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CRISIS Y PRECARIEDAD VITAL Trabajo, práctica sociales y modos de vida en Francia y España

Benjamín Tejerina, Beatriz Cavia, Sabine Fortino y José Ángel Calderón (Editores) Autores

Luis Enrique Alonso Lorenzo Cachón José Ángel Calderón Juan José Castillo Beatriz Cavia Yves Clot Collectif Asplan [Pierre Barron, Anne Boy, Sebastien Chauvin, Nicolás Jounin y Lucie Tourette] Eduardo Crespo

Valencia, 2013

Sabine Fortino Danièle Linhart Pablo López Calle María Martínez Pascale Molinier María Paz Martín Ramón Ramos Andrés G. Seguel Amparo Serrano Benjamín Tejerina Teresa Torns


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PABLO OÑATE RUBALCABA Catedrático de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad de Valencia

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Índice INTRODUCCIÓN................................................................................... 9 Beatriz Cavia, Benjamín Tejerina, Sabine Fortino y José A. Calderón

PARTE I DE LA PRECARIEDAD DEL EMPLEO A LA PRECARIEDAD DEL TRABAJO 1. La construcción de lo precario: la investigación sobre la precariedad en la literatura sociológica española y algunas aportaciones sobre sus derivas................................................................................................ 45 Beatriz Cavia y María Martínez

2. La emergencia de una “precariedad subjetiva” en los asalariados estables..................................................................................................... 67 Danièle Linhart

3. Trabajo, precariedad y salud.............................................................. 85 Yves Clot

4. Los suicidios relacionados con el trabajo: ¿un indicio de su precarización? ................................................................................................. 93 Pascale Molinier

5. La regulación paradójica del trabajo y el gobierno de las voluntades. 115 Amparo Serrano, Mª Paz Martín y Eduardo Crespo

6. Género y precariedad en Francia: ¿hacia el cuestionamiento de la autonomía de las mujeres?..................................................................... 145 Sabine Fortino

7. La precariedad laboral en España: ¿es cosa de mujeres?..................... 171 Teresa Torns

PARTE II DE LA CRISIS DE LAS INSTITUCIONES A LA PRECARIEDAD VITAL 8. Malestares del tiempo........................................................................ 195 Ramón Ramos Torre

9. Precariedad y modelos de consumo: la sociedad de bajo coste............ 221 Luis Enrique Alonso


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Índice

10. La precariedad de los inmigrantes en España: la construcción de la fragilidad de un nuevo sujeto............................................................. 245 Lorenzo Cachón

11. Jóvenes, sindicatos y reorganización productiva: el caso español........ 269 Pablo López Calle

12. La huelga de los trabajadores sin-papeles en Francia: el asalariado encastrado revelado por sus movilizaciones........................................ 291 Collectif ASPLAN

13. De la desestabilización subjetiva a la solidaridad................................ 309 José Ángel Calderón

14. Precariedad y acción colectiva en la movilización altermundialista. Reinterpretación y resignificación de la vida en precario.................... 331 Benjamín Tejerina y Andrés G. Seguel

POSTFACIO............................................................................................ 355 Juan José Castillo


INTRODUCCIÓN Beatriz Cavia, Benjamín Tejerina, Sabine Fortino y José A. Calderón

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n las sociedades contemporáneas parece extenderse el descontento por las diversas situaciones de precariedad que han afectado a numerosos sectores sociales en diferentes contextos geográficos. Vinculado a este descontento se ha producido, recientemente, un incremento de movilizaciones sociales y de formas de acción colectiva tanto en países del Norte de África como de Europa. A las manifestaciones y ocupaciones de plazas en países como Túnez, Egipto, Libia, Marruecos, Yemen o Siria, que han dado lugar al término de primavera árabe, se han unido protestas y huelgas en Grecia contra las medidas económicas para frenar la crisis económica de la deuda pública, las manifestaciones de jóvenes estudiantes en Reino Unido contra la subida de las tasas universitarias, las movilizaciones contra la reforma de las pensiones en Francia o el Movimiento del 15M en España, que han alcanzado altas cotas de protagonismo y se han llegado a identificar con una forma de acción colectiva motivada por la indignación. Sin querer afirmar que estas manifestaciones tienen un origen común más allá de las peculiaridades sociales, culturales, políticas y económicas que han motivado su emergencia pública, todos ellas ponen de manifiesto un amplio descontento por expectativas largamente desatendidas, posibilidades de movilidad limitadas para sectores jóvenes y de clase media, desafección hacia las formas tradicionales de acción política y sindical, rechazo de las respuestas sociales y jurídicas a la crisis financiera y, lo que más nos interesa aquí, procesos de precarización de la vida que de manera silenciosa se han venido expandiendo en las últimas décadas. Son también testimonio de una resistencia cada vez más fuerte a los procesos de precarización que, de manera frecuentemente silenciosa e insi-


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diosa, se han desarrollado a lo largo de las últimas décadas y que constituyen el centro de la reflexión que se presenta en esta obra. Reflexionar sobre las distintas facetas de los procesos de precarización social, en un contexto de transformación tanto del modelo económico y del mercado como de los mecanismos de solidaridad sociales y la acción colectiva que tratan de reducir las consecuencias no deseadas de aquellos sobre las condiciones de existencia, es el objeto central de este libro. No es tanto la precariedad nuestro exclusivo problema sociológico, sino más bien la sociabilidad y los contextos sociales que la enmarcan tanto desde una lógica colectiva como individual. Pretendemos, por tanto, llevar a cabo un desplazamiento de la mirada sociológica que se refleja, en cada uno de los textos, de manera muy diversa. Nos interesa, en particular, el análisis de las transformaciones de las relaciones de empleo y las prácticas del trabajo precarizado, el estudio de los mercados laborales y su relación con la temporalidad psicosocial, los modelos de consumo, la cultura y las identidades. No nos olvidamos de los procesos de disciplinamiento y de individualización ni de las resistencias y las luchas mediante las que determinados colectivos tratan de recomponer vidas normalizadas en lugar de vidas precarizadas, en un contexto en el que tener un empleo ya no es necesariamente sinónimo de integración social. Intentaremos hacerlo, además, a partir de un cruce de miradas desde Francia y desde España, que representan dos modelos con características comunes pero con peculiaridades propias.

1. ALGUNAS RELACIONES ENTRE CRISIS DEL EMPLEO Y PRECARIEDAD SOCIOECONÓMICA A AMBOS LADOS DE LOS PIRINEOS La precariedad en el caso español: un deterioro sin precedentes del mercado de trabajo desde 2007 Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), España había pasado en los últimos años de tasas de desempleo superiores al


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20% en los primeros años de la década de 1990 a tasas del 8% en el año 2007 antes de que se desencadenara la actual crisis. Este crecimiento sostenido a lo largo de 14 años había dado lugar a hablar del milagro español. El desencadenamiento de la recesión económica a finales de 2007 ha hecho que la tasa de paro haya subido hasta el 20,3% en el último trimestre de 2010, un incremento de 12 puntos porcentuales que todavía no ha tocado techo. Se ha pasado de 1,7 millones de parados a 4,7 millones en tres años y medio. Si exceptuamos los efectos de la crisis de principio de la década de 1980 que tuvo un carácter más estructural, nunca se había vivido una pérdida tan acelerada de puestos de trabajo, ya que la población económicamente activa ha pasado en estos años recientes de 20,3 millones en el segundo trimestre de 2007 a 18,4 millones en el cuarto trimestre de 2010, habiéndose perdido casi 2 millones de puestos de trabajo desde el inicio de la crisis. Las repercusiones de esta pérdida traumática de empleos no se manifiestan de la misma manera en todos los sectores sociales ni tienen una distribución geográfica homogénea. Esta crisis la sufren los jóvenes en mayor medida que otras categorías sociales. Mientras en 2007 había 8 millones de jóvenes entre 16 y 34 años ocupados, con una población ocupada de 20 millones, en 2010 únicamente 6 millones de jóvenes tenían un empleo sobre una población ocupada de 18,4 millones. Se han destruido 2 millones de empleos ocupados por jóvenes. De algo menos de un millón de desempleados menores de 34 años en 2007 (0,9) se ha pasado a 2,2 millones en 2010. Estos últimos suponen el 48,5% del total de 4,6 millones de parados españoles. Casi el 90% de quienes han perdido su empleo son menores de 35 años. Estas condiciones de carencia de empleo se hacen más intensas cuanto menor es la edad de la población joven, pues mientras las tasas de paro de los que tienen entre 25 y 34 años se sitúan en torno a la media nacional, los comprendidos entre 20 y 24 años la duplican, y los que tienen entre 16 y 19 la triplican. Dicho de otro modo, lo que parece que se está produciendo es que se han endurecido las condiciones de entrada en el mercado de trabajo y/o que éste tiende a prescindir y expulsar a los más jóvenes. En este segmento de población joven encontramos las peores condiciones


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de empleo: 27,5% de paro entre los jóvenes de 16 a 34 años, del 38,4% entre 20 y 24 años y del 63,8% entre 16 y 19 años; 37,7% de empleo temporal y 16,6% de contratos a tiempo parcial. El nivel de estudios también muestra diferencias significativas en cuanto a la cantidad y calidad de puestos de trabajo. Así, a menor nivel de estudios mayor porcentaje de paro: del 10-11% entre quienes tienen estudios secundarios o superiores, al 30% de quienes tienen estudios primarios y al 43% de los analfabetos o sin estudios. También las mujeres sufren los efectos del paro con mayor intensidad que los varones, pero en relación con las tasas de paro, paradójicamente, la crisis ha afectado en mayor medida a los varones que a las mujeres. En 2007 la diferencia entre la tasa de paro masculina (6,1%) y la femenina (10,4%) era de algo más de 4 puntos porcentuales, mientras que en 2010, aunque continúa siendo superior, la diferencia es menor a 1 punto, 19,9% para los varones y 20,7% de las mujeres. En este período, mientras las mujeres doblaban la tasa de paro los varones la triplicaban. La distribución geográfica del paro también muestra diferencias significativas. En general, las Comunidades Autónomas del norte como País Vasco, Navarra y La Rioja muestran tasas de paro hasta 10 puntos inferiores a la media española, mientras que Cataluña, Andalucía, Baleares y Murcia presentan tasas entre 5 y 10 puntos superiores a la media nacional1. Una parte importante de estas diferencias regionales se explican por las características de sus respectivas estructuras productivas: mientras en las primeras, el sector industrial tiene más peso y el sector turístico y la construcción es más reducido, en las segundas, tanto la construcción como el sector turístico tienen un peso considerable, y han sido precisamente estos dos sectores los que se han visto más afectados por la reciente recesión económica. El mercado de trabajo tiene otros aspectos relacionados con las condiciones de empleo que también son relevantes para entender

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Datos tomados de B. Tejerina, B. Cavia y M. Martínez: “Condiciones de empleo y de trabajo de la juventud en España”, Objovem 4º Trimestre 2010, Madrid.


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los procesos de precarización de la vida. Por un lado, encontramos el tipo de jornada laboral y, por otro lado, el tipo de contrato o relación laboral. España tiene un bajo índice de personas que trabajan en jornada a tiempo parcial y una de las tasas de temporalidad más altas de Europa. El porcentaje de contratos a tiempo parcial era del 12,4% en 2007 y se mantiene muy parecido en 2010, con un 13,4%. Aunque el porcentaje ha aumentado en un punto durante la crisis, se mantiene sin grandes cambios, lo que podría estar significando que no se contempla esta vía de contratación como una posible alternativa al empleo a tiempo completo. Sin embargo, sí existen diferencias significativas por sexos, ya que en 2010 mientras el porcentaje de varones con contrato parcial era del 5,5%, el de las mujeres era del 23,3%. La contratación a tiempo parcial, que puede ser considerada como un subempleo cuando no ha sido una elección personal, puede contemplarse como una alternativa temporal que permite la formación, la dedicación a otras actividades o superar de una forma menos traumática que el paro los cambios drásticos en la producción, introduciendo una cierta flexibilidad en la forma de computar la jornada laboral como ya están practicando numerosas empresas en otros países europeos. La temporalidad es otro elemento importante para entender las características del mercado laboral español. Con una tasa del 34,6% en el tercer trimestre de 2006, la más alta de las últimas décadas, muestra una mayor temporalidad entre las mujeres (37,4%) que entre los varones (32,6%). Paradójicamente, la tasa de temporalidad ha descendido en estos últimos cinco años hasta el 24,8%, 10 puntos porcentuales menos, con una doble consecuencia: por un lado, la diferencia entre hombres y mujeres se ha reducido a 2 puntos, aunque continúa siendo superior entre estas últimas y, por otro lado, tiende a una progresiva reducción de la elevada tasa de temporalidad, lo que nos acerca a otros países del entorno. Una posible interpretación de este hecho surge de manera inmediata: una parte del ajuste debido a la crisis se estaría realizando a través de la eliminación de contratos temporales. Alrededor de 1,3 millones de familias tienen a todos sus miembros activos en paro, y el 46% de los 4,7 millones de parados llevan más de un año buscando empleo, la mayor cifra desde 1994. Los


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extranjeros superan el 30% de tasa de paro, 12 puntos superior a la de la población española. Hasta aquí una breve caracterización del mercado de trabajo español y sus características que nos va a permitir su comparación con el caso francés para poder enmarcar los procesos de precarización tanto en un contexto de cambio económico estructural como en el de la recesión económica debida a la crisis de las instituciones financieras.

La precariedad en Francia: una acentuación continua desde los inicios de la década de 1980 Según el Instituto Nacional de Estadística y de Estudios Económicos (INSEE), la tasa de desempleo en Francia en el sentido de la OIT se ha situado durante el tercer trimestre de 2010 en el 9,7% de la población activa (incluidos los territorios de ultramar). Afecta a más de 2,6 millones de personas y a muchas más todavía —3,3 millones— si incluimos a las que no tienen empleo y quieren trabajar pero no están disponibles de forma inmediata ni se encuentran en situación de búsqueda activa de empleo. De hecho, el alcance del desempleo ha ido creciendo desde el comienzo de la crisis de 2008 (pasando del 7,5% a casi el 10%). La situación actual vuelve a reproducir el periodo sombrío de finales de los años 90, cuando entre 1995 y 1999 la tasa de desempleo sobrepasaba la barrera simbólica del 10%. Cabe señalar que desde los años 80, el desempleo es elevado en Francia, en comparación con otros países europeos como los Países Bajos, Austria o Dinamarca, por ejemplo, que han sabido contener de forma sostenida el paro por debajo del 5%. Nada de eso ha sucedido en Francia: a partir de 1979, la tasa de desempleo se ha situado sistemáticamente por encima del 5% y el objetivo de la “vuelta al pleno empleo” nunca ha sido verdaderamente considerado como un objetivo realista por parte de los diferentes gobiernos que se han ido sucediendo. Desde que el paro hizo su aparición en Francia, determinados grupos sociales se han visto especialmente afectados: las mujeres, los jóvenes y las categorías socioprofesionales menos cualificadas. Esto se ha confirmado una vez más en 2010: la tasa de desempleo femenino es superior a


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la masculina (el 9,5 % frente al 9,1%); asimismo, la tasa de desempleo de los jóvenes de 15 a 24 años es 16 puntos mayor que el grupo de los de 25 a 49 años (es decir, respectivamente, un 24,5% frente a un 8,3%) y de 18 puntos con respecto a las personas a partir de los 50 años, cuyo índice es del 6,4%; finalmente, los efectos de la crisis en la ocupación son más duros para los asalariados poco cualificados. De hecho, a menos diplomas escolares, mayores índices de desempleo. En 2008, los mayores índices se daban en las personas sin ningún diploma (12,7%), y en las que tenían un nivel de titulación bajo [el 7,7% tenía el graduado escolar (Brevet), un CAP (certificado de Aptitud Profesional) o un BEP2]. La tasa de desempleo de los que tenían el Bachillerato se situaba, en cambio, por debajo del 7% (el 6,8%), siendo aún más baja en el caso de los estudiantes con títulos superiores (menos del 5%). Y para las generaciones más jóvenes, es decir, para las personas que han terminado el sistema escolar hace entre 1 y 4 años, esta tendencia a la sobreexposición al desempleo se acentúa todavía mucho más: en 2009, el índice de desempleo de las personas sin titulación o con un diploma de escaso nivel se elevaba al 49,2%, frente al 23,1% en el caso de los que tenían enseñanza secundaria y bachillerato; la tasa disminuía hasta el 9,6% para los titulados de grado superior. El impacto negativo del desempleo en las diferentes categorías socioprofesionales reproduce los modelos anteriores. En efecto, en 2009 mientras que la tasa de desempleo de los obreros se situaba en el 13,2%, y la de los empleados en el 8,7%, el desempleo de los ejecutivos no sobrepasaba el 3,8%, mientras que el de los cuadros intermedios quedaba en el 5,3%. El fenómeno del subempleo —que afecta a las personas con una actividad profesional reducida pero que querrían trabajar más— viene a ensombrecer en mayor medida el panorama. En 2010 representa el 5,8% de la población activa francesa, afectando casi a 1,5 millones de personas en su mayoría mujeres. De hecho, casi el 9% de las mujeres activas está subempleada frente al 3,6% de los hombres. Este subempleo está relacionado con el desarrollo masivo del trabajo a tiempo parcial a partir de los años 80. En 1982 el

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Brevet d’Études Professionnelles (el equivalente a la FP).


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8,2% de los asalariados trabajaba a tiempo parcial. Veintiséis años más tarde, en 2008, el 17% de las personas que trabajan tiene un empleo a tiempo parcial. Una vez más las mujeres están en primera fila, con un índice de feminización de esta forma de empleo que alcanza el 83%. Asimismo, los asalariados con contrato temporal (CDD, según las siglas en francés) y con contratos temporales, como interinos, becarios, etc., han aumentado fuertemente en Francia desde los años 80. Si en 1982, sólo el 5,4% de los activos ocupados estaba empleado bajo una de estas formas de contratos de trabajo atípicos, en 2009 esta forma de empleo representa el 11,2%. Y no parece que esta tendencia vaya a invertirse porque, si bien en algunos sectores hay menos contratos interinos, en otros, los contratos temporales resultan masivos e incluso mayoritarios, como en el sector terciario donde representan casi el 75% de las contrataciones totales. Ahí también algunos grupos sociales están más afectados por el trabajo temporal que otros: las mujeres, por ejemplo, que representan el 60% de los asalariados con trabajos temporales, pero también los jóvenes. El Insee3 señala que en 2009 el 50% de los asalariados con un contrato temporal, en prácticas o en periodo de formación, tiene menos de 29 años. Asimismo, los obreros y los empleados, sobre todo los no cualificados, ocupan con más frecuencia que los otros PCS un puesto de trabajo con un contrato de corta duración: así, el 23% de éstos tiene este tipo de contratos que sólo se dan en el 12% de los otros asalariados. Contratos de media jornada impuestos, contratos temporales, carreras profesionales frenadas por el desempleo… todos esos elementos están en constante aumento en Francia desde hace treinta años. Estos auténticos indicadores de la precariedad socioeconómica se sitúan en el origen de lo que vamos a llamar la nueva pobreza laboral que difiere de la “pobreza por exclusión” porque afecta a individuos que ejercen una actividad profesional remunerada y

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Instituto Nacional de Estadística de Francia.


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declarada. En efecto, se calcula que existen actualmente entre uno y dos millones de trabajadores pobres4. El observatorio de las desigualdades5 revela que entre el 2003 y el 2008, el número de trabajadores pobres se incrementó en 100.000 personas aún cuando el Insee señala que se está produciendo una continua progresión del nivel de vida medio en Francia. En otras palabras: la diferencia aumenta entre, por una parte, los asalariados que tienen un contrato precario, y que vienen a añadirse a los asalariados que están en la parte inferior de la pirámide jerárquica (cuyos salarios están congelados en torno a cantidades próximas al salario mínimo) y, por otra, el resto de la población activa. Ahí, una vez más, determinados grupos sociales estarán más expuestos que otros porque sin lugar a dudas acumulan el conjunto de factores responsables en primer término de la pobreza laboral: la jornada laboral reducida, la inserción profesional en unos sectores mal remunerados, la experiencia de la alternancia entre periodos de actividad y periodos de desempleo más o menos prolongados. Las mujeres, sobre todo las que trabajan y educan a sus hijos, son junto a los jóvenes y los asalariados poco cualificados los principales blancos de esta pobreza.

Se trata de personas que tienen un empleo, pero cuyo nivel de vida (prestaciones sociales y salarios del cónyuge incluidos) está por debajo del umbral de pobreza. La diferencia observada aquí se explica por el tipo de cálculo del umbral de pobreza correspondiente o bien a la mitad de los ingresos medios, o bien al 60% de los ingresos medios. La cifra de dos millones de trabajadores pobres se obtiene a partir de un cálculo del umbral al 60%. La encuesta de Ingresos Fiscales y Sociales (ERFS, según sus siglas en francés) del Insee establece que en 2008 el nivel de vida medio de las personas es de 19.000 euros al año, es decir 1.580 euros al mes. El umbral de pobreza “al 60%” resulta por tanto efectivo cuando el nivel de vida de los hogares es inferior a los 949 euros al mes. 5 www.inegalites.fr. 4


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2. MIRADAS CRUZADAS SOBRE LA PRECARIEDAD EN FRANCIA Y EN ESPAÑA Como hemos podido ver, en materia de precariedad socioeconómica, las situaciones de las sociedades francesa y española son bastantes semejantes desde el punto de vista de las realidades que esta noción abarca, aunque a veces estén bien diferenciadas por su intensidad y profundidad. Barbier (2005), que ha puesto a prueba esta noción de precariedad comparándola a escala internacional, considera que resulta realmente “pertinente” a la hora de caracterizar a Francia, España e Italia porque en estos tres países “latinos” se pueden encontrar equivalencias sobre una serie de indicadores o de nociones que tienen pleno sentido en cada realidad nacional: como, por ejemplo, la existencia de una referencia legal en materia de derecho laboral (Cf., el Code du travail, el Estatuto de los Trabajadores, el Statuto dei Lavoratori), unas categorías de empleo que son comparables (Formes particulières d’emploi, Trabajo temporal/Temporalidad, Lavoro occasionale…), así como la existencia de un contrato de trabajo considerado como “normal” (Contrat permanent, à durée indéterminée ou CDI, Contrato indefinido, Tempo indeterminato) (Barbier, 2005: 31).

Lo que nos separa Es cierto que tras la dictadura militar, el Estatuto de los Trabajadores supone la materialización en España de un marco de relaciones profesionales típico del fordismo y de los derechos colectivos del trabajo. Al optar por esta vía, España opta por la convergencia con Europa (Alonso, 2007). Sin embargo, este proceso de institucionalización se realiza coincidiendo con su reconstrucción en los otros países europeos (Bilbao, 1991). A lo largo de los años 80, los sistemas de integración y de distribución ya no se utilizarán para distribuir el crecimiento sino para gestionar la crisis (reconversión industrial) y para adaptar mejor la economía española a las nuevas tendencias liberalizadoras que se dibujan en el panorama interna-


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cional (Alonso, 2007). Alumna aventajada en la aplicación de las recetas socioeconómicas de las instituciones internacionales, España se convertirá en los años 2000 en un modelo social y de crecimiento para los otros países europeos, una imagen que, sin embargo, se deteriorará con el desencadenamiento de una crisis que mostrará hasta qué punto este modelo era en realidad un modelo con pies de barro. Se puede ir más lejos afinando la comparación entre Francia y España utilizando un enfoque más sociográfico. La comparación revela que es en España donde los contratos que derogan la norma del contrato de trabajo indefinido se han desarrollado de forma más masiva en los últimos treinta años. Así, el contrato temporal se introdujo legalmente en 1984, representando rápidamente una parte considerable6 de los empleos. En 2000, los contratos temporales ya suponían el 30% de los empleos en la Península Ibérica, representando desde entonces un tercio de la población activa española frente a algo menos del 12% de los asalariados franceses. Sin embargo, el sistema social francés no ha escapado a este troceamiento de la sociedad salarial de la que habla R. Castel (1998): desde mediados de los años 1980, amparándose en la lucha contra el desempleo (especialmente de los jóvenes), los diferentes gobiernos han autorizado o creado —junto a los contratos temporales y otros contratos interinos— un abanico de empleos atípicos que representan una excepción a la norma de los contratos en vigor en el sistema socioproductivo fordiano, encarnado por el “contrato indefinido a tiempo completo”. Si su progresión ha sido menos rápida y ha tenido menos importancia que en España, la precariedad del empleo no ha estado menos omnipresente en

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Las modificaciones del derecho del trabajo se comienzan a dar en los años 1980 y viven dos momentos especialmente intensos: primero, la reforma del Estatuto de los Trabajadores en 1984, sólo cuatro años después de su redacción, con el objetivo de facilitar los contratos temporales y los despidos; y en 1994, una nueva Reforma de este Estatuto situará la contratación temporal al mismo nivel que la contratación indefinida. Esta ley prevé asimismo un aumento de las posibilidades de movilidad funcional, flexibiliza la estructura del salario y el modelo de negociación colectiva, y amplía las posibilidades de justificación de la suspensión del contrato de trabajo y los despidos colectivos.


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la sociedad francesa, en los discursos científicos, políticos o que apelan al sentido común. Los asalariados la han temido, incluidos los “estables”, hasta el punto de que no han parado de denunciar esta excepcionalidad. En cuanto al desempleo, sigue una curva absolutamente exponencial en España (sobre todo desde 2008) mientras que en Francia, a pesar de que aumenta fuertemente desde hace tres años, no alcanza estos picos. Así, entre 2008 y 2010, la tasa de desempleo en España ha pasado del 9,6% al 20,3%, mientras que en Francia la evolución en este sentido ha sido de dos puntos en dos años (del 7,9% en 2008 al 9,7% en 2010, según Eurostat). Bien es sabido que la parte (todavía importante) que representan los servicios, las administraciones y las empresas en la economía francesa ha amortiguado de forma importante los efectos de la crisis económica reciente, tanto para los asalariados, que han conservado el empleo, como para sus familiares más directos (que dependían de este empleo)7. De forma más amplia, lo que ha sido bautizado en Francia como “el milagro económico español”, que en España se ha denominado “la década dorada”, se ha materializado a través del creciente aumento de los sectores de la construcción y del turismo, y en una mayor flexibilización del mercado de trabajo. Desde 2008 este proceso se ha detenido en seco, llevando al paro a cientos de miles de españoles. Cabe señalar que este tipo de desarrollo económico ya constituía uno de las principales “puntos débiles” de la economía española antes de la famosa década dorada. Ya en los años 90 se había constatado en España la existencia de un exceso de desempleo, y España vuelve a tener en 2010 la tasa de paro que tenía a mediados de los años 1990. Esta situación se explicaba

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En España, la industria todavía representa una parte importante en la distribución de los sectores de empleo. En efecto, los empleos en este sector aún suponían en 2007, antes de la crisis, el 28,7% del empleo total (frente al 20% en Francia y el 24,8% en la UE de los 27). En España, los otros sectores de empleo eran la agricultura, con el 4,5%, y los servicios, con el 66,8%. En Francia, el sector terciario sigue estando sobredimensionado con respecto a España (el 76,4% del empleo total) y la agricultura se ha convertido en un “sector testimonial”, con el 3,3% del empleo (Fuente: Eurostat).


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entonces por la especialización de esta economía “en unos sectores más estacionales que en Francia (…), como el turismo, la construcción y la agricultura”, pero también por un “exceso de flexibilidad (o de precariedad)” (Saint Paul, 2000: 166) del mercado laboral, que sería la causa de unas tasas de desempleo mucho más fuertes en España que en Francia (ibid: 165)8. Asimismo, la redefinición de las condiciones profesionales y salariales, la diversificación de las posibilidades de contratación temporal, la facilitación de los despidos (ver las reformas de 1984 y 1994), han permitido el desarrollo de una estructura empresarial en España mucho más fragmentada y volátil que en el caso francés. En España, las estrategias patronales de reestructuración (la famosa “reconversión industrial”, iniciada a partir de los años 80 y que continuó durante la “década dorada”) ha consistido en una reorganización de los procesos de producción mediante una fragmentación en tareas más simples, y una externalización de procesos completos de fabricación hacia otras empresas subcontratistas, otros sectores de actividad y otras zonas geográficas, con el objetivo de beneficiarse de nuevas formas de contratación que permiten disminuir legalmente los costes laborales9. Así, el empleo se ha terciarizado (a través de los procesos de externalización masivos) al tiempo que la productividad ha disminuido fuertemente estos últimos años y se mantiene lejos de los estándares europeos10. En

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Por contra, los sectores más dinámicos de la economía francesa para el periodo 1989-1998 son, por este orden: la investigación y el desarrollo (el número de empresas en este sector aumenta un 68%), el asesoramiento y la asistencia (40%), el agua, el gas y la electricidad (38%), la educación (35%) y la industria de componentes eléctricos y electrónicos (33%) (INSEE, 2000). En 2003, el número de empresas creadas en los denominados sectores de la innovación (TIC, productos farmacéuticos, biotecnología y nuevos materiales) aumentó un 15,3%, o sea una nueva empresa por cada 20, una cifra que se mantiene estable desde comienzos de siglo (INSEE, 2004). La literatura sobre estos fenómenos es amplia. Por ejemplo, en el caso español, J.J Castillo (2005) aborda estos procesos de reorganización en diferentes sectores. Para una media de producción de una hora de trabajo de 100 para la Europa de los 15, España obtiene 84, muy por detrás de Francia —con 123—,


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Beatriz Cavia, Benjamín Tejerina, Sabine Fortino y José A. Calderón

otras palabras, el ritmo sostenido de crecimiento de la economía española durante esta última década (superior en un 33% al ritmo de crecimiento de la UE-15 para el mismo periodo) se ha basado en la creación de un empleo muy efímero, y sobre la intensificación del trabajo de las generaciones que acceden al empleo en otras condiciones (Castillo et al., 2005)11. Es lo que permite afirmar que la evolución hacia un modelo “de vías bajas de desarrollo” se ha realizado en España mediante la incorporación de las nuevas generaciones al mercado laboral (Calderón y López Calle, 2010).

Lo que nos une Pero la “especificidad española” no va más allá de eso porque, como antes hemos mostrado claramente, los mercados laborales de España y Francia comparten el hecho de discriminar muy fuertemente a las mujeres, a los trabajadores inmigrados y a los trabajadores con poca o ninguna cualificación, especialmente los jóvenes. Ciertamente, España resulta especialmente dura con su juventud, incluidos los universitarios. Entre la generación de los mileuristas que llegan al mercado laboral durante la década 2000-2010, son pocos los que consiguen escapar a los empleos basura o empleos precarios, mal pagados, de mala calidad (desde el punto de vista de las condiciones de trabajo, de la satisfacción en el trabajo, las posibilidades de desarrollar una carrera). No hay que olvidar que

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Alemania, con 104 o Estados Unidos, con 116. Esta diferencia relativa era inferior a los cuatro puntos hace apenas diez años. (Conférence Board Europe, 2007). De hecho, la productividad total de todos los factores —incluido el stock de capital— pasó de un nivel de 100 en 1995 a un nivel de 97,8% en 2006. El aspecto más preocupante es que la evolución del stock de capital tecnológico en relación al PIB pasó únicamente del 54,5% en 1994 al 55,9% en 2006: mientras que durante este mismo periodo, el stock de capital humano aumentó en más de ocho puntos. La intensificación del trabajo como motor de crecimiento del PIB no es baladí, en el sentido que destaca a la vez el carácter insostenible del crecimiento y la continua falta de convergencia de España con los estándares de vida en los países más avanzados.


Introducción

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en Francia, incluyendo todos los niveles de cualificación, el 50% de los jóvenes de menos de 25 años tiene un estatus de empleo precario. Asimismo, al igual que otros países como Italia y Portugal, el estado español interviene poco a la hora de prestar ayuda financiera a las familias o de apoyar la conciliación del trabajo y la vida familiar mediante la creación de estructuras para la acogida de los más pequeños, como las guarderías, por ejemplo (Colin, 2006). El estado apela entonces a la solidaridad de las familias a expensas de sacrificar el empleo de las mujeres con hijos dificultando la entrada o el mantenimiento de éstas en el mercado laboral12, a “tolerar el desempleo de las mujeres” (Torns, 1998: 219). Pero cabe preguntarse si el destino reservado a las asalariadas francesas que soportan, como hemos visto, el tiempo parcial impuesto, no es también una cierta forma de tolerancia social frente a la precariedad de las mujeres13. En realidad, los diferentes impactos del proceso de precariedad socioeconómica de España, en cuanto a las condiciones de vida y los estatus sociales de los asalariados, son, seguramente, más violentos que en Francia, al estar menos compensados por el sistema de protección social. O por retomar los términos de T. Torns (1998: 213): “España es un país en el que el Estado del bienestar es pobre o débil, si comparamos el nivel de las prestaciones y de los gastos sociales con el de los otros países de la Unión Europea”. Bastaría con un solo indicador para corroborar este estado de hecho: según Eurostat, la parte de los gastos totales de protección social en España (en % del PIB) se elevaba al 20,8% en 2005 fren

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Según Eurostat, en 2007, la tasa de empleo de las mujeres en España es del 54,7% (frente al 60% en Francia). Cabe señalar por ejemplo, que el trabajo a tiempo parcial marca una gran diferencia entre ambos países. Si está muy extendido en Francia, en España lo está mucho menos (Eurostat, 2009: 51): la parte del trabajo a tiempo parcial en los dos países varía así entre el 17,3% y el 12,8%. Asimismo, a ambos lados de los Pirineos el trabajo a tiempo parcial está masivamente feminizado: casi el 30% de las mujeres francesas que están en activo trabajan a tiempo parcial (frente al 6% de los hombres asalariados), un patrón que se reproduce en España, donde el 23% de las mujeres en activo trabajan a tiempo parcial, frente al 4,9% de los hombres.

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