence”, en R. L. BENSON / G. CONSTABLE (Eds.): Renaissanse and renewal in the twelfth century. Cambridge (Mass.), 1982, p. 299, también en S. KUTTNER: Studies in the History of Medieval Canon Law. Variorum Reprints CS325. Aldershot, 1990, § III. 4 H. J. BERMAN: La Formación de la Tradición Jurídica de Occidente. Fondo de Cultura Económica. México, 1996, p. 287. Cfr.: E. CAPARRÓS: “Les racines institutionnelles des Droits occidentaux dans le Droit ecclésiastique”, en Ius Ecclesiae, 7 (1995), pp. 436 y 443. F. ROBERTI: “The role of Canon Law in Comparative Law”, en AA. VV.: Actorum Academiae Universalis Jurisprudentiae Comparativae, vol. III, pars I, pars II. Edizione dell’Istituto Italiano di Studi Legislativi. Roma. Ministerio di Grazia e Giustizia, 1953, p. 125. 2


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til terreno de proyección dentro del campo del Derecho civil a través, particularmente, de los surcos del Derecho privado, tal como dejaron de manifiesto Maldonado y Landau. Ejemplo de ello es el modo en que la equidad canónica y la buena fe afectaron a la contratación civil, así como en la construcción técnica del Derecho matrimonial canónico. Esta particular fecundidad del Derecho privado no evita que también las aguas que manaban del Derecho canónico regaran aspectos del Derecho público secular. En este sentido, Le Bras5 ha mostrado el modo en que la división territorial de la Iglesia influyó en la de los reinos, su sistema de provisión de oficios en el origen de la aparición de los cuerpos de funcionarios públicos, el sistema de administración de bienes eclesiásticos en la deliniación del dominio público y su afectación a la utilidad pública y carácter no enajenable y otras influencias en este ámbito, además de la configuración de algunas instituciones de carácter político6. La importancia del Ius Commune en la formación de las instituciones de Derecho público, así como la menor atención que tradicionalmente ha recibido en contraste con la realizada sobre las instituciones de Derecho privado, ha provocado el interés de la Asociación Interdisciplinar de Derecho Público por reunir el esfuerzo de varios especialistas en esta materia y ofrecer, de este modo, el texto que el lector tiene entre sus manos publicado por la prestigiosa editorial Tirant lo Blanch.

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G. LE BRAS: “Les origenes canoniques du droit administratif”, en AA. VV.: L’évolution du Droit Public. Études en l’honneur d’Achille Mestre. Sirey. París, 1956, pp. 395-412. Otro breve elenco de aportaciones canónicas al sistema jurídico secular lo ofrecen E. CAPARRÓS: “Les racines institutionnelles...”, cit., pp. 431-433. S. KUTTNER: “Some considerations on the role of secular Law and Institutions in the History of Canon Law”, en AA. VV.: Scritti di sociologia e politica in onore di Luigi Sturzo. Zanichelli. Bologna, 1953, vol. II, pp. 352 y s. Sobre la influencia del Derecho canónico en la formación de las instituciones políticas, cfr.: H. J. BERMAN: La formación de la tradición jurídica..., cit., pp. 287 y s. G. L. HASKINS: “Counsel and Consent in the Thirteenth Century”, en Thought, vol. XV, n. 57 (junio 1940), pp. 258-260. J. R. STRAYER: On the Medieval Origins of the Modern State. Princeton University Press. Princeton, 1970, p. 16.


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A estos motivos se añade que los tiempos presentes son propicios para realizar estudios de este tipo. El progresivo proceso de unión política se afianza en Europa. Desde las diferentes instituciones comunitarias y estatales se insiste en los lazos y vínculos que unen a los distintos pueblos del viejo continente. Si queremos que este afán no se desvanezca en la nebulosa de la irrealidad, será preciso ofrecerle un sustento sólido. A ello puede contribuir toda aportación que permita conocer mejor cuál es la identidad de Europa y en qué bases se fundamenta. Entre los nexos que han facilitado la unión de los extremos del viejo continente encontramos el hecho de compartir un pasado jurídico común. A ello contribuyó la implantación del Derecho romano en toda la extensión que adquirió su imperio que, aun siendo amplia, no cubrió la totalidad de Europa. Sin embargo, hubo otro componente del que nuestra cultura jurídica es deudora, el Derecho canónico, que sí alcanzó cada uno de los confines continentales, haciendo presentes consigo elementos romanos ahormados a las necesidades canónicas. Otro hecho que resulta de interés es la capacidad que tuvo el Derecho común de aglutinar dentro de sí diferentes ordenamientos jurídicos que actuaban sobre distintos terrenos alumbrando un producto nuevo, capaz de ser aplicado donde resultara oportuno y de resolver problemas variados. Esa capacidad de aunar y armonizar ordenamientos e intereses diferentes puede servir de paradigma para una situación actual en que confluyen normas de carácter internacional, con otras propias de los Estados, más instituciones jurídicas provenientes de otros contextos culturales que pretenden alcanzar su aplicación en los países europeos, fenómeno favorecido por la agilidad de las comunicaciones y el fenómeno migratorio. En este momento en que fijamos la atención en lo que dentro de Europa ha sido comúnmente compartido, se muestra particularmente oportuno el estudio del posicionamiento del Derecho canónico dentro del Derecho común y, una vez ahí ubicados, mostrar la incidencia que tuvo sobre la delineación o consolidación de instituciones civiles en que está inmersa la actividad cotidiana de cada europeo allí donde se haya criado o viva. Es ésta una tarea que requiere la debida ponderación y equilibrio. Es posible observar que, en ocasiones, a la hora de afrontar el origen de algunas instituciones actuales, no se ha tenido suficientemente en


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cuenta el sustrato canónico en que germinó acabando, incluso, por ser ignorado. Sin embargo, desde otro punto de vista, y dependiendo del instituto jurídico que analicemos, es posible encontrar la identificación del Derecho canónico como un emisor de reglas y principios que son absorbidos por unos ordenamientos jurídicos seculares configurados como receptores. Puede ocurrir que, en ocasiones, no se aprecie adecuadamente la verdadera función del Derecho canónico en la conformación de las instituciones civiles. La precipitación puede abocarnos a identificarlo con el origen y fuente de cada institución, sin que los autores se planteen la posibilidad de que más bien se pueda identificar con el ordenamiento que diseccionó, analizó y clasificó con mayor prontitud los elementos que componían una idea jurídica previa y generalmente compartida en su momento. Sería ésta la que concibió y dio origen a la institución, siendo el Derecho canónico quien permitió presentar a las autoridades y juristas civiles la composición de la institución que hasta ese momento sólo se había podido ver traslúcida. Dicho de otro modo, arriesgamos a ser susceptibles de sumergirnos con mayor profundidad de la debida en el dato, de por sí cierto en términos generales, consistente en que el Derecho canónico originó, o al menos influyó determinantemente, la aparición o estructura definitiva de las instituciones civiles. Expuesta esta situación, no puede resultar extraño que, en esta obra, los autores hayan prestado una particular atención a la trascendencia del Derecho canónico como elemento constitutivo del Ius commune y, por tanto, forjador —en la medida que le corresponde— de las instituciones civiles actuales, incluidas las que hoy calificamos como propias del Derecho público. *** Los textos que componen este libro tratan de reflejar el modo en que el Derecho común influyó en las instituciones de Derecho público, algunas de ellas ya sepultadas por el peso de la Historia y otras aún en vigor. En relación con éstas últimas, se ha pretendido observar hasta qué punto son herederas de su pasado radicado en el Ius commune. Esta tarea se afronta desde diferentes perspectivas. Las dos primeras obras que presentamos abordan las cuestiones más generales. Se trata de la recepción del Derecho que nos ocupa en dos ámbitos geográficos diferentes como son el Sacro Imperio Romano Germánico


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(capítulo I), y el Derecho anglosajón (capítulo II). Los demás capítulos se refieren a la incidencia del Ius commune en la conformación de diferentes instituciones jurídicas. Los dos primeros se refieren a trata de la situación en la convocatoria y funcionamiento de los órganos colegiados (capítulos III y IV), a los que le siguen otros dos apartados referidos a la potestad de régimen (capítulos V y VI). La obra continúa con un estudio sobre el Derecho común y el Derecho procesal (capítulo VII), para finalizar con un análisis relativo a la codificación en Francia (capítulo VIII) y el fin de la vigencia del Derecho común. Comenzando por la primera del conjunto de cuestiones mencionadas, la Profesora María J. Roca analiza en “La recepción del Ius commune por el Tribunal Superior del Sacro Imperio Romano Germánico”. Se centra, pues, en el modo en que se produjo la recepción de este Derecho por el territorio imperial a través del mencionado Tribunal. Para ser más precisos, este órgano mostró una importancia particular para facilitar la segunda recepción. Con el fin de comprender adecuadamente en qué consistió ésta, resulta preciso estudiar antes la primera, a lo que la autora dedica las páginas iniciales de su capítulo. La recepción inicial del Derecho común (1200-1350) no resultó un proceso forzado desde el momento en que los emperadores germánicos del medioevo se consideraban sucesores de los antiguos emperadores romanos. Tanto es así que, con frecuencia, ordenaban que las normas que aprobaban se incluyeran en los cuerpos de constituciones imperiales romanas. Por tanto, el Derecho romano, con los añadidos canónicos, se consideró Derecho propio del Sacro Imperio. Esto supuso una diferencia respecto de los reinos no incorporados a esta estructura centroeuropea. Sirva de ejemplo el caso castellano-leonés que, por no pertenecer al Imperio, no se considera obligado a aplicar el Derecho romano, y donde el Derecho supletorio sigue siendo el propio Derecho castellano con independencia de que algunas de las fuentes supletorias —como lo fueron las Siete Partidas respecto del Fuero Real— mostraran un origen romano. Esta primera fase de recepción del Derecho común a que nos referimos tuvo tres vías principales de penetración: los tribunales eclesiásticos, los tribunales arbitrales y el notariado. Podría decirse que, en su conjunto, son una muestra de la complejidad alcanzada por el proceso romano-canónico y de la consiguiente necesidad de personas


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provistas de conocimientos específicos en el funcionamiento de los tribunales. Es así como en el s. XIII Inocencio IV crea la figura de los vicarios judiciales, y poco antes Alejandro III otorga pleno valor probatorio a los documentos expedidos por los notarios ante la necesidad de presentar documentos fehacientes ante los tribunales. La segunda recepción tuvo como uno de sus hitos principales la instauración en 1495 del Tribunal Superior del Imperio (Reichskammergericht). Se trataba, junto con el Consejo Imperial (Reichshofrat), del tribunal de última instancia del Imperio. Uno de los aspectos más interesantes de su funcionamiento fueron los procesos de súbditos, que podían ser tanto individuales como —más frecuentemente— colectivos. Se trataba de la posibilidad de que gozaba un súbdito de demandar al señor de su territorio ante una instancia superior, y así protegerse de la arbitrariedad. Estos procesos podían sustanciarse tanto ante el Tribunal Superior como ante el Consejo Imperial siempre que se hubiera agotado la vía jurídica de los tribunales territoriales o, en su caso, si éstos habían rechazado su demanda. Asimismo, una cuestión relevante para la difusión del Derecho común por el territorio imperial la constituyó el privilegio de no apelación. Suponía que una materia objeto de proceso en un tribunal territorial que había alcanzado ya efectos de cosa juzgada, ya no podía apelarse ante un tribunal imperial. La condición para la concesión del privilegio del non appellando era la instauración de un sistema judicial que contuviera tres niveles de los cuales el vértice fuera un tribunal superior de apelación constituido y organizado según el modelo del Tribunal Superior del Imperio. Si éste basaba su funcionamiento en el proceso romano-canónico, el territorio que quisiera gozar de ese privilegio debería tener el tribunal correspondiente asentado sobre este modo de funcionar propio del Derecho común. Asimismo, las funciones de los abogados y procuradores en todo proceso eran reflejo de los principios de este sistema jurídico. Como resultado de la recepción del Ius commune en el Imperio, tanto el Derecho romano como el Derecho canónico —en cuanto componentes que eran del Derecho común— se extendieron hasta lugares que ni habían pertenecido en su momento al Imperio romano ni —por otro lado— formarían parte del mundo católico como consecuencia de la división religiosa propiciada por el Protestantismo.


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Otro amplio ámbito por donde adquirió difusión el Ius commune fue el anglosajón. De esa cuestión, y de su capacidad de influir en las instituciones de Derecho público, se ocupa la Profesora Zoila Combalía en “La influencia del Ius commune en la formación del Derecho anglosajón”. Cuando ese Derecho empezó a extender su sombra por Europa era ya demasiado tarde para que el Common Law recibiera influencias sustanciales. En esos momentos contaba ya con suficientes conceptos, técnicas e instituciones como para mostrarse impermeable a la pujanza del Derecho proveniente del continente. Esto explica también que el Derecho inglés mantuviera rasgos feudales. En efecto, mientras que en el siglo XI el Derecho feudal comienza su declive en el continente, comienza su vida en la otra orilla del Canal de la Mancha. Esto permitió que, en este último contexto, el concepto feudal de relación fuera esencial, frente al romano-canónico de voluntad. Resulta paradójico que un Derecho de origen francés, resultante de la invasión normanda capitaneada por Guillermo I en 1066, a partir del siglo XIII pasara a convertirse en un motivo de orgullo nacional inglés que dificultó la entrada del ajeno Ius commune. Esto no quiere decir que la influencia romano-canónica no se produjera en ningún momento. Antes bien, la rigidez del common Law inicial provocó que los ciudadanos acudieran a la Corona solicitando que corrigiera los excesos de los Tribunales del Rey, en parte derivados de las estrecheces formales de aquel Derecho. Es así como surge la jurisdicción de Equity, de modo paralelo y complementario al Commnon Law. La influencia canónica se dejó sentir de un modo notable en el Tribunal de la Cancillería, tanto en aspectos procesales como sustantivos. Ejemplo de ello son la denunciatio evangelica, la injuction, o la specific performance. Sin embargo, también las reglas de la Equity se tipificaron y sistematizaron, con lo que perdió parte de sus características esenciales. Esto provocó que el common Law y la Equity se fusionaran por medio de la Judicature Acts de 1873 y 1875. Otra vía de influencia del Derecho canónico en Inglaterra fueron los tribunales eclesiásticos, que siguieron siendo competentes en varias materias, en especial la matrimonial. Éstos continuaron funcionando y aplicando Derecho canónico incluso tras la separación de Roma provocada por Enrique VIII. La continuidad de estos tribunales se explica porque el Rey sustituyó al Papa como fundamento de su autoridad.


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Tras el análisis de estas cuestiones de carácter general nos adentramos en otros aspectos más concretos en que se dejó notar la influencia del Derecho común en la constitución de instituciones civiles. Para ello será preciso, en ocasiones, conocer cómo funcionaron determinados institutos canónicos, habida cuenta de la importancia que tuvo este ordenamiento en este proceso. Así sucede con la formación de la voluntad imputable a un sujeto colegial, ya fueran universitates personarum (colegios y corporaciones), o universitates rerum (fundaciones), a lo que dedica atención el Profesor Andrea Bettetini en “Formazione della volontà collegiale, principio democratico e verità nel Diritto della Chiesa”. En este estudio, examina el origen histórico del principio mayoritario que establece el canon 119 del CIC vigente para la formación de la voluntad de los órganos colegiados, así como del principio de la unanimidad que se reserva para aquellas cuestiones que afectan a sus miembros a título individual. Se trata, en último término, de analizar el modo en que se ha plasmado en el Derecho actual el contenido del tradicional principio jurídico quod omnes tangit ab omnibus approbari debet, es decir, lo que afecta a todos ha de ser aprobado por todos. Nos encontramos ante un principio originado en el seno del Derecho romano dentro de lo que hoy denominaríamos Derecho privado. Desde allí adquirió connotaciones juspublicistas a través del Derecho canónico, convirtiéndose así en la raíz de un nuevo y más amplio significado del principio de representatividad. Tanto el Derecho civil como el canónico de los siglos XII y XIII fueron conscientes de la dificultad que entrañaba conseguir el consentimiento acorde de todos los afectados, por lo que idearon trasladar esa función a la mayoría de sus miembros. Los civilistas lo hicieron impulsados por un criterio práctico. Entendieron que este sistema era el más idóneo para simular que se había encontrado el criterio unánime de las personas implicadas, considerando existente un acto que en realidad no lo era. Esto fue el resultado de la dificultad de los civilistas a la hora de diferenciar la corporación y las personas que la componían. El Derecho canónico, en cambio, apeló a criterios más trascendentales. El principio mayoritario se basó en la necesidad de encontrar la verdad. Ello no impidió que también utilizara una ficción jurídica, en este caso —y a diferencia de los civilistas— la de atribuir a un tercero distinto de los miembros que lo componen la decisión adoptada por


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la mayoría de ellos como si fuera la voluntad diferenciada y propia de ese órgano colegiado. Sobre la base de este principio, la decratalística localizó algunos casos en que el negotium tratado por un órgano colegiado hubiera podido comportar deberes para sus miembros a título individual, con lo que la teoría de la representación había de quedar desplazada. Si esto sucedía, tampoco había lugar para la aplicación del principio mayoritario, sino de la regla de la unanimidad. Invocar una u otra regla dependía, pues, de que la materia tratada atañera a los miembros de la universtas uti universi o uti singuli, como ahora mismo continúa haciendo el ya mencionado canon 119 del CIC, así como el 455, del mismo modo que también ha sido retomado por el “motu proprio” Apostolos Suos, promulgado por Juan Pablo II en 1998. Como adelanta Bettetini, la regla quod omnes tangit también fue utilizada, dentro del Derecho canónico, para emplazar a los afectados por la materia discutida. Este significado, incorporado al circuito del Derecho común medieval, dejó sentir su influencia sobre el Derecho civil del momento, siendo aplicado para convocar también a determinadas instituciones representativas como fueron los parlamentos medievales. Esta es la cuestión sobre la que me centro yo mismo en el capítulo titulado “El Ius commune y la convocatoria de concilios y Cortes de León y Castilla en la Edad media”. Si en el capítulo anterior se fijaba la atención en la regla quod omnes tangit y su aplicación para la toma de decisiones dentro de los órganos colegiados o por sus miembros individualmente considerados, ahora se estudiará su aplicación a los efectos de convocar a esos órganos. En este sentido, el Derecho canónico lo utilizó para reunir concilios y reclamar la asistencia no sólo de clérigos y religiosos, sino también de laicos —principalmente autoridades políticas— cuando se trataban materias que también les resultaban de interés común, lo que no era extraño en cuanto fieles de la Iglesia que también eran. Ello no suponía que la participación de éstos fuera activa. Antes bien, habían de conformarse con asentir lo aprobado en el concilio, pues su función no era tanto la de enseñar como la de aprender. Como resultado de acudir a la convocatoria y tener este tipo de presencia, la autoridad pontifica quedaba reforzada y lo decidido en la reunión adquiría un carácter más firme.


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Ha sido tradicional afirmar, al menos por parte de algunos autores, que el origen de las Cortes medievales se encuentra en el modelo canónico de convocatorias de concilios y de capítulos por parte de las órdenes religiosas. En este momento se intenta arrojar luz sobre la certeza de esta afirmación. Más que hablar de una influencia directa o de identificar una actitud casi mimética del paradigma canónico en los reyes, podría hablarse de la aplicación de un mismo principio jurídico (el quod omnes tangit) que estaba incorporado en el sistema legal elaborado por la cultura jurídica del momento (el Ius commune) por dos de sus principales componentes como eran el Derecho canónico y el civil. Por ello, podría tratarse de una idea en circulación dentro del organismo jurídico medieval que hubiera sido aplicada igualmente en cualquiera de estos dos ámbitos. Esto no evita pensar que el Derecho canónico, habida cuenta de la particular madurez que adquiere de modo especial a partir del siglo XII, fuera más ágil para sacar todas las consecuencias posibles del mencionado principio jurídico y de explicarlas con argumentos más ponderados, facilitando así su aplicación en el ámbito civil. El resultado fue que, del mismo modo en que el romano Pontífice convocaba a los laicos a los concilios cuando la ocasión era propicia, también los reyes convocaron a los representantes de las ciudades —junto al clero y los nobles— para que le aconsejaran o consintieran sus propuestas. A su vez, se entiende que el grado de vinculación de las ciudades hacia lo decidido habría de ser mayor, pues sus representantes lo habían admitido en Cortes. La Profesora María del Mar Martín aborda aspectos más específicos referentes a la materia de gobierno en la Iglesia. Se adentra en el modo en que las mujeres pudieron ejercer la potestad de régimen durante Edad media en el capítulo titulado “La condición jurídica de la mujer y su relación con la potestad de régimen en la Iglesia bajomedieval española”. En efecto, a lo largo de la Historia encontramos casos en que fieles que no han recibido el sacramento del orden han ostentado de potestad de régimen y, en consecuencia, han desempeñado funciones de gobierno según el Derecho canónico. Uno de estos casos fue el de la Abadesa del Real Monasterio de Santa María de las Huelgas en Burgos, como lo fueron también los de los monasterios de Fontevreault, Quedlimburg, o Conversano. Durante siglos ejerció este tipo de funciones no sólo sobre monasterios y conventos de religiosas dependientes de las Huelgas, sino también sobre monasterios de


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varones. A ello se añadió la posibilidad de ejercer potestad civil sobre los territorios dependientes de su monasterio e, incluso, gozó en estos lugares de la misma potestad de gobierno eclesiástico que los obispos en sus diócesis. El ejercicio de estas facultades fue posible por la propia evolución de la relación que ha mediado entre la potestad de orden, y la de régimen o jurisdicción. Originariamente, cuando un varón recibía el sacramento del orden era siempre para cumplir un ministerio concreto, lo que traía, como consecuencia necesaria, la unión entre potestad de orden y de jurisdicción. Sin embargo, con el paso del tiempo se admitió la recepción de órdenes absolutas, es decir, las que no destinaban a quien las recibía a un ministerio concreto. A partir de aquí y, especialmente desde el Decreto de Graciano, se hizo cada vez más nítida la distinción entre ambas potestades, hasta que el CIC de 1917 lo hizo de modo expreso. Estos datos fueron un presupuesto necesario para que una mujer pudiera ostentar la potestad canónica de régimen e incluso extenderla sobre monasterios masculinos. A ello se añadieron otras circunstancias como fueron las siguientes. Por una parte, el contexto jurídico medieval. En efecto, frente al formalismo imperante en nuestros días, en aquellos siglos prevalecía el naturalismo jurídico en el cual no era posible que el Derecho se alejara de los hechos. Por ello la costumbre adquiere un amplio alcance como fuente del Derecho, aunque se trate del ejercicio de la potestad de régimen por parte de una mujer. Por otra parte, la Abadesa de las Huelgas es titular de esta potestad desde unos momentos (finales del siglo XII) anteriores a una recepción plena del Derecho romano que configuraba un régimen jurídico para la mujer claramente limitado, tal como posteriormente lo heredaron las codificaciones modernas y como ha permanecido hasta tiempos recientes. Esto explica la mayor libertad de que gozaba la mujer en la Edad media que en los siglos posteriores. Tampoco en esos momentos se había comenzado a desarrollar una nueva interpretación teológica a las referencias paulinas sobre la mujer que, a partir del siglo XIII, adquiere unas connotaciones misóginas. Otro aspecto relacionado con la potestad de régimen fue la administración del patrimonio de la Iglesia y el sistema fiscal establecido por el Derecho canónico. De ello se ocupa el Profesor Santiago Bueno


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en “Fiscalidad y patrimonio en el Derecho canónico clásico”. Para analizar estas cuestiones se remonta a la formación del patrimonio eclesiástico desde los primeros tiempos y a su ampliación desde el régimen de libertad concedida a los cristianos por Constantino. Su aumento provocó que, desde el siglo V, fuera necesario que se establecieran reglas para asignar su titularidad (hasta el siglo XIII, en que se delinea con claridad el concepto de persona jurídica, pertenece a muchos y diversos titulares corporativos), sus fines, y los requisitos para asegurar la garantía de las enajenaciones. Se ha tratado de un sistema de particular trascendencia pues, con las modificaciones y adaptaciones que ha requerido el transcurso de los siglos, se ha visto incorporado —en la medida que le corresponde— en el Derecho canónico vigente. Uno de sus cambios sustanciales ha sido la supresión del sistema beneficial. Desde su aparición a finales del siglo XI como consecuencia de la transformación de la titularidad y aprovechamiento de las iglesias propias nacidas en el siglo V, han pervivido hasta los siglos XIX-XX. Aún el canon 1272 del CIC de 1983 se refiere directamente a los beneficios, aunque sea para recomendar su gradual extinción. Podríamos añadir que tanto el sistema de administración de los beneficios, como el de licencias establecidas para la válida enajenación de los bienes eclesiásticos —ya adecuadamente perfilado por el Derecho canónico clásico— han sido fuente de inspiración para las Administraciones públicas a la hora de diseñar las reglas de administración y enajenación de su patrimonio. No en vano, el Derecho canónico pretendió desde sus inicios, y especialmente desde la reforma gregoriana, evitar la división de su patrimonio, así como que su control lo llevaran a cabo laicos. Desde estos momentos se establecieron penas incluso de excomunión para quienes se injerían en estas cuestiones con el fin de asegurar la autonomía eclesiástica en su gestión. Por cuanto se refiere al sistema tributario, por su carácter obligado, suscitó la regulación jurídica que debía garantizar su cumplimiento. Algunos tributos tenían carácter universal, como eran los diezmos y el cathedraticum. Otros, en cambio, presentaban un alcance local (primicias y censos), y otros eran esporádicos, como sucedía con la procuración, la tercia, o el subsidium caritativum. Varios de ellos tenían su origen en el sistema tributario del Antiguo Testamento. Sobre estos


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cimientos se erigió el edificio canónico, particularmente a partir del siglo VI como consecuencia del crecimiento de las necesidades económicas y la imposibilidad de depender exclusivamente de la liberalidad de los fieles. El desarrollo de este sistema fiscal alcanza nuevamente, a partir del siglo XII, una amplia calidad técnica. Es opinión generalizada que el Derecho procesal fue uno de los ámbitos en que la confluencia del Derecho romano y del Derecho canónico ofreció una de sus mejores aportaciones a la cultura jurídica europea. En efecto, la configuración del proceso romano-canónico a partir del siglo XII supuso un cambio sustancial respecto a las reglas procedimentales altomedievales. De explicar estas cuestiones se encarga el Profesor Faustino Martínez Martínez en “El proceso canónico y la verdad”. Como indica el título de su aportación, el nuevo proceso tuvo como objeto principal la búsqueda de la verdad material como requisito necesario para alcanzar la justicia, pues lo verdadero es lo justo, del mismo modo que lo justo es lo verdadero. Esta tarea no pudo sino desarrollarse desde el renacimiento intelectual y jurídico del siglo XII, con el incipiente aristotelismo del momento, y la posibilidad de aplicar la razón sobre la sólida plataforma que ofrecía el proceso del redescubierto Derecho romano. En efecto, del mismo modo que en teología se emplea la razón al servicio de la fe, mostrando a la persona los procesos de razonamiento y distinguiendo los pasos dados por la mente para dilucidar la naturaleza de la fe, el proceso se diseña como un mecanismo para conseguir la verdad, de la misma manera que opera el razonamiento escolástico, con idénticas fases y etapas. La búsqueda de la verdad exige el apartamiento de lo falso o de lo erróneo. La separación de la verdad puede llevar a la persona a la condenación, lo que provoca que la Iglesia se preocupe de corregir las conductas desviadas. Esto influye en las reglas procedimentales, pues no puede continuar dejándose sólo a las partes la iniciativa para acusar o probar los hechos. Trascendemos el ámbito de los intereses privados, pues entra en juego la salvación de las almas de los litigantes e incluso de otros miembros de la comunidad. Esto justifica que la Iglesia pueda iniciar procesos de oficio, así como el cambio del principio acusatorio por el inquisitivo, y la separación de órdenes procesales (civil y criminal) en virtud de la gravedad de las conduc-


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