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CARCELARIAMENTE

ELENA CÁNOVAS MIGUEL DÍAZ Y GARCÍA CONLLEDO JOSÉ MANUEL FRAILE GIL ANTONIO GÓMEZ RUFO BLANCA LLEÓ JULIÁN OSLÉ MUÑOZ MARÍA JESÚS RUIZ FERNÁNDEZ LUIS RAMÓN RUIZ RODRÍGUEZ AGUSTÍN SÁNCHEZ VIDAL JUAN TERRADILLOS BASOCO

Valencia, 2012


Copyright ® 2012 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito de los autores y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant Humanidades publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com (http:// www.tirant.com).

DIRECTORES DE LA COLECCIÓN ARTE Y CRIMEN:

Luis Ramón Ruiz Rodríguez Profesor de Derecho Penal

María Jesús Ruiz Fernández Profesora de Literatura

Imagen de portada: Retrato de María Calderón, La Calderona. Monasterio de las Descalzas Reales (Madrid) © AA.VV.

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TIRANT HUMANIDADES EDITA: TIRANT HUMANIDADES C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia Telfs.: 96/361 00 48 - 50 Fax: 96/369 41 51 Email:tlb@tirant.com http://www.tirant.com Librería virtual: http://www.tirant.es I.S.B.N.: 978-84-15442-71-4 MAQUETA: Pmc Media Si tiene alguna queja o sugerencia envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia por favor lea en www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-deempresa nuestro Procedimiento de quejas.


Índice Presentación...................................................................................................

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Cárceles con nuevo horizonte.......................................................................

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Bienvenidos a la casa de los muertos. Dostoievski en Philadelphia...........

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La prisión y sus fines en el cine.....................................................................

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Un vuelo truncado.........................................................................................

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Teatro Yeses: una odisea apasionante...........................................................

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Cada español tiene su celda (a propósito de “El verdugo” y de “Todos a la cárcel”, de Berlanga).................................................................................

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El monjío por la fuerza y la celosía por reja. Noticias y romances de un encierro involuntario.....................................................................................

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Penar en primavera: prisioneros de la tradición oral..................................

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El crimen del olvido.......................................................................................

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Epílogo...........................................................................................................

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Luis Ramón Ruiz y María Jesús Ruiz

Blanca Lleó

Luis Ramón Ruiz Rodríguez

Miguel Díaz y García Conlledo

Agustín Sánchez Vidal

Elena Cánovas

Antonio Gómez Rufo

José Manuel Fraile Gil

María Jesús Ruiz Fernández

Julián Oslé Muñoz

Juan Terradillos Basoco


Presentación Aquí la envidia y mentira me tuvieron encerrado: dichoso el humilde estado del sabio que se retira de aqueste mundo malvado; y con pobre mesa y casa en el campo deleitoso con sólo Dios se compasa, y a solas su vida pasa, ni envidiado ni envidioso. Fray Luis de León, Oda XXIII. Al salir de la cárcel)

A decir de algunos manuscritos, Fray Luis escribió esta décima en la pared de la cárcel con un carbón de los que el fuego habría perdonado en la chimenea. Todos los que, como Fray Luis, nos dejaron su canto o su relato de prisión versaron sobre la libertad, que en realidad es el tema de esta nueva entrega de Arte y Crimen. A diferencia de otras ediciones, en las IV Jornadas de Arte y Crimen, celebradas en octubre de 2009, no pudieron ser todos los que aquí están. Aquella tarde de otoño contamos con la palabra de Antonio Gómez Rufo —que ahora contribuye al libro con ella— y con la voz y la guitarra de Manuel Naranjo, Juan Zarzuela y Alberto San Miguel, quienes bajo el título de Siete palos y presidio nos dejaron en el aire un rosario de carceleras y romances de cautivos que lamentablemente no podemos reproducir aquí. A ellos se han ido sumando, con sus aportaciones, el resto de los que ahora participan en este volumen, produciendo entre todos de nuevo el milagro de reunirse generosamente a reflexionar sobre la libertad y la justicia. Y de reunirse a denunciar. Porque quizás este Carcelariamente —lleno de voces prisioneras a las que se les negó el decir— sea el número de Arte y Crimen que más clama contra el silencio. Los textos que podrá ir devanando el lector esta vez basculan entre dos horizontes: el de la cárcel como el mejor sitio que ha


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Luis Ramón Ruiz y María Jesús Ruiz

sido capaz de inventar el hombre para redimir el delito, y el del encierro involuntario de aquellos que, sin delinquir, recibieron de la Naturaleza o de la Fortuna condición de fragilidad o esclavitud. Uno y otro nos remiten siempre a un descenso a los infiernos y arañan cualquier conciencia de los que se crean libres de culpa. Agradecemos expresamente su colaboración a la Fundación Provincial de Cultura de la Diputación de Cádiz y al Instituto Andaluz Interuniversitario de Criminología. Y no cerraremos este prólogo sin dar las gracias al ya casi centenar de amigos, cómplices y colaboradores del Proyecto Arte y Crimen, que ahora cumple un lustro y se dispone a afianzar su andadura en el futuro. Luis Ramón Ruiz y María Jesús Ruiz Sanlúcar-Cádiz, otoño de 2010


Cárceles con nuevo horizonte BLANCA LLEÓ

Doctora Arquitecta

Una cárcel era entonces un lugar siniestro A finales de los 70, la arquitectura carcelaria existente en España reflejaba un sistema penitenciario arcaico, donde la pena y no la reinserción determinaban la vida del recluso en prisión. Por toda la geografía nacional se extendían los centenarios panópticos de gruesos muros de mampostería, como casi único modelo carcelario. Fue a principio de los 80 cuando el Ministerio de Obras Públicas, a través de su Dirección General de Arquitectura, firmó un acuerdo de investigación con el Ministerio de Justicia para proponer nuevas arquitecturas carcelarias, acordes con el articulado de la reciente Constitución de 1978 que fija objetivos “para garantizar que las penas privativas de libertad estarán orientadas hacia la reincorporación y reinserción social”. Sucedió que hacia 1985, tres arquitectos recién titulados fuimos llamados para elaborar ideas y desarrollar propuestas capaces de innovar el anacrónico modelo de prisión en uso. Cada uno de los jóvenes arquitectos —Emilio Tuñón, Javier Maroto y yo, Blanca Lleó— debíamos constituir y dirigir un equipo de colaboradores.

Diseño de las nuevas prisiones De este modo un puñado de profesionales de menos de 25 años, agrupados en tres equipos, trabajamos intensamente durante unos meses bajo la supervisión de Manuel de las Casas, —catedrático de Proyectos Arquitectónicos y Subdirector General de Arquitectura—, reflexionando y debatiendo soluciones encami-


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Blanca Lleó

nadas a establecer un nuevo modelo institucional capaz de reflejar, también a través de sus cárceles, la cada vez más consolidada democracia española. Estos trabajos establecieron hace ya más de 20 años, los principios generales de diseño sobre los que aún se basan las nuevas prisiones que desde entonces se han construido en España. Estos principios trataban fundamentalmente de dignificar la actividad penitenciaria partiendo del respeto y la defensa del individuo y por tanto mejorando el marco físico y normativo de la reclusión. Frente a la inhumana y masiva concentración establecida en la arquitectura del panóptico, se proponía una composición en pabellones independientes y autosuficientes, una organización para la vida cotidiana fragmentada en grupos humanos de no más de 50 celdas individuales. Las cárceles predemocráticas no solo privaban de libertad a los reclusos, también les despojaban de toda actividad vital física e intelectual para su reinserción. Los nuevos centros penitenciarios cuentan con todo tipo de servicios y actividades cívicas para el desarrollo de las personas. Al cabo de unos meses finalizó la primera parte de nuestro trabajo y así las indagaciones preliminares se fueron concretando en la realización de tres prototipos iniciales de cárcel: Alhaurín de la Torre, Algeciras y Jaén. Cada equipo llevaría a cabo su correspondiente proyecto ejecutivo y dirección de obras. A nosotros nos correspondió la realización del Nuevo Centro Penitenciario de Jaén, situado a 10 Km. de la ciudad en un entorno de olivos centenarios.

Horizonte visualmente libre de obstáculos para los reclusos Recuerdo que pusimos especial énfasis en hacer del recinto carcelario una suerte de pequeña ciudad fortificada, donde todas las dependencias debían de disfrutar tanto de la privilegiada luz natural del sur como de las vistas del magnífico entorno arbolado. Para ello, nos parecía fundamental que el enrejado no


Cárceles con nuevo horizonte

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fuera vertical sino horizontal; al evitar la presencia permanente de barras crucificando la perspectiva de los olivares, los reclusos podían gozar del horizonte infinito libre de obstáculos. Así y gracias a esta argucia, la privación de libertad encontraba alivio, tras los barrotes, a través de la vista. Hicimos un pequeño prototipo para terminar de convencer a instituciones penitenciarias de que la seguridad no quedaba mermada y, finalmente se adoptó como solución general en todo el recinto. Era la primera vez que se conseguía este pequeño cambio, de gran efecto para la percepción desde el interior confinado.

Garantizar la integridad física de los funcionarios de prisiones Otro afán en el desarrollo del proyecto estuvo centrado en garantizar la integridad física de los funcionarios de prisiones en el recinto. Para ello toda la estructura de pasos, galerías y pabellones debía disponer de doble circulación para mantener en todo momento la separación e independencia que evitara la toma de rehenes y que garantizara la vigilancia con un número limitado de efectivos. Esta circunstancia propició espacios de mayor altura y luminosidad, espacios transparentes y de amplias perspectivas en todas las direcciones, en resumen una nueva condición espacial moderna contrapuesta a la antigua cerrazón claustrofóbica. Además era la ocasión de racionalizar la ejecución con sistemas constructivos modernos. Así por ejemplo, se montó “a pie de obra” un sistema de prefabricación de paneles de hormigón para resolver la división entre celdas. Igualmente, para acelerar la producción y mejorar la calidad de los elementos, la carpintería metálica se confeccionó en taller a partir de medidas estandarizadas; cada hueco era una pieza única formada por un recercado metálico (que resolvía jambas, vierteaguas y cargadero) con su carpintería y enrejado, todo de acero montado y lacado. Los casi 25.000 m2 se construyeron fundamentalmente con cuatro materiales: ladrillo, vidrio, hormigón y acero.


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Blanca Lleó

La arquitectura favoreció una nueva mentalidad Cuando el nuevo Centro Penitenciario de Jaén estuvo terminado en 1990 los altos cargos del Ministerio de Obras públicas y del Ministerio de Justicia, así como los funcionarios de prisiones y demás trabajadores que acudieron a la inauguración comentaban que se había producido una transformación sustancial positiva: en el nuevo edificio se respiraba otra atmósfera, más próxima a colegio mayor y menos a vieja mazmorra. Se había producido un cambio en el soporte físico que debía traer en el futuro inmediato un cambio en la mentalidad y modo de vida de los usuarios, tanto reclusos como trabajadores del centro. Han pasado 25 años y se han producido muchos cambios en España y en el mundo; nuestro entorno es hoy parte activa y protagonista de una sociedad globalizada, compleja y multicultural. Cuando el siglo XXI dibuja un horizonte de necesidades y soluciones nuevas ante el reto de incertidumbres y cambios profundos de las estructuras sociales, creemos imprescindible llevar a cabo, tal y como se hizo a mediados de los ochenta, una nueva reflexión y debate acerca del modelo carcelario vigente. Solo desde el análisis riguroso de los aciertos y deficiencias de las soluciones vigentes, así como desde la búsqueda de mejoras y puestas al día de sus principios arquitectónicos, podremos afrontar con garantías de éxito los retos que nos depara el futuro.


Bienvenidos a la casa de los muertos. Dostoievski en Philadelphia LUIS RAMÓN RUIZ RODRÍGUEZ Profesor de Derecho Penal

Alejandro Petróvich se acostumbró con los años al penal siberiano, a los barracones colectivos, a la empalizada, a las salidas del penal para los trabajos forzados, al pabellón del hospital en los periodos de enfermedad, a los forzados, representantes de lo que él mismo consideraba como lo peor y lo mejor de las complejas y múltiples sociedades rusas, a ser tratado dentro de la prisión con una paródica reproducción de su estatus social anterior a la condena, a las comidas, a los castigos, a los soldados. Hombre culto, aunque poco amante de la literatura jurídica, durante su proceso se había procurado la poca información disponible sobre cárceles y presidios en el Imperio y en otras tierras civilizadas, seguro de la condena que le esperaba. Sabía que, durante la última parte del siglo anterior, había comenzado un proceso de cambio que era consecuencia, en buena parte, del asentamiento de las ideas ilustradas entre los colectivos sociales y políticos con mejor formación de toda Europa. Pero conocía su país y creía que los cambios tardarían tiempo en llegar, tanto que, dos siglos después, parecerían haber pasado de largo. Más tarde, en sus memorias, reconocería que aquellos años fueron todos iguales, que todos pasaron ante él lentos, tristes y amargos, porque para él el modelo de cárcel no llegó a ser tan relevante como el hecho de la falta de libertad, que, bastaba su ausencia, para convertirse en el bien más preciado. Aquella mañana de estío, cumplidos ya varios años de condena, mientras salía del profundo sueño producto de la falta de trabajo, sentía la soledad propia de los años libres, casi todos los de su vida; escaso ruido, ninguna presencia humana, proximidad de


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Luis Ramón Ruiz Rodríguez

paredes y un desconocido olor a química, a desinfectante, un olor penetrante que no podía asociar a lo limpio, pero que impregnaba cada respiración lenta del despertar. La fuerte luz del día le permitió centrar la primera mirada sobre un techo blanco impoluto que contrastaba con el renegrido techo de su barracón de vigas de madera y fuerte pendiente que soportaba las pesadas nevadas del invierno en la Siberia Occidental. Del techo pendía un objeto extraño, circular, de cristal blanco que ocupaba el espacio de las viejas lámparas de los salones cortesanos, pero inadecuada para portar las velas necesarias para la iluminación. La siguiente sensación desconocida fue la del tacto en la espalda sobre un objeto mullido que en nada se asemejaba al jergón donde descansaba su deteriorado cuerpo desde hacía años. Más bien parecía reposar sobre su vieja cama en la casa familiar moscovita. Acostumbrado, como todos los reclusos, a los sueños de libertad, volvió a cerrar los ojos para disfrutar unos minutos más de la ilusión de haber finalizado su condena y estar de vuelta en el mundo que tanto añoraba. Pero, el sueño tarde o temprano se disipa y la certeza de estar en un lugar nuevo y desconocido se apoderó de todos los sentidos de Alejandro Petróvich. Estaba solo, estaba cómodo, no percibía la pestilencia habitual del barracón, si acaso otra clase de pestilencia, pero no era libre. Una puerta de metal lisa, de aspecto opresivo, cerrada y sin pestillo interior le cerraba el paso. Del resto de la habitación poco se podía concluir: un banco circular metálico de una pata, atornillado al suelo y una pequeña repisa, todo de color blanco, además de un aparato metálico de láminas pegado a la pared y una especie de asiento blanco y frio con agua en su interior que asemejaba a alguno de los retretes que había utilizado en su casa paterna y cuya utilidad intuía. Convencido de haber caído enfermo unos días antes a causa de unas fiebres pensó que se encontraba en alguna dependencia desconocida del pabellón hospital, aunque éste siempre se usaba a modo de barracón, como el resto de espacios dedicados a los condenados en el presidio. No tenía explicación alguna para en-


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contrarse en una habitación individual porque estaba seguro de que sólo existían para uso de los oficiales de la institución. Pasados los minutos sin poder despejar las incógnitas que se planteaba optó por pedir explicaciones, primero, con la voz, sin éxito y, luego, golpeando tímidamente la puerta metálica. No pasó mucho tiempo hasta que, desde el otro lado de la puerta, le llegaron voces y golpes secos de metal, seguramente de puertas como la suya, superponiéndose hasta crear un murmullo continuo y un ritmo de golpes poco acompasado. Inmóvil ante la puerta por la ansiedad, por fin le llegó un zumbido que precedió al desbloqueo de la puerta que comenzó a abrirse de forma lenta y pesada pero con un ritmo inalterable hasta que chocó de forma seca y ruidosa contra la pared contraria del muro. La diferencia de luz no le permitió ver con precisión el exterior, pero pudo adivinar algunas figuras humanas moviéndose en absoluto silencio por un pasillo de no más de cinco metros que finalizaba en frente, a modo de espejo, reflejando una puerta como la suya y una silueta en el vano de la puerta, que, tal vez por la distorsión del espejo, no se asemejaba demasiado a la que consideró debía ser la suya. Sólo los movimientos nerviosos de la sombra enfrentada, que contrastaba con su total inmovilidad, le sacaron de su error. Ese modo de estar quieto del sujeto del otro lado le permitió identificarlo como otro forzado, aunque no podía reconocerle a simple vista. Sólo los condenados a largos años, aunque saben que no irán a parte alguna, se mueven nerviosos como si el paso siguiente que dan fuese el que cruza la puerta de la empalizada, para no volver jamás. A la voz de ¡Presos, fuera de las celdas!, el arrastre de pies a lo largo del pasillo silencioso sonó resignado y cansino, nada marcial, sin la sorpresa de lo que se sabe rutinario. Petróvich tardo en seguir el movimiento de su duplicado, pero ya llevaba el tiempo suficiente en el presidio como para saber que las normas y usos antiguos, y los que se acababan de imponer, no merecía la pena reflexionarlos o, al menos, que los demás pudieran percibir que se hacía mientras se seguían a rajatabla. Salió de la celda como un resorte mientras intentaba repetir de manera mecánica cada


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Luis Ramón Ruiz Rodríguez

reacción de su par, temeroso, incluso, de mirar a los lados para comprender la nueva realidad. Como siempre, el recuento, la certeza del cumplimiento de la ley, la paz condicionada al encaje numérico. Los pasos de los guardias desde los fondos del pasillo y el recuento en voz alta le resultaban más familiares y, aunque los nombres del recuento le eran ajenos, todo formaba parte de la misma rutina. Colocado en el centro del pasillo, Petróvich temió llamar la atención en el cruce de los guardianes y aguantó unos segundos la respiración como si ese gesto le hiciera invisible. Al unísono los dos guardianes se detuvieron, le miraron y el de más antigüedad le devolvió la respiración: — ¿De qué vas disfrazado, Petróvich? Ofuscado por captar cada detalle diferente, la uniformidad de los presos no le resultó llamativa, tampoco el vistoso color naranja de los monos que llevaban enfundados. El también gastaba uniforme, pero seguía siendo el mismo que le entregaron a su ingreso al presidio y no reparó en él. Era la primera vez en su vida que veía a un hombre negro y el impacto le impidió prestar total atención a la creciente indignación del guardián, mayor cuanto más ausente parecía Petróvich: eres … chistoso, de dónde …. harapos, las reglas de la pri…disciplinario, ¡vuelve a … de inmediato! De nuevo en la celda, todo era lo mismo y diferente, sólo pensaba en el vergajo, en el número de golpes que ordenaría el comandante, en si los aguantaría o tendría que ir al hospital, reponerse y recibir la siguiente tanda como le ocurría a la mayoría de los presos castigados. El nunca había sufrido ese castigo durante la condena y siempre creyó que lo evitaría no llamando la atención, pero la posibilidad tan real que se le presentaba ahora le estaba provocando una angustia desconocida, y ello a pesar de que algunos de sus compañeros de barracón repetidamente castigados acababan por mirar el castigo como una incomodidad pasajera que ya no temían. La puerta se abrió de nuevo y el soldado negro, junto a otro de aspecto indefinible, le lanzó un mono naranja, le ordenó ponérselo de inmediato y salir de la celda para acompañarle al despacho


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del alcaide. Recogieron su viejo uniforme en un saco acristalado y le colocaron unos grillos brillantes y ligeros, momento en el que se percató que no llevaba los pesados y mohosos que le habían acompañado desde el primer día de presidio. Hasta la oficina del jefe del presidio tuvo tiempo de convencerse de haber sido trasladado de prisión, pasillos seguidos de otros pasillos y escaleras que daban a otros pasillos, rejas desplazadas con mecanismos ocultos, luces blancas pegadas a las paredes y ningún paso por el exterior del edificio. Ninguna palabra hasta la puerta en madera brillante del alcaide, minutos de espera y miradas de reproche. ¡Entra y silencio, Petróvich! Era la primera vez que accedía a las dependencias del comandante, paredes enteladas en verde y el resto forrado de la misma madera de la puerta; tenía cierto empaque, pero no dejaba de transmitir la frialdad propia de las dependencias administrativas, incómodo para el administrado por no ser bienvenido y provisional para el funcionario aunque no desee los cambios. Retratos, algunos daguerrotipos y documentos oficiales enmarcados dominaban la estancia; de nuevo, artilugios desconocidos y el comandante hablando sólo a una liviana plancha sujeta en la mano con la mirada perdida. Y libros, muchos libros, única fuente de libertad para los presos y de extraña utilidad para un carcelero. Muchas preguntas sin posible respuesta, amenazas en tono pausado, más prisión dentro de la prisión, olvido completo del vergajo, recuerdos de mi esposa muerta, ultimatums, cambios de presidio, ningún avance. La ira contenida del comandante da paso a los fundamentos del Handbook del preso: es importante recordar que el cambio no es algo que hace un hombre o se le hace a un hombre, sino que lo hace uno mismo; solo cabe la eficacia del programa de tratamiento si el sujeto quiere cambiar y además reconoce que algo malo ha pasado en su vida pasada. ¿Cambiar a qué?, no he visto más cambios en el presidio que la fuga y la muerte. Más ira y camino de vuelta: ¡entra!, ¡mañana pasas a máxima seguridad! Debe ser el paso previo al vergajo.


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Luis Ramón Ruiz Rodríguez

Si la vigilia mejora al sueño, se abandona la pesadilla. Petróvich dudaba si sonreír con los ojos mientras recobraba el sentido. El olor al barracón de los últimos años, la presencia de los compañeros de presidio, la dureza del jergón, eran en sí mismas pruebas suficientes para confirmar la normalidad de un nuevo día de condena. El renegrido techo de vigas eliminaba cualquier duda. Ya era demasiado triste la vida de la prisión como para aventurar cambios que sólo creaban incertidumbre y miedo. La idea de mejora sólo podía venir de la buena voluntad de algunas personas, nunca de la institución. El cansancio de la noche agitada retrasó a Petróvich, se incorporó justo antes del recuento, con el barracón vacío y la lógica mirada de reconocimiento en busca de la normalidad de los objetos, los olores y los colores. Con la parsimonia propia del entrecortado andar por los grillos, salió a la explanada frente al barracón, donde ya formaban los demás condenados. Avanzando entre los compañeros hasta su posición habitual, somnoliento y algo desorientado, aún pudo notar alguna mirada fugaz mostrando un interés injustificado. Akim Akimóvich se giró visiblemente contrariado, como los demás le harían ver más adelante, y sólo Sirotkin encontró divertido el asunto. Ocupado su puesto, el oficial rápidamente reparó en él. El mono color naranja y los grillos brillantes no dejaban lugar a dudas. Petróvich había debido incumplir esa noche varias normas del presidio, cada una de las cuales llevaban al máximo castigo. De nuevo a presencia del Comandante, ira contenida, ausencia de explicación, ¡trescientos vergajazos! Tres semanas de hospital después de los cien primeros, cuatro semanas después del segundo centenar, dos meses para poder volver al barracón tras cumplir el castigo. Las suplicas al oficial ejecutor fueron inútiles: sí; yo debo ser misericordioso contigo por muy culpable que seas. Pero no soy yo quien te castiga, sino la ley. Piensa un poco: yo sirvo a Dios y a mi patria, y por consiguiente cometo un grave pecado si disminuyo el castigo fijado por la ley: ¡piensa en ello…! Sólo los grillos, imposibles de arrancar, mantuvieron el recuerdo diario del sinsentido vivido por Alejandro Petróvich esos días,


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y el dolor crónico de la piel abierta hasta los huesos. Antes de la experiencia del castigo ya sabía que el derecho a imponer castigos corporales sobre los semejantes era una de las plagas de la sociedad, aparte de un medio de aniquilar en ella todo germen, todo conato de civismo, y la base plena de su disolución inevitable, inminente. La sociedad que contemplaba con indiferencia semejante espectáculo estaba ya minada en sus cimientos. El resto de la condena transcurrió lenta, al calor de los breves momentos de libertad que le proporcionaban los libros. Durante la gran algarada oyó decir a un preso anónimo algo que ya había oído en la prisión de paredes blancas y todo blanco: ¿qué hacemos aquí?, vivimos sin vivir, morimos sin morir. ¡Ah!


La prisión y sus fines en el cine MIGUEL DÍAZ Y GARCÍA CONLLEDO

Catedrático de Derecho Penal de la Universidad de León

Introducción El tratamiento de temas jurídicos en el cine es muy abundante y conocido (v., por ejemplo, entre otras, la obra de Benjamín Rivaya y Pablo de Cima, Derecho y cine en 100 películas. Una guía básica, 2004). Dentro de la dedicación del cine a temas jurídicos goza de lugar preferente el tratamiento cinematográfico de temas penales, incluidas las penas (destacadamente la pena de prisión y la pena de muerte). Y, dentro de éste, el cine penitenciario, carcelario o de ejecución de la pena de prisión es casi un género. Son tantas las películas que tratan cuestiones relacionadas con la prisión que su estudio merecería una amplia monografía o, como mínimo, un artículo extenso y bien documentado (como, por ejemplo, el de Benjamín Rivaya, La cárcel vista por el cine, que verá la luz en breve). Ni el carácter de la presente obra, ni el espacio disponible ni, sobre todo, mis conocimientos cinematográficos ni el número de películas que he visto (no digamos ya analizado pausadamente) permiten siquiera un intento de completar un estudio de esas características. Más modestamente se pretende aquí una reflexión general sobre cómo ve el cine (con algunos ejemplos que constituyen desde luego referencias muy incompletas) los fines de la pena de prisión. Por tanto, al margen de alguna referencia colateral, se dejarán de lado aquí, entre otros, temas tan interesantes (de los que cito un ejemplo, entre muchos posibles, en cada caso, en una selección sin duda puramente personal, y señalando que en algún caso las películas citadas ahora y más adelante están basadas en hechos reales o en obras literarias y que algunas de ellas y su relación con el Derecho penal han sido objeto de muy interesantes trabajos


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