Dicha institución lleva por lema “Libertad por el saber” y tiene por objeto honrar a un grupo de mexicanos eminentes que representen la sabiduría de la época a fin de alabar y enaltecer sus méritos y canalizar la riqueza de su conocimiento hacia sus conciudadanos, para fortalecer así la conciencia y unidad de la Nación, perpetuada en generaciones sucesivas de personas relevantes por su ciencia y sus virtudes.
Coordinador
Gerardo Laveaga
Todo esto implica utopías. Para ir tras ellas, para obedecer las disposiciones jurídicas que pretenden ayudarnos a alcanzarlas, hace falta un cuento. “Ideales”, decimos de modo solemne. Las personas van a la guerra en nombre de un dios o de una nación —ficciones ambas— y ponen bombas en aras de otras ficciones a las que denominan igualdad o libertad… Gerardo Laveaga
Colección Derecho y...
SIN LITERATURA NO HAY DERECHO
Gerardo Laveaga Nació en la Ciudad de México y estudió Derecho. Ha transitado por el mundo de la justicia y de las letras. En 1985, obtuvo el Premio Nacional de la Juventud por su trabajo literario, publicado en El Búho, suplemento cultural de Excélsior. Sus novelas Valeria (1987), Creced y multiplicaos (1996), El sueño de Inocencio (2006) y Justicia (2012) abordan temas vinculados con el derecho, la política y la religión. Es, asimismo, autor de la colección de perfiles históricos Hombres de Gobierno y de La cultura de la legalidad. Laveaga es, actualmente, Director del Instituto Nacional de Ciencias Penales (INACIPE), catedrático en el Departamento de Derecho del ITAM y colaborador habitual de la revista El mundo del abogado. Ha recibido diversas distinciones, entre las que destaca el Premio Nacional de Periodismo “José Pagés Llergo” (2006) y la Orden Nacional del Mérito, otorgada por la República de Francia (2012).
SIN LITERATURA NO HAY DERECHO
El Colegio Nacional es una comunidad de cultura al servicio de la sociedad con naturaleza jurídica, dotado de autonomía y personalidad jurídica propia, conforme a lo previsto en la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y en las leyes aplicables del Gobierno Federal, así como en los Decretos de Creación y reorganización que lo rigen, de fechas 8 de abril de 1943 y 9 de noviembre de 1971, respectivamente.
Trazar rumbos, señalar horizontes, siempre exige un relato: ¿qué se pretende con un cuerpo de normas? ¿Orden? ¿Bien común? ¿Felicidad? ¿Para qué? ¿Para alcanzar una sociedad ideal? ¿Y cómo debe ser esa sociedad? ¿Debe gobernarla un sabio? ¿Debe estar regida por un grupo de clérigos iluminados? ¿Quién maquila las leyes puede aplicarlas?
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Gerardo Laveaga
Colección Derecho y...
El Colegio Nacional
Coordinador
COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT LO BLANCH María José Añón Roig
Catedrática de Filosofía del Derecho de la Universidad de Valencia
Ana Cañizares Laso
Catedrática de Derecho Civil Universidad de Málaga
Jorge A. Cerdio Herrán
Catedrático de Teoría y Filosofía de Derecho. Instituto Tecnológico Autónomo de México
José Ramón Cossío Díaz
Ministro de la Suprema Corte de Justicia de México
Eduardo Ferrer Mac-Gregor Poisot
Juez de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM
Owen M. Fiss
Catedrático emérito de Teoría del Derecho de la Universidad de Yale (EEUU)
José Antonio García-Cruces González
Catedrático de Derecho Mercantil de la UNED
Luis López Guerra
Juez del Tribunal Europeo de Derechos Humanos Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Carlos III de Madrid
Ángel M. López y López
Catedrático de Derecho Civil de la Universidad de Sevilla
Marta Lorente Sariñena
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Javier de Lucas Martín
Catedrático de Filosofía del Derecho y Filosofía Política de la Universidad de Valencia
Víctor Moreno Catena
Catedrático de Derecho Procesal de la Universidad Carlos III de Madrid
Francisco Muñoz Conde
Catedrático de Derecho Penal de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla
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Jueza del Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Catedrática de Derecho Internacional de la Universidad de Colonia (Alemania)
Héctor Olasolo Alonso
Catedrático de Derecho Internacional de la Universidad del Rosario (Colombia) y Presidente del Instituto Ibero-Americano de La Haya (Holanda)
Luciano Parejo Alfonso
Catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad Carlos III de Madrid
Tomás Sala Franco
Catedrático de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social de la Universidad de Valencia
Ignacio Sancho Gargallo
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SIN LITERATURA NO HAY DERECHO
GERARDO LAVEAGA Coordinador
Ciudad de México, 2017
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COLECCIÓN DERECHO Y… Director
Dr. José Ramón Cossío Díaz
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© EDITA: TIRANT LO BLANCH DISTRIBUYE: TIRANT LO BLANCH MÉXICO Río Tiber 66, Piso 4 Colonia Cuauhtémoc Delegación Cuauhtémoc CP 06500 Ciudad de México Telf: (55) 65502317 infomex@tirant.com www.tirant.com/mex/ www.tirant.es ISBN: 978-84-9169-339-0 MAQUETA: Tink Factoría de Color
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Sobre la colección La colección “Derecho y . . .” pretende ser un vehículo para exponer las relaciones entre el derecho y la ciencia jurídica con otras prácticas y conocimientos. Por un defecto muy generalizado, buena parte de la comprensión del derecho continúa haciéndose desde la perspectiva normativista. Que el derecho tenga un componente fundamentalmente normativo, es innegable. Que la comprensión de toda la mecánica jurídica quiera reducirse a una visión normativista, es la consecuencia de un lamentable entendimiento de la positividad del derecho. Si se quiere lograr que el derecho sea un eficaz formalizador de las relaciones sociales, es preciso que quienes trabajan con normas jurídicas conozcan la manera como se constituyen los fenómenos sociales a regular. No puede seguirse suponiendo, en una especie de logomaquia, que las soluciones a lo que con el derecho pueda o deba hacerse, únicamente deben considerar a las normas jurídicas. Explorar cómo es que, desde su propio campo, se conciben, ordenan o explican los fenómenos con los cuales debe trabajarse jurídicamente, es un camino necesario a recorrer. En el plano de la ciencia jurídica, de las explicaciones sobre el derecho, sucede algo semejante. ¿Cómo es posible que se entienda lo que constituye y se regula normativamente, si no se entiende lo propio de lo regulado? Una ciencia jurídica funcional tiene que comprender los componentes físicos, químicos, ambientales o matemáticos de aquello que se busque dar a conocer. El Colegio Nacional y la editorial Tirant lo Blanch han convenido coeditar los libros que irán componiendo esta colección. Espe remos que poco a poco se vaya acumulando conocimientos, ideas y experiencias que permitirán, por un lado, que el derecho se renueve y resulte más eficaz y, por otro, que quienes se dedican a quehaceres distintos al derecho comprendan la importancia que éste tiene para su actuar o su pensar.
ÍNDICE Invitación a la lectura......................................................................... 1.
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Kafka y la ciencia jurídica.......................................................... 15 Ángel Gilberto Adame
2.
La disposición sobre el cuerpo humano.....................................
21
Israel Alvarado Martínez
3.
Narrar el mal para prevenirlo.................................................... 35 Luis Arroyo Zapatero
4.
El mercader de Venecia y los derechos humanos........................
59
César Astudillo Reyes
5.
Editoriales cartoneras................................................................ 65 Maliyel Beverido Duhalt
6.
El Derecho en los textos literarios.............................................. 75 Eber Betanzos Torres
7.
Dos novelistas críticos del Derecho en México y Estados Unidos............................................................................................. 79 Bernardo Bolaños Guerra
8.
La mejor respuesta posible de Aulis Aarnio............................... 89 Miguel Bonilla López
9.
Orfeo, Eva y un puño de Evas de Pilón......................................
101
Carmen Boullosa
10. Lo que la Literatura puede enseñar a los abogados.................... 111 Miguel Carbonell
11. Patria y los límites sociales del Derecho..................................... 119 José Ramón Cossío Díaz
12. La legalidad viene de noche....................................................... 129 José Mario de la Garza Marroquín
13. La muerte: entre leyes y letras.................................................... 133 Sergio García Ramírez
14. Un idilio difícil........................................................................... 141 Armando González Torres
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Índice
15. Derecho y Literatura.................................................................. 151 Sergio González Rodríguez †
16. Scerbanenco, el escrutador......................................................... 159 Ricardo Guzmán Wolffer
17. El tribunal electrónico de Papini................................................ 167 Jorge Alberto Lara Rivera
18. Dante y la política criminal........................................................ 171 Gerardo Laveaga
19. La ficción y la justicia................................................................ 175 Mónica Lavín
20. Atticus....................................................................................... 179 Alberto Mansur
21. El defensor................................................................................. 187 Jorge Nader Kuri
22. La casa de la palabra................................................................. 193 Alberto Enrique Nava Garcés
23. Los miserables y el Derecho....................................................... 199 Santiago Nieto Castillo
24. En Renania: inicios literarios de Carl Schmitt............................ 205 Héctor Orestes Aguilar
25. Desde la isla desconocida........................................................... 211 Mitzi Alethia Pichardo Estrada
26. La novia liberada y el conflicto árabe-israelí.............................. 215 Iliana Rodríguez Santibáñez
27. Selección natural en el Derecho y la Literatura.......................... 227 Andrés Roemer
28. El Derecho en la Literatura........................................................ 237 Ricardo Salgado Perrilliat Francisco Javier Camacho Romero
29. Desentrañando una metáfora..................................................... 253 Ulises Schmill Ordóñez
30. Derecho y Literatura post-apocalíptica...................................... 265 Sergio Alonso Rodríguez
31. Maximiliano ante sus jueces...................................................... 271 José Manuel Villalpando
32. El Derecho penal a los ojos de un novelista............................... 277 Jorge Volpi
Invitación a la lectura “No hay hechos”, escribió Nietzsche: “sólo interpretaciones”. Tenía razón. La realidad no es sino la interpretación que hacemos de nuestro entorno. Llamamos sol, marrón o frío a lo que, hoy día, conocemos como tales, aunque cada lengua utilice términos diferentes. La sociedad ha ido definiendo lo que es y no es. A esto se refiere el concepto construcción social de la realidad. Así lo entendieron los judíos hace 1200 años, cuando nos refirieron, en el Génesis, cómo Adán puso nombre “a todos los animales y a las aves de los cielos”. Un caballo fue caballo hasta que alguien lo llamó así y los demás aceptaron el término. Si Adán hubiera denominado ardilla a lo que hoy llamamos caballo, hoy montaríamos ardillas e iríamos a verles correr. Lo mismo podría decirse de una cascada o un terremoto. También lo comprendió Platón, hace más de 2350 años, cuando sugirió, en el Crátilo, que eran las palabras las que daban sentido a esta realidad. Jorge Luis Borges sintetizó esta idea en El Gólem: Si (como afirma el griego en el Cratilo) el nombre es arquetipo de la cosa en las letras de rosa está la rosa y todo el Nilo en la palabra Nilo.
Pero si para designar una flor o un río no suele haber dificultades, hay otras palabras en las que es más difícil ponerse de acuerdo: bien, maldad o belleza, por ejemplo. Esto lo saben los filósofos, los lingüistas y, más que nadie, los legisladores a la hora en que tienen que elaborar leyes para regir la conducta de los individuos que integran su comunidad. Vincenzo Ferrari afirma que tres son las funciones del Derecho: orientar a la sociedad —determinar los valores que ésta debe perseguir—; legitimar el poder público y resolver los conflictos que deriven de la convivencia social. Si estamos de acuerdo con él, habría que admitir, también, que no puede existir el Derecho sin relato. El Derecho es un producto cultural —por más que acabe por expresarse en normas positivas— y cada
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disposición jurídica tiene su historia. Un proceso de aceptación. Los valores de una sociedad, que hoy se dan por supuestos, no siempre lo fueron… y nada garantiza que lo sigan siendo. Conceptos como verdad o justicia han ido forjándose a lo largo de los siglos. En pleno siglo XXI, siguen ampliándose. Si hace algunos años nos preguntábamos si una mujer debía gozar de las mismas prerrogativas de un hombre, o si un hombre libre tenía derecho a adquirir a un esclavo, hoy nos preguntamos si tenemos derecho a disponer de nuestra propia vida, a vender uno de nuestros riñones o a consumir carne de una vaca luego de haberla sacrificado con ese fin. Trazar rumbos exige historias: ¿qué se pretende con un cuerpo de normas? ¿Orden? ¿Bien común? ¿Felicidad? ¿Para qué? ¿Para alcanzar una sociedad ideal? ¿Y cómo debe ser esa sociedad? ¿Debe gobernarla un sabio? ¿Debe estar regida por un grupo de clérigos iluminados? ¿Quien maquila las leyes puede aplicarlas? Todo esto implica utopías. Para ir tras ellas, para obedecer las disposiciones jurídicas que pretenden ayudarnos a alcanzarlas, hace falta un cuento. “Ideales”, decimos de modo solemne. Las personas van a la guerra en nombre de un dios o de una nación —ficciones ambas— y ponen bombas en aras de otras ficciones a las que denominan igualdad o libertad. En el siglo XXI —como seguramente ocurrió en la prehistoria, antes de que se inventara la escritura—, a los niños se les refieren fábulas donde los personajes dan ejemplo de valor, generosidad u honradez, valores que deben cultivar si quieren formar parte de cierta comunidad. En cuanto a la legitimación del poder —segunda función del Derecho— hoy podemos decir que esta deriva de un mandato popular. La afirmación, desde luego, es tan ficticia como lo fue la supremacía de la raza blanca, el dominio que el varón debía ejercer sobre las mujeres o el derecho divino de los reyes. Todas son fábulas. Volviendo a la Biblia, ésta nos relata en el Éxodo cómo, tras escapar de Egipto y burlar al ejército del faraón, Moisés condujo a su pueblo hasta el desierto. Ahí, Yahvé le ordenó que subiera a la cima del monte Sinaí, donde le dictó diez mandamientos perentorios. Entre ellos, no matar, no robar y no dar falso testimonio contra el prójimo. No era Moisés quien ordenaba esto sino dios.
Invitación a la lectura
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Quinientos años antes, el rey babilonio Hammurabi recibió instrucciones semejantes: no de Yahvé sino de Marduk, quien le encomendó administrar justicia para su pueblo. Al efecto, le entregó un código con 282 disposiciones jurídicas, entre las que hoy recordamos éstas: “Si un señor ha reventado el ojo de (otro) señor, se le reventará su ojo… Si un señor ha desprendido (de un golpe) un diente de un señor de su mismo rango, se le desprenderá (de un golpe) uno de sus dientes”. Hammurabi explica al final del código que fueron los dioses quienes le eligieron; que él sólo fue su instrumento: “el pastor salvador, cuyo cetro es justo”. Quizás los babilonios no habrían aceptado estas disposiciones si él hubiera anunciado: “Estos son las leyes que yo urdí y ustedes deben acatarlas sin chistar”. 350 años atrás —en el 2014 a. C.—, un monarca de Ur, inspirado por Nanna, dios de la Luna, hizo algo semejante y nos legó el más antiguo de los ordenamientos jurídicos que se conocen a la fecha: el código de Shulgi. Hoy hablamos, en términos técnicos, de una exposición de motivos, de la obligación de fundar y motivar, pero ¿cómo se exponían los motivos, cómo se fundaba y motivaba en otras épocas si no era a través de historias que exaltaran la imaginación de aquellos que debían acatar la ley? Esta se funda en creencias y miedos, en sueños, ambiciones y en la cambiante interpretación de la realidad. En su estupendo libro La invención de los derechos humanos, Lynn Hunt describe cómo las novelas fueron moldeando los sentimientos de las personas y provocaron que los ricos sintieran empatía hacia las criadas ultrajadas o los sirvientes mutilados: “¿Puede ser casualidad que las tres novelas de identificación psicológica más importantes del siglo XVIII —Pamela (1740) y Clarissa (1748), de Richardson, y Julia (1761), de Rousseau— fueron publicados en el periodo que precedió inmediatamente a la aparición de conceptos de derechos del hombre?”. En cuanto a zanjar los conflictos que deriven de la interpretación de la ley, la Literatura es rica en ejemplos sobre los jueces. Primero para legitimarlos y, luego, para socializar —si vale el término— los problemas que han enfrentado estos juzgadores.
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Se dice fácil. No lo es. Para dirimir las dificultades jurídicas que derivan de un contrato de compraventa o de matrimonio —ambas figuras urdidas por la imaginación de quienes organizaron a la sociedad desde los tiempos más antiguos— es preciso que los afectados acepten la tarea del juez pero, también —y este sería previo—, que la conozcan y comprendan sus alcances. Antígona, que resuelve enterrar a su hermano muerto, pese a la prohibición legal; el rey Salomón, que ordena partir a un crío por la mitad; el juez de El mercader de Venecia, que se ve imposibilitado de atender la demanda de Shylock; la condena del ingenuo marinero Billy Budd; los personajes de Heredarás el viento, que debaten en un tribunal qué debe y que no debe enseñarse en las escuelas, o los Doce hombres en pugna, que discuten si condenan a la pena de muerte a un acusado son, todos ellos, producto de la necesidad de preguntarnos por el sentido de la justicia y para hacer accesible el Derecho a las personas. ¿Cómo discernir con éxito un conflicto si no se ha vivido este, así sea en cabeza ajena? Lo mismo podría aducirse de los abogados: Casa desolada, de Dickens, las novelas de Kafka y los thrillers de Grisham son modelo de este laboratorio en distintas épocas. Sin ellas, quizás ni siquiera resultaría atractivo dedicarse a las profesiones jurídicas. Por todo esto, no puede entenderse el Derecho sin Literatura, por más que, en nuestra época, ésta se haya subsumido en el cine o las redes sociales. La creación, aplicación e interpretación del Derecho depende de la comprensión y aceptación de una comunidad a las normas que la rigen. En el presente trabajo, se dan cita una treintena de escritores y abogados que, desde su propia perspectiva —la ficción, la academia, la judicatura, el litigio…— exploran las intersecciones entre Derecho y Literatura. Son más, muchas más de lo que pudiéramos imaginar. No es casual que, a lo largo de la historia, incontables novelistas, ensayistas, dramaturgos y poetas hayan iniciado su carrera en el ámbito jurídico. Hay que celebrar pues, la iniciativa de José Ramón Cossío, de El Colegio Nacional y de la editorial Tirant lo Blanch, para lanzar una colección que permita a los lectores examinar el Derecho desde diversos ángulos. La Literatura es, quizás, el más olvidado y el más relevante de ellos. Gerardo Laveaga Coordinador
1. Kafka y la ciencia jurídica Ángel Gilberto Adame* El enfrentamiento entre el sujeto y los sistemas burocráticos jurídicos es tema recurrente en la obra de Franz Kafka. Esta insistencia no es circunstancial. A los dieciocho años, en 1901, luego de haber pasado apenas dos semanas como estudiante de química, Kafka cambió de carrera para seguir la senda dictada por su padre y se matriculó como estudiante de Derecho en la Universidad de Praga. Así lo explicó en la famosa Carta al padre: No había para mí ninguna libertad verdadera al elegir mi carrera profesional, puesto que sabía esto: “frente a lo principal todo va a ser tan igualmente indiferente como todas las materias que llevaba en la escuela; se trata pues de encontrar una profesión que me permita más que nada esa indiferencia, sin lastimar demasiado mi vanidad”. Por lo tanto, la jurisprudencia fue lo obvio. Algunos intentos adversos, debidos a la vanidad, a la absurda esperanza, tales como el estudio de química durante quince días y el estudio de letras germánicas durante medio año, apenas consiguieron reforzar aquella convicción básica. Estudié, por lo tanto, jurisprudencia. Esto significaba que, desde unos meses antes de los exámenes me alimentaba espiritualmente —con graves consecuencias para mis nervios— con una especie de aserrín, que por otra parte, se me daba previamente masticado por miles de bocas1.
Como su interés principal era la Literatura, el joven Kafka se adentró en la ciencia jurídica con indiferencia y desánimo. Lo más significativo de su experiencia universitaria derivaba de las humanidades, en las que incursionó con fuerza como miembro del Aula de Lectura y Oratoria de los Estudiantes Alemanes de Praga. Esta agrupación de corte liberal, se situaba en las antípodas del chovinismo germánico y ∗
1
Es Presidente del Colegio de Profesores de Derecho civil de la Universidad Nacional Autónoma de México. Es integrante del Colegio de Notarios del Distrito Federal, A.C., la Asociación Nacional del Notariado Mexicano, A.C. y de la Barra Mexicana Colegio de Abogados, A.C. Franz Kafka, Carta al padre, en Obras Completas IV. Novelas, cuentos, relatos, Barcelona, Edicomunicación, 1999, p. 1202.
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se proclamaba incompatible con el racismo que comenzaban a ceñirse sobre distintas comunidades. En las aulas, Kafka entabló amistad con Max Brod, quien sería su mejor amigo, su primer biógrafo y el albacea que decidió desobedecer el testamento en el que Kakfa le pedía destruir su obra. En 1905, Kafka concluyó sus estudios jurídicos, siendo aprobado en el examen profesional por tres votos a favor y uno en contra. El plan de estudios incluía materias de economía y ciencias sociales, lo que le significó un doble esfuerzo, pues los métodos de enseñanza no eran más que cátedras con tutores monologando sobre definiciones y sistematizaciones conceptuales. Como no se requería de una tesis para obtener el título, los estudiantes sólo memorizaban para enfocarse en los exámenes finales. Aunque no hay elementos para asegurar que Kafka fuera un alumno de asistencia regular, sí consta que se inscribió al menos cuatro cátedras dictadas por el polémico juez de instrucción Hans Gross. Este académico postulaba “que los jueces y fiscales no sólo debían ocuparse de la clasificación y calificación jurídica de un acto criminal, sino también de la personalidad de su autor y de los delincuentes en general”2. Pese a ser discutible, la tesis de Gross atrajo la atención de su tiempo pues no se limitaba a establecer tipologías criminales sino que, yendo un paso más allá de Cesare Lombroso, “exigía acceso a la conciencia del delincuente y por tanto instrumentales de prevención”3. Es probable que Kafka supiera de tales pretensiones y que las tuviera en mente cuando imaginó a los funcionarios judiciales que aparecerían en sus futuros relatos. Hay en la narrativa kafkiana un cierto estilo “burocrático” al que suelen ligarse los acontecimientos desproporcionados que le son característicos. Parecería que el movimiento de la escritura está marcado por la inevitabilidad de un destino o dictado por los vericuetos de la interminable tramitología, elementos que aumentan en complejidad a la luz de las peculiaridades de la disciplina creativa de Kafka:
2
3
Reiner Stach, Kafka. Los primeros años. Los años de las decisiones I, Barcelona, Acantilado, 2016, p. 468. Ibidem, p. 469.
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El Proceso de Kafka es un monstruo. Nada es aquí normal, nada sencillo. Ya se dedique uno al origen, al manuscrito, a la forma, al contenido o a la interpretación de la novela. Lo que encuentra es siempre lo mismo. Tinieblas […]. El primero que advirtió esto fue Max Brod, al que Kafka leía de vez en cuando algunas páginas, y que finalmente se llevó el manuscrito para protegerlo de la destrucción que lo amenazaba. El Proceso era una obra capital, adecuada por tanto para que la fama literaria de su amigo resplandeciera como una supernova […]. Pero lo que al final quedaron en sus manos fueron 161 hojas sueltas, la mayoría escritas por las dos caras, arrancadas de distintos cuadernos4.
De hecho, Reiner Stach afirma que la primera clasificación que hizo Kafka de El Proceso no obedecía a otro criterio que al de sus intuiciones: el resultado fue un palimpsesto que Brod organizó y corrigió, por lo que la versión que conocemos es, entonces, una suerte de ensamble narrativo. Esta incertidumbre sobre la edición, el —digamos— montaje de sus escritos, se extiende a buena parte de la producción literaria de Kafka. Roberto Calasso advierte que, por lo que toca a la forma, la Literatura de Kafka aspiraba si acaso a “circunscribir el área de lo nombrable”5. De ese afán de circunscripción se desborda el caudal de perplejidades que, en El Proceso, van parejas al ejercicio jurídico de condenar. La angustia que invade a Josef K. tiene como origen una doble certeza: la de su selección como condenado y la del cumplimiento de su sanción, sin menoscabo del tiempo que deba esperar para ello. El protagonista lo intuye desde que un grupo de extraños irrumpen en su casa y, luego de robarle su desayuno, le enteran de que existe un procedimiento penal en su contra. Pese a que muestra sus documentos de identidad y exige conocer los motivos de la causa, recibe una respuesta indolente: Se comporta peor que un niño. ¿Qué quiere usted? ¿Se figura que podrá acelerar el curso de este proceso discutiendo con nosotros, que no somos más que agentes, sobre su orden de arresto y sus papeles de identidad? Nosotros no somos más que funcionarios subalternos que muy poco sabemos de documentos, y no tenemos otra misión que montar guardia durante diez horas diarias junto a usted y cobrar nuestro salario por ha-
4
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Reiner Stach, Kafka. Los años de las decisiones II. Los años del conocimiento, Barcelona, Acantilado, 2016, p. 1375. Roberto Calasso, K., Barcelona, Anagrama, 2005, p. 11.
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cerlo. Eso es todo; sin embargo, sabemos que las altas autoridades a cuyo servicio estamos, examinan muy minuciosamente los motivos del arresto e investigan la conducta del detenido antes de dar la orden. No puede haber ningún error. Las autoridades a cuyo servicio estamos, y de las que únicamente conocemos los grados inferiores, no son de las que buscan los delitos del pueblo, sino que son atraídas por el delito y entonces nos envían a nosotros, los agentes de la ley, y no puede haber ningún error6.
Desde los entramados de una casi invisible burocracia, Josef K. es señalado por una cúpula impenetrable, que no cederá en su propósito de procesarlo ni por intercesión de la ley ni por la de otros hombres. Quienes lo juzgan forman parte de una entidad hermética de la que solo es posible obtener información a cuentagotas. Es la inverosimilitud de los acontecimientos que se suceden desde la notificación lo que lleva a Josef K. a quedar inerme frente a los caprichos de su imaginación y de su impaciencia. Como son pocos los abogados que tienen prestigio a los ojos de los juzgadores, Josef K. debe recurrir a uno de ellos para que se encargue de su defensa. Es el misterioso Huld el personaje que constata que, en un mundo de intriga y de sospecha, el imputado ya ha sido marcado por el estigma de una culpabilidad que adquiere más y más consistencia en la medida en que se aproxima la resolución. Josef K. duda de su defensor apenas advierte que la maquinaria judicial lo oprime casi al grado de tocarlo. Esta insinuación a la corporeidad sugiere una especie de atracción física, corporal, del proceso hacia el procesado. Calasso precisa: ¿La culpa acrecienta la belleza? Quizás nunca se había formulado una pregunta tan audaz. Pero Josef K. se ve obligado a formulársela cuando escucha al abogado Huld que habla desde su cama: “Los imputados son los más atractivos”: ésta es la experiencia indudable a la que Huld se refiere. ¿Cómo explicarla? ¿Es la gravedad de la culpa la que establece la intensidad del atractivo? No, eso no puede ser, precisa Huld como espantado: “No puede ser la culpa lo que los hace atractivos”. Pero en seguida agrega: “Así tengo que hablar al menos como abogado”7.
6
7
Franz Kafka, El Proceso, en Obras Completas II. Novelas, cuentos, relatos, Barcelona, Edicomunicación, 1999, p. 478. Roberto Calasso, K., op. cit., p. 275.
Kafka y la ciencia jurídica
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El tránsito de Josef K. de la esperanza a la resignación lo lleva a aferrarse a un último clavo, cuando concluye que ha interiorizado las características del juicio que se le sigue y resuelve defenderse a sí mismo. Finalmente, al ser llevado a cumplir su sentencia, luego de haber intentado hacer frente a una instancia de poder inaprehensible, expresa: “¿Deberé hacer notar que nada he aprendido en un año de proceso? ¿Tendré que dejarme llevar como un tonto que jamás ha comprendido nada? ¿Deberé dejar que se piense que en un principio lo que más quería era terminar pronto con mi proceso y que ahora, al final, quería empezar nuevamente? No deseo que se hable de eso”8. Una vez que es conducido a las afueras de la ciudad para su ejecución, atraviesan por su mente pensamientos suicidas. Sus últimas palabras son “Como un perro”. Acto seguido, el narrador asegura que la vergüenza ha de sobrevivir al ajusticiado. Esta conclusión, dada su tesitura moral, ha sido motivo de múltiples interpretaciones. Algunas de ellas la postulan como un último gesto de rebeldía del autor contra la burocracia. Tal es la idea de Primo Levi: “Josef K., al final de su angustioso itinerario, experimenta vergüenza porque existe este tribunal oculto y corrupto, que invade todo lo que le rodea […]. Es al fin y al cabo un tribunal humano, no divino: está hecho de hombres y por hombres, y Josef, con el cuchillo ya clavado en el corazón, experimenta vergüenza de ser hombre”9. Al margen de la extrapolación alegórica de Levi, la problemática jurídica que el texto propone pasa también por las arbitrariedades procedimentales. A lo largo del relato se evidencia que no existe constancia material de las acciones emprendidas contra Josef K., ni tampoco una referencia que permita entender si se está procediendo o no con apego a la ley. Es decir, la función normativa del Derecho ya no prescribe un actuar determinado, sino una especie de acuerdo que involucra sólo a quienes manifiestan una obediencia ciega a las jerarquías indeterminadas que configuran el tribunal, aun ignorando sus
8 9
Franz Kafka, ibid., p. 674. Primo Levi. Disponible en: https://pendientedemigracion.ucm.es/info/especulo/ numero41/josephk.html [Consultado el 1 de marzo de 2017].
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Ángel Gilberto Adame
motivos. Parafraseando a Giorgio Agamben, en la novela de Kafka todo sucede frente a una ley vigente pero asignificante10. Walter Benjamin tiene una opinión similar a la de Agamben en lo concerniente a la imposibilidad para consultar los textos legales que experimentan los personajes. Benjamin contrasta tal hecho con otro: que el narrador nunca considera que la acusación sea injusta. Un señalamiento que a Benjamin le parece que insinúa o remite al pecado original, a una falta inherente a la condición humana: “En el pasado más remoto, las leyes y las normas no eran escritas, por lo que era posible transgredirlas sin darse cuenta de ello y provocar así la penitencia. Y aunque la penitencia sea sin duda un infortunio para el ignorante, desde el punto de vista del Derecho la imposición de la pena no es nunca un azar, sino destino, el cual se nos presenta aquí en su completa ambigüedad”11. El Proceso ilustra, además de la desesperanza y la corruptibilidad que caracterizaron a las burocracias antiliberales, el retorno arbitrario a un pasado en el que el Derecho, pese a su tradición escrita, ejerce su ilimitado poder sobre la vida de los ciudadanos. A los abogados nos corresponde denunciar esa jurisdicción acéfala y delimitar las fronteras de la legalidad.
Giorgio Agamben, Homo Sacer. El poder soberano y la nuda vida, España, PreTextos, 2013, p. 75. 11 Walter Benjamin, “Franz Kafka. En el décimo aniversario de su muerte”, Obras, libro II, vol. 2, España, Adaba, 2009, p. 12. 10
2. La disposición sobre el cuerpo humano Israel Alvarado Martínez* Un tema por demás apasionante lo constituye el de la disposición del cuerpo humano; bien sea del propio o del ajeno, del vivo o del muerto, desde la vida o para cuando esta se termine. Lo primero que se debe hacer es diferenciar tres aspectos, de los cuales se desprenden algunas consideraciones: Primero, no es lo mismo la disposición sobre el cuerpo propio, que sobre el ajeno. En segundo lugar, no es lo mismo el cuerpo —como un todo— que las partes separadas de él, que pueden presentarse tanto en el cuerpo vivo como en el cuerpo muerto. Y en tercer lugar las partes separadas del cuerpo, tanto vivo como muerto, pueden estar vivas o muertas. En la Literatura jurídica existe un grupo de autores —con los que coincido en cierta medida y no sin reservas— que sostienen que el ser humano tiene un derecho de disposición sobre su cuerpo, derivado de un atributo de la personalidad, esto es, la disposición del cuerpo humano es un derecho de la personalidad y, por tanto, es imposible apreciarlo pecuniariamente1. De esta manera, la doctrina sostiene que existe un derecho innato en el ser humano que lo faculta para disponer de su propio cuerpo y de las partes separadas de él, pero con ciertas restricciones derivadas de criterios por demás variados. El problema no queda allí, trasciende. Si el hombre posee derechos sobre su cuerpo vivo, bien podría aceptarse —por lo menos en una primera aproximación— que se trata de una verdadera facultad deri-
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Profesor-Investigador invitado del Inacipe. Doctor en Derecho por la UNAM y Doctor en ciencias penales y política criminal por el Inacipe. Ha sido Consejero de la Judicatura del Distrito Federal, y asesor de la Procuraduría General de la República y de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión. Para mayor abundamiento, véase Israel Alvarado Martínez, Tratado sobre el cadáver, Prólogo de Elías Neuman, 2ª ed., México, FEMPECIF/Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal, 2012.
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Israel Alvarado Martínez
vada de los derechos de la personalidad, pero ¿qué sucede cuando puede disponer de las partes separadas de su cuerpo?, ¿acaso es una facultad derivada de los derechos personales? Dado de que los derechos de la persona se circunscriben exclusivamente a la persona misma, y no a las cosas —y nadie puede dudar que las partes separadas del cuerpo ya no son ni persona, ni siquiera partes de ella, aunque a priori no se les reconozca la categoría de cosas, que sí lo son— resulta complicado argumentar la disposición como un derecho que “se estira”. El problema parece complejo, y se complica aún más cuando pensamos en cuál es la naturaleza jurídica de ese derecho a disponer de las partes separadas del cuerpo humano, y crece si pensamos que, siendo cosas, deben estar reguladas por el derecho, y además deben clasificarse como bienes o como cosas —dentro o fuera del comercio— pudiendo ser muebles, inmuebles, fungibles, no fungibles, presentes, futuras, etcétera. Por último, por si lo anterior fuera poco, habrá que pensar cuál es la naturaleza de las piezas anatómicas que, en ocasiones, son objetos de contratación pero no han sido separadas aún del cuerpo humano. ¿Son partes de la persona o se han convertido ya en cosas?, pues si son partes de la persona no podrá contratarse sobre ellas; sin embargo, vemos que en la práctica sí se puede. Así, nos queda pensar que deben ser cosas, pero ¿acaso no se encuentran incorporadas aún a la persona misma?, y si fueran cosas, ¿quién es su dueño?, ¿serían cosas futuras, res nullius o pertenecen a la persona a las que se encuentran “incorporadas”? En las siguientes notas esbozaré sucintamente la problemática y la solución que se ha presentado en el ámbito de la teoría, ilustrándolo a su vez con un pasaje dramático de una obra literaria de 1985 que fuera representada en el séptimo arte en 1993: Adiós a mi concubina2 [Bàwáng Bié Jī (霸王别姬)]3. En Adiós a mi concubina se narra un pasaje impresionante de la conducta de una madre hacia su hijo, en la que esta —que quiere que
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Lilian Lee, Adiós a mi concubina, Barcelona, Ediciones B, 1993. Del cineasta Chen Kaige, nominada al Óscar en la sexagésima sexta ceremonia de premiación en 1993 en la categoría a mejor película extranjera. Cuenta con una fotografía, vestuarios y ambientación notables. Tráiler disponible en: https:// www.youtube.com/watch?v=9t0Upgj5TvY