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ISBN 978-84-16786-32-9 ISBN UAM 978-607-28-0784-6
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CONSEJO EDITORIAL DE CIENCIAS SOCIALES Y HUMANIDADES
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El fabuloso saqueo del cenote sagrado de Chichén Itzá
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El fabuloso saqueo del cenote sagrado de Chichén Itzá trata sobre las exploraciones predatorias del cónsul norteamericano Edward H. Thompson en Yucatán, quien desde fines del siglo XIX y ya entrado los años veinte del pasado, bajo el patrocinio del Museo Peabody de la Universidad de Harvard y de otros museos norteamericanos. El éxito de esta aventura se evidencia en la salida ilegal de alrededor de 30,000 piezas arqueológicas de diversos materiales, sin que fuera detectada a lo largo de tres décadas, gracias a la complacencia del presidente Porfirio Díaz, el gobernador Felipe Carrillo Puerto y otros funcionarios menores. El gobierno del Presidente Plutarco Elías Calles fincó cargos civiles y penales contra el estadounidense, pero años después la Suprema Corte de Justicia resolvió amparar en definitiva a la sucesión de Thompson, dejando impune un atentado al patrimonio cultural de México. Este libro da cuenta de las actividades del aventurero Thompson, del patrocinio del Museo Peabody y de los esfuerzos fallidos de las autoridades arqueológicas mexicanas por lograr la devolución de las piezas al país.
El fabuloso saqueo del cenote sagrado PEDRO CASTRO de Chichén Itzá
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Pedro Castro es Doctor en Historia por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Es Maestro en Sociología Política por la London School of Economics and Political Science. Licenciado en Relaciones Internacionales por El Colegio de México. Profesor-Investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa, en la Licenciatura en Ciencia Política y en el Posgrado en Estudios Sociales-Línea Procesos Políticos. Es autor de diversas obras entre las que destacan Adolfo de la Huerta: la integridad como arma de la revolución. Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa-Siglo XXI Editores. 1999; Soto y Gama: genio y figura. Dirección de Difusión Cultural de la Universidad Autónoma Metropolitana. 2003; A la Sombra de un Caudillo: vida y muerte del general Francisco R. Serrano. Plaza & Janés. 2005; Álvaro Obregón: fuego y cenizas de la Revolución Mexicana. México: Ediciones Era-CONACULTA. 2009 (Premio Anual de Investigación Francisco Javier Clavijero 2010, otorgado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, INAH); Carlos A. Madrazo: el último mito político mexicano del siglo XX, Editorial Planeta, 2016. Ha recibido el Premio a la Investigación de la Universidad Autónoma Metropolitana en 2011. Es Investigador Nacional Nivel III por el Sistema Nacional de Investigadores del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt).
PEDRO CASTRO
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Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València
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Catedrático de Geografía Humana Universitat de València
Juan José Tamayo
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Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales
EL FABULOSO SAQUEO GÉNESIS DEUNA LA DE LA GÉNESIS DESAGRADO LA DELGÉNESIS CENOTE DE MARX Y FREUD: HACIA MEDICIÓN MEDICIÓN CELESTE CHICHÉN ITZÁCELESTE NUEVA RACIONALIDAD DE LA MEDICIÓN CELESTE Una historia cognitiva del crecimiento SOCIEDAD Ydel DEcrecimiento LA Una historia cognitiva del crecimiento Una historia cognitiva delHISTORIA crecimiento Una historia cognitiva decientífica la medición científica de científica de la la medición medición científica de la medición Pedro Castro Gabriel Vargas Lozano
E. GUILLAUMIN J. GODFREY E. GUILLAUMIN J. GODFREY E.GODFREY GUILLAUMIN GODFREY E. GUILLAUMIN J.Ortega J. Raúl Páramo
Editorial deyCiencias Sociales y Humanidades Consejo Editorial deConsejo Ciencias Sociales Humanidades Editorial de Ciencias Sociales y Humanidades Consejo Editorial Consejo de Ciencias Sociales y Humanidades
tirant humanidades Ciudad de México, 2016 Ciudad2016 de México, 2016 Ciudad México, Ciudadde de México, 2016 Ciudad de México, 2016 Ciudad de México, 2016
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© Pedro Castro
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Centro de Investigación y Docencia Económica
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El manuscrito de este libro ingresó al Comité Editorial de Libros del Consejo Editorial de Ciencias Sociales y Humanidades, para iniciar el proceso de dictaminación en la sesión trimestral de otoño de 2015, celebrada el 30 de noviembre de 2015 y quedó aprobado para su publicación el 15 de abril de 2016.
INTRODUCCIÓN …Y en estos tesoros tomados del Cenote Sagrado hay en ellos el romance y misterio que un escritor como Julio Verne podría desear. Aún ahora para mí después del paso de los años de trabajo constante y la asociación diaria con ellos, algunas veces me despierto y a medianoche me pregunto si no he soñado todo. Es dado a muy pocos en estos días tener una experiencia como la mía. Quizás yo aún pueda decir que soy el único así favorecido. Agradezco el hecho y cuando usted ve los resultados finalmente obtenidos, pienso que supe aprovechar las oportunidades que he tenido. Thompson a Salisbury, 11 de abril de 1905, desde Chichén Itzá
Este libro narra dos historias paralelas: la de un accidente geológico convertido en lugar de adoración y la de un hombre que creyó en sus leyendas y le arrancó a ese sitio secretos y tesoros de un valor arqueológico inconmensurable. El caso del Cenote Sagrado o de los Sacrificios de Chichén Itzá, del cual el norteamericano Edward H. Thompson extrajo piezas durante más de dos décadas a partir de los albores del siglo XX, tuvo diversos significados para la arqueología latinoamericana y en particular para la mexicana. Los más notables tuvieron que ver con la práctica de apropiación ilegal de reliquias —en la que estuvieron involucradas personas e instituciones de los Estados Unidos— que ahora se encuentran en los gabinetes de museos y coleccionistas. Este fue uno de los tantos casos en que el coleccionismo de antigüedades significó, como lo afirma Tubb, una maraña de complicaciones legales, éticas y morales1. Sus consecuencias se han mantenido hasta ahora, en una situación en la que es formalmente imposible distinguir entre lo lícito y lo ilícito, a pesar del reconocimiento pasivo que se sintetiza en la frase falsamente exculpatoria que reza “lo hecho, hecho está”.
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TUBB, p. 57.
Introducción
El pecado original de la arqueología fue el despojo de una gran parte del patrimonio cultural de algunas civilizaciones por parte de los poderes imperiales. Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y Alemania participaron en el saqueo. El imperialismo cultural o arqueológico fue una empresa compartida en un mercado de intensa competencia sobre todo en países europeos. Sin embargo, el tema de la exploración prevaleciente en el siglo XIX tiene otra cara: la del despegue de una disciplina que pronto alcanzó un considerable desarrollo, al lado de una conciencia de la cultura patrimonial evidente en medidas nacionales e internacionales de protección. Es de lamentarse el daño considerable a las zonas arqueológicas y a sus contenidos transportables, muchas veces a manos de vulgares saqueadores, pero, paradójicamente, también fue el principio de los museos, del conservacionismo y de los estudios eruditos. Un buen ejemplo fueron las reliquias de diversos tipos y tamaños con que se alimentaron los museos Británico de Londres o el Louvre de París, cuya devolución a los países de origen se ha exigido desde hace muchos años. Las actividades del Museo Peabody y de Edward H. Thompson derivaron del frenesí museístico para ganar espacios a otros museos e instituciones. Debe subrayarse que los arqueólogos entrenados de esta institución lograron a lo largo de muchos años una cantidad de estudios valiosos que han echado luz sobre la historia maya, en particular de Chichén Itzá y su famoso cenote. Sin embargo, la actitud renuente de autoridades del Museo a encontrar alguna fórmula razonable para remediar de manera satisfactoria el mal de origen que significó el saqueo indiscriminado llevado a cabo por Thompson es lamentable. Si el regreso de las piezas a su país de origen sería la situación más deseada y justa, en un acto de buena voluntad y a pesar del tiempo transcurrido —un siglo aproximadamente—, el tema navega en sentido indeseado debido a esa actitud del Peabody, y también a la resignación de las autoridades arqueológicas mexicanas para las que el asunto está concluido y no hay nada que se pueda hacer. La aventura de Thompson se ubicó en la cadena iniciada por buscadores de reliquias en su mayoría pagados por museos de los Estados Unidos. Se instaló en México como ciudadano que pronto tuvo la cobertura consular que le sirvió, como a sus similares, tanto en el país como en el extranjero. No obstante lo que pudiera pensarse, tuvo un
Introducción
cuidado extremo en el ejercicio de su cargo para evitar cualquier sospecha o acusación en el sentido de que era un contrabandista apoyado en un puesto en el servicio exterior de su país. A pesar de la precariedad de los controles y en general de la responsabilidad federal, estatal y local, Thompson se abstuvo de provocar a sus anfitriones, y el éxito de su labor se vio con la obtención a lo largo de cuarenta años de aproximadamente 30,000 piezas de diversos materiales sin ser molestado. Este personaje fue uno de los destacados de la “arqueología salvaje”, es decir, la realizada en forma individual, depredadora, destructora, acientífica; la “aventura buscadora de tesoros” comprendió con el tiempo el valor de las reliquias antiguas distintas a las de oro y proporcionó materiales para su estudio por especialistas. Es tarea imposible conocer el ritmo y la velocidad de sus expoliaciones, a pesar de su copiosa y ordenada correspondencia, suficiente para generar una obra distinta que dé cuenta de detalles tan importantes como los objetos y sus circunstancias. La historia de la arqueología del siglo XIX, previa al trabajo científico e institucional que se vería en el XX tiene personajes paralelos, que ejercieron puestos diplomáticos o consulares para trabajar con la mayor libertad en la obtención de piezas, obeliscos, frisos, esculturas o estelas para beneficio de sus patrocinadores. Estaban vinculados directamente o indirectamente a sus gobiernos, que les proporcionaban los puestos diplomáticos y consulares como plataformas de operación de vastos proyectos exploratorios y expoliatorios. Mencionables son Elgin, Belzoni, Salt y Drovetti. Ellos ejercieron la actividad arqueológica en un clima de enfrentamiento de museos contra museos, coleccionistas contra coleccionistas, naciones contra naciones. En otras partes del mundo, como en México y Centroamérica, Estados Unidos puso en práctica la misma fórmula, resultando en productos que actualmente se encuentran “legalizados” en museos a lo largo y ancho de su territorio. El Cenote (como le llamaremos a partir de aquí), como otros sitios arqueológicos de México se encuentran en una larga lista de yacimientos de países americanos que tuvieron despojos considerables y cuyos daños son imposibles de reparar. El otro significado se relaciona con el valor simbólico otorgado al Cenote desde 1926, como expresión de la doctrina de la Revolución Mexicana que tenía en un lugar notable la reivindicación de lo indígena, y cualquier programa de este tipo debía partir de la exaltación de
Introducción
sus glorias pasadas y nada mejor que los vestigios de sus civilizaciones desaparecidas. Se entiende el vínculo estrecho entre el indigenismo y el rescate arqueológico como unidad a considerar en el programa reformista emprendido al final de la contienda armada. La depredación de las zonas arqueológicas de México tuvo desde luego un capitulado enciclopédico en los siglos XIX y XX. Pero en el caso del Cenote hubo ingredientes novelescos debido a la personalidad de Thompson, y a las fantasías de riquezas incalculables que sobre él se tejieron difundidas a través de libros y periódicos de los Estados Unidos y México. La exposición mediática no le dejó más alternativa al gobierno que tomar cartas en el asunto, y con gran imaginación decidió capitalizar políticamente el tema de conformidad a sus intereses. La acusación formal de contrabando que recibió Thompson en 1926 tuvo el aplauso de los mexicanos, porque “al fin” se ponían en marcha medidas en contra del imperialismo norteamericano y sus hombres en México, plantados en la defensa de sus recursos naturales tal y como lo exigía el artículo 27 de la Constitución de 1917. El Cenote Sagrado de Chichén Itzá desde entonces adquirió el valor emblemático de despojo inaceptable y una afrenta a los sentimientos nacionales. El personaje central de este drama, también llamado “don Eduardo”, vivió acariciado por los vestigios de la civilización maya en las más azarosas condiciones y con la mayor libertad y provecho. A él se le han dado los más variados calificativos —precursor, aficionado, aventurero, saqueador, destructor— quien no paró en mientes en el uso de medios ilegales que opacó buena parte de sus méritos. Fagan le llamó pionero, autodidacta, resistente y de carácter individualista2. Por su parte, Ceram lo calificó de “Schliemann de Yucatán”, ya que en su búsqueda de los tesoros del Cenote le guiaron las palabras de un libro que ningún investigador antes había tomado en serio y, como al alemán, sus descubrimientos le dieron la razón3. Thompson estuvo al servicio de varios museos como el American Antiquarian Society (AAS) de Worcester, Mass; el Field Columbian de
2 3
Fagan, p. 275. Ceram, p. 344.
Introducción
Chicago; el Natural History de Nueva York; y sobre todo el Peabody Museum of Archaeology and Ethnology de la Universidad de Harvard (Museo Peabody en adelante). Toda pista de los coleccionistas privados que se hicieron de reliquias extraídas del Cenote está prácticamente perdida. En este trabajo presentamos una de las facetas del saqueo, construida en su mayor parte de la correspondencia que Thompson sostuvo con sus mecenas Salisbury, Putnam, Bowditch, Tozzer, y otros, existente en el Archivo del Museo Peabody y, en menor medida en la Biblioteca Tozzer, a las que tuvimos acceso durante el verano de 2014. Ellos nos dan una idea más que aceptable de su febril actividad. El caudal narrativo que emana de sus cartas, memorias y libros de pública divulgación —de fluida y aceptable prosa— es fuente excepcional para conocer su vida, sus hallazgos, venturas y desventuras en el Cenote y en la zona maya, en circunstancias donde no faltaron accidentes que causaron daños irreparables en su persona. No es tarea fácil para un historiador crítico minimizar el desempeño de una tarea titánica a lo largo de más de un cuarto de siglo, durante el cual realizó exploraciones, copió murales, fotografió arquitecturas y formas escultóricas, y rescató piezas de lugares imposibles. Pero tampoco puede evitar su disgusto hacia quien impíamente destruyó y extrajo una cantidad todavía desconocida de reliquias, y después las sacó del país de manera clandestina, violando la ley y los acuerdos de caballeros con sus anfitriones. Contribuyó de modo importante a los estudios mayas con sus hallazgos, desde luego en instituciones norteamericanas, pero ocasionó daños incuantificables al patrimonio arqueológico de México, y con ello lastimó el orgullo nacional en eterna e inútil lamentación por los constantes saqueos. No es un argumento válido que el saqueo del Cenote sea “una raya más al tigre”, dada la existencia de innumerables piezas en posesión de museos y coleccionistas en tantos lugares del mundo —sobre todo a los Estados Unidos— de que su regreso a México es un sueño inútil por imposible. Menos lo es el argumento de tufo maquiavélico de que “el fin justifica los medios”, ya que en última instancia el progreso arqueológico lo exigía y que el precio en males era menor en comparación con los beneficios que se obtenían.
Introducción
Nuestro propósito es saber cómo Thompson llegó a Chichén Itzá y se hizo del Cenote, cómo operó, maniobró y en quienes se apoyó para llevar a cabo sus actividades, en una atmósfera contaminada por la estulticia política y legal. Inmerso en oscuras circunstancias violó la legislación mexicana sobre posesión, pertenencia y exportación de piezas arqueológicas, afrontó la competencia de arqueólogos rivales así como la inseguridad endémica de una región siempre convulsa. Fue un explorador patrocinado por instituciones y también cónsul de los Estados Unidos, con cuyo sueldo solventó parte de sus gastos personales. La inestabilidad de sus ingresos provenientes de sus valedores le llevó a concebir proyectos de fantásticos negocios que se hacían humo en cuanto entraban en contacto con la fementida realidad. No obstante, una cosa era segura y más allá de las circunstancias: su pasión devoradora e inquebrantable propósito le obsequiaron recompensas emocionales sin par mientras pisó el suelo maya. Es imposible, al menos a partir de las fuentes ahora disponibles, calcular el número de piezas que fueron llevadas de México a los Estados Unidos —hay quien lo eleva a treinta mil—, una cantidad todavía más sorprendente porque su salida al exterior no fue interrumpida u obstaculizada ni una sola vez a lo largo de tantos años. Solamente del Cenote su fabulosa cosecha incluyó discos de oro y tumbaga, figurillas de monos y ranas, y suelas de sandalias de estos metales, lanzaderas de dardos, piezas de jade enteras o fragmentadas, cascabeles de cobre, ornamentos labiales, bolas de hule y copal, ídolos, alfarería, cestería y textil en pedazos, osamentas humanas y de animales, todos ellos vestigios transportables en maletas, baúles y cajas de Puerto Progreso a Boston, Nueva York o Chicago. Para alcanzar sus fines, Thompson ponía por delante su patente consular, pero también sus contactos con los poderosos de la región, y los sobornos y gratificaciones a inspectores de ruinas y oficiales aduanales que se hacían la vista gorda después de recibir verdes billetes de sus pecosas manos. No es difícil imaginar a los ignorantes empleados sofocados por el calor caer seducidos por ese sonriente gringo salido de una novela de Emilio Salgari. Por su carácter clandestino los envíos debían darse con el mayor sigilo y con una cuidadosa preparación previa, de aquí que los hallazgos navegaban a oscuras desde un principio, en espera de “transportes seguros” y “personas de confianza” para que pu-
Introducción
dieran llegar sin novedad a su destino4. Una cantidad indeterminada de amigos, parientes y visitantes realizaron el papel de “mulas” que llevaban sus cargas a buen puerto. En 1926 Thompson huyó de México cuando de manera inopinada el gobierno de México le acusó de exportación ilegal de piezas arqueológicas. La mayoría de ellas se mantienen en el Museo Peabody, formando una cuidada, restaurada y estudiada colección, pero su modo de adquisición sigue siendo cuestionable, pese a la quietud de las aguas desde hace muchos años. Hoy los tiempos son distintos a los años turbulentos de las guerras intestinas de la primera parte del siglo pasado. El Museo Nacional de Antropología e Historia es uno de los más importantes del orbe, sin dejar de mencionar a los museos regionales del país, por lo que ahora es ocasión favorable para revisar la legitimidad de su posesión por el Museo Peabody frente al derecho de México de recuperarlas para su custodia, estudio y exhibición pública. Tal posesión ha sido al menos incómoda para sus directivos y arqueólogos responsables, como lo demostraron las negativas a tratar la cuestión a lo largo de muchas décadas. Vienen al caso las palabras de Stephen Williams, alguna vez director del Peabody, quien expresó que los trabajos de Edward H. Thompson en el Cenote fueron pagados en su mayor parte por fondos personales, que a su vez donaron las piezas a museo; afirmación carente de veracidad ya que el contacto de Thompson con personas de la importancia en el Peabody se debían de manera exclusiva al trabajo de extracción de piezas que a él finalmente se dirigían. Williams también mencionó que en 1944, después de la muerte de Thompson, la Suprema Corte de Justicia de la Nación “encontró a favor de él la propiedad legítima de los objetos del Cenote”, y por lo tanto “aclaró” (cleared en el original) el título del Museo Peabody para poseer la colección. La afirmación es inexacta porque en el proceso civil y penal contra Thompson el mu-
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Contrariamente a la idea frecuente de que la “valija diplomática” fue el medio del que Thompson se valió para sacar las piezas del país, la realidad fue, como lo afirma Guillermo Palacios, que “el tronco mayor del ‘sistema contrabandista’ del cónsul estaba constituida por una red de transportadores individuales que sacaban las piezas por la propia aduana del Progreso, generalmente acompañadas por Thompson en persona". Palacios, 2015, p. 279.
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seo no fue acusado de complicidad por la exportación ilegal de piezas, y las referencias documentales a él fueron tangenciales y carentes de valor jurídico. Finalmente, resulta igualmente dudosa su afirmación en el sentido de que en 1960, J. O. Brew, director del Peabody, regresó a México alrededor de la tercera parte del oro del cenote “como un gesto para promover el entendimiento internacional5”. En efecto, 94 piezas de metal fueron devueltas en diciembre de 1959 durante el 58 Congreso de Antropólogos Americanos. Difícil de creer porque el poseedor de la colección siempre manejó la información sobre las piezas del Cenote a su sabor y conveniencia, por lo que es imposible corroborar si fue, en efecto, una “tercera parte del oro6”. Y en 1976 se recibieron 246 objetos adicionales, consistentes en piezas de jade y madera principalmente y que hoy se encuentran en el Museo Regional de Mérida. En todo caso, el principio se mantiene hasta ahora: las autoridades arqueológicas mexicanas carecen de la información completa acerca de las piezas en poder del Peabody y su estado actual, así como de cualquier opinión respecto a su presente y su futuro. Para la realización de este trabajo se consultaron archivos de excepcional interés como el del mencionado Museo Peabody, y los localizados en la Ciudad de México y en Mérida, Yucatán. La lista de las personas e instituciones a quienes tengo que agradecer su generosa y desinteresada colaboración para que esta obra fuera posible es larga. La Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa en la que soy académico desde hace muchos años, me proporcionó no solamente los recursos vinculados normalmente a mis trabajos de docencia, investigación y difusión de la cultura, sino los apoyos a la búsqueda bibliográfica, para que pudiera realizar mis actividades en Mérida y Cambridge, Mass. El programa SEP-PROMEP fue un contribuyente importante porque su apoyo a través de las Redes de Investigación me ayudó a financiar una estancia en Estados Unidos, que aunque breve, fue costosa. A mi mente acude la expresión de vendedores y donadores de documentos mexi-
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Stephen Williams, en Proskouriakoff, 1974, p. VII. La lista de las 94 y algunas de sus características se encuentra en el anexo al final del trabajo.
Introducción
canos, e incluso a algún historiador mediático, que dijo que tales fuentes están mejor en el extranjero que en su país de origen. En el Primer Mundo los documentos “se preservan mejor” (podría ser), pero a los curiosos nos hace imposible su consulta debido a los altos costos de viajes, hospedaje y demás. En el Archivo del Museo Peabody debo todo a Pat Kervick, quien no escatimó esfuerzos para hacer que mi estancia de investigación en Harvard fuera tan productiva y grata. Sus orientaciones tuvieron un apreciable valor y por supuesto que los errores que mis lectores compasivamente adviertan, son tan míos como mis hijos. El Archivo Calles-Torreblanca, con la Lic. Norma Mereles de Ogarrio a la cabeza, me apoyó con interesantes documentos, y con la publicación de un boletín que fue el primer adelanto publicado de una parte de este trabajo. La Dra. Elena Martínez Barahona hizo inteligentes y generosas observaciones a una ponencia sobre este tópico en la Universidad de Salamanca, España, y me animó a mejorar el proyecto. José Zavala, referencista del Archivo General de la Nación de México, me ayudó a ubicar documentación existente en el mayor repositorio de nuestra memoria nacional. Gracias también al Lic. Jorge Fuentes Hernández del Archivo Histórico-Diplomático de la Secretaría de Relaciones Exteriores. La Lic. Claudia Gámez y la Srita. Teresa Hernández del Archivo Histórico de la Suprema Corte de Justicia de la Nación me apoyaron sin restricción alguna. Los licenciados Reyna Mirza Ceballos, Alma Rocío Peraza y José Trinidad Aranda de la Casa de la Cultura Jurídica en Mérida me ayudaron con documentación inapreciable, sin escatimar su tiempo frente a este investigador visitante con un ojo en el deber y con el otro en las vistas yucatecas que se encuentran por todos lados. Mi colega de la Universidad Autónoma Metropolitana, el Dr. Michael Shuessler, me facilitó generosamente materiales de enorme interés para la mejor manufactura de este trabajo. Aprovecho la oportunidad para agradecer tantas finas atenciones a los especialistas “anónimos” que dictaminaron este trabajo: a los miembros del Consejo Editorial de la División de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa, y especialmente a la Dra. Alicia Lindon, sin cuyo diligente esfuerzo este libro no hubiera visto la luz de una manera tan afortunada como lo hace ahora. Mil gracias a todos.
Introducción
Esta obra es para mí un medio idóneo para recordar a amigos que se fueron en un periodo dolorosamente corto. El poeta y erudito José Isabel Arrieta fue asesinado por la espalda en Valle de Allende, Chihuahua, y de los criminales hasta ahora no se sabe absolutamente nada. Me uno al reclamo de justicia. Don Efrén Nava me hizo inestimables servicios para conseguir libros de un gran valor que atesoro con todo cariño. El historiador Zacarías Márquez, faro en el desierto chihuahuense, quien descansa al lado de su madre en Temechi, el lugar que tanto amó. Don Jorge Velasco, mi entrañable editor y amigo nos abandonó a tantas personas que lo apreciamos profundamente. Mi querido amigo de tantos años José Luis Piñeyro pasó a mejor vida, víctima de un mal que se equivocó de destinatario. Y mi maestro gigante don Moisés González Navarro, quien tantas inquietudes y afectos me despertó, ya no se encuentra entre nosotros. El mundo se ha empobrecido con estas ausencias, y este amigo que tanto los quiso por enésima vez es ahora una especie de huérfano. Sirva este libro como un modesto homenaje a su memoria.
I. THOMPSON, SU LLEGADA A MÉXICO Y PRIMEROS TRABAJOS Nacido en Worcester, Mass., en 1857 e hijo de un empleado de la estación local de ferrocarriles, desde pequeño se aficionó a coleccionar puntas de flechas de las riberas del Lago Quinsigamond, que luego donaba a la Sociedad de Historia Natural del condado. Asistió a escuelas públicas, orientándose a los estudios comerciales y en 1879 a la ingeniería en el Instituto Politécnico de Worcester, donde se interesó por el japonés y el origen de los ainus, aborígenes de algunas islas del Japón y del sur de Kamchatka. Curioso e ingenuo, y de una cultura histórica elemental y pueblerina, desde muy joven se prendó de los viajes de Stephens y Catherwood por Yucatán y Centroamérica, así como por las ideas de Brasseur de Bourbourg sobre las sociedades originarias de América, y los fantasiosos vínculos entre Egipto y los mayas1. Más importante todavía —y definitorio en su trayectoria— fue un artículo titulado Atlantis Not a Myth (La Atlántida no es un mito), y publicado en el Popular Science Monthly, inscrito en la corriente de las teorías que explicaban el origen de varias culturas mesoamericanas en los sobrevivientes de ese imaginario continente hundido en el océano. Bien sabemos que su existencia fue mencionada por Platón en sus diálogos Timeo y Critias y se hundió en las aguas por una catástrofe de proporciones bíblicas, aunque no existe hasta hoy ninguna evidencia a su favor. Para Thompson la civilización maya fue una “rama rota” de la que una vez se llamó La Atlántida. Aunque su autor expresaría sus reservas muchos años después (“I would not dare write such an article today”),
1
Brunhouse, p. 157. A mediados del siglo XIX el abbé Charles Stephen Brasseur de Bourbourg conectó a México con Egipto, a partir de las supuestas semejanzas entre sus pirámides. En sus Quatre Lettres sostuvo que colonos procedentes de la Atlántida fueron los que llegaron primero a México, dirigiéndose luego hacia el Este para crear las civilizaciones monumentales de Egipto y el Viejo Mundo. Equiparó al dios egipcio Horus con Quetzalcóatl, argumentos que la historia no tardó en destruir, pero en su época todavía se consideraban dignas del debate académico. Selecciones del Reader’s Digest, pp. 14-15.
Pedro Castro
fue la chispa que prendió su futura carrera, y su fuego nunca se apagó del todo. Suponía que varios sobrevivieron a esa hecatombe, “y desde mucho antes” se habían dirigido a territorio contiguo a la península de Yucatán, donde construyeron ciudades, palacios, caminos y acueductos como los de sus hogares nativos; y como pioneros se dirigieron al norte, este y oeste2. En aquel artículo escribió que los antiguos americanos eran los habitantes más antiguos de la tierra: “Esta teoría resulta en particular fascinante, y el hecho de que haya verosímiles indicios de su verdad aumenta su efecto3”. Después de la llegada de los peninsulares a México el primero que reparó en la leyenda de La Atlántida fue Francisco López de Gómara, autor de la Historia general de las Indias y la conquista de México y Nueva España (1553). Él la creyó a pie juntillas al señalar que las tierras de ultramar descubiertas y sometidas por los españoles en realidad eran lo que quedaba del continente hundido. Girolamo Benzoni, autor de la Historia del Nuevo Mundo (1565), así como el escritor francés Miguel Eyquem de Montaigne, rechazaron de plano la posibilidad de tal identificación4. Mientras recopilaba datos curiosos, Thompson se topó con el libro del obispo Diego de Landa, con la cada vez más conocida leyenda de que en tiempo de sequía, epidemias o desastre, procesiones solemnes de sacerdotes, devotos con ricas ofrendas, y víctimas para el sacrificio iban del Templo de Kukulcán, la Sagrada Serpiente, a lo largo del camino al Cenote. “Desde el momento en que leí ese viejo volumen, el pensamiento de ese foso y los maravillosos objetos que contenía se convirtió en una obsesión para mí. Muchos años después, en lo que pareció casi un designio de la Providencia, me convertí en único propietario de una gran plantación, dentro de cuyos confines se encontraba la Ciudad y el Pozo Sagrado5”. Thompson llamó la atención de Stephen Salisbury Jr., vicepresidente de la AAS. Más que por las ideas atlantistas su paisano le vio cualidades más útiles como buscar antigüedades para colecciones privadas y los museos de Worcester o Peabody, de la Universidad de Harvard. Ya a
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Thompson, People of the Serpent, p. 16. Citado por Brunhouse, p. 157. Maguidóvich, p. 10. Thompson, People of the Serpent, pp. 268-269.
El fabuloso saqueo del cenote sagrado de Chichén Itzá
principios de 1880 había movido sus influencias para que Louis J. Aymé fuera nombrado cónsul en Mérida, para estar al servicio de la AAS y en este cargo permaneció tres años, pero debido a sus agrias disputas con Le Plongeon fue retirado, y hubo que buscar alguien que le sustituyera6. La prestigiada sociedad contaba entre sus miembros a George F. Hoar, senador por Massachussets; el eclesiástico unitario de Boston Edgar Everett Hale y Charles P. Bowditch, destacado arqueólogo de Harvard. No fue difícil para Salisbury convencer a sus cofrades de apoyar a un nuevo explorador, dispuesto a descubrir, extraer y remitir piezas a la AAS y al Peabody. Contrastando notablemente con Aymé, Thompson era un yanqui ojiazul, alto y fuerte, locuaz, inquieto, simpático, ávido de conocimientos, inteligente y pobre, dispuesto a asumir riesgos, y carente de experiencia o estudios arqueológicos. No obstante, estaba ansioso de correr la aventura, con un nombramiento consular en Yucatán. Eran recursos efectivos en el mundo del saqueo arqueológico las coberturas diplomáticas o consulares a fin de que los exploradores tuvieran respetabilidad y reconocimiento social, influencias con los gobiernos de los países anfitriones, inmunidades y privilegios frente a las contingencias legales y políticas que se presentaran, y correos consulares que franqueaban con relativa facilidad el paso de las piezas sustraídas. Thompson así describió el momento y el escenario inicial de un compromiso que le marcaría a lo largo de cuarenta años en México: …fui invitado a cenar en la casa del Sr. Salisbury. Los otros invitados fueron el senador de los Estados Unidos George Frisbie Hoar y el reverendo Edward Everett, ambos miembros prominentes de la Sociedad Americana de Anticuarios y de la Universidad de Harvard. Después de la cena mi anfitrión, en el simple y directo estilo habitual en él, me informó que la American Antiquarian Society y el Peabody Museum of Cambridge deseaban contar con grupos de investigadores en la Península de Yucatán que estudiaran en forma científica y yo fui elegido uno de ellos. A petición del Senador Hoar, se me dijo, el presidente de los Estados Unidos (Grover Cleveland) acordó nombrarme cónsul americano en México, en los Estados de Yucatán y Campeche, a fin de que mis planes y mi posición pudieran fundarse sobre una base más firme. El Sr. Salisbury me preguntó entonces si aceptaría mi nombramiento. Era una pregunta innecesaria. Se me dio a entender que me dedicaría todo el tiempo posible a la exploración e investigación de las ruinas de la Península
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browman y Williams, p. 280.
Pedro Castro de Yucatán y el estudio de los mayas del presente, descendientes de los antiguos constructores…7
El senador Hoar ya había hecho su parte para obtener el puesto consular de Thompson, dirigiéndose al entonces secretario de Estado para informarle que “algunos de nuestros scholars interesados en la investigación anticuaria desean sugerir el nombre de Mr. Edward H. Thompson…por sus capacidades para llevar a cabo la investigación arqueológica8”. Antes de partir Thompson aprendió los rudimentos indispensables para el éxito de su encargo: conocimientos de medicina y cirugía, psicología, manejo de armas y fotografía. También estudió registros mayas en el Peabody y en el ASA, aprendió palabras y expresiones españolas y nativas, y luego zarpó a su destino en compañía de su esposa y su pequeña hija9. Sus nervios, tensos como cuerdas de violín, ya estaban dominados por sus afanes del lucro, aventura y gloria. Don Eduardo el gringo desembarcó en 1885 en Puerto Progreso, Yucatán, para asumir la titularidad del consulado en Mérida, y luego en aquel punto costero de donde saldrían discretamente en medidas y cantidades variables los hallazgos del arqueólogo en ciernes. Los términos de su trabajo eran muy generosos: sería libre de llevar a cabo sus actividades en las ruinas, teniendo a las consulares de manera accesoria. Como dijimos antes, carecía de preparación técnica y científica propias de la arqueología —y también de la función consular, dicho sea de paso—, pero eso no era lo sustancial: no fue un diletante cualquiera, y todas sus carencias debido a su juventud e inexperiencia se compensaban por su entusiasmo desbordado, casi infantil, dispuesto a sacrificar una vida cómoda en aras de su sueño. Parecía ser el individuo idóneo
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Thompson, People of the Serpent, p. 18. Hoar to Frederick T. Frelinghuyen. Worcester, Mss., July 31, 1884, National Archives and Records Administration/General Records of the Department of State, 1763-2000/ Applications on Recommendations for Appointment to the Consular and Diplomatic Services/Edward H. Thompson/, en adelante NARA, GRDS, ARC, Edward H. Thompson, citado por Palacios, 2015, p. 144. Brunhouse, p. 159.