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Un hombre para la eternidad


Un hombre para la eternidad

Mercedes Albi Murcia Vocal de Cultura del Ilustre Colegio de Procuradores de Madrid Gabriel MartĂ­n Olivares Historiador

MĂŠxico D.F., 2012


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Javier de Lucas Catedrático de Filosofía del Derecho

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«La Ley no es una vela que vos o cualquier otro pueda utilizar para iluminar sus propios intereses; la Ley no es ningún tipo de instrumento. La Ley es una muralla que defiende al ciudadano que vive a su amparo.» Robert Bolt «A Man For All Seasons»


Ìndice

Introducción ..............................................................................

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Ficha técnica ..............................................................................

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Sinopsis ......................................................................................

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Sobre la película – El director .......................................................................... – El guionista ........................................................................ – El equipo ............................................................................ – Los actores .........................................................................

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La trayectoria jurídica de un humanista ..................................

25

Derecho frente a poder ..............................................................

31

El proceso ..................................................................................

43

Análisis fílmico ..........................................................................

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Conclusión .................................................................................

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Bibliografía ................................................................................

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Índice


Introducción

L

a industria cinematográfica no podía dejar pasar la oportunidad de llevar a la pantalla uno de los procesos más famosos y a uno de los personajes más atrayentes de la historia del Renacimiento. El juicio y la posterior ejecución de Tomás Moro, causó sensación en su momento, no solo por la fama y el prestigio de su protagonista, conocido en toda Europa como humanista, jurista y autor de la “Utopía”, sino además por sus repercusiones políticas y religiosas. La muerte del que fuera Gran Canciller de Inglaterra selló definitivamente la ruptura entre las iglesias católica y anglicana, que transformó el sistema de alianzas internacionales de la época, y confirmó el carácter irreversible del cisma ante sus contemporáneos. El divorcio del rey Enrique VIII de su primera esposa, Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos, y su matrimonio con Ana Bolena abrieron la brecha entre la monarquía inglesa y la iglesia romana. El Papa se había resistido a conceder los permisos necesarios y Enrique necesitaba un

heredero varón que Catalina no podía darle. Inglaterra acababa de salir de una de las guerras más largas y devastadoras de su historia, la Guerra de las Dos Rosas, entre la casa de Lancaster y la de York, fundidas por fin al casarse dos miembros de las dos familias. Enrique VIII fue el primer representante de la nueva dinastía: los Tudor. La ausencia de descendencia masculina podía, pues, poner en peligro la paz en el reino, por lo que, finalmente, el rey decide ignorar las dudas de la Iglesia sobre la legitimidad de su divorcio, llevándolo a cabo y casándose a continuación con Ana Bolena. Desde el punto de vista jurídico, y de acuerdo con el derecho canónico de la época, la decisión de Enrique no era válida: solamente el Papa tenía derecho a decidir sobre la disolubilidad del vínculo matrimonial. De modo que el monarca tenía que crear un entramado legal distinto que le permitiese justificar sus acciones en este asunto como sujetas a derecho, y para ello utilizó el Parlamento, el cual aprobó a su conveniencia el “Acta de Suprema-

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cía”, que legalizaba las decisiones del rey en materia religiosa al concederle a él, y no a la sede romana, la primacía de la iglesia de Inglaterra. Las presiones sobre el clero y el beneplácito de la corte consiguieron la aceptación de los ingleses al nuevo orden de cosas, pero hubo excepciones; algunas comunidades religiosas se opusieron a prestar juramento a la nueva cabeza de la iglesia, y fueron implacablemente reprimidas. La excepción seglar más sonada la protagonizó Tomás Moro, que abandonó su puesto como canciller, el más alto estrato político después del rey, y se negó a jurar lo que consideraba una injerencia del poder temporal sobre el poder espiritual, cada uno de los cuales poseía su propia jurisdicción con atribuciones netamente diferenciadas. La negativa de Moro a suscribir los cambios jurídicos introducidos por su rey era completamente lógica desde la óptica de la legalidad vigente. Lo que hace resaltar su figura no es tanto su punto de vista, que muchos compartían pero no se atrevían a manifestar, como su valentía y su honradez al defenderlo, aun a costa de su fortuna y de su vida. Es precisamente este aspecto lo que llamaría la atención de Fred Zinnemann, cineasta obsesionado por el tema de la integri-

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dad, que en más de una ocasión trató en sus películas. “Solo ante el peligro” es, sin duda, el ejemplo más conocido. El conflicto del hombre enfrentado con el poder, con la sociedad y con la muerte, pero sobre todo, con su propia conciencia, convertían a Tomás Moro en el personaje ideal para Zinnemann, que destiló en “Un hombre para la eternidad” sus mejores cualidades como director . En ella no nos hace contemplar los esplendores de la corte Tudor, ni nos narra la jugosa crónica “rosa” de la crisis matrimonial del rey —de hecho, la reina ni siquiera aparece en escena— sino que todo el peso dramático está soportado por una sola cuestión: si el protagonista mantendrá su criterio hasta el final, a pesar de la presión que sobre él ejercen el gobierno, las necesidades económicas, la sociedad, e incluso su propia familia. Desde el punto de vista del derecho, su temática ha de interesarnos especialmente: la tríada en conflicto es la formada por la Libertad, la Ley y el Estado, tres puntos de tensión en el entramado socio-político renacentista, un tejido todavía demasiado débil para soportar esa triple tracción, que acabará rompiéndose a favor del Estado. Aún tendrán que pasar dos siglos y medio para que, con la Ilustración, la Independencia de Norteamérica y la Re-


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En cuanto a la vigencia de esta temática, el mismo título de la película, distinto del original en inglés, pero acertado a pesar de todo, puede servirnos de respuesta.

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volución Francesa, se creen condiciones ideológicas y políticas lo suficientemente resistentes para sostener estos tres pilares que hoy fundamentan las sociedades modernas.


Ficha técnica

Título original: A man for all seasons (Un hombre para la eternidad) Productora: Highlands Films País: Gran Bretaña Fecha de producción: 1966 Productor ejecutivo: William N. Graf Guión: Robert Bolt Música: Georges Delerue Dirección musical: Georges Delerue Fotografía: Ted Moore Director artístico: Terence Marsh Diseño de vestuario: Joan Bridge y Elizabeth Haffenden Maquillaje: George Frost Escenografía: Josie MacAvin Producción y dirección: Fred Zinnemann Intérpretes: Paul Scofield (Thomas More), Wendy Hiller (Alice More), Orson Welles (Cardenal Wolsey), Robert Shaw (Enrique VIII), Leo McKern (Cromwell), John Hurt (Richard Rich), Susannah York (Margaret More), Nigel Davenport (Duque de Norfolk), Corin Redgrave (William Roper), Vanessa Redgrave (Ana Bolena).


Sinópsis

La trama de “Un hombre para la eternidad” se ciñe fielmente a los últimos años en la vida de Tomás Moro, desde su ascenso al poder hasta su muerte. Jurista de prestigio internacional, tras la caída en desgracia del cardenal Wolsey es nombrado canciller de Inglaterra, coincidiendo en el ejercicio de este cargo con la ruptura entre Enrique VIII y el Papa. Convencido de la incapacidad legal

del Parlamento para dictar leyes sobre temas religiosos, como sucede al aprobarse el Acta de Supremacía, que otorga al rey el máximo poder sobre la iglesia de Inglaterra, Moro dimite y abandona la política. Perdido el favor real, se niega a jurar la nueva normativa a pesar de ser encarcelado, juzgado por traición, y, finalmente, ejecutado.

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Sinopsis


Sobre la película

El Director Fred Zinnemann nace en 1907, en Viena. Se licencia en derecho, pero sus inquietudes estaban más orientadas hacia lo artístico, como demuestra su abandono de la abogacía por la carrera musical, en la que llegaría a destacar como violinista, si bien tampoco sería esta su vocación definitiva: a finales de los años 20 se trasladará a París para estudiar fotografía, y será allí donde comience a interesarse por el cine y a participar como ayudante de cámara en su primera película, “El hombre del domingo” (1929) de Robert Siodmak. Terminado el rodaje emigra a Estados Unidos, donde empieza a ganarse la vida como figurante y como ayudante de dirección, fogueándose así en el oficio cinematográfico. Sin duda su experiencia con el conocido director de documentales Robert Flaherty, que estaba rodando en México el mismo año en que Zinnemann arribó a Hollywood, le fue útil a la hora de codirigir su primer film,

un largometraje documental para el productor Paul Strand en 1934, “Redes”. A partir de entonces dirigirá varios cortos para la Metro, con uno de los cuales consigue su primer Oscar: “That Mothers Might Live” (1938), y distintos largometrajes: en 1942, dos “thrillers” de serie B, “Eyes in the Night” y “Kid Glove Killer”, y en 1944, “The Seventh Cross”, con Spencer Tracy. Zinnemann había comenzado a dar que hablar, y los estudios pusieron a su disposición presupuestos más altos, lo que dio como resultado éxitos como “Litle Mr.Jim” (1946), “My Brother Talk to Horses” (1947), “Act of Violence” (1949) o “Los ángeles perdidos”, en la que debutó Montgomery Clift, y por la que fue nominado al Oscar al mejor director. Pero será a raiz de su colaboración con el productor Stanley Kramer cuando el director austriaco reciba el espaldarazo definitivo. En 1950 dirige “Hombres”,

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Sobre la película


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